martes, abril 14, 2009

"Ela, Elle, Ella, She, Lei, Sie", de Rodrigo Lira







            y en tus hogueras,
            en los ardores de tus creencias,
            te enseñaré mi cuchillo de palo


            Álvaro Ruiz, “Inocencia”, en dieciocho poemas, alfabeta impresores, s.d.


            las llamas del amor ya no llaman

            Erick Pohlhammer (en la Revista del Domingo, 15 de agosto de 1976)


            Mi amor se acrecienta más y más en la medida que tus ojos
            se diferencian más y más de todo lo antes visto por los míos


            Erick Pohlhammer, “a Andrea”, sec Poesía para el camino, U.E.J. / ed. Nueva Universidad; alfabeta impresores, Santiago, 1977.


            Ven acá bombón
            y te mostraré mis petardos
            mis más secretas y oscuras detonaciones


            Roberto Merino, Ciclotrón (inédito)



“prolongado repicar”, o, mejor dicho, redoblar, que son las campanas las que repican, Sancho, que no los tambores, “antes de que la trapecista” -que en este caso es el trapecista- (¿”creador literario”? ¿”auténtico demiurgo”? ¿ defendiéndose atacando jugándose “solo, cara a cara a la carilla en blanco”?)- “se juegue la vida” [a]



[a] las expresiones entre comillas pertenecen a la crítica de la antología poética para el camino según aparece firmada por edmundo concha en el primer número de cierta revista chilena de la hactividad hartística llamada algo así como la motoneta o la citroneta





Todavía no le dirijo la palabra esta tarde andaba con una amplia
            blusa blanca
esa tarde llevaba calzones rojos por su periodo y lo arcaico
            de su receptor de flujo
le salieron pecas con la primavera o esta última logró que
            al fin me percatara
Yo quería besarla sólo en la penumbra de la escalera del lado Este
            -en el verano casi no se usa
y en la sala oscura para teatro cine escultura actos culturales
            y conferencias
hubo confidencias y algo más que un beso.
Después, bailaba, al medio del círculo conga conga que siga
            la milonga terminó el kurz eins del Goethe -sie gut, ich sehr gut
Mechona del pedagógico ojipintada entonces dancing in the ring
            eo eo que siga el hueveo semana premechona-
yo bailaba en medio conga conga con parsimonia -sin zafarme
            como en las fondas- o miraba tomando una cola el bailoteo
Está tomado créditos de fundamentos sicosociobiológicos
            y filosoficales de la educaciónica
Estará estudiando geografía, la geografea, en el campus oriente
            de la ucé, seguirá yendo a misa, la pata peluda
Dejó aquí su pijama japonés este mediodía y le compré
            mentolados cigarettes antes de dejarla en la micro
dormí sin sueños después de un orgasmo así y las vértebras
            se movían solas
y se salía solo y solo, antena, encontraba su camino hoy,
            después del desayuno
tal vez se case con un brasileiro, tal vez se divorcie de su madre
            tal vez se case conmigo, tal vez
Quién lo diría, dirán cuando digamos que nos casamos los que
            eso dijeran
El año pasado lloré de alegría ante el simple hecho de que existiera
estuvo entonces dispuesta a ir un rato a mi piso de soltero
            pero aún la espero
le escribí cosas que le mandé y cosas que no le mandé
Tengo pensado confeccionarle alguna misiva
            cuando tenga un tiempito
(la verdad es que no me gusta demasiado y no sabe moverse
            al caminar)
Arrebola la cafetería y me sale hasta en la sopa, me encanta
            su nariz exacta
Sé de buena fuente que hacia mí es péndulo entre miedo y amor
En el fondo le tengo rencor, supongo, y me gustaría violarla
            violentamente
La verdad es que no pude contenerme y jugué el estúpido
            juego de siempre y perdí la mano
Manco, cómo podría masturbarme, y casado no haría falta,
            yo supongo, digo yo
Volvió con su novio, después de esa semana de plazo salieron
            La dejó en su casa, él chocó su auto
parabrisas en cerebro -novio no vio árbol, o poste-
            y una postal desde Baires habría bastado
(era la tempranera      del paraná      niña primera      amanecida flor)
Debería haberme casado con ella aunque no fuera marilyn monroe
            ni mi mamá.
He pensado seriamente matarla carnearla salarla o írmela comiendo
            a lo largo de un año
Supongo que los vecinos sospecharían algo cuando aparecieran
            maceteros con flores y cuadros secándose al sol
Podría fácilmente terminar en la cárcel si se atraviesa de nuevo
            en mi camino
le daría un beso rojo un beso chocolate un beso plástico
            otro sicalíptico y otros besos
me pondría a visitar las más sofisticadas tiendas para ropa interior
            y abalorios
vendería calzoncillos con tal de pagar las cuotas de la moto
            para pasearla
Está claro que al llegar y al salir del templo coche con caballos
            y con todo
Aún no llega y mi reloj hace minuto y medio que marcó las 21:00
A la hora veinticinco tal vez me haya emasculado
            -amputado las gónadas, en términos técnicos
Y qué hago con el pijama japonés si nunca vuelve y dónde archivo
            su recuerdo
Y si después se instala y es doña copropietaria -dueña- vecina
            y señora
Realmente, esa señora es una suegra de caricatura,
            y no me gusta nada
-señora que no estaba mal de repente... pero para mí, más jóvenes
La araña se come al araño y la abeja reina mata a los zánganos
Tuve que tomar vino y llorar, ese sábado azul con nubes cúmulos
El problema es que no tengo teléfono, ni moto, ni soy estúpido
Estupenda, con fundamento se siente inteligente, y necesitaría
            un pi eich di (*)
me negó su beso a pesar o a causa del halo de la luna llena,
            y no quisodevolverme
los papeles de ese spell: quemólos, parece: bofetada
esas graficaciones magistrales le parecieron “originales pero
            no bonitas” no cachaba mucho la muchacha
pero fueron sus senos los que le dieron mi asiento en el bus de marzo
Saliendo, me advirtió que íbamos a pelear desde nuestros cafés,
            instalados en los cisnes
pero escuchaba atentamente desde atrás, y en alguna medida llenó
            alguna expectativa
-aunque ese actorucho de mierda tenga todo el derecho
            de interponerse
Todo era bastante más increíble que una película ganadora
            del premio cineúq
(íbamos a ser una eminencia gris duplex tras el tirano de opereta
            de turno)
Todavía está la posibilidad de las islas Canarias las prostitutas núbiles
            o la cría de canarios, o la horticultura
Debería sorprenderla por la espalda a mansalva la emboscada
            en despoblado
Y qué diablos pasaría si quedara embarazada la muy mal parida
-”Casarse es un buen negocio”- me dijo un sicólogo que fuma
            marihüana näda dë tonto al invitärme a su bodä
Y no sé qué crëstas tendría que hacer que no apareció en el momento
            preciso
Supongo que soportaría sin titubear sus adulterios y pelos en el baño
            y sus pezones
¿por qué no volverá a mis brazos se olvidaría de esa vida que vivimos
            en otro tiempo y otro espacio
Tal vez un poco de lata de almuerzos en bandejas plásticas y colas
            y empanadas en los bares
-Te tengo pechuga de pollo con cebolla- le acabo de decir y le leo
            al escribir
debo reconocer que en todo momento hace lo posible por parecer
            un alucinante poster en movimiento
No es bueno que el hombre esté solo dijo o dijeron mirando al adán
            inédito y virgen
no sé si elohim dios o elohenu plurales -dos al menos- o adonai iod
            he vau ne -no sé mucho hebreo por el momento-
Adán dijo hueso de mis huesos carne de mi carne mujer será llamada
            pues del hombre fue sacada
Todavía no pasa nada y anoche no le dije buenas noches ni falta hacía
            después de
y la verdad es que el segundo capítulo del génesis
            me interesa escasamente,
y si no nos hubiesen intoxicado con cristianismos acríticos
            de enésima mano
            -San Renán, por ejemplo, ni evidentemente los rojos
Ahora está tratando de imitar la notable artesanía de batir
            el café instantáneo que tan bien sé practicar
una melodía suave por mi vieja compañera la radio nos toca el violín
Está el problema del ruido de los autos el pito del lechero
            en las mañanas y las noches solas
Si fuera católico no sé si me haría monje o me conseguiría
            catoliquillas carismáticas
No tengo inconvenientes en compartir el cepillo de dientes
            y las alfombras
San Pablo escribió `más vale casarse que quemarse´ `el que
            no trabaja que no coma´y `alejandro el calderero
            me ha hecho mucho mal´ en sus epístolas (1)
El reverendo Valënte recomiënda castidäd a Nerüda
            pero nada sobre cómo (2)
Aunque todavía no instalo el juego de espejos,
            el ámbito está propicio:
está el sahumerio chino las manzanas el pollo las cebollas y el pan
ella está conmigo y ella no está conmigo -escribió el joven pablo,
            y su älma
no se conformaba con haberla perdido -a mí nada con almas
            ni aunque vengan ”bien dotadas”
ni aunque vengan ofreciendo geografías sin dejar alternativas por ahí,
            en letras de molde:
prefiero dobles etéricos o bioenergéticos, chakras, cuerpos causales
            astrales o -last but not least- materiales
cuerpos de ser posible bien hechos, bellos como el mío
            o el de ella bella
y dice no sabe dónde quedaría ese libro en inglés que estaba leyendo
enciende la luz, se sienta en la cama, le doy la espalda:
            sigo escribiendo
creo que alguien ha muerto en este instante, tal vez alguien
            haya abortado y más de alguien habrá nacido
otro poema -si es que puede llamarse poema a esta volada-
            ha quedado terminado.






(*) Ph. D.: abreviatura inglesa para “Philosophy Doctor” (doctor en filosofía)
(1) Cf. 1º a los Corintios, VII: 9, 2a a los Tesalonicenses, III: 10 y 2a a Timoteo, IV. 14.
(2) Ref. Ibáñez L., J. Miguel: Poesía Chilena e Hispanoamericana Contemporánea. Nascimento, Santiago, 1975, p. 176.






Postscriptum

El autor agradece por haberle provisto de material empírico para este texto, cuya primera versión fue manuscrita al anochecer del lunes 2 de octubre de 1978 y dedicado a San Antonio y a “esa gente tan pobre que hace el amor con ropa” (1), a Sonia C., Patty R., Violeta A. B., Norma W., M. Fernanda S-C. de V., Isabel M. C., Isabel L., Paula E. R., y a la memoria de Karin Cervantes Sch, encarecida y cariñosamente, y a ella, lamentando que las circunstancias no hayan permitido incluir el proporcionado por la leo, la chica de castellano, la vecina de enfrente, las empleadas de la panadería y la cafetería, Alicia -principiante en el oficio-, la Julie de la villa, la Yuli de Chillán, una profesora de sicología, Veronica de La Serena, las Martas de Vicuña, Lin de Diaguitas, Sol (e) de Arica, y cierta señora Isabel de Iquique (quinceañeros entonces ella y yo cadete besos primeros en verano con Marilú -la prima de la polola-) entrevistos los desnudos de la hija de un soldado artillero de puño amputado por una granada, pechos de la empleada y el Chevrolet 51 en la playa de Cavancha y en la pampa, en Baquedano.







(1) Diego Maquieira, “en blanco otoño”, en UPSILON, Santiago, 1975.










lunes, abril 13, 2009

“El sexo sagrado del huésped de los amos”, de Pier Paolo Pasolini







Es una tarde de primavera avanzada (o, dada la índole ambigua de la historia, de principios de otoño), una tarde silenciosa. Apenas se oyen los ruidos —muy lejanos— de la ciudad.

Un sol oblicuo ilumina el jardín. La casa está aislada en el silencio; sin duda, han salido todos. En el jardín sólo queda el joven huésped. Está sen­tado en una reposera o en un sillón de mimbre. Lee, con la cabeza en la sombra y el cuerpo al sol.

Como lo comprobaremos dentro de poco —cuando, siguiendo las miradas que lo observan, nos acerquemos a él y percibamos los detalles de su cuerpo al sol— lee apuntes de medicina o de inge­niería.

El silencio del jardín en la paz profunda de ese sol impasible o consolador, entre los primeros ge­ranios que despuntan (o bien con las primeras hojas de los granados que caen) se interrumpe por un ruido irritante, monótono, excesivo: es la pequeña cortadora de césped mecánica que siega, moviéndose aquí y allá por el parque, reiniciando cada vez sin variantes, sin interrupción, su estri­dor incierto.

La que empuja adelante y atrás la cortadora de césped es Emilia.

Está en un rincón del jardín, al fondo de un parque liso, llano, de un verdor casi deslumbran­te, mientras el joven está en otro ángulo, cerca de la casa, bajo una pérgola de hiedra.

De cuando en cuando el ruido excesivo de la cortadora se interrumpe: Emilia se detiene un ins­tante, tensa. Mira con fijeza al joven, con una mirada muy extraña, como de quien no tiene el coraje de mirar y al mismo tiempo es lo bastante inconsciente como para no avergonzarse de su propia insistencia. Al contrario, su mirada se nu­bla poco a poco, como si fuera la propia Emilia la que pudiera sentirse molesta por esa indiscreta insistencia.

¿Durante cuánto tiempo sigue andando Emi­lia con la cortadora de césped, deteniéndose, mirando para después reanudar la marcha, encor­vada y sudorosa? ¿Y durante cuánto tiempo, in­consciente no sólo de ella, sino también de que la ignora, sigue el joven leyendo sus apuntes? Duran­te mucho tiempo, quizá durante toda la mañana, o sea durante la breve mañana de las casas ri­cas, donde las diez son todavía el alba. El sol se alza cada vez más en el cielo sin nubes, hasta ha­cerse ardiente en una árida paz estival.

Emilia sigue empujando con ímpetu, con tor­peza, la cortadora de césped (por lo demás, ese no debería ser trabajo de ella, sino del jardinero; pero desde hace algún tiempo ha tomado a su cargo el cuidado del parque por una especie de rivalidad con el jardinero, ya que ella es hija de campesinos y viene directamente del campo).

El joven no advierte, pues, que lo miran, to­talmente y casi inocentemente inmerso en su estudio que, ante los ojos de Emilia, es un pri­vilegio casi sagrado. Sobre todo porque ahora ha dejado los apuntes —quizá para descansar un poco— y lee un pequeño volumen, en rústica, de las poesías de Rimbaud. Y esta lectura lo absorbe aún más que la anterior.

Al principio, la mirada de Emilia, que se detie­ne para contemplarlo, es rápida, fugaz, y sólo puede abarcar la figura toda del huésped, con la cabeza en la sombra y el cuerpo al sol.

Pero después su mirada se agudiza y se fija du­rante más tiempo en aquel objeto lejano y sin reacciones: mientras se pasa el antebrazo por la frente para quitarse el sudor, explora, ceñuda, los detalles del cuerpo que se le ofrece allá, incons­ciente y total.

Poco a poco, sus gestos —que parecen obsesivos tan sólo por su simple mecanicidad— se vuelven obsesivos de un modo explícito y casi ostentoso.

De modo que ese ir y venir en la humilde fun­ción de cortar el césped pierde su naturalidad, su índole de tarea cotidiana, y se convierte casi en la forma externa de una intención oscura.

Y en verdad, en esas incesantes miradas al hués­ped empieza a insinuarse algo turbio, insensato. A tal punto que al fin —como si ya no pudiera re­sistir (pero el huésped sigue sin reparar en Emi­lia, sumergido en su lectura y, por otro lado, socialmente, espiritualmente, tan alejado de ella)—, Emilia, teatralmente, deja la cortadora en medio del parque y entra casi corriendo en la casa. Atra­viesa la sala, la cocina, entra en su cuarto, peque­ño como una celda, con los lujos concedidos por sus amos y con sus pobres pertenencias abigarra­das. Y allí empieza a hacer gestos que parecerían normales, pero que resultan absurdos por su fre­nesí y su inoportunidad. Se peina. Se levanta los pendientes. Reza (una breve plegaria, entre beata y extática). Después se sacude de su éxtasis, besa y vuelve a besar una imagen con el Sagrado Co­razón, y sale. Vuelve, siempre teatralmente, al jar­dín, a su cortadora.

Y reinicia el ceremonial obsesivo, empujando aquí y allá la cortadora por el césped, explorando siempre con los ojos turbios e inocentes el cuerpo del muchacho. Al poco tiempo, la contemplación de ese cuerpo se le hace insoportable. Y Emilia se revuelve enfurecida contra su propia tentación.

Escapa de nuevo, pero esta vez de manera aún más clamorosa: llorando, casi aullando, como víc­tima de un ataque de histeria.

Pisotea el césped del jardín, como una oveja loca, y vuelve a entrar, jadeando, en la casa.

Atraviesa una vez más la sala, se precipita en la cocina, y con un gesto violento pero un poco abstraído e idiota, arranca el tubo del gas, como si quisiera matarse.

Esta vez el joven, por la fuerza de las cosas, ha debido reparar e interesarse en ella. No puede sino haber oído ese llanto, esos sollozos frenéticos; no puede sino haber entrevisto la huida de la mujer, que a todas luces pretendía ser mirada y tomada en cuenta. De modo que la sigue casi corriendo y la encuentra en la cocina. Y allí la ve entregada a sus gestos exaltados de loca. La auxilia. Le quita el tubo del gas de las manos, procura animarla, reconfortarla, encontrar el medio para interrumpir ese ciego acceso de dolor que ya no reconoce nada.

La arrastra a su cuarto minúsculo y la tiende en la cama: la tiende, mientras ya Emilia empieza a agitarse y a suspirar con afán menos frenético y a mostrar el deseo de ser calmada y consolada.

En todo esto —en el acto de alzarla, de hablar­le, de tenderla en esa triste yacija—, el joven hués­ped tiene un aire extrañamente protector, casi maternal; como de una madre que ya conoce los caprichos de su hijo y se anticipa a ellos en una especie de amorosa conciencia.

Esa actitud suya, esa expresión de los ojos que parecen decir "¡no es nada grave!" se acentúan aún más cuando Emilia (halagada por su ternura y sus caricias, y ciegamente obediente a su ins­tinto, ya sin tapujos), casi mecánicamente, en una especie de inspiración más mística que histérica, se levanta la falda sobre las rodillas.

Este parece el único medio que tiene, privada de conciencia y de palabras —y ya de pudor— para declararse, para ofrecer algo, como una sú­plica, al muchacho. Y precisamente por excesivo, todo eso tiene una pureza y una humildad de animal.

Entonces el muchacho —siempre con aire ma­ternal, protector, dulcemente irónico—, le baja un poco la falda, como para defender el pudor que ella ha olvidado y que se le ofrece por entero. Después le acaricia la cara.

Emilia llora de vergüenza: mas no se trata de esa peculiar clase de llanto que es el desahogo in­fantil de una crisis ya aplacada, consolada.

Él le seca las lágrimas con los dedos.

Ella besa esos dedos que la acarician con el res­peto y la humildad de una perra o de una hija que besa las manos de su padre.

Nada se opone a su amor: y el muchacho se tiende sobre el cuerpo de la mujer, prestándose a su deseo de ser poseída por él.





en Teorema, 1970










domingo, abril 12, 2009

"El libro de la almohada", de Sei Shônagon

Fragmento. Cosas que no pueden compararse



La visita de un amante es la cosa más deliciosa del mundo. Pero si el hombre es sólo un conocido, o si ha venido a una charla ocasional, puede ser un fastidio. Él entra en la habitación de la dama, donde un número de otras damas ocultas detrás de biombos murmuran, sin dar señales de que su visita será breve. Afuera, impacientes, su escolta y criados que lo han acompañado se sientan mostrando impaciencia, convencidos de que “el mango de su hacha se pudrirá”[1]. Bostezan largamente de hastío y agobio “Oh, la servidumbre –se dicen a sí mismos-. Oh, el sufrimiento. Ya ha de ser más de medianoche.” Probablemente ni se percatan de que los deben estar escuchando y, en todo caso, poco importa lo que digan. Por cierto que es bastante desagradable oír sus observaciones, y nuestro visitante encuentra que tales frases destruyen todo el placer que había tenido al mirar y escuchar a las damas.

A veces los criados no se atreven a volcar su sentir en palabras, pero muestran claramente, por la apariencia de sus rostros y por gruñidos que emiten, que están molestos. En circunstancias así, me divierte recordar el poema sobre “las aguas que hierven lejos allí abajo”[2]. Pero, si se levantan y se ponen en pie junto a una cerca del jardín y dicen “parece que va a llover”, o algo parecido, los encuentro odiosos.

Los criados que acompañan a nobles jóvenes y otras personas de calidad nunca se comportan de un modo tan grosero, aunque tales cosas a menudo suceden con personas de poca categoría. Cuando hace una visita, un caballero únicamente debe llevar consigo a aquellos criados cuyo carácter conozca bien.














[1] Alusión a la historia taoísta del leñador Wang Chih, que jugó una partica de go con dos sabios en la cueva de una montaña y que al partir vio que el mango de su hacha se había podrido. Al llegar a su pueblo, todos sus conocidos habían muerto hacía años. Así es que regresó a la montaña y alcanzó la condición de inmortal.

[2] Irónica alusión a un poema que habla sobre el silencio del verdadero enamorado.















sábado, abril 11, 2009

“Se sentía descansar…”, de Ramón Cote Baraibar






Mi único cuidado mi lengua en los arenales de Homero.
Odyseas Elytis





Se sentía descansar a la tierra.
Los nítidos caminos que surcaban los montes
parecían las venas de viejos animales sacrificados.
Ante nuestros ojos
los olivos hablaban en griego,
el molino de piedra destruido
permanecía murmurando algo en griego.
En la llanura,
legiones de grillos celebraban
el verano en griego.
En Marpissa, en lo profundo de la isla de Paros,
una higuera nos daba sombra
alargando sus sílabas.
La brisa y las palabras no se diferencian.
Un paisaje es una lengua.
Únicamente el movimiento de las manos
podrá repetir la suavidad de aquellos ábsides
y la timidez de sus cúpulas azules.






en El confuso trazado de las fundaciones, 1991











viernes, abril 10, 2009

"El míster & Iron Maiden", de Manuel Rivas






El joven gritó una maldición, se levantó furioso y tiró la silla de una patada. El hombre de pelo cano, al hablarle, miraba en la camiseta negra, con la leyenda Iron Maiden, al espectro monstruoso que sujetaba con las manos los extremos de un cable de alta tensión y que lanzaba rayos por los ojos. El espectro tenía la melena muy larga y de un blanco de nieve.

“¿Qué haces? ¡Pon la silla en su sitio!”.

Estaban viendo el partido televisado. El rival había metido el gol del empate y se alejaban las posibilidades de que el Deportivo alcanzara el campeonato de Liga. Sólo faltaban cinco minutos para terminar el encuentro. Al fondo de la cocina, la madre tejía flores con los palillos de encaje. Aquel sonido industrioso pertenecía al orden natural de la casa. Se hacía notar cuando no existía.

“La culpa es de él”, dijo el joven con resentimiento.

“¿De quién? También el hombre de pelo cano se sentía molesto”.

“¿De quién va a ser? ¡Mira que es burro!”.

“¿Por qué le llamas burro? ¡No sabes ni de qué hablas!”.

“Estábamos ganando, estábamos ganando y va y cambia a un delantero por un defensa. Siempre recula. ¿No te das cuenta de que siempre se acojona y recula?”.
“¿Está él en el campo? Dime. ¿Está él en el campo? ¿No hay ahí once tipos que juegan? ¿Por qué siempre le echas la culpa a él?”.

“¡Porque la tiene! ¿Por qué no saca a Claudio? ¿A ver? ¿Por qué no? Íbamos ganando y va y cambia a Salinas. Todo al carajo”. “¿No dices siempre que Salinas es un paquete?”.

“Siempre no. Además ¿por qué lo cambia por un defensa?”.

“Los otros también juegan”, dijo el hombre de pelo cano en tono sensato. “¿No te das cuenta de que el contrario también juega? ¿Éramos unos muertos de hambre? ¿Recuerdas que éramos unos muertos de hambre? Estábamos en el infierno y ahora vamos segundos. ¡No sé qué coño queréis!”.

“¡No me vengas con rollos! Tú eres igual que él”, dijo el joven haciendo en el aire una espiral con el dedo.

“Que si tal, que si cual. Cuidadiño, sentidiño. El fútbol es así, una complicación… Tararí, tarará. Rollo y más rollo”.

“Ya lloraréis por él. Recuerda lo que te digo. ¡Vais a llorar por él!”.

El locutor anunció que se cumplía el tiempo. El árbitro consultaba el reloj. Después, en la pantalla se vio el banquillo local y la cámara enfocó el rostro apesadumbrado del míster. El hombre de pelo cano tuvo la rara sensación de que estaba delante de un espejo. Hundió la cabeza entre las manos y el entrenador pareció imitarle.

“¡Jubílate, hombre, jubílate!”.

El hombre de pelo cano miró para el joven como si le hubiera disparado por la espalda. La madre dejó los palillos de tejer sobre la almohada del encaje y el silencio que siguió tuvo el efecto de una banda sonora de suspense. “¿Por qué dices eso?”, dijo el hombre.
El joven fue consciente de que estaba atravesando una línea de alambre de espinos. La lengua rozaba el gatillo como un dedo que le había cogido gusto y que ya no obedecía las órdenes de la cabeza.

“Digo que va viejo. ¡Que se largue!”.

Habían discutido mucho durante toda la Liga, pero sin llegar al enojo. Ahora, por fin, el asunto estaba zanjado. El hombre de pelo cano había enmudecido, abstraído en algún punto de la pantalla. La cámara buscó al árbitro. Éste llevó el silbato a la boca y dio los tres pitidos del final.

“¡Ya está, se jodió todo! ¡A tomar por el culo!”.

“¡No hables así en casa!”, riñó la madre. Cuando apartaba los ojos cansados de los alfileres de la almohada del encaje, tenía la sensación de que miraba al mundo por una celosía enrejada con punto de flor.

“¡Hablo como me sale del carajo!”. El joven marchó dando un portazo que hizo pestañear la noche.

Ahora el joven gobernaba el motor y el padre escrutaba el mar. Por el acantilado del Roncudo de Corme, en la Costa da Morte, se descolgaban los perceberos. Ellos iban en barca porque su misión era aún más arriesgada. Se acercaba la última hora de bajamar. Desde ese momento, y hasta que pasara la primera hora de pleamar, cada minuto era sagrado. Ellos iban en barca. Ése era el tiempo en que se dejaban pisar las Peñas Cercadas, los temidos bajíos donde rompe el Mar de Fóra. Sólo se aventuran allí los perceberos versados, los que saben leer entre olas, los que descifran las grafías que hace la espuma en los peñascos. Y hay que medir como cuervo marino o gaviota el reloj caprichoso del mar.

El mar tiene muchos ojos.

Cada vez que se acercaban a las Cercadas, el joven recordaba esa frase repetida solemnemente por el padre en la primera salida, como quien traspasa una contraseña para sobrevivir. Había otra lección fundamental.

El mar sólo quiere a los valientes.

Pero hoy el hombre de pelo cano iba en silencio. No le había dirigido la palabra ni para despertarlo. Batió con el puño en la puerta. Bebió un trago de café. Con gesto amargo, como si tuviese sal.

El padre tenía una norma fija antes de saltar a las Cercadas. Por lo menos durante cinco minutos estudiaba las rocas y seguía el vuelo de los pájaros marinos. Una costumbre que él, al principio, y cuando todo aparentaba calma, consideró inútil pero que aprendió a respetar el día en que descubrió de verdad lo que era un golpe de mar. El silencio total. El padre que grita desde la roca para que gobierne la barca y se aleje. Y de repente, saliendo de la nada, aquel estruendo de máquina infernal, de excavadora gigante. Trastornado, temblando, con la barca inundada por la carga de agua, busca con angustia la silueta de las Peñas Cercadas. Allí, erguido y con las piernas flexionadas a la manera de un gladiador, con la ferrada dispuesta como lanza que había atravesado el corazón del mar, está el padre.

Tantos ojos como el mar. El padre tiene hoy la mirada perdida. Él va a decir algo. Masca las palabras como un chicle. Oyes, que. Ayer, no. Pero el padre, de repente, coge la ferrada y el truel, se pone en pie, le da la espalda y se dispone a saltar. El joven sólo tiene tiempo a maniobrar para hacérselo fácil. Mantiene el motor al ralentí, con un remo apoyado en la roca para defender la barca. Espera las instrucciones. Un gesto. Una mirada. Es él quien advierte: “¡Vete con cuidado!”.

El mar está calmado. El joven tiene resaca. Había bebido mucho y regresaba tarde a casa con la esperanza de que la noche limpiaría todo lo del día antes, como hace el hígado con el licor de garrafa.

Mojó las manos en el mar y humedeció los párpados apretándolos con la yema de los dedos. Al abrir los ojos, tuvo la sensación de que habían pasado años. El mar se había oscurecido con el color turbio de un vino peleón. Miró al cielo. No había nubes. Pero fue aquel silencio contraído lo que lo alertó.

Buscó al padre. De manera incomprensible, el hombre de pelo cano le estaba dando la espalda al mar. Gritó haciendo bocina con las manos. Gritó con todas sus fuerzas, como si soplase por una caracola el día del Juicio Final. Atento a los movimientos del padre, olvidó por completo gobernar la barca. Escuchó un sonido arrastrado de bielas lejanas. Y entonces llamó por el padre por última vez. Y pudo ver cómo por fin se volvía, afirmaba los pies, flexionaba las rodillas y empuñaba el hierro frente al mar.

El golpe cogió de costado la barca y la lanzó como un palo de billarda contra las Cercadas. Pero el joven, cuando recordaba, no sentía dolor. Corría, corría y braceaba por la banda del campo, electrizado como el espectro de Iron Maiden. Había regateado a todos los contrarios, uno tras otro, metió el tercer gol en el último minuto, y ahora corre por la banda a cámara lenta, la melena flotante, mientras los Riazor Blues ondean banderas blanquiazules. Corre y corre por la banda con los brazos abiertos para abrazar al míster de pelo cano.











en Cuentos de fútbol, 1998.
Selección de Jorge Valdano.












jueves, abril 09, 2009

“Michael Nyman: Los senderos de un talento musical”, de Maite Arbildua





Todos los caminos llevan hacia Michael Nyman, por lo menos en cuanto a música se refiere. Y es que este inglés de lentes extraños y manos prodigiosas ha sabido, de forma pausada y casi camuflada, desenvolver su talento en todas las áreas del arte melódico, ya sea en el proceso de composición, de crítica o de interpretación. Nacido el 23 de marzo de 1944 en la ciudad de Londres, los primeros estudios los realizó en instituciones de alto nivel académico en Inglaterra, como la Royal Academy of Music y el King’s College. Dos personajes destacarían como sus maestros en dichas instituciones, Alan Bush y Thurston Dart, quienes le enseñarían Historia de la Música y Musicología respectivamente, además de clases de piano y de un instrumento muy similar a éste, llamado Clave.

Dicha línea de enseñanza es fundamental para comprender la primera etapa del trabajo de Nyman, quien en un comienzo se negó a componer, y dedicó todo su talento a criticar de forma constructiva las creaciones de otros. Es así como a lo largo de setenta prestigiosos diarios, como The Spectator, entre otros, contaron con su privilegiada pluma, punzante, creativa y siempre al tanto de las nuevas tendencias, especialmente en su especialidad, la música clásica y docta.

Su capacidad para mantener seguimiento de los nuevos movimientos de la escena musical clásica (fue uno de los primeros en utilizar el término “minimalismo”), lo llevó escribir en 1974 el libro “Música Experimental: John Cage y sus seguidores”. En la obra, Nyman intenta explicar la influencia del conocido artista estadounidense John Cage en los nuevos sonidos que iban surgiendo, trabajo que marcaría un hito importante dentro de la carrera de este londinense. Por distintas razones, es precisamente esta etapa la base sólida sobre la que se construye la carrera de Michael Nyman. Como en la mayoría de los casos es el proceso de aprendizaje el que más aporta para después continuar de forma independiente, el que Nyman se haya rodeado más de teoría musical que de prácticas más activas es un factor relevante para entender su deseo de criticar pero no componer, por lo menos en sus primeros años. Ya con el pasar del tiempo y con la notable ganancia de una carrera teórica, llegaría la oportunidad de plasmar todo lo aprendido en melodías actualmente inmortales.

Dicho y hecho. Ya para finales de los setentas y principios de los ochentas, Michael Nyman vería en el proceso de creación musical su siguiente gran paso, enfocándose específicamente en composiciones para obras de teatro y ópera. Fue justamente en una de sus misiones que conformó “The Michael Nyman Band”, agrupación de músicos con la que sigue trabajando hasta hoy, y con la que compone gran parte de sus creaciones. Esto sería tan sólo el primer paso de una prolífica carrera como compositor, la que a pesar de ser variada y constante, se ha hecho mundialmente conocida por una sola faceta: las bandas sonoras. “La Lección de Piano” de 1993, cinta con la que Nyman alcanzó gran popularidad y alrededor de tres millones de discos vendidos a nivel mundial, es el ejemplo más claro.

Todo comenzó debido a una connotada unión creativa con el director inglés Peter Greenaway, para el que ha compuesto cerca de 11 bandas sonoras (“The Draughtsman's Contract” de 1982 y “The Cook, The Thief, His Wife and Her Lover” de 1989, entre otras), lazo que ha servido para fomentar la fama de Nyman en este rubro, dejando parcialmente de lado sus otros talentos.

Un arma de doble filo, según Nyman, ya que no se estanca el talento y la calidad pero sí "la capacidad de la gente de conocerte por otras facetas". De una forma muy simple, Michael Nyman logra dejar en claro la importancia que tiene para él poder mantenerse siempre abierto a nuevas experiencias, y no limitar su horizonte al territorio del soundtrack. Entre sus obras destacan la ópera “Facing Goya” (estrenada en España el año 2000), el álbum de música india “Sangam” en el que colabora con destacados artistas de dicho país, la banda sonora para el videojuego “Enemy Zero”, 1996, y variadas colaboraciones con músicos modernos como Damon Albarn (Blur).

Lo anterior explica el gran talento de Michael Nyman. La base teórica sobre la que construye su carrera le permite ser prolífico de forma perfecta… Conocer lleva a practicar y Nyman no puede ser un ejemplo más claro. Siempre en el mundo de la música clásica, Nyman se ha convertido en el referente perfecto de lo que dicha área musical significa hoy: ya no basta con la belleza melódica de Mozart, sino que hay que aprender a captar que dicha hermosura va de la mano con la modernidad y los cambiantes estilos de las sociedades actuales.
Eso, Nyman, lo sabe de memoria…





Trailer de El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante:







miércoles, abril 08, 2009

"El tigre mental", de José María Memet






En el vacío, sólo el tigre permanece.
En oídos finos, no existe el bullicio.

Escuchar a la fiera carnicera
que camina ensimismada en su vaivén,
descendiendo invisible y perfecta
por las hojas de los lotos que cubren la laguna,
es una utopía comparable a la sombra
que ejercemos con fervor de novatos
en el arte de hablar desde la jaula.

En el vacío, sólo el tigre se desplaza.
En oídos finos, no existe el bullicio del follaje.

El felino no es doméstico, es un gato mayúsculo;
como ha vagado demasiado
por la inmensidad de la mente
creemos escuchar rugidos en las noches.
Son temores, lector. Sólo zarpazos.

Para crear mitos, el miedo es necesario;
crear uno,
se vuelve imprescindible.











en El rastreador de lenguajes, 2004.










martes, abril 07, 2009

“Novecento”, de Alessandro Baricco

Fragmento inicial





Siempre sucedía lo mismo: en un momento determinado, alguien levantaba la cabeza… y la veía. Es algo difícil de comprender. Es decir… Éramos más de mil en aquel barco, entre ricachones de viaje, y emigrantes, y gente rara, y nosotros…Y, sin embargo, siempre había uno, uno solo, uno que era el primero… en verla. A lo mejor estaba allí comiendo, o paseando simplemente en el puente…, a lo mejor estaba allí colocándose bien los pantalones…, levantaba la cabeza un instante, echaba un vistazo al mar… y la veía. Entonces se quedaba como clavado en el lugar en que se encontraba, el corazón le estallaba en mil pedazos, y siempre, todas las malditas veces, lo juro, siempre, se volvía hacia nosotros, hacia el barco, hacia todos, y gritaba (suave y lentamente): América. Después permanecía allí, inmóvil, como si tuviera que salir en una fotografía, con cara de haber hecho a América él mismo. Por las tardes, después de trabajar, y los domingos, se había hecho ayudar por su cuñado, un albañil, buena persona…, al principio tenía pensado algo con aglomerado, pero luego… le fue cogiendo el tranquillo y se hizo las Américas…

El primero en ver América. En cada barco hay uno. Y no hay que pensar que son cosas que ocurren por casualidad, no…, y ni tan siquiera es cuestión de dioptrías: es el destino. Son gente que desde siempre tuvieron ese instante impreso en su vida. Y cuando eran niños, podías mirarlos a los ojos y, si te fijabas bien, ya veías América preparada para saltar, para deslizarse por los nervios y la sangre y yo qué sé, hasta el cerebro y desde allí a la lengua, hasta dentro de aquel grito (gritando), AMÉRICA, ya estaba allí, en aquellos ojos, desde niño, toda entera, América.

Allí, esperando.

Esto me lo enseñó Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento, el pianista más grande que ha tocado en el océano. En los ojos de la gente puede verse lo que verán, no lo que han visto. Así decía: lo que verán.

Yo he visto muchas Américas… Seis años en aquel barco, cinco, seis viajes al año, de Europa a América, y de vuelta, siempre en remojo en el océano, cuando bajabas a tierra ni siquiera te veías capaz de mear derecho en el váter. Él estaba quieto, pero tú, tú seguías balanceándote. Porque es posible bajarse de un barco, pero del océano… Cuando subí, tenía diecisiete años. Y sólo había una cosa que me importaba en la vida: tocar la trompeta. Así que cuando me enteré de la historia esa de que estaban buscando gente para el barco a vapor, el Virginian, que estaba en el puerto, me puse en la cola. La trompeta y yo. Enero de 1927. Ya tenemos músicos, dijo el tipo de la compañía. Lo sé, y me puse a tocar. Se quedó allí mirándome fijamente sin mover ni un músculo. Esperó a que acabara sin decir una palabra. Después me preguntó:

- ¿Qué era eso?
- No lo sé.

Se le iluminaron los ojos.

- Cuando no sabes lo que es, entonces es jazz.

Después hizo algo raro con la boca, quizás era una sonrisa, tenía un diente de oro justo aquí mismo, tan en el centro que parecía que lo había puesto en el escaparate para venderlo.

- Van como locos por esa música ahí arriba.

Ahí arriba quería decir en el barco. Y aquella especie de sonrisa quería decir que me habían contratado.

Tocábamos tres, cuatro veces al día. Primero para los ricos de la clase de lujo, y luego para los de segunda, y de vez en cuando íbamos donde estaban aquellos pobres emigrantes y tocábamos para ellos, pero sin uniforme, tal como íbamos, y de vez en cuando tocaban ellos también con nosotros. Tocábamos porque el océano es grande y da miedo, tocábamos para que la gente no notara el paso del tiempo, y se olvidara de dónde estaba, y de quién era. Tocábamos para hacer que bailaran, porque si bailas no puedes morir, y te sientes Dios. Y tocábamos ragtime, porque es la música con la que Dios baila cuando nadie lo ve. Con la que Dios bailaría si fuera negro.





1994










lunes, abril 06, 2009

"Un nuevo abogado", de Franz Kafka







Tenemos un nuevo abogado, el doctor Bucéfalo. Poco hay en su aspecto que recuerde la época en que era el caballo de batalla de Alejandro de Macedonia. Sin embargo, quien está al tanto de esa circunstancia, algo nota. Y hace poco pude ver en la entrada a un simple ordenanza que lo contemplaba con admiración, con la mirada profesional del aficionado a las carreras de caballos, mientras el doctor Bucéfalo, alzando gallardamente sus muslos y haciendo resonar el mármol con sus pasos, ascendía escalón a escalón por la escalinata.

En general, la Magistratura aprueba la admisión de Bucéfalo. Con asombrosa perspicacia dicen que dada la organización actual de la sociedad, Bucéfalo se encuentra en una posición un tanto difícil y que en consecuencia y considerando además su importancia dentro de la historia universal, merece por lo menos ser recibido. Hoy -nadie podrá negarlo- no hay ningún Alejandro Magno. Hay muchos que saben matar, tampoco escasea la pericia necesaria para asesinar a un amigo de un lanzazo a través de la mesa del festín; y para muchos Macedonia es demasiado reducida y maldicen en consecuencia a Filipo, el padre; pero nadie, nadie puede abrirse paso hasta la India. Aún en sus días las puertas de la India estaban fuera de todo alcance, pero su camino fue señalado por la espada del rey. Hoy dichas puertas están en otra parte, más lejos, más alto; nadie muestra el camino; muchos llevan espadas, pero sólo para blandirlas, y la mirada que las sigue sólo consigue confundirse.

Por eso, quizás, lo mejor sea hacer lo que Bucéfalo ha hecho, sumergirse en la lectura de libros de derecho. Libre, sin que los muslos del jinete opriman sus flancos, a la tranquila luz de la lámpara, lejos del estruendo de las batallas de Alejandro, lee y relee las páginas de nuestros antiguos textos.











1917











domingo, abril 05, 2009

"Trópico de Cáncer", de Henry Miller

Fragmento





Hoy tengo conciencia de mi linaje. No necesito consultar mi horóscopo ni mi árbol genealógico. De lo que está escrito en las estrellas, o en mi sangre, no sé nada. Sé que desciendo de los fundadores mitológicos de la raza. El hombre que se lleva la botella sagrada a los labios, el criminal que se arrodilla en el mercado, el inocente que descubre que todos los cadáveres apestan, el fraile que se levanta las faldas para mearse en el mundo, el fanático que explora las bibliotecas para encontrar la palabra: todos ellos están fundidos en mí, todos ellos provocan mi confusión, mi éxtasis. Si soy inhumado es porque mi mundo ha sobrepasado sus límites humanos, porque ser humano parece algo pobre, lastimoso, miserable, limitado por los sentidos, restringido por preceptos morales y códigos, definido por trivialidades e istmos. Estoy echándome el jugo de uva por la garganta y descubro la sabiduría en él, pero mi sabiduría no procede de la uva, mi embriaguez no debe nada al vino.






1934










sábado, abril 04, 2009

“Gratitud”, de Oliverio Girondo






Gracias aroma
azul,
fogata
encelo.


Gracias pelo
caballo
mandarino.


Gracias pudor
turquesa
embrujo
vela,
llamarada
quietud
azar
delirio.


Gracias a los racimos
a la tarde,
a la sed
al fervor
a las arrugas,
al silencio
a los senos
a la noche,
a la danza
a la lumbre
a la espesura.


Muchas gracias al humo
a los microbios,
al despertar
al cuerno
a la belleza,
a la esponja
a la duda
a la semilla,
a la sangre
a los toros
a la siesta.


Gracias por la ebriedad,
por la vagancia,
por el aire
la piel
las alamedas,
por el absurdo de hoy
y de mañana,
desazón
avidez
calma
alegría,
nostalgia
desamor
ceniza
llanto.


Gracias a lo que nace,
a lo que muere,
a las uñas
las alas
las hormigas,
los reflejos
el viento
la rompiente,
el olvido
los granos
la locura.


Muchas gracias gusano.
Gracias huevo.
Gracias fango,
sonido.
Gracias piedra.


Muchas gracias por todo.
Muchas gracias.


Oliverio Girondo,
agradecido.










en Persuasión de los días, 1942.











Colaboración a Dscntxt de Miguel Muñoz





viernes, abril 03, 2009

“Solsticios”, de David Villagrán






Por esta gracia disuelta en espacio
Lo que los ojos negando hayan visto:
La trama imperceptible sobre el seno quieto
O el rostro eterno que la mujer conduce,
Todo lo eleva el corazón, oscuro
Cuando la luz se tensa en una idea que ama.

Así confunde día claro y lecho abierto
Ambos, con el tiempo en su principio
Y habla de una amante joven siempre
De una diosa que oye con el pulso.

Aunque el asunto sea el nombre
Que la memoria ostentosa remarca,
Pierde la forma para ser más precisa
Como la luna del agua, o la estatua.
Rodeada en el sueño por destellos,

Una diosa. Y duerme el corazón,
Solo con su ritmo, náufrago en su gracia.
Como si un sol antiguo se volviera
Reuniendo en él los mitos de las cosas.

Mientras los ojos despiertos contestan
“Es inútil, que interprete su deseo padeciendo
Como padecen los relojes en la espera
Del mundo que los hombres imaginan”.





Inédito










jueves, abril 02, 2009

«El undécimo libro de 'La Odisea'», de Armando Roa Vial

Homenaje a C.M. Bowra y Oswald Spengler



«Preferiría ser esclavo de un mendigo en el mundo de los vivos a ser monarca de todos los difuntos», advierte la sombra de Aquiles en el Hades, la yerma región de ultratumba, abatida por el infortunio de la muerte. Este fragmento, ubicado en el undécimo libro de La Odisea, donde se relatan las vicisitudes del peregrinaje de Ulises al mundo abisal de los muertos, nos habla por sí solo del profundo amor por la vida terrenal que respiraba el helenismo homérico. 

El universo homérico –como han reconocido Bowra y Griffin– se arraiga en un acaecer inacabado, siempre en tránsito de hacerse; pasado y futuro, como intervalos ya de fundación o de culminación, son sólo momentos inconclusos de un presente. La devoción por la vida, en su aquí y su ahora, era parte de esa trama: se la bendecía como un momento providencial, nunca firme, pero cuya circunstancialidad era su paradójica fortaleza, pues sólo en lo eventual cabe el sagrado hábito de la memoria y el reto de la expectativa. Por eso el espíritu escudriñador de Ulises, incluso asediado por la erosión de su propia contingencia, es hostil a pensar el curso de los sucesos y designios como magnitudes cerradas premunidas de un sentido total, configurador y resolutorio. Nada de lo que hace o cumple, al dialogar con los muertos del Hades, logra vencer su falta de certeza en el alcance último de su aventura. 

La concepción homérica del devenir, sustentada en la irrupción de lo divino ante la urgencia de un concierto entre lo humano y su destino, está así crecientemente socavada por una insoslayable vacilación frente al decurso del tiempo como sucesión de estadios mensurables. Cada vivencia es asumida como una dimensión confinada a su propia e insondable provisionalidad: es la huella del instante la que ilumina y bendice el hilo del cosmos, pero sin que selle un itinerario determinable, o una cierta cronología histórica. Sólo somos una expectativa; no una determinación. De esta forma, el complejo laberinto de sucesos que urden el destino, no va cincelando eslabones definidos y definitorios; nada se asienta como algo medianamente persistente dentro de la marea vertiginosa de acontecimientos que embargan a hombres y dioses. Sólo con la muerte las aguas del tiempo parecen aquietarse, alcanzando la conclusividad que no tuvieron en vida. Y esa conclusividad es la que llama al horror. La supervivencia cautelada por la memoria, es únicamente un respiro a medias; a lo sumo cumple una función admonitoria: que sólo al polvo nos debemos, ese polvo que es el sedimento de nuestro pretérito y de nuestra posteridad en el presente agotado de la muerte. 

Desde esa perspectiva, el descenso de Ulises al Hades, con su dosis de desengaño ante formas de perpetuación de lo humano más allá de este mundo, se inserta, como señala Bowra, en la senda más insigne del heroísmo trágico, que soslaya cualquier fuero frente a la muerte, cuya zarpa nos troncha a todos por igual. Y nos troncha con la ruina de lo definitivo. Porque si persistimos al ser desechados en el Hades, es sólo como despojos. 

Una insoslayable desazón nos sacude al leer y releer los abrumadores pasajes del undécimo libro de La Odisea. La tristeza de Ulises la hacemos nuestra: es la tristeza de un hombre condenado a perseverar en lo escurridizo, a contentarse sólo con la esquiva «satisfacción de lo perecedero».



en Elogio de la Melancolía
Beuvedráis Editores, 2008
























miércoles, abril 01, 2009

“El país del No”, de Alfredo Jocelyn-Holt

El Mercurio, 26 de diciembre de 1996






Entre nosotros, todo es no. Siempre ha sido un poco así. Almagro vino, vio y dijo que no. Para qué decir de los 400 y tantos años en que los mapuches nos vienen diciendo que no. Y bueno, cómo olvidar una sarta de otros rechazos notorios: el de doña Paula Jaraquemada y las llaves de la bodega; el de Arturo Prat empecinado en que la bandera no se rinde; el “no quiero, no puedo, no debo” de Alessandri Palma; el de Frei Montalva rehusando cambiar una coma de su programa, y el de Allende proclamando no ser presidente de todos los chilenos. Sume y luego siga. Últimamente, del “no se mueve ninguna hoja…” al “sin miedo y sin violencia, vote No”, cualquiera que sea nuestro tinte, no hay un no que no hayamos ensayado alguna vez.

Por lo mismo, quizás nos gusta el no, gana el no, nos nace decir que no. Divorciarnos no podemos y si lo hacemos es porque, se supone, no ha habido matrimonio. Tampoco podemos ver La última tentación de Cristo, no mientras no dejemos de ser tentados. En cuanto a educación sexual, preservativos, afectos no convencionales, basta con un categórico no. El mensaje es claro: no lo haga o no lo diga, y si no puede, niéguelo.

Similar lógica se emplea a la hora de modificar la Constitución. No es conveniente, no todavía, no se tienen los votos, alguien no lo permite. De igual modo, no nos podemos abstener en las elecciones. Puede que no nos gusten los políticos, pero eso no importa; quien no vota no es ciudadano. Ergo, suprimamos el derecho a no inscribirse, con lo cual no será posible decir que no. ¿Paradójico? No.

Y eso que esto no es todo. La derecha, por eso de que no crece o no resuelve sus contradicciones vitales, ya no es una alternativa de gobierno. Está visto que a la Concertación, al igual que a la Argentina en fútbol, no se le puede ganar. A Codelco, Enacar y a las sanitarias no se les puede privatizar. No se sabe dónde están los muertos. Nunca se sabe quién fue el que dio la orden. Y esto porque los tribunales suelen no pronunciarse, y de llegar a hacerlo, a menudo se desdicen. En fin, siempre el no termina por primar. No, por razones de Estado; no, porque no se es competente; no, porque no hay que mirar hacia atrás; no, porque de lo contrario, ¿cómo vamos a reconciliarnos? Mejor dejémoslo ahí no más.

El problema es que no podemos dejarlo ahí no más. Nuestra propensión obsesiva hacia el no, no tiene fin. Por de pronto, cunde la sensación de que ya no somos latinoamericanos y que en Chile no hay pobreza; desde luego, no se nota. Si hasta en los barrios más opulentos de la capital no hay agua. Tampoco en Chile no habría corrupción, ni cuoteos, ni tráfico de drogas entre cierto tipo de gente. En suma, no exageremos, no critiquemos, no seamos negativos. Es tan de los jóvenes no estar ni ahí. ¿No somos felices? Confórmese. No lo piense, cómprelo.

¿Y recuerda usted el último no? El de la semana pasada. El que en resumidas cuentas sostiene que en democracia no se cometen abusos. Las palabras del señor Aylwin son elocuentes. Una seguidilla de negaciones a fin de afirmar lo anterior: “ Yo no aseguro que no se haya podido cometer nunca una ilegalidad”. Claro que en ciertos casos no hay que descartar el mal menor. Aunque no es exactamente lo mismo si otros dicen lo mismo. Es decir: el no perfecto. El mío sí, el suyo no.




en Espejo retrovisor, 2000









martes, marzo 31, 2009

"Apuntes para un cine militante", de Carlos Broun

Alain Resnais y la Nueva Ola del '68





Lui: Tu n'as rien vu à Hiroshima, rien. / Él: Nada viste en Hiroshima, nada.
Elle: J'ai tout vu, tout. / Ella: Lo vi todo. Todo.


La heroína sin nombre de Hiroshima clama:


Contra la desigualdad impuesta como ley por ciertas personas contra otras personas; contra la desigualdad impuesta como ley por ciertas razas contra otras razas; contra la desigualdad impuesta por ciertas clases contra otras clases.


El “Boom”

El llamado “boom de la post-guerra” significó un crecimiento económico nunca antes visto bajo el capitalismo, el poder de consumo trajo aparejado una “revolución” en la cultura, la llamada “cultura de masas”.

El mundo entraba en una nueva etapa, donde el pasado quedaba sepultado bajo los escombros de las ciudades bombardeadas. La guerra había matado a unos 40 millones de personas producto de los ejercicios bélicos, y otros 40 millones murieron de hambre y enfermedades medievales.

Para encubrir esta oscura pesadilla, las nuevas “industrias culturales” apelaron al ejercicio del silencio y la deformación. Así querían reconstruir la Europa destruida por la guerra, mostrando al mundo como el nuevo imperialismo dominante ofrecía la libertad de la Coca-Cola, el popcorn y el cine de Hollywood, incluso el hijo maldito del Rock n` Roll se toleraba en el nuevo esquema de “libertad americana”, donde la abundancia de mercancías garantizaban un colchón de bienestar que hacían de este el mejor de los mundos posibles.

El consumo desenfrenado era fuertemente custodiado, el llamado “macartismo” - en honor al senador McCarthy - inició una literal caza de brujas contra todo el que desafiara el nuevo status-quo de la Coca-Cola y el popcorn. Esta fue la suerte de Chaplin y otros cineastas e intelectuales que o bien habían sido comunistas, o profesaban una visión crítica sobre el nuevo capitalismo que acosaba al mundo. Cárcel, ejecuciones, destierro, exilio. La “cultura de masas” no conocía derechos civiles, miles de hermanos de origen afro-americano eran ejecutados por el Ku Kux Klan y la policía, mientras se imponía el más riguroso “apartheid” en la mayoría del territorio yanqui.


Boom hacian las bombas

Sobre las ruinas de la Europa hambreada y bombardeada, el recuerdo de la muerte era algo que se podía sentir en las paredes. La cultura de “olvidar” que brotaba de los alto-parlantes y los carteles de Ryta Hayworth, significaba abandonar toda humanidad para transformarse en un envase de lata y goma. El cine podría haber sucumbido ante esta nueva embestida deshumanizadora. Primero la guerra y despues el bubble-gum.

Cuando Alain Resnais presentó su film Noche y bruma en el Festival de Cannes en 1956, el manto de seda que cubría los rostros de la “nueva humanidad” cayó, los gordos cuellos aterrados frente a la imagen de millones de cadáveres de comunistas judíos, de obreros alemanes y polacos, de niños, de jóvenes mujeres. Sus imágenes intoxicaron la moral de la burguesía europea que había financiado los campos de concentración y hoy se decían “demócratas”; las imágenes mostraban policías y funcionarios del estado francés organizando a los comensales del festín mortuorio; la tierra llena de sangre podrida, de mierda, de huesos, todas esas vidas destrozadas; las palas mecánicas acomodando miles y miles de esqueletos unos arriba de otros, en grandes fosas comunes.


Nueva Ola

Noche y bruma no fue sólo un documental de denuncia. Fue el comienzo de una nueva generación de cineastas que transformaron los principios de la semántica y de la sintaxis cinematográfica. El giro de la Nouvelle Vague era imposible por fuera de una reflexión profunda sobre el contenido moral y ético del nuevo mundo. Noche y bruma es un punto culminante de esta reflexión: montaje, timbre, cadencia, son elementos que constituyen un quiebre en la historia del cine y marcan un nuevo punto de partida.

La influencia de Eisenstein y Vertov, de Brecht y Bretón, de Buñuel e Ivens son decisivas en este proceso. Muchos artistas e intelectuales que se enfrentaron al Stalinismo, a la salida de la Segunda Guerra se encontraban aislados, dispersos y muchas veces desmoralizados. Sin embargo, su trabajo entre guerras, los manifiestos, documentos, las luchas políticas y teóricas que se habían llevado a cabo eran puntos de referencia para las nuevas generaciones. Sin tomar en cuenta el rol catastrófico del Stalinismo en estos años, es imposible entender como un grupo de jóvenes artistas y críticos que se oponían a la cultura oficial (o a un ala de ella) más adelante se pondrían del lado de la rebelión contra la izquierda estalinista.

El año en que Resnais filmó Hiroshima mon amour (1959) comienza la Nueva Ola y el advenimiento del Cinema Vérité o Cine Verdad. Y aquí comenzaron algunas de las discusiones que delimitarían a este movimiento de realismo socialista y de la nueva industria cinematográfica rusa que en toda su producción sólo buscaba imitar el modelo de producción y representación de Hollywood.

Resnais expresó su criterio de cine-verdad como una búsqueda y una construcción de subjetividad, lejos del esquematismo estalinista:

Yo trato de poner al espectador en un estado mental crítico, incluso considerando que el impacto puede no ser inmediato. Mi objetivo es poner al espectador en un estado mental en que en una semana, o seis meses, o incluso un año después, confrontados con un problema, él o ella puedan evitar la trampa, se sientan impulsados a actuar libremente. La gente necesita que la sacudan de sus certezas, que los despierten, que cuestionen la intangibilidad de sus valores convencionales.

La Guerra fría había dividido la vida cultural en dos campos hostiles, la fracción estalinista, que reclamaba representar el progreso y el pueblo; y el campo democrático pro-imperialista. Esta dicotomía impuesta a la salida de la guerra, era un vericueto que esta nueva generación debía superar. Después de la intervención criminal del Ejercito Rojo en Hungría en 1956, se empezaba a vislumbrar cuál era el nuevo orden mundial de la coexistencia pacífica, pero no fue sino hacia 1968 en que todas las resistencias e incomodidades con los supuestos representantes del comunismo en el mundo, se expresarían con toda la fuerza. En el ínterin se realizaron decenas de películas de enorme importancia, que crecían y formaban un espíritu de rebeldía y crítica despiadadas contra el orden y la moral de Washington y Moscú. Entre estos films se destacan los documentales de Joris Ivens como El canto de los Ríos (1954) y la prolífica obra de Robert Bresson.

La revolución nacional argelina, el triunfo de la revolución cubana, la resistencia del pueblo de Vietnam a la invasión norteamericana, fueron jaloneando las conclusiones políticas de un importante sector de la intelectualidad y la juventud en todo el mundo, y acelerando su experiencia con el estalinismo y el orden mundial de la coexistencia pacífica. Miles de jóvenes, obreros, artistas, intelectuales, cineastas, participaban activamente en la organización de las redes clandestinas de solidaridad con Argelia, en la resistencia del pueblo vietnamita, en la solidaridad con Cuba.

La radicalización de las ideas del Mayo Francés, la Primavera de Praga y el conjunto del ascenso de masas en todo el mundo, encontró a esta importante camada de cineastas con sus armas aceitadas. Las películas de ese momento son fuertes y frescos experimentos de libertad: Lejos de Vietnam, La chinoise, La batalla de Argelia. También era un momento de definiciones políticas, muchos cineastas radicalizaban sus posiciones, como en el caso de Jean Luc Godard que adhirió al partido maoísta francés, del cual se separaría poco después. Sin embargo esta experiencia dejó un importante saldo en la práctica del grupo Dziga Vertov. A través de la experiencia histórica que estos cineastas encarnaban se mostraba ya sin lugar a dudas una característica del cine social más radicalizado, el cine militante.


Aquí y allá

Estas importantes experiencias influenciaron fuertemente el cine en Latinoamérica que a la vez retroalimentaron al europeo, desde el cine de Fernando Birri, Santiago Álvarez, el Cine de la Base de Humberto Ríos y Raymundo Gleyzer y el Cine Liberación, el Cinema Nuevo de Glauber Rocha en Brazil y cientos de realizadores en Latinoamérica. La solidaridad que se expresó en las luchas en los propios países imperialistas con las luchas de los pueblos oprimidos, encontraba en el cine un vehículo, una correa de transmisión.

Hoy, el mundo se sacude bajo una nueva ofensiva militar norteamericana en medio oriente, las tensiones y crisis entre las potencias. La ilusión del mundo de los `90, del nuevo boom de la microtecnología y del fin de las ideologías se desvanece en el aire. La estantería postmoderna cae a pedazos al ritmo de la crisis económica mundial y las bombas. El miserable proyecto individualista de la era de Internet se transforma nuevamente en lazos de solidaridad entre los oprimidos. Millones salen a las calles en el mundo contra los intentos del imperialismo de redoblar las cadenas sobre los países más débiles. Nuevas experiencias, redes y puntos de referencia se crean aquí y allá. En esta nueva situación mundial, llena de contradicciones y exabruptos imperialistas por un lado, e intentos revolucionarios de los oprimidos como los que vimos en Argentina y en Bolivia en los últimos dos años, son suficiente demostración de que el cine militante debe mirar nuevamente a la historia a los ojos y prepararse para ayudar a cambiar el mundo.











lunes, marzo 30, 2009

"Allá afuera", de Rosabetty Muñoz







Despego papeles plateados de las paredes
espejitos plásticos.


El cáscaro pueblo se agita
cubierto siempre,
rugoso y maloliente.
Sus criaturas se donan gestos menores.
No hay jardines en los frentes.
A picotazos los pájaros
pelean sobras contra gallinas famélicas.





en Sombras en el Rosselot, 2002










domingo, marzo 29, 2009

"Osvaldo Rodríguez, mistificación del Gitano", de Juan Cameron






Durante la secundaria veía pasear a Osvaldo Rodríguez por la calle Valparaíso de la mano de Chantal de Rementería. Era una hermosa pareja; ella terminaba sus estudios en un liceo de la zona y él era por entonces estudiante de Arquitectura. Tiempo después se instalaron con un negocio de afiches en calle Etchevers, a la vuelta de mi casa.

Con mis compañeros de curso íbamos a menudo a su establecimiento sólo por ver a Chantal. Nunca compramos nada; era una especie de apuesta para cruzar algunas palabras con ella -un tanto altanera con nosotros- aunque su joven marido estuviera allí, arreglando los estantes y haciéndose el desentendido.

No tuve mayor contacto con Osvaldo, a quien sabía amigo de Juan Luis Martínez, sino hasta el período de la Unidad Popular. Por aquella época existía en Valparaíso otro grupo importante de poetas en torno al Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Figuraban allí varios nombres, algunos desaparecidos ya de este ejercicio. Allí estaban Renato Cárdenas, hoy antropólogo y destacado chilote nacional, Gregorio Paredes, Ana María Veas, Gustavo Boldrini y, con anterioridad a ellos, Eduardo Embry, Nelson Osorio, Erna Alfaro y la revista Piedra, y varios más. Rodríguez Musso era más cercano a éstos que a los poetas de Viña. Los unía también cierta afinidad política y un compromiso militante del cual carecían casi la totalidad de los vecinos viñamarinos.

En torno a estas actividades nos hicimos amigos. Pronto estudiaba yo en la Escuela de Derecho, en calle Errázuriz, notorio centro de actividades para la Federación de Estudiantes. La FECH, dominada por las Juventudes Comunistas, funcionaba sin embargo en Colón, en el local ocupado en la actualidad por la Escuela de Servicio Social.

Después, a raíz del certamen convocado por esta institución, supimos que nuestras madres eran amigas de juventud, que habían estudiado juntas y que, sin hacer demasiado escándalo, cada una de ellas nos admiraba ya por la actividad artística.

Consideraba a Rodríguez un compositor, un cantante. Lo había escuchado en la Peña de la Universidad, sabía de sus vínculos en Santiago, de su paso por la Peña de los Parra, por la carpa de la Violeta, y de su amistad con Patricio Manns, Víctor Jara, Payo Grondona y otras destacadas figuras de la música popular. Conocerlo era para mí motivo de orgullo.

Su ejercicio en la poesía me parecía una consecuencia lógica de la composición; una suerte de arreglo literario de sus propias letras. Por aquella razón me sorprendió, hacia fines de 1971, verlo ocupar el tercer lugar del certamen literario convocado por la FECH local. Yo había obtenido el primer lugar por varios textos que después integraron Una vieja joven muerte, y el segundo con verdaderos “poemas militantes” para convencer al jurado. Después de Osvaldo, y ocupando la mención honrosa de rigor, se ubicó nuestro querido Sergio Badilla, quien ya se había trasladado a la Escuela de Periodismo.

Días antes de la ceremonia supe de ciertas presiones por parte de los organizadores y de Nelson Osorio, que fungía de jurado. Una figura como Gitano no podía aparecer en un tercer lugar; no era conveniente para los tiempos de revolución que corrían. Compartimos entonces el primer lugar, aunque yo mantuve el segundo, y Sergio ocupó el tercero vacante. Cuando años después, al leer su lista de méritos artísticos, lo vi como ganador de dicho certamen -y sin mencionar al suscrito- no me quedó más que sonreír en silencio.

Por aquel tiempo llegó a Valparaíso Martín Micharvegas, médico, poeta y cantante argentino. Poni, como se le conoce, venía a saludar nuestra pequeña revolución y se vinculó con Jacques D’Arthuys. Ese mismo verano terminaba yo mi práctica profesional en la Sección Habitacional del Colegio de Abogados. Una tarde bajé a servirme un café a un local ubicado a los pies del edificio, frente al Instituto Chileno Francés. Poni compartía allí en una mesa con uno de sus guitarristas, Carlos Carlsen, y una poeta rumana -Ana Giugariú- compañera por entonces de D’Arthuys [1]. Me agregué a ellos y mientras charlábamos pasó por allí Osvaldo Rodríguez. Me levanté y fui a buscarlo. El Gitano miró desde la puerta y, más interesado en la poeta que en los músicos, entró al local.

Este fue el comienzo de una enorme amistad. De allí surgió el primer long-play de Osvaldo, el que incluye varias canciones que Poni ya había grabado en Buenos Aires. Ha llegado aquel famoso tiempo de vivir, es una de ellas; Décadas, es otra. Yo tenía el disco original que Poni me regaló y el que, al partir por primera vez al exilio regalé, en calidad de legado, a Juan Luis Martínez.

La cuestión de la autoría la he debido aclarar, varias veces, a los cantantes de microbuses en mi país. ¿Sabe Ud. quien es el autor de la canción que acaba de interpretar? les pregunto. De Gitano Rodríguez, responden invariablemente. Entonces les informo que es del poeta y médico argentino Luis María Martínez, nuestro Poni Micharvegas, amigo mío, quien vive de la música y ejerce de pura piedad como psicoanalista en Madrid.

Es una de las últimas imágenes que guardo más o menos completa de Gitano.

Después me crucé con él (¿o fue solamente con Payo Grondona?) en el “Subte”, el Metro de Buenos Aires, intercambiamos varias cartas, recibí sus libros y sólo pude abrazarlo, luego de dos décadas, en la Galería de Arte de la Municipalidad de Valparaíso. Fue la tarde anterior a uno de mis regresos a Suecia.

Rodríguez participaba en una nostálgica muestra de época montada por Jorge Osorio. Me presentó a su esposa, una hermosa alemana llamada Silvia Ruehl, y a su pequeña hija, Eleonora. Cruzamos pocas palabras, brindamos algo y me dijo con tristeza que regresaba a Italia, que se sentía rechazado en este país, que no lograba ubicarse, que sentía no haber tenido oportunidades; también que se sentía enfermo. A esto último no le presté atención [2].

La figura del Gitano Rodríguez es un paradigma para nuestra conducta y nuestra práctica cultural. En el país, y en especial en este puerto, era un tipo querido por sus pares y por la juventud a raíz de su famoso vals, Valparaíso. Al regresar a Chile las puertas le fueron cerradas. Es cierto que le ofrecieron y concedieron algunas pequeñas ayudantías y regalías, mas resultaron insuficientes para sobrevivir con su familia. Cuando pidió más se le trató de farsante, de poco realista, de querer mantener en Chile el status económico que tenía en el extranjero. Para muchos provincianos, el extranjero todavía significa riqueza y bienestar.

Desalentado, derrotado, optó por regresar a Italia. Años después contrajo un cáncer, enfermedad que lo mató en aquel exilio, en Bordalino. Al retornar sus cenizas a Valparaíso hubo un gran recibimiento público, se honró su nombre, aparecieron ediciones de sus trabajos y más de alguna poeta desempolvó viejas fotografías para subirse al carro funerario. Hoy, en cada acto oficial donde la ciudad se ve involucrada, se invoca el nombre del poeta y se entona su canción, como si una de sus pavesas se lanzara al aire para gastarlo de una vez por todas.








[1] Estos datos fueron confirmados por Micharvegas, vía correo electrónico, este otoño de 2008.

[2] Al ser publicada una primera versión de esta nota en la página virtual de Editora Cultura Libre, su hijo, Ignacio Rodríguez de Rementería, luego de las necesarias correcciones a mi texto, aclara: “Cuando mi padre mencionó que estaba “enfermo” se refería a los problemas respiratorios que le causaba el aire santiaguino, pues recuerdo ese periodo y, dado que tenemos genes en común, reconozco el mismo trastorno del tipo alérgico, que me obliga a tomar antiestamínicos. Por la manera en que está presentado en el escrito, pareciera que se refería al cáncer pero no es así, pues en tiempos de esa exposición estaba recién comenzando su estadía en Chile y los síntomas de la enfermedad mortal aparecieron años después y en Italia.”

“La tesis de que fue la falta de acogida en Chile la que mató a mi padre se sugiere en la manera de presentar la enfermedad y sus problemas para encontrar trabajo en Chile. Si bien la falta de oportunidades laborales seguramente influyó enormemente en su decisión de regresar a Europa, no hay para qué construir un mito en torno a lo que pasó. Como yo tengo la suerte de conocer a mi padre de manera directa y no a través de su halo mitológico, puedo aportar este tipo de antecedentes, y también mi opinión y experiencia de que no hace falta ser retornado para tener problemas para encontrar trabajo y funcionar en Chile, un país donde el neoliberalismo funciona con eficiencia y esplendor, y los quehaceres que menos se acercan a la productividad de los grandes negocios están sumamente desfavorecidos”.