viernes, julio 19, 2019

“Polvo”, de Tobias Wolff





Unos días antes de Navidad mi padre me llevó a esquiar a Mount Baker. Tuvo que luchar por el privilegio de mi compañía, pues mi madre estaba todavía enfadada con él porque en su última visita me había colado en un club nocturno para ver a Thelonious Monk.

No cejó en su empeño. Prometió, llevándose la mano al corazón, que me cuidaría y que me traería de vuelta para la cena de Nochebuena, y ella se ablandó. Pero la mañana de Nochebuena, cuando estábamos a punto de dejar el hotel empezó a nevar y él observó en aquella nieve una extraña cualidad que hacía totalmente necesario que subiéramos una vez más. Subimos varias veces más. No hacía caso de mis quejas. Una ventisca feroz nos envolvía, cegándonos, silbando como la arena, pero nosotros seguimos esquiando. Subíamos en el andarivel cuando mi padre, mirando la hora, dijo:

—¡Cristo! Ahora sí que tenemos que darnos prisa.

Para entonces yo ya no distinguía la pista. No valía la pena intentarlo. Me pegué a él como si fuéramos una sola persona, hice todo lo que él hacía y conseguí llegar abajo sin despeñarme por un barranco. Devolvimos los esquíes y mi padre puso las cadenas al Austin-Healy, mientras yo saltaba de un pie al otro, me frotaba un guante con otro y deseaba estar ya de vuelta en casa. Lo veía todo. El mantel verde, los platos con el decorado navideño de acebo, las velas rojas esperando ser encendidas.

Al salir pasamos por delante de la cafetería de la estación.

—¿Quieres algo calentito? —me preguntó mi padre. Y yo asentí con la cabeza.
—Bueno, no te preocupes —dijo—. Te voy a llevar a tiempo. ¿De acuerdo, jefe?

Se suponía que yo debía responder: «De acuerdo, jefe», pero no dije nada.

Un guardia nos hizo una seña para que paráramos cuando salíamos de la estación de esquí. Había un par de vallas bloqueando la carretera. El policía se acercó a nuestro auto y asomó la cabeza por la ventanilla de mi padre. Estaba pálido de frío. Tenía nieve en las cejas y en el ribete de piel de la chaqueta y de la gorra.

—No me diga que… —dijo mi padre.

Pero el guardia le dijo. La carretera estaba cerrada. Podía que la limpiaran o podía que no. La tormenta había sorprendido a todo el mundo. Había sido muy rápida. No era fácil que la gente se pusiera a trabajar inmediatamente. Era Nochebuena. Ya se sabe...

Mi padre dijo:

—Mire. Me está hablando de catorce o quince centímetros de nieve. He ido con este auto por carreteras en mucho peor estado que eso.

El guardia irguió la espalda. No se le veía la cara, pero lo oí.

—La carretera está cerrada.

Mi padre no apartó las manos del volante, acariciándolo con los pulgares. Se quedó mirando las vallas durante un buen rato. Parecía que estuviera intentando saber en qué consistían. Luego dio las gracias al guardia y haciendo una timorata demostración de prudencia, bastante extraña en él, giró el auto.

—Tu madre no me lo perdonará nunca —dijo.
—Debiéramos haber salido antes —dije. Y añadí—: Jefe.

No volvió a dirigirme la palabra hasta que no estuvimos acomodados en la cafetería esperando que nos trajeran las hamburguesas.

—No me lo perdonará —dijo—. ¿Comprendes? Nunca.
—Supongo —respondí, aunque no había mucho que suponer; ella nunca se lo perdonaría.
—No puedo dejar que suceda —inclinó el cuerpo hacia mí—. ¿Sabes lo que me gustaría? Me gustaría que volviéramos a estar juntos. ¿A ti te gustaría?
—Sí.

Acercó los nudillos a mi barbilla y la alzó.

—Eso es lo que quería oír.

Cuando terminamos de comer, se dirigió al teléfono público, que estaba en la parte trasera de la cafetería, y luego volvió a la mesa. Me imaginé que habría llamado a mi madre, pero no me informó. Bebió unos sorbos de café con la vista fija en la carretera desierta, al otro lado de la cristalera de la cafetería. «Bueno, hombre...», dijo entre dientes, pero no me hablaba a mí. Un poco después volvió a decir lo mismo. Cuando pasó el auto del guardia, con las luces intermitentes encendidas, se levantó y puso algo de dinero encima de la cuenta.

—Está bien, larguémonos.

Había parado el viento. La nieve caía perpendicular, más lenta, menos tupida. Nos alejamos de los edificios de la estación, en dirección a las vallas que bloqueaban la carretera.

—Apártalas —dijo mi padre.

Cuando lo quedé mirando, dijo:

—¿Qué esperas?

Me bajé del auto y empujé a un lado una de las vallas y luego, cuando él pasó, volví a ponerla donde estaba. Me abrió la puerta del auto.

—Ahora eres cómplice —dijo—. Bajemos juntos —metió la marcha y me miró—. No estoy bromeando, hijo.

Durante un buen trecho, al principio, fui mirando atrás para ver si el guardia nos seguía. Las vallas desaparecieron de mi vista. Y entonces solo quedó la nieve: nieve en la carretera, nieve despedida por las cadenas del auto, nieve en los árboles, nieve en el cielo; y nuestras huellas en la nieve. Cuando volví la cabeza al frente, me quedé espantado. Nuestras propias huellas habían ido marcando el trazado de la carretera detrás de nosotros, pero no había huellas que seguir por delante. Mi padre conducía sobre nieve virgen entre dos hileras de árboles. Iba canturreando Stars Fellon Alabama. Me daba la sensación de que la nieve rozaba el suelo del auto, bajo mis pies. Metí las manos entre las rodillas para que no me temblaran.

Mi padre murmuró algo para sí, pensativo, y dijo:

—Esto no debes hacerlo nunca.
—No lo haré.
—Eso es lo que dices ahora, pero un día sacarás licencia de conducir y entonces pensarás que puedes hacer cualquier cosa. Pero la diferencia es que no serás capaz de hacer esto. Para esto se necesita, no sé, un instinto especial.
—Tal vez lo tenga.
—No, no lo tienes. Tienes tus puntos fuertes, tus habilidades, pero esta no es una de ellas. Solo lo digo porque no quiero que te quedes con la idea de que es algo que puede hacer cualquiera. Yo conduzco especialmente bien. Eso no es una virtud, ¿vale? Y además hay que reconocerle también el mérito a este cacharro. No hay muchos otros autos con los que me atrevería a hacer lo mismo. ¡Escucha!

Escuché. Oí el chasquido continuo de las cadenas, el terco gemir sincopado del limpiaparabrisas, el ronroneo del motor. Ronroneaba realmente. Aquel cacharro era casi nuevo. Mi padre no podía permitírselo y no dejaba de prometer que iba a venderlo, pero ahí estaba todavía.

—¿Adónde crees que se habrá ido el guardia? —dije.
—¿Tienes frío?

Alargó la mano y subió la calefacción. Luego apagó el limpiaparabrisas. Ya no lo necesitábamos. El cielo se había aclarado. El propio auto apartaba los escasos copos sueltos que aún revoloteaban como plumas diminutas. Dejamos los árboles y entramos en una extensa zona cubierta de nieve que estaba al mismo nivel que la carretera y luego bajaba bruscamente. A intervalos aparecían a derecha e izquierda unos postes de color naranja, por los que se guiaba mi padre, aunque estaban lo bastante separados para que yo no pudiera estar del todo seguro de por dónde iba exactamente la carretera. Mi padre volvía a canturrear, improvisando variaciones sobre la melodía.

—Pues, ¿cuáles son entonces mis puntos fuertes?
—Si empiezo, nos llevará todo el día —respondió.
—Bueno, dime uno solo.
—Fácil. Eres previsor.

Era verdad. Siempre preveía lo que pudiera pasar. Era uno de esos chicos que guardaba la ropa en perchas numeradas para estar seguro de ponérmela toda por igual. Siempre les estaba dando la lata a mis profesores para que me dieran las tareas por adelantado, a fin de poder planificarme con tiempo. Era previsor, por eso sabía que habría otros guardias esperándonos al final de la carretera, si llegábamos. Lo que no sabía era que mi padre les suplicaría, los engatusaría —no llegaría a cantarles Adeste fideles, pero casi—, para que lo dejaran pasar, y me llevaría a casa a la hora acordada, ganando así un poco más de tiempo antes de que mi madre decidiera romper definitivamente. Sabía que nos atraparían; estaba resignado. Y tal vez por eso olvidé mi agobio y empecé a divertirme.

¿Por qué no? Esta sí que era de cine. Como en una lancha, solo que mejor. En una lancha no te lanzas por una pendiente. Y la teníamos toda para nosotros. Y no se acababa nunca: los árboles cargados de nieve, la lisa superficie de nieve, las súbitas panorámicas blancas. Aquí y allá veía signos de la carretera: un trozo de cuneta, un vallado, un poste, pero no tantos que me sirvieran para orientarme. Pero tampoco tenía que hacerlo. Mi padre conducía. Mi padre: cuarenta y ocho años, despeinado, amable, carente de honor, resplandeciente de seguridad. Conducía maravillosamente. Persuadía sin forzar. Qué sutileza con el volante; qué tacto en los pedales. En realidad confiaba en él. Y lo mejor todavía no había llegado: las curvas, una tras otra, cada cual más cerrada, imposibles de describir. Salvo, tal vez, de esta manera: solo quien ha conducido sobre polvo de nieve sabe lo que es conducir.



en La noche en cuestión, 1997










jueves, julio 18, 2019

«El fantasma del Rey Hamlet», de Stevie Smith

Traducción de Miguel Ángel Montezanti




«Debería hablársele».

Pobre noble fantasma que viene del lugar del dolor,
De tanto dolor perverso y ardiente
Para volver a andar vestido de armadura luctuosa
por los prados suaves y grises en una noche de invierno.
A ti deberían hablarte, porque a menos que uno hable
Tú no puedes; debes ser hablado o bien irte
Sin que te oigan, desconsolado, al sufrimiento.
Tengo compasión de tu rostro real y también de tu carácter,
De tu cabeza coronada y del afilado salvajismo
Que, cuando había hablado tu hijo, descubrió en palabras
Una larga expresión de venganza,
«Matad, matad a los asesinos». Todos aquellos que van
Por los prados del pensamiento, melancólicos a media noche
Donde los amigos pasan distantes y no hablan
Pueden exclamar «Matad, matad», porque también son asesinados
Como atacados por el Silencio y completamente muertos.
«Hablad, habladme», exclamas, «Yo debo ser hablado»
Pero, oh, los amigos no hablan, tienen demasiado que hacer.






en Shakespeare lector. Lectores de Shakespeare,
Lucas Margarit y Elina Montes (editores), UBA, 2017




















miércoles, julio 17, 2019

“El sombrero y la boina”, de Andrea Camilleri



(1925 - 2019)


Era una noche oscura, pero no tormentosa. En la densa oscuridad de aquella calle que debería haber iluminado una farola que los chiquillos habían apedreado hasta apagarla, el sombrero de gran marca, algo asustado, caminaba aprisa para llegar al sitio donde tenía que llegar. Al doblar la esquina, comprendió que el temido encuentro estaba a punto de producirse: frente a él, quieta como si lo estuviese esperando, había una boina. Pero no una boina a cuadros de turista inglés ni verde claro al uso catalán; no, señores, ésa era una boina siciliana, de paño negro y torcida. Con un grito sofocado, el sombrero dio un paso atrás.

—¿Te he asustado? —se informó, a un tiempo cortés e irónica, la gorra.
—Bueno, sí.
—¿Y por qué?
—Bueno, ya se sabe qué representa la boina, ¿no? Y al verte así de repente frente a mí, en la oscuridad de una calle solitaria, enseguida he pensado en una mala boina, una boina con intenciones aviesas… ¿Adivino?
—Adivinas —respondió la boina sacando un revólver del bolsillo. Luego preguntó—: Dime antes una cosa. ¿Sobre qué cabeza estás?
—Sobre la cabeza del banquero más grande del mundo —respondió el sombrero.

La boina volvió a guardar el arma en el bolsillo, se hizo a un lado y se descubrió respetuosamente.

—Usted perdone, capo. No lo había reconocido —dijo con una inclinación.



en Gotas de Sicilia, 2001











martes, julio 16, 2019

"Y habrá fuego cayendo a nuestro alrededor", de Mario Pera

Inicio




Impedir que la hoja caiga
                                                   no como una hoja
                                                   sino como un puñal
                                                   no como una hoja
                                                   sino como un grito
descolgarse
siendo
sangre que brota de los huesos
imagen herrumbrada
de un árbol que se hunde en sí mismo
y resbala desde su alma
y arde
                         bosque sin raíz
                         caja de lápices que tras el verano
                         sigue la ruta de los mares y se ensancha
                         en un viaje
                                                  verti
                                                              cal,

ardor serpenteante en el vacío
                         rito de cerillo extinto
                         contra el tiempo               las fechas
                         la realidad           tronando entre las grietas
                         de una máscara de la que crece
                         el soplo oscuro
                         de la infancia
y no se aleja
como el gemido de un diapasón que en el invierno
endurece la tinta y la palabra que nutren
la espesura en nuestros dedos
en esta única región
que no es ningún lugar

                         está todo perdido
                         incluso este poema
                         en boca de los hombres

porque este poema termina aquí
o mejor
no termina nunca

para ser preciso un cuerpo
                                                     nada distinto al tuyo
                                                                               al mío
logró esquivar la herida de un goce
giro de espiral que se transforma
en una ágil bola de cielo que rueda
                                          en el corazón

(...)


Amargord ediciones, 2018




















lunes, julio 15, 2019

“Reanudación”, de Micaela Paredes Barraza





Tras tantas noches yermas hoy retornas.
Esta noche tu peso, entre mis palmas,
siento vuelve a latir y reconozco
al tacto tu espesor, vieja nostalgia.
Vencida creí verte, al fin ardiendo
en la llama primera de la danza
bailada por el tiempo, que en mi sangre
al mundo despertó y en la palabra
dio curso a la luz cría –al día inmenso
de Dios- anuló todas las distancias.

Pero hoy calas la noche. Con la lluvia
desciendes y me inundas la garganta.
Las horas encarnadas sueño adentro
se reducen a instante. Aquí, en el agua,
veo alejarse todo y todo ingresa
de nuevo al flujo informe. Ser estancia
vacía. Solo ser rastrojo hermoso:
inútil soledad llena de agua.



en Nocturnal, 2017












domingo, julio 14, 2019

“Ocúpate del reino del corazón, y lo demás te llegará”. Entrevista a Claudio Naranjo, de Víctor Amela



Valparaíso, Chile, 1932 – Berkeley, California, EE.UU., 2019



El siquiatra chileno Claudio Naranjo, divulgador del eneagrama, candidato al Nobel de la Paz y pionero en la integración de la sicología occidental y las corrientes orientales, aseguró que "el mal de nuestra cultura es que mira más hacia fuera que hacia adentro", y que "la educación debería enseñarnos a mirar hacia adentro”, ya que “nos han criado para la ceguera”.


¿Qué es el eneagrama?
Una herramienta de autoconocimiento, la más completa.

¿En qué consiste?
Es un mapa de las nueve pasiones que conforman tu personalidad: te ayuda a conocerlas y así identificar cuál de ellas te domina.

¿Cuáles son esas nueve pasiones?
Ira, orgullo, vanidad, envidia, avaricia, cobardía, gula, lujuria y pereza.

Suenan a los pecados capitales...
Los griegos ya enumeraron casi todas esas pasiones, llamadas luego “pecados” por el cristianismo, y que son a su vez los nueve eneatipos del eneagrama.

¿Y una de esas pasiones me domina?
Siempre hay una dominante sobre las demás: identifica cuál es la tuya, y así podrás trabajarte para equilibrarla con las demás.

¿Con qué fin?
Dejar de actuar reactivamente, con automatismos, como una máquina: ante cada situación serás capaz de actuar con conciencia.

¿Cuál es su pasión dominante?
La avaricia.

¿Sí?
He temido siempre quedarme sin nada: temeroso de la precariedad de mis recursos, me ha costado invertir en mis capacidades, he desconfiado de mí... Y eso me ha dejado en el filo del vivir, una vida por vivir.

¿No ha podido dominar esa avaricia?
Ya sí, pero ha sido difícil. Ya lo dijo Churchill: “El hombre se tropieza con la verdad, pero se levanta y sigue su camino”.

¿De dónde proviene el eneagrama?
De un esoterismo cristiano de Asia Central, que divulgó por Europa una especie de Sócrates ruso de principios del siglo XX, Gurdjieff. Y de él lo aprendió Óscar Ichazo, que me lo enseñó en el desierto de Arica.

¿Cómo fue usted a parar al desierto?
Era 1970, yo pasaba el peor momento de mi vida... Y me retiré durante seis meses.

¿Qué le había sucedido?
Mi segunda esposa tuvo un accidente de automóvil y murió mi hijo de once años.

Sobreponerse debió ser duro...
Yo tenía 37 años y me tendía en su camita y pasaba horas y horas llorando. Un día entendí que era llanto por lo que no había podido quererle. Sentí su presencia y dejé de llorar.

¿Y qué aprendió en el desierto?
Yo era médico psiquiatra. Vi que la medicina farmacológica abordaba síntomas, pero no la raíz del problema del paciente: la dejé para ejercer como psicoterapeuta.

¿Es muy malo que mande una pasión?
Lo malo es que en ese caso tu vida será más pequeña, automatizada, dilapidarás energías, pudiendo vivir más plenamente.

¿Qué automatismo le hizo ser médico?
A los seis años vi la luna llena y le pregunté a mi madre qué era eso. Me dijo que era un cuerpo celeste, como lo eran las estrellas, los planetas, y me habló de la gravedad. Experimenté un intenso placer ante esa vislumbre de conocimiento, y busqué repetir ese gozo. Eso me llevó a la ciencia.

Pero luego dejó la ciencia...
Cuando sentí que la filosofía y la psicología afrontaban mejor el dolor de la infelicidad.

¿Cuál ha sido su momento más feliz?
A los veinte años tuve una relación erótica con una conocida de cuarenta años, y sentí tanta alegría... ¡El mundo era bello! Sentí la alegría normal del vivir, y fui consciente de que yo no había estado vivo hasta entonces.

¿Ha llegado a conocerse perfectamente a sí mismo?
En el centro de la cebolla, si vas quitando capas y capas, no hay semilla, ¡no hay nada!

¿Qué significa esto?
Que lo único que hay son los demás. Antes yo me recluía en mi torre de marfil, pero hoy veo los problemas del mundo...

¿Cuáles son?
Todos derivan de una estructura patriarcal profunda, de modo que todos se diluirían si educásemos a los niños de otra manera.

¿Cómo exactamente?
Integrando intelecto, cuerpo, emociones y espíritu, para ser más amorosos, más libres, más sabios. Pero para eso es decisivo que primero eduquemos a los educadores.

¿Tenemos una educación no amorosa?
Demasiado intelectual, institucional, individualista, patriarcal y poco humanista. Nuestra sociedad sigue siendo machista y depredadora. Ya decía Cicerón: “Cada senador es sabio, pero el Senado es un idiota”.

¿Solución?
Integrar intelecto, amor e instinto, nuestros tres cerebros. Abrazarlos a los tres de verdad. Por ahora, el intelecto ha eclipsado el amor y ha demonizado el instinto.

¿Debo dejarme llevar por mi instinto?
Si te arrastra, no eres libre: se trata de aliarte con tu instinto.

¿Qué pasión domina hoy al mundo?
La vanidad. Se expresa en la pulsión por el éxito económico, la supremacía tecnológica, la confusión entre valor y precio...

¿Hacia dónde se encamina el mundo?
Muchos son los llamados, pero muchos son también los sordos. Hay una pulsión de transformación cierta, pero pasa por encender la luz y ver en tu propia oscuridad.

Y si lograse encenderla, ¿qué veré?
Sabrás que todo es pulsátil, que todo late. Si buscas el yo, acabarás topándote con la ausencia de yo: lo transformador es sentir el ser. Si eso sucede, tendrás días peores o mejores, pero recordarás el sabor del ser.

¿Un consejo definitivo?
Ocúpate del reino del corazón y el resto te llegará por añadidura.



Diario La Vanguardia, España, 17 de enero de 2012












sábado, julio 13, 2019

“Volvemos a casa”, de Dao Zhao Ming





Volvemos a casa por el viejo sendero,
apartando las ramas de los árboles.
El río murmura una oración de felicidad.
Lo escuchamos a unos metros de la puerta,
la emoción nos suelta de las manos.
Una suave brisa recorre el jardín de las rosas.
Nos volvemos a encontrar, tras años de ausencia,
habiendo llegado al final de este sendero.
Entramos en la casa y abrimos las ventanas
para seguir oyendo aquella música celeste.



Siglo VIII

en Poesía de la antigua china (Antología), 1956












viernes, julio 12, 2019

“El equipo de natación”, de Miranda July





Esta historia jamás te la hubiese contado cuando era tu novia. No hacías más que preguntarme, majaderamente, y tus conjeturas resultaban muy morbosas y concretas. ¿Era yo una mantenida? ¿Era Belvedere igual que Nevada, donde la prostitución es legal? ¿Me pasé desnuda todo un año? Daba la impresión de que la realidad empezaba a ser un territorio estéril. Y me di cuenta a tiempo de que si la verdad no tenía sentido, con toda probabilidad no sería tu novia durante mucho más tiempo.

*

Nunca había tenido intención de vivir en Belvedere, pero no podía soportar la idea de tener que pedir dinero a mis padres para irme a otro sitio. Todas las mañanas me asustaba recordar que vivía sola en aquella ciudad que ni siquiera era una ciudad, de lo pequeña que era. Solo había unas casas en torno a una gasolinera y, a unos dos kilómetros, carretera abajo, una tienda. Eso era todo. No tenía auto. Tampoco teléfono. Tenía veintidós años y les escribía a mis padres todas las semanas para contarles patrañas sobre mi trabajo en un programa llamado LEER, que consistía en leer cosas a jóvenes problemáticos. Les decía que era un programa piloto pagado con fondos públicos. Nunca decidí qué había detrás de las siglas LEER, pero, cada vez que escribía «programa piloto», me asombraba de mi habilidad para encontrar ese tipo de expresiones. Otra muy buena fue «intervención primaria».

Esta historia no será muy larga, ya que lo asombroso de aquel año fue, justamente, que casi no pasó nada. Los vecinos de Belvedere creían que me llamaba María. Nunca les dije que María era mi nombre, pero, por alguna razón que desconozco, empezaron a llamarme así, y la tarea de decirles a los tres únicos vecinos mi nombre verdadero era algo que me agobiaba. Aquellas tres personas se llamaban Elizabeth, Kelda y Jack Jack. No sé por qué duplicaban el nombre de Jack, y tampoco estoy del todo segura con respecto al nombre de Kelda, pero era así como me sonaba, y ése era el sonido que yo reproducía cuando me dirigía a ella. Los conocí porque les di clases de natación. Este es el verdadero centro de mi historia, porque cerca de Belvedere no había ningún sitio donde poder nadar; no había ni piscina. Un día comentaban ese asunto en la tienda y Jack Jack, que ahora debe estar muerto porque ya era un hombre viejo en aquel entonces, dijo que de todas formas aquello no le importaba en absoluto, ya que él y Kelda no sabían nadar, de modo que lo más probable era que se ahogaran. Elizabeth era prima de Kelda, me parece. Y Kelda era la mujer de Jack Jack. Los tres tenían unos ochenta años, por lo menos. Elizabeth dijo que ella había nadado mucho durante un verano en que fue a visitar a una prima suya (es evidente que no se trataba de su prima Kelda). La única razón por la que me sumé a la conversación fue que Elizabeth afirmaba con mucha seriedad que había que respirar debajo del agua para nadar. Eso no es verdad, grité. Aquéllas fueron las primeras palabras que pronuncié en voz alta desde hacía varias semanas. El corazón me palpitaba igual que cuando le pides a alguien que salga contigo. Lo que hay que hacer es contener la respiración, dije.

Elizabeth pareció enfadarse, aunque luego me aseguró que solo estaba bromeando. Kelda dijo que a ella le daría mucho miedo contener la respiración porque tuvo un tío que murió por contener demasiado la respiración en un concurso que se llamaba «Aguanta la Respiración». Jack Jack le preguntó si creía de verdad lo que acababa de decir y Kelda respondió: Sí. Claro que sí. Y Jack Jack le dijo: Tu tío murió de un derrame cerebral, Kelda, no sé de dónde sacas esas historias.

Después de aquello, los cuatro nos quedamos callados. En realidad, estaba disfrutando de aquella compañía y deseé que la conversación continuase. Cosa que ocurrió porque Jack Jack me dijo: De modo que sabes nadar.

Les conté que había formado parte de un equipo de natación en el instituto, y que incluso llegué a competir a nivel estatal, hasta que una escuela católica, la Bishop O'Dowd, nos derrotó. Parecía que estaban muy pero muy interesados en mi historia. Yo ni siquiera la había considerado nunca una historia, aunque, en aquel momento, me di cuenta de que era en realidad una historia muy apasionante, llena de dramatismo y de cloro, además de otras cosas que Elizabeth, Kelda y Jack Jack desconocían de primera mano. Fue Kelda la que dijo que le gustaría que hubiese una piscina en Belvedere, ya que no cabía duda de que eran muy afortunados al tener una entrenadora de natación viviendo allí. Yo no había dicho que fuese entrenadora, pero supe a lo que se refería. Era una pena.

Entonces sucedió algo extraño. Bajé la mirada a mis zapatos y vi el suelo marrón de linóleo. Mientras pensaba que estaría dispuesta a apostarme lo que fuese a que aquel suelo no había sido limpiado desde hacía un millón de años, sentí, de repente, que estaba muriéndome. Pero en vez de morir, dije: Puedo enseñarles a nadar. Y no necesitamos una piscina.

*

Nos reuníamos dos veces por semana en mi departamento. Cuando llegaban, yo ya tenía preparadas tres palanganas de agua caliente alineadas en el suelo, y una cuarta enfrente, la de la entrenadora. Añadía sal al agua, ya que, según parece, es saludable inhalar agua caliente con sal, y supuse que de manera accidental algo inhalarían. Les indiqué cómo tenían que colocar la nariz y la boca en el agua y cómo respirar de lado. Después les enseñé a mover las piernas y, por último, los brazos. Reconozco que aquéllas no eran las circunstancias idóneas para aprender a nadar, pero les expliqué que ése era el método de entrenamiento que empleaban los nadadores olímpicos cuando no tenían una piscina a mano. Sí, sí, ya lo sé, era una mentira, pero necesitábamos esa mentira porque éramos cuatro personas tendidas en el suelo de una cocina, pateando con estrépito como si estuviésemos enfadados, furiosos, como si estuviésemos decepcionados y frustrados y no nos diera miedo exteriorizarlo. La disciplina de la natación había que imponerla con firmeza para crearles la sugestión de que estaban dentro del agua. A Kelda le llevó varias semanas aprender a colocar la cara. Yo le decía: ¡Muy bien, muy bien! Contigo vamos a probar con una tabla flotadora. Y le di un libro. Kelda, es muy normal tenerle respeto a la palangana. Es la manera que tiene el cuerpo de decirte que no quiere morir. Y ella contestaba: no me lo dice.

Les enseñé todos los estilos de natación que sabía. El estilo mariposa era sencillamente increíble, lo nunca visto. Creí que el suelo de la cocina cedería, que se convertiría en una superficie líquida y que se llevaría a los tres, con Jack Jack a la cabeza. Era un alumno precoz, por no decir otra cosa. Cruzaba todo el suelo con la palangana de agua salada. Después de emprender una carrera hasta el dormitorio, volvía a la cocina agotado, sudoroso y lleno de polvo. Kelda, mientras sostenía el libro con ambas manos, levantaba la vista, le miraba y le sonreía satisfecha. Nada hacia mí, le decía él. Pero ella estaba demasiado asustada. La verdad es que se requiere de una fuerza extraordinaria para nadar fuera del agua.

Yo era de esa clase de entrenadores que, en lugar de sumergirse, permanecen junto a la piscina, pero estaba ocupada en todo momento. Puedo decirlo sin temor a resultar presuntuosa: era yo la que estaba allí en vez del agua. Estaba pendiente de todo. Les hablaba constantemente, igual que un entrenador de aeróbica, y tocaba el silbato a intervalos exactos para indicarles el límite de la piscina. Se daban la vuelta al unísono y nadaban en dirección contraria. Una vez que a Elizabeth se le olvidó usar los brazos, le grité: ¡Elizabeth! ¡Tienes los pies levantados, pero se te está hundiendo la cabeza! Y, como loca, empezó a dar brazadas, nivelándose enseguida. Con mi meticuloso y comunicativo método de entrenamiento, todas las zambullidas empezaban de manera perfecta, manteniendo el equilibrio sobre mi escritorio, y terminaban con un barrigazo sobre la cama. Pero eso solo lo hacíamos por seguridad. Aun así, se trataba de una inmersión, de despojarse del orgullo mamífero y aprovechar la gravedad. Elizabeth agregó una regla que consistía en que todos teníamos que emitir un ruido cuando nos tirábamos. Era una regla demasiado creativa para mi gusto, pero yo estaba abierta a las innovaciones. Quería ser ese tipo de monitor que aprende de sus alumnos. Kelda hacía el ruido de un árbol al caer, en el caso de que aquel árbol perteneciese al género femenino. Elizabeth hacía «ruidos espontáneos» que siempre sonaban idénticos, y Jack Jack decía: ¡Soltad las bombas! Al final de la clase, nos secábamos. Jack Jack me estrechaba la mano y Kelda o Elizabeth me dejaban algo de comida casera: un guiso o unos espaguetis. Ese era el trueque y resultaba tan ventajoso que no tuve necesidad de buscarme otro trabajo.

Eran dos horas a la semana, pero el resto de mi tiempo estaba supeditado a esas dos horas. La mañana de los martes y de los jueves me levantaba y pensaba: Práctica de natación. Las otras mañanas me levantaba y pensaba: Hoy no hay práctica de natación. Cuando me encontraba a alguno de mis alumnos por el pueblo —es decir, en la gasolinera o en la tienda— les preguntaba algo así como: ¿Has practicado para tirarte un piquero? Y me contestaba: ¡Estoy en eso, entrenadora!

Sé que te resultará difícil imaginarme como alguien a quien llaman «entrenadora». En Belvedere tenía una identidad muy diferente, por eso me resultaba tan difícil hablarte de aquello. Allí nunca tuve novio. No me dediqué al arte, no me sentía en absoluto artística. Era una especie de deportista. Era toda una deportista: era la entrenadora de un equipo de natación. De haber creído que eso te hubiese interesado de verdad, te lo habría contado mucho antes, y quizás aún estaríamos saliendo juntos. Han pasado tres horas desde que me tropecé contigo en la librería en la que estabas con la mujer del abrigo blanco. ¡Qué abrigo tan fabuloso! Se ve a las claras que eres muy feliz y que por fin te sientes del todo realizado, aunque hayan pasado tan solo dos semanas desde que terminamos. No estaba del todo segura de que hubiésemos terminado nuestra relación hasta que te vi con ella. Me pareciste increíblemente lejano, como alguien que se halla al otro lado de un lago. Un punto tan pequeño que no podría acertar a decir si era femenino o masculino, joven o viejo. Tiene gracia. Esta noche, a quien echo de menos es a Elizabeth, a Kelda y a Jack Jack. De una cosa estoy segura: están muertos. Qué sentimiento tan triste. Debo de ser la entrenadora de natación más triste de toda la historia.



en Nadie es más de aquí que tú, 2009











jueves, julio 11, 2019

«Arca rota jardín de nadie», de Claudio Archubi

Tres poemas




(Padre e hijo)

–He visto a mi caracol trepar por la pared blanca.
–El cuerpo es la pared blanca.
–Lo he visto subir insistente durante todo un día.
–El tiempo es la pared blanca.
–Quemado por el sol ascendía a ninguna parte.
–El amor es la pared blanca.
–Escuchaba el mar iba a ninguna parte.
–El sentido es la pared blanca.
–¿La pared es un espejo?
–Te separa del futuro.
–La cruza el mar, la cruza el viento, la cruzan el día y la noche.
–Rumoroso es el futuro.
–Durante tanto tiempo lo cuidé en la oscuridad: debía descender.
–Debía subir, siempre.



(Madre e hija)

–¿Qué es la Verdad?
–Una muñeca de trapo.
–¿La que está en el rincón?
–Una arrojada hace muchísimo tiempo.
–¿La que está rota?
–Una enterrada para siempre, intacta, unida a la tierra de abajo.
–¿Está escondida?
–Su tamaño crece hasta que pisas sobre ella.
–¿Y qué es lo que dice?
–Escucha y oirás.



(Padre e hija)

–Padre, ¿es la mentira una venda?
–No, la mentira es un cuchillo.
–¿Es la mentira un abrazo de odio?
–No, si el odio es una venda.
–¿Es la mentira un abrazo de amor?
–Sólo si el amor es un cuchillo.
–¿Es la mentira un dedo que señala?
–Si señala hay un cuchillo.
–¿La mentira mata?
–Mira este pan.
–¿La mentira divide?
–La mentira multiplica.
–¿La mentira rompe?
–La mentira abre.
–¿Es un dedo que señala el cielo?
–También se reza con un cuchillo.
–¿Un cuchillo para escarbar la tierra?
–Para encontrar una muñeca rota.
–¿Rota por otro cuchillo?
–Para que cada pedazo sea un cuchillo.





2018



















miércoles, julio 10, 2019

“Dolores Ibárruri llora lágrimas amargas”, de Antonio Tabucchi






Era un niño alegre, alegre de verdad, siempre estaba riéndose, de lo más alegre, y también tenía sentido del humor, por ejemplo mi hermana Elsa tenía la manía de contar chistes, se los sabía a centenares, y él en cuanto la veía corría a su encuentro y le gritaba: ¡tía Elsa, cuéntame un chiste!, ¡tía Elsa, cuéntame un chiste! Y se reía, pero cómo se divertía, igual que un adulto. Aquella alegría quizá la hubiera sacado precisamente de Elsa, que era muy vital, demasiado incluso, quizá un poco cabeza loca, en todo caso ella por lo menos ha sabido disfrutar de la vida, en fin, a su manera. Y también era cariñoso. Y siguió siéndolo de mayor. Alegre tal vez no, pero cariñoso mucho. Ni una sola vez se olvidaba de mi cumpleaños, hasta cuando estaba lejos, siempre algo, una rosa con Interflora, un telegrama, ¿quiere ver sus telegramas?, los tengo en esta cajita de cacao Droste, mire, del setenta hasta hoy son ocho telegramas, este de aquí, por ejemplo, es de hace cuatro años, escuche, dice: Piensa en ti agradecido, por la vida que le has dado, sí, está firmado Piticche, así es como le llamábamos nosotros, en los periódicos nunca lo han dicho, no lo sabe nadie, era una cosa que no salía de la familia, para nosotros era un gesto de ternura, le agradecería que usted tampoco lo mencionase, luego en los periódicos aparece entre comillas, después de su verdadero nombre: más conocido como «Piticche», es atroz, ¿no le parece? ¿Cómo va a entender la gente que es un nombre cariñoso? Tampoco usted lo entiende, podría explicarle el origen del nombre, su significado, pero lo que quiere decir para nosotros, eso no puede entenderlo nadie, en los nombres está el tiempo que hemos vivido juntos, las personas que se nos han muerto, las cosas que hicimos juntos, lugares, otros nombres, nuestra vida. Piticche quiere decir pequeñín. Él era muy pequeñín, de chiquitito. Era rubito, mire esta fotografía, tiene cuatro años, esa no, ahí tiene ocho años, esta de aquí, acurrucado junto a Pinocho, ¿no ve que Pinocho es más alto que él? 

En nuestra casa había un limonero, había crecido recostado contra la fachada, orientado al sur, sus ramas llegaban hasta la ventana del piso de arriba. Él se pasó la infancia jugando con un Pinocho, ese de la fotografía. «A correr, a saltar, que Pinocho va a pasar…», aún puedo oír su voz que repite la cantinela, abajo en el patio. En aquella época Rodolfo ya estaba enfermo, yo me pasaba mucho tiempo en la habitación atendiéndole, desde la ventana me llegaba su vocecita, siempre estaba trajinando con su Pinocho, era su única compañía, por lo general hacía que muriera ahorcándolo en el limonero, como en el libro hacen el gato y la zorra disfrazados de bandoleros, y luego le hacía un pequeño túmulo de tierra con una cruz de cañas, aunque naturalmente a Pinocho lo escondía en otro sitio. Entonces llegaba el hada de cabellos turquesa que iba a llorar ante la tumba de su Pinocho, es decir, ante el alcorque del limonero, el hada era yo, y él se quedaba observándome con gesto malicioso, porque ya nos habíamos puesto de acuerdo los dos, yo me arrodillaba ante el limonero y lloraba: «Pinochito, pobre Pinochito mío, nunca más volveré a verte, ¡ay, ay, ay!» Y entonces oía un hilillo de voz, porque fingíamos que venía de debajo de la tierra, que decía: «Hermanita guapa, no te desesperes así, si le quieres tu Pinocho está vivo.» Yo miraba a mi alrededor sorprendida, buscando esa voz, y lo veía a él de pie con las piernas muy tiesas como un muñeco, que me tendía los brazos moviéndolos como una marioneta, y yo corría a abrazarlo y le estrechaba contra mi pecho. Y mientras tenía lugar esta escena él se reía como un loco, daba brincos con las manos detrás de la espalda y hacía una especie de baile cantando: «A correr, a saltar, que Pinocho va a pasar.» Y así acababa el juego. 

El nombre se lo puso la señora Yvette: Pitì, pero él era quien se llamaba a sí mismo Piticche, señalándose el pecho. Era el cuarenta y nueve. A la señora Yvette y al señor Gustave los trajo Elsa, se los había encontrado en la estación de Livorno unos años antes, no sabían adónde ir, llevaban encima cuatro cazuelas y un gato siamés que murió un mes más tarde, se llamaban Mayer, él era apicultor en las Ardenas, huían hacia el sur sin una meta precisa, con tal de huir, pues de lo contrario los habrían deportado, Elsa les dijo que podían venirse a nuestra casa, un plato de sopa no les faltaría, dijeron que se marcharían cuando hubiese pasado el frente, al final se quedaron cuatro años, eran personas de gran delicadeza, nos volvimos casi parientes, la señora Yvette se murió el año pasado, tienen un hijo dentista en Marsella, luego ella se quedó embarazada de regreso a Francia, ¿que estoy divagando?, ya sé que divago, déjeme divagar, enseguida vuelvo a lo que iba, pues claro que lo quisimos, ¿tiene usted hijos?, ¿quiere usted a sus hijos?, ya lo sé, hay formas y formas. Mire, nos costó diez años el que llegara, lo intentamos todo, yo tenía un fibroma, no es que me molestase, pero si quería un hijo tenía que operarme, le hablo del año treinta y nueve, entonces no había penicilina, cogí una septicemia, para salvarme me dieron inyecciones de petróleo en un muslo, así la infección se localiza allí, sale un absceso y el cirujano lo corta, tengo las piernas repletas de cicatrices. Nació en el cuarenta y seis, no era un buen momento para nacer, anda que no nacieron en el cuarenta y seis, los soldados volvían a casa, los que no habían muerto. No, Rodolfo no cogió su enfermedad durante la guerra, volvió sano, aunque un poco más delgado, enfermó por primera vez en el cincuenta y uno, quién sabe por qué, si uno supiese por qué enferma nunca enfermaría, pero duró mucho tiempo, hasta el sesenta y uno, diez años, mejor dicho un poco más, murió en diciembre, discúlpeme si lloro, no quería llorar, pero las lágrimas se me salen solas, ¿que hago bien en llorar?, tiene usted razón, hago bien en llorar. La película que más me ha gustado en mi vida se llama Vacaciones en Roma, no es que haya visto muchas, pero de esa me acuerdo como si fuese ayer, con Gregory Peck, a mí me gustaba mucho Gregory Peck, de la actriz no me acuerdo, era una muy delgadita. Ya sé que no le interesa, pero verá como tiene que ver, era solo para decirle que Rodolfo nos había prometido irnos de excursión a Roma los tres juntos, parecía que estaba mejor, hacía años que parecía curado, habíamos hecho tantos proyectos durante tanto tiempo, Rodolfo incluso se había comprado un mapa de carreteras para estudiar el itinerario turístico que debíamos cubrir en dos días, no se lo voy a repetir ahora pero podría hacerlo, lo recuerdo perfectamente, pero luego de repente a Rodolfo le hizo falta la diálisis, dinero para ir a Roma no teníamos, así que nos fuimos a ver Vacaciones en Roma, y nos llevamos al niño también, aunque quizá para un niño de once años era una película aburrida, de todas formas se veían muchos monumentos de Roma, hay una escena muy divertida cuando él y ella van a visitar varios monumentos, y en un momento dado él mete la mano en la boca de un mascarón de piedra que está en el atrio de una iglesia y del que la leyenda cuenta que si uno dice una mentira la boca le muerde la mano, se vuelve hacia ella, ah, eso es, era Audrey Hepburn, y me parece que le dice «te amo», y en ese momento da un grito y saca el brazo sin mano porque la ha escondido en la manga de la chaqueta, y los dos se echan a reír y se abrazan. 

Siempre estuvimos muy cerca de él, cariño nunca le faltó, si era eso lo que pensaba. Fuimos una familia muy unida y él nunca nos dio quebraderos de cabeza, con Rodolfo en aquellas condiciones, si acaso consuelo, era tan inteligente, particularmente dotado para los estudios, siempre fue un alumno excepcional, diplomas, medallas, premios, yo no quería mandarlo a cursar el bachillerato, no me parecían estudios adecuados a nuestra condición, y además con el título de bachiller ¿qué haces?, en cambio con un diploma de contabilidad o de aparejador siempre puedes encontrar un empleo, pero fue su profesor quien me lo impidió, dijo que era un crimen, eso fue lo que dijo, un niño de excepcional inteligencia, con nueve en italiano y latín, mandarlo a formación profesional era un crimen. Por lo demás para sus estudios nunca tuve que gastar nada, ni siquiera más tarde, siempre se mantuvo solo, con su espléndida inteligencia: es un pequeño poeta, me dijo su profesor. Eso lo ha sacado de Rodolfo. ¿Dice usted que también sus ideas políticas? Dejémonos de tonterías. Cuando Rodolfo murió, él no tenía ni quince años, qué ideas quiere que tenga uno a esa edad. Claro que Rodolfo tenía sus ideas políticas, eran de sobra conocidas, me siento orgullosa de él, sí, participó en la Resistencia, claro, también en la guerra de España con las Brigadas Internacionales, tomó parte en la batalla del Ebro, conocía a los grandes personajes de aquel momento, Longo, El Campesino, la Pasionaria, de eso sí que hablaba siempre, sabe usted, eran sus recuerdos preferidos, sobre todo en los últimos años, cuando hablaba de la Pasionaria la llamaba la Dolores, o la Ibárruri, como si fueran íntimos, es como si estuviera viéndolo en el sofá, se pasaba las tardes en el sofá con una manta, estaba demacrado, las mejillas hundidas, la sombra de mi Rodolfo… y él que no dejaba de escucharle con los ojos muy atentos, hay que ver cómo le gustaban las historias de su padre, después cantaban juntos canciones españolas que Rodolfo se sabía, también Piticche se las aprendió enseguida, por ejemplo «Gandesa», «Si me quieres escribir ya sabes mi paradero, en el frente de Gandesa, primera línea de fuego…», no, no era comunista, era socialista libertario, nos contaba que había sido incluso amigo de la Pasionaria, que habían combatido hombro con hombro, que era una mujer excepcional, luego una vez tuvieron una discusión furibunda, ella le soltó algunas palabras de más y él le contestó que un día ella lloraría amargamente por los errores cometidos, hablaba de ella con mucha pena, decía que se había vendido a los rusos, que había cometido atrocidades con sus camaradas, era un soñador, mi Rodolfo, eso fue lo que le enseñó a nuestro hijo. Y además amaba la cultura, los libros, la de libros que llegó a leer, una especie de adoración, decía que en cada libro siempre hay un hombre y que quemar un libro es como quemar a una persona, fue él quien le enseñó el placer de leer… y también a escribir. Se escribían cartas, jugaban a un juego, era un juego precioso, lo que quiero decir es que era algo muy poético, creo yo, leían libros y después se escribían cartas como si cada uno de ellos fuese un personaje de los libros que habían leído, personajes inventados o personajes históricos, fue el último año de Rodolfo con vida, se escribieron docenas de cartas, el que recibía una carta la leía por la noche en la cena, para mí eran momentos muy hermosos, discúlpeme si lloro, Rodolfo recibió muchas cartas de Livingstone, a Piticche le gustaba muchísimo hacer de Livingstone, y luego de Huckleberry Finn, de Kim, de Gavroche, de Pasteur, estaban escritas con mucha madurez, todavía debo de tenerlas en algún sitio, a ver si uno de estos días me decido a buscarlas, y eso que solo tenía quince años, un niño. Rodolfo murió en diciembre del año sesenta y uno, ya sé que se lo he dicho, se pasó los últimos días muy inquieto, pero no por la enfermedad, estaba angustiado por lo que estaba sucediendo en el mundo, o sea en Rusia, no sé exactamente qué, sé que Kruschev había revelado las atrocidades cometidas por sus predecesores, y él se atormentaba, ya no dormía, ni los somníferos le hacían efecto, después un día llegó una carta para él, el remite decía: La Pasionaria, Moscú. Y dentro estaba escrito: Dolores Ibárruri llora lágrimas amargas.

Pues eso, así era mi hijo. ¿Qué le han hecho? He visto su foto en los periódicos, le han hecho pedazos, y yo ni siquiera he podido verlo, han escrito que ha hecho cosas… me falta valor para decirlo… atroces. ¿Han dicho atroces? Pues usted ha podido escuchar otra historia, la historia de una persona a la que usted no conoce, yo le he hablado de mi Piticche, le agradecería que no mencionase este nombre en su periódico, discúlpeme si lloro, no quería llorar, pero las lágrimas se me salen solas, ¿que hago bien en llorar?, tiene usted razón, hago bien en llorar.



en Cuentos, 2018
Originalmente en El juego del revés, 1981