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miércoles, junio 24, 2026

HOY presentación de El Árbol de la Memoria, de Jorge Teillier en el Liguria de Merced a las 19 hrs.






Bar Liguria
& Descontexto Editores
los invitan a la presentación 
de 
El Árbol de la Memoria
del poeta lautarino
Jorge Teillier
a 91 años de su nacimiento

Edición de Juan Carlos Villavicencio

con la participación de los poetas
Carlos Cociña
&
Diego Alfaro 

Tangos por 
Marcelo Nicolás Carrasco


Miércoles 24 de junio · Bar-Restaurant Liguria 
Merced #298 · Barrio Lastarria · 19:00 (Chile)

           











martes, junio 23, 2026

«Madera de poeta. Prólogo de El árbol de la memoria», de Diego Alfaro Palma

Inicio



En el ajetreo de la calle Huérfanos, en pleno centro de Santiago, existía un reducto para dedicarse al arte de la tertulia. Los sábados llegaba hasta allí Jorge Teillier, además de una tropa bastante variopinta de intelectuales, ajedrecistas y femme fatales. Era el café Sao Paulo, donde es posible que, entre los años 1959 y 1960, haya puesto sobre la mesa, entre servilletas y cucharas, los borradores de El árbol de la memoria

Esto no lo sabemos a ciencia cierta, pero no perdemos nada con imaginarlo, ponernos en situación, porque ese reducto resultaba ser «una verdadera catedral moderna», en palabras de Teófilo Cid, ese dandy santiaguino, que bien sabía de «ver pasar la vida estrafalaria y bulliciosa».

En ese momento, Jorge no era el Jorge Teillier que hoy conocemos. Tenía a su haber dos volúmenes publicados, Para ángeles y gorriones (1956) y El cielo cae con las hojas (1958), que le valió el Premio de la Sociedad de Escritores de Chile. En otras palabras, había ganado cierta fama, pero aún estaba trazando su sendero en las letras. Siguiendo una certeza y un impulso, reunió un nuevo grupo de poemas bajo el título de Los conjuros, título original de este libro. Con ese encabezado lo envió al concurso Gabriela Mistral de 1960, donde el jurado determinó otorgarle la presea a esos escritos notablemente maduros.

Un amigo de esas épocas, Enrique Lihn, quien también tomaba posición en el Sao Paulo, junto al dramaturgo Enrique Moletto y a la poeta Stella Díaz Varín, escribió un elogioso texto en la revista Alerce:

          «Este poeta ha llegado al punto de madurez en que su desarrollo debe pasar, hasta cierto punto inadvertido bajo una trama de excelencias formales, continuar, al favor de la obscuridad, en una zona de la experiencia y de la expresión sobre las cuales sólo a él le cabe recapacitar».

Decimos «elogioso», porque es difícil encontrar la pompa sencilla y directa en la prosa de Lihn, sin embargo, se nota en ese artículo el ánimo de poner en su lugar a un escritor que comenzaba a esplender a punta de disciplina, en «una combinación de talento natural y esfuerzo».

También deberíamos imaginarnos la fiesta que se armó en el café cuando Teillier, con sólo 25 años, logró tamaña proeza. Más de algún amigo debe haber tirado la casa por la ventana, haciendo que las celebraciones se sucedieran en una especie de jubileo interminable. Los conjuros obtenía el primer lugar, no obstante, los que lo acompañaban y, sin ir más lejos, el público general no habían tenido acceso a esos poemas. Fue así que, no dándole demasiadas vueltas, asistió a una de las instituciones más importantes y —por ello mismo— más desconocidas de la literatura chilena de los años cincuenta y sesenta: la imprenta Arancibia Hermanos merecería una placa, al menos una nombradía en la historia, pero los avatares del tercermundismo han complotado contra ello. Probablemente no es el árbol más vistoso, sino una ranita de Darwin en medio del bosque húmedo de la literatura nacional, un detalle pequeño, pero esencial dentro del ecosistema. Teillier conocía bien a uno de los Arancibia, dos hermanos españoles exiliados tras la Guerra Civil:

          «Era editor de todos los poetas de la época y, curiosamente, se hizo rico gracias a los poetas, no rico pero ganó bastante dinero con las autoediciones; seguramente ganaba muy poco con cada uno pero llegaban cien poetas o novelistas, y de una pequeña imprenta de mano llegó a tener una imprenta grande».

Esto lo cuenta en el libro de entrevistas con Hernán Ortega. Los hermanos tenían un sistema muy poco común, el del crédito. Para explicarlo, tendremos que recurrir a otra voz autorizada, a la del narrador Luis Sepúlveda:

          «Jamás dijeron que no a un poeta o escritor que llegó con un manuscrito. La edición de modestos trescientos ejemplares costaba por ejemplo diez mil pesos, el autor no tenía un centavo, pero dejaba el manuscrito y se lo publicaban; luego, le avisaban que estaba listo y, cuando el autor emocionado contemplaba su ‘obra’ impresa, los hermanos Arancibia le preguntaban cómo pensaba pagar. Cuando a mí me tocó responder, como a tantos otros colegas, dije que en ese momento tenía doscientos pesos. Como a tantos otros, me respondieron que muy bien, que podía llevarme un paquete con diez ejemplares. Eso obligaba a vender los libros, a metérselos a amigos, o a ser más audaz».

Ese sistema de créditos le permitió a Teillier imprimir El árbol de la memoria. Algunos podrán argumentar que este relato posiblemente no tiene nada que ver con el libro en sí, pero es una entrada importante para entender las complejidades que en ese momento significaban difundir una obra. De esa forma, los Arancibia iban a lograr, entre otros ejemplos, tener entre sus ilustradoras de tapa a Roser Bru, otra exiliada llegada en el Winnipeg gracias a Pablo Neruda, o imprimir el primer libro de Gonzalo Millán, Relación personal (1968) y, no menos importante, sacar cada uno de los números de la revista Orfeo, que Teillier dirigió entre los años 1963 y 1968, junto al escritor colombiano Jorge Vélez.

Los ejemplares de esa autoedición de El árbol fueron enviados hasta una oficina en pleno centro de la capital, para competir en el prestigioso Premio Municipal de Literatura de Santiago. En las ocasiones anteriores, en el género poesía, los condecorados habían sido escritores de fuste: Luis Oyarzún por Mediodía, Braulio Arenas por Poemas y Juvencio Valle por Del monte a la ladera. Sin embargo, nada hacía presagiar que él se convertiría en uno de los autores más jóvenes en ser laureado en la historia del premio.

Habría que pensar ese diciembre de 1961 como otra fiesta inmensa, apoteósica. Mientras Cuba se declaraba libre de analfabetismo, un poeta del sur de Chile recibía el merecido espaldarazo. Sobre este conjunto de poemas terminarían escribiendo notas el crítico Filebo, Edmundo Concha, Teófilo Cid, Ruperto Salcedo, Hernán Lavín Cerda, Guillermo Atías, Enrique Bello, además del ya mencionado Lihn. Los hermanos Arancibia también deben haberse sumado a esa juerga; el futuro les depararía la impresión de otros dos libros del vate, Poemas del país de nunca jamás (1963) y Crónica del forastero (1968).




en El árbol de la memoria (edición definitiva), Descontexto Editores, 2026


















miércoles, abril 22, 2026

«Relatos», de Jorge Teillier

Conmemorando los 30 años de su muerte




     I

El vuelo de las aves
es un canto recién aprendido por la tierra.
El día entra en la casa
como un perro mojado de rocío.

Mira: se encienden las hogueras de los gallos.
Los cazadores preparan sus morrales.
Los caballos los esperan
rompiendo con sus cascos
el cielo que apenas pesa
sobre lagunas de escarcha.

Tú eres un sueño que no recordamos
pero que nos hace despertar alegres.
Una ventana abierta hacia el trigo maduro.
Busquemos grosellas junto al cerco
cuyos hombros abruman los cerezos silvestres.




     II

Un viento de otra estación se lleva la mañana.
Huyes hacia tu casa
cuando el viento dobla los pinos
de las orillas del río.
Ya no quedan grosellas.
¿Por qué no vuelven los cazadores
que vimos partir esta mañana?
Tú quieres que nunca haya sucedido nada
y en la buhardilla abres un baúl
para vestirte como novia de otro siglo.




     III

El abandono silba llamando a sus amigos.
La noche y el sueño
amarran sus caballos frente a las ventanas.
El dueño de casa baja a la bodega
a buscar sidra guardada desde el año pasado.

Se detiene el reloj de péndulo.
Clavos oxidados
caen de las tablas.
El dueño de casa demora demasiado
—quizás se ha quedado dormido entre los toneles—.
Una mañana busqué grosellas al fondo del patio.
En la tarde este mismo viento
luchaba con los pinos a orillas del río.
Se detienen los relojes.
Oigo pasos de cazadores que quizás han muerto.
De pronto no somos sino un puñado de sombras
que el viento intenta dispersar.




en El árbol de la memoria, 1961


















 

miércoles, agosto 27, 2025

«Una ventana», de Jorge Teillier



Naima 
(4 de septiembre 2012 - 27 de agosto, 2025)

 
Todas las nubes
me anunciaban que tú llegarías, 
cuando despertaba para volverme 
hacia la ventana de los sueños.
Pero tú debías extraviarte:
los pájaros se comían las migas
que sembré para señalarte el camino.

Alguien vestido siempre de negro te vigilaba 
y quería transformarte en otra,
para que yo no te reconociera.
Hasta que de pronto nos encontramos
y la realidad hecha pompas de jabón 
voló de retorno al país de la pureza.



en Poemas del País de Nunca Jamás, 1963









A propósito de la muerte de nuestra hijita Naima, la gatita más bella del cosmos













miércoles, junio 25, 2025

«Edad de oro», de Jorge Teillier


 
Jorge Teillier junto a Sybila Arredondo y León Ocqueteaux 
en la casa de Hernán Cortés #2839, Santiago de Chile
Noviembre de 1959. Sin datos del autor.


Un día u otro
todos seremos felices.
Yo estaré libre
de mi sombra y mi nombre.
El que tuvo temor
escuchará junto a los suyos
los pasos de su madre,
el rostro de la amada será siempre joven
al reflejo de la luz antigua en la ventana,
y el padre hallará en la despensa la linterna 
para buscar en el patio
la navaja extraviada.

No sabremos
si la caja de música
suena durante horas o un minuto;
tú hallarás —sin sorpresa—
el atlas sobre el cual soñaste con extraños países, 
tendrás en tus manos
un pez venido del río de tu pueblo,
y Ella alzará sus párpados
y será de nuevo pura y grave
como las piedras lavadas por la lluvia.

Todos nos reuniremos
bajo la solemne y aburrida mirada 
de personas que nunca han existido, 
y nos saludaremos sonriendo apenas 
pues todavía creeremos estar vivos.




en El cielo cae con las hojas, 1958
Versión definitiva en Descontexto Editores, 2025












Pueden comprarlo escribiendo a descontextoeditores@gmail.com
o en las mejores librerías de Chile y Argentina gracias a BigSur


















martes, junio 24, 2025

HOY a 90 años de su nacimiento / Presentación de El Cielo cae con las Hojas de Jorge Teillier






Descontexto Editores
& Bar Liguria
los invitan a la presentación 
de 
El Cielo cae con las Hojas
del poeta lautarino
Jorge Teilier
a 90 años de su nacimiento

Edición de Juan Carlos Villavicencio


con la participación de las poetas
Elvira Hernández
Macarena Urzúa
y el poeta
Cristián Gómez Olivares

Música de Lux Violeta
(Jessica Sequeira & Carlos Mejía)


Martes 24 de junio · Bar-Restaurant Liguria 
Merced #298 · Barrio Lastarria · 19:00 (Chile)

         















lunes, junio 23, 2025

«El cielo cae con las hojas (poemas de Jorge Teillier)», de Jaime Valdivieso




 
Siempre hemos pensado que el arte es una especie de mediana, vasta o diminuta región, por la cual atravesamos unos cortos o largos momentos, y cuya huella, muchas veces, perdura largamente en nosotros.

En pocas oportunidades hemos tenido la impresión más auténtica de vivir esta singular experiencia en que consiste el arte, como a través de los libros de Jorge Teillier: Para Ángeles y Gorriones y El Cielo Cae con las Hojas, recientemente publicado.

Este ultimo libro, aunque menos fresco, tal vez menos luminoso que el primero, tiene no obstante la misma línea temática, mayor madurez espiritual. Se hace en estos poemas más evidente, más definitiva, su visión de la realidad, de la vida, en la que juega un papel importantísimo el factor tiempo, como categoría de la existencia, y que se expresa a través de una nostalgia por las cosas idas y a la vez como ansiedad de un mundo distinto, ideal, más justo, más puro, más bello.

Poesía fuera del tiempo: de ahora, de ayer, de mañana, de muchos años más, pues, aunque hecha con elementos más cerca del ensueño y de la magia que de la realidad, se afirma, sin embargo, en ideales que pertenecen a la esencia del hombre y que son de siempre. Tal vez, única en nuestra literatura, la poesía de Jorge Teillier nos introduce en un universo como aquel que descubrió el Grand Moulnes, plagado de duendes, de seres misteriosos, que se mueven en silencio, vagamente, o no se mueven y que a veces desaparecen dejando tras de sí sólo una leve estela: «Una sombra se sienta junto al telar roto; / Frente a la puerta / nos estrechamos las manos / y partimos sin mirar atrás; / Hemos llegado cerca de un pueblo / la niebla rodea casas que apenas existen».

Si diéramos la oportunidad a este poeta de organizar un mundo a su imagen, de seguro que nos encontraríamos en una región particularísima, un tanto eglógica, en donde veríamos algunas ovejas, bajo unos sauces, niños, junto a un estero; mirando absortos las ondas de un agua transparente; y más allá, en una casa con palomas y gallinas, una hermosa muchacha triste, pálida; vestida de otra época.

Si examinamos su estructura formal veremos que ella coincide exactamente con su espíritu. Su sintaxis es lenta, entrecortada, sin ligazón gramatical muchas veces, sino simplemente unida por el clima psicológico que hace además que cada rasgo concreto, regional, propio del sur de nuestro país, deje de ser dato meramente ilustrativo para elevarse, en su conjunto, al plano de la mejor poesía universal.

No obstante, todo lo anterior, cabría señalar al poeta cierta insistencia en el uso de algunas palabras como «antiguo», «olvidado», «viejo», «extraño», «gastado», que al repetirse en ciertos giros con demasiada frecuencia, pierden persuasión poética y caen en el mero recurso mecánico.




en Las Últimas Noticias, martes 7 de abril, 1959











Contribución a DscnTxt de Tomás Harris



















viernes, mayo 30, 2025

«Twilight», de Jorge Teillier





Todavía yace bajo el manzano
el tílburi cansado de los abuelos. 
¿Quién recogerá esas manzanas 
donde aún brilla un sol de otra época? 
El cerco se pudre.
La ortiga invade al jardín.
Alguien mira al tílburi
y apenas lo distingue
en la luz oscilante
entre la tarde y la noche.

Bodas y entierros.
Una tarde entera luchando contra el barro 
cuando íbamos al pueblo recién fundado.
Un viaje de ebrios entre la susurrante penumbra 
esquivando las ramas enloquecidas.
Viajamos y viajamos
aún sabiendo que todo no puede sino terminar 
en una casa miserable desde donde se mira
esa luz obstinada en pelear contra la noche.

¿Quién recogerá las manzanas
donde aún puede vivir un sol de otra época?
La ortiga invade el jardín.
El día no alcanza a refugiarse en la casa.
Para huir de la oscuridad sólo hay un tílburi cansado 
que no se cansa de luchar contra la noche.




en El cielo cae con las hojas, 1958
Edición definitiva por Descontexto Editores, 2025















martes, abril 22, 2025

«En memoria de una casa cerrada», de Jorge Teillier

A 29 años de su partida




Mi amigo se atreve a tocar la guitarra
que en herencia le dejó su padre.
Los pasos del muerto resuenan
por las galerías desiertas.
Una sombra se sienta
frente a la chimenea apagada.

En la cocina quedaron
tazas rotas, ollas sucias.
Junto al cerco,
bajo una desordenada llovizna,
el silencio recién llegado
se hace amigo de los perros.

Frente a la puerta cerrada
nos estrechamos las manos
y partimos sin mirar atrás.



en El cielo cae con las hojas, 1959




Fotografía original de Hugo Alister Ulloa
















viernes, febrero 21, 2025

«Si has llorado», de Jorge Teillier




 
Si has llorado
llora con la reja de fierro
sombreada de árboles
que han perdido sus nombres
con los árboles
cuya sombra busca en vano
un caballo perdido
con el caballo
del emisario muerto en una zanja
con la zanja
donde el vagabundo sueña con el embarcadero 
con el embarcadero
donde un anciano da la espalda al mar
con el mar
que no lleva a ningún camino
con el camino
donde vas a llegar
a recoger las últimas hojas
de los árboles que perdieron sus nombres
y después ríe
ríe sin sentido
frente a una reja que no se volverá a abrir.




en Para un pueblo fantasma, 1978




Fotografía original de Rakar


















lunes, junio 24, 2024

«Un vals para Matilde», de Jorge Teillier

A 89 años de su nacimiento




La lluvia escribe tu nombre con letras desparejas
En el camino donde ya estoy
Un día viernes
Situado al final de un mundo

Las cosas tienen un aire sorprendido de sobrevivir
Después que el fuego ha sido apagado
Aquí está el ruido terrible de la mañana
Del que duerme confiando en despertar en libertad
Condenado al viaje sin fin
Del que no se atreve de verdad a mirarse en el pozo

Me sentaría a escribir un vals para ti
Con las hojas de los álamos
Los cursis discos puestos en tu honor en un Wurlitzer
Pero está el ruido de las horas como las aspiradoras eléctricas
Ya no puedo escribir música con sentido
Hasta luego, te digo,
Hasta luego
Mientras la lluvia borra todos los nombres que recuerdo.






en «Poemas inéditos de Jorge Teillier», de Verónica Cortínez,
trabajo leído en el Congreso Internacional de Poesía Hispánica,
Universidad Austral de Chile, Valdivia, Chile, el 11 de enero de 2001.




Fotografía original de Víctor Hugo Romo








lunes, abril 15, 2024

“El aromo”, de Jorge Teillier





El tiempo lo guardó en su memoria

para soñar con él, en las noches de invierno.

Los labios del tiempo despiertan,

y pronuncian, mojada de lluvia,

la primera palabra que recuerdan.

Y se enciende la llama del aromo

sin temor al viento, sin envidia del sol.

El aromo es el primer día de escuela,

es una boca manchada de cerezas,

una ola amarilla de donde nace la mañana,

un vaso de vino en la mesa de los pobres.

El aromo es un domingo en la plaza de provincias,

es lo que nace de la semilla

de un hueso de niño muerto,

la amistad de las ovejas y el molino

en los viejos calendarios

y la alegría de los brazos

que renacen cuando estrechan el cuerpo de quien aman.

 

 

 

en Para ángeles y gorriones, 2022

 

 

 

* ”Para ángeles y gorriones”, Jorge Teillier (ID: 297 en Catálogo de Selección de Libro 2024 para Bibliotecas Escolares, CRA). Corresponde a la reedición del primer libro de poemas publicado por Jorge Teillier, en el año 1956; edición que incluye en un apartado final algunas versiones originales. El libro contiene poemas que abordan temas como: las estaciones del año, el entorno, sensaciones íntimas, paisajes, la naturaleza, el amor, la amistad, reflexiones personales, etc. Son principalmente imágenes que evocan un paraíso perdido, un pasado añorado del lar, tema que Jorge Teillier trabajará a lo largo de toda su obra.





















sábado, octubre 07, 2023

¡¡¡Hoy, mañana y el lunes en la Primavera del Libro / Descontexto a la entrada (stand 31)!!!






Desde el viernes en la @PrimaveraDelLibro, ahora en el Parque Inés de Suárez, Providencia.

 A ver si nos vemos y nos ayudan a que la feria sea tan linda 
como otrora en el Parque Bustamante.

A correr la voz y hacerse el tiempo para disfrutar de tanta editorial 
y libros con los que se van a encontrar. 



Descontexto Editores











martes, abril 18, 2023

«Bajo el cielo nacido tras la lluvia», de Jorge Teillier






Bajo el cielo nacido tras la lluvia
escucho un leve deslizarse de remos en el agua,
mientras pienso que la felicidad
no es sino un leve deslizarse de remos en el agua.
O quizás no sea sino la luz de un pequeño barco,
esa luz que aparece y desaparece
en el oscuro oleaje de los años
lentos como una cena tras un entierro.

O la luz de una casa hallada tras la colina
cuando ya creíamos que no quedaba sino andar y andar.

O el espacio del silencio
entre mi voz y la voz de alguien
revelándome el verdadero nombre de las cosas
con sólo nombrarlas: «álamos», «tejados».
La distancia entre el tintineo del cencerro
en el cuello de la oveja al amanecer
y el ruido de una puerta cerrándose tras una fiesta.
El espacio entre el grito del ave herida en el pantano,
y las alas plegadas de una mariposa
sobre la cumbre de la loma barrida por el viento.

Eso fue la felicidad:
dibujar en la escarcha figuras sin sentido
sabiendo que no durarían nada,
cortar una rama de pino
para escribir un instante nuestro nombre en la tierra húmeda,
atrapar una plumilla de cardo
para detener la huida de toda una estación.

Así era la felicidad:
breve como el sueño del aromo derribado,
o el baile de la solterona loca frente al espejo roto.
Pero no importa que los días felices sean breves
como el viaje de la estrella desprendida del cielo,
pues siempre podremos reunir sus recuerdos,
así como el niño castigado en el patio
encuentra guijarros para formar brillantes ejércitos.
Pues siempre podremos estar en un día que no es ayer ni mañana,
mirando el cielo nacido tras la lluvia
y escuchando a lo lejos
un leve deslizarse de remos en el agua.




 en Los trenes de la noche y otros poemas, 1964
















lunes, octubre 17, 2022

«Buen tiempo», de Jorge Teillier



1958


Buen tiempo. Las campanadas eligen su paso más leve 
para cruzar entre álamos enfermos.
Tintineo del martillo en la herrería.
Las ovejas pastan lentamente, un niño descalzo
vuelve de la escuela
royendo un pedazo de pan.
El viento apenas se levanta, como para 
recordar algo.
Nadie visita el huerto. Los girasoles que van
a morir quieren ocultarse del cielo.
Los pájaros llevan al cielo
la muerte de los girasoles.
Buen tiempo. Termina el tintineo del martillo, 
el viento vuelve a dormir,
sin recordar nada.

Hay largas cartas que escribir, hay que hablar 
con un amigo. La calle pasa
entre cercos vacilantes
llenos de musgo.




en Para ángeles y gorriones, 1956



Versión definitiva por Descontexto Editores, 2022










Pueden comprar este libro escribiendo directamente a
o en su librería favorita



















viernes, junio 24, 2022

«Valdivia, 1968», de Jorge Teillier

Inédito + nota de Verónica Cortínez





Cuando una ciudad
se reduce a un día
que tiene la forma de un cuerpo 
también la sangre
pasa a ser el río
que cesará de correr
cuando alguien olvide nombrarme.










Nota: [Este poema] sólo se entiende a cabalidad si se sabe que Teillier está hablando de una bailarina. Es en este sentido que debemos entender la palabra «cuer­po» y también acaso la palabra «río», pues es necesario recordar que en medio del río Calle-Calle en Valdivia, Matilde* montó un alucinante espectáculo de El lago de los cisnes. 




* Nota DscnTxt: Matilde era la madre de la profesora Verónica Cortínez

















viernes, junio 03, 2022

«Linterna sorda», de Jorge Teillier





 

Un hombre verá cosas invisibles.
Cuando los deudos lo abandonen
y las canoas vengan desde el oeste,
cuando los deudos a escondidas hayan dejado los panes redondos
y sacrificado los caballos,
las hijas del guardahilos tendrán miedo
de ver pasar su ánima al atardecer
y los forasteros tendrán visiones que los harán gemir en sueños.
Un hombre, entonces, se desprende del sol y de la luna.





en Poemas secretos, 1965







martes, noviembre 09, 2021

«Cuerpo transparente», de Max Blecher

Dos poemas / Traducción de Sebastián Teillier





EN LUGAR DE INTRODUCCIÓN

Palabras pájaros con alas de sangre
Palabras que vuelan locas en el cuarto del corazón

Animales a veces con transparencias de cielo 
Ramos de mundos astrales (cometas con cabeza
          de bailarina)

Extrañas flores perfuman el cerebro 
Mostrando una sonrisa o al contrario júbilo

Apariciones y desapariciones en la oscuridad de los días 
O buitres volando blancos sobre las montañas del sueño

Vitrinas de luna con ángeles y sables
Con lobos, ciudades, vapores, con cabelleras de mujer

Palabras, dibujos incomprensibles de este escrito 
Como las manos mías, como tus ojos cerrados.




ETERNIDAD

Nuestros pasos conocen el abismo
El cuerpo nos pasea por el cielo
La tormenta pierde trozos de carne
Cada vez más difusa y cada vez más débil 
Hay un inicio azul
En este paisaje terrestre
Y otro vengador
Como un dedo cercenado
Sólo divisas una mujer que gira 
Como un huso
Y copia su propio delta 
En el delta de las aguas.



1934




Publicado por Descontexto Editores, 2021















jueves, junio 24, 2021

«Conversaciones con Jorge Teillier», de Carlos Olivárez

Extracto / Celebrando los 86 años del natalicio de Teillier





Carlos Olivárez: Yo encuentro que tú tienes simpatías por un tipo de personas con oficios o costumbres medio outsiders, que son boxeadores, futbolistas, hípicos, cantantes de tangos. No son personas de grandes éxitos. Recuerdo que en una oportunidad diste una charla sobre el tango y el estrado estaba en un ring.
Jorge Teillier: El presidente era Ramón Tapia, que fue tercera medalla olímpica en Melbourne, peso medio pesado.

Estabas rodeado de una serie de boxeadores tristes.
Además, era un club de admiradores del tango. Sabían muchísimo. Sabían quien cantó «Percanta que me amuraste». Yo pregunté: ¿alguien sabe cómo se llamaba originalmente ese tango? Levantaron la mano todos. Se llamaba «Lita» y después se cambió a «Mi noche triste».

¿Has pensado por qué en este mundo de los tangueros, de los boxeadores y futbolistas se da este tipo de erudición?
Construyeron un mundo propio, no diré marginal, porque marginal tiene un tono peyorativo; pero se trata de un mundo personal, completamente autónomo, con sus jerarquías y noblezas.

Ahora eso no es posible. El margen es donde está la luz.
Tienes razón. Para llegar a ser agregado cultural, primero hay que lavar las calles de las putas. Estar al margen, cierto margen. Para llegar al éxito, primero hay que ser marginal. Lo que hablo es de otra cosa. El tipo marginal por voluntad es alguien que consagró la vida a lo que realmente amó. Un tipo [que] amó la hípica, como quien conocemos de la Unión Chica: Augusto Morales. Fuera de haber estudiado leyes, compañero de Miguel Arreche y Alberto Rubio, se dedicó después a la hípica y al tango, pero no es un hombre marginal: es un hombre realizado.

Los norteamericanos tienen una palabra para esto: el outsider, el que se puso fuera de la m´quina de la producción.
Pero si soy un outsider y estoy fuera de la máquina entonces no ingreso nunca. No entro a un partido político, no entro a un gobierno, no me interesa lo contingente. A lo mejor es eso lo que me interesa. Si me interesa la poesía antes que nada, soy un outsider.

O el anarca, el que no reconoce la autoridad.
El anarca es distinto. No es un revolucionario. El revolucionario es un hombre que quiere cambiar la sociedad. El anarca quiere ser él y que todos hagan lo que quieran. Eso es lo que dice Jünger.

Yo podría comprender la erudición de un hípico. De su sabiduría depende el dinero que tiene en juego.
Además, está su respeto de los iguales: ¿cómo va a saber menos? Tiene que saber quién fue el padre o el abuelo de tal yegua, y tiene que saberlo con exactitud.

Pero la erudición de los tangueros…
Conozco gente aficionada al tango que se han dado de combos porque uno decía que «Marionetas» de Tallin la había cantado mejor Florean Ortiz que Gardel. Se armó una batahola.

Bueno, son cosas inaceptables. ¿Quién podría aceptar tamaña falta de respeto?
Son principios de vida, también los futbolistas. ¿Qué pueden decir si alguien les pregunta un dato? Van a dudar. No es posible, ellos deben saberlo todo.

Y tú ¿sabes, por decirte algo, la alineación del Colo Colo del 1941?
¿La alineación del Colo Colo del 1941? (Esto está transcrito textualmente, sin ninguna aclaración posterior). Bueno, creo que sí. Veamos: Diano, argentino, al arco; Salfate y Camus en la zaga; Hormazábal, Pastén y Medina; Zorrel, Zocarrá, peruano, Domínguez, Norton y Rata Rojas. Están los once. Fueron campeones invictos.

¿Esta erudición es inútil?
¿Por qué va a ser inútil? Es una manera de sobrevivir. Todo el mundo necesita un estímulo. Del mismo modo que conozco a gente que compra todo lo que se publica en poesía.

El paco Rivano me dijo que él era quien había publicado por primera vez a Rolando Cárdenas en unas hojas que él editaba.
No. Publicó a Rolando, y a mí también, pero no fue lo primero.

Este tipo de personajes del que estamos hablando, ¿será una especie en extinción?
¿Cómo va a estar en extinción el fútbol y la hípica? Es gente que ha realizado el sueño chileno cuando llegan a saber los detalles de su profesión. Los boxeadores tienen mucho que ver con los escritores, poseen rasgos comunes: tienen éxito si tienen un buen manager; tienen publicidad, popularidad.

¿Éxito con las mujeres?
Todo poder tiene éxito con las mujeres. Al poder llegan las mariposas nocturnas. Después todos quedan abandonados con sus viejos recortes color sepia. La del boxeador –como la del escritor- es una carrera solitaria. Si no es solitaria dejas de ser escritor y empiezas a ser empresa.

Brodsky afirma en el discurso de aceptación del Premio Nobel que los poemas de Valery sólo podían ser escritos por él. El mejor escritor para los poemas de Valery era Valery. Nadie podía ayudarle.
Valery consultaba a Mallarmé.

No importa. Él sabrá si le hace caso o no, igual que el boxeador cuando está peleando es él contra otro que está en las mismas.
Tiene que enfrentarse a un público que es él mismo. Son actividades solitarias y al final, si no se han cuidado, se termina solo y abandonado. Cuando hemos hecho un recuerdo de tantos poetas podemos hacer un recuento de tantos boxeadores. Hay un nacimiento parecido. Un hombre nace para pelear y el otro para escribir. No quiero hacer ninguna glorificación del boxeo, pero en este tipo de personas hay algo que me interesa; no puedo explicarlo claramente por qué.



1993






















jueves, junio 03, 2021

«San Bogart», de Germán Arestizábal



(1943-2021)


a Jorge Teillier, «Tellefe» (en Arauco)


Era ya de noche, cuando entré al Joe's Place, 
Bogart estaba sentado en la barra escuchando el viejo tema, 
el cigarrillo colgante, el sombrero echado hacia atrás, 
pidiendo otro Gin Tonic 
me senté a su lado en silencio, 
me miró por el espejo y entredientes me dijo: 
«es un trabajo de vagos el nuestro», 
asentí callado, 
cogió su impermeable arrugado y me lo pasó, 
a ver si te queda, chileno 
te dejo con él algo de mi santidad de vagabundo, 
puesto que estás de acuerdo conmigo 
en lo que respecta al trabajo del artista.






Autorretrato de Germán Arestizábal, 1970