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miércoles, julio 22, 2026

«Pequeña crónica póstuma», de José Miguel Ruiz

Relato del traslado del cuerpo de Jorge Teillier desde Viña del Mar al Molino de Ingenio y de su velatorio privado




 
Alrededor de las cinco y media de la tarde, llegué al hotel donde Cristina Wenke se había alojado parte del tiempo que el poeta permaneció en el hospital Gustavo Fricke, al que había sido llevado una semana atrás, de noche, con una fuerte hemorragia. Una corazonada –o simplemente otro regalo del poeta– me había hecho llegar hasta allí (antes pensé irme directamente de Santiago al Molino de Ingenio, cuando, yendo hacia Viña del Mar, me enteré por radio que Teillier había muerto) y llegar a tiempo, pues Cristina, Rodrigo Miquel, sobrino de ésta, y los hijos de Jorge, Carolina y Sebastián, se disponían a trasladar al poeta a su casa del Molino de Ingenio. El encuentro fue bueno y necesario: «Están haciendo lo correcto», habría dicho él. Al poco rato, nos dirigimos a la funeraria, donde sólo se esperaba a la familia de nuestro querido vate para iniciar el traslado de su cuerpo. 

El viaje de ida a Ingenio fue de pocas personas. Íbamos sólo los que he nombrado, más el conductor de la carroza y yo. En ésta se fue Cristina, junto a su amado poeta. En el auto que los acompañaba, Carolina, Sebastián, Rodrigo y quien escribe estas líneas. Salimos de Viña del Mar pasadas las seis de la tarde y tomamos el camino costero. Había un ambiente de recogimiento, de recuerdos y también de serenidad. Íbamos con el poeta de regreso a su casa. El camino nos pareció hermoso, sobre todo cuando nos percatamos de que un sol rojizo, o fuertemente anaranjado, con una gran presencia en el horizonte marino, nos acompañaba. Comentamos que era una digna despedida del día a Teillier. En ocasiones, en alguna curva del camino, la carroza y el sol quedaban en un mismo campo de visión, y eran un perfecto complemento, una poética unidad, como si el vehículo que llevaba al poeta se fuese a introducir en el sol. Nos alegramos de este adiós del ocaso del 22 de abril. 

La noche nos sorprendió yendo hacia el Molino de Ingenio, y Sebastián, quien sabe del cielo nocturno, nos enseñó algunas estrellas y constelaciones. Y Carolina, la luna que apareció también a despedir al poeta. Llegamos a Ingenio cerca de las ocho. La gente que trabaja en la casa recibió a la pequeña comitiva con una conmovedora actitud de respeto y recogimiento. La noche estaba intensamente estrellada. Bajamos el féretro –Carolina comentó después: «Todo ha estado como él hubiera querido: la tarde, la noche y seis hombres justos para tomar ataúd»–, y lo llevamos a una capilla que se había preparado en el molino mismo. Ese viejo molino que perteneciera a la Quintrala, que inspirase algún poema a más de un poeta y el título de un libro de Teillier: El Molino y la Higuera, y que ahora está transformado en un acogedor taller y lugar de estar. A poco de permanecer el poeta en la capilla, se cortó misteriosamente la luz. Coincidimos todos en que era otra de sus jugarretas... El féretro quedó flanqueado por velas y flores: bellas y aromadas rosas, claveles blancos y rojos y a la cabecera, un gran ramo de buganvillias. No obstante el dolor, yo percibía un ambiente de paz. Me pareció que cada uno experimentaba más la cercanía del poeta que la definitiva lejanía de su muerte. 

Aquella noche no hubo más gente que la que habíamos llegado con él al Molino de Ingenio, y algunos parientes y familiares de Cristina que se incorporaron luego: Aída Wenke y su esposo, una joven pianista nuera ellos, Gonzalo Miquel y los amigos de la familia, Dito y Alina. Ya bastante avanzada la noche, llegó el gobernador de la provincia. Él expresó el deseo de la comunidad de La Ligua de tener al poeta en la iglesia de la ciudad, para hacerle un homenaje. Cerca de las dos de la madrugada, nos juntamos todos los que estábamos en casa y leímos poemas de Jorge y comentamos sobre él, la vida de este «eterno incorregible» (la expresión la acuñó amorosamente Cristina), el gran poeta Jorge Teillier. Creo que él nos devolvió momentos de profunda belleza y serenidad. Si había pena, también comunión, paz, diálogo íntimo, poesía. 

La noche fue pasando rápidamente. Muy tarde, algunos se retiraron a descansar, pensando en las jornadas que vendrían; otros permanecimos en vela, y hubo quien recibiera de ese «eterno incorregible» angelical que prefirió a cualquier cosa «gastar sus codos en todos los mesones», aquellas revelaciones y plenitudes que los verdaderos poetas pueden otorgar. 

Llegó el día y Carolina abrió todas las ventanas para que entrara toda la luz y con ella, el canto de los pájaros, el sonido metálico de los picaflores, el inconfundible del zorzal y el de las imitadoras tencas, el verdor y el movimiento leve de los árboles: higueras, chirimoyos, paltos, álamos, lúcumos y otros. El alba saludó al poeta. 

La mañana transcurrió también en el mismo tono de la noche anterior. Muy temprano, Cristina Wenke tomó lugar junto al féretro, donde estuvo la mayor parte del día, en una actitud que pertenece a aquellas profundas, íntimas, que vivimos cuando estamos ante la muerte de seres admirados y amados. En silencio o hablando en sordina pasamos las horas de la luminosa mañana. Alrededor de las once llegó un joven que se mantuvo largo rato junto al ataúd. Tenía los ojos llorosos. Felipe, uno de esos amigos-discípulos de Jorge Teillier. Me conmovió su actitud. Lo vi después siempre, callado paseando por los jardines o como un contemplativo en la capilla donde se velaba al poeta. Vino también el actor Luis Alarcón, quien saludó y estuvo poco rato. Permanecía el ambiente de privacidad todavía esa mañana, el que no se rompería sino hasta dejar el cuerpo del poeta en la iglesia de La Ligua. Poco a poco fueron llegando los parientes de Jorge que venían de lejos, del Sur: sus hermanos Sara y Fernando, y otros. 

Algo antes de la tres de la tarde entró un picaflor a la salita clara y florida donde se encontraba Jorge y, aunque estaban las ventanas entreabiertas, no había manera de hacerlo salir. Hubo que traer una malla y ni aun así se lograba cogerlo para liberarlo. Costó muchísimo su captura, hasta que alguien lo tomó mientras chocaba contra el ventanal, a la altura del cuerpo del poeta. Son las «coincidencias» poéticas, los significativos hechos, partes del entramado sutil que los poetas han enseñado a ver, a develar mientras han vivido y que nos dejan para siempre descubiertos cuando ya han muerto. 

A las cuatro de la tarde, justo a las cuatro de la tarde, Rodrigo Miquel hizo el anuncio de que la carroza estaba ya dispuesta para trasladar al poeta a La Ligua. Sacamos el féretro de la capilla y lo llevamos al vehículo. Allí sentí la realidad tal como era: el poeta Teillier se iba de su casa para siempre. Así lo experimentamos. Digno y amoroso llanto de su hija, Carolina. Todo cuanto ocurriese de ahora en adelante entraría ya en el ámbito de lo público (un poeta es también de su pueblo y debe estar con ése, sobre todo un poeta que no rehuyó a la gente). Fue un viaje triste esta vez; el anterior había sido venir a casa y este, irse de casa. ¿Cómo describir aquello? Árboles, muchos, un camino, alguien a quien queremos llora... ¡Adiós al poeta, uno de los grandes y más verdaderos y que estuvo entre nosotros! 



Abril de 1996

















lunes, julio 20, 2026

«Anda al pueblo, hermano», de Sergio Mansilla Torres





Anda al pueblo, hermano,
anda;
y tráete plata y azúcar.
Anda, hermano, al pueblo
a vender estas cuantas gallinitas,
y tráete también esa luna grande
que siempre vemos reflejada
en nuestros ojos.
Seguro que allí debe estar
porque en el pueblo hay muchas cosas lindas
y allí debe de estar la luna.
Y tráete plata, hermano,
mira que el camino es difícil
y está oscuro debajo de la lluvia.
Anda al pueblo.
Yo aquí esperaré hasta que vuelvas
y te tendré tortillas en el fogón.
Apúrate, y tráete plata y azúcar y luna
porque estamos quedando atrás
y tenemos que alcanzar como sea
la orilla donde los otros llegan.
Anda, hermano.
Yo aquí, mientras tanto,
prepararé el fuego y la tierra
para que la hagamos florecer
cuando tú traigas plata y luna.


















 

domingo, julio 19, 2026

«Un puñado de espuma», de Gabriela Balbontín

Dos poemas




3.

Una posibilidad sería
dibujar no tu pie sino tu zapato 
enterrado en un monte de nieve
A lo lejos un conejo que huye
de lo blanco a lo blanco

Una posibilidad sería
hablar de las antípodas 
de los animales extintos
de Siberia y ese pájaro azul
Decir no creo más en ti

La imposibilidad serías tú y mi padre muerto
en Mersin, en Sofia, en Montevideo, 
en cualquier ciudad imaginada

Escuchar una lección imposible:
tomar un café cargado en verano
una ducha fría una mañana de julio

dormir profundamente.







5. 

Son como caballos furiosos
dice mientras mira el mar de Pucatrihue 
y las olas son un puñado de espuma 
que todo lo que toca se lo lleva. 

Ella le da la espalda
Con su torso pegado a la arena 
busca las ágatas que no distingue 
porque todas las piedras brillan 
de la misma manera para un ojo hipermetrópico. 
Dice: tengo frío, abrázame.

Desde allí se puede ver la roca sagrada
donde vive el Tata Huentellao, 
sobre esa piedra 
que de este lado del río
es el lomo de un gato que acecha.

La risa permanece 
tiene gusto a destilado a lluvia a tortilla de rescoldo. 
Suena a botellas quebrándose en el cemento.

A lo lejos 
la melena colorina de su prima 
centellea con la luz propia del agua salada, 
se aleja hacia las rocas
bajo la lengua carga las piedras diminutas.



2026
















viernes, julio 17, 2026

«Poemas que se creen gatos», de Carlos Alberto Trujillo





para Iván Carrasco
 
     Hay poemas que se sienten gatos
Y ronronean bajo la estufa en tardes de domingo
Mientras la lluvia se desliza por la ventana
Y los visillos repletos de figuras detienen el paisaje gris
Como una fotografía pintada en la pared
En días de un calendario que ya nadie recuerda
     Poemas que parecen olvidarse del mundo
Cuando se les ve retozando al lado del fuego
Mientras la robusta cocinera
Saca unos panes grandes y preciosos
Olorosos como frutas frescas
De la boca de un horno recién ideado por Dios.

     Hay poemas que se sienten gatos enormes y hermosos
Mientras se encaraman por las paredes
Y se deslizan sobre los techos
Agazapados y tensos
Como si la presa que siguen fuera la vida
Y ésa la única oportunidad de aprehenderla

     Hay poemas que se sienten gatos
Y van por la vida con su facha de gato
Con su cola de gato
Con su reluciente pelaje de gato
Y sus prodigiosos ojos de gato mayor
Mirando el adentro y el afuera de las cosas
Como si para ellos el misterio
Todavía fuera una idea sin nombre

También hay gatos que se creen poemas.




en Antología poética de la generación del ochenta, ed. Andrés Morales, MAGO editores, 2010



















domingo, julio 12, 2026

«Ahora sí, con honda», de Elvira Hernández




 
Nos ha caído encima fuego graneado.
No podemos sacar cabeza.
Vuelan sobre nosotros
como misiles teledirigidos
la sola y múltiple palabra lucro
en su trayectoria mortífera.
De ella somos blanco fácil.
Tiene una estela de seducción.
Lucro es parte de la condición humana.
Es verbo que se conjuga a escondidas
pero no en juego.
Encuentra su defensa entre los humanistas
y en la carnicería.
La rampa desde donde es emitida
no son bocas modulantes
son hocicos sanguinolentos.
Balbucean día y noche su cancioncilla de cuna
y nos amamantan con su leche gorda.
sus fardos de billetes
olidos en ranciedad.
Es proteína pura nos dicen
nos hará crecer.

Ahora sí, ahora
dale con honda.




en Pájaros desde mi ventana, 2018





















jueves, julio 09, 2026

«La copa», de Gabriela Mistral




 
Yo he llevado una copa
de una isla a otra isla sin despertar el agua.
Si la vertía, una sed traicionaba;
por una gota, el don era caduco;
perdida toda, el dueño lloraría.

No saludé las ciudades;
no dije elogio a su vuelo de torres,
no abrí los brazos en la gran Pirámide
ni fundé casa con corro de hijos.

Pero entregando la copa, yo dije
con el sol nuevo sobre mi garganta:
«Mis brazos ya son libres como nubes sin dueño
y mi cuello se mece en la colina,
de la invitación de los valles».

Mentira fue mi aleluya: miradme.
Yo tengo la vista caída a mis palmas;
camino lenta, sin diamante de agua;
callada voy, y no llevo tesoro,
¡y me tumba en el pecho y los pulsos
la sangre batida de angustia y de miedo! 



en Tala, 1938  











Contribución indirecta a DscnTxt de Héctor Monsalve















martes, junio 30, 2026

«En la marea de los días», de Margarita Bustos Castillo




 
Entro al Blue Mind 
a sus cantos azules
en hipnótica respuesta
la voz que habita antes de la palabra 
para enfrentarnos a lo que en nosotros 
no tiene nombre
                             
                              el agua en movimiento 
crea geométricos patrones
que se repiten a diferentes escalas 
hacia el silencio de lo abierto.

Sentirnos al fin como pez en el agua, 
agua viva porque el mar responde 
con una fuerza vertical
                                          que iguala el peso 
                                          de tu propia historia

Porque el tiempo es un cauce sabio
y el lenguaje del mar en su vaivén 
retornándonos al útero del mundo

revela cómo todo vuelve a su cauce.




en Hay un mar en mí, Orbytal Editores, 2026



















martes, junio 23, 2026

«Madera de poeta. Prólogo de El árbol de la memoria», de Diego Alfaro Palma

Inicio



En el ajetreo de la calle Huérfanos, en pleno centro de Santiago, existía un reducto para dedicarse al arte de la tertulia. Los sábados llegaba hasta allí Jorge Teillier, además de una tropa bastante variopinta de intelectuales, ajedrecistas y femme fatales. Era el café Sao Paulo, donde es posible que, entre los años 1959 y 1960, haya puesto sobre la mesa, entre servilletas y cucharas, los borradores de El árbol de la memoria

Esto no lo sabemos a ciencia cierta, pero no perdemos nada con imaginarlo, ponernos en situación, porque ese reducto resultaba ser «una verdadera catedral moderna», en palabras de Teófilo Cid, ese dandy santiaguino, que bien sabía de «ver pasar la vida estrafalaria y bulliciosa».

En ese momento, Jorge no era el Jorge Teillier que hoy conocemos. Tenía a su haber dos volúmenes publicados, Para ángeles y gorriones (1956) y El cielo cae con las hojas (1958), que le valió el Premio de la Sociedad de Escritores de Chile. En otras palabras, había ganado cierta fama, pero aún estaba trazando su sendero en las letras. Siguiendo una certeza y un impulso, reunió un nuevo grupo de poemas bajo el título de Los conjuros, título original de este libro. Con ese encabezado lo envió al concurso Gabriela Mistral de 1960, donde el jurado determinó otorgarle la presea a esos escritos notablemente maduros.

Un amigo de esas épocas, Enrique Lihn, quien también tomaba posición en el Sao Paulo, junto al dramaturgo Enrique Moletto y a la poeta Stella Díaz Varín, escribió un elogioso texto en la revista Alerce:

          «Este poeta ha llegado al punto de madurez en que su desarrollo debe pasar, hasta cierto punto inadvertido bajo una trama de excelencias formales, continuar, al favor de la obscuridad, en una zona de la experiencia y de la expresión sobre las cuales sólo a él le cabe recapacitar».

Decimos «elogioso», porque es difícil encontrar la pompa sencilla y directa en la prosa de Lihn, sin embargo, se nota en ese artículo el ánimo de poner en su lugar a un escritor que comenzaba a esplender a punta de disciplina, en «una combinación de talento natural y esfuerzo».

También deberíamos imaginarnos la fiesta que se armó en el café cuando Teillier, con sólo 25 años, logró tamaña proeza. Más de algún amigo debe haber tirado la casa por la ventana, haciendo que las celebraciones se sucedieran en una especie de jubileo interminable. Los conjuros obtenía el primer lugar, no obstante, los que lo acompañaban y, sin ir más lejos, el público general no habían tenido acceso a esos poemas. Fue así que, no dándole demasiadas vueltas, asistió a una de las instituciones más importantes y —por ello mismo— más desconocidas de la literatura chilena de los años cincuenta y sesenta: la imprenta Arancibia Hermanos merecería una placa, al menos una nombradía en la historia, pero los avatares del tercermundismo han complotado contra ello. Probablemente no es el árbol más vistoso, sino una ranita de Darwin en medio del bosque húmedo de la literatura nacional, un detalle pequeño, pero esencial dentro del ecosistema. Teillier conocía bien a uno de los Arancibia, dos hermanos españoles exiliados tras la Guerra Civil:

          «Era editor de todos los poetas de la época y, curiosamente, se hizo rico gracias a los poetas, no rico pero ganó bastante dinero con las autoediciones; seguramente ganaba muy poco con cada uno pero llegaban cien poetas o novelistas, y de una pequeña imprenta de mano llegó a tener una imprenta grande».

Esto lo cuenta en el libro de entrevistas con Hernán Ortega. Los hermanos tenían un sistema muy poco común, el del crédito. Para explicarlo, tendremos que recurrir a otra voz autorizada, a la del narrador Luis Sepúlveda:

          «Jamás dijeron que no a un poeta o escritor que llegó con un manuscrito. La edición de modestos trescientos ejemplares costaba por ejemplo diez mil pesos, el autor no tenía un centavo, pero dejaba el manuscrito y se lo publicaban; luego, le avisaban que estaba listo y, cuando el autor emocionado contemplaba su ‘obra’ impresa, los hermanos Arancibia le preguntaban cómo pensaba pagar. Cuando a mí me tocó responder, como a tantos otros colegas, dije que en ese momento tenía doscientos pesos. Como a tantos otros, me respondieron que muy bien, que podía llevarme un paquete con diez ejemplares. Eso obligaba a vender los libros, a metérselos a amigos, o a ser más audaz».

Ese sistema de créditos le permitió a Teillier imprimir El árbol de la memoria. Algunos podrán argumentar que este relato posiblemente no tiene nada que ver con el libro en sí, pero es una entrada importante para entender las complejidades que en ese momento significaban difundir una obra. De esa forma, los Arancibia iban a lograr, entre otros ejemplos, tener entre sus ilustradoras de tapa a Roser Bru, otra exiliada llegada en el Winnipeg gracias a Pablo Neruda, o imprimir el primer libro de Gonzalo Millán, Relación personal (1968) y, no menos importante, sacar cada uno de los números de la revista Orfeo, que Teillier dirigió entre los años 1963 y 1968, junto al escritor colombiano Jorge Vélez.

Los ejemplares de esa autoedición de El árbol fueron enviados hasta una oficina en pleno centro de la capital, para competir en el prestigioso Premio Municipal de Literatura de Santiago. En las ocasiones anteriores, en el género poesía, los condecorados habían sido escritores de fuste: Luis Oyarzún por Mediodía, Braulio Arenas por Poemas y Juvencio Valle por Del monte a la ladera. Sin embargo, nada hacía presagiar que él se convertiría en uno de los autores más jóvenes en ser laureado en la historia del premio.

Habría que pensar ese diciembre de 1961 como otra fiesta inmensa, apoteósica. Mientras Cuba se declaraba libre de analfabetismo, un poeta del sur de Chile recibía el merecido espaldarazo. Sobre este conjunto de poemas terminarían escribiendo notas el crítico Filebo, Edmundo Concha, Teófilo Cid, Ruperto Salcedo, Hernán Lavín Cerda, Guillermo Atías, Enrique Bello, además del ya mencionado Lihn. Los hermanos Arancibia también deben haberse sumado a esa juerga; el futuro les depararía la impresión de otros dos libros del vate, Poemas del país de nunca jamás (1963) y Crónica del forastero (1968).




en El árbol de la memoria (edición definitiva), Descontexto Editores, 2026


















miércoles, junio 17, 2026

«La tarde es un amigo», de Armando Uribe Arce




 

La tarde es un amigo
que no existe, una novia.
A qué seguir diciendo «que no existe»:
La moza está desnuda en la ventana,
soy yo quien no la mira.
Y todo está llorando por verla o por asirla.




en Transeúnte pálido, Ediciones del joven laurel, 1954





Fotografía original de Hans Ehrmann















Contribución indirecta a DscnTxt de Héctor Monsalve



















martes, junio 02, 2026

«Banquete», de Jorge Montealegre





 
Nunca estuve en la lista
de invitados al banquete de los dioses

Pero la puerta de servicio estaba entreabierta
y entré
mirando hacia atrás, como retrocediendo

Estuve en el banquete con los dioses

Comí las sobras
que dejaron los perros debajo de la mesa.







en Antología poética de la generación del ochenta
Andrés Morales (ed.), Mago Editores, 2010



















viernes, mayo 08, 2026

«Los hoyos del cielo», de Raúl Zurita




 
              Taponeándose con los dedos las heridas
              vio 24 veces la cara de Santa Teresa
              sobre las 24 cumbres de los Andes
              Bendíceme mujer    –alcanzó a
              decirle–    que ya por mí se están abriendo
              los blancos hoyos del cielo




i. Mirad así las huecas cordilleras los Andes son hoyos del horizonte



ii. Más allá de los rojos cielos de la pradera más allá sí más allá de 
     las horribles nieves



iii. Donde se detienen las montañas y se hace más blanco el horizonte 
      blanco es el viento detenido de la nevada ah sí blancos son los hoyos 
      del cielo



iv. Empujándonos hacia esas praderas blancas donde todos los paisajes
      se pegan es el caleidoscopio de Chile se decían riendo sin
      ver los hoyos del cielo: Es la cordillera de los Andes que se
      chupa apuntaban los nichos abriéndose desde el horizonte




en Anteparaíso, 1982




















miércoles, abril 29, 2026

«Keme», de Amanda Durán

Inicio





Keme (Kame, Kamey) 
Muerte, renacimiento. 

Significa los cuatro puntos cardinales. Cargador del Tiempo. 
Es la representación de los cuatro elementos: el aire, el fuego, 
el agua y la tierra. KEME es la energía de la abuela y abuelo, 
muerte y vida — vida y muerte — transformación — descanso, 
retorno.

Es el nahual de la muerte.

 
Las mamás no mueren, 
se transforman
en leche de aire,
nadan entre las pestañas 
como grumos de rímel
y se sientan en la comisura
de los hijos de sus hijos
a contar historias de supererues
y misteriosas zapatillas colgadas de un cable.

Lo intentan
pero se inflaman en trapos de colores, 
en fotos muchas fotos
y se transforman en pájaros
o chanchitos de tierra.

Lo intentan
pero se les mancha la piel
de baba de universo,
y hay estrellas
que se acurrucan entre medio de sus dedos 
rasguñándoles la carne.

Lo intentan,
pero no saben que no saben
y se vuelven eternas
y parasiempras,
interminables
como el vacío del que nos trajeron, 
pariendo una y mil veces
en un concierto de sangre,
o son volcán,
lamiéndonos el fuego con ternura.

Se desamarran la vida
porque se asquean del cuerpo
cansadas
de estar pegadas al pelo y a la sombra, 
viajando a miles por hora
entre los poros de la carne,
ordenando las piedritas del jardín,
en medio del silencio más insoportable.

Se desenganchan las arterias 
y dejan partir al corazón correr 
al fin
como un animalito libre
que se va
pero también se queda
porque adora
el concierto de euforia que ahora son

y nosotros
—casi vacíos—
enganchados al último vagón, 
mendigando
una calle que contenga nuestras piernas 
o un puñado de tumbas
para derramarnos
no entendemos
que aun en este inmundo desamparo, 
siguen palpitando
las que un día nos cantaron
hasta que no pudimos más
y también
se nos cerraron los ojos.



·       ·       ·



Advertencia:
No quedaba nada 
ni la sangre,
ni los golpes
las patadas,
ninguna señal del matadero.

Antes de escribir abrí los ojos, rompiendo la escarcha duros, como témpanos.



·       ·       ·



La muerte no ha querido acogerme corazón, 
me ha dado la espalda.
Sobre ella un manto de cariño, que creía seco, 
empapa todo.
La muerte
no ha querido mis manos
que ya estaban frías.
Yo tampoco la quiero,
por eso cada una de estas líneas.



·       ·       ·



Aún no habito esta casa
veo en sus hebras el silencio más brutal
y ella ve en mí la muerte de todas las cosas.



·       ·       ·



Cierro ventanas imaginarias
para soportar la luz,
y espantar pájaros que puedan acomodarse en el marco 
sólo para mirarme.



·       ·       ·



Habito un cuerpo
que me persigue desde siempre
y que he sabido despreciar como nadie
para que me perdone
froto sus heridas con palabras que no significan nada, 
pero le aseguro pueden nombrar a Dios
y que tiene su nombre.
A veces
no puedo inventar ninguna
y apenas llega el silencio algo tiembla,
son los golpes furiosos
de ese corazón que forzado a latir
se sueña apagando.
 


·       ·       ·



«Todo va a pasar»
repito antes de salir,
como si fuera un mantra,
y vuelvo a la casa
—que aun no habito—
para quedarme a observar como todo,
los días —y las noches—
los sueños, los amores
y los miedos
los niños, incluso mi niño, con todas sus mariposas 
o todas sus pisadas.

La calma, la vida, la muerte, 
todo, absolutamente todo pasa 
y nada ni nadie
cruza esta puerta.



·       ·       ·



Es mi cuerpo
colgado en el latido de todas las cosas
 el que ves antes de entrar,
el que enganchado a alambres de púa 
dices perverso y crees que ruega, 
crees,
que no hay amor que permanezca así, 
en estos bosques de eucalipto 
revelado a la intemperie.













Feliz cumpleaños, donde estés.






miércoles, abril 22, 2026

«Relatos», de Jorge Teillier

Conmemorando los 30 años de su muerte




     I

El vuelo de las aves
es un canto recién aprendido por la tierra.
El día entra en la casa
como un perro mojado de rocío.

Mira: se encienden las hogueras de los gallos.
Los cazadores preparan sus morrales.
Los caballos los esperan
rompiendo con sus cascos
el cielo que apenas pesa
sobre lagunas de escarcha.

Tú eres un sueño que no recordamos
pero que nos hace despertar alegres.
Una ventana abierta hacia el trigo maduro.
Busquemos grosellas junto al cerco
cuyos hombros abruman los cerezos silvestres.




     II

Un viento de otra estación se lleva la mañana.
Huyes hacia tu casa
cuando el viento dobla los pinos
de las orillas del río.
Ya no quedan grosellas.
¿Por qué no vuelven los cazadores
que vimos partir esta mañana?
Tú quieres que nunca haya sucedido nada
y en la buhardilla abres un baúl
para vestirte como novia de otro siglo.




     III

El abandono silba llamando a sus amigos.
La noche y el sueño
amarran sus caballos frente a las ventanas.
El dueño de casa baja a la bodega
a buscar sidra guardada desde el año pasado.

Se detiene el reloj de péndulo.
Clavos oxidados
caen de las tablas.
El dueño de casa demora demasiado
—quizás se ha quedado dormido entre los toneles—.
Una mañana busqué grosellas al fondo del patio.
En la tarde este mismo viento
luchaba con los pinos a orillas del río.
Se detienen los relojes.
Oigo pasos de cazadores que quizás han muerto.
De pronto no somos sino un puñado de sombras
que el viento intenta dispersar.




en El árbol de la memoria, 1961


















 

lunes, abril 13, 2026

«Un sueño humano», de Víctor Munita Fritis





A: Héctor Monsalve Viveros

Yo no soy Ícaro:
Dejé de serlo una tarde
cuando me vi escrito
en todos los horizontes
tatuado de amarillo
como una leyenda cretense
o como un faro de oro
en medio del desierto.

Un pájaro se apoyó en cada esquina
y me sugirió que planeara
lanzándose a los aires
pero cayó al mar.

¿Cuál mar se preguntarán ustedes?
Sí es arena
pero cada cual
vuelve los ojos a donde quiere
porque ahí se derrama
grano a grano
la espuma del futuro
el milagro del destino.

Yo no soy Ícaro
Me abandoné en una carrera bestial
creí que al levantar la cabeza
estaba quemando las naves de cuarzo
pero no advertí el peligro.

Jamás cerré los ojos
dije mi nombre como un sueño
que uno tiene desde niño.

Incendié la noche
y me dejé partir
por el rayo feroz
de la soledad.



en Zona de sacrificios, manofalsa editores, 2025

















viernes, marzo 27, 2026

«La fragua», de Theodoro Elssaca





En el fondo del bosque en los olivos, 
veo cruzar muy lenta la luna sorprendida 
sobre el áureo ramaje de copas emergentes.  

A lo lejos el mar airado ruge y se alza 
mientras en la atalaya de la azul cetrería   
el halcón enigmático en su grito se anuncia.  

Me fundo en el abismo de la noche. 
El viento del oriente se consume en las rocas. 
La luna y los olivos van hacia Palestina.  

Y descubro el pasado de toda mi existencia. 
Peregrino, me encuentro en los ancestros, 
                                                  son huellas indelebles.  

Su anacarada luna, oracular espejo, 
insinúa los milenios junto al sensual laúd 
besando las leyendas de héroes y de genios.  

Soy río, laberinto, ojos, danza, 
la exuberante atmósfera de aromas vegetales, 
las arenas, los dátiles, los mármoles, la cítara 
y sus poetas claros en la insondable noche de la noche 
atizando el recuerdo de su sangre
                                             en la fragua.  




en Orígenes, 2015












lunes, marzo 23, 2026

«Basurales. Literatura chilena y otros desechos», de Luis Valenzuela Prado

Fragmento




El viejo Borges — siempre hay una cita para él—, en «Funes el memorioso» (1942), asocia el desborde del basural a la memoria: «Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras». Ireneo Funes, que se pasaba las horas muertas sin encender una vela, tenía la lucidez del recuerdo, ya que, a diferencia de nosotros, que, de un vistazo, sólo percibimos «tres copas en una mesa», él percibe «todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra». El «vaciadero de basuras» encuentra eco en Budnik (2018), de Juan Carreño, donde «Mi memoria es como un basural». La mía, simplemente, es una bodega abandonada con materiales diversos, chatarras, citas, basura, escombros, letras e imágenes. El diogenismo del lector conserva lecturas para luego reutilizarlas. Al comienzo de Poste restante (2000), de Cynthia Rimsky, la narradora comenta las palabras de Ortuzio, quien sostiene «que los mercados persas son el diván del psicoanalista ahorrándose el dinero. Los objetos ordenados en el suelo despiertan evocaciones que recorren a los visitantes a la manera de un álbum íntimo y social». Así quisiera disponer estos materiales literarios desechados, buscando las entrelíneas detrás de los materiales o de la lectura literaria y psicoanalítica, según Andrea Kottow (2002). Aunque en este ensayo me quedo sólo con la lectura de materias, materiales, literatura y algunas imágenes.

En la contraportada de El Palacio de la Risa (1995), el escritor Germán Marín reconoció: «Uso a Chile como un enorme basurero en el que puedo rastrear para escribir. Soy un novelista que vive de escarbar la basura», en consonancia con lecturas críticas en torno al gesto de escribir e investigar de la crítica, la creación, la historia. Antes, escribió Enrique Lihn, en el poemario El Paseo Ahumada (1983), «Su basural es mi panteón mientras no se lleven los cadáveres», es decir, el basural como el templo o sepulcro. Por su parte, en una zona fronteriza que marca el cierre del boom latinoamericano, José Donoso publica El obsceno pájaro de la noche (1970), donde la manipulación de la basura es un ejercicio amparado por el encierro espacial y social. La limpieza subalterna y la acumulación residual son gestos iterativos en la novela: «somos sirvientes acostumbradas a vivir en piececitas chicas repletas de objetos», pero también entre «ruinas», «escombros», «polvo», «pelusas», «sobras de comida», «hollín y grasa» y «basura». En la bisagra de fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI, Diamela Eltit, Nona Fernández, Roberto Bolaño y Ramón Díaz Eterovic elaboran desde el residuo una forma material y estética angular para sus narrativas. Estas y otras narrativas se construyen desde los basurales o constituyen partes de escenas y espacios basura.



Publicado por Ediciones Lastarria & De Mora, 2026
























martes, febrero 10, 2026

«Gracias sean dadas…», de Bruno Cuneo




 
Gracias sean dadas 
por la existencia del espino 
por la hierba quemada por el sol 
por la quietud de la roca en el cerro.

Mi ojo ciñe este paisaje 
y pienso que sí, que sería bello
dejarse acunar por esta ruta muerta 
y contemplar un minuto largo 
tu futuro sin miedo, en blanco 
y todo tu pasado, sin remordimiento

sólo estar allí, no ahí 
clavado a un presente eterno 
la mano desasida de todo 
la dura tregua del deseo.



Publicado en el poemario En fin, Lecturas Ediciones, 2024



























lunes, febrero 09, 2026

«Calas», de Germán Carrasco

Dos poemas


(1971-2026)



KERMESSE 



¡pero si es casi prosa! no hay claridad conceptual
 ¿a qué explicar absolutamente todo? es más insípido que comida 
                                                                                                        de enfermo
  truquea traducciones y las sirve en platos frescos
   no se la puede con los metros no se la puede con el verso libre
    nada que decir a quién le interesan sus amoríos
     muy académico muy marginal
      una pálida copia de______________.
       hispanizante no ha leído a los clásicos hispanos
        ha leído demasiados clásicos muy provinciano
         nada bueno puede salir de las cloacas santiaguinas sus endecasílabos 
                                                                                                            machacan
          demasiada métrica no tiene prosodia mucho adjetivo
           un feminismo trasnochado oracular, pretenciosa
            bueno, reconozco un par de versos notables que he leído en una poeta 
                                                                                                             mexicana
             muy católico su rupturismo aburre se le secó el pozo
              no hay profundidad no hay trasfondo religioso
              dicen que es antisemita demasiada lectura de poetas 
                                                                                                judío-americanos
               se acostó con el jurado le prometió caviar al jurado
                fumó hierba con el jurado
                 lo vieron en provincia con el jurado en un bar de dudoso gusto 
                                                                                                         y reputación
                  esa barba hippie esa pinta de milico pobre un punk de 
                                                                                                  Nueva Quillahue
                   ese terno de tinterillo el tono de maricón rasca
 
                     Pura mierda. 







CALAS BLANCAS



Sin gula, con la angustia y la tensión
que ha de postrarme a mirar las estrellas
en la oscuridad -gimnasio del instinto-
abro la sábana blanca de una cala.

Sábana, túnica improvisada tras el baño,
gotas sobre la cala tras el riego
cuando, bajo una luna hecha de tus huesos
abres la ventana esperando
aire, una lechuza. Calas -verbo-
la transparencia del aire cubriendo
la circunstancial blusa, al volverte,
       un botón.

En la oscuridad la lengua saborea y desmenuza
calas, para empujarlas y deglutirlas
con el vino negro de la bilis.




2001



















martes, enero 27, 2026

«Cóndor. Obra en cinco actos», de Raúl Ignacio Valenzuela

Cuatro fragmentos




          I

Hubo aquí un jardín. Brotaban del suelo toda clase de árboles. De aquí salió un manantial que regaba el jardín y que se repartía en cuatro brazos. Nuestros cuerpos no eran trashumantes: eran la cordillera y todavía la habitaban las palabras.

Cada animal del campo y las aves del cielo tenían un nombre y nosotras las llamábamos y guardábamos. Tenía nombre el ganado, tenían nombres los peces, tenían nombres las aves y todo animal que repta sobre la tierra.

Toda hierba y su semilla, todo árbol y su fruto de semilla.

Todo era tocado por nuestras bocas. Todo servía de alimento.




          II

A qué llama silencio.
Silencio hay en las alas del cóndor y se puede oír el paso del viento.


Seguía las caravanas que avanzan desde las altas tierras.
Pero no era silencio el que cargaban las caravanas.
No era silencio el de la puna bajo nuestro calcañar.
No era silencio el de los quebrantos.
No es silencio el lugar en el que nos perdimos.




          III

Las cabras nos han apacentado.
Nos guían por las quebradas.


Nacimos extrañas acá.


Trozos de cosas rotas. Nos subieron a sus máquinas. A nuestros hijos los subieron a sus máquinas.


Las cabras comen los pastos secos.


Nuestros rastrojos subidos con nosotras en sus máquinas sin saber distinguirnos de nuestros restos. No sabíamos dónde estábamos. Era de noche y no sabíamos. Alguna tenía que averiguar qué lugar era y caminamos en la noche. Las cabras nos apacentaron en sus entrañas. Por eso fuimos las que caminamos en la noche. Porque las cabras comen hasta los pastos secos. Porque conocemos estos precipicios como ellas nos eligieron a las tres.
Y caminamos en medio de la noche sabiendo de memoria estos vacíos.

Alguien tiene que averiguar en qué lugar estamos.


Fuimos nosotras las que caminamos en la nada.




          IV

Hubo aquí un jardín.
Ahí donde el silencio se encarna
como dicen que hace el desierto
cuando nadie ve.


Y nuestros cuerpos no eran trashumantes:
eran la cordillera y todavía la habitaban las palabras.


Hubo aquí un bosque.
Donde usted siente desierto y frío,
había leña, luz y fuego para las noches.




Publicado por LOM Ediciones, 2024





























domingo, enero 25, 2026

«Los indios juncos», de Melissa Castillo Villarroel

Tres poemas





Alcances


Cruzar las piernas
los caminos
viajo a tantos kilómetros por hora
esconderse en el patio
enfermarse hasta compadecer
ante el pulgar de una herramienta
estar con dudas
de si el amor es todo lo que los pobres tienen
navegando me daría cuenta
si es una loma de isla o de animal
rogaría hospitalidad
siendo cortés como mamá
no irascible como mamá
la compañía es intensa
solitaria el resto de sus vidas
por acá los niños dicen estar de paso
la salud intachable se la debo a las sombras de las nalcas
si pudiese ser ellas
crecería en las laderas de los ríos
al pie del volcán.







Diario


Rara vez se perciben los milagros
me abruma todo ese encanto
                                     esa gracia
recolectar algas a la orilla del río
mientras al otro lado se devoran
                                cuidadosamente
                                dan inicio al culto
anotó
arbusto
llamado Huillipeta
todos los vegetales observados
entre Carelmapu y Maullín
alcanzan el número de 145
los animales son 3
9 las aves
en tanto los bravos juncos
aún no logran ser
domesticados.







Piensa la navajuela


Hay mañanas
en que amaneces pegado
al núcleo de la Tierra
y no hay nada que te levante.




Publicado por Editorial Aparte, 2021