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domingo, febrero 22, 2026

«El control del universo», de Jean-Luc Godard

Traducido por Tola Pizarro

 


a media voz
con una voz suave
y débil
diciendo grandes cosas

importantes
asombrosas
profundas
y justas cosas

con una voz
suave y débil
la amenaza del trueno
la presencia de absolutos
con el canto de un petirrojo
en el fino detalle
de una flauta
y la delicadeza del sonido puro
todo el sol sugerido
en el esbozo
de una sonrisa
oh media voz
y una suerte de murmullo
en un francés infinitamente puro

quien no hubiese captado las palabras
quien lo hubiese oído a cierta distancia
habría creído que decía naderías
y eran banalidades
para el oído
reconfortado
pero ese contraste y esa música
esa voz
que apenas riza el aire
esa potencia susurrada
esas perspectivas, esos descubrimientos
esos abismos
y esas maniobras adivinadas
esa sonrisa prescindiendo del universo

evoco también para terminar
el susurro sedoso
solo y discreto
de un fuego que se consume
dibujando todo el cuarto
y que se habla
o que me habla
casi para sí

el espíritu sólo es verdadero
cuando manifiesta su presencia
y en la palabra manifestar
se insinúa «mano»[1]

el amor es la cumbre
del espíritu
y el amor por el prójimo
es un acto

es decir una mano tendida

y no
un sentimiento velado
un ideal
que pasa por el camino de Jericó
delante del hombre
despojado por los bandidos
policía, propaganda
estado
esa es la mano
ese es el nombre del dios tirano
que la orgullosa razón de los hombres
supo crear a su imagen

cuando la palabra
se destruye
cuando ya no es
el don
que uno hace al otro
y que compromete algo
de su ser
es la humana amistad
la que se destruye

tal es la inquietud de los pueblos
no es material
ante todo
es ante todo esa inquietud
del corazón y del espíritu
que nace de la muerte de las amistades
no creo
en las voces misteriosas
pero creo en el llamado de los hechos
consideremos los tiempos
los lugares en los que vivimos
la situación precisa
que nos es dada
y el llamado de ellos
y después
juzguemos

en la Europa de hoy
en esta Europa
dos clases
de naciones

las que se consideran
viejas
y las que se consideran
rejuvenecidas

las que conservaron
cierto número de posibilidades
pero que no saben bien qué hacer
con esa libertad de la que se jactan
y las que
hicieron o padecieron desde las guerras
una revolución de masas
y que
tienen libertad de opinión
es decir
libertad de quejarse
pero sin profunda pasión
y donde la miseria está por llegar
pero se diría que ya no hay nada
que hacer más que esperarla

la miseria
último argumento
último fundamento de la comunidad moderna
es el telón de fondo
de todos nuestros dramas
de nuestros pensamientos
de nuestras acciones
e incluso de nuestras utopías
está bien claro
que lo esencial no es
lo que piensa un dictador
no es la urgencia material
sino una verdad más alta
que es la verdad
a la altura del hombre
y yo agregaría
al alcance de la mano

ya es hora de que el pensamiento
vuelva a ser lo que es
en realidad
peligroso para el pensador
y transformador de lo real
allí donde creo
soy verdadero
escribía Rilke

unos piensan, se dice
otros actúan
pero la verdadera condición del hombre
es pensar con sus manos

yo no hablaría mal
de nuestras herramientas
pero las querría utilizables
si bien es cierto, en general
que el peligro no está en nuestras herramientas
sino en la debilidad
de nuestras manos
no por eso es menos urgente
precisar
que un pensamiento que se abandona
al ritmo de sus mecanismos
en verdad
se proletariza

quiero decir
que un pensamiento semejante
ya no se nutre de su creación
los otros forman al hombre
yo lo recito
quiénes son esos otros
ahora lo sabemos
son esas leyes
nacidas
del abandono del pensamiento
dónde están los responsables
no son partidos
no son clases
ni gobiernos

son hombres
uno por uno
sí, soy uno de ellos
hasta en la ira
desgarrado
por la insuperable ironía

y si no, yo no gritaría
pero el silencio
no es dado al hombre
por su esfuerzo
el silencio y la inteligencia miserable
sólo son obra del perdón

es asunto vuestro
y no mío
reinar sobre la ausencia
dice un poeta

la verdadera violencia
es la acción del espíritu
todo acto creador contiene una amenaza
real
para el hombre que se atreve
es por eso que una obra
sensibiliza al espectador o al lector
si el pensamiento se rehúsa a ponderar
a violentar
se expone a padecer infructuosamente
todas las brutalidades
que su ausencia liberó

a veces uno estaría tentado
de desear que en Francia
la actividad del espíritu
volviera a ser

pasible de cárcel
eso devolvería
un poco de seriedad
a los espíritus libres

en cualquier decisión
creadora
está la persona
de lo que se deduce
que toda la agitación del mundo
no es nada más
que una pregunta
que me es dirigida
pero que sólo
se precisa en mí
en el instante
en que me obliga a actuar

los partidarios del nosotros
se equivocaron
acerca de la persona
las contradicciones del mundo
figuran en la ecuación
fundamental
de cualquier existencia
x es una persona
un elemento creador
una libertad incalculable

el hombre
en tanto que hombre
es realmente un creador
pero un creador creado
es en la esperanza
en la que estamos salvados
pero esta esperanza es verdadera
porque el tiempo destruye el acto
pero
el acto es juez del tiempo

mientras que el acróbata
es presa

del equilibrio más inestable
pedimos un deseo

y ese deseo es
extrañamente doble
y nulo
anhelamos

que se caiga
y anhelamos
que resista
pero ese deseo es necesario

no podemos
no formularlo
con toda contradicción
y sinceridad
porque pinta ingenuamente
nuestra alma
en el instante mismo
ella siente que el hombre caerá
debe caer, va a caer
y en sí
consuma la caída
y se defiende de su emoción
deseando lo que presagia
él ya cayó
para ella
que no da crédito a sus ojos
su mirada no lo seguiría
sobre la cuerda
no lo empujaría más abajo
a cada instante
si ya no hubiera caído

pero el alma ve
que él resiste aún
y ella debe consentir
que hay razones
que hacen que resista
e invoca esas razones

les suplica que perduren
a veces, la existencia
de todas las cosas
y de nosotros mismos
se nos aparece
de esta forma

en primer lugar imágenes
pero de las
que habla San Pablo
que son una muerte
y una resurrección
olvidamos
por qué Joan Fontaine
se inclina
en el borde del acantilado

y qué iba
a hacer
Joel Me Crea
en Holanda

olvidamos
por qué razón
Montgomery Clift guarda
un silencio eterno
y por qué Janet Leigh
se aloja en el Bates Motel
y por qué Teresa Wright
todavía sigue enamorada
del tío Charlie
olvidamos
de qué Henry Fonda
no es
del todo culpable
y por qué
el gobierno estadounidense
contrató exactamente a Ingrid Bergman[2]


pero
nos acordamos
de un bolso de mano
pero
nos acordamos de un autocar
en el desierto
pero, nos acordamos
de un vaso de leche
de las aspas de un molino
de un cepillo para cabello
pero
nos acordamos
de una hilera de botellas
de un par de anteojos
de una partitura de música
de un manojo de llaves

porque con ellos
y a través de ellos
Alfred Hitchcock logró
allí donde fracasaron
Alejandro, Julio Cesar
Napoleón
tomar el control
del universo

quizás
diez mil personas
no olvidaron
la manzana de Cézanne
pero serán miles y miles
de espectadores
que se acordarán
del encendedor
del desconocido del Expreso del Norte

y si Alfred Hitchcock
fue el único
poeta maldito
que conoció el éxito
es porque fue
el más grande
creador de formas
del siglo veinte
y porque son las formas
las que nos dicen
finalmente
qué hay en el fondo
de las cosas
ahora bien, qué es el arte
sino aquello por lo cual
las formas devienen estilo
y qué es el estilo
sino el hombre

entonces es una rubia
sin sostén
seguida por un detective
que tiene pánico al vacío[3]
los que nos aportarán
la prueba
de que todo eso
no es más que cine
dicho de otra manera
la infancia del arte

en sus comienzos
sólo sentía
poca cosa
y creía
saberlo todo
más tarde
habitado únicamente
por la duda, el dolor
el espanto
ante el misterio
de la vida
todo comenzó a flotar
y ahora
que lo sentía todo
creía
no saber nada

y sin embargo
del descuido
a la inquietud
del registro amoroso
de los comienzos
a la forma vacilante
pero esencial
del final
es
la misma fuerza central
que gobernó
al cine

la seguimos desde adentro
de forma en forma
con la sombra
y el rayo de luz
que merodean
iluminando esto
ocultando aquello
haciendo surgir un hombro
un rostro
un dedo levantado
una ventana abierta
una frente
un pequeño niño
en un pesebre[4]

lo que se hunde
en la luz
es la resonancia
de lo que sumerge la noche
lo que sumerge
la noche
prolonga en lo invisible
lo que se hunde
en la luz
el pensamiento, la mirada
la palabra
la acción
enlazan esa frente
ese ojo, esa boca
esa mano
con los volúmenes
apenas percibidos
en la sombra
de las cabezas y de los cuerpos
inclinados en torno
a un nacimiento
a una agonía
o a una muerte

también
y quizás sobre todo
cuando sólo tiene
como instrumento
de trabajo
el blanco y el negro
incluso
él maneja el mundo
como un drama constante
que el día
y la oscuridad
modelan
cavan, convulsionan
calman
y hacen nacer
y morir
al capricho de su pasión
de su tristeza
las ganas desesperadas
de eternidad
y de absoluto
que conmueven
a su corazón

el farol de un auto
un rostro dormido
tinieblas que se animan
seres inclinados
sobre una cuna
donde cae toda la luz
un fusilado
contra un sucio muro
un camino fangoso
bordeando el mar
la esquina de una calle
un cielo oscuro
un rayo de luz sobre una pradera
el imperio del viento
descubierto en una nube
que vuela
hay sólo trazos negros
cruzados
sobre una tela rubia[5]
y la tragedia del espacio
y la tragedia de la vida
deforman la pantalla
con su fuego

sólo el cine
vio
que si cada uno
hace su tarea
las masas se organizan
solas
siguiendo un irreprochable
equilibrio
que la luz cae
donde debe
y soslaya
lo necesario
porque es útil
que ilumine un punto
de la escena
y porque la sombra
puede reinar en el resto
es el único
que siempre estuvo
presente
en todo
lo que miraba
el único que pudo
permitirse mezclar
el lodo
con el fulgor de los ojos
introducir fuego
en la ceniza
hacer brillar
en una mortaja
una rosa
o un azul pálido
tan lozano
como una rosa
su humanidad
es realmente formidable
es fatal
como la queja
devastadora
como el amor
dramático
como el intercambio
indiferente y continuo
entre todo lo que nace
y todo
lo que muere

mientras seguimos
nuestra marcha hacia la muerte
por los rastros de sangre
que la marcan
el cine no llora
sobre nosotros
no nos reconforta
ya que está
con nosotros
ya que él es
nosotros mismos
está allí
cuando la cuna se ilumina
está allí
cuando la joven se nos aparece
asomada a la ventana
con sus ojos
que no saben
y una perla
entre los senos
está allí
cuando la hemos desvestido
cuando su torso firme
tiembla
al latido
de nuestro ardor

está allí más tarde
cuando envejeció
cuando su rostro
se agrietó
y cuando sus manos resecas
nos dicen
que ella nada tiene en contra
de la vida
por haberla
lastimado
está ahí
cuando la mujer
nos abre sus piernas
con
la misma emoción maternal
que siente
al abrir sus brazos
al niño
está allí
cuando el fruto
cae de ella
una, dos, tres
oh cuántas veces
en su vida

está aún ahí
cuando somos viejos
cuando miramos fijamente
hacia la noche
que llega
y está allí
cuando morimos

y cuando nuestro cadáver
tiende el sudario
a los brazos de nuestros hijos
así es
soy de ustedes
soy
soy[5]

quien quiere
recordar
debe confiarse
al olvido
a ese riesgo que es

el olvido absoluto
y a
ese bello azar
que deviene
el recuerdo



en Historia(s) del cine, Caja Negra Editora, 2007








[1] Manifestér contiene en francés el término main. Godard dice en el texto «il y a mairi»: está (la palabra) mano. En español se optó por el empleo de «se insinúa» mano.

[2] Godard sostiene una novena serie en el nombre del «poeta maldito» Alfred Hitchcock. En nuestro recuerdo sólo queda el vaso de leche que Cary Grant le lleva a Joan Fontaine en La sospecha (Suspicion, 1941), y no los problemas económicos que piensa solucionar el personaje cobrando el seguro de vida de su esposa; el cepillo esgrimido por Vera Miles, quien interpreta en El hombre equivocado (The Wrong Man, 1956) a la esposa víctima de la locura, y no la confesión que motiva el arresto de su marido, interpretado por Henry Fonda; la caída en primer plano de las botellas de Pommard en Notorius (1946) o las aspas del molino girando a contraviento en Corresponsal extranjero (Foreign Correspondent, 1940) y no las historias de espionaje antialemán en las que se ven implicados los personajes interpretados por Cary Grant e Ingrid Bergman o Joel McCrea. Godard juega con la pregnancia de las imágenes en nuestra memoria más allá de las historias en las que estarían insertas. Montgomery Clift interpreta en M i secreto me condena (J Confess, 1953) el pape! de un sacerdote acusado de un crimen cuyo verdadero culpable conoce pero no puede revelar a causa del secreto de confesión. El bolso de mano es el que, en Psicosis (Psycho, 1960), contiene el dinero robado por Marian (Janet Leight), quien para su desgracia se detendrá en el Motel Bates, donde será asesinada por Norman Bates (Anthony Perkins). En La sombra de una duda (The Shadow of a Doubt, 1942), Teresa Wright interpreta el papel de la joven Charlie, enamorada de su tío y homónimo, el asesino de damas encarnado por Joseph Cotten. El autobús en el desierto es el que espera a Roger Thornhill (Cary Grant), a quien sus enemigos conducen a una trampa en Intriga internacional (North by Northwest, 1959). En Extraños en un tren (Strangers on a Train, 1951), el asesinato de Miriam Haines, perpetrado por Bruno (Robert Walker), aparece reflejado en los cristales de sus gafas. Por último, la partitura pertenece al suspense de El hombre que sabía demasiado / En manos del destino (The Man Who Knew Too Much, 1956), donde se ha planeado asesinar a un diplomático durante un concierto en el Albert Hall.

[3] Godard hace referencia a Vértigo (Vértigo, 1958) en la que la rubia (Kim Novak) es seguida por el detective (James Stewart). Sabemos que el detective tiene pánico al vacío después de haber visto morir en un accidente a un colega. A pedido de su marido el detective la sigue porque esta hermosa rubia tiene tendencias suicidas.

[4] Creche: en sentido familiar la palabra remite a habitación, pero en sentido religioso se trata, en la tradición navideña, del pesebre en el que el niño Jesús fue ubicado en el establo de Belén.

[5] Godard alude con el término toile blonde a un juego entre el adjetivo «blonde», que indica rubio, y el sustantivo «blonde» que indica puntilla. Alude, entonces, a un rubio o rubia o a una puntilla de seda cruda. O mejor aún, tal vez Godard esté pensando en la pantalla como una filigrana o tejido ligero. El fragmento citado corresponde a la imagen intervenida de una rubia en el filme Historia(s) del cine.





























miércoles, febrero 18, 2026

Carta abierta a la Berlinale a propósito de Palestina





Escribimos como trabajadores del cine, todos participantes pasados y actuales de la Berlinale, que esperamos que las instituciones de nuestra industria se nieguen a ser cómplices de la terrible violencia que continúa ejerciéndose contra el pueblo palestino. Nos alarma la participación de la Berlinale en la censura de artistas que se oponen al genocidio en curso de Israel contra los palestinos en Gaza y al papel clave del Estado alemán en facilitarlo. Como ha declarado el Palestine Film Institute, el festival ha estado «vigilando a cineastas mientras mantiene su compromiso de colaborar con la Policía Federal en sus investigaciones».

El año pasado, cineastas que se pronunciaron en defensa de la vida y la libertad palestinas desde el escenario de la Berlinale informaron haber sido reprendidos de manera agresiva por importantes programadores del festival. Según se informó, un cineasta fue investigado por la policía, y la dirección de la Berlinale insinuó falsamente que su conmovedor discurso —fundamentado en el derecho internacional y en la solidaridad— era «discriminatorio». Como otro cineasta le dijo a Film Workers for Palestine sobre el festival del año pasado: «había una sensación de paranoia en el aire, de no estar protegidos y de ser perseguidos, algo que nunca antes había sentido en un festival de cine». Nos solidarizamos con nuestros colegas al rechazar esta represión institucional y el racismo antipalestino.

Discrepamos enfáticamente con la declaración del presidente del jurado de la Berlinale 2026, Wim Wenders, de que hacer cine es «lo opuesto a la política». No se puede separar una cosa de la otra. Nos preocupa profundamente que la Berlinale, financiada por el Estado alemán, esté ayudando a poner en práctica lo que Irene Khan, Relatora Especial de la ONU sobre la libertad de expresión y de opinión, condenó recientemente como el uso por parte de Alemania de una legislación draconiana «para restringir la defensa de los derechos palestinos, enfriando la participación pública y reduciendo el debate en la academia y las artes». Esto es también lo que Ai Weiwei describió recientemente como que Alemania «está haciendo lo que hizo en los años treinta» (coincidiendo con su entrevistador, quien sugirió que «es el mismo impulso fascista, sólo que con un objetivo diferente»). Todo esto en un momento en que conocemos nuevos y horripilantes detalles sobre los 2.842 palestinos «evaporados» por fuerzas israelíes utilizando armas térmicas y termobáricas de fabricación estadounidense, prohibidas internacionalmente. A pesar de la abundante evidencia sobre la intención genocida de Israel, crímenes atroces sistemáticos y limpieza étnica, Alemania continúa suministrando a Israel armas utilizadas para exterminar a palestinos en Gaza.

La marea está cambiando en el mundo cinematográfico internacional. Muchos festivales internacionales de cine han respaldado el boicot cultural al Israel del apartheid, incluido el Festival Internacional de Cine Documental de Ámsterdam, el más grande del mundo, así como el BlackStar Film Festival en Estados Unidos y el Film Fest Gent, el mayor de Bélgica. Más de 5.000 trabajadores del cine, incluidas destacadas figuras de Hollywood y del ámbito internacional, también han anunciado su negativa a trabajar con compañías e instituciones cinematográficas israelíes cómplices.

Sin embargo, la Berlinale hasta ahora ni siquiera ha atendido las demandas de su comunidad de emitir una declaración que afirme el derecho palestino a la vida, la dignidad y la libertad; que condene el genocidio israelí en curso contra los palestinos; y que se comprometa a defender el derecho de los artistas a expresarse sin restricciones en apoyo de los derechos humanos palestinos. Es lo mínimo que puede —y debería— hacer.

Como ha dicho el Palestine Film Institute, «estamos consternados por el silencio institucional de la Berlinale ante el genocidio de los palestinos y por su falta de voluntad para defender las libertades de expresión y de opinión de los cineastas». Así como el festival ha hecho declaraciones claras en el pasado sobre atrocidades cometidas contra personas en Irán y Ucrania, instamos a la Berlinale a cumplir con su deber moral y declarar claramente su oposición al genocidio de Israel, a los crímenes de lesa humanidad y a los crímenes de guerra contra el pueblo palestino, y a poner fin por completo a su implicación en proteger a Israel de las críticas y de los reclamos de rendición de cuentas.

Firmantes:

Adam McKay
Adèle Haenel
Alan O’Gorman
Alexandra Juhasz
Alexandre Koberidze
Alia Shawkat
Alison Oliver
Alkis Papastathopoulos
Ana Naomi de Sousa
Angeliki Papoulia
Antigoni Rota
Ariane Labed
Artemis Anastasiadou
Ashley McKenzie
Avi Mograbi
Bahija Essoussi
Ben Russell
Bingham Bryant
Blake Williams
Blanche Gardin
Brett Story
Brian Cox
Camilo Restrepo
Carice Van Houten
Charlie Shackleton
Cherien Dabis
Christopher Young
Dali Benssalah
David Osit
Deragh Campbell
Dustin Defa
Eleni Alexandrakis
Elhum Shakerifar
Emilie Deleuze
Eyal Sivan
Fernando Meirelles
Fil Ieropoulos
Geoff Arbourne
Hany Abu Assad
Hind Meddeb
James Benning
Javier Bardem
John Greyson
Jon Jost
Khalid Abdalla
Leah Borromeo
Lukas Dhont
Mahdi Fleifel
Mai Masri
Malika Zouhali-Worrall
Manuel Embalse
Marina Gioti
Marion Schmidt
Merawi Gerima
Miguel Gomes
Mike Leigh
Miranda Pennell
Namir Abdel Messeeh
Nan Goldin
Narimane Mari
Nina Menkes
Pascale Ramonda
Patricia Mazuy
Paul Laverty
Pedro Pimenta
Peter Mullan
Phaedra Vokali
Robert Greene
Saeed Taji Farouky
Saleh Bakri
Samaher Alqadi
Sarah Friedland
Sepideh Farsi
Shirin Neshat
Smaro Papaevangelou
Sofia Georgovassili
Tatiana Maslany
Thodoris Dimitropoulos
Tilda Swinton
Tobias Menzies
Tyler Taormina
















 

miércoles, octubre 22, 2025

«Georges Méliès: una biografía fílmica», de Stan Brakhage

Fragmento / Traducción de Juan Esteban Plaza





Georges fue el primer hombre que reconoció en las imágenes en movimiento un medio tan adecuado para lo sobrenatural como para el submundo: un instrumento para develar lo natural mediante reflejos y también un portal a un mundo extraño bajo la superficie de nuestra visión natural, un submundo que hace erupción en «nuestro» mundo gracias a las máquinas que vuelven visible lo que no podemos percibir naturalmente. Lo llamado sobrenatural, como lo sabe cualquier mago, es inherentemente tangible al ojo desnudo: reconocerlo como natural requiere apenas un cambio de mentalidad, un acto de prestidigitación; pero, en cambio, el submundo tuvo que ser inventado, es decir, su existencia real tuvo que atravesar la invención para que empezáramos a ser conscientes de él y quedáramos sujetos a su consumación.

Al comprender todo esto, Georges heredó el destino para el que había nacido incluso antes de su nacimiento físico. Cuando encontró su medio –el único medio capaz de convocar a los nonatos, de exteriorizar la imaginación en movimiento–, en ese preciso instante su vida completa se le apareció por delante: se transformó en el artista que siempre había sido, el primero en la historia moderna en convertir un «medio» en un «arte». Sus demonios fueron atraídos desde abajo y atrapados en un campo suprasensible: todas las criaturas monstruosas que su pensamiento mecánico había librado antes de nacer fueron desatadas nuevamente mediante la terrible máquina de las imágenes en movimiento, y la batalla esperada por largo tiempo pudo por fin comenzar.

Sabiendo que las zonas negras de la pantalla encendida eran las más encantadas, Georges creó muchas de sus fotoapariciones fantasmales en blanco –hasta el punto de sobreexponer la imagen y borronear sus formas espectrales sacudiendo la cámara–, creando una demonología de contrapeso: un ejército de sobreimpresiones encima de las sombras. Los demonios vestidos de negro que él diseñaba eran fácilmente vencidos en su fototeatro: usualmente reventaban en una borla brillante de humo blanco.

El héroe de estos dramas fílmicos solía ser él mismo en fotografía, vestido con el smoking del showman, cubierto del negro suficiente para que su fotoforma se moviera mágicamente por los planos titilantes de cualquier composición, luciendo, como si fuera algo normal, sus atuendos más reconocibles en la cabeza, al modo del casco del héroe. Y además, en el papel de hombre viejo que había creado para su héroe, iba a veces disfrazado con una barba, y casi siempre, bajo esa forma de anciano, se disfrazaba de loco, de bufón o al menos de alguien completamente aprisionado por los atuendos demoniacos en el espectáculo de la locura, como si Georges estuviera exhibiendo demonios o azuzando al Demonio con su yo anciano (sirviéndose de alguna maquinación tomada, quizás, del Fausto de Goethe, con sus finales humanamente felices). Por cierto, Georges tomó prestados los artificios del diálogo entre el hombre occidental y los demonios en una lucha de fuego contra fuego –fuego blanco contra fuego negro–.

Pero como ninguna monstruosidad le pareció a Georges que habitara las zonas de la forma gráfica –los matices de la línea que hacían que la imagen fuera reconocible–, su guerra se expandió naturalmente contra todos los seres y objetos fotografiados, y la única seguridad de su yo héroe era su capacidad de transformar una cosa en otra, sobre todo en una masa de blanco. La única arma heroica era, entonces, la varita mágica, y el último recurso de Georges para ayudar a su yo heroico, cuando el terreno se volvía muy escabroso, era su capacidad de transformar en un solo instante la estructura completa del campo de batalla. Fue esta necesidad la que lo llevó a hacer el primer ensamble en la historia de las imágenes en movimiento: la unión de dos piezas de celuloide con secuencias de fotos fijas.

Sin embargo, en plena carrera de Georges como cineasta, la naturaleza misma de la guerra comenzó a cambiar. Si cada boceto compuesto con una forma reconocible era un refugio para los demonios, las fotos fijas de objetos se convirtieron en la fortaleza del enemigo. Toda cosa inmóvil se encontraba, a fin de cuentas, en deterioro. Y si la cubrían líneas y sombras (envolventes fuerzas oscuras), era rápidamente poseída por un encantamiento: incluso la imagen del Sol, principal fuente de luz, solo requería las líneas de una «cara» para enemistarse con todo lo que estuviera hecho de un blanco más puro. La Luna, casi sinónimo de pantalla de cine, obsesionó a Georges particularmente, porque su representación exigía una «cara», y eso lo sumió en una suspicacia cósmica dirigida a todas las luces del cielo: ¿acaso las estrellas no eran simples destellos que dejaban adivinar vagamente las formas de enormes criaturas negras, como supieron los primeros observadores del cielo? Y, dado que para Georges todo objeto fotografiado era una fortaleza demoniaca, se vio impulsado, como cineasta, a mantenerlo todo lo más animado posible (como un hombre que rellena casas viejas con tanta vida como puede para repeler a los fantasmas) para captar, por cierto, todas las formas de la gente en continuo movimiento, en oposición a la quietud de su entorno. Para mantenerlas «de su lado», por así decirlo. Estaba decidido a darles a todos los objetos inanimados una «cara», como señales de advertencia de lo que escondían, y a animar esas caras. Como los griegos antes que él, estaba llamado a llenar los espacios entre las estrellas con tanto blanco como fuera posible.

El sombreado renacentista, dando la ilusión de profundidad, también proporcionaba abrigo a sus enemigos, pues Georges estaba obsesionado con atacar todos los artificios pictóricos de occidente, incluyendo la perspectiva renacentista. Empezó, por lo tanto, a concebir los planos de sus películas como una serie de superficies móviles con un mínimo punto de fuga y una relación máxima con la pantalla en la que serían proyectadas. Esta medida desesperada, a contrapelo del desarrollo visual de Occidente, le brindó a Georges un nuevo campo de batalla (como no se había visto desde que la estética de Florencia triunfó sobre la de Siena). La naturaleza de la batalla se volvió anamórfica (antes que mítica): lo móvil contra lo inamovible, lo rápido contra lo muerto. Tal como sabía que la Luna debía tener una cara (que es más terrible imaginar en «lo oscuro de la luna» que nítidamente grabada en blanco), sabía también que todo lo blanco debía tener las líneas negras de una forma (no necesariamente sombras espaciales, que él más bien minimizaba con la luz frontal). Y de este modo creó a sus demonios, disfrazándolos al modo de dobles agentes, espías que trabajaban de su lado para evidenciar la derrota de toda esta monstruosidad. Georges acabó por interpretar él mismo el papel del Diablo una y otra vez, y sus brujas acabaron por ejecutar la venganza que él mismo deseaba. Con magistral complejidad, Georges pasó a desempeñar la guerra con espías y contraespías con una visión triunfante. Sus películas se volvieron anagramas de desconcertante duplicidad mientras se atribuía a sí mismo y su héroe mago –o bruja, o demonio, o incluso Diablo– más y más poderes de transformación.

Sin embargo, Georges no pudo conseguir honestamente que ningún aspecto de su ser desmembrado se identificara con un objeto inanimado ni con la profundidad del espacio. Los escenarios eran siempre abandonados a los demonios y el único control que mantuvo sobre ellos era la señal de advertencia de su rostro –así pues, la visibilidad– y los signos de «cambios de escena». Inevitablemente, entonces, Georges se enfrentó al desastre cósmico, contra su derrota incitada por el material mismo y el espacio de su residencia. ¡Demonstrata!

En la época de la vida en que un hombre comienza a sentir que envejece, Georges se habría rendido si no fuera por la emergencia de una nueva imagen en sus sueños: la imagen de un héroe, el único que podría traspasar los velos de la materialidad y atravesar todo relleno cosmológico. Para Georges fue el último truco heroico en la bolsa del mago: la Máquina. ¡Sí! El héroe-máquina (otra vez el viejo Golem, también la joven Venus tal vez, que ya le había dado antes un impulso en la batalla), la Máquina fotografiada, la Máquina tal como es representada a través de la maquinaria –algo así como un salón de espejos que reflejan otros espejos ad infinitum para confundir los sentidos materiales y horadar un agujero en el espacio entero del universo–.

¿No era, acaso, el asistente o ayudante perfecto del mago? ¿No era la contradicción absoluta para conjurar la demonología (en cuanto la Máquina era material y sin embargo podía animarse más allá de toda capacidad humana)? ¿Había algún límite para el espacio que una máquina podía atravesar? Su amo mismo estaba por completo al interior de esa armadura. ¿No era una cosa hecha de varias partes inanimadas puestas juntas, que cobraba vida cuando a estas partes se las dejaba interactuar perfectamente, creando la unidad milagrosa de un ser en movimiento? ¡Sí, la Máquina era, para Georges, una creadora de parentescos, un hermano no consanguíneo (y, por tanto, humanamente invulnerable)! Y era mujer, por cierto, porque así fuera automóvil, barco, aeroplano o incluso cohete, siempre una ley no escrita hizo que Georges la llamara, amorosamente, «ella»: ¡sí, ella –o cualquier máquina– era el triunfo de todas sus fantasías y sus inventos reales, la más salvaje Galatea de todos los tiempos! Déjenla desgarrarse a través del tiempo, si eso es posible, y de todo el espacio negro, y sacudirse las sombras en cada giro del engranaje, en cada rotación de la rueda, en cada vaivén de la motivación del mago, mientras destroza a su paso al elenco de la película tan rápido como los fotogramas pueden tocar el movimiento que describe sobre la pantalla.

La Máquina de sus sueños se volvió la estrella de sus dramas, desafiando a todos los fantoches, derribándolos cuando se interponían, derribando también muros, casas, bloques de material, clavándose en el ojo de la Luna y hasta abriéndose paso entre las estrellas agolpadas, al mismo tiempo que protege al mago (y a sus amigos) cargándolo con tanta ternura como a un niño en una cuna, como a un niño en el útero, como a un hombre en la tumba.

Y sí, finalmente, por desgracia, la Máquina también defraudó a Georges. Había en todos sus movimientos una figura reconocible que, como tal, caía en todas las trampas de la iluminación, como cayó una vez un tren en la boca del Sol, condenados los que iban dentro a la misma lucha que acontece siempre en todo decorado inmóvil. Como objeto reconocible, la Máquina nunca pudo ser más que un tema, y así las piezas filmadas de Georges siguieron girando en su danza chamanística, lanzando destellos negros y blancos contra la pantalla impenetrable.

Georges, hacia el final, probó desesperadamente el color, tiñendo el celuloide, consiguiendo imágenes de objetos (frecuentemente de la Máquina) con tonos pigmentados que podían hacerlos vibrar hacia otra dimensión del pensamiento, colores esparcidos sobre las figuras en el blanco y negro de cada uno de los fotogramas para burlar la trampa de luz/oscuridad que está en origen de la fotografía. Pero solo logró hacerse a un lado en una hermosa esquina (el color es una cualidad de la luz, o sea, una cualificación, una disminución semejante a la sombra).

La batalla había acabado –sin que hubiera habido realmente una pelea– y Georges se quedó con sus rollos de mapas proyectables de una campaña apenas imaginada, un registro de magia simpática que había defraudado la tensión interior del inventor, que no había logrado alterar para él lo que ya había sido alterado. Había dirigido e interpretado varios papeles, y fue usado (como todos los artistas antes que él) por fuerzas que estaban más allá de su imaginada «segunda venida», de su regreso, de su comprensión.




en El asedio de las imágenes. Cinco biografías fílmicas
Bastante ediciones, 2019




















miércoles, septiembre 17, 2025

«Sin querer queriendo», de Roberto Gómez Bolaños

Fragmento




Rubén [Aguirre] regresaría tiempo después, pero mientras tanto su ausencia significaba la adversidad del momento, ya que el personaje que él representaba (Lucas Tañeda) era insustituible por múltiples razones; la principal de estas era el hecho de que el público se acostumbra a una imagen y le resulta muy difícil aceptar otra en sustitución de aquella. La solución, por lo tanto, no radicaba en sustituir al actor, sino en sustituir el sketch. Es decir: quitar a Los Chifladitos del programa y poner en su lugar algo diferente. ¿Pero cuál sería ese algo diferente? Porque me pasé dos o tres días (con sus respectivas noches) intentando encontrar la respuesta, pero esta no llegaba. Entonces, agobiado por la premura del tiempo, decidí salir del paso por una semana, escribiendo un sketch de los que yo llamaba «sueltos», en razón de que no tenían continuidad temática temporal. Para esto utilicé material que me había sobrado de otro sketch suelto que había hecho algunas semanas antes, el cual se había referido a un niño pobre que andaba por un parque público y tenía un breve altercado con un vendedor de globos. El niño había sido representado por mí y el vendedor de globos por Ramón Valdés. El resultado no sólo fue aceptable sino que, además, me volvió a sobrar material. Y mientras seguía cavilando, repetí la receta: usé el material sobrante para escribir algo de ambiente similar. Esta vez el resultado fue algo más que aceptable, y no se hicieron esperar los comentarios a favor. Hasta que un par de semanas después bauticé al personaje con el nombre que habría de ser conocido en muchas partes del mundo, rivalizando en popularidad con el Chapulín Colorado (y, en más de un aspecto, inclusive superándolo): el Chavo. 

*   *   *

Jamás pretendí que el público pensara que yo era un niño. Lo único que buscaba era que aceptara que yo era un adulto que estaba interpretando el papel de un niño. El reto no era sencillo, ya que las características del personaje diferían sustancialmente de las que habían distinguido a quienes habían hecho algo semejante. Porque todos (o al menos casi todos) han sido variantes diversas del clásico Pepito, cuya gracia radica precisamente en que es un niño, pero que actúa con la picardía propia del adulto, mientras que el Chavo era el mejor ejemplo de la inocencia y la ingenuidad: la inocencia y la ingenuidad propias de un niño. Y lo más probable es que esa característica haya sido la que generó el gran cariño que el público llegó a sentir por el Chavo; cariño que no sólo se reflejaba en los aplausos, las sonrisas y los comentarios de la gente, pues a todo eso hay que añadir a los cientos de personas (niños y adultos) que se acercaban para dejar en el escenario «una torta de jamón», un par de zapatos, juguetes, etcétera; al tiempo que repetían cotidianamente las expresiones usadas en los programas, como: Fue sin querer queriendo, Se me chispotió, Bueno, pero no te enojes, ¡Eso eso eso!, ¡Cállate, cállate, que me desesperas!, ¡Chusma, chusma!, ¡Tenía que ser el Chavo del Ocho!, etcétera. 

A decir verdad, ese cariño del público fue también un obsequio para todos los actores que tuve a mi lado, los que llegaron a conformar el grupo de comedia más famoso en todo el mundo de habla hispana. Sin embargo, para alcanzar esa fama se tuvieron que aglutinar varias circunstancias, entre las cuales hay que destacar la selección de los actores que habrían de acompañarme. Había tres que ya formaban parte de mi equipo desde Sábados de la Fortuna: Rubén Aguirre, Ramón Valdés y María Antonieta de las Nieves. 

Ya mencioné a Rubén y las circunstancias en que lo conocí, pero debo añadir que aparte de sus facultades como actor tenía características físicas que lo hacían inmejorable como compañero de trabajo, tales como su voz gruesa y segura (había sido locutor y cronista taurino) y su elevada estatura (1.92 metros), que lo convertían en contraparte ideal del Chapulín Colorado, razón por la cual fue el más reconocido de los «villanos» a los que se enfrentaba el héroe. Es, además, ventrílocuo y estupendo animador. 

También narré ya el episodio de la partida de Rubén para trabajar en «la competencia» (Canal 2) y que en aquella ocasión le prometí que si alguna vez quisiera regresar, las puertas del programa estarían abiertas para él. Pues bien, eso fue lo que sucedió no mucho tiempo después, de modo que tuvo fácil acomodo en el entorno del Chavo, interpretando magistralmente al profesor Jirafales, el riguroso maestro de escuela que sufre por las travesuras de los niños, pero que siempre termina soportándolas con la bondad y el estoicismo que caracterizaba a aquellos auténticos apóstoles de la docencia. Su máximo enojo terminaba con la exclamación que se hizo famosa: «¡Ta ta ta ta ta!» El Profesor Jirafales y Doña Florinda estaban mutuamente enamorados y mantenían un romance chapado a la antigua que inundaba de miel las pantallas de los televisores. 

*   *   *

Dos años antes había tenido la suerte de contar con Ramón Valdés como compañero de actuación, en una película que se llamaba El cuerpazo del delito, conformada por tres episodios independientes entre sí. Ramón y yo trabajamos en uno que estaba encabezado por Mauricio Garcés, Angélica María y Pepe Gálvez, y me la pasé de maravilla durante el rodaje. Por un lado, el trío de estrellas desparramaba simpatía, calidad histriónica y algo que no se ve con demasiada frecuencia: compañerismo, ausencia total del «estrellismo» de que suelen hacer gala los actores consagrados. Y, por otro lado, ahí fue donde tuve la oportunidad de evaluar la gracia sin igual de Ramón Valdés. Ese fue, por tanto, el antecedente que me llevó a seleccionarlo para conformar el elenco de mi programa. Y fue él quien interpretó a Ron Damón (Don Ramón) uno de los más agraciados personajes que rodeaban al Chavo. Hacía el papel de uno de esos tipos que ocultan sus múltiples insuficiencias tras una mampara de arrolladora simpatía. Era holgazán, inculto, comodino, etcétera, pero poseedor de esa gracia natural que identifica al pícaro, y de ese ingenio que invariablemente lo ayudaba a salir del peor de los atolladeros. Por ejemplo: jamás pagaba la renta de la vivienda que ocupaba en la modesta vecindad, al lado de su hija, la Chilindrina. 

*   *   *

María Antonieta de las Nieves, como ya dije, entró a formar parte de la Mesa Cuadrada en sustitución de Bárbara Ramson. Cuando llegó dijo que haría ese papel temporalmente, mientras yo conseguía a otra actriz que entrara en su lugar, pues aseguró que lo suyo era la tragedia y no la comedia. Sin embargo, después de verla actuar, yo le hice notar que tenía la calidad más que suficiente para hacer comedia, ya que los papeles trágicos los hace cualquiera. A ella le extrañó aquello que parecía una especie de reto, pero tomó el toro por los cuernos. Poco después, reconoció que no cambiaría su posición por nada en el mundo. Y ahí fue donde alcanzó la cúspide de la fama con su inigualable caracterización de la Chilindrina, personaje que la lanzó a los más altos estratos de popularidad. 

Diseñé a la Chilindrina como una niña que tendría tantas o más pecas que el Chavo, a modo de constituir un lazo de identificación entre ambos; pero ella sería traviesa a más no poder (chimuela, como suelen ser los niños traviesos debido a que su hiperactividad los induce a correr riesgos) y mucho más inteligente que él (con el uso de anteojos que ha llegado a ser paradigmático de los niños inteligentes). La Chilindrina figuraba como la hija de Don Ramón y de la esposa de éste que, según se mencionaba en el transcurso de la serie, había fallecido al dar a luz a la niña. Esta dejaba ver que había heredado la picardía de su padre, aunque la manifestaba adecuándola al contexto infantil que le correspondía. 



2006












martes, septiembre 16, 2025

Entrevista a Robert Redford, de Terry Gross



(1936-2025)


TERRY GROSS, anfitriona: Esto es FRESH AIR. Soy Terry Gross. Robert Redford ha dicho que su nueva película, Un ladrón con estilo (An Old Man & the Gun, 2018), sería su última actuación cinematográfica. Y luego dijo que no debería haber dicho eso. Sin embargo, vamos a aprovechar esta oportunidad para repasar sus primeros años, su infancia y sus inicios en la actuación. En la nueva película, interpreta a un hombre que se ve bastante digno y caballeroso, y que ha robado bancos toda su vida, ha estado en prisión y se ha fugado de la cárcel. (…)

Mi entrevista más reciente con Robert Redford fue en 2013, después del estreno de su película Todo está perdido (All is lost), en la que era el único personaje. El crítico de cine del New York Times, A.O. Scott, la llamó la actuación de una vida. Cuando hablamos, antes de hablar de su pasado, hablamos de Todo está perdido. Interpretó a un hombre solo en un pequeño yate en el Océano Índico. Al principio de la película, un contenedor de carga suelto choca contra el yate, dejando un agujero. Cuando llega una tormenta, su vida corre peligro, pero debe mantenerse calmado e ingenioso. Fue un papel increíblemente demandante físicamente. No hay diálogo en la película, sólo voz en off. Aquí está Redford al principio de la película, leyendo una carta que está escribiendo. No sabemos a quién le está escribiendo.

(Fragmento de la película Todo está perdido)

REDFORD leyendo: 13 de julio, 4:50 P.M.
«Lo siento. Sé que eso significa poco en este momento, pero lo siento. Lo intenté. Creo que todos estarían de acuerdo en que lo intenté: ser sincero, ser fuerte, ser amable, amar, tener razón. Pero no lo fui. Y sé que lo sabían, cada uno a su manera, y lo siento. Aquí todo está perdido, excepto el alma y el cuerpo, es decir, lo que queda de ellos, y la ración de medio día».

(Fragmento de archivo):

GROSS: Robert Redford, bienvenido de nuevo a FRESH AIR. Es una entrada tan conmovedora para el inicio de una película. Leíste esa carta como si fuera un poema. ¿Querías conocer la historia de fondo de tu personaje, como a quién le está hablando? Uno asume que es a la familia. Realmente no sabes nada sobre a quién le escribe, cómo ha sido su vida, por qué está en este yate en medio del Océano Índico. ¿Tú mismo necesitabas saber esto?

REDFORD: Al principio, pensé que necesitaba hacerle preguntas al director, JC Chandor. Pero francamente, Terry, me atrajo mucho lo que no se sabía sobre esto. Me atrajo mucho lo que no se decía. Había desafíos ahí que me resultaron muy atractivos. Uno de ellos fue que vi el proyecto porque sólo había un guion de 30 páginas, y en su mayoría eran bosquejos, ya que no hay diálogo. Me atrajo el hecho de que no hubiera diálogo. Me gustó la idea de que no hubiera efectos especiales. Era una película de muy bajo presupuesto, muy independiente en su espíritu y su presupuesto. Y porque sentí que era una experiencia cinematográfica más pura, como solían ser las películas, tal vez incluso yendo hasta las películas mudas.

La alta tecnología ha entrado en la industria del cine, quizás la ha infestado. Pero yendo a lo que dices, creo que sí, al principio pregunté: ¿Hay algo que debería saber sobre esto? Y el director evitó responderlo, y luego me di cuenta de que eso era lo que se pretendía. Y entonces me dejé llevar por eso, me gustó… sí, podía completarlo hasta cierto punto, pero no demasiado.

GROSS: Entonces el director dijo, refiriéndose a la reacción que esperaba que tuvieras al leer este guion por primera vez: «Redford va a decir 'claro que sí, esto suena increíble' o va a decir '¿por qué diablos haría eso? No tengo nada que demostrar. ¿Por qué me sometería a eso?'». Y realmente te sometes a mucho en la película. Quiero decir, estás siendo golpeado por el agua durante gran parte de ella. Tu yate se está inundado, así que estás chapoteando en el agua. Sé que filmaste parte de esto en un tanque y no en el océano, pero parte de ello, creo, se filmó en el océano. Así que estás ahí…

REDFORD: Sí.

GROSS: …en el océano bajo el sol caliente. Estás en una tormenta. Quiero decir, parece que fue un rodaje agotador. Danos una idea de algunas de las cosas que tuviste que soportar. Por ejemplo, cuando estás en la tormenta, en una de las tormentas y, ya sabes, te está lloviendo encima, ¿qué estás experimentando? ¿Cómo te proteges?

REDFORD: Bueno, fue una verdadera… primero que todo, fue una tormenta real porque, sí, como dices, gran parte fue en aguas abiertas. Pero cuando tuvimos que meternos en lo realmente difícil, fuimos a un tanque gigante donde tenían estas grandes máquinas de olas, estos grandes cilindros que pueden generar olas de 6, 7 pies que pueden inundar el bote o quizás volcarlo. Tenías máquinas de lluvia violenta. Luego tenías máquinas de viento. Y tenías miembros del equipo con mangueras de bomberos golpeándote con agua, fuertes chorros de agua. Cuando todas esas cosas están funcionando a la vez, realmente estás en una tormenta. Así que realmente sentí, mientras hacía esto, que en realidad estaba en una tormenta. Y tenía que sentirme preguntando, como si estuviera realmente en una tormenta, ¿qué voy a hacer? ¿Cómo voy a…? Todo se volvió muy físico. También entré en esto, supongo que a mi edad, preguntándome, ¿Qué puedo hacer todavía? Siempre… porque practiqué deportes de niño y, ya sabes, fui deportista casi toda mi vida, quería… siempre disfruté haciendo mis propias acrobacias cuando podía. Y pensé, bueno, en este punto de mi vida, ¿qué puedo hacer todavía? No estoy seguro, así que fue, en cierto modo, una prueba. Dije, bueno, veamos qué puedo hacer y haré lo que pueda. Y luego te exiges y tu ego entra en acción. Y uno dice, bueno, tal vez debería realmente… déjame hacer esto. Y, por supuesto, cuando hice eso, el ego de J.C. entró en acción. Dijo: sí, presionemos al hombre. Así que supongo que nos estábamos presionando el uno al otro.

GROSS: Ahora, leí que durante parte del rodaje, debido a toda el agua que te estaba golpeando, te dio una infección de oído y creo que perdiste temporalmente la audición, el 60% de la audición en un oído. ¿Es eso exacto?

REDFORD: Sí, sí lo es.

GROSS: ¿Es temporal?

REDFORD: Desearía que lo fuera. Es más o menos permanente.

GROSS: Así que odio decirlo de esta manera, pero si tuvieras que hacerlo de nuevo, ¿habrías salvado tu audición y le habrías dicho que no a la película?

REDFORD: No, no. Lo del oído no es tan malo. Y habría hecho lo que hice. Lo habría hecho todo de nuevo. Estaría feliz de hacerlo otra vez. Quizás no pueda, pero estaría feliz de intentarlo.

GROSS: Sabes, cuando pasan los créditos, dice reparto, Robert Redford, y eso es todo.

REDFORD: Es vergonzoso.

GROSS: Tú eres el reparto. Y después de eso, hay como un largo listado de, ya sabes, gente de cámara y gente de efectos y la gente que se encargó de los peces y la gente de los barcos. Y pienso que este es un grupo enorme trabajando en la película, y tú eres la única persona siempre en cámara. Esa debe haber sido una posición muy rara.

REDFORD: Cuando vi eso… digo, sólo he visto la película una vez.

GROSS: Me sorprende que la hayas visto. ¿A veces ni siquiera ves tus películas?

REDFORD: A veces, sí. A veces, no las he visto… algunas películas no las he visto.

GROSS: Pero de todos modos, decías…

REDFORD: Esa es una historia completamente diferente. Pero de todos modos… cuando… la primera y única vez que la vi fue en el Festival de Cine de Cannes. Y entonces cuando la película… porque ahí abuchean las películas.

GROSS: Sí.

REDFORD: Y entonces cuando bajaron las luces, estoy pensando, cresta, esto podría ir para cualquier lado. Y estoy sentado aquí con un esmoquin. Qué vergonzoso estar de esmoquin y que te abucheen. Así es que estoy sentado ahí pensando, Dios, me pregunto cómo va a salir esto. Entonces vi la pantalla… miembro del reparto, sólo yo. Y pensé, oh, Dios, estoy… realmente estoy en problemas ahora si abuchean esta cosa porque me van a estar abucheando sólo a mí. Como sea, fue para el otro lado. Felizmente, fue demasiado para el otro lado. Eso, en sí mismo, fue un shock, uno agradable.

GROSS: Sabes, hace un par de años, hubo una biografía sobre ti escrita por Michael Feeney Callan. Y estaba leyendo eso y me sorprendió mucho saber que, de niño, tuviste polio. Quiero decir, eres una persona tan física. Eres tan atlético y siempre tan en forma. Necesitabas estarlo para hacer Todo está perdido. Y pensar que estuviste paralizado por un tiempo de niño fue impactante para mí.

REDFORD: Sí, para mí también (risas).

GROSS: Seguro.

REDFORD: No fue un caso severo. Creo que deberíamos… quiero asegurarme de que esto quede claro. No fue un caso de ventilador. Fue un caso de polio leve, pero fue lo suficientemente severo como para mantenerme en cama durante dos semanas. Y porque en esos días, la polio, antes de que se descubriera la vacuna Salk, lo que pendía sobre tu infancia era siempre el miedo a la polio, porque todo lo que veías era gente con ventiladores. Así que sí, cuando me dio, fue debido a un esfuerzo extremo en el océano… bajo esta luz solar brillante en el océano. Y fue alarmante, pero no fue lo suficientemente serio como para que pasara lo peor.

GROSS: ¿Llegaste a tener algo paralizado?

REDFORD: No, no. Estaba postrado. No… no podía moverme muy bien, pero no estaba paralizado.

GROSS: Y… dime si me estoy volviendo demasiado íntimo… así que poco después de que te dio la polio, tu madre dio a luz a gemelos que murieron al poco tiempo después de nacer. Pienso que eso es demasiado trauma al mismo tiempo.

REDFORD: Sí, supongo que depende de cómo te críen y cuál sea tu genealogía. Tú sabes, la familia… vienes de quizás una familia oscura… más oscura… inmigraron de Irlanda y Escocia y no hablaban mucho, no se quejaban… no te quejas mucho. No pides nada. Soportas lo que sea que te toque, y lo haces con gracia. Así que cuando mi mamá tuvo gemelas que murieron, no se habló de ello. Eso se remonta hasta cuando era un niño pequeño, cuando era muy cercano a mi tío, que estuvo en la Segunda Guerra Mundial. Estuvo con el Tercer Ejército del General Patton. Era intérprete porque hablaba cuatro idiomas con fluidez. Yo le tenía mucho cariño, y él… cuando podía venía a jugar béisbol conmigo y así. Luego se fue a la guerra y fue asesinado en la Batalla de las Ardenas. Cuando murió, yo era muy cercano a él. La forma en que la familia lo manejó fue que simplemente no se hablaba de ello. Simplemente sucedió, y no se hacían más preguntas. Simplemente… era lo que era. Creo que eso estaba integrado en la estructura de la familia. Así que como resultado de eso, cuando mi mamá pasó por lo de las gemelas, no se habló de ello. Todo el mundo siguió adelante.

GROSS: Tu madre murió cuando tenías 18 años. Estaba enferma. No estoy segura de qué murió. ¿Cómo cambió eso el curso de tu vida? ¿Tuviste que, de alguna manera, reescribir tus planes?

REDFORD: Bueno, no sé si cambió algo en ese momento. Ella era una persona maravillosa. Murió muy joven. Estaba llena de vida, llena de risas, llena de amor. Ella estuvo siempre muy presente. Quiero decir, ella se arriesgaba, y era muy arriesgada. Me enseñó a conducir un auto cuando tenía 10 años, y nadie lo supo. Quiero decir, ese tipo de cosas. Teníamos una relación cercana, pero también yo tenía una mente joven, igual que todos los otros chicos de mi edad. No querías a tus padres cerca. No querías que tus padres te consintieran. No querías atención ni nada de eso. Y tenías una madre que quería darte esa atención, y de alguna manera la rechazaba. Me siento mal por eso.

GROSS: Fuiste a la universidad. Y por lo que he leído, lo académico no era tanto lo tuyo y que bebías mucho y montabas motocicletas…

REDFORD: Sí.

GROSS: …y corrías piques…

REDFORD: Sí, sí… todo eso.

GROSS: …o lo que sea.

REDFORD: Todo eso.

GROSS: Correcto.

REDFORD: Bueno, no… no sé sobre eso porque eso vino un poco más tarde. Fue realmente… fui a la universidad para salir de Los Angeles. Fui a la universidad porque era en Colorado, y eran las montañas. Y yo… para ese entonces, me di cuenta de que la naturaleza iba a ser una parte enorme de mi vida, que Los Angeles para mí era una ciudad que, cuando era un niño pequeño al final de la Segunda Guerra Mundial, me encantaba… me encantaba. Estaba llena de espacios verdes. Y de repente, cuando la guerra terminó y la economía revivió, de repente Los Angeles no tenía un plan de uso de la tierra. Sentí que la ciudad estaba siendo empujada hacia el mar que amo, porque de repente había rascacielos y autopistas y smog. Y dije, espera un minuto… qué… entonces me quise ir. Así que me fui a las montañas, a las Sierras, trabajé en el Parque Nacional de Yosemite y me enamoré de la naturaleza de esa manera. Me di cuenta de que la naturaleza iba a ser una gran parte de mi vida. Así que busqué tierra en otros lugares que pensé que se mantendrían libres de desarrollo.

GROSS: ¿Estás hablando de Sundance?

REDFORD: Sí.

GROSS: Estamos escuchando mi entrevista de 2013 con Robert Redford, grabada después del estreno de su película Todo está perdido. Él protagoniza la nueva película Un ladrón con estilo. Escucharemos más de la entrevista después de una pausa. Esto es FRESH AIR.

(…)

GROSS: Esto es FRESH AIR. Volvamos a mi entrevista de 2013 con Robert Redford.

(Fragmento de archivo)

GROSS: Así que no mucho después de filmar Butch Cassidy and the Sundance Kid (1969), cofundaste una nueva organización llamada Education Youth and Recreation para promover películas alternativas en campus universitarios. Esto fue realmente…

REDFORD: Sí, eso fue un gran error.

GROSS: ¿Fue un gran error? ¿Por qué fue un gran error?

REDFORD: Bueno, porque en ese momento, ya comenzaba a sentir el impulso de hacer algo que tal vez apoyaría más películas de tipo independiente. La idea era que reuniríamos algo de financiamiento y que compraríamos películas que habían sido mal distribuidas, como The birthday Party (1968) de Billy Friedkin o Dynamite Chicken (1971)… tú sabes, también algunos documentales, porque siempre amé los documentales. Siempre fui extremadamente positivo y apoyé los documentales, así que lo que pudiera hacer para promoverlos, incluso en ese entonces, en 1970. Pensamos, bueno, ¿y si compramos documentales que no fueron distribuidos o fueron mal distribuidos y películas que fueran igual, los ponemos en un paquete y vamos al mercado universitario, vamos directamente a las universidades y decimos, OK, les traemos esto. Bueno, lo que nos dimos cuenta… es que nadie vino… que asumimos que había un mercado universitario. Pero no… lo que la mayoría de los estudiantes quería hacer era ir al pueblo a ver Doctor Zhivago. Así que había muy pocos que quisieran ver películas como estas. Eran tipo cinéfilos, pero eso no lo suficiente para crear un mercado universitario. Así que fracasó.

GROSS: ¿Perdiste dinero personalmente en eso?

REDFORD: No. No puse mi propio dinero en ello, pero sospecho que con el tiempo, si miro hacia atrás, eso fue probablemente la…

GROSS: ¿Las raíces de Sundance?

REDFORD: …la génesis de lo que luego se convirtió… así que sí.

GROSS: Es interesante que allá por… finales de los 60, principios de los 70, ya estabas pensando en esa dirección.

REDFORD: Sí. Y era diferente entonces porque, ya sabes, una de las bellezas era que podía trabajar en ambos… dentro de la corriente principal. En esos días, los estudios permitían que se hicieran películas más pequeñas bajo su paraguas. Así que sí, quería contar historias sobre el país en el que crecí. Y para mí, no me interesaba la parte roja, blanca y azul de Estados Unidos. Me interesaba la parte gris, donde yace la complejidad y donde las cosas se complican. Pero quería contar historias sobre temas que fueran estadounidenses, que tuvieran impacto en las personas, como la política y el deporte y los negocios. Logré que se hicieran dos de ellas. Y quise hacerlas como documentales. Una fue El candidato (The Candidate, 1972) y la otra fue Cuesta abajo (Downhill Racer, 1969), sobre un esquiador. En esos días podrías hacer una película más grande, pero también podrías… si hacías esas películas, podías decir, bueno, ¿me permitirían hacer esta película más pequeña? Y te dejaban. Así que El candidato y Cuesta abajo se hicieron en Warner Brothers. Al mismo tiempo, iba a hacer una película más grande de Warner Brothers, como Todos los hombres del presidente (All The President's Men, 1976) o lo que sea. Así que eso continuó en los años 80 hasta que el negocio cambió. De repente, Hollywood se volvió más centralizado. Estaba siguiendo al mercado juvenil. La tecnología estaba creando más oportunidades para efectos especiales, que harían más atractivas las películas para los jóvenes. Y así Hollywood, que básicamente… Hollywood sigue el dinero. Eso es lo que hace. Iba en esa dirección. Y estaba comenzando a dejar atrás ese otro tipo de películas. Había un vacío ahí. Ya no era probable que hicieran esas películas. Iban a deshacerse de ellas. Eso llevó a la idea de, bueno, para mantener esto vivo… porque aquí es donde se van a desarrollar nuevas voces o pueden venir nuevas películas que sean independientes, que sean más emocionantes y más humanas y cosas así. Eso fue lo que llevó a la idea de Sundance, primero con los laboratorios y luego el festival. Si miro hacia atrás y pienso en el tiempo, probablemente comenzó hace mucho tiempo con esa primera empresa que falló.

GROSS: Bueno, sí, es interesante. Llevar las películas a los campus universitarios falló, así que comenzaste en tu propio campus, y la gente vendría a ti.

REDFORD: (Risas) Para un tipo que nunca se graduó de nada, eso es bastante interesante.

GROSS: ¿Intentas ver muchas de las películas que salen de Sundance?

REDFORD: Intento, sí. A veces no llego a verlas todas. Ha sido un poco… al principio, era más divertido. Ya no es tan divertido como cuando estaba comenzando, porque vas cuesta arriba. Estás como jugando contra las probabilidades. Hay algo emocionante en ese riesgo. Y sigues presionando y presionando. Hay algo emocionante en ello. Y luego, una vez que llega el éxito, entonces de repente entran otros elementos del tipo que lo hacen todo más grande. Y luego te encuentras haciendo publicidad o entrevistas o teniendo que conocer a esta persona importante o esa otra persona importante. Y todo eso está bien. Eso es lo correcto, supongo. Pero no es la diversión que fue cuando estabas parado ahí tratando de meter gente como si estuvieras parado fuera de un club de striptease, diciendo «Oye, ¿quieres entrar a ver esta película?».

GROSS: Escuchando mi entrevista de 2013 con Robert Redford, quien protagoniza la nueva película Un ladrón con estilo. Después de una pausa, hablaremos sobre su infancia, sus inicios en la actuación en series de televisión y la película que lo convirtió en una estrella: Butch Cassidy and The Sundance Kid. Soy Terry Gross, y esto es FRESH AIR.

(Fragmento de música)

GROSS: Esto es FRESH AIR. Soy Terry Gross. Volvamos a mi entrevista de 2013 con Robert Redford. Él protagoniza la nueva película Un ladrón con estilo. Estamos repasando sus primeros años cuando comenzó su carrera como actor.

(Fragmento de archivo)

GROSS: Hiciste mucha televisión, muchas series, al principio de tu carrera a principios de la década de 1960: Maverick, Rescate 8, The Deputy, Playhouse 90, Perry Mason, Naked City, La dimensión desconocida

REDFORD: Hey, Terry –lo de Perry Mason– lo de…

GROSS: (Risas).

REDFORD: ¿Sabes cuál era el título de ese… eso fue en, ¿1959? ¿Sabes cuál era el título de ese episodio?

GROSS: ¿Cuál?

REDFORD: «El caso de la peluca traicionera».

GROSS: (Risas).

REDFORD: Así se llamaba. Estaba tan emocionado por tener un trabajo, ¿sabías?

GROSS: Espera; ¿quién tenía la peluca? No fuiste tú, ¿verdad?

REDFORD: No podría recordarlo ahora. No era Raymond Burr. Pero alguien sí, algún rubio… pero esos fueron años de aprendizaje. Y siempre es… una de las cosas que ha sido extraña es verse uno caracterizado tan a menudo como alguien que se ve… bueno, que tiene un aspecto glamoroso o es atractivo físicamente. Eso es agradable. Quiero decir, no estoy infeliz por eso. Pero lo que vi suceder con el tiempo fue que eso estaba llamando la atención. Y en algún momento… porque siempre sentí que era un actor. Así empecé. Quería… era una persona a la que le encantaba la idea del oficio y que aprender tu oficio era algo fundamentalmente bueno. Quería ser bueno en mi oficio. Y, por lo tanto, sería un actor que interpretaría muchos tipos diferentes de roles, lo cual hice. Interpreté asesinos. Interpreté violadores, personajes realmente trastornados. Pero la mayoría de la gente no sabe sobre eso, porque eso fue en televisión. Así que de repente te ves enmarcado en una categoría de ser glamoroso, y dices, bueno, pero espera un minuto. Tú sabes, la noción es que, bueno, no estarías siendo tanto un actor. Eres simplemente alguien que se ve bien. Y eso siempre fue difícil para mí porque siempre me enorgullecí de cualquier papel que interpretara. Sería ese personaje. Como si miras, digamos, a Jeremiah Johnson [su personaje en La ley del talión (Jeremiah Johnson, 1976)]… un personaje en la naturaleza. Y dentro del mismo año, estaba haciendo El candidato. Y pones esos dos juntos, y esperarías que alguien dijera, bueno, alguien actúa aquí.

GROSS: Quería reproducir un fragmento de tus primeros años en la televisión y pensé, bueno, soy una gran fan de Ruta 66. Tengo la serie completa.

REDFORD: ¿Oh, en serio?

GROSS: Oh, sí, me encanta ese programa. Me encantaba de niño, y me encanta mirarlo hacia atrás.

REDFORD: De niño… muchas gracias. ¿Qué tenías… 10?… cuando hice mi segmento?

GROSS: Oye, estaba viva entonces. Mucha gente no lo estaba.

(Risas)

REDFORD: Lo que me gustaba de Ruta 66 no era tanto el programa como la ruta porque recuerdo hacer dedo de niño de ida y vuelta por la Ruta 66 porque no había autopistas entonces. No había peajes ni nada de eso. La Ruta 66 era la forma en que llegabas de Chicago a Los Angeles o viceversa.

GROSS: Así que de todos modos, pensé, hagamos un clip de Ruta 66. Y luego voy leyendo tu biografía y leo esta línea en la página 87, en la que estás diciéndole a tu agente: «Prefiero pudrirme que ser recordado por Ruta 66 (risas).

REDFORD: ¿Dije eso?

GROSS: Se te cita diciendo eso. ¿Qué puedo decir?

REDFORD: ¿Fui yo? No recuerdo el programa. ¿Dices que tienes un clip?

GROSS: Sí, sí. Así que esto es… ¿ni siquiera recuerdas haberlo hecho? Esto es de un episodio de 1961 con Nehemiah Persoff como tu padre. Y está ambientado en un pueblo molinero en una comunidad polaco-estadounidense. Y cómo te has ido a la universidad y has salido del pueblo. Ahí estabas de vuelta en las vacaciones de la universidad. El episodio comienza contigo persiguiendo a tu novia, que huye por el bosque. Y no estás tratando de atacarla ni nada. Sólo intentas alcanzarla y contactarla para comunicarte con ella. Ella accidentalmente se cae de la colina, se golpea la cabeza y muere. No sabes qué hacer. Así que no llamas a la policía. No le dices a nadie. Intentas decirle a tu padre, pero tu padre simplemente no quiere escuchar nada. Tienes problemas para comunicarte con él. Él no quiere escucharte. Luego la policía la descubre muerta. Estás implicado en su muerte. Así que aquí estás tú tratando de explicarle a tu padre, interpretado por Nehemiah Persoff, qué había pasado realmente con tu novia y qué pasaba realmente con tu relación con tu padre.

(Fragmento del Programa Ruta 66)

Robert Redford como «Janosh»
Nehemiah Persoff como «Jack» 

Janosh: ¿Sabes por qué huyó? Porque me dijo: ¿Me amas? ¿Te casarás conmigo? Y no pude responderle con la verdad. No pude decir: Sí, sí, quiero casarme contigo. Ante Dios y todo el mundo, quiero hacerlo. ¿Cómo podría decirle eso y herirla aún más? Quería casarme con ella. ¿Pero tú lo habrías permitido, papá?
Jack: Si tuvieras que casarte con ella…
Janosh: No, no tenía que hacerlo. No fue algo así.
Jack: Entonces, ¿por qué debería haberte permitido hacerlo? ¿Por qué no viniste a mí? ¿Por qué no viniste a mí?
Janosh: ¿He podido alguna vez, alguna vez, acudir a ti, papá, con algo que fuera una idea mía? ¿No has decidido siempre todo por mí? ¿No has decidido siempre todo por mí, siempre? ¿Quién debo ser, qué debo ser, cómo debo ser?

REDFORD: No recordaba esto para nada. Obviamente no me avergüenzo de ello. Pero no… Dios, qué interesante. No recuerdo… simplemente no lo recuerdo para nada. Es asombroso.

GROSS: Tu voz suena, tú sabes, tan diferente. Es más aguda.

REDFORD: Bueno, sí, recientemente… JC y yo… JC Chandor y yo estábamos en un festival.

GROSS: El director de Todo está perdido, sí.

REDFORD: El director de Todo está perdido… JC y yo estábamos en un festival y pasaron clips de mi carrera que nunca había visto. Tenían clips que se remontaban hasta ahora. Y fue muy incómodo, muy incómodo. Hice el último episodio de Playhouse 90 que se hizo. Sólo pensé que era el mejor programa. Cuando era niño, pensé que era el mejor programa de televisión. Y tuve la suerte de estar en el último Playhouse 90 escrito por Rod Serling. Y pude estar… interpreté a un joven teniente alemán, un teniente nazi muy simpático. Es corrompido por… o alguien más trata de corromperlo, pero él resiste la corrupción. Y Charles Laughton interpretó al rabino.

GROSS: Wow, actuar con Charles Laughton debe haber sido tan interesante. Pero hay una gran historia que se cuenta en tu biografía sobre la bofetada.

REDFORD: Oh, sí, era intimidante. Era uno de mis primeros papeles. Y había una escena con George MacCready, que interpretaba a mi oficial al mando. Y es durante un pogromo, y están gritando nombres en la calle para ser metidos en camiones. Y luego, después, subimos al departamento del rabino. Y hay una tensión entre el rabino, interpretado por Charles Laughton, y MacCready… Hay un desafío intelectual que involucra a Nietzsche y Dios y así sucesivamente. Así que yo sólo estoy ahí desorientado. Soy este chico joven, inocente, ingenuo. Y en un momento, Laughton deja caer algo. Deja caer su Biblia. Y me agacho para recogerla, lo cual no, no, no se hace. Y MacCready ve esto y se da cuenta de que, crestas, este chico necesita algo de entrenamiento. Y el rabino ve que mi instinto es ser compasivo. Me agaché para recoger la Biblia. Y entonces me mira a los ojos. Y la mirada es como: veo quién eres realmente. Veo quién eres realmente. MacCready dice: «Aparentemente sientes que tienes que ser simpático con el rabino». Él dice: «Por lo tanto, te ordeno que le des una bofetada». Entonces se supone que le doy una bofetada, de mala gana, pero le doy una bofetada. Mientras nos preparábamos para hacerlo… iba a ser en vivo. Iba a ser una transmisión en vivo. Mientras nos preparábamos en el ensayo, Laughton se acerca y dice: «Querido muchacho, no puedes darme la bofetada. ¿Qué vas a hacer?». Y yo dije: «¿Qué quieres decir con qué no voy a…?». Él dijo: «¿Qué vas a hacer? Porque no me pueden golpear». Yo dije: «¿No te pueden golpear?». «No, no me pueden golpear. ¿Qué vas a hacer?». Y pensé: «Cresta, ¿y ahora qué voy a hacer?». Así que voy donde el director y le digo: «¿Qué se supone que debo hacer? Y él dice: «Y… no me molestes. Tengo suficientes problemas». Así que llegamos al programa, y me veo sentado ahí. Mientras nos acercamos al momento, estoy pensando: «¿Quién es este tipo para decirme lo que se supone que… lo que no puedo hacer, lo que puedo hacer?». Y me enojé tanto, y además estaba tan nervioso, que cuando llegó el momento, pensé: «¿Quién es él para decirme qué puedo o no puedo hacer?». Así que levanté el brazo y realmente le di un golpe. Y no fue una bofetada. Fue un golpe. Y su mandíbula… salió saliva de su mandíbula. Y me miró, y le salieron lágrimas de los ojos. Me miró. Y cuando terminó, pensé: «Cresta, voy a recibir un buen sermón por esto». Así que fui a su camerino para disculparme. «Lo siento mucho». Él dice: «No, hiciste lo correcto. Hiciste lo correcto».

GROSS: Es una historia genial. Y es tan interesante que tengas un recuerdo tan vívido de hacer esa edición de Playhouse 90 y de la historia de Charles Laughton y ningún recuerdo de Ruta 66 (risas).

REDFORD: Bueno, creo que es porque Playhouse 90 era algo muy importante cuando era niño. Había dos programas en televisión: el Sid Caesar Show y… olvidé el otro nombre…

GROSS: ¿Your Show Of Shows?

REDFORD: Show Of Shows, sí. Y llegaba a Los Angeles vía kinescopio, creo. Y Playhouse 90… esos dos programas eran lo máximo en drama y comedia. Tuvieron un gran impacto en mí cuando era niño. Solo pensaba que eran programas maravillosos. Y la idea de que pudiera estar en uno y más encima que iba a ser el último… fue un gran honor. Fue verdaderamente emocionante para mí.

GROSS: Estamos escuchando mi entrevista de 2013 con Robert Redford, quien protagoniza la nueva película Un ladrón con estilo. Escucharemos más de la entrevista después de una pausa. Esto es FRESH AIR.

(Fragmento de música)

GROSS: Esto es FRESH AIR. Volvamos a mi entrevista de 2013 con Robert Redford. Hemos estado hablando de cómo comenzó a actuar.

(Fragmento de archivo)

GROSS: Así que saltando a 1969, haces Butch Cassidy and The Sundance Kid con Paul Newman. Y esta es la película que te hace icónico. ¿Ya sabías montar a caballo? ¿Te gustaban las películas del Oeste cuando hiciste esta?

REDFORD: Sí. Sí, sabía montar a caballo. Me encantaban los caballos. Me gustaba hacer mis propias acrobacias cuando pude. Cuando surgió por primera vez, debido a la diferencia de edad entre Paul y yo, que era como de 12, 13 años… y él ya era muy conocido. Yo no lo era. Acababa de hacer, creo, la película Descalzos en el parque (Barefoot in The Park, 1967). Pero él obviamente tenía una carrera que era muy notable. El estudio no me quería. El director, George Roy Hill, y yo nos reunimos en un bar en la Tercera Avenida. Y me estaban considerando para interpretar a Butch Cassidy, porque había hecho esta comedia en Broadway, así que… nadie piensa muy profundamente en cosas así. Dijeron: bueno, si hizo una comedia, tal vez podría ser Butch Cassidy. Estábamos sentados en este bar. Y le dije en ese momento: «Sí, puedo hacer eso, pero ese no es el papel que me interesa. Estoy más interesado en el Sundance Kid. Me siento más cómodo en ese papel. Me siento más… podría conectarme más con ese personaje». Y eso sorprendió a George. Y entonces se convenció de esa idea. Pero el estudio no me quería. E intentaron todo para dejarme fuera de la película en ese momento. Era 20th Century Fox. Y creo que fue Paul Newman, William Goldman, el guionista, y George quienes me defendieron contra el estudio. Pero el que realmente presionó, por supuesto, fue Paul. Cuando conocí a Paul… fue muy generoso. Dijo: «Haré esto con Redford». Nunca olvidé eso. Ese fue un gesto que nunca olvidé. Sentí que realmente estaba en deuda con él después de eso. Luego él y yo, en el transcurso de esa película, nos hicimos realmente, realmente muy buenos amigos. Esa amistad continuó en la siguiente película y luego continuó en nuestras vidas personales.

GROSS: Originalmente se suponía que él sería el Sundance Kid, y tú serías Butch Cassidy.

REDFORD: Sí, así es. El título original del guion era The Sundance Kid and Butch Cassidy. Ese era el título original que Goldman había escrito. Y Newman iba a interpretar a Sundance. Pero él había interpretado ese tipo de papel antes. Y George era un tipo que veía a Paul… veía un lado de Paul que muchos no habían visto, porque había trabajado con él en televisión y lo conocía personalmente. Dijo: No, este tipo… es muy nervioso. Habla liviano, cuenta chistes malos. Él… creo que lo veo como Butch Cassidy. Y me vio a mí como Sundance, por lo que tuvo que luchar por eso. Cuando finalmente se hizo, cambiaron el título a Butch Cassidy y The Sundance Kid.

GROSS: ¿Te importaría si reproduzco una escena?

REDFORD: Mmm.

GROSS: OK. Así que esta es una famosa escena. Ambos son ladrones de bancos y trenes. Y en este punto no están exactamente rodeados, pero están acorralados. Están en…

REDFORD: Una cornisa.

GROSS: Una cornisa, sí. Y encima de ti en esta cornisa rocosa está la pandilla que te persigue. No tienes adónde voltear. No tienes adónde ir excepto por el agua que está debajo. Estás muy, muy alto, y es un río o arroyo muy rocoso…

REDFORD: Sí.

GROSS: Pero de todos modos, mientras Butch Cassidy intenta averiguar cuáles son sus opciones, lo que quieres hacer es disparar para salir. Y así partes diciendo.

(Fragmento de Butch Cassidy And The Sundance Kid)

Robert Redford como el Sundance Kid
Paul Newman como Butch Cassidy

Sundance Kid: ¿Listo?
Butch Cassidy: No, saltaremos.
Sundance Kid:Al demonio con saltar, no lo haremos.
Butch Cassidy: No, saldrá bien si el agua es lo suficientemente profunda y no morimos aplastados. No nos seguirán.
Sundance Kid: ¿Cómo lo sabes?
Butch Cassidy: ¿Saltarías si no tuvieras que hacerlo?
Sundance Kid: Tengo que hacerlo, y no lo haré.
Butch Cassidy: Bueno, tenemos que saltar o de lo contrario estamos muertos. Tendrán que volver por donde vinieron. Vamos.
Sundance Kid: Sólo un disparo, eso es todo lo que quiero.
Butch Cassidy: Vamos.
Sundance Kid: Uh-uh.
Butch Cassidy: Hay que saltar.
Sundance Kid: No. Aléjate de mí.
Butch Cassidy: ¿Por qué?
Sundance Kid: Quiero pelear.
Butch Cassidy: Nos matarán.
Sundance Kid: Puede ser.
Butch Cassidy: ¿Quieres morir?
Sundance Kid: ¿Y tú?
Butch Cassidy: Bueno, saltaré primero.
Sundance Kid: No.
Butch Cassidy: Entonces salta tú.
Sundance Kid: No, dije que no.
Butch Cassidy: ¿Qué te pasa?
Sundance Kid: No sé nadar.
Butch Cassidy (riendo): ¿Estás, loco? La caída probablemente te matará.

GROSS: Qué tranquilizador.

(Risas)

REDFORD: Sí, claro.

GROSS: Así que ese es mi invitado, Robert Redford, con Paul Newman de la película de 1969 Butch Cassidy and The Sundance Kid. ¿Te sorprendió lo famosa que se volvió esa escena?

REDFORD: Sí. Quiero decir… me sorprendió todo el asunto. Recuerdo cuando vi el corte preliminar… quiero decir, me encantó hacer la película. Me divertí mucho. Nunca me he divertido tanto en una película como en esa. Pero cuando vi el corte preliminar, dije: «Espera un minuto; ¿qué hace esa canción ahí?».

GROSS: Oh, «Raindrops are falling on my Head», la canción de fondo.

REDFORD: Sí. Dije: espera un minuto; ¿de qué se trata todo esto? Dije: Qué diablos… primero que todo, no está lloviendo. En segundo lugar, ¿qué tiene que ver eso con algo? Pensé: «Bueno, eso… ellos… esto arruinó la película».

GROSS: (Risas).

REDFORD: No tenía sentido para mí. ¿Sabes? ¿Qué tan equivocado puedes estar? Tuve que escuchar esa canción en la radio durante seis meses.

GROSS: (Risas).

REDFORD: Pero la película… también, Terry, otra cosa interesante sobre cómo… supongo que el valor del boca a boca. Recuerdo cuando la película salió, George Roy Hill y William Goldman estaban muy molestos y deprimidos porque las críticas fueron de mixtas a negativas. Y el boca a boca es lo que hizo que la película creciera. Pero cuando se estrenó, tuvo estas críticas mixtas. No las leí. Recuerdo que estaban muy molestos y deprimidos. Y una de las razones por las que las críticas… algunas de las críticas fueron negativas fue por… el anacronismo del diálogo, como el habla moderna de entonces. Encontré eso bastante inspirador y divertido. Fue simplemente divertido. Pero aparentemente, eso… eso fue parte de la respuesta negativa. Pero fue… supongo… superado por la aceptación de toda la película.

GROSS: Por cierto, tuve la misma reacción sobre «Raindrops are falling on my Head» en medio de la película. Pensé…

REDFORD: (Risas) ¿De verdad?

GROSS: Sí. (Risas) Quiero decir, no tenía absolutamente ningún sentido para mí.

REDFORD: Bueno, entonces somos tú y yo. Somos dos.

GROSS: (Risas) Bueno, desafortunadamente, nuestro tiempo se acaba. Realmente ha sido un placer hablar contigo. Muchas gracias por volver a FRESH AIR.

REDFORD: Bueno, gracias, Terry.

GROSS: Ha sido un gran placer.

REDFORD: Sí. Y tu voz es mucho más agradable que la mía.

GROSS: Oh, desearía (risas).

REDFORD: No, lo es. Tienes una voz hermosa.

GROSS: (Risas) Lo deseo. Oh, muchas gracias. (Risas) Reproduciré eso en mi mente.

REDFORD: (Risas) OK.

GROSS: De hecho, ocasionalmente hago eso. Eso fue Robert Redford, grabado en 2013. Su nueva película se llama Un ladrón con estilo. Esto es FRESH AIR.

(Fragmento de música)




Publicación original en Fresh Air, 28 de septiembre, 2018