sábado, julio 18, 2026

«Tal vez era su destino», de Yi Sha

Traducción de Miguel Ángel Petrecca




A las cuatro de la mañana el tren llega a una estación 
una estación pequeña y se detiene tres minutos
Dentro de su compartimiento un hombre 
se sienta en la cama se viste Siente que 
tiene que bajar sí o sí que estos 
son tres minutos que no pueden faltar 
en su viaje Sólo se trata 
de caminar un poco por el andén 
estirar brazos y piernas moverse
Sobre el andén no se ve ni una persona
Hay algo desconocido en la atmósfera
Camina el largo entero de dos vagones 
acelerando su paso lentamente
Suena la chicharra Sube a tiempo 
y le dirige a la empleada
–una chica con permanente–
una sonrisa sin significado Estos 
son tres minutos que no podían faltar 
en su viaje Quizás
realmente era su destino





en Un país mental. 150 poemas chinos contemporáneos
Gog y Magog, 2023

















viernes, julio 17, 2026

«Poemas que se creen gatos», de Carlos Alberto Trujillo





para Iván Carrasco
 
     Hay poemas que se sienten gatos
Y ronronean bajo la estufa en tardes de domingo
Mientras la lluvia se desliza por la ventana
Y los visillos repletos de figuras detienen el paisaje gris
Como una fotografía pintada en la pared
En días de un calendario que ya nadie recuerda
     Poemas que parecen olvidarse del mundo
Cuando se les ve retozando al lado del fuego
Mientras la robusta cocinera
Saca unos panes grandes y preciosos
Olorosos como frutas frescas
De la boca de un horno recién ideado por Dios.

     Hay poemas que se sienten gatos enormes y hermosos
Mientras se encaraman por las paredes
Y se deslizan sobre los techos
Agazapados y tensos
Como si la presa que siguen fuera la vida
Y ésa la única oportunidad de aprehenderla

     Hay poemas que se sienten gatos
Y van por la vida con su facha de gato
Con su cola de gato
Con su reluciente pelaje de gato
Y sus prodigiosos ojos de gato mayor
Mirando el adentro y el afuera de las cosas
Como si para ellos el misterio
Todavía fuera una idea sin nombre

También hay gatos que se creen poemas.




en Antología poética de la generación del ochenta, ed. Andrés Morales, MAGO editores, 2010



















miércoles, julio 15, 2026

«Afrodita», de Pierre Louÿs

Fragmento


 
Se inclinó por última vez y más largamente, dejó el collar en manos del sacerdote y dio un paso sólo para alejarse. 

El sacerdote la detuvo.

—¿Qué le pides a la diosa por estas preciosas ofrendas?

Ella sonrió moviendo la cabeza, y dijo:

—No le pido nada.

Luego camino junto a la procesión, tomó una rosa de una cesta y se la puso entre los labios al salir.

Una a una, todas las mujeres la siguieron. La puerta del templo vacío se cerró.

*   *   *

Demetrios quedó solo, oculto tras el pedestal de bronce.

No había perdido ni un ademán ni una palabra de toda la escena, y cuando todo terminó, permaneció largo tiempo sin moverse, otra vez atormentado, apasionado, indeciso.

Se creía curado de su locura del día anterior, y no había imaginado que nada podría arrojarlo por segunda vez a la sombra ardiente de aquella extraña.

Pero no había contado con ella.

¡Mujeres! ¡Oh, mujeres! ¡Si quieren ser amadas, muéstrense, aparezcan, estén presentes! La emoción que sintió cuando entró la cortesana fue tan intensa y poderosa, que ya no no podía pensar en combatirla con un impulso de su voluntad. Demetrios estaba atado como un esclavo bárbaro a un carro triunfal. Escapar era una ilusión. Sin saberlo, y con naturalidad, ella le había puesto una mano encima.

La había visto llegar desde muy lejos, pues vestía la misma tela amarilla que llevaba en el muelle. Caminaba con pasos lentos y flexibles, ondulando las caderas con molicie, y se había dirigido recta hacia él, como si adivinara que estaba allí tras de la piedra.

Desde el primer instante comprendió que caía rendido a sus pies. Cuando se quitó del cinturón el espejo de bronce pulido, se miró un momento en él antes de entregarlo al sacerdote y el brillo de sus ojos se volvió estupendo. Cuando, para tomar su peine de cobre, se pasó la mano por sus cabellos mientras levantaba un brazo cruzado, según la actitud de las Gracias, toda la hermosa línea de su cuerpo se desarrolló bajo la tela, y el sol encendió en su axila un rocío de sudor menudo y luminoso. Por último, cuando, para levantar y desatar su collar de pesadas esmeraldas, separó la seda plisada que cubría sus senos hasta el suave lugar lleno de sombras, donde sólo es posible deslizar un ramo, Demetrios se sintió presa de tal frenesí de poner ahí sus labios y arrancarle todo el vestido… pero Khrysís comenzó a hablar.

Habló, y cada una de sus palabras fue un sufrimiento para él. Por placer, ella parecía insistir y recrearse en la prostitución de este vaso de belleza que era ella misma, blanco como una estatua y llena de oro que manaba por sus cabellos. Decía que su puerta estaba abierta al ocio de los transeúntes, a la contemplación de su cuerpo abandonado a los indignos y al cuidado de  encender fuego en las mejillas de los niños torpes. Hablaba del cansancio venal de sus ojos, de sus labios alabados por la noche, de sus cabellos confiados a manos brutales, de su divinidad labrada.

El exceso mismo de facilidades que inducían a abordarla arrastraba a Demetrios hacia ella, resuelto a utilizarlas sólo para él y cerrar la puerta a cualquier otro. Es muy cierto que una mujer no logra seducir con plenitud, sino cuando da motivos para sentir celos.

Por eso, cuando Khrysís regresó a la ciudad, después de entregarle a la diosa su collar verde a cambio del que esperaba, se llevó una voluntad humana a la boca, como la rosa robada cuyo talle iba mordiendo.

Demetrios aguardó a que lo dejaran solo en el recinto; y en seguida salió de su escondite.

Miró la estatua con turbación, esperando todavía tener que luchar consigo mismo. Pero como fue incapaz de renovar, en un breve intervalo, una emoción así de violenta, volvió a quedarse sorpresivamente tranquilo y sin remordimientos prematuros.

Indiferente, trepó suavemente junto a la estatua, levantó sobre la nuca inclinada el Collar de las Verdaderas Perlas de Anadiómena y lo deslizó dentro de sus ropas.



1896













martes, julio 14, 2026

Entrevista a Sam Neill, de Rosanna Greenstreet

Traducción de Juan Carlos Villavicencio


1947-2026


Nacido en Irlanda del Norte, Sam Neill […] creció en Nueva Zelanda. Protagonizó My Brilliant Career (1979), Dead Calm (1989), The Hunt for Red October (1990), The Piano (1993) y dos películas de Jurassic Park (1993 y 2001[, a las que hay que sumar la entrega del año 2022]). Entre sus apariciones en televisión se incluyen Merlín, The Tudors y Peaky Blinders. The Daughter (2015) es su última película. Está casado por segunda vez, tiene tres hijos y dirige un viñedo en Nueva Zelanda.

¿Cuál es tu primer recuerdo? 
Retorciéndome con un ataque de tos, a los cuatro años.

¿A qué persona viva admiras más y por qué?
A mi hermano, Michael. Es un académico que ha dedicado su vida a la erudición; mi vida parece trivial comparada con la suya. Hijo de puta.

¿Cuál es el rasgo que más deploras en ti mismo?
La pereza. No, espera, la avaricia. No, la glotonería.

¿Cuál es el rasgo que más deploras en los demás?
La intolerancia religiosa.

Dejando a un lado las propiedades, ¿qué es lo más caro que has comprado? 
Me llevó 30 años, pero finalmente me compré el reloj Patek Philippe que siempre había querido. Es ridículo lo mucho que me gusta.

¿Cuál es tu posesión más preciada?
Las medallas de guerra de mi padre.

¿Qué te hace infeliz?
La soledad. Anhelo estar en compañía.

¿Qué es lo que más te desagrada de tu apariencia? 
Prácticamente todo. Pero estos raros trozos de grasa en mis caderas… ¡qué asco!

¿Quién te interpretaría en la película de tu vida?
Tilda Swinton.

¿Cómo se siente el amor?
Todo lo contrario de la soledad.

¿Cuál es tu palabra favorita?
Bosom [Pecho].

¿Cuál es tu olor favorito?
La parte superior de la cabeza de un bebé. Mis hijos olían delicioso.

¿Qué querías ser cuando eras niño?
Un soldado como mi padre. Hubiera sido un inútil.

¿Qué es lo peor que alguien te ha dicho?
«¿Dormimos juntos? ¿En serio? ¿De verdad estás seguro?».

¿Cuál es tu placer más culpable?
Ven a cenar conmigo. Todo lo que necesitas saber sobre los británicos en una hora prolija.

¿Qué le debes a tus padres?
Todo el agradecimiento que nunca se me ocurrió darles cuando estaban vivos.

¿A qué persona viva desprecias más y por qué?
Esos cretinos que nos llevaron a Irak. Toda esta mierda empieza con ellos.

¿A quién invitarías a la cena de tus sueños?
A todos mis tatarabuelos. Y a Michael Caine.

¿Qué palabras o frases utilizas más en exceso?
Lamento decirlo, pero la palabra es «fuck».

¿Cuál es el peor trabajo que has hecho?
Todo el mundo dice que es la película de la FIFA [United Passions, 2014], pero lo pasé de maravillas.

¿Cuál ha sido tu mayor decepción?
Mi completa ineptitud en el deporte.

¿Cuál consideras tu mayor logro?
Seguir trabajando todavía. Y mis viñedos: son hermosos.

¿Qué te mantiene despierto por la noche?
Mi preocupación por el insomnio.

¿Qué canción te gustaría que sonara en tu funeral?
«I Will Remember You», de Sarah McLachlan. Eso pondrá nerviosos a esos hijos de puta como ninguna otra cosa lo hará.

Cuéntanos un secreto.
Me bautizaron como Nigel. Fue un lastre para mí durante muchísimos años.



en The Guardian, 4 de junio 2016









 









lunes, julio 13, 2026

«Rodolfo Walsh, no hay un final», de Leila Guerriero




 
Hay un principio —nació en Lamarque, provincia de Río Negro, Argentina, el 9 de enero de 1917—, pero no hay un final: el 25 de marzo de 1977, con el país bajo la dictadura militar que había tomado el poder el año anterior, Rodolfo Walsh despachó por correo a diarios y revistas un texto en el que había trabajado durante meses —«Carta abierta a la Junta Militar»—, en el que decía, entre otras cosas: «Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror. Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración». Después, se dirigió a una cita clandestina con un compañero del grupo Montoneros, una organización armada de izquierda a la que pertenecía con el cargo de oficial rimero, pero fue emboscado por un grupo de tareas de la Armada y todas las versiones señalan que lo mataron ahí mismo. Su cuerpo nunca apareció. 

Hay un principio, no hay un final, y lo que hubo entre una cosa otra fue una mutación extraordinaria: un hombre que en 1955, a los veintiocho, era escritor de cuentos policiales, traductor del inglés, exmilitante de la fianza Libertadora Nacionalista (una agrupación de derecha), partidario de la Revolución Libertadora (una coalición cívico-militar que había derrocado a Perón), y que un año después era exactamente lo contrario. Esa mutación fue causada por la misma materia de la cual estaba hecho: palabras. 

El 9 de junio de 1956, militares partidarios de Perón intentaron un levantamiento contra el Gobierno, que fue desbaratado. El Estado fusiló a muchos de los insurrectos, entre ellos a un grupo de civiles reunidos en un departamento, la mayoría de ellos con el único fin de ver una pelea de boxeo. El fusilamiento se llevó a cabo en un basural de la localidad de José León Suárez. Cinco murieron, siete lograron escapar. A seis meses de esos hechos, Rodolfo Walsh estaba en un bar con un amigo que murmuró la frase que lo cambió todo: «Hay un fusilado que vive». Tres días más tarde, Walsh se encontró con el sobreviviente, Juan Carlos Livraga, y ya no se detuvo: dejó su casa, consiguió cédula falsa y un revólver y, ayudado por una periodista joven llamada Enriqueta Muñiz, encontró a los siete. Con el resultado de su investigación edificó una pieza narrativa llamada Operación Masacre, que primero se publicó en fragmentos y luego, en 1957, como libro. Reconstruyó los hechos comenzando por el momento previo a la masacre («Nicolás Carranza no era un hombre feliz esa noche del 9 de junio de 1956. Al amparo de las sombras acababa de entrar en su casa, y es posible que algo lo mordiera por dentro»), presentó a los protagonistas ignorantes del mecanismo exterminador que ya se ha puesto en marcha y, sobre esa falsa placidez, narró la masacre. Ocho años antes de que se publicara A sangre fría, de Truman Capote, el libro en el que suele colocarse el kilómetro cero de una nueva narrativa de no ficción, Walsh, sin experiencia, sin referentes, de manera clandestina, enfrentando riesgos inverosímiles para un hombre como él (un traductor, un escritor de cuentos policiales), escribió una obra magna. Si sólo hubiera escrito eso, y nada antes, y nada después, ya hubiera sido grande: tenía treinta años, era un investigador astuto, su caja de herramientas rebosaba de técnicas maduras y perfidia narrativa, y dominaba un estilo que tenía, en su parquedad, toda su potencia. Pero hubo, todavía, veinte años más de vida de escritura (eran lo mismo). Después de aquel viraje descomunal originado por una partícula literaria —una frase—, ya no hubo más virajes sino, al contrario, el perfeccionamiento de una línea acerada, sin desvíos. Como un guerrero que afila su hacha, escribió otros libros periodísticos (El caso Satanowsky, en 1958; ¿Quién mató a Rosendo?, en 1969), y artículos extraordinarios en la revista Panorama; publicó dos volúmenes de cuentos —Los oficios terrestres (1965) y Un kilo de oro (1967)—, con algunos de los relatos que se consideran los mejores de la literatura argentina («Esa mujer», «Cartas», «Nota al pie»). Dirigió el diario La CGT de los argentinos, fue uno de los fundadores de la agencia de noticias Prensa Latina, empezó a militar en las Fuerzas Armadas Peronistas, y en 1973 entró en la organización Montoneros, donde fundó el diario Noticias y organizó la Agencia Clandestina de Noticias. Pulió hasta los goznes cada partícula de su escritura, incluso de sus diarios y sus textos políticos. En sus papeles personales escribió: «Durante cinco meses he vivido para mantener lo que se podía mantener de la CGT; no he escrito casi una línea para mí; no he ganado un peso para mí; he ambulado de un lado a otro; no he cuidado mi salud; no me he tomado un fin de semana (...). Ahora hay que vivir de una forma más racional, pensando que todo esto va a durar diez años, veinte años, hasta que uno se muera; y que yo no soy el héroe de la historieta, sino uno más, alguien que pone un poco el hombro todos los días, y cuando es necesario pone algo más que el hombro». Puso algo más que el hombro. Llevaba la escritura en el cuerpo, y puso el cuerpo. El 29 de septiembre de 1976 su hija Vicky, oficial segunda de Montoneros, murió en un enfrentamiento con el ejército. Después de esa muerte, Walsh decidió salir de Buenos Aires y se fue con su compañera de entonces a una casa en la localidad de San Vicente. Allí empezó a trabajar en aquella carta que envió a los medios. Terminaba así: «Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles». Hay un comienzo, pero no hay n final: si su vida cambió por el impacto que produjo una frase, todo lo que vino después —los libros y los artículos y las cartas y los diarios— aún irradia su potencia brutal sobre la literatura. No sólo sobre la del país que lo mató.



en Atlas de la literatura latinoamericana (ed. de Claudia Obligado), 2022


















domingo, julio 12, 2026

«Ahora sí, con honda», de Elvira Hernández




 
Nos ha caído encima fuego graneado.
No podemos sacar cabeza.
Vuelan sobre nosotros
como misiles teledirigidos
la sola y múltiple palabra lucro
en su trayectoria mortífera.
De ella somos blanco fácil.
Tiene una estela de seducción.
Lucro es parte de la condición humana.
Es verbo que se conjuga a escondidas
pero no en juego.
Encuentra su defensa entre los humanistas
y en la carnicería.
La rampa desde donde es emitida
no son bocas modulantes
son hocicos sanguinolentos.
Balbucean día y noche su cancioncilla de cuna
y nos amamantan con su leche gorda.
sus fardos de billetes
olidos en ranciedad.
Es proteína pura nos dicen
nos hará crecer.

Ahora sí, ahora
dale con honda.




en Pájaros desde mi ventana, 2018





















sábado, julio 11, 2026

«Un boceto», de Su Wu

Versión de Juan Carlos Villavicencio de la traducción de Kenneth Rexroth




Nos casaron cuando recogieron
nuestro pelo.* Teníamos apenas veinte
y quince años. Y desde entonces,
nuestro amor nunca se ha visto perturbado.
Esta noche sentimos la antigua alegría
del uno junto al otro, aunque nuestra
felicidad pronto va a terminar.
Recuerdo la larga marcha
que tengo por delante y
salgo a mirar las estrellas
para ver cuánto ha avanzado la noche.
Betelgeuse y Antares
ya se han ido. Es hora
de partir hacia los lejanos
campos de batalla. No hay forma de saber
si volveremos a vernos
alguna vez. Nos abrazamos
y sollozamos, con los rostros
bañados en lágrimas. Adiós, querida.
Guarda las flores de primavera de
tu belleza. Piensa en los días
en que fuimos felices juntos.
Si sobrevivo, volveré.
Si muero, recuérdanos siempre.







* Costumbre china antigua de recoger el cabello de las mujeres como parte del ritual de matrimonio, más que nada. En el caso de los hombres, es señal de que dejaban la infancia.

























viernes, julio 10, 2026

«Y estás: en el vacío…», de Ernestina de Champourcín


 


Y estás: en el vacío
y en la ausencia presente,
en la que es y vive
sin dejar de ser única
oquedad invisible
con raíces eternas.
No hay mundo que la llene
pero sí algo vivo
que la besa y la calma.



en Primer exilio, 1978
















jueves, julio 09, 2026

«La copa», de Gabriela Mistral




 
Yo he llevado una copa
de una isla a otra isla sin despertar el agua.
Si la vertía, una sed traicionaba;
por una gota, el don era caduco;
perdida toda, el dueño lloraría.

No saludé las ciudades;
no dije elogio a su vuelo de torres,
no abrí los brazos en la gran Pirámide
ni fundé casa con corro de hijos.

Pero entregando la copa, yo dije
con el sol nuevo sobre mi garganta:
«Mis brazos ya son libres como nubes sin dueño
y mi cuello se mece en la colina,
de la invitación de los valles».

Mentira fue mi aleluya: miradme.
Yo tengo la vista caída a mis palmas;
camino lenta, sin diamante de agua;
callada voy, y no llevo tesoro,
¡y me tumba en el pecho y los pulsos
la sangre batida de angustia y de miedo! 



en Tala, 1938  











Contribución indirecta a DscnTxt de Héctor Monsalve















martes, julio 07, 2026

«Salmo 9», de Mahmoud Darwish

Versión de Juan Carlos Villavicencio



 
Rosa más allá del tiempo y los sentidos,
eres un beso traído por las bufandas del viento,
mi locura me aparta de ti,
sáname con un sueño.

Me alejé de ti
para acercarme
− y encontré al tiempo.

Me acerqué a ti
para estar más lejos
− y me encontré con los sentidos.

Entre lo lejano y la cercanía
hay una piedra del tamaño de un sueño,
que no se acerca,
ni se aleja. 
Tú eres mi país.

No soy una piedra,
no puedo alcanzar el cielo,
no alcanzo a abrazar la tierra.
Sigo siendo un extraño, siempre un extraño.
















lunes, julio 06, 2026

«Elogio al comunismo», de Bertolt Brecht

Traducción de Juan Carlos Villavicencio



 
Es sensato, todos lo entiendes. Es fácil.
No eres ningún explotador, puedes entenderlo.
Es bueno para ti, pregunta cómo es.
Los tontos lo llaman tonto y los sucios lo llaman sucio.
Está contra la suciedad y la tontería.
Los explotadores lo llaman crimen.
Pero nosotros sabemos:
es el fin de todo crimen.
No es una locura, sino 
el fin de la locura.
No es el caos, 
sino el orden.
Es lo sencillo, 
que es lo difícil de lograr.



en Die Mutter, 1932














Lob des Kommunismus

Er ist vernünftig, jeder versteht ihn. Er ist leicht. / Du bist doch kein Ausbeuter, du kannst ihn begreifen. / Er ist gut für dich, erkundige dich nach ihm. / Die Dummköpfe nennen ihn dumm, und die Schmutzigen nennen ihn schmutzig. / Er ist gegen den Schmutz und gegen die Dummheit. / Die Ausbeuter nennen ihn ein Verbrechen. / Aber wir wissen: / Er ist das Ende der Verbrechen. / Er ist keine Tollheit, sondern / Das Ende der Tollheit. / Er ist nicht das Chaos / Sondern die Ordnung. / Er ist das Einfache / Das schwer zu machen ist.








domingo, julio 05, 2026

«Canción de amor», de Jaroslav Seifert

Traducción de Clara Janés





Oigo lo que no oyen los demás,
pies descalzos pisando terciopelo.

Suspiros bajo el sello de una carta,
el estremecimiento de las cuerdas, cuando no vibran.

A veces, huyendo de la gente,
veo lo que no ven los demás.

El amor, vestido con la risa
que se oculta en las pestañas, cubriendo los ojos.

Cuando aún tiene copos de nieve en los bucles,
veo florecer la rosa en el rosal.

Oí al amor partir
cuando unos labios por primera vez rozaron los míos.

Quién, sin embargo, detendrá mi esperanza:
ni siquiera el miedo al desengaño,

para que a tus rodillas no se ponga.
La más hermosa suele estar loca.



en Primavera, adiós, 1937
















sábado, julio 04, 2026

«Frente al mar, las flores se abren al calor de la primavera», de Hǎi Zǐ

Traducción de Sebastián Vargas



 
A partir de mañana, haré de una persona feliz:
alimentaré a un caballo, cortaré leña, viajaré por el mundo.
A partir de mañana, me preocuparé por cereales y vegetales;
tendré una casita frente al mar y las flores se abrirán al calor 
            de la primavera.
A partir de mañana, me pondré en contacto con cada uno de mis familiares
para contarles mi felicidad,
ese relámpago de felicidad será informado por mí,
lo contaré a cada persona.
A cada río, a cada montaña le elegiré un nombre amable.
Si no te conozco, igual te deseo el bien,
deseo que te espere un futuro brillante,
deseo que tengas pareja y el amor se abra camino,
deseo que obtengas la felicidad en este mundo.
Para mí, solo quiero que frente al mar las flores se abran al calor 
            de la primavera.














22 abr 2023

viernes, julio 03, 2026

«Cuadro», de Mario Quintana





Escribo junto a la ventana abierta.
Mi pluma es del color de las persianas,
verde… Y qué leves, lindas filigranas
deja el sol en la página desierta.
No sé qué paisajista tarambana
mezcla tonos…, y acierta…, y desacierta…,
y busca así una novedad que vierta
colores en las horas cotidianas…
¡Juegos de luz danzando en el follaje!
De lo que iba a escribir voy y me olvido…
¿Por qué pensar? También yo soy paisaje…
Y, soluble en el aire, estoy soñando,
transformado, irisado, estremecido,
entre los dedos que me van pintando.



en La calle de las veletas, 1940


en Intenta olvidarme, Ediciones Rialp, 2018




Fotografía original de Dulce Helfer











I

Escrevo diante da janela aberta.  / Minha caneta é cor das venezianas: / Verde!… E que leves, lindas filigranas / Desenha o sol na página deserta! / Não sei que paisagista doidivanas / Mistura os tons… acerta… desacerta… / Sempre em busca de nova descoberta, / Vai colorindo as horas quotidianas… / Jogos da luz dançando na folhagem! / Do que eu ia escrever até me esqueço… / Pra que pensar? Também sou da paisagem… / Vago, solúvel no ar, fico sonhando… / E me transmuto… iriso-me… estremeço… / Nos leves dedos que me vão pintando!












jueves, julio 02, 2026

«exilio adentro», de Tania Favela

Fragmento / Traducción de Silke Kleemann




sonó tan ireal que casi pensé que lo inventé: grafitis de peces de pájaros de manos 
letras  palabras — sin espacios — como dibujos de niños — (pensó) (muy adentro)
siglas que no dicen nada     (al fondo) paredes blancas
un muro blanco un mundo blanco después un túnel negro y después árboles (pensó)
                                   árboles sin espacio un bosque entero caminando
        rompiendo el hechizo reanudando el hechizo —ilusorio— dijiste bajo las nubes
                                   ¿quién murmura? pensó
—pensé— tan irreal tan suave tan ala: retrato de su madre (pensaste en tu madre)
                                                      lo mismo —tan rápido— que no alcanzó a decirse



en franja de luz lejana, Hochroth Heidelberg, 2023