jueves, enero 26, 2023

“El cambio”, de Antón Arrufat





Desde hace tiempo nos miramos.

 

Cuando no se asoma a su ventana, sé que me observa a través de las persianas amarillas con sus ojos penetrantes, que temo mirar. Lo sé o lo sospecho. Un leve movimiento en las maderas me lo indica. Sus ojos saltan detrás de cada uno de mis gestos.

 

No sé qué pensar de sus ojos.

 

A ratos me parecen insolentes, y sin embargo encuentro en ellos como un relámpago maligno, mezcla de burla y complicidad que me atrae.

 

A veces parecen sonreír.

 

La ventana se cierra.

 

Pero de un modo que sólo yo percibo, veo moverse las persianas.

 

Yo sé que ella lo sabe. Nos hemos encontrado en la calle, y he desviado la mirada. ¿Para qué insistir? Momentos después, sin permitir que nadie se dé cuenta, volvemos a mirarnos a través de las persianas como si hubiéramos corrido a la par, para encontrarnos de nuevo, pero a cierta distancia.

 

Y ahora está desnuda, con la ventana abierta. Desnuda por un instante. Y al cabo empieza a vestirse. La contemplo, y ella sabe que lo hago. Luego obedezco al llamado de sus gestos: abro mi ventana, temblando.

 

En silencio me indica lo que debe hacer. Busco mi traje blanco, el que me ha regalado mi padre para ir a misa los domingos, y me desnudo rápido. Al cabo de un instante, casi de idéntica duración al suyo, también comienzo a vestirme.

 

Las ventanas, de par en par abiertas, y nosotros frente a frente. Ella va al espejo y se peina, se ajusta el vestido, alza delicada un brazo y tiende la mano, y de repente, tras un suspiro, cierra.

 

Todo parece terminado. Pero antes la vi sobre la cama, en la silla, mostrarse uno por uno los bellos adornos de su vestido azul en muda exhibición.

 

Por muchas veces después permanecen cerrada la ventana y las personas inmóviles. Desvelado abro la mía, asomo la cabeza, el cuerpo. Nada consigo. Comprendo luego: quiere despertar y azuzar mi deseo, que la extrañe.

 

Lo quiere, y lo obtiene.

 

Su ventana sigue diciéndome rotunda que no, hasta una tarde en que mis padres salen y me quedo solo. Detrás de mi persiana me apuesto, obstinado, corroído.

 

-¡Ábreme la puerta! -exclama debajo de mí, mirándome de nuevo al fin, con sus ojos agresivos y cómplices, a través de mi propia persiana.

 

Abro enseguida. Nunca hubiera podido creerme con fuerzas para hacerlo.

 

Me suplica y casi me ordena:

 

-¡Déjame verlo otra vez!

-Si me prometes que me darás el tuyo -le digo.

-Te lo prometo.

 

Me he puesto su vestido azul y ella mi traje blanco. Bailamos en la sala, solos, sin que nadie nos vea.

 

 

 

en Mi antagonista y otras observaciones, 1964


























miércoles, enero 25, 2023

«Sopa de ciruela», de Katherine Mansfield

Traducción de Eleonora González Capria




TRES FRAGMENTOS



[EL ÁNGEL DE LA MISERICORDIA]

Mayo [de 1919]. El día que la mucama tuvo que marcharse porque su esposo «no quería que trabajara más» y, para consolidar su autoridad, le había pegado tan fuerte en el cuello que la mujer tenía un moretón inflamado bajo la oreja, la cocinera se convirtió en una especie de criatura infalible, un ángel de la misericordia. Nada era demasiado para ella. Las escaleras eran rayos de luz que subía flotando. Empezó a usar su cofia de otra forma: le daba el aire de una enfermera de hospital. Su voz cambió. Sugirió budines como si se tratase de compresas; merlanes, porque eran de lo más «delicado e inofensivo». ¡Confíe en mí! ¡Apóyese en mí! ¡No hay nada que yo no pueda hacer! Esa era su actitud. Cada vez que se iba, lo hacía por misteriosas razones: para estirar el cuerpo una y otra vez, para mover la mano entumecida, para tapar con el volado de papel la ominosa mancha que había aparecido.





LEVES AMORES

No consigo olvidar el Thistle Hotel. No consigo olvidarme de esa extraña noche de invierno.

La había invitado a cenar y a la ópera. Mi habitación estaba frente a la suya. Me respondió que vendría, pero… ¿podía ayudarla a ponerse el corsé? Tenía ganchos en la espalda. De acuerdo.

Aún era de día cuando llamé a la puerta y pasé. Se estaba aseando con el corsé y la enagua de seda puestos, pasándose la esponja por la cara & el cuello. Dijo que ya estaba lista, que podía sentarme en la cama mientras la esperaba. Entonces, recorrí la lúgubre habitación con la mirada. Su única ventana estaba sucia y daba a la calle. Desde ahí, se veía el ventanal de la lavandería de enfrente, trabado y cubierto de polvo. En la habitación había unos pocos muebles: una cama baja con un cortinado espantoso de fondo amarillo y decorado con vides, una silla, un ropero del que colgaba un espejo roto y un lavatorio. Pero era el empapelado lo que me hacía realmente mal. Caía en jirones de la pared. En las zonas menos descoloridas & gastadas alcancé a distinguir rosas, con pimpollos & flores, y en el friso un clásico estampado de pájaros, de qué tipo solo Dios sabe.

Y ahí vivía ella. La observé con curiosidad. Se estaba poniendo un par de medias finas y largas, & soltando insultos porque no encontraba las ligas. Y en mi interior tuve la certeza de que nada bello podría suceder en ese cuarto, y sentí desprecio por ella, un poco de tolerancia y un poquito de pena.

Sobre todos los objetos se posaba una sombría luz gris que parecía acentuar la vulgaridad de su ropa, lo patético de su vida. También ella parecía sombría y gris y cansada. Y me senté sobre la cama, y pensé: «Vamos, Vejez. Ya olvidé lo que era la pasión. La hermosa, dorada procesión de la Juventud ya me dejó atrás. Ahora veo pasar la vida desde el vestuario del teatro».

Entonces, cenamos por ahí & fuimos a la ópera. Era tarde cuando salimos a la concurrida calle nocturna, era tarde y hacía frío. Ella se levantó la larga falda. Volvimos en silencio al Thistle Hotel por el blanco sendero bordeado de hermosas lilas doradas y subimos los escalones sombreados de amatista.

¿Estaba muerta la Juventud? ¿Estaba muerta la Juventud?

Mientras caminábamos por el pasillo hasta su habitación me dijo que se alegraba de que fuera de noche. No le pregunté por qué. Yo también me alegraba. Parecía un secreto de dos. Entonces, entré a su habitación para desabrochar esos fatigosos ganchos. Encendió la velita de un velador esmaltado. La luz llenó la habitación de oscuridad. Como una niña somnolienta, se sacó el vestido & después, de pronto, se dio vuelta & me rodeó el cuello con los brazos. Y en medio de la noche todos los pájaros del friso abombado se echaron a cantar. Y todas las rosas del empapelado roto dieron flor. Sí, hasta las verdes vides del cortinado formaron coronas y guirnaldas inesperadas, nos estrecharon en un abrazo frondoso, nos envolvieron con la fuerza de mil zarcillos.

Y la Juventud no estaba muerta.





OCTUBRE DE 1907

Estoy llena de ideas esta noche. Ahora deben germinar a como dé lugar. Ya vi lo suficiente para colmar la imaginación. Me gustaría escribir algo muy hermoso, y al mismo tiempo moderno, y al mismo tiempo juvenil & repleto de verano… Voy a probar. Ahora debería ser capaz, pero no me siento para nada segura.

Por favor, quiero escribir algo realmente bueno, esbozar una idea & pulirla. Acá hay silencio, paz y esplendor, arbustos y pájaros. A la distancia oigo a los constructores trabajando en la obra de una casa, y el ruido me vuelve medio loca. Por favor, que sea un poema. Bueno, acá va. Desbordo de ideas. Agarra esa pluma con más fuerza, mi querida Kathie. Así es, y me saldrá bien.

Los rayos del sol vienen y van ahora: me alegro, será una tarde preciosa. Pero, por favor, quiero escribir.




Sopa de ciruela fue publicado por Eterna Cadencia, 
Buenos Aires, en junio del 2022

























martes, enero 24, 2023

“El polvo a la mitad”, de Jesús Díaz





Una película de polvo lo había cubierto todo, desde el auto hasta nuestro pelo. Habíamos cerrado los cristales, pero el polvo cubría los asientos. No hablábamos, pero nos abrasaba las gargantas. Hacía rato que ni los animales ni los campos tenían color, sólo el polvo. Hacía rato también que el terraplén no se distinguía del resto del campo. El campo todo era un inmenso terraplén con una persistente nube de polvo que no acaba de ascender; se mantenía fija, larga, pegada al camino y a todo cuanto pasaba por el camino que era todo lo que había allí, porque todo era igual, todo terraplén, y todo el terraplén era polvo. Lo otro era el sol. Un sol sin centro ni rayos, un sol esparcido, un sol solo calor. Calor, aquel sol no poseía otro atributo. Lo demás éramos nosotros. Intenté mirar la hora para saber el tiempo que nos faltaba de camino, y el tiempo que llevábamos por aquel terraplén, pero la esfera del reloj estaba cubierta de polvo, y aunque se trataba de polvo seco no logré limpiarla. Nada me ayudaba a orientarme. El sol había desaparecido del cielo para reaparecer en todos los lados, quemante. El aire había quedado fijo en medio del polvo, opaco. Delante del auto quizás quince o veinte metros de polvo cobraba forma, se hacía oscuro, compacto. La presencia que comenzaba a concretarse en la nube avanzó. Detuve el auto.

 

—Siglos no pasaba nadie por aquí —dijo.

 

Fue una voz terrosa, árida. La forma, al avanzar, fue haciéndose humana. No cabía duda, era un hombre, polvoriento, pero hombre... Alejé mis vagas sospechas al mirarme y mirar a mi mujer, teníamos su mismo aspecto. Entretanto él había montado y yo continué la marcha.

 

—Siglos llevaba esperando —dijo al rato.

 

La voz me inquietó. Fue otra vez terrosa y otra vez árida y otra vez cansada y otra vez vieja, como chirrido de bisagra de una puerta cien años sin abrirse.

 

Miré a mi mujer, pero ella ni siquiera volvió la cabeza. Él regresó a su silencio. Las horas que siguieron me parecieron siglos. Entonces creí entender lo que el hombre había dicho. Siglos después el polvo volvió a hacerse compacto, pero en muchas direcciones. Sólo frente al auto era más claro. A los costados la nube bosquejaba estructuras, descubría formas. Formas de casuchas desvaídas, anaqueles polvorientos en polvorientas bodegas, perros trashumantes, escuela. Aquello era, o debía ser, o debía haber sido, un pueblo.

 

—Fray Benito.

 

Dijo la voz terrosa respondiéndome. Quise mirar atrás, mas no fue necesario. El hombre estaba ahora sobre el polvo, al lado del auto.

 

—Mire —señaló una iglesia estremecida—, ahí bautizaron a Batista, no queda nada, ni yo—dijo.

 

Se esfumó entre la nube, luego esta se movió por primera vez, arremolinándose alrededor de la iglesia hasta taparla. Arranqué sin esperar a ver más.

 

—Qué tipo raro —dije a mi mujer.

—¿Cuál tipo? —me preguntó.

—El que se quedó en aquel...

 

Pero no había pueblo. Sólo una nube fija larga, pegada al camino.

 

—Creo que el polvo te volvió loco —me dijo.

 

Intenté responderle, pero no pude porque la lengua se me fue deshaciendo mientras sentía un sabor árido en la boca, y una corriente terrosa en las venas.

 

 

 

en Los años duros, 1966

























lunes, enero 23, 2023

Nota del cuaderno de Raymond Chandler

Traducción de César Aira y Juan Manuel Ibeas



 

Me pregunto si alguien habrá dicho con claridad que la semilla de la  destrucción de la familia moderna, o del matrimonio moderno, no es el divorcio, la infidelidad sexual o cosas por el estilo, sino el hecho de que ya no hay una clase ociosa, ya no queda gente que no esté, en algún sentido, acorralada. El abogado puede amar a su esposa y sus hijos, pero su verdadero amor es la ley. Lo que un hombre hace para vivir, eso lo es todo. Al igual que la casa, la amante, la borrachera, hasta la perversión, el matrimonio es solo un arreglo de conveniencia. Un hombre de esta época en realidad vive (y muere) para su trabajo. 

Los hombres, cuanto más siguen los dictados de la ley, menos siguen los dictados del honor. La verdad del arte impide que la ciencia se vuelva inhumana, y la verdad de la ciencia impide que el arte se vuelva ridículo. 





en A mis mejores amigos no los he visto nunca. Cartas y ensayos selectos, 2013























domingo, enero 22, 2023

“el viaje”, de Helena Mariño





1.

 

Cumpliste años en la carretera.

 

En esta década recién estrenada 

la única vía hacia la elegancia 

dijiste era lo extravagante 

paramos a una hora extraña 

en un restaurante de roadkill cuisine.

 

Como única decoración cabezas de ciervo 

cristal dentro de las cuencas.

 

Con precisión de cirujano 

separaste la piel de la carne 

una vereda de láminas translúcidas 

en los márgenes del plato.

 

Quedó un moratón al descubierto

 

la herida fundacional 

sobre la que clavaste 

sin ceremonias 

el filo del cuchillo.

 

 

2.

 

Antes de la arruga el pliegue.

 

Manojo de asfalto y pintura 

un hilo horizontal que se desplegaba 

desde los ojos hasta las montañas.

 

Qué era el origen de qué.

 

Mientras bordeábamos iglesias de madera 

te decía en la tierra de la que vengo 

las carreteras cortan los pueblos.

 

Cuando aquel éxodo

 

voluntario hacia la orilla de canadá 

no te decía la tierra de la que vengo 

está justo al sur de todo lo que comprendo.

 

Durante los cinco días entre el a lo lejos

 

moteles de carretera 

bares de carretera 

cuerpos acuáticos acostados en el arcén 

tampoco te preguntaba 

por qué no soy capaz de desear estos no lugares.

 

En el centro de todo la frontera.

 

O también: es agotador

 

perseguir el margen como se persigue un animal.

 

 

3.

 

Conducir es practicar

 

deporte pensaba en ciertas monjas del barroco 

que para mantenerse activas 

tocaban campanas durante horas 

hasta que la gente dejó de acudir a la llamada.

 

Qué es un pueblo

 

sin anuncios qué sucede cuando el sonido 

deja de ser un mapa 

un pueblo sin fiestas es un pueblo perdido 

y cómo explicarte todo esto 

si no has leído ciertos textos

 

en su idioma original.

 

Hay muchas cosas intraducibles 

y no todas van a ser un poema de anne carson.

 

 

 

en Los bañistas, 2022


























sábado, enero 21, 2023

«Corceles tártaros…», de Liu Chenweng

Versión de Juan Carlos Villavicencio



 
Corceles tártaros vestidos con mantas,
lágrimas derramadas por linternas bajo la luna,
y la primavera que ha llegado a un pueblo tan triste.
Las flautas tocan una melodía extranjera
y retumban tambores foráneos en las calles:
a esa música nunca se le puede pedir que sea dulce.

¿Cómo puedo sentarme solo bajo la tenue luz de una lámpara,
pensando ahora en la perdida Tierra del Norte 
y sus palacios bañados por la luz de la luna;
en la capital del Sur y los días pasados;
en mi vida aislada en estas altas montañas;
en el dolor de los que todavía resisten en el mar.












Liu Chenweng (1231-1294) fue un poeta patriótico de la dinastía Song del Sur. La primera estrofa de esta letra describe un Festival de los Faroles en Linan (actual Hangzhou), capital de Song del Sur ocupada por los tártaros en 1276. En la segunda estrofa, el poeta revela su sentimiento hacia la tierra perdida del Norte, la capital del Sur ocupada. y el remanente de las inflexibles fuerzas Song que todavía llevan a cabo una resistencia armada en el mar.







viernes, enero 20, 2023

“Calixto Garmendia”, de Ciro Alegría





Déjame contarte —le pidió un hombre llamado Remigio Garmendia a otro llamado Anselmo, levantando la cara—. Todos estos días, anoche, esta mañana, aún esta tarde, he recordado mucho… Hay momentos en que a uno se le agolpa la vida… Además, debes aprender. La vida, corta o larga, no es de uno solamente.

 

Sus ojos diáfanos parecían fijos en el tiempo. La voz se le fraguaba hondo y tenía un rudo timbre de emoción. Blandíanse a ratos las manos encallecidas.

 

—Yo nací arriba, en un pueblito de los Andes. Mi padre era carpintero y me mandó a la escuela. Hasta segundo año de primaria era todo lo que había. Y eso que tuve suerte de nacer en el pueblo, porque los niños del campo se quedaban sin escuela. Fuera de su carpintería, mi padre tenía un terrenito al lado del pueblo, pasando la quebrada, y lo cultivaba con la ayuda de algunos indios a los que pagaba en plata o con obritas de carpintería: que el cabo de una lampa o de hacha, que una mesita, en fin. Desde un extremo del corredor de mi casa, veíamos amarillear el trigo, verdear el maíz, azulear las habas en nuestra pequeña tierra. Daba gusto. Con la comida y la carpintería, teníamos bastante, considerando nuestra pobreza. A causa de tener algo y también por su carácter, mi padre no agachaba la cabeza ante nadie. Su banco de carpintero estaba en el corredor de la casa, dando a la calle. Pasaba el alcalde. “Buenos días, señor”, decía mi padre, y se acabó. Pasaba el subprefecto. “Buenos días, señor”, y asunto concluido. Pasaba el alférez de gendarmes. “Buenos días, alférez”, y nada más. Pasaba el juez y lo mismo. Así era mi padre con los mandones. Ellos hubieran querido que les tuviera miedo o les pidiese o les debiera algo. Se acostumbran a todo eso los que mandan. Mi padre les disgustaba. Y no acababa ahí la cosa. De repente venía gente del pueblo, ya sea indios, cholos o blancos pobres. De a diez, de a veinte o también en poblada llegaban. “Don Calixto, encábesenos para hacer ese reclamo”. Mi padre se llamaba Calixto. Oía de lo que se trataba, si le parecía bien aceptaba y salía a la cabeza de la gente, que daba vivas y metía harta bulla, para hacer el reclamo. Hablaba con buenas palabras. A veces hacía ganar a los reclamadores y otras perdía, pero el pueblo siempre le tenía confianza. Abuso que se cometía, ahí estaba mi padre para reclamar al frente de los perjudicados. Las autoridades y ricos del pueblo, dueños de haciendas y fundos, le tenían echado el ojo para partirlo en la primera ocasión. Consideraban altanero a mi padre y no los dejaba tranquilos. Él ni se daba cuenta y vivía como si nada pudiera pasar. Había hecho un sillón grande, que ponía en el corredor. Ahí solía sentarse, por las tardes, a conversar con los amigos. “Lo que necesitamos es justicia”, decía. “El día que el Perú tenga justicia, será grande”. No dudaba de que la habría y se torcía los mostachos con satisfacción, predicando: “No debemos consentir abusos”.

 

Sucedió que vino una epidemia de tifo, y el panteón se llenó con los muertos del propio pueblo y los que traían del campo. Entonces las autoridades echaron mano de nuestro terrenito para panteón. Mi padre protestó diciendo que tomaran tierra de los ricos, cuyas haciendas llegaban hasta la propia salida del pueblo. Dieron el pretexto que el terreno de mi padre estaba ya cercado, pusieron gendarmes y comenzó el entierro de muertos. Quedaron a darle una indemnización de setecientos soles, que era algo en esos años, pero, que autorización, que requisitos, que papeleo, que no hay plata en este momento… Se la estaban cobrando a mi padre, para ejemplo de reclamadores. Un día, después de discutir con el alcalde, mi viejo se puso a afilar una cuchilla y, para ir a lo seguro, también un formón. Mi madre algo le vería en la cara y se le prendió del cogote y le lloró diciéndole que nada sacaba con ir a la cárcel y dejarnos a nosotros más desamparados. Mi padre se contuvo como quebrándose. Yo era niño entonces y me acuerdo de todo eso como si hubiera pasado esta tarde.

 

Mi padre no era hombre que renunciara a su derecho. Comenzó a escribir cartas exponiendo la injusticia. Quería conseguir que al menos le pagaran. Un escribano le hacía las cartas y le cobraba dos soles por cada una. Mi pobre escritura no valía para eso. El escribano ponía al final: “A ruego Calixto Garmendia, que no sabe firmar, Fulano”. El caso fue que mi padre despachó dos o tres cartas al diputado de la provincia. Silencio. Otras al senador por el departamento. Silencio. Otras al mismo Presidente de la República. Silencio. Por último mandó cartas a los periódicos de Trujillo y a los de Lima. Nada, señor. El postillón llegaba al pueblo una vez por semana, jalando una mula cargada con la valija del correo. Pasaba por la puerta de la casa y mi padre se iba detrás y esperaba en la oficina del despacho, hasta que clasificaban la correspondencia. A veces, yo también iba. “¿Carta para Calixto Garmendia?”, preguntaba mi padre. El interventor, que era un viejo flaco y bonachón, tomaba las cartas que estaban en la casilla de las G, las iba viendo y al final decía: ”Nada, amigo”. Mi padre salía comentando que la próxima vez habría carta. Con los años, afirmaba que al menos los periódicos responderían. Un estudiante me ha dicho que, por lo regular, los periódicos creen que asuntos como estos carecen de interés general. Esto en el caso de que los mismos no estén a favor del gobierno y sus autoridades, y callen cuando pueda perjudicarles. Mi padre tardó en desengañarse de reclamar lejos y estar yéndose por las alturas, varios años.

 

Un día, a la desesperada, fue a sembrar la parte del panteón que aún no tenía cadáveres, para afirmar su propiedad. Lo tomaron preso los gendarmes, mandados por el subprefecto en persona, y estuvo dos días en la cárcel. Los trámites estaban ultimados y el terreno era de propiedad municipal legalmente. Cuando mi padre iba a hablar con el Síndico de Gastos del Municipio, el tipo abría el cajón del escritorio y decía como si ahí debiera estar la plata: “No hay dinero, no hay nada ahora. Cálmate, Garmendia. Con el tiempo se te pagará”. Mi padre presentó dos recursos al juez. Le costaron diez soles cada uno. El juez los declaró sin lugar. Mi padre ya no pensaba en afilar la cuchilla y el formón. “Es triste tener que hablar así —dijo una vez—, pero no me darían tiempo de matar a todos los que debía”. El dinerito que mi madre había ahorrado y estaba en una ollita escondida en el terrado de la casa, se fue en cartas y en papeleo.

 

A los seis o siete años del despojo, mi padre se cansó hasta de cobrar. Envejeció mucho en aquellos tiempos. Lo que más le dolía era el atropello. Alguna vez pensó en irse a Trujillo o Lima a reclamar, pero no tenía dinero para eso. Y cayó también en cuenta de que, viéndolo pobre y solo, sin influencias ni nada, no le harían caso. ¿De quién y cómo valerse? El terrenito seguía de panteón, recibiendo muertos. Mi padre no quería ni verlo, pero cuando por casualidad llegaba a mirarlo, decía: “¡Algo mío han enterrado ahí también! ¡Crea usted en la justicia! Siempre se había ocupado de que le hicieran justicia a los demás y, al final, no la había podido obtener ni para él mismo. Otras veces se quejaba de carecer de instrucción y siempre despotricaba contra los tiranos, gamonales, tagarotes y mandones.

 

Yo fui creciendo en medio de esa lucha. A mi padre no le quedó otra cosa que su modesta carpintería. Apenas tuve fuerzas, me puse a ayudarlo en el trabajo. Era muy escaso. En ese pueblito sedentario, casas nuevas se levantarían una cada dos años. Las puertas de las otras duraban. Mesas y sillas casi nadie usaba. Los ricos del pueblo se enterraban en cajón, pero eran pocos y no morían con frecuencia. Los indios enterraban a sus muertos envueltos en mantas sujetas con cordel. Igual que aquí en la costa entierran a cualquier peón de caña, sea indio o no. La verdad era que cuando nos llegaba la noticia de un rico difunto y el encargo de un cajón, mi padre se ponía contento. Se alegraba de tener trabajo y también de ver irse al hoyo a uno de la pandilla que lo despojó. ¿A qué hombre tratado así no se le daña el corazón? Mi madre creía que no estaba bueno alegrarse debido a la muerte de un cristiano y encomendaba el alma del finado rezando unos cuantos padrenuestros y avemarías. Duro le dábamos al serrucho, al cepillo, a la lija y a la clavada mi padre y yo, que un cajón de muerto debe hacerse luego. Lo hacíamos por lo común de aliso y quedaba blanco. Algunos lo querían así y otros que pintado de color caoba o negro y encima charolado. De todos modos, el muerto se iba a podrir lo mismo bajo la tierra, pero aun para eso hay gustos.

 

Una vez hubo un acontecimiento grande en mi casa y en el pueblo. Un forastero abrió una nueva tienda, que resultó mejor que las otras cuatro que había. Mi viejo y yo trabajamos dos meses haciendo el mostrador y los andamios para los géneros y abarrotes. Se inauguró con banda de música y la gente hablada del progreso. En mi casa hubo ropa nueva para todos. Mi padre me dio para que la gastara en lo que quisiera, así, en lo que quisiera, la mayor cantidad de plata que había visto en mis manos: dos soles. Con el tiempo, la tienda no hizo otra cosa que mermar el negocio de las otras cuatro, nuestra ropa envejeció y todo fue olvidado. Lo único bueno fue que yo gasté los dos soles en una muchacha llamada Eutimia, así era el nombre, que una noche se dejó coger entre los alisos de la quebrada. Eso me duró. En adelante, no me cobró ya nada y si antes me recibió los dos soles, fue de pobre que era.

 

En la carpintería, las cosas siguieron como siempre. A veces hacíamos un baúl o una mesita o tres sillas en un mes. Como siempre, es un decir. Mi padre trabajaba a disgusto. Antes lo había visto ya gozarse puliendo y charolando cualquier obrita y le quedaba muy vistosa. Después ya no le importó y como que salía del paso con un poco de lija. Hasta que por fin llegaba el encargo de otro cajón de muerto, que era plato fuerte. Cobrábamos generalmente diez soles. Déle otra vez a alegrarse a mi padre, que solía decir: “¡Se fregó otro bandido, diez soles!”; a trabajar duro él y yo; a rezar mi madre, y a sentir alivio hasta por las virutas. Pero ahí acababa todo. ¿Eso es vida? Como muchacho que era, me disgustaba que en esa vida estuviera mezclado tanto la muerte.

 

La cosa fue más triste cada vez. En las noches, a eso de las tres o cuatro de la madrugada, mi padre se echaba unas cuantas piedras bastante grandes a los bolsillos, se sacaba los zapatos para no hacer bulla y caminaba medio agazapado hacia la casa del alcalde. Tiraba las piedras, rápidamente, a diferentes partes del techo, rompiendo las tejas. Luego volvía a la carrera y, ya dentro de la casa, a oscuras, pues no encendía luz para evitar sospechas, se reía. Su risa parecía a ratos el graznido de un animal. A ratos era tan humana, tan desastrosamente humana, que me daba más pena todavía. Se calmaba unos cuantos días con eso. Por otra parte, en la casa del alcalde solían vigilar. Como había hecho incontables chanchadas, no sabían a quien echarle la culpa de las piedras. Cuando mi padre deducía que se habían cansado de vigilar, volvía a romper tejas. Llegó a ser un experto en la materia. Luego rompió tejas de la casa del juez, del subprefecto, del alférez de gendarmes, del Síndico de Gastos. Calculadamente, rompió las de las casas de otros notables, para que si querían deducir, se confundieran. Los ocho gendarmes del pueblo salieron en ronda muchas noches, en grupos y solos, y nunca pudieron atrapar a mi padre. Se había vuelto un artista en la rotura de tejas. De mañana salía a pasear por el pueblo para darse el gusto de ver que los sirvientes de las casas que atacaba, subían con tejas nuevas a reemplazar las rotas. Si llovía era mejor para mi padre. Entonces atacaba la casa de quien odiaba más, el alcalde, para que el agua le dañara o, al caerles, les molestara a él y su familia. Llegó a decir que les metía el agua en los dormitorios, de lo bien que calculaba las pedradas. Era poco probable que pudiese calcular tan exactamente en la oscuridad, pero el pensaba que lo hacía, por darse el gusto de pensarlo.

 

El alcalde murió de un momento a otro. Unos decían que de un atracón de carne de chancho y otros que de las cóleras que le daban sus enemigos. Mi padre fue llamado para que hicieran el cajón y me llevó a tomar las medidas con un cordel. El cadáver era grande y gordo. Había que verle la cara a mi padre contemplando al muerto. Él parecía la muerte. Cobró cincuenta soles adelantados, uno sobre otro. Como le reclamaron el precio, dijo que el cajón tenía que ser muy grande, pues el cadáver también lo era y además gordo, lo cual demostraba que el alcalde comió bien. Hicimos el cajón a la diabla. A la hora del entierro, mi padre contemplaba desde el corredor cuando metían el cajón al hoyo, y decía: “Come la tierra que me quitaste, condenado; come, come”. Y reía con esa su risa horrible. En adelante, dio preferencia en la rotura de tejas a la casa del juez y decía que esperaba verlo entrar al hoyo también, lo mismo que a los otros mandones. Su vida era odiar y pensar en la muerte. Mi madre se consolaba rezando. Yo, tomando a Eutimia en el alisar de la quebrada. Pero me dolía muy hondo que hubieran derrumbado así a mi padre. Antes de que lo despojaran, su vida era amar a su mujer y su hijo, servir a sus amigos y defender a quien lo necesitara. Quería a su patria. A fuerza de injusticia y desamparo, lo habían derrumbado.

 

Mi madre le dio esperanza con el nuevo alcalde. Fue como si mi padre sanara de pronto. Eso duró dos días. El nuevo alcalde le dijo también que no había plata para pagarle. Además, que abusó cobrando cincuenta soles por un cajón de muerto y que era un agitador del pueblo. Esto ya no tenía ni apariencia de verdad. Hacía años que las gentes, sabiendo a mi padre en desgracia con las autoridades, no iban por la casa para que les defendiera. Con este motivo ni se asomaban. Mi padre le grito al nuevo alcalde, se puso furioso y lo metieron quince días en la cárcel, por desacato. Cuando salió, le aconsejaron que fuera con mi madre a darle satisfacciones al alcalde, que le lloraran ambos y le suplicaran el pago. Mi padre se puso a clamar: “¡Eso nunca! ¿Por qué quieren humillarme? ¡La justicia no es limosna! ¡Pido justicia!” Al poco tiempo, mi padre murió.

 

 

 

en Duelo de caballeros, 1962


























jueves, enero 19, 2023

«A nuestro Padre Creador Túpac Amaru», de José María Arguedas

Fragmento



A sus 112 años, ¡carajo!

 
Escucha, padre mío: desde las quebradas lejanas, desde las pampas frías o quemantes que los falsos wiraqochas nos quitaron, hemos huido y nos hemos extendido por las cuatro regiones del mundo. Hay quienes se aferran a sus tierras amenazadas y pequeñas. Ellos se han quedado arriba, en sus querencias y, como nosotros, tiemblan de ira, piensan, contemplan. Ya no tememos a la muerte. Nuestras vidas son más frías, duelen más que la muerte. Escucha, Serpiente Dios: el azote, la cárcel, el sufrimiento inacabable, la muerte, nos han fortalecido, como a ti, hermano mayor, como a tu cuerpo y tu espíritu. ¿Hasta dónde nos ha de empujar esta nueva vida? La fuerza que la muerte fermenta y cría en el hombre ¿no puede hacer que el hombre revuelva el mundo, que lo sacuda?

Estoy en Lima, en el inmenso pueblo, cabeza de los falsos wiraqochas. En la Pampa de Comas, sobre la arena, con mis lágrimas, con mi fuerza, con mi sangre, cantando, edifiqué una casa. El río de mi pueblo, su sombra, su gran cruz de madera, las yerbas y arbustos que florecen, rodeándolo, están, están palpitando dentro de esa casa; un picaflor dorado juega en el aire, sobre el techo.

Al inmenso pueblo de los señores hemos llegado y lo estamos removiendo. Con nuestro corazón lo alcanzamos, lo penetramos; con nuestro regocijo no extinguido, con la relampagueante alegría del hombre sufriente que tiene el poder de todos los cielos, con nuestros himnos antiguos y nuevos, lo estamos envolviendo. Hemos de lavar algo las culpas por siglos sedimentadas en esta cabeza corrompida de los falsos wiraqochas, con lágrimas, amor o fuego. ¡Con lo que sea! Somos miles de millares, aquí, ahora. Estamos juntos; nos hemos congregado pueblo por pueblo, nombre por nombre, y estamos apretando a esta inmensa ciudad que nos odiaba, que nos despreciaba como a excremento de caballos. Hemos de convertirla en pueblo de hombres que entonen los himnos de las cuatro regiones de nuestro mundo, en ciudad feliz, donde cada hombre trabaje, en inmenso pueblo que no odie y sea limpio, como la nieve de los dioses montañas donde la pestilencia del mal no llega jamás. Así es, así mismo ha de ser, padre mío, así mismo ha de ser, en tu nombre, que cae sobre la vida como una cascada de agua eterna que salta y alumbra todo el espíritu y el camino.
 
Tranquilo espera,
tranquilo oye,
tranquilo contempla este mundo.
Estoy bien ¡alzándome!
Canto;
bailo la misma danza que danzabas
el mismo canto entono.
Aprendo ya la lengua de Castilla,
entiendo la rueda y la máquina;
con nosotros crece tu nombre;
hijos de wiraqochas te hablan y te escuchan
como al guerrero maestro, fuego puro que enardece, iluminando.
Viene la aurora.
Me cuentan que en otros pueblos los hombres azotados, los que sufrían, son ahora águilas, cóndores de inmenso y libre vuelo.
Tranquilo espera.
Llegaremos más lejos que cuanto tú quisiste y soñaste.
Odiaremos más que cuanto tú odiaste;
amaremos más de lo que tú amaste, con amor de paloma encantada, 
de calandria.
Tranquilo espera, con ese odio y con ese amor sin sosiego y sin límites, 
lo que tú no pudiste lo haremos nosotros.
Al helado lago que duerme, al negro precipicio,
a la mosca azul que ve y anuncia la muerte,
a la luna, las estrellas y la tierra,
el suave y poderoso corazón del hombre;
a todo ser viviente y no viviente,
que está en el mundo,
en el que alienta o no alienta la sangre, hombre o paloma, piedra o arena, haremos que se regocijen, que tengan luz infinita, Amaru, padre mío.
La santa muerte vendrá sola, ya no lanzada con hondas trenzadas ni estallada por el rayo de pólvora.
El mundo será el hombre, el hombre el mundo, todo a tu medida.
 
Baja a la tierra, Serpiente Dios, infúndeme tu aliento; pon tus manos sobre la tela imperceptible que cubre el corazón. Dame tu fuerza, padre amado.




en Katatay, 1972












Contribución indirecta a DscnTxt de Rodrigo Olavarría y Mario Pera













miércoles, enero 18, 2023

“El fantasma que habita en mis espejos”, de Bernardo Navia





El fantasma que habita en mis espejos,

que se empeña en guardarme los olvidos

como si fueran amores heridos

por secretos que han venido de lejos;

 

es un fantasma que a veces habla

con versos que navegan en la nada

y con la esperanza desesperada

con que se agarra un náufrago a su tabla.

 

Y en la noche, de mi lápiz a la hoja,

es fantasma que flotara perdido

y yo solo espero que no me pida

 

algún verso enfermo que se deshoja

a la sombra de un soneto torcido

e, igual que tu nombre, me hace una herida.

 

 

 

en Amar o desarmar: He ahí el dilema, 2022


























martes, enero 17, 2023

“Silencio”, de Fiódor Tiútchev





No hables, escóndete y oculta 

la forma de tus sueños, lo que sientes. 

En lo más profundo de tu espíritu, 

déjalos salir con gracia similar 

a la de las estrellas 

en los cristalinos cielos, 

antes de que la noche se extinga: 

deléitate en ellos y no hables. 

¿Cómo hallar una expresión de corazón? 

¿Como discernir esta locura?

¿Cómo distinguir su acelerado pulso? 

Todo pensamiento, una vez pronunciado, es falso. 

Atenuada está la fuente cuando se la agita: 

bebe de ella y no hables. 

Vive únicamente en tu ser interior, 

en el mundo que ha crecido dentro de tu alma. 

La magia de estos pensamientos 

podrían ser cegados por la luz exterior, 

ahogados por el ruido de los días, sin ser oídos... 

Escucha su canto y no hables.

 

 

 

en Silentium! (Antología), 2006

Traducción de Philip Kundera