martes, abril 28, 2026

«Los niños perdidos», de Valeria Luiselli

Fragmento de III. Casa




Una de las primeras personas que entrevisté en la corte era un niño hondureño. Su tía había accedido a ser su guardiana en Estados Unidos, y lo había acompañado a su primera cita. Ella se sentó en una de las bancas al fondo de la sala de entrevistas, entreteniendo a su hija menor, una bebé de unos dos años, mientras él y yo nos instalábamos en una de las esquinas de la mesa de caoba al frente de la sala. Era evidente que los dos éramos recién llegados a esa circunstancia, novatos en el protocolo de la corte migratoria, primerizos en el ejercicio raro de traducir una historia y reducirla al espacio en blanco entre las preguntas del cuestionario. 

Primero le pido sus datos biográficos. Los datos reales no pueden revelarse, pero digamos que junto a «nombre», «edad», y «nacionalidad» anoto: Manu Nanco, dieciséis años, Honduras. Luego, junto a las palabras «guardianes», «parentesco» y «domicilio actual»: Alina Nanco, tía, 42 calle Pine, Hempstead, Long Island, NY. Unas líneas más abajo, me quedo viendo las dos preguntas que flotan a la mitad de la página: ¿Dónde está la madre del niño/a?, ¿El padre? Manu contesta alzando los hombros dos veces, y yo anoto: ¿y?  

—¿Por qué viniste a los Estados Unidos?  
—Se me queda viendo y responde: 
—¿Tú por qué viniste? 
—No soy policía, le digo. No soy nada oficial, ni siquiera soy abogada. Tampoco soy gringa. De hecho, si quieres que te diga la verdad, no te puedo ayudar en absoluto. Pero tampoco puedo hacer nada que te haga daño. 
—¿Y entonces qué haces aquí?  
—Nomás estoy aquí para traducir. 
—¿Traducir qué?
—Lo que sea que me quieras contar.  
—¿Y de dónde eres? 
—Soy chilanga.  
—Y yo catracho, somos enemigos. 
—Tal vez. Pero nomás en la cancha, y yo ni juego fut así que ya de entrada me metiste un gol. 

Sólo entonces hace una mueca que quizá sea una sonrisa. No me he ganado su confianza, por supuesto, pero por lo menos tengo su atención. Procedemos lentamente, a tientas, llenos de dudas. Él me entrega sus respuestas con murmullos, y cada tanto baja la mirada hacia sus manos, agarradas del borde de la mesa, o voltea a ver de soslayo a su tía y prima bebé, en el otro extremo de la sala. Trato de articular las preguntas en un tono neutro, discreto, pero todo lo que le pregunto parece avergonzarlo o irritarlo. Responde con frases cortas, y a veces nomás levanta los hombros. No, nunca conoció a su papá. No, no vivía con su mamá en su país de origen. La conoció, sí, pero ella iba y venía sin dar muchas explicaciones. Le gustaba la calle, dice. No le gusta hablar de ella. Creció con su abuela, pero la abuela murió el año pasado. Todos se fueron muriendo o se fueron yendo al norte. Han pasado seis meses desde que murió la abuela. Ella lo cuidaba, era la única que se encargaba. Aunque también lo cuidaba su tía, la misma que ahora está sentada al fondo de la sala, lo cuidaba aunque fuera desde lejos. Mandaba dinero todos los meses y hablaba por teléfono de vez en cuando. 

—¿Cómo te llevas con tu tía? ¿Estás contento viviendo ahora con ella? 

Está contento, dice, pero tampoco la conoce bien. Siempre fue una voz en el teléfono, y nada más eso. Una voz que hablaba para preguntar cómo iban todos y si les había llegado el dinero mensual. 

—¿Quiénes eran «todos»? –pregunto, para tener una idea más clara de los miembros de la familia.  
—Mi abuela, y mis dos primas, Marta y Patricia, y yo.  
—¿Y qué edad tienen ellas dos? 
—Creo diecinueve y trece. O diecinueve y catorce. 
—¿Y siguen allá ellas?  
—Más o menos.  
—¿Cómo? 
—Ya vienen en camino. 
—¿A Estados Unidos? 
—Sí. 
—¿Solas? ¿Con coyote? 
—Con coyote. 
—¿Quién lo paga? 
—Mi tía. 
—¿Es su tía también? 
—No pues, su mamá. Si son mis primas es su mamá. 

El motivo por el cual están viajando ahora las dos niñas no me queda claro hasta que llegamos a las últimas diez preguntas del cuestionario. Son las más difíciles de hacer porque se refieren directamente a los problemas con bandas del crimen organizado y es cuando muchos de los niños, sobre todo los más grandes, se empiezan a descomponer. Los más pequeños te miran con una mezcla de desconcierto y diversión si dices «bandas del crimen organizado», quizá porque asocian «banda» con las bandas musicales. Pero la mayoría, incluso los muy chicos, conoce las palabras «ganga» o «pandillero», y decirlas es como apretar el botón de una máquina que produce pesadillas. Aun si no tienen experiencia directa con las gangas, son la amenaza constante que los acecha, el monstruo bajo la cama o a la vuelta de la esquina, con el que se van a topar tarde o temprano.  

Todos los adolescentes, en cambio, responden que sí, que han sido directamente afectados por la violencia de las bandas criminales y las pandillas. El grado de cercanía y contacto varía, pero todos han sido tocados de un modo u otro por los tentáculos de grupos como la MS-13 o Calle 18. Las niñas adolescentes, por ejemplo, no suelen ser reclutadas, pero casi siempre son carne de trueque a disposición de los impulsos sexuales de los líderes de las pandillas. Los varones, si tienen hermanas o primas, saben que las van a utilizar para chantajearlos: si ellos no aflojan, ellas pagan las consecuencias. 

Le hago a Manu la pregunta treinta y cuatro, que suele ser la que abre la caja de Pandora, pero también la que le da al entrevistador el material más valioso para armar un caso a favor del menor: ¿Alguna vez tuviste problemas con bandas del crimen organizado en tu país? 

Manu me cuenta una historia confusa, revuelta, sobre la MS-13 y la 18, y las luchas de poder eternas entre ambas bandas. Unos lo querían reclutar, los otros lo estaban cazando. Un día, cinco miembros de la 18 lo esperaron a él y a su mejor amigo afuera de la escuela. Cuando los vieron ahí parados, supieron que no iban a poder hacer nada contra tantos. Así que los dos decidieron correr. Los siguieron. Corrieron dos, tres cuadras. No se acuerda cuántas cuadras. Hasta que sonó el sonido seco de un disparo. Todavía corriendo, Manu se volteó: le habían dado a su amigo. Siguieron más balazos, y él siguió corriendo, hasta que encontró una tienda abierta y se metió. 

Pregunta treinta y cinco; pregunta treinta y seis:  

—¿Has tenido problemas con el gobierno de tu país alguna vez? ¿Si sí, qué pasó? 
—¿Con mi gobierno? Ponle ahí en tu libreta que no hacen nada por nadie como yo, que ese es el problema. 

Fue entonces que sacó de uno de sus bolsillos el papel doblado tres veces, percudido en las dobladuras y los bordes, que demostraba que había levantado una denuncia en la policía. La había levantado meses antes de que ocurriera el incidente con su amigo, pero la policía nunca hizo nada. Y Manu sabía, porque así es y todos lo saben, que la policía tampoco iba a hacer nada para impedir un segundo incidente, ni un tercero. 

Esa noche, después del enfrentamiento con la pandilla que mató a su amigo, le llamó por teléfono a su tía en Nueva York. Decidieron entre ambos que lo mejor sería que se saliera de Honduras tan pronto como fuera posible. No salió de su casa los días que siguieron. No fue al funeral de su amigo. 

 

* * *

 

Hay un poema de Miguel Hernández, «Elegía», sobre la muerte de un amigo de la infancia. El poema no es tanto un recuerdo a la distancia de ese amigo muerto, sino una conjuración obsesiva de la imagen de su cadáver enterrado. Hay unos versos que se clavan en la cabeza con el filo que sólo tienen las imágenes concretas:  

 
     Quiero escarbar la tierra con los dientes, 
     quiero apartar la tierra parte a parte 
     a dentelladas secas y calientes.  
 
     Quiero minar la tierra hasta encontrarte 
     y besarte la noble calavera 
     y desamordazarte y regresarte. 

 
* * *

 
Las instrucciones habían sido que no saliera de su casa hasta que llegara por él el coyote. En la entrevista repite dos veces que no fue al funeral de su amigo. No salió de su casa hasta que llegó la madrugada en que el coyote tocó la puerta y juntos salieron a escondidas por las calles de Tegucigalpa.

Su tía le pagó 4 mil dólares al coyote. Me explica que los niños cuestan 4 mil y las niñas 3 mil. 

—¿Por qué? 
—Yo creo que porque los niños somos peores –dice sonriendo, y con una mirada todavía infantil. 

Repasamos en menor detalle el resto de la historia: de Tegucigalpa en camión hasta la frontera de México, de ahí a Arriaga, y de ahí a La Bestia, hasta la frontera con Estados Unidos. Ningún problema grave en el camino, aunque imagino que hay cosas graves que no se lo parecen. De ahí la hielera, el albergue, el avión a JFK, y, finalmente, a Hempstead, Long Island, donde vive ahora. Estamos por cerrar esta sección de la entrevista cuando me cuenta que apenas unas semanas después de su partida, emprendieron el mismo recorrido sus dos primas, Marta y Patricia. Algo en su gestualidad se ablanda y dulcifica, como si pensar en sus dos primas lo despojara por un momento de su propia dureza –una dureza de actitud que, tal vez, de tan ensayada, se le irá convirtiendo en personalidad. 

Las dos adolescentes empezaron a ser blanco de amenazas de la misma banda que mató a su amigo cuando Manu desapareció de repente de Tegucigalpa. Ahí fue cuando Alina, la tía de Manu y madre de las dos, decidió mandarlas traer de inmediato a Estados Unidos. Pagó 3 mil por cada una –y están en ese momento en camino, cruzando tal vez el norte de México. 
 

* * *

 
La siguiente vez que veo a Manu, seis meses más tarde, estamos en el piso treinta y tantos de un edificio corporativo en la punta de Manhattan, junto a South Ferry. A través de un ventanal se ve el puerto de Staten Island. Si nos acercamos al vidrio y estiramos el cuello hacia la izquierda, alcanzamos a ver el gran cliché del brazo derecho alzado en lo alto de la Estatua de la Libertad. El escenario es casi irreal, como si de pronto nos hubieran arrojado al set de una mala película de alto presupuesto. Manu está agradecido, me dice Alina que le diga a tres abogados con trajes muy caros, sentados en torno a una mesa laqueada. Aunque él no dice nada, noto la sospecha de Manu frente a toda esta parafernalia, y quizá él intuye también mi escepticismo. 

Los abogados que van a representar su caso trabajan para una de las firmas corporativas más poderosas y caras de la ciudad. Pocas veces se involucran despachos así en casos como éste. Pero gracias a que Manu tenía una prueba material de sus declaraciones –la denuncia que levantó en la policía y luego dobló y metió adentro de un bolsillo de su pantalón antes de viajar los casi seis mil kilómetros a Nueva York–, The Door le pudo encontrar un despacho grande, dispuesto a llevar su caso pro bono. Dada la evidencia material, era un caso imposible de perder. Las abogadas de The Door usaron una denuncia que en su momento había sido inútil para convencer a un despacho casi siempre inaccesible de que representaran un caso: transformaron un documento muerto en una garantía de asistencia legal migratoria.  

A veces, cuando algunos de los casos avanzan hacia esta segunda etapa, las organizaciones que trabajan en la corte le piden al intérprete que hizo la primera entrevista que continúe con el mismo caso durante las reuniones en los despachos de abogados. Así, dado que los nuevos abogados de Manu no hablaban español, las abogadas de The Door me asignaron como traductora de esta segunda etapa de su caso.  

No titubeo en mostrarle a Manu mi entusiasmo por la coincidencia de que nos hayan vuelto a emparejar en el caso. También le cuento otra coincidencia: ahora trabajo en una universidad en Hempstead, la misma ciudad de Long Island donde él vive. Recibe mi entusiasmo sin decir nada, sin perder su postura cool adolescente. Tomamos asiento alrededor de la mesa. Somos Manu, su tía, los tres abogados y yo. Nos ofrecen café y galletas. Alina acepta el café. Yo también. Manu dice que si es gratis quiere un poco de todo. Yo traduzco: 

Dice que una galleta nada más, y que muchas gracias. 

La reunión sirve para preparar la solicitud a la visa SIJS de Manu, aunque es más probable que sea mejor candidato para asilo político que para la SIJS. Repasamos el contrato que debe firmar con sus abogados, y luego su solicitud. Todo va saliendo bien hasta que los abogados le preguntan si aún está registrado en la misma escuela a la que empezó a ir cuando llegó a Long Island. Contesta que sí, que está en Hempstead High School, pero que se quiere salir de ahí lo más pronto posible. 

¿Por qué? –quieren saber, y le recuerdan que para que pueda ser considerado para cualquier tipo de ayuda legal, es imprescindible que esté registrado en una escuela. 

Duda un poco antes de empezar a contestar. Pero de pronto abre la boca, mostrando los dientes y encías. Le faltan dos dientes –los dos de arriba, al centro. Vuelve a cerrar la boca y me dice a mí: 

Antes me iba riendo de mi abuelita, que no tenía dientes arriba, y ahora me veo al espejo y me voy riendo de mí. 

Habla pausado y en voz baja, pero quizá con más aplomo y confianza que hace seis meses, cuando lo entrevisté en la corte. Se voltea a ver las dos manos, agarradas de los bordes de la mesa de madera laqueada, y empieza a hablar de nuevo. Nos cuenta que Hempstead High está llena de pandilleros de la MS-13 y de la 18. Por un momento se me olvida traducir lo que nos dice. Me quedo helada mientras Manu sigue contando su historia con la indiferencia con la que alguien hablaría de productos en un supermercado. Le tiene miedo a la 18, dice. Le tumbaron los dientes. Y la MS-13 lo protegió. Pero no les quiere deber nada. 

Supongo que tanto los abogados como yo queremos de pronto hacer la pregunta treinta y siete: «¿Has sido miembro de alguna pandilla, y tienes algún tatuaje?». No, me dice, nunca ha sido miembro de una ganga, y tampoco tiene tatuajes. Pero la MS-13 de Hempstead lo quiere reclutar. Y quizá en otro momento hubiera accedido, por la pura rabia de perder los dientes, pero no ahora.  

No ahora más que nunca –dice. 

¿A qué te refieres con eso, Manu? –pregunto, olvidando mi rol exclusivo de traductora en esa reunión.  

—Me refiero a ahora que están ya acá mis dos primas y que tengo que cuidarlas. 
—¿Cuidarlas? 
—Sí, cuidarlas, porque Hempstead es un hoyo de mierda lleno de pandilleros, igual que Tegucigalpa. 

 
* * *

 
Entre Hempstead y Tegucigalpa hay una larga cadena de causas y efectos. Ambas son ciudades en el mapa de la violencia relacionada con las guerras del narcotráfico. Sin embargo, casi todos los relatos oficiales negarían o ignorarían ese hecho. Los medios de comunicación no pondrían a Hempstead, una ciudad del estado de Nueva York, en el mismo plano que una ciudad en Honduras. Los relatos oficiales en Estados Unidos –digamos, lo que circula como información cotidiana en los periódicos o la radio, así como el mensaje desde Washington y la opinión pública más general– casi siempre ubican la línea divisoria entre la «civilización» y la «barbarie» abajo del río Bravo. 

Un artículo breve pero particularmente desconcertante, publicado por el New York Times en octubre de 2014, postulaba una serie de preguntas y respuestas rápidas sobre la migración de niños centroamericanos. Las preguntas mismas tenían cierto tono tendencioso. «¿Por qué no son inmediatamente deportados los niños migrantes?» decía una de ellas, como indicando desconcierto o indignación por el hecho inaceptable de que se recibiera a los niños en la frontera en vez de catapultarlos de vuelta a sus países. Si las preguntas indicaban ya un ligero sesgo, las respuestas parecían no propias del Times, sino de un periódico abiertamente racista del siglo diecinueve o de un folletín reaccionario de algún grupo antinmigrante actual. La respuesta a la pregunta de por qué los niños no eran inmediatamente deportados era: «Bajo un estatuto adoptado con apoyo bipartidista (…) los menores de edad centroamericanos no pueden ser deportados inmediatamente (…) [Pero] una ley de Estados Unidos permite que menores de edad mexicanos sorprendidos cruzando la frontera sean deportados de inmediato». (Cabe recordar que la mayoría de los niños no son «sorprendidos», sino que se entregan ellos mismos a los oficiales de la Border Patrol). Otra pregunta era: «¿De dónde están llegando los niños migrantes?». La respuesta: «Más de tres cuartas partes de los niños son de pueblos en su mayoría pobres y violentos de tres países: El Salvador, Guatemala y Honduras». Las cursivas son mías, por supuesto, pero sirven para subrayar el no tan ligero sesgo en el retrato de los niños: niños atrapados mientras cruzan ilegalmente, leyes que permiten deportarlos; niños que vienen de pueblos pobres y violentos. En suma: bárbaros que merecen trato infrahumano.  

La actitud en Estados Unidos frente a la migración de niños no es siempre tan negativa. Pero sí es, de un modo bastante más generalizado, «mal comprendida». Es decir, se suele pensar que las migraciones como la de todos estos niños son un problema «de ellos» –los bárbaros del sur–, de modo que «nosotros» –en el civilizado norte– no tenemos por qué lavarles la ropa sucia. La devastación del tejido social en países como Honduras, El Salvador o Guatemala se suele concebir como un problema centroamericano de «violencia de pandillas» que hay que mantener de ese lado de las fronteras. Se dice poco o nada del control de armas que se trafican desde Estados Unidos hacia México y Centroamérica. De igual modo, la «guerra contra las drogas» se sigue pensando como un fenómeno circunscrito a México, en donde Estados Unidos juega un papel acaso indirecto –a través del trasiego ilegal de armas, por un lado, y el consumo de las drogas, por otro (un vínculo, por cierto, de por sí bastante directo).  

Pero la realidad es otra: las guerras del narco se están peleando en las calles de San Salvador, San Pedro Sula, Iguala, Tampico, Los Ángeles y Hempstead. Las causas y raíces de la situación actual tienen vínculos hemisféricos; y las consecuencias, por ende, tienen un alcance también hemisférico. Es urgente empezar a hablar de la guerra del narco como una «guerra hemisférica», que abarca cuando menos el territorio que empieza en los Grandes Lagos del norte de Estados Unidos y termina en las sierras de Celaque, en el sur de Honduras. 

Por supuesto, esta cartografía del narcotráfico también es limitada y arbitraria: en realidad, los circuitos de producción, tráfico y consumo de drogas son una red global mucho más amplia y compleja, cuyo tamaño y alcance real seguramente ni imaginamos. Pero sería un avance, cuando menos, que hubiese un reconocimiento oficial por parte de nuestros gobiernos de las dimensiones hemisféricas del problema, así como del hecho de que hay una interconexión absoluta entre fenómenos como la guerra del narco, las pandillas centroamericanas, el trasiego de armas desde Estados Unidos, el consumo de drogas, y la migración masiva de niños de Triángulo del Norte a Estados Unidos a través de México. Nadie, casi nadie, desde el lado de los productores hasta el de los consumidores, está dispuesto a aceptar su papel en el gran espectáculo de la devastación de la vida de estos niños. Sería un avance hablar del tema como una guerra hemisférica porque obligaría a repensar el lenguaje mismo en torno al problema y, por lo tanto, la posible dirección futura de políticas públicas para enfrentarlo. Los niños que cruzan México y llegan a la frontera de Estados Unidos no son «migrantes», no son «ilegales», y no son meramente «menores indocumentados»: son refugiados de una guerra y, en tanto tales, tienen derecho al asilo político.




Publicado por Sexto Piso, Ciudad de México / Madrid, 2016





















lunes, abril 27, 2026

«Tanta agua tan cerca de casa», de Raymond Carver

Traducción de Jesús Zulaika



          
          Mi marido come con buen apetito. Pero no creo que tenga hambre realmente. Mastica, con los brazos sobre la mesa, y fija la mirada en algo que está al otro lado de la cocina. Luego me mira a mí y desvía la vista. Se limpia la boca con la servilleta. Se encoge de hombros y sigue comiendo.
          —¿Por qué me miras? —pregunta—. ¿Por qué? —repite, y deja el tenedor sobre la mesa.
          —¿Te estaba mirando? —replico, y meneo la cabeza.
          Suena el teléfono.
          —No contestes —dice.
          —Puede que sea tu madre.
          —Cógelo y no digas nada.
          Levanto el auricular y escucho. Mi marido deja de comer.
          —¿Qué te dije? —exclama cuando cuelgo. Sigue comiendo. Luego tira la servilleta sobre el plato. Protesta—: Maldita sea. ¿Por qué la gente no se ocupa de sus asuntos? ¡Dime lo que hice mal, te escucho! Yo no era el único que estaba ahí. Lo hablamos y lo decidimos entre todos. No podíamos darnos la vuelta así por las buenas. Estábamos a ocho kilómetros del coche. No consiento que me juzgues. ¿Entiendes?
          —Y a lo sabes —le censuro.
          Él dice:
          —¿Qué es lo que sé, Claire? Dime lo que se supone que sé. Y o no sé más que una cosa. —Me dirige una mirada que él cree muy significativa—. Estaba muerta —recuerda—. Y lo siento como el que más. Pero estaba muerta.
          —Esa es la cuestión —digo yo.
          Levanta las manos. Aparta la silla de la mesa. Saca los cigarrillos y sale a la parte de atrás con una lata de cerveza. Veo cómo se sienta en una silla del jardín y vuelve a coger el periódico.
          Su nombre está en primera plana. Junto con los de sus amigos.
          Cierro los ojos y me apoyo en la pila. Luego barro el escurridero con el brazo y mando todos los platos al suelo.
          Él no se mueve. Sé que lo ha oído. Levanta la cabeza como si siguiera escuchando. Pero, aparte de eso, no se mueve. No se vuelve.


          Él y Gordon Johnson y Mel Dorn y Vern Williams juegan al póquer y a los bolos y van a pescar. Van a pescar en primavera y a principios del verano, antes de que lleguen las visitas de los parientes. Son gente honrada, hombres de su casa, hombres que se ocupan de su trabajo. Tienen hijos e hijas que van al colegio con nuestro hijo Dean.
          El viernes pasado estos hombres caseros salieron rumbo al río Naches. Aparcaron el coche en las montañas y siguieron a pie hasta el sitio elegido para pescar. Cargaron con sus sacos de dormir, su comida, sus barajas y su whisky. 
          Vieron a la chica antes de acampar. La encontró Mel Dorn. Estaba completamente desnuda. El cuerpo se había quedado enganchado en unas ramas que sobresalían del agua.
          Mel llamó a los demás y todos fueron a mirar. Hablaron acerca de qué hacer. Uno de ellos —Stuart no me ha dicho quién— indicó que lo que tenían que hacer era volver inmediatamente. Los otros se pusieron a remover la arena con los pies, y manifestaron que no tenían ningunas ganas de volver. Alegaron cansancio, la hora avanzada, el hecho de que la chica no iba a marcharse a ninguna parte.
          Al final siguieron con sus planes y acamparon. Encendieron un fuego y bebieron whisky. Cuando vieron la luna en el cielo hablaron de la chica. Alguien sugirió que debían asegurar el cuerpo para que no se lo llevara la corriente. Cogieron las linternas y bajaron al río. Uno de los hombres —pudo ser Stuart— se metió en el agua y fue hasta la chica. La cogió por los dedos y la acercó hasta la orilla. Le ató una cuerda de nylon a la muñeca y sujetó el otro extremo alrededor de un árbol.
          A la mañana siguiente hicieron el desayuno, tomaron café y bebieron whisky. Luego se fueron a pescar cada uno por su lado. Por la noche hicieron pescado, asaron patatas, tomaron café, bebieron whisky. Luego cogieron cacharros y platos y cubiertos y bajaron al río y los limpiaron cerca de donde estaba la chica.
          Más tarde jugaron a las cartas. Puede que jugaran hasta que ya no pudieron ver las cartas. Vern Williams se fue a dormir. Pero los demás se pusieron a contar historias. Gordon Johnson comentó que las truchas que habían pescado estaban duras debido a la terrible frialdad del agua.
          A la mañana siguiente se levantaron tarde, bebieron whisky, pescaron un poco, quitaron las tiendas, liaron los sacos de dormir, recogieron sus cosas y volvieron caminando. Luego, en el coche, buscaron un teléfono. Fue Stuart quien hizo la llamada mientras los otros estaban allí al sol, escuchando. No tenían nada que ocultar. No se avergonzaban de nada. Dijeron que esperarían hasta que llegara alguien con instrucciones y les tomara declaración.
          Yo estaba dormida cuando llegó a casa. Pero me desperté cuando lo oí en la cocina. Le encontré apoyado sobre el frigorífico, con una lata de cerveza. Me rodeó con sus fuertes brazos y me restregó la espalda con sus manos grandes. En la cama me volvió a tocar, y luego se quedó quieto como si pensara en otra cosa. Y o me volví y abrí las piernas. Creo que él, después, siguió despierto.
          A la mañana siguiente se levantó antes que yo. Supongo que para ver si el periódico decía algo.
          A partir de las ocho, el teléfono empezó a sonar.
          —¡Vayase al diablo! —le oí gritar.
          El teléfono volvió a sonar al cabo de un instante.
          —¡No tengo nada que añadir a lo que ya declaré ante el sheriff! Y colgó con brusquedad.
          —¿Qué pasa? —pregunté.
          Justo entonces me contó lo que acabo de explicar.


          Recojo los platos rotos y salgo al jardín. Stuart está ahora tendido en el césped, con el periódico y la lata de cerveza al alcance de la mano.
          —Stuart, ¿podemos dar un paseo en coche? —propongo.
          Gira sobre sí mismo y me mira.
          —Vamos a comprar cerveza —dice. Se pone en pie y al pasar me toca la cadera—. Espérame un minuto —añade.
          Atravesamos el centro sin hablar. Detiene el coche junto a un supermercado, al borde de la carretera, para comprar cerveza. Veo un gran montón de periódicos en la entrada, detrás de la puerta. En el escalón de arriba, una mujer gorda con un vestido estampado le da una barra de regaliz a una chiquilla. Luego cruzamos Everson Creek y entramos en los terrenos de recreo. El arroyo pasa bajo el puente y va a dar a un gran embalse unos centenares de metros más allá. Veo en él a los hombres. Veo cómo pescan.
          Tanta agua y tan cerca de casa.
          Pregunto:
          —¿Por qué tuvisteis que ir tan lejos?
          —No me saques de quicio.
          Nos sentamos en un banco, al sol. Stuart abre unas latas de cerveza. Dice:
          —Tranquilízate, Claire.
          —Les declararon inocentes. Dijeron que estaban locos.
          Él quiere saber:
          —¿Quiénes? ¿De quiénes hablas?
          —De los hermanos Maddox. Mataron a una chica que se llamaba Arlene Hubly. En mi pueblo. Le cortaron la cabeza y arrojaron el cuerpo al río Cle Elum. Cuando yo era adolescente.
          —Vas a acabar exasperándome.
          Miro el arroyo. Estoy en él, con los ojos abiertos, boca abajo, mirando fijamente el musgo del fondo, muerta.
          —No sé lo que te pasa —confiesa, camino de casa—. Me estás exasperando por momentos.
          No hay nada que pueda objetar.
          Trata de concentrarse en la carretera. Pero no deja de mirar por el retrovisor.
          Lo sabe.


          Stuart cree que esta mañana me está dejando dormir. Pero estaba despierta mucho antes de que sonara el despertador. He estado pensando, acostada en mi lado de la cama, a un extremo, lejos de sus piernas velludas.
          Prepara y despide a Dean, que sale para el colegio, y luego se afeita, se viste y se va al trabajo. Viene dos veces y mira y se aclara la garganta. Pero yo no abro los ojos.
          Encuentro una nota suya en la cocina. Firma: «Amor».
          Me siento en el rincón del desayuno y tomo café y dejo un servilletero sobre la nota. Miro el periódico y lo vuelvo de un lado y de otro sobre la mesa. Luego lo deslizo hasta mí y leo lo que dice. El cuerpo ha sido identificado, reclamado. Pero ha sido necesario examinarlo, introducirle ciertas cosas, cortarlo, pesarlo, medirlo, volver a poner las cosas en su sitio y coserlo.
          Me quedo sentada largo rato con el periódico en la mano, pensando. Al cabo llamo a la peluquería para reservar hora.
          Estoy sentada en el secador con una revista en el regazo, y dejo que Marnie me arregle las uñas.
          —Mañana voy a un funeral —le comento.
          —Lo siento —deplora Marnie.
          —Fue un asesinato.
          —Aún peor.
          —No es nadie muy íntimo —aclaro—. Pero ya sabes.
          —Irá bien arreglada —asegura Marnie.
          Por la noche me hago la cama en el sofá, y a la mañana me levanto la primera. Pongo el café en el fuego y preparo el desayuno mientras él se afeita.
          Aparece en la puerta de la cocina, con la toalla sobre el hombro desnudo, y sopesa la situación.
          —Ahí está el café —digo—. Los huevos estarán en un minuto.
          Despierto a Dean, desayunamos los tres juntos.
          Cada vez que Stuart me mira, le pregunto a Dean si quiere más leche, más tostadas, etcétera…
          —Te llamaré por teléfono —avisa Stuart al salir.
          Yo le advierto:
          —No creo que me encuentres en casa.
          —De acuerdo. Muy bien.
          Me visto con esmero. Me pruebo un sombrero y me miro en el espejo. Le escribo una nota a Dean:
          Cariño, mami tiene cosas que hacer esta tarde, pero volverá luego. Quédate en casa o en el traspatio hasta que uno de los dos venga a casa.
          Con amor, mami.
          Miro la palabra amor y al fin la subrayo. Luego veo la palabra traspatio. ¿Es una palabra o dos?


          Atravieso en coche tierras de labranza, campos de avena y de remolacha azucarera, dejo atrás manzanales y ganado que pasta. Y todo cambia: ahora son más cabañas que granjas, más bosques madereros que grandes huertos. Luego montañas, y allá abajo, a la derecha, lejos, veo a veces el río Naches.
          Una camioneta verde aparece a mi espalda y se queda pegada detrás de mí durante varios kilómetros. Y o reduzco la velocidad, cuando no debo, con la esperanza de que me adelante. Lo hago varias veces, y al final acelero. Pero también lo hago a destiempo. Me aferro al volante hasta que me duelen los dedos.
          En una larga recta despejada, me adelanta. Pero por espacio de unos instantes ha ido a mi lado: es un hombre con el pelo cortado al cepillo, con camisa de faena azul.
          Nos miramos el uno al otro. Me hace una seña con la mano, toca el claxon y toma la delantera.
          Reduzco la velocidad y encuentro un sitio apropiado. Entro en el arcén y apago el motor. Oigo el río allí abajo, más abajo de los árboles. Entonces oigo la camioneta que vuelve.
          Echo el seguro de las puertas y subo las ventanillas.
          —¿Se encuentra bien? —pregunta el hombre. Da unos golpecitos en el cristal—. ¿Está bien? —Apoya los brazos en la puerta y pega la cara a la ventanilla.
          Lo miro fijamente. No se me ocurre otra cosa.
          —¿Todo bien ahí dentro? ¿Cómo es que está toda encerrada?
          Sacudo la cabeza.
          —Baje la ventanilla. —Mueve la cabeza, mira la carretera y luego me mira a mí—. Bájela.
          —Por favor —digo—. Tengo que irme.
          —Abra la puerta —insiste, como si no me hubiera oído—. Se va a asfixiar ahí dentro.
          Me mira los pechos, las piernas. Estoy segura de que es eso lo que está mirando.
          —Eh, preciosa —puntualiza—. Estoy aquí para ayudar, eso es todo.
 

          El ataúd está cerrado y cubierto de ramos de flores. El órgano empieza a tocar en el momento en que me siento. La gente sigue entrando y buscando sitio. Hay un chico con pantalones acampanados y camisa amarilla de manga corta. Se abre una puerta y entra la familia en grupo y se dirige a un apartado acortinado que hay a un costado.
          Las sillas crujen cuando los asistentes se sientan. Acto seguido, un hombre apuesto y rubio con elegante traje oscuro se levanta y nos pide que inclinemos la cabeza. Dice una oración por nosotros, los vivos, y cuando termina dice una oración por el alma de la muerta.
          Paso con la gente junto al ataúd. Salgo a los escalones de la entrada, a la luz de la tarde. Delante de mí baja las escaleras cojeando una mujer. En la acera mira a su alrededor.
          —Bien, lo han cogido —explica—. Si es que puede servirnos de consuelo. Lo han detenido esta mañana. Lo he oído en la radio antes de venir. Es un chico de aquí, de la ciudad.
          Caminamos unos pasos por la acera caliente. Los coches arrancan. Alargo la mano y me agarro a un parquímetro. Capós relucientes y aletas relucientes. La cabeza me da vueltas.
          Comento:
          —Tienen amigos, esos asesinos. Nunca se sabe.
          —Yo conocía a esa chica, desde que era una niña —cuenta la mujer—. Solía venir a mi casa y yo le hacía pasteles y le dejaba que se los comiera mientras veía la televisión.


          Encuentro a Stuart sentado a la mesa con un whisky. Durante un instante de delirio pienso que algo le ha sucedido a Dean.
          —¿Dónde está? —pregunto—. ¿Dónde está Dean?
          —Fuera —contesta mi marido.
          Apura el whisky y se levanta. Dice:
          —Creo que sé lo que necesitas.
          Me pasa un brazo por la cintura y con la otra mano empieza a soltarme los botones de la chaqueta, y luego sigue con los botones de la blusa.
          —Lo primero es lo primero.


          Añade algo más. Pero no necesito escuchar. No puedo oír nada con tanta agua
corriendo.
          —Muy bien —acepto, y termino de desabrocharme yo misma—. Antes de que venga Dean. Date prisa.

 


en Short Cuts, 1993

























domingo, abril 26, 2026

«El muérdago se enreda en mis tobillos…», de Chantal Maillard





El muérdago se enreda en mis tobillos,
helechos y agavanzas me ciñen las caderas
y un nenúfar
se deshoja en el valle dócil
de mis nalgas.
Sobre la tierra húmeda me acuesto como un ojo que se cierra
(tienen mis muslos el sabor del humus en otoño)
y me hago raíz,
vegetal crisálida
aguardando la aurora.
Sobre mis labios quietos
lentamente
desova una culebra.




en Hainuwele, 1988























 

sábado, abril 25, 2026

«Visitando la ciudad subterránea de Beijing», de Meng Jiasheng

Traducción de Miguel Ángel Petrecca



 
Cavemos profundo, guardemos el grano, 
tiremos abajo las casas pero guardemos las piedras 
para construir, construyamos en el desierto, 
en medio de la selva, bautizando las ciudades 
con el nombre de las ciudades destruidas 
por nuestras propias manos, cavemos una tumba 
para las viejas ciudades, almacenemos el grano 
bien profundo, donde no llegue la luz, el aire, 
cavemos una tumba para el grano, para las ciudades, 
llevemos el desierto a la ciudad, la ciudad a la selva, 
socavemos las ciudades cavando para ellas 
un refugio nuclear, una ciudad fantasma.




en Un país mental. 150 poemas chinos contemporáneos
Gog y Magog, 2023


















viernes, abril 24, 2026

«La pasión según G. H.», de Clarice Lispector

Traducción de Alberto Villalba Rodríguez 





La hora de vivir es tan infernalmente inexpresiva que es la nada. Aquello que yo llamaba «nada» estaba, no obstante, tan pegado a mí que era… ¿yo? Y, por tanto, se volvía invisible como yo lo era para mí misma, y se convertía en la nada. Las puertas, como siempre, seguían abriéndose. Finalmente, amor mío, sucumbí. Y se convirtió en un ahora.

· · ·

Ofrecía el sollozo. Lloraba por fin dentro de mi infierno. Las alas incluso de la negrura las uso y las sudo, y las usaba y sudaba para mí; que eres Tú, tú, fulgor del silencio. Yo no soy Tú, sino que yo eres Tú. Solo por eso jamás podré sentirTe directamente: porque eres yo. (…) Y en el sollozo, el Dios vino a mí, el Dios me ocupaba ahora por entero. (…) El Dios, a quien nunca podría entender sino como Le entendí: partiéndome como una flor que al nacer soporta mal erguirse y parece quebrarse. (…) En este instante, ahora, una duda me asalta. Dios, o cualquiera que sea Tu nombre: solo pido ahora una ayuda: pero que ahora me ayudes no secretamente como me eres, sino esta vez claramente y en campo abierto. (…) Me había visto obligada a entrar en el desierto para saber con espanto que el desierto está vivo, para saber que una cucaracha es la vida. Había retrocedido hasta saber que en mí la vida más profunda está antes de lo humano. (…) Y ahora estaba como ante Él, y no entendía; estaba inútilmente de pie ante Él, y estaba nuevamente ante la nada. A mí, como a todo el mundo, se me había dado todo, pero había querido más: había querido conocer ese todo. Y había vendido mi alma para saber. Ahora entendía que no la había vendido al diablo, sino a alguien mucho más peligroso: a Dios. Que me había dejado ver. Pues Él sabía que yo no sabría ver lo que viese. (…) Yo tenía la capacidad de preguntar, pero no la de escuchar la respuesta.

· · ·

(Él no nació para nosotros, como nosotros no hemos nacido para Él, nosotros y Él somos simultáneamente).

· · ·

Hablar con Dios es lo más mudo que existe. (…) No, no tengo que elevarme a través de la plegaria: tengo que, ingurgitada, convertirme en una nada vibrante. ¡Lo que hablo con Dios no debe tener sentido! Si tiene sentido es porque me equivoco.



Publicado por Ediciones Siruela, Madrid, 2000



También en Antología de mística femenina, 2023
Edición a cargo de Jimena Castro y Sergi Sancho Fibla





























miércoles, abril 22, 2026

«Relatos», de Jorge Teillier

Conmemorando los 30 años de su muerte




     I

El vuelo de las aves
es un canto recién aprendido por la tierra.
El día entra en la casa
como un perro mojado de rocío.

Mira: se encienden las hogueras de los gallos.
Los cazadores preparan sus morrales.
Los caballos los esperan
rompiendo con sus cascos
el cielo que apenas pesa
sobre lagunas de escarcha.

Tú eres un sueño que no recordamos
pero que nos hace despertar alegres.
Una ventana abierta hacia el trigo maduro.
Busquemos grosellas junto al cerco
cuyos hombros abruman los cerezos silvestres.




     II

Un viento de otra estación se lleva la mañana.
Huyes hacia tu casa
cuando el viento dobla los pinos
de las orillas del río.
Ya no quedan grosellas.
¿Por qué no vuelven los cazadores
que vimos partir esta mañana?
Tú quieres que nunca haya sucedido nada
y en la buhardilla abres un baúl
para vestirte como novia de otro siglo.




     III

El abandono silba llamando a sus amigos.
La noche y el sueño
amarran sus caballos frente a las ventanas.
El dueño de casa baja a la bodega
a buscar sidra guardada desde el año pasado.

Se detiene el reloj de péndulo.
Clavos oxidados
caen de las tablas.
El dueño de casa demora demasiado
—quizás se ha quedado dormido entre los toneles—.
Una mañana busqué grosellas al fondo del patio.
En la tarde este mismo viento
luchaba con los pinos a orillas del río.
Se detienen los relojes.
Oigo pasos de cazadores que quizás han muerto.
De pronto no somos sino un puñado de sombras
que el viento intenta dispersar.




en El árbol de la memoria, 1961


















 

martes, abril 21, 2026

«Semillas volando», de Khaled Abdallah

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Una anciana, que ha vivido todas las estaciones,
vaga por la tierra recogiendo manzanilla.
 
Cada flor en su delantal es una estrella,
su delantal es el cielo. Cuando llega a casa,
 
las esparce para que se sequen como conchas en la playa –
para traer buena suerte, para susurrarnos el futuro.
 
Brilla su tatuaje al sol, resplandece una estrella
dentro de sus pendientes de oro, seca la manzanilla.
 
Su mano, cubierta de henna tatuada con los nombres de Dios,
hilaba la lana del rebaño, bordaba
 
los vestidos de boda, aún recoge las flores secas.
Pero a la siguiente estación, cuando el futuro se asomó,
 
los susurros quedaron en silencio. Fue enterrada con sus antepasados.
Y sin embargo, como por casualidad, arte de magia o por milagro
 
la manzanilla crece cada temporada detrás de casa.
Muchas semillas han volado lejos. Estas permanecen aquí.





















 

lunes, abril 20, 2026

«Las hojas otoñales», de Dinah Roma

Traducción de León Blanco con la colaboración de G. Leogena





Cuando fue tiempo de embalsamarla,
me rehusé a entrar en el salón de los escalpelos.
¿Qué más hay que cortar con precisión
que vacíe al cuerpo aun más allá de la muerte?
¿Qué mueve a las manos hacia el terreno del arte
para drenar la sangre, infundir nuevo rostro a la forma,
y dar tono a la piel para una vista final?
Al caer el sol, salió ella en vestido floral,
no escogido por mí sino que fui incapaz de doblarlo y guardar
mientras moría, en intervalos de aguijones y drogas
para detener el reflujo, aun cuando maldecía
como solía hacerlo, con toda la rabia que podía determinar
la determinación que había tomado yo, la que presté a sus batallas
y reclamé al verla marchitarse
para reconfortar a los vivos. Ese cuerpo
gradualmente ictérico abracé
en estupor de ambas –en su fracaso
y en mi rendición, cuya tibieza menguó
con la canción que cantaba en el fallido recuento
de una tarde en su juventud– de un hombre, no mi padre,
que saltó a su vida e hizo vacilar su corazón
respecto a un futuro que al final me engendró

              Las hojas otoñales vagan por mi ventana
              Las hojas otoñales de oro y escarlata

La voz no conocida por cantar
en la cadencia de estaciones no invitadas

              Veo tus labios que el verano besa

En sus más gruesos labios y mejillas había demasiado color,
lejos de la elegancia que se empleó en perfeccionar,
la belleza cantaba para animarnos a través de las décadas
del padre único que conocí solearse
en el ritmo tanto como en la gracia
de esta mujer, embalsamada para el adiós,
llenándome con la canción de

              Las bronceadas manos que yo solía sostener







en Festival Internacional de Poesía de Medellín, 19 de marzo, 2015





















domingo, abril 19, 2026

«A ***», de Aleksandr Pushkin

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Recuerdo el increíble instante: 
cuando apareciste ante mí, 
como una visión fugaz,
como una genio de belleza infinita.

En la angustia de una tristeza sin esperanzas 
en el inquieto bullicio de la vida, 
resonó en mí tu voz tierna por mucho tiempo
y en mi sueño se asomaba cada línea de tu rostro.

Los años pasaron. El ímpetu de las tormentas 
dispersó los sueños del pasado, 
y olvidé la ternura de tu voz, 
así como tus rasgos celestiales.

Aislado, en las tinieblas del cautiverio
mis días se arrastraban silenciosos 
sin divinidad, sin inspiración, 
sin lágrimas, sin vida, sin amor.

Pero ahora mi alma volvió a despertar: 
y apareciste tú otra vez, 
como una visión fugaz, 
como una genio de belleza infinita.

Y extasiado late mi corazón, 
y de nuevo reviven para él 
la divinidad, la inspiración, 
la vida, las lágrimas y el amor.



1825





Pintura original: El adiós de Pushkin al mar
de Iván Aivazovski e Iliá Repin (1877)
















*** Anna Petrovna Kern (1800-1879)
















sábado, abril 18, 2026

«Nevada nocturna», de Bái Gōngzhì

Traducción de Sebastián Vargas




La nieve sigue cayendo. Hacia el sur, hacia el norte
sigue y sigue. La nieve convirtió el mundo entero 
en una hoja en blanco
y aún sigue. Igual que mi añoranza.
Si el río Han no la cortara, la nieve y la nieve
formarían un solo manto continuo. Mas por desgracia
está aquí este enorme río que separa
tu nieve y mi nieve.
¿Y qué, si estamos separados?
Esta noche, la luna creciente recién nacida
cuelga oblicua en el horizonte
como si fuera una pequeña barca. Mi mirada
de repente se vuelve una cuerda de remolque
que en el mar de las vidas pasadas 
tira con desesperación 
para hacer que crucen tu bote y el mío. 






Pintura original de Du Mingxuan



















viernes, abril 17, 2026

«Un animal fabuloso», de Samanta Schweblin




 

        Casi veinte años después del accidente, Elena me llama a Lyon. No reconozco su voz, pero cuando dice su nombre, sé perfectamente con quién estoy hablando. 

        Por unos segundos la escucho respirar, sostengo el teléfono con el hombro y enciendo un cigarrillo. Despacio, intentando no hacer ningún ruido, salgo al balcón que da al parque, me siento en una de las sillas y me quito las sandalias empujándolas con los dedos de los pies. Quiere hablar de Peta, su hijo. Quiere saber qué es lo que recuerdo de la noche del accidente. Su voz es calma y carrasposa. Me pregunto si es por los años que han pasado, o si ese tono suyo tan dulce desapareció de pronto esa última vez que nos vimos. 

        Subo los pies descalzos a la otra silla, me duelen los talones y las piernas. Estaba en Madrid esta mañana, y apenas logré dejar la valija en la entrada del departamento cuando sonó el teléfono. 

        —¿Dónde estás, Elena? ¿Estás en Buenos Aires? 

        Lo pregunto para ganar tiempo, para llegar un poco más a casa antes de entregarme a esta conversación. Su silencio me hace sospechar que nunca salió de Hurlingham, que quizá podría estar viviendo todavía en la casa donde ocurrió todo. 

        —¿Y vos? —dice Elena—, ¿seguís viajando? 

        Pienso en la nueva oficina en Marsella, en la cátedra de Planificación Urbana de Barcelona, en el desarrollo comercial en las afueras de Burdeos. Pero cuando imagino a Elena sentada en el banco que tenían en el ancho pasillo entre la cocina y el patio, cuando la imagino hablándome desde ese banco de tronco y patas de hierro que su padre alcohólico le hizo con sus propias manos como regalo de bodas, y que ella nunca quiso sacar de la casa, entonces digo: 

        —Sí, un poco. —Y espero a ver qué dice ella. 

        —Todavía tengo tu saco. 

        ¿Qué saco? Hay una decena de abrigos en mi placard, pero ya no recuerdo los que llevaba antes. 

        —Me estoy muriendo, Leila. Por eso te llamo. 

        Me miro los pies, muevo los dedos. Más allá del balcón el viento acaricia las copas de los árboles. Y de pronto pienso en el caballo. Después de muchos años vuelvo a pensar en él, en la primera vez que lo vi, con una claridad abrumadora. Iba a la casa de Elena directo desde el aeropuerto y el taxi paró en un semáforo de la avenida Vergara, justo al lado del animal. Estaba empacado, arrastraba un carro con un montón de colchones apilados encima y un hombre lo castigaba a latigazos para avanzar. Siempre hubo caballos en el conurbano de Buenos Aires, pero para entonces yo ya hacía tiempo que vivía afuera y la imagen me chocó. 

        La panza del caballo estaba tan cerca que podría haber sacado la mano del coche para tocarla. Se veía hinchada, desproporcionada en el resto del cuerpo tan f laco. Las patas chuecas, el pelaje gastado alrededor de las correas. Pero sobre todo me acuerdo de la manera en la que el caballo giró la cabeza y me miró. Me miró a mí directamente, con esos grandes ojos oscuros. 

        —Sé que fue hace tiempo —dice Elena—, pero... ¿te acordás del disfraz que llevaba esa noche Peta, el que se había hecho él mismo? Quiero que alguien me hable de mi Peta. —Cuando Elena tose intuyo qué es lo que ha cambiado tanto su voz—. Por favor, vos estuviste ahí. Si no a quién le voy a pedir. 

        Espero unos segundos, Elena no dice nada, así que pregunto: 

        —¿Estás enferma? ¿Qué te pasa? 

        —Da igual, Leila, tenemos sesenta y pico de años y no paso del próximo mes. —Hay un salto leve en su tono, como si se hubiera puesto de pie—. Hace rato que trato de contactarte. 

        —¿Estás en Hurlingham? —pregunto. 

        Las dos nacimos en Hurlingham, pero nos conocimos en la facultad, cursando Arquitectura. 

        —Sí —dice Elena. 

        Pienso en Alberto, y ahora estoy intentando no preguntar por él. 

        —¿Pero te mudaste? —pregunto. 

        Los recuerdo en el patio, el mismo patio donde ocurrió el accidente. 

        —Sigo en casa. —La escucho toser—. Esperá un momento. 

        Parece que abandona el teléfono sobre el banco y se aleja. Me deja sola en su pasillo, tan cerca de aquel patio que, en Lyon, se me erizan los pelos de los brazos. 

        Alberto y Elena se casaron un año después de conocerse. Los tres nos recibimos el mismo diciembre, pero enseguida yo acepté mi puesto en la agencia francesa, y dejé Argentina. Siempre les escribía si pasaba por Buenos Aires, y entonces ellos me invitaban a cenar a su pequeña casa de barrio de clase media, rediseñada bajo sus rigurosas miradas de arquitectos. Eran altos y robustos, y vestían las camisas y los pantalones claros que vestían los arquitectos, con sus relojes de diseño un poco sueltos en las muñecas. Elena llevaba el pelo atado en una cola castaña y los rulos alrededor de la frente se le erguían como pequeños resortes. A veces Alberto se los acomodaba detrás de las orejas. Lo hacía con cariño, pero lo hacía sobre todo cuando era ella la que hablaba y él empezaba a distraerse. 

        En el teléfono escucho el ruido de la puerta de una heladera. Me acuerdo de cada detalle de esa cocina. Bastan dos pasos para regresar al pasillo, prácticamente una extensión del patio, porque la ventana corrediza con la que reemplazaron una pared en la primera remodelación estaba siempre abierta. Y ahí, sentada en el banco, era donde a Elena le gustaba «sentir el aire». La casa no era grande, pero habían demolido algunas divisiones y sabían dónde poner las luces y los sillones para que sí lo pareciera. Tuvieron al chico varios años después de recibirse y lo criaron con el mismo cuidado y devoción compartida con que encaraban todos sus proyectos profesionales. Para esa última visita que les hice llevaban nueve años de casados, y el chico acababa de cumplir los siete. 

        Elena protesta con un chistido, algo se cae al suelo. ¿A quién voy a contarle sobre esta llamada?, pienso. Nadie en Francia sabe sobre esto. En realidad, ni siquiera Elena sabe lo que me ocurrió a mí esa noche más allá del accidente. Llama porque quiere oír a alguien decir algo sobre Peta. No parece intuir nada más. 

        Los pasos regresan, Elena levanta el teléfono. El banco chilla cuando vuelve a sentarse. 

        —Estoy tomando fernet —dice—, quiero adquirir al menos un vicio antes de morirme. ¿Te parece que estoy a tiempo? 

        —Por supuesto. Podemos tomar seis de esos por teléfono cada día. 

        Nos reímos. Si ella realmente lo necesitara, yo estaría dispuesta a acompañarla. Siempre es así, me doy cuenta de cuánto extraño a alguien de repente, con la angustia que llega de golpe, y tengo que hacer un esfuerzo para no emocionarme. 

        La escucho encender un cigarrillo, no sabía que fumaba. Intento recordar algún detalle sobre Peta pero solo veo al caballo. Elena inhala y el papel del cigarrillo cruje, consumiéndose. No va a decir nada más hasta que yo empiece a hablar. 

        —Fue él quien me abrió la puerta. 

        Elena exhala el humo con una bocanada lenta, casi aliviada. 

        Se llamaba Pedro, pero le decían Peta. Lo conocí a sus dos años, en la primera de la decena de visitas a Buenos Aires tras la asociación de mi agencia en el desarrollo de dos torres en Puerto Madero. También lo vi una noche a sus cuatro, pero el chico ya estaba dormido. Y luego esa vez, a sus siete, todas las imágenes que ahora vienen a mí son de esa última visita. Lo veo parado en la puerta, metido en un vestido largo improvisado hecho de papel metálico, sacando el pecho con la rigidez de un gendarme. 

        Le cuento a Elena la impresión que me dio verlo tan grande, y a ellos dos, «a vos y a Alberto», digo, preparando una picada en el patio, yendo y viniendo a la cocina con esa armonía tan efectiva con la que hacían todo. Digo «hacían» y espero unos segundos a ver si ella aclara algo de Alberto. Describo la casa, el gran espejo que acababan de instalar en el hall. Lo cansada que estaba del viaje y cómo la primera copa en el patio lo alivianó todo. Es increíble las cosas que una recuerda veinte años más tarde. Por ejemplo, que tenía los pies descalzos y que la loza del patio todavía estaba tibia. Quizá es la sensación del placer y del dolor lo que deja siempre una marca más vívida, porque son las cosas que le pasan al cuerpo. O quizá es porque hubo un tiempo en que repasé mucho estos recuerdos, y yo misma elegí a qué detalles volver para intentar entender lo que había pasado. 

        En mi balcón, la tarde empieza a oscurecerse. 

        —Yo también voy a prepararme un trago, Elena. 

        —Te espero. 

        Dejo el teléfono en la silla, entro y cruzo los dos grandes livings hacia el comedor. Me pregunto si Elena se sentiría cómoda entre tantas bibliotecas. Si aprobaría mis sillones, el gran vitró de la cocina abierta, el parqué de nogal que mi segundo exmarido se empeñó en instalar. Abro el mueblecito de las bebidas y me sirvo un poco de whisky. Elena solo quiere que alguien nombre a Peta para ella. Que describan cómo ataba sus zapatillas de colores, su cuarto minuciosamente desordenado, sus uñas suaves y cortitas llenas de marcas de pintura. Entonces me doy cuenta: quizá esta sea la última vez que hablemos, de esto se trata esta llamada, y así entiendo que, aunque ella solo quiera escuchar sobre Peta, yo voy a contarle lo del caballo. 

        Regreso con mi whisky ordenando los recuerdos, confundida por la nitidez con la que se despliegan en mi cabeza. 

        —¿Estás ahí? —pregunto. 

        —Sí. 

        —No tengo hijos, Elena. No tuve, pero... Vas a pensar que esto es algo mío, personal, que no tiene que ver con lo que le pasó a Peta. 

        Espero, en Elena el silencio siempre fue desconcierto. 

        Le explico lo que descubrí esa noche después de conversar un rato con Peta, tirados en la alfombra. Yo ya sabía de las excentricidades del chico, y lo talentoso que era dibujando. Cómo dos años atrás había estudiado el recorrido que la luz del día hacía sobre las paredes, y que «exponía» sus trabajos colgándolos solo en esas zonas de luz «verdadera». Su obsesión por pintar caballos, y el control que, a sus siete años, ya tenía sobre las perspectivas y los colores. Muchos padres sobrevaloran el talento de sus hijos, y yo no sabía hasta ese momento todo lo que realmente estaba pasando en la cabeza de Peta. Pero quizá por ser hijo de arquitectos, quizá por puro talento, Peta era un caso sorprendente. 

        Esa noche, cuando el chico subió solo a su habitación, Elena y Alberto me insistieron en que fuera yo la que verificara que se cepillara los dientes y se acostara. Acepté enseguida cuando me confesaron divertidos que, si había gente a cenar, cuando Peta terminaba de comer, solo contestaba preguntas de las visitas, y en cambio a ellos dejaba de hablarles. Creían que era su manera de invitar a nuevas personas a su cuarto. Acepté el reto, y en cuanto estuve sola con el chico le pregunté por qué hacía lo que hacía. Peta dijo: «Hago como que están muertos», y se rio tapándose la boca, tentado por su propio juego. Me invitó a tirarme en la alfombra para mostrarme el techo, y me indicó las constelaciones que había estado marcando con un punzón, descascarando la pintura. Desde el piso eran apenas perceptibles, porque trabajaba solo en las marcas, que pintaría todas a la vez para el siguiente cumpleaños de Elena. Le pregunté cómo alcanzaba solo tan alto y dijo: «Tengo una técnica», pero no me explicó cuál era. Seguimos un rato ahí, acostados panza arriba, hasta que se giró hacia mí, muy serio, y me preguntó: «¿Te despertaste alguna vez en el medio de la noche? Pero digo despertarte sin que nadie te despierte, despertarte de verdad». 

        Era un chico extraordinario, y a la vez un chico de lo más normal. En realidad, lo único extraordinario hasta ese momento estaba ocurriendo dentro de mí: ahí, echada en la alfombra a su lado, fantaseé con la idea de que alguien pudiera necesitarme tan específicamente, tan exclusivamente a mí. Sin embargo, yo no quería ser madre, nunca me había interesado. 

        A Elena no le cuento nada de esto, que Peta me hacía preguntas y yo pensaba lo que está preguntando parece simple, pero es demasiado complejo; pensaba ¿entenderán los adultos que rodean a este chico la magnitud de esta pregunta? Pensaba yo puedo entenderlo, yo puedo contestarle sin engañarlo ni destruirlo. Era una intuición poderosa, 
una pulsión que me confirmaba: este chico es algo demasiado precioso, vos sí serías capaz de cuidar algo así. 

        A ella solo le cuento lo que el chico dijo después: «No quiero ser arquitecto». No le digo lo que pensé: que en el tono firme en el que hablaba, en la manera en que le brillaban los ojos mientras descubría el sentido de sus palabras, parecía también dar a entender «soy algo tan grande que no puedo permitirme el mundo de los hombres». Ni que esperé unos calculados segundos antes de volver a hablar, para que Peta terminara de saborear su propio descubrimiento y pudiera reconocerlo en todo su esplendor, ni que asentí como diciendo: «¡Sí! ¡Sí! ¡Esa es la verdadera verdad! ¡Podés ser lo que sea que quieras!». 

        A Elena solo le cuento lo que le pregunté a Peta después: 

        «¿Y qué querés ser?». 

        «Quiero ser un caballo». 

        —¿Un caballo? —La voz de Elena tiembla en el teléfono. 

        Le cuento que me levanté del piso de un salto y le propuse a Peta practicar. 

        «¿Practicar ser caballo?», preguntó, «¿y eso cómo se hace?». 

        «Como vos te lo imagines». 

        Peta se levantó también de un salto. La certeza de mi respuesta parecía colmarlo de energía. 

        «Ser caballo se practica caminando con un pie delante del otro», dijo. 

        «¡Perfecto! ¡A practicar!». 

        Caminamos en línea a la par, de una punta a la otra de la habitación, con los brazos extendidos y las manos abiertas, simulando estar haciendo un gran esfuerzo para no perder el equilibrio. 

        «Y cuanto más cerrados los ojos, más caballo se es», dijo Peta. 

        «¡Perfecto!». 

        Cerramos los ojos y practicamos otra ronda ida y vuelta. 

        «Y cuanto más alto se está...», Peta dio un salto al borde de la cama, «... más caballo se es». 

        Puso un pie delante del otro sobre la viga de madera e intentó avanzar con los ojos cerrados. 

        Elena hace un ruido en el teléfono, confuso y gutural, pareciera haberse tragado algo lleno de dolor, y sé que está pensando en la cornisa que da al patio. 

        —Cuando te fuiste de la habitación, ¿ya estaba acostado? 

        No lo recuerdo, pero contesto que sí. Nos quedamos en silencio y ya no sé si debería seguir. 

        —Ay, Leila. —Escucho el papel de su cigarrillo chispear—. Duela lo que duela, cualquier cosa que me digas sobre Peta es como estar unos segundos más con él. Gracias. 

        —Hay algo más. Algo que quiero contarte. 

        Pienso en el patio, Peta jugó ahí desde que empezó a gatear, con Elena sentada en el banco del pasillo, siempre cerca, siempre atenta. Leía, trabajaba, hablaba por teléfono, con un ojo todo el tiempo puesto en Peta. A veces se apoyaba contra la pared y cerraba los ojos, pero no se dormía. Recuerdo la mancha que había en el empapelado marfil, a la altura de su cabeza, como una nube brumosa. ¿Va a morirse ahí sentada? ¿Habrá algo que yo pueda hacer para levantarla de ese banco? ¿Levantarla para qué? 

        —Cuando Peta se cayó de la cornisa... —empiezo, pero me detengo. 

        Miro el parque más allá del balcón: en Lyon ya es noche cerrada. 

        Y de repente ahí están todas las palabras que empiezo a decirle al teléfono. Ya no puedo decidir qué es lógico o ilógico, qué podría ser doloroso y qué podría ser soportable. Narro lo que ocurrió tal cual me viene a la memoria: el ruido del cuerpo contra la baldosa del patio. Cómo los tres tardamos un segundo en entender, en darnos vuelta en la mesa y en reaccionar. Cómo al fin ellos dos saltaron de las sillas y corrieron hasta Peta. Alberto no quería moverlo, Elena lo levantó y lo apretó contra ella, quería gritar, pero no podía, porque ni el chico ni ella respiraban. Elena estaba de rodillas y la sangre crecía a su alrededor, parecía que todo el problema era que estaba apretando demasiado a su hijo. Me acuerdo de que me levanté de la mesa y dije: «Llamo una ambulancia». Pero nadie asintió ni se movió. Fui hasta la cocina y llamé. Di la dirección, contesté algunas preguntas y cuando corté ya no pude regresar al patio. Mi saco estaba sobre el banco del pasillo, y ahí lo dejé. Salí de la casa. Cerré la puerta lentamente y el ruido de la cerradura me confirmó que yo ya estaba del otro lado. Me quedé mirando el picaporte, hasta que escuché a Elena gritar. Y entonces, sin voltearme todavía, presentí algo extraño a mis espaldas. No me animaba a girar para ver. Unas gotas de transpiración rodaron por mi frente hasta el mentón y golpearon contra la baldosa. Date vuelta, me dije, el peor dolor quedó dentro de la casa, Elena seguía gritando, lo que sea que pase ahora no te va a matar. Y giré hacia la calle. 

        Recostado en el asfalto, con la poca luz de un único farol al final de la cuadra, el cuerpo se veía tan desproporcionado y grande que tardé en entender qué era. Era un caballo, echado sobre el asfalto como si se hubiera caído de algún lado. Me acerqué despacio, intentando no asustarlo. Respiraba agitado, su estómago hinchado se inflaba y desinflaba estirando bajo las riendas la piel gastada. Los ojos grandes y oscuros buscaban en la noche, y yo tuve la certeza de que me buscaban a mí. Levantó la cabeza para mirarme de frente. Bufó, intentó levantarse pero no pudo. Me arrodillé junto a él, me abracé a su cabeza y apoyé mi frente contra la suya. «Vas a estar bien», le dije. «Tranquilo». 

        Primero llegó la ambulancia, después la policía. Les señalé la casa para orientarlos. Enseguida aparecieron algunos vecinos. Se acercaban, veían el caballo y se quedaban ahí parados, confundidos. Y todo ese tiempo yo me quedé donde estaba, abrazada al animal. 

        Unos minutos después vi a Alberto y a Elena salir detrás de una camilla. A mis espaldas, un vecino llamaba a una urgencia veterinaria. Algo distrajo a Elena, que miró en mi dirección, confundida. Se subió a la ambulancia trastabillando. Los enfermeros trabaron las puertas y el ruido agudo de la sirena se alejó a toda velocidad. 

        Hago una pausa. Aparto un momento el teléfono y suspiro. Unos segundos después le pregunto: 

        —¿Te acordás del caballo? 

        Elena no dice nada. 

        Hubo un velorio tres días más tarde, y luego un entierro. Antes de irme le di un abrazo a cada uno, primero a Alberto, después a Elena, separados por primera vez, inmóviles entre los invitados, atentos de una manera extraña: al suelo, a los ruidos más pequeños, buscando en el barullo algo que parecían haber tenido en la mano un segundo atrás. 

        Me ocupé del caballo, que estuvo unos días en la veterinaria de la Facultad de Agronomía, recuperándose. Localicé unas caballerizas en Luján, donde me hacían buen precio por tenerlo todo el año si pagaba por adelantado. Estaba dispuesta a gastar en él una fortuna, pero dos semanas más tarde alguien me contactó en Lyon para avisar que un hombre lo había reclamado, y que el animal ya estaba otra vez con su dueño. Creo que fue por esos días que llamé a Hurlingham para ver cómo estaban, pero no los encontré. O quizá tuve la intención de llamar, y al final no lo hice. Ellos tampoco. Y ya no volvimos a hablar. 

        Escucho en el teléfono un chasquido, las patas del banco chirriar. ¿Se puso Elena de pie? ¿Estará mirando el patio? ¿Qué hay ahora en el patio? ¿Por qué no dice nada? 

        —Elena, ¿estás ahí? 

        A veces sueño que vuelvo a Buenos Aires. Casi siempre estoy en un taxi, mirando atenta por la ventana. Y entonces lo veo. Lo reconozco enseguida. El color, la altura, las orejas. Tira del carro con cansancio. Un carro enorme, desproporcionado para su tamaño. Pido que detengan el coche, me bajo y corro hacia él. El hombre que lo conduce a latigazos no entiende qué ocurre, tira de las riendas para frenarlo. El caballo se detiene, bufa, se vuelve hacia mí. Toco su cabeza enorme, mi frente otra vez contra su frente. Una palma abierta contra su pómulo, la otra contra su pecho. Es tan enorme y precioso, y yo estoy pidiéndole perdón. 

        —No tengo tiempo para tonterías —dice Elena—, ¿no te das cuenta? 

        Tiene razón, tanta razón. ¿Qué vamos a hacer ahora? 

        —Se acabó —dice, pero hay un cambio sutil en su ímpetu—. ¿Dónde está?

        Sostengo el teléfono, intento ponerme en su lugar. ¿Qué me está preguntando? 

        —El caballo, Leila. 

        —El caballo —digo haciendo tiempo, tratando de entender este último pedido. Busco desesperada, entre los recuerdos de Argentina, un lugar donde haya un caballo que se pueda abrazar. 

        —Leila... 

        —Sí, claro —digo—. Sí. ¿Tenés para anotar? 

        —Tengo —dice ella, y escucho un ruido que reconozco con toda claridad: empuja el ventanal, lo abre. El sonido cambia por completo. Elena está de pie frente al patio—. Tengo todo —dice—. Todo está acá listo. Te escucho.
 


en El buen mal, Random House, 2025