miércoles, marzo 11, 2009

"A Love Supreme y John Coltrane", de Ashley Kahn

Extractos de la introducción



Bueno, no he tenido mucho tiempo libre en los últimos quince años, y cuando consigo tener un poco, normalmente estoy tan cansado que me voy a cualquier parte y me pongo a descansar durante dos semanas. Si es que consigo tener dos semanas. Y entonces la mayor parte del tiempo tengo la música todavía en la cabeza.

John coltrane
Japón, 1966


En el momento de conocernos, la mujer de sesenta y cuatro años se inclinó un poco y se llevó las manos a la frente, juntas, en señal de plegaria. Estaba envuelta en un vestido punjabi de colores brillantes y llevaba sandalias. Su delgadez era un reflejo tanto de su edad como de su dieta vegetariana. Al otro lado de una mesa, me hablaba suavemente con cadencias musicales. Al principio me tuve que inclinar hacia delante para poder seguir sus palabras. Pero rápidamente, con un vigor cada vez mayor, evocó el recuerdo de un día más de treinta años atrás, cuando fue testimonio de la concepción de una grabación musical imperecedera.

La vívida memoria de la señora [Alice] Coltrane eclipsó todo sentido del contexto histórico. No era difícil entender que ella viera el disco como a través de un túnel, millones de personas que habían escuchado y amado la música de la que ella hablaba también pensaban lo mismo sin tener conocimiento de cómo había nacido. Pero yo esperaba que me ofreciera detalles y una perspectiva más amplia: el verano de 1964, después de todo, fue una temporada muy trascendente.

Llegaban a su fin unos meses cálidos y maravillosos. Lindon B. Johnson todavía se estaba acomodando a su cargo de presidente, recientemente heredado, Vietnam no significaba más que una serie de escaramuzas lejanas, y Malcolm X todavía estaba vivo. Una economía propia de los tiempos de paz florecía mientras el conflicto racial empezaba a amenazar. El movimiento para los derechos civiles, que había llegado a su punto más álgido el año anterior con la marcha de 200.000 personas sobre Washington, parecía que estaba perdiendo impulso. Empezaron a estallar disturbios en Harlem y en otros guetos de Nueva York y Nueva Jersey.

La Feria Mundial se celebraba en la ciudad de Nueva York y la música más popular del momento venía de Liverpool y Detroit. Mientras los Beatles y la Motown lideraban las listas de éxitos, Bob Dylan lanzó su oportuno tercer elepé, The Times They Are A-Changin’ (Los tiempos están cambiando). Pocos meses más tarde, el cantante de soul Sam Cooke respondería escribiendo su propia predicción llena de confianza: «A Change Is Gonna Come» (Va a llegar un cambio).

En el frente del jazz, un primo marchoso del hard bop de los cincuenta llenaba de público los escenarios; los grupos liderados por Cannonball Adderley, Ramsey Lewis y Chico Hamilton estaban en la cresta de la ola del soul jazz. Las leyendas –Duke, the Count, Louis (que con su inesperado éxito «Hello, Dolly» había llegado a lo más alto de las listas de pop)– mantenían contentos a los fans más veteranos. Entonces, la antorcha del free jazz, que habían prendido unos pocos años atrás Ornette Coleman, Charles Mingus y Cecil Taylor, era enarbolada por una nueva vanguardia. Para muchos, su música feroz y desafiante con la tradición explotó con la ira cargada de significado político de aquellos tiempos. La hermandad de la «New Thing» –Albert y Donald Ayler, Archie Shepp y Bill Dixon, entre otros– reivindicaba un líder, un saxofonista cuyo estilo agresivo nutría el sonido y el espíritu de exploración de todos ellos: John Coltrane.

«No creo que la gente me copie forzosamente», afirmaba Coltrane al final de aquel verano. Según él, era cuestión de elegir el momento oportuno. «En cualquier arte llega un momento determinado en el que hay ciertas cosas flotando en el aire... un número de gente puede llegar a la misma conclusión haciendo un descubrimiento similar al mismo tiempo.» Lo que Coltrane no sabía era que estaba a punto de ofrecer un alegato musical singular que le reportaría una fama todavía más grande de la que había gozado hasta el momento y que iría más allá de su categoría y su tiempo.

Para Coltrane, el año 1964 había sido un período de trabajo imparable. Su agencia, Shaw Artists, le había hecho cruzar el país de punta a punta en una furgoneta junto con su cuarteto durante la mayor parte del verano. Filadelfia, Chicago, Nueva York, San Francisco. De vuelta a Nueva York. Necesitaba unas pocas semanas de descanso, y tenía la excusa perfecta. El 26 de agosto había nacido su primer hijo. John y Alice llevaron a John Jr. a la casa de dos pisos que acababan de comprar en Dix Hills, un barrio tranquilo de Long Island, Nueva York. Para Coltrane era una extraña oportunidad de dejar descansando en el suelo su saxofón, tumbarse con los pies en alto y estar con su familia.

Pero la naturaleza obsesiva de Coltrane no le dejó descansar. Se pasó cinco días recluido en el piso de arriba con un bolígrafo, papel y su saxofón. «Era a finales de verano, o a principios de otoño, porque esos días hacía buen tiempo en Nueva York», recuerda Alice. «En el piso de arriba había una zona que no ocupábamos y a la que casi nunca íbamos, a veces un pariente venía de visita [y] allí era donde lo alojábamos. John solía subir, se llevaba algo de comida de vez en cuando, y se pasaba las horas meditando sobre la música que oía en su interior.»

Alice estaba ocupada con John y Michelle, su hija de cuatro años fruto de su primer matrimonio. Cuando finalmente volvió a bajar, Alice se dio cuenta de que Coltrane, normalmente sumido en sus pensamientos, estaba extrañamente sereno.

Era como Moisés bajando de la montaña, fue tan bonito. Bajó y tenía esa alegría, esa paz en el rostro, tranquilidad. De manera que le dije: «Explícamelo todo, no te hemos visto en cuatro o cinco días...». Él dijo: «Ésta es la primera vez que me ha llegado toda la música que quiero grabar, en una suite. Ésta es la primera vez que lo tengo todo, todo listo».
Tres meses después, Coltrane entró en el estudio de grabación para dar forma a sus meditaciones en un álbum en el que se combinaba música y significado, un álbum que no se parecía en nada a lo que había hecho hasta aquel momento. A Love Supreme era el título que ya había escogido para ese ambicioso proyecto.

A Love Supreme es la suite de jazz en cuatro partes que John Coltrane grabó en el curso de una noche con el pianista McCoy Tyner, el bajista Jimmy Garrison y el baterista Elvin Jones. Sorprendió a Coltrane en un punto culminante de su trayectoria creativa: la cristalización de los últimos tres años como parte de aquel famoso cuarteto, antes de virar hacia la fase final y más discutida de su carrera.

Después de llegar a los comercios y a las ondas radiofónicas, en febrero de 1965, menos de dos meses después de su grabación, A Love Supreme se convirtió en un éxito de ventas en los círculos jazzísticos, y se escuchaba tanto en los dormitorios de los colleges como en los pisos de los guetos, en las esquinas de Harlem y de Haight-Ashbury: un disco unificador encumbrado gracias a la oportunidad del momento en que salió. «A Love Supreme llegó e influenció a toda la gente que estaba por la paz», recordaba Miles Davis. «Los hippies y la gente así.»

A mediados de los sesenta, A Love Supreme destilaba los temas de la década: el amor universal y la conciencia espiritual. «En los sesenta, estamos en la época de las religiones orientales, la nueva espiritualidad y el Hare Krishna, y ésa era la matriz de donde provenía Trane... y encajó perfectamente», señala el saxofonista Archie Shepp.

A Love Supreme nunca ha pasado de moda, y a través de los cambios, con el paso de las décadas, desde el optimismo de cielos azules hasta la dureza del hastío, la relevancia de la música y su mensaje han permanecido constantes. «Sé que hay mucha gente que ni tan sólo quiere escuchar música de cinco, cuatro años atrás», comenta Alice Coltrane. «Pero A Love Supreme tiene un espíritu de renovación propio... es intemporal, es eterna.»
...
Diferentes elementos del álbum –desde la fotografía de la portada que muestra al saxofonista con aire pensativo hasta el reconocible motivo del bajo, que recuerda a un mantra– aparecen regularmente en películas, revistas y otras grabaciones musicales. La voz resonante de Coltrane cantando el título del álbum –la primera vez que dejó que su voz se oyera en una grabación– es su marca personal más recordada y más profusamente citada. El mismo título, con la inversión poética del adjetivo, ha quedado arraigado en la fraseología colectiva de la lengua inglesa; los publicistas lo toman prestado libremente para indicar una pasión por la perfección (ya sea espiritual, sensual o la que consigue incrementar ventas).

Coltrane creó A Love Supreme como un regalo al Divino. Años antes de que las estrellas del rock honraran a sus respectivos gurús en sus álbumes, décadas antes de que los discos compactos de hip hop incluyeran el ahora obligatorio grito al Todopoderoso, Coltrane dedicó abiertamente su disco con las siguientes palabras: «Como una humilde ofrenda a Él».

Los dos textos que Coltrane incluyó en el disco –una carta dedicada al «querido oyente» y un poema dirigido a Dios– son los únicos ejemplos de su escritura que acompañan un álbum. Sus palabras lo dejaban desnudo en público, eran una confesión abierta de devoción divina. Buena parte del público del momento, más acorde con la estética moderada y fría del mundo del jazz, encontró inusualmente desconcertante el atrevido mensaje de despertar espiritual que proclamaba el disco.

Resonando por encima de todos los demás elementos está el sonido apasionado de A Love Supreme: un equilibrio coherente de composición e improvisación, de forma y energía, como ningún otro título de la discografía completa de Coltrane. El disco construía, derribaba y volvía a erigir una serie de estructuras de blues en clave menor que eran supuestamente simples. Las melodías –expresadas de forma sucinta pero memorable– abrían las puertas a través de las cuales el cuarteto se adentraba en una montaña rusa de una dinámica cronometrada con precisión. La interacción de sus reconocibles estilos era muy potente: los acordes de Tyson aportando tensión; la batería extática de Jones; las líneas fluidas del bajo de Garrison. Los mismos solos infatigables de Coltrane crecían en espiral desde un susurro meditabundo a gritos feroces, medio ahogados, con el ritmo experimentado de un predicador dominical.

A Love Supreme lo unía todo en una mezcla que dejaba al descubierto las raíces y las influencias del cuarteto: el efecto propulsor y renacedor de los polirritmos africanos. Los tempos lúgubres del jazz modal. El lamento melancólico de la música folklórica del Lejano Oriente. La urgencia del free jazz. La agitación del bebop. El sentimiento familiar del blues. La liberación orgásmica del gospel.
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«Música», afirma Elvin Jones. «Así es como yo lo llamaría.»
«La música no debería ser fácil de comprender», afirmaba John Coltrane en 1963. Por aquel entonces, estaba tan íntimamente acostumbrado a los aplausos como a las burlas. La controversia se había convertido en una compañera habitual en una carrera jalonada de numerosas grabaciones como líder y como acompañante. Había aprendido a estar por encima de las críticas. Era la música lo que determinaba su camino. En el punto álgido de su colaboración con Miles Davis aportó unos solos emotivos a la obra maestra modal del trompetista de Kind of Blue, y podría haber seguido ese camino dócil y de eficacia probada. En lugar de eso se quedó con lo que encontró necesario de las lecciones de improvisación que le dio esa colaboración, siguió experimentando más allá y forjó su sonido propio de mitad de los sesenta, hipnótico y exultante.

En un primer momento, el álbum de Coltrane y el disco más vendido de Davis pueden parecer semejantes. Pero A Love Supreme no es Kind of Blue, ni por su estilo ni por su efecto. El primero sugiere la intensidad del momento de una actuación en vivo y en directo; el otro disco, famoso por su llama fría y su quietud zen, parece que saca su energía de la atmósfera relajada del estudio.

Kind of Blue es alabado por la manera en que se coló sin esfuerzo aparente (y continúa haciéndolo) dentro de la conciencia musical de generaciones. A Love Supreme no es un valor tan fácil de vender; por esa razón, su escalada hasta convertirse en una obra imperecedera y de talla popular es todavía más impresionante. Para los oídos no acostumbrados a la música moderna improvisada, contiene demasiados sonidos nuevos y estructuras demasiado extrañas y extensas. Incluso para los iniciados en el jazz, la emoción cruda de las cadencias de Coltrane y la barrera explosiva de la percusión de Jones pueden ser chocantes y desagradables al principio.
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«Tienes que ir acercándote a la música tú solo, gradualmente», afirmaba Coltrane. «No se puede recibir todo con los brazos abiertos.»

«Debemos retarnos a nosotros mismos», se entusiasmó de repente Alice Coltrane mientras hablaba de su difunto marido. «Nos hace más fuertes, nos otorga una visión más clara... una mejor percepción.» Si algún músico de jazz puso a prueba esta máxima –poniendo a prueba también a su público y a sí mismo–, ése fue John Coltrane.
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Todo lo que promueve la canonización de Coltrane –su sonido, su leyenda, el alcance de su influencia– continúa impulsando más arriba a A Love Supreme. El álbum es para Coltrane lo que era un discurso en Washington Mall para Martin Luther King Jr., lo que era un sermón en lo alto de una colina para Jesucristo.

Es difícil escribir sobre Coltrane y no sonar torpe. Los paralelos con Cristo son tan tentadores como las inevitables metáforas entre Trane, su apodo, y tren (homófonos en inglés). La vida de autosacrificio del saxofonista, su mensaje de amor universal, su muerte a una edad temprana, incluso las iniciales de su nombre, hacen que sea más fácil caer en esa tentación.
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A Love Supreme agarra el listón y lo lanza hacia el cielo. La innegable espiritualidad del álbum –otra área de estudio que pone a prueba el vocabulario existente– abre la puerta a un reino en el que el análisis de los detalles específicos corre el riesgo de parecer poco serio, en el que la discusión del poder divino se convierte en un esfuerzo insincero y rutinario. A pesar de ello, cada vez que volvía a escuchar el álbum me sentía más obligado a tratar la apasionada espiritualidad de Coltrane. Aunque me considero un completo agnóstico y un racionalista acérrimo, estoy dispuesto a admitir que hay muchas cosas que parecen producto de alguna fuerza eterna bajo una dirección espiritual: las estaciones, la gravedad, las matemáticas, el amor romántico. «Dios respira completamente a través de nosotros», escribió Coltrane en A Love Supreme, «pero de una forma tan suave que casi no lo notamos».








2002








John Coltrane en el Festival Mondial du Jazz Antibes, Juan-les-Pins, Francia, el 26 de julio de 1965, única performance en vivo que se conoce de A Love Supreme.










martes, marzo 10, 2009

“Todo es angustia…”. Entrevista a Lars von Trier, de Richard Kelly y Saul Metzstein

Film City, Huidoure; 18 de noviembre de 1999
Extractos





Llegamos a la choza de Lars acompañados de otra belleza rubia de Zentropa. El bonito revoltijo de cosas tiradas en la oficina delata las preocupaciones características de este cineasta de fama mundial: una raqueta de tenis y una máquina de hacer remo en el suelo, y sobre la mesa una pila de guiones, varios dvd’s (El proyecto de la bruja de Blair, nada más y nada menos) y algunos cd’s. Por fin, el maestro estaciona su auto hecho a medida, entra de buen humor y se quita el abrigo. Mientras nos damos la mano, dirige nuestra atención a una foto enmarcada de Robert Baden-Powell: racista, entusiasta del eugenismo y padre del movimiento scout. No puedo evitar preguntarle: “¿Alguna razón en especial para tenerlo aquí?”. “Bueno, es el tipo que está detrás de todo, ¿no?”, se ríe.



Richard Kelly: Bueno, ¿qué tal va el proyecto de nochevieja?
Lars von Trier: No es que sea Dogma especialmente, ¿sabes? Sólo somos cuatro directores…, que por casualidad somos los cuatro directores Dogma. Pero es muy arduo, casi como todo lo de Dogma, porque se elige algo muy sencillo y se le echa un montón de Reglas difíciles y para colmo se espera sacar algo en claro de todo ello. Pero en fin, las Reglas son buenas. Si no me crees, pregúntaselo a Baden-Powell…

RK: Pero sabes… Las Reglas de Baden-Powell les han amargado la vida a muchos niños ingleses.
LVT: Claro que sí. Pero deberían aprender a sufrir con una sonrisa en la boca. Con Dogma pasa lo mismo.

RK: Va a ser la primera vez que trabajen los cuatro juntos como una Hermandad. ¿Crees que habrá una reyerta de egos?
LVT: Ésta no es una Hermandad “natural”, es forzada. (Risas). Así que va a haber problemas, está claro. Pero lo interesante será comprobar hasta qué punto cada uno de nosotros está dispuesto a colaborar con los demás y hasta qué punto cada uno quiere dedicarse a hacer lo suyo con sus propios personajes.

Saul Metzstein: ¿Qué piensas de las distintas reacciones que suscitó el Manifiesto? ¿Ha sido lo que esperabas en 1995?
LVT: Recuerdo haber llamado a Thomas (Vinterberg) para preguntarle si quería iniciar una “nueva ola” conmigo. Éstas fueron las palabras exactas, tal como lo recuerdo. Pero aún no he visto esa ola, sólo algún que otro rizo de espuma. Todo empieza cuando nos da por escribir las Reglas y, de hecho, las escribimos porque yo iba a París para una reunión, algo con el ministro francés de Cultura o quienquiera que fuese, bla bla bla. Y ahí estoy en un teatro de París, y agarro todos esos panfletos rojos y los tiro por el balcón. Fue precioso, justo como en los viejos tiempos.

RK: Muy 1968…
LVT: Y luego leo el Manifiesto y todo el mundo comienza a hacerme preguntas. Les dije que los Hermanos me habían dado luz verde para que lo leyera, pero que no me dejaban discutirlo. (Risas). Eso me pareció muy inteligente. Pero entonces todos me preguntan: “¿Y para qué vienes tú aquí, si es que odias tanto el cine?”.

RK: ¿Te molestaste en contestarles?
LVT: No, pero me pareció muy raro. Porque yo no le estaba diciendo a nadie que tenía que hacer una película de Dogma, sólo que yo me disponía a hacer una. Lo subversivo de verdad es ponerse limitaciones uno mismo aunque eso, si lo piensas bien, es algo que uno hace a todas horas. Pero desde luego, lo que resulta provocador particularmente es hacerlo en público, publicarlo.

RK: ¿Cómo te decidiste a escoger a Thomas Vinterberg como tu compañero de conspiración? ¿Qué fue lo que te llamó la atención de él?
LVT: Creo que debía de haber visto alguna película que hizo en la Escuela de Cine. Creí que tendría talento, pero no demasiado. (Risas). Luego se vio que tenía demasiado talento. Pero no puedes ganarle a todos, ya sabes.

SM: Filmaste Rompiendo las olas en Panavision 35mm. ¿Por qué no filmaste Los idiotas en el mismo formato?
LVT: Eso es algo que discutimos. Es cierto que las Reglas dicen que la película debe ser en formato Academy, 35.. Pero tuvimos que votarlo pues algunos de los Hermanos (no diré quiénes) decían que rodar con una cámara de 35 mm al hombro es demasiado difícil. Lo que es una tontería. Así que decidimos que sólo aplicaríamos esta Regla en cuanto al formato de distribución, para que se pudiera rodar en 16 mm y distribuir en 35 mm. De nuevo, otra tontería, pero en fin. Así que mi postura fue: “Por lo tanto, también se puede filmar en video”. Y es que me gusta trabajar en video. He rodado este musical, Bailar en la oscuridad, enteramente en video. Y he sido yo quien ha manejado la cámara.

RK: Cuando empieza The Humiliated, se los ve rodando una escena que fue descartada en la versión final (de Los idiotas), y en la que los idiotas van a visitar a la reina Margarita. Una escena que se las traía.
LVT: Claro, eso fue el primer día de rodaje. Y fue terrible, terrible. Fui incapaz de verlo cuando estaba ahí. Pero cuando vi a los copiones, fue… (Mueve la cabeza). Tuvimos una gran discusión al día siguiente (que no creo que esté en el documental) para ver por qué no había funcionado. Estaba muy actuado. En fin, era el primer día de rodaje. En cualquier caso, fue extraño: habíamos ensayado mucho, habíamos hecho muchos “espasmos” y todo había ido de perlas. Pero, ya se sabe, cuando está la cámara…

RK: Pero también se la pasaron muy bien, ¿no? Tras haber rodado la escena del bosque, afirmaste que habías sentido algo maravilloso, que ese trabajo te recordaba las cosas brillantes que te encantaban de las películas de Tarkovsky, de Truffaut, de Widerberg…
LVT: ¿Y por qué no sale todo eso en la película? (Ríe). ¿Es ésa tu pregunta?

RK: Hay una escena con Paprika Steen donde se ve al según cámara al fondo. ¿Fue algo deliberado? ¿Habrías podido incluir alguna otra toma?
LVT: Yo rodé esa escena, estaba filmando una cámara que no se ve. Y mi idea era conseguir las mejores tomas, nada más. Así que se ven muchos micros. Y se ven cámaras. A mí no me molesta. Creo que se podría hacer una película en la que se vieran muchísimas cámaras y al público le daría igual.

RK: En estas últimas semanas se ha prohibido la distribución en video de la película en la República de Irlanda.
LVT: ¡Sí! Eso sí que es genial. Es casi como que te den un premio. Pero ¿no es algo extraño que los irlandeses actúen de esa forma? Porque la cosa no ha ido tan mal en Italia ni en Polonia, y mira que también son países católicos.

RK: Pero quizás no tanto como los irlandeses. En los Estados Unidos, la película está “guardada en un cajón”: ¿te molesta eso?
LVT: Bueno, la han comprado… No, no me molesta. Seguro que así es mejor. (Ríe). Y tener una película en el cajón es bueno.

RK: ¿Te preocupa que el aluvión de películas Dogma que nos espera venga acompañado de un descenso indiscriminado de la calidad? Sobre todo teniendo en cuenta que las primeras entregas han sido tan bien recibidas…
LVT: Sí, pero no me da miedo. ¿Sabías que Albert Speer tenía esta teoría del “valor de las ruinas”? Él había estudiado las ruinas arquitectónicas de Grecia, Italia… Y luego construía sus edificios de forma muy precisa, para que se convirtieran en bonitas ruinas con el paso de los años. Utilizaba piedras más blandas aquí y allá, e imaginaba cómo quedarían una vez que fueran ruinas. Me gustaría que alguien encontrara las Reglas Dogma dentro de dos mil años, y les echara una ojeada. Esa sí que sería una película Dogma que me encantaría ver.

RK: En la nota de prensa de vuestra página web, se te presenta como hijo de padres de izquierdas que se rebela contra su educación.
LVT: Sí, pero una vez que te has rebelado en un sentido y en otro, un par de veces, ya no estás seguro de saber por dónde andas. ¿Por la derecha? ¿Por la izquierda? Y luego resulta aún más difícil decidir cuál es la dirección a seguir para rebelarse de nuevo. Es confuso…





en El título de este libro es Dogma95, 2000









lunes, marzo 09, 2009

Tres encuentros inesperados, de Arthur C. Clarke

Traducción de Hernán Sabaté






OREGÓN, 1972

Tenía el tamaño de una casa pequeña, pesaba nueve mil toneladas y se desplazaba a cincuenta mil kilómetros por hora. Cuando pasó sobre el parque nacional Gran Teton, un turista alerta fotografió la bola ígnea incandescente y su larga estela de vapor. En menos de dos minutos había hendido la atmósfera de la Tierra y retornado al espacio.

Era el cambio de órbita más leve durante los miles de millones de años que había estado circulando el Sol, y pudo haber descendido sobre cualquiera de las grandes ciudades del mundo... con una fuerza explosiva cinco veces más poderosa que la que tuvo la bomba que destruyó Hiroshima.

La fecha era 10 de agosto de 1972.




TUNGUSKA, SIBERIA, 1908

El témpano cósmico de hielo vino desde la dirección del Sol, de modo que nadie lo vio acercarse hasta que el hielo estalló. Segundos después, La onda de choque derribó dos mil kilómetros cuadrados de bosques de pinos, y el sonido mas intenso que se había oído desde la erupción del Krakatoa empezó a dar la vuelta al mundo.

Si el fragmento cometario se hubiera demorado nada más que dos horas en su inmemorial travesía, el estallido de diez megatones habría arrasado Moscú y alterado el curso de la historia.

La fecha fue 30 de junio de 1908.




GOLFO DE MÉXICO, 65.000.000 A. P.

Llegó en posición vertical, perforando un agujero de diez kilómetros de ancho a través de la atmósfera y generando temperaturas tan elevadas que el aire mismo empezó a arder. Cuando chocó con el suelo, la roca se volvió líquida y empezó a fluir hacia afuera en forma de olas gigantescas, y no se solidificó hasta que hubo formado un cráter de doscientos kilómetros de diámetro.

Ese no fue más que el comienzo del desastre... Ahora comenzaba la verdadera tragedia.

Desde el aire empezaron a llover óxidos nítricos, convirtiendo el mar en ácido. Nubes de hollín, provenientes de los bosques incinerados, obscurecieron el cielo, ocultando el Sol durante meses. Por todo el mundo, la temperatura cayó bruscamente, matando la mayor parte de los vegetales y animales que habían sobrevivido al cataclismo inicial. Aunque algunas especies habrían de demorar durante milenios su desaparición, el reinado de los grandes reptiles finalmente había terminado.

Se había vuelto a poner en hora al reloj de la evolución; la cuenta regresiva que llevaba hacia el Hombre había comenzado.

La fecha era, muy aproximadamente, 65.000.000 Antes del Presente.





en El martillo de Dios, 1993





















domingo, marzo 08, 2009

“Ella”, de Juan Laurentino Ortiz







Ella anuda hilos entre los hombres
y lleva de aquí para allá la mariposa profunda
ala del paisaje y del alma de un país, con su polen...

Ella hace sensible el clima de los días,
con su color y su perfume...
a su pesar, muchas veces, como bajo un destino.

Testimonio involuntario, ella,
de un cierto estado de espíritu, de un cierto estado de las cosas,
en que la circunstancia da su hálito...

Pero se dirige siempre a un testigo invisible,
jugando naturalmente con la tierra y el ángel,
el infinito a su lado y el presente en el confín...

Mas es el don absoluto, y la ternura,
ella que es también el término supremo
y la última esencia

con las melodías de los sentidos y los símbolos y las visiones
y los latidos
para el encuentro en los abismos...

Mas tiene cargo de almas,
y es la comunicación,
el traspasado ser,

"como se da una flor", en el nivel de los niños,
más allá de sí misma,
en el olvido puro de ella misma...

Y no busca nunca, no, ella...
Espera, espera, toda desnuda, con la lámpara en la mano,
en el centro mismo de la noche.





en El ángel inclinado, 1938










sábado, marzo 07, 2009

"Toda esta admiración dilapidada", de Elias Canetti

Fragmento




Pascua, 1960. Un día cálido como de verano. Un día de sur. Un domingo lleno de individuos indolentes en el calor. Leo aquí y allá, en éste y en aquel idioma: anteayer Demócrito, ayer Juvenal, hoy Montaigne, hace unos días poemas de Tasso. No tengo ni rabia ni ansiedad. Hablo con personas que encuentro por accidente. Desde que el libro se publicó, reina el silencio total. Primero estaba sorprendido, acaso un poco intranquilo, ahora me habita el silencio y soy feliz. No voy a ninguna parte, no sé dónde comenzar. Aguardo el rayo y la voz poderosa. No me he liberado de todo lo que escribí hasta ahora. Ningún recuerdo me seduce, ninguna meta me llama. A veces lamento que mi alma no se haya vestido con el idioma inglés. Aquí he vivido veintidós años. Escuché a muchas personas que me hablaban en el idioma del país, pero nunca los escuché como si fueran escritores, sólo las entendí. Mi propia desesperación, mi asombro y mi delirio nunca se sirvieron de palabras inglesas. Lo que sentí, lo que pensé y dije, lo escribí en palabras alemanas. Cuando me preguntaron por qué era así, siempre tuve razones convincentes. El orgullo fue la más importante, el orgullo en el que creía. Hoy me seduce la idea de comenzar una vida en un nuevo idioma. Amo el lugar donde vivo más que cualquier otro. Me resulta tan familiar como si hubiese nacido aquí. A fuerza de ser un eterno extranjero, soy el más auténtico de sus habitantes. El divorcio entre esta patria y mi soliloquio es perfecto.








1960









viernes, marzo 06, 2009

Tres fábulas de Esopo






El león vencido por el hombre


Un león y un hombre que viajaban juntos, llegaron a un lugar donde había una estatua que representaba a un atleta o a Hércules, aferrando a un enorme león.

- Esto que ves aquí -dijo el hombre al león- te prueba que los hombres somos más fuertes y poderosos que ustedes, los leones.

- Si hubiera escultores entre nosotros -respondió el león- verías representados muchos más hombres destrozados por leones que leones muertos por hombres.




El zorro y el gallo


Un zorro había atrapado un gallo y escapaba, perseguido por la gente que le gritaba que lo soltara, que no era suyo. El gallo, oyendo esto, dijo al zorro:

- ¿No escuchas lo que te dicen los aldeanos? ¿Por qué no contestas? ¡Diles que no soy suyo, sino tuyo, y bien tuyo, y que no te llevas su gallo, sino el tuyo!

El zorro se creyó estos argumentos y abrió la boca para decir a la gente que el gallo era suyo. Entonces el gallo pudo escapar y subió volando a un árbol, desde donde le dijo que mentía porque él pertenecía a los aldeanos y no al zorro.




El ciervo y el cazador


Un ciervo que bebía en una fuente, se deleitaba mirando en el agua su hermosa imagen, feliz de ver sus grandes cuernos, pero desagradado, en cambio, por sus piernas largas y delgadas.

Estando en eso, escuchó, muy cerca ya, los gritos de un cazador y los ladridos de los perros, de manera que tuvo que recurrir a la velocidad de sus piernas para huir de sus enemigos. Sin embargo, al penetrar en un bosque, los cuernos se le enredaron en las ramas de los árboles, de modo que el cazador lo alcanzó sin dificultades.

Al verse en tan deplorable situación cambió de parecer, alabó lo que antes había menospreciado y menospreció lo que había alabado.









jueves, marzo 05, 2009

«El poeta y el poder», de Armando Uribe Arce

Acerca de Juan Luis Martínez




De los poetas chilenos que viven en Chile el más interesante es Juan Luis Martínez. De los que no viven aquí, David Rosenmann Taub. Los dos, ajenos a banderías, se dedican a lo suyo que es –no la notoriedad–sino la poesía.

Empecemos por el de aquí cerca. Ha publicado poco; su obra más considerable es La Nueva Novela. Esta novela es poesía en verso.

Por una razón misteriosa la poesía en Chile toca todos los grandes temas con atrevimiento; mientras la prosa de ficción orilla varios de los más cotidianos, profundos y urgentes. Está el caso del poder. Es archisabido que los grandes asuntos literarios son el amor (y su contrario), el poder (y su contrario) y la muerte (y su contrario…). El amor de Zutano y Fulana, o dos zutanos entre sí, más fulanas consigo, suele ser tema de novelas.

La muerte, cosa de todos, y el luchar contra ella, lo son también. ¿Pero el poder y sus contra-poderes, el ser objeto y, aún más, sujeto en ejercicio del poder? Como si fuera un asunto baladí; como si la política –para llamar lo relativo al poder con esa palabra peliaguda– no ocupara el tiempo de los chilenos incluyendo a los escritores. Conversen con alguno. Más que probable, seguro, empezará la conversa haciendo referencia a quienes mandan, uniformados o no, aquellos de quienes dependemos a gusto o a disgusto; los que condicionan nuestras vidas, durmamos o estemos en vela.

El poeta Martínez, en varias partes de su «nueva novela» en verso, habla del atroz problema del poder. La última parte de su libro, después de singulares «Notas y referencias», se titula «Epígrafe para un libro condenado: (La Política)». El epígrafe mismo dice: «El padre y la madre no tienen el derecho de la muerte sobre sus hijos, pero la Patria, nuestra segunda madre, puede inmolarlos para la inmensa gloria de los hombres políticos. F. Picabia».

«La desaparición de una familia», aunque el autor no lo haya ideado así, es el más grande poema de desaparecidos de que haya memoria. El poeta siempre habla de lo que ocurre, aunque no lo sepa. Así, repite al final de cada estrofa:

            al menor descuido se borrarán las señales de ruta
            y de esta vida al fin, habrás perdido toda esperanza.
                        (…)
            al menor descuido olvidarás las señales de ruta
                        (…)
            al menor descuido confundiréis las señales de ruta
                        (…)
            al menor descuido ya no escucharás las señales de ruta.

Y al final:

            nunca hubo ruta ni señal alguna
            y de esta vida al fin, he perdido toda esperanza.

El género mayor de la literatura en Chile es la poesía lírica. Fragmentarios, contradictorios, incoherentes, los pobres líricos revelan la verdad espiritual de una sociedad que no es muy completa, ni unívoca, ni congruente. Los poetas en Chile se atreven a enfrentarse a sí mismos, a lo que los rodea y a esta realidad irrisoria que vanamente se intentaría componer como unitaria, transparente, incluida en sí misma.



en Análisis, 1990


















miércoles, marzo 04, 2009

"La lira", de Anacreonte







Quiero ensalzar cantando a los Átridas
quiero cantar a Cadmo,
mas de mi lira los sonoros nervios
tan sólo amores dicen.

Otra lira pulsar en otro tono
quise, con nuevas cuerdas
y al pretender cantar al fuerte Heracles,
tan sólo amores respondió mi lira.

Héroes, dejad de enardecer mi mente,
porque mi lira, sólo amores canta.






Ilustración: Anacreonte, de Gérome









martes, marzo 03, 2009

"Ciudades de hierro", de Malcolm Lowry







Pensamientos de hierro navegan al atardecer en barcos de hierro;
Se mueven silenciosos como luces lejanas mientras doce canoas
Se sumergen en su ancla cuando el ferry escupe
Y gira como una esfera, en los remolinos de la marea,
Su kikirikí medio ahogado por pipas cegadas
Y emplumadas de humo. El barco pasa. Los cúters
Se alejan. Huelga de campanas. El ferry eructa
Una última frase blanca; y los labios humanos
Una última negra, cargada con la bienvenida de
La pérdida. Pensamientos dejan la ciudad implacable;
Aunque los propios barcos sean de hierro y no tengan piedad:
Mientras los hombres tienen corazones y costados que sufren
          y se oxidan.
Pensamientos de hierro zarpan de ciudades de hierro en el polvo,
Aunque suaves como palomas, los pensamientos vuelen de vuelta a casa.











en El rugido del mar y la oscuridad, 1939 aprox










lunes, marzo 02, 2009

“No me voy a morir nunca”. Entrevista a Miguel Serrano, de Joan Carlos Degrelle

Miguel Serrano 1917-2009





El escritor y ex-embajador está escribiendo sus memorias -con lapicera y tinta- en un intento por demostrar que aún hay posibilidades de grandeza en un mundo dominado por el comercio y la técnica global.

Cuando se combate en una línea desesperada se entra de lleno en los dominios de la poesía, donde toda posibilidad de derrota se vuelve absurda. La poesía es un triunfo que se basta a sí mismo, como lo viene proclamando desde hace décadas Miguel Serrano Fernández, ex arquero del Barros Arana, embajador retirado y autor de una obra que reivindica todas las tradiciones, mitos y leyendas que dan sustancia a la vida del hombre.

A los 78 escribe apresurado sus memorias, no vaya a ser verdad lo que dijo Benvenuto Cellini: que pasados los 40 años, el almacenaje de recuerdos se empieza a tambalear. Y lo hace con tinta en una rebelión personal contra el avance tecnológico, ese mito de progreso que se ha vuelto un engendro terrible, que agrede sistemáticamente a la naturaleza y al arte.

Serrano se mantiene en sus viejas verdades, sobre todo aquellas que tienen un carácter sublime; aquellas que llevan a la trascendencia y a otras cosas tan complicadas como etéreas. Al mismo tiempo que jura por Dios que no morirá jamás, se dice un veterano que perdió la guerra, lleno de heridas en el corazón, lleno de heridas en el alma. Pero como antiguo trovador guerrero, sigue repleto de esperanza. Total, casi desierta está la pista para los que pretenden encarnar el sino del héroe con todo su inmenso dolor.



¿No es pura soberbia esto de escribir memorias?
Sí, tiene usted toda la razón. Pero el objetivo mío es evitar que se olviden tantas cosas que fueron, tantas personas... Y es curioso: uno siente que toda una galaxia empieza a desaparecer y que uno es casi el último de toda esa galaxia. Hoy día todo sucede tan vertiginosamente que se hace impermanente, impermanente en una zona del mundo donde todo es impermanente y en un país de terremotos donde ni las casas permanecen.

Dramático…
Sí, por eso las memorias tienen como objeto ser un hilo de continuidad que conserva una tradición que tiende a desaparecer con la velocidad de las comunicaciones y con la televisión, que es una apología de la impermanencia.

¿ A qué tradición se refiere ?
A las costumbres. A la patria. A la tradición. A la amistad, que va desapareciendo por los sistemas económicos que se han impuesto. Hay una política dirigida a hacer desaparecer las tradiciones y tenemos un gobierno representado por gente que únicamente se interesa por el dinero, que está vendiendo a pedazos un país maravilloso (caso de Tompkins, Paranal, Laguna del Desierto). Esa gente ha perdido totalmente el sentido. Por eso quiero recordar; para mantener ese hilo donde la amistad fue siempre importante. Tanto que el nazi estuvo abrazándose con Volodia Teitelboim, judío y comunista, en el entierro de Eduardo Anguita. Eso es Chile.

¿Quién se puede sustraer a la tecnología, a la impermanencia, al descrédito de las tradiciones?
Aquel que tenga pantalones y se ponga firma. Que por lo menos pueda morir peleando, si de todas maneras se va a morir.

Eso puede ser muy bonito, pero al final no sirve para nada.
Hay que protestar. Esa es la forma. Hay que seguir combatiendo como guerrilla, porque si no vamos a terminar sin gloria, sin nada. ¿Para qué vamos a seguir viviendo? No se trata de salir a la calle con una pistola, sino de vivir una vida paralela. Este es el camino de un combate eterno. Por debajo de las transnacionales, de la globalización, del comercio, están las particularidades lingüísticas, culturales, raciales. Eso es la naturaleza. La naturaleza es diferencia. No va a permitir la homogenización.

¿La esperanza está sólo en la naturaleza?
Hay también otra fuerza, anterior a la naturaleza. Es el Ideal, que le da sentido a la lucha del hombre. Puede que no gane él, pero sí el Ideal. Si se luchó hasta el final, sin importar la vida ni la muerte, ese Ideal retorna, se fortalece y vuelve. Por las juventudes yo seguiré hasta el final con mi bandera.

¿Y cómo va la guerra, don Miguel?
Siempre aparecen nuevos contingentes. De Irlanda, Australia, Nueva Zelandia, Estados Unidos, Canadá, España, Alemania, Italia. Y yo estoy en el centro de toda la cosa. Hay que mantenerse firme en los viejos sueños para que nuestro mundo no pierda la esperanza (Ezra Pound).

¿Qué tiene todo eso que ver con la literatura?
Todo esto corresponde a la cosa literaria, a una realidad mágica. La poesía puede cambiar el mundo, porque el mundo no es nada más que el reflejo de pensamientos. La música se tocaba a sí misma a través de Mozart, y lo decía Nietzche, hay que dejar que las cosas vengan a nosotros ansiosas de transformarse en símbolos.

Usted ha dicho que dentro de su obra hay libros "literarios" y libros de combate. ¿Dónde está la diferencia?
Lo que he escrito en mis libros anteriores lo he vivido. Cuando hablo de un amor aterno, es porque eso se produjo en mi vida. Los libros de combate no son más que interpretación del combate, una búsqueda de sentido para el combate. Porque cuando se lucha en una línea que podríamos llamar dramáticamente desesperada como en el caso de Hitler, eso es poesía. O digámoslo al revés: no se puede librar un combate de esa especie si acaso no se es poeta o se está inmerso en la poesía del Universo. Ahí entran también las cosas que nos enseñaron de chicos. La epopeya de Arturo Prat es poesía pura.

Asumiendo que no estuvimos ahí, ¿no cabe la posibilidad de que no haya sido una epopeya? ¡Que haya sido nada más una mala maniobra naval?
Nada se prolonga de esa manera en el inconsciente colectivo de un pueblo si no tiene un principio de verdad, en este caso de heroísmo o grandeza, que como no se puede expresar en el corto espacio de una vida, se continúa en el mito y la leyenda. No importa si Arturo Prat fue un héroe o no, pero sí que fuera capaz de dotar de vida a ese arquetipo heroico. Lo peor que se puede hacer es destruir el arquetipo, porque se destruye una grandeza. Y eso es lo que está pasando hoy día. Si se destruye no lo que es, sino lo que puede ser, se está matando al alma.

¿Qué es el arte, don Miguel?
Es inventar un nuevo paraíso y así entrar en competencia con Dios. La vida necesita algo más que la vida. Necesita una flor imaginada, más bella que las de todos los jardines porque no perece nunca; porque los hombres son capaces de dar la vida por ella. Como el amor, que es una invención. Porque se nos perdió un paraíso, tenemos la maravillosa posibilidad de inventar otro.

En toda su obra no aparecen más que un par de menciones a su familia. ¿Es que la mujer y los hijos no tienen cabida en su mundo?
Me casé en 1944 con Beatriz Rossellot y en 1945 quise ir a la guerra. Ella estaba esperando a mi primer hijo. Mi mujer me acompañó en todo... Fui de los que perdieron la guerra materialmente. Sobrevivimos gracias a los amigos. Mi mujer enfermó del pulmón... Con sangre en el corazón tuve que vender mi biblioteca... Ella tenía algo profundo, era tradicional. Pero la vida diplomática es un desastre para la familia. Uno tiene que elegir. Me quedé solo por muchos años. Dos o tres veces uno se puede casar de nuevo, pero después ya no se puede repetir...

Se distanciaron...
No... no. Yo necesitaba aportar la parte material. Ella decidió por los hijos y se quedó en Chile.

¿Qué escritores le gustan?

Más que escritores, son libros. Están los de Gustav Meyrink, Rilke, H. Rider Haggard, Hermann Hesse, William Blake. La poesía de Ezra Pound, de Virgilio, de Nietzche y del Dante.

¿Y entre los chilenos?
Pedro Prado, y poetas como Omar Cáceres, autor de sólo un libro: "La defensa del ídolo". Jorge Teillier, por supuesto; Humberto Díaz Casanueva, Eduardo Anguita. También Augusto D'Halmar. Y gente que vive poéticamente, como Santiago Elordi y Cristián Warnken.

¿Va al estadio usted?
Me gusta mucho el fútbol. Jugaba mucho. Era portero en el Barros Arana. También jugaba básquetbol, nadaba harto. Tenis también. Y me encantaba escalar solo los montes.

¿Cómo le gustaría morir?
Juro por Dios que no me voy a morir nunca... No... En serio. Me hubiera gustado morir joven, tal vez por puro egoísmo. Porque los amados de los dioses mueren jóvenes... ¿Cómo me gustaría morir...? Por mi propia voluntad... Desaparecer voluntariamente.









domingo, marzo 01, 2009

"Crónica del forastero", de Jorge Teillier

Fragmento




IX


Atardecer vibrante de alas acogidas de regreso por el árbol.
Alas y campanas del Convento de San Francisco.
Por los poderes de la noche
el pueblo se transforma en otro pueblo.
Tú también tienes poderes:
transformas una piedra en un soldado,
una rama en un caballo.
Pero la noche es demasiado grande
y te da miedo ir a sacar agua al pozo.

Los muertos quieren dirigirse a ti
con los fríos peces de sus palabras.
Las alas de los tue-tué golpean las ventanas.
Hay que ofrecerles pan y queso:
ellos volverán a pedirlo
transformados en hombres.

Hay que decir:
“Martes hoy, martes mañana, martes toda la semana”.
Una estrella cae.
Alguien morirá.








en Crónica del forastero, 1968.





sábado, febrero 28, 2009

"Vuelvo al Sur", de Ástor Piazzolla y Fernando E. Solanas

Versión de Roberto Goyeneche


Roberto Goyeneche & Ástor Piazzolla



Vuelvo al Sur,
como se vuelve siempre al amor,
vuelvo a vos,
con mi deseo, con mi temor.

Llevo el Sur,
como un destino del corazón,
soy del Sur,
como los aires del bandoneón.

Sueño el Sur,
inmensa luna, cielo al revés,
busco el Sur,
el tiempo abierto, y su después.

Quiero al Sur,
su buena gente, su dignidad,
siento el Sur,
como tu cuerpo en la intimidad.

Te quiero Sur,
Sur, te quiero.

Vuelvo al Sur,
como se vuelve siempre al amor,
vuelvo a vos,
con mi deseo, con mi temor.

Quiero al Sur,
su buena gente, su dignidad,
siento el Sur,
como tu cuerpo en la intimidad.

Vuelvo al Sur,
llevo el Sur,
te quiero Sur,
te quiero Sur...






viernes, febrero 27, 2009

“En mi garaje vive un dragón que escupe fuego por la boca”, de Carl Sagan





Supongamos que yo le hago a usted una aseveración como ésa. A lo mejor le gustaría comprobarlo, verlo usted mismo. A lo largo de los siglos ha habido innumerables historias de dragones, pero ninguna prueba real. ¡Qué oportunidad!

- Enséñemelo –me dice usted.

Yo le llevo a mi garaje. Usted mira y ve una escalera, latas de pintura vacías y un triciclo viejo, pero el dragón no está.

- ¿Dónde está el dragón? –me pregunta.
- Oh, está aquí –contesto yo moviendo la mano vagamente-. Me olvidé de decir que es un dragón invisible.

Me propone que cubra de harina el suelo del garaje para que queden marcadas las huellas del dragón.

- Buena idea –replico-, pero este dragón flota en el aire.

Entonces propone usar un detector infrarrojo para detectar el fuego invisible.

- Buena idea, pero el fuego invisible tampoco da calor.

Se puede pintar con aerosol el dragón para hacerlo visible.

- Buena idea, sólo que es un dragón incorpóreo y la pintura no se le pegaría.

Y así sucesivamente. Yo contrarresto cualquier prueba física que usted me propone con una explicación especial de por qué no funcionará.

Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre un dragón invisible, incorpóreo y flotante que escupe un fuego que no quema y un dragón inexistente? Si no hay manera de refutar mi opinión, si no hay ningún experimento concebible válido contra ella, ¿qué significa decir que mi dragón existe? Su incapacidad de invalidar mi hipótesis no equivale en absoluto a demostrar que es cierta. Las afirmaciones que no pueden probarse, las aseveraciones inmunes a la refutación son verdaderamente inútiles, por mucho valor que puedan tener para inspirarnos o excitar nuestro sentido de maravilla. Lo que yo le he pedido que haga es acabar aceptando, en ausencia de pruebas, lo que yo digo.

Lo único que ha aprendido usted de mi insistencia en que hay un dragón en mi garaje es que estoy mal de la cabeza. Se preguntará, si no puede aplicarse ninguna prueba física, qué fue lo que me convenció. La posibilidad de que fuera un sueño o alucinación entraría ciertamente en su pensamiento. Pero entonces ¿por qué hablo tan en serio? A lo mejor necesito ayuda. Como mínimo, puede ser que haya infravalorado la falibilidad humana.

Imaginemos que, a pesar de que ninguna de las pruebas ha tenido éxito, usted desea mostrarse escrupulosamente abierto. En consecuencia, no rechaza de inmediato la idea de que haya un dragón que escupe fuego por la boca en mi garaje. Simplemente, la deja en suspenso. La prueba actual está francamente en contra pero, si surge algún nuevo dato, está dispuesto a examinarlo para ver si le convence. Seguramente es poco razonable por mi parte ofenderme porque no me cree; o criticarle por ser un pesado poco imaginativo..., simplemente porque usted pronunció el veredicto escocés de “no demostrado”.

Imaginemos que las cosas hubieran ido de otro modo. El dragón es invisible, de acuerdo, pero aparecen huellas en la harina cuando usted mira. Su detector de infrarrojos registra algo. La pintura del aerosol revela una cresta dentada en el aire delante de usted. Por muy escéptico que pueda ser en cuanto a la existencia de dragones –por no hablar de seres invisibles- ahora debe reconocer que aquí hay algo y que, en principio, es coherente con la idea de un dragón invisible que escupe fuego por la boca.

Ahora otro guión: imaginemos que no se trata sólo de mí. Imaginemos que varias personas que usted conoce, incluyendo algunas que está seguro de que no se conocen entre ellas, le dicen que tienen dragones en sus garajes..., pero en todos los casos la prueba es enloquecedoramente elusiva. Todos admitimos que nos perturba ser presas de una convicción tan extraña y tan poco sustentada por una prueba física. Ninguno de nosotros es un lunático. Especulamos sobre lo que significaría que hubiera realmente dragones escondidos en los garajes de todo el mundo y que los humanos acabáramos de enterarnos. Yo preferiría que no fuera verdad, francamente. Pero quizá todos aquellos mitos europeos y chinos antiguos sobre dragones no eran solamente mitos...

Es gratificante que ahora se informe de algunas huellas de las medidas del dragón en la harina. Pero nunca aparecen cuando hay un escéptico presente. Se plantea una explicación alternativa: tras un examen atento, parece claro que las huellas podían ser falsificadas. Otro entusiasta del dragón presenta una quemadura en el dedo y la atribuye a una extraña manifestación física del aliento de fuego del dragón. Pero también aquí hay otras posibilidades. Es evidente que hay otras maneras de quemarse los dedos además de recibir el aliento de dragones invisibles. Estas “pruebas”, por muy importantes que las consideren los defensores del dragón, son muy poco convincentes.

Una vez más, el único enfoque sensato es rechazar provisionalmente la hipótesis del dragón y permanecer abierto a otros datos futuros, y preguntarse cuál puede ser la causa de que tantas personas aparentemente sanas y sobrias compartan la misma extraña ilusión.




en El mundo y sus demonios, 1997








jueves, febrero 26, 2009

Entrevista a Antonin Artaud, de G.F.

Extracto





Por fin, Antonin Artaud se dejó entrevistar.

- Mi hoja de servicios. Primero, un papel de galán joven en Fait Divers, un film de vanguardia que se vio en el "Ursulines" y que contenía una escena de estrangulamiento a cámara lenta que podía pasar en su momento por una innovación. Algunas siluetas en diversos films: Surcouf, Le juif errant, Graziella. Por fin, Napoleón, de Abel Gance, en el cual encarné a Marat. Fue el primer papel en el que me pude sentir en la pantalla tal y como soy, donde me ha sido posible no sólo tratar de actuar sinceramente, sino expresar la concepción que yo tenía de una figura, de un personaje, que ha aparecido como la encarnación de una fuerza de la naturaleza, desinteresado e indiferente a todo lo que no fuera la fuerza de sus pasiones.

Después de Marat fue el hermano Krassien en Jeanne d'Arc, de Carl Th. Dreyer. Encarné esta vez a un santo, ya no efervescente, lleno de paroxismos y permanentemente arrancado de sí mismo, sino, por el contrario, absolutamente sereno. No quiero preocuparme por lo que el film, por lo que mi papel en este film haya pasado a ser en la versión llamada comercial. Sé que guardo de mi trabajo con Dreyer recuerdos inolvidables. Tuve relación allí con un hombre que ha llegado a hacerme creer en la justeza, la belleza y el interés humano de su concepción. Y cualesquiera que sean mis ideas sobre el cine, sobre la poesía, sobre la vida, me he dado cuenta por una vez de que no estaba en contacto con una estética, o una idea preconcebida, sino con una obra, con un hombre empeñado en elucidar uno de los problemas más angustiosos que existen: Dreyer empeñado en demostrar en Juana de Arco una víctima de una de las deformaciones más dolorosas que existen, la deformación de un principio divino al pasar por los cerebros de los hombres, llámense Gobierno, o Iglesia, o de cualquier otra manera.

También las modalidades, la técnica pura de este trabajo fueron apasionantes, porque si yo he encontrado en Dreyer un hombre exigente, en revancha he encontrado no un director, sino un hombre en el sentido más sensible, más humano y más completo de la palabra. Dreyer, empeñado en pedir, en insinuar al actor el espíritu de una escena, dejándole en seguida la amplitud de dirigirla, de darle una inclinación personal, con tal de que permanezca fiel al espíritu perdido; por cierto, que en la escena final del martirio final de Juana, antes del suplicio, antes de la comunión, cuando el hermano Krassien pregunta a Juana si sigue creyéndose enviada del cielo, la especie de exaltación comunicada a Krassien por Juana, por la situación y la escena, quizá no era indispensable, pero estuvo dictada por la emoción misma de los hechos, y Dreyer no intentó evitarla.

Tendría muchas cosas que decir sobre el film de Carl Th. Dreyer. Me alegro simplemente de que la representación de la versión íntegra haya hecho cambiar la opinión general sobre un film tan extraordinario.

Después de Jeanne d'Arc he hecho un intelectual en Verdun, Visions d'Histoire, de León Poirier, Mahaud en l'Argent, de Marcel L'Herbier, y un papel de bohemio enamorado en Tarakanova, que acabo de terminar bajo la dirección de Raymond Bernard.

Si bien no he tenido ocasión de crear en estos últimos films personajes tan decisivos como en Napoleón y Jeanne d'Arc, estoy seguro, ahora que he tomado contacto con diversos directores, de que me será posible al fin tener la ocasión de crear un personaje completo.

El cine es un oficio espantoso. Demasiados obstáculos impiden expresarse y realizar. Demasiadas contingencias comerciales o financieras molestan a los directores que conozco. Se defienden demasiadas gentes, demasiadas cosas, demasiadas necesidades ciegas. Por todo esto, el cine es un oficio que yo ciertamente abandonaría si en un papel me veo contenido, inválido, cortado de mí mismo, de lo que pienso y de lo que siento.

Por favor, amigo mío, no me compare usted con Conrad Veidt. Hay en este artista una especialización en el paroxismo, en lo excesivo, que yo trato de evitar cada vez más.

Una palabra todavía sobre el oficio de actor. Estoy oyendo cada día a directores, a quienes se les escapa el sentimiento propiamente dramático, alabar, en detrimento del actor profesional, al actor de ocasión, a quien, como en Finis Terrae, por ejemplo, se hace interpretar mejor que a un actor de oficio cualquier escena de la vida.

La discusión se basa en un malentendido, eso es todo.

El actor natural hace sobre la pantalla lo que hace en la vida y se puede conseguir que lo interprete con un poco de paciencia; pero el actor de cine, quiero decir, el bueno, el verdadero, ese que colocado en un terreno artificial, en el terreno del arte o de la poesía, siente y piensa directamente, espontáneamente, sin interpretar, este actor hace lo que nadie podría hacer, lo que él mismo en estado normal no hace.

Esa es toda la cuestión, querido amigo, le agradecería mucho que concediera más espacio en su artículo a las ideas que le comunico que a mis papeles. Las primeras son más susceptibles de interesar a sus lectores que los segundos.






en Cinémonde, 1 de agosto de 1929.







miércoles, febrero 25, 2009

“Contra la escuadrilla Lafayette”, de Gene Wolfe






He construido una réplica perfecta de un Fokker triplano, si exceptuamos el tipo de pintura del fuselaje. Mide cinco metros y setenta y cinco centímetros de largo y tiene un ancho de ala de siete metros y diecinueve centímetros, igual que el original. El motor es una copia auténtica de un Oberursel UR II. Tengo un torno y una fresadora y he construido la mayoría de las piezas del motor yo mismo, aunque algunas debí encargarlas a una compañía de Cleveland, y la mayor parte de los componentes eléctricos fueron hechos en Louisville, Kentucky.

Al principio esperaba haber conseguido un motor original, y escribí mis primeras cartas a Alemania con esa idea en mente, pero no fue posible; hay sólo unos cuantos, y por lo que yo pude averiguar ninguno en manos privadas. El Oberursel Worke ya no está en existencia. Pude realizar mis planes a pesar de todo, mediante la cooperación de algunos aficionados alemanes. Hice un nuevo plano de mi proyecto, traduciendo yo mismo el alemán que fue necesario, y lo envié a Cleveland. Un hombre del periódico vino a tomar algunas fotos cuando el Fokker estaba casi listo para volar, y estimé entonces que había empleado más de tres mil horas en la construcción. Hice todo el fuselaje y el ensamblaje yo mismo, y también la hélice.

He intentado hacerlo todo tan parecido a la realidad como fuera posible, y hasta tengo dos ametralladoras 7.92 mm Maxim "Spandau" montadas justo al frente de la carlinga. Naturalmente que no están cargadas, pero sí acopladas al motor con el mecanismo interruptor del Fokker Zentralsteuerung.

La cuestión de la pintura me creó un problema con un hombre de Oregon, con el que mantenía correspondencia, que volaba en un Nieuport Ecout. La pintura auténtica, como ya deben saber ustedes, era extremadamente inflamable. El quería saber si yo la había usado, y cuando le dije que no empezó a criticarme. Tal como expliqué entonces, quiero demasiado al Fokker para exponerme a que se incendie, y si Antony Fokker y Reinhold Platz hubieran tenido pintura a prueba de fuego la habrían utilizado. Esto no dejó satisfecho al hombre de Oregon y finalmente se puso tan pesado que ya no contesté sus cartas. Sigo creyendo que lo que hice fue correcto, y si tuviera nuevamente la oportunidad volvería a repetirlo.

Precisé de un remolque especialmente construido para trasladar el Fokker, y cambié mi coche por un camión para arrastrarlo y transportar piezas y repuestos, pero procuro dejarlo en un pequeño campo que hay cerca de aquí donde tengo alquilado un hangar, y moverlo lo menos posible por las carreteras. Cuando hago esto, debido al ancho de la carga, he de conducir muy lentamente y utilizar exclusivamente ciertas carreteras. La gente siempre se para a mirar cuando paso, y algunas veces puedo oír cómo, desde los porches, llaman a otras personas para que salgan a verme. Creo que, particularmente, les interesan las tres alas del Fokker, y será muy raro que lo vea alguna vez un veterano de la guerra..., casi siempre un hombre que fuma pipa y tiene un bastón. Cuando puedo oír los comentarios son bastante estúpidos, pero disfruto viendo una luz que emerge en los ojos de los que miran.

La mayor parte del tiempo el Fokker está en su hangar, en el campo, y ustedes no me reconocerían cuando me dispongo a volar. Hay una cruz negra pintada sobre la puerta de mi camión, pero no significaría nada para ustedes. Supongo que no significaría nada para ustedes ni siquiera si me hubieran visto salir el día que vi el globo.

Era uno de los primeros días de la primavera; había una sensación de frescor en el ambiente realmente indescriptible. Tres días antes me había elevado por primera vez aquel año, yendo después del trabajo y volando con un tiempo más bien malo con muy poca luz; un vuelo de invierno, realmente. Ahora era sábado y todo había cambiado. Recuerdo cómo revoloteaba mi bufanda mientras estaba hablando con el mecánico en el campo.

El viento era bueno, viniendo de la parte más ancha del campo hacia mí, llegando bajo las alas del Fokker y levantándolo como a una cometa antes de haber recorrido treinta metros. Giré ligeramente entonces, echando una buena mirada al campo, con toda la hierba, verde y renovada, empezando a brotar, y ajustándome las gafas.

¿Han estado alguna vez en una carlinga abierta viendo las riostras de las alas temblar y la tierra oscilando abajo, muy lejos? No hay cosa parecida. Eché hacia atrás el timón, sin parar, y ascendí cada vez más hasta que me encontré mirando hacia abajo la espalda de todos los pájaros; no podía asegurar cuál de los pequeños tejados que contemplaba era el de mi casa o el de la fábrica donde trabajaba. Luego dejé de mirar abajo y lo hice hacia arriba y muy lejos, siempre acordándome de observar por encima de mi hombro el sol donde los S.E. 5 del Royal Flying Corps acostumbran a fluctuar como dragones voladores, invisibles a causa del resplandor.

Luego miré a lo lejos y vi, casi sobre el horizonte, un punto naranja. Entonces no sabía, naturalmente, lo que era; pero hice señales a los otros miembros del comando Jagstaffel y viré hacia él, con el Fokker estremeciéndose ante el desafío. Aquello se movía con el viento, es decir, alejándose de mí porque el viento era de cola, y nos dirigimos hacia él, elevándonos constantemente.

En realidad no era rojo naranja como yo había pensado al principio. Se trataba más bien de mil colores y matices, con rojos, amarillos y blancos predominando. Me elevé hacia él casi verticalmente con el timón tirado hacia atrás, casi hasta el suelo. Debido a ello no había podido ver, al principio, la cesta que pendía del aerostato. Luego me coloqué a su altura y estuve dando vueltas alrededor a cierta distancia. Fue entonces cuando me di cuenta de que era un globo. Después de un momento vi también que era un modelo construido a la vieja usanza con una cesta de mimbre para los pasajeros, y que había alguien en ella. Por el momento me interesaba más la profusión de los colores y proseguí girando alrededor lentamente hasta que pude verlos mejor. Los azules de un huevo de Pascua y los negros, los rojos, blancos y amarillos.

Lo comprendí todo cuando divisé a la muchacha. Ella era la pasajera, una mujer muy hermosa que llevaba faldas almidonadas y cuyo cabello castaño rizado caía sobre sus hombros desnudos. Me hizo señas y fue entonces cuando entendí.

Las damas de Richmond lo habían confeccionado para el ejército Confederado, utilizando para ello sus vestidos de seda. Recordé haber leído algo sobre ello. La muchacha de la cesta me tiró un beso y yo le hice señas, intentando comunicarle que ninguno de los hombres de mi escuadrilla podría causarle ningún daño; que habíamos pensado en principio que su artefacto pudiera haber sido un globo de observación francés o italiano, pero que en el futuro ella no debía temer a ningún arma al servicio del Flugzeugmeisterei del Kaiser.

Estuve volando en círculos alrededor del aerostato por algún tiempo, mientras ella se giraba lentamente para seguir el movimiento de mi aeroplano, y hablamos lo mejor que pudimos mediante gestos y sonrisas. Finalmente, cuando observé que el combustible se estaba terminando, le indiqué que debía irme. La muchacha se acercó a un recipiente oculto por el borde de la cesta y asió una botella marrón tapada con un corcho, defectuosamente modelada. Volé mucho más cerca del globo hasta que pude ver la casi destrozada etiqueta de color amarillento. Era una botella original, uno de los refrescos más antiguos. Mientras la observaba la mujer destapó el envase, bebió y, simbólicamente, me ofreció la bebida.

Luego debí marcharme. Volví al campo pero me vi obligado a tomar tierra con la última gota de mi combustible cuando me hallaba a medio kilómetro. Naturalmente realimenté el Fokker rápidamente y volví a despegar, pero no pude encontrar el globo.

Nunca he podido volver a localizarlo, aunque vuelo casi cada día y siempre que el tiempo lo permite. Sólo veo un cielo vacío y unos cuantos aviones. Algunas veces, a decir verdad, me pregunto si las cosas no habrían sido diferentes en caso de que hubiera utilizado, una vez terminado el Fokker, la pintura original auténtica e inflamable. Ella era tan real... De vez en cuando, al llegar la noche, pienso que la veo a lo lejos, por encima de las nubes, y prosigo mi vuelo tanto como puedo a través del silencioso firmamento, con el Fokker estremeciéndose a mi alrededor y con la válvula de paso abierta al máximo.

Pero únicamente está el sol.











martes, febrero 24, 2009

"Un contundente triunfo de Evo", de Elicura Chihuailaf






Llvkalen, pilley ta chi pelo vgvmniyeel. Kiñe kage neyen Wallon Mapu trepel-lley. Los tiuques anuncian la llovizna repentina y graznidos de bandurrias llenan de coigües nuestro amanecer. En las sementeras del alma se humedece el pasto de la memoria aquél que no alcanzamos a guardar. Cae la lluvia, caen los rayos, sobre nuestros Sueños, inundando de piedras y de oro los campos del recuerdo. Afiebrados de truenos y relámpagos pensamos en las bombas de neutronio que apagarán un día a las estrellas enceguecidas de tanto resplandor. Tengo miedo, dice la leve luz de la esperanza. Un raro resollar despierta al Universo. Así me está diciendo un contrasueño de verano.

Sí, está raro el tiempo, dicen aquí en el campo. Las noches parecen noches de invierno. Ya no sólo en las ciudades se vive “estrechado”, dicen. Variadas son las causas que está provocando el cambio climático, sabemos, pero nosotros no podemos dejar de pensar en el despliegue del verdor de la futura desertización. ¿Se seguirá aceptando el flagrante engaño propagandístico de las forestales? ¿Su pretensión –multimillonaria campaña mediante- de establecer como verdad que las plantaciones de pinos y eucaliptos son bosques? Bastaría con abrir las páginas del diccionario castellano para –desde el punto de vista del concepto- constatar la actitud delincuencial de dichas empresas nacionales y transnacionales y de los medios de comunicación que aceptan su propaganda y la del Estado chileno que incentiva su proliferación.

¿Y si la Palabra Poética no es el mejor camino? ¿Y si a veces responder a la violencia no es el mejor camino? ¿De qué forma podrán escuchar nuestra voz? Estamos diciendo con el cantor Mauricio Gutiérrez en su hermoso disco que estará pronto hablando en el corazón de la chilenidad y de la mapuchidad.

Mientras, como desde el 1800 hasta ahora, los Estados argentino y chileno continúan su acción “pacificadora”. En Chile, un comunicado de la comunidad Temucuicui dice que “Ante la negativa del Tribunal en conceder la libertad bajo firmas semanales a nuestro Werken Jaime Huenchullan, él ha decidido renunciar a la nacionalidad chilena, puesto que siempre se le ha negado su condición de hijo del Pueblo Mapuche, y siente necesario, ahora más que nunca, hacer valer sus derechos como miembro de Pueblo Originario, y que se le respeten todos los derechos que tiene como tal, según los tratados internacionales”. “(...) considerando que es una opción válida para un luchador social que se encuentra en prisión política, es que nuestro Werken ha iniciado una Huelga de Hambre Indefinida hasta que no se aclare su situación judicial y pueda optar a la libertad que se merece, ya que es inocente y quiere comprobar que esto no es más que otro montaje que intenta criminalizar las justas reivindicaciones sociales del Pueblo- Nación Mapuche”.

En Argentina, un comunicado de la comunidad Felipin señala: “Denunciamos un nuevo acto de atropello por parte de la justicia provincial en conjunto con los estancieros haciendo efectiva una orden de desalojo. Manifestamos que se actuó con impunidad y desigualdad dado a que el señor Pedro Muñoz, juez de paz de Las Coloradas, se desenvolvió con mucha parcialidad e incoherencia respecto al conflicto ya que estuvo sujeto a las órdenes y decisiones del estanciero Oscar Isasi, quien además facilitó los caballos y estuvo al frente del operativo policial”.

Atardece, ¿no es acaso la tarde como la vejez, la hora en que el día y la Gente desean morir en paz?, me digo otra vez. Mas –como el amanecer- esta tarde está llena de graznidos y de cantos de bandurrias y de treiles que revolotean sobre los campos y las copas de los árboles más altos de la montaña. Están también ahí los Sueños de nuestro hermano Evo Morales (¡mar para tu Pueblo, le está diciendo el viento que en este instante va y viene entre la cordillera de Los Andes y las costas de Mehuin). ¡Cincuenta y nueve por ciento de apoyo a la nueva Constitución!, un contundente triunfo que la clase adinerada y abusiva no quiere reconocer. Entonces se acuerdan y apelan al “diálogo”, entonces recuerdan que la democracia es participación.

La esperanza recupera su resplandor.







en El Periodista,
Santiago, 30 de enero de 2009.










lunes, febrero 23, 2009

"Persona", de Ingmar Bergman

Conversación-monólogo de la doctora a Elisabeth Vogler





He estado pensando, Elisabeth,
y no creo que debas seguir
en el hospital.
Creo que es perjudicial.

Como no quieres volver a casa,
tú y Alma
pueden ir a mi casa
de la costa…

¿Crees que no lo entiendo?
El sueño imposible de ser.
No de parecer, sino de ser.
Consciente en cada momento.
Vigilante.

Al mismo tiempo,
el abismo entre lo que eres para
los otros y para ti misma.
El sentimiento de vértigo y
el deseo constante de
al menos, estar expuesta,
de ser analizada, diseccionada,
quizás incluso aniquilada.

Cada palabra una mentira,
cada gesto una falsedad,
cada sonrisa una mueca.

¿Suicidarse?
¡Oh, no! Eso es horrible.
Tú no harías eso.
Pero puedes quedarte inmóvil
y en silencio.
Por lo menos así no mientes.

Puedes encerrarte en ti misma,
aislarte.
Así no tendrás que
desempeñar roles,
ni poner caras ni falsos gestos.

Piensas, pero…, ¿ ves?
La realidad es atravesada,
tu escondite no es hermético.
La vida se cuela por todas partes.
Estás obligada a reaccionar.

Nadie pregunta si es real o irreal,
si tú eres verdadera o falsa.
La pregunta sólo importa
en el teatro.
Y casi ni siquiera allí.

Te entiendo, Elisabeth.
Entiendo que estés en silencio,
que estés inmóvil,
que hayas situado esta falta de
voluntad en un sistema fantástico.
Te entiendo y te admiro.

Creo que deberías mantener
este papel hasta que se agote,
hasta que deje de ser interesante.

Entonces podrás dejarlo.
Igual que poco a poco fuiste dejando
los demás papeles.















domingo, febrero 22, 2009

“Un hijo de los dioses”, de Ambrose Bierce






Día de brisa en un paisaje soleado. Campo abierto a derecha, a izquierda, hacia adelante; detrás, un bosque. En el linde del bosque, frente al campo abierto pero temiendo aventurarse en él, largas líneas de soldados que conversan; crujido de innumerables pasos sobre las hojas secas que tapizan el suelo entre los árboles; voces roncas de los oficiales que dan órdenes. Al frente de las tropas —pero no demasiado expuestos— apartados grupos de soldados de caballería; muchos miran atentamente la cumbre de una colina situada a una milla de distancia en la dirección del avance interrumpido. Porque ese ejército poderoso, que se desplaza en orden de batalla a través de un bosque, acaba de encontrar un obstáculo formidable: el campo abierto. La cumbre de la suave colina a una milla de distancia tiene un aspecto siniestro. Dice: ¡Cuidado! Está coronada por un largo muro de piedra que se extiende a derecha e izquierda. Detrás del muro hay un cerco. Detrás del cerco se ven las copas de algunos árboles dispuestos muy irregularmente. Entre los árboles, ¿qué? Es necesario saberlo.

Ayer, y muchos días y noches antes, combatíamos en alguna parte; había un incesante cañoneo y de tiempo en tiempo el redoble del vivo fuego de los fusiles al que se mezclaban vítores —nuestros o de nuestro enemigo: rara vez lo sabíamos— atestiguando una ventaja transitoria. Esta mañana, al romper el día, el enemigo había desaparecido. Avanzamos cruzando sus fortalezas y terraplenes —¡tan a menudo lo habíamos intentado vanamente!— a través de los desechos de sus campamentos abandonados, en medio de las tumbas de sus caídos en el bosque.

¡Con qué curiosidad lo examinamos todo! ¡Cuán extraño nos pareció todo! Nada nos era completamente familiar. Hasta los objetos más comunes —una montura vieja, una rueda hecha pedazos, una cantimplora olvidada— nos descubrían algún rasgo de la misteriosa personalidad de aquellos desconocidos que habían estado matándonos. El soldado no se representa jamás a sus adversarios como hombres semejantes a él; no puede sacarse la idea de que son seres de otra especie, diferentemente condicionados, en un medio que no es del todo el de esta tierra. Los menores vestigios dejados por ellos detienen su atención y cautivan su interés. Los juzga inaccesibles y cuando los vislumbra de improviso, en la lejanía se le aparecen más lejanos, más considerables de lo que realmente están y son, como objetos en la niebla. En cierto modo, le inspiran un temor reverencial.

Desde el linde del bosque hasta lo alto de la colina se ven huellas de cascos de caballos y de ruedas, las ruedas del cañón. La hierba amarilla está pisoteada por la infantería. Por ahí han pasado miles, qué duda cabe. Pero no hay rastros en los caminos. Esto es significativo: es la diferencia entre un repliegue y una retirada.

Esos hombres a caballo son nuestro general en jefe, su estado mayor y su escolta. El general mira la colina distante. Con ambas manos, levantando innecesariamente los codos, sostiene los prismáticos contra sus ojos. Es una moda: confiere dignidad al ademán. Todos lo hacemos así. De pronto, baja los prismáticos y dice unas pocas palabras a quienes lo rodean. Dos o tres edecanes se apartan del grupo y a galope corto se internan en el bosque, a lo largo de las líneas, cada cual en una dirección. Sin haberlas oído, conocemos sus palabras:

—Díganle al general X que haga avanzar la artillería.

Aquellos de nosotros que no están en su puesto, se alejan apresuradamente: los que descansaban, se yerguen, y las filas vuelven a formarse sin que la orden haya sido impartida. Algunos de nosotros, oficiales del estado mayor, nos apeamos para verificar la cincha de nuestras cabalgaduras; los que se habían apeado, vuelven a subir.

Galopando rápidamente por la brilla del campo abierto, llega un joven oficial en un caballo blanco como la nieve. El mandil de su silla de montar es escarlata. ¡Imbécil! Cualquiera que haya oído silbar las balas recuerda que todos los fusiles apuntan instintivamente al hombre qué monta un caballo blanco; cualquiera que haya visto el fogonazo del obús no ignora que un poco de rojo exaspera al toro de la batalla. Que esos colores se hayan puesto de moda en la vida militar debe aceptarse como uno de los fenómenos más sorprendentes de la vanidad humana. Se los diría calculados para aumentar el índice de mortandad.

Ese joven oficial está de punto en blanco, como en un desfile. Brilla con todas sus galas. Es una edición de lujo, con el canto dorado, de la Poesía de la guerra. Una onda de risas burlonas corre por las filas a medida que avanza. ¡Pero qué apuesto es! ¡Con qué gracia indolente monta a caballo!

Se para a respetuosa distancia del general en jefe y saluda. El viejo soldado, inclinando la cabeza, responde a su saludo con familiaridad. Lo conoce, evidentemente. El joven da la impresión de hacer un pedido que el general no está dispuesto a conceder. Acerquémonos un poco. ¡Demasiado tarde! ¡Ya han terminado! El joven oficial saluda de nuevo, da media vuelta en su caballo y toma derecho hacia la cumbre de la colina. Está mortalmente pálido.

Unos cuantos tiradores, a seis pasos de distancia, salen ahora del bosque y avanzan por el campo abierto. El comandante dice unas palabras al clarín, que pega su instrumento a los labios. ¡Tralalá! ¡Tralalá! Los tiradores se detienen.

Mientras tanto, el joven jinete ha recorrido cien yardas. Sube al paso la prolongada colina, erguido, sin volver jamás la cabeza. ¡Es admirable! ¡Dios mío, qué no daríamos nosotros por estar en su lugar, por tener su presencia de ánimo! No ha sacado el sable de la vaina; su mano derecha cuelga indolentemente. La brisa sopla sobre el penacho de su sombrero y lo hace flamear con elegancia. La luz del sol descansa en sus charreteras tiernamente, como una visible bendición. Cabalga en línea recta. Diez mil pares de ojos están fijos en él con una intensidad que no puede dejar de sentir; diez mil corazones palpitan al ritmo rápido de los inaudibles pasos de su corcel blanco como la nieve. No está solo: nuestras almas lo acompañan. Todos no somos sino "hombres muertos". Pero recordamos habernos reído. Sigue y sigue cabalgando, en línea recta hacia la muralla que bordea el cerco. Ni una mirada hacia atrás. ¡Ah, si consintiera en volverse una sola vez, si pudiera sentir ese amor, esa adoración, esa reparación!

Nadie habla. En las profundidades del bosque se oye aún el murmullo de las multitudes que lo pueblan, invisibles y ciegas, pero en la orilla, allí donde comienza el campo abierto, el silencio es absoluto. El general corpulento se ha transformado en una estatua ecuestre. Los oficiales a caballo del estado mayor, mirando por los prismáticos, están inmóviles. La línea de batalla en el linde del bosque observa una nueva clase de "atención" porque cada soldado se mantiene en la actitud que tenía cuando adquirió bruscamente conciencia de lo que está sucediendo. Todos esos duros e impenitentes matadores de hombres para quienes la muerte en la más atroz de sus formas es algo familiar que pueden observar día tras día, que duermen en las colinas sacudidas por el tronar de los cañones, que comen bajo una lluvia de proyectiles y que juegan a los naipes entre los rostros muertos de sus amigos más queridos; todos ellos, con el corazón palpitante, conteniendo el aliento, acechan el resultado de un acto que compromete la vida de un solo hombre. Tal es el magnetismo del valor y de la devoción.

Si ahora volvieran ustedes la cabeza, observarían un movimiento simultáneo entre los espectadores, un sobresalto semejante al que produce una corriente eléctrica; después, mirando de nuevo hacia adelante, hacia el jinete lejano, verían que en ese momento mismo ha cambiado de dirección y se desvía en ángulo recto de la ruta precedente.

Los soldados suponen que ese desvío ha sido causado por un disparo, quizá por una herida, pero tomen ustedes los prismáticos y observarán que se dirige hacia una brecha en el muro y en el cerco. Intenta franquearlos, si no lo matan, para examinar la comarca que se extiende más allá.

No deben ustedes olvidar la naturaleza del acto de este hombre; en el hecho en sí no pueden ver una bravata, ni un sacrificio inútil. Si el enemigo no se ha batido en retirada, acumula todas sus fuerzas detrás de la colina. El explorador encontrará nada menos que una línea de batalla; no se necesitan puestos de avanzada, centinelas en vista, tiradores para anunciar nuestro avance. Nuestras líneas de ataque serán visibles, conspicuas, estarán expuestas a un fuego de artillería que arrasará la tierra en el preciso instante en que salgan del linde del bosque, a media distancia de una lluvia de balas que hará perecer a todos nuestros soldados. En suma, si el enemigo está allí, sería una locura atacarlo de frente; habrá que desbordarlo siguiendo el plan inmemorial que consiste en amenazar sus líneas de comunicación, tan necesarias a su existencia como lo es su tubo de aire para el buzo sumergido en el fondo del mar. ¿Pero cómo saber a ciencia cierta que el enemigo está allí? Sólo hay un medio: alguien que vaya y vea. Por lo común, se acostumbra mandar una línea de tiradores. Pero en este caso todos pagarían con sus vidas una respuesta afirmativa. El enemigo, agazapado en doble fila tras el muro de piedra, y a cubierto por el cerco, aguardará hasta que le sea posible contar los dientes de cada asaltante. La mitad de ellos caerá a la primera salva, y la otra mitad sufrirá igual destino antes de poder batirse en retirada. ¡Qué caro cuesta satisfacer una curiosidad! ¡A qué alto precio debe a veces un ejército comprar sus informes! "Déjenme pagar por todos", ha dicho ese galante caballero, ese Cristo soldado. No hay ninguna esperanza, excepto la esperanza contra toda esperanza de que la colina esté despejada. En verdad, el caballero podría preferir el cautiverio a la muerte. Mientras avance, los soldados enemigos no dispararán. ¿Por qué dispararían?

Puede entrar sano y salvo en las filas hostiles y convertirse en un prisionero de guerra. Pero esto haría fracasar su propósito. Es preciso que regrese sano y salvo a nuestras líneas, o que lo maten ante nuestros ojos. Sólo así sabremos cómo proceder. Porque su captura puede muy bien ser la obra de media docena de rezagados.

Ahora comienza una extraña justa de inteligencia entre un hombre y un ejército. Nuestro caballero, a un cuarto de milla de la cumbre, dobla de pronto hacia la izquierda y galopa en dirección paralela a la colina. Ha visto a su adversario: lo sabe todo. Una configuración del terreno ligeramente favorable le ha permitido distinguir parte de las tropas enemigas. Ahora estaría en condiciones de comunicarnos lo que sabe. Si estuviera aquí, podría decírnoslo, pero ya no debemos esperar su vuelta: ha de hacer el mejor uso de los pocos minutos que le quedan por vivir para obligar al adversario mismo a que nos dé aquellos informes claramente, francamente, cosa que repugna, desde luego, a esa discreta potencia. No hay un solo tirador en esas filas de hombres agazapados, no hay un solo artillero junto a esos cañones disimulados y prontos a disparar, que ignore las exigencias de la situación, el imperativo debe de ser paciente. Por lo demás, sus jefes tuvieron tiempo de sobra para prohibirles que dispararan. En realidad, una sola bala podría abatirlo sin revelar gran cosa. Pero un disparo es contagioso... Y vean ustedes cuán rápidamente se desplaza sin detenerse nunca, excepto para hacer girar su caballo antes de tomar una nueva dirección, sin volverse nunca hacia sus ejecutores. Lo distinguimos todo a través de los prismáticos, nos parece que todo sucede a la distancia de un balazo. Sí, lo distinguimos todo excepto al enemigo, cuya presencia, cuyos pensamientos, cuyos motivos inferimos. A simple vista sólo hay una silueta negra sobre un caballo blanco, dibujando zigzags sobre una colina distante, tan lentamente que casi parece que serpenteara.

Tomemos nuevamente los prismáticos: se ha cansado de su fracaso, o ha visto su error, o ha enloquecido: ¡ahora se lanza en línea recta contra el muro de piedra como si quisiera saltarlo junto con el cerco! Un instante después da media vuelta y desciende la colina, rápido como el viento, hacia sus amigos, hacia la muerte. En seguida, abarcando centenares de yardas a derecha e izquierda, impetuosas columnas de humo aparecen tras el muro de piedra. En seguida el viento las disipa y antes de que hayamos oído el crepitar de los fusiles, el jinete cae. No, vuelve a incorporarse en su silla; se ha contentado con hacer plegar su caballo sobre las patas de atrás. ¡De nuevo el caballo está sobre sus cuatro patas, y ambos se alejan! Rompemos en formidables vítores que nos liberan de la insoportable tensión de nuestros sentimientos. ¿Y el caballo y su caballero? Sí, ambos se alejan. Se alejan de verdad. Vienen directamente hacia nuestra izquierda, en línea paralela al muro que ahora escupe sin tregua llama y fuego. Los fusiles crepitan de modo constante y ese corazón valeroso sirve de blanco a cada bala.

De pronto, una gran sábana de humo se levanta detrás del muro. Una y otra la suceden y suben antes de que alcance a nuestros oídos el tronar de las explosiones y el zumbido de los proyectiles que llegan y brincan hasta donde estamos, a través de nubes de polvo, haciendo caer de vez en cuando a un hombre, causando una distracción momentánea., suscitando un egoísta pensamiento fugaz.

El polvo se dispersa. ¡Increíble!... Ese caballo y ese caballero hechizados han franqueado un barranco y suben otra colina para descubrir otra conspiración de silencio y frustrar el designio de otras huestes armadas. Un instante más, y también aquella cumbre entra en erupción. El caballo se encabrita y golpea el aire con sus patas delanteras. Por fin cae. Pero... ¡quién diría! El hombre se ha desprendido del animal muerto. Se yergue, inmóvil, y con la mano derecha levanta el sable por encima de la cabeza. Nos mira de frente. Luego baja la mano a la altura del rostro, extiende el brazo, la hoja del sable describe una curva hacia el suelo. Es una señal a nosotros, al mundo, a la posteridad. Es el saludo de un héroe a la muerte y a la historia.

De nuevo se ha roto el hechizo. Nuestros hombres tratan de lanzar vítores: la emoción los ahoga: articulan gritos roncos, discordantes, aferran sus armas y se precipitan tumultuosamente en el campo abierto. Los tiradores, sin haber recibido órdenes, en contra de las órdenes, avanzan a todo correr como sabuesos sueltos. Nuestros cañones hablan y los del enemigo contestan a coro. De izquierda a derecha, hasta donde la vista alcanza, erige sus torres de humo la distante colina, que ahora parece tan cerca, y los gruesos proyectiles se abaten gruñendo sobre la masa hormigueante de nuestras tropas. Uno después de otro, nuestros estandartes emergen del bosque, nuestras filas se adelantan impetuosamente, y las armas bruñidas centellean al sol. Sólo los últimos batallones, dando pruebas de obediencia, permanecen a la distancia prescrita del frente rebelde.

El general en jefe no se ha movido. Baja ahora sus prismáticos y echa una ojeada a derecha e izquierda. Ve la corriente humana que avanza a ambos lados del grupo formado por él y por su escolta, como un remolino de olas partido en dos por un peñasco. Ni el menor signo de emoción en su rostro: está pensando. De nuevo mira hacia adelante: examina en toda su extensión esa colina terrible y maléfica. Dice una palabra en voz baja a su clarín. ¡Tralalá! ¡Tralalá! Tan imperiosa es la orden que se hace obedecer. La repiten los clarines de todos los destacamentos subordinados. Las notas breves, metálicas, se afirman por encima del zumbido del ataque y atraviesan el ruido de cañón. Detenerse es batirse en retirada. Los estandartes se repliegan lentamente, las filas dan media vuelta, melancólicas, cargando a los heridos. Los tiradores recogen los muertos.

¡Ah, esos muchos, muchos muertos inútiles! A esa gran alma cuyo hermoso cuerpo yace allí, tan nítidamente recortado sobre el flanco árido de la colina, ¿no hubieran podido ahorrarle la amarga conciencia de un sacrificio vano? ¿Es que una sola excepción habría herido demasiado gravemente la implacable perfección del plan eterno, ineluctable, divino?




en Cuentos de soldados y civiles, 1891





sábado, febrero 21, 2009

“Fiera de amor”, de Delmira Agustini







Fiera de amor, yo sufro hambre de corazones.
De palomos, de buitres, de corzos o leones,
No hay manjar que más tiente, no hay más grato sabor;
Había ya estragado mis garras y mi instinto,
Cuando erguida en la casi ultratierra de un plinto,
Me deslumbró una estatua de antiguo emperador.

Y crecí de entusiasmo; por el tronco de piedra
Ascendió mi deseo como fulmínea hiedra
Hasta el pecho, nutrido en nieve al parecer;
Y clamé al imposible corazón... la escultura
Su gloria custodiaba serenísima y pura,
Con la frente en Mañana y la planta en Ayer.

Perenne mi deseo, en el tronco de piedra
Ha quedado prendido como sangrienta hiedra;
Y desde entonces muerdo soñando un corazón
De estatua, presa suma para mi garra bella;
No es ni carne ni mármol: una pasta de estrella
Sin sangre, sin calor y sin palpitación...

¡Con la esencia de una sobrehumana pasión!






en Los astros del abismo, 1924