miércoles, noviembre 04, 2026

«El día de mi muerte», de Pier Paolo Pasolini

Versión de Juan Carlos Villavicencio




En una ciudad, Trieste o Udine,
por una avenida de tilos,
cuando en primavera 
las hojas cambien de color,
caeré muerto
bajo el sol ardiente,
alto y rubio,
y cerraré los párpados
dejando el cielo a su esplendor.

Bajo un tilo tibio de verde
me hundiré en la oscuridad 
de mi muerte que dispersa
a los tilos y al sol.
Jóvenes hermosos
vendrán corriendo por esa luz
que acabo de perder,
saldrán volando de las escuelas
con sus rizos cayendo sobre la frente.

Yo seré joven todavía:
vestiré una camisa clara
y mis dulces cabellos lloverán
sobre el polvo amargo.
Aún estaré caliente,
y un niño corriendo por el tibio
asfalto de la avenida
posará su mano
sobre mi vientre de cristal.



en La religión de mi tiempo, 1961















Il giorno della mia morte

In una città, Trieste o Udine, / per un viale di tigli, / quando di primavera / le foglie mutano colore, / io cadrò morto / sotto il sole che arde, / biondo e alto, / e chiuderò le ciglia / lasciando il cielo al suo splendore. // Sotto un tiglio tiepido di verde, / cadrò nel nero / della mia morte che disperde / i tigli e il sole. / I bei giovinetti / correranno in quella luce / che ho appena perduto, / volando fuori dalle scuole, / coi ricci sulla fronte. // Io sarò ancora giovane, / con una camicia chiara, / e coi dolci capelli che piovono / sull'amara polvere. / Sarò ancora caldo, / e un fanciullo correndo per l'asfalto / tiepido del viale, / mi poserà una mano / sul grembo di cristallo.










martes, noviembre 03, 2026

«Concurso de pubis», de Rufino




 
Rhodope, Melite y Rhodoclea competían entre sí
     para ver cuál de las tres tenía la vulva más hermosa,
y me eligieron como juez. Y las tres diosas ilustres
     se levantaron desnudas, destilando su propio néctar.
Y de Rhodope brillaba entre sus muslos una preciosura
     como una rosa hendida por el fuerte Céfiro…
Y la de Rhodoclea era como un cristal, húmeda
     como una estatua recién tallada en el templo.
Pero yo, que bien sabía lo que padeció París por su fallo,
     al instante coroné a las tres como inmortales.














lunes, noviembre 02, 2026

«Las capas de la guerra», de Ibtisam Barakat

Versión de Juan Carlos Villavicencio




El miedo se posa inmóvil sobre nuestras baldosas,
como sobre una alfombra de agua.
Los juramentos de que habrá guerra, las noticias matinales
caen como rocas sobre nuestros días
y hacen subir el nivel del agua.

Entonces el miedo absorbe
nuestros pasos, nuestras camas, nuestra comida,
acerca una mano mojada
a nuestros libros en el estante.
Se bebe los versos, la tinta
lame las páginas hasta dejarlas en blanco
y se va.

Por la noche me quedo todavía queriendo robar
una hora de fantasía para mí misma,
suave, naranja, redonda como la luna
bajo la que una noche yo no dormiría
vistiendo las húmedas capas de la guerra.

Pero afuera
los sonidos de los disparos
se esparcen como granizo.

Y aquí adentro, sobre las baldosas,
los minutos manchados
son dientes que caen
de la que fuera una sonrisa.

















domingo, noviembre 01, 2026

«Vinimos a soñar», de Tochihuitzin Coyolchiuhqui




 
Así lo dejó dicho Tochihuitzin,
Así lo deja dicho Coyolchiuhqui:
      De pronto salimos del sueño,
      sólo vinimos a soñar,
      no es cierto, no es cierto,
      que vinimos a vivir sobre la tierra.
      Nuestro ser es
      como la hierba en primavera.
      Nuestro corazón hace nacer, 
      germinar flores de nuestra carne.
      Algunas se abren sus corolas,
      luego se terminan de secar.
Así lo deja dicho Tochihuitzin.

















sábado, octubre 31, 2026

«Mi poesía es débil», de Qin Fei





La luz del amanecer es tapada por el smog.
La señorita Qin se da vuelta en la cama, 
se quita el antifaz 
y frunce el ceño.

La tristeza de ayer no ha pasado.
Un absurdo amor que llegó de improviso, 
como un garrote en manos del dios del destino, 
le golpeó la cabeza con tal fuerza que de pronto ardía entera 
y cayó enferma, con las manos y los pies helados.

Con el mundo dándole vueltas, 
tosió durante una semana como una tísica.

Qué mujer tan detestable es Anna Karénina.
Y, sin embargo, se le metió en el cuerpo.

La señorita Qin sacude la cabeza 
y le grita a Anna, vestida a la moda victoriana:
Lárgate, mujer muerta.

La poesía, como una bruja vieja,
tira del pelo seco y amarillento de la señorita Qin.

«Sólo eres inteligente cuando escribes poesía» 
le dice con una sonrisa torcida el guapo y joven poeta.

Ella corre desnuda hasta el espejo 
y ve sus ojeras azuladas,
como una joven prostituta de la aldea Fenghuang, 
inexperta y agotada por el exceso.

«¿Qué quieres expresar?
¿Eso que escribes es poesía?
¿Hay imágenes en tu poesía?»
Un maestro sonríe.

Él 
la contempla.
El alma de ella se hace añicos en el suelo.

Quiero expresar todas las confusiones de una mujer.

Un hombre de talento una vez dijo: 
mi poesía es el llanto de un bebé.

La señorita Qin se defiende.

«¡Deja de arruinar la poesía!
¡Tienes que definirte con claridad! Imagen, concisión, ritmo.
Espero que prestes atención».

El maestro enciende otro puro 
y dice tranquilamente.

«Bueno, está bien.
Tal vez
yo sólo quiera encontrar un hombre 
escribiendo poemas».

La señorita Qin se deja caer en el sofá.

Yo no soy más que 
una mujer.









Desde el FIP Santiago / Festival Internacional de Poesía de Santiago













viernes, octubre 30, 2026

«Nocturno rosa», de Xavier Villaurrutia




Yo también hablo de la rosa.
Pero mi rosa no es la rosa fría
ni la de piel de niño,
ni la rosa que gira
tan lentamente que su movimiento
es una misteriosa forma de la quietud.

No es la rosa sedienta,
ni la sangrante llaga,
ni la rosa coronada de espinas,
ni la rosa de la resurrección.

No es la rosa de pétalos desnudos,
ni la rosa encerada,
ni la llama de seda,
ni tampoco la rosa llamarada.

No es la rosa veleta,
ni la úlcera secreta,
ni la rosa puntual que da la hora,
ni la brújula rosa marinera.

No, no es la rosa rosa
sino la rosa increada,
la sumergida rosa,
la nocturna,
la rosa inmaterial,
la rosa hueca.

Es la rosa del tacto en las tinieblas,
es la rosa que avanza enardecida,
la rosa de rosadas uñas,
la rosa yema de los dedos ávidos,
la rosa digital,
la rosa ciega.

Es la rosa moldura del oído,
la rosa oreja,
la espiral del ruido,
la rosa concha siempre abandonada
en la más alta espuma de la almohada.

Es la rosa encarnada de la boca,
la rosa que habla despierta
como si estuviera dormida.
Es la rosa entreabierta
de la que mana sombra,
la rosa entraña
que se pliega y expande
evocada, invocada, abocada,
es la rosa labial,
la rosa herida.

Es la rosa que abre los párpados,
la rosa vigilante, desvelada,
la rosa del insomnio desojada.

Es la rosa del humo,
la rosa de ceniza,
la negra rosa de carbón diamante
que silenciosa horada las tinieblas
y no ocupa lugar en el espacio.




en Nostalgia de la muerte, Ediciones Sur, 1938

















 

jueves, octubre 29, 2026

«Pasar el verano», de Irène Gayraud

Traducción de Pablo Fante




Julio. Desde inicios de junio esperamos 
la lluvia.
Es poco decir que no llega.
Recordamos una frase que describe 
la primera gota de lluvia contra el vidrio
como una piedrita
recordamos
el final de esa larga frase 
larga como salto de agua 
ese final muy simple que dice
«es la lluvia»
y nos parece de otro mundo.

Golpeteamos con los dedos 
nuestras frentes febriles
para encontrar en los cráneos el ruido de las recias gotas.
Llegamos a echar de menos el invierno.

El manzano al fondo del jardín 
suelta todo lo que puede
pierde sus manzanas aún verdes
sus hojas amarillas.
Es su último recurso.

Nosotros 
lo que perdemos 
es el mundo mismo.


Y el verano como un puño nos aplasta.


Cualquier ser que vemos
árbol
arroyo
reyezuelo
nos preguntamos 
si pasará el verano.




Publicado por Las Bacantes Editorial, 2026











Desde el FIP Santiago 2026 / Festival Internacional de Poesía de Santiago 2026  



















«Anne Rutledge», de Edgar Lee Masters

Traducción de Agustí Bartra




Desconocida e indigna soy yo, pero en mí surgen
los sones de una música inmortal:
«Sin rencor para nadie, con caridad para todos»,
el perdón de millones de hombres para millones,
la benéfica faz de una nación
brillante de justicia y de verdad.
Bajo esta hierba duerme Anne Rutledge.
Abraham Lincoln fue mi amado en vida,
me desposé con él, no por la unión
sino por la separación.
¡Florece eternamente, oh República,
en la ceniza de mi pecho!



en Antología de la poesía norteamericana, 1959












Anne Rutledge

Out of me unworthy and unknown / the vibrations of deathless music: / "With matice toward none, with charity for all." / Out of me the forgiveness of millions toward millions, / and the beneficent face of a nation / shining with justice and truth. / I am Atine Rutledge who sleep beneath these weeds, / beloved in life of Abraham Lincoln, / wedded to him, not through union, / but through separation. / Bloom forever, O Republic, / from the dust of my bosom!











miércoles, octubre 28, 2026

«El gallinero», de Diego Maquieira




 
Nos educaron para atrás padre
Bien preparados, sin imaginación
Y malos para la cama.
No nos quedó otra que sentar cabeza
Y ahora todas las cabezas
Ocupan un asiento, de cerdo.

Nos metieron mucho Concilio de Trento
Mucho catecismo litúrgico
Y muchas manos a la obra, la misma
Que en esos años
Repudiaba el orgasmo
Siendo que esta pasta
Era la única experiencia física
Que escapaba a la came.

Y tanto le debíamos a los Reyes Católicos
Que acabamos con la tradición
Y nos quedamos sin sueños.
Nos quedamos pegados
Pero bien constituidos;
Matrimonios bien constituidos
Familias bien constituidas.

Y así, entonces, nos hicimos grandes:
Aristocracia sin monarquía
Burguesía sin aristocracia
Clase media sin burguesía
Pobres sin clase media
Y pueblo sin revolución. 




en La Tirana, Edición Tempus Tacendi, 1983








Contribución indirecta, pero pase claro a DscnTxt de Carlos Cociña






desde el Festival Internacional de Poesía de Santiago

















lunes, octubre 26, 2026

«Somos muy cool», de Gwendolyn Brooks

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




                                                                         Los jugadores de pool.
                                                                         Siete en La Pala Dorada.

Somos muy cool. Dejamos
la escuela. Vagamos

hasta tarde. Le damos justo
donde queremos. Cantamos

puros pecados. Le echamos agua
al gin. Hacemos lo que

nos da la gana. Nos 
morimos pronto.



en The Bean Eaters, 1960













We real cool

The pool players. / Seven at The Golden Shovel. // We real cool. We / Left school. We // Lurk late. We / Strike straight. We // Sing sin. We / Thin gin. We // Jazz June. We / Die soon.










domingo, octubre 25, 2026

«Hasta que no lo sea», de Remi Kanazi

Traducción de Juan Carlos Villavicencio



 
la muerte se convierte en emocionantes
peajes, fotos, videos
tuiteando masacres
colapsando instagram 
corazones corriendo para romper

las 24 horas del show 
cada destello, astilla
y partícula de dolor
atrapados en torsos
y pómulos

mis seres queridos
quieren sentarse
por un minuto
a llorar en silencio

no hay palabras, no hay poesía
antes de Internet y
las emociones telefónicas
antes de las ideologías 
del blanco y negro

antes de una persona
que llamé mi amigo
defendiera las masacres 
antes de que las víctimas
fueran enterradas
antes de que las armas químicas
devastaran las entrañas

antes de que refugiado
significara abuela

sufrimiento 2.0
clics de teclado
como bombas que caen 
sin esfuerzo alguno

todos los daños colaterales
nunca son algo personal
la cantidad de mirones sube y baja
como en un parque de diversiones

la muerte se vuelve
emocionante
hasta que deja de serlo
hasta que llega el aburrimiento
y comienza la desensibilización
hasta que otra diversión surja 
en algún otro lugar
que cautive mucho más


















sábado, octubre 24, 2026

«A veces», de Wa Dao

Traducción de Sebastián Vargas




A veces, apenas abro los ojos
me veo a mí mismo como una valija lista para ser despachada
cabeza, torso y cuatro miembros
un bulto atado todo junto
bien robusto
hasta puedo ver el sello pegado encima de mi boca
y en él escrito con letras grandes:
Peso neto: 90 kilogramos.
Frágil, manejar con cuidado, este lado arriba.
Lugar de envío: desconocido.
Destinatario: desconocido.
Utilidad: desconocida.
















viernes, octubre 23, 2026

«Noches blancas», de Fiódor Dostoievski

Inicio / Versión de Juan Carlos Villavicencio



Novela sentimental 
(Extractos de recuerdos de un soñador)


O acaso no vino al mundo
más que por permanecer cerca de tu corazón
el tiempo de un suspiro, un segundo…

IVAN TURGUENIEV 

 

Noche primera


Era una noche una noche maravillosa, amigo lector, una de esas noches que quizás sólo pueden darse durante nuestra juventud. El cielo estaba tan lleno de estrellas, tan despejado, que al levantar uno la vista, no cabía sino preguntarse: «¿Es posible que bajo un cielo como este puedan vivir todo tipo de gente malvada y caprichosa?». Esta es también una pregunta muy propia de la juventud, amigo lector; Dios quiera que se la haga usted muy a menudo. A propósito de hombres malvados y por varios motivos caprichosa, no pude dejar de pensar en mi buena conducta durante todo el día. Desde la mañana, me invadió una inquietud extraña. Me pareció de pronto que a mí, hombre solitario, me abandonaba todo el mundo; sí todos me daban la espalda. Claro, en este punto, cualquiera tiene derecho a preguntar: ¿quiénes son esos «todos»? Porque llevo ya ocho años viviendo en San Petersburgo y no he logrado entablar prácticamente ninguna relación. ¿Pero qué me importa a mí relacionarme con alguien? Porque sin tener alguna, ya conozco todo San Petersburgo: por eso tuve la impresión de que todos me abandonaban, cuando Petersburgo se levantó como un solo hombre, para dirigirse de repente a sus casas de campo. Me invadió el espanto de quedarme solo, por lo que vagué tres días por la ciudad sumido en una gran confusión, sin comprender nada de lo que me ocurría. Fui a la avenida Nevski, fui al Jardín, me paseé por los muelles; no encontré ni uno solo de los rostros que solía encontrar siempre en el mismo lugar y a la misma hora, todo el año. Ellos no me conocen a mí, claro está, pero yo sí a ellos. Los conozco de cerca, casi me he aprendido sus expresiones; los contemplo cuando los veo alegres y me entristezco cuando se consternan. Casi me he convertido en amigo de un viejito con quien me encontraba todos los días, a una hora precisa, en la Fontanka. Tiene una expresión muy seria, meditativa; siempre caminaba murmurando entre dientes y agitando el brazo izquierdo, mientras blandía un largo bastón nudoso con empuñadura de oro. Incluso él también se percató de mí, y creo que nuestras almas coinciden. Estoy convencido de que se pondría triste si por ventura yo no pasara a esa hora precisa por ese lugar de la Fontanka. Por eso, de vez en cuando, nos saludamos con un gesto de cabeza, sobre todo cuando estamos de buen humor. No hace mucho, tras dos días sin vernos nos reencontramos, y casi nos llevamos la mano a nuestros sombreros, pero afortunadamente reaccionamos a tiempo, hemos bajado el brazo y nos hemos cruzado haciendo un gesto de mutua comprensión. Conozco incluso las casas. Cuando voy por la calle, cada una parece salir a mi encuentro, me miran con todas sus ventanas y casi me dicen: «Buenos días, señor; ¿cómo está usted? Yo también, gracias a Dios, voy bien, salvo que en mayo me añaden un piso». O bien: «¿Cómo está su salud? A mí, mañana, me harán reparaciones». O también: «Por poco me quemo; qué buen susto me llevé». Y así cosas por el estilo. Entre ellas tengo mis preferidas, mis amigas íntimas; una de ellas tiene intención de someterse a un tratamiento este verano con un arquitecto. Iré a verla expresamente cada día para que la cura no resulte peor que la enfermedad, ¡Dios nos libre! Nunca olvidaré la historia de esta casa tan pequeña y preciosa de color rosa claro. Era una casa bonita, de piedra, que con tanta amabilidad contemplaba con tanto orgullo a sus vecinas, tan desgarbadas, que mi corazón se llenaba de alegría cuando pasaba frente a ella. De repente, la semana pasada, cuando bajé por esa calle y miré a mi amiga, oí un grito de desesperación: «¡Me van a pintar de amarillo!». ¡Monstruos! ¡Bárbaros! No tuvieron piedad de nada, ni siquiera de las columnas o las cornisas; y dejaron a mi amiga toda amarilla, amarilla como un canario. En ese instante, a mí casi me dio un ataque de ictericia y, hasta ahora, no he tenido fuerzas para ir a ver a mi pobre amiga desdichada, teñida del color nacional del Imperio del Medio.

Así comprenderá usted, lector, de qué manera conozco toda la ciudad de San Petersburgo.

Ya he dicho que durante tres días enteros una inquietud me tuvo atormentado hasta que por fin averigüé su causa. Sentía un malestar en la calle («aquel no está, este tampoco; ¿adónde habrá ido aquel otro?»), e incluso me sentía extraño en mi propia casa, como fuera de lugar. Durante dos días hice el esfuerzo por comprender: ¿qué echo de menos en mi rincón? ¿Por qué me costaba tanto permanecer ahí? Miraba perplejo las paredes verdes cubiertas de hollín, cubierto el techo de telarañas que Matryona cultivaba con gran éxito; volvía a revisar todos mis muebles, a inspeccionar cada silla, pensando si no estaría ahí la clave de mi malestar (porque basta que se mueva una sola de mis sillas, para que las cosas dejen de tener sentido); miraba por la ventana, pero todo era en vano: no tuve alivio. Decidí incluso llamar a Matryona y reprenderla paternalmente por las telarañas y, en general, por la falta de limpieza; pero ella se limitó a mirarme con aire de sorpresa y me dio la espalda sin decir palabra, de modo que las telarañas siguen reinando tranquilamente en su sitio. Por fin esta mañana logré averiguar lo que estaba pasando. Pues nada; todos me abandonan, todos se marchan al campo. Pido perdón por esta expresión vulgar, pero es que tengo preocupaciones más importantes que cuidar el estilo… porque, así como suena, todo San Petersburgo ya se había marchado al campo. Resulta que todos aquellos caballeros de aspecto serio, al detener un coche ante mis propios ojos, se convertían al instante en buenos padres de familia que, después de cumplidas sus obligaciones laborales, se dirigía —sin más preámbulos— al seno de su hogar, a su dacha; resulta que cada transeúnte mostraba ahora un aire particular, un aire que casi le decía a todo congénere con quien se cruzaba: «Sólo estamos aquí de paso, señores; nos vamos dentro de un par de horas al campo». Se abrió una ventana en la que unos deditos delgados y blancos como el azúcar tamborileaban, y apareció la cabeza de una linda muchacha, que llamaba al vendedor ambulante de flores, al punto que, inmediatamente, me pareció que estas flores no las compraban para disfrutar de ellas y de la primavera en el aire cargado de una habitación de la ciudad, sino porque todos se iban pronto y querían llevarse las flores en el equipaje al campo. Además, ya había adquirido tal destreza en este nuevo y personal tipo de descubrimientos que podía saber, sin riesgo de equivocarme, guiado sólo por el aspecto físico, quién se estaba instalando en qué dacha. Los habitantes de las islas Kamenny y Aptekarski o los del camino de Peterhoff se distinguían por la estudiada elegancia de sus modales, sus vestimentas de verano a la última moda y los espléndidos carruajes en que venían a la ciudad. Los habitantes de Pargolov, y los de aún más lejos, eran «impresionantes» desde el primer momento por su comportamiento y su dignidad; los de la isla Krestovski destacaban por su aspecto invariablemente alegre. Tuve la suerte de tropezar a veces con una larga procesión de coches, con sus conductores avanzando con las riendas en la mano muy perezosamente al lado de sus ocupantes, cargados con verdaderas montañas de muebles de todo tipo, mesas, sillas, divanes turcos y no turcos, y otras basuras domésticas que muy a menudo venían a coronar, como extra, sentada en la cumbre misma de la montaña, una cocinera flaca, que velaba por el bienestar de sus amos, así como por la niña de sus propios ojos. Veía pasar, cargadas hasta el tope de trastos familiares, las barcas que se deslizaban por el Neva o la Fontanka hasta el río Negro o hacia las islas; los carros y las barcas se multiplicaban por diez o por cien ante mis ojos; parecía que todo se había levantado, que todo se había puesto en movimiento, que todo se trasladaba al campo en caravanas, a las dachas; me parecía que Petersburgo amenazaba convertirse por completo en un desierto, hasta el punto de que terminé sintiéndome humillado, ofendido, triste. En realidad, no tenía ningún lugar en el campo ni ninguna razón para ir ahí, pero estaba dispuesto a irme con cualquier coche, con cualquier señor de aspecto respetable que contratara un cochero. Nadie, sin embargo, nadie me invitó. Era como si me hubieran olvidado, como si de verdad fuera un extraño para ellos.

Caminé mucho, durante tanto tiempo, hasta que —como me suele ocurrir— perdí la noción de dónde estaba, y cuando volví en mí me encontré de pronto a las puertas de la ciudad. De súbito, sentí que me inundaba la felicidad; crucé la cerca y me adentré por los sembradíos y las praderas sin parar, olvidando el cansancio y sintiendo que un peso se desprendía de mi alma. Los transeúntes me miraban con tanta benevolencia, que se diría que de verdad les faltaba poco para saludarme. No sé por qué estaban felices y todos —del primero al último— fumaban puros. Yo también estaba alegre, como nunca lo había estado en mi vida. Era como si, de repente, me hubiera trasladado a Italia, tal había sido el efecto de la naturaleza sobre un habitante de la ciudad, enfermizo y medio asfixiado entre los muros urbanos.

Hay algo indescriptiblemente conmovedor en nuestra naturaleza petersburguesa cuando, a principios de la primavera, despliega de pronto todo su poder—todas esas fuerzas que le otorga el cielo— se engalana y se tiñe con los mil colores de las flores. Es como si, sin pretenderlo, me recordara a aquella joven endeble y enfermiza a la que uno mira a veces con pesar, a veces con una especie de amor compasivo y, en ocasiones, en la que ni siquiera se repara; pero que, de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, como sin querer, se muestra hermosa —pero de una hermosura indescriptible, prodigiosa—, dejándonos atónitos y deslumbrados, y nos lleva a hacernos la pregunta, casi sin querer: ¿Qué fuerza hace brillar con tal fuego esos ojos meditativos y tristes? ¿Qué ha hecho que vuelva la sangre a esas mejillas pálidas y hundidas? ¿Qué inunda de pasión los tiernos rasgos de ese rostro? ¿Por qué se agita así ese pecho? ¿Qué ha traído de repente vida, vigor y belleza al rostro de esta joven? ¿Qué ha hecho resplandecer esa sonrisa, cobrar vida con esa risa deslumbrante que centellea? Miras a tu alrededor, buscas a alguien, sospechas algo. Pero el instante pasa y, tal vez ya mañana, vuelvas a encontrar esa misma mirada vaga y pensativa de antes, ese mismo rostro pálido, esa misma humildad y torpeza en los movimientos —incluso remordimiento—, los rastros de no se sabe qué angustia mortal, de irritación por haberse entregado a su pasión fugaz. Y tú lamentas que su belleza efímera se haya marchitado de manera tan rápida y sin retorno; que haya brillado ante ti de un modo tan vano, tan engañoso… lamentas ni siquiera haber tenido tiempo de amarla…

Y sin embargo mi noche fue más hermosa que el día. He aquí por qué:

Regresé a la ciudad muy tarde; ya daban las diez cuando llegué cerca de casa. Tuve que recorrer el muelle de un canal donde, a esas horas, no se encuentra ni un alma viviente, aunque verdad vivo en uno de los barrios más alejados de la ciudad. Iba cantando, porque cuando me siento feliz siempre tarareo algo entre dientes, como cualquier hombre feliz que no tiene amigos ni conocidos y que, en ese instante de alegría, no tiene con quien compartirla. De pronto, me sucedió la más inesperada de las aventuras.




1848














jueves, octubre 22, 2026

«Silente», de Mauricio Redolés



Premio Nacional de Poesía Jorge Teillier 2026

 

a lo mejor debajo de esta casa hay otra casa
a lo mejor arriba de esta casa hay otro círculo
a lo mejor los átomos de esta puerta tienen otra sombra
a lo mejor mi respiración es la aspiración de otro hombre
a lo mejor este poema está escrito no para tus ojos
a lo mejor debajo de mi piel hay otra lengua



en El estilo de mis matemáticas, 2017



















miércoles, octubre 21, 2026

«Serenade», de Roberto Reséndiz





Líquida permanece la semilla del recuerdo
gaviotas silenciosas
hogueras de San Martín
la agonía
el mortal abanico de los quince.

Su nombre
jamás oculta los sobresaltos de la arena
húmeda
desciende los veinticuatro escalones del infierno
las plegarias de su amante
recostado en el acuoso lecho de madera.

Serenade
usurpadora de un sueño inverosímil
abre los brazos 
para estar más indefensa
ante los minotauros de la cama
mueve el tronco
el cuello de serpentina blanca
los labios de adolescente invertebrada.

Después de todo
le quedan pocas noches al lado de la muerte
islas sin piedras de colores
estrellas de mar en la punta de la lengua 
un salmo para gritar 
el desamor
hasta quedarse ronca…



de Mujeres de luz, 2007


















martes, octubre 20, 2026

«paul celan», de María Malusardi

Tres fragmentos




como trizas de un parto se abre la almendra: caballos muertos serán niños sobre la tierra unificada ese modo de aplastarse unos a otros cabezas contra cabezas lo incierto retumba no indaga la pérdida no restaura miente la llaga es una zona de silencio donde tormentos obsesiones han caído paul celan: el agua de la madre espera allí donde el cuervo escribe su poema


·   ·   ·


el ardor de mis ojos deja entrever la renuncia del mundo paul celan pájaro descascarado amarillo no es ayer la salud azotada es hoy: brazos sin entierro denuncian: cómo nombrar el cuerpo que nos llega de a pedazos al poema


·   ·   ·


en la pupila rota del mar donde me buscan las especies que el lenguaje ha desdeñado hay una cárcel: me enseña las palabras su secreta celosía sus llaves idiomas envejecen sobre las almas surge entonces una escritura sin reposo donde comprendernos y estallar




en trilogía de la tristeza, Alción Editora, 2009