lunes, agosto 03, 2020

«Dama de blanco», de Blanca Varela







el poema es mi cuerpo
esto la poesía
la carne fatigada
el sueño el sol
atravesando desiertos
los extremos del alma se tocan
y te recuerdo Dickinson
precioso suave fantasma
errando tiempo y distancia
en la boca del otro habitas
caes al aire eres el aire
que golpea con invisible sal
mi frente
los extremos del alma se tocan
se cierran se oye girar la tierra
ese ruido sin luz
arena ciega golpeándonos
así será ojos que fueron boca
que decía manos que se abren
y se cierran vacías
distante en tu ventana
ves al viento pasar
te ves pasar el rostro en llamas
póstuma estrella de verano
y caes hecha pájaro
hecha nieve en la fuente
en la tierra en el olvido
y vuelves con falso nombre de mujer
con tu ropa de invierno
con tu blanca ropa de
invierno
enlutado





en El falso teclado, 2001











domingo, agosto 02, 2020

“Las fotos del hijo”, de Selva Almada





Es invierno y es de noche aunque apenas dieron las seis y cuarto. La vieja entró hace un momento, se quitó el abrigo sacudiéndolo para limpiarlo de las finísimas agujas de hielo, el abrigo mismo pareció sacudirse como el lomo de un enorme perro negro mojado, y el viejo, sentado frente al fuego, hizo con la mano un gesto de fastidio, gruñendo como si él también fuese un perro, pero viejo, de pocas pulgas.

Si el hijo no se hubiese marchado. La anciana no puede pensar en otra cosa desde hace años, desde el mismo día en que el muchacho se fue, desde ese mismo día unas pocas horas después de la partida. O si su hijo hubiese vuelto. O si las hijas hubiesen nacido varones. O si hubiesen traído y criado como suyo al hijo de alguna de las hijas solteras de sus vecinos o al hijo de cualquier otra muchacha. O si. Pero los hijos tarde o temprano se marchan.

Mientras él mira el fuego como si no hubiese nada más que ver a su alrededor y fuma un cigarrillo armando otro y tose y carraspea y escupe entre las cenizas del borde, ella se mete en la pieza y saca del ropero una caja de zapatos y se sienta en la cama y la abre y toma una pila de polaroids.

En las fotos está su muchacho sonriente, con el cabello un poco largo hacia la nuca como le gusta usarlo, más rubio, del color de la paja por las largas jornadas al sol de Formosa. Hay un río detrás de él y más atrás una costra verde. En una de sus cartas le explicó que esa línea oscura es Paraguay, Alberdi precisamente. Un pueblo de contrabandistas, decía, y a ella el corazón le había dado un vuelco adentro del pecho. ¿Y si su hijo anduviese en algo raro? Pero no. Su hijo se había ido a trabajar con Guiffre, a trabajar los campos que Guiffre tenía allá. Cuando su hijo vivía acá también era empleado suyo. Al principio, Guiffre pasaba a visitarlos y traer noticias de Formosa, cartas y dinero. Ya iban para tres años sin que se diera una vuelta. Ella había escuchado por ahí que se había mudado allá con su familia.

En otra foto, el chico aparecía abrazado a dos muchachas muy jóvenes, casi niñas. Había una mesa sin mantel, con restos de comida en los platos y botellas de vino. Ellos tres sostenían vasos llenos de vino, apuntando hacia la cámara, como en un brindis. Era un día luminoso, el hijo estaba en cueros y las mujeres con vestidos livianos, cubriéndoles apenas los pechos. Son mis novias, bromeaba en la carta, porque acá está permitido tener más de una y nadie se ofende. A ella le había causado gracia y se lo había comentado al marido —que nunca leía las cartas— y él había dicho con rabia tu hijo no pierde las mañas se ve y ella, también con rabia, le contestó que qué culpa tenía el muchacho si todas se le ofrecían. Y con más rabia pensó que con qué derecho hablaba así de su niño, que si creía que por vieja se le había olvidado el asunto aquel con la madre de Guiffre.

Tanto calor en Formosa y tanto frío acá, pensó con un temblor. Tenía los pies húmedos de rocío y el viento aullaba entre los paraísos del patio como un animal en época de celo. Cuando se quitó los zapatos vio que había pisado mierda en los corrales mientras encerraba las vacas. El marido andaba mal de los pulmones y en invierno tenía que quedarse adentro, junto al fuego. Si el hijo.

Arriba del massey ferguson naranja, el hijo, con un sombrero de tela y ala ancha que le ensombrecía el rostro, descansaba el brazo desnudo sobre el volante y tenía un cigarrillo en la mano. No sonreía. La cámara lo había captado desprevenido. Al costado, fuera de foco, dos muchachos posaban abrazados.

Cuando Guiffre vaya para allá, contaba en una carta, les voy a mandar una máquina de estas que sacan la foto y la podés ver enseguida, se maneja fácil, Guiffre te va a explicar, apuntás, disparás y la foto sale por abajo, la sacudís un ratito y ya podés verla. (A ella le costaba creer que algo así se hubiese inventado). Así vos y el viejo se sacan fotos, decía, y me las mandan y puedo verlos. Esto también se lo había comentado al marido y él no le contestó nada. Pero la máquina no llegó nunca.

Vino Guiffre y trajo un acordeón a piano, nuevo, verde niquelado. Desplegado al sol parecía una serpiente de esas grandes, de agua, que el hijo le contó había por allá pero que no se preocupara que no eran venenosas. Cuanto más chica es la víbora más dañina, le explicó. Para que papá toque chamamé, decía la tarjetita. Pero el viejo, inconmovible, se lo dio a una de las hijas, que también lo recibió con indiferencia.

Unos meses después —ahora que lo pensaba, la última vez— pasó Guiffre y le pidió el acordeón. Dijo que el muchacho lo necesitaba. También dijo que no traía carta porque había viajado de golpe y no había tenido tiempo de escribirles, pero que estaba bien y mandaba saludos. No quiso sentarse ni esperar al viejo para tomar un vermut con él como siempre.

A ella le parecía que el marido lo quería más a Guiffre que a su propio hijo. La enfurecía oírlo hablar con orgullo de Guiffre como si fuese de su familia. Como si Guiffre.

Le entregó el acordeón que ni el viejo ni la hija habían tocado ni sacado del estuche aunque más no fuera por curiosidad. Le dio lástima que se lo llevara, pero también le daba lástima que estuviese guardado sin que nadie le sacara un poco de música.

Otra foto le devolvió al chico con barba, una camisa floreada, las manos en los bolsillos del jean y un loro en el hombro. Estaba parado en una calle barrosa y el día estaba nublado como si recién acabase de llover o estuviera por empezar. Llovía mucho, contaba la carta, y peligraba la cosecha. No decía nada del acordeón.

Poco después oyó decir que a Guiffre lo había fundido la inundación y que para colmo la mujer se había escapado con otro y le había dejado los hijos.

Escuchó al marido llamarla desde la cocina. Le dijo que tenía hambre y preguntó si quedaba vino. Ella puso la olla arriba del fuego colgándola de un gancho que estaba para eso y le agregó un poco de agua antes de taparla. Desde que estaban los dos solos, cocinaba bastante al mediodía y después cenaban las sobras. En verano no se podía porque la comida se echaba a perder. Después le sirvió el vino y le avisó que era el último jarro, que le hiciera acordar al otro día que comprara otra damajuana y volvió a la pieza.

En la última foto su hijo abrazaba a una mujer de cabello largo, acurrucada contra su pecho. Aparentemente había viento pues el pelo de ella le cubría casi todo el rostro. De nuevo, el río de fondo aunque muchísimo más ancho y oscuro, como desbordado. En la carta le decía que estaba en Paraguay y que pensaba casarse allá con la chica de la foto, que un día de estos los dos iban a ir a visitarla. De Guiffre no decía nada, pero si era verdad que estaba fundido ya no trabajaría para él. Era también la última carta fechada dos años atrás.

Ella y el viejo comieron en silencio, junto al fuego, con los platos sobre la falda. Estaban terminando cuando escuchó golpes en la puerta. En su apuro por abrir, pateó el vaso con vino que el marido había dejado en el piso.

Antes de tirar del picaporte, tomó aliento y pensó si no se vería demasiado vieja, si no tendría que arreglarse un poco, y enseguida pensó que de todos modos estaba oscuro, que ya tendría tiempo mañana, que tenía que abrir porque afuera hacía demasiado frío y ellos estarían cansados por el viaje.

Entonces abrió la puerta y se topó con la noche espesa, helada y solitaria. Una rama desguasada por el viento rodaba en el patio.



en El desapego es una manera de querernos, 2015











sábado, agosto 01, 2020

«En una posada de Chenzhou», de Qin Guan

Versión de Juan Carlos Villavicencio





Perdidas parras en la niebla,
Tenue el transbordador a la luz de la luna,
La soñada Tierra de los Duraznos en Flor lejos de toda vista.
Silencio en esta posada solitaria: ¿Puedo soportar una primavera fría?
Oigo al alargarse el atardecer a los pájaros recluidos en casa.

Las flores del ciruelo son enviadas por los amigos
Y las cartas son traídas por el correo.
Incontables pensamientos nostálgicos me asaltan a menudo.
Solitario el río fluye alrededor de la colina solitaria.
¿Por qué fluye al Sur dejándome enfermo y triste?









viernes, julio 31, 2020

“Monstruos”, de María Fernanda Ampuero





Narcisa siempre decía hay que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos, pero nosotras no le creíamos porque en todas las películas de terror los que daban miedo eran los muertos, los regresados, los poseídos. A Mercedes la aterrorizaban los demonios y a mí los vampiros. Hablábamos de eso todo el tiempo. De posesiones satánicas y de hombres con colmillos que se alimentan de la sangre de las niñas. Papá y mamá nos compraban muñecas y cuentos de hadas y nosotras recreábamos El exorcista con las muñecas e imaginábamos que el príncipe azul era en realidad un vampiro que despertaba a Blancanieves para convertirla en no-muerta. Por el día todo bien, éramos valientes, pero por la noche le pedíamos a Narcisa que subiera a acompañarnos. A papá no le gustaba que Narcisa –la llamaba el servicio– durmiera en nuestro cuarto, pero era inevitable: le decíamos que si no venía bajaríamos nosotras a dormir a la habitación de el servicio. Eso, por ejemplo, le daba miedo a ella. Más que el demonio y los vampiros. Y entonces Narcisa, que tendría unos catorce años, fingiendo que protestaba, que no quería dormir con nosotras, decía eso de que hay que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos. Y nos parecía una estupidez porque cómo le puedes tener más miedo, por ejemplo, a Narcisa que a Reagan, la niña de El exorcista o a Don Pepe, el jardinero, que al vampiro de Salem o a Demian, el hijo del diablo, o a mi papá que al Hombre Lobo. Absurdo.

Papá y mamá nunca estaban en casa, papá trabajaba y mamá jugaba naipes, por eso era posible que Mercedes y yo fuéramos todas las tardes, después del colegio, a alquilar las películas de terror del videoclub. El chico no nos decía nada. Claro que nos fijábamos que en la caja decía para mayores de dieciséis o dieciocho, pero el chico no nos decía nada. Tenía la cara llena de granos y era gordísimo, tenía un ventilador siempre apuntando a su entrepierna. La única vez que nos habló fue cuando alquilamos El resplandor. Miró la caja, nos miró a nosotras y dijo:

–Aquí salen unas igualitas a ustedes. Las dos están muertas, las mató el papá.

Mercedes me agarró la mano. Y así nos quedamos, de la mano, con el uniforme idéntico, mirándolo, hasta que nos dio la película.

Mercedes era miedosísima. Blanquita, debilucha. Mamá decía que yo me le comí todo lo que venía en el cordón umbilical porque nació mínima: una gusanita y que yo, en cambio, nací como un toro. Usaban esa palabra: toro. Y el toro tenía que encargarse de la gusana, ¿qué se le iba a hacer? A veces me apetecía ser la gusana, pero eso era imposible. Fui el toro y Mercedes la gusana. Seguro que a Mercedes le hubiera gustado ser el toro alguna vez y no ir siempre detrás de mí, a mi sombra, esperar que yo hable y simplemente asentir.

–Yo también.

Nunca yo. Siempre yo también.

Mercedes nunca quiso ver películas de terror, pero yo me emperré porque una del colegio dijo que yo no era capaz de ver todas las películas que ella había visto con su hermano grande porque yo no tenía hermano grande, sino a Mercedes, famosa por gallina, y no lo soporté y esa tarde arrastré a Mercedes al videoclub y alquilamos todas las de Pesadilla en la calle Elm y esa noche y las siguientes tuvimos que decirle a Narcisa que subiera a dormir con nosotras porque Freddy se te mete en los sueños y te mata en los sueños y nadie se entera porque parece que tuviste un infarto o te ahogaste con tu baba, algo normal y entonces nunca nadie se entera de que te mató un monstruo con los dedos de cuchillos afiladitos.

Tener ciertos hermanos es una bendición. Tener ciertos hermanos es una condena: eso aprendimos en las películas. Y que siempre hay un hermano que salva al otro.

Mercedes empezó a tener pesadillas. Narcisa y yo hacíamos todo lo posible por callarla, porque papá y mamá no se enteraran. Me castigarían: las películas de terror, todo es culpa del toro. Pobre gusanita, pobre Merceditas, qué cruz ser hermana de semejante bestia, de una chica tan poco chica, tan indomable. ¿Por qué no eres más como Merceditas, tan dulce, tan calladita, tan dócil?

Las pesadillas de Mercedes eran peores que cualquiera de las películas que veíamos. Tenían que ver con el colegio, con las monjas, las monjas poseídas por el diablo, bailando desnudas, tocándose ahí abajo, apareciéndose en el espejo mientras te estabas lavando los dientes o cuando te duchabas. Las monjas como Freddy, metidas en tus sueños. Y nosotras no habíamos alquilado una película de eso.

–¿Y qué más, Mercedes? –le preguntaba yo, pero ella ya no decía, solo chillaba.

Los gritos de Mercedes perforaban la piel. Parecían aullidos, rasguños, mordiscos, cosas animales. Cuando abría los ojos todavía seguía allí, donde sea que fuera allí y Narcisa y yo la abrazábamos para que volviera, pero a veces tardaba muchísimo en volver y yo pensaba en que, otra vez, como cuando estábamos en el vientre de mamá, le estaba robando algo. Mercedes empezó a ponerse flaquita. Éramos iguales, pero cada vez menos, porque yo cada vez era más toro y ella cada vez más gusanita: ojerosa, jorobada, huesuda.

Yo nunca le tuve demasiado cariño a las Hermanas del colegio ni ellas a mí. Quiero decir, nos detestábamos. Ellas tenían un radar para las almas díscolas, esa frase utilizaban, y yo era de eso, pero no me importaba, díscola sonaba a disco y a cola, las dos cosas me encantaban. Yo odiaba su hipocresía. Eran malas e iban de buenas. A mí me mandaban a borrar todos los pizarrones del colegio, a limpiar la capilla, a ayudar a la Madre Superiora a hacer su beneficencia, que no era más que repartir lo que daban otros, nuestros padres, a los pobres, o sea, intermediar para quedarse con un buen pellizco, comer pescado del bueno y dormir en edredón de plumas. Lo mío era castigo tras castigo porque yo preguntaba que por qué a los pobres les daban arroz mientras ellas comían corvina y decía que eso a nuestro señor no le hubiera gustado porque él hizo los peces para todos. Mercedes me apretaba el brazo y se ponía a llorar. Mercedes se hincaba y rezaba por mí con los ojos cerradísimos. Parecía un angelito. Mientras ella rezaba el Ave María a mí me daban ganas de hacer que todo se parara por completo porque me parecía que el rezo de mi hermana era el único que valía la pena de todo el hijueputa mundo. Las monjas decían a mis padres que mi hermana era perfecta para formar parte de la congregación y yo me la imaginaba encerrada en esa vida, como una cárcel de ropa horrible y grillete de crucifijo grandote: no lo podía soportar.

Esas vacaciones nos vino la regla. Primero a Mercedes, luego a mí. Narcisa fue quien nos explicó lo que había que hacer con la compresa porque mamá no estaba y se rio cuando empezamos a caminar como patos. También nos dijo que esa sangre significaba, ni más ni menos, que, con la ayuda de un hombre, ya podíamos hacer bebés. Eso era absurdo. Ayer no podíamos hacer una cosa tan demencial como crear a un niño y hoy sí. Es mentira, le dijimos. Y nos agarró a las dos del brazo. Las manos de Narcisa eran muy fuertes, grandes, masculinas. Las uñas, largas y en punta, eran capaces de abrir botellas de refresco sin necesidad de destapador. Narcisa era pequeña de tamaño y de edad, apenas dos años mayor a nosotras, pero parecía haber vivido unas cuatrocientas vidas más. Nos estaba haciendo daño cuando dijo que ahora sí que teníamos que cuidarnos más de los vivos que de los muertos, que ahora sí que teníamos que tenerles más miedo a los vivos que a los muertos.

–Ahora son mujeres –dijo–. La vida ya no es un juego.

Mercedes se puso a llorar. No quería ser mujer. Yo tampoco, pero prefería ser mujer que toro.

Una noche, Mercedes tuvo una de sus pesadillas. Ya no eran monjas, sino hombres, hombres sin cara que jugaban con su sangre menstrual y se la frotaban por el cuerpo y entonces aparecían por todos lados bebés monstruosos, pequeñitos como ratas, a comérsela a bocaditos. No había manera de tranquilizarla. Fuimos a buscar a Narcisa, pero la puerta del garaje estaba cerrada por dentro. Escuchamos ruidos. Luego silencio. Luego otra vez ruidos. Nos quedamos sentadas en la cocina, a oscuras, esperándola. Cuando por fin se abrió la puerta nos abalanzamos sobre ella, necesitábamos tanto su abrazo, sus manos siempre con olor a cebolla y a cilantro, su frase sanadora de que había que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos. A unos centímetros de su cuerpo nos dimos cuenta de que no era ella. Paramos aterrorizadas, mudas, inmóviles. Lo que había entrado por la puerta de nuestro garaje no era Narcisa. El corazón nos saltaba como una bomba. Había algo ajeno y propio en esa silueta que hizo que nos invadiera una sensación física de asco y horror.

Tardé en reaccionar, no pude taparle la boca a Mercedes. Gritó.

Papá nos dio una bofetada a cada una y subió las escaleras con calma.

Ni Narcisa ni sus cosas amanecieron en casa.



en Pelea de gallos, 2018











jueves, julio 30, 2020

«Estrella de la mañana», de Jacobo Fijman

Poema XXXI




En mi gemido
conté mi soledad envejecida; conté todas las noches de mis días.

Mis huesos cantan el misterio del mundo.

El agua perturbada de mi reposo.
Me veo en mi gemido según pavores de inocencia.

Paz, paz:
oído de mis palabras.

El ruego alcanza oído a mis palabras
carne sanada;
y hay espanto de luz en nuestras manos.




1931









miércoles, julio 29, 2020

“Cómo hacerse escritora”, de Lorrie Moore





En primer lugar, intenta ser alguna otra cosa, lo que sea. Estrella de cine-astronauta. Estrella de cine-misionera. Estrella de cine-maestra de jardín de infancia. Presidenta del mundo. Fracasa estrepitosamente. Lo mejor es que fracases a edad temprana, a los catorce años, digamos. La desilusión temprana, grave, es necesaria para que a los quince años puedas escribir largas secuencias de haikús sobre el deseo frustrado. Es un estanque, una flor de cerezo, un viento que roza el ala de la alondra que vuela hacia la montaña. Cuenta las sílabas. Enséñaselo a tu madre. Ella es dura y práctica. Tiene un hijo en Vietnam y un marido que quizá tenga una aventura con otra. Es partidaria de vestir de marrón porque disimula las manchas de la piel. Echará una ojeada a lo que has escrito y después te volverá a mirar con cara tan inexpresiva como una rosquilla. Te dirá: «¿Y si vacías el lavaplatos?». Aparta la vista. Echa los tenedores al cajón de los tenedores. Rompe sin querer un vaso de los que regalan en las gasolineras. Ese es el dolor y el sufrimiento que se requiere. Y eso es solo el comienzo.

En tu clase de Lengua y Literatura del instituto, mira la cara del señor Killian. Llega a la conclusión de que las caras son importantes. Escribe unos tercetos sobre los poros. Esfuérzate. Escribe un soneto. Cuenta las sílabas: nueve, diez, once, trece. Decide experimentar con la ficción. En esto no hay que contar las sílabas. Escribe un cuento corto acerca de una pareja de ancianos que se matan el uno al otro de un tiro por accidente, a consecuencia de una avería inexplicable de una escopeta de caza que una noche aparece misteriosamente en su cuarto de estar. Dáselo al señor Killian como trabajo de fin de curso. Cuando te lo devuelve, ves que ha escrito: «Algunas de tus imágenes están muy bien, pero no tienes sentido del argumento». Cuando estés en casa, en la intimidad de tu dormitorio, escribe a lápiz con letras tenues bajo sus comentarios en tinta negra: «Los argumentos son para los muertos, cara de cráter».

Coge todos los trabajos de canguro que puedas. Los niños se te dan de maravilla. Te adoran. Les cuentas cuentos sobre viejos que se mueren de manera absurda. Les cantas canciones como “Las campanillas azules de Escocia”, su favorita. Y cuando están en pijama y han dejado de pellizcarse por fin, cuando están bien dormidos, lees todos los manuales sobre la vida sexual que hay en la casa y te preguntas cómo es posible que alguien pueda hacer esas cosas con alguien a quien ama de verdad. Quédate dormida en una butaca leyendo el Playboy del señor McMurphy. Cuando lleguen los McMurphy, te darán un golpecito en el hombro, mirarán la revista que tienes en las rodillas y sonreirán. Te darán ganas de morirte. Te preguntarán si Tracey se ha tomado su medicina como es debido. Explícales que sí, que se la ha tomado, que le prometiste que le contarías un cuento si se la tomaba como una niña mayor y que al parecer ha dado muy buen resultado.

—¡Oh, maravilloso! —exclamarán.

Intenta sonreír con orgullo.

Matricúlate en la universidad para estudiar psicología infantil.

En los estudios de psicología infantil tienes varias optativas. Siempre te han gustado los pájaros. Apúntate a una cosa que se llama «Estudio ornitológico de campo». Se reúnen los martes y los jueves a las dos. Cuando el primer día de clase llegas al aula 134, todo el mundo está sentado alrededor de una mesa de seminario hablando de las metáforas. Has oído hablar de ellas. Después de un rato corto, insoportable, levanta la mano y pregunta con timidez:

—Perdón, ¿no es esto Ornitología Uno?

La clase se interrumpe y todos se vuelven a mirarte. Parece que todos tienen una única cara, gigante y vacía como un reloj destrozado. Alguien con barba dice con voz atronadora:

—No, esto es Creación Literaria.

Replica:

—Ah, bueno. —Como si quizá lo supieras desde el primer momento.

Mira tu horario de clases. Pregúntate cómo demonios has ido a parar allí. Por lo visto, el computador ha cometido un error. Empiezas a levantarte para irte pero no te vas. Esta semana hay unas colas inmensas en secretaría. Quizá deberías seguir adelante con este error. Quizá tu creación literaria no sea tan mala. Quizá sea el destino. Quizá fuera esto lo que quería decir tu padre cuando dijo:

—Estamos en la era de los computadores, Francie, estamos en la era de los computadores.

Llega a la conclusión de que te gusta la vida de la universidad. En la residencia conoces a mucha gente agradable. Algunos son más listos. Y observas que algunos son más tontos que tú. Por desgracia, seguirás viendo el mundo exactamente en estos términos durante el resto de tu vida.

La tarea de esta semana en Creación Literaria es narrar un suceso violento. Presenta un relato en el que cuentas un viaje en auto con tu tío Gordon y otro sobre dos ancianos que se electrocutan por accidente cuando intentan encender una lámpara de escritorio que tiene una conexión suelta. El profesor te las devolverá con comentarios: «Buena parte de lo que escribes posee soltura y energía. Pero tienes un concepto absurdo de lo que es un argumento». Escribe otro relato sobre un hombre y una mujer que, ya en el primer párrafo, pierden accidentalmente la parte inferior del tronco por una explosión de dinamita. En el segundo párrafo se compran entre los dos un puesto de helados de yogur con el dinero del seguro. Hay seis párrafos más. Lo lees todo en voz alta en la clase. No le gusta a nadie. Dicen que tienes un sentido del argumento escandaloso e incompetente. Después de la clase, alguien te pregunta si estás loca.

Llega a la conclusión de que quizá debas dedicarte a las comedias. Empieza a salir con un chico divertido, con un chico de aquellos que, cuando estabas en el instituto, decía que tenían «un sentido del humor estupendo», y que ahora los de tu clase de Creación Literaria llaman «el autodesprecio que hace surgir las formas cómicas». Apúntate todos sus chistes, pero no se lo digas. Inventa anagramas del nombre de su antigua novia y pónselos como nombre a todos tus personajes con desajustes sociales. Dile que su antigua novia sale en todos tus cuentos y verás entonces lo divertido que puede ser, verás el gran sentido del humor que puede llegar a tener.

Tu tutor de psicología infantil te dice que estás descuidando las asignaturas de tu especialidad. Debes dedicar la mayor parte de tu tiempo a los estudios de tu especialidad. Di que sí, que lo entiendes.

En los seminarios de Creación Literaria de los dos años siguientes, todo el mundo sigue fumando cigarrillos y preguntando las mismas cosas: «Pero ¿funciona?». «¿Por qué debe importarnos este personaje?». «¿Te has ganado este cliché?». Parecen preguntas importantes.

Los días que te toca a ti, miras a los demás con esperanza mientras leen tus fotocopias en busca de un argumento. Después ellos te miran a ti, respiran hondo y te sonríen con amabilidad.

Pasas demasiado tiempo hundida y desmoralizada. Tu novio te recomienda que realices paseos en bicicleta. Tu compañera de habitación te recomienda que cambies de pareja. Te dicen que te estás automutilando y que pierdes peso, pero sigues escribiendo. La única felicidad que tienes es escribir algo nuevo, en plena noche, con las axilas húmedas, el corazón palpitante, algo que no ha visto nadie todavía. Solo tienes esos momentos breves, frágiles, no probados, de regocijo en los que lo sabes: eres un genio. Comprende lo que debes hacer. Cambia de especialidad. Los niños de tus prácticas de guardería se llevarán una desilusión, pero tienes una vocación, un impulso, un engaño, un hábito desafortunado. Como diría tu madre, te has juntado con malas compañías.

¿Por qué escribir? ¿De dónde sale la escritura? Son cuestiones que te debes plantear. Como ¿de dónde sale el polvo?; o ¿por qué hay guerra?; o, si hay Dios, ¿por qué se ha quedado cojo mi hermano?

Son preguntas que te guardas en la cartera, como tarjetas de visita. Tu profesor de Creación Literaria dice que son preguntas que está bien que te plantees en tus diarios, pero rara vez en tus obras de ficción.

En este semestre de otoño, el catedrático de Creación Literaria hace hincapié en el poder de la imaginación. Lo cual significa que no quiere largos relatos descriptivos de tu acampada de julio pasado. Quiere que empieces en un contexto realista pero que lo cambies después. Como una nueva combinación del ADN. Quiere que dejes volar las velas de tu imaginación, que se hinchen al viento. Es una frase de Shakespeare.

Cuéntale a tu compañera de habitación tu gran idea, tu gran ejercicio de poder imaginativo: una adaptación de Melville a la vida contemporánea. Tratará de la monomanía y del mundo de los seguros de vida en Rochester, estado de Nueva York, donde el pez grande se come al chico. La primera frase será «Llamadme Pescael», y su protagonista será un marido menopáusico de un barrio residencial llamado Richard, que está siempre de un lado para otro y por esa razón Elaine, su mujer, ingeniosa, lo llama «Móvil Dick». Dile a tu compañera de habitación: «Móvil Dick, ¿lo entiendes?». Tu compañera de habitación te mira con la cara tan inexpresiva como un kleenex. Se acerca a ti en plan amiga y te pasa un brazo por esos hombros en los que llevas tanta carga.

—Mira, Francie —dice, hablando tan despacio como en una sesión de fonoterapia—. Vamos a salir a tomarnos una buena cerveza.

 * * *

Tampoco les resulta convincente a los del seminario. Sospechas que empiezan a tenerte lástima. Te dicen:

—Debes pensar en lo que pasa. ¿Qué se explica aquí?

En el semestre siguiente, el catedrático de Creación Literaria está obsesionado por la escritura a partir de vivencias personales. Debes escribir sobre lo que sabes, sobre lo que te ha pasado. Quiere muertes, quiere acampadas. Piensa en tus vivencias. En tres años te han ocurrido tres cosas: has perdido la virginidad, tus padres se han divorciado y tu hermano volvió de un bosque a dieciséis kilómetros de la frontera camboyana solo con medio muslo y una mueca permanente alojada en un ángulo de la boca.

Sobre lo primero, escribes: «Creó un espacio nuevo, que dolía y gritaba en una voz que no era la mía, “Ya no soy la misma, pero estaré bien”».

Sobre lo segundo escribes un relato complicado acerca de un matrimonio de ancianos que se encuentran una mina desconocida en su cocina y explotan accidentalmente. Lo titulas: «En la salud o en la encimera».

Sobre lo último no escribes nada. Para eso no hay palabras. No encuentras palabras.

En las fiestas de estudiantes, la gente te dice: «Vaya, ¿escribes? ¿Sobre qué escribes?». Tu compañera de habitación, que ha tomado demasiado vino, demasiado poco queso y ninguna galleta salada, suelta:

—Ay, Dios mío, siempre escribe del tonto de su novio.

Más adelante, a lo largo de tu vida, aprenderás que los escritores no son más que textos abiertos, impotentes, que carecen de una verdadera comprensión de lo que han escrito, y que por lo tanto deben creerse en parte todo y cualquier cosa que digan de ellos. Pero aún no has llegado a esa etapa de crítica literaria. Te pones rígida y dices: «No es verdad», del mismo modo que lo dijiste cuando una compañera de cuarto de primaria te acusó de que ibas a clase de oboe porque te gustaba, y no porque te obligaban tus padres.

Insiste en que no te interesa mucho ningún tema único, que lo que te interesa es la música del lenguaje, que te interesan las... las... sílabas, porque son los átomos de la poesía, las células de la mente, el aliento del alma. Empieza a sentirte indispuesta. Mira fijamente el interior de tu vaso de plástico lleno de vino.

Oirás que alguien pregunta «¿las sílabas?» con una voz que se va perdiendo mientras se desliza despacio hacia el blanco tranquilizador de la salsera.

Empieza a preguntarte de qué escribes. O si tienes algo que decir. O si existe algo que decir. Limita esos pensamientos a diez minutos al día; te pueden hacer adelgazar, como los abdominales.

Leerás en alguna parte que todo lo que es escribir tiene que ver con los propios órganos genitales. No le des vueltas. Te pondrá nerviosa.

* * *

Vendrá a visitarte tu madre. Verá las ojeras que tienes y te entregará un libro marrón en cuya portada aparece un maletín también marrón. Se titula Cómo hacerse ejecutivo. También te ha traído el libro Nombres para niños y niñas que le pediste; uno de tus personajes, el maestro-payaso viejo, necesita un nombre nuevo. Tu madre sacudirá la cabeza y dirá:

—Francie, Francie, ¿te acuerdas de cuando querías licenciarte en psicología infantil?

Di:

—Mamá, a mí me gusta escribir.

Ella dirá:

—Claro que te gusta escribir. Por supuesto. Claro que te gusta escribir.

Escribe un relato acerca de un estudiante de música confuso y titúlalo: Schubert era el de gafas, ¿verdad? No tiene mucho éxito, aunque a tu compañera de habitación le gusta la parte en que los dos violinistas explotan accidentalmente en una sala de conciertos.

—Una vez salí con un violinista —comenta, y haz estallar un globo de chicle.

Da gracias a Dios que estás cursando otras asignaturas. Puedes encontrar refugio en las pegas ontológicas del siglo XIX y en los rituales de apareamiento de los invertebrados. Ciertos moluscos globulares practican lo que se llama «el sexo por el brazo». Por ejemplo, el pulpo macho pierde el extremo de un tentáculo al ponerlo dentro del cuerpo femenino durante el apareamiento. Los biólogos marinos lo llaman «el séptimo cielo». Alégrate de saber esas cosas. Alégrate de no ser simplemente escritora. Solicita el ingreso en la facultad de Derecho.

A partir de aquí pueden ocurrir muchas cosas. Pero la principal será esta: al final decides no ir a la facultad de Derecho, y en su lugar pasar una parte importante, sustancial, de tu vida adulta contando a la gente por qué razón finalmente decidiste no ir a la facultad de Derecho. De alguna manera acabas escribiendo otra vez. Quizá hagas cursos de posgrado. Quizá trabajes aquí y allá y asistas a cursos nocturnos de Creación Literaria. Quizá trabajes en una novela y estés anotando todos los comentarios ingeniosos y las confesiones personales íntimas que oyes a lo largo del día. Quizá estés perdiendo a tus amigos, a tus conocidos, tu equilibrio.

Has roto con tu novio. Ahora sales con hombres que, en lugar de susurrarte «te quiero», te gritan «házmelo, nena». Eso es bueno para ti como escritora.

Antes o después tienes un manuscrito, más o menos terminado. La gente lo mira con una vaga inquietud y te dice:

—Estoy seguro de que siempre tuviste la fantasía de ser escritora, ¿verdad?

Los labios se te quedan secos como la sal. Di que, de todas las fantasías posibles que hay en el mundo, no te puedes imaginar que la de ser escritora esté siquiera entre las veinte más interesantes. Explícales que ibas a licenciarte en psicología infantil.

—Estoy seguro de que se te darían muy bien los niños —suspiran siempre.

Haz una mueca feroz. Di que eres un cardo andante.

Deja las clases. Deja los trabajos. Vende los antiguos bonos de ahorro. Ahora tienes tiempo en las manos, como si fueran verrugas. Copia despacio todas las direcciones de tus amigos en una agenda nueva.

Pasa la aspiradora. Mastica caramelos para la tos. Ten una carpeta llena de fragmentos.

            Un párpado que se oscurece de lado.
            El mundo como conspiración.
            ¿Posible argumento? Una mujer se sube a un autobús.
            ¿Y si organizases una relación amorosa y no se presentara nadie?

En casa bebe mucho café. En el restaurante Howard Johnson pide la ensalada de col. Piensa que se parece al confeti esponjoso de un mapa: los sitios donde has estado, adonde vas. «Usted está aquí», dice la estrella roja en el dorso del menú.

De vez en cuando, un hombre con quien sales, con la cara tan inexpresiva como una hoja de papel, te pregunta si los escritores se desaniman con frecuencia. Dile que unas veces sí y otras también. Dile que se parece mucho a tener la polio.

—Interesante —responde él sonriendo, y después se mira el vello de los brazos y comienza a alisárselo, todo, siempre, en la misma dirección.



en Autoayuda, 1985











martes, julio 28, 2020

«Puentes para atravesar la noche», de Juan de la Fuente Umetsu





Cuando cruzo el puente,
¡he aquí que el puente fluye, no el agua!
FA TU SHIH

1

El silencio se refugia en el grito
Para afirmar su presencia
Cada 500 años.
Dos planetas extraviados se encuentran.
En el mismo lugar, a la misma hora, lejos del mar y el desierto
Cada 500 años, se escapan los destinos.
Lejos del hombre y tan inmediatamente cerca de él,
La señal del pasado es más fuerte que el presente.
La luz entra o sale de sus pasos,
Conforme se alejan de la historia.
Pero ellos son la historia.
Palabras con palabras.




2

Dos vagabundos caminan a través de mis ojos.
Alguien dijo: «el regreso sucederá cuando ambos
Decidamos caminar en otro tiempo, otro espacio, otros cuerpos».
A través de mis ojos, ellos entablan una batalla contra la mirada.
Uno va creando caminos y templos,
Mientras el otro recorre con su corazón el mundo.
Es el imperio de la visión que surge del alma para llegar a ella.
Tú viajas al ocaso donde comienzan todos los principios.
El océano que habita en ti se desborda.
No sabemos en qué sitio se pierden los lugares y las huellas.
Ni cómo la primavera sucede por primera vez en el fondo del mar.
Todo es huella, mas el aire prevalece.




3

Vagar es viajar sin el mundo a cuestas.
Mirando las cosas y expresándolas con la misma sensación
Con que nos fueron reveladas, pero usando nuestras últimas palabras.
A través de mis ojos, dos vagabundos entablan una batalla
          contra todas las miradas.
Una niña los lee desde algún lugar de Las Mil y una Noches.
Aún nadie se llama Sherezade.
Vuelan las aguas del río.




4

Uno acomoda las piedras del mundo,
Para que no se nos venga abajo la vida.
El otro trastoca las piedras en lágrimas.
Son lágrimas buenas, hechas de mar y camino.
Ni Ítaca ni tú, momento mío:
Nada podrá impedir que corra detrás de las palabras que
          no me atreví a decir
Y me dejaron aquí, esperándome.
No hay recuerdo que no sea mentira.
Lo vivido ya no existe, existimos nosotros.




5

Ellos discuten sobre el poder y saben que nunca acabarán en paz.
Sopesan el vuelo de las aves en sus frentes,
Tratando de alcanzarlas de tal forma que el vuelo no se asuste.
Aquí permanecen las huellas que no dejaron, los conjuros,
Las miradas secuestradas en algún lugar.
En algún tiempo,
Cae el tiempo.
La luz se enciende de sombra, la sombra refleja lo más humano
          de nosotros
Y se va.




6

Dos vagabundos duermen en el metro de Londres, en el puente
          de Brooklyn.
En los puentes colgantes de tu voz, se desatan los nudos.
Dos vagabundos caen sostenidos por la luz.
Aquí solo ellos permanecen.
Aquí solo ellos y la historia.
Viajar es caminar sin el mundo a cuestas.
Ha terminado la noche.
El día no ha nacido.
Un imperio de palabras restablece el orden de las cosas.
Aquí no hay silencio, no hay historia.
Cada piedra en su lugar palpita
A su manera, cada piedra en su lugar construye
El gran muro visible que nos protegerá de todos.
El gran muro invisible que nos protegerá de nosotros.







2016















lunes, julio 27, 2020

“El arte y el señor Mahoney”, de Carson McCullers





Era un hombre grande, contratista de profesión, y estaba casado con la pequeña y perspicaz señora Mahoney, muy activa en el club y en los asuntos culturales. Hombre de negocios avisado (poseía un almacén de ladrillos y un taller para desbastar y cepillar madera), el señor Mahoney se manejaba pesadamente, con dócil afabilidad, bajo la dirección de la artística señora Mahoney. Su mujer lo tenía bien entrenado; estaba acostumbrado a hablar de «repertorio», y a escuchar conferencias y conciertos con la adecuada expresión de sumiso pesar. Era capaz de hablar de arte abstracto, e incluso había tomado parte en dos de las producciones del Little Theatre, una vez de mayordomo, la otra de soldado romano. El señor Mahoney, diligentemente entrenado, tantas veces amonestado, ¿cómo había podido ser responsable de que cayera sobre ellos semejante vergüenza?

El pianista de la noche era José Iturbi, y se trataba del primer concierto de la temporada, una función de gala. Los Mahoney habían trabajado mucho durante la campaña en pro de la Liga de las Tres Artes. El señor Mahoney, él solo, había vendido más de treinta abonos de temporada. A los más cosmopolitas entre sus conocidos del mundo de los negocios les habló de los conciertos programados como de un «orgullo para la comunidad» y de una «necesidad cultural». Los Mahoney habían prestado su auto y, en el escenario de su nueva casa de estilo Tudor encerada y adornada con flores para la ocasión, habían obsequiado a los abonados a una fiesta al aire libre, con tres criados negros uniformados de blanco que sirvieron los refrescos. El indudable prestigio de los Mahoney como mecenas del arte y de la cultura se lo tenían bien merecido.

El comienzo de la fatídica velada no dejó entrever lo que se preparaba. El señor Mahoney cantó en la ducha y se vistió con minucioso cuidado. Había traído una orquídea de la floristería de Duff. Cuando Ellie pasó desde su habitación —en la nueva casa tenían habitaciones separadas aunque contiguas—, él estaba cepillado y resplandeciente en su esmoquin, y ella, que llevaba la orquídea en el hombro de su vestido azul de crespón, se mostró satisfecha, le dio unas palmaditas en el brazo y dijo:

—Estás muy apuesto esta noche, Terence. De lo más distinguido.

El cuerpo robusto del señor Mahoney se estremeció de felicidad, y se le encendió el rostro rubicundo, con sienes de venas bifurcadas.

—Tú siempre estás igual de hermosa, Ellie. Siempre deslumbrante. A veces no entiendo por qué te casaste con...

Su mujer lo calló con un beso.

Iba a haber una recepción después del concierto en casa de los Harlow y, por supuesto, los Mahoney estaban invitados. La señora Harlow era la «jefa de la manada» en aquel prado de las cosas más selectas. ¡Ah, cómo despreciaba Ellie aquellas expresiones tan vulgares! Pero el señor Mahoney había olvidado todas las veces que había sido necesario llamarle la atención mientras caballerosamente le colocaba a su mujer el chal sobre los hombros.

La ironía fue que, hasta el momento mismo de su ignominia, el señor Mahoney había disfrutado con el concierto más que con ninguno de los anteriores. No fue preciso escuchar nada del serpenteante y tedioso Bach, y cuando el pianista tocó una pieza con ritmo de marcha, se encontró varias veces llevando con el pie el compás de la música. Mientras permanecía allí sentado, disfrutando de aquella pieza, miraba de cuando en cuando a Ellie. El rostro de su mujer tenía la expresión de dolor petrificado, inconsolable, que adoptaba siempre que escuchaba música clásica en un concierto. En los descansos entre interpretaciones se ponía la mano en la frente con aire trastornado, como si soportar tanta emoción fuese demasiado para ella. El señor Mahoney por su parte aplaudía con entusiasmo, agitando mucho sus rosadas manos regordetas, feliz con la oportunidad de moverse y reaccionar.

En el descanso los Mahoney salieron por separado al vestíbulo. Terence se encontró con que le tocaba aguantar a la anciana señora Walker.

—Estoy deseando que llegue Chopin —dijo ella—. Siempre me gusta la música menor, ¿no le pasa a usted lo mismo?
—Imagino que disfruta usted sufriendo —respondió el señor Mahoney.

La señorita Walker, la profesora de inglés, replicó sin demora:

—Es la melancolía del alma celta de mi madre. Sus antepasados vinieron de Irlanda, ¿sabe?

Sintiendo que, de algún modo, había dado un paso en falso, el señor Mahoney dijo torpemente: —También a mí me gusta la música menor.

Tip Mayberry lo cogió del brazo y le habló en tono de camaradería:

—Ese tipo aporrea a conciencia los marfiles.

El señor Mahoney adoptó un tono reservado: —Tiene una técnica muy brillante.

—Aún nos queda una hora —se lamentó Tip Mayberry—. Ojalá nos pudiéramos escapar tú y yo. El señor Mahoney se apartó discretamente.

Por su parte le gustaba el ambiente de las representaciones y de los conciertos en el Little Theatre: las telas y los prendidos de flores de las señoras y los correctos esmóquines de los caballeros. El orgullo y la satisfacción le caldeaban el alma mientras departía afablemente con otros espectadores en el vestíbulo del auditorio escolar, saludaba a las señoras y hablaba con autoridad reverente de movimientos y mazurcas.

Fue durante la primera obra después del descanso cuando se produjo el desastre. Se trataba de una larga sonata de Chopin: el primer movimiento, atronador; el segundo, entrecortado y voluble. Durante el tercero el señor Mahoney, sintiéndose cómplice, llevaba el ritmo con el pie: la rígida marcha fúnebre y un triste fragmento con aire de vals en el centro; la conclusión de la marcha fúnebre llegó con un estrepitoso acorde final. El pianista alzó la mano e incluso se inclinó un poco hacia atrás sobre el taburete del piano.

El señor Mahoney aplaudió. Estaba tan completamente seguro de que era el final de la sonata que aplaudió con entusiasmo media docena de veces antes de darse cuenta, para horror suyo, que había aplaudido solo. Con veloz energía diabólica José Iturbi se abalanzó de nuevo sobre las teclas del piano.

Al señor Mahoney lo agarrotó la desesperación. Los momentos que siguieron fueron los más terribles que recordaba. Las venas rojas de las sienes se le hincharon y oscurecieron y él procedió a apretarse las manos transgresoras entre los muslos.

Si al menos Ellie le hubiera hecho alguna discreta señal para consolarlo. Pero cuando se atrevió a mirar en su dirección, el rostro de su esposa estaba helado y sus ojos miraban al escenario con desesperante intensidad. Después de algunos interminables minutos de humillación, el señor Mahoney extendió una mano tímidamente hacia el muslo de Ellie cubierto de crepé. La señora Mahoney se apartó de él y cruzó las piernas.

Durante casi una hora tuvo que sufrir la vergüenza pública. Por un momento reparó en Tip Mayberry, y una maldad desconocida se apoderó de su tierno corazón. Tip era incapaz de distinguir una sonata de los Blues del Navajazo en la Tripa. Y sin embargo allí estaba, pagado de sí mismo, sin que nadie se fijara en él. La señora Mahoney, por su parte, se negaba a aceptar la mirada angustiada de su marido.

Después tenían que ir a la fiesta. El señor Mahoney reconoció que era eso lo que había que hacer. Se dirigieron hacia allí en silencio, pero cuando estacionó el coche delante de la casa de los Harlow, la señora Mahoney dijo:

—Yo pensaría que cualquier persona con un mínimo de sentido común sabe lo bastante como para no aplaudir hasta que lo hayan hecho los demás.

Para él la fiesta fue un espanto. Los invitados rodearon a José Iturbi y le fueron presentados. (Todos sabían quién había aplaudido a excepción del señor Iturbi, que se mostró tan cordial con el culpable como con los demás). El señor Mahoney se quedó en un rincón, detrás del piano de cola bebiendo whisky. La anciana señora Walker y su hija, junto con la «jefa de la manada», no se apartaron ni un momento de José Iturbi. Ellie, por su parte, se dedicó a mirar los títulos de los libros en las estanterías. Sacó uno e incluso estuvo un rato leyéndolo de espaldas a la habitación. En el rincón, su marido permaneció aislado durante un buen número de cócteles. Y al final fue Tip Mayberry quien se acercó para hacerle compañía. «En mi opinión, después de todos los abonos que vendiste, tenías derecho a un aplauso de más». Acto seguido le hizo un lento guiño de secreta hermandad que, en aquel momento, el señor Mahoney casi estuvo dispuesto a aceptar.



en ¿Quién ha visto el viento? (Antología), 2013
Traducción de José Luis López Muñoz