Ama el sol. No puede vivir sin sol. Huye de él. Sabe que en la otra acera, donde está la casa abrumadoramente blanca, está también el oasis bajo la encina, por un tiempo medido, mientras no llegue el otoño a salvarlo de la desintegración con que el verano lo amenaza. Parcelas de grajos, pese a su negror que parece a prueba de todo, de pronto ya no resisten. Cristalizadas, se fracturan, libran a su suerte la materia verde, que se organiza bajo distintos nombres, menos perecederos que ella. Sucesivos espejismos centellean y se apagan, quebrando las variables distancias en el camino que Byobu se hubiera propuesto recorrer, sí, de no estar obligado a detenerse en el cobijo de la sombra dulcísima, para desde allí espiar ese sol, ante el cual se siente abrumado, sin el cual no sabría vivir.
en El abc de Byobu, 2004
Fotografía original de Daniel Mordzinski
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