jueves, septiembre 21, 2017

“Sobre ‘La limpieza étnica de Palestina’ de Ilan Pappé”, de Jesús Aller




 
Sería difícil encontrar un conflicto en el mundo actual en el que la propaganda y la falsificación de la historia tengan un papel más crucial que el que se vive en la ensangrentada tierra de Palestina. La capacidad que muestra aquí el pensamiento dominante de invertir los roles de víctimas y verdugos, a la vez que santifica a estos con el hábito de la mayor respetabilidad, resulta ciertamente impactante. Nos enfrentamos en este caso a una maquinaria prodigiosa de confusión y engaño, y es necesario un heroico esfuerzo de racionalidad y rigor en el análisis histórico que sirva de apoyo a la presión de la comunidad internacional sobre los que violan sistemáticamente todo tipo de derechos. Ilan Pappé (Haifa, 1954) ocupa un lugar destacado entre los investigadores israelíes empeñados en construir un relato riguroso de lo que otros distorsionan, y eso lo llevó a tener que abandonar su tierra natal para instalarse en el Reino Unido, donde imparte clases en la Universidad de Exeter, donde también es director del European Centre for Palestine Studies. Publicado en su versión original inglesa en 2006, La limpieza étnica de Palestina es uno de sus textos fundamentales, y se convirtió pronto en referencia imprescindible sobre la historia reciente de Oriente Medio.

En el prefacio del libro, Pappé manifiesta su intención de proponer un nuevo paradigma para explicar los hechos de 1948 que dieron lugar al estado de Israel. Frente a la “huida voluntaria de los palestinos” propuesta por los historiadores sionistas, y la Nakba (desastre, sin énfasis en sus agentes causales) de los palestinos, será este el de la “limpieza étnica”. Se trata, según él, de enfatizar el carácter criminal y planificado de lo sucedido entonces, en la certeza de que sólo un conocimiento de las responsabilidades contraídas puede sentar las bases para cualquier solución justa. Limpieza étnica es la expulsión mediante la fuerza de toda o una parte de la población de un territorio con vistas a su homogeneización étnica, siendo corolarios casi inevitables de ella una amputación de la historia y la creación de un problema de refugiados. El propósito del libro es demostrar que esto es exactamente lo que ocurrió en Palestina en 1948.

En el siglo XX, el movimiento sionista adoptó una estrategia clara de reivindicación de Palestina, que se manifestó en compra de tierras y un aumento de los asentamientos, pero es sólo con el mandato británico, a partir de 1918, cuando comenzó la lucha política por el control del territorio, mientras se creaba ya el embrión de un ejército (Haganá, 1920) y se recopilaba información exhaustiva sobre cada aldea palestina. Desahucios y expulsiones empezaron a estar a la orden del día, y las revueltas de unos árabes que barruntaban lo que se les venía encima (1929, 1936) fueron reprimidas ferozmente. Tras la Segunda Guerra Mundial, los británicos patrocinaron una solución democrática para el conflicto planteado, pero en febrero de 1947, forzados por las operaciones terroristas de los sionistas, decidieron abandonar el país y dejar su futuro en manos de la recién nacida ONU.

El plan de partición de la ONU (resolución 181 de noviembre de 1947) significó sobre todo una cesión ante las presiones sionistas y un ultraje a la voluntad e intereses de la mayor parte de la población de Palestina. Tras ser aprobado, y cuando las revueltas de los palestinos no alcanzaron una magnitud que permitiera presentarlas como justificadoras de una política de represalias, David Ben-Gurión (1886-1973) y la directiva del movimiento sionista tomaron la decisión de provocar ellos una situación de guerra que creara las condiciones propicias para implementar la limpieza étnica. Así, en diciembre de 1947 comenzaron una campaña de intimidaciones y asesinatos, tras la cual a finales de enero ya había mil quinientos palestinos muertos. Las cuatrocientas bajas de los judíos en ese tiempo permitían a Ben-Gurión hablar, subrepticiamente, en sus discursos de un segundo Holocausto.

En febrero y marzo de 1948 se produjeron operaciones de limpieza importantes, con alguna respuesta por parte de los escasos voluntarios del Ejército Árabe de Liberación llegados de diversos países para defender Palestina. En marzo también, tras sucesivos proyectos, los objetivos a cubrir se plasmaron por la ejecutiva sionista en el ambicioso Plan D, que implicaba forzar la expulsión de los palestinos para construir un estado judío de la mayor extensión posible.

El cambio en el mes de abril fue simplemente el paso de ataques esporádicos a una operación de limpieza étnica sistemática, aunque la historiografía sionista trata de venderlo cómo el heroico contraataque de una población sitiada y en grave peligro. Pappé describe con detalle la progresión real de los hechos y la cobertura propagandística creada en torno a ellos. Aldeas que en muchos casos no opusieron ninguna resistencia fueron borradas de la faz de la tierra, y sus habitantes expulsados o masacrados. Luego vinieron las ofensivas contra centros urbanos, y los palestinos de Tiberíades y Haifa sufrieron el mismo destino, en ocasiones ante la mirada de los soldados británicos que hubieran debido defenderlos; en Safed, la escasa resistencia de los árabes, pobremente armados, fue fácilmente aplastada. El único lugar donde los británicos hicieron algún esfuerzo por detener la limpieza étnica fue Shaykh Jarrah (un barrio de Jerusalén), donde ciertamente lo lograron; en cuanto al resto de la ciudad, la intervención de la Legión jordana consiguió sólo retrasarla. Ante el avance de los acontecimientos, en abril el Consejo de la Liga Árabe tomó la decisión de enviar tropas a Palestina. Para entonces, un cuarto de millón de palestinos habían sido expulsados de sus hogares, se habían destruido doscientas aldeas y decenas de ciudades habían sido vaciadas. 

El ataque a las ciudades continuó en la primera quincena de mayo en Baysán, Jaffa y también en Acre, donde hay fundadas sospechas de que los sionistas propagaron el tifus entre los sitiados. La resistencia fue escasa y todas fueron “limpiadas”. El 14 de mayo fue proclamado el estado de Israel y un día después las unidades árabes empezaron a entrar en Palestina. No obstante, su acometividad mostró ser exigua, lo que se explica si tenemos en cuenta que su comandante supremo era el rey de Jordania, Abdullah, que tenía un pacto secreto con los sionistas para que se respetara su derecho sobre Cisjordania y Jerusalén previsto en la resolución de partición. De hecho, la limpieza étnica siguió implacable tras esta fecha con el mismo ritmo y métodos desarrollados hasta entonces: expulsiones y destrucción de aldeas, salpicados de masacres, como la de Tantura, que solían producirse cuando se oponía alguna resistencia. El 24 de mayo, el ejército israelí recibió un gran cargamento de cañones procedentes del bloque comunista, y en junio modernos aeroplanos, con lo que su superioridad militar pasó a ser abrumadora.

De junio a septiembre de 1948 continúan las operaciones de limpieza, uno de cuyos escenarios más sangrientos es Galilea con masacres apoyadas por la aviación. Pappé nos acerca a los rasgos de la sociedad bien integrada de gentes de distintos credos, abierta e innovadora que fue allí aniquilada. Después, cuando se desató el desastre, los drusos colaboraron con los sionistas. Las treguas de esta época, propuestas por el emisario de la ONU, Folke Bernadotte, y aceptadas por los israelíes, afectaron sobre todo al enfrentamiento armado con las fuerzas árabes, pero sólo ralentizaron la limpieza. Bernadotte, comprometido a buscar una solución justa al conflicto, fue asesinado por los sionistas en septiembre, mismo mes en que las aldeas del Wadi Ara, comandadas por oficiales iraquíes, defendieron su tierra ante la acometida en uno de los capítulos más heroicos de la Nakba.

A partir de octubre de 1948 los sionistas completan el trabajo y así, para empezar, en una ambiciosa ofensiva (operación Hiram) consiguen tomar la alta Galilea y el sur del Líbano, no sin que se les opusiera una tenaz aunque mal pertrechada resistencia. Hubo matanzas y expulsiones, pero algunas aldeas lograron salvarse. De hecho, a pesar de todo esto y la ocupación que siguió, las confiscaciones de tierras de los 70 y el esfuerzo por fomentar los asentamientos judíos, aún hoy día aproximadamente la mitad de la población de Galilea sigue siendo palestina. En octubre hubo también operaciones de limpieza étnica y salvajes masacres, como la de Dawaymeh, en el sur de Palestina. Los asesinatos y deportaciones continuaron durante 1949 ante la mirada de los observadores de la ONU desplegados en el país, y puede decirse que la fase aguda de la limpieza concluyó con el comienzo de 1950.

La estrategia israelí tuvo luego dos frentes: la consolidación de lo conquistado con demoliciones y creación de enclaves judíos, y resistencia diplomática a las presiones internacionales que exigían el regreso de los refugiados. Muchos supervivientes de la Nakba fueron asesinados al intentar volver a sus hogares al tiempo que otros, clasificados como “sospechosos”, eran hacinados en campos de prisioneros improvisados, en los que siguieron las ejecuciones sumarias, o sometidos a trabajos forzados. Los más afortunados fueron simplemente robados, vejados y atropellados bajo la ocupación. Pappé nos pone al corriente de los malabarismos legales empleados por Israel para quedarse con todas las tierras y propiedades de los palestinos. Al tiempo que las aldeas eran arrasadas, demoliciones selectivas en las ciudades transformaron su fisonomía. De esta forma, muchas joyas arquitectónicas y lugares de culto, musulmanes y cristianos, fueron destruidos.

El crimen final hubo de ser el memoricidio: la ingente tarea de atribuir, en un alarde de imaginación, nombres bíblicos a todo lo robado; las replantaciones de especies alóctonas, como pinos y cipreses, sobre las aldeas aniquiladas, aunque higueras, almendros, olivares y cactus florezcan tercamente cada primavera y sean mudos testigos de otra vida que allí existió; alimentar el mito de la tierra vacía y árida antes de la llegada del sionismo. La triste historia que sigue es la de la ONU impotente, la de las negociaciones estériles y la voracidad que continúa hasta nuestros días. Israel tiene bombas atómicas para impedir cualquier solución justa o razonable.

A finales de 1947, cuando la ONU entrega una buena parte de su país a los sionistas, los palestinos contaban ya con una larga experiencia de sometimiento colonial que les aconsejaba no esperar nada bueno del futuro, pero de ninguna manera podían imaginar algo tan terrible como lo que les aguardaba esta vez. Esto explica su pasividad en aquellos meses decisivos. Desencadenada la arremetida sionista, su cruel destino fue ser abandonados por todos, masacrados o forzados a la expulsión y desposeídos hasta de la memoria del crimen cometido con ellos.

La limpieza étnica de Palestina describe con amor la riqueza y belleza de aquel hermoso país que fue Palestina, donde gentes diversas habían aprendido a convivir, pero es sobre todo la crónica minuciosa de cómo se consumó el empeño de robar un territorio a sus habitantes, y de cómo la extorsión, el asesinato y la guerra fueron en cada momento los instrumentos idóneos para conseguirlo. A nadie es ajeno el libro, porque todos somos, con nuestra ignorancia y nuestro silencio, cómplices de un crimen que se prolonga hasta hoy.



en Rebelión.org, 16 de enero de 2017 








miércoles, septiembre 20, 2017

"Fulgor y muerte de Joaquín Murieta", de Pablo Neruda

Fragmento


Edición conmemorativa a 50 años de su estreno mundial
en el Teatro Antonio Varas de Santiago de Chile



Antecedencia


El fantasma de Joaquín Murieta recorre aún las Californias.

En las noches de luna se le ve cruzar, cabalgando su caballo vengativo, por los páramos de Sonora, o desaparecer en las soledades de la Sierra Madre mexicana.

Los pasos del fantasma, sin embargo, se dirigen a Chile, y esto lo saben los chilenos, los chilenos del campo y del pueblo, los chilenos de minas, montañas, estepas, caseríos, los chilenos del mar, del Golfo de Penas.

Cuando salió de Valparaíso a buscar el oro y a conquistar la muerte, no sabía que su nacionalidad sería repartida y su personalidad desmenuzada. No sabía que su recuerdo sería decapitado como él mismo lo fuera por aquellos que lo injusticiaron.

Pero Joaquín Murieta fue chileno.

Yo conozco las pruebas. Pero estas páginas no tienen por objeto probar hechos ni sombras. Por el contrario. Porque entre sombras y hechos corre mi personaje invisible. Lo rodea una tormenta de fuego y sangre, de codicia, atropello e insurrección.

Tanto dio que hacer Joaquín Murieta que aún ahora quieren borrarlo del mapa. Una nueva teoría se ha agregado a las otras. Que no hubo un Murieta, sino varios: un Joaquín, sino siete. Siete jefes, siete bandas.

Esta es una manera más de disolver al rebelde. Yo no la acepto. Porque el que se acerca a la verdad y a la leyenda de nuestro bandido siente su mirada magnética.

Su cabeza cortada reclamó esta cantata y yo la he escrito no sólo como un oratorio insurreccional, sino como una partida de nacimiento.

Sus papeles de identidad se perdieron en los terremotos de Valparaíso y en las contiendas del oro. Por eso tenía que nacer de nuevo, a su manera, sombra o llama, protagonista de una época dura, vengador sin esperanza.

Si me dejé llevar por el viento de furia que lo acompañó, si mis palabras parecieren excesivas, me quedaré contento.

Porque al emprender este canto tal vez sólo pretendí asomarme a las hazañas del rebelde. Pero éste me hizo participar de su existencia. Por eso aquí doy testimonio del fulgor de esa vida y de la extensión de esa muerte.





1967


















martes, septiembre 19, 2017

"Signos de los tiempos", de Charles Simic

© Traducción Juan Carlos Villavicencio






Para una mente llena de inquietud
la hierba temblorosa de una carretera es Casandra,
y así la vista
de una biblioteca pública sellada por tablas,
hileras de libros más allá de sus ventanillas
por años sin abrir,
un viejo perro enfermo en sus peldaños
y un hombre desplomado junto a él,
su boca trabajando silenciosamente
como un actor incapaz de recordar sus líneas
al final de una farsa trágica más.






en Scribbled in the dark, 2017



















Signs of the times

For a mind full of disquiet / A trembling roadside weed is Cassandra, / And so is the sight / Of a boarded up public library, / The rows of books beyond its windows / Unopened for years, / The sickly old dog on its steps, / And a man slumped next to him, / His mouth working mutely / Like an actor unable to recall his lines / At the end of some tragic farce.







lunes, septiembre 18, 2017

“El gato de Dick Baker”, de Mark Twain




 
Uno de los camaradas que allí tuve, otra víctima de dieciocho años de penosos esfuerzos nunca recompensados y de esperanzas frustradas, era una de las almas más cándidas que nunca hayan cargado pacientemente con su cruz en un agotador exilio; me refiero al serio y sencillo Dick Baker, buscador de oro en el barranco del Caballo Muerto. Tenía cuarenta y seis años, era gris como una rata, adusto, reflexivo, de cultura poco pulida, indumentaria descuidada y siempre estaba sucio de barro; pero su corazón estaba hecho de un metal más noble que todo el oro que su pala hubiera logrado sacar a la luz... más noble incluso que el mejor oro que nunca se haya podido arrancar a la tierra o acuñar.

Siempre que estaba de mala racha y un poco decaído, le daba por lamentarse de la pérdida de un gato maravilloso que había tenido en otros tiempos (porque allí donde no hay mujeres ni niños, los hombres de inclinaciones bondadosas se encariñan con alguna mascota, ya que necesitan volcar su afecto en algo). Cuando hablaba de la singular astucia de aquel gato, se veía que en su fuero interno estaba convencido de que aquel animal tenía algo de humano... o incluso de sobrenatural.

Yo le oí hablar de su gato en una ocasión. Y lo que contó fue lo siguiente:

—Caballeros, en otra época tuve un gato que respondía al nombre de Tomás Cuarzo y que, creo yo, les habría interesado... porque casi todo el mundo lo encontraba interesante. Ocho años lo tuve conmigo, y era el gato más extraordinario que he visto en mi vida. Era un gatazo gris con más sentido común que cualquier hombre de este campamento; y con tanta dignidad y poderío que ni al mismísimo gobernador de California le hubiera permitido tomarse confianzas con él. En su vida no atrapó ni una sola rata, no señor, no se dignaba hacer esas cosas. Nunca demostró interés por nada que no fuera la minería. Sabía más de minería, ese gato, que cualquier hombre de cuantos he conocido. No le podías explicar nada que no supiera sobre lavaderos de oro, y en cuanto a la explotación de bolsas, bueno, era como si hubiera nacido para dedicarse a ello. Se ponía a escarbar con Jim y conmigo cuando salíamos a hacer prospecciones por los montes, y si nos alejábamos ocho kilómetros, ocho kilómetros venía trotando detrás de nosotros. Además tenía un ojo clínico para los terrenos de laboreo, era algo nunca visto. Cuando nos poníamos a trabajar, echaba una ojeada a su alrededor y, si los indicios no le daban buena espina, nos miraba como diciendo: «Bueno, ustedes sabrán disculparme», y sin una palabra más levantaba la nariz y echaba a andar hacia casa. Pero si el terreno escogido le parecía bien, se tumbaba y no rechistaba hasta que lavábamos la primera batea, y entonces se acercaba a echar un vistazo, y si había allí seis o siete pepitas de oro, se daba por satisfecho... no aspiraba a una prospección mejor que aquélla; luego se tumbaba sobre nuestros abrigos y se ponía a roncar como un barco de vapor hasta que dábamos con la bolsa; entonces se levantaba para dirigirnos. Eso sí que no le daba ninguna pereza.

»Pues bien, pasó el tiempo y llegó aquel año de la locura por el cuarzo. Todo el mundo se metió en ello; ya nadie removía la tierra de las montañas a paletadas, todo era cavar y cavar y perforar el suelo con barrenos; no quedó nadie que no abriera un pozo en lugar de escarbar en la superficie. Jim no quería saber nada del asunto, pero como también nosotros tenemos que explotar las vetas, nos pusimos a buscar. Comenzamos por abrir un pozo y Tomás Cuarzo se preguntaba qué demonios hacíamos. Nunca había visto buscar oro de esa manera y no sabía cómo explicárselo; se podría decir que no lograba comprenderlo por más que lo intentara, aquello le superaba. Y además le fastidiaba, claro está; le fastidiaba muchísimo, y siempre parecía estar diciendo que era una condenada sandez. Pero es que ese gato siempre estaba en contra de cualquier método nuevo que se pusiera de moda, no los soportaba. Ya saben lo que pasa cuando uno se acostumbra a algo. Con el tiempo, Tomás Cuarzo empezó a ceder un poco, aunque sin llegar a comprender del todo a qué se debía esto de pasarse la vida excavando un pozo del que nunca se sacaba nada. Al final se decidió a bajar al pozo para tratar de aclarar el asunto. Y cuando le entraba la tristeza y se sentía un inútil, y se enfadaba y se hartaba de todo, sabiendo que cada vez debíamos más dinero y no estábamos ganando ni un céntimo, se enroscaba en un rincón sobre un saco y echaba un sueñecito. Pues bien, cuando ya habíamos llegado a dos metros y medio de profundidad, la roca se volvió tan dura que tuvimos que meterle un barreno, el primer barreno que utilizábamos desde que había nacido Tomás Cuarzo. Prendimos la mecha, salimos al exterior y nos alejamos a unos cincuenta metros, pero nos olvidamos de que habíamos dejado a Tomás Cuarzo profundamente dormido sobre un saco. Habría pasado un minuto cuando vimos salir del agujero una nubecita de humo y al poco un estallido formidable hizo saltar todo en pedazos; algo así como cuatro toneladas de piedras, tierra, humo y esquirlas volaron hasta unos dos kilómetros de distancia y, ¡Santo Dios!, justo en medio de todo aquello el pobre Tomás Cuarzo había salido despedido por los aires dando volteretas, entre bufidos y resoplidos, mientras trataba de agarrarse a algo como un poseso. Pero no le valió de nada, no señor, de nada. Durante un par de minutos y medio no volvimos a verlo; luego, de repente, comenzaron a llover piedras y escombros y Tomás Cuarzo cayó como un plomo a unos tres metros de donde estábamos. Apuesto a que en aquel momento era el animal de aspecto más desastrado que nunca se haya visto. Tenía una oreja en el cogote, la cola de punta, las pestañas chamuscadas, y estaba tiznado de polvo y de humo, todo pringado de barro de arriba abajo. En fin, como no era cuestión de pedirle disculpas, nos quedamos sin saber qué decir. Él se miró con expresión de asco y luego nos miró a nosotros, y fue tal y como si nos dijera: «Caballeros, quizá ustedes crean que es muy gracioso burlarse de un gato sin experiencia en la extracción de cuarzo, pero yo soy de una opinión muy distinta»... y a continuación dio media vuelta y se marchó a casa sin pronunciar ni una palabra más.

»Él era así. Y aunque no me crean, a partir de entonces nunca se vio un gato con tantos prejuicios contra la explotación de las minas de cuarzo como él. Con el tiempo, cuando volvió a acostumbrarse a bajar al pozo, se habrían quedado asombrados de su sagacidad. En cuanto cogíamos un barreno y la mecha empezaba a chisporrotear, nos echaba una mirada que quería decir: «Bueno, tendrán ustedes que disculparme», y era increíble la velocidad a la que salía del pozo para trepar a un árbol. ¿Sagacidad? Lo suyo era algo más. ¡Verdadera inspiración!

—Desde luego, señor Baker, los prejuicios que tenía su gato contra las minas de cuarzo resultan asombrosos si se tiene en cuenta cómo los adquirió —comenté—. ¿Nunca logró curarlo de esos recelos?
—¡Curarlo! ¡Claro que no! Cuando Tomás Cuarzo le cogía manía a algo, se la cogía para siempre... y aunque hubiéramos tratado de convencerlo tres millones de veces, no habríamos logrado quitarle sus condenados prejuicios contra las minas de cuarzo.



en Cuentos completos, 2012









domingo, septiembre 17, 2017

"A Víctor Rodríguez Núñez: Apuntes para una presentación", de Raúl Zurita






Cuando el cometa Halley
ese viejo maleante de los cielos
cruzó a navajazos el vientre de la noche


Es un privilegio y una enorme alegría estar hoy en esta casa de Pablo Neruda y presentar Del Arco Iris y el Relámpago, la antología de la obra de uno de los poetas más relevantes de la poesía latinoamericana de hoy: Víctor Rodríguez Núñez, y que acaban de publicar los amigos de Descontexto Editores. Las tres líneas citadas arriba son un fragmento del segundo poema de esta antología, “Prólogo a La arboleda perdida de Rafael Alberti”, y que a su vez forma parte de Con raro Olor a Mundo, el segundo libro de Víctor publicado en Cuba en 1981. Son tres líneas, pero su nitidez, su transparencia, su poder evocativo y fuerza, adelantan uno de los rasgos que atraviesan la totalidad de la obra de Rodríguez Núñez: su altísima visibilidad, todo lo que dicen sus poemas puede ser visto o puede ser representado visualmente, restituyéndole de ese modo a la poesía, a la poesía de nuestros días, el antiguo sentido de la imagen y su rol de mediadora entre las distintas capas de lo realidad.

Me ha parecido entonces que esa restitución, que hay que entenderla dentro del tejido total de la escritura de Rodríguez Núñez, resulta medular porque al mostrarnos nuevamente la imagen, lo que nos muestra es exactamente aquello que hace que la poesía sea el espacio de mediación que permite que se constituya la existencia. La poesía media entre la vida y la nada, entre la plenitud de un universo desbordado de sí mismo y lo efímero de nuestra vida, y la imagen poética es, análogamente, una imagen de esa imagen, vale decir, de ese traspaso gigantesco a través del cual hacemos nuestra la totalidad de lo existente al mismo tiempo que nos hacemos parte de ella. Sin ese traspaso, aquello que persistimos en denominar lo humano, sería inconcebible.

Vivimos en la época de la agonía de las lenguas, despedazadas bajo la omnipresencia de la lengua unívoca del capital, la publicidad, donde ninguna palabra nombra lo que nombra, ninguna frase dice lo que dice ni ninguna imagen muestra lo que muestra, y la expresión más radical de la resistencia contra esa imposición es el poema. Precisamente el drama de esa lucha, su abismo, su transparencia, su amor no por “la palabra” como suelen declarar con encendida grandilocuencia algunos oficiantes, sino por las significaciones concretas de las palabras, es decir, su amor por cada detalle del mundo; es lo que le da a la poesía de Víctor Rodríguez Núñez su vigencia y su amplitud, su humor y su libertad.

Situada en las antípodas tanto de las increíbles simplificaciones de la mayor parte de la poesía de la experiencia o, más recientemente, de los algo caricaturescos poetas autodenominados “de la incertidumbre” que descubren la pólvora de la poesía “comprensible” 60 años después del aterrizaje de la antipoesía de Nicanor Parra, como de la gratuidad infinita, si se quiere más intolerable aún, de una parte no menor del neobarroquismo latinoamericano; la obra de Víctor Rodríguez Núñez representa una profunda revitalización del lenguaje poético, haciéndonos ver que la poesía da cuenta de sí misma precisamente porque da cuenta del mundo, y que si se repliega para preguntarse sobre su propia condición, como afirmaba Paz, no es porque se haya eximido de lo que la inmensa mayoría de los seres humanos continúan llamando lo real, sino al contrario, porque la pregunta es en sí misma el confín más extremo de esa realidad.

La poesía es lo que media entre el sueño y el despertar, entre todo aquello que nos desborda y el espacio enclaustrado de nuestra intimidad; entre la historia y el tiempo y lo instantáneo de nuestra experiencia, entre la vida a veces inconsolable de un mundo feroz y la plenitud a veces extrañamente consoladora de la muerte, en suma, la poesía es la mediadora entre la experiencia y el lenguaje. Es decir, entre el Arco Iris y el Relámpago, entre el cometa Halley, la noche acuchillada y nuestros empañados ojos.

Gracias por tu gran poesía Víctor. Te estábamos esperando.




Enero, 2017







Disponible en Librerías de Lastarria, Drugstore, Valparaíso, 
Puerto Varas, Puerto Montt y venta directa en Descontexto Editores











sábado, septiembre 16, 2017

“Un deseo para mi hijo”, de Su Tong-Po




 
Todos queremos un hijo inteligente.
Sin embargo, la inteligencia
Me ha hecho perder la vida.
Ahora quiero un niño ignorante
Y estúpido.
Sin tormentas, será ministro.



en Poesía china (Rafael Alberti y María León), 1960









viernes, septiembre 15, 2017

"El pescador ciego", de Mia Couto

Fragmento




Vivimos lejos de nosotros, en distante fingimiento. Nos desaparecemos. ¿Por qué nos preferimos en esa oscuridad interior? Tal vez porque lo oscuro junta las cosas, cose los hilos de lo disperso. En el cobijo de la noche, lo imposible gana la suposición de lo visible. En esa ilusión descansan nuestros fantasmas. Escribo todo esto incluso antes de empezar. Escritura de agua de quien no quiere recuerdos, el definitivo destino de la tinta. Todo por Maneca Mazembe, el pescador ciego. El caso fue que él se vació ambos ojos, dos pozos bebidos por el sol. Cómo perdió la vista es cosa de no creer. Existen esas historias que, cuanto más se cuentan, menos se conocen. Muchas voces, al final, sólo producen silencio.




en Cada Homem é uma Raça, 1990












jueves, septiembre 14, 2017

“El pozo”, de Luis Mateo Díez




 
Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años.
Fue una de esas tragedias familiares que solo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa.
Veinte años después mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse.
En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en el interior.
«Este es un mundo como otro cualquiera», decía el mensaje.



en Albanito, amigo mío y otros relatos, 1989









miércoles, septiembre 13, 2017

"Espejo y avenida", de Andrés Morales






¿Adónde caminar por estas calles
si el ritmo de mi boca está despierto;
a dónde, solo, quieto, medio muerto,
mirando aquel espejo de Versalles?

Aquí, en el invierno, en este plato
abriéndome camino con los ojos,
sencillamente sordo, mudo, rojo
roncando sin salir de mis zapatos.

Tal vez alzando el brazo y olvidando
la bilis y la sangre detenida:
tal vez con la razón o equivocado,

mordiendo los metales, tiritando,
iré por el azul de la avenida,
por este azul de grito abandonado.





en Tránsfugo, 2017












Contigo, hermano, toda la fuerza no más que tú todo lo puedes
















martes, septiembre 12, 2017

“Últimos días del arquero feliz”, de Osvaldo Soriano






A un siglo de la invención del penal

El 15 de setiembre de 1891 el Notts County le iba ganando como visitante al Stoke City por uno a cero. Faltaban cuatro minutos para el final cuando el puntero derecho del Stoke eludió a dos adversarios y encaró el arco haciendo una diagonal. Un suave otoño iluminaba las islas británicas mientras el escandaloso Oscar Wilde entraba en la cárcel de Reading. Lejos de allí, en Buenos Aires, el partido opositor al régimen «falaz y descreído» se quebraba en dos y Alem e Irigoyen fundaban la Unión Cívica Radical. Tío y sobrino habían participado de una revolución y planeaban otra, ignorantes del apuro que tenía el delantero del Stoke por acercarse al arco del que ya empezaba a salir el guardián con los brazos levantados y la gorra metida hasta las orejas.

Wilde había publicado El retrato de Dorian Grey y la justicia victoriana no vaciló en enviarlo a la cárcel por ostentosa apología de la homosexualidad. Ese escándalo, como la renuncia del príncipe Bismarck, el «Canciller de hierro» de Prusia, habrán sido evocados por el fogoso Leandro Alem en las tertulias del café Tortoni, donde se comentaban los despachos de Europa. Entre tanto, el wing del Stoke eludía a un tercer defensor y se perfilaba para calcular su tiro mientras el arquero dudaba a mitad de camino y un half del Notts cruzaba, desesperado, para cubrir su valla.

Aquel día de setiembre ocurrían otras cosas inolvidables en el mundo. Había comenzado la construcción del ferrocarril transiberiano, Claude Monet acaba de pintar Las ninfas y Émile Zola gozaba el grandioso éxito de La bestia humana.

Abstraído, el arquero del Notts pensó que no había abandonado su arco en vano: aquellos veinte pasos habían achicado el ángulo de tiro del adversario y lo obligaron a sacar un remate alto que describió una comba y fue a rebotar en el travesaño. Mucho público miraba el partido y los seguidores del Stoke se pusieron de pie al ver que la pelota picaba y quedaba de nuevo para el puntero. El half del Notts llegaba a grandes zancadas y el arquero volvía sobre sus pasos, lo que obligó al delantero a tirar con el pie izquierdo, que no era el que más le obedecía. Pero le pegó bien. La pelota iba ya por el empate y los del Stoke festejaban, olvidados del pequeño half, que empezaba a planear a media altura, con los brazos extendidos, como si se arrojara a una piscina. El half aterrizó sobre la raya y ante un mundo de miradas atónicas alcanzó a manotear la pelota y desviarla del arco.

Algunos festejaron igual porque estaba prohibido jugar el balón con la mano. En Cosas del fútbol el especialista chileno Francisco Mouat cuenta que el árbitro vaciló pero aplicó el reglamento a la letra. Tiro libre. Indiferente a las propuestas y los forcejeos colocó el balón a treinta centímetros de la línea del gol y dejó que los jugadores se ubicaran a su antojo. Naturalmente, todo el equipo del Notts se alineó sobre la raya y por más que sus rivales patearon durante un minuto, la pelota rebotaba una y otra vez en los defensores. El partido terminó uno a cero para el Totts pero hubo tal pelea y escándalo que el Stoke reclamó una indemnización de mil libras esterlinas por habérsele impedido por medios antirreglamentarios convertir su gol cantado.

En los días siguientes todos los especialistas en football discutieron la interpretación de las reglas y, al fin, la Liga Inglesa propuso una solución: debía marcarse un área de protección de 16,50 metros en torno de los arcos y el team que cometiera infracción dentro de ese perímetro sería sancionado con lo que iba a llamarse un penalty. Se trataba de un curioso tiro desde once metros, sin obstrucción alguna y con expresa prohibición al arquero de mover los pies antes del remate.

Había nacido el penal, uno de los mayores dramas del fútbol. Tan compleja y sutil es su sanción y ejecución que Pedro Escartín, el mayor especialista del mundo, le dedica veintiséis páginas de la 37a edición de su Reglamento comentado. Mucho después vinieron la ley de fuera de juego, la distancia para la barrera y otras sofisticaciones ahora en discusión.

Un siglo después el transiberiano casi no existe, la obra de Oscar Wilde ha sido olvidada y la Unión Cívica Radical no es más revolucionaria, pero el tiro penal se repetirá como una ceremonia infinita, cada día, hasta el fin de los tiempos.



en Arqueros, ilusionistas y goleadores, 1998

Publicado inicialmente en Página/12, el 15 de septiembre de 1991









lunes, septiembre 11, 2017

"El nombre encontrado", de Eduardo Galeano






En la sierra mexicana de Nayarit había una comunidad que no tenía nombre. Desde hacía siglos andaba buscando nombre esa comunidad de indios huicholes. Carlos González lo encontró, por pura casualidad.

Este indio huichol había venido a la ciudad de Tepic para comprar semillas y visitar parientes. Al atravesar un basural, recogió un libro tirado entre los desperdicios. Hacía años que Carlos había aprendido a leer la lengua de Castilla, y mal que bien podía. Sentado a la sombra de un alero, empezó a descifrar páginas. El libro hablaba de un país de nombre raro, que Carlos no sabía ubicar pero que debía estar bien lejos de México, y contaba una historia de hace pocos años.

En el camino de regreso, caminando sierra arriba, Carlos siguió leyendo. No podía desprenderse de esta historia de horror y de bravura. El personaje central del libro era un hombre que había sabido cumplir su palabra. Al llegar a la aldea, Carlos anunció, eufórico:

—¡Por fin tenemos nombre!

Y leyó el libro, en voz alta, para todos. La tropezada lectura le ocupó casi una semana. Después, las ciento cincuenta familias votaron. Todas por sí. Con bailares y cantares se selló el bautizo.

Ahora tienen cómo llamarse. Esta comunidad lleva el nombre de un hombre digno, que no dudó a la hora de elegir entre la traición y la muerte.

—Voy para Salvador Allende —dicen, ahora, los caminantes.




1984-Tepic





en El siglo del viento (Memoria del fuego, 3), 1986






















domingo, septiembre 10, 2017

“No había nada”, de Roberto Bolaño




 
No hay comisarias no hay hospitales no hay nada. Al menos no hay nada que puedas conseguir con dinero. «Nos movemos por impulsos instantáneos»... «Algo así destruirá el inconsciente y quedaremos en el aire»... «¿Recuerdas ese chiste del torero que salía a la arena y no había toro no había arena no había nada?»... Los policías bebieron brisas anárquicas. Alguien se puso a aplaudir.



en La Universidad Desconocida, 2007









sábado, septiembre 09, 2017

"Accidentada forma de arena de una corriente donde se lava seda", Anónimo chino

© Versión de Juan Carlos Villavicencio




Cinco millas más allá de la playa, la brisa deja de soplar.
Con las velas desplegadas, el barco parece ligero mientras remamos.
No usamos el timón y sacamos nuestros remos del agua que fluye,
            pero aun así el barco sigue.

El agua resplandece en la brisa ante la mirada.
Como si quisiera darnos la bienvenida, la montaña se aproxima
            y va creciendo.
Mirándola de cerca, no se mueve pero destaca inmensa:
            el barco sigue avanzando.






Canción popular de la Dinastía Tang












viernes, septiembre 08, 2017

“El conductor”, de István Örkény




 
József Pereszlényi, transportador de materiales, se detuvo con su automóvil Wartburg, patente CO 75–14, junto al kiosco de periódicos de la esquina.

–Deme un Noticias de Budapest.
–Lamentablemente se agotó.
–Deme uno de ayer, entonces.
–También se acabó. Pero casualmente tengo ya uno de mañana.
–¿También ahí aparece la cartelera del cine?
–Eso sale todos los días.
–Entonces deme ese de mañana –dijo el movilizador de materiales.

Se volvió a sentar en su auto y buscó la programación de los cines. Después de un rato encontró una película checoslovaca –Los amores de una rubia– de la que había oído hablar elogiosamente. La proyectaban en el cine Cueva Azul de la calle Stácio, a partir de las cinco y media.

Justo a tiempo. Todavía faltaba un poco. Siguió hojeando el diario del día siguiente. Le llamó la atención una noticia acerca del transportador de materiales József Pereszlényi, quien, con su automóvil Wartburg patente CO 75–14 se desplazaba con una velocidad mayor a la permitida por la calle Stácio, y no lejos del cine Cueva Azul chocó de frente con un camión. El descuidado conductor murió en el acto.

“¡Quién lo diría!”, pensó Pereszlényi.

Acto seguido, miró su reloj. Pronto serían las cinco y media. Guardó el periódico en el bolsillo, se puso en marcha, a una velocidad mayor de la permitida, y chocó con un camión en la calle Stácio, no lejos del cine Cueva Azul. Murió en el acto, con el periódico del día siguiente en el bolsillo.



en Cuentos de un minuto, 2006








jueves, septiembre 07, 2017

"Ruta Dos", de Daniel Calabrese

Dos poemas





Prodigio



El trabajo de este día consiste
en llevar una piedra de aquí para allá.
Es una roca muy pesada,
más que un buey,
más que una bolsa cargada de lluvia.
Es un agujero prehistórico,
un espejo negro
a punto de tragarse el mundo.

El trabajo de este día consiste
en alzar esa piedra y depositarla
suavemente en el medio del camino
para que se detengan los ciclistas,
se detenga la música de fondo,
se detenga la Ruta Dos
a la hora señalada por las arterias rojas.

Y cuando todo esté detenido,
entorpecido por la piedra,
detenidas las generaciones ilustradas y piadosas,
detenido el amor entre las cosas naturales
y las cosas manifiestas,
el trabajo, entonces,
consistirá en sacarla de ese lugar,
levantar nuevamente la piedra, con los ojos cansados,
y enterrarla por ahí, en la nada,
en ese lago de cerrada indiferencia
donde cruje la cama, alumbra el televisor,
brillan los motores,
cae el vino adentro de la luz,
se pudren la memoria y las conversaciones tristes,
y se hunden, con la piedra,
en la más completa extinción.







Después que pasó el fuego



Donde hubo cierta concentración de plantas
y árboles que nacían como locos,
en esa guerra brutal por un poco de agua y de luz
que llaman bosque,
sólo quedaron estas piedras enormes,
cubiertas de polvo quemado.

Me detuve frente a ellas
y entendí la paradoja.
Me pedían, como a un dios blando,
que las oyera en su silencio.

Yo, que pensaba vivir apenas
un segundo comparado con ellas,
aprendí en ese instante
su complejo idioma de una sola palabra,
y me quedé callado.








en Ruta Dos, Visor, 2017