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jueves, julio 23, 2026

«Jaime Sáenz y el camino del conocimiento», de Edmundo Paz Soldán




 
La vida de Jaime Sáenz es un inventario de gestos provocativos contra la clase media de la que provenía, contra un tiempo que se le antojaba dominado por la razón, en el que las fuerzas desatadas de la modernidad capitalista intentaban destruir el espíritu de las ciudades, «cifra de muchos misterios». Nacido en La Paz en 1921, Sáenz fue un ser torturado; comenzó a beber a los quince años y a los veinte ya era alcohólico. Dos experiencias con el delirium tremens a principios de la década de 1950 lo llevaron al borde de la muerte y lo obligaron a dejar el alcohol y dedicarse plenamente a la escritura. Para Sáenz, el alcohol era un camino de conocimiento que permitía acceder a un grado de conciencia superior, a un estado de revelaciones y una visión más profunda de la realidad. En La noche (1984), escribe:

       La experiencia más dolorosa, la más triste y aterradora
       que imaginarse pueda,
       es sin duda la experiencia del alcohol.
       […] 
       Y tan atroz y temible se muestra, en un recorrido de 
       espanto y miseria, que uno quisiera quedarse muerto allá. 

Una de sus facetas más extrañas es su relación con el nazismo, que descubrió durante un viaje a Alemania en 1939. Lo fascinaba su lado místico, su conexión con el irracionalismo alemán. En una pared de su escritorio tenía la foto de Hitler y en una pizarra había dibujado una esvástica; creía que el nazismo era la última esperanza para detener el avance del capitalismo (que veía como una conspiración judía). Esa fascinación estaba plagada de contradicciones: Sáenz utilizaba ideas nacionalsocialistas sobre la importancia de lo telúrico para aplicarlas a Bolivia y creía que en la potencia de la raza aymara se encontraba el futuro del país (en su escritorio también guardaba la foto de un indio aymara gigante).

Le gustaba visitar la morgue, pero su interés era más metafísico que morboso: ver qué sensaciones físicas experimentaba, enterarse a qué olían los cadáveres, estaba ligado a su obsesión por comprender qué pasaba con el alma después de la muerte. Paradójicamente le horrorizaba ser enterrado vivo a la vez que vivía con un profundo deseo de morir. Llegó a dar instrucciones a un amigo doctor para que cuando lo enterraran se cerciorara de que estuviera muerto.

Sáenz vivía de noche y dormía de día: ponía cartulinas negras en las ventanas de sus cuartos para que no entrara la luz, gesto que lo emparenta con escritores «malditos» latinoamericanos como Rodrigo Lira y Jorge Barón Biza: la búsqueda de oscuridad, la entrega a la vida nocturna, es un gesto cargado de simbolismo. Cerrar las ventanas no es solamente apagar la luz sino también clausurar el paso a las convenciones que triunfan durante el día: las buenas costumbres, la razón.




en Atlas de la literatura latinoamericana (ed. de Claudia Obligado), 2022
















lunes, julio 13, 2026

«Rodolfo Walsh, no hay un final», de Leila Guerriero




 
Hay un principio —nació en Lamarque, provincia de Río Negro, Argentina, el 9 de enero de 1917—, pero no hay un final: el 25 de marzo de 1977, con el país bajo la dictadura militar que había tomado el poder el año anterior, Rodolfo Walsh despachó por correo a diarios y revistas un texto en el que había trabajado durante meses —«Carta abierta a la Junta Militar»—, en el que decía, entre otras cosas: «Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror. Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración». Después, se dirigió a una cita clandestina con un compañero del grupo Montoneros, una organización armada de izquierda a la que pertenecía con el cargo de oficial rimero, pero fue emboscado por un grupo de tareas de la Armada y todas las versiones señalan que lo mataron ahí mismo. Su cuerpo nunca apareció. 

Hay un principio, no hay un final, y lo que hubo entre una cosa otra fue una mutación extraordinaria: un hombre que en 1955, a los veintiocho, era escritor de cuentos policiales, traductor del inglés, exmilitante de la fianza Libertadora Nacionalista (una agrupación de derecha), partidario de la Revolución Libertadora (una coalición cívico-militar que había derrocado a Perón), y que un año después era exactamente lo contrario. Esa mutación fue causada por la misma materia de la cual estaba hecho: palabras. 

El 9 de junio de 1956, militares partidarios de Perón intentaron un levantamiento contra el Gobierno, que fue desbaratado. El Estado fusiló a muchos de los insurrectos, entre ellos a un grupo de civiles reunidos en un departamento, la mayoría de ellos con el único fin de ver una pelea de boxeo. El fusilamiento se llevó a cabo en un basural de la localidad de José León Suárez. Cinco murieron, siete lograron escapar. A seis meses de esos hechos, Rodolfo Walsh estaba en un bar con un amigo que murmuró la frase que lo cambió todo: «Hay un fusilado que vive». Tres días más tarde, Walsh se encontró con el sobreviviente, Juan Carlos Livraga, y ya no se detuvo: dejó su casa, consiguió cédula falsa y un revólver y, ayudado por una periodista joven llamada Enriqueta Muñiz, encontró a los siete. Con el resultado de su investigación edificó una pieza narrativa llamada Operación Masacre, que primero se publicó en fragmentos y luego, en 1957, como libro. Reconstruyó los hechos comenzando por el momento previo a la masacre («Nicolás Carranza no era un hombre feliz esa noche del 9 de junio de 1956. Al amparo de las sombras acababa de entrar en su casa, y es posible que algo lo mordiera por dentro»), presentó a los protagonistas ignorantes del mecanismo exterminador que ya se ha puesto en marcha y, sobre esa falsa placidez, narró la masacre. Ocho años antes de que se publicara A sangre fría, de Truman Capote, el libro en el que suele colocarse el kilómetro cero de una nueva narrativa de no ficción, Walsh, sin experiencia, sin referentes, de manera clandestina, enfrentando riesgos inverosímiles para un hombre como él (un traductor, un escritor de cuentos policiales), escribió una obra magna. Si sólo hubiera escrito eso, y nada antes, y nada después, ya hubiera sido grande: tenía treinta años, era un investigador astuto, su caja de herramientas rebosaba de técnicas maduras y perfidia narrativa, y dominaba un estilo que tenía, en su parquedad, toda su potencia. Pero hubo, todavía, veinte años más de vida de escritura (eran lo mismo). Después de aquel viraje descomunal originado por una partícula literaria —una frase—, ya no hubo más virajes sino, al contrario, el perfeccionamiento de una línea acerada, sin desvíos. Como un guerrero que afila su hacha, escribió otros libros periodísticos (El caso Satanowsky, en 1958; ¿Quién mató a Rosendo?, en 1969), y artículos extraordinarios en la revista Panorama; publicó dos volúmenes de cuentos —Los oficios terrestres (1965) y Un kilo de oro (1967)—, con algunos de los relatos que se consideran los mejores de la literatura argentina («Esa mujer», «Cartas», «Nota al pie»). Dirigió el diario La CGT de los argentinos, fue uno de los fundadores de la agencia de noticias Prensa Latina, empezó a militar en las Fuerzas Armadas Peronistas, y en 1973 entró en la organización Montoneros, donde fundó el diario Noticias y organizó la Agencia Clandestina de Noticias. Pulió hasta los goznes cada partícula de su escritura, incluso de sus diarios y sus textos políticos. En sus papeles personales escribió: «Durante cinco meses he vivido para mantener lo que se podía mantener de la CGT; no he escrito casi una línea para mí; no he ganado un peso para mí; he ambulado de un lado a otro; no he cuidado mi salud; no me he tomado un fin de semana (...). Ahora hay que vivir de una forma más racional, pensando que todo esto va a durar diez años, veinte años, hasta que uno se muera; y que yo no soy el héroe de la historieta, sino uno más, alguien que pone un poco el hombro todos los días, y cuando es necesario pone algo más que el hombro». Puso algo más que el hombro. Llevaba la escritura en el cuerpo, y puso el cuerpo. El 29 de septiembre de 1976 su hija Vicky, oficial segunda de Montoneros, murió en un enfrentamiento con el ejército. Después de esa muerte, Walsh decidió salir de Buenos Aires y se fue con su compañera de entonces a una casa en la localidad de San Vicente. Allí empezó a trabajar en aquella carta que envió a los medios. Terminaba así: «Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles». Hay un comienzo, pero no hay n final: si su vida cambió por el impacto que produjo una frase, todo lo que vino después —los libros y los artículos y las cartas y los diarios— aún irradia su potencia brutal sobre la literatura. No sólo sobre la del país que lo mató.



en Atlas de la literatura latinoamericana (ed. de Claudia Obligado), 2022


















martes, mayo 19, 2026

«Un viaje etimológico», de Mario Satz





Imaginemos la tarde en que el filólogo Corominas redescubrió, bajo el vuelo de una blanca de la col, el «María, pósate» de los antiguos padres de la Iglesia. Era abril en su ondulada y amable Cataluña, el abril de las últimas mandarinas y los tempranos narcisos. El mes que abre las cosas, como bien vieron los romanos. En su prodigiosa memoria, en su altiva perspicacia, asimilar María a la mariposa le proporcionó una felicidad semejante a la del poeta Berceo, quien vio a la Theotokos o ‘paridora de Dios’ encarnada en un prado de mayo con sus gramíneas, sus poáceas y sus caléndulas. Pero una cosa era el manto de la Virgen y la fertilidad de la tierra, y otra paralela esa criatura alada que los griegos asimilaron a la mente humana. ¿Era, acaso, María, la madre de Jesús, asimismo la matriz anímica en la que se había gestado, para asombro de los seres humanos, el hijo de Dios?

Corominas debió de decirse, con voz entrecortada:
—María, pósate.

Y la blanca de la col, como si lo hubiese oído, se detuvo sobre la verde columna del hinojo. Abrió las alas y agradeció al sol el que extrajera de la última lluvia un perfume nutricio.

Abrió las alas, contribuyendo de ese modo a que el lingüista repasara al vuelo media docena de palabras y sus raíces. Al mismo tiempo, se alegró de que fuera la lengua castellana la dueña del vocablo mariposa, apartándose de ese modo del tradicional Papilio latino presente aún en el catalán y en el francés.
 
·   ·   ·

En tiempos antiguos, los griegos la llamaron Psique, que hoy podemos traducir como ‘mente’ y que originalmente aludía al hálito o soplo. Por la mágica historia de Eros y Psique sabemos que su curiosidad no tenía límites, y que de todas sus inclinaciones el amor fue la primera. En griego moderno, empero, ese nexo se extravió, reemplazándose a Psique por petaloudia, o sea, ‘hoja’, ‘pétalo’, aquello que crece y se abre, como en el verbo petánumi. La homología no es sólo bella: también es pertinente, pues tanto va la mariposa al pétalo como transfiere, este, su color al ala. Por otra parte, y dado que en griego la palabra para ala sigue siendo ptero, de ahí viene el nombre científico de las mariposas, lepidópteros.

La palabra holandesa botervlieg precede a la inglesa butterfly, la ‘mosca de la manteca’, pues se creía que los excrementos de esa etérea criatura eran cremosos y blanquecinos. El alemán Schmetterling también da cuenta de esa creencia, pero trasladándola al mundo de las hadas y las brujas que, encarnadas en mariposas, sentían predilección por ese alimento. El hecho de que prevaleciese, en inglés, la citada palabra, no debe hacernos olvidar el antiguo anglosajón fifoldara, fifalde, en donde vemos algo que hallaremos también en italiano y en hebreo: la doble f, letra que al pronunciarse recuerda tanto al soplo que se marcha como se aleja el alma del cuerpo tras el último suspiro.

El alma es una mariposa en la crisálida de nuestro cuerpo, esperando que pendamos de un hilo, del sutil hilo del silencio, para nacer al color y al vuelo.

En el feileacan irlandés encontramos también la f, como en fairy, el tradicional cuento de hadas que aparecen y desaparecen, tienen alas y lo saben todo de todo en cada instante de su viaje. El noruego sommerfugl y el yídish zommerfeigele aluden a la mariposa como a un pájaro de verano, casi insustancial, y tan alegre que desconoce su propio peso. Los rusos la llaman boboshka, que significa tres cosas a la vez: ‘mujer anciana’, ‘abuela’ y ‘pastel’, aunque en ciertas regiones de ese enorme país se conserva la forma dushichka, de dushae, ‘alma’. Familias enteras de mariposas, como por ejemplo la bajá de dos colas, sienten una extraña predilección por los dulces, los higos maduros y hasta pasados, y en la red fluvial amazónica es frecuente ver decenas de mariposas a los pies de los frutales silvestres, libando hasta el éxtasis de su muerte en el pico de los pájaros.

La farfalla italiana que hizo decir a Dante que il uomo è una farfalla angelica suena parecido a la parpar del hebreo, cuya raíz, pré, ‘salvaje’, ‘silvestre’, también hallamos en pirper, ‘estremecerse’. He aquí, de nuevo, al amor, su parpadeo nocturno y su pleamar de suspiros. Su indomable carácter y su potencial fertilidad. En ambos casos, el italiano y el hebreo, oscila la f su arte de la fuga, su fiesta de caricias. En el borboleta portugués, en cambio, únicamente la b geminada da cuenta de cierta simetría.

Llegamos, así, al chino hu-tieh, donde tieh alude a los setenta años haciendo, en consecuencia, de la mariposa un símbolo de la longevidad, cuando —por el contrario— entre nosotros se la relaciona con lo efímero y lo fugaz. Para los chinos, la mariposa es lo que nuestro Cupido, promotora y mensajera del amor, detalle que ya observamos en la relación entre Psique y Eros. Cuenta Chuang Tzu que un joven estudiante que corría tras una hermosa mariposa se introdujo sin quererlo en el jardín de un viejo magistrado, cuya hija revisaba, en ese momento, un hermoso rosal. Estupefacto por lo que consideró la transformación de un insecto en una doncella, se enamoró y tuvo tanta suerte que la convirtió en su esposa. Cabe agregar algo al relato del filósofo: nunca, en toda su vida, el perseguidor curioso narró a su mujer cómo llegó a ella. Temía que, de nombrar a la mariposa, esta volviese a aparecer tornando de ese modo irreal el encuentro con su mujer. Revelar un secreto que concierne a un tesoro, dicen de los sufíes, es contribuir a su desaparición.



en El alfabeto alado, Acantilado, 2019
















lunes, mayo 11, 2026

«El Hombre de la Camiseta Calada», de Roberto Arlt




 
Yo lo llamaría el Guardián del Umbral. Cierto es que los que se dedican a las ciencias ocultas entienden por Guardián del Umbral a un fantasma recio y terribilísimo que se le aparece en el plano astral al estudiante que quiere conocer los misterios del más allá. Pero mi guardián del umbral tiene otra catadura, otros modales, otro «savoir faire».

¿Quién no lo ha visto? ¿Cuál es el ciego mortal que no lo ha advertido al guardián del umbral, al hombre de la camiseta calada? ¿Dónde pernocta el ciego mortal que no ha notado todavía al ciudadano que plancha el umbral, para que yo se lo muestre vivo y coleando?

Es uno de los infinitos matices ornamentales de nuestra ciudad; es el hombre de la camiseta calada. Dios hizo a la planchadora, y en cuanto la planchadora salió de entre sus manos divinas con una cesta bajo el brazo, Dios, diligente y sabio, fabricó, a continuación, al guardián del umbral, al hombre de la camiseta calada.

Porque todos los legítimos esposos de las planchadoras usan camisetas caladas. Y no trabajan. Cierto es que buscan trabajo. Y que ellas se acostumbran a que él trabaje en el trabajo de buscar trabajo: pero el caso es este. Usan camiseta calada, y hacen la guardia en el umbral.

¿Quién no lo ha visto pasar?

Por lo general las planchadoras viven en esas casas que en vez de tener un jardín al frente, tienen un muro, disfraz de tapial y conato de medianera, donde se puede leer: «Taller de lavado y planchado». Luego una escalerita de mármol sucio, y en el último peldaño, solitario, en mangas de camiseta calada, erguidos los mostachos, cetrina la facha, renegrida la melena, agria la pupila, calzando alpargatas, está sentado el Guardián del Umbral, el legítimo esposo de la planchadora.

¿Cuándo aparecerá el Charles Lous Phillie que describa nuestro arrabal tal cual es? ¿Cuándo aparecerá el Quevedo de nuestras costumbres, el Mateo Alemán de nuestra picardía, el Hurtado de Mendoza de nuestra vagancia?

Entretanto démosle ala «Underwood».

La planchadora se casó con el hombre de la camiseta calada cuando era joven y linda. Labio como flor de granada y trenza abundosa. Bajo el brazo la cesta envuelta en media sábana.

Él también era un guapo mozo. Tocaba la guitarra que era un primor. Vivían en el conventillo. El mozo pensó bien antes de decidirse: La madre de la muchacha tenía el taller. Pensó tan bien que después de un amorío con guitarra y versitos del extinto Picaflor Porteño –«SI MI BOCA FUERA PLUMA Y MI CORAZON TINTERO»– se casaron como Dios manda. Hubo baile, felicitaciones, regalos de bazar, y la «vieja» enjugó una lágrima. Cierto es que el muchacho no es malo, pero le gusta tan poco trabajar… Y las viejas que hacían círculo en torno de la damnificada comentaron:

–¡Qué se le va a hacer, señora! Los jóvenes de hoy son así…

Y sí, son tan así que a la semana de haberse casado, el hombre de la camiseta calada empezó a alegar que a él los jefes le tenían envidia y que por eso no se mantenía fijo en ningún trabajo, y luego se espetó a la suegra que el trabajo que le querían dar no estaba en consonancia con su «abolengo»: y la vieja, que se moría por lo del abolengo, porque había sido cocinera de un general de las campañas del desierto, le aceptó, refunfuñando al principio, y así, un día y otro, el hombre de la camiseta calada le fue esquivando el cuerpo al trabajo, y cuando se acordaron madre e hija ya era tarde; él se había apoderado del umbral. ¿Quién lo sacaría de allí?

Había tomado jurídica y prácticamente posesión del umbral. Se había convertido automáticamente en Guardián del Umbral.

Desde entonces, todas las mañanas de primavera y de verano se le pudo contemplar sentado en el escalón de mármol o de tierra romana del conventillo, impasible, solitario; el ala del sombrero sombreándole la frente, el torso convenientemente ventilado por los agujeros de una camiseta calada, el pantalón negro sostenido por un cinturón, las alpargatas aplastadas por los calcañares.

Mañana tras mañana. Crepúsculo tras crepúsculo ¡Qué linda vida la de ese ciudadano! Se levanta por la mañana tempranito y le ceba un mate a la damnificada, diciéndole: ¿Te das cuenta qué buen marido que soy yo? Luego de haber mateado a gusto, y cuando el solicito se levanta, va al almacén de la esquina a tomar una cañita, y de allí tonificado el cuerpo y entonada el alma, toma otros mates, pulula por el taller de lavado y planchado para saludar a las «oficialas», y más tarde se planta en el umbral.

A la tarde duerme su siestecita, mientras su legítima esposa se desloma en la plancha. Y bien descansado, lustroso, se levanta a las cuatro, toma otros mates y vuelta al umbral, a sentarse, a mirar pasar la gente y a darse esos interminables baños de vagancia que lo hacen cada vez más silencioso y filosófico.

Porque el hombre de la camiseta calada es filósofo. Bien lo dice su mujer:

–Tiene una cabeza… pero… – Ese «pero» lo dice todo. Y es cierto. Nuestro filosofante es el Sócrates del conventillo. Él es el que interviene cuando se producen esos líos descomunales; él es quien consuela al marido burlado con dos frases de un Martín Fierro de leyenda; él es quien convence a un calabrés de que no cometa un homicidio complicado con el agravante del filicidio; él es quien, en presencia de una desgracia, exclama siempre patéticamente:

–Hay que resignarse, señora. La vida es así. Tome ejemplo de mí. Yo no me aflijo por nada. Habla poco y sesudamente. Tiene la sabiduría de la vida y la sapiencia que concede la vagancia contumaz y alevosa, y por eso es en todo conventillo, con su camiseta calada y su guardia en el umbral, el matiz más pintoresco de nuestra urbe.




en El Mundo, 3 de septiembre, 1928
















viernes, abril 17, 2026

«Un animal fabuloso», de Samanta Schweblin




 

        Casi veinte años después del accidente, Elena me llama a Lyon. No reconozco su voz, pero cuando dice su nombre, sé perfectamente con quién estoy hablando. 

        Por unos segundos la escucho respirar, sostengo el teléfono con el hombro y enciendo un cigarrillo. Despacio, intentando no hacer ningún ruido, salgo al balcón que da al parque, me siento en una de las sillas y me quito las sandalias empujándolas con los dedos de los pies. Quiere hablar de Peta, su hijo. Quiere saber qué es lo que recuerdo de la noche del accidente. Su voz es calma y carrasposa. Me pregunto si es por los años que han pasado, o si ese tono suyo tan dulce desapareció de pronto esa última vez que nos vimos. 

        Subo los pies descalzos a la otra silla, me duelen los talones y las piernas. Estaba en Madrid esta mañana, y apenas logré dejar la valija en la entrada del departamento cuando sonó el teléfono. 

        —¿Dónde estás, Elena? ¿Estás en Buenos Aires? 

        Lo pregunto para ganar tiempo, para llegar un poco más a casa antes de entregarme a esta conversación. Su silencio me hace sospechar que nunca salió de Hurlingham, que quizá podría estar viviendo todavía en la casa donde ocurrió todo. 

        —¿Y vos? —dice Elena—, ¿seguís viajando? 

        Pienso en la nueva oficina en Marsella, en la cátedra de Planificación Urbana de Barcelona, en el desarrollo comercial en las afueras de Burdeos. Pero cuando imagino a Elena sentada en el banco que tenían en el ancho pasillo entre la cocina y el patio, cuando la imagino hablándome desde ese banco de tronco y patas de hierro que su padre alcohólico le hizo con sus propias manos como regalo de bodas, y que ella nunca quiso sacar de la casa, entonces digo: 

        —Sí, un poco. —Y espero a ver qué dice ella. 

        —Todavía tengo tu saco. 

        ¿Qué saco? Hay una decena de abrigos en mi placard, pero ya no recuerdo los que llevaba antes. 

        —Me estoy muriendo, Leila. Por eso te llamo. 

        Me miro los pies, muevo los dedos. Más allá del balcón el viento acaricia las copas de los árboles. Y de pronto pienso en el caballo. Después de muchos años vuelvo a pensar en él, en la primera vez que lo vi, con una claridad abrumadora. Iba a la casa de Elena directo desde el aeropuerto y el taxi paró en un semáforo de la avenida Vergara, justo al lado del animal. Estaba empacado, arrastraba un carro con un montón de colchones apilados encima y un hombre lo castigaba a latigazos para avanzar. Siempre hubo caballos en el conurbano de Buenos Aires, pero para entonces yo ya hacía tiempo que vivía afuera y la imagen me chocó. 

        La panza del caballo estaba tan cerca que podría haber sacado la mano del coche para tocarla. Se veía hinchada, desproporcionada en el resto del cuerpo tan f laco. Las patas chuecas, el pelaje gastado alrededor de las correas. Pero sobre todo me acuerdo de la manera en la que el caballo giró la cabeza y me miró. Me miró a mí directamente, con esos grandes ojos oscuros. 

        —Sé que fue hace tiempo —dice Elena—, pero... ¿te acordás del disfraz que llevaba esa noche Peta, el que se había hecho él mismo? Quiero que alguien me hable de mi Peta. —Cuando Elena tose intuyo qué es lo que ha cambiado tanto su voz—. Por favor, vos estuviste ahí. Si no a quién le voy a pedir. 

        Espero unos segundos, Elena no dice nada, así que pregunto: 

        —¿Estás enferma? ¿Qué te pasa? 

        —Da igual, Leila, tenemos sesenta y pico de años y no paso del próximo mes. —Hay un salto leve en su tono, como si se hubiera puesto de pie—. Hace rato que trato de contactarte. 

        —¿Estás en Hurlingham? —pregunto. 

        Las dos nacimos en Hurlingham, pero nos conocimos en la facultad, cursando Arquitectura. 

        —Sí —dice Elena. 

        Pienso en Alberto, y ahora estoy intentando no preguntar por él. 

        —¿Pero te mudaste? —pregunto. 

        Los recuerdo en el patio, el mismo patio donde ocurrió el accidente. 

        —Sigo en casa. —La escucho toser—. Esperá un momento. 

        Parece que abandona el teléfono sobre el banco y se aleja. Me deja sola en su pasillo, tan cerca de aquel patio que, en Lyon, se me erizan los pelos de los brazos. 

        Alberto y Elena se casaron un año después de conocerse. Los tres nos recibimos el mismo diciembre, pero enseguida yo acepté mi puesto en la agencia francesa, y dejé Argentina. Siempre les escribía si pasaba por Buenos Aires, y entonces ellos me invitaban a cenar a su pequeña casa de barrio de clase media, rediseñada bajo sus rigurosas miradas de arquitectos. Eran altos y robustos, y vestían las camisas y los pantalones claros que vestían los arquitectos, con sus relojes de diseño un poco sueltos en las muñecas. Elena llevaba el pelo atado en una cola castaña y los rulos alrededor de la frente se le erguían como pequeños resortes. A veces Alberto se los acomodaba detrás de las orejas. Lo hacía con cariño, pero lo hacía sobre todo cuando era ella la que hablaba y él empezaba a distraerse. 

        En el teléfono escucho el ruido de la puerta de una heladera. Me acuerdo de cada detalle de esa cocina. Bastan dos pasos para regresar al pasillo, prácticamente una extensión del patio, porque la ventana corrediza con la que reemplazaron una pared en la primera remodelación estaba siempre abierta. Y ahí, sentada en el banco, era donde a Elena le gustaba «sentir el aire». La casa no era grande, pero habían demolido algunas divisiones y sabían dónde poner las luces y los sillones para que sí lo pareciera. Tuvieron al chico varios años después de recibirse y lo criaron con el mismo cuidado y devoción compartida con que encaraban todos sus proyectos profesionales. Para esa última visita que les hice llevaban nueve años de casados, y el chico acababa de cumplir los siete. 

        Elena protesta con un chistido, algo se cae al suelo. ¿A quién voy a contarle sobre esta llamada?, pienso. Nadie en Francia sabe sobre esto. En realidad, ni siquiera Elena sabe lo que me ocurrió a mí esa noche más allá del accidente. Llama porque quiere oír a alguien decir algo sobre Peta. No parece intuir nada más. 

        Los pasos regresan, Elena levanta el teléfono. El banco chilla cuando vuelve a sentarse. 

        —Estoy tomando fernet —dice—, quiero adquirir al menos un vicio antes de morirme. ¿Te parece que estoy a tiempo? 

        —Por supuesto. Podemos tomar seis de esos por teléfono cada día. 

        Nos reímos. Si ella realmente lo necesitara, yo estaría dispuesta a acompañarla. Siempre es así, me doy cuenta de cuánto extraño a alguien de repente, con la angustia que llega de golpe, y tengo que hacer un esfuerzo para no emocionarme. 

        La escucho encender un cigarrillo, no sabía que fumaba. Intento recordar algún detalle sobre Peta pero solo veo al caballo. Elena inhala y el papel del cigarrillo cruje, consumiéndose. No va a decir nada más hasta que yo empiece a hablar. 

        —Fue él quien me abrió la puerta. 

        Elena exhala el humo con una bocanada lenta, casi aliviada. 

        Se llamaba Pedro, pero le decían Peta. Lo conocí a sus dos años, en la primera de la decena de visitas a Buenos Aires tras la asociación de mi agencia en el desarrollo de dos torres en Puerto Madero. También lo vi una noche a sus cuatro, pero el chico ya estaba dormido. Y luego esa vez, a sus siete, todas las imágenes que ahora vienen a mí son de esa última visita. Lo veo parado en la puerta, metido en un vestido largo improvisado hecho de papel metálico, sacando el pecho con la rigidez de un gendarme. 

        Le cuento a Elena la impresión que me dio verlo tan grande, y a ellos dos, «a vos y a Alberto», digo, preparando una picada en el patio, yendo y viniendo a la cocina con esa armonía tan efectiva con la que hacían todo. Digo «hacían» y espero unos segundos a ver si ella aclara algo de Alberto. Describo la casa, el gran espejo que acababan de instalar en el hall. Lo cansada que estaba del viaje y cómo la primera copa en el patio lo alivianó todo. Es increíble las cosas que una recuerda veinte años más tarde. Por ejemplo, que tenía los pies descalzos y que la loza del patio todavía estaba tibia. Quizá es la sensación del placer y del dolor lo que deja siempre una marca más vívida, porque son las cosas que le pasan al cuerpo. O quizá es porque hubo un tiempo en que repasé mucho estos recuerdos, y yo misma elegí a qué detalles volver para intentar entender lo que había pasado. 

        En mi balcón, la tarde empieza a oscurecerse. 

        —Yo también voy a prepararme un trago, Elena. 

        —Te espero. 

        Dejo el teléfono en la silla, entro y cruzo los dos grandes livings hacia el comedor. Me pregunto si Elena se sentiría cómoda entre tantas bibliotecas. Si aprobaría mis sillones, el gran vitró de la cocina abierta, el parqué de nogal que mi segundo exmarido se empeñó en instalar. Abro el mueblecito de las bebidas y me sirvo un poco de whisky. Elena solo quiere que alguien nombre a Peta para ella. Que describan cómo ataba sus zapatillas de colores, su cuarto minuciosamente desordenado, sus uñas suaves y cortitas llenas de marcas de pintura. Entonces me doy cuenta: quizá esta sea la última vez que hablemos, de esto se trata esta llamada, y así entiendo que, aunque ella solo quiera escuchar sobre Peta, yo voy a contarle lo del caballo. 

        Regreso con mi whisky ordenando los recuerdos, confundida por la nitidez con la que se despliegan en mi cabeza. 

        —¿Estás ahí? —pregunto. 

        —Sí. 

        —No tengo hijos, Elena. No tuve, pero... Vas a pensar que esto es algo mío, personal, que no tiene que ver con lo que le pasó a Peta. 

        Espero, en Elena el silencio siempre fue desconcierto. 

        Le explico lo que descubrí esa noche después de conversar un rato con Peta, tirados en la alfombra. Yo ya sabía de las excentricidades del chico, y lo talentoso que era dibujando. Cómo dos años atrás había estudiado el recorrido que la luz del día hacía sobre las paredes, y que «exponía» sus trabajos colgándolos solo en esas zonas de luz «verdadera». Su obsesión por pintar caballos, y el control que, a sus siete años, ya tenía sobre las perspectivas y los colores. Muchos padres sobrevaloran el talento de sus hijos, y yo no sabía hasta ese momento todo lo que realmente estaba pasando en la cabeza de Peta. Pero quizá por ser hijo de arquitectos, quizá por puro talento, Peta era un caso sorprendente. 

        Esa noche, cuando el chico subió solo a su habitación, Elena y Alberto me insistieron en que fuera yo la que verificara que se cepillara los dientes y se acostara. Acepté enseguida cuando me confesaron divertidos que, si había gente a cenar, cuando Peta terminaba de comer, solo contestaba preguntas de las visitas, y en cambio a ellos dejaba de hablarles. Creían que era su manera de invitar a nuevas personas a su cuarto. Acepté el reto, y en cuanto estuve sola con el chico le pregunté por qué hacía lo que hacía. Peta dijo: «Hago como que están muertos», y se rio tapándose la boca, tentado por su propio juego. Me invitó a tirarme en la alfombra para mostrarme el techo, y me indicó las constelaciones que había estado marcando con un punzón, descascarando la pintura. Desde el piso eran apenas perceptibles, porque trabajaba solo en las marcas, que pintaría todas a la vez para el siguiente cumpleaños de Elena. Le pregunté cómo alcanzaba solo tan alto y dijo: «Tengo una técnica», pero no me explicó cuál era. Seguimos un rato ahí, acostados panza arriba, hasta que se giró hacia mí, muy serio, y me preguntó: «¿Te despertaste alguna vez en el medio de la noche? Pero digo despertarte sin que nadie te despierte, despertarte de verdad». 

        Era un chico extraordinario, y a la vez un chico de lo más normal. En realidad, lo único extraordinario hasta ese momento estaba ocurriendo dentro de mí: ahí, echada en la alfombra a su lado, fantaseé con la idea de que alguien pudiera necesitarme tan específicamente, tan exclusivamente a mí. Sin embargo, yo no quería ser madre, nunca me había interesado. 

        A Elena no le cuento nada de esto, que Peta me hacía preguntas y yo pensaba lo que está preguntando parece simple, pero es demasiado complejo; pensaba ¿entenderán los adultos que rodean a este chico la magnitud de esta pregunta? Pensaba yo puedo entenderlo, yo puedo contestarle sin engañarlo ni destruirlo. Era una intuición poderosa, 
una pulsión que me confirmaba: este chico es algo demasiado precioso, vos sí serías capaz de cuidar algo así. 

        A ella solo le cuento lo que el chico dijo después: «No quiero ser arquitecto». No le digo lo que pensé: que en el tono firme en el que hablaba, en la manera en que le brillaban los ojos mientras descubría el sentido de sus palabras, parecía también dar a entender «soy algo tan grande que no puedo permitirme el mundo de los hombres». Ni que esperé unos calculados segundos antes de volver a hablar, para que Peta terminara de saborear su propio descubrimiento y pudiera reconocerlo en todo su esplendor, ni que asentí como diciendo: «¡Sí! ¡Sí! ¡Esa es la verdadera verdad! ¡Podés ser lo que sea que quieras!». 

        A Elena solo le cuento lo que le pregunté a Peta después: 

        «¿Y qué querés ser?». 

        «Quiero ser un caballo». 

        —¿Un caballo? —La voz de Elena tiembla en el teléfono. 

        Le cuento que me levanté del piso de un salto y le propuse a Peta practicar. 

        «¿Practicar ser caballo?», preguntó, «¿y eso cómo se hace?». 

        «Como vos te lo imagines». 

        Peta se levantó también de un salto. La certeza de mi respuesta parecía colmarlo de energía. 

        «Ser caballo se practica caminando con un pie delante del otro», dijo. 

        «¡Perfecto! ¡A practicar!». 

        Caminamos en línea a la par, de una punta a la otra de la habitación, con los brazos extendidos y las manos abiertas, simulando estar haciendo un gran esfuerzo para no perder el equilibrio. 

        «Y cuanto más cerrados los ojos, más caballo se es», dijo Peta. 

        «¡Perfecto!». 

        Cerramos los ojos y practicamos otra ronda ida y vuelta. 

        «Y cuanto más alto se está...», Peta dio un salto al borde de la cama, «... más caballo se es». 

        Puso un pie delante del otro sobre la viga de madera e intentó avanzar con los ojos cerrados. 

        Elena hace un ruido en el teléfono, confuso y gutural, pareciera haberse tragado algo lleno de dolor, y sé que está pensando en la cornisa que da al patio. 

        —Cuando te fuiste de la habitación, ¿ya estaba acostado? 

        No lo recuerdo, pero contesto que sí. Nos quedamos en silencio y ya no sé si debería seguir. 

        —Ay, Leila. —Escucho el papel de su cigarrillo chispear—. Duela lo que duela, cualquier cosa que me digas sobre Peta es como estar unos segundos más con él. Gracias. 

        —Hay algo más. Algo que quiero contarte. 

        Pienso en el patio, Peta jugó ahí desde que empezó a gatear, con Elena sentada en el banco del pasillo, siempre cerca, siempre atenta. Leía, trabajaba, hablaba por teléfono, con un ojo todo el tiempo puesto en Peta. A veces se apoyaba contra la pared y cerraba los ojos, pero no se dormía. Recuerdo la mancha que había en el empapelado marfil, a la altura de su cabeza, como una nube brumosa. ¿Va a morirse ahí sentada? ¿Habrá algo que yo pueda hacer para levantarla de ese banco? ¿Levantarla para qué? 

        —Cuando Peta se cayó de la cornisa... —empiezo, pero me detengo. 

        Miro el parque más allá del balcón: en Lyon ya es noche cerrada. 

        Y de repente ahí están todas las palabras que empiezo a decirle al teléfono. Ya no puedo decidir qué es lógico o ilógico, qué podría ser doloroso y qué podría ser soportable. Narro lo que ocurrió tal cual me viene a la memoria: el ruido del cuerpo contra la baldosa del patio. Cómo los tres tardamos un segundo en entender, en darnos vuelta en la mesa y en reaccionar. Cómo al fin ellos dos saltaron de las sillas y corrieron hasta Peta. Alberto no quería moverlo, Elena lo levantó y lo apretó contra ella, quería gritar, pero no podía, porque ni el chico ni ella respiraban. Elena estaba de rodillas y la sangre crecía a su alrededor, parecía que todo el problema era que estaba apretando demasiado a su hijo. Me acuerdo de que me levanté de la mesa y dije: «Llamo una ambulancia». Pero nadie asintió ni se movió. Fui hasta la cocina y llamé. Di la dirección, contesté algunas preguntas y cuando corté ya no pude regresar al patio. Mi saco estaba sobre el banco del pasillo, y ahí lo dejé. Salí de la casa. Cerré la puerta lentamente y el ruido de la cerradura me confirmó que yo ya estaba del otro lado. Me quedé mirando el picaporte, hasta que escuché a Elena gritar. Y entonces, sin voltearme todavía, presentí algo extraño a mis espaldas. No me animaba a girar para ver. Unas gotas de transpiración rodaron por mi frente hasta el mentón y golpearon contra la baldosa. Date vuelta, me dije, el peor dolor quedó dentro de la casa, Elena seguía gritando, lo que sea que pase ahora no te va a matar. Y giré hacia la calle. 

        Recostado en el asfalto, con la poca luz de un único farol al final de la cuadra, el cuerpo se veía tan desproporcionado y grande que tardé en entender qué era. Era un caballo, echado sobre el asfalto como si se hubiera caído de algún lado. Me acerqué despacio, intentando no asustarlo. Respiraba agitado, su estómago hinchado se inflaba y desinflaba estirando bajo las riendas la piel gastada. Los ojos grandes y oscuros buscaban en la noche, y yo tuve la certeza de que me buscaban a mí. Levantó la cabeza para mirarme de frente. Bufó, intentó levantarse pero no pudo. Me arrodillé junto a él, me abracé a su cabeza y apoyé mi frente contra la suya. «Vas a estar bien», le dije. «Tranquilo». 

        Primero llegó la ambulancia, después la policía. Les señalé la casa para orientarlos. Enseguida aparecieron algunos vecinos. Se acercaban, veían el caballo y se quedaban ahí parados, confundidos. Y todo ese tiempo yo me quedé donde estaba, abrazada al animal. 

        Unos minutos después vi a Alberto y a Elena salir detrás de una camilla. A mis espaldas, un vecino llamaba a una urgencia veterinaria. Algo distrajo a Elena, que miró en mi dirección, confundida. Se subió a la ambulancia trastabillando. Los enfermeros trabaron las puertas y el ruido agudo de la sirena se alejó a toda velocidad. 

        Hago una pausa. Aparto un momento el teléfono y suspiro. Unos segundos después le pregunto: 

        —¿Te acordás del caballo? 

        Elena no dice nada. 

        Hubo un velorio tres días más tarde, y luego un entierro. Antes de irme le di un abrazo a cada uno, primero a Alberto, después a Elena, separados por primera vez, inmóviles entre los invitados, atentos de una manera extraña: al suelo, a los ruidos más pequeños, buscando en el barullo algo que parecían haber tenido en la mano un segundo atrás. 

        Me ocupé del caballo, que estuvo unos días en la veterinaria de la Facultad de Agronomía, recuperándose. Localicé unas caballerizas en Luján, donde me hacían buen precio por tenerlo todo el año si pagaba por adelantado. Estaba dispuesta a gastar en él una fortuna, pero dos semanas más tarde alguien me contactó en Lyon para avisar que un hombre lo había reclamado, y que el animal ya estaba otra vez con su dueño. Creo que fue por esos días que llamé a Hurlingham para ver cómo estaban, pero no los encontré. O quizá tuve la intención de llamar, y al final no lo hice. Ellos tampoco. Y ya no volvimos a hablar. 

        Escucho en el teléfono un chasquido, las patas del banco chirriar. ¿Se puso Elena de pie? ¿Estará mirando el patio? ¿Qué hay ahora en el patio? ¿Por qué no dice nada? 

        —Elena, ¿estás ahí? 

        A veces sueño que vuelvo a Buenos Aires. Casi siempre estoy en un taxi, mirando atenta por la ventana. Y entonces lo veo. Lo reconozco enseguida. El color, la altura, las orejas. Tira del carro con cansancio. Un carro enorme, desproporcionado para su tamaño. Pido que detengan el coche, me bajo y corro hacia él. El hombre que lo conduce a latigazos no entiende qué ocurre, tira de las riendas para frenarlo. El caballo se detiene, bufa, se vuelve hacia mí. Toco su cabeza enorme, mi frente otra vez contra su frente. Una palma abierta contra su pómulo, la otra contra su pecho. Es tan enorme y precioso, y yo estoy pidiéndole perdón. 

        —No tengo tiempo para tonterías —dice Elena—, ¿no te das cuenta? 

        Tiene razón, tanta razón. ¿Qué vamos a hacer ahora? 

        —Se acabó —dice, pero hay un cambio sutil en su ímpetu—. ¿Dónde está?

        Sostengo el teléfono, intento ponerme en su lugar. ¿Qué me está preguntando? 

        —El caballo, Leila. 

        —El caballo —digo haciendo tiempo, tratando de entender este último pedido. Busco desesperada, entre los recuerdos de Argentina, un lugar donde haya un caballo que se pueda abrazar. 

        —Leila... 

        —Sí, claro —digo—. Sí. ¿Tenés para anotar? 

        —Tengo —dice ella, y escucho un ruido que reconozco con toda claridad: empuja el ventanal, lo abre. El sonido cambia por completo. Elena está de pie frente al patio—. Tengo todo —dice—. Todo está acá listo. Te escucho.
 


en El buen mal, Random House, 2025
















viernes, marzo 13, 2026

«La merma», de María Moreno

Fragmento





¿Cómo puede hacerlo? ¿Crear un fantasma donde todavía, aunque pléjico, se mantiene conservado? Si estuviera ausente, el fantasma sería posible hasta el dolor mismo. Si me habré hecho ilusiones con ese muñón limpio que se soñaba hachando un árbol o disparando un arma. Pero no cuando era un miembro inútil. Deberé investigar si es posible o una alucinación. Mi mano derecha tiene su propia vida que yo no domino, pero puedo sentir. Duele a veces como si estuvieran oprimiéndola, aunque suelo pescarla quieta sobre su plataforma. También es fingidora y nueva rica: nunca siento que sostiene una plasta o una verdura cruda, o una escoba —esa acción no formaba parte de su experiencia habitual—. Solo plumas o papeles. Anteojos muy nítidamente. No inventa. Recrea su pasado. No todo. Nunca toca mierda aunque lo haya hecho, ni agua turbia del río que tantas veces ahuecó con su torpe brazada. Ni tocó el pomo de la cadena del váter en la casa vieja. La pobrecita nos da una lección de cómo recordamos: eligiendo lo que nos causa placer. Ella debe gritar bajo el efecto de un trauma cuando se pone a doler hasta hacerme llorar. Lo más pordiosero que le sentí fue un papelito arrugado, ¿un trozo de manuscrito desechado? ¡Si yo no desecho nada! Borro, mando a la basura virtual. ¿Interpreta mi deseo de ser de las antiguas? Colette, Virginia, Katherine. Un bollo pequeño y prolijo que podría ser de una novela, pero nunca norteamericana, que sería un bollo más grande, más macho, escrito y golpeado a máquina, varios bollos. ¿Cómo sé que es un bollo de dama? Porque es pequeño y discreto, no abollado con furia. Una lección de urbanidad para alguien como yo, que comía como un cerdo mucho antes del accidente, no hay fantasma de lo que todavía sobrevive.




Publicado por Random House, 2025














jueves, marzo 12, 2026

«El breve retorno de Florence este otoño», de Alfredo Bryce Echenique



(1939-2026)


  A Lizbeth Schaudin y Hermann Braun

No podía creerlo. No podía creerlo y me preguntaba si en el fondo no había esperado siempre que algo así me ocurriera con Florence. El recuerdo que había guardado de ella era el de horas de ésas felices, pero felices a mi modo, como a mí me gustan. Y tal vez el trozo de soñador que aún queda en mí había creído firmemente, intermitentemente, puede ser, qué importa, que de todos modos algún día la volvería a encontrar. Reconozco haber pasado largas temporadas sin recordarla conscientemente, sin pensar en aquello como algo realmente necesario, pero también recuerdo decenas de caminatas por aquella calle, deteniéndome largo rato ante su casa, ante aquel palacio que fuera residencia de madame de Sevigné, y que por los años del destartalado colegito en que conocí a Florence, era ya el museo Carnavelet, pero también, en un sector, la residencia de Florence y de su familia. En 1967, cuando mi madre vino a verme a París, la llevé a visitar ese museo, y juntos nos detuvimos ante una escalera que llevaba al sector habitado, mientras yo le hablaba un poco de Florence, de los años en que fui su profesor, de cómo jugábamos en la nieve, y como mi madre iba entendiendo, le hablé también de todas esas cosas que en el fondo no eran nada más que cosas mías. 

Pero de ahí no pasó el asunto, principalmente porque yo ya estaba bastante grandecito para subir a tocarle la puerta a una muchacha que se había quedado detenida casi como una niña, en mis recuerdos de adulto. Y sin embargo… Y sin embargo no sé qué, no sé qué pero yo seguí creyendo muchos años más en un nuevo encuentro con Florence. Y ahora que lo pienso, tal vez por eso escribí sobre ella guardando muchos datos, el lugar, mi nacionalidad, nuestros juegos preferidos, y hasta nombres de personas que ella podría reconocer muy fácilmente. Sí, a lo mejor escribí aquel cuento llevado por la vaga esperanza de que algún día lo leyera y me buscara por todo lo que sobre ella decía en él, a lo mejor lo escribí, en efecto, como una manera vaga, improbable, pero sutil, de llamarla, de buscarla, en el caso de que siguiera siendo la misma Florence de entonces, la bromista, la alegre, la pianista, la hipersensible. No puedo afirmarlo categóricamente pero la idea me encanta: Un hombre no se atreve a buscar a una persona que recuerda con pasión. Han pasado demasiados años desde que dejaron de verse y teme que haya cambiado. En realidad le teme más a eso que a las diferencias de edad, fortuna, etc. Escribe un cuento, lo publica en un libro, lo lanza al mar con una botella que contiene otra botella que contiene otra botella que… Si Florence ve el libro y se detiene ante él, es porque reconoce el nombre de su autor. Si Florence compra el libro es porque recuerda al autor y le da curiosidad. Si Florence lee el cuento y me llama es porque se ha dado el trabajo de buscar mi nombre y mi dirección, porque me recuerda mucho, y porque el cuento puede seguir, pero aquí en mi casa, esta vez. La idea es genial, posee su gota de maquiavelismo, ma contenutissimo, pas d’ofense, Florence, aunque tiene también su lado andante ma non troppo, ten paciencia, Hortensia. La idea es, en todo caso, literaria, y está profundamente de acuerdo con el trozo de soñador que queda en mí, me encanta. Salud, James Bond. Pero a James Bond no le habría conmovido, chaleco antibalas, tecnócrata, etc. Cambio de intención, y brindo por el inspector Philip Marlowe. Y como él, me siento a morirme de aburrimiento en el destartalado chesterfield de mi oficina, pensando en los años que llevo sin ver a Florence, porque ello me ayuda a llevar la cuenta de los años que llevo sin ver alegría mayor alguna entrar por mi puerta. No más James Bond, no más Philip Marlowe, El viejo y el mar es el hombre. Un día sucedió todo. Y de todo. Qué sé yo. No podía creerlo y tardé un instante en comprender, en captar, en reconocer la fingida voz ronca con que me estaba resondrando por ser yo tan estúpido, por no haberla reconocido desde el primer instante. Finalmente Florence me gritó que su casa estaba llena de botellas. Le grité ¡Escritora!, ¡premio Nobel!, y terminamos convertidos, telefónicamente, en los personajes de esta historia.

Después, claro, a la vida le dio por joder otra vez, aunque yo le anduve haciendo quite tras quite. Ella también, es la verdad. Por eso seguirá siendo siempre Florence W. y Florence. En voz baja, y con tono desencantado, debo decir ahora que Florence se había casado. Y debo añadir, aunque ya no sé en qué tono, que la boda fue hace un mes, tras un brevísimo romance a primera vista, o sea que hace unos tres meses, digamos… No, no digamos nada. La boda fue hace un mes y punto. El afortunado esposo (podría llamarlo simplemente «el suertudo», pero la cursilería esa de afortunado esposo es la que mejor le cae a esta raza de energúmenos cuya única justificación es la de saber llegar a tiempo) es un hombre mucho más joven que yo, médico, deportista y sumamente inteligente. La verdad, le tomé cariño y respeto, y con más tiempo pudimos llegar a ser amigos, pero no hubo mucho más tiempo porque yo me fui antes de que la historia empezara a perder ángel o duende o como sea que se le llame a eso que le quita todo encanto a las historias. En el amor como en la guerra… En fin, me fui como quien se desangra. No había sido nunca mi intención ese cariño que sentí brotar por Florence, aquella noche en su casa; ni siquiera cuando me llamó por teléfono, creo. Si deseé tantos años un nuevo encuentro fue porque me gusta apostar que hay gente que no cambia nunca. Gané, claro, pero acabé yéndome así, como dijo el gaucho. 

Bueno, pero démosle marcha atrás a la historia, que eso sí se puede hacer en los cuentos. Aquí estoy todavía, dando de saltos en el departamento, y sin importarme un pepino que Florence se acaba de casar hace un mes. Su ronquera me hacía reír a carcajadas. ¡Ah!, Florence no cambiaría nunca. Como no entendía de parte de qué Florence era, fingió esa ronquera para darme de gritos por teléfono y acusarme de todo, de falta de optimismo, de falta de fantasía, de todo. ¡Florence no había cambiado! Me esperaba mañana, no, mañana no, ¡esta misma noche te espero porque estoy temblando de ganas de verte! ¡Hasta mañana no aguanto! ¡No puede ser verdad! ¡Pero es verdad y yo también he soñado con volver a verte! ¿Te acuerdas del colegio? ¿Te acuerdas cuando se suicidó mi hermana? ¡Creo que gracias a ti se nos fue quitando la pena en casa! ¡Diario llegaba yo y les contaba todo lo que tú contabas! ¡En casa empezaron a reír de nuevo…! ¡Otro día…, mañana, mañana mismo, así nos vemos hoy y mañana te llevo a ver a mis padres! ¡Siempre quisieron conocerte! ¡Van a estar felices cuando sepan que todavía andas por acá! ¡Ya vas a ver! ¡Te van a invitar mil veces! ¡Pero más todavía te vamos a invitar Pierre y yo! ¡He tratado de traducirle el cuento a Pierre! ¡Lo inquieta, no logra entender, es imposible que logre entender! ¡Es como si fuera algo sólo nuestro! ¡Me has hecho vivir de nuevo esos años y estoy feliz! ¡Es muy explicable que Pierre no entienda! ¡Fueron cosa nostra esos años! ¡Pero no te preocupes por lo de Pierre! ¡Yo lo adoro y tú vas a quererlo también! ¡Le voy a decir a Pierre que no me reconociste en el teléfono! ¡Sí, pero tardaste! ¡Te mato la próxima vez! ¡Bueno, yo siempre soy tan debilucha pero Pierre te mata la próxima vez! 

Yo seguía saltando horas después. Claro, lo de Pierre no era como para tanto salto, pero al mismo tiempo qué me hacía con Pierre si paraba de saltar. Además, Florence era la misma, sólo a ella se le hubiese ocurrido fingir esa ronquera para darme de gritos por no haberla reconocido en el acto. Y ahora que recuerdo mejor, fue por eso que dejé de dar brincos como un imbécil. ¿Y yo? ¿Seguía siendo el mismo? Eran diez años sin verla. Diez años también sin que ella me viera a mí. Y en el cuento me había descrito visto por ella, como ella me vio entonces. Un tipo destartalado, con un abrigo destartalado, que vivía en un mundo destartalado. ¿Y cómo la vi yo a ella? A pesar de los contactos, que fueron tan breves como tiernos, Florence era una adolescente inaccesible, casi una niña aún, un ser inaccesible que regresaba cada día al palacio de madame de Sevigné. Había llegado, pues, el momento para una gran fantasía. Yo deseaba ser feliz, y ya por entonces había aprendido a conformarme con que esas cosas no duran mucho. Me vestí para un palacio. 

Total que el que aterrizó esa noche ante el departamento de Florence era una especie de todo esto, encorbatado al máximo, y oculto el rostro tras un sorprendente ramo de flores, a ver qué pasaba cuando le abrieran y sacara la carota de ahí atrás. Estaba viviendo una situación exagerada, pero yo ya sé que de eso moriré algún día. Lúcido, eso sí, como esa noche ante el departamento de Florence y notando ciertos desperfectos. El barrio no tenía nada que ver con el barrio en que vivía antes. La calle tampoco, el edificio mucho menos, y ni qué decir de la escalera… Por esa escalera jamás había subido un tipo tan elegante como yo, y yo no era más que una visión corregida, al máximo eso sí, pero corregida, del individuo de mi cuento anterior. ¿Qué demonios estaba ocurriendo? ¿Qué había fallado? No podía saberlo sin tocar antes. Pero en todo caso yo seguía temblando oculto tras las flores como si no pasara nada. Es lo que se llama tener fe. 

Y así hasta que ya fue demasiado tarde para todo. Si las flores que traía eran precisamente las que Florence detestaba, ya las tenía en una mano y la otra en el timbre. Si el nudo de la corbata se me había caído al suelo, ya tenía una mano ocupada con las flores y la otra en el timbre. Si Florence me iba a encontrar absolutamente ridículo, ya tenía las flores en la derecha y la izquierda en el timbre. Lo mismo si Florence se había casado con Pierre: la derecha en las flores, la izquierda en el timbre. Abrió. Estuvo no sé cuánto rato no pasando nada cuando me abrió. Yo había puesto la cara a un lado de las flores para que me viera de una vez por todas, y al verla me pregunté qué habría sido del elegantísimo mayordomo árabe de mi cuento anterior. Increíble, seguía notando desperfectos y seguía también lleno de fe, aunque Florence no se sacaba el cigarrillo barato de la comisura de los labios por nada de este mundo y ni por asombro era Florence. Hasta que me equivoqué. Y todo, realmente todo empezó a funcionar cuando apareció su sonrisa y me preguntó si había hecho un pacto con el diablo o qué. Soltamos la risa al comprender juntos que ella ya no era la chica de quince años sino una mujer de veinticinco y que yo ya no era el viejo profesor de veinticinco años sino un hombre metido hasta el enredo en una situación exagerada. Por ahí, por el fondo, por donde tenía que aparecer, empezó a aparecer Pierre. No sé si Florence, pero yo sí comprendí que nos quedaban sólo segundos. 

—Carga esto que pesa mucho —le dije, entregándole el ramo. 

Y ahora era Florence la que estaba oculta tras las flores. 

—Entra —me dijo—, no te vas a quedar ahí parado el resto de la vida. 

Quise abrazar a Pierre, pero claro, todavía no lo conocía, y los franceses son más bien parcos en estas situaciones. No quise pues pecar de sentimental, y me limité a darle la mano, mostrando eso sí un enorme interés por todas las ramas de la medicina que practicaba. Aún no practicaba ninguna, se acababa de graduar de médico y ni siquiera tenía consultorio todavía. Pero practicarás, le dije, practicarás, y ya verás como todo en adelante, como todo en adelante… Cambié a deportes. Florence me había dicho que Pierre era muy deportista, o sea que cambié a deportes y me interesé profundamente por todas las ramas del deporte que practicaba. Me dijo que sólo tenis, y últimamente muy de vez en cuando, era muy difícil en París, no había tiempo para nada, y además con la tesis de medicina. Practicarás, le dije, practicarás, y ya verás como todo en adelante, como todo en adelante… 

—¡Tiene una raqueta de tenis y una tesis de medicina! —gritó Florence, en un esfuerzo desesperado por aliviarme tanto sufrimiento. Quedó agotada, y el cigarrillo barato empezó a notársele más que nunca en la comisura de los labios. Además, la ronquera que fingió en el teléfono resultó ser su voz a los veinticinco años. El grito me convenció, era algo que yo no había querido aceptar. Y sin embargo, ahora… ¡Ah!, si tuviera que seguir escribiendo toda la vida sobre Florence… Ya no podría ser más que con la voz con que te quedaste agotada tras el grito, Florence. Bueno, le tocaba a Pierre. 
—¿Por qué no se sientan? —nos dijo—, descansen un poco mientras les traigo algo de beber. 

Casi lo abrazo, pero preferí obedecerlo como a un médico, y sentarme como en un consultorio. Florence cayó en el mismo sofá, fumando como una loca. Pierre se fue a buscar vasos, hielo, y una jarra de sangría a la cocina, porque todo esto ya no tenía nada que ver con el palacio de madame de Sevigné. No sé si Florence, pero yo sí comprendí que nos quedaban sólo segundos. 

—¡Grita de nuevo! —le grité. 
—¡Cállate! —me gritó.
—Niños, estense quietos —dijo Pierre, desde la cocina. 
—¡Cállate! —le gritó Florence. 
—¿No pueden estarse quietos un momento? 

Eso fue el hijo de puta de Pierre, otra vez. Florence se agarró toda la cabellera larga, rubia, rizada, y se la trajo a la cara, para desaparecer. Me preocupaba mucho pensar que el cigarrillo seguía ardiendo ahí abajo, y empecé a obrar en ese sentido, acercándome bomberamente, y alejándome no bien me di cuenta de que me estaba acercando a Florence. Opté por la palabra. 

—Regresa —le dije, con voz que no se oyera hasta la cocina—. Tengo miedo de que te quemes el pelo. 
—Aquí se ha apagado todo con mis lágrimas —dijo Florence, riéndose con una risa nerviosa que no se oyera hasta la cocina. 
—¿Emocionada?, ¿emocionada, Florence? —pregunté, puesto que había optado por la palabra. 
Confieso que ésta es la frase más estúpida que he pronunciado en mi vida. No supe qué hacer con ella, hasta ahora no sé qué hacer con ella, pero la incluyo porque me la tengo merecida. Optar por la palabra. Mira a lo que lleva. ¿Emocionada?, ¿emocionada, Florence? Me la tengo merecida. Tremendo manganzón. ¿Emocionada?, ¿emocionada, Florence? Pensar que sólo con tres palabras, de las cuales una, Florence, se puede decir una estupidez semejante. Pues eso hice yo, y cuando nos quedaban sólo segundos. 

Lo que sigue se lo dejo al psicoanálisis. ¿De dónde se me ocurrió una cosa así? ¿A quién se le ocurre? Hasta me había olvidado del asunto cuando Pierre nos dijo que nos sentáramos, que nos iba a traer un trago, pero no bien empecé a sentir algo frío en la nalga izquierda, recordé con horror que me había traído la petaca llena, mi petaquita finísima de Gucci, que hace juego con mi portadocumentos y mi billetera, la botellita forrada en cuero y que contiene trago sólo para dos. Para la interpretación de los sueños, el asunto. Sólo a mí se me ocurre. Y sólo a mí me ocurre que se empiece a vaciar en el bolsillo. La tapé mal, me dije, moviendo ligeramente el culo, lo cual sólo sirvió para que me mojara un poquito más. Total que cuando Pierre regresó de la cocina ya no debía quedar más que un trago en la petaquita. 

—Mira, Pierre —le dije—: Tenía en casa un poco de whisky sensacional. Esto sólo se consigue en Escocia —y saqué como pude la petaca chorreada del bolsillo. 
—¡A beberlo! —gritó Florence. 
—Es que sólo me quedaba para uno —dije—. Y lo he traído con la intención de que lo pruebe Pierre.
—¿Y no se te ocurrió que a mí también me podría interesar? —gruñó Florence, resentidísima. 

Me hubiera gustado que nos quedaran sólo segundos, para explicarle lo inexplicable, pero ahí estaba Pierre, y ya se había apropiado de la petaca. Me lo agradeció mucho, el muy imbécil, y empezó a servirse. 

—Aquí hay más de una dosis. Aquí hay dosis y media. 
—Bébetela toda —dijo Florence—. Nosotros tomaremos la sangría. Tenemos lo suficiente para emborracharnos mientras el muy egoísta de Pierre se toma tu whisky

Esto último lo dijo mirándome fijamente, y agarrándose de nuevo la cabellera, ya bastante desgreñada, para traérsela a la cara. Pero sólo un poco, esta vez, para desaparecer un poco solamente. Pierre le dio un beso donde pudo, Florence dio un beso donde pudo, porque Pierre ya se estaba sentando en el sillón de enfrente, y yo alcé mi copa y dije: ¡Salud!, pensando palomos, tórtolos de mierda. 

—¡Salud! —dijo Florence, alzando demasiado su copa. 
—Salud —repetí yo, alzando demasiado mi copa. 
—Salud —dijo Pierre, alzando mi whisky, y añadiendo—. Paren ya de temblar, relájense, se les va a derramar todo. 
—En mi caso —dije, dejando establecido—, se trata de la enfermedad de Parkinson. Nací con la enfermedad de Parkinson. 

Florence emitió un gemido y salió disparada a la cocina. Yo dije que se le estaba quemando algo, Pierre me sonrió afirmativamente, y yo repetí que a Florence se le estaba quemando algo, a ver si me volvía a sonreír afirmativamente. Me dijo que mi whisky estaba excelente. 

Pierre tenía, por lo menos, diez años menos que yo. Eso lo capté de pronto, y de pronto también empecé a sentir la necesidad de confesarle algo, necesitaba decirle que en la petaca había habido whisky para dos, whisky para los dos, no para ti, Pierre. Me sentí indefenso, no encontraba odio por ninguna parte, y lo peor de todo era que Florence me estaba llamando desde la cocina. Opté por no escucharla, puse cara de no estar escuchando nada, empecé a beber más y más sangría, le serví sangría a Pierre para cuando acabara su whisky, seguí poniendo cara de no estar escuchando nada, y casi digo que si me estaba llamando era porque se le estaba quemando algo, a ver si Pierre me volvía a sonreír afirmativamente. Porque Florence realmente me estaba llamando a gritos desde la cocina. 

—Llévale su vaso —me dijo, sonriendo afirmativamente. 

Estuve a punto de decirle ¿y qué va a ser de ti, mientras tanto?, pero el aventurero que hay en mí optó por el silencio. Desgarrado, y con la petaca vacía nuevamente en el bolsillo mojado, me dirigí a la cocina con dos vasos llenos de sangría. Entré como soy, por eso no podré saber nunca qué cara tenía cuando entré a la cocina con dos tragos tembleques. Sólo sé que conmigo venían también el soñador y el observador que hay en mí, aunque recordaré siempre que este último le cedió definitivamente el paso a aquél, al llegar a la puerta y encontrar a Florence con un cucharón en la mano. Llevaba siglos esperándome, y esta vez sí es verdad que tenía lágrimas en los ojos. 

—¿Qué es lo que se ha quemado? —le pregunté, con voz que se oyera hasta donde estaba Pierre. 
—Nada, no se ha quemado nada, y todo está requetelisto. 
—Hay que avisarle a Pierre que no se ha quemado nada. 

Florence me pidió que le entregara los dos vasos, los puso sobre la mesa, y se acercó para abrazarme. No, no hubo besos ni nada de eso. Yo lo único que sentía eran sus brazos, con fuerza, y sus mejillas húmedas, y me imagino que ella también eso era lo único que sentía. Tampoco sé cuánto duró pero perdimos el equilibrio varias veces y sólo una vez logramos decir algo cuando tratamos de decir algo. 

—Mira —me dijo—, quiero que sepas que pase lo que pase, que por más tonterías que diga, que por más que meta la pata, que por más que parezca que esta noche se derrumba… 

Apreté fuertísimo. 

—Aquí lo único que se derrumba soy yo, Florence. Pierre es un santo. 

Florence apretó lo más fuerte que pudo al oírme hablar tan bien de Pierre. 

Y, por supuesto, ahora le tocaba a Pierre. Nos llegó su voz desde el otro lado. 

—A ver si comemos algo, Florence. Me muero de hambre. 
—Florence, ¿por qué no le dices al Papa que pare ya de bendecir? Se pasa la vida bendiciéndonos el tipo. 

Soltamos. 

Durante la comida me fui enterando de que Florence me había preparado sus platos especiales, y de que a Pierre le gustaba tanto el vino como a mí. De otra manera no podría explicarse que comiéramos y bebiéramos tanto, esa noche. Me enteré también de que la ronquera de Florence se perdía en los años en que había empezado a fumar dos paquetes diarios de tabaco barato, negro, y sin filtro, y que lo del piano se había ido quedando relegado a muy de tarde en tarde. Florence ya no era una pianista como en el cuento que yo había escrito sobre ella. En realidad, no sé qué quedaba ya de Florence, ni ella misma hubiera podido decir qué quedaba ya de Florence. Y sin embargo seguí comiendo y bebiendo como un burro y con la absoluta seguridad de haberle ganado mi apuesta a la realidad. Y es que no hubo un solo instante en que Florence hubiese cambiado, ni siquiera sentada en esa mesa y en ese departamento medio destartalados. 

Pero ¿qué había sido del palacio?, ¿qué demonios hacía viviendo con Pierre en un departamento así? No sé en qué momento logré hacer esas preguntas que tanta risa le dieron a Florence, pero lo cierto es que Pierre, que era el encargado de la lógica esa noche, y que hasta permitió que ella y yo nos declaráramos la guerra a servilletazos, imitando nuestras peleas en el colegio de mi cuento, Pierre, que también permitió que Florence me tocara música de Erik Satie y de Fafa Lemos sobre el mantel, mientras que yo le corregía la posición de las manos, porque así no tocaba una buena pianista, y ella las volvía a poner mal para que yo se las volviera a corregir, Pierre, Pierre, no hay otra cosa que decir sobre Pierre, Pierre se encargó de aclararlo todo. 

—No vamos a seguir viviendo a costa de sus padres, ¿no? Yo acabo de graduarme y no gano casi nada, por el momento. Hemos alquilado este departamento hasta que encuentre un trabajo estable. Mi idea es encontrar con el tiempo un departamento mucho más grande, donde pueda también abrir mi consultorio. 
—Ya ves, no quiere perderme de vista un solo instante. 
—Hace bien, Florence.

Pierre bendijo ese par de idioteces, pero ya Florence y yo habíamos quedado en que la noche no se derrumbaba por nada de este mundo. Hasta habíamos comentado mi frase inmortal: ¿Emocionada?, ¿emocionada, Florence? Florence me dijo que sí, que en efecto se había muerto de vergüenza ajena al oírmela decir, y aprovechó la oportunidad para soltar la carcajada que se había tragado entonces. Peleamos a muerte, pero Pierre nos hizo amistar. Al pobre Pierre lo estábamos metiendo de cabeza en mi cuento anterior, lo estábamos metiendo en asuntos que no le concernían en lo más mínimo. Yo había llegado al punto de confesar lo de mi petaquita, tratando, eso sí, de aclarar que había sido sin segunda intención, que había sido psicoanalítico en todo caso, y narrando con lujo de detalles lo mal que la pasé mientras se me iba derramando en el bolsillo. ¡Felizmente!, gritó Florence, mirándome y soltando la carcajada, confesando que ella también las había pasado pésimo al ver la mancha en el sofá, había creído que se trataba de otra cosa. ¡Felizmente!, volvió a gritar, sin poder contener la risa. Por fin, hacia el postre, confesé que me había vestido para cenar con madame de Sevigné, y Pierre a su vez confesó que ellos se habían vestido para comer con el profesor de mi cuento, algo más destartalado sin duda ahora por diez años más de penurias en París. 

—La idea fue de Florence —siguió confesando Pierre—. A mí me dijo que me pusiera la ropa que uso cuando arreglo mi motocicleta. 

Se ganó un manotazo de Florence. Yo, en cambio, me gané las dos manos de Florence apretando fuertísimo el antebrazo de terciopelo negro de mi saco, mientras me clavaba los ojos de cuando nos quedaban sólo segundos. 

Y cuando terminamos de comer, Florence decidió que había llegado el momento de que le leyera el cuento, quería escuchar el cuento leído por mí. Fue a traerlo, mientras yo volvía a sentarme sobre mi mancha en el sofá, y Pierre en el sillón de enfrente, cada uno con su copa de vino en la mano. Había algo extraño en el ambiente cuando Florence regresó apretando con ambas manos el libro contra su pecho. Yo, en todo caso, empecé a sentirme bastante mal y tuve la impresión de que la mirada siempre sonriente de Pierre no bastaba esta vez para que todo pareciera normal. Florence estaba temblando, pero de pronto como que decidió que ahí no pasaba nada y me entregó el cuento. Empieza a leer, me dijo, tirándose sobre la alfombra, de tal manera que su cabeza y sus brazos llegaban hasta mis rodillas, mientras que con los pies podía darle siempre pataditas a Pierre para que se quedara tranquilo. Pero ahí nadie se quedaba tranquilo. 

Leer fue como si nos quedaran nuevamente sólo segundos. Pero por última vez, ahora. Sí, fue la última vez, y los dos estuvimos muy conscientes de eso. Leer fue escuchar a Florence y reír y juguetear como en ese cuento, como en éste, también, ahora que lo escribo. Fue escuchar sus aplausos y recibir las caricias que me hacía en las rodillas, cada vez que en mi lectura me refería a ella como a un ser inolvidable. Fue recibir sus golpes y castigos cada vez que me refería a ella como a un ser insoportable. A Pierre le seguían lloviendo pataditas, y eso me tranquilizaba, pero hacia el final, al acercarme al desenlace, Florence estuvo escuchando unos instantes inmóvil. Apoyó la cabeza sobre mis rodillas, cogió mi mano derecha entre las suyas, y permaneció inmóvil hasta que terminé de leer. 

—Ahora dedícamelo —dijo. Seguía sin moverse—. Dedícamelo, por favor. 
—Bueno, pero vas a tener que soltarle la mano porque no creo que sea zurdo —dijo Pierre. 

Me soltó la mano, mirándome con demasiada tristeza, con algo de agotamiento, como si estuviera regresando, como si le costara trabajo regresar de algún lugar lejano y cómodo. Entonces yo le cogí las manos, pero solté, y ella también me las volvió a coger un instante y también soltó de nuevo. Todo pésimamente mal hecho, con la habitación dándome vueltas por todas partes, y de pronto con Pierre más que nunca en el sillón de enfrente. Florence sacudió la cabeza con toda el alma, y se fue gateando a buscarlo. Le tocaba a Pierre que, por supuesto, ya tenía listo el bolígrafo con que yo iba a dedicarle el cuento a Florence. Terminó emborrachándome el desgraciado con su sangre fría. Y cuando me arrojó suave, bombeadito, el bolígrafo, desde el sillón de enfrente, donde Florence le abrazaba las piernas, a mí llegó un bolígrafo que, eso sí, mi honor emparó perfecto, desde un sillón a mi derecha y otro sillón a mi izquierda y un montón de sillones más donde Florence también le abrazaba las piernas.

Seguía dedicándole el libro a Florence cuando me desperté el día siguiente, tardísimo, y recordando que estuve horas y horas dedicando y dedicando por todos los espacios en blanco que tenía el libro, hasta en la cubierta del libro dediqué algo. Creo, no, no creo, estoy seguro de que cada una de las mil frases que escribí estuvo a la altura de mi frase inmortal. ¿Emocionada?, ¿emocionada… Florence? Y tenía un dolor de cabeza exagerado hasta para quien le ha tocado vivir una situación exagerada, aunque aquello no impidió que me diera desesperados cabezazos contra la almohada. ¿Emocionada?, ¿emocionada, Florence? Pasé a la historia, sentía que había pasado a la historia, estaba sintiendo que había pasado a la historia, cuando sonó el teléfono. Florence, por supuesto, para decirme que no había pasado nada, y para quedarse callada luego un rato largo. Casi le aseguro que en todo caso yo no me acordaba de nada, pero ella no había cambiado y ahora era ya una mujer y también maravillosa. 

—¿Quieres que cuelgue primero? —le dije, y colgué. 



París, 1979




en Magdalena peruana y otros cuentos, 1986










Contribución a DscnTxt de Luis Hernández