sábado, diciembre 08, 2018

"Rompiendo el descanso", de Yan Shu

Versión de Juan Carlos Villavicencio






Cuando las golondrinas vuelven, adoramos a los dioses de la primavera;
luego caen las flores mientras lloramos a nuestros queridos muertos.
Oímos cantar a las oropéndolas por entre medio de las hojas;
junto al estanque se despliega el musgo verde.
Las candelillas de los sauces vuelan como cuando se alarga el día.

La hija de mi vecino y sus amigas son adorables.
El camino de moras les da la bienvenida.
Anoche ella se preguntaba, ¿por qué mis sueños son tan felices?
Ellos predicen que ganará el juego de las cien hojas.
Una sonrisa chispeante brilla ahora en su rostro.













viernes, diciembre 07, 2018

“Canción desde un aeroplano”, de Manuel Maples Arce





Estoy a la intemperie
de todas las estéticas;
operador siniestro
de los grandes sistemas,
tengo las manos
llenas
de azules continentes.

Aquí, desde esta borda,
esperaré la caída de las hojas.
La aviación
anticipa sus despojos,
y un puñado de pájaros
defiende su memoria.

Canción
florecida
de las rosas aéreas,
propulsión
entusiasta
de las hélices nuevas,
metáfora inefable despejada de alas.

Cantar
                       Cantar.
Todo es desde arriba
equilibrado y superior,
y la vida
es el aplauso que resuena
en el hondo latido del avión.

Súbitamente
el corazón
voltea los panoramas inminentes;
todas las calles salen hacia la soledad de los horarios;
subversión
de las perspectivas evidentes;
looping the loop
en el trampolín romántico del cielo,
ejercicio moderno
en el ambiente ingenuo del poema;
la Naturaleza subiendo
el color del firmamento.

Al llegar te entregaré este viaje de sorpresas,
equilibrio perfecto de mi vuelo astronómico;
tú estarás esperándome en el manicomio de la tarde,
así, desvanecida de distancias,
acaso lloras sobre la palabra otoño.

Ciudades del norte
                       de la América nuestra,
tuya y mía;
            New York,
            Chicago,
            Baltimore.

Reglamenta el gobierno los colores del día,
puertos tropicales
del Atlántico,
azules litorales
del jardín oceanográfico,
donde se hacen señales
los vapores mercantes;
palmeras emigrantes,
río caníbal de la moda,
primavera, siempre tú, tan esbelta de flores.

País donde los pájaros hicieron sus columpios.
Hojeando tu perfume se marchitan las cosas,
y tú lejanamente sonríes y destellas,
¡oh novia electoral, carrusel de miradas!
lanzaré la candidatura de tu amor
hoy que todo se apoya en tu garganta,
la orquesta del viento y los colores desnudos.
Algo está aconteciendo allá en el corazón.

Las estaciones girando
mientras capitalizo tu nostalgia,
y todo equivocado de sueños y de imágenes;
la victoria alumbra mis sentidos
y laten los signos del zodíaco.

Soledad apretada contra el pecho infinito.
De este lado del tiempo,
sostengo el pulso de mi canto;
tu recuerdo se agranda como un remordimiento,
y el paisaje entreabierto se me cae de las manos.



en Poemas interdictos, 1927











jueves, diciembre 06, 2018

«Dentro de la caja no hay un cordero», de Alan Vargas Mariscal







Dentro de la caja está el más bello poema jamás
construido. Fue encontrado en una cueva en el desierto
del Namib. Según los expertos, su autor llegó a la cúspide
en el desarrollo del lenguaje, pues su simpleza, vivacidad,
la carencia del ritmo y la belleza de sus metáforas,
constituyen la expresión más genuina del alma humana.
Aunque la lengua en la que fue construido aún no se
ha identificado plenamente, los expertos creen que puede
tratarse de un lenguaje ancestral hablado por hombres y pájaros.





en Poesía mexicana, 2015




















miércoles, diciembre 05, 2018

Hoy: Presentación de "Oscuros ríos", poemario de Juan Carlos Villavicencio, por Descontexto Editores






  Descontexto Editores los invita a la presentación
de Oscuros ríos, poemario de Juan Carlos Villavicencio.
Presentarán la obra Kurt Folch y Rebeca Errázuriz.
  Miércoles 5 de diciembre de 2018 · 20:00 hrs. 
Café Colmado
Merced 346, Santiago Centro

Habrá vino de honor, gentileza de 
Viña Von Siebenthal










martes, diciembre 04, 2018

"Despilfarro", de Rafael Cadenas







Es recio haber gastado días, meses, años en defenderse sin saber de quién.
Recio no poder ver el rostro del que asedia.
Recio ignorar lo que nos devasta.





en Memorial, 1977







Fotografía original de Marina Gasparini La Grange













lunes, diciembre 03, 2018

"Prosigue el mismo asunto y determina que prevalezca la razón contra el gusto", de Sor Juana Inés de la Cruz






Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante.

Al que trato de amor, hallo diamante,
y soy diamante al que de amor me trata;
triunfante quiero ver al que me mata,
y mato al que me quiere ver triunfante.

Si a éste pago, padece mi deseo;
si ruego a aquél, mi pundonor enojo:
de entrambos modos infeliz me veo.

Pero yo, por mejor partido, escojo
de quien no quiero, ser violento empleo,
que, de quien no me quiere, vil despojo.








domingo, diciembre 02, 2018

“Último deseo”, de José Lezama Lima





De la fe que de la nada brota
y de la nada que en la fe hace espino,
ileso salto de mágica pelota
que paga en sangre el buen camino.

Y si rebota más, sólo nos toca
al desempedrar los bordes del destino,
la mágica epidermis que rebota
en el coral de un arenal divino.

En el murmullo de pinos siderales
las nubes a bien medido engaño
del cuerpo, flor del viejo espacio.

Previa al no ser envía sus cristales
a la ciudad de amanecer extraño,
y sigue hilando sus nubes muy despacio.



en Poesía completa, 1970











sábado, diciembre 01, 2018

«Arena del arroyo donde se lava seda», de Yan Shu

Versión de Juan Carlos Villavicencio





Escribo una nueva canción y bebo una copa de vino
en la misma pérgola del año pasado cuando está así de grato el clima.
¿Cuándo volverás ahora que el sol entra en su declive?

Suspiro hondo por las flores caídas en vano;
Ligeramente me parece saber que las golondrinas vuelven otra vez.
Vagando por el sendero del jardín me voy quedando solo.










viernes, noviembre 30, 2018

“Mal educada”, de Leila Guerriero





Leí últimamente -por algún motivo que desconozco- varios artículos acerca de cómo conviene despertar la sensibilidad de los niños en torno a la música, la literatura, el cine, el teatro, el arte en general. Descubrí, leyéndolos, que he sido pésimamente educada: que he visto y leído y escuchado cosas que, al parecer, no ayudan a desarrollar la sensibilidad de ningún niño. Es cierto que esos artículos tampoco dicen lo contrario: que esas cosas que vi, leí y escuché no ayuden o impidan desarrollarla. Más bien, no las mencionan.

Esos artículos recomiendan poner al alcance de los niños La isla del tesoro, de Stevenson; El libro de la selva, de Rudyard Kipling; adaptaciones de cuentos de Chejov; Alicia en el país de las maravillas. Aconsejan hacerles escuchar a Debussy, llevarlos a ver La flauta mágica y conciertos de grupos de música antigua. Me parece bien. Son cosas lindas, finas. Pero una lombriz oscura y mugrienta se retuerce dentro de mí y se pregunta si esas cosas no parecen pensadas para diseñar, antes que seres sensibles, seres capaces de sostener la clase de conversación que se escucha en un cóctel de embajada: "Qué notable la novela de Sándor Márai que acaba de publicarse". "Uhú. Notable".

Si acotamos la "sensibilidad" a la sensibilidad literaria, ¿nadie la desarrolló leyendo, como yo lo hice cuando era chica, no solo pero también todo aquello que suele llamarse "mala literatura": best sellers de Wilbur Smith (África febril y violenta), libros de Arthur Hailey: Aeropuerto, Hotel. La biblioteca de la casa de mis padres estaba repleta de libros así, que convivían con Pedro Páramo, de Juan Rulfo; El perseguidor, de Cortázar; la poesía de sor Juana y Quevedo y Lorca; la obra completa de Horacio Quiroga; los cuentos de Bradbury y de Poe. No había nada tan extremo como libros de Corín Tellado, hay que decirlo. Pero sí de Frederick Forsyth, de Morris West, de Mario Puzzo. Todo eso circulaba entremezclado con historietas de aventuras -D'Artagnan, El Tony, Fantasía, Asterix y Obelix, El Corto Maltés, El Eternauta, La pequeña Lulú-, Víctor Hugo y Gabriel García Márquez.

La primera vez que decidí escribir algo largo fue después de leer La noche de los tiempos, de René Barjavel, un mega best seller de la época que, en términos de estimulación, fue el equivalente a una sobredosis tóxica. Yo leía a Kipling, Mark Twain, Poe y Quiroga, pero, también, el Reader's Digest. Y lo hacía con la misma naturalidad con que escuchaba a Serrat, José Luis Perales, Abba, Wagner, Beethoven, María Elena Walsh y Les Luthiers, y con la que veía películas de vaqueros, de Orson Welles y de la Hammer. ¿Nadie más hacía eso? ¿Todo el mundo "desarrolló su sensibilidad" leyendo a Shakespeare para niños?

Cada vez que leo esos artículos que aconsejan iniciar a los infantes en la literatura con La historia interminable, de Michael Ende, o en el cine con la película -encantadora- El viaje de Chihiro, me recuerdo a mí misma en el cine aullando de placer con El hombre cobra, y sentada a la mesa de la cocina de mi casa, la nariz hundida en una novela de James Bond, de Ian Flemming.

¿En qué consiste el gusto por leer (o de escuchar música o de ir al cine) sino, antes que nada, en ese ensimismamiento total, en ese borramiento del mundo? ¿Y se puede obtener y desarrollar eso a los 9 años leyendo a Chejov? Sí. Pero les pasa a pocos. La sensibilidad es un músculo que se entrena, y empezar a entrenarlo con una rutina para atletas puede aniquilar las ganas para siempre. Podía ver esa sensación de impotencia y fracaso en el rostro de mis compañeros de colegio, cuando tocaba leer, por ejemplo, a Góngora. Gente que nunca se había topado con un poema se encontraba de pronto con esa salvajada, ese retorcimiento sublime. Quedaban humillados, abominaban la poesía para siempre jamás.

Supongo que es poco correcto decirle a un padre que, para que su hijo lea, lo mejor que puede hacer es regalarle una pila de cómics y otra de los buenos y viejos best sellers de los años 70. Supongo, también, que subyace el temor a que, si un chico empieza leyendo a Morris West, permanezca leyendo a Morris West toda la vida. Ese no debería ser, en principio, un temor: alguien que lee a Morris West toda la vida puede pasarlo supremamente bien, mucho mejor que alguien que no lee nada en absoluto. Pero, además, quedarse toda la vida leyendo a Morris West no es lo que suele suceder. De muy chica me atormentaba esta pregunta: ¿cómo iba a darme cuenta, por las mías, de qué libros eran mejores que otros? Estaba claro que Bradbury no era lo mismo que Wilbur Smith, que Lovecraft no era lo mismo que Ian Flemming. Pero, ¿por qué no eran lo mismo? Mis padres estaban ahí para aclarar las dudas -eran críticos literarios con frases muy cómicas: Stevenson era "bueno, pero pesado"; Dickens era "medio lento"-, pero insistían en que yo me iba a dar cuenta sola. Que, con el tiempo, iba a adquirir criterio propio, iba a desarrollar mi propia sensibilidad. Y, en efecto, muy pronto libros que me habían parecido fascinantes empezaron a parecerme infumables.

No funciona igual en todas las disciplinas artísticas. El método de consumirlo todo -lo bueno, lo malo y la basura-, está, por ejemplo, muy bien visto entre los cineastas que, para hablar de su prehistoria cinematográfica, suelen mentar con orgullo toneladas de cine clase B y películas que son el equivalente fílmico del Big Mac. Pero la gran mayoría de los escritores parece haber empezado a leer por La montaña mágica, de Thomas Mann. Para decirlo corto: un día, a los 14 años, yo llegué a Flaubert. Pero jamás lo hubiera hecho si me hubieran obligado a empezar por él.



en Frutos extraños, 2009











jueves, noviembre 29, 2018

"11, de Carlos Soto Román", de Karen Bascuñán P.

Texto leído en la presentación del libro en el Sitio de memoria Ex Clínica Santa Lucía, 
el 11 de septiembre de 2017






Abrir este libro me llevó de inmediato a preguntarme por cómo se escribe el 11 de septiembre. ¿Por cuánto tiempo tenemos que escribir esa condensación de significados en una sola palabra o imagen: 11? Una fecha, un hito, una huella que con un solo significante: 11, deja caer el peso de la historia y de lo que no hemos logrado resolver, tanto a nuestra generación como a las previas (porque el futuro lo estamos creando, me digo a mí misma).

Esta es una lectura situada en una posición política, quizá es lo primero que debería decir. Y esta lectura se cuenta en un sitio de memoria un 11 de septiembre, probablemente el día que tenemos más cargado en nuestra historia reciente. A nadie (o casi nadie), le pasa de largo el 11 de septiembre. El 11 también nos pasa en el cuerpo porque tiene demasiado no dicho y no resuelto. Y esta vez, en particular, a través de un libro que trabaja la palabra y la imagen con la precisión –y a la vez apertura– que permite la escritura de una memoria que insiste en ser elaborada desde todos los resquicios que podamos.

11, el libro que hoy lanza y nos comparte Carlos Soto Román, su autor, se sumerge a través de múltiples estrategias en los archivos de la infamia de la dictadura cívico militar y recoge fragmentos lejanos de frases que atravesaron nuestro inconsciente colectivo. Entre archivos que nos hacen sentir escalofríos por el horror al que sabemos refiere, aparecen jingles, frases con las que quienes nacimos y crecimos en dictadura nos reconocemos a través de los mass media omnipresentes de nuestra niñez. Ominosos, más bien. Acá está nuestra niñez, podría pensar, entre los poemas, los archivos y cómo hoy, desde la adultez, significamos eso que vivimos y que escasamente nos explicaron. Tantas veces la escritura y la literatura se han preguntado por cómo se escribe el horror. Nos han dicho que no se puede pero, como siempre, podemos conocer intentos y obras que lo despliegan.

11 se sumerge, pienso, y como asociación libre recuerdo de forma automática que a muchas y muchos les desaparecieron lanzando sus cuerpos al mar. ¿Cómo nos corresponde a nosotros sumergirnos para mirar el pasado y su reverberancia hoy mismo, en tanto la impunidad le ha ganado a la Justicia? Carlos Soto Román, a través de su escritura, ofrece un gesto fraterno y de algún modo se une a quienes por décadas han contado la verdad, porque esta verdad es innegable. Hoy, 44 años después de ese 11 original, nos reunimos en un sitio de memoria para darle lugar y bienvenida a su escritura. Un sitio de memoria que es testigo y evidencia de cómo nuestras compañeras y compañeros vivieron en el cuerpo el terrorismo de Estado, y que hoy dirige su esfuerzo para que podamos resignificar y repensarnos. Para que intentemos encontrarnos y no quedarnos capturados en el horror que inauguró ese 11 de septiembre.

Sabemos de los lazos invisibles y no sanguíneos; para quienes somos trabajadoras de la memoria, hemos reconocido nuestro lugar en una estirpe de sueños y sujetos –colectivos, ambos– lejanos y a la vez cercanos. Generaciones completas que vivieron un sueño colectivo enunciado en el “nosotros”, en “el futuro”, que fue devastado y del cual reconocemos estelas, ecos. A veces nos preguntamos si estamos asumiendo un legado.

Esta verdad tiene la cualidad de lo irreparable. Lo que nos ha marcado, emerge en la distancia del trabajo con los archivos que realiza Soto Román. Los signos que evidencian la verdad negada están en este libro que nos la ofrece en la estructura de los documentos oficiales, en los fragmentos de los bandos, en los vacíos y los silencios. En esta ocasión los fragmentos permiten leer ese contexto mayor que refieren de modo casi automático: 11, notifíquese, patria, reconstrucción, extremistas, libertad, deber.

Sería miope cosificar las estrategias escriturales escogidas como un ejercicio de negación. Está tachado, hay ausencias, deliberadamente falta información, lo que estratégicamente deja el espacio de los particulares para entender que no fueron excepciones, que los crímenes de lesa humanidad fueron una estrategia para la desaparición no sólo de vidas, sino de una propuesta de construcción de mundo, antagónica a lo que hoy vivimos.

Leí 11 por tramos, conteniendo el impacto de quien lo lee desde una posición cercana a lo que se denuncia. Es difícil leer 11 sin sentirse interpelada. Nos presenta en su escritura la trampa de lo que parece lejano y frío –archivos, recortes, fragmentos, páginas limpias, casi médicamente limpias–, pero con un efecto inversamente proporcional en lo que remueve en nuestras emociones. Me enfrento a sus páginas de repetición de NN, un campo santo, un cementerio ordenado, ¿no hay nombres? Sí, los hay. De lo que nos despojaron y nos hacen desconocer es de sus existencias, de sus sueños. ¿A quién desconocemos cuando generamos los listados vaciados de sentido? ¿Quiénes aparecen en oposición a esa ausencia? Falta la humanidad –aun nos faltan– y es en estos resquicios en que en su escritura aparecen. En esta borradura lo que nos han negado, brilla. Un brillo extraño, que no es de luminosidad. Es de algo que nuestra generación desconoce.

11 es una muestra más de cómo la escritura encuentra formas y formas de contar o señalar fragmentos de una historia compartida. Porque ese es uno de los legados, esta historia es compartida y se despliega a través de ecos, por ejemplo. Los recuerdos encuentran formas insospechadas de emerger. Hoy estamos presentando un libro que usa archivos, los dispone de modo en que se presentifican como categorías y estructuras visuales. Abro este libro y sabiendo de la visualidad que lo compone, me detengo incluso en su tipografía. No es difícil encontrar vínculo con la neovanguardia, por ejemplo. Y en esta necesidad dar un nombre o categoría, pienso de inmediato: poesía visual. Pero, sinceramente, no me interesa categorizarlo. Pienso en autores chilenos y de otras latitudes. Pienso en mi autor favorito y lo veo rondar por estas páginas, y en mi mundo interno genero alianzas imaginarias o reales de 11 con otros libros. Sigo pensando en cómo se ha escrito el 11, porque ¿cuántas escrituras necesita el 11 para que podamos arraigar sentidos?

En 11 encontramos certificados de defunción, memorándums, bandos, dictámenes, órdenes. El poder sistematizando los archivos para que las generaciones venideras abramos los ojos indagando en esos papeles que en otro contexto sólo son material de oficina. Pero esta vez no, refieren a documentos que nos enfrentan con la falta de Verdad y de Justicia. A reminiscencias que nos recuerdan las pesadillas de Chile, que tan bien muchas y muchos escritores han desplegado en páginas que nos penetran y se quedan con nosotros para cuando accedemos a mirar nuestra ciudad y ese “nosotros” que tanto nos cuesta comprender. También encontramos titulares infames que atravesaron la historia siendo montajes periodísticos que no olvidaremos. No olvidaremos porque no han reparado ni han hecho el gesto del perdón.

Blanco, vacío, silencio. Mucho espacio en blanco. Esta vez no refiere al silencio entre poemas. Refiere a este gran vacío que cada tanto emerge de no poder nombrarlo. Sabemos cuáles son sus nombres, pero su humanidad nos fue arrebatada. Sabemos los nombres y cargos de los responsables, pero viven en la impunidad. Sólo procesos inconclusos, fragmentos, huellas que emergen desde estéticas particulares, también. Como en este libro de Carlos Soto Román.

Pero a pesar de todo esto nos reunimos. Hoy este libro puede existir sin la obligación de pasar por un censor. Hoy, 11 de septiembre de 2017, este libro existe y no es llevado a la hoguera junto a otros libros que invitaban a crear sueños y ser reflexivos, propositivos, dueños de la historia. No se transforma en ceniza, sino que toma cuerpo y circulará entre nuestras manos. Cada cual que se atreva podrá encontrar su modo de participar en esta gran escritura, no sólo de la literatura, también de nuestra memoria. Esta vez, Carlos Soto Román nos comparte su propuesta de situarnos políticamente ante este hecho innegable.

Cuando leí 11, me sentí menos sola en mi habitación silenciosa. Pensé en cómo las voces confluyen insistentes cuando portan la verdad que nos ha sido negada. Pensé que a pesar de todo a lo que nos enfrenta, 11 se inscribe en el gesto de recuperar las posibilidades de humanizarnos. De nombrar lo que nos corresponde nombrar. Porque no queremos sólo ser el pasado que nos destruyó. También queremos crear vida, existencias. Y todas las páginas de 11 están llenas de memoria. Y como hace algunas noches escuché en una obra “La memoria es la casa de los augurios” [creo que] 11 es necesario, extrañamente, para que podamos soñar con otros augurios y salgamos de esta repetición.






en "Cultura" del Diario de la Universidad de Chile, 24 de enero, 2018 













miércoles, noviembre 28, 2018

“Tucumán”, de Juan Manuel Silva Barandica





Los adultos cuelgan de los caños de aluminio:
brillan
y esperan llegar antes o a la hora a lugares
que desconozco.
La casa de madera es navegada por termitas
y el color amarillo de lo antiguo nos inunda
como el paisaje a quien viaja en un bus
las carreteras de países intermedios al acecho
de que todo tarde en llegar, los árboles se unan
y nadie nos espere en la estación.



en Casimir, 2014

Libros La Calabaza del Diablo











martes, noviembre 27, 2018

"De la torre", de Eliseo Diego






El cazador, echado en el suelo pétreo del valle, sueña. Sueña un león enorme. Irritado comprueba en el sueño que su bestia apenas tiene forma. En un esfuerzo que estremece su cuerpo logra diferenciarle las pupilas, las cerdas de la melena, el color de la piel, las garras. De pronto despierta aterrado al sentir un peso fatal en el cráneo. El león le clava los colmillos en la garganta y comienza a devorarlo.

El león, echado entre los huesos de su víctima, sueña. Sueña un cazador que se acerca. Su rabia le hace aguardarlo sin moverse, esperar a distinguirlo enteramente antes de lanzarse a destruirlo. Cuando por fin separa las venas tensas en las manos, despierta y es demasiado tarde. Las manos llevan una fuerte lanza que le clavan en la garganta rayéndola. 

El cazador lo desuella, echa los huesos a un lado, se tiende en la piel, sueña un león enorme.

Los huesos van cubriendo todo el valle, ascienden por la noche en una alta torre que no cesa de crecer nunca.




en Divertimentos, 1946











lunes, noviembre 26, 2018

“Se hizo tristeza el mar”, de Héctor Monsalve





Estás escrita Elena
para que queden rastros
de tu paso

Y sin embargo
¿Vendrías nuevamente?
¿Volverías del mar
cada gota a la lluvia?

Aquí quedó intacto tu beso
en el aire
y la mesa huele a ti
la puerta abierta
el pan que entra humedecido
el frío que sigue a las personas

Y esos dos que se besan en la orilla
sin saber
hacen tristeza el mar



en Elena, 2010

Primera edición












domingo, noviembre 25, 2018

“La pieza donde me trajiste, como tú, no tiene salida”, de Bernardo Colipán





Las sábanas tienen ácaros, pulgas, flores
que nunca llegaron a su color.
Frente a mí hay un cuadro renacentista,
afuera un cuervo picotea
la ventana que nunca nació para nosotros.
Yo aquí me asfixio sin tu olor
y estoy sola, sin nada
buscando el poema que algún día me prometiste.



en Comarcas, 2013












sábado, noviembre 24, 2018

“El día de la Comida Fría”, de Li Ch’ing Chao





Claro y soleado es el esplendor de
La primavera en el día de la
Comida Fría. El humo agonizante se
Alza del animal de jade, como
Un hilo de seda que flotara en el
Agua. Sueño sobre una pila
De cojines, entre adornos para el pelo,
Rotos y dispersos. Las golondrinas
No han regresado del mar Meridional, pero
Los hombres vuelven a empezar
Y se pelean por nimiedades. A lo largo
Del río vuelan pétalos de pérsicos.
Espigas de sauce llenan de pelusa el aire.
Luego, en el ocaso anaranjado,
Caen gotas de lluvia muy dispersas.



en Cien poemas chinos, 2001

Kenneth Rexroth, antologador
Traducción de Carlos Manzano