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lunes, mayo 18, 2026

«Texto», de Samuel Beckett

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Ven ven y cógeme mi hermosa huesuda de doble cama mi veloz conejita mi jovenzuela mi delgado juguetito vibrante de Kerry consuela mis días de rosas días de belleza semana roja de vergüenza loca en los labios de mi vergüenza en mi monte de venus porque la noticia más nueva la más ella de las noticias como ella es que estoy apestada de lujuria oh preferiría ser un gorrión para mi pájaro travieso de puño cerrado pájaro a pájaro y rama o una cueva de carbón con venas doradas para que el palito de mi amorcito me limpie con esmero y belleza con la escoba se fueron las sales aromáticas y el vino de flores de primavera se fueron y la lechuga mordisqueada mordisqueada y se fue ni el último día de belleza del tiempo rojo abrió su rosa y golpeó con su espina oh estoy hecha toda una mezcolanza o una ensalada variopinta por sí misma y soltera a la cama dijo ella no quiero pelotudeces en esta casa y de quién era yo la concha me gustaría saberlo de mi alegre cornudo trotamundos de Dublín y de quién era la potra la yegua la hembra pisando la línea como una gatita vienesa toma mi consejo y ponle un candado a tus calzas griegas antes de que yo sea rápida y viviendo con esperanza y contenta de compartir con mi delgado juguetito y crecer crecer hasta convertirme en la madre tierra de quien es la mendiga con su concha y el negocio del frente.



1932






Traducción dedicada a Lucas Margarit














Text
 
Come come and cull me bonny bony doublebed cony swiftly my springal and my thin Kerry twingle-twangler comfort my days of roses days of beauty week of redness with mad shame to my lips of shame to my shamehill for the newest news the shemost of shenews is I’m lust-belepered and unwell oh I’d rather be a sparrow for my puckfisted coxcomb bird to bird and branch or a coalcave with goldy veins for my wicked doty’s potystick trimly to besom gone the hartshorn and the cowslip wine gone and the lettuce nibbled up nibbled up and gone nor the last beauty day of the red time opened its rose and struck with its thorn oh I’m all of a gallimaufry or a salady salmafundi singly and single to bed she said I’ll have no toadspit about this house and whose quab was I I’d like to know that from my cheerfully cornuted Dublin landloper and whose foal hackney mare toeing the line like a Viennese Taubchen take my tip and clap a padlock on your Greek galligaskins before I’m quick and living in hope and glad to go snacks with my twingle-twangler and grow grow into the earth mother of whom clapdish and foreshop.











viernes, abril 24, 2026

«La pasión según G. H.», de Clarice Lispector

Traducción de Alberto Villalba Rodríguez 





La hora de vivir es tan infernalmente inexpresiva que es la nada. Aquello que yo llamaba «nada» estaba, no obstante, tan pegado a mí que era… ¿yo? Y, por tanto, se volvía invisible como yo lo era para mí misma, y se convertía en la nada. Las puertas, como siempre, seguían abriéndose. Finalmente, amor mío, sucumbí. Y se convirtió en un ahora.

· · ·

Ofrecía el sollozo. Lloraba por fin dentro de mi infierno. Las alas incluso de la negrura las uso y las sudo, y las usaba y sudaba para mí; que eres Tú, tú, fulgor del silencio. Yo no soy Tú, sino que yo eres Tú. Solo por eso jamás podré sentirTe directamente: porque eres yo. (…) Y en el sollozo, el Dios vino a mí, el Dios me ocupaba ahora por entero. (…) El Dios, a quien nunca podría entender sino como Le entendí: partiéndome como una flor que al nacer soporta mal erguirse y parece quebrarse. (…) En este instante, ahora, una duda me asalta. Dios, o cualquiera que sea Tu nombre: solo pido ahora una ayuda: pero que ahora me ayudes no secretamente como me eres, sino esta vez claramente y en campo abierto. (…) Me había visto obligada a entrar en el desierto para saber con espanto que el desierto está vivo, para saber que una cucaracha es la vida. Había retrocedido hasta saber que en mí la vida más profunda está antes de lo humano. (…) Y ahora estaba como ante Él, y no entendía; estaba inútilmente de pie ante Él, y estaba nuevamente ante la nada. A mí, como a todo el mundo, se me había dado todo, pero había querido más: había querido conocer ese todo. Y había vendido mi alma para saber. Ahora entendía que no la había vendido al diablo, sino a alguien mucho más peligroso: a Dios. Que me había dejado ver. Pues Él sabía que yo no sabría ver lo que viese. (…) Yo tenía la capacidad de preguntar, pero no la de escuchar la respuesta.

· · ·

(Él no nació para nosotros, como nosotros no hemos nacido para Él, nosotros y Él somos simultáneamente).

· · ·

Hablar con Dios es lo más mudo que existe. (…) No, no tengo que elevarme a través de la plegaria: tengo que, ingurgitada, convertirme en una nada vibrante. ¡Lo que hablo con Dios no debe tener sentido! Si tiene sentido es porque me equivoco.



Publicado por Ediciones Siruela, Madrid, 2000



También en Antología de mística femenina, 2023
Edición a cargo de Jimena Castro y Sergi Sancho Fibla





























miércoles, abril 01, 2026

«Féretro», de Yalal al-Din Rumi

Sin datos del traductor




Un niño se lamentaba ante el féretro de su padre:

«¡Oh padre mío! ¡En adelante tu sitio estará bajo la tierra! ¡Querido padre! ¡Estás en una morada tan estrecha, tan desprovista de todo! ¡Ni manta, ni cojín, ni camastro! ¡Sin una vela en la noche ni pan durante el día! ¡Sin puerta, sin techo, sin vecinos compasivos! ¡Ni siquiera el olor de una comida! ¡Sólo una morada tan estrecha que cualquiera perdería en ella el color de su piel!».

Entre los asistentes, había un niño, llamado Dyuha. Se volvió hacia su padre y le dijo:

«¡Oh, padre! ¡Tengo la impresión de que lo que describe este niño es nuestra casa!». 




en 150 cuentos sufís. Sin datos editoriales






Pintura original: «El Funeral de Isfandiyar», 
folio de un Shahnama (Libro de Reyes), 
de Abu'l Qasim Firdausi (c. 1330)






















miércoles, marzo 18, 2026

«[Pienso con frecuencia en la relación de Charles Darwin con su esposa Emma…]», de Peter Greenaway

Traducción de Juan Carlos Villavicencio



Historia número 72 

Pienso con frecuencia en la relación de Charles Darwin con su esposa Emma. Tuvo diez hijos con ella y ella era su prima, hija del hermano de su padre. ¿No debería considerarse este matrimonio un caso de incesto? ¿No es acaso una curiosa ironía para un hombre tan escrupulosamente interesado en la fecundidad exitosa, en la mutación necesaria y en la teoría de la evolución? Según se dice, Darwin retrasó la publicación de su teoría sobre el origen de las especies porque no quería ofender la creencia de su esposa en Dios. Él creía que el hombre descendía del mono y ella creía que el hombre descendía de Adán. Sin duda fueron una pareja devota y él a menudo se sentía muy enfermo, aunque nadie supo exactamente qué le aquejaba, si bien algunos piensan que su enfermedad era psicosomática, culpa de tanto stress. Otros piensan que su enfermedad fue contraída durante sus viajes por Sudamérica en el barco, el Beagle. Otros creen que fue por la ansiedad que le provocaban las creencias de su esposa.

Pienso en su dormitorio en Down House, en Kent, al final de la línea del tren desde el edificio de la Sociedad de Historia Natural en Bloomsbury. Pienso en la calidez de su cama cubierta por edredones de tela estampada y en cómo habrán copulado, su larga barba blanca sobre sus pechos, sus manos aferradas a sus nalgas, su pene hondo en su vagina forjando su quinto hijo, su tan amada hija Anne Elizabeth, que murió a los diez años de tuberculosis, Darwin tuvo que renunciar al Dios que nos había dado a Adán.

Tan a menudo ignoramos lo significativo que son los contextos. Darwin era bien sabido por haber sido reacio a publicar sus teorías evolutivas, pero pocos saben que en el mismo día en que sus teorías iban a ser anunciadas públicamente, en el edificio de la Sociedad de Historia Natural en Bloomsbury, sabiendo que impactarían la visión del mundo, por así decirlo, Charles Waring, su último hijo, aquel niño de un año con síndrome de Down, yacía agonizando en su cama. Cuando Darwin regresó esa noche a Down House en Kent, el niño estaba muerto; para Emma ido al Cielo, para Darwin simplemente se había ido.




en He read deep into the night (Stories 1-100), Bakemono Lab, 2026



Dibujo original de Stefano Bessoni












Story Number 72

I think frequently about the relationship of Charles Darwin to his wife Emma. He had ten children by her and she was his cousin, his father's brother's child. Is not this marriage to be regarded as a case of incest? Wouldn't it be a curious irony with a man so scrupulously interested in successful fecundity, necessary mutation, and a theory of evolution? Reputedly Darwin delayed publishing his theory on the Origin of Species because he did not want to offend his wife's belief in God. He believed in man's descent via the ape and she be lieved in man's descent via Adam. They were certainly a devoted couple and he was often an invalid though no-one quite knew what his ailment might have been, though some think his illness was psychosomatic, brought on by stress. Some think his illness was contracted on his travels around South America in the ship, the Beagle. Some thought it was because of his anxieties abour his wife's beliefs. // I think of their bedroom in Down House in Kent at the end of the railway line from the Natural History Socicty's Building in Bloomsbury. I think of their warm bed covered in chintz eiderdowns and how they might have copulated together, his long white beard on her breasts, his hands clasping her buttocks, his penis deep in her vagina making his fifth child, his much loved daughter Anne Elizabeth, who died when she was ten of tuberculosis causing Darwin to give up on a God who gave us Adam. / So often we are ignorant of significant context. Darwin is well known to have been reluctant to publish his evolutionary theories but few know that on the same day as his theories were to be publically announced at the Natural History Society's Building in Bloomsbury, to hit the world in the eye, as it were, his last child, the one-year-old Down Syndrome child, Charles Waring, lay dying in bed. When Darwin returned home that evening to Down House in Kent, the boy was dead; to Emma gone to Heaven, to Darwin simply gone.












jueves, marzo 05, 2026

«Escribir», de Antonio Lobo Antunes

Fragmento de una entrevista

(1942-2026)

 
Escribir es como drogarse, se empieza por puro placer, y acabas organizando tu vida como los drogados, en torno a tu vicio. Y esa es mi vida. Hasta cuando sufro lo vivo como un desdoblamiento: el hombre está sufriendo y el escritor está pensando en cómo aprovechar este sufrimiento para su trabajo.

(…)

Las historias son importantes para las abuelas. Yo no quiero contarle historias a nadie. Es el libro quien manda. Intentas ahondar, bajar al fondo del alma, decir lo que no se ha dicho antes. Escribo porque si no me siento muy culpable. Nunca escribes lo que quieres, el libro es tu dueño. Tienes que estar vigilando para que sea más o menos lo que quieres decir. Yo no sé lo que voy a escribir y, una vez que acabo los libros, nunca los vuelvo a leer. (…) Una parte de mí se cierra y se abre otra que comienza a dictarme; siempre he tenido la sensación de que me dictan. Lo que sí hago antes de escribir un libro es elegir una fecha para comenzar, porque si no siempre tengo miedo a no hacerlo. Siempre tengo miedo de desilusionar a la gente que ha tenido en mí una fe no compartida. Desde el comienzo he tenido por todas partes lectores entusiastas que todavía me dejan conmovido y confundido. Un libro para mí es una sorpresa, un milagro que no entiendo. Sólo cuando empiezas a corregir entiendes algo. Sin embargo, si no piensas que eres el mejor, mejor no escribir. Tienes que vencer a Chéjov, tienes que vencer a Tolstói, tienes que ganarles, ser mejor que ellos. Aunque esto no es una competición deportiva. Y, al final, siempre llegas a la conclusión de que la única cosa importante son los libros, no el autor. Tienes la impresión de que eres apenas un transmisor. Yo no sé cómo nace un libro: son filamentos, fragmentos, sonidos; es muy variable. Y después… mucho miedo. Lo que tienes que decir lo dices en los libros, son ellos los importantes, no los autores…




En una entrevista dada a Quimera
rescatada por el blog Crimentales, 4 de junio, 2018











viernes, diciembre 26, 2025

«Ovni 78», de Wu Ming

Fragmento / Traducción de Juan Manuel Salmerón Arjona 





8. ROMA, MIÉRCOLES 15 DE MARZO 


Esa noche, Martin Zanka escribía de verdad, tecleando en su Olivetti Lettera 35. 

En lo alto de la hoja ponía: «Ovni 78. Discurso inaugural». En esta introducción, debía presentar al invitado de honor, nada menos que Allen J. Rynek. El ufólogo americano estaba de gira por Europa: llegaba en el último vuelo de París y partía el sábado para Estados Unidos. Después de él intervendría el indómito Casella y Zanka suponía que habría polémica. 

El trotskista brasileño Romulo Casella (1913-1983), exiliado en Roma desde 1964, tenía una teoría política del fenómeno de los ovnis, según la cual una civilización tan evolucionada que pudiera recorrer distancias siderales para llegar a nuestro plantea no podía ser sino comunista. Por ello, el contacto con los extraterrestres había que buscarlo en clave de «interplanetarismo revolucionario» y en contra de los amos de la Tierra. De hecho, Casella deseaba la invasión alienígena. Según él, el proletariado saldría beneficiado y debía prepararse para recibirla. 

La cercanía de Zanka al Partido Comunista, aunque hacía tiempo menos estrecha, ya había sido blanco de los ataques del sudamericano en algunos artículos publicados en la revista Cosmos Rojo. Zanka no hacía caso. Lo que sí le preocupaba eran las posibles escaramuzas que tuviera con el liberal yanqui Rynek, al que Casella lanzaba críticas muchos más aceradas. Una en particular podía hacerla en el congreso. Casella acusaba al estadounidense de estudiar el contacto con formas de vida alienígenas desde un punto de vista clasista y wasp. En su ensayo La realidad de los ovnis, Rynek consideraba más fiable el testimonio de «encuentros del tercer tipo» cuando los protagonistas eran ciudadanos normales y corrientes, no sospechosos de ningún tipo de desviación. Entre los testigos que para él eran dignos de crédito, no figuraban hispanos, italianos ni asiáticos, y Casella se apostaba lo que fuera a que tampoco había afroamericanos. 

Zanka podía estar de acuerdo con él, pero temía que el debate descarrilase. Al mismo tiempo, la presencia de estudiosos tan diferentes enriquecería el congreso y su cometido era hacer que fuera un intercambio fructífero. 

Ya había llenado dos páginas de apuntes cuando sonó el timbre. 

Esa noche no esperaba visitas. El timbrazo lo dejó desconcertado. Quizá era un vecino que venía a pedir sal o azúcar. Se levantó y fue a abrir. 

–¿Qué hacéis aquí? –preguntó sin dar crédito a lo que veía. 

–¿Podemos entrar? –preguntó a su vez Vincenzo. 

–Hola –dijo simplemente Rossella. 

Zanka les dejó pasar y los condujo al salón. Vio que llevaban una maleta. Vincenzo se adelantó. 

–¿Podemos quedarnos un par de días? 

Zanka miró primero a su hijo y luego a Rossella, que tenía una cara angelical. 

–Claro. Pero ¿por qué no me has llamado? 

–Lo he hecho. Pero no daba línea. 

Era verdad. Para que no lo molestaran, Zanka había desenchufado el aparato por la mañana. 

No preguntó qué hacían ahí. No se atrevía. Intuía que pasaba algo grave. Había dejado a su hijo cantando las excelencias de Tanur y ahora se presentaban allí, él y su novia, aunque no era exactamente su novia, como dos refugiados, sin dar explicaciones. 

Cenaron en silencio una pasta con salsa que Zanka preparó y solo entonces se decidió Vincenzo a desahogarse. Aprovechó un momento en que Rossella fue al baño a vomitar. 

–Viene a abortar. 

–Veo que os habéis decidido –comentó Zanka. 

–Lo decide ella. Aún está pensándoselo. Mañana vamos a un consultorio de unas feministas que hay en San Lorenzo. 

–Haces bien en acompañarla –comentó Zanka, pero enseguida le pareció una frase de circunstancias. 

En aquellos meses, todo el país debatía sobre la interrupción voluntaria del embarazo. En el Parlamento se discutía la ley que despenalizaría y regularía esta práctica. Los últimos años, las activistas del Partido Radical y del CISA, el Centro de Información sobre la Esterilización y el Aborto, ayudaban a quienes querían abortar facilitando su viaje a países donde la práctica era legal o recurriendo a clínicas «amigas», tras lo cual solían denunciarse a sí mismas para hacer pública su desobediencia. Había muchas posibilidades de que la ley se aprobase, porque los únicos que se oponían eran los democristianos y los neofascistas. Estaban a favor de ella, además de los radicales, los comunistas, los socialistas, los socialdemócratas, los republicanos y los liberales. Había un clima de desafío ciudadano que amenazaba con provocar una crisis de gobierno. 

–Hemos venido corriendo. Podíamos haber ido al CISA de Florencia, pero Rossella leyó lo del consultorio en una revista... Además, le dije que aquí –hizo un vago gesto con las manos– teníamos donde alojarnos.

Zanka tomó un cigarrillo y ofreció otro a Vincenzo. Los encendieron y fumaron mirándose a través de las volutas de humo, pero los apagaron cuando Rossella volvió del baño, pálida y desencajada. Vincenzo le hizo sitio en el sofá. 

–¿Te encuentras bien? 

–Ahora mejor, sí –contestó la joven. 

Rossella Hilzer era muy guapa de joven. Sigue siéndolo hoy día, aunque tiene algo glacial en la expresión y en los rasgos de la cara que entonces era casi imperceptible, al menos en las fotografías. 

–Voy a llamar a Tanur –dijo Vincenzo levantándose– para decirles que hemos llegado. 

Zanka se quedó a solas con Rossella. No tenía ninguna familiaridad con chicas de la edad de su hijo y se limitó a preguntarle, cohibido, si deseaba algo. 

–No, gracias –dijo ella–. Es que estoy muy cansada. 

Le dijo que le enseñaría el dormitorio de Vincenzo. No era muy grande, pero la cama era bastante cómoda. Si no cabían, su hijo podía dormir en el sofá. 

–Tienes una casa curiosa –dijo ella–. Llena de cosas. Vincenzo me lo había dicho. 

–Demasiadas cosas –dijo Zanka–. Tendría que empezar a deshacerme de algunas. 

–Todas esas estatuillas... –continuó Rossella paseando la mirada por los estantes–. Parece un belén, un belén, un belén de ciencia ficción. 




 2022





























domingo, noviembre 30, 2025

«Una joven en Tokio», de Aki Shimazaki

Inicio / Traducción de Patricia Orts




El coche desciende por una cuesta. Los faros iluminan la carretera sinuosa y cubierta de hojas caídas.

O. y yo acabamos de cenar en un restaurante situado en la cima. Hemos comido unos filetes deliciosos acompañados de un exquisito vino tinto chileno mientras escuchábamos música de piano. El restaurante se llama No-no-yuri. Dado lo rústico del nombre, «Lirio del Campo», me ha sorprendido su calidad. Mecida por una brisa suave, he bebido más de lo habitual. Mi amante ha elogiado la belleza de mi rostro y la elegancia de mi atuendo: una blusa plisada y una falda larga de muselina. También le han cautivado mi broche y mis pendientes de rubíes verdes, auténticos, que compré en una famosa joyería de Ginza.

Avanzamos envueltos en la oscuridad. No nos cruzamos con nadie. Esta no es la carretera por la que hemos venido. ¿Dónde estamos? Siento un poco de miedo. Pasado un momento, veo un panorama de Tokio a través de los árboles desnudos. Las luces resplandecen hasta donde alcanza la vista. Entonces O. se detiene.

—¿Te gusta, Kyoko?
—Sí, es magnífico.

Mientras observo el paisaje, pienso en las metrópolis que adoro: Nueva York, Los Ángeles, Londres, Moscú, París, Roma… Uno de mis mayores placeres es cenar contemplando la ciudad por la noche. Debido a mi trabajo, voy con frecuencia al extranjero. De hecho, estoy deseando que llegue el momento de hacer mi próximo viaje.

Arrancamos de nuevo. El camino se vuelve abrupto y O. se concentra en la conducción.

Todavía aturdida, observo su perfil. Tiene rasgos regulares, y me gusta sobre todo su nariz recta. Esta noche, antes de ir al restaurante, hemos hecho el amor en un motel parejero. 

Parecía muy excitado, a diferencia de mí, que me he mostrado más bien desapasionada.

Hace siete meses que salgo con él. Me pregunto durante cuánto tiempo seguirá siendo mi amante. Vuelvo los ojos hacia la ventanilla. Ya no se ve nada.

La pendiente es ahora menos pronunciada. Relajado, O. me habla de su jefe y de sus compañeros. Trabaja como ingeniero informático en un importante banco. Me limito a decir «¿Sí?» o «¿Ah, sí?» o «No lo sabía». No quiero ser una maleducada. Él sigue charlando de buen humor.

—¿Te llevas bien con tu jefe estadounidense? —me pregunta de pronto.
—Sí, muy bien. ¿Por qué lo dices?
—Sabes de sobra por qué.

Le intriga la relación que puede existir entre un director y su secretaria, dado que están en contacto cada día, y que incluso viajan juntos.

—Es un hombre respetuoso —le contesto—. No hay nada entre nosotros. Nuestra relación es estrictamente profesional.
—¿Cómo puede permanecer impasible al lado de una mujer tan guapa y sexi como tú?—insiste, poco convencido—. ¿Acaso es homosexual?
—No lo creo. Está casado y tiene dos hijos. Conozco mucho a su mujer, que también es estadounidense. Parece una pareja muy unida.
—Sea como sea, tengo celos de él.
—¿Y eso lo dices tú, que estás casado? —le pincho.
—Casado o no —se defiende—, es imposible reprimir los sentimientos y el deseo. Uno de mis amigos se ha divorciado para casarse con su secretaria.
—Supongo que su matrimonio ya hacía aguas —comento—. Mejor que lo haya dejado, en lugar de seguir con el adulterio.
—¿Me estás diciendo que me divorcie?
—No, en absoluto. Al contrario, te aconsejo que no descuides a tu mujer, ya que aún la quieres. Ustedes tienen un hijo. Si descubre que le eres infiel, te echará de casa.

Él calla. En una ocasión vi una fotografía de ella. Según me ha contado O., su mujer jamás ha trabajado, pero cocina bien.

—Si me pone de patitas en la calle —murmura—, me instalaré en tu departamento...
—No tengo sitio para ti, lo siento. Me encanta vivir sola. Y no cocino para nadie. 
—Sé amable conmigo, Kyoko, estoy muy enamorado de ti. Dime la verdad, ¿qué relación tienes con tu jefe?

Su insolencia me deja pasmada. Mi jefe está en Boston con su mujer desde hace cuatro días. Regresará a Tokio dentro de tres.

—No hay nada entre los dos —repito—. No siento nada especial por él.
—¿Cómo puedes estar segura de eso? —Luego se ríe. Vuelve a estar de buen humor.




















sábado, noviembre 01, 2025

«Prólogo al Pabellón de Orquídeas», de Wang Xizhi

Sin datos del traductor




El tercer día del tercer mes de la primavera, me encontraba en el pabellón de las orquídeas, cerca de un arroyo cristalino. Los amigos y poetas se reunieron en el lugar para disfrutar de la ocasión. El aire estaba impregnado de la fragancia de las flores y el sonido del agua fluyendo por el arroyo. Nos acomodamos cómodamente y, mientras disfrutábamos de nuestra compañía, compusimos poemas y celebramos la belleza del momento. El paisaje y el entorno parecían contribuir a la perfección de la ocasión, pero, al mismo tiempo, me invadía una sensación de tristeza por lo efímero de todo lo que estábamos viviendo.

En ese entorno, observando el mundo que nos rodeaba, no pude evitar reflexionar sobre la transitoriedad de todas las cosas. La vida humana es efímera, y aunque los momentos de felicidad y belleza sean preciosos, también son fugaces. En cuanto uno intenta aferrarse a un momento, ya se ha desvanecido. Todo lo que nace ha de perecer, y las personas que componen parte de nuestra vida también están destinadas a partir. La naturaleza misma se ve marcada por este cambio continuo y el ciclo de vida y muerte.

Así, aunque la poesía que compusimos esa tarde es hermosa, también se perderá con el paso del tiempo. Lo mismo ocurre con las personas que nos rodean. La belleza que percibimos en este momento desaparecerá, y los recuerdos de esta ocasión quedarán solo como una sombra que se desvanece con los años. En el futuro, cuando alguien lea estos poemas, quizás no entienda el contexto de este encuentro, ni la emoción que nos invadió. Y lo que es aún más triste, es que algunos de los presentes ya no estarán aquí para compartir este recuerdo.

A pesar de la impermanencia, encuentro consuelo en la caligrafía. La escritura, aunque también sujeta al paso del tiempo, puede preservar la esencia de un momento, aunque no lo pueda hacer de manera eterna. Es por eso que, aunque la reunión y los poemas que surgieron en este día se desvanecerán, su presencia en la caligrafía y en la memoria será un testimonio de la belleza y la armonía de este instante.

En cuanto a la escritura, no busco la inmortalidad en estos caracteres, sino simplemente expresar lo que en este momento siento, tal como las palabras surgen espontáneamente de la mano del calígrafo. Al igual que el agua del arroyo que fluye sin esfuerzo, la caligrafía también debe ser natural, sin forzamientos. Es el resultado de una mente tranquila, en paz consigo misma y con el entorno, un estado de armonía que permite que el trazo sea fluido y bello.

Así, mientras observo el paisaje que me rodea, no puedo evitar sentir una profunda gratitud por este momento de unión con la naturaleza y los amigos. Pero también soy consciente de que, tal como el agua fluye y el viento sopla, todos los momentos en la vida están destinados a desvanecerse. Y en este desvanecerse está la verdadera belleza, la belleza de lo efímero.




353 d. C.





















 

lunes, octubre 27, 2025

«Escribir», de Marguerite Duras

Fragmento / Traducción de Ana María Moix




La soledad de la escritura es una soledad sin la que el escribir no se produce, o se fragmenta exangüe de buscar qué seguir escribiendo. Se desangra, el autor deja de reconocerlo. Y, ante todo, nunca debe  dictarse a secretaria alguna, por hábil que sea, y, en esta fase, nunca hay que dar a leer lo escrito a un editor.

Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo  rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas las luces, ya sean del exterior o de las lámparas encendidas durante el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte  en la, inviolable, del escribir. Nunca hablaba de eso a nadie. En aquel periodo de mi primera soledad ya había descubierto que lo que yo tenía que hacer era escribir. Raymond Queneau me lo había confirmado. El único principio de Raymond Queneau era este: «Escribe, no hagas nada más». 

Escribir: es lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. Lo he hecho. La escritura nunca me ha abandonado.

Mi habitación no es una cama, ni aquí, ni en París, ni en Trouville. Es una ventana determinada, una mesa determinada, ritos de tinta negra, huellas de tinta negra inencontrables, es una silla determinada. Y determinados ritos a los que siempre vuelvo, a dondequiera que vaya, dondequiera que esté, incluso en los lugares donde no escribo, como por ejemplo las habitaciones del hotel, el rito de tener siempre whisky en mi maleta en caso de insomnios o de súbitas desesperaciones. Durante aquel periodo tuve amantes. Rara vez he estado absolutamente sin amantes. Se acostumbraban a la soledad de Neauphle. Y según su encanto a veces esta soledad les permitía que, a su vez, escribieran libros. Raramente daba a leer mis libros a esos amantes. Las mujeres no deben hacer leer a sus amantes los libros que escriben. Cuando terminaba un capítulo, lo escondía. En lo que a mí respecta, es tan verdad que me pregunto qué pasa en otras partes y también cuando se es una mujer y se tiene un marido o un amante. En tal caso, también hay que esconder a los amantes el amor del marido. El mío nunca ha sido sustituido. Lo sé, todos los días de mi vida. 

Esta casa, esta casa es el lugar de la soledad, sin embargo da a una calle, a una plaza, a un estanque muy antiguo, al grupo escolar del pueblo. Cuando el estanque está helado, hay niños que vienen a patinar y  me impiden trabajar. Les dejo hacer. Los vigilo. Todas las mujeres que han tenido hijos vigilan a esos niños, desobedientes, locos, como todos los niños. Pero, qué miedo, cada vez, el peor de los miedos. Y qué amor. 

La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. Porque decidí qué era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros. Sucedió así. Estaba sola en casa. Me encerré en ella, también tenía miedo, claro. Y luego la amé.  La casa, esta casa, se convirtió en la casa de la escritura. Mis libros salen de esta casa. También de esta luz, del jardín. De esta luz reflejada del estanque. He  necesitado veinte años para escribir lo que acabo de decir. 




1994











viernes, octubre 24, 2025

«La mujer rota», de Simone de Beauvoir

Fragmento / Traducción de Dolores Sierra y Neus Sánchez 



Miércoles 16

Miro las gotas de agua deslizarse sobre el vidrio que hace poco golpeaba la lluvia. No caen verticalmente; parecerían gusanitos que por razones misteriosas fueran oblicuamente a la derecha, a la izquierda, filtrándose entre otras gotas inmóviles, deteniéndose, continuando como si buscaran algo. Me parece no tener nada que hacer. Siempre tenía algo que hacer. Ahora, tejer, cocinar, escuchar un disco, todo me parece vano. El amor de Maurice daba importancia a cada momento de mi vida. Es hueca. Todo es hueco: los objetos, los instantes. Y yo.

El otro día le pregunté a Marie Lambert si me encontraba inteligente. Su mirada clara se clavó en la mía.

– Usted es muy inteligente…

Dije:

– Hay un pero

– La inteligencia se atrofia cuando uno no la alimenta. Debería dejar que su marido le buscara trabajo.

– El tipo de trabajo del que soy capaz no me daría ningún resultado.

– Eso no es nada seguro.


Por la noche

Esta mañana tuve una iluminación: todo es culpa mía. Mi error más grave ha sido no comprender que el tiempo pasa. Pasaba y yo estaba pasmada en la actitud de la ideal esposa de un marido ideal. En lugar de reanimar nuestra vida sexual, yo me fascinaba con el recuerdo de nuestras noches pasadas. Me imaginaba haber conservado mi rostro y mi cuerpo de treinta años, en lugar de cuidarme, de hacer gimnasia, de acudir a un instituto de belleza. Dejé que mi inteligencia se atrofiara; ya no me cultivaba, me decía: más tarde, cuando las niñas se hayan ido. (A lo mejor la muerte de mi padre no es extraña a esta dejadez. Algo se quebró. Detuve el tiempo a partir de ese momento.) Sí, la joven estudiante con que Maurice se casó, que se apasionaba por los acontecimientos, las ideas, los libros, era muy diferente de la mujer de hoy cuyo universo cabe entre estas cuatro paredes. Es verdad que tenía tendencia a encerrar entre ellas a Maurice. Creía que su hogar le bastaba, creía tenerlo todo para mí. En conjunto, daba todo por acordado: eso debió molestarlo, a él, que cambia y que cuestiona todas las cosas. La irritación es algo que no perdona. No debería tampoco haberme emperrado en nuestro pacto de fidelidad. Si hubiera devuelto a Maurice su libertad (y quizás utilizado la mía) Noëllie no se habría beneficiado de los prestigios de la clandestinidad. Yo habría encarado el asunto inmediatamente. ¿Hay tiempo todavía? Dije a Marie Lambert que iba a explicarme sobre todo esto con Maurice y a tomar medidas. Ya me he puesto a leer un poco, a escuchar discos: hacer un esfuerzo más serio. Rebajar algunos kilos, vestirme mejor. Charlar más libremente con Maurice, rechazar los silencios. Ella me escuchó sin entusiasmo. Quisiera ella saber quién, Maurice o yo, fue el responsable de mi primer embarazo. Los dos. En fin, yo en la medida en que me guié demasiado por el calendario, pero no es mi culpa si me traicionó. ¿Insistí yo en tener el niño? No. ¿En no tenerlo? No. La decisión surgió sola. Me pareció escéptica. Su idea es que Maurice me guarda un serio rencor. Le opuse el argumento de Isabelle: los comienzos de nuestro matrimonio no habrían sido tan felices si él no lo hubiera deseado. Su respuesta me parece muy alambicada: para no confesarse cuánto lo sentía, Maurice apostó al amor, quiso la felicidad frenéticamente; una vez que ésta desapareció, volvió a encontrar el rencor que había acallado.




1968 















viernes, octubre 10, 2025

«Melancolía de la resistencia», de László Krasznahorkai

Fragmento / Traducción de Adan Kovacsics



PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2025

Era Mádai, un hombre sordo que acostumbraba a gritar sin piedad al oído de sus víctimas «con el fin de intercambiar opiniones», lo cual, repetía, no le importaba en absoluto, y si bien los otros dos coincidieron en esta exhortación, adoptaron posiciones divergentes en cuanto al qué. Prescindiendo de toda introducción al tema de conversación y reconociendo a [György] Eszter como dueño y señor de la situación, el señor Nadaban, un carnicero corpulento que debía su privilegiada posición entre los ciudadanos más influyentes a sus llamadas «dulces obras poéticas», declaró que él deseaba llamar la atención de los presentes sobre la necesidad de la solidaridad, mientras que el señor Volent, entusiasta ingeniero de la fábrica de botas y experto en toda clase de problemas técnicos, sacudió la cabeza y nombró la serenidad como punto de partida para una acción conjunta, en oposición al señor Mádai, el cual acalló a los otros, volvió a inclinarse hacia el oído de Eszter y comunicó a voz en cuello lo siguiente: «¡Hay que estar vigilante, a cualquier precio! ¡Esa es nuestra tarea, señores, digo yo!». Así y todo, ninguno de ellos dudaba de que aquello que definían con los conceptos fundamentales de «vigilancia», «serenidad» y «solidaridad» solo era la obertura prometedora de sus argumentaciones cargadas de responsabilidad, y estaban ansiosos por empezar a desarrollar sus irrefutables argumentos, de suerte que a Eszter —tras reponerse de su innegable asombro al toparse allí, ante la entrada del Casino de Señores de la fábrica de medias, con esos «tres idiotas del montón»— no le resultó difícil imaginar lo que le esperaba si la radical diferencia de opiniones entre esos tres héroes temblorosos llegaba a manifestarse, o sea que se arriesgó y, como quería ceder cuanto antes la palabra a Valuska, que se mantenía apartando del círculo de los caballeros, y prevenir los ataques de estos, les preguntó cómo habían alcanzado la unánime conclusión de que el fin había llegado («tal y como he podido colegir de sus palabras», añadió). La pregunta los sorprendió, por lo visto, y las tres miradas airadas se reunieron en un rayo, como quien dice, pues ninguno podía imaginar que György Eszter, objeto de todos los respetos «por dorar con la esfera del arte nuestra aburrida vida cotidiana, gracias a su excepcional talento», como señaló en su día un texto de homenaje, o por ser, como escribiera el carnicero Nadaban en un poema laudatorio, «alfa y omega de nuestra gris realidad», que György Eszter no supiera nada de nada; pero en cuestión de segundos encontraron, sin embargo, la simple explicación de semejante desinformación, atribuible, según ellos, a la naturaleza distraída de los grandes espíritus que se retiran del mundanal ruido, y tomaron conciencia con orgullo de que, una vez más, eran precisamente ellos los afortunados elegidos para informar a esta personalidad viviente de los funestos cambios producidos en el destino de la ciudad. El abastecimiento era del todo imprevisible, la escuela y las oficinas ya casi no funcionaban, el problema de la calefacción de las casas alcanzaba dimensiones alarmantes debido a la falta de carbón, señalaron cortando el uno la palabra del otro. No había medicamentos, se lamentaban con expresión de dolor, la circulación de coches y autobuses había dejado de existir y esa misma mañana hasta los teléfonos se habían quedado mudos, poniendo un sello definitivo en la situación. Y entonces, dijo el señor Volent en tono amargo, entonces además, terció el señor Nadaban, y entonces para colmo, gritó el señor Mádai, viene este circo a frustrar nuestras esperanzas depositadas en el desarrollo y el restablecimiento del orden, un circo con una ballena enorme a la que habíamos dejado entrar de buena fe y contra la cual ya nada se podía hacer, por cuanto esta compañía realmente extraña, señaló el señor Nadaban bajando la voz, altamente sospechosa, asintió el señor Mádai, y sumamente siniestra, añadió el señor Volent frunciendo el ceño con expresión lúgubre, había llegado ya, por desgracia, a la plaza Kossuth. Sin prestar atención a Valuska, que los miraba ora con desconcierto, ora con tristeza, comunicaron a Eszter que se trataba sin la menor duda de una banda criminal, si bien no les había sido fácil descubrir el significado de todo ello y el fondo de la cuestión. «¡Son al menos quinientos!», exclamaron, para señalar acto seguido que, de hecho, la compañía estaba compuesta por dos personas, que la atracción era lo más terrible, dijeron, y que servía de simple pretexto a esa gentuza carente de más señas para atracar por la noche a los pacíficos habitantes. Afirmaron que la ballena no desempeñaba papel alguno y, a continuación, que la ballena era la causa de todo, y cuando por último declararon, refiriéndose a unos «turbios bandidos», que ya habían empezado a robar y, al mismo tiempo, que seguían todos inmóviles en la plaza, Eszter se hartó y levantó la mano con decisión, indicando que pedía la palabra. Sin embargo, el señor Volent se le adelantó rápidamente y declaró que la gente tenía miedo, de modo que no podemos quedarnos sin hacer nada, intervino el señor Nadaban, esperar con los brazos cruzados, añadió en su tono característico el señor Mádai, a que llegue la catástrofe. Aquí hay niños, soltó el señor Nadaban con lágrimas en los ojos, y madres que sollozan, trompeteó el señor Mádai, de modo que lo más querido para nosotros, el calor del hogar familiar, concluyó a modo de colofón un señor Volent totalmente estremecido, corría un riesgo enorme… Uno puede imaginar lo que aún habría sido capaz de dar de sí aquel coro quejumbroso, aliado para la resistencia, pero ya es imposible de saber, porque Eszter, aprovechando un respiro en la depresión generalizada, tomó la palabra; para mayor comodidad y considerando el nerviosismo de los señores, adaptó cuanto tenía que decir al atormentado mundo psíquico de los tres y les hizo saber que sí existía una solución y que una voluntad audaz jamás abandonaba la esperanza de cambiar la situación para mejor. 



1989










Contribución parcial e indirecta a DscnTxt de EPDLP.com















martes, agosto 19, 2025

«Carta a un profesor», de Friedrich Nietzsche + comentario de André Breton

Traducción de Joaquín Jordá



Turín, 6 de enero 1889.

Querido Señor Profesor:

Seguro que preferiría ser profesor en Basilea que Dios; pero no me he atrevido a llevar mi egoísmo privado hasta el punto de abandonar la creación del mundo. Usted dice que se deben hacer sacrificios, vívase en el lugar y en la manera en que se viva. Pero me he reservado un pequeño cuarto de estudiante que está situado frente al Palacio Carignan (donde nací bajo el nombre de Víctor-Emmanuel), y que me permite además oír desde mi mesa de trabajo la magnífica música que tocan debajo de mí, en la Galería Subalpina. Pago veinticinco francos, servicio incluido, preparo mi té y yo mismo hago mis compras, sufro por tener los zapatos rotos y agradezco al cielo cada instante del viejo mundo, frente al cual los hombres no se han mostrado bastante sencillos y bastante tranquilos. Como estoy condenado a distraer la próxima eternidad con bromas descabelladas, tengo una nueva manera de escribir, que no deja nada que desear y que es muy bonita y nada fatigante. Correos está a cinco pasos de aquí; yo mismo llevo las cartas que dirijo a los grandes cronistas mundanos. Naturalmente, mantengo las relaciones más estrechas con el Figaro, y para que usted pueda darse cuenta de la paz en que puedo vivir, oiga las dos primeras de mis bromas descabelladas:

No tome muy en serio el caso Prado. (Yo soy Prado, yo soy también el padre de Prado, me atrevo a añadir que también soy Lesseps) Quisiera aportar a mis parisinos, que quiero bien, una nueva noción —la del honrado criminal. También soy Chambige—igualmente un honrado criminal.

Segunda broma: Saludo al Inmortal Señor Daudet, que forma parte de los Cuarenta Astu. 

Una cosa desagradable y que ofusca mi modestia, es que en el fondo yo soy todos los grandes nombres de la historia; en cuanto a los hijos que me deben la luz, me pregunto con cierta desconfianza si todos aquellos que entran en el reino de Dios no proceden también de Dios. Este otoño, he asistido en dos ocasiones sin ningún asombro a mi propio entierro, la primera vez bajo el nombre de Conde Robilant (no, es mi hijo, en la medida en que, infiel a mi naturaleza, yo soy Carlos-Alberto); la segunda yo mismo era Antonelli. Querido Señor, debería ver ese monumento de arquitectura; como no tengo absolutamente ninguna experiencia sobre mis propias creaciones, todas las críticas que pueda formular le valdrán mi reconocimiento sin que pueda sin embargo prometerle que me servirán. Nosotros, los artistas, somos ineducables. Hoy he asistido a una opereta (quirinal-moresca), y en esa ocasión, he comprobado con placer que ahora Moscú, tanto como Roma, son algo grandioso. Vea usted, incluso en los paisajes es preciso reconocerme un cierto talento. Si usted está de acuerdo, sostendremos juntos ricas, ricas conversaciones; Turín no está lejos, muy serios deberes profesionales le esperan aquí y un vaso de vino de Valtelina completará la cosa. El descuido indumentario es de rigor.

Suyo de todo corazón,

Nietzsche.



Mañana llegan mi hijo Humberto y la encantadora Margarita, a quienes, sin embargo, recibiré como a usted en mangas de camisa. Paz a Madame Cosima… Ariane… de vez en cuando es evocada…

Voy por todas partes con la ropa de trabajo, todo el hombro de los transeúntes y les digo: Siamo contenti? Son Dio ho fatto questa caricatura…

Puede hacer de esta carta el uso que quiera con tal de que no me rebaje en la estimación de los basileos.






COMENTARIO DE ANDRÉ BRETÓN

Es sorprendente que Nietzsche se haya recomendado a la vigilancia de los psiquiatras firmando la admirable carta del 6 de enero de 1889, ante la cual se puede sentir la inclinación de ver la más alta explosión lírica de su obra. El humor nunca ha alcanzado tal intensidad, ni ha chocado con peores límites. En efecto, toda la empresa de Nietzsche tiende a fortificar el «super ego» como engrandecimiento y ampliación del ego (el pesimismo presentado como fuente de buena voluntad; la muerte como forma de libertad, el amor sexual como realización ideal de la unidad de contradictorios: «aniquilarse para retornar»). Sólo se trata de devolver al hombre todo el poder que ha sido capaz de poner sobre el nombre de Dios. Puede que a tal temperatura el yo se disuelva («Yo es otro», dirá Rimbaud, y no se ve por qué no sería para Nietzsche una serie «de otros», elegidos a capricho del momento y designados por su nombre). Es cierto que aquí hace su aparición la euforia: estalla como una estrella negra en el enigmático «Astu» que se empareja con el «¡Baou!» del poema «Devoción» de Rimbaud y testimonia que los puentes de comunicación están rotos. ¿Pero los puentes de comunicación con quién, si todos están, todos en uno solo, del mismo lado? «Todas las morales, nos dice Nietzsche, han sido útiles en el sentido de que han dado a la especie, de entrada, una estabilidad absoluta: en cuanto se ha alcanzado esa estabilidad, el objetivo puede colocarse más alto.

Uno de estos movimientos es incondicionado: la nivelación de la humanidad, los grandes hormigueros humanos, etc. El otro movimiento, mi movimiento, es, al contrario, la acentuación de todos los contrastes y de todos los abismos, la supresión de la igualdad, la creación de seres todopoderosos.» Sólo se delira para los demás y Nietzsche sólo ha representado ideas delirantes de grandeza para los hombres pequeños.






Pintura original: Retrato de Friedrich Nietzsche por Curt Stoeving
















viernes, agosto 08, 2025

Seis fragmentos de Petronio

Sin traductor conocido





EL TEMOR, ORIGEN DE LOS DIOSES


El temor fue en el mundo el origen de los dioses. Los mortales habían visto cómo el rayo, cayendo de lo alto de los cielos, echaba a tierra bajo sus carros llameantes las murallas y encendía las cumbres del Athos; habían visto cómo Febo, luego de recorrer toda la tierra, volvía hacia su cuna: habían visto a la luna envejecer y venir a menos y más tarde reaparecer en todo su esplendor. Y desde entonces se esparcieron por la sobrehaz de la tierra las imágenes de los dioses.

El cambio de las estaciones que dividen el año agrandó todavía la superstición: el labriego, víctima de un grosero error, ofreció las primicias de su cosecha a Ceres, y coronó a Baco de bermejos racimos: Palas fue decorado por mano de los pastores; Neptuno tuvo por imperio toda la extensión de los mares; y Diana reclamó los bosques.

Aquel a quien le liga un voto, y aun aquel que vendió el universo se forjan ahora a porfía dioses propicios a sus deseos.




LA AFLICCIÓN ACERCA A LOS DESVENTURADOS


El náufrago que escapó desnudo de su sumergida nave busca algún otro, herido por el mismo golpe, a quien pueda narrar su infortunio.

Aquel a quien el granizo destruyó la cosecha, fruto de todo un año de labor, fía sus penas al pecho de un amigo víctima de la misma plaga.

La aflicción acerca a los desventurados.

Los padres que se quedan sin hijos unen sus gemimientos: encorvados sobre la misma tumba, son iguales.

Y, nosotros también, iguales somos. Los acentos de nuestro dolor suben confundidos a los astros que según dicen, las oraciones cuando van juntas, llegan más grandes al oído de los dioses.




APOLO Y BACO


Apolo y Baco, los dos difunden la luz.

Uno y otro fueron creados por las llamas, uno y otro son hijos de esencia ígnea.

Uno y otro lanzan de su cabellera, Apolo con sus rayos, Baco con los pámpanos de que se corona, un calor que nos abrasa.

El uno disipa las tinieblas de la noche, el otro las tinieblas del alma.




LA CIFRA GRABADA EN LA CORTEZA 


Allá cuando planté, jóvenes todavía, esos manzanos y esos perales, grabé en su tierna corteza el nombre del objeto de mi fuego.

Desde el día aquel ya no hay término ni descanso para mi amor, el árbol crece, mi llama crece y nuevas ramas cubren la huella de las letras.





PRECEPTO DE PRUDENCIA


Tan dañoso es tener mucho oro como carecer completamente de él.
Tan dañoso es atreverse siempre como amedrentarse siempre.
Tan dañoso es callar demasiado como hablar demasiado.
Tan dañoso es tener una querida fuera de casa como una esposa dentro.
Todos reconocen estas verdades: ninguno obra en consecuencia.





REY Y POETA, AVES RARAS 


Todos los años hay cónsules y procónsules nuevos; pero no se ve todos los días nacer un rey o un poeta. 







lunes, agosto 04, 2025

«El arte como mondadura», de Michel Houellebecq

Traducción de Encarna Castejón




Lunes, Escuela de Arte de Caen. Me habían pedido que explicara por qué la bondad me parece más importante que la inteligencia o el talento. He hecho lo que he podido, y no me ha resultado fácil; pero sé que era verdad. Después he visitado el taller de Rachel Poignant, que utiliza vaciados de distintas partes de su cuerpo. Me he quedado parado delante de unas largas correas cubiertas con el vaciado de una de sus tetas (¿la derecha?, ¿la izquierda? No tengo ni idea). Por la consistencia, como de goma, y por el aspecto, la cosa recordaba, francamente, los tentáculos de un pulpo. Sin embargo, he dormido bastante bien.

Miércoles, Escuela de Arte de Avignon; un «día del fracaso» organizado por Arnaud Labelle-Rojoux. Yo tenía que hablar del fracaso sexual. Todo ha empezado casi alegremente, con una proyección de cortometrajes reunidos bajo el título Películas sin cualidades; unos hilarantes, otros extraños, a veces ambas cosas (creo que el rollo circula por diversos centros de arte; sería una pena perdérselo). Después he visto un vídeo de Jacques Lizène. Está obsesionado con la miseria sexual. Su sexo sobresalía de un agujero en una placa de contrachapado; tenía alrededor un nudo corredizo hecho con un cordel que servía para accionarlo. Lo agitaba mucho rato, a sacudidas, como si fuera una marioneta floja. Yo estaba muy incómodo. Esa atmósfera de descomposición, de fracaso triste que acompaña al arte contemporáneo, acaba por hacerle a uno un nudo en la garganta; y se echa de menos a Joseph Beuys con sus propuestas llenas de generosidad. Aun así, el testimonio sobre nuestra época que implican cosas como ésta es de una precisión que le deja a uno impresionado. He pensado en eso durante toda la tarde, y no he podido escapar de esta conclusión: el arte contemporáneo me deprime; pero me doy cuenta de que representa, con mucho, el mejor comentario reciente sobre el estado de las cosas. He soñado con bolsas de basura rebosando de filtros de café, de mondaduras, de trozos de carne en salsa. He pensado en el arte como mondadura, y en los pedazos de sustancia que se quedan pegados a las mondaduras.

Sábado, encuentro literario en el norte de la Vendée. Algunos escritores «regionalistas de derechas» (se sabe que son de derechas porque, cuando hablan de sus orígenes, les encanta mencionar a un antepasado judío de hace cuatro generaciones; así todo el mundo puede comprobar su mentalidad abierta). Por lo demás, como en todas partes, un público muy variopinto; lo único en común es la lectura. Esta gente vive en una región donde el número de matices del verde es infinito; pero bajo el cielo completamente gris desaparecen todos los matices del verde. He pensado en el curso de los planetas cuando ya no quede vida, en un universo cada vez más frío, marcado por la progresiva extinción de las estrellas; y las palabras «calor humano» casi me han hecho llorar.

Domingo, he subido en el TGV para volver a París; se acabaron las vacaciones.




Texto aparecido en la sección «Le carnet à spirales» 
de Les Inrockuptibles (número 5, 1995) reeditado 
en Interventions, Flammarion, 1998



















martes, julio 29, 2025

«¿Por qué escribo?», de Margaret Atwood

Sin datos del traductor




Es un asunto que siempre me pareció muy complejo. Podría responder con otra pregunta: ¿Por qué no escribe todo el mundo? Porque es verdad que la escritura, es decir, la combinación ordenada del lenguaje y la narración, es como las otras actividades artísticas, una de las cosas que distinguen a los seres humanos. Escribir es algo propio de la condición humana.

Podría también citar a Pascal y decir: «Escribo, por lo tanto, soy». O incluso proclamar mi parentesco con Sartre al afirmar que la escritura es el acto por el cual me defino. Se podría decir que la escritura es la estructura que ubico entre mi yo y el no-ser, el caos, la desintegración.

Podría también pretender que soy una exploradora que organiza campos de experiencia y de lenguaje nunca antes organizados de esa manera; o bien, practicar una adición elaborando fórmulas verbales para alejar del lector espíritus y demonios, o al menos, hacerle creer ilusiones; incluso, ser una moralista que compara la palabra «es» y todas sus implicancias con la palabra «debería», pues tales comparaciones están implícitas en la novela como género… O podría definirme como una hedonista y decir que amo esto, dado que escribir es también una forma de juego. Si fuera invitada a uno de esos talk shows norteamericanos, diría que lo hago porque eso me reporta dinero, lo que sería la única razón decente.

Cada una de estas explicaciones encierra algo de verdad, si bien ninguna es la adecuada. El hecho es que ignoro por qué escribo. Todos los interrogantes desconocen un fin. Cada uno esconde un «por qué», hasta llegar a una pregunta primigenia. «¿Por qué el universo?».

Quizás los escritores escriben para saber la respuesta. Y porque nunca la encuentran.   









Contribución a DscnTxt desde Leteo por Christian Kupchik