jueves, enero 06, 2011

"Luis XVI", de Stefan Zweig

Fragmento de María Antonieta




La verdadera fatalidad en la naturaleza de Luis XVI es que tiene plomo en la sangre. Algo acorchado y denso obstruye sus venas; nada es fácil para él. Este hombre, que realiza esfuerzos sinceros, tiene siempre que dominar en sí una resistencia de la materia, una especie de modorra, para lograr hacer algo, para pensar, o simplemente para sentir. Sus nervios, lo mismo que tiras de goma relajadas no pueden ponerse tensas ni tirantes, no pueden vibrar, no pueden desprender electricidad. Este innato embotamiento nervioso excluye a Luis XVI de toda emoción fuerte: amor (en sentido espiritual lo mismo que en sentido fisiológico), alegría, goce, miedo, dolor, terror, todos estos elementos emotivos no logran perforar la piel de elefante de su indiferencia y ni una sola vez inmediatos peligros de muerte consiguen despertarlo de su letargo. Mientras los revolucionarios asaltan las Tullerías, su pulso no late ni un ápice más de prisa, y hasta en la misma noche antes de ser guillotinado no están perturbadas ninguna de las dos columnas de su bienestar: sueño y apetito. Jamás palidecerá este hombre, ni aun con una pistola delante del pecho; jamás la cólera brillará en sus torpes ojos; nada puede espantarle, pero tampoco nada entusiasmarle. Sólo los más rudos esfuerzos, como la cerrajería o la caza, agitan su persona, por lo menos exteriormente; todo lo delicado, fino de espíritu y gracioso, como el arte, la música y la danza, no es, en modo alguno, accesible al orden de su sensibilidad: ninguna musa ni ningún dios, ni siquiera Eros, son capaces de poner en conmoción sus perezosos sentidos. Jamás, durante veinte años, Luis XVI ha deseado otra mujer que la que su abuelo le ha destinado por esposa; permanece feliz y contento con ella, lo mismo que se contenta con todo, en su carencia de necesidades realmente exasperante. Por ello, fue una diabólica maldad del destino ir a exigir a una naturaleza como ésta, tan estancada, roma y elemental, las más importantes determinaciones históricas de todo aquel siglo, y colocar a un ser humano tan absolutamente destinado a una vida pasiva en medio del más espantoso de los universales cataclismos. Porque precisamente allí donde comienza la acción, donde el resorte de la voluntad debe ponerse en tensión. para actuar o resistir, este hombre, corporalmente robusto, se nos presenta con una debilidad lamentable; toda resolución que adoptar significa siempre para Luis XVI la más espantosa de las perplejidades. Sólo es capaz de ceder; sólo sabe hacer lo que quieren los otros, porque él mismo no quiere otra cosa sino paz, paz y paz. Acosado y sorprendido, le promete a cada cual lo que desea; y, de un modo igualmente flojo y afable, lo contrario al que viene tras él; quien se le acerca lo tiene ya vencido. A causa de esta incalificable debilidad, Luis XVI es siempre culpable, aun estando siempre sin culpa, y poco honrado, aun con las mejores intenciones; rey pelanas, sin serenidad ni carácter; pelota con que juegan su mujer y desesperante en las horas en que debería reinar de veras. Si la Revolución, en lugar de hacer caer bajo la cuchilla el corto cuello de este hombre ingenuo y apático, le hubiera concedido, en cualquier sitio, una casita de aldeano con un jardincillo, imponiéndole cualquier insignificante obligación, le habría hecho más feliz que el arzobispo de Reims con la corona de Francia, que llevó indiferentemente durante veinte años, sin orgullo, sin placer y sin dignidad.













1932












miércoles, enero 05, 2011

“Biblioteca de Poe”, de Roberto Bolaño







En el fondo de un extraño corral,
Libros o pedazos de carne.
Nervios enganchados de un esqueleto
O papel impreso.
Un florero o la puerta
De las pesadillas.




en Los perros románticos, 2000
















martes, enero 04, 2011

"Tu cabello sobre el mar", de Paul Celan

Traducción de Juan Carlos Villavicencio,
dedicada a Antonieta Chávez, hermosa mujer que ayer partió.





También tu cabello flota sobre el mar con el enebro de oro.
Con él se vuelve blanco, entonces lo tiño azul-piedra:
el color de la ciudad, donde finalmente me arrastraron hacia el sur...
Con cuerdas me ataron y a cada una ataron una vela
y me escupieron con bocas de niebla y cantaron:
“¡Oh, vamos por el mar!”

Pero pinté como una barca mis alas de color púrpura
y dando mi último estertor la brisa y me hice,
            mientras ellos duermen, a la mar.
Debo teñirte ahora rojos los rizos, si bien me encantan azul-piedra:
¡Oh los ojos de la ciudad donde caí y fui arrastrado al sur!
Con el enebro de oro flota también tu cabello sobre el mar.





en Der Sand aus den Urnen, 1948











Dein Haar überm Meer

Es schwebt auch dein Haar überm Meer mit dem goldnen Wacholder. / Mit ihm wird es weiß, dann färb ich es steinblau: / die Farbe der Stadt, wo zuletzt ich geschleift ward gen Süden... / Mit Tauen banden sie mich und knüpften an jedes ein Segel/ und spieen mich an aus nebligen Mäulern und sangen: / »O komm übers Meer!« // Ich aber malt als ein Kahn die Schwingen mir purpurn/ und röchelte selbst mir die Brise und stach, eh sie schliefen, in See. / Ich sollte sie rot dir nun färben, die Locken, doch lieb ich sie steinblau: / O Augen der Stadt, wo ich stürzte und südwärts geschleift ward! / Mit dem goldnen Wacholder schwebt auch dein Haar überm Meer. 




lunes, enero 03, 2011

"Madrigal", de Gutierre de Cetina







Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué si me miráis, miráis airados?
Si cuando más piadosos,
más bellos parecéis a quien os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay, tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
Ya que así me miráis, miradme al menos.



1520-1557















domingo, enero 02, 2011

"Autopsicografía", de Fernando Pessoa

Traducción de Juan Carlos Villavicencio
El poeta es un fingidor. 
Finge tan completamente 
Que llega a fingir que es dolor 
El dolor que de veras siente. 
Y los que leen lo que escribe, 
En el dolor que leen sienten bien, 
No los dos que él tenía, 
Sino sólo el que ellos no tienen. 
Y así en los rieles de la rueda 
Gira, distrayendo la razón, 
Ese tren a cuerda 
Que se llama corazón.


 
en Presença, 1932



  Ilustración de David Lavine






Autopsicografia 

O poeta é um fingidor / Finge tão completamente / Que chega a fingir que é dor / A dor que deveras sente. / E os que lêem o que escreve, / Na dor lida sentem bem, / Não as duas que ele teve, / Mas só a que eles não têm. / E assim nas calhas de roda/  Gira, a entreter a razão, / Esse comboio de corda / Que se chama coração.















sábado, enero 01, 2011

“Tormenta en el río”, de Dino Buzzati






Los juncos, las hierbas de la orilla, las pequeñas matas de los sauces y los árboles grandes vieron llegar también aquel domingo de septiembre al señor mayor vestido de blanco.

Muchos años antes –sólo los troncos más viejos lo recuerdan vagamente– un desconocido había empezado a pescar en aquel remanso solitario de aguas quietas y profundas. Cuando hacía buen tiempo, todas las fiestas regresaba puntualmente.

Un día había dejado de venir solo; con él estaba un niño que jugaba entre las plantas y tenía una vocecita clara. Lentamente habían pasado los años: el señor cada vez más fatigado, el chico cada vez más grande. Y al final, un domingo de primavera, el viejo no apareció más. Llegó únicamente el mozo, que se puso a pescar, solo.

Luego el tiempo siguió consumiéndose. El mozo, que volvía de cuando en cuando, perdió aquella su voz límpida, también él comenzó a envejecer. Pero también él un día regresó acompañado.

Una larga historia a la que todo el bosque es aficionado. El segundo chico se hizo mayor y su padre no se dejó ver más. Todo esto, sin embargo, se ha confundido en la memoria de las plantas. Hace algunos años que los pescadores vuelven a ser dos. También el mes pasado, con el señor vestido de blanco vino el niño, que se sentó con su pequeña caña y empezó a pescar.

Las plantas los vuelven a ver con gusto, los esperan incluso toda la semana, en aquel gran aburrimiento del río. Se distraen observándolos; oyendo las cosas que dice el niño, su voz fina que resuena tan bien entre las hojas; viéndolos inmóviles a los dos, sentados en la orilla, tranquilos como el río que se remansa mientras por encima pasan las nubes.

Algún insecto volador ha contado que padre e hijo viven en una gran casa en la colina cercana. Pero el bosque no sabe quiénes son con exactitud. Lo que sí sabe es que todas las cosas tienen su conclusión, que tarde o temprano también el señor anciano no podrá volver más y que dejará venir al mozo solo.




Hoy también, a la hora acostumbrada, se ha oído el rumor de las hojas moviéndose. Se ha oído un paso aproximándose. Pero el señor ha aparecido solo, un poco encorvado, un poco magro y cansado. Se ha dirigido a la pequeña cabaña medio escondida entre la maleza donde se guardan desde tiempo inmemorial los aparejos de pesca. Esta vez el señor se demora más de lo acostumbrado a revolver entre las viejas cosas en la caseta silenciosa.

Ahora todo está inmóvil y quieto; la campana de la iglesia cercana ha dejado de sonar. El pescador se ha quitado la chaqueta. Sentado al pie de un chopo, sujetando su caña, dejando tendido el sedal en el agua, forma una mancha blanca entre el verde. En el cielo hay dos grandes nubes, una como hocico de perro, la otra con forma de botella.

El bosque está ansioso porque el niño no viene. Las otras veces las plantas acuáticas se agitaban a propósito para ahuyentar a los peces y enviárselos al pequeño pescador. Resulta más bien irritante ese hombre solo con esa cara demacrada y pálida. Pero aunque los peces no acudan, el señor no se enfada. Sujetando en alto la caña, mira en derredor con lentitud.

Las cañas de la orilla del río atienden ahora a una gruesa viga cuadrada. Se ha quedado atascada entre las hierbas y aprovecha para contar una historia; explica que pertenecía a un puente, que se cansó de aquel trabajo, que cedió por la rabia que le tenía al peso, haciendo venirse todo abajo. Las cañas la escuchan, luego murmuran algo entre ellas, extienden en torno un rumor que se propaga por el prado hasta las ramas de los árboles y se difunde con el viento.

Ahora el pescador alza la cabeza, mira en derredor como si también él hubiera oído. De la cercana cabaña llegan dos o tres golpecitos secos de origen misterioso. Dentro de ella se ha quedado encerrada una vieja mosca. Se ha despistado y da vueltas, vacilante, por la estancia. De cuando en cuando se para y se queda escuchando. Sus compañeras han desaparecido. Quién sabe dónde habrán ido. Extraña, esta atmósfera pesada.

La mosca no se da cuenta de que es otoño, golpea aquí y allá. Se oyen los pequeños choques de su cuerpo gordo que tropieza contra el ventanuco. Al fin y al cabo, no hay ninguna razón para que las otras se hayan ido. A través de los cristales se alcanza a ver una nube de tormenta.

El señor ha encendido un cigarro. De cuando en cuando sale de las ramas hacia arriba una bocanada de humo azul. El niño no vendrá ya, la tarde está demasiado avanzada. La mosca ha conseguido huir de la cabaña por fin. El sol ha desaparecido entre las nubes. Hace poco, el viento ha empujado la viga, la ha apartado de las cañas, abandonándola a las aguas libres. La historia ha quedado interrumpida. El madero se aleja, condenado a pudrirse en el mar.

La tormenta se forma, pero el pescador no se ha movido, siempre inmóvil, con la espalda apoyada en el tronco. Del cigarro, que se ha dejado caer encendido sobre el prado, se escapa el humo que el viento desgarra. Las nubes que se han vuelto negras dejan caer un poco de lluvia. Aquí y allá, en el agua se forman círculos nítidos que se van haciendo mayores. En la cabaña cercana se repiten con más insistencia los golpes inexplicables. Quién sabe por qué el señor no se va. Una gota ha dado justamente en la brasa del cigarro y lo ha apagado con un sutil rumor.

De una grieta del cielo, a poniente, llega una luz fría y blanca de emboscadas. El viento azota los árboles, arranca de ellos una voz fuerte; mueve también la chaqueta blanca colgada de una rama. Ahora los árboles grandes, las pequeñas matas de los sauces, las hierbas de la orilla y las plantas acuáticas comienzan a comprender. Parece que el pescador se haya dormido, pese a que desde el final del horizonte los truenos se aproximan. Su cabeza está inclinada hacia delante, su barbilla presiona contra su pecho.

Las hierbas sumergidas en el agua se agitan entonces para ahuyentar los peces y enviarlos, como las otras veces, hacia el sedal, pero la caña del pescador, ya no sujeta, ahora ha descendido lentamente; su punta está sumergida en el agua. Al dar contra ella, la plácida corriente se encrespa apenas.





en Sesenta relatos, 1958















viernes, diciembre 31, 2010

"Viernes 3 am", de Serú Girán





La fiebre de un sábado azul
y un domingo sin tristezas.
Esquivas a tu corazón
y destrozas tu cabeza.
Y en tu voz,
sólo un pálido adiós
y el reloj
en tu puño marcó
las 3.

El sueño de un sol y de un mar
y una vida peligrosa
cambiando lo amargo por miel
y la gris ciudad por rosas,
te hace bien,
tanto como hace mal,
te hace odiar,
tanto como querer
y más...

Cambiaste de tiempo y de amor
y de música y de ideas,
cambiaste de sexo y de dios,
de color y de fronteras,
pero en sí,
nada más cambiará
y un sensual
abandono vendrá
y el fin...

Y llevas el caño a tu sien
apretando bien las muelas
y cierras los ojos y ves
todo el mar en primavera.

¡Bang, bang, bang!
Hojas muertas que caen,
siempre igual
los que no pueden más
se van...










en La grasa de las capitales, 1979



















jueves, diciembre 30, 2010

“Nada”, de Carlos Pezoa Véliz







Era un pobre diablo que siempre venía
Cerca de un gran pueblo donde yo vivía:
Joven, rubio y flaco, sucio y mal vestido,
Siempre cabizbajo… ¡Tal vez un perdido!
Un día de invierno lo encontraron muerto
Dentro de un arroyo próximo a mi huerto
Varios cazadores que con sus lebreles
Cantando marchaban… Entre sus papeles
No encontraron nada… Los jueces de turno
Hicieron preguntas al guardián nocturno:
Este no sabía nada del extinto:
Ni el vecino Pérez, ni el vecino Pinto.
Una chica dijo que sería un loco
O algún vagabundo que comía poco.
Y un chusco que oía las conversaciones
Se tentó de risa… ¡Vaya unos simplones!
Una paletada le echó el panteonero,
Luego lió un cigarro, se caló el sombrero
Y emprendió la vuelta… Tras la paletada
Nadie dijo nada, nadie dijo nada…





en La lira chilena, 1904














miércoles, diciembre 29, 2010

"Chickamauga", de Ambrose Bierce





En una tarde soleada de otoño, un niño perdido en el campo, lejos de su rústica vivienda, entró en un bosque sin ser visto. Sentía la nueva felicidad de escapar a toda vigilancia, de andar y explorar a la ventura, porque su espíritu, en el cuerpo de sus antepasados, y durante miles y miles de años, estaba habituado a cumplir hazañas memorables en descubrimientos y conquistas: victorias en batallas cuyos momentos críticos eran centurias, cuyos campamentos triunfales eran ciudades talladas en peñascos. Desde la cuna de su raza, ese espíritu había logrado abrirse camino a través de dos continentes y después, franqueando el ancho mar, había penetrado en un tercero donde recibió como herencia la guerra y el poder.

Era un niño de seis años, hijo de un pobre plantador. Éste, durante su primera juventud, había sido soldado, había luchado contra salvajes desnudos, había seguido la bandera de su país hasta la capital de una raza civilizada en el extremo sur. Pero en la existencia apacible del plantador, la llama de la guerra había sobrevivido; una vez encendida, nunca se apagó. El hombre amaba los libros y las estampas militares, y el niño las había comprendido lo bastante para hacerse un sable de madera que el padre mismo, sin embargo, no hubiera reconocido como tal. Ahora llevaba este sable con gallardía, como conviene al hijo de una raza heroica, y se paraba de tiempo en tiempo en los claros soleados del bosque para asumir, exagerándolas, las actitudes de agresión y defensa que le fueron enseñadas por aquellas estampas. Enardecido por la facilidad con que echaba por tierra a enemigos invisibles que intentaban detenerlo, cometió el error táctico, bastante frecuente, de proseguir su avance hasta un extremo peligroso, y se encontró por fin al borde de un arroyo, ancho pero poco profundo, cuyas rápidas aguas le impidieron continuar adelante, a la caza de un enemigo derrotado que acaba de cruzarlo con ilógica facilidad. Pero el intrépido guerrero no iba a dejarse amilanar; el espíritu de la raza que había franqueado el ancho mar ardía, invencible, dentro de aquel pecho menudo, y no era sencillo sofocarlo. En el lecho del río descubrió un lugar donde había algunos cantos rodados, espaciados a un paso o a un brinco de distancia; gracias a ellos pudo atravesarlo, cayó de nuevo sobre la retaguardia de sus enemigos imaginarios, y los pasó a todos a cuchillo.

Ahora, una vez ganada la batalla, la prudencia exigía que se replegara sobre la base de sus operaciones. ¡Ay!, como tantos otros conquistadores más grandes que él, como el más grande de todos, no podía ni refrenar su sed de guerra, ni comprender que el más afortunado no puede tentar al Destino.

De pronto, mientras avanzaba desde la orilla, se encontró frente a un nuevo y formidable adversario. A la vuelta de un sendero, con las orejas tiesas y las patas delanteras colgantes, muy erguido, estaba sentado un conejo. El niño lanzó una exclamación de asombro, dio media vuelta y escapó sin saber qué dirección tomaba, llamando a su madre con gritos inarticulados, llorando, tropezando, con su tierna piel cruelmente desgarrada por las zarzas, su corazoncito palpitando de terror, sin aliento, enceguecido por las lágrimas, perdido en el bosque. Después, durante más de una hora, sus pies vagabundos lo llevaron a través de malezas inextricables, y por fin, rendido de cansancio, se acostó en un estrecho espacio entre dos rocas a pocas yardas del río. Allí, sin dejar de apretar su sable de madera, que no era ya para él un arma sino un compañero, se durmió a fuerza de sollozos. Encima de su cabeza, los pájaros del bosque cantaban alegremente; las ardillas, castigando el aire con el esplendor de sus colas, chillaban y corrían de árbol en árbol, ignorando al niño lastimero; y en alguna parte, muy lejos, gruñía un trueno, extraño y sordo, como si las perdices redoblaran para celebrar la victoria de la naturaleza sobre el hijo de aquellos que, desde tiempos inmemoriales, la han reducido a la esclavitud. Y del otro lado, en la pequeña plantación, donde hombres blancos y negros llenos de alarma buscaban febrilmente en los campos y los cercos, una madre tenía el corazón destrozado por la desaparición de su hijo.

Pasaron las horas, y el pequeño durmiente se levantó. La frescura de la tarde transía sus miembros; el temor a las tinieblas, su corazón. Pero había descansado y no lloraba más. Impulsado a obrar por un impulso ciego, se abrió camino a través de las malezas que lo rodeaban hasta llegar a un terreno más abierto: a su derecha, el arroyo; a su izquierda, una suave pendiente con unos pocos árboles; arriba, las sombras cada vez más densas del crepúsculo. Una niebla tenue, espectral, a lo largo del agua, le inspiró miedo y repugnancia; en lugar de atravesar el arroyo por segunda vez en la dirección en que había venido, le dio la espalda y avanzó hacia el bosque sombrío que lo cercaba. Súbitamente, ante sus ojos, vio desplazarse un objeto extraño que tomó al principio por un enorme animal: perro, cerdo, no lo sabía; quizá fuera un oso. Había visto imágenes de osos y, no conociendo nada en su descrédito, había deseado vagamente encontrar uno. Pero algo en la forma o en el movimiento de aquel objeto, algo torpe en su andar, le dijo que no era un oso; el miedo refrenó la curiosidad, y el niño se detuvo. Sin embargo, a medida que la extraña criatura avanzaba con lentitud, aumentó su coraje porque advirtió que no tenía, al menos, las orejas largas, amenazadoras, del conejo. Quizá su espíritu impresionable era consciente a medias de algo familiar en ese andar vacilante, ingrato. Antes de que se hubiera acercado lo suficiente para disipar sus dudas, vio que la criatura era seguida por otra y otra y otra. Y había muchas más a derecha e izquierda: el campo abierto que lo rodeaba hormigueaba de aquellos seres, y todos avanzaban hacia el arroyo.

Eran hombres. Trepaban con las manos y las rodillas. Algunos sólo usaban las manos, arrastrando las piernas; otros sólo las rodillas, y los brazos colgaban, inútiles, de cada lado. Trataban de ponerse en pie, pero se abatían en el curso de su esfuerzo, el rostro contra la tierra. Nada hacían normalmente, nada hacían de igual manera, salvo esa progresión pie por pie en el mismo sentido. De uno en uno, de dos en dos, en pequeños grupos, continuaban avanzando en la penumbra; a veces, algunos hacían un alto, otros se les adelantaban, arrastrándose con lentitud, y aquéllos, entonces, reanudaban el movimiento. Llegaban por docenas y por centenares; se extendían a derecha e izquierda hasta donde podía escrutarse en la oscuridad creciente, y el bosque negro detrás de ellos parecía interminable. El suelo mismo parecía desplazarse hacia el arroyo. De tiempo en tiempo, uno de aquellos que habían hecho un alto no reanudaba su camino y yacía inmóvil: estaba muerto. Algunos se detenían y gesticulaban de manera extraña: levantaban los brazos y los dejaban caer de nuevo, se tomaban la cabeza con ambas manos, extendían sus palmas hacia el cielo como hacen ciertos hombres durante las plegarias que dicen en común.

El niño no reparó en todos estos detalles que sólo hubiera podido advertir un espectador de más edad. Sólo vio una cosa: eran hombres, y sin embargo, se arrastraban como niñitos. Eran hombres; nada tenían pues de terrible, aunque algunos llevaran vestimentas que desconocía. Caminó libremente en medio de ellos, mirándolos de cerca con infantil curiosidad. Los rostros de todos eran singularmente pálidos; muchos estaban cubiertos de rastros y gotas rojas. Esto, unido a sus actitudes grotescas, le recordó al payaso pintarrajeado que había visto en el circo el verano anterior, y se puso a reír al contemplarlos. Pero esos hombres mutilados y sanguinolentos no dejaban de avanzar, sin advertir, al igual que el niño, el dramático contraste entre la risa de éste y su propia y horrible gravedad. Para el niño era un espectáculo cómico. Había visto a los negros de su padre arrastrarse sobre las manos y las rodillas para divertirlo: en esta posición los había montado, «haciendo creer» que los tomaba por caballos. Y entonces, se aproximó por detrás a una de esas formas rampantes, y después, con un ágil movimiento, se le sentó a horcajadas. El hombre se desplomó sobre el pecho, recuperó el equilibrio furiosamente, hizo caer redondo al niño como hubiera podido hacerlo un potrillo salvaje y después volvió hacia él un rostro al que le faltaba la mandíbula inferior; de los dientes superiores a la garganta, se abría un gran hueco rojo franqueado de pedazos de carne colgante y de esquirlas de hueso. El saliente monstruoso de la nariz, la falta de mentón, los ojos montaraces, daban al herido el aspecto de un gran pájaro rapaz con el cuello y el pecho enrojecidos por la sangre de su presa. El hombre se incorporó sobre las rodillas. El niño se puso de pie. El hombre lo amenazó con el puño. El niño, por fin aterrorizado, corrió hasta un árbol próximo, se guareció detrás del tronco, y después encaró la situación con mayor seriedad. Y la siniestra multitud continuaba arrastrándose, lenta, dolorosa, en una lúgubre pantomima, bajando la pendiente como un hormigueo de escarabajos negros, sin hacer jamás el menor ruido, en un silencio profundo, absoluto.

En vez de oscurecerse, el hechizado paisaje comenzó a iluminarse. Más allá del arroyo, a través de la cintura de árboles, brillaba una extraña luz roja sobre la cual se destacaba el negro encaje de las ramas; golpeaba las siluetas rampantes y proyectaba sobre ellas monstruosas sombras que caricaturizaban sus movimientos en la hierba iluminada; caía en sus rostros, teñía su palidez de un color bermellón, acentuando las manchas que distorsionaban y maculaban a tantos de ellos, y centelleaba sobre los botones y las partes metálicas de sus ropas. Por instinto, el niño se volvió hacia aquel resplandor siempre creciente, y bajó la colina con sus horribles compañeros; en pocos instantes, había pasado al primero de la multitud, hazaña fácil dada su manifiesta superioridad sobre todos. Se colocó a la cabeza, el sable de madera siempre en la mano, y dirigió la marcha, adaptando su andar al de ellos, solemne, volviéndose de vez en cuando para verificar si sus fuerzas no quedaban atrás. A buen seguro, nunca un jefe tuvo semejante séquito.

Esparcidos por el terreno que enangostaba lentamente aquella marcha atroz de la multitud hacia el agua, había algunos objetos que no provocaban ninguna asociación de ideas significativas en el espíritu del jefe: en algunos lugares, una manta enrollada a lo largo, con las dos puntas atadas por una cuerda; aquí, una pesada mochila de soldado; allá, un fusil roto; en suma, esos desechos que se encuentran en la retaguardia de las tropas en retirada, jalonando la pista de los vencidos que han huido de sus perseguidores. En todos lados, junto al arroyo, bordeado en aquel sitio por tierras bajas, el suelo había sido hollado y transformado en lodo por los pies de los hombres y los cascos de los caballos. Un observador más experimentado habría advertido que esas huellas iban en ambas direcciones; dos veces habían pasado por el terreno: avanzando, retrocediendo. Algunas horas antes, aquellos heridos sin esperanza habían penetrado en el bosque por millares, en compañía de sus camaradas más felices, muy lejos ahora. Sus batallones sucesivos, dispersándose en enjambres y reformándose en líneas, habían desfilado junto al niño dormido, por poco lo habían pisoteado en su sueño. El ruido y el murmullo de su marcha no lo habían despertado. Casi a la distancia de un hondazo del lugar en que estaba acostado, habían librado batalla; pero el niño no había oído el estruendo de los fusiles, el estampido de los cañones, «la voz tonante de los capitanes y los clamores». Había dormido durante casi todo el combate, apretando contra su pecho el sable de madera, quizá por inconsciente simpatía hacia el conjunto marcial que lo rodeaba, pero tan insensible a la magnificencia de la lucha como los caídos que allí habían muerto para hacerla gloriosa.

Más allá de los árboles, del otro lado del arroyo, ahora el fuego se reflejaba sobre la tierra desde lo alto de su bóveda de humo y bañaba todo el paisaje, transformando en vapor dorado la línea sinuosa de la niebla. Sobre el agua brillaban anchas manchas rojas, y rojas eran igualmente casi todas las piedras que emergían. Pero sobre aquellas piedras había sangre: los heridos menos graves las habían maculado al pasar. Gracias a ellas, también, el niño cruzó el arroyo a paso rápido; iba hacia el fuego. Una vez en la otra orilla, se volvió para mirar a sus compañeros de marcha. La vanguardia llegaba al arroyo. Los más vigorosos se habían arrastrado hasta el borde y habían hundido el rostro en el agua. Tres o cuatro, que yacían inmóviles, parecían no tener ya cabeza. Ante ese espectáculo, los ojos del niño se dilataron de asombro; por hospitalario que fuera su espíritu, no podía aceptar un fenómeno que implicara pareja vitalidad. Después de haber abrevado su sed, aquellos hombres no habían tenido fuerzas para retroceder ni mantener sus cabezas por encima del agua: se habían ahogado. Detrás de ellos, los claros del bosque permitieron ver al jefe, como al principio de su marcha, innumerables e informes siluetas. Pero no todas se movían. El niño agitó su gorra para animarlas y, sonriendo, señaló con el sable de madera en dirección a la claridad que lo guiaba, columna de fuego de aquel extraño éxodo.

Confiando en la fidelidad de sus compañeros, penetró en la cintura de árboles, la franqueó fácilmente a la luz roja, escaló una empalizada, atravesó corriendo un campo, volviéndose de tiempo en tiempo para coquetear con su obediente sombra, y de tal modo se aproximó a las ruinas de una casa en llamas. Por doquiera, la desolación. A la luz del inmenso brasero, no se veía un ser viviente. No se preocupó por ello. El espectáculo le gustaba y se puso a bailar de alegría como bailaban las llamas vacilantes. Corrió aquí y allá para recoger combustible, pero todos los objetos que encontraba eran demasiado pesados y no podía arrojarlos al fuego, dada la distancia que le imponía el calor. Desesperado, lanzó su sable a la hoguera: se rendía ante las fuerzas superiores de la naturaleza. Su carrera militar había terminado.

Como cambiara de lugar, detuvo la mirada en algunas dependencias cuyo aspecto era extrañamente familiar: tenía la impresión de haber soñado con ellas. Se puso a reflexionar, sorprendido, y de pronto la plantación entera, con el bosque que la rodeaba, pareció girar sobre su eje. Vaciló su pequeño universo, se trastocó el orden de los puntos cardinales. ¡En los edificios en llamas reconoció su propia casa!

Durante un instante quedó estupefacto por la brutal revelación. Después se puso a correr en torno a las ruinas. Allí, plenamente visible a la luz del incendio, yacía el cadáver de una mujer: el rostro pálido vuelto al cielo, las manos extendidas, agarrotadas y llenas de hierba, las ropas en desorden, el largo pelo negro, enmarañado, cubierto de sangre coagulada; le faltaba la mayor parte de la frente, y del agujero desgarrado salía el cerebro que desbordaba sobre las sienes, masa gris y espumosa coronada de racimos escarlata la obra de un obús.

El niño hizo ademanes salvajes e inciertos. Lanzó gritos inarticulados, indescriptibles, que hacían pensar en los chillidos de un mono y en los cloqueos de un ganso, sonido atroz, sin alma -maldito lenguaje del demonio-. El niño era sordomudo.

Después permaneció inmóvil, los labios temblorosos, los ojos fijos en las ruinas.












* Para los indios chickasaws, Chickamauga, significa «el río de la muerte».












1891















martes, diciembre 28, 2010

“Un nuevo cuento de navidad”, de Arthur Machen







Sin lugar a dudas, la vida de Scrooge se había encendido.

Diez años habían pasado desde que el espíritu del viejo Jacob Marley le había visitado, y que los Fantasmas de las Navidades Pasadas, Presentes y Futuras le habían demostrado el error de su forma de vida mezquina, ruin y grosera, convirtiéndole en el anciano más feliz del pueblo y siendo apodado "el Viejo Entrometido" por los viejos amargos que nunca reverenciaron a nada ni a nadie.

Y, sin duda alguna, los viejos estaban acertados. Ebenezer Scrooge había sido un entrometido. Siempre había estado huroneando en los asuntos de los demás; así que pudo descubrir las consecuencias de sus actos sobre los demás. Muchos hombres de negocios duros se suavizaban ante la idea de Scrooge rondando en sus despachos, creyendo que la ruina se les acercaba.

-Mi estimado Sr. Hardman -decía el viejo Scrooge- ni una palabra más. Tome este giro de trescientas libras y úselo como mejor sepa. Usted lo podrá duplicar por mí en el plazo de seis meses.

Podría irse riendo de ello, y Charles el camarero, en la vieja taberna de la ciudad, donde Scrooge cenaba, siempre decía que Scrooge le traía suerte a él y a la taberna. Todos ordenaban una buena ración de brandy caliente cuando su alegre y sonrosada cara aparecía en el lugar.

Estaban en Navidad. Scrooge estaba sentado frente a su crujiente fuego, bebiendo algo tibio y confortable y discurriendo la mejor manera de llevar la felicidad al resto de la gente.

"No voy a soportar la obstinación de Bob", se decía a sí mismo -la firma de la empresa era Scrooge & Cratchit ahora- "él hace todo el trabajo y no es justo que un viejo inútil como yo tome más que un cuarto de los beneficios".

Un lúgubre sonido resonó a través de la vieja casa. El aire resopló heladamente y lo cálido y confortable se tornó en frío e incómodo. Scrooge bebió nerviosamente. La puerta se abrió y una forma vaga y espantosa surgió en el umbral.

-Sígueme -dijo.

Scrooge no supo con seguridad qué pasó luego. Estaba en la calle. Recordaba que quería comprar algunas golosinas para sus pequeños sobrinos y sobrinas, y fue a una tienda.

-Disculpe, pero pasadas las ocho -dijo el encargado- no podemos atenderlo, señor.

Vagó a través de otras calles que parecían extrañamente alteradas. Se dirigía hacia el lado oeste y comenzó a sentir frío y debilidad. Creyó que sería conveniente tomar una pequeña copa de brandy con agua y justo estaba doblando la esquina de la vieja taberna cuando salían las últimas personas y le cerraban las metálicas puertas prácticamente en la cara.

-¿Qué es lo que pasa? -preguntó débilmente al hombre que cerraba las puertas.
-Las diez pasadas -dijo secamente el tipo, y apagó las últimas luces.

Scrooge ya creía que la segunda porción de pastel de carne le había dado indigestión y que todo aquello era una mera pesadilla. Le parecía como que había caído en un profundo abismo de oscuridad en el que todo le era negado.

Cuando volvió en sí, era el día de Navidad, y la gente estaba caminando por las calles.

Scrooge se encontró en esa calle y la gente se sonreía y saludaba entre sí con calidez, pero era evidente que no eran felices. Había señales de preocupación en sus rostros, señales que evidenciaban problemas del pasado y ansiedades futuras. Scrooge escuchó a un hombre suspirar al siguiente instante de desearle Feliz Navidad a un vecino. Había lágrimas en el rostro de una mujer que caminaba frente a una iglesia, toda de negro.

-¡Pobre John! -murmuraba ella-. Estoy segura de que lo que lo mató fueron los problemas de dinero. Ahora está en el cielo. Pero el vicario dijo en el sermón que el cielo era un mero cuento de hadas -ella gimió nuevamente.

Todo esto perturbó la paz de Scrooge. Algo parecía estar pujando en su corazón.

-Pero -dijo él- debo olvidar todo esto cuando me siente a cenar con mis sobrinos y sus jóvenes hijos.

Eran las últimas horas de la tarde; las cuatro en punto y caían las sombras. Era la hora de la cena. Scrooge encontró la casa de su sobrino. Ni una ventana tenía luces y todo estaba oscuro. El corazón de Scrooge se heló.

Golpeó una y otra vez, y haló la campana que resonó tan lánguidamente que parecía tener un pie en el sepulcro. Al final, una vieja mujer de aspecto miserable, abrió la puerta solo unas pulgadas y miró con desconfianza.

-¿El sr. Fred? -dijo-. Él y su señora salieron al Hotel Splendid, y no volverán hasta medianoche. Los chicos están fuera, en Eastbourne.
-¡Cenando en una taberna el día de Navidad! -murmuró Scrooge-. ¿Qué terrible sino es ese? ¿Quién es tan miserable y tan desolado como para cenar en una taberna en Navidad? ¡Y los niños en Eastbourne!

El aire se tornó pesado y le pareció escuchar desde una gran distancia la voz de Tiny Tim, diciendo "¡Dios nos ayude, a todos y a cada uno de nosotros!".

De nuevo, el Espíritu apareció. Scrooge cayó de rodillas.

-¡Terrible Fantasma! -exclamó-. ¿Quién eres y qué quieres? Habla, te lo suplico.
-Ebenezer Scrooge -replicó el Fantasma en un timbre abominable-. Soy el fantasma de las Navidades de 1920. Conmigo traigo la nota del Impuesto sobre la Renta.

El cabello de Scrooge se erizó ante esa visión. Pero se sintió peor cuando vio que la Aparición tenía huellas como las de un gigantesco gato.

-Mi nombre es Pussyfoot. También me llaman Ruina y Desesperanza -dijo el Fantasma, y desapareció.

Luego de esto Scrooge despertó y descorrió los cortinados de su cama.

-¡Gracias a Dios! -exclamó de corazón-. ¡Sólo fue un sueño!





1920













lunes, diciembre 27, 2010

"Diálogo con la muerte. (Un testamento español)", de Arthur Koesler

Fragmento



Nunca se tiene tanta curiosidad por el porvenir de la humanidad como cuando se está sentado en una jaula, custodiado por dos gorilas y cuando es preferible pensar en cualquier cosa más bien que en el propio destino y en las horas próximas. Creo que lo único que podría consolar verdaderamente a un condenado que se dirige a la silla eléctrica, sería la noticia de la aparición de un cometa que presagiará el fin del mundo para el día siguiente. Entonces podría decirse a sí mismo: No pierdo nada.













1937











domingo, diciembre 26, 2010

"A una dama cruel para los que la querían", de Eugenio Gerardo Lobo







Como en las flores del jardín ameno
oculto vive el áspid encerrado,
y en el pie que le pisa descuidado
su diente clava, escupe su veneno;

así entre luces de esplendor sereno
vive, Marsia, tu amor disimulado,
de donde sale el rayo fulminado,
que produce las ansias en que peno.

Mi corazón, que en vano se defiende
del rigor que en tus ojos se atesora,
mayor crueldad en ti probar pretende.

Vengativo es el áspid, tú, traidora,
pues el áspid maltrata a quien le ofende,
y tú ofendes, oh Marsia, a quien te adora.





en Selva de las musas, 1717














sábado, diciembre 25, 2010

«Ser», de Paul Éluard

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




La frente como una bandera perdida
Te arrastro cuando estoy solo
Por las frías calles
Por los cuartos oscuros
Gritando la miseria

No quiero dejar ir
Tus manos pálidas y complicadas
Nacidas en el cercado espejo de las mías

Todo el resto es perfecto
Todo el resto es aún más inútil
Que la vida

Excavar la tierra bajo tu sombra

Un manto de agua cerca de los senos
O ahogarse
Así como una piedra.




en Les yeux fertiles, 1936






Pintura: Retrato de Paul Éluard (1929), de Salvador Dalí











Être


Le front comme un drapeau perdu / Je te traîne quand je suis seul / Dans des rues froides / Des chambres noires / En criant misère // Je ne veux pas les lacher / Tes mains claires et compliquées / Nées dans le miroir clos des miennes // Tout le reste est parfait / Tout le reste est encore plus inutile / Que la vie / Creuse la terre sous ton ombre // Une nappe d’eau près des seins / Où se noyer / Comme une pierre.















viernes, diciembre 24, 2010

“Sublime gracia”, de John Newton







¡Sublime gracia, (¡cuán dulce es el sonido!),
Que salvó a un miserable como yo!
Estuve perdido, pero ahora ya no más.
Estaba ciego, pero ahora puedo ver.

Fue la gracia la que enseñó a mi corazón temer,
Y la gracia mis miedos alivió;
Qué preciosa gracia apareció
La hora en que creí.

Muchos peligros, fatigas y trampas
He experimentado y superado;
La gracia me ha hecho fuerte
Y es ella la que me llevará hasta casa.

El Señor me ha bendecido,
Su palabra me asegura la esperanza;
Él será mi escudo
Mientras la vida dure.

Cuando este cuerpo y corazón se hayan consumido,
Y la vida me abandone,
Tendré, bajo el velo,
Una vida plena de alegría y paz.

Esta tierra pronto se disolverá como la nieve,
El sol ocultará su brillo;
Pero Dios, quien me llamó acá abajo,
Estará por siempre en mí.




en Himnos de Olney, 1779





Amazing grace! (how sweet the sound!) / That saved a wretch like me! / I once was lost, but now am found; / Was blind, but now I see. - 'Twas grace that taught my heart to fear, / And grace my fears relieved; / How precious did that grace appear, / The hour I first believed! - Thro' many dangers, toils, and snares, / I have already come; / 'Tis grace has brought me safe thus far, / And grace will lead me home. - The Lord has promised good to me, / His word my hope secures; / He will my shield and portion be, / As long as life endures. - Yes, when this flesh and heart shall fail, / And mortal life shall cease; / I shall possess, within the veil, / A life of joy and peace. - This earth shall soon dissolve like snow, / The sun forbear to shine; / But God, who called me here below, / Will be for ever mine.





Versión de Aretha Franklin: http://www.youtube.com/watch?v=cnJtsW-uFc4















jueves, diciembre 23, 2010

"Esa mujer", de Rodolfo Walsh

Fragmento



Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.

El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.

Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.

Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.

El coronel sabe dónde está.

Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.

El bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.














en Los oficios terrestres, 1965













miércoles, diciembre 22, 2010

“Sólo por ti y para todo lector”, de Enrique Lihn







             Por ti, por nadie más; pero para quien quiera
leerlo, te dejo aquí clavada en un poema
Filis o mariposa de otro nombre. No agitarás, convulsiva,
                         las alas
como para formar alrededor del tallo
de acero una especia de flor más viva que las otras
la misma que te ofrezco –obra de la agonía-
Todo está hecho de palabras
no te asustes: son tropos: pavoneos de nada.

             Por ti y no de ti está hecho el poema
Si es por mí, para ti (ojalá lo leyeras)
no sin luego romperlo en pedacitos
-constituye una prueba para la acusación-
Pero descuida: no guardas, lindura, en tus calzones
el único ejemplar de esto que hago por ti
Guardo copias, preciosa, te destino
a unas Obras Completas, y, en la vida, a estos besos.





en Al bello aparecer de este lucero, 1983

















martes, diciembre 21, 2010

"Los encantos de la culpa", de Pedro Calderón de la Barca

Fragmento



CULPA/CIRCE
          Haced, vicios, que el velamen
          todo pedazos se haga,
          y, vuelto el barco, sea tumba,
          con pirámides y jarcias.

HOMBRE/ULISES
          Haced, Virtudes, que rompa
          la quilla, suave y blanda,
          encrespando las espumas
          vidrios de nieve y de plata.

TODOS
          Buen viaje, buen viaje,
          que vientos y ondas se amansan.

HOMBRE/ULISES
          Circe, poco tus encantos
          han podido, pues me saca,
          ¡ay de mí!, la Iris divina
          coronado de esperanzas.

PENITENCIA
          Circe, ya su Entendimiento
          va con él; poco las trazas
          de tu magia te han valido.

(Desaparece la Nave. )

CULPA/CIRCE
          Llena estoy de furia y rabia.
          Si yo soy víbora, ¿cómo
          no me rompo las entrañas?
          Si soy áspid, ¿cómo hoy
          mi veneno no me mata?
          Pedazos del corazón
          me arrancaré con mis ansias
          para tirarlos al cielo.
          Mas a mí, ¿qué me acobarda?
          Si en la nave de la Iglesia
          huyes de mí, sabré darla
          tormentas que la zozobren.
          ¡Mas, ¡ay de mí!, que ya es vana
          mi ciencia, pues que la veo
          navegar con tal bonanza.
          Falten todos mis sentidos,
          pues que ya poder me falta.
          (Ruido de terremoto y húndense los palacios. )
          Confúndanse los palacios
          y volviéndose montañas
          oscuras no viva en ellas
          sino yo, pues que me saca
          a quien encantando tuve
          la Penitencia sagrada
          en virtud de aquel divino
          manjar que da por vianda.










1645










Contribución a Dscntxt de Alberto Zeiss









lunes, diciembre 20, 2010

“Sé más feliz que yo”, de Juan Arolas







Sobre pupila azul, con sueño leve,
tu párpado cayendo amortecido,
se parece a la pura y blanca nieve
que sobre las violetas reposó.
Yo el sueño del placer nunca he dormido:
Sé más feliz que yo.

Se asemeja tu voz en la plegaria
al canto del zorzal de indiano suelo
que sobre la pagoda solitaria
los himnos de la tarde suspiró.
Yo sólo esta oración dirijo al cielo:
Sé más feliz que yo.

Es tu aliento la esencia más fragante
de los lirios del Arno caudaloso
que brotan sobre un junco vacilante
cuando el céfiro blando los meció.
Yo no gozo su aroma delicioso:
Sé más feliz que yo.

El amor, que es espíritu de fuego,
que de callada noche se aconseja
y se nutre con lágrimas y ruego,
en tus purpúreos labios se escondió.
Él te guarde el placer y a mí la queja:
Sé más feliz que yo.

Bella es tu juventud en sus albores,
como un campo de rosas del Oriente;
al ángel del recuerdo pedí flores
para adornar tu sién, y me las dio.
Yo decía al ponerlas en tu frente:
Sé más feliz que yo.

Tu mirada vivaz es de paloma;
como la adormidera del desierto,
causas dulces de embriaguez, hurí de aroma
que el cielo de topacio abandonó.
Mi suerte es dura, mi destino incierto:
Sé más feliz que yo.





1805-1849














domingo, diciembre 19, 2010

"Las preocupaciones de un padre de familia", de Franz Kafka





Unos derivan del eslavo la palabra Odradek y quieren explicar su formación mediante ese origen. Otros la derivan del alemán y sólo admiten una influencia del eslavo. La incertidumbre de ambas interpretaciones es la mejor prueba de que son falsas; además, ninguna de ellas nos da una explicación de la palabra.

Naturalmente nadie perdería el tiempo en tales estudios si no existiera realmente un ser que se llama Odradek. Su aspecto es el de un huso de hilo, plano y con forma de estrella, y la verdad es que parece hecho de hilo, pero de pedazos de hilos cortados, viejos, anudados y entreverados, de distinta clase y color. No sólo es un huso; del centro de la estrella sale un palito transversal, y en este palito se articula otro en ángulo recto. Con ayuda de este último palito de un lado y uno de los rayos de la estrella del otro, el conjunto puede pararse, como si tuviera dos piernas.

Uno estaría tentado de creer que esta estructura tuvo alguna vez una forma adecuada a una función, y que ahora está rota. Sin embargo, tal no parece ser el caso; por lo menos no hay ningún indicio en ese sentido; en ninguna parte se ven composturas o roturas; el conjunto parece inservible, pero a su manera completo. Nada más podemos decir, porque Odradek es extraordinariamente movedizo y no se deja apresar.

Puede estar en el cielo raso, en el hueco de la escalera, en los corredores, en el zaguán. A veces pasan meses sin que uno lo vea. Se ha corrido a las casas vecinas, pero siempre vuelve a la nuestra. Muchas veces, cuando uno sale de la puerta y lo ve en el descanso de la escalera, dan ganas de hablarle. Naturalmente no se le hacen preguntas difíciles, sino que se lo trata —su tamaño diminuto nos lleva a eso— como a un niño. “¿Cómo te llamas?”, le preguntan. “Odradek”, dice. “¿Y dónde vives?”. “Domicilio incierto”, dice y se ríe, pero es una risa sin pulmones. Suena como un susurro de hojas secas. Generalmente el diálogo acaba ahí. No siempre se consiguen esas respuestas; a veces guarda un largo silencio, como la madera, de que parece estar hecho.

Inútilmente me pregunto qué ocurrirá con él. ¿Puede morir? Todo lo que muere ha tenido antes una meta, una especie de actividad, y así se ha gastado; esto no corresponde a Odradek. ¿Bajará la escalera arrastrando hilachas ante los pies de mis hijos y de los hijos de mis hijos? No hace mal a nadie, pero la idea de que puede sobrevivirme es casi dolorosa para mí.














en Ein Landarzt. Kleine Erzählungen, 1919












sábado, diciembre 18, 2010

"Epístola a Horacio", de Marcelino Menéndez Pelayo







Helenos y latinos agrupados,
una sola familia, un pueblo solo,
por los lazos del arte y de la lengua
unidos, formarán. Pero otra lumbre,
antes encienda el ánimo del vate;
él vierta añejo vino en otros nuevos,
y esa forma purísima pagana
labre con mano y corazón cristianos...






1856-1912