sábado, mayo 02, 2026

«Un día», de Khairi Mansour

Versión de Juan Carlos Villavicencio



 
¿De qué arco brotó este día
flecha de plata
que se hundió profunda en nuestras cinturas
que nos inclina hasta el atardecer
esperando que caiga la noche… desde el otro lado?
















viernes, mayo 01, 2026

«Amanuense», de Carlos Germán Belli



 
Ya descuajeringándome, ya hipando
hasta las cachas de cansado ya,
inmensos montes todo el día alzando
de acá para acullá de bofes voy,
fuera cien mil palmos con mi lengua,
cayéndome a pedazos tal mis padres,
aunque en verdad yo por mi seso raso,
y aun por lonjas y levas y mandones,
que a la zaga me van dejando estable,
ya a más hasta el gollete no poder,
al pie de mis hijuelas avergonzado,
cual un pobre amanuense del Perú.





en De este Lado del Cielo. Nueva Antología de la Poesía Peruana, 2018

Descontexto Editores (Edición de Mario Pera)















jueves, abril 30, 2026

«violación», de Patti Smith

Traducción de Juan Carlos Villavicencio


Premio Princesa de Asturias 2026


mmm mmm las estrellas están afuera. no voy a olvidar nunca cómo 
olías esa noche. como queso cheddar derritiéndose 
bajo la luz fluorescente. como un pescado arcoíris de un día. 
qué pedazo. tengo que lamerme los labios. tengo que soñar sueño 
despierto. nube cerebral de torazina. lluvia lluvia cae sin
cesar.
cae sobre ella. allá está en el cerro. pálida como un ramillete. 
empapándose. espero que se le encojan las enaguas. 
bueno pequeña pastora vas a llegar al reino de los cielos. 
te ves tan limpia. la guardiana de cada pequeño cordero. 
bueno bip bip oveja me voy acercando. 
voy a espiar dentro del corsé de bo. acuéstate querida no 
seas pudorosa déjame meter la mano. ohhh es suave
está linda no ha sido usada. ohhh no llores. mojada 
¿qué está mojada? ah eso. je je. esa es sólo la lluvia 
corderita mía. no te retuerzas. déjame ponerme el 
condón. soy un lobo con piel de cordero troyano. ohhh sí está 
duro eso es bueno. no te pongas tensa. ábrete be-
bop. levanta ese culito tuyo. ummm ábrete más be-bop. 
vamos. ahora. nada. puede. detenerme. ohhh ahhh.
¿no es rico? mi melancólica be-bop.

Oh no llores. vamos levántate. bailemos sobre el prado. 
menéemos el esqueleto bailemos rock and roll. baja esas pequeñas
medias blancas. esos calcetincitos dejémonos llevar. vamos este 
es un concurso de baile. bajo las estrellas, seamos alicia sobre
el prado. 
vamos a bailar betty boop hoop 
vamos a birdland vamos a pasear 
vamos a rockear vamos a rolear 
vamos a bailar apretados vamos 
vamos a tirarle desodorante a la noche.




en Witt, Gotham Book Mart, 1973


















miércoles, abril 29, 2026

«Keme», de Amanda Durán

Inicio





Keme (Kame, Kamey) 
Muerte, renacimiento. 

Significa los cuatro puntos cardinales. Cargador del Tiempo. 
Es la representación de los cuatro elementos: el aire, el fuego, 
el agua y la tierra. KEME es la energía de la abuela y abuelo, 
muerte y vida — vida y muerte — transformación — descanso, 
retorno.

Es el nahual de la muerte.

 
Las mamás no mueren, 
se transforman
en leche de aire,
nadan entre las pestañas 
como grumos de rímel
y se sientan en la comisura
de los hijos de sus hijos
a contar historias de supererues
y misteriosas zapatillas colgadas de un cable.

Lo intentan
pero se inflaman en trapos de colores, 
en fotos muchas fotos
y se transforman en pájaros
o chanchitos de tierra.

Lo intentan
pero se les mancha la piel
de baba de universo,
y hay estrellas
que se acurrucan entre medio de sus dedos 
rasguñándoles la carne.

Lo intentan,
pero no saben que no saben
y se vuelven eternas
y parasiempras,
interminables
como el vacío del que nos trajeron, 
pariendo una y mil veces
en un concierto de sangre,
o son volcán,
lamiéndonos el fuego con ternura.

Se desamarran la vida
porque se asquean del cuerpo
cansadas
de estar pegadas al pelo y a la sombra, 
viajando a miles por hora
entre los poros de la carne,
ordenando las piedritas del jardín,
en medio del silencio más insoportable.

Se desenganchan las arterias 
y dejan partir al corazón correr 
al fin
como un animalito libre
que se va
pero también se queda
porque adora
el concierto de euforia que ahora son

y nosotros
—casi vacíos—
enganchados al último vagón, 
mendigando
una calle que contenga nuestras piernas 
o un puñado de tumbas
para derramarnos
no entendemos
que aun en este inmundo desamparo, 
siguen palpitando
las que un día nos cantaron
hasta que no pudimos más
y también
se nos cerraron los ojos.



·       ·       ·



Advertencia:
No quedaba nada 
ni la sangre,
ni los golpes
las patadas,
ninguna señal del matadero.

Antes de escribir abrí los ojos, rompiendo la escarcha duros, como témpanos.



·       ·       ·



La muerte no ha querido acogerme corazón, 
me ha dado la espalda.
Sobre ella un manto de cariño, que creía seco, 
empapa todo.
La muerte
no ha querido mis manos
que ya estaban frías.
Yo tampoco la quiero,
por eso cada una de estas líneas.



·       ·       ·



Aún no habito esta casa
veo en sus hebras el silencio más brutal
y ella ve en mí la muerte de todas las cosas.



·       ·       ·



Cierro ventanas imaginarias
para soportar la luz,
y espantar pájaros que puedan acomodarse en el marco 
sólo para mirarme.



·       ·       ·



Habito un cuerpo
que me persigue desde siempre
y que he sabido despreciar como nadie
para que me perdone
froto sus heridas con palabras que no significan nada, 
pero le aseguro pueden nombrar a Dios
y que tiene su nombre.
A veces
no puedo inventar ninguna
y apenas llega el silencio algo tiembla,
son los golpes furiosos
de ese corazón que forzado a latir
se sueña apagando.
 


·       ·       ·



«Todo va a pasar»
repito antes de salir,
como si fuera un mantra,
y vuelvo a la casa
—que aun no habito—
para quedarme a observar como todo,
los días —y las noches—
los sueños, los amores
y los miedos
los niños, incluso mi niño, con todas sus mariposas 
o todas sus pisadas.

La calma, la vida, la muerte, 
todo, absolutamente todo pasa 
y nada ni nadie
cruza esta puerta.



·       ·       ·



Es mi cuerpo
colgado en el latido de todas las cosas
 el que ves antes de entrar,
el que enganchado a alambres de púa 
dices perverso y crees que ruega, 
crees,
que no hay amor que permanezca así, 
en estos bosques de eucalipto 
revelado a la intemperie.













Feliz cumpleaños, donde estés.






martes, abril 28, 2026

«Los niños perdidos», de Valeria Luiselli

Fragmento de III. Casa




Una de las primeras personas que entrevisté en la corte era un niño hondureño. Su tía había accedido a ser su guardiana en Estados Unidos, y lo había acompañado a su primera cita. Ella se sentó en una de las bancas al fondo de la sala de entrevistas, entreteniendo a su hija menor, una bebé de unos dos años, mientras él y yo nos instalábamos en una de las esquinas de la mesa de caoba al frente de la sala. Era evidente que los dos éramos recién llegados a esa circunstancia, novatos en el protocolo de la corte migratoria, primerizos en el ejercicio raro de traducir una historia y reducirla al espacio en blanco entre las preguntas del cuestionario. 

Primero le pido sus datos biográficos. Los datos reales no pueden revelarse, pero digamos que junto a «nombre», «edad», y «nacionalidad» anoto: Manu Nanco, dieciséis años, Honduras. Luego, junto a las palabras «guardianes», «parentesco» y «domicilio actual»: Alina Nanco, tía, 42 calle Pine, Hempstead, Long Island, NY. Unas líneas más abajo, me quedo viendo las dos preguntas que flotan a la mitad de la página: ¿Dónde está la madre del niño/a?, ¿El padre? Manu contesta alzando los hombros dos veces, y yo anoto: ¿y?  

—¿Por qué viniste a los Estados Unidos?  
—Se me queda viendo y responde: 
—¿Tú por qué viniste? 
—No soy policía, le digo. No soy nada oficial, ni siquiera soy abogada. Tampoco soy gringa. De hecho, si quieres que te diga la verdad, no te puedo ayudar en absoluto. Pero tampoco puedo hacer nada que te haga daño. 
—¿Y entonces qué haces aquí?  
—Nomás estoy aquí para traducir. 
—¿Traducir qué?
—Lo que sea que me quieras contar.  
—¿Y de dónde eres? 
—Soy chilanga.  
—Y yo catracho, somos enemigos. 
—Tal vez. Pero nomás en la cancha, y yo ni juego fut así que ya de entrada me metiste un gol. 

Sólo entonces hace una mueca que quizá sea una sonrisa. No me he ganado su confianza, por supuesto, pero por lo menos tengo su atención. Procedemos lentamente, a tientas, llenos de dudas. Él me entrega sus respuestas con murmullos, y cada tanto baja la mirada hacia sus manos, agarradas del borde de la mesa, o voltea a ver de soslayo a su tía y prima bebé, en el otro extremo de la sala. Trato de articular las preguntas en un tono neutro, discreto, pero todo lo que le pregunto parece avergonzarlo o irritarlo. Responde con frases cortas, y a veces nomás levanta los hombros. No, nunca conoció a su papá. No, no vivía con su mamá en su país de origen. La conoció, sí, pero ella iba y venía sin dar muchas explicaciones. Le gustaba la calle, dice. No le gusta hablar de ella. Creció con su abuela, pero la abuela murió el año pasado. Todos se fueron muriendo o se fueron yendo al norte. Han pasado seis meses desde que murió la abuela. Ella lo cuidaba, era la única que se encargaba. Aunque también lo cuidaba su tía, la misma que ahora está sentada al fondo de la sala, lo cuidaba aunque fuera desde lejos. Mandaba dinero todos los meses y hablaba por teléfono de vez en cuando. 

—¿Cómo te llevas con tu tía? ¿Estás contento viviendo ahora con ella? 

Está contento, dice, pero tampoco la conoce bien. Siempre fue una voz en el teléfono, y nada más eso. Una voz que hablaba para preguntar cómo iban todos y si les había llegado el dinero mensual. 

—¿Quiénes eran «todos»? –pregunto, para tener una idea más clara de los miembros de la familia.  
—Mi abuela, y mis dos primas, Marta y Patricia, y yo.  
—¿Y qué edad tienen ellas dos? 
—Creo diecinueve y trece. O diecinueve y catorce. 
—¿Y siguen allá ellas?  
—Más o menos.  
—¿Cómo? 
—Ya vienen en camino. 
—¿A Estados Unidos? 
—Sí. 
—¿Solas? ¿Con coyote? 
—Con coyote. 
—¿Quién lo paga? 
—Mi tía. 
—¿Es su tía también? 
—No pues, su mamá. Si son mis primas es su mamá. 

El motivo por el cual están viajando ahora las dos niñas no me queda claro hasta que llegamos a las últimas diez preguntas del cuestionario. Son las más difíciles de hacer porque se refieren directamente a los problemas con bandas del crimen organizado y es cuando muchos de los niños, sobre todo los más grandes, se empiezan a descomponer. Los más pequeños te miran con una mezcla de desconcierto y diversión si dices «bandas del crimen organizado», quizá porque asocian «banda» con las bandas musicales. Pero la mayoría, incluso los muy chicos, conoce las palabras «ganga» o «pandillero», y decirlas es como apretar el botón de una máquina que produce pesadillas. Aun si no tienen experiencia directa con las gangas, son la amenaza constante que los acecha, el monstruo bajo la cama o a la vuelta de la esquina, con el que se van a topar tarde o temprano.  

Todos los adolescentes, en cambio, responden que sí, que han sido directamente afectados por la violencia de las bandas criminales y las pandillas. El grado de cercanía y contacto varía, pero todos han sido tocados de un modo u otro por los tentáculos de grupos como la MS-13 o Calle 18. Las niñas adolescentes, por ejemplo, no suelen ser reclutadas, pero casi siempre son carne de trueque a disposición de los impulsos sexuales de los líderes de las pandillas. Los varones, si tienen hermanas o primas, saben que las van a utilizar para chantajearlos: si ellos no aflojan, ellas pagan las consecuencias. 

Le hago a Manu la pregunta treinta y cuatro, que suele ser la que abre la caja de Pandora, pero también la que le da al entrevistador el material más valioso para armar un caso a favor del menor: ¿Alguna vez tuviste problemas con bandas del crimen organizado en tu país? 

Manu me cuenta una historia confusa, revuelta, sobre la MS-13 y la 18, y las luchas de poder eternas entre ambas bandas. Unos lo querían reclutar, los otros lo estaban cazando. Un día, cinco miembros de la 18 lo esperaron a él y a su mejor amigo afuera de la escuela. Cuando los vieron ahí parados, supieron que no iban a poder hacer nada contra tantos. Así que los dos decidieron correr. Los siguieron. Corrieron dos, tres cuadras. No se acuerda cuántas cuadras. Hasta que sonó el sonido seco de un disparo. Todavía corriendo, Manu se volteó: le habían dado a su amigo. Siguieron más balazos, y él siguió corriendo, hasta que encontró una tienda abierta y se metió. 

Pregunta treinta y cinco; pregunta treinta y seis:  

—¿Has tenido problemas con el gobierno de tu país alguna vez? ¿Si sí, qué pasó? 
—¿Con mi gobierno? Ponle ahí en tu libreta que no hacen nada por nadie como yo, que ese es el problema. 

Fue entonces que sacó de uno de sus bolsillos el papel doblado tres veces, percudido en las dobladuras y los bordes, que demostraba que había levantado una denuncia en la policía. La había levantado meses antes de que ocurriera el incidente con su amigo, pero la policía nunca hizo nada. Y Manu sabía, porque así es y todos lo saben, que la policía tampoco iba a hacer nada para impedir un segundo incidente, ni un tercero. 

Esa noche, después del enfrentamiento con la pandilla que mató a su amigo, le llamó por teléfono a su tía en Nueva York. Decidieron entre ambos que lo mejor sería que se saliera de Honduras tan pronto como fuera posible. No salió de su casa los días que siguieron. No fue al funeral de su amigo. 

 

* * *

 

Hay un poema de Miguel Hernández, «Elegía», sobre la muerte de un amigo de la infancia. El poema no es tanto un recuerdo a la distancia de ese amigo muerto, sino una conjuración obsesiva de la imagen de su cadáver enterrado. Hay unos versos que se clavan en la cabeza con el filo que sólo tienen las imágenes concretas:  

 
     Quiero escarbar la tierra con los dientes, 
     quiero apartar la tierra parte a parte 
     a dentelladas secas y calientes.  
 
     Quiero minar la tierra hasta encontrarte 
     y besarte la noble calavera 
     y desamordazarte y regresarte. 

 
* * *

 
Las instrucciones habían sido que no saliera de su casa hasta que llegara por él el coyote. En la entrevista repite dos veces que no fue al funeral de su amigo. No salió de su casa hasta que llegó la madrugada en que el coyote tocó la puerta y juntos salieron a escondidas por las calles de Tegucigalpa.

Su tía le pagó 4 mil dólares al coyote. Me explica que los niños cuestan 4 mil y las niñas 3 mil. 

—¿Por qué? 
—Yo creo que porque los niños somos peores –dice sonriendo, y con una mirada todavía infantil. 

Repasamos en menor detalle el resto de la historia: de Tegucigalpa en camión hasta la frontera de México, de ahí a Arriaga, y de ahí a La Bestia, hasta la frontera con Estados Unidos. Ningún problema grave en el camino, aunque imagino que hay cosas graves que no se lo parecen. De ahí la hielera, el albergue, el avión a JFK, y, finalmente, a Hempstead, Long Island, donde vive ahora. Estamos por cerrar esta sección de la entrevista cuando me cuenta que apenas unas semanas después de su partida, emprendieron el mismo recorrido sus dos primas, Marta y Patricia. Algo en su gestualidad se ablanda y dulcifica, como si pensar en sus dos primas lo despojara por un momento de su propia dureza –una dureza de actitud que, tal vez, de tan ensayada, se le irá convirtiendo en personalidad. 

Las dos adolescentes empezaron a ser blanco de amenazas de la misma banda que mató a su amigo cuando Manu desapareció de repente de Tegucigalpa. Ahí fue cuando Alina, la tía de Manu y madre de las dos, decidió mandarlas traer de inmediato a Estados Unidos. Pagó 3 mil por cada una –y están en ese momento en camino, cruzando tal vez el norte de México. 
 

* * *

 
La siguiente vez que veo a Manu, seis meses más tarde, estamos en el piso treinta y tantos de un edificio corporativo en la punta de Manhattan, junto a South Ferry. A través de un ventanal se ve el puerto de Staten Island. Si nos acercamos al vidrio y estiramos el cuello hacia la izquierda, alcanzamos a ver el gran cliché del brazo derecho alzado en lo alto de la Estatua de la Libertad. El escenario es casi irreal, como si de pronto nos hubieran arrojado al set de una mala película de alto presupuesto. Manu está agradecido, me dice Alina que le diga a tres abogados con trajes muy caros, sentados en torno a una mesa laqueada. Aunque él no dice nada, noto la sospecha de Manu frente a toda esta parafernalia, y quizá él intuye también mi escepticismo. 

Los abogados que van a representar su caso trabajan para una de las firmas corporativas más poderosas y caras de la ciudad. Pocas veces se involucran despachos así en casos como éste. Pero gracias a que Manu tenía una prueba material de sus declaraciones –la denuncia que levantó en la policía y luego dobló y metió adentro de un bolsillo de su pantalón antes de viajar los casi seis mil kilómetros a Nueva York–, The Door le pudo encontrar un despacho grande, dispuesto a llevar su caso pro bono. Dada la evidencia material, era un caso imposible de perder. Las abogadas de The Door usaron una denuncia que en su momento había sido inútil para convencer a un despacho casi siempre inaccesible de que representaran un caso: transformaron un documento muerto en una garantía de asistencia legal migratoria.  

A veces, cuando algunos de los casos avanzan hacia esta segunda etapa, las organizaciones que trabajan en la corte le piden al intérprete que hizo la primera entrevista que continúe con el mismo caso durante las reuniones en los despachos de abogados. Así, dado que los nuevos abogados de Manu no hablaban español, las abogadas de The Door me asignaron como traductora de esta segunda etapa de su caso.  

No titubeo en mostrarle a Manu mi entusiasmo por la coincidencia de que nos hayan vuelto a emparejar en el caso. También le cuento otra coincidencia: ahora trabajo en una universidad en Hempstead, la misma ciudad de Long Island donde él vive. Recibe mi entusiasmo sin decir nada, sin perder su postura cool adolescente. Tomamos asiento alrededor de la mesa. Somos Manu, su tía, los tres abogados y yo. Nos ofrecen café y galletas. Alina acepta el café. Yo también. Manu dice que si es gratis quiere un poco de todo. Yo traduzco: 

Dice que una galleta nada más, y que muchas gracias. 

La reunión sirve para preparar la solicitud a la visa SIJS de Manu, aunque es más probable que sea mejor candidato para asilo político que para la SIJS. Repasamos el contrato que debe firmar con sus abogados, y luego su solicitud. Todo va saliendo bien hasta que los abogados le preguntan si aún está registrado en la misma escuela a la que empezó a ir cuando llegó a Long Island. Contesta que sí, que está en Hempstead High School, pero que se quiere salir de ahí lo más pronto posible. 

¿Por qué? –quieren saber, y le recuerdan que para que pueda ser considerado para cualquier tipo de ayuda legal, es imprescindible que esté registrado en una escuela. 

Duda un poco antes de empezar a contestar. Pero de pronto abre la boca, mostrando los dientes y encías. Le faltan dos dientes –los dos de arriba, al centro. Vuelve a cerrar la boca y me dice a mí: 

Antes me iba riendo de mi abuelita, que no tenía dientes arriba, y ahora me veo al espejo y me voy riendo de mí. 

Habla pausado y en voz baja, pero quizá con más aplomo y confianza que hace seis meses, cuando lo entrevisté en la corte. Se voltea a ver las dos manos, agarradas de los bordes de la mesa de madera laqueada, y empieza a hablar de nuevo. Nos cuenta que Hempstead High está llena de pandilleros de la MS-13 y de la 18. Por un momento se me olvida traducir lo que nos dice. Me quedo helada mientras Manu sigue contando su historia con la indiferencia con la que alguien hablaría de productos en un supermercado. Le tiene miedo a la 18, dice. Le tumbaron los dientes. Y la MS-13 lo protegió. Pero no les quiere deber nada. 

Supongo que tanto los abogados como yo queremos de pronto hacer la pregunta treinta y siete: «¿Has sido miembro de alguna pandilla, y tienes algún tatuaje?». No, me dice, nunca ha sido miembro de una ganga, y tampoco tiene tatuajes. Pero la MS-13 de Hempstead lo quiere reclutar. Y quizá en otro momento hubiera accedido, por la pura rabia de perder los dientes, pero no ahora.  

No ahora más que nunca –dice. 

¿A qué te refieres con eso, Manu? –pregunto, olvidando mi rol exclusivo de traductora en esa reunión.  

—Me refiero a ahora que están ya acá mis dos primas y que tengo que cuidarlas. 
—¿Cuidarlas? 
—Sí, cuidarlas, porque Hempstead es un hoyo de mierda lleno de pandilleros, igual que Tegucigalpa. 

 
* * *

 
Entre Hempstead y Tegucigalpa hay una larga cadena de causas y efectos. Ambas son ciudades en el mapa de la violencia relacionada con las guerras del narcotráfico. Sin embargo, casi todos los relatos oficiales negarían o ignorarían ese hecho. Los medios de comunicación no pondrían a Hempstead, una ciudad del estado de Nueva York, en el mismo plano que una ciudad en Honduras. Los relatos oficiales en Estados Unidos –digamos, lo que circula como información cotidiana en los periódicos o la radio, así como el mensaje desde Washington y la opinión pública más general– casi siempre ubican la línea divisoria entre la «civilización» y la «barbarie» abajo del río Bravo. 

Un artículo breve pero particularmente desconcertante, publicado por el New York Times en octubre de 2014, postulaba una serie de preguntas y respuestas rápidas sobre la migración de niños centroamericanos. Las preguntas mismas tenían cierto tono tendencioso. «¿Por qué no son inmediatamente deportados los niños migrantes?» decía una de ellas, como indicando desconcierto o indignación por el hecho inaceptable de que se recibiera a los niños en la frontera en vez de catapultarlos de vuelta a sus países. Si las preguntas indicaban ya un ligero sesgo, las respuestas parecían no propias del Times, sino de un periódico abiertamente racista del siglo diecinueve o de un folletín reaccionario de algún grupo antinmigrante actual. La respuesta a la pregunta de por qué los niños no eran inmediatamente deportados era: «Bajo un estatuto adoptado con apoyo bipartidista (…) los menores de edad centroamericanos no pueden ser deportados inmediatamente (…) [Pero] una ley de Estados Unidos permite que menores de edad mexicanos sorprendidos cruzando la frontera sean deportados de inmediato». (Cabe recordar que la mayoría de los niños no son «sorprendidos», sino que se entregan ellos mismos a los oficiales de la Border Patrol). Otra pregunta era: «¿De dónde están llegando los niños migrantes?». La respuesta: «Más de tres cuartas partes de los niños son de pueblos en su mayoría pobres y violentos de tres países: El Salvador, Guatemala y Honduras». Las cursivas son mías, por supuesto, pero sirven para subrayar el no tan ligero sesgo en el retrato de los niños: niños atrapados mientras cruzan ilegalmente, leyes que permiten deportarlos; niños que vienen de pueblos pobres y violentos. En suma: bárbaros que merecen trato infrahumano.  

La actitud en Estados Unidos frente a la migración de niños no es siempre tan negativa. Pero sí es, de un modo bastante más generalizado, «mal comprendida». Es decir, se suele pensar que las migraciones como la de todos estos niños son un problema «de ellos» –los bárbaros del sur–, de modo que «nosotros» –en el civilizado norte– no tenemos por qué lavarles la ropa sucia. La devastación del tejido social en países como Honduras, El Salvador o Guatemala se suele concebir como un problema centroamericano de «violencia de pandillas» que hay que mantener de ese lado de las fronteras. Se dice poco o nada del control de armas que se trafican desde Estados Unidos hacia México y Centroamérica. De igual modo, la «guerra contra las drogas» se sigue pensando como un fenómeno circunscrito a México, en donde Estados Unidos juega un papel acaso indirecto –a través del trasiego ilegal de armas, por un lado, y el consumo de las drogas, por otro (un vínculo, por cierto, de por sí bastante directo).  

Pero la realidad es otra: las guerras del narco se están peleando en las calles de San Salvador, San Pedro Sula, Iguala, Tampico, Los Ángeles y Hempstead. Las causas y raíces de la situación actual tienen vínculos hemisféricos; y las consecuencias, por ende, tienen un alcance también hemisférico. Es urgente empezar a hablar de la guerra del narco como una «guerra hemisférica», que abarca cuando menos el territorio que empieza en los Grandes Lagos del norte de Estados Unidos y termina en las sierras de Celaque, en el sur de Honduras. 

Por supuesto, esta cartografía del narcotráfico también es limitada y arbitraria: en realidad, los circuitos de producción, tráfico y consumo de drogas son una red global mucho más amplia y compleja, cuyo tamaño y alcance real seguramente ni imaginamos. Pero sería un avance, cuando menos, que hubiese un reconocimiento oficial por parte de nuestros gobiernos de las dimensiones hemisféricas del problema, así como del hecho de que hay una interconexión absoluta entre fenómenos como la guerra del narco, las pandillas centroamericanas, el trasiego de armas desde Estados Unidos, el consumo de drogas, y la migración masiva de niños de Triángulo del Norte a Estados Unidos a través de México. Nadie, casi nadie, desde el lado de los productores hasta el de los consumidores, está dispuesto a aceptar su papel en el gran espectáculo de la devastación de la vida de estos niños. Sería un avance hablar del tema como una guerra hemisférica porque obligaría a repensar el lenguaje mismo en torno al problema y, por lo tanto, la posible dirección futura de políticas públicas para enfrentarlo. Los niños que cruzan México y llegan a la frontera de Estados Unidos no son «migrantes», no son «ilegales», y no son meramente «menores indocumentados»: son refugiados de una guerra y, en tanto tales, tienen derecho al asilo político.




Publicado por Sexto Piso, Ciudad de México / Madrid, 2016





















lunes, abril 27, 2026

«Tanta agua tan cerca de casa», de Raymond Carver

Traducción de Jesús Zulaika



          
          Mi marido come con buen apetito. Pero no creo que tenga hambre realmente. Mastica, con los brazos sobre la mesa, y fija la mirada en algo que está al otro lado de la cocina. Luego me mira a mí y desvía la vista. Se limpia la boca con la servilleta. Se encoge de hombros y sigue comiendo.
          —¿Por qué me miras? —pregunta—. ¿Por qué? —repite, y deja el tenedor sobre la mesa.
          —¿Te estaba mirando? —replico, y meneo la cabeza.
          Suena el teléfono.
          —No contestes —dice.
          —Puede que sea tu madre.
          —Cógelo y no digas nada.
          Levanto el auricular y escucho. Mi marido deja de comer.
          —¿Qué te dije? —exclama cuando cuelgo. Sigue comiendo. Luego tira la servilleta sobre el plato. Protesta—: Maldita sea. ¿Por qué la gente no se ocupa de sus asuntos? ¡Dime lo que hice mal, te escucho! Yo no era el único que estaba ahí. Lo hablamos y lo decidimos entre todos. No podíamos darnos la vuelta así por las buenas. Estábamos a ocho kilómetros del coche. No consiento que me juzgues. ¿Entiendes?
          —Y a lo sabes —le censuro.
          Él dice:
          —¿Qué es lo que sé, Claire? Dime lo que se supone que sé. Y o no sé más que una cosa. —Me dirige una mirada que él cree muy significativa—. Estaba muerta —recuerda—. Y lo siento como el que más. Pero estaba muerta.
          —Esa es la cuestión —digo yo.
          Levanta las manos. Aparta la silla de la mesa. Saca los cigarrillos y sale a la parte de atrás con una lata de cerveza. Veo cómo se sienta en una silla del jardín y vuelve a coger el periódico.
          Su nombre está en primera plana. Junto con los de sus amigos.
          Cierro los ojos y me apoyo en la pila. Luego barro el escurridero con el brazo y mando todos los platos al suelo.
          Él no se mueve. Sé que lo ha oído. Levanta la cabeza como si siguiera escuchando. Pero, aparte de eso, no se mueve. No se vuelve.


          Él y Gordon Johnson y Mel Dorn y Vern Williams juegan al póquer y a los bolos y van a pescar. Van a pescar en primavera y a principios del verano, antes de que lleguen las visitas de los parientes. Son gente honrada, hombres de su casa, hombres que se ocupan de su trabajo. Tienen hijos e hijas que van al colegio con nuestro hijo Dean.
          El viernes pasado estos hombres caseros salieron rumbo al río Naches. Aparcaron el coche en las montañas y siguieron a pie hasta el sitio elegido para pescar. Cargaron con sus sacos de dormir, su comida, sus barajas y su whisky. 
          Vieron a la chica antes de acampar. La encontró Mel Dorn. Estaba completamente desnuda. El cuerpo se había quedado enganchado en unas ramas que sobresalían del agua.
          Mel llamó a los demás y todos fueron a mirar. Hablaron acerca de qué hacer. Uno de ellos —Stuart no me ha dicho quién— indicó que lo que tenían que hacer era volver inmediatamente. Los otros se pusieron a remover la arena con los pies, y manifestaron que no tenían ningunas ganas de volver. Alegaron cansancio, la hora avanzada, el hecho de que la chica no iba a marcharse a ninguna parte.
          Al final siguieron con sus planes y acamparon. Encendieron un fuego y bebieron whisky. Cuando vieron la luna en el cielo hablaron de la chica. Alguien sugirió que debían asegurar el cuerpo para que no se lo llevara la corriente. Cogieron las linternas y bajaron al río. Uno de los hombres —pudo ser Stuart— se metió en el agua y fue hasta la chica. La cogió por los dedos y la acercó hasta la orilla. Le ató una cuerda de nylon a la muñeca y sujetó el otro extremo alrededor de un árbol.
          A la mañana siguiente hicieron el desayuno, tomaron café y bebieron whisky. Luego se fueron a pescar cada uno por su lado. Por la noche hicieron pescado, asaron patatas, tomaron café, bebieron whisky. Luego cogieron cacharros y platos y cubiertos y bajaron al río y los limpiaron cerca de donde estaba la chica.
          Más tarde jugaron a las cartas. Puede que jugaran hasta que ya no pudieron ver las cartas. Vern Williams se fue a dormir. Pero los demás se pusieron a contar historias. Gordon Johnson comentó que las truchas que habían pescado estaban duras debido a la terrible frialdad del agua.
          A la mañana siguiente se levantaron tarde, bebieron whisky, pescaron un poco, quitaron las tiendas, liaron los sacos de dormir, recogieron sus cosas y volvieron caminando. Luego, en el coche, buscaron un teléfono. Fue Stuart quien hizo la llamada mientras los otros estaban allí al sol, escuchando. No tenían nada que ocultar. No se avergonzaban de nada. Dijeron que esperarían hasta que llegara alguien con instrucciones y les tomara declaración.
          Yo estaba dormida cuando llegó a casa. Pero me desperté cuando lo oí en la cocina. Le encontré apoyado sobre el frigorífico, con una lata de cerveza. Me rodeó con sus fuertes brazos y me restregó la espalda con sus manos grandes. En la cama me volvió a tocar, y luego se quedó quieto como si pensara en otra cosa. Y o me volví y abrí las piernas. Creo que él, después, siguió despierto.
          A la mañana siguiente se levantó antes que yo. Supongo que para ver si el periódico decía algo.
          A partir de las ocho, el teléfono empezó a sonar.
          —¡Vayase al diablo! —le oí gritar.
          El teléfono volvió a sonar al cabo de un instante.
          —¡No tengo nada que añadir a lo que ya declaré ante el sheriff! Y colgó con brusquedad.
          —¿Qué pasa? —pregunté.
          Justo entonces me contó lo que acabo de explicar.


          Recojo los platos rotos y salgo al jardín. Stuart está ahora tendido en el césped, con el periódico y la lata de cerveza al alcance de la mano.
          —Stuart, ¿podemos dar un paseo en coche? —propongo.
          Gira sobre sí mismo y me mira.
          —Vamos a comprar cerveza —dice. Se pone en pie y al pasar me toca la cadera—. Espérame un minuto —añade.
          Atravesamos el centro sin hablar. Detiene el coche junto a un supermercado, al borde de la carretera, para comprar cerveza. Veo un gran montón de periódicos en la entrada, detrás de la puerta. En el escalón de arriba, una mujer gorda con un vestido estampado le da una barra de regaliz a una chiquilla. Luego cruzamos Everson Creek y entramos en los terrenos de recreo. El arroyo pasa bajo el puente y va a dar a un gran embalse unos centenares de metros más allá. Veo en él a los hombres. Veo cómo pescan.
          Tanta agua y tan cerca de casa.
          Pregunto:
          —¿Por qué tuvisteis que ir tan lejos?
          —No me saques de quicio.
          Nos sentamos en un banco, al sol. Stuart abre unas latas de cerveza. Dice:
          —Tranquilízate, Claire.
          —Les declararon inocentes. Dijeron que estaban locos.
          Él quiere saber:
          —¿Quiénes? ¿De quiénes hablas?
          —De los hermanos Maddox. Mataron a una chica que se llamaba Arlene Hubly. En mi pueblo. Le cortaron la cabeza y arrojaron el cuerpo al río Cle Elum. Cuando yo era adolescente.
          —Vas a acabar exasperándome.
          Miro el arroyo. Estoy en él, con los ojos abiertos, boca abajo, mirando fijamente el musgo del fondo, muerta.
          —No sé lo que te pasa —confiesa, camino de casa—. Me estás exasperando por momentos.
          No hay nada que pueda objetar.
          Trata de concentrarse en la carretera. Pero no deja de mirar por el retrovisor.
          Lo sabe.


          Stuart cree que esta mañana me está dejando dormir. Pero estaba despierta mucho antes de que sonara el despertador. He estado pensando, acostada en mi lado de la cama, a un extremo, lejos de sus piernas velludas.
          Prepara y despide a Dean, que sale para el colegio, y luego se afeita, se viste y se va al trabajo. Viene dos veces y mira y se aclara la garganta. Pero yo no abro los ojos.
          Encuentro una nota suya en la cocina. Firma: «Amor».
          Me siento en el rincón del desayuno y tomo café y dejo un servilletero sobre la nota. Miro el periódico y lo vuelvo de un lado y de otro sobre la mesa. Luego lo deslizo hasta mí y leo lo que dice. El cuerpo ha sido identificado, reclamado. Pero ha sido necesario examinarlo, introducirle ciertas cosas, cortarlo, pesarlo, medirlo, volver a poner las cosas en su sitio y coserlo.
          Me quedo sentada largo rato con el periódico en la mano, pensando. Al cabo llamo a la peluquería para reservar hora.
          Estoy sentada en el secador con una revista en el regazo, y dejo que Marnie me arregle las uñas.
          —Mañana voy a un funeral —le comento.
          —Lo siento —deplora Marnie.
          —Fue un asesinato.
          —Aún peor.
          —No es nadie muy íntimo —aclaro—. Pero ya sabes.
          —Irá bien arreglada —asegura Marnie.
          Por la noche me hago la cama en el sofá, y a la mañana me levanto la primera. Pongo el café en el fuego y preparo el desayuno mientras él se afeita.
          Aparece en la puerta de la cocina, con la toalla sobre el hombro desnudo, y sopesa la situación.
          —Ahí está el café —digo—. Los huevos estarán en un minuto.
          Despierto a Dean, desayunamos los tres juntos.
          Cada vez que Stuart me mira, le pregunto a Dean si quiere más leche, más tostadas, etcétera…
          —Te llamaré por teléfono —avisa Stuart al salir.
          Yo le advierto:
          —No creo que me encuentres en casa.
          —De acuerdo. Muy bien.
          Me visto con esmero. Me pruebo un sombrero y me miro en el espejo. Le escribo una nota a Dean:
          Cariño, mami tiene cosas que hacer esta tarde, pero volverá luego. Quédate en casa o en el traspatio hasta que uno de los dos venga a casa.
          Con amor, mami.
          Miro la palabra amor y al fin la subrayo. Luego veo la palabra traspatio. ¿Es una palabra o dos?


          Atravieso en coche tierras de labranza, campos de avena y de remolacha azucarera, dejo atrás manzanales y ganado que pasta. Y todo cambia: ahora son más cabañas que granjas, más bosques madereros que grandes huertos. Luego montañas, y allá abajo, a la derecha, lejos, veo a veces el río Naches.
          Una camioneta verde aparece a mi espalda y se queda pegada detrás de mí durante varios kilómetros. Y o reduzco la velocidad, cuando no debo, con la esperanza de que me adelante. Lo hago varias veces, y al final acelero. Pero también lo hago a destiempo. Me aferro al volante hasta que me duelen los dedos.
          En una larga recta despejada, me adelanta. Pero por espacio de unos instantes ha ido a mi lado: es un hombre con el pelo cortado al cepillo, con camisa de faena azul.
          Nos miramos el uno al otro. Me hace una seña con la mano, toca el claxon y toma la delantera.
          Reduzco la velocidad y encuentro un sitio apropiado. Entro en el arcén y apago el motor. Oigo el río allí abajo, más abajo de los árboles. Entonces oigo la camioneta que vuelve.
          Echo el seguro de las puertas y subo las ventanillas.
          —¿Se encuentra bien? —pregunta el hombre. Da unos golpecitos en el cristal—. ¿Está bien? —Apoya los brazos en la puerta y pega la cara a la ventanilla.
          Lo miro fijamente. No se me ocurre otra cosa.
          —¿Todo bien ahí dentro? ¿Cómo es que está toda encerrada?
          Sacudo la cabeza.
          —Baje la ventanilla. —Mueve la cabeza, mira la carretera y luego me mira a mí—. Bájela.
          —Por favor —digo—. Tengo que irme.
          —Abra la puerta —insiste, como si no me hubiera oído—. Se va a asfixiar ahí dentro.
          Me mira los pechos, las piernas. Estoy segura de que es eso lo que está mirando.
          —Eh, preciosa —puntualiza—. Estoy aquí para ayudar, eso es todo.
 

          El ataúd está cerrado y cubierto de ramos de flores. El órgano empieza a tocar en el momento en que me siento. La gente sigue entrando y buscando sitio. Hay un chico con pantalones acampanados y camisa amarilla de manga corta. Se abre una puerta y entra la familia en grupo y se dirige a un apartado acortinado que hay a un costado.
          Las sillas crujen cuando los asistentes se sientan. Acto seguido, un hombre apuesto y rubio con elegante traje oscuro se levanta y nos pide que inclinemos la cabeza. Dice una oración por nosotros, los vivos, y cuando termina dice una oración por el alma de la muerta.
          Paso con la gente junto al ataúd. Salgo a los escalones de la entrada, a la luz de la tarde. Delante de mí baja las escaleras cojeando una mujer. En la acera mira a su alrededor.
          —Bien, lo han cogido —explica—. Si es que puede servirnos de consuelo. Lo han detenido esta mañana. Lo he oído en la radio antes de venir. Es un chico de aquí, de la ciudad.
          Caminamos unos pasos por la acera caliente. Los coches arrancan. Alargo la mano y me agarro a un parquímetro. Capós relucientes y aletas relucientes. La cabeza me da vueltas.
          Comento:
          —Tienen amigos, esos asesinos. Nunca se sabe.
          —Yo conocía a esa chica, desde que era una niña —cuenta la mujer—. Solía venir a mi casa y yo le hacía pasteles y le dejaba que se los comiera mientras veía la televisión.


          Encuentro a Stuart sentado a la mesa con un whisky. Durante un instante de delirio pienso que algo le ha sucedido a Dean.
          —¿Dónde está? —pregunto—. ¿Dónde está Dean?
          —Fuera —contesta mi marido.
          Apura el whisky y se levanta. Dice:
          —Creo que sé lo que necesitas.
          Me pasa un brazo por la cintura y con la otra mano empieza a soltarme los botones de la chaqueta, y luego sigue con los botones de la blusa.
          —Lo primero es lo primero.


          Añade algo más. Pero no necesito escuchar. No puedo oír nada con tanta agua
corriendo.
          —Muy bien —acepto, y termino de desabrocharme yo misma—. Antes de que venga Dean. Date prisa.

 


en Short Cuts, 1993

























domingo, abril 26, 2026

«El muérdago se enreda en mis tobillos…», de Chantal Maillard





El muérdago se enreda en mis tobillos,
helechos y agavanzas me ciñen las caderas
y un nenúfar
se deshoja en el valle dócil
de mis nalgas.
Sobre la tierra húmeda me acuesto como un ojo que se cierra
(tienen mis muslos el sabor del humus en otoño)
y me hago raíz,
vegetal crisálida
aguardando la aurora.
Sobre mis labios quietos
lentamente
desova una culebra.




en Hainuwele, 1988























 

sábado, abril 25, 2026

«Visitando la ciudad subterránea de Beijing», de Meng Jiasheng

Traducción de Miguel Ángel Petrecca



 
Cavemos profundo, guardemos el grano, 
tiremos abajo las casas pero guardemos las piedras 
para construir, construyamos en el desierto, 
en medio de la selva, bautizando las ciudades 
con el nombre de las ciudades destruidas 
por nuestras propias manos, cavemos una tumba 
para las viejas ciudades, almacenemos el grano 
bien profundo, donde no llegue la luz, el aire, 
cavemos una tumba para el grano, para las ciudades, 
llevemos el desierto a la ciudad, la ciudad a la selva, 
socavemos las ciudades cavando para ellas 
un refugio nuclear, una ciudad fantasma.




en Un país mental. 150 poemas chinos contemporáneos
Gog y Magog, 2023


















viernes, abril 24, 2026

«La pasión según G. H.», de Clarice Lispector

Traducción de Alberto Villalba Rodríguez 





La hora de vivir es tan infernalmente inexpresiva que es la nada. Aquello que yo llamaba «nada» estaba, no obstante, tan pegado a mí que era… ¿yo? Y, por tanto, se volvía invisible como yo lo era para mí misma, y se convertía en la nada. Las puertas, como siempre, seguían abriéndose. Finalmente, amor mío, sucumbí. Y se convirtió en un ahora.

· · ·

Ofrecía el sollozo. Lloraba por fin dentro de mi infierno. Las alas incluso de la negrura las uso y las sudo, y las usaba y sudaba para mí; que eres Tú, tú, fulgor del silencio. Yo no soy Tú, sino que yo eres Tú. Solo por eso jamás podré sentirTe directamente: porque eres yo. (…) Y en el sollozo, el Dios vino a mí, el Dios me ocupaba ahora por entero. (…) El Dios, a quien nunca podría entender sino como Le entendí: partiéndome como una flor que al nacer soporta mal erguirse y parece quebrarse. (…) En este instante, ahora, una duda me asalta. Dios, o cualquiera que sea Tu nombre: solo pido ahora una ayuda: pero que ahora me ayudes no secretamente como me eres, sino esta vez claramente y en campo abierto. (…) Me había visto obligada a entrar en el desierto para saber con espanto que el desierto está vivo, para saber que una cucaracha es la vida. Había retrocedido hasta saber que en mí la vida más profunda está antes de lo humano. (…) Y ahora estaba como ante Él, y no entendía; estaba inútilmente de pie ante Él, y estaba nuevamente ante la nada. A mí, como a todo el mundo, se me había dado todo, pero había querido más: había querido conocer ese todo. Y había vendido mi alma para saber. Ahora entendía que no la había vendido al diablo, sino a alguien mucho más peligroso: a Dios. Que me había dejado ver. Pues Él sabía que yo no sabría ver lo que viese. (…) Yo tenía la capacidad de preguntar, pero no la de escuchar la respuesta.

· · ·

(Él no nació para nosotros, como nosotros no hemos nacido para Él, nosotros y Él somos simultáneamente).

· · ·

Hablar con Dios es lo más mudo que existe. (…) No, no tengo que elevarme a través de la plegaria: tengo que, ingurgitada, convertirme en una nada vibrante. ¡Lo que hablo con Dios no debe tener sentido! Si tiene sentido es porque me equivoco.



Publicado por Ediciones Siruela, Madrid, 2000



También en Antología de mística femenina, 2023
Edición a cargo de Jimena Castro y Sergi Sancho Fibla





























miércoles, abril 22, 2026

«Relatos», de Jorge Teillier

Conmemorando los 30 años de su muerte




     I

El vuelo de las aves
es un canto recién aprendido por la tierra.
El día entra en la casa
como un perro mojado de rocío.

Mira: se encienden las hogueras de los gallos.
Los cazadores preparan sus morrales.
Los caballos los esperan
rompiendo con sus cascos
el cielo que apenas pesa
sobre lagunas de escarcha.

Tú eres un sueño que no recordamos
pero que nos hace despertar alegres.
Una ventana abierta hacia el trigo maduro.
Busquemos grosellas junto al cerco
cuyos hombros abruman los cerezos silvestres.




     II

Un viento de otra estación se lleva la mañana.
Huyes hacia tu casa
cuando el viento dobla los pinos
de las orillas del río.
Ya no quedan grosellas.
¿Por qué no vuelven los cazadores
que vimos partir esta mañana?
Tú quieres que nunca haya sucedido nada
y en la buhardilla abres un baúl
para vestirte como novia de otro siglo.




     III

El abandono silba llamando a sus amigos.
La noche y el sueño
amarran sus caballos frente a las ventanas.
El dueño de casa baja a la bodega
a buscar sidra guardada desde el año pasado.

Se detiene el reloj de péndulo.
Clavos oxidados
caen de las tablas.
El dueño de casa demora demasiado
—quizás se ha quedado dormido entre los toneles—.
Una mañana busqué grosellas al fondo del patio.
En la tarde este mismo viento
luchaba con los pinos a orillas del río.
Se detienen los relojes.
Oigo pasos de cazadores que quizás han muerto.
De pronto no somos sino un puñado de sombras
que el viento intenta dispersar.




en El árbol de la memoria, 1961


















 

martes, abril 21, 2026

«Semillas volando», de Khaled Abdallah

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Una anciana, que ha vivido todas las estaciones,
vaga por la tierra recogiendo manzanilla.
 
Cada flor en su delantal es una estrella,
su delantal es el cielo. Cuando llega a casa,
 
las esparce para que se sequen como conchas en la playa –
para traer buena suerte, para susurrarnos el futuro.
 
Brilla su tatuaje al sol, resplandece una estrella
dentro de sus pendientes de oro, seca la manzanilla.
 
Su mano, cubierta de henna tatuada con los nombres de Dios,
hilaba la lana del rebaño, bordaba
 
los vestidos de boda, aún recoge las flores secas.
Pero a la siguiente estación, cuando el futuro se asomó,
 
los susurros quedaron en silencio. Fue enterrada con sus antepasados.
Y sin embargo, como por casualidad, arte de magia o por milagro
 
la manzanilla crece cada temporada detrás de casa.
Muchas semillas han volado lejos. Estas permanecen aquí.





















 

lunes, abril 20, 2026

«Las hojas otoñales», de Dinah Roma

Traducción de León Blanco con la colaboración de G. Leogena





Cuando fue tiempo de embalsamarla,
me rehusé a entrar en el salón de los escalpelos.
¿Qué más hay que cortar con precisión
que vacíe al cuerpo aun más allá de la muerte?
¿Qué mueve a las manos hacia el terreno del arte
para drenar la sangre, infundir nuevo rostro a la forma,
y dar tono a la piel para una vista final?
Al caer el sol, salió ella en vestido floral,
no escogido por mí sino que fui incapaz de doblarlo y guardar
mientras moría, en intervalos de aguijones y drogas
para detener el reflujo, aun cuando maldecía
como solía hacerlo, con toda la rabia que podía determinar
la determinación que había tomado yo, la que presté a sus batallas
y reclamé al verla marchitarse
para reconfortar a los vivos. Ese cuerpo
gradualmente ictérico abracé
en estupor de ambas –en su fracaso
y en mi rendición, cuya tibieza menguó
con la canción que cantaba en el fallido recuento
de una tarde en su juventud– de un hombre, no mi padre,
que saltó a su vida e hizo vacilar su corazón
respecto a un futuro que al final me engendró

              Las hojas otoñales vagan por mi ventana
              Las hojas otoñales de oro y escarlata

La voz no conocida por cantar
en la cadencia de estaciones no invitadas

              Veo tus labios que el verano besa

En sus más gruesos labios y mejillas había demasiado color,
lejos de la elegancia que se empleó en perfeccionar,
la belleza cantaba para animarnos a través de las décadas
del padre único que conocí solearse
en el ritmo tanto como en la gracia
de esta mujer, embalsamada para el adiós,
llenándome con la canción de

              Las bronceadas manos que yo solía sostener







en Festival Internacional de Poesía de Medellín, 19 de marzo, 2015





















domingo, abril 19, 2026

«A ***», de Aleksandr Pushkin

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Recuerdo el increíble instante: 
cuando apareciste ante mí, 
como una visión fugaz,
como una genio de belleza infinita.

En la angustia de una tristeza sin esperanzas 
en el inquieto bullicio de la vida, 
resonó en mí tu voz tierna por mucho tiempo
y en mi sueño se asomaba cada línea de tu rostro.

Los años pasaron. El ímpetu de las tormentas 
dispersó los sueños del pasado, 
y olvidé la ternura de tu voz, 
así como tus rasgos celestiales.

Aislado, en las tinieblas del cautiverio
mis días se arrastraban silenciosos 
sin divinidad, sin inspiración, 
sin lágrimas, sin vida, sin amor.

Pero ahora mi alma volvió a despertar: 
y apareciste tú otra vez, 
como una visión fugaz, 
como una genio de belleza infinita.

Y extasiado late mi corazón, 
y de nuevo reviven para él 
la divinidad, la inspiración, 
la vida, las lágrimas y el amor.



1825





Pintura original: El adiós de Pushkin al mar
de Iván Aivazovski e Iliá Repin (1877)
















*** Anna Petrovna Kern (1800-1879)