lunes, junio 27, 2022

“Mis primeros versos”, de Rubén Darío





Tenía yo catorce años y estudiaba humanidades. Un día sentí unos deseos rabiosos de hacer versos, y de enviárselos a una muchacha muy linda, que se había permitido darme calabazas. Me encerré en mi cuarto, y allí en la soledad, después de inauditos esfuerzos, condensé como pude, en unas cuantas estrofas, todas las amarguras de mi alma. Cuando vi, en una cuartilla de papel, aquellos rengloncitos cortos tan simpáticos, cuando los leí en alta voz y consideré que mi cacumen los había producido, se apoderó de mí una sensación deliciosa de vanidad y orgullo. Inmediatamente pensé en publicarlos en La Calavera, único periódico que entonces había, y se los envié al redactor, bajo una cubierta y sin firma.

 

Mi objeto era saborear las muchas alabanzas de que sin duda serían objeto, y decir modestamente quién era el autor, cuando mi amor propio se hallara satisfecho. Eso fue mi salvación. Pocos días después sale el número 5 de La Calavera, y mis versos no aparecen en sus columnas. Los publicarán inmediatamente en el número 6, dije para mi capote, y me resigné a esperar porque no había otro remedio. Pero ni en el número 6, ni en el 7, ni en el 8, ni en los que siguieron había nada que tuviera apariencias de versos. Casi desesperaba ya de que mi primera poesía saliera en letra de molde, cuando caten ustedes que el número 13 de La Calavera puso colmo a mis deseos.

 

Los que no creen en Dios, creen a puño cerrado en cualquier barbaridad, por ejemplo, en que el número 13 es fatídico, precursor de desgracias y mensajero de muerte. Apenas llegó a mis manos La Calavera, me puse de veinticinco alfileres, y me lancé a la calle, con el objeto de recoger elogios, llevando conmigo el famoso número 13. A los pocos pasos encuentro a un amigo, con quien entablé el diálogo siguiente:

 

—¿Qué tal, Pepe?

—Bien, ¿y tú?

—Perfectamente. Dime, ¿has visto el número 13 de La Calavera?

—No creo nunca en ese periódico.

 

Un jarro de agua fría en la espalda o un buen pisotón en un callo no me hubieran producido una impresión tan desagradable como la que experimenté al oír esas seis palabras. Mis ilusiones disminuyeron un cincuenta por ciento, porque a mí se me había figurado que todo el mundo tenía la obligación de leer por lo menos el número 13, como era de estricta justicia.

 

—Pues, bien, —repliqué algo amostazado—, aquí tengo el último número y quiero que me des tu opinión acerca de estos versos que a mí me han parecido muy buenos.

 

Mi amigo Pepe leyó los versos y el infame se atrevió a decirme que no podían ser peores. Tuve impulsos de pegarle una bofetada al insolente que así desconocía el mérito de mi obra; pero me contuve y me tragué la píldora. Otro tanto me sucedió con todos aquellos a quienes interrogué sobre el mismo asunto, y no tuve más remedio que confesar de plano que todos eran unos estúpidos. Cansado de probar fortuna en la calle, fui a una casa donde encontré a diez o doce personas de visita. Después del saludo, hice por milésima vez esta pregunta:

 

—¿Han visto ustedes el número 13 de La Calavera?

—No lo he visto —contestó uno de tantos—, ¿qué tiene de bueno?

—Tiene, entre otras cosas, unos versos que según dicen no son malos.

—¿Sería usted tan amable que nos hiciera el favor de leerlos?

—Con gusto.

 

Saqué La Calavera del bolsillo, lo desdoblé lentamente, y lleno de emoción, pero con todo el fuego de mi entusiasmo, leí las estrofas. Enseguida pregunté:

 

—¿Qué piensan ustedes sobre el mérito de esta pieza literaria?

 

Las respuestas no se hicieron esperar y llovieron en esta forma:

 

—No me gustan esos versos.

—Son malos.

—Son pésimos.

—Si continúan publicando tantas necedades en La Calavera, pediré que me borren de la lista de suscriptores.

—El público debe exigir que emplumen al autor.

—Y al periodista.

—¡Qué atrocidad!

—¡Qué barbaridad!

—¡Qué necedad!

—¡Qué monstruosidad!

 

Me despedí de la casa hecho un energúmeno, y poniendo a aquella gente tan incivil en la categoría de los tontos: «Stultorum plena sunt omnia», decía ya para consolarme. Todos esos que no han sabido apreciar las bellezas de mis versos, pensaba yo, son personas ignorantes que no han estudiado humanidades, y que, por consiguiente, carecen de los conocimientos necesarios para juzgar como es debido en materia de bella literatura. Lo mejor es que yo vaya a hablar con el redactor de La Calavera, que es hombre de letras y que por algo publicó mis versos.

 

Efectivamente: llego a la oficina de la redacción del periódico, y digo al jefe, para entrar en materia:

 

—He visto el número 13 de La Calavera.

—¿Está usted suscrito a mi periódico?

—Sí, señor.

—¿Viene usted a darme algo para el número siguiente?

—No es eso lo que me trae: es que he visto unos versos…

—Malditos versos: ya me tiene frito el público a fuerza de reclamaciones. Tiene usted muchísima razón, caballero, porque son, de los malos, lo peor; pero ¿qué quiere usted?, el tiempo era muy escaso, me faltaba media columna y eché mano a esos condenados versos, que me envió algún quídam para fastidiarme. Estas últimas palabras las oí en la calle, y salí sin despedirme, resuelto a poner fin a mis días.

 

Me pegaré un tiro, pensaba, me ahorcaré, tomaré un veneno, me arrojaré desde un campanario a la calle, me echaré al río con una piedra al cuello, o me dejaré morir de hambre, porque no hay fuerzas humanas para resistir tanto. Pero eso de morir tan joven... Y, además, nadie sabía que yo era el autor de los versos.

 

Por último, lector, te juro que no me maté, pero quedé curado, por mucho tiempo, de la manía de hacer versos. En cuanto al número 13 y a las calaveras, otra vez que esté de buen humor te he de contar algo tan terrible, que se te van a poner pelos de punta.




en Cuentos y poemas individuales, 1894

























domingo, junio 26, 2022

«Presentimientos en traje de ritual», de Olga Orozco





Llegan como ladrones en la noche.
Fuerzan las cerraduras
y hacen aparecer esas puertas que se abren en un error del muro
y solamente indican la clausura hacia fuera.
Es un manojo de alas que aturde en el umbral.
Entran con una antorcha para incendiar el bosque sumergido en 
       la almohada,
para disimular las ramas que encandilan desde el fondo del ojo,
los pájaros insomnes, con su brizna de fuego arrebatada al fuego de 
       los dioses.
Es una zarza ardiendo entre la lumbre,
un crisol donde vuelcan el oro de mis días para acuñar la llave que 
       lo encierra.
me saquean a ciegas,
truecan una comarca al sol más vivo por un puñado impuro de tinieblas,
arrasan algún trozo del cielo con la historia que se inscribe en la arena.
Es una bocanada que asciende a borbotones desde el fondo de todo 
       el porvenir.
Hurgan con frías uñas en el costado abierto por la misma condena,
despliegan como vendas las membranas del alma,
hasta tocar la piedra que late con el brillo de la profanación.
Es una vibración de insectos prisioneros en el fragor de la colmena,
un zumbido de luz, unas antenas que raspan las entrañas.
Entonces la insoluble sustancia que no soy,
esa marea a tientas que sube cuando bajan los tigres en el alba,
tapiza la pared,
me tapia las ventanas,
destapa los disfraces del verdugo que me mata mejor.
Me arrancan de raíz.
Me embalsaman en estatua de sol a las puertas del tiempo. 



Soy la momia traslúcida de ayer convertida en oráculo.




en Mutaciones de la realidad, 1979




















sábado, junio 25, 2022

«En este mundo...», de Li Qingzhao





En este mundo hemos de sobresalir

entre los humanos, 

y en el más allá ser héroes entre los manes.

Mirad cómo es venerada la memoria 

de Siang Yu, general derrotado

que prefirió morir luchando

a vegetar escondido en su pueblo.




en Poesía clásica china, 2001
























viernes, junio 24, 2022

«Valdivia, 1968», de Jorge Teillier

Inédito + nota de Verónica Cortínez





Cuando una ciudad
se reduce a un día
que tiene la forma de un cuerpo 
también la sangre
pasa a ser el río
que cesará de correr
cuando alguien olvide nombrarme.










Nota: [Este poema] sólo se entiende a cabalidad si se sabe que Teillier está hablando de una bailarina. Es en este sentido que debemos entender la palabra «cuer­po» y también acaso la palabra «río», pues es necesario recordar que en medio del río Calle-Calle en Valdivia, Matilde* montó un alucinante espectáculo de El lago de los cisnes. 




* Nota DscnTxt: Matilde era la madre de la profesora Verónica Cortínez

















jueves, junio 23, 2022

“Sombra”, de Sara Búho





El camino al adiós es a veces confuso. Debí despedirme antes de que ya todo estuviera roto, deshecho, ensombrecido, distorsionado. Ya no eras tú conmigo, ni yo contigo. Estábamos a kilómetros de distancia. Solo nos unía la rabia del adiós que no pronunciábamos, el miedo a comenzar de nuevo desde un lugar parecido al pasado. El silencio lo abarcaba todo mientras fingía que no. Preferí el ruido a la ensordecedora verdad.




en La inercia del silencio, 2019






























miércoles, junio 22, 2022

«Omnes vulnerant ultima necat», de Bertolt Brecht

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Y antes de que fuera guiada desnuda al foso
Su amante le quitó su cama también
Y sin decir palabra alguna le escupió en el ojo 
La extrema unción de la puta abandonada.
De las casas salió una voz:
Cuando escupes tu porquería, Dios te escupe a ti.
No quieren ser aplastados por sus propias casas
Y sin embargo no son capaces de cargar una sola piedra. 



c. 1923










Omnes vulnerant ultima necat

Und eh sie nackend in die Grube fuhr / Nimmt ihr Geliebter auch ihr Bett noch fort / Und spuckt ihr in das Auge ohne Wort / Die letzte Ölung der verlassenen Hur. / Es ging eine Stimme aus den Häusern heraus: / Wenn du deinen Dreck ausspuckst, spuckt Gott dich aus. / Die wollen nicht erschlagen von ihren Häusern sein / Und können doch nicht tragen einen Stein. 














martes, junio 21, 2022

“Suspiro”, de Stéphane Mallarmé





Mi alma va, calma hermana, hacia tu frente

Donde sueña un otoño con pecas alfombrado,

Y hacia el errante cielo de tu casta mirada

Fiel sube ¡como en un jardín doliente

Un chorro de agua hacia el Azul suspira!

—Hacia el Azul de Octubre que pálido, puro mira

Reflejarse en estanques su infinito desmayo

Y deja, en sus aguas donde la rojiza agonía

De las hojas vaga en el viento y abre un surco frío,

Reptar el amarillo sol de un largo rayo.




en Poesía, 1982

Traducción de Federico Gorbea




Soupir

Mon âme vers ton front où rêve, ô calme soeur, / Un automne jonché de taches de rousseur, / Et vers le ciel errant de ton oeil angélique / Monte, comme dans un jardin mélancolique, Fidèle, un blanc jet d'eau soupire vers l’Azur! / —Vers l’Azur attendri d’Octobre pâle et pur / Qui mire aux grands bassins sa langueur infinie / Et laisse, sur l'eau morte où la fauve agonie / Des feuilles erre au vent et creuse un froid sillon, / Se traîner le soleil jaune d’un long rayon.



























lunes, junio 20, 2022

«Considerando», de Cristina Peri Rossi





Teniendo en cuenta y considerando 
el progresivo deshielo de los mares 
el efecto invernadero
la veloz extinción de las especies
el hambre feroz en A frica y el sida 
las guerras religiosas en Oriente 
los miles de mujeres asesinadas 
por sus hombres más cercanos
la progresión del cáncer
la infibulación de las niñas
el aumento del precio del petróleo
el turismo sexual en Tailandia
las múltiples torturas impunes
el numeroso grupo de dictaduros
y dictablandos
el tráfico de armas
el tráfico de órganos
el tráfico de blancas
las matanzas los genocidios
las violaciones y los accidentes automovilísticos
el hecho de que tú y yo ya no hagamos el amor 
es sencillamente irrelevante.




en Habitación de hotel, 2007

















domingo, junio 19, 2022

“Auto-croquis”, de Pedro Sienna





Yo soy así... Mi vida es una ilusa

batalla por el Arte y por el Beso.

Tengo un gran corazón. Tengo una musa.

(Una musa gentil... de carne y hueso).

 

Creo en Dios. Más en mí. También en eso

que consiste en hacer lo que no se usa.

No soy un Salomón. Ni soy un Creso.

Sólo de ser bohemio se me acusa.

 

Me encanta trasnochar con charla y vino,

engañando el dolor de una quimera

que se pierde en la curva del camino.

 

Y con todas mis fuerzas idolatro

(además de mi madre) la viajera

farándula sin rumbo del teatro.



Valparaíso. Febrero, 1918




en El tinglado de la farsa, 1922

 

Fotografía tomada durante el rodaje de la película

Los payasos se van, en 1921






























sábado, junio 18, 2022

«La lluvia reaviva», de Han Wo





Al estilo de Chuiguofu*


 

La lluvia reaviva

el verdor del musgo del patio.

La escarcha enrojece la casa

con hojas caídas.

Ociosa, subo a las gradas.

Contemplo el sol que se acuesta.

Sólo un loro me acompaña

en mi nostalgia y mi tristeza.




* El poema está escrito en tono de una muchacha que añora a su amado ausente.



 

en Poesía clásica china, 2001


































viernes, junio 17, 2022

“Tapas de alcantarilla”, de Karl Shapiro





La belleza de las tapas de alcantarilla… ¿qué hay de eso?

Como medallas magulladas por el salvaje Gran Khan,

Como piedras del calendario maya, inamovibles, indescifrables,

No como el viejo electrón, perseguido y apuntado,

Consignado y esculturado para un giro

Pero marcado y caracoleado y embolsado y aplastado

Con los nombres de las grandes compañías

(Belén amable, sonriente Estados Unidos).

Este artefacto inoxidable de mi calle

Permanecerá mucho después de que se derritan los caminos

Al lado de la tumba del viejo mundo de hierro,

Mordido en sus límites,

Poderoso en su críptico americano,

Su belleza obsoleta.




en Antología de poetas laureados estadounidenses, 2018

Traducción de Luis Alberto Ambroggio






























jueves, junio 16, 2022

“Un hombre va por el mundo con su casa al hombro”, de Sergio Mansilla Torres





1. En esta casa he vivido. Aquí

se exilian los presentimientos.

Sus ventanas tienen luz de memorias

disueltas en agua.

Sus puertas son las que me conducen

al mundo.

En los rincones florecen los muertos

y la cocina no rima con las sirenas.

Aquí nos deslumbra el sol

y nos oculta la noche.

 

2. La vida entre las paredes de esta casa

está llena de pequeñas guerras

que amo y odio al mismo tiempo.

 

3. Cuando duermo, la casa

se deshace por la noche entre los sueños.

 

4. En la cocina, sobre la mesa,

la noche nos ha dejado sus estrellas

como panes blancos de eternidad.

Y el invierno nos ha dejado

sus lluvias como racimos de uvas

en una fuente.

Y en una repisa, furtivamente

mis amigos dejaron unos saludos,

los que durante estos días livianos de otoño

son sencillos y espléndidos.

 

5. Cuando se abran las puertas

o las ventanas, quiero

que el cielo se desborde como el agua

en una vasija muy llena

y que los astros

anden, al igual que niños traviesos,

arrojando la vajilla al piso

o tirándolo todo por cualquier parte.

 

6. Me duele la casa que no tengo

como un dedo apretado en una puerta.

 

7. De esta casa desciende a veces

un río en el que navegan multitudes

de muertos

a causa de increíbles represiones.

Sólo el viento abre las puertas

y allana por última vez

esta casa torturada.

 

8. ¿Qué lenguaje tendré que hablar,

qué palabras tendré que decir

para construir la casa que sueño

en las cuatro esquinas del horizonte?

¿Dónde, dónde estarán esas palabras,

ese lenguaje amado

que me abrigue del viento, de la lluvia,

del frío de la vida y del frío de la muerte?




en Noche de agua, 1986




































miércoles, junio 15, 2022

«Misterio femenino y misoginia», de Florencia Abadi







El vínculo entre enigma y odio fue patente en la Antigüedad griega. Los enigmas de la Esfinge son el producto de su crueldad, de su potencia destructiva. Apolo, el dios «que hiere de lejos», expresaba su perversidad y su ferocidad diferida a través del oráculo de Delfos. El enigma se vincula a una divinidad que se presenta oculta e incierta pero sobre todo hostil. Implica un obstáculo, un desafío que plantea una rivalidad e invita por lo tanto a la lucha. 

El enigma es una proyección de quien desea interpretar, saber. En definitiva, una proyección del odio que habita la curiosidad, pasión erótica y destructiva, como lo muestran numerosas figuras (Eva, Pandora, Psique, la mujer de Barba Azul, etc.). En palabras de Benjamin, «la verdad no es bella en sí misma, sino para quien la busca». No hay más enigma que el que proyecta quien se asombra: ni el cielo estrellado ni la fuerza terrible de la naturaleza son en sí mismos ningún misterio (Kant llamaba subrepción a aquella operación que atribuye al objeto una sublimidad que pertenece en realidad al sujeto). 

Si el enigma está vinculado al odio, proyectar sobre la mujer la idea de un misterio conlleva la misoginia. Detrás de la idealización que sugiere la idea de un misterio femenino, se esconde el odio envidioso, el odio de quien cree que le es negado el acceso a algún placer. Quien envidia idealiza, imagina que el envidiado ha encontrado su objeto, que ha satisfecho plenamente su deseo, que posee el secreto. Así, el goce de la mujer es concebido como lo absoluto, y la satisfacción misógina consiste en infligir el placer (sádicamente). No es otra la escena dominante de la pornografía contemporánea.




II

Existen tres símbolos o representaciones de la mujer-enigma que permiten observar la cuestión de la idealización envidiosa: la Esfinge griega, la mantis religiosa y la estatua del velo de Isis. La Esfinge griega, demonio maléfico con rostro de mujer, cuerpo de león y alas de ave, formula enigmas y estrangula a quienes no son capaces de resolverlos. Ahorca, cierra el paso (sphíggein significa cerrar), en sintonía con el viejo y difundido mito de la vagina dentada. El enigma es hermético. La esfinge representa el terror a quedar atrapado adentro. En la versión de Estacio, tiene los ojos como brasas encendidas y veneno en su boca, elementos ambos vinculados a la envidia. El veneno es el símbolo del carácter oculto del sufrimiento envidioso, que carcome por dentro; los ojos fulgurantes, un signo tradicional de envidia (el mal de ojo, la mirada fuerte y peligrosa). La envidia es por necesidad proyectiva: es entonces la esfinge quien detenta el veneno y el resplandor ocular.

La mantis religiosa fue concebida por una extraordinaria cantidad de pueblos como una profetisa –su nombre lo indica–, cuya presencia anuncia una terrible desgracia (Roger Caillois llevó a cabo un estudio minucioso sobre las diversas representaciones del insecto). Entre los rumanos, se la llamó Calugarita, que significa monja, mujer con velo, es decir, mujer enigma. Como la Esfinge y como la diosa Isis, la mantis posee un carácter sagrado, la fusión de lo fascinans y lo tremendum. El aspecto digestivo y devorador aparece aquí explícitamente vinculado al erotismo: el comportamiento más sugestivo de la mantis consiste en comerse (en ocasiones) al macho durante o después del apareamiento. También a la mantis se le atribuyó el mal de ojo, por su capacidad de seguir con la mirada. Eso sugirió que el insecto no solo ve, sino que también mira, es decir, desea, envidia. 

Según una antigua tradición que recoge Plutarco, existía en Egipto, en el templo de Sais, una enorme estatua de la diosa Isis cubierta por un velo y acompañada por una inscripción que rezaba: «Soy todo lo que ha sido, es y será, y ningún mortal ha levantado mi velo». Aquel que osara descorrer el velo perecía en el acto. Una suerte de antítesis de la Esfinge, solo en apariencia: aquí quien muere no es quien no consigue resolver el enigma, sino quien lo logra. El desafío del enigma, en cualquier caso, es mortal; también Homero debe morir luego de no adivinar el enigma de los pescadores, en el célebre fragmento de Heráclito. Isis ya no devora, mata instantáneamente. Una suerte de petrificación quizás, facultad propia de la mirada envidiosa, que se encuentra ella misma paralizada, impotente. 




III

La belleza es en sí misma un nombre del enigma, del velo o brillo apariencial (la familia anglosajona schön, shine, Schein), que señala la relación íntima del enigma con el deseo. «La mantis agota, mata, y con ello solo es más hermosa» (Alfred de Musset, citado por Caillois). Es obvio que la femme fatale es la representación de la mujer deseada: el poder de Eros es temido hasta por el mismo Zeus. En la medida misma en que ejerce su poder, el enigma se vincula a la sumisión, a la obediencia. «Cuando el misterio es demasiado impresionante, no osamos desobedecer» (El Principito). El respeto, que Kant hermanó con la sublimidad, está en realidad despojado de ese aura que coloca al otro en el lugar del enigma y el misterio. El otro, libre de proyecciones e idealizaciones, aparece allí donde el enigma cae. 











 

martes, junio 14, 2022

“La ventana”, de Diane di Prima





tú eres mi pan

la fisura

del clamor

de mis huesos

casi eres

el mar

 

no eres piedra

o sonido fundido

creo que

no tienes manos

 

eres la clase de ave que vuela hacia atrás

y este amor

se quiebra en un cristal de ventana

donde no hay conversaciones ligeras

donde ninguna luz habla

 

esta no es la ocasión

de mezclar lenguas

(la arena aquí

jamás cambia)

 

creo

que mañana

te convirtió con su dedo

y brillarás

y brillarás

intacta y subterránea




en Pieces of a Song: Selected Poems, 1990

Traducción: Carlos Almonte




The Window

you are my bread / and the hairline / noise / of my bones / you are almost / the sea // you are not stone / or molten sound / I think / you have no hands // this kind of bird flies backward / and this love / breaks on a windowpane / where no light talks // this is not time / for crossing tongues / (the sand here / never shifts) // I think / tomorrow / turned you with his toe / and you will / shine / and shine / unspent and underground






























lunes, junio 13, 2022

«Mujeres de Argel», de David Bustos Muñoz







Una camisa sembrada de florecillas.
Un tercer tono indefinible que el ojo percibe, 
pero que la lengua no puede nombrar con precisión. 

Las sábanas cortas del copista.

En la punta de la lengua o el pincel 
la pierna desnuda de la odalisca
coloreada para ti o para nadie.

Dos pasos más allá Picasso saborea un café árabe
con Delacroix. La mullida carne palpita, 
bajo el azul de las venas y el ardor de la sangre.

El narguile sobre el piso me devuelve
al vapor de agua de un recuerdo.
Te pareces a la odalisca que sostiene la boquilla.

La pantorrilla descubierta, los labios rojos y la mirada cabizbaja.
La flor acomodada entre el cabello y la oreja 
es de un tono más pálido que su boca.

La alfombra jaspeada bajo la rodilla y un par de sandalias
exhaustas por el ancho de los empeines.

Las paredes del aposento, forradas con mosaicos azules y amarillos. 
La tonalidad de verde suave, fresco, indefinible. 

Tres llamas serpentean la sensualidad de la cámara.
La del medio lleva un pañuelo atado al cuello.
Su mejilla redondeada y abierta desde donde se puede
escribir lentamente un beso. 
Me quedo en su tobillo que calza una pulsera
que sombrea la piel.

Los copistas se desquician con el pantalón verde de la odalisca 
con elementos amarillos, que se confunde a la retina.
Los copistas se preguntan por la localidad del amarillo verdoso 
que es dulce y brillante a la vez. 
La imposibilidad de imitar la tela sedosa.

Las tres llamas descansan sobre almohadones. Fuera de foco
la criada oscurecida por la luz, entrega su espalda e inclina su perfil.

En la escena hay una puerta entreabierta.
Por ahí ingresan los tonos de tintas entrecruzados por una melodía.

Una de las mujeres mira directo hacia la cámara.
Delacroix ha roto la cuarta pared. 
Su pincel es un tejido, un lente granulado.

Te pareces a la odalisca que sostiene 
la boquilla del narguile.

La tarde de invierno en que estudiamos a fondo
en el piso el Kamasutra entre almohadones.

Los frutos secos en la bandeja de madera.
Tus pupilas reflejaban los ojales rotos del narguile. 
Ese día estaba nublado, tu tobillo delgado 
se hundía en mi pantorrilla.

En la pared de la sala colgaba la tela de un faro costero 
furiosamente acuchillado por el oleaje marino.



Inédito





Fotografía original de Cristóbal Olivares







«Femmes d'Alger dans leur appartement», de Eugène Delacroix (1834)