miércoles, julio 08, 2020

“El impostor”, de Juan Carlos Onetti





Estaba cansada de esperar pero el hombre llegó puntual y lo vi sonreírme con timidez el primer nombre. Me dijo que era Él y repitió en voz baja, como si lo dibujara o moldeara, el montón de circunstancias que nos habían separado. Yo deseaba creerle, pero él no era Él. Gemelos, hermanos mellizos me obligué a pensar. Pero Jesús nunca había tenido hermanos, este Jesús mío.

Me besó cariñoso y sin presión y el brazo en la espalda me hizo creer por un momento. Inicié un tanteo:

—¿Cómo te fue en Londres?
—Bien; por lo menos me parece. Con esas cosas nunca se puede estar seguro —me miró sonriendo.
—Más importante —dije— es saber si te acuerdas de la fiesta de despedida. Del epílogo, quiero decir.

Me miró burlón y dijo:

—¿Es una pregunta? Bien sabes, y lo volverás a saber esta noche, que no podía olvidar. Recuerdo tus palabras sucias y maravillosas. Puedo repetirlas, pero...
—Por dios, no —casi grité, y la cara se me encendió.
—No soy tan bruto. Era un juego, una amenaza cariñosa.

Frente a las dos botellas sonrió, burlándose. Una era de vino rojo, la otra de blanco.

—A esta hora, y como siempre, un vaso de blanco.

Él prefería así, Él hubiera dicho las mismas palabras.

Bebimos y después caminamos, recorriendo la casa. Este Él andaba lento, casi sin mirar a los costados, y se detuvo en la puerta del dormitorio.

Miraba la cama, sonreía, me puso un brazo sobre los hombros, me pellizcó la nuca y, como siempre, me puse caliente y húmeda.

Entre sábanas, viéndolo desnudo, sintiendo lo que sentía supe que él no era Él, no era Jesús. En la cama ningún hombre puede engañar a una mujer. Pero después del jadeo y el cigarrillo, dijo:

—Bueno. Vamos a mirar el Van Gogh. Sigo creyendo que es falso, que hiciste una mala compra para la galería.

Lo mismo, iguales palabras, me había dicho Jesús antes de viajar a Londres. Y solo Él y yo estábamos enterados de la compra clandestina del Van Gogh.



en Cuentos completos, 2009











martes, julio 07, 2020

Tres entrevistas a Ennio Morricone




(1928-2020)

Preámbulo

¿Por qué ha odiado siempre las entrevistas, maestro? (Israel Viana)
Eso no es cierto del todo. Es verdad que, a lo largo de estos sesenta años, he tenido que responder a muchas, muchísimas preguntas estúpidas e irritantes. Acabé harto de escucharlas una y otra vez y de repetir siempre las mismas historias. Me aburrí yo y creo que los lectores. A veces hay entrevistas interesantes, que me gusta contestar, pero eso no pasa casi nunca, acabé harto.



I

Ofrece conciertos desde hace poco. ¿Qué significa para usted?
Hizo falta que los demás me lo pidieran. Hasta entonces no me había dado cuenta de la necesidad del público de establecer un contacto conmigo, sus ganas de descubrir en vivo mi obra. Quise saber de qué se trataba y me gustó.

Solo dirige sus propias composiciones. ¿Nunca quiso interpretar las de los demás?
No, nunca me interesó. No las puedo conocer tan bien como las mías, aunque las admiro.

¿Cómo se desarrolló su educación musical?
Me sirvió un ejemplo: cuando estaba en el conservatorio, conocía a un estudiante que admiraba, hasta el límite de la obsesión, la obra de Giovanni Pierluigi de Palestrina, un compositor del Renacimiento. Esta pasión le impidió avanzar en su propia formación, crecer en tanto que compositor. Quise evitar esto. Estudié no obstante las corrientes clásicas, de la Edad Media a los contemporáneos. Me encantaron por supuesto muchas cosas, pero me abstuve de apasionarme. De manera que nadie me influyó de forma particular.

De niño, iba a la misma escuela que Sergio Leone. ¿Cómo volvió a coincidir con él en el cine?
Estuvimos en la misma clase durante un año, luego nos perdimos de vista durante muchos años. Desconocía en qué se había convertido. Fue él quien dio conmigo al ver mi nombre en los créditos de un filme del que había compuesto la música. Vino a mi casa y me habló de su proyecto. Se trataba de Por un puñado de dólares (1964).

¿Cómo trabajaban juntos?
Hablábamos con mucha anticipación. Pero si bien Leone me explicaba cómo iba a ser su filme, no me daba consignas. Era más bien yo quien le explicaba lo que tenía en mente, según lo que me describía. Raras fueron las veces que me dijo «No, preferiría esto o lo otro». Después de esta primera banda sonora, me pidió hacer algo similar para Por unos dólares más (1965). Acepté. En cambio para la tercera película, El bueno, el malo y el feo (1966), me opuse. Le dije: «No quiero que trabajemos así. No quiero repetirme, déjame hacer lo que quiera». Y creo que hice bien.

Basándose en su música, que usted le mostraba antes del rodaje, Leone a veces reescribía algunas escenas...
Pasó varias veces. Para la secuencia de apertura Érase una vez en el Oeste (1968), en la que el hombre de la armónica (Charles Bronson) es esperado por quienes quieren eliminarlo, Leone modificó sus planos y la ubicación de la cámara en función de mi música.

Innovaba mucho para la época, incluyendo sonidos inhabituales en las músicas de películas (silbidos, tañidos, guitarra eléctrica). ¿Tenía usted una libertad total?
No era tan difícil convencer a los directores. Sabían que no me interesaba crear composiciones tradicionales, por eso también me venían a ver. Me complacía trabajar el sonido de la realidad, lo que escuchamos cada día. Estos ruidos que nos rodean tienen su propia música y podían componer otra conmigo.

de entrevistador desconocido,
en La Nación y en El Heraldo, 6 de julio, 2020



II

Subiendo por las escaleras de entrada a la casa de Ennio Morricone parece que volvemos a ver un encuadre de gran potencia: la cámara se eleva mientras Noodles (Robert De Niro), desesperado y destrozado por su propia violencia, se aleja hacia el mar donde reverbera el amanecer. El encuadre es de Sergio Leone en la película Érase una vez en América (1984); la música, desgarradora, es del gran compositor que ha aceptado abrirnos su corazón.

Maestro, siempre he pensado que esta música había sido creada antes del rodaje de la película.
¡Es verdad! Leone me hacía trabajar antes de empezar a rodar. Los directores que dan más tiempo facilitan el trabajo tanto a ellos mismos como a mí: yo puedo dedicarme a la creación, ellos se acostumbran a la música que les propongo. Llegar al último momento puede comportar una decepción. La mayor parte de las colaboraciones creativas entre los directores y yo ha ido bien, ¡pero no todas!

La música es un arte que para que se convierta en esposo o hermano de la película necesita el mismo elemento que caracteriza a la película: tiempo. La temporalidad hermana el cine con la música. ¿De dónde procede la música de una película? De un más allá misterioso.

Menos misteriosa es su fe…
Provengo de una familia cristiana. Mi fe ha nacido en mi familia. Mis abuelos eran muy religiosos. Mi madre, mis hermanas y yo rezábamos siempre antes de irnos a la cama. Recuerdo el período de la guerra. Durante esos años terribles rezábamos el Rosario. Estábamos todos muy impresionados. Me veo de nuevo, medio dormido, respondiendo a los Ave Maria de mi madre. Siempre hemos sido religiosos. Los domingos íbamos a misa y comulgábamos.

¿Qué revela de sí un hombre creyente?
Identifica a una persona honesta, altruista, respetuosa de Dios y del prójimo. Amar a los otros –aunque la palabra amar puede parecer fuerte–, pero es así. Esto es importante. Yo pienso verdaderamente en el bien de los otros, que mi modo de actuar no cause el mal en el prójimo. Es perfectamente normal para mí hacer algo por respeto a la persona con la que me encuentro.

Valores que ha transmitido también a su familia.
Sí, y también el del sacrificio. En estos últimos tiempos hay que sacrificarse aún más: yo mismo algunas veces me sacrifico para ayudar a las personas que están en paro, a las muchas preocupaciones que agobian. Con mi esposa, que es una buena persona, escrupulosa, hemos acostumbrados a nuestros hijos a esta generosidad. No está dicho que mis hijos la hayan aceptado completamente, no lo sé, pero sé que son buenísimos hijos, que se parecen al padre y a la madre. Ama a los otros como te amas a ti mismo: éste es, para mí, un modo normal de ser.

¿Cómo de cerca puede estar la música respecto de Dios?
La música ciertamente está cerca de Dios. Al mismo tiempo, la música está proyectada en el alma y en el cerebro del hombre. Le permite meditar. El discanto (técnica de polifonía medieval en la que un cantante canta el canto llano mientras otro entona una voz suplementaria) y el fabordón provienen de los primeros tratamientos polifónicos del canto gregoriano; de aquí nace la música occidental.

La música es el único arte real que se acerca verdaderamente al Padre eterno y a la eternidad. Me digo a mí mismo, y algunas veces a mi mujer, que la música ya existía, ¡toda ella! La música que ha sido escrita y que será escrita. ¡Y el compositor que la ha cogido y la cogerá! Según la propia época, según el momento en el que él escribe y según la civilización y el estado de la investigación musical de su tiempo. La música ya existe, aunque no esté.

El gran público desconoce en gran parte su extraordinario repertorio de música contemporánea, que usted define absoluta. Estos sonidos tienen a menudo referencias espirituales.
Luciano Salce, director para el que he compuesto la banda sonora de varias películas, un día me llamó y me dijo: «Tengo que dejarte». «¿Por qué?». Éramos amigos y lo seguimos siendo hasta su muerte. «Porque yo hago películas cómica y tu compones música espiritual, sacra. Tengo que dejarte obligatoriamente». Este episodio me marcó mucho. Gracias a él empecé a reflexionar sobre ello. Probablemente a veces expreso lo sacro también cuando no lo busco o no pienso en ello. Ni tan siquiera hablo de inspiración, que no existe. Hablo de ideas. Tal vez estoy en un camino que lleva a estos resultados.

De hecho, en su repertorio encontramos también música sacra (…)
Se me pidió Amen como composición para un coro para la iglesia de Santa María de los Ángeles de Roma, con ocasión de un festival en el que participaban seis coros procedentes de todo el mundo. Decidí componer una obra donde sólo una palabra, «Amen», fuera cantada pero con la idea de implicar a los seis coros. Egisto Macchi me pidió que escribiera un Via Crucis. Le respondí que sí. Recientemente he escrito una música sobre la Creación. El aire, la luz, el agua, el fuego, la tierra, el hombre. Después, la torre de Babel, de la que mana, en hebreo, una multitud de voces en un crescendo cada vez más imponente.

¿Cuál es el episodio bíblico que más ama y recuerda?
Sin dudas, las parábolas de Cristo. El relato de las bodas de Caná me emociona mucho. ¿Cómo no recordar la Pasión, momento importantísimo para la vida de Cristo y de todos nosotros?.

La Misión es, tal vez, la película que le ha permitido narrar mejor el desmoronamiento de la conciencia humana. Mientras se narraba un periodo de sufrimiento buscado por la Iglesia, su música, a medida que se sucedían las piezas, crecía alcanzando niveles altísimos de fuerza espiritual que yo traduciría como una intensa petición de perdón.
El co-productor de la película, Fernando Ghia, me llevó a Londres a verla. Al ver el final me puse a llorar, esa matanza de indios y de jesuitas a manos de los portugueses y los españoles. Tenía delante de mí al director y a los dos productores y les dije: «No, yo no la hago, es preciosa así». Creo que estuve llorando media hora. Y ellos insistían. Hasta que cedí: «Haré la música». No quería componerla porque si me equivocaba podría haber estropeado la película. Trabajando sobre tres elementos distintos que no podía ignorar, el oboe del jesuita padre Gabriel, la música coral y la música étnica de los indios, creo que fue un milagro que consiguiera componer una música en la que tres combinaciones independientes de sonidos funcionaban también contemporáneamente.

La música puede ser una oración de gran intensidad.
¡Ciertamente! Pero más allá de la música se necesitan palabras, intenciones, concentración. Yo rezo una hora al día, incluso más. Es lo primero que hago. También durante el día, así, al azar. Por la mañana me pongo delante de ese Cristo (en el gran salón, iluminada por una ventana, hay una magnífica imagen de Jesús). Y también por la noche. Espero que mis oraciones sean escuchadas.


por Vito Amodio,
en Credere.it, Nº 27, 2015



III

Dígame una cosa: ¿en su cabeza hay sitio para el silencio o siempre está bullendo música dentro de ella?
Pues claro que hay silencio, no me paso el día con la cabeza llena de música. Por supuesto, mi cabeza está llena de música. Pero a veces siento la necesidad de desconectar, la música en mi cabeza suena sólo en el momento oportuno, no siempre.

Genio, leyenda, fenómeno, mito viviente, prodigio de la naturaleza, portento... Son algunos de los calificativos que desde hace años se emplean para definir a un señor italiano de 1,63 metros de altura, magro, que siempre lleva los ojos enmarcados en unas gafas de gruesa pasta negra y que en noviembre pasado cumplió 90 años: Ennio Morricone. Para muchos, el más grande y relevante compositor de la historia del séptimo arte.

Aunque resulten apabullantes, los fríos números sólo son capaces de reflejar parte del colosal talento de este prolífico compositor, autor de más de 500 bandas sonoras de películas y series, creador de la música de más de medio centenar de premiadísimos filmes que ya forman parte de la historia (desde Por un puñado de dólares hasta La Misión, pasando por La vida es bella, Cinema Paradiso y tantos y tantos otros), premio Oscar honorífico a la carrera en 2006, Oscar a la mejor banda sonora en 2016 por ponerle ritmo a Los ocho más odiados, de Tarantino y que en total ha vendido más de 70 millones de discos, una cifra que ya querrían para sí algunas estrellas del pop.

Y las cifras siguen engordando, porque sigue en activo: desde enero de 2016, Morricone recorre Europa con su tour «60 Años de Música», en el que para celebrar sus seis décadas como compositor profesional se pone al frente de una orquesta de 200 músicos y cantantes que interpretaron algunas de sus piezas más conocidas. Sólo desde 2014 más de medio millón de personas han pagado el precio de la entrada para verle en directo.

«Morricone es como Mozart, es como Schubert», sentenció hace un par de años Quentin Tarantino al recoger en nombre del compositor el premio Globo de Oro que le fue concedido por la banda sonora de Los odiosos ocho más odiosos.

«Bah. No se lo cree ni él, aunque le agradezco sus generosas palabras», sentencia el maestro.

Las estadísticas indican que, algunos años frenéticos, Morricone ha llegado a crear 20 bandas sonoras. Pero de nuevo, él se quita importancia.

¿Me explica cómo se pueden componer 20 bandas sonoras en un año? ¿Acaso no duerme usted?
Bah, no es verdad que haya compuesto 20 bandas sonoras en un año, aunque las estadísticas indiquen eso. Lo que pasa es que antes no existían las multisalas y los filmes se mantenían en cartel muchísimo más tiempo que ahora, algunas películas incluso estaban un año. Y eso hacía que otras películas tardaran en salir. Así que aunque oficialmente se diga que tal filme se hizo en un determinado año, igual tanto la película como la música se habían hecho un año antes.

Dice Morricone que lo más importante a la hora de hacer una banda sonora es tener una estrecha relación con el director. «Es fundamental, porque el director debe de estar de acuerdo con la banda sonora, al fin y al cabo la película es suya, no mía. Así que lo más difícil es hacer una banda sonora como tú quieres pero que el director también la comparta y esté de acuerdo con ella», nos cuenta al teléfono desde su casa de Roma.

«Lo importante para mí es saber cómo trabaja el director, verle en acción, ver cuál es su personalidad. Porque insisto: es su película. Por eso a mí me gusta cuando trabajo con un director más de una vez, porque entonces lo conozco bien y sé perfectamente cómo trabaja. Para mí es decisivo que el director y el compositor de la banda sonora se conozcan el uno al otro», insiste.

Morricone nos cuenta que su proceso de trabajo se ve condicionado por cada director. «Algunos me dan a leer el guion. Otros me cuentan la película, las imágenes que tienen en la cabeza. Y hay otros que me enseñan la película ya hecha. Hay muchas maneras de trabajar con un director. Y yo me adapto a todas», explica un hombre que entre otros ha trabajado con Pasolini, Polanski, Brian de Palma, Francesco Rosi, Bertolucci, Mario Monicelli, Dario Argento, Pontecorvo, Bellocchio, Roland Joffé, Oliver Stone, John Carpenter, Tornatore, Quentin Tarantino o, por supuesto, Sergio Leone, rey indiscutido del spaghetti western.

Sergio Leone y Ennio Morricone eran compañeros de clase en el colegio, amigos desde la infancia. Comenzaron a colaborar en 1964 y la primera banda sonora que le hizo Morricone fue para la película Por un puñado de dólares. A partir de ahí se convirtieron en inseparables. Luego vinieron Por unos dólares más, El Bueno, el Malo y el Feo, Érase una vez en el Oeste y ¡Agáchate, maldito!. Su colaboración duró hasta el último filme de Leone, Érase una vez en América (1984).

Hoy apenas se hacen películas del oeste. ¿A qué lo atribuye?
No lo sé. No es a mí a quien le debe preguntar.

Quizás sólo Tarantino hace westerns, ¿no?
Me gusta Tarantino, pero jamás ha hecho películas del oeste.

¿Cómo definiría entonces las películas de Tarantino?
Como películas normales, no como películas del oeste.

Pero algunos de sus filmes sí que son westerns...
No. Ninguno.

¿Y con qué director de todos con los que ha trabajado se ha sentido más a gusto?
Con todos, no hago distinciones. Yo sólo he trabajado con directores que eran buenas personas, seres extraordinarios y magníficos artistas.

Sostiene Morricone que una buena música no salva una película mala. «La música es importante para un filme, desde luego. Siempre que la música está bien elegida y se coloque en el momento justo, algo que en ocasiones algunos directores no hacen. O mezclan la música con ruidos, con diálogos y otros componentes. Y la destrozan, hacen que no funcione. La música debe sonar sola, el público debe poder escucharla bien», revela.

Por cierto: que al maestro no le gustó del todo cómo utilizó Tarantino su música en la película Django desencadenado. «En mi opinión no la usaba en modo coherente con la narración», se despachó entonces.

Y al revés: ¿una mala música puede arruinar una buena película?
No, una mala música jamás arruina una buena película, jamás. Una película buena es buena por sí misma, si tiene fuerza una mala música no se la quita. La música lo único que hace es echarle una mano a una película. Pero si la música es mala no la estropea.

Muchos sostienen que la música clásica más interesante hoy en día es precisamente la que se hace para las películas. Pero Morricone lo refuta con contundencia. «Nooooooo», rechaza. «La música clásica, la música absoluta, la de los conciertos, es una cosa. Y la música para películas es otra. Son cosas completamente diversas que en ocasiones pueden acercarse, pero son diferentes. La música de los conciertos nace de la capacidad de un compositor de expresar sus propias ideas, para crear esa música el compositor no debe hablar con nadie, sino sólo consigo mismo. Sin embargo, cuando se hace música para películas el compositor debe tener en cuenta al director, al público, al productor, las imágenes...».

Concede, eso sí, que la música para películas es de algún modo la lírica de nuestro tiempo. «Se aproximan bastante, la verdad. Porque en una película, como en una ópera lírica, están presentes todas las artes», sentencia.

Pero Morricone no sólo ha hecho música de películas. También llevan su firma un centenar de piezas de música clásica (incluidos 15 conciertos de piano, 30 composiciones sinfónicas y una ópera). Y también tienen su toque varias canciones emblemáticas del pop italiano de los años 60, como por ejemplo los arreglos de «Sapore di mare» o la música de «Guarda come dondolo».

Lo que no ha escrito nunca es un réquiem.

¿Por algún motivo?
Porque no me ha apetecido.

Ha cumplido recientemente 90 años. ¿Qué tal lo lleva?
Bien. Me siento bien.

¿Y le puedo preguntar si tiene miedo a la muerte?
No me lo planteo. Estoy muy bien, gracias.

En su funeral, ¿qué música le gustaría que sonase?
No lo sé. Me da igual, que pongan lo que quieran.

Morricone siempre ha tenido fama entre los periodistas de ser un poco arisco y hasta cascarrabias, de despachar muchas preguntas con respuestas breves o, directamente, con monosílabos. Y esa costumbre suya parece haberse exacerbado después de la bronca que ha mantenido recientemente con la edición alemana de la revista Playboy, que en su número de noviembre pasado publicó una entrevista en la que atribuía al maestro palabras bastante despreciativas hacia Tarantino. «Es un cretino», ponía el mensual en boca de Morricone. «Sus películas son basura», añadía.

El compositor negó tajantemente haber dicho nada semejante y anunció que se querellaría contra la publicación. Playboy, por su parte, defendió en un primer momento la veracidad de la entrevista. Sin embargo ha acabado reconociendo que las declaraciones de Morricone habían sido tergiversadas, si no directamente inventadas. «Por desgracia hemos determinado que algunas partes de la entrevista que hemos publicado no reflejan adecuadamente las palabras del señor Morricone», confesaba en un comunicado.

¿Es a causa de esa polémica por lo que me ha dicho que no quería que para esta entrevista se le hicieran fotografías?
No quiero que vuelva a entrar un fotógrafo en mi casa.

¿Por qué?
Porque no me apetece que me retraten.

¿Es por su aspecto?
Fea lo será usted. Me parece que es mejor que dejemos ya esta entrevista.


Irene Hdez. Velasco en El Mundo, 2 de enero, 2019









Foto original de Robin Little
















lunes, julio 06, 2020

“Puerto Supe”, de Blanca Varela





Está mi infancia en esta costa, bajo el cielo tan alto,
cielo como ninguno, cielo, sombra veloz, nubes de espanto,
   oscuro
   torbellino de alas, azules casas en el horizonte.

Junto a la gran morada sin ventanas, junto a las vacas ciegas,
junto al turbio licor y al pájaro carnívoro.

¡Oh, mar de todos los días,
mar montaña,
boca lluviosa de la costa fría!

Allí destruyo con brillantes piedras la casa de mis padres,
allí destruyo la jaula de las aves pequeñas,
   destapo las botellas y un humo
negro escapa y tiñe tiernamente el aire y sus jardines.

Están mis horas junto al río seco, entre el polvo
   y sus hojas palpitantes,
   en los ojos ardientes de esta tierra
   adonde lanza el mar su blanco dardo.

Una sola estación, un mismo tiempo de chorreantes dedos
   y aliento de pescado.
Toda una larga noche entre la arena.

Amo la costa, ese espejo muerto en donde el aire
   gira como loco,
   esa ola de fuego que arrasa corredores,
   círculos de sombra y cristales perfectos.

Aquí en la costa escalo un negro pozo,
   voy de la noche hacia la noche honda,
   voy hacia el viento que recorre ciego pupilas luminosas
   y vacías,
o habito el interior de un fruto muerto, esa asfixiante seda,
   ese pesado espacio poblado de agua y pálidas corolas.
En esta costa soy el que despierta entre el follaje de alas pardas,
   el que ocupa esa rama vacía,
   el que no quiere ver la noche.

Aquí en la costa tengo raíces, manos imperfectas,
un lecho ardiente en donde lloro a solas.



en Canto Villano (Antología), 1996











domingo, julio 05, 2020

«imagina si esto…», de Samuel Beckett

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




imagina si esto
un día todo esto
un buen día
imagina
si un día
si un buen día esto
se acabara
imagina



en Poèmes, suivi de Mirlitonnades, 1978









imagine si ceci / un jour ceci / un beau jour / imagine / si un jour / un beau jour ceci / cessait / imagine








sábado, julio 04, 2020

“Regresando solo del paseo”, de Li Tai Po*





Fascinado por el vino,
me olvido del crepúsculo,
hasta que los pétalos cubren
los pliegues de mi túnica.
Borracho, me levanto y regreso,
guiado por la luna del arroyo.
Los pájaros se han ido,
y yo me quedo solo.



en Poesía clásica china, 2001
* También conocido como Li Bo, Li Po, Li Tai Pei, Li Bai











viernes, julio 03, 2020

“Soneto a Leire”, de Bernardo Navia





No intentes nunca ignorar lo innegable
del rastro que dejas tú en mi verso;
ni busques encontrar sentido inverso
a cómo te he nombrado innombrable.

Que no importa cómo pasen los años,
que no importa cómo ruja el olvido;
que tu nombre será lo más querido,
que yo recuerde y, sé, me hará daño.

Y así llora el espejo con mi risa,
pues sabe que no he podido mentirle;
y entonces este verso aquí me avisa

que la luna, como sacerdotisa,
ofrece mi voz, que no pudiste oírle,
pues pasaste sin verme y tan de prisa.



Chicago, otoño, 2017
Inédito











jueves, julio 02, 2020

«La vida es sueño», de Pedro Calderón de la Barca

Fragmento





(Habla Segismundo)

Sueña el Rey que es Rey, y vive
Con este engaño mandando,
Disponiendo y gobernando;
Y este aplauso, que recibe
Prestado, en el viento escribe,
Y en cenizas le convierte
La muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
Viendo que ha de despertar
En el sueño de la muerte?
Sueña el rico en su riqueza,
Que más cuidados le ofrece;
Sueña el pobre que padece
Su miseria y su pobreza;
Sueña el que a medrar empieza,
Sueña el que afana y pretende,
Sueña el que agravia y ofende,
Y en el mundo, en conclusión,
Todos sueñan lo que son,
Aunque ninguno lo entiende.
Yo sueño que estoy aquí
Destas prisiones cargado,
Y soñé que en otro estado
Más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí:
¿Qué es la vida? Una ilusión,
Una sombra, una ficción,
Y el mayor bien es pequeño:
Que toda la vida es sueño,
Y los sueños, sueños son.



1635
















miércoles, julio 01, 2020

«gong», de Efraín Barquero




(1931-2020)


El tiempo ardía apagando los rostros
se inmovilizaban los años para escuchar el grave sonido
se ordenaban en círculo los animales de piedra
las puertas se abrían con lentitud crepuscular
yo avanzaba guiado por el centro de mí mismo
por el extraño peso de mi alma
se apagaban mis pasos como tragados por las aguas
mi aliento se disolvía velozmente
mis ojos palpaban como manos
mis oídos rechazaban lo exterior
nada me era más ajeno que mis pies
nada me era más distante que mis brazos
resonaban solos los espacios comprendidos
a sí mismos se escuchaban los largos aposentos
los dispuestos utensilios ocupaban otro orden
las aves emblemáticas habían adquirido otro poder
vivían las cosas un interior de frutas solas.




en El viento de los reinos, 1967











martes, junio 30, 2020

“El lecho del río”, de Rodrigo Rey Rosa





I
Cuando descorrió las cortinas, la luz lo cegó por un instante. Reconoció el valle y las montañas grises a lo lejos; el sabor de los sueños, que él había aprendido a retener en la memoria, se apagó en su boca. Desde la línea de palmas que cortan por la mitad el valle y ocultan el lecho del río, llegaba la voz de los niños invisibles que juntaban piedras para levantar torres y muros. Alzó los ojos para mirar al cielo, y después de pensar: «Cada día que pasa se ve como si estuviera más lejos», se volvió, arrastró los pies por la alfombra, y volvió a tumbarse en la cama. Alargó el brazo y alcanzó uno de los libros que yacían cubiertos de polvo. Lo abrió, y antes de haber leído la primera frase, lo dejó caer al suelo.


II
Por primera vez esa tarde sintió la tristeza absoluta. Cuando el sol se puso, salió de la casa, y oyó su propia voz que decía: «¡Dios mío!». Varias veces había sentido el silencio, pero por primera vez esa noche deseó que su encanto durase por siempre, a su alrededor, sobre el valle, y si fuese posible, por encima del cielo. Anduvo hasta llegar a la torre más alta que habían construido los niños. Miraba fijamente la arena, y sintió el calor que su cuerpo despedía.

Cuando se dio cuenta de que una mujer lo miraba desde el otro lado del cauce vacío, deseó que la corriente existiera, pues quería estar solo. Ella le sonrió abiertamente. La sal y la arena crujieron bajo sus pies; la mujer se acercó y se detuvo a su lado. Luego se agachó y recogió del suelo una piedra redonda. Abriendo la mano, la ofreció al hombre. Él la aceptó, y extendió su capa en el suelo, y los dos se sentaron. En ese momento una voz se levantó a lo lejos (era el nombre de Dios) y el hombre se puso de pie. Se anudó la capa alrededor del cuello y corrió de vuelta a la aldea. Antes de pasar bajo el arco de barro, soltó la piedra que tenía en la mano y la oyó caer en el suelo. Al doblar una esquina calle arriba, vio una luz reverberar en el muro. Había un broche blanco entre dos ladrillos. Lo tomó, y se prendió la capa con él. Cuando llegó a su casa, su madre le preguntó:

—Ese broche, ¿dónde lo encontraste?
—Me lo dio una mujer —respondió él—. Nos conocimos hoy en el mercado.

Se sentó a la mesa y empezó a comer.


III
Cuando terminó de comer se encerró en su cuarto.

Se acercó a la ventana, y recordó que el blanco de sus ojos comenzaba a mostrarse bajo sus pupilas. «No estoy bien —reflexionó—. ¿Por qué?». Hubiese querido orar, pero no le fue posible. Sin embargo, juntó las manos y se tocó la frente. El viento soplaba con fuerza, e imaginó que la tierra comenzaba a girar más velozmente. «Mañana comienza el invierno —recordó—. Habrá música a la noche».

Al amanecer, cuando se despertó, tenía las manos entre los muslos. Se levantó y pasó frente al espejo. Se miró el cabello negro que le llegaba a los hombros, alargó una mano y rayó el cristal con las uñas. Luego salió al jardín, y el aire frío llenó sus pulmones. Los árboles cargados de fruta, el cielo sin color, y, en el camino, el vaivén de su larga sombra, todo esto ayudaba a aumentar su tristeza. «Quisiera no estar aquí», pensaba. Imaginaba un lugar imposible, donde no soplara el viento y el alma no existiese. Después de andar bastante tiempo por la arena, sus piernas se cansaron. Se tendió junto a un tronco seco, y tocó la superficie áspera y gris con las manos. Una resina oscura brotaba de la madera. Con dificultad, se movió, y sus labios se unieron con la sustancia. Sus músculos se ablandaron. «Ojalá mi vida no fuese así», pensó. Cerró los ojos y dijo: «Aunque esté aquí, no estoy aquí».


IV
Oyó a sus espaldas una voz que decía su nombre. Abrió los ojos, volvió lentamente la cabeza, y vio a la mujer que le había dado la piedra. Aún sentía un enorme cansancio, y un frío interior, semejante al frío que sigue al llanto. La mujer hizo un gesto amistoso; él apartó la mirada. Su mejilla rozó la corteza del tronco, y una sonrisa se formó en su cara. Se puso de pie y empezó a andar aprisa, alejándose de la mujer. Un sonido ronco y continuo se formaba en su garganta. «Si yo quisiera —se dijo a sí mismo—; pero no, no lo quiero». Comenzó a correr. Luego se detuvo y sintió el rumor de la sangre en la cabeza. La mujer, que lo había seguido, se detuvo a su lado. «¿Qué te pasa?», le preguntó. Él no respondió. La miró a los ojos y, en silencio, repitió: «Estoy aquí, pero no estoy aquí». Estuvo a punto de decirle algo, pero fue entonces cuando, a una los dos, miraron en torno: nadie se veía. La mujer se agachó y dibujó un círculo en la arena, y con el dedo marcó un punto en el centro. Él, con dificultad, dijo: «Bueno». Comenzaron a caminar uno al lado del otro. Bajaron siguiendo el lecho del río, y no dejaron de andar después de que hubo oscurecido.

—Van a creer que hemos muerto —dijo ella.
—¿En el pueblo? —replicó él—. No importa. No volveremos.

Más tarde llegaron frente a un enorme peñasco, donde el cauce se dividía. Entonces, desde alguna aldea vecina, llegó débilmente la voz: «Dios es el más grande». Él se inclinó hasta el suelo y tomó un poco de arena en las manos. Ella se acostó a su lado y se quitó el lienzo que le cubría el cabello. Él se acercó más y le dijo: «Ha llovido en las montañas. Tal vez a la noche baje el río». Y entonces, como el agua con el agua, los dos se confundieron.



en 1986. Cuentos completos, 2014











lunes, junio 29, 2020

«Canción de amor», de Williams Carlos Williams

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




¿Qué tengo para decirte
cuando nos encontremos?
Sin embargo —
acá estoy acostado pensando en ti.

La mancha del amor
se extiende sobre el mundo.
Amarilla, amarilla, amarilla,
se va comiendo las hojas
mancha con azafrán
los cuernos de las ramas que se inclinan
pesadamente
contra un delicado cielo púrpura.

Aquí no hay luz —
sólo una espesa mancha de miel
que gotea de hoja en hoja
y de rama en rama
arruinando los colores
del mundo entero.

Estoy solo,
el peso del amor
me mantuvo a flote
hasta que mi cabeza
se golpea contra el cielo.

¡Mírame!
Gotea néctar de mi pelo;
los tordos lo trasladan
en sus alas negras.
Mírame, al fin
mis brazos y mis manos
están sin nada que hacer.

¿Cómo podría saber
si voy a volver a amarte alguna vez
como lo sigo haciendo ahora?





en Poetry: A Magazine of Verse, 1912–22









Love song

What have I to say to you / When we shall meet? / Yet— / I lie here thinking of you. // The stain of love / Is upon the world. / Yellow, yellow, yellow, / It eats into the leaves, / Smears with saffron / The horned branches that lean / Heavily / Against a smooth purple sky. // There is no light— / Only a honey-thick stain / That drips from leaf to leaf / And limb to limb, / Spoiling the colors / Of the whole world. // I am alone. / The weight of love / Has buoyed me up / Till my head / Knocks against the sky. // See me! / My hair is dripping with nectar— / Starlings carry it / On their black wings. / See, at last / My arms and my hands / Are lying idle. // How can I tell / If I shall ever love you again / As I do now?












domingo, junio 28, 2020

“El llanto del ermitaño”, de Carmen Martín Gaite





Fábula política para los olivareros de Jaén


Érase una vez un pequeño reino cuya prosperidad y recto gobierno venían decantados desde tiempo inmemorial en una serie de crónicas elaboradas por los letrados de la Cámara regia, con el visto bueno del primer Mandatario, encargado, a su vez, de pasárselas al rey, quien solía leérselas a sus hijos en voz alta cuando, de vuelta de sus viajes y cacerías, se reunía con ellos al amor de la gran chimenea del castillo, situado en un altozano y rodeado de un parque muy frondoso. Las excelencias de aquella prosa, donde se hablaba de abundancia y concordia, provocaban una grata embriaguez en el ánimo de todos los presentes.

Cuatro veces por año, doscientos emisarios reales, precedidos de heraldos, se dispersaban por las villas y lugares del reino, y desde una tarima que se montaba y engalanaba en el centro de las plazas públicas, repartían entre los vasallos un extracto manuscrito de aquellas crónicas. Los vasallos, agricultores en su mayoría, se acercaban a la tarima con gesto receloso, recogían con los ojos bajos una copia que se les tendía, y una vez llegados a sus casas envolvían con ella pedazos de tocino rancio, hacían cucuruchos para altramuces o la tiraban a la lumbre, porque ninguno sabia leer.

Un año, por el mes de marzo, se extendió por toda la comarca una peste tan espantosa como jamás se había conocido. Se interrumpieron las cosechas, los muchachos, gritando de hambre, se entregaron a la rapiña, y hombres y mujeres andaban sueltos por los campos, paciendo cardos, hinojos y tagaminas, a causa de lo cual muchos murieron hinchados. Se llegaron a comer, hechos tasajos, los asnos que morían en los ejidos, y las enfermedades y la aflicción se propagaban como un incendio; los muertos eran tantos que no se daba abasto a enterrarlos y a muchos se los comieron los perros.

A principios de abril ya no se pudo evitar que el hedor y la pestilencia empezaran a llegar al parque real, en ráfagas que enturbiaban el aroma de los tamarindos. Cundió también la voz de que un grupo de vasallos levantiscos se había amotinado en una villa cercana y avanzaban hacia el castillo armados de garrotes. El primer Mandatario, después de dar órdenes oportunas para que el motín fuera sofocado, hizo traer a su presencia al hombre de quien había partido la noticia: un viejo ermitaño que vivía a pocas leguas del castillo, admirado por su sabiduría y santidad y de quien era fama que a veces mantenía cenáculo con algunos agricultores, a quienes aconsejaba en problemas de siembra, rencillas o enfermedad.

Conducido el ermitaño al castillo con custodia de cuatro guardias, y consultado sobre la solución de aquellas emergencias, dijo que le parecía llegado el momento de hablar con el pueblo y prometerle remedios para la calamidad que le afligía, pues, según su opinión, se trataba de gente tan desvalida como deseosa de escuchar palabras de corazón y buena fe.

El gran Mandatario, que desconfiaba de los contactos que el ermitaño pudiera mantener con los rebeldes, una vez escuchado su consejo, le mandó encerrar en una mazmorra, donde pasó la noche en oración, mientras un grupo de letrados, a la luz de los candelabros de oro, redactaba el discurso que el primer Mandatario había de dirigir a los vasallos, convocados con carácter extraordinario, desde la balconada principal del castillo, y cuyo texto satisfizo a todos por su mucha elocuencia.

A la mañana siguiente, el primer Mandatario volvió a llamar a su presencia al ermitaño para que escuchara el discurso y diera su beneplácito. Le recibió en la sala de armas, vestido con uniforme de gala, y sin invitarle a que tomara asiento, comenzó a leer el texto, complaciéndose en las inflexiones de su voz segura y altisonante que subrayaba con ademanes orgullosos. Las palabras amor, felicidad y justicia salían de sus labios como piedras lanzadas al vacío. Cuando concluyó, el sudor humedecía sus sienes; dejó caer los brazos y se quedó mirando a lo lejos, como esperando el aplauso. Pero en la sala de armas reinaba un silencio sepulcral.

- ¡Habla! –exclamó al cabo con irritación, mirando al ermitaño, en cuyos ojos se leía una profunda tristeza-. Te he llamado para que me des tu opinión sobre el discurso. ¿No es perfecto?

El ermitaño le sostuvo la mirada y movió la cabeza negativamente, sin pronunciar una palabra. El primer Mandatario, fuera de sí, se abalanzó sobre él y lo zarandeó.

-¡Di lo que sea! ¿Por qué? ¿Qué le falta?

El ermitaño se desprendió con dulzura, pero con firmeza, de los brazos de su agresor, que respiraba agitadamente. Hubo un silencio, volvieron a mirarse.

-Le faltan las lágrimas –dijo, al fin, el ermitaño.

Y, dejándose caer en el suelo, escondió la cabeza entre las manos y rompió a sollozar.


Septiembre de 1977



en Todos los cuentos, 2019