martes, enero 15, 2008

"Agárrense de las manos", de José Luis 'El Puma' Rodríguez






Si quieren venir conmigo
A la tierra de las flores
Si quieren buscar amores
De los que aman de verdad
No dejen que yo me vaya
Con el corazón vacío
No esperen a que haga frío
Para empezar a buscar
El calor de un buen amigo
Que les hable que les quiera
Que una palabra sincera
Puede las penas callar.

Agárrense de las manos
Unos a otros conmigo
Agárrense de las manos
Si ya encontraron su amigo
Juntos podemos llegar
Donde jamás hemos ido
Juntos podemos llegar
Unan sus manos conmigo

Si quieren meterse dentro
De la música y la fiesta
Hay algo que nada cuesta
Nadie tiene que esperar
Para levantar el alma
Para perder el sentido
Y para olvidar conmigo
Las cosas que hacen llorar
Para llamar en la puerta
Donde vive la alegría
Que lo que todos querían
Pronto lo van encontrar.

Agárrense de las manos
Unos a otros conmigo
Agárrense de las manos
Si ya encontraron su amigo
Juntos podemos llegar
Donde jamás hemos ido
Juntos podemos llegar
Unan sus manos conmigo

Agárrense de la ma-nos...

Agárrense de las manos
Unos a otros conmigo
Agárrense de las manos
Si ya encontraron su amigo
Juntos podemos llegar...

Agárrense de las manos
Unos a otros conmigo
Agárrense de las manos
Si ya encontraron su amigo
Juntos podemos llegar
Donde jamás hemos ido...

Agárrense de las manos
Unos a otros conmigo
Agárrense de las manos
Si ya encontraron su amigo...










lunes, enero 14, 2008

“La usura del tiempo”, de Mateo Goycolea





Entrada la noche se acercó al escritorio. Encendió el computador buscando antiguos archivos perdidos en la memoria. Sirvió un poco de cerveza y recordó el color azul de los adoquines en las calles de su infancia. Sabía que de una u otra forma ella tendría que escribir o llamar para darle las gracias. Esperó varias horas mientras bebía y pensaba las cosas que le tendrían ocupado la mañana siguiente.

-Es tarde Mario –le dijeron en el umbral de la puerta-, es tarde y mañana tienes que madrugar.

Mario sacó de su camisa el último cigarrillo que le quedaba. Caminó hasta su habitación y en el momento de encender la luz sintió un estallido. La ampolleta de su pieza se quemó y tuvo que buscar a tientas el encendedor que creía haber guardado en la chaqueta. Mientras buscaba con las manos dio vuelta el cenicero sobre la cama.

-Mierda, tendré que sacudir la frazada. Finalmente encontró el encendedor y prendió el cigarrillo en la oscuridad de la habitación. Esperó un rato y volvió al escritorio. Llenó nuevamente el vaso de cerveza. Pensó en Beatriz y decidió llamarla.

-Aló, Beatriz…
-Mario que bueno que llamaste, justo estaba calentando un poco de comida, cuéntame…
-Creo que esta noche no podré dormir, si estás de ánimo nos podríamos encontrar en el bar de siempre. Trato de reescribir un cuento que tú conoces y me gustaría llevarte el borrador para que lo leas.
-Ningún problema, nos juntamos a las once…

La comida de Beatriz se empezaba a quemar. Corrió a pagar el fuego de la cocina. Maldición –dijo-. Logró rescatar un poco de arroz y se los sirvió con un poco de ensalada que le había sobrado del almuerzo.

Dos horas más tarde, Mario se encontró con Beatriz en el bar según lo previsto. Beatriz sin embargo había llegado medio hora antes, tiempo en el que pidió una cerveza y fantaseó con la idea de llevar a Mario a casa. Le excitaba la idea de dejarse caer sobre él como si tuviese un desmayo repentino y quedar apoyada en su pecho por unos instantes. Mario llegó pidiendo disculpas a la cita y le contó a Beatriz los problemas que había tenido para cambiar el final del cuento. Beatriz observó con calma los gestos que Mario hacía mientras le explicaba.

-Mar del frío en un principio fue una novela colectiva. A un par de amigos que se aventuraban en las letras, decidí un día citarlos para explicarles cómo, toda la historia, con algunas pretensiones de ciencia paciencia-ficción, se desarrollaba en la luna.

Mario bebió de un sorbo lo que le quedaba de cerveza y llamó al camarero. Beatriz asentía y lo interrumpía cada cierto tiempo, para pedirle más detalles de la historia.

-En un principio hubo entusiasmo y se tejieron toda clase de historias. Se tomó la cartografía de la luna como sustrato para desarrollar una serie de personajes que vagaban por inmediaciones desoladas. Pero Mar del frío era la región al sur de la luna y su proximidad con el lado oscuro lo hacía extraño y misterioso. Cada cierto tiempo emprendían caminatas suicidas al lado oscuro, el oxígeno escaseaba y las estaciones de abastecimiento no siempre funcionaban. Aún así, los personajes se arriesgaban a explorar el lado oscuro. Aunque el narrador era un personaje secundario… no, dejaba de ser interesante había que olvidar una y otra vez las zonas que...

Beatriz escuchaba atentamente la historia mientras pensaba cuál sería en el momento más oportuno para invitar a Mario a su propia desarticulación.

Mario se sentó en el sofá que estaba frente a la ventana.

Mario se resistía a cualquier hermenéutica del inconciente y el psicoanálisis aunque en un principio le pareció importante, ahora le parecía un discurso entre discursos.

la nochesistemacirculatorio cede en esta mañana que va apagando sus luces hasta desvanecerse en el horizonte. A pesar de todos estos días sin escribir hay un ritmo que persiste. La idea del diluvio ha mojado las calles. La noche ofrece una resistencia que es anterior a la memoria y al tiempo. En la fisura se instala la mañana repentina como si fuese necesario dar con la sorpresiva entrada de la luz. Mario sortea las aprensiones de Betraiz y se desliza por debajodesusmediashúmedas y una multitud de personajes dejan su vestuario alrededor de la mesa filial, es gente de teatro, nos decimos entre la espesura de la luz mortecina. Lentamente nos tomamos la sopa de cebolla. Recuerdo el perfume de tu pelo a una hora incierta. Hoy sé que voy a despertar en el despeñadero de la madrugada, algún sueño funesto me abrirá los parpados como recogidos de un llanto contenido, pero el mentón permanecerá firme… no hay sobresaltos que se filtren, no hay retina que pueda retener esos momentos de sudor inconcluso… Acrílico traslúcido 1 cm de espesor

la ceniza se desploma sobre el cenicero transparente
ha sido un almuerzo excelente, sin duda
porotos granados con ensalada de tomates,
ají, albahaca, ajo picado en cuadritos,
cerveza,
un melón calameño que se deshace

entre ruidos palatales y nasales
mientras en el velador se apagan las cosas

el paladar seco
un desorden continuo entre la calle y la sala de espera
de la habitación oscura
un cuerpo muerto
la distancia se anula
te lavas los dientes y desayunas
sabes que no tienes nada que esperar y ensayas
Beatriz te espera recostada como la dejaste


te levantas y te acuestas
el pelo se está cayendo
te disgusta mirar en el reflejo
la cara raída
a la altura de una barba bien cerrada

la espera fue mudando los rostros del cansancio

cada cual en su pequeña estación de trabajo traduciendo
insomnios que se expanden
rincones del departamento que olvidamos bajo el polvo, o
quizá oscuros intersticios de la paranoia que fugan

el intervalo del insomnio es más impreciso por los remedios que tomaste

un manto reactivo y una botella de vino
paseos,
pensamientos trilcearios
oberturan
Mi espalda suda alcohol / trayectorias incompletas / Beatriz en pequeñas gotas que se evaporan en la cintura. Estoy fuera de aquí pero me disemino vocálico impertérrito, los libros se queman con un ardor de miradas que se cierran a la visión consonante. Hay que sacar conclusiones de contusiones Mario. Aversión. Basta.
Telón de fondo, luces de luciérnagas
flotan en la orilla de tus ojos,
por un momento voy surcando con la lengua un canal imperceptible
para regar la desolación de la quijada que se abre hasta que el grito
deja todo en el silencio de una herida remota.








Texto leido en Taller Uff! 11º Aniversario, diciembre 2007









domingo, enero 13, 2008

"Cuando era oscuro", de Tu Fu





Cuando era oscuro, llegué a la aldea de Shih-hao,
Tarde en la noche llegó un oficial a reclutar hombres.
El viejo de la casa se trepó a la pared y huyó,
La vieja abrió la puerta.
¡Cómo explotaba en furia el oficial enojado!
¡Qué amargamente lloraba la mujer! Escuché lo que la mujer decía:
"Tenía tres hijos para la defensa de la ciudad de Yeh.
Sólo uno de los tres me envió una carta,
A los otros dos chicos los mataron en batalla.
El único que queda puede no vivir mucho,
               Los muertos se van para siempre.
No hay más hombres en la casa,
Excepto mi nieto que todavía toma el pecho.
Es por él que su madre se queda con nosotros,
Sin embargo, no tiene una pollera entera para salir.
Aunque soy vieja y no tengo fuerzas,
Déjeme ir con usted, oficial.
Para responder a un llamado urgente de Ho-Yang,
Por lo menos puedo cocinar para los soldados".
Más tarde la conversación se detuvo,
Lo que oí fue algo como llanto.
Al amanecer salí para proseguir mi viaje,
Sólo pude decirle "Adiós" al viejo.






sábado, enero 12, 2008

“Un vacío en la historia”, de Alan Meller





D
urante el despegue no pensó en nada más. Le gustaba sentir la inercia de su cuerpo contra el asiento. Un cosquilleo suave en el estómago, apenas nervioso. Cuando el avión llegó a los mil pies y se estabilizó, Sergio soltó su cinturón de seguridad y volvió a pensar en ella. No quería hacerlo. Quería que los hechos precipitaran los acontecimientos. No quería llevar todo un discurso memorizado. Sabía que ante cualquier cambio en la escena imaginada, toda su estrategia se derrumbaría. No quería, bajo ningún motivo, comenzar a imaginar las distintas escenas posibles y sufrir de antemano situaciones elaboradas desde la desesperación.

Los antecedentes de esta historia son vulgares. Sergio se enamora de Paty en el colegio. Primero medio, creo. Le toma seis meses conquistarla. Al final de ese período, mientras acaricia la mano de Paty entre las suyas, Sergio le saca un anillo y se lo guarda. Es un anillo de fantasía, sin valor económico ni afectivo. Paty le pide que se lo devuelva. Sergio le dice que lo hará el día que se casen. Paty sonríe y se da cuenta que ha comenzado a enamorarse. Sergio guarda el anillo. Se besan con ternura, estableciendo un pacto. Sergio no saca el anillo hasta siete años después. Durante ese tiempo, Sergio y Paty mantienen una relación que sólo se triza una vez, por una infidelidad de él. Poco antes de cumplirse los siete años Paty acepta un viaje de intercambio a una universidad de California. Son seis meses. Es la primera separación entre ellos y Paty le asegura que lo único que puede hacer una separación de ese tipo es fortalecer la relación. Intenta convencerlo que será lo mejor para ambos. Sergio acepta, pues comprende que la decisión no es suya, que oponerse a la de ella sólo complicaría más las cosas. Acepta sin entender en qué puede beneficiarlos la separación. Eso es algo que jamás entendió, pero que no le vio sentido cuestionar. El final de los antecedentes de esta historia es aún más vulgar. Paty comienza a salir con un compañero de la facultad en San Diego. Sergio se entera y al día siguiente toma el anillo que guardaba en el cajón, saca sus ahorros del banco y compra un boleto de avión hacia California.

Sabía que la película tardaría algo más en comenzar. Todavía no le servían la comida. A su lado izquierdo estaba la ventana, un vacío oscuro, una pantalla negra. A su otro costado había un hombre de cuarenta años con los audífonos puestos y los ojos cerrados. Sergio no podía dormir. Lo había intentado, pero el resultado había sido pesadillezco. Apenas cerraba los ojos surgía la imagen de un chico rubio, jugador de fútbol americano, un mariscal de campo con una sonrisa perfecta, dándole por el culo a su Paty. Al cerrar los ojos lo invadían imágenes sexuales. Paty tragándose la verga del mariscal de campo. Casi nada más, una sucesión de la misma imagen, repitiéndose una y otra vez. Incluso en algún momento la imagen lo llegó a excitar y aquello le produjo aún más dolor. Si su mente le hubiese dejado espacio para retener cualquier otra información que no estuviera referida a Paty, habría descubierto la intrincada relación entre la excitación sexual y el dolor. Pero no podía pensar en nada más.

Si cerraba los ojos era sexo, y si los abría, el entorno le hablaba de ella. La azafata se le acercaba para ofrecerle alguna bebida y él pedía mineral con gas, suave, como le gustaba a Paty. La película no empezaba y su cabeza se llenaba de preguntas. Sabía que corría un riesgo al no avisarle de su llegada, pero no podía ser de otra manera. Más de una vez se imaginó entrando por la puerta y sorprendiéndola en brazos del jugador de fútbol americano. Aun comprendiendo el absurdo de esa imagen televisiva, pues le sería inevitable tocar el timbre y avisar de su llegada antes de abrir la puerta, dando el tiempo necesario para evitar la sorpresa, la imagen volvía una y otra vez. Pertenecía a las imágenes con los ojos cerrados. Con los ojos abiertos surgían también los diálogos. Sergio se quedaba mirando la ventanilla, que parecía un monitor apagado, y comenzaba a reproducir las primeras palabras. Paty y su sorpresa, ¡Sergio!, ¿qué haces aquí? Sabía que ese primer segundo era fundamental. En cómo construyera esa primera frase, debía ser capaz de descifrar el desarrollo del resto del encuentro. Estaban los ojos. Los ojos no mienten, se decía Sergio. Imaginaba los ojos abiertos de Paty, la imagen congelada en esa mueca. Demasiado abiertos podía ser bueno o malo. Los ojos no mienten, pero son insuficientes, se corregía Sergio. Si tiene los ojos abiertos significa que está sorprendida, pero la sorpresa puede ser agradable o desagradable, y eso a final de cuentas es lo que deseo saber, pensó. Si tiene los ojos abiertos, grandes, enormes y celestes, pero no hay una sonrisa en su boca, entonces todo será un desastre. Así de simple. Si hay una sonrisa, aún no estará todo dicho. La simulación y el nerviosismo son dos causas insatisfactorias de una sonrisa bajo unos ojos demasiado abiertos.

La azafata le extendió una bandeja. En el gesto se abrió apenas su blusa y Sergio dirigió su mirada a los senos de la azafata. Ella lo notó y sonrío. Sergio se sintió incómodo, tomó la bandeja y le agradeció sin mirarla. Abrió cada una de las bolsas de plástico, de los cubiertos, el pan, la servilleta, la sal, el azúcar, y apenas le sintió el sabor a la comida. Esperó con impaciencia a que la azafata retirara la bandeja. Esa vez ella no le sonrió, ni él a ella. No entendía como Paty podía estar en los brazos de otro hombre. Él había sido el primero, el único y había soñado con mantener esa situación. ¿Y si le gustaba más follar con otro hombre que con él? Esa pregunta volvía a presentarse cada dos o tres horas.

Sergio tomó el instructivo del avión en caso de accidentes. Se quedó mirando los dibujos de las salidas de emergencia, las posiciones de impacto. Quiso practicar la posición, la cabeza entre las rodillas, las manos protegiendo la nuca, pero en vez de hacerlo, metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó una pequeña bolsa de terciopelo. La abrió y de su interior apareció el anillo. Lo miró con detención, por primera vez en más de siete años. Quizás por primera vez en su vida. Era un anillo de vidrio rojo, con una flor amarilla y azul en la parte más gruesa. Era delicado pero infantil. De pronto, una nueva cuota de angustia lo acechó. Imaginó la situación. Él entregándole ese anillo. Ese anillo y no uno de compromiso. ¿Lo recordaría ella? ¿Recordaría la promesa que él había depositado sobre ese anillo? ¿Y si no lo reconocía? Desde luego él ya había pensado en utilizar alguna frase que hiciera mención a su promesa pretérita. ¿Qué haces aquí?, le diría ella. Vine a devolverte tu anillo, le diría él, cásate conmigo. Eso era todo. Entonces ella debía lanzarse a su cuello, besarlo y... serían felices para siempre.

Estaba comenzando la película y eso lo tranquilizó. Podría olvidarse de sí mismo durante algunas horas. La primera era una de acción. John Travolta pertenece a la fuerza aérea norteamericana, está por jubilarse, pero tiene una última misión que le permite desplegar sus más enconados instintos malévolos. Secuestra la bomba nuclear que transporta. La película es perfecta. Una trama estúpida que no exige pensar, escenas que no alcanzan a apresar los nervios y, por sobre todo, imágenes carentes de sexualidad. La única relación es tan insípida que no le alcanza a recordar a Paty. La siguiente película fue un problema: una historia de amor por e-mails. Estúpida, también, pero capaz de producir daño en el intranquilo espíritu de Sergio. Se sacó los audífonos e intentó dormir. Cerró los ojos y escuchó en su cabeza las palabras que Enzo le dijo, No sé si será verdad, pero apenas lo escuché supe que tú tenías que saberlo, o sea, que yo tenía que contártelo, porque eres mi amigo, y no quiero que anden hablando a tus espaldas. Hasta ahí todo iba bien. Sergio esperaba escuchar una serie de inocentes habladurías. Escuché decir que la Paty está con alguien. La Paty está con alguien. Esa frase casi no la entendía. Había deambulado tantas veces por su interior que estaba perdiendo el sentido. La primera vez que la había escuchado, cuando Enzo la dijo, los contornos de su visión se oscurecieron, la presión le bajó y las pulsaciones aumentaron. Todo el conjunto de sensaciones que se apoderaron de él le parecieron intolerables. No podía pensar con claridad. Sentía que tenía que hacer algo rápido. Lo primero era averiguar más información. Enzo trató de tranquilizarlo. Le dijo que se trataba de un compañero de la Facultad y siguió hablando con una serie de frases ambiguas que Sergio ni siquiera escuchó. La Paty está con alguien. Eso era todo lo que llevaba consigo. Esa frase y un anillo de cristal. No podía entender esa frase. La Paty sólo había estado con él, siempre había estado con él. Cómo ese alguien podía llegar a ser otro distinto a él.

La película terminó y Sergio aprovechó el movimiento de su compañero de asiento para ir al baño.

Al volver, se colocó los audífonos del avión y buscó en el brazo del asiento alguna pista que lo llevara lejos de sus pensamientos. Dejó Tom Waits. Era la primera vez que lo escuchaba. Le había gustado su voz desgarrada, como arrastrándose por el pavimento. Sabía que no importaba cuánto tiempo pasara, cada vez que volviera a escuchar ese disco recordaría ese viaje. Eso era algo que no cambiaría con los hechos que vendrían a continuación. Quedaría anclado a la angustia que sentía en esos momentos. Ese disco de Tom Waits sería el souvenir que guardaría del miedo que sintió en ese viaje.

Sergio estaba aterrorizado, no acostumbraba a tomar ese tipo de decisiones. Nunca había tenido la necesidad de tomar ese tipo de decisiones. No conocía a nadie que lo hubiese hecho antes. No disponía de estadísticas acerca de cómo solían terminar esas situaciones. En su profesión las estadísticas eran fundamentales. Solían determinar si un paciente se operaba o no. Un veinte por ciento de éxito, solía ser un no. Un ochenta, un sí. Pero él no disponía de datos. No conocía a ni una sola persona, ni siquiera había visto una sola película en la cual el hombre engañado por su pareja cruzara de un hemisferio al otro para pedirle matrimonio, en un acto que, claramente, exhibía su desesperación.

Cuando iba en la cuarta canción del disco, titulada Temptations (pero esto Sergio no lo sabía), se interrumpió la música. Sergio abrió los ojos y pudo ver que parpadeaba la señal de abrocharse los cinturones, al mismo tiempo en que el piloto le comunicaba a través de los audífonos, que atravesarían turbulencias durante los próximos minutos. Entonces la música continuó y el avión comenzó a agitarse. Un descenso brusco y vertical hizo que Sergio tomara su estómago entre sus manos y recordara la montaña rusa de Fantasilandia. Sin embargo, en un viaje en una montaña rusa lo que produce adrenalina es la velocidad y el vértigo, pero nunca una sensación próxima a la muerte. No es la vida lo que está en juego. Pero cuando un avión es el que desciende como si cayera al vacío, la mente se llena de ideas sobre la muerte. No hay que estar en la situación emocional de Sergio para pensar acerca de la muerte durante un viaje en avión. Menos cuando hay turbulencias. Una vez me tocó un viaje durante el cual, la señora que estaba sentada a mi lado, cuando el avión se agitó precario frente a la naturaleza, me tomó de la mano, como si con ese gesto me dijera que no quería morir sola, que reemplazara por un instante a su marido, o a su hijo, ya no recuerdo.

El avión no paraba de sacudirse. Las azafatas estaban en sus asientos, con los cinturones abrochados. Sergio buscó los ojos de la única azafata que veía desde su asiento. Parecían los ojos de un ciervo asustado por el reflector de un cazador. Los ojos no mienten, pensó. La boca de la azafata sonreía. En este caso, los ojos me bastan, pensó. Esto es serio, pensó. El avión no se estabilizaba y una de los maleteros que hay sobre los asientos se abrió. Las cosas que habían en su interior aún no caían. Una azafata y el pasajero que estaban bajo el maletero desabrocharon sus cinturones e intentaron mantener el equilibrio para cerrarlo sin caerse. Sergio miró el rostro del resto de los pasajeros. Todos, sin excepción, estaban asustados. Los pensamientos de Sergio se llenaron de ideas de muerte. Primero las imágenes del colapso. El avión despedazándose como en las películas. Gente volando por los aires, caos, estallidos eléctricos, gente muerta con los cinturones de seguridad abrochados. O un reventarse contra la Tierra. Esa imagen era más tenue, menos precisa, algo más inmediato, parecido a una explosión. Luego vendría toda la serie de imágenes de cómo sigue la vida de uno sin uno. Los noticiarios. La familia enterándose. La familia estremeciéndose de dolor. Los amigos desconsolados. Y Paty... Alguien le comunicaría la noticia, probablemente por teléfono, y el rostro de Paty demudado en una mezcla de tristeza y culpa, se desvanecería en un llanto de semanas, de meses, quizás. Mientras ella lo pasaba bien con su chico californiano, Sergio volaba en pedazos en su intento de llegar hasta ella para pedirle matrimonio. Yo soy la culpable, pensaba Sergio que pensaría Paty. Si muero ahora dejaré una cicatriz indeleble en la vida de Paty, pensó Sergio en el preciso instante en que el avión recuperó la estabilidad como si hubiese encarrilado en la masa de aire adecuada. Minutos después, la luz de abrocharse de los cinturones se apagó y todo volvió a la normalidad.

Me queda dando vueltas lo que Sergio pensó durante las turbulencias. No digo que yo, en una situación de esas características no pensaría lo mismo, exactamente lo mismo. Pero, ¿por qué alguien que ama a otra persona puede llegar a desear que esa persona cargue con la culpa el resto de su vida?

El disco de Tom Waits finalizaba. Sergio estaba exhausto. Llamó a la azafata y le pidió un vaso con agua. El aire presurizado del avión le había secado la boca. Si algo bueno tenía ese aire desprovisto de humedad era que evitaba la creación de lágrimas. Sergio había llorado la noche en que Enzo le fue con la historia. No quería seguir llorando y el aire facilitaba su decisión. La azafata le entregó un vaso plástico transparente con agua. Sergio tomó una pastilla de su bolso, la introdujo en su boca, bebió todo el contenido del vaso y quince minutos después estaba durmiendo.

Lo despertó la azafata para pedirle que enderezara su asiento. Estaban por aterrizar. Sergio no recordaba sus sueños. Había conseguido descansar y quería seguir haciéndolo. Miró por la ventanilla: casas pequeñas, autos pequeños, gente pequeña. Desde la altura todo parecía andar sin problemas. Por un momento se sintió optimista. Cerró los ojos y siguió durmiendo hasta el momento en que las ruedas del avión hicieron contacto con la tierra. Cuando se apagó el aviso de mantener el cinturón de seguridad abrochado, aún esperó unos minutos más. Esperó a que la gente que estaba más apurada bajara primero. Miró por la ventanilla ese país en el que nunca había estado, en el que sólo conocía a una persona. Venía del final de la primavera y había llegado al comienzo del invierno. Todo era gris, transparente, afilado. La luz del exterior, como si los objetos hubiesen perdido el color, lo intranquilizó. Respiró hondo e intentó animarse, darse fuerzas. Cuando se levantó del asiento pensó que ya todo estaba decidido. Desde es ahí en adelante, cada gesto tendría una dirección, un sentido, una finalidad: estar frente a Paty hasta pedirle que sea su mujer. Ésas eran todas sus cartas. Las mostraría y luego sólo le restaría por ver la jugada de Paty.

Sergio siempre supo elegir lo que quería en su vida. Siempre lo había conseguido. De pequeño quiso estudiar medicina y lo había hecho. Cuando entraba en la adolescencia se sintió enamorado de Paty y logró seducirla. En ambas oportunidades había desarrollado una estrategia lenta, calculada y laboriosa. Esta vez era lo opuesto, era terapia de shock, una estrategia que había surgido espontánea y que se resolvería, definitivamente, en un instante, escrito en los ojos de Paty.

Sergio se levantó del asiento y no se detuvo hasta encontrarse frente a los ojos de Paty. Hasta ahí llega la historia que jamás conocí. El espacio vacío que tuve que reconstruir. Lo que imagino tuvo que haber sido el viaje en avión de Sergio. De lo que vino luego me enteré por fuentes más directas.

Algunos años después del encuentro entre Sergio y Paty, viajando por Chiapas, conocí a Enzo. Fue una extraña coincidencia que me hizo creer que de ahí tenía que sacar algo, una enseñanza, al menos una historia para contar. Yo no sabía quién era Enzo, o más bien no sabía que ese Enzo era el mismo de la historia de Sergio y Paty. Estábamos en Palenque, en un lugar parecido a una selva, colgando de unas hamacas, tomando hongos y conversando. De pronto, llegamos a historias de amor fatídicas. Y Enzo comenzó a contar la historia de Sergio. Al reconocer a los personajes de su historia quise detenerlo, decirle que conocía la historia, que estábamos a un nexo de distancia, de lo chico del mundo y esas cosas, pero preferí contenerme. Aguardé y quise escuchar la historia de boca de Enzo. Ya había escuchado de los dotes de prolijo informante de los que estaba dotado. Nada de lo que contó fue muy distinto a la historia que yo conocía. Me dio a saber algunos detalles sugerentes. Sin embargo, lo que llamó mi atención fue algo que agregó hacia el final. Dos noches antes de que Enzo partiera a México, se había encontrado con Sergio en un bar. Un encuentro casual. Ya no solían verse como años atrás. Tomaron una cerveza juntos. Sergio se veía desanimado. Y Enzo le preguntó qué le sucedía. Sergio le contó a Enzo (y Enzo me contó a mí) que llevaba meses sin tener sexo con su mujer. Que ella ya no lo disfrutaba. Me gustaría alguna vez en mi vida tener sexo con una ninfómana, ésas fueron sus palabras. Qué extraño, pensé. Lo sentí por ella.

Al escuchar la historia me quedé pensando en el viaje de Sergio. Ese día con Paty habíamos ido a un parque de diversiones de San Diego, el Belmont Park. Mientras caminábamos, Paty no dejaba de compararlo con la precariedad del único parque de diversiones de Chile, del cual recuerdo muy bien su nombre, Fantasilandia. Me gustaba ese nombre, como si con él evocara todo lo que se de Chile, el recuerdo de Paty, Enzo, y la historia de Sergio, todo reunido en esa palabra.









Texto leido en Taller Uff! 11º Aniversario, diciembre 2007









viernes, enero 11, 2008

"Los signos de la naturaleza", de Elicura Chihuailaf





Primer día de 2008. Mientras transito por la carretera veo levantarse la humareda del Llaima. Parece despertar el volcán pero ha estado siempre alerta, dialogando con los ríos, con el aire que sostiene sus fumarolas, con las nubes que como botes sobre el cráter nos anuncia la lluvia. Desde mi infancia escucho su diálogo sonoro con el cerro Rucapillan.

Rememoro el Relato del Azul (del origen) que nos contaron nuestros(as) Mayores. A orillas de los volcanes habitan los espíritus superiores –nuestros Pvllvam- que regresan desde el país Azul. Pienso en La Araucana de Ercilla. Hasta en las nubes –rayos, relámpagos y truenos- se manifestaba el combate, nuestros Pillan luchando con los Pillan españoles. Porque, como dice Ercilla, nuestro Pueblo fue generoso, pero ellos llegaron arrasando todo. “Esta gente no tiene alma”, dijeron, y no se dieron cuenta que la generosidad de nuestra Gente llegaba al extremo que aún siendo ellos invasores les fueron concedidos también Pillan.

Hoy seguimos viviendo la invasión violenta que hace más de un siglo inició el Estado chileno; seguimos viviendo la desazón de saber que mucha de nuestra gente sufre el aterrador ataque de la policía. En una carta -dirigida al Relator Especial de Derechos Humanos y Libertades Fundamentales de los Indígenas, Rodolfo Stavenhagen- el senador Alejandro Navarro alude a las llamadas “Ley de Seguridad Interior del Estado" y "Ley Antiterrorista": “Desde entonces alrededor de 300 mapuche, hombres, mujeres y ancianos, han pasado por diversas cárceles chilenas. Más de diez ministros especiales y nueve fiscalías militares se han encargado de investigar acciones de protesta social indígena enmarcadas en un conflicto que se agudiza año tras año y donde el reclamo por el territorio usurpado a las comunidades sigue siendo el factor principal de confrontación.

La cifra total de personas sometidas a proceso en el mismo período se eleva por sobre las 500, y en la actualidad, alrededor de 150 personas se encuentran sometidas a proceso por tribunales civiles y fiscalías militares por su participación en movilizaciones, ya sea en zonas urbanas o rurales. A esa cifra, se suman órdenes de detención vigentes contra una veintena de comuneros, además de 15 presos recluidos en las cárceles de Traiguén, Lebu, Temuco, Lautaro y Angol”.

Miro hacia el oriente: pienso en nuestros Antepasados muertos y contemplo el Llaima que es la metáfora de este tiempo. La Naturaleza es una unidad, un todo que dialoga en la diversidad. Y nosotros somos sólo una parte más en ella. Por eso luchamos, nos está diciendo nuestra lamgen Patricia Troncoso, que -como mujer- posee la fuerza de la Tierra.

Así escribí la semana pasada en parte de esta columna en la que ahora manifiesto mi pena y rabia por el cobarde asesinato de nuestro peñi Matías Catrileo, baleado por la espalda por un carabinero. Mientras la autoridad política chilena decía que debe "ser enérgica en lo que corresponde a la defensa del Estado de Derecho", la autoridad armada -un oficial de carabineros- declaraba a la prensa que tal acción había sido "en legítima defensa"; y lo más probable es que en los días venideros veamos cómo el Estado otra vez intenta dejar en la impunidad al agresor (como ocurrió con el asesino de nuestro peñi Alex Lemun).

Conforme a su conveniencia, casi siempre en contra de nosotros los indígenas, la autoridad chilena golpea la mesa o guarda cómplice silencio. El Observatorio de Derechos de los Pueblos Indígenas denunció que comunidades aledañas al predio del latifundista Luchsinger fueron reiteradamente allanadas, con destrozos en viviendas y sembrados. ¿Qué dijo entonces la autoridad?

La señal de Radio Bío Bío entregándonos la voz entrecortada de uno de nuestros peñi que corría resguardando el cadáver de Matías, es la dramática síntesis de nuestra historia mas también la evidencia de la sensibilidad de tantos chilenos y chilenas. Por eso ahora, en nuestros corazones y con nuestras lágrimas, parlamenta el volcán Llaima.





10 de enero, 2008.









jueves, enero 10, 2008

“El Final de la Historia”, de Miguelanjel Acosta






Nos convertimos en las historias
que contamos sobre nosotros mismos.
Paul Auster




Estaba sentado frente al computador tratando de responder a una pregunta espontánea que había anidado en su cabeza segundos atrás. La página exhibía un par de garabatos, seudo-ideas que significaban una nada irremediable, una nada representada como lo opuesto a la ausencia de un objeto o un sentimiento tangible. Alguien podría decir que las ideas esbozadas sobre la pantalla conducían, o no, hacia algún lugar, pero eso implicaría la aceptación de la literatura como un vehículo de transporte. Así las cosas, lo mejor es decir que sus ideas eran un reflejo deslavado de lo que era incapaz de expresar. Un acierto sería pensar que hasta ahí todo era un asunto de estilo, o más bien, la búsqueda e incorporación de éste al mundo de las ideas y su extraña y negativa fusión en la mente del individuo que permanecía con la vista fija en el monitor.

Era una tarde de otoño, un otoño sin hojas, sin lluvia y sin viento. Su casa tenía dos pisos y un ático. Él se encontraba ahí la mayor parte del tiempo, en una pequeña buhardilla desde donde podía ver el mar. A esa hora sus hijas estaban en el colegio. Su esposa había salido en la mañana en un viaje de negocios y no pensaba regresar hasta el día siguiente. Estaba solo y en su cabeza aquella voz no dejaba de repetir lo mismo.

La noche anterior casi no pudo dormir, los ojos parecían borrados, niebla densa sobre las pupilas marchitas. Al despertar esa mañana decidió que lo mejor sería mantener todo en secreto, que pasara lo que pasara, lo mejor sería callar. La luz del sol apenas aparecía sobre el horizonte. Una línea de un rojo intenso circundaba el espacio. Pensó en Sábato y en su teoría de monstruos despertando al caer la tarde. Si monstruos despertaban al final del día, ¿quién despertaba al inicio de éste?

Como decía, las colinas dibujaban contornos anunciando el comienzo o el final de algo que traería consecuencias irreparables. ¿Cómo podemos comprender la condición humana tan cambiante y conflictiva? ¿Cómo podemos entender lo que pasa por la cabeza de un individuo en el momento en que decide cambiarlo todo?

A las 5:45 AM salió a la terraza y miró el amanecer de las cosas. En su bata llevaba un paquete de cigarrillos aún sin abrir. Recordó la época escolar y golpeó la cajetilla boca abajo contra la palma de su mano, apretando así un poco más el tabaco. Encendió el primero, le dio un par de pitadas y lo arrojó al vacío. Repitió el mismo proceder con un segundo y un tercero. Luego regresó a la casa y se preparó una taza de café. Se sentó frente al televisor y comenzó a ver deportes, basketball, y fútbol americano en su mayoría. En momentos así pensaba en cuán fácil es olvidar algunas cosas. De niño, en su país natal, el único deporte conocido era el fútbol. Todos lo jugaban, todos lo hablaban. Porque la verdadera importancia de un deporte en las raíces de un pueblo no radica en la gente que lo juega, sino en la que lo piensa, la que lo habla. Ahora el fútbol no significaba nada, como tantas otras cosas que habían sido olvidadas.

Después de unos momentos, que bien pudieron haber sido horas, las niñas despertaron. En la cocina les preparó huevos, unas tostadas y chocolate caliente con leche. A pesar de seguir con los ojos a sus hijas, su mirada estaba fija en otras cosas. Su esposa le preguntó si le pasaba algo, que por qué tenía la vista tan extraviada. No tuve una buena noche, contestó. ¿Pesadillas?, sugirió ella simulando interés. Difícil decir, no he pensado en ello aún. Su mirada se posó sobre las niñas y sintió nostalgia de los tiempos idos, o de los que vendrían, un sentimiento extraño que no supo explicar. Las chicas terminaron el desayuno y fueron a sus cuartos a vestirse. Desde hacía seis meses lo hacían solas y eso las llenaba de orgullo. La pareja se quedó en silencio bebiendo café en la cocina. Él fue el primero en interrumpirlo. Tuve un sueño, en él estábamos todos viviendo juntos, mis padres, mis tres hermanas y yo. Todos más viejos, pero aún no habían llegado hijos a nuestras vidas. Yo estaba leyendo un libro en el baño, París no se Acaba Nunca, creo, sentado en la taza, fumando un cigarro. De pronto mi hermana Carla entraba corriendo a la casa diciendo que Júpiter se estaba apagando. Nadie le prestó mayor atención. Yo me levanté lo más rápido que pude y salí a mirar al patio. El enorme planeta era una pequeña luz roja que luchaba por mantenerse en pie, hasta que no podía más, hasta que desaparecía del firmamento. Carla y yo sentimos cómo un vacío inmenso nos llenaba el alma. Lágrimas secas se deslizaban por todo nuestro cuerpo. Después de eso comenzaron a caer los asteroides, los cometas, los meteoritos, los otros planetas. Podías verlos en el cielo, describir sus parábolas. Y cada estallido era un nuevo temblor que remecía todo en una noche gigantesca. La noche en que el mundo iba a dejar de existir.

Cuando el hombre que da vida a esta historia terminó su relato, ella no supo qué decir. En realidad le molestaba el hecho de que alguien le contara sus sueños, lo encontraba inútil, una absoluta pérdida de tiempo. Ella quería hablar de su trabajo, de lo excitante que serían sus próximas horas, de todas las posibilidades que se abrirían después de esto. Pero tuvo que callar, por respeto y también por miedo a esa mirada que se había anidado en los ojos de su marido días, quizá meses atrás.

Ella estaba hermosa ese día, hermosa y serena. Sus ojos estaban tranquilos, quietos de emoción y ternura. Era, sin duda, un día importante, ‘si todo sale bien podremos asegurar nuestro futuro’, le había mencionado días antes. Y él esperaba eso, creo que todo el mundo lo esperaba. Después de todo, su mujer poseía una disciplina que costaba encontrar entre los mortales.

Por años había intentado en vano parecerse a ella, aplicar el mismo criterio y disciplina a su vida. Porque desde que recordaba, siempre intentaba imitar aquello que admiraba o amaba. La única razón por la cual no había terminado como su padre se encontraba ahí, en la total ausencia de admiración, o amor, que habitaba el corazón de ese hombre.

Su mujer fue la primera en dejar la casa, llevaba un traje de dos piezas de color negro bastante sobrio y la cabellera roja formaba lo que parecía ser una serpiente retorcida sobre su cabeza. Ella no usaba maquillaje, y Lem pensó en cuán bella llega a ser una mujer con la cara limpia. Se besaron en el umbral de la puerta, sus labios, los de ella, sabían frescos y tibios, mientras los de el estaban fríos y cansados. Ella se alejó sintiendo cómo su mirada se posaba en su cuello y en la tibieza de sus formas. Subió a su Prius negro y se despidió haciendo un gesto con su dedo índice, un juego de aquellos que se inventan cuando el amor lo puede todo.

Una vez que las niñas estuvieron listas, Lem las subió a su auto y partió rumbo a la escuela en dirección norte, enfrentando aquel añejo viento canadiense que amenazaba con congelarlo todo. Céline y Jules iban sentadas en el asiento trasero cantando una vieja canción que el abuelo materno les había enseñado en su última visita. Lem las miraba por el espejo retrovisor y la nostalgia ya casi le rompía el alma. Sentía, sin querer, cómo el pecho se le llenaba de pena y cómo una lágrima inesperada se dejaba caer desde la esquina de su ojo derecho. El sabor salado se escurrió por la comisura de sus labios.

Su mujer nunca le preguntó qué había hecho después de la pesadilla. Si lo hubiera hecho, Lem probablemente le habría contado, entre lágrimas de desesperación, que todo había sido un error, que todo esto, la vida, y la vida juntos había sido un error. Que se había levantado mientras todos dormían, en medio de la noche y con las luces apagadas, y había buscado aquellos álbumes de fotos que encerraban la vida de él y ella y las niñas. Le habría contado que revisó cada imagen, cada página, cada álbum. Que con un cuidado que nunca antes habían experimentado sus torpes manos, había recortado cada recuerdo que alguna vez existió entre ambos. Le habría contado que la mutilación de cada fotografía sólo sirvió para ahondar su pena cada vez más, para crear un agujero tan inmenso que ni siquiera la felicidad más infinita podría llenar. Y luego las niñas, las tijeras cortando, eliminando, quemando.

Si ella hubiera estado más alerta habría notado que el clóset de él había sido vaciado durante la noche, que su registro en el computador que compartían también había desaparecido. Si ella hubiera estado más atenta a las señales, habría notado que el empaque repentino de todos sus libros no obedecía a una reorganización del espacio, sino más bien a una auto impuesta inquisición, destinada a quemar todo vestigio de su existencia.

Las niñas cantaban y reían, sin notar que el auto no se detuvo frente a la escuela, y más tarde abandonó los límites de aquel país inventado al que su padre había llegado lleno de sueños que jamás se hicieron realidad. Si alguien en aquel cuarteto de vidas a punto de desaparecer hubiera notado que la realidad, que lo que hasta ese entonces entendían por realidad, había cambiado radicalmente esa mañana, algo se podría haber hecho. Pero nada, nadie dijo ni entendió nada y el auto se perdió en la lejanía de una mañana que fue noche, y nunca más día.








Texto leido en Taller Uff! 11º Aniversario, diciembre 2007









miércoles, enero 09, 2008

"Al partir", de Wang Wei





Bajo del caballo para beber vino con usted,
Usted pregunta hacia dónde me dirijo.
Yo respondo: no tengo idea,
Retorno insatisfecho a la Montaña del Sur.
Sólo me marcho, no pregunte nuevamente,
Las nubes blancas no tienen límite de tiempo.






martes, enero 08, 2008

"Pueblo indígena Lakota proclama su independencia de Estados Unidos" de Fernando A. Torres





Se está acabando el régimen colonial de los EE.UU.,
éste es un día histórico para nuestro pueblo Lakota.

Russell Means


“Somos del pueblo que ama la libertad, somos Lakotas de las reservaciones Sioux de Nebraska, Dakota del Norte y del Sur, y Montana, quienes hemos sufrido el genocidio físico y cultural en las manos del sistema colonial y de apartheid que nos han obligado a vivir. Estamos en Washington para separarnos de los tratados ordenados constitucionalmente, para declararnos un país libre y independiente con el apoyo de las leyes naturales, internacionales y de los EE.UU.”

Con estas palabras, una delegación de representantes Lakotas, declararon su independencia de los EE.UU. retractándose de los 33 tratados con el gobierno federal durante los últimos 156 años.

Según el sitio internet oficial de este pueblo, el lunes 17 de diciembre, la delegación compuesta por los dirigente indígenas Russell Means, Phyllis Young, (Women of All Red Nations), Duane Martin Sr (Oglala Lakota Strong Heart Society) y Garry Rowland (Chief Big Foot Riders) entregó al Departamento de Estado en Washington una notificación oficial en la cual anuncian la decisión, tomada después de años de consultas internas entre los representantes de los tratados de varias comunidades Lakotas.

La decisión, “entregada por mano a Daniel Turner, director de contactos públicos del Departamento de Estado, termina inmediata e irrevocablemente con todos los acuerdos entre la Nación indígena Lakota Sioux y el gobierno de los Estados Unidos, delineados en los tratados de 1851 y 1868 en el Fuerte Laramie en Wyoming”, dice un comunicado entregado a la prensa.

El miércoles los representantes, junto a una delegación de la embajada de Bolivia, realizaron una conferencia de prensa en la cual dieron a conocer la decisión. “Para detener la continua usurpación de nuestros recursos, nuestro pueblo, tierras, aguas y nuestros niños, no nos queda mas que reclamar nuestro propio destino,” dijeron.

Según el informe el dirigente Russell Means dijo que el nuevo país entregara pasaportes y licencias de conducir. También los residentes, previa renuncia a la ciudadanía de los EE.UU., no serán forzados a pagar impuestos.

Los indígenas dijeron que los “tratados han sido violados repetidamente con el fin de robar nuestra cultura, nuestra tierra y la posibilidad de mantener nuestras formas de vida.”

Según Means retirarse de los tratados es “totalmente legal. Esto es según las leyes de los EE.UU., específicamente el Articulo #6 de la constitución” el cual dice que los tratados son la ley suprema de la tierra.

“También está dentro de las leyes sobre tratados aprobadas en la Convención de Viena y ratificadas por los EE.UU. y el resto de la comunidad internacional en 1980. Estamos legalmente dentro de nuestros derechos de ser libres e independientes,” dijo Means.

El nuevo país cubre áreas de los Estados de Lakota del Sur y del Norte, Nebraska, Wyoming y Montana. Áreas que fueron tomadas por los EE.UU. a pesar de saber que estas tierras son históricamente de propiedad del pueblo Lakota.

Los dirigentes advirtieron que si los EE.UU. no comienzan negociaciones diplomáticas inmediatamente, se retendrán todas las transacciones de tierras y propiedades en los cinco Estados.

La delegación se encuentra reuniéndose con representantes de las embajadas de diversos países para “expeditar el regreso oficial a la Familia de Naciones.” Según Phyllis Young, “las acciones del pueblo Lakota no están destinadas a avergonzar a los Estados Unidos, sino simplemente salvar la vida de nuestro pueblo.”

Al cierre de esta nota el gobierno no se ha pronunciado al respecto.







lunes, enero 07, 2008

“Zeryel no es Dios”, de Carlos Almonte





...el tabaco es para el viaje.

Nobody



No eres Dios, fue lo primero que Zeryel oyó al nacer. Él cuenta su vida de a fragmentos. Primero un paso breve por la infancia, a veces, más que breve, inexistente, en donde aprendió algunas tretas de huida y caza, subió árboles centenarios cuyas hojas brillaban como el cielo, escaló montañas rozando nieves de otro siglo, peleó con aves rapaces a quienes dominó sin tocar siquiera, se lanzó, o cayó, innumerables veces al río Kamukshi, y posteriormente al Wroga, de mayor ancho y enorme caudal. En todas esas ocasiones salvó ileso, producto primero de su suerte y después de su pericia.

A Zeryel, ya anciano, le gusta detenerse en los episodios más heroicos. Adorna las historias cambiando un gato de montaña por un puma hambriento, una montaña que se pierde entre las nubes o el cauce de aquel río que esa vez soportaba el más crudo invierno... Las caídas, “saltos” en su testimonio, aumentaban de altura en cada narración, llegando a veces, si es que el brillo de la noche y el fermento del mosuet lo permitían, a alcanzar dimensiones descabelladas, insoportables o derechamente risibles. Tú no eres Dios, comenzaba siempre al atardecer, y era esa misma frase, fría y cruel, la que usaba para terminar cada velada, aunque esta vez, con un casi inapreciable gesto entre los labios, de sorna, por supuesto, advertido sólo por aquellos quienes repetían las historias en momentos de profunda reflexión... Luego venía la primera juventud y sus más de cien amantes, de su propia tribu y aun de las vecinas. Entonces, y dependiendo de la edad y género del público, se detenía en más detalles, explicando alguna marca aquí, o alguna cicatriz allá; tal vez algún gemido o reacción curiosa, la esposa de algún jefe y sus seis sirvientas, todas bien apetecidas, en una sola noche. Muy pocas veces se detiene en Garala, su esposa favorita, cuyos dientes eran blancos como el sol y sus piernas más bronceadas que la luna, aunque él no lo indique así, sino que ocupe figuras ilusorias, propias del campo de los sueños, que es donde mejor se desenvuelve, sin esfuerzos ni ficciones.

Zeryel se define como un hombre feliz, un anciano feliz; hice todo lo que quise, se ufana cada tanto; realicé labores infinitas sin ayuda; levanté aldeas, incendié y asesiné a los enemigos, creé lazos de igualdad entre los pueblos, y mi descendencia se extiende más allá de lo que vuestros ojos puedan ver, o de lo que sus piernas puedan avanzar. Visité lugares como sólo pueden existir en las visiones... (Zeryel realiza un alto, respira con profundidad y relajo y pide un vaso de mosuet que vacía en un segundo. Mira a su alrededor y el orgullo le endurece el corazón; se sonríe, y en su cálida expresión contiene toda las sonrisas de su pueblo, desde el primer hombre, parido por una sagrada bestia, hasta el último, que se irá por la mañana de un día blanco, enteramente blanco. Los más jóvenes lo observan con veneración. Las mujeres lo consideran un excéntrico, un anciano trastornado por la edad y los excesos. Los mayores ya no existen).

Tú no eres Dios, repite a veces en silencio y soledad, cuando todos han vuelto a la penumbra de sus tiendas, y se queda pensativo, dudando, especulando, nuevamente, en un posible escape o solución. Piensa que alguna vez desaparecerá, así, simplemente, sin aspavientos de ninguna especie, como desapareció su padre y también su abuelo; y se transformará en un espíritu del bosque, un espíritu maligno, dice y ríe ya sin ganas. Pero aún quedan las cenizas, y el fuego avanza, sin piedad, por la boca y la garganta... A Zeryel lo llena el ánimo de la temible danza, pero se contiene, prefiere danzar solo bajo un árbol, o en su tienda, tal como se hacía antes, sin ropa y sobre el fuego, tal vez en un recodo estrecho del hermoso Wroga, al que ya no embauca con sus nados, tal vez por miedo o precaución... La última vez, cuenta, se alzó desde una altura enorme, siguió adelante y resbaló, cayendo por entre las grietas hasta el agua. Sus heridas tiñeron el Gran Río hasta llegar al mar, e incluso allí la sangre confundió a la espuma y derritió a las aves que atrevieron a sorber la mezcla...

Algunos, al oír, se miran confiados, agradados; otros creen que el mosuet tiene algo más, tal vez enredadera verde; o quizás sea la edad, solamente, como dicen las muchachas. Lo cierto es que Zeryel no cuenta de su vida adulta, cuando fue elegido jefe de su tribu y venerado hasta la adoración, cuando organizó a los jóvenes y conquistó, sin hipocresías, a las tribus inmediatas, cuando renovó la aldea, o cuando expulsó a los hombres viles y les otorgó a los infectados el más digno buen morir. Zeryel tampoco cuenta de sus nueve hijos ni que de ellos, sólo quedan cerca de él, o en él, los restos del menor, enterrados o comidos por el padre, nadie sabe. Los otros ocho se alejaron para no volver, así como murieron sus esposas y la gente de su edad. Nadie explica, quizás porque tampoco a nadie le provoca una sospecha, que Zeryel doble en edad al hombre que lo sigue, ni que esté solo, ni que ausente asomos decadentes de ninguna especie. Nadie sabe que sus hijos, hace ya incontables años, han muerto lejos y que Zeryel los ha enterrado a todos y ha regresado, a su lugar, a su pueblo, sin saber por qué. Nadie sabe que Zeryel prefiere ocultar, o desvariar los episodios más tristes de su vida y de su pueblo. Más que a la adultez, prefiere regresar a sus años de la infancia, mi mejor edad, declama con cuidada impronta, e inventa nuevas situaciones, cada vez más insólitas, cada vez más prodigiosas... Nadie repara en que su piel semeja la de un hombre de cuarenta y nueve años, ni que jamás hable, ni siquiera en broma, de su edad madura. A todos les parece natural oír relatos de la infancia, o de la juventud, porque todos representan esa edad, porque nadie la abandona nunca y el reflejo es inmediato... La elección es continuar. Alguien va por más madera. Alguien va por más mosuet. Alguien se acomoda. Alguien duerme en brazos de su amada, o de su amado. Sin embargo, como en un acuerdo ya asumido por el tiempo y la distancia, nadie se levanta para irse hasta que Zeryel sea el primero, aunque la historia de esa noche lleve horas o incluso días, como a veces ha pasado.

Es así como, en ocasiones, el anciano lleva su relato, lo conduce, lo transborda, demasiado lejos, incluyendo estratagemas, animales invisibles que habitan al final de una raíz, seres de otros mundos agitando doce pares de ojos, brujos sanguinarios adictos al mosuet, o su propio cuerpo al desaparecer y reaparecer cada mañana. Es entonces cuando sólo quedan unos cuantos a la escucha, los que están dispuestos a reconocer la realidad más aceptada como una insípida quimera, y al revés. Es decir, los iniciados. A ellos Zeryel les cuenta que algún día él desaparecerá, pero no de un minuto a otro, no de una noche a la mañana, sino que para siempre. No soy Dios, señala, esto lo aprendí hace mucho, pero sé que puedo caminar y caminar hasta llegar muy cerca de él, como si fuera un aprendiz, como para verlo desde lejos, como un ser atento a lo menos evidente, a lo que subyace, como ustedes mismos en un tiempo más. Entonces algunos creen despertar y Zeryel regresa a la narración central, esa que habla de zambullidas milagrosas, peleas a cuchillo con anfibios furibundos o el canto amargo de la historia de sus padres. Nadie duda de esta arista de Zeryel, como nadie duda de su propio pueblo o existencia. Es lo que les queda, es quizás su padre, es el que transporta el rito y tradición, incluso más allá del fuego o de las sombras. Así es como él lo ha decidido o aceptado. Todavía queda un tiempo, poco pero queda, en el que volará, transmigrará de padre a abuelo, de perro a río y de pueblo en pueblo... El rezo transmitido así lo dice: “En el río que no avanza; en aquella puerta-espejo que se abre y pierde, tú no sabes dónde ir, porque has ido y regresado de todos los lugares. En el río que no cambia, donde cae al fin la oscuridad, sin fin, sólo sigue la señal, una ondulación pequeña, una asidua inclinación que te llevará en silencio al otro lado, al lugar de donde proceden los espíritus, desde donde nadie vuelve, a menos que sea realmente un Dios”.






Texto leido en Taller Uff! 11º Aniversario, diciembre 2007









domingo, enero 06, 2008

«Gringo viejo», de Aída Bortnik y Carlos Fuentes

Una escena




(Al Gringo están a punto de fusilarlo contra un muro, mientras Harriet le grita a los revolucionarios mexicanos que lo suelten).

Un mexicano: No vamos a matarle, gringo. Nosotros no matamos a nuestros amigos. Vamos.

Harriet (Acercándose al Gringo): Vamos, no se quede aquí.

El Gringo (Reincorporándose): Ha sido una broma.

Harriet: ¿Una broma? ¡Mire qué matanza! ¿Llama a esto una broma?

El Gringo: Su sentido del humor y de la muerte es diferente.

Harriet: No le comprendo.

El Gringo: No puede comprenderme a mí ni a nada. Es su guerra, su país, tanto si usted y yo la aprobamos como si no. Me he comportado vilmente. Pobre capitán. Él sólo pretendía demostrarnos su valor ante la muerte y que podía morir de manera admirable. Resulta casi divertido pensar que no podía ocurrirme a mí, porque yo no estaba preparado. Pero, ¿sabe? Ha valido la pena... sólo por verla a usted. ¡Ha estado magnífica! Su apasionado interés por salvarme la vida ha sido... profundamente halagador. Estoy profundamente conmovido.

Harriet: ¡Es usted intolerable!

El Gringo: Toléreme. Toléreme, por favor. Se lo suplico. Ha pasado mucho tiempo desde que alguien lo intentó. Antes, las mujeres suspiraban. Hinchaban el pecho... ¡Qué hermosas eran! Yo pensé que siempre estarían ahí... suspirando en mi bigote. Venerando mis miradas. Esperando un gesto mío. Pero todas se han ido. No han esperado. Supongo que no llegué a inspirar suficiente amor... a ninguna de ellas.

Harriet: ¿Qué era?

El Gringo: ¿Qué era el qué?

Harriet: ¿Qué hacía para que suspirasen? Yo nunca he suspirado por un hombre.

El Gringo: Verá, cuando... sólo era un chiquillo, soñaba que haría cosas que cambiarían el mundo. Y una noche, cuando tenía unos 16 años le prometí a una muchacha que haría algo grandioso. Algo tan grande... que le resultaría imposible no amarme. Y que después de eso, volvería en busca de ella. «Bien, ¿y qué piensas hacer exactamente?». Escribiré el poema más hermoso que nadie haya escrito jamás. Un poema que haga que la gente llore de felicidad... y que ame con desesperación. Y que entiendan cuál es el significado de su existencia en la tierra. «Oh, no, no puedes escribir un poema así. Nadie puede». Y yo le dije: «Tú espera». «¿Durante cuánto tiempo?», contestó. Y como yo era un chiquillo y cada hora me parecía llena de posibilidades ilimitadas le dije que por poco tiempo. (Pausa) He escrito durante 50 años. He escrito cada día de mi vida sin excepción. He escrito y he escrito. Durante largas noches de insomnio. En países extranjeros. En salas de prensa llenas de enemigos. He escrito mientras mi juventud se desvanecía. Y mientras el amor me traicionaba.

Hace muchos años que olvidé su cara. El color exacto de sus ojos, la precisa línea de su boca. Pero hoy, con la espalda contra aquel muro la he visto a usted. Y he sabido que usted era ella. Y que el único lugar en que podría haber escrito aquel poema habría sido entre sus brazos... Dios mío... cómo deseo besarla...

(La besa)

Eso es lo que hacía. Acaba usted de suspirar.



1989










sábado, enero 05, 2008

“¿Dónde está mi amigo?, o cuando Bruce ‘The Boss’ Springsteen era del albo”, de Ramón Oyarzún





S
i acaso jacob preguntara habría de responder como lo hacía siempre, terminando la oración con un “charimbasbimbaspimbasbimbas”, que no tenía otra explicación posible que su afán compulsivo por escribir desnudo bebiendo afrodisiacos, emular a frank, abusar de los entactógenos, trasnochar, hurgarse la nariz, ser desleal en un concepto muy restringuido de lealtad y pensar con fe ciega en las posibilidades transformativas de la lectura y de la literatura, lo que significaba por un lado un contramovimiento de vanguardia que negaba y se hacía cargo de la producción innegable de Homero en adelante, pasando por el grupo uf!, los memoriales escritos en colaboración del colectivo en las décadas del veinte y treinta, la poesía diletante y la academicista. Sin embargo -sólo porque gusto de esta palabra o conflagración- no bastaba instalarse como heredero bolañito, tomar manzanilla el tercer día de borrachera y pretender la compostura de la caña, o del cuento, o de la lesión eterna, de la fractura neuronal, la adicción patológica, la amistad a prueba de todo, la fama farandulera y hasta ahí que ahora otros menesteres abren brecha y tarde. Y perduran de tarde en tarde a pesar de cierto acto de fe en la impermanencia, acto que requirió mayor fe que aquel de lanzarse a donde las personalidades se perdían y antes ya se habían perdido como esas revoluciones-guerras que empezaron el siglo 20 en plena Era del despertar de la Nueva Era y cualquiera creía en el centésimo macaco o en Sheldrake y los campos morfogenéticos, imposible no creer esto tomando etiqueta verde y rayo verde y líneas verdes y todo reverdecía ese día, después de la asociación libre freudiana vendrían las variaciones sicoanalíticas irreconciliables y la integralidad transpersonal de la nueva sicología enteocognotivista, teleognómica, los grupetes del potencial humano y la fe se habría de despertar en todos los pequeños ávidos de transformación o en todos los sujetos de ser memenizados, suceptibles de compartir átomos en una promiscuidad micromolecular impensable hasta para el sade más desvaído que sin embargo era una promiscuidad intrasíquica imperceptible y con la aparición de la confabulación índigo se volvió todo más sagrado y más vertiginoso en cada día y en cada tiempo despertaron infinitos seres despiertos a la iluminación profunda, insuperable, verdadera y completa porque cada segundo era tiempo que no había para perder y cada instante contenía todo y estaba pleno y perfecto y las vías de entrada a la comprensión de esta perfección se hicieron tan transitadas que a pesar de todas las predicciones se pudo conocer las décadas de la medianía como las del taco espiral hasta que el mundo en torbellinos y tormentas mutó de escuela en paraíso de realización y quién que era no era poeta, músico, místico, iluminado, artista, integral, sanador, aprendiz, practicante y maestro, sobrellevando la inmensa pena del agua que cubrió a los cientos de millones que no alcanzaron a escapar, huir o fluir; dejarán el cuarto mundo y repartirán amor y bondad infinita en el cosmos hasta que llegue el momento de encarnar como un quinto mundo en alguna nota armónica de coincidencia auspiciosa entre el cometa-mente y el quinto cuerpo celeste y entonces habrán de nuevo los poetas escribiendo sus veintiún mejores y más grandes poemas de amor romántico a la inspiración del atardecer de la juventud y la eternidad de la existencia y seguro que por esas casualidades que a veces llamamos fallas en la matriz o coexistencia coincidente, tiempos cruzados, dimensiones en colisión, o algo así, un taller uf! alineará esta vez como equipo de básquetbol amateur, un presidente será técnico de un equipo campeón de la Libertadores y en pequeñas repúblicas surgirán grupos de genios científicos estilo la Budapest de principios del veinte con Ciorán, los Ionesco, Eliade y esta vez el famoso aforista Miquelu Angelescu y el semiólogo Mellescu, o la Frankfurt de los cafés y los grupos donde además de Adorno, Horkhaimmer, Habermas estará Gabarrochecks y un Goicoleiov tal vez en Praga o junto a los formalistas en Moscú que esta vez debiera ganar la guerra fría para pasar a fenómenos apasionantes como la guerra de los vodka o la globalización del consumo de pgp, calostro y sistema en vez de aspirina cocacola y jogging; si ese universo paralelo no existe ya ahora sí lo hace y procedamos a contar que las infinitas diferencias mínimas bastan para solventar este cuento que nunca debió haber sido escrito y que sin embargo la duda lo sotiene, porque, como preguntaba Bogumil Jasinowsky, o más fulanamente aquel compositor de títulos ¿qué hay que no esté de Virus a Heiddeger?, y para responder al aforismo baste el libro de las citas citables, mejor un limerick, Lucio Anneo Séneca o el tratado sobre las piedras de Teofrasto que todavía estoy leyendo en resúmenes de internet. En ese paralelo de similitudes del que también somos sombras o símiles, sin caer en los vicios eternalistas, nihilistas ni ambos, hágase eco una historia contada por un cuentahistorias que es como se me place terminar. Este cuentahistorias que podemos llamar Charli y que resulta hijo de un cuentahistorias y nieto de un cuentahistorias y así hasta que se olvida el origen del linaje en el que probablemente lleguemos a un pastor o agricultor que también contaba historias, fue condenado a muerte por ser descendiente del profeta en épocas en que se condenaba a todos los descendientes del profeta a muerte por decapitación acusados de la herejía de pretender una continuidad sanguínea directamente rastreable hasta los ángeles y el cuenta historias se presentó voluntario ante el rey, que viendo su gesto noble y valiente, pensándolo estúpido más bien, lo dejó ir sin ser encadenado a visitar al verdugo que por esos días estaba muy ocupado y podía competir con Ned Dennis en cortar más cabezas en menos tiempo, sólo que a este no se le había perdonado para que pudiera trabajar y tampoco se le perdonaría el error groso que iba a cometer puesto que entre los árabes no faltarán nunca aspirantes a verdugos, así como entre los judios no faltará nunca “el amigo palestino”, y entre los latinos no falta nunca el “yo jugué (semi) profesionalmente a la pelota”, y Charli llegó sin cadenas, apenas escoltado por un guardia al que a la entrada del cadalzo le dijo: “déjame hasta aquí, he venido solo, no necesito que me acompañes adentro”, y lo dijo con tal vehemencia y con el orgullo que sólo un árabe puede tener frente a la muerte, que es diferente al orgullo de un japonés porque en el japonés es más deber nacional y en el árabe embriaguez cósmica, por lo que el guardia le dejó, además estuvo contento de aliviarse de su misión un poco antes, saliendo temprano de la pega como cualquier buen oficinista haría si se le presenta la oportunidad a menos que ese oficinista fuera pessoiano y le diera por quedarse siempre hasta la hora justa pero eso es cuestión que hacen los portugueses por la saudade, los santiaguinos por el smog y los gringos por aburridos, pero este guardia era árabe y tendría algún té que tomar y algo que fumar entre amigos antes de llegar a casa, a sus mujeres e hijos, e historias increíbles que habría de contar a sus hijos sobre todo esta del cuenta historias, entonces de nuevo Charli entró voluntario ante el verdugo que le miró cansado y feliz mientras comprobaba el filo de su hacha con un pelo de camello, y me pregunto inevitable si ese aforismo del rico y el camello entrando al reino de los cielos y enhebrándose en una aguja respectivamente no tendrá que ver más con la afirmación de Demócrito sobre los megarenses mentirosos o con dar al César lo que es del César y presentarse como megarense y como rey de reyes al tiempo. Y sí, la variación de Cervantes es más interesante por cuanto el final es necesario, fatal para quien propone y para quien lea o lee o a estas alturas, desde acá, no interesa porque estaba antes y falló el ver -(b/l/y)- o.








Texto leído en Taller Uff! 11º Aniversario, 20 de diciembre 2007









viernes, enero 04, 2008

Dos poemas de Miguel Muñoz




ZONA DISPERSA



Pululando por la zona
inextinguible

Entrando al vergel
ya maldito

Repertorio
de palabra enmohecida

Vena de apariencia
marmórea

Toca muslo apenas
deslucido

Rápida fuente rodando
pedregosa

Arteria remo y pierna
resonantes

Bote claro que se inclina
soporoso

Vacío de la zona
consumida

En hueco que se abre
transparente

Hoyo de líquido
abismado

Rueda contraria ola
semihundida

Inestable
sube y baja el cacareo

Inquietante
la sopa se avecina

El perno del marisco
confundido

La ola se encumbra
satisfecha

En el hueco el bote
salpicado

Muslo remo y vena
retenidos

Del mármol se aleja
vaporosa

La sopa marina
friolenta

Zona que se adentra
apacible


Meandros de sutil estilo


Tronco y bote ya no saben

Pierna y remo a la deriva

Curva tortuosa del pescado

Lápiz en la hoja se adivina


Caen
zona sopa y cacareo

Cae al hueco
la zona misma

En el foso la maniobra
sumergida

En su propio torbellino
sofocada

Un ombligo deambula
atrevido

Desde venas de mármol
al marisco

Arteria remo y tronco
resonantes

En el bote se revuelven
ahuecados

Como una carpa la esponja
se abalanza

Sobre restos de mariscos
zonas y pescados

Bote claro que se inclina
oscuro

Buscando la línea de la imagen





2003



MORRENA



Incitación de la morrena
de ir cascando
terca en el blanco     podrida tierra
derrubio de palabra aniquilada
morrena
de piedra y fango
escondite de bosque
            (o bien)
una línea límite en la mesa
borrando
de morrena el ritmo de su peso
cascajos     rodando
detenidos

un río trajo este lodo
asomándolo al hielo

un río trajo este polvo
mezclándolo al brillo

escondite de bosque fue
su ausencia presente:
en la mesa un parche blanco
se extiende sobre el límite

morrena zurcida de guijarros
               (lápiz tinta)
convención surgida en el tablero




2007




jueves, enero 03, 2008

"Wagner como un peligro", de Friedrich Nietzsche





L
a intención que persigue la música moderna en aquello que en la actualidad, de modo estridente, pero ininteligible, se denomina «melodía infinita», puede ser aclarado de este modo: uno se adentra en el mar, poco a poco va perdiendo pie firme y finalmente se abandona al favor o disfavor del elemento: tiene que nadar. En la música antigua, a veces de manera grácil, otras solemne, o briosa, más deprisa o mas despacio, debía hacerse algo completamente distinto, o sea, danzar. La medida necesaria para ello, la conservación de determinados grados de tiempo y fuerza equivalentes, forzaban el alma del oyente a una constante meditación, —en los contrastes entre este flujo de aire frío procedente de la meditación y el cálido aliento del entusiasmo residía la magia de toda buena música. Richard Wagner quiso otra clase de movimiento, invirtió el presupuesto fisiológico de la música de entonces. Nadar, flotar —ya no caminar, danzar... Quizá con esto queda dicho lo decisivo. La «melodía infinita» quiere precisamente quebrar todo equilibrio entre tiempo y fuerza, incluso se burla del mismo,— tiene su riqueza de invención justamente en aquello que a un oído antiguo le suena como paradoja y blasfemia rítmicas. De una imitación, de un predominio de semejante gusto ha nacido un peligro para la música como no puede pensarse otro mayor — la degeneración total del sentimiento rítmico, el caos en lugar del ritmo... El peligro llega a su punto álgido cuando semejante música se apoya de modo cada vez más estricto en un histrionismo y una mímica completamente naturalistas, no dominados por ninguna ley de la plástica, que sólo quieren el efecto y nada más.. Lo «espressivo» a toda costa y la música al servicio, esclava de la pose —éste es el fin...

¿Cómo? ¿Acaso sería efectivamente la primera virtud de una interpretación musical, tal como ahora parecen creer los artistas intérpretes de la música, la de lograr para cada pieza, en toda circunstancia, tan alto relieve, que no se lo pueda superar? Aplicado, por ejemplo, a Mozart, ¿no es esto un auténtico pecado contra el espíritu de Mozart, el espíritu sereno, soñador, tierno y amable de Mozart, quien por fortuna no fue un alemán y cuya seriedad es una seriedad benévola, dorada, y no la seriedad de un caballero alemán?... Así que me callo sobre la seriedad del «convidado de piedra»... pero ¿creéis que toda música es la música del «convidado de piedra»,— que toda música debiera irrumpir atravesando la pared y conmoviendo al auditorio hasta las entrañas?... ¡Sólo así obra efecto la música! — Pero, ¿sobre quién lo ha obrado? Sobre alguien sobre el que un artista noble no debe nunca obrar efecto, —¡Sobre la masa! ¡Sobre los inmaduros! ¡Sobre los indolentes! ¡Sobre los enfermos! ¡Sobre los idiotas! ¡Sobre wagnerianos!








en Nietzsche contra Wagner, 1888










miércoles, enero 02, 2008

"Después de la fiesta", de Jorge Teillier



Fotografía original de Álvaro Hoppe


Está más joven la muchacha que amanece sonriendo
frente al canto del canario cada vez más joven.
Está más joven en la portada de la revista
sobre la mesa de nogal cada vez más joven
el retrato de los Campeones Mundiales del año 30.

Está más joven la mujer que se despierta para lavar
ropa ajena en la artesa rústica.
Están más jóvenes quienes en la plaza hablan
de sus amigos desaparecidos o asesinados.
Está más joven la flor guardada entre las páginas
de Fermina Márquez,
está más joven el rugoso pescador que bebe
su aguardiente frente al temporal recién nacido.
Está más joven el guijarro que espera ser
recogido por un niño,
tras ser pulido por una ola que cada viaje hace
cada vez más joven.

Sólo yo he envejecido.





en Cartas para reinas de otras primaveras, 1985




Notas en Teillier Aleph





martes, enero 01, 2008

"Autores que se alejan", de Roberto Bolaño

Miércoles 16 de mayo de 2001




Hace unos días, con Juan Villoro nos pusimos a recordar a aquellos autores que habían sido importantes en nuestra juventud y que hoy han caído en una suerte de olvido, aquellos autores que gozaron en su momento de muchos lectores y que hoy sufren la ingratitud de esos mismos lectores y que para colmo de males no han conseguido interesar a los lectores de una nueva generación.

Pensamos, por supuesto, en Henry Miller, que en su día tuvo una gran difusión en España, y cuyo nombre estaba en boca de todos, pero cuya fama tal vez obedecía a un equívoco: es probable que más de la mitad de los que compraron sus libros lo hicieran esperando encontrar a un pornógrafo, algo que en cierta manera se justificaba y era una necesidad en la España que emergía después de cuarenta años de censura frailuna y franquista.

En el otro extremo recordamos a Artaud, puro nervio ascético, que en su día también tuvo buenas ventas, y no pocos admiradores españoles y mexicanos, y que si uno comete hoy el error de preguntarle a una persona menor de treinta años por su nombre seguramente recibirá una respuesta desoladora. Ya ni siquiera aquellos que están interesados por el cine saben quién era Antonin Artaud, lo que es igual de grave.

Lo mismo sucede con Macedonio Fernández: sus libros, salvo en Argentina, supongo, no se encuentran en las librerías. Y con Felisberto Hernández, que en los setenta tuvo un pequeño boom, pero cuyos relatos hoy sólo es posible encontrarlos tras mucho buscar en librerías de viejo. Doy por descontado que la suerte de Felisberto en Uruguay y Argentina debe ser diferente, lo que nos lleva a un problema aún peor que el olvido: el provincianismo en que el mercado del libro concentra y encarcela a la literatura de nuestra lengua, y que explicado de forma sencilla viene a decir que los autores chilenos sólo interesan en Chile, los mexicanos en México y los colombianos en Colombia, como si cada país hispanoamericano hablara una lengua distinta o como si el placer estético de cada lector hispanoamericano obedeciera, antes que nada, a unos referentes nacionales, es decir, provincianos, algo que no sucedía en la década del sesenta, por ejemplo, cuando surgió el boom, ni, pese a la mala distribución, en la década de los cincuenta o cuarenta.

Pero, en fin, de esto no hablábamos con Villoro, sino de otros escritores, escritores como Henry Miller o Artaud o B. Traven o Tristan Tzara, escritores que contribuyeron a nuestra educación sentimental y que ahora ya no es posible encontrarlos en los fondos de las librerías por la sencilla razón de que casi no tienen nuevos lectores. Y también de aquellos más jóvenes, escritores de nuestra generación, como Sophie Podolski o como Mathieu Messagier, que fueron unos jóvenes absolutamente maravillosos y de gran talento y a quienes ya no sólo no es posible encontrar en las librerías sino que tampoco en los buscadores de internet, lo que ya es mucho decir, como si nunca hubieran existido o como si los hubiéramos imaginado nosotros.

La respuesta a este reflujo de escritores, sin embargo, es muy sencilla. Así como el amor se mueve con una mecánica similar a la del mar, como decía el poeta nicaragüense Martínez Rivas, así también se mueven los escritores, y un día aparecen y luego desaparecen y luego, quién sabe, vuelven a aparecer. Y si no vuelven a aparecer tampoco importa tanto porque ellos, de alguna manera secreta, ya son nosotros.







en Entre paréntesis, 2004









lunes, diciembre 31, 2007

"Los caminos de la vida. Un escrito sobre las cumbias", de Juan Carlos Villavicencio






...si has gozado también has sufrido,
si has llorado también has reído.


No creo que exista ser humano que haya podido librarse de la batalla entre el sol y la luna, y de ese giro de muerte y esplendor en los ciclos que son las estaciones. Ahora más que asomado el verano y a la espera de la convención que implica ‘el paso de un año a otro’, varias son las mezclas de ánimos que se cruzan por estas fechas. El caso es que todos los ánimos se cruzan siempre y los espejos dan cuenta de las sonrisas o las lágrimas que caen, de los rostros familiares reunidos o la soledad de un respiro y la ignorancia de lo que podría detener la oscuridad.

La cumbia es fiel reflejo de esta reflexión o el abandono a una nueva noche y sus euforias, de esa carga emocional que nos posee y de la que a veces necesitamos renegar. Está en la piel reaccionar ante ella. Lo primero que nos regalan los compases de El Galeón Español o de Daniela, por ejemplo, es un impulso, una sonrisa, un ansia de juerga, pero que sin darnos cuenta nos habla también varias veces de esa nostalgia o de esa pena irreparable. De ahí esa imagen arquetípica de aquel guachaca sensible aferrado a un trago, bailando y cantando decidido una cumbia solo, con los ojos húmedos y añorantes de lo que ya no está.

Amplio es el espectro de la cumbia, obvio, ya que se habla de un tipo de música que como todo arte es reflejo, imagen que se da en las armonías de este espejo de nuestros pasos y nuestras huellas. Las más famosas de los últimos tiempos, a cargo, principalmente, de la Sonora Palacios y la Sonora de Tommy Rey, dan cuenta de ciertas carencias que reiteran la danza de la tierra junto al sol. Aún cuando se hable de Un año más, y ese conformismo acerca del paso del tiempo, está la nostalgia de todos los años que “se han ido ya”. Está la locura de ese Edipo no resuelto en Agua que no has de beber, ese amor imposible al que se canta como dueña, aunque se retorne a la madre. Está el tema de la ausencia de la amada y su dolor cruzando el pecho en Pedacito de mi vida: “Qué vacío hay en mi alma / qué amargura en mi existir / siento que me haces falta / yo no sé vivir sin ti”; o del dolor del amor no correspondido en Daniela (en la versión de Chico Trujillo, grupo a no olvidar jamás), o en la tremenda Que te mate el tren, donde el amor y el odio se entrelazan en la despedida: “Adiós, adiós, adiós / que te vaya bien / amor, amor, amor / que te agarre un carro / que te parta un rayo / que te mate un tren”. Sin embargo, nos es conveniente obviar sus palabras y preferimos bailar o tararear. ¿Por qué?

Todos los días el sol vuelve a salir y el fuego se vuelve a encender, volviendo a florecer los parques y sus noches, en la esperanza, el dolor y la alegría que confluyen cada vez que necesitamos conmemorar algo colectivamente, en ese devenir por los caminos de la vida, que no son lo que yo creía, pero que vale la pena seguir descubriendo, como decía el hermano Catador de Bondades, con nostalgia de futuro, y los dados ya lanzados sin mirar. Sí... un año más.




Reescritura del texto aparecido en El guachaca, el año 2005.







domingo, diciembre 30, 2007

“Los borrachos”, de Malcolm Lowry





El ruido de la muerte aquí en este bar desolado,
Donde la tranquilidad se sienta encorvada sobre su oración
Y la música sirve de coraza al sueño del amante,
Pero cuando ninguna moneda introduce esta dura desesperación
Hasta aquí, el más solitario de los hogares
Y de todos los destinos el más solitario además,
Cuando ninguna música eléctrica rompe el batir
De corazones doblemente rotos pero ahora reunidos
Por el cirujano de paz en la astilla del desastre,
Penetra más profundamente que lo hicieran las trompetas
El movimiento de la mente dentro de ese entramado
Donde los desórdenes son simples como la tumba
Y la araña de la vida se asienta y duerme.









sábado, diciembre 29, 2007

"Y en sueño te convertirás", de Juan Cristóbal

Cuento inédito




No podía creer lo que había soñado. Que una mujer se tiraba bajo las ruedas de un carro y su esposo no la salvaba, pudiéndolo hacer. Pero el sueño había comenzado antes, cuando ambos vivían en un departamento de recién casados, donde siempre, los fines de semana, habían reuniones y fiestas con amigos, donde todo era felicidad y comprensión. Y después vino el sueño, la desgracia. Esa imagen me dio vueltas a la cabeza todo el día: ¿Por qué había sucedido? ¿Qué había llevado a ella a esa determinación? ¿Por qué él no la salvó pudiéndolo hacer? Hacia la mitad de la tarde, después de tomar la siesta y leer el periódico, decidí contarle a mi esposa lo soñado. Pero antes de hacerlo me pregunté: ¿No lo tomará a mal? ¿No creerá que hay algún instinto reprimido? ¿No pensará que quiera que eso le suceda? Me dio retorcijones el contarle. Pensé que sería mejor consultar con el médico amigo de la casa. Un consejo no hace daño a nadie, pensé, y me dirigí a su consultorio, que, felizmente, queda cerca donde vivimos. Lamentablemente, no lo encontré, había salido de viaje y no regresaría hasta dentro de quince días. Volví, con la cabeza gacha, cavilando, si debía o no contarle lo soñado. Decidí hacerlo. Pero cuando llegué a mi departamento me arrepentí. Pensé, veremos lo que pasa. Abrí la puerta y vi a mi esposa preparando unas tacitas de café y unos panes con queso en el horno. Le di un beso y me senté en la mesa de la cocina. Conversamos de cosas sin importancia. Ella, de pronto me dijo, “ya no me cuentas lo que sueñas”. Me sorprendió su curiosidad, justo en ese momento, por lo que no le contesté. Pero al poco rato volvió a insistir sobre el asunto. Entonces le dije, “los años me hacen olvidar los sueños”. Y comencé a beber el café que estaba sobre la mesa. “Tal vez deba esperar el momento adecuado”, me dije para mis adentros, “porque no creo que me crea lo que le acabo de decir”. Comí un pan y terminé la taza de café. Me fui a la sala, prendí la tv para escuchar las noticias. Pero no veía las imágenes, seguí pensando en lo que había soñado y si debía o no decírselo a mi esposa. Pasó un par de horas y seguía en ese dilema. Hasta que por fin me hice la pregunta que debí habérmela hecho desde el principio: ¿Si mi esposa hiciera lo mismo, yo la salvaría?





De un libro inédito aún.