lunes, abril 27, 2026

«Tanta agua tan cerca de casa», de Raymond Carver

Traducción de Jesús Zulaika



          
          Mi marido come con buen apetito. Pero no creo que tenga hambre realmente. Mastica, con los brazos sobre la mesa, y fija la mirada en algo que está al otro lado de la cocina. Luego me mira a mí y desvía la vista. Se limpia la boca con la servilleta. Se encoge de hombros y sigue comiendo.
          —¿Por qué me miras? —pregunta—. ¿Por qué? —repite, y deja el tenedor sobre la mesa.
          —¿Te estaba mirando? —replico, y meneo la cabeza.
          Suena el teléfono.
          —No contestes —dice.
          —Puede que sea tu madre.
          —Cógelo y no digas nada.
          Levanto el auricular y escucho. Mi marido deja de comer.
          —¿Qué te dije? —exclama cuando cuelgo. Sigue comiendo. Luego tira la servilleta sobre el plato. Protesta—: Maldita sea. ¿Por qué la gente no se ocupa de sus asuntos? ¡Dime lo que hice mal, te escucho! Yo no era el único que estaba ahí. Lo hablamos y lo decidimos entre todos. No podíamos darnos la vuelta así por las buenas. Estábamos a ocho kilómetros del coche. No consiento que me juzgues. ¿Entiendes?
          —Y a lo sabes —le censuro.
          Él dice:
          —¿Qué es lo que sé, Claire? Dime lo que se supone que sé. Y o no sé más que una cosa. —Me dirige una mirada que él cree muy significativa—. Estaba muerta —recuerda—. Y lo siento como el que más. Pero estaba muerta.
          —Esa es la cuestión —digo yo.
          Levanta las manos. Aparta la silla de la mesa. Saca los cigarrillos y sale a la parte de atrás con una lata de cerveza. Veo cómo se sienta en una silla del jardín y vuelve a coger el periódico.
          Su nombre está en primera plana. Junto con los de sus amigos.
          Cierro los ojos y me apoyo en la pila. Luego barro el escurridero con el brazo y mando todos los platos al suelo.
          Él no se mueve. Sé que lo ha oído. Levanta la cabeza como si siguiera escuchando. Pero, aparte de eso, no se mueve. No se vuelve.


          Él y Gordon Johnson y Mel Dorn y Vern Williams juegan al póquer y a los bolos y van a pescar. Van a pescar en primavera y a principios del verano, antes de que lleguen las visitas de los parientes. Son gente honrada, hombres de su casa, hombres que se ocupan de su trabajo. Tienen hijos e hijas que van al colegio con nuestro hijo Dean.
          El viernes pasado estos hombres caseros salieron rumbo al río Naches. Aparcaron el coche en las montañas y siguieron a pie hasta el sitio elegido para pescar. Cargaron con sus sacos de dormir, su comida, sus barajas y su whisky. 
          Vieron a la chica antes de acampar. La encontró Mel Dorn. Estaba completamente desnuda. El cuerpo se había quedado enganchado en unas ramas que sobresalían del agua.
          Mel llamó a los demás y todos fueron a mirar. Hablaron acerca de qué hacer. Uno de ellos —Stuart no me ha dicho quién— indicó que lo que tenían que hacer era volver inmediatamente. Los otros se pusieron a remover la arena con los pies, y manifestaron que no tenían ningunas ganas de volver. Alegaron cansancio, la hora avanzada, el hecho de que la chica no iba a marcharse a ninguna parte.
          Al final siguieron con sus planes y acamparon. Encendieron un fuego y bebieron whisky. Cuando vieron la luna en el cielo hablaron de la chica. Alguien sugirió que debían asegurar el cuerpo para que no se lo llevara la corriente. Cogieron las linternas y bajaron al río. Uno de los hombres —pudo ser Stuart— se metió en el agua y fue hasta la chica. La cogió por los dedos y la acercó hasta la orilla. Le ató una cuerda de nylon a la muñeca y sujetó el otro extremo alrededor de un árbol.
          A la mañana siguiente hicieron el desayuno, tomaron café y bebieron whisky. Luego se fueron a pescar cada uno por su lado. Por la noche hicieron pescado, asaron patatas, tomaron café, bebieron whisky. Luego cogieron cacharros y platos y cubiertos y bajaron al río y los limpiaron cerca de donde estaba la chica.
          Más tarde jugaron a las cartas. Puede que jugaran hasta que ya no pudieron ver las cartas. Vern Williams se fue a dormir. Pero los demás se pusieron a contar historias. Gordon Johnson comentó que las truchas que habían pescado estaban duras debido a la terrible frialdad del agua.
          A la mañana siguiente se levantaron tarde, bebieron whisky, pescaron un poco, quitaron las tiendas, liaron los sacos de dormir, recogieron sus cosas y volvieron caminando. Luego, en el coche, buscaron un teléfono. Fue Stuart quien hizo la llamada mientras los otros estaban allí al sol, escuchando. No tenían nada que ocultar. No se avergonzaban de nada. Dijeron que esperarían hasta que llegara alguien con instrucciones y les tomara declaración.
          Yo estaba dormida cuando llegó a casa. Pero me desperté cuando lo oí en la cocina. Le encontré apoyado sobre el frigorífico, con una lata de cerveza. Me rodeó con sus fuertes brazos y me restregó la espalda con sus manos grandes. En la cama me volvió a tocar, y luego se quedó quieto como si pensara en otra cosa. Y o me volví y abrí las piernas. Creo que él, después, siguió despierto.
          A la mañana siguiente se levantó antes que yo. Supongo que para ver si el periódico decía algo.
          A partir de las ocho, el teléfono empezó a sonar.
          —¡Vayase al diablo! —le oí gritar.
          El teléfono volvió a sonar al cabo de un instante.
          —¡No tengo nada que añadir a lo que ya declaré ante el sheriff! Y colgó con brusquedad.
          —¿Qué pasa? —pregunté.
          Justo entonces me contó lo que acabo de explicar.


          Recojo los platos rotos y salgo al jardín. Stuart está ahora tendido en el césped, con el periódico y la lata de cerveza al alcance de la mano.
          —Stuart, ¿podemos dar un paseo en coche? —propongo.
          Gira sobre sí mismo y me mira.
          —Vamos a comprar cerveza —dice. Se pone en pie y al pasar me toca la cadera—. Espérame un minuto —añade.
          Atravesamos el centro sin hablar. Detiene el coche junto a un supermercado, al borde de la carretera, para comprar cerveza. Veo un gran montón de periódicos en la entrada, detrás de la puerta. En el escalón de arriba, una mujer gorda con un vestido estampado le da una barra de regaliz a una chiquilla. Luego cruzamos Everson Creek y entramos en los terrenos de recreo. El arroyo pasa bajo el puente y va a dar a un gran embalse unos centenares de metros más allá. Veo en él a los hombres. Veo cómo pescan.
          Tanta agua y tan cerca de casa.
          Pregunto:
          —¿Por qué tuvisteis que ir tan lejos?
          —No me saques de quicio.
          Nos sentamos en un banco, al sol. Stuart abre unas latas de cerveza. Dice:
          —Tranquilízate, Claire.
          —Les declararon inocentes. Dijeron que estaban locos.
          Él quiere saber:
          —¿Quiénes? ¿De quiénes hablas?
          —De los hermanos Maddox. Mataron a una chica que se llamaba Arlene Hubly. En mi pueblo. Le cortaron la cabeza y arrojaron el cuerpo al río Cle Elum. Cuando yo era adolescente.
          —Vas a acabar exasperándome.
          Miro el arroyo. Estoy en él, con los ojos abiertos, boca abajo, mirando fijamente el musgo del fondo, muerta.
          —No sé lo que te pasa —confiesa, camino de casa—. Me estás exasperando por momentos.
          No hay nada que pueda objetar.
          Trata de concentrarse en la carretera. Pero no deja de mirar por el retrovisor.
          Lo sabe.


          Stuart cree que esta mañana me está dejando dormir. Pero estaba despierta mucho antes de que sonara el despertador. He estado pensando, acostada en mi lado de la cama, a un extremo, lejos de sus piernas velludas.
          Prepara y despide a Dean, que sale para el colegio, y luego se afeita, se viste y se va al trabajo. Viene dos veces y mira y se aclara la garganta. Pero yo no abro los ojos.
          Encuentro una nota suya en la cocina. Firma: «Amor».
          Me siento en el rincón del desayuno y tomo café y dejo un servilletero sobre la nota. Miro el periódico y lo vuelvo de un lado y de otro sobre la mesa. Luego lo deslizo hasta mí y leo lo que dice. El cuerpo ha sido identificado, reclamado. Pero ha sido necesario examinarlo, introducirle ciertas cosas, cortarlo, pesarlo, medirlo, volver a poner las cosas en su sitio y coserlo.
          Me quedo sentada largo rato con el periódico en la mano, pensando. Al cabo llamo a la peluquería para reservar hora.
          Estoy sentada en el secador con una revista en el regazo, y dejo que Marnie me arregle las uñas.
          —Mañana voy a un funeral —le comento.
          —Lo siento —deplora Marnie.
          —Fue un asesinato.
          —Aún peor.
          —No es nadie muy íntimo —aclaro—. Pero ya sabes.
          —Irá bien arreglada —asegura Marnie.
          Por la noche me hago la cama en el sofá, y a la mañana me levanto la primera. Pongo el café en el fuego y preparo el desayuno mientras él se afeita.
          Aparece en la puerta de la cocina, con la toalla sobre el hombro desnudo, y sopesa la situación.
          —Ahí está el café —digo—. Los huevos estarán en un minuto.
          Despierto a Dean, desayunamos los tres juntos.
          Cada vez que Stuart me mira, le pregunto a Dean si quiere más leche, más tostadas, etcétera…
          —Te llamaré por teléfono —avisa Stuart al salir.
          Yo le advierto:
          —No creo que me encuentres en casa.
          —De acuerdo. Muy bien.
          Me visto con esmero. Me pruebo un sombrero y me miro en el espejo. Le escribo una nota a Dean:
          Cariño, mami tiene cosas que hacer esta tarde, pero volverá luego. Quédate en casa o en el traspatio hasta que uno de los dos venga a casa.
          Con amor, mami.
          Miro la palabra amor y al fin la subrayo. Luego veo la palabra traspatio. ¿Es una palabra o dos?


          Atravieso en coche tierras de labranza, campos de avena y de remolacha azucarera, dejo atrás manzanales y ganado que pasta. Y todo cambia: ahora son más cabañas que granjas, más bosques madereros que grandes huertos. Luego montañas, y allá abajo, a la derecha, lejos, veo a veces el río Naches.
          Una camioneta verde aparece a mi espalda y se queda pegada detrás de mí durante varios kilómetros. Y o reduzco la velocidad, cuando no debo, con la esperanza de que me adelante. Lo hago varias veces, y al final acelero. Pero también lo hago a destiempo. Me aferro al volante hasta que me duelen los dedos.
          En una larga recta despejada, me adelanta. Pero por espacio de unos instantes ha ido a mi lado: es un hombre con el pelo cortado al cepillo, con camisa de faena azul.
          Nos miramos el uno al otro. Me hace una seña con la mano, toca el claxon y toma la delantera.
          Reduzco la velocidad y encuentro un sitio apropiado. Entro en el arcén y apago el motor. Oigo el río allí abajo, más abajo de los árboles. Entonces oigo la camioneta que vuelve.
          Echo el seguro de las puertas y subo las ventanillas.
          —¿Se encuentra bien? —pregunta el hombre. Da unos golpecitos en el cristal—. ¿Está bien? —Apoya los brazos en la puerta y pega la cara a la ventanilla.
          Lo miro fijamente. No se me ocurre otra cosa.
          —¿Todo bien ahí dentro? ¿Cómo es que está toda encerrada?
          Sacudo la cabeza.
          —Baje la ventanilla. —Mueve la cabeza, mira la carretera y luego me mira a mí—. Bájela.
          —Por favor —digo—. Tengo que irme.
          —Abra la puerta —insiste, como si no me hubiera oído—. Se va a asfixiar ahí dentro.
          Me mira los pechos, las piernas. Estoy segura de que es eso lo que está mirando.
          —Eh, preciosa —puntualiza—. Estoy aquí para ayudar, eso es todo.
 

          El ataúd está cerrado y cubierto de ramos de flores. El órgano empieza a tocar en el momento en que me siento. La gente sigue entrando y buscando sitio. Hay un chico con pantalones acampanados y camisa amarilla de manga corta. Se abre una puerta y entra la familia en grupo y se dirige a un apartado acortinado que hay a un costado.
          Las sillas crujen cuando los asistentes se sientan. Acto seguido, un hombre apuesto y rubio con elegante traje oscuro se levanta y nos pide que inclinemos la cabeza. Dice una oración por nosotros, los vivos, y cuando termina dice una oración por el alma de la muerta.
          Paso con la gente junto al ataúd. Salgo a los escalones de la entrada, a la luz de la tarde. Delante de mí baja las escaleras cojeando una mujer. En la acera mira a su alrededor.
          —Bien, lo han cogido —explica—. Si es que puede servirnos de consuelo. Lo han detenido esta mañana. Lo he oído en la radio antes de venir. Es un chico de aquí, de la ciudad.
          Caminamos unos pasos por la acera caliente. Los coches arrancan. Alargo la mano y me agarro a un parquímetro. Capós relucientes y aletas relucientes. La cabeza me da vueltas.
          Comento:
          —Tienen amigos, esos asesinos. Nunca se sabe.
          —Yo conocía a esa chica, desde que era una niña —cuenta la mujer—. Solía venir a mi casa y yo le hacía pasteles y le dejaba que se los comiera mientras veía la televisión.


          Encuentro a Stuart sentado a la mesa con un whisky. Durante un instante de delirio pienso que algo le ha sucedido a Dean.
          —¿Dónde está? —pregunto—. ¿Dónde está Dean?
          —Fuera —contesta mi marido.
          Apura el whisky y se levanta. Dice:
          —Creo que sé lo que necesitas.
          Me pasa un brazo por la cintura y con la otra mano empieza a soltarme los botones de la chaqueta, y luego sigue con los botones de la blusa.
          —Lo primero es lo primero.


          Añade algo más. Pero no necesito escuchar. No puedo oír nada con tanta agua
corriendo.
          —Muy bien —acepto, y termino de desabrocharme yo misma—. Antes de que venga Dean. Date prisa.

 


en Short Cuts, 1993

























domingo, abril 26, 2026

«El muérdago se enreda en mis tobillos…», de Chantal Maillard





El muérdago se enreda en mis tobillos,
helechos y agavanzas me ciñen las caderas
y un nenúfar
se deshoja en el valle dócil
de mis nalgas.
Sobre la tierra húmeda me acuesto como un ojo que se cierra
(tienen mis muslos el sabor del humus en otoño)
y me hago raíz,
vegetal crisálida
aguardando la aurora.
Sobre mis labios quietos
lentamente
desova una culebra.




en Hainuwele, 1988























 

sábado, abril 25, 2026

«Visitando la ciudad subterránea de Beijing», de Meng Jiasheng

Traducción de Miguel Ángel Petrecca



 
Cavemos profundo, guardemos el grano, 
tiremos abajo las casas pero guardemos las piedras 
para construir, construyamos en el desierto, 
en medio de la selva, bautizando las ciudades 
con el nombre de las ciudades destruidas 
por nuestras propias manos, cavemos una tumba 
para las viejas ciudades, almacenemos el grano 
bien profundo, donde no llegue la luz, el aire, 
cavemos una tumba para el grano, para las ciudades, 
llevemos el desierto a la ciudad, la ciudad a la selva, 
socavemos las ciudades cavando para ellas 
un refugio nuclear, una ciudad fantasma.




en Un país mental. 150 poemas chinos contemporáneos
Gog y Magog, 2023


















viernes, abril 24, 2026

«La pasión según G. H.», de Clarice Lispector

Traducción de Alberto Villalba Rodríguez 





La hora de vivir es tan infernalmente inexpresiva que es la nada. Aquello que yo llamaba «nada» estaba, no obstante, tan pegado a mí que era… ¿yo? Y, por tanto, se volvía invisible como yo lo era para mí misma, y se convertía en la nada. Las puertas, como siempre, seguían abriéndose. Finalmente, amor mío, sucumbí. Y se convirtió en un ahora.

· · ·

Ofrecía el sollozo. Lloraba por fin dentro de mi infierno. Las alas incluso de la negrura las uso y las sudo, y las usaba y sudaba para mí; que eres Tú, tú, fulgor del silencio. Yo no soy Tú, sino que yo eres Tú. Solo por eso jamás podré sentirTe directamente: porque eres yo. (…) Y en el sollozo, el Dios vino a mí, el Dios me ocupaba ahora por entero. (…) El Dios, a quien nunca podría entender sino como Le entendí: partiéndome como una flor que al nacer soporta mal erguirse y parece quebrarse. (…) En este instante, ahora, una duda me asalta. Dios, o cualquiera que sea Tu nombre: solo pido ahora una ayuda: pero que ahora me ayudes no secretamente como me eres, sino esta vez claramente y en campo abierto. (…) Me había visto obligada a entrar en el desierto para saber con espanto que el desierto está vivo, para saber que una cucaracha es la vida. Había retrocedido hasta saber que en mí la vida más profunda está antes de lo humano. (…) Y ahora estaba como ante Él, y no entendía; estaba inútilmente de pie ante Él, y estaba nuevamente ante la nada. A mí, como a todo el mundo, se me había dado todo, pero había querido más: había querido conocer ese todo. Y había vendido mi alma para saber. Ahora entendía que no la había vendido al diablo, sino a alguien mucho más peligroso: a Dios. Que me había dejado ver. Pues Él sabía que yo no sabría ver lo que viese. (…) Yo tenía la capacidad de preguntar, pero no la de escuchar la respuesta.

· · ·

(Él no nació para nosotros, como nosotros no hemos nacido para Él, nosotros y Él somos simultáneamente).

· · ·

Hablar con Dios es lo más mudo que existe. (…) No, no tengo que elevarme a través de la plegaria: tengo que, ingurgitada, convertirme en una nada vibrante. ¡Lo que hablo con Dios no debe tener sentido! Si tiene sentido es porque me equivoco.



Publicado por Ediciones Siruela, Madrid, 2000



También en Antología de mística femenina, 2023
Edición a cargo de Jimena Castro y Sergi Sancho Fibla





























miércoles, abril 22, 2026

«Relatos», de Jorge Teillier

Conmemorando los 30 años de su muerte




     I

El vuelo de las aves
es un canto recién aprendido por la tierra.
El día entra en la casa
como un perro mojado de rocío.

Mira: se encienden las hogueras de los gallos.
Los cazadores preparan sus morrales.
Los caballos los esperan
rompiendo con sus cascos
el cielo que apenas pesa
sobre lagunas de escarcha.

Tú eres un sueño que no recordamos
pero que nos hace despertar alegres.
Una ventana abierta hacia el trigo maduro.
Busquemos grosellas junto al cerco
cuyos hombros abruman los cerezos silvestres.




     II

Un viento de otra estación se lleva la mañana.
Huyes hacia tu casa
cuando el viento dobla los pinos
de las orillas del río.
Ya no quedan grosellas.
¿Por qué no vuelven los cazadores
que vimos partir esta mañana?
Tú quieres que nunca haya sucedido nada
y en la buhardilla abres un baúl
para vestirte como novia de otro siglo.




     III

El abandono silba llamando a sus amigos.
La noche y el sueño
amarran sus caballos frente a las ventanas.
El dueño de casa baja a la bodega
a buscar sidra guardada desde el año pasado.

Se detiene el reloj de péndulo.
Clavos oxidados
caen de las tablas.
El dueño de casa demora demasiado
—quizás se ha quedado dormido entre los toneles—.
Una mañana busqué grosellas al fondo del patio.
En la tarde este mismo viento
luchaba con los pinos a orillas del río.
Se detienen los relojes.
Oigo pasos de cazadores que quizás han muerto.
De pronto no somos sino un puñado de sombras
que el viento intenta dispersar.




en El árbol de la memoria, 1961


















 

martes, abril 21, 2026

«Semillas volando», de Khaled Abdallah

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Una anciana, que ha vivido todas las estaciones,
vaga por la tierra recogiendo manzanilla.
 
Cada flor en su delantal es una estrella,
su delantal es el cielo. Cuando llega a casa,
 
las esparce para que se sequen como conchas en la playa –
para traer buena suerte, para susurrarnos el futuro.
 
Brilla su tatuaje al sol, resplandece una estrella
dentro de sus pendientes de oro, seca la manzanilla.
 
Su mano, cubierta de henna tatuada con los nombres de Dios,
hilaba la lana del rebaño, bordaba
 
los vestidos de boda, aún recoge las flores secas.
Pero a la siguiente estación, cuando el futuro se asomó,
 
los susurros quedaron en silencio. Fue enterrada con sus antepasados.
Y sin embargo, como por casualidad, arte de magia o por milagro
 
la manzanilla crece cada temporada detrás de casa.
Muchas semillas han volado lejos. Estas permanecen aquí.





















 

lunes, abril 20, 2026

«Las hojas otoñales», de Dinah Roma

Traducción de León Blanco con la colaboración de G. Leogena





Cuando fue tiempo de embalsamarla,
me rehusé a entrar en el salón de los escalpelos.
¿Qué más hay que cortar con precisión
que vacíe al cuerpo aun más allá de la muerte?
¿Qué mueve a las manos hacia el terreno del arte
para drenar la sangre, infundir nuevo rostro a la forma,
y dar tono a la piel para una vista final?
Al caer el sol, salió ella en vestido floral,
no escogido por mí sino que fui incapaz de doblarlo y guardar
mientras moría, en intervalos de aguijones y drogas
para detener el reflujo, aun cuando maldecía
como solía hacerlo, con toda la rabia que podía determinar
la determinación que había tomado yo, la que presté a sus batallas
y reclamé al verla marchitarse
para reconfortar a los vivos. Ese cuerpo
gradualmente ictérico abracé
en estupor de ambas –en su fracaso
y en mi rendición, cuya tibieza menguó
con la canción que cantaba en el fallido recuento
de una tarde en su juventud– de un hombre, no mi padre,
que saltó a su vida e hizo vacilar su corazón
respecto a un futuro que al final me engendró

              Las hojas otoñales vagan por mi ventana
              Las hojas otoñales de oro y escarlata

La voz no conocida por cantar
en la cadencia de estaciones no invitadas

              Veo tus labios que el verano besa

En sus más gruesos labios y mejillas había demasiado color,
lejos de la elegancia que se empleó en perfeccionar,
la belleza cantaba para animarnos a través de las décadas
del padre único que conocí solearse
en el ritmo tanto como en la gracia
de esta mujer, embalsamada para el adiós,
llenándome con la canción de

              Las bronceadas manos que yo solía sostener







en Festival Internacional de Poesía de Medellín, 19 de marzo, 2015





















domingo, abril 19, 2026

«A ***», de Aleksandr Pushkin

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Recuerdo el increíble instante: 
cuando apareciste ante mí, 
como una visión fugaz,
como una genio de belleza infinita.

En la angustia de una tristeza sin esperanzas 
en el inquieto bullicio de la vida, 
resonó en mí tu voz tierna por mucho tiempo
y en mi sueño se asomaba cada línea de tu rostro.

Los años pasaron. El ímpetu de las tormentas 
dispersó los sueños del pasado, 
y olvidé la ternura de tu voz, 
así como tus rasgos celestiales.

Aislado, en las tinieblas del cautiverio
mis días se arrastraban silenciosos 
sin divinidad, sin inspiración, 
sin lágrimas, sin vida, sin amor.

Pero ahora mi alma volvió a despertar: 
y apareciste tú otra vez, 
como una visión fugaz, 
como una genio de belleza infinita.

Y extasiado late mi corazón, 
y de nuevo reviven para él 
la divinidad, la inspiración, 
la vida, las lágrimas y el amor.



1825





Pintura original: El adiós de Pushkin al mar
de Iván Aivazovski e Iliá Repin (1877)
















*** Anna Petrovna Kern (1800-1879)
















sábado, abril 18, 2026

«Nevada nocturna», de Bái Gōngzhì

Traducción de Sebastián Vargas




La nieve sigue cayendo. Hacia el sur, hacia el norte
sigue y sigue. La nieve convirtió el mundo entero 
en una hoja en blanco
y aún sigue. Igual que mi añoranza.
Si el río Han no la cortara, la nieve y la nieve
formarían un solo manto continuo. Mas por desgracia
está aquí este enorme río que separa
tu nieve y mi nieve.
¿Y qué, si estamos separados?
Esta noche, la luna creciente recién nacida
cuelga oblicua en el horizonte
como si fuera una pequeña barca. Mi mirada
de repente se vuelve una cuerda de remolque
que en el mar de las vidas pasadas 
tira con desesperación 
para hacer que crucen tu bote y el mío. 






Pintura original de Du Mingxuan



















viernes, abril 17, 2026

«Un animal fabuloso», de Samanta Schweblin




 

        Casi veinte años después del accidente, Elena me llama a Lyon. No reconozco su voz, pero cuando dice su nombre, sé perfectamente con quién estoy hablando. 

        Por unos segundos la escucho respirar, sostengo el teléfono con el hombro y enciendo un cigarrillo. Despacio, intentando no hacer ningún ruido, salgo al balcón que da al parque, me siento en una de las sillas y me quito las sandalias empujándolas con los dedos de los pies. Quiere hablar de Peta, su hijo. Quiere saber qué es lo que recuerdo de la noche del accidente. Su voz es calma y carrasposa. Me pregunto si es por los años que han pasado, o si ese tono suyo tan dulce desapareció de pronto esa última vez que nos vimos. 

        Subo los pies descalzos a la otra silla, me duelen los talones y las piernas. Estaba en Madrid esta mañana, y apenas logré dejar la valija en la entrada del departamento cuando sonó el teléfono. 

        —¿Dónde estás, Elena? ¿Estás en Buenos Aires? 

        Lo pregunto para ganar tiempo, para llegar un poco más a casa antes de entregarme a esta conversación. Su silencio me hace sospechar que nunca salió de Hurlingham, que quizá podría estar viviendo todavía en la casa donde ocurrió todo. 

        —¿Y vos? —dice Elena—, ¿seguís viajando? 

        Pienso en la nueva oficina en Marsella, en la cátedra de Planificación Urbana de Barcelona, en el desarrollo comercial en las afueras de Burdeos. Pero cuando imagino a Elena sentada en el banco que tenían en el ancho pasillo entre la cocina y el patio, cuando la imagino hablándome desde ese banco de tronco y patas de hierro que su padre alcohólico le hizo con sus propias manos como regalo de bodas, y que ella nunca quiso sacar de la casa, entonces digo: 

        —Sí, un poco. —Y espero a ver qué dice ella. 

        —Todavía tengo tu saco. 

        ¿Qué saco? Hay una decena de abrigos en mi placard, pero ya no recuerdo los que llevaba antes. 

        —Me estoy muriendo, Leila. Por eso te llamo. 

        Me miro los pies, muevo los dedos. Más allá del balcón el viento acaricia las copas de los árboles. Y de pronto pienso en el caballo. Después de muchos años vuelvo a pensar en él, en la primera vez que lo vi, con una claridad abrumadora. Iba a la casa de Elena directo desde el aeropuerto y el taxi paró en un semáforo de la avenida Vergara, justo al lado del animal. Estaba empacado, arrastraba un carro con un montón de colchones apilados encima y un hombre lo castigaba a latigazos para avanzar. Siempre hubo caballos en el conurbano de Buenos Aires, pero para entonces yo ya hacía tiempo que vivía afuera y la imagen me chocó. 

        La panza del caballo estaba tan cerca que podría haber sacado la mano del coche para tocarla. Se veía hinchada, desproporcionada en el resto del cuerpo tan f laco. Las patas chuecas, el pelaje gastado alrededor de las correas. Pero sobre todo me acuerdo de la manera en la que el caballo giró la cabeza y me miró. Me miró a mí directamente, con esos grandes ojos oscuros. 

        —Sé que fue hace tiempo —dice Elena—, pero... ¿te acordás del disfraz que llevaba esa noche Peta, el que se había hecho él mismo? Quiero que alguien me hable de mi Peta. —Cuando Elena tose intuyo qué es lo que ha cambiado tanto su voz—. Por favor, vos estuviste ahí. Si no a quién le voy a pedir. 

        Espero unos segundos, Elena no dice nada, así que pregunto: 

        —¿Estás enferma? ¿Qué te pasa? 

        —Da igual, Leila, tenemos sesenta y pico de años y no paso del próximo mes. —Hay un salto leve en su tono, como si se hubiera puesto de pie—. Hace rato que trato de contactarte. 

        —¿Estás en Hurlingham? —pregunto. 

        Las dos nacimos en Hurlingham, pero nos conocimos en la facultad, cursando Arquitectura. 

        —Sí —dice Elena. 

        Pienso en Alberto, y ahora estoy intentando no preguntar por él. 

        —¿Pero te mudaste? —pregunto. 

        Los recuerdo en el patio, el mismo patio donde ocurrió el accidente. 

        —Sigo en casa. —La escucho toser—. Esperá un momento. 

        Parece que abandona el teléfono sobre el banco y se aleja. Me deja sola en su pasillo, tan cerca de aquel patio que, en Lyon, se me erizan los pelos de los brazos. 

        Alberto y Elena se casaron un año después de conocerse. Los tres nos recibimos el mismo diciembre, pero enseguida yo acepté mi puesto en la agencia francesa, y dejé Argentina. Siempre les escribía si pasaba por Buenos Aires, y entonces ellos me invitaban a cenar a su pequeña casa de barrio de clase media, rediseñada bajo sus rigurosas miradas de arquitectos. Eran altos y robustos, y vestían las camisas y los pantalones claros que vestían los arquitectos, con sus relojes de diseño un poco sueltos en las muñecas. Elena llevaba el pelo atado en una cola castaña y los rulos alrededor de la frente se le erguían como pequeños resortes. A veces Alberto se los acomodaba detrás de las orejas. Lo hacía con cariño, pero lo hacía sobre todo cuando era ella la que hablaba y él empezaba a distraerse. 

        En el teléfono escucho el ruido de la puerta de una heladera. Me acuerdo de cada detalle de esa cocina. Bastan dos pasos para regresar al pasillo, prácticamente una extensión del patio, porque la ventana corrediza con la que reemplazaron una pared en la primera remodelación estaba siempre abierta. Y ahí, sentada en el banco, era donde a Elena le gustaba «sentir el aire». La casa no era grande, pero habían demolido algunas divisiones y sabían dónde poner las luces y los sillones para que sí lo pareciera. Tuvieron al chico varios años después de recibirse y lo criaron con el mismo cuidado y devoción compartida con que encaraban todos sus proyectos profesionales. Para esa última visita que les hice llevaban nueve años de casados, y el chico acababa de cumplir los siete. 

        Elena protesta con un chistido, algo se cae al suelo. ¿A quién voy a contarle sobre esta llamada?, pienso. Nadie en Francia sabe sobre esto. En realidad, ni siquiera Elena sabe lo que me ocurrió a mí esa noche más allá del accidente. Llama porque quiere oír a alguien decir algo sobre Peta. No parece intuir nada más. 

        Los pasos regresan, Elena levanta el teléfono. El banco chilla cuando vuelve a sentarse. 

        —Estoy tomando fernet —dice—, quiero adquirir al menos un vicio antes de morirme. ¿Te parece que estoy a tiempo? 

        —Por supuesto. Podemos tomar seis de esos por teléfono cada día. 

        Nos reímos. Si ella realmente lo necesitara, yo estaría dispuesta a acompañarla. Siempre es así, me doy cuenta de cuánto extraño a alguien de repente, con la angustia que llega de golpe, y tengo que hacer un esfuerzo para no emocionarme. 

        La escucho encender un cigarrillo, no sabía que fumaba. Intento recordar algún detalle sobre Peta pero solo veo al caballo. Elena inhala y el papel del cigarrillo cruje, consumiéndose. No va a decir nada más hasta que yo empiece a hablar. 

        —Fue él quien me abrió la puerta. 

        Elena exhala el humo con una bocanada lenta, casi aliviada. 

        Se llamaba Pedro, pero le decían Peta. Lo conocí a sus dos años, en la primera de la decena de visitas a Buenos Aires tras la asociación de mi agencia en el desarrollo de dos torres en Puerto Madero. También lo vi una noche a sus cuatro, pero el chico ya estaba dormido. Y luego esa vez, a sus siete, todas las imágenes que ahora vienen a mí son de esa última visita. Lo veo parado en la puerta, metido en un vestido largo improvisado hecho de papel metálico, sacando el pecho con la rigidez de un gendarme. 

        Le cuento a Elena la impresión que me dio verlo tan grande, y a ellos dos, «a vos y a Alberto», digo, preparando una picada en el patio, yendo y viniendo a la cocina con esa armonía tan efectiva con la que hacían todo. Digo «hacían» y espero unos segundos a ver si ella aclara algo de Alberto. Describo la casa, el gran espejo que acababan de instalar en el hall. Lo cansada que estaba del viaje y cómo la primera copa en el patio lo alivianó todo. Es increíble las cosas que una recuerda veinte años más tarde. Por ejemplo, que tenía los pies descalzos y que la loza del patio todavía estaba tibia. Quizá es la sensación del placer y del dolor lo que deja siempre una marca más vívida, porque son las cosas que le pasan al cuerpo. O quizá es porque hubo un tiempo en que repasé mucho estos recuerdos, y yo misma elegí a qué detalles volver para intentar entender lo que había pasado. 

        En mi balcón, la tarde empieza a oscurecerse. 

        —Yo también voy a prepararme un trago, Elena. 

        —Te espero. 

        Dejo el teléfono en la silla, entro y cruzo los dos grandes livings hacia el comedor. Me pregunto si Elena se sentiría cómoda entre tantas bibliotecas. Si aprobaría mis sillones, el gran vitró de la cocina abierta, el parqué de nogal que mi segundo exmarido se empeñó en instalar. Abro el mueblecito de las bebidas y me sirvo un poco de whisky. Elena solo quiere que alguien nombre a Peta para ella. Que describan cómo ataba sus zapatillas de colores, su cuarto minuciosamente desordenado, sus uñas suaves y cortitas llenas de marcas de pintura. Entonces me doy cuenta: quizá esta sea la última vez que hablemos, de esto se trata esta llamada, y así entiendo que, aunque ella solo quiera escuchar sobre Peta, yo voy a contarle lo del caballo. 

        Regreso con mi whisky ordenando los recuerdos, confundida por la nitidez con la que se despliegan en mi cabeza. 

        —¿Estás ahí? —pregunto. 

        —Sí. 

        —No tengo hijos, Elena. No tuve, pero... Vas a pensar que esto es algo mío, personal, que no tiene que ver con lo que le pasó a Peta. 

        Espero, en Elena el silencio siempre fue desconcierto. 

        Le explico lo que descubrí esa noche después de conversar un rato con Peta, tirados en la alfombra. Yo ya sabía de las excentricidades del chico, y lo talentoso que era dibujando. Cómo dos años atrás había estudiado el recorrido que la luz del día hacía sobre las paredes, y que «exponía» sus trabajos colgándolos solo en esas zonas de luz «verdadera». Su obsesión por pintar caballos, y el control que, a sus siete años, ya tenía sobre las perspectivas y los colores. Muchos padres sobrevaloran el talento de sus hijos, y yo no sabía hasta ese momento todo lo que realmente estaba pasando en la cabeza de Peta. Pero quizá por ser hijo de arquitectos, quizá por puro talento, Peta era un caso sorprendente. 

        Esa noche, cuando el chico subió solo a su habitación, Elena y Alberto me insistieron en que fuera yo la que verificara que se cepillara los dientes y se acostara. Acepté enseguida cuando me confesaron divertidos que, si había gente a cenar, cuando Peta terminaba de comer, solo contestaba preguntas de las visitas, y en cambio a ellos dejaba de hablarles. Creían que era su manera de invitar a nuevas personas a su cuarto. Acepté el reto, y en cuanto estuve sola con el chico le pregunté por qué hacía lo que hacía. Peta dijo: «Hago como que están muertos», y se rio tapándose la boca, tentado por su propio juego. Me invitó a tirarme en la alfombra para mostrarme el techo, y me indicó las constelaciones que había estado marcando con un punzón, descascarando la pintura. Desde el piso eran apenas perceptibles, porque trabajaba solo en las marcas, que pintaría todas a la vez para el siguiente cumpleaños de Elena. Le pregunté cómo alcanzaba solo tan alto y dijo: «Tengo una técnica», pero no me explicó cuál era. Seguimos un rato ahí, acostados panza arriba, hasta que se giró hacia mí, muy serio, y me preguntó: «¿Te despertaste alguna vez en el medio de la noche? Pero digo despertarte sin que nadie te despierte, despertarte de verdad». 

        Era un chico extraordinario, y a la vez un chico de lo más normal. En realidad, lo único extraordinario hasta ese momento estaba ocurriendo dentro de mí: ahí, echada en la alfombra a su lado, fantaseé con la idea de que alguien pudiera necesitarme tan específicamente, tan exclusivamente a mí. Sin embargo, yo no quería ser madre, nunca me había interesado. 

        A Elena no le cuento nada de esto, que Peta me hacía preguntas y yo pensaba lo que está preguntando parece simple, pero es demasiado complejo; pensaba ¿entenderán los adultos que rodean a este chico la magnitud de esta pregunta? Pensaba yo puedo entenderlo, yo puedo contestarle sin engañarlo ni destruirlo. Era una intuición poderosa, 
una pulsión que me confirmaba: este chico es algo demasiado precioso, vos sí serías capaz de cuidar algo así. 

        A ella solo le cuento lo que el chico dijo después: «No quiero ser arquitecto». No le digo lo que pensé: que en el tono firme en el que hablaba, en la manera en que le brillaban los ojos mientras descubría el sentido de sus palabras, parecía también dar a entender «soy algo tan grande que no puedo permitirme el mundo de los hombres». Ni que esperé unos calculados segundos antes de volver a hablar, para que Peta terminara de saborear su propio descubrimiento y pudiera reconocerlo en todo su esplendor, ni que asentí como diciendo: «¡Sí! ¡Sí! ¡Esa es la verdadera verdad! ¡Podés ser lo que sea que quieras!». 

        A Elena solo le cuento lo que le pregunté a Peta después: 

        «¿Y qué querés ser?». 

        «Quiero ser un caballo». 

        —¿Un caballo? —La voz de Elena tiembla en el teléfono. 

        Le cuento que me levanté del piso de un salto y le propuse a Peta practicar. 

        «¿Practicar ser caballo?», preguntó, «¿y eso cómo se hace?». 

        «Como vos te lo imagines». 

        Peta se levantó también de un salto. La certeza de mi respuesta parecía colmarlo de energía. 

        «Ser caballo se practica caminando con un pie delante del otro», dijo. 

        «¡Perfecto! ¡A practicar!». 

        Caminamos en línea a la par, de una punta a la otra de la habitación, con los brazos extendidos y las manos abiertas, simulando estar haciendo un gran esfuerzo para no perder el equilibrio. 

        «Y cuanto más cerrados los ojos, más caballo se es», dijo Peta. 

        «¡Perfecto!». 

        Cerramos los ojos y practicamos otra ronda ida y vuelta. 

        «Y cuanto más alto se está...», Peta dio un salto al borde de la cama, «... más caballo se es». 

        Puso un pie delante del otro sobre la viga de madera e intentó avanzar con los ojos cerrados. 

        Elena hace un ruido en el teléfono, confuso y gutural, pareciera haberse tragado algo lleno de dolor, y sé que está pensando en la cornisa que da al patio. 

        —Cuando te fuiste de la habitación, ¿ya estaba acostado? 

        No lo recuerdo, pero contesto que sí. Nos quedamos en silencio y ya no sé si debería seguir. 

        —Ay, Leila. —Escucho el papel de su cigarrillo chispear—. Duela lo que duela, cualquier cosa que me digas sobre Peta es como estar unos segundos más con él. Gracias. 

        —Hay algo más. Algo que quiero contarte. 

        Pienso en el patio, Peta jugó ahí desde que empezó a gatear, con Elena sentada en el banco del pasillo, siempre cerca, siempre atenta. Leía, trabajaba, hablaba por teléfono, con un ojo todo el tiempo puesto en Peta. A veces se apoyaba contra la pared y cerraba los ojos, pero no se dormía. Recuerdo la mancha que había en el empapelado marfil, a la altura de su cabeza, como una nube brumosa. ¿Va a morirse ahí sentada? ¿Habrá algo que yo pueda hacer para levantarla de ese banco? ¿Levantarla para qué? 

        —Cuando Peta se cayó de la cornisa... —empiezo, pero me detengo. 

        Miro el parque más allá del balcón: en Lyon ya es noche cerrada. 

        Y de repente ahí están todas las palabras que empiezo a decirle al teléfono. Ya no puedo decidir qué es lógico o ilógico, qué podría ser doloroso y qué podría ser soportable. Narro lo que ocurrió tal cual me viene a la memoria: el ruido del cuerpo contra la baldosa del patio. Cómo los tres tardamos un segundo en entender, en darnos vuelta en la mesa y en reaccionar. Cómo al fin ellos dos saltaron de las sillas y corrieron hasta Peta. Alberto no quería moverlo, Elena lo levantó y lo apretó contra ella, quería gritar, pero no podía, porque ni el chico ni ella respiraban. Elena estaba de rodillas y la sangre crecía a su alrededor, parecía que todo el problema era que estaba apretando demasiado a su hijo. Me acuerdo de que me levanté de la mesa y dije: «Llamo una ambulancia». Pero nadie asintió ni se movió. Fui hasta la cocina y llamé. Di la dirección, contesté algunas preguntas y cuando corté ya no pude regresar al patio. Mi saco estaba sobre el banco del pasillo, y ahí lo dejé. Salí de la casa. Cerré la puerta lentamente y el ruido de la cerradura me confirmó que yo ya estaba del otro lado. Me quedé mirando el picaporte, hasta que escuché a Elena gritar. Y entonces, sin voltearme todavía, presentí algo extraño a mis espaldas. No me animaba a girar para ver. Unas gotas de transpiración rodaron por mi frente hasta el mentón y golpearon contra la baldosa. Date vuelta, me dije, el peor dolor quedó dentro de la casa, Elena seguía gritando, lo que sea que pase ahora no te va a matar. Y giré hacia la calle. 

        Recostado en el asfalto, con la poca luz de un único farol al final de la cuadra, el cuerpo se veía tan desproporcionado y grande que tardé en entender qué era. Era un caballo, echado sobre el asfalto como si se hubiera caído de algún lado. Me acerqué despacio, intentando no asustarlo. Respiraba agitado, su estómago hinchado se inflaba y desinflaba estirando bajo las riendas la piel gastada. Los ojos grandes y oscuros buscaban en la noche, y yo tuve la certeza de que me buscaban a mí. Levantó la cabeza para mirarme de frente. Bufó, intentó levantarse pero no pudo. Me arrodillé junto a él, me abracé a su cabeza y apoyé mi frente contra la suya. «Vas a estar bien», le dije. «Tranquilo». 

        Primero llegó la ambulancia, después la policía. Les señalé la casa para orientarlos. Enseguida aparecieron algunos vecinos. Se acercaban, veían el caballo y se quedaban ahí parados, confundidos. Y todo ese tiempo yo me quedé donde estaba, abrazada al animal. 

        Unos minutos después vi a Alberto y a Elena salir detrás de una camilla. A mis espaldas, un vecino llamaba a una urgencia veterinaria. Algo distrajo a Elena, que miró en mi dirección, confundida. Se subió a la ambulancia trastabillando. Los enfermeros trabaron las puertas y el ruido agudo de la sirena se alejó a toda velocidad. 

        Hago una pausa. Aparto un momento el teléfono y suspiro. Unos segundos después le pregunto: 

        —¿Te acordás del caballo? 

        Elena no dice nada. 

        Hubo un velorio tres días más tarde, y luego un entierro. Antes de irme le di un abrazo a cada uno, primero a Alberto, después a Elena, separados por primera vez, inmóviles entre los invitados, atentos de una manera extraña: al suelo, a los ruidos más pequeños, buscando en el barullo algo que parecían haber tenido en la mano un segundo atrás. 

        Me ocupé del caballo, que estuvo unos días en la veterinaria de la Facultad de Agronomía, recuperándose. Localicé unas caballerizas en Luján, donde me hacían buen precio por tenerlo todo el año si pagaba por adelantado. Estaba dispuesta a gastar en él una fortuna, pero dos semanas más tarde alguien me contactó en Lyon para avisar que un hombre lo había reclamado, y que el animal ya estaba otra vez con su dueño. Creo que fue por esos días que llamé a Hurlingham para ver cómo estaban, pero no los encontré. O quizá tuve la intención de llamar, y al final no lo hice. Ellos tampoco. Y ya no volvimos a hablar. 

        Escucho en el teléfono un chasquido, las patas del banco chirriar. ¿Se puso Elena de pie? ¿Estará mirando el patio? ¿Qué hay ahora en el patio? ¿Por qué no dice nada? 

        —Elena, ¿estás ahí? 

        A veces sueño que vuelvo a Buenos Aires. Casi siempre estoy en un taxi, mirando atenta por la ventana. Y entonces lo veo. Lo reconozco enseguida. El color, la altura, las orejas. Tira del carro con cansancio. Un carro enorme, desproporcionado para su tamaño. Pido que detengan el coche, me bajo y corro hacia él. El hombre que lo conduce a latigazos no entiende qué ocurre, tira de las riendas para frenarlo. El caballo se detiene, bufa, se vuelve hacia mí. Toco su cabeza enorme, mi frente otra vez contra su frente. Una palma abierta contra su pómulo, la otra contra su pecho. Es tan enorme y precioso, y yo estoy pidiéndole perdón. 

        —No tengo tiempo para tonterías —dice Elena—, ¿no te das cuenta? 

        Tiene razón, tanta razón. ¿Qué vamos a hacer ahora? 

        —Se acabó —dice, pero hay un cambio sutil en su ímpetu—. ¿Dónde está?

        Sostengo el teléfono, intento ponerme en su lugar. ¿Qué me está preguntando? 

        —El caballo, Leila. 

        —El caballo —digo haciendo tiempo, tratando de entender este último pedido. Busco desesperada, entre los recuerdos de Argentina, un lugar donde haya un caballo que se pueda abrazar. 

        —Leila... 

        —Sí, claro —digo—. Sí. ¿Tenés para anotar? 

        —Tengo —dice ella, y escucho un ruido que reconozco con toda claridad: empuja el ventanal, lo abre. El sonido cambia por completo. Elena está de pie frente al patio—. Tengo todo —dice—. Todo está acá listo. Te escucho.
 


en El buen mal, Random House, 2025
















jueves, abril 16, 2026

«Inesperadamente…», de Ana Belén López




(1961-2026)


Inesperadamente
aparecen
tumbando puertas, persianas
y ventanas

van al centro hasta el centro
con furia, rabia y agua

aturden luego calman

y se van
se van   desapareciendo
a la sierra
más lejos

a veces
lo único que queda es el nombre 



en Revista de la Universidad de México, julio de 1998

















miércoles, abril 15, 2026

«Adondequiera que vayamos», de Henrik Nordbrandt

Traducción de Francisco J. Uriz




Adondequiera que vayamos siempre llegamos demasiado tarde 
a aquello que una vez salimos a buscar. 
Y en cualquier ciudad en que nos quedamos 
están las casas a las que es demasiado tarde para volver 
los jardines en los que es demasiado tarde para pasar una noche de luna 
y las mujeres a las que es demasiado tarde para amar 
lo que nos tortura con su intangible presencia. 
Y sean cualesquiera las calles que creemos conocer 
nos llevan más allá de los jardines floridos que andamos buscando 
y que difunden por toda la vecindad sus pesadas fragancias. 
Y cualesquiera que sean las casas a las que volvemos 
llegamos demasiado tarde por la noche para ser reconocidos. 
Y cualesquiera que sean los ríos en que nos reflejamos 
no nos vemos hasta que les hemos dado la espalda. 



en Partidas y llegadas, 1974


















martes, abril 14, 2026

«Advertencia», de Taha Muhammad Ali

Versión de Juan Carlos Villavicencio


 

Amantes de la caza 
y novatos en busca de su presa:
No apunten sus rifles 
contra mi felicidad, 
que no vale 
el precio de una bala 
(lo que gastarían en ella).
Lo que les parece 
tan lindo y ágil, 
como un cervatillo, 
y que escapa 
hacia todas partes, 
como una perdiz,
no es felicidad.
Confíen en mí: 
mi felicidad no tiene 
nada que ver con la felicidad.



12.IX.1988





en New & Selected Poems 1971-2005, Copper Canyon Press, 2006










Traducción dedicada a Matilde Llambí Campbell, que nos regaló este libro


















lunes, abril 13, 2026

«Un sueño humano», de Víctor Munita Fritis





A: Héctor Monsalve Viveros

Yo no soy Ícaro:
Dejé de serlo una tarde
cuando me vi escrito
en todos los horizontes
tatuado de amarillo
como una leyenda cretense
o como un faro de oro
en medio del desierto.

Un pájaro se apoyó en cada esquina
y me sugirió que planeara
lanzándose a los aires
pero cayó al mar.

¿Cuál mar se preguntarán ustedes?
Sí es arena
pero cada cual
vuelve los ojos a donde quiere
porque ahí se derrama
grano a grano
la espuma del futuro
el milagro del destino.

Yo no soy Ícaro
Me abandoné en una carrera bestial
creí que al levantar la cabeza
estaba quemando las naves de cuarzo
pero no advertí el peligro.

Jamás cerré los ojos
dije mi nombre como un sueño
que uno tiene desde niño.

Incendié la noche
y me dejé partir
por el rayo feroz
de la soledad.



en Zona de sacrificios, manofalsa editores, 2025