domingo, julio 05, 2020

«imagina si esto…», de Samuel Beckett

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




imagina si esto
un día todo esto
un buen día
imagina
si un día
si un buen día esto
se acabara
imagina



en Poèmes, suivi de Mirlitonnades, 1978









imagine si ceci / un jour ceci / un beau jour / imagine / si un jour / un beau jour ceci / cessait / imagine








sábado, julio 04, 2020

“Regresando solo del paseo”, de Li Tai Po*





Fascinado por el vino,
me olvido del crepúsculo,
hasta que los pétalos cubren
los pliegues de mi túnica.
Borracho, me levanto y regreso,
guiado por la luna del arroyo.
Los pájaros se han ido,
y yo me quedo solo.



en Poesía clásica china, 2001
* También conocido como Li Bo, Li Po, Li Tai Pei, Li Bai











viernes, julio 03, 2020

“Soneto a Leire”, de Bernardo Navia





No intentes nunca ignorar lo innegable
del rastro que dejas tú en mi verso;
ni busques encontrar sentido inverso
a cómo te he nombrado innombrable.

Que no importa cómo pasen los años,
que no importa cómo ruja el olvido;
que tu nombre será lo más querido,
que yo recuerde y, sé, me hará daño.

Y así llora el espejo con mi risa,
pues sabe que no he podido mentirle;
y entonces este verso aquí me avisa

que la luna, como sacerdotisa,
ofrece mi voz, que no pudiste oírle,
pues pasaste sin verme y tan de prisa.



Chicago, otoño, 2017
Inédito











jueves, julio 02, 2020

«La vida es sueño», de Pedro Calderón de la Barca

Fragmento





(Habla Segismundo)

Sueña el Rey que es Rey, y vive
Con este engaño mandando,
Disponiendo y gobernando;
Y este aplauso, que recibe
Prestado, en el viento escribe,
Y en cenizas le convierte
La muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
Viendo que ha de despertar
En el sueño de la muerte?
Sueña el rico en su riqueza,
Que más cuidados le ofrece;
Sueña el pobre que padece
Su miseria y su pobreza;
Sueña el que a medrar empieza,
Sueña el que afana y pretende,
Sueña el que agravia y ofende,
Y en el mundo, en conclusión,
Todos sueñan lo que son,
Aunque ninguno lo entiende.
Yo sueño que estoy aquí
Destas prisiones cargado,
Y soñé que en otro estado
Más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí:
¿Qué es la vida? Una ilusión,
Una sombra, una ficción,
Y el mayor bien es pequeño:
Que toda la vida es sueño,
Y los sueños, sueños son.



1635
















miércoles, julio 01, 2020

«gong», de Efraín Barquero




(1931-2020)


El tiempo ardía apagando los rostros
se inmovilizaban los años para escuchar el grave sonido
se ordenaban en círculo los animales de piedra
las puertas se abrían con lentitud crepuscular
yo avanzaba guiado por el centro de mí mismo
por el extraño peso de mi alma
se apagaban mis pasos como tragados por las aguas
mi aliento se disolvía velozmente
mis ojos palpaban como manos
mis oídos rechazaban lo exterior
nada me era más ajeno que mis pies
nada me era más distante que mis brazos
resonaban solos los espacios comprendidos
a sí mismos se escuchaban los largos aposentos
los dispuestos utensilios ocupaban otro orden
las aves emblemáticas habían adquirido otro poder
vivían las cosas un interior de frutas solas.




en El viento de los reinos, 1967











martes, junio 30, 2020

“El lecho del río”, de Rodrigo Rey Rosa





I
Cuando descorrió las cortinas, la luz lo cegó por un instante. Reconoció el valle y las montañas grises a lo lejos; el sabor de los sueños, que él había aprendido a retener en la memoria, se apagó en su boca. Desde la línea de palmas que cortan por la mitad el valle y ocultan el lecho del río, llegaba la voz de los niños invisibles que juntaban piedras para levantar torres y muros. Alzó los ojos para mirar al cielo, y después de pensar: «Cada día que pasa se ve como si estuviera más lejos», se volvió, arrastró los pies por la alfombra, y volvió a tumbarse en la cama. Alargó el brazo y alcanzó uno de los libros que yacían cubiertos de polvo. Lo abrió, y antes de haber leído la primera frase, lo dejó caer al suelo.


II
Por primera vez esa tarde sintió la tristeza absoluta. Cuando el sol se puso, salió de la casa, y oyó su propia voz que decía: «¡Dios mío!». Varias veces había sentido el silencio, pero por primera vez esa noche deseó que su encanto durase por siempre, a su alrededor, sobre el valle, y si fuese posible, por encima del cielo. Anduvo hasta llegar a la torre más alta que habían construido los niños. Miraba fijamente la arena, y sintió el calor que su cuerpo despedía.

Cuando se dio cuenta de que una mujer lo miraba desde el otro lado del cauce vacío, deseó que la corriente existiera, pues quería estar solo. Ella le sonrió abiertamente. La sal y la arena crujieron bajo sus pies; la mujer se acercó y se detuvo a su lado. Luego se agachó y recogió del suelo una piedra redonda. Abriendo la mano, la ofreció al hombre. Él la aceptó, y extendió su capa en el suelo, y los dos se sentaron. En ese momento una voz se levantó a lo lejos (era el nombre de Dios) y el hombre se puso de pie. Se anudó la capa alrededor del cuello y corrió de vuelta a la aldea. Antes de pasar bajo el arco de barro, soltó la piedra que tenía en la mano y la oyó caer en el suelo. Al doblar una esquina calle arriba, vio una luz reverberar en el muro. Había un broche blanco entre dos ladrillos. Lo tomó, y se prendió la capa con él. Cuando llegó a su casa, su madre le preguntó:

—Ese broche, ¿dónde lo encontraste?
—Me lo dio una mujer —respondió él—. Nos conocimos hoy en el mercado.

Se sentó a la mesa y empezó a comer.


III
Cuando terminó de comer se encerró en su cuarto.

Se acercó a la ventana, y recordó que el blanco de sus ojos comenzaba a mostrarse bajo sus pupilas. «No estoy bien —reflexionó—. ¿Por qué?». Hubiese querido orar, pero no le fue posible. Sin embargo, juntó las manos y se tocó la frente. El viento soplaba con fuerza, e imaginó que la tierra comenzaba a girar más velozmente. «Mañana comienza el invierno —recordó—. Habrá música a la noche».

Al amanecer, cuando se despertó, tenía las manos entre los muslos. Se levantó y pasó frente al espejo. Se miró el cabello negro que le llegaba a los hombros, alargó una mano y rayó el cristal con las uñas. Luego salió al jardín, y el aire frío llenó sus pulmones. Los árboles cargados de fruta, el cielo sin color, y, en el camino, el vaivén de su larga sombra, todo esto ayudaba a aumentar su tristeza. «Quisiera no estar aquí», pensaba. Imaginaba un lugar imposible, donde no soplara el viento y el alma no existiese. Después de andar bastante tiempo por la arena, sus piernas se cansaron. Se tendió junto a un tronco seco, y tocó la superficie áspera y gris con las manos. Una resina oscura brotaba de la madera. Con dificultad, se movió, y sus labios se unieron con la sustancia. Sus músculos se ablandaron. «Ojalá mi vida no fuese así», pensó. Cerró los ojos y dijo: «Aunque esté aquí, no estoy aquí».


IV
Oyó a sus espaldas una voz que decía su nombre. Abrió los ojos, volvió lentamente la cabeza, y vio a la mujer que le había dado la piedra. Aún sentía un enorme cansancio, y un frío interior, semejante al frío que sigue al llanto. La mujer hizo un gesto amistoso; él apartó la mirada. Su mejilla rozó la corteza del tronco, y una sonrisa se formó en su cara. Se puso de pie y empezó a andar aprisa, alejándose de la mujer. Un sonido ronco y continuo se formaba en su garganta. «Si yo quisiera —se dijo a sí mismo—; pero no, no lo quiero». Comenzó a correr. Luego se detuvo y sintió el rumor de la sangre en la cabeza. La mujer, que lo había seguido, se detuvo a su lado. «¿Qué te pasa?», le preguntó. Él no respondió. La miró a los ojos y, en silencio, repitió: «Estoy aquí, pero no estoy aquí». Estuvo a punto de decirle algo, pero fue entonces cuando, a una los dos, miraron en torno: nadie se veía. La mujer se agachó y dibujó un círculo en la arena, y con el dedo marcó un punto en el centro. Él, con dificultad, dijo: «Bueno». Comenzaron a caminar uno al lado del otro. Bajaron siguiendo el lecho del río, y no dejaron de andar después de que hubo oscurecido.

—Van a creer que hemos muerto —dijo ella.
—¿En el pueblo? —replicó él—. No importa. No volveremos.

Más tarde llegaron frente a un enorme peñasco, donde el cauce se dividía. Entonces, desde alguna aldea vecina, llegó débilmente la voz: «Dios es el más grande». Él se inclinó hasta el suelo y tomó un poco de arena en las manos. Ella se acostó a su lado y se quitó el lienzo que le cubría el cabello. Él se acercó más y le dijo: «Ha llovido en las montañas. Tal vez a la noche baje el río». Y entonces, como el agua con el agua, los dos se confundieron.



en 1986. Cuentos completos, 2014











lunes, junio 29, 2020

«Canción de amor», de Williams Carlos Williams

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




¿Qué tengo para decirte
cuando nos encontremos?
Sin embargo —
acá estoy acostado pensando en ti.

La mancha del amor
se extiende sobre el mundo.
Amarilla, amarilla, amarilla,
se va comiendo las hojas
mancha con azafrán
los cuernos de las ramas que se inclinan
pesadamente
contra un delicado cielo púrpura.

Aquí no hay luz —
sólo una espesa mancha de miel
que gotea de hoja en hoja
y de rama en rama
arruinando los colores
del mundo entero.

Estoy solo,
el peso del amor
me mantuvo a flote
hasta que mi cabeza
se golpea contra el cielo.

¡Mírame!
Gotea néctar de mi pelo;
los tordos lo trasladan
en sus alas negras.
Mírame, al fin
mis brazos y mis manos
están sin nada que hacer.

¿Cómo podría saber
si voy a volver a amarte alguna vez
como lo sigo haciendo ahora?





en Poetry: A Magazine of Verse, 1912–22









Love song

What have I to say to you / When we shall meet? / Yet— / I lie here thinking of you. // The stain of love / Is upon the world. / Yellow, yellow, yellow, / It eats into the leaves, / Smears with saffron / The horned branches that lean / Heavily / Against a smooth purple sky. // There is no light— / Only a honey-thick stain / That drips from leaf to leaf / And limb to limb, / Spoiling the colors / Of the whole world. // I am alone. / The weight of love / Has buoyed me up / Till my head / Knocks against the sky. // See me! / My hair is dripping with nectar— / Starlings carry it / On their black wings. / See, at last / My arms and my hands / Are lying idle. // How can I tell / If I shall ever love you again / As I do now?












domingo, junio 28, 2020

“El llanto del ermitaño”, de Carmen Martín Gaite





Fábula política para los olivareros de Jaén


Érase una vez un pequeño reino cuya prosperidad y recto gobierno venían decantados desde tiempo inmemorial en una serie de crónicas elaboradas por los letrados de la Cámara regia, con el visto bueno del primer Mandatario, encargado, a su vez, de pasárselas al rey, quien solía leérselas a sus hijos en voz alta cuando, de vuelta de sus viajes y cacerías, se reunía con ellos al amor de la gran chimenea del castillo, situado en un altozano y rodeado de un parque muy frondoso. Las excelencias de aquella prosa, donde se hablaba de abundancia y concordia, provocaban una grata embriaguez en el ánimo de todos los presentes.

Cuatro veces por año, doscientos emisarios reales, precedidos de heraldos, se dispersaban por las villas y lugares del reino, y desde una tarima que se montaba y engalanaba en el centro de las plazas públicas, repartían entre los vasallos un extracto manuscrito de aquellas crónicas. Los vasallos, agricultores en su mayoría, se acercaban a la tarima con gesto receloso, recogían con los ojos bajos una copia que se les tendía, y una vez llegados a sus casas envolvían con ella pedazos de tocino rancio, hacían cucuruchos para altramuces o la tiraban a la lumbre, porque ninguno sabia leer.

Un año, por el mes de marzo, se extendió por toda la comarca una peste tan espantosa como jamás se había conocido. Se interrumpieron las cosechas, los muchachos, gritando de hambre, se entregaron a la rapiña, y hombres y mujeres andaban sueltos por los campos, paciendo cardos, hinojos y tagaminas, a causa de lo cual muchos murieron hinchados. Se llegaron a comer, hechos tasajos, los asnos que morían en los ejidos, y las enfermedades y la aflicción se propagaban como un incendio; los muertos eran tantos que no se daba abasto a enterrarlos y a muchos se los comieron los perros.

A principios de abril ya no se pudo evitar que el hedor y la pestilencia empezaran a llegar al parque real, en ráfagas que enturbiaban el aroma de los tamarindos. Cundió también la voz de que un grupo de vasallos levantiscos se había amotinado en una villa cercana y avanzaban hacia el castillo armados de garrotes. El primer Mandatario, después de dar órdenes oportunas para que el motín fuera sofocado, hizo traer a su presencia al hombre de quien había partido la noticia: un viejo ermitaño que vivía a pocas leguas del castillo, admirado por su sabiduría y santidad y de quien era fama que a veces mantenía cenáculo con algunos agricultores, a quienes aconsejaba en problemas de siembra, rencillas o enfermedad.

Conducido el ermitaño al castillo con custodia de cuatro guardias, y consultado sobre la solución de aquellas emergencias, dijo que le parecía llegado el momento de hablar con el pueblo y prometerle remedios para la calamidad que le afligía, pues, según su opinión, se trataba de gente tan desvalida como deseosa de escuchar palabras de corazón y buena fe.

El gran Mandatario, que desconfiaba de los contactos que el ermitaño pudiera mantener con los rebeldes, una vez escuchado su consejo, le mandó encerrar en una mazmorra, donde pasó la noche en oración, mientras un grupo de letrados, a la luz de los candelabros de oro, redactaba el discurso que el primer Mandatario había de dirigir a los vasallos, convocados con carácter extraordinario, desde la balconada principal del castillo, y cuyo texto satisfizo a todos por su mucha elocuencia.

A la mañana siguiente, el primer Mandatario volvió a llamar a su presencia al ermitaño para que escuchara el discurso y diera su beneplácito. Le recibió en la sala de armas, vestido con uniforme de gala, y sin invitarle a que tomara asiento, comenzó a leer el texto, complaciéndose en las inflexiones de su voz segura y altisonante que subrayaba con ademanes orgullosos. Las palabras amor, felicidad y justicia salían de sus labios como piedras lanzadas al vacío. Cuando concluyó, el sudor humedecía sus sienes; dejó caer los brazos y se quedó mirando a lo lejos, como esperando el aplauso. Pero en la sala de armas reinaba un silencio sepulcral.

- ¡Habla! –exclamó al cabo con irritación, mirando al ermitaño, en cuyos ojos se leía una profunda tristeza-. Te he llamado para que me des tu opinión sobre el discurso. ¿No es perfecto?

El ermitaño le sostuvo la mirada y movió la cabeza negativamente, sin pronunciar una palabra. El primer Mandatario, fuera de sí, se abalanzó sobre él y lo zarandeó.

-¡Di lo que sea! ¿Por qué? ¿Qué le falta?

El ermitaño se desprendió con dulzura, pero con firmeza, de los brazos de su agresor, que respiraba agitadamente. Hubo un silencio, volvieron a mirarse.

-Le faltan las lágrimas –dijo, al fin, el ermitaño.

Y, dejándose caer en el suelo, escondió la cabeza entre las manos y rompió a sollozar.


Septiembre de 1977



en Todos los cuentos, 2019

 









sábado, junio 27, 2020

«Canto de adivinación», de Li Zhi-yi

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Vivo río arriba y tú
río abajo por el Río Azul.
Día tras día pienso en ti
pero no alcanzo a divisarte,
aunque bebemos como si fuéramos uno
la misma agua clara del Río Azul.

¿Cuándo dejará la continua agua de fluir?
¿Cuándo dejará de crecer infinito mi dolor?
Desearía que tu corazón fuera uno con el mío,
entonces no suspiraría en vano yo por ti.












viernes, junio 26, 2020

“No tengas la arrogancia de olvidarme”, de David Preiss





No tengas la arrogancia de olvidarme,
me decía una y otra vez ante al espejo
buscando un rastro de tu rostro en esa sombra
que desde el horizonte me invocaba.
No tengas la arrogancia de olvidarme
repetía ante la fuente
buscando un signo de tu rostro
desde el círculo del agua ciudadana
que reclama en la plaza solitaria.
No tengas la arrogancia de olvidarme
insistía otra vez ante el pantano
en que Narciso se interroga
por su rostro, por su vida
y en el oscuro azogue
no deja rastro alguno nuevamente.



en Bocado, 2011











jueves, junio 25, 2020

«he visto y he oído», de goyeneche







he visto a una señora
que simulaba no poder
moverse con facilidad
correr hace un asiento vacío
con el colectivo el movimiento



«el cuerpo habla».




he oído la cara de desprecio
que un tipo al lado mío
                                          puso
al ver que otra señora
se ponía a evangelizar

a un ciego





he sentido la complicidad
con este tipo y esa cara pero…

¿cómo puede ser que la acción
evangelizadora de esta señora
no fuera dañina

y en cambio la que se supone
desevangelizadora actitud
de este hombre

sí lo fuera

si todos vamos hacia lo mismo:
hacia el cuerpo?





he oído y visto,
antes de subirme al colectivo,
a una conductora de tv
                                          decir
luego de un informe
sobre un transplante
de cara

que si bien la cara injertada todavía no respondía
    a los músculos del cuerpo receptor

pronto
el alma
imprimiría sobre la cara nueva expresión,
    sentimientos y luego nuevos gestos
comprendo que esta mujer se salte
varios nexos:

del alma a la voluntad
de la voluntad a la conciencia
de la conciencia al cuerpo
y del cuerpo el gesto

he comprendido
luego de ver esto
que hay personas
con más escalones que otras.








y por último
he oído decir a una señora,
sintetizando:

              «hay que pasar por encima
              de todos los que se ponen

              en el camino
              de uno».



en flores el intento, 2015

















miércoles, junio 24, 2020

“La noche breve”, de Ibn al-Zaqqāq





En las sombras nocturnas vino a verme,
púdica y fiel, la deliciosa virgen.
Las copas que me dio fueron luceros
que el poniente encontraron de mis labios.
Mas la noche corrió vertiginosa,
como un negro caballo gigantesco,
y me dijo, al partir, cuando en lo oscuro
ya reían los dientes de la aurora:
-Pues veo que te bebes las estrellas,
con miedo escapo, por salvar las mías.



en Poesías, 1956











martes, junio 23, 2020

«¿Qué es la poesía hoy?», de José Luis Bobadilla






Estas notas no son en realidad una respuesta a una pregunta tan ambiciosa como la que da título a las mismas. Son, sin embargo, una aproximación al problema.

*

Antes de empezar, me gustaría invocar una líneas de un ensayo de William Carlos Williams para que acompañen, como una atmósfera, las palabras a continuación. Las líneas son el arranque de «Cómo escribir», y dicen así:

          «Uno toma un papel, o cualquier cosa: una tablilla, una pizarra o un cartón, y con algo a mano que sirva a ese propósito comienza a anotar las palabras que corresponden a la idea que tiene en mente. Ésta es la fase anárquica de la escritura. La blancura de la superficie puede hacer que la mente se retraiga, puede que le sea imposible hacer honor a sus facultades. Lo mismo da: es preciso escribir, escribir lo que sea, por mucho que no valga nada; nada cuesta destruir luego lo escrito. Pero para escribir algo que merezca la pena es absolutamente esencial que la mente fluya y se lance a la tarea.

Hay que olvidarse de las reglas, de toda restricción, lo mismo que del gusto, de lo que se estima conveniente; hay que escribir por el mero placer de hacerlo, ya sea lenta o rápidamente: abandonar toda forma de resistencia que impida la completa liberación».

*

Un poema es una respiración, lo han dicho muchos, es decir, una medida, lo que significa además que es una noción del tiempo. ¿Pero qué tiempo? Otro, me parece, no muy distinto al de la vida cotidiana. En otro momento quizá, los poemas ayudaban a salirse del tiempo de la vida cotidiana, pero hoy, considero que los mejores poemas hacen lo contrario: nos llevan al presente. Por lo mismo estos poemas, los que creo los mejores, se construyen de modos particulares. Poseen granulosidad, relieve, son astillas o fragmentos que no abandonan el instante sino que lo materializan. Esto lo consiguen haciendo de sus imágenes, physis, es decir, no representaciones ni hallazgos de relaciones entre objetos, más bien golpes o latidos, imágenes que son sonidos también.

Robert Creeley, el poeta norteamericano, escribió: «―it / it―» ¿Ven?, algo que en español, más que un «eso» podría ser un «esto». Un chasquido, la marca del tiempo en un platillo, música, pausa pero también suceso. Lo que ocurre cuando ocurre, y esto no es un error. Presente es lo que se atraviesa en el momento en que se atraviesa. Lo que quiero decir es que el poema es lo que se atraviesa, desde un antes y hacia un después. Sí, un proceso pero algo más y también algo muy distinto de un haikú, forma y sensibilidad proveniente de un pasado remoto, conocido como siglo XVI.

Algo que ocurre, eso, es un poema. Pero para que esto suceda, el poema debe ser sentidos. Lo digo bien. Sentidos y no sentido. El sentido es lo que cualquiera de nosotros con mayor o menor preparación le adjudicamos a un grupo de palabras más o menos ordenadas que llamamos también «poema».

Pero vuelvo a lo anterior. Poema, pienso, es sentidos. ¿Cuáles?: Todos.

Parto un melón. Este melón tiene una temperatura interna que se abre a una temperatura externa. Este melón tiene una corporalidad que una vez que baja el cuchillo, cambia. Ahora, esto que parece simple no lo es tanto. Corto el melón, lo muerdo, y se operan varias fuerzas y esas fuerzas son vibraciones que perturban mis dientes, mi paladar y mi lengua y entonces lo que siento es que el melón sabe en mi boca, que tiene una consistencia, una granulosidad, se me deshace como pequeños granos de azúcar en la lengua. La saliva juega su rol, por supuesto. Luego bajará al estómago.

Pero les decía que esto no es tan simple. Corto el melón, baja el cuchillo y silva el filo del acero en fricción con la cáscara, la carne y finalmente cae un trozo. El poeta Louis Zukofsky escribió el siguiente poema:


          Un incidente

          Al apoyarme sobre la mano izquierda
          sosteniendo un cigarrillo
          demasiado cerca del oído
          perplejo
          oí la ceniza
          crepitar
          como si fuese una fogata
          ayer
          encendida
          y hoy
          igualmente olvidada.


¿Ven? Presente. Lo que atravesó el «oído perplejo», el «crepitar de la ceniza», es, y luego pasado. Edgar Bayley, el poeta argentino también escribió: «y tendremos lo que fuimos somos». Presente.

Les decía del melón. Una vez cortado se abre en partes y en ese mismo instante se pudre. Comienza un proceso más veloz de oxidación. Mis ojos podrían ver este proceso si quisieran. Nada es más rápido o lento de lo que decidimos. Mis ojos, por desgracia, están muy acostumbrados a lo fácil. El mundo es hoy imágenes muy pobres. Casi todas son lo mismo. Claro, hay excepciones. ¿Alguno de ustedes ha visto la película Costa da morte de Lois Patiño? He ahí un ejemplo de imágenes que no se dan fáciles pero que limpian la mirada, la desajustan, la incomodan, la ponen a trabajar, avanzan despacio, a contrapelo de lo que ya hemos visto. Lo mismo sucede con el cine de Abbas Kiarostami. El melón fue redondo. Ahora es otra cosa. Algo como pedazos, pero no exactamente. Con las manos puedo darme cuenta de ello. Esperen, antes de eso está la piel. Es rugosa. ¿A qué se parece? Se siente como la bolsa de mis testículos, pero dura. Aunque en realidad es solamente la cáscara de un melón que estoy cortando. Qué fragancia más fresca. Me acuerdo con esto de Vallejo, de su poema «Altura y pelos»: «¿Quién no se llama Carlos o cualquier otra cosa? / ¿Quién al gato no dice gato gato?»

O ese otro poema hecho de palabras, de sustantivos, adjetivos, verbos, preposiciones, y otras vez sustantivos, artículos más sustantivos. ¿No me creen? El poema está en Los poemas humanos y es de 1937. Miren. Se llama «La paz, la avispa»:


          La paz, la avispa, el taco, las vertientes,
          el muerto, los decilitros, el búho,
          los lugares, la tiña, los sarcófagos, el vaso, las morenas,
          el desconocimiento, la olla, el monaguillo,
          las gotas, el olvido,
          la potestad, los primos, los arcángeles, la aguja,
          los párrocos, el ébano, el desaire,
          la parte, el tipo, el estupor, el alma…

          Dúctil, azafranado, externo, nítido,
          portátil, viejo, trece, ensangrentado,
          fotografiadas, listas, tumefactas,
          conexas, largas, encantadas, pérfidas…

          Ardiendo, comparando,
          viviendo, enfureciéndose,
          golpeando, analizando, oyendo, estremeciéndose,
          muriendo, sosteniéndose, situándose, llorando…

          Después, éstos, aquí,
          después, encima,
          quizá, mientras, detrás, tanto, tan nunca,
          debajo, acaso, lejos,
          siempre, aquello, mañana, cuánto,
          cuánto!…

          Lo horrible, lo suntuario, lo lentísimo,
          lo augusto, lo infructuoso,
          lo aciago, lo crispante, lo mojado, lo fatal,
          lo todo, lo purísimo, lo lóbrego,
          lo acerbo, lo satánico, lo táctil, lo profundo…


Entonces, ¿qué es la poesía, el poema hoy? Hasta aquí he citado poemas, pero qué pasa si dejando el melón atrás, cito ahora un fragmento de «El castillo de Teayo» de Juan Rulfo, un pedazo de esa prosa:

          «A nuestro lado se traslucía la selva. Las ceibas altas, desmembradas, transparentándose a veces. Las parotas avanzando sus raíces hasta el camino. Los otates. Gruñidos de cosas. Se oía el croar de las ranas y más que ninguna otra cosa el griterío de los grillos. Todo estaba lleno de ese ruido ininterrumpido y sin ningún silencio».

En otro lugar Rulfo dice que: «quien tiene suficiente material para crear logra hacer arte aún de una gota de rocío caída en cualquier punta de una hoja». Pero me distraigo. La selva, digo, es un sonido, sí, un ruido permanente, pero también la escritura, los sonidos de las palabras: crrroar, rrranas, grrriterío, grrrillos; son un zumbido que eriza la piel y trae la selva a nuestro cuerpo. Michael Mclure, otro poeta norteamericano puntualizó lo siguiente:

          «La poesía es un principio muscular que viene del cuerpo ―es la acción de los sentidos, lo que se oye, se ve, se saborea, toca y huele, tanto como lo que se imagina y razona― mediante la acción atlética de la voz en la página y en el mundo. La poesía es uno de los filos de la conciencia. Y la conciencia es algo real como las astas de un venado, o el olor de un arbusto de zarzamoras, bajo el sol, a la orilla del camino».

Y antes de terminar, quisiera leer un fragmento de Juan O’Gorman, un arquitecto. Es un fragmento de su Autobiografía y creo que cierra bien lo que he intentado decir:

          «Cuando el maestro historiador del arte Élie Faure vino a México, más o menos por el año de 1939, se alojó en el hotel de San Ángel Inn, ubicado frente al estudio de Rivera, quien era amigo de este escritor extraordinario. Él, hombre muy ocupado, me explicó la importancia de acompañar a Faure a los diversos lugares donde deseaba ir. Esto es, para ayudarle a encontrar medios de circulación y acompañarlo. El primer lugar que visitamos fue el Museo de Arqueología del Instituto de Antropología, instalado entonces en las calles de La Moneda. Faure quería ver las grandes esculturas del México prehispánico. Llegamos temprano una mañana y permanecimos allí todo el tiempo que fue posible, hasta que a las dos de la tarde el vigilante de la sala nos explicó que era la hora de cerrar. Faure, después de haber llorado frente a la Coatlicue y de haberme dicho cosas extremadamente importantes sobre la gran escultura del México prehispánico, salió conmigo a la calle de La Moneda. Al salir del museo, pasó frente a nosotros una muchachita con la falda muy alta, enseñando las piernas. Noté que no le quitaba la vista a las piernas de esa mexicana, que iba frente a nosotros. Cuando la chica se fue por otra calle, me dijo: ‘Hijo, te voy a dar una lección que nunca debes olvidar: acuérdate que siempre puedes ver cosas más bellas en la calle que en los museos.’ Claro está que para todo hombre de calidad es más importante la vida que el arte».




Conferencia impartida hace unos años en la Universidad Iberoamericana, CDMX








en Mula blanca, 28 de mayo, 2019












lunes, junio 22, 2020

«Enciendo un fuego sin fondo», de Héctor Monsalve





Enciendo un fuego sin fondo
en lo oscuro del recuerdo.

Ya no hay temor que frene,
que delate.

Hago calzar las piedras y comparo,
cayendo en lo que fui
mientras me nombro.



en Yo Héctor, 2015
Ajiaco ediciones