viernes, septiembre 20, 2019

«La perfecta dormida», de Homero Aridjis







En el hálito ardiente de su propio sonido quema
y en su ámpula germina la crisálida
La libélula transcurre bajo el sol
Rompe la quieta corriente del instante
se oye el remo y el río que ha pasado comparece
al golpe del nuevo movimiento
Se recuesta en el agua el esplendor
Otras criaturas tañen las olas en el mar
Aire de su aire vibra la gaviota
el soplo el verbo el yo soy de esa muchacha
y el médano como los árboles etéreo
Nuevas existencias toman superficie
toman cuerpo en sus ojos
Los astros son pupilas
Siempre un poeta canta entre los muertos



en Revista Orfeo, 11-12, 1965
















jueves, septiembre 19, 2019

«Déjate una semilla en la mano...», de Elisa Biagini

Traducción de José Molina





Déjate una semilla en la mano
que te crezca como vena, que
sobreviva a lo oscuro:

te restaure
el dedo que has
cortado por cada uno
de tus muertos.

(Clonada desde las orejas

nuevamente en la plaza).





en La Colmena, Nº83, jul-sep, 2015












Lasciati un seme in mano / che ti cresca di vene, che / sopravviva al buio: // ti rifaccia / il dito che hai / tagliato per ogni / tuo morto. // (Clonata dalle orecchie // nuovamente su piazza)









miércoles, septiembre 18, 2019

“Resoluciones”, de Franz Kafka





Elevarse por encima de un estado lamentable ha de ser fácil aunque se aplique una energía intencionada. Me incorporo bruscamente del sillón, doy vueltas alrededor de la mesa, muevo cabeza y cuello, pongo fuego en mis ojos, tenso los músculos en torno a ellos. Contrariando cualquier sentimiento, saludo efusivamente a A. cuando viene a verme, tolero cordialmente a B. en mi habitación e ingiero a grandes tragos, pese al sufrimiento y al esfuerzo, todo cuanto se dice en casa de C.

Pero incluso actuando así, cualquier error —imposible de evitar, por lo demás— bastará para bloquearlo todo, lo fácil y lo difícil, y tendré que volver hacia atrás en círculo.

De ahí que el mejor consejo sea aceptarlo todo, comportarse como una masa pesada y, aunque nos sintamos como impelidos por el viento, no dejarse arrancar un solo paso innecesario, observar a los demás con mirada animal, no sentir el menor arrepentimiento; en pocas palabras: asfixiar con la propia mano el fantasma de vida que aún quede, es decir, aumentar todavía más la última paz sepulcral y no dejar subsistir nada aparte de ella.

Un gesto característico de semejante estado consiste en pasarse el dedo meñique por las cejas.



en Obras Completas. Narraciones y otros escritos, 2003













martes, septiembre 17, 2019

«Araucanos», de Gabriela Mistral







Vamos pasando, pasando
la vieja Araucanía
que ni vemos ni mentamos.
Vamos, sin saber, pasando
reino de unos olvidados,
que por mestizos banales,
por fábula los contamos,
aunque nuestras caras
suelen sin palabras declararlos.

Eso que viene y se acerca
como una palabra rápida
no es el escapar de un ciervo
que es una india azorada.
Lleva a la espalda al indito
y va que vuela. ¡Cuitada!

–¿Por qué va corriendo, di,
y escabullendo la cara?
Llámala, tráela, corre
que se parece a mi mama.

–No va a volverse, chiquito,
ya pasó como un fantasma.
Corre más, nadie la alcanza.
Va escapada de que vio
forasteros, gente blanca.

–Chiquito, escucha: ellos eran
dueños de bosque y montaña
de lo que los ojos ven
y lo que el ojo no alcanza,
de hierbas, de frutos, de
aire y luces araucanas,
hasta el llegar de unos dueños
de rifles y caballadas.

–No cuentes ahora, no,
grita, da un silbido, tráela.

–Ya se pierde ya, mi niño,
de Madre-Selva tragada.
¿A qué lloras? Ya la viste,
ya ni se le ve la espalda.

–Di cómo se llaman, dilo.

–Hasta su nombre les falta.
Los mientan «araucanos»
y no quieren de nosotros
vernos bulto, oírnos habla.
Ellos fueron despojados,
pero son la Vieja Patria,
el primer vagido nuestro
y nuestra primera palabra.
Son un largo coro antiguo
que no más ríe y ni canta.
Nómbrala tú, di conmigo:
brava-gente-araucana.
Sigue diciendo: cayeron.
Di más: volverán mañana.

Deja, la verás un día
devuelta y transfigurada
bajar de la tierra quechua
a la tierra araucana,
mirarse y reconocerse
y abrazarse sin palabras.
Ellas nunca se encontraron
para mirarse a la cara
y amarse y deletrear
sobre los rostros sus almas.






en Poema de Chile, 1967

















lunes, septiembre 16, 2019

“Brindis criollo”, de Nicolle Garay





Si yo fuera a meterme en las honduras
en que metióse Aspasia de Mileto,
a la Castalia, en busca de aguas puras,
iría, mas yo en esas no me meto.

Aunque me traigan las cabalgaduras
de Astolfo y de Perseo, a quienes reto
a elevarse conmigo a las Alturas
de mis Andes en alas de un soneto.

No me digáis del Rhin, ni aún del Champaña,
que mi Numen es indio y halla sumo
placer, si falta el Moscatel de España,

en brindar por la tierra con el zumo
de cañas, que en la rústica bangaña
bebe el criollo a la sombra de un guarumo.



en Antología de la Poesía Hispanoamericana del siglo XIX, 1966












domingo, septiembre 15, 2019

“Una batalla china”, de José Lezama Lima





Separados por la colina ondulante,
dos ejércitos enmascarados
lanzan interminables aleluyas de combate.
El jefe, en su tienda de campaña,
interpreta las ancestrales furias de su pueblo.
El otro, fijándose en la línea del río,
ve su sombra en otro cuerpo, desconociéndose.
Las músicas creciendo con la sangre
precipitan la marcha hacia la muerte.
Los dos ejércitos, como envueltos por las nubes,
se adormecen borrando los escarceos temporales.
Los dos jefes se han quedado como petrificados.
Después cuentan las sombras que huyeron del cuerpo,
cuentan los cuerpos que huyeron por el río.
Uno de los ejércitos logró mantener
unida su sombra con su cuerpo,
su cuerpo con la fugacidad del río.
El otro fue vencido por un inmenso desierto somnoliento.
Su jefe rinde su espada con orgullo.


Junio 6 y 1974


en Fragmentos a su imán, 1977











sábado, septiembre 14, 2019

«Un dolor infinito», de Li Houzhu

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Un dolor infinito.
Otra vez mi espíritu fue rey al soñar anoche.
Al igual que en los días pasados
vagué por el Palacio de las Delicias,
y en mi sueño,
por los senderos del jardín cubiertos de hierba,
deslicé mi carruaje que fluía más que un arroyo en el verano;
bajo la luz de la luna
los árboles florecían
y un viento leve suavizó el aire de la noche,
porque ya era primavera.











viernes, septiembre 13, 2019

«Las máquinas simples», de José Luis Bobadilla

Fragmento


(1974-2019)


Si Mandelstam tiene razón – sus poemas son un apoyo firme – todo comienza al respirar. Entra – sale hola el aire – el corazón bombea y aquí estamos. Desde el inicio – dos piernas avanzando – dos ritmos paralelos no siempre sincronizado – en los que las experiencias personales – íntimas – ideas recuerdos sueños emociones – se organizan o resquebrajan. Cuando todo va más o menos bien – logran producirse espacios de equilibrio – en los términos del poeta Edgar Bayley – la confluencia de los estados de alerta e inocencia – que interactuando construyen un vórtice – un punto fijo en donde nada es fijo en realidad – el poema.

Los ritmos del corazón y la respiración – dos elementos que piden ser escuchados – son – lo han sido siempre – una estructura bien cimentada – utilizable. Son un conducto – una onda vibratoria por la que corre la energía de la vida que cada poeta experimenta – y que traduce por tanto – afortunada o desafortunadamente – en expresión – haciéndolo como puede – con sus limitaciones y alcances propios.

La respiración y el corazón – dos fundamentos básicos desde el punto de vista físico – alientan e impulsan la vida humana. Son – asimismo – el origen y los materiales con que trabajan los poetas. No son – en cambio – la asociación que algunos han propuesto al decir que la vida y la poesía son equivalentes. La poesía – sin el sustrato amplio y hondo de lo que se vive – no es sino palabras – buenas intenciones… La vida no es la poesía – porque la vida contiene a la poesía:

                     …the lines
                     talking, taking, always the beat from
                     the breath
                                            (moving slowly at first
                     the breath
                                            which is slow–

                     I mean, graces come slowly,
                     It is that way…*

Los poemas – experiencias individuales de otros – abren – alimentan – acompañan. El transcurso cotidiano de los días – las relaciones humanas – la ubicación de los lugares donde nos movemos en el mundo – la consideración de los árboles – las flores – el perro – la hormiga – engendran y arraigan la experiencia poética que es posible en todos.

Lo que se dice en un poema – desde esta arista – importa poco. Las motivaciones de un poeta y sus posibles orientaciones – sus soluciones formales – varían con los tiempos. Viajar a pie – a caballo – en coche – avión o lo que venga – en última instancia – posee en su acción profunda – en su núcleo desnudo – la experiencia del movimiento que el poeta cargará – intensificará – hasta ofrecérnosla como algo nuevo. Se trata – sospecho – de aclarar – de revelar – de revelarse a uno mismo – dice William Carlos Williams – no de crear mayor confusión – mayor caos.

Se entiende que muchos hayan querido confundir la poesía con la vida debido a que el poema cifra o contiene un trozo de realidad concreta – que puede llegar a golpearnos con la contundencia de un beso o de las hojitas del pirul – cayendo en duros rehiletes – teniendo como fondo la luz tenue del invierno. Los mejores poemas nos colocan enérgicamente en la actualidad de nuestra vida – el presente a quemarropa – puesto que por vía de la respiración y los latidos del corazón convocan en sus vibraciones internas – toda nuestra atención. Nos vuelcan del pasado nostálgico que nubla nuestra consciencia de la muerte – al mismo tiempo que niegan el futuro – y al removerse todo eso – dejamos de intuir – para saber nuestras verdades interiores – las únicas que nos son posibles en tanto seres humanos. Esto sí que es – si es que existe alguna – la función de la poesía.

Pero dejando a un lado las aseveraciones – ¿quién puede en realidad afirmar algo? – la respiración y el corazón – esos dos generadores que organizan la fuerza del poema – tanto en el que escribe como en el que lee – contienen – también – el movimiento. Caminar es para el hombre la oportunidad más inmediata y connatural de vivir el movimiento. El poema se aprieta y obliga a detenerse – pero si no mueve – ¿para qué?

No es gratuito que Mandelstam también nos haya hecho notar la importancia de las suelas gastadas de Dante para escribir su Comedia. Cuando caminamos – por un lado – se hace un camino – por el otro – se encuentra una medida. Esta medida – algo tan reconocible como el ángulo que se repite en cada paso dado – es consecuencia nuevamente de la respiración y el tambor del corazón – que al marcar el tiempo del que anda – hace corresponder las características físicas de cada quién – con los procesos interiores que nos atraviesan en ese momento. Caminar resulta lo que somos – o mejor – denota quiénes somos.

Un modo bastante común para explicar los poemas–es el de la analogía con los paseos. Un poema es un paseo por nuestros registros y sucesos interiores. Caminar – pasear – es un tanteo. Al caminar entramos en el mundo al igual que un poema nos ubica en la realidad. La singularidad de Mattina

                                          M'illuminno
                                          d'immenso

se centra – me parece – en la expresión condensada – directa – vertiginosa – del encuentro con la vida – de una certeza de aproximación al mundo – así como del trazo de una ruta – que se abre de adentro hacia afuera – para después entrelazarlo todo.

Últimamente al levantarme por las mañanas – la indefinición de eso que sucede – la luz azul – los pájaros – el frío – la confusión del sueño o la vigilia – se enfatiza de tal forma – que no es sino hasta que arrastro los pies – y avanzo y despierto – que todo cobra sentido nuevamente. De los actos humanos – caminar es el que más me aproxima a la experiencia poética en el sentido de introducirme en un estado en el que la conciencia sobre mi cuerpo – me distrae ocasionando un espacio abierto – propicio – aunque no siempre con los mejores resultados para juntar unas palabras.

Si compongo caminando – o en el desplazamiento del coche – se debe a que puedo verlo todo sin estar ahí. Paso – miro – descubro cosas – a veces las cosas se me adhieren – me interrogan – otras simplemente me ignorar – y sin embargo entre dientes – comienza a brincar alguna frase escuchada – recuerdos – sueños que asocio – chistes – palabras sueltas que en un revoltijo se acomodan – hasta que busco anotar o resistirme y esperar. Nunca se sabe de qué modo sucede – siempre es diferente. Si escribí algo – escondo eso con pudor – hago como que no ha pasado nada y sigo mi camino. Lo ignoro todo. Cuando no escribo desconfío y ahí queda la cosa. En otras ocasiones – muy pocas por cierto – el asunto me persigue – y si al final del día – ya listo para acostarme – después de haber leído – si llega ese momento – si es mucha la insistencia – anoto rápidamente eso que pide su lugar – y me duermo. Luego pasan días – semanas – meses – vuelvo a ver las cosas – tacho dejando muy poco. ¿Cuándo está listo…?

Pienso en el viejo Williams escribiendo sus mejores poemas cerca del fin de su vida – como si el aliento cansado de su respiración – el corazón en calma pero persistente – depuraran no sólo sus líneas haciéndolas más cortas – más austeras – más agudas y graves – sino también luciendo las articulaciones ya lisas y gastadas – resplandecientes – llenas de la gracia y el conocimiento de la edad – que es pasos lentos – titubeantes – adelante para después gritar – I am a poet! Su pie variable – un ritmo constante con una parte móvil – ¿acaso no es caminar? – la disposición de sus versos – ¿no es caminar? – ¿el pie variable no es acaso la ola que viene y va en un ritmo orgánico…?

¿Y el cazador – el pastor – Li Po – Villon – Basho vagabundo – todos los días son viaje y hacen del viaje su morada – Thoreau y sus bosques infinitos – Robert Walser andando la montaña – Henri Michaux – Bruce Chatwin – por recordar unos cuantos – no son acaso en su zona más profunda – respiración – corazón – caminar…?

respirar. camino. hoy. respirar. decir. camino. hoy. respirar. camino. decir. hoy. camino. respirar. decir. camino. hoy. decir. respirar. camino. respirar. hoy. decir. respirar. camino. respirar. respirar. respirar.




Invierno, 2001








* …las líneas/dicen, toman, siempre el ritmo del/aliento/(primero moviéndose despacio/el aliento/que es pausado–/pienso, que la gracia viene lentamente,/esto es así… [Del poema de Robert Creely «Le Fou» en Collected Poems, University of California Press, Berkeley, Los Angeles: /982. Traducción: JLB].












Fotografía de José Luis Bobadilla
por Juan Carlos Villavicencio.
Teotihuacán, noviembre, 2018


















jueves, septiembre 12, 2019

“Rayuela”, de Julio Cortázar





Capítulo 6

La técnica consistía en citarse vagamente en un barrio a cierta hora. Les gustaba desafiar el peligro de no encontrarse, de pasar el día solos, enfurruñados en un café o en un banco de plaza, leyendo-un-libro-más. La teoría del libro-más era de Oliveira, y la Maga la había aceptado por pura ósmosis. En realidad para ella casi todos los libros eran libro-menos, hubiese querido llenarse de una inmensa sed y durante un tiempo infinito (calculable entre tres y cinco años) leer la ópera omnia de Goethe, Homero, Dylan Thomas, Mauriac, Faulkner, Baudelaire, Roberto Arlt, San Agustín y otros autores cuyos nombres la sobresaltaban en las conversaciones del Club. A eso Oliveira respondía con un desdeñoso encogerse de hombros, y hablaba de las deformaciones rioplatenses, de una raza de lectores a fulltime, de bibliotecas pululantes de marisabidillas infieles al sol y al amor, de casas donde el olor a la tinta de imprenta acaba con la alegría del ajo. En esos tiempos leía poco, ocupadísimo en mirar los árboles, los piolines que encontraba por el suelo, las amarillas películas de la Cinemateca y las mujeres del barrio latino. Sus vagas tendencias intelectuales se resolvían en meditaciones sin provecho y cuando la Maga le pedía ayuda, una fecha o una explicación, las proporcionaba sin ganas, como algo inútil. Pero es que vos ya lo sabés, decía la Maga, resentida. Entonces él se tomaba el trabajo de señalarle la diferencia entre conocer y saber, y le proponía ejercicios de indagación individual que la Maga no cumplía y que la desesperaban.

De acuerdo en que en ese terreno no lo estarían nunca, se citaban por ahí y casi siempre se encontraban. Los encuentros eran a veces tan increíbles que Oliveira se planteaba una vez más el problema de las probabilidades y le daba vuelta por todos lados, desconfiadamente. No podía ser que la Maga decidiera doblar en esa esquina de la rue de Vaugirard exactamente en el momento en que él, cinco cuadras más abajo, renunciaba a subir por la rue de Buci y se orientaba hacia la rue Monsieur le Prince sin razón alguna, dejándose llevar hasta distinguirla de golpe, parada delante de una vidriera, absorta en la contemplación de un mono embalsamado. Sentados en un café reconstruían minuciosamente los itinerarios, los bruscos cambios, procurando explicarlos telepáticamente, fracasando siempre, y sin embargo se habían encontrado en pleno laberinto de calles, casi siempre acababan por encontrarse y se reían como locos, seguros de un poder que los enriquecía. A Oliveira lo fascinaban las sinrazones de la Maga, su tranquilo desprecio por los cálculos más elementales. Lo que para él había sido análisis de probabilidades, elección o simplemente confianza en la rabdomancia ambulatoria, se volvía para ella simple fatalidad. «¿Y si no me hubieras encontrado?», le preguntaba. «No sé, ya ves que estás aquí...». Inexplicablemente la respuesta invalidaba la pregunta, mostraba sus adocenados resortes lógicos. Después de eso Oliveira se sentía más capaz de luchar contra sus prejuicios bibliotecarios, y paradójicamente la Maga se rebelaba contra su desprecio hacia los conocimientos escolares. Así andaban, Punch and Judy, atrayéndose y rechazándose como hace falta si no se quiere que el amor termine en cromo o en romanza sin palabras. Pero el amor, esa palabra...



en Rayuela, 1963











miércoles, septiembre 11, 2019

“Somos cinco mil”, de Víctor Jara





Somos cinco mil
en esta pequeña parte la ciudad.
Somos cinco mil.
¿Cuántos seremos en total
en las ciudades y en todo el país?
Sólo aquí,
diez mil manos que siembran
y hacen andar las fábricas.

Cuánta humanidad
con hambre, frío, pánico, dolor,
presión moral, terror y locura.

Seis de los nuestros se perdieron
en el espacio de las estrellas.

Uno muerto, un golpeado como jamás creí
se podría golpear a un ser humano.
Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores,
uno saltando al vacío,
otro golpeándose la cabeza contra un muro,
pero todos con la mirada fija en la muerte.
¡Qué espanto produce el rostro del fascismo!
Llevan a cabo sus planes con precisión artera
sin importarles nada.
La sangre para ellos son medallas.
La matanza es un acto de heroísmo.
¿Es éste el mundo que creaste, Dios mío?
¿Para esto tus siete días de asombro y de trabajo?
En estas cuatro murallas sólo existe un número
que no progresa,
que lentamente querrá más la muerte.

Pero de pronto me golpea la consciencia
y veo esta marea sin latido,
pero con el pulso de las máquinas
y los militares mostrando su rostro de matrona
llena de dulzura.

¿Y México, Cuba y el mundo?
¡Qué griten esta ignominia!
Somos diez mil manos menos, que no producen.

¿Cuántos somos en toda la patria?
La sangre del compañero Presidente
golpea más fuerte que bombas y metrallas.
Así golpeará nuestro puño nuevamente.

¡Canto, qué mal me sales
cuando tengo que cantar espanto!
Espanto como el que vivo
como el que muero, espanto.
De verme entre tanto y tantos
momentos del infinito
en que el silencio y el grito
son las metas de este canto.
Lo que veo nunca vi,
lo que he sentido y lo que siento
hará brotar el momento...



Último poema escrito por Víctor Jara, en el estadio Chile,

entre el 12 y el 15 de septiembre de 1973.

Tomado del reportaje: “Víctor Jara, un canto truncado”,

aparecido en el Diario El País, España, el 11 de septiembre de 1983