miércoles, mayo 18, 2022

“La tormenta”, de Mary Oliver





Ahora, a través del blanco huerto,

mi pequeño perro brinca, rompiendo la nieve fresca

con sus alocados pies.

 

Corriendo aquí, corriendo allá, agitado,

casi sin detenerse, salta, gira,

hasta escribir sobre la blanca nieve

en extensas, exuberantes letras,

una larga oración, 

expresando los placeres del cuerpo en este mundo

 

Oh, yo no podría haberlo dicho mejor.




en Poetry, 1997

Traducción de Carlos Almonte




The Storm

Now through the white orchard my little dog / romps, breaking the new snow / with wild feet. // Running here running there, excited, / hardly able to stop, he leaps, he spins / until the white snow is written upon / in large, exuberant letters, / a long sentence, expressing / the pleasures of the body in this world. // Oh, I could not have said it better / myself.































martes, mayo 17, 2022

«El lenguaje es el revólver para uno», de Mario Montalbetti

Tres poemas





Magnificat


Después del trabajo remunerado, inmune, 
casi municipal, y de cuidar al hijo 
que no caiga, y de hacer nocturno el amor, 

apago los megavatios 
y bebo alcohol hasta las puntas
(alcohol munerado, mune, casi nupcial)

y luego veo entre las costillas de las persianas 

el alba naranja como una papaya madura 
que cae del cielo 
y se hace añicos contra el pavimento.





8 versos de homenaje al temblor de su cuerpo


Las magníficas puertas del templo de Bedo están cerradas 

sus fuertes maderos recogen el rocío en sus venas 

en sus ornados espirales feroces animales de bronce se aferran 
a sus quicios

los cerrojos están ocultos y se guardan solos

una súbita bandada de aves cruza el cielo

placeres y noches tras estas puertas se adivinan de fuera

aguardo sentado bajo durazneros maduros aguardo 

sentado como un perro que no mueve la cola





Tarma 


en la hoguera 
en la que ardes 

arden también 
las imágenes 
que guardo 

de nuestra noche 
en Tarma 

el huerto 
de alhelíes 

el dulce aroma 
nocturno 
de los eucaliptos 

el ladrido lejano 
todo en llamas






Publicado por Álbum del universo bakterial, 2022


 




















lunes, mayo 16, 2022

“Una mujer”, de Carlos Amador Marchant





Una muchacha se me acercó un día.

Tan súbita, rebelde, risueña.

Aprendí a beber el café junto a ella.

Y hasta pude reír frente al frío de la costa.

Yo no la creí capaz de ceñirse a mi vida,

porque éramos tan distintos como la ciudad 

                        y el océano.

Pero, sin embargo, vino y escudriñó

y fue entrando a mí, pausada, como cuando entra

una anciana a la puerta de su casa.

Nunca he podido conocer mejor a una mujer

que a aquella que se me acercó un día.

A veces rompía en llantos

y, cuando me abrazaba,

todas sus lágrimas rodaban por sobre mi camisa

                        engrasada.

Me pregunto cómo pudo unirse a mi vida,

tan súbita y risueña como una mañana de primavera.

Porque aquí no hubo nada, ni un llamado,

ni una seña desde lejos, nada

que nos hiciera sentir avergonzados.

Sólo sé que desde ese día

ya no pude beber el café solo y triste como antes,

en medio de aquellos fierros y cajones y redes

húmedas.




en Antología Poética del Norte, 1998

Juvenal J. Ayala, antologador






























domingo, mayo 15, 2022

“Salmo III”, de Hernán Valdés





El hombre herido echa espinas, como el rosal.

Cúbrese de misterio,

se cierra cual ciertas flores, llegada la noche,

pero él por siempre.

El corazón se le vuela hacia dentro,

entre las sombras permanece oculto

y sólo el calor del vino y del alma cordial

vuelve a darse.

 

Pero si no derribas

ese refugio que el hombre encuentra en las tinieblas

alguna vez esa será su eterna prisión

y, entonces, su muerte irreparable.




en Salmos, 1956

























sábado, mayo 14, 2022

«El trabajo del poeta», de Lan Lan

Traducción de Radina Dimitrova





Toda la noche, el fuego ruge
en la fragua.

La sombra dibuja un remolino con sus brazos
y – pulgada tras pulgada – a golpes incrusta
al herrero en el silencio del yunque.


















viernes, mayo 13, 2022

«Recordando a Burundi», de Ketty Nivyabandi

Traducción de Marisol Bohórquez Godoy





Te recuerdo.
Una chispa rasgando el cielo azul. Semillas coqueteando con nubes. Hombres 
            confiando en las estrellas.
Una canción se sostiene cálida y ceñida, en espaldas de ensueño. Mujeres con olor 
            a mantequilla.
Un seno hinchado. La vía láctea. Rocío apagando los pies astillados.

Te recuerdo.
Un sueño. Amasado con laterita y acero.
Hombres orgullosos, con el pecho rebosante. Lanzas, azadas que yacían inmóviles 
            en el suelo húmedo. Caminando, desnudos, hacia el sol.

Chicas mariposa. Dispersándose, volando. Inundando los cielos de colores.

Risas ahogadas. Risas desordenadas. Risas gratis. Risas por miles.

Te recuerdo.
Gente-equilibrada. Gente-real. Gente magistral. Gente- rota-pero entera.
Jade, belleza fugitiva. Una belleza celosa, salvaje y hechizante.
Del tipo para quemar los ojos de un profeta…
                         Un terrón de tierra que una vez se atrevió a desafiar al Reich

Te recuerdo.
Antes de tus palabras-pluma. Antes de tus hijos-papel.
Antes de tu terreno abierto, tus hijos errantes.
Antes de tu dignidad en migajas.
En venta. En las aceras de los famélicos bulevares.

Te recuerdo.
En el furor de mi pelo de panal.
En la tinta que serpentea por estas manos temblorosas.
En mis preciosos sueños, cubiertos de polvo.
En mis sudores. En mis gritos. En mis fiebres. En mis ojos.
Colgando abierta de par en par, de la luna creciente.

Te recuerdo.
Aún ayer.
Mañana (por supuesto).
Esta mañana. No sé.





Tomado de la revista Vuela palabra









jueves, mayo 12, 2022

«Para la casa nueva», de Ursula K. Le Guin

Traducción de Diana Bellessi





Que esta casa se llene con olores de la cocina
y con sombras y juguetes y nidos de ratones
y rugidos de furia y cascadas de lágrimas
y hondos silencios sexuales y sonidos
de origen misterioso nunca explicados
y tesoros y regalos y miles de deshechos
y un flujo como un viento cálido pero más lento
soplando las hojas de los árboles y libros y años
de pez de la vida de un niño revoloteando plateados
rápido, rápido en la lenta ráfaga incesante
que ondula las cortinas un momento
todos esos años desde ahora, hacia atrás.
Que puedan los umbrales y los marcos bendecidos
bendecir a cada paso.
Que puedan los techos pero no los cuartos conocer la lluvia.
Que las ventanas conozcan claramente
la rama y la flor del manzano.
Y que podáis estar en esta casa
como la música está en el instrumento.




en Wild Oats and Fireweed, 1988












For the New House

May this house be full of kitchen smells / and shadows and toys and nests of mice / and roars of rage and waterfalls of tears / and deep sexual silences and sounds / of mysterious origin never explained / and troves and keepsakes and a lot of junk / and a flowing like a warm wind only slower / blowing the leaves of trees and books and the fish-years / of a child’s life silvery flickering / quick, quick in the slow incessant gust / that billows out the curtains a moment / all those years from now ago. / May the sills and doort'rames / be in blessing blest at every passing. / May the roof but not the rooms know rain. / May the windows know clearly / the branch and flower of the apple tree. / And may you be in this house / as the music is in the instrument.









miércoles, mayo 11, 2022

«No me molestaría trotar», de Mónica Licea





No me molestaría trotar 

desnuda 

en el campo mientras

la noche florece en mi torso

y el día sigue siendo

el excremento de los rebaños.

 

No me molestaría mascar 

la hierba

y entrar al establo que no buscaba

que dice mi nombre.

 

Sería conveniente chillar 

después de haber triturado 

a mis crías

para evitar el malentendido 

y seguir

relinchando


la visión de la ira.




en Visión de la ira, 2017

Fotografía: Gabriela Alatorre






























martes, mayo 10, 2022

«Migraciones», de Gloria Gervitz

Cuatro poemas



(1943-2022)​


soy la última
en estar con ella
 
en asistirla
en morirla
 
suéltala —me dicen
 
pero si pudiera le daría mi pulso
si pudiera cubriría de flores su espanto
 
si pudiera le pediría a la mismísima tierra
que la absuelva
 
                  y la perdone
 
perdóname tú a mí
perdonada
 
 
 
 
*   *   *
 
 
 
 
y las palabras
                           doblándose
                                              dóciles
 
                 temblándose
                         dóciles
 
          desamparándose
 
             y en ese desamparo
                           en lo dócil
 
                   la mirada
                          y ahí besa
 
                          en ese desamparo besa
en eso desamparado besa
 
y abierta
     invadida por la mirada
                                    ella gime
 
 
 
 
*   *   *




tuve respuestas más recónditas que las preguntas
lo que de veras soy escapa a mi entendimiento
no sé quién en mí decide por mí
y salto al abismo de las alturas
y me enredo en mis propias alas
 
 
 
 
*   *   *
 


 
y cada día es único imprevisible imperfecto
sólo el vacío es perfecto
y la vida está llena de imperfecciones
y no sé cómo vivirla






en Migraciones. Poemas 1976-2016, Mangos de Hacha, 2017



























lunes, mayo 09, 2022

“Mañana es demasiado lejos”, de Chimamanda Ngozi Adichie





Fue el último verano que pasaste en Nigeria, el verano anterior al divorcio de tus padres, antes de que tu madre jurara no volver a poner un pie en Nigeria para ver a la familia de tu padre, en particular a tu abuela. Todavía ahora, dieciocho años después, recuerdas claramente el calor que hizo ese verano, el ambiente bochornoso que se respiraba en el patio de tu abuela, un patio con tantos árboles que el cable del teléfono se enredaba con las hojas y las distintas ramas se tocaban, y a veces aparecían mangos en los castaños y guayabas en los mangos. La gruesa capa de hojas en descomposición era blanda bajo tus pies desnudos. Por las tardes las abejas de vientre amarillo zumbaban alrededor de tu cabeza, la de tu hermano Nonso y la de tu primo Dozie, y por las noches la abuela solo dejaba a tu hermano Nonso trepar a los árboles para sacudir una rama cargada de fruto, a pesar de que tú trepabas mejor. Llovían los aguacates, los anacardos, las guayabas, y el primo Dozie y tú llenaban viejos cubos.

 

Fue el verano que la abuela enseñó a Nonso a arrancar los cocos. Los cocoteros, tan altos y sin ramas, eran difíciles de trepar, y la abuela le dio un palo largo y le enseñó a agitar las vainas acolchadas. A ti no te enseñó porque decía que no era cosa de niñas. La abuela partía los cocos golpeándolos con cuidado contra una piedra y la leche acuosa se quedaba en la mitad inferior, una taza irregular. Todos bebían un sorbo de la leche enfriada por el viento, incluidos los niños de la calle que salían a jugar, y la abuela presidía el ritual para asegurarse de que Nonso era el primero.

 

Fue el verano que le preguntaste a tu abuela por qué el primer sorbo era para Nonso en lugar de para Dozie, que tenía trece años, uno más, y la abuela respondió que Nonso era el único hijo de su hijo, el que llevaría el apellido Nnabuisi, mientras que Dozie solo era un nwadiana, el hijo de una hija. Fue el verano que encontraste en el césped la piel de una serpiente, entera e intacta como una media transparente, y la abuela te dijo que se llamaba echi eteka, «Mañana está demasiado lejos». Un mordisco, dijo, y en diez minutos se ha acabado todo.

 

No fue el verano que te enamoraste de tu primo Dozie porque lo hiciste unos veranos antes, cuando él tenía diez años y tú siete, y se metían los dos en el diminuto espacio que había detrás del garaje de la abuela, y él trataba de embutir lo que llamaban su «plátano» en lo que llamaban tu «tomate», pero ninguno de los dos estaba seguro de cuál era el agujero. Pero sí fue el verano que te agarraste piojos, y el primo Dozie y tú exploraron tu larga melena buscando los diminutos insectos negros para aplastarlos entre las uñas y se rieron del ruido que hacían sus estómagos llenos de sangre al reventar; el verano que tu odio hacia tu hermano Nonso aumentó tanto que notaste que te obstruía las fosas nasales, y tu amor por tu primo Dozie se infló y te rodeó la piel.

 

Fue el verano que viste cómo el mango se partía limpiamente en dos mitades en una tormenta en la que los rayos recorrieron con feroces líneas el cielo.

 

Fue el verano en que Nonso murió.


La abuela no lo llamaba verano. Nadie lo hacía en Nigeria. Era agosto, entre la estación lluviosa y el harmattan. Llovía torrencialmente todo el día, y la lluvia plateada azotaba el porche donde Nonso, Dozie y tú apartaban los mosquitos a manotazos mientras comían mazorcas asadas; o hacía un sol cegador y se bañaban en la balsa que la abuela había dividido por la mitad para que disfrutaran de una piscina improvisada. El día que Nonso murió hizo temperaturas bastante suaves; lloviznó por la mañana, el sol brilló suavemente por la tarde y por la noche murió él. La abuela le gritó, gritó a su cuerpo sin vida i laputago m, que la había traicionado, porque ¿quién iba a llevar ahora el apellido de Nnabuisi que protegía el linaje de la familia?

 

Al oírla los vecinos acudieron. Fue la mujer de la casa de enfrente, la del perro que hurgaba en el cubo de la basura de la abuela por las mañanas, quien sacó de tus labios entumecidos el número de Estados Unidos y llamó a tu madre. Fue la misma vecina quien te soltó de la mano de Dozie, los hizo sentar a los dos y les ofreció agua. También trató de abrazarte para que no oyeras hablar a la abuela con tu madre, pero te escabulliste y te acercaste al teléfono. La abuela y tu madre se concentraron en el cuerpo de Nonso antes que en su muerte. Tu madre insistía en trasladar inmediatamente el cadáver en avión a Estados Unidos y la abuela repetía las palabras de tu madre y sacudía la cabeza. La locura acechaba en sus ojos.

 

Sabías que a tu abuela nunca le había gustado tu madre. (Se lo habías oído decir un verano delante de una amiga: «Esa americana negra ha embaucado a mi hijo y se lo ha metido en el bolsillo»). Pero oyéndola hablar entonces por teléfono, entendiste que ella y tu madre estaban unidas. Estabas segura de que en los ojos de tu madre había la misma locura furiosa.

 

Cuando hablaste con tu madre, su voz resonó por la línea como nunca lo había hecho cuando Nonso y tú pasaban los veranos con la abuela. ¿Estás bien?, no paraba de preguntarte ella. ¿Estás bien? Sonaba asustada, como si sospechara que estabas bien a pesar de la muerte de Nonso. Jugueteaste con el cable del teléfono sin decir gran cosa. Ella dijo que avisaría a tu padre, aunque estaba en algún lugar perdido asistiendo a un festival de Black Arts donde no había teléfonos ni radio. Al final soltó un sollozo agudo que sonó como un ladrido, antes de decirte que todo se arreglaría y que se encargaría de que trasladaran en avión el cuerpo de Nonso. Te hizo pensar en su risa, que le nacía en el fondo del estómago y no se suavizaba al salir, contrastando con su cuerpo esbelto. Cuando entraba en la habitación de Nonso para darle las buenas noches, siempre salía riéndose con esa risa. La mayoría de las veces te tapabas los oídos para no oírla, y seguías tapándotelos, aunque luego entrara en tu habitación para decirte: «Buenas noches, cariño, que duermas bien». Nunca salía de tu habitación riéndose con esa risa.

 

Después de la llamada telefónica la abuela se tumbó de espaldas en el suelo y, con la mirada fija, se balanceó de un lado al otro, como si se tratara de alguna clase de juego tonto. Decía que no le parecía bien trasladar el cadáver de Nonso a Estados Unidos, que su espíritu siempre flotaría allí. Pertenecía a esa tierra dura que no había sabido absorber el impacto de su caída. Su lugar estaba entre esos árboles, uno de los cuales lo había soltado. Tú te sentaste y la observaste, y al principio deseaste que se levantara y te abrazara, luego deseaste que no lo hiciera.


Han pasado dieciocho años y los árboles del patio de la abuela no han cambiado; siguen extendiendo las ramas y abrazándose, arrojando sombras por el patio. Pero todo lo demás parece más pequeño: la casa, el jardín del fondo, la balsa de color cobre a causa del óxido. Hasta la tumba de la abuela que está en el patio trasero parece diminuta, e imaginas el cuerpo encogido para caber en un ataúd tan pequeño. La tumba está cubierta de una fina capa de cemento; la tierra de alrededor ha sido removida hace poco, y te detienes a su lado y te la imaginas dentro de diez años, abandonada, con una maraña de malas hierbas que cubren el cemento, asfixiándola.


Dozie te está observando. En el aeropuerto te ha abrazado con cautela, te ha dicho bienvenida, qué sorpresa que hayas vuelto, y tú lo has mirado largo rato en la concurrida y caótica sala hasta que él ha desviado los ojos, castaños y tristes como los del caniche de tu amigo. Pero no te hace falta mirarlo para saber que el secreto sobre la muerte de Nonso está a salvo con él, siempre lo ha estado. Mientras te llevaba a casa de la abuela, te ha preguntado por tu madre y tú le has explicado que ahora vive en California; no has mencionado que está en una comuna entre gente que va con la cabeza afeitada y los pechos con piercings, ni que cuando te llama siempre cuelgas dejándola con la palabra en la boca.

 

Te diriges al aguacate. Dozie sigue observándote, y tú lo miras y tratas de recordar el amor que te inundó por completo ese verano en que tenías diez años, que te hizo cogerle la mano con fuerza la tarde en que murió Nonso, cuando la madre de Dozie, tu tía Mgbechibelije, fue a buscarlo. Hay un ligero pesar en las arrugas que le surcan la frente, cierta melancolía en su forma de estar de pie con los brazos a los costados. De pronto te preguntas si él también siente nostalgia. Nunca supiste lo que había detrás de su sonrisa serena, detrás de las veces en que se sentaba tan inmóvil que las moscas de la fruta se le posaban en los brazos, detrás de las fotos que te daba y de los pájaros que encerraba en una jaula de cartón, donde los cuidaba hasta que se morían. Te preguntas qué sentía, si sentía algo, por no ser el nieto que llevaría el apellido Nnabuisi.

 

Tocas el tronco del aguacate en el preciso momento en que Dozie empieza a decir algo. Crees que va a hablar de la muerte de Nonso y te sobresaltas, pero dice que nunca imaginó que volverías para despedirte de la abuela porque sabía cuánto la odiabas. Ese verbo, «odiar», flota en el aire entre ustedes como una acusación. Quieres decirle que cuando llamó a Nueva York y oíste su voz por primera vez en dieciocho años para decirte que había muerto la abuela («Pensé que querrías saberlo», fueron sus palabras), te inclinaste sobre tu escritorio porque te fallaban las piernas, sintiendo cómo toda una vida de silencio se derrumbaba, y no fue en la abuela en quien pensaste, sino en Nonso, y en él, en el aguacate y en ese verano húmedo en el reino amoral de la niñez, y en todas las cosas que nunca te habías permitido pensar, que habías reducido al mínimo y escondido sin más.

 

Pero te callas y aprietas las palmas contra el áspero tronco del árbol. El dolor te calma. Te recuerdas comiendo aguacates: a ti te gustaban con sal y a Nonso no, y la abuela siempre se reía diciendo que no sabías lo que era bueno al decir que el aguacate sin sal te provocaba náuseas.


En el funeral de Nonso que tuvo lugar en un frío cementerio de Virginia, entre lápidas que sobresalían de un modo obsceno, tu madre iba vestida de la cabeza a los pies de un negro desteñido, incluido el velo, que hacía brillar su piel color canela. Tu padre no se acercó a ninguna de las dos, con su habitual dashiki y sus cauríes color leche alrededor del cuello. No parecía un pariente, sino uno de los invitados que lloraba ruidosamente. Más tarde preguntó a tu madre cómo había muerto exactamente Nonso, cómo había caído de uno de los árboles que había trepado desde que era niño.

 

Tu madre no dijo nada a toda esa gente que hacía preguntas. Tampoco te dijo nada a ti, ni siquiera cuando limpió la habitación de Nonso y recogió sus cosas. No te preguntó si querías quedarte con algo suyo y te sentiste aliviada. No querías guardar ninguno de sus libros con esas anotaciones de su puño y letra que tu madre decía que se entendían mejor que las frases impresas. No querías ninguna de las fotos de palomas que había hecho en el parque y que tu madre aseguraba que eran tan prometedoras para un niño. No querías sus cuadros, que eran simples copias de los de tu padre, pero con otros colores. Ni su ropa. Ni su colección de sellos.

 

Tu madre sacó por fin el tema de Nonso tres meses después de su funeral, cuando te habló del divorcio. Dijo que el divorcio no era por él, que tu padre y ella hacía mucho que se habían distanciado. (Tu padre estaba entonces en Zanzíbar; se había ido inmediatamente después del funeral). Luego te preguntó: «¿Cómo murió Nonso?».

 

Sigues asombrándote de cómo salieron esas palabras de tu boca. Sigues sin reconocer a la niña de ojos claros que eras.

 

Tal vez fuera por el modo en que ella dijo que el divorcio no era por Nonso, como si solo él pudiera ser el motivo y tú no pintaras nada. O tal vez fue simplemente por el ardiente deseo que todavía sientes a veces, la necesidad de alisar aristas, de allanar lo que te parece demasiado abrupto. Dijiste a tu madre, con el tono de quien es reacio a hablar, que la abuela había pedido a Nonso que subiera a la rama más alta del aguacate para demostrar lo hombre que era. Luego lo asustó, en broma, aseguraste a tu madre, diciéndole que había una serpiente, la echi eteka, en la rama de al lado. Le dijo que no se moviera. El, como es natural, se movió y resbaló de la rama, y cuando aterrizó, el ruido fue el de muchos frutos cayendo a la vez. Un último plaf. La abuela se quedó allí mirándolo y empezó a gritarle que era el único hijo, que había traicionado el linaje al morir y lo enfadados que estarían sus antepasados. El todavía respiraba, dijiste a tu madre. Respiraba cuando cayó, pero la abuela se quedó allí parada gritando a su cuerpo destrozado hasta que expiró.

 

Tu madre empezó a chillar. Y te preguntaste si la gente gritaba enloquecida cuando decidía rechazar la verdad. Sabía perfectamente que Nonso se había golpeado la cabeza contra una piedra y había muerto en el acto, había visto el cuerpo, la cabeza abierta. Pero prefería creer que había estado vivo después de caer. Lloró, aulló y maldijo el día que había puesto los ojos en tu padre en la primera exposición de su obra. Luego lo llamó por teléfono y la oíste gritar: «¡Tu madre es la responsable! ¡Lo asustó y le hizo caer! ¡Podría haber hecho algo, pero se quedó allí plantada, esa estúpida africana fetichista, y lo dejó morir!».

 

Tu padre habló contigo luego, dijo que entendía lo duro que era para ti, pero que debías tener cuidado con lo que decías para no causar más daño. Y tú reflexionaste sobre sus palabras —cuidado con lo que dices— y te preguntaste si él sabía que mentías.


Ese verano de hacía dieciocho años fue el verano del primer descubrimiento de ti misma. El verano que supiste que tenía que ocurrirle algo a Nonso para que tú pudieras sobrevivir. Aun a los diez años, sabías que hay personas que ocupan demasiado espacio por el mero hecho de existir, que ahogan a las demás. Luego se lo explicaste a Dozie, le dijiste que los dos necesitaban que Nonso se hiciera daño, tal vez que se lisiara o se torciera las piernas. Querías que mermase la perfección de su cuerpo ágil, volverlo menos encantador, menos capaz de hacer todo lo que hacía. Menos capaz de ocupar tú espacio. Dozie no dijo nada, se limitó a dibujarte con los ojos en forma de estrellas.

 

La abuela estaba dentro de la casa cocinando y Dozie se quedó callado a tu lado, rozándote los hombros, cuando sugeriste a Nonso que subiera a lo alto del aguacate. Fue fácil convencerlo; solo tuviste que recordarle que tú trepabas mejor que él. Y era cierto, eras capaz de trepar cualquier árbol en unos segundos; eras mejor en todo lo que podías aprender a hacer tú sola, en todo lo que la abuela no podía enseñarle a hacer a él. Le pediste que fuera él primero, para ver si podía llegar a la rama más alta antes de seguirlo. Las ramas eran frágiles y Nonso pesaba más que tú, por toda la comida que la abuela le hacía comer. Come un poco más, le decía a menudo. ¿Para quién crees que lo he hecho? Como si tú no estuvieras allí. A veces te daba unas palmaditas en la espalda y te decía en igbo: Está muy bien que aprendas, nne, así podrás cuidar algún día de tu marido.

 

Nonso trepó por el árbol. Cada vez más alto. Esperaste a que llegara casi arriba, hasta que sus piernas titubearon antes de continuar. Esperaste ese breve momento entre dos movimientos. Un momento abierto en el que viste lo azul de todo, de la vida misma, el azul puro de uno de los cuadros de tu padre, de la oportunidad, de un cielo lavado por una lluvia matinal. Entonces gritaste: «¡Una serpiente! ¡Es la echi etekab! No estabas segura de si añadir que estaba en la rama de al lado o deslizándose por el tronco. Pero no importó, porque en esos pocos segundos Nonso bajó la vista y se soltó, se le resbalaron los pies, se le desprendieron los brazos. O tal vez el árbol simplemente se desentendió de él.

 

No recuerdas cuánto tiempo te quedaste allí parada mirando a Nonso, con Dozie callado a tu lado, antes de entrar a llamar a la abuela.


La palabra que utiliza Dozie, «odiar», flota en tu cabeza. Odiar. Odiar. Odiar. Hace que te cueste respirar, como en los meses que siguieron a la muerte de Nonso, cuando esperaste que tu madre se fijara en que tenías la voz pura como el agua y las piernas elásticas como gomas, o que saliera de tu habitación por la noche con esa risa profunda. En lugar de ello te abrazaba con aprensión al darte las buenas noches, siempre en un susurro, y tú empezaste a evitar sus besos fingiendo toses y estornudos. En todos esos años que te llevó de un estado a otro, encendiendo velas rojas en su habitación, prohibiendo hablar de Nigeria o de la abuela, sin dejarte ver a tu padre, nunca volvió a reírse con esa risa.

 

Dozie habla, dice que hace unos años empezó a soñar con Nonso, que en los sueños Nonso es mayor y está más alto que él, y tú oyes caer un fruto de un árbol y le preguntas, sin volverte: «¿Qué querías? Ese verano, ¿qué querías?».

 

No sabes cuándo se ha movido Dozie, cuándo se ha colocado detrás de ti, tan cerca que te llega el olor a cítrico que desprende, tal vez ha pelado una naranja y no se la lavado las manos después. Te da la vuelta y te mira, y tú le sostienes la mirada, y hay finas arrugas en su frente y una nueva dureza en su mirada. Te dice que nunca se le ocurrió querer nada porque todo lo que importaba era lo que tú querías. Hay un largo silencio mientras observas la columna de hormigas negras que trepan por el tronco, cada una acarreando un poco de pelusa blanca, creando un diseño blanco y negro. Te pregunta si soñaste, como soñó él, y tú respondes que no rehuyendo su mirada. Él te da la espalda. Quieres hablarle del dolor en el pecho, el vacío en los oídos y la agitación en el aire que notaste después de su llamada telefónica, las puertas que se abrieron de golpe, los sentimientos aplastados que afloraron, pero él ya se está alejando. Y te quedas sola debajo del aguacate, llorando.




en Algo alrededor de tu cuello, 2010

























domingo, mayo 08, 2022

«Canción de la mañana», de Sylvia Plath

Traducción de Juan Carlos Villavicencio


 

El amor te puso en marcha como un robusto reloj de oro.
La partera manoteó las plantas de tus pies, y tu grito calvo
Tomó su lugar entre los elementos.

Nuestras voces resuenan, magnificando tu llegada. Estatua nueva.
En un museo descampado, tu desnudez
Oscurece nuestra seguridad. Te rodeamos impasibles como paredes.

No soy tu madre más
Que la nube que destila un espejo para reflejar su propia y lenta 
Desaparición entre las manos del viento.

Toda la noche tu aliento de polilla
Titila entre las insípidas y rosadas rosas. Me despierto a escuchar:
Un mar lejano se mueve en mis oídos.

Un grito, y me tropiezo de la cama, pesada como vaca y floral
Con mi camisón victoriano.
Tu boca se abre limpia como la de un gato. El marco de la ventana

Palidece y se traga sus opacas estrellas. Y ahora compruebas
Tu puñado de notas; 
Las vocales cristalinas se elevan como globos.



19 de febrero de 1961











Morning Song

Love set you going like a fat gold watch. / The midwife slapped your footsoles, and your bald cry / Took its place among the elements. // Our voices echo, magnifying your arrival. New statue. / In a drafty museum, your nakedness / Shadows our safety. We stand round blankly as walls. // I’m no more your mother / Than the cloud that distills a mirror to reflect its own slow / Effacement at the wind’s hand. // All night your moth-breath / Flickers among the flat pink roses. I wake to listen: / A far sea moves in my ear. // One cry, and I stumble from bed, cow-heavy and floral / In my Victorian nightgown. / Your mouth opens clean as a cat’s. The window square // Whitens and swallows its dull stars. And now you try / Your handful of notes; / The clear vowels rise like balloons.








sábado, mayo 07, 2022

“Canción de sueño”, de Wu Tsao





Una golondrina no siguió a la

Primavera, se escondió

En mis bordadas cortinas y no

Cesó de gorjear suavemente.

¿Quieres vivir conmigo? Suplica:

«¡Déjame quedarme! ¡Por

favor!», pero respondo que no.




en El barco de las orquídeas (Antología), 2007

Kenneth Rexroth y Ling Chung, antologadores






























viernes, mayo 06, 2022

«Instinto de guerra», de August Stramm

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Destellan los ojos
Tu mirada explota
Caliente
Fluye la sangre sobre mí 
Y
Riega
Los riachuelos del mar.
Destellas y destellas.
Las fuerzas de la vida
Resplandecen
El moho flota alrededor
Y
Se funde
Y
Se funde.




1915









Triebkrieg

Augen blitzen / Dein Blick knallt auf / Heiß / Läuft das Bluten über mich / Und / Tränket / Rinnen See. / Du blitzst und blitzest. / Lebenskräfte / Lodern / Moder wahnet um / Und / Stickt / Und / Stickt.









jueves, mayo 05, 2022

“El viento del sol”, de Pilar Adón





Las rutas de Anne-Marie en busca del lugar perfecto podían coincidir en algún momento, pero eso no era lo normal. Lo normal era que tomara caminos muy diferentes para llegar hasta el rincón que reuniera las mejores condiciones para sacar el violín de su caja y empezar a tocar con un pequeño recipiente delante —podía ser un sombrero—, en el que recoger las monedas.

 

Nunca se situaba en el mismo sitio porque había estado a punto de perder su violín para siempre en el país del que había salido solo tres días antes para, desde allí, llegar a Portugal. Con un tono no demasiado amable y en un inglés bastante malo, le dijeron que hiciera el favor de largarse a tocar a otra calle o, mejor aún, a otra ciudad, y eso fue exactamente lo que hizo. Dejó atrás casas salpicadas a ambos lados de la carretera, con las luces encendidas y las persianas medio bajadas. Hombres y mujeres viendo la televisión, cenando, dejando pasar el tiempo hasta quedarse dormidos en el sofá… Y ahora se perdía por las estrechas y húmedas calles de Oporto, en busca de cualquier lugar apropiado en el que poder apostarse y, después de un breve instante, empezar a tocar. Recorría los jardines, subía y bajaba las escalinatas, y atravesaba las plazas con la mirada siempre puesta en la localización de algún rasgo peculiar que le sirviera para identificar con cierta exactitud las tiendas, los restaurantes o los monumentos que iba dejando atrás. Aquella era la mejor manera de evitar futuras confusiones. Debía reconocer los lugares en los que ya había estado y en los que no debía volver a tocar jamás.

 

Al principio todos los barrios parecían el mismo, todos los edificios resultaban similares, y cada sombra era idéntica a la anterior. Pero, con el tiempo, se iría acostumbrando a definir las características particulares de cada zona, las diferencias de cada ángulo y la inclinación de cada cuesta.

 

Estornudó. Era verano, pero Oporto es una ciudad húmeda. El río la inunda y la enmohece. Anne-Marie recordaba en la piel el frío de Polonia, seco, completo, que también, muy a menudo, hacía que estornudara. Se pasó un dedo por el borde de la nariz y razonó de nuevo, una vez más, que aquel verano por el sur de Europa, la Europa cálida, con su violín bajo el brazo, no era lo que había imaginado. No estaba resultando ni didáctico ni interesante. En ocasiones ni siquiera parecía auténtico. A veces la realidad no se le presentaba de forma muy coherente y no veía mucha relación entre los comportamientos y los ambientes. En cualquier caso, no regresaría a Polonia hasta mediados de septiembre y entonces, a la vuelta, seguramente todo aquello, con la distancia, le parecería irrepetible, tierno y entrañable. En septiembre regresaría a casa y volvería a la rutina. A las conversaciones con su madre, que se acercaría a ella e, invariablemente, preguntaría:

 

—¿Qué tal hoy en la universidad, cariño?

—Igual que ayer, mamá.

—¿Todo bien? —insistiría su madre, intentando mirar a su hija a los ojos.

 

Y ella apartaría la cabeza.

 

—Perfectamente.

—Hija… Te pasa algo. Lo sé. ¿Por qué no me lo cuentas? Sé que te pasa algo y no me gusta. No quiero verte así.

—Mejor hablamos de otra cosa, ¿de acuerdo?

 

Sería entonces cuando la nostalgia, con todas sus armas, atacara el conjunto de lo pasado, y las líneas defensivas de Anne-Marie resultarían inútiles, debilitadas desde la raíz. Los recuerdos del verano nómada serían tan implacables como destructores, arrancarían toda certeza de lo vivido para dejarlo limpio, puro, y eliminarían cualquier aspecto desagradable o peligroso, presentando una imagen de completa armonía y de un entorno perfecto. Sería en ese momento cuando apareciera la inevitable sensación de no haber sabido aprovechar los placeres que el viaje pudo haber ofrecido, y cuando cierto desconsuelo se asentara, durante algún tiempo, en sus actos y en su ánimo.

 

Pero eso sería en septiembre. Hasta entonces seguiría acordándose de las notas múltiples que repercutían por los callejones de la ciudad de Polonia que había dejado hacía dos meses, en junio, a principios del verano europeo, cuando creyó que había llegado el momento de viajar, observar y permitir que esas notas sonaran por callejones distintos, más lejanos. Hasta entonces tendría ante sí una perspectiva tan imponente como, en ocasiones, indeseable: Oporto, Lisboa, Roma, tal vez... Cuando todo hubiera terminado, Polonia sería, una vez más, el lugar monótono y hasta aborrecido de siempre. Y Oporto, desde la distancia, con todos sus puentes y todas sus torres, la cima del arte.

 

Volvió a estornudar. Algunas parejas se tomaban de la mano al pasear por delante de ella o al sentarse debajo de alguna sombrilla en las terrazas que los dueños de los bares colocaban a la orilla del río. Caminaba sin rumbo, mirando cómo una mujer bajaba los escalones de una casa encalada y cómo otra saludaba con la cabeza desde un banco de piedra. Ambas iban vestidas de negro. Ambas tenían el rostro arrugado y la piel oscura. Ambas sentirían la humedad del Duero en los huesos. Se cambió el violín de brazo y se acercó a una fuente. Bebió. El agua refrescó su cara y sus manos al instante, y, al erguirse de nuevo, reparó en que, de repente, no reconocía el paisaje que se abría a su alrededor. Cerró los puños con fuerza y supo que estaba demasiado cansada. De albergar deseos mediocres; de la intensidad de su propio desfallecimiento; de su sonrisa, que no era la sonrisa de la felicidad espontánea. ¿Alguien iba a dedicarse alguna vez a escuchar lo que ella pudiera interpretar? ¿Esperaba que alguien real fuese a hablar con ella, en voz baja, pronunciando solo frases inteligentes? ¿Hasta qué punto podía desear que la gente se fijase en ella y escuchase con atención lo que tenía que contar con su violín?

 

Había llegado a la puerta de una iglesia. Pocos lugares eran tan buenos como aquél para ponerse a tocar. Estaba en la iglesia de San Antonio y, por el momento, allí solo había un hombre sentado en el umbral, con la mano extendida. Pero sabía que pronto llegaría alguien más. Asomó la cabeza, y al principio no pudo ver nada a causa de la profunda oscuridad del interior. Vaciló un instante, pero finalmente se decidió a entrar. Lo primero que sintió fue el repentino frescor de las piedras, la autoridad del fuerte olor y el silencio ancestral y eterno. Con solo sacar el violín y comenzar a hacer vibrar sus cuerdas, ella podría romper ese silencio perpetuo. Podría hacer que en aquel lugar donde solo se oían rezos, murmullos y expresiones lentas, de repente, sonara la melodía osada, casi irreverente, de su violín. Pero, por supuesto, no lo haría. Había una mujer en el primer banco, arrodillada y reclinada sobre las dos manos unidas para la oración.

 

Anne-Marie permaneció un segundo de pie, observándola. Luego se acercó, se arrodilló como ella, con la misma postración, en el banco posterior, y, dejando el violín sobre el asiento, a su lado, se echó a llorar.




en El mes más cruel, 2010