viernes, octubre 23, 2026

«Noches blancas», de Fiódor Dostoievski

Inicio / Versión de Juan Carlos Villavicencio



 
Noche primera


Era una noche de cuentos, amigo lector, una de esas noches que quizás sólo pueden darse durante nuestra juventud. El cielo estaba tan lleno de estrellas, tan despejado, que al levantar uno la vista, no cabía –incluso sin proponérselo– sino preguntarse: «¿Es posible que bajo un cielo como este puedan vivir todo tipo de gente malvada y caprichosa?». Esta es también una pregunta muy propia de la juventud, amigo lector; Dios quiera que se la haga usted muy a menudo. A propósito de hombres malvados y por varios motivos caprichosa, no pude dejar de pensar en mi buena conducta durante todo el día. Desde la mañana, me sentí carcomido por una inquietud sorprendente. Me pareció de pronto que a mí, hombre solitario, me abandonaba todo el mundo; sí todos me daban la espalda. Claro, en este punto, cualquiera tiene derecho a preguntar: ¿quiénes son esos «todos»? Porque llevo ya ocho años viviendo en San Petersburgo y no he logrado entablar prácticamente ninguna relación. ¿Pero qué me importa a mí relacionarme con alguien? Porque sin tener alguna, ya conozco todo San Petersburgo: por eso tuve la impresión de que todos me abandonaban, cuando Petersburgo se levantó como un solo hombre, para dirigirse de repente a sus casas de campo. Me invadió el espanto de quedarme solo, por lo que vagué tres días por la ciudad sumido en una profunda perturbación, sin comprender nada de lo que me ocurría. Fui a la avenida Nevski, fui al Jardín, me paseé por los muelles; no encontré ni uno solo de los rostros que solía encontrar siempre en el mismo lugar y a la misma hora, todo el año. Ellos no me conocen a mí, claro está, pero yo sí a ellos. Los conozco de cerca, casi me he aprendido sus expresiones; los contemplo cuando los veo alegres y me entristezco cuando se consternan. Casi me he convertido en amigo de un viejito con quien me encontraba todos los días, a una hora precisa, en la Fontanka. Tiene una expresión muy seria, meditativa; siempre caminaba murmurando entre dientes y agitando el brazo izquierdo, mientras blandía un largo bastón nudoso con empuñadura de oro. Incluso él también se percató de mí, y creo que nuestras almas coinciden. Estoy convencido de que se pondría triste si por ventura yo no pasara a esa hora precisa por ese lugar de la Fontanka. Por eso, de vez en cuando, nos saludamos con un gesto de cabeza, sobre todo cuando estamos de buen humor. No hace mucho, tras dos días sin vernos nos reencontramos, y casi nos llevamos la mano a nuestros sombreros, pero afortunadamente reaccionamos a tiempo, hemos bajado el brazo y nos hemos cruzado haciendo un gesto de mutua comprensión. Conozco incluso las casas. Cuando voy por la calle, cada una parece salir a mi encuentro, me miran con todas sus ventanas y casi me dicen: «Buenos días, señor; ¿cómo está usted? Yo también, gracias a Dios, voy bien, salvo que en mayo me añaden un piso». O bien: «¿Cómo está su salud? A mí, mañana, me harán reparaciones». O también: «Por poco me quemo; qué buen susto me llevé». Y así cosas por el estilo. Entre ellas tengo mis preferidas, mis amigas íntimas; una de ellas tiene intención de someterse a un tratamiento este verano con un arquitecto. Iré a verla expresamente cada día para que la cura no resulte peor que la enfermedad, ¡Dios nos libre! Nunca olvidaré la historia de esta casa tan pequeña y preciosa de color rosa claro. Era una casa bonita, de piedra; con tanta amabilidad y contemplaba con tanto orgullo a sus vecinas, tan desgarbadas, que mi corazón se llenaba de alegría cuando pasaba frente a ella. De repente, la semana pasada, cuando bajé por esa calle y miré a mi amiga, oí un grito de desesperación: «¡Me van a pintar de amarillo!». ¡Monstruos! ¡Bárbaros! No tuvieron piedad de nada, ni siquiera de las columnas o las cornisas; y dejaron a mi amiga toda amarilla, amarilla como un canario. En ese instante, casi me dio un ataque de ictericia por lo que, hasta ahora, no he tenido fuerzas para ir a ver a mi pobre amiga desdichada, teñida del color nacional del Imperio del Medio.

Así comprenderá usted, lector, de qué manera conozco toda la ciudad de San Petersburgo.

Ya he dicho que durante tres días enteros una inquietud me tuvo atormentado hasta que por fin averigüé su causa. Sentía un malestar en la calle («aquel no está, este tampoco; ¿adónde habrá ido aquel otro?»), e incluso me sentía extraño en mi propia casa, como fuera de lugar. Durante dos días hice el esfuerzo por comprender: ¿qué echo de menos en mi rincón? ¿Por qué me costaba tanto permanecer ahí? Miraba perplejo las paredes verdes cubiertas de hollín, cubierto el techo de telarañas que con gran éxito cultivaba Matryona; volvía a revisar todos mis muebles, a inspeccionar cada silla, pensando si no estaría ahí la clave de mi malestar (porque basta que se mueva una sola de mis sillas, para que las cosas dejan de tener sentido); miraba por la ventana, pero todo era en vano: no tuve alivio. Decidí incluso llamar a Matryona y reprenderla paternalmente por las telarañas y, en general, por la falta de limpieza; pero ella se limitó a mirarme con aire de sorpresa y me dio la espalda sin decir palabra, de modo que las telarañas siguen reinando tranquilamente en su sitio. Por fin esta mañana logre averiguar lo que estaba pasando. Pues nada; todos me abandonan, todos se marchan al campo. Pido perdón esta expresión vulgar, pero es que tengo preocupaciones más importantes que cuidar el estilo… porque, así como suena, todo San Petersburgo ya se había marchado al campo. Resulta que todos aquellos caballeros de aspecto serio, al detener un coche ante mis propios ojos, se convertía al instante en un buen padre de familia que, después de cumplidas sus obligaciones laborales, se dirigía —sin más preámbulos— al seno de su hogar, a su dacha; resulta que cada transeúnte mostraba ahora un aire particular, un aire que casi le decía a todo congénere con quien se cruzaba: «Sólo estamos aquí de paso, señores; nos vamos dentro de un par de horas al campo». Se abrió una ventana en la que unos deditos delgados y blancos como el azúcar tamborileaban, y apareció la cabeza de una linda muchacha, que llamaba al vendedor ambulante de flores, al punto que, inmediatamente, me pareció que estas flores no las compraban para disfrutar de ellas y de la primavera en el aire cargado de una habitación de la ciudad, sino porque todos se iban pronto y querían llevarse las flores en el equipaje al campo. Además, ya había adquirido tal destreza en este nuevo y personal tipo de descubrimientos que podía saber, sin riesgo de equivocarme, guiado sólo por el aspecto físico, quién se estaba instalando en qué dacha. Los habitantes de las islas Kamenny y Aptekarski o los del camino de Peterhoff se distinguían por la estudiada elegancia de sus modales, sus vestimentas de verano a la última moda y los espléndidos carruajes en que venían a la ciudad. Los habitantes de Pargolov, y los de aún más lejos, «impresionados» desde el primer momento por su comportamiento y su dignidad; los de la isla Krestovski destacaban por su continente invariablemente alegre. Tuve la suerte de tropezar a veces con una larga procesión de coches, con sus conductores avanzando con las riendas en la mano muy perezosamente al lado de sus ocupantes, cargados con verdaderas montañas de muebles de todo tipo, mesas, sillas, divanes turcos y no turcos, y otras basuras domésticas que muy a menudo venían a coronar, como extra, sentada en la cumbre misma de la montaña, una cocinera flaca, que velaba por el bienestar de sus amos, así como por la niña de sus propios ojos. Veía pasar, cargadas hasta el tope de trastos familiares, las barcas que se deslizaban por el Neva o la Fontanka hasta el río Negro o hacia las islas; los carros y las barcas se multiplicaban por diez o por cien ante mis ojos; parecía que todo se había levantado, que todo se había puesto en movimiento, que todo se trasladaba al campo en caravanas, a las dachas; me parecía que Petersburgo amenazaba convertirse por completo en un desierto, hasta el punto de que terminé sintiéndome humillado, ofendido, triste. En realidad, no tenía ningún lugar en el campo ni ninguna razón para ir ahí, pero estaba dispuesto a irme con cualquier coche, con cualquier señor de aspecto respetable que contratara un cochero. Nadie, sin embargo, nadie me invitó. Era como si me hubieran olvidado, como si de verdad fuera un extraño para ellos.

Caminé mucho, durante tanto tiempo, hasta que —como me suele ocurrir— perdí la noción de dónde estaba, y cuando volví en mí me encontré de pronto a las puertas de la ciudad. De súbito, sentí que me inundaba la felicidad; crucé la cerca y me adentré por los sembradíos y las praderas sin parar, olvidando el cansancio y sintiendo, en todo mi ser, un peso se desprendía de mi alma. Los transeúntes me miraban con tanta benevolencia, que se diría que de verdad les faltaba poco para saludarme. No sé por qué estaban felices y todos —del primero al último— fumaban puros. Yo también estaba alegre, como nunca lo había estado en mi vida. Era como si, de repente, me hubiera trasladado a Italia, tal había sido el efecto de la naturaleza sobre un habitante de la ciudad, enfermizo y medio asfixiado entre los muros urbanos.

Hay algo indescriptiblemente conmovedor en nuestra naturaleza petersburguesa cuando, a principios de la primavera, despliega de pronto todo su poder—todas esas fuerzas que le otorga el cielo— se engalana y se tiñe con los mil colores de las flores. Es como si, sin pretenderlo, me recordara a aquella joven endeble y enfermiza a la que uno mira a veces con pesar, a veces con una especie de amor compasivo y, en ocasiones, en la que ni siquiera se repara; pero que, de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, como sin querer, se muestra hermosa —pero hermosa de una manera indescriptible, prodigiosa—, dejándonos atónitos y deslumbrados, y nos lleva a hacernos la pregunta, casi sin querer: ¿Qué fuerza hace brillar con tal fuego esos ojos meditativos y tristes? ¿Qué ha hecho que vuelva la sangre a esas mejillas pálidas y hundidas?, ¿Qué inunda de pasión los tiernos rasgos de ese rostro? ¿Por qué se agita así ese pecho? ¿Qué ha traído de repente vida, vigor y belleza al rostro de esta joven? ¿Qué la ha hecho resplandecer esa sonrisa, cobrar vida con esa risa deslumbrante que centellea? Miras a tu alrededor, buscas a alguien, sospechas algo. Pero el instante pasa y, tal vez ya mañana, vuelvas a encontrar esa misma mirada vaga y pensativa de antes, ese mismo rostro pálido, esa misma humildad y torpeza en los movimientos —incluso remordimiento—, los rastros de no se sabe qué angustia mortal, de irritación por haberse entregado a su pasión fugaz. Y tú lamentas que su belleza efímera se haya marchitado de manera tan rápida y sin retorno; que haya brillado ante ti de un modo tan vano, tan engañoso… lamentas ni siquiera haber tenido tiempo de amarla…

Y sin embargo mi noche fue más hermosa que el día. He aquí por qué:

Regresé a la ciudad muy tarde; ya daban las diez cuando llegué cerca de casa. Tuve que recorrer el muelle de un canal donde, a esas horas, no se encuentra ni un alma viviente, aunque verdad vivo en uno de los barrios más alejados de la ciudad. Iba cantando, porque cuando me siento feliz siempre tarareo algo entre dientes, como cualquier hombre feliz que no tiene amigos ni conocidos y que, en ese instante de alegría, no tiene con quien compartirla. De pronto, me sucedió la más inesperada de las aventuras.




1848














jueves, octubre 22, 2026

«Silente», de Mauricio Redolés



Premio Nacional de Poesía Jorge Teillier 2026

 

a lo mejor debajo de esta casa hay otra casa
a lo mejor arriba de esta casa hay otro círculo
a lo mejor los átomos de esta puerta tienen otra sombra
a lo mejor mi respiración es la aspiración de otro hombre
a lo mejor este poema está escrito no para tus ojos
a lo mejor debajo de mi piel hay otra lengua



en El estilo de mis matemáticas, 2017



















miércoles, octubre 21, 2026

«Serenade», de Roberto Reséndiz





Líquida permanece la semilla del recuerdo
gaviotas silenciosas
hogueras de San Martín
la agonía
el mortal abanico de los quince.

Su nombre
jamás oculta los sobresaltos de la arena
húmeda
desciende los veinticuatro escalones del infierno
las plegarias de su amante
recostado en el acuoso lecho de madera.

Serenade
usurpadora de un sueño inverosímil
abre los brazos 
para estar más indefensa
ante los minotauros de la cama
mueve el tronco
el cuello de serpentina blanca
los labios de adolescente invertebrada.

Después de todo
le quedan pocas noches al lado de la muerte
islas sin piedras de colores
estrellas de mar en la punta de la lengua 
un salmo para gritar 
el desamor
hasta quedarse ronca…



de Mujeres de luz, 2007


















martes, octubre 20, 2026

«paul celan», de María Malusardi

Tres fragmentos




como trizas de un parto se abre la almendra: caballos muertos serán niños sobre la tierra unificada ese modo de aplastarse unos a otros cabezas contra cabezas lo incierto retumba no indaga la pérdida no restaura miente la llaga es una zona de silencio donde tormentos obsesiones han caído paul celan: el agua de la madre espera allí donde el cuervo escribe su poema


·   ·   ·


el ardor de mis ojos deja entrever la renuncia del mundo paul celan pájaro descascarado amarillo no es ayer la salud azotada es hoy: brazos sin entierro denuncian: cómo nombrar el cuerpo que nos llega de a pedazos al poema


·   ·   ·


en la pupila rota del mar donde me buscan las especies que el lenguaje ha desdeñado hay una cárcel: me enseña las palabras su secreta celosía sus llaves idiomas envejecen sobre las almas surge entonces una escritura sin reposo donde comprendernos y estallar




en trilogía de la tristeza, Alción Editora, 2009









lunes, octubre 19, 2026

«La manada de Sanhattan», de Daniel Matamala




 
Por favor, ponga atención a este párrafo de Bloomberg, el medio económico especializado que destapó la olla de lo que llamó «el fiasco de los derivados» de las AFP.

Cuenta Bloomberg que hubo por meses «un llamamiento desesperado a los reguladores: se les instó a intervenir y a poner fin a este comportamiento imprudente».

¿Quiénes pedían intervenir? ¿Algunos estatistas escépticos de que «el mercado se regula solo»? No. Eran «los mismos ejecutivos de los fondos de pensiones que, en conversaciones privadas con los reguladores, suplicaban que se establecieran normas que les impidieran hacer precisamente lo que estaban haciendo: acumular derivados volátiles».

Así estaban los ejecutivos a cargo de los ahorros de toda la vida de millones de trabajadores chilenos. Como un grupo de adictos que, en un intervalo de lucidez, suplican que alejen de ellos la droga que no pueden dejar de consumir por su propia fuerza de voluntad.

Al menos desde 2024, todas las AFP estaban haciendo enormes apuestas sobre las tasas de interés estadounidenses, que al principio les permitieron ganar unos 1.400 millones de dólares.

Pero los ejecutivos sabían que ese subidón arriesgaba una resaca terrible si el mercado cambiaba y las tasas subían. Según Citigroup, los fondos estaban expuestos a oscilaciones de 131 millones de dólares por cada movimiento de un punto básico en los rendimientos, frente a 10,6 millones a principios de 2024.

O sea, el riesgo se había multiplicado por doce.

¿Por qué los ejecutivos no salían de una situación tan peligrosa? Los gerentes que hablaron con Bloomberg se escudan en lo que llaman «efecto manada»: «las operaciones de riesgo habían sido tan lucrativas que no podían actuar de forma unilateral sin renunciar a unos rendimientos que sus competidores seguirían obteniendo».

Nadie quería ser el loser que jugara sobre seguro mientras los demás seguían gozando el éxtasis de las ganancias.

No solo esta manada de Sanhattan sabía lo que ocurría. También lo sabían el Banco Central, el Consejo de Estabilidad Financiera, y la Superintendencia de AFP, todos los cuales alertaron múltiples veces a las AFP sobre la ruleta rusa que estaban jugando con la plata de los chilenos.

Nadie hizo nada.

Fue como una gran reunión en el puesto de mando del Titanic, en que por cerca de dos años todos vieron cómo se acercaban a máxima velocidad a un iceberg, todos le dijeron a otro que hiciera algo (el vigía al timonel, el timonel al capitán, el capitán al encargado de máquinas).

Y nadie hizo nada.

Porque, claro, estábamos a punto de chocar y hundirnos, pero, hasta justo antes del choque, ¡estamos batiendo el récord de velocidad del cruce del Atlántico!

Por cierto, las AFP invierten el dinero. Algunas inversiones resultan, otras no; lo importante es que en el largo plazo el balance de éxitos y fracasos entregue una rentabilidad razonable. Esa es la lógica de fondos como el A y el B.

Pero en el D y el E, no. El fondo D es aquel al que se destinan por defecto las personas a punto de jubilarse. El E es aún más conservador, para quienes eligen tener a total resguardo ese dinero.

Pues bien, perdieron 7.700 millones de dólares, y los más perjudicados fueron precisamente el Fondo E, que ha perdido 10,4% este año, incluida una caída del 4,9% solo en septiembre; y el D, que ha perdido 4,2%.

Lo mismo pasa con los jubilados en retiro programado cuyo saldo está en el fondo D o E, porque su pensión se recalcula cada año según lo que les queda en la cuenta, de modo que sus pensiones bajarán (los demás pensionados están bajo resguardo).

Y ese es el punto clave, el que no hay que perder de vista en medio de esta danza de miles de millones de dólares esfumados, explicaciones ultratécnicas sobre el mercado de los swap y la grosera utilización política de ambos lados, para echarle la culpa a uno u otro gobierno.

El punto es que, por años, se nos mintió a millones de chilenos sobre el manejo de nuestra plata (¿porque es nuestra plata, no, en eso habíamos quedado?). Se nos dijo que los fondos D y E eran santuarios, que no tendrían alta rentabilidad pero no correrían riesgo. Que, si se acercaba nuestra jubilación, en ese lugar nuestro dinero estaba a salvo de cualquier contratiempo.

Mientras, los ludópatas de la manada de Sanhattan sacaban subrepticiamente ese dinero para jugarlo en el casino.

Osvaldo Macías, superintendente bajo los gobiernos de Bachelet, Piñera y Boric, dice ahora que «los fondos de pensiones están para proteger a los afiliados y no para especular», pero eso es precisamente lo que hicieron, bajo su supervisión, por años. «Las AFP persistieron» pese a las advertencias, dice, como si él fuera un impotente observador, y no el regulador del sistema durante una década.

La Asociación de AFP señaló que «se trata de una estrategia a largo plazo. Si se pensiona hoy, le afecta. Pero es recuperable a largo plazo».

Es un insulto a los chilenos que no pueden esperar «el largo plazo», porque se están jubilando hoy. Digamos las cosas como son: a esos chilenos se les engañó. Se les birló parte de sus ahorros que ellos suponían seguros, y ahora enfrentan el dilema de jubilar con menos, o seguir trabajando, no para mejorar su pensión, sino apenas para compensar la irresponsabilidad de la manada de Sanhattan, y la indolencia de los reguladores que no hicieron su pega.

Y ahí surgen preguntas. ¿Los ejecutivos de la manada de Sanhattan, ganaron bonos por las altas rentabilidades? ¿Tienen incentivos económicos para apostar, incluso en los fondos en que no deben hacerlo? ¿Por qué la Superintendencia de AFP no paró en seco esas apuestas? ¿Por qué se limitó a hacer múltiples advertencias, y finalmente actuar con una norma que recién entrará en vigor en noviembre, demasiado tarde? ¿Los directores de las AFP, que desoyeron las alertas, van a seguir recibiendo sus millonarios honorarios?

Creo que, tristemente, todos sabemos las respuestas. Las comisiones de las AFP se seguirán cobrando puntualmente, descontándose de los sueldos de cada trabajador. Los ejecutivos y los directores seguirán ganando sus sueldos, bonos y honorarios, como si nada hubiera pasado. Los políticos se echarán la culpa, de uno a otro lado, buscando una ganancia electoral.

Como si miles de trabajadores y jubilados chilenos no hubieran visto evaporarse de pronto el 10% de sus ahorros de toda una vida. Uno de cada diez pesos que habían juntado en 20, 30 o 40 años de trabajo.

Son ellos, los trabajadores y jubilados chilenos, los únicos que no tienen ninguna responsabilidad en esta farra de la manada de Sanhattan.

Y son los únicos que van a pagar la cuenta por ella.




en La Tercera, 18 de octubre, 2026




















domingo, octubre 18, 2026

«La monja cocinera Eddie Mae soñó que sor Mary huía con Allen Ginsburg», de Mary Norbert Körte

Traducción de José Vicente Anaya



 
Los largos pasillos oscuros están bien fuertes 
para haber permanecido después del
terremoto de 1906 cuando la sobrevivencia fue 
calculada por el sonido que hacían las cuentas 
del rosario de la madre superiora
ella soñó eso
la cocinera soñaba a las demás monjas
soñaba imposibles sueños de visiones plateadas 
y sonidos océanicos en la 
noche quejumbrosa
Soñar fue su misión a la que ella no podía 
renunciar. La noche era un lugar para ver 
todas las libertades amontonadas en lontananza, 
como ver a un dulce dragón que parecía 
una cruz moviendo su cola en círculo

Ella huía en los sueños de las demás 
haciendo llamados como lumbre explosiva 
corriendo corriendo por la escritura de 
los bardos y leones amantes y pájaros 
corriendo con sus brazos muy metidos en 
la brillantez       aleteando         lo oscuro



en Hymn to the Gentle Sun, 1967














Nota del traductor: La monja cocinera del convento de Santa Rosa, realmente soñó que sor Mary Norbert Körte abandonaba el convento para irse con unos poetas, antes de que esto sucediera, cuando ella formó parte de la Conferencia Poética de Berkeley.



















sábado, octubre 17, 2026

«Fin del camino», de Shiwu Qinggong

Versión de Juan Carlos Villavicencio




las colinas verdes no piden cuerpos ni huesos
y, una vez estás muerto, ¿a quién le hace falta una tumba?
nada de «llamas del Nirvana» para mí.
mi único problema son unos cuantos palitos de leña sin encender.














viernes, octubre 16, 2026

«Refugiados», de Rashid Hussein

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Las estrellas brillan como campos de refugiados bajo la noche
como una lúgubre entidad humanitaria, una miserable luna arroja
un montón de queso o algo de harina.
La luna le ha donado esto a mi pueblo triste.
 














jueves, octubre 15, 2026

«Insolación», de Manuel Pereira

Fragmento del capítulo 28


(1948-2026)


La Wong y Joaquín iban al cine Campoamor para matearse, enroscaban sus lenguas hasta casi asfixiarse en la última fila de butacas, que era la más oscura. Mientras tanto, en la pantalla, los enemigos del pueblo masacraban a balazos a un bolchevique. Ya le habían metido unos treinta tiros en el cuerpo, pero el tipo seguía caminando hacia sus enemigos de clase, gritándoles consignas edificantes. Era la versión proletaria de Supermán. La película era soviética y se titulaba El Comunista. Hacía como un año que permanecía en cartelera. Joaquín se la sabía de memoria.

Cuando él estudiaba ruso en el Capitolio, iba a verla solamente para recibir un baño lingüístico. Aprendió más ruso con esa película que con Nina Potapova. Pero ahora ya no veía ni oía la película, estaba demasiado entretenido mateándose con la China. Los cines ya no eran ni la sombra de lo que eran tres años atrás. Ya no había vendedores de maní garapiñado, tampoco se podía fumar… ya casi nadie gritaba aquello de «¡Cojoooooo, suelta la botella!» cuando alguna escena se interrumpía bruscamente por culpa del proyeccionista. Joaquín recordaba con nostalgia la atmósfera delirante de los cines antes de la revolución. «¡Vayaaaaa, traigo caramelos, galleticas, peters, bombones, maní garapiñaoooooo… coooooca-cola, cooocaína, mariguanaaaaaaaa!», exclamaba el vendedor de golosinas del Majestic cuando recorría la platea haciendo bocina con la mano, con una linterna bajo el brazo y un quepis verde de medio lado. La gente estallaba en carcajadas con lo de «mariguanaaaaa». Ese risoteo se había acabado.

Desde la puerta del cine Campoamor, mientras esperaba a la China, contemplaba los jardines del Capitolio abandonados, enyerbados. En el frontispicio de mármol empezaban a crecer las hierbas y en algunos capiteles dóricos se advertían raíces aéreas. De seguir así, dentro de poco allí estarían pastando las vacas. Los cristales de los altos ventanales estaban polvorientos, o rotos a pedradas. Por dentro, las telarañas tapizaban las banquetas de los hemiciclos. Primero convirtieron el Capitolio en Escuela de Idiomas y, más recientemente, en Academia de Ciencias, a pesar de lo cual, el Capitolio –más grande que el de Washington– estaba cada vez más descuidado. Incluso las placas de oro de su cúpula habían desaparecido misteriosamente. Pareciera como si los guerrilleros –orientales en su mayoría– que habían tomado el poder cinco años atrás estuvieran castigando a la ciudad, humillando sus símbolos, privándola de sus encantos.

Joaquín nunca había dado un beso en la boca, pero entre Salutaris y el Cawy le habían llenado la cabeza de fantasías bucales donde pululaban las lenguas enroscadas como serpientes. Salutaris le había regalado una cajita de chicles «Adams», producto de sus andanzas con los marineros griegos por los muelles. Antes de hacerle el obsequio, le habló de la técnica del «chicle permutable».

La «permuta» era la última invención de los Reyes Magos en materia de gestión inmobiliaria. Ya no se alquilaban, ni se vendían, ni se compraban, casas ni apartamentos ni cuartos. Ahora, si alguien quería mudarse, tenía que permutar a través de un organismo estatal. La gente cambiaba un apartamento por dos cuartos, o tres cuartos por un apartamento… las variantes eran infinitas tomando en cuenta ubicación, cantidad de metros habitables, acceso a medios de transporte, condiciones de la vivienda, etcétera.

Así que la técnica del «chicle permutable» también consistía en un intercambio. Había que masticarlo un poco nada más entrar en el cine. Cuando empezara a matearse con la China tenía que meterle por sorpresa el chicle en la boca empujándolo con la lengua. Lo ideal era que luego lo intercambiaran, como en una permuta bucal.

Tener un chicle era por entonces casi como poseer un crédito bancario, porque las pepillas adoraban el aliento perfumado de un beso «Adams», pero también era un arma de doble filo, porque si la policía te cogía masticándolo podías ir a parar a una granja donde había que trabajar de sol a sol.

Joaquín introdujo el chicle en la boca de la China y ella reaccionó como si conociera esa técnica de toda la vida. A veces ella escondía el chicle y Joaquín tenía que buscarlo con la punta de la lengua entre las muelas y en las encías. Antes él iba a ese cine a practicar idioma con el Manual de Lengua Rusa bajo el brazo, ahora iba a ejercitarse en lecciones de lenguas nada muertas.

Mientras al bolchevique seguían metiéndole tiros en la pantalla, el «chewing gum» –como decía Salutaris dándose aires de políglota– iba de una boca a la otra, ya sin sabor, pero creando una extraña sensación de unión entre los dos, como en el ritual de ciertos reyes africanos que suelen demostrarse afecto escupiendo uno dentro de la boca del otro.

Una tarde la China no asistió a la cita. Joaquín se fumó una cajetilla de «Dorados» esperándola en la puerta del Campoamor. Tampoco contestaba al teléfono, o bien salía una prima mentirosa que siempre inventaba alguna excusa: «no está», «salió a ver a su abuela»…

La China lo había dejado. Tal vez se había buscado otro novio. Joaquín lloró un poco. «No sufras por ninguna mujer, mi almita. No paga la pena», volvió a decirle Numancia cuando lo vio tristón.



2006












miércoles, octubre 14, 2026

«Veneno de escorpión azul», de Gonzalo Millán

Dos días iniciales



Diario morir / diario vivir
Diario de vida / diario de muerte
Hechos consumados / deshechos consumados
El día a día. Células grandes
En el umbral de la muerte / cerca del fin
Poemas a la muerte / poemas de despedida de la vida
«Jisei»
Adiós al pasado
Testamento. Preparación para el viaje





SÁBADO 20 DE MAYO, 2006. SANTIAGO. (EN PERAGALLO)

19:00 Despierto de una siesta después de haber almorzado una cazuela en la cama. Algo febril y apaleado después de la volada de ayer viernes. No tengo que salir tan temprano a los exámenes. Cita a las 11.30 en la Fundación oncológica Pérez López para hacerme una cintigrafía. Me inyectan un trepador electrónico y después disponemos de tres horas libres.

Vamos al Patio a comer algo. Tengo que tomar mucho líquido y orinar. Irascible. La cintigrafía me aprieta y me aplasta en la camilla. Cierro lo ojos porque tengo una cubierta a menos de un centímetro de la nariz. Claustrofóbico. El examen no duele, pero angustia. Me siento encerrado en un féretro.

Días nublados y fríos. Las últimas dos semanas haciéndome exámenes sin parar casi todos los días. Algunas mañanas en ayunas. Primero exámenes de la Dra. Castillo de Megasalud que me encuentran un tumor canceroso en el pulmón izquierdo. Después derivación al Hospital del Tórax, más exámenes que todavía no terminan. La noticia del cáncer lo cambia todo, antes y después de mayo 06. El lunes 22 examen de broncoscopía en el H. Del Tórax.

Fin de los exámenes y con la biopsia por fin el diagnóstico y el tratamiento. Hoy no resulta visita a vidente de Puente Alto. En cambio duermo una reparadora siesta.




DOMINGO 21 DE MAYO, 2006. SANTIAGO

14:00 Después de una conversa con Manuel Novoa en el patio, y de tomar una ducha, anoche duermo bien, fumo poco y me duermo temprano. 

Sábado de tregua; sin exámenes médicos. Alergia a la piel, una picazón en todo el cuerpo que atribuyo a la inyección del elemento radioactivo para hacer la cintigrafía.

Te has desprendido de la masa de hielo y en adelante (serás un flotante / flotarás como) témpano solitario y errabundo. El cambio que introduce el peligro / amenaza de muerte. El fin.

Despierto tipo 8 a.m. Me preparo café y me fumo un par de Kent (Silver 4) leyendo El Mercurio dominical. El par de puchos fumados me afectan sin duda los pulmones, toses y voz carrasposa.

17:15 El cuerpo reacciona sin incredulidad, responde en forma natural. La mente pone el grito en el cielo. El contraste me produjo alergia. Estoy cubierto de un sarpullido y me pica todo el cuerpo. El cuerpo molestado como un avispero, hierve de ira. El pellejo febril irritado; irritante, ardo, me quema la radioactividad inyectada. Noto que el tema de la muerte y la enfermedad me causan un enorme pudor (que quizá sea puro temor, a raíz de la impertinencia periodística).




Publicado por la esporádica editorial, 2025
















 












martes, octubre 13, 2026

«Oración», de Piedad Bonnett




 
Para mis días pido,
Señor de los naufragios,
no agua para la sed, sino la sed,
no sueños
sino ganas de soñar.
Para las noches,
toda la oscuridad que sea necesaria
para ahogar mi propia oscuridad.




en Lo terrible es el borde, Visor, 2021













lunes, octubre 12, 2026

«Elección», de Emily Dickinson

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




De todas las almas que permanecen creadas,
he elegido una.
Cuando el sentido se aparta del espíritu
y toda artimaña llega a su fin;

Cuando lo que es y lo que fue
se yerguen apartados, intrínsecos,
y esta breve tragedia de la carne
se desplaza como arena;

Cuando las figuras muestran su frente regia
y la niebla ha sido despojada,
¡contemplen el átomo que preferí
a todos los catálogos de barro!



c. 1862















Choice

Of all the souls that stand create / I have elected one. / When sense from spirit files away, / and subterfuge is done; // When that which is and that which was / apart, intrinsic, stand, / and this brief tragedy of flesh / is shifted like a sand; // When figures show their royal front / and mists are carved away, — / behold the atom I preferred / to all the lists of clay!









viernes, octubre 09, 2026

«Esperanza», de Gerardo Diego




 
¿Quién dijo que se agotan la curva el oro el deseo
el legítimo sonido de la luna sobre el mármol
y el perfecto plisado de los élitros
del cine cuando ejerce su tierno protectorado?

Registrad mi bolsillo
Encontraréis en él plumas en virtud de pájaro
migas en busca de pan dioses apolillados
palabras de amor eterno sin
carta de aterrizaje
y la escondida senda de las olas




1931



















jueves, octubre 08, 2026

«Entre nosotros y…», de Anne Carson

Traducción de Juan Carlos Villavicencio


Premio Nobel de Literatura 2026


ENTRE NOSOTROS Y
los animales lo innominable.
Nosotros revolvemos a tientas 
y de forma genérica           —
camelopardalis   es   lo que
se les ocurrió a los romanos
o «jirafa» (les parecía a un 
cruce entre camello y leopar-
do) o bien nos equivocamos 
de categoría — un buey almiz-
clero no es un buey en absoluto
sino que está más emparentado 
con la cabra — y al
decidir poner nombres a cada
animal en particular 
fingimos que son objetos
(Mancha) o virtudes (Belleza)
o simplemente otros yo (Bob).



en Red Doc>, 2014

















Between Us And

BETWEEN US AND / animals is a namelessness. / We flail around / generically — / camelopardalis is what / the Romans came up with / or "giraffe" ( it looked to / them  like a camel crossed / with a leopard ) or get the / category wrong — a musk / Ox  isn't  an  ox at  all but / more closely  cognate with / the goat — and when / choosing to name / individual animals we / pretend  they  are   objects / (Spot) or  virtues  (Beauty) / or  just  other selves  (Bob).
















miércoles, octubre 07, 2026

«Más allá del muro», de Refaat Alareer

Versión de Juan Carlos Villavicencio



 
«Ahí», indica la abuela.
Ella tenía una tienda que fue un hogar.
Ella tenía una cabra y un camello.
Ella tenía un rastrillo y un trinche y una pala de jardín.
Ella tenía un machete y algo para regar.
Ella tenía un huerto y doscientas plantas.
Ella tenía un hijo y otro y otro más. 

          ·   ·   ·

«Ahí», insiste.
No podía ver
por culpa del muro.
No podía oír
por culpa del ruido.
No podía oler
por culpa de la pólvora. 

          ·   ·   ·

Pero siempre lo sé,
estoy seguro de que la abuela
siempre fue
y sigue siendo
y siempre será.
Ella huele a tierra.
Y sonríe como la tierra.
Y parpadea como la tierra
cuando la lluvia la toca. 

          ·   ·   ·

Ella tiene una casa que es una tienda.
Ella tiene una llave
y un recuerdo.
Ella tiene una esperanza
y doscientos descendientes. 

          ·   ·   ·

La abuela está aquí
pero vive allá.
«¡Sí, allá mismo!»



15 de mayo de 2012