jueves, agosto 18, 2022

“Los objetos”, de Silvina Ocampo





Alguien regaló a Camila Ersky, el día que cumplió veinte años, una pulsera de oro con una rosa de rubí. Era una reliquia de familia. La pulsera le gustaba y solo la usaba en ciertas ocasiones, cuando iba a alguna reunión o al teatro, a una función de gala. Sin embargo, cuando la perdió, no compartió con el resto de la familia, el duelo de su pérdida. Por valiosos que fueran, los objetos le parecían reemplazables. Solo apreciaba a las personas, a los canarios que adornaban su casa y a los perros. A lo largo de su vida, creo que lloró por la desaparición de una cadena de plata, con una medalla de la virgen de Luján, engarzada en oro, que uno de sus novios le había regalado. La idea de ir perdiendo las cosas, esas cosas que fatalmente perdemos, no la apenaba como al resto de su familia o a sus amigas, que eran todas tan vanidosas. Sin lágrimas había visto su casa natal despojarse, una vez por un incendio, otra vez por un empobrecimiento, ardiente como un incendio, de sus más preciados adornos (cuadros, mesas, consolas, biombos, jarrones, estatuas de bronce, abanicos, niños de mármol, bailarines de porcelana, perfumeros en forma de rábanos, vitrinas enteras con miniaturas, llenas de rulos y de barbas), horribles a veces, pero valiosos. Sospecho que su conformidad no era un signo de indiferencia y que presentía con cierto malestar que los objetos la despojarían un día de algo muy precioso de su juventud. Le agradaban tal vez más a ella que a las demás personas que lloraban al perderlos. A veces los veía. Llegaban a visitarla como personas, en procesiones, especialmente de noche, cuando estaba por dormirse, cuando viajaba en tren o en automóvil, o simplemente cuando hacía el recorrido diario para ir a su trabajo. Muchas veces le molestaban como insectos: quería espantarlos, pensar en otras cosas. Muchas veces por falta de imaginación se los describía a sus hijos, en los cuentos que les contaba para entretenerlos, mientras comían. No les agregaba ni brillo, ni belleza, ni misterio: no hacía falta.

 

Una tarde de invierno volvía de cumplir unas diligencias en las calles de la ciudad y al cruzar una plaza se detuvo a descansar en un banco. ¡Para qué imaginar Buenos Aires! Hay otras ciudades con plazas. Una luz crepuscular bañaba las ramas, los caminos, las casas que la rodeaban; esa luz que aumenta a veces la sagacidad de la dicha. Durante un largo rato miró el cielo, acariciando sus guantes de cabritilla manchados; luego, atraída por algo que brillaba en el suelo, bajó los ojos y vio, después de unos instantes, la pulsera que había perdido hacía más de quince años. Con la emoción que produciría a los santos el primer milagro, recogió el objeto. Cayó la noche antes que resolviera colocar como antaño en la muñeca de su brazo izquierdo la pulsera.

 

Cuando llegó a su casa, después de haber mirado su brazo, para asegurarse de que la pulsera no se había desvanecido, dio la noticia a sus hijos, que no interrumpieron sus juegos, y a su marido, que la miró con recelo, sin interrumpir la lectura del diario. Durante muchos días, a pesar de la indiferencia de los hijos y de la desconfianza del marido, la despertaba la alegría de haber encontrado la pulsera. Las únicas personas que se hubieran asombrado debidamente habían muerto.

 

Comenzó a recordar con más precisión los objetos que habían poblado su vida; los recordó con nostalgia, con ansiedad desconocida. Como en un inventario, siguiendo un orden cronológico invertido, aparecieron en su memoria la paloma de cristal de roca, con el pico y el ala rotos; la bombonera en forma de piano; la estatua de bronce, que sostenía una antorcha con bombitas de luz; el reloj de bronce; el almohadón de mármol, a rayas celestes, con borlas; el anteojo de larga vista, con empuñadura de nácar; la taza con inscripciones y los monos de marfil, con canastitas llenas de monitos.

 

Del modo más natural para ella y más increíble para nosotros, fue recuperando paulatinamente los objetos que durante tanto tiempo habían morado en su memoria. Simultáneamente advirtió que la felicidad que había sentido al principio se transformaba en malestar, en un temor, en una preocupación.

 

Apenas miraba las cosas, de miedo de descubrir un objeto perdido.

 

Desde la estatua de bronce con la antorcha que iluminaba la entrada de la casa, hasta el dije con el corazón atravesado con una flecha, mientras Camila se inquietaba, tratando de pensar en otras cosas, en los mercados, en las tiendas, en los hoteles, en cualquier parte, los objetos aparecieron. La muñeca cíngara y el calidoscopio fueron los últimos. ¿Dónde encontró estos juguetes, que pertenecían a su infancia? Me da vergüenza decirlo, porque ustedes, lectores, pensarán que solo busco el asombro y que no digo la verdad. Pensarán que los juguetes eran otros parecidos a aquellos y no los mismos, que forzosamente no existirá una sola muñeca cíngara en el mundo ni un solo calidoscopio. El capricho quiso que el brazo de la muñeca estuviera tatuado con una mariposa en tinta china y que el calidoscopio tuviera, grabado sobre el tubo de cobre, el nombre de Camila Ersky.

 

Si no fuera tan patética, esta historia resultaría tediosa. Si no les parece patética, lectores, por lo menos es breve, y contarla me servirá de ejercicio. En los camarines de los teatros que Camila solía frecuentar, encontró los juguetes que pertenecían, por una serie de coincidencias, a la hija de una bailarina que insistió en canjeárselos por un oso mecánico y un circo de material plástico. Volvió a su casa con los viejos juguetes envueltos en un papel de diario. Varias veces quiso depositar el paquete, durante el trayecto, en el descanso de una escalera o en el umbral de alguna puerta. No había nadie en su casa. Abrió la ventana de par en par, aspiró el aire de la tarde. Entonces vio los objetos alineados contra la pared de su cuarto, como había soñado que los vería. Se arrodilló para acariciarlos. Ignoró el día y la noche. Vio que los objetos tenían caras, esas horribles caras que se les forman cuando los hemos mirado durante mucho tiempo.

 

A través de una suma de felicidades Camila Ersky había entrado, por fin, en el infierno.




en Cuentos completos, 1999

























miércoles, agosto 17, 2022

«Una vértebra», de Juan Forn





 

Un paquebote cruza el océano rumbo a Buenos Aires en 1929. En él viajan la cantante Josephine Baker con uno de sus maridos y el arquitecto suizo Le Corbusier con una de sus amantes-mecenas. Furioso romance a bordo: la Baker siente que ha encontrado un espíritu afín de complicidad infantil. Le Corbusier la ve como una clienta potencial y trata de convencerla para construirle un orfanato en el sur de Francia. Aunque estaba viajando a nuestro país con una magna tarea en mente (rediseñar urbanísticamente Buenos Aires, convertirla en un ejemplo para las grandes capitales del mundo), todo Le Corbusier está en aquel camarote de transatlántico en 1929.

La Baker tenía 23 años y, aunque ya iba por su tercer matrimonio, no había empezado todavía a adoptar su legendaria docena de huérfanos. Le Corbusier le dio la idea, cuando le habló, en la cama de aquel camarote, de la luz y del sol, esos milagros gratuitos de vivir cerca del mar, y de una casa enorme y blanca que recibiera niños que no tenían nada y les diera eso: luz, calor, mar. Le Corbusier es famoso por la frase: «Una casa es una máquina que se habita». Pero yo creo que lo pinta mejor esta otra: «La casa ha de ser un estuche de la vida». Le Corbusier también es famoso por haber podido construir menos de la milésima parte de las cosas que proyectó (y que cambiaron la arquitectura del siglo veinte). Por supuesto, su proyecto de Buenos Aires nunca prosperó. También había fracasado cuatro años antes, en 1925, cuando propuso derribar la Orilla Derecha del Sena para transformar París. En otros países que lo desvelaron, como Brasil, la India y Japón, dejó edificios magníficos, pero lo único que dejó en nuestro país fue una casa, la Casa Curutchet en La Plata, que en realidad hizo Amancio Williams bajo la dirección a distancia del maestro desde París, y eso fue veinte años después, cuando Buenos Aires ya había olvidado por completo su visita de 1929.

En realidad, la casa que iba a hacer Le Corbusier era para Victoria Ocampo. El amante de Victoria, Julián Martínez, le encargó un proyecto al suizo en aquella visita en 1929. Pero la Ocampo se cansó de Martínez y dejó a un lado los planos de la casa que su amante quería regalarle. Años después, a la Ocampo se le ocurrió que quería una casa Le Corbusier, así que rescató aquellos planos del ropero y se los dio a... Bustillo, para que hiciera la casa. Imaginen una casa Le Corbusier hecha por el arquitecto que hizo el Provincial de Mar del Plata, el Llao-Llao de Bariloche y el Banco Nación de Buenos Aires. A Le Corbusier no le gustó ni medio, ni la casa ni la Ocampo. La casa le pareció ostentosa y vacua, y la dueña, también: como tantas de esas amantes-mecenas que yo creo que se llevaba a la cama no para conseguir encargos, sino para decidir si aceptaría hacerlos o no.

A mí me resulta mucho más significativa la relación enferma pero indestructible que tuvo con su mujer de toda la vida, Ivonne, un espíritu libre del Mediterráneo, intuitiva, desinhibida, sensual, tempestuosa, borracha, mannequin fugaz en Montecarlo y confidente única de aquel suizo famoso por no franquearse nunca con nadie, ni en público ni en privado. Le Corbusier la llevaba a su lado a algunas cenas de negocios para que ella verbalizara a su manera salvaje lo que él, con su temperamento helvético, no podía decir. Cuando se casaron le hizo un famoso dúplex de vidrio y le puso un bidet al lado de la cama; ella le tejió un gigantesco cubretetera de crochet; decía que le daba frío verlo descubierto, aunque se paseaba desnuda y con las cortinas abiertas por todo el departamento. Le Corbusier se pasó la vida aceptando encargos en cualquier parte del mundo para huir de ella, pero volvía siempre a la casa que le hizo en Cap Martin, en las afueras del pueblo donde ella había nacido. No existía para él otro lugar donde franquearse. Y, cuando ella murió, lo dejó vacío, desolado, irreconocible.

Le hizo una tumba en el cementerio marino de Cap Martin que está en la cima de una colina que mira al Mediterráneo. Es una tumba doble, con una lápida casi a ras del piso, en el rincón con mejor vista al mar del pequeño camposanto, y ahí decidió que descansarían también sus restos. Y aunque ahí murió, ocho años después (a los 78, nadando en el mar), antes de que lo enterraran fue despedido con un funeral de Estado en París. Se trasladó el cuerpo, las exequias fueron en el patio cuadrado del Louvre, al anochecer, veinte soldados escoltaron con antorchas el ataúd al ritmo de la marcha fúnebre de Beethoven, una comitiva procedente de la India vertió agua del Ganges sobre las cenizas, otra comitiva procedente del Brasil esparció tierra roja de Brasilia y una tercera comitiva de Japón dejó caer un puñado de hojas de cerezo de Kioto. Malraux, que coordinó los fastos, no quiso privarse de pronunciar unas últimas, bombásticas palabras: «Es hermoso que aquí estén presentes el Oriente y el Occidente, en unión fraternal entre el mundo físico y el mundo espiritual, el agua y la tierra y el fruto de ambos». Recién entonces se cumplió el deseo de Le Corbusier: se cremaron sus restos (cuando hicieron lo mismo con Ivonne, una vértebra quedó mágicamente intacta del fuego; Le Corbusier la llevaba colgada de un cordón al cuello cuando lo encontraron muerto) y las cenizas fueron por fin a descansar al cementerio de Cap Martin.

Arquitectos jóvenes y viejos de todo el mundo van en peregrinación hasta allá, a admirar cómo juega la estructura geométrica de la lápida con la sección áurea, pero yo prefiero lo que hizo John Berger, que fue seguir el trayecto que hizo Le Corbusier aquel último día que bajó de su casa al mar y se murió en el agua, tal como había soñado morir desde joven: nadando hacia el sol, de mañana, temprano. Dice Berger que desde la casa de Le Corbusier se sigue un sendero entre matorrales y una vía muerta hasta llegar a un café de madera y techo de chapa, una barraca, pero construida de acuerdo con sus consejos, porque el patrón era viejo amigo. En la pared de madera que da a la cala por donde se internó en el mar esa mañana, Le Corbusier había pintado su famoso emblema del hombre de seis pies de altura, el Modulor que mide toda su arquitectura. El sol y la sal y el rocío marino lo han ido blanqueando y afantasmando. A lo lejos se ve Montecarlo. Toda la línea costera exhorta a la riqueza, pero el Modulor puede mirar hacia otro lado, afortunadamente. Hacia abajo, a la cala donde rompen mansamente las olas, o a lo lejos, hacia el horizonte, donde en ese instante atardece. A un costado de la figura desvaída del Modulor quedó en la madera la huella de una mano en pintura. Todos van a Cap Martin a ver la tumba doble en el camposanto, pero yo creo con Berger que el verdadero monumento funerario de Le Corbusier es esa mano, que podría ser la de alguno de los huerfanitos de Josephine Baker, o la nuestra, o la del Hombre Nuevo.




en Página 12, 6 de abril, 2012












Contribución indirecta a DscnTxt de Rosario Salinas















martes, agosto 16, 2022

“Donde su fuego nunca se apaga”, de May Sinclair





No había nadie en el huerto. Enriqueta Leigh salió furtivamente al campo por el portón de hierro sin hacer ruido. Jorge Waring, teniente de Marina, la esperaba allí.

 

Muchos años después, siempre que Enriqueta pensaba en Jorge Waring, revivía el suave y tibio olor de vino de las flores de saúco, y siempre que olía flores de saúco volvía a ver a Jorge con su bella y noble cara como de artista y sus ojos de azul negro. Ayer mismo la había pedido en matrimonio, pero el padre de ella la creía demasiado joven, y quería esperar. Ella no tenía diecisiete años todavía, y él tenía veinte, y se creían casi viejos ya.

 

Ahora se despedían hasta tres meses más tarde, para la vuelta del buque de él. Después de pocas palabras de fe, se estrecharon en un largo abrazo, y el suave y tibio olor de vino de las flores de saúco se mezclaba en sus besos bajo el árbol. El reloj de la iglesia de la aldea dio las siete, al otro lado de campos de mostaza silvestre. Y en la casa sonó un gong. Se separaron con otros rápidos y fervientes besos. Él se apuró por el camino a la estación del tren, mientras ella volvía despacio por la senda, luchando con sus lágrimas.

 

—Volverá en tres meses. Puedo vivir tres meses más —se decía.

 

Pero no volvió nunca. Su buque se hundió en el Mediterráneo, y Jorge con él. Pasaron quince años. Inquieta esperaba Enriqueta Leigh, sentada en la sala de su casita de Maida Vale, donde habitaba sola desde hacía pocos años, después de la muerte de su padre. No alejaba su vista del reloj, esperando las cuatro, la hora que Oscar Wade había fijado. Pero no estaba muy segura de que él viniera, después de haber sido rechazado el día antes. Y se preguntaba ella por qué razones lo recibía hoy, cuando el rechazo de ayer parecía definitivo, y había pensado ya bien que no debía verlo nunca más, y se lo había dicho bien claro.

 

Se veía a sí misma, erguida en su silla, admirando su propia integridad, mientras él quedaba de pie, cabizbajo, abochornado, vencido; volvía a oírse repetir que no podía y no debía verlo más, que no se olvidara de su esposa, Muriel, a quien él no debía abandonar por un capricho nuevo. A lo que había respondido él, irritado y violento:

 

—No tengo por qué ocuparme de ella. Todo acabó entre nosotros. Seguimos viviendo juntos sólo por el qué dirán.

 

Y ella, con serena dignidad:

 

—Y por el qué dirán, Oscar, debemos dejar de vernos. Le ruego que se vaya.

—¿De veras lo dice?

—Sí. No nos veremos nunca más. No debemos.

 

Y él se había ido, cabizbajo, abochornado y vencido, cuadrando sus espaldas para soportar el golpe. Ella sentía pena por él, había sido dura sin necesidad. Ahora que ella le había trazado su límite, ¿no podrían, quizá, seguir siendo amigos? Hasta ayer no estaba claro ese límite, pero hoy quería pedirle que se olvidara de lo que había dicho.

 

Y llegaron las cuatro, las cuatro y media y las cinco. Ya había acabado con el té, y renunciado a esperar más, cuando cerca de las seis él llegó, como había venido una docena de veces ya, con su paso medido y cauto, con su porte algo arrogante, sus anchas espaldas alzándose en ritmo. Era hombre de unos cuarenta años, alto y robusto, de cuello corto y ancha cara cuadrada y rósea, en la que parecían chicos sus rasgos, por lo finitos y bellos. El corto bigote, pardo rojizo, erizaba su labio, que avanzaba, sensual. Sus ojillos brillaban, pardos rojizos, ansiosos y animales. Cuando no estaba cerca, Enriqueta gustaba de pensar en él; pero siempre recibía un choque al verlo, tan diferente, en lo físico al menos, de su ideal, que seguía siendo su Jorge Waring. Se sentó frente a ella, en un silencio molesto, que rompió al fin:

 

—Bueno; usted me dijo que podía venir, Enriqueta.

 

Parecía echar sobre ella toda la responsabilidad.

 

—¡Oh, sí; ya lo he perdonado, Oscar!

 

Y él dijo que mejor era demostrárselo cenando con él, a lo que ella no supo negarse, y, simplemente, fueron a un restaurante en Soho. Oscar comía como gourmet, dando a cada plato su importancia, y ella gustaba de su liberalidad ostentosa sin la menor mezquindad. Al fin terminó la cena. El silencio embarazoso, su cara encendida le decían lo que él estaba pensando. Pero, de vuelta, juntos, la había dejado en la puerta del jardín. Lo había pensado mejor.

 

Ella no estaba segura de si se alegraba o no por ello. Había tenido su momento de exaltación virtuosa, pero no hubo alegrías en las semanas siguientes. Había querido dejarlo porque no se sentía atraída, y ahora, después de haber renunciado, por eso mismo lo buscaba. Cenaron juntos otra y otra vez, hasta que ella se conoció el restaurante de memoria: las blancas paredes con paneles de marcos dorados; las blandas alfombras turcas, azul y punzó; los almohadones de terciopelo carmesí que se prendían a su saya; los destellos de la platería y cristalería en las innúmeras mesitas; y las fachas de todos colores, rasgos y expresiones de los clientes; y las luces en sus pantallitas rojas, que teñían el aire denso de tabaco perfumado, como el vino tiñe al agua; y la cara encendida de Oscar, que se encendía más y más con la cena. Siempre, cuando él se echaba atrás con su silla y pensaba, y cuando alzaba los párpados y la miraba fijo, cavilando, ella sabía qué era, aunque no en qué acabaría.

 

Recordaba a Jorge Waring y toda su propia vida desencantada, sin ilusiones ya. No había elegido a Oscar, no lo había estimado antes, pero ahora que él se había impuesto a ella no podía dejarlo ir. Desde que Jorge había muerto, ningún hombre la había amado, ninguno la amaría ya. Y había sentido pena por él, pensando cómo se había retirado, vencido y avergonzado. Estuvo cierta del final antes que él. Sólo que no sabía cómo y cuándo. Eso lo sabía él.

 

De tiempo en tiempo repitieron las furtivas entrevistas. Oscar declaraba estar en el colmo de la dicha. Pero Enriqueta no estaba del todo segura; eso era el amor, lo que nunca había tenido, lo deseado y soñado con ardor. Siempre esperaba algo más, algún éxtasis, celeste, supremo, que siempre se anunciaba y nunca llegaba. Algo había en él que la repelía; pero por ser él, no quería admitir que le hallaba un cierto dejo de vulgaridad. Para justificarse, pensaba en todas sus buenas cualidades, en su generosidad, su fuerza de carácter, su dignidad, su éxito como ingeniero. Lo hacía hablar de negocios, de su oficina, de su fábrica y máquinas: se hacía prestar los mismos libros que él leía, pero siempre que ella empezaba a hablar, tratando de comprenderlo y acercársele, él no la dejaba, le hacía ver que se salía de su esfera, que toda la conversación que un hombre necesita la tiene con sus amigos hombres.

 

En la primera ocasión y pretexto que hubo en asuntos de él, fueron a París por separado. Por tres días Oscar estuvo loco por ella, y ella por él. A los seis empezó la reacción. Al final del décimo día, volviendo de Montmartre, ella estalló en un ataque de llanto, y contestó al azar cuando él le inquirió la causa, que el hotel Saint-Pierre era horrible, que le afectaba los nervios, que no lo soportaba más. Oscar, con indulgencia, explicó su estado como fatiga subsiguiente a la continua agitación de esos días.

 

Ella trató de creer que su abatimiento creciente venía porque su amor era mucho más puro y espiritual que el de él; pero sabía perfectamente que había llorado de puro aburrimiento. Estaba enamorada de él, y él la aburría hasta desesperarla; y con Oscar sucedía más o menos lo mismo. Al final de la segunda semana ella empezó a dudar de si alguna vez, en algún momento lo había podido amar realmente. 

 

Pero la pasión retornó por corto tiempo en Londres. Se les fue despertando el temor al peligro, que en los primeros tiempos del encanto quedaba en segundo término. Luego, al miedo de ser descubiertos, después de una enfermedad de Muriel, la esposa de Oscar, se agregó para Enriqueta el terror de la posibilidad de casarse con él, que seguía jurando que sus intenciones eran serias, y que se casaría con ella en cuanto fuera libre.

 

Esta idea la asustaba a veces en presencia de Oscar, y entonces él la miraba con expresión extraña, como si adivinara, y ella veía claro que él pensaba en lo mismo y del mismo modo.

Así que la vida de Muriel se hizo preciosa para ambos, después de su enfermedad: era lo que les impedía una unión definitiva. Pero un buen día, después de unas aclaraciones y reproches mutuos, que ambos sabían desde mucho antes, vino la ruptura y la iniciativa fue de él.

 

Tres años después fue Oscar quien se fue del todo ya, en un ataque de apoplejía, y su muerte fue inmenso alivio para ella. Sin embargo, en los primeros momentos se decía que así estaría más cerca de él que nunca, olvidando cuán poco había querido estarlo en vida. Y antes de mucho se persuadió de que nunca habían estado realmente juntos. Le parecía cada vez más increíble que ella hubiera podido ligarse a un hombre como Oscar Wade.

 

Y a los cincuenta y dos años, amiga y ayudante del vicario de Santa María Virgen en Maida Vale, diácona de su parroquia, con capa y velo, cruz y rosario, y devota sonrisa, secretaria del Hogar de Jóvenes caídas, le llegó la culminación de sus largos años de vida religiosa y filantrópica, en la hora de la muerte. Al confesarse por última vez, su mente retrocedió al pasado y encontróse otra vez con Oscar Wade. Caviló algo si debía hablar de él, pero se dio cuenta de que no podría, y de que no era necesario: por veinte años había estado él fuera de su vida y de su mente. Murió con su mano en la mano del vicario, el que la oyó murmurar:

 

—Esto es la muerte. Creía que sería horrible, y no. Es la dicha; la mayor dicha.

 

La agonía le arrancó la mano de la mano del vicario, y enseguida terminó todo. Por algunas horas se detuvo ella vacilante en su cuarto, y mirando todo lo tan familiar, lo veía algo extraño y antipático ahora. El crucifijo y las velas encendidas le recordaban alguna tremenda experiencia, cuyos detalles no alcanzaba a definir; pero que parecían tener relación con el cuerpo cubierto que yacía en la cama, que ella no asociaba a su persona.

 

Cuando la enfermera vino y lo descubrió, vio Enriqueta el cadáver de una mujer de edad mediana, y su propio cuerpo vivo era el de una joven de unos treinta y dos años. Su frente no tenía pasado ni futuro, y ningún recuerdo coherente o definido, ninguna idea de lo que iba a ocurrirle. Luego, de repente, el cuarto empezó a dividirse ante su vista, a partirse en zonas y hacer de piso, muebles y cielo raso, que se dislocaban y proyectaban hacia planos diversos, se inclinaban en todo sentido, se cruzaban, se cubrían con una mezcla transparente, de perspectivas distintas, como reflejos de exterior en vidrios de interior. La cama y el cuerpo se deslizaron hacia cualquier parte, hasta perderse de vista. Ella estaba de pie al lado de la puerta, que aún quedaba firme: la abrió y se encontró en una calle, fuera de un edificio grisáceo, con gran torre de alta aguja de pizarra, que reconoció con un choque palpable de su mente: era la iglesia de Santa María Virgen, de Maida Vale, su iglesia, de la que podía oír ahora el zumbido del órgano. Abrió la puerta y entró. Ahora volvía a tiempo y espacio definidos, y recuperaba una parte limitada de memoria coherente; recordaba todos los detalles de la iglesia, en cierto modo permanentes y reales, ajustados a la imagen que tomaba posesión de ella. Sabía para qué había ido allí.

 

El servicio religioso había terminado, el coro se había retirado, y el sacristán apagaba las velas del altar. Ella caminó por la nave central hasta un asiento conocido, cerca del púlpito, y se arrodilló. La puerta de la sacristía se abrió y el reverendo vicario salió de allí en su sotana negra, pasó muy cerca de ella y se detuvo, esperándola: tenía algo que decirle. Ella se levantó y se acercó a él, que no se movió, y parecía seguir esperando, aunque ella se le acercó luego más que nunca, hasta confundir sus rasgos. Entonces se apartó algo para ver mejor, y se encontró con que miraba la cara de Oscar Wade, que se estaba quieto, horriblemente quieto, cortándole el paso. Ella retrocedió, y las anchas espaldas la siguieron, inclinándose, y sus ojos la envolvían. Abrió la boca para gritar, pero no salió sonido alguno; quería huir, pero temía que él se moviera con ella; así quedó, mientras las luces de las naves laterales se apagaban una por una, hasta la última. Ahora debía irse, si no, quedaría encerrada con él en esa espantosa oscuridad. Al fin consiguió moverse, llegar a tientas, como arrastrándose, cerca de un altar. Cuando miró atrás, Oscar Wade había desaparecido. Entonces recordó que él había muerto. Lo que había visto no era Oscar, pues, sino su fantasma. Había muerto hacía diecisiete años. Ahora se sentía libre de él para siempre.

 

Salió al atrio de la iglesia, pero no recordaba ya la calle que veía. La acera de su lado era una larga galería cubierta, que limitaban altos pilares de un lado, y brillantes vidrieras de lujosos negocios del otro; iba por los pórticos de la calle Rívoli, en París. Allí estaba el porche del hotel Saint-Pierre. Pasó la puerta giratoria de cristales, pasó el vestíbulo gris, de aire denso, que ya conocía bien. Fue derecho a la gran escalera de alfombra gris, subió los innumerables peldaños en espiral alrededor de la jaula que encerraba al ascensor, hasta un conocido rellano, y un largo corredor gris, que alumbraba una opaca ventana al final. Y entonces, el horror del lugar la asaltó, y como no tenía ningún recuerdo ya de su iglesia y de su Hogar de Jóvenes, no se daba cuenta de que retrocedía en el tiempo. Ahora todo el tiempo y todo el espacio eran lo presente ahí.

 

Recordaba que debía torcer a la izquierda, donde el corredor llegaba a la ventana, y luego ir hasta el final de todos los corredores; pero temía algo que había allí, no sabía bien qué. Tomando por la derecha podría escaparse, lo sabía; pero el corredor terminaba en un muro liso; tuvo que volver a la izquierda, por un laberinto de corredores hasta un pasaje oscuro, secreto y abominable, con paredes manchadas y una puerta de maderas torcidas al final, con una raya de luz encima. Podía ver ya el número de esa puerta: 107. Algo había pasado allí, alguna vez, y si ella entraba se repetiría lo mismo. Sintió que Oscar Wade estaba en el cuarto, esperándola tras la puerta cerrada; oyó sus pasos mesurados desde la ventana hasta la puerta. Se volvió horrorizada y corrió, con las rodillas que se le doblaban, hundiéndose, a lo lejos, por larguísimos corredores grises, escaleras abajo, ciega y veloz como animal perseguido, oyendo los pies de él que la seguían, hasta que la puerta giratoria de cristales la recibió y la empujó a la calle.

 

Lo más extraño de su estado era que no tenía tiempo. Muy vagamente recordaba que una vez había habido algo que llamaban tiempo, pero ella no sabía ya más qué era. Se daba cuenta de lo que ocurría o estaba por ocurrir, y lo situaba por el lugar que ocupaba, y medía su duración por el espacio que cruzaba mientras ello ocurría. Así que ahora pensaba: “Si pudiera ir hacia atrás hasta el lugar en que eso no había pasado aún. Más atrás aún”.

 

Ahora iba por un camino blanco, entre campos y colonias envueltos en leve niebla. Llegó al puente de dorso alzado; cruzó el río y vio la vieja casa gris que sobrepasaba el alto muro del jardín. Entró por el gran portón de hierro y se halló en una gran sala de cielo raso bajo, ante la gran cama de su padre. Un cadáver estaba en ella, bajo una sábana blanca, y era el de su padre, que se modelaba claramente. Levantó entonces la sábana, y la cara que vio fue la de Oscar Wade, quieta y suave, con la inocencia del sueño y de la muerte. Con la vista clavada en esa cara, ella, fascinada, con una alegría fría y despiadada: Oscar estaba muerto sin duda ninguna ya. Pero la cara muerta le daba miedo al fin e iba a cubrirla, cuando notó un leve movimiento en el cuerpo. Aterrorizada alzó la sábana y la estiró con toda su fuerza, pero las otras manos empezaron a luchar convulsivas, aparecieron los anchos dedos por los bordes, con más fuerza que los de ella, y de un tirón apartaron la sábana del todo, mostrando los ojos que se abrían, y la boca que se abría, y toda la cara que la miraba con agonía y horror; y luego se irguió el cuerpo y se sentó, con sus ojos clavados en los de ella, y ambos se inmovilizaron un momento, contenidos por mutuo miedo.

 

De repente se recobró ella, se volvió y corrió fuera del salón, fuera de la casa. Se detuvo en el portón, indecisa hacia dónde huir. Por un lado, el puente y el camino la llevarían a la calle Rívoli y a los lóbregos corredores del hotel; por el otro lado, el camino cruzaba la aldea de su niñez. ¡Ah, si pudiera huir más lejos, hacia atrás, fuera del alcance de Oscar, estaría al fin segura! Al lado de su padre, en su lecho de muerte, había sido más joven; pero no lo bastante. Tendría que volver a lugares donde fuera más joven aún, y sabía dónde hallarlos. Cruzó por la aldea, corriendo, pasando el almacén, y la fonda y el correo, y la iglesia, y el cementerio, hasta el portón sur del parque de su niñez. Todo parecía más y más insustancial, se retiraba tras una capa de aire que brillaba como vidrio. El paisaje se rajaba, se dislocaba, y flotaba a la deriva, le pasaba cerca, en viaje hacia lo lejos, desvaneciéndose, y en vez del camino real y de los muros del parque, vio una calle de Londres, con sucias fachadas, claras, y en vez del portón sur del parque, la puerta giratoria del restaurante en Soho, la que giró a su paso y la empujó al comedor que se le impuso con la solidez y precisión de su realidad, lleno de conocidos detalles: las blancas paredes con paneles de marcos dorados, las blandas alfombras turcas, las fachas de los clientes, moviéndose como máquinas, y las luces de pantallitas rojas. Un impulso irresistible la llevó hasta una mesa en un rincón, donde un hombre estaba solo, con su servilleta tapándole el pecho y la mitad de la cara. Se puso ella a mirar, dudosa, la parte superior de esa cara. Cuando la servilleta cayó, era Oscar Wade. Sin poder resistir, se le sentó al lado; él se reclinó tan cerca que ella sintió el calor de su cara encendida y el olor del vino, mientras él le murmuraba:

 

—Ya sabía que vendrías.

 

Comieron y bebieron en silencio.

 

—Es inútil que huyas así —dijo él.

—Pero todo eso terminó —dijo ella.

—Allá, sí; aquí, no.

—Terminó para siempre.

—No. Debemos empezar otra vez. Y seguir, y seguir.

—¡Ah, no! Cualquier cosa menos eso.

—No hay otra cosa.

—No, no podemos. ¿No recuerdas cómo nos aburríamos?

—¿Que recuerde...? ¿Te figuras que yo te tocaría si pudiera evitarlo? Para eso estamos aquí. Hay que hacerlo.

—No, no. Me voy ahora mismo.

—No puedes —dijo él—. La puerta está con llave.

—Oscar, ¿por qué la cerraste?

—Siempre fui así. ¿No recuerdas?

 

Ella volvió a la puerta, y no pudiendo abrirla, la sacudió, la golpeó, frenética.

 

—Es inútil, Enriqueta. Si ahora consigues salir, tendrás que volver. Lo dilatarás una hora o dos, pero ¿qué es eso en la inmortalidad?

—Habrá tiempo para hablar de inmortalidad cuando hayamos muerto. ¡Ah!

 

Eso pasó. Ella se había ido muy lejos, hacia atrás, en el tiempo, muy atrás, donde Oscar no había estado nunca, y no sabría hallarla, al parque de su niñez. En cuanto pasó el portón sur, su memoria se hizo joven y limpia: flexible y liviana, se deslizaba de prisa sobre el césped, y en sus labios y en todo su cuerpo sentía la dulce agitación de su juventud. El olor de las flores de saúco llegó hasta ella a través del parterre, Jorge Waring estaba esperándola bajo el saúco, y lo había visto. Pero de cerca, el hombre que la esperaba era Oscar Wade.

 

—Te dije que era inútil querer escapar, Enriqueta. Todos los caminos te retornan a mí. En cada vuelta me encontrarás. Estoy en todos tus recuerdos.

—Mis recuerdos son inocentes. ¿Cómo pudiste tomar el lugar de mi padre y de Jorge Waring? ¿Tú?

—Porque los reemplacé.

—Nunca. Mi cariño por ellos era inocente.

—Tu amor por mí era parte de eso. Crees que lo pasado afecta lo futuro. ¿No se te ocurrió nunca pensar que lo futuro pueda afectar lo pasado?

—Me iré lejos, muy lejos —dijo ella.

—Iré contigo —dijo él.

 

El saúco, el parque y el portón flotaron lejos de ella y se perdieron de vista. Ella iba sola hacia la aldea, pero se daba cuenta de que Oscar Wade la acompañaba detrás de los árboles, al lado del camino, paso a paso, como ella, árbol a árbol. Pronto sintió que pisaba un pavimento gris, y una fila de pilares grises a su derecha y de vidrieras a su izquierda la llevaban, al lado de Oscar Wade, por la calle Rívoli. Ambos tenían los brazos caídos y flojos, y sus cabezas divergían, agachadas.

 

—Alguna vez ha de acabar esto —dijo ella—. La vida no es eterna: moriremos al fin.

—¿Moriremos? Hemos muerto ya. ¿No sabes qué es esto y dónde estamos? Esta es la muerte, Enriqueta. Estamos en el infierno.

—Sí. No puede haber nada peor que esto.

—Esto no es lo peor. No estamos plenamente muertos aún, mientras tengamos fuerzas para volvernos y huirnos, mientras podamos ocultarnos en el recuerdo. Pero pronto habremos llegado al más lejano recuerdo, y ya no habrá nada, más allá, y no habrá otro recuerdo que éste.

—Pero ¿por qué?, ¿por qué? —gritó ella.

—Porque eso es lo único que nos queda.

 

Ella iba por un jardín entre plantas más altas que ella. Tiró de unos tallos y no podía romperlos. Era una criatura. Se dijo que ahora estaría segura. Tan lejos había retrocedido que había llegado a ser niña otra vez. Ser inocente sin ningún recuerdo, con la mente en blanco, era estar segura al fin. Llegó a un parterre de brillante césped, con un estanque circular rodeado de rocalla y flores blancas, amarillas y purpúreas. Peces de oro nadaban en el agua verde oliva. El más viejo, de escamas blancas, se acercaba primero, alzando su hocico, echando burbujas. Al fondo del parterre había un seto de alheñas cortado por un amplio pasaje. Ella sabía a quién hallaría más allá, en el huerto: su madre, que la alzaría en brazos para que jugara con las duras bolas rojas que eran las manzanas colgando de su árbol.

 

Había ido ya hasta su más lejano recuerdo, no había nada más atrás. En la pared del huerto tenía que haber un portón de hierro que daba a un campo. Pero algo era diferente allí, algo que la asustó. Era una puerta gris en vez del portón de hierro. La empujó y entró al último corredor del hotel Saint-Pierre.




en Cuentos memorables según Jorge Luis Borges (Antología), 2002

Traducción de Xul Solar

























lunes, agosto 15, 2022

«[Yendo, de noche, me encontré algo ardiendo…]», de Marosa di Giorgio


 


Yendo, de noche, me encontré algo ardiendo, una amapola; pero, el pequeño ángel saltaba entre el pasto, como si estuviera atado, o desatado.  Le veía  los  ojos  negros  y  brillantes,  u  oblicuos  y azules. Me dije, ¿qué hacer? ¿Cómo vuelvo a la casa? La luz no pedía nada. Pero, no podía irme. No necesitaba nada. Y no la podía abandonar. Con todo, me alejé un poco; entonces, de prisa, creció varios centímetros,  quedó  como  una  azucena,  con  la  copa  en  alto.  Noté que las aves la omitían. Los picaflores nocturnos libaban en las pequeñas hierbas, las pequeñas flores, y los murciélagos, iban, directo, al lomo de las vacas.

Entretanto,  había  crecido  más  que  yo,  movía  los  brazos,  largos y esqueléticos, bailaba y brillaba.

Me  atreví  a  tocarla;  entonces,  de  súbito,  se  me  enguió,  se  me enroscó, como una enredadera.

Así,  siniestra y brillante,  reaparecí.  Mamá  dejó  deslizar  las  bandejas,  huía  hacia  la  pared,  decía:  —¿Quién  es,  Dios  mío,  qué  es? Decía: –Hace años pasó una cosa igual.

Huía, rezaba: ¿Qué es? ¿Qué es?

Una  vecina  se  asomó.  Aventuré  un  paso;  pero,  me  di  cuenta,  y salí. Retrocedí, salí, sin rumbo; lloviznaba murciélagos, camelias.




en La liebre de marzo, 1981


















domingo, agosto 14, 2022

«Encrucijadas», de Jonathan Franzen

Fragmento / Traducción original de Eugenia Vásquez Nacarino




 
Iban a verse en el aparcamiento de la Primera Reformada a las dos y media. Como un niño incapaz de esperar hasta Navidad, Russ llegó allí a la una menos cuarto, sacó la fiambrera y comió dentro del coche. En los días malos, que habían sido muchos en los tres años anteriores, recurría a un intrincado rodeo —entraba por la sala de actos de la iglesia, subía una escalera y recorría un pasillo flanqueado por pilas de cantorales proscritos, cruzaba un almacén donde se guardaban atriles desvencijados y un pesebre expuesto por última vez once Navidades atrás, una mezcolanza de ovejas de madera y un buey manso encanecido por el polvo con el que sentía una desolada fraternidad; a continuación, tras bajar una escalera angosta donde sólo Dios podía verlo y juzgarlo, accedía al templo por la puerta «secreta» que había en el panel trasero del altar para salir al fin por la entrada lateral del presbiterio— con tal de no pasar por el despacho de Rick Ambrose, el director del programa juvenil. Los adolescentes que se agolpaban delante de su puerta eran demasiado jóvenes para haber asistido en persona a su humillación, pero seguro que conocían la historia y él no podía mirar a Ambrose sin delatar su fracaso a la hora de perdonarlo siguiendo como debía el ejemplo del Redentor.

Aquél era un día muy bueno, sin embargo, y los pasillos de la iglesia estaban aún desiertos. Fue directamente a su despacho, puso papel en la máquina de escribir y empezó a rumiar el sermón para el domingo siguiente a Navidad, cuando Dwight Haefle estaría otra vez de vacaciones. Se arrellanó en la butaca, se peinó las cejas con las uñas, se pellizcó el caballete de la nariz, se toqueteó la cara de perfiles angulosos que, como había comprendido demasiado tarde, muchas mujeres (no sólo la suya) encontraban atractivos e imaginó un sermón sobre su misión navideña en los barrios del sur de la ciudad: predicaba con demasiada frecuencia sobre Vietnam o sobre los navajos. Atreverse a decir desde el púlpito las palabras «Frances Cottrell y yo tuvimos el privilegio de...» —pronunciar su nombre mientras ella escuchaba desde un banco en la cuarta fila y los ojos de la congregación, quizá con envidia, la conectaban con él— era un placer desdichadamente coartado por su esposa, que leía los sermones de antemano, también se sentaría en un banco de la iglesia e ignoraba su encuentro de aquel día con Frances.

En las paredes de su despacho había un póster de Charlie Parker con su saxo y otro de Dylan Thomas con su cigarrillo, una foto más pequeña de Paul Robeson enmarcada junto a un programa de mano de su presentación en la iglesia de Judson en 1952, el diploma del seminario bíblico de Nueva York donde estudió y una foto ampliada de él y dos amigos navajos en Arizona en 1946. Diez años antes, cuando asumió como auxiliar del párroco en New Prospect, esas señas de identidad tan sagazmente elegidas sintonizaban con los jóvenes cuyo crecimiento en Cristo era parte de su labor pastoral. En cambio, para los chicos que últimamente atestaban los pasillos de la iglesia, con sus pantalones de campana, sus petos vaqueros y sus pañuelos en el pelo, sólo significaban antigüedad obsoleta. El despacho de Rick Ambrose, aquel muchacho de greñas morenas y lustroso bigote a lo Fu Manchú, recordaba a un parvulario: las paredes y las estanterías engalanadas con las toscas efusiones pictóricas de sus jóvenes discípulos, con los amuletos de piedra, los huesos blanqueados y los collares de flores silvestres que le regalaban, con los carteles serigrafiados de conciertos benéficos sin vínculos discernibles con ninguna religión que Russ reconociera. Después de la humillación se había escondido en su despacho para sufrir entre los emblemas desvaídos de una juventud que a nadie, salvo a su esposa, le parecía ya interesante. 





2021













sábado, agosto 13, 2022

«Escuché su nombre». Anónimo chino

Versión de Juan Carlos Villavicencio



 

Que las jóvenes canten y bailen:
su resplandor no me va a seducir.
Ese lirio era tan hermoso…
Sólo oí su nombre: 
no la conocí jamás.

















 

viernes, agosto 12, 2022

“Que se quede el infinito sin estrellas”, de Severo Sarduy





Que se quede el infinito sin estrellas,

que la curva del tiempo se enderece

y pierda su fulgor, cuando se mece

un planeta en su abismo y en las huellas

 

del estallido primordial. Aquellas

noticias recibidas del comienzo

de las galaxias, del vacío inmenso

hoy son luz fósil. Paradojas bellas

 

que anuncian por venir lo transcurrido

y postulan pasado lo futuro.

Universo del pensamiento puro:

 

un espacio que fluye como un río

y un tiempo sin presente, opaco y frío.

El tiempo de la espera y el olvido.




en Obra Completa, 1999

























jueves, agosto 11, 2022

“La luz del fuego”, de Aciro Luménics





There’s a place I like to hide

A doorway that I run in the night.

C. DeGarmo

 

 

Desde el inicio de los tiempos, allá en la atemporal república latinoamericana, caminamos sintiendo un escozor, anestesiados, a la vez, por aquella emanación desconocida y por lo que allí pasaba y traspasaba cada día. Lo vimos en el patio, en el desierto, en aquellas escaleras, la primera vez. Al día siguiente, cuando sonreíste desde lejos. Era un día claro, aunque nublado. Lo recuerdo porque un pájaro me cagó en el hombro izquierdo y una mancha se enmarcó sobre el blanco inmaculado. Es una señal de mala suerte, pensé. Es una señal de buena suerte, dijiste, intentando ocultar la risa, que estalló, finalmente, junto con tus ojos, piel y boca. Nos besábamos al salir de cada bar, exagerada, inescrupulosamente. Como aquella madrugada en calle Mätt, con el primer sol, junto a una fábrica de cajas de cartón. Debiéramos haberlo sabido entonces; sin embargo, insistimos. Como dos guerreros mal tenidos y famélicos. La cerveza escurría de boca a boca, el maní salado, sobre la cocina, el lavaplatos, la mesa, el piso. Una habitación redonda hacia el Pacífico, una trizadura perfecta, se diría. El efecto formidable de una reverberación perfectamente diseñada, hay que aceptarlo. Después de aquel paseo, descendiendo la montaña, ocurrió el evento del cartel; te salvé la vida, por primera vez, en silencio, sin aspavientos. Luego, oímos la voz grave del vecino: Che bella quiete sulle rive... Mi freddi il cuore e l'anima, y la puerta abriéndose. Aun así, seguimos rumbo al sur, bajo la lluvia, bajo la sombra de aquel ángel apostado en el asiento equivocado. Es un sueño que ya tuve, que tuvimos juntos, en rigor. Eso, o la eterna variación de una intrincada mátrix. Un pasado sostenido no es futuro; es el tiempo sostenido, sin bemoles. Me refiero, claro, a que así debía suceder. Acaso insuficiente sea el término correcto. Una animación trunca de hálitos intensos y dejarnos, resistirnos y volver, todo junto, una y otra vez; como aquella cena en que te entregué tu libro, y sonreíste, porque no te lo esperabas, e hicimos fotos de comida en tiempos sin redes sociales. No le avisamos a nadie. Nadie se enteró. Llegamos a la cima y recorrimos el planeta, antes de bajar y reparar en que el destino no era exactamente el mismo para ambos. Es ahí donde la historia cambia; es decir, perdura. Por un día y para siempre, y, por supuesto, más allá de la escenografía actual, del diseño amable que habitamos. Todos se preguntan, yo también, pero tú lo sabes. Nos veremos junto al río, cantaba alguien, en un tiempo sin interferencias; bajo un sauce, sentada en una piedra, leyendo, escribiendo, sonriendo siempre.




en Escritos sellados (Writings from Twin Peaks), 2017

Traducción de Carlos Almonte

























miércoles, agosto 10, 2022

«Telesio asume su ignorancia», de Lucas Margarit





I

ahora
no voy a hablar
de las flores
que colgaban quietas
en los jardines
perdidos de la segunda babilonia
ni de las piedras que sujetaban
el otro sol con que alumbrabas las tinieblas

sólo apoyaré mis manos sobre
tus manos
para darnos cuenta de nuestro sacrificio

 

 

III

ahora
no escribo sobre dios ni sobre la muerte de dios
sino sobre el movimiento y la materia
en el posible vacío que habita en el espacio
y descubro que soy el tiempo
y el recorrido cerrado de un planeta
que me dejará ciego antes de llegar al bosque que nos oscurece

ahora tu cuerpo es el alma de mi cuerpo






en Telesio / Brevissimo tratado sobre el asombro, Leteo Edito, 2021
Editor: Christian Kupchik 


















martes, agosto 09, 2022

“Biden, criminal de guerra”. Entrevista a Roger Waters, de Michael Smerconish





Fragmento de la entrevista a Roger Waters

 

El célebre fundador de Pink Floyd, Roger Waters se encuentra actualmente en los Estados Unidos, en el marco de su gira This Is Not A Drill. Allí, brindó este sábado por la mañana una entrevista a CNN, para hablar de su música y de su visión sobre la realidad mundial, y terminó protagonizando una acalorada discusión con uno de los presentadores del canal de noticias. Todo comenzó cuando Michael Smerconish le recriminó su marcada posición frente a determinados sucesos y, en especial, que dentro del show se proyectara un clip que incluye una imagen del presidente estadounidense Joe Biden con la leyenda “criminal de guerra”.

 

Recuerdo su última gira. Fui a su recital y vi muchas alusiones sobre Donald Trump. En el show actual, hay un montaje de criminales de guerra, según usted, y una imagen del presidente Biden en la pantalla con la leyeda ‘recién comenzando’. ¿A qué viene todo eso?...

Bueno, para empezar, Biden está alimentando el fuego en Ucrania. Ese es un gran crimen. ¿Por qué los Estados Unidos de América no alientan a [Volodymyr] Zelensky a que negocie, obviando la necesidad de esta horrible, horrenda guerra?

 

Pero está culpando al bando que fue invadido. Es al revés...

Bueno, cualquier guerra, ¿cuándo empezó? Lo que uno debe hacer es mirar la historia y así puede decir: ‘Bueno, comenzó este día’. Se podría decir que comenzó en 2008... Esta guerra se trata básicamente de la acción y la reacción de la OTAN empujando hasta la frontera rusa, lo que prometieron que no harían cuando [Mijaíl] Gorbachov negoció la retirada de la URSS de toda Europa del Este.

 

¿Qué pasa con nuestro papel como libertadores? (preguntó Smerconish, indignado)

No tenemos ningún papel como liberadores. [Entonces, el periodista trajo a escena el papel de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, abriendo un nuevo tema de discusión. “Se metieron en la Segunda Guerra Mundial por Pearl Harbor. Eran completamente aislacionistas hasta ese día triste, devastador y horrible”, replicó Waters].

 

Diría que siempre tuvimos pensado entrar, y eso nos empujó a hacerlo. Pero gracias a Dios los Estados Unidos entraron, ¿no? Usted perdió a su padre en la Segunda Guerra Mundial. Gracias a Dios, Estados Unidos se sumó.

Gracias a Dios los rusos ya casi habían ganado la guerra sangrienta para entonces. No se olvide que 23 millones de rusos murieron protegiéndolo a usted y a mí de la amenaza nazi.





Uno podría pensar que los rusos habían aprendido la lección de la guerra y no invadirían Ucrania, ¿verdad? 

Le sugiero, Michael, que se vaya a su casa, lea un poco más y luego trate de averiguar qué es lo que haría Estados Unidos si los chinos pusieran misiles con armas nucleares en México y Canadá.

 

Los chinos están demasiado ocupados tratando de rodear Taiwan...

No están tratando de rodear Taiwan, Taiwan es parte de China, y eso fue absolutamente aceptado por la comunidad internacional desde 1948, y si no sabe eso, no está leyendo lo suficiente, vaya y lea. Usted cree su propia propaganda, y por eso no podemos tener una conversación sobre derechos humanos ni sobre Taiwan si usted no lee.

 

Y si hablamos de derechos humanos, en lo alto de quienes más los violan están los chinos...

¿Por qué siempre el este está en lo alto de esa lista? No fueron los chinos los que invadieron Irak y asesinaron a un millón de personas en 2003...




en La Nación, Argentina, 6 de agosto de 2022