sábado, junio 12, 2010

«Lo que sé», de Dennis Hopper



 
(1936-2010)

 
Debería haber muerto diez veces. He pensado mucho en eso. Es un absoluto milagro que yo siga por acá.

A pesar de todas las drogas que consumí, yo fui en realidad un alcohólico. En serio: sólo tomaba cocaína para poder ponerme sobrio y seguir tomando. Mis últimos cinco años de bebida fueron una pesadilla. Me tomaba dos litros de ron, 28 cervezas por día, y tres gramos de coca para poder seguir andando. Y creía que me estaba yendo bien sólo porque no estaba arrastrándome borracho por el suelo. 

Los ’60 ya casi habían terminado cuando se estrenó Easy Rider. Pero Hollywood no había asumido nunca la década, sus comunas, las drogas, el amor libre, el ácido. Todavía estaban haciendo películas como Problemas de alcoba. La gente joven dejó de ir al cine. Iban a los autocines, love-ins, en Golden Gate Park con 80 mil personas tomando ácido. Finalmente, en Easy Rider, se vieron a sí mismos. Fue un momento increíble, pero eso es todo lo que fue: un momento. 

Cuando la gente se acerca quieren conocer al tipo de Easy Rider o Apocalypse Now! o Blue Velvet. Yo no soy uno de esos tipos. Eran sólo papeles. Pero si te tomas unos cuantos tragos puedes convertirte en Billy o en Frank, ¿sabes? 

Yo crecí en el Dust Bowl (la pradera americana llamada así en los años ’30 por las tormentas de polvo) y la primera luz que vi fue la de una sala de cine. Mi abuela llenaba su delantal de huevos y caminábamos unos cuantos kilómetros hasta Dodge City. Una vez ahí, ella vendía los huevos y comprábamos entradas para el cine. 

Cuando filmé Rebelde sin causa, venía de interpretar Shakespeare en el viejo Globe Theater de San Diego. Tenía 18 años y creía que era el mejor actor del mundo. Y entonces lo vi a James Dean. Fue el mejor actor que vi jamás. Estaba tan avanzado… Yo estaba haciendo lecturas de líneas y gestos, y él vivía en el momento. Yo quería saber qué era eso que él hacía. Y me dijo: «Simplemente empieza a hacer las cosas, no las muestres. Fuma el cigarrillo, no actúes como si fumaras un cigarrillo. Tómate el trago, no hagas como que tomas el trago». De alguna manera todo empezó ahí. 

Una vez Jimmy Dean sacó una navaja y amenazó con asesinar al director. Yo imité su estilo en el arte y en la vida. Me metió en bastantes problemas. 

Sam Peckinpah era un tirano. Pero cuando uno está en un set, como solía decir Henry Hathaway, «eso era charla de sobremesa, muchacho, charla de sobremesa. ¡Ahora estamos haciendo películas!». Cuando estabas en el set, se convertía en algo diferente. Hathaway era un gran tipo para ir a cenar con él. Peckinpah también era maravilloso para pasar el rato. Pero a la hora de filmar, eran tiranos. Y ésa era la manera en que funcionaba y ésa es la manera, muy honestamente, en que debe ser. Si no les tenías respeto, eran capaces de asustarte hasta que lo tuvieras. 

Cuando todavía estaba en rehabilitación, el doctor sugirió que dejara Taos y volviera a la realidad. ¿La realidad? ¿En Los Angeles? 

Cuando hice Terciopelo azul acababa de salir de rehabilitación, llevaba sobrio menos de un mes. Entonces hice ese papel, y de ahí pasé a interpretar un papel de alcohólico en Hoosiers, y luego hice de dealer en River’s Edge. Ésas fueron mis tres primeras películas estando sobrio. Lo llamé a David Lynch y le dije: «Hiciste lo correcto al elegirme, porque yo soy Frank Booth». 

Hacer Super Mario Bros fue una verdadera pesadilla. Cuando la vio mi hijo, que tenía 6 o 7 años, me dijo: «Papá, creo que probablemente eres un muy buen actor, pero ¿por qué interpretaste a King Koopa? Es un tipo muy malo, ¿por qué quisiste interpretarlo?» Le dije: «Bueno, para que puedas tener zapatos». Y él me dijo: «No necesito zapatos». 

Toda mi familia fue demócrata. Yo mismo soy republicano desde Reagan. Ni siquiera me importaba mucho: no me parecía un buen actor, y no sabía qué tipo de presidente sería. Pero estaba leyendo mucho a Thomas Jefferson en su momento, y Jefferson decía que cada veinte años, si un partido se ha mantenido en el poder, es tu obligación como norteamericano votar al otro partido. Quería ver un cambio en el Congreso, y cambiamos el Congreso. Y después simplemente seguí con los republicanos. Voté por los dos Bush. Las cosas realmente empezaron a venirse abajo cuando el presidente Bush dijo que nuestra estructura financiera era fuerte. Y luego McCain volvió a decir lo mismo, por Dios. 

Voté por Obama. Di vueltas un rato, hasta que eligieron a Palin. Ya no podía seguir con esta caricatura. Ahora veremos qué pasa. 

Soy tan sólo un chico de clase media que creció en una granja en Dodge City, y mis abuelos sembraban trigo. Para mí la pintura, la actuación, la dirección y la fotografía eran todo parte de la experiencia de ser un artista. E hice mi dinero de esa manera. Y me divertí un poco. No ha sido una mala vida.



en Página 12, 6 de junio, 2010






















viernes, junio 11, 2010

“El primer paso en las nubes”, de Marek Hlasko







En el centro de la ciudad, los sábados no difieren de ningún otro día de la semana. Solamente, hay más borrachos en las tabernas y restaurantes, y en los autobuses y en los zaguanes flota un rancio olor a alcohol digerido. Los sábados, la ciudad pierde su aspecto diligente y exhibe la mueca de una chusma ebria. Por otra parte, en el centro no hay quienes durante el sábado se dediquen a observar la vida: gente que permanezca en las aceras, camine por la calle, o se siente durante horas en la banca de un parque, todo simplemente para poder recordar dentro de veinte años que en tal fecha uno fue testigo de un acontecimiento más o menos original. Aparte de los carteros, quienes aún durante la ocupación, no dejaron de circular bajo sus capas rojas, de los areneros que venden arena en las calles o de los cantantes ebrios que cantan en los patios, los espectadores objetivos de la vida han desaparecido por completo de la ciudad.

Estos espectadores pueden encontrarse solamente en los suburbios. La vida suburbana ha sido siempre, y continúa siéndolo, más densa; los sábados, cuando el tiempo es bueno, la gente saca las sillas frente a sus casas, se sienta y se dedica a contemplar la vida. La perseverancia de estos observadores adquiere en ocasiones rasgos de una brillante demencia; algunas veces permanecen sentados toda la vida sin ver otra cosa que la cara de los observadores de la acera de enfrente. Luego mueren con un profundo rencor contra el mundo y la arraigada convicción de su vaciedad y aburrimiento; aunque muy pocas veces se les haya ocurrido que es necesario levantarse y mirar lo que sucede a la vuelta de la esquina. Cuando envejecen estos observadores de la vida, se vuelven pesados. Se sienten inquietos, y miran el reloj. Este es uno de los hábitos absurdos de la vejez: desean ahorrar tiempo. Llega un momento en que su avidez por la vida y por las sensaciones se vuelve mucho más fuerte que en los jóvenes de veinte años. Hablan mucho y piensan mucho, sus sentimientos son a la vez salvajes y obtusos. Luego expiran de manera rápida y tranquila. Al morir, tratan de hacer creer a todo el mundo que han vivido plenamente. El impotente se vanagloria de sus triunfos con las mujeres, el cobarde de su heroísmo, el cretino de la sabiduría con que ha dirigido su vida.

El señor Gienek, un pintor de muros, había vivido durante cuarenta años en el barrio de Marymont en Varsovia y, desde hacía muchos años, se dedicaba a observar la vida. Ese sábado, el señor Gienek estaba también sentado en el pequeño jardín frente a su casa y contemplaba vacuamente hacia la calle. De vez en cuando escupía y se pasaba la lengua por los labios resecos; la tarde era abrasadora, un verdadero tormento. El señor Gienek sentía una fuerte irritación; aquel día no había sucedido nada sensacional: nadie se había quebrado una mano, nadie había golpeado a otro... El señor Gienek se sentía abrumado por un sentimiento de vaciedad y tedio. Pateó a un perro que se atravesó en su camino y que aulló tristemente al recibir el golpe. Contempló la calle. Estaba vacía; los camiones que pasaban con relativa frecuencia levantaban nubes de polvo caliente. Cuando había perdido la esperanza de presenciar algún trozo de vida, sintió que alguien le daba un codazo. Levantó los ojos amodorrados y vio a Maliszewski, su vecino.

—Ven conmigo —dijo Maliszewski.
—¿A dónde?
—No lejos de aquí.
—¿Para qué?
—¿Quieres ver algo bueno? —insistió Maliszewski.

Era un hombre pequeño con expresión bonachona y ojos astutos. A pesar de una aparente pesadez, sus movimientos eran rápidos y ágiles como los de un gato.

—¿De qué se trata? —preguntó el señor Gienek, bostezando, harto del calor.
—Un muchacho... —dijo Maliszewski.
—Un buen espectáculo —dijo Maliszewski—. Está acompañado. ¿Quieres verlos?
—¡Claro! —dijo el señor Gienek, que se levantó, renacida en él la esperanza—. ¿Es bonita? —preguntó con animación.
—Es hermosa y joven —dijo Maliszewski—. Te lo aseguro, están haciendo un buen trabajo. ¿Vienes o no?
—No tiene objeto —dijo el señor Gienek—. Antes que lleguemos ya habrán terminado. Te lo digo, no tiene objeto.
—No se trata de cincuentones como tú —dijo Maliszewski—. Pueden hacerlo durante largo rato. Cuando yo era joven podía resistir durante horas, te lo aseguro. Vamos a pasar por mi cuñado. Acaba de llegar del trabajo, y desde luego le gustará venir con nosotros. Mira, aquí viene ya.

Y así era. Un joven fornido, caminaba por la calle. Tenía enrolladas las mangas de la camisa, y entre los dientes llevaba un tallo de hierba. Eran sus ojos soñolientos y burlones, y los párpados le colgaban pesadamente.

—¡Heniek! —le gritó Maliszewski—. Ven aquí inmediatamente.

Heniek se acercó. Tenía la frente perlada de sudor.

—Eh, ¿qué hay de nuevo, señor Gienek? —dijo.
—Heniek —dijo Maliszewski—, ven con nosotros.
—Hace calor —dijo Heniek—; ni un soplo de viento. Ni un santo podría soportar este calor. ¿A dónde quieren ir?
—Estaba entre los macizos del jardín —dijo Maliszewski—; y descubrí una pareja.
—¿Una puta? —preguntó Heniek.

Escupió el pedazo de yerba que llevaba, y recogió del suelo otro tallo, que comenzó a triturar con sus fuertes dientes.

—¡Dejen de joder! —dijo Maliszewski—. Ya he dicho que la muchacha es joven y hermosa.
—Bien, vamos —dijo Heniek—. Ustedes me conocen, me gusta contemplar la vida. Si la muchacha es fea —se volvió a Maliszewski—, tendrás que invitarnos a una copa.

Caminaron rápidamente entre los macizos de plantas. La gente iba allí después del trabajo a cultivar patatas, tomates, zanahorias. Ahora, sin embargo, el huerto estaba vacío; el día sofocante había metido a todo el mundo en sus casas.

—Estamos muy cerca. Con este calor, siento que me va a reventar la cabeza.
—También esos muchachos han de estar bien calientes —dijo Heniek.
—Ya lo creo —dijo Maliszewski—. Pero ya los enfriaremos. ¿No, Heniek?
—El año pasado —dijo Heniek— un tipo acostumbraba venir también aquí con su muchacha. Vinieron durante todo el verano.
—¿Y qué...?
—Nada, supongo que no tendrían casa.
—¿Se casarían? —preguntó el señor Gienek con un esfuerzo, mientras soñaba con un vaso de cerveza bien fría y amarga.
—Tal vez; no lo sé. Ella también era bastante bonita.
—¿Rubia? —preguntó nuevamente el señor Gienek, aunque ese detalle le importaba un bledo. Seguía teniendo una sensación de vaciedad opresiva y de disgusto.
—Era morena —dijo Heniek—. Me acuerdo como si fuera hoy. El tipo era rubio. No puedo comprender cómo aquella muñeca podía andar con un trozo de tasajo como aquél.
—Yo no sé —gruñó el señor Gienek, y escupió una saliva espesa.

Estaba enojado con Heniek; le había hecho recordar que también él tenía una mujer fea y bastante estúpida. Luego dijo:

—Una puta, sin duda.
—Tal vez... ¡Quietos ahora! —dijo Maliszewski.

Se adelantó, y lo siguieron con pasos lentos, tratando de no hacer el menor ruido. Comenzaba a oscurecer, el sol se había puesto, sombras azules se tendían sobre la yerba. Maliszewski volvió la cabeza y los llamó con voz apagada:

—¡Vengan!

Dieron unos pasos de puntillas y vieron a la pareja de muchachos. Permanecían uno al lado del otro. La muchacha reposaba la cabeza sobre el hombro de él, tenían los cuerpos muy juntos. Permanecían agotados de amarse y de calor. Ambos eran jóvenes y hermosos; él, moreno; ella, rubia. La muchacha tenía el vestido levantado; sus piernas estaban hermosamente bronceadas.

—Es bonita —dijo Heniek—. Muy bonita.
—¿No se lo había dicho? —dijo Maliszewski en un murmullo.

Se quedaron parados sin hablar. El señor Gienek se lamió nuevamente los labios y sintió una súbita aversión hacia su mujer. Maliszewski sonreía estúpidamente. Los párpados pesados de Heniek caían aún más; se tambaleaba sobre un pie, luego sobre el otro. Repentinamente, preguntó con irritación:

—¿No vamos a hacer algo?
—Hazlo tú —dijo Maliszewski—. Haz algo para que se rían tanto que no puedan venir a hacer de nuevo sus cositas. Tú eres el indicado, Heniek.
—Lo mejor será asustarlos, Heniek —dijo el señor Gienek, que hizo un ruido con los dedos—. Ella es realmente una belleza —repitió—. No había visto una chiquilla como ésta desde hacía años. Muy jovencita, ¡carajo! No deberían de estar haciendo eso.

Se volvió a impacientar y dijo a Heniek:

—Haz algo, si no quieres que les arroje una bomba.
—Calma —dijo Heniek—; ahora voy.

Se quedó mirando un momento las pantorrillas bronceadas de la muchacha y el tormento se dibujó en su rostro. Luego se acercó a la pareja; se detuvo frente a ellos. Guiñó un ojo y les dijo:

—¿Conque jugando al papá y la mamá? Espero que se hayan divertido.

Maliszewski y el señor Gienek soltaron una carcajada. El joven se puso en pie y gritó:

—¿Qué es lo que quieren?
—Nada —dijo Heniek muy lentamente.

Se detuvo frente al muchacho y se balanceó sobre los pies. Masticaba aún el tallo de hierba, y escupió una saliva verdosa. Luego dijo:

—Escoge mejor el lugar, hijo. Eso es lo que he venido a decirte. Escoge mejor el lugar.
Maliszewski se adelantó y se colocó junto a Heniek.
—Una nena graciosa —dijo mirándola con sus oscuros ojos grises—. No me disgustaría que me la presentaran. Vamos a presentarnos, jovencita.
—¡Idiota! —exclamó la muchacha.

Se levantó y se colocó tras el muchacho. Se había ruborizado y estaba muy nerviosa. El señor Gienek vio cómo le temblaba el pecho, y otra vez volvió a sentir aversión por su mujer fea, gorda y deforme.

—¡Cuidado con lo que dices, putita! —repuso Maliszewski, cuyos ojos estaban inflamados por la ira—. No eres más que eso: una vulgar puta, ¿me entiendes? Tengo una hija mayor que tú, ¡cochina! —terminó, con palabra atropellada, y como sofocado.
—¡Fuera de aquí! —dijo el muchacho con mirada implorante—. Les pido que se vayan de aquí. Nada les hemos hecho. ¡Se los pido!
—¿A quién le estás pidiendo, Janek? —dijo la muchacha—. ¿A este viejo estúpido?
—¡Ciérrale el hocico a tu muchacha! —dijo Heniek violentamente—. O me encargaré yo de cerrárselo. Y deja de una vez de hacer el payaso. Te lo digo: ciérrale el hocico.
—¡Hocico lo será el suyo! —dijo la muchacha, mirándolo con desprecio, aunque a punto de perder el control de los nervios—. ¡Cerdo! —exclamó, tratando de reír con una risa sarcástica.

Pero se echó a llorar

—¡Eh, tú! —dijo Heniek—. Fíjate a quién estás insultando. Vienes a putear y aún te das esas ínfulas.

El muchacho lo empujó, y lo golpeó en la cara una y otra vez. Sucedió todo tan rápidamente, que a Heniek sólo le dio tiempo de cerrar los ojos. Pero un momento después, tenía agarrado al muchacho por el pelo; le aplastó la cara contra su rodilla, le dio un puñetazo en la boca y lo arrojó a la yerba.

—¿Tienes suficiente, brillante joven? —preguntó—. Si no, puedo aún darte otra ración. Y a precios reducidos, también. Hay aquí un magnífico cementerio.

A continuación, soltó una retahíla de expresiones canallescas. Cerró los ojos, pero seguía viendo las largas piernas de la muchacha.

—Ven, Janek —dijo entonces la joven.

Limpió la sangre del rostro del muchacho.

—Ya ajustaremos cuentas —amenazó a los del grupo, y cuando estos habían dado ya unos pasos, les gritó histéricamente—: Ustedes no son hombres, sino piltrafas de hombres.

Regresaron a sus casas, caminando entre los huertos.

—Hace bochorno, posiblemente va a llover —dijo Heniek, que añadió, con un suspiro—: Esa muchacha era realmente bonita. ¿Por qué le dijiste que era una puta? No la conoces. ¿Cómo pudiste decírselo?
—¡Pero si no fui yo quien se lo dijo! —replicó Maliszewski—. Fuiste tú.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—Estás diciendo estupideces. Yo ni la conocía.
—Yo sí la conozco —dijo Maliszewski—. No es ésta la primera vez que los veo. Están muy enamorados.
—¿Y ahora qué sucederá? —preguntó el señor Gienek.
—No sé qué irá a suceder. Lo que sé es que no van a seguir juntos. Y sé que hoy se acostaron por primera vez.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó el señor Gienek, con indiferencia.
—Oí cuando él se lo pedía. Estaba asustado y ella también. Los oí hablar. Tenían miedo de que les fuera a resultar un hijo, según decían. Pero yo creo que estaban mucho más espantados el uno del otro.
—Todos se asustan la primera vez —dijo Maliszewski—. Pero, ¿por qué golpeaste al muchacho?
—Tú lo quisiste.
—Yo no sabía que las cosas iban a resultar de esta manera. El le hablaba a su enamorada de un modo tan gracioso...
—¿Cómo?
—No me acuerdo.
—Se está nublando el cielo —dijo el señor Gienek.
—Eso fue lo que le dijo... Algo sobre nubes —dijo Maliszewski—. Un poema. ¡Ya lo creo que están enamorados!
—No les van a quedar ganas de volver a hacer el amor —dijo el señor Gienek—. Con lo que hoy han tenido les bastará para siempre. Después de lo ocurrido, no serán capaces de mirarse a los ojos. Está muy mal que haya resultado así.
—¡Ya sé! —dijo Maliszewski—. Ahora recuerdo. El le dijo algo así cuando le pidió... Bueno, ya saben lo que le pidió... Dijo que sería como el primer paso en las nubes. Eso fue lo qué le dijo, sólo que con rima. Y todo lo que ella respondió fue: "Tengo miedo", y comenzó a llorar.
—Tal vez tenía miedo del dolor.
—No lo creo —dijo Maliszewski—. No creo que tuviera miedo del dolor. Eso viene después. La vida, otras gentes, los chismes... Pero la primera vez realmente es como andar entre nubes. La gente enamorada no puede ver nada.
—¿También nosotros? —preguntó Heniek.
—Ya no van a interesarse el uno por el otro —dijo el señor Gienek—. Yo sé que si a mí me hubiese sucedido algo así, la muchacha habría dejado de importarme.

De pronto se sintió triste; el tedio se volvió a apoderar de su ánimo. Habían abandonado el jardín y caminaban por la calle.

—No —dijo Heniek—; ya no seguirán enamorados. Una cosa parecida me pasó a mí una vez. Y después no pude volver a amar a la muchacha.
—Una vez u otra, nos ha sucedido a todos —concedió Maliszewski—. Pero, ¿por qué le pegaste en la quijada?
—El me golpeó primero —respondió Heniek—. ¿Vamos ahora a tomar esa cerveza?
—Vamos. Apuesto a que esa muchacha no vuelve por acá.
—Quién sabe... —dijo Gienek—. ¿Y por qué la insultaste de esa manera?
—Alguien insultó una vez a mi chica —dijo Maliszewski—. Y les juro que hasta ahora no sé por qué.
—¿Y después de eso te enamoraste?
—No —dijo Maliszewski. Se mantuvo silencioso durante un rato, luego exclamó con repentina cólera—: ¡Déjenme solo, maldita sea! No creo en el amor. Ni siquiera confío en mi mujer. No confío en nadie.
—Un asunto estúpido... —dijo Heniek—. Hay nubes —agregó, luego de contemplar el cielo—. ¿Y qué fue lo que él dijo?
—Creo que algo sobre un paso en la lluvia o una cosa por el estilo —dijo Maliszewski con voz fatigada—. Vamos a tomar esa cerveza... Algo sobre la lluvia o sobre la tormenta... No me acuerdo. No me acuerdo de nada. No quiero acordarme de nada. Si no me hubiera acordado, no hubiera ocurrido esta trifulca.
—Va a llover mañana —dijo Heniek.
—Siempre llueve en domingo —añadió el señor Gienek, y frunció el entrecejo.

El señor Gienek pensó una vez más en su mujer detestable, en el muchacho, en el día siguiente, en la hermosa joven y sus largas piernas bronceadas por el sol, su pecho, su boca roja y fresca, sus anchos hombros dorados, sus verdes ojos llenos de temor, y murmuró otra vez, pues tenía que decir algo:

—Siempre llueve los domingos.





en El primer paso en las nubes, 1956













jueves, junio 10, 2010

«Maradona y la física moderna», de Sebastián Martínez Daniell





Dualidad onda-partícula

Una de las principales discusiones que atraviesa la historia de la física clásica surge de la incompatibilidad de las teorías ondulatoria y corpuscular sobre la naturaleza de la luz. Desde la polémica entre Newton y Huygens hasta la innovación epistemológica de De Broglie, las diferencias resultaron irreconciliables: o bien la luz estaba formada por partículas que ocupaban un espacio en el mundo, o bien se trataba de una onda con una velocidad definida pero una masa nula.

La mecánica cuántica vino a zanjar el asunto. Las partículas pueden comportarse como ondas y las ondas pueden fungir como corpúsculos en el devenir del universo, nos dijeron Planck y Bohr. Se acabó la controversia: la luz es ondulatoria y la luz es corpuscular. No hay discordancia entre Ser y No Ser. Lo cual nos conduce directamente a Diego Armando Maradona.

Maradona puede asumir roles contrapuestos sin ser rozado por el anatema de la incoherencia. Puede ser el fruto de un hogar de hacinamiento y privaciones en Villa Fiorito y el portador de un ostentoso tapado de armiño en un estudio televisivo; puede ser el padre más devoto, al tiempo que el hombre que abandona a un hijo natural; puede besar el anillo del Papa y luego condenar el boato del Vaticano; puede tatuarse al Che Guevara en un hombro y sacarse fotos junto a los más conspicuos representantes del neoliberalismo; puede colapsar con 121 kilos de peso y lustros de consumo de cocaína y, simultáneamente, ser el más grande deportista de la Historia. En cualquier otro, todo eso sería condenable por contradictorio o tratable como esquizofrenia. En Maradona es natural, es la derivación lógica de su esencia cuántica.



Principio de incertidumbre

Otro de los principales aportes de la física cuántica a nuestra pretensión de glosar el universo ha sido la formulación del principio de incertidumbre, que postula que cuanto mayor certeza tengamos acerca de la posición de una partícula en el espacio, menos información tendremos sobre su velocidad.

Werner Heinseberg, su primer enunciador, murió el 1 de febrero de 1976, en Múnich. Treinta y nueve semanas después, luego de lo que podría considerarse un período de gestación humano convencional, Maradona debutó en el fútbol profesional. Su primera intervención en ese partido iniciático consistió en recibir la pelota de espaldas a su marcador y tocarla con el pie izquierdo de modo tal que pasara limpia entre las piernas del atribulado rival. Comenzaba a transformarse, de ese modo, en el principal divulgador del principio de incertidumbre. Probó, fuera del laboratorio, que no es posible saberlo todo, que la episteme humana tiene un límite insalvable.

Luego, los años, la esfericidad y los medios masivos de comunicación se encargaron de que las lecciones de Maradona sobre la indeterminación física fueran ampliando su público, hasta hacerse globales.



Sudáfrica 2010

Reificación de la dualidad onda-partícula fuera de los estadios y demostración fáctica del principio de incertidumbre dentro de ellos, a Maradona le tocará vivir el próximo Mundial en el borde. Ni dentro ni fuera. Al costado, a metros de la línea de cal. ¿Qué puede pasar? Nadie sabe. Pero tengo un pálpito. Argentina llega a la final, pero no sale campeón en Johannesburgo. Cuando el árbitro esté a punto de decretar la conclusión de un resultado favorable a los anhelos argentinos, el gran colisionador de hadrones sepultado bajo suelo suizo, tan cerca del cuartel central de la FIFA, logrará finalmente recrear el Big Bang, volverá a curvarse el continuo espacio-tiempo, y el mundo nuestro, éste que supo albergar a Maradona, quedará reducido a un agujero negro.

Porque la Naturaleza perdona a quienes juegan a ser Dios. Pero no soporta a quienes juegan como los dioses.



2010















miércoles, junio 09, 2010

“El gusto vicioso”, de Carlos de Rokha







Ausente a la memoria
Rápida como pies a un deseo estar
Donde aves giran por amor a los reptiles
Ondula sus pestañas ya frías en su éxtasis
Para atraer por seguir
Los pararrayos sobre esta página de rata
Vive en una negra llama a mitad de la plaza
Cambia resplandor hiere los reflejos
Donde algo se esconde
Un labio de armiño a los reptiles
Sobre una pared de hielo
Ver su rayo de ojos de tigre
Ríos en el trigo sueñan las bañistas
Cuyos pasos bajan a un declive
Me obliga todo azar esta vez se levanta
Del juego de las vacilaciones
La malla de hormigas cubre la playa
La estrella pasa de un ojo a un repostero
Duna costa de malvarreal te alcanzan más los pájaros
La luz atraviesa el perfume
Como variable no es ola
Brota a cada dársena visible por mitad





en El orden visible, 1956













martes, junio 08, 2010

«Y contra todo…», de Ennio Moltedo





Y contra todo lo que se crea, no
vamos a recibir indicaciones. Hemos
dispuesto el reloj y ya nada variará el
camino. Puede tocar la banda y elevarse
el globo. Pueden reproducir cascadas de
una altura equivalente a los numerales
acumulados en el cielo y otorgarse premios
oficiales según el orden de llegada de los
nativos alrededor de la palma, el sauce o
el monolito de la plaza: estímulos de papel,
de cartón, de cobre.
No aceptamos invitaciones. No competimos.
No recibimos dádivas; ni copihues ni latas
de conservas. No entretenemos a pescados
muertos. No nos congraciamos con guardias,
funcionarios o vendedores de fruta.
No aceptamos dulces para el perro, cupones
o encuestas. Los encargos verbales, por
armoniosos que parezcan, que los escriban.
Y jamás solicites favor alguno.
Dirígete a la orilla del mar y oirás cómo el
agua suave se retira y resuena la escollera.
No hay autoridad que pueda entrar donde
yo estoy. Sé poderoso.




en Día a día, 1990










lunes, junio 07, 2010

“Los cantos de la Sibila, de Andrés Morales”, de Carlos Almonte

-Reseña de interpretación-






La conexión se transparenta en el derrumbe, en los mármoles caídos, en la trasgresión total de un proceso lógico. La mujer primera, madre y profetiza, inicia el orden aparente. No es posible ya ingresar enmascarada, aunque el plácido lamento no defina justamente aquel silencio. En el caos hexamétrico, la llamada, el ruego; es posible el flujo cálido o modulación sinusoidal. Un mensaje inscripto en el secreto y las demás dificultades, propias de un abismo insuperable. Comunicar es no comunicar; comunicar es ruido blanco, es infrecuencia, es una frase sin final. Y en medio de esta enfática vorágine, una palabra, una fiera sin dominio, cruza el cielo como el viento y esa Estela solitaria. Fiel oráculo y valiente. Ahora sienta en sus rodillas la belleza y la seduce-ampara y luego expulsa hacia un costado. Un grito enloquecido hacia las nubes, la exigencia, el odio, la caída. El paisaje es desolado, el abandono, la visión. Todos los muros se derrumban y el andar de euforia, de embriaguez y arrobamiento, se traduce en sujeción, en vaho gris, en sutil vacío. Es el trance de Sibila en el presagio. Es también el trance del que escucha, o lee, al confesar en este espejo solo, ya quebrado. El galope de los muertos no se oye, sobre una estepa inconsolable de silencio y abstracción. El oráculo marchita y no se duerme ante el paso lento de una sombra quieta en la planicie. Ya no es necesario algún acuerdo, sino simplemente caminar sin rumbo, sin la espera de respuestas, de señales o de profecías sin cumplir. El designio ha sido recibido y, sin embargo, Dios no llora / y no llovizna.















domingo, junio 06, 2010

"Breviario de podredumbre", de Emil M. Cioran

Fragmento




Tuvo el orgullo de no mandar jamás, de no disponer de nada ni de nadie. Sin subalternos, sin amos, no dio ni recibió órdenes. Excluido del imperio de las leyes, y como si fuera anterior al bien y al mal, no hizo padecer nunca a nadie. En su memoria se borraron los nombres de las cosas; miraba sin percibir, escuchaba sin oír: los perfumes y aromas se desvanecían al aproximarse a los orificios de su nariz y a su paladar. Sus sentidos y sus deseos fueron sus únicos esclavos: de tal modo que apenas sintieron, apenas desearon. Olvidó dicha y desdicha, sed y temores; y si en alguna ocasión volvía a acordarse de ellos, desdeñaba nombrarlos y rebajarse así a la esperanza o la nostalgia. El gesto más ínfimo le costaba más esfuerzos que los que cuestan a otros fundar o derribar un imperio. Pues nació cansado de nacer, se quiso sombra: ¿cuándo vivió entonces?, ¿y por culpa de qué nacimiento? Y si llevó su sudario en vida, ¿merced a qué milagro logró morir?










1949









sábado, junio 05, 2010

“Historia del comendador de Toralva”, de Jan Potocki







Entré en la orden de Malta antes de haber salido de la niñez, pues pertenecía a la Escuela de Pajes. A los veintiséis años, gracias a las protecciones que tenía en la corte, el gran maestre me confirió la mejor comendadoría de la lengua de Aragón. Podía pues, y puedo aún, aspirar a las primeras dignidades de la orden. Pero como sólo se las alcanza a una edad avanzada, y hasta tanto llegan yo no tenía absolutamente nada que hacer, seguí el ejemplo de nuestros primeros bailíos, que tal vez hubieran debido darme uno mejor. En suma, sólo me ocuparon las aventuras galantes, lo cual me parecía por entonces un pecado sobremanera venial. ¡Y pluguiera al cielo que no hubiese cometido otro más grave! El que me reprocho es un arrebato culpable, que me ha llevado a desafiar lo que nuestra religión tiene de más sagrado. Me estremezco al pensar en ello. Pero no quiero adelantarme a los acontecimientos.

Sabrán que existen en Malta algunas familias nobles de la isla que no entran en la orden y no tienen tampoco ninguna relación con los caballeros, sea cual fuere su rango, reconociendo únicamente al gran maestre, que es su soberano, y al capítulo, que es su consejo.

Inmediatamente después de esta clase viene una intermedia, que ejerce empleos y busca la protección de los caballeros. Las damas de esta clase se llaman a sí mismas "honorate", que en italiano quiere decir honradas, y son designadas por este título. No cabe duda de que lo merecen por la decencia de su conducta y, si debo decirlo todo, por el misterio con que encubren sus amores.

Una larga experiencia ha demostrado a las damas "honorate" que el misterio es incompatible con el carácter de los caballeros franceses, o que a lo menos es infinitamente raro verlos sumar la discreción a todas las bellas cualidades que los distinguen. Resulta de ello que los jóvenes franceses, acostumbrados en los demás países a tener éxitos brillantes con el bello sexo, deben limitarse en Malta a las prostitutas.

Los caballeros alemanes, por otra parte poco numerosos, son los que más gustan a las "honorate", y creo que ello se debe a su tez blanca y sonrosada. Después de los alemanes vienen los españoles, y creo que lo debemos a nuestro carácter, que pasa con razón por recto y leal.

Los caballeros franceses, pero especialmente los caravanistas, se vengan de las "honorate" ridiculizándolas de cuanta manera es posible, sobre todo descubriendo sus intrigas amorosas. Pero como hacen bando aparte y no tratan de aprender el italiano, la lengua del país, lo que dicen no causa gran impresión.

Vivíamos pues en paz así como nuestras "honorate", cuando un barco francés nos trajo al comendador de Foulequière, de la antigua casa de senescales de Poitou, descendientes de los condes de Angulema. Había estado en otro tiempo en Malta, donde sostuvo siempre lances de honor. En la actualidad venía a solicitar el generalato de las galeras. Tenía más de treinta y cinco años; en consecuencia, se esperaba encontrarlo más sosegado. En efecto, el comendador no era ya pendenciero y alborotador como antes, pero continuaba siendo altivo, imperioso, burlón, y hasta exigía que se le tratase con más miramientos que al mismo gran maestre.

El comendador abrió su casa: los caballeros franceses acudieron en masa. Nosotros íbamos poco a ella, y acabamos por no ir, pues la conversación giraba en torno a temas que nos eran desagradables, entre otros las "honorate", a quienes amábamos y respetábamos.

Cuando el comendador salía, lo veíamos rodeado de jóvenes caravanistas. A menudo los llevaba a la "Calle estrecha", mostrándoles los lugares donde se había batido y contándoles todas las circunstancias de sus duelos. Bueno es que sepan que, según nuestras costumbres, el duelo está prohibido en Malta, excepto en la "Calle estrecha", que es una callejuela a la que no da ninguna ventana. Sólo tiene el ancho necesario para que dos hombres puedan ponerse en guardia y cruzar sus espadas. No pueden retroceder. Los adversarios se enfrentan a lo largo de la calle: sus amigos impiden que se les perturbe, deteniendo a los transeúntes. Esta costumbre fue introducida en otra época para evitar los asesinatos, porque el hombre que cree tener un enemigo no pasa por la "Calle estrecha", y si el asesinato se ha cometido en otra parte, no vale ya la excusa de haberse batido en duelo. Por lo demás, el que fuere a la "Calle estrecha" con un puñal tiene pena de muerte. El duelo, pues, no sólo está tolerado en Malta, sino permitido. No obstante, este permiso es por así decirlo tácito y, lejos de abusar de él, se habla con cierta vergüenza de haber tenido un lance de honor, como de algo contrario a la caridad cristiana, e impropio en el señorío de una orden monástica.

Los paseos del comendador por la "Calle estrecha" eran pues inconvenientes y tuvieron la mala consecuencia de hacer muy pendencieros a los caravanistas franceses, defecto al que eran de por sí harto propensos.

Este mal tono iba en aumento. Aumentó también la reserva de los caballeros españoles; por último se agruparon en torno de mí, preguntándome qué podía hacerse para poner coto a una petulancia que había llegado a ser intolerable. Agradecí a mis compatriotas la honrosa confianza que me acordaban y les prometí hablar al comendador, señalándole la conducta de los jóvenes franceses como una suerte de abuso cuyo progreso sólo él podía detener en virtud de la consideración y el respeto que inspiraba a las tres lenguas de su nación. Me preparaba a pedirle esta explicación con los mayores miramientos, pero no esperaba que pudiese terminar sin un duelo. No obstante, como la causa de ese combate singular me honraba, no me disgustaba sostenerlo. Creo, asimismo, que me dejaba llevar por la indudable antipatía que me inspiraba el comendador.

Estábamos por entonces en Semana Santa, y se convino en que mi entrevista con el comendador se efectuaría dentro de una quincena. Yo creo que a él le llegaron rumores de lo que se había tratado en mi casa, y que quiso prevenirme buscándome pelea.

Llegamos al Viernes Santo. Saben que, según la usanza española, uno sigue de iglesia en iglesia a la mujer por quien se interesa para ofrecerle agua bendita. Se hace un poco por celos, temiendo que otro se la ofrezca y aproveche la ocasión para iniciar amistad con ella. Esta usanza española se ha introducido en Malta. Seguí pues a una joven "honorata" con quien mantenía relaciones desde hacía muchos años; pero, en cuanto entró en la primera iglesia, fue abordada por el comendador, quien se colocó entre nosotros, dándome la espalda y retrocediendo algunas veces para pisarme, cosa que fue advertida por todos.

Al salir de la iglesia, me llegué al comendador con expresión indiferente, como para hablar de bueyes perdidos; le pregunté después a qué iglesia pensaba dirigirse: me dijo a cuál; entonces me ofrecí para acompañarlo, indicándole el camino más corto, y sin que él advirtiera lo llevé a la "Calle estrecha". Cuando estuvimos allí saqué la espada, bien seguro de que nadie nos perturbaría en un día como aquel, pues todos llenaban las iglesias.

El comendador sacó también la espada, pero me dijo, bajando la punta:

-¡Cómo! ¿En un Viernes Santo?

No quise saber nada.

-Escucha -me dijo-, hace más de seis años que no cumplo con los principios de la Iglesia, y me espanta el estado de mi conciencia. Dentro de tres días...

Soy de natural apacible, y usted sabe que las personas de ese carácter, una vez irritadas, no escuchan razones. Obligué al comendador a ponerse en guardia pero no sé qué terror se pintaba en sus rasgos. Se adosó contra la pared, como si previera que iba a ser derribado y buscara un apoyo. En efecto, desde el primer golpe, lo atravesé con mi espada. Bajó la punta de la suya, se apoyó contra la pared, y me dijo con voz moribunda:

-Te perdono. ¡Pueda el cielo perdonarte! Lleva mi espada a Tête-Foulque, y haz decir cien misas en la capilla del castillo.

Expiró. De momento no presté gran atención a su palabras, y si las he retenido es porque se las he oído decir después. Hice mi declaración en la forma acostumbrada. No puedo decir que ante los hombres mi duelo me perjudicara: Foulequière era aborrecido, y se consideró que había merecido su muerte. Pero me pareció que, ante Dios, mi acción era muy culpable, sobre todo a causa de la omisión de los sacramentos, y mi conciencia me hacía crueles reproches. Esto duró ocho días.

En la noche del viernes al sábado me desperté sobresaltado y, al mirar a mi alrededor, me pareció que no estaba en mi aposento sino en la "Calle estrecha" y tendido en el suelo. Me sorprendí de hallarme allí, cuando vi distintamente al comendador apoyado contra la pared. El espectro pareció hacer un esfuerzo para hablar y me dijo:

-Lleva mi espada a Tête-Foulque y haz decir cien misas en la capilla del castillo.

Apenas hube oído estas palabras, caí en un sueño letárgico. Al día siguiente me desperté en mi aposento y en mi lecho, pero había conservado perfectamente el recuerdo de mi visión.

La noche siguiente hice acostar a un lacayo en mi aposento, pero nada vi. Lo mismo sucedió las noches sucesivas. Pero en la noche del viernes al sábado tuve la misma visión, con la diferencia de que mi lacayo estaba acostado en el suelo a algunos pasos de mí. El espectro del comendador se me apareció y me dijo lo mismo, y la misma visión se repitió después todos los viernes. Mi lacayo también soñaba que estaba acostado en la "Calle estrecha", pero no veía ni escuchaba al comendador.

No sabía al principio qué era Tête-Foulque, adonde el comendador quería que llevase su espada: algunos caballeros puatevinos me informaron que era un castillo situado a tres leguas de Poitiers, en medio de un bosque; que en la comarca se contaban del castillo muchas cosas extraordinarias y que en él se veían muchos objetos curiosos, tales como la armadura de Foulque-Taillefer y las armas de los caballeros que había matado; y que hasta era costumbre, en la casa de los Foulequière, depositar allí las armas con que se habían servido, ya en la guerra, ya en combates singulares. Todo esto me interesaba, pero tenía que pensar en mi conciencia.

Fui a Roma y me confesé con el penitenciario mayor. No le oculté la visión que me obsedía, ni él me negó la absolución, pero me la dio condicionalmente después que hiciera penitencia. Ésta consistía en las cien misas que habría de mandar decir en el castillo de Tête-Foulque. El cielo aceptó la ofrenda, y, desde el momento de la confesión, dejó de obsesionarme el espectro del comendador. Yo había llevado de Malta su espada y tomé, cuando pude, el camino de Francia.

Llegado a Poitiers, supe que estaban informados de la muerte del comendador, y que allí éste no era más lamentado que en Malta. Dejé mi equipaje en la ciudad; me vestí con un hábito de peregrino y tomé un guía; era conveniente que yo fuese a pie a Tête-Foulque; por lo demás, el camino no permitía que se llegara en coche.

Encontramos la puerta del torreón cerrada. Durante mucho tiempo hicimos sonar la campana de la torre de atalaya. Por último apareció el castellano: era el único habitante de Tête-Foulque, con un ermitaño que servía en la capilla y que encontramos diciendo sus oraciones. Cuando hubo acabado, le comuniqué que venía a pedirle que dijera cien misas. Al mismo tiempo, deposité mi ofrenda. Quise dejar allí la espada del comendador, pero el castellano me dijo que había que colocarla en la "armería", o sala de armas, junto a todas las espadas de los Foulequière muertos en duelo, y las de los caballeros que aquellos habían matado; que tal era la usanza. Seguí al castellano a la "armería" donde encontré, en efecto, espadas de todos tamaños, así como retratos, comenzando por el retrato de Foulque-Taillefer, conde de Angulema, quien hizo construir Tête-Foulque para un hijo bastardo, que fue senescal de Poitou y antepasado de los Foulequière de Tête-Foulque.

Los retratos del senescal y de su mujer estaban a cada lado de una gran chimenea, colocada en el ángulo de la "armería". Eran de un gran realismo. Los demás retratos estaban igualmente bien pintados, aunque en el estilo de la época. Pero ninguno de un parecido tan asombroso como el de Foulque-Taillefer. Estaba pintado con la espada en una mano; con la otra, sostenía la rodela que le presentaba un escudero. La mayoría de las espadas estaban al pie del retrato, formando una especie de haz.

Rogué al castellano que encendiera la chimenea de aquella sala y allí me hiciera traer la cena.

-Mi querido peregrino -me respondió-, no hay inconveniente en que te traigan la cena, pero te pido muy encarecidamente que te acuestes en mi aposento.

Le pregunté el motivo de esta precaución.

-Yo sé por qué -respondió el castellano-, y te haré poner un lecho junto al mío.

Acepté su proposición con tanto más placer cuanto que era viernes, y temía que volviera mi visión.

Cuando el castellano fue a ocuparse de mi cena, me puse a observar las armas y los retratos. Éstos, como he dicho, estaban pintados con mucha verdad. A medida que caía la tarde, los ropajes, de color sombrío, se confundieron en la sombra con el fondo oscuro del cuadro; y el fuego de la chimenea sólo permitía distinguir los rostros: lo cual tenía algo aterrador, o que a lo menos me pareció tal, porque el estado de mi conciencia me estremecía como de costumbre.

El castellano trajo mi cena, que consistía en un plato de truchas pescadas en un arroyo vecino. Trajo también una botella de vino bastante bueno. Yo quería que el ermitaño cenase también con nosotros, pero no comía sino hierbas hervidas en agua.

He sido siempre puntual en leer mi breviario, cosa obligatoria para los caballeros profesos, a lo menos en España. Lo saqué pues del bolsillo, así como el rosario, y le dije al castellano que, como aún no tenía sueño, me quedaría a rezar hasta que avanzara un poco más la noche, y que él sólo tenía que indicarme el camino de mi aposento.

-Enhorabuena -me respondió-. A medianoche vendrá el ermitaño a rezar en la capilla contigua; entonces bajarás por esta escalerita y no dejarás de encontrar tu aposento, cuya puerta dejaré abierta. No te quedes aquí después de medianoche.

El castellano se fue. Empecé a rezar y, de tiempo en tiempo, echaba un leño al fuego. Pero no me atrevía a pasear los ojos por la sala, pues los retratos parecían animarse. Si los miraba durante algunos instantes, se hubiese dicho que hacían guiños y torcían la boca, sobre todo los del senescal y su mujer, que estaban a cada lado de la chimenea. Me pareció que me lanzaban miradas llenas de amargura y que después se miraban el uno al otro. Una ráfaga aumentó mis terrores, pues no sólo hizo sacudir las ventanas sino que también agitó el haz de armas, que se entrechocaron estremeciéndome. Sin embargo, recé fervorosamente..

Por último oí salmodiar al ermitaño y, cuando éste hubo terminado, bajé por la escalera para llegar al aposento del castellano. Tenía en la mano el resto de una vela, pero el viento la apagó y subí para encenderla nuevamente. Cuál no sería mi sorpresa cuando vi al senescal y a su mujer que habían bajado de sus marcos y estaban sentados junto al fuego. Hablaban familiarmente, y podían oírse sus palabras:

-Amiga mía -decía el senescal-, ¿qué te parece el español que ha matado al comendador sin otorgarle confesión?
-Me parece -respondió el espectro femenino-, me parece, amigo mío, que ha cometido felonía y perversidad. Y yo, mi señor Taillefer, no dejaría partir al español del castillo sin arrojarle el guante.

Quedé aterrorizado y me precipité por la escalera; busqué la puerta del castellano y no pude encontrarla a ciegas. Tenía siempre en la mano mi candela apagada. Pensé en encenderla y me tranquilicé un poco; traté de persuadirme a mí mismo de que las dos figuras que había visto junto a la chimenea sólo existieron en mi imaginación. Volví a subir la escalera y, deteniéndome frente a la puerta de la "armería", observé que las dos figuras no estaban junto al fuego, como había creído verlas. Entré pues audazmente, pero apenas había dado algunos pasos cuando vi en el medio de la sala al señor Taillefer en guardia y presentándome la punta de su espada. Quise volver a la escalera, pero la puerta estaba ocupada por la figura de un escudero, que me arrojó un guantelete. No sabiendo qué hacer, me apoderé de una de las tantas espadas que formaban un haz de armas y caí sobre mi adversario. Me pareció haberlo partido en dos, pero inmediatamente recibí una estocada debajo del corazón, que me quemó como lo hubiera hecho un hierro al rojo. Mi sangre inundó la sala y me desvanecí.

Me desperté por la mañana en el aposento del castellano. No viéndome llegar, se había provisto de agua bendita y había acudido a buscarme. Me había encontrado en el suelo, sin conocimiento, pero sin herida alguna. La que yo había creído recibir era un hechizo. El castellano no me hizo preguntas y me aconsejó que dejara el castillo.

Partí y tomé el camino de España. Pasé ocho días en Bayona. Llegué un viernes y me alojé en un albergue. En medio de la noche me desperté sobresaltado y vi frente a mi lecho al señor Taillefer, que me amenazaba con su espada. Hice la señal de la cruz y el espectro pareció deshacerse en humo. Pero sentí la misma estocada que había creído recibir en el castillo de Tête-Foulque. Me pareció que estaba bañado en sangre. Quise llamar y levantarme, pero una y otra cosa me fueron imposibles. Esta angustia indecible duró hasta el primer canto del gallo. Entonces me volví a dormir, pero al día siguiente estuve enfermo y en un lamentable estado. Tuve la misma visión todos los viernes. Las prácticas devotas no han podido librarme de ella. La melancolía me conducirá a la tumba, y allí descenderé antes de haber podido librarme de las potencias de Satán. Un resto de esperanza en la misericordia divina me sostiene aún y me permite soportar mis males.





en Manuscrito encontrado en Zaragoza, 1804-1805













viernes, junio 04, 2010

"Harry Potter no es una película". Entrevista a Peter Greenaway, de Ernesto Garratt Viñes






Peter Greenaway lo piensa todo. Les da vueltas a las cosas mucho rato y trata de ver el significado de todo. ¿Un ejemplo? Este director inglés de culto, de 67 años, al que The New York Times apuntó como un “necesario provocador”, ganador del Festival de Venecia e invitado frecuente a Cannes, no quiere hacer la entrevista sin saber antes por qué en el cuestionario hay trece preguntas. “¿Alguna preferencia por el 13?, ¿Por qué trece”, inquiere como tratando de descubrir algún significado secreto en la decisión. Porque para él todo debe tener sentido. Si en una escena suya un actor viste de rojo y se mueve de tal manera, no es casual. Quiere decir algo. Su mayor hit fue hace veinte años, cuando escandalizó al mundo con su filme El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, un menú de canibalismo y erotismo, pero imborrable para la crítica. Allí planteó algo nuevo. Le dio una arriesgada libertad a la imagen, al lenguaje visual. “Fue una forma de independizarme del yugo del texto escrito”, recuerda desde Holanda, donde vive este provocador artista que además pinta, arma instalaciones (como la que acaba de mostrar en la Bienal de Venecia) y crea singulares óperas. Usualmente a Peter Greenaway se lo cataloga de denso. De hacer un cine alejado de las masas y en verdad es un autor de propuestas que elevan la discusión. Por ejemplo, su más reciente obra, Rembrandt’s j’accuse -en cartelera en Chile- le ayuda a este director a plantear una seria e incendiaria acusación: “El cine está muriendo”.



Yo acuso

Como si fuera un agente de policía en la escena del crimen, Greenaway sostiene que el cine está agonizando. Y en su documental Rembrandt’s J’acusse toma esa idea para explicar cómo llevamos siglos bajo el dominio de la palabra escrita, del texto, en desmedro de la independencia de la imagen. Y para explicar su punto, Greenaway toma la figura de Rembrandt, quien en el siglo XVII no usó ni una palabra, sólo el significado de las imágenes para acusar en su obra “La ronda de noche” el impune asesinato cometido por una poderosa familia de Ámsterdam. Antes de filmar este estupendo documental, ya Greenaway había hecho una película de ficción sobre el artista, Nightwatching, de 2006.

¿Por qué hacer dos películas seguidas sobre Rembrandt? ¿Por qué hacer este documental?
Hay mucho que decir acerca de Rembrandt. Una película no era suficiente. Acá intento explicar cómo Rembrandt se convirtió en un Emile Zolá moral y en un investigador de la corrompida sociedad de Ámsterdam de hace 400 años.

Esta acusación de Rembrandt la usa usted para hacer una propia: El cine no evoluciona porque es sólo texto ilustrado.
Es una perogrullada decir que todas las películas que hemos visto han comenzado sus vidas como textos. El Señor de los anillos no es una película. Harry Potter no es una película. Son textos ilustrados. Esto es fácil de decir porque los libros están ahí. Pero lo mismo pasa con los productos de Almodóvar, David Lynch y se puede decir eso del 99 por ciento de todos los filmes de todos los tiempos. La mayoría de los directores de cine no son compositores. Son conductores que ilustran los sueños de otras personas. Ésa es la manera en que funciona el teatro -un mundo de intérpretes de los textos de otras personas-. Estoy interesado en un mayor sentido del autor. Y el cine puede permitir esa posibilidad.

Usted ha dicho que el cine se ha quedado estancado...
Todas las artes siguen un ciclo, como un fenómeno orgánico, con nacimiento, madurez y muerte. El cine es una invención tecnológica de fines del siglo XIX. En el cine europeo, Eisenstein creó el lenguaje básico y, a continuación, yo diría que Fellini consolidó su lenguaje y, a continuación, Godard tiró todo lejos. (...) Pero a lo largo de su vida el cine ha sido un hijo carente de ideas esenciales de su propia creación, todo es prestado, nada es original. De la literatura, de la fotografía. Es un bastardo. Así que en rigor nunca hemos visto algo llamado cine. En 114 años hemos visto texto ilustrado o teatro grabado.

Entonces ¿qué se necesita para no hacer textos ilustrados, como Harry Potter?
Hay que matar a todos los guionistas al momento de nacer.



Pintar, la solución

Ya más en serio, el director cree que hay que mirar y hacer pintura para ponerse detrás de una cámara.

A un director de cine no se le debería dejar ponerse detrás de una cámara ni sentarse delante de una máquina de edición si es que antes no ha practicado como un pintor, por lo menos durante tres años. En China no son tres años, sino que siete, incluso más. Porque el que uno tenga ojos no significa que uno pueda mirar. Durante ocho mil años, y antes del advenimiento de la fotografía, los pintores fueron los grandes educadores visuales. El filósofo Jacques Derrida solía decir: “La imagen siempre tiene la última palabra”.

Y Greenaway sabe de lo que habla: Antes de dedicarse al cine fue pintor.

Al igual que todos los niños, tenía una aptitud natural para el dibujo y la pintura, y yo quería ser paisajista. A los 13 años decidí probar suerte. De chico entonces asistí a la escuela de arte en Londres, viajé a París y Ámsterdam como un pobre estudiante de arte y quedé fascinado por las preguntas que hay en torno a mirar, ver y la comunicación visual.

¿Y qué película vio usted que lo marcó, que le cambió la vida?
Yo tenía unos quince años, y el tímido y gordo chico de la clase -porque siempre hay un chico gordo y tímido en la clase- sugirió que podríamos saltarnos la clase de cricket e ir a mirar películas suecas. Siempre podías ver mujeres desnudas a finales de los 50 en los filmes suecos. Y vimos una película que discutía sobre el sexo y la superstición, la religión y la fe, los imperativos históricos, la muerte y la decadencia, la violencia y el terror, la historia y la fantasía. Y mostraba un juego de ajedrez contra la muerte. Todo esto era fabuloso para un curioso adolescente que amaba las películas históricas y estaba obsesionado con la lectura de la historia y, por supuesto, se masturbaba tres veces por día por la aparente imposibilidad de consumar el acto sexual. Y, como usted probablemente ha adivinado, esta película sueca que sí tenía mujeres desnudas fue El séptimo sello, de Ingmar Bergman. Fui a verla siete veces, una vez por cada día de la semana. Ahora tengo una copia de esa película de 35 mm en nitrato de celuloide. Algo muy explosivo y peligroso, más incluso que si tuviera un proyector de 35 mm, el cual no poseo.

Hablando de explosivo, ¿qué recuerda del shock que provocó El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante?
Estaba consciente de que podría ser fuerte para la gente que no estuviera preparada. Pero nunca creí que pudiéramos ganar un mercado tan grande y que la película sería vista más allá de los convertidos que conocen a Sade, Peter Brooke y que ha visto los filmes de Pasolini y Buñuel. Felizmente fue un suceso intelectual y emocional en Rusia, donde vieron una alegoría política frente al colapso de la URSS. También fue un éxito en EE.UU., porque fue vista por más gente de la que imaginé. Ayudó el escándalo puritano de la censura.

Gracias a sus subidas escenas, El cocinero... ayudó a cambiar el sistema de censura americano, y que películas de calidad como Átame, Henry and June no recibieran la categoría “X”, dedicada a la pornografía. Así se inventó la nueva censura “NC-17”.

Última pregunta. Si usted fuera detective ¿quién me diría que está matando al cine? ¿Quiénes son los culpables?
Todos lo somos. Por aceptar la segunda mejor opción. Y por el tono de sus preguntas, usted definitivamente también es culpable. Permítanos crear algo que sea único y que tenga su propio vocabulario. Después de 114 años de mimetismo, déjennos salir de la trampa y hacer verdadero cine.














jueves, junio 03, 2010

“Al acabar La Ilíada”, de Alfonso Reyes







Desengañado Aquiles, sólo a la muerte aspira.
Su madre acecha, atónita, la hora malhadada
en que habrá de ceder sus restos a la pira;
padre, hijo y esposa son grey abandonada.

No queda quien comparta su duelo ni su ira:
su dulce sierva llora, mas llora al camarada;
Atrida es falso, esquivo Ayante, y mal velada
la sorda emulación que Diomedes transpira.

Último caballero de la virtud antigua,
le deja la venganza una embriaguez ambigua,
y sólo de la tumba espera la piedad.

Ya le acude la gloria con los brazos abiertos,
único amor que templa, como un sol a los muertos,
su frío desamparo, su arisca soledad.





en Homero en Cuernavaca, 1948-1951













miércoles, junio 02, 2010

“El concilio del amor”, de Oskar Panizza






MARÍA (imperiosa). - ¿Quién es esta persona? (Silencio). ¿Quién te ha permitido entrar? ¿De dónde vienes? ¿Vienes de allá abajo? ¿Eres una muerta? ¿O eres algo mejor aún: una santa? ¿Qué vienes a hacer aquí? ¿Querrías hacerme compa­ñía? ¿Pero con qué derecho...? (Temblorosa. Aparece el Diablo tras la "Mujer"; agitado, como si hubiese corrido. Hace una reverencia profun­da ante María).

EL DIABLO. - Señora... (presentando a la "Mu­jer"), mi hija. (Los ángeles huyen dando gritos).

MARÍA (desciende de su trono, muy asombrada). - ¡Ah!

EL DIABLO. - Espero que te guste...

MARÍA. -¿Gustarme? No: ¡es demasiado hermosa para gustarme! Este ser va a eclipsar a todo el mundo, así en el Cielo como en la Tierra. Yo esperaba encontrarme con un monstruo.

EL DIABLO. -Señora, a fin de...

MARÍA. - ¡Señora, señora! ¡Yo soy la Virgen Eter­na, la Bienaventurada Madre de Dios! ¡Trata de no olvidarlo! (Le echa un vistazo a la "Mujer").

EL DIABLO. - Todavía no está en condiciones de captar ese tipo de sutilezas. ¡Es como un niño!

MARÍA. - ¿No habla en lengua alguna?

EL DIABLO. - ¡Dios me libre!

MARÍA. - ¿Habla en su propia lengua?

EL DIABLO. - Habla en la lengua de todas las mu­jeres, la de la peor seducción.

MARÍA. - Creo que te has extralimitado en Nues­tro programa. ¿Qué hacer con esta magnífica criatura?

EL DIABLO. -De todos modos, era preciso que...

MARÍA (interrumpe). - Si yo hubiera querido, ha­bría podido tomar a uno de mis ángeles, incluso habría podido...

EL DIABLO. - ¡Oh, mi Graciosísima, nunca jamás! Olvidáis...

MARÍA. - ¡Ah, sí, es cierto, es cierto! ¿Pero por qué esta enceguecedora belleza, por qué esta gra­cia? (En voz baja:) ¿No corremos el riesgo de desmerecernos a sus ojos?

EL DIABLO. - Puedes admirarla cuanto gustes. Aún todo lo ignora.

(María se la come con los ojos; luego, impulsa­da por un brusco movimiento, la abraza y la be­sa. La "Mujer" retrocede, espantada).

MARÍA (subyugada). - ¡Qué maravilla! ¡Diríase un niño!

EL DIABLO (con acento patético, deliberadamente cómico). - ¡Justamente salida de las manos del Creador!

MARÍA. - ¡Oh, bufón! ¿Pero de dónde proviene esta criatura?

EL DIABLO (dándose importancia). -Es un secre­to de fábrica que no podemos revelar. Pero pue­do decirte quién es su madre.

MARÍA. - ¿Ah sí?

EL DIABLO. - Una tal Salomé, hermosa cortadora de cabezas. Bailando ganó una cabeza aún ca­lentita.

MARÍA (reflexionando). - ¿Y no está entre noso­tros, aquí en el Cielo?

EL DIABLO (seco). -No, no. Mujeres como ésa no tenéis en vuestra casa.

MARÍA (fascinada por la "Mujer'). - Mujeres co­mo ésta no tenemos en nuestra casa... Y sin embargo, ¡qué enceguecedora belleza!

EL DIABLO. -Todo cuanto en ella puedas ver lo heredó de su madre.

MARÍA. -De su madre...

EL DIABLO (sarcástico). - ¡Y también algo más que no puedes ver!

MARÍA (guiñada de complicidad). - ¡Perfecto! ¿Y aparte ... ?

EL DIABLO. - Las cualidades del padre han de ma­nifestarse más tarde, cuando haya adquirido ex­periencia.

MARÍA. -¡Lo dudo!

EL DIABLO. - ¡Ah, mi forma deslumbraba!

MARÍA. - ¿Y esta casta belleza, estos ojos incom­parables, esta promesa de voluptuosidades no conocidas, esta bondad y esta piedad sobrenatu­rales, todo esto, dime, es lo que va a envenenar y destruir a los hombres?

EL DIABLO (con firmeza). - ¡Sí, esto es!

MARÍA. -¿Pero cómo es posible?

EL DIABLO (mordaz). - ¿Posible? La fuerza del ve­neno que contienen sus venas es tal, que a aquel que se atreva a tocarla se le pondrán los ojos, quince días más tarde, como bolas de vidrio. ¡Hasta los pensamientos han de coagulársele! Después, su esperanza bostezará como un pe­jerrey disecado. Seis semanas más tarde, al con­templarse el cuerpo, se preguntará: ¿pero éste soy yo? Se le caerá el cabello, se le caerán las pestañas y también los dientes; sus articulacio­nes y su mandíbula perderán toda solidez. Al cabo de tres meses tendrá toda la piel agujerea­da como un colador, e irá de vidriera en vidriera buscando el medio de procurarse una nueva piel. La desesperación, además de invadirle el alma, goteará de su nariz como un moquillo hediondo. Sus amigos se sacarán los ojos entre sí, y aquel que esté en la primera fase se burlará del que haya llegado a la tercera o cuarta. Un año más tarde, la nariz se le caerá en la sopa, y saldrá a comprarse otra nariz, ¡pero de caucho! Luego cambiará de casa y de empleo. Se volverá com­pasivo y sentimental; será incapaz de matar una mosca. Se hará moralista, jugará con los bichitos al sol y envidiará la suerte de los árboles en la primavera. Si es protestante se hará católico, y viceversa. Así que pasen dos o tres años, su hígado y demás vísceras han de parecerle ladri­llos, y no pensará más que en alimentos muy li­vianos. Luego le vendrá comezón a un ojo; tres meses más tarde, éste se le cerrará. Al cabo de cinco o seis años, su cuerpo empezará a estre­mecerse y a arder como un fuego de artificio. Todavía podrá caminar, pero ha de mirar, in­quieto, hasta cuándo sus pies habrán de sostener­lo. Poco tiempo después preferirá quedarse en cama, pues el calor le sentará bien. Un buen día, al cabo de ocho años, se arrancará un hueso de su propio esqueleto, lo olfateará y lo arrojará, horrorizado, a un rincón. Entonces se volverá re­ligioso, muy religioso, cada vez más religioso; gustará de los libros encuadernados en piel, con cantos dorados y provistos de una cruz. Diez años después, ya podrida la osamenta, estará como re­machado a su cama, bostezando, con el hocico abierto hacia el techo, interrogándose sobre el porqué de las cosas, y ha de morir, por fin... Su alma, entonces, os pertenecerá.

MARÍA (volviéndose, asqueada). - ¡Puf!





en Das Liebeskonzil, 1894












martes, junio 01, 2010

"Pagan poetry", de Juan Carlos Villavicencio






De sus vírgenes siluetas renaciendo,
recostada en el éxtasis de las cálidas hojas que la rodean,
en el encuentro de su espejo hacia el fin,
desde los siglos.
El placer que gira suave por las aguas
                       i su carne que se abre frente al fuego,
otra vez en el grito,
desnuda del viento que juega a atraparla como letras
            o códigos que se reflejan en sus ojos
            i son trizas de colores bailando en sus pinceles.
O como oscuros lirios entregando las palabras requeridas.
El quiebre o el eco persistente.
Lo sagrado de la imagen que los une profanos,
premonición de cruces i sus miedos que se esbozan,
aun cuando ante el dolor retorna al grito
                                     i a su sonrisa temerosa,
o acaso la embestida de dos voces cruzando máscaras perdidas.









en Poesía pagana (Björk's), 2004















lunes, mayo 31, 2010

“Desvelos”, de Dinko Pavlov



(1943-2010)




Conozco tu espalda palmo a palmo,
cada vértebra de cuello a coxis,
suave pendiente de hombros a cintura,
lenta subida en la cadera,
vertiginoso desliz hacia las piernas,
montaña rusa de pálida apariencia
sin gritos de alarma,
radiografía en positivo de tu enojo,
esperaría siglos te des vuelta,
pero casi ya no tengo tiempo.





en Sigo vivo, 1996














domingo, mayo 30, 2010

"Blue Velvet o La pesadilla americana", de Alejandro Díaz

A propósito de la muerte de Dennis Hopper (1936-2010)




El cine debe tener fuerza. La fuerza del bien y la fuerza de la oscuridad, para que puedas tener escalofríos y agitar las cosas un poco. Si te apartas de esas cosas, caes en picada en la basura de lo tibio.
David Lynch.



Antes del film: Nace una obra maestra

Después de pasar tres años de su vida rodando Dune (1984), una superproducción de 40 millones de dólares que, como es sabido, resultó un fiasco en la taquilla y sumió a su responsable en una tremenda depresión por haber perdido completamente el control creativo del producto –cuyo metraje original fue recortado en más de dos horas y media–, David Lynch obtuvo una compensación cuando Dino De Laurentiis, el mismo mogul que había financiado la fallida (comercialmente: las imágenes de Dune van ganando fuerza y poder de fascinación con los años) adaptación de la novela fantástica de Frank Herbert, dio luz verde a Blue Velvet, un guión repleto de ideas que llevaban rondando por la cabeza del director de Montana ya desde 1973 (¡!), y cuyos derechos estaban en manos de la Warner. Dicen que fue la hija del veteranísimo De Laurentiis, la también productora Raffaella, quien intercedió ante su padre para que re-comprase el proyecto y la nueva propuesta de Lynch pudiese filmarse, pese a la “mala” experiencia anterior. El presupuesto asignado fue exiguo y las pretensiones económicas del director se vieron ampliamente recortadas, pero Lynch consiguió lo que anhelaba desde los tiempos de Cabeza borradora (Eraserhead, 1976-78): el control absoluto sobre el montaje final.

La importancia que la música ha ido cobrando tanto en la vida como en la obra de David Lynch es muy importante, y en este caso aún más, pues el director ha reconocido que todo comenzó a tomar su forma definitiva cuando escuchó la versión interpretada por Bobby Vinton de “Blue Velvet”, canción escrita por Bernie Wayne en los años cincuenta. Su influencia produjo en Lynch una serie de sensaciones que prefiguraron algunos de los elementos del film, a los que poco a poco fue añadiendo nuevas ideas. El clímax de la película le llegó a Lynch a través de un sueño, el cual, según ha declarado, sólo tuvo que manipular levemente para que encajase con el resto de la historia. No es ésta, sin embargo, la única canción de vital importancia dentro del entramado del film. “In Dreams”, de Roy Orbison, juega también un papel decisivo en la película, y aunque al cantante de las gafas oscuras no le gustó en un principio el nuevo sentido que Lynch daba a su composición, terminó, tras un segundo visionado, mostrando su respeto por ese nuevo punto de vista que el cine le había desvelado. Además hay en la película un par de aportaciones de Chris Isaak, posterior actor lynchiano en la subvalorada Fuego camina conmigo (Twin Peaks: Fire Walk With Me, 1992), e incluso encontramos dos piezas compuestas por el director conjuntamente con el autor de la banda sonora, Angelo Badalamenti, en lo que fue su primer film juntos: “Blue Star”, interpretada por Isabella Rossellini, y “Mysteries of Love”, cantada por Julee Cruise.

El casting fue modélico y cada uno de los elegidos aportó a los personajes detalles nuevos que enriquecieron sus composiciones. Así Kyle MacLachlan, que fue escogido por el director porque podía aportar inteligencia y una cierta sencillez de carácter, imitó algunos tics de Lynch mientras daba vida a Jeffrey, el protagonista. Por su parte, el director decidió ofrecer el personaje de la misteriosa Dorothy Vallens a Isabella Rossellini –actriz con la que mantendría un “polémico” romance– dos días después de conocerla en un restaurante neoyorkino y enterarse de que, además de modelo, también era actriz. Y, por último, Dennis Hopper telefoneó a Lynch para decirle que quería hacer su papel, diciendo que él era Frank Booth. Su contratación fue problemática: diversas fuentes la desaconsejaban debido a sus problemas personales, si bien el rol terminó siendo suyo. Finalmente su imponente actuación en Blue Velvet terminó revitalizando la carera del actor y beneficiando enormemente a la película.



Dentro del film: Jeffrey y el misterio perfecto

Lumberton es un pueblo maderero americano, como otro cualquiera. En cada esquina de Lumberton se respira armonía. Las casas circundadas por césped reluciente y vallas blancas emanan orden y tranquilidad... Pero debajo de esa superficie bucólica, de esas construcciones aparentemente plácidas, se esconde el caos, la violencia y la turbiedad. Tensiones internas de enorme virulencia que no siempre son fáciles de apreciar, pero que el cine, en manos como las de David Lynch, puede conseguir mostrarnos en toda su fascinante complejidad. Jeffrey Beaumont, auténtico alter-ego del director, se sumerge de lleno en ese mundo de sombras guiado por su innata inclinación hacia lo misterioso, hacia lo que siempre ha estado oculto y nadie ha visto. Su curiosidad, su voyeurismo, le introducirán en una trama criminal imposible de comprender o reconstruir, pero que aporta todo el misterio y la extrañeza que Jeffrey buscaba, aunque también pondrá en riesgo su vida. Incluso llegará Jeffrey a traspasar el umbral de su supuesta condición de “chico bueno” en un momento dado... En realidad este descenso a los infiernos podría verse como una perversión del mito platónico de la caverna: La luz exterior que para el ateniense iluminaba el camino de un conocimiento verdadero sería para Lynch sólo una agradable apariencia que oculta un mundo sombrío.

El auténtico príncipe que reina en ese reverso oscuro de la luz responde al nombre de Frank Booth (del mismo modo, la reina del lado luminoso sería la angelical Sandy –Laura Dern–). Frank es un temible desequilibrado que martiriza a la inocente (¿o no tanto?) Dorothy Vallens y se aprovecha de que tiene secuestrados a su marido y a su hijo para llevar a cabo las más retorcidas aberraciones a costa de la mujer. Frank es la auténtica pesadilla americana, pues reúne en su personalidad todo aquello que la “América feliz” se empeña en esconder en su maloliente trastienda. El (admirable como creación artística; repugnante como tipo humano) personaje de Frank puede ser visto, pues, como una perversión de aquella juventud de los años cincuenta que derrochaba ilusiones y optimismo. Pero los chicos se han hecho mayores y han perdido la inocencia... Frank es, como suele suceder en el territorio Lynch y como lo fueron el Killer Bob de Twin Peaks, el Hombre misterioso de Carretera perdida (Lost Highway, 1997) o el monstruo tras la esquina de Mulholland Dr. (2001), una pura abstracción que, a modo de siniestro demiurgo, conduce al protagonista y a los espectadores hacia los rincones más turbadores de la naturaleza humana.

En una entrevista publicada en “Empire” y fechada en Noviembre de 2001, Lynch asegura estar fascinado por el concepto de “secuencia”: Hay algo de magia sólo al pronunciar la palabra ‘secuencia'. No estoy bromeando. Hay algo relativo al término ‘secuencia' que es en lo que estoy concentrado ahora. Y ese algo es el motor de todo. Sin duda el interés de Lynch por construir sucesiones de planos coherentes entre sí y separadas de otras ha ido radicalizándose con el tiempo (un vistazo a la elaboración narrativa de la citada Mulholland Dr. basta para comprobarlo), pero la modulación rítmica de sus films ya se aprecia en todo su esplendor en Blue Velvet. Las secuencias de transición están trabajadas desde la puesta en escena con cierta relajación, para ir preparando el terreno a las set pièces de suspense o acción. Asimismo, estos momentos de mayor remanso o tranquilidad siempre se ven complementados con la irrupción de algún dato nuevo o de un elemento inquietante. Es cierto que en ocasiones el guión fuerza casualidades que son clave para el desarrollo de la historia, pero éstas son asumidas con total despreocupación, pues la confianza del cineasta en la imagen –es decir, en el elemento auténticamente propio de su medio– es tal, que no parece preocuparle en demasía poder lesionar la verosimilitud. Es la ventaja de moverse en el territorio de las ensoñaciones, de lo onírico...



Después del film: Crítica a las críticas moralistas

Para evitar que su película obtuviese una calificación “X”, David Lynch tuvo que cortar algún plano en el que Jeffrey golpeaba explícitamente a Dorothy. No es éste, sin embargo, el único instante del film que se cayó del montaje. De hecho, un personaje llamado Willard se perdió por completo, y con él una secuencia en la que, tras discutir con Frank, una de las chicas que ha estado con el tal Willard prende fuego a sus propios pezones. Estos retoques permitieron que el filme saliese a la luz, pero la controversia acerca del tratamiento que Lynch da a la violencia y el sexo provocó algunas críticas sesgadas incapaces de valorar el riesgo de un artista que intenta ser fiel a su visión del mundo. Una de esas voces fue la del influyente, en EE. UU., Roger Ebert, quien acusa al director de incluir tan potentes escenas sin lo que él considera la seriedad adecuada, pues considera Blue Velvet una sátira social deshonesta y de baja estofa. ¿Qué es peor? ¿Abofetear a alguien, o quedarse detrás y encontrar graciosas todas estas cosas? (Palabras textuales de Ebert).

Quizás el mejor modo de rebatir opiniones como la del crítico del “Chicago Sun” (las cuales, no me resisto a decirlo, atufan a moralina barata) sean las propias impresiones del director ante los ataques de ciertos sectores de la prensa de su país. Es algo doloroso. No nos engañemos. Pero digamos que conoces a la persona que escribió uno de esos artículos; ves cómo es. Ves su personalidad y cómo piensa y cómo es. Entonces puedes comprender por qué dijo lo que dijo, y ya no te importa tanto. No es que no la respetes, sino que puedes ver que eso no le iba a gustar. Pero no puedes conocerlos a todos, así que te imaginas cosas (...). Sobre la censura: Todo el mundo que hace algo tiene una línea que se niega a cruzar, sea la que sea. (...) Nadie debería decirte: ‘Esto me resulta muy molesto, tienes que cortarlo'. Es ridículo. Si todo el mundo pudiera opinar, muy pronto tu película terminaría reducida a un plano del cielo. Y sobre lo que se ha dado en llamar “corrección política”: ¡Es casi una trama maligna, satánica! Es algo diabólico. Es esa manera falsa de no ofender a nadie. Ser políticamente correcto es como ser tibio, y permanecer en ese extraño rinconcito desde el que no se puede ofender. Es como esconderse. Afortunadamente, artistas como David Lynch se niegan a ceder ante los autocoronados adalides del “buen gusto” y los autoproclamados guardianes de la moralidad, y de este modo pueden seguir engrandeciendo la experiencia cinematográfica, pese a quien pese.












Nota: Las mayoría de las citas están extraídas de uno de mis libros de cine favoritos: El volumen David Lynch por David Lynch, de Chris Rodley. Alba Editorial, 1997.









en miradas.net










sábado, mayo 29, 2010

"Sagrado rencor", de Daniel Rojas Pachas






Todos los organismos vivos
me inspiran un sagrado rencor
su evolución y movimiento oscilatorio
el crecimiento de sus vellos
la ramificación de los extremos
y el proceso nominativo de la carne
y si no hay infierno
¿Dónde está la carne?
La realidad entre espejos
es un coloquio amatorio dejado al azar
para unos primeros comensales
rodeados de vinos abstractos
y cubiertos de plata
que bien podrían ser cuchillos de barro o de madera.
El orden constituye la supremacía del vicio
y el imperio de pequeños lagartos
que alucinan ser un pequeño dios o algo más que una cuerda
tendida entre el mono y lo incierto.
Como una ruleta asesina
intrigas fabularias penden de esa trama
en que morder la palabra
es como hincar el diente sobre un lomo húmedo
fisura caníbal con ojos de infinito;
todo apunta a su propia negación
el génesis abortado de la indiferencia.






en Como un Cristo barroco..., 2009














viernes, mayo 28, 2010

«No habrá paz», de W. H. Auden

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Aunque el tiempo suave y despejado
Otra vez sonría en la ribera de tu estima
Y sus colores vuelvan, la tormenta te ha cambiado:
No olvidarás, nunca,
La oscuridad borrando la esperanza, el vendaval
Profetizando tu caída.

Debes vivir con tu conocimiento.
Tiempo atrás, más allá, fuera de ti hay otros,
En ausencias sin luna de los que nunca oíste,
Quienes ciertamente han oído hablar de ti,
Seres de número y género desconocidos:
Y a ellos no les gustas.

¿Qué les hiciste?
¿Nada? Nada no es una respuesta:
Llegarás a creer -¿cómo puedes evitarlo?-
Que lo hiciste, que les hiciste algo;
Te encontrarás deseando poder hacerlos reír,
Ansiarás su amistad.

No habrá paz.
Contraataca, pues, con todo el coraje que tengas
Y todo amago cobarde que conozcas,
Con toda la tranquilidad de tu conciencia de que:
Su causa, si tuvieron una, no les importa ahora nada;
Ellos odian por amor a odiar.




en Canción de cuna y otros poemas, 1956













There Will Be No Peace

Though mild clear weather/ Smile again on the shore of your esteem/ And its colours come back, the storm has changed you:/ You will not forget, ever,/ The darkness blotting out hope, the gale/ Prophesying your downfall.// You must live with your knowledge./ Way back, beyond, outside of you are others,/ In moonless absences you never heard of,/ Who have certainly heard of you,/ Beings of unknown number and gender:/ And they do not like you.// What have you done to them?/ Nothing? Nothing is not an answer:/ You will come to believe -how can you help it?-/ That you did, you did do something;/ You will find yourself wishing you could make them laugh,/ You will long for their friendship.// There will be no peace./ Fight back, then, with such courage as you have/ And every unchivalrous dodge you know of,/ Clear on your conscience on this:/ Their cause, if they had one, is nothing to them now;/ They hate for hate's sake.