jueves, febrero 27, 2025

«Los gansos dicen adiós», de Graciela Huinao




a mi abuelo Adolfo Huinao

En los ojos de mi abuelo Williche
navegaba el miedo.
Tan solo al morir
apagó ese brillo tímido.
Lo que la naturaleza no pudo
apagar en mi memoria
el color de archipiélago
agarrado en su rostro.
Abuelo, para serte fiel
no recuerdo el día exacto.
Solo veo a los gansos
abriendo y cerrando
sus alas por la pampa.
Mi corto andar abuelo
no entendió
el origen de tus palabras.
Anciano como eras
me alzaste del suelo
y de tu boca nació la muerte
desembarcando en tu playa.
Tu padre y tu hermano
remaron al sacrificio.
Mientras su madre y mi abuelo
alcanzaron la orilla del hambre.
No hubo eco en la montaña
fueron tan calladas tus palabras.
Pero mi niñez asustada
se acurrucó al alero de tus años.
Abracé la pena de tus ojos
y juntos miramos la pampa:
una isla con sus gansos
en los ojos de mi abuelo se quedó
en la última mirada.
Abuelo, hoy sé
nunca fuiste Williche
tu origen Chono o Kawaskar
no subió al bote
el día que robaron tu tierra
y tu raíz.
Ahora entiendo
la pena de tus ojos.
De tu origen navegando
en el gran cementerio
del Pacífico Sur.



en Latin American Literature Today, nº 3, julio 2017








Amulelafin tañi laku, Adolfo Huinao

Tañi williche laku ge mew / kentxayküley llükan. / Lalu wüla chogümnagümi feychi llükan aychüf. / Chemkün pepi / chogümnolu tami konümpawe mew, / lafken tañi pu wapi afünka / nüwkülelu ñi age mew. / Laku kollatunoaeyew / konümpalan chi txoy antü. / Kanzu müten penefin / gülamekel ka txapümekel / ñi pu müpü lelfün püle. / Tañi püchü tuwülün txekan, laku / kimtukulay / chew llegün tami pu nemül. / Füchalewewyekelu ta eymi / witxampüramen mapu mew / fey tami wün mew llegüy ta lan / anümüwpulu tami ina lafken mew. / Tami chaw ka tami peñi / kawenigü az kutxankawün püle petu tañi ñuke ka iñche tañi laku / zipufigü chi inafül güñun. / Gelay kemzulla mawüzantü mew ga, / ñüküf nagümmageymi tami nemül. / Welu iñche tañi llükalechi püchü mogen / famtukuluwpuy tañi pu txipantüñi chelkon mew. / Mafülüfin tami pu ge ñi weñag / fey txaftu azkintufiyu lelfün: / kiñe wapi tañi pu kanzu egü / tañi laku ñi ge mew mülewey / inan leliwülün mew. / Laku, fachantü kimtun / chumkawnorume williche gekelaymi; / tami chono küpankam kawaskar / püralay tagi mew / feychi antü weñeymagepalu tami mapu ka tami folil. / Tüfa wüla ke kimtukufin / tami pu ge ñi weñag. / Tami rüpalwe kentxaykülelu / chi Pacífico Sur ñi / fütxa eltun mew.


Traducción de Clara Antinao al mapudungun









 

miércoles, febrero 26, 2025

«De la isla de Ptyx», de Alfred Jarry

Traducción de Juan Carlos Villavicencio



 a Stéphane Mallarmé

La isla de Ptyx está formada de un solo bloque de la piedra que lleva ese nombre, cuyo valor es incalculable, pues sólo se ha visto en ella, además de componerla íntegramente. Tiene la serena transparencia del zafiro blanco, y es la única gema cuyo contacto no deprime, sino que como el fuego entra y se despliega, de la misma manera como se digiere el vino. Las otras piedras son frías como el grito de las trompetas; esta guarda el calor precipitado de la superficie de los timbales. Nos pudimos acercar fácilmente a ella, porque fue tallada en forma de tabla, y creímos pisar un sol purgado de sus partes opacas o demasiado brillantes de su lumbre, como las antiguas lámparas ardientes. Ya no percibíamos los accidentes de las cosas, sino la sustancia del universo, y por eso no nos preocupaba si la superficie impecable era de un líquido equilibrado según las leyes eternas, o de un diamante impenetrable, salvo por la luz que caía directamente.

El señor de la isla llegó en una embarcación hasta nosotros: la chimenea hacía redondos halos azules detrás de su cabeza, amplificando el humo de su pipa e imprimiéndolo en el cielo. Y con el vaivén alternado, su mecedora asentía con sus gestos de bienvenida.

Sacó cuatro huevos con las cáscaras pintadas de abajo de su manta de viaje, los que entregó al doctor Faustroll, después de beber. En la llama de nuestro ponche florecieron y  eclosionaron los gérmenes ovales en la orilla de la isla: dos columnas distantes, aisladas entre sí por dos prismáticas trinidades de flautas de Pan, florecieron cuando chorreó de sus cornisas el apretón de manos cuadrigital de los cuartetos del soneto; y nuestro as meció su hamaca en el reflejo recién nacido del arco del triunfo. Dispersando la peluda curiosidad de los faunos y la encarnación de las ninfas saciadas por la melodiosa creación, el claro y mecánico navío retiró hacia el horizonte de la isla su aliento azulado y la mecedora que decía adiós.*






* El río que rodea la isla se ha convertido, desde este libro, en una corona funeraria.




















martes, febrero 25, 2025

«Los adoradores de Mammón», de Jack London

Traducción de Jesús Isaías Gómez López




Veneramos altares ajenos; agachamos la cabeza mordiendo el polvo;
nuestra Ley era la más poderosa; nuestro Credo, la lujuria impura;
nuestra Ley y nuestro Credo seguimos, aunque parezca mentira,
pues nuestra Ley y nuestro Credo seguimos hasta la boca del infierno.



en El sueño socialista y otras poemas, Visor, 2019








Según el Nuevo Testamento, personificación de la avaricia y la dependencia del ser humano de las riquezas materiales. Remite al «Becerro de Oro» que el pueblo de Israel adoraba durante su etapa de esclavitud en Egipto. Conviene recordar que este poema serviría de epígrafe de su re­lato «The Devils Dice Box» (cfr. London, Jack, A Klondike Trilogy: Three Uncollected Stories, Earle Labor (ed.), Neville Publishing, Santa Barbara, 1983).










The Mammon Worshippers

We worshipped at alien altars; we bowed our heads in the dust; / Our Law was might is the mightiest; our Creed was unholy lust;  / Our Law and our Creed we followed—strange is the tale to tell— / For our Law and our Creed we followed into the pit of hell.











lunes, febrero 24, 2025

«Cortázar», de Osvaldo Soriano





   Pocos días después de la muerte de Julio Cortázar escribí un artículo y unas líneas a mis amigos José María y Sonia Pasquini. Con su consentimiento transcribo parte de esa carta, que me parece una crónica más o menos exacta de aquel rigor mortis. Los puntos suspensivos indican la supresión de párrafos inútiles o menciones a personas a las que no he podido consultar esta publicación.

  París, 20 de febrero de 1984

  Negro, Sonia: […] Estoy abatido por la muerte de Cortázar, por la tremenda soledad que lo rodeaba pese a los amigos; debe ser una ilusión mía, un punto de vista personal y persecutorio, pero era la muerte de un exiliado. El cadáver en su pieza, tapado hasta la mitad con una frazada, un ramo de flores (de las Madres de Plaza de Mayo) sobre la cama, un tomo con las poesías completas de Rubén Darío sobre la mesa de luz. Del otro lado, en la gran pieza, algunos tenían caras dolidas y otros la acomodaban; nadie era el dueño de casa —Aurora Bernárdez asomaba como la responsable, el más deudo de los deudos, la pobre— y yo sentí que cualquier violación era posible: apoderarse de los papeles, usar su máquina de escribir, afeitarse con sus hojitas o robarle un libro. Supongo que no habrá ocurrido, pero la tristeza me produjo luego un patatús al hígado […] y tuve que dormir un día entero con pesadillas diversas. En el entierro no éramos muchos; los nicas y los cubanos llegaron con un par de horas de retraso y tuvieron que conformarse con inclinarse ante la tumba que comparte con Carol […]. Escribí para Humor una nota que, creo, no es mala, tratando de ser distante y evitando los chimentos, esa violación a la que él escapó siempre. Yo no sabía, pero en el último libro me había dedicado un cuento y apenas pude dejarle un gracias en el respondedor telefónico un día antes de su muerte. Se pensaba que podría salir del hospital el lunes, pero el domingo se terminó todo. El gran hombre estaba ahí y me acordé de la descripción macabra y poética de Victor Hugo sobre el cadáver de Chateubriand […]. Me imagino que una vez que uno pasó al otro lado da lo mismo, pero el telegrama de Alfonsín, que tardó veinticuatro horas, era de una mezquindad apabullante. Hubo que sacar a empujones a la televisión española que quería filmar el velorio (que no era tal) e impedir que M. […] sacara una foto del cadáver (y no estoy seguro de que no lo haya hecho).
  La gata de Aurora estaba perdida en la casa entre tanta visita (aunque no exageremos, nunca fue una multitud y casi no había franceses) y a la noche se abrieron las alacenas y la heladera y como pasa en la casa de los muertos solitarios, no había nada de comer y no sé si nadie hizo café o no había; lo que no había era quién lo hiciera en nombre suyo, creo.
  […] De pronto alguien tomaba la iniciativa; uno atendía el teléfono, otro abría la puerta, otro facilitaba el acceso a la pieza donde él estaba a oscuras por eso de la conservación. Dos días así. De pronto yo me encontré ordenando los telegramas y anotando mensajes en su escritorio y se me vino el mundo encima. La violación. No me atreví ni a encender la lámpara. Recibí al embajador (provisional) que le dijo cosas de circunstancia a Aurora, un poco temeroso de que no se dieran cuenta de que representaba al gobierno constitucional y repitió varias veces que el canciller Caputo le había encargado.

  […]
 
  Dijo que estaba enfermo y que volvería en febrero. Quería eludir a la prensa y escaparle a la admiración beata. Temía que no lo dejaran andar en paz por esas veredas y aquellas plazas que recordaba con la memoria de un elefante herido.
  Pero creo que como todos nosotros le temía, sobre todo, al olvido.
  No fue a la Argentina a recibir homenajes, pero se conmovió hasta las lágrimas la noche en que una multitud reunida en Teatro Abierto lo aplaudió de pie, interminablemente.
  Le dolió, en cambio, la indiferencia del electo gobierno democrático, tan lleno de intelectuales, de escritores, de artistas, de humanistas.
  Le hubiera gustado saludar al presidente Alfonsín. Frente al hotel, la medianoche antes de su partida, le dijo a Hipólito Solari Yrigoyen: «Mandale un abrazo; ojalá que todo le salga bien».
  Hacía veinticinco años que había adherido al socialismo y con ello irritaba —cada uno lo manifestaba a su manera— a militares, peronistas y radicales argentinos. No a todos, claro, pero a los suficientes como para vedarse el camino a los elogios públicos. A su muerte, el gobierno se tomó casi veinticuatro horas para enviar a París un telegrama seco, casi egoísta: «Exprésole hondo pesar ante pérdida exponente genuino de la cultura y las letras argentinas».
  No había en el texto juicio de valor que dejara entrever acuerdos o celebraciones compartidas. Apenas un reconocimiento de argentinidad («genuino») sin mengua. Habrá que reconocer que es un paso adelante respecto de quienes lo habían considerado francés creyendo que con eso lo insultaban.
  Sería una necedad desconocer que Cortázar amaba a Francia, sobre todo a París, y que tenía motivos profundos para vivir allí.
  Llegó a los 37 años y escribió toda su obra en medio de «una gran sacudida existencial». Y lo explicó muchas veces: «Con ese clima particularmente intenso que tenía la vida en París —la soledad al principio; la búsqueda de la intensidad después (en Buenos Aires me había dejado vivir mucho más)—, de golpe, en poco tiempo, se produce una condensación de presente y pasado; el pasado, en suma, se enchufa, diría, al presente y el resultado es una sensación de hostigamiento que me exigía la escritura».
  Así, en tres décadas escribe doce libros de cuentos y cuatro novelas además de una multitud de textos breves que reunirá en diferentes volúmenes. Su obra mayor, la que iba a conmocionar las letras castellanas, estaba allí: Bestiario (1951), Final de juego (1956), Las armas secretas (1959), Los premios (1960), Historias de cronopios y de famas (1962), Rayuela (1963), Todos los fuegos el fuego (1966), La vuelta al día en ochenta mundos (1967), 62 modelo para armar (1968), Último round (1969), Libro de Manuel (1973), Octaedro (1974), Alguien que anda por ahí (1977), Un tal Lucas (1979), Queremos tanto a Glenda (1980), Deshoras (1982).
  Era inevitable: el chauvinismo, la mezquindad de los argentinos —sobre todo de sus intelectuales— se manifestó desde que Cortázar se convirtió en un autor de éxito en el mundo entero. Como no era fácil discutirle su literatura, se cuestionó al hombre indócil y lejano en una suerte de juego de masacre que el propio Cortázar llamaba «parricidio».
  «Lo que siempre me molestó un poco fue que los que me reprochaban la ausencia de la Argentina fueran incapaces de ver hasta qué punto la experiencia europea había sido positiva y no negativa para mí y, al serlo, lo era indirectamente, por repercusión, en la literatura de mi país dado que yo estaba haciendo una literatura argentina: escribiendo en castellano y mirando muy directamente hacia América Latina».
  Desde que conoció la Revolución Cubana, Julio Cortázar hizo política a su manera; generoso, pero nunca ingenuo, adhirió al socialismo y apoyó a la izquierda, de Fidel Castro a Salvador Allende, de François Mitterrand a los sandinistas de Nicaragua, de los insurgentes de El Salvador a los patriotas de Puerto Rico.
  No fue, sin embargo, un incondicional. Si nunca lo explicitó públicamente, sus desacuerdos con los revolucionarios aparecían cada vez que predominaba el dogmatismo ideológico y las libertades eran conculcadas. Pero Cortázar, al evitar la ambigüedad, supo impedir que sus críticas fueran recuperadas por el imperialismo, al que tanto había combatido.
  Desde 1979 dedicó lo mejor de su asombrosa fuerza física y moral para apoyar y servir a la revolución sandinista.
  Cometió errores, por supuesto, pero fue el primero en criticarse y aceptar sus equivocaciones. Fue leal con sus ideas y con sus amistades. No quiso regalarle su literatura a nadie y por eso la preservó renovadora y libre hasta el final.
  Su combate contra la dictadura argentina le ganó otros adversarios, además de los militares que lo habían amenazado de muerte. No era antiperonista, como se dijo, sino que detestaba los métodos fascistas de cierto «justicialismo» autoritario.
  De joven —y lo explicó mil veces—, no entendió el fenómeno de masas que se aglutinó en torno de Perón como tampoco había comprendido, de estudiante, el populismo democrático de Yrigoyen. Ya maduro se pronunció por una ideología, una manera de interpretar el mundo que, cuando no está encaminada o dirigida desde un partido, suele ser vista como pura utopía o snobismo.
  En 1973, cuando viajó a la Argentina, compartió las mejores horas con Rodolfo Walsh, Paco Urondo y otros intelectuales que desde el peronismo combativo creían posible la edificación de una sociedad más justa.
  Cortázar compartió ese entusiasmo pero desconfiaba de las intenciones de Juan Perón y su entorno de ultraderecha: la masacre de Ezeiza y la ofensiva lopezreguista lo hicieron desistir de su idea de volver al país por un tiempo prolongado para ponerse a disposición de la juventud.
  De aquellos sueños pronto convertidos en pesadilla habló brevemente en Buenos Aires en noviembre de 1983. La llegada del gobierno de Raúl Alfonsín le parecía un paso adelante, una barrera contra el autoritarismo. Veía en el pensamiento del nuevo presidente la esperanza de una vida democrática por la que él había luchado desde el extranjero.
  No podía ser radical, como muchos intelectuales de turno lo hubieran querido, porque conocía las flaquezas de las clases medias (de las que él había surgido), sobre todo cuando tienen el poder. Pero quería, como todos sus amigos, que Alfonsín y los suyos tuvieran éxito.
  Como todos los grandes, Cortázar se ganó la admiración de los jóvenes, de los que no han negociado sus principios ni declinado su fe en un mundo mejor, menos acartonado y solemne. Este hombre, su obra colosal, los representará más allá de la coyuntura política: mientras otros vacilaban ante la dictadura, él dio el ejemplo de un compromiso que le acarreó prohibición, desdén, olvido, injusticia.
  Casi nunca hablaba de sí mismo sino en función de los otros. Era tímido y parecía distante. Quería y se dejaba querer sin andar diciéndolo, con ese pudor tan orgulloso que lo hacía escapar a la veneración y sorprenderse de su propia fama.
  Tenía nostalgia de una nueva novela que nunca escribiría porque Latinoamérica le quitaba dulcemente el tiempo. Solía trabajar entre dos aviones, en París, en Managua, en Londres, en Nairobi o en la autopista del sur. «Me consideraré hasta mi muerte un aficionado, un tipo que escribe porque le da la gana, porque le gusta escribir, pero no tengo esa noción de profesionalismo literario, tan marcada en Francia, por ejemplo».
  Sus novelas, poemas, ensayos, tangos y hasta una historieta-folletín de denuncia (Fantomas contra los vampiros multinacionales) muestran hasta qué punto su arte consistió en tratar las obsesiones del alma, el impiadoso destino de los hombres, como un juego permanente, como una profanación saludable y revitalizadora.
  Si Arlt y Borges habían dado vida a la literatura argentina, Cortázar le agregó alegría, desenfado, desparpajo para sondear el profundo misterio del destino humano.
  «La violación del hombre por la palabra, la soberbia venganza del verbo contra su padre, llenaban de amarga desconfianza toda meditación de Oliveira, forzado a valerse de su propio enemigo para abrirse paso hasta un punto en que pudiera licenciarlo y seguir —¿cómo y con qué medios, en qué noche blanca o en qué tenebroso día?— hasta una reconciliación total consigo mismo y con la realidad que habitaba» (Rayuela, cap. 19).
  No le disgustaba que calificaran su literatura de «fantástica», aun cuando es tanto más que eso. Deploraba la solemnidad y el realismo y polemizaba con los cultores de la literatura «útil». Me dijo un día: «Te cambio Rayuela, Cien años de soledad y todas las otras por Paradiso».
  Escribió, sin embargo, varios textos «comprometidos» de notable eficacia, porque eran perfectas metáforas: «Grafitti», «Recortes de prensa», «Segunda vez» y también una novela, Libro de Manuel, que en 1973 fue como una bofetada para muchos guerrilleristas solemnes que, de inmediato, renegaron del padre literario. Cortázar no lograba ser ceremonioso ni siquiera con los revolucionarios, quizá el futuro de las revoluciones se lo agradecerá.
  Los derechos de autor de Libro de Manuel fueron destinados a la ayuda de los presos políticos de la Argentina; los de su reciente (con Carol Dunlop) Los autonautas de la cosmopista son para el sandinismo nicaragüense. Sus amigos saben que muchos otros dineros, que pudo haber guardado, fueron a alimentar causas populares, periódicos, necesidades comunes.
  Para vivir se conformaba con lo necesario: «Mis discos, un poco de tabaco, un techo, una camioneta para gozar del paisaje».
  Tres mujeres contaron en su vida. Enterró a la última, Carol, de quien estaba enamorado y murió en brazos de la primera, Aurora Bernárdez. La otra, Ugné Karvelis, fue durante años su agente literaria.
  Sus amigos lo despedimos en el cementerio de Montparnasse, una radiante mañana de febrero.
  No tenía hijos, lo sobreviven su madre y una hermana en Buenos Aires. En la historia entran sus libros, los ecos de una vida digna.
  Lo heredarán por generaciones millones de lectores y un país que nunca terminó de aceptarlo porque le debía demasiado.



en Piratas, fantasmas y dinosaurios, 1996








Nota del autor: Las citas han sido extraídas de Conversaciones con Cortázar, de Ernesto González Bermejo (Edhasa, Barcelona, 1978), y de reportajes y conversaciones con el autor de este artículo.









 

domingo, febrero 23, 2025

«Separación», de Iqbal Tamimi

Versión de Juan Carlos Villavicencio



Ella lo dibujó en la espuma del café,
esperando que él nunca la dejara.
No pudo apagar el grito de la sirena
ni la tormenta reventando
dentro de su propia taza.
Ella vio a los soldados
persiguiéndolo por el sendero,
ordenándole que se rindiera.
Los grilletes chirriaron
que no había vuelta atrás.

Los ecos se acabaron.
Cayeron gotas de lluvia.
Sus esperanzas se perdieron como una hoja en el otoño.
Sus sombras se desvanecieron
dejando de ser una misma.
Su reflejo se grabó solitario en el muro
mientras a él lo arrastraban a prisión.
Su mano se convirtió en un pañuelo
diciendo adiós
hasta que desde su ventana dejó de emitir su canto.

Su feminidad destilaba letras indómitas para el lenguaje.
Ella era sus velas desplegadas
y su puerto.
Él solía atar un nudo
que aguantaría toda la vida, 
porque ella estaba al final de esa cuerda.
Cada vez que se encontraban,
su cuerpo agradecía su perfume.
Sus labios y aliento guardaban la clemencia de la menta.
Ella decoró la calle
con sus sueños:
asomada desde el manto de la noche,
por entre las rendijas de las puertas
sus ojos son como semillas de luz.

De las cenizas de su encierro
él le hizo una corona
digna de un ángel de jazmín.
Le costó marcharse.
Una flauta ardía en su pecho
mientras el viento arrancaba de su almohada
los mensajes de las flores del naranjo.

Lo obligaron a partir.
Ahí quedó ella
inundándolo de espanto,
dejándole sus huellas
y sus temblorosos pensamientos 
adheridos a las plantas de los pies.















sábado, febrero 22, 2025

«¿Qué es el amor? ¿Y qué son las gotas de la lluvia?», de Yang Li

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Desde un lugar muy lejano alguien vino a mí
y dijo: te amo.
Se fue luego de decirlo. 
Alguien muy cercano también me dijo
que me amaba
y al terminar de decirlo se quedó a mi lado.
Fui a un lugar muy lejano a alguien muy distante
pero no la encontré.
Cuando volví, vi a esa persona muy cerca
cruzando la calle
y lo llamé y vino corriendo hacia mí.
Esta es la historia que me contó una muchacha
de la que olvidé su nombre














 

viernes, febrero 21, 2025

«Si has llorado», de Jorge Teillier




 
Si has llorado
llora con la reja de fierro
sombreada de árboles
que han perdido sus nombres
con los árboles
cuya sombra busca en vano
un caballo perdido
con el caballo
del emisario muerto en una zanja
con la zanja
donde el vagabundo sueña con el embarcadero 
con el embarcadero
donde un anciano da la espalda al mar
con el mar
que no lleva a ningún camino
con el camino
donde vas a llegar
a recoger las últimas hojas
de los árboles que perdieron sus nombres
y después ríe
ríe sin sentido
frente a una reja que no se volverá a abrir.




en Para un pueblo fantasma, 1978




Fotografía original de Rakar


















jueves, febrero 20, 2025

«Llorar orillas del río Mapocho», de Augusto Monterroso




 
En las entrevistas largas llega siempre el momento de responder a la pregunta de si uno vive de lo que escribe, y las respuestas varían entre la tajante en que el interpelado dice con toda claridad que no, hasta aquellas en que se embrolla tratando de declarar la verdad (esto es, también que no) pero dejando entrever que sí, que más o menos, que en cierta forma sus libros son un éxito.

Uno vive de muchas cosas, de lo que busca con intención y de lo que las circunstancias van disponiendo, y es evidente que no hay dos experiencias iguales: mientras Shakespeare escribía sus obras y las actuaba en Londres, Cervantes cobraba impuestos o recolectaba granos para la Armada Invencible (destinada entre otras cosas a acabar, sin proponérselo, con el teatro de Shakespeare). Shakespeare era próspero y Cervantes pobre, cada uno como reflejo de sus respectivos países.

Tal vez por eso la pregunta de si uno vive de sus libros solo se haga en ciertos lugares. No recuerdo si también en España, pero raramente la he visto formulada en Estados Unidos, Francia o Alemania. En estos últimos no les interesa de lo que viva el escritor, o solo se entrevista a aquellos que obviamente han pasado la barrera de esa duda. O de las preguntas tontas.

En cuanto a nosotros, somos como Ginés de Pasamonte, gente de muchos oficios, y nuestra herencia es la picaresca y unas veces estamos presos y otras andamos con un mono adivino o una cabeza parlante, mientras al margen escribimos lo que buenamente podemos.

Para un latinoamericano que un día será escritor las tres cosas más importantes del mundo son: las nubes, escribir y, mientras puede, esconder lo que escribe. Entendemos que escribir es un acto pecaminoso, al principio contra los grandes modelos, en seguida contra nuestros padres, y pronto, indefectiblemente, contra las autoridades.

Sé que está en la mente de todos y que lo que voy a decir es bastante obvio y por eso he querido demorarlo un tanto; pero en fin, tengo que decirlo: el destino de quienquiera que nazca en Honduras, Guatemala, Uruguay o Paraguay y por cualquier circunstancia, familiar o ambiental, se le ocurra dedicar una parte de su tiempo a leer y de ahí a pensar y de ahí a escribir, está en cualquiera de las tres famosas posibilidades: destierro, encierro o entierro. Así que más tarde o más temprano, si logra evitar el último, llegará el día en que se encuentre con una maleta en la mano y en la maleta un suéter, una camisa de repuesto y un tomo de Montaigne, al otro lado de cualquier frontera y en una ciudad desconocida, oyendo otras voces y viendo otras caras, como quien despierta de un mal sueño para encontrarse con una pesadilla.

Entonces, como por supuesto es pobre, comenzará a ver pasar frente a él los múltiples oficios, y a imaginarse mesero, fotógrafo ambulante, vendedor de libros y, hasta con suerte, lector de una señora rica; todo, menos escritor; y a la tercera semana, y a la cuarta, cuando nada de aquello ocurra, envidiará a los perros callejeros, que no tienen obligaciones, y a las parejas de ancianos que se pasean en los parques, y sobre todo, precisamente sobre todo, a las nubes, las maravillosas nubes.

En 1954 llegué exiliado a Santiago de Chile procedente de Bolivia, en donde había sido durante un tiempo secretario de la embajada y cónsul de mi país (oficio ocasional del que por fortuna lo relevan a uno las revoluciones o los cuartelazos), Guatemala. Al darse cuenta de mi pobreza extrema, cuanta persona encontraba me invitaba a cenar para hacerme ver las posibilidades de desempeñar algún oficio, cualquier oficio: el de escritor quedaba descartado no solo por improductivo sino porque a mí me horrorizaba (y me sigue horrorizando) la idea de escribir para ganar dinero.

El mejor consejo me lo dio José Santos González Vera, con la aprobación de Manuel Rojas y el posterior apoyo sonriente de Pablo Neruda:
—Mire —me dijo un día, quizá el siguiente de mi llegada—; yo nunca doy consejos, pero por ser usted le voy a dar uno. Si para ganarse la vida tiene ahora que vender algo, no se vaya a dedicar a vender cosas pequeñas, como escobas o planchas. Eso da mucho trabajo, deja poco dinero y por lo general la gente ya tiene una escoba y una plancha. Venda acorazados. Con uno que venda tiene resuelto el problema suyo y de su esposa para toda la vida.

Por fin alguien me dijo que por qué no traducía algo, y como todos creemos saber poco o mucho de inglés o francés (el latín quedaba descartado), el mismo autor de Cuando era muchacho me dio una tarjeta para el señor Sañartu, gerente o presidente o algo así de la entonces famosa editorial Zig-Zag, a quien fui a ver y quien desde su gran altura la leyó y casi sin oírme, tal vez porque yo casi no dije nada, llamó a una secretaria, quien me llevó ante el escritorio de una señorita (me pareció señorita y tal vez no lo fuera tanto, pero en ese momento yo no estaba para averiguarlo, no solo por el tremendo estado nervioso por el que pasaba sino, sencillamente, pensé, porque no había ido a eso y ya habría, según fuera mi trato con la editorial y la frecuencia con que me presentara a recoger o entregar trabajo, ocasión de saberlo); quien, amable, me preguntó si prefería el inglés o el francés, a lo que yo le respondí que el inglés, porque ahora en la diplomacia se usaba más el inglés y habiendo sido yo hasta hacía poco diplomático, pues sí, prefería el inglés.

Entonces sacó de alguna parte una revista llamada Ellery Queen, de formato parecido al del Reader’s Digest pero dedicada al crimen, y me propuso que como prueba tradujera un cuento, el que yo quisiera, y que nos veríamos en una semana, ¿en una semana estaría bien?

Traducir puede ser muy fácil, muy difícil o imposible, según lo que te propongas y el tiempo y el hambre que tengas; y uno nace o, si se deja, se va convirtiendo en traductor y enamorándose de la idea de que eso le servirá para su propio oficio de escritor, y sin sentirlo uno puede llegar a no saber si cada frase que logra dejar perfecta es suya o de quién; pero lo que importa es que la frase esté bien y fluida y suene en español y por momentos, al poner el punto en cada párrafo y tomar el papel y verlo a cierta altura, uno puede hasta sentirse con gusto Bertrand Russell o Moliere, pero, ¿Ellery Queen?

En todo eso pensé cuando en la soledad de mi cuarto comencé a escoger una vez más el cuento que traduciría y el tiempo pasaba y yo no me decidía porque todos eran de gánsteres y yo no entendía nada, no sabía nada, y el efecto del vino de la noche anterior me pedía salir a la calle en cuanto fueran las doce del día, hasta que me decidí por uno en que el crimen ocurría entre jugadores de béisbol. De béisbol, que como tantas otras cosas yo creía conocer.

Todas mis pertenencias consistían entonces en una máquina de escribir portátil, una caja vacía de madera sobre la que tenía la máquina, y una de cartón sobre la que puse la revista y un poco de papel.

Y mi diccionario manual inglés-español español-inglés.

Estaba ahí, pues, sentado, dispuesto a releer el cuento que un día antes me había parecido el más fácil y divertido, pero que ahora, al tener que pasarlo al español frase por frase, comencé a odiar y a convertir en un enemigo poco dispuesto a dejarse vencer y que se negaba a transformarse en prisionero de un idioma extraño en que las frases eran demasiado largas o explicativas, y en el cual lo que era gracioso y ágil a través de un diálogo increíblemente simple pero lleno de sentido, se trocaba en algo tonto y forzado, y para nada encajaba en lo que yo, de ser el autor, hubiera dicho o pensado.

Pero el autor no era yo sino Ellery Queen, y Ellery quería que las cosas marcharan rápido, sin preocuparse para nada por otro estilo que no fuera directamente al espíritu de sus lectores, si es que alguna vez había supuesto que estos lo tuvieran, o por lo menos a su emoción o interés para que al final, sintiéndose buenos, se identificaran con los buenos, y sintiéndose inteligentes pudieran pensar «¡Claro!», y pasar a otra cosa.

Y así transcurrieron cuatro o cinco días. Y el cuento comenzó a ser legible en español, gracias, más que a mi pequeño diccionario (ocupado en las exactas equivalencias de perro y dog y mesa y table pero de ninguna manera en los modismos de los campos de béisbol), a la ayuda de mi amigo Darwin (Bud) Flakoll, a quien el sábado y el domingo importuné con preguntas. Y el cuento se convirtió en un buen ejemplo de precisión y honestidad intelectual logradas después de seis días y sus noches de tormento, para que al final quedara claro que hay pitchers (lanzadores), que hay lanzadores (pitchers) que a la mitad del juego se derrumban porque tienen el brazo de cristal, como uno tiene techo de cristal y muchas mujeres la virtud; y se supiera que alguien había matado por envidia a otro jugador, o por celos a su esposa, lo que he olvidado, en la forma contraria en que nunca olvidaré mi entrevista con la señorita de Zig-Zag, el lunes, cuando resuelto a morirme de hambre antes que seguir traduciendo aquello me presenté a devolverle para siempre su revista, y sin importarme más su virginidad salí a la calle bajo el sol deslumbrante y me encaminé al río Mapocho, que pasa por ahí, y me senté en la orilla y lloré de humillación hasta que, siendo benditamente otra vez las doce, me incorporé y fui a la venta de vino más cercana y una copa de vino tras otra me volvieron a la vida y a la idea de que todo estaba bien, de lo más bien.
 


en La palabra mágica, Ediciones Era, 2003


















miércoles, febrero 19, 2025

«sin que te venza la lluvia», de Miyazawa Kenji

Traducción de Teresa Herrero y Juan Fernández Rivero




sin que le venza la lluvia
sin que te venza el viento
sin que te venzan la nieve ni el calor del verano
el cuerpo fuerte, así
sin codicia ni cólera
sonriendo siempre, en calma
y comer cada día cuatro tazas de arroz integral
miso, alguna verdura
sin pensar nunca en ti
observando, escuchando, entendiendo, sin olvidar nunca 
y vivir en un prado a la sombra de un pino
en tu choza de paja
y si en el este hay algún niño enfermo
ir hasta allí y cuidarlo
y si en el oeste hay una madre fatigada
ir hasta allí y cargar el saco del arroz en su lugar
y si en el sur hay alguien moribundo
ir hasta allí y decirle que no tenga miedo
y si en el norte hay alguien que discute
ir hasta allí y decirle que no vale la pena
y cuando haya sequía, llorar
y vagar con pesadumbre cuando sea pobre el verano
y aunque todos te llamen inútil
no ser nunca encumbrado
o despreciado por nadie;
esta es la clase de persona
que quiero llegar a ser



en La semilla y el corazón. Antología de poesía japonesa, Alba, 2022

















 

martes, febrero 18, 2025

«Crónica de un terrible homicidio, o acaso feminicido», de Carlos María de Bustamante




 
El 25 de diciembre de 1824, un hombre preso en la cárcel de Corte fue sentenciado a la horca por los seis homicidios que se le atribuían. Antes de morir pidió al alcalde, el conde de Regla, un permiso para ver por última ocasión a su esposa. El juez, hombre cabal, consideró justa la petición del reo, por lo que la mujer fue llevada a la cárcel donde se encontraba su marido. El hombre, del que desconocemos su nombre, mantuvo una conducta ejemplar y trató a su esposa con el respeto que merecía. Sin embargo, tan pronto quedaron solos, sacó un puñal que hasta ese momento había mantenido oculto y atacó a su cónyuge, cosiéndola a puñaladas. Nadie se percató del acto hasta que fue muy tarde. El individuo fue detenido y, al preguntarle las razones que lo habían llevado a cometer acto tan atroz, el asesino dijo al juez: «Yo voy a morir y no quiero dejar a una joven bonita de quince años expuesta a que otro la goce, y para que esto no suceda determiné que me acompañara a la eternidad». En el rebozo de la mujer se contaron veinticinco estocadas o puñaladas y tres mortales que le infirió. 

Estaba embarazada y con un chico apenas destetado.




en Diario Histórico de México, 25 de diciembre de 1824

















lunes, febrero 17, 2025

«Casas», de Walid Khazendar

Versión de Juan Carlos Villavicencio



Una nube de migrantes en sus ojos,
y en su maletín de cuero un libro, un lápiz, la fotografía familiar
el óxido de las bancas en sus manos, las barandas y los pomos 
            de las puertas,
el óxido de cada apretón de manos en sus manos.
El maletín apoyado en el muro –
hará aparecer de ahí primero sus recuerdos o
como un mago podría hacer aparecer un país:
una casa,
una calle,
una capital.
Cerró los ojos y se recostó sobre el hombro de sus costumbres familiares.
No querrá como amigo a otro florero,
no se confesará a una cama que va a volar en el próximo ataque,
no se hará un té ni va a cantar,
caminará mucho rato de un lado a otro entre el pórtico y la cocina
y oirá con atención algún sonido procedente de la puerta del jardín.
Pero sólo va a escuchar el crujido de las hojas bajo los pies
que pasan
y luego
ya se van.
Sólo queda el murmullo de las conversaciones en las casas de al lado.
















domingo, febrero 16, 2025

«Desde esa luz que ya no veo», de Juan Cristóbal

Poema y contratapa



14

Los que no duermen, al igual que un condenado a muerte al final de su sentencia, esperan una señal para descubrir otros misterios, otros fantasmas venidos de la luna, algo que los saque, gracias a sus rezos, de la indiferencia de sus vientos, de las cuevas en que viven, de las locuras en que habitan, para poder descubrir el cementerio de sus muertos, las ruinas de sus almas, donde la mudez, imitándose a sí misma en el despertar de la mañana, se parezca tanto a las interrogantes infinitas de los cielos, como esas injurias desfalleciendo a la mitad de la plegaria.




CONTRATAPA

Si tuviese que decir qué son o significan estos versos y de dónde y cómo surgieron, lo diría con palabras muy sencillas: «De esa experiencia que se me presentó alguna vez, de manera muy lejana, los recuerdos  en los ojos de mi muerte: al igual que ese viejo y oculto remolino cuando merodeaba las huellas agrietadas de la noche, mientras arrastraba sombras y pueblos olvidados».



2024














sábado, febrero 15, 2025

«Luna de mediados de otoño», de Heng Chao

Versión de Juan Carlos Villavicencio



 
La lluvia del crepúsculo
atraviesa la vastedad del espacio. El cielo del río
apenas es de un gris verdoso.

Las hileras de árboles pierden 
la persistencia de sus sombras. Los charcos
retienen una luz distinta. Ocultos zumban 
por todas partes los insectos. Los pájaros sobre las ramas
se asustaron y emprendieron un repentino vuelo,

como si la tarde infinita
fuera completamente imparcial
al mirarme, murmurando
un pasaje cargado de pureza.












viernes, febrero 14, 2025

«Lejos, desde mi colina», de Olga Orozco




 
A veces sólo era un llamado de arena en las ventanas,
una hierba que de pronto temblaba en la pradera quieta,
un cuerpo transparente que cruzaba los muros con blandura
dejándome en los ojos un resplandor helado,
o el ruido de una piedra recorriendo la indecible tiniebla de la medianoche;
a veces, sólo el viento.

Reconocía en ellos distantes mensajeros
de un país abismado con el mundo bajo las altas sombras de mi frente.

Yo los había amado, quizás, bajo otro cielo,
pero la soledad, las ruinas y el silencio eran siempre los mismos.

Más tarde, en la creciente noche,
miraba desde arriba la cabeza inclinada de una mujer vestida de congoja
que marchaba a través de todas sus edades como por un jardín
antiguamente amado.
Al final del sendero, antes de comenzar la durmiente planicie,
un brillo memorable, apenas un color pálido y cruel, la despedía;
y más allá no conocía nada.

¿Quién eras tú, perdida entre el follaje como las anteriores primaveras,
como alguien que retorna desde el tiempo a repetir los llantos,
los deseos, los ademanes lentos con que antaño entreabría sus días?

Sólo tú, alma mía.

Asomada a mi vida lo mismo que a una música remota,
para siempre envolvente,
escuchabas, suspendida quién sabe de qué muro de tierno desamparo,
el rumor apagado de las hojas sobre la juventud adormecida,
y elegías lo triste, lo callado, lo que nace debajo del olvido.

¿En qué rincón de ti,
en qué desierto corredor resuenan los pasos clamorosos 
            de una alegre estación,
el murmullo del agua sobre alguna pradera que prolongaba el cielo,
el canto esperanzado con que el amanecer corría a nuestro encuentro
y también las palabras, sin duda tan ajenas al sitio señalado,
en las que agonizaba lo imposible?

Tú no respondes nada, porque toda respuesta de ti ha sido dada.

Acaso hayas vivido solamente
aquello que al arder no deja más que polvo de tristeza inmortal,
lo que saluda en ti, a través del recuerdo,
una eterna morada que al recibirnos se despide.

Tú no preguntas nada, nunca, porque no hay nadie ya que te responda.

Pero allá, sobre las colinas,
tu hermana, la memoria, con una rama joven aún entre las manos,
relata una vez más la leyenda inconclusa de un brumoso país.



en Desde lejos, 1946
















jueves, febrero 13, 2025

«En la piel», de Hugo Mujica





A lo lejos, afuera,

              cae
              una lluvia
              que tan sólo huelo, una lluvia
                                                 que aún no ha llegado.

Aquí
en la piel, como en una página
en blanco,
espero que el agua, la lluvia,
                                             lo que vive y tiembla,
                                                                       me sea alguna vez revelado.



en Y siempre después el viento, 2011




en Umbral de la palabra, Descontexto Editores, 2025
(de próxima aparición)














miércoles, febrero 12, 2025

«La página en blanco», de Eliseo Diego





Me da terror este papel en blanco
tendido frente a mí como el vacío
por el que iré bajando línea a línea
descolgándome a pulso pozo adentro
sin saber dónde voy ni cómo subo
trepando atrás palabra tras palabra
que apenas sé qué son sino son sólo
fragmentos de mí mismo mal atados
para bajar a tientas por la sima
que es el papel en blanco de aquí afuera
poco a poco tornándose otra cosa
mientras más crece la presencia oscura
de estas líneas si frágiles tan mías
que robándole el ser en mí lo vuelven
y la transformación en acabándose
no es ya el papel ni yo el que he sido.













 

martes, febrero 11, 2025

«Mar de leva», de María Camila Restrepo




 
Como mar de leva desato tormentas de vientos pasados 
Me convierto en ola
Me elevo
Me alejo
Me sumo al mal tiempo
Me rompo en la orilla de forma violenta 
Me estallo en espuma 
Y no sé lo que hago 
Soy nada más agua en función de la luna















lunes, febrero 10, 2025

«Habla primigenia», de Denise Levertov

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Si todavía existe un lenguaje original entre nosotros,
oculto como un pterodáctilo pigmeo
entre los bosques, a veces divisado al amanecer,
posando sobre un cable de teléfono, o como 
un pez prehistórico descubierto en las grutas 
más profundas del océano, de ahí entonces la exclamación,
universal sea cual sea el sonido, la expresión 
triunfante, maravillada, infantil de «¡Eso es! ¡Eso es!»,
mostrando y presentando la cosa, cualquier cosa,
como afirmación previa incluso al acto de nombrar.



en The Sands of the Well, 1996





Fotografía original de LaVerne Harrell Clark






Primal Speech

If there’s an Ur-language still among us, /hiding out like a pygmy pterodactyl / in the woods, sighted at daybreak sometimes, / perched on a telephone wire, or like / prehistoric fish discovered in ocean’s / deepest grottoes, then it’s the exclamation, / universal whatever the sound, the triumphant, / wondering, infant utterance, ‘This! This!’, / showing and proffering the thing, anything, / the affirmation even before the naming.












domingo, febrero 09, 2025

«A Jerusalén», de Yūsuf ḨaMdān

Versión de Juan Carlos Villavicencio y Carlos Almonte




Viniste a mí, encadenada,
conducida a la fuerza.
Viniste
fluyendo, como las lágrimas de un corazón herido. 
Y, sin embargo, no voy a verte.
Perdóname,
porque hoy vives invadida.

¿De verdad has venido a mí?
En mi pasión, oraba a menudo
sin una «Roca»,
y cuando no encontraba agua, 
simulaba el rito de ablución;
y cuando finalmente viniste a mí, juré: 
¡No te aceptaré invadida!

Quiero que seas una Kaaba para los pueblos de la Tierra,* 
una casa espaciosa,
sin guardias;
te amo... eres la voz de un minarete,
el sonido de los cornos
mezclados con campanas de la iglesia. 
Te amo, eres un jazmín al aire libre, 
pero lo he jurado, sí lo he hecho:
No te aceptaré invadida.


en Antología de Poesía de la Resistencia Palestina
Descontexto Editores, 2024






* La Kaaba es el lugar sagrado y de peregrinación más importante del islam; una construcción en forma de prisma rectangular, que está ubicada en La Meca, Arabia Saudita. Hacia este lugar orientan su rezo los musulmanes de todo el mundo.







Pueden comprar nuestra antología
o en las mejores librerías de Chile y Argentina



















sábado, febrero 08, 2025

«Jardín escondido», de Wen Chao

Versión de Juan Carlos Villavicencio




En plena primavera
cuando llueve,
sólo un puente lejano
permite llegar al pueblo.

¿Huele todo a orquídeas?
Aún nadie las recogió;
¿Son sólo flores caídas? Las mariposas son
las primeras en encontrarlas. La tupida hierba 
sella un sendero sin uso; los bosques abiertos
revelan los arbustos de baja altura.

Desde que me fui
nadie uso nunca el azadón.
Pasa que estoy viejo también,
y odio estar lejos tanto tiempo.

 













viernes, febrero 07, 2025

«El lugar del principio», de Enrique Molina





La casa está perdida en un jardín
o un jardín esconde en su garganta el hogar que
vivimos,
lenguaje elemental,
                                       laberinto de piedra,
las ramas de los árboles que abrazan
a ese mundo herido en el costado.
A veces el jardín respira y deja ver
esas paredes que alguna vez fueron de luz.
A veces inventan un mundo sin saber
que no se entra jamás,
que hay que permanecer afuera de la Historia.

La casa está perdida en unos ojos que nunca más veré.
La casa está perdida en esa misma casa.
La casa es una pérdida constante
en cualquier jardín.

La casa es un jardín perdido
en el lugar de la memoria.





Sin datos bibliográficos











jueves, febrero 06, 2025

«El hombre de mi colina», de Joseph Cimpaye

Sin traductor conocido




Dentro de la administración de la época, un monstruo de dos cabezas, donde lo colonial se yuxtaponía a lo feudal al mismo tiempo que lo patrocinaba, el Kirongozi aparecía ante todos como un espantapájaros. Extraoficialmente, era el subjefe, pero la administración dirigida por los blancos no lo reconoció y, por lo tanto, no le pagó. Por consiguiente, quedó bajo la autoridad exclusiva del jefe adjunto, que lo nombró según criterios vagos, pero basándose principalmente en el afán del candidato de ofrecer pequeños y grandes obsequios. Por lo tanto, el Kirongozi siguió siendo esencialmente un cortesano del Subjefe con toda la libertad que esto implica. Pero, además, ejerció en nombre de su señor, el papel de ordenanza-policía-gerente, teniendo esta triple actividad como campo de aplicación una circunscripción muy específica: la subjefatura. Por supuesto, estaba fuera de lugar que el afortunado beneficiario de este subfeudo de tercera categoría reclamara alguna remuneración a su señor supremo. Por el contrario, se recomendó encarecidamente que los Kirongozi mantuvieran, si no intensificaran, el ritmo de las ofrendas para mantener sus funciones. Lo que también quedó implícito fue la libertad dada a Kirongozi para encontrar alguna compensación por la negligencia en materia de remuneración de la que fue víctima por parte de las dos administraciones. Se salió con la suya exprimiendo lo mejor que pudo a los contribuyentes de la subjefatura, una táctica incómoda dada la naturaleza heterogénea de la masa de ciudadanos. A partir de entonces, para conseguir rentabilizar su profesión, Kirongozi tuvo que adoptar una actitud camaleónica, a veces humillante, amable o cobarde, a veces molesta, según los casos. Todas estas facetas componen finalmente el retrato de un personaje monstruoso, unánimemente odiado. 




1970











miércoles, febrero 05, 2025

«A propósito de la muerte de Anne Brontë», de Charlotte Brontë

Traducción de Juan Carlos Villavicencio dedicada a nuestra querida Lore que hoy se nos fue



Poca alegría queda en la vida para mí,
      y poco terror siento por la tumba;
he vivido la hora de la despedida hasta ver
      a alguien por quien moriría si la pudiera salvar.

Mirar con calma el aliento que se apaga,
      deseando que cada suspiro sea el último;
anhelando ver la sombra de la muerte
      arrojada sobre esos queridos rasgos.

La nube, el silencio que debe separar
      de mí al ser más querido de mi vida;
y luego agradecer a Dios de todo corazón,
      agradecerle con fervor y de manera adecuada;

por más que yo supiera que habíamos perdido
      la esperanza y la gloria de nuestra vida;
y ahora, carente de toda luz, azotada por la tempestad,
      debo soportar sola la extenuante lucha.



1849














On the Death of Anne Brontë

There's little joy in life for me, / And little terror in the grave; / I 've lived the parting hour to see / Of one I would have died to save. // Calmly to watch the failing breath, / Wishing each sigh might be the last; / Longing to see the shade of death / O'er those beloved features cast. // The cloud, the stillness that must part / The darling of my life from me; / And then to thank God from my heart, / To thank Him well and fervently; // Although I knew that we had lost / The hope and glory of our life; / And now, benighted, tempest-tossed, / Must bear alone the weary strife.