Mostrando las entradas con la etiqueta Fútbol. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Fútbol. Mostrar todas las entradas

jueves, octubre 02, 2025

«Colo-Colo Continuación del mito: Una forma de criar», de Gabriel Zanetti




 
Mi papá era un hincha inusual. Parecía más contento cuando perdía la U que cuando ganaba Colo-Colo. Recuerdo haber celebrado juntos, gritando por la ventana de living los goles de River Plate contra el equipo azul, en la semifinal de la Libertadores de 1996. Los vecinos nos gritaban «¡argentinos culiaos!». Pero nunca lo vi tan descompensado como el día que los Chunchos ganaron el torneo nacional después de veinticinco años. Veníamos de no sé dónde, mi mamá de copiloto, mis hermanas pequeñas y yo atrás. El hombre escuchaba la radio tranquilo hasta que le cobraron un penal a la U, a diez minutos del final. Patricio Mardones la echó adentro. Lo que restaba de partido fueron chuchadas hasta que terminó el encuentro. Apagó la radio, antes de que sonara el «Ser un romántico viajero». 

Siguió el camino a casa en silencio durante varios minutos. El Fiat 147 blanco parecía un funeral. De pronto, volvió al planeta. Comenzó a tapar a puteadas a los autos que tocaban la bocina, a los adherentes de Universidad de Chile que agitaban sus banderas en las esquinas. Yo tenía 11 años, no me daba mie do. Mi papá era mi héroe y le encontraba la razón. Bajé la ven tana y emulé su actitud, hasta que mi mamá se dio vuelta y me retó. El tema era con la U. Si campeonaba Católica o cualquier otro equipo le daba lo mismo. 

Le alteraba que hablaran más de la selección chilena que de Colo-Colo. Odiaba a Marcelo Salas, a pesar de su incuestionable talento. «No le llega ni a los talones a Zamorano», decía cada vez que se le presentaba una oportunidad. «La selección 23 siempre ha sido Colo-Colo más un par de jugadores de otros equipos», aseguraba. Prefería los planteamientos defensivos, esos que ganaban de contragolpe a la italiana. Los fines de semana abría los ojos temprano para ver el Calcio en la rai. A pesar de ser del Inter de Milán, gozaba con cualquier partido, le daba estabilidad emocional. 

Le gustaba mucho Arbiza, Garrido, Barticciotto, Emerson Pereira y Jaime Pizarro. Me contaba con nostalgia sobre la cali dad de Caszely y Chamaco Valdés… «Si jugaran hoy serían cracks en los principales cuadros europeos». Admitía la calidad de Leonel Sánchez y Alberto Fouillioux, que según él inventó el chanfle. Nunca le perdonó al Cóndor Rojas la cagada en el Maracaná. También consideraba a Parraguez y a Mario Leppe. No soportaba a los jugadores «pichuleros». 

Cuando veíamos los partidos por televisión ponía el volumen muy fuerte y me dejaba solo. Se dedicaba a hacer cosas, a limpiar, ordenar ropa o maestrear. Al escuchar el grito de gol, corría a la pieza, miraba la repetición y decía «Vamos». Era in capaz de observar cómo se resbalaba un defensa y nos metían una pepa. Sufría por el equipo, como lo hacía con todo lo cercano a él. Sus reacciones en torno al dolor eran al estilo de Santino Corleone: Colo-Colo era parte de su familia. 

Las veces que me llevaba al Monumental cambiaba radical mente de switch. Algo lo tranquilizaba al ir a la sede de Cienfuegos, comprar dos entradas, las que me mostraba con una sonrisa orgullosa. Yo contaba los días, mañana a mañana antes de ir al colegio, abría esa olla inmensa de loza blanca con motivos celestes para tallarinatas que usaba para guardar papeles, cuentas, boletas, recordatorios. Leía Colo-Colo versus Católica; Colo-Colo versus Nacional; Colo-Colo versus Estudiantes de la Plata. Acariciaba esos cartones. 

Los días de partido copero faltaba al colegio. Me iba con él a su compraventa de autos ubicada en Exequiel Fernández y Camino Agrícola. Desde temprano, me entretenía rellenando talonarios de venta o molestando a los mecánicos preguntando por qué fallaba el motor. Me quedaba con ellos hasta que el tarro partía. A la hora de almuerzo, salíamos a comprar repuestos a 10 de Julio, y después comíamos un churrasco. La tarde pasaba lenta, hasta que mi papá decía «Yapos, hijo, vamos». 

Me sorprendía que le cambiara tanto el carácter. Agarrábamos el auto más fácil de sacar del negocio y menos panero. Bajábamos al Monumental. Recuerdo un partido: Colo-Colo versus Estudiantes, a quienes vencimos 4-2 de ida, primer triunfo de un equipo chileno en tierras argentinas. Había con fianza. Mientras caminábamos, como siempre, aparecían los macheteros. Mi papá abría la chauchera, pasaba unas gambas y decía «Disfruten las chelitas, cabros». 

Un desconocido Martín Palermo marca el primer gol para el Pincharrata, a poco de iniciado el partido. En la segunda parte, Basay empata. El mismo 9 hace un golazo de globito y sentencia el 2-1 para el Cacique. Mi viejo ya no estaba eufórico. Su tranquilidad me asombraba. Salimos de la mano entre la multitud. Mi papá siempre lo hacía así, yo era su tesoro. De regreso a casa, escuchábamos la radio Cooperativa. Llegábamos al departamento de la Villa Frei, besaba a mis hermanas y a mi mamá, prendía la estufa a parafina afuera del departamento, y cuando amainaba el olor del combustible, la entraba, ponía la tetera encima, y cuando hervía tomábamos once. 

Mi papá era moderno para su época. Tomaba en brazos a mis hermanas, las bañaba y metía a la cama. A pesar de la realidad constatada día a día, a nadie se le pasa por la cabeza que a un ser querido lo afecte una enfermedad mortal. «El Tavi» —por Octavio—, mi padre, luchó cuatro años contra 25 una fibrosis pulmonar. Cuando lo iba a ver al hogar de ancianos me preguntaba por Colo-Colo. Tenía todos los canales, pero era incapaz de ver un partido. Yo le decía: «Vamos prime ros, la U en la mitad de la tabla». Sentado frente a él, hablando fuerte para que el sonido del saturador de oxígeno no me cortara la voz, sacaba la ficción del bolsillo y relataba: «El domingo jugamos contra Unión Española. Íbamos 0-0, Colo-Colo defendiendo, de milagro uno de los muertos de la línea de cuatro rechaza un pelotazo y se la echan a correr a Paredes. Puta viejo, el Tanque a puro cuerpo y codazos se las arregló para entrar al área. Puntete abajo y ganamos». «¿En serio hijo?». «A lo campeón, papi, como siempre». Nunca olvidaré su sonrisa. Cuando voy al cementerio a dejarle flores, guardo unas poquitas para el mausoleo de los Viejos Cracks de Colo-Colo.


Publicado por el Fondo de Cultura Económica, 2025
























miércoles, noviembre 27, 2024

Carta de Adriano Leite Ribeiro




 
¿Sabes lo que es ser una promesa?

Yo lo sé.

Incluso una promesa incumplida.

El mayor desperdicio en el fútbol: Yo.

Me gusta esa palabra, desperdicio.

No sólo porque es musical, sino porque me encanta desperdiciar mi vida. Soy bueno así, desperdiciando frenéticamente. Me gusta esa etiqueta.

Pero nunca he atado a una mujer a un árbol, como dicen.

No tomo drogas, como intentan demostrar.

No soy un criminal, pero por supuesto podría haberlo sido.

No voy a discotecas.

Siempre voy al mismo sitio, el quiosco de Naná, si quieres conocerme, pásate.

Bebo todos los días, sí, y los días que no lo hago a menudo también.

¿Por qué alguien como yo llega a beber casi todos los días?

No me gusta satisfacer a los demás. Pero aquí va una.

Porque no es fácil ser una promesa que sigue endeudada. Más aún a mi edad.

Me llaman el Emperador.

Imagínate.

Un tipo que salió de las favelas para ganarse el apodo de Emperador en Europa. ¿Quién puede explicarlo, hombre? Todavía no lo entiendo. Quizás no hice tantas cosas mal, ¿no?

Mucha gente no entiende por qué abandoné la gloria del campo para sentarme aquí bebiendo en aparente deriva.

Porque en algún momento quise hacerlo, y es el tipo de decisión de la que es difícil retractarse.

Pero ahora no quiero hablar de eso. Quiero que me acompañes a dar un paseo.

Hace muchos años que vivo en Barra da Tijuca. Pero mi ombligo está enterrado en la favela Vila Cruzeiro. Complexo da Penha.

Súbete tú también. Vamos en moto. Así es como me siento.

Te haré saber que estamos brotando en la zona. Hoy entenderás lo que Adriano hace realmente cuando está con sus compañeros en un lugar muy especial. Nada de folclore ni titulares de periódicos mentirosos. Lo real. Lo real.

Vamos, amigo. Está amaneciendo. Pronto el tráfico estará paralizado. No lo sabías, ¿verdad? De aquí a Penha en la Línea Amarilla es rápido. Pero sólo si es en ese momento.

¿Vamos?

Así es. Justo en la entrada de la comunidad. El campo de Ordem e Progresso. Mierda, he jugado más fútbol aquí que en San Siro. Habla claro, neguinho.

Fíjate que para entrar y salir de Vila Cruzeiro tienes que pasar por delante del campo. El fútbol se impone en nuestras vidas.

Mi padre fue realmente feliz aquí. Almir Leite Ribeiro. Se le podía llamar Mirinho, así era conocido por todos. Un tipo con una gran reputación. ¿Estoy mintiendo? Pregúntale a cualquiera.

Los sábados se levantaba temprano, preparaba la mochila y quería ir al campo enseguida. «Vamos, amigo. Te estoy esperando. Vamos, hoy va a ser un partido duro», decía. Nuestro equipo de campo se llama Hang. ¿Por qué ese nombre? No lo sé, mierda. Cuando lo conocí ya era así. Jugué mucho tiempo con la camiseta amarilla y azul. Ya lo creo. Igual que la del Parma. Incluso después de irme a Europa, no abandoné la escena local.

Por supuesto. Volvería de vacaciones de Italia y no haría otra cosa. Cogería un taxi en el 
aeropuerto y vendría al Cruzeiro inmediatamente. Joder. Ni siquiera pasé antes por casa de 
mi madre.

Me bajaba en la entrada del cerro, dejaba las maletas y subía gritando. Llamaba a la casa del difunto Cachaça, mi gran amigo, y de Hermes, otro amigo de la infancia. Llamaba a la ventana «¡Despierta, cabrón! ¡Venga! ¡Vete!». Jorginho, mi otro gran amigo de la infancia, se unía y luego se olvidaba de todo. Estos tipos colorearían siete a los catorce. No nos conocían hasta días después. Dábamos vueltas por todo el complejo jugando a la pelota, en la resenha, de lugar en lugar. ¡Ni un caballo lo aguanta!

Uno de los grandes clásicos de Hang fue contra Chapa Quente. Incluso jugamos la final contra ellos. Yo ya estaba en Parma. Mi padre me decía todos los días. «Te he fichado para la liga, amigo. Los chicos están temblando. Llevo un mes diciéndoles ‘viene mi gran hombre’. Y ellos dicen: ‘No vale la pena, Mirinho’. A mí me da igual. Vas a jugar».

Jugué.

Con un vaso de Coca-Cola en la mano, mi padre anunció el once inicial de Hang.

«Hangrismar en la portería.

Boldo com Limão, Richard y Cachaça en defensa».

Maldición, Boldo com Limão era un tipo amargado. Se quejaba de todo. Richard tenía un tiro tan potente –o más– que el mío. Neguinho temblaba para quedarse en la barrera cuando disparaba.

«Hermes en el centro del campo con Alan.

Crézio en la banda derecha y Jorginho en la izquierda, nuestro número siete.

En ataque, Frank, Dingo, el dueño de la camiseta número 10, y Adriano».

Con ese equipo se podría jugar la Champions League.

Calor carioca, típico de fin de año. Música alta. Samba. Todas las morenas caminando de arriba a abajo que les voy a contar... ¡Padre del cielo los bendiga! No hay nada mejor en el planeta, negro.

Somos campeones. Rojão por toda la favela. Un hermoso espectáculo de fuegos artificiales.

Fue en ese campo donde aprendí a beber. Mi padre se volvía loco. No le gustaba ver a nadie 
bebiendo, y menos a los niños.

Recuerdo la primera vez que me encontró con un vaso en la mano. Tenía 14 años y la favela estaba de fiesta. Era el estreno del reflector del campo de Ordem e Progresso, así que organizaron un partido de fútbol con barbacoa.

Había mucha gente, esa alegría típica de las tierras bajas, ¿sabes? Pagode sonando, gente yendo y viniendo. Yo todavía no bebía. Pero cuando vi a todos los chicos bebiendo, riendo, dije: «aaaahhhh». Cogí un vaso de plástico y lo llené de cerveza. Aquella espuma amarga y fina que bajaba por primera vez tenía un sabor especial. Todo un nuevo mundo de «diversión» se abría ante mí. Mi madre estaba en la fiesta y vio la escena. Se quedó callada, ¿verdad? En cuanto a mi padre... Mierda. Cuando me vio con el vaso en la mano, cruzó corriendo el campo como quien no puede perder el autobús. «Puedes parar», dijo. Corto y contundente, como siempre. Yo dije: «Ah, vamos». Mis tías y mi madre se percataron enseguida del movimiento e intentaron calmarlo antes de que la situación empeorara: «Vamos, Mirinho, está con sus amiguitos, no va a hacer nada, están ahí riendo, jugando, déjalos en paz, Adriano también está creciendo», dijo mi madre.

No se hablaba.

El viejo se volvió loco. Me arrebató el vaso de la mano y lo tiró a la cuneta. «Yo no te enseñé eso, amigo», dijo.

Mirinho era un líder en Vila Cruzeiro. Todo el mundo lo respetaba. Y predicaba con el ejemplo. El fútbol era su negocio. Una de las misiones de Mirinho era evitar que los niños se metieran en lo que no debían. Siempre intentaba que los niños jugaran al fútbol. No quería a nadie haciendo el tonto. Y mucho menos holgazaneando en la escuela. Su padre bebía mucho. Era alcohólico. Incluso murió por eso. Así que cada vez que veía a los chicos bebiendo, mi padre no lo dudaba. Tiraba al suelo los vasos y las botellas que tenía delante. Pero era inútil, ¿no? Entonces, la bestia cambió de táctica. Cuando nos distraíamos, sacaba su dentadura postiza y la ponía en mi vaso, o en los vasos de los chicos que estaban conmigo. El tipo era muy maldito. Le echo de menos...

Todas las lecciones que aprendí de mi padre fueron así, en gestos. No teníamos conversaciones profundas. Al viejo no le gustaba filosofar ni dar lecciones. Lo que más me impresionaba era su rectitud cotidiana y el respeto que le tenían los demás.

La muerte de mi padre cambió mi vida para siempre. A día de hoy, es un tema que todavía no he conseguido resolver. Y para que veas cómo son las cosas, toda la mierda empezó aquí, en la comunidad que tanto aprecio.

Vila Cruzeiro no es el mejor lugar del mundo. Todo lo contrario.

Es peligrosísimo. La vida es dura. La gente sufre. Muchos amigos tienen que seguir caminos separados. Mira a tu alrededor y te darás cuenta. Si me parara a contar todos los conocidos que han fallecido, estaríamos aquí hablando días y días… Que el cielo los bendiga. Aquí puedes preguntar a cualquiera. Quien tiene la oportunidad acaba viviendo en otra parte.

Mierda, a mi padre le dispararon en la cabeza en una fiesta en Cruzeiro. Una bala perdida. Él no tenía nada que ver con el problema. La bala entró por la frente y se alojó en la nuca. Los médicos no pudieron extraerla. Después de eso, la vida de mi familia nunca volvió a ser la misma. Mi padre empezó a tener frecuentes ataques.

¿Has visto alguna vez a alguien teniendo un ataque epiléptico delante de ti? Entonces no quieres verlo, negro.

Da miedo.

Tenía 10 años cuando dispararon a mi padre. Crecí viviendo con sus ataques. Mirinho nunca pudo volver a trabajar. La responsabilidad de mantener el hogar recayó enteramente en mi madre. ¿Y qué hizo ella? Se las arregló. Consiguió la ayuda de sus vecinos. Representaba a la familia. Aquí todo el mundo vive con muy poco. A nadie le sobra nada. Pero mi madre no estaba sola. Siempre había alguien que la ayudaba.

Un día, un vecino se acercó con una gran caja de huevos y le dijo: «Rosilda, véndelos para conseguir algo de dinero. Así podrás comprarle la merienda a Adriano». Pero Rosilda no tenía dinero para pagarle. «No te preocupes, hermana. Vende los huevos y me pagarás». Era así. Te lo juro.

Otro vecino le consiguió una garrafa de gas. «Rosilda, vende éste. La mitad es tuya, la mitad es mía». Y mi madre se iba, intentando conseguir un poco más de dinero trabajando duro cada día. Mi padre se quedaba en casa. Y mi madre corría por dos, mientras mi abuela me llevaba a entrenar.

Una de mis tías consiguió un trabajo con licencia y ticket de comida. Le dio a mi madre los resguardos: «Rosilda, no es mucho, pero al menos le comprará una galleta a Adriano».

Sin esta gente yo no sería nada.

Nada.

Maldita sea, toda esta charla me ha dado mucha sed. Detengámonos en el bar de mi amigo Hermes. Eso es detrás de la cancha. Allí en el callejón.

Mi abuela vivía aquí. Señora Vanda, qué personaje. Te lo dije, ¿verdad? «Adi-ra-no, hijo mío! Ven a comer palomitas de maíz». La abuela no puede decir mi nombre correctamente hasta el día de hoy.

Me quedaba en su casa todos los días cuando era niño. Mi madre, mi padre y yo vivíamos en la Rua 9, que está colina arriba. ¿Quieres ir a ver? Es complicado. Hay mucha actividad. Mejor nos quedamos aquí abajo. La favela tiene ciertas reglas que debemos respetar.

Cuando era pequeño, mi madre se iba a trabajar y me dejaba con la abuela. Me llevaba a la escuela y luego al Flamengo. Empecé a correr muy pronto, eso es innegable.

¡Hermes, mi amigo! Saca el dominó para nosotros. Ten cuidado, roba mucho. No caigas con el grupo. Hermes es travieso. Siéntate aquí, Jorginho.

Solíamos bañarnos en un pozo al final del callejón. Así es una piscina de favela, amigo. No lo sabías, ¿verdad? Mierda, si hace calor en la zona sur, donde vive la gente más acomodada de Río, imagínate en una comunidad de la zona norte... Los niños sacan un balde y se refrescan como pueden. Te diré que hasta el día de hoy prefiero eso, ¿sabes? Sólo me meto en la piscina, en el mar, ese tipo de cosas, para divertirme. Pero soy muy feliz duchándome en el tejado, o cuando me echo un balde de agua en la cabeza.

¿Ves el movimiento de gente por aquí? ¿Y el ruido? Joder, la favela es muy diferente. Abres la puerta de casa y ves a tu vecino. Sales y ahí está el dueño del mercadillo, la tía con la manga pastelera en la mano, el primo del barbero llamándote para jugar al fútbol. Todo el mundo se conoce. Claro, una casa está al lado de otra, ¿no?

Esa fue una de las cosas que más me extrañaron cuando me mudé a Europa. Las calles son silenciosas. La gente no se saluda. Todo el mundo está solo. Las primeras Navidades que pasé en Milán fueron duras para mí.

El fin de año es un momento muy importante en casa. Reúne a todos. Siempre ha sido así. Rua 9 estaba llena porque Mirinho era el hombre, ¿no? La tradición empezó allí. También en Nochevieja, la favela se reunía frente a mi casa.

Cuando me fui al Inter sentí un golpe muy fuerte el primer invierno. Llegaron las Navidades y estaba solo en mi piso. Hacía mucho frío en Milán. Esa depresión que golpea en los meses fríos en el norte de Italia. Todo el mundo con ropa oscura. Las calles están desiertas. Los días son muy cortos. El tiempo está húmedo. No tienes ganas de hacer nada. Todo esto se combinó con la nostalgia y me sentí muy mal.

Seedorf seguía siendo demasiado socio. Él y su esposa prepararon una cena para sus seres más cercanos y me invitaron. Vaya, el negro tiene un gran nivel. Imagínese la recepción navideña en su casa. Fue tan elegante. Todo era precioso y delicioso, pero la verdad es que yo quería estar en Río de Janeiro.

Ni siquiera pasé mucho tiempo con ellos. Me disculpé, me despedí rápidamente y volví a mi piso. Llamé a casa. «Hola, mamá. Feliz Navidad», dije. «¡Hijo mío! Te echo de menos. Feliz Navidad. Todo el mundo está aquí, sólo faltas tú», contestó ella.

Se oían las risas de fondo. El sonido fuerte con el ritmo que ponían mis tías para recordar la época en que eran niñas. ¿Qué? Esas chicas bailan como si estuvieran en el baile de graduación hasta el día de hoy. Mi madre es igual. Podía ver la escena delante de mí con sólo escuchar el ruido del teléfono. Joder, me puse a llorar enseguida.

«¿Va todo bien, hijo mío?», preguntó mi madre. «Sí, todo bien. Acabo de volver de casa de un amigo», dije. «Ah, ¿ya has cenado? Mamá todavía está poniendo la mesa», dijo, «incluso habrá pastel esta noche». Maldición, eso fue un golpe bajo. Los pasteles de la abuela son los mejores del mundo. Realmente lloré. Como un loco.

Empecé a sollozar. «Está bien, mamá. Disfrútalo entonces. Que tengas una buena cena. No te preocupes, todo está bien aquí».

Yo estaba muy mal. Me tomé una botella de vodka. Sin exagerar. Me la bebí entera yo solo. Me llené el culo de vodka. Lloré toda la noche. Me derrumbé en el sofá de tanto beber y llorar. Pero eso fue todo, amigo. ¿Qué podía hacer? Estaba en Milán por una razón. Era lo que había soñado toda mi vida. Dios me había dado la oportunidad de convertirme en futbolista en Europa. La vida de mi familia había mejorado mucho gracias a mi sudor y a todo lo que había hecho por mí. Y que ellos también habían hecho. Ese era un pequeño precio a pagar para mí en comparación con lo que estaba pasando y lo que aún estaba por pasar. Me daba cuenta de ello. Pero eso no impidió que me sintiera triste.

¿Subimos a la losa de Tota? Ese es mi refugio. Llamaré a las motos. Tomaremos nuestro danone y te mostraré la vista de todo el complejo. ¡Vamos, amigo!

Déjame encender el tutufi. Tutufi, maldita sea. No lo entiendes, ¿verdad? Para conectar el móvil al altavoz, mierda. Ah, no sé decir esas palabras en inglés, joder. Sólo estudié hasta séptimo grado, carajo. En la favela tienes que subir el volumen, hermano. Aquí sólo se oye música así.

Está Grota, está Chatuba, aquí está Cruzeiro. Es todo lo mismo, de verdad. Una al lado de la otra. Pero son comunidades diferentes en el complejo Penha. Y esa es la Iglesia de Penha, en lo alto, bendiciéndonos a todos. Sí, tengo la iglesia colgando de mi cuello en este medallón aquí. ¿Te gusta? Pues póntelo para reírte. Te estoy bautizando en nuestra comunidad. Qué moraleja, ¿eh?

Cuando me «escapé» del Inter y dejé Italia, vine a esconderme aquí. Recorrí todo el complejo durante tres días. Nadie me encontró. No hay manera. Ley número uno en la favela. Mantén la boca cerrada. ¿Crees que alguien me delataría? La prensa italiana se volvió loca. La policía de Río incluso llevó a cabo una operación para «rescatarme». Dijeron que me habían secuestrado. Estás bromeando, ¿verdad? ¿Te imaginas que alguien va a hacerme daño aquí, sobre todo yo, que soy de la favela? Nego me lo reprochó mucho.

Me gustara o no, era la independencia que necesitaba. No soportaba salir a la calle en Italia y tener que mirar a mi alrededor para saber dónde estaban las cámaras, quién se acercaba, si eran periodistas, delincuentes, estafadores o lo que fuera.

En mi comunidad no existe eso. Cuando estoy aquí, nadie de fuera sabe lo que hago. Ese era su problema. No entendían por qué me fui a la favela. No fue por la bebida, ni por las mujeres, ni mucho menos por las drogas. Fue por la libertad. Fue porque quería paz. Quería vivir. Quería volver a ser humano. Sólo un poco. Joder, es verdad. ¿Y qué?

Traté de hacer lo que querían. Negocié con Roberto Mancini. Luché con José Mourinho. Lloré en el hombro de Moratti. Pero no pude hacer lo que me pidieron. Estuve bien durante unas semanas, evité el danone, me entrené como un caballo, pero siempre había una recaída. Y todo el mundo me echaba la culpa. No podía soportarlo más.

La gente hablaba mucha mierda porque estaban todos avergonzados. «Amigo, Adriano dejó de ganar siete millones de euros. ¿Lo ha dejado todo por esta mierda?», era lo que más oía. Pero nadie sabe por qué lo hice. Porque no estaba bien. Necesitaba mi espacio, para hacer lo que quería.

Ya lo ves. ¿Hay algo más en nuestra gira? No. Siento decepcionar a alguien. Pero lo único que busco en Vila Cruzeiro es paz y tranquilidad. Aquí paseo descalzo y sin camiseta, sólo con pantalones cortos. Juego al dominó, me siento en el cordón, recuerdo las historias de mi infancia, escucho música, bailo con mis amigos, duermo en el suelo. Veo a mi padre en cada uno de estos callejones.

¿Qué más quiero?

Ni siquiera traigo mujeres aquí. Ni siquiera me meto con las chicas de la comunidad. Porque sólo quiero estar tranquilo y recordar mi esencia.

Nada más allá de eso.

Hago lo que quiero.

Si quieres venir, ven.

Por eso siempre vuelvo.

Aquí se me respeta de verdad.

Aquí está mi historia.

Aquí aprendí lo que es la comunidad.

Vila Cruzeiro no es el mejor lugar del mundo.

Vila Cruzeiro es mi lugar.



12 de noviembre, 2024












Contribución a DscnTxt de Alejandro Boverio
















jueves, septiembre 28, 2023

“Torneo 73”, de Jorge Velásquez





Tadeo Velásquez, central del Tricolor

y Amado Millán Manquilepi, del San Luis de Lin Lin

jugaron su propio partido en Achao

Los cruzaron en la cancha más oscura y sin faroles

            Podían intuirse hasta los descuentos

 

Habían metido un gol, dicen, afuera del partido

Aunque nunca en su bendita inocencia gritaron por la UP

 

No ganaron la Libertadores ese año

 

y Teniente Rastrillo

precisamente no era uno de sus hinchas

 

Estuvieron, me cuentan, frente a un arco vacío

 

esperando

 

una o dos Tarjetas

 

Más rojas que el horizonte.

 

 

 

en La iluminada circunferencia, 2006




















jueves, diciembre 29, 2022

Entrevista a Pelé, de Maurizio Fontana




(1940-2022)

 
¿Quién ha sido el mejor futbolista de la historia?
Probablemente uno fue el mejor de todos, jugó en Brasil y lo llamaron O Rei do Futbol.

¿Pero los niños dicen que es Kaká e Ibrahimovic?
No puedo creerlo. Pero, después de todo, el fútbol es, para los más pequeños y por suerte, sólo eso: pura diversión, bridas sueltas detrás de una pelota e imaginación.

¿Qué jugadores resaltaría usted?
Eso es algo difícil de decir, porque la gente siempre recuerda al gran delantero, al goleador… Sin embargo, ha habido grandes campeones entre los defensas y porteros: Beckenbauer, Jascin, Nesta... Sería una lista muy larga.

¿Y quién fue el más difícil de vencer?
Definitivamente, Bobby Moore y Beckenbauer. Porque no sólo eran fuertes, sino también muy inteligentes.

¿Cuándo nació Pelé, y dejó usted de ser Edson Arantes?
Cuando tenía 7 u 8 años, jugando al fútbol en las calles de Sao Paulo.

¿Y cómo sucedió?
Mi padre también era futbolista, llamado Edson, y en ese momento vivíamos en Bauru, en el estado de Sao Paulo. Yo también me llamaba Edson, y estaba orgulloso de llevar ese nombre. Sin embargo, un día me equivoqué al pronunciar correctamente algunas palabras, y los niños con los que jugaba en la calle empezaron a burlarse de mí, y empezaron a llamarme Pelé, nombre que significa lisiado. Eso me ofendió, y yo les respondí: «No me llamo así. Mi nombre es Edson», y me peleé con ellos. El hecho es que esos mismos niños iban a mi colegio, y así fue como todos, por burla y para enojarme, empezaron a llamarme «Pelé, Pelé, Pelé».

Cuando era niño, ¿alguien dijo: este niño nunca será campeón?
En realidad no. Pero te cuento un hecho curioso. Durante el Mundial de 1958, la selección de Brasil llevó también a un psicólogo, por primera vez. Se llamaba João Carvalhaes, y en el vestuario empezó a hacer entrevistas, investigaciones y estudios, hasta que finalmente dijo al entrenador: «Pelé es demasiado joven para jugar en la Copa del Mundo». Según él, ni siquiera Garrincha podía salir al campo, por ser un niño bastante ruidoso (¡con 22 años!). En resumen, su consejo fue: ni Pele ni Garrincha para la selección. Afortunadamente, el entrenador sabía cómo mirar más allá, y me seleccionó aunque tuviera 17 años.

¿Qué se necesita para ser un campeón?
En primer lugar, respetar tu cuerpo. Y en segundo lugar nunca pensar en ser el mejor. En el momento en que creas que tú eres el mejor, llegará otro mejor que tú, sin duda alguna.

¿Quién le enseñó a usted a jugar al fútbol?
Mi padre. Él fue mi primer maestro de fútbol, y sobre todo el maestro de mi vida. Dios me dio el don de saber jugar al fútbol, y todo lo que he conseguido es enteramente un regalo de Dios. No obstante, mi padre me enseñó a usar ese don de Dios, la importancia de estar siempre bien preparado, y que además de saber jugar bien tenía que hacerlo.

Veo que es usted religioso.
Mi padre me enseñó a ser un hombre, y unos valores que he tenido el privilegio de compartir con tres papas. Por esos valores me considero un hombre muy afortunado, así como por haber podido conocer y recibir la bendición de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Con esos tres papas he podido hablar sobre la vida y sobre Dios, y todavía mantengo las fotos que ellos me enviaron desde el Vaticano. Fueron encuentros muy importantes para mí, y de ellos estoy muy feliz. Se quedaron grabados en mi corazón.

¿Cuánto costaría hoy Pelé?
Pelé no tendría precio.

Pero a usted también intentaron comprarlo.
Efectivamente, recibí propuestas del Real Madrid, Milán, Inter y Juventus. Y recuerdo que Agnelli había abierto la fábrica de Fiat en Brasil y quería pagarle al Santos con acciones de Fiat. Pero el Santos fue un gran equipo para mí y jugamos muy bien. No quise dejarlo. Sólo al final de mi carrera fui a Estados Unidos, al Cosmos, por dos temporadas y a un campeonato que sólo duraba 6 meses.

¿Qué piensa de los fichajes de hoy día?
Es difícil hacer una comparación con otras épocas o momentos diferentes. Pero hoy día, el joven comienza a jugar al fútbol pensando cuánto dinero podrá ganar, sin importarle dónde juegue. Un futbolista va al Real Madrid y besa la camiseta. Al día siguiente cambia de equipo y besa la nueva chaqueta jurando amor eterno. En realidad, solo aman a quienes más les pagan. Y todo esto es peligroso para el futuro del deporte.

Efectivamente, el Real Madrid es el gran protagonista del mercado. ¿Que piensa de eso?
Sólo sé que no es justo ni democrático, pues al final el grande siempre se come al más pequeño. Quizás sea esto normal hoy día, pero es peligroso para el fútbol.

¿Qué eliminaría usted del fútbol actual?
La violencia, que es una plaga que desafortunadamente caracteriza a nuestra sociedad. Si la violencia estuviera relacionada con el mundo del fútbol, realmente la eliminaría. No obstante, tanto en el ámbito del fútbol como en el ámbito de la vida, el mundo entero está cambiado para bien, y yo veo más integración. Y si no, piense en aquel Mundial de 1958, cuando sólo Brasil tenía jugadores negros. Este es un signo tangible de una gran transformación social.

¿Cuál debería ser el papel del deporte, en este mundo cambiante?
El deporte ayuda a que los niños crezcan más sanos, y los mantiene alejados de las drogas y situaciones de malestar social. Si pensamos en fútbol, podemos considerar que la FIFA tiene más países afiliados que la ONU. Quiero decir que el fútbol se las arregla para llegar donde la política falla. Pues igual que en el fútbol, piense en cuántos millones de deportes podrían practicarse en el mundo. El deporte es realmente un factor de agregación muy fuerte.

¿Es el momento de Brasil, para unas Olimpiadas?
Los Juegos Olímpicos han viajado por el mundo entero, pero nunca han tocado América del Sur. Creo que Brasil está listo. Ahora mismo, vengo de visitar Olimpia, y de promocionar allí la candidatura de Río, en el lugar donde nacieron los Juegos Olímpicos.

¿Qué Mundial es el que más lleva en su corazón?
Yo diría que todos, pues cuando ganas, siempre tienes buenos recuerdos. Pero si tuviera que elegir, diría que el Mundial de 1970, porque es el único en el que participé jugando las clasificaciones, las rondas eliminatorias y las etapas finales. Dos años en total. Por eso lo siento de forma especial. Lamento que en la final venciéramos a Italia, pero ése es el Mundial que más amo.

Más de 1.280 goles. ¿Cuál ha sido el más emocionante?
Creo que fue el número 1000, que anoté en el Maracaná el 19 noviembre 1969, en un Santos contra el Vasco da Gama. Porque por primera vez mis piernas temblaron frente al disco, ¡y eso que era un penalti! Pero el mundo entero estaba esperando ese objetivo, y en ese momento sentí todo el peso de la responsabilidad, y que no podía fallar. Y pensar que en ese estadio marqué goles de regate, de revés, de cabeza y de mil maneras… Ese penalti fue realmente especial. Recuerdo que un periodista dijo que Dios había preparado el juego para que mi objetivo número 1000 coincidiera con un penalti, pues de ese modo, todo el mundo podría detenerse a mirarlo.

Fue el momento en que dijo usted que «los brasileños cuidasen de sus hijos». ¿Aceptó Brasil esa apelación?
Fue una frase que fluyó de mi corazón, y era como si Dios mismo me empujara a decir esas palabras. Hoy día, los niños de esa época, que conocí personalmente en la calle, son papás. Pero, lamentablemente, poco han cambiado. Todavía hay mucha violencia en Brasil, quizás demasiada.

¿Cómo ve usted la situación en Brasil?
En cierta ocasión me tuve que subir a la cabina del capitán Michele de Gregorio, a bordo del barco Costa Serena, como signo de solidaridad en favor de los niños enfermos y desfavorecidos en Brasil. Con eso lo digo todo.

¿Qué diría a los jóvenes que se deciden por el fútbol?
Que no jueguen pensando cuánto dinero ganarán ni dónde le pagarán más, sino que amen a sus equipos.



en  L'Osservatore Romano, el 9 julio 2009














lunes, diciembre 19, 2022

«Bajo la lluvia, en el frío, de noche». Carta de Ángel Di María




Campeón del Mundo 2022 con la Selección Argentina


Me acuerdo cuando recibí la carta del Real Madrid. La rompí antes de abrirla.

Esto pasó en la mañana de la final del Mundial 2014, exactamente a las 11. Yo estaba sentado en la camilla a punto de recibir una infiltración en la pierna. Me había desgarrado el muslo en los cuartos de final, pero con la ayuda de los antiinflamatorios ya podía correr sin sentir nada. Les dije a los preparadores estas palabras textuales: «Si me rompo, déjenme que me siga rompiendo. No me importa. Sólo quiero estar para jugar».

Y ahí estaba, poniéndome hielo en la pierna, cuando el médico Daniel Martínez entró al cuarto con un sobre en la mano y me dijo: «Ángel, mirá, este papel viene del Real Madrid». «¿Cómo? ¿Qué me estás diciendo?», le dije.

Me contestó: «Bueno, ellos dicen que no estás en condiciones de jugar. Y nos están forzando a que no te dejemos jugar hoy».

Inmediatamente entendí lo que estaba pasando. Todos habían escuchado los rumores de que el Real quería comprar a James Rodríguez después del Mundial, y yo sabía que me querían vender para hacerle lugar a él. Así que no querían que su jugador se rompiera antes de venderlo. Era así de sencillo. Ese es el negocio del fútbol que la gente no siempre ve.

Le pedí a Daniel que me diera la carta. Ni siquiera la abrí. Solamente la rompí en pedacitos y le dije: «Tirala. El único que decide acá, soy yo».

No había dormido mucho la noche anterior al partido. En parte porque los hinchas brasileños habían estado tirando fuegos artificiales y petardos durante toda la madrugada, pero incluso aunque hubiera estado todo en silencio, creo que igual no iba a poder dormir. Es imposible explicar la sensación que uno tiene antes de una final de un Mundial, cuando todo lo que alguna vez soñaste se te pasa por delante de tus ojos.

Sinceramente quería jugar ese día, incluso si se terminaba mi carrera. Pero tampoco quería hacerle las cosas más difíciles al equipo. Así que me desperté muy temprano y fui a ver a nuestro técnico, Alejandro Sabella. Teníamos una relación muy cercana, y si le llegaba a decir que quería jugar, seguramente él iba a sentir la presión de ponerme. Así que le dije honestamente, con una mano en el corazón, que él debía poner al jugador que él sintiera que tenía que poner.

«Si soy yo, soy yo. Si es otro, entonces será otro. Yo sólo quiero ganar la Copa. Si me llamás, voy a jugar hasta que me rompa», le dije.

Y entonces me largué a llorar. No lo pude evitar. Ese momento me había sobrepasado, era normal.

Cuando tuvimos la charla técnica antes del partido, Sabella anunció que Enzo Pérez iba a ser titular, porque estaba al cien por ciento en lo físico. Y bueno, juega él, todo bien. Igualmente, me hice una infiltración antes del partido, y después me di otra durante el segundo tiempo, así podía estar preparado para jugar, si me llegaba a tocar la chance de entrar.

Pero el llamado nunca llegó. Perdimos la Copa del Mundo. Fue el día más difícil de mi vida. Después del partido, los medios empezaron a decir cosas feas del por qué no había jugado. Pero lo que les estoy diciendo es la pura verdad.

Lo que todavía me da vueltas por la cabeza es ese momento en el que voy a hablar con Sabella y me largo a llorar enfrente de él. Siempre me voy a preguntar si él pensó que yo lloraba porque estaba nervioso.

Y en verdad, no tuvo nada que ver con los nervios. Estaba totalmente emocionado por todo lo que ese momento significaba para mí. Estábamos tan cerca de lograr el sueño imposible.

Las paredes de nuestra casa supuestamente eran blancas. Pero nunca me las acuerdo como blancas. Al principio, eran grises. Después se pusieron negras, por el polvillo del carbón. Mi papá era un trabajador del carbón, pero no de los que trabajan en una mina. ¿Alguna vez has visto hacer carbón? Las bolsitas que comprás en cualquier negocio para hacer el asado vienen de algún lugar, y la verdad es que la carbonería es un trabajo muy sucio. Mi viejo solía trabajar abajo de un techo de chapa en nuestro patio y después le tocaba embolsar todos los pedazos de carbón para poder venderlos en el mercado. Bueno, no era sólo él. Tenía sus pequeños ayudantes, eh. Antes del colegio, nos despertábamos con mi hermanita para ayudarlo. Teníamos 9 ó 10 años, que es la edad perfecta para embolsar carbón, porque lo podés transformar en un juego. Cuando llegaba el camión, teníamos que llevar las bolsas pasando por el living y después pasar por la puerta de entrada, así que en definitiva, toda nuestra casa quedaba totalmente negra.

Pero con eso comíamos, y de esa forma mi padre nos salvó de que nos sacaran la casa.

Durante un tiempo, cuando yo era un bebé, a mis padres les iba bien. Pero después mi papá trató de hacer una buena acción para alguien, y eso nos cambió la vida. Un amigo le pidió que le saliera de garante para su casa, y mi papá confió en él. Pero el tipo dejó de pagar y de un día para el otro, desapareció. Así que el banco fue directamente a buscar a mi viejo, que se encontró ahogado teniendo que pagar por dos casas y encima tener que alimentar a nuestra familia.

Su primer negocio no fue el carbón. Trató de convertir la parte del frente de nuestra casa en un pequeño negocio. Compraba bidones de lavandina, cloro, detergentes, todas cosas de limpieza; después los dividía en botellitas y los vendía en nuestro living. Si vivías en nuestro barrio, no tenías que ir a un negocio para comprar un envase de CIF. Era carísimo. Entonces venías a lo de los Di María y mi mamá te vendía un pote por un precio mucho más conveniente.

Todo andaba bastante bien hasta que un día, el varoncito les arruinó todo y por poco no se mató. Sí, es verdad, ¡de chiquito yo era un hijo de puta!

No es que en verdad fuera malo, es sólo que tenía demasiada energía. Era hiperactivo. Un día, mi mamá estaba vendiendo en nuestro «negocio» y yo estaba jugando en el andador. El portón de entrada estaba abierto, cosa de que los clientes pudieran pasar, mi mamá se distrajo, yo empecé a caminar… a caminar… seguí caminando…. ¡tenía ganas de explorar, viste!

Me fui directo a la mitad de la calle y mi mamá tuvo que correr como loca para salvarme de que me atropellara un auto. Por la manera en que ella lo cuenta, fue bastante dramático. Ese fue el último día del negocio de limpieza de Di María. Mi mamá le dijo a mi papá que era demasiado peligroso, y que teníamos que buscar algo distinto.

Ahí fue cuando él escuchó que había una persona que traía los barriles de carbón de Santiago del Estero. Pero lo gracioso es que ni siquiera teníamos la plata como para poder vender carbón. Mi viejo tuvo que convencer a esta persona para que le mandara los primeros cargamentos, cosa de que él los vendiera y así empezar a pagarle.

Así que cuando mi hermana o yo pedíamos por golosinas o cualquier cosa, mi papá nos decía: «¡Estoy pagando dos casas y encima un camión lleno de carbón!».

Me acuerdo de que un día estábamos embolsando el carbón con mi papá, y hacía mucho frío y llovía. Estábamos abajo del techo de chapa. Era durísimo estar ahí. Después de un rato, yo me iba al colegio, que estaba más calentito. Pero mi papá se quedaba embolsando ahí todo el día, sin pausa. Porque si no lograba vender el carbón ese día, nosotros no teníamos nada para comer, así de simple. Y yo pensaba, y de verdad lo creía: Va a llegar un momento en que todo cambie para bien.

Por eso, yo al fútbol le debo todo.

A veces, ser un quilombero tiene sus beneficios. Yo empecé en el fútbol muy temprano, porque a mi vieja la estaba volviendo loca. Me había llevado al pediatra cuando tenía 4 años, y le dijo: «Doctor, no para un segundo de correr. ¿Qué puedo hacer?».

Y como era un buen médico argentino, obviamente le contestó: «¿Qué puede hacer? Fútbol».

Así empecé mi carrera futbolística.

Estaba obsesionado. Era lo único que hacía. Jugaba tanto pero tanto a la pelota, que cada dos meses, los botines se me hacían bolsa. Mi mamá me los pegaba con Poxi-ran, porque no teníamos la plata para comprar nuevos. Cuando tenía 7 años, ya debía ser bastante bueno, porque después de meter 64 goles para el equipo de mi barrio en el año, mi mamá viene un día y me dice: «Los de la radio quieren hablar con vos».

Fuimos a la radio para que me hicieran una nota. Era tan tímido que apenas si pude hablar.

Ese año, mi papá recibió un llamado del entrenador de Rosario Central. Le dijo que me quería ver jugar ahí. La verdad es que fue una situación muy graciosa, porque él siempre fue fanático de Newell's Old Boys. Mi mamá es muy hincha de Central. Si no sos de Rosario, no vas a poder entender nunca la pasión y la rivalidad que hay. Es a muerte. Cada vez que se jugaba el clásico, mis viejos gritaban como locos, se dejaban los pulmones en cada gol, y el que ganaba se la pasaba cargando al otro por un mes.

Así que se imaginan lo emocionada que estaba mi mamá cuando se enteró de que me llamaban de Central.

Mi papá dudaba: «Uh, no sé, es medio lejos. ¡Son 9 kilómetros! No tenemos auto. ¿Cómo lo vamos a llevar hasta allá?».

Y mi mamá le dijo: «¡No, no, no! No te preocupes, yo lo llevo. ¡No es ningún problema!».
Y ahí es cuando nació Graciela.

Graciela era una bicicleta amarilla, oxidada, con la que mi mamá me llevaba todos los días al entrenamiento. Tenía un canastito adelante y espacio para llevar uno más atrás, pero había un problema, porque mi hermanita también tenía que venir con nosotros. Entonces mi papá con una sierra le cortó un cuadrillo de cada lado del canastisto, que es donde se sentaba mi hermana.

Así que imaginen esto: una mujer andando en bicicleta por todo Rosario, con un pibe atrás y una nenita adelante, más un bolso deportivo, con mis botines y algo de comer, en el canasto de adelante. En subida. En bajada. Pasando por los barrios más difíciles. Bajo la lluvia. En el frío. De noche. No importaba. Mi mamá sólo seguía pedaleando.

Graciela nos llevaba donde tuviéramos que ir.

Así y todo, la verdad es que mi época en Central no fue fácil. De hecho, creo que si no fuera por mi mamá, habría dejado el fútbol. No una vez, sino dos. Cuando tenía 15 y todavía no había crecido, tenía un técnico que estaba bastante loco. Le gustaban los jugadores muy físicos y agresivos, y ese no era demasiado mi estilo, viste. Un día, no salté en un córner y al terminar el entrenamiento, nos juntó a todos y ahí, se dio vuelta y me miró. «Sos un cagón, sos un desastre. Nunca vas a llegar a nada. Vas a ser un fracaso», dijo.

Me destruyó. Antes de que terminara de hablar, yo ya me había largado a llorar delante de todos mis compañeros, y al toque me fui de la cancha corriendo.

Cuando llegué a mi casa, me fui directo a mi pieza para llorar solo. Mi mamá se dio cuenta de que había pasado algo, porque cada vez que volvía de un entrenamiento, lo primero que hacía era dejar las cosas y salir a la calle a seguir jugando a la pelota. Entró en mi habitación y me preguntó qué pasaba. Me dio un poco de miedo contarle toda la verdad, porque me preocupaba que agarrara la bici y se fuera pedaleando hasta el club para darle una trompada al técnico. Ella era una persona muy tranquila, pero si le tocabas a uno de los nenes, agarrate… ¡man, empezá a correr!

Le dije que me había metido en una pelea, pero se dio cuenta de que era mentira. Así que hizo lo que todas las madres del mundo hacen en esa situación: llamó por teléfono a la madre de un compañero para saber qué había pasado.

Cuando volvió a mi cuarto, yo seguía llorando y le dije que quería dejar el fútbol. Al día siguiente, no podía ni salir de mi casa. No quería ir al colegio. Me sentía humillado. Pero mi mamá se sentó en mi cama y me dijo: «Vas a volver, Ángel. Vas a volver hoy. Y a ese le vas a demostrar».

Volví al entrenamiento ese día y ahí pasó una cosa increíble. Para empezar, ninguno de los chicos se burló de mí, al contrario, me ayudaron. En cada pelota que venía por arriba, los defensores me dejaban ganar de cabeza. Casi que se aseguraban de que me sintiera seguro. Y eso que el fútbol siempre es competitivo, especialmente en Sudamérica. Cada uno que juega está tratando de tener una vida mejor, viste. Pero siempre, siempre me voy a acordar de ese día, porque mis compañeros vieron que estaba sufriendo y me ayudaron.

Así y todo, yo era muy chiquito y flaquito. A los 16, todavía no me habían promovido, y mi papá se empezó a preocupar. Una noche estábamos sentados en la cocina y me dijo: «Tenés tres opciones: Podés trabajar conmigo. Podés terminar la escuela. O podés probar otro año más con el fútbol. Pero si no funciona, vas a tener que venir a trabajar conmigo».

No dije nada. Era una situación complicada. Necesitábamos la plata. Pero ahí saltó mi mamá y dijo: «Un año más en el fútbol».

Eso fue en enero.

En diciembre de ese año, en el último mes del plazo que nos habíamos puesto, debuté en Primera con Rosario Central.

Desde ese día empezó mi vida deportiva. Pero en verdad, la lucha había empezado mucho antes. Empezó con mi mamá pegándome los botines para poder seguir usándolos, y pedaleando con Graciela bajo la lluvia. Incluso cuando debuté profesionalmente en la Argentina, todavía era una lucha. Creo que la gente que no es de Sudamérica no puede terminar de entender cómo es. Hace faltar vivir ciertas experiencias para creerlas.

Nunca me voy a olvidar cuando nos tocó jugar un partido de Libertadores en Colombia contra Nacional de Medellín. El avión no es el mismo que cuando estás en la Premier League o en La Liga. Ni siquiera es el mismo que cuando jugás en Buenos Aires. Por entonces, Rosario no tenía aeropuerto internacional. Te presentabas en ese pequeño aeropuerto, y el primer avión que estuviera ese día era al que te subías. No hacías preguntas.
Así que nos presentamos para ir a Colombia… y en la pista había uno de esos aviones enormes de carga. ¿Viste esos que tienen una rampa atrás, en los que suben autos y containers? Bueno, ése era nuestro avión. Un Hércules.

Bajan la rampa y ahí los trabajadores empiezan a cargar colchones. Y los jugadores nos mirábamos entre nosotros como diciendo… ¿¡Qué!?

Y nos subimos al avión, y los de mantenimiento que nos dicen: «No, ustedes van atrás, chicos. Acá tienen, usen estos auriculares».

Nos tuvieron que dar esos protectores auditivos gigantescos que usan los militares para tapar el ruido. Nos subimos y había algunos asientos y los colchones para que nos sentáramos. Por 8 horas. Para un partido de Copa Libertadores. Cerraron la rampa y se puso todo negro. Y ahí estábamos nosotros, en los colchones, con los cosos estos sobre las orejas, casi sin poder escucharnos a nosotros mismos. Y el avión empieza a carretear, y nos empezamos a mover, y después en el despegue, nos vamos todos para atrás, y uno de los compañeros grita: «¡Nadie toque el botón rojo! ¡Si se abre esta puerta, nos vamos todos a la mierda!».

Fue increíble. Si no lo hubiera vivido, sería difícil de creer. Pero están mis compañeros de testigos. Pasó de verdad. Esa fue nuestra versión de un avión privado. ¡Un Hércules!

Aunque no lo crean, ese recuerdo me da un poco de alegría. Cuando estás tratando de triunfar en el fútbol argentino, tenés que hacer lo que sea necesario. Y al avión que aparezca ese día, te subís sin hacer preguntas.

Después, si te llega la oportunidad, te tomás el avión con un boleto de ida. Para mí, esa oportunidad fue en Portugal con el Benfica. Quizás muchos hoy miran a mi carrera y dicen: «Wow, se fue al Benfica, después al Real Madrid, al Manchester United, al PSG», y les parece fácil. Pero no se dan una idea de cuántas cosas pasaron en el medio. Cuando llegué al Benfica, apenas si jugué durante dos temporadas. Mi papá dejó el trabajo para irse a Portugal conmigo, y tuvo que estar separado por un océano de distancia con mi mamá. Había noches en que lo escuchaba hablando por teléfono con ella, y lloraba de lo que la extrañaba.

Por momentos, todo parecía como un gran error. No jugaba, lo único que quería era irme, volver a casa.

Hasta que los Juegos Olímpicos de 2008 cambiaron mi vida. Me convocaron de la Selección a pesar de que yo no jugaba nunca para el Benfica. Nunca me lo voy a olvidar. Ese torneo me dio la oportunidad de jugar con Leo Messi, el extraterrestre, el genio. Nunca me divertí tanto jugando al fútbol como en ese torneo. Lo único que tenía que hacer era correr al vacío. Empezaba a correr, y la pelota me llegaba al pie. Como si fuera magia.

Los ojos de Leo no son como los tuyos o los míos. Miran de lado a lado, como los de cualquier ser humano. Pero él también es capaz de mirar a todos desde arriba, como un pájaro. No entiendo cómo es posible, pero es así.

Hicimos todo el camino hasta llegar a la final contra Nigeria, y ese probablemente haya sido el día más increíble de mi vida. Meter el gol que le da el oro a la Selección… no se pueden imaginar la sensación.

Tienen que entender que yo tenía 20 años y ni siquiera jugaba en el Benfica. Mi familia estaba separada. Estaba en un momento de desesperación antes de que me llegara esa convocatoria. En sólo dos años, gané la medalla de oro, empecé a jugar en el Benfica y me vendieron al Real Madrid.

Fue un momento de orgullo no sólo para mí, sino también para toda mi familia y para todos mis amigos que me apoyaron durante todos esos años. Me dicen que mi padre era mejor jugador que yo, pero se rompió las rodillas cuando era joven y su sueño de ser futbolista murió. Y me dicen que mi abuelo todavía era mejor que él, pero perdió las dos piernas en un accidente de tren, y ahí murió su sueño.

Mi sueño estuvo cerca de morir tantas veces.

Pero mi papá siguió trabajando bajo el techo de chapa… mi mamá siguió pedaleando…. y yo seguí corriendo al vacío.

No sé si ustedes creen en el destino, pero cuando metí mi primer gol para el Real Madrid, ¿saben el nombre del equipo contra el que jugábamos?

Hércules CF.

Fue un largo camino.

Pero quizás ahora entiendan por qué estaba llorando delante de Sabella antes de la final del Mundial 2014. No estaba nervioso. No estaba preocupado por mi carrera. Ni siquiera estaba preocupado por no empezar el partido.

Con una mano en el corazón, la verdad es que lo único que quería era que lográramos nuestro sueño. Quería que se nos recordara como leyendas en nuestro país. Y estuvimos tan cerca.

Por eso es tan decepcionante cuando veo la reacción que hay con el equipo en los medios en Argentina. Hay momentos en que el pesimismo y las críticas se van de las manos. No es sano. Somos todos seres humanos, en nuestras vidas nos pasan cosas que la gente no llega a ver.

De hecho, justo antes del final de las Eliminatorias, empecé a ir a un psicólogo. Estaba pasando un momento complicado en mi cabeza, y normalmente puedo confiar en mi familia para salir de esas situaciones. Pero esta vez, la presión de la Selección era demasiado grande, así que fui a un psicólogo y realmente me ayudó. En los últimos dos partidos, me sentí mucho más suelto y relajado.

Me recordé a mí mismo que formaba parte de uno de los mejores equipos del mundo, y que estaba jugando para mi país, viviendo el sueño que tenía desde chico. A veces, como profesionales, nos podemos olvidar de estas pequeñas cosas.

El juego volvió a transformarse en un juego.

Pienso que en esta época, la gente te sigue en Instagram o en YouTube y sólo ven los resultados, pero no ven el precio. No saben lo que viviste para llegar hasta ahí. Me ven sosteniendo a mi hija y sonriendo con la Champions League en la mano y se piensan que todo es perfecto. Pero quizás no saben que justo un año antes de que nos sacaran esa foto, ella nació prematura y pasó dos meses en el hospital, conectada a un montón de cables y de tubos.

Quizás me ven llorando con la Copa y se piensen que yo lloro por el fútbol. Pero en realidad estoy llorando porque mi hija está ahí en mis brazos para vivir ese momento conmigo.

Ven la final del Mundial, y todo lo que ven es un resultado. 0-1. Pero no ven todo lo que muchos de nosotros tuvimos que luchar para poder llegar hasta ese momento. No saben sobre nuestras paredes del living que de blancas se transformaban en negras. No saben sobre mi mamá andando con Graciela bajo la lluvia y en el frío, por sus hijos.

No saben del Hércules.




Carta publicada originalmente en The Player's Tribune, el 25 de junio













lunes, noviembre 22, 2021

“Don Salvatore, pianista del Colón”, de Osvaldo Soriano*





Don Salvatore es mi vecino. No es inválido, pero nadie lo vio caminar nunca. Antes era zapatero y estaba siempre sentado. Ahora los nietos lo sacan a la vereda en una silla de paja, y él se queda todo el día allí, en camiseta, embelesado, mirando hacia el puerto como si esperara volver a ver el barco que lo trajo de Cosenza. No saluda a nadie, no lee, no fuma. Sigue de reojo a las chicas que pasan con el jean ajustado a las caderas y después aprueba o desaprueba con un leve toque de la cabeza.
 
Lo sacan a las siete de la mañana, antes de que yo me vaya a dormir, cuando todavía está oscuro y por la calle pasan los obreros del puerto y las maestras esperan el ómnibus. Levantan la silla entre dos y lo dejan allí, como a un emperador aburrido. Le dan el almuerzo en una olla y lo entran a la hora de la cena. Hay quien dice que se llevó tal emoción cuando Italia ganó la Copa del Mundo de 1982, que nadie pudo volver a ponerlo de pie. Un plomero que entró en su casa contó que las noches de frío lo cubren con una frazada a cuadros. Cuando llueve, el sastre de al lado levanta el toldo y llama al verdulero para que lo ayude a ponerlo debajo. Los gatos de toda La Boca corren a refugiarse allí y le hacen compañía.
 
El domingo estaba triste porque se había muerto Borges, que tenía su misma edad. Él no lo había leído, pero sabía que era un escritor de genio y un hombre muy conocido. «Era de esa gente que piensa con la cabeza», me dijo. Después me preguntó si era difícil el oficio de escritor y para qué demonios servía.
 
Eso ya me lo había preguntado antes, de manera que salí del paso explicándole que tal vez no sirviera para nada, pero que quizás él no fuera como es, un tipo sentado para siempre, si no existiera alguien que le diera un sentido a su rebeldía.
 
—No, qué rebeldía —me dijo y miró al suelo—. Así se está mejor. Es la posición de esperar, de comer, de hablar con los chicos, ¿hay algo más interesante que eso?
 
Cuando empieza el fútbol, una nieta saca el televisor al zaguán, mueve la silla, y don Salvatore mira con el mismo asombro con el que descubrió América. Le dije que estaba escribiendo sobre el Mundial para un diario italiano y le pregunté qué le habían parecido los partidos del día.
 
—¿El Quotidiano del Poppolo? —se alegró.
—No, Il Manifesto —le dije—: quotidiano comunista.
—No se meta en líos —dijo y miró a los costados.
—¿Qué le parecieron los soviéticos?
—¿Ese diario es de ellos? ¿Hay que hablar bien de los rusos?
—No —le dije—. Diga lo que quiera.
—¿Entonces por qué no me pregunta por Bélgica? Acá nos pueden estar escuchando.
—Me pareció que los rusos no merecían perder.
—Caballeros, los rusos —me dijo—. Les hicieron dos goles en orsai y ni chistaron. Con Stalin no eran así. Yo dirigí un partido en Kiev y casi me matan por culpa del línea.
—¿Usted dirigió en Kiev?
—En el 42. Un camisa negra la metió con la mano y el línea no levantó la bandera. Diga que estaban los alemanes, que si no me matan.
—¿Le parece que Italia le va a ganar a Francia? —pregunté.
—¿Lo va a poner en el diario comunista?
—Sí, pero no voy a escribir su nombre.
—Está bien. Gana Italia en el alargue, gol de Altobelli. Los franceses son unos flojos. ¿No me quiere cebar unos mates?
—Tengo que ir a escribir un artículo.
—Entonces otro día tráigase una silla y el mate y vemos el partido juntos. En una de esas viene el peluquero. ¿De qué diario me dijo?
Il Manifesto.
—¿Llega a Cosenza? Ahí tengo un primo comunista.
—Claro. ¿No se anima a que ponga su nombre?
—Póngalo. Total, no voy a volver más: Di Gennaro Salvatore, pianista del Colón.
—No nos van a creer.
—Usted ponga así. Mi primo piensa que yo soy pianista.
—¿Quién se lo dijo?
—Mi hija, cuando fue de paseo. Le mostró las fotos, siempre sentado, y se le ocurrió eso. «Salvatore es pianista en el Colón», le dijo. Se quedó muy impresionado.
—¿Está seguro de que no quiere volver? —pregunté.
—No, para qué. Allá sería un calabrés cualquiera. Acá soy músico del Colón y hago declaraciones para Il Manifesto.
 
Echó un vistazo a la hija del farmacéutico que cruzaba la calle y bajó la cabeza. Tosía un poco.
 
—¿Se imagina la cara que va a poner mi primo cuando lea el diario? —dijo y se quedó otra vez con la cara fija en el puerto. Me pareció que sonreía.



* Cada vez que un enviado especial italiano viene a Buenos Aires temo que me pregunte por don Salvatore, el pianista del Colón. Fueron varios los relatos que lo tuvieron como personaje y, después de todo, se supone que yo estaba escribiendo crónicas veraces para el diario más serio de Italia. Por las dudas estoy dispuesto a afirmar que don Salvatore murió de pulmonía una destemplada noche del invierno pasado.



en Arqueros, Ilusionistas y Goleadores, 1998