sábado, julio 13, 2024

«5 años», de Duo Duo

Traducción de Miguel Ángel Petrecca




Cinco copas de alcohol, cinco velas, cinco años
cuarenta y tres años de edad, una ráfaga de sudor a medianoche
las palmas de cincuenta manos golpean contra la mesa
una bandada de pájaros con las garras cerradas viene volando desde ayer

Cinco cohetes resuenan en el mes cinco, en cinco dedos el trueno retumba
pero en el mes cuatro cuatro hongos alimentándose
de la lengua de cuatro caballos muertos no mueren
en el día cinco cinco velas se apagan a las cinco y cinco
pero el paisaje vociferante del amanecer no muere
el pelo muere pero la lengua no muere
el temperamento recuperado de una carne bien cocida no muere
cincuenta años el mercurio infiltra el esperma pero el esperma no muere
el feto se da luz a sí mismo y no muere
cinco años pasan, cinco años no mueren
en cinco años, veinte generaciones de insectos mueren. 




en Un país mental. 150 poemas chinos contemporáneos
Gog y Magog, 2023















viernes, julio 12, 2024

«Cuando ya estemos muertos y enterrados», de Lydia Davis

Traducción de Eleonora González Capria






Cuando ya estemos muertos y enterrados,
quizás sea un consuelo
oír los golpes rápidos a la puerta
y la voz del otro lado diciendo:
«¡Lalimpieza!», 
por más que no podamos abrir la puerta.




en Esa gente que no conocemos, Eterna Cadencia, 2024
















jueves, julio 11, 2024

«Una travesía normal», de Mourid al-Barghouti

Versión de Juan Carlos Villavicencio




No he visto ningún horror,
ni he visto un dragón en la tierra,
ni a los Cíclopes junto al mar,
ni a bruja alguna ni a algún policía
ahora que recién se asoma el sol.
Los piratas no se apoderaron de mis deseos,
ni los ladrones derribaron la puerta de mis días.
Mi ausencia no ha sido larga:
sólo me tomó el tiempo de una vida.

¿Cómo fue que viste cicatrices
en mi cara, la tristeza en mis ojos,
y las heridas en mis huesos y en mi alma?
Esas son sólo ilusiones.
No he visto ningún horror,
todo fue en extremo normal,
no te preocupes;
tu hijo sigue en su tumba, asesinado,
y por cierto está muy bien.












miércoles, julio 10, 2024

«Hélène o el reino vegetal», de René-Guy Cadou

Traducción de Ariel Pérez Guzmán


 


Estás en un jardín y estás sobre mis labios
No sé si existe el pájaro que pueda imitarte
Mis manos te doy esta noche para que digas
A Dios que puede usarlas en trabajos azules

Porque escucha tu voz el ángel tus palabras
Van cayendo en el viento como un ramo de trigo
Y los niños del cielo que vuelven de la escuela
Cada día te reciben con rostros fascinados

Inclínate al oído tan bajo de los tréboles
Advierte a los caballos que está a salvo la tierra
Diles que todo es bueno la hiel y las espinas
Que tu amor ha bastado para cambiarlo todo

Yo te veo Hélène mía en medio de los campos
Perdonando los crímenes rosados de los huertos
La puerta alta del mundo abres para que el hombre
Alcance el mostrador luminoso del sol

Cuando te tengo lejos estás siempre presente
Vives dentro del aire como el olor del pan
Te esperaré cien años pero ya eres mía
Por cada una de las praderas que hay en ti. 



en El ángel que corre por los campos
Editorial Duino, Buenos Aires, 2018






Hélène ou le règne végétal

Tu es dans un jardin et tu es sur mes lèvres / Je ne sais quel oiseau t'imitera jamais / Ce soir je te confie mes mains pour que tu dises / A Dieu de s'en servir pour des besognes bleues // Car tu es écoutée de l'ange tes paroles / Ruissellent dans le vent comme un bouquet de blé / Et les enfants du ciel revenus de l'école / T'appréhendent avec des mines extasiées  // Penche-toi à l'oreille un peu basse du trèfle / Avertis les chevaux que la terre est sauvée / Dis-leur que tout est bon des ciguès et des ronces / Qu'il a suffi de ton amour pour tout changer // Je te vois mon Hélène au milieu des campagnes / Innocentant les crimes roses des vergers / Ouvrant les hauts battants du monde afin que l'homme / Atteigne les comptoirs lumineux du soleil // Quand tu es loin de moi tu es toujours présente / Tu demeures dans l'air comme une odeur de pain / Je t'attendrai cent ans mais déjà tu es mienne / Par toutes ces prairies que tu portes en toi.



















martes, julio 09, 2024

«Mares que mueren», de Marlene Zertuche

Tres poemas




Tatéi Haramara


todos los mares, el mar
Tatéi Haramara
madre mía y de los hombres
origen de las aguas del mundo:

en ti confío, diosa-venado
para que cuando muera
mi alma ronde cinco días
por los lugares en que de niña viví:

la acequia vertical
que dividía el pueblo
el patio y la cocina de tía Quica
el zaguán con su canto de canario
y, si se me permite la dicha
esas sombras
de la higuera
el nogal y el durazno

a esos lugares hazme volver
para que mi boca
coma el pan de la calma
el maíz de la desmemoria
para que en mis labios
se posen las gotas
del descanso eterno

después
llévame a tu piedra blanca
ya sin cuerpo
para iniciar mi camino

hazme entender
que no hubo paso mal andado

y ahí mismo
altísima señora de las nubes
regresa mi espíritu a tu vientre

guíame a casa
 




9 


mar semilla, mar inquieto, mar futuro, mar nosotros, mar tláloc

estamos aquí porque estiramos el tiempo, celebramos el fin de cada ciclo y coronamos nuestros altares con su cruz, cempasúchil, resucitamos cada muerto, anulamos el duelo, alumbramos una nueva trinidad, Coyolxauhqui y virgen: Guadalupe

madre cachalota, sueño vertical, nodriza ancha del anhelo, si la energía de la vida está tatuada sobre tus leches, ahora las corrientes, los ecos subterráneos, los hijos azules, despiertan la verdad de la belleza





el mar detrás del nombre


llevo un mar en mi nombre

por eso en cada sitio a donde voy
despierta una humedad

una cadencia

el ritmo de mis olas

de este fragor paciente que aprieto
este silencio inmenso

ceñido a mi pequeñez

las palabras que no digo

porque solo lo claro

debe ser pronunciado

llevo un mar en mí
en mi nombre

un crespo oleaje cubre la cama

mi sudor y mi sal se extienden sobre ti
te mueves, jadeas, das brazadas

te mueves, te clavas

te zambulles

en mí




Guadalajara, México










Contribución a DscnTxt de Héctor Monsalve


























lunes, julio 08, 2024

«A Ramón Imago no le importaba decirlo (aunque nunca lo dijo)», de Rafael Bielsa

Fragmento del inicio


 

Brandán Niemöller se preguntó cuál era exactamente su profesión. ¿La de un historiador errante, la de un arqueólogo, la de un antropólogo evolutivo, la de un escritor o detective? 

De la respuesta a esa pregunta dependería el estilo elegido para narrar todo lo que le había revelado el contenido del portafolios. El abordaje expositivo, su estilo, su ritmo. El aliento del texto. 

No hacía demasiado tiempo atrás, apenas después de que el Regente inaugurara la «cofia» durante una celebración ecléctica −en la que se mezclaron los símbolos ceremoniales con el vodevil popular, en una atmósfera cuyo exceso de colores, olores y sonidos conducía a lo reverencial−, había entrado en una de esas tiendas tan divulgadas luego de la última Máxima Purificación, donde se ponían a la venta objetos recogidos de la diáspora y el abandono. Desde dispositivos ecológicos superados hasta unas toscas piezas para sostener los pantalones, los llamados «cinturones», a los que se sumaban zapatos de cuero flor, y obsoletas fuentes internas de luz. Hasta un portafolios rebosante de papeles. En fin, todo esto en casas provisoriamente deshabitadas, o en edificios que alguna vez habían sido imponentes dependencias públicas que jamás volverían a cumplir las mismas funciones. La caída de todo orden es, inexorablemente, cubierta por otro que se dice superior. 

Brandán, por aquellos días, estaba estudiando la Primera Independencia territorial respecto de la desaparecida República Argentina, concretada tras la Separación. 

O sea, los hechos que dieron vida y aliento a la República de los Buenos Aires, y los posteriores que determinaron su caducidad por medio de la creación de la Ciudad Sobe- rana de Buenos Aires, donde vivía, ahora bajo la «cofia». Protagonistas, líneas históricas de fuerza, instituciones. 

República Argentina, República de los Buenos Aires, Ciudad Soberana de Buenos Aires, todo en menos de dos décadas. Territorios menores y desdichas mayúsculas para demasiados seres humanos. Siempre las había habido, pero rara vez tan irreparables. 

Su empresa no era sencilla. Primero, porque sobre ese período existía una sombra espesa incitada por las autoridades, en particular por el Regente, quien detrás de su título transitorio no tenía la más mínima voluntad de abandonar el poder. Por lo propio, era difícil que los protagonistas presenciales se prestaran a la confidencia. Y, finalmente, porque el conocimiento de la historia no se le inculcaba a nadie, lo que no dejaba de tener su costado benéfico: esa ignorancia permitía encontrar −de casualidad o por provocación de los propios elementos hallados–, cosas como el portafolios. 

El contenido consistía en una gran cantidad de hojas impresas en viejos periféricos láser, libretas manuscritas, fotografías, reproducciones de documentos históricos, todo perteneciente en su tiempo a uno de los actores de la Primera Independencia en el que Brandán Niemöller había puesto la lupa: Ramón Imago. Protagonista secundario, es cierto, pero de ahí́ su originalidad y el peculiar interés en sacarlo a la luz. De los actores principales se ocupaba la memoria popular y la propaganda gubernamental, para adorarlos o para incendiarlos. 

Obedeciendo a un reflejo, rotó la cabeza hacia el archivador. Pensó en que la vieja República Argentina había sido un país desdichado. De indecible riqueza, con un pasado de apogeo que los argentinos terminaron por malograr. 

Habían cultivado tal virtuosismo destructivo, que llegó a ser el rasgo fundamental de esa comunidad organizada en el caos. A través del hábito de meterse en todo lo ajeno mientras desertaban de sus propias responsabilidades, abrazando el credo hipster de la división, siendo eruditos en la cultura de la discordia, desatando un darwinismo salvaje que, por unánime, terminó por decretar la impunidad del rebaño. Bastaba con que alguien escupiera en el suelo, para que de ahí́ naciera un saqueador. La anarquía misma, como chaparrones hidrófobos. 

Como amantes noveles ofuscados ante la belleza del objeto de su deseo, en lugar de poseerlo, habían preferido aniquilar a todo aquel que imaginaran que estaba deseando lo mismo que ellos. 

Amantes inseguros que fueron perdiendo la cordura en las bóvedas de la codicia, en el burlesque de la vulgaridad, en los laberintos de la intolerancia. Incapaces y caprichosos, soslayaron algunas de las lógicas del amor: su asimetría, el precio en dolor que hay que pagar por el disfrute de las delicias, su naturaleza transitoria, que aconseja algo de contemplación y bastante más de paciencia. 

Tardíamente adolescentes, siempre bruscos, jamás interesados por los bordes blandos de la armonía. Con una épica apoyada en la indolencia, la incompetencia, y la insensatez, vivieron años luchando, malviviendo, emigrando y muriendo por tratar de que lo inexorable tuviera la apariencia de un logro esperado. 

Su legendaria intemperancia estaba mucho más forjada en la impotencia que en la defensa de los principios. Y su ingenio, del que todavía se hablaba, no era más que astucia e instinto, los mismos de los animales para encontrar el camino más corto. Como la hormiga del desierto o el charrán ártico, bichos de los que hablan y muestran los programas audiovisuales y sensoriales de memorias del mundo exterior. 

Fue así, pensando en la estirpe de la Ciudad Soberana de Buenos Aires, casi como un cronista usando herramientas arqueológicas, que, tras pasar por la antropología en sus diversas especialidades y por la atractiva actividad detectivesca, llegó a tomar la decisión, de que los documentos de Ramón Imago serían material para una narración novelesca. Lo que alguna vez se había llamado real-fiction





en Bestias fugaces talladas en el tiempo, Descontexto Editores, 2024







Fotografía original de Rafael Bielsa por Silvana Colombo






Pueden comprar el libro escribiendo a descontextoeditores@gmail.com
o en las mejores librerías de Chile y Argentina gracias a BigSur
















domingo, julio 07, 2024

«Las manos, otra vez», de Khairi Mansour

Versión de Juan Carlos Villavicencio




No hay mares en los libros.
Pregunto por ellos, pero no responden.
No hay camas en los árboles.
Llega el sueño, pero las ramas me despiertan peligrosamente.
No hay diálogos en el lenguaje.
Tocan mis labios, pero no mis más íntimos nervios.
No hay campos en las nubes,
pero sí sangre llevando al futuro su historia.
No hay mares no hay libros
no hay camas no hay árboles
no hay diálogos no hay lenguajes
no hay campos no hay nubes.
Levanten, pues, mis manos…
quién sabe si, en alto, ellos me van a ver.













sábado, julio 06, 2024

«Noche de luna», de Kum Hsiu

Versión de Juan Carlos Villavicencio




mientras deambulo sin rumbo fijo bajo una luna congelada
una flauta derrama su belleza desde una torre contigua.
entonces la brisa de la mañana comienza a levantarse y a soplar 
            en rachas —
el río ya es una alfombra de blancas flores por doquier.













viernes, julio 05, 2024

«La novia del negro», de Gottfried Benn

Traducción de Verónica Jaffé





 
Entonces sobre almohadas de oscura sangre
se recostaba el cuello de una mujer rubia.
El sol rabiaba en sus cabellos
y lamía los pálidos muslos
y se arrodillaba ante los pechos un poco más oscuros,
aún sin deformar por los pecados y los partos.
Un negro junto a ella: la coz de algún caballo
le había destrozado los ojos y la frente. Dos dedos
de su sucio pie izquierdo
se hincaban en la pequeña oreja blanca.
Pero ella yacía y dormía como una novia:
orlando la felicidad del primer amor
y en espera de numerosos viajes celestiales
de la sangre joven y cálida.
                                   Hasta que alguien
le hundió el cuchillo en la nívea garganta 
y un delantal púrpura de sangre muerta 
le cubrió las caderas.




en Morgue y otros poemas, 1912







Negerbraut

Dann lag auf Kissen dunklen Bluts gebettet / der blonde Nacken einer weißen Frau. / Die Sonne wütete in ihrem Haar / und leckte ihr die hellen Schenkel lang / und kniete um die bräunlicheren Brüste, / noch unentstellt durch Laster und Geburt. / Ein Nigger neben ihr: durch Pferdehufschlag / Augen und Stirn zerfetzt. Der bohrte / zwei Zehen seines schmutzigen linken Fußes / ins Innere ihres kleinen weißen Ohrs. / Sie aber lag und schlief wie eine Braut: / am Saume ihres Glücks der ersten Liebe / und wie vorm Aufbruch vieler Himmelfahrten / des jungen wannen Blutes. / Bis man ihr / das Messer in die weiße Kehle senkte / und einen Purpurschurz aus totem Blut / ihr um die Hüften warf.









jueves, julio 04, 2024

«Podrías llamarte Antígona», de Gabriela Ynclán

Fragmento inicial




Lugar: El fondo de la mina. La oficina del tirano

En la escena dos niveles, una rampa que baja.

En la parte de arriba sucederá la acción de los vivos en el segundo nivel los mineros muertos. Ellos aparecen como espectro, ropa desgarrada y quemada.


Primera escena: Los mineros, Analía y Jimena

Minero 1: La luz y el sol relucen afuera, y nosotros aquí.

Minero 2: Bajo esta noche que de piedra hace estrellas. Sin ojos, sin voz entre los muertos. Muertos y sin morir del todo.

Minero 3: Quién pudiera mirar de nuevo algún humano, alguien con vida, respirar ese aire que se torna esperanza y aquí, en este encierro, sólo es carbón. (Pausa) Recuerdos de lo que fuimos, lo que no somos, lo que no seremos.

Minero 4: Vivimos y morimos aspirando estos gases, la vida se nos fue día a día bajo la noche que de piedra hace lunas. (Pausa) No volveremos nunca a mirar a los nuestros.

Minero 5: Tampoco podremos descansar, caminar tranquilos tras la temible muerte que quisiera llevarnos y pasea por la mina sin entender, muy bien, por qué estamos aquí, por qué de pie nos encontramos si es que muertos vivimos.

Minero 1: Yo tenía una esposa, unos hijos, una casa pequeña ¿Qué será de mi gente si no encuentra mi cuerpo?

Minero 2: Un cadáver no es nada si no tiene una lápida, un nombre sobre ella, una oración, una caja pequeña en que llore la hermana o la novia o la madre.

Todos: ¡Silencio, alguien viene!

Minero 3: Puedo escuchar sus pasos. (Pausa) Es una joven. (Pausa) Es la hermana de alguno.

Minero 1: ¿Ha bajado a la mina?

Minero 4: No, permanece en la entrada.

Minero 3: ¿Llora?

Todos 5: No, parece que reclama, que no suplica, exige. (Pausa) Ya está aquí. Se detiene.

(Entra Analía por el nivel de arriba, tras ella Jimena)

Analía: Varios son, como yo, los que piensan que se puede rehabilitar el tiro de carbón y volver a la búsqueda de los cuerpos, (Pausa) Que los restos se encuentran en…

Jimena: ¿Quién dijo eso, Analía? Hermana de firme corazón y cabeza de loca. ¿Quién en verdad lo sabe? ¿Los restos… que serán para hoy? ¿Lo imaginas siquiera? Jamás encontraremos eso que fue un hermano. ¿Y para qué quererlo así?

Analía: Lo quiero así, o como sea. Lo quiero aquí, arriba, no debajo del monstruo que escupe gases. (Transición) Lo quiero bajo un árbol que de sombra a sus restos, bajo la tierra blanda que remoja la lluvia y que el sol endurece. (Transición) Las viudas que bajaron hace ya casi un año ¿Las recuerdas, Jimena? Piensan, que contrario a lo dicho, existen condiciones para seguir buscando. (Transición) Lo quiero para tenerlo, llorarlo como se llora a ese que siempre estuvo ahí, como padre y amigo, como un todo al que admiras desde niña, del que dependes pero que cada día te enseña a ser más fuerte.

Jimena: También era mi hermano y también lo quería, pero no pienso igual, creo que hay que llorarlo si es que no lo tenemos y olvidarnos de todo esto. ¡Que nada ganamos con este absurdo y necio recatar a los muertos! Si es que muertos existen allá abajo. ¿No entiendes? ¡Bajar ahí, es pisar el infierno!

Analía: El infierno está aquí: en tu alma, en la mía, en esta espera angustia, en la tristeza olvido de los seres ansiados. Si el infierno es lo que abajo se encuentra, voy a emprender el viaje, no seré la primera que visita el lugar de los muertos estando viva y que regresa luego. ¿No sé si tú me entiendes, Jimena? (Pausa) No es necedad ni orgullo. Siento una voz interna: ¡Algo debo de hacer! No puedo dejarlo ahí, sin sepultura alguna.



2009









miércoles, julio 03, 2024

«Menta», de Khaled Abdallah

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Camino descalzo a la charla con mi madre,
la plaza polvorienta, la silla del jardín, el pañuelo de 
    la bailarina, el viento,
los ojos en las ventanas de enfrente, una luna que cuelga
    entre dos hojas de palmera y otra luna
en la ventana. La bailarina tiene un palpitante corazón 
    de pájaro que ningún pecho puede contener. Un jarro rocía
    agua para asentar el polvo.
El labio de la flauta está húmedo por la saliva del intérprete. Como
    saliva de un niño
en la garganta de un globo. Esta melodía: la guardarán
    los demonios de tu corazón 
como el color de tu primer uniforme escolar. Pero si
    el acordeón se vuelve loco
las mujeres que creen en la suerte dirán que este muchacho es yeta.
Le prepararían un collar hecho con
    dos hilos de los sacos
de harina de repuesto y con huesos de animales extintos y
    conchas y colmillos 
amarillos. Vuelvo descalzo a oír las palabras de mi madre. «Otra
    luna en la ventana».
«Construye algunos rincones en tu corazón, mi amor, y
en ellos esconde tus plantas de menta».














martes, julio 02, 2024

«William Dunbar: el lamento por los poetas», de Armando Roa Vial





Yo, que antaño disfruté de salud,
ahora me aflige esta enfermedad
que es augurio de llantos y ataúd.
El temor a la muerte me perturba.

Nuestras dichas son hedor de espejismos,
astucias de un hado ya vejatorio;
débil la carne, simiente de abismos.
El temor a la muerte me perturba.

Suda el hombre su triste condición;
si ayer lozano, ahora envejecido
con nervio y tendón en demolición.
El temor a la muerte me perturba.

Nada hay firme o seguro en esta vida:
estragada hojarasca que se agita
donde la voz del hombre es diluida.
El temor a la muerte me perturba.

En la muerte se hunden los estamentos,
príncipes, prelados y potestades,
ricos y pobres del polvo fermentos.
El temor a la muerte me perturba.

Reta en batalla, que tanto disfruta,
suyos el yelmo y el escudo, muerte
victoriosa ante asomo de disputa.
El temor a la muerte me perturba.

La torva tiranía de la muerte
arranca al tierno infante de su madre
y con furia su inocencia pervierte,
El temor a la muerte me perturba.

Hace suya la adarga y el laurel,
la intrepidez del señor en combate,
la doncella, con ajuar y oropel.
El temor a la muerte me perturba.

No es indulgente ante el poder de reyes
o ante la dignidad del sacerdote:
su guadaña esquilma todas las leyes.
El temor a la muerte me perturba.

Profetas y santones y eruditos,
astrólogos, filósofos y magos,
todos, sí, todos son sus favoritos.
El temor a la muerte me perturba.

Del avezado, del docto y el diestro,
de jueces, comerciantes o galenos,
de todos la muerte anuda el secuestro.
El temor a la muerte me perturba.

Y diviso también a los poetas
que sollozan: sus musas injuriadas
por el destino, mustias y obsoletas.
El temor a la muerte me perturba.

La muerte devoró salvajemente
al gran Chaucer, príncipe de poetas,
y también a John Gower, tan potente.
El temor a la muerte me perturba.

A Sir Hugh de Eglington cerró los ojos,
Heryot y Wyntoun, ambos desterrados
por la muerte al erial de los despojos.
El temor a la muerte me perturba.

Como un fiero escorpión ha envenenado
a maese James Affleck, a John Clerk,
muerte envilecida ante lo sagrado.
El temor a la muerte me perturba.

Por ella ya se abisman en el miedo
Holland, Barbour y Sir Mungo Lokert.
A la muerte nada le importa un bledo.
El temor a la muerte me perturba.

El autor de Gawain, inolvidable
clérigo de Tranent, y Gilbert Hay
mancillados por esta miserable.
El temor a la muerte me perturba.

Hary, Sandy Traill, Patrick Johnstown: cada
uno ahogado por la barahúnda
de la muerte artera y desfachatada.
El temor a la muerte me perturba.

Merseir, que hizo del amor pulso vivo
de palabras gozosas, puso fin
a sus días, del gusano cautivo.
El temor a la muerte me perturba.

A Rolf de Aberdeen lo abrazó la muerte;
también a Rolf de Corstorphin, amigos
que ningún hombre podrá devolverte.
El temor a la muerte me perturba.

En Dunfermelin murmura insidiosa
sobre Robert Henrison y John Ros;
muerte alcahueta, tosca y alevosa.
El temor a la muerte me perturba.

Su guadaña no libró a los gentiles
John Reid y Quintin Shaw, a quienes hoy
lloran y lloran las gentes por miles.
El temor a la muerte me perturba.

Y Walter Kennedy tan bondadoso
sufrió lo indecible al morir, escrito
como estaba su destino ominoso.
El temor a la muerte me perturba.

Así, la muerte a mis amigos hunde
muy de prisa y huele en quien esto escribe
la próxima presa que los secunde.
El temor a la muerte me perturba.

Remedio ninguno existe contra ella;
lo mejor es disponer de esta vida
antes que mi muerte inicie su mella.
El temor a la muerte me perturba.




en Desde otros tiempos y voces, Valparaíso Ediciones, 2023








 





















lunes, julio 01, 2024

«Pregunta el camino», de Salman Masalha

Versión de Juan Carlos Villavicencio





El viejo camino les preguntó:
Tú que cargas sobre tus hombros
Sandalias cortadas de hojas de palma,
¿Adónde te diriges?
¿No ves el desierto
Que viene hacia ti
Con todas sus formas?
¿Por qué te esfuerzas tanto
Por pisarme descalzo?
No me ayuda tu sudor
Que gotea a un ritmo acelerado
En dirección al espejismo,
Ni tus oraciones
Ayudarán a la lluvia.
Tus pasos cojeando
Sobre mis huellas apenas me conmueven.
No van a dejar rastros
En mi piel para guiar a otros
Hasta el río. También yo, en verdad,
Me he enfermado a lo largo de los años
Por todo lo que me has despreciado. Por eso
He decidido 
Aniquilarme
Por mi propia voluntad
En mis propias arenas. Sin embargo, ¿quién me 
Guiará de vuelta a mí mismo
Si es que cambio de opinión?











domingo, junio 30, 2024

«Usted esta aquí», de Bárbara Colio

Fragmento





En el centro comercial. Isaura abraza contra sí, un frasco grande, lleno de botones. A su espalda, un enorme mapa de localización del centro comercial. Una gran flecha roja indica un punto del mapa seguido de la leyenda: «Usted está aquí». El Hombre Mayor llega a consultar el mapa. Isaura se dirige a él:  

Isaura:  

No se apure si no entiende nada, yo tampoco pude. Sección verde. Pasillo F. Punto 35. Dice perfectamente dónde estamos y aún así, estamos perdidos. Já.

Los electrónicos están por ahí, si es lo que busca, he pasado por ahí tres veces creo, o más. Esa cosa dice que la salida está por ahí pero no es cierto, por ahí está lo de electrónica, un pasillo lleno de televisores encendidos. En oferta.

No sabría decirle cual es la salida. Perdone.

Es increíble que toda esta gente necesitara comprar algo el día de hoy ¿no? Dicen que la crisis ya no nos deja comprar ni tomates, pero aquí… todos van con más de un par de bolsas de… cosas. Yo, dos botones era lo que necesitaba nada más, pero no podían venderme dos sueltos. Parece que las mercerías se extinguieron, había una todavía en el centro, contra esquina del cine, pero ya ninguno de los dos está. Tengo que remendar varias cosas. Camisas, uniformes, un disfraz para la más pequeña. Remendar. Tengo una familia ¿sabe? Tengo que… remendar, cuidarla. Seguir. Una ya no puede tomar riesgos. La crisis.

¿Va a venir alguien por usted?

El hombre mayor niega.

Espere entonces, no se preocupe, siéntese. Quizá sea mejor quedarse por acá. Por ahí sólo hay televisores y todos con la misma noticia. Pero qué gentío ¿no? Tantas caras metidas, aquí. Y, aunque una vea sus caras, de cerca, nunca puedes llegar a imaginarte bien, quiénes son realmente. Somos tantos, que uno podría llegar a pensar que si faltan algunas caras, nadie lo notaria; llegar a pensar que si nadie más volviera a repetir el nombre de esas caras, se podrían olvidar, o fingir que se olvidan, y seguir. Sin problema.

Venir de compras ayuda a eso, ¿no lo cree? A seguir sin problemas. Las ofertas no terminan nunca. ¿Gusta un caramelo?

El hombre mayor niega.

En los televisores –traté de salir por ese pasillo pero no pude, sentía que ella me–… La mujer que aparece en las noticias, es mi hermana. ¿La vio?

El hombre mayor asiente.

¿Nos parecemos? En los ojos, dicen, que los ojos los tenemos muy  parecidos. Pero vemos tan distinto. Ahí está ella, su cara, en todo ese pasillo lleno de televisiones. Le mentí, discúlpeme, si quiere irse… realmente no sé si la salida está por allá o no, lo que pasa es que no puedo pasar por ahí, me da vergüenza. La dejé sola. La olvidé. ¿Sabe? no es que yo sea cobarde, no es eso. Es, es que a mí no me pasó lo que a ella, punto. Gracias a Dios. Suena horrible. Pero es así. Y porque además, bueno, no es para todos eso de inventar los juegos, unos lo hacen, como ella; otros sólo somos… dos botones rotos.




2009














 

sábado, junio 29, 2024

«Pintando un pino», de Ching Yun

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Creo que esta vez
lo he conseguido: un pino auténtico
como la realidad.

Piénsenlo:
busquen en su memoria, ¿es real
o no lo es?

Supongo que tendré que volver 
a subir la montaña…
Al sur pasando Puente de Piedra,
la tercera a la derecha…