jueves, marzo 12, 2026

«El breve retorno de Florence este otoño», de Alfredo Bryce Echenique



(1939-2026)


  A Lizbeth Schaudin y Hermann Braun

No podía creerlo. No podía creerlo y me preguntaba si en el fondo no había esperado siempre que algo así me ocurriera con Florence. El recuerdo que había guardado de ella era el de horas de ésas felices, pero felices a mi modo, como a mí me gustan. Y tal vez el trozo de soñador que aún queda en mí había creído firmemente, intermitentemente, puede ser, qué importa, que de todos modos algún día la volvería a encontrar. Reconozco haber pasado largas temporadas sin recordarla conscientemente, sin pensar en aquello como algo realmente necesario, pero también recuerdo decenas de caminatas por aquella calle, deteniéndome largo rato ante su casa, ante aquel palacio que fuera residencia de madame de Sevigné, y que por los años del destartalado colegito en que conocí a Florence, era ya el museo Carnavelet, pero también, en un sector, la residencia de Florence y de su familia. En 1967, cuando mi madre vino a verme a París, la llevé a visitar ese museo, y juntos nos detuvimos ante una escalera que llevaba al sector habitado, mientras yo le hablaba un poco de Florence, de los años en que fui su profesor, de cómo jugábamos en la nieve, y como mi madre iba entendiendo, le hablé también de todas esas cosas que en el fondo no eran nada más que cosas mías. 

Pero de ahí no pasó el asunto, principalmente porque yo ya estaba bastante grandecito para subir a tocarle la puerta a una muchacha que se había quedado detenida casi como una niña, en mis recuerdos de adulto. Y sin embargo… Y sin embargo no sé qué, no sé qué pero yo seguí creyendo muchos años más en un nuevo encuentro con Florence. Y ahora que lo pienso, tal vez por eso escribí sobre ella guardando muchos datos, el lugar, mi nacionalidad, nuestros juegos preferidos, y hasta nombres de personas que ella podría reconocer muy fácilmente. Sí, a lo mejor escribí aquel cuento llevado por la vaga esperanza de que algún día lo leyera y me buscara por todo lo que sobre ella decía en él, a lo mejor lo escribí, en efecto, como una manera vaga, improbable, pero sutil, de llamarla, de buscarla, en el caso de que siguiera siendo la misma Florence de entonces, la bromista, la alegre, la pianista, la hipersensible. No puedo afirmarlo categóricamente pero la idea me encanta: Un hombre no se atreve a buscar a una persona que recuerda con pasión. Han pasado demasiados años desde que dejaron de verse y teme que haya cambiado. En realidad le teme más a eso que a las diferencias de edad, fortuna, etc. Escribe un cuento, lo publica en un libro, lo lanza al mar con una botella que contiene otra botella que contiene otra botella que… Si Florence ve el libro y se detiene ante él, es porque reconoce el nombre de su autor. Si Florence compra el libro es porque recuerda al autor y le da curiosidad. Si Florence lee el cuento y me llama es porque se ha dado el trabajo de buscar mi nombre y mi dirección, porque me recuerda mucho, y porque el cuento puede seguir, pero aquí en mi casa, esta vez. La idea es genial, posee su gota de maquiavelismo, ma contenutissimo, pas d’ofense, Florence, aunque tiene también su lado andante ma non troppo, ten paciencia, Hortensia. La idea es, en todo caso, literaria, y está profundamente de acuerdo con el trozo de soñador que queda en mí, me encanta. Salud, James Bond. Pero a James Bond no le habría conmovido, chaleco antibalas, tecnócrata, etc. Cambio de intención, y brindo por el inspector Philip Marlowe. Y como él, me siento a morirme de aburrimiento en el destartalado chesterfield de mi oficina, pensando en los años que llevo sin ver a Florence, porque ello me ayuda a llevar la cuenta de los años que llevo sin ver alegría mayor alguna entrar por mi puerta. No más James Bond, no más Philip Marlowe, El viejo y el mar es el hombre. Un día sucedió todo. Y de todo. Qué sé yo. No podía creerlo y tardé un instante en comprender, en captar, en reconocer la fingida voz ronca con que me estaba resondrando por ser yo tan estúpido, por no haberla reconocido desde el primer instante. Finalmente Florence me gritó que su casa estaba llena de botellas. Le grité ¡Escritora!, ¡premio Nobel!, y terminamos convertidos, telefónicamente, en los personajes de esta historia.

Después, claro, a la vida le dio por joder otra vez, aunque yo le anduve haciendo quite tras quite. Ella también, es la verdad. Por eso seguirá siendo siempre Florence W. y Florence. En voz baja, y con tono desencantado, debo decir ahora que Florence se había casado. Y debo añadir, aunque ya no sé en qué tono, que la boda fue hace un mes, tras un brevísimo romance a primera vista, o sea que hace unos tres meses, digamos… No, no digamos nada. La boda fue hace un mes y punto. El afortunado esposo (podría llamarlo simplemente «el suertudo», pero la cursilería esa de afortunado esposo es la que mejor le cae a esta raza de energúmenos cuya única justificación es la de saber llegar a tiempo) es un hombre mucho más joven que yo, médico, deportista y sumamente inteligente. La verdad, le tomé cariño y respeto, y con más tiempo pudimos llegar a ser amigos, pero no hubo mucho más tiempo porque yo me fui antes de que la historia empezara a perder ángel o duende o como sea que se le llame a eso que le quita todo encanto a las historias. En el amor como en la guerra… En fin, me fui como quien se desangra. No había sido nunca mi intención ese cariño que sentí brotar por Florence, aquella noche en su casa; ni siquiera cuando me llamó por teléfono, creo. Si deseé tantos años un nuevo encuentro fue porque me gusta apostar que hay gente que no cambia nunca. Gané, claro, pero acabé yéndome así, como dijo el gaucho. 

Bueno, pero démosle marcha atrás a la historia, que eso sí se puede hacer en los cuentos. Aquí estoy todavía, dando de saltos en el departamento, y sin importarme un pepino que Florence se acaba de casar hace un mes. Su ronquera me hacía reír a carcajadas. ¡Ah!, Florence no cambiaría nunca. Como no entendía de parte de qué Florence era, fingió esa ronquera para darme de gritos por teléfono y acusarme de todo, de falta de optimismo, de falta de fantasía, de todo. ¡Florence no había cambiado! Me esperaba mañana, no, mañana no, ¡esta misma noche te espero porque estoy temblando de ganas de verte! ¡Hasta mañana no aguanto! ¡No puede ser verdad! ¡Pero es verdad y yo también he soñado con volver a verte! ¿Te acuerdas del colegio? ¿Te acuerdas cuando se suicidó mi hermana? ¡Creo que gracias a ti se nos fue quitando la pena en casa! ¡Diario llegaba yo y les contaba todo lo que tú contabas! ¡En casa empezaron a reír de nuevo…! ¡Otro día…, mañana, mañana mismo, así nos vemos hoy y mañana te llevo a ver a mis padres! ¡Siempre quisieron conocerte! ¡Van a estar felices cuando sepan que todavía andas por acá! ¡Ya vas a ver! ¡Te van a invitar mil veces! ¡Pero más todavía te vamos a invitar Pierre y yo! ¡He tratado de traducirle el cuento a Pierre! ¡Lo inquieta, no logra entender, es imposible que logre entender! ¡Es como si fuera algo sólo nuestro! ¡Me has hecho vivir de nuevo esos años y estoy feliz! ¡Es muy explicable que Pierre no entienda! ¡Fueron cosa nostra esos años! ¡Pero no te preocupes por lo de Pierre! ¡Yo lo adoro y tú vas a quererlo también! ¡Le voy a decir a Pierre que no me reconociste en el teléfono! ¡Sí, pero tardaste! ¡Te mato la próxima vez! ¡Bueno, yo siempre soy tan debilucha pero Pierre te mata la próxima vez! 

Yo seguía saltando horas después. Claro, lo de Pierre no era como para tanto salto, pero al mismo tiempo qué me hacía con Pierre si paraba de saltar. Además, Florence era la misma, sólo a ella se le hubiese ocurrido fingir esa ronquera para darme de gritos por no haberla reconocido en el acto. Y ahora que recuerdo mejor, fue por eso que dejé de dar brincos como un imbécil. ¿Y yo? ¿Seguía siendo el mismo? Eran diez años sin verla. Diez años también sin que ella me viera a mí. Y en el cuento me había descrito visto por ella, como ella me vio entonces. Un tipo destartalado, con un abrigo destartalado, que vivía en un mundo destartalado. ¿Y cómo la vi yo a ella? A pesar de los contactos, que fueron tan breves como tiernos, Florence era una adolescente inaccesible, casi una niña aún, un ser inaccesible que regresaba cada día al palacio de madame de Sevigné. Había llegado, pues, el momento para una gran fantasía. Yo deseaba ser feliz, y ya por entonces había aprendido a conformarme con que esas cosas no duran mucho. Me vestí para un palacio. 

Total que el que aterrizó esa noche ante el departamento de Florence era una especie de todo esto, encorbatado al máximo, y oculto el rostro tras un sorprendente ramo de flores, a ver qué pasaba cuando le abrieran y sacara la carota de ahí atrás. Estaba viviendo una situación exagerada, pero yo ya sé que de eso moriré algún día. Lúcido, eso sí, como esa noche ante el departamento de Florence y notando ciertos desperfectos. El barrio no tenía nada que ver con el barrio en que vivía antes. La calle tampoco, el edificio mucho menos, y ni qué decir de la escalera… Por esa escalera jamás había subido un tipo tan elegante como yo, y yo no era más que una visión corregida, al máximo eso sí, pero corregida, del individuo de mi cuento anterior. ¿Qué demonios estaba ocurriendo? ¿Qué había fallado? No podía saberlo sin tocar antes. Pero en todo caso yo seguía temblando oculto tras las flores como si no pasara nada. Es lo que se llama tener fe. 

Y así hasta que ya fue demasiado tarde para todo. Si las flores que traía eran precisamente las que Florence detestaba, ya las tenía en una mano y la otra en el timbre. Si el nudo de la corbata se me había caído al suelo, ya tenía una mano ocupada con las flores y la otra en el timbre. Si Florence me iba a encontrar absolutamente ridículo, ya tenía las flores en la derecha y la izquierda en el timbre. Lo mismo si Florence se había casado con Pierre: la derecha en las flores, la izquierda en el timbre. Abrió. Estuvo no sé cuánto rato no pasando nada cuando me abrió. Yo había puesto la cara a un lado de las flores para que me viera de una vez por todas, y al verla me pregunté qué habría sido del elegantísimo mayordomo árabe de mi cuento anterior. Increíble, seguía notando desperfectos y seguía también lleno de fe, aunque Florence no se sacaba el cigarrillo barato de la comisura de los labios por nada de este mundo y ni por asombro era Florence. Hasta que me equivoqué. Y todo, realmente todo empezó a funcionar cuando apareció su sonrisa y me preguntó si había hecho un pacto con el diablo o qué. Soltamos la risa al comprender juntos que ella ya no era la chica de quince años sino una mujer de veinticinco y que yo ya no era el viejo profesor de veinticinco años sino un hombre metido hasta el enredo en una situación exagerada. Por ahí, por el fondo, por donde tenía que aparecer, empezó a aparecer Pierre. No sé si Florence, pero yo sí comprendí que nos quedaban sólo segundos. 

—Carga esto que pesa mucho —le dije, entregándole el ramo. 

Y ahora era Florence la que estaba oculta tras las flores. 

—Entra —me dijo—, no te vas a quedar ahí parado el resto de la vida. 

Quise abrazar a Pierre, pero claro, todavía no lo conocía, y los franceses son más bien parcos en estas situaciones. No quise pues pecar de sentimental, y me limité a darle la mano, mostrando eso sí un enorme interés por todas las ramas de la medicina que practicaba. Aún no practicaba ninguna, se acababa de graduar de médico y ni siquiera tenía consultorio todavía. Pero practicarás, le dije, practicarás, y ya verás como todo en adelante, como todo en adelante… Cambié a deportes. Florence me había dicho que Pierre era muy deportista, o sea que cambié a deportes y me interesé profundamente por todas las ramas del deporte que practicaba. Me dijo que sólo tenis, y últimamente muy de vez en cuando, era muy difícil en París, no había tiempo para nada, y además con la tesis de medicina. Practicarás, le dije, practicarás, y ya verás como todo en adelante, como todo en adelante… 

—¡Tiene una raqueta de tenis y una tesis de medicina! —gritó Florence, en un esfuerzo desesperado por aliviarme tanto sufrimiento. Quedó agotada, y el cigarrillo barato empezó a notársele más que nunca en la comisura de los labios. Además, la ronquera que fingió en el teléfono resultó ser su voz a los veinticinco años. El grito me convenció, era algo que yo no había querido aceptar. Y sin embargo, ahora… ¡Ah!, si tuviera que seguir escribiendo toda la vida sobre Florence… Ya no podría ser más que con la voz con que te quedaste agotada tras el grito, Florence. Bueno, le tocaba a Pierre. 
—¿Por qué no se sientan? —nos dijo—, descansen un poco mientras les traigo algo de beber. 

Casi lo abrazo, pero preferí obedecerlo como a un médico, y sentarme como en un consultorio. Florence cayó en el mismo sofá, fumando como una loca. Pierre se fue a buscar vasos, hielo, y una jarra de sangría a la cocina, porque todo esto ya no tenía nada que ver con el palacio de madame de Sevigné. No sé si Florence, pero yo sí comprendí que nos quedaban sólo segundos. 

—¡Grita de nuevo! —le grité. 
—¡Cállate! —me gritó.
—Niños, estense quietos —dijo Pierre, desde la cocina. 
—¡Cállate! —le gritó Florence. 
—¿No pueden estarse quietos un momento? 

Eso fue el hijo de puta de Pierre, otra vez. Florence se agarró toda la cabellera larga, rubia, rizada, y se la trajo a la cara, para desaparecer. Me preocupaba mucho pensar que el cigarrillo seguía ardiendo ahí abajo, y empecé a obrar en ese sentido, acercándome bomberamente, y alejándome no bien me di cuenta de que me estaba acercando a Florence. Opté por la palabra. 

—Regresa —le dije, con voz que no se oyera hasta la cocina—. Tengo miedo de que te quemes el pelo. 
—Aquí se ha apagado todo con mis lágrimas —dijo Florence, riéndose con una risa nerviosa que no se oyera hasta la cocina. 
—¿Emocionada?, ¿emocionada, Florence? —pregunté, puesto que había optado por la palabra. 
Confieso que ésta es la frase más estúpida que he pronunciado en mi vida. No supe qué hacer con ella, hasta ahora no sé qué hacer con ella, pero la incluyo porque me la tengo merecida. Optar por la palabra. Mira a lo que lleva. ¿Emocionada?, ¿emocionada, Florence? Me la tengo merecida. Tremendo manganzón. ¿Emocionada?, ¿emocionada, Florence? Pensar que sólo con tres palabras, de las cuales una, Florence, se puede decir una estupidez semejante. Pues eso hice yo, y cuando nos quedaban sólo segundos. 

Lo que sigue se lo dejo al psicoanálisis. ¿De dónde se me ocurrió una cosa así? ¿A quién se le ocurre? Hasta me había olvidado del asunto cuando Pierre nos dijo que nos sentáramos, que nos iba a traer un trago, pero no bien empecé a sentir algo frío en la nalga izquierda, recordé con horror que me había traído la petaca llena, mi petaquita finísima de Gucci, que hace juego con mi portadocumentos y mi billetera, la botellita forrada en cuero y que contiene trago sólo para dos. Para la interpretación de los sueños, el asunto. Sólo a mí se me ocurre. Y sólo a mí me ocurre que se empiece a vaciar en el bolsillo. La tapé mal, me dije, moviendo ligeramente el culo, lo cual sólo sirvió para que me mojara un poquito más. Total que cuando Pierre regresó de la cocina ya no debía quedar más que un trago en la petaquita. 

—Mira, Pierre —le dije—: Tenía en casa un poco de whisky sensacional. Esto sólo se consigue en Escocia —y saqué como pude la petaca chorreada del bolsillo. 
—¡A beberlo! —gritó Florence. 
—Es que sólo me quedaba para uno —dije—. Y lo he traído con la intención de que lo pruebe Pierre.
—¿Y no se te ocurrió que a mí también me podría interesar? —gruñó Florence, resentidísima. 

Me hubiera gustado que nos quedaran sólo segundos, para explicarle lo inexplicable, pero ahí estaba Pierre, y ya se había apropiado de la petaca. Me lo agradeció mucho, el muy imbécil, y empezó a servirse. 

—Aquí hay más de una dosis. Aquí hay dosis y media. 
—Bébetela toda —dijo Florence—. Nosotros tomaremos la sangría. Tenemos lo suficiente para emborracharnos mientras el muy egoísta de Pierre se toma tu whisky

Esto último lo dijo mirándome fijamente, y agarrándose de nuevo la cabellera, ya bastante desgreñada, para traérsela a la cara. Pero sólo un poco, esta vez, para desaparecer un poco solamente. Pierre le dio un beso donde pudo, Florence dio un beso donde pudo, porque Pierre ya se estaba sentando en el sillón de enfrente, y yo alcé mi copa y dije: ¡Salud!, pensando palomos, tórtolos de mierda. 

—¡Salud! —dijo Florence, alzando demasiado su copa. 
—Salud —repetí yo, alzando demasiado mi copa. 
—Salud —dijo Pierre, alzando mi whisky, y añadiendo—. Paren ya de temblar, relájense, se les va a derramar todo. 
—En mi caso —dije, dejando establecido—, se trata de la enfermedad de Parkinson. Nací con la enfermedad de Parkinson. 

Florence emitió un gemido y salió disparada a la cocina. Yo dije que se le estaba quemando algo, Pierre me sonrió afirmativamente, y yo repetí que a Florence se le estaba quemando algo, a ver si me volvía a sonreír afirmativamente. Me dijo que mi whisky estaba excelente. 

Pierre tenía, por lo menos, diez años menos que yo. Eso lo capté de pronto, y de pronto también empecé a sentir la necesidad de confesarle algo, necesitaba decirle que en la petaca había habido whisky para dos, whisky para los dos, no para ti, Pierre. Me sentí indefenso, no encontraba odio por ninguna parte, y lo peor de todo era que Florence me estaba llamando desde la cocina. Opté por no escucharla, puse cara de no estar escuchando nada, empecé a beber más y más sangría, le serví sangría a Pierre para cuando acabara su whisky, seguí poniendo cara de no estar escuchando nada, y casi digo que si me estaba llamando era porque se le estaba quemando algo, a ver si Pierre me volvía a sonreír afirmativamente. Porque Florence realmente me estaba llamando a gritos desde la cocina. 

—Llévale su vaso —me dijo, sonriendo afirmativamente. 

Estuve a punto de decirle ¿y qué va a ser de ti, mientras tanto?, pero el aventurero que hay en mí optó por el silencio. Desgarrado, y con la petaca vacía nuevamente en el bolsillo mojado, me dirigí a la cocina con dos vasos llenos de sangría. Entré como soy, por eso no podré saber nunca qué cara tenía cuando entré a la cocina con dos tragos tembleques. Sólo sé que conmigo venían también el soñador y el observador que hay en mí, aunque recordaré siempre que este último le cedió definitivamente el paso a aquél, al llegar a la puerta y encontrar a Florence con un cucharón en la mano. Llevaba siglos esperándome, y esta vez sí es verdad que tenía lágrimas en los ojos. 

—¿Qué es lo que se ha quemado? —le pregunté, con voz que se oyera hasta donde estaba Pierre. 
—Nada, no se ha quemado nada, y todo está requetelisto. 
—Hay que avisarle a Pierre que no se ha quemado nada. 

Florence me pidió que le entregara los dos vasos, los puso sobre la mesa, y se acercó para abrazarme. No, no hubo besos ni nada de eso. Yo lo único que sentía eran sus brazos, con fuerza, y sus mejillas húmedas, y me imagino que ella también eso era lo único que sentía. Tampoco sé cuánto duró pero perdimos el equilibrio varias veces y sólo una vez logramos decir algo cuando tratamos de decir algo. 

—Mira —me dijo—, quiero que sepas que pase lo que pase, que por más tonterías que diga, que por más que meta la pata, que por más que parezca que esta noche se derrumba… 

Apreté fuertísimo. 

—Aquí lo único que se derrumba soy yo, Florence. Pierre es un santo. 

Florence apretó lo más fuerte que pudo al oírme hablar tan bien de Pierre. 

Y, por supuesto, ahora le tocaba a Pierre. Nos llegó su voz desde el otro lado. 

—A ver si comemos algo, Florence. Me muero de hambre. 
—Florence, ¿por qué no le dices al Papa que pare ya de bendecir? Se pasa la vida bendiciéndonos el tipo. 

Soltamos. 

Durante la comida me fui enterando de que Florence me había preparado sus platos especiales, y de que a Pierre le gustaba tanto el vino como a mí. De otra manera no podría explicarse que comiéramos y bebiéramos tanto, esa noche. Me enteré también de que la ronquera de Florence se perdía en los años en que había empezado a fumar dos paquetes diarios de tabaco barato, negro, y sin filtro, y que lo del piano se había ido quedando relegado a muy de tarde en tarde. Florence ya no era una pianista como en el cuento que yo había escrito sobre ella. En realidad, no sé qué quedaba ya de Florence, ni ella misma hubiera podido decir qué quedaba ya de Florence. Y sin embargo seguí comiendo y bebiendo como un burro y con la absoluta seguridad de haberle ganado mi apuesta a la realidad. Y es que no hubo un solo instante en que Florence hubiese cambiado, ni siquiera sentada en esa mesa y en ese departamento medio destartalados. 

Pero ¿qué había sido del palacio?, ¿qué demonios hacía viviendo con Pierre en un departamento así? No sé en qué momento logré hacer esas preguntas que tanta risa le dieron a Florence, pero lo cierto es que Pierre, que era el encargado de la lógica esa noche, y que hasta permitió que ella y yo nos declaráramos la guerra a servilletazos, imitando nuestras peleas en el colegio de mi cuento, Pierre, que también permitió que Florence me tocara música de Erik Satie y de Fafa Lemos sobre el mantel, mientras que yo le corregía la posición de las manos, porque así no tocaba una buena pianista, y ella las volvía a poner mal para que yo se las volviera a corregir, Pierre, Pierre, no hay otra cosa que decir sobre Pierre, Pierre se encargó de aclararlo todo. 

—No vamos a seguir viviendo a costa de sus padres, ¿no? Yo acabo de graduarme y no gano casi nada, por el momento. Hemos alquilado este departamento hasta que encuentre un trabajo estable. Mi idea es encontrar con el tiempo un departamento mucho más grande, donde pueda también abrir mi consultorio. 
—Ya ves, no quiere perderme de vista un solo instante. 
—Hace bien, Florence.

Pierre bendijo ese par de idioteces, pero ya Florence y yo habíamos quedado en que la noche no se derrumbaba por nada de este mundo. Hasta habíamos comentado mi frase inmortal: ¿Emocionada?, ¿emocionada, Florence? Florence me dijo que sí, que en efecto se había muerto de vergüenza ajena al oírmela decir, y aprovechó la oportunidad para soltar la carcajada que se había tragado entonces. Peleamos a muerte, pero Pierre nos hizo amistar. Al pobre Pierre lo estábamos metiendo de cabeza en mi cuento anterior, lo estábamos metiendo en asuntos que no le concernían en lo más mínimo. Yo había llegado al punto de confesar lo de mi petaquita, tratando, eso sí, de aclarar que había sido sin segunda intención, que había sido psicoanalítico en todo caso, y narrando con lujo de detalles lo mal que la pasé mientras se me iba derramando en el bolsillo. ¡Felizmente!, gritó Florence, mirándome y soltando la carcajada, confesando que ella también las había pasado pésimo al ver la mancha en el sofá, había creído que se trataba de otra cosa. ¡Felizmente!, volvió a gritar, sin poder contener la risa. Por fin, hacia el postre, confesé que me había vestido para cenar con madame de Sevigné, y Pierre a su vez confesó que ellos se habían vestido para comer con el profesor de mi cuento, algo más destartalado sin duda ahora por diez años más de penurias en París. 

—La idea fue de Florence —siguió confesando Pierre—. A mí me dijo que me pusiera la ropa que uso cuando arreglo mi motocicleta. 

Se ganó un manotazo de Florence. Yo, en cambio, me gané las dos manos de Florence apretando fuertísimo el antebrazo de terciopelo negro de mi saco, mientras me clavaba los ojos de cuando nos quedaban sólo segundos. 

Y cuando terminamos de comer, Florence decidió que había llegado el momento de que le leyera el cuento, quería escuchar el cuento leído por mí. Fue a traerlo, mientras yo volvía a sentarme sobre mi mancha en el sofá, y Pierre en el sillón de enfrente, cada uno con su copa de vino en la mano. Había algo extraño en el ambiente cuando Florence regresó apretando con ambas manos el libro contra su pecho. Yo, en todo caso, empecé a sentirme bastante mal y tuve la impresión de que la mirada siempre sonriente de Pierre no bastaba esta vez para que todo pareciera normal. Florence estaba temblando, pero de pronto como que decidió que ahí no pasaba nada y me entregó el cuento. Empieza a leer, me dijo, tirándose sobre la alfombra, de tal manera que su cabeza y sus brazos llegaban hasta mis rodillas, mientras que con los pies podía darle siempre pataditas a Pierre para que se quedara tranquilo. Pero ahí nadie se quedaba tranquilo. 

Leer fue como si nos quedaran nuevamente sólo segundos. Pero por última vez, ahora. Sí, fue la última vez, y los dos estuvimos muy conscientes de eso. Leer fue escuchar a Florence y reír y juguetear como en ese cuento, como en éste, también, ahora que lo escribo. Fue escuchar sus aplausos y recibir las caricias que me hacía en las rodillas, cada vez que en mi lectura me refería a ella como a un ser inolvidable. Fue recibir sus golpes y castigos cada vez que me refería a ella como a un ser insoportable. A Pierre le seguían lloviendo pataditas, y eso me tranquilizaba, pero hacia el final, al acercarme al desenlace, Florence estuvo escuchando unos instantes inmóvil. Apoyó la cabeza sobre mis rodillas, cogió mi mano derecha entre las suyas, y permaneció inmóvil hasta que terminé de leer. 

—Ahora dedícamelo —dijo. Seguía sin moverse—. Dedícamelo, por favor. 
—Bueno, pero vas a tener que soltarle la mano porque no creo que sea zurdo —dijo Pierre. 

Me soltó la mano, mirándome con demasiada tristeza, con algo de agotamiento, como si estuviera regresando, como si le costara trabajo regresar de algún lugar lejano y cómodo. Entonces yo le cogí las manos, pero solté, y ella también me las volvió a coger un instante y también soltó de nuevo. Todo pésimamente mal hecho, con la habitación dándome vueltas por todas partes, y de pronto con Pierre más que nunca en el sillón de enfrente. Florence sacudió la cabeza con toda el alma, y se fue gateando a buscarlo. Le tocaba a Pierre que, por supuesto, ya tenía listo el bolígrafo con que yo iba a dedicarle el cuento a Florence. Terminó emborrachándome el desgraciado con su sangre fría. Y cuando me arrojó suave, bombeadito, el bolígrafo, desde el sillón de enfrente, donde Florence le abrazaba las piernas, a mí llegó un bolígrafo que, eso sí, mi honor emparó perfecto, desde un sillón a mi derecha y otro sillón a mi izquierda y un montón de sillones más donde Florence también le abrazaba las piernas.

Seguía dedicándole el libro a Florence cuando me desperté el día siguiente, tardísimo, y recordando que estuve horas y horas dedicando y dedicando por todos los espacios en blanco que tenía el libro, hasta en la cubierta del libro dediqué algo. Creo, no, no creo, estoy seguro de que cada una de las mil frases que escribí estuvo a la altura de mi frase inmortal. ¿Emocionada?, ¿emocionada… Florence? Y tenía un dolor de cabeza exagerado hasta para quien le ha tocado vivir una situación exagerada, aunque aquello no impidió que me diera desesperados cabezazos contra la almohada. ¿Emocionada?, ¿emocionada, Florence? Pasé a la historia, sentía que había pasado a la historia, estaba sintiendo que había pasado a la historia, cuando sonó el teléfono. Florence, por supuesto, para decirme que no había pasado nada, y para quedarse callada luego un rato largo. Casi le aseguro que en todo caso yo no me acordaba de nada, pero ella no había cambiado y ahora era ya una mujer y también maravillosa. 

—¿Quieres que cuelgue primero? —le dije, y colgué. 



París, 1979




en Magdalena peruana y otros cuentos, 1986










Contribución a DscnTxt de Luis Hernández

























 

martes, marzo 10, 2026

«Extrañas costumbres orales», de Sergio Gómez



(1962-2026)


—Por favor, Kate —protestó la Duquesa Negra—,
ya sabes cuánto me desagradan esas palabras. Tetas.
TRUMAN CAPOTE, PLEGARIAS ATENDIDAS


Flora subió al auto de Silvio.
   —Charito se veía muy bien en su vestido de novia —fue lo primero que dijo abrochándose el cinturón.
   —Estupenda Charito Peña —respondió Silvio, concentrado en la geometría de las calles y en los automóviles que llevaba adelante.
   —Si bajas por Pedro de Valdivia me puedes dejar en Eliodoro Yáñez, en la casa de Victoriano —dijo Flora después de un silencio incómodo.
   —¿Entonces no vas a la fiesta de Charito? —preguntó Silvio.
   —Aunque no lo creas, no estoy invitada. En el parte del matrimonio sólo aparecía la ceremonia religiosa —suspiró antes de seguir—: Tampoco tenía muchas ganas de ir.
   —Qué coincidencia, yo tampoco estoy invitado.
   —Igual —se atrevió a rectificar Flora después de un momento—, lo mínimo que nos merecíamos los dos era su fiesta de matrimonio. No sé, como un gesto. Aunque yo igual no iba a poder ir.
   —Yo tampoco. No sirvo para las trasnochadas. —También Silvio se permitió un momento de reflexión-: Tienes toda la razón, Flora, es el gesto lo que importa.
   —Victoriano tiene turno esta noche —dijo Flora, reiniciando la conversación en un tema diferente—. Me comprometí para acompañar a su mamá. Ella es muy supersticiosa y le aterran las noches de luna llena.
   —Primera vez que escucho algo así.
   —La ceremonia en la iglesia me dejó deprimida. Aunque yo le deseo lo mejor a Charito.
   —Yo igual, lo mejor para ella. —Enseguida Silvio pareció recordar algo importante—. Oñate me encargó que le cuidara su departamento mientras estaba el fin de semana en la nieve. Le han robado tres veces. —Suspiró de la misma forma que le había visto hacerlo a Flora—: No tengo planes para esta tarde, como creí que se trataba de un error lo del parte de matrimonio de Charito.
   —Mal agradecida con la amistad. Mal reconnaissant. Estoy bien sentida con ella. La verdad es que te aceptaría algo caliente para tomar.
   —Te preparo café, Oñate debe tener —dijo Silvio en el momento que doblaron una esquina y se acercaron lentamente a la vereda.
   —Esta ciudad está acabando conmigo. Mira mi nariz —dijo Flora, abriendo la puerta del auto y caminando hacia la entrada.
   —En todas las grandes ciudades del mundo el problema es el mismo —sentenció Silvio, mientras subían las escaleras del edificio de tres pisos.
   —Yo me vuelvo a Rancagua.
   —Perdona el desorden de Oñate —dijo Silvio una vez adentro.
   —Nada.
   —Enseguida caliento el agua. —Entró a la cocina. Dispuso las tazas sobre el mueble—. Recorre, si quieres —gritó hacia adentro, mientras terminaba de colocar la tetera en el quemador del gas.
   —Preferiría té, si no te complica —le gritó ella desde el interior—. El café me quita el sueño y me da acidez. Dicen que tiene que ver con el Alzheimer.
   —¿En serio? —dijo Silvio ocupado en el fondo.
   —De lo que murió rita heyguor. Tomaba veinticinco tazas de café al día.
   —Mirella Boffil se perforó el estómago con el café —agregó Silvio cuando lo tuvo todo preparado.
   —Lo de Mirella fue otra cosa y no quieren decirlo.
   —¿Drogas?
   —Me lo contó el pololo de una amiga que va con Mirella a las reuniones de CVX. —En ese momento apareció Silvio en el living.
   —Debe ser como todos los turcos que tienen plata en Chile.
   —No seas racista, Silvio, adémás Boffil no es un apellido turco.
   —¿Y el negocio del papá?
   —Se llama Café Turco, pero eso no significa que sea turco. Es algo así como, por ejemplo, si fueras dueño de un baño turco. Es sólo el nombre. —Silvio dio un paseo inútil a la cocina porque el agua todavía no hervía—. Oñate debería probar con un microgiiey —dijo ella.
   —En mi casa yo tengo uno, pero nadie lo ocupa. Dicen que es una buena forma de suicidarse, metiendo la cabeza adentro.
   —Qué horror que digas eso.
   —Esteban Picarte se suicidó así.
   —Pero Esteban Picarte no está muerto.
   —Bueno, no murió, lo intentó pero falló. El papá de Charito ha intentado dos veces quitarse la vida.
   —¿Pero de dónde inventas tanto, Silvio? Me da risa —después de decirlo se rió.
   —¿Quieres saber el verdadero motivo por el que Charito se casó?
   —Hace cinco años que ella lleva su bague de fiancailles.
   —¿No me crees? ¿Te acuerdas del accidente automovilístico de Charito?
   —Un año nuevo, primero o segundo de universidad.
   —Segundo.
   —Qué mal quedó Charito ¿te acuerdas? Se le rompió una vena o una arteria, qué sé yo de medicina.
   —Quedó sin sangre. Se veía blanca y comatosa por el golpe. Sólo su papá pudo darle sangre, casi la mitad de la que tenía él. Tú sabes cómo la adoraba el papá.
   —Me acuerdo perfectamente.
   —Espera, que no te sabes toda la historia —dijo Silvio interrumpiéndose porque escuchó pitar la tetera. En la cocina echó el café y la bolsa de té en las tazas. Cortó algunas rebanadas del queque inglés que encontró en el mueble y regresó a la sala—. Descubrieron que el papá de Charito tenía sida, de eso hace algunos años —concluyó Silvio, distribuyendo las tazas sobre la mesita de caoba en el centro.
   —¿Qué insinúas?
   —Que el papá le pasó el sida a Charito en la transfusión.
   —Pero si todavía no se inventaba el sida en 1970, el año del accidente —dijo ella, picando sólo la fruta confitada del queque.
   —A Charito la enfermedad se le quedó en el cuerpo, invernando. De un día para otro se le despierta el virus, y hasta ahí no más llega. Por eso se casó tan rápido.
   —No se le nota nada el sida. Ni una manchita en la cara ¿Pero cómo el papá no se ha muerto? Lo vi el otro día en el cine, cuando fuimos con Victoriano a ver Obsesión, donde trabaja yeremy airon. Lo hace muy bien, parfait, muy convincente en su papel.
   —¿Cómo te puede gustar? Yo no le creo nada cuando actúa.
   —Lo que pasa es que tú eres un témpano, Silvio. —Flora miró por primera vez el departamento—. Qué bonitas esas cortinas. Y el dressoir de madera me encantó.
   —¿Te gusta? —preguntó indiferente Silvio.
   —¿En qué estábamos? ¿En yeremy airon?
   —No, en el papá de Charito.
   —No me contestaste por qué todavía está vivo si tiene sida.
   —Leonardo Labarca, mi mejor amigo, Ele-ele, dice que está muy claro. Óscar Peña no es el que tú viste ese día en el cine.
   —¿Cómo que no? No veo bien de lejos, pero no tengo dudas de que era él, hasta me saludó cuando nos apretamos en la salida.
   —Yo le creo a Ele-ele. Su mamá, que conoció antes a Óscar Peña, pero mucho antes, dice que no lo reconoció saliendo de un Red-banc. La mamá lo trataba desde joven, cuando vivían en Rancagua.
   —¿Pasó algo entre ellos dos?
   —Nada. Rancagua no es muy grande. Los dos eran de buena familia. No había opción, tenían que conocerse.
   —Me imagino. Rancagua es así, todo el mundo se conoce. A mi papá le ocurrió lo mismo en Nueva York. ¿Tú sabes que se exilió en Nueva York en el tiempo de Allende? Después, por un extraño error, la Junta no lo dejó entrar al país. Por supuesto, era un error de papeles, confusión de nombres. Mi pobre papá tuvo que dar vueltas, por Nueva York, sin plata y sin conocer a nadie. Entonces fue a caer a Banana Hill, un barrio que todavía existe en Nueva York, donde vivían sólo chilenos, todos exiliados de Pinochet. Los 11 de Septiembre salían a la calle vestidos de luto. Mi papá vivía con ellos, sin decir nada porque no tenía adónde ir.
   —Inteligente tu viejo, zorro, se cuidaba para que no arremetieran contra él.
   —No se metía con nadie, hasta que conoció al tío Perico, el papá de la Panchita. El tío Perico estaba en las mismas condiciones que mi papá, por eso se hicieron amigos.
   —La Panchita anda con el hermano del mejor amigo de Ele-ele, que estudia computación.
   —Al tío y a mi papá, por una casualidad los entrevistó Mari Rodríguez Ichaso para la Vanidades. «Perdidos en N.Y.», ése era el título del artículo. Hasta ahí no más llegó la suerte del papá y el tío Perico. Los acusaron de ser del CNI y los echaron del barrio.
   —Dime con quién andas y te diré quién eres —sentenció Silvio terminando su taza. Se dio cuenta de que la tarde bajaba. Encendió la luz de la lámpara de alabastro en el piso.
   —Qué lindo se ve el atardecer desde aquí, merveilleux. Sino
fuera por ese hotel que está al frente —dijo Flora—. La cordillera se ve rosada ¿Qué ciudad del mundo puede ofrecer un espectáculo así?
   —¿Suiza?
   —Pero eso es un país. Amo esta ciudad.
   —Hace un rato dijiste que te caía mal.
   —Tiene cosas buenas y cosas malas.
   —Antes de que se me olvide lo del papá de Charito —le recordó Silvio.
   —Con la mamá de Ele-ele —precisó Flora.
   —Sí, está incluida. En realidad hubo algo entre ellos dos, pero como era antes, muy respetuosos ambos.
   —¿Por qué dices como era antes?
   —Con respeto.
   —Sí, te escuché. Pero ahora puede ser igual, es cuestión de una —dijo Flora un poco molesta y pasándose el dedo por la mezclilla de su pantalón—. La mayoría de los jóvenes pensamos distinto.
   —Te encuentro toda la razón, Flora.
   —Perdona la acotación. A mí me gusta dejar las cosas muy claras con mis amigos. Un ejemplo: el hecho de que yo esté aquí contigo, en el departamento de Oñate, que apenas lo he visto una o dos veces en mi vida, y no con Victoriano, no significa nada.
   —Nunca he creído lo contrario, Flora —dijo Silvio y abrió exageradamente los ojos.
   —Sigue entonces. Pero antes, déjame decirte que me encantaron estas cortinas, le vienen con todo. Color concho de vino. Son elegantes a pesar del nombre.
   —Yo estaba aquí cuando las trajeron, Oñate las pidió por teléfono. Ahora todo lo puedes pedir por teléfono.
   —En cambio, en mi casa, mi mamá tiene un decorador que es un animal.
   —Gino… algo ¿Estaba para tu cumpleaños?
   —Sí. Gino. Mamá lo contrató a perpetuidad. En su contrato dice que no puede moverse nada en la casa sin su permiso.
   —Pero eso es un abuso.
   —Imagínate, si quieres cambiar este jarrón por una silla, por ejemplo, no se puede. Eso es un decorador a perpetuidad. Partout de la casa.
   —¿Y tu mamá no puede sugerir nada?
   —Una vez lo hizo con el tapiz de yute de las sillitas del bar. ¿Sabes la respuesta de Gino algo?
   —No.
   —No sólo no le pareció la idea, sino que hasta puteó a mi mamá por teléfono.
   —Eso es exceso de confianza. En Chile eso es lo peor. Tú no puedes darle confianza a la gente, sobre todo a los que trabajan para ti. En el taller de la oficina me pasa lo mismo. Le digo algo a un dibujante, algo así como: qué lindo te quedó el mono, ¿sabes lo que ocurre después?
   —No.
   —Al otro día te invitan a alguna de sus fiestas de cumpleaños, a un paseo o a jugar babyfútbol. Y el dueño de la agencia soy yo. Cómo voy a andar confraternizando con los empleados. Así se pierde el sentido de autoridad de toda empresa.
   —Cierto. El día de mañana consideras que te hicieron mal un encargo y no lo puedes chuchear a conciencia y con tranquilidad… Perdona que diga chuchear, se me pegó por mi papá. Tú sabes que él ha vivido siempre en el fundo, al interior de Rancagua, nunca se civilizó, a pesar de esos años en Nueva York.
   —Por mí no hay problema.
   —El fundo se lo expropiaron los del MIR, y mi papá tuvo que volar a Nueva York.
   —¿Por qué no tomamos algo? Un traguito. Oñate debe tener. Sé preparar un trago que me enseñó Madelen Ruiz, es el mismo trago que hacía ton cruis en esa película en que trabajaba en un bar, ¿te acuerdas que la vimos juntos?
   —Qué buena memoria, Silvio. Todavía estábamos en el colegio. Qué vieja estoy —Flora se acercó al bar y miró desinteresadamente las botellas.
   —Oñate está surtido —dijo Silvio detrás de ella.
   —Mira —dijo inquieta Flora—, la verdad es que preparar tragos estando los dos solos, en un departamento que es de un tercero, no me parece lo más adecuado. Yo sé que tú serías incapaz de hacer algo malo, pero imagínate por un momento que llega Ele-ele a verte.
   —Ele-ele se fue a Chiloé, a la regata que hacen allá todos los años.
   —Entonces, cualquiera de los amigos de Oñate.
   —Ele-ele no conoce a Oñate —quiso aclarar Silvio.
   —Me refiero a que nos pueden encontrar aquí a los dos solos, y con dos vasos cargados de licor. ¿No pensarías que algo estamos haciendo?
   —¿En serio? No lo había pensado de ese modo.
   —Lógico.
   —¿Y otro té?
   —Está bien, pero ahora quiero un café cortado con una cucharada de leche semidescremada. Han descubierto en Alemania que la leche con toda su materia grasa daña el cerebro; es una abundancia proteica en el cerebro.
   —¿Sí? —Silvio se internó otra vez en la cocina del departamento. Volvió a repetir todo en el mueble: las tazas, el café y la tetera en el quemador.
   —Por eso no nos podemos superar en Chile —dijo Flora hacia la cocina, levantando la voz.
   —No te entiendo.
   —Lo de la leche en Alemania. Los niños aquí en Chile toman mucha leche, así se les daña tempranamente algún hemisferio cerebral. En cambio, los norteamericanos, tendrán cosas malas, pero, ¿qué hacen? Unos días con leche y después hamburguesas y milcheic.
   —No tengo leche, Flora —dijo Silvio hundiendo la cabeza en el refrigerador.
   —No te preocupes. Entonces, otro té, por favor. Estábamos en el asunto de Charito Peña cuando te interrumpí hace un rato. Inconcevable, todavía no puedo creer que no me invitara a su fiesta de matrimonio.
   —En conclusión. La mamá de Ele-ele asegura que el Oscar Peña que ella conoció no es el mismo que ahora dice ser Oscar Peña.
   —¿Entonces quién es?
   —Su hermano gemelo. Nadie en la familia de los Peñas admitiría que Oscar Peña, dueño de la exportadora de paltas más grande del país, sea un gay.
   —Y que además, sin saberlo, pringara a su propia hija… Otra palabrita, perdona, es que estoy acostumbrada a hablar de ese modo por culpa de mi papá.
   —No te preocupes. Escucho cada cosa en el taller. Conversaciones de la cintura para abajo. Qué puedo hacer si me dicen que así se les ocurren mejores ideas para publicidad, que para vender hay que hablar el lenguaje de la calle.
—Yo pienso, justamente, lo contrario. Si la vida es fea y las cosas son difíciles, para qué ponerlo todo tan oscuro, por qué no ver el lado bonito y más sano. Por ejemplo, tú me invitaste ahora a tomar café…
   —En tu caso ha sido té —interrumpió Silvio.
   —Okey, té. Yo vengo a este departamento, donde nunca había estado antes, porque confío en ti, porque los dos somos amigos, somos adultos, y yo te conozco desde hace tiempo.
   —No tengo nada contra los curas, ni a favor ni en contra, pero algo aprendí en el colegio de curas donde estudié. Aprendí a ser respetuoso. En el diario mural de mi sala nos hicieron colocar la siguiente frase —Silvio siguió su explicación trazando una línea imaginaria con las manos—: «El respeto es la madre de una personalidad fuerte».
   —Bonita frase —dijo Flora siguiéndolo—. Eso es a lo que me refería. Pero igual preferiría que no usaras la palabra cura, suena tan feo. Como decir milico o paco, cuando se puede decir militar o carabinero. Suena como hiriente.
   —Es por costumbre —se defendió Silvio. Volvió con la bandeja. Traía dos tazas con agua hirviendo. Regresó otra vez a la cocina por el azucarero, un jarroncito de porcelana que decía sweet dream en un costado.
   —Uy, qué fino; desconozco a Oñate —dijo Flora cuando Silvio destapó el azucarero—. Mis abuelos eran iguales con la porcelana, todo de porcelana. Tenían un jueguito de porcelana para el té. Ellos dos sí que eran civilizados. Cuando el príncipe Rainiero estaba recién casado con esa actriz, la que murió en un accidente.
   —¿greis keli?
   —Ésa. El príncipe organizaba todos los meses una misa en Mónaco. Llevaba algún arzobispo de Roma, que tampoco está tan lejos de Mónaco, e invitaban a cincuenta matrimonios respetables y católicos. Una vez invitaron al matrimonio de mis abuelos. Fueron los primeros chilenos que invitaron. No pudieron ir porque el abuelo le tiene miedo a los aviones. Después se murió greis keli y no se volvió a repetir la invitación.
   —¿Cómo está de azúcar tu té?
   —Rico.
   —Déjame terminar con el papá de Charito.
   —Está bien.
   —Según Ele-ele, el que se supone papá de Chanto es en realidad un impostor. El verdadero Oscar Peña murió en una clínica de sidosos millonarios en Lisboa.
   —Lisboa no queda en África, ¿no?
   —Lisboa es en Portugal.
   —Yo conozco otra versión de por qué la Charito se casó. —Flora sonrió orgullosa.
   —Tampoco dije que le creía a Ele-ele su versión sobre Oscar Peña.
   —Charito Peña se casó por amor —sentenció Flora con una sonrisa triunfadora y retrepándose en el sillón.
   —Con casi diez años de novia con Sebastián Trujillo, ¿qué podías esperar?
   —¿Tú sabes que Sebastián Trujillo no es sobrino de Valentín Trujillo, el músico, como todos creíamos?
   —Yo lo sabía. Seba no quería que se supiera —explicó Silvio.
   —Me refería a otra cosa cuando dije que Charito se casó por amor, no por el amor de Sebastián, sino por despecho; porque ella quería, pero no la querían a ella.
   —¿Igual como a la niña de la televisión peruana, la que se suicidó?
   —La diferencia es que Charito está viva. A la peruana la mataron, no fue suicidio. En eso tuvo que ver el hijo de Fujimori, el presidente de Perú.
   —Yo creía que Fujimori sólo tenía hijas mujeres.
   —Entonces debe ser hijo natural. Tú sabes cómo son los orientales.
   —Espera, Flora, quiero aprovechar para preguntarte algo. Siempre he querido saber si tú fumas.
   —Cómo se te ocurre, Silvio, yo me cuido. Voy a aerostep todas las mañanas y trato de comer cosas que alimenten. El cigarrillo está completamente descartado. No me digas que tú fumas.
   —Bueno, la verdad sí, Flora.
   —Qué decepción. Durante todos estos años no te he visto nunca encender un cigarrillo.
   —Reconozco que es un error, pero cuando lo tienes como vicio es difícil dejarlo.
   —No hables así. Si el día de mañana te da por la marihuana ¿vas a decir lo mismo? Según los últimos estudios, la marihuana está a un paso de un simple cigarrillo. Y de la marihuana no se sale. —Flora estaba de pie y su sombra se alargaba en la pared del departamento.
   —Tienes toda la razón como siempre, Flora. Desde esta noche
no fumo más —dijo Silvio mirando la sombra en la pared. Después de un momento agregó—: Me sigue la duda con lo de Charito. Ella siempre fue fiel a Sebastián.
   —No dije que lo engañara con otro, mon aimé. -Volvió a dibujarse el triunfo en la cara de Flora.
   —¿Cómo?
   —Lo que escuchas. El verdadero amor de Charito y la razón de su matrimonio, no es él, sino ella. Una verdadera histoire d'amour.
   —Me desayuno, Flora.
   —Tú sabes que me carga hablar de las desviaciones de la gente, pero con Charito es diferente.
   —No te puedo creer, me niego. —Silvio se levantó. Encendió el equipo. La música era suave. Orquestada.
   —Esa es de una película —dijo Flora cuando reconoció la melodía—. ¿topgan?
   —Frío.
   —Pero qué tonta: doctor chivago, donde trabaja ese turco que siempre se me olvida su nombre.
   —omar charif.
   —Bueno, la Chanto siempre fue talentosa, hay que reconocerlo; a pesar que lo de esta noche no se me olvidará tan fácilmente.
   —Siempre fue buena en todo. Abanderada en el colegio, por
ejemplo.
   —Era la preferida del cura Demetrio… Quiero decir, el hermano Demetrio. El papá donaba todos los años el té de navidad para los funcionarios del colegio. Era justo que ella pudiera ser la abanderada del colegio… Pero el punto es que hace algunos años a Charito le entró la devoción por la danza moderna.
   —Me acuerdo. Su pieza estaba decorada con una fotografía de ric astlei y otra de isidora dancan.
   —Duncan. Bailar puede cualquiera, es cuestión que veas en una fiesta, cualquier liceana baila bien, con esquemas y pasos de moda. Pero Charito estaba para cosas mayores. Su papá, no me preguntes si el verdadero o el impostor, le pagó un curso en la academia de la búlgara Irina Borisov.
   —Yo me pregunto: ¿por qué nosotros los chilenos siempre nos deslumbramos por lo extranjero? Antes, con todo lo norteamericano, ahora con todo lo del otro lado de la cortina de fierro.
   —Es de hierro, Silvio, y eso se acabó hace algunos años. Pero no hablemos de política, por favor.
   —Era una acotación.
   —Está bien. El asunto es que nuestra Chanto Peña se enamoró de la profesora búlgara.
   —Ahora sí que no te creo nada, Flora, es imposible. Charito es una niña decente. Tiene sus defectos, como todo el mundo. —Silvio soltó todo el aire antes de continuar—. Aunque suene como una infidencia de mi parte, te voy a contar algo que ayuda un poco a aclarar el malentendido con Charito.
   —No he terminado con la búlgara.
   —Resérvalo. Esto me lo contó su novio de toda la vida y, desde esta tarde, su marido, Sebastián Trujillo. Seba es mi mejor amigo, junto a Ele-ele. Fue el año 87, el año que vino el Papa al país. Desde hace tiempo Sebastián quería pedirle eso a Charito.
   —¿Cómo eso? No entiendo.
   —Relaciones. Eran novios hacía cinco años, era lo mínimo. No era sólo sexo porque había un sentimiento de por medio.
   —¿Tú crees que es un buen tema discutir la vida íntima de una amiga como Charito? Me abochorno un poco. No es que me moleste por ella, cada uno hace con su vida lo que quiere. Igual yo tengo mi propia opinión.
   —¿Sí? —dijo Silvio en tono desafiante.
   —No me parece correcto entregarse sólo para pasarlo bien un rato. ¿Cuánto? Diez, quince minutos; y luego, horas, días de remordimientos.
   —Seba me pidió que no se lo contara a nadie, pero también tú eres mi amiga y tienes derecho a saberlo; sé que de estas cuatro paredes no sale. —Silvio quedó serio y se acercó al borde del sillón. Flora pestañeó sin moverse y dijo: 
   —Jamás hablaría si tú me contaras algo en calidad de secreto.
   —Después de cinco años juntos, Seba se atrevió una noche a pedírselo a Charito. Estaban en la playa de estacionamiento de San Carlos, en el auto de Seba, un Tercel paliducho, los primeros que llegaron al país. Todo estaba oscuro y se besaban.
   —¿Son necesarios los detalles?
   —Fundamentales. Se trata de confirmar mi teoría sobre Charito.
   —Está bien.
   —Los besos se fueron haciendo intensos. Cuando Seba consideró que el momento había llegado para pedírselo, para decirle que lo quería hacer con ella, decirle que quería hacer el amor, que quería…
   —Entiendo el punto —interrumpió Flora.
   —Eran todas la posibilidades que tenía Seba en la cabeza esa noche, porque lo había pensado mucho. Para él se trataba de la primera vez, aunque tú no lo creas. Pero no tuvo tiempo porque ella, nuestra amiga, le bajó el cierre del livais, le escarbó entre el eslip y comenzó a chupárselo, sin que Seba pudiera decir o hacer nada.
   —Qué horror.
   —Con eso, te imaginarás, él se desinfló como un globo. Se desmotivó. Tuvo que esperar otros cinco años para pedírselo formalmente esta tarde en la iglesia.
   —Pobre Seba, se traumó.
   —Imagínate la impresión de ver a Charito, su Charito, metida en su marrueco, chupando y chupando como una loca desesperada. Desde ese día, te lo digo, porque yo soy su amigo, Seba no volvió a ser el mismo.
   —Es para no creer —dijo Flora tragando saliva-. Pero todavía no entiendo qué tiene que ver con lo que te conté de la profesora búlgara, la Irina Borisov. —Ahora Flora se abrazó el estómago.
   —¿Tienes frío? -preguntó él.
   —Cayó la noche —respondió ella.
   —Tiene que ver. Todo esto prueba, fehacientemente, que a Charito le gustaban y le gustan los hombres. Si fuera de otra forma no pensaría tan desesperadamente en el miembro. Tengo entendido que ese tipo de mujeres odian el sexo masculino.
   —Eso es una fantaisie. Te seré sincera con lo que me contó Astrid Simons, la sobrina del arquitecto Simons, el del Edificio Simons. Astrid también pagaba clases de danza con Irina Borisov.
   —A mí me encantan los detalles —dijo con una sonrisa Silvio, y ambos se rieron nerviosos.
   —Una noche, terminada la clase, Astrid se devolvió a la academia porque había olvidado su agenda en los vestidores. Las sorprendió a las dos, a la búlgara y a Charito. La academia estaba vacía a esa hora, excepto por ellas dos abrazadas en la colchoneta. Charito estaba arriba, porque era más joven y atlética, y la búlgara debajo. Las dos desnudas, pero sin verse las caras ¿me entiendes?
   —El sesenta y nueve —detalló Silvio azorado.
   —Esto ocurrió hace algunos meses, no me compliques con el año. Déjame seguir, si no no te cuento nada más.
   —Perdóname.
   —Charito le pasaba la lengua por debajo a la búlgara, y ésta hacía lo mismo con Charito, nuestra amiga.
   —Increíble. Tal vez Astrid no vio bien.
   —Nada, hombre. Le impresionó tanto un detalle que a mí me quedó grabado también, hasta el día de hoy. El lugar que besaba Charito, para precisarlo, digamos que era la conchita de la búlgara… Perdona por la mala palabra, a mi papá se le sale a cada rato cuando habla sobre los animales del fundo. En este caso, no era conchita sino concha, casi con mayúscula. Tenía tantos pelos que le colgaban hacia abajo, como la barba de un rabino. Eran tantos que Charito tenía que apartarlos con la mano para llegar al centro.
   —Nadie mentiría con un detalle como ése.
   —¿Lo ves?
   —Puede ser —una desviación pasajera. Leí en un libro de Erich Fromm que hay dos tipos de desviaciones.
   —Debió ser Sigmund Freud.
   —¿Importa? Da lo mismo Fromm, Freud o Herman Hesse.
   —A mí me encantó Sidharta de Herman Hesse, pero dudo que en sus libros se hable de esas cosas.
   —No me la hagas difícil, Flora. Quiero decir, que hay dos tipos de desviaciones, una temporal y otra permanente.
   —Como la locura.
   —Mira, Flora… —Silvio se detuvo sin decidirse a seguir.
   —¿Adonde te fuiste? Lo que más odio de Victoriano es que se quede en la mitad de una frase.
   —Dudé por un momento, pero en vista de que esta noche estamos en confianza tú y yo.
   —Confianza bien entendida, por supuesto.
   —Por supuesto. ¿Te acuerdas del verano en Algarrobo? El último fin de semana, cuando todos ustedes se vinieron, Charito quería aprovechar los últimos días de sol y me pidió quedarse en el departamento de la playa.
   —¿Te quedaste con ella? —Flora abrió los ojos antes de seguir—. No, Silvio, creo que no podría resistir escuchar nada más por esta noche. Estamos en el Mes de María. Mi mamá contrató a un sacerdote y celebramos el Mes de María en el living de la casa. De hecho, antes de pasar por el matrimonio de Charito en la iglesia, estuve en la casa para la misa. No esperarás que reaccione favorablemente con esta entretien.
   —Quiero aclarar lo de Charito Peña, eso es todo, a mí el Mes de María me hincha las pelotas; no lo digo por ti, Flora, sino por esas celebraciones en general.
   —Respeto tu opinión, pero trata de usar otros términos para demostrar desacuerdo.
   —Bien. La noche que se quedó Charito en Algarrobo, ocurrió lo peor. Digo lo peor por Sebastián Trujillo, el novio y ahora marido de ella, y también mi mejor amigo.
   —Creo que necesito un trago. —Flora se acercó a la licorera—. Algo suave, como un Martini o licor de almendra.
   —Te sirvo y aprovecho para mí de ajustarme un jac daniel. —Silvio quitó los hielos del freeser sin dejar de hablar—. No es que yo, premeditadamente, preparara algo con ella en la playa. Se dio. Mis papás regresaron antes de lo esperado a la ciudad y nos quedamos los dos solos en la casa. Reconozco que me volvía loco verla en su tanga cuando bajábamos a la playa.
   —Yo, nada de tangas. El obispo de Viña prohibió las tangas en el litoral central. Después, y con toda razón, te violan.
   —Esa noche estábamos como ahora, conversando y tomando unos tragos, pero tragos fuertes, con intención. Imagínate, estaba solo con Charito. Oscurecía. Por dentro me estaba calentando.
   —¿Por qué no intentas un sinónimo? ¿Por qué siempre tienes que ser tan directo?
   —¿Un sinónimo? Me hervía debajo del calzoncillo, ¿Ese es un sinónimo?
   —Claro que no es un sinónimo. —Probaron sus vasos antes de seguir.
   —La Charito, me acuerdo —dijo Silvio, cerrando evocativo los ojos— puso música romántica, keniyí. Comenzamos a bailar con la puerta de la terraza abierta, porque todavía hacía calor a fines de febrero. De pronto escuché que me decía: «Oscar, soy tuya».
   —¿Cómo Oscar? Tu nombre es Silvio.
   —Claro que sé cómo me llamo, pero ella tenía algo de alcohol en el cuerpo y me llamó por el nombre de su padre.
   —¿No estaba trépasser, muerto?
   —Pero en ese momento no lo sabía.
   —¿Y tú no le dijiste que no eras Oscar sino Silvio?
   —Lo intenté, pero de pronto me besó. Entonces no aguanté, porque estaba… aquí no te digo exactamente cómo estaba porque no te gustaría la palabra, pero sinónimos tampoco tengo. Yo para el castellano, nada.
   —Te puedes dar una licencia por esta vez.
   —Caliente, así estaba. Comenzamos a quitarnos la ropa desesperadamente y todo quedó desparramado. Cuando estuvimos completamente desnudos, yo pensé en Sebastián Trujillo, mi mejor amigo. También me acordé del secreto de Seba esa noche en su auto. Entonces, me dije: aquí Charito me lo chupa y nada más, y mañana sin remordimientos.
   —No sé por qué resisto y me quedo aquí a escucharte, Silvio. Te digo que vengo del Mes de María, pero a ti nada.
   —«Venid y vamos todos con flores a María, que madre nuestra es» —cantó Silvio, algo achispado con su trago.
   —No te burles.
   —Antes de que se me acabe la inspiración, déjame terminar con Charito en Algarrobo, en medio de besos y abrazos en la alfombra pérsica de la casa de verano.
   —Persa.
   —¿Cómo persa? ¿Y la guerra del Golfo Pérsico?
   —Además, la alfombra de tu casa en Algarrobo es nacional, siempre se lo quise decir a tu mamá, pero no me atreví, podía pensar que era para criticarla.
   —En un momento le pregunté a Charito por Seba Trujillo, para ver su reacción.
   —Algo de remordimiento te quedaba.
   —Claro. Entonces, Charito dijo que yo tenía toda la razón, que no podíamos traicionar a Seba. Así que, desnuda como estaba, se fue al baño, buscó en el botiquín y volvió con la crema Atrix de mi mamá. Me llenó de crema, también lo hizo con ella, y me pidió
que se lo metiera por detrás, dijo que así quedaba salvado el honor de Seba. Me dolió un poco al principio, pero al final me gustó igual. A ella, lo mismo.
   —¿Por qué te escucho todo esto, Silvio? El trago nos está poniendo mal a los dos.
   —Todo lo que te conté es para probarte, una vez más, que Charito es normal. —Se quedaron un momento en silencio. Silvio revolvió su vaso. El hielo estaba derretido. Sintió lástima por Flora, empequeñecida en el sillón.
   —Tengo un último argumento —dijo Flora, haciéndose esperar antes de continuar—. Es como para retribuir tu confianza. Igual me contaste algo bien íntimo.
   —Para mí fue la primera vez que lo hacía por detrás. Le pregunté al hermano Jean-Carlo, el cura de mi colegio, si tenía algo malo hacerlo así.
   —¿Te atreviste a preguntarle?
   —Tengo confianza con Jean-Carlo, desde que salí del colegio hace algunos años, seguimos como amigos. Jean-Carlo me dijo que no era el camino natural. Al principio no entendí eso de camino natural; pero él, como es cura, sabe hablar con metáforas; ¿se llaman metáforas? —dudó por un momento Silvio.
   —¿Qué esperabas que te dijera? Hoyo del culo. Perdona que
pierda un poco la paciencia.
   —Está bien. Jean-Carlo me dijo que hacerlo por el camino estrecho era de maricones, que pensara en ello.
   —Pensaste, supongo.
   —Evidentemente. —Ambos volvieron a relajarse. Esta vez Flora se sentó en el borde del sillón.
   —Fue hace años —recomenzó Flora—. Todavía estábamos estudiando. Un sábado por la noche nos quedamos en la casa de Coyi. Estábamos todas las amigas de Coyi incluida Charito. Comenzamos a hacer recuerdos de cuando éramos niñas. El departamento de Coyi era todo un piso, enorme. Se nos ocurrió jugar a las escondidas, como antes cuando vivíamos en Rancagua. Yo me escondí en la despensa, que debe ser tan grande como la cocina de Oñate. De pronto, abrió la puerta Charito. No se le ocurría adonde esconderse, dijo.
   —¿Te sirvo otro vasito de licor de almendra?
   —Cómo se te ocurre. Con todo lo que he tomado basta… Nos encerramos las dos al fondo de la despensa, con la luz apagada. De pronto sentí algo helado por mi estómago. Al principio creí que era una araña de Rincón, pero no, era la mano de Charito. Me quedé paralizada. Chocada. Ella siguió hacia arriba, me desencajó el sostén y me manoseó. Después se untó los dedos con saliva y volvió a tocarme. Yo estaba en trance, hipnotizada. Sentí que mis tetas… mejor voy a usar la palabra senos. Sentí que mis senos se ponían duros con la saliva de Chanto. Después, lo único que recuerdo es la boca de Charito en el mismo lugar donde me tocaba con los dedos.
   —No te puedo creer lo que me cuentas, Flora; te agradezco tu confianza, pero me resulta difícil de creerlo.
   —Después del asunto en la despensa, ella como si nada. Yo quise contarle a mi mamá para pedir hora donde el psychiatre, pero después me di cuenta de que no podía contárselo a nadie. No sé por qué te lo cuento ahora a ti; eres el primero.
   —No te preocupes, de aquí no sale.
   —Sólo quería probar mi opinión sobre Charito. —Flora pareció aliviada, incluso sonrió. La música se había terminado en el aparato.
   —En realidad no hay mucho que agregar —opinó Silvio benevolente—. La Charito se nos casó, y eso es definitivo.
   —Tienes razón. Está todo dicho.
   —Todo.
   —Igual es una canallada que a esta hora, mientras nosotros estamos aquí, ella esté disfrutando de su fiesta de matrimonio.
   —De todas maneras, yo tampoco tenía muchas ganas de ir.
   —Yo, menos, d’une maniere ou d’une autre.
   —A pesar de todo, es amiga mía y le deseo toda la felicidad del mundo —dijo Silvio levantando su copa.
   —No, si yo igual le deseo toda la felicidad del mundo. Aunque, para serte sincera, igual la compadezco.




en McOndo, Modadori, 1996



















lunes, marzo 09, 2026

«George Harrison: Concierto por Bangladesh», de Philip Norman

Traducción de Cillero & de Motta




El caótico final de la dominación colonial británica en 1947 supuso la división del subcontinente en la nación de Pakistán, de población mayoritariamente musulmana, y la India, de mayoría hindú. Pakistán estaba, además, dividido en dos territorios en lados opuestos del subcontinente, y Pakistán Oriental se situaba en parte del antiguo estado de Bengala, ferozmente individualista. 

Pakistán Occidental, el centro administrativo y económico de este país dividido, discriminaba a la parte oriental del país, mucho más empobrecida; no le aportaba fondos para su desarrollo, despreciaba sus procesos políticos y jurídicos e intentaba acabar con las vibrantes lengua y literatura bengalíes. En marzo de 1971 el territorio declaró unilateralmente su independencia y adoptó el nombre de Bangladesh.

A esto siguió una guerra civil entre los insurgentes bengalíes y el Ejército de Pakistán Occidental, que no dudó en recurrir al genocidio. Esta fue solo una de las múltiples desgracias que asolaron Bangladesh. Habiendo sido duramente golpeada por el ciclón Bhola unos meses atrás, estaba ahora siendo azotada por lluvias torrenciales e inundaciones apocalípticas. Había millones de refugiados aterrorizados atrapados en el fuego cruzado de las armas y los elementos, y el hambre y las enfermedades, incluido el cólera, eran omnipresentes.

Por aquel entonces George estaba en Los Ángeles con Ravi Shankar, ultimando la banda sonora de Raga, la varias veces interrumpida película sobre la vida y la música de Shankar. Esto lo acercó a los horrores que se estaban produciendo en Bangladesh, pues Shankar procedía de una familia de brahmanes bengalí y había perdido a varios de sus parientes.

Shankar había pensado en organizar un concierto benéfico con su propio conjunto indio y su antiguo alumno de sitar, pero no quería que George sintiera que se aprovechaba de su amistad al sugerirlo. Él, sin embargo, se mostró encantado ante la oportunidad de devolver algo al subcontinente y apoyar al hombre que más estimaba en el mundo. 

También podría ejercer su nueva libertad para adoptar una postura pública sobre una cuestión moral, algo que nunca había podido hacer como Beatle. 

Le propuso hacer un concierto en el que se combinara la música oriental de Shankar con la suya occidental, algo que rara vez se había hecho antes.

Convencería, además, a algunos de sus amigos superestrellas para que tocaran con fines benéficos. Era obvio que el lugar ideal para un acontecimiento de tal envergadura era el Madison Square Garden de Nueva York, con capacidad para 20.000 espectadores. Pero la única fecha disponible era el domingo 1 de agosto, y solo quedaban cinco semanas.

A pesar de este plazo tan desesperadamente ajustado, el proyecto se fue ampliando mucho más allá de un solo concierto. Para complementar la venta de entradas, con la que George esperaba recaudar unos 25.000 dólares, se produciría un triple álbum en directo y una película. También compondría y coproduciría (con Phil Spector) un single destinado tanto a publicitar el concierto como a sensibilizar a la opinión pública internacional sobre la situación de Bangladesh.

Su antigua asistente personal, Chris O’Dell, que había vuelto a Estados Unidos, trabajó en el concierto, mientras que su viejo aliado Neil Aspinall, que había sobrevivido a las purgas de Allen Klein en Apple, se ocupó de preparar el disco y la película. George fue quien se encargó personalmente de reclutar a famosos, pasando horas y horas al teléfono. «Nunca había montado un espectáculo así —recuerda Aspinall— . A mi modo de ver, le hizo falta armarse de humildad para llamar, pues estaba el riesgo evidente de rechazo.»

El single promocional, «Bangla Desh», una grafía alternativa común en la época, compartía el estilo de himno de «My Sweet Lord» y «All Things Must Pass». La letra apenas hacía justicia al tema: «Now won’t you give some bread? To get the starving fed?» (¿No darás un poco de pan para alimentar a los hambrientos?). Pero es probable que ninguna canción pudiera haberlo hecho. La cara B contenía «Deep Blue», tema que exploraba la muerte de su madre y la angustia que le producía verla desvanecerse, que añadía así un mayor peso emocional.

De algún modo, también encontró tiempo para producir una selección de temas de Ravi Shankar titulada Joi Bangla que incluía algunas de las canciones en bengalí que se habían censurado durante el régimen de Pakistán Occidental. Shankar, encantado, lo consideró «un milagro».

«Bangla Desh» alcanzó el número 10 en Gran Bretaña y el 13 en Estados Unidos. En el Village Voice, Don Heckman comparó favorablemente los actos de George con lo que estaban haciendo otros ex-Beatles en ese momento: «No tengo nada en contra del interminable viaje de John Lennon por su psique, ni contra la búsqueda de dulzura y luz de Paul McCartney, pero creo que me deben despertar sentimientos más fuertes los esfuerzos activos de George Harrison por hacer algo contra la miseria del mundo que le rodea».




A finales de julio, en las últimas páginas del The New York Times aparecía un modesto anuncio de una actuación de «George Harrison y amigos» en el Madison Square Garden la noche del 1 de agosto. No había mención de su propósito. Las entradas se agotaron tan rápido que se añadió un pase de tarde.

En una multitudinaria rueda de prensa, George puso nombre a esos «amigos»: Ringo Starr, Leon Russell, Billy Preston, Eric Clapton y Bob Dylan. A su lado se sentaba Allen Klein, que se había unido al proyecto para vivir por primera vez la experiencia de estar del lado de los buenos. Solo habían pasado cuatro meses desde la ruptura de los Beatles y el nombre de Ringo desató rumores de una posible reunión (sin Paul) sobre el escenario que ningún esfuerzo de George por desmentirlo logró disipar. Es cierto que John había accedido inicialmente, pero se había echado atrás al descubrir que la invitación no incluía a Yoko.

Uno de los reporteros preguntó a George, con cierta condescendencia, qué se sentía al ser «el número uno, la estrella». «Prefiero formar parte de una banda —contestó— . Pero tuvimos que hacerlo así para conseguir el dinero [para Bangladesh]. Me tuve que arriesgar y confiar en que mis amigos acudieran a mi ayuda».

En realidad, los dos primeros de estos amigos hicieron más bien lo contrario a ayudarle antes de finalmente subirse al escenario del Garden.

Eric Clapton se había cansado de Derek and the Dominos, como le pasaba con todas sus bandas, y había buscado refugio en su casa de Surrey con Alice Ormsby-Gore y su adicción a la heroína. La joven de diecinueve años ponía en peligro el buen nombre de su noble padre saliendo en busca de su dosis, que luego daba entera a Clapton mientras que ella buscaba su propioalivio bebiéndose dos botellas de vodka al día. 

A pesar de lo que había sucedido con Pattie, George no concebía dejar a Clapton fuera del concierto. Durante toda una semana, le reservó billetes en sucesivos vuelos a Nueva York y tuvo limusinas esperándolo en el aeropuerto Kennedy. Pero fue en vano. 

Muchos otros guitarristas solistas de primera fila esperaban para participar en el concierto y, finalmente, George invitó a Jesse Ed Davis, acompañante del músico de blues Taj Mahal. Pero cuando Terry Doran fue a casa de Clapton para anunciarle que sus servicios ya no eran necesarios, este insistió en que iría.

Como intentar pasar sus dosis diarias por la aduana estadounidense era demasiado arriesgado, George le tuvo que prometer que tendría lo que necesitaba en el hotel. Por desgracia, la heroína que le consiguió estaba mezclada con polvos de talco o leche en polvo y solo tenía un 10 por ciento de la potencia de a lo que su organismo estaba acostumbrado. Clapton pasó los tres días siguientes encerrado en su habitación con las palpitaciones y sudores propios de la abstinencia, mientras secuaces de Alice y George buscaban a un traficante cuya mercancía fuera lo suficientemente pura. Su estado era tal que apenas se dio cuenta de que Pattie había llegado a Nueva York para estar con George en su gran momento. Ella se mantuvo, sabiamente, alejada.

La participación de Bob Dylan en el concierto también parecía peligrar. La última vez que Dylan había tocado en directo en Nueva York fue en 1966, cuando los puristas del folk lo abuchearon por «pasarse a lo eléctrico», un recuerdo que todavía lo perseguía.

Una vuelta de reconocimiento al Madison Square Garden la noche anterior a los conciertos con George no hizo sino aumentar su inquietud. «[Dylan] miró todas las cámaras y las luces y el tamaño del lugar y dijo: 'No, viejo, esto no es lo mío' —recuerda George— . Le dije que tampoco lo mío: 'Es la primera vez que hago algo así yo solo. Tú al menos llevas años siendo solista'».

Cada uno de los dos espectáculos tuvo un público de 20.000 personas y lo recaudado con la venta de entradas ascendió a 250.000 dólares, diez veces más de lo que George esperaba. En los conciertos no se escucharon los gritos que tanto odiaba de su época de Beatle. El público de los dos conciertos los observó en un silencio apropiado a la gravedad de la causa que apoyaban y sus aplausos tenían un tono reverente; el público del primero de ellos incluso aplaudió cuando Ravi Shankar y sus músicos terminaron de afinar los instrumentos.

El propio George había sido presa del pánico escénico, sufrido vómitos y  diarrea, y estuvo tentado de huir siguiendo los pasos de Dylan hasta justo antes del comienzo del concierto. Sin embargo, salió, con una Stratocaster blanca sobre su traje igualmente blanco. Su presencia adquirió algo casi de santo mientras actuaba con aplomo e interpretaba sus primeras versiones en directo de «Here Comes the Sun», «Something» y «Wah-Wah». Y, aunque el público nunca lo supo, en ese escenario se produjeron dos pequeños milagros.

Clapton había sido incapaz de asistir a un solo ensayo y, con una buena dosis de metadona en el cuerpo, el sustituto de la heroína, nadie esperaba que fuera a producir un solo acorde coherente. Pero cuando llegó el momento de «While My Guitar Gently Weeps», salió al frente del escenario y tocó un dúo con George tan mutuamente cálido como lo había sido su duelo de púas por Pattie en Friar Park.

En el orden de actuaciones pegado a la Strat de George había un «¿Bob?» para el que, hasta casi el último minuto, la respuesta parecía ser «no». De hecho, George se quedó tan sorprendido al ver a Dylan aparecer entre bastidores, con su guitarra y armónica preparados, que apenas pudo balbucear una presentación de «vuestro amigo y el mío».

Tal como se esperaba de él, Dylan hizo una interpretación soberbia de cinco canciones, entre ellas «A Hard Rain’s Gonna Fall» (ninguna sorpresa para cualquier bangladesí) y «Just Like A Woman», con George y Leon Russell a los coros y ninguna voz feminista que se alzase contra la frase «She breaks just like a little girl» (se rompe como una niña pequeña).

Rolling Stone describió los conciertos como un «breve y brillante resurgir de todo lo mejor de los años sesenta». Bob Woffinden, del New Musical Express, dijo que fueron «una declaración de fe» y que George había «vuelto a encarrilar el rock».

Ravi Shankar y sus músicos también recibieron el reconocimiento que se merecían. El Village Voice calificó a Shankar y a su distinguido intérprete de sarod, Ali Akbar Khan, como «una dupla tan especial como Dylan y Harrison».

«Y al día siguiente —declararía Shankar—, el mundo entero conocía el nombre de Bangladesh».




Los beneficios del Ravi Shankar/George Harrison Emergency Relief Fund derivados de los conciertos, el álbum en directo y la película, fueron gestionados por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), un organismo neutral que no heriría sensibilidades políticas en la zona del desastre y era capaz de prestar ayuda donde más se necesitaba con la máxima eficacia.

Sin saberlo, George había hecho mucho más que aliviar una crisi humanitaria; había transformado la idea de que las estrellas del rock solo estaban motivadas por la codicia y el egoísmo y demostrado que una industria también podía ser una comunidad y tener la capacidad, si así lo decidía, de hacer el bien. En las décadas siguientes, Concert For Bangladesh serviría de modelo para eventos similares como Live Aid, No Nukes o Rock Against Racism, muchos de ellos más grandes, con más estrellas y de mayor recaudación, pero ninguno comparable.

[…]

George tenía pensado empezar a trabajar en la continuación de All Things Must Pass a principios de 1972. Pero no había contado con las prolongadas secuelas de Concert For Bangladesh, ni las formas en que demostraría que, incluso con las mejores intenciones, se pueden dar consecuencias negativas.

La primera y más grave se debió a la falta de experiencia de Allen Klein en este nuevo y extraño mundo de hacer cosas gratis. Klein no había registrado en Estados Unidos el proyecto de Bangladesh como organización benéfica exenta de impuestos antes de que echara a andar, como exigía la ley. En consecuencia, las autoridades fiscales estadounidenses se negaron a considerarla como tal y decretaron que entre 8 y 10 millones de dólares de los ingresos de la película y el triple álbum en directo se debían retener en depósito hasta que se resolviera el asunto (lo que no ocurriría hasta pasados unos diez años).

En Gran Bretaña, los corazones de las autoridades se mostraron igual de duros. George esperaba que el Gobierno renunciara a su elevado impuesto sobre el valor añadido para que el álbum fuera asequible para el público más amplio posible y así maximizar la ayuda a Bangladesh. Llevó su petición en persona al Ministerio del Tesoro, donde le trataron con divertida condescendencia. «Lo siento —le dijeron—, me parece estupendo que tenga tan elevado sentido moral, pero el país necesita dinero».

También hubo una disputa sobre en qué discográfica publicar el disco: Capitol/EMI, que distribuía los productos de Apple en Estados Unidos, o la discográfica de Bob Dylan, CBS, que alegaba su derecho por ser Dylan el cabeza de cartel. Capitol ganó, aunque tuvo que ceder a CBS los derechos de distribución nacional de cintas y la distribución de discos y cintas en el resto del mundo.

El álbum no se andaba con rodeos: en la portada mostraba a un niño bangladesí desnutrido sentado junto a un plato vacío. El departamento de Marketing de Capitol pensaba que la imagen era «demasiado deprimente», pero George les dijo que así tenía que ser, y se negó a que la suavizaran.

Los tres discos venían acompañados de un folleto de sesenta y cuatro páginas en el que se acusaba al ejército de Pakistán Occidental de haber creado «un reino de terror deliberado» contra la población bengalí de Pakistán Oriental, que calificaban como «la mayor atrocidad desde el exterminio de los judíos llevado a cabo por Hitler». La diferencia en el tono de aquel Beatle al que habían obligado a guardar silencio durante los peores años de la guerra de Vietnam era evidente.

La mayoría de las discográficas de los participantes se sumaron al espíritu caritativo y no cobraron honorarios ni porcentajes de los beneficios por las actuaciones de sus artistas. La única excepción fue la propia Capitol, tanto más sorprendente en cuanto a que su nuevo director ejecutivo, Bhaskar Menon, era la primera persona del subcontinente indio en alcanzar tales cotas en la industria y habría cabido esperar que sintiera una empatía especial por la causa de George.

Pero la empresa, que antes flotaba feliz en los mares de beneficios de los Beatles, estaba ahora inmersa en problemas financieros y Menon debía cambiar la situación por todos los medios necesarios. Es por eso que insistió en que debía obtener 25 céntimos por cada copia del álbum benéfico de George e incluso exigió a Apple que pagara a Capitol alrededor de medio millón de dólares en concepto de los elevados costes de embalaje.

George había hecho todo lo posible para que tanto el álbum como el documental salieran a la venta poco tiempo después de los conciertos. La música se había grabado a la perfección, pero las imágenes eran un desastre; una de las cámaras a un lado del escenario había estado desenfocada durante todo el espectáculo y la visión de otra la bloqueaban cables que colgaban. Esto obligó a George a pasar la mayor parte de septiembre en Nueva York con el director, Saul Swimmer, editando el metraje para disimular al máximo sus problemas. En las últimas fases contó también con la ayuda de Bob Dylan.

Las exigencias de Bhaskar Menon por minucias contractuales impidieron que el álbum se publicara a tiempo para el mercado navideño y empezaron a proliferar copias piratas. Capitol envió a las tiendas de discos carteles de auténtico mal gusto en los que se leía: «Salva a un niño hambriento: no compres una copia pirata». 

George se vio finalmente obligado a desafiar públicamente a su propia discográfica desde el plató del Dick Cavett Show, donde se suponía que estaba promocionando el documental sobre Ravi Shankar, Raga, que por fin se había estrenado. Solo medio en broma, amenazó con dar el álbum a la CBS y retó a Menon a que lo demandara.

Esto aceleró su publicación a vísperas de 1972, con críticas que hicieron irrelevante su retraso de tres meses y su inoportuna fecha de llegada al mercado. La revista Circus no encontraba elogios suficientes para «una música que prácticamente salta y entra en tu vida». Rolling Stone lo describió como «el rock en busca de su madurez» y The Guardian como «el mayor acto de magnanimidad del rock». En cada crítica, parecía que la canonización de George era inminente. «Su propio comportamiento es una verdadera inspiración —escribió el crítico Jon Landau— . Concert For Bangladesh fue el momento de George. Fue él quien lo organizó y fue todo un éxito.» Incluso con el impuesto sobre el valor añadido británico, se vendió en enormes cantidades y en 1973 se hizo con el premio Grammy al mejor disco del año.




Más allá de la industria musical, el único reconocimiento público que recibió, junto con Ravi Shankar y Allen Klein, el coorganizador titular, fue el premio Child Is The Father Of The Man de UNICEF por su método «pionero de recaudación de fondos».

Esta poco común buena prensa para Klein pronto llegaría a su fin. La revista New York Magazine lo acusó de haberse embolsado 1,44 dólares por cada disco vendido y de formar parte de una lista de beneficiarios encubiertos en la que supuestamente también figuraban Dylan (25 céntimos por copia) y las discográficas y compositores (50 céntimos).

Klein negó tal apropiación indebida e incluso alegó que el disco le estaba costando dinero. Presentó una demanda contra la revista por 150 millones de dólares en concepto de daños y perjuicios. Pero, tras el estallido inicial de publicidad, retiró la demanda. Lo que no desapareció con tanta facilidad fue el chiste de la industria musical, que parafraseaba el jingle del dentífrico Pepsodent «You’ll wonder where the yellow went» (Te preguntarás qué ha pasado con el amarillo): «You’ll wonder where the money went/When Klein runs a charity event» (Te preguntarás qué ha pasado con el dinero/Cuando Klein organice un acto benéfico).




en George Harrison: Beatle a su pesar, 2024