martes, julio 05, 2022

“Mapa de infancia”, de Delia Domínguez





El regreso se hace

entre los perros del miedo.

Delia Domínguez

 

 

Nadie sabe cuando empieza el regreso.

Los viajes      son cuerpos desvanecidos

en las camisetas de la niebla.

 

La leyenda del niño

es una alquimia de luz sobre los vidrios.

Su monólogo oscila entre el valor y el miedo

cuando aúllan los perros en creciente

acompañando la oración de un muerto.

 

Su mapa es la memoria no fechada en los libros.

 

Un trazado invisible

siempre marca la vuelta hacia el ombligo

de una mujer que huele a leche ácida desde

la fundación del tiempo.




en Poesía chilena viva (Antología), 2016































lunes, julio 04, 2022

«Mi ojo tiene sus razones», de José Watanabe







Creo que mi ojo tiene un arbitrario criterio de selección.
Obviamente hubo más paisaje alrededor,
imposible que sólo fuéramos ella y yo en el rompeolas.

Soy de repeticiones, como todos. Entonces puedo suponer que
si hubo niebla
le dije: botes en la bruma pueden ser sólo reflejos, espejismos,
y le mencioné el antiguo haiku de Harumi:
                                                      «Entre la niebla
                                                  toco el esfumado bote.
                                                     Luego me embarco».
Si hubo sol
le tomé fotografías con el hueco de la mano y acaso la azoré
diciéndole: posa con los senos hacia el viento.
Si pasaron gaviotas y ella las admiró, le recordé
que eran aves carniceras y que únicamente su feo canto es honesto.
Mi ojo todo lo veía, no descartaba nada.
Entramos en el mar por el rompeolas de rocas cortadas.
Sobre una roca saliente ella recogió su falda
y deslizó sus pies hacia el agua.
Sus muslos desnudos hallaron comodidad en la piedra.
 
Era particularmente raro
el contraste de su muslo blanco contra la roca gris:
su muslo era viviente como un animal dormido en el invierno,
la roca era demasiado corpórea y definitiva.
 
Hubiera querido inscribir mi poema en todo el paisaje,
pero mi ojo, arbitrariamente, lo ha excluido
y sólo vuelve con obsesiva precisión
a aquel bello y extremo problema de texturas:
el muslo 
contra la roca.



en El huso de la palabra, 1989





Publicado por Descontexto Editores, 2022










Pueden comprar el libro escribiendo

















domingo, julio 03, 2022

“El viento”, de Jorge Hübner Bezanilla





Tú formas con las nubes brazadas de azucenas

o barcos que la tarde mece en hirvientes oros,

y alzas arquitecturas errantes con arenas,

y de troncos de encinas haces tubos sonoros.

 

Dejas en toda la honda inquietud de tu vida,

que te hizo vago en busca de regiones más bellas;

te has golpeado iracundo contra el agua dormida

por ver multiplicada la luz de las estrellas.

 

Viajas con una carga de armonías y aromas,

que le entregas a todos, y tu secreto, ¡oh viento!,

es que de almas lejanas el sentimiento tomas

y en el pecho que eliges dejas el sentimiento.

 

Ánforas invisibles llenas de maravillas,

vuelcas cuando regresas de tus viajes, y un rastro

de ignorados perfumes a las almas sencillas

les das para que vivan un momento en otro astro.

 

Viento de los impulsos y las renovaciones

que haces caer temblando las selvas centenarias

y sobre el haz de ruinas levantas tus canciones,

roncas como tambores de turbas libertarias,

 

¡yo te entrego mi espíritu! Sopla sobre él violento,

que el árbol está viejo y el fruto está maduro.

Al escuchar la música de tu regreso, ¡oh viento!,

yo sea el campo virgen del ideal futuro.




en Poesías, 1966

























sábado, julio 02, 2022

«La tierra sigue siendo ilimitada…», de Xin Qiji

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Pensando en los héroes antiguos en la Torre de la Colina Norte, en Jingkou


La tierra sigue siendo ilimitada como antaño,
pero en ninguna parte se encontrará
un héroe como el Rey que defiende la Costa Sur.
El lugar del canto, la pista de baile,
todas las galantes hazañas han llegado lejos
impulsadas por el viento y la lluvia cegadora.
El sol al inclinarse arroja su rayo al despuntar
sobre el camino de campo sombreado por árboles y cubierto de hierba
donde vivía el Rey Pastor al retomar la tierra antes perdida.
En años pasados,
conduciendo a los caballeros armados,
con una lanza de oro en la mano,
como un tigre, había matado
al enemigo en el Valle Central que cubre más de mil millas.
Su hijo lanzó a toda prisa una campaña en el Norte;
derrotado en el Monte del Lobo, derramó sus lágrimas en vano.
Todavía recuerdo hace cuarenta y tres años
lo próspera que fue la ciudad destruida por las llamas del enemigo.
¿Cómo puedo soportar
ver el santuario del agresor
adorado entre cuervos y tambores como si fuera divino?
¿A quién aún le importará
si un viejo general
es lo suficientemente fuerte como para recuperar la capital perdida?
















viernes, julio 01, 2022

“Buceando en el naufragio”, de Adrienne Rich





Tras haber leído el libro de mitos, 

y cargado la cámara 

y probado el filo del cuchillo, 

me pongo la coraza de hule negro 

las aletas absurdas 

la careta torpe y solemne. 

Tengo que hacer todo esto 

no como Cousteau 

con su tripulación diligente 

a bordo de una asoleada goleta 

sino aquí a solas. 

Hay una escalera. 

La escalera permanece 

colgada inocentemente 

al lado de la goleta. 

Nosotros que la hemos usado 

sabemos para qué sirve. 

Sería si no 

solo una cosa marítima, 

un utensilio cualquiera. 

Desciendo. 

Escalón tras escalón y todavía 

el oxígeno me sumerge 

la luz azul 

de átomos claros 

de nuestro aire humano. 

Desciendo. 

Las aletas me estorban, 

como un insecto me arrastro por la escalera

y no hay nadie 

para decirme cuándo 

el océano empezará.

Primero el aire es azul y luego 

más azul y luego verde y luego 

pierde color y estoy perdiendo conciencia y 

sin embargo 

mi careta es poderosa 

llena la sangre con potencia 

el mar es otra historia 

el mar no es cuestión de potencia 

tengo que aprender sola 

a torcer mi cuerpo sin esfuerzo 

en el elemento profundo. 

Y ahora: es fácil olvidar 

a qué vine 

entre tantos que aquí 

han vivido siempre 

ondeando entre escollos 

sus dentados abanicos 

y además 

aquí abajo respiras de otro modo. 

Vine a explorar el naufragio. 

Las palabras son propósitos 

las palabras son mapas. 

Vine a ver el daño hecho 

y los tesoros que sobreviven 

Acaricio el resplandor de mi lámpara 

lentamente por el flanco 

de algo más permanente 

que peces o algas. 

Lo que vine a buscar: 

el naufragio y no la historia del naufragio 

la cosa misma y no el mito 

la cara ahogada de mirada fija 

hacia el sol 

la evidencia del daño 

gastada por sales y vaivenes 

hasta llegar a esta belleza raída 

las costillas del desastre 

curvando su declaración 

entre fantasmas tentativos. 

Este es el lugar. 

Y aquí estoy, las sirenas cuyo pelo negro 

fluye negro, el hombre sirena en su cuerpo blindado 

Rodeamos el naufragio 

buceamos en la bodega 

silenciosos. 

Soy ella: Soy él 

cuya cara ahogada duerme con ojos abiertos 

cuyos pechos aguantan todavía la tensión 

cuya carga de plata, cobre, bronce yace 

oscuramente en toneles 

medio abandonado y pudriéndose 

somos los instrumentos medio destruidos

que una vez siguieron un rumbo 

la bitácora comida por el agua 

la brújula equivocada 

Somos, soy, eres 

por cobardía o valor 

quien halla nuestro camino 

de regreso a esta escena 

llevando un cuchillo, una cámara 

un libro de mitos 

en el que no aparecen nuestros nombres.




en Siete Poetas Norteamericanas Contemporáneas, 2008

Foto de Nancy Crampton

























jueves, junio 30, 2022

«Aguardando su ejecución», de Yannis Ritsos

Traducción de Jaime Nualart




 
Ahí, detenido contra el muro, al amanecer, sus ojos descubiertos, 
mientras doce armas le apuntan, él con calma siente
que es joven y bien parecido, que desea estar bien afeitado,
que el horizonte distante, rosa pálido, se convierte en él
—y, sí, que sus genitales conservan su propio peso,
hay algo triste en la excitación de ellos —ahí donde
los eunucos miran,
es ahí donde apuntan; —¿se ha convertido ya en la estatua 
de sí mismo?
Él, viéndose ahí, desnudo, en un día brillante
del verano griego, arriba en la plaza —mirando a lo que está arriba
él mismo tras los hombros de la multitud, detrás de
las apresuradas turistas de grandes glúteos,
detrás de las tres viejas falsas de sombreros negros.




en Gestos, 1969

















miércoles, junio 29, 2022

“El mensaje”, de Nora May French





Entonces

Podría rozar mi mejilla con alas errantes,

Podría hablar con tono emocionante y ligero

De ojos que arguyen, de tenues cosas no dichas.

Una polilla de los ocultos jardines de la noche.

Entonces

Desde una tierra de colinas,

donde reposa el crepúsculo,

Vendría al oído el repentino canto de un pájaro,

Pálido y lejano, a través de las montañas.

Oh corazón, cuán dulce...

escuchado a medias, por completo querido.




en Entre dos lluvias y otros poemas, 2020

Traducción de Carlos Almonte

 

 

 

The message

So / might it brush my cheek with errant wings, / So might it speak with thrilling touch and light / Of answering eyes, of dim, unuttered things— / A moth from hidden gardens of the night. / So, in a land of hills, where twilight lay, / Might come a sudden bird-call to the ear, / Across the canyons, faint and far away... / O Heart, how sweet... half heard and wholly dear.

























martes, junio 28, 2022

«Del tiempo largo», de Fina García Marruz



(1923-2022)


A veces, en raros
instantes, se abre, talud
real y enorme, el tiempo
transcurrido.
Y no es entonces
breve el tiempo. Como el pájaro
al elevarse abarca con sus alas
un diminuto pueblo o costerío,
la inmensidad de lo vivido arrecia,
y se mira remoto el ayer próximo,
en que el pico ávido bajaba
en busca de alimento.
¡Qué eternidad
de soles ya vividos! ¡Y qué completa
ausencia de nostalgia! Para crecer
se vive. Para nacer de nuevo
y rehacer la mala copia original.
Para crecer, se sufre. No se quiere
volver atrás, ni tan siquiera al tiempo
rumoreante de la juventud.
Que no para que el rostro
luzca lozano y terso se ha vivido.
No para atraer por siempre con el fuego
de la mirada, no con el alma en vilo,
por siempre se ha de estar.
De cierto modo
la juventud es también como una cierta
decrepitud: un ser informe,
larva, debatíase, qué peligrosamente
amenazado. Se vivió. se salió,
quién sabe cómo, del hueco,
de la trampa:
valió el otro
del bosque de la vida, el pleno encanto
de los claros del sol entre lo umbrío
para pagar su precio: lo tanto
costó poco; poco el sufrir inmenso
para esta dádiva: al rostro
orne la arruga como el pecho la cinta coloreada
de un guerrero
o como al niño la medalla premia
por la humilde labor.
Como el avaro
el peso de un tesoro, encorva
la espalda anciana el peso
del vivir.
Mas ya, arriba,
a la salida, ya, se mira
hacia atrás sonriendo, renacido,
como agrietada cáscara el polluelo,
ya se van desligando las amarras,
del extraño navío, y como novio trémulo
locamente lo incierto hace señales.
Costó dolor, muerte costó, la vida.
Y al tiempo, breve o largo, siempre corto,
como el relámpago del amor, se le mira
ya sin recelo ni amargura
como a las heridas de la mano, en el arduo
aprender de su oficio,
contempla el aprendiz.
Bella es toda partida.





en El instante raro, Pre-Textos, 2010
















lunes, junio 27, 2022

“Mis primeros versos”, de Rubén Darío





Tenía yo catorce años y estudiaba humanidades. Un día sentí unos deseos rabiosos de hacer versos, y de enviárselos a una muchacha muy linda, que se había permitido darme calabazas. Me encerré en mi cuarto, y allí en la soledad, después de inauditos esfuerzos, condensé como pude, en unas cuantas estrofas, todas las amarguras de mi alma. Cuando vi, en una cuartilla de papel, aquellos rengloncitos cortos tan simpáticos, cuando los leí en alta voz y consideré que mi cacumen los había producido, se apoderó de mí una sensación deliciosa de vanidad y orgullo. Inmediatamente pensé en publicarlos en La Calavera, único periódico que entonces había, y se los envié al redactor, bajo una cubierta y sin firma.

 

Mi objeto era saborear las muchas alabanzas de que sin duda serían objeto, y decir modestamente quién era el autor, cuando mi amor propio se hallara satisfecho. Eso fue mi salvación. Pocos días después sale el número 5 de La Calavera, y mis versos no aparecen en sus columnas. Los publicarán inmediatamente en el número 6, dije para mi capote, y me resigné a esperar porque no había otro remedio. Pero ni en el número 6, ni en el 7, ni en el 8, ni en los que siguieron había nada que tuviera apariencias de versos. Casi desesperaba ya de que mi primera poesía saliera en letra de molde, cuando caten ustedes que el número 13 de La Calavera puso colmo a mis deseos.

 

Los que no creen en Dios, creen a puño cerrado en cualquier barbaridad, por ejemplo, en que el número 13 es fatídico, precursor de desgracias y mensajero de muerte. Apenas llegó a mis manos La Calavera, me puse de veinticinco alfileres, y me lancé a la calle, con el objeto de recoger elogios, llevando conmigo el famoso número 13. A los pocos pasos encuentro a un amigo, con quien entablé el diálogo siguiente:

 

—¿Qué tal, Pepe?

—Bien, ¿y tú?

—Perfectamente. Dime, ¿has visto el número 13 de La Calavera?

—No creo nunca en ese periódico.

 

Un jarro de agua fría en la espalda o un buen pisotón en un callo no me hubieran producido una impresión tan desagradable como la que experimenté al oír esas seis palabras. Mis ilusiones disminuyeron un cincuenta por ciento, porque a mí se me había figurado que todo el mundo tenía la obligación de leer por lo menos el número 13, como era de estricta justicia.

 

—Pues, bien, —repliqué algo amostazado—, aquí tengo el último número y quiero que me des tu opinión acerca de estos versos que a mí me han parecido muy buenos.

 

Mi amigo Pepe leyó los versos y el infame se atrevió a decirme que no podían ser peores. Tuve impulsos de pegarle una bofetada al insolente que así desconocía el mérito de mi obra; pero me contuve y me tragué la píldora. Otro tanto me sucedió con todos aquellos a quienes interrogué sobre el mismo asunto, y no tuve más remedio que confesar de plano que todos eran unos estúpidos. Cansado de probar fortuna en la calle, fui a una casa donde encontré a diez o doce personas de visita. Después del saludo, hice por milésima vez esta pregunta:

 

—¿Han visto ustedes el número 13 de La Calavera?

—No lo he visto —contestó uno de tantos—, ¿qué tiene de bueno?

—Tiene, entre otras cosas, unos versos que según dicen no son malos.

—¿Sería usted tan amable que nos hiciera el favor de leerlos?

—Con gusto.

 

Saqué La Calavera del bolsillo, lo desdoblé lentamente, y lleno de emoción, pero con todo el fuego de mi entusiasmo, leí las estrofas. Enseguida pregunté:

 

—¿Qué piensan ustedes sobre el mérito de esta pieza literaria?

 

Las respuestas no se hicieron esperar y llovieron en esta forma:

 

—No me gustan esos versos.

—Son malos.

—Son pésimos.

—Si continúan publicando tantas necedades en La Calavera, pediré que me borren de la lista de suscriptores.

—El público debe exigir que emplumen al autor.

—Y al periodista.

—¡Qué atrocidad!

—¡Qué barbaridad!

—¡Qué necedad!

—¡Qué monstruosidad!

 

Me despedí de la casa hecho un energúmeno, y poniendo a aquella gente tan incivil en la categoría de los tontos: «Stultorum plena sunt omnia», decía ya para consolarme. Todos esos que no han sabido apreciar las bellezas de mis versos, pensaba yo, son personas ignorantes que no han estudiado humanidades, y que, por consiguiente, carecen de los conocimientos necesarios para juzgar como es debido en materia de bella literatura. Lo mejor es que yo vaya a hablar con el redactor de La Calavera, que es hombre de letras y que por algo publicó mis versos.

 

Efectivamente: llego a la oficina de la redacción del periódico, y digo al jefe, para entrar en materia:

 

—He visto el número 13 de La Calavera.

—¿Está usted suscrito a mi periódico?

—Sí, señor.

—¿Viene usted a darme algo para el número siguiente?

—No es eso lo que me trae: es que he visto unos versos…

—Malditos versos: ya me tiene frito el público a fuerza de reclamaciones. Tiene usted muchísima razón, caballero, porque son, de los malos, lo peor; pero ¿qué quiere usted?, el tiempo era muy escaso, me faltaba media columna y eché mano a esos condenados versos, que me envió algún quídam para fastidiarme. Estas últimas palabras las oí en la calle, y salí sin despedirme, resuelto a poner fin a mis días.

 

Me pegaré un tiro, pensaba, me ahorcaré, tomaré un veneno, me arrojaré desde un campanario a la calle, me echaré al río con una piedra al cuello, o me dejaré morir de hambre, porque no hay fuerzas humanas para resistir tanto. Pero eso de morir tan joven... Y, además, nadie sabía que yo era el autor de los versos.

 

Por último, lector, te juro que no me maté, pero quedé curado, por mucho tiempo, de la manía de hacer versos. En cuanto al número 13 y a las calaveras, otra vez que esté de buen humor te he de contar algo tan terrible, que se te van a poner pelos de punta.




en Cuentos y poemas individuales, 1894

























domingo, junio 26, 2022

«Presentimientos en traje de ritual», de Olga Orozco





Llegan como ladrones en la noche.
Fuerzan las cerraduras
y hacen aparecer esas puertas que se abren en un error del muro
y solamente indican la clausura hacia fuera.
Es un manojo de alas que aturde en el umbral.
Entran con una antorcha para incendiar el bosque sumergido en 
       la almohada,
para disimular las ramas que encandilan desde el fondo del ojo,
los pájaros insomnes, con su brizna de fuego arrebatada al fuego de 
       los dioses.
Es una zarza ardiendo entre la lumbre,
un crisol donde vuelcan el oro de mis días para acuñar la llave que 
       lo encierra.
me saquean a ciegas,
truecan una comarca al sol más vivo por un puñado impuro de tinieblas,
arrasan algún trozo del cielo con la historia que se inscribe en la arena.
Es una bocanada que asciende a borbotones desde el fondo de todo 
       el porvenir.
Hurgan con frías uñas en el costado abierto por la misma condena,
despliegan como vendas las membranas del alma,
hasta tocar la piedra que late con el brillo de la profanación.
Es una vibración de insectos prisioneros en el fragor de la colmena,
un zumbido de luz, unas antenas que raspan las entrañas.
Entonces la insoluble sustancia que no soy,
esa marea a tientas que sube cuando bajan los tigres en el alba,
tapiza la pared,
me tapia las ventanas,
destapa los disfraces del verdugo que me mata mejor.
Me arrancan de raíz.
Me embalsaman en estatua de sol a las puertas del tiempo. 



Soy la momia traslúcida de ayer convertida en oráculo.




en Mutaciones de la realidad, 1979




















sábado, junio 25, 2022

«En este mundo...», de Li Qingzhao





En este mundo hemos de sobresalir

entre los humanos, 

y en el más allá ser héroes entre los manes.

Mirad cómo es venerada la memoria 

de Siang Yu, general derrotado

que prefirió morir luchando

a vegetar escondido en su pueblo.




en Poesía clásica china, 2001
























viernes, junio 24, 2022

«Valdivia, 1968», de Jorge Teillier

Inédito + nota de Verónica Cortínez





Cuando una ciudad
se reduce a un día
que tiene la forma de un cuerpo 
también la sangre
pasa a ser el río
que cesará de correr
cuando alguien olvide nombrarme.










Nota: [Este poema] sólo se entiende a cabalidad si se sabe que Teillier está hablando de una bailarina. Es en este sentido que debemos entender la palabra «cuer­po» y también acaso la palabra «río», pues es necesario recordar que en medio del río Calle-Calle en Valdivia, Matilde* montó un alucinante espectáculo de El lago de los cisnes. 




* Nota DscnTxt: Matilde era la madre de la profesora Verónica Cortínez

















jueves, junio 23, 2022

“Sombra”, de Sara Búho





El camino al adiós es a veces confuso. Debí despedirme antes de que ya todo estuviera roto, deshecho, ensombrecido, distorsionado. Ya no eras tú conmigo, ni yo contigo. Estábamos a kilómetros de distancia. Solo nos unía la rabia del adiós que no pronunciábamos, el miedo a comenzar de nuevo desde un lugar parecido al pasado. El silencio lo abarcaba todo mientras fingía que no. Preferí el ruido a la ensordecedora verdad.




en La inercia del silencio, 2019






























miércoles, junio 22, 2022

«Omnes vulnerant ultima necat», de Bertolt Brecht

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Y antes de que fuera guiada desnuda al foso
Su amante le quitó su cama también
Y sin decir palabra alguna le escupió en el ojo 
La extrema unción de la puta abandonada.
De las casas salió una voz:
Cuando escupes tu porquería, Dios te escupe a ti.
No quieren ser aplastados por sus propias casas
Y sin embargo no son capaces de cargar una sola piedra. 



c. 1923










Omnes vulnerant ultima necat

Und eh sie nackend in die Grube fuhr / Nimmt ihr Geliebter auch ihr Bett noch fort / Und spuckt ihr in das Auge ohne Wort / Die letzte Ölung der verlassenen Hur. / Es ging eine Stimme aus den Häusern heraus: / Wenn du deinen Dreck ausspuckst, spuckt Gott dich aus. / Die wollen nicht erschlagen von ihren Häusern sein / Und können doch nicht tragen einen Stein. 














martes, junio 21, 2022

“Suspiro”, de Stéphane Mallarmé





Mi alma va, calma hermana, hacia tu frente

Donde sueña un otoño con pecas alfombrado,

Y hacia el errante cielo de tu casta mirada

Fiel sube ¡como en un jardín doliente

Un chorro de agua hacia el Azul suspira!

—Hacia el Azul de Octubre que pálido, puro mira

Reflejarse en estanques su infinito desmayo

Y deja, en sus aguas donde la rojiza agonía

De las hojas vaga en el viento y abre un surco frío,

Reptar el amarillo sol de un largo rayo.




en Poesía, 1982

Traducción de Federico Gorbea




Soupir

Mon âme vers ton front où rêve, ô calme soeur, / Un automne jonché de taches de rousseur, / Et vers le ciel errant de ton oeil angélique / Monte, comme dans un jardin mélancolique, Fidèle, un blanc jet d'eau soupire vers l’Azur! / —Vers l’Azur attendri d’Octobre pâle et pur / Qui mire aux grands bassins sa langueur infinie / Et laisse, sur l'eau morte où la fauve agonie / Des feuilles erre au vent et creuse un froid sillon, / Se traîner le soleil jaune d’un long rayon.