martes, mayo 19, 2009

“Esbjerg, en la costa”, de Juan Carlos Onetti







Menos mal que la tarde se ha hecho menos fría y a veces el sol, aguado, ilumina las calles y las paredes; porque a esta hora deben estar caminando en Puerto Nuevo, junto al barco o haciendo tiempo de un muelle a otro, del quiosco de la Prefectura al quiosco de los "sandwiches". Kirsten, corpulenta, sin tacos, un sombrero aplastado en su pelo amarillo; y él, Montes, bajo, aburrido y nervioso, espiando la cara de la mujer, aprendiendo sin saberlo nombres de barcos, siguiendo distraído las maniobras con los cabos.

Me lo imagino pasándose los dientes por el bigote mientras pesa sus ganas de empujar el cuerpo campesino de la mujer, engordando en la ciudad y el ocio, y hacerlo caer en esa faja de agua, entre la piedra mojada y el hierro negro de los buques donde hay ruido de hervor y escasea el espacio para que uno pueda sostenerse a flote. Sé que están allí porque Kirsten vino hoy a mediodía a buscar a Montes a la oficina y los vi irse caminando hacia Retiro, y porque ella vino con su cara de lluvia; una cara de estatua de invierno, cara de alguien que se quedó dormido y no cerró los ojos bajo la lluvia. Kirsten es gruesa, pecosa, endurecida; tal vez tenga ya olor a bodega, a red de pescadores; tal vez llegará a tener el olor inmóvil de establo y de crema que imagino deber haber en su país.

Pero otras veces tienen que ir al muelle a medianoche o al amanecer, y pienso que cuando las bocinas de los barcos le permiten a Montes oír cómo avanza ella en las piedras, arrastrando sus zapatos de varón, el pobre diablo debe sentir que se va metiendo en la noche del brazo de la desgracia. Aquí en el diario están los anuncios de las salidas de los barcos en este mes, y juraría que puedo verlo a Montes soportando la inmovilidad desde que el buque da el bocinazo y empieza a moverse hasta que está tan chico que no vale la pena seguir mirando; moviendo a veces los ojos -para preguntar y preguntar, sin entender nunca, sin que le contesten- hacia la cara carnosa de la mujer que habrá de estar aquietándose, contraída durante pedazos de hora, triste y fría como si lloviese en el sueño y hubiese olvidado cerrar los ojos, muy grandes, casi lindos, teñidos con el color que tiene el agua del río en los días en que el barro no está revuelto.

Conocí la historia, sin entenderla bien, la misma mañana en que Montes vino a contarme que había tratado de robarme, que me había escondido muchas jugadas del sábado y del domingo para bancarlas él, y que ahora no podía pagar lo que le habían ganado. No me importaba saber por qué lo había hecho, pero él estaba enfurecido por la necesidad de decirlo, y tuve que escucharlo mientras pensaba en la suerte, tan amiga de sus amigos, y sólo de ellos, y sobre todo para no enojarme, que, a fin de cuentas si aquel imbécil no hubiese tratado de robarme, los tres mil pesos tendrían que salir de mi bolsillo. Lo insulté hasta que no pude encontrar nuevas palabras y usé todas las maneras de humillarlo que se me ocurrieron hasta que quedó indudable que él era un pobre hombre, un sucio amigo, un canalla y un ladrón; y también resultó indudable que él estaba de acuerdo, que no tenía inconvenientes en reconocerlo delante de cualquiera si alguna vez yo tenía el capricho de ordenarle hacerlo. Y también desde aquel lunes quedó establecido que cada vez que yo insinuara que él era un canalla, indirectamente, mezclando la ilusión en cualquier charla, estando nosotros en cualquier circunstancia, él habría de comprender al instante el sentido de mis palabras y hacerme saber con una sonrisa corta, moviendo apenas hacia un lado el bigote, que me había entendido y que yo tenía razón. No lo convinimos con palabras, pero así sucede desde entonces. Pagué los tres mil pesos sin decirle nada, y lo tuve unas semanas sin saber si me resolvería a ayudarlo o a perseguirlo; después lo llamé y le dije que sí, que aceptaba la propuesta y que podía empezar a trabajar en mi oficina por doscientos pesos mensuales que no cobraría. En poco más de un año, menos de un año y medio, habría pagado lo que debía y estaría libre para irse a buscar una cuerda para colgarse. Claro que no trabaja para mí; yo no podía usar a Montes para nada desde que era imposible que siguiese atendiendo las jugadas de carreras. Tengo esta oficina de remates y comisiones para estar más tranquilo, poder recibir gente y usar los teléfonos. Así que él empezó a trabajar para Serrano, que es mi socio en algunas cosas y tiene el escritorio junto al mío. Serrano le paga el sueldo, o me lo paga a mí y lo tiene todo el día de la aduana a los depósitos, de una punta a otra de la ciudad. A mí no me convenía que nadie supiese que un empleado mío no eran tan seguro como una ventanilla del hipódromo; así que nadie lo sabe.

Creo que me contó la historia, o casi toda, el primer día, el lunes, cuando vino a verme encogido como un perro, con la cara verde y un brillo de sudor enfriado, repugnante, en la frente y a los lados de la nariz. Me debe haber contado el resto de las cosas después, en las pocas veces que hablamos.

Empezó junto con el invierno, con esos primeros fríos secos que nos hacen pensar a todos, sin darnos cuenta de lo que estamos pensando, que el aire fresco y limpio es un aire de buenos negocios, de escapadas con los amigos, de proyectos enérgicos; un aire lujoso, tal vez sea esto. Él, Montes, volvió a su casa en un anochecer de ésos, y encontró a la mujer sentada al lado de la cocina de hierro y mirando el fuego que ardía adentro. No veo la importancia de esto; pero él lo contó así y lo estuvo repitiendo. Ella estaba triste y no quiso decir por qué, y siguió triste, sin ganas de hablar, aquella noche y durante una semana más. Kirsten es gorda, pesada y debe tener una piel muy hermosa. Estaba triste y no quería decirle qué le pasaba. "No tengo nada", decía como dicen todas las mujeres en todos los países. Después se dedicó a llenar la casa con fotografías de Dinamarca, del Rey, los ministros, los países con vacas y montañas o como sean. Seguía diciendo que no le pasaba nada, y el imbécil de Montes imaginaba una cosa y otra sin acertar nunca. Después empezaron a llegar cartas de Dinamarca; él no entendía una palabra y ella le explicó que había escrito a unos parientes lejanos y ahora llegaban las respuestas, aunque las noticias no eran muy buenas. Él dijo en broma que ella quería irse, y Kirsten lo negó. Y aquella noche o en otra muy próxima le tocó el hombro cuando él empezaba a dormirse y estuvo insistiendo en que no quería irse; él se puso a fumar y le dio la razón en todo mientras ella hablaba, como si estuviese diciendo palabras de memoria, de Dinamarca, la bandera con una cruz y un camino en el monte por donde se iba a la iglesia rumbo al último cielo azul. Todo y de esta manera para convencerlo de que era enteramente feliz con América y con él, hasta que Montes se durmió en paz.

Por un tiempo siguieron llegando y saliendo cartas, y de repente una noche ella apagó la luz cuando estaban en la cama y dijo: "Si me dejas, te voy a contar una cosa, y tenés que oírla sin decir nada". Él dijo que sí, y se mantuvo estirado, inmóvil al lado de ella, dejando caer ceniza de cigarrillo en el doblez de la sábana con la atención pronta, como un dedo en un gatillo, esperando que apareciera un hombre en lo que iba contando la mujer. Pero ella no habló de ningún hombre, y con la voz ronca y blanda, como si acabara de llorar, le dijo que podían dejarse las bicicletas en la calle, o los negocios abiertos cuando uno va a la iglesia o a cualquier lado, porque en Dinamarca no hay ladrones; le dijo que los árboles eran más grandes y más viejos que los de cualquier lugar del mundo, y que tenían olor, cada árbol un olor que no podía ser confundido, que se conservaba único mezclado con los otros olores de los bosques; dijo que al amanecer uno se despertaba cuando empezaban a chillar los pájaros del mar y se oía el ruido de las escopetas de los cazadores; y allí la primavera está creciendo escondida bajo la nieve hasta que salta de golpe y lo invade todo como una inundación y la gente hace comentarios sobre el deshielo. Ese es el tiempo, en Dinamarca, en que hay más movimiento en los pueblos de pescadores.

También ella repetía: "Esbjerg er naerved kystten", y esto era lo que más impresionaba a Montes, aunque no lo entendía: dice él que esto le contagiaba las ganas de llorar que había en la voz de su mujer cuando ella le estaba contando todo eso, en voz baja, con esa música que sin querer usa la gente cuando está rezando. Una y otra vez. Eso que no entendía lo ablandaba, lo llenaba de lástima por la mujer -más pesada que él, más fuerte-, y quería protegerla como a una nena perdida. Debe ser, creo, porque la frase que él no podía comprender era lo más lejano, lo más extranjero, lo que salía de la parte desconocida de ella. Desde aquella noche empezó a sentir piedad que crecía y crecía, como si ella estuviese enferma, cada día más grave, sin posibilidad de curarse.

Así fue como llegó a pensar que podría hacer una cosa grande, una cosa que le haría bien a él mismo, que lo ayudaría a vivir y serviría para consolarlo durante años. Se le ocurrió conseguir el dinero para pagarle el viaje a Kirsten hasta Dinamarca. Anduvo preguntando cuando aún no pensaba realmente en hacerlo, y supo que hasta con dos mil pesos alcanzaba. Después no se dio cuenta de que tenía adentro la necesidad de conseguir los dos mil pesos. Debe haber sido así, sin saber que le estaba pasando. Conseguir los dos mil pesos y decírselo a ella una noche de sábado, de sobremesa en un restaurante caro, mientras tomaban la última copa de buen vino. Decirlo y ver en la cara de ella un poco enrojecida por la comida y el vino, que Kirsten no le creía; que pensaba que él mentía, durante un rato, para pasar después, despacio, al entusiasmo y a la alegría, después a las lágrimas y a la decisión de no aceptar. "Ya se me va a pasar", diría ella; y Montes insistiría hasta convencerla, y convencerla, y además de que no buscaba separarse de ella y que acá estaría esperándola el tiempo necesario.

Algunas noches, cuando pensaba en la oscuridad en los dos mil pesos, en la manera de conseguirlos y en la escena en que estarían sentados en un reservado del Scopelli, un sábado, y con la cara seria, con un poco de alegría en los ojos empezaba a decírselo, empezaba por preguntarle qué día quería embarcarse; algunas noches en que él soñaba en el sueño de ella, esperando dormirse, Kirsten volvió a hablarle de Dinamarca. En realidad no era Dinamarca; sólo una parte del país, un pedazo muy chico de tierra donde ella había nacido, había aprendido un lenguaje, donde había estado bailando por primera vez con un hombre y había visto morir a alguien que quería. Era un lugar que ella había perdido como se pierde una cosa, y sin poder olvidarlo. Le contaba otras historias, aunque casi siempre repetía las mismas, y Montes se creía que estaba viendo en el dormitorio los caminos por donde ella había caminado, los árboles, la gente y los animales.

Muy corpulenta, disputándole la cama sin saberlo, la mujer estaba cara al techo, hablando; y él siempre estaba seguro de saber cómo se le arqueaba la nariz sobre la boca, cómo se entornaban un poco los ojos en medio de las arrugas delgadas y cómo se sacudía apenas el mentón de Kirsten al pronunciar las frases con voz entrecortada, hecha con la profundidad de la garganta, un poco fatigosa para estarla oyendo.

Entonces Montes pensó en créditos en los bancos, en prestamistas y hasta pensó que yo podría darle dinero. Algún sábado o un domingo se encontró pensando en el viaje de Kirsten mientras estaba con Jacinto en mi oficina atendiendo los teléfonos y tomando jugadas para Palermo o La Plata. Hay días flojos, de apenas mil pesos de apuestas; pero a veces aparece alguno de los puntos fuertes y el dinero llega y también pasa de los cinco mil. Él tenía que llamarme por teléfono, antes de cada carrera, y decirme el estado de las jugadas; si había mucho peligro -a veces se siente-, yo trataba de cubrirme pasando jugadas a Vélez, a Martín o al Vasco. Se le ocurrió que podía no avisarme, que podía esconderme tres o cuatro jugadas más fuertes, hacer frente, él sólo, a un millar de boletos, y jugarse, si tenía coraje, el viaje de su mujer contra un tiro en la cabeza. Podía hacerlo si se animaba; Jacinto no tenía cómo enterarse de cuantos boletos jugaban en cada llamada de teléfono. Montes me dijo que lo estuvo pensando cerca de un mes; parece razonable, parece que un tipo como él tiene que haber dudado y padecido mucho antes de ponerse a sudar de nerviosidad entre los timbrazos de los teléfonos. Pero yo apostaría mucha plata a que en eso miente; jugaría a que lo hizo en un momento cualquiera, que se decidió de golpe, tuvo un ataque de confianza y empezó a robarme tranquilamente al lado del bestia de Jacinto, que no sospechó nada, que sólo comentó después: "Ya decía yo que eran pocos boletos para una tarde así". Estoy seguro de que Montes tuvo una corazonada y que sintió que iba a ganar y que no lo había planeado.

Así fue como empezó a tragarse jugadas que se convirtieron en tres mil pesos y se puso a pasearse sudando y desesperado por la oficina, mirando las planillas, mirando el cuerpo gorila con camisa de seda cruda de Jacinto, mirando por la ventana la Diagonal que empezaba a llenarse de autos en el atardecer. Así fue, cuando comenzó a enterarse de que perdía y que los dividendos iban creciendo, cientos de pesos a cada golpe de teléfono, como estuvo sudando ese sudor especial de los cobardes, grasoso, un poco verde, helado, que trajo en la cara cuando en el mediodía del lunes tuvo al fin en las piernas la fuerza para volver a la oficina y hablar conmigo.

Se lo dijo a ella antes de tratar de robarme; le habló de que iba a suceder algo muy importante y muy bueno; que habría para ella un regalo que no podía ser comparado ni era una cosa concreta que pudiese tocar. De manera que después se sintió obligado a hablar con ella y contarle la desgracia; y no fue en el reservado del Scopelli, ni tomando un Chianti importado, sino en la cocina de su casa, chupando la bombilla del mate mientras la cara redonda de ella, de perfil y colorada por el reflejo, miraba al fuego saltar adentro de la cocina de hierro. No sé cuánto habrán llorado; después de eso él arregló pagarme con el empleo y ella consiguió un trabajo.

La otra parte de la historia empezó cuando ella, un tiempo después, se acostumbró a estar fuera de su casa durante horas que nada tenían que ver con su trabajo; llegaba tarde cuando se citaban, y a veces se levantaba muy tarde por la noche, se vestía y se iba afuera sin una palabra. Él no se animaba a decir nada, no se animaba a decir mucho y atacar de frente, porque están viviendo de lo que ella gana y de su trabajo con Serrano no sale más que alguna copa que le pago de vez en cuando. Así que se calló la boca y aceptó su turno de molestarla a ella con su mal humor, un mal humor distinto y que se agrega al que se les vino encima desde la tarde en que Montes trató de robarme y que pienso no los abandonará hasta que se mueran. Desconfió y se estuvo llenando de ideas estúpidas hasta que un día la siguió y la vio ir al puerto y arrastrar los zapatos por las piedras, sola, y quedarse mucho tiempo endurecida mirando para el lado del agua, cerca, pero aparte de las gentes que van a despedir a los viajeros. Como en los cuentos que ella le había contado, no había ningún hombre. Esa vez hablaron, y ella le explicó; Montes también insiste en otra cosa que no tiene importancia: porfía, como si yo no pudiera creérselo, que ella se lo explicó con voz natural y que no estaba triste ni con odio ni confundida. Le dijo que iba siempre al puerto, a cualquier hora, a mirar los barcos que salen para Europa. Él tuvo miedo por ella y quiso luchar contra esto, quiso convencerla de que lo que estaba haciendo era peor que quedarse en casa; pero Kirsten siguió hablando con voz natural, y dijo que le hacía bien hacerlo y que tendría que seguir yendo al puerto a mirar cómo se van lo barcos, hacer algún saludo o simplemente mirar hasta cansarse los ojos, cuantas veces pudiera hacerlo.

Y él terminó por convencerse de que tiene el deber de acompañarla, que así paga en cuotas la deuda que tiene con ella, como está pagando la que tiene conmigo; y ahora, en esta tarde de sábado, como en tantas noches y mediodías, con buen tiempo, a veces con una lluvia que se agrega a la que siempre le está regando la cara a ella, se van juntos más allá de Retiro, caminan por el muelle hasta que el barco se va, se mezclan un poco con gentes con abrigos, valijas, flores y pañuelos, y cuando el barco empieza a moverse, después del bocinazo, se ponen duros y miran, miran hasta que no pueden más, cada uno pensando en cosas distintas y escondidas, pero de acuerdo, sin saberlo, en la desesperanza y en la sensación de que cada uno está solo, que siempre resulta asombrosa cuando nos ponemos a pensar.






1953


Publicado originalmente en La Nación, 17 de noviembre, 1946










lunes, mayo 18, 2009

"Últimos días de William Brett Cassidy", de Osvaldo Soriano





Desde Tierra del Fuego hasta Texas hay más de diez mil kilómetros de distancia pero después de escapar de la cárcel el hijo de Butch Cassidy no tenía otra cosa que hacer y decidió emprender el viaje a caballo. Durante un tiempo, mientras en Europa terminaba la guerra, estuvo escondido en los montes, escapando de la gendarmería y de los ejércitos de frontera. Por más que lo golpearon en la cárcel, nunca pudo explicar qué hacía en ese lugar perdido de la frontera arbitrando un partido entre comunistas y socialistas que nunca llegó a terminar.

En la prisión de Ushuaia, cuando llegaban la primavera y el deshielo, dirigía partidos de fútbol entre presos y guardianes. A veces, para matar el aburrimiento, se organizaban campeonatos en los que participaban equipos de carceleros, gendarmes, criminales, espías, ladrones, asaltantes de bancos, condenados por error, bolcheviques, anarquistas y todos los réprobos alojados en la fortaleza más austral del mundo. Hacia 1945, en la final por la Copa del Presidio, William Brett Cassidy anuló por fuera de juego un gol que los gendarmes les marcaron a los anarquistas rusos y aprovechó de la batahola para saltar un muro y escapar a la frontera de Chile.

Allí, en los bosques de la Cordillera de los Andes, se procuró un caballo, un pasaporte chileno y un revólver, que era todo lo que necesitaba, y vivió por un tiempo de la caza y de la pesca. Extrañaba sus libros, sobre todo la Ética de Spinoza, y como temía que aquél fuera un ejemplar único y se hubiera perdido para siempre, decidió reproducirlo de su propia memoria en las horas perdidas.

Quienes llegaron a conocerlo aseguran que Cassidy tenía una memoria larga pero pésima. Podía recordar por años una cara que había visto apenas un instante, pero cuando volvía a encontrarla le daba otro nombre y más de una vez tuvo que batirse a duelo con la persona ofendida. Era tan empecinado que debió matar a cuatro o cinco hombres para poder seguir llamándolos con el nombre que él les había dado en su vago recuerdo. Por eso no son confiables los textos de Spinoza y de Hegel que circulan en español (algunos fueron retraducidos con audacia al francés) y menos aun una Sagrada Familia que Cassidy había leído en italiano y reprodujo en dos gruesos cuadernos de escuela cuando llegó al Altiplano de Bolivia, a cuatro mil metros sobre el nivel del mar.

Cassidy había aprendido a leer todas las lenguas sin comprender ninguna en las estancias inglesas de la Patagonia. Como no existía ninguna librería en dos mil kilómetros a la redonda, creía que los libros eran únicos como los diamantes y que pasaban de mano en mano a la muerte de quien los tenía consigo. El primer Hegel lo encontró al lado de unos cadáveres que dejó el ejército cuando dispersó a los bolcheviques del Chubut. La Ética se la llevó de un bar después de que un gaucho encocorado matara de una puñalada a un intelectual irlandés, incidente que Jorge Luis Borges mistificó años más tarde en un cuento para La Nación, de Buenos Aires. En realidad el libro era del gaucho, no del intelectual, y cuando éste se lo quiso robar sobrevino la pelea y la muerte horrenda que puso a Cassidy en posesión del primer Spinoza. A Marx lo conoció por el profesor Folcini, de Cerdeña, que le arrancó las muelas doloridas en un prostíbulo del bajo Mendoza y luego lo arrastró a dirigir el partido de Tierra del Fuego entre comunistas y socialistas.

Las transcripciones del hijo de Butch Cassidy cayeron en manos de un viajante de comercio boliviano que iba de La Paz a Cochabamba con mensajes para los mineros en huelga en los socavones de Patino. Ocurrió durante un vibrante partido entre huelguistas del estaño y tropas del gobierno, dirigido por Cassidy, que había dejado sus cuadernos en el recado de su caballo. Sobre el final del partido se produjo un serio incidente a la entrada del área de las Fuerzas Armadas, que jugaban de uniforme y con sable en la mano. El marcador estaba 2 a 2 cuando un minero que llevaba la pelota fue decapitado sin ninguna necesidad, puesto que el árbitro ya había señalado que estaba fuera de juego y el atacante había detenido su carrera tras la pelota que era de goma y picaba sin destino entre los arbustos.

Cassidy amonestó al defensor y mandó retirar al degollado fuera del terreno, pero el soldado discutió el arbitraje y el cowboy tuvo que expulsarlo para hacerse respetar. Un oficial rubio y alto, que jugaba de mediocampista, ordenó al soldado que resistiera la orden y entonces empezaron los incidentes porque Cassidy tuvo que desenfundar el revólver frente a la amenaza de los sables. El viajante de comercio, que hacía de juez de línea, temió que le reprocharan su parcialidad a favor de los mineros y aprovechó la confusión para montar el caballo del árbitro y partir al galope. Así fue como Cassidy perdió sus transcripciones de Spinoza y Hegel.

Tiempo después, un editor de Santa Cruz de la Sierra que andaba a la caza de manuscritos innovadores compró los cuadernos por monedas y publicó esos textos de autor anónimo respetando los errores de latín y las confusiones de gramática. Al fin, en 1950, un editor de Buenos Aires creyó disipar el equívoco y lanzó doscientos ejemplares de la Ética y cuatrocientos de La Sagrada Familia firmados por los que creía sus verdaderos autores. Desde entonces se han producido varios incidentes en las facultades de Filosofía y Letras de Lima, Córdoba, Montevideo y Buenos Aires y sin saberlo algunas guerrillas utilizaron las versiones de Cassidy para sus discusiones internas.

Ajeno a todo eso el cowboy argentino seguía la pista de su padre norteamericano que según los rumores había muerto en una aldea de Bolivia. Todavía George Roy Hill no había hecho la película y su padre no era tan famoso como ahora. Ciertos memoriosos le habían dicho que en verdad Butch Cassidy y el Sundance Kid habían caído baleados en San Luis y otros preferían la Patagonia, donde está enterrado el agente de la Pinkerton que los persiguió durante años. Pero más que el lugar de la muerte a William Brett le interesaba el de la vida y por eso iba para Texas o para Arizona, no lo sabía bien y poco le importaba. En el Altiplano, a cuatro mil metros de altura, se preguntó qué demonios podía haber ido a hacer su padre allí si el mundo estaba tan lleno de bancos para robar.

Cuando pasó por el pueblo donde se decía que habían matado a su padre, William Brett desenfundó el revólver y asaltó dos bancos y el correo sin que nadie le opusiera resistencia. Era un gesto de orgullo pero también un acto de pura necesidad, ya que le estaban haciendo falta otro caballo y alguna ropa para cubrirse. Los que se llevó eran billetes con muchos ceros pero antes de llegar a la frontera con el Brasil la moneda se había devaluado tanto que apenas pudo comprar un par de botellas de whisky y un regalo para una muchacha que le había devuelto la sonrisa en un almacén de Palo Alto.

La joven no aceptó el regalo pero Cassidy no se sorprendió porque nunca había tenido suerte con las mujeres. Al día siguiente continuó viaje hacia el norte por las selvas y los ríos del Amazonas, donde dirigió varios partidos para ganarse su comida y la del caballo. De esos partidos conservó buenos recuerdos porque en el Amazonas no se aplicaba la ley de fuera de juego y para combatir las estrategias defensivas los caciques de las tribus habían decidido que cada tres corners cedidos por un equipo el árbitro debía conceder un tiro penal en favor del otro. Esas innovaciones daban resultados amplios y generosos pero nunca fueron aceptadas más allá de esa Comarca.

Hacia 1952 William Brett Cassidy pasó por México, andrajoso y envejecido. Ya no tenía ambiciones y sólo pensaba en procurarse una mujer que le contara las películas que no había podido ver. En el mercado de Cuernavaca encontró un ejemplar de la edición boliviana de su Ética y al recorrer las páginas creyó que ese ejemplar era el mismo que había perdido cuando lo llevaron preso. Lo asaltó la idea de un milagro: creyó que el libro lo había seguido en su larga marcha y se convenció de que su memoria era perfecta. Lo compró y siguió a paso rápido hacia la frontera con Texas.

Cuando vio el alambrado que separaba los dos países y al otro lado una estación de servicio y una llanura pelada, el corazón empezó a darle saltos. En ese lugar Butch Cassidy y el Sundance Kid habían pasado su juventud robando todos los bancos y William Brett creyó que, además, habían sido felices. Se acercó a la frontera llorando de emoción pero en el puesto de policía le pidieron el pasaporte y la visa para ingresar en los Estados Unidos de América. El cowboy ignoraba lo que era una visa pero se manifestó dispuesto a pagar por ella con los meses de cárcel que fueran necesarios.

Un funcionario de policía sacó un formulario de un cajón y le preguntó si padecía enfermedades contagiosas o hereditarias, a lo que Cassidy respondió sin bajarse del caballo que sólo lo habían aquejado dolores de muelas y tormentos de oídos. Luego le requirieron si tenía la intención de asesinar al presidente de los Estados Unidos. El hijo de Butch Cassidy preguntó quién ocupaba el cargo en ese momento y cuando escuchó el nombre de Eisenhower manifestó no conocerlo personalmente ni tener cuentas pendientes con él. Al fin, cuando le preguntaron si había pertenecido al Partido Comunista o a alguno de sus insidiosos colaterales, recordó al profesor Folcini, de quien no había vuelto a tener noticias, y declaró con orgullo que unos años antes había sido elegido para dirigir un partido de fútbol entre socialistas y comunistas en la lejana Tierra del Fuego.

El policía se puso de pie, alertó al sheriff y a los aduaneros y le pidió a Cassidy que se alejara del país de la libertad. El cowboy alegó que había viajado durante años atravesando el continente americano para llegar a Texas y citó un par de veces a Hegel para llamar a la razón a los funcionarios. Pero no hubo caso: el sheriff lo intimó a alejarse de la frontera y desenfundó el revólver para hacer más convincente la orden. Ése fue el gesto decisivo. Cassidy sacó también su revólver, se afirmó sobre la montura y mandó al caballo que saltara por encima del alambrado. La pobre bestia lo intentó, pero ya no estaba para esos trotes e hizo un triste papel. Un policía disparó al aire pero Cassidy empezó a tirar con la misma determinación que, pensaba, alguna vez lo había hecho su padre. En la confusión alcanzó a saltar al otro lado de la frontera y sintió, bajo sus pies casi descalzos, la tierra caliente del desierto de Texas.

Eso es lo último que sabemos de él. El sheriff, en su informe, dice haber disparado seis veces y sus hombres más de veinte. William Brett Cassidy había cumplido el destino inverso de su padre que salió de los Estados Unidos y fue acribillado en América del Sur. Entre tanto, casi sin proponérselo, alcanzó a ser el más temible y justo de todos los árbitros que hubo en los mundiales de fútbol.







1993





domingo, mayo 17, 2009

“A rose is a rose”, de Blanca Varela






inmóvil devora luz
se abre obscenamente roja 
es la detestable perfección 
de lo efímero
infesta la poesía
con su arcaico perfume






en Valses y otras falsas confesiones, 1972










sábado, mayo 16, 2009

"Góndola fúnebre N°2", de Tomas Tranströmer




I

Dos hombres, suegro y yerno, Liszt y
Wagner, viven junto al Canal Grande
con la inquieta esposa del rey Midas,
ése que transforma en Wagner todo lo que
toca.
El frío verde del mar atraviesa los pisos del
palacio.
Wagner destaca, el conocido perfil de títere
parece más cansado;
el rostro, una bandera blanca.
La góndola cargada pesadamente con sus vidas; dos pasajes de ida y vuelta
y otro
sólo de ida.


II

Una ventana del palacio se abre con el viento y el súbito  soplo provoca muecas.
Sobre el agua aparece la góndola del basurero impulsada por dos
bandidos con remo.
Liszt ha escrito unos acordes tan pesados
que deberían ser enviados a analizar
en el Instituto de Mineralogía de Padua.
¡Meteoritos!
Demasiado pesados para la quietud, pueden sólo hundirse más y más,
futuro abajo, hasta
los años de las camisas pardas.
La góndola, pesadamente cargada con las
hacinadas piedras del futuro.


III

Rendijas, hacia 1990.

25 de marzo. Inquietud por Lituania.
Soñé que visitaba un gran hospital.
No tenía funcionarios. Todos eran pacientes.


En el mismo sueño, una niña recién nacida
hablaba con completas oraciones.



IV

Junto al yerno, que es hombre de su tiempo,
Liszt es un apolillado grandseigneur.
Es un disfraz.
El abismo, que ensaya y descarta máscaras
diferentes, ha elegido justo ésta para él,
el abismo, que quiere subir hasta los hombres sin mostrar
su rostro.


V

El Abate Liszt está habituado a cargar él
mismo su maleta por soles y por nieves
y cuando muera un día, nadie irá a
esperarlo a la estación.
La tibia brisa de un coñac excelente lo
conduce a la tarea.
Siempre tiene tarea.
¡Dos mil cartas al año!
El escolar que escribe cien veces el palote,
antes de que le permitan volver a casa.
La góndola cargada pesadamente de vida;
es sencilla y negra.


VI

De regreso en 1990.

Soñé que conducía doscientos quilómetros en vano.
Entonces, todo se agigantó. Gorriones enormes como gallinas
cantaban de modo ensordecedor.

Soñé que dibujaba teclas de piano
en la mesa de cocina. Tocaba sordamente
en ellas.
Los vecinos acudían a escuchar.



VII

El clavicordio que calló durante todo
Persifal (aunque estaba escuchando) puede
al fin decir algo.
Suspiros... sospiri...
Mientras Liszt toca, esta noche, mantiene
apretado el pedal marino
para que la fuerza verde del mar suba a
través del piso y se una a todas las piedras
del edificio.
¡Buenas tardes, bello abismo!
La góndola cargada pesadamente de vida;
es sencilla y negra.


VIII

Soñé que llegaba tarde el primer día de clases.
Todos en el salón llevaban máscaras blancas
sobre el rostro.
Imposible decir quién era el maestro.







Traducción de Roberto Mascaró



Nota
Desde el 19 de noviembre de 1882 haste el 13 de enero de 1883, Liszt visitó a su hija Cosima y a su marido Richard Wagner en el Palazzo Vendramin, en Venecia. Inspirado al ver Liszt un par de góndolas funerarias y bajo una 'premonición', compuso dos piezas para piano que se publicaron bajo el título de "Góndola fúnebre". Wagner moriría al mes siguiente, el 13 de febrero de 1883.









viernes, mayo 15, 2009

“El beso de la muerte”, de Verónica Zondek







Una pequeña torsión de su cuerpo
y ya
está atrapada.
Verdes
lacias
sus escamas relucen
viscosas en el rechoque de dientes.
Una lengua
larga
dividida
penetra
socava hasta infiltrar el vacío
la oquedad oculta entre huesos
el suspiro
que sale por el ojo ciego
el inútil deseo cogido entre los pechos
prendida entre el ropaje
el cuello ansioso
la mirada ausente
la trampa ahí
la trampa aquí en la carne tibia
en la mano que acerca el silencio
hasta hacer rendir el pequeño gesto de voluntad.

Miedo
pujo
pasión tremenda
huestes
quejidos
gritos furibundos
satisfacción
y ratonera.

Una vida en manos de la muerte.






en Entre lagartas, 1999










jueves, mayo 14, 2009

"El Caballero Oscuro", de Jonathan & Christopher Nolan

Escena de The Dark Knight - El Caballero de la noche



El Comisario Gordon abandona la oscura sala de interrogatorio en la que el Guasón se niega a colaborar. La luz se prende, dejando ver que atrás del Guasón está Batman, quien le toma de la cabeza y se la azota contra la mesa en la que se apoya.

Guasón: ¡Auch! Nunca empieces por la cabeza. La víctima queda confundida y no puede sentir el próximo... (Batman golpea con el puño la pasiva mano del Guasón apoyada en la mesa, quien se queda pensativo dos segundos) ¿Ves?

Batman: Me querías. Aquí me tienes.

Guasón: Quería ver lo que harías. Y no me has decepcionado. Has dejado morir a cinco personas. Luego has dejado que Dent tome tu lugar. Hasta a mí me parece cruel.

Batman: ¿Dónde está Dent?

Guasón: Esos idiotas de la mafia quieren liquidarte... para que todo vuelva a ser como antes. Pero yo sé la verdad. No hay vuelta atrás. Lo has cambiado todo. Para siempre.

Batman: ¿Entonces por qué quieres matarme?

Guasón: (Ríe) ¡Yo no quiero matarte! ¿Qué haría yo sin ti? ¿Volver a robar a los mafiosos? No, no. No, tú me completas.

Batman: Eres basura, matas por dinero.

Guasón: No hables como ellos. No lo eres. Aunque quisieras. Para ellos sólo eres un bicho raro, como yo. Ahora te necesitan. Pero cuando no sea así... te marginarán como a un leproso. Verás, su moral, sus códigos... son una farsa. Desaparecen a la primera señal de problemas. Son sólo tan buenos como el mundo les permite ser. Te lo demostraré. Cuando las cosas se tuerzan... estas personas civilizadas... se comerán entre sí. Yo no soy un monstruo. Sólo voy un paso por delante.

Batman toma al Guasón de las solapas y lo levanta por sobre la mesa hacia sí, dejándolo cara a cara.

Batman: ¿Dónde está Dent?

Guasón: Tienes todas estas reglas y piensas que eso te salvará.
...
Batman: (Lanza al Guasón contra la pared) Tengo una regla.

Guasón: Entonces, esa es la regla que deberás romper para saber la verdad.

Batman: ¿Que es...?

Guasón: La única manera razonable de vivir en este mundo es sin reglas. Y esta noche romperás tu única regla.

Batman: Lo estoy considerando.

Guasón: Sólo quedan unos minutos, así que tendrás que jugar mi pequeño juego... si quieres salvar a uno de ellos.

Batman: ¿Ellos?

Guasón: ¿Sabes?, por un momento pensé que en verdad eras Dent. La forma en que te lanzaste tras ella... (Batman se enfurece y lo azota contra la mesa. El Guasón ríe, mientras Batman tranca la puerta para que ningún policía se interponga en la violencia que ejercerá contra el Guasón) Mira cómo actúas. (El Guasón se pone de pie) ¿Sabe Harvey acerca de su conejita y tú? (Batman lo lanza contra el espejo en la pared)

Batman: (Gritando) ¿Dónde están?

Guasón: Matar es tomar una decisión.

Batman: (Le lanza un puñetazo mientras el Guasón sigue sentado en el piso) ¡¿Dónde están?!

Guasón: Elige entre una vida u otra. ¿Tu amigo, el fiscal del distrito o su sonrojada prometida? (Ríe, mientras recibe otro puñetazo de Batman) No tienes nada, nada con qué amenazarme. Nada que hacer con toda tu fuerza. (Batman lo vuelve a levantar tomándolo de las solapas) No te preocupes, te diré dónde están... los dos. Y ése es el punto. Tendrás que elegir.







2008
















miércoles, mayo 13, 2009

“Mordí la mano”, de Omar Lara







Mordí la mano que me acariciaba
su polvillo salobre,
su miel ácida,
con la turbia saliva y el sollozo
mordí la mano,
sollamé su dorso.
En el filo
en el fondo
o en la linde,
me sostuve con ella,
me sostuvo.
Hogueras apagadas, pozo inepto,
yo mordí la caricia
de la Nada.






en Fuego de mayo, 1996










martes, mayo 12, 2009

"Life Aquatic: Wes Anderson en segundo grado", de Manuel Yáñez






En Academia Rushmore (Rushmore, 1998), la segunda película de Wes Anderson (probablemente la mejor teen movie de la historia junto a Movida del 76Dazzed and Confused— de Richard Linklater), uno de los múltiples clubes escolares que capitaneaba el genial y excéntrico Max Fisher era el grupo teatral. Las obras originales que Fisher creaba y ponía en escena seguían unos patrones que pueden ayudarnos a entender las claves de Life Aquatic (Vida acuática, 2004), cuarta película del realizador norteamericano. Los puentes de contacto y los valores estéticos que comparten las maravillosas obras de teatro de Max Fisher y Life Aquatic pueden llevarnos a pensar que nos encontramos ante una película en segundo grado, es decir, una película que se construye sobre los pilares formales, temáticos y morales expuestos en las anteriores obras de su realizador, hablamos de la película que hubiese realizado el protagonista de Academia Rushmore si en vez de dedicar su vida a su modélica escuela hubiese decidido entregarse al cine. Esta hipótesis, que aún debemos demostrar, nos estaría hablando del testimonio de una interesante evolución artística ligada a un proceso de autoafirmación y de toma de conciencia del propio estilo, algo que por otra parte ha estado siempre presente en las anteriores obras del director norteamericano. Pensar en Life Aquatic como una película en segundo grado, lo que supondría una inversión del mecanismo que llevaría a Kiarostami a completar su trilogía de Koker, nos condena a hablar de una dinámica algo rebuscada, en la que el nuevo movimiento en la carrera de Wes Anderson lo lleva un paso más lejos de la realidad y uno más cerca de su ideal artístico: un cine que es la puesta en imágenes de una realidad interior, la expresión incontrolada de un imaginario personal, la necesidad de escapar de la soledad y exorcizar una intensa sensación de extrañamiento.

Intentemos demostrar nuestra teoría paso a paso:
1- Las obras de teatro de Max Fisher son refritos que beben de fuentes cinematográficas. En Academia Rushmore podemos ver la representación de dos de las obras de Fisher. Ambas se adaptan claramente a las coordenadas de un género cinematográfico. La primera es una obra policíaca, protagonizada por el agente Serpico, plagada de lenguaje obsceno, de actitudes chulescas y de violencia explícita. La segunda es una obra bélica, ambientada en la guerra del Vietnam, en la que los soldados del ejército yanki (encarnados por niños de colegio) intercambian consignas y expresiones codificadas por la representación cinematográfica de la guerra procedente principalmente de la industria de Hollywood. En estas representaciones teatrales encontramos un territorio abierto al análisis. Podemos detectar, por ejemplo, la esencia postmoderna del cine de Anderson, un cine que se alimenta de referentes cinematográficos, que articula su discurso saltando de un género a otro dando origen a un pastiche explosivo. En Life Aquatic podemos rastrear varios de estos géneros: la comedia (que para Anderson es como un fondo de lienzo sobre el que pintar su obra), el cine de acción (los delirantes combates entre la tropa Zissou y los piratas), el drama humano (la construcción de una familia patriarcal, eje también de la maravillosa Los Tenenbaum (The Royal Tenenabums, 2001), el melodrama, el documental de naturaleza y el musical (los clips de Seu Jorge versionando en portugués canciones de David Bowie). Pero no sólo de cine se alimenta la obra de Anderson. En Life Aquatic el referente principal es el mítico Jacques Costeau, creador de documentales para el cine y la televisión. La televisión, el diálogo entre música e imagen que propone el videoclip, ciertos tics procedentes del lenguaje publicitario... todo esto se mezcla en el cine de Anderson tamizado por la ironía y un claro sentido paródico propios de la postmodernidad. Como referente, es obligatorio mencionar también la figura ya mítica de Bill Murray. Resultaría ridículo intentar alabar a Murray en un par de líneas, y decir que es el mejor actor en activo de todo el mundo sería una simplificación obscena, así que nos limitaremos a decir que en el cine de Wes Anderson (como lo fue en Lost in Translation de Sofia Coppola) Bill Murray no es un cuerpo sobre el que el director construye un personaje, sino que es un referente en sí mismo. No es una cara sobre la que dibujar la derrota y el fracaso vital, sino la mirada del desencanto de Bill Murray, una mirada que atraviesa toda su filmografía y que está por encima de cualquier película, realizador o género.

2- Las obras de teatro de Max Fisher se construyen en torno a héroes. Steve Zissou es un héroe, principalmente a los ojos de Wes Anderson. Aquí debemos preguntarnos acerca de la perspectiva a través de la que miramos el cine de Anderson. Esta es, en el fondo, una cuestión que raya el absurdo, ya que todo el cine nace del filtrado, captura o creación de una realidad por la mirada de un realizador y es por tanto siempre a través de sus ojos que vemos su mundo. En el caso de Anderson, sin embargo, el análisis es interesante en cuanto nos conduce a evidenciar que no hay casi nada real en su cine. Aquí la subjetividad que deforma el mundo a través de los ojos de un director alcanza cotas en las que el mundo real parece desvanecerse por completo (que llegaría el momento en que Anderson recurriría al cine de animación, como lo hace en Life Aquatic gracias al talento de Henry Selick, parece a posteriori algo obvio). Podríamos pensar que a través de la pantalla rectangular miramos el interior mismo de Wes Anderson. Le miramos en esos personajes encuadrados junto a tantos objetos que los definen (fotografías, diplomas, objetos de decoración...), deseando expresar su mundo interior y encontrar la compañía entre otros personajes de ficción formando una gran familia. Por otra parte, Anderson se encarga de enfatizar esa distancia entre el mundo real y su mundo particular mediante varios mecanismos. Primero la desnaturalización del encuadre y la puesta en escena, empezando por la intensa deformación que ejercen las lentes anamórficas sobre lo filmado, convirtiendo en deliciosas curvas los bordes del encuadre (formando casi un círculo de una belleza plástica desbordante). También se suma a la estridencia formal la predilección de Anderson por la composición frontal. Con mucha frecuencia nos encontramos ante imágenes frontales de los personajes, un mecanismo cuyo sentido aún no conseguimos descifrar por completo. Por una parte nos parece ligado a un sentido metacinematográfico: los personajes se presentan ante nosotros conscientes de su naturaleza fílmica y dialogan tanto entre ellos como directamente con el espectador. Por otra parte puede verse como un síntoma de la influencia de las otras artes: una concepción teatral del escenario (hay un juego rico y continuo de apariciones y desapariciones de personajes por los laterales del encuadre), una predilección por el retrato que nos remite al terreno de lo pictórico (los retratos pictóricos o fotográficos son un elemento recurrente en el abarrotada escena andersoniana), y una cierta influencia literaria en la estructura del relato (la mayoría de sus películas presentan una estructura fragmentada por capítulos). Un espacio en el que puede comprobarse esta diversidad de influencias es en la presentación de personajes y en la forma de fragmentar la narración en las diferentes películas de Anderson: en Academia Rushmore los capítulos se abren con la apertura de una cortina teatral, en Los Tenenbaum con la filmación de las páginas de un libro y en Life Aquatic los personajes nos son presentados mediante un montaje televisivo del equipo Zissou.

3- Las obras de teatro de Max Fisher son la representación del mundo de los adultos a través de la mirada de un niño. Aquí pisamos un terreno en el que resulta fácil caer en la simplificación. Decir que la mirada que nos ofrece Wes Anderson de su mundo es la de los ojos de un niño sobre el mundo adulto es cierto en parte, pero no deja de ser una simplificación. La dialéctica propuesta por Anderson entre la infancia y la edad adulta es más rica de lo que podría parecer a simple vista. La base de esa dialéctica es una relación biyectiva: los niños de las películas de Anderson representan la inocencia y la pureza de la infancia pero aplicada a los modelos de seriedad, disciplina y profesionalidad de la edad adulta, así para Max Fisher su dedicación a Rushmore es un trabajo. Y por otra parte, los adultos presentan una fidelidad a sus objetivos y principios (en ocasiones de dudosa moralidad, piénsese en los personajes de Gene Hackman en Los Tenenbaum y de Murray en Rushmore y Life Aquatic) bañada por la terquedad y una tendencia a la obsesión desmesurada propia de la infancia. En relación con esta cuestión podemos citar una de las constantes más estimulantes del cine de Anderson, que se haya también relacionada con el contraste entre el mundo real y el mundo andersoniano que apuntábamos en el punto anterior: me refiero a las situaciones en las que los principios y actitudes de los personajes (infantiles en los adultos y adultas en los niños) entran en conflicto con los principios que rigen el mundo real. Resulta memorable recordar cómo la riña infantil entre Max y el señor Blume en Rushmore alcanza proporciones desmesuradas que bordean el intento de asesinato, cómo las triquiñuelas de Royal Tenenbaum (que llega a simular una enfermedad terminal) se nos presentan como el fruto del deseo honesto de recuperar el amor familiar, cómo el personaje de Owen Wilson en Bottle Rocket (1996) ve su encarcelamiento como el reconfortante resultado de su inofensiva escalada criminal.

4- Las obras de teatro de Max Fisher tienen un final feliz. Al igual que Max, Wes Anderson siente un amor incondicional hacia los personajes que encarnan su imaginario, son la representación de su mundo ideal. Es para ellos que construye un mundo en desfase cuyas coordenadas disfuncionales sólo se revelan como tales al entrar en contacto con el mundo real, el de los seres vulgares de carne y hueso. Hay algo que planea por el cine de Wes Anderson con mayor intensidad que su predisposición a la ironía postmoderna y a la parodia alocada, algo que supera y que prevalece por encima del arsenal de recursos formales y de escenografía, algo que está por encima del talento visual de su realizador: el amor sincero hacia sus personajes. Si Life Aquatic es una película relativamente fallida es porque ese amor queda en ocasiones sepultado bajo los delirios formales del director. Algunos actores no están a la altura de las circunstancias (el gran Owen Wilson flojea en más de una ocasión), alguna de las subtramas deja mucho de desear (el idilio entre los personajes de Owen Wilson y Kate Blanchett no es un buen ejemplo de la sensibilidad que Anderson suele mostrar por los romances amorosos), encontramos algunos personajes algo desdibujados y, como ya apuntamos, en ocasiones el vendaval de recursos escénicos parecen asfixiar el contenido dramático (como si Anderson adoleciera de un exceso de presupuesto). En cualquier caso estamos hablando de una película que hubiese podido firmar Max Fisher, celebrémoslo.













lunes, mayo 11, 2009

“El amante de Janis Joplin”, de Élmer Mendoza

Capítulo 1






Hace frío pero ¿a quién le importa? El tiempo no iba a detener a las parejas que bailaban bajo la magia de la luna en lo alto de la sierra, a la entrada de un co­bertizo semioscuro donde sólo había una grabadora y un caset. ¿Quién necesita más?, pensaba Carlota Amalia Bazaine mientras observaba a los mozos que hacían macherías fuera del baile, excluidos por falta de mucha­chas. Pensó en ir con ellos a echar relajo pero cambió de opinión: esa noche tenía ganas de otra cosa. No po­día bailar, lo sabía todo el mundo, pues era una mujer apartada: Rogelio Castro le había puesto coto y nadie se atrevería a acercarse, mucho menos esos jóvenes que preferían molestar a David Valenzuela y asestarle mana­zos en la cabeza o en la espalda, al grito de Cierra el ho­cico cabrón, se te va a meter una mosca. Estaban recién llegados de la costa o de los Estados Unidos, a donde habían ido a trabajar; los que se quedaron cosecharon cannabis y amapola, y les fue bien, siempre les iba bien, el Triángulo Dorado cada vez era más poderoso. En cambio David, pobre, era el tonto del pueblo. Aunque tonto-tonto no es, pensaba Carlota, No come bichos ni dice disparates; es un poco lento, inocente, ¿cómo decirlo?, más ingenuo pero también más tierno que los demás. David se preguntaba qué hacer, siempre tenía problemas para decidir, en este momento le pegaban y lo estaban corriendo de la fiesta. A fin de eludir la mor­dacidad de sus amigos se aproximó a los danzantes y se topó con ella. La novia de Rogelio Castro le echó una mirada coqueta que lo sonrojó. Él, Hola, iba a alejarse pero la voz de Carlota, ¡David!, lo paralizó, ¿Qué on­da?, se volvió nervioso, con la boca abierta, y la mujer le dijo: Vamos a bailar. Estaba empezando una canción, David pensó en Rogelio Castro, Dicen que mató a seis en Santa Apolonia, ¿o a más de seis?, Al menos fueron cuatro en Lo de Verdugo, y se dijo a sí mismo: Mejor ni la veas, pero no quería negarse, ningún serrano lo haría, aunque no ignoraba que violar el derecho de apartado provocaría un desastre, y se quedó de pie. Ella lo miró a los ojos, ¿No quieres?, y David notó que se pasaba la lengua por los labios, Dios mío, una cosa es que tú la invites y otra que ella terquee. ¿Qué le ha dicho su padre sobre el amor?, que mata y requetemata. David la ha es­cuchado cantar Yo soy rielera tengo mi Juan desde la casa contigua, ha soñado que la ve desnudarse mientras él se desplaza por el monte, volando en busca de presas, Mi mamá quiere un armadillo, necesita el aceite para la tos de mi hermana; lleva años soñando sus ojos verdes de gabacha, la blancura de su cuerpo espigado y hermoso. Al parecer Carlota lo sabía y si no lo sabía lo intuía, pues las mujeres siempre adivinan cuando le gustan a un varón. David abatió la cabeza, Bueno, dijo, y se dejó conducir junto a las otras parejas que bailaban fundidas. El pueblo era un mechón mal peinado.

Carlota abrió su chamarra roja y bailaron, David la llevaba con torpeza, no se atrevía a apretarla y la muchacha lo incitó: David, no seas tímido, ¿Eh?, Abrázame, para bailar a gusto, entonces se pegaron y él, que ya llevaba abierta la chamarra, sintió los senos de su pare­ja y tuvo una erección. Se apenó muchísimo: Dios mío querido, esto no puede ser; Carlota era la mujer que amaba, siempre vista y oída desde el patio de su casa o desde la cocina, ¿por qué se le paraba en ese momento? Sacó la cadera como Cantinflas, ¿acaso no decía su ma­dre que tocarse allí era un pecado?, pero están más cerca los dientes que los parientes y David pronto se desinhi­bió y terminó por pegarse a la muchacha. Después de todo tenía casi veinte años y ella poco más de dieciséis. Hacía un frío inclemente, pero a los invitados que be­bían o bailaban el tiempo les valía gorro. A través de una ligera neblina vio cómo los otros oscilaban sobre sí mismos, después de horas de beber Chacaleño. Enton­ces cerró los ojos y se dejó llevar por el vaho depositado en su oreja, sintió las piernas firmes de Carlota, respiró el perfume de su pelo, Ah, Quiero casarme contigo, pen­só, Vente conmigo esta noche, vámonos a mi casa, a Durango, o a Culiacán que está más cerca, nos podemos ir en avión o a caballo. Carlota Amalia lo estimulaba con suavidad, a ella no la obsesionaba el vecino pero no le disgustaba: era un muchacho simpático y pulcro, Qué pena que no sea normal; además, con el asedio de Rogelio Castro ella no podía fijarse en nadie, eso le costó la vida a dos forasteros que no creían en apartados. Cuando era chica le encantaba David pero conforme fue creciendo advirtió esas pequeñas taras de las que to­dos hablaban, Lástima, y que lo hacían tan distinto: la boca siempre abierta, los dientes frontales tan desmesu­rados. Ahora comenzaba a sentir placer y se dejó llevar, no había pensado llegar tan lejos pero se hallaba excita­da; así que le buscó conversación para cubrir las aparien­cias: Me contó el Duque que mataste tres conejos de tres pedradas, ¿tienes tan buena puntería?, Más o menos, Da­vid cavilaba en los hijos que tendrían, Unos cuatro, dos mujeres y dos hombres, ella insistió, ¿Te gusta el conejo?, Me encanta, Mejor seis mujeres y seis hombres, continuó pensando, ¿Cómo te gusta más?, En estofado, ¿y a ti?, Asado, ¿Podrías matar una rata a diez metros?, Nunca lo he hecho, ¿Y una tarántula?, Esas las aplasto con el pie.

David estaba clavado, se habían desvanecido sus es­crúpulos. Aferrado a aquel cuerpo santo que el destino había puesto en sus manos se abandonó al impulso que precede al orgasmo. Carlota percibió la fuerza del varón y pensó que se estaban excediendo, que todo tenía un límite, que era mejor hablar de conejos, pero a fin de cuentas estaba aburrida y casi nadie los veía, se hallaban en lo oscurito, así que se dejó llevar llevar llevar; en eso Carlota sintió que el hombre se arqueaba y conseguía la cúspide cuando estaba a punto de quebrarle el espina­zo. El aire se impregnó de un intenso olor a semen y ella le acarició el cuello, asombrada, ¿Qué onda?, David se detuvo un momento, luego continuó bailando de ma­nera mecánica, respirando grueso, sin sonreír; ella se separó un poco, pues en ese momento se detuvo el caset. ¿Por qué se lo había permitido, si ni novios eran?, Pobre, quién se va a fijar, es el tonto del pueblo.

Serían las ocho, tres cachimbas de diesel ardían en los linderos del patio. David no cejaba aunque el resto de las parejas ya se había disuelto, Me quiere, me la voy a llevar a mi casa, la puedo mantener con lo que gano en el aserradero, si su novio se enoja me la llevo a Tamazula, le compro ropa, llegamos con mi tía Altagracia; pero antes de que empezara la siguiente rola los separó ni más ni menos que Rogelio Castro, ¿Qué pendejada es esta, tontolón? ¿Se te olvidó quién es el dueño de esta morra? Lo empujó, Tú sabes bien que aquí nomás mis chicharrones truenan, ¿o qué?, David no pronunciaba palabra. Aunque fueron juntos a la primaria Rogelio siempre fue un canalla, No ha pasado nada, lo interrum­pió Carlota, ¿Te pregunté, eh?, el recién llegado olía a alcohol y a mota quemada, la chica les dejó el campo libre, ¿qué más podía hacer? No ignoraba su error: aun­que estuviera harta, no podía bailar ni con el tonto del pueblo. David seguía trabado, intentaba controlar las ganas de ir a evacuar; en cambio Rogelio ya se estaba apaciguando, Todos saben que con esa vieja nomás mis huesos, que la tengo plaqueada, en el fondo pensaba Pinche tonto, qué le pudo haber hecho.

No fue la luz de las cachimbas, que era tenue, fue la luna lo que alumbró la mancha de semen en el panta­lón caki. Rogelio bajó la vista y fue como si le hubieran inyectado lamias, Hijo de tu pinche madre, sacó su re­vólver, Nomás eso me faltaba, que el más tonto del pue­blo me quisiera ver la cara. Podía matarlo allí mismo sin mayor trámite pero quería humillarlo, y se volvió a su novia, ¿Andas ganosa? Ahorita tú y yo nos vamos a arreglar hija de la chingada, al rato vas a saber lo que es canela, luego le gritó a David, ¿Eres muy hombre, ca­brón?, y le tiró a los pies para que bailara, ¿Con que muy machito, eh?, dio otro disparo y David cayó junto a una cachimba con serios retortijones. Rogelio trataba de pa­tearle los genitales pero no le atinaba, aprovechando que había bajado la pistola David procuró huir hacia el monte pero su enemigo A dónde vas hijo de tu madre, le cerró el paso y lo agarró a patadas, David intentó ale­jarse, mas el patio crecía y crecía con el espanto, Quiero ir al baño, gritó, Rogelio disparó al aire, Párate tonto pendejo, Quiero ir a mi casa. Sabía que había llegado su hora, por más tonto que sea, un serrano amenazado por cuestiones de amor con una pistola sabe que no tiene salvación, y menos si el atacante era Rogelio Castro. Su familia era la más exitosa en la siembra de mariguana y también la más sanguinaria de la región. Eran siete her­manos y Rogelio el más cruel: Vas a chingar a tu madre pinche cabrón. David vislumbró a Carlota Amalia vuel­ta de espaldas para no mirar, abrazada por sus amigas. Los demás permanecieron quietos, la violencia genera cobardía. Entonces David miró a su oponente, que an­tes de sacrificarlo se daba el lujo de apuntar al cielo con la pistola, para luego bajar el arma lentamente, cuando tocó una roca con la punta de los dedos y le tiró una pe­drada veloz a la cabeza, Pock, como supremo mecanis­mo de defensa.

Rogelio cayó sin sentido. El golpe fue tan tremendo que generó un vacío, un instante donde la luz de la lu­na estaba en las cachimbas y la de las cachimbas quién sabe dónde. David miró a los otros lleno de asombro, ¿Le pegué?, lo veían con caras alargadas como relojes de Dalí, ¿Le pegué en la cabeza? Creyó ver a su propio pa­dre entre las sombras, rodeado de animales, Papá no sé qué hice, pero su imaginación lo traicionaba, también creyó ver a su madre y a sus hermanas, buscó la Vía Lác­tea para saber si estaba soñando, pero el cielo estaba oculto por la niebla y se quedó en suspenso, ¿Dónde es­tará Carlota?, me gustó bailar con ella.

En eso David sintió como si alguien despertara den­tro de su cabeza, y escuchó una voz interior: ¿Qué traba­jos me esperan? Ojalá no me lleven demasiado tiempo, ¿Qué pasa?, se preguntó David, los presentes se habían congelado alrededor del cadáver, que aún sostenía la pistola, luego la gente comenzó a moverse y todo fue­ron voces y más voces, ¿Quién le avisa a Don Pedro Castro?, Hagan algo con el tontolón antes de que lleguen los hermanos, Avisen a su papá, Chale, no quisie­ra estar en sus zapatos, Pobre güey, ¿qué le van a hacer?, Carlota observaba el cuadro aterrada. David se sintió confundido, ¿Le pegué en la cabeza? Rogelio no era tan malo con él, y David lo acababa de matar como al vena­do que se encontró en el sendero: de una sola pedrada, Pueblo chico infierno grande, aseveró la voz, Debo salir de este maldito castigo, y la niebla se apoderó del patio.

La culpa es de Carlota, dijeron los que bebían Chacaleño, ¿Qué tiene que andar bailando si sabe que está apartada?, Espero que no se altere demasiado cuando sienta que estoy aquí, susurró la voz interior, que se oía ligeramente eléctrica, el comienzo siempre es difícil, Lla­men al comandante Nazario, sugirió alguien, y David sintió que unas ganas de evacuar le estrujaban el vien­tre. Se había acordado del comandante Nazario, días antes, cuando buscaba armadillos, vio cómo él y sus hombres asesinaban a tres presuntos guerrilleros en una cañada. La cárcel de Chacala era un cuarto inmundo que tenía el olor avasallante de la mierda acumulada, ¿Me va a apresar el comandante Nazario?, se preguntó y le respondió la voz: David, ¿me oyes? La voz, que podría ser la de una mujer que habla grueso o la de un hombre delicado, habitó completamente su cabeza, se la apretó, Por cinco, y lo llevas a esta dirección, Ah qué señor Valenzuela, no se hable más: esta vida es un camote, ¿viene usted?, No, es mejor que me quede. A David lo perturbaba su parte reencarnable, que pretendía aconse­jarlo: Si has matado a alguien más vale que huyas, un poco de movilidad no te vendrá mal, ¿No será mejor a caballo?, le preguntó a su padre, ¿Quieres que te atrape Nazario? Te tienes que ir en avioneta y apúrate antes de que el señor cambie de opinión, te va a dejar en casa de tus tíos, vas a estar con ellos unos días. El piloto encendió los motores, David empezó a gimotear, ¿Y el diablo?, su papá lo abrazó, No le hagas caso, hijo, y lo empujó a la nave, Sé que es duro, pero te tienes que ir, ya conoces a los Castro, ¡Hilo papalote!, el avión avan­zó unos metros, su papá se quedó en la pista de aterri­zaje cada vez más borroso, ¿desde cuándo no lloraba así?, escuchó dos disparos, Calmado, dijo el piloto, un rato más y estaremos en Culiacán.





2002









domingo, mayo 10, 2009

"La madre", de Máximo Gorki

Capítulo IV de la Segunda Parte




Unos días después, Nicolás vio aparecer ante sí a la madre y a Sofía pobremente vestidas con trajes de indiana usados, una mochila al hombro y el bastón en la mano. Aquel atuendo hacía parecer más pequeña a Sofía, y hacía su rostro pálido aún más severo.

Al decir adiós a su hermana, Nicolás le estrechó calurosamente la mano, y la madre observó una vez más qué poco aparatoso era su afecto. No se prodigaban los besos ni las palabras cariñosas, y, sin embargo, eran sinceros y llenos de ternura el uno hacia el otro. Donde ella había vivido, las gentes se abrazaban mucho y se decían frecuentemente cosas afectuosas, lo que no les impedía morderse entre sí como perros rabiosos.

Las dos mujeres atravesaron la ciudad en silencio, llegaron al campo y tomaron una ancha carretera de tierra apisonada, entre dos filas de viejos abedules.

-¿No se cansará? -preguntó la madre a Sofía.
-¿Cree que no tengo costumbre de andar? Ya sé lo que es. Alegremente, como si relatase travesuras de su infancia, Sofía se puso a contarle a la madre sus actividades revolucionarias. Tenía que vivir bajo un nombre falso, utilizando una carta de identidad falsificada, disfrazarse para escapar a los espías, transportar decenas de kilos de libros prohibidos a distintas ciudades, organizar la evasión de camaradas deportados, hacerles cruzar la frontera. Tuvo instalada en su casa una imprenta secreta, y cuando los gendarmes, que lo supieron, se presentaron a registrar, apenas tuvo tiempo de disfrazarse de criada unos segundos antes de su llegada. Había salido cruzándose con los visitantes en la puerta del edificio, con el abrigo, el pañuelo a la cabeza y un bidón de petróleo en la mano, y en aquel riguroso frío de invierno había atravesado la ciudad de un extremo a otro. Otra vez había llegado a un lugar desconocido, para ir a casa de unos amigos; subía ya la escalera, cuando se dio cuenta de la presencia de un funcionario de la policía. Era demasiado tarde para volverse atrás; entonces, llamó audazmente a la puerta del piso de abajo y, entrando con su maleta en la vivienda de unos desconocidos, les explicó francamente su situación.
-Pueden entregarme si quieren, pero creo que no lo harán -dijo con firmeza.

Aterrada, aquella gente no durmió en toda la noche, esperando a cada momento que llamasen a su puerta, pero no se decidieron a entregarla a los gendarmes, de lo que rieron todos juntos cuando llegó el día. Otra vez, vestida de monja, había viajado en el mismo vagón y en el mismo banco que un inspector que trataba de encontrarla y que se alababa de su habilidad, al explicar cómo iba a dar con ella. Estaba seguro de que iba en aquel tren, en segunda clase. A cada parada salía, diciendo al volver:

-No la veo..., debe ir durmiendo. ¡También ellos se cansan, llevan una vida dura, del estilo de la nuestra!

La madre reía escuchando estos relatos, y la miraba con ojos de afecto. Alta, delgada, Sofía caminaba con el paso firme y ligero de sus esbeltas piernas. En su modo de andar, en sus palabras, en el tono mismo de su voz, levemente opaca pero resuelta, en toda su silueta elegante, había una bella salud moral, una alegre osadía. Posaba sobre todas las cosas su mirada nueva y joven, y en cualquier parte encontraba detalles que excitaban su juvenil alegría.

-¡Mire qué abeto más bonito! -exclamó, mostrando a la madre un árbol que ésta se detuvo a mirar. No era ni más alto ni más recio que los otros.
-¡Una alondra!

Los ojos grises de Sofía tuvieron un resplandor de ternura y su cuerpo pareció querer lanzarse delante del claro cantar de la alondra invisible, en el cielo luminoso. A veces, con un ágil movimiento, se bajaba a coger una flor silvestre cuyos pétalos temblorosos acariciaba amorosamente, con el ligero roce de sus delgados y nerviosos dedos. Y canturreaba alguna hermosa música.

Todo ello acercaba a la madre a aquella mujer de ojos claros, se apretaba involuntariamente contra ella, esforzándose en ir a su mismo paso. Pero, a veces, en las frases de Sofía, había algo de demasiado vivo, que parecía superfluo y que suscitaba en Pelagia un pensamiento inquieto.

-No va a gustarle a Michel.

Un instante más tarde, Sofía hablaba de nuevo, sencillamente, cordialmente, y la madre, sonriendo, la miraba con ternura.

-¡Qué joven es usted aún! -suspiró.
-¡Oh, tengo ya treinta y dos años! -dijo Sofía.

Pelagia sonrió:
-No es eso lo que quiero decir...; por su aspecto se puede pensar que tiene más. Pero cuando se la mira a los ojos, cuando se la escucha..., es asombroso, parece una muchachita. Ha llevado una vida agitada y difícil, peligrosa, y, sin embargo, su corazón sonríe siempre.
-No creo que mi vida sea difícil, y no puedo imaginar ninguna mejor ni más interesante... Voy a llamarla por su patronímico, Nilovna. Pelagia no le va.
-Como quiera. Si eso le gusta... -dijo la madre pensativa. La miro a usted, la escucho, y reflexiono. Me gusta ver cómo conoce el camino que lleva al corazón de las gentes. Se abren ante usted sin vacilación, sin temor: el alma se descubre por sí sola y va a su encuentro. Yo pienso en todos ustedes, y me digo: vencerán al mal, es seguro que lo vencerán.
-Tendremos la victoria porque estamos con los trabajadores -dijo Sofía con fuerza y seguridad-. El pueblo decide; con él todo es realizable. Solamente hay que despertar su conciencia, que no tiene libertad para desarrollarse...

Sus palabras despertaron en la madre un sentimiento complejo. Sofía le daba pena, sin saber por qué; era una piedad amistosa que no hería, y le habría gustado oírle decir otras palabras, más sencillas.

-¿Quién os recompensará de vuestros trabajos? -preguntó dulce y tristemente.
-Ya estamos recompensados -respondió Sofía, en un tono que pareció a la madre lleno de orgullo-. Hemos encontrado una vida que nos satisface, y donde podemos desplegar todas las fuerzas de nuestra alma, ¿hay algo mejor?

La madre le lanzó una ojeada y bajó la cabeza, pero pensó de nuevo:
«No gustará a Michel.»

Aspirando a pleno pulmón el aire tibio, no caminaban muy aprisa, sino con paso sostenido, y la madre tenía la sensación de efectuar un peregrinaje. Recordaba su niñez, y la alegría que la animaba cuando, en alguna fiesta, dejaba su aldea para ir a algún monasterio lejano, a visitar algún milagroso icono.

Algunas veces, Sofía cantaba con voz no muy potente, pero muy bella, canciones nuevas que hablaban de cielos o de amor, o se ponía a declamar versos celebrando los campos, el Volga, y la madre sonreía, escuchaba balanceando involuntariamente la cabeza al ritmo de la poesía, cuya música le encantaba.

Su corazón se bañaba en la tibieza, la paz y el ensueño como en un viejo jardín una tarde de estío.









1906-1907












sábado, mayo 09, 2009

“Prefacio a una página en blanco”, de Alexis Figueroa







Considerad monjes peregrinos
el homenaje silencioso de esta página.
La he dejado en blanco como ofrenda,
como tributo a las artes de la carne,
por consideración a vuestra devoción tan solitaria.

Aquí queda, virgen que no ha sido fecundada,
incitando con su albor tan primigenio,
que recuerda el primer día del mundo,
esa luz antes de todo y las estrellas.

Considerad este anhelo por los gestos,
el verles en acción sobre el vacío,
grabando las esquelas de la vida
sobre esta lápida marmórea.

Rúbrica pondrán. Es vuestro intento
el echar a los surcos la semilla.
Pero a la vez de crear vida
dejarán ruinas tras la mano,
signos que serán sin ser vosotros,
dólmenes vacíos, eriales fúnebres,
cuencas, cuencas, en las que sólo quedan ecos
-no vosotros, peregrinos-,
la sacra reliquia de la tinta en sus osarios.






en El laberinto circular y otros poemas, 1996










viernes, mayo 08, 2009

"La exiliada del sur", de Violeta Parra - Patricio Manns

Versión de Inti-Illimani




Un ojo dejé en Los Lagos
por un descuido casual,
el otro quedó en Parral
en un boliche de tragos;
recuerdo que mucho estrago
de niño vio el alma mía,
miserias y alevosías
anudan mis pensamientos,
entre las aguas y el viento
me pierdo en la lejanía.

Mi brazo derecho en Buin
quedó, señores oyentes,
el otro en San Vicente
quedó, no sé con qué fin;
mi pecho en Curacautín
lo veo en un jardincillo,
mis manos en Maitencillo
saludan en Pelequén,
mi blusa en Perquilauquén
recoge unos pececillos.

Se m’enredó en San Rosendo
un pie el cruzar una esquina,
el otro en la Quiriquina
se me hunde mares adentro,
mi corazón descontento
latió con pena en Temuco
y me ha llorado en Calbuco,
de frío por una escarcha,
voy y enderezo mi marcha
a la cuesta ’e Chacabuco.

Mis nervios dejo en Granero,
la sangr’en San Sebastián,
y en la ciudad de Chillán
la calma me bajó a cero,
mi riñonada en Cabrero
destruye una caminata
y en una calle de Itata
se me rompió el estrumento,
y endilgo pa’ Nacimiento
una mañana de plata.

Desembarcando en Riñihue
se vio a la Violeta Parra,
sin cuerdas en la guitarra,
sin hojas en el colihue;
una banda de chirigües
le vino a dar un concierto...
Desembarcando en Riñihue
se vio a la Violeta Parra.





en La Nueva Canción Chilena, 1974















El exiliado del Sur (Versión original grabada por Patricio Manns)

Un ojo dejé en Los Lagos / por un descuido casual, / el otro quedó en Corral / en un boliche de tragos; / recuerdo que mucho estrago / de niño vio el alma mía, / miserias y alevosías / anudan mi pensamiento, / entre las aguas y el viento / me pierdo en la lejanía. // Mi brazo derecho en Lanco / quedó, señores oyentes, / el otro por San Vicente / cayó, no sé con qué fin; / mi pecho en Curacautín / lo veo en un jardincillo, / mis manos en Maitencillo / saludan por Pelequén, / mi boca en Perquilauquén / sopla sobre un caramillo. // Se m’enredó en Tranapuente / un pie el cruzar una esquina, / y el otro en la Quiriquina / se me hunde mares adentro, / mi corazón descontento / latió con pena en Temuco / y me ha llorado en Calbuco, / de frío por una escarcha, / voy y enderezo mi marcha / por la cuesta ’e Chacabuco. // Mis nervios dejo en 'Collayque', / la sangr’en San Sebastián, / y en la ciudad de Chillán / la calma me baja a cero, / mi riñonada en Cabrero / destruye una caminata, / y en una calle de Itata / se me rompe el instrumento, / y paso por Nacimiento / una mañana de plata.









El texto de Violeta Parra es parte del capítulo LVIII 
de las Décimas publicadas en 1966











jueves, mayo 07, 2009

“Diego, ¡que Dios te lo pague!”, de Osvaldo Soriano

Crónica del partido Argentina-Australia, clasificatorio para el Mundial de 1994,
publicada en Página 12, jueves 18/11/93







¡Qué ansiedad, Dios mío! ¡Los nervios de punta y un cosquilleo en la planta de los pies! Un nudo en el estómago. A esta altura la gente se conformaba con el cero a cero, pero por fortuna apareció el bueno de Tobin y la metió en su propio arco al desviar un centro de Batistuta. El primer tiempo, mientras Maradona estaba intacto, pintaba para lujos y goleada; después, con el cansancio llegaron los sofocones tan temidos. Menos mal que Diego se portó como si el que estuviera en la cancha fuera su propio monumento. La llevaba atada, la escondía y la mostraba para embelesar australianos y exigir argentinos. Para que alguien la llevara hacia el arco. El primer tiempo era la fiesta de Maradona y el estremecimiento para los que esperábamos que Batistuta y Balbo se llevaran el mundo por delante. Pero no: los dos delanteros y Ruggeri se perdieron goles de los que no se perdonan ni en un picado. Y después el arquero australiano ya se agrandó y parecía como si Islas, harto de esperar una oportunidad con Basile, hubiera entrado a jugar por Australia.

Estaban mejor parados que allá en Sidney pero pasaba lo de siempre: agujeros negros en la defensa, porque Ruggeri no siempre llegaba y Vázquez se salía de la vaina por irse arriba. Redondo empezó bien en el medio pero después desapareció, se fue al cine o a ver el partido por la tele. Pérez había empezado sin saber dónde pararse porque la inercia lo empujaba a la derecha. Pero cuando Redondo se fue a mirar el partido por la tele, Perico decidió ocupar el medio, todo roto como estaba por los pisotones y los golpes. Entonces Argentina empezó a apretar. Frente al arco Ruggeri cabeceó mal, Balbo demoró más en conectar los pases que le ponía Diego que Encotel en entregar las cartas. Y lo de Diego era eso: cartas de amor ansioso, ecuaciones de genio chiflado. ¡Qué cosas hace todavía con la pelota! ¡Cómo pesa su presencia ahí donde otros hacen nada más que lo grosero! A decir verdad hubo un momento en que daba pena que a su alrededor no estuvieran Gimnasia de Jujuy o Douglas Haig de Pergamino para liquidar el partido de una vez por todas.

El gol llegó de carambola, cuando hacía rato que los nuestros merecían el pasaje a Estados Unidos. Se habían perdido todas la oportunidades que creó el viejo coloso de Villa Fiorito. Entonces todo cambió: el equipo retrocedió para atrincherarse. Basile lo puso a Zapata y de a ratos Redondo dejaba el televisor y corría alrededor de los más sudorosos. Entre tanto, lo de Mac Allister tomaba visos de epopeya potreril: pelota que encontraba, pelota que reventaba fuerte y algo: imagen perfecta de un equipo desesperado que luchaba contra sus propios fantasmas. No bien los otros defensores advirtieron que Mac Allister se llevaba la gloria tirando cañonazos al cielo, decidieron imitarlo y ¡pum!, Vázquez, ¡pum! Ruggeri, ¡pum! Simeone. ¡La hora, referí!

Eso no le quita méritos a los muchachos: esta vez al menos sabían que no podían fracasar. El triunfo fue de Maradona, talento y ganas, y de Mac Allister, furia y sudor; aunque hubo soponcios que agitaron la noche de todos los argentinos: esa pelota que cruzó el área, a contrapelo de la tardía llegada de Ruggeri y Chamot, con Goycochea tropezando y Mac Allister que llegó a tiempo y la mandó al cielo de los chambones, pero cielo al fin. La gente esperaba el final. Nadie pensaba ya en la goleada que se insinuó en el primer tiempo. Zapata empezó a poner precisión y llevar calma a los más desordenados. Como Chamot, que ya casi perdió el habla y jugó, como en Sidney, un partido aparte, de quintita bien cuidada.

Hubo de todo. Hasta el referí de Dinamarca sonreía, aliviado, porque si Argentina quedaba fuera de Estados Unidos iba a ser el mundial de los presos. Sobre el final, cuando un pelotazo cruzado lamió el palo de Goycochea, hubo toda clase de desmayos. Pero ya estaba todo dicho y la historia no tendría más sobresaltos: Diego Armando Maradona le devolvió la sonrisa a una Argentina que ya se estaba desconociendo a sí misma.

Saludos y respetos, muchachos, señores del fútbol. Ahora hay que formar un equipo para ir a Estados Unidos.










miércoles, mayo 06, 2009

"Nostalgia de la Tierra", de Jules Supervielle





Un día diremos: “Era el tiempo del sol
acuérdense, él va a aclarar la menor ramilla
tanto a la anciana como a la joven asombrada,
él sabía dar su color a cada objeto en que se posaba,
él seguía el galope del caballo y se detenía con él.
Era el tiempo inolvidable en el que estábamos en la Tierra,
cuando cualquier cosa hacía ruido al caer,
nosotros mirábamos por todas partes con nuestros sabios ojos,
nuestros oídos entendían todos los matices del aire,
sabíamos de lejos cuando venían los pasos de los amigos,
podíamos tomar lo mismo una flor que un guijarro del río
era el tiempo en que no podíamos atrapar el humo,
que es todo lo que nuestras manos pueden atrapar ahora”.





Versión de Jorge Teillier











Publicada erróneamente como poema de Teillier 

en el poemario En el mudo corazón del bosque, 1997











martes, mayo 05, 2009

“La puerta y el pino”, de Robert Louis Stevenson







Aborrecía el conde a cierto barón alemán, forastero en Roma. Las razones de este aborrecimiento no importan; pero como tenía el firme propósito de vengarse, con un mínimo de peligro, las mantuvo secretas aun del barón. En verdad, tal es la primera ley de la venganza, ya que el odio revelado es odio impotente. El conde era curioso e inquisitivo; tenía algo de artista; todo lo ejecutaba con una perfección exacta que se extendía no sólo a los medios o instrumentos.

Cabalgaba un día por las afueras y llegó a un camino borrado que se perdía en los pentanos que circundaban a Roma. A la derecha había una antigua tumba romana; a la izquierda, una casa abandonada entre un jardín de siemprevivas. Ese camino lo condujo a un campo de ruinas, en cuyo centro, en el declive de una colina, vio una puerta abierta y, no lejos, un solitario pino atrofiado, no mayor que un arbusto. El sitio era desierto y secreto; el conde presintió que algo favorable acechaba en la soledad; ató el caballo al pino, encendió la luz con el yesquero y penetró en la colina. La puerta daba a un corredor de construcción romana; este corredor, a unos veinte pasos, se bifurcaba. El conde tomó por la derecha y llegó tanteando en la oscuridad a una especie de barrera, que iba de un muro a otro. Adelantando el pie, encontró un borde de piedra pulida, y luego el vacío. Interesado, juntó unas ramas secas y encendió un fuego. Frente a él había un profundísimo pozo; sin duda algún labriego, que lo había usado para sacar agua, puso la barrera. El conde se apoyó en la baranda y miró el pozo, largamente. Era una obra romana y, como todas las de este pueblo, parecía construida para la eternidad. Sus paredes eran lisas y verticales, el desdichado que cayera en el fondo no tendría salvación. Un impulso me trajo a este lugar, pensaba el conde. ¿Con qué fin? ¿Qué he logrado? ¿Por qué he sido enviado a mirar en este pozo? La baranda cedió, el conde estuvo a punto de caer. Saltó hacia atrás para salvarse, y apagó con el pie las últimas brasas del fuego. ¿He sido enviado aquí para morir?, dijo con temblor. Tuvo una inspiración.

Se arrastró hasta el borde del pozo y levantó el brazo, tanteando; dos postes habían sostenido la baranda; ahora, esta pendía de una de ellos. El conde la repuso de modo que cediera al primer apoyo. Salió a la luz del día, como un enfermo.

Al otro día, mientras paseaba con el barón, se mostró preocupado. Interrogado por el barón, admitió finalmente que la había deprimido un extraño sueño. Quería interesar al barón –hombre supersticioso que fingía desdeñar las supersticiones-. El conde, instado por su amigo, le dijo bruscamente que se precaviera, porque había soñado con él. Por supuesto, el barón no descansó hasta que le contaron el sueño.

-Presiento- dijo el conde con aparente desgano- que este relato será infausto; algo me lo dice. Pero, si para ninguno de los dos puede haber paz hasta que usted lo oiga, cargue usted con la culpa. Este era el sueño. Lo vi a usted cabalgando, no sé donde, pero debe de haber sido cerca de Roma; de un lado había un camino, del otro un jardín de siemprevivas. Yo le gritaba, le volvía a gritar que no prosiguiera, en una suerte de éxtasis de terror. Ignoro si usted me oyó, porque siguió adelante. El sendero le llevó a un lugar desierto entre las ruinas, donde había una puerta en una ladera y, cerca de la puerta, un pino deforme. Usted se apeó (a pesar de mis súplicas), ató el caballo al pino, abrió la puerta y entró resueltamente. Adentro estaba oscuro, pero en el sueño yo seguía viéndolo y rogándole que volviera. Usted siguió el muro de la derecha, dobló otra vez por la derecha y llegó a una cámara, en la que había un pozo y una baranda. Entonces no sé por qué, mi alarma creció, y volví a gritarle que aún era tiempo y que abandonará ese vestíbulo. Esa fue la palabra que usé en el sueño, y entonces le atribuí un sentido preciso; pero ahora despierto, no sé lo que significaba para mí. No escuchó usted mi súplica: se apoyó en la baranda y miró largamente el agua del pozo. Entonces le comunicaron algo. No creo haber sabido lo que era, pero el pavor me arrancó del sueño, y me desperté llorando y temblando. Y ahora le agradezco de corazón haber insistido. Este sueño estaba oprimiéndome, y ahora, que lo he contado a la luz del día, me parece trivial.

-Quién sabe –dijo el barón-. Tiene algunos detalles extraños. ¿Me comunicaron algo, dijo usted? Sí, es un sueño raro. Divertirá a nuestros amigos.
-No sé –dijo el conde-. Estoy casi arrepentido. Olvidémoslo.
-De acuerdo –dijo el barón.

No hablaron más de sueño. A los pocos días el conde lo invitó a salir a caballo; el otro aceptó. Al regresar a Roma el conde sofrenó el caballo, se tapó los ojos y dio un grito.

-¿Qué pasa? –dijo el barón.
-Nada –gritó el conde-. No es nada. Volvamos pronto a Roma.

Pero el barón había mirado a su alrededor y, a mano izquierda, vio un borroso camino con una tumba y con un jardín de siemprevivas.

-Sí –contestó con la voz cambiada-. Volvamos a Roma inmediatamente. Temo que usted se halle indispuesto.
-Por favor –gritó el conde-. Volvamos a Roma, quiero acostarme.

Regresaron en silencio. El conde, que había sido invitado a una fiesta, se acostó, alegando que tenía fiebre. Al día siguiente había desaparecido el barón; alguien halló su caballo atado al pino. ¿Fue este un asesinato?






en El Conde de Ballantrae, 1889