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lunes, marzo 23, 2026

«Basurales. Literatura chilena y otros desechos», de Luis Valenzuela Prado

Fragmento




El viejo Borges — siempre hay una cita para él—, en «Funes el memorioso» (1942), asocia el desborde del basural a la memoria: «Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras». Ireneo Funes, que se pasaba las horas muertas sin encender una vela, tenía la lucidez del recuerdo, ya que, a diferencia de nosotros, que, de un vistazo, sólo percibimos «tres copas en una mesa», él percibe «todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra». El «vaciadero de basuras» encuentra eco en Budnik (2018), de Juan Carreño, donde «Mi memoria es como un basural». La mía, simplemente, es una bodega abandonada con materiales diversos, chatarras, citas, basura, escombros, letras e imágenes. El diogenismo del lector conserva lecturas para luego reutilizarlas. Al comienzo de Poste restante (2000), de Cynthia Rimsky, la narradora comenta las palabras de Ortuzio, quien sostiene «que los mercados persas son el diván del psicoanalista ahorrándose el dinero. Los objetos ordenados en el suelo despiertan evocaciones que recorren a los visitantes a la manera de un álbum íntimo y social». Así quisiera disponer estos materiales literarios desechados, buscando las entrelíneas detrás de los materiales o de la lectura literaria y psicoanalítica, según Andrea Kottow (2002). Aunque en este ensayo me quedo sólo con la lectura de materias, materiales, literatura y algunas imágenes.

En la contraportada de El Palacio de la Risa (1995), el escritor Germán Marín reconoció: «Uso a Chile como un enorme basurero en el que puedo rastrear para escribir. Soy un novelista que vive de escarbar la basura», en consonancia con lecturas críticas en torno al gesto de escribir e investigar de la crítica, la creación, la historia. Antes, escribió Enrique Lihn, en el poemario El Paseo Ahumada (1983), «Su basural es mi panteón mientras no se lleven los cadáveres», es decir, el basural como el templo o sepulcro. Por su parte, en una zona fronteriza que marca el cierre del boom latinoamericano, José Donoso publica El obsceno pájaro de la noche (1970), donde la manipulación de la basura es un ejercicio amparado por el encierro espacial y social. La limpieza subalterna y la acumulación residual son gestos iterativos en la novela: «somos sirvientes acostumbradas a vivir en piececitas chicas repletas de objetos», pero también entre «ruinas», «escombros», «polvo», «pelusas», «sobras de comida», «hollín y grasa» y «basura». En la bisagra de fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI, Diamela Eltit, Nona Fernández, Roberto Bolaño y Ramón Díaz Eterovic elaboran desde el residuo una forma material y estética angular para sus narrativas. Estas y otras narrativas se construyen desde los basurales o constituyen partes de escenas y espacios basura.



Publicado por Ediciones Lastarria & De Mora, 2026
























jueves, marzo 19, 2026

«Morir solo», de Federico Eisner Sagüés

Fragmento




—¿Quién es? —se escuchó la voz de Marta desde el interior, sorprendida y desconfiada. No respondí, en vez de eso insistí tocando la puerta con la mano.

—¿Quién es? Voy a llamar a la policía —y sin abrir la puerta se asomó por la cortina de la ventana que terminaba a pocos centímetros de la puerta. No me reconoció y de inmediato se escondió.

—Marta, soy yo, Marcos, no te asustes.

La mujer volvió a mirar la ventana, incrédula, para confirmar lo que había escuchado.

—Hola, perdoname que te moleste a esta hora, ¿puedo...?

—¿Qué hacés acá, Marcos? Vos estás loco —interrumpió aún desde el otro lado del vidrio. Desapareció y abrió la puerta, aunque no completamente.

—¿No escuchaste el mensaje que te mandé? ¿Cómo se te ocurre venir hasta mi casa a esta hora y con este día espantoso?

—Marta, necesito pedirte lo que tengas todavía de Roberto, cualquier papel que hayas guardado. Por favor, necesito hablar con alguien. Vine a Montevideo únicamente a averiguar lo que pudiera, pero tengo pocos días, no puedo seguir esperando más.

—Entonces no esperes más y cerrá el caso. ¿Averiguar qué, muchacho? Por favor, llevás años preguntándome lo mismo. Hace tiempo que te dije que yo había dado vuelta la página, ni siquiera era mi pareja cuando falleció. Yo tiré todo, no sé qué parte no entendés, no queda nada. Roberto se murió y listo, lo siento mucho, sé que para vos era importante, y yo sé que para él vos también lo fuiste, quedate con eso.

Me quedé un momento parado ahí sin decir nada, en realidad sin tener la menor idea de qué decir. Ella tampoco se movió de la puerta. Di media vuelta y comencé a bajar escalón por escalón. Supongo que me aferraba incluso a ese momento de derrota.

—Perdoname que no te haga pasar, Marcos, pero estás empapado y, además, ¿para qué? —definitivamente esa última declaración era innecesaria. Ni siquiera volteé a despedirme.

Comencé a caminar por la vereda de vuelta en dirección al centro. Las ráfagas de viento se intensificaban en cada esquina que subía desde el río. El agua me atacaba por cualquier ángulo y volaban hojas y ramas por todas partes, pero no me importaba, quería caminar. Sentía mucha rabia, como la que había sentido cuando Gabito me confirmó la muerte de Roberto, más de cinco años atrás. Una rabia deslocalizada, contra todo. Pero también sentía un extraño alivio, una cierta liviandad. Supongo que la certeza de haberme largado hasta esa puerta y llamar, y haber fracasado tan rotundamente, me permitía caminar al fin sin rumbo, o al menos sin objetivo, en medio del vendaval. Ya no tenía más ideas, ni tampoco tenía muchas ganas de tenerlas. Algunas cuadras más adelante, se detuvo un ómnibus en la parada. Ni yo ni nadie lo hizo parar, pero abrió su puerta y se quedó esperando con el señalero puesto. Me detuve y quedé mirando al chofer que miraba su celular aprovechando la espera. Caminé hacia la escalinata y el tipo me hizo el gesto de que subiera. Cuando pasé por su lado le pregunté si pasaba por Tres Cruces, todos pasamos cerca, me respondió apenas levantando la vista, y ni se preocupó de que pagara mi boleto.




Publicado por Ediciones Lastarria & De Mora, 2024






















martes, marzo 10, 2026

«Extrañas costumbres orales», de Sergio Gómez



(1962-2026)


—Por favor, Kate —protestó la Duquesa Negra—,
ya sabes cuánto me desagradan esas palabras. Tetas.
TRUMAN CAPOTE, PLEGARIAS ATENDIDAS


Flora subió al auto de Silvio.
   —Charito se veía muy bien en su vestido de novia —fue lo primero que dijo abrochándose el cinturón.
   —Estupenda Charito Peña —respondió Silvio, concentrado en la geometría de las calles y en los automóviles que llevaba adelante.
   —Si bajas por Pedro de Valdivia me puedes dejar en Eliodoro Yáñez, en la casa de Victoriano —dijo Flora después de un silencio incómodo.
   —¿Entonces no vas a la fiesta de Charito? —preguntó Silvio.
   —Aunque no lo creas, no estoy invitada. En el parte del matrimonio sólo aparecía la ceremonia religiosa —suspiró antes de seguir—: Tampoco tenía muchas ganas de ir.
   —Qué coincidencia, yo tampoco estoy invitado.
   —Igual —se atrevió a rectificar Flora después de un momento—, lo mínimo que nos merecíamos los dos era su fiesta de matrimonio. No sé, como un gesto. Aunque yo igual no iba a poder ir.
   —Yo tampoco. No sirvo para las trasnochadas. —También Silvio se permitió un momento de reflexión-: Tienes toda la razón, Flora, es el gesto lo que importa.
   —Victoriano tiene turno esta noche —dijo Flora, reiniciando la conversación en un tema diferente—. Me comprometí para acompañar a su mamá. Ella es muy supersticiosa y le aterran las noches de luna llena.
   —Primera vez que escucho algo así.
   —La ceremonia en la iglesia me dejó deprimida. Aunque yo le deseo lo mejor a Charito.
   —Yo igual, lo mejor para ella. —Enseguida Silvio pareció recordar algo importante—. Oñate me encargó que le cuidara su departamento mientras estaba el fin de semana en la nieve. Le han robado tres veces. —Suspiró de la misma forma que le había visto hacerlo a Flora—: No tengo planes para esta tarde, como creí que se trataba de un error lo del parte de matrimonio de Charito.
   —Mal agradecida con la amistad. Mal reconnaissant. Estoy bien sentida con ella. La verdad es que te aceptaría algo caliente para tomar.
   —Te preparo café, Oñate debe tener —dijo Silvio en el momento que doblaron una esquina y se acercaron lentamente a la vereda.
   —Esta ciudad está acabando conmigo. Mira mi nariz —dijo Flora, abriendo la puerta del auto y caminando hacia la entrada.
   —En todas las grandes ciudades del mundo el problema es el mismo —sentenció Silvio, mientras subían las escaleras del edificio de tres pisos.
   —Yo me vuelvo a Rancagua.
   —Perdona el desorden de Oñate —dijo Silvio una vez adentro.
   —Nada.
   —Enseguida caliento el agua. —Entró a la cocina. Dispuso las tazas sobre el mueble—. Recorre, si quieres —gritó hacia adentro, mientras terminaba de colocar la tetera en el quemador del gas.
   —Preferiría té, si no te complica —le gritó ella desde el interior—. El café me quita el sueño y me da acidez. Dicen que tiene que ver con el Alzheimer.
   —¿En serio? —dijo Silvio ocupado en el fondo.
   —De lo que murió rita heyguor. Tomaba veinticinco tazas de café al día.
   —Mirella Boffil se perforó el estómago con el café —agregó Silvio cuando lo tuvo todo preparado.
   —Lo de Mirella fue otra cosa y no quieren decirlo.
   —¿Drogas?
   —Me lo contó el pololo de una amiga que va con Mirella a las reuniones de CVX. —En ese momento apareció Silvio en el living.
   —Debe ser como todos los turcos que tienen plata en Chile.
   —No seas racista, Silvio, adémás Boffil no es un apellido turco.
   —¿Y el negocio del papá?
   —Se llama Café Turco, pero eso no significa que sea turco. Es algo así como, por ejemplo, si fueras dueño de un baño turco. Es sólo el nombre. —Silvio dio un paseo inútil a la cocina porque el agua todavía no hervía—. Oñate debería probar con un microgiiey —dijo ella.
   —En mi casa yo tengo uno, pero nadie lo ocupa. Dicen que es una buena forma de suicidarse, metiendo la cabeza adentro.
   —Qué horror que digas eso.
   —Esteban Picarte se suicidó así.
   —Pero Esteban Picarte no está muerto.
   —Bueno, no murió, lo intentó pero falló. El papá de Charito ha intentado dos veces quitarse la vida.
   —¿Pero de dónde inventas tanto, Silvio? Me da risa —después de decirlo se rió.
   —¿Quieres saber el verdadero motivo por el que Charito se casó?
   —Hace cinco años que ella lleva su bague de fiancailles.
   —¿No me crees? ¿Te acuerdas del accidente automovilístico de Charito?
   —Un año nuevo, primero o segundo de universidad.
   —Segundo.
   —Qué mal quedó Charito ¿te acuerdas? Se le rompió una vena o una arteria, qué sé yo de medicina.
   —Quedó sin sangre. Se veía blanca y comatosa por el golpe. Sólo su papá pudo darle sangre, casi la mitad de la que tenía él. Tú sabes cómo la adoraba el papá.
   —Me acuerdo perfectamente.
   —Espera, que no te sabes toda la historia —dijo Silvio interrumpiéndose porque escuchó pitar la tetera. En la cocina echó el café y la bolsa de té en las tazas. Cortó algunas rebanadas del queque inglés que encontró en el mueble y regresó a la sala—. Descubrieron que el papá de Charito tenía sida, de eso hace algunos años —concluyó Silvio, distribuyendo las tazas sobre la mesita de caoba en el centro.
   —¿Qué insinúas?
   —Que el papá le pasó el sida a Charito en la transfusión.
   —Pero si todavía no se inventaba el sida en 1970, el año del accidente —dijo ella, picando sólo la fruta confitada del queque.
   —A Charito la enfermedad se le quedó en el cuerpo, invernando. De un día para otro se le despierta el virus, y hasta ahí no más llega. Por eso se casó tan rápido.
   —No se le nota nada el sida. Ni una manchita en la cara ¿Pero cómo el papá no se ha muerto? Lo vi el otro día en el cine, cuando fuimos con Victoriano a ver Obsesión, donde trabaja yeremy airon. Lo hace muy bien, parfait, muy convincente en su papel.
   —¿Cómo te puede gustar? Yo no le creo nada cuando actúa.
   —Lo que pasa es que tú eres un témpano, Silvio. —Flora miró por primera vez el departamento—. Qué bonitas esas cortinas. Y el dressoir de madera me encantó.
   —¿Te gusta? —preguntó indiferente Silvio.
   —¿En qué estábamos? ¿En yeremy airon?
   —No, en el papá de Charito.
   —No me contestaste por qué todavía está vivo si tiene sida.
   —Leonardo Labarca, mi mejor amigo, Ele-ele, dice que está muy claro. Óscar Peña no es el que tú viste ese día en el cine.
   —¿Cómo que no? No veo bien de lejos, pero no tengo dudas de que era él, hasta me saludó cuando nos apretamos en la salida.
   —Yo le creo a Ele-ele. Su mamá, que conoció antes a Óscar Peña, pero mucho antes, dice que no lo reconoció saliendo de un Red-banc. La mamá lo trataba desde joven, cuando vivían en Rancagua.
   —¿Pasó algo entre ellos dos?
   —Nada. Rancagua no es muy grande. Los dos eran de buena familia. No había opción, tenían que conocerse.
   —Me imagino. Rancagua es así, todo el mundo se conoce. A mi papá le ocurrió lo mismo en Nueva York. ¿Tú sabes que se exilió en Nueva York en el tiempo de Allende? Después, por un extraño error, la Junta no lo dejó entrar al país. Por supuesto, era un error de papeles, confusión de nombres. Mi pobre papá tuvo que dar vueltas, por Nueva York, sin plata y sin conocer a nadie. Entonces fue a caer a Banana Hill, un barrio que todavía existe en Nueva York, donde vivían sólo chilenos, todos exiliados de Pinochet. Los 11 de Septiembre salían a la calle vestidos de luto. Mi papá vivía con ellos, sin decir nada porque no tenía adónde ir.
   —Inteligente tu viejo, zorro, se cuidaba para que no arremetieran contra él.
   —No se metía con nadie, hasta que conoció al tío Perico, el papá de la Panchita. El tío Perico estaba en las mismas condiciones que mi papá, por eso se hicieron amigos.
   —La Panchita anda con el hermano del mejor amigo de Ele-ele, que estudia computación.
   —Al tío y a mi papá, por una casualidad los entrevistó Mari Rodríguez Ichaso para la Vanidades. «Perdidos en N.Y.», ése era el título del artículo. Hasta ahí no más llegó la suerte del papá y el tío Perico. Los acusaron de ser del CNI y los echaron del barrio.
   —Dime con quién andas y te diré quién eres —sentenció Silvio terminando su taza. Se dio cuenta de que la tarde bajaba. Encendió la luz de la lámpara de alabastro en el piso.
   —Qué lindo se ve el atardecer desde aquí, merveilleux. Sino
fuera por ese hotel que está al frente —dijo Flora—. La cordillera se ve rosada ¿Qué ciudad del mundo puede ofrecer un espectáculo así?
   —¿Suiza?
   —Pero eso es un país. Amo esta ciudad.
   —Hace un rato dijiste que te caía mal.
   —Tiene cosas buenas y cosas malas.
   —Antes de que se me olvide lo del papá de Charito —le recordó Silvio.
   —Con la mamá de Ele-ele —precisó Flora.
   —Sí, está incluida. En realidad hubo algo entre ellos dos, pero como era antes, muy respetuosos ambos.
   —¿Por qué dices como era antes?
   —Con respeto.
   —Sí, te escuché. Pero ahora puede ser igual, es cuestión de una —dijo Flora un poco molesta y pasándose el dedo por la mezclilla de su pantalón—. La mayoría de los jóvenes pensamos distinto.
   —Te encuentro toda la razón, Flora.
   —Perdona la acotación. A mí me gusta dejar las cosas muy claras con mis amigos. Un ejemplo: el hecho de que yo esté aquí contigo, en el departamento de Oñate, que apenas lo he visto una o dos veces en mi vida, y no con Victoriano, no significa nada.
   —Nunca he creído lo contrario, Flora —dijo Silvio y abrió exageradamente los ojos.
   —Sigue entonces. Pero antes, déjame decirte que me encantaron estas cortinas, le vienen con todo. Color concho de vino. Son elegantes a pesar del nombre.
   —Yo estaba aquí cuando las trajeron, Oñate las pidió por teléfono. Ahora todo lo puedes pedir por teléfono.
   —En cambio, en mi casa, mi mamá tiene un decorador que es un animal.
   —Gino… algo ¿Estaba para tu cumpleaños?
   —Sí. Gino. Mamá lo contrató a perpetuidad. En su contrato dice que no puede moverse nada en la casa sin su permiso.
   —Pero eso es un abuso.
   —Imagínate, si quieres cambiar este jarrón por una silla, por ejemplo, no se puede. Eso es un decorador a perpetuidad. Partout de la casa.
   —¿Y tu mamá no puede sugerir nada?
   —Una vez lo hizo con el tapiz de yute de las sillitas del bar. ¿Sabes la respuesta de Gino algo?
   —No.
   —No sólo no le pareció la idea, sino que hasta puteó a mi mamá por teléfono.
   —Eso es exceso de confianza. En Chile eso es lo peor. Tú no puedes darle confianza a la gente, sobre todo a los que trabajan para ti. En el taller de la oficina me pasa lo mismo. Le digo algo a un dibujante, algo así como: qué lindo te quedó el mono, ¿sabes lo que ocurre después?
   —No.
   —Al otro día te invitan a alguna de sus fiestas de cumpleaños, a un paseo o a jugar babyfútbol. Y el dueño de la agencia soy yo. Cómo voy a andar confraternizando con los empleados. Así se pierde el sentido de autoridad de toda empresa.
   —Cierto. El día de mañana consideras que te hicieron mal un encargo y no lo puedes chuchear a conciencia y con tranquilidad… Perdona que diga chuchear, se me pegó por mi papá. Tú sabes que él ha vivido siempre en el fundo, al interior de Rancagua, nunca se civilizó, a pesar de esos años en Nueva York.
   —Por mí no hay problema.
   —El fundo se lo expropiaron los del MIR, y mi papá tuvo que volar a Nueva York.
   —¿Por qué no tomamos algo? Un traguito. Oñate debe tener. Sé preparar un trago que me enseñó Madelen Ruiz, es el mismo trago que hacía ton cruis en esa película en que trabajaba en un bar, ¿te acuerdas que la vimos juntos?
   —Qué buena memoria, Silvio. Todavía estábamos en el colegio. Qué vieja estoy —Flora se acercó al bar y miró desinteresadamente las botellas.
   —Oñate está surtido —dijo Silvio detrás de ella.
   —Mira —dijo inquieta Flora—, la verdad es que preparar tragos estando los dos solos, en un departamento que es de un tercero, no me parece lo más adecuado. Yo sé que tú serías incapaz de hacer algo malo, pero imagínate por un momento que llega Ele-ele a verte.
   —Ele-ele se fue a Chiloé, a la regata que hacen allá todos los años.
   —Entonces, cualquiera de los amigos de Oñate.
   —Ele-ele no conoce a Oñate —quiso aclarar Silvio.
   —Me refiero a que nos pueden encontrar aquí a los dos solos, y con dos vasos cargados de licor. ¿No pensarías que algo estamos haciendo?
   —¿En serio? No lo había pensado de ese modo.
   —Lógico.
   —¿Y otro té?
   —Está bien, pero ahora quiero un café cortado con una cucharada de leche semidescremada. Han descubierto en Alemania que la leche con toda su materia grasa daña el cerebro; es una abundancia proteica en el cerebro.
   —¿Sí? —Silvio se internó otra vez en la cocina del departamento. Volvió a repetir todo en el mueble: las tazas, el café y la tetera en el quemador.
   —Por eso no nos podemos superar en Chile —dijo Flora hacia la cocina, levantando la voz.
   —No te entiendo.
   —Lo de la leche en Alemania. Los niños aquí en Chile toman mucha leche, así se les daña tempranamente algún hemisferio cerebral. En cambio, los norteamericanos, tendrán cosas malas, pero, ¿qué hacen? Unos días con leche y después hamburguesas y milcheic.
   —No tengo leche, Flora —dijo Silvio hundiendo la cabeza en el refrigerador.
   —No te preocupes. Entonces, otro té, por favor. Estábamos en el asunto de Charito Peña cuando te interrumpí hace un rato. Inconcevable, todavía no puedo creer que no me invitara a su fiesta de matrimonio.
   —En conclusión. La mamá de Ele-ele asegura que el Oscar Peña que ella conoció no es el mismo que ahora dice ser Oscar Peña.
   —¿Entonces quién es?
   —Su hermano gemelo. Nadie en la familia de los Peñas admitiría que Oscar Peña, dueño de la exportadora de paltas más grande del país, sea un gay.
   —Y que además, sin saberlo, pringara a su propia hija… Otra palabrita, perdona, es que estoy acostumbrada a hablar de ese modo por culpa de mi papá.
   —No te preocupes. Escucho cada cosa en el taller. Conversaciones de la cintura para abajo. Qué puedo hacer si me dicen que así se les ocurren mejores ideas para publicidad, que para vender hay que hablar el lenguaje de la calle.
—Yo pienso, justamente, lo contrario. Si la vida es fea y las cosas son difíciles, para qué ponerlo todo tan oscuro, por qué no ver el lado bonito y más sano. Por ejemplo, tú me invitaste ahora a tomar café…
   —En tu caso ha sido té —interrumpió Silvio.
   —Okey, té. Yo vengo a este departamento, donde nunca había estado antes, porque confío en ti, porque los dos somos amigos, somos adultos, y yo te conozco desde hace tiempo.
   —No tengo nada contra los curas, ni a favor ni en contra, pero algo aprendí en el colegio de curas donde estudié. Aprendí a ser respetuoso. En el diario mural de mi sala nos hicieron colocar la siguiente frase —Silvio siguió su explicación trazando una línea imaginaria con las manos—: «El respeto es la madre de una personalidad fuerte».
   —Bonita frase —dijo Flora siguiéndolo—. Eso es a lo que me refería. Pero igual preferiría que no usaras la palabra cura, suena tan feo. Como decir milico o paco, cuando se puede decir militar o carabinero. Suena como hiriente.
   —Es por costumbre —se defendió Silvio. Volvió con la bandeja. Traía dos tazas con agua hirviendo. Regresó otra vez a la cocina por el azucarero, un jarroncito de porcelana que decía sweet dream en un costado.
   —Uy, qué fino; desconozco a Oñate —dijo Flora cuando Silvio destapó el azucarero—. Mis abuelos eran iguales con la porcelana, todo de porcelana. Tenían un jueguito de porcelana para el té. Ellos dos sí que eran civilizados. Cuando el príncipe Rainiero estaba recién casado con esa actriz, la que murió en un accidente.
   —¿greis keli?
   —Ésa. El príncipe organizaba todos los meses una misa en Mónaco. Llevaba algún arzobispo de Roma, que tampoco está tan lejos de Mónaco, e invitaban a cincuenta matrimonios respetables y católicos. Una vez invitaron al matrimonio de mis abuelos. Fueron los primeros chilenos que invitaron. No pudieron ir porque el abuelo le tiene miedo a los aviones. Después se murió greis keli y no se volvió a repetir la invitación.
   —¿Cómo está de azúcar tu té?
   —Rico.
   —Déjame terminar con el papá de Charito.
   —Está bien.
   —Según Ele-ele, el que se supone papá de Chanto es en realidad un impostor. El verdadero Oscar Peña murió en una clínica de sidosos millonarios en Lisboa.
   —Lisboa no queda en África, ¿no?
   —Lisboa es en Portugal.
   —Yo conozco otra versión de por qué la Charito se casó. —Flora sonrió orgullosa.
   —Tampoco dije que le creía a Ele-ele su versión sobre Oscar Peña.
   —Charito Peña se casó por amor —sentenció Flora con una sonrisa triunfadora y retrepándose en el sillón.
   —Con casi diez años de novia con Sebastián Trujillo, ¿qué podías esperar?
   —¿Tú sabes que Sebastián Trujillo no es sobrino de Valentín Trujillo, el músico, como todos creíamos?
   —Yo lo sabía. Seba no quería que se supiera —explicó Silvio.
   —Me refería a otra cosa cuando dije que Charito se casó por amor, no por el amor de Sebastián, sino por despecho; porque ella quería, pero no la querían a ella.
   —¿Igual como a la niña de la televisión peruana, la que se suicidó?
   —La diferencia es que Charito está viva. A la peruana la mataron, no fue suicidio. En eso tuvo que ver el hijo de Fujimori, el presidente de Perú.
   —Yo creía que Fujimori sólo tenía hijas mujeres.
   —Entonces debe ser hijo natural. Tú sabes cómo son los orientales.
   —Espera, Flora, quiero aprovechar para preguntarte algo. Siempre he querido saber si tú fumas.
   —Cómo se te ocurre, Silvio, yo me cuido. Voy a aerostep todas las mañanas y trato de comer cosas que alimenten. El cigarrillo está completamente descartado. No me digas que tú fumas.
   —Bueno, la verdad sí, Flora.
   —Qué decepción. Durante todos estos años no te he visto nunca encender un cigarrillo.
   —Reconozco que es un error, pero cuando lo tienes como vicio es difícil dejarlo.
   —No hables así. Si el día de mañana te da por la marihuana ¿vas a decir lo mismo? Según los últimos estudios, la marihuana está a un paso de un simple cigarrillo. Y de la marihuana no se sale. —Flora estaba de pie y su sombra se alargaba en la pared del departamento.
   —Tienes toda la razón como siempre, Flora. Desde esta noche
no fumo más —dijo Silvio mirando la sombra en la pared. Después de un momento agregó—: Me sigue la duda con lo de Charito. Ella siempre fue fiel a Sebastián.
   —No dije que lo engañara con otro, mon aimé. -Volvió a dibujarse el triunfo en la cara de Flora.
   —¿Cómo?
   —Lo que escuchas. El verdadero amor de Charito y la razón de su matrimonio, no es él, sino ella. Una verdadera histoire d'amour.
   —Me desayuno, Flora.
   —Tú sabes que me carga hablar de las desviaciones de la gente, pero con Charito es diferente.
   —No te puedo creer, me niego. —Silvio se levantó. Encendió el equipo. La música era suave. Orquestada.
   —Esa es de una película —dijo Flora cuando reconoció la melodía—. ¿topgan?
   —Frío.
   —Pero qué tonta: doctor chivago, donde trabaja ese turco que siempre se me olvida su nombre.
   —omar charif.
   —Bueno, la Chanto siempre fue talentosa, hay que reconocerlo; a pesar que lo de esta noche no se me olvidará tan fácilmente.
   —Siempre fue buena en todo. Abanderada en el colegio, por
ejemplo.
   —Era la preferida del cura Demetrio… Quiero decir, el hermano Demetrio. El papá donaba todos los años el té de navidad para los funcionarios del colegio. Era justo que ella pudiera ser la abanderada del colegio… Pero el punto es que hace algunos años a Charito le entró la devoción por la danza moderna.
   —Me acuerdo. Su pieza estaba decorada con una fotografía de ric astlei y otra de isidora dancan.
   —Duncan. Bailar puede cualquiera, es cuestión que veas en una fiesta, cualquier liceana baila bien, con esquemas y pasos de moda. Pero Charito estaba para cosas mayores. Su papá, no me preguntes si el verdadero o el impostor, le pagó un curso en la academia de la búlgara Irina Borisov.
   —Yo me pregunto: ¿por qué nosotros los chilenos siempre nos deslumbramos por lo extranjero? Antes, con todo lo norteamericano, ahora con todo lo del otro lado de la cortina de fierro.
   —Es de hierro, Silvio, y eso se acabó hace algunos años. Pero no hablemos de política, por favor.
   —Era una acotación.
   —Está bien. El asunto es que nuestra Chanto Peña se enamoró de la profesora búlgara.
   —Ahora sí que no te creo nada, Flora, es imposible. Charito es una niña decente. Tiene sus defectos, como todo el mundo. —Silvio soltó todo el aire antes de continuar—. Aunque suene como una infidencia de mi parte, te voy a contar algo que ayuda un poco a aclarar el malentendido con Charito.
   —No he terminado con la búlgara.
   —Resérvalo. Esto me lo contó su novio de toda la vida y, desde esta tarde, su marido, Sebastián Trujillo. Seba es mi mejor amigo, junto a Ele-ele. Fue el año 87, el año que vino el Papa al país. Desde hace tiempo Sebastián quería pedirle eso a Charito.
   —¿Cómo eso? No entiendo.
   —Relaciones. Eran novios hacía cinco años, era lo mínimo. No era sólo sexo porque había un sentimiento de por medio.
   —¿Tú crees que es un buen tema discutir la vida íntima de una amiga como Charito? Me abochorno un poco. No es que me moleste por ella, cada uno hace con su vida lo que quiere. Igual yo tengo mi propia opinión.
   —¿Sí? —dijo Silvio en tono desafiante.
   —No me parece correcto entregarse sólo para pasarlo bien un rato. ¿Cuánto? Diez, quince minutos; y luego, horas, días de remordimientos.
   —Seba me pidió que no se lo contara a nadie, pero también tú eres mi amiga y tienes derecho a saberlo; sé que de estas cuatro paredes no sale. —Silvio quedó serio y se acercó al borde del sillón. Flora pestañeó sin moverse y dijo: 
   —Jamás hablaría si tú me contaras algo en calidad de secreto.
   —Después de cinco años juntos, Seba se atrevió una noche a pedírselo a Charito. Estaban en la playa de estacionamiento de San Carlos, en el auto de Seba, un Tercel paliducho, los primeros que llegaron al país. Todo estaba oscuro y se besaban.
   —¿Son necesarios los detalles?
   —Fundamentales. Se trata de confirmar mi teoría sobre Charito.
   —Está bien.
   —Los besos se fueron haciendo intensos. Cuando Seba consideró que el momento había llegado para pedírselo, para decirle que lo quería hacer con ella, decirle que quería hacer el amor, que quería…
   —Entiendo el punto —interrumpió Flora.
   —Eran todas la posibilidades que tenía Seba en la cabeza esa noche, porque lo había pensado mucho. Para él se trataba de la primera vez, aunque tú no lo creas. Pero no tuvo tiempo porque ella, nuestra amiga, le bajó el cierre del livais, le escarbó entre el eslip y comenzó a chupárselo, sin que Seba pudiera decir o hacer nada.
   —Qué horror.
   —Con eso, te imaginarás, él se desinfló como un globo. Se desmotivó. Tuvo que esperar otros cinco años para pedírselo formalmente esta tarde en la iglesia.
   —Pobre Seba, se traumó.
   —Imagínate la impresión de ver a Charito, su Charito, metida en su marrueco, chupando y chupando como una loca desesperada. Desde ese día, te lo digo, porque yo soy su amigo, Seba no volvió a ser el mismo.
   —Es para no creer —dijo Flora tragando saliva-. Pero todavía no entiendo qué tiene que ver con lo que te conté de la profesora búlgara, la Irina Borisov. —Ahora Flora se abrazó el estómago.
   —¿Tienes frío? -preguntó él.
   —Cayó la noche —respondió ella.
   —Tiene que ver. Todo esto prueba, fehacientemente, que a Charito le gustaban y le gustan los hombres. Si fuera de otra forma no pensaría tan desesperadamente en el miembro. Tengo entendido que ese tipo de mujeres odian el sexo masculino.
   —Eso es una fantaisie. Te seré sincera con lo que me contó Astrid Simons, la sobrina del arquitecto Simons, el del Edificio Simons. Astrid también pagaba clases de danza con Irina Borisov.
   —A mí me encantan los detalles —dijo con una sonrisa Silvio, y ambos se rieron nerviosos.
   —Una noche, terminada la clase, Astrid se devolvió a la academia porque había olvidado su agenda en los vestidores. Las sorprendió a las dos, a la búlgara y a Charito. La academia estaba vacía a esa hora, excepto por ellas dos abrazadas en la colchoneta. Charito estaba arriba, porque era más joven y atlética, y la búlgara debajo. Las dos desnudas, pero sin verse las caras ¿me entiendes?
   —El sesenta y nueve —detalló Silvio azorado.
   —Esto ocurrió hace algunos meses, no me compliques con el año. Déjame seguir, si no no te cuento nada más.
   —Perdóname.
   —Charito le pasaba la lengua por debajo a la búlgara, y ésta hacía lo mismo con Charito, nuestra amiga.
   —Increíble. Tal vez Astrid no vio bien.
   —Nada, hombre. Le impresionó tanto un detalle que a mí me quedó grabado también, hasta el día de hoy. El lugar que besaba Charito, para precisarlo, digamos que era la conchita de la búlgara… Perdona por la mala palabra, a mi papá se le sale a cada rato cuando habla sobre los animales del fundo. En este caso, no era conchita sino concha, casi con mayúscula. Tenía tantos pelos que le colgaban hacia abajo, como la barba de un rabino. Eran tantos que Charito tenía que apartarlos con la mano para llegar al centro.
   —Nadie mentiría con un detalle como ése.
   —¿Lo ves?
   —Puede ser —una desviación pasajera. Leí en un libro de Erich Fromm que hay dos tipos de desviaciones.
   —Debió ser Sigmund Freud.
   —¿Importa? Da lo mismo Fromm, Freud o Herman Hesse.
   —A mí me encantó Sidharta de Herman Hesse, pero dudo que en sus libros se hable de esas cosas.
   —No me la hagas difícil, Flora. Quiero decir, que hay dos tipos de desviaciones, una temporal y otra permanente.
   —Como la locura.
   —Mira, Flora… —Silvio se detuvo sin decidirse a seguir.
   —¿Adonde te fuiste? Lo que más odio de Victoriano es que se quede en la mitad de una frase.
   —Dudé por un momento, pero en vista de que esta noche estamos en confianza tú y yo.
   —Confianza bien entendida, por supuesto.
   —Por supuesto. ¿Te acuerdas del verano en Algarrobo? El último fin de semana, cuando todos ustedes se vinieron, Charito quería aprovechar los últimos días de sol y me pidió quedarse en el departamento de la playa.
   —¿Te quedaste con ella? —Flora abrió los ojos antes de seguir—. No, Silvio, creo que no podría resistir escuchar nada más por esta noche. Estamos en el Mes de María. Mi mamá contrató a un sacerdote y celebramos el Mes de María en el living de la casa. De hecho, antes de pasar por el matrimonio de Charito en la iglesia, estuve en la casa para la misa. No esperarás que reaccione favorablemente con esta entretien.
   —Quiero aclarar lo de Charito Peña, eso es todo, a mí el Mes de María me hincha las pelotas; no lo digo por ti, Flora, sino por esas celebraciones en general.
   —Respeto tu opinión, pero trata de usar otros términos para demostrar desacuerdo.
   —Bien. La noche que se quedó Charito en Algarrobo, ocurrió lo peor. Digo lo peor por Sebastián Trujillo, el novio y ahora marido de ella, y también mi mejor amigo.
   —Creo que necesito un trago. —Flora se acercó a la licorera—. Algo suave, como un Martini o licor de almendra.
   —Te sirvo y aprovecho para mí de ajustarme un jac daniel. —Silvio quitó los hielos del freeser sin dejar de hablar—. No es que yo, premeditadamente, preparara algo con ella en la playa. Se dio. Mis papás regresaron antes de lo esperado a la ciudad y nos quedamos los dos solos en la casa. Reconozco que me volvía loco verla en su tanga cuando bajábamos a la playa.
   —Yo, nada de tangas. El obispo de Viña prohibió las tangas en el litoral central. Después, y con toda razón, te violan.
   —Esa noche estábamos como ahora, conversando y tomando unos tragos, pero tragos fuertes, con intención. Imagínate, estaba solo con Charito. Oscurecía. Por dentro me estaba calentando.
   —¿Por qué no intentas un sinónimo? ¿Por qué siempre tienes que ser tan directo?
   —¿Un sinónimo? Me hervía debajo del calzoncillo, ¿Ese es un sinónimo?
   —Claro que no es un sinónimo. —Probaron sus vasos antes de seguir.
   —La Charito, me acuerdo —dijo Silvio, cerrando evocativo los ojos— puso música romántica, keniyí. Comenzamos a bailar con la puerta de la terraza abierta, porque todavía hacía calor a fines de febrero. De pronto escuché que me decía: «Oscar, soy tuya».
   —¿Cómo Oscar? Tu nombre es Silvio.
   —Claro que sé cómo me llamo, pero ella tenía algo de alcohol en el cuerpo y me llamó por el nombre de su padre.
   —¿No estaba trépasser, muerto?
   —Pero en ese momento no lo sabía.
   —¿Y tú no le dijiste que no eras Oscar sino Silvio?
   —Lo intenté, pero de pronto me besó. Entonces no aguanté, porque estaba… aquí no te digo exactamente cómo estaba porque no te gustaría la palabra, pero sinónimos tampoco tengo. Yo para el castellano, nada.
   —Te puedes dar una licencia por esta vez.
   —Caliente, así estaba. Comenzamos a quitarnos la ropa desesperadamente y todo quedó desparramado. Cuando estuvimos completamente desnudos, yo pensé en Sebastián Trujillo, mi mejor amigo. También me acordé del secreto de Seba esa noche en su auto. Entonces, me dije: aquí Charito me lo chupa y nada más, y mañana sin remordimientos.
   —No sé por qué resisto y me quedo aquí a escucharte, Silvio. Te digo que vengo del Mes de María, pero a ti nada.
   —«Venid y vamos todos con flores a María, que madre nuestra es» —cantó Silvio, algo achispado con su trago.
   —No te burles.
   —Antes de que se me acabe la inspiración, déjame terminar con Charito en Algarrobo, en medio de besos y abrazos en la alfombra pérsica de la casa de verano.
   —Persa.
   —¿Cómo persa? ¿Y la guerra del Golfo Pérsico?
   —Además, la alfombra de tu casa en Algarrobo es nacional, siempre se lo quise decir a tu mamá, pero no me atreví, podía pensar que era para criticarla.
   —En un momento le pregunté a Charito por Seba Trujillo, para ver su reacción.
   —Algo de remordimiento te quedaba.
   —Claro. Entonces, Charito dijo que yo tenía toda la razón, que no podíamos traicionar a Seba. Así que, desnuda como estaba, se fue al baño, buscó en el botiquín y volvió con la crema Atrix de mi mamá. Me llenó de crema, también lo hizo con ella, y me pidió
que se lo metiera por detrás, dijo que así quedaba salvado el honor de Seba. Me dolió un poco al principio, pero al final me gustó igual. A ella, lo mismo.
   —¿Por qué te escucho todo esto, Silvio? El trago nos está poniendo mal a los dos.
   —Todo lo que te conté es para probarte, una vez más, que Charito es normal. —Se quedaron un momento en silencio. Silvio revolvió su vaso. El hielo estaba derretido. Sintió lástima por Flora, empequeñecida en el sillón.
   —Tengo un último argumento —dijo Flora, haciéndose esperar antes de continuar—. Es como para retribuir tu confianza. Igual me contaste algo bien íntimo.
   —Para mí fue la primera vez que lo hacía por detrás. Le pregunté al hermano Jean-Carlo, el cura de mi colegio, si tenía algo malo hacerlo así.
   —¿Te atreviste a preguntarle?
   —Tengo confianza con Jean-Carlo, desde que salí del colegio hace algunos años, seguimos como amigos. Jean-Carlo me dijo que no era el camino natural. Al principio no entendí eso de camino natural; pero él, como es cura, sabe hablar con metáforas; ¿se llaman metáforas? —dudó por un momento Silvio.
   —¿Qué esperabas que te dijera? Hoyo del culo. Perdona que
pierda un poco la paciencia.
   —Está bien. Jean-Carlo me dijo que hacerlo por el camino estrecho era de maricones, que pensara en ello.
   —Pensaste, supongo.
   —Evidentemente. —Ambos volvieron a relajarse. Esta vez Flora se sentó en el borde del sillón.
   —Fue hace años —recomenzó Flora—. Todavía estábamos estudiando. Un sábado por la noche nos quedamos en la casa de Coyi. Estábamos todas las amigas de Coyi incluida Charito. Comenzamos a hacer recuerdos de cuando éramos niñas. El departamento de Coyi era todo un piso, enorme. Se nos ocurrió jugar a las escondidas, como antes cuando vivíamos en Rancagua. Yo me escondí en la despensa, que debe ser tan grande como la cocina de Oñate. De pronto, abrió la puerta Charito. No se le ocurría adonde esconderse, dijo.
   —¿Te sirvo otro vasito de licor de almendra?
   —Cómo se te ocurre. Con todo lo que he tomado basta… Nos encerramos las dos al fondo de la despensa, con la luz apagada. De pronto sentí algo helado por mi estómago. Al principio creí que era una araña de Rincón, pero no, era la mano de Charito. Me quedé paralizada. Chocada. Ella siguió hacia arriba, me desencajó el sostén y me manoseó. Después se untó los dedos con saliva y volvió a tocarme. Yo estaba en trance, hipnotizada. Sentí que mis tetas… mejor voy a usar la palabra senos. Sentí que mis senos se ponían duros con la saliva de Chanto. Después, lo único que recuerdo es la boca de Charito en el mismo lugar donde me tocaba con los dedos.
   —No te puedo creer lo que me cuentas, Flora; te agradezco tu confianza, pero me resulta difícil de creerlo.
   —Después del asunto en la despensa, ella como si nada. Yo quise contarle a mi mamá para pedir hora donde el psychiatre, pero después me di cuenta de que no podía contárselo a nadie. No sé por qué te lo cuento ahora a ti; eres el primero.
   —No te preocupes, de aquí no sale.
   —Sólo quería probar mi opinión sobre Charito. —Flora pareció aliviada, incluso sonrió. La música se había terminado en el aparato.
   —En realidad no hay mucho que agregar —opinó Silvio benevolente—. La Charito se nos casó, y eso es definitivo.
   —Tienes razón. Está todo dicho.
   —Todo.
   —Igual es una canallada que a esta hora, mientras nosotros estamos aquí, ella esté disfrutando de su fiesta de matrimonio.
   —De todas maneras, yo tampoco tenía muchas ganas de ir.
   —Yo, menos, d’une maniere ou d’une autre.
   —A pesar de todo, es amiga mía y le deseo toda la felicidad del mundo —dijo Silvio levantando su copa.
   —No, si yo igual le deseo toda la felicidad del mundo. Aunque, para serte sincera, igual la compadezco.




en McOndo, Modadori, 1996



















martes, enero 13, 2026

«Pancho Rojas», de Manuel Rojas




 
Para Enrique Espinola


No podría decir a qué hora murió Pancho Rojas. Sospecho que murió al amanecer, instante que me parece el más angustioso para morir: irse cuando nace el nuevo día, un nuevo día que uno no vivirá, debe ser más duro que irse al caer la tarde, cuando se espera el sueño y cuando sueño y muerte se confunden.

Y no es por crueldad que me inclino a creer que murió al venir el día: la violenta posición de su cuerpo, que parecía hundido en la tierra, así me lo hizo suponer. No murió apaciblemente.

Al encontrarlo, boca abajo, sobre el pasto lleno todavía de rodo, y levantar su cabeza para mirarlo, tuve un estremecimiento: la cara estaba cubierta de pequeñas hormigas rojas, algunas de ellas amontonadas sobre los cerrados párpados” trabajando tal vez para atravesarlos y llegar a las pupilas.

Solté la cabeza, que cayó de nuevo sobre el pasto, y me enderecé. Estábamos solos, en aquel rincón, el muerto y yo. Era un día de otoño, de un otoño seco y brillante. Los primeros picaflores llegaban ya desde el sur y se les veía bailar ante los caquis maduros, hundiendo el agudo pico en la amarillenta corteza.

No sentí tristeza, sino más bien lástima o piedad; algo hondo, de todos modos. Pancho Rojas, sin ser de la familia, era considerado como uno de sus miembros. Llevaba dos años viviendo en la casa, y aunque entre él y nosotros existía solo una relación física, que es la única que suele existir entre muchos seres, esa relación era, felizmente, simpática, por lo menos para mí y para los míos. Pertenecíamos, por lo demás, a mundos diferentes, y esa diferencia impedía cualquiera otra aproximación.

No sabía nada de su vida anterior. ¿Dónde había nacido? ¿En qué lugares vivió sus primeros días? Nunca lo supe. Suponía, sí, que era oriundo de algún lugar de la costa central de Chile y que sus primeros días los había vivido sobre las lomas o en las quebradas, en los pantanos o en las vegas de esa región, quizá cerca de alguna laguna, como la de Cáhuil, por ejemplo, o como la de Boyeruca, o en los valles que cortan por allí la cordillera de la costa.

Al mirarlo y ver su fina estampa, su cuerpo esbelto, su andar elegante, su vestimenta impecable, sentía una gran ternura: me recordaba pasados y hermosos días, mañanas de sol y viento, amaneceres con húmedas neblinas, espacio, tranquilidad, rumores, soledad, y me parecía ver, entre todo ello, a hombres que algo tenían que ver con él, de tez morena y ojos claros, sencillos y callados, que llevaban apellidos de la tierra, pero que tanto podían parecer mapuches o changos como vascos o andaluces. Me recordaba también el canto y el vuelo de los pájaros, el grito sorpresivo y el vuelo brusco de la perdiz de mar, el quejumbroso lamento del pilpil, el vuelo rasante, sobre el agua tranquila de las lagunas, del rayador, el caminar urgente del pollito de mar. Sí. Me recordaba todo aquello, formaba parte, aun desde lejos, de todo aquello, que existía siempre, pero de lo cual él y yo nos encontrábamos separados y parte de lo cual estaba perdido para él y para mí.
Hice lo imposible por llegar a tener con él más estrechas relaciones. Nunca lo logré. Algo, muy importante, que yo no podía traspasar ni derribar, nos separaba. Cada vez que intenté acercarme a él, fracasé. Se apartaba, y desde lejos, mirándome de lado, parecía decirme:
—¿Por qué pretendes convertirme en algo tuyo? Déjame ser como soy. No quiero llegar a ser uno de tus hijos, como tu mujer o como uno de tus zapatos, algo doméstico y manoseado. Si represento para ti la imagen de una vida libre y salvaje, déjame ser salvaje y libre, aunque dependa de ti para subsistir; y aunque a veces tengas que cortarme las alas para impedirme regresar a mi mundo.

Su ojo rojo me miraba, en tanto, recogida una de sus largas patas, permanecía inmóvil sobre el pasto.

Yo callaba. ¿Qué podía decirle? Callaba, sintiendo en el corazón el dolor de su reproche. Era cierto: cada dos o tres meses el jardinero lo tomaba, no sin que tuviese que correr tras él durante un largo rato, y le despuntaba las alas, soltándolo después. Era una crueldad, pero no quería perderlo. Me gustaba mirarlo y lo miraba durante horas enteras, observando sus movimientos, contemplando y admirando su desenvoltura, su soledad, su orgullosa independencia. Me lo había regalado un amigo:
—A ti te gustan los pájaros —me dijo—; a mí también, pero a mi gente le molesta el grito que da éste. Te lo regalo.

Había sido un regalo, pues, un regalo de un amigo estimado que regala algo estimable también: un pájaro, un pájaro que llegó a ser para mí una vertiente inagotable de recuerdos. Allá, en los lugares en que nací, en los alrededores de Buenos Aires, también lo había, aunque era llamado por otro nombre. Desde niño escuché su grito y lo vi volar sobre los campos de mi ciudad natal, de Rosario, de Mendoza, de Córdoba, ¿y, ya hombre, a lo largo de la costa central de Chile, en los potreros, en los pantanos y en las vegas del valle central, en la laguna de Cáhuil, en las lomas marítimas de Valparaíso y Colchagua, y su grito, que tenía la virtud de volverme inmediatamente hacia el pasado, me recordaba todo lo que en esos lugares había yo visto, admirado y amado. ¿Cómo resignarme a perderlo? En ocasiones, aun a costa de sus sentimientos y a trueque de parecer falto de piedad, el hombre se decide a perder o abandonar lo que ama o lo que admira.

Él no veía nada en mí —si es que un pájaro puede llegar a ver algo en un hombre—: yo no era elegante ni independiente, no era tampoco hermoso, ni tampoco representaba un mundo que valiera algo para él. Me desconocía. Yo, en cambio, lo conocía; conocía sus costumbres, su carácter, sus movimientos, esa rápida carrerita, ese casi imperceptible encogerse de hombros, un movimiento como de desconfianza o tal vez como de displicencia, movimiento que hace decir a los argentinos, al encontrarse ante un hombre que quiere evitar un problema o sacar el cuerpo a una responsabilidad: «No me venga con agachadas de tero». Sabía la artimaña a que recurre para evitar que los intrusos descubran su nido, artimaña que inspiró a José Hernández los famosos versos:
 
De los males que sufrimos
hablan mucho los puebleros,
pero hacen como los teros
para esconder sus niditos:
en un lao pega los gritos
y en otro tiene los güevos.
 
Pancho Rojas estaba incorporado a la sabiduría popular y a la poesía epopéyica. Valía, pues, más que yo, modesto empleado público, de quien jamás nadie diría nada, mucho menos un poeta.

Sí, lo conocía. Terutero en Argentina, queltehue y tréguil en Chile, queroquero en Brasil, en todas partes era igual, conocido aquí y allá. Mi hija lo bautizó.

—¿Cómo lo llamaremos? —me preguntó, cuando lo solté sobre el pasto, en el jardín, y lo vimos alejarse, un poco agarrotadas las finas patas, luego de sacudir las alas, quizá para librarlas del pesado recuerdo de mis manos.
—Ponle el nombre que gustes —contesté.
—Me gusta Francisco —dijo, mirando al pájaro, que nos miraba de lado con sus ojos color carmesí.
—Me parece bien: mi abuelo se llamaba Francisco y ése es también mi segundo nombre.
—Pancho Rojas, entonces, papá.
—Eso es: Pancho Rojas.

No solo Hernández había hablado de él. Otros, tan valiosos como él, Hudson entre ellos, que lo observó en libertad y describió sus juegos, sus marchas, sus pasiones. Era un pájaro con historia en manos de una familia anodina.

Y ahora estaba muerto.

En ocasiones, para hacerme grato a sus ojos, le buscaba algunas lombrices, hurgando con una palita la tierra más húmeda y sombría del jardín. Me costaba mucho hallarlas, y, por fin, cuando ya tenía cinco o seis, se las ponía sobre un papel y se las arrimaba. Desconfiado, no se acercaba hasta que yo, sabiendo de su desconfianza, me alejaba unos pasos. Entonces se aproximaba al papel y en un segundo, en un abrir y cerrar de ojos, las devoraba. Una vez, mientras intentaba arreglar un artefacto de la casa, abrí la cámara en que estaba la llave maestra del agua: había allí decenas de chanchitos, gordos, relucientes.

«Qué banquete para Pancho Rojas», pensé.

Los saqué todos y se los llevé. Los comió con la rapidez con que una gallina hambrienta come el maíz que se le arroja al suelo. Fue un picoteo vertiginoso; no se le escapó uno solo.

Después de procurarle esos atracones, pensaba que tendría o sentiría algún agradecimiento hacia mí y que, en consecuencia, me dejaría acercarme a él y quizá me permitiría tomarlo y acariciarlo. No, señor. Se retiraba como siempre, levantaba una pata y me miraba con su ojo rojo, alzando al mismo tiempo su copete.

—No —parecía decirme—. Me has dado de comer y te lo agradezco, pero no quieras aprovecharte de ello para convertirme en lo que no quiero ser. Si quieres algo doméstico, búscate un perro.

Concluí por acostumbrarme a su independencia y se la respeté, pero no me decidí a soltarlo. Ahí estaba mi debilidad. Mirándolo y reflexionando sobre su conducta y la mía, llegué a pensar que los hombres cometen una crueldad al obligar a la mansedumbre, a la domesticidad y a veces a la servidumbre, a aquellos a quienes alimentan o favorecen. «La piedad y la caridad no son generosas —pensaba—. Exigen más de lo que dan: unas lombrices, a cambio de la domesticidad; un poco de sopa, a cambio del sometimiento a nuestras ideas, a nuestras creencias o a nuestras costumbres».

El queltehue, felizmente, Pancho Rojas, no era un ser humano, y vivió y murió como deberían vivir y morir todos los animales y todos los hombres: libremente, sin sometimientos.

Era preciso enterrarlo en alguna parte del jardín, pero no debía hacerlo yo; deberían hacerlo los niños, que estaban más cerca que yo del ave, libres y un poco salvajes aún, aunque no tanto como Pancho Rojas: mi paternidad ya los había manoseado un poco. Hubo una conferencia.

—Lo enterraremos en el jardín.
—Claro. ¿Lo pondremos en una cajita?
—No. Mejor sin caja.
—¿Y qué le pondremos encima? ¿Una cruz?
—¿Para qué? Es un pájaro, y una cruz no significa nada para un pájaro.
—Así, suelto, entonces.
—Claro, en la pura tierrita, sin caja ni cruz.
—Le pondremos unas flores.
—Sí, pero no muy finas; unos cardenales.
—¿Y debajo de qué árbol lo enterramos?
—Debajo de cualquiera.
—¡Debajo del maitén, papá!
—Muy bien: debajo del maitén.

Allí quedó, bajo tierra, con unos cardenales y unos alelíes encima, unos alelíes tardíos, rojos como sus pupilas.

«Aquí yace Pancho Rojas, el queltehue», decía el papel que los niños pusieron sobre su tumba, atado a una varilla. Pero el letrero duró poco: el jardinero, en la primera regada, barrió con papel y varilla. Mejor. No venía bien, sobre la tumba de un ser libre y salvaje, una flor ni un papel, mucho menos un epitafio. Pancho Rojas valía más por lo que era que por lo que de él se podía decir.
















lunes, noviembre 17, 2025

«Marciano», de Nona Fernández

Fragmento del inicio




M


Hubo una noche en la selva colombiana donde todo parecía tan lejos y tan cerca al mismo tiempo. Estaba de guardia, recostado en la tierra, y las cosas no eran más que eso, la inmensidad del cielo, las estrellas sobre mi cabeza, el aire caliente movilizando las copas de los árboles y, por primera vez, la convicción de ser sólo una partícula más de ese paisaje. Me sentí chiquitito. Desde entonces me siento así. Lo que te cuento no tiene la dimensión de lo que fue, pero quizá debiéramos buscar el comienzo de esta historia ahí, en las huellas que quedaron, en el espacio pequeño que dejé en la oscuridad.

Hubo una mañana, que probablemente fueron muchas, en la que estuve sentado en mi cama, sintiendo el sol del invierno en la frente y oliendo el pan tostado que salía de la cocina en una panera de mimbre que llevaba una de mis hermanas. Creo que estoy ahí, entre las manos de mis hermanas, refugiado en alguna de sus palmas. Quizá levito en el olor del pan. O en el vapor de la tetera caliente que hierve en esa cocina. O en los rayos de sol que entraban y siguen entrando por la ventana de mi pieza, en esa casa que un día tuve.

Todavía estoy ahí, mirando hacia afuera. ¿Qué veía? ¿Qué veo?

El mar del puerto. El cielo de la mañana, probablemente algunas nubes.

Sueño con ese mar. Lo sobrevuelo como si fuera una gaviota, a unos treinta metros de altura. Siento el viento en la cara, veo las olas, su espuma blanca golpeando el roquerío, y cuando me aburro aprieto los brazos contra el cuerpo para lanzarme en picada. Me sumerjo en el agua fría, buceo entre reinetas y merluzas. Luego salgo, me elevo otra vez, planeo y me lanzo al mar para volver a sumergirme. No sé de dónde saco que apretando los brazos contra el cuerpo podré ir más rápido. Supongo que lo vi en los monos animados, pero por lo menos en mis sueños funciona. De esa forma me elevo y caigo, una y otra vez. 

El mar del puerto siempre está del otro lado de la ventana.

También el parrón del patio.

La higuera, el limonero, mi madre regando las rosas.

La realidad es gigante y para intentar darle un orden se la encierra en un rectángulo. ¿Será que la historia está subordinada a la geometría?

Hubo una noche de tormenta, cuando era niño, en la piquero en el barro de una población anegada. Hubo un piquero en el mar, tardes de playa, peleas con mi madre y más peleas con mi madre. Hubo muchos partidos de fútbol. Hubo muchos partidos de fútbol. Hubo cientos de pelotas y canchas y buenas y malas jugadas. Hubo un afiche del Che pegado en la pared de mi pieza. Hubo un día en que mi padre murió sin que debiera haberlo hecho y en ese error imperdonable la fecha se repite. 



Publicado por Random House, 2025

















martes, octubre 21, 2025

«Zorda», de Octavio Gallardo Cantillana

Dos fragmentos



 
María 
(oración y Consuelo): 

Me llamo, o así me dicen; María y soy insignificante al lado de mis hijas, como si ellas fueran una araucaria, y yo hubiera nacido al borde de un río, apenas agarrada de la tierra. Soy así, no es que me sienta así de vez en cuando, así soy, de madera, pero enroscada en el aire, como un poema de algún viejo salamero. Puede ser que por esa razón me gusten las plantas, pero esas que nacen porque se cayó una semilla. De vez en cuando tiro cuescos debajo del limonero para que se acuñe algo sin propósito, así como se me vinieron las hijas, así mismo. Me engendraron y engendré tal y cual como si me hubiese nacido un lunar en el pie. Pero ellas, como digo, son superiores a mí, por eso, y más bien, yo soy testigo de ellas, y se me ocurre, que de alguna forma son anteriores a mí. Podría decir que la primera de mis hijas la dejé en otros brazos, y me duele, me duele ella, no me duelo yo por haber sido incapaz de sostenerla. No me duelo yo por nada, apenas por una pequeña dignidad que merezco en la vida, que no me dio definición sino hijas portentosas y magistrales, porque así son mis hijas, nacieron para buscar el sol entre los árboles. Esa es mi esperanza. Eso es más bien lo que podría decir que me duele: la esperanza. Mi esperanza no tiene árboles, es un bosque quemado, y no hablo de mis hijas, sino del lugar y el modo en que nací. Desde pequeña estuve diseminada, sin cama propia, sin habitación propia, sin cariño propio, mis padres mismos eran abuelos fríos, o mi padre, señorial y recto, con sombrero alón en la playa de los años cuarenta, que hoy día está quieto en la foto de la ciudad de Cartagena, con chalequillo de tela y un reloj colgando del bolsillo, con los veraneantes detrás, unas señoras con bombacha y las sombrillas del alto pueblo, mi padre; el que le pegaba zancadas a la mesa para que yo me fuera cuando lloraba para llamar su atención, que me viera y me quisiera; como miró y quiso a cualquiera de mis hermanos. Recibí el socavón, la pura mirada lejana, y no me duele. Con nada me siento dolida, excepto por mis hijas, que son mis ojos y mi sangre, si a ellas les falta algo ahí, sí que me muero de pena, o de rabia, o de pena y rabia. Pero, puesto que mi esperanza no tiene límites, tengo fe, y tengo ángeles que me acompañan, mi padre y mi madre me acompañan, mi hermano Rafael, el que se fue tan temprano, aboga por mí desde el cielo. En él, en el principio y en el fin de mis ruegos, pienso cuando oro y rezo por mis hijas. Cuando les ha faltado el pan, nunca he dejado que tengan hambre. Le rezo al Cristo que tengo en el velador, sobre una Biblia vieja abierta en los salmos. Creo que Jesús puede haber sido una mentira, pero creo en él. No sé si veo a mi hermano Rafael en su rostro, se parecen de hecho, mi hermano era una vocecilla azul y cariñosa, como la de Jesús. Me emociono con las películas de Jesús, sobre todo cuando le habla a Dios, su padre. Imagino que algún día se abrirán las nubes para que yo le hable al mío, o a mi hermano que también está en los cielos y fue El elegido. Tengo fe y esperanza. A mis hijas nunca les faltará nada.


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El perro Losada 


Conocí a Enrique. Enrique recibió una lección para soportar la cólera, no sé cómo lo hizo, era admirable su capacidad de recibir golpes en la vida tan duros. Teníamos a esas alturas 15 años de nada. De vivir en un barrio. Apenas un barrio marginal de la república del bajo extremo, en una ciudad caótica pero plenamente ordenada como era Santiago. Enrique era feroz. Un animal súper definido y elocuente. El hijo del paco muerto. Aprendiz de artes marciales. Pero además mala leche, hijito de su mamá, buen estudiante y castigador de los desvalidos. Todo el colegio le temía como se le teme a un bulldog, un perro de parcela de gente bien, alimentado con la mejor carne. Era grande además, y en cierta medida gordo. Eso, en particular no lo recuerdo bien. Después me enteré que Claudia prefería a las chicas tímidas y tiernas como yo, pero en ese momento crucial, jamás habría pensado en esa posibilidad. Era una pulga en el perro del grupo de Enrique. Enrique Pérez Losada, así lo llamaban los profesores. Los demás le decían el perro Losada. Obviaban el Pérez por respeto a su padre muerto. Ni se fuera a enterar que le decían el perro Pérez. Pero decirle perro daba lo mismo. Nunca imaginó el perro Losada que en la fiesta rara y callejera que organizó se lo joderían de tal manera. Nunca consideró la guitarra cuando invitó a Gutiérrez, el santo de la devoción de los cursos mayores. No tenía piedad el perro Losada, ni menos prudencia con sus mayores. Al cabo de unos minutos Gutiérrez, el cantante, el dirigente, el de 18, se puso a cantar a Silvio: “Una mujer con sombrero”, “Ojalá”, y una canción de autoría propia que sonaba a balada italiana de mala estirpe. Conquistó a la tribu completa con una voz gruesa, a veces melódica, pero en general repetida de cassette. A partir de ese momento podría haberse llamado la tribu de los vencidos. Su voz era el cielo. Su voz era celeste. Golpeaba contra los edificios sociales y se venía de vuelta. Estábamos en el centro de las edificaciones. Rodeados por la gloria de quienes habían logrado un departamento precario en los barrios de Recoleta. Al centro la fogata, el dios Gutiérrez. Gutiérrez el encantador, Gutiérrez la serpiente del menoscabo. Así vi al perro Losada, destituido. Su expresión era la derrota de todo el curso. Todos decían que con Claudia se habían dado un beso el último día del año anterior, durante la convivencia y frente a los demás, sin ningún tipo de decoro. Desde ese momento Claudia fue suya durante todo el año siguiente. ¿Quién podría desmoronar al perro Losada, ni siquiera robarle alguna de sus pertenencias? Claudia pertenecía en sueños a cada macho escolar, pero al final era toda suya. En la praxis, en la definición y en el acuerdo general Claudia era un objeto más de su estuche personal. Sin embargo, esta vez Gutiérrez cantaba. Su voz era el cielo y Claudia. Claudia parecía amarlo, echarlo de menos en las noches, soñar con él, tocarlo en la niebla y en el frío. Pensamos y temimos, creo yo, que el perro Losada ladraría y le daría una patada a las brasas, pero nunca imaginamos que se acercaría a Claudia y le hablaría al oído. Pero Claudia siguió cantando. Y el perro Losada desertó. Se puso la casaca y caminó sin hablar hasta el callejón. Sabíamos que más allá había un desierto baldío y que Losada tenía que cruzar los campamentos para llegar hasta su casa. Pero Losada era valiente porque hasta los pacos le temían. El toque de queda duraba hasta las seis de la mañana y nosotros nos quedaríamos alrededor del fuego. Losada atravesó el descampado y una patrulla negra y blanco le cortó el camino. Losada apenas la vio. Al lunes siguiente formados en el patio mientras la bandera subía, nos enteramos que a Losada le habían dado con una culata en la boca y las narices. Esa mañana teníamos prueba de francés.




Primera edición, puerta abierta editores, México, 2024
Segunda edición, Rumbos editores, Chile. 2025








Fotografía original de José Luis Cuevas


















jueves, octubre 02, 2025

«Colo-Colo Continuación del mito: Una forma de criar», de Gabriel Zanetti




 
Mi papá era un hincha inusual. Parecía más contento cuando perdía la U que cuando ganaba Colo-Colo. Recuerdo haber celebrado juntos, gritando por la ventana de living los goles de River Plate contra el equipo azul, en la semifinal de la Libertadores de 1996. Los vecinos nos gritaban «¡argentinos culiaos!». Pero nunca lo vi tan descompensado como el día que los Chunchos ganaron el torneo nacional después de veinticinco años. Veníamos de no sé dónde, mi mamá de copiloto, mis hermanas pequeñas y yo atrás. El hombre escuchaba la radio tranquilo hasta que le cobraron un penal a la U, a diez minutos del final. Patricio Mardones la echó adentro. Lo que restaba de partido fueron chuchadas hasta que terminó el encuentro. Apagó la radio, antes de que sonara el «Ser un romántico viajero». 

Siguió el camino a casa en silencio durante varios minutos. El Fiat 147 blanco parecía un funeral. De pronto, volvió al planeta. Comenzó a tapar a puteadas a los autos que tocaban la bocina, a los adherentes de Universidad de Chile que agitaban sus banderas en las esquinas. Yo tenía 11 años, no me daba mie do. Mi papá era mi héroe y le encontraba la razón. Bajé la ven tana y emulé su actitud, hasta que mi mamá se dio vuelta y me retó. El tema era con la U. Si campeonaba Católica o cualquier otro equipo le daba lo mismo. 

Le alteraba que hablaran más de la selección chilena que de Colo-Colo. Odiaba a Marcelo Salas, a pesar de su incuestionable talento. «No le llega ni a los talones a Zamorano», decía cada vez que se le presentaba una oportunidad. «La selección 23 siempre ha sido Colo-Colo más un par de jugadores de otros equipos», aseguraba. Prefería los planteamientos defensivos, esos que ganaban de contragolpe a la italiana. Los fines de semana abría los ojos temprano para ver el Calcio en la rai. A pesar de ser del Inter de Milán, gozaba con cualquier partido, le daba estabilidad emocional. 

Le gustaba mucho Arbiza, Garrido, Barticciotto, Emerson Pereira y Jaime Pizarro. Me contaba con nostalgia sobre la cali dad de Caszely y Chamaco Valdés… «Si jugaran hoy serían cracks en los principales cuadros europeos». Admitía la calidad de Leonel Sánchez y Alberto Fouillioux, que según él inventó el chanfle. Nunca le perdonó al Cóndor Rojas la cagada en el Maracaná. También consideraba a Parraguez y a Mario Leppe. No soportaba a los jugadores «pichuleros». 

Cuando veíamos los partidos por televisión ponía el volumen muy fuerte y me dejaba solo. Se dedicaba a hacer cosas, a limpiar, ordenar ropa o maestrear. Al escuchar el grito de gol, corría a la pieza, miraba la repetición y decía «Vamos». Era in capaz de observar cómo se resbalaba un defensa y nos metían una pepa. Sufría por el equipo, como lo hacía con todo lo cercano a él. Sus reacciones en torno al dolor eran al estilo de Santino Corleone: Colo-Colo era parte de su familia. 

Las veces que me llevaba al Monumental cambiaba radical mente de switch. Algo lo tranquilizaba al ir a la sede de Cienfuegos, comprar dos entradas, las que me mostraba con una sonrisa orgullosa. Yo contaba los días, mañana a mañana antes de ir al colegio, abría esa olla inmensa de loza blanca con motivos celestes para tallarinatas que usaba para guardar papeles, cuentas, boletas, recordatorios. Leía Colo-Colo versus Católica; Colo-Colo versus Nacional; Colo-Colo versus Estudiantes de la Plata. Acariciaba esos cartones. 

Los días de partido copero faltaba al colegio. Me iba con él a su compraventa de autos ubicada en Exequiel Fernández y Camino Agrícola. Desde temprano, me entretenía rellenando talonarios de venta o molestando a los mecánicos preguntando por qué fallaba el motor. Me quedaba con ellos hasta que el tarro partía. A la hora de almuerzo, salíamos a comprar repuestos a 10 de Julio, y después comíamos un churrasco. La tarde pasaba lenta, hasta que mi papá decía «Yapos, hijo, vamos». 

Me sorprendía que le cambiara tanto el carácter. Agarrábamos el auto más fácil de sacar del negocio y menos panero. Bajábamos al Monumental. Recuerdo un partido: Colo-Colo versus Estudiantes, a quienes vencimos 4-2 de ida, primer triunfo de un equipo chileno en tierras argentinas. Había con fianza. Mientras caminábamos, como siempre, aparecían los macheteros. Mi papá abría la chauchera, pasaba unas gambas y decía «Disfruten las chelitas, cabros». 

Un desconocido Martín Palermo marca el primer gol para el Pincharrata, a poco de iniciado el partido. En la segunda parte, Basay empata. El mismo 9 hace un golazo de globito y sentencia el 2-1 para el Cacique. Mi viejo ya no estaba eufórico. Su tranquilidad me asombraba. Salimos de la mano entre la multitud. Mi papá siempre lo hacía así, yo era su tesoro. De regreso a casa, escuchábamos la radio Cooperativa. Llegábamos al departamento de la Villa Frei, besaba a mis hermanas y a mi mamá, prendía la estufa a parafina afuera del departamento, y cuando amainaba el olor del combustible, la entraba, ponía la tetera encima, y cuando hervía tomábamos once. 

Mi papá era moderno para su época. Tomaba en brazos a mis hermanas, las bañaba y metía a la cama. A pesar de la realidad constatada día a día, a nadie se le pasa por la cabeza que a un ser querido lo afecte una enfermedad mortal. «El Tavi» —por Octavio—, mi padre, luchó cuatro años contra 25 una fibrosis pulmonar. Cuando lo iba a ver al hogar de ancianos me preguntaba por Colo-Colo. Tenía todos los canales, pero era incapaz de ver un partido. Yo le decía: «Vamos prime ros, la U en la mitad de la tabla». Sentado frente a él, hablando fuerte para que el sonido del saturador de oxígeno no me cortara la voz, sacaba la ficción del bolsillo y relataba: «El domingo jugamos contra Unión Española. Íbamos 0-0, Colo-Colo defendiendo, de milagro uno de los muertos de la línea de cuatro rechaza un pelotazo y se la echan a correr a Paredes. Puta viejo, el Tanque a puro cuerpo y codazos se las arregló para entrar al área. Puntete abajo y ganamos». «¿En serio hijo?». «A lo campeón, papi, como siempre». Nunca olvidaré su sonrisa. Cuando voy al cementerio a dejarle flores, guardo unas poquitas para el mausoleo de los Viejos Cracks de Colo-Colo.


Publicado por el Fondo de Cultura Económica, 2025