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domingo, julio 26, 2026

«La Odisea. Canto XII: Las Sirenas, Escila, Caribdis, las Vacas del Sol», de Homero

Fragmento / Traducción de Luis Segalá y Estalella



«Tan luego como la nave, dejando la corriente del río Océano, llegó a las olas del vasto mar y a la isla Eea —donde están la mansión y las danzas de la Aurora, hija de la mañana, y el orto del Sol—, la sacamos a la arena, después de saltar a la playa, nos entregamos al sueño y aguardamos la aparición de la divinal Aurora. 

»Cuando se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, envié algunos compañeros a la morada de Circe para que trajesen el cadáver del difunto Elpénor278. Luego cortamos troncos y, afligidos y vertiendo abundantes lágrimas, celebramos las exequias en el lugar más eminente de la orilla. Y no bien hubimos quemado el cadáver y las armas del difunto, le erigimos un túmulo, con su correspondiente cipo, y clavamos en la parte más alta el manejable remo. 

»Mientras en tales cosas nos ocupábamos, no se le encubrió a Circe nuestra llegada del Hades, y se atavió y vino muy presto con criadas que traían pan, mucha carne y vino rojo, de color de fuego. Y puesta en medio de nosotros, dijo así la divina entre las diosas: 

»CIRCE. —¡Oh desdichados, que viviendo aún, bajasteis a la morada de Hades, y habréis muerto dos veces cuando los demás hombres mueren una sola! ¡Ea!, quedaos aquí y comed manjares y bebed vino todo el día de hoy, pues así que despunte la aurora volveréis a navegar, y yo os mostraré el camino y os indicaré cuanto sea preciso para que no padezcáis, a causa de una maquinación funesta, ningún infortunio ni en el mar ni en la tierra firme». 

«Así dijo, y nuestro ánimo generoso se dejó persuadir. Y ya todo el día, hasta la puesta del sol, estuvimos sentados, comiendo carne en abundancia y bebiendo dulce vino. Apenas el sol se puso y sobrevino la oscuridad, los demás se acostaron junto a las amarras del buque. Pero a mí Circe me cogió de la mano, me hizo sentar separadamente de los compañeros y, acomodándose cerca de mí, me preguntó cuanto me había ocurrido, y yo se lo conté por su orden. Entonces me dijo estas palabras la veneranda Circe: 

»CIRCE. —Así pues, se han llevado a cumplimiento todas estas cosas. Oye ahora lo que voy a decir y un dios en persona te lo recordará más tarde. Llegarás primero a las sirenas, que encantan a cuantos hombres van a su encuentro. Aquel que imprudentemente se acerca a ellas y oye su voz, ya no vuelve a ver a su esposa ni a sus hijos pequeñuelos rodeándole, llenos de júbilo, cuando torna a su hogar, sino que le hechizan las sirenas con el sonoro canto sentadas en una pradera y teniendo a su alrededor enorme montón de huesos de hombres putrefactos cuya piel se va consumiendo. Pasa de largo y tapa las orejas de tus compañeros con cera blanda, previamente adelgazada, a fin de que ninguno las oiga; mas si tú desearas oírlas, haz que te aten en la velera embarcación de pies y manos, derecho y arrimado a la parte inferior del mástil, y que las sogas se liguen al mismo, y así podrás deleitarte escuchando a las sirenas. Y acaso de que supliques o mandes a los compañeros que te suelten, átente con más lazos todavía. Después que tus compañeros hayan conseguido llevaros más allá de las sirenas, no te indicaré con precisión cuál de los dos caminos te cumple recorrer; considéralo en tu ánimo, pues voy a decir lo que hay a entrambas partes. A un lado se alzan peñas prominentes, contra las cuales rugen las inmensas olas de la ojizarca Anfitrite: llámanlas Erráticas los bienaventurados dioses. Por allí no pasan las aves sin peligro, ni aun las tímidas palomas que llevan la ambrosía al padre Zeus,* pues cada vez la lisa peña arrebata alguna y el padre manda otra para completar el número. Ninguna embarcación de hombres, en llegando allá, pudo escapar salva, pues las olas del mar y las tempestades, cargadas de pernicioso fuego, se llevan juntamente las tablas del barco y los cuerpos de los hombres. Tan sólo logró doblar aquellas rocas una nave surcadora del ponto: Argo, por todos tan celebrada, al volver del país de Eetes; y también a ésta habríala estrellado el oleaje contra las grandes peñas, si Hera no la hubiese hecho pasar junto a ellas por su afecto a Jasón. Al lado opuesto hay dos escollos. El uno alcanza el anchuroso cielo con su pico agudo, coronado por el pardo nubarrón que jamás le suelta, en términos que la cima no aparece despejada nunca, ni siquiera en verano ni en otoño. Ningún hombre mortal, aunque tuviese veinte manos e igual número de pies, podría subir al tal escollo ni bajar de él, pues la roca es tan lisa que parece pulimentada. En medio del escollo hay un antro sombrío que mira al ocaso, hacia el Érebo, y a él enderezaréis el rumbo de la cóncava nave, preclaro Odiseo. Ni un hombre joven que disparara el arco desde la cóncava nave podría llegar con sus tiros a la profunda cueva. Allí mora Escila,* que aúlla* terriblemente, con voz semejante a la de una perra recién nacida, y es un monstruo perverso a quien nadie se alegrará de ver, aunque fuese un dios el que con ella se encontrase. Tiene doce pies, todos deformes, y seis cuellos larguísimos, cada cual con una horrible cabeza en cuya boca hay tres hileras de abundantes y apretados dientes, llenos de negra muerte. Está sumida hasta la mitad del cuerpo en la honda gruta, saca las cabezas fuera de aquel horrendo báratro y, registrando alrededor del escollo, pesca delfines, perros de mar y también, si puede cogerlo, alguno de los monstruos mayores que cría en cantidad inmensa la ruidosa Anfitrite. Por allí jamás pasó embarcación cuyos marineros pudieran gloriarse de haber escapado indemnes, pues Escila les arrebata con sus cabezas sendos hombres de la nave de azulada proa. El otro escollo es más bajo y lo verás, Odiseo, cerca del primero, pues hállase a tiro de flecha. Hay allí un cabrahigo grande y frondoso, y a su pie la divinal Caribdis sorbe la turbia agua. Tres veces al día la echa afuera y otras tantas vuelve a sorberla de un modo horrible. No te encuentres allí cuando la sorbe, pues ni el que sacude la tierra podría librarle de la perdición. Debes, por el contrario, acercarte mucho al escollo de Escila y hacer que tu nave pase rápidamente, pues mejor es que eches de menos a seis compañeros que no a todos juntos». 

«Así se expresó, y le contesté diciendo: 

»ODISEO. —¡Ea, oh diosa!, háblame sinceramente: si por algún medio lograse escapar de la funesta Caribdis, ¿podré rechazar a Escila cuando quiera dañar a mis compañeros? 

»Así le dije, y al punto me respondió la divina entre las diosas: 

»CIRCE. —¡Oh infeliz! ¿Aún piensas en obras y trabajos bélicos, y no has de ceder ni ante los inmortales dioses? Escila no es mortal, sino una plaga imperecedera, grave, terrible, cruel e ineluctable. Contra ella no hay que defenderse; huir de su lado es lo mejor. Si, armándote, demorares junto al peñasco, temo que se lanzará otra vez y te arrebatará con sus cabezas sendos varones. Debes hacer, por tanto, que tu navío pase ligero e invocar, dando gritos, a Crateis, madre de Escila, que les parió tal plaga a los mortales, y ésta la contendrá para que no os acometa nuevamente. Llegarás más tarde a la isla de Trinacria, donde pacen las muchas vacas y pingües ovejas del Sol. Siete son las vacadas, otras tantas las hermosas greyes de ovejas, y cada una está formada por cincuenta cabezas. Dicho ganado no se reproduce ni muere, y son sus pastores dos deidades, dos ninfas de hermosas trenzas: Faetusa y Lampetia,* las cuales concibió del Sol Hiperión la divina Neera. La veneranda madre, después que las dio a luz y las hubo criado, llevolas a la isla de Trinacria, allá muy lejos, para que guardaran las ovejas de su padre y las vacas de retorcidos cuernos. Si a éstas las dejaras indemnes, ocupándote tan sólo en preparar tu regreso, aún llegarías a Ítaca, después de pasar muchos trabajos; pero si les causares daño, desde ahora te anuncio la perdición de la nave y la de tus amigos. Y aunque tú escapes, llegarás tarde y mal a la patria, después de perder todos los compañeros». 

«Así dijo, y al punto apareció la Aurora, de áureo solio. La divina entre las diosas se internó en la isla, y yo, encaminándome al bajel, ordené a mis compañeros que subieran a la nave y desataran las amarras. Embarcáronse acto continuo y, sentándose por orden en los bancos, comenzaron a batir con los remos el espumoso mar. Por detrás de la nave de azulada proa soplaba próspero viento que henchía las velas, buen compañero que nos mandó Circe, la de lindas trenzas, deidad poderosa, dotada de voz. Colocados los aparejos cada uno en su sitio, nos sentamos en la nave, que era conducida por el viento y el piloto. Entonces alcé la voz a mis compañeros, con el corazón triste, y les hablé de este modo: 

»ODISEO. —¡Oh amigos! No conviene que sean únicamente uno o dos quienes conozcan los vaticinios que me reveló Circe, la divina entre las diosas, y os los voy a referir para que, sabedores de ellos, o muramos o nos salvemos, librándonos de la muerte y de la Parca. Nos ordena lo primero rehuir la voz de las divinales sirenas y el florido prado en que éstas moran. Manifestome que tan sólo yo debo oírlas, pero atadme con fuertes lazos, de pie y arrimado a la parte inferior del mástil —para que  me  esté  allí  sin  moverme—,  y  las  sogas  líguense  al mismo. Y en el caso de que os ruegue o mande que me soltéis atadme con más lazos todavía.




Pintura original: Circe tentando a Ulises (1786), de Angelica Kauffmann















miércoles, julio 15, 2026

«Afrodita», de Pierre Louÿs

Fragmento


 
Se inclinó por última vez y más largamente, dejó el collar en manos del sacerdote y dio un paso sólo para alejarse. 

El sacerdote la detuvo.

—¿Qué le pides a la diosa por estas preciosas ofrendas?

Ella sonrió moviendo la cabeza, y dijo:

—No le pido nada.

Luego camino junto a la procesión, tomó una rosa de una cesta y se la puso entre los labios al salir.

Una a una, todas las mujeres la siguieron. La puerta del templo vacío se cerró.

*   *   *

Demetrios quedó solo, oculto tras el pedestal de bronce.

No había perdido ni un ademán ni una palabra de toda la escena, y cuando todo terminó, permaneció largo tiempo sin moverse, otra vez atormentado, apasionado, indeciso.

Se creía curado de su locura del día anterior, y no había imaginado que nada podría arrojarlo por segunda vez a la sombra ardiente de aquella extraña.

Pero no había contado con ella.

¡Mujeres! ¡Oh, mujeres! ¡Si quieren ser amadas, muéstrense, aparezcan, estén presentes! La emoción que sintió cuando entró la cortesana fue tan intensa y poderosa, que ya no no podía pensar en combatirla con un impulso de su voluntad. Demetrios estaba atado como un esclavo bárbaro a un carro triunfal. Escapar era una ilusión. Sin saberlo, y con naturalidad, ella le había puesto una mano encima.

La había visto llegar desde muy lejos, pues vestía la misma tela amarilla que llevaba en el muelle. Caminaba con pasos lentos y flexibles, ondulando las caderas con molicie, y se había dirigido recta hacia él, como si adivinara que estaba allí tras de la piedra.

Desde el primer instante comprendió que caía rendido a sus pies. Cuando se quitó del cinturón el espejo de bronce pulido, se miró un momento en él antes de entregarlo al sacerdote y el brillo de sus ojos se volvió estupendo. Cuando, para tomar su peine de cobre, se pasó la mano por sus cabellos mientras levantaba un brazo cruzado, según la actitud de las Gracias, toda la hermosa línea de su cuerpo se desarrolló bajo la tela, y el sol encendió en su axila un rocío de sudor menudo y luminoso. Por último, cuando, para levantar y desatar su collar de pesadas esmeraldas, separó la seda plisada que cubría sus senos hasta el suave lugar lleno de sombras, donde sólo es posible deslizar un ramo, Demetrios se sintió presa de tal frenesí de poner ahí sus labios y arrancarle todo el vestido… pero Khrysís comenzó a hablar.

Habló, y cada una de sus palabras fue un sufrimiento para él. Por placer, ella parecía insistir y recrearse en la prostitución de este vaso de belleza que era ella misma, blanco como una estatua y llena de oro que manaba por sus cabellos. Decía que su puerta estaba abierta al ocio de los transeúntes, a la contemplación de su cuerpo abandonado a los indignos y al cuidado de  encender fuego en las mejillas de los niños torpes. Hablaba del cansancio venal de sus ojos, de sus labios alabados por la noche, de sus cabellos confiados a manos brutales, de su divinidad labrada.

El exceso mismo de facilidades que inducían a abordarla arrastraba a Demetrios hacia ella, resuelto a utilizarlas sólo para él y cerrar la puerta a cualquier otro. Es muy cierto que una mujer no logra seducir con plenitud, sino cuando da motivos para sentir celos.

Por eso, cuando Khrysís regresó a la ciudad, después de entregarle a la diosa su collar verde a cambio del que esperaba, se llevó una voluntad humana a la boca, como la rosa robada cuyo talle iba mordiendo.

Demetrios aguardó a que lo dejaran solo en el recinto; y en seguida salió de su escondite.

Miró la estatua con turbación, esperando todavía tener que luchar consigo mismo. Pero como fue incapaz de renovar, en un breve intervalo, una emoción así de violenta, volvió a quedarse sorpresivamente tranquilo y sin remordimientos prematuros.

Indiferente, trepó suavemente junto a la estatua, levantó sobre la nuca inclinada el Collar de las Verdaderas Perlas de Anadiómena y lo deslizó dentro de sus ropas.



1896













domingo, junio 28, 2026

«El culto de la verdad», de August Strindberg

Traducción de Augusto Bunge



 
  En casa de Johan se profesaba el culto de la verdad.

  —Digan siempre la verdad, suceda lo que suceda, —repetía con frecuencia el padre, y contaba una historia que le había sucedido.

  En cierta ocasión, había prometido a uno de sus clientes enviarle, el mismo día, un objeto que había comprado. Lo olvidó y habría podido invocar una razón cualquiera; pero cuando el cliente, furioso, acudió a la tienda y le dirigió reproches groseros, el padre respondió reconociendo humildemente su olvido, pidió perdón y declaró querer compensar los perjuicios.

  Sentido moral: el cliente asombrado, le tiende la mano y demuestra su estimación. (Nos parece, sin embargo, que los mercaderes no deberían mostrarse tan meticulosos entre sí).

  El padre era inteligente y, como todos los viejos, estaba seguro de sus afirmaciones.

  Johan, que jamás estaba inactivo, había hecho un descubrimiento: se podía emplear el tiempo en ir a la escuela y a la vez enriquecerse… Un día encontró sobre la acera de la Puerta de los Holandeses una tuerca y se regocijó, porque con un cordel hizo una honda. Desde entonces marchaba siempre por en medio de la calle, recogiendo todos los pedazos de hierro que encontraba. Como las puertas ajustaban mal y los pesados carros no estaban defendidos, los hierros eran cruelmente maltratados. Por esto un peatón atento estaba seguro de hallar cada día un par de clavos, un perno, al menos una tuerca, y aun a veces una herradura. Johan pensaba sobre todo en las tuercas e hizo de ellas su especialidad. En un mes había llenado casi una cuarta parte de un tonel.

  Estaba un día divirtiéndose en su cuarto, cuando entró su padre interrogándole duramente:

  —¿Qué es eso que tienes aquí? —dijo el padre abriendo mucho los ojos.

  —Son tuercas —respondió Johan tranquilamente

—¿Quién te las ha dado?

  —Las he recogido.

  —¿Recogido? ¿Dónde?

  —Bajo la Puerta.

  —¿En un solo sitio?

  —No, en varios sitios; por la calle a menudo se encuentran.

  —No… ¡A mí no me engañas! Tú mientes… Ven acá que he de hablarte…

  Y, efectivamente, le habló con un bastón.

  —¿Lo declararás, ahora?

  —Las he recogido en la calle.

  Y fue torturado hasta que declaró.

  ¿Qué iba a declarar? El dolor y el miedo de que no acabase aquella escena fue causa de que mintiese.

  —Las he robado —se apresuró a decir Johan.

  —¿Dónde?

  Claro está que no sabía en qué parte de los carros había tuercas, pero supuso que las habría.

  —Debajo de los carros —añadió con seguridad.

  —¿Dónde?

  Su imaginación evocó un lugar donde había muchos carros.

  —Cerca de una construcción que está frente a la calle Smedgaard.

  Haber especificado la calle hacía la cosa verosímil. El viejo estaba ya seguro de haberle arrancado la verdad. Entonces siguieron estas reflexiones:

  ¿Cómo has podido tomarlas con los dedos?

  El chico no había pensado en esto; pero, viendo el armario donde guardaba su padre las herramientas, de repente contestó.

  —Con un destornillador.

  Sabido es que las tuercas no se pueden sacar con un destornillador; pero la imaginación del padre estaba en acción y se dejó engañar.

  —Pero ¡esto es horrible! ¡Tú eres un ladrón! —Y súbitamente se le ocurrió llamar a la policía.

  Johan pensó en tranquilizar a su padre, haciéndole ver que todo lo que había dicho era mentira, pero ante la perspectiva de continuar siendo maltratado, renunció a su intento.

  Vino la noche, y al acostarse y cuando su madre se le acercó para hacerle rezar, Johan, en actitud patética, exclamó:

  —Yo no he robado las tuercas; ¡el diablo lo sabe!”

La madre le miró un rato y, reconviniéndole, le dijo:

  —No se ha de jurar de este modo.

  El castigo corporal le había humillado, deshonrado; estaba furioso contra Dios, contra sus padres y sobre todo contra sus hermanos, que no habían atestiguado en su favor, por más que ya sabían de qué se trataba.

  Johan no rezó aquella noche; pero deseó que hubiese un incendio sin tener necesidad de aplicar un fósforo.




en Dinamita Cerebral, 1913
















lunes, mayo 18, 2026

«Texto», de Samuel Beckett

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Ven ven y cógeme mi hermosa huesuda de doble cama mi veloz conejita mi jovenzuela mi delgado juguetito vibrante de Kerry consuela mis días de rosas días de belleza semana roja de vergüenza loca en los labios de mi vergüenza en mi monte de venus porque la noticia más nueva la más ella de las noticias como ella es que estoy apestada de lujuria oh preferiría ser un gorrión para mi pájaro travieso de puño cerrado pájaro a pájaro y rama o una cueva de carbón con venas doradas para que el palito de mi amorcito me limpie con esmero y belleza con la escoba se fueron las sales aromáticas y el vino de flores de primavera se fueron y la lechuga mordisqueada mordisqueada y se fue ni el último día de belleza del tiempo rojo abrió su rosa y golpeó con su espina oh estoy hecha toda una mezcolanza o una ensalada variopinta por sí misma y soltera a la cama dijo ella no quiero pelotudeces en esta casa y de quién era yo la concha me gustaría saberlo de mi alegre cornudo trotamundos de Dublín y de quién era la potra la yegua la hembra pisando la línea como una gatita vienesa toma mi consejo y ponle un candado a tus calzas griegas antes de que yo sea rápida y viviendo con esperanza y contenta de compartir con mi delgado juguetito y crecer crecer hasta convertirme en la madre tierra de quien es la mendiga con su concha y el negocio del frente.



1932






Traducción dedicada a Lucas Margarit














Text
 
Come come and cull me bonny bony doublebed cony swiftly my springal and my thin Kerry twingle-twangler comfort my days of roses days of beauty week of redness with mad shame to my lips of shame to my shamehill for the newest news the shemost of shenews is I’m lust-belepered and unwell oh I’d rather be a sparrow for my puckfisted coxcomb bird to bird and branch or a coalcave with goldy veins for my wicked doty’s potystick trimly to besom gone the hartshorn and the cowslip wine gone and the lettuce nibbled up nibbled up and gone nor the last beauty day of the red time opened its rose and struck with its thorn oh I’m all of a gallimaufry or a salady salmafundi singly and single to bed she said I’ll have no toadspit about this house and whose quab was I I’d like to know that from my cheerfully cornuted Dublin landloper and whose foal hackney mare toeing the line like a Viennese Taubchen take my tip and clap a padlock on your Greek galligaskins before I’m quick and living in hope and glad to go snacks with my twingle-twangler and grow grow into the earth mother of whom clapdish and foreshop.











viernes, abril 24, 2026

«La pasión según G. H.», de Clarice Lispector

Traducción de Alberto Villalba Rodríguez 





La hora de vivir es tan infernalmente inexpresiva que es la nada. Aquello que yo llamaba «nada» estaba, no obstante, tan pegado a mí que era… ¿yo? Y, por tanto, se volvía invisible como yo lo era para mí misma, y se convertía en la nada. Las puertas, como siempre, seguían abriéndose. Finalmente, amor mío, sucumbí. Y se convirtió en un ahora.

· · ·

Ofrecía el sollozo. Lloraba por fin dentro de mi infierno. Las alas incluso de la negrura las uso y las sudo, y las usaba y sudaba para mí; que eres Tú, tú, fulgor del silencio. Yo no soy Tú, sino que yo eres Tú. Solo por eso jamás podré sentirTe directamente: porque eres yo. (…) Y en el sollozo, el Dios vino a mí, el Dios me ocupaba ahora por entero. (…) El Dios, a quien nunca podría entender sino como Le entendí: partiéndome como una flor que al nacer soporta mal erguirse y parece quebrarse. (…) En este instante, ahora, una duda me asalta. Dios, o cualquiera que sea Tu nombre: solo pido ahora una ayuda: pero que ahora me ayudes no secretamente como me eres, sino esta vez claramente y en campo abierto. (…) Me había visto obligada a entrar en el desierto para saber con espanto que el desierto está vivo, para saber que una cucaracha es la vida. Había retrocedido hasta saber que en mí la vida más profunda está antes de lo humano. (…) Y ahora estaba como ante Él, y no entendía; estaba inútilmente de pie ante Él, y estaba nuevamente ante la nada. A mí, como a todo el mundo, se me había dado todo, pero había querido más: había querido conocer ese todo. Y había vendido mi alma para saber. Ahora entendía que no la había vendido al diablo, sino a alguien mucho más peligroso: a Dios. Que me había dejado ver. Pues Él sabía que yo no sabría ver lo que viese. (…) Yo tenía la capacidad de preguntar, pero no la de escuchar la respuesta.

· · ·

(Él no nació para nosotros, como nosotros no hemos nacido para Él, nosotros y Él somos simultáneamente).

· · ·

Hablar con Dios es lo más mudo que existe. (…) No, no tengo que elevarme a través de la plegaria: tengo que, ingurgitada, convertirme en una nada vibrante. ¡Lo que hablo con Dios no debe tener sentido! Si tiene sentido es porque me equivoco.



Publicado por Ediciones Siruela, Madrid, 2000



También en Antología de mística femenina, 2023
Edición a cargo de Jimena Castro y Sergi Sancho Fibla





























miércoles, abril 01, 2026

«Féretro», de Yalal al-Din Rumi

Sin datos del traductor




Un niño se lamentaba ante el féretro de su padre:

«¡Oh padre mío! ¡En adelante tu sitio estará bajo la tierra! ¡Querido padre! ¡Estás en una morada tan estrecha, tan desprovista de todo! ¡Ni manta, ni cojín, ni camastro! ¡Sin una vela en la noche ni pan durante el día! ¡Sin puerta, sin techo, sin vecinos compasivos! ¡Ni siquiera el olor de una comida! ¡Sólo una morada tan estrecha que cualquiera perdería en ella el color de su piel!».

Entre los asistentes, había un niño, llamado Dyuha. Se volvió hacia su padre y le dijo:

«¡Oh, padre! ¡Tengo la impresión de que lo que describe este niño es nuestra casa!». 




en 150 cuentos sufís. Sin datos editoriales






Pintura original: «El Funeral de Isfandiyar», 
folio de un Shahnama (Libro de Reyes), 
de Abu'l Qasim Firdausi (c. 1330)






















miércoles, marzo 18, 2026

«[Pienso con frecuencia en la relación de Charles Darwin con su esposa Emma…]», de Peter Greenaway

Traducción de Juan Carlos Villavicencio



Historia número 72 

Pienso con frecuencia en la relación de Charles Darwin con su esposa Emma. Tuvo diez hijos con ella y ella era su prima, hija del hermano de su padre. ¿No debería considerarse este matrimonio un caso de incesto? ¿No es acaso una curiosa ironía para un hombre tan escrupulosamente interesado en la fecundidad exitosa, en la mutación necesaria y en la teoría de la evolución? Según se dice, Darwin retrasó la publicación de su teoría sobre el origen de las especies porque no quería ofender la creencia de su esposa en Dios. Él creía que el hombre descendía del mono y ella creía que el hombre descendía de Adán. Sin duda fueron una pareja devota y él a menudo se sentía muy enfermo, aunque nadie supo exactamente qué le aquejaba, si bien algunos piensan que su enfermedad era psicosomática, culpa de tanto stress. Otros piensan que su enfermedad fue contraída durante sus viajes por Sudamérica en el barco, el Beagle. Otros creen que fue por la ansiedad que le provocaban las creencias de su esposa.

Pienso en su dormitorio en Down House, en Kent, al final de la línea del tren desde el edificio de la Sociedad de Historia Natural en Bloomsbury. Pienso en la calidez de su cama cubierta por edredones de tela estampada y en cómo habrán copulado, su larga barba blanca sobre sus pechos, sus manos aferradas a sus nalgas, su pene hondo en su vagina forjando su quinto hijo, su tan amada hija Anne Elizabeth, que murió a los diez años de tuberculosis, Darwin tuvo que renunciar al Dios que nos había dado a Adán.

Tan a menudo ignoramos lo significativo que son los contextos. Darwin era bien sabido por haber sido reacio a publicar sus teorías evolutivas, pero pocos saben que en el mismo día en que sus teorías iban a ser anunciadas públicamente, en el edificio de la Sociedad de Historia Natural en Bloomsbury, sabiendo que impactarían la visión del mundo, por así decirlo, Charles Waring, su último hijo, aquel niño de un año con síndrome de Down, yacía agonizando en su cama. Cuando Darwin regresó esa noche a Down House en Kent, el niño estaba muerto; para Emma ido al Cielo, para Darwin simplemente se había ido.




en He read deep into the night (Stories 1-100), Bakemono Lab, 2026



Dibujo original de Stefano Bessoni












Story Number 72

I think frequently about the relationship of Charles Darwin to his wife Emma. He had ten children by her and she was his cousin, his father's brother's child. Is not this marriage to be regarded as a case of incest? Wouldn't it be a curious irony with a man so scrupulously interested in successful fecundity, necessary mutation, and a theory of evolution? Reputedly Darwin delayed publishing his theory on the Origin of Species because he did not want to offend his wife's belief in God. He believed in man's descent via the ape and she be lieved in man's descent via Adam. They were certainly a devoted couple and he was often an invalid though no-one quite knew what his ailment might have been, though some think his illness was psychosomatic, brought on by stress. Some think his illness was contracted on his travels around South America in the ship, the Beagle. Some thought it was because of his anxieties abour his wife's beliefs. // I think of their bedroom in Down House in Kent at the end of the railway line from the Natural History Socicty's Building in Bloomsbury. I think of their warm bed covered in chintz eiderdowns and how they might have copulated together, his long white beard on her breasts, his hands clasping her buttocks, his penis deep in her vagina making his fifth child, his much loved daughter Anne Elizabeth, who died when she was ten of tuberculosis causing Darwin to give up on a God who gave us Adam. / So often we are ignorant of significant context. Darwin is well known to have been reluctant to publish his evolutionary theories but few know that on the same day as his theories were to be publically announced at the Natural History Society's Building in Bloomsbury, to hit the world in the eye, as it were, his last child, the one-year-old Down Syndrome child, Charles Waring, lay dying in bed. When Darwin returned home that evening to Down House in Kent, the boy was dead; to Emma gone to Heaven, to Darwin simply gone.












jueves, marzo 05, 2026

«Escribir», de Antonio Lobo Antunes

Fragmento de una entrevista

(1942-2026)

 
Escribir es como drogarse, se empieza por puro placer, y acabas organizando tu vida como los drogados, en torno a tu vicio. Y esa es mi vida. Hasta cuando sufro lo vivo como un desdoblamiento: el hombre está sufriendo y el escritor está pensando en cómo aprovechar este sufrimiento para su trabajo.

(…)

Las historias son importantes para las abuelas. Yo no quiero contarle historias a nadie. Es el libro quien manda. Intentas ahondar, bajar al fondo del alma, decir lo que no se ha dicho antes. Escribo porque si no me siento muy culpable. Nunca escribes lo que quieres, el libro es tu dueño. Tienes que estar vigilando para que sea más o menos lo que quieres decir. Yo no sé lo que voy a escribir y, una vez que acabo los libros, nunca los vuelvo a leer. (…) Una parte de mí se cierra y se abre otra que comienza a dictarme; siempre he tenido la sensación de que me dictan. Lo que sí hago antes de escribir un libro es elegir una fecha para comenzar, porque si no siempre tengo miedo a no hacerlo. Siempre tengo miedo de desilusionar a la gente que ha tenido en mí una fe no compartida. Desde el comienzo he tenido por todas partes lectores entusiastas que todavía me dejan conmovido y confundido. Un libro para mí es una sorpresa, un milagro que no entiendo. Sólo cuando empiezas a corregir entiendes algo. Sin embargo, si no piensas que eres el mejor, mejor no escribir. Tienes que vencer a Chéjov, tienes que vencer a Tolstói, tienes que ganarles, ser mejor que ellos. Aunque esto no es una competición deportiva. Y, al final, siempre llegas a la conclusión de que la única cosa importante son los libros, no el autor. Tienes la impresión de que eres apenas un transmisor. Yo no sé cómo nace un libro: son filamentos, fragmentos, sonidos; es muy variable. Y después… mucho miedo. Lo que tienes que decir lo dices en los libros, son ellos los importantes, no los autores…




En una entrevista dada a Quimera
rescatada por el blog Crimentales, 4 de junio, 2018











viernes, diciembre 26, 2025

«Ovni 78», de Wu Ming

Fragmento / Traducción de Juan Manuel Salmerón Arjona 





8. ROMA, MIÉRCOLES 15 DE MARZO 


Esa noche, Martin Zanka escribía de verdad, tecleando en su Olivetti Lettera 35. 

En lo alto de la hoja ponía: «Ovni 78. Discurso inaugural». En esta introducción, debía presentar al invitado de honor, nada menos que Allen J. Rynek. El ufólogo americano estaba de gira por Europa: llegaba en el último vuelo de París y partía el sábado para Estados Unidos. Después de él intervendría el indómito Casella y Zanka suponía que habría polémica. 

El trotskista brasileño Romulo Casella (1913-1983), exiliado en Roma desde 1964, tenía una teoría política del fenómeno de los ovnis, según la cual una civilización tan evolucionada que pudiera recorrer distancias siderales para llegar a nuestro plantea no podía ser sino comunista. Por ello, el contacto con los extraterrestres había que buscarlo en clave de «interplanetarismo revolucionario» y en contra de los amos de la Tierra. De hecho, Casella deseaba la invasión alienígena. Según él, el proletariado saldría beneficiado y debía prepararse para recibirla. 

La cercanía de Zanka al Partido Comunista, aunque hacía tiempo menos estrecha, ya había sido blanco de los ataques del sudamericano en algunos artículos publicados en la revista Cosmos Rojo. Zanka no hacía caso. Lo que sí le preocupaba eran las posibles escaramuzas que tuviera con el liberal yanqui Rynek, al que Casella lanzaba críticas muchos más aceradas. Una en particular podía hacerla en el congreso. Casella acusaba al estadounidense de estudiar el contacto con formas de vida alienígenas desde un punto de vista clasista y wasp. En su ensayo La realidad de los ovnis, Rynek consideraba más fiable el testimonio de «encuentros del tercer tipo» cuando los protagonistas eran ciudadanos normales y corrientes, no sospechosos de ningún tipo de desviación. Entre los testigos que para él eran dignos de crédito, no figuraban hispanos, italianos ni asiáticos, y Casella se apostaba lo que fuera a que tampoco había afroamericanos. 

Zanka podía estar de acuerdo con él, pero temía que el debate descarrilase. Al mismo tiempo, la presencia de estudiosos tan diferentes enriquecería el congreso y su cometido era hacer que fuera un intercambio fructífero. 

Ya había llenado dos páginas de apuntes cuando sonó el timbre. 

Esa noche no esperaba visitas. El timbrazo lo dejó desconcertado. Quizá era un vecino que venía a pedir sal o azúcar. Se levantó y fue a abrir. 

–¿Qué hacéis aquí? –preguntó sin dar crédito a lo que veía. 

–¿Podemos entrar? –preguntó a su vez Vincenzo. 

–Hola –dijo simplemente Rossella. 

Zanka les dejó pasar y los condujo al salón. Vio que llevaban una maleta. Vincenzo se adelantó. 

–¿Podemos quedarnos un par de días? 

Zanka miró primero a su hijo y luego a Rossella, que tenía una cara angelical. 

–Claro. Pero ¿por qué no me has llamado? 

–Lo he hecho. Pero no daba línea. 

Era verdad. Para que no lo molestaran, Zanka había desenchufado el aparato por la mañana. 

No preguntó qué hacían ahí. No se atrevía. Intuía que pasaba algo grave. Había dejado a su hijo cantando las excelencias de Tanur y ahora se presentaban allí, él y su novia, aunque no era exactamente su novia, como dos refugiados, sin dar explicaciones. 

Cenaron en silencio una pasta con salsa que Zanka preparó y solo entonces se decidió Vincenzo a desahogarse. Aprovechó un momento en que Rossella fue al baño a vomitar. 

–Viene a abortar. 

–Veo que os habéis decidido –comentó Zanka. 

–Lo decide ella. Aún está pensándoselo. Mañana vamos a un consultorio de unas feministas que hay en San Lorenzo. 

–Haces bien en acompañarla –comentó Zanka, pero enseguida le pareció una frase de circunstancias. 

En aquellos meses, todo el país debatía sobre la interrupción voluntaria del embarazo. En el Parlamento se discutía la ley que despenalizaría y regularía esta práctica. Los últimos años, las activistas del Partido Radical y del CISA, el Centro de Información sobre la Esterilización y el Aborto, ayudaban a quienes querían abortar facilitando su viaje a países donde la práctica era legal o recurriendo a clínicas «amigas», tras lo cual solían denunciarse a sí mismas para hacer pública su desobediencia. Había muchas posibilidades de que la ley se aprobase, porque los únicos que se oponían eran los democristianos y los neofascistas. Estaban a favor de ella, además de los radicales, los comunistas, los socialistas, los socialdemócratas, los republicanos y los liberales. Había un clima de desafío ciudadano que amenazaba con provocar una crisis de gobierno. 

–Hemos venido corriendo. Podíamos haber ido al CISA de Florencia, pero Rossella leyó lo del consultorio en una revista... Además, le dije que aquí –hizo un vago gesto con las manos– teníamos donde alojarnos.

Zanka tomó un cigarrillo y ofreció otro a Vincenzo. Los encendieron y fumaron mirándose a través de las volutas de humo, pero los apagaron cuando Rossella volvió del baño, pálida y desencajada. Vincenzo le hizo sitio en el sofá. 

–¿Te encuentras bien? 

–Ahora mejor, sí –contestó la joven. 

Rossella Hilzer era muy guapa de joven. Sigue siéndolo hoy día, aunque tiene algo glacial en la expresión y en los rasgos de la cara que entonces era casi imperceptible, al menos en las fotografías. 

–Voy a llamar a Tanur –dijo Vincenzo levantándose– para decirles que hemos llegado. 

Zanka se quedó a solas con Rossella. No tenía ninguna familiaridad con chicas de la edad de su hijo y se limitó a preguntarle, cohibido, si deseaba algo. 

–No, gracias –dijo ella–. Es que estoy muy cansada. 

Le dijo que le enseñaría el dormitorio de Vincenzo. No era muy grande, pero la cama era bastante cómoda. Si no cabían, su hijo podía dormir en el sofá. 

–Tienes una casa curiosa –dijo ella–. Llena de cosas. Vincenzo me lo había dicho. 

–Demasiadas cosas –dijo Zanka–. Tendría que empezar a deshacerme de algunas. 

–Todas esas estatuillas... –continuó Rossella paseando la mirada por los estantes–. Parece un belén, un belén, un belén de ciencia ficción. 




 2022





























domingo, noviembre 30, 2025

«Una joven en Tokio», de Aki Shimazaki

Inicio / Traducción de Patricia Orts




El coche desciende por una cuesta. Los faros iluminan la carretera sinuosa y cubierta de hojas caídas.

O. y yo acabamos de cenar en un restaurante situado en la cima. Hemos comido unos filetes deliciosos acompañados de un exquisito vino tinto chileno mientras escuchábamos música de piano. El restaurante se llama No-no-yuri. Dado lo rústico del nombre, «Lirio del Campo», me ha sorprendido su calidad. Mecida por una brisa suave, he bebido más de lo habitual. Mi amante ha elogiado la belleza de mi rostro y la elegancia de mi atuendo: una blusa plisada y una falda larga de muselina. También le han cautivado mi broche y mis pendientes de rubíes verdes, auténticos, que compré en una famosa joyería de Ginza.

Avanzamos envueltos en la oscuridad. No nos cruzamos con nadie. Esta no es la carretera por la que hemos venido. ¿Dónde estamos? Siento un poco de miedo. Pasado un momento, veo un panorama de Tokio a través de los árboles desnudos. Las luces resplandecen hasta donde alcanza la vista. Entonces O. se detiene.

—¿Te gusta, Kyoko?
—Sí, es magnífico.

Mientras observo el paisaje, pienso en las metrópolis que adoro: Nueva York, Los Ángeles, Londres, Moscú, París, Roma… Uno de mis mayores placeres es cenar contemplando la ciudad por la noche. Debido a mi trabajo, voy con frecuencia al extranjero. De hecho, estoy deseando que llegue el momento de hacer mi próximo viaje.

Arrancamos de nuevo. El camino se vuelve abrupto y O. se concentra en la conducción.

Todavía aturdida, observo su perfil. Tiene rasgos regulares, y me gusta sobre todo su nariz recta. Esta noche, antes de ir al restaurante, hemos hecho el amor en un motel parejero. 

Parecía muy excitado, a diferencia de mí, que me he mostrado más bien desapasionada.

Hace siete meses que salgo con él. Me pregunto durante cuánto tiempo seguirá siendo mi amante. Vuelvo los ojos hacia la ventanilla. Ya no se ve nada.

La pendiente es ahora menos pronunciada. Relajado, O. me habla de su jefe y de sus compañeros. Trabaja como ingeniero informático en un importante banco. Me limito a decir «¿Sí?» o «¿Ah, sí?» o «No lo sabía». No quiero ser una maleducada. Él sigue charlando de buen humor.

—¿Te llevas bien con tu jefe estadounidense? —me pregunta de pronto.
—Sí, muy bien. ¿Por qué lo dices?
—Sabes de sobra por qué.

Le intriga la relación que puede existir entre un director y su secretaria, dado que están en contacto cada día, y que incluso viajan juntos.

—Es un hombre respetuoso —le contesto—. No hay nada entre nosotros. Nuestra relación es estrictamente profesional.
—¿Cómo puede permanecer impasible al lado de una mujer tan guapa y sexi como tú?—insiste, poco convencido—. ¿Acaso es homosexual?
—No lo creo. Está casado y tiene dos hijos. Conozco mucho a su mujer, que también es estadounidense. Parece una pareja muy unida.
—Sea como sea, tengo celos de él.
—¿Y eso lo dices tú, que estás casado? —le pincho.
—Casado o no —se defiende—, es imposible reprimir los sentimientos y el deseo. Uno de mis amigos se ha divorciado para casarse con su secretaria.
—Supongo que su matrimonio ya hacía aguas —comento—. Mejor que lo haya dejado, en lugar de seguir con el adulterio.
—¿Me estás diciendo que me divorcie?
—No, en absoluto. Al contrario, te aconsejo que no descuides a tu mujer, ya que aún la quieres. Ustedes tienen un hijo. Si descubre que le eres infiel, te echará de casa.

Él calla. En una ocasión vi una fotografía de ella. Según me ha contado O., su mujer jamás ha trabajado, pero cocina bien.

—Si me pone de patitas en la calle —murmura—, me instalaré en tu departamento...
—No tengo sitio para ti, lo siento. Me encanta vivir sola. Y no cocino para nadie. 
—Sé amable conmigo, Kyoko, estoy muy enamorado de ti. Dime la verdad, ¿qué relación tienes con tu jefe?

Su insolencia me deja pasmada. Mi jefe está en Boston con su mujer desde hace cuatro días. Regresará a Tokio dentro de tres.

—No hay nada entre los dos —repito—. No siento nada especial por él.
—¿Cómo puedes estar segura de eso? —Luego se ríe. Vuelve a estar de buen humor.




















sábado, noviembre 01, 2025

«Prólogo al Pabellón de Orquídeas», de Wang Xizhi

Sin datos del traductor




El tercer día del tercer mes de la primavera, me encontraba en el pabellón de las orquídeas, cerca de un arroyo cristalino. Los amigos y poetas se reunieron en el lugar para disfrutar de la ocasión. El aire estaba impregnado de la fragancia de las flores y el sonido del agua fluyendo por el arroyo. Nos acomodamos cómodamente y, mientras disfrutábamos de nuestra compañía, compusimos poemas y celebramos la belleza del momento. El paisaje y el entorno parecían contribuir a la perfección de la ocasión, pero, al mismo tiempo, me invadía una sensación de tristeza por lo efímero de todo lo que estábamos viviendo.

En ese entorno, observando el mundo que nos rodeaba, no pude evitar reflexionar sobre la transitoriedad de todas las cosas. La vida humana es efímera, y aunque los momentos de felicidad y belleza sean preciosos, también son fugaces. En cuanto uno intenta aferrarse a un momento, ya se ha desvanecido. Todo lo que nace ha de perecer, y las personas que componen parte de nuestra vida también están destinadas a partir. La naturaleza misma se ve marcada por este cambio continuo y el ciclo de vida y muerte.

Así, aunque la poesía que compusimos esa tarde es hermosa, también se perderá con el paso del tiempo. Lo mismo ocurre con las personas que nos rodean. La belleza que percibimos en este momento desaparecerá, y los recuerdos de esta ocasión quedarán solo como una sombra que se desvanece con los años. En el futuro, cuando alguien lea estos poemas, quizás no entienda el contexto de este encuentro, ni la emoción que nos invadió. Y lo que es aún más triste, es que algunos de los presentes ya no estarán aquí para compartir este recuerdo.

A pesar de la impermanencia, encuentro consuelo en la caligrafía. La escritura, aunque también sujeta al paso del tiempo, puede preservar la esencia de un momento, aunque no lo pueda hacer de manera eterna. Es por eso que, aunque la reunión y los poemas que surgieron en este día se desvanecerán, su presencia en la caligrafía y en la memoria será un testimonio de la belleza y la armonía de este instante.

En cuanto a la escritura, no busco la inmortalidad en estos caracteres, sino simplemente expresar lo que en este momento siento, tal como las palabras surgen espontáneamente de la mano del calígrafo. Al igual que el agua del arroyo que fluye sin esfuerzo, la caligrafía también debe ser natural, sin forzamientos. Es el resultado de una mente tranquila, en paz consigo misma y con el entorno, un estado de armonía que permite que el trazo sea fluido y bello.

Así, mientras observo el paisaje que me rodea, no puedo evitar sentir una profunda gratitud por este momento de unión con la naturaleza y los amigos. Pero también soy consciente de que, tal como el agua fluye y el viento sopla, todos los momentos en la vida están destinados a desvanecerse. Y en este desvanecerse está la verdadera belleza, la belleza de lo efímero.




353 d. C.





















 

lunes, octubre 27, 2025

«Escribir», de Marguerite Duras

Fragmento / Traducción de Ana María Moix




La soledad de la escritura es una soledad sin la que el escribir no se produce, o se fragmenta exangüe de buscar qué seguir escribiendo. Se desangra, el autor deja de reconocerlo. Y, ante todo, nunca debe  dictarse a secretaria alguna, por hábil que sea, y, en esta fase, nunca hay que dar a leer lo escrito a un editor.

Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo  rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas las luces, ya sean del exterior o de las lámparas encendidas durante el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte  en la, inviolable, del escribir. Nunca hablaba de eso a nadie. En aquel periodo de mi primera soledad ya había descubierto que lo que yo tenía que hacer era escribir. Raymond Queneau me lo había confirmado. El único principio de Raymond Queneau era este: «Escribe, no hagas nada más». 

Escribir: es lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. Lo he hecho. La escritura nunca me ha abandonado.

Mi habitación no es una cama, ni aquí, ni en París, ni en Trouville. Es una ventana determinada, una mesa determinada, ritos de tinta negra, huellas de tinta negra inencontrables, es una silla determinada. Y determinados ritos a los que siempre vuelvo, a dondequiera que vaya, dondequiera que esté, incluso en los lugares donde no escribo, como por ejemplo las habitaciones del hotel, el rito de tener siempre whisky en mi maleta en caso de insomnios o de súbitas desesperaciones. Durante aquel periodo tuve amantes. Rara vez he estado absolutamente sin amantes. Se acostumbraban a la soledad de Neauphle. Y según su encanto a veces esta soledad les permitía que, a su vez, escribieran libros. Raramente daba a leer mis libros a esos amantes. Las mujeres no deben hacer leer a sus amantes los libros que escriben. Cuando terminaba un capítulo, lo escondía. En lo que a mí respecta, es tan verdad que me pregunto qué pasa en otras partes y también cuando se es una mujer y se tiene un marido o un amante. En tal caso, también hay que esconder a los amantes el amor del marido. El mío nunca ha sido sustituido. Lo sé, todos los días de mi vida. 

Esta casa, esta casa es el lugar de la soledad, sin embargo da a una calle, a una plaza, a un estanque muy antiguo, al grupo escolar del pueblo. Cuando el estanque está helado, hay niños que vienen a patinar y  me impiden trabajar. Les dejo hacer. Los vigilo. Todas las mujeres que han tenido hijos vigilan a esos niños, desobedientes, locos, como todos los niños. Pero, qué miedo, cada vez, el peor de los miedos. Y qué amor. 

La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. Porque decidí qué era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros. Sucedió así. Estaba sola en casa. Me encerré en ella, también tenía miedo, claro. Y luego la amé.  La casa, esta casa, se convirtió en la casa de la escritura. Mis libros salen de esta casa. También de esta luz, del jardín. De esta luz reflejada del estanque. He  necesitado veinte años para escribir lo que acabo de decir. 




1994











viernes, octubre 24, 2025

«La mujer rota», de Simone de Beauvoir

Fragmento / Traducción de Dolores Sierra y Neus Sánchez 



Miércoles 16

Miro las gotas de agua deslizarse sobre el vidrio que hace poco golpeaba la lluvia. No caen verticalmente; parecerían gusanitos que por razones misteriosas fueran oblicuamente a la derecha, a la izquierda, filtrándose entre otras gotas inmóviles, deteniéndose, continuando como si buscaran algo. Me parece no tener nada que hacer. Siempre tenía algo que hacer. Ahora, tejer, cocinar, escuchar un disco, todo me parece vano. El amor de Maurice daba importancia a cada momento de mi vida. Es hueca. Todo es hueco: los objetos, los instantes. Y yo.

El otro día le pregunté a Marie Lambert si me encontraba inteligente. Su mirada clara se clavó en la mía.

– Usted es muy inteligente…

Dije:

– Hay un pero

– La inteligencia se atrofia cuando uno no la alimenta. Debería dejar que su marido le buscara trabajo.

– El tipo de trabajo del que soy capaz no me daría ningún resultado.

– Eso no es nada seguro.


Por la noche

Esta mañana tuve una iluminación: todo es culpa mía. Mi error más grave ha sido no comprender que el tiempo pasa. Pasaba y yo estaba pasmada en la actitud de la ideal esposa de un marido ideal. En lugar de reanimar nuestra vida sexual, yo me fascinaba con el recuerdo de nuestras noches pasadas. Me imaginaba haber conservado mi rostro y mi cuerpo de treinta años, en lugar de cuidarme, de hacer gimnasia, de acudir a un instituto de belleza. Dejé que mi inteligencia se atrofiara; ya no me cultivaba, me decía: más tarde, cuando las niñas se hayan ido. (A lo mejor la muerte de mi padre no es extraña a esta dejadez. Algo se quebró. Detuve el tiempo a partir de ese momento.) Sí, la joven estudiante con que Maurice se casó, que se apasionaba por los acontecimientos, las ideas, los libros, era muy diferente de la mujer de hoy cuyo universo cabe entre estas cuatro paredes. Es verdad que tenía tendencia a encerrar entre ellas a Maurice. Creía que su hogar le bastaba, creía tenerlo todo para mí. En conjunto, daba todo por acordado: eso debió molestarlo, a él, que cambia y que cuestiona todas las cosas. La irritación es algo que no perdona. No debería tampoco haberme emperrado en nuestro pacto de fidelidad. Si hubiera devuelto a Maurice su libertad (y quizás utilizado la mía) Noëllie no se habría beneficiado de los prestigios de la clandestinidad. Yo habría encarado el asunto inmediatamente. ¿Hay tiempo todavía? Dije a Marie Lambert que iba a explicarme sobre todo esto con Maurice y a tomar medidas. Ya me he puesto a leer un poco, a escuchar discos: hacer un esfuerzo más serio. Rebajar algunos kilos, vestirme mejor. Charlar más libremente con Maurice, rechazar los silencios. Ella me escuchó sin entusiasmo. Quisiera ella saber quién, Maurice o yo, fue el responsable de mi primer embarazo. Los dos. En fin, yo en la medida en que me guié demasiado por el calendario, pero no es mi culpa si me traicionó. ¿Insistí yo en tener el niño? No. ¿En no tenerlo? No. La decisión surgió sola. Me pareció escéptica. Su idea es que Maurice me guarda un serio rencor. Le opuse el argumento de Isabelle: los comienzos de nuestro matrimonio no habrían sido tan felices si él no lo hubiera deseado. Su respuesta me parece muy alambicada: para no confesarse cuánto lo sentía, Maurice apostó al amor, quiso la felicidad frenéticamente; una vez que ésta desapareció, volvió a encontrar el rencor que había acallado.




1968 















viernes, octubre 10, 2025

«Melancolía de la resistencia», de László Krasznahorkai

Fragmento / Traducción de Adan Kovacsics



PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2025

Era Mádai, un hombre sordo que acostumbraba a gritar sin piedad al oído de sus víctimas «con el fin de intercambiar opiniones», lo cual, repetía, no le importaba en absoluto, y si bien los otros dos coincidieron en esta exhortación, adoptaron posiciones divergentes en cuanto al qué. Prescindiendo de toda introducción al tema de conversación y reconociendo a [György] Eszter como dueño y señor de la situación, el señor Nadaban, un carnicero corpulento que debía su privilegiada posición entre los ciudadanos más influyentes a sus llamadas «dulces obras poéticas», declaró que él deseaba llamar la atención de los presentes sobre la necesidad de la solidaridad, mientras que el señor Volent, entusiasta ingeniero de la fábrica de botas y experto en toda clase de problemas técnicos, sacudió la cabeza y nombró la serenidad como punto de partida para una acción conjunta, en oposición al señor Mádai, el cual acalló a los otros, volvió a inclinarse hacia el oído de Eszter y comunicó a voz en cuello lo siguiente: «¡Hay que estar vigilante, a cualquier precio! ¡Esa es nuestra tarea, señores, digo yo!». Así y todo, ninguno de ellos dudaba de que aquello que definían con los conceptos fundamentales de «vigilancia», «serenidad» y «solidaridad» solo era la obertura prometedora de sus argumentaciones cargadas de responsabilidad, y estaban ansiosos por empezar a desarrollar sus irrefutables argumentos, de suerte que a Eszter —tras reponerse de su innegable asombro al toparse allí, ante la entrada del Casino de Señores de la fábrica de medias, con esos «tres idiotas del montón»— no le resultó difícil imaginar lo que le esperaba si la radical diferencia de opiniones entre esos tres héroes temblorosos llegaba a manifestarse, o sea que se arriesgó y, como quería ceder cuanto antes la palabra a Valuska, que se mantenía apartando del círculo de los caballeros, y prevenir los ataques de estos, les preguntó cómo habían alcanzado la unánime conclusión de que el fin había llegado («tal y como he podido colegir de sus palabras», añadió). La pregunta los sorprendió, por lo visto, y las tres miradas airadas se reunieron en un rayo, como quien dice, pues ninguno podía imaginar que György Eszter, objeto de todos los respetos «por dorar con la esfera del arte nuestra aburrida vida cotidiana, gracias a su excepcional talento», como señaló en su día un texto de homenaje, o por ser, como escribiera el carnicero Nadaban en un poema laudatorio, «alfa y omega de nuestra gris realidad», que György Eszter no supiera nada de nada; pero en cuestión de segundos encontraron, sin embargo, la simple explicación de semejante desinformación, atribuible, según ellos, a la naturaleza distraída de los grandes espíritus que se retiran del mundanal ruido, y tomaron conciencia con orgullo de que, una vez más, eran precisamente ellos los afortunados elegidos para informar a esta personalidad viviente de los funestos cambios producidos en el destino de la ciudad. El abastecimiento era del todo imprevisible, la escuela y las oficinas ya casi no funcionaban, el problema de la calefacción de las casas alcanzaba dimensiones alarmantes debido a la falta de carbón, señalaron cortando el uno la palabra del otro. No había medicamentos, se lamentaban con expresión de dolor, la circulación de coches y autobuses había dejado de existir y esa misma mañana hasta los teléfonos se habían quedado mudos, poniendo un sello definitivo en la situación. Y entonces, dijo el señor Volent en tono amargo, entonces además, terció el señor Nadaban, y entonces para colmo, gritó el señor Mádai, viene este circo a frustrar nuestras esperanzas depositadas en el desarrollo y el restablecimiento del orden, un circo con una ballena enorme a la que habíamos dejado entrar de buena fe y contra la cual ya nada se podía hacer, por cuanto esta compañía realmente extraña, señaló el señor Nadaban bajando la voz, altamente sospechosa, asintió el señor Mádai, y sumamente siniestra, añadió el señor Volent frunciendo el ceño con expresión lúgubre, había llegado ya, por desgracia, a la plaza Kossuth. Sin prestar atención a Valuska, que los miraba ora con desconcierto, ora con tristeza, comunicaron a Eszter que se trataba sin la menor duda de una banda criminal, si bien no les había sido fácil descubrir el significado de todo ello y el fondo de la cuestión. «¡Son al menos quinientos!», exclamaron, para señalar acto seguido que, de hecho, la compañía estaba compuesta por dos personas, que la atracción era lo más terrible, dijeron, y que servía de simple pretexto a esa gentuza carente de más señas para atracar por la noche a los pacíficos habitantes. Afirmaron que la ballena no desempeñaba papel alguno y, a continuación, que la ballena era la causa de todo, y cuando por último declararon, refiriéndose a unos «turbios bandidos», que ya habían empezado a robar y, al mismo tiempo, que seguían todos inmóviles en la plaza, Eszter se hartó y levantó la mano con decisión, indicando que pedía la palabra. Sin embargo, el señor Volent se le adelantó rápidamente y declaró que la gente tenía miedo, de modo que no podemos quedarnos sin hacer nada, intervino el señor Nadaban, esperar con los brazos cruzados, añadió en su tono característico el señor Mádai, a que llegue la catástrofe. Aquí hay niños, soltó el señor Nadaban con lágrimas en los ojos, y madres que sollozan, trompeteó el señor Mádai, de modo que lo más querido para nosotros, el calor del hogar familiar, concluyó a modo de colofón un señor Volent totalmente estremecido, corría un riesgo enorme… Uno puede imaginar lo que aún habría sido capaz de dar de sí aquel coro quejumbroso, aliado para la resistencia, pero ya es imposible de saber, porque Eszter, aprovechando un respiro en la depresión generalizada, tomó la palabra; para mayor comodidad y considerando el nerviosismo de los señores, adaptó cuanto tenía que decir al atormentado mundo psíquico de los tres y les hizo saber que sí existía una solución y que una voluntad audaz jamás abandonaba la esperanza de cambiar la situación para mejor. 



1989










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