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viernes, septiembre 04, 2026

«El perro», de Eduardo Lizalde




 
Este es un perro.
Una criatura que se ignora.
No sabe
que pertenece a una clase
-de cosa o bestia-, ignora
que la palabra perro
no lo designa a él en especial:
           cree que se llama perro,
           cree que se llama hombre,
           cree que se llama 'ven',
           cree que se llama 'muerde'.















miércoles, septiembre 02, 2026

«Reminiscencias», de Alejandra Pizarnik




 
y el tiempo estranguló mi estrella
cuatro números giran insidiosos
ennegreciendo las confituras
y el tiempo estranguló mi estrella
caminaba trillada sobre pozo oscuro
los brillos lloraban a mis verdores
y yo miraba y yo miraba
y el tiempo estranguló mi estrella
recordar tres rugidos de
tiernas montañas y radios oscuras
dos copas amarillas
dos gargantas raspadas
dos besos comunicantes de la visión de
       una existencia a otra existencia
dos promesas gimientes de
       tremendas locuacidades ajenas
dos promesas de no ser de sí ser de no ser
dos sueños jugando la ronda del sino en
       derredor de un cosmos de
       champagne amarillo blanquecino
dos miradas cerciorando la avidez de una
       estrella chiquita
y el tiempo estranguló mi estrella
cuatro números ríen en volteretas desabridas
muere uno
nace uno
y el tiempo estranguló mi estrella
sones de nenúfares ardientes
desconectan mis futuras sombras
un vaho desconcertante rellena
     mi soleado rincón
la sombra del sol tritura la
     esfinge de mi estrella
las promesas se coagulan
frente al signo de estrellas estranguladas
y el tiempo estranguló mi estrella
pero su esencia existirá
en mi intemporal interior
brilla esencia de mi estrella!




en La tierra más ajena, 1955
















lunes, agosto 31, 2026

«En un barquito de papel», de Fayad Jamis




 
En un barquito de papel va a naufragar el cielo gris de la tarde
barquito cargado de caramelos de mutilados y bandidos
Eso ocurrirá en el estanque del Jardín de Luxemburgo
cuando un anciano se siente a leer su periódico
Lástima que los avaros los cuarteles permanezcan en la tierra
las estatuas de Grandes Generales las estatuas de Reyes
los fabricantes de ataúdes
Sobre la tierra donde las cañas y el trigo relampaguean.

Tú no vendrás a decirme vámonos ya es hora
o he ahí la espuma negra y rosada del naufragio
Nuestros huesos deben esperar
que las crisálidas los cubran
aquí en este mundo de ventanas rotas
Las corbatas fueron inventadas para ahorcar
los perros no han venido sólo para ladrar
sino para ver en las tinieblas
 
De cada naufragio salta una roca
para el mundo por venir



21 de mayo de 1952
















martes, agosto 25, 2026

«Miserere», de Mario Pera



(1981-2026)
 


Y será su nombre el que me guíe 
por la fe que amortaja la esperanza.

Recito parábolas segadas por el aire 
una infancia enhebrada con milagros
bajo el cielo desértico 
de los suburbios de esta Judea.

Un poema como el oro más puro
de la desesperanza
porque siempre estuvo muerto
y aun muerto
se quebrarán sus huesos
uno a uno
en la pira donde se alza el rostro
para santificarlo
como un castillo de carbón 
que ha de arder bajo el sol.

Lleno de gloria recibo la muerte 
troquelado por una corona de espinas y
envuelto mi cuerpo con las negras velas de su barco.

Un último cuervo blanco se eleva.

El canto de otro goce 
separa el viento del mensaje 
ya nada me va a defender 
ni la fama de mi dios
ni la tarde que se agosta apacible 
entregando mi nombre al hastío.




en Ruido Blanco, 2011










2 monedas para tu barquero, hermano mío

















domingo, agosto 23, 2026

«Variaciones Victoria», de Carlos López Degregori

Tres poemas 




I

Llegó envuelta en periódicos dentro de una caja de cartón. Antonio Ciudad, un amigo médico, me la trajo de la Facultad de San Fernando porque yo le había comentado mis inquietudes y recuerdos. Mi primera vocación fue la medicina y sabía que muchos estudiantes tienen cráneos para sus estudios de Anatomía. El visitante era así la sombra de una antigua inclinación. Señalaba una línea con el pasado y una perplejidad. Además yo albergaba entonces un pathos romántico que ya no poseo. Supongo que por eso permití que entrara en mi casa hace casi treinta años.

Un cráneo en nuestro espacio privado supone una descolocación. Es el nudo de una existencia clausurada que accede a nuestra cercanía. Al principio todo es asedio. ¿Quién fue? ¿Se trató de un hombre o de una mujer? ¿Cómo vivió su infancia, si acaso la tuvo? ¿Por qué la realidad lo condujo a los márgenes? ¿A quién recordaba con insistencia? ¿Por qué extravió su identidad y acabó en los gabinetes anatómicos? Cargué la caja con cuidado y ubiqué el cráneo en un espacio superior de mi biblioteca. Durante meses imantaba mis ojos cada vez que entraba en la habitación, hasta que se volvió invisible como sucede con las realidades y cosas que se tornan familiares. Es una traslación paulatina: el sujeto desaparece y se convierte en objeto. Cesa su existencia. Pasaron varios meses y un día me convencí de que necesitaba un nombre. Será Victoria, me dije. Victoria: tres sílabas como campanadas de advertencia.



II

Nombres comunes y nombres propios. Así aprendimos en los pupitres de madera del colegio. Pupitre es un nombre común. Con la aguja del compás dejábamos nuestras marcas en la superficie de la madera: una línea, una inicial, algún dibujo incomprensible. No importaba que nos castigaran, porque era más importante contrarrestar la pluralidad del mundo. El nombre común es un universal. Designa una clase de seres: todos los pupitres que han existido y existen, también los que aún no han sido fabricados. El nombre propio señala un ser único que transcurre en una porción de tiempo singular con principio y fin. El nombre propio es identidad y diferencia: el uno enfrentado a los otros vertiginosos que nos rodean. Al poner un nombre somos pequeños dioses. Así ocurre cuando bautizamos a nuestros hijos y adquieren un contorno en el instante de nuestro soplo. Cráneo es un nombre común. Victoria es solo Victoria. En sus huesos empieza un río que cesará cuando se desvanezca su nombre y vuelva a ser un cráneo.

Ahora es Victoria. No puede haber un error al deletrear su nombre, tampoco una omisión. Victoria es la diferencia que se opone a la indiferencia.



III

Dos cuerdas en mis manos. Una para atarme a mí. La otra, a Victoria. Todos necesitamos atarnos al tiempo, al amor que es un caracol, a los espejismos. Atamos nuestro exterior para que no huya el interior. Atamos el interior para que el exterior se abisme y pueda consolarnos. Trenzas, cintas, guedejas, cadenas de piel o luz: así inmovilizamos frisos o elefantes, fijamos los ojos ciegos de las estatuas, anudamos las llaves de nuestra casa, el tímpano de los días perdidos.

Dos cuerdas en mis manos. Con ellas tejo una enorme red y me convenzo de que Victoria es mi araña de amor. Temo a las arañas y al amor, a las mariposas lanudas que trazan caminos en la noche, a las escolopendras. Victoria es una escolopendra, una princesa montada en una mariposa lanuda que me ata para carnar. Yo la desato. La duermo en mis pensamientos, la descarno. Soplo con una flauta china su martillo-yunque-estribo que ya no están. Algún día no estaré y seré un nombre común. También se perderán mis huesecillos auditivos y no reconoceré mi nombre propio cuando me llames.



Publicado por Máquina Purísima, 2022

















martes, agosto 18, 2026

«La cogida y la muerte», de Federico García Lorca



(5 de junio de 1898 - 18 de agosto de 1936)
 


A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.

   El viento se llevó los algodones
a las cinco de la tarde.
Y el óxido sembró cristal y níquel
a las cinco de la tarde.
Ya luchan la paloma y el leopardo
a las cinco de la tarde.
Y un muslo con un asta desolada
a las cinco de la tarde.
Comenzaron los sones del bordón
a las cinco de la tarde.
Las campanas de arsénico y el humo
a las cinco de la tarde.
En las esquinas grupos de silencio
a las cinco de la tarde.
¡Y el toro solo corazón arriba!
a las cinco de la tarde.
Cuando el sudor de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde.
cuando la plaza se cubrió de yodo
a las cinco de la tarde.
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.

Un ataúd con ruedas es la cama
a las cinco de la tarde.
Huesos y flautas suenan en su oído
a las cinco de la tarde.
El toro ya mugía por su frente
a las cinco de la tarde.
El cuarto se irisaba de agonía
a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la gangrena
a las cinco de la tarde.
Trompa de lirio por las verdes ingles
a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles
a las cinco de la tarde.
y el gentío rompía las ventanas
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!





en Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, 1935







Fotografía original: Federico García Lorca jugando a hacerse 
el muerto en Cadaqués, por Anna Maria Dalí















domingo, agosto 16, 2026

«Encuentro con la nieve», de Vicente Quirarte



(1954-2026)

a Nelson De Vega 

Nevó toda la noche y amanece
la tierra inmaculada.
Quién pudiera decir que bajo el manto
prepara su verdor la primavera.
Si la pureza existe,
qué semejante es a la nieve:
hoja blanca cedida por el mundo
para probar que nada permanece.




en El ángel es vampiro, 1991














jueves, agosto 13, 2026

«Velocidad creciente», de Circe Maia





Hay una
sensación de que los días pasan
a más velocidad y que no hay tiempo
de muchas despedidas.

Suena una voz, como de insecto,
por detrás de los días
y detrás de las noches
pequeño picoteo, pero que no se para
cuando quieres ver, los días se desmoronan
como si hubieran sido devorados por dentro.

(Las fauces invisibles
dan cada vez más veloces
dentelladas) 



en La pesadora de perlas, 2013













martes, agosto 11, 2026

«Claroscuro», de Blanca Varela



(1926-2009)

yo soy aquella que vestida de humana oculta el rabo
entre la seda fría y riza sobre negros pensamientos una guedeja
todavía oscura

o no lo soy aquí
sino en el aire nublado del espejo mirada ajena mil veces ensayada hasta
       ser la ceguera la indiferencia el odio y el olvido
en la fronda de sombras y de voces me acosan y rechazan la que fui
la que soy
la que jamás seré
la de entonces

entronizada entre el sol y la luna entronizada
me contempla la muerte en ese espejo y me visto frente a ella con tan
       severo lujo que me duele la carne que sustento

la carne que sustento y alimenta al gusano postrero que buscará en las
       aguas más profundas dónde sembrar
la yema de su hielo como en los viejos cuadros el mundo se detiene y
       termina
donde el marco se pudre



en Ejercicios materiales, 1993








Fotografía original de Vicente de Szyslo















 

jueves, agosto 06, 2026

«Proveniencia», de Rossella Di Paolo





1.

No vengo de tu boca sino de tus dientes
los ojos para ver lo que se dice ver no me vieron 
dos puños más bien 
y tus pies que se limpian el polvo 
con tanto cuidado
en mi espalda


2.

sobre esta piedra el viento 
es toda mi casa
inmóvil en los pies, la cabeza en otra parte 
sombra para las arañas 
sol para las espinas 
vengo creciendo desde todo esto


3.

me caí de tu mano como cosa muerta
pero no estaba muerta 
más fácil morirse y ya 
y no este parecer que hay alguien 
cuando tocan mi nombre 
y salgo


4.

no se puede hablar desde este hueco
los pies se van para abajo 
las palabras se van para abajo 
el hueco tiene pies y habla como los muertos 
de noche camina 
y de noche camina


5.

huesos en la arena
blanco sobre lo blanco 
un fémur que fue pierna 
un grano que fue piedra
huesos en la arena / arena en los huesos 
el viento piadoso los confunde 
pierna o piedra han sido



en hueso húmero, n. 53, abril 2009














domingo, agosto 02, 2026

«En busca de la felicidad», de Leoncio Bueno



(1920-2026)
 


Un día arrojé a los vientos todas mis vestiduras
mi persona postiza
mi dentadura postiza
me quedé igual que cuando vine al mundo
bailando al son de la zampoña tocada al pie del lago
por un colla
y vinieron a mí los peces y las aguas y las
golondrinas arrechas de la comarca
juntos realizamos las más increíbles orgías
fui tomando mi auténtica figura
mi inconfundible olor
comprendí que la felicidad
consiste en andar completamente desnudo
invadiendo la tierra.

















miércoles, julio 29, 2026

«Desaparecida», de Lía Podestá

Tres días



Día 25

Mis pies reciben ahora el peso de mi culo como el peso de una carne cualquiera. Es el peso de la plegaria, el peso y la rabia de creer que el dios que llevaba en el pecho sobre un medallón de plata y que marcaba las palmas de mis manos en la infancia puede silenciar ahora cada grito que sale de mi boca raspando mi garganta y haciéndose un dolor punzante, desesperado, como si cada sonido pudiera tocar las paredes y rebotar como otro pedazo de carne.

¿Qué dios será el que calle los gritos de mi cuerpo, los gritos de mi boca cuando viene el hombre que son todos los hombres de este infierno, cuando viene sobre mí, me somete como a un animal suyo, traga de mí como pescado y me dice que soy una gran sirena muerta, esclavizada a mi cabello largo entre sus manos, a mi cola quebrada sobre el suelo y desangrada y otra vez esclavizada a la boca torturadora del hombre que intenta un beso vulgar sobre la misma cara en la que otro vació el puño y el esperma?

Mi rostro deja poco a poco sus facciones bajo las botas que lo pisan. Ya no hay tacto que no nos regrese a lo que nos han hecho y en lo que nos han convertido.





Día 34

Dios, halla esta plegaria entre tanta voz. Halla este cuerpo condenado y bésalo para que encuentre la muerte y con él sus heridas. Halla también el cuerpo del hombre que se hizo mi marido en tu palacio cuando yo llevaba un vestido blanco. Acribíllalo en la noche con el arma de otro, dale la muerte por la que rogamos todos y entiérranos juntos para que pueda ir nuestra familia a dejarnos una gran flor y llorar nuestro encierro, tortura, humillación y cada pálpito desesperado de cuando se acercan. Oh, Dios, cuán sagrado es ahora el pasado, la sonrisa de mi esposo, la de mi madre y mis hermanos. Son luz cuando cierro los ojos, son una mañana soleada antes de que ellos y sus risas caigan sobre mi cuerpo con su propia oscuridad.





Día 44

Han hecho de mí la fotografía de la que ruega juntando las manos y cerrando los ojos. Han hecho de mí la torpeza fría de la que ofrece el cuello. Sueño que es arrancado, rueda e intenta una oración, acaso la última. Sueño que el corazón sigue latiendo con fuerza y porque pronto dejará de hacerlo para terminar con el cuerpo: hervido para arrancar de él todo olor a infancia, para arrancar de él toda pureza, enterrarlo y rodearlo de flores insanas, hierbas y espinas. Mi cuerpo terminará así, siendo un objeto curioso cuya cabeza pueda mostrar una sonrisa rodante, de ojos abiertos, viendo por última vez el patio donde creció entre hormigas negras y huertos fértiles sin darse cuenta de que es la misma celda marchita y hecha charco de orín de los últimos días. Despierto y la cabeza humana sigue en su lugar con las heridas y el caminito de sangre que termina entre mis pechos porque han roto mis labios cuando intentaban una maldición que parece haber alcanzado mi cuerpo antes que sus almas.



2025









Pueden comprar el libro escribiendo a 















jueves, julio 23, 2026

«Jaime Sáenz y el camino del conocimiento», de Edmundo Paz Soldán




 
La vida de Jaime Sáenz es un inventario de gestos provocativos contra la clase media de la que provenía, contra un tiempo que se le antojaba dominado por la razón, en el que las fuerzas desatadas de la modernidad capitalista intentaban destruir el espíritu de las ciudades, «cifra de muchos misterios». Nacido en La Paz en 1921, Sáenz fue un ser torturado; comenzó a beber a los quince años y a los veinte ya era alcohólico. Dos experiencias con el delirium tremens a principios de la década de 1950 lo llevaron al borde de la muerte y lo obligaron a dejar el alcohol y dedicarse plenamente a la escritura. Para Sáenz, el alcohol era un camino de conocimiento que permitía acceder a un grado de conciencia superior, a un estado de revelaciones y una visión más profunda de la realidad. En La noche (1984), escribe:

       La experiencia más dolorosa, la más triste y aterradora
       que imaginarse pueda,
       es sin duda la experiencia del alcohol.
       […] 
       Y tan atroz y temible se muestra, en un recorrido de 
       espanto y miseria, que uno quisiera quedarse muerto allá. 

Una de sus facetas más extrañas es su relación con el nazismo, que descubrió durante un viaje a Alemania en 1939. Lo fascinaba su lado místico, su conexión con el irracionalismo alemán. En una pared de su escritorio tenía la foto de Hitler y en una pizarra había dibujado una esvástica; creía que el nazismo era la última esperanza para detener el avance del capitalismo (que veía como una conspiración judía). Esa fascinación estaba plagada de contradicciones: Sáenz utilizaba ideas nacionalsocialistas sobre la importancia de lo telúrico para aplicarlas a Bolivia y creía que en la potencia de la raza aymara se encontraba el futuro del país (en su escritorio también guardaba la foto de un indio aymara gigante).

Le gustaba visitar la morgue, pero su interés era más metafísico que morboso: ver qué sensaciones físicas experimentaba, enterarse a qué olían los cadáveres, estaba ligado a su obsesión por comprender qué pasaba con el alma después de la muerte. Paradójicamente le horrorizaba ser enterrado vivo a la vez que vivía con un profundo deseo de morir. Llegó a dar instrucciones a un amigo doctor para que cuando lo enterraran se cerciorara de que estuviera muerto.

Sáenz vivía de noche y dormía de día: ponía cartulinas negras en las ventanas de sus cuartos para que no entrara la luz, gesto que lo emparenta con escritores «malditos» latinoamericanos como Rodrigo Lira y Jorge Barón Biza: la búsqueda de oscuridad, la entrega a la vida nocturna, es un gesto cargado de simbolismo. Cerrar las ventanas no es solamente apagar la luz sino también clausurar el paso a las convenciones que triunfan durante el día: las buenas costumbres, la razón.




en Atlas de la literatura latinoamericana (ed. de Claudia Obligado), 2022
















viernes, julio 10, 2026

«Y estás: en el vacío…», de Ernestina de Champourcín


 


Y estás: en el vacío
y en la ausencia presente,
en la que es y vive
sin dejar de ser única
oquedad invisible
con raíces eternas.
No hay mundo que la llene
pero sí algo vivo
que la besa y la calma.



en Primer exilio, 1978
















jueves, julio 02, 2026

«exilio adentro», de Tania Favela

Fragmento / Traducción de Silke Kleemann




sonó tan ireal que casi pensé que lo inventé: grafitis de peces de pájaros de manos 
letras  palabras — sin espacios — como dibujos de niños — (pensó) (muy adentro)
siglas que no dicen nada     (al fondo) paredes blancas
un muro blanco un mundo blanco después un túnel negro y después árboles (pensó)
                                   árboles sin espacio un bosque entero caminando
        rompiendo el hechizo reanudando el hechizo —ilusorio— dijiste bajo las nubes
                                   ¿quién murmura? pensó
—pensé— tan irreal tan suave tan ala: retrato de su madre (pensaste en tu madre)
                                                      lo mismo —tan rápido— que no alcanzó a decirse



en franja de luz lejana, Hochroth Heidelberg, 2023
























jueves, junio 25, 2026

«Pasa el tiempo, despacio…», de Leonardo Gustavo Ruiz





 
Pasa el tiempo, despacio,
su azaroso revés, su contrafuerte.
Vuelve el espacio a tiempo,
pero se queda cada vez.
El cambio de la muerte o de la vida
le son indiferentes, en verdad.
El sol despacio en la ventana abierta.




en Despacio el sol en la ventana abierta, 2013














domingo, junio 21, 2026

«Glosa a un epitafio (Carta al padre)», de Leopoldo María Panero




 
And fish to catch regeneration
SAMUEL BUTLER

Solos tú y yo, e irremediablemente
unidos por la muerte: torturados aún por
fantasmas que dejamos con torpeza
arañarnos el cuerpo y luchar por los despojos
del sudario, pero ambos muertos, y seguros
de nuestra muerte; dejando al espectro proseguir en vano
con el turbio negocio de los datos: mudo,
el cuerpo, ese impostor en el retrato, y los dos siguiendo
ese otro juego del alma que ya a nada responde,
que lucha con su sombra en el espejo-solos,
caídos frente a él y viendo
detrás del cristal la vida como lluvia, tras del cristal asombrados
por los demás, por aquellos Vous etes combien? que nos sobreviven
y dicen conocernos, y nos llaman
por nuestro nombre grotesco, ¡ah el sórdido, el
viscoso templo de lo humano! 
                                                Y sin embargo
solos los dos, y unidos por el frío
que apenas roza brillante envoltura
solos los dos en esta pausa
eterna del tiempo que nada sabe ni quiere, pero dura
como la piedra, solos los dos, y amándonos
sobre el lecho de la pausa, como se aman 
                                                                 los muertos
«amó», dijiste, autorizado por la muerte
porque sabías de ti como de una tercera persona
bebió dijiste, porque Dios estaba (Pound dixit)
en tu vaso de whiski
amo bebió, dijiste, pero ahora espera
¿espera? y en efecto la resurrección
desde un cristal inválido te avisa
que con armas nuestra muerte florece
                                                           para ti que sólo
sabías de la muerte. Aquí
¿debajo o por encima?
                                    de esta piedra
tú que doraste la sobrenatural dureza y el
dolor sobrenatural de los edificios desnudos
                                                                      ¿en qué perspectiva
–dime– acoger la muerte?
                                       en la mesa de disección
tú que danzaste
                           enloquecido en la plaza desierta
                                                                               tropezando
hiriéndote las manos en el trapecio del silencio
en pie contra las hojas muertas que
se adherían a tu cuerpo, y contra la hiedra que tapaba
obsesivamente tu boca hinchada de borracho,
                                                                         danzas, danzaste
sin espacio, caído, pero
no quiero errar en la mitología
de ese nombre del padre que a todos nos falta,
porque somos tan sólo hermanos de una invasión de lo imposible
y tus pasos repiten el eco de los míos en un largo
corredor donde
                        retrocedo infatigable, sin
jamás moverme
                         ¡ah los hermanos, los hermanos invisibles que florecen,
en el Terror! ¡Ah los hermanos, los hermanos que se defienden
inútilmente de la luz del mundo con las manos,
que se guardan del mundo por el Miedo, y cultivan en la sombra
de su huerto nefasto la amenaza de lo eterno, en
el ruin mundo de los vivos! ¡Ah los hermanos,
                                                                           y el ave,
el ave que vuela sobre el mundo en llamas, diciendo sólo
a los mortales que se agitan debajo, diciendo
sólo: ABISMO, ABISMO!
                                           Abismo, sí, tibia guarida
de nuestro amor de hermanos, padre.
                                                          ¡Pero tan solos!
¡Tan solos! Fantasmas que hace visible la hiedra
–como hiedramerlín como niñadecabezacortada como
mujermurciélago la niña que ya es árbol–
                                                                 crecen hojas
en la foto, y un florecer te arranca
de los labios caníbales de nuestra madre Muerte, madre
de nuestro rezo
florecen los muertos florecen
unidos acaso por el sudor helado
muerto de muchas cabezas hambrientas de los vivos
te esperamos ave, ave nacida
de la cabeza que explotó al crepúsculo
ave dibujada en la piedra y llena
de lo posible de la dulzura, de su sabor
ajeno que es más que la vida, de su crueldad
que es más que la vida
                                    ¡ira
de la piedra, ira que a la realidad insulta,
                                                              que apalea
a la cabaña torpe de la mentira con verbos
que no son, resplandecen, ira
suprema de lo mudo!
                                 (te esperamos
en la delgada orilla de lo que cae, en el prado
nocturno que atraviesan lentos
los elefantes
                     percibís el frío
                                             la
                                             conspiración de las algas,
                                             gelatina, escamas, mano
que sobresale de la tumba
manos que surgen de la tierra como tallos
surcos arados por la muerte,
cabezas de ahorcados que echan flor:
                                                      decapitados que dialogan
a la luz decreciente de las velas,
                                                 ¡oh quién nos traerá la rima
la música, el sonido que rompa la campana
de la asfixia, y el cristal borroso
de lo posible, la música del beso!
                               De ese beso, final, padre, en que desaparezcan
de un soplo nuestras sombras, para
asidos de ese metro imposible y feroz, quedarnos
a salvo de los hombres para siempre,
solos yo y tú mi amada
aquí, bajo esta piedra.




Fotografía original de Cèsar Malet



















viernes, junio 19, 2026

«Las campanas», de Rosalía de Castro





Yo las amo, yo las oigo,
cual oigo el rumor del viento,
el murmurar de la fuente
o el balido del cordero.
Como los pájaros, ellas,
tan pronto asoma en los cielos .
el primer rayo del alba,
le saludan con sus ecos.
Y en sus notas, que van prolongándose
por los llanos y los cerros,
hay algo de candoroso,
de apacible y de halagüeño.
Si por siempre enmudecieran,
jqué tristeza en el aire y en el cielo!
¡Qué silencio en las iglesias!
¡Qué extrañeza entre los muertos!



en Antología de poetas románticos, 1942


















jueves, junio 18, 2026

«La bacante», de Cristina Peri Rossi




Allí, escondida en las habitaciones.
Ah, conozco sus gestos antiguos
la belleza de los muebles
el perfume que flota en su sofá
y su ira
que despedaza algunas porcelanas.
Husmea las flores encamadas
las estruja nerviosamente
—esa belleza la provoca—
las rasga las lanza lejos
caen los doseles sobre el lecho
se pasea febril por las habitaciones
está desnuda y nada la sacia
abre cajones sin sentido
enciende el fuego en la chimenea
regaña a las criadas
y al fin, temible, con el hocico temblando,
se echa desnuda en el sofá,
abre las piernas
se palpa los senos de lengua húmeda
mece las caderas
golpea con las nalgas en el asiento
ruge, en el espasmo.





en Amores iguales, 2002









 







domingo, junio 14, 2026

«Andando el tiempo», de Emilio Adolfo Wetphalen





Andando el tiempo
Los pies crecen y maduran
Andando el tiempo
Los hombres se miran en los espejos
Y no se ven
Andando el tiempo
Zapatos de cabritilla
Corriendo el tiempo
Zapatos de atleta
Cojeando el tiempo
Con errar de cada instante y no regresar
Alzando el dedo
Señalando
Apresurando
Es el tiempo y no tiene tiempo
No tengo tiempo
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Todo en orden
Por aquí a la aventura silencio cerrado
Por allá a la descompuesta inmóvil móvil
Ya llega y tarda
Y se olvida
Por acá con boca falsa y palabras de otra hora
El pañuelo nuevo y pronto
Para el adiós
Adiós y no ha llegado
Ésta es la señal
El tiempo
Casi no es niño
Pero flor no es
Casi
Cuando está sobre un árbol
Se divisa el paisaje la estrella
Los zapatos
Osamentas de pescado
Y el ojo llena el horizonte
El tiempo
Aunque cojee y se hiera y se lamente
Prohibido
No te hagas tan silencio
La nube sabe de otro lugar
Son las escaleras que bajan
Porque nadie sube
Porque nadie muerde la nuca
Sino las flores
O los pies llagados
Andando y sangre de tiempo
Gotas la lluvia el torrente
La mano llega
Este es su destino
Llegar el tiempo
Se devuelve y usted sabe más
Estaba junto al silencio
Estaba con ojos pequeños
La mano a lo desierto
El pie a lo ignorado
Indudable
Los huesos prestados podían ser míos
Si un leve signo no dijera
Y no decía
Alzada levantada
Me doy a tu más leve giro
Al amor de las pestañas
A lo no dicho
Vértigo
Te temía sin noche y sin día
Aunque no regreses
Por la marcha de mis huesos a una otra noche
Por el silencio que se cae
O tu sexo


en Las ínsulas extrañas, 1986