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lunes, abril 27, 2026

«Tanta agua tan cerca de casa», de Raymond Carver

Traducción de Jesús Zulaika



          
          Mi marido come con buen apetito. Pero no creo que tenga hambre realmente. Mastica, con los brazos sobre la mesa, y fija la mirada en algo que está al otro lado de la cocina. Luego me mira a mí y desvía la vista. Se limpia la boca con la servilleta. Se encoge de hombros y sigue comiendo.
          —¿Por qué me miras? —pregunta—. ¿Por qué? —repite, y deja el tenedor sobre la mesa.
          —¿Te estaba mirando? —replico, y meneo la cabeza.
          Suena el teléfono.
          —No contestes —dice.
          —Puede que sea tu madre.
          —Cógelo y no digas nada.
          Levanto el auricular y escucho. Mi marido deja de comer.
          —¿Qué te dije? —exclama cuando cuelgo. Sigue comiendo. Luego tira la servilleta sobre el plato. Protesta—: Maldita sea. ¿Por qué la gente no se ocupa de sus asuntos? ¡Dime lo que hice mal, te escucho! Yo no era el único que estaba ahí. Lo hablamos y lo decidimos entre todos. No podíamos darnos la vuelta así por las buenas. Estábamos a ocho kilómetros del coche. No consiento que me juzgues. ¿Entiendes?
          —Y a lo sabes —le censuro.
          Él dice:
          —¿Qué es lo que sé, Claire? Dime lo que se supone que sé. Y o no sé más que una cosa. —Me dirige una mirada que él cree muy significativa—. Estaba muerta —recuerda—. Y lo siento como el que más. Pero estaba muerta.
          —Esa es la cuestión —digo yo.
          Levanta las manos. Aparta la silla de la mesa. Saca los cigarrillos y sale a la parte de atrás con una lata de cerveza. Veo cómo se sienta en una silla del jardín y vuelve a coger el periódico.
          Su nombre está en primera plana. Junto con los de sus amigos.
          Cierro los ojos y me apoyo en la pila. Luego barro el escurridero con el brazo y mando todos los platos al suelo.
          Él no se mueve. Sé que lo ha oído. Levanta la cabeza como si siguiera escuchando. Pero, aparte de eso, no se mueve. No se vuelve.


          Él y Gordon Johnson y Mel Dorn y Vern Williams juegan al póquer y a los bolos y van a pescar. Van a pescar en primavera y a principios del verano, antes de que lleguen las visitas de los parientes. Son gente honrada, hombres de su casa, hombres que se ocupan de su trabajo. Tienen hijos e hijas que van al colegio con nuestro hijo Dean.
          El viernes pasado estos hombres caseros salieron rumbo al río Naches. Aparcaron el coche en las montañas y siguieron a pie hasta el sitio elegido para pescar. Cargaron con sus sacos de dormir, su comida, sus barajas y su whisky. 
          Vieron a la chica antes de acampar. La encontró Mel Dorn. Estaba completamente desnuda. El cuerpo se había quedado enganchado en unas ramas que sobresalían del agua.
          Mel llamó a los demás y todos fueron a mirar. Hablaron acerca de qué hacer. Uno de ellos —Stuart no me ha dicho quién— indicó que lo que tenían que hacer era volver inmediatamente. Los otros se pusieron a remover la arena con los pies, y manifestaron que no tenían ningunas ganas de volver. Alegaron cansancio, la hora avanzada, el hecho de que la chica no iba a marcharse a ninguna parte.
          Al final siguieron con sus planes y acamparon. Encendieron un fuego y bebieron whisky. Cuando vieron la luna en el cielo hablaron de la chica. Alguien sugirió que debían asegurar el cuerpo para que no se lo llevara la corriente. Cogieron las linternas y bajaron al río. Uno de los hombres —pudo ser Stuart— se metió en el agua y fue hasta la chica. La cogió por los dedos y la acercó hasta la orilla. Le ató una cuerda de nylon a la muñeca y sujetó el otro extremo alrededor de un árbol.
          A la mañana siguiente hicieron el desayuno, tomaron café y bebieron whisky. Luego se fueron a pescar cada uno por su lado. Por la noche hicieron pescado, asaron patatas, tomaron café, bebieron whisky. Luego cogieron cacharros y platos y cubiertos y bajaron al río y los limpiaron cerca de donde estaba la chica.
          Más tarde jugaron a las cartas. Puede que jugaran hasta que ya no pudieron ver las cartas. Vern Williams se fue a dormir. Pero los demás se pusieron a contar historias. Gordon Johnson comentó que las truchas que habían pescado estaban duras debido a la terrible frialdad del agua.
          A la mañana siguiente se levantaron tarde, bebieron whisky, pescaron un poco, quitaron las tiendas, liaron los sacos de dormir, recogieron sus cosas y volvieron caminando. Luego, en el coche, buscaron un teléfono. Fue Stuart quien hizo la llamada mientras los otros estaban allí al sol, escuchando. No tenían nada que ocultar. No se avergonzaban de nada. Dijeron que esperarían hasta que llegara alguien con instrucciones y les tomara declaración.
          Yo estaba dormida cuando llegó a casa. Pero me desperté cuando lo oí en la cocina. Le encontré apoyado sobre el frigorífico, con una lata de cerveza. Me rodeó con sus fuertes brazos y me restregó la espalda con sus manos grandes. En la cama me volvió a tocar, y luego se quedó quieto como si pensara en otra cosa. Y o me volví y abrí las piernas. Creo que él, después, siguió despierto.
          A la mañana siguiente se levantó antes que yo. Supongo que para ver si el periódico decía algo.
          A partir de las ocho, el teléfono empezó a sonar.
          —¡Vayase al diablo! —le oí gritar.
          El teléfono volvió a sonar al cabo de un instante.
          —¡No tengo nada que añadir a lo que ya declaré ante el sheriff! Y colgó con brusquedad.
          —¿Qué pasa? —pregunté.
          Justo entonces me contó lo que acabo de explicar.


          Recojo los platos rotos y salgo al jardín. Stuart está ahora tendido en el césped, con el periódico y la lata de cerveza al alcance de la mano.
          —Stuart, ¿podemos dar un paseo en coche? —propongo.
          Gira sobre sí mismo y me mira.
          —Vamos a comprar cerveza —dice. Se pone en pie y al pasar me toca la cadera—. Espérame un minuto —añade.
          Atravesamos el centro sin hablar. Detiene el coche junto a un supermercado, al borde de la carretera, para comprar cerveza. Veo un gran montón de periódicos en la entrada, detrás de la puerta. En el escalón de arriba, una mujer gorda con un vestido estampado le da una barra de regaliz a una chiquilla. Luego cruzamos Everson Creek y entramos en los terrenos de recreo. El arroyo pasa bajo el puente y va a dar a un gran embalse unos centenares de metros más allá. Veo en él a los hombres. Veo cómo pescan.
          Tanta agua y tan cerca de casa.
          Pregunto:
          —¿Por qué tuvisteis que ir tan lejos?
          —No me saques de quicio.
          Nos sentamos en un banco, al sol. Stuart abre unas latas de cerveza. Dice:
          —Tranquilízate, Claire.
          —Les declararon inocentes. Dijeron que estaban locos.
          Él quiere saber:
          —¿Quiénes? ¿De quiénes hablas?
          —De los hermanos Maddox. Mataron a una chica que se llamaba Arlene Hubly. En mi pueblo. Le cortaron la cabeza y arrojaron el cuerpo al río Cle Elum. Cuando yo era adolescente.
          —Vas a acabar exasperándome.
          Miro el arroyo. Estoy en él, con los ojos abiertos, boca abajo, mirando fijamente el musgo del fondo, muerta.
          —No sé lo que te pasa —confiesa, camino de casa—. Me estás exasperando por momentos.
          No hay nada que pueda objetar.
          Trata de concentrarse en la carretera. Pero no deja de mirar por el retrovisor.
          Lo sabe.


          Stuart cree que esta mañana me está dejando dormir. Pero estaba despierta mucho antes de que sonara el despertador. He estado pensando, acostada en mi lado de la cama, a un extremo, lejos de sus piernas velludas.
          Prepara y despide a Dean, que sale para el colegio, y luego se afeita, se viste y se va al trabajo. Viene dos veces y mira y se aclara la garganta. Pero yo no abro los ojos.
          Encuentro una nota suya en la cocina. Firma: «Amor».
          Me siento en el rincón del desayuno y tomo café y dejo un servilletero sobre la nota. Miro el periódico y lo vuelvo de un lado y de otro sobre la mesa. Luego lo deslizo hasta mí y leo lo que dice. El cuerpo ha sido identificado, reclamado. Pero ha sido necesario examinarlo, introducirle ciertas cosas, cortarlo, pesarlo, medirlo, volver a poner las cosas en su sitio y coserlo.
          Me quedo sentada largo rato con el periódico en la mano, pensando. Al cabo llamo a la peluquería para reservar hora.
          Estoy sentada en el secador con una revista en el regazo, y dejo que Marnie me arregle las uñas.
          —Mañana voy a un funeral —le comento.
          —Lo siento —deplora Marnie.
          —Fue un asesinato.
          —Aún peor.
          —No es nadie muy íntimo —aclaro—. Pero ya sabes.
          —Irá bien arreglada —asegura Marnie.
          Por la noche me hago la cama en el sofá, y a la mañana me levanto la primera. Pongo el café en el fuego y preparo el desayuno mientras él se afeita.
          Aparece en la puerta de la cocina, con la toalla sobre el hombro desnudo, y sopesa la situación.
          —Ahí está el café —digo—. Los huevos estarán en un minuto.
          Despierto a Dean, desayunamos los tres juntos.
          Cada vez que Stuart me mira, le pregunto a Dean si quiere más leche, más tostadas, etcétera…
          —Te llamaré por teléfono —avisa Stuart al salir.
          Yo le advierto:
          —No creo que me encuentres en casa.
          —De acuerdo. Muy bien.
          Me visto con esmero. Me pruebo un sombrero y me miro en el espejo. Le escribo una nota a Dean:
          Cariño, mami tiene cosas que hacer esta tarde, pero volverá luego. Quédate en casa o en el traspatio hasta que uno de los dos venga a casa.
          Con amor, mami.
          Miro la palabra amor y al fin la subrayo. Luego veo la palabra traspatio. ¿Es una palabra o dos?


          Atravieso en coche tierras de labranza, campos de avena y de remolacha azucarera, dejo atrás manzanales y ganado que pasta. Y todo cambia: ahora son más cabañas que granjas, más bosques madereros que grandes huertos. Luego montañas, y allá abajo, a la derecha, lejos, veo a veces el río Naches.
          Una camioneta verde aparece a mi espalda y se queda pegada detrás de mí durante varios kilómetros. Y o reduzco la velocidad, cuando no debo, con la esperanza de que me adelante. Lo hago varias veces, y al final acelero. Pero también lo hago a destiempo. Me aferro al volante hasta que me duelen los dedos.
          En una larga recta despejada, me adelanta. Pero por espacio de unos instantes ha ido a mi lado: es un hombre con el pelo cortado al cepillo, con camisa de faena azul.
          Nos miramos el uno al otro. Me hace una seña con la mano, toca el claxon y toma la delantera.
          Reduzco la velocidad y encuentro un sitio apropiado. Entro en el arcén y apago el motor. Oigo el río allí abajo, más abajo de los árboles. Entonces oigo la camioneta que vuelve.
          Echo el seguro de las puertas y subo las ventanillas.
          —¿Se encuentra bien? —pregunta el hombre. Da unos golpecitos en el cristal—. ¿Está bien? —Apoya los brazos en la puerta y pega la cara a la ventanilla.
          Lo miro fijamente. No se me ocurre otra cosa.
          —¿Todo bien ahí dentro? ¿Cómo es que está toda encerrada?
          Sacudo la cabeza.
          —Baje la ventanilla. —Mueve la cabeza, mira la carretera y luego me mira a mí—. Bájela.
          —Por favor —digo—. Tengo que irme.
          —Abra la puerta —insiste, como si no me hubiera oído—. Se va a asfixiar ahí dentro.
          Me mira los pechos, las piernas. Estoy segura de que es eso lo que está mirando.
          —Eh, preciosa —puntualiza—. Estoy aquí para ayudar, eso es todo.
 

          El ataúd está cerrado y cubierto de ramos de flores. El órgano empieza a tocar en el momento en que me siento. La gente sigue entrando y buscando sitio. Hay un chico con pantalones acampanados y camisa amarilla de manga corta. Se abre una puerta y entra la familia en grupo y se dirige a un apartado acortinado que hay a un costado.
          Las sillas crujen cuando los asistentes se sientan. Acto seguido, un hombre apuesto y rubio con elegante traje oscuro se levanta y nos pide que inclinemos la cabeza. Dice una oración por nosotros, los vivos, y cuando termina dice una oración por el alma de la muerta.
          Paso con la gente junto al ataúd. Salgo a los escalones de la entrada, a la luz de la tarde. Delante de mí baja las escaleras cojeando una mujer. En la acera mira a su alrededor.
          —Bien, lo han cogido —explica—. Si es que puede servirnos de consuelo. Lo han detenido esta mañana. Lo he oído en la radio antes de venir. Es un chico de aquí, de la ciudad.
          Caminamos unos pasos por la acera caliente. Los coches arrancan. Alargo la mano y me agarro a un parquímetro. Capós relucientes y aletas relucientes. La cabeza me da vueltas.
          Comento:
          —Tienen amigos, esos asesinos. Nunca se sabe.
          —Yo conocía a esa chica, desde que era una niña —cuenta la mujer—. Solía venir a mi casa y yo le hacía pasteles y le dejaba que se los comiera mientras veía la televisión.


          Encuentro a Stuart sentado a la mesa con un whisky. Durante un instante de delirio pienso que algo le ha sucedido a Dean.
          —¿Dónde está? —pregunto—. ¿Dónde está Dean?
          —Fuera —contesta mi marido.
          Apura el whisky y se levanta. Dice:
          —Creo que sé lo que necesitas.
          Me pasa un brazo por la cintura y con la otra mano empieza a soltarme los botones de la chaqueta, y luego sigue con los botones de la blusa.
          —Lo primero es lo primero.


          Añade algo más. Pero no necesito escuchar. No puedo oír nada con tanta agua
corriendo.
          —Muy bien —acepto, y termino de desabrocharme yo misma—. Antes de que venga Dean. Date prisa.

 


en Short Cuts, 1993

























domingo, diciembre 28, 2025

«Trópico de Capricornio», de Henry Miller

Fragmento / Traducción de Carlos Manzano



Anaïs Nin y Henry Miller


 
En la tumba que es ahora mi memoria la veo a ella, a la que amé más que a nadie, más que al mundo, más que a Dios, más que a mis propias carne y sangre. La veo pudrirse en ella, en esa sanguinolenta herida de amor, tan próxima a mí que no podría distinguirla de la propia tumba. La veo luchar para liberarse, para limpiarse del dolor del amor, y sumergirse más con cada forcejeo en la herida, atascada, ahogada, retorciéndose en la sangre. 

Veo la horrible expresión de sus ojos, la lastimosa agonía muda, la mirada del animal atrapado. La veo abrir las piernas para liberarse y cada orgasmo es un gemido de angustia. Oigo las paredes caer, derrumbarse sobre nosotros y la casa deshacerse en llamas. Oigo que nos llaman desde la calle, las órdenes de trabajar, las llamadas a las armas, pero estamos clavados al suelo y las ratas nos están devorando. La tumba y la matriz del amor nos sepultan, la noche nos llena las entrañas y las estrellas brillan sobre el negro lado sin fondo. 

Pierdo el recuerdo de las palabras, incluso de su nombre que pronuncié como un monomaníaco. Olvidé qué aspecto tenía, qué sensación producía, cómo olía, mientras penetraba cada vez más profundamente en la noche de la caverna insondable. La seguía hasta el agujero más profundo de su ser, hasta el osario de su alma, hasta el aliento que todavía no había expirado de sus labios. Busqué incansablemente a aquella cuyo nombre no estaba escrito en ninguna parte, penetré hasta el altar mismo y no encontré… nada. 

Me enrosqué en torno a esa concha de nada como una serpiente de anillos flameantes, me quedé inmóvil durante seis siglos sin respirar, mientras los acontecimientos del mundo se colaban y formaban en el fondo un viscoso lecho lleno de moco. Vi el Dragón agitarse y liberarse del dharma y del karma, vi a la nueva raza del hombre cociéndose en la yema del porvenir. Vi hasta el último signo y el último símbolo, pero no pude interpretar las expresiones de su rostro. Sólo pude ver sus ojos brillantes, enormes, luminosos, como senos carnosos, como si yo estuviera nadando por detrás de ellos con los efluvios eléctricos de su visión incandescente. 




1939















miércoles, junio 18, 2025

«Carta abierta a un 'renacido'»,* de James Baldwin

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Conocí a Martin Luther King Jr. antes de conocer a Andrew Young. Sé que Andy y yo nos conocimos gracias a Martin. Andy era, en mi opinión, y no porque él se describiera así, «la mano derecho» de Martin. Era presente – absolutamente presente. Vio lo que estaba pasando. Asumió la responsabilidad de saber lo que sabía y de ver lo que veía. Sólo he oído una vez a Andy intentar describirse a sí mismo: cuando intentó dejar en claro algo sobre mí a otra persona. Así que, una noche, supe lo que significaba el ministerio cristiano para él. Permítanme explicarlo un poco.

El texto proviene del Nuevo Testamento, Mateo 25:40: «De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis».

Me encuentro en la difícil y nada aburrida situación de tener noticias que dar a Occidente – por ejemplo: negro no es sinónimo de esclavo. Les aconsejo que no intenten defenderse de este mensaje impactante, engorroso e indeseado. Lo volverán a escuchar: de hecho, este es el único mensaje que probablemente escuchará Occidente de ahora en adelante.

Lo expreso de esta manera un tanto astringente porque es necesario, y porque hablo, ahora, como nieto de un esclavo, descendiente directo de alguien que se convirtió al cristianismo. «Mi conversión», como dice Countee Cullen, «tuvo un alto precio / pertenezco a Jesucristo». También hablo como exministro del Evangelio y, por lo tanto, como uno de los renacidos. Recibí instrucciones de alimentar al hambriento, vestir al desnudo y visitar a los presos. Lejos estoy de mi juventud y de la casa de mi padre, pero no he olvidado estas instrucciones, por lo que ruego que mi alma nunca las olvide. Quienes hoy se llaman «renacidos» simplemente se han convertido en miembros del club privado más rico y exclusivo del mundo, un club al que el hombre de Galilea ni siquiera podía aspirar a entrar. Menos desearlo.

«De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis». Son palabras duras. Es difícil vivir con ellas. Es una descripción despiadada de la responsabilidad que tenemos entre nosotros. Es bajo esa dura luz que uno toma una decisión que es moral. De que Occidente ha olvidado que existe la decisión moral, dan testimonio mi historia, mi carne y mi alma. Y así, si me permiten decirlo, es el aprieto en el que el más célebre cristiano renacido del mundo ha logrado meter al señor Andrew Young.

No insistiremos en la verdad obvia de que lo que Occidente llama una crisis «energética» disfraza con torpeza lo que ocurre cuando ya no se pueden controlar los mercados, estás encadenado a las colonias (en lugar de que sea al revés), se están quedando sin esclavos (ni confiar en los que crees que aún te pertenecen), no se puede, tras una reflexión rigurosamente sobria, enviar a los Marines o a la Royal Navy a ninguna parte o arriesgarse a una guerra global, no tienes aliados –sólo socios comerciales o «satélites»– y has roto todas las promesas que se han hecho alguna vez, en cualquier lugar y a cualquier persona. Sé de lo que hablo: mi abuelo nunca recibió las «cuarenta hectáreas y una mula» prometidas; los nativos que sobrevivieron ese holocausto están en reservas o muriendo en las calles, y ni un solo tratado entre Estados Unidos y los nativos se cumplió jamás. Eso es todo un récord.

Los judíos y los palestinos saben de promesas incumplidas. Desde la Declaración Balfour (durante la Primera Guerra Mundial), Palestina estuvo bajo cinco mandatos británicos, e Inglaterra prometió la tierra a los árabes o a los judíos, según quién pareciera llevar la delantera. Los sionistas —a diferencia de los judíos—, utilizando, como alguien lo expresó, la «maquinaria política disponible», es decir, el colonialismo, por ejemplo, el Imperio Británico mismo, prometieron a los británicos que, si les entregaban el territorio, el imperio estaría a salvo para siempre.

Pero a nadie le importaban los judíos, y cabe destacar que los sionistas no judíos suelen ser antisemitas. Los estadounidenses blancos responsables de enviar esclavos negros a Liberia (donde aún trabajan para la plantación de caucho Firestone) no lo hicieron para liberarlos. Los despreciaban y querían deshacerse de ellos. La intención de Lincoln no era «liberar» a los esclavos, sino «desestabilizar» al gobierno confederado dándoles motivos para «desertar». La Proclamación de Emancipación liberó, justamente, a los esclavos que no estaban bajo el control del Presidente de una entidad que aún no podía garantizar la existencia de la Unión.

Siempre me ha asombrado que nadie parezca capaz de establecer la conexión entre la España de Franco, por ejemplo, y la Inquisición española; el papel de la Iglesia –o, para ser brutalmente preciso, la Iglesia Católica– en la historia de Europa y el destino de los judíos; y el papel de los judíos en la cristiandad y el descubrimiento de América. Pues el descubrimiento de América coincidió con la Inquisición y la expulsión de los judíos de España. ¿Acaso nadie ve la conexión entre El mercader de Venecia y El prestamista? En ambas obras, como si no hubiera pasado el tiempo, se retrata al judío haciendo el trabajo sucio y usurero del cristiano. El primer hombre blanco que vi fue el administrador judío que llegó a cobrar la renta, y la cobraba porque no era el dueño del edificio. De hecho, nunca vi a ninguno de los dueños de los edificios en los que fregamos y sufrimos durante tanto tiempo, hasta que fui adulto y famoso. Ninguno de ellos era judío. 

Y yo no era estúpido: el del almacén y el farmacéutico eran judíos, por ejemplo, y fueron muy pero muy amables conmigo y con nosotros. Los policías eran blancos. La ciudad era blanca. La amenaza era blanca, y Dios era blanco. Ni por un instante de mi vida resonó la despreciable y absolutamente cobarde acusación de que «los judíos mataron a Cristo». Reconocía a un asesino cuando lo veía, y los que intentaban matarme no eran judíos.

Pero el Estado de Israel no se creó para la salvación de los judíos, sino para la salvación de los intereses de Occidente. Esto es lo que queda claro (debo decir que siempre lo tuve claro). Los palestinos han estado pagando las consecuencias de la política colonial británica de «divide y vencerás» y de la conciencia cristiana culpable de Europa durante más de treinta años.

Finalmente: no hay absolutamente —repito: absolutamente— esperanza alguna de establecer la paz en lo que Europa llama con tanta arrogancia Oriente Medio (¿cómo iba a saberlo Europa, tras haber fracasado tan estrepitosamente en encontrar un paso hacia la India?) sin negociar con los palestinos. La caída del Sha de Irán no solo reveló la profunda preocupación del piadoso Carter por los «derechos humanos», sino que también reveló quién suministraba petróleo a Israel y a quién suministraba armas. Resultó ser, para decirlo claramente, la Sudáfrica blanca [del Apartheid].

Bueno. Un judío, en Estados Unidos, es un hombre blanco. Tiene que serlo, ya que yo soy negro y, como supone, su única protección contra el destino que lo llevó a Estados Unidos. Pero sigue haciendo el trabajo sucio de los cristianos, y los hombres negros lo saben.

Mi amigo, el Sr. Andrew Young, con un gran amor y coraje, y con una nobleza silenciosa, irreprochable e indescriptible, ha intentado evitar un holocausto; yo lo proclamo héroe, traicionado por cobardes.



en The Nation, 29 de septiembre de 1979








* Renacido (Born-again en inglés) refiere a una experiencia de conversión religiosa profunda y transformadora, típica del cristianismo evangélico protestante, central en la comunidad afroamericana post-esclavitud, donde el individuo 'nace de nuevo' al aceptar a Jesucristo como salvador.










lunes, diciembre 02, 2024

«Gaza: Una investigación sobre su martirio», de Norman G. Finkelstein

Prefacio / Traducción de Ana Useros Martín




La masacre de gente inocente es un asunto muy grave. No es algo que se pueda 
olvidar con facilidad. Es nuestro deber atesorar su recuerdo. 
MAHATMA GANDHI


Este libro no trata de Gaza. Trata de lo que se le ha hecho a Gaza. Hoy parece estar de moda hablar de la capacidad para actuar de una víctima. Pero hay que ser realista acerca de las limitaciones que las circunstancias objetivas imponen sobre esa capacidad. Frederick Douglass podía afirmar su virilidad devolviendo los golpes a un esclavista que lo había maltratado a conciencia. Nelson Mandela podía conservar su dignidad en la cárcel a pesar de una situación calculada para humillarlo y degradarlo. Aun así, estos eran individuos excepcionales y eran circunstancias excepcionales y, en cualquier caso, incluso si queda absuelto con honores, las decisiones elementales que afectan a la vida cotidiana de un hombre en cautividad y el poder de llevar a cabo dichas decisiones siguen estando fuera de su control. Gaza, como señaló el ex primer ministro británico David Cameron, es una «cárcel al aire libre».[1] A su cargo hay un alcaide israelí. En la imaginación popular, confeccionada por la propaganda estatal y obsequiosamente amplificada por todas las demás autoridades, se diría que Israel está siempre reaccionando y respondiendo al «terrorismo». Pero ni el bloqueo ilegal e inhumano que Israel ha impuesto a Gaza, ni las sangrientas «operaciones» periódicas que Israel ha desatado contra el territorio se deben a los misiles que lanza Hamás. Han sido decisiones políticas israelíes que proceden de los cálculos políticos israelíes, en las cuales las acciones militares de Hamás son un factor con tendencia a cero. De hecho, la mayor parte de las veces, Israel reaccionaba ante la inacción de Hamás: el movimiento islámico se negó a proporcionar la excusa «terrorista» que buscaba Israel para lanzar una operación cuyo predicado era político, no militar (defensa propia). Por supuesto, si Gaza «se limitara a hundirse en el mar» (Premio Nobel de la Paz Isaac Rabin),[2] o si rindiera unilateralmente su destino a los caprichos israelíes, Israel no la martirizaría. Pero, a falta de estas opciones, Gaza tiene tanto margen de maniobra (es decir, tan poco) como cualquier persona encerrada. La idea de que unos petardos lanzados desde un hormiguero pudieran, por sí solos, influir en la política de Estado de una de las potencias militares más impresionantes del mundo es risible, o lo sería si no fuera por la labor del formidable aparato de desinformación de dicha potencia. 

Este libro se centra en las políticas del martirio de Gaza. Su dimensión económica ya ha sido diseccionada de manera exhaustiva y competente.[3] Un observador no podría sino sorprenderse ante las resmas de papel que se han gastado en analizar la economía de Gaza y en dictar recetas para dicha economía, a pesar de que esta economía sea más una noción que una realidad. El Banco Mundial informó en 2015-2016 de que Gaza «ahora depende en aproximadamente un 90 por 100 de su PIB de los gastos del Gobierno palestino, las Naciones Unidas y otras remesas externas y proyectos donantes».[4] No me cabe duda de que quienes recopilaron estos informes económicos actuaban impelidos por el deseo de hacer el bien, aunque al final la mayoría de ellos capitularon frente al diktat de Israel.[5] Pero si Gaza sobrevive es gracias a las subvenciones extranjeras, entregadas en sincronía –con una fanfarria sicofántica internacional– con el aflojado ocasional de algún tornillo israelí. De hecho, la paradoja es que, a medida que se redactan más y más informes económicos, el día del completo «desdesarrollo» de Gaza se acerca más y más. Es difícil también resistirse a la idea de que Gaza se habría beneficiado más si todo ese tiempo, energía y gasto invertidos en estos meticulosos informes, repletos de minucias que nublan la mente, se hubieran canalizado simplemente en hacer una piscina, dentro de la cárcel al aire libre, para los niños abandonados de Gaza. Aun así, constituyen un registro imborrable y un testamento del horror que se le ha infligido a Gaza. Son un monumento eterno a los mártires y una acusación eterna contra sus torturadores. Los informes sobre derechos humanos en Gaza, que constituyen el tema principal de este libro, reflejan ese contenido y han sufrido el mismo destino que estos informes económicos. Todos esos informes sobre derechos humanos podrían ahora mismo conformar una biblioteca de tamaño mediano; generalmente han seguido unos criterios de precisión exhaustivos y registran un relato horrendo de sufrimiento y desgracias, por una parte, y de excesos criminales y crueldad, por la otra. Pero, con la excepción de un reducido cuadro de especialistas, han sido en su mayor parte ignorados y, finalmente, la propia comunidad de los derechos humanos ha sucumbido ante el gigante Israel. En cualquier caso, los informes constituyen el recurso esencial para aquellos a quienes les preocupa la verdad y para quienes la verdad es un tesoro. Incluso aunque estén en gran medida infrautilizados, son el arma más potente dentro del arsenal de quienes esperan, contra toda esperanza, movilizar a la opinión pública, de forma que se conserve un mínimo de justicia. 

Lo que ha caído sobre Gaza es un desastre de fabricación humana. Por su duración y su crudeza, por su despliegue, no bajo el manto de la guerra ni en la oscuridad de lo remoto, sino a plena luz del día y ante los ojos de todos, por la complicidad de tantos, no solamente por obra, sino también y especialmente por omisión, es un delito claramente malvado. Los lectores juzgarán por sí mismos si esta descripción es ingenua o si los registros documentales la apoyan; si el autor de este libro es partidario de Gaza o si son los hechos quienes le dan la razón; si Gaza plantea un desafío de «narraciones» en conflicto o si plantea el desafío de desentrañar su inocencia de la maraña de mentiras que la ocultan. Sería políticamente prudente explayarse sobre la complejidad de Gaza. Pero también sería una excusa moral. Pues Gaza trata de una Gran Mentira compuesta de mil otras pequeñas mentiras, a veces aparentemente abstrusas y arcanas. El objetivo de este libro es refutar esa Gran Mentira exponiendo todas y cada una de las pequeñas mentiras. No se ha escrito con amor. Por el contrario, ha sido una tarea agotadora, detallada, impulsada por un odio visceral a la falsedad, en especial cuando esta se coloca al servicio del poder y la vida humana paga las consecuencias. Si el diablo está en los detalles, solo se puede luchar contra él y vencerlo con una disección metódica de lógica y pruebas. Solicito por adelantado la indulgencia del lector, pues atravesar este libro exigirá una paciencia infinita. 


31 de diciembre de 2016 
Ciudad de Nueva York 




2018


Publicado por Siglo XXI de España Editores, 2019







[1] «David Cameron Describes Blockaded Gaza as a 'Prison'», BBC, 27 de julio de 2010. 

[2] A. Hass, Drinking the Sea at Gaza: Days and Nights in a Land Under Siege, Nueva York, 1999, p. 9. 

[3] S. Roy, The Gaza Strip: The Political Economy of De-development, 3.a ed. aumentada, Washington, DC, 2016. 

[4] Asamblea General de las Naciones Unidas, «Situation of Human Rights in the Palestinian Territories Occupied since 1967», 19 de octubre de 2016, §46. 

[5] Véase la «Conclusión» de este libro. 













lunes, septiembre 23, 2024

«Vineland», de Thomas Pynchon

Fragmento / Traducción de Manuel Sáenz de Heredia




Ella condujo hacia el centro de la ciudad con especial cuidado porque se sentía con ganas de hacer daño a alguien, encontró una tienda de licores con un gran cartel donde decía «Se abonan cheques», y también se lo rechazaron. Propulsada por los nervios y la cólera, persistió hasta llegar al siguiente supermercado, donde le dijeron que esperara mientras alguien iba a la oficina a telefonear. 

Ahí fue donde, contemplando a través de un largo pasillo de alimentos congelados, allende las cajas registradoras, el resplandor negro terminal de los ventanales de la fachada, alcanzó un instante de innegable clarividencia, raro en su vida, pero reconocible. Comprendió que el filo del hacha de la política económica de Reagan giraba por todas partes, que ella y Flash ya no estaban exentos, que podían ser fácilmente entregados al mundo exterior y, dentro de él, a cualquier asunto inconcluso que podía ahora… como si todos aquellos años los hubieran preservado sanos y salvos en un espacio sometido al tiem¬po, pero ahora, obedeciendo al capricho incomprensible de algo instalado en el poder, tuviesen que integrarse de nuevo en la mecánica de la causa y el efecto. En algún lugar tropezarían con un hacha real, o algo igualmente doloroso, jasónico, con una mortífera hoja-en-la-carne... aunque a la distancia a la que ya habían sido trasladados ella, Flash y Justin todo se haría con claves de teclados alfa- numéricos que representarían ingrávidas e invisibles cadenas de presencia o ausencia electrónica. Si las pautas de unos y ceros eran «como» pautas de vidas y muertes humanas, si todo lo referente a un individuo podía representar¬se en expedientes de computadora mediante una larga cadena de unos y ceros, entonces, ¿qué tipo de criatura se representaría mediante una larga cadena de vidas y muertes? Tendría que ser al menos un nivel superior… un ángel, un dios menor, algo salido de un ovni. Se necesitarían ocho vidas y muertes hu¬manas sólo para crear una letra del nombre de ese ser… su expediente comple¬to podría ocupar un espacio considerable de la historia del mundo. Somos dí¬gitos en la computadora de Dios, tarareó, más que pensó, en su fuero interno, al son de una vulgar melodía espiritual, y lo único para lo que servimos, estar muertos o vivos, es lo único que Él ve. Todo aquello por lo que lloramos, por lo que luchamos, en nuestro mundo de sangre y trabajo, le pasa desapercibido a ese intruso cibernético que llamamos Dios. 

El encargado del turno de noche regresó, sosteniendo el cheque como si fuera un pañal desechable. 

—Hay orden de no pagar esto.
—Los bancos están cerrados, ¿cómo pueden dar esa orden?

El encargado dedicaba buena parte de su vida laboral a explicar la realidad a las manadas de computanalfabetos que entraban y salían en masa de la tienda. 

—La computadora —empezó amablemente, una vez más—, no necesita dormir, ni siquiera descansar. Es como si estuviera abierta veinticuatro horas al día… 





1990












lunes, junio 12, 2023

“En el espacio de una hora”, de Kate Chopin





Como la señora Mallard padecía del corazón, se tomaron todas las cautelas para comunicarle del modo más delicado posible la noticia de la muerte de su marido. Quien se lo dijo fue su hermana Josephine, con frases entrecortadas y veladas insinuaciones que daban a entender solo a medias la magnitud de la desgracia. También Richards, el amigo de su marido, estaba presente, a su lado. Era él quien estaba en la redacción del periódico cuando se recibió la noticia de la catástrofe ferroviaria, en la que el nombre de Brently Mallard encabezaba la lista de «fallecidos». Solo se había tomado el tiempo necesario para cerciorarse de la verdad del suceso mediante un segundo telegrama, y se había apresurado a evitar que fuera cualquier otro amigo menos cuidadoso, menos delicado quien llevara a la viuda la triste nueva.

 

Pero ella no la recibió como tantas mujeres han recibido en la vida esa misma noticia: paralizadas, incapaces de aceptar su significado. Se echó a llorar al instante, con repentino y violento abandono, en los brazos de su hermana. Cuando la tormenta del dolor amainó al fin, se retiró sola a su habitación. No quiso que nadie la acompañara. En su dormitorio, frente a la ventana abierta, había un sillón amplio y cómodo. Se desplomó en él, abrumada por un agotamiento físico que lastraba su cuerpo y parecía afectarle en lo más hondo de sí misma.

 

Frente a la casa, en la plaza abierta, veía las copas de los árboles que temblaban con la nueva vida de la primavera. En el aire flotaba el aliento delicioso de la lluvia. Abajo, en la calle, un vendedor ambulante pregonaba sus mercancías. Las notas de una canción lejana que alguien estaba entonando le llegaban débilmente, e innúmeros gorriones trinaban en los aleros. En el oeste, aquí y allá, entre las nubes que se agrupaban y encabalgaban ante su ventana, se veían retazos de cielo azul. Seguía sentada en el sillón, con la cabeza echada hacia atrás y recostada sobre el cojín, completamente inmóvil, salvo cuando un sollozo ascendió hasta su garganta y la sacudió, como el niño que se ha dormido llorando y sigue gimoteando en sueños.

 

Era joven, de rostro hermoso y apacible, y sus rasgos revelaban contención e incluso cierta fuerza. Pero ahora había en sus ojos una mirada apagada, una mirada que se perdía en la lejanía, en uno de los retazos de cielo azul. No era una mirada de reflexión, sino más bien de suspensión del pensamiento inteligente.

 

Sintió que algo le llegaba, algo que esperaba con temor. ¿Qué era? No lo sabía; era demasiado sutil y elusivo para poder nombrarlo. Pero lo sentía: venía subrepticiamente del cielo, y llegaba a ella a través de los sonidos, los aromas y el color que llenaban el aire.

 

Ahora su pecho se agitaba con violencia. Empezaba a reconocer lo que estaba a punto de adueñarse de ella, y deseaba con todas sus fuerzas rechazarlo con la voluntad -una voluntad tan impotente como lo habrían sido sus manos blancas y delgadas-. Cuando se abandonó, le brotó de los labios un débil susurro. Lo repitió para sus adentros una y otra vez: «Libre, libre, libre...». La expresión de terror y la mirada vacía que la había precedido desaparecieron de sus ojos. Ahora su mirada era penetrante y sus ojos brillaban. El corazón le latía con rapidez, y la sangre caldeaba y relajaba cada centímetro de su cuerpo.

 

No se paró a preguntar si era o no monstruosa la alegría que la embargaba. Una clara y exaltada percepción le permitió descartar por trivial tal interrogante. Sabía que volvería a llorar cuando viera las suaves, tiernas manos enlazadas en la muerte; la cara que jamás la había mirado más que con amor, inmóvil y gris y sin vida. Pero, más allá de ese momento amargo, vio una larga sucesión de años por venir que serían suyos totalmente. Y abrió y extendió los brazos en señal de bienvenida.

 

No tendría por quién vivir en aquellos años venideros; viviría para ella misma. Ninguna voluntad poderosa doblegaría la suya con esa ciega persistencia con que los hombres y las mujeres creen tener el derecho de imponer su voluntad a la de sus semejantes. Que la intención fuera amable o cruel no hacía que el acto le pareciera menos criminal cuando reflexionó sobre él en aquel breve instante de clarividencia.

 

Y, sin embargo, lo había amado... algunas veces. A menudo no lo había amado. ¿Qué importaba ahora? ¿Qué importaba el amor -ese misterio irresuelto- ante aquella rotunda afirmación de sí misma que de súbito reconoció como el impulso más fuerte de su ser?

 

«¡Libre! ¡Libre en cuerpo y alma!», siguió susurrando. Josephine estaba de rodillas delante de la puerta cerrada, con los labios pegados al agujero de la cerradura, implorando que la dejara entrar.

 

- ¡Louise, abre la puerta! Te lo ruego. Abre la puerta. Vas a enfermar. ¿Qué estás haciendo, Louise? Por el amor de Dios, abre la puerta.

- Vete. No voy a enfermar.

 

No. Estaba paladeando un verdadero elixir de vida a través de la ventana abierta.

 

La imaginación se le desbordaba al pensar en los días que la aguardaban. Días de primavera, días de estío, toda clase de días que serían solo suyos. Susurró una rápida plegaria para que su vida fuera larga. Apenas ayer había sentido escalofríos ante la mera idea de que su vida fuera larga...

 

Al cabo se levantó y abrió la puerta a los apremios de su hermana. Había un triunfo febril en sus ojos, y, de forma inconsciente, se movía como una diosa de la Victoria. Cogió a su hermana por la cintura, y bajaron juntas la escalera. Richards las esperaba abajo.

 

Alguien estaba abriendo la puerta principal con una llave. Entró Brently Mallard. Ligeramente desaseado por el viaje, con el maletín y el paraguas, y el semblante sereno. Había estado muy lejos del lugar del accidente; ni siquiera sabía que hubiera habido un accidente. Le asombró el grito desgarrador de Josephine, y el rápido movimiento de Richards para evitar que su mujer pudiera verle.

 

Cuando llegaron los médicos, dijeron que Louise había muerto del corazón: de la dicha que mata.

 

 

 

Traducción de Jesús Zulaika

 

 

en Cuando se abrió la puerta: cuentos de la nueva mujer (1822-1914), 2008

Originalmente en Revista Vogue, diciembre de 1894





















martes, mayo 02, 2023

«Scout», de Mike Wilson

Inicio




Juana tiene 43 y está obsesionada con el chico de al lado. Scout tiene 14.

Él se puso Scout. Muy a su pesar, nadie le dice así.

Quiere ser scout pero sus padres se lo prohibieron. Papá dice que es una organización nazi. Mamá dice que está llena de fanáticos religiosos. Hermana torta dice que son una manga de homofóbicos. Pero él quiere. Quiere porque los vio una vez en la tele. Una serie yanqui, blanco y negro, niños exploradores trepando árboles y navegando en canoas y todos tenían cortaplumas y armaban carpas y usaban pantalones cortos, calcetines que les llegaban a las rodillas y aquel pañuelo scout que codiciaba tanto. A veces se amarra los pañuelos de su mamá en el cuello. Hermana torta se burla. Le dice que parece un niño-niña.

Hay una patrulla scout que se junta los domingos en el parque del barrio. Son scouts avanzados. Tienen unos 17 o 18 años. Sus uniformes condecorados con parches. Papá dice que son un montón de adultos vestidos de pendejos. Mamá sospecha que es una incubadora de pedófilos. Hermana torta les grita obscenidades cuando pasa en su bici. Él los espía desde la esquina. Una vez, después de la reunión dominical de la patrulla, Scout se amarró un pañuelo y fue a pararse al parque, al sitio donde se juntaban. Oscurecía. Vio huellas, una pila de ramas y hojas, piedras dispuestas en círculos. Cerca de un árbol encontró un libro. Se le había quedado a uno de los scouts. Era el manual oficial de los Boy Scouts of America traducido al castellano. Lo escondió bajo su camiseta y regresó a casa. No durmió esa noche.

Juana no sabe nada de los scouts. Escribe poemas y tiene un gato amarillo. En la pieza de atrás aloja a su primo lisiado. Él trabaja en una farmacia y borda en su tiempo libre. Pajaritos y ciervos, a veces flores. Le gusta bordar margaritas. A Juana le bordó unos cojines con gorriones que ella exhibe en el sofá del living. A veces ella les pasa una escobilla especial para limpiarle los pelos del gato amarillo. Primo lisiado gana poco así que no le cobra arriendo. A modo de pago le trae aspirinas y colonias de la farmacia. Juana supone que las roba, pero no le importa.

Enfrente de las casas de Scout y Juana vive el Nene luminoso. Es un niño de 8 años. Entiende cosas, demasiadas para su edad. Y es sabio. Pocos saben esto. Juana lo sospecha, Hermana torta habla con él con frecuencia, él la aconseja y ella prospera, Scout apenas nota que existe. Es más chico que él y no practica el escultismo.

Scout se encierra en el baño y lee el manual a escondidas. Mamá no lo estorba porque piensa que se masturba. Le dice a Papá que hay que respetar su privacidad, que le hace bien descubrir su cuerpo y satisfacer las necesidades propias de la pubertad. Papá no se opone. En la introducción del manual sale una breve biografía del fundador del movimiento, Lord Robert Stephenson Smith Baden-Powell. Repite el nombre varias veces, susurrándolo al espejo hasta memorizarlo. Hermana torta pasa por afuera del baño y escucha los susurros pero piensa que Scout gime en éxtasis y le grita a través de la puerta un ¡dale campeón! congratulatorio.

En las tardes Nene luminoso se sienta en el cordón de la acera. Los otros niños de la cuadra juegan a esa hora pateando la pelota, saltando cuerda, corriendo porque sí no más, pero él no se interesa. Comprende el propósito de las cosas. Hermana torta se acerca pedaleando. Se desmonta de la bici y la suelta mientras esta sigue en movimiento y camina hacia él como si nada. La bici avanza un par de metros más y cae sobre el pavimento. Hermana torta se sienta al lado de Nene luminoso. Nene le dice hey, ella responde hey.

La ventana de Juana da hacia la casa de Scout. Desde ahí ve su dormitorio. Lo observa en las noches. Antes de dormir Scout se dedica a leer y releer una revista Boy’s Life que se robó de la biblioteca del colegio. No sabe inglés pero hay muchas ilustraciones y él adivina el contenido de los artículos. Juana lo espía y siente cosas. A veces siente deseo, otras veces una sensación que podría ser maternal, pero no lo tiene claro. Lo mira hasta que Scout apaga la lámpara del velador.

Hermana torta está enamorada de Niña coja que vive al final de la cuadra. Niña coja en realidad no es coja. Fue coja el verano pasado, cuando su familia se vino a la cuadra. Se había esguinzado el tobillo y cojeó por un par de meses. Para entonces ya había quedado como Niña coja. Hermana torta le cuenta todo esto a Nene luminoso, y le confiesa que la ama pero que le da miedo acercarse a ella.
 
Que no sabe si Niña coja se interesa en chicas, pero piensa que quizá sí por la forma en que se viste, por el corte de pelo, porque anda en skate y porque quiere ser DJ. Nene luminoso piensa y dice quizá, pero quizá no. Y después dice que Scout a veces usa un pañuelo de señora pero eso no significa que le gusten los chicos.

Primo lisiado atiende en la farmacia del barrio. Se siente triste cuando está ahí, es la luz y el olor del lugar. Tubos fluorescentes que hacen tic tic cada tanto y el aire saturado de un olor químico. A veces se imagina que los vapores de todos los remedios se filtran por las cajitas de cartón y forman una miasma narcótica que lo medica contra su voluntad. Siempre siente que sufre de todos los efectos secundarios de todos los remedios en toda la farmacia. Y de ninguno de los beneficios. La combinación química resulta en una sensación profunda de soledad.




en Scout / El océano invisible
Descontexto Editores, 2021








Distribuido a la fecha por BigSur
en Chile y Argentina











domingo, marzo 05, 2023

“Aceite de perro”, de Ambrose Bierce





Me llamo Boffer Bings. Nací de padres decentes en las más humildes condiciones. Mi padre era fabricante de aceite de perro, y mi madre tenía un pequeño taller en la parte de atrás de la iglesia local, donde se deshacía de los bebés no deseados. Durante mi niñez me inculcaron los hábitos de la vida industriosa: no solo llevaba perros a mi padre para que pudiera llenar sus barriles, sino que, además, me encargaba de eliminar los restos que quedaban del trabajo de mi madre. En el ejercicio de esta labor, en más de una ocasión tuve que hacer uso de mi natural inteligencia frente a funcionarios legales de los alrededores que se oponían a que mi madre prestara sus servicios. No habían sido elegidos por el partido contrario, y el asunto nunca había llegado a ser un tema político; así eran las cosas, simplemente. El negocio de aceite de perro de mi padre era, por supuesto, tenido en mayor estima, aunque algunos de los dueños de perros perdidos solían mirarlo con visible recelo, que recaía, hasta cierto punto, sobre mí también. Mi padre tenía como aliados silenciosos a todos los médicos del pueblo, que pocas veces olvidaban incluir en sus recetas lo que les placía denominar Oil can. En verdad, no se ha descubierto nunca medicina más provechosa que esta. Pero pocos son los que están dispuestos a hacer sacrificios personales por los afligidos, y era evidente que a la mayoría de los perros gordos del pueblo les habían prohibido jugar conmigo, lo que hería mi tierna sensibilidad y, en una ocasión, casi me lleva a convertirme en pirata.

 

Cuando recuerdo esos días no puedo dejar de lamentar a veces el hecho de que, al haber conducido, sin querer, a mis queridos padres a la muerte, fui autor de terribles desgracias que iban a afectar profundamente mi futuro.

 

Una tarde, mientras pasaba frente a la fábrica de aceite de mi padre con el cuerpo de uno de los niños del taller de mi madre, vi a un guardia que parecía seguir atentamente mis pasos. Aunque era joven, había aprendido ya que toda maniobra de la policía, sin importar el carácter que tuviera, se basaba siempre en los motivos más censurables, y lo evadí escabulléndome dentro de la fábrica por una puerta lateral que encontré entreabierta por casualidad. La cerré de inmediato y me encontré, por fin, solo con mi cadáver. Mi padre se había retirado al terminar el día. La única luz que me alumbraba provenía del horno, que irradiaba un intenso y profundo brillo carmesí desde el interior de uno de los barriles, dibujando destellos rojizos en una de las paredes. Dentro de la caldera, el aceite aún se encrespaba en indolente ebullición, y cada tanto dejaba ver sobre la superficie trozos y restos de perro. Me senté, y mientras esperaba que el policía se fuera, coloqué el cuerpo desnudo del niño muerto sobre mi regazo y acaricié con delicadeza su cabello corto y sedoso. ¡Ah, qué hermoso era! Ya a esa temprana edad tenía yo una apasionada simpatía por los niños y, mientras contemplaba a aquel querubín, me sentí tentado de desear que esa minúscula herida roja en su pecho —obra de mi madre— no hubiese sido mortal.

 

Tenía por costumbre arrojar a los bebés al río, que la naturaleza gentilmente había cedido para tal propósito, pero esa noche no tenía el valor de dejar la aceitería por miedo al guardia. «Después de todo», me dije, «no importaría demasiado si lo arrojo dentro de esta caldera. Mi padre nunca va a poder diferenciar sus huesos de los de un perro, y las pocas muertes que podrían resultar si se administrase un aceite distinto del incomparable Oil can no van a causar gran alboroto en una población que aumenta en forma tan rápida». En pocas palabras, di mi primer paso en el crimen, y atraje sobre mí indecibles sufrimientos cuando arrojé al pequeño en la caldera.

 

Al día siguiente, incluso para sorpresa mía, mi padre, frotándose las manos con satisfacción, nos dijo a mi madre y a mí que había logrado producir un aceite de la más fina calidad: así lo habían dictaminado los médicos a quienes había entregado las muestras. Añadió que no tenía conocimiento de cómo había llegado a tal resultado, pues los perros habían sido tratados del mismo modo que los anteriores en todo respecto, y eran, además, de raza ordinaria. Consideré que era mi deber explicar los hechos, y así lo hice, aunque quieta se habría quedado mi lengua si yo hubiera podido prever las consecuencias. Lamentando su anterior estado de ignorancia con respecto a combinar ambos oficios, mis padres tomaron las medidas necesarias para reparar el error lo antes posible. Mi madre trasladó su taller a un extremo de la fábrica, y mis obligaciones en relación con su trabajo terminaron: dejé de ser necesario para la eliminación de los cuerpos de los pequeños indeseables y ya no se me exigía atraer más perros a su trágico destino, pues mi padre los había descartado a todos, aunque los canes seguían manteniendo su lugar de honor en el nombre del aceite. Fui arrojado de modo tan repentino a la vida ociosa que naturalmente habría sido de esperar que me convirtiera en un depravado o en un libertino: pero ese no fue mi caso. La santa influencia de mi querida madre me protegió siempre para alejarme de las tentaciones que asedian a la juventud, y mi padre era diácono de la iglesia. ¡Ay, que por culpa mía estas dos dignas personas encontraran final tan horrendo!

 

Al comprobar que sus ganancias aumentaban el doble, mi madre se dedicó al trabajo con mayor esmero que el habitual. No solo eliminó enseguida a los bebés superfluos e indeseados; fue a las carreteras y a los caminos para recoger a niños mayores, e incluso a tantos adultos como pudo introducir con mañas a la aceitería. Mi padre también, encantado con la excelente calidad del aceite que producía, abasteció los barriles con mayor afán y diligencia. Convertir a sus vecinos en aceite de perro se volvió, en fin, una de las pasiones de su vida... y la codicia, arrolladora e irresistible, tomó posesión de sus almas y las sedujo en lugar de la esperanza de ganar el cielo (que, por otro lado, también los inspiraba).

 

Tan animosos y emprendedores estaban ahora, que se realizó una reunión pública en la que se tomaron resoluciones de severa censura contra ellos. El presidente de la junta insinuó, incluso, que cualquier otro ataque a la población sería recibido con ánimo hostil. Mis pobres padres abandonaron la reunión abatidos, desesperados y, me parece, no completamente en su sano juicio. De todas formas, creí prudente no entrar en la aceitería con ellos esa noche, así que me fui a dormir al cobertizo.

 

Alrededor de la medianoche, un extraño impulso me obligó a levantarme y espiar por la ventana del cuarto de las calderas, donde sabía que mi padre estaba durmiendo. El fuego crepitaba con grandes destellos, como si esperara una abundante recolección para el día siguiente. Una de las calderas más grandes parecía «estremecerse» de manera misteriosa y controlada, al acecho de la hora propicia para desplegar su poder en pleno. Mi padre no estaba en la cama: se había levantado en camisón y enlazaba un nudo corredizo en una cuerda más bien fuerte. Por las miradas que lanzaba a la puerta del dormitorio de mi madre pude adivinar con claridad el propósito que tenía en mente. Quedé estupefacto y paralizado de terror; nada podía hacer para prevenir la desgracia o dar la alarma. De improviso, la puerta de la habitación de mi madre se abrió en silencio, y los dos se encontraron cara a cara, aparentemente sorprendidos. Ella, también en camisón de dormir, llevaba en la mano derecha su instrumento de trabajo, una larga y afilada daga.

 

Tampoco ella pudo privarse de la postrera ganancia que las acciones hostiles de los ciudadanos y mi propia ausencia le habían dejado como último recurso. Por un instante, ambos se miraron a los ojos, que echaban chispas de ira, y luego cada uno acometió contra el otro con indescriptible furia. Lucharon por todos los rincones de la habitación, él lanzando maldiciones, ella dando grandes chillidos, los dos peleando como demonios, y así, mientras ella intentaba herirlo con la daga, él pretendía estrangularla con sus propias manos. No sé cuánto tiempo tuve la desdicha de observar aquella desagradable escena de infortunio doméstico, pero finalmente, después de un combate más bien largo, los adversarios se separaron súbitamente.

 

El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban indicios de contacto. Una vez más se miraron con fiereza de la manera más inamistosa que se pueda imaginar; entonces, mi pobre padre herido, sintiendo cercana la mano de la muerte, dio un brinco hacia delante sin tomar en cuenta los peligros, tomó a mi querida madre en sus brazos, la arrastró hacia un costado del caldero hirviente, reunió las pocas fuerzas que le quedaban y... ¡se precipitó al fondo con ella! En un instante desaparecieron los dos, y empezaron a mezclar su aceite con el del comité de ciudadanos que había llamado a nuestra puerta el día anterior para invitarlos a la reunión pública.

 

Con el convencimiento de que estos desafortunados sucesos habrían de cerrarme todas las vías para emprender una carrera honorable en aquel lugar, me establecí en la famosa ciudad de Otumwee, desde donde escribo estos recuerdos con el corazón lleno de remordimientos por ese acto insensato que fue causa de un desastre comercial tan sombrío y tenebroso.

 

 

 

en ¿Pueden suceder tales cosas? Cuentos fantásticos completos, 2005

























lunes, febrero 13, 2023

“Mortales”, de Tobias Wolff





El redactor jefe de local voceó mi nombre desde el otro lado de la redacción y me hizo una seña. Cuando entré en su despacho estaba ya detrás de la mesa. Le acompañaban un hombre y una mujer; él, de pie, se movía nervioso por la habitación; ella, chupada de cara y de expresión vigilante, estaba sentada en una silla y agarraba las asas del bolso con las dos manos. Su traje de chaqueta tenía el mismo tono azul azafata de sus cabellos. Toda ella tenía un aire militar. El hombre era blandengue y rechoncho. Las venillas que le recorrían los pómulos le daban un aire alegre, hasta que sonreía.

 

—No quisiera montar un numerito. Sencillamente pensamos que debería usted saberlo —dijo, y miró a su mujer.

—Ni que lo diga —contestó el redactor jefe—. Te presento al señor Givens —dijo, dirigiéndose a mí—, el señor Ronald Givens. ¿Te suena de algo el nombre?

—Lejanamente.

—Te daré una pista: no está muerto.

—¡Ah! —exclamé—. Creo que ya caigo.

—Otra pista —continuó el redactor jefe.

 

Y entonces se puso a leer en alto la necrológica que yo había escrito para el periódico de la mañana anunciando la muerte del señor Givens. El día anterior había hecho un montón de ellas, más de veinte, y no me acordaba mucho de esta, pero sí que recordé la parte relativa a sus treinta años de trabajo en la delegación de Hacienda. No hacía mucho tiempo había tenido problemas con mi declaración, y se me había quedado grabado.

 

Mientras el redactor jefe leía, Givens fue recorriéndonos con la mirada. No era tan bajo como me había parecido a primera vista. Daba esa impresión porque era muy cargado de hombros y sacaba el cuello como las tortugas. Tenía unos ojos dulces e inquietos. Los utilizaba igual que los campesinos: lanzando desde lejos unas miradas rápidas y escrutadoras.

 

Se rio cuando el redactor jefe terminó la lectura.

 

—Sin duda es precisa —dijo—. Eso hay que reconocerlo.

—Salvo una cosa —la mujer me miraba.

—He de pedirle disculpas —le dije a Givens—. Parece que alguien me ha tomado el pelo.

—¡Disculpas aceptadas! —dijo Givens. Se frotó las manos como si acabara de firmar algo importante para él—. Tienes que verlo con humor, Dolly. ¿Cómo era aquello de Mark Twain? «Las crónicas de mi muerte…».

—¿Qué pasó, entonces? —me preguntó el redactor jefe.

—Eso quisiera saber yo.

—Pero la cosa no puede quedar ahí —dijo la mujer.

—Dolly está muy enfadada —dijo Givens.

—Y no le falta razón para estarlo —dijo el redactor jefe—. ¿Quién llamó comunicando el fallecimiento? —me preguntó.

—A decir verdad, no lo recuerdo. Supongo que sería alguien de la funeraria.

—¿Y confirmaste la llamada?

—No, creo que no lo hice.

—¿Lo comprobaste con la familia?

—Estoy segura de que no —dijo la señora Givens.

—No —dije yo.

 

Entonces el redactor jefe de local preguntó:

 

—¿Qué es lo que se suele hacer antes de publicar una necrológica?

—Confirmar el fallecimiento llamando a la funeraria y a la familia.

—Pero no lo hiciste.

—No, señor. Así fue.

—¿Por qué no?

 

Hice un gesto de impotencia con las manos y traté de parecer afectado en consonancia con la gravedad del asunto, pero no pude responder. La verdad era que nunca seguía esa norma. La gente no paraba de morirse. No veía para qué tenía que preguntarles a las familias si los difuntos estaban verdaderamente muertos o para qué iba a llamar a las funerarias para confirmar que habían llamado de la funeraria. Había decidido que todos esos requisitos eran una pérdida de tiempo; no parecía muy posible que nadie pudiera divertirse inventándose falsos fallecimientos y haciéndose pasar por empleado de la funeraria. Ahora me daba cuenta de que había cometido una locura, una locura con la que demostraba mi total ignorancia de las innumerables variedades del placer humano.

 

Pero ahí no quedaba todo. Como todavía era el último mono de la sección de local, me caían todas las necrológicas. Algunos días me daban a escoger entre estas y los ecos de sociedad, pero la mayor parte del tiempo lo único que hacía eran necrológicas, una detrás de otra, de la mañana a la noche. Tras cuatro horas de esta tarea, la muerte ocupaba toda mi consciencia. Me amargaba. Me insuflaba un mórbido esnobismo, la sensación de que conocía un secreto que nadie podía ni siquiera sospechar. Me ponía agotadoramente filosófico sobre el valor de la fe y la pasión y el esfuerzo, en un momento de mi vida en el que las tres cosas me eran muy necesarias. Me deprimía.

 

Debería haberlo dejado, pero no quería volver al tipo de trabajos que había estado haciendo hasta que el padre de un amigo me había colocado en este —camarero, sobre todo, y portero de noche, cualquier cosa que me dejara los días libres para escribir—. Había vivido así durante tres años, ¿y qué resultados podía mostrar? Un puñado de cuentos publicados en unas revistas literarias que nadie leía, ni siquiera yo mismo. Empecé a desanimarme. Había dejado muchas cosas por la escritura, pero no recibía nada a cambio —ni mayor respetabilidad ni dinero ni amor—. Por eso, cuando me salió este empleo lo cogí. Lo odiaba y lo hacía de mala gana, pero quería conservarlo. Algún día me pasarían a sucesos. Las cosas irían mejor.

 

Esperaba que el redactor jefe de local me leyera la cartilla y luego me dejara ir, pero siguió haciéndome preguntas, probablemente solo para presumir delante de Givens y de su mujer, para que vieran a un verdadero sabueso en su salsa. Tuve que terminar admitiendo que aquel día tampoco había llamado ni a las familias de los fallecidos ni a las funerarias y que, en realidad, llevaba bastante tiempo sin hacerlo.

 

Pero tras obtener mi confesión, parecía que no sabía qué hacer con ella. Era como si hubiera sacado más de lo que había negociado. Primero no se movió. Luego dijo:

 

—No sé si he entendido bien. ¿Cuánto tiempo lleva entonces este periódico sin confirmar las necrológicas que publica?

—Unos tres meses —contesté yo. Y conforme hacía esta confesión sentí que mis labios esbozaban una sonrisa, que asomó antes de que pudiera impedirla o desarticularla. Era un rictus de pánico, la misma sonrisa que le había regalado a mi madre cuando me anunció la muerte de mi padre. Pero eso, claro, el redactor jefe no lo sabía. Se inclinó sobre la mesa, meneó ligeramente la cabeza, como hacen los caballos, y dijo:

 

—Recoja sus cosas.

 

No creo que tuviera intención de despedirme; parecieron sorprenderle sus propias palabras. Pero no se desdijo.

 

Givens paseó la mirada entre uno y otro.

 

—Un momento —dijo—. No saquemos las cosas de quicio. Lo que hay que hacer es aprender de lo que ha pasado. No es algo por lo que nadie deba perder su trabajo.

—No lo habría perdido —dijo la señora Givens—, si hubiera cumplido con su deber.

 

Lo que era una verdad incontrovertible.

 

Recogí mis cosas. Cuando salía del edificio vi a Givens parado junto al quiosco de prensa, vigilando la puerta. No vi a su mujer. Vino hacia mí, levantó las manos y dijo:

 

—¿Qué puedo decirle? No tengo palabras.

—No se preocupe —repuse.

—Como que hay infierno que no era mi intención que lo despidieran. Ni siquiera fue idea mía venir, si quiere que le diga la verdad.

—Olvídelo. La culpa es mía.

 

Llevaba una caja con blocs y archivadores y varios libros. Pesaba. La cambié de brazo.

 

—Mire —dijo Givens—. ¿Qué tal si le invito a comer? ¿Qué le parece? Es lo menos que puedo hacer.

 

Miré calle arriba y luego calle abajo.

 

—Dolly se ha ido a casa —dijo—. ¿Eh? ¿Qué le parece?

 

No me apetecía especialmente comer con Givens, pero parecía que significaba mucho para él, y no quería irme a casa todavía. ¿Qué iba a hacer allí? Le dije que estupendo, que me parecía estupendo. Givens me preguntó si conocía algún lugar por allí que estuviera bien. Había un chino unos portales más abajo, pero siempre estaba lleno de periodistas. No quería verlos tratando de conjurar su solidaridad por una situación que no bien hubiera salido yo por la puerta se convertiría en motivo de risa; tampoco me lo tomaba a mal. Le sugerí Tad’s Steakhouse, que estaba junto a la parada del tranvía. Tenía un menú de chuletón, ensalada y patata asada por un dólar veintinueve. Estábamos en 1974.

 

—Me puedo permitir algo más —dijo Givens. Pero no ofreció otra posibilidad, así que allí fuimos.

 

Givens picoteó la comida que tenía en el plato, luego lo apartó a un lado y contempló el mío. Cuando le pregunté si no estaba bueno su chuletón me dijo que no tenía mucha hambre.

 

—Entonces —sugerí yo—, ¿quién cree usted que pudo haber llamado?

 

Tenía la cabeza gacha. Me miró alzando la vista por encima de las cejas.

 

—Pues ahí me coge usted in albis. Es un misterio.

—Tiene que tener alguna idea.

—Nada. Ni una.

—¿No cree que podría haber sido alguien que trabaje con usted?

—No —agitó el palillero y sacó un palillo. Tenía unas manos pálidas y nudosas.

—Tiene que haber sido alguien que lo conoce. Tiene usted amigos, ¿no?

—Claro.

—Tal vez ha discutido con alguien, o algo así. Puede que haya alguien muy enfadado con usted.

 

Se tapaba la boca con una mano mientras con la otra operaba con el palillo.

 

—¿Eso cree usted? Yo me lo imaginaba más como una broma.

 

—Bueno, es una broma bastante pesada, ¿no cree? Llamar para comunicar el fallecimiento de alguien. Suena a amenaza. Yo me habría sentido amenazado si me lo hubieran hecho a mí.

 

Givens examinó el mondadientes y luego lo echó en el cenicero.

 

—No lo había pensado —dijo—. Puede que tenga usted razón.

 

Me di cuenta de que no creía en absoluto lo que acababa de decir: eso de que no lo había pensado. Habían anunciado su muerte, y ahora tendría que vivir en relación con ese anuncio, oponiéndose a él sin éxito, hasta que terminara venciéndolo y se hiciera realidad. Alguien había puesto precio a la cabeza de Givens, con palabras como torpedos. O eso me parecía a mí.

 

—¿Está seguro de que no ha sido ninguno de sus amigos? —dije—. Podría ser por una tontería. Una partida de cartas, ¿tal vez? Usted pescó varias buenas jugadas y luego se largó sin darle tiempo a recuperarse.

—No juego a las cartas —dijo Givens.

—¿Y su mujer? ¿Ningún problema por ese lado?

—Ninguno.

—Todo va como la seda, entonces.

 

Se encogió de hombros.

 

—Igual que siempre.

—¿Cómo es que la llama Dolly? Ese no es el nombre que me dieron para la necrológica.

—No hay ninguna razón. Siempre la he llamado así. Todo el mundo la llama así.

—No me pega con ese nombre.

 

Givens no respondió. Me miraba.

 

—Imagínese que Dolly está muy enfadada con usted, pero que muy enfadada... Y quiere enviarle un recadito, por un canal distinto de los habituales.

—Ni la más remota posibilidad —Givens dijo estas palabras sin inmutarse. No intentó convencerme, así que pensé que probablemente tenía razón.

—Dejaba una hija, ¿no? ¿Cómo se llama?

—Tina —respondió con cierta ternura.

—Eso es, Tina. ¿Y cómo se lleva con ella?

—Hemos tenido nuestros tiras y aflojas. Pero puedo asegurarle que no fue ella.

—¡Caramba! ¡Pues alguien tuvo que hacerlo!

 

Me terminé la chuleta contemplando el espectáculo que se desarrollaba fuera en la calle: mendigos borrachos, evangelistas, putas, pacientes del hospital, falsos hippies que vendían orégano a turistas calzados con deportivas blancas. Todo puro teatro, incluido el olor a palomitas que salía del Woolworth. Richard Brautigan solía venir aquí. Alto y con pinta de sabiondo, se encorvaba sobre el plato y comía lentamente, rumiando cada bocado, sin apartar los ojos de la calle. Allí sucedían cosas graciosas y también cosas espantosas. Brautigan las pillaba todas y nunca dejaba de comer.

 

Le dije a Givens que estábamos sentados en la misma mesa en la que comía a veces Richard Brautigan.

 

—¿Quién?

—Richard Brautigan, el escritor.

 

Givens movió la cabeza dando a entender que no sabía de qué estaba hablando.

 

Yo ya podía irme a casa.

 

—Okey —dije—. Pues usted me dirá: ¿quién quiere verlo muerto?

—Nadie quiere verme muerto.

—Alguien se lo está imaginando muerto. Piensa en verlo muerto. Del dicho al hecho no hay más que un trecho.

—Nadie quiere verme muerto. Su problema es que cree que todo tiene que significar algo.

 

Ese era uno de mis problemas. No podía negarlo.

 

—Solo por curiosidad —dijo—, ¿qué le pareció?

—¿Qué me pareció qué?

—Mi necrológica —adelantó el cuerpo y empezó a juguetear con el salero y el palillero, entrechocándolos y moviéndolos por el mantel como si fueran una pareja de baile—. Quiero decir, ¿se hizo una idea de quién era yo, del tipo de persona que soy?

 

Negué con un gesto de cabeza.

 

—¿No le chocó nada en concreto?

 

Dije que no.

 

—Ya veo. ¿Y qué es exactamente lo que le hace recordar a alguien, si no le importa decírmelo?

—Mire —dije—, después de todo el día escribiendo necrológicas, terminan confundiéndose unas con otras.

—Sí, pero seguro que recuerda algunas.

—Sí, algunas sí, claro.

—¿Cuáles?

—Las de los escritores que me gustan. Las de los grandes jugadores de béisbol; las de las estrellas de cine de las que he estado enamorado.

—Famosos, en otras palabras.

—Algunos sí, pero no todos.

—Puedes ser una buena persona sin ser famoso —dijo él—. La gente con grandes apellidos no siempre son grandes personas.

—Es verdad —dije—, pero es, como si dijéramos, la verdad de quienes no tienen grandes apellidos.

—¿Ah, sí? ¿Y eso qué?

 

No respondí.

 

—Si lo único que le impresionan son los apellidos, no podrá ver más allá de sus narices. Al menos como yo lo entiendo —me miró fijamente y agarró el salero y el palillero como un soldado a punto de disparar una ráfaga de ametralladora.

—Pero no es lo único que me impresiona.

—¿Ah, sí? ¿Y qué otras cosas le impresionan?

 

Me pensé la respuesta.

 

—La distinción moral —dije.

 

Givens repitió mis palabras. Sonaron pomposas.

 

—Ya sabe a lo que me refiero.

—Corríjame si me equivoco —dijo él—, pero me da la sensación de que la distinción moral no es precisamente lo suyo.

 

No discutí.

 

—Y está claro que no es famoso.

—Desde luego que no.

—No queda muy bien parado que digamos.

 

Al no responder yo, dijo:

 

—¿Cree que recordaría algo de su propia necrológica?

—Probablemente no.

—No hay probablemente nada que valga. No volvería a pensar más en ella.

—Vale. Seguro que no.

—No volvería a pensar en ella. Y cometería un error. Porque si se fijara bien, probablemente vería que tiene otras cualidades. Buenas cualidades. Todo el mundo tiene algo de lo que enorgullecerse. ¿De qué se puede enorgullecer usted?

—Soy un resistente —dije. Pero no creía que ese dato pudiera tener mucho peso en una necrológica.

 

Givens dijo:

 

—En mi caso es la fidelidad. La fidelidad ha sido la pauta más importante de mi vida. Se habría dado cuenta si hubiera tenido los ojos abiertos. Cuando uno lee que un hombre ha servido a su país en tiempo de guerra, que ha permanecido cuarenta y dos años con la misma mujer y trabajado durante el mismo número de años en el mismo sitio, eso debería decirle algo. ¡Por el amor de Dios! Eso debería darle una idea de algo.

 

Se paró y asintió con un gesto de cabeza a sus propias palabras.

 

—Y no siempre ha sido fácil —dijo.

 

Tuve que reírme, sobre todo de mí mismo por haber sido tan tonto de no haberme dado cuenta antes.

 

—Fue usted —dije—. Usted lo hizo.

—¿Hice qué?

—Llamó para dar los datos de la necrológica.

—¿Por qué iba a hacer yo semejante cosa?

—Usted sabrá.

—Eso significaría admitir que lo hice —Givens no pudo evitar sonreír, orgulloso de su astucia.

 

Entonces yo le dije:

 

—Creo que ha perdido el poco juicio que tenía —pero no lo pensaba. Encontraba sentido a lo que había hecho Givens e incluso, a pesar de mí mismo, lo admiraba. Había soñado con la forma de asistir a su propio funeral. Se probaría su mortaja, por así decirlo, se vería de cuerpo presente y escucharía su propio responso. Y lo mejor de todo es que luego resucitaría. De eso se trataba, aunque pensara que lo hacía para asustar a Dolly o para exhibir sus virtudes. El asunto era resucitar, y este empleado de hacienda lo había probado. Era bíblico.

—Es usted un caso, señor Givens. Un caso de verdad.

—No he venido aquí a que me insultaran.

—Tranquilo —le dije—. No estoy enfadado con usted.

 

Se levantó arrastrando la silla y se quedó de pie frente a mí.

 

—Tengo mejores cosas que hacer que quedarme aquí sentado oyendo cómo se lanzan acusaciones contra mí.

 

Le seguí fuera. No pensaba dejar que se marchara así. Tenía que darme algo antes.

 

—Admita que lo hizo —dije.

 

Se volvió y empezó a subir por Powell Street.

 

—Solo admítalo —repetí—. No lo utilizaré en su contra.

 

Siguió su camino, sacando la cabeza como las tortugas, sorteando a la multitud. Andaba rápido, deslizándose entre la gente. Por fin lo agarré del brazo y lo arrastré hasta un portal. Sus músculos se tensaron bajo mis dedos. Dio un tirón y casi se soltó, pero yo lo agarré más fuerte, y quedamos así prendidos en una pelea inmóvil.

 

—Admítalo.

 

Movió la cabeza, negándolo.

 

—Le romperé el cuello si me obliga a hacerlo —le dije.

—Adelante —me contestó.

—Si le pasara algo ahora, su necrológica sería una noticia de veras. Y entonces yo recuperaría mi trabajo.

 

Intentó soltarse de nuevo, pero no le dejé moverse.

 

—Sería una historia fabulosa —dije.

 

Sentí que su brazo se relajaba. Y entonces dijo un «sí» casi inaudible. Solo esa palabra.

 

No iba a sacarle más de eso. Tendría que conformarme. Cuando le solté el brazo, hundió la cabeza entre los hombros y se zambulló en la corriente de viandantes. Yo volví a Tad’s a buscar mi caja. Delante de mí, un tipo que hacía mimo seguía a un fantoche de traje y chaleco, remedando su seguridad de ejecutivo, la arrogancia de su barbilla. Una chica soltó una sonora carcajada, y el fantoche se volvió. El tipo del mimo se paró en seco. Todavía seguía en la misma postura cuando pasé a su lado. Le eché una moneda esperando que me dejara en paz.

 

 

 

en La noche en cuestión, 1996