jueves, julio 18, 2024

«Diagnóstico», de Sharon Olds

Traducción de Natalia Leiderman y Patricio Foglia




 
Cuando tenía seis meses, ella supo que algo
no andaba bien en mí. Yo hacía muecas
que ella no había visto en ningún otro chico
de la familia, nadie en toda la familia
o en el barrio. Mi madre me dejó
en las manos amables del pediatra, un doctor
de nombre parecido a una marca de neumáticos:
Hub Long. Mamá no le dijo
lo que pensaba de verdad, que yo estaba Poseída.
Eran nada más esas muecas extrañas 
–El doctor me agarró, y charló conmigo,
habló como se habla con un bebé, y mi madre
dijo, ¡Ahí lo está haciendo! ¡Mire!
¡Ahí lo está haciendo! y el doctor dijo,
Lo que su hija tiene
se llama sentido
del humor. Ahhh, contestó ella, y me llevó
de regreso a la casa donde mi sentido sería testeado
y considerada incurable.



en Una cosa secreta, 2008










Diagnosis

By the time I was six months, she knew something / was wrong with me. I got looks on my face / she had not seen on any child / in the family, or the extended family, / or the neighborhood. My mother took me in / to the pediatrician with the kind hands, / a doctor with a name like a suit size for a wheel: / Hug Long. My mom did not tell him / what she thought in truth, that I was Possessed. / It was just these strange looks on my face – / He held me, and conversed with me, / chatting as one does with a baby, and my mother / said, She´s doing it now! Look! / She's doing it now! and the doctor said, / What you daughter has / has called a sense / of humor. Ohhh, she said, and took me / back to the house where that sense would be tested / and found to be incurable.
















miércoles, julio 17, 2024

«La fiesta de Babette», de Karen Blixen

Versión de Juan Carlos Villavicencio





Inicio / I. Dos damas de Berlevaag

En Noruega, hay un fiordo (un brazo de mar largo y estrecho entre altas montañas) llamado Berlevaag. Al pie de las montañas, la pequeña ciudad de Berlevaag parece una ciudad de juguete hecha de pequeños trozos de madera pintados de gris, amarillo, rosa y muchos otros colores. 

Hace sesenta y cinco años, dos señoras mayores vivían en una de las casas amarillas. Otras mujeres de aquella época utilizaban polisones, y las dos hermanas podrían haberlos utilizado con tanta gracia como cualquiera de ellas, pues eran altas y esbeltas. Pero nunca tuvieron artículos de moda; habían vestido modestamente de gris o negro toda su vida. Sus nombres de pila eran Martine y Philippa, en honor a Martín Lutero y su amigo Philipp Melanchthon. Su padre había sido decano y profeta, fundador de algún grupo o secta eclesiástica devota, conocida y respetada en toda Noruega. Sus miembros renunciaron a los placeres de este mundo, porque la tierra y todo lo que contenía para ellos no constituía más que una especie de ilusión, y la verdadera realidad era la Nueva Jerusalén a la que aspiraban. Nunca juraban, su comunicación era de sí sí y no no y se trataban como hermano y hermana. 

El decano se había casado a una edad temprana y para entonces hacía tiempo que había muerto. Los discípulos decaían año tras año, al igual que el color de su cabello, su propio cabello, su oído; incluso se pusieron un poco llorosos y pendencieros, de modo que surgieron pequeños cismas en la congregación. Pero continuaron reuniéndose para leer e interpretar la Palabra. Todos conocían a las hijas del decano desde niñitas; para ellos, seguían siendo dos hermanitas, adoradas por su amado padre. En la casa amarilla sintieron que el espíritu del Maestro estaba entre ellos; ahí se sentían en casa y en paz. 

Estas dos damas tenían una sirvienta francesa muy hábil que sabía hacer de todo, Babette. 

Era algo extraño para un par de mujeres puritanas en un pequeño pueblo noruego; y todo indica que incluso se exigió una explicación. La gente de Berlevaag encontró la explicación en los sentimientos piadosos y la bondad de corazón de las hermanas. Porque las hijas del viejo decano dedicaban su tiempo y sus pequeños ingresos a obras de caridad; ninguna criatura infeliz o angustiada llamó en vano a su puerta. Y Babette había llegado a esa puerta doce años antes como una fugitiva sin amigos, casi loca de tristeza y miedo. 

Pero la verdadera razón de la presencia de Babette en la casa de las dos hermanas debía descubrirse indagando un poco más en el pasado y en los dominios del corazón humano.




en Anecdotes of Destiny, 1958 



















martes, julio 16, 2024

«El despertar», de Alejandra Pizarnik




 
a León Ostrov

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios
 
Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo
 
Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos
 
Señor
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
que beben de mi sangre
 
Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada.
 
Señor
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada
 
Señor
He consumado mi vida en un instante
La última inocencia estalló
Ahora es nunca o jamás
o simplemente fue
 
¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?
 
¿Cómo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?
 
El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
Las sonrisas gastadas
El interés interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuará igual
 
Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde
 
Señor
Arroja los féretros de mi sangre
 
Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón
 
Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos
 
Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas
 
Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo



en Las aventuras perdidas, 1958


















lunes, julio 15, 2024

«La trinchera», de Ghassan Zaqtan

Versión de Juan Carlos Villavicencio



 
Qué extraños los días de la sal
que son como soñar un sueño soñado por otro.
Y como actores muertos en una tragedia bien tramada
ellos se conmueven 
y empiezan a respirar como los recordamos.

Las colinas perdidas se hunden en el letargo;
las montañas destacan en el Oeste;
las caravanas errantes de la muerte vagan por la tierra día y noche
junto a la inquebrantable fe de los muertos. 

Las manos amenazan desde las tinieblas
con decirte todo;
la profunda hermandad no conduce a la sabiduría;
las palabras ya están fuera de lugar.

Extraños son los días de la sal –
ahora abandonados, arrojados al abismo,
despreciados como semillas podridas.

Y mientras nos arrastramos dentro de nosotros mismos,
porque eso es todo lo que podemos hacer,
los días se deslizan detrás nuestro,
perdidos y olvidados para siempre,
como nuestra propia piel oscura,
como nuestros vanos intentos por dormir.

Tenemos nombres y títulos
antiguos como la eternidad,
y nuestro dialecto nos traiciona.

Qué extraños los días de la sal.
Ni siquiera son dignos de ser recordados.














domingo, julio 14, 2024

«Desde Brooklyn la noche te margina», de Luis García Montero





     Desde Brooklyn la noche te margina. Abajo de tus pies se escinde la ciudad en dos inmensos muslos, y cada esquina espera que le llegue el orgasmo.

     Estás ausente.

     Pero todo discurre como si no tomaras los ojos de un viejo espiando el último reducto de los parques a oscuras.

     Acechas amantes, y te amanece el cuerpo (sonámbulo casi). Y es que acaso en este punto sepas lo que eres, y tus manos contemplen aquello que prohibiste de ti mismo.

     Tímidamente amigo de la muerte. ¡Aquel amanecer desde el Puente de Brooklyn!




en Y ahora ya eres dueño del Puente de Brooklyn, 1980









 

 

sábado, julio 13, 2024

«5 años», de Duo Duo

Traducción de Miguel Ángel Petrecca




Cinco copas de alcohol, cinco velas, cinco años
cuarenta y tres años de edad, una ráfaga de sudor a medianoche
las palmas de cincuenta manos golpean contra la mesa
una bandada de pájaros con las garras cerradas viene volando desde ayer

Cinco cohetes resuenan en el mes cinco, en cinco dedos el trueno retumba
pero en el mes cuatro cuatro hongos alimentándose
de la lengua de cuatro caballos muertos no mueren
en el día cinco cinco velas se apagan a las cinco y cinco
pero el paisaje vociferante del amanecer no muere
el pelo muere pero la lengua no muere
el temperamento recuperado de una carne bien cocida no muere
cincuenta años el mercurio infiltra el esperma pero el esperma no muere
el feto se da luz a sí mismo y no muere
cinco años pasan, cinco años no mueren
en cinco años, veinte generaciones de insectos mueren. 




en Un país mental. 150 poemas chinos contemporáneos
Gog y Magog, 2023















viernes, julio 12, 2024

«Cuando ya estemos muertos y enterrados», de Lydia Davis

Traducción de Eleonora González Capria






Cuando ya estemos muertos y enterrados,
quizás sea un consuelo
oír los golpes rápidos a la puerta
y la voz del otro lado diciendo:
«¡Lalimpieza!», 
por más que no podamos abrir la puerta.




en Esa gente que no conocemos, Eterna Cadencia, 2024
















jueves, julio 11, 2024

«Una travesía normal», de Mourid al-Barghouti

Versión de Juan Carlos Villavicencio




No he visto ningún horror,
ni he visto un dragón en la tierra,
ni a los Cíclopes junto al mar,
ni a bruja alguna ni a algún policía
ahora que recién se asoma el sol.
Los piratas no se apoderaron de mis deseos,
ni los ladrones derribaron la puerta de mis días.
Mi ausencia no ha sido larga:
sólo me tomó el tiempo de una vida.

¿Cómo fue que viste cicatrices
en mi cara, la tristeza en mis ojos,
y las heridas en mis huesos y en mi alma?
Esas son sólo ilusiones.
No he visto ningún horror,
todo fue en extremo normal,
no te preocupes;
tu hijo sigue en su tumba, asesinado,
y por cierto está muy bien.












miércoles, julio 10, 2024

«Hélène o el reino vegetal», de René-Guy Cadou

Traducción de Ariel Pérez Guzmán


 


Estás en un jardín y estás sobre mis labios
No sé si existe el pájaro que pueda imitarte
Mis manos te doy esta noche para que digas
A Dios que puede usarlas en trabajos azules

Porque escucha tu voz el ángel tus palabras
Van cayendo en el viento como un ramo de trigo
Y los niños del cielo que vuelven de la escuela
Cada día te reciben con rostros fascinados

Inclínate al oído tan bajo de los tréboles
Advierte a los caballos que está a salvo la tierra
Diles que todo es bueno la hiel y las espinas
Que tu amor ha bastado para cambiarlo todo

Yo te veo Hélène mía en medio de los campos
Perdonando los crímenes rosados de los huertos
La puerta alta del mundo abres para que el hombre
Alcance el mostrador luminoso del sol

Cuando te tengo lejos estás siempre presente
Vives dentro del aire como el olor del pan
Te esperaré cien años pero ya eres mía
Por cada una de las praderas que hay en ti. 



en El ángel que corre por los campos
Editorial Duino, Buenos Aires, 2018






Hélène ou le règne végétal

Tu es dans un jardin et tu es sur mes lèvres / Je ne sais quel oiseau t'imitera jamais / Ce soir je te confie mes mains pour que tu dises / A Dieu de s'en servir pour des besognes bleues // Car tu es écoutée de l'ange tes paroles / Ruissellent dans le vent comme un bouquet de blé / Et les enfants du ciel revenus de l'école / T'appréhendent avec des mines extasiées  // Penche-toi à l'oreille un peu basse du trèfle / Avertis les chevaux que la terre est sauvée / Dis-leur que tout est bon des ciguès et des ronces / Qu'il a suffi de ton amour pour tout changer // Je te vois mon Hélène au milieu des campagnes / Innocentant les crimes roses des vergers / Ouvrant les hauts battants du monde afin que l'homme / Atteigne les comptoirs lumineux du soleil // Quand tu es loin de moi tu es toujours présente / Tu demeures dans l'air comme une odeur de pain / Je t'attendrai cent ans mais déjà tu es mienne / Par toutes ces prairies que tu portes en toi.



















martes, julio 09, 2024

«Mares que mueren», de Marlene Zertuche

Tres poemas




Tatéi Haramara


todos los mares, el mar
Tatéi Haramara
madre mía y de los hombres
origen de las aguas del mundo:

en ti confío, diosa-venado
para que cuando muera
mi alma ronde cinco días
por los lugares en que de niña viví:

la acequia vertical
que dividía el pueblo
el patio y la cocina de tía Quica
el zaguán con su canto de canario
y, si se me permite la dicha
esas sombras
de la higuera
el nogal y el durazno

a esos lugares hazme volver
para que mi boca
coma el pan de la calma
el maíz de la desmemoria
para que en mis labios
se posen las gotas
del descanso eterno

después
llévame a tu piedra blanca
ya sin cuerpo
para iniciar mi camino

hazme entender
que no hubo paso mal andado

y ahí mismo
altísima señora de las nubes
regresa mi espíritu a tu vientre

guíame a casa
 




9 


mar semilla, mar inquieto, mar futuro, mar nosotros, mar tláloc

estamos aquí porque estiramos el tiempo, celebramos el fin de cada ciclo y coronamos nuestros altares con su cruz, cempasúchil, resucitamos cada muerto, anulamos el duelo, alumbramos una nueva trinidad, Coyolxauhqui y virgen: Guadalupe

madre cachalota, sueño vertical, nodriza ancha del anhelo, si la energía de la vida está tatuada sobre tus leches, ahora las corrientes, los ecos subterráneos, los hijos azules, despiertan la verdad de la belleza





el mar detrás del nombre


llevo un mar en mi nombre

por eso en cada sitio a donde voy
despierta una humedad

una cadencia

el ritmo de mis olas

de este fragor paciente que aprieto
este silencio inmenso

ceñido a mi pequeñez

las palabras que no digo

porque solo lo claro

debe ser pronunciado

llevo un mar en mí
en mi nombre

un crespo oleaje cubre la cama

mi sudor y mi sal se extienden sobre ti
te mueves, jadeas, das brazadas

te mueves, te clavas

te zambulles

en mí




Guadalajara, México










Contribución a DscnTxt de Héctor Monsalve


























lunes, julio 08, 2024

«A Ramón Imago no le importaba decirlo (aunque nunca lo dijo)», de Rafael Bielsa

Fragmento del inicio


 

Brandán Niemöller se preguntó cuál era exactamente su profesión. ¿La de un historiador errante, la de un arqueólogo, la de un antropólogo evolutivo, la de un escritor o detective? 

De la respuesta a esa pregunta dependería el estilo elegido para narrar todo lo que le había revelado el contenido del portafolios. El abordaje expositivo, su estilo, su ritmo. El aliento del texto. 

No hacía demasiado tiempo atrás, apenas después de que el Regente inaugurara la «cofia» durante una celebración ecléctica −en la que se mezclaron los símbolos ceremoniales con el vodevil popular, en una atmósfera cuyo exceso de colores, olores y sonidos conducía a lo reverencial−, había entrado en una de esas tiendas tan divulgadas luego de la última Máxima Purificación, donde se ponían a la venta objetos recogidos de la diáspora y el abandono. Desde dispositivos ecológicos superados hasta unas toscas piezas para sostener los pantalones, los llamados «cinturones», a los que se sumaban zapatos de cuero flor, y obsoletas fuentes internas de luz. Hasta un portafolios rebosante de papeles. En fin, todo esto en casas provisoriamente deshabitadas, o en edificios que alguna vez habían sido imponentes dependencias públicas que jamás volverían a cumplir las mismas funciones. La caída de todo orden es, inexorablemente, cubierta por otro que se dice superior. 

Brandán, por aquellos días, estaba estudiando la Primera Independencia territorial respecto de la desaparecida República Argentina, concretada tras la Separación. 

O sea, los hechos que dieron vida y aliento a la República de los Buenos Aires, y los posteriores que determinaron su caducidad por medio de la creación de la Ciudad Sobe- rana de Buenos Aires, donde vivía, ahora bajo la «cofia». Protagonistas, líneas históricas de fuerza, instituciones. 

República Argentina, República de los Buenos Aires, Ciudad Soberana de Buenos Aires, todo en menos de dos décadas. Territorios menores y desdichas mayúsculas para demasiados seres humanos. Siempre las había habido, pero rara vez tan irreparables. 

Su empresa no era sencilla. Primero, porque sobre ese período existía una sombra espesa incitada por las autoridades, en particular por el Regente, quien detrás de su título transitorio no tenía la más mínima voluntad de abandonar el poder. Por lo propio, era difícil que los protagonistas presenciales se prestaran a la confidencia. Y, finalmente, porque el conocimiento de la historia no se le inculcaba a nadie, lo que no dejaba de tener su costado benéfico: esa ignorancia permitía encontrar −de casualidad o por provocación de los propios elementos hallados–, cosas como el portafolios. 

El contenido consistía en una gran cantidad de hojas impresas en viejos periféricos láser, libretas manuscritas, fotografías, reproducciones de documentos históricos, todo perteneciente en su tiempo a uno de los actores de la Primera Independencia en el que Brandán Niemöller había puesto la lupa: Ramón Imago. Protagonista secundario, es cierto, pero de ahí́ su originalidad y el peculiar interés en sacarlo a la luz. De los actores principales se ocupaba la memoria popular y la propaganda gubernamental, para adorarlos o para incendiarlos. 

Obedeciendo a un reflejo, rotó la cabeza hacia el archivador. Pensó en que la vieja República Argentina había sido un país desdichado. De indecible riqueza, con un pasado de apogeo que los argentinos terminaron por malograr. 

Habían cultivado tal virtuosismo destructivo, que llegó a ser el rasgo fundamental de esa comunidad organizada en el caos. A través del hábito de meterse en todo lo ajeno mientras desertaban de sus propias responsabilidades, abrazando el credo hipster de la división, siendo eruditos en la cultura de la discordia, desatando un darwinismo salvaje que, por unánime, terminó por decretar la impunidad del rebaño. Bastaba con que alguien escupiera en el suelo, para que de ahí́ naciera un saqueador. La anarquía misma, como chaparrones hidrófobos. 

Como amantes noveles ofuscados ante la belleza del objeto de su deseo, en lugar de poseerlo, habían preferido aniquilar a todo aquel que imaginaran que estaba deseando lo mismo que ellos. 

Amantes inseguros que fueron perdiendo la cordura en las bóvedas de la codicia, en el burlesque de la vulgaridad, en los laberintos de la intolerancia. Incapaces y caprichosos, soslayaron algunas de las lógicas del amor: su asimetría, el precio en dolor que hay que pagar por el disfrute de las delicias, su naturaleza transitoria, que aconseja algo de contemplación y bastante más de paciencia. 

Tardíamente adolescentes, siempre bruscos, jamás interesados por los bordes blandos de la armonía. Con una épica apoyada en la indolencia, la incompetencia, y la insensatez, vivieron años luchando, malviviendo, emigrando y muriendo por tratar de que lo inexorable tuviera la apariencia de un logro esperado. 

Su legendaria intemperancia estaba mucho más forjada en la impotencia que en la defensa de los principios. Y su ingenio, del que todavía se hablaba, no era más que astucia e instinto, los mismos de los animales para encontrar el camino más corto. Como la hormiga del desierto o el charrán ártico, bichos de los que hablan y muestran los programas audiovisuales y sensoriales de memorias del mundo exterior. 

Fue así, pensando en la estirpe de la Ciudad Soberana de Buenos Aires, casi como un cronista usando herramientas arqueológicas, que, tras pasar por la antropología en sus diversas especialidades y por la atractiva actividad detectivesca, llegó a tomar la decisión, de que los documentos de Ramón Imago serían material para una narración novelesca. Lo que alguna vez se había llamado real-fiction





en Bestias fugaces talladas en el tiempo, Descontexto Editores, 2024







Fotografía original de Rafael Bielsa por Silvana Colombo






Pueden comprar el libro escribiendo a descontextoeditores@gmail.com
o en las mejores librerías de Chile y Argentina gracias a BigSur
















domingo, julio 07, 2024

«Las manos, otra vez», de Khairi Mansour

Versión de Juan Carlos Villavicencio




No hay mares en los libros.
Pregunto por ellos, pero no responden.
No hay camas en los árboles.
Llega el sueño, pero las ramas me despiertan peligrosamente.
No hay diálogos en el lenguaje.
Tocan mis labios, pero no mis más íntimos nervios.
No hay campos en las nubes,
pero sí sangre llevando al futuro su historia.
No hay mares no hay libros
no hay camas no hay árboles
no hay diálogos no hay lenguajes
no hay campos no hay nubes.
Levanten, pues, mis manos…
quién sabe si, en alto, ellos me van a ver.













sábado, julio 06, 2024

«Noche de luna», de Kum Hsiu

Versión de Juan Carlos Villavicencio




mientras deambulo sin rumbo fijo bajo una luna congelada
una flauta derrama su belleza desde una torre contigua.
entonces la brisa de la mañana comienza a levantarse y a soplar 
            en rachas —
el río ya es una alfombra de blancas flores por doquier.













viernes, julio 05, 2024

«La novia del negro», de Gottfried Benn

Traducción de Verónica Jaffé





 
Entonces sobre almohadas de oscura sangre
se recostaba el cuello de una mujer rubia.
El sol rabiaba en sus cabellos
y lamía los pálidos muslos
y se arrodillaba ante los pechos un poco más oscuros,
aún sin deformar por los pecados y los partos.
Un negro junto a ella: la coz de algún caballo
le había destrozado los ojos y la frente. Dos dedos
de su sucio pie izquierdo
se hincaban en la pequeña oreja blanca.
Pero ella yacía y dormía como una novia:
orlando la felicidad del primer amor
y en espera de numerosos viajes celestiales
de la sangre joven y cálida.
                                   Hasta que alguien
le hundió el cuchillo en la nívea garganta 
y un delantal púrpura de sangre muerta 
le cubrió las caderas.




en Morgue y otros poemas, 1912







Negerbraut

Dann lag auf Kissen dunklen Bluts gebettet / der blonde Nacken einer weißen Frau. / Die Sonne wütete in ihrem Haar / und leckte ihr die hellen Schenkel lang / und kniete um die bräunlicheren Brüste, / noch unentstellt durch Laster und Geburt. / Ein Nigger neben ihr: durch Pferdehufschlag / Augen und Stirn zerfetzt. Der bohrte / zwei Zehen seines schmutzigen linken Fußes / ins Innere ihres kleinen weißen Ohrs. / Sie aber lag und schlief wie eine Braut: / am Saume ihres Glücks der ersten Liebe / und wie vorm Aufbruch vieler Himmelfahrten / des jungen wannen Blutes. / Bis man ihr / das Messer in die weiße Kehle senkte / und einen Purpurschurz aus totem Blut / ihr um die Hüften warf.









jueves, julio 04, 2024

«Podrías llamarte Antígona», de Gabriela Ynclán

Fragmento inicial




Lugar: El fondo de la mina. La oficina del tirano

En la escena dos niveles, una rampa que baja.

En la parte de arriba sucederá la acción de los vivos en el segundo nivel los mineros muertos. Ellos aparecen como espectro, ropa desgarrada y quemada.


Primera escena: Los mineros, Analía y Jimena

Minero 1: La luz y el sol relucen afuera, y nosotros aquí.

Minero 2: Bajo esta noche que de piedra hace estrellas. Sin ojos, sin voz entre los muertos. Muertos y sin morir del todo.

Minero 3: Quién pudiera mirar de nuevo algún humano, alguien con vida, respirar ese aire que se torna esperanza y aquí, en este encierro, sólo es carbón. (Pausa) Recuerdos de lo que fuimos, lo que no somos, lo que no seremos.

Minero 4: Vivimos y morimos aspirando estos gases, la vida se nos fue día a día bajo la noche que de piedra hace lunas. (Pausa) No volveremos nunca a mirar a los nuestros.

Minero 5: Tampoco podremos descansar, caminar tranquilos tras la temible muerte que quisiera llevarnos y pasea por la mina sin entender, muy bien, por qué estamos aquí, por qué de pie nos encontramos si es que muertos vivimos.

Minero 1: Yo tenía una esposa, unos hijos, una casa pequeña ¿Qué será de mi gente si no encuentra mi cuerpo?

Minero 2: Un cadáver no es nada si no tiene una lápida, un nombre sobre ella, una oración, una caja pequeña en que llore la hermana o la novia o la madre.

Todos: ¡Silencio, alguien viene!

Minero 3: Puedo escuchar sus pasos. (Pausa) Es una joven. (Pausa) Es la hermana de alguno.

Minero 1: ¿Ha bajado a la mina?

Minero 4: No, permanece en la entrada.

Minero 3: ¿Llora?

Todos 5: No, parece que reclama, que no suplica, exige. (Pausa) Ya está aquí. Se detiene.

(Entra Analía por el nivel de arriba, tras ella Jimena)

Analía: Varios son, como yo, los que piensan que se puede rehabilitar el tiro de carbón y volver a la búsqueda de los cuerpos, (Pausa) Que los restos se encuentran en…

Jimena: ¿Quién dijo eso, Analía? Hermana de firme corazón y cabeza de loca. ¿Quién en verdad lo sabe? ¿Los restos… que serán para hoy? ¿Lo imaginas siquiera? Jamás encontraremos eso que fue un hermano. ¿Y para qué quererlo así?

Analía: Lo quiero así, o como sea. Lo quiero aquí, arriba, no debajo del monstruo que escupe gases. (Transición) Lo quiero bajo un árbol que de sombra a sus restos, bajo la tierra blanda que remoja la lluvia y que el sol endurece. (Transición) Las viudas que bajaron hace ya casi un año ¿Las recuerdas, Jimena? Piensan, que contrario a lo dicho, existen condiciones para seguir buscando. (Transición) Lo quiero para tenerlo, llorarlo como se llora a ese que siempre estuvo ahí, como padre y amigo, como un todo al que admiras desde niña, del que dependes pero que cada día te enseña a ser más fuerte.

Jimena: También era mi hermano y también lo quería, pero no pienso igual, creo que hay que llorarlo si es que no lo tenemos y olvidarnos de todo esto. ¡Que nada ganamos con este absurdo y necio recatar a los muertos! Si es que muertos existen allá abajo. ¿No entiendes? ¡Bajar ahí, es pisar el infierno!

Analía: El infierno está aquí: en tu alma, en la mía, en esta espera angustia, en la tristeza olvido de los seres ansiados. Si el infierno es lo que abajo se encuentra, voy a emprender el viaje, no seré la primera que visita el lugar de los muertos estando viva y que regresa luego. ¿No sé si tú me entiendes, Jimena? (Pausa) No es necedad ni orgullo. Siento una voz interna: ¡Algo debo de hacer! No puedo dejarlo ahí, sin sepultura alguna.



2009