domingo, enero 17, 2021

«En mi pieza», de Nelly Sachs

Traducción de Humberto Díaz-Casanueva
 
 


En mi pieza 
Donde están mi lecho 
Una mesa una silla 
El fogón 
Allí como en cualquiera parte 
El Universo se arrodilla 
Para librarse de su invisibilidad… 
Trazo una línea 
Escribo el alfabeto 
Pinto en el muro la sentencia suicida 
Sobre la cual brotan inmediatamente 
Nuevos nacimientos 
Retengo los astros aferrados 
A la verdad 
Y la Tierra se pone a martillar 
La noche se desata 
Y cae 
Diente muerto en la mordedura




en Árbol de Letras, nº 6, Santiago de Chile, 1968











sábado, enero 16, 2021

«Como un sueño», de Li Qingzhao

Versión de Juan Carlos Villavicencio


 


Anoche la lluvia fue ligera y el viento feroz, 
Y no disipó el profundo sueño ni los efectos ni el sabor del vino. 
Cuando le pregunto a la criada que abre las cortinas, 
Ella responde: «Las flores del manzano silvestre se ven iguales». 
Grito: «¿Acaso no lo ves? ¿ Acaso no lo ves?» 
Las hojas verdes se mantienen frescas pero las flores rojas se desvanecen.














viernes, enero 15, 2021

«Mar de leva», de María Camila Restrepo



 


Como mar de leva desato tormentas de vientos pasados 
Me convierto en ola 
Me elevo 
Me alejo 
Me sumo al mal tiempo 
Me rompo en la orilla de forma violenta 
Me estallo en espuma 
Y no sé lo que hago 
Soy nada más agua en función de la luna













jueves, enero 14, 2021

«Se extingue el día…», de Matsuo Bashō





Se extingue el día 
pero no el canto 
de la alondra





Pintura de Matsuo Bashō por Hokusai 


Sin datos del traductor
















miércoles, enero 13, 2021

«El futuro», de Bruno Montané Krebs

Tres poemas





Otras voces en el sueño 

Allá en el fondo son otras voces 
las que hablan de la emoción y la retórica. 
Todo es intento o una empecinada y misma luz. 
La mente suele saber cuál es la resolución 
de sus palabras, el sonido esperado, 
la consecuencia de una única pregunta. 
El sentido pelea por el sueño y, quizá, 
contra la violencia. El sentido tiembla 
y acaba por comprender la consecución 
de los errores, la dulce ambigüedad. 
Así puedes creer que esperar es ya haber partido 
y hacer es iluminarse en el silencio 
de una única habitación cerrada, 
ese lugar que aún nos queda por abrir. 




Autenticidad 

El arte, con su habitual grandilocuencia, 
a veces juega a eludir la autenticidad, 
quiere convencernos de que otra es su tarea. 
Y me digo que todo esto es el trasunto de infinitos 
equívocos, desde que Poe y Baudelaire vislumbraron 
extraños destellos que asomaban en esa fractura. 
Un par de ojos que no sabían si debían o no 
sentirse aterrados en medio de la multitud, 
las manos vacías, el deseo del sexo, 
la dudosa singularidad, los sueños de riqueza, 
la ruina de Esparta. 
La noche del discurso, la luz que 
desciende sobre nuestros sueños. 

Esto me recuerda a unos patos mojados, 
esto me hace pensar en el lago helado 
segundos antes de comenzar a derretirse. 
Y me permito imaginar que bajo la luna 
ya nada nos faltará; la luna y su fascinante 
agujero de luz, la boca iluminada 
que desde el cielo nos habla. 
Y veo que temblamos y compruebo 
que no es el sueño el que duda, 
bajo el cielo ahogado por las estrellas 
que ya no vemos. Nuestro único terror 
es la verdadera desnudez, las manos vacías, 
la piel del corazón en el barro 
y las futuras cenizas. 

Ahora me contradigo, quizá todo 
sea inevitablemente fascinante.   




Imágenes 

El miedo repite las imágenes. 
La repetición misma es el miedo. 
La realidad escribe y las emociones 
riman y unen escena tras escena. 
El túnel no es el mundo 
pero el solipsismo ruge 
como un sistema helado 
donde nadie escupe o hiede. 
Un racimo de imágenes reflejadas 
en un gigantesco cuerpo 
donde brillan oscuros soles parlantes. 
El poema creado por la vida 
y luego negado por la economía 
(el discurso y la enumeración), 
el poema ahogado en las venas. 

Las imágenes tiemblan, calladas, 
como un pez carbonizado 
que aún se agita en la oscuridad.



 
en El futuro, Hanan Harawi Editores, Lima, 2019






















martes, enero 12, 2021

“El orfanato”, de Carson McCullers





Cómo el Hogar llegó a asociarse con el frasco siniestro pertenece a la lógica fluida de la infancia, porque al comienzo de este episodio yo no debía de tener más allá de siete años. Pero el Hogar, residencia de los huérfanos de nuestra ciudad, quizás fuese en parte responsable debido a su misteriosa fealdad. Era un edificio grande, con techo de dos aguas, pintado de un color verde negruzco, que tenía delante un patio cuidadosamente barrido y totalmente vacío con la excepción de dos magnolios. En el patio, rodeado por una reja de hierro forjado, se veía muy pocas veces a los huérfanos cuando te detenías en la acera para mirar dentro. El patio de atrás, por otro lado, fue para mí durante mucho tiempo un lugar secreto; el Hogar estaba en una esquina, y una alta valla de tablas ocultaba lo que sucedía dentro, pero cuando se pasaba por allí se oía el sonido de voces y en ocasiones el ruido de algo semejante a metales entrechocados. El secreto y los ruidos misteriosos me asustaban mucho. En el camino a casa desde la calle principal del pueblo pasaba a menudo por delante del Hogar con mi abuela, y ahora, en el recuerdo, tengo la sensación de que siempre lo hacíamos al atardecer y en invierno. Los sonidos de detrás de la valla de madera parecían teñidos de amenazas en la luz que se desvanecía, y la puerta de la reja delantera estaba increíblemente fría cuando se la tocaba. La melancolía del patio sin hierba e incluso el resplandor de luces amarillas detrás de ventanas estrechas parecía de algún modo corresponderse con la terrible información que por aquel entonces llegó a mis oídos.

Mi confidente fue una niña llamada Hattie, que debía de tener nueve o diez años. No recuerdo su apellido, pero hay algunos otros datos sobre la tal Hattie que son inolvidables. Para empezar me dijo que George Washington era tío suyo. En otra ocasión me explicó lo que hacía negros a los negros. Si una chica, me dijo, besaba a un chico, se convertía en una persona de color y, cuando se casaba, sus hijos también eran negros. Solo los hermanos eran la excepción a aquella regla. Hattie era pequeña para su edad y dentuda, de cabellos rubios grasientos que se sujetaba en la nuca con un pasador enjoyado. Se me había prohibido jugar con ella, quizá porque mi abuela o mis padres advertían un elemento malsano en aquella relación; si mi suposición es correcta, estaban por completo en lo cierto. Yo había besado en una ocasión a Tit, que era mi mejor amigo pero solo primo segundo, de manera que día a día me iba convirtiendo lentamente en una persona de color. Era verano y día a día me ponía más morena. Quizá confiaba en que Hattie, después de haberme revelado aquella terrible transformación, tuviera de algún modo el poder de detenerla. En el doble cautiverio de la culpa y del miedo, yo la seguía por todo el barrio y ella me pedía a menudo monedas de cinco y diez centavos.

Los recuerdos infantiles poseen una extraña cualidad inestable, y zonas de oscuridad rodean los espacios de luz. Los recuerdos de infancia son como velas encendidas en una hectárea de oscuridad, e iluminan escenas inmóviles, separándolas de la negrura circundante. No recuerdo dónde vivía Hattie, pero en cambio un corredor y una habitación de su casa poseen una nitidez asombrosa. Ni tampoco sé cómo sucedió que fui a aquella habitación, pero lo cierto es que estuve allí con Hattie y con mi primo, Tit. Era a última hora de la tarde y la habitación no estaba del todo oscura. Hattie llevaba un vestido indio, con una cinta para el pelo de brillantes plumas rojas y nos había preguntado si sabíamos de dónde venían los bebés. Las plumas indias de su cinta, por alguna razón, me daban miedo.

—Crecen dentro de las señoras —dijo Tit.
—Si juran que nunca se lo dirán a ningún ser vivo, les enseñaré una cosa.

Debimos de jurar como nos pedía, aunque recuerdo cierta desconfianza y el temor a nuevas revelaciones. Hattie se subió a una silla y bajó algo de la estantería de un armario. Era un frasco, con una cosa extraña y roja dentro.

—¿Saben qué es esto? —preguntó.

Lo que había dentro del frasco no se parecía a nada que yo hubiera visto antes. Fue Tit quien preguntó:

—¿Qué es?

Hattie esperó y en su rostro, debajo de la hilera de plumas, apareció una expresión astuta. Al cabo de unos momentos de suspense, dijo:

—Es un bebé muerto y escabechado.

El silencio en la habitación era completo. Tit y yo nos miramos de reojo horrorizados. No tuve valor para mirar de nuevo, pero Tit contemplaba el frasco con aterrada fascinación.

—¿De quién? —preguntó por fin en voz baja. —Fíjate en la cabecita roja con la boca. Y las piernecitas rojas, aplastadas debajo. Mi hermano lo trajo a casa cuando estudiaba para ser farmacéutico.

Tit extendió un dedo y tocó el frasco; después se puso la mano detrás de la espalda. Y volvió a preguntar, esta vez nada más que un susurro:

—¿De quién? ¿El bebé de quién?
—Era huérfano —dijo Hattie.

Recuerdo el ruido levísimo de nuestros pasos mientras salíamos de puntillas del cuarto, recuerdo que el corredor estaba oscuro y que al final había una cortina. Ese, por suerte, es mi último recuerdo de la tal Hattie. Pero el huérfano escabechado me obsesionó durante algún tiempo; una vez soñé que la Cosa había salido del frasco y deambulaba por el orfanato y yo estaba encerrada dentro y me estaba buscando... ¿Me creí que en aquella casa melancólica, con tejado de dos aguas, había estanterías llenas de aquellos frascos sobrecogedores? Probablemente sí..., y no. Porque el niño distingue dos capas de realidad: la del mundo, que se acepta como una inmensa confabulación de todos los adultos; y la no reconocida, la escondida y secreta, la profunda. En cualquier caso, seguí yendo muy pegada a mi abuela cuando, a última hora de la tarde, pasábamos junto al Hogar, al volver del centro. Por aquel entonces yo no conocía a ninguno de los huérfanos, dado que iban a la escuela de la calle Tercera.

Tuvieron que pasar varios años antes de que dos sucesos me hicieran entrar en contacto directo con el Hogar. Para entonces me consideraba ya una chica mayor, y había pasado por delante miles de veces, ya fuese a pie, con patines o en bicicleta. El terror había disminuido hasta convertirse en algo así como una peculiar fascinación. Siempre miraba fijamente el edificio al pasar y a veces veía a los huérfanos, que caminaban en formación, aunque con lentitud dominical, hacia la catequesis y los servicios religiosos después, los dos huérfanos de mayor tamaño delante y los dos más pequeños al final. Tenía unos once años cuando se produjeron cambios que me acercaron más como espectadora y abrieron una inesperada dimensión novelesca. En primer lugar, a mi abuela la hicieron miembro del Consejo del Orfanato. Eso sucedió en otoño. Luego, al comienzo del trimestre de primavera, los huérfanos se trasladaron al instituto de la calle Diecisiete, al que también iba yo, y tres de ellos estaban conmigo en sexto grado. El traslado se hizo debido a un cambio en los límites de los distritos escolares. A mi abuela la eligieron porque le gustaban los consejos, los comités y las reuniones de asociaciones, y porque había fallecido por entonces un anterior miembro del Consejo del Orfanato.

Mi abuela visitaba el Hogar una vez al mes, aproximadamente, y la acompañé en su segunda visita. Era el mejor momento de la semana, un viernes por la tarde, con la amplitud que daba a aquellas horas la proximidad del fin de semana. La tarde era fría y el sol del crepúsculo provocaba violentos reflejos en los cristales de las ventanas. Dentro, el Hogar era muy distinto de lo que había imaginado. El amplio vestíbulo estaba prácticamente vacío y en las habitaciones no había cortinas, ni alfombras, ni apenas muebles. El calor procedía solo de estufas en el comedor y en la sala común, junto al salón principal. La señora Wesley, la directora del Hogar, era una mujer grande, bastante dura de oído, que mantenía la boca ligeramente abierta cuando conversaba con personas importantes. Siempre parecía faltarle el aliento, y hablaba con acento nasal y voz plácida. Mi abuela había llevado algo de ropa (la señora Wesley lo llamaba prendas), donada por las diferentes iglesias de la ciudad y las dos se encerraron para cambiar impresiones en el frío salón principal. A mí me confiaron a los cuidados de una chica de mi misma edad, llamada Susie, y salimos de inmediato al patio de atrás, el que estaba rodeado por la valla de madera.

Aquella primera visita me resultó incómoda. Chicas de todas las edades jugaban a cosas distintas. Había en el patio una tabla flexible sobre dos soportes que permitía dar saltos, una barra fija y un juego de tejo dibujado en el suelo. La confusión me hizo ver aquel patio lleno de niños como un todo en completo desorden. Una niñita se me acercó para preguntarme qué era mi padre. Y, como tardaba en contestarle, dijo:

—El mío era vigilante de la vía del ferrocarril.

Luego corrió a la barra fija y se colgó de las rodillas: el pelo le cayó recto desde la cara, muy encarnada, y debajo de la falda llevaba unos pantalones cortos marrones de algodón.



en ¿Quién ha visto el viento? (Antología), 2013











lunes, enero 11, 2021

«Cuando creas que has hallado lo que buscas, piénsalo bien... Quizá sea solo un montón de mierda». Entrevista a Peter Brook, de Fernando Goitia


 


Es una leyenda, un niño prodigio que con 22 años ya dirigía a Shakespeare y triunfaba en Covent Garden. Hoy, a los 94, mantiene la lucidez y la pasión intactas. Hijo de un menchevique exiliado en Londres, hablamos con el gran revolucionario de la escena de siglo XX. Un hombre empeñado en navegar a contracorriente y, sobre todo, en no repetirse. 

Caminar implica un gran esfuerzo para Peter Brook, galardonado con el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2019. Su voz es un débil hilo sonoro en el restaurante de Brooklyn donde [almorzamos], pero al hablar brillan sus ancianas pupilas azules, que se expanden hasta abarrotar las cuencas de sus ojos. Es la excitación que le causan los recuerdos de una trayectoria –teatro, ópera, cine, novela, ensayo…– con la que ha dinamitado los pilares de la tradición, y el placer de reflexionar sobre el teatro: la vida misma, dice, el arte más humano. Brook ha tocado todos los palos escénicos, pero será recordado por su texto El espacio vacío. Publicado en 1968, propuso la austeridad escénica para centrar toda la atención en los actores. 

¿Contribuye el teatro a crear un mundo mejor? 
Sin duda, el mundo es mejor gracias al teatro, a la literatura, a la música, al arte… El teatro es una experiencia absolutamente humana porque te ofrece un breve momento de generosidad; te empuja a sentir lo que otros sienten, a ser más humano. No estamos aquí para cambiar el mundo, pero conmover a alguien con una historia ajena es un trabajo que merece la pena. 

[Se estrenó esa semana] en Oviedo su última obra: Why? (¿Por qué?). ¿Nunca dejará de hacerse preguntas? 
Jamás. Y «¿por qué?» es la más importante, la que nos hace avanzar. Los descubrimientos, los movimientos artísticos, los viajes de exploración; cada nuevo paso de la humanidad arranca con una pregunta. De eso trata la obra. 

Y usted quiere que no nos olvidemos de ello… 
Es que hay un problema de base: profesores y padres enseñan a los niños que cada pregunta debe tener una respuesta. Y no es así. Condicionan sus mentes a buscar un resultado inmediato, pero hallar la respuesta es algo que puede llevarte mucho tiempo y trabajo. 

Su vida ha sido una búsqueda constante. ¿Tiene algún lema que lo haya acompañado? 
Ve siempre contra la marea. Busca, busca, busca; intenta, intenta, intenta. Y, cuando creas haber hallado lo que buscas, piénsalo bien. Quizá sea solo un montón de mierda [se ríe]. 

¿Cuántas veces ha sentido la necesidad de limpiar su mente y volver a aprender desde cero? 
Así empiezo cada día. Y, en mi carrera, cada proyecto ha sido el eslabón de una cadena sin fin. Cada vez que he conseguido un éxito me ofrecían repetir la fórmula, pero eso hubiera sido ir hacia atrás. 

¿Quiere decir que quedarse en el mismo sitio es un paso atrás? 
Claro, porque no arriesgar y probar cosas nuevas es un paso atrás. Lo tuve claro con 23 años al triunfar con La Bohéme en Covent Garden. «¿Qué otra ópera de Puccini podemos hacer?». Pero yo no quería repetirme. 

Dirigió por primera vez con 18 años. ¿Quiso antes ser actor? 
Sí, pero me di cuenta rápido de que sería un pésimo actor [se ríe]. Se me daba mejor escribir, concebir escenografías y ayudar a los buenos actores a mejorar. 

Fue el director más joven de Covent Garden. ¿Poseía ya mucha confianza en sí mismo? 
Fui un principiante como cualquier otro, solo que tuve varios éxitos muy pronto y ya no paré. 

Suena como si no lo buscara… 
Porque nunca soñé con un bombazo para convertirme en estrella. Quería que me fuera bien, claro, pero nunca pensé en el dinero. La fama fue llegando de forma misteriosa y, con ella, el dinero. 

¿Cómo se aproxima a los actores para obtener de ellos lo que necesita su obra? 
Lo primero es proporcionarles confianza. Llegan al primer ensayo con miedos y los pongo a jugar; los obligo a mirarse y escucharse para crear un espíritu familiar. A los dos días tomamos un té y hablamos.

Entre los directores de cine y teatro –cuentan las leyendas– hay mucho tirano. Usted ¿cómo entiende las tareas de dirección? 
Yo no soy un jefe, soy un colaborador más. Controlo todos los aspectos del proyecto, claro, pero mi tarea principal es guiar al grupo en una dirección compartida y alcanzar juntos lo que llamamos «calidad». Nadie sabe qué significa con exactitud esa palabra, pero todo el mundo la percibe. 

¿Guiar es también liderar? 
Oh, no, un líder es otra cosa. Hitler era un líder. Alguien que se cree en poder de la verdad y engaña a los demás para que lo sigan, aunque sea hacia al abismo. Un líder tiende a ser dictador. Como Franco, el que tuvieron ustedes, o Stalin en Rusia. Yo, por suerte, solo he sufrido la tiranía de Broadway [se ríe]. 

¿A qué se refiere? 
A que tienes tres semanas para crear un espectáculo carísimo. Así es difícil que la primera noche salga bien. Y, entonces, la crítica te destroza. Hay gente que se suicida, que pierde a su mujer… ¡Es injusto! 

¿Tres semanas es poco? 
Es que, para el estreno, la obra no está acabada. Es cuando de verdad empiezas a trabajar, con el público. Yo me siento entre ellos e intento entenderlos. Si se aburren, le digo a uno: «¿Pero qué idiota ha hecho esto?» [se ríe]. Y si les gusta: «Qué bueno, ¿no?». A partir de ahí intentamos mejorar. Yo leo las críticas con interés, pero si no eres constructivo puedes arruinar las vidas de muchas personas.




en XLSemanal, 9 de octubre, 2019






















domingo, enero 10, 2021

“actos de desaparición”, de Luz María Astudillo





una mancha blanca es la única señal después de la partida. A veces me pregunto cómo es que una vida puede desarrollarse sin otra, cómo un cuerpo supera el frío que es un frío hipotético pero que se transforma en realidad al momento de modular la palabra ausencia. Ese 25 de diciembre, Robert Walser salió a dar uno de sus típicos paseos al bosque. Walser ya no pronunciaba palabra, su lenguaje fue clausurado por ese frío de quien no tiene ya nada que perder porque nada ha tenido. Su cuerpo es uno con la nieve, una mancha blanca como única señal después de la partida.

 

 

Inédito, 2021