Traducción de Mariel Manrique y Hernán Marturet
Coloqué tres pedacitos de corteza sobre una hoja de papel. Miré. Miré pensando que mirar me ayudaría, tal vez, a leer alguna cosa que jamás fue escrita. Miré los tres pequeños jirones de corteza como las tres letras de una escritura anterior a todo alfabeto. O, quizá, como el inicio de una carta a escribir, pero ¿a quién? Me doy cuenta de que los he dispuesto espontáneamente sobre el papel en blanco en el mismo sentido de mi lengua escrita: cada «letra» comienza a la izquierda, allí donde hundí mis uñas en el tronco del árbol para arrancarle la corteza. Luego se despliega hacia la derecha, como un flujo desdichado, un camino roto: ese despliegue estriado, ese tejido de la corteza que se desgarra demasiado pronto.
Allí están los tres jirones arrancados a un árbol, hace algunas semanas, en Polonia. Tres jirones de tiempo. Mi propio tiempo en sus jirones: un fragmento de memoria, esta cosa no escrita que intento leer; un fragmento de presente, allí, bajo mis ojos, sobre la página en blanco; un fragmento de deseo, la carta a escribir, pero ¿a quién?
Tres jirones cuya superficie es gris, casi blanca. Ya añosa. Característica del abedul. Se deshilacha en volutas, como los restos de un libro quemado. Del otro lado, es todavía —a la hora en la que escribo— rosa como una carne. Se adhería tan bien al tronco. Ha resistido el mordisco de mis uñas. También a los árboles les Importa su piel. Imagino que, cuando pase el tiempo, estos tres jirones de corteza serán grises, casi blancos, de ambos lados. ¿Los conservaré, los ordenaré, los olvidaré? Y si así fuera, ¿en qué sobre de mi correspondencia? ¿En qué estante de mi biblioteca? ¿Qué pensará mi hijo cuando tropiece, y yo ya esté muerto, con estos residuos?
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Abedules de Birkenau: son los propios árboles —«abedules» se dice Birken, «bosque de abedules», Birkenwald— los que han dado su nombre al lugar que los jerarcas del campo de Auschwltz quisieron —lo sabemos— consagrar específicamente al exterminio de las poblaciones judías de Europa. En la palabra Birkenau, la terminación au designa exactamente la pradera donde crecen los abedules. Es pues una palabra para el lugar, en cuanto tal, Pero sería también, hoy, una palabra para el dolor en sí mismo, como me lo hizo notar un amigo con quien hablaba de estas cosas: la exclamación au!, en alemán, corresponde a la marca más espontánea del sufrimiento, como aïe! en francés o ¡ay! en español. Música profunda y a menudo terrible de las palabras abrumadoramente investidas de nuestras obsesiones. Se dice, en polaco, Brzezinka.
Los abedules son los árboles típicos de las tierras pobres, desoladas o de silicio. Se los denomina «plantas pioneras» porque habitualmente constituyen la primera formación arbórea mediante la que un bosque comienza a ganar terreno sobre la landa salvaje. Son árboles muy románticos, a la sombra de los cuales se desarrollan, en la literatura rusa, por ejemplo, innumerables historias de amor, innumerables elegías poéticas. A la sombra de los abedules de Birkenau —los mismos que he fotografiado, ya que el abedul, que no vive más de treinta años en los países templados, resiste aquí, en la tierra polaca, hasta cien años y más— tuvo lugar el estruendo de miles de dramas que testimonian solo algunos manuscritos borrados a medias, sepultados en la ceniza por los miembros del Sonderkommando, esos prisioneros judíos encargados de la manipulación de los cadáveres y destinados, ellos mismos, a la muerte.
Caminé entre los abedules de Birkenau durante un bello día de junio. El cielo estaba plomizo. Hacía calor, la naturaleza florecía a pleno: inocente, bulliciosa, obstinada en su trabajo de vida. Enjambres que se alborotaban en torno a los árboles. El nombre del abedul, en varias lenguas eslavas, está asociado a la renovación primaveral, evoca la savia que comienza a circular nuevamente en los árboles. En Rusia se festeja, a principios del mes de junio, la «semana verde» que celebra la fecundidad del abedul, el árbol nacional. El abedul es, también, el primer árbol del calendario celta: simboliza, se dice, la sabiduría.
¿Qué consecuencia de esa luz para mi ojo que buscaba? ¿Qué consecuencia para mi ojo que, sin buscar más, miró fijamente el suelo o se alzó hacia la lejana copa de los árboles?
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En la Antigüedad, y luego en la Edad Media, la corteza de los abedules fue utilizada como soporte de escrituras y figuras. Una plancha de madera pintada de blanco y con la estampa de una calavera recibe al visitante de este lugar donde dominan el bosque, el ladrillo, el cemento, el alambre de púas. Desde 1945 —desde que este aviso ya no significa nada en lo inmediato—, la pintura blanca y negra se ha descascarado, como la corteza de un abedul. Pero es bien legible todavía y es legible, con ella, el tiempo que la ha vencido. Algunos clavos originales desaparecieron y han debido ajustar el letrero, recientemente, con un moderno tornillo cruciforme.
Llegué al complejo de Auschwitz-Birkenau un domingo por la mañana, muy temprano, a una hora donde el ingreso es todavía libre —qué extraño adjetivo, si uno lo piensa, pero es el adjetivo que otorga sentido a nuestra vida de cada instante, un adjetivo del que habría que saber desconfiar cuando se lee en letras demasiado evidentes, por ejemplo en el hierro forjado del famoso portal Arbeit macht frei—, más precisamente a una hora donde todavía no es obligatorio hacer la visita bajo la autoridad de un guía. Los molinetes metálicos, exactamente iguales a los del metro, aún estaban abiertos. Los cientos de auriculares, todavía colgados en su exhibidor. El pasillo «discapacitados», cerrado todavía. Los letreros nacionales —Polski, Deutsch, Slovensky...— todavía guardados en su estantería. La sala de Kino, aún vacía.
Aquí y allá, otros carteles: la pequeña flecha verde sobre la pared a continuación del molinete, flecha como la conminación a no desviarse del sentido obligatorio, verde como la hoja de los abedules o como una indicación de que el camino está «libre». Carteles para administrar el tráfico humano, como hay realmente, realmente en todas partes. Leo todavía la palabra Vorsicht! («¡Atención!») tachada por un relámpago rojo y seguida de las palabras Hochspannung-Lebensgefahr, es decir, «Alta tensión» y «Peligro de vida» (con las que se quiere Indicar, por cierto, el peligro de la muerte). Pero hoy me parece que esa palabra Vorsicht resuena de un modo muy distinto: más bien como una invitación a conducir la vista (Sicht) hacia un «delante» (vor) del espacio, un «antes» (vor) del tiempo, esto es, una causa de aquello que uno ve (como en la expresión vor Hunger sterben, «morir de hambre»). Esta causa o «cosa originaria» (Ursache) cuya eficacia respecto de la «cosa» de los campos no termina de desentrañarse.
Otros carteles aparecen aún aquí y allá: estelas funerarias, tal como se las denomina, en las que textos escritos en blanco —en las tres lenguas, polaca, inglesa y hebrea— se destacan sobre un fondo negro. O bien, más prosaicas, las señalizaciones tan familiares de las «conductas prohibidas»: guarde silencio; no circule en traje de baño; no fume; no coma, no beba (la imagen muestra, tachada por un trazo rojo, una hamburguesa junto a un gran vaso de Coca); no utilice su teléfono celular; apague su radio portátil; no ingrese con bolsos a este campo, no circule con carritos de bebé; no utilice el flash fotográfico o su cámara en el interior de los pabellones; deje su perro en la entrada.
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Esta barraca del campo de Auschwitz ha sido convertida en un stand comercial: vende guías, casetes, libros de testimonios, obras pedagógicas sobre el sistema concentracionario nazi. Vende inclusive un cómic muy vulgar que parece contar los amores de una prisionera y un guardián del campo. Es, por lo tanto, un poco pronto para Ilusionarse por completo. Auschwitz como Lager, ese lugar de barbarie, ha sido transformado, sin duda, en lugar de cultura, Auschwitz como «museo de Estado», y tanto mejor así. La cuestión es saber de qué tipo de cultura devino, este lugar de barbarie, el sitio ejemplar.
Parece que no hubiera medida común alguna entre la lucha por la vida, por la supervivencia, en el contexto de un «lugar de barbarie», como lo fue Auschwitz en cuanto campo, y un debate sobre las formas culturales de la supervivencia, en el contexto de un «lugar de cultura», como Auschwitz es hoy en cuanto museo de Estado. Sin embargo, hay ciertamente una medida común. El lugar de barbarie hecho posible —porque fue pensado, organizado, sostenido por la energía psíquica y espiritual de todos aquellos que trabajaron allí para negar la vida de millones de personas— por una cierta cultura: una cultura antropológica y filosófica (la raza, por ejemplo), una cultura política (el nacionalismo, por ejemplo), e incluso una cultura estética (lo que condujo a decir, por ejemplo, que un arte podía ser «ario» y otro, «degenerado»). La cultura no es la cereza del pastel de la historia: es todavía y en todo caso un lugar de conflictos donde la historia misma cobra forma y visibilidad en el corazón mismo de las decisiones y los actos, no importa cuán «bárbaros» o «primitivos» sean.
en Cortezas, 2011
Publicado por shangril aediciones, 2014







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