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miércoles, abril 02, 2025

En la 49ª Feria del Libro Independiente de Valparaíso, la Antología de Poesía de la Resistencia Palestina

 


Este sábado 
5 de abril del 2025
a las 17 hrs.
presentaremos nuestra
Antología de poesía de la resistencia palestina
junto a Ismael Rivera 
y Juan Carlos Villavicencio
en la Feria del Libro Independiente de Valparaíso
para que nos acompañen
y difundan
y leamos a los poetas palestinos
cómo se lo merecen.

¡Nos vemos en Valparaíso este fin de semana!









lunes, diciembre 09, 2024

«Estado de materia», de Carlos Cociña

Cinco poemas




Lo que parece un momento se extiende en su arrabal, lugar que puede estar en cualquier epicentro incierto. Una casa imposible en la imaginación, un hogar eléctrico o de cenizas en algún espacio. Su centro es una invención geométrica, una mosca artificial de núcleo electrónico. Puede ser el punto de fuga o el espacio en constante expansión hacia sí mismo, o en las áreas de borde, que no son lo que envuelven ni lo aledaño. Allí las lenguas gastadas se hacen móviles, pueden estar en otro lugar e instante, pero están ahí, aunque no se les conozca o no se puedan escuchar. 

(hasta percepción)

*   *   *


El rumor de los insectos es personal, su ejecución pública. Ocurre en los espacios propios de la germinación, en los tiempos acordados de su naturaleza, donde se instalan sin considerar las construcciones y estructuras con sentido humano.

(hasta paisajes)

*   *   *


Hay lugares donde nada sobresale, sin embargo es imposible olvidarlos. Ni siquiera el sonido puede. Su densidad temporal es apenas perceptible, un fuego que sólo se ve como reflejo en los vidrios. Cada habitación es un universo multicolor, afuera, una prisión, donde las cosas valen como signo de otra cosa. El lugar es quien mira, con sus palpitaciones y respiración. En el paso por la zona vacía, los movimientos son mínimos, subliminales, casi indiferentes en el lugar de exclusión. De ahí nunca vamos a salir.

(hasta paisajes)

*   *   *


El uso compasivo de paliativos en la herida, tumba en opioides cualquier sensación al aire libre, colmado de pequeñas señales de vida. Con las extremidades raspando el exoesqueleto, el sonido es similar al de las cuerdas vocales de los seres emplumados, especies de serpientes que reptan volátiles entre montículos escalonados. La densidad de las piedras en el aire.

(hasta violencia)

*   *   *


Sólo los humanos permiten que una a una y cientos de personas se ahoguen en el mar, sólo humanos arrojan personas, vivas o muertas, con un peso para que se pierdan en el mar, sólo humanos envían a decenas de personas a morir en las nieves de la montaña. Lo humano está clausurado por el significado de lo humano. No importa cuántas veces una operación se aplique al cuerpo. Se es víctima de una ilusión desgarradora. Todo otro animal no hace esas operaciones en otros animales, ni busca en el lenguaje una opción que lo olvide. Lo que el humano llama inhumano sigue estando perfectamente acomodado dentro de él. Una a una y cientos de personas se ahogan en el mar, son arrojadas, vivas o muertas, con un peso para que se pierdan en el mar, enviadas a morir en las nieves de la montaña.

(hasta violencia)




en Poesía Cero (segunda edición), 2021





en Estado de materia, publicado por Editorial Lumen, 2024

























sábado, octubre 07, 2023

¡¡¡Hoy, mañana y el lunes en la Primavera del Libro / Descontexto a la entrada (stand 31)!!!






Desde el viernes en la @PrimaveraDelLibro, ahora en el Parque Inés de Suárez, Providencia.

 A ver si nos vemos y nos ayudan a que la feria sea tan linda 
como otrora en el Parque Bustamante.

A correr la voz y hacerse el tiempo para disfrutar de tanta editorial 
y libros con los que se van a encontrar. 



Descontexto Editores











lunes, septiembre 11, 2023

«Histórica relación», de Carlos Cociña

Dos poemas




3B
 
Quizás en el espacio de nuestras vidas, el horror ha hecho imposible quedar inmunes a cualquier fisura sobre el cuerpo de cualquier cuerpo. En estos momentos no vale ni la nostalgia ni la conmiseración ni las palabras ni las canciones ni las tumbas, pues los muertos no renacerán.

Nadie renace ni renacerá en el espacio de nuestras vidas ni uno solo ni dos ni las viudas ni los hijos ni los padres ni nadie nunca jamás renacerá, pese a perdonarnos a nosotros mismos. Sin embargo, vamos en nuestras vidas nombrando a cada uno de ellos y renombrando e inventando el nombre de aquellos que nunca nadie reclamó ni se supo que murieron.

Nadie volverá a ser la tierra viviente de tanto nombrarlo, pero no podemos dejar de nombrar con exactitud el nombre de cada uno de ellos, por el simple deber de no olvidar el sonido que los hizo volver la cabeza cuando un golpe cayó de los hombros hasta el más doloroso de sus cuerpos.

Serán nuestros nombres los que tendremos que grabar una y otra vez en la frente para afirmar nuestro fanático deseo de perdurar cada día en este día que se aferra a las muertes de aquellos innombrados de la tierra, hasta el momento en que debamos abandonar los deseos.





3b

Nadie tiene derecho a matar.





en Aguas servidas, 1973-1980

en Poesía Cero, 2017

Edición de Carlos Almonte y Juan Carlos Villavicencio

Descontexto Editores










Pueden comprar este libro escribiendo a descontextoeditores@gmail.com,
como también en todas las librerías en las que distribuye BigSur.









lunes, septiembre 19, 2022

«Estado de materia», de Carlos Cociña

Dos poemas





Oído de pájaro al gusano en tierra. Así, despertar mañana, hoy. La riqueza del aparente silencio de la montaña se desprende por el calor de la vertiente, donde emerge lo que la tierra encierra ni el mar encubre. Parece una enfermedad que llegó al músculo cardiaco, una especie de crin vegetal que se expande, comprime y cae en forma de virutas al torrente. Ahí el agua abraza, y todo pasado existe como espejos orgánicos, destellos, fuego que cambia la química de los elementos.







Sólo los humanos permiten que una a una y cientos de personas se ahoguen en el mar, sólo humanos arrojan personas, vivas o muertas, con un peso para que se pierdan en el mar, sólo humanos envían a decenas de personas a morir en las nieves de la montaña. Lo humano está clausurado por el significado de lo humano. No importa cuántas veces una operación se aplique al cuerpo. Se es víctima de una ilusión desgarradora. Todo otro animal no hace esas operaciones en otros animales, ni busca en el lenguaje una opción que lo olvide. Lo que el humano llama inhumano sigue estando perfectamente acomodado dentro de él. Una a una y cientos de personas se ahogan en el mar, son arrojadas, vivas o muertas, con un peso para que se pierdan en el mar, enviadas a morir en las nieves de la montaña.




en Poesía Cero, 2a. edición, 
Descontexto Editores, 2021


jueves, diciembre 02, 2021

«Estado de materia», de Carlos Cociña

Tres poemas de la sección (hasta lenguaje)




Cuando aparecen las velas invisibles, redes en las que no se puede oler el cielo, se ingresa a un área náutica yerma, donde casi no quedan restos óseos debido a la acidez y la humedad. Allí el cuerpo está alineado con el amanecer, mirando al Este. Los análisis biomoleculares, bioquímicos y geoquímicos indican presencia de cerveza de trigo, miel, mirto y arándanos. En esa temporalidad extendida se está sentenciado al fracaso, a la decadencia de lo aséptico. Es agua gruesa, obra oscura que se pierde en cosas de lenguaje.


·       ·       ·


La distancia entre la persona y sus palabras es una especie de pasillo flotante, galería aérea en peligro de extinción. Un medio para abrir una brecha, un trabajo primordialmente manual. Los ensueños y fantasmas que se presentan ante los ojos emergen en forma brusca, concluyente, inesperada. Es un caso sur, donde se puede desertar de los vivos con una inclinación silenciosa de desaprobación, una zona donde los objetos se desploman, innombrados. 


·       ·       ·


Sabía hablar, aunque prefería no hacerlo. Tal es la fuerza del silencio. Actúa como espejismo. El detalle que se involucra. La impermanencia. Desconfía de la capacidad de las palabras para vincular. Decide retirarse, buscar refugio. La bruma, la disolución de los límites. Una minuciosidad que encapsula. La capacidad del vacío.




en Estado de materia, 2016-




en Poesía cero, Descontexto Editores, 2022






Fotografía original en Guadalajara (2018)










lunes, enero 25, 2021

Fragmento de un diálogo fallido entre Carlos Cociña y Juan Carlos Villavicencio





Villavicencio: Insistiré: Ajena la palabra del que dicta, del que escribe –la máquina o la hoja que no termina de caer–, la pregunta por el cuándo, el cómo o dónde inicia la rueda a girar. Por qué. 

Cociña: Toda palabra construye sentido cuando a lo menos dos personas (o un escuchante) tienen un consenso mínimo respecto de su referencia. En ese aspecto construye realidad, que es siamesa de lo que pretende designar. Incluso su ausencia, en sonido o visual, puede consensuar un significado en relación a otras palabras presentes. La palabra emerge desde el cuerpo u otra materialidad, cargándose de matices que la definen en relación al sentido. En el uso cotidiano y práctico de las palabras, todas esas condiciones se tensionan, y en el caso del arte, es en esa tensión donde las palabras expanden su potencial. Su capacidad de referencia se vuelve su objetivo para hacer posible lo que no se puede nombrar. Es ponerse a sí misma en el lugar de lo innominable. 

Villavicencio: Es una manera de entenderlo adecuadamente. Sin embargo, acá hay dos cosas que quedan en evidencia: Las diferentes maneras de aludir a la palabra, como vemos ya en estas dos visiones. Yo planteaba esto recurrente de enfrentarse a la obvia página en blanco, pero también a las preguntas acerca de dónde provendría el inicio del acto escritural (pensando en el relámpago de Gonzalo Rojas, por ejemplo); del cuándo de la escritura, en cuanto a uno como ejecutor en un medio social; del cómo en tanto a cuáles vendrían a ser los posibles detonantes y los acostumbrados. En fin, de distintos elementos para configurar esa palabra y luego el hilvanamiento de su discurso a través del tono, aquel en el que, sin ir más lejos, no coincidimos en el principio de este intercambio. Estamos ante un diálogo fallido, otra vez, Cociña. 

Cociña: Lo fallido, la brecha, es posiblemente el impulso. Cierta incomodidad con lo que parece aceptado puede impulsar a buscar alguna forma de establecer una relación distinta, tanto desde la percepción, como de la forma de poner en evidencia dicha incomodidad. No es buscar el lugar más cómodo, sino el hacer evidente la perplejidad ante lo que parece dado, ahondando en su fragilidad. Cuando se trabaja desde la literatura, o se siente el impulso a hacerlo desde las palabras, la primera constatación es la imposibilidad de que ellas den cuenta cabal del impulso. Es quedar en blanco, en nada, pero una nada que es potencialidad que no cabe en las palabras mismas. Sin embargo el idioma mismo se entreteje para formar una tela en que se pueden atrapar alguna referencia a la sensación. Así se forma un objeto lingüístico que detona en espacios no lingüísticos, sigue siendo un aparato verbal, que en sí produce otra cosa. 

Villavicencio: Ahí la claridad acerca de lo que es el necesario ars vitae, que da pie a la ruptura del silencio. O sea, desde ese diálogo fallido con la realidad o, al menos, con la realidad de otro. Y es en ese sentido que se hace llamativo el concepto de fragilidad: Aquello que no tiene que ver con la debilidad propia, existiese esta o no, claro, si no que con la calidad del vínculo que se tiene con la realidad que, por lo mismo, es una grieta que permite develar la oscuridad o la nada que la constituye. Son los pasos dados en la ceguera del atrevimiento, al trasladar esa oscuridad al mundo con la forma que toman las palabras. Tanto, entonces, la capacidad de capturar ese relámpago, como el impulso de grabar la antigua piedra, leer grafías en una pantalla, u oír el ritmo de los sueños, dan cuenta de ese diálogo. Sin embargo, más allá de la evidente frustración, está claro que logramos rasgar algunas muescas en la nada. 

Cociña: Captar en un momento lo innominable es resultado de la relación que se establece a través de la palabra, aunando imaginarios, y por lo mismo, la historia personal inscrita en la lengua de la comunidad. Es personal porque es social. En el poema ocurre, pues lo descrito o relatado tiene que ver con cómo se escucha o lee, más que en su secuencia. El poema no relata, sino que es parte de un relato. 

Villavicencio: Tiene que ver con la manera en que se da la relación con el otro. Una pieza más del puzzle, pues en lo social es que se despliega la posibilidad de lectura que tiene la poesía. Está eso arquetípico que nos constituye, pero también esa innegable soledad que se ve aplacada por la escritura. Aunque a veces la exacerba, no lo podemos negar. Esto de ser arrojado a la existencia. En fin, ese imaginario común es el que se da como punto de encuentro, incluso entre otros idiomas. La lengua sucede en el mundo como una rasgadura en la existencia, también, como la nada o la muerte. Lo innombrable, lo intangible. De ahí que la musicalidad propia de la poesía, ese misterio anterior, que es su forma a la vez, da cuenta del fondo que es el relato de lo humano desde siempre, pero también de lo desconocido, de lo que podría ser. De lo que vendrá. 

Cociña: Cuando dices que el fondo del relato humano es la pregunta acerca de su propia existencia, lo que incluye lo desconocido, lo que podría ser, de lo que vendrá, estás hablando de una pregunta sin posible respuesta. Al utilizar la lengua, esta no contiene solamente los conceptos establecidos como significación de sus unidades y relaciones, sino que también están cargados de aquello que inconscientemente tiene quien los utiliza. Así la lengua dice mucho más que lo que pretende sea su significación más evidente, está traspasada tanto por el imaginario, consciente e inconsciente, de quien la utiliza, sea este el emisor o el receptor. Es más amplio el espectro de lo que no se sabe de lo que se está escribiendo, hablando, leyendo o escuchando. En un poema se está tratando de fijar la posibilidad de que el espectro se abra, pero su resultado será diametralmente distinto. Este fracaso se vuelve sobre el propio poema, y será esta característica la que le dé su potencia. 

Villavicencio: Me acordé de esa desoladora trompeta de Charles Ives en la consabida pieza. Pienso que, pese a todo, estamos de acuerdo en cuanto a que, finalmente, de lo que hablamos es de los símbolos enraizados en nuestro paso por el mundo. Si bien lo simbólico guarda un marco de funcionamiento amplio en la existencia común del ser humano, también limita, si es que no lo enfrentamos a esa brecha que es todo lo que desconocemos. Es ahí donde se abre y se hace mayor. La lengua, por ende, es ese faro que es capaz de romper la oscuridad. El poema rastrea lo que puede dentro de lo innombrable, de lo que puede traer a nuestro tiempo. El fracaso, lo fallido, es lo que sólo la poesía puede mostrar de algo que no podía ser comunitario, pero lo será en cuanto peso que se incorpora a la existencia como un paso más en el abismo. 




en Estrategia del poema (Armando Salgado y Octavio Gallardo eds.), 
Bitácora de vuelos ediciones, 2020





























miércoles, febrero 26, 2020

“Enterrar la memoria de los muertos no es posible”, de Carlos Cociña





Sobre Diario de la Peste, de Manuel Illanes

El poema es instantáneo. Aún en su secuencia narrativa se construye de momentos. Cada uno se constituye en recuerdo, en reminiscencia. Un conjunto de poemas puede elaborar una secuencia, pero esta es una detonación de múltiples explosiones al unísono.

En el libro de Illanes, Diario de Peste, hay dos detonaciones, “Diario de Peste” y “Ciudad Lumpen”, donde la primera se contiene a sí misma, y contiene a la segunda, que a su vez reivindica a la anterior y la totalidad, si es eso posible.

Como lo cita Roger Santivañez, en su comienzo hay una declaración de principios: “Imágenes sudacas, fragantes, / malolientes, a veces pavorosas”. Este eje se dispersa continuamente para reforzarse, en tanto se construye desde un exilio, en el que se navega cual un pez en el aire.

El recorrido se extiende por ciudades, paisajes y sonidos, donde son simultáneas las referencias a México y Chile, espectros de múltiples tiempos, prehispánicos, contemporáneos, vernáculos y de la cultura pop. Es en esas vibraciones donde es posible reencontrar la presencia de los muertos cercanos. La multiplicidad de referentes permite unir rock y literatura, dioses y caminantes urbanos, revolución y meditación, para lograr el surgimiento de un estado de disolución, que por ebullir no es término sino comienzo constante de intensidad.

En el prólogo, que no lo parece, Illanes habla del viaje que nunca termina, donde el momento es un ruido de fondo a cada paso que se da, donde se hace más evidente la pertinencia del epígrafe de Bolaño. El sol implacable nubla la mirada, casi la seca, pero “Nuestro tránsito hacia ellas es húmeda escalera que conduce hacia una oscuridad ancestral, salón de espejos que confunde e hipnotiza con el tremolar de sus siluetas…”, aun cuando existan “Los asesinados de la gran ciudad de Santiago del Nuevo Extremo”, en tanto sobre los monumentos se extiende “la pátina de spray & excremento”.

Illanes describe cómo se alcanza la iluminación en las cenizas que se guardan en un cráneo antiguo, especie de viaje a Ítaca donde quedan los afectos craquelados, los mártires de la violencia reaccionaria y la fuerza del rock. Toda experiencia de arte pasa a las palabras para revivir en lo cotidiano el constante exilio como posibilidad de asentarse, de estar en constante expectativa, con cierta dificultad para respirar entre tantas desapariciones. Ello se verifica verbalmente en los territorios devastados y en el trópico, como exuberancia que permite “una noche más en Lumpen”.

Enterrar la memoria de los muertos no es posible, las palabras, aun en silencio, vibran con su presencia. Es ahí donde el poema reivindica su presencia. Lo que no está presente incluye los espacios de las cosas, que se diluyen transparentes en un recuerdo. Persisten los elementales actos cotidianos, una dirección exacta, un envase con su etiqueta, una línea de un relato escrito en desiertos de otras latitudes, o se vislumbra un astro, quizás fugaz.

La escritura, su lectura, es un elemento más del tocar cosas, de usarlas casi imperceptiblemente. Dispositivos y trampas mentales que se hacen cuerpo en la palabra.



Santiago de Chile, enero 2020












domingo, noviembre 17, 2019

«Aguas servidas», de Carlos Cociña




4b

La historia no tiene importancia para los implicados en la flagelación, y el que sea viernes es determinante en la fuerza de los golpes que recibe el posible cadáver, ya sea porque no se sabe o por la premeditada necesidad de eliminar uno a uno los presuntos hombres no consultados en el desarrollo nacional.

Cuando ya no se tiene casi ojos por los violentos cambios de luz entre la celda y el patio, cuando los ojos ya no responden para observar si se está orinando en el pantalón o en el suelo, estos ojos son capaces de fijarse en la ausencia de luz para identificar algún rasgo en la cara del hombre.

La boca ha aprendido a hablarse los nombres de cada uno de los nombres que vale la pena recordar.

Hay que buscar la sílaba muerta para tener junto a la piel la cara de todos esos cuerpos.

Hay que nombrar el agua en la boca más seca, agua nombrada en el río, en el agua, sin color ni forma, sólo agua en el agua, que ya no es más nombre sino agua en el cerebro.



1973-1980






en Poesía Cero, 2017

Antologadores: Carlos Almonte y Juan Carlos Villavicencio

Descontexto Editores


























jueves, marzo 07, 2019

“Espejo, testimonio, desaparición”, de Carlos Cociña





Sobre Alicia en la carretera de Carlos Almonte

Alicia en la carretera, en su edición material es muy acertada (logotipo y sello seco contribuyen decisivamente). La nota preliminar no sólo asocia con su antecesor, sino que inmediatamente sitúa el espacio rememorado y construido, lo que es confirmado por el notable epígrafe: «Alicia se había acostumbrado de tal modo a que le ocurriesen cosas extraordinarias que le pareció una tontería que la vida siguiera siendo normal». (Lewis Carroll)
 
La casa del espejo
El relato, el camino, los desiertos emergen desde los escritos en momentos sucesivos que retrotraen al mismo lugar que, aunque imaginario, es también concreto, dato duro en la y las ciudades que demandan una acción práctica y con finalidad, en el espacio de estrellas, tierras y aguas elementales, tanto como la ceguera que es capaz de guiar. Alicia no pide, comparte. Se puede escuchar la improvisación del jazz duro y contar con exactitud el tiempo, lo que impulsa el sueño, parte inseparable de la vigilia, y es tan vivo como ella.

El testimonio de Alicia
Ella es dicha desde otro, pero está allí con su propia palabra, aún la no encontrada ni emitida. Es allí donde el desierto se llena de espejos, donde la vida aparece, un espejismo que es un espejismo del propio desierto. Incluso la reminiscencia de una película nórdica, escondidos del frío, un desierto, permiten el inicio del viaje en el cual se realizará lo que ya se construye como recuerdo.

El desembarco
Es en la experiencia reconstruida donde reaparece la condición de otros seres vivos en la propia condición, no como próxima anterior o posterior, sino como signo y augurio del presente, a pesar del error del consciente. Profetas de su propia existencia, los animales, todos están en la corriente o en las ráfagas de lo imposible, un desierto ahora poblado de lo que vendrá y le será imposible percibir y ver con sentido

La desaparición



Santiago de Chile, marzo 2019











jueves, octubre 18, 2018

“Lo perfecto solo es posible si tiene una herida o sombra”. Entrevista a Carlos Cociña, de Carlos Almonte





¿Cómo nace A veces cubierto por las aguas? ¿Cuál es su contexto, el gatillante? ¿Recuerdas el momento exacto?
Toda situación ocurre en un momento y lugar determinado. Esas circunstancias determinan la situación, al tiempo que ésta determina las circunstancias. En las obras de arte, en sí mismas, por quien las elabora, o por quien las recepciona, la percepción de ellas está asimismo construida, en parte, por las condiciones imperantes. En los 2000, la computación y la Internet, desde ya hacía tiempo, había cambiado las formas de producción, de información, y se había transformado en un soporte ineludible para una inmensa cantidad de actividades, y especialmente de maneras de acceso y percepción. La literatura, desde hace quinientos años, en occidente, preferentemente se difundía por el libro, paralelamente a su versión oral no sólo como expresión tradicional, sino que con absoluta vigencia. Sin embargo, la literatura circulaba hegemónicamente en libros. Al utilizar la Internet como soporte de obras literarias, se tendió a reproducir en ésta al libro, trasladando a esta una versión de su materialidad, con páginas, secuencias, etcétera, incluso una aproximación al sonido del papel, no considerando las condiciones propias de la percepción en la pantalla, su movilidad y otros. Ante esto, se trató de buscar alguna de las características del nuevo medio para utilizarla como un componente específico del objeto literario. En Internet, la búsqueda de información, aún la más específica, cuando se accede al medio, inmediatamente el horizonte se amplía por las múltiples conexiones que es posible seguir en él. Se navega en él con una hoja de ruta que se multiplica y amplía sin clara conciencia de su lógica, por lo que las bitácoras, caminos, senderos y corrientes son múltiples, y el horizonte se transforma en diverso, se aleja, se acerca y se difumina, aunque siempre está allí, en el imaginario de quien emprende el camino. En esta navegación, algo parecido al azar determina las conexiones que es posible hacer, y por lo tanto las direcciones que se puede elegir. A partir de ello se comenzó a construir una obra en que las unidades no tuvieran una secuencia ni un orden, más que cada una de ellas fuera una unidad cuya versión se construye y adquiere su sentido en relación de lo que le antecedió y le sucederá aleatoriamente.

En el inicio de Rosencrantz y Guildenstern han muerto, de Tom Stoppard, se da un curioso diálogo, a partir del lanzamiento de dados y del hecho de que siempre salga cara: “Un hombre más débil acabaría por poner en duda su confianza, aunque solo fuera su confianza en algo tan nimio como el cálculo de probabilidades...”. Ya que en la lectura de A veces cubierto por las aguas existe la “potencialidad probable” desde el mismo título: ¿existe un número fijo de lanzadas en que alcanzas la totalidad? ¿En qué sentido el azar puede concretar una obra... esta obra en particular?
La “potencialidad probable” es quizás la única certeza que puede entregar una obra literaria. Quien lanza los dados (la obra) es quien da el impulso de cómo estos finalmente combinan. Y los lanza el lector u oyente. Los dados son 39 unidades o poemas, y no existe un número de lanzadas para acceder a todas y cada una de las unidades. El azar no sólo concreta la obra, es parte de ella, tanto que si llegas a leer todos los poemas, a pesar que es posible, es muy improbables que sólo veas las 39 unidades, y antes no pases más de una vez por una de ellas. Es más, aunque solo veas una vez cada, su secuencia no está predeterminada, no existe una secuencia fija (cada poema, cuando se escribió, nunca se hizo en función de uno anterior o posterior, sino como elemento de un conjunto, una nube que se podía expandir, contraer o precipitar).

Pareces tener predilección por ambientes semiderruidos, industrializados, abandonados, naturales, intervenidos... Me recuerda mucho, en visualidad y tono, a la película Stalker, de Andrei Tarkovski. ¿Esta especie de distopía escénica representa una actitud pesimista frente a la obra del hombre sobre sí mismo y su entorno? ¿El azar y la visión distópica se complementan o repelen?
El azar y la visión distópica señaladas se complementan porque se repelen o atraen. Si bien aparecen ambientes semidirruidos, industrializados y los otros, es precisamente en esa transformación donde está la maravilla de su construcción, la necesidad de ella, pues es esa fragilidad, esa no permanencia lo que avala su consecución, pues ese hacer que no permanecerá la fuerza y belleza de estar vivos.

Todo videojuego tiene un truco, toda interacción humana tiene un secreto, toda obra guarda puertas que solo abre la experiencia, la repetición o la sabiduría. ¿Cuál de los fragmentos es esa puerta en A veces cubierto por las aguas?
Las puertas se abren desde la experiencia, desde la repetición, por lo tanto esa experiencia se da en el primer texto que aparece. Y cada uno de los que aparezca será una primera experiencia, antecedida por otra. Todo fragmento se consume en sí mismo, con todos los demás, incluidos los ausentes.

¿Te podrías definir, te acomodaría definirte como un poeta de lo cambiante, de lo multilineal, de lo que no tiene fin?
Lo que escribo tiende al instante, a la maravilla de la fragilidad.

En este mismo sentido, ¿Tiene final una obra digital randómica? ¿Cuándo sabemos que estamos ante el –momento- final? ¿Es el abandono el único final probable?
El momento final lo define el receptor, ni siquiera conscientemente, pues en algún momento puede reaparecer, y nuevamente desaparecer, sin huella en un sendero que está allí.

Dime algo... A veces cubierto por las aguas, ¿tiene un orden ideal en tu cabeza?
Ese orden no tiene sentido. El ideal es que no esté en la cabeza.

¿Existe, en tus términos, la obra digital perfecta?
Lo perfecto sólo es posible si tiene una herida o sombra. Lo digital sólo es posible en cierta materialidad.

¿Qué es lo que te –interesa-motiva-inquieta-gusta-disfrutas- de la poesía digital?
Lo difuso de los márgenes, de los límites. Y no tener idea de cómo, dónde ni cuándo se puede estar decodificando.



* Esta entrevista fue realizada en agosto de 2018, en el marco del trabajo titulado: “Randomización y potencialidad probable en A veces cubierto por las aguas, de Carlos Cociña” (Posgrado Literatura digital, Universidad de Barcelona).











jueves, octubre 11, 2018

«La lírica analítica de Cociña», de Pedro Gandolfo







La antología Poesía Cero –que reúne una selección que representa fielmente la trayectoria poética de Carlos Cociña desde 1971 al 2016– confirma un itinerario consistente y arriesgado de un autor que ha optado por situar su discurso presionando los márgenes de lo que la poesía pretende y señala en medio de tanta proliferación de textos literarios y paraliterarios.

De entrada, Cociña, sin tematizar, pone en escena la banalidad con que usualmente se traza la distinción entre poesía y prosa. Así, visto en una primera mirada, la mayoría de sus escritos adoptan la sintaxis, la disposición gráfica e incluso el léxico de un discurso en prosa, pausado, conectado lógicamente, con un discurrir que parece propio de la observación científica, con una subjetividad muy en sordina, es decir, se aleja de las convenciones en curso acerca de la poeticidad de un escrito, sin desarrollar tampoco poemas en prosa ni menos prosa lírica, lo cual sería reintroducir por la ventana aquello que se ha expulsado por la puerta. Se trata, como era de esperar, de una opción meditada y rigurosamente llevada al papel, porque también hay ejemplos de poesía versificada al modo más tradicional y, por lo demás, de impecable factura.

La poesía de Cociña nos impulsa, pues, a reflexionar sobre la naturaleza de lo poético. Es por ello que en una continuidad notable –que esta antología deja de manifiesto de modo muy afortunado–, Cociña poetiza, precisamente, en torno al nudo, la médula, el fundamento trémulo del decir humano, del habla, nuestro don más precioso y peligroso: la difícil, irresoluble y siempre urgente adecuación entre la conciencia, el lenguaje y el mundo. Es en las fisuras y desplazamientos de esa encrucijada triple donde acaece la poesía y es ese terreno movedizo el cual Cociña merodea una y otra vez a lo largo de su trayectoria.

El decir poético de Cociña, con gran despliegue imaginativo, se aparta de la ilusión referencial, de la creencia ingenua en que la palabra puede representar de manera mimética lo real, lo cual, a su turno, pueda ser entendido como una entelequia independiente de la conciencia. El poema de Cociña aparece, así, como un objeto en sí mismo, meticulosamente construido, con su autonomía interna y sus propias reglas, poniendo en juego permanente las fisuras que se abren entre el yo, la mirada, la cosa y la palabra que la nombra.

Los recursos y estrategias a que apela para llevar a cabo esta límpida provocación son múltiples y aplicados con una metodología a la cual se apega con certidumbre. Cociña se concentra en las temáticas típicas de la lírica tradicional –la naturaleza, el paisaje y los afectos– y, empleando los mismos componentes lingüísticos que ocupa la tradición –mar, montaña, agua, ciudad, aire, viento, amor, muerte, violencia, dolor o el deseo–, los somete a una secuencia de operaciones que transgreden las relaciones usuales de las palabras y las cosas, pero sin arbitrariedad, sino que encajadas en una red que muestra otra posibilidad de ser que se halla oculta al tráfico usual del idioma. Superada la perplejidad inicial, llevado el oído por la lógica sonoridad de sus elocuciones, los escritos poéticos de Cociña deslumbran porque parecen describir, con científico rigor, otro mundo posible, paralelo a este, elucidado en base a una recombinación, trastocación y resignificación de los componentes familiares del mundo, en particular, el cuerpo, los sentidos, las divisiones territoriales y las fronteras conceptuales.

Por ejemplo, dice: «Citadinos, en su ruralidad, avanzan en un océano cuadriculado, con sabor a nieve, en un corredor entre montañas. Trashumantes en su barrio, quietos en el aire, cual villas que prolongan las montañas de trigo y cebada. Poblados de agricultura enfrentados por el río, en casas apartadas entre vecinos. Un extenso puerto lejos del mar». El lector puede advertir cómo las oposiciones convencionales «ciudad/ campo», «urbano/rural», «barrio-quietud», «aire-trashumancia», «villa-Tierra», «puerto-mar», aparecen superadas y subvertidas, mientras emergen combinaciones inesperadas como «océanos cuadriculados con sabor a nieve» o «casas apartadas entre vecinos» en la formulación de un paisaje de una belleza a la vez familiar y paradójica. En el plano de los afectos –que son dilucidados con la misma delicadeza, precisión e imaginación– proyecta una discreta melancolía, porque sus poemas se construyen siempre en torno a una ausencia, a un vacío, a un hueco del que pende el tejido de su filigrana de nombres que se estiran para intentar palpar lo innombrable.

La poesía de Cociña es un caso singularmente aislado en la tradición de la poesía chilena, un poetizar analítico, renovador del lenguaje poético y de sus recursos formales, cuyas fuentes hay que pesquisarlas a menudo más allá de la literatura, pero, en ningún caso, un decir ensimismado y hermético, sino, al contrario, iluminador de dimensiones escondidas del mundo porque «las cosas que no existen están en el origen de las palabras».





en Revista de Libros de El Mercurio, 29 de Octubre de 2017













miércoles, junio 13, 2018

“Mexicanas 01”, de Carlos Cociña





01
Lo más honesto es cantar rancheras, en el silencio que le diste a mis palabras. Que sea de cinco balazos en el pecho amarillo del señor que alimenta gatos nuevos en la vereda, con mala confianza, para que muera en falsete. Como la mancha de vino en la camisa blanca, un ruedo de música se expande con el grito de amor a su aldea. Ya no estoy ahí, pero soy el ausente. Más voces que se entrelazan con la pérdida de la expansión, con el ruido de las cañerías de la casa vecina.



en La casa devastada, 2017

Alquimia Ediciones











jueves, diciembre 21, 2017

"Y si todo fuera lo que es". Presentación de Poesía Cero, antología de Carlos Cociña, de Carlos Soto Román







Hace algunas semanas el poeta Jaime Pinos presentó en Arica un texto sobre la poesía como investigación de la realidad. Literatura en base a hechos, al contrario de la angustia y la nostalgia románticas. Una poesía que en vez de expresar sentimientos busca la relación entre los hombres y lo factual. La realidad es el único libro que nos quita el sueño, decía Lihn. Poesía entonces para enfrentar esa realidad y no para escapar de ella. Dentro de los poetas que según Pinos caen en este registro: Gonzalo Millán, Rodrigo Lira, José Ángel Cuevas, Elvira Hernández y Carlos Cociña.

“El compromiso con la realidad está en que la utilización de la lengua sea una verdad. En que su contemplación y su inteligibilidad sean parte de la realidad, para contemplarla, entenderla, para tener una nueva capacidad de auscultarla e intervenir en ella” dice el propio poeta.

Entro en el epílogo. Tomo prestado de él.

El trabajo de Carlos Cociña ha sido desde sus inicios uno de los mejores ejemplos de poesía documental en Chile, por cuanto se sirve de fuentes ajenas a la literatura para así construir, entretejer, un relato que impresiona por su pulcritud, elegancia y profunda sonoridad. Estableciendo un concubinato con un lenguaje anterior, su materia prima es lo nombrado, lo que ya existe en otros campos. Allí el autor usa y abusa. Recicla, reutiliza. Roba palabras, discursos, ideas, estructuras y las pone al servicio del acto creativo, actualizando el léxico poético con términos técnicos, científicos y especializados los que le otorgan a sus poemas extraños sabores y texturas, además de una particular funcionalidad.

Según Albert Einstein, el secreto de la creatividad consiste en saber cómo esconder las fuentes. Carlos no tiene nada que ocultar. La maestría de Cociña en el tratamiento de sus materiales puede describirse de la misma forma en que Milton Hindus explica la de Charles Reznikoff en Holocaust. Dicha maestría es triple y se observa en la selección, en el estilo y en la atenuación. Carlos sabe los riesgos de escribir con tijeras: la poda si no da vida, mata. Pero también es consciente de que un máximo de simplificación puede resultar en un máximo de insinuación. Nunca apropiarse de una fuente como tal, sino que editarla severamente, reducir la historia a su esencial dramático.

Vuelvo al texto, vuelvo brevemente a la seguridad de la palabra impresa.

Llevando al extremo máximas como “todo es poesía”, sopesando lo medible y lo no cuantificable y con un oficio cuyo secreto no es más que el rigor, la minuciosidad y la devoción, Cociña navega siempre por aguas turbulentas, recorre los confines más remotos y desterrados de la patria en su afán de atrapar en la página todo lo que es absolutamente irregular. Demostrando como el lenguaje vela y revela alternadamente y reformándolo para encontrar nuevas maneras de expresar lo inexpresable.

Pero no todo es frio y calculado. Hace algunos años atrás, Felipe Cussen, en su presentación aleatoria de El margen de la propia vida manifestó que resultaba “extraño decir que estaba muy emocionado de presentar la obra de un poeta que se caracteriza precisamente por la contención de sus emociones”. Hoy me pregunto ¿Carlos Cociña contiene sus emociones? Teniendo en cuenta que las emociones son reacciones psicofisiológicas que representan modos de adaptación a ciertos estímulos y si consideramos que los diversos estados emocionales son causados por una descarga química que luego origina una corriente eléctrica en la membrana de las células pre-sinápticas y una vez que este impulso alcanza el extremo del axón, la propia neurona segrega neurotransmisores, los que se depositan en el espacio sináptico excitando o inhibiendo la acción de la célula post-sináptica para luego convertir esa respuesta en emociones, esas emociones en sentimientos y esos sentimientos en lenguaje. Considerando, de acuerdo a lo que plantea Maturana, que el acto del lenguaje no es más que coordinaciones de coordinaciones de haceres y que la emoción es el fundamento de todo hacer, vuelvo a preguntar ¿realmente Carlos Cociña contiene sus emociones? No hay que olvidar, y acá vuelvo a entrar en el epílogo, que en El origen del hombre, Charles Darwin menciona “la sobrevivencia del más fuerte” solo dos veces, mientras que del amor habla 95 veces.

Salgo del epílogo, entro a lo real, llego a esta mesa, escapando de lo irrevocable. Carlos a mi lado o casi. Observando en silencio. La insistencia temporal de la existencia, como en Gertrude Stein. There is no such thing as repetition. Only insistence. No hay repetición sino insistencia. Insistencia como obstinación y permanencia. Como porfía. La poesía de Carlos, tenaz y certera, operando siempre desde los bordes, no busca describir la naturaleza abstracta de los objetos y los sujetos, sino que la encarna y es ese convencimiento el que le da esa fuerza inusitada y el sabor de lo eternamente contemporáneo a su obra. Después de todo, moverse es estar siempre al límite.

Vuelvo al epílogo, esta vez para no salir.

No me queda más que celebrar esta antología, celebrar todo el trabajo del poeta Carlos Cociña. Mentor, modelo, par, compañero, amigo. Celebrar la instancia de ver esta monumental obra reunida y la posibilidad que nos brinda no solo de asegurar las palabras de la tribu sino también la de que cada vez más lectores se familiaricen y regocijen con la belleza y profundidad de su poesía.





Texto leído el 12 de diciembre, 2017
en la Casa Central de la Universidad de Chile