Traducción de Andrés Nin
El asalto del 24 de mayo
La noche del asalto
El asalto se perpetró alrededor de las 4 de la madrugada. Dormía profundamente, ya que después de un trabajo intenso, había tomado un hipnótico. Habiendo despertado al estallido de los disparos, con la cabeza pesada, me imaginé primero que detrás del muro se celebraba alguna fiesta popular con cohetes. Pero las explosiones sonaban demasiado próximas; en la pieza, alrededor y encima de mí. El olor de la pólvora se tornaba denso y penetrante. Era claro, había sucedido lo que esperábamos desde hacía tiempo: nos asaltaban. ¿Dónde está la policía? ¿Dónde la guardia? Amarrados, secuestrados o asesinados. Mi esposa había saltado ya de su cama. Los disparos seguían sin interrupción. Después me refirió cómo me había empujado hacia el suelo, en el lugar entre mi cama y la pared: y aquello era lo acertado. Ella misma se quedó de pie, durante algunos segundos, adosada a la pared y como protegiéndome con su cuerpo. Con gestos y palabras a media voz, conseguí que se agachara. Los disparos llegaban de todas partes; pero era difícil averiguar de dónde exactamente. Según me dijo más tarde, en ciertos momentos mi esposa pudo ver con claridad los fogonazos: por lo tanto, se disparaba ahí mismo, en la pieza, aunque nosotros no conseguimos ver a nadie. La impresión fue que hubo aproximadamente 200 disparos en total; de ellos, un centenar en nuestro rededor. Astillas y partículas de los marcos de las puertas y de los ángulos de las paredes caían en distintas direcciones. Poco después, noté que mi pierna derecha había sufrido contusiones ligeras en dos lugares.
Cuando cesaron los disparos, sonó la voz de mi nieto que dormía en la pieza próxima: ¡Abuelito! Esta voz infantil en la oscuridad, entre los disparos, quedó como la reminiscencia más trágica de esa noche. Después del primer disparo, que cruzó diagonalmente su cama, como lo prueban los impactos de la puerta y la pared, el muchacho se deslizó debajo de la cama. Uno de los asaltantes, evidentemente en estado de pánico, disparó sobre la cama: la bala atravesó el colchón e hirió a mi nieto en el pulgar del pie, incrustándose en el suelo. Los asaltantes, después de arrojar los artefactos incendiarios, abandonaron la pieza. Mi nieto saltó con el grito: ¡Abuelito! Siguiéndolos hasta el patio y dejando una huella sangrienta, corrió bajo el fuego a la habitación de un miembro de la guardia, Harold Robins.
Al oír el grito del nieto, mi esposa corrió hacia la pieza de él, que ya estaba vacía y en la cual ardían el piso, la puerta y un pequeño armario. Secuestraron a Seva —dije yo a mi mujer—. Este fue el minuto más angustioso. Los disparos seguían todavía, aunque ya más distantes de nuestro dormitorio; bien en el patio o tal vez al otro lado del muro: al parecer los terroristas cubrían su retirada. Apresuradamente, mi mujer trató de extinguir el fuego arrojando sobre las llamas una alfombra. Durante una semana tuvo que curarse de sus quemaduras.
Se presentaron dos miembros de la guardia, Otto Shuessler y Charles Cornell, que en los momentos del asalto estaban aislados de nosotros por el fuego de ametralladoras. Estos corroboraron que los asaltantes habían ya desaparecido, puesto que nadie se encontraba en el patio. Con ellos, desapareció también el guardia de noche, Robert Sheldon, así como nuestros coches. ¿Por qué no actuaron los policías de la guardia exterior? Al grito de ¡Viva Almazán! habían sido amarrados por los asaltantes. Esta fue su declaración.
Tanto yo como mi esposa estuvimos convencidos, el primer día, de que los asaltantes habían disparado únicamente a través de las puertas y ventanas, y de que nadie había penetrado en el dormitorio. Sin embargo, el examen de las trayectorias demuestra, sin duda alguna, que aquellos ocho disparos cuyos impactos figuran próximos a la cabecera de ambas camas y que atravesando en cuatro lugares ambos colchones, dejan en el piso, debajo de las camas, señales, han tenido que ser hechos únicamente desde dentro de la pieza. Los casquillos encontrados en el piso y los dos impactos con quemaduras en la ropa de la cama aseguran lo mismo.
¿Cuándo penetró el terrorista al dormitorio? ¿En los primeros instantes del asalto, cuando todavía no despertábamos o, al contrario, en el último momento, cuando estábamos acostados en el piso? Me inclino hacia la segunda hipótesis. Habiendo disparado a través de las puertas y ventanas algunas decenas de balas, en dirección de la cama, sin oír gritos ni gemidos, los asaltantes tuvieron toda razón para creer que ya habían cumplido con éxito su misión. Uno de ellos pudo haber entrado a la pieza para convencerse. Es muy posible que las mantas y almohadas guardaran la forma de los cuerpos humanos. A las cuatro de la madrugada reinaba oscuridad en la pieza. Nosotros estábamos inmóviles y silenciosos en el suelo. Antes de salir del dormitorio, el terrorista que entró para convencerse pudo haber hecho algunos disparos, a fin de «descargar su conciencia», sobre las camas, creyendo que, por lo demás, el asunto estaba ya concluido.
Resultaría demasiado pesado analizar aquí diferentes leyendas, elaboradas por la mala inteligencia o la mala voluntad, que directa o indirectamente han constituido la base de la teoría del «autoasalto». En la prensa se dijo que yo, con mi mujer, estaba fuera de nuestro dormitorio la noche del asalto. El Popular habló de mis «contradicciones»: según una versión, me puse en el rincón del dormitorio, según otra, me tiré al suelo, etc. No hay ni una palabra de verdad en todo esto. Todos los cuartos de nuestra casa están ocupados durante la noche por determinadas personas, excepción hecha de la biblioteca, del comedor y de mi despacho. Sin embargo, los asaltantes pasaron por estas tres piezas y no nos encontraron en ellas. Nosotros dormimos en donde siempre: en nuestro dormitorio. Yo, como ya he dicho, me tiré al suelo en un rincón de la pieza; poco después, hizo lo mismo mi mujer.
¿Cómo nos hemos salvado? Evidentemente, gracias a una feliz circunstancia. Las camas fueron sometidas a un fuego cruzado. Es posible que los asaltantes temieran matarse entre sí, e instintivamente dispararan más alto o más bajo de lo necesario. Pero esto no es sino una suposición psicológica. Es posible también que nosotros hayamos ayudado a la feliz circunstancia, al no perder la cabeza, ya que ni corrimos en la pieza, ni gritamos, ni pedimos socorro —que no podía venir—; ni disparamos —que habría sido fatal—, sino que permanecimos en el piso, como si estuviéramos muertos.
A todo eso es preciso añadir que la GPU* tiene, en casos semejantes, una regla inquebrantable: no dejar a ninguno de los suyos en el campo de batalla, para no comprometer a Moscú. Los terroristas obraron con tal precipitación que no consiguieron llevar el asunto hasta su fin.
* Nota DscnTxt: GPU = Gosudarstvennoe Politicheskoe Upravlenie (Dirección Política Estatal)



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