lunes, junio 05, 2023

«Ella habitó entre caminos aún desconocidos…», de William Wordsworth

Traducción de Juan Carlos Villavicencio dedicada a Gonzalo León




Ella habitó entre caminos aún desconocidos
            Junto a los manantiales de Dove,
Una doncella a quien nadie celebraba
            Y muy pocos podrían amar:

¡Una violeta media oculta a la vista 
            Junto a una piedra cubierta de musgo!
—Hermosa como una estrella, cuando apenas una
            brillaba en el cielo.

Ella vivió ignorada, y pocos supieron
            Cuando Lucy dejó de existir;
Pero ahí está ella en su tumba, y, oh,
            ¡Todo es diferente para mí!



1798





Retrato de William Wordsworth a los 28 por William Shuter










She dwelt among the untrodden ways…

She dwelt among the untrodden ways / Beside the springs of Dove, / A Maid whom there were none to praise / And very few to love: // A violet by a mossy stone / Half hidden from the eye! / —Fair as a star, when only one / Is shining in the sky. // She lived unknown, and few could know / When Lucy ceased to be; / But she is in her grave, and, oh / The difference to me!










domingo, junio 04, 2023

«Dream Song 29», de John Berryman

Traducción de Armando Roa Vial



 
Aquello, una vez, se agolpó en el corazón de Henry, 
tan intenso, que de haber tenido cien años
& aún más & gimiendo, insomne, en todo ese tiempo 
para Henry no habría mejoría.
En sus oídos empieza de nuevo siempre
el agobio de esa tos, un aroma, una campanada.

Y entonces hay algo más que tiene en mente,
como un adusto rostro sienés endilgándole un reproche
que ni mil años alcanzan a borrar. Cadavérico,
con los ojos bien abiertos, atiende, ciego.
Todas las campanas le dicen: demasiado tarde. Esto, pensándolo, 
no da para lágrimas.

Pero Henry nunca acabó con alguien, nunca al menos 
como imaginó que lo hizo y procedió a cercenar ese cuerpo femenino
y abandona los pedazos donde los pudieran encontrar. 
Él ya sabe: los revisó & ninguno se ha extraviado. 
Suele ponderarlos al amanecer.
Nunca nadie desapareció.




en Paisaje de invierno, antología, Descontexto Editores, 2018








Dream Song 29

There sat down, once, a thing on Henry’s heart  // só heavy, if he had a hundred years / & more, & weeping, sleepless, in all them time  / Henry could not make good. / Starts again always in Henry’s ears / the little cough somewhere, an odour, a chime. // And there is another thing he has in mind / like a grave Sienese face a thousand years / would fail to blur the still profiled reproach of. Ghastly,  / with open eyes, he attends, blind. / All the bells say: too late. This is not for tears;  / thinking. // But never did Henry, as he thought he did, / end anyone and hacks her body up / and hide the pieces, where they may be found. / He knows: he went over everyone, & nobody’s missing. / Often he reckons, in the dawn, them up. / Nobody is ever missing.







Pueden comprar este libro
–Mejor Traducción según el Círculo de Críticos de Arte 2018–
en todas las librerías en las que distribuye BigSur
tanto en Chile como en Argentina,
como también escribiendo a descontextoeditores@gmail.com














sábado, junio 03, 2023

“En el río Chiu”, de Tu Fu*





Rápido, por el río, mi barco se desliza;

yo me miro en el agua movediza.

Corriendo van las nubes, arriba por el cielo.

Y el cielo está también dentro del río.

Si una nube a la luna le pone un blanco velo,

yo la veo en el agua, y es cual si el barco mío

se fuese deslizando por el cielo.

Y entonces imagino que así está reflejada

dentro de mí la imagen de mi amada.




* También conocido como Du Fu.

 

 

 

Traducción de Juan Marín

 

en Revista “Clímax”, Nº 8, La Serena, 1 de julio de 1963





















viernes, junio 02, 2023

“Mientras cae el otoño”, de Giovanni Quessep





Nosotros esperamos

envueltos por las hojas doradas.

El mundo no acaba en el atardecer,

y solamente los sueños

tienen su límite en las cosas.

El tiempo nos conduce

por su laberinto de hojas en blanco

mientras cae el otoño

al patio de nuestra casa.

Envueltos por la niebla incesante

seguimos esperando:

La nostalgia es vivir sin recordar

de qué palabra fuimos inventados.

 

 

 

en Antología de la poesía hispanoamericana, 1985





















jueves, junio 01, 2023

“Apocalipsis”, de Marco Denevi





La extinción de la raza de los hombres se sitúa aproximadamente a fines del siglo XXXII. La cosa ocurrió así: las máquinas habían alcanzado tal perfección que los hombres ya no necesitaban comer, ni dormir, ni hablar, ni leer, ni pensar, ni hacer nada. Les bastaba apretar un botón y las máquinas lo hacían todo por ellos. Gradualmente fueron desapareciendo las mesas, las sillas, las rosas, los discos con las nueve sinfonías de Beethoven, las tiendas de antigüedades, los vinos de Burdeos, las golondrinas, los tapices flamencos, todo Verdi, el ajedrez, los telescopios, las catedrales góticas, los estadios de fútbol, la Piedad de Miguel Ángel, los mapas de las ruinas del Foro Trajano, los automóviles, el arroz, las sequoias gigantes, el Partenón. Solo había máquinas. Después, los hombres empezaron a notar que ellos mismos iban desapareciendo paulatinamente y que en cambio las máquinas se multiplicaban. Bastó poco tiempo para que el número de máquinas se duplicase. Las máquinas terminaron por ocupar todos los sitios disponibles. No se podía dar un paso ni hacer un ademán sin tropezarse con una de ellas. Finalmente los hombres fueron eliminados. Como el último se olvidó de desconectar las máquinas, desde entonces seguimos funcionando.

 

 

 

en Falsificaciones, 1966





















miércoles, mayo 31, 2023

“Sueño de Platón [1]”, de Voltaire





Platón soñaba mucho y no se ha soñado menos después [2]. Había soñado que la naturaleza humana era en otro tiempo doble, y que en castigo a sus culpas fue dividida en macho y hembra. Había demostrado que solo puede haber cinco mundos perfectos, porque solo hay cinco cuerpos regulares en matemáticas. Su República fue uno de sus grandes sueños. También había soñado que el dormir nace de la vigilia, y la vigilia del dormir, y que a buen seguro se pierde la vista contemplando un eclipse salvo desde un estanque de agua [3]. En esa época los sueños daban una gran reputación. 

He aquí uno de sus sueños, que no es uno de los menos interesantes. Le pareció que el gran Demiurgo, el eterno geómetra, tras poblar el espacio infinito con innumerables globos, quiso probar la ciencia de los genios que habían sido testigos de sus obras. Dio a cada uno de ellos un trocito de materia para que la dispusiesen, poco más o menos como Fidias y Zeuxis habrían dado a sus discípulos estatuas y cuadros para trabajar en ellos, si es que pueden compararse las cosas pequeñas con las grandes [4].

 

A Demogorgón le correspondió en el reparto el trozo de barro que se denomina «la Tierra»; y, tras haberlo dispuesto de la forma en que hoy vemos, pretendía haber hecho una obra maestra. Pensaba que había domeñado la envidia, y esperaba elogios incluso de sus colegas; quedó muy sorprendido cuando lo recibieron con abucheos.


Uno de ellos, muy aficionado a las bromas pesadas, le dijo: «En verdad que habéis trabajado bien; habéis separado vuestro mundo en dos, y habéis puesto un gran espacio de agua entre los dos hemisferios, a fin de que no hubiera comunicación de uno a otro. Se helarán de frío en vuestros dos polos, y se morirán de calor en vuestra línea equinoccial. Habéis creado con mucho tino grandes desiertos de arena, para que los viajeros se mueran en ellos de hambre y de sed. Me satisfacen bastante vuestros corderos, vuestras vacas y vuestras gallinas; pero, francamente, no estoy tan satisfecho con vuestras serpientes y vuestras arañas. Vuestras cebollas y vuestras alcachofas son cosas bonísimas; mas no veo adónde queríais ir a parar cubriendo la Tierra con tantas plantas venenosas, a menos que hayáis tenido el propósito de envenenar a sus habitantes. Me parece, además, que habéis formado una treintena de especies de monos, muchas más especies de perros, y solo cuatro o cinco especies de hombres: cierto que habéis dado a este último animal eso que vos llamáis “la Razón”; pero, en conciencia, esa razón es demasiado ridícula, y se acerca demasiado a la locura. Me parece además que no hacéis gran caso de ese animal bípedo [5], pues le habéis dado tantos enemigos y tan poca defensa; tantas enfermedades y tan pocos remedios; tantas pasiones y tan poca prudencia. En apariencia, no queréis que haya muchos animales de esos en la Tierra: porque, sin contar los peligros a que los exponéis, habéis hecho tan bien la cuenta que, un día, la viruela se llevará todos los años regularmente la décima parte de esa especie, y la hermana de esa viruela [6] envenenará la fuente de la vida en las nueve partes restantes; y, por si no fuera suficiente, habéis dispuesto las cosas de tal modo que la mitad de los supervivientes se dedicará a pleitear, y la otra mitad a matarse; ellos, sin duda, os quedarán muy agradecidos, y vos habréis hecho una obra maestra».

 

Demogorgón se puso colorado; se daba perfecta cuenta de que en su asunto había mal moral y mal físico; pero sostenía que había mucho más bien que mal. «Criticar es muy fácil, dijo; pero ¿creéis que es fácil hacer un animal que siempre sea razonable, que sea libre y que nunca abuse de su libertad? ¿Creéis que, cuando uno tiene nueve o diez mil plantas para que echen renuevos, resulta fácil impedir que algunas de esas plantas no tengan cualidades nocivas? ¿Imagináis que, con cierta cantidad de agua, de arena, de fango y de fuego, se puede tener mar y desierto? Acaba usted, señor burlón, de disponer el planeta de Marte; ahora veremos cómo os las habéis arreglado con vuestras dos grandes franjas, y qué hermoso efecto será el de vuestras noches sin luna; ahora veremos si no hay en vuestras gentes ni locura ni enfermedad [7]».

 

En efecto, los genios examinaron Marte y arremetieron duramente contra el burlón. Tampoco fue tratado con indulgencia el grave genio que había amasado Saturno; sus colegas, los fabricantes de Júpiter, de Mercurio y de Venus, también hubieron de soportar reproches.

 

Se escribieron gruesos volúmenes y folletos; se dijeron frases ingeniosas; se hicieron canciones; se cometieron ridiculeces; las opiniones se agriaron; por fin el eterno Demiurgo impuso silencio a todos: «Habéis hecho cosas buenas y cosas malas, les dijo, porque tenéis mucha inteligencia y porque sois imperfectos; vuestras obras solo durarán varios centenares de millones de años; luego, como estaréis más instruidos, lo haréis mejor: solo yo puedo hacer cosas perfectas e inmortales».

 

Esto es lo que Platón enseñaba a sus discípulos. Cuando hubo terminado de hablar, uno de ellos le dijo: «Y luego os despertasteis».

 

 

 

Notas

[1] Sueño de Platón / Songe de Platon. Publicado en 1756 antes de formar parte de los tomos de Romans de la edición de Kehl, el apólogo, más que cuento, Sueño de Platón, fue escrito en el período de Cirey, entre 1737-1738; junto a Mme. de Châtelet, Voltaire ha ido abriéndose a la ciencia gracias a sus contactos con Inglaterra y ampliando, si no reorientando, su mundo intelectual. Newton y Locke se convierten en guías de su reflexión, y el experimentalismo del primero es el arma de conocimiento que emplea. Sueño de Platón se inscribe en la lectura que Voltaire hace del filósofo griego esos años, mientras toma notas científicas para preparar los Elementos de la filosofía de Newton y prepara la publicación de El siglo de Luis XIV(1739). Son los absurdos, las tonterías de Platón lo que va anotando, ideas que incluso pueden llamarse rêveries, es decir, ensoñaciones, fantasías, sueños extravagantes. La metafísica platónica enfrentada al experimentalismo no podía por menos de mostrar «absurdos».

[2] Voltaire juega con el doble sentido del término rêver, que en la época va perdiendo su sentido de «aplicar seriamente la mente a razonar sobre alguna cosa, a encontrar algún medio, alguna invención; razonar». (Furetière).

[3] De su lectura del Fedón y del Timeo, Voltaire fue anotando estos absurdos en sus Carnets. Si los dos últimos pertenecen al Fedón (77 c, 99 c), el primero procede, aunque en transcripción no demasiado exacta, del Timeo (55 d), en cuya idea de un Dios eterno apoyado en diosecillos de segundo orden se basa para abordar el problema del mal físico y del mal moral del hombre en las circunstancias del planeta Tierra, cuerpo espacial bastante ridículo donde solo la presunción del hombre está a la altura de su desorden y de sus calamidades.

[4] Si parva licet componere magnis (Virgilio, Geórgicas, IV, 176).

[5] La definición del hombre como «animal sin alas, bípedo de uñas planas» pertenecía a la obra Definiciones (415 a), que en la época se atribuía falsamente a Platón.

[6] El texto francés juega con el término vérole, que significa «sífilis», y con petite vérole, que denomina a la «viruela».

[7] Voltaire mezcla mitos platónicos con el experimentalismo de las ideas de Newton, que había permitido el desarrollo de los trabajos de Kepler sobre el espacio, el cielo y los movimientos de los planetas. Marte no posee «dos grandes franjas», sino dos satélites muy pequeños.

 

 

 

en Cuentos completos en prosa y verso, 2015





















martes, mayo 30, 2023

“Para Felisberto Hernández”, de Julio Cortázar





Felisberto, tú sabes (no escribiré «tú sabías»; a los dos nos gustó siempre transgredir los tiempos verbales, justa manera de poner en crisis ese otro tiempo que nos hostiga con calendarios y relojes), tú sabes que los prólogos a las ediciones de obras completas o antológicas visten casi siempre el traje negro y la corbata de las disertaciones magistrales, y eso nos gusta poquísimo a los que preferimos leer cuentos o contar historias o caminar por la ciudad entre dos tragos de vino. Descuento que esta edición de tus obras contará con los aportes críticos necesarios; por mi parte prefiero decirles a quienes entren por estas páginas lo que Antón Webern le decía a un discípulo: «Cuando tenga que dar una conferencia, no diga nada teórico, sino más bien que ama la música». Aquí para empezar no habrá ni sospecha de conferencia, pero a vos te divertirá el buen consejo de Webern por la doble razón de la palabra y la música, y sobre todo te gustará que sea un músico el que nos abra la puerta para ir a jugar un rato a nuestra manera rioplatense.

 

Esto de abrir la puerta no es un mero recuerdo infantil. En estos días en que andaba dándole la vuelta a la máquina de escribir como un perrito necesitado de árbol, encontré cosas tuyas y sobre vos que no conocía en los remotos tiempos en que por primera vez leí tus libros y escribí páginas que tanto te buscaban en el terreno de la admiración y del afecto. Y te imaginarás mi sorpresa (mezclada con algo que se parece al miedo y a la nostalgia frente a lo que nos separa) cuando llegué a un epistolario recogido por Norah Giraldi, en el que aparecen las cartas que le escribiste a tu amigo Lorenzo Destoc mientras hacías una gira musical por la provincia de Buenos Aires. Como si nada, sin el menor respeto hacia un amigo como yo, fechas una carta en la ciudad de Chivilcoy, el 26 de diciembre de 1939. Así, tranquilamente, como hubieras podido fecharía en cualquier otro lado, sin demostrar la menor preocupación por el hecho de que en ese año yo vivía en Chivilcoy, sin inquietarte por la sacudida que me darías treinta y ocho años más tarde en un departamento de la calle Saint-Honoré, donde estoy escribiéndote al filo de la medianoche.

 

No es broma, Felisberto. Yo vivía entonces en Chivilcoy, era un joven profesor en la escuela normal, vegeté allí desde el 39 hasta el 44 y podríamos habernos encontrado y conocido. De haber estado a fines de ese diciembre no hubiera faltado al concierto del Terceto Felisberto Hernández, como no faltaba a ningún concierto en esa aplastada ciudad pampeana por la simple razón de que casi nunca había concierto, casi nunca pasaba nada, casi nunca se podía sentir que la vida era algo más que enseñar instrucción cívica a los adolescentes o escribir interminablemente en un cuarto de la Pensión Varzilio. Pero habían empezado las vacaciones de verano y yo aprovechaba para volver a Buenos Aires donde me esperaban mis amigos, los cafés del centro, amores desdichados y el último número de Sur. Vos tocaste con tu terceto en eso que llamas a secas «el club» y que conocí muy bien, el Club Social de Chivilcoy detrás de cuyo amable nombre se escondían las salas donde el cacique político, sus amigos, los estancieros y los nuevos ricos se trenzaban en el póquer y el billar. Cuando en tu carta le decís a Destoc que la discusión para que te aceptaran y te pagaran el concierto se libró junto a una mesa de billar, no me enseñas nada nuevo porque en ese club todas las cosas se libraban así. Muy de cuando en cuando, a regañadientes, pero obligados a cuidar la fachada de las «actividades culturales», los dirigentes accedían a un concierto o a una velada presuntamente artística, que pagaban mal y sin ganas y que escuchaban apoyándose entredormidos en el hombro de sus nobles esposas.

 

Si te hablara de algunas cosas que vi y escuché en esos tiempos no te sorprenderían demasiado y en todo caso te divertirían, vos que les contabas tantos cuentos a tus amigos como un preludio para aflojar los dedos antes de refugiarte en tu cuarto de hotel y escribir tus cuentos, justamente esos que hubiera sido imposible contar sin destruir su razón más profunda. En esos mismos salones donde tocaste con tu terceto yo escuché, entre otras abominaciones, a un señor que primero contempló al público con aire cadavérico (probablemente tenía hambre) y luego exigió silencio absoluto y concentración estética, pues se disponía a interpretar la... sinfonía inconclusa de Schubert. Yo me estaba frotando todavía los oídos cuando arrancó con un vulgar popurrí en el que se mezclaban el Ave María, la Serenata, y creo que un tema de Rosamunda; entonces me acordé de que en los cines andaban pasando una película sobre la vida del pobre Franz que se llamaba precisamente La sinfonía inconclusa, y que este desgraciado no hacía más que reproducir la música que había escuchado en ella. Inútil decirte que en el selecto público no hubo nadie a quien se le ocurriera pensar que una sinfonía no ha sido escrita para el piano.

 

En fin, Felisberto, ¿vos te das cuenta, te das realmente cuenta de que estuvimos tan cerca, que a tan pocos días de diferencia yo hubiera estado ahí y te hubiera escuchado? Por lo menos escuchado, a vos y al «mandolión» y al tercer músico, aunque no supiera nada de vos como escritor porque eso habría de suceder mucho después, en el cuarenta y siete, cuando Nadie encendía las lámparas. Y sin embargo creo que nos hubiéramos reconocido en ese club donde todo nos habría proyectado el uno hacia el otro, yo te habría invitado a mi piecita para darte cana y mostrarte libros y quizá, vaya a saber, alguno de esos cuentos que escribía por entonces y que nunca publiqué. En todo caso hubiéramos hablado de música y escuchado los discos que yo pasaba en una victrola más que rasposa, pero de donde salían, cosa inaudita en Chivilcoy, cuartetos de Mozart, pailitas de Bach y también, claro, Gardel y Jelly Roll Morton y Bing Crosby. Sé que nos hubiéramos hecho amigos, y anda a imaginar lo que habría salido de ese encuentro, cómo habría incidido en nuestro futuro después de conocernos en Chivilcoy; pero claro, justamente entonces yo tenía que irme a Buenos Aires y a vos se te ocurría elegir ese hueco para dar tu concierto. Fíjate que las órbitas no solamente se rozaron ahí, sino que siguieron muy cerca durante una punta de meses. Por tus cartas sé ahora que en junio del 40 estabas en Pehuajó, en julio llegaste a Bolívar, de donde yo había emigrado el año anterior después de enseñar geografía en el colegio nacional, horresco referens. Andabas dando tumbos musicales por mi zona, Bragado, General Villegas, Las Flores, Tres Arroyos, pero no volviste a Chivilcoy, la batalla junto a la mesa de billar había sido demasiado para vos. Todo eso asoma ahora en tus cartas como de un extraño portulano perdido, y también que en Bolívar paraste en el hotel La Vizcaína, donde yo había vivido dos años antes de mi pase a Chivilcoy, y no puedo dejar de pensar que a lo mejor te dieron la misma pieza flaca y fría en el piso alto, allí donde yo había leído a Rimbaud y a Keats para no morirme demasiado de tristeza provinciana. Y el nuevo propietario, que se llamaba Musella, te acompañó sin duda hasta tu pieza, frotándose las manos con un gesto entre monacal y servil que bien le conocí, y en el comedor te atendió el mozo Cesteros, un gallego maravilloso siempre dispuesto a escuchar los pedidos más complicados y traer después cualquier cosa con una naturalidad desarmante. Ah, Felisberto, qué cerca anduvimos en esos años, qué poco faltó para que un zaguán de hotel, una esquina con palomas o un billar de club social nos vieran darnos la mano y emprender esa primera conversación de la que hubiera salido, te imaginas, una amistad para la vida.

 

Porque fíjate en esto que mucha gente no comprende o no quiere comprender ahora que se habla tanto de la escritura como única fuente válida de la crítica literaria y de la literatura misma. Es cierto que a mí no me hizo falta encontrarte en Chivilcoy para que años más tarde me deslumbraras en Buenos Aires con El acomodador y Menos Julia y tantos otros cuentos; es cierto que si hubieras sido un millonario guatemalteco o un coronel birmano tus relatos me hubieran parecido igualmente admirables. Pero me pregunto si muchos de los que en aquel entonces (y en este, todavía) te ignoraron o te perdonaron la vida, no eran gentes incapaces de comprender por qué escribías lo que escribías y sobre todo por qué lo escribías así, con el sordo y persistente pedal de la primera persona, de la rememoración obstinada de tantas lúgubres andanzas por pueblos y caminos, de tantos hoteles fríos y descascarados, de salas con públicos ausentes, de billares y clubes sociales y deudas permanentes. Ya sé que para admirarte basta leer tus textos, pero si además se los ha vivido paralelamente, si además se ha conocido la vida de provincia, la miseria del fin de mes, el olor de las pensiones, el nivel de los diálogos, la tristeza de las vueltas a la plaza al atardecer, entonces se te conoce y se te admira de otra manera, se te vive y convive y de golpe es tan natural que hayas estado en mi hotel, que el gallego Cesteros te haya traído las papas fritas, que los socios del club te hayan discutido unas pocas monedas entre dos golpes de billar. Ya casi no me asombra lo que tanto me asombró al leer tus cartas de ese tiempo, ya me parece elemental que anduviéramos tan cerca. No solamente en ese momento y esos lugares; cerca por dentro y por paralelismos de vida, de los cuales el momentáneo acercamiento físico no fue más que una sigilosa avanzada, una manera de que, a tantos años de una mesa de billar, a tantos años de tu muerte, yo recibiera fuera del tiempo el signo final de la hermandad en esta helada medianoche de París.

 

Porque además también viviste aquí, en el barrio latino, y como a mí te maravilló el metro y que las parejas jóvenes se besaran en la calle y que el pan fuera tan rico. Tus cartas me devuelven a mis primeros años de París, tan poco tiempo después que vos; también yo escribí cartas afligidas por la falta de dinero, también yo esperé la llegada de esos cajoncitos en los que la familia nos mandaba yerba y café y latas de carne y de leche condensada, también yo despaché mis cartas por barco porque el correo aéreo costaba demasiado. Otra vez las órbitas tangenciales, el roce sigiloso sin que nos diéramos cuenta; pero qué querés, a mí me tocaría encontrarte en tus libros y a vos no encontrarme en nada; en ese territorio en que habitamos eso no tuvo ni tiene importancia, como no la tiene el que ahora yo no lleve esta carta al correo. De cosas así vos sabías mucho, bien que lo mostrás en Las manos equivocadas y en tantos otros momentos de tus relatos que al fin y al cabo son cartas a un pasado o a un futuro en los que poco a poco van apareciendo los destinatarios que tanto te faltaron en la vida.

 

Y hablando de faltas, si por un lado me duele que no nos hayamos conocido, más me duele que no encontraras nunca a Macedonio y a José Lezama Lima, porque los dos hubieran respondido a ese signo paralelo que nos une por encima de cualquier cosa, Macedonio capaz de aprehender tu búsqueda de un yo que nunca aceptaste asimilar a tu pensamiento o a tu cuerpo, que buscaste desesperadamente y que el Diario del sinvergüenza acorrala y hostiga, y Lezama Lima entrando en la materia de la realidad con esas jabalinas de poesía que descosifican las cosas para hacerlas acceder a un terreno donde lo mental y lo sensual cesan de ser siniestros mediadores. Siempre sentí y siempre dije que en Lezama y en vos (y por qué no en Macedonio, y qué hermoso saberlos a todos latinoamericanos) estaban los eleatas de nuestro tiempo, los presocráticos que nada aceptan de las categorías lógicas, porque la realidad no tiene nada de lógica, Felisberto, nadie lo supo mejor que vos a la hora de Menos Irene y de La casa inundada.

 

Bueno, se me acaba el papel y ya sabemos que el franqueo es caro, por lo menos el que paga el lector con su atención. Acaso hubiera sido preferible callar cosas que siempre supiste mejor que los demás, pero confiesa que la historia de la sinfonía inconclusa te hizo reír, y que seguro te gustó saber que habíamos estado tan cerca allá en las pampas criollas. Esta carta te la debía, aunque no sea ni de lejos las que te escriben otros más capaces. A mí me pasó lo que vos mismo dijiste tan bien: «Yo he deseado no mover más los recuerdos y he preferido que ellos durmieran, pero ellos han soñado». Ahora llega el otro sueño, el de las dos de la mañana. Déjame que me despida con palabras que no son mías pero que me hubiera gustado tanto escribirte. Te las escribió Paulina también de madrugada, como un resumen de lo que había encontrado en vos: Las más sutiles relaciones de las cosas, la dama sin ojos de los más antiguos elementos; el fuego y el humo inaprensibles; la alta cúpula de la nube y el mensaje del azar en una simple hierba; todo lo maravilloso y oscuro del mundo estaba en ti.

 

Te querrá siempre

Julio Cortázar

 

 

 

Prólogo a Novelas y cuentos [de Felisberto Hernández], 1985





















lunes, mayo 29, 2023

Presentación de: "Trilce" (César Vallejo), "Costa Sur" (Magda Portal), "La Tortuga ecuestre" (César Moro), "5 Metros de Poemas" (Carlos Oquendo de Amat), "El Huso de la Palabra" y "Cosas del Cuerpo" (José Watanabe)





Presentación
 
Trilce, de César Vallejo

Costa Sur, de Magda Portal

La Tortuga ecuestre, de César Moro

5 Metros de Poemas, de Carlos Oquendo de Amat

El Huso de la Palabra
y
Cosas del Cuerpo
de José Watanabe


Lecturas de Macarena Urzúa,
Ezio Neyra y Jessica Pujol


Lunes 29 de mayo a las 18:30 horas
en la Embajada de Perú

Avda. Andrés Bello 1751, Providencia,
Santiago de Chile


















domingo, mayo 28, 2023

“Poema de la mañana”, de Manuel Rojas





Despierto tendido sobre la cubierta del día que zarpa

entre los gritos esbeltos de las sirenas de las fábricas.

Esta es la mañana con sus canastos de frutas

y sus carretones panaderos.

Golpeo sus lisas tablas con mis pies que aún persisten

semidesnudo canto, en el aire mi cabeza mojada.

Abiertos los brazos te siento, corazón viejo amigo,

a quien todos los días se estrecha la mano con ternura;

estás ahí dispuesto a partir hacia donde sea

llevando un rostro de mujer en tu latido exacto.

 

Tú dormirás aún con el rostro vuelto hacia mi recuerdo

y tu sonrisa distante sostiene mi remo en la mañana.

 

¡Eh, marinero,

estamos listos otra vez, suelta las amarras!

 

 

 

en Poesía chilena (Antología), 1931





















sábado, mayo 27, 2023

«Viento y agua», de Mao Yin

Versión de Juan Carlos Villavicencio




un viento constante agita a la luna de otoño
en una laguna estancada, por el manantial de cristal
cada lugar ahora es purificado… tal como todo es.
¿por qué, entonces, el karma todavía nos enrosca y ata?





c. 376-380




















viernes, mayo 26, 2023

«El doble», de Carmen Bruna




 
Yo soy la persona y soy la imagen
soy mi doble en los espejos
mi doble silencioso.
Los espejos son antiguos, los corroe el moho
con manantiales de sombra verde en la penumbra.

Estoy aquí en mi lecho, yo, la persona y la máscara. 
Estoy en una calle de los suburbios
atisbando a mi amado
que vive allí con otra mujer
a la que cubre de jazmines.
Veo la casa antigua, una casa de Brujas,
con su jardín, sus enebros, sus enredaderas de rosas silvestres, 
sus madreselvas
y esa carga de polen dorado que me pertenece.
Veo a mi amante en la «Fuente que sacia la sed».
Pero mi amante vive hoy con mi enemiga
en esa vieja casa de Brujas
que está detrás de los espejos.
Yo sigo prisionera en el azogue,
yo deambulo por las calles con mi antifaz de reina mandosiana. 
Llevo una cesta con frutos de amapola
hierbas del diablo, hongos alucinógenos
y frascos de aguardiente de cerezas.
          Sé que maté a una mujer.
          Esa mujer se parecía a mí.
          Cada día que pasa se parece más a mí.

Sé que maté a la odiada criatura
por celos y por resentimiento.
Pero ella se apoderó de mi cuerpo y de mi cara 
y, hoy, nos parecemos tanto
que, en los espejos, somos una sola persona. 
Nos hemos quitado las máscaras
nos hemos abrazado con pasión y con odio, 
clavándonos las uñas como gatas en celo.
Nos hemos vestido de negro.
Nos hemos poseído con furor y ternura.
Nos hemos asperjado con violetas fragantes.

Cuando te descuidaste te apuñalé con saña
y todas tus heridas
también fueron heridas para mi cuerpo.
Te clavé muchas veces mi cuchillo morisco.
Hoy agonizamos, mezcladas nuestras sangres,
en un solo charco rojizo,
mezcladas nuestras lágrimas de sal con las actinias del océano. 
Porque así fue como nos buscamos
para llorar junto al espejo doble
que empaña el verdín húmedo
para libramos del amante común.
Y así vamos a morir
en el claro de un bosque a medianoche
que nadie encontrará jamás.

Algún día se hablará de nuestros esqueletos abrazados 
se tejerán leyendas
se verán luces en los acantilados.

Pero nadie conocerá el fuego abrasador 
que consumió, en un incendio feroz 
nuestras dos almas
gemelas y enemigas.




en Melusina o la búsqueda del amor extraviado, 1993

















Contribución indirecta a DscnTxt de Jotaele Andrade


























jueves, mayo 25, 2023

«Eco», de Christina Rossetti

Traducción de Juan Carlos Villavicencio





Ven a mí en el silencio de la noche;
Ven en el silencio parlante de un sueño;
Ven con suaves mejillas redondas y ojos tan brillantes
Como la luz del sol en un arroyo;
Vuelve llorando,
Oh recuerdo, esperanza, amor de años concluidos.
Oh sueño, cuán dulce, muy dulce, tan amargo y dulce,
Cuyo despertar debería haber sido en el Paraíso,
Donde residen y se encuentran las almas desbordantes de amor;
Donde los nostálgicos ojos sedientos
Miran el lento movimiento de la puerta
Al abrirse, dejando entrar, pero que ya no permite salir.
Igual ven a mí en sueños, para que pueda vivir
Otra vez mi propia vida aunque sea fría como la muerte:
Vuelve a mí en sueños, para que pueda darte
Pulso por pulso, respiro por respiro:
Habla despacio, reclínate en mí,
Como hace tanto, amor mío, demasiado tiempo ya.




c. 1848










Echo

Come to me in the silence of the night; / Come in the speaking silence of a dream; / Come with soft rounded cheeks and eyes as bright / As sunlight on a stream; / Come back in tears, / O memory, hope, love of finished years. / O dream how sweet, too sweet, too bitter sweet, / Whose wakening should have been in Paradise, / Where souls brimful of love abide and meet; / Where thirsting longing eyes / Watch the slow door / That opening, letting in, lets out no more. / Yet come to me in dreams, that I may live / My very life again though cold in death: / Come back to me in dreams, that I may give / Pulse for pulse, breath for breath: / Speak low, lean low, / As long ago, my love, how long ago.









miércoles, mayo 24, 2023

«Réquiem por el mundo en el que Joyce murió», de Thomas Merton

Traducción de Carlos Almonte y Juan Carlos Villavicencio



 
Ahora desenreda las raíces de los incansables robles 
Y desata las anudadas ramas de la tierra:
Cautiva los reinos del sol que todo lo engendra
Y busca entre sus ruinas el parto de un demonio.

Rescata a los usureros del mar viviente:
Su amor muerto corre como la vida, por un alambre de cobre. 
Su miedo atrae el metálico fuego del polo
Para marchitar la cosecha de nuestro año más hermoso.

Los doctores en su ciudad desinfectada
Consideran el curso de sus brillantes horóscopos,
Sin oír el trabajo de los gusanos rojos al devorarlos 
Enroscados en un diente aún clavado en la mandíbula.

No soportes droga alguna ni descuides su ojo imbécil 
Que recibe, mudo en oración, la espada ascética 
Enviada para apuñalar y cegar a ese voluntario:
¡Un orgulloso espía en el maldito reino de los muertos!




en Poemas del Inicio, Descontexto Editores, 2022











Dirge for the World Joyce died in

Now ravel up the roots of workman oak trees / And rack apart the knotted limbs of earth: / Ravish the kingdoms of the breeding sun / And scan their ruins for a devil’s birth. // Rescue the usurers from the living sea: / Their dead love runs like life, in copper wire. / Their nervousness draws polar fire of metal / To blast the harvest of our prettiest year. // The doctors in their disinfected city / Count the course their shining zodiacs go, / Nor listen to the worms red work devour them / Curled where some tooth is planted in the jaw. // Suffer no drug to slack his eyestring / Receiving, dumb to prayer, the ascetic blade / Sent to stab out and blind that volunteer: / Proud spy in the cursing kingdom of the dead!





Pueden comprar el libro escribiendo 
o en cualquier librería en la que distribuye BigSur














martes, mayo 23, 2023

«Tributo al Carpe Diem», de Erick Pohlhammer




(1955-2023)
 

No tengo idea si estaré aún
En este hermoso planeta mañana
En esta Gaia Madre Pachamama Tierra maravillosa.
He tenido el máximo privilegio
De estar sobre su faz ya 60 años
Si Dios me concediera 90
Le pediría de yapa 120
Para alargar la fiesta al máximo posible.
Con todas sus muertes y agonías cotidianas
Pese a la corrupción de la mala clase política
A la plaga emocional y a la peste
De la pasta base la ambición
Desenfrenada de enloquecidos empresarios
Y mis propios rollos personales pasajeros
Tengo un canto de gratitud a flor de labio en el volcán de mi corazón  
            que no tiene límites, en el Espacio ni el Tiempo.
No tengo idea si estaré aquí aún
En la joya de este planeta Tierra mañana domingo
Por eso descanso ahora en el remanso del aliento sutil
Tomo cada instante como un siglo
Cada inhalación es un bálsamo
Cada exhalación un alivio consciente
Y si hace falta alargo el día al son de una buena cerveza helada
Como me enseñara en Quillota una tarde larga Jorge Tellier
[que está en el Paraíso
Bueno y si llegara a expirar hoy día
Me voy agradecido adonde tenga que irme
La evolución incesante es la ley básica del universo
Esto se pone cada vez mejor
Nada garantiza que esté vivo el próximo jueves
Por eso tomo cada día como el primero y último
Llevo viviendo así 60 años.
Ahora voy a ir a meterme al mar para renacer
Y estar preparado para esta noche para jugar taca taca
Bajo el farol de la esplendente luna gloriosa.



















lunes, mayo 22, 2023

«El recado», de Elena Poniatowska





Vine Martín, y no estás. Me he sentado en el peldaño de tu casa, recargada en tu puerta y pienso que en algún lugar de la ciudad, por una onda que cruza el aire, debes intuir que aquí estoy. Es este tu pedacito de jardín; tu mimosa se inclina hacia afuera y los niños al pasar le arrancan las ramas más accesibles… En la tierra, sembradas alrededor del muro, muy rectilíneas y serias veo unas flores que tienen hojas como espadas. Son azul marino, parecen soldados. Son muy graves, muy honestas. Tú también eres un soldado. Marchas por la vida, uno, dos, uno, dos… Todo tu jardín es sólido, es como tú, tiene una reciedumbre que inspira confianza.

Aquí estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra el muro de tu espalda. El sol da también contra el vidrio de tus ventanas y poco a poco se debilita porque ya es tarde. El cielo enrojecido ha calentado tu madreselva y su olor se vuelve aún más penetrante. Es el atardecer. El día va a decaer. Tu vecina pasa. No sé si me habrá visto. Va a regar su pedazo de jardín. Recuerdo que ella te trae una sopa cuando estás enfermo y que su hija te pone inyecciones… Pienso en ti muy despacio, com si te dibujara dentro de mí y quedaras allí grabado. Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana y siempre en una cadena ininterrumpida de días; que podré mirarte lentamente aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente.

Estoy inclinada ante una hoja de papel y te escribo todo esto y pienso que ahora, en alguna cuadra donde camines apresurado, decidido como sueles hacerlo, en alguna de esas calles por donde te imagino siempre: Donceles y Cinco de Febrero o Venustiano Carranza, en alguna de esas banquetas grises y monocordes rotas sólo por el remolino de gente que va a tomar el camión, has de saber dentro de ti que te espero. Vine nada más a decirte que te quiero y como no estás te lo escribo. Ya casi no puedo escribir porque ya se fue el sol y no sé bien a bien lo que te pongo. Afuera pasan más niños, corriendo. Y una señora con una olla advierte irritada: «No me sacudas la mano porque voy a tirar la leche…» Y dejo este lápiz, Martín, y dejo la hoja rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a lo largo de mi cuerpo y te espero. Pienso que te hubiera querido abrazar. A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo con el amor.

Ladra un perro; ladra agresivamente. Creo que es hora de irme. Dentro de poco vendrá la vecina a prender la luz de tu casa; ella tiene llave y encenderá el foco de la recámara que da hacia afuera porque en esta colonia asaltan mucho, roban mucho. A los pobres les roban mucho; los pobres se roban entre sí… Sabes, desde mi infancia me he sentado así a esperar, siempre fui dócil, porque te esperaba. Sé que todas las mujeres aguardan. Aguardan la vida futura, todas esas imágenes forjadas en la soledad, todo ese bosque que camina hacia ellas; toda esa inmensa promesa que es el hombre; una granada que de pronto se abre y muestra sus granos rojos, lustrosos; una granada como una boca pulposa de mil gajos. Más tarde esas horas vividas en la imaginación, hechas horas reales, tendrán que cobrar peso y tamaño y crudeza. Todos estamos –oh mi amor– tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos.

Ha caído la noche y ya y casi no veo lo que estoy borroneando en la hoja rayada. Ya no percibo las letras. Allí donde no le entiendas en los espacios blancos, en los huecos, pon: «Te quiero…» No sé si voy a echar esta hoja debajo de la puerta, no sé. Me has dado un tal respeto de ti mismo… Quizá ahora que me vaya, sólo pase a pedirle a la vecina que te dé el recado: que te diga que vine.




en De noche vienes, 1979