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miércoles, julio 01, 2026

«El pueblo de los monos», de Antonio Gramsci

Traducción de Ana María Palos




El fascismo ha sido la última «representación» ofrecida por la pequeña burguesía urbana en el teatro de la vida política nacional. El miserable fin de la aventura fiumiana[1] es la última escena de la representación. Puede considerarse como el episodio más importante del proceso de disolución interna de esta clase de la población italiana.

El proceso de descomposición de la pequeña burguesía se inicia en la última década del siglo pasado. La pequeña burguesía pierde toda importancia y decaen todas sus funciones vitales en el campo de la producción, con el desarrollo de la gran industria y del capital financiero: se convierte en pura clase política y se especializa en el «cretinismo parlamentario». Este fenómeno, que ocupa gran parte de la historia contemporánea italiana, toma diversos nombres en sus distintas fases: se llama originalmente «advenimiento de la izquierda al poder», se vuelve giolittismo, lucha contra los intentos kaiserísticos de Umberto I, se extiende en el reformismo socialista. La pequeña burguesía se incrusta en la institución parlamentaria: de organismo de control de la burguesía capitalista sobre la Corona y sobre la administración pública, el Parlamento se convierte en nido de charlatanería y de escándalos, se vuelve en un medio para el parasitismo. Corrompido hasta la médula, sometido completamente al poder gubernamental, el Parlamento pierde todo prestigio ante las masas populares. Las masas populares se convencen de que el único instrumento de control y de oposición a los arbitrios del poder administrativo es la acción directa, es la presión desde el exterior. La semana roja[2] de junio de 1914, contra la destrucción, es la primera y grandiosa intervención de las masas populares en la escena política, para oponerse directamente a los arbitrios del poder, para ejercer realmente la soberanía popular, que ya no encuentra ninguna expresión en la cámara representativa: puede decirse que en junio de 1914 el parlamentarismo entró, en Italia, en la vía de su disolución orgánica y, con el parlamentarismo, la función política de la pequeña burguesía.

La pequeña burguesía, que definitivamente ha perdido toda esperanza de recobrar una función productiva (sólo hoy vuelve a vislumbrarse una esperanza de este tipo, con los intentos del partido popular por volver a dar importancia a la pequeña propiedad agrícola y con los intentos de los funcionarios de la Confederación General del Trabajo por galvanizar el mortecino control sindical), trata en todas las formas de conservar una posición de iniciativa histórica: imita a la clase obrera, sale a las calles. Esta nueva táctica se lleva a cabo de los modos y formas permitidos a una clase de charlatanes, de escépticos, de corruptos: el desarrollo de los hechos que han tomado el nombre de «radiantes jornadas de mayo», con todos sus reflejos periodísticos, oradores, teatrales, callejeros durante la guerra, es como la proyección en la realidad de un relato de la jungla de Kipling: el relato de Bandar-Log, del pueblo de los monos, el cual cree ser superior a todos los demás pueblos de la jungla, poseer toda la inteligencia, toda la intuición histórica, todo el espíritu revolucionario, toda la sabiduría de gobierno, etcétera, etcétera. Esto fue lo que sucedió: la pequeña burguesía, que se sometió al poder gubernamental a través de la corrupción parlamentaria, cambia la forma de su prestación de servicios, se vuelve antiparlamentaria y trata de corromper la calle.

En el período de la guerra el Parlamento decae completamente: la pequeña burguesía intenta consolidar su nueva posición y piensa equivocadamente que ya ha alcanzado este objetivo, cree erróneamente que ha acabado con la lucha de clases, que ha tomado la dirección de la clase obrera y campesina, que ha sustituido la idea socialista, inmanente en las masas, con una extraña y fantástica mezcolanza ideológica de imperialismo nacionalista, de «verdadero revolucionarismo», de «sindicalismo nacional». La acción directa de las masas en los días 2 y 3 de diciembre, después de las violencias ejercidas en Roma por parte de los oficiales contra los diputados socialistas, pone un freno a la actividad política de la pequeña burguesía, que desde aquel momento trata de organizarse y agruparse en torno a patronos más ricos y más seguros que el poder estatal oficial, debilitado y exhausto por la guerra.

La aventura fiumiana es el motivo sentimental y el mecanismo práctico de esta organización sistemática, pero resulta inmediatamente evidente que la base sólida de la organización es la defensa directa de la propiedad industrial y agrícola de los asaltos de la clase revolucionaria de los obreros y los campesinos pobres. Esta actividad de la pequeña burguesía, convertida oficialmente en «el fascismo», no deja de tener consecuencias para la estabilidad del Estado. Después de corromper y arruinar la institución parlamentaria, la pequeña burguesía corrompe y arruina también las otras instituciones, los sostenes fundamentales del Estado: el ejército, la policía, la magistratura. Corrupción y ruina que tienen como resultado pura pérdida, que no tienen ningún fin preciso (el único fin preciso habría debido ser la creación de un nuevo Estado: pero el «pueblo de los monos» se caracteriza precisamente por la incapacidad orgánica para darse una ley y fundar un Estado): el propietario, para defenderse, financia y sostiene una organización privada, la cual, para enmascarar su naturaleza real, debe asumir actitudes políticas «revolucionarias» y disgregar la defensa más poderosa de la propiedad, el Estado. La clase propietaria repite, con respecto al poder ejecutivo, el mismo error que cometió con respecto al Parlamento: cree poderse defender mejor de los asaltos de la clase revolucionaria, abandonando las instituciones de su Estado a los caprichos histéricos del «pueblo de los monos» de la pequeña burguesía.

Desarrollándose, el fascismo se endurece en torno a su núcleo primordial, no logra ya disimular su verdadera naturaleza. Conduce una campaña feroz contra el presidente del consejo contra el presidente del consejo Nitti, campaña que llega hasta una invitación abierta a asesinar al primer ministro; deja en paz a Giolitti y le permite llevar «felizmente» a término la liquidación de la aventura fiumiana; la posición del fascismo con respecto a Giolitti marcó el destino de D'Annunzio y puso de relieve el verdadero fin histórico de la organización de la pequeña burguesía italiana. Cuando más fuertes se han vuelto los «fasci», cuanto mejor encuadrados están sus efectivos, cuanto más audaces y agresivos se muestran contra las cámaras del trabajo y los ayuntamientos socialistas, tanto más característicamente expresiva resulta su actitud con respecto a D'Annunzio, el cual invoca la insurrección y las barricadas. ¡Las pomposas declaraciones de «verdadero revolucionarismo» se han concretado en un petardo inofensivo hecho explotar bajo un pasillo de la Stampa!

La pequeña burguesía, incluso en ésta su última encarnación política del «fascismo», se ha mostrado definitivamente en su verdadera naturaleza de esclava del capitalismo y de la propiedad latifundista, de agente de la contrarrevolución. Pero también ha demostrado ser fundamentalmente incapaz de desempeñar una misión histórica cualquiera: el pueblo de los monos ocupa las páginas de sucesos, no crea historia, deja rastros en los periódicos, no ofrece material para escribir libros. La pequeña burguesía, después de arruinar el Parlamento, está arruinando al Estado burgués: sustituye, cada vez en mayor escala, la «autoridad» de la ley con la violencia privada, ejerce (¡y no puede hacer otra cosa!) esta violencia caóticamente, brutalmente, y subleva contra el Estado, contra el capitalismo, estratos cada vez mayores de la población.



en L'Ordine Nuovo, 2 de enero de 1921








[1] Después del tratado de Rapallo de noviembre de 1920, que hizo de Fiume un Estado independiente, el bloqueo naval obligó a D'Annunzio a capitular. A principios de enero comenzó el éxodo de los «legionarios» de la ciudad.

[2] En junio de 1914 estalló la última huelga general de protesta, antes de la guerra, contra los asesinatos de trabajadores, conocida con el nombre de «semana roja» por la violencia y duración de la lucha.













 

jueves, abril 02, 2026

«El expresionismo y la veracidad artística. Para una crítica de la nueva poesía», de Theodor Adorno

Traducción de Alfredo Brotons Muñoz



 
    Primariamente como expresión de una nueva forma del alma comprendida en el proceso de formación por una parte, resultado de una estilización que ha perdido sus raíces por otra, creación y reacción al mismo tiempo, el expresionismo plantea el yo absolutamente, exige la expresión pura. Las oxidadas alambradas entre la vida y el arte se han dislocado; ambos son uno en cuanto efecto de la gran vivencia de su tiempo: a los perezosos los cerebros de los que dislocan cercas para elevar una estructura les parecen dislocados. Empujado a formas nuevas y extrañas, el expresionismo es una declaración de guerra. Todas las formas heredadas por las que pasa como un tifón se convierten en las superficies de fricción en las que prende como una tea. Como, reuniendo fuerzas contra incontables resistencias, nunca encuentra orientación en el sí mismo, orienta el sí mismo contra el mundo. La contemplación, la meditación sobre sí mismo le son extrañas; donde posee el coraje de ser listo, únicamente emplea su astucia para destruir las formas contrarias. Las propias premisas le parecen definitivas, más allá de toda duda.

    Así es como afronta una crisis el nuevo arte. 

Si en último término el arte significa la disolución del yo en una unidad superior, si en cuanto catarsis tiene que abarcar toda la profundidad del yo, entonces sólo tiene legitimidad si es veraz. No, por ejemplo, si refleja una situación, un suceso, un alma en la realidad de su entorno, sino si en su campo de visión sólo incluye lo que es adecuado al trasfondo vivencial del que se nutre el arte. La veracidad de la vivencia es la primera ley de la configuración. Pero esta veracidad es doble, como doble es el arte en su devenir, en su forma, en su efecto. Sus componentes son el mundo y el yo –expresado a través de la vivencia típica e individual–. La veracidad de la vivencia del yo es necesaria para sacar a la obra del caos del alma y forzar su elevación a la pureza de una voluntad separada. La catarsis requiere la veracidad de la vivencia del mundo. La literatura sólo puede llevar al yo a la legalidad supratemporal de la humanidad si traza el cuadro de esta humanidad –represente esta ahora todavía al enemigo o ya la meta– según sus características típicas comunes. La meta sólo puede ser una verdadera humanidad, que emerja de la vivencia típica. Si la veracidad individual es un mandamiento en toda forma de vida, la idea de catarsis hace de la típica un mandamiento específicamente artístico.

    Si el arte preexpresionista había perdido la veracidad individual (y con ello, por supuesto, también la típica, a saber, por cuanto ya no incluía en absoluto la creación de la humanidad, ¡en la medida en que creía sobrepasada la catarsis!), el expresionismo amenaza con perder la típica.

    La imagen del mundo opuesta a la copia del yo resulta copia del yo proyectado en el mundo, no copia de los contenidos típicos de la vivencia. En la medida en que la voluntad expresionista intenta extraer la fuerza de un polo, sigue siendo lírica, el mundo resulta ser una reluciente sala de los espejos del alma, inundada de una luz indubitable. Sin embargo, ahí donde la corriente de la creación busca la inducción a través de una multiplicidad, se concentra en la dualidad de la voluntad combativa, aspira al drama, el expresionismo toma el camino que va más allá de una mentira que, hábilmente ocultada, éticamente embellecida, destruye sin embargo el valor en cualquier parte. El artista, incapaz o reacio a configurar la multiplicidad del mundo en un tipo a partir de su totalidad, hace del individuo y en último término de la vivencia contingente de las impresiones una copia del mundo, con lo cual simplemente subordina el alma a la totalidad cuya configuración ha emprendido. El hecho de que admita esto, de que lo explique por la necesidad de su tiempo, de que lo eleve a programa, no prueba sino la incapacidad para la configuración. Para el expresionismo la libertad del yo aún no se ha convertido en ley. Un síntoma de la última falta de veracidad es la destrucción de las realidades: el mundo, despojado de su propia legalidad, se convierte en un juguete en manos de quien lo aborda a causa de la dualidad, no para explorar su sentido a partir de la dualidad. El drama se convierte en suceso ilusorio, choque de sosias; el mundo que él atraviesa le resulta indiferente. El drama deviene sin sentido. Y el creador sucumbe a una falta de respeto que en determinado punto lo hace odioso y estéril.

    Para demostrar el peligro de la falta de veracidad en uno de los primeros y determinantes dramas expresionistas: no hay duda de que El mendigo de Reinhard Sorge* fue vivido individualmente en toda su integridad. Pero del hecho de que el padre del autor fuera un arquitecto demente (¡sin que las raíces de su demencia se expongan en absoluto!) no se sigue el derecho a hacer ahora que el «padre» se convierta, en cuanto vivencia típica, en un arquitecto demente. Lo mismo podría haber sido un burgués beodo. La gran experiencia típica de padre e hijo, de crecer como mundos opuestos en la trágica antítesis del llegar a ser y el dejar de ser se hace contingente como la lucha entre personas cualesquiera. La verdad del mundo se estrecha hasta convertirse en una caricatura como sólo se produjeron en las ridiculeces naturalistas de los años noventa. La férrea necesidad de desarrollo dramático se derrite en la cazuela de un tout comprendre absolutamente egótico. La validez ética desaparece: donde sigue siendo un requisito, ha dejado de ser veraz. – El hecho de que sobre este nada mundano azar se extienda el manto de una legalidad místicamente inaprehensible quizá podría pasar por recurso estilístico lírico de la forma tardorromántica, pero nunca por factor dramático.

    El arte de nuestro tiempo se enfrenta a la cuestión de su duración. Su necesidad amenaza con desvanecerse en apariencia y, donde se lo abuchea, con degradarse a mentira. Lo que se ha convertido en egóticamente contingente sigue siendo egóticamente contingente también en su efecto. Todos amenazamos con convertirnos en culpables en relación con el espíritu. Hora es de reconocerlo. El futuro, que miramos con profunda fascinación, nos dirá si la nueva voluntad tiene en sí la fuerza para dar nacimiento a una nueva veracidad.


en Notas sobre literatura, Akal, 2003










* Con Wedekind y Strindberg como antecedentes, El mendigo, escrita en 1912 y puesta en escena en 1917 (con dirección de Max Reinhardt, en Berlín), es considerada como la primera obra de teatro plenamente expresionista. En ella, galardonada en 1913 con el premio Kleist, cada uno de los personajes aparece como una función abstracta en las vidas de los demás. Formalmente presenta diálogos tersos, acontecimientos sumamente perturbadores y unas emociones intensamente subjetivas que se van manifestando en sucesivos cuadros o estaciones. Su autor, Reinhard Sorge (1892-1916), murió prematuramente en el frente francés. [N. del T.]


















lunes, marzo 23, 2026

«Basurales. Literatura chilena y otros desechos», de Luis Valenzuela Prado

Fragmento




El viejo Borges — siempre hay una cita para él—, en «Funes el memorioso» (1942), asocia el desborde del basural a la memoria: «Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras». Ireneo Funes, que se pasaba las horas muertas sin encender una vela, tenía la lucidez del recuerdo, ya que, a diferencia de nosotros, que, de un vistazo, sólo percibimos «tres copas en una mesa», él percibe «todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra». El «vaciadero de basuras» encuentra eco en Budnik (2018), de Juan Carreño, donde «Mi memoria es como un basural». La mía, simplemente, es una bodega abandonada con materiales diversos, chatarras, citas, basura, escombros, letras e imágenes. El diogenismo del lector conserva lecturas para luego reutilizarlas. Al comienzo de Poste restante (2000), de Cynthia Rimsky, la narradora comenta las palabras de Ortuzio, quien sostiene «que los mercados persas son el diván del psicoanalista ahorrándose el dinero. Los objetos ordenados en el suelo despiertan evocaciones que recorren a los visitantes a la manera de un álbum íntimo y social». Así quisiera disponer estos materiales literarios desechados, buscando las entrelíneas detrás de los materiales o de la lectura literaria y psicoanalítica, según Andrea Kottow (2002). Aunque en este ensayo me quedo sólo con la lectura de materias, materiales, literatura y algunas imágenes.

En la contraportada de El Palacio de la Risa (1995), el escritor Germán Marín reconoció: «Uso a Chile como un enorme basurero en el que puedo rastrear para escribir. Soy un novelista que vive de escarbar la basura», en consonancia con lecturas críticas en torno al gesto de escribir e investigar de la crítica, la creación, la historia. Antes, escribió Enrique Lihn, en el poemario El Paseo Ahumada (1983), «Su basural es mi panteón mientras no se lleven los cadáveres», es decir, el basural como el templo o sepulcro. Por su parte, en una zona fronteriza que marca el cierre del boom latinoamericano, José Donoso publica El obsceno pájaro de la noche (1970), donde la manipulación de la basura es un ejercicio amparado por el encierro espacial y social. La limpieza subalterna y la acumulación residual son gestos iterativos en la novela: «somos sirvientes acostumbradas a vivir en piececitas chicas repletas de objetos», pero también entre «ruinas», «escombros», «polvo», «pelusas», «sobras de comida», «hollín y grasa» y «basura». En la bisagra de fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI, Diamela Eltit, Nona Fernández, Roberto Bolaño y Ramón Díaz Eterovic elaboran desde el residuo una forma material y estética angular para sus narrativas. Estas y otras narrativas se construyen desde los basurales o constituyen partes de escenas y espacios basura.



Publicado por Ediciones Lastarria & De Mora, 2026
























martes, marzo 17, 2026

«Habermas y lo imperdonable», de Javier Agüero Águila




 
¿Se puede tachar una obra monumental, cadena transmisora de una rigurosidad impresionante en la historia de la filosofía de posguerra, a propósito de una toma de posición en la que no se reconocía un genocidio –en curso– como tal? Si Habermas fue el último de los grandes defensores de la modernidad entendida esta como el gran momento filosófico y, entonces, del mundo inteligido desde el corazón de la Europa posilustración, ¿le es perdonable a un intelectual de tal nivel e influencia ser y estar a favor del Estado de Israel? Porque decir públicamente que «[…] se pierden todos los parámetros cuando se le atribuye a Israel una intención genocida», es apoyar sin permutas a un Estado criminal. Lo anterior, más allá de que la vergüenza alemana por su propio genocidio contra el pueblo judío (que no es el que representa Israel como potencia geopolítica) pudiera, en parte, dar un asomo de comprensión sobre esta falta inmensurable.

¿Es una suerte de «acto fallido» del considerado como el más brillante exponente de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, o es que destila en su tejido subjetivo esa vergüenza que no puede sino ser un argumento total y un acto comunicativo absoluto? Cuánto de los principios de su filosofía, de su cosmopolitismo kantiano, de su hegelianismo inmutable –que insistía en que la Modernidad no había cumplido todas sus promesas dando soporte al filosofema del proyecto inconcluso–, del ser un heredero infiel de la teoría crítica a la que progresivamente va abandonando para adherir a posiciones más normativas y sistémicas, en fin, ¿puede todo esto ser motivo de cancelación en un cierto ámbito intelectual a la luz de un pensador excluyente? Se culpa de eurocéntrico a un filósofo europeo, y aún más lejos, defensor de los valores occidentales propios de esa modernidad interminable. Y me pregunto si Marx no fue eurocéntrico, si Lenin no fue un intelectual occidental; o si Derrida, Said, Fanon o Spivak dejan de ser un «producto postcolonial» por más que hayan sido formados en universidades europeas, generando desde ahí una crítica feroz a ese mismo europeísmo imperial.

La pregunta va, al fin, si una obra de esta magnitud puede convivir con el negacionismo y la ceguera de cara a una tragedia humana, y si esto sutura su filosofía y sentencia su herencia. 

En este sentido, y habrá que «ser justos», pienso, la obra de Habermas será leída para siempre y sus aportes sobre la construcción del espacio público en Occidente, la idea de democracia deliberativa, los enormes textos relativos a una ética de la comunicación y las posiciones del habla en la configuración del proceso de validación democrática, no es que sean solo relevantes, sino que ineludibles.

Mas no es posible, por un asunto de ética y de responsabilidad, desde quienes nos oponemos al sometimiento de un pueblo por parte de una máquina expansionista, pasar por alto, dar por terminado, hacer como que si no importara o, peor, incendiarnos en elogios y alabanzas; no se puede bizquear la mirada y evitar ser densos respecto al «episodio Habermas» y su apoyo a Israel. No, no es perdonable, porque ahí donde se le perdona, siguiendo a Derrida, el perdón mismo desaparece, por lo tanto, en relación al pensador alemán, todo queda suspendido en el ámbito de un perdón imposible, en la órbita de lo imperdonable. 

Si la vergüenza es autorreferente y se pliega sólo a mi vergüenza, pues esta corre el riesgo de no desplazar los velos y deja de ser una operación «justa»; deviene opaca y cómplice frente a la terrible evidencia de los hechos. Habermas, en tanto atalaya desde donde la Modernidad y sus principios fundantes (razón, autonomía, secularización, libertad) fueron defendidos con una obra gruesa no tuvo la, precisamente, autonomía para resolver el «dilema» del genocidio en Gaza y, se cree, de manera irreflexiva escrutó su propia vergüenza por el holocausto judío transformándola en metáfora irreductible y al pueblo judío propiamente tal –ciertamente perseguido para ser exterminado– como la víctima sin parámetros, la víctima de las víctimas, la supravíctima que no tendría repetición en la historia, no reparando en que esto alimentaba la sed de sangre de Netanyahu, Trump, y todo el circuito sionista global. 

Entonces el genocidio palestino le enrostró que esto no era cierto, que nunca podría ser cierto; que Auschwitz es Gaza y Gaza es Auschwitz, pero no, se cubrió con la membrana de la vergüenza alemana y su error no es un error, se insiste, es lo que no tiene perdón.

La de Habermas no es mi escuela, nunca lo fue, no me representa su idea de democracia y la forma en que es pensada solo para Europa sin reparar en las múltiples orgánicas que adquiere este sistema en otros continentes, América Latina, por ejemplo. Más bien debería despreciarlo por haber ridiculizado a la deconstrucción y a Derrida (sino lo mismo) en los últimos capítulos de El Discurso filosófico de la modernidad

Sin embargo, más que desprecio, hay una distancia insalvable, reconociendo que su herencia es –independiente de que no sea ni será nunca la mía– irrefrenable, sin medida y abre a un devenir de umbrales hermenéuticos ilimitados, a favor o en contra; seguro será uno de esos que pasará sin escalas al Parnaso de la inmortalidad filosófica. A pesar de…, no obstante… Así como Heidegger y su militancia macabra, o Paul de Man y su más que probable colaboracionismo, o Sartre, que cenaba con Stalin mientras exterminaban a millones, o Borges, que no perdía tiempo en admirar a dictadores brutales.

El gran pensador alemán, con sus declaraciones intempestivas y negacionistas, asintió el asesinato de cientos de miles; hambrunas, violaciones, torturas y vejaciones que se desplegaron en la obscenidad fóbica de un racismo metafísico al ser palestino y esto, insisto, si bien no esterilizará nunca la potencia de un pensamiento y legado impresionante, resta, se resiente y habita como lo imperdonable mismo. 

Y esto, también, es parte de la herencia.




en La voz de los que sobran, 15 de marzo 2026



















jueves, marzo 05, 2026

«Escribir», de Antonio Lobo Antunes

Fragmento de una entrevista

(1942-2026)

 
Escribir es como drogarse, se empieza por puro placer, y acabas organizando tu vida como los drogados, en torno a tu vicio. Y esa es mi vida. Hasta cuando sufro lo vivo como un desdoblamiento: el hombre está sufriendo y el escritor está pensando en cómo aprovechar este sufrimiento para su trabajo.

(…)

Las historias son importantes para las abuelas. Yo no quiero contarle historias a nadie. Es el libro quien manda. Intentas ahondar, bajar al fondo del alma, decir lo que no se ha dicho antes. Escribo porque si no me siento muy culpable. Nunca escribes lo que quieres, el libro es tu dueño. Tienes que estar vigilando para que sea más o menos lo que quieres decir. Yo no sé lo que voy a escribir y, una vez que acabo los libros, nunca los vuelvo a leer. (…) Una parte de mí se cierra y se abre otra que comienza a dictarme; siempre he tenido la sensación de que me dictan. Lo que sí hago antes de escribir un libro es elegir una fecha para comenzar, porque si no siempre tengo miedo a no hacerlo. Siempre tengo miedo de desilusionar a la gente que ha tenido en mí una fe no compartida. Desde el comienzo he tenido por todas partes lectores entusiastas que todavía me dejan conmovido y confundido. Un libro para mí es una sorpresa, un milagro que no entiendo. Sólo cuando empiezas a corregir entiendes algo. Sin embargo, si no piensas que eres el mejor, mejor no escribir. Tienes que vencer a Chéjov, tienes que vencer a Tolstói, tienes que ganarles, ser mejor que ellos. Aunque esto no es una competición deportiva. Y, al final, siempre llegas a la conclusión de que la única cosa importante son los libros, no el autor. Tienes la impresión de que eres apenas un transmisor. Yo no sé cómo nace un libro: son filamentos, fragmentos, sonidos; es muy variable. Y después… mucho miedo. Lo que tienes que decir lo dices en los libros, son ellos los importantes, no los autores…




En una entrevista dada a Quimera
rescatada por el blog Crimentales, 4 de junio, 2018











sábado, noviembre 01, 2025

«Prólogo al Pabellón de Orquídeas», de Wang Xizhi

Sin datos del traductor




El tercer día del tercer mes de la primavera, me encontraba en el pabellón de las orquídeas, cerca de un arroyo cristalino. Los amigos y poetas se reunieron en el lugar para disfrutar de la ocasión. El aire estaba impregnado de la fragancia de las flores y el sonido del agua fluyendo por el arroyo. Nos acomodamos cómodamente y, mientras disfrutábamos de nuestra compañía, compusimos poemas y celebramos la belleza del momento. El paisaje y el entorno parecían contribuir a la perfección de la ocasión, pero, al mismo tiempo, me invadía una sensación de tristeza por lo efímero de todo lo que estábamos viviendo.

En ese entorno, observando el mundo que nos rodeaba, no pude evitar reflexionar sobre la transitoriedad de todas las cosas. La vida humana es efímera, y aunque los momentos de felicidad y belleza sean preciosos, también son fugaces. En cuanto uno intenta aferrarse a un momento, ya se ha desvanecido. Todo lo que nace ha de perecer, y las personas que componen parte de nuestra vida también están destinadas a partir. La naturaleza misma se ve marcada por este cambio continuo y el ciclo de vida y muerte.

Así, aunque la poesía que compusimos esa tarde es hermosa, también se perderá con el paso del tiempo. Lo mismo ocurre con las personas que nos rodean. La belleza que percibimos en este momento desaparecerá, y los recuerdos de esta ocasión quedarán solo como una sombra que se desvanece con los años. En el futuro, cuando alguien lea estos poemas, quizás no entienda el contexto de este encuentro, ni la emoción que nos invadió. Y lo que es aún más triste, es que algunos de los presentes ya no estarán aquí para compartir este recuerdo.

A pesar de la impermanencia, encuentro consuelo en la caligrafía. La escritura, aunque también sujeta al paso del tiempo, puede preservar la esencia de un momento, aunque no lo pueda hacer de manera eterna. Es por eso que, aunque la reunión y los poemas que surgieron en este día se desvanecerán, su presencia en la caligrafía y en la memoria será un testimonio de la belleza y la armonía de este instante.

En cuanto a la escritura, no busco la inmortalidad en estos caracteres, sino simplemente expresar lo que en este momento siento, tal como las palabras surgen espontáneamente de la mano del calígrafo. Al igual que el agua del arroyo que fluye sin esfuerzo, la caligrafía también debe ser natural, sin forzamientos. Es el resultado de una mente tranquila, en paz consigo misma y con el entorno, un estado de armonía que permite que el trazo sea fluido y bello.

Así, mientras observo el paisaje que me rodea, no puedo evitar sentir una profunda gratitud por este momento de unión con la naturaleza y los amigos. Pero también soy consciente de que, tal como el agua fluye y el viento sopla, todos los momentos en la vida están destinados a desvanecerse. Y en este desvanecerse está la verdadera belleza, la belleza de lo efímero.




353 d. C.





















 

martes, agosto 19, 2025

«Carta a un profesor», de Friedrich Nietzsche + comentario de André Breton

Traducción de Joaquín Jordá



Turín, 6 de enero 1889.

Querido Señor Profesor:

Seguro que preferiría ser profesor en Basilea que Dios; pero no me he atrevido a llevar mi egoísmo privado hasta el punto de abandonar la creación del mundo. Usted dice que se deben hacer sacrificios, vívase en el lugar y en la manera en que se viva. Pero me he reservado un pequeño cuarto de estudiante que está situado frente al Palacio Carignan (donde nací bajo el nombre de Víctor-Emmanuel), y que me permite además oír desde mi mesa de trabajo la magnífica música que tocan debajo de mí, en la Galería Subalpina. Pago veinticinco francos, servicio incluido, preparo mi té y yo mismo hago mis compras, sufro por tener los zapatos rotos y agradezco al cielo cada instante del viejo mundo, frente al cual los hombres no se han mostrado bastante sencillos y bastante tranquilos. Como estoy condenado a distraer la próxima eternidad con bromas descabelladas, tengo una nueva manera de escribir, que no deja nada que desear y que es muy bonita y nada fatigante. Correos está a cinco pasos de aquí; yo mismo llevo las cartas que dirijo a los grandes cronistas mundanos. Naturalmente, mantengo las relaciones más estrechas con el Figaro, y para que usted pueda darse cuenta de la paz en que puedo vivir, oiga las dos primeras de mis bromas descabelladas:

No tome muy en serio el caso Prado. (Yo soy Prado, yo soy también el padre de Prado, me atrevo a añadir que también soy Lesseps) Quisiera aportar a mis parisinos, que quiero bien, una nueva noción —la del honrado criminal. También soy Chambige—igualmente un honrado criminal.

Segunda broma: Saludo al Inmortal Señor Daudet, que forma parte de los Cuarenta Astu. 

Una cosa desagradable y que ofusca mi modestia, es que en el fondo yo soy todos los grandes nombres de la historia; en cuanto a los hijos que me deben la luz, me pregunto con cierta desconfianza si todos aquellos que entran en el reino de Dios no proceden también de Dios. Este otoño, he asistido en dos ocasiones sin ningún asombro a mi propio entierro, la primera vez bajo el nombre de Conde Robilant (no, es mi hijo, en la medida en que, infiel a mi naturaleza, yo soy Carlos-Alberto); la segunda yo mismo era Antonelli. Querido Señor, debería ver ese monumento de arquitectura; como no tengo absolutamente ninguna experiencia sobre mis propias creaciones, todas las críticas que pueda formular le valdrán mi reconocimiento sin que pueda sin embargo prometerle que me servirán. Nosotros, los artistas, somos ineducables. Hoy he asistido a una opereta (quirinal-moresca), y en esa ocasión, he comprobado con placer que ahora Moscú, tanto como Roma, son algo grandioso. Vea usted, incluso en los paisajes es preciso reconocerme un cierto talento. Si usted está de acuerdo, sostendremos juntos ricas, ricas conversaciones; Turín no está lejos, muy serios deberes profesionales le esperan aquí y un vaso de vino de Valtelina completará la cosa. El descuido indumentario es de rigor.

Suyo de todo corazón,

Nietzsche.



Mañana llegan mi hijo Humberto y la encantadora Margarita, a quienes, sin embargo, recibiré como a usted en mangas de camisa. Paz a Madame Cosima… Ariane… de vez en cuando es evocada…

Voy por todas partes con la ropa de trabajo, todo el hombro de los transeúntes y les digo: Siamo contenti? Son Dio ho fatto questa caricatura…

Puede hacer de esta carta el uso que quiera con tal de que no me rebaje en la estimación de los basileos.






COMENTARIO DE ANDRÉ BRETÓN

Es sorprendente que Nietzsche se haya recomendado a la vigilancia de los psiquiatras firmando la admirable carta del 6 de enero de 1889, ante la cual se puede sentir la inclinación de ver la más alta explosión lírica de su obra. El humor nunca ha alcanzado tal intensidad, ni ha chocado con peores límites. En efecto, toda la empresa de Nietzsche tiende a fortificar el «super ego» como engrandecimiento y ampliación del ego (el pesimismo presentado como fuente de buena voluntad; la muerte como forma de libertad, el amor sexual como realización ideal de la unidad de contradictorios: «aniquilarse para retornar»). Sólo se trata de devolver al hombre todo el poder que ha sido capaz de poner sobre el nombre de Dios. Puede que a tal temperatura el yo se disuelva («Yo es otro», dirá Rimbaud, y no se ve por qué no sería para Nietzsche una serie «de otros», elegidos a capricho del momento y designados por su nombre). Es cierto que aquí hace su aparición la euforia: estalla como una estrella negra en el enigmático «Astu» que se empareja con el «¡Baou!» del poema «Devoción» de Rimbaud y testimonia que los puentes de comunicación están rotos. ¿Pero los puentes de comunicación con quién, si todos están, todos en uno solo, del mismo lado? «Todas las morales, nos dice Nietzsche, han sido útiles en el sentido de que han dado a la especie, de entrada, una estabilidad absoluta: en cuanto se ha alcanzado esa estabilidad, el objetivo puede colocarse más alto.

Uno de estos movimientos es incondicionado: la nivelación de la humanidad, los grandes hormigueros humanos, etc. El otro movimiento, mi movimiento, es, al contrario, la acentuación de todos los contrastes y de todos los abismos, la supresión de la igualdad, la creación de seres todopoderosos.» Sólo se delira para los demás y Nietzsche sólo ha representado ideas delirantes de grandeza para los hombres pequeños.






Pintura original: Retrato de Friedrich Nietzsche por Curt Stoeving
















lunes, agosto 04, 2025

«El arte como mondadura», de Michel Houellebecq

Traducción de Encarna Castejón




Lunes, Escuela de Arte de Caen. Me habían pedido que explicara por qué la bondad me parece más importante que la inteligencia o el talento. He hecho lo que he podido, y no me ha resultado fácil; pero sé que era verdad. Después he visitado el taller de Rachel Poignant, que utiliza vaciados de distintas partes de su cuerpo. Me he quedado parado delante de unas largas correas cubiertas con el vaciado de una de sus tetas (¿la derecha?, ¿la izquierda? No tengo ni idea). Por la consistencia, como de goma, y por el aspecto, la cosa recordaba, francamente, los tentáculos de un pulpo. Sin embargo, he dormido bastante bien.

Miércoles, Escuela de Arte de Avignon; un «día del fracaso» organizado por Arnaud Labelle-Rojoux. Yo tenía que hablar del fracaso sexual. Todo ha empezado casi alegremente, con una proyección de cortometrajes reunidos bajo el título Películas sin cualidades; unos hilarantes, otros extraños, a veces ambas cosas (creo que el rollo circula por diversos centros de arte; sería una pena perdérselo). Después he visto un vídeo de Jacques Lizène. Está obsesionado con la miseria sexual. Su sexo sobresalía de un agujero en una placa de contrachapado; tenía alrededor un nudo corredizo hecho con un cordel que servía para accionarlo. Lo agitaba mucho rato, a sacudidas, como si fuera una marioneta floja. Yo estaba muy incómodo. Esa atmósfera de descomposición, de fracaso triste que acompaña al arte contemporáneo, acaba por hacerle a uno un nudo en la garganta; y se echa de menos a Joseph Beuys con sus propuestas llenas de generosidad. Aun así, el testimonio sobre nuestra época que implican cosas como ésta es de una precisión que le deja a uno impresionado. He pensado en eso durante toda la tarde, y no he podido escapar de esta conclusión: el arte contemporáneo me deprime; pero me doy cuenta de que representa, con mucho, el mejor comentario reciente sobre el estado de las cosas. He soñado con bolsas de basura rebosando de filtros de café, de mondaduras, de trozos de carne en salsa. He pensado en el arte como mondadura, y en los pedazos de sustancia que se quedan pegados a las mondaduras.

Sábado, encuentro literario en el norte de la Vendée. Algunos escritores «regionalistas de derechas» (se sabe que son de derechas porque, cuando hablan de sus orígenes, les encanta mencionar a un antepasado judío de hace cuatro generaciones; así todo el mundo puede comprobar su mentalidad abierta). Por lo demás, como en todas partes, un público muy variopinto; lo único en común es la lectura. Esta gente vive en una región donde el número de matices del verde es infinito; pero bajo el cielo completamente gris desaparecen todos los matices del verde. He pensado en el curso de los planetas cuando ya no quede vida, en un universo cada vez más frío, marcado por la progresiva extinción de las estrellas; y las palabras «calor humano» casi me han hecho llorar.

Domingo, he subido en el TGV para volver a París; se acabaron las vacaciones.




Texto aparecido en la sección «Le carnet à spirales» 
de Les Inrockuptibles (número 5, 1995) reeditado 
en Interventions, Flammarion, 1998



















martes, julio 29, 2025

«¿Por qué escribo?», de Margaret Atwood

Sin datos del traductor




Es un asunto que siempre me pareció muy complejo. Podría responder con otra pregunta: ¿Por qué no escribe todo el mundo? Porque es verdad que la escritura, es decir, la combinación ordenada del lenguaje y la narración, es como las otras actividades artísticas, una de las cosas que distinguen a los seres humanos. Escribir es algo propio de la condición humana.

Podría también citar a Pascal y decir: «Escribo, por lo tanto, soy». O incluso proclamar mi parentesco con Sartre al afirmar que la escritura es el acto por el cual me defino. Se podría decir que la escritura es la estructura que ubico entre mi yo y el no-ser, el caos, la desintegración.

Podría también pretender que soy una exploradora que organiza campos de experiencia y de lenguaje nunca antes organizados de esa manera; o bien, practicar una adición elaborando fórmulas verbales para alejar del lector espíritus y demonios, o al menos, hacerle creer ilusiones; incluso, ser una moralista que compara la palabra «es» y todas sus implicancias con la palabra «debería», pues tales comparaciones están implícitas en la novela como género… O podría definirme como una hedonista y decir que amo esto, dado que escribir es también una forma de juego. Si fuera invitada a uno de esos talk shows norteamericanos, diría que lo hago porque eso me reporta dinero, lo que sería la única razón decente.

Cada una de estas explicaciones encierra algo de verdad, si bien ninguna es la adecuada. El hecho es que ignoro por qué escribo. Todos los interrogantes desconocen un fin. Cada uno esconde un «por qué», hasta llegar a una pregunta primigenia. «¿Por qué el universo?».

Quizás los escritores escriben para saber la respuesta. Y porque nunca la encuentran.   









Contribución a DscnTxt desde Leteo por Christian Kupchik


















domingo, mayo 25, 2025

Tres entrevistas a Gastón Soublette (1927-2025)



(1927-2025)
 
I [por Paula Huenchumil]

Gastón Soublette (92 años) nos recibe en el Instituto de Estética de la Universidad Católica, lugar en el que realiza clases hace más de 40 años. El destacado filósofo y musicólogo analiza parte de los símbolos mapuche utilizados en la construcción de la nación chilena, así como lo que ocurre en la actualidad. 

En días de fiestas patrias analiza críticamente a la identidad chilena, puesto que ve un empobrecimiento espiritual en la realización personal; «¿quieren que los pueblos indígenas dejen su cultura para que se incorporen a esta porquería?», se plantea.

«Yo soy un pacificista, por mí que nadie queme nada, pero yo me explico que se llegue a esos extremos, porque si no hay justicia, lo tribunales no los escuchan, ¿qué van a hacer? Tiene que haber una acción armada que finalmente termine por convencer a los chilenos que hay que devolver las tierras. Que el pueblo mapuche dé esta lucha bien apegado a sus tradiciones como siempre lo ha hecho», afirma el académico.

Usted es una de las personas que más ha estudiado los simbolismos mapuche que utilizó Bernando O’Higgins ¿cuáles son los más relevantes?
Bernardo O’Higgins e Ignacio Zenteno diseñaron la estrella de la bandera solitaria, que se estrenó el 12 de febrero de 1817 en la Plaza de Armas. Ahí se mostró por primera vez al público. Está hecha sobre la proporción áurea, que es distinta a la proporción de la bandera actual, la cual tiene un cuadrado para el paño azul, dos cuadrados para el banco, y tres para el rojo. Es difícil explicar lo que es la proporción áurea; es la geometría griega, hay un trazo que es dividido en dos partes desiguales, de tal manera la razón que hay del lado chico al grande, es la misma que la del grande y el todo. Según toda esa proporción se hizo la bandera de la jura de la Independencia. Lo curioso es que si uno mira esa bandera, ve que la estrella no está en el eje central, sino que está inclinada, porque debe ser vista colgada, no en un palo, así la estrella queda en el eje recto. Es una bandera de una composición geométrica distinta a la de ahora, todo tiene un simbolismo. Es una ley que rige el crecimiento de los seres vivos en el fondo, entonces era muy importante aplicar eso a la bandera, porque eso significa que la nación se regía por la leyes fundamentales del cosmos. En cuanto a la estrella, muchas personas cuando la veían por primera vez, le preguntaron a O’Higgins qué representa y él dijo es la estrella de Arauco. Entonces como la gente en Chile es muy superficial, les bastó con esa respuesta, porque alguien podría haberle preguntado qué es la estrella de Arauco y ahí hay otro tema, la wuñelfe, o estrella de ocho puntas. Lautaro llevaba en su bandera de combate de color rojo, al centro, una estrella blanca. El rojo es fuego y sangre, pero con sabiduría, «vamos a entrar en batalla, pero no vamos a dejar de ser humanos», de ahí vienen «inche ka che», «yo también soy gente». Por eso está la estrella de iluminación en una bandera de combate. Con eso O’Higgins quiso vincular también la nación con la sangre indígena, como diciendo que la sabiduría tiene una raíz en el pueblo mapuche. Si uno mira bien esa bandera, ve que la estrella es pentagonal y normalmente la estrella mapuche es octogonal, ocho puntas. Uno dice es la estrella de Pitágoras, como la de Venezuela o la de Estados Unidos, donde no es un símbolo, sino un signo, significa el número de estados o provincias, pero aquí es un símbolo, el cual también es espiritual, que está encima de los material. Entonces O’Higgins sintetizó las dos tradiciones, la pitagórica de Europa que significa el hombre, la preminencia del espíritu con la estrella de Arauco que representa la iluminación, es importante que se sepa, pero a Chile le importa un comino, los pelaos juran la bandera, pero no saben que están jurando en el fondo.

¿Por qué cree que es una historia que no se sabe popularmente en Chile?
Porque los chilenos somos muy superficiales, a nadie le interesa, no lo sienten, como si se les hablará en chino, no lo sienten. Yo creo que de los países de Latinoamérica el que tiene menos identidad cultural es Chile, cualquier otro país tiene un vínculo con los pueblos originarios mucho más profundo que el nuestro, aquí nos hemos separado totalmente de la tierra y de los pueblos que viven en armonía, en el orden natural. Eso lo sentía muy profundamente O’Higgins. Él tenía sangre mapuche, la señora Riquelme era mestiza, su padre era irlandés. También el general José de San Martín.

¿En qué se observa esa falta identidad en Chile?
Los chilenos no han entendido nunca qué es una cultura, qué es una cultura viva, por eso es muy difícil para un chileno –que es tan superficial– entender el valor de una cultura viva, que siempre es un valor, no un problema. Eso es muy difícil que el chileno lo entienda, un boliviano lo entiende, un brasileño lo entiende, en algunos lugares de Europa también. La política hacia los pueblos originarios es que dejen de ser indígenas y que se incorporen a la cultura imperante. Cuando se dice eso, yo digo «no existe la cultura imperante, se acabó, es nada más un constructo económico y tecnológico». ¿Quieren que dejen su cultura para que se incorporen a esta porquería? Los gobiernos no han entendido nada, entonces la resistencia mapuche es contra esa incomprensión. Por ejemplo cuando Pinochet hizo la división de las comunidades, sencillamente el campo del nguillatun entró en el lote como un terreno cualquiera, entonces les contestaron «es sagrado», pero no entienden nada.

Esta incomprensión ¿Se gestó con la creación del estado-nación chileno?
Sí, me da la impresión que cierto sector de España que vino para acá era el menos iluminado. Cuando O’Higgins abdicó siempre temió de lo que le iba a pasar al pueblo mapuche, preocupado del despojo, del daño que luego se realizó.

¿Cree que algún gobierno en Chile realizó una buena gestión respecto al pueblo mapuche?
Hubo una política de devolución de tierras que comenzó con Patricio Aylwin, quien no creo que haya entendido mucho de lo que significa la cultura mapuche, pero vio un problema de justicia. Una devolución de tierras muy tímida.

¿Cómo se refleja la identidad chilena en las celebraciones de fiestas patrias?
Cada vez más perdida. Estamos en el modelo internacional regido por el utilitarismo norteamericano. Estamos en eso, pero identidad cultural, espiritual, ya no existe en Chile. Eso les está pasando a muchos países, el hombre medio del mundo perdió su cultura. […] Los problemas ahora son sólo económicos. Cuando se habla de educación, no se habla de contenido, solo de financiamiento, ya no se les ocurre formar a las personas, creen que el hombre ya está realizado, que hay que darle los medios para que se incorpore al sistema, pero no sabe que tiene adentro una energía psíquica muy grande que debe realizarle gradualmente a través de la vida. Dicen «egresó, ya está realizado ese hombre, solo hay que darle los medios para que trabaje para servir al sistema». Con eso no vamos a llegar a ninguna parte. En la educación no hay nada formativo. Para las culturas indígenas el hombre debe realizarse a través de un esfuerzo constante y adquirir kimun (conocimiento), rakiduam (pensamiento).

¿Ve alguna solución respecto a la relación del Estado con el pueblo mapuche?
Yo creo que el pueblo mapuche no tiene nada que perder, así que va a seguir adelante con su lucha. Y mientras más incomprensivos sea el Estado chileno, más violencia va haber. Yo creo que el pueblo mapuche va a ganar a la larga, porque está dispuesto a las últimas consecuencias. Morirán algunos, como Camilo Catrillanca y otras víctimas, y existirá apoyo de otros países que se darán cuenta de la gravedad de la situación.

en Interferencia, 18 de agosto, 2019



II [por Fernanda Paúl]

Entrevistar a Gastón Soublette no es una tarea fácil.

A sus 94 años, el filósofo, esteta, musicólogo y escritor chileno ha perdido el sentido del oído, por lo que prefiere no atender el teléfono.

Tampoco tiene computador ni correo electrónico. Y todo lo que escribe, lo hace con una máquina de los años 80, incluidas las respuestas a esta entrevista.

Además, vive alejado del mundo, en una quinta en la pequeña localidad de Limache, en la región de Valparaíso, Chile.

Pero Soublette no pierde la lucidez. Tampoco su increíble capacidad de analizar la sociedad actual, con una agudeza que lo ha llevado a ser reconocido como un importante referente intelectual del país sudamericano.

En esta entrevista realizada […] con BBC Mundo, Soublette desmenuza las consecuencias del crecimiento ilimitado en el mundo, las injusticias perpetradas por las élites políticas y económicas, la falta de solidaridad y respeto por la humanidad, y las consecuencias del avance de la tecnología en la mente humana, entre otras cosas.

En Chile ha habido un fuerte debate respecto al individualismo y la falta de solidaridad en la pandemia, se dice que a nadie le importa mucho lo que le pasa al de al lado. ¿Cree que el coronavirus ha desnudado las fracturas de la sociedad moderna de este país?
Creo que la pandemia, al igual que una guerra, tiene el poder de extraer lo mejor y lo peor de los individuos y, esto, a modo de juicio final. Lo peor está demasiado a la vista y no se puede disimular. La espiral de la violencia delictiva, los femicidios que se multiplican, los asesinatos de niños y niñas, y hasta las amenazas de muerte de algunos a sus vecinos sólo por el hecho de haber contraído el mal del coronavirus; las fiestas clandestinas de quienes no les importa contagiarse sin pensar que ellos pueden contaminar a otros; el pillaje a todo nivel de vehículos de transporte, de centros comerciales; los asaltos hasta en las calles céntricas de la ciudad; los atentados incendiarios; los enfrentamientos entre bandas rivales de narcotraficantes con balaceras que dan muerte a muchas víctimas inocentes, en fin… Eso por una parte, y por otra, la ocasión que este encierro les brinda a muchos de hacer un balance de sus vidas, pues todo se acelera y ya nadie tiene tiempo de parar esta máquina para revisar lo hecho y lo que está por hacer, y eso se debe a las formas de vida que ha generado un modelo de civilización cuyos únicos valores y fundamentos son económicos, tecnológicos y políticos. El hombre interior en la mayor parte de la humanidad está muerto. Nuestra mente enteramente vertida hacia el exterior sólo funciona ante el estímulo de los lugares comunes del día a día ciudadano.

¿Qué lo llevó a esa conclusión? ¿Esto tiene que ver con la falta de solidaridad e individualismo imperante?
El hombre interior es la parte más elevada de nuestro ser consciente, por así llamarlo, el núcleo de la conciencia. El hombre tiene el deber moral de trabajar sobre sí mismo para obtener el gobierno de su vida psíquica, desde ese ámbito profundo de su propia alma. Si se deja arrastrar por la corriente que se vierte hacia el exterior, ese centro rector de la conciencia queda subordinado al poder de los impulsos psíquicos y el hombre interior se desvanece a través de los años. La civilización en que vivimos, que sólo pide rendimiento de nosotros, es el paradigma alienante de la psique humana; hoy sólo queda el hombre que proyecta su mente hacia el exterior para actuar sobre las cosas y las personas. Por esa alineación de nuestro espíritu carecemos de un referente trascendente, con lo cual perdemos la noción del sentido.

Usted ha afirmado que Chile vive en una «sociedad muy injusta». ¿Qué cree que la condujo hasta allí?
La injusticia de la sociedad chilena es una forma más de injusticia que impera en el mundo entero. Una elite de emprendedores a nivel mundial detenta toda la riqueza del planeta y maneja el mundo desde la trastienda del poder político. Eso ocurre en todos los países con diferentes matices. Los peores matices se dan en los países del tercer mundo. Chile entre ellos figura a la cabeza de los países en que la distribución del ingreso es la más desigual. Sumado a eso la corrupción funcionaria de muchos servidores públicos a nivel regional y comunal, quienes permiten la destrucción de nuestro patrimonio urbano y natural privilegiando ciertos proyectos inmobiliarios e industriales en desmedro del buen vivir de los ciudadanos. La sociedad contemporánea está obligada a vivir en formas que le son impuestas por una élite de poderosos emprendedores, los cuales manejan el mundo. Esas formas de vida impuestas por ellos tienen por finalidad mantener este constructo económico y tecnológico que son los países modernos, y que les permite a ellos retener para sí mismos toda la riqueza del mundo. Esa falta absoluta de solidaridad y respeto por la humanidad no se tolerará más en el siglo XXI. Los estallidos sociales muestran que ese modelo de sociedad está llegando a su fin.

¿Se puede recuperar la solidaridad?
La solidaridad entre los hombres sólo es posible cuando estos tienen virtud y sabiduría. La solidaridad no se puede recuperar por medio de una campaña de promoción ni por medio de una ideología. La solidaridad puede volver al mundo sólo por un cambio de paradigma cultural, fruto del trabajo sostenido de minorías disidentes que asocian a personas que tienen virtud y sabiduría para conducirse en la vida.

¿Qué papel debería jugar la élite económica y política en una crisis tan fuerte como la que estamos viviendo producto de la pandemia?
La elite económica en estas circunstancias debiera concertarse para patrocinar planes de ayuda al sector más vulnerable de nuestra población. La gente pierde su trabajo, pierde su remuneración, carece de medios y, encima, los obligan a encerrarse en sus casas. Entonces no se extrañen que la espiral de la violencia delictiva haya llegado al grado de gravedad que observamos hoy. Además, todos sabemos que la pandemia ha contribuido a incrementar el capital de los más afortunados.

¿Cree que las ayudas sociales han sido suficientes en Chile y en América Latina para proteger a los marginados?
Ciertamente las ayudas sociales son insuficientes en un sistema que genera desigualdades escandalosas como las que se dan en Chile. La ayuda es circunstancial, en tanto que la mayor parte de la población vive en una estrechez al límite de lo soportable, y justamente en esos medios es donde germinan las aberraciones morales y la delincuencia en gran escala.

Usted tiene 94 años y ha visto pasar muchas cosas frente a sus ojos. Ha dicho que la civilización industrial fracasó en su intento de alcanzar el bienestar y que la «calidad humana» de las personas ha disminuido. ¿Qué lo llevó a esa conclusión?
La civilización industrial surgió como consecuencia de la filosofía utilitaria anglosajona, la cual promovió el imperativo de la generación de riqueza como el sentido mismo de la vida. Paralelamente a eso, estaba ya ocurriendo el fenómeno de una creciente secularización de la sociedad, hasta el punto culmine en que Friedrich Nietzsche proclamó ante el mundo su famoso «Dios ha muerto». La justificación suprema de la civilización industrial es la búsqueda del bienestar, pero con el correr del tiempo la vida en los centros urbanos de volvió mecánica y extremadamente compleja, la necesidad de un creciente rendimiento obligó a los hombres a vivir en el apremio constante. Los emprendimientos industriales movilizaron grandes masas de trabajadores los cuales fueron explotados al máximo, y el hombre medio de todas la naciones se transformó en un consumidor y usuario pasivo, delegando sus aptitudes personales en especialistas e intermediarios. En algunos aspectos se alcanzó un cierto bienestar, aunque el fenómeno del crecimiento ilimitado transformó la ciudad moderna en un infierno mecánico donde desapareció la noción misma de la felicidad. El día a día de los ciudadanos se empobreció, desarticulando y anulando la cultura tradicional de los pueblos, con lo que se desvanecieron las nociones de «sabiduría» y «virtud», de «sentido» y «trascendencia». En adelante, no hubo más sentido que el que los hombres le quieran dar a la vida. Desapareció la noción de un sentido preexistente al hombre. Esa nueva cosmovisión generó esos sistemas de pensamiento que llamamos «ideologías». Y como las ideologías son puro pensamiento, el hombre no tuvo más mundo que el que podía resultar de su actividad pensante, en suma: un mundo enteramente pensado y, con él, también un hombre enteramente pensado. Ese mundo pensado se impuso a la estructura psíquica del hombre y al plan maestro de la naturaleza. Así, la civilización industrial anuló la integridad psíquica de los hombres y provocó la desarticulación de los ecosistemas del orden natural.

¿A qué se refiere cuando habla de «calidad humana»?
La calidad humana se prueba en el sentido de «comunidad» y supone lo que tradicionalmente llamamos «virtud». La virtud consiste en amar y respetar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. La calidad humana se prueba también en el desarrollo de las facultades superiores de la persona. Pero sea lo uno o lo otro, resulta una moral subordinada a la armónica convivencia social.

Antes de la pandemia del coronavirus, estaban ocurriendo protestas no sólo en Chile sino en varios países del mundo. ¿Cree que van a continuar cuando se acabe la covid-19?
Las protestas sociales que empezaron el año 2019 fueron suspendidas por la fuerza mayor de la pandemia. Pero terminada esta emergencia, los hechos que motivan las protestas persisten y la reacción violenta de las masas ante los privilegios de los poderosos continuarán, pues la humanidad está demostrando que no seguirá tolerando que el poder económico siga manejando el mundo en beneficio de una elite pero a costa de la mayoría, a quien le cuesta vivir en una estrechez al límite de lo soportable. Como tampoco va a seguir tolerando que los poderosos sigan destruyendo la naturaleza al punto de poner en riesgo la supervivencia de nuestra especie.

Usted ha estado al margen de la tecnología. ¿Por qué?
Procuro vivir lo que más pueda libre de tecnología porque la conducta humana que se somete a ella termina condicionando inconscientemente su funcionamiento mental. Es un hecho comprobado que el hombre es lo que hace, y ese condicionamiento es progresivo. Así, sin advertirlo, el hombre moderno entrega la génesis de sus pensamientos a diversos mecanismos de manera que la reiteración crea una adicción y al fin pierde su identidad como persona humana.

¿Qué opinión tiene de las redes sociales y cómo estas han sido un vehículo a una época marcada por la posverdad?
Las redes sociales han prestado ayuda a los disidentes del mundo transmitiendo textos, anuncios, proclamas, manifiestos, textos reflexivos, noticias importantes y convocatorias para acciones concretas. También han sido usadas para el tráfico de varios, incluido el de personas, para promover el comercio sexual y la pornografía, han sido la causa de muchos crímenes, falsas noticias, estafas, amenazas, difamaciones, robos, etc. La rapidez de sus efectos es parte del aceleramiento que han adquirido todos los procesos de la existencia. La vida, en verdad, tiene otros ritmos a causa de la ley del crecimiento gradual, y la psique humana se adecúa mejor a ellos. No creo que el apóstol Pablo de Tarso con la ayuda de tan poderoso instrumento hubiese podido difundir la fe cristiana en el imperio romano, como lo hizo con la ayuda de eso que él llamaba Espíritu Santo.

¿Qué piensa de las nuevas generaciones? ¿Tiene esperanzas en ellas?
Hace 50 años que ejerzo como académico de la Facultad de Filosofía y Estética de la Universidad Católica y en los últimos 20 años he observado un cambio muy favorable en los jóvenes. Un sentido más desarrollado de la justicia y la dignidad humana, una conciencia más clara de la igualdad esencial de todos los seres humanos, una tendencia persistente a conocer y promover los fundamentos culturales de la identidad nacional, y una autenticidad mayor para aparecer ante los demás, sin simulaciones. Creo que están más capacitados que antes para enfrentar la realidad y tienen más coraje.

en BBC News Mundo, 9 de mayo, 2021



III [por Amanda Marton Ramaciotti]

Viene con un característico poncho sobre su cuerpo y un bastón en su mano derecha. Gastón Soublette (94) se acerca al portón, saluda y, emocionado, comenta: «Hoy es un gran día».

Es domingo, 4 de julio. Y mientras el reconocido docente, filósofo, musicólogo y esteta abre las puertas de su morada en Limache –una amplia residencia italiana de inicios del siglo XX– para conceder esta entrevista, en Santiago se inaugura la Convención Constitucional.

Pide disculpas por no poder mostrar el interior de su casa. «Me están cuidando mucho», dice, refiriéndose a las recomendaciones de sus tres hijos sobre las medidas sanitarias por la pandemia mientras se dirige al fondo del terreno, cerca de la piscina, bajo el sol.

«Supongo que conversaremos sobre la Convención», afirma. Y sí, hablaremos de eso. Pero el diálogo será más amplio. Mucho más amplio.

En él, Soublette comentará sobre su intimidad, sobre la pérdida de su única hermana, la destacada compositora Sylvia Soublette, y de su esposa, Bernadette de Saint Luc, hace poco más de un año. También soltará garabatos, contará detalles sobre cuando subió un cerro de Valparaíso buscando que lo asaltaran, de cuando gastó una importante suma de dinero destinada a la Revolución de 1968 en Francia, de sus proyectos más actuales y de sus arrepentimientos.

«Me arrepiento de muchas cosas», afirma el postulado al Premio Nacional de Humanidades 2021, con más de 7.000 firmas que apoyan su nombramiento.   


Parte 1: Lo íntimo

Usted tiene muchos apodos, como «El sabio de la tribu» y «El viejo del poncho». Pero ¿cómo se definiría? 
Yo no soy un hombre de acción, no podría ser político, ni tener una oficina de abogados o ingenieros. No. Yo soy un intelectual que piensa. Y que incursiona en diversas ramas del saber para entender el sentido de la vida. Eso yo lo pude hacer consciente mucho más tarde, pero a juzgar por las cosas que yo hacía y pensaba, me di cuenta de que había una crisis del sentir en el mundo. Que se hacían muchas cosas, pero yo no sabía para qué.

¿Y ha podido llegar a la conclusión de cuál es el sentido de la vida para usted?  
Yo creo que nadie puede decir que le cayó la teja y finalmente entendió el sentido de la vida. Pero uno puede aproximarse a entender por dónde va la cosa. Yo fui a un colegio católico y la enseñanza de las asignaturas de la educación media fue muy deficitaria, porque los profesores eran muy mediocres. Ahora, en cuanto a la evangelización, creo que la religión que me enseñaron a mí no me sirvió de nada. Pero llegué al cristianismo nuevamente a través de una larga y penosa investigación mía (el libro Rostro de Hombre) y también tratando de entender qué le pasa a uno en la vida cuando está en las buenas y también cuando está en las malas… Para no caer exclusivamente en lo religioso, yo diría que todo ser humano nace con un potencial psíquico muy grande, no importa que en la vida real, en la sociedad, no sea una persona que no tenga ninguna característica excepcional. Cualquiera, que tú consideras que es tonto, que es flojo, que es tocado, todos nacemos con un potencial psíquico enorme. Entonces para mí el sentido de la vida consistiría en una organización de sociedad que le asegure a cada individuo el desarrollo pleno y armónico de ese potencial de nacimiento que tiene.

Pero eso no necesariamente ocurre en la realidad.
La realidad es al revés. La sociedad está organizada de una manera en la cual es prácticamente imposible al hombre medio llegar a ese ideal de un desarrollo pleno y armónico de su potencial de nacimiento. La explotación del hombre por el hombre tiene el sesgo maligno de impedir que ese ser que ha recibido un potencial de nacimiento muy grande, apenas pueda realizar una mínima parte de su potencial. Se ha creado una maquinaria a la cual la mayoría debe servir y los beneficios de eso lo reciben muy pocas personas.

En un lapso muy corto de tiempo usted perdió a su hermana, a su pareja y también a algunos contemporáneos con quienes compartió en varios conversatorios, como Humberto Maturana. ¿Cómo lidia con la soledad y la muerte?
El hecho de estar encerrado en esta casa, solo, al lado de la pieza de la que fue mi esposa, con el retrato de mi hermana al frente, y con esas noticias que llegan, como que murió Humberto Maturana… Eso hace que uno se fortalezca al contemplar algo que es aflictivo, que es triste, pero saco fuerzas y digo «por algo estoy en esto», «el sentido de la vida incluye esto». El sentido de la vida incluye que yo esté solo en este momento y yo tengo que asumir esa situación y tomarla lo mejor que pueda. Cuál es el fruto que salió de esta soledad: salieron mis memorias, salió un comentario sobre el libro de las mutaciones de Confucio y ahora le ofrecí a la Facultad de Filosofía de la UC un ensayo sobre el Mito del Paraíso, tanto del punto de vista teológico como antropológico, de la visión científica sobre la posibilidad de que en el pasado haya habido un equilibrio perfecto entre el hombre, la naturaleza y el hombre consigo mismo. Todo eso ha sido posible gracias a la soledad. Porque con la casa llena de gente yo no puedo escribir (se ríe). Todo eso ha sido positivo para mí. Y he aprendido también a conocerme a mí mismo.

¿Qué ha aprendido?
Mira, hay ciertas personas que dicen «Yo no me arrepiento de nada». Yo considero que ahí hay una actitud orgullosa, yo no paso por esa soberbia y me arrepiento de muchas cosas.

¿Como cuáles?
Me arrepiento de haber estudiado Derecho, me hizo perder mucho tiempo. Algunas personas me dicen « Ya, pero de algo te sirvió». Y sí, me ordenó la mente, porque el Código Civil es una maravilla de lógica y de redacción. Está redactado en un castellano muy, muy puro. Me arrepiento de no haber estudiado Filosofía o Antropología. Me arrepiento de no haber usado ese tiempo en llegar al pensamiento filosófico que me ha caracterizado después. Son cosas de las cuales me arrepiento.

¿Y a nivel personal?
A nivel personal me arrepiento de haber sido egoísta, oye.

¿En qué sentido fue usted egoísta?
Juzgo mal muchas actitudes de mi juventud. Algunos pueden decir que estaba caminando por el camino equivocado y no hay nada peor que vivir a contra pelo. Eso te lleva a reflexionar permanentemente si lo estás haciendo bien o mal. Te quita sensibilidad sobre el prójimo. Eso me pasó a mí. El hecho de estudiar Derecho me hacía sufrir. La neurosis era muy grande, me produjo mucho daño psicológico. Yo le dije a mi padre que quería estudiar Filosofía y él me dijo que me iría a morir de hambre si estudiaba Filosofía. Y eso me bastó. Incluso él invitó algunos amigos a la casa que tenían cargos importantes en la política para que conversaran conmigo y me orientaran, pero nadie me dijo que mi mente era más para la filosofía que para el derecho. Si me hubiesen dicho eso, a lo mejor mi padre hubiese valorado eso. Y eso de que uno se va a morir de hambre estudiando Filosofía… bueno, ¡existe la Academia, pues mijita! Entonces… hay muchas cosas que me desagradan recordar cuando miro mi pasado. Estando aquí me he visto obligado a enfrentar ese pasado insensible a los demás, preocupado permanentemente de mí mismo, concentrado egoístamente en mi persona.


Parte 2: Lo marginal

Soublette tiene la sensación de que su memoria cronológica «no le interesa a nadie». Entonces, para cumplir con una solicitud de Ediciones UC sobre sus recuerdos, empezó, hace un año, a escribir sus encuentros con todos los seres marginados que conoció. «Estos marginales iban desde la alta nobleza europea en ruinas hasta delincuentes y locos de aquí de Chile», cuenta. El resultado es un libro que ya está listo y que debe salir publicado durante el segundo semestre.

¿Qué historias le parecen particularmente destacables?
Mira, por ejemplo: cuando vino la dictadura, las universidades fueron intervenidas y el almirante Jorge Swett fue rector de la Católica. Y él era medio pariente mío. Entonces mucha gente me decía: «Oye hueón, a ti nunca te va a pasar nada, eres un privilegiado, estái emparentado con el jefe, no te va a pasar nada». Efectivamente no me pasaba nada (se ríe) y yo hacía muchos méritos para que me echaran. Invitaba a mapuches al Campus Oriente y dejaban la grande en el patio central, los alumnos bailaban, salían a la calle, algunos quemaban muebles… Y a pesar de todo nunca me echaron, nunca me llamó a su oficina el rector a decirme «Oye, qué diablo estái haciendo hueón, me estái dejando mal». Ante eso, yo dije: «Sabes qué, quiero que me pase algo alguna vez. Y si voy a ser castigado, que sea por mi propio pueblo y no por la DINA».

¿Y cómo llevó a cabo su plan de ser castigado?
Fui a Valparaíso un sábado en la noche. Solo, para arriba. Y una prostituta salió de un boliche y me dijo: «¿Pa' dónde vai, loco? Si este lugar no es pa' ti, te van a asaltar arriba, te van a sacar la cresta y te vai a acordar de mí». Entonces yo le dije: «No, si tengo buenos amigos…». «Oye, hueón, si te lo digo por tu bien nomás», dijo. Bueno, me asaltaron arriba, me metieron en un callejón oscuro, pero no tan oscuro como para que yo no les viera la cara a los gallos. Eran como cinco, daba la impresión de que había uno que era el jefe.

¿Conversó usted con ellos?
Fue extraño lo que ocurrió. Lo lógico era un cuchillo aquí en el cuello y «entrega la plata, conchetumadre», pero no pasó nada. Hasta ese momento eran como que nos mirábamos las caras nomás, entonces el que parecía jefe me dijo algo que me estremeció: «¿Qué tenemos de común tú y yo?». «Chuuuta», dije yo, «este gallo se las trae, no cualquier lanza hace esa pregunta. Este es un gallo profundo», pensé yo. Le dije: «Mira, yo creo que está bien claro que lo que tenemos de común es la protesta». Ahí dijeron que todo estaba bien, salimos del callejón y nos sentamos en la vereda, bajo un poste de alumbrado público. Ellos andaban con una garrafa, tomamos un trago y me preguntaron por qué andaba por ahí. Me dijeron, «¿No sabí que era peligroso esto?». «Bueno, por lo que acaba de pasar, claro que me doy cuenta de que es peligroso», le contesté (se ríe). Y ahí empezaron a reírse, después nos presentamos, nos dimos la mano, nos tomamos toda la garrafa, y yo les pregunté si no querían seguir tomando, porque yo conocía un boliche que estaba abierto toda la noche. Quedamos como cuba de curados, amigos para toda la vida.

¿Son amigos hasta hoy?
¡Sí! El jefe –le dicen «El Richard»– me pidió que yo fuera padrino de su hijo, y yo soy padrino de él. Para mí ha sido un pasaporte increíble: la cantidad de lanzas que hay es enorme, y les digo «Yo soy padrino del Richard» y me contestan «Ya, pasa hueón, aquí no te va a pasar nada» (ríe a carcajadas).


¿Qué otra historia marginal hay en el libro?
Ahí cuento mi participación en la Revolución de Mayo en París, que fue bastante estrecha, estuve metido en cualquier cantidad de cosas, si la policía me hubiese pillado me hubiese puesto en la frontera inmediatamente porque yo era diplomático.

¿De qué forma usted se involucró?
Yo pude participar en las deliberaciones del comité revolucionario… El grupo contaba con dos pistolas, dos escopetas y cuatro molotovs y quería tomarse la municipalidad. El jefe me dijo: «¿Tú has venido aquí a oír o a proponer?». Y les comenté: «Tomarse la municipalidad es una brutalidad, yo he pasado al frente y la cantidad de guardias armados que hay… olvídense de tomarse el edificio». Les propuse una resistencia no violenta en un teatro donde había unas discusiones lindas: «Entra la policía a la platea baja, entran a la sala principal del teatro y ustedes silencio absoluto, ninguna palabra. Ustedes háganse los muertos para que los arrastren por el suelo. Ustedes no insulten, no peguen, un silencio sepulcral. Eso tiene un efecto psicológico tremendo». Se aprobó por unanimidad. Pero las autoridades fueron más astutas, no mandaron nunca a la policía sabiendo que los revolucionarios iban a comenzar a pelearse entre ellos. Entonces el jefe del comité revolucionario se robó una caja donde había el equivalente a 3.000 dólares y no halló nada mejor que venir a esconderse a mi departamento el hueón, así que le sacamos lustre a la plata de la revolución, fuimos a restaurantes caros, nos compramos ropa…

¿Esa fue su única participación en la Revolución?
No… Después fui a otro comité revolucionario, pero no me admitieron, sino que me invitaron a una sesión solemne en el auditorio municipal donde un mendigo que vivía abajo de puente en París iba a dictar una clase magistral. Lo encontré increíble: llegó el gallo, un zaparrastroso, barbudo, cochino, piojento, y se mandó un discurso inimaginable. Pero para los marxistas fue una ducha de agua fría, porque ellos esperaban que él hablara de la injusticia social y él dijo: «Noo, no estoy aquí porque he caído por la injusticia social, yo estoy ahí porque lo elegí, estoy ahí por vocación dijo, yo escogí ese tipo de vida» (se ríe).


Parte 3: Lo público

Hay una gran campaña para que usted reciba el Premio Nacional de Humanidades. ¿Qué opina sobre eso?  
Yo se los agradezco enormemente, porque no me lo esperaba. He sabido por mi ayudante que se formó un dossier muy grueso con 70 cartas de apoyo de los más diversos signatarios, psicólogos, filósofos, concejales, alcaldes, indígenas, hay de todo… 

¿Le emociona?
Sí, me emociona, porque el reconocimiento del mundo académico no es el de las empresas ni del mundo político. El mundo académico es donde me he movido siempre, es gratificante. Pero no sé cuál será el criterio…

¿Quiere recibir el Premio?
Sí, me gustaría.

Me decía antes de la entrevista que está emocionado por la Convención Constituyente. ¿Qué espera de ella?
Un cambio radical en la concepción de la educación, y que haya una educación formativa. Para eso habría que dejar sentado de que hubo una cultura específicamente chilena. Cuando una cultura está viva, le asegura a todos los miembros de la comunidad. Le asegura que tengan sabiduría y virtud. Y que tengan como referencia las nociones de sentido y de trascendencia. Eso está muy vivo todavía en los pueblos originarios, y de ahí mi gran cercanía con ellos. Toda la cultura criolla y campesina también tuvo su cultura. Y lo ves en los cuentos, en los dichos, en todo lo que puedes recopilar del texto hablado popular de nuestra cultura.

Sin embargo, sigue habiendo un gran distanciamiento entre el mundo académico y la sabiduría popular…
Ahí está uno de los grandes problemas en Chile. Los caballeros que han manejado la política en Chile y que han organizado a su antojo la sociedad han partido de un tremendo prejuicio: el indio es un ignorante que hay que chilenizar, incorporar a la cultura vigente. Y de otro mucho más grave: que el hombre de campo, el peón, el huaso, la comadre, y todo ese grupo que dio la tradición criolla chilena, es gente ignorante que hay que educar. No saben nada. Sobre ese prejuicio se construyó la cultura ilustrada en Chile. La de Enrique McIver, la de Benjamín Vicuña Mackenna, la de los grandes rectores de universidades. Cuando se editó por primera vez en Chile los refranes que se había recogido de las tradiciones orales, la prensa dijo que Vicuña Cifuentes perdía su tiempo ocupándose de la «cultura del vulgo». Sin darse cuenta de que esos refranes son maravillas literarias. Llegas a la conclusión de que hubo sabiduría en el pueblo chileno y una sabiduría que yo considero superior a la de los estamentos ilustrados, que estaban preocupados del «desarrollo» del país.

¿Hacía dónde nos llevó esos prejuicios?  
Condujeron por mal camino a los gobiernos de Chile y se empezó a producir esa separación que usted me menciona, entre la cultura ilustrada y la popular. Pero están los trabajos valiosos de los antropólogos chilenos de recoger la tradición oral. Sólo que lo hicieron porque estudiaron antropología afuera, en España, en Inglaterra, en Francia, y se dieron cuenta que acá había una veta estupenda. Eso durmió hasta la llegada de Violeta Parra, quien fue la gran figura del pueblo criollo chileno. Quien sacó la cabeza y dijo que esa cultura se estaba muriendo y que ella la debería salvar. Gracias a ella estoy metido en todo esto.

En ese sentido, ¿considera que estamos en un período de reivindicación del pueblo criollo e indígena?
¡Sin dudas! Me ha dado mucho gusto ver a los pueblos originarios ahí presentes como constituyentes.

En medio de todo ese contexto salió este año una reedición de su libro Tao te King, sobre Lao Tse ¿Por qué recordar a ese pensador hoy?
El libro es importante porque es una filosofía política china muy sabia. Y si lees alguno de los epigramas, te darás cuenta de que es un lenguaje muy moderno. Hay uno que dice: «Mientras más leyes y decretos se promulgan, más surgen los criminales y los ladrones. Mientras más eficiencia hay, tanto o más sumido en el desorden está el Estado. Mientras más actúa la gente con habilidad y astucia, más son los signos nefastos que aparecen».

¿Qué otras enseñanzas se pueden sacar de ahí?
Es algo curioso: varios intelectuales indígenas mapuches se interesaron mucho en el libro del Tao, porque sintieron que esa sabiduría china corresponde a la sabiduría de ellos y que la interpretaba muy bien. Se trata de un hombre que vive en una época moderna y se acuerda de que actualmente los valores fundantes de la cultura china se han perdido, y que esos valores los tienen los sabios y santos de la antigüedad. Por eso dice, por ejemplo: «El buen gobernante no tiene planes propios de gobierno, hace suyo las aspiraciones más íntimas de su pueblo y está ahí para interpretarlas». Ahí tienes tú una enseñanza que no ha pasado nunca de moda.

Finalmente, en medio de la pandemia y de los procesos políticos a los que se enfrenta Chile se ha dicho que estamos en una época de individualismo por sobre la solidaridad. ¿Cómo cree que podemos recuperar la solidaridad?
Para tener solidaridad hay que tener bien claro quién es mi prójimo y cuál es mi deber de amarlo y respetarlo como a mí mismo. Eso está muy perdido en la sociedad chilena. Eso no se puede generar desde afuera, con una buena legislación, con reglamentos, sino con un vuelco de consciencia. Mientras no se produzca el vuelco de consciencia, todo lo que tú hagas por presionar a la sociedad para que haya solidaridad siempre va a pifiar. Lo que abunda en Chile es el hombre astuto, el hombre que tira agua para su molino nomás, el aprovechador. Es lo que dice Tao: Mientras sea así, más signos nefastos aparecen. La naturaleza reacciona a esa supuesta astucia, como si dijera: «Mira, hueón, la cagada que quedó».



en The Clinic, 5 de julio, 2021