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jueves, julio 02, 2026

«exilio adentro», de Tania Favela

Fragmento / Traducción de Silke Kleemann




sonó tan ireal que casi pensé que lo inventé: grafitis de peces de pájaros de manos 
letras  palabras — sin espacios — como dibujos de niños — (pensó) (muy adentro)
siglas que no dicen nada     (al fondo) paredes blancas
un muro blanco un mundo blanco después un túnel negro y después árboles (pensó)
                                   árboles sin espacio un bosque entero caminando
        rompiendo el hechizo reanudando el hechizo —ilusorio— dijiste bajo las nubes
                                   ¿quién murmura? pensó
—pensé— tan irreal tan suave tan ala: retrato de su madre (pensaste en tu madre)
                                                      lo mismo —tan rápido— que no alcanzó a decirse



en franja de luz lejana, Hochroth Heidelberg, 2023
























jueves, junio 25, 2026

«Pasa el tiempo, despacio…», de Leonardo Gustavo Ruiz





 
Pasa el tiempo, despacio,
su azaroso revés, su contrafuerte.
Vuelve el espacio a tiempo,
pero se queda cada vez.
El cambio de la muerte o de la vida
le son indiferentes, en verdad.
El sol despacio en la ventana abierta.




en Despacio el sol en la ventana abierta, 2013














domingo, junio 21, 2026

«Glosa a un epitafio (Carta al padre)», de Leopoldo María Panero




 
And fish to catch regeneration
SAMUEL BUTLER

Solos tú y yo, e irremediablemente
unidos por la muerte: torturados aún por
fantasmas que dejamos con torpeza
arañarnos el cuerpo y luchar por los despojos
del sudario, pero ambos muertos, y seguros
de nuestra muerte; dejando al espectro proseguir en vano
con el turbio negocio de los datos: mudo,
el cuerpo, ese impostor en el retrato, y los dos siguiendo
ese otro juego del alma que ya a nada responde,
que lucha con su sombra en el espejo-solos,
caídos frente a él y viendo
detrás del cristal la vida como lluvia, tras del cristal asombrados
por los demás, por aquellos Vous etes combien? que nos sobreviven
y dicen conocernos, y nos llaman
por nuestro nombre grotesco, ¡ah el sórdido, el
viscoso templo de lo humano! 
                                                Y sin embargo
solos los dos, y unidos por el frío
que apenas roza brillante envoltura
solos los dos en esta pausa
eterna del tiempo que nada sabe ni quiere, pero dura
como la piedra, solos los dos, y amándonos
sobre el lecho de la pausa, como se aman 
                                                                 los muertos
«amó», dijiste, autorizado por la muerte
porque sabías de ti como de una tercera persona
bebió dijiste, porque Dios estaba (Pound dixit)
en tu vaso de whiski
amo bebió, dijiste, pero ahora espera
¿espera? y en efecto la resurrección
desde un cristal inválido te avisa
que con armas nuestra muerte florece
                                                           para ti que sólo
sabías de la muerte. Aquí
¿debajo o por encima?
                                    de esta piedra
tú que doraste la sobrenatural dureza y el
dolor sobrenatural de los edificios desnudos
                                                                      ¿en qué perspectiva
–dime– acoger la muerte?
                                       en la mesa de disección
tú que danzaste
                           enloquecido en la plaza desierta
                                                                               tropezando
hiriéndote las manos en el trapecio del silencio
en pie contra las hojas muertas que
se adherían a tu cuerpo, y contra la hiedra que tapaba
obsesivamente tu boca hinchada de borracho,
                                                                         danzas, danzaste
sin espacio, caído, pero
no quiero errar en la mitología
de ese nombre del padre que a todos nos falta,
porque somos tan sólo hermanos de una invasión de lo imposible
y tus pasos repiten el eco de los míos en un largo
corredor donde
                        retrocedo infatigable, sin
jamás moverme
                         ¡ah los hermanos, los hermanos invisibles que florecen,
en el Terror! ¡Ah los hermanos, los hermanos que se defienden
inútilmente de la luz del mundo con las manos,
que se guardan del mundo por el Miedo, y cultivan en la sombra
de su huerto nefasto la amenaza de lo eterno, en
el ruin mundo de los vivos! ¡Ah los hermanos,
                                                                           y el ave,
el ave que vuela sobre el mundo en llamas, diciendo sólo
a los mortales que se agitan debajo, diciendo
sólo: ABISMO, ABISMO!
                                           Abismo, sí, tibia guarida
de nuestro amor de hermanos, padre.
                                                          ¡Pero tan solos!
¡Tan solos! Fantasmas que hace visible la hiedra
–como hiedramerlín como niñadecabezacortada como
mujermurciélago la niña que ya es árbol–
                                                                 crecen hojas
en la foto, y un florecer te arranca
de los labios caníbales de nuestra madre Muerte, madre
de nuestro rezo
florecen los muertos florecen
unidos acaso por el sudor helado
muerto de muchas cabezas hambrientas de los vivos
te esperamos ave, ave nacida
de la cabeza que explotó al crepúsculo
ave dibujada en la piedra y llena
de lo posible de la dulzura, de su sabor
ajeno que es más que la vida, de su crueldad
que es más que la vida
                                    ¡ira
de la piedra, ira que a la realidad insulta,
                                                              que apalea
a la cabaña torpe de la mentira con verbos
que no son, resplandecen, ira
suprema de lo mudo!
                                 (te esperamos
en la delgada orilla de lo que cae, en el prado
nocturno que atraviesan lentos
los elefantes
                     percibís el frío
                                             la
                                             conspiración de las algas,
                                             gelatina, escamas, mano
que sobresale de la tumba
manos que surgen de la tierra como tallos
surcos arados por la muerte,
cabezas de ahorcados que echan flor:
                                                      decapitados que dialogan
a la luz decreciente de las velas,
                                                 ¡oh quién nos traerá la rima
la música, el sonido que rompa la campana
de la asfixia, y el cristal borroso
de lo posible, la música del beso!
                               De ese beso, final, padre, en que desaparezcan
de un soplo nuestras sombras, para
asidos de ese metro imposible y feroz, quedarnos
a salvo de los hombres para siempre,
solos yo y tú mi amada
aquí, bajo esta piedra.




Fotografía original de Cèsar Malet



















viernes, junio 19, 2026

«Las campanas», de Rosalía de Castro





Yo las amo, yo las oigo,
cual oigo el rumor del viento,
el murmurar de la fuente
o el balido del cordero.
Como los pájaros, ellas,
tan pronto asoma en los cielos .
el primer rayo del alba,
le saludan con sus ecos.
Y en sus notas, que van prolongándose
por los llanos y los cerros,
hay algo de candoroso,
de apacible y de halagüeño.
Si por siempre enmudecieran,
jqué tristeza en el aire y en el cielo!
¡Qué silencio en las iglesias!
¡Qué extrañeza entre los muertos!



en Antología de poetas románticos, 1942


















jueves, junio 18, 2026

«La bacante», de Cristina Peri Rossi




Allí, escondida en las habitaciones.
Ah, conozco sus gestos antiguos
la belleza de los muebles
el perfume que flota en su sofá
y su ira
que despedaza algunas porcelanas.
Husmea las flores encamadas
las estruja nerviosamente
—esa belleza la provoca—
las rasga las lanza lejos
caen los doseles sobre el lecho
se pasea febril por las habitaciones
está desnuda y nada la sacia
abre cajones sin sentido
enciende el fuego en la chimenea
regaña a las criadas
y al fin, temible, con el hocico temblando,
se echa desnuda en el sofá,
abre las piernas
se palpa los senos de lengua húmeda
mece las caderas
golpea con las nalgas en el asiento
ruge, en el espasmo.





en Amores iguales, 2002









 







domingo, junio 14, 2026

«Andando el tiempo», de Emilio Adolfo Wetphalen





Andando el tiempo
Los pies crecen y maduran
Andando el tiempo
Los hombres se miran en los espejos
Y no se ven
Andando el tiempo
Zapatos de cabritilla
Corriendo el tiempo
Zapatos de atleta
Cojeando el tiempo
Con errar de cada instante y no regresar
Alzando el dedo
Señalando
Apresurando
Es el tiempo y no tiene tiempo
No tengo tiempo
Mostrar la libreta
Todo en orden
Por aquí a la aventura silencio cerrado
Por allá a la descompuesta inmóvil móvil
Ya llega y tarda
Y se olvida
Por acá con boca falsa y palabras de otra hora
El pañuelo nuevo y pronto
Para el adiós
Adiós y no ha llegado
Ésta es la señal
El tiempo
Casi no es niño
Pero flor no es
Casi
Cuando está sobre un árbol
Se divisa el paisaje la estrella
Los zapatos
Osamentas de pescado
Y el ojo llena el horizonte
El tiempo
Aunque cojee y se hiera y se lamente
Prohibido
No te hagas tan silencio
La nube sabe de otro lugar
Son las escaleras que bajan
Porque nadie sube
Porque nadie muerde la nuca
Sino las flores
O los pies llagados
Andando y sangre de tiempo
Gotas la lluvia el torrente
La mano llega
Este es su destino
Llegar el tiempo
Se devuelve y usted sabe más
Estaba junto al silencio
Estaba con ojos pequeños
La mano a lo desierto
El pie a lo ignorado
Indudable
Los huesos prestados podían ser míos
Si un leve signo no dijera
Y no decía
Alzada levantada
Me doy a tu más leve giro
Al amor de las pestañas
A lo no dicho
Vértigo
Te temía sin noche y sin día
Aunque no regreses
Por la marcha de mis huesos a una otra noche
Por el silencio que se cae
O tu sexo


en Las ínsulas extrañas, 1986

















miércoles, junio 03, 2026

«Fiat lux», de Julio Herrera y Reissig






Sobre el rojo diván de seda intacta, 
con dibujos de exótica gramínea, 
jadeaba entre mis brazos tu virgínea 
y exangüe humanidad de curva abstracta…

Miró el felino con sinuosa línea 
de ópalo; y en la noche estupefacta, 
desde el jardín, la Venus curvilínea 
manifestaba su esbeltez compacta.

Ante el alba, que izó nimbos grosellas, 
ajáronse las últimas estrellas…
El Cristo de tu lecho estaba mudo.

Y como un huevo, entre el plumón de armiño 
que un cisne fecundara, tu desnudo 
seno brotó del virginal corpiño…



en Los parques abandonados, 1908















 

viernes, mayo 29, 2026

«No todo debe ser recordado: acerca de ‘Monteverdi (Variaciones sobre el deterioro)’ de Lucas Margarit», de Diego L. García




 
¿Cómo la composición de una ópera en el siglo XVII, con su arquitectura de actos, recitativos y arias, con su modo de hacer avanzar la acción a través de la tensión entre música y palabra, puede transferirse a la construcción de un poemario en el siglo XXI? En otras palabras, ¿de qué manera ese dispositivo que Claudio Monteverdi pensó para la escena, donde cada elemento cumple una función dramática precisa, encuentra en la escritura de Monteverdi (Variaciones sobre el deterioro) (Descontexto Editores, Santiago de Chile, 2025), de Lucas Margarit (Buenos Aires, 1966), una forma de reconfiguración, como una serie de poemas que no sólo se suceden, sino que también se responden, se superponen y construyen una progresión interna? Ensayaremos aquí, antes que una respuesta, un recorrido para seguir esas correspondencias desde el asombro.

Los recortes sobre la mesa dicen: pasiones humanas – Venecia – drama lírico – Popea – contexto – lecho – cangrejo – 1643 – otras fábulas. Se trata de elementos que trabajan como piezas de relojería en el interior de este libro, ensamblados con una precisión que no cancela, sin embargo, cierta respiración lateral, cierto margen para el desvío y la sugerencia. Hay algo de archivo y algo de escena: como si el poema organizara sus materiales entre la erudición y el gesto, entre la cita y el cuerpo.

El lector contemporáneo puede recibirlo como un producto raro, acostumbrado a la música sintética del minimalismo y a la dieta sensitiva. Pero también puede encontrar allí una invitación: la de demorarse, la de aceptar una temporalidad distinta, menos ansiosa. Entonces, la pregunta por cuánto vale hoy aquello que nos exige y nos empuja al desarrollo de las viejas habilidades humanas, entre ellas la de distinguir y crear belleza, se vuelve un punto de sentido para el arte como resistencia. Y, en esa línea, el libro no se ofrece como un objeto cerrado sino como un dispositivo: una superficie donde pasado y presente ensayan un diálogo posible.

A modo de «Un preludio», leemos: «un río de astillas / llega al centro / de una ciudad circular / una ciudad con cementerios de arena derruida / un teatro con pulgas y hollín entre la madera / la voz apunta al eje de un árbol talado / todo está indemne / el río de púrpura y el acero / ¿no es el movimiento veloz / lo que nos acerca a la muerte?».

El movimiento no sólo nos acerca a la muerte, también nos salva de esperarla. La música es movimiento. En esa oscilación perpetua, Claudio Monteverdi encontró una forma de torcer el tiempo: no detenerlo, sino hacerlo respirable. Sus madrigales y óperas no avanzan, laten; cada disonancia es un instante suspendido donde el alma se reconoce antes de seguir cayendo hacia adelante. Allí, en ese temblor entre lo sagrado y lo humano, la voz deja de ser ornamento y se vuelve carne que siente, que duda, que arde. Monteverdi no compone para la eternidad, sino contra el silencio que la anuncia: escribe para que el instante no se clausure del todo, para que el movimiento (aunque sea apenas un susurro) nos sostenga un poco más en la vida.

Un tratado sobre el laúd de 1552, un diario anónimo, El libro de los elementos, la voz de un hombre viejo, un libro de salmos, una carta de Giovanni Rovetta, el Syntagma Musicum, una cantata perdida, El libro de los ausentes, la Scientia Umbrarum, una carta desde Módena. Todos ellos intertextos de esta sinfonía. Porque la poesía de Lucas Margarit no es coral en sentido llano, sino emergente de una lectura-coral. Y decir una lectura no es casual: la lectura aparece como un continuum, como un sistema unificado, orgánico, vivo. De allí que pueda habitarse desde nuevas palabras; pueda ser fermento de desvíos y cantos únicos.

El libro presenta una estructura compleja e interesante: un umbral («Venecia 1643»), un preludio, seis partes numeradas, «Palabras dejadas en un Eclesiastés perdido», un cierre del primer umbral, un Final. El recorrido lleva al lector a pensar a Monteverdi como un portal; por momentos se ingresa y por momentos se sale de él, desde él, hacia un escenario de época que resulta cautivante. Hay un mundo con, todavía, misterio en el aire. Y el aire así puede sonar, puede procesar una voz. Es muy gratificante el resultado del encuentro de esa voz con este tiempo en que vivimos. Posiblemente en ese extrañamiento se juegue uno de los efectos del poemario: desplazarse de lo que el autor ha llamado «ego-poesía» hacia una zona donde lo poético resulta transformador.

Uno de los poemas que me gustaría destacar es «Observaciones de sus Contemporáneos», que así dice: «Monteverdi recupera / cada sonido de la hiedra y la palabra. / En el bosque no hay un camino que lleve hacia el desierto. / Hay un territorio con su orilla de musgo y su frontera / un recorrido donde los palacios se desvanecen / como los cementerios y el viento. / Cómo, querido señor, voy a imitar la lengua / del viento que no habla? // (9 de diciembre de 1616)».

La figura de Monteverdi aparece desplazada hacia una zona casi impersonal, como si su oído, más que su voluntad, fuera el verdadero protagonista. No se trata de dominar la naturaleza sonora, sino de dejarse atravesar por ella, de admitir que hay un límite infranqueable entre la música humana y ese murmullo primero que el poema identifica con el viento. La pregunta final instala una imposibilidad: imitar lo que no habla es, en rigor, fundar otra lengua, una lengua de bordes inestables.

De este modo, el poema construye un paisaje donde lo cortesano se disuelve con la misma fragilidad que los cementerios, y donde la historia pierde espesor frente a una temporalidad más difusa, casi vegetal. El musgo y la hiedra: elementos que no progresan, que no narran, pero que persisten. En ese desplazamiento, la música deja de ser artificio para volverse escucha, y el compositor deviene mediador de una materia que lo excede.

Hay, además, una ética de la renuncia en este gesto: renunciar a la imitación como mímesis perfecta para aceptar una forma de aproximación incompleta, siempre fallida. El poema parece sugerir que en ese fracaso (en no poder reproducir la lengua del viento) se abre, paradójicamente, la posibilidad de una obra. No como traducción fiel, sino como resto, como huella de algo que nunca se deja fijar del todo en la palabra ni en el sonido.

Otros recortes: cuerpo de oro – el agua del dolor – San Marco – Ulises – Ezra Pound – Amberes – mármol – Giovanni Artusi – tres santos de hierro – arena – mañana. A medida que el libro se acerca a su Final, comienza una estela de sonidos en decrescendo, una conclusión paulatina que se manifiesta también con sentencias como esta: «No todo debe ser recordado / decía Monteverdi cuando arrojó / al fuego que lo abrigaba / la melodía trunca de su requiem».

La memoria, la fama, máscaras que aparecen como opuestas al espíritu del artista. No a la obra como materia que el mundo agradecerá, su opus immortale, sino a su furor creativo. Su conciencia artística, que es lo que de algún modo Margarit recrea en su Monteverdi: «repito cada palabra de aquel viejo Demócrito, / las traduzco en ese papel manchado / como si fuese necesario no cantar / como si fuese necesario desalojar el alma».

Una idea del vacío pareciera consolidarse. Quedará para el lector contemplar ese después desde los tantos ojos de Claudio Monteverdi (Orfeo, Ariadna, Capaneo, un pájaro), como si esas figuras, más que personajes, fueran modos de percepción que atraviesan el tiempo y reingresan en la experiencia presente. Si algo de la palabra poesía puede repartirse comercialmente entre los gestores del ego posmoderno, no será este libro moneda de cambio. Pero sí, quienes busquen una experiencia en el reverso de las superficies hallarán aquí una conversación que no quedará en el olvido: no sólo entre lo antiguo y lo contemporáneo, sino entre distintas formas de sensibilidad que se rozan y se discuten, entre la escena barroca y una conciencia actual que la interroga sin domesticarla. En ese intercambio, la voz de Lucas Margarit no se impone ni se disuelve, sino que modula, traduce y a veces deja oír la distancia, como si el poema fuera menos un punto de llegada que un espacio donde esas voces, separadas por siglos, todavía pudieran escucharse.




en Rialta Magazine, 22 de mayo 2026















viernes, mayo 22, 2026

«Quienes rondan la niebla», de Olga Orozco





Siempre estarán aquí, junto a la niebla,
amargamente intactos en su paciente polvo que la sombra ha invadido,
recorriendo impasibles esa región de pena que se vuelve al poniente,
allá, donde el pájaro de la piedad canta sin cesar sobre la indiferencia 
          del que duerme,
donde el amor reposa su gastado ademán sobre las hierbas cenicientas,
y el olvido es apenas un destello invernal desde otro reino.
Son los seres que fui los que me aguardan,
los que llegan a mí como a la débil hiedra doliente y amarilla que sostiene 
          el verano.
Triste será el sendero para la última hoja demorada,
triste y conocido como la tiniebla.

¡Oh dulce y callada soledad temible!
¡Qué dispersos y fieles hijos de nuestra imagen
nos están conduciendo hacia el amanecer de las colinas!
Están aquí, reunidas alrededor del viento,
la niña clara y cruel de la alegría, coronada de flores polvorientas,
la niña de los sueños, con su tierno cansancio de otro cielo recién 
          abandonado;
la niña de la soledad, buscando entre la lluvia de las alamedas el secreto 
          del tiempo y del relámpago;
la niña de la pena, pálida y silenciosa,
contemplando sus manos que la muerte de un árbol oscurece;
la niña del olvido que llama, llama sin reposo sobre su corazón 
          adormecido,
junto a la niña eterna,
la piadosa y sombría niña de los recuerdos que contempla borrarse 
          una vez más,
bajo los desolados médanos,
la casa abandonada, amada por el grillo y por la enredadera;
y más cerca, como el rumor del musgo en las mejillas de aquella incierta 
          niña de leyenda,
la niña del espanto que escucha, como antaño junto al muro derruido,
las lentas voces de los desaparecidos;
y allí, bajo sus pies,
las fugitivas niñas de la sombra que los atardeceres reconocen,
las mágicas amigas del matorral y de la piedra temerosa.

Yo conozco esos gestos,
esas dóciles máscaras con que la luz recubre cada día sus amargos 
          desiertos.
¡Tanta fatiga inútil entre un golpe de viento y un resplandor 
          de arena pasajera!

No es cierto, sin embargo,
que en el sitio donde el sufriente corazón restituye sus lágrimas 
          al destino terrestre,
palideciendo acaso,
nos espere un gran sueño, pesado, irremediable.

Esperadme, esperadme, inasibles criaturas del rocío,
porque despertaré
y hermoso será subir, bajo idéntico tiempo,
las altas graderías de la ciudad del sol y las tormentas,
y repetir aun, sin desamparo, las radiantes edades que la tierra enamora. 




en Desde lejos, 1946





















domingo, mayo 17, 2026

«Elegía a Jacques Roumain», de Nicolás Guillén





                                                                    Jacques Roumain nació en Port-au Price,
                                                                 Haití en 1907. Treinta y siete años después
                                                                 moría en la misma ciudad.
                                                                    Dejó libros de cuentos y libros de poemas;
                                                                 dejó libros de botánica y libros de etnología.
                                                                 Se marchó un a mañana de agosto, a las
                                                                 diez…

Grave la voz tenía.
Era triste y severo.
De luna fue y de acero.
Resonaba y ardía.

Envuelto en luz venía.
A mitad del sendero
sentóse y dijo: —¡Muero!
(Aún era sueño el día).

Pasar su frente bruna,
volar su sombra suave,
dime, haitiano, si viste.

De acero fue y de luna.
Tenía la voz grave.
Era severo y triste.

¡Ay, bien sé, bien se sabe que estás muerto!
Rostro fundamental, seno profundo,
oh tú, dios abatido,
muerto ya como muere todo el mundo.
Muerto de piel ausente y de pulido
frontal, tu filosófico y despierto
cráneo de sueño erguido;
muerto sin ropa ni mortaja, muerto
flotando en aguas de implacable olvido,
muerto ya, muerto ya, muerto ya, muerto.

Sin embargo, recuerdo.
Recuerdo, sin embargo.
Por ejemplo, recuerdo su levita
de prócer cotidiano:
la de París
en humo gris,
en persistente gris
la de París
y la levita en humo azul del traje haitiano.
Recuerdo sus zapatos,
franceses todavía
y el pantalón a rayas que tenía
en una foto, en México, de cónsul.
Recuerdo
su cigarrillo demoníaco
de fuego perspicaz;
recuerdo su escritura de letras desligadas,
independientes, tímidas, duras, de pie, a la izquierda;
recuerdo
su pluma fuente corta, negra, gruesa, «Pelíkano»,
de gutapercha y oro;
recuerdo
su cinturón de hebilla, con dos letras.
(¿O una sola? No sé, me falla,
se me va en esto un poco la memoria;
tal vez era una sola, una gran R,
pero no estoy seguro…)
Recuerdo
sus corbatas, sus medias, sus pañuelos,
recuerdo
su llavero, sus libros, su cartera.
(Una cartera de Ministro,
ambiciosa, de cuero.)
Recuerdo
sus poemas inéditos,
sus papeles polémicos
y sus apuntes sobre negros.
Quizás haya también todo ya muerto,
o cuando más sean cosas de museo
familiar. Yo las conservo,
por aquí están, las guardo.
Quiero decir que las recuerdo.

¿Y lo demás, lo otro,
lo que hablábamos, Jacques?
¡Ay, lo demás no cambia, eso no cambia!
Allí está, permanece
como una gran página de piedra
que todos leen, leen, leen;
como una gran página sabida y resabida,
que todos dicen de memoria,
que nadie dobla,
que nadie vuelve, arranca
de ese tremendo libro abierto haitiano,
de ese tremendo libro abierto
por esa misma página sangrienta haitiana,
por esa misma, sola, única abierta página
terrible haitiana hace trescientos años.
Sangre en las espaldas del negro inicial.
Sangre en el pulmón de Louverture.
Sangre en las manos de Leclerc
temblorosas de fiebre.
Sangre en el látigo de Rochambeau
con sus perros sedientos.
Sangre en el Pont-Rouge.
Sangre en la Citadelle.
Sangre en la bota de los yanquis.
Sangre en el cuchillo de Trujillo.
Sangre en el mar, en el cielo, en la montaña.
Sangre en los ríos, en los árboles.
Sangre en el aire.
(Olvidaba decir que justamente, Jacques,
el personaje de este poema,
murmuraba a veces: —Haití
es una esponja empapada en sangre).

¿Quién va a exprimir la esponja, la insaciable
esponja? Tal vez él,
con su rabia de siglos. Tal vez él,
con sus dedos de sueño. Tal vez él,
con su celeste fuerza…
Él, Monsieur Jacques Roumain,
que hablaba en nombre
del negro Emperador, del negro Rey,
del negro Presidente
y de todos los negros que nunca fueron más que
                        Jean
                        Pierre
                        Victor
                        Candide
                        Jules
                        Charles
                        Stephen
                        Raymond
                        André.

Negros descalzos frente al Champ de Mars,
o en el tibio mulato camino de Pétionville,
o más arriba,
en el ya frío blanco camino de Kenskoff:
negros no fundados aún,
sombras, zombies,
lentos fantasmas de la caña y el café,
carne febril, desgarradora,
primaria, pantanosa, vegetal.
Él va a exprimir la esponja,
él va a exprimirla.

Verá entonces el sol duro antillano,
cual si estallara telúrica vena,
enrojecer el pávido océano.

Y flotar sin dogal y sin cadena
cuellos puros en suelta muchedumbre,
almas no, pero sí cuerpos en pena.

Móvil incendio de afilada lumbre,
lamerá con su lengua prometida
del fijo llano a la nublada cumbre.

¡Oh aurora de los tiempos, encendida!
¡Oh mar, oh mar de sangre desbordado!
El pasado no ha pasado.
La nueva vida espera nueva vida.

Y bien, en eso estamos, Jacques, lejano amigo.
No porque te hayas ido,
no porque te llevaran, mejor dicho,
no porque te cerraran el camino,
se ha detenido nadie, nadie se ha detenido.

A veces hace frío, es cierto. Otras, un estampido
nos ensordece. Hay horas de aire líquido,
lacrimosas, de estertor y gemido.
En ocasiones logra, obtiene un río
desbaratar un puente con su brutal martillo…
Mas a cada suspiro nace un niño.
Cada día la noche pare un sol amarillo
y optimista, que fecunda el baldío.
Muele su dura cosecha el molino.
Álzase, crece la espiga del trigo.
Cúbrense de rojas banderas los himnos.
¡Mirad! ¡Llegan envueltos en polvo y harapos los primeros vencidos!

El día inicial inicia su gran luz de verano.
Venga mi muerto grave, suave, haitiano,
y alce otra vez hecha puño tempestuoso la mano.
Cantemos nuestra fraterna, canción, hermano.

              Florece plantada la vieja lanza.
              Quema en las manos la esperanza.
              La aurora es lenta, pero avanza.

Cantemos frente a los frescos siglos recién despiertos,
bajo la estrella madura suspendida en la nocturna fragancia
y a lo largo de todos los caminos abiertos 
en la distancia.

Cantemos, pues, querido,
pisando el látigo caído
del puño del amo vencido,
una canción que nadie haya cantado:

(Florece plantada la vieja lanza)
una húmeda canción tendida
(Quema en las manos la esperanza)
de tu garganta en sombras, más allá de la vida,
(La aurora es lenta, pero avanza)
a mi clarín terrestre de cobre ensangrentado!



en Las grandes elegías y otros poemas, Biblioteca Ayacucho, 1984














Poema dedicado a nuestro querido hermano Marcel Young, ex embajador de Chile en Haití






















viernes, mayo 15, 2026

«A veces», de Alfredo Jorge Maxit




 

A veces me cansan las palabras,
espejos rotos de mi sabiduría.
Las llevo a orilla de la quema
pero ellas no inventan realidades.
Ellas no hacen la tristeza
que lame empecinadamente
la bilis del mundo.
A veces me cansan las palabras.
Si no las soporto, las escribo.
Las quito de encima.















miércoles, mayo 13, 2026

«Canción primera», de Miguel Hernández


 


Se ha retirado el campo
al ver abalanzarse
crispadamente al hombre.

¡Qué abismo entre el olivo
y el hombre se descubre!

El animal que canta:
el animal que puede
llorar y echar raíces,
rememoró sus garras.

Garras que revestía
de suavidad y flores,
pero que, al fin, desnuda
en toda su crueldad.

Crepitan en mis manos.
Aparta de ellas, hijo.
Estoy dispuesto a hundirlas,
dispuesto a proyectarlas
sobre tu carne leve.

He regresado al tigre.
Aparta, o te destrozo.

Hoy el amor es muerte,
y el hombre acecha al hombre.















miércoles, mayo 06, 2026

«la ciudad y tu recuerdo», de Juan Gonzalo Rose




 

     DE SÚBITO, el duende de la noche salta sobre las azoteas de Sao Paulo. Sofía Caldaya se pinta los labios ante la ventana de luciérnagas. Pañito de Barita extiende sus bucles entre dos girasoles. Cielo de lágrima, luminoso y límpido. El llanto se evapora en sartenes de plata.
     Cidade de vísperas. Anterior al primer día. Cada crepúsculo te inventas y peinas los árboles de tu Plaza de Mar.

     Despiertas con las lunas y creces. Observas tus lisonjas desde el raudo mirador de los trenes; lanzas dados frenéticos; aúllas en las puertas de las Siete Cotorras; gritas ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!, Jesús blanco, Jesús negro, Jesús vendiendo tazas, estrellas, edificios, yerbas alegres, fechas de matrimonio que se irán con sus cortes por los ríos de seda. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Carpintero Jesús! bendice a la ciudad más moza del planeta, cómprale sus maderas y sus varillas de metal relucientes como celos.

     Vuelan las horas sombrías sobre los puentes de nácar. La muchedumbre arrastra sus sombrillas plegadas: dormidas mariposas. Yo te amo, amor. Japoneses, en la Rúa del Clavel Azul, huelen temblorosos las cenizas de sus muertos. Vida, yo te amo.
     Esta noche no dormiré con nadie. Ha de crecer mi cuerpo entre los humos de la cidade. Se cubrirá de líquenes y polen, de ojos y de timbres infinitos. Mi dedo meñique lustra la calzada de Iparingá.
     Lejos, en el légamo azul, se atasca la rueda de la aurora. Guardavías y arcángeles sacan a relucir barajas nuevas. Yo no estaré con ellos. Suspiraré tu nombre en el Parque de Tilos, hasta que un mismo río nos conduzca, trémulos abrazados, otra vez…



en Las comarcas, 1962




Publicado también por Máquina Purísima, Lima, 2022






































lunes, mayo 04, 2026

«Interior: patio de luces», de María Alcantarilla





Y aunque no sepamos ver entre las manos la luz que abre el camino
      a los prodigios
o la razón de estar yendo hacia el origen, siempre la claridad
      viene del cielo.


nacida del temor a lo inefable,
                                 de la eterna despedida
                                            que ha virado de la espera a la esperanza

ahora la palabra es transparente:
recuerda esa palabra que el sentido 
regresa al corazón cuando él se rinde. 




en Una biografía del olvido, Editorial Pre-textos, 2026


















viernes, mayo 01, 2026

«Amanuense», de Carlos Germán Belli



 
Ya descuajeringándome, ya hipando
hasta las cachas de cansado ya,
inmensos montes todo el día alzando
de acá para acullá de bofes voy,
fuera cien mil palmos con mi lengua,
cayéndome a pedazos tal mis padres,
aunque en verdad yo por mi seso raso,
y aun por lonjas y levas y mandones,
que a la zaga me van dejando estable,
ya a más hasta el gollete no poder,
al pie de mis hijuelas avergonzado,
cual un pobre amanuense del Perú.





en De este Lado del Cielo. Nueva Antología de la Poesía Peruana, 2018

Descontexto Editores (Edición de Mario Pera)















domingo, abril 26, 2026

«El muérdago se enreda en mis tobillos…», de Chantal Maillard





El muérdago se enreda en mis tobillos,
helechos y agavanzas me ciñen las caderas
y un nenúfar
se deshoja en el valle dócil
de mis nalgas.
Sobre la tierra húmeda me acuesto como un ojo que se cierra
(tienen mis muslos el sabor del humus en otoño)
y me hago raíz,
vegetal crisálida
aguardando la aurora.
Sobre mis labios quietos
lentamente
desova una culebra.




en Hainuwele, 1988























 

domingo, abril 12, 2026

«Desasosiego», de Evodio Escalante




 

Los libros
Que con dolor
Parimos
Y con sudor de frente y lomo
Irán a dormir
El sueño de los justos
En librerías de viejo





















miércoles, abril 08, 2026

«### HAY MANOS #», de Carlos Dante Capella





a Néstor P. (primera versión 0.4) 


### HAY MANOS # Las manos de la madre de Tucholsky # Las manos de Perón # Las manos de la madre de Durero # La mano del perdón, usted primero # La mano de la joven Cicciolina con el pene de Jeff Koons entre los dedos # Las manos de Rodin # Jeff Koons pagando por el uso de sus manos # las propias # Las manos de Ai Wei Wei cobrando un giro # Seis dígitos por una copia laser en mármol de sus manos # Las manos del Ratón Mickey con sólo cuatro dígitos # La mano digital para mover tu foto en la pantalla # Las manos del gecco recostado sobre el cielorraso de la casa de la playa # Las manos del Greco pintadas por el Greco # Las manos de mi madre en esta foto, ahora # Las fotos de mis manos # Con mis manos, tántas # Las manitas del maus de las computadoras # La mano del Cesar pronunciando su Vivat en cada like del Facebook # La mano de la madre del matricida del cuento popular, misógino y de merda # La mano del prójimo de merda # La mano de la prójima del ano # La mano diferente # la mano que me atina # La mano de pintura que me pide la cocina # Las dos manos opuestas de las avenidas # La palma que se crispa helada en la culata cuando ve que la mano se viene pesada # La mano huesuda de la suerte # La mano que se pierde # La mano que se muerde # La mano que se da # La mano que se da un pico de pálida en las venas del dorso de la otra mano # Las manos ya lavadas de Pilatos # Las llagas en las manos de los lavaplatos # Las llagadas ancas de las que pagan los platos # Los panes como manos de Picasso # Las manos como panes del Guernica # Las manos que tenían según Lichtenberg: los dedos como labios # La mano sin resabios # La manos sin timo # Las manos de los niños cuyas manos perdimos # Entre las garras muertas de las bombas de racimo # Las manos que trafican con bombas de racimo # Las manos que se ahorcan por treinta dineros # Las manos de: los últimos serán los primeros # Las manos de todas las mujeres lapidadas, atadas a la espalda # Las manos del ahorcado atadas a la espalda # Las manos de los ricos recostadas… en la espalda de los pobres # La mano de los pobres metiéndose en la lata… # Las manos que se hundieron en el río de La Plata # Las manos que se quedan con el río # con la plata # Las manos con la v de la victoria # la v de Perón Vuelve # el gesto de la paz # el signo de tráeme dos cortados # Las que prefieren decir fuck you con el dedo bien parado # Las manos del tarado en manos de la ciencia # Las que prefieren el puño a la paciencia # Las que prefieren el puño a la violencia # La mano de la ciencia en manos del tarado # La mano de Dieguito en la conciencia # Las manos desiguales del escudo peronista # Las manos del que dice, perdón, vea, no insista # Las manos extendidas como tumbas de los nazis # las manos cabecita parándome los taxis # abriéndome la puerta de los taxis # robándome en los taxis # Las manos una atrás # otra adelante # del bello chino en el coche de Darín en Cuento Chino # de cada refugiado y cada refugiada # de cada inmigrante # La mano del destino a cada instante # La mano del cartel de Stop # Arrêtez-vous # No pase # La mano del ¡Circule caballero! # La mano del me extraña, usted primero # La mano de buscar donde se acaba # La mano de cavar donde se busca # Las manos de bucear donde hay cadáveres ###



















lunes, abril 06, 2026

«Tarea», de Ida Vitale




 
Abrir palabra por palabra el páramo,
abrirnos y mirar hacia la significante abertura,
sufrir para labrar el sitio de la brasa,
luego extinguirla y mitigar la queja del quemado.





en Trema, Editorial Pre-textos, 2005