lunes, abril 27, 2026
«Tanta agua tan cerca de casa», de Raymond Carver
domingo, diciembre 28, 2025
«Trópico de Capricornio», de Henry Miller
miércoles, junio 18, 2025
«Carta abierta a un 'renacido'»,* de James Baldwin
lunes, diciembre 02, 2024
«Gaza: Una investigación sobre su martirio», de Norman G. Finkelstein
lunes, septiembre 23, 2024
«Vineland», de Thomas Pynchon
lunes, junio 12, 2023
“En el espacio de una hora”, de Kate Chopin
Como la señora Mallard padecía del corazón, se tomaron todas las cautelas para comunicarle del modo más delicado posible la noticia de la muerte de su marido. Quien se lo dijo fue su hermana Josephine, con frases entrecortadas y veladas insinuaciones que daban a entender solo a medias la magnitud de la desgracia. También Richards, el amigo de su marido, estaba presente, a su lado. Era él quien estaba en la redacción del periódico cuando se recibió la noticia de la catástrofe ferroviaria, en la que el nombre de Brently Mallard encabezaba la lista de «fallecidos». Solo se había tomado el tiempo necesario para cerciorarse de la verdad del suceso mediante un segundo telegrama, y se había apresurado a evitar que fuera cualquier otro amigo menos cuidadoso, menos delicado quien llevara a la viuda la triste nueva.
Pero ella no la recibió como tantas mujeres han recibido en la vida esa misma noticia: paralizadas, incapaces de aceptar su significado. Se echó a llorar al instante, con repentino y violento abandono, en los brazos de su hermana. Cuando la tormenta del dolor amainó al fin, se retiró sola a su habitación. No quiso que nadie la acompañara. En su dormitorio, frente a la ventana abierta, había un sillón amplio y cómodo. Se desplomó en él, abrumada por un agotamiento físico que lastraba su cuerpo y parecía afectarle en lo más hondo de sí misma.
Frente a la casa, en la plaza abierta, veía las copas de los árboles que temblaban con la nueva vida de la primavera. En el aire flotaba el aliento delicioso de la lluvia. Abajo, en la calle, un vendedor ambulante pregonaba sus mercancías. Las notas de una canción lejana que alguien estaba entonando le llegaban débilmente, e innúmeros gorriones trinaban en los aleros. En el oeste, aquí y allá, entre las nubes que se agrupaban y encabalgaban ante su ventana, se veían retazos de cielo azul. Seguía sentada en el sillón, con la cabeza echada hacia atrás y recostada sobre el cojín, completamente inmóvil, salvo cuando un sollozo ascendió hasta su garganta y la sacudió, como el niño que se ha dormido llorando y sigue gimoteando en sueños.
Era joven, de rostro hermoso y apacible, y sus rasgos revelaban contención e incluso cierta fuerza. Pero ahora había en sus ojos una mirada apagada, una mirada que se perdía en la lejanía, en uno de los retazos de cielo azul. No era una mirada de reflexión, sino más bien de suspensión del pensamiento inteligente.
Sintió que algo le llegaba, algo que esperaba con temor. ¿Qué era? No lo sabía; era demasiado sutil y elusivo para poder nombrarlo. Pero lo sentía: venía subrepticiamente del cielo, y llegaba a ella a través de los sonidos, los aromas y el color que llenaban el aire.
Ahora su pecho se agitaba con violencia. Empezaba a reconocer lo que estaba a punto de adueñarse de ella, y deseaba con todas sus fuerzas rechazarlo con la voluntad -una voluntad tan impotente como lo habrían sido sus manos blancas y delgadas-. Cuando se abandonó, le brotó de los labios un débil susurro. Lo repitió para sus adentros una y otra vez: «Libre, libre, libre...». La expresión de terror y la mirada vacía que la había precedido desaparecieron de sus ojos. Ahora su mirada era penetrante y sus ojos brillaban. El corazón le latía con rapidez, y la sangre caldeaba y relajaba cada centímetro de su cuerpo.
No se paró a preguntar si era o no monstruosa la alegría que la embargaba. Una clara y exaltada percepción le permitió descartar por trivial tal interrogante. Sabía que volvería a llorar cuando viera las suaves, tiernas manos enlazadas en la muerte; la cara que jamás la había mirado más que con amor, inmóvil y gris y sin vida. Pero, más allá de ese momento amargo, vio una larga sucesión de años por venir que serían suyos totalmente. Y abrió y extendió los brazos en señal de bienvenida.
No tendría por quién vivir en aquellos años venideros; viviría para ella misma. Ninguna voluntad poderosa doblegaría la suya con esa ciega persistencia con que los hombres y las mujeres creen tener el derecho de imponer su voluntad a la de sus semejantes. Que la intención fuera amable o cruel no hacía que el acto le pareciera menos criminal cuando reflexionó sobre él en aquel breve instante de clarividencia.
Y, sin embargo, lo había amado... algunas veces. A menudo no lo había amado. ¿Qué importaba ahora? ¿Qué importaba el amor -ese misterio irresuelto- ante aquella rotunda afirmación de sí misma que de súbito reconoció como el impulso más fuerte de su ser?
«¡Libre! ¡Libre en cuerpo y alma!», siguió susurrando. Josephine estaba de rodillas delante de la puerta cerrada, con los labios pegados al agujero de la cerradura, implorando que la dejara entrar.
- ¡Louise, abre la puerta! Te lo ruego. Abre la puerta. Vas a enfermar. ¿Qué estás haciendo, Louise? Por el amor de Dios, abre la puerta.
- Vete. No voy a enfermar.
No. Estaba paladeando un verdadero elixir de vida a través de la ventana abierta.
La imaginación se le desbordaba al pensar en los días que la aguardaban. Días de primavera, días de estío, toda clase de días que serían solo suyos. Susurró una rápida plegaria para que su vida fuera larga. Apenas ayer había sentido escalofríos ante la mera idea de que su vida fuera larga...
Al cabo se levantó y abrió la puerta a los apremios de su hermana. Había un triunfo febril en sus ojos, y, de forma inconsciente, se movía como una diosa de la Victoria. Cogió a su hermana por la cintura, y bajaron juntas la escalera. Richards las esperaba abajo.
Alguien estaba abriendo la puerta principal con una llave. Entró Brently Mallard. Ligeramente desaseado por el viaje, con el maletín y el paraguas, y el semblante sereno. Había estado muy lejos del lugar del accidente; ni siquiera sabía que hubiera habido un accidente. Le asombró el grito desgarrador de Josephine, y el rápido movimiento de Richards para evitar que su mujer pudiera verle.
Cuando llegaron los médicos, dijeron que Louise había muerto del corazón: de la dicha que mata.
Traducción de Jesús Zulaika
en Cuando se abrió la puerta: cuentos de la nueva mujer (1822-1914), 2008
Originalmente en Revista Vogue, diciembre de 1894
martes, mayo 02, 2023
«Scout», de Mike Wilson
domingo, marzo 05, 2023
“Aceite de perro”, de Ambrose Bierce
Me llamo Boffer Bings. Nací de padres decentes en las más humildes condiciones. Mi padre era fabricante de aceite de perro, y mi madre tenía un pequeño taller en la parte de atrás de la iglesia local, donde se deshacía de los bebés no deseados. Durante mi niñez me inculcaron los hábitos de la vida industriosa: no solo llevaba perros a mi padre para que pudiera llenar sus barriles, sino que, además, me encargaba de eliminar los restos que quedaban del trabajo de mi madre. En el ejercicio de esta labor, en más de una ocasión tuve que hacer uso de mi natural inteligencia frente a funcionarios legales de los alrededores que se oponían a que mi madre prestara sus servicios. No habían sido elegidos por el partido contrario, y el asunto nunca había llegado a ser un tema político; así eran las cosas, simplemente. El negocio de aceite de perro de mi padre era, por supuesto, tenido en mayor estima, aunque algunos de los dueños de perros perdidos solían mirarlo con visible recelo, que recaía, hasta cierto punto, sobre mí también. Mi padre tenía como aliados silenciosos a todos los médicos del pueblo, que pocas veces olvidaban incluir en sus recetas lo que les placía denominar Oil can. En verdad, no se ha descubierto nunca medicina más provechosa que esta. Pero pocos son los que están dispuestos a hacer sacrificios personales por los afligidos, y era evidente que a la mayoría de los perros gordos del pueblo les habían prohibido jugar conmigo, lo que hería mi tierna sensibilidad y, en una ocasión, casi me lleva a convertirme en pirata.
Cuando recuerdo esos días no puedo dejar de lamentar a veces el hecho de que, al haber conducido, sin querer, a mis queridos padres a la muerte, fui autor de terribles desgracias que iban a afectar profundamente mi futuro.
Una tarde, mientras pasaba frente a la fábrica de aceite de mi padre con el cuerpo de uno de los niños del taller de mi madre, vi a un guardia que parecía seguir atentamente mis pasos. Aunque era joven, había aprendido ya que toda maniobra de la policía, sin importar el carácter que tuviera, se basaba siempre en los motivos más censurables, y lo evadí escabulléndome dentro de la fábrica por una puerta lateral que encontré entreabierta por casualidad. La cerré de inmediato y me encontré, por fin, solo con mi cadáver. Mi padre se había retirado al terminar el día. La única luz que me alumbraba provenía del horno, que irradiaba un intenso y profundo brillo carmesí desde el interior de uno de los barriles, dibujando destellos rojizos en una de las paredes. Dentro de la caldera, el aceite aún se encrespaba en indolente ebullición, y cada tanto dejaba ver sobre la superficie trozos y restos de perro. Me senté, y mientras esperaba que el policía se fuera, coloqué el cuerpo desnudo del niño muerto sobre mi regazo y acaricié con delicadeza su cabello corto y sedoso. ¡Ah, qué hermoso era! Ya a esa temprana edad tenía yo una apasionada simpatía por los niños y, mientras contemplaba a aquel querubín, me sentí tentado de desear que esa minúscula herida roja en su pecho —obra de mi madre— no hubiese sido mortal.
Tenía por costumbre arrojar a los bebés al río, que la naturaleza gentilmente había cedido para tal propósito, pero esa noche no tenía el valor de dejar la aceitería por miedo al guardia. «Después de todo», me dije, «no importaría demasiado si lo arrojo dentro de esta caldera. Mi padre nunca va a poder diferenciar sus huesos de los de un perro, y las pocas muertes que podrían resultar si se administrase un aceite distinto del incomparable Oil can no van a causar gran alboroto en una población que aumenta en forma tan rápida». En pocas palabras, di mi primer paso en el crimen, y atraje sobre mí indecibles sufrimientos cuando arrojé al pequeño en la caldera.
Al día siguiente, incluso para sorpresa mía, mi padre, frotándose las manos con satisfacción, nos dijo a mi madre y a mí que había logrado producir un aceite de la más fina calidad: así lo habían dictaminado los médicos a quienes había entregado las muestras. Añadió que no tenía conocimiento de cómo había llegado a tal resultado, pues los perros habían sido tratados del mismo modo que los anteriores en todo respecto, y eran, además, de raza ordinaria. Consideré que era mi deber explicar los hechos, y así lo hice, aunque quieta se habría quedado mi lengua si yo hubiera podido prever las consecuencias. Lamentando su anterior estado de ignorancia con respecto a combinar ambos oficios, mis padres tomaron las medidas necesarias para reparar el error lo antes posible. Mi madre trasladó su taller a un extremo de la fábrica, y mis obligaciones en relación con su trabajo terminaron: dejé de ser necesario para la eliminación de los cuerpos de los pequeños indeseables y ya no se me exigía atraer más perros a su trágico destino, pues mi padre los había descartado a todos, aunque los canes seguían manteniendo su lugar de honor en el nombre del aceite. Fui arrojado de modo tan repentino a la vida ociosa que naturalmente habría sido de esperar que me convirtiera en un depravado o en un libertino: pero ese no fue mi caso. La santa influencia de mi querida madre me protegió siempre para alejarme de las tentaciones que asedian a la juventud, y mi padre era diácono de la iglesia. ¡Ay, que por culpa mía estas dos dignas personas encontraran final tan horrendo!
Al comprobar que sus ganancias aumentaban el doble, mi madre se dedicó al trabajo con mayor esmero que el habitual. No solo eliminó enseguida a los bebés superfluos e indeseados; fue a las carreteras y a los caminos para recoger a niños mayores, e incluso a tantos adultos como pudo introducir con mañas a la aceitería. Mi padre también, encantado con la excelente calidad del aceite que producía, abasteció los barriles con mayor afán y diligencia. Convertir a sus vecinos en aceite de perro se volvió, en fin, una de las pasiones de su vida... y la codicia, arrolladora e irresistible, tomó posesión de sus almas y las sedujo en lugar de la esperanza de ganar el cielo (que, por otro lado, también los inspiraba).
Tan animosos y emprendedores estaban ahora, que se realizó una reunión pública en la que se tomaron resoluciones de severa censura contra ellos. El presidente de la junta insinuó, incluso, que cualquier otro ataque a la población sería recibido con ánimo hostil. Mis pobres padres abandonaron la reunión abatidos, desesperados y, me parece, no completamente en su sano juicio. De todas formas, creí prudente no entrar en la aceitería con ellos esa noche, así que me fui a dormir al cobertizo.
Alrededor de la medianoche, un extraño impulso me obligó a levantarme y espiar por la ventana del cuarto de las calderas, donde sabía que mi padre estaba durmiendo. El fuego crepitaba con grandes destellos, como si esperara una abundante recolección para el día siguiente. Una de las calderas más grandes parecía «estremecerse» de manera misteriosa y controlada, al acecho de la hora propicia para desplegar su poder en pleno. Mi padre no estaba en la cama: se había levantado en camisón y enlazaba un nudo corredizo en una cuerda más bien fuerte. Por las miradas que lanzaba a la puerta del dormitorio de mi madre pude adivinar con claridad el propósito que tenía en mente. Quedé estupefacto y paralizado de terror; nada podía hacer para prevenir la desgracia o dar la alarma. De improviso, la puerta de la habitación de mi madre se abrió en silencio, y los dos se encontraron cara a cara, aparentemente sorprendidos. Ella, también en camisón de dormir, llevaba en la mano derecha su instrumento de trabajo, una larga y afilada daga.
Tampoco ella pudo privarse de la postrera ganancia que las acciones hostiles de los ciudadanos y mi propia ausencia le habían dejado como último recurso. Por un instante, ambos se miraron a los ojos, que echaban chispas de ira, y luego cada uno acometió contra el otro con indescriptible furia. Lucharon por todos los rincones de la habitación, él lanzando maldiciones, ella dando grandes chillidos, los dos peleando como demonios, y así, mientras ella intentaba herirlo con la daga, él pretendía estrangularla con sus propias manos. No sé cuánto tiempo tuve la desdicha de observar aquella desagradable escena de infortunio doméstico, pero finalmente, después de un combate más bien largo, los adversarios se separaron súbitamente.
El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban indicios de contacto. Una vez más se miraron con fiereza de la manera más inamistosa que se pueda imaginar; entonces, mi pobre padre herido, sintiendo cercana la mano de la muerte, dio un brinco hacia delante sin tomar en cuenta los peligros, tomó a mi querida madre en sus brazos, la arrastró hacia un costado del caldero hirviente, reunió las pocas fuerzas que le quedaban y... ¡se precipitó al fondo con ella! En un instante desaparecieron los dos, y empezaron a mezclar su aceite con el del comité de ciudadanos que había llamado a nuestra puerta el día anterior para invitarlos a la reunión pública.
Con el convencimiento de que estos desafortunados sucesos habrían de cerrarme todas las vías para emprender una carrera honorable en aquel lugar, me establecí en la famosa ciudad de Otumwee, desde donde escribo estos recuerdos con el corazón lleno de remordimientos por ese acto insensato que fue causa de un desastre comercial tan sombrío y tenebroso.
lunes, febrero 13, 2023
“Mortales”, de Tobias Wolff
El redactor jefe de local voceó mi nombre desde el otro lado de la redacción y me hizo una seña. Cuando entré en su despacho estaba ya detrás de la mesa. Le acompañaban un hombre y una mujer; él, de pie, se movía nervioso por la habitación; ella, chupada de cara y de expresión vigilante, estaba sentada en una silla y agarraba las asas del bolso con las dos manos. Su traje de chaqueta tenía el mismo tono azul azafata de sus cabellos. Toda ella tenía un aire militar. El hombre era blandengue y rechoncho. Las venillas que le recorrían los pómulos le daban un aire alegre, hasta que sonreía.
—No quisiera montar un numerito. Sencillamente pensamos que debería usted saberlo —dijo, y miró a su mujer.
—Ni que lo diga —contestó el redactor jefe—. Te presento al señor Givens —dijo, dirigiéndose a mí—, el señor Ronald Givens. ¿Te suena de algo el nombre?
—Lejanamente.
—Te daré una pista: no está muerto.
—¡Ah! —exclamé—. Creo que ya caigo.
—Otra pista —continuó el redactor jefe.
Y entonces se puso a leer en alto la necrológica que yo había escrito para el periódico de la mañana anunciando la muerte del señor Givens. El día anterior había hecho un montón de ellas, más de veinte, y no me acordaba mucho de esta, pero sí que recordé la parte relativa a sus treinta años de trabajo en la delegación de Hacienda. No hacía mucho tiempo había tenido problemas con mi declaración, y se me había quedado grabado.
Mientras el redactor jefe leía, Givens fue recorriéndonos con la mirada. No era tan bajo como me había parecido a primera vista. Daba esa impresión porque era muy cargado de hombros y sacaba el cuello como las tortugas. Tenía unos ojos dulces e inquietos. Los utilizaba igual que los campesinos: lanzando desde lejos unas miradas rápidas y escrutadoras.
Se rio cuando el redactor jefe terminó la lectura.
—Sin duda es precisa —dijo—. Eso hay que reconocerlo.
—Salvo una cosa —la mujer me miraba.
—He de pedirle disculpas —le dije a Givens—. Parece que alguien me ha tomado el pelo.
—¡Disculpas aceptadas! —dijo Givens. Se frotó las manos como si acabara de firmar algo importante para él—. Tienes que verlo con humor, Dolly. ¿Cómo era aquello de Mark Twain? «Las crónicas de mi muerte…».
—¿Qué pasó, entonces? —me preguntó el redactor jefe.
—Eso quisiera saber yo.
—Pero la cosa no puede quedar ahí —dijo la mujer.
—Dolly está muy enfadada —dijo Givens.
—Y no le falta razón para estarlo —dijo el redactor jefe—. ¿Quién llamó comunicando el fallecimiento? —me preguntó.
—A decir verdad, no lo recuerdo. Supongo que sería alguien de la funeraria.
—¿Y confirmaste la llamada?
—No, creo que no lo hice.
—¿Lo comprobaste con la familia?
—Estoy segura de que no —dijo la señora Givens.
—No —dije yo.
Entonces el redactor jefe de local preguntó:
—¿Qué es lo que se suele hacer antes de publicar una necrológica?
—Confirmar el fallecimiento llamando a la funeraria y a la familia.
—Pero no lo hiciste.
—No, señor. Así fue.
—¿Por qué no?
Hice un gesto de impotencia con las manos y traté de parecer afectado en consonancia con la gravedad del asunto, pero no pude responder. La verdad era que nunca seguía esa norma. La gente no paraba de morirse. No veía para qué tenía que preguntarles a las familias si los difuntos estaban verdaderamente muertos o para qué iba a llamar a las funerarias para confirmar que habían llamado de la funeraria. Había decidido que todos esos requisitos eran una pérdida de tiempo; no parecía muy posible que nadie pudiera divertirse inventándose falsos fallecimientos y haciéndose pasar por empleado de la funeraria. Ahora me daba cuenta de que había cometido una locura, una locura con la que demostraba mi total ignorancia de las innumerables variedades del placer humano.
Pero ahí no quedaba todo. Como todavía era el último mono de la sección de local, me caían todas las necrológicas. Algunos días me daban a escoger entre estas y los ecos de sociedad, pero la mayor parte del tiempo lo único que hacía eran necrológicas, una detrás de otra, de la mañana a la noche. Tras cuatro horas de esta tarea, la muerte ocupaba toda mi consciencia. Me amargaba. Me insuflaba un mórbido esnobismo, la sensación de que conocía un secreto que nadie podía ni siquiera sospechar. Me ponía agotadoramente filosófico sobre el valor de la fe y la pasión y el esfuerzo, en un momento de mi vida en el que las tres cosas me eran muy necesarias. Me deprimía.
Debería haberlo dejado, pero no quería volver al tipo de trabajos que había estado haciendo hasta que el padre de un amigo me había colocado en este —camarero, sobre todo, y portero de noche, cualquier cosa que me dejara los días libres para escribir—. Había vivido así durante tres años, ¿y qué resultados podía mostrar? Un puñado de cuentos publicados en unas revistas literarias que nadie leía, ni siquiera yo mismo. Empecé a desanimarme. Había dejado muchas cosas por la escritura, pero no recibía nada a cambio —ni mayor respetabilidad ni dinero ni amor—. Por eso, cuando me salió este empleo lo cogí. Lo odiaba y lo hacía de mala gana, pero quería conservarlo. Algún día me pasarían a sucesos. Las cosas irían mejor.
Esperaba que el redactor jefe de local me leyera la cartilla y luego me dejara ir, pero siguió haciéndome preguntas, probablemente solo para presumir delante de Givens y de su mujer, para que vieran a un verdadero sabueso en su salsa. Tuve que terminar admitiendo que aquel día tampoco había llamado ni a las familias de los fallecidos ni a las funerarias y que, en realidad, llevaba bastante tiempo sin hacerlo.
Pero tras obtener mi confesión, parecía que no sabía qué hacer con ella. Era como si hubiera sacado más de lo que había negociado. Primero no se movió. Luego dijo:
—No sé si he entendido bien. ¿Cuánto tiempo lleva entonces este periódico sin confirmar las necrológicas que publica?
—Unos tres meses —contesté yo. Y conforme hacía esta confesión sentí que mis labios esbozaban una sonrisa, que asomó antes de que pudiera impedirla o desarticularla. Era un rictus de pánico, la misma sonrisa que le había regalado a mi madre cuando me anunció la muerte de mi padre. Pero eso, claro, el redactor jefe no lo sabía. Se inclinó sobre la mesa, meneó ligeramente la cabeza, como hacen los caballos, y dijo:
—Recoja sus cosas.
No creo que tuviera intención de despedirme; parecieron sorprenderle sus propias palabras. Pero no se desdijo.
Givens paseó la mirada entre uno y otro.
—Un momento —dijo—. No saquemos las cosas de quicio. Lo que hay que hacer es aprender de lo que ha pasado. No es algo por lo que nadie deba perder su trabajo.
—No lo habría perdido —dijo la señora Givens—, si hubiera cumplido con su deber.
Lo que era una verdad incontrovertible.
Recogí mis cosas. Cuando salía del edificio vi a Givens parado junto al quiosco de prensa, vigilando la puerta. No vi a su mujer. Vino hacia mí, levantó las manos y dijo:
—¿Qué puedo decirle? No tengo palabras.
—No se preocupe —repuse.
—Como que hay infierno que no era mi intención que lo despidieran. Ni siquiera fue idea mía venir, si quiere que le diga la verdad.
—Olvídelo. La culpa es mía.
Llevaba una caja con blocs y archivadores y varios libros. Pesaba. La cambié de brazo.
—Mire —dijo Givens—. ¿Qué tal si le invito a comer? ¿Qué le parece? Es lo menos que puedo hacer.
Miré calle arriba y luego calle abajo.
—Dolly se ha ido a casa —dijo—. ¿Eh? ¿Qué le parece?
No me apetecía especialmente comer con Givens, pero parecía que significaba mucho para él, y no quería irme a casa todavía. ¿Qué iba a hacer allí? Le dije que estupendo, que me parecía estupendo. Givens me preguntó si conocía algún lugar por allí que estuviera bien. Había un chino unos portales más abajo, pero siempre estaba lleno de periodistas. No quería verlos tratando de conjurar su solidaridad por una situación que no bien hubiera salido yo por la puerta se convertiría en motivo de risa; tampoco me lo tomaba a mal. Le sugerí Tad’s Steakhouse, que estaba junto a la parada del tranvía. Tenía un menú de chuletón, ensalada y patata asada por un dólar veintinueve. Estábamos en 1974.
—Me puedo permitir algo más —dijo Givens. Pero no ofreció otra posibilidad, así que allí fuimos.
Givens picoteó la comida que tenía en el plato, luego lo apartó a un lado y contempló el mío. Cuando le pregunté si no estaba bueno su chuletón me dijo que no tenía mucha hambre.
—Entonces —sugerí yo—, ¿quién cree usted que pudo haber llamado?
Tenía la cabeza gacha. Me miró alzando la vista por encima de las cejas.
—Pues ahí me coge usted in albis. Es un misterio.
—Tiene que tener alguna idea.
—Nada. Ni una.
—¿No cree que podría haber sido alguien que trabaje con usted?
—No —agitó el palillero y sacó un palillo. Tenía unas manos pálidas y nudosas.
—Tiene que haber sido alguien que lo conoce. Tiene usted amigos, ¿no?
—Claro.
—Tal vez ha discutido con alguien, o algo así. Puede que haya alguien muy enfadado con usted.
Se tapaba la boca con una mano mientras con la otra operaba con el palillo.
—¿Eso cree usted? Yo me lo imaginaba más como una broma.
—Bueno, es una broma bastante pesada, ¿no cree? Llamar para comunicar el fallecimiento de alguien. Suena a amenaza. Yo me habría sentido amenazado si me lo hubieran hecho a mí.
Givens examinó el mondadientes y luego lo echó en el cenicero.
—No lo había pensado —dijo—. Puede que tenga usted razón.
Me di cuenta de que no creía en absoluto lo que acababa de decir: eso de que no lo había pensado. Habían anunciado su muerte, y ahora tendría que vivir en relación con ese anuncio, oponiéndose a él sin éxito, hasta que terminara venciéndolo y se hiciera realidad. Alguien había puesto precio a la cabeza de Givens, con palabras como torpedos. O eso me parecía a mí.
—¿Está seguro de que no ha sido ninguno de sus amigos? —dije—. Podría ser por una tontería. Una partida de cartas, ¿tal vez? Usted pescó varias buenas jugadas y luego se largó sin darle tiempo a recuperarse.
—No juego a las cartas —dijo Givens.
—¿Y su mujer? ¿Ningún problema por ese lado?
—Ninguno.
—Todo va como la seda, entonces.
Se encogió de hombros.
—Igual que siempre.
—¿Cómo es que la llama Dolly? Ese no es el nombre que me dieron para la necrológica.
—No hay ninguna razón. Siempre la he llamado así. Todo el mundo la llama así.
—No me pega con ese nombre.
Givens no respondió. Me miraba.
—Imagínese que Dolly está muy enfadada con usted, pero que muy enfadada... Y quiere enviarle un recadito, por un canal distinto de los habituales.
—Ni la más remota posibilidad —Givens dijo estas palabras sin inmutarse. No intentó convencerme, así que pensé que probablemente tenía razón.
—Dejaba una hija, ¿no? ¿Cómo se llama?
—Tina —respondió con cierta ternura.
—Eso es, Tina. ¿Y cómo se lleva con ella?
—Hemos tenido nuestros tiras y aflojas. Pero puedo asegurarle que no fue ella.
—¡Caramba! ¡Pues alguien tuvo que hacerlo!
Me terminé la chuleta contemplando el espectáculo que se desarrollaba fuera en la calle: mendigos borrachos, evangelistas, putas, pacientes del hospital, falsos hippies que vendían orégano a turistas calzados con deportivas blancas. Todo puro teatro, incluido el olor a palomitas que salía del Woolworth. Richard Brautigan solía venir aquí. Alto y con pinta de sabiondo, se encorvaba sobre el plato y comía lentamente, rumiando cada bocado, sin apartar los ojos de la calle. Allí sucedían cosas graciosas y también cosas espantosas. Brautigan las pillaba todas y nunca dejaba de comer.
Le dije a Givens que estábamos sentados en la misma mesa en la que comía a veces Richard Brautigan.
—¿Quién?
—Richard Brautigan, el escritor.
Givens movió la cabeza dando a entender que no sabía de qué estaba hablando.
Yo ya podía irme a casa.
—Okey —dije—. Pues usted me dirá: ¿quién quiere verlo muerto?
—Nadie quiere verme muerto.
—Alguien se lo está imaginando muerto. Piensa en verlo muerto. Del dicho al hecho no hay más que un trecho.
—Nadie quiere verme muerto. Su problema es que cree que todo tiene que significar algo.
Ese era uno de mis problemas. No podía negarlo.
—Solo por curiosidad —dijo—, ¿qué le pareció?
—¿Qué me pareció qué?
—Mi necrológica —adelantó el cuerpo y empezó a juguetear con el salero y el palillero, entrechocándolos y moviéndolos por el mantel como si fueran una pareja de baile—. Quiero decir, ¿se hizo una idea de quién era yo, del tipo de persona que soy?
Negué con un gesto de cabeza.
—¿No le chocó nada en concreto?
Dije que no.
—Ya veo. ¿Y qué es exactamente lo que le hace recordar a alguien, si no le importa decírmelo?
—Mire —dije—, después de todo el día escribiendo necrológicas, terminan confundiéndose unas con otras.
—Sí, pero seguro que recuerda algunas.
—Sí, algunas sí, claro.
—¿Cuáles?
—Las de los escritores que me gustan. Las de los grandes jugadores de béisbol; las de las estrellas de cine de las que he estado enamorado.
—Famosos, en otras palabras.
—Algunos sí, pero no todos.
—Puedes ser una buena persona sin ser famoso —dijo él—. La gente con grandes apellidos no siempre son grandes personas.
—Es verdad —dije—, pero es, como si dijéramos, la verdad de quienes no tienen grandes apellidos.
—¿Ah, sí? ¿Y eso qué?
No respondí.
—Si lo único que le impresionan son los apellidos, no podrá ver más allá de sus narices. Al menos como yo lo entiendo —me miró fijamente y agarró el salero y el palillero como un soldado a punto de disparar una ráfaga de ametralladora.
—Pero no es lo único que me impresiona.
—¿Ah, sí? ¿Y qué otras cosas le impresionan?
Me pensé la respuesta.
—La distinción moral —dije.
Givens repitió mis palabras. Sonaron pomposas.
—Ya sabe a lo que me refiero.
—Corríjame si me equivoco —dijo él—, pero me da la sensación de que la distinción moral no es precisamente lo suyo.
No discutí.
—Y está claro que no es famoso.
—Desde luego que no.
—No queda muy bien parado que digamos.
Al no responder yo, dijo:
—¿Cree que recordaría algo de su propia necrológica?
—Probablemente no.
—No hay probablemente nada que valga. No volvería a pensar más en ella.
—Vale. Seguro que no.
—No volvería a pensar en ella. Y cometería un error. Porque si se fijara bien, probablemente vería que tiene otras cualidades. Buenas cualidades. Todo el mundo tiene algo de lo que enorgullecerse. ¿De qué se puede enorgullecer usted?
—Soy un resistente —dije. Pero no creía que ese dato pudiera tener mucho peso en una necrológica.
Givens dijo:
—En mi caso es la fidelidad. La fidelidad ha sido la pauta más importante de mi vida. Se habría dado cuenta si hubiera tenido los ojos abiertos. Cuando uno lee que un hombre ha servido a su país en tiempo de guerra, que ha permanecido cuarenta y dos años con la misma mujer y trabajado durante el mismo número de años en el mismo sitio, eso debería decirle algo. ¡Por el amor de Dios! Eso debería darle una idea de algo.
Se paró y asintió con un gesto de cabeza a sus propias palabras.
—Y no siempre ha sido fácil —dijo.
Tuve que reírme, sobre todo de mí mismo por haber sido tan tonto de no haberme dado cuenta antes.
—Fue usted —dije—. Usted lo hizo.
—¿Hice qué?
—Llamó para dar los datos de la necrológica.
—¿Por qué iba a hacer yo semejante cosa?
—Usted sabrá.
—Eso significaría admitir que lo hice —Givens no pudo evitar sonreír, orgulloso de su astucia.
Entonces yo le dije:
—Creo que ha perdido el poco juicio que tenía —pero no lo pensaba. Encontraba sentido a lo que había hecho Givens e incluso, a pesar de mí mismo, lo admiraba. Había soñado con la forma de asistir a su propio funeral. Se probaría su mortaja, por así decirlo, se vería de cuerpo presente y escucharía su propio responso. Y lo mejor de todo es que luego resucitaría. De eso se trataba, aunque pensara que lo hacía para asustar a Dolly o para exhibir sus virtudes. El asunto era resucitar, y este empleado de hacienda lo había probado. Era bíblico.
—Es usted un caso, señor Givens. Un caso de verdad.
—No he venido aquí a que me insultaran.
—Tranquilo —le dije—. No estoy enfadado con usted.
Se levantó arrastrando la silla y se quedó de pie frente a mí.
—Tengo mejores cosas que hacer que quedarme aquí sentado oyendo cómo se lanzan acusaciones contra mí.
Le seguí fuera. No pensaba dejar que se marchara así. Tenía que darme algo antes.
—Admita que lo hizo —dije.
Se volvió y empezó a subir por Powell Street.
—Solo admítalo —repetí—. No lo utilizaré en su contra.
Siguió su camino, sacando la cabeza como las tortugas, sorteando a la multitud. Andaba rápido, deslizándose entre la gente. Por fin lo agarré del brazo y lo arrastré hasta un portal. Sus músculos se tensaron bajo mis dedos. Dio un tirón y casi se soltó, pero yo lo agarré más fuerte, y quedamos así prendidos en una pelea inmóvil.
—Admítalo.
Movió la cabeza, negándolo.
—Le romperé el cuello si me obliga a hacerlo —le dije.
—Adelante —me contestó.
—Si le pasara algo ahora, su necrológica sería una noticia de veras. Y entonces yo recuperaría mi trabajo.
Intentó soltarse de nuevo, pero no le dejé moverse.
—Sería una historia fabulosa —dije.
Sentí que su brazo se relajaba. Y entonces dijo un «sí» casi inaudible. Solo esa palabra.
No iba a sacarle más de eso. Tendría que conformarme. Cuando le solté el brazo, hundió la cabeza entre los hombros y se zambulló en la corriente de viandantes. Yo volví a Tad’s a buscar mi caja. Delante de mí, un tipo que hacía mimo seguía a un fantoche de traje y chaleco, remedando su seguridad de ejecutivo, la arrogancia de su barbilla. Una chica soltó una sonora carcajada, y el fantoche se volvió. El tipo del mimo se paró en seco. Todavía seguía en la misma postura cuando pasé a su lado. Le eché una moneda esperando que me dejara en paz.








