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martes, junio 30, 2026

«En la marea de los días», de Margarita Bustos Castillo




 
Entro al Blue Mind 
a sus cantos azules
en hipnótica respuesta
la voz que habita antes de la palabra 
para enfrentarnos a lo que en nosotros 
no tiene nombre
                             
                              el agua en movimiento 
crea geométricos patrones
que se repiten a diferentes escalas 
hacia el silencio de lo abierto.

Sentirnos al fin como pez en el agua, 
agua viva porque el mar responde 
con una fuerza vertical
                                          que iguala el peso 
                                          de tu propia historia

Porque el tiempo es un cauce sabio
y el lenguaje del mar en su vaivén 
retornándonos al útero del mundo

revela cómo todo vuelve a su cauce.




en Hay un mar en mí, Orbytal Editores, 2026



















martes, junio 23, 2026

«Madera de poeta. Prólogo de El árbol de la memoria», de Diego Alfaro Palma

Inicio



En el ajetreo de la calle Huérfanos, en pleno centro de Santiago, existía un reducto para dedicarse al arte de la tertulia. Los sábados llegaba hasta allí Jorge Teillier, además de una tropa bastante variopinta de intelectuales, ajedrecistas y femme fatales. Era el café Sao Paulo, donde es posible que, entre los años 1959 y 1960, haya puesto sobre la mesa, entre servilletas y cucharas, los borradores de El árbol de la memoria

Esto no lo sabemos a ciencia cierta, pero no perdemos nada con imaginarlo, ponernos en situación, porque ese reducto resultaba ser «una verdadera catedral moderna», en palabras de Teófilo Cid, ese dandy santiaguino, que bien sabía de «ver pasar la vida estrafalaria y bulliciosa».

En ese momento, Jorge no era el Jorge Teillier que hoy conocemos. Tenía a su haber dos volúmenes publicados, Para ángeles y gorriones (1956) y El cielo cae con las hojas (1958), que le valió el Premio de la Sociedad de Escritores de Chile. En otras palabras, había ganado cierta fama, pero aún estaba trazando su sendero en las letras. Siguiendo una certeza y un impulso, reunió un nuevo grupo de poemas bajo el título de Los conjuros, título original de este libro. Con ese encabezado lo envió al concurso Gabriela Mistral de 1960, donde el jurado determinó otorgarle la presea a esos escritos notablemente maduros.

Un amigo de esas épocas, Enrique Lihn, quien también tomaba posición en el Sao Paulo, junto al dramaturgo Enrique Moletto y a la poeta Stella Díaz Varín, escribió un elogioso texto en la revista Alerce:

          «Este poeta ha llegado al punto de madurez en que su desarrollo debe pasar, hasta cierto punto inadvertido bajo una trama de excelencias formales, continuar, al favor de la obscuridad, en una zona de la experiencia y de la expresión sobre las cuales sólo a él le cabe recapacitar».

Decimos «elogioso», porque es difícil encontrar la pompa sencilla y directa en la prosa de Lihn, sin embargo, se nota en ese artículo el ánimo de poner en su lugar a un escritor que comenzaba a esplender a punta de disciplina, en «una combinación de talento natural y esfuerzo».

También deberíamos imaginarnos la fiesta que se armó en el café cuando Teillier, con sólo 25 años, logró tamaña proeza. Más de algún amigo debe haber tirado la casa por la ventana, haciendo que las celebraciones se sucedieran en una especie de jubileo interminable. Los conjuros obtenía el primer lugar, no obstante, los que lo acompañaban y, sin ir más lejos, el público general no habían tenido acceso a esos poemas. Fue así que, no dándole demasiadas vueltas, asistió a una de las instituciones más importantes y —por ello mismo— más desconocidas de la literatura chilena de los años cincuenta y sesenta: la imprenta Arancibia Hermanos merecería una placa, al menos una nombradía en la historia, pero los avatares del tercermundismo han complotado contra ello. Probablemente no es el árbol más vistoso, sino una ranita de Darwin en medio del bosque húmedo de la literatura nacional, un detalle pequeño, pero esencial dentro del ecosistema. Teillier conocía bien a uno de los Arancibia, dos hermanos españoles exiliados tras la Guerra Civil:

          «Era editor de todos los poetas de la época y, curiosamente, se hizo rico gracias a los poetas, no rico pero ganó bastante dinero con las autoediciones; seguramente ganaba muy poco con cada uno pero llegaban cien poetas o novelistas, y de una pequeña imprenta de mano llegó a tener una imprenta grande».

Esto lo cuenta en el libro de entrevistas con Hernán Ortega. Los hermanos tenían un sistema muy poco común, el del crédito. Para explicarlo, tendremos que recurrir a otra voz autorizada, a la del narrador Luis Sepúlveda:

          «Jamás dijeron que no a un poeta o escritor que llegó con un manuscrito. La edición de modestos trescientos ejemplares costaba por ejemplo diez mil pesos, el autor no tenía un centavo, pero dejaba el manuscrito y se lo publicaban; luego, le avisaban que estaba listo y, cuando el autor emocionado contemplaba su ‘obra’ impresa, los hermanos Arancibia le preguntaban cómo pensaba pagar. Cuando a mí me tocó responder, como a tantos otros colegas, dije que en ese momento tenía doscientos pesos. Como a tantos otros, me respondieron que muy bien, que podía llevarme un paquete con diez ejemplares. Eso obligaba a vender los libros, a metérselos a amigos, o a ser más audaz».

Ese sistema de créditos le permitió a Teillier imprimir El árbol de la memoria. Algunos podrán argumentar que este relato posiblemente no tiene nada que ver con el libro en sí, pero es una entrada importante para entender las complejidades que en ese momento significaban difundir una obra. De esa forma, los Arancibia iban a lograr, entre otros ejemplos, tener entre sus ilustradoras de tapa a Roser Bru, otra exiliada llegada en el Winnipeg gracias a Pablo Neruda, o imprimir el primer libro de Gonzalo Millán, Relación personal (1968) y, no menos importante, sacar cada uno de los números de la revista Orfeo, que Teillier dirigió entre los años 1963 y 1968, junto al escritor colombiano Jorge Vélez.

Los ejemplares de esa autoedición de El árbol fueron enviados hasta una oficina en pleno centro de la capital, para competir en el prestigioso Premio Municipal de Literatura de Santiago. En las ocasiones anteriores, en el género poesía, los condecorados habían sido escritores de fuste: Luis Oyarzún por Mediodía, Braulio Arenas por Poemas y Juvencio Valle por Del monte a la ladera. Sin embargo, nada hacía presagiar que él se convertiría en uno de los autores más jóvenes en ser laureado en la historia del premio.

Habría que pensar ese diciembre de 1961 como otra fiesta inmensa, apoteósica. Mientras Cuba se declaraba libre de analfabetismo, un poeta del sur de Chile recibía el merecido espaldarazo. Sobre este conjunto de poemas terminarían escribiendo notas el crítico Filebo, Edmundo Concha, Teófilo Cid, Ruperto Salcedo, Hernán Lavín Cerda, Guillermo Atías, Enrique Bello, además del ya mencionado Lihn. Los hermanos Arancibia también deben haberse sumado a esa juerga; el futuro les depararía la impresión de otros dos libros del vate, Poemas del país de nunca jamás (1963) y Crónica del forastero (1968).




en El árbol de la memoria (edición definitiva), Descontexto Editores, 2026


















miércoles, junio 17, 2026

«La tarde es un amigo», de Armando Uribe Arce




 

La tarde es un amigo
que no existe, una novia.
A qué seguir diciendo «que no existe»:
La moza está desnuda en la ventana,
soy yo quien no la mira.
Y todo está llorando por verla o por asirla.




en Transeúnte pálido, Ediciones del joven laurel, 1954





Fotografía original de Hans Ehrmann















Contribución indirecta a DscnTxt de Héctor Monsalve



















martes, junio 02, 2026

«Banquete», de Jorge Montealegre





 
Nunca estuve en la lista
de invitados al banquete de los dioses

Pero la puerta de servicio estaba entreabierta
y entré
mirando hacia atrás, como retrocediendo

Estuve en el banquete con los dioses

Comí las sobras
que dejaron los perros debajo de la mesa.







en Antología poética de la generación del ochenta
Andrés Morales (ed.), Mago Editores, 2010



















viernes, mayo 08, 2026

«Los hoyos del cielo», de Raúl Zurita




 
              Taponeándose con los dedos las heridas
              vio 24 veces la cara de Santa Teresa
              sobre las 24 cumbres de los Andes
              Bendíceme mujer    –alcanzó a
              decirle–    que ya por mí se están abriendo
              los blancos hoyos del cielo




i. Mirad así las huecas cordilleras los Andes son hoyos del horizonte



ii. Más allá de los rojos cielos de la pradera más allá sí más allá de 
     las horribles nieves



iii. Donde se detienen las montañas y se hace más blanco el horizonte 
      blanco es el viento detenido de la nevada ah sí blancos son los hoyos 
      del cielo



iv. Empujándonos hacia esas praderas blancas donde todos los paisajes
      se pegan es el caleidoscopio de Chile se decían riendo sin
      ver los hoyos del cielo: Es la cordillera de los Andes que se
      chupa apuntaban los nichos abriéndose desde el horizonte




en Anteparaíso, 1982




















miércoles, abril 29, 2026

«Keme», de Amanda Durán

Inicio





Keme (Kame, Kamey) 
Muerte, renacimiento. 

Significa los cuatro puntos cardinales. Cargador del Tiempo. 
Es la representación de los cuatro elementos: el aire, el fuego, 
el agua y la tierra. KEME es la energía de la abuela y abuelo, 
muerte y vida — vida y muerte — transformación — descanso, 
retorno.

Es el nahual de la muerte.

 
Las mamás no mueren, 
se transforman
en leche de aire,
nadan entre las pestañas 
como grumos de rímel
y se sientan en la comisura
de los hijos de sus hijos
a contar historias de supererues
y misteriosas zapatillas colgadas de un cable.

Lo intentan
pero se inflaman en trapos de colores, 
en fotos muchas fotos
y se transforman en pájaros
o chanchitos de tierra.

Lo intentan
pero se les mancha la piel
de baba de universo,
y hay estrellas
que se acurrucan entre medio de sus dedos 
rasguñándoles la carne.

Lo intentan,
pero no saben que no saben
y se vuelven eternas
y parasiempras,
interminables
como el vacío del que nos trajeron, 
pariendo una y mil veces
en un concierto de sangre,
o son volcán,
lamiéndonos el fuego con ternura.

Se desamarran la vida
porque se asquean del cuerpo
cansadas
de estar pegadas al pelo y a la sombra, 
viajando a miles por hora
entre los poros de la carne,
ordenando las piedritas del jardín,
en medio del silencio más insoportable.

Se desenganchan las arterias 
y dejan partir al corazón correr 
al fin
como un animalito libre
que se va
pero también se queda
porque adora
el concierto de euforia que ahora son

y nosotros
—casi vacíos—
enganchados al último vagón, 
mendigando
una calle que contenga nuestras piernas 
o un puñado de tumbas
para derramarnos
no entendemos
que aun en este inmundo desamparo, 
siguen palpitando
las que un día nos cantaron
hasta que no pudimos más
y también
se nos cerraron los ojos.



·       ·       ·



Advertencia:
No quedaba nada 
ni la sangre,
ni los golpes
las patadas,
ninguna señal del matadero.

Antes de escribir abrí los ojos, rompiendo la escarcha duros, como témpanos.



·       ·       ·



La muerte no ha querido acogerme corazón, 
me ha dado la espalda.
Sobre ella un manto de cariño, que creía seco, 
empapa todo.
La muerte
no ha querido mis manos
que ya estaban frías.
Yo tampoco la quiero,
por eso cada una de estas líneas.



·       ·       ·



Aún no habito esta casa
veo en sus hebras el silencio más brutal
y ella ve en mí la muerte de todas las cosas.



·       ·       ·



Cierro ventanas imaginarias
para soportar la luz,
y espantar pájaros que puedan acomodarse en el marco 
sólo para mirarme.



·       ·       ·



Habito un cuerpo
que me persigue desde siempre
y que he sabido despreciar como nadie
para que me perdone
froto sus heridas con palabras que no significan nada, 
pero le aseguro pueden nombrar a Dios
y que tiene su nombre.
A veces
no puedo inventar ninguna
y apenas llega el silencio algo tiembla,
son los golpes furiosos
de ese corazón que forzado a latir
se sueña apagando.
 


·       ·       ·



«Todo va a pasar»
repito antes de salir,
como si fuera un mantra,
y vuelvo a la casa
—que aun no habito—
para quedarme a observar como todo,
los días —y las noches—
los sueños, los amores
y los miedos
los niños, incluso mi niño, con todas sus mariposas 
o todas sus pisadas.

La calma, la vida, la muerte, 
todo, absolutamente todo pasa 
y nada ni nadie
cruza esta puerta.



·       ·       ·



Es mi cuerpo
colgado en el latido de todas las cosas
 el que ves antes de entrar,
el que enganchado a alambres de púa 
dices perverso y crees que ruega, 
crees,
que no hay amor que permanezca así, 
en estos bosques de eucalipto 
revelado a la intemperie.













Feliz cumpleaños, donde estés.






miércoles, abril 22, 2026

«Relatos», de Jorge Teillier

Conmemorando los 30 años de su muerte




     I

El vuelo de las aves
es un canto recién aprendido por la tierra.
El día entra en la casa
como un perro mojado de rocío.

Mira: se encienden las hogueras de los gallos.
Los cazadores preparan sus morrales.
Los caballos los esperan
rompiendo con sus cascos
el cielo que apenas pesa
sobre lagunas de escarcha.

Tú eres un sueño que no recordamos
pero que nos hace despertar alegres.
Una ventana abierta hacia el trigo maduro.
Busquemos grosellas junto al cerco
cuyos hombros abruman los cerezos silvestres.




     II

Un viento de otra estación se lleva la mañana.
Huyes hacia tu casa
cuando el viento dobla los pinos
de las orillas del río.
Ya no quedan grosellas.
¿Por qué no vuelven los cazadores
que vimos partir esta mañana?
Tú quieres que nunca haya sucedido nada
y en la buhardilla abres un baúl
para vestirte como novia de otro siglo.




     III

El abandono silba llamando a sus amigos.
La noche y el sueño
amarran sus caballos frente a las ventanas.
El dueño de casa baja a la bodega
a buscar sidra guardada desde el año pasado.

Se detiene el reloj de péndulo.
Clavos oxidados
caen de las tablas.
El dueño de casa demora demasiado
—quizás se ha quedado dormido entre los toneles—.
Una mañana busqué grosellas al fondo del patio.
En la tarde este mismo viento
luchaba con los pinos a orillas del río.
Se detienen los relojes.
Oigo pasos de cazadores que quizás han muerto.
De pronto no somos sino un puñado de sombras
que el viento intenta dispersar.




en El árbol de la memoria, 1961


















 

lunes, abril 13, 2026

«Un sueño humano», de Víctor Munita Fritis





A: Héctor Monsalve Viveros

Yo no soy Ícaro:
Dejé de serlo una tarde
cuando me vi escrito
en todos los horizontes
tatuado de amarillo
como una leyenda cretense
o como un faro de oro
en medio del desierto.

Un pájaro se apoyó en cada esquina
y me sugirió que planeara
lanzándose a los aires
pero cayó al mar.

¿Cuál mar se preguntarán ustedes?
Sí es arena
pero cada cual
vuelve los ojos a donde quiere
porque ahí se derrama
grano a grano
la espuma del futuro
el milagro del destino.

Yo no soy Ícaro
Me abandoné en una carrera bestial
creí que al levantar la cabeza
estaba quemando las naves de cuarzo
pero no advertí el peligro.

Jamás cerré los ojos
dije mi nombre como un sueño
que uno tiene desde niño.

Incendié la noche
y me dejé partir
por el rayo feroz
de la soledad.



en Zona de sacrificios, manofalsa editores, 2025

















viernes, marzo 27, 2026

«La fragua», de Theodoro Elssaca





En el fondo del bosque en los olivos, 
veo cruzar muy lenta la luna sorprendida 
sobre el áureo ramaje de copas emergentes.  

A lo lejos el mar airado ruge y se alza 
mientras en la atalaya de la azul cetrería   
el halcón enigmático en su grito se anuncia.  

Me fundo en el abismo de la noche. 
El viento del oriente se consume en las rocas. 
La luna y los olivos van hacia Palestina.  

Y descubro el pasado de toda mi existencia. 
Peregrino, me encuentro en los ancestros, 
                                                  son huellas indelebles.  

Su anacarada luna, oracular espejo, 
insinúa los milenios junto al sensual laúd 
besando las leyendas de héroes y de genios.  

Soy río, laberinto, ojos, danza, 
la exuberante atmósfera de aromas vegetales, 
las arenas, los dátiles, los mármoles, la cítara 
y sus poetas claros en la insondable noche de la noche 
atizando el recuerdo de su sangre
                                             en la fragua.  




en Orígenes, 2015












lunes, marzo 23, 2026

«Basurales. Literatura chilena y otros desechos», de Luis Valenzuela Prado

Fragmento




El viejo Borges — siempre hay una cita para él—, en «Funes el memorioso» (1942), asocia el desborde del basural a la memoria: «Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras». Ireneo Funes, que se pasaba las horas muertas sin encender una vela, tenía la lucidez del recuerdo, ya que, a diferencia de nosotros, que, de un vistazo, sólo percibimos «tres copas en una mesa», él percibe «todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra». El «vaciadero de basuras» encuentra eco en Budnik (2018), de Juan Carreño, donde «Mi memoria es como un basural». La mía, simplemente, es una bodega abandonada con materiales diversos, chatarras, citas, basura, escombros, letras e imágenes. El diogenismo del lector conserva lecturas para luego reutilizarlas. Al comienzo de Poste restante (2000), de Cynthia Rimsky, la narradora comenta las palabras de Ortuzio, quien sostiene «que los mercados persas son el diván del psicoanalista ahorrándose el dinero. Los objetos ordenados en el suelo despiertan evocaciones que recorren a los visitantes a la manera de un álbum íntimo y social». Así quisiera disponer estos materiales literarios desechados, buscando las entrelíneas detrás de los materiales o de la lectura literaria y psicoanalítica, según Andrea Kottow (2002). Aunque en este ensayo me quedo sólo con la lectura de materias, materiales, literatura y algunas imágenes.

En la contraportada de El Palacio de la Risa (1995), el escritor Germán Marín reconoció: «Uso a Chile como un enorme basurero en el que puedo rastrear para escribir. Soy un novelista que vive de escarbar la basura», en consonancia con lecturas críticas en torno al gesto de escribir e investigar de la crítica, la creación, la historia. Antes, escribió Enrique Lihn, en el poemario El Paseo Ahumada (1983), «Su basural es mi panteón mientras no se lleven los cadáveres», es decir, el basural como el templo o sepulcro. Por su parte, en una zona fronteriza que marca el cierre del boom latinoamericano, José Donoso publica El obsceno pájaro de la noche (1970), donde la manipulación de la basura es un ejercicio amparado por el encierro espacial y social. La limpieza subalterna y la acumulación residual son gestos iterativos en la novela: «somos sirvientes acostumbradas a vivir en piececitas chicas repletas de objetos», pero también entre «ruinas», «escombros», «polvo», «pelusas», «sobras de comida», «hollín y grasa» y «basura». En la bisagra de fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI, Diamela Eltit, Nona Fernández, Roberto Bolaño y Ramón Díaz Eterovic elaboran desde el residuo una forma material y estética angular para sus narrativas. Estas y otras narrativas se construyen desde los basurales o constituyen partes de escenas y espacios basura.



Publicado por Ediciones Lastarria & De Mora, 2026
























martes, febrero 10, 2026

«Gracias sean dadas…», de Bruno Cuneo




 
Gracias sean dadas 
por la existencia del espino 
por la hierba quemada por el sol 
por la quietud de la roca en el cerro.

Mi ojo ciñe este paisaje 
y pienso que sí, que sería bello
dejarse acunar por esta ruta muerta 
y contemplar un minuto largo 
tu futuro sin miedo, en blanco 
y todo tu pasado, sin remordimiento

sólo estar allí, no ahí 
clavado a un presente eterno 
la mano desasida de todo 
la dura tregua del deseo.



Publicado en el poemario En fin, Lecturas Ediciones, 2024



























lunes, febrero 09, 2026

«Calas», de Germán Carrasco

Dos poemas


(1971-2026)



KERMESSE 



¡pero si es casi prosa! no hay claridad conceptual
 ¿a qué explicar absolutamente todo? es más insípido que comida 
                                                                                                        de enfermo
  truquea traducciones y las sirve en platos frescos
   no se la puede con los metros no se la puede con el verso libre
    nada que decir a quién le interesan sus amoríos
     muy académico muy marginal
      una pálida copia de______________.
       hispanizante no ha leído a los clásicos hispanos
        ha leído demasiados clásicos muy provinciano
         nada bueno puede salir de las cloacas santiaguinas sus endecasílabos 
                                                                                                            machacan
          demasiada métrica no tiene prosodia mucho adjetivo
           un feminismo trasnochado oracular, pretenciosa
            bueno, reconozco un par de versos notables que he leído en una poeta 
                                                                                                             mexicana
             muy católico su rupturismo aburre se le secó el pozo
              no hay profundidad no hay trasfondo religioso
              dicen que es antisemita demasiada lectura de poetas 
                                                                                                judío-americanos
               se acostó con el jurado le prometió caviar al jurado
                fumó hierba con el jurado
                 lo vieron en provincia con el jurado en un bar de dudoso gusto 
                                                                                                         y reputación
                  esa barba hippie esa pinta de milico pobre un punk de 
                                                                                                  Nueva Quillahue
                   ese terno de tinterillo el tono de maricón rasca
 
                     Pura mierda. 







CALAS BLANCAS



Sin gula, con la angustia y la tensión
que ha de postrarme a mirar las estrellas
en la oscuridad -gimnasio del instinto-
abro la sábana blanca de una cala.

Sábana, túnica improvisada tras el baño,
gotas sobre la cala tras el riego
cuando, bajo una luna hecha de tus huesos
abres la ventana esperando
aire, una lechuza. Calas -verbo-
la transparencia del aire cubriendo
la circunstancial blusa, al volverte,
       un botón.

En la oscuridad la lengua saborea y desmenuza
calas, para empujarlas y deglutirlas
con el vino negro de la bilis.




2001



















martes, enero 27, 2026

«Cóndor. Obra en cinco actos», de Raúl Ignacio Valenzuela

Cuatro fragmentos




          I

Hubo aquí un jardín. Brotaban del suelo toda clase de árboles. De aquí salió un manantial que regaba el jardín y que se repartía en cuatro brazos. Nuestros cuerpos no eran trashumantes: eran la cordillera y todavía la habitaban las palabras.

Cada animal del campo y las aves del cielo tenían un nombre y nosotras las llamábamos y guardábamos. Tenía nombre el ganado, tenían nombres los peces, tenían nombres las aves y todo animal que repta sobre la tierra.

Toda hierba y su semilla, todo árbol y su fruto de semilla.

Todo era tocado por nuestras bocas. Todo servía de alimento.




          II

A qué llama silencio.
Silencio hay en las alas del cóndor y se puede oír el paso del viento.


Seguía las caravanas que avanzan desde las altas tierras.
Pero no era silencio el que cargaban las caravanas.
No era silencio el de la puna bajo nuestro calcañar.
No era silencio el de los quebrantos.
No es silencio el lugar en el que nos perdimos.




          III

Las cabras nos han apacentado.
Nos guían por las quebradas.


Nacimos extrañas acá.


Trozos de cosas rotas. Nos subieron a sus máquinas. A nuestros hijos los subieron a sus máquinas.


Las cabras comen los pastos secos.


Nuestros rastrojos subidos con nosotras en sus máquinas sin saber distinguirnos de nuestros restos. No sabíamos dónde estábamos. Era de noche y no sabíamos. Alguna tenía que averiguar qué lugar era y caminamos en la noche. Las cabras nos apacentaron en sus entrañas. Por eso fuimos las que caminamos en la noche. Porque las cabras comen hasta los pastos secos. Porque conocemos estos precipicios como ellas nos eligieron a las tres.
Y caminamos en medio de la noche sabiendo de memoria estos vacíos.

Alguien tiene que averiguar en qué lugar estamos.


Fuimos nosotras las que caminamos en la nada.




          IV

Hubo aquí un jardín.
Ahí donde el silencio se encarna
como dicen que hace el desierto
cuando nadie ve.


Y nuestros cuerpos no eran trashumantes:
eran la cordillera y todavía la habitaban las palabras.


Hubo aquí un bosque.
Donde usted siente desierto y frío,
había leña, luz y fuego para las noches.




Publicado por LOM Ediciones, 2024





























domingo, enero 25, 2026

«Los indios juncos», de Melissa Castillo Villarroel

Tres poemas





Alcances


Cruzar las piernas
los caminos
viajo a tantos kilómetros por hora
esconderse en el patio
enfermarse hasta compadecer
ante el pulgar de una herramienta
estar con dudas
de si el amor es todo lo que los pobres tienen
navegando me daría cuenta
si es una loma de isla o de animal
rogaría hospitalidad
siendo cortés como mamá
no irascible como mamá
la compañía es intensa
solitaria el resto de sus vidas
por acá los niños dicen estar de paso
la salud intachable se la debo a las sombras de las nalcas
si pudiese ser ellas
crecería en las laderas de los ríos
al pie del volcán.







Diario


Rara vez se perciben los milagros
me abruma todo ese encanto
                                     esa gracia
recolectar algas a la orilla del río
mientras al otro lado se devoran
                                cuidadosamente
                                dan inicio al culto
anotó
arbusto
llamado Huillipeta
todos los vegetales observados
entre Carelmapu y Maullín
alcanzan el número de 145
los animales son 3
9 las aves
en tanto los bravos juncos
aún no logran ser
domesticados.







Piensa la navajuela


Hay mañanas
en que amaneces pegado
al núcleo de la Tierra
y no hay nada que te levante.




Publicado por Editorial Aparte, 2021
























miércoles, enero 21, 2026

«Sobre la forma del pasto en los jardines», de Víctor López Zumelzu



 


Las palabras me dijeron al oído escríbenos & yo las fui escribiendo, fueron creciendo de a poco como hierba en la hoja, sin forma, sin control. Eran delicados copos de nieve en mis manos. «Este es mi cuarto, esta es mi cama, este es mi mundo», parecían decir. Yo te extrañaba. Aun así era feliz mirándolas, observando cómo empezaban a relacionarse, a encontrar conexiones. A veces sueño cosas raras que nadie más sueña, por ejemplo con Robert Walser en una película que no existe, basada no en su vida sino en su muerte, con nieve artificial cayendo en medio de un bosque & nosotros que la miramos también nos congelamos, nos hacemos un témpano. Otras veces sueño con cuántas palabras existirán para designar el frío, la nieve, la escarcha. El aire frío pasa a través de nosotros, aun así yo describo la velocidad, los sonidos filosos que se albergan en un lugar bajo la lengua & entre los dientes, las estaciones que queman. Estamos esperando que suene el teléfono, estamos esperando, sólo esperando. El mundo ha sido destruido una & mil veces pero aun así después de que yo también muera, esta melodía va a seguir. Pero ¿qué es lo que quieren decir estas palabras? ¿Quién duerme esta mañana al lado mío? ¿Será éste el verdadero color del campo, el pasto, el cielo?



en Erosión, Alquimia Ediciones, 2014


















martes, enero 06, 2026

«Madres contra el fascismo», de Winétt de Rokha






La tempestad es negra, el viento es negro,
el huracán fascista desgaja las puertas, madres de América;
son los tigres de la jungla,
las serpientes arrastrándose entre ciudades floridas,
es una lágrima azul de ardida pólvora.
 
Pongamos los fusiles en el hombro de nuestros hombres,
defendamos los hijos acaecidos como rosas rojas o amapolas,
defendamos el pan y la leche para sus vidas sin defensa.
 
Ya se ha enrojecido el diamante de nuestro pecho
y el azahar de las entrañas,
por eso llevamos en el cristal del espíritu un puñal escondido.
 
En los trigales de la democracia
arde el copihue del heroísmo y el estruendo victorioso 
        de los tambores americanos,
levantémonos junto a la epopeya de las multitudes
mezcladas al clamor de los hambrientos de libertad,
frente a la presencia traidora del fascio.
 
Llamemos a las puertas de las casas
temblando en las calles como naranjos mojados
como huertas inundadas de miedo en la oscuridad.
 
Habremos abrazado la tierra,
madres del mundo,
madres del trópico, del Sur, de la pampa sonora,
con el anillo sin medida de nuestra desesperación. 




en Oniromancia, Editorial Multitud, 1943


















viernes, enero 02, 2026

«Hilván», de Lina Meruane

Diciembre, 2023




The dead. They sing with severed tongues. And they have a plan.
To bring us back. To the land. Despite their murderers.
Haytham el-Wardany, Labor of listening

Recogí el brazo
de Mayar en una esquina, 
la mano
de Mahmoud aun sujetando su osito 
de peluche.
Un pulgar anónimo.
Una uña bien pulida.
Levanté las piernas
de Ahmed desde los escombros.
Sujeté la rodilla 
de Rema, los zapatitos 
de Aza que, aunque rotos,
podían servir.
Desempolvé la nariz
de Khaled y un párpado mojado 
de lágrimas, que pudo ser 
de Amal o 
de Samir.
Una oreja encostrada 
de sangre con su arito 
de plata.
Una larga melena negra 
en su kefiyé.
Fui hilvanando esos pedazos 
a mi pecho abierto,
y aunque teníamos un hambre desgarrada 
y aún más sed, y miedo hasta 
de respirar,
entonamos, por los labios 
de Maryam, con las lenguas muertas 
de Nasir y
de Haneen, una lenta letanía 
de versículos.
Y juramos así, 
todos, juntas, 
que pese al odio 
nunca nos iríamos 
de nuestra tierra.



en Matarlo todo, Ediciones, del Cardo, 2025























miércoles, diciembre 31, 2025

«Una isla», de Juan Carlos Villavicencio





 
No renuncies a tu oscuro corazón
no lo hagas tampoco a la ternura
no dejes que el sol se termine de apagar
no encuentres el camino
busca en la ceguera cada rasgo de su rostro
no lo olvides ni despiertes otra vez
sea el espanto el que te pierda a cada instante
sea el miedo ajeno a tu miseria
no crezca vida rodeando tu dolor
no cubra el musgo ninguno de tus huesos
no respires otra vez entre las flores
abandónate a ti mismo en esta isla
con cada culpa que guardas en silencio 
así la tierra se salve de descubrir tu soledad




Diciembre 2025
















lunes, diciembre 22, 2025

«versare», de Diego Alegría

fragmento de «estancias»



y si acaso



las palabras fueran



palabras y no cosas



tras el silencio



sobre la colina



como campanas de aire



en una habitación



sin muros



ni puertas



cuando el cuerpo deja



de sentir el cuerpo



y la piel comienza a ser



la superficie de la sábana



y el ojo deja



de distinguir la noche



entonces



una a una



decantaron las voces



un temblor vacío



una fuerza interior



abriéndose



recreándose



nacidos otra vez



otra vez muertos



cuando no hay sonido



pero algo se observa en el silencio



cuando no hay mirada



pero algo se escucha en lo informe



y sin embargo



los umbrales



como si tras



un velo negro



se escondiera



siempre otro



más profundo



el susurro lluvioso de un poema



el llamado de una boca enmudecida






Publicado por Ediciones Tácitas, 2024




















jueves, diciembre 18, 2025

«Usted sabe muy bien…», de Jaime Huenún





Usted sabe muy bien
que un mundo viejo
desaparecerá conmigo.
Una oblicua manera de fumar
sin que el humo ofrezca sombra a las paredes;
una lenta manera de chocar con el sol
sin que sangren las fuentes de la plaza.
Usted sabe muy bien
que conmigo en la rodada
perderán intensidad y altura
las palabras y canciones de mi madre,
los bárbaros insultos de los cantineros,
los chismes de putas y beatas
unidas por el fuego y el invierno
en los cenicientos conventillos del sur.
Ciertos sueños tormentosos
se esfumarán para siempre
en la faz cambiante de la noche.
Ciertos vagos animales nocturnos
-horrendos y felices-
se fugarán transparentes
de mis secretas guaridas personales.
Los impuestos pagados a los árboles
consumidos serán por la sevicia.
Caerán los gobiernos de mi vida
–sin disparos ni bandos ni proclamas–
en un hoyo sin fondo ni virtud.




en Crónicas de la Nueva Esperanza, LOM, 2024