jueves, julio 31, 2008

"Ensayo sobre el principio de la población", de Thomas Malthus

Fragmentos



“La naturaleza es tan fecunda, que cualquier intento imprudente de aliviar la pobreza provocará incrementos insostenibles en la población, exacerbando el sufrimiento que se procura evitar. Hasta donde yo sé, la naturaleza no puede ser mejorada. Es por ello que los reformadores sociales deberían permitir que los acontecimientos sigan su curso inevitable y dejar que las guerras, las enfermedades y el hambre eliminen el excedente”.

“En vez de recomendarles limpieza a los pobres, hemos de aconsejarles lo contrario, haremos más estrechas las calles, meteremos más gente en las casas y trataremos de provocar la reaparición de alguna epidemia”.

“Los vicios de la humanidad actúan como hábiles y activos pastores de la despoblación. Forman la avanzada del vasto ejército de la destrucción y, con frecuencia, ellos solos consiguen rematar la espantosa obra. Pero si llegaran a fallar en esta guerra de exterminio, detrás de ellos, en una terrible formación de batalla, siguen las malas cosechas, las epidemias, la peste y las plagas, para arrasar con miles, decenas de miles. Si aun así la victoria se resistiera, la hambruna, gigantesca e inevitable, acecha en la retaguardia, y con un solo golpe poderoso nivela la población y los alimentos del mundo”.

“Considerando aceptados mis postulados, afirmo que la capacidad de crecimiento de la población es infinitamente mayor que la capacidad de la tierra para producir alimentos para el hombre.

La Población, si no encuentra obstáculos, aumenta en progresión geométrica. Los alimentos tan sólo aumentan en progresión aritmética. Basta con poseer las más elementales nociones de números para poder apreciar la inmensa diferencia a favor de la primera de estas dos fuerzas.

No veo manera por la que el hombre pueda eludir el peso de esta ley, que abarca y penetra toda la naturaleza animada. Ninguna pretendida igualdad, ninguna reglamentación agraria, por radical que sea, podrá eliminar, durante un siglo siquiera, la presión de esta ley, que aparece, pues, como decididamente opuesta a la posible existencia de una sociedad cuyos miembros puedan todos tener una vida de reposo, felicidad y relativa holganza y no sientan ansiedad ante la dificultad de proveerse de los medios de subsistencia que necesitan ellos y sus familias.”

“La gran incógnita que debemos resolver es si, de ahora en adelante, el hombre avanzará a velocidad creciente hacia una mejora ilimitada y, hasta hoy, inimaginable, o estará condenado a oscilar perpetuamente entre la felicidad y la miseria”.






1798







Contribución parcial a Dscntxt de Germán Hitschfeld






miércoles, julio 30, 2008

“La adoración de los reyes magos”, de Manuel Mujica Láinez





H
ace buen rato que el pequeño sordomudo anda con sus trapos y su plumero entre las maderas del órgano: A sus pies, la nave de la iglesia de San Juan Bautista yace en penumbra. La luz del alba -el alba del día de los Reyes- titubea en las ventanas y luego, lentamente, amorosamente, comienza a bruñir el oro de los altares.

Cristóbal lustra las vetas del gran facistol y alinea con trabajo los libros de coro casi tan voluminosos como él. Detrás está el tapiz, pero Cristóbal prefiere no mirarlo hoy.

De tantas cosas bellas y curiosas como exhibe el templo, ninguna le atrae y seduce como el tapiz de La Adoración de los Reyes; ni siquiera el Nazareno misterioso, ni el San Francisco de Asís de alas de plata, ni el Cristo que el Virrey Ceballos trajo de Colonia del Sacramento y que el Viernes Santo dobla la cabeza, cuando el sacristán tira de un cordel.

El enorme lienzo cubre la ventana que abre sobre la calle de Potosí, y se extiende detrás del órgano al que protege del sol y de la lluvia. Cuando sopla viento y el aire se cuela por los intersticios, muévense las altas figuras que rodean al Niño Dios.

Cristóbal las ha visto moverse en el claroscuro verdoso. Y hoy no osa mirarlas.

Pronto hará tres años que el tapiz ocupa ese lugar. Lo colgaron allí, entre el arrobado aspaviento de las capuchinas, cuando lo obsequió don Pedro Pablo Vidal, el canónigo, quien lo adquirió en pública almoneda por dieciséis onzas peluconas. Tiene el paño una historia romántica. Se sabe que uno de los corsarios argentinos que hostigaban a las embarcaciones españolas en aguas de Cádiz, lo tomó como presa bélica con el cargamento de una goleta adversaria. El señor Fernando VII enviaba el tapiz, tejido según un cartón de Rubens, a su gobernador de Filipinas, testimoniándole el real aprecio. Quiso el destino singular que en vez de adornar el palacio de Manila viniera a Buenos Aires, al templo de las monjas de Santa Clara.

El sordomudo, que es apenas un adolescente, se inclina en el barandal. Allá abajo, en el altar mayor, afánanse los monaguillos encendiendo las velas. Hay mucho viento en la calle. Es el viento quemante del verano, el de la abrasada llanura. Se revuelve en el ángulo de Potosí y Las Piedras y enloquece las mantillas de las devotas. Mañana no descansarán los aguateros, y las lavanderas descubrirán espejismos de incendio en el río cruel. Cristóbal no puede oír el rezongo de las ráfagas a lo largo de la nave, pero siente su tibieza en la cara y en las manos, como el aliento de un animal. No quiere darse vuelta porque el tapiz se estará moviendo y alrededor del Niño se agitarán los turbantes y las plumas de los séquitos orientales.

Ya empezó la primera misa. El capellán abre los brazos y relampaguea la casulla hecha con el traje de una Virreina. Asciende hacia las bóvedas la fragancia del incienso.

Cristóbal entrecierra los ojos. Ora sin despegar los labios. Pero a poco se yergue, porque él, que nada oye, acaba de oír un rumor a sus espaldas. Sí, un rumor, un rumor levísimo, algo que podría compararse con una ondulación ligera producida en el agua de un pozo profundo, inmóvil hace años. El sordomudo está de pie y tiembla. Aguza sus sentidos torpes, desesperadamente, para captar ese balbucir.

Y abajo el sacerdote se doblega sobre el Evangelio, en el esplendor de la seda y de los hilos dorados, y lee el relato de la Epifanía.

Son unas voces, unos cuchicheos, desatados a sus espaldas. Cristóbal ni oye ni habla desde que la enfermedad le dejó así, aislado, cinco años ha. Le parece que una brisa trémula se le ha entrado por la boca y por el caracol del oído y va despertando viejas imágenes dormidas en su interior.

Se ha aferrado a los balaústres, el plumero en la diestra. A infinita distancia, el oficiante refiere la sorpresa de Herodes ante la llegada de los magos que guiaba la estrella divina.

- Et apertis thesaurus suis -canturrea el capellán- obtulerunt ei munera, aurum, thus et myrrham.

Una presión física más fuerte que su resistencia obliga al muchacho a girar sobre los talones y a enfrentarse con el gran tapiz.

Entonces en el paño se alza el Rey Mago que besaba los pies del Salvador y se hace a un lado, arrastrando el oleaje del manto de armiño. Le suceden en la adoración los otros Príncipes, el del bello manto rojo que sostiene un paje caudatario, el Rey negro ataviado de azul. Oscilan las picas y las partesanas. Hiere la luz a los yelmos mitológicos entre el armonioso caracolear de los caballos marciales. Poco a poco el séquito se distribuye detrás de la Virgen María, allí donde la mula, el buey y el perro, se acurrucan en medio de los arneses y las cestas de mimbre. Y Cristóbal está de hinojos escuchando esas voces delgadas que son como subterránea música.

Delante del Niño a quien los brazos maternos presentan, hay ahora un ancho espacio desnudo. Pero otras figuras avanzan por la izquierda, desde el horizonte donde se arremolina el polvo de las caravanas y cuando se aproximan se ve que son hombres del pueblo, sencillos, y que visten a usanza remota. Alguno trae una aguja en la mano; otro, un pequeño telar; éste lanas y sedas multicolores; aquél desenrosca un dibujo en el cual está el mismo paño de Bruselas diseñado prolijamente bajo una red de cuadriculadas divisiones. Caen de rodillas y brindan su trabajo de artesanos al Niño Jesús. Y luego se ubican entre la comitiva de los magos, mezcladas las ropas dispares, confundidas las armas con los instrumentos de las manufacturas flamencas.

Una vez más queda desierto el espacio frente a la Santa Familia.

En el altar, el sacerdote reza el segundo Evangelio.

Y cuando Cristóbal supone que ya nada puede acontecer, que está colmado su estupor, un personaje aparece delante del establo. Es un hombre muy hermoso, muy viril, de barba rubia. Lleva un magnífico traje negro, sobre el cual fulguran el blancor del cuello de encajes y el metal de la espada. Se quita el sombrero de alas majestuosas, hace una reverencia y de hinojos adora a Dios. Cabrillea el terciopelo, evocador de festines, de vasos de cristal, de orfebrerías, de terrazas de mármol rosado. Junto a la mirra y los cofres, Rubens deja un pincel.

Las voces apagadas, indecisas, crecen en coro. Cristóbal se esfuerza por comprenderlas, mientras todo ese mundo milagroso vibra y espejea en torno del Niño.

Entonces la Madre se vuelve hacia el azorado mozuelo y hace un imperceptible ademán, como invitándolo a sumarse a quienes rinden culto al que nació en Belén.

Cristóbal escala con mil penurias el labrado facistol, pues el Niño está muy alto. Palpa, entre sus dedos, los dedos aristocráticos del gran señor que fue el último en llegar y que le ayuda a izarse para que pose los labios en los pies de Jesús. Como no tiene otra ofrenda, vacila y coloca su plumerillo al lado del pincel y de los tesoros.

Y cuando, de un salto peligroso, el sordomudo desciende a su apostadero de barandal, los murmullos cesan, como si el mundo hubiera muerto súbitamente. El tapiz del corsario ha recobrado su primitiva traza. Apenas ondulan sus pliegues acuáticos cuando el aire lo sacude con tenue estremecimiento.

Cristóbal recoge el plumero y los trapos. Se acaricia las yemas y la boca. Quisiera contar lo que ha visto y oído, pero no le obedece la lengua. Ha regresado a su amurallada soledad donde el asombro se levanta como una lámpara deslumbrante que transforma todo, para siempre.










martes, julio 29, 2008

«Siddharta», de Hermann Hesse

Dos fragmentos






I

Siddharta se quedó con el barquero y aprendió a manejar la barca; y si no tenía trabajo con la barca, ayudaba a Vasudeva en el campo de arroz, recogía la madera, cosechaba los frutos del bananero. Aprendió a construir un remo, y a reparar la embarcación, y a trenzar cestos. Estaba alegre por todo lo que aprendía y los días y los meses pasaban con rapidez.

Pero, más de lo que podía enseñarle Vasudeva, le instruía el río. De él aprendía continuamente. Sobre todo le enseñó a escuchar, a atender con el corazón tranquilo, con el alma serena y abierta, sin pasión, sin deseo, sin juicio ni opinión.

Le gustaba vivir al lado de Vasudeva, y a veces cambiaba unas palabras, pocas, pero bien pensadas. Vasudeva no era amigo de palabras: pocas veces lograba hacerle hablar.

-¿También has aprendido tú -le preguntó una vez-, has aprendido del río el secreto de que no existe el tiempo?

El rostro de Vasudeva se iluminó con una radiante sonrisa.

-Sí, Siddharta -contestó-. ¿Quieres decir esto: que el río está en todas partes a la vez? ¿ En su fuente y en la desembocadura, en la cascada, en la balsa, en la catarata, en el mar, en la montaña, en todas partes a la vez? ¿Y que para él sólo existe el presente y desconoce la sombra del futuro?


II

Siddharta repuso:

-He tenido ideas, sí, e incluso razonamientos de vez en cuando. En alguna ocasión he creído sentir en mí cómo se percibe la vida en el corazón, pero tan sólo por una hora o un día. Eran muchas las ideas, y me sería difícil comunicártelas. Mira, Govinda, ésta es una de las cuestiones que he descubierto: la sabiduría no es comunicable. La sabiduría que un erudito intenta comunicar, siempre suena a simpleza.
-¿Bromeas? -inquirió Govinda.
-No. Digo lo que he encontrado. El saber es comunicable, pero la sabiduría no. No se la puede hallar, pero se la puede vivir, nos sostiene, hace milagros: pero nunca se la puede explicar ni enseñar. Esto era lo que ya de joven pretendía, y lo que me apartó de los profesores, maestros y doctrinas. «He encontrado otra idea que tú, Govinda, seguramente tomarás por broma o chifladura, pero, en realidad, se trata de mi mejor pensamiento. Es éste: ¡Lo contrario a cada verdad es igual de auténtico! O sea: una verdad sólo se puede pronunciar y expresar con palabras si es unilateral. Y unilateral es todo lo que se puede expresar con pensamientos y declarar con palabras; todo lo unilateral, todo lo mediocre, todo lo que carece de integridad, de redondez, de unidad. «Cuando el venerable Gotama enseñaba el mundo por medio de palabras, lo tenía que dividir en sansara y nirvana en ilusión y verdad, en sufrimiento y redención. No es posible otra forma para el que desea enseñar. No obstante, el mundo mismo, lo que existe a nuestro alrededor y en nuestro propio interior, nunca es unilateral. Jamás un hombre o un hecho es del todo sansara o del todo nirvana nunca un ser es completamente santo o pecador. Nos parece que es así porque nos hacemos la ilusión de que el tiempo es algo real. Y el tiempo no es real, Govinda, lo he experimentado muchísimas veces. Y si el tiempo no es real, también el lapso que parece existir entre el mundo y la eternidad, entre el sufrimiento y la bienaventuranza, entre lo malo y lo bueno, es una ilusión».

...

«El mundo, amigo Govinda, no es imperfecto, ni se encuentra en un camino lento hacia la perfección. No; él es perfecto en cualquier momento. Todo pecado ya lleva en sí el perdón, todos los lactantes, la muerte; todos los moribundos, la vida eterna. Ningún ser humano es capaz de ver en el otro en qué situación se halla dentro de su camino: en el ladrón y en el jugador espera el buda, en el brahmán espera el ladrón».

...

«He experimentado en mi propio cuerpo, en mi misma alma, que necesitaba el pecado, la voluptuosidad, el afán de propiedad, la vanidad, y que precisaba de la más vergonzosa desesperación para aprender a vencer mi resistencia, para instruirme a amar al mundo, para no compararlo con algún mundo deseado o imaginado, regido por una perfección inventada por mí, sino dejarlo tal como es y amarlo y vivirlo a gusto».

«Estas son, Govinda, algunas de las ideas que se me han ocurrido».

Siddharta se inclinó, levantó una piedra del suelo y la sopesó en la mano.

-Esto -declaró mientras jugaba-, es una piedra, y dentro de un tiempo quizá sea polvo de la tierra, y de la tierra pasará a ser una planta, o animal o un ser humano. En otro tiempo hubiera dicho:

«Esta piedra sólo es piedra, no tiene valor, pertenece al mundo de Maja; pero como en el circuito de las transformaciones también puede llegar a ser un ente humano y un espíritu, por ello le doy valor». Así, quizás, hubiera pensado antes. Pero ahora razono: esta piedra es una piedra, también un animal, también un dios, también un buda; no la venero ni amo porque algún día pueda llegar a ser esto o lo otro, sino porque todo esto lo es desde hace tiempo, desde siempre.




1922








Contribución a Dscntxt de Germán Hitschfeld y Villavicencio desde el Sur











lunes, julio 28, 2008

“Para atravesar contigo el desierto del mundo”, de Sophia de Mello Breyner Andresen






Para atravesar contigo el desierto del mundo
Para enfrentarnos juntos al terror de la muerte
Para ver la verdad para perder el miedo
Al lado de tus pasos caminé

Por ti dejé mi reino mi secreto
Mi rápida noche mi silencio
Mi perla circular y su oriente
Mi espejo mi vida mi imagen
Y abandoné los jardines del paraíso

Aquí fuera a la luz sin velo del día duro
Sin los espejos me descubrí desnuda
Y que al descampado se llamaba tiempo

Por eso con tus gestos me vestiste
Y aprendí a vivir en pleno viento.









domingo, julio 27, 2008

"Campamento indio", de Ernest Hemingway









En la orilla del lago habían preparado otro bote, y dos indios esperaban a su lado.

Nick y su padre se ubicaron en la popa y los indios pusieron la embarcación en movimiento. Uno de ellos remaba. Tío Jorge se sentó en la popa del bote del campamento. El indio joven lo alejó un poco de la orilla y después subió para remar.

Las dos embarcaciones empezaron a navegar en la oscuridad. Nick oyó el ruido de las horquillas del otro bote, más adelante, pues la niebla le impedía verlo. Los nativos remaban con golpes rápidos y violentos. Nick estaba recostado, y su padre lo rodeaba con el brazo. Hacía frío en el lago. El indio remaba con todas sus fuerzas, pero el otro bote siempre le llevaba ventaja.

-¿Adónde vamos, papá?- preguntó Nick.

-Al campamento indio. Hay una señora muy enferma.

-¡Ah!- dijo Nick.

El bote del Tío Jorge llegó antes a la otra orilla. Cuando ellos desembarcaron, aquél estaba fumando un cigarro. La oscuridad era completa. El indio joven empujó el bote hacia la playa y Tío Jorge les dio cigarros a los dos remeros.

Después atravesaron una pradera empapada de rocío. El indio joven iba delante con el farol. Pasaron por el monte y siguieron un rastro hasta el camino para el transporte de trozas que volvió hacia las colinas. Allí había más claridad, pues el monte estaba cortado a ambos lados. El guía se detuvo y apagó el farol de un soplido. Finalmente, avanzaron todos por el ancho camino.

Dieron vuelta una curva y apareció un perro ladrando. Más allá se veían las luces de las chozas de los leñadores indios. Unos cuantos perros más salieron al encuentro de los recién llegados. Los dos indios los hicieron regresar a las chozas. En la que estaba más cerca del camino había luz en la ventana, y en la puerta esperaba una anciana con el farol encendido.

Adentro, una india joven yacía en una tarima de madera. Durante dos días trató de dar a luz. Todas las ancianas del campamento la ayudaron. Los hombres, por su parte, iban a fumar al camino, lejos de allí, para no oír los quejidos de la mujer. Estaba gritando cuando Nick y los dos indios entraron detrás de su padre y Tío Jorge. Ella estaba acostada en la tarima inferior. Parecía enorme bajo la colcha. La tarima de arriba la ocupaba su marido, que tres días antes se había cortado un pie con el hacha. Fumaba en pipa. El olor de la habitación apestaba.

El padre de Nick ordenó que pusieran un poco de agua al fuego, y mientras ésta se calentaba habló con el muchacho:

Esta señora va a tener un hijo, Nick.

-Ya lo sé.

-No, no lo sabes -prosiguió el padre-. Escúchame. Está sufriendo los llamados dolores del parto. La criatura quiere nacer y ella quiere que nazca. Todos sus músculos están tratando de que salga la criatura. Eso es lo que ocurre cuando grita.

-Comprendo -asintió Nick.

En ese instante, la mujer lanzó un fuerte quejido.

-¡Oh! ¿Y no puedes darle algo para calmarla, papá? -preguntó el joven.

-No. No tengo ningún anestésico. Pero sus gritos no tienen importancia. No los oigo, porque no tienen importancia.

En la tarima superior, el marido se volvió contra la pared.

La mujer que cuidaba el agua indicó al médico que ya estaba caliente. El padre de Nick fue a la cocina y echó la mitad del líquido de la enorme olla en una palangana. En el agua que quedó en la olla puso varias cosas que llevaba envueltas en un pañuelo.

-Esto tiene que hervir -dijo mientras empezaba a lavarse las manos en la palangana con el pan de jabón que había traído del campamento.

Nick observó atentamente el cuidado con que su padre se restregaba ambas manos. En ese momento volvió a dirigirle la palabra:

-Como verás, Nick, primero tiene que salir la cabeza de la criatura, aunque a veces no ocurre así. Entonces se producen muchos inconvenientes para todos. Quizá tengamos que operar a esta mujer. Dentro de un ratito lo sabremos.

Una vez terminado el minucioso lavado, se dispuso a trabajan

-¿Quieres retirar esa colcha, Jorge? Prefiero no tocarla, ahora que tengo las manos bien limpias.

Luego, cuando comenzó a operar, Tío Jorge y tres indios sujetaron a la mujer, que en una ocasión mordió a Tío Jorge en el brazo, haciéndole exclamar.

-¡India perra de porquería!

Y el indio que remó su bote lanzó una carcajada. Nick sostenía la palangana al lado de su padre, que tardó largo rato. Finalmente, sacó la criatura, le dio una palmada para hacerla respirar y la entregó a la anciana.

-Mira, es un niño, Nick. ¿Qué opinas, como practicante?

-Que está muy bien -dijo Nick, mirando hacia otro lado para no ver lo que hacía el padre.

-Así. Eso es -dijo éste poniendo algo en la palangana.

Nick apartó la mirada de nuevo.

-Ahora hacen falta varias puntadas. Haz lo que te parezca, Nick. Si quieres mirar, mira, y si no, no. Voy a coser la incisión anterior.

Nick no observó la operación. Ya había perdido toda curiosidad...

Su padre terminó, incorporándose. Tío Jorge y los tres indios también se pusieron de pie. Nick llevó la palangana a la cocina.

Tío Jorge se miró el brazo, y el indio joven sonrió al recordar la escena del mordisco.

-Te pondré un poco de peróxido, Jorge -le dijo el médico.

Luego se inclinó sobre la mujer, muy pálida y quieta y con los ojos cerrados. Había perdido el sentido.

-Volveré por la mañana -explicó el doctor, poniéndose de pie-. La enfermera de San Ignacio llegará aquí a mediodía con todo lo que necesitamos.

Se sentía muy alegre y locuaz, igual que los jugadores de fútbol reunidos en el vestuario después del partido.

-Esto es como para publicarlo en el boletín médico, Jorge -manifestó-. ¡Imagínate! ¡Hacer una operación cesárea con una navaja y coser la herida con hilo de tripa! ¡Casi nada!

Tío Jorge estaba apoyado contra la pared. Seguía mirándose el brazo.

-¡Oh! No hay duda de que eres un gran hombre -afirmó.

-Ahora hay que echarle un vistazo al orgulloso padre. Generalmente, son los que más sufren en estas pequeñas tragedias. Aunque debo reconocer que se portó bastante bien.

Pero al retirar la colcha que cubría la cabeza del indio sacó la mano mojada. Entonces subió al borde de la tarima inferior y miró la otra con la ayuda del farol. El nativo yacía con la cara hacia la pared. Un tajo de oreja a oreja atravesaba su garganta. La sangre formaba un charco en la parte del lecho hundida por el cuerpo. La cabeza descansaba sobre el brazo izquierdo, y la navaja abierta estaba encima de las frazadas.

-Hazlo salir a Nick, Jorge -dijo el doctor.

Pero no hubo necesidad de hacerlo, pues Nick, desde la puerta de la cocina, pudo ver la tarima cuando su padre, farol en mano, echó hacia atrás la cabeza del indígena.

Empezaba a aclarar cuando regresaron al lago por el camino de los leñadores.

-Estoy arrepentidísimo de haberte traído, Nickie -dijo su padre. Ya había desaparecido el regocijo que sucedió a la operación-. Ha sido algo espantoso, poco conveniente para ti.

-¿Y las mujeres siempre sufren tanto cuando dan a luz? -preguntó Nick.

-No, esto ha sido algo excepcional, muy excepcional.

-¿Y por qué se suicidó él, papá?

-No sé, Nick. No habrá podido aguantar lo que ocurrió, supongo.

-¿Se suicidan muchos hombres en casos como éste?

-No muchos, Nick.

-¿Y las mujeres?

-Es raro.

-¿No se suicidan nunca?

-¡Oh! Sí. A veces lo hacen.

-Papá...

-¿Qué?

-¿Adonde fue Tío Jorge?

-Volverá enseguida.

-¿Se sufre mucho al morir, papá?

-No, creo que no. Nick, depende...

-Luego se sentaron en el bote: Nick en la proa, y su padre remando. El sol ya se asomaba por las colinas. Un róbalo saltó y formó un círculo en el agua. Nick introdujo la mano en el líquido, que estaba tibio no obstante el severo frío matinal.

A esa hora temprana, en el lago, sentado en la popa del bote, mientras su padre remaba, Nick tuvo la completa seguridad de que nunca moriría...







en In our time, 1925.





Colaboración a Dscntxt de Roberto Marconi






sábado, julio 26, 2008

"John Lennon (1940-1980)", de Óscar Hahn







La vida comienza a los cuarenta
dijo John Lennon encendiendo las velas
en el comedor del edificio Dakota

La otra vida comienza ahora mismo
dijo la muerte apretando el gatillo
en la puerta del edificio Dakota

Porque después de esta muerte no hay otra
dijo la voz apagando las velas
y al que le venga el luto que se lo ponga












en Versos robados, 2004






viernes, julio 25, 2008

"Contemplando la Luna", de Ho Tzu-Lang







Noche clara. Aún despierta
abro por un momento los frágiles postigos.
El susurro del agua del lago de jade
refleja la Luna de cejas pintadas.
Hay gotas de rocío, como cuentas, apenas suspendidas;
caen suavemente los destellos de la luz.
Mi amado está a más de mil leguas;
en vano las últimas sombras se esfuman veloces.







Principios del s. V, aprox.








jueves, julio 24, 2008

“Chaplin, sí”, de Marguerite Duras






Sí, Chaplin. Carecía de reflexión, de espíritu de hipótesis, de juicio. Siempre metido en la comedia; esto es, la comedia no lo dejaba. Esta comedia abrazaba la realidad y se la devolvía. Entonces, la aprehendía y la veía. Vio el nazismo como un circo atroz, pero como un circo, Hitler como un payaso sangriento, Landru como un trabajador del crimen. Chaplin no veía nada sin contexto. Concebía la humanidad como una condena, y se dejó arrastrar por ella. Flotaba con ella, iba a la deriva con ella.

Grandeza de Chaplin. Él, por sí solo, era la muchedumbre. Ahogado en un pozo sin fondo. Nada frenaba su caída. El acontecimiento se dejaba caer en lo más hondo de él. Se perdía y Chaplin dejaba que se perdiera, otorgaba. Cuando el acontecimiento volvía hacia él después de esta estancia en el olvido, sobre todo en lo ininteligible, entonces Chaplin lo reconocía y lo explicaba. Chaplin no es una persona cabal. Es un minusválido genial, un accidente fabuloso en la historia del espíritu, un hiato gigantesco del cine. Es un indigente mental. Un retrasado mental.

Se dice que la gran suerte de Chaplin fue haber aparecido en la época del cine mudo. Afirmo que en el cine hablado nunca hemos alcanzado esta dimensión del cine mudo.








en Los ojos verdes, 1990










miércoles, julio 23, 2008

“El silencio de las sirenas”, de Franz Kafka







Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:

Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.

Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.

En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.

Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.

Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.

Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.

La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.










martes, julio 22, 2008

"Algo había sucedido”, de Dino Buzzati







El tren había recorrido sólo pocos kilómetros (y el camino era largo, nos detendríamos recién en la lejanísima estación de llegada, después de correr durante casi diez horas) cuando vi por la ventanilla, en un paso a nivel, a una muchacha. Fue una casualidad, podía haber mirado tantas otras cosas y en cambio mi mirada cayó sobre ella, que no era hermosa ni tenía nada de extraordinario. ¡Quién sabe por qué había reparado en ella! Era evidente que estaba apoyada en la barrera para disfrutar de la vista de nuestro tren, superdirecto, expreso al norte, símbolo -para aquella gente inculta- de vida fácil, aventureros, espléndidas valijas de cuero, celebridades, estrellas cinematográficas... Una vez al día este maravilloso espectáculo y absolutamente gratuito, por añadidura.

Pero cuando el tren pasó frente a la muchacha, en vez de mirar en nuestra dirección se dio vuelta para atender a un hombre que llegaba corriendo y le gritaba algo que nosotros, naturalmente, no pudimos oír, como si acudiera a prevenirla de un peligro. Solamente fue un instante: la escena voló, quedó atrás y yo me quedé preguntándome qué preocupación le había traído aquel hombre a la muchacha que había venido a contemplarnos. Y ya estaba por adormecerme, al rítmico bamboleo del tren, cuando quiso la casualidad -se trataba seguramente de una pura y simple casualidad- que reparara en un campesino parado sobre un murito, que llamaba y llamaba hacia el campo, haciéndose bocina con las manos. También esta vez fue un momento porque el expreso siguió su camino, aunque me dio tiempo de ver a seis o siete personas que corrían a través de las praderas, los cultivos, la hierba medicinal, pisoteándola sin miramientos. Debía ser algo importante. Venían de diferentes lugares -de una casa, de una fila de viñas, de una abertura en la maleza- pero todos corrían directamente al murito, acudiendo alarmados, al llamado del muchacho. Corrían, sí, ¡por Dios cómo corrían!, espantados por alguna inesperada noticia que los intrigaba terriblemente, quebrando la paz de sus vidas. Pero fue sólo un instante, lo repito apenas un relámpago; no tuvimos tiempo de observar nada más.

"¡Qué extraño!", pensé, "en pocos kilómetros ya dos casos de gente que recibe, de golpe, una noticia" (eso, al menos era lo que yo presumía). Ahora, vagamente sugestionado, escrutaba el campo, las carreteras, los paisajes, con presentimiento e inquietud. Seguramente estaba influido por el especial estado de ánimo, pero lo cierto es que cuanto más observaba a la gente, más me parecía encontrar en todos lados una inusitada animación. ¿Por qué aquel ir y venir en los patios, aquellas afanadas mujeres, aquellos carros...? En todos lados era lo mismo. Aunque a esa velocidad era imposible distinguir bien, hubiera jurado que toda esa agitación respondía a una misma causa. ¿Se celebraría alguna procesión en la zona? ¿O los hombres se dispondrían a ir al mercado? El tren continuaba adelante y todo seguía igual, a juzgar por la confusión. Era evidente que todo se relacionaba: la muchacha del paso a nivel, el joven sobre el muro, el ir y venir de los campesinos: algo había sucedido y nosotros, en el tren, no sabíamos nada.

Miré a mis compañeros de viaje, algunos en el compartimiento, otros en el corredor. No se habían dado cuenta de nada. Parecían tranquilos y una señora de unos sesenta años, frente a mí, estaba a punto de dormirse. ¿O acaso sospechaban? Sí, sí, también ellos estaban inquietos y no se atrevían a hablar. Más de una vez los sorprendí echando rápidas miradas hacia fuera. Especialmente la señora somnolienta, sobre todo ella, miraba de reojo, entreabriendo apenas los párpados y después me examinaba cuidadosamente para ver si la había descubierto. Pero, ¿de qué teníamos miedo?

Nápoles. Aquí, habitualmente, el tren se detiene. Pero nuestro expreso, no; hoy no. Desfilaron cerca las viejas casas y en los patios oscuros se veían ventanas iluminadas. En aquellos cuartos -fue un instante- hombres y mujeres aparecían inclinados, haciendo paquetes y cerrando valijas. ¿O me engañaba y todo era producto de mi fantasía?

Se preparaban para marcharse. "¿Adónde?", me preguntaba. Evidentemente no era una noticia feliz, pues había como una especie de alarma generalizada en la campaña como en la ciudad. Una amenaza, un peligro, el anuncio de un desastre. Después me decía: "Si fuera una desgracia se habría detenido el tren; y en cambio, el tren encontraba todo en orden, señales de vía libre, cambios perfectos, como para un viaje inaugural.

Un joven a mi lado, simulando que se desperezaba, se había puesto de pie. En realidad quería ver mejor y se inclinaba sobre mí para estar más cerca del vidrio. Afuera, el campo, el sol, los caminos blancos y sobre los caminos carros, camiones, grupos de gente a pie, largas caravanas, semejantes a las que marchan en dirección a la iglesia el día del santo patrón de la ciudad. Ya eran cientos, cada vez más gentío a medida que el tren se acercaba al norte. Y todos llevaban la misma dirección, descendían hacia el mediodía, huían del peligro mientras nosotros íbamos directamente a su encuentro; a velocidad enloquecida nos precipitábamos, corríamos hacia la guerra, la revolución, la peste, el fuego... ¿Qué más podía pasarnos? No lo sabríamos hasta dentro de cinco horas, en el momento de llegar y seguramente sería demasiado tarde.

Nadie decía nada. Ninguno quería ser el primero en ceder. Cada uno quizás dudara de sí mismo, como yo, y en la incertidumbre se preguntara si toda aquella alarma sería real o simplemente una idea loca, una alucinación, una de esas ocurrencias absurdas que suelen asaltarnos en el tren, cuando ya se está un poco cansado. La señora de enfrente lanzó un suspiro, aparentando que recién se despertaba e igual que aquel que saliendo efectivamente del sueño levanta la mirada mecánicamente, así ella levantó las pupilas, fijándolas, casi por azar, en la manija de la señal de alarma. Y también todos nosotros miramos el aparato, con idéntico pensamiento. Nadie se atrevió a hablar o tuvo la audacia de romper el silencio o simplemente osó preguntar a los otros si habían advertido, afuera, algo alarmante.

Ahora las carreteras hormigueaban de vehículos y gente, todos en dirección al sur. Nos cruzábamos con trenes repletos de gente. Los que nos veían pasar, volando con tanta prisa hacia el norte, nos miraban desconcertados. Un multitud había invadido las estaciones. Algunos nos hacían señales, otros nos gritaban frases de las cuales se percibían solamente las voces, como ecos de la montaña.

La señora de enfrente empezó a mirarme. Con las manos enjoyadas estrujaba nerviosamente un pañuelo, mientras suplicaba con la mirada. Parecía decir: si alguien hablara... si alguno de ustedes rompiera al fin este silencio y pronunciara la pregunta que todos estamos esperando como una gracia y ninguno se atreve a formular...

Otra ciudad. Como al entrar en la estación el tren disminuyó su velocidad, dos o tres se levantaron con la esperanza de que se detuviera. No lo hizo y siguió adelante como una estruendosa turbonada a lo largo de los andenes donde, en medio de un caótico montón de valijas, un gentío se enardecía, esperando, seguramente, un convoy que partiera. Un muchacho intentó seguirnos con un paquete de diarios y agitaba uno que tenía un gran titular negro en la primera página. Entonces, con un gesto repentino, la señora que estaba frente a mí se asomó, logrando detener por un momento el periódico, pero el viento se lo arrancó impetuosamente. Entre los dedos le quedó un pedacito. Advertí que sus manos temblaban al desplegarlo. Era un papelito casi triangular. Del enorme título, sólo quedaban tres letras: ION, se leía. Nada más. Sobre el reverso aparecían indiferentes noticias periodísticas.

Sin decir palabra, la señora levantó un poco el fragmento, a fin de que pudiéramos verlo. Todos lo habíamos visto, aunque ella aparentaba ignorarlo. A medida que crecía el miedo, nos volvíamos más cautelosos. Corríamos como locos hacia una cosa que terminaba en ION y debía de tratarse de algo espeluznante; poblaciones enteras se daban a la fuga. Un hecho nuevo y poderoso había roto la vida del país, hombres y mujeres solamente pensaban en salvarse, abandonando casas, trabajos, negocios, todo, pero nuestro tren no, el maldito aparato, del cual ya nos sentíamos parte como un pasamano más, como un asiento, marchaba con la regularidad de un reloj, a la manera de un soldado honesto que se separa del grueso del ejército derrotado para llegar a su trinchera, donde ya la ha cercado el enemigo. Y por decencia, por un respeto humano miserable, ninguno de nosotros tenía el coraje de reaccionar. ¡Oh los trenes, cómo se parecen a la vida!

Faltaban dos horas. Dos horas más tarde, a la llegada, ya sabríamos la suerte que nos esperaba a todos. Dos horas. Una hora y media. Una hora. Ya descendía la oscuridad. Vimos a lo lejos las luces de nuestra anhelada ciudad y su inmóvil resplandor reverberante, un halo amarillo en el cielo, nos volvió a dar un poco de coraje.

La locomotora emitió un silbido, las ruedas resonaron sobre el laberinto de los cambios. La estación, la superficie -ahora oscura- del techo de vidrio, las lámparas, los carteles, todo estaba como de costumbre. Pero, ¡horror! Aún el tren se movía, cuando vi que la estación estaba desierta, los andenes vacíos y desnudos. Por más que busqué no pude encontrar una figura humana. El tren se detuvo, al fin. Corrimos por el andén hacia la salida, a la caza de alguno de nuestros semejantes. Me pareció entrever al fondo, en el ángulo derecho, casi en la penumbra, a un ferroviario con su gorro que desaparecía por una puerta, aterrorizado. ¿Qué habría pasado? ¿No encontraríamos un alma en la ciudad? De pronto, la voz de una mujer, altísima y violenta como un disparo, nos hizo estremecer. "¡Socorro! ¡Socorro!", gritaba y el grito repercutió bajo el techo de vidrio con la vacía sonoridad de los lugares abandonados para siempre.










lunes, julio 21, 2008

«Quien entra por azar en la morada de un poeta», de René-Guy Cadou

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Quien entra por azar en la morada de un poeta
No sabe que los muebles tienen poder sobre él
Que cada nudo de madera encierra
Más gritos de pájaros que todo el corazón del bosque
Y basta que una lámpara pose su cuello de mujer
Contra un rincón lustroso a la caída de la tarde
Para liberar de repente mil pueblos de abejas
Y el olor de pan fresco de cerezos floridos
Porque tal es la alegría de esta soledad
Que una tenue caricia de la mano
Devuelve a estos grandes y oscuros muebles taciturnos
La levedad de un árbol en la mañana.






en Les biens de ce monde, 1951















Celui qui entre par hasard dans la demeure d'un poète

Celui qui entre par hasard dans la demeure d'un poète / Ne sait pas que les meubles ont pouvoir sur lui / Que chaque noeud du bois renferme davantage / De cris d'oiseaux' que tout le coeur de la forêt / Il suffit qu'une lampe pose son cou de femme / A la tombée du soir contre un angle verni / Pour délivrer soudain mille peuples d'abeilles / Et 1'odeur de pain frais des cerisiers fleuris / Car tel est le bonheur de cette solitude / Qu'une caresse toute plate de la main / Redonne à ces grands meubles noirs et taciturnes / La légèreté d'un arbre dans le matin.








domingo, julio 20, 2008

«Manifiesto del señor Antipirina», de Tristan Tzara

Traducción de Huberto Haltter




DADÁ es nuestra intensidad: que erige las bayonetas sin consecuencia la cabeza sumatral del bebé alemán; DADÁ es la vida sin pantuflas ni paralelos; que está en contra y a favor de la unidad y decididamente contra el futuro; sabemos sensatamente que nuestros cerebros se convertirán en cojines blancuzcos, que nuestro antidogmatismo es tan exclusivista como el funcionario y que no somos libres y gritamos libertad; necesidad severa sin disciplina ni moral y escupamos sobre la humanidad.

DADÁ permanece dentro del marco de las debilidades europeas, es una cochinada como todas, pero de ahora en adelante queremos zurrarnos en diversos colores para ornar el jardín zoológico del arte de todas las banderas de los consulados.

Nosotros somos directores de circo y chiflamos entre los vientos de las ferias, por entre los conventos, prostituciones, teatros, realidades, sentimientos, restaurantes, uy, jojo, bang, bang.

Nosotros declaramos que el automóvil es un sentimiento que nos ha mimado más de lo suficiente en las lentitudes de sus abstracciones, como los transatlánticos, los ruidos y las ideas. Sin embargo, nosotros exteriorizamos la facilidad, buscamos la esencia central y nos sentimos contentos si podemos ocultarla; no queremos contar las ventanas de la élite maravillosa, pues DADÁ no existe para nadie y queremos que todo el mundo entienda eso. Es ahí, se los aseguro, donde está el balcón de Dadá. Desde donde uno puede oír las marchas militares y descender cortando el aire como un serafín en un baño popular, para mear y comprender la parábola.

DADÁ no es locura, ni sabiduría, ni ironía, mírame, gentil burgués.

El arte era un juego color de avellana, los niños armaban las palabras que tienen repique al final, luego lloraban y gritaban la estrofa, y le ponían las botitas de las muñecas, y la estrofa se volvió reina para morir un poco y la reina se convirtió en ballena y los niños corrían y se quedaron sin cena.

Y luego vinieron los grandes embajadores del sentimiento, quienes exclamaron históricamente a coro:

Psicología Psicología jiji
Ciencia Ciencia Ciencia
Viva Francia
No somos naïf
Somos sucesivos
Somos exclusivos
No somos simples
y sabemos bien discutir de la inteligencia.

Pero Nosotros, DADÁ, no compartimos su opinión, pues el arte no es cosa seria, se los aseguro, y si mostramos el crimen para doctamente decir ventilador, es para halagarles, queridos oyentes, los amo tanto, se los aseguro, los adoro.




1916










sábado, julio 19, 2008

“El hombre popular”, de Frédéric Mistral







El alcalde de Guigoñán tuvo la bondad de invitarme, el año pasado, a la fiesta de su pueblo. Nosotros habíamos sido camaradas de escritorio, durante siete años, en la escuela de Monte-Favat, pero después ni siquiera habíamos vuelto a vernos.

-¡Bendito sea Dios! -exclamó al verme- lo que es tú, sigues siendo el mismo: fresco como una flor, hermoso como una peseta, derecho como un bolo... Te habría reconocido entre mil.
-Sí -le respondí- siempre el mismo; sólo que la vista disminuye un poco, que las sienes ríen, que los cabellos blanquean y que "cuando las cimas están blancas los valles ya no están calientes".
-¡Vaya con el tonto! -me dijo- los viejos bueyes son los que hacen el surco más derecho... Y además no todo el que quiere llega a veterano... Pero vamos a comer.

Ya ustedes saben la manera cómo en las fiestas de pueblo se come; y además yo respondo de que en la casa de mi amigo Bastaña nadie se muere de hambre.

Los platos con que en esa tarde nos regaló, eran dignos del tratamiento de "Usía": truchas de la Sorga, cangrejos de río, carnes espléndidas, vinos de marca, licores de todas clases que adornaban el centro de la mesa, y una pollita de veinte años para hacer el servicio, que... no les digo a ustedes más.

Al llegar a los postres comenzamos a oír un ruido sordo que venía de la calle. ¡Run! ¡run! ¡run!... Eran los tamboriles en manos de la juventud del pueblo que venía, según costumbre, a dar serenata al señor cónsul.

-Abre la puerta, Fransoneta -gritó mi amigo Bastaña- ve a buscar las fougasses y ¡paf! lava las copas.

Cuando los músicos acabaron su primera tamborilada, comenzaron a marchar detrás de los jefes de la juventud, quienes entraron en la sala llevando ramitos de flores en el ojal y acompañados, no sólo del mozo que mostraba fieramente los premios en el extremo de un asta, sino también de las bandas de faranduleros y de muchachas.

Los vasos se llenaron de buen vino de Alicante; los enamorados, cada uno a su turno, cortaron un pedacito de mina; todos brindaron grandemente a la salud del señor alcalde; y cuando todos hubieron bebido, cuando todos hubieron reído, pronunció mi amigo este pequeño discurso:

-Bailad todo lo que os dé la gana, hijos míos, divertíos todo lo que podáis; en no dándose golpes y en no haciendo desorden, todo está permitido.
-¡Viva el señor Bastaña ¡-gritó la juventud.
Y poniéndose en camino la farándula, todo el mundo se fue.

Cuando al fin nos quedamos solos el amigo Bastaña y yo, mi primera pregunta fue:

-¿Cuánto tiempo hace que eres alcalde de Guigoñán?
-Cincuenta años.
-Con seriedad ¿hace ya cincuenta años?
-Sí, te lo aseguro; cincuenta años. Yo he visto pasar, querido, once gobiernos y no creo morir, si el buen Dios me ayuda, sin enterrar todavía otra media docena.
-Pero ¿cómo has hecho para salvar tu puesto a través de tantos acontecimientos y de tantas revoluciones?
-¡Ah! mi amigo, este es el Pater de los asnos. El pueblo, el buen pueblo, el bravo pueblo, no pide sino que se le conduzca. Ahora bien: hay algunos que dicen: "es preciso conducirlo dulcemente". En cuanto a mí ¿sabes lo que digo? pues: "es preciso conducirlo alegremente". Fíjate un segundo en los pastores: los más listos no son los que llevan siempre el garrote levantado, ni menos aún los que se acuestan bajo un sauce y se duermen sobre los repechos, sino los que marchan tranquilamente a la cabeza de sus rebaños, tocando sus flautas. El ganado que se considera libre y que en efecto lo es, pace, sin perder un mordisco, todas las puntas de hierba nueva; luego, cuando los vientres están llenos y la tarde comienza a caer, el pastor toca el aire de retirada y el rebaño toma contento el camino del corral. En cuanto a mí, yo hago lo mismo: toco la flauta y mi rebaño me sigue.
-¡Tú tocas flauta! Eso está bueno para contado... Pero en tu distrito tiene que haber blancos, rojos, testarudos y rabiosos, como en todas partes. Y luego, cuando llega la hora de elegir un diputado, por ejemplo, ¿cómo te las arreglas?
-¿Que cómo me las arreglo? Pues no metiéndome en nada, mi buen hombre; porque decir a los blancos: votad por la República sería perder su latín y su trabajo y decir a los rojos: votad por las Flores de Lis, valdría tanto como escupir contra esta muralla.
-Pero ¿y los indecisos, los escambarla, los que no tienen opinión, los pobres inocentes, la buena gente que vacila ¡caramba! y que va según el viento?
-¡Ah! ¿esos? cuando por casualidad me preguntan mi opinión en la barbería: "Vean ustedes -les contesto- Basaquín no vale más que Basacán. Si ustedes votan por Basaquín, este verano tendrán pulgas y sí ustedes votan por Basacán, tendrán pulgas este verano. Cuanto a nosotros los guigoñanenses, una buena lluvia nos conviene más que todas las promesas de los candidatos. Lo mejor, en realidad, sería elegir campesinos, como en Suecia y en Dinamarca, porque de otra manera nunca estaréis bien representados. Los abogados, los burgueses de todas clases, en fin, que ustedes mandan al parlamento, no piden sino una cosa: quedarse en París el mayor tiempo posible para ordeñar la vaca y coger lo mejor del pesebre... ¡Poco les importa a ellos Guigoñán! Pero si, como yo os aconsejo siempre, vosotros eligierais campesinos, las economías serían mayores, los grandes trabajos se suprimirían, se abrirían canales, se abolirían los derechos reunidos, no se harían la guerra y se apresurarían a
arreglar los negocios para volver a sus campos antes de la cosecha... ¡Pensar en que, habiendo en Francia más de veinte millones de pies terrosos los campesinos no tienen bastante inteligencia para escoger entre ellos mismos unos trescientos que vayan a representar la tierra!... ¿Qué se arriesgaría con ensayar? En todo caso, más mal que los otros no han de hacer. Y cada uno exclama al oírme: "Este señor Bastaña puede tener razón a pesar de sus bromas."
-Bueno -le dije- pero tú personalmente, tú, Bastaña ¿cómo has hecho para conservar tu popularidad y tu autoridad en Guigoñán cincuenta años seguidos?
-Nada más sencillo -me respondió-. Mira, ahora tenemos necesidad de tomar el aire, levantémonos de la mesa y cuando hayamos dado una o dos veces la vuelta a Guigoñán, tú sabrás tanto como yo del asunto en cuestión.

Levantémonos, pues, de nuestras sillas, encendimos un cigarro y echamos a andar, camino de las fiestas.

Delante de la puerta, en el camino, había unos cuantos muchachos que jugaban a los bolos. Un tirador levantó su pala y su bola se quedó en el mismo sitio después de haber ganado dos puntos de un solo golpe.

-¡Suerte de Dios! -gritó mi amigo Bastaña.
-¡Eso sí que se llama tirar! Mis felicitaciones, Juan Claudio; yo he visto bastantes partidas y te aseguro que nunca vi escamotear una bola tan bonitamente. Eres un famoso tirador.

Y seguimos andando. A pocos pasos dos chiquillas pasaron delante de nosotros con los brazos enlazados.

-Mire usted eso -dijo Bastaña-, mire usted eso y dígame si no parecen un par de reinas. ¡Los cuerpos bonitos, las caritas finas, los pendientes a la última moda! ¡La flor del pueblo!...

Las chiquillas volvieron la cabeza y nos saludaron sonrientes.

Al atravesar la plaza, como pasásemos frente a una puerta donde un hombre estaba sentado:

-Y bien, maestro Quitrán -le dijo Bastaña-, ¿vamos a luchar como hombres o como semihombres este año?
-¡Ah! mi pobre señor -respondió el viejo atleta- nosotros ya no luchamos como nada.
-¿Se acuerda usted del año en que se presentaron sobre el campo Meissonnier, Marseille y Rabassou, los tres luchadores más grandes de Provenza? Usted los derrotó a todos, sin embargo...
-¡Cómo no había de acordarme! -dijo el luchador enardeciéndose-. Eso fue justamente el año de la toma de la ciudadela de Amberes; había un premio de cien escudos, con un carnero para los semi-hombres... El prefecto de Aviñón me dio la mano... ¡Y luego las gentes de Bedarride que pensaron en batirse con las de Curtezón... porque unos estaban de mi parte y otros en contra!... ¡Ah! ¡Qué tiempos! Hoy más vale no hablar de luchadores; porque ya no hay ni un hombre, señor, ni uno... y además ellos se entienden entre sí...

Cuando hubimos andado unos cincuenta pasos, el señor cura salía de su presbiterio.

-Buenas noches, señores.
-Muy buenas, señor cura... y ya que tengo el gusto de encontrarlo es necesario que hablemos un momento de cierto asuntillo. Esta mañana, en la misa, me parece haber notado que nuestra iglesia va siendo muy estrecha, sobre todo para los días de fiesta... ¿No cree usted que sería muy bueno pensar en ensancharla?
-En ese punto, señor alcalde, yo comparto en absoluto su opinión, porque en realidad los días de ceremonia no hay lugar para hacer un movimiento.
-Voy a ocuparme de eso, señor cura, voy a ocuparme de eso. En el primer consejo municipal propondré la cuestión, la pondremos a estudio y si la prefectura quiere prestarnos su ayuda...
-Magnífico, señor alcalde, magnífico; por mi parte no puedo menos que darle un millón de gracias.

Un momento después, nos topamos con un muchacho que iba a entrar al café con su chaqueta sobre el hombro.

-En todo caso -le dijo Bastaña- me parece que tú no estás enmohecido. Ya me han dicho algo de la buena sacudida que supiste dar al pisaverde que cortejaba a Madelón queriendo sustituirte.
-¿Y acaso no estuvo bien hecho, señor alcalde?
-¡Bravo, Jousselet, bravo! Es preciso no dejarse comerla sopa... Sólo que, para otra vez, te aconsejo pegar menos duro.
-Vamos -le dije a mi amigo- ahora ya comienzo a comprender.
-¿Sí? Pues aguarda un poco aún -me respondió él.

Como saliésemos de las fortificaciones, lo primero que encontramos fue un rebaño que ocupaba todo el ancho del camino. Bastaña gritó al pastor:

-Sólo oír el ruido de tus cascabeles ya comencé a decirme: ese debe de ser Jorge; y ya ves cómo no me equivoqué. Tu rebaño parece un espejo. ¡Qué animales tan hermosos! Nadie sabe lo que tú les das de comer... Y lo que es el precio, estoy seguro de que no los darías, el uno con el otro, por menos de diez escudos.
-Seguramente que no -replicó Jorge-. Los compré en la feria fría este año mismo... Casi todos han de reparir.
-No sólo eso, amigo, sino que un ganado de tal especie hade producir camadas iguales...
-¡Dios lo oiga, señor alcalde!

Apenas habíamos acabado de hablar con el pastor, cuando vimos acercarse a un carretero llamado Sabatu:

-¡Hola, chico! -le dijo Bastaña-. Tal vez no vas a creerme, pero es lo cierto que todavía estabas tú con tu carreta a media legua de distancia cuando yo había ya adivinado tus latigazos.
-¿Verdaderamente, señor?
-No hay más que tú, muchacho, para hacer tronar la mecha de esa manera.

Y Sabatu hizo vibrar el aire con su fusta, hiriendo rudamente nuestros oídos, para probarnos que era verdad.

A fuerza de andar encontramos una vieja que recogía hierbas en los bordes de las fosas.

-¡Cómo! ¿Eres tú, Berangera? Pues has de saber que al mirarte por la espalda, con tu fichú rojo, te había tomado por Teresona, la nuera del maestro Franc. ¡Vaya, es admirable que te le parezcas tanto!
-¿Yo? ¡Este señor Bastaña siempre es el mismo! Figúrese usted que yo ya tengo setenta años...
-¡Qué demonio! Si tú te miraras por detrás, ya verías cómo aun estás guapa...
-¡Siempre bromista, siempre bromista, el señor alcalde! -decía la buena vieja echándose a reír.

Y luego, dirigiéndose a mí:

-Ya ve usted, señor, y no es por que él esté delante, pero en realidad, nuestro señor alcalde es una delicia de hombre. ¡Tan familiar que habla, ya lo ve usted, hasta con los últimos del pueblo, hasta con los niños de tres meses! Por eso es por lo que, habiendo tomado la alcaldía hace cincuenta años, la conservará toda su vida.
-Y bien, colega -me dijo Bastaña-, ya ves que no he sido yo quien la ha hecho hablar... A todos nos gustan las buenas tajadas, a todos nos agradan los cumplidos y todos gozamos al mirarnos tratados con buenas maneras... Y así, sea con el rey, sea con el pueblo, el que quiera mandar mucho que guste mucho también.

He ahí todo el secreto del alcalde de Guigonán...











viernes, julio 18, 2008

"La hora del diablo", de Fernando Pessoa

Fragmentos del inicio





Y, con un gesto de gran cansancio y olvidándose de un beso, fue a acostarse.

Su hijo, cuando nació, nació normal de figura, pero no demoró en mostrar que era un hombre de genio. Sus poemas tienen una calidad extraña y lunar. Planea en ellos un deseo de grandes cosas, como de alguien que un día hubiera planeado, en una vida antes de ésta, por sobre todas las ciudades de la Tierra. Recorre sus versos una visión de grandes puentes, inexplicable mediante cualquier experiencia que se le conozca. Y una vez, en un poema escrito casi en sueños, dijo que algo en él había sido tentado, como Cristo, en la gran altura desde donde se ve todo el mundo [1].

Abajo, a una distancia más que imposible, había, como astros diseminados, grandes manchas de luz: ciudades, sin duda, de la Tierra. El Diablo las señaló.
—Son las grandes ciudades del mundo: aquélla es Londres. —Y señaló una a la distancia, abajo. —Aquélla es Berlín. —Y señaló otra. —Y aquélla, allá, es París. Son manchas de luz en las tinieblas, y nosotros, en este puente, pasamos alto por sobre ellas, peregrinos del misterio y del conocimiento.
....
—¿Pero cómo es que se puede sustentar una cosa por negarla?
—Es la ley de la vida, señora mía. El cuerpo vive porque se desintegra, sin desintegrarse demasiado. Si no se desintegrara segundo a segundo, sería un mineral. El alma vive porque es perpetuamente tentada, aunque resista. Todo vive porque se opone a algo. Yo soy aquello a lo que todo se opone. Pero, si yo no existiera, nada existiría, porque no habría nada a que oponerse, como la paloma de mi discípulo Kant, que, volando al aire libre, juzga que podría volar mejor en el vacío.

—La música, la luz de la luna y los sueños son mis armas mágicas. Mas por música no debe entenderse sólo aquella que se toca, sino también aquella que queda eternamente por tocar. Y por luz de luna no debe suponerse que se habla sólo de lo que viene de la luna y torna los árboles en grandes perfiles; hay otra luz de luna, que ni el propio sol excluye, y oscurece en pleno día lo que las cosas fingen ser. Sólo los sueños son siempre lo que son. Es el lado de nosotros en que nacemos y en que somos siempre naturales y nuestros.

—Pero, si el mundo es acción, ¿cómo es que el sueño forma parte del mundo?
—Es que el sueño, señora mía, es una acción que se tornó idea y que por eso conserva la fuerza del mundo y le repugna la materia, que es el estar [2] en el espacio. ¿No es verdad que somos libres en el sueño?
—Sí, pero es triste despertar...
—El buen soñador no despierta. Yo nunca desperté.







2000





Notas de la traductora Rosa Corgateli:

[1] El texto que sigue, separado de éste por una larga línea quebrada, es en apariencia ya el relato del "viaje" cuya reminiscencia conserva el hijo, escrito, tal vez, por él mismo.

[2] Variante agregada: "transcurrir".








jueves, julio 17, 2008

“Sobre el poema”, de Herberto Helder







Un poema crece inseguramente
en la confusión de la carne,
sube aún sin palabras, sólo ferocidad y gusto,
tal vez como sangre
o sombra de sangre por los canales del ser.

Afuera existe el mundo. Afuera, la espléndida violencia
o los granos de uva de donde nacen
las raíces minúsculas del sol.
Afuera, los cuerpos genuinos e inalterables
de nuestro amor,
los ríos, la gran paz exterior de las cosas,
las hojas durmiendo el silencio,
-la hora teatral de la posesión.

Y el poema crece tomando todo en su regazo.

Y ya ningún poder destruye el poema.
Insostenible, único,
invade las órbitas, la faz amorfa de las paredes,
la miseria de los minutos,
la fuerza sostenida de las cosas,
la redonda y libre armonía del mundo.

-Abajo el instrumento perplejo ignora
la espina del misterio.

-Y el poema se hace contra el tiempo y la carne.









miércoles, julio 16, 2008

Entrevista imaginaria a Antoni Gaudí, de Gijs van Hensbergen





Fue la entrevista más extraordinaria de mi carrera. Nunca antes había encontrado a un verdadero genio. Desgraciadamente por tan sólo unas pocas semanas había perdido la oportunidad de entrevistar a Jacint Verdaguer, destrozado tras su relación con el Marqués de Comillas. Con Gaudí me habían prevenido. Ve preparado. No soporta las tonterías. Se mostrará franco, directo y completamente metido en su mundo. Me fascinaba el manantial de su genio. Edificios como no se habían visto nunca y como era probable que no volvieran a verse. ¿Qué me enseñaría del proceso creativo? Preparé mis preguntas de la forma más minuciosa. Y empezaría de manera inequívoca por lo principal.

Sin embargo, ocurrió algo extraño. Porque tras la primera pregunta, mi meticulosa investigación se vino abajo. A pesar de que tomé notas, aún recuerdo toda la entrevista palabra por palabra- Una entrevista íntegra como una sinfonía. Y fui yo el dirigido. Sentí que me arrancaba las preguntas que más quería responder.. La entrevista transcurrió con una lógica extraordinaria; en ella desarrolló a lo largo de una hora su planteamiento de vida, el arte y su apasionado amor por nuestro país, nuestra patria, Cataluña.

La entrevista tuvo lugar en 1918. Y naturalmente como quería profundizar en el proceso arquitectónico y en el hombre mismo, visité a Gaudí en el estudio de la Sagrada Familia. Tenía tiempo, me dijo, hasta la hora del ángelus. Ni un minuto más.

Al entrar en el estudio, ruidoso y cubierto de polvo, lo vi despidiendo al párroco. Entre las maquetas y los papeles esparcidos, parecía pequeño, un tanto andrajoso, poco atractivo. Tenía el rostro terriblemente enjuto, con los huesos cincelados y ahuecados. Caminé hacia él, le estreché la mano. Y fue entonces cuando reconocí en sus ojos la monumental concentración. Un hombre con unos conocimientos muy sólidos y, sin embargo, con la cabeza en las estrellas. Y, en efecto, todos hemos leído los panegíricos que siguieron a su muerte, poseía cierto aire de santidad. Un toque de mística medieval que procedía de su calma interior. Me miró fijamente mientras su atención recaía sobre mí como las luces de un tranvía a toda velocidad.


-¿De dónde procede su inspiración, señor Gaudí? –pregunté con una falta de prolegómenos que sin duda apreciaría-.
Contestó mirando por la ventana del estudio las colinas de Collserola.
-Este árbol que crece junto a mi taller: éste es mi maestro.
Y desde ese momento hasta la pregunta final mi meticulosa entrevista se evaporó, y mi hoja de apuntes se me escapó silenciosamente y cayó al suelo.
-Todo sale del libro de la naturaleza; las obras de los hombres son ya un libro impreso... –dijo y tras hacer una breve pausa para sonarse la nariz, añadió-: El gran libro siempre abierto, que hay que esforzarse por leer es el de la naturaleza; los demás libros están sacados de él, y en ellos están las equivocaciones e interpretaciones de los hombres.

-¿De modo que lo importante es el lugar? ¿Un escenario concreto?
Asintió con la cabeza, y una sonrisa amable fue asomando en la comisura de sus labios.
-Los habitantes de los países bañados por el Mediterráneo sentimos la belleza con más intensidad que los países nórdicos, y ellos mismos así lo reconocen. Los del norte aprecian más la riqueza, que se consigue con el esfuerzo del pensamiento.
“El futuro es nuestro; los demás países mediterráneos están gastados, y éste es el momento en que nosotros tenemos que expandirnos; no podemos privar a la humanidad de nuestro producto.”
“Nuestra fuerza y superioridad plástica es el equilibrio del sentimiento y la lógica, dado que las fuerzas del norte se preocupan y ahogan el sentimiento y las del Sur deslumbradas por el exceso de color, descuidan la racionalidad y hacen demostraciones.
“Nosotros poseemos la imagen; la fantasía viene del fantasma. La fantasía es de la gente del norte; nosotros somos concretos; la imagen es del Mediterráneo.”

-Es decir, ¿que la fuente de su creatividad está relacionada con estos montes y con nuestra proximidad al mar? ¿Está diciendo que el lugar es fundamental? ¿Qué la topografía, la geografía manda?
El mar es el gran camino que une a los pueblos.
Hizo una pausa para reflexionar. Y como si pensara sólo con sus manos, tomó una pequeña maqueta de alambre y se puso a juguetear con ella dándole diferentes formas. Era su método observé, para concentrarse mas intensamente en las cuestiones abstractas que se refinaban y pulían en el interior de aquel cráneo huesudo.
-Esta luz es la mediterránea; los pueblos del Mediterráneo [en medio de la tierra] son los verdaderos depositarios de la plasticidad.
“Mis cualidades griegas vienen del Mediterráneo, cuya contemplación constituye para mí una necesidad. Necesito ver el mar a menudo y muchos domingos voy a la escollera. El mar es lo único que me sintetiza las tres dimensiones, el espacio. Los mediterráneos son los únicos que han comprendido la geometría, y para encontrarla hay que recurrir a los griegos. Modernamente, el que mejor la ha explicado ha sido Monge, mediterráneo de Lyon.

-Así un arquitecto, o cualquier creador siente una necesidad real de comprender su apego al ligar, ¿no? Lo que está diciendo, según entiendo es que se trata de un don predominantemente catalán ¿me equivoco? ¿Aboga por un profundo amor a la naturaleza o incluso por la absoluta necesidad de un retorno a los valores centrales de la vida? ¿Es ahí donde encontramos la creatividad? ¿Podría darme, señor Gaudí, un ejemplo concreto de su obra donde el emplazamiento específico haya dirigido su diseño?
Señalando una estropeada fotografía de la casa Vicens que colgaba en la pared posterior al estudio, detrás de las maquetas de yeso del Niño Jesús y de una torre de la Sagrada Familia, Gaudí , respondió enseguida.
Cuando fui a tomar las medidas, el solar estaba totalmente cubierto de unas flores amarillas, que son las que adopté como tema ornamental en la cerámica. También encontré un exuberante palmito, cuyas palmas, en hierro fundido, llena la cuadrícula de la verja y la puerta de entrada a la casa.

-Si, ya veo. Pero volviendo hacia atrás, creo comprender que su inspiración creadora procede de algún sitio aún más profundo. De la religión ¿quizá? O, para citar al doctor vienés, el doctor Freud, que está tan de moda en este momento quizá de algún lugar en lo profundo de su subconsciente?
Gaudí tosió, un indicio de que había tocado algún punto o algún sitio al que no deseaba ir. Pero era un truco de orador. Para ganar tiempo. Hacer énfasis. Gaudí no decepcionaría.
-La originalidad consiste en acercarse, en volverla origen... Toda obra de arte tiene que ser seductora, en eso radica la universalidad que atrae a todos, entendidos o profanos.

Me quedé pensando en esas palabras. Y Gaudí, comprendiendo que me había proporcionado algo hermosamente sencillo y al mismo tiempo abrumadoramente complejo, no prosiguió. Los minutos transcurrieron en silencio. Sin embargo, la situación no se volvió incómoda. Gaudí se limitó a mirarme con amable atención. Y justo cuando iba a abrir la boca, habló de nuevo:

-El arquitecto es el hombre sintético, que ve las cosas claramente en su conjunto y antes de que estén hechas, sitúa y une los elementos en su relación plástica y en la distancia justa.
“El arquitecto es el constructor humano: construye para el hombre que trabaja, para el hombre que se casa, el hombre que se divierte, el hombre que reza... Y domina y dirige sus obras personalmente, porque sus medidas están alcance de su voz, o al menos, de su gesto”.

Era como un discurso preparado. Lo había repetido antes. ¿Se trataba de la charla introductoria que daba a sus nuevos ayudantes? ¿O de la que daba a los estudiantes de Doménech que se escabullían de la facultad de Arquitectura por las tardes para aprender más del genio que tenía sentado ante mí? Se levantó de la silla, y su rostro se volvió completamente serio.

-Quienes quieran hacer arquitectura [no todo el mundo puede] no sólo tienen que poseer aptitudes notables, tienen que hacer como el que tiene intención de escalar una montaña, probar sus fuerzas para ver si está en condiciones de lograrlo, porque es un camino de sacrificio; cualquier cosa, en este mundo, sí tiene que ser buena, necesita sacrificio, exige una gran disciplina.
“Arquitecto también quiere decir jefe de los obreros, el que dirige los trabajos, y como tal es un gobernante en el sentido más elevado de la palabra, porque no encuentra la Constitución hecha, sino que la hace él. Por eso a los grandes gobernantes se los llama constructores de pueblos.”

Y, como para subrayar e ilustrar con mayor claridad sus palabras justo en ese momento uno de los artesanos que trabajaban en la Sagrada Familia se acercó a Gaudí para pedirle un consejo práctico. Tomando el alambre de las manos del trabajador, lo dobló y unió una pieza de metal como por arte de magia. Siempre había defendido la idea de pensar en el espacio. Qué pérdida... habría sido un conferenciante brillante. Fue un asombroso acto de destreza que desafiaba cualquier explicación rápida con palabras.
-¿Le resulta fácil-pregunté- explicar su obra con palabras?
El lenguaje es la expresión exacta del pensamiento y, como tiene que ser precisa tratándose de comunicación espiritual y no de cosas de comer, debe realizarse en la lengua propia, la cual lo hace de una manera perfecta. De lo contrario, si uno se expresa en una lengua que no es la suya, tiene que dejar adivinar su pensamiento, no lo expresa con precisión; quien escucha tiene que adivinarlo, y ya se comprende que no le llega puro. Es posible llegar a expresar un pensamiento en una lengua extraña, pero la gramática nunca ha sido espíritu.

-Pero sin duda, sus influencias van más allá de la naturaleza. Nuestro gótico catalán tiene fama en todo el mundo.
El arte gótico es imperfecto, está resuelto a medio; es el estilo del compás, la fórmula, la repetición industrial. Su estabilidad se basa en el apuntalamiento permanente de los botareles: es un cuerpo defectuoso que se aguanta con muletas. Sin embargo, aunque imperfecto, al menos nos proporciona un modelo de cómo pueden entrelazarse de forma maravillosa la arquitectura, la religión, la comunidad y los negocios. Aquí, en Cataluña, no parecemos incómodos por la relación entre arte y trabajo. Supongo que Ruskin y Morris también han desempeñado un papel en esto.
“El comercio es el protector de las bellas artes. El comercio ha sido siempre un protector de las artes...
“Una prueba de la buena relación en que han vivido siempre las artes y el comercio la tenemos en Barcelona, donde los comerciantes, constituidos en el siglo XVIII en Junta de Comercio, establecieron en su lonja la Escuela de Bellas Artes, que todavía existe hoy, junto con la enseñanza mercantil, y ambas convivieron durante muchos años bajo la misma protección.”

-¿Considera que el arte tiene que ser hermoso? ¿Personalmente me gustan sus edificios: La casa Batlló, la casa Milá, Bellesguard. Me parecen fantasiosos, agradables, hechizantes, mágicos, seductores. Pero asimismo he oído a personas que, paseando por el pase de Gràcia, los encuentran un poco excéntricos. Una mujer incluso dijo que eran feos. ¿Qué significa para usted la búsqueda de la belleza?
-El arte es belleza, y la belleza es el resplandor de la verdad, sin la cual no hay arte. Para conocer la verdad hay que estudiar a fondo las cosas. La belleza es la vida, y la vida se manifiesta en la figura humana mediante el movimiento.

-Esto me suena muy humanístico. Algo, corríjame si me equivoco, que podría haber dicho Leonardo Da Vinci. A él le gustaba esta mezcla de ciencia y arte.
La sabiduría es superior a la ciencia, porque se refiere al hecho completo, es síntesis, que es la vida; en cambio, la ciencia es análisis, que es la muerte, porque la disección se hace siempre sobre cosas muertas... el amor a la verdad tiene que estar por encima de cualquier otro amor.

-Sí. El amor a la verdad. Pero debe ser difícil extraer de la mente sus ideas y plasmarlas en papel. Y todavía más difícil, sin duda, plasmar una idea en el espacio. En nuestro espacio.
-El hombre no puede actuar directamente en el espacio, porque la reflexión o la ecuación sólo se puede hacer en un plano [con la ecuación de primer grado; las demás son combinaciones]. Ahora bien, en el papel sólo se puede resolver lo que tenga por plano principal el plano de la proyección [cónica o no cónica], y esto presupone haber imaginado la solución y escogido el plano que la contiene. Hacen falta, pues una serie de proyecciones, y hasta que no se casan todas sólo es posible alcanzar la cosa realizándola y repitiéndola, corrigiendo cada una en su plano principal, que es la única manera de llegar a su perspectiva interior, pero no una perspectiva desde el punto de vista, sino la que sabe lo que hay detrás y a los lados.

-Señor Gaudí, ha dicho usted antes que para crear había que sufrir. Puede parecer un comentario necio, pero a usted le encanta trabajar.
-Que cada cual utilice el don de Dios que le ha dado: la realización de eso es la máxima perfección social. El que tiene que construir y hacer cosas que no critique las obras de los demás, ni que defienda las suyas, sino que haga y dirija la crítica contra las obras propias para depurarlas y mejorarlas.
En ese momento sonó el ángelus. Gaudí agachó la cabeza y volvió a su mundo interior.












martes, julio 15, 2008

“Los utensilios de limpieza”, de Roberto Bolaño

28 de abril 1953 - 14 de julio 2003






Alabaré estas carreteras y estos instantes. Paraguas de vagabundos abandonados en explanadas al fondo de las cuales se yerguen supermercados blancos. Es verano y los policías beben en la última mesa del bar. Junto al tocadiscos una muchacha escucha canciones de moda. Alguien camina a estas horas lejos de aquí, alejándose de aquí, dispuesto a no volver más. ¿Un muchacho desnudo sentado junto a su tienda en el interior del bosque? La muchacha entró en el baño con pasos inseguros y se puso a vomitar. Bien mirado, es poco el tiempo que nos dan para construir nuestra vida en la tierra, quiero decir: asegurar algo, casarse, esperar la muerte. Sus ojos en el espejo como cartas desplegadas en una habitación en penumbra; el bulto que respira, hundido en la cama con ella. Los hombres hablan de rateros muertos, precios de chalets en la costa, pagas extras. Un día moriré de cáncer. Los utensilios de limpieza comienzan a levitar en su imaginación. Ella dice: podría seguir y seguir. El muchacho entró en la habitación y la cogió de los hombros. Ambos lloraron como personajes de películas diferentes proyectadas en la misma pantalla. Escena roja de cuerpos que abren la espita del gas. La mano huesuda y hermosa hizo girar la llave. Escoge una sola de estas frases: «Escapé de la tortura»... «Un hotel desconocido»... «No más caminos»...







en Amberes, 2002











lunes, julio 14, 2008

"No hagas tango", de Pedro Orgambide






Lo encontró en un bar de la Zona Rosa, entre unos cabrones multinacionales que festejaban a la Diosa, la bailarina mulata que venía de un festival de Cali. Lo presentaron como a un escritor argentino en el exilio, un che al que lo habían fregado ¿sabes?, un pinche periodista político que cantaba tangos. Canta, canta para mí, dijo la bailarina que además era antropóloga y hablaba de la magia y cosas así. ¿Cantas o no?, preguntó un canadiense que buscaba datos en el Colegio de México y whisky. No, dijo el argentino, no tengo ganas. Un periodista político, eso debe ser muy aburrido, lo provocó la Diosa. Ella empezó a hablar del cine underground, del Kitsch, de todas las pendejadas latinoamericanas de Norte a Sur, desde La Tecla (México, D. F.) al Bar-Bar-o (Buenos Aires) una vasta geografía de bares, cine-clubs, galerías de arte, donde los intelectuales se cagan en el boom porque la onda está en otra parte, en París o New York. ¡Ni modo!, dijo ella pero abandonó la mano en la mano del argentino y él comenzó a acariciarla con tristeza, sólo para demostrar cómo un macho argentino se levanta a una mina, a una vieja entre machos mexicanos. Pero tal vez no fue así, quizás en ese momento necesitaba realmente una mujer. Oye, oye, dijo ella ¿porqué no escribes un libro acerca de Perón? Todos tus compatriotas escriben libros así. Ven, ven, no te enfades, era una broma, era una broma, cariño. Él le miró los pechos, los altos pechos de sierva concebida que venían hacia él dando saltos como en el verso de Miguel Hernández, dos hermosas toronjas para apagar la sed. Déjate de mirarme con esa cara de tango ¿quieres? Don’t be vulgar, please. Déjate de pensar cochinadas. Entonces la mulata comenzó a cantar una cumbia de los cincuenta, muévete, muévete, decía y se movía en su silla y él recordó a las Mulatas de Fuego y los mambos de Pérez Prado y la erección de muchachito que había sido, la erección solitaria, en un cine de barrio, en Buenos Aires, mirando una película de Carmen Miranda. Los amigos de la Diosa abominaban ahora del cine del Tercer Mundo, se burlaban de esos cuates que iban por América con sus cámaras al hombro, dichosos con la miseria, decía uno, merde, dijo otro, pinches oportunistas. Esto está muy aburrido, Cara de Tango —dijo la Diosa— vámonos juntos ¿quieres? Oye, político: a esta hora la casa de Trotsky está cerrada. Pero podemos ir a otra parte. Él se dejó llevar. Se despidieron de los amigos y subieron al auto y ella manejó como si se despidiera del mundo. Ahora me cantas el tango que me debes, cabrón. Sí, dijo él y comenzó a cantarle el tango y a acariciarle las piernas. Ella frenó en una cerrada de Coyoacán. Cuando lo besaba, deslizó su mano hasta el sexo del hombre, lo apretó con fuerza, con furia, como vengándose de algo. Después fueron al café que había sido un convento virreinal y hablaron de la vida. A mí también me caen gordos mis amigos, pero no tengo otros, dijo la mujer. El hombre recordó un verso de López Velarde, dijo que sentía una íntima tristeza reaccionaria. Yo te voy a curar, prometió la Diosa. En la cerrada volvieron a besarse. En el auto, ella abrió la blusa y le ofreció los pechos.

Triste, reaccionario, niño, amor, basta, déjame, glotón, vamos a casa. En la casa del cerro (herencia de mi padre, era muy rico ¿sabes? déjame, loco) el hombre cayó abrazado a la mujer que jugaba a resistirse, a ceder, al juego de la señora y el doctor, cayó sobre la cama inmensa de kilómetros de exilio, cayeron vestidos todavía, desnudándose, mordiéndose, besándose, la mulata de Baudelaire, mi negra, mi Cara de Tango, macho sombrío, triste, reaccionario, ella cerrando los ojos, concentrándose en el puro goce de ese orgasmo imprevisto, fugaz, perdóname, Tango, perdóname, Macho, ahora te toca a ti. Se abrió la cueva húmeda. Pase mi rey, pase mi huésped, entra mi negro, mátame. Él estaba acostado en la blanca cama de espuma, con la mulata que había nacido en Pekín porque su padre era embajador —espérame tantito ¿quieres?— y ella seguía hablando desde el baño, orinando su dulce miel como un verso de Neruda, volvía bamboleándose, mira a tu novia ¿te agrada tu novia? hablando como una popi, paseándose desnuda por la recámara, excitándolo, contándole sus viajes por el mundo, las brujerías de su madre negra que su padre se robó en Jamaica. Era muy racista el güero, nunca me pudo querer. Mi padre, el padre, el Padre de los pobres: ella quería que le contara historias de Perón. Estaban desnudos, saciados de la primera vez, fumando y tomando agua mineral, para que la segunda vez fuera mejor, más amistosa, no ese relámpago de destrucción al que se habían entregado en la casa del cerro. Dos veces, dos muertes. La primera vez, dijo el hombre, yo no entendía, era un pendejo, un estudiante muy humanista, muy antifascista, claro, muy pequeño burgués, una buena conciencia; la segunda no quise equivocarme, quise creer en el Padre ¿entiendes? Ser como todos, fundirme en ese Todo como tú en el Zen. Mi padre era un viejo, dijo ella, un podrido viejo cargado de medallas. Cuando dejó a mi madre, ella se ahogó en el mar. ¿Por qué te cuento esto? No me gusta hacer tango. Cántame un tango, cántale un tango a tu novia fea, fea, fea, pidió y se echó a llorar porque ahora era una niñita sola en el mundo, no era la Diosa ni la mulata de Baudelaire, sino una pobre muchacha pidiendo que le cantaran un tango. ¿Quieres? Sí, dijo él y le cantó el tango de la casita de mis viejos y otros tangos con patios y mujeres enfermas y jazmines. Todo eso está muerto, pensó. Pero él no estaba muerto, estaba acariciando los hermosos pechos de su amiga, las caderas inmensas, el sudor de los muslos, trepando por ella como por el Árbol de la Vida que tenía en su cuarto, bebiéndosela, emborrachándose de su boca, del suave pulque de su vagina. Mi rey, gimió ella y se quemaron juntos otra vez y se durmieron y despertaron abrazados y con frío. Sí, es lo que vi, dijo el hombre, vi a la gente calentándose con las fogatas, toda la noche, esperando a su padre, al General, al Macho. Yo estaba con ellos, pero no era uno de ellos ¿entiendes? El Espía de Dios. El poeta es el Espía de Dios, dijo ella. No soy poeta. Sí, lo eres dijo la mujer lamiéndole el vello del pecho, succionando las tetillas del hombre porque ahora soy tu niña ¿quieres? bajando hasta el sexo de su amigo, su hermano de la noche. Él miró la cabeza de la mujer allá abajo, la boca, la mata del pelo oscilando en un movimiento loco de polea, en una frenética negación, su propio pene como un péndulo de delirio. Mi rey. Mi negro. Y otra vez cabalgaron los dos. El caballo, la yegua negra en un campo de incendio. Mi rey. Mi negra. Ven. Claro que voy, espérame. Los cuerpos quedaron extenuados. La madrugada empezaba a filtrarse por las ventanas, el día, la certidumbre de despertar. El hombre miró a su amiga que dormía. Oyó tangos de Buenos Aires, tangos de la memoria, tangos, tangos, tangos de cuando era demasiado joven, cuando la revolución era una palabra, un improbable porvenir y no esos militantes entre los que no estaba, sabiendo que esa sería su condena, su muerte, el equívoco síntoma de su vejez en el momento de escribir su análisis político de la situación, mañana, dentro de unas horas, cuando brillara el sol. Ella despertó. Le dijo: duérmete; esta tarde seré tu compañera en La Siesta del Fauno, pero ahora duérmete, por favor. Pienso en mis muertos, dijo él. Duérmete. Están matando a mi gente. Duérmete, te digo. Si al menos supiera que lo que escribo sirve para algo. No hagas tango, mi amor. Atan los cuerpos con alambres de púa, los hacen volar con dinamita... Duérmete, ordenó la mujer. El hombre se cubrió con la sábana, se acercó a su amiga y prometió no hacer tango. Mientras la acariciaba pensó en Hansel y Gretel abandonados en el vasto mundo. Entonces se durmió. Pobre amor —dijo la mujer mientras acariciaba la cabeza del hombre dormido— estás lleno de sueños, de la podredumbre de los sueños. Creo que te mereces un descanso.