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lunes, junio 22, 2026

Entrevista a Rufino, de Catalina May + Nota de Revista Hoy



(1949-2026)


Sus dibujos de personajes negros que representaban a los agentes de la CNI, en plena dictadura, son ya un clásico y hoy se les puede encontrar en las librerías bajo el título de Civiles No Identificados. Aquí, el dibujante detrás de los «monos» comenta las campañas presidenciales y explica por qué el humor político, que en dictadura fue fundamental, hoy se ha vuelto elitista.

Es de Los Andes y se vino a Santiago a estudiar Publicidad en la Universidad Técnica del Estado. Comenzó trabajando como diseñador e ilustrador en la revista Ercilla, a principio de los años 70. El 76, Montenegro era el diagramador e ilustrador de la revista Hoy, cuando el director de la revista, Emilio Filippi, viajó por América en busca de fondos y volvió contando que todas las revistas que valían la pena tenían dibujantes y lamentándose por no tener la plata para hacerlo. Entonces, Montenegro le dijo que él podía ser el dibujante. «Pero yo a usted no le he visto nada», le dijo Filippi. Al día siguiente Montenegro le llevó tres de sus «monos», que al director le parecieron más o menos. Al día siguiente le llevó tres más, los que fueron publicados. Desde entonces, dice Montenegro, no ha parado. Hoy publica en la revista Ercilla.

¿Por qué firma como Rufino?
En esos tiempos estaba de moda hacer acrósticos con el nombre. Hervi es Hernán Vidal, Vicar es Víctor Arriagada y así. A mí eso no me gustaba y me puse el nombre de mi abuelo.

¿Por qué decidió publicar ahora este libro con sus trabajos durante la dictadura?
Un día me llamó Gilberto Villarroel –el editor– y me lo propuso. Yo les dije que si les parecía interesante probáramos. Ellos tuvieron un trabajo horroroso, porque hicieron la selección y yo nunca guardo originales, así que tuvieron que buscar recortes. Un trabajo de egipcios. El resultado me parece bien, pero tengo una distancia. Creo que esos monos, en su contexto, tenían un sentido, pero ahora sólo algunos se salvan: otros parecen medio inocentones.

Aunque es humor, no son precisamente chistes, es otro el tono.
Bueno, era una dictadura, entonces es humor, pero no tan directo. Fueron los primeros monos que aparecieron agarrando pa'l hueveo a la CNI, al gobierno, pero además es mi modo de enfrentar el humor.

¿Tuvo algún problema es esos años por sus «monos»?
Hubo comentarios de algunos ministros. La Mónica Madariaga dijo: «Bien simpático el jovencito Rufino». Era como para tomarse unas vacaciones eso (risas).

¿Quiénes son sus personajes hoy?
Todos, le hacen re fácil la vida a uno: hacen ellos mismos el chiste, uno sólo tiene que parar la oreja y dibujarlo. ¿O no te hai fijado en la campaña?

¿Le parece chistosa la campaña?
Yo la encuentro aburrida, pero creo que para la gente debe ser entretenida, porque por primera vez la Concertación está cercana a perder, nadie sabe quién va a ganar, pelea la DC contra la DC, RN contra la UDI. Es cosa de parar la oreja.

Ya, pero las campañas propiamente tales…
Siempre son lateras. Invadir las calles con las palometas y poner cuatro mil porquerías de esas en la plaza de Maipú, o sea… Creo que las elecciones ya no tienen la carga de otra época, no tienen la épica del plebiscito del SÍ y el NO, o de los primeros gobiernos de la Concerta.

¿Pero le parece que en las campañas se aprovecha el humor?
Lo manejan muy mal, no creo que haya muchos especialistas. Es como parejito.

La teleserie de Arrate se ha llevado hartos aplausos. ¿Qué le parece a usted?
Es inteligente, pero no encuentro que sea divertida.

¿Y los sketchs de MEO con el «científico» que le hace experimentos?
Son simpáticas las cuestiones, pero no encuentro algo que sobresalga de los demás y que sea realmente bueno. Encuentro parejo fome todo.

No se me ocurre qué es lo chistoso en la campaña de Frei, para preguntarle, o de Piñera.
(Risas) Es que ellos no son chistosos, a mí tampoco se me ocurre nada.

¿Qué rasgos característicos de cada candidato utiliza usted para dibujarlos?
Yo no hago caricatura en el sentido clásico, me baso más en los textos que en lo físico. Ocupo la complicidad del lector, en el sentido que ellos saben de quién y qué estoy hablando. Eso me ha servido desde los monos de la CNI hasta ahora. Por eso la gente que lee mis monos es gente que está enterada de lo que pasa.

¿Cómo ve el humor gráfico hoy?
Mal, porque hay muy pocos medios que acojan a los humoristas gráficos. Además, ideológicamente son todos muy parecidos, excepto La Nación. Pero si gana Piñera van a quedar todos parejitos.

¿Le interesa algún dibujante?
Hay muchos y muy buenos, pero están más bien en la publicidad, el cómic o internet. Me gusta Rodrigo Salinas, el Topo. La gente joven es buena técnicamente, pero en los textos los noto flojillos. Van más al chiste fácil.

¿Por qué será?
Porque ya a nadie le importa nada lo que pase en política, nadie se gasta mucho en pelear por nada, falta épica. En dictadura estábamos peleando contra alguien potente y uno se esforzaba. Pero ahora lo que importa es tener pega, comprarse el plasma, pagar la tarjeta de crédito. La realidad repercute en nuestro trabajo, entonces hoy al común de la gente le importa un pucho la política y así, nuestro trabajo se hace más elitista.

¿Qué temas le interesa plantear hoy?
Los líos de los profes, de los pingüinos, de la salud, las farmacias, los problemas de Andha Chile.*




en The Clinic, 20 de diciembre, 2009






* Nota DscnTxt: Asociación Nacional de Deudores Habitacionales.







HUMOR
Lo mejor de Rufino

Una de las más gratas noticias recibidas por HOY en estos diez años ocurrió recientemente: la nominación del jefe de su Departamento de Arte, Alejandro Montenegro, Rufino, como ganador del Premio 1987 de la Sociedad Interamericana de Prensa, SIP, en mención caricaturas. Efectivamente, Rufino es pionero en el renacimiento del humorismo político en Chile. Lo atestiguan esos seres vestidos de negro y lentes oscuros que pueblan la página 1 de cada edición.

Esto es, según él, lo mejor suyo en diez años.

Edición extraordinaria, mayo de 1987








Hermano querido, el club de cacho te saluda.












miércoles, marzo 25, 2026

«Tenemos una obligación en Chile de poner a nuestros jóvenes a pensar». Dos entrevistas a José Bengoa, de Maritza Tapia y Diego Milos S.



(1945-2026)


I

«Tenemos una obligación en Chile de poner a nuestros jóvenes a pensar». Entrevista de Maritza Tapia.

El pasado 3 de septiembre [de 2025], el historiador y antropólogo, José Bengoa, reconocido por su trabajo en el ámbito intercultural y el estudio de la ruralidad, recibió un importante llamado. Era desde el Ministerio de Educación, quienes le notificaban de una emocionante noticia: se había ganado el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales 2025. 

José Bengoa fue miembro del Centro de Estudios Socioeconómicos (CESO) de la Universidad de Chile y docente de la Escuela de Economía hasta 1973, cuando fue exonerado por la dictadura.

Hace sólo un par de semanas fue galardonado con el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, ¿cómo fue para usted recibir esta noticia?
Es lógico que uno recibe con mucho agrado una nominación de este tipo.

Y, con esto ¿se hace además un repaso de lo hecho, ¿no? ¿cómo recuerda su paso por la Universidad de Chile?
La Universidad de Chile fue reformándose de la mano, creo que del rector Juan Gómez Millas. Y, en la Facultad de Economía, se organizó de una manera muy interesante, porque eran cuatro líneas que tenían que estudiar los estudiantes de economía. Una línea de economía propiamente tal, una de estadística matemática, de administración y una muy importante línea de ciencias sociales. La línea de economía estaba situada en el Instituto de Economía de la Universidad de Chile, que fue un instituto de mucha importancia. Ahí se escogió el pensamiento desarrollista que venía llevándose a cabo en la CEPAL fundamentalmente; su gran director fue Pedro Vuskovic, quien después fue Ministro de Economía de Salvador Allende y que fue quien dirigió la formación del programa de la Unidad Popular, nada más ni nada menos. Después estaba el CIENES, que era el Instituto de Estadística, con un programa internacional y con un edificio, en medio de la Escuela de calle República, muy importante. Tuvo mucha importancia en América Latina, en la formación en Chile de una muy buena institucionalidad estadística, el INE, por ejemplo, que hace poco se echó a perder por malas gestiones. Pero, sigue teniendo muy buena gente que se formó ahí. Y, la parte administrativa estaba en otra institución que estaba en el centro de la ciudad y ahí estaba todo lo que era administración de empresa. Los estudiantes tenían la alternativa de seguir las distintas líneas. Y, había un centro que era el Centro de Estudios Socioeconómicos, el CESO, que tomaba toda la parte de las Ciencias Sociales, muy importante, porque como que se ha olvidado hoy en día que la economía también es una ciencia social. Hoy día prácticamente todas las escuelas de Economía son sólo de administración, de negocios y en ese momento no era así. Estaba toda la parte de economía del país y en el CESO empezó una parte de la sociología más empírica. Eduardo Hamuy, gran sociólogo, empezó con las encuestas, él fue el primero que empezó con encuestas electorales en Chile, en la Universidad de Chile, y armó todo un sistema de encuestaje y de tarjetas perforadas. Teníamos ahí una máquina para perforar tarjetas IBM, que era la última moda, el primer sistema de computación mecánico que había y la máquina para leer las tarjetas perforadas. Mi primer trabajo empírico lo hice con tarjetas perforadas en el CESO. La otra cosa que armó Eduardo Hamuy fue una imprenta, un sistema de publicaciones de alta calidad. Entonces, así se fue formando un grupo en el que estuvo el gran historiador conservador, Mario Góngora, Tomás Vasconi, que tomó el área de educación, y luego empezó a llegar, la gente que venía haciendo doctorados afuera. Se fue creando lo que se llamó la teoría de la dependencia, quizás una de las teorías más importantes que se crearon en América Latina. Y, yo tuve la posibilidad de entrar ahí, de ser un joven ayudante de investigación. Ahí se fue juntando un grupo de gente que venía llegando de Alemania, de la Escuela de Frankfurt, muy importante en esa época. Venía un brasilero brillantísimo, Marco Aurelio García de Almeida, que después fue muy famoso en el primer gobierno de Lula da Silva. Tuve la posibilidad en 1969 de concursar a una cátedra y lo hicimos junto con Roberto Pizarro, que después fue director del CESO, también decano de la Facultad de Economía. Concursamos y ganamos una cátedra que era introducción a las Ciencias Sociales que tenían los economistas; yo les hacía estudiar Levi-Strauss y cosas que hoy día obviamente los economistas no estudian.  Cuando me encuentro con alguno de ellos, algunos son bien conocidos, se acuerdan y no les parece nada de extraño. Así que eso me trajo a la memoria este premio, sobre todo que en el jurado estaba la rectora de la Universidad de Chile, Rosa Devés, el ex rector, el profesor Luis Riveros, también el rector de la Universidad Técnica del Estado, donde yo también trabajaba. Hice clases en el vespertino, que era muy interesante para los trabajadores que tenía la UTE, Universidad Técnica del Estado hoy día Universidad de Santiago. Así que me honra que hayan sido tres rectores los que me nominaron con este premio.

Esto que me relata fue hasta 1973. Todo cambia con la llegada de la Dictadura Militar, ¿no?
Lamentablemente el 1 de octubre de 1973 me firmaron el decreto de expulsión y cerraron el CESO, cerraron la facultad entera. Todo se cerró, esa es la verdad, y la UTE lo mismo, se cerró todo. Me preguntó el rector Vidal (USACH) que hasta cuándo había estado yo, y le dije «bueno, las fechas son históricas, lamentablemente».

Historiador, antropólogo, formó parte de la creación de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. ¿Cómo recuerda ese paso y cómo ve también la educación hoy día? ¿Cuál es su análisis?
Lo que ocurrió es muy fácil de explicar, porque salí de Chile a hacer clases, a otras partes. Estuve haciendo clases en la Universidad Católica del Perú. Me invitaron de muchos lugares justamente, porque este centro (CESO) era muy conocido, teníamos una revista muy conocida, Sociedad y Desarrollo. Hasta que el año 1979 decidí volver a Chile y aquí nos encontramos algunos ex profesores, de las universidades que no teníamos espacio en la Universidad de Chile, por supuesto, ni teníamos espacio en ninguna otra universidad. Ahí tuvimos una conversación entre varios de nosotros, fuimos a hablar con el Cardenal Silva Henríquez, y él, con la gentileza que lo caracterizaba, dijo sí, que era necesario tener un espacio para los intelectuales, una especie de vicaría. Y, él fue quien le puso el nombre. Dijo: «Le vamos a poner Academia de Humanismo Cristiano», y así quedó con ese nombre hasta el día de hoy. Yo participaba del grupo de investigaciones agrarias que lo formamos y empezamos a hacer estudios, investigaciones y publicaciones. Había un programa de economía, otros como el Programa de Investigaciones Interdisciplinarias en Educación (PIE), que lo habían sacado completo de la Universidad Católica. Y con eso, tuvimos durante la década del 80s, buena parte de la investigación científica en Ciencias Sociales fuera de la universidad. Hoy lo ha reconocido todo el mundo. Fue muy importante aquello, porque mucha gente de mucho valor, estuvo en estos centros, trabajando durante todos los años ochenta y, cuando viene la ley que crea las universidades privadas, nosotros pedimos ser universidad. En ese momento estaba Fernando Castillo presidiendo la Academia. El permiso vino a salir cuando se ganó el plebiscito del 88. Recién ahí nos dieron el permiso para funcionar como universidad y en ese momento se formaron dos carreras que no había en ese momento, Economía y Sociología, que habían sido totalmente sacada de las universidades. El que formó la carrera de Sociología, fue el profesor Manuel Antonio Garretón, muy conocido y actual profesor de la Universidad de Chile. Fuimos formando la Academia y, cuando cambió el régimen y el rector Lavados fue nombrado, fuimos a hablar con él para plantearle volver a la Universidad de Chile. Ya había pasado mucho tiempo, pero la verdad que no hubo condiciones para regresar. Algunos volvieron, otros no. A mí personalmente no me dejaron de nuevo. Había desaparecido CESO, donde había trabajado, por ende, no había lugar. Así que seguí en la Academia de Humanismo Cristiano y formé antropología. Y bueno, hemos tenido una pequeña universidad que sigue existiendo hasta el día de hoy.

Van pasando los años y ¿cómo es que usted se vincula a los temas mapuche. ¿Qué es lo que lo lleva a investigar en torno a eso?
Partí por el tema agrario rural, porque me fui dando cuenta de que era el tema más sensible culturalmente que había en Chile. La hacienda había sido el hogar, por así decirlo, donde se había criado la zona central, el mundo de las clases sociales, de ricos y pobres, la cultura de patrones e inquilinos. Y esta estabilidad de latifundio en Chile, había transformado a una clase poderosa que venía de la colonia, que venía de una clase terrateniente, de una clase más bien aristocrática o que se creía aristocrática, con el tema de los apellidos, del roto frente al pije. Un mundo cultural muy central en la cultura chilena y actual. En ese momento el tema estaba puesto en la cuestión de la reforma agraria. El latifundio no se había modificado en siglos y en un plazo muy corto, entre el gobierno de Eduardo Frei y Allende, el latifundio fue afectado prácticamente en su totalidad. Todos los grandes predios de 80 hectáreas de riego básico fueron expropiados en el gobierno de Allende. El inquilinaje como sistema de vasallaje tradicional de Chile fue prácticamente suprimido hasta el día de hoy. O sea, lo que ocurrió ahí fue una revolución profunda en la estructura social de clase. A mí me pareció fundamental estudiar eso y me dediqué a hacerlo. He publicado cantidad de libros, una historia larga sobre la ruralidad en la hacienda, en Chile, en la zona central, etcétera. Y, el segundo tema que lo había empezado a observar en los años 70, a fines de los 60, era la cuestión indígena, que estaba ahí latente siempre. Esto de las fronteras de este país, de las fronteras étnicas, humanas, más que las físicas, hacían que la zona central cediera en la frontera indígena del sur y este continuo expandirse del país central hacia el norte indígena de Copiapó, hacia el norte se veía también como un mundo indígena, Perú, Bolivia, siempre se le vio de esa manera en Chile y hacia el sur.  Y ahí vienen las colonizaciones, viene la búsqueda de colonos alemanes, etcétera. Chile se fue armando a través de esta forma. De hecho, en uno de los Anales de la Universidad de Chile, escribí un trabajo que lo han comentado bien, de cómo el Estado chileno se forma en la guerra de Arauco, que es la tesis de Álvaro Jara, que yo considero que es la tesis más interesante para entender nuestro país.

Y, actualmente, ¿al conflicto mapuche es posible darle respuesta? 
Este tipo de conflicto histórico, hay que manejarlo con calma, hay que manejarlo con prudencia, porque no se resuelven de un día para otro o, más bien dicho, no se resuelve. La solución no existe. ¿Cuál es la solución? La solución para unos es que no existan indígenas. La solución para los indígenas es volver a su situación cuando eran independientes, cuando eran autónomos y cuando eran dueños de toda la tierra. Entonces, obviamente son situaciones de una complejidad muy grande.

Y, en el contexto actual de elección presidencial, ¿le gustaría que se tocara este tema?
Tengo la impresión de que el tema saturó y, no por casualidad, es que los candidatos no se refieren mucho a él. Ahora, los que se refieren y dicen acabar el tema a balazos, me parece que están absolutamente equivocados; llevamos 500 años de balazos en el sur de Chile y no creo que lo vayan a terminar a balazos. Creo que hay que ponerle cabeza, hay que pensar y, bueno, es lo que yo he tratado de hacer prácticamente en mi vida y que afortunadamente me lo han reconocido ahora, así que estoy muy agradecido.

A modo de cierre, ¿qué mensaje le gustaría entregar a las nuevas generaciones?
En este momento, el Premio en Humanidades me ha hecho hablar de la necesidad de reponer las humanidades en la enseñanza media. Eso es lo que estoy haciendo. Propongo reponer la educación cívica, filosofía y las humanidades. Creo que tenemos una obligación en Chile de poner a nuestros jóvenes a pensar en nuevas formas y no quedarse en el teléfono celular, en la inteligencia artificial y, usar la cabeza para ponerse un sombrero. O sea, creo que ese es el tema que me gustaría trabajar y sobre el cual espero estar hablando permanentemente.



en uchile.cl, 13 de octubre, 2025




II

«Nunca imaginé que al terminar la Dictadura los chilenos iban a tener el corazón tan frío, tan cerrado, de no reconocer la existencia política mínima del Pueblo Mapuche». Entrevista de Diego Milos S.

José Bengoa (1945) es considerado uno de los mayores estudiosos de la historia y la cultura de la sociedad mapuche y de su difícil relación con el Estado chileno. Formado en filosofía, ámbito que transitó de la teología a Marx, activista en la Reforma Agraria de la Unidad Popular (UP), asesor agrícola de organizaciones indígenas y campesinas, Bengoa es además autor de obras fundamentales como Historia Social de la Agricultura Chilena (SUR, 1988) o pioneras como Historia del Pueblo Mapuche en los siglos XIX y XX (LOM, 1986), entre otros libros dedicados al mundo rural y al mundo indígena. En esta entrevista, revisa su historia de amistad con el pueblo mapuche, que comienza en 1970, y su participación en los procesos legislativos en materia de pueblos indígenas, donde le tocó ver de todo. Hoy, a la luz de los hechos recientes, reafirma sus viejas decepciones y convicciones: «Las únicas veces en que esto ha funcionado un poco es porque han logrado hacer política». ¿Eso qué significa? Vaya y sepa lo que hizo Lincopichon con el Marqués de Baides, en 1641.

La conmoción de la sociedad chilena con el asesinato de Camilo Catrillanca y el rechazo a la violencia policial han sido muy grandes.
Yo también estoy anonadado con las últimas informaciones, de que lo andaban siguiendo, de que el tirador era un experto en tiro, ¿no?, y lo mata de un balazo. Que tienen unas escopetas de alta precisión. Que andaba con la cámara, que la había usado para su señora.  

¿Da para pensar que el racismo chileno está en repliegue?
Yo creo que lo que pasó en Temucuicui es algo que golpeó la simbólica más profunda de lo que nosotros –o ciertas clases medias– queremos ser como país. Hubo distintas reacciones, cacerolazos en algunos barrios, en otros no. Este jefe del fútbol chileno, dijo que no se hacía un homenaje a Catrillanca, pero los muchachos lo hicieron. Yo me puse a llorar cuando vi a Beausejour y a todos los cabros con los hondureños abrazados al medio de la cancha. Me dije: «Todavía tenemos alguna esperanza en este país», pero es una esperanza difícil, así que voy a ser cuidadoso con las palabras. Creo que la sociedad chilena sigue siendo racista, porque la respuesta espontánea sigue siendo racista. Es cierto que últimamente las personas toman ciertas precauciones. En la televisión ya no se dice «indio de mierda». Pero hasta hace muy poco, el Indio era un cómico que andaba con el Flaco y el Flaco le decía: «Ya pos, indio de mierda», y nadie se escandalizaba. Hoy día, le dirían: «Oiga, no puede hablar así». Lo mismo en el Parlamento. Si dicen una brutalidad, sale alguien del Frente Amplio: «Oye, no pos, eso no lo puedes decir, es racista», ¿te fijas? Entonces yo diría que se abrió una ventana de esta casa hedionda de racismo. Pero apenas una ventana, todavía no entra el aire acá.
 
 
El Plan Impulsa Araucanía, hasta hace unas semanas, había sembrado algunas esperanzas.
Ahí yo no veo ninguna. Ese plan es el anverso de la represión. Garrote y zanahoria. Y ridículo, porque es una zanahoria de arándano. ¿Cómo van a vivir 250 mil personas, cabros chicos, familias, viejos, de arándanos? ¡No! Tienen que vivir de pan, de cofque, de leche, de buena alimentación. ¡Qué se creen! Son racistas y tontos, además. Es que sulfura. ¿Cómo vas a pacificar con arándanos? Lo que gente necesita tener es un espacio de tierra para la comunidad. Mira, tuve la suerte de ser miembro de las Comisiones de Paz entre el gobierno de Colombia del Presidente Santos y las FARC, y en todas las negociaciones había dos partes: política y social. La parte política era la entrega de las armas –bajo la tutela del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas– y la transformación de las FARC en un movimiento político.

¿Y la social?
Ahí voy. La parte social consiste en que los de la FARC son reconocidos como campesinos, «campesinos alzados en armas», y por lo tanto, la solución no es que dejen las armas, sino que se instalen en un campo y que haya, por lo tanto, reforma agraria, colonización, etc. Es decir, un lugar donde poder comer, y comer con dignidad. Que no tengan que estar recibiendo un kilo de frijoles para hacerse la «bandeja paisa» con plata de una ONG, porque eso es indigno para un campesino. Los campesinos tienen que tener tierras, les guste o no a los terratenientes. Me ha tocado estar en el Congreso de Bogotá y discutir esto con los senadores mapa en mano. Hay senadores que están por ampliar esas zonas, otros no, y discuten. Eso es paz. El Plan Araucanía no tiene nada que ver. «Sí, ponga una hectárea de arándanos», pero fundamentalmente lo que tiene haber son vacas, ¿por qué? Porque se necesita tener leche para los cabros chicos. Eso lo tenemos estudiado, la familia que vive en una población de Santiago tiene a su abuelo en Temucuicui y el papá manda a los niños en las vacaciones para que coman rico, que coman pan, tomen leche, queso. ¡Eso es el pueblo mapuche!: un sólo pueblo urbano-rural. Entonces, lo que están haciendo estos señores, que nunca habían visto un mapuche porque los han despreciado toda la vida, de venir a decirle al Lonco que se dedique a los arándanos es romper todo. ¡Por favor, señor, ubíquese primero! No cruce el Biobío a decir tonteras, quédese para este lado no más. El ejemplo máximo es el del otro día en una de las reuniones, que llega un coro de niños, ¿lo viste?

No.
Llegan los niños con su profesor de música y obviamente le cantan la canción nacional en mapuche, cosa que hace babear a todos los empresarios que están ahí. Aplausos del Presidente de la SOFOFA y de todos los que estaban ahí sentados. Entonces, el profesor dice que le falta plata para ir a un festival a Europa con los niños del coro. Y Moreno le hace seña a otro empresario y dice: «Yo voy a poner 10, ¿cuánto pones tú?».  Y en cosa de 5 minutos se juntaron $80 millones, con lo cual tenía listos los pasajes a Europa. Con eso no se soluciona nada. Lo único que va a ocurrir es que esos niños que cantan en el coro van a agarrar más conciencia y se van a poner más enojados cuando crezcan.

El informe de Huenchumilla, por el cual salió de la Intendencia en agosto de 2015, termina diciendo: Hay que retomar la tradición de los Parlamentos Mapuche y convocar a todos los habitantes de la Araucanía. Pero cuando dice «Habitantes», dice: No las forestales, porque no son habitantes de la Araucanía. ¿Le ves futuro a algo así?
Cada día menos. No veo de parte de los sectores no mapuches, ningún cambio importante. Los sectores latifundistas de la Araucanía lo único que hacen es pedir fuerza militar y balas. El Estado, balas. Mira estas cosas de la Jungla que venimos hablando. No veo cambio en el Congreso. No veo cambio en el Frente Amplio. No veo cambio en ninguna parte.

¿Qué te pareció el informe?
En su momento lo apoyé activamente con una carta que firmamos cientos de académicos. Como dice Huenchumilla, «Este es un problema político». Y eso marca las aguas para un lado y el otro. Las únicas veces que esto ha funcionado ha sido cuando han logrado hacer un poquito de política. Pero para toda esta gentuza no es un problema político, es un problema económico, es un problema cultural, es un problema de gente un poco primitiva que ven en las reuniones y les sonríen: «¿Cómo está, lonquito?, qué gusto de conocerlo, qué bonito su poncho, me voy a comprar uno igual en la feria de artesanías de Temuco». No se dan cuenta de que el Lonco es un dirigente social, político y nacional. Es una persona que tiene una idea de lo que su pueblo es y necesita. Él, no las encuestas. Porque además eso hacen en la Araucanía, preguntan «¿Qué es lo que quieren?». «Agua. Por supuesto que quiero agua si no tengo agua, me robaron toda el agua, no tengo ni para tomar agua, ¿cómo no voy a decir que quiero agua? Agua quiero». «Ah, o sea, no quiere tierras, güichi pirichi, no quiere tierras». Entonces es una manipulación que a mí, personalmente, me tiene aburrido. Por eso nunca hablo de esto. Lo hablo ahora porque creo que nos podemos entender, porque realmente es una vergüenza todo esto. Una vergüenza que no tiene fin.

Ningún respeto.
Llaman a uno, le ofrecen monedas, y todos los que no las aceptan son el «indio malo», como dice un antropólogo norteamericano, los que no conversan. ¿Y por qué no conversan? ¿No quieren conversar? ¡¿Pero de qué vamos a conversar, señor?! ¿De arándanos? No seas pelotudo, huevón. De arándanos no se puede conversar. Podemos plantar una hectárea de arándanos, sí, pero el problema es otro. Aquí hay siglos de política. ¿Cuándo se hizo algo político? Cuando fueron a Quilín, y llegó el Marqués de Baides, llegó Lincopichon, llegaron a hacer política de verdad, vestidos con sus pintas maravillosas y el Marqués los metió presos y Lincopichon dijo: «No, yo me voy preso»… Ahí está el hilo.  Jimena Obregón sacó un libro con toda la historia de cómo aceptó en función de un bien mayor. O sea, un político de verdad.
  
Una vez dijiste que la izquierda latinoamericana no supo sino muy tarde que parte del campesinado de las Reformas Agrarias en realidad eran indígenas. ¿Cómo fue ese tránsito de campesino a indígena?
A fines de los 70 se produce en toda América Latina una situación de crisis terminal de la Reforma Agraria. En Chile, se produce en 1973, luego ocurre en Perú, México, Colombia, donde los campesinos del Cauca dijeron «Oye, nosotros no somos campesinos», y ya por 1978 va a surgir la idea del indianismo. En Chile, la persona clave en este cambio de paradigma va ser Melillan Painemal, a quien le tengo varios libros dedicados porque era un genio. Habiendo sido miembro del Partido Comunista, se da cuenta de que la alianza con la clase obrera y el campesinado no era una buena alianza para el mundo indígena, y surge el concepto de autonomía.  Eso llevó a romper la tradición de alianzas con la izquierda o la derecha chilenas, como sucede en toda América Latina. De esa matriz surgen todas las organizaciones indígenas de hoy.

¿Por qué era un genio Melillan Painemal?
Yo tuve una amistad muy profunda con él. El venía de una familia muy poderosa, los Painemales de Cholchol. Era un profesor primario mapuche, como muchos dirigentes sabios y cultos, y había sido Secretario Ejecutivo de la Asociación Nacional Mapuche de la UP. Si los chilenos el 73 capeamos el temporal fuera de Chile, Melillan lo pasó en las comunidades, cinco años sin que nadie supiera nada de él, y va a hacer una reflexión como Zaratustra.

¿Cuál?
Una de las muchas noches que conversamos, me contó cómo se sentaba a pensar junto al fuego, tomándose un mate: «Qué hicimos bien y qué hicimos mal. Lo que hicimos mal fue poner tanta fuerza en las alianzas y no poner la fuerza en nosotros». Entonces, cuando aparecen los Centros Culturales Mapuches en 1978, había que tener a un dirigente para una reunión importante, y como el presidente estaba en Inglaterra, fueron a buscar a Don Meli. Llegó mucha gente a verlo, después de tanto tiempo escondido como las cigarras. Y Melillan empezó a hablar: «Nosotros somos una sociedad, y siempre lo hemos sido. Una sociedad que tiene todo: justicia, economía, religión y lengua propias. No somos un pedazo de sociedad. No tenemos que hacer alianzas con pedazos de la otra sociedad». Lo decía muy bien, con ejemplos de su familia, de Ramón Painemal, que había sido un gran cacique de Cholchol. A la gente le hizo mucho sentido. Eduardo Castillo y yo lo vimos. Ahí nace la idea, ya no de la Asociación ni del Sindicato, sino del Centro Cultural Mapuche (y ya no Araucano).

Esas organizaciones son las que empiezan a imaginar una nueva Ley Indígena y a redactar los textos para que vayan al parlamento, cuando regresara la Democracia. ¿Cómo nace ese proceso?
La idea de una Ley Indígena es de la década del 80. Los Centros Culturales son organizaciones que reaccionan a la Ley de división de tierras indígenas de Pinochet, de 1978, que entró con una aplanadora: «Aquí se dividen las tierras, dejan de ser indígenas y sus habitantes dejan de ser mapuche». La división de tierras abre la posibilidad de vender la tierra mapuche y se perdieron cientos de hectáreas. En ese punto, creo que no había ningún dirigente mapuche que no estuviera de acuerdo en hacer una legislación para parar, para evitar que eso volviera a pasar y que la primera tarea de la Democracia debía ser la recuperación de las tierras indígenas. Pero nadie imaginaba que Pinochet iba a estar diez años más en el poder, así que tuvimos tiempo de hacer veinte borradores para una nueva legislación centrada en el reconocimiento político y territorial de las comunidades. Muchos escribimos sobre eso en América Latina, había seminarios en todas partes, y los dirigentes mapuches viajaban a México, Guatemala, Nicaragua. Me acuerdo del levantamiento indígena del Ecuador, tenía la frescura de los nuevos movimientos sociales que no tenían que ver con la lógica sindical o de clase, ni con tomarse el poder central, el Estado. No era un poder para desplazar al otro. La gracia de los zapatistas es que no quieren llegar al Palacio Azteca y sacar a los mexicanos, pero sí quieren que los reconozcan. Es lo mismo que dicen los grupos más representativos del mundo mapuche.

¿Cómo fue esta discusión en Chile?
Lo que se hizo fue un Congreso –no se llamó consulta– Nacional de Pueblos Indígenas, en todas las comunas. Fueron cientos y cientos de personas las que participaron y todo eso culminó en una discusión maravillosa, porque se votó incluso el nombre de la ley. Hubo una tendencia a decir: «Ley de Pueblos Originarios» y otra tendencia: «Ley de Pueblos Indígenas», porque los aymaras y los pascuenses dijeron: «Nosotros no somos originarios, así que la ley tiene que ser de pueblos indígenas», y el gran líder Alberto Hotus contaba cómo había llegado Hotu Matu’a a la Isla. Finalmente ganó esa opción.
  
La sociedad chilena no sabe que uno de sus sectores más organizados es la sociedad mapuche.
Y más preparados. Como el mismo Venancio Coñoepan, el primer diputado mapuche, en 1910, que se paraba en el Congreso Nacional de calle Compañía y se mandaba un discurso en lengua mapuche: «Yo vengo de los robles más antiguos de Arauco, y sólo me puedo entender con los aristócratas de Chile». Por eso se metió al Partido Conservador, pensaba que entre latifundistas se iban a poder entender. Él fue invitado a EEUU a recorrer las reservas indígenas, con Melivilu Henríquez, que aparece en las fotos vestido de frac, y lo cuenta después en el Congreso. Alguna vez les pregunté a unos viejos diputados, apenas se acordaban. Viejos racistas. No veían que era toda gente muy culta.

De la indiferencia de esa época pasamos al miedo. La idea de autonomía para muchos políticos es como una declaración de guerra contra Chile.
En la derecha: todos, en el centro: la mayoría y en la izquierda: la mayoría. En todo el espectro político criollo hay una especie de horror al concepto de autonomía, es como mentar el demonio. Cuando se empezó a discutir todo esto en 1990, el Presidente Aylwin había mandado una reforma constitucional escrita de su puño y letra que decía: «El Estado reconoce a los pueblos indígenas que habitan el territorio de Chile». Pero a un diputado de la Concertación –no lo voy a nombrar porque no está vivo– le dio miedo y dijo que esto podría ser anticonstitucional. Entonces, decidieron hacer una reunión en el Salón Comedor del antiguo Congreso, con mozos de librea, café, galletitas y sanguchitos, y se invitó a todos los profesores de Derecho Constitucional de las mejores universidades de Chile.

¿Qué pasó en esa reunión?
Pasó que estos profesores engolados, de muchas corbatas, se sonreían a sí mismos diciendo que era evidente que la Constitución no permitía la existencia de dos o más pueblos, porque era unipopular y porque el pueblo chileno era uno solo: «Un Pueblo. Un Estado» y yo agregaba: «Un Führer». Y toda esta tropa de imbéciles repetía la frase unitaria del nazismo sin ruborizarse, sin saber que estaban repitiendo una barbaridad, y sin acordarse que la Constitución con la que hacían versos la hicieron Jaime Guzmán y tres personas más, y que la bota se la puso Pinochet. O sea que valor teórico nunca tuvo y no sé para qué les hacen estudiar a los estudiantes de derecho una Constitución tan falsa y tan idiota.

¿Cómo recibieron los representantes indígenas esas explicaciones?
Salimos de esa reunión absolutamente convencidos de que era imposible una reforma constitucional que reconociera la existencia de los pueblos indígenas de Chile. Los sectores más conscientes de las dirigencias mapuches –mis amigos, en realidad–, sintieron que era un balde de agua fría, un portazo violento que la clase política chilena, el criollismo, le pegaba a los indígenas. Y trajo una ruptura, un grupo mayoritario siguió adelante con la Ley Indígena porque era práctico hacerlo, y continuamos hasta 1993 con eso. Y otro grupo, tres años después, en 1997, formó la Coordinadora Arauco Malleco, que caminó por otros senderos, con toda razón. O sea, ahí nadie puede decirles a los dirigentes que formaron inicialmente la Coordinadora que estuvieron equivocados. El cierre de vías legislativas que hizo la clase política chilena fue brutal. Lo único en lo que estaban de acuerdo los diputados eran las becas, porque significaba que iban a estudiar en el sistema occidental y se les iba a quitar esta tontera étnica.

Como en el siglo XIX.
Y peor. El 99% de los políticos pensaba que la cuestión étnica era una obsesión de gente poco culta, que en la medida en que estuvieran en la universidad se les iba a ir quitando. Iban a quedar como mapuches folclóricos, como algo simpático para contarles a los nietos. Entonces, llegamos a Valparaíso con una arrasada de motosierra gigantesca, de la Secretaría de Gobierno, y sobre todo del ministro de Agricultura, que era latifundista del sur y además presidente de la Fundación Pablo Neruda. Sus abogados eran unos reaccionarios, la mayor parte socialistas, que nos sacaron la mitad de los artículos.

¿Cómo cuáles?
La justicia indígena… voló. Hoy sería otro mundo si estuviera ese articulado. Empresas transnacionales, aguas, represas, minería y comunidad indígena, todo eso lo sacaron de una plumada, no llegó a Valparaíso siquiera.

Y a lo que sí llegó, ¿cómo le fue?
En Valparaíso, Huenchumilla presidía una Comisión de Diputados con pura gente dueña de fundos que creía conocer a los mapuches, pero los conocían como enemigos, como vecinos a los que no querían. Fue una discusión lo más difícil. Y luego pasamos al Senado, que era donde se veía la firme y hubo que negociar con los conservadores. El personaje clave fue Sergio Diez, también con fundos allá en el sur, que había sido ministro de Pinochet, que dijo que los miristas se habían perdido en las pampas. Un personaje detestable. Recuerdo que decía que los mapuches «no estaban preparados para vender sus tierras», delante de abogados mapuches de primerísima que estaban preparados para vender, comprar y hacer lo que fuera. Los que estábamos ahí bajamos la vista y cuando salimos afuera: «Es un cabrón, pero va a votar a favor». Así salió el voto de Sergio Diez y de una serie de otros personajes curiosos con los que hubo que negociar la Ley.

¿Qué personajes había?
El que dirigía la Comisión del Senado era un abogado radical de Malleco, le decían «El Gato». Se me va el nombre. Pensaba que podía tener buena acogida, pero yo siempre le dije, «En términos de votos, esto no te va a servir de nada». Tanto fue así, que a la elección siguiente perdió. Después había muy buenas personas, que eran comerciantes de Angol, de Traiguén, que conocían a los mapuches del otro lado del mostrador de la tienda de género. Y luego, estaban los más antiguos de la Comisión, que eran los senadores designados. El más antiguo era el general Sigmund Floody, y había otro, íntimo amigo de Pinochet, un aviador que era bueno para echar tallas. Esa era su gracia, hacía chistes. Después supimos que había hecho un robo gigantesco de muebles. Toda la ley de Isla de Pascua la negoció personalmente él con nosotros y Alberto Hotus, que era el Presidente del Consejo de Ancianos de la Isla, y un seductor llegó a la Comisión, les habló en lengua pascuense y les puso collares a todos.

¿Y cómo salió esa discusión?
Este general tenía una sola preocupación: «Yo acepto la Ley de Pascua, siempre y cuando esté dentro de una Ley Indígena de Chile, porque así la Isla de Pascua es parte de Chile». Y fue un desastre en términos legislativos. ¿Pero qué podíamos hacer? Era gente muy ignorante. Un día me llamaron para saber qué había pasado con los indígenas del extremo sur, porque uno de ellos había sido general en Punta Arenas. Ninguna de las 20 personas que estaban en la Comisión conjunta tenía la menor idea. Entonces yo expliqué cómo se murieron de tifus por el contagio a través de las frazadas, en Isla Dawson. «Ah, Dawson, donde mandamos a unos…». Imagínate. Fue terrible. Haber negociado con los tipos más malos, con los que habían matado o habían mandado a matar. Ese mismo general quedó muy impresionado de que hubieran llevado a Jimmy Bottom a Inglaterra y a los otros niños al Jardín Botánico en París, y lamentaba que el Ejército, sin saberlo, hubiera tenido que ver con la muerte de esta población. Y ahí Sergio Diez, que entraba un rato a la reunión, le decía: «General, es necesario aprobar este articulado. No se pueden vender las tierras indígenas, porque no va a quedar ningún indígena en los próximos 10 años y eso va contra Chile». «Claro Senador, va contra Chile». Esas eran las discusiones.

¿Qué otros vicios tiene la Ley? O los más importantes o dramáticos.
Mira, yo siempre lo digo en clase o cuando me invitan las organizaciones. La Ley indígena del 92 y del 93, se hizo con puros legisladores que eran agricultores de la Araucanía, que habían hecho la Contrareforma agraria, muchos de ellos habían sido Guardias Blancas o alcaldes de Pinochet. Y, por otra parte, los diputados de la Concertación, el Intendente y muchos de los funcionarios…. Voy a decir una cosa que es políticamente incorrecta, pero tú la pones políticamente correcta.

Ya.
Prácticamente todos o muchos de ellos provenían de familias árabes. Esto no es propio de la Araucanía, ocurre en prácticamente todos los territorios indígenas de América Latina. En Argentina es increíble, Menem en Salta, y La Rioja, Santiago del Estero… ¿Por qué? Porque entre el mundo indígena y el mundo de los latifundistas se han instalado los comerciantes como mediadores. Aquí muchos eran radicales. El Intendente era libanés o palestino y –dado que me estás haciendo una entrevista en el Clinic– puedo decir que no hubo ninguna ingenuidad de parte de nosotros, porque sabíamos que se iban a pasar para el otro lado. Tanto así que, yo al intendente siempre le dije, en broma, «El jefe de los pied noirs», los pies negros. Nunca me cupo duda que íbamos a terminar en el ELN. Mi pregunta era: ¿Por qué todavía no? ¿Por qué todavía no está el Ejército de Liberación Nacional? Y recién el 97, cuando ya yo no tenía nada que ver, surgió un asomo de ELN.

Desde entonces Carabineros ha matado a varios mapuches y hay otras muertes con violencia asociadas a negligencia de la policía.
Y hemos leído a Frantz Fanon, en un momento las cosas llegan a tal nivel que la guerra empieza por todos lados. Claramente, lo que ocurre en la Araucanía en los últimos 30 años es un proceso doble de colonización y liberación nacional. Y por eso empieza a haber poesía, periodismo, literatura, economía, películas, y es maravilloso. Los dirigentes son dirigentes nacionales. Guste o no guste, un Llaitul, un Huenchunao, son dirigentes tan cultos como puede ser Bouteflika o cualquier dirigente argelino o marroquí de los procesos de liberación nacional del siglo XX tardío. Y el que no entienda eso, no entiende los procesos políticos.
  
Ahora los legisladores están viendo la posibilidad de vender las tierras indígenas cercanas a las ciudades.
Pero si todo el tiempo andan buscando cómo vender las tierras. Lo único que ha querido la legislación indígena, es eso y punto. Mylene Valenzuela y Sergio Oliva, especialistas en esto, acaban de publicar dos tomos con todos los vericuetos de las leyes para quitarles la tierra a los indígenas, desde Pedro de Valdivia hasta hoy.

¿Cómo se entiende, desde la perspectiva cultural mapuche, la propiedad de la tierra?
Hasta 1900 o 1910, hay un rechazo absoluto a la idea de alienar la tierra. De hecho, la herencia patrilocal se mantiene hasta los años 60 e incluso hoy. Lo interesante con los títulos de propiedad es que los nombres se transforman en apellidos, porque sin apellido no puedes acceder a las tierras que te ha «dado» el Estado.

Los mapuches, en ese momento, ¿tienen esa concepción de la propiedad individual: yo dueño de un espacio limitado asociado a una escritura?
Efectivamente, para ellos es una propiedad de uso, no de cambio, y de un uso solidario. O sea cuando llega alguien a Quinquen, sin un lugar donde hacerse su casa, lo primero que hace es ir donde el jefe, y preguntar donde se puede instalar, y el jefe le dice «Mira, conversemos, yo creo que allá al lado del lago Galletué, ponte ahí». Así nace la propiedad de don Mauricio Meliñir, a quien sacaron de la manera más vil, en una negociación en la que él cedió por el bien de la comunidad y se fue atrás a vivir al bosque quemado. Tuvo que dejar su casa preciosa frente al lago, hecha con sus manos, porque los Lamouliat no querían una ruca al frente de su casa. A estas alturas yo no puedo saber si lo que el Estado le compró a los Lamouliat es lo que remataron o no comienzos del siglo XX. Pero sí sé que el viejo Meliñir fue el primero que llegó ahí, y me lo contaron sus descendientes, vivió en Victoria, y arrancó con toda su familia a los valles de altura, a Quinquén, que significa «Lugar escondido», cuando entró el ejército chileno el verano de 1869.

En Historia de un conflicto (Planeta, 2002, p. 187) cuentas el caso, a Meliñir lo declararon «ocupante ilegal», los Lamouliat demandaron al fisco por perjuicio económico y el Estado les pagó $1.915.651.731 pesos, en un juicio ganado el 31 de diciembre de 1989.
Mi experiencia de haber trabajado en esta historia, de haber estado en las negociaciones, es la experiencia del racismo. Lo normal, en toda la época en que yo empecé a preocuparme del tema mapuche, era que la gente, los políticos, hablara de «mapuchitos», de «indiecitos». Usaban puras expresiones brutales, con excepción de personajes fantásticos, como Salvador Allende, que nunca dijo una palabrota así. Cuando, en 1970, en la casa de Don Juan Millabur, empecé a conocer la cultura mapuche, me pareció formidable –y me sigue pareciendo– que en un país tan unitario como Chile hubiera otro pueblo, con gente que hablara otro idioma, que rezara de otra manera y a otros dioses. Después, en los 80, cuando empecé a investigar, lo que más me impactó fueron esas campañas militares de 1869. Sobre todo, una matanza en la cuesta del Malleco donde murieron todos, incluso fui a ver dónde pudo haber sido. Todo eso lo escribí con dolor, en Dictadura. Para mí, la tortura y la muerte brutal que el ejército chileno acometió con los mapuches cien años antes eran una metáfora del sufrimiento del pueblo chileno en ese momento. Entonces, nunca me fui a imaginar que una vez pasada la Dictadura los chilenos iban a tener el corazón tan frío, tan cerrado, de no reconocer la existencia política mínima –¡la existencia!– de los pueblos indígenas y del pueblo mapuche. ¡Cómo si cupiera una duda!



en The Clinic, 6 de diciembre de 2018






















 

domingo, marzo 15, 2026

«Pasé muchas semanas en Chile». Entrevista a Country Joe McDonald



(1942-2026)


Tuvimos el tremendo honor de hablar con un músico legendario: Country Joe McDonald. Fue el cantante y guitarrista principal del grupo de rock psicodélico Country Joe and the Fish. Tocó con ellos en el Festival de Monterey Pop (1967) y en Woodstock (1969). También ha tenido una exitosa carrera solista y su último trabajo es el doble álbum Time Flies By (2012). Lee a continuación las cosas muy interesantes que nos contó:

¿Estás satisfecho con la recepción que tuvo tu doble álbum solista Time Flies By?  
No recibí ningún feedback sobre ese álbum.

¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?  
No estoy metido en muchos proyectos ahora. Estoy más bien retirado. Me gustaría hacer algunos shows y tocar los dos primeros discos de Country Joe and the Fish yo solo, pero lamentablemente no se ha dado.

¿Terminaste tu autobiografía?  
Todavía no la he terminado. No hay presión para acabarla. Estaba trabajando en ella con mi agente, pero él tiene problemas de salud ahora. Además, el borrador que tenía escrito en la computadora se perdió y estoy intentando recuperarlo. Así que no tengo prisa.

¿Estás orgulloso del estatus de álbum clásico que tiene Electric Music for the Mind and Body (1967)?  
Sí, estoy orgulloso de ese álbum. Creo que es un clásico del rock psicodélico y la gente todavía lo disfruta después de tantos años.

¿Cómo ayudó el Festival de Monterey Pop a la carrera de Country Joe and the Fish?  
No creo que Monterey Pop haya sido muy importante para nosotros. Sí fue importante como festival para los que vinieron después. La película no tuvo mucho éxito. No nos volvimos estrellas por Monterey Pop. Pero algunos, como Jimi Hendrix y Janis Joplin con su banda, sí se convirtieron en estrellas gracias a él. Yo disfruté estar ahí. La pasamos genial.

¿Por qué Country Joe and the Fish cobraron para no tocar en The Ed Sullivan Show?  
Dos meses antes de la fecha programada, gente del programa nos vio en un concierto donde hicimos el «F-U-C-K cheer». Luego nos dijeron que no querían tener nada que ver con nosotros. Así que nos dijeron: quédense con la plata y no se acerquen a The Ed Sullivan Show.

¿Tienes recuerdos claros del Festival de Woodstock?  
Sí, tengo recuerdos muy claros porque me quedé todo el tiempo que duró el festival. Hubo muchos momentos geniales. Creo que el momento más grande fue ver a Jimi Hendrix tocando «The Star Spangled Banner».

¿Te sorprendió la respuesta del público en Woodstock durante «The Fish Cheer / I-Feel-Like-I’m-Fixin’-To-Die Rag»?  
Sí. Toqué sólo porque otras bandas no llegaron a tiempo y no había nadie más para tocar. Ni siquiera tenía guitarra. Así que toqué acústico en el escenario y nadie me prestaba atención hasta que hice el «Cheer». Me quedé impactado con la respuesta de la gente durante el «Cheer». Todos empezaron a gritar y aplaudir. Fue un momento fantástico.

¿Fue una experiencia interesante producir la música para la película de izquierda chilena ¡Qué hacer! sobre la elección presidencial de 1970 que ganó Salvador Allende?  
Fue una experiencia muy interesante producir la música para ¡Qué hacer!* Conocía a los productores y mi esposa también estaba involucrada. Pasé muchas semanas en Chile. Conocí a personas muy interesantes. Viví momentos increíbles. No creo que mucha gente haya vivido lo que yo viví allá. Sí, fue cuando ocurrió el cambio político. Tengo recuerdos muy queridos de Chile.

¿Es Woody Guthrie tu mayor influencia musical?  
Es una de mis influencias. Crecí con sus canciones. Escuchaba sus discos cuando era niño. También había otro tipo de música que escuchaba: música popular, rhythm & blues y cosas así. Mis padres tenían discos de 78 rpm. No fue el único artista que me gustaba, pero sí me permitió hacer el álbum Thinking of Woody Guthrie (1969) sobre él.

¿Por qué decidiste escribir una canción sobre Grace Slick de Jefferson Airplane («Grace» del álbum Electric Music for the Mind and Body)?  
Porque la vi tocar en el Fillmore. Por alguna razón estaba en el mismo cartel que su grupo anterior a Jefferson Airplane, The Great Society. Escuché su voz y pensé que tenía una voz muy complicada y maravillosa. Me pareció que el show era aburrido y decidí irme a casa esa noche. Decidí escribir una canción para que ella la cantara porque me gustaba su voz.

¿Crees que el colapso de las grandes discográficas es una especie de justicia por su avaricia corporativa todos estos años?  
Bueno, no lo interpretaría así. Es sólo la progresión del capitalismo y ha pasado desde que existen las discográficas. Las etiquetas desaparecen o son compradas por otras. La mayoría de las discográficas sólo ganan plata con ciertos tipos de música: pop, música popular. Estoy seguro de que pasa en todos los países. Por eso la música popular y exitosa trata de amor.

En una entrevista de 2001 en High Times dijiste que Steve Miller y Stephen Stills no quieren trabajar contigo. ¿Puedes explicarnos por qué?  
(Risas) No sé por qué dije eso, pero estoy seguro de que lo dije. Tal vez estaba colocado.

¿Te consideras un músico de rock psicodélico o un cantante/compositor?  
Mayormente me considero un cantante/compositor. Pero creo que los discos de Country Joe and the Fish fueron clásicos del rock psicodélico. El problema es que soy ecléctico y abierto a otras cosas. Pero principalmente soy cantante/compositor. A veces con banda, a veces sin banda.

¿Te sientes afortunado de haber vivido una vida tan emocionante?  
¡Oh, sí! Parece muy emocionante y también me considero afortunado de haber ganado algo de dinero. No sé qué otro trabajo habría hecho si no.

¿Conociste a Jimi Hendrix?  
No. Lo vi una vez pero no pudimos hablar. Sólo nos dijimos «Hola». No, nunca hablé con él.

¿Estás feliz con el regreso triunfal del vinilo?  
No, no me afecta. No tengo opinión al respecto. Es interesante. Es algo de nicho. No creo que se vaya a masificar. Personalmente me gusta el sonido digital y no noto la diferencia. No puedo distinguir entre vinilo y CD. Pero algunas personas sí pueden. Sabes, puedes hacer todo con sonido digital que no puedes con vinilo. Pero en apariencia el CD es más pequeño. Es como un hobby para algunos que coleccionan vinilo de alta calidad. Pero para la mayoría no es práctico porque el vinilo de alta calidad cuesta 35 dólares y no contiene tanto sonido. El límite es de unos 45-50 minutos.

¿Puedes decirnos unas palabras sobre viejos amigos como Jerry Garcia (Grateful Dead) y John Cipollina (Quicksilver Messenger Service)?  
No conocí realmente a John Cipollina. Solía ver a Jerry Garcia tocar y me gustaba. Tuve unas pocas conversaciones con él. Pensé que era buena persona. Pensé que era un guitarrista de clase mundial y que era un tipo agradable.



en Hit Channel, enero de 2015










* Nota DscnTxt: Película dirigida por Saul Landau, Raúl Ruiz y Nina Serrano el año 1972.












Contribución indirecta a DscnTxt de Armando Roa Vial





























 

jueves, marzo 05, 2026

«Escribir», de Antonio Lobo Antunes

Fragmento de una entrevista

(1942-2026)

 
Escribir es como drogarse, se empieza por puro placer, y acabas organizando tu vida como los drogados, en torno a tu vicio. Y esa es mi vida. Hasta cuando sufro lo vivo como un desdoblamiento: el hombre está sufriendo y el escritor está pensando en cómo aprovechar este sufrimiento para su trabajo.

(…)

Las historias son importantes para las abuelas. Yo no quiero contarle historias a nadie. Es el libro quien manda. Intentas ahondar, bajar al fondo del alma, decir lo que no se ha dicho antes. Escribo porque si no me siento muy culpable. Nunca escribes lo que quieres, el libro es tu dueño. Tienes que estar vigilando para que sea más o menos lo que quieres decir. Yo no sé lo que voy a escribir y, una vez que acabo los libros, nunca los vuelvo a leer. (…) Una parte de mí se cierra y se abre otra que comienza a dictarme; siempre he tenido la sensación de que me dictan. Lo que sí hago antes de escribir un libro es elegir una fecha para comenzar, porque si no siempre tengo miedo a no hacerlo. Siempre tengo miedo de desilusionar a la gente que ha tenido en mí una fe no compartida. Desde el comienzo he tenido por todas partes lectores entusiastas que todavía me dejan conmovido y confundido. Un libro para mí es una sorpresa, un milagro que no entiendo. Sólo cuando empiezas a corregir entiendes algo. Sin embargo, si no piensas que eres el mejor, mejor no escribir. Tienes que vencer a Chéjov, tienes que vencer a Tolstói, tienes que ganarles, ser mejor que ellos. Aunque esto no es una competición deportiva. Y, al final, siempre llegas a la conclusión de que la única cosa importante son los libros, no el autor. Tienes la impresión de que eres apenas un transmisor. Yo no sé cómo nace un libro: son filamentos, fragmentos, sonidos; es muy variable. Y después… mucho miedo. Lo que tienes que decir lo dices en los libros, son ellos los importantes, no los autores…




En una entrevista dada a Quimera
rescatada por el blog Crimentales, 4 de junio, 2018











jueves, septiembre 25, 2025

«Heredia no va a morir». Entrevista a Ramón Díaz Eterovic, de Carlos Almonte


Celebrando a Ramón Díaz Eterovic,
Premio Nacional de Literatura 2025

 
¿Cómo nace tu interés por el género policial?
En primer lugar hay una curiosidad lectora, en la época de mi adolescencia provinciana, que me llevó a conocer algunos textos de Poe, Conan Doyle, Ellery Queen, Dorothy Sayers, hasta llegar a otros autores que me interesaron más, como Chandler, Ross MacDonald, Simenon. Lecturas orientadas por el azar –combinadas con acercamientos a la poesía y a un sinfín de novelas no policíacas–  en las que fui conociendo las potencialidades del género, la rigurosidad de su estructura, el magnetismo de sus tramas y protagonistas. 

Después vino el abordaje del género como escritor, y más que un asunto largamente meditado, tengo la impresión de que en algún momento apareció Heredia a mi lado y comenzó a hablarme de su vida y aventuras. Así nace La ciudad está triste, escrita en 1985, en una semana; y publicada en 1987 después de varias revisiones de la versión original y de muchos fracasos por encontrar un editor interesado en publicar una novela policial, que además era un texto contestatario a la dictadura que se  vivía. La buena acogida que tuvo esta novela entre sus pocos lectores me motivo a escribir Nunca enamores a un forastero y de ahí no he parado hasta terminar, recientemente, la décima novela de Heredia:  A la sombra del dinero. Siento por lo tanto –a la manera de Paul Auster– que Heredia, más que un alter ego, es una especie de «hermano interior» con el que de tarde en tarde dialogo sobre las cosas que nos pasan. 

Por otra parte, también diría que mi afición al género policial nace por el deseo de testimoniar ciertas situaciones delictivas y marginales existentes en Chile, a través del discurso de un antihéroe descreído, pero con los cojones suficientes como para mirar la realidad sin concesiones. En algún momento –en 1984 o 1985– pensé que mis inquietudes temáticas eran abordables desde la novela policial, en su vertiente de novela negra, donde encontré los códigos para explorar la relación crimen–política–violencia, tan habitual en los países latinoamericanos. Quería abordar una literatura con acento realista, a través de un género muy marginal en Chile, y desde ahí proyectar mis historias y obsesiones. Cuando publiqué La ciudad está triste no era mucho lo que se hablaba en Chile de «novela negra», y por lo tanto gran parte de mi trabajo literario lo he tenido que hacer luchando contra los prejuicios e ignorancias del medio. Prejuicios hacia la novela policial, y en su momento, prejuicios en contra de los textos con contenidos políticos, textos de resistencia. 

¿Por qué la profesión de investigador es, necesaria y recurrentemente, tan solitaria como el oficio de las putas y los escritores? 
La profesión del investigador (en la literatura), como la del escritor, es necesaria porque apunta a reconocer las cicatrices más ocultas en el corazón de la sociedad. Generalmente, como los escritores, los detectives de ficción son seres solos, hasta cierto punto desarraigados, inconformistas, que viven en la marginalidad y desde ella observan pasar la vida. La soledad es tal vez la condición que lo hace más sensible a los problemas de quienes recurren a su ayuda. Los detectives, como las putas y los escritores, son exploradores del alma, de la desolación que muchas veces rodea a las personas. 

El género policial está hecho sobre la base de claves recurrentes, estructuras y personajes tipo, frases hechas, clichés, etc. En este sentido Heredia no hace más que seguir la tradición, adaptándose «latinoamericanamente» al género. ¿Consideras una limitante el hecho de que el relato policial se arme siempre de la misma forma? ¿En dónde radica la mayor creatividad del género?
El género policial es tan limitante como lo puede ser cualquier otro género literario; y escribir una novela policial es tanto o más difícil que escribir una novela común y corriente. Lo importante en la narrativa policial que se hace en Latinoamérica –sobre todo en las últimas dos o tres décadas– es que es asumida por un grupo de escritores interesados en dar al género estatura y trascendencia literaria. Escritores que asumen el género sin prejuicios ni lo consideran algo menor; que siguen sus claves, las parodian, o las discuten (al modo de Piglia o Bolaño) pero que se acercan a él con respeto y amor. La creatividad de este esfuerzo está en la recodificación del género para hacerlo apropiado a la realidad de los países latinoamericanos que se busca reflejar. 

La narrativa policial latinoamericana – a partir de los clichés o códigos tradicionales del género– ha aportada una mirada aguda, crítica, que le ha permitido convertirse en una narrativa de corte social, vinculada a la criminalidad del Estado o los poderosos, al crecimiento de las grandes urbes latinoamericanas y al desamparo en que dentro de ellas se mueve el hombre común y corriente. 

En lo personal, creo que mi aporte ha estado en hacer de mis novelas una suerte de crónica del Chile de los últimos años. Haber creado un personaje que tiene una matriz en el género policial y en la novela social chilena (Manuel Rojas, Nicomedes Guzmán, Gonzalo Drago, Diego Muñoz, Francisco Coloane), pero que también tiene una personalidad propia que lo hace atractivo y con el cual muchos lectores pueden identificarse. Y al fin de cuenta, lo que va quedando en la literatura son los personajes y las buenas historias. 

En Nadie sabe más que los muertos, Heredia le dice con pudor su nombre a Fernanda, pero ambos concuerdan en usar sólo «Heredia». ¿Cuál es el nombre de pila de Heredia? 
La verdad es que no lo sé. He pensado que tiene un nombre algo ridículo o poco común, pero nunca he llegado a dar con uno preciso. Heredia a secas me parece bien, y me gusta jugar con la imaginación del lector para que piensen en su nombre de pila. Heredia es un nombre con personalidad y además, el uso de ese único nombre remarca de alguna manera su soledad, y recoge algo que es muy típico entre los chilenos (sobre todo en los liceos y oficinas) de llamarse sólo por los apellidos. 

Heredia se caracteriza por tener amoríos pasajeros, mujeres que van y vienen, etc. En este mismo sentido, ¿es una relación duradera, el matrimonio por ejemplo, opuesto por esencia a la profesión de detective? ¿En qué sentido la soledad alimenta y en cuál destruye a Heredia?
Supongo que un Heredia casado y con hijos no tendría la misma libertad para desplazarse por la ciudad e investigar sus casos. La soledad de Heredia nace de su apego a esa libertad, y a la posibilidad de ir tomando lo que la vida le ofrece, sin grandes compromisos domésticos ni cotidianos, sin grandes necesidades materiales, y sin otra cortapisa que su entusiasmo para enganchar con un caso y seguirlo a fondo. En su soledad, Heredia reafirma su compromiso con el oficio que ejerce y la verdad que busca. Y aunque suene contradictorio, la soledad de Heredia también forma parte de sus debilidades, porque llega un momento en su jornada diaria en el que sus únicas compañías son sus dudas y el gato Simenon. En esos instantes reflexiona y recarga sus energías para seguir en sus empeños. 

Alguna vez dijiste que Heredia aumentaba de edad en cada novela. ¿Esto significa que morirá algún día? ¿Tienes preparada su muerte? ¿La has visualizado alguna vez? 
No, Heredia no va a morir. En la última novela que publiqué –El hombre que pregunta– Heredia, refiriéndose a Alejandro Dumas y a la muerte de sus tres mosqueteros, dice que «no hay perdón para los que dejan morir a sus héroes», y pretendo ser fiel a esa sentencia de Heredia . Tengo escritas diez novelas con Heredia y en la cabeza me dan vueltas ideas para escribir unas cinco o seis más. He pensado escribir, más adelante, una novela en que aparezca un Heredia viejo, achacoso, investigando su último caso, y aferrado a su oficio con la misma convicción que muestra en sus primeras novelas. No sé si algún día la escriba, si sea capaz de reconocer, al igual que Heredia, que estoy quemando mis últimos cartuchos, pero la idea está.  

Hay una especie de nobleza o de fin moral en los investigadores más conocidos, y en Heredia en particular (acepta casos sin dinero, casos de justicia política, de equidad social, etc.). ¿Por qué es tan estrecha esta relación entre Heredia y la sociedad oprimida o los que sufren injusticias?
Eso responde a la opción de vida asumida por Heredia: actuar desde la esquina en que están los jodidos del mundo, los que no tienen a nadie que los defienda, los que –como dice Jorge Teillier en unos de sus poemas– no son «santos, profetas ni poderosos». En la medida que el motor que mueve a Heredia es la verdad, es casi de simple lógica que esté del lado de los que sufren injusticias. La novela policial es en esencia un discurso moral, ético, que tiene que ver con la verdad y la justicia para quienes son violentados en su condición humana. 

¿Por qué el tema político, no sólo dentro del marco chileno, es tan importante en tu narrativa? (Además de la constante presencia de la dictadura chilena, hay referencias a conflictos entre ingleses y alemanes, nazis y judíos, etc.) 
Supongo que es por la historia que me ha tocado vivir. Tenía 17 años al momento del golpe militar de 1973, y tuve que vivir otros 17 años en un medio sin libertad, orientado por los atropellos de Pinochet y sus cómplices (militares y civiles convertidos en mentirosos, cobardes y asesinos). En esa situación «lo político» siempre ha estado en el centro de mis intereses, no tanto como un quehacer partidario (que hoy no me interesa mayormente, porque la política chilena, de izquierda a derecha, está llena de apernados, ambiciosos y mediocres, que están en la actividad política por obtener una cuota de poder personal, y no por luchar por un proyecto o utopía) sino como una reflexión acerca del poder en la sociedad, y de cómo el hombre se ha organizado o debería organizarse para sobrevivir como especie supuestamente racional.  Sobre este tema, el año pasado, los profesores Guillermo García–Corales y Miriam Pino, publicaron un ensayo – «Poder y crimen en la narrativa chilena»– donde analizan las novelas de Heredia. Y bueno, la relación de la realidad chilena con la de otros países es más o menos obvia. Pasa agua bajo el puente de la historia, y el hombre, de aquí o de allá, sigue cometiendo las mismas aberraciones, los mismos atentados a su libertad; sigue siendo el Caín bíblico que mata a su hermano por la razón que tenga más a mano. 

El género policial, me parece, es un género que no admite muchas exigencias de precisión. Hay ciertos vacíos que se dejan pasar en pos de una lectura coherente. Asuntos como que un moribundo con las tripas afuera alcance a hablar frases largas, o que aparezca la persona precisa en el momento preciso, etc. ¿Tienes la misma opinión? ¿Cómo procedes para lograr la coherencia?
La novela policial exige más precisión y rigor que cualquier otro tipo de novela. Hay que preocuparse de la estructura del relato, de la coherencia de los personajes y del curso de la trama. La novela policial cuenta con muchos lectores preocupados de los detalles y que anda buscando «las caídas» del autor. Ahora bien, a mí no me interesa tanto la novela policial como un mecanismo de relojería, y en tal sentido apuesto más al interés global de la historia que cuento, al ambiente en que se desarrolla y a las características de mis personajes. 

Preocuparse principalmente del enigma perjudicó en alguna etapa el desarrollo del relato policial, pero hoy en día las aguas corren por otros lados, con más preocupación por la calidad del texto y sus componentes, no sólo por el acertijo. En cuanto a la coherencia; todo texto literario, del género que sea, demanda coherencia, de otro modo se cae a pedazos. 

Es sabido que has recibido varias ofertas por llevar tu obra al cine. ¿Qué ha impedido ver las aventuras de Heredia en la pantalla grande? Si de ti dependiera, ¿qué actor –chileno y/o extranjero– debiera encarnar a Heredia?
Han existido acercamientos para llevar al cine alguna historia de Heredia y todos han quedado en el camino por falta de dinero. Hacer cine en Chile es difícil. Afortunadamente, el último mes, un proyecto para hacer una serie televisiva de Heredia ganó el premio del Consejo Nacional de Televisión y obtuvo el financiamiento adecuado. El proyecto fue presentado por la productora Valcine. Las historias de Heredia serán dirigidas por los cineastas Ignacio Agüero y Arnaldo Valsecchi, y para interpretar a Heredia se ha pensado en Boris Quercia. Esperamos que la serie esté en pantalla durante el segundo semestre del 2004. 

En cuanto a la segunda parte de la pregunta, dos actores extranjeros que harían un buen Heredia son Robert de Niro o Andy García. Y de los chilenos, me parece bien Quercia, aunque también vería bien en el personaje a Néstor Cantillana o Rodolfo Pulgar, a quienes, a parte de ser buenos actores, los veo más cerca de la imagen física que tengo de Heredia. 

¿Cuál es, en tu opinión, el escritor más importante del género policial? ¿Tienes algún investigador favorito?
En asuntos literarios no me gustan las clasificaciones de «el mejor», «el más grande», etc. Creo que son todas injustas y arbitrarias. Como en poesía, cuento, o lo que sea, hay muchos autores que han creado personajes maravillosos y buenas historias. Y entre ellos: Chandler, Highsmith, Simenon, Jim Thompson, y un largo etcétera que me obligaría a llenar varias páginas. Y en cuanto a investigadores privados, sucede lo mismo. Entre otros muchos, me gusta el Marlowe de Chandler; Lew Archer de MacDonald, el inspector Maigret de Simenon, Tony Romano de Juan Madrid, Gordiano el Sabueso de Steven Taylor, el padre Cadfael de Ellis Peters. De los chilenos, menciono al Inspector Cortés de René Vergara, y Julien Morris de Alfonso Reyes Messa. 

¿Podrías elegir una novela del género policial, tu favorita? ¿Cuáles son las novelas que consideras imprescindibles? 
Es imposible escoger «la novela» en un universo de tantas novelas notables. Mencionar una, sería dejar fuera a muchas que llenan mi gusto y son de mis afectos. Hay, desde luego, muchas que son imprescindibles para todo lector que quiera abordar el género, y al decir esto, pienso, al azar de la memoria, en obras como: El largo adiós de Chandler, Carta a mi juez de George Simenon, Pasado negro de Rubem Fonseca, Triste, solitario y final de Osvaldo Soriano, 1280 almas de Jim Thompson, Disparen sobre el pianista de David Goodis, ¿Acaso no matan a los caballos? de Horace McCoy, La dalia negra de James Ellroy, Las apariencias engañan de Juan Madrid, Brillo de Elmore Leonard, La Rosa de Alejandría de Vásquez Montalbán, Los milaneses matan en sábado de Georgio Scerbanenco, El cartero llama dos veces de J. M. Cain. En general, diría que mis autores favoritos son Simenon, Osvaldo Soriano y Chandler. De Chandler aprendí el sentido ético de la novela policial; de Soriano la posibilidad de transgredir los códigos del género para hacer literatura policíaca con acento y sabor latinoamericano; y de Simenon aprendí que la esencia de la novela policial no está en el enigma sino en crear personajes convincentes y en evocar ambientes que den color local y verosimilitud a las historias.

Y luego, imprescindibles para conocer las expresiones del género en Latinoamérica, mencionaría: Manual de perdedores de Juan Sasturaín, Luna caliente de Mempo Giardinelli, Perder es cuestión de método de Santiago Gamboa, Nombre de torero de Luis Sepúlveda, Sangre en la sangre de Paco Ignacio Taibo II, Pasado perfecto de Leonardo Padura, Joy de Daniel Chavarría, El mejor enemigo de Fernando López, Variaciones en rojo de Walsh, y los cuentos de Borges y Bioy Casares, y los de algunos autores chilenos, como Alberto Edwards, René Vergara, Alfonso Reyes Messa,  L.A. Isla.  

Por último, ¿hasta qué punto un escritor policial es un investigador frustrado?
No creo que el escritor sea un investigador frustrado, al menos no en mi caso, que nunca he tenido aspiraciones policíacas más allá del papel. Sí creo que todo escritor es un investigador, en el sentido de que, al crear sus ficciones realiza algo así como una doble investigación: en primer lugar hacía el interior de sí mismo para descubrir las ideas, sentimientos, obsesiones, que desea expresar; y luego, en segundo lugar, para ir construyendo su historia, por cuanto, al menos en mi caso, no comienzo una novela con su desarrollo totalmente definido, sino que voy descubriendo sus claves o pistas al correr de las palabras. Escribir e investigar un crimen se parecen en que se parte de un hilo suelto y no se sabe con absoluta certeza a dónde se va a llegar. 



en Revista Descontexto, nº 5, 2004