jueves, septiembre 04, 2008

“La ley de la vida”, de Jack London





El viejo Koshkoosh escuchaba con avidez. Aun­que hacía tiempo que se le había debilitado la vista, su oído seguía siendo agudo, y el menor sonido pene­traba en la parpadeante inteligencia que aún moraba detrás de la arrugada frente, pero que ya no exami­naba las cosas del mundo. ¡Ah! Era Sit-cum-to-ha, que anatematizaba, chillona, a los perros, mientras los golpeaba y empujaba para que se dejaran poner los arreos. Sit-cum-to-ha era la hija de su hija, pe­ro se hallaba demasiado ocupada para derrochar un pensamiento en su quebrantado abuelo, sentado, so­lo, allí, en la nieve, abandonado e indefenso. Era preciso levantar campamento. La larga senda espe­raba, en tanto que el breve día se negaba a demo­rarse. La vida la llamaba, y también los deberes de la vida, si no la muerte. Y él se encontraba ya muy cerca de la muerte.

El pensamiento hizo que el viejo experimenta­se pánico por un momento, y extendió una mano pa­ralítica, que vagó, temblorosa, sobre el reducido montículo de leña seca que tenía a su lado. Seguro de que en verdad estaba allí, su mano volvió al re­fugio de sus pieles sarnosas, y una vez más se dedi­có a escuchar. El hosco crujido de cueros semicon­gelados le dijo que se había desarmado el alojamien­to de piel de alce del jefe, y que en ese momento se plegaba y reducía a dimensiones portátiles. El jefe era su hijo, fornido y fuerte, cabeza de la tribu y pode­roso cazador. Mientras las mujeres trajinaban con el equipaje del campamento, su voz se elevó, para burlarse de ellas por su lentitud. El viejo Koshkoosh aguzó el oído. Era la última vez que escucharía esa voz. ¡Ya se iba la vivienda de Geehow! ¡Y la de Tus­ken! Siete, ocho, nueve; sólo la del chamán podía quedar todavía en pie. ¡Ah! Ya trabajaban en ella. Oyó el gruñido del chamán cuando la cargaba sobre el trineo. Un niño gimoteó, y una mujer lo calmó con guturales suaves, canturreantes. El pequeño Koo-tee, pensó el anciano, un chico inquieto, y no muy fuerte. Quizá moriría pronto, y abrirían un ho­yo, con fuego, en la tundra helada, y apilarían ro­cas encima, para que no se acercasen los glotones. Bien, ¿qué importaba? Unos pocos años, cuando mu­cho, y tantos con el estómago vacío como con él lle­no. Y al final esperaba la muerte, siempre hambrien­ta, la más hambrienta de todos ellos.

¿Qué era eso? Ah, los hombres atando los trineos y poniendo tensas las correas. Escuchó, él, que ya no oiría más. Los látigos aullaban y mordían entre los perros. ¡Cómo gemía! ¡Cómo odiaban el trabajo v la senda! ¡Y ya partían! Trineo tras trineo removió la nieve y se alejó con lentitud, hacia el silencio. Ya no estaban. Se habían ido de su vida, y él encaraba, solo, la última hora amarga.

No. La nieve crujió bajo un mocasín; un hom­bre se erguía ante él; sobre su cabeza se posó con suavidad una mano. Su hijo era bueno, al hacer eso. Recordaba a otros viejos cuyos hijos no esperaron después que se fue la tribu. Pero su hijo sí. Se alejó hacia el pasado, hasta que la voz del joven lo llevó al presente.

-¿Estás bien? -le preguntó.

Y el anciano respondió

-Estoy bien.
-Hay leña a tu lado -continuó el más joven-,
y el fuego arde bien. La mañana es gris, y empezó la helada. Pronto nevará. Ya está nevando.
-Sí, ya está nevando.
-Los de la tribu se van de prisa. Sus fardos son pesados, y tienen el vientre chato por el ayuno. La senda es larga, y viajan con rapidez. Ahora me voy. ¿Está bien?
-Está bien. Soy la hoja del año pasado que se aferra con ligereza al tallo. Al primer soplo, caeré. Mi voz se ha vuelto como la de una vieja. Mis ojos ya no me muestran el camino de mis pies, y éstos están pesados, y me canso. Está bien.

Inclinó la cabeza, satisfecho, hasta que murió el último ruido de la nieve que se quejaba, y supo que ya no podía llamar a su hijo. Luego su mano reptó, de prisa, hacia la leña. Era lo que se interpo­nía entre él y la eternidad que se abría ante él. Al cabo, la medida de su vida era un puñado de ramas. Una a una alimentarían el fuego, y así, paso a paso, la muerte se insinuaría sobre él. Cuando la última ra­ma hubiese entregado su calor, la helada empezaría a adquirir fuerzas. Primero se rendirían los pies, luego las manos; y el embotamiento recorrería, poco a poco, desde las extremidades hasta el resto del cuerpo. La cabeza se le caería sobre las rodillas, y descansaría. Era fácil. Todos los hombres deben morir.

No se quejaba. Era el modo de vida, y era justo. Había nacido cerca de la tierra, de la tierra en que vivió, y la ley de ésta no era nueva para él.

Era la ley de toda la carne. La naturaleza no era bondadosa con la carne. No le preocupaba esa cosa concreta que se denomina individuo. Su interés se concentraba en la especie, la raza. Esa era la abs­tracción más profunda de que era capaz el cerebro bárbaro del viejo Koshkoosh, pero la captaba con firmeza. La veía ejemplificada en toda la vida. El ascenso de la savia, el verde estallido de la yema del sauce, la caída de la hoja amarilla: en eso solo se narraba toda la historia. Pero la naturaleza le fi­jaba una tarea al individuo. Si no la cumplía, moría. A la naturaleza no le importaba; abundaban los obe­dientes, y lo que vivía, y vivía siempre, era la obe­diencia en ese asunto, no los obedientes. La tribu de Koshkoosh era muy antigua. Los ancianos que co­noció de joven habían conocido a otros ancianos, a su vez. Por lo tanto era cierto que la tribu vivía, que representaba la obediencia de todos sus miem­bros, hasta el pasado olvidado, cuyos propios luga­res de reposo ya no se recordaban. No contaban; eran episodios. Habían desaparecido como nubes en un cielo de verano. Él también era un episodio, y también se disiparía. A la naturaleza no le impor­taba. Imponía una tarea a la vida, le dictaba una ley. Perpetuar era la misión de la vida, y su ley la muerte. Una doncella era una criatura digna de mi­rarse, fuerte, de pechos plenos, con elasticidad en los pasos y luz en los ojos. Pero aún tenía su tarea ante sí. La luz de sus ojos se avivaba, sus pasos se hacían más rápidos, ahora era osada con los jóve­nes, y les comunicaba su propia inquietud. Y cada vez se hacía más hermosa de ver, hasta que un ca­zador, incapaz de contenerse, la llevaba a su mora­da para cocinar y trabajar para él, y para convertir­se en la madre de sus hijos. Y con la llegada de sus descendientes, la belleza la abandonaba. Sus miem­bros se arrastraban y pesaban, los ojos se apagaban y se volvían legañosos, y sólo los chiquillos encon­traban gozo contra la mejilla arrugada de la vieja, junto al fuego. Su tarea estaba concluida. Un poco después, con el primer mordisco del hambre o la pri­mera senda larga, sería abandonada como lo fue él, en la nieve, con un pequeño haz de leña. Tal era la ley.

Colocó un palo con cuidado, en el fuego, y rea­nudó sus meditaciones. Lo mismo ocurría en todas partes, con todas las cosas. Los mosquitos se desva­necían con la primera escarcha. La diminuta ardilla de árbol se alejaba arrastrándose, para morir. Cuan­do la vejez caía sobre el conejo, se volvía lento y pe­sado, y ya no podía distanciarse de sus enemigos. Y hasta el gigantesco reno de cara blanca se volvía torpe y ciego y pendenciero, y a la larga era derri­bado por un puñado de perros esquimales ladrado­res. Recordó cómo había abandonado a su propio pa­dre en el tramo superior del Klondike, un invierno, el invierno anterior al momento en que llegó el mi­sionero con sus libros que hablaban y su caja de me­dicinas. Muchas veces Koshkoosh hizo chasquear los labios al recordar la caja, aunque ahora la boca se negaba a humedecérsele. Lo que "mataba el dolor" era en especial bueno. Pero en fin de cuentas el mi­sionero era un engorro, porque no llevaba carne al campamento, comía con voracidad, y los cazadores gruñían. Pero se heló los pulmones en la divisoria del Mayo, y después los perros apartaron las pie­dras con el hocico y se pelearon por sus huesos.

Koshkoosh depositó otra rama en el fuego y re­buscó más a fondo en el pasado. Estaba la época del Gran Hambre, en que los ancianos se acurrucaban, con el estómago vacío, al lado del fuego y dejaban caer de los labios vagas tradiciones sobre la época lejana en que el Yukón corrió libre durante tres in­viernos y luego permaneció helado durante tres ve­ranos. Perdió a su madre en esa época de hambre. En el verano fracasó la pesca del salmón, y la tribu esperaba con ansias el invierno y la aparición del ca­ribú. Y llegó el invierno, pero el caribú no vino con él. Nunca se conoció nada parecido, ni siquiera en vida de los ancianos. Pero el caribú no apareció, y era el séptimo año, y los conejos no se habían re­producido, y los perros no eran otra cosa que sacos de huesos. Y durante la larga oscuridad los niños ge­mían y morían, y las mujeres, y los ancianos; y ape­nas uno de cada diez miembros de la tribu sobrevi­vió para saludar el sol, cuando regresó, en la prima­vera. ¡Ese fue hambre!

Pero también conoció épocas de abundancia, en que la carne se les arruinaba entre las manos, y los perros estaban gordos e inútiles por el exceso de comida; períodos en que dejaban que la caza se ale­jara, sin matarla, y las mujeres eran fértiles, y las viviendas se encontraban atestadas de niños y niñas que gateaban. Y entonces los hombres vieron crecer su vientre, y revivieron antiguas pendencias, y cru­zaron las vertientes, hacia el sur, para matar a los pelly, y hacia el oeste, para poder sentarse ante los fuegos apagados de los tanana. Recordaba, de jo­ven, una época de abundancia, en que vio un alce abatido por los lobos. Zing-ha yacía con él en la nie­ve y miraba; Zing-ha, quien más tarde se convirtió en el más astuto de los cazadores y que a la larga cayó en un pozo del Yukón. Lo encontraron un mes más tarde, tal como había salido arrastrándose a me­dias, rígido, sobre el hielo.

Pero el alce. Zing-ha y él salieron ese día a ju­gar y cazar, como lo hacían sus padres. En el lecho del arroyo encontraron las huellas recientes de un alce, y con ellas las de muchos lobos.

-Uno viejo -dijo Zing-ha, más rápido para leer las señales-, uno viejo, que no puede seguir con la manada. Los lobos lo separaron de sus hermanos, y ya no lo dejarán.

Y así fue. Era su manera de ser. De día y de noche, sin descansar, tirándole mordiscos a las pa­tas, al hocico, seguirían con él hasta el final. ¡Zing­ha y él sintieron que el ansia de sangre se les acen­tuaba! ¡ El remate sería un espectáculo digno de verse!

Con pies ávidos, se internaron en la senda, y aun él, Koshkoosh, lento de visión y rastreador no versado, habría podido seguirla a ciegas, tan ancha era. Se encontraban sobre las huellas de la pieza per­seguida, y a cada paso leían la torva tragedia, recién escrita. Llegaron a un lugar en que el alce se detuvo para defenderse. La nieve había sido pisoteada y re­vuelta en todas direcciones, a una distancia del tri­ple del cuerpo de un hombre maduro. En el centro se veían las impresiones del animal de cascos hen­didos, y en derredor, por todas partes, las pisadas más ligeras de los lobos. Algunos, mientras sus her­manos acosaban a la presa, se echaron a un costado y descansaron. La extendida impresión de su cuer­po en la nieve era tan perfecta, como si hubiera si­do hecha un momento antes. Un lobo fue sorpren­dido en una salvaje acometida de la víctima enloque­cida, y pisoteado a muerte. Unos pocos huesos mon­dados eran testimonio de ello.

En un segundo lugar de detención detuvieron el alzar de sus raquetas para la nieve. Allí el gran ani­mal había luchado con desesperación. En dos ocasio­nes fue derribado, como lo atestiguaba la nieve, y dos veces se quitó de encima a sus atacantes y logró erguirse. Hacía tiempo que había llevado a cabo su tarea, pero la vida seguía siéndole cara. Zing-ha di­jo que era raro que un alce, una vez derribado, vol­viera a ponerse de pie; pero por cierto que ese lo había hecho. Cuando se lo contaran, el chamán vería en ello signos y prodigios.

Y una vez más llegaron a un lugar en que el al­ce intentó trepar y llegar a los bosques. Pero sus enemigos lo atacaron por detrás, hasta que retroce­dió y cayó sobre ellos, y hundió en la nieve, profun­damente, a dos. Resultaba evidente que el final esta­ba cerca, porque sus hermanos los dejaron intactos. Siguieron de largo con rapidez ante dos enfrenta­mientos más, breves en el tiempo y muy cercanos. Ahora la senda estaba roja, y los limpios pasos del animal se habían vuelto cortos y descuidados. Y en­tonces oyeron los primeros ruidos del combate... no el coro pleno de la cacería, sino el rápido ladrido seco que hablaba de lucha cuerpo a cuerpo y de dien­tes hundidos en la carne. Arrastrándose contra el viento, Zing-ha reptó sobre la nieve, y con él tam­bién Koshkoosh, quien en los años por venir llega­ría a ser jefe de la tribu. Juntos apartaron las ra­mas inferiores de un abeto joven y atisbaron. Vie­ron el final.

La imagen, como todas las impresiones de la ju­ventud, seguía grabada con fuerza en él, y sus ojos turbios contemplaron la culminación con tanta vivi­dez como en aquella época tan lejana. Koshkoosh se asombró de ello, porque en los días que siguieron, cuando era un dirigente de hombres y jefe de con­sejeros, llevó a cabo grandes hazañas e hizo que su nombre fuese una maldición en boca de los pelly, pa­ra no hablar del extraño hombre blanco a quien ma­tó, cuchillo contra cuchillo, en lucha franca.

Durante mucho tiempo caviló acerca de los días de su juventud, hasta que el fuego disminuyó y la helada mordió más a fondo. Esa vez lo alimentó con dos ramitas y calculó su asidero sobre la vida por las que le quedaban. Si Sit-cum-to-ha se hubiese acordado de su abuelo y recogido un brazado más grande, sus horas se habrían prolongado. Habría re­sultado fácil. Pero ella siempre fue una niña descuida­da, y no honraba a sus antepasados desde el momen­to en que el Castor, hijo del hijo de Zing-ha, posó por primera vez su mirada sobre ella. Bien, ¿qué im­portaba? ¿Acaso no hizo él lo mismo en su propia juventud apresurada? Durante un momento escu­chó el silencio. Tal vez el corazón de su hijo se ablan­dara y volviese con los perros para llevar a su an­ciano padre con la tribu, hacia donde el caribú abun­daba y la grasa le colgaba, espesa.

Aguzó los oídos, su inquieto cerebro se calmó un momento. Nada se agitaba, nada. Sólo él respi­raba en medio del gran silencio. Reinaba una gran soledad. ¡Ah!, ¿qué era eso? Un estremecimiento le recorrió el cuerpo. El aullido familiar, prolongado, quebró el vacío, muy cerca. Entonces, sobre sus ojos oscurecidos se proyectó la visión del alce -el viejo alce macho-, los flancos desgarrados y los costados sangrantes, el pelo revuelto, los grandes cuernos ra­mosos, bajos y embistiendo hasta el final. Vio las re­lampagueantes formas grises, los ojos llameantes, las lenguas colgantes, los colmillos babeantes. Y vio que el inexorable circulo se cerraba, hasta convertirse en un punto oscuro en medio de la nieve pisoteada.

Un hocico frío le rozó la mejilla, y ante el contacto su alma saltó hacia el presente. Su mano se precipitó al fuego y arrastró una rama encendida. Abrumado un momento por su hereditario temor al hombre, el animal retrocedió; lanzó un prolongado llamado a sus hermanos y éstos respondieron con an­sia, hasta que un anillo gris, acurrucado, con hilos de babas en las mandíbulas, se extendió en torno de él. El anciano escuchó el cerrarse del círculo. Agitó su rama con energía, y los olfateos se convirtieron en bufidos; pero las fieras jadeantes se negaron a dispersarse. De pronto uno adelantó el pecho, arras­trándose, y luego los cuartos traseros; después un segundo, en seguida otro. Pero ni uno solo retrocedió. ¿Por qué habría de aferrarse él a la vida?, se preguntó, y dejó caer en la nieve la rama ardiente. Siseó y se apagó. El círculo gruñó, inquieto, pero se mantuvo firme. Koshkoosh volvió a ver el último en­frentamiento del viejo alce macho, y dejó caer la fatigada cabeza sobre las rodillas. ¿Qué importaba, en definitiva? ¿No era esa la ley de la vida?










miércoles, septiembre 03, 2008

"El Mundial del 62", de Eduardo Galeano





Unos astrólogos hindúes y malayos habían anunciado el fin del mundo pero el mundo seguía girando, y entre vuelta y vuelta nacía una organización que se bautizaba con el nombre de Amnistía Internacional y Argelia daba sus primeros pasos de vida independiente, al cabo de más de siete años de guerra contra Francia. En Israel ahorcaban al criminal nazi Adolf Eichmann, los mineros de Asturias se alzaban en huelga, el para Juan quería cambiar la Iglesia y devolverla a los pobres. Se fabricaban los primeros disquetes para computadoras, se realizaban las primeras operaciones con rayo láser, Marilyn Monroe perdía las ganas de vivir.

¿En cuánto se cotizaba el voto internacional de un país? Haití vendía su voto a cambio de quince millones de dólares, una carretera, una represa y un hospital y así otorgaba a la OEA la mayoría necesaria para expulsar a Cuba, la oveja negra del panamericanismo. Fuentes bien informadas de Miami anunciaban la inminente caída de Fidel Castro, que iba a desplomarse en cuestión de horas. Setenta y cinco demandas de prohibición se presentaban ante los tribunales norteamericanos contra la novela Trópico de Cáncer, de Henry Miller, que por primera vez se había publicado sin censura. Linus Pauling, que estaba por recibir su segundo premio Nobel, caminaba ante la Casa Blanca portando un cartel de protesta contra las explosiones nucleares, mientras Benny Kid Paret, cubano, negro, analfabeto, caía muerto, aniquilado por los golpes, en el ring del Madison Square Garden.

En Memphis, Elvis Presley anunciaba su retiro, después de vender trescientos millones de discos, pero se arrepentía al ratito, y en Londres una empresa de discos, la Decca, se negaba a grabar canciones de unos músicos peludos que se llamaban los Beatles. Carpentier publicaba El siglo de las luces, Gelman publicaba Gotán, los militares argentinos volteaban al presidente Frondizi, moría el pintor brasileño Cándido Portinari. Aparecían las Primeras estórias, de Guimaraes Rosa, y los poemas que Vinícius de Moraes escribió para viver um grande amor. João Gilberto susurraba el samba de uma nota só, en el Carnegie Hall, mientras los jugadores de Brasil aterrizaban en Chile, dispuestos a conquistar el séptimo Campeonato Mundial de Fútbol ante cinco países americanos y diez europeos.

En el Mundial del 62, Di Stéfano no tuvo buena suerte. Iba a jugar en la selección de España, su país de adopción. A los 36 años de edad, era su última oportunidad. En vísperas del estreno, se lastimó la rodilla derecha, y no hubo caso. Di Stéfano, la Saeta Rubia, uno de los mejores jugadores de la historia del fútbol, nunca pudo jugar un Mundial. Pelé, otra estrella de todos los tiempos, no llegó muy lejos en el Mundial de Chile: sufrió de entrada un desgarramiento muscular y quedó fuera. Y otro monstruo sagrado del fútbol, el ruso Yashin, anduvo también con mala pata: el mejor arquero del mundo se comió cuatro goles ante Colombia, porque parece que se le fue la mano con los traguitos que lo entonaban en el vestuario.

Brasil ganó el torneo. Sin Pelé, y bajo la batuta de Didí. Amarildo se lució en el difícil lugar de Pelé, atrás Djalma Santos fue una muralla y adelante Garrincha deliraba y hacía delirar. «¿De qué planeta procede Garrincha?», se preguntaba el diario El Mercurio, mientras Brasil liquidaba a los dueños de casa. Los chilenos se habían impuesto a Italia, en un partido que fue una batalla campal, y también habían vencido a Suiza y a la Unión Soviética. Se habían servido spaguettis, chocolate y vodka, pero se les atragantó el café: los brasileños ganaron 4 a 2.

En la final, Brasil derrotó a Checoslovaquia 3 a 1 y fue, como en el 58, campeón invicto. Por primera vez, la final de un campeonato mundial se pudo ver en directo por la televisión en transmisión internacional, aunque fue en blanco y negro y llegó a pocos países.

Chile conquistó el tercer lugar, la mejor clasificación de su historia, y Yugoslavia ganó el cuarto puesto gracias a un pájaro llamado Dragoslav Sekularac, que ninguna defensa pudo atrapar.

El campeonato no tuvo un goleador, pero varios jugadores convirtieron cuatro tantos: los brasileños Garrincha y Vavá, el chileno Sánchez, el yugoslavo Jerkovic, el húngaro Albert y el soviético Ivanov.










en El Fútbol, a sol y sombra, 1995 .








martes, septiembre 02, 2008

“Tres tristes tigres”, de Guillermo Cabrera Infante

Extracto




Novena

¿Yo no le dije que soy viuda? Me casé con Raúl, el muchacho que me invitó a la fiesta. Toda su familia estuvo en la boda, que fue en Jesús de Miramar y la iglesia estaba llena de gente de sociedad y yo iba vestida de blanco y mi novio estaba debajo del velo mientras decían la misa y me miraba y me miraba, muy nervioso. Él se casó conmigo cuando se enteró de que yo estaba, ¿cómo decirle, doctor?, que yo estaba… ¿Usted se acuerda del cuento del hermano de él que tenía el esqueleto en el baño? Pues después de aquella noche vino a buscarme un día a la academia de arte dramático y salimos varias veces y tuvimos relaciones bastante íntimas y salí, quedé embarazada. Él que se llamaba, se llama todavía, Arturo y se negó a saber de mí después y yo fui a ver a Raúl su hermano y se lo conté todo y allí mismo él decidió casarse conmigo y fue así que nos casamos. Pero la noche de bodas, fuimos a pasar la luna de miel en Varadero, a la casa de sus padres que nos dejaron para nosotros solos y su padre le regaló una máquina nueva para la boda. La noche de bodas él se quedó hablando conmigo hasta bien tarde y se quedó solo abajo cuando subí a acostarme, diciéndome que él subiría después. Después fueron tres horas más tarde, que me desperté porque sonaba el teléfono, una persona de la policía, que me decían que él había tenido un accidente de tránsito. Estuvo tres días entre la vida y la muerte y al final se murió. Lo primero que hizo cuando recobró el conocimiento en el hospital, después del accidente, fue decir mi nombre, pero no habló más y durante el delirio decía cosas, palabras, que nadie podía entender. A la familia le dije que él había salido a buscarme algo de comer y que fue así que estaba en la calle tan tarde. Hubo dos cosas que no pude explicar bien: qué fue a buscarme a la calle, porque la casa estaba llena de comida y qué hacía por la carretera rumbo a La Habana dos horas después. La familia estuvo siempre fría conmigo después, pero fueron muy gentiles cuando nació la niña y fueron más gentiles todavía cuando dos años después lograron quitármela y llevársela para Nueva York, alegando que yo vivía una vida inmoral de artista, dijeron al juez. La niña tenía la misma cara de Raúl pero esta vez en el cuerpo indicado.





1967









Fotografía del escritor tomada en su casa en Londres
el verano de 1997 por Lalo Borja.










lunes, septiembre 01, 2008

«Discurso por la Nacionalización del Cobre», de Salvador Allende

Fragmentos




Hoy es el día de la dignidad nacional y de la solidaridad. Es el día de la dignidad, porque Chile rompe con el pasado; se yergue con fe de futuro y empieza el camino definitivo de su independencia económica, que significa su plena independencia política.
...
(...) Hoy culmina una larga lucha de las fuerzas populares, para recuperar para Chile el cobre como su riqueza esencial, pero al mismo tiempo, y hay que repetirlo, queremos nosotros terminar con el latifundio, hacer que las riquezas mineras, no sólo el cobre, sean de nosotros. Estatizar los bancos y nacionalizar las empresas industriales monopólicas o fundamentales para Chile, estratégicas.
...
Quiero insistir que, porque el pueblo es Gobierno, es posible que hoy día digamos que el cobre será de los chilenos. Porque los grupos minoritarios que gobernaron el país, las viejas y rancias oligarquías siempre estuvieron comprometidas con el capital foráneo y muchos de sus miembros defendieron los intereses extranjeros, postergando los sagrados intereses nacionales. Queremos que se entienda, entonces, que ha habido en los últimos decenios dos concepciones distintas. La primera, típicamente capitalista, para entregar el manejo del cobre, libremente, a las empresas, en el juego de la industria privada. Por eso, lamentablemente, también hay que recordar que, cuando se entregaron estas riquezas, se negó a los chilenos la capacidad de poder manejarlas. Se menospreció al hombre nuestro, y se nos entregó a la tutela extranjera. Ello no sólo permitió que salieran de la patria cantidades fabulosas de dinero, riquezas inmensas para ir a tonificar economías extrañas, sino que esta misma dependencia nos impuso no sólo, repito, la salida de recursos económicos, sino, al mismo tiempo, limitó nuestras posibilidades de preparación técnica. Vivimos, y nos quisieron imponer desde fuera, en el manejo técnico de la más fundamental de las riquezas nuestras, limitando las posibilidades de acceso a los altos mandos de la ciencia y de la técnica para nuestros profesionales, situación que, por cierto, colocaba en inferioridad al chileno frente al extranjero. (...)
...
(...) nosotros criticamos los convenios del cobre, criticamos la chilenización y criticamos la nacionalización pactada, y por eso dijimos siempre, y lo confirmamos ahora, que éramos partidarios de la nacionalización integral, para que no vayan saliendo de la patria ingentes sumas, para que Chile no siga siendo un país mendicante que pide con la mano tendida unos cuantos millones de dólares mientras salen de nuestras fronteras cifras siderales que van a ir a fortalecer a los grandes imperios internacionales del cobre.
...
(...) Quiero decir, honestamente, que me opuse a que quedaran consignados en la reforma constitucional los derechos de los trabajadores del cobre. Me opuse, óiganlo bien, compañeros, porque al hacerlo, y quedó establecido así, hay como una desconfianza al propio Gobierno de ustedes. Yo he pensado siempre que en la Carta Fundamental no pueden incorporarse ni siquiera las conquistas de un sector de la importancia de los trabajadores del cobre. Además, quise hacer entender a los trabajadores del cobre que la garantía no está en la boca de la Carta Fundamental, sino en la conciencia de los trabajadores y en su presencia en el Gobierno de la República.
...
En el proyecto original, el Estado tenía facultades más amplias para resolver las deudas de las empresas que pagaba. El proyecto actual tiene, además, otros vacíos que no podremos analizar para no dar argumentos precisamente a las empresas que seguramente van a defender sus derechos. Y destaco que están tan garantizadas sus posibilidades de defensa de sus derechos, demostrando la equidad de este Gobierno y también del Congreso, cuando se establece que será el Controlador General de la República el que fije el monto de las indemnizaciones, cuando se entrega al Jefe del Estado la apreciación de lo que debe descontarse por las sobreutilidades obtenidas sobre el promedio internacional, y cuando este mismo Presidente de la República pueda fijar el plazo en que deben pagarse estas indemnizaciones. Además establece un tribunal ante el cual pueden apelar las compañías, formado por dos ministros de la Corte, por el jefe de Impuestos Internos y además por un representante del Tribunal Constitucional, que tendrá que constituirse, y por el vicepresidente de la CORFO. Con ello estamos demostrando que este Gobierno Popular, que es un gobierno revolucionario, le da aun a los que han explotado a Chile la posibilidad de defender sus derechos, y legítimamente pueden hacerlo. Nosotros procedemos con responsabilidad y mostrando que el pueblo no necesita apropiarse de lo ajeno, sino, sencillamente, ventilar, con conciencia revolucionaria, la verdad de las empresas. Y pagaremos indemnizaciones si es justo, y no pagaremos indemnización si es injusto.

Para eso, podemos decir que el proyecto inicial defendía, a nuestro juicio, mejor los intereses de Chile. Sin embargo, el proyecto que esperamos salga aprobado en el Congreso es una herramienta que nos permitirá, junto con tomar estas medidas de tipo administrativo, defender esos intereses. Chile va a nacionalizar el cobre en virtud de un acto soberano, acto soberano que inclusive está consagrado en la Declaración de las Naciones Unidas, que establece que los países tienen derecho a nacionalizar sus riquezas esenciales. (...)
...
Compañeros, deseo ahora trazar las tareas para el futuro. Por fin y por primera vez en nuestra historia, Chile va a tener una política nacional sobre minería. Ya no habrá empresas foráneas, extranjeras, dueñas de las grandes minas del cobre. Desde los pirquineros hasta las empresas estatizadas de la gran minería, todos tendrán que confluir hacia una política nacional, hacia un plan que permita aprovechar al máximo estas riquezas con un profundo sentido chileno, nacional y patriótico, hasta crear el gran complejo minero industrial del cobre. Tenemos que aumentar la refinación, tenemos que aprovechar los subproductos que se van, o se iban en las barras de cobre, oro, plata, renio, tungsteno, ácido sulfúrico. Tenemos que crear la gran industria moderna. La elaboración de productos manufacturados para consumo interno y de exportación. Quiero ponerles un solo ejemplo: en este instante, en el departamento de Chañaral corre un río que se llama el río Salado. Allí se vuelca el relave de Potrerillos. Durante años, particulares han sacado cobre de ese relave, y según cifras que tenemos, dos firmas sacaban cerca de 8 millones de dólares al año como consecuencia del cobre que se iba por el relave del río Salado, que además perjudicaba a la agricultura de la zona.

Ahora hay una verdadera California del cobre, y algunos compañeros cesantes, pero también empleados públicos, profesionales, empleados y obreros con trabajo, están lavando en la forma más primitiva las aguas del río para sacar el cobre. Cuántos años, cuánta riqueza entregada a particulares y cómo el espejismo de un sentido privado lleva a algunos chilenos a tratar de obtener para ellos esa riqueza que no les pertenece. Y este Gobierno dará trabajo a los cesantes, pero este Gobierno no va a aceptar, y ya han caducado las dos concesiones que hicieron multimillonarias a dos firmas, y este Gobierno les dirá al resto de la gente que está ahí, que vuelvan a sus trabajos porque ese cobre debe ser para todo Chile y fundamentalmente para elevar las condiciones de los trabajadores de Chañaral.

Fuera de la trascendencia económica que he señalado, tenemos una trascendencia política que es necesario meditar. Con el paso que vamos a dar, rompemos la dependencia, la dependencia económica. Eso significa la independencia política. Seremos nosotros los dueños de nuestro propio futuro, soberanos de verdad de nuestro destino. Lo que se haga en el cobre dependerá de nosotros, de nuestra capacidad, de nuestro esfuerzo, de nuestra entrega sacrificada a hacer que el cobre se siembre en Chile para el progreso de la patria.

Será el pueblo el que tendrá que entender, y lo entiende, que éste es un gran desafío nacional, que no sólo tienen que responder a él los trabajadores de las minas sino el pueblo entero. Tenemos que responder entonces entendiendo que esto, repito, es algo que debemos encarar y es también un desafío técnico. Tenemos que crear una tecnología propia, de acuerdo a nuestra realidad, aprovechando la experiencia de otros pueblos, cualquiera que sea su latitud en el mundo. Tenemos que crear un centro de investigación minero-metalúrgica. Tenemos que crear un servicio nacional de geología. Tenemos que aprovechar la capacidad de técnicos e ingenieros que hay en la ENDESA, en la CAP, en el ENAMI y en la CORFO, en la universidad o en las universidades, y hacer de ellos un equipo superior para que entreguen sus conocimientos a esto que es fundamental para nosotros.

Nosotros no hemos podido desarrollar la capacidad de nuestra gente, limitada bajo la tutela extranjera que nos imponían los planes de desarrollo y de explotación desde fuera. Debemos también entender que éste es un desafío a nuestra capacidad, no sólo en la explotación, no sólo en la elaboración del metal rojo, sino en su propia comercialización. Tenemos que romper la dependencia en este sentido y crear nuestra propia comercialización, pero piensen ustedes que las ventas de cobre significan un volumen anual superior a los 1.100 millones de dólares. Eso lo van a manejar los chilenos, nuestros compatriotas en el mercado mundial y por suerte tenemos un lenguaje de entendimiento con Zambia, con el Congo, con el Perú, y se ha formado a escala internacional la CIPEC, que está destinada a defender los intereses de los países pequeños productores como el nuestro. Es por lo tanto un desafío a toda la capacidad organizativa de Chile y los chilenos. Fundamentalmente de los trabajadores del cobre; entendiendo por tales a obreros, empleados y técnicos.

Tenemos que superar los grandes problemas que hemos heredado, las prácticas irracionales de trabajo que son tan dañinas como las deficiencias técnicas. Deben resolverse con cambios revolucionarios las relaciones de trabajo en los propios centros de trabajo que sólo un Gobierno de trabajadores puede poner en marcha.

Hay que romper la división entre la dirección de las empresas y los trabajadores. La presencia de los trabajadores en la dirección de ellas estará demostrando cómo confiamos en su capacidad y cómo les entregamos esta responsabilidad. Queremos que se multipliquen los Comités de Producción, para que se vean el empuje y el esfuerzo de los trabajadores y al mismo tiempo su capacidad resolutiva.

Compañeros, esto es caminar en la dirección de las empresas del Estado, hacer del esfuerzo común el esfuerzo indispensable que permita sobreponerse a las deficiencias y a las dificultades; esto es comenzar a manejar las grandes empresas que Chile tiene ahora para ponerlas no al servicio del hombre del cobre, si no al servicio del hombre de todo Chile. Lo hemos dicho, y sabemos que se entiende nuestro lenguaje, los trabajadores del cobre no serán dueños de las minas para beneficio exclusivo de ellos, son dueños de las minas en cuanto las minas les pertenecen al pueblo, y los trabajadores del cobre forman parte del pueblo, y los trabajadores del cobre tienen que entender, lo saben y lo van a vivir, que el esfuerzo de ellos estará destinado a hacer posible que cambie la vida del niño y la mujer chilena, que el esfuerzo de ellos y el cobre estarán destinados al progreso de la patria, y al sudar trabajando el fondo de la mina están haciéndolo por un Chile distinto, por una sociedad nueva, por el camino que abrimos hacia el socialismo.

Compañeros mineros, trabajadores duros del rojo metal: una vez más debo recordarles que el cobre es el sueldo de Chile, así como la tierra es su pan. El pan de Chile lo van a garantizar los campesinos con su conciencia revolucionaria. El futuro de la patria, el sueldo de Chile, está en las manos de ustedes. A trabajar más, a producir más, a defender la revolución desde el punto de vista político con la Unidad Popular y defender la revolución con la producción que afianzará el Gobierno del pueblo [1].





Rancagua, 11 de julio de 1971















[1] Nota Descontexto: a la fecha, el cobre nacionalizado equivale al 30% del total extraíble en Chile.












domingo, agosto 31, 2008

“La soledad, ¿es un placer que escogería usted?“. Entrevista a María Luisa Bombal, de Marjorie Agosin

The American Hispanit, Indiana, 1977






Durante julio del 77, en la soleada ciudad de Viña del Mar, Chile, tuve la oportunidad de conversar con María Luisa Bombal que después de treinta silenciosos años de ausencia regresa a Chile, su país natal. Con unos ojos profundos, centellantes, conservando aún esa realidad mágica y maravillosa que aparece en sus consagradas novelas como La amortajada y La última niebla, me invita a su casa blanca, de dos pisos, ubicada muy cerca del mar. Subimos por unas escaleras sonoras, antiguas, hasta llegar a su cuarto lleno de fotografías, recuerdos y cuadros. Los cerros de Valparaíso se divisan a lo lejos. Bombal, con voz lenta, me cuenta de su querido amigo Jorge Luis Borges quien le ayudó con la edición de La amortajada, de aquellos días en que escribía La última niebla en la cocina de Pablo Neruda en Buenos Aires. "Pablo se enojaba conmigo; me decía Madame Merimée porque soy una clásica y maniática perfeccionista de la forma y estilo de mis novelas y cuentos". También me conversa de sus personajes, que acompañan a la autora, ayudándola a combatir su soledad. "La amortajada soy yo, y sé que pronto resucitará. Mi pobre María Griselda, sólo yo comprendo su tristeza. En el jardín de mi amiga Isabel, hay un árbol igual al de mi cuento ("El árbol")". En Chile permanece alejada del ambiente literario a pesar de haber publicado recientemente la segunda edición de la nouvelle. La historia de María Griselda. Su mayor alegría es reencontrar amigas de la infancia, pasearse por los parques de la ciudad y, obviamente, soñar: su única realidad existente. A pesar de que la producción literaria de Bombal es exigua en cantidad, sus obras rompen con la literatura naturalista criollista de la época e inician las nuevas formas de la literatura contemporánea.



Su técnica narrativa ha sido clasificada de diversas maneras: como prosa surrealista, prosa poética, novela de penumbras. ¿Cómo clasificaría Ud. su técnica narrativa y sus propias novelas?
Es difícil contestar esas preguntas, tan sutiles como exactas. Trataré. ¿Mi técnica narrativa? Yo la clasificaría tanto de prosa surrealista, como de prosa poética. ¿Mis novelas? De la historia de las "penumbras" del corazón; y de nuestro goce de la naturaleza que es misterio y milagro. También a veces, de historia de una titubeante, ansiosa búsqueda de lo que llamamos el "mas allá".

Cedomil Goic comenta que Ud. rompe totalmente con la narrativa naturalista criollista de la literatura chilena. ¿Considera dicho comentario exacto?
Sí, me atrevo a decir que no sólo rompí e incité a romper con la narrativa naturalista criollista en la literatura chilena sino también con la narrativa de igual naturaleza en algunos otros de nuestros países latinoamericanos. Quiero decir con esa literatura que es sólo "descripción" de un existir, hechos y vicisitudes. Sí, creo haber insinuado y hecho aceptar en nuestra novela aquel otro medio de expresión: el de dar énfasis y primera importancia no a la mera narrativa de hechos sino a la íntima, secreta historia de las inquietudes y motivos que los provocaran ser o les impidieran ser.

Directores argentinos comentan que usted también rompe con las tendencias criollo-realistas del cine argentino en su conocido guión de La casa del recuerdo, interpretada por Libertad Lamarque.
Tuve esa suerte. El cine argentino comenzaba. Sus temas eran realistas, el tango su única música. Sucedió que Luis Saslavsky, director dentro de este cine, me pidió un guión escrito especialmente para Libertad. Fue éste, La casa del recuerdo, guión cuyo tema romántico del fin de siglo argentino abrió la veta a nuevos argumentos igualmente románticos así como al canto y una música de fondo universales.

¿Qué autores, aspectos, acontecimientos han influido en su obra?
Acontecimientos que han significado cambios bruscos, radicales -ya sea tristes, ya afortunados- han influido por cierto en mi vida, pensamiento y obra. Pero ello sería largo de contarle. Toda una vida… En cuanto a los autores que usted me pregunta haber influido en mi obra, mi primera reacción es decirle: ninguno. Porque me parece y siento haber nacido junto con mis libros... Así como se cree el haber nacido con su destino. Sin embargo, pensándolo más, me encuentro con dos autores que sí han inspirado e influido en mí y en mi obra. Dos nórdicos. Hans Christian Andersen cuyos cuentos mi madre nos leía a mí y mis dos hermanas en aquellas tardes de nuestra infancia. Nos los leía en alta voz, traduciéndolos directamente del alemán, de un libro que fuera la traducción y versión completa de la obra del gran dinamarqués. Los cuentos de Andersen: pensamiento y poesía, tierno juego y fantasía que no nos cansábamos de escuchar. Lejanas tardes, televisión de ayer... La otra influencia: Knut Hamsun, el casi místico noruego. Su primer libro Victoria, breve novela del enigma y conflicto de dos seres con su propio corazón, fue y sigue siendo la novela de amor que yo también hubiera deseado escribir.

¿Hasta qué punto sus personajes pertenecen a una esfera común?
No podría decirlo. Me lo pregunto yo misma. Recuerdo algunos. Yolanda, por ejemplo, de mi cuento "Las islas nuevas". Yolanda que esconde el ala naciente en su hombro, ¿hasta qué punto pertenece a una esfera común? El capitán-pirata de mi cuento "Lo secreto", que en su buque náufrago y hundido empieza a sospechar y luego a comprender que tanto él como su tripulación han muerto, están en el infierno y habiendo perdido para siempre toda posibilidad de reconciliarse con Dios. ¿Hasta qué punto este capitán que llamaran "El Terrible" pertenece a una esfera común? …Ana María de mi novela La amortajada; ella también una muerta. Pero una muerta que vive la experiencia de un pensar y sentimientos que no conoció ni pudo haber conocido en vida. Así como Brígida, de mi cuento "El árbol". Brígida, la siempre-niña que vive y convive con ese árbol... Y mi dulce a la par que ardiente heroína de La última niebla cuya vida es un soñar y ensoñar... Y María Griselda, aquella tímida, trágica, inconsciente beldad... Me pregunto hasta qué punto escapan de la esfera humana y común.

¿Es su Historia de María Griselda una continuación de La amortajada?
Lo es y no lo es. En La amortajada es Ana María, la mujer amortajada, el personaje-tema central de mi novela. María Griselda aparece y pasa en unas breves líneas. Fugaz personaje, cuya escurridiza, tierna personalidad unida a esa excepcional belleza me sorprendió y obligó a pensar en ella. Me vino entonces una intensa curiosidad de conocerla, saber de su vida privada y sentimientos. María Griselda, cuya historia escribí mucho después de La amortajada, es tal vez de mis personajes el que más quiero y me atrae.

¿La música puede relacionarse con la niebla en cuanto al aspecto interior psicológico?
Esa sí que es pregunta no tan sólo compleja sino además, capciosa..., por lo personal. Trataré sin embargo de contestarla. La música así como la niebla significan, son para mí... silencio. Un silencio que acalla en nosotros ese mundo de banalidades, obligaciones y dolores de la vida cotidiana..., para dejarnos momentáneamente oír y escuchar ese canto cuidadosamente escondido dentro de nuestro mundo interior.

En sus libros aparece el motivo del cabello como visión temática de la mujer. ¿Por qué el cabello?
La cabellera me parece no sólo aquello más estrechamente unido a la belleza en la mujer, sino además el arranque más evidente y vivo que une a todo ser con la naturaleza. Porque ¿explíqueme usted la razón de ser que nuestros cabellos sigan creciendo aún después que nuestro cuerpo ha muerto?

¿A qué se debe la interiorización y hasta cierto punto el escape de sus personajes? ¿Existe una relación de tipo social en que la mujer es desplazada debido a su sociedad burguesa?
Esa interiorización y escape que usted anota en mis personajes se debe a la propia manera de sentir de ellos mismos. Cierto es, sin embargo, que debido a la sociedad burguesa en que les tocaba vivir, mis personajes-mujeres se encontraban un tanto desplazadas en el aspecto social. Porque más sentimentales y abnegadas, se retraían de mutuo acuerdo para vivir, o no vivir, calladamente sus decepciones, deseos y pasiones. Quisiera agregar por mi cuenta que no creo que los derechos sociales reconocidos oficialmente en la actualidad a la mujer puedan hacer cambiar lo íntimo de su naturaleza. Creo que somos y seguiremos siendo la eterna mujer. La idealista, sensible, sacrificada, ávida ante todo de dar y recibir amor.

¿En qué quedó su tan esperado libro "El canciller"?
"El canciller", "The Foreing Minister", obra de teatro que escribí directo en inglés entusiasmó a mi agente literario americano, y fue seriamente considerado el ser producida por uno de los más importantes directores de teatro en Norteamérica. En Inglaterra también la estudiaron y consideraron agentes y directores igualmente importantes. Pero sucedía que el tema de mi pieza-drama romántico, aunque de técnica muy moderna, tenía como base de inspiración un acontecimiento oficial, entonces reciente, al que los intereses "complejos" de la política del momento querían imponer, en general, una discreción y escape de mayores comentarios sin "exponer a la luz" dicho acontecimiento. Hablo del trágico fin de Jan Masaryk, canciller e hijo del hombre que convirtiera en país independiente ese rincón de "La Bohemia" en Europa, hijo del que fuera su libertador and First President. Ese trágico fin de un canciller que fuera ahora canciller de un país ya casi sometido a un régimen comunista-soviético, ¿fue suicidio o asesinato político? Tema controversial que si bien interesaba, la gente de teatro consideró tal vez inoportuno el producir. Pero espero, pienso, que ha llegado la hora en que esta obra mía, puede ser publicada y producida en los Estados Unidos.

Usted ha declarado que le es muy difícil escribir. ¿Por qué lo hace entonces?
Porque a pesar de todo, es lo único que puedo y sé hacer.

Entonces, ¿no le gusta, no es para usted un placer escribir?
Le contestaré con las enigmáticas palabras que contestó un autor teatral inglés, a quien formularan la misma pregunta en una entrevista junto a muchos otros escritores americanos e ingleses. "To write -dijo- is a solitary work". La soledad, ¿es un placer que escogería usted?










sábado, agosto 30, 2008

«¿Qué se ama cuando se ama?», de Gonzalo Rojas






¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida 
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué 
es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, 
            sus volcanes, 
o este sol colorado que es mi sangre furiosa 
cuando entro en ella hasta las últimas raíces? 

¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer 
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo, 
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces 
de eternidad visible? 

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra 
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar 
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una, 
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.



en Contra la muerte, 1964


















viernes, agosto 29, 2008

"La sangre en el jardín", de Ramón Gómez de la Serna







El crimen aquel hubiera quedado envuelto en el secreto durante mucho tiempo si no hubiera sido por la fuente central del jardín, que, después de realizado el asesinato, comenzó a echar agua muerta y sangrienta.

La correspondencia entre el disimulado crimen de dentro del palacio y la veta de agua rojiza sobre la taza repodrida de verbosidades, dio toda la clave de lo sucedido.





1933










miércoles, agosto 27, 2008

“Ordinaria locura”, de Marco Ferreri*

Monólogo inicial





Olvidemos la mierda y pasemos al llamado “arte”…

Estilo. Estilo es la respuesta a todo. Una forma nueva de enfocar algo aburrido o peligroso. Hacer con estilo algo aburrido es preferible a hacer algo peligroso sin estilo. Hacer algo peligroso con estilo es lo que yo llamo “arte”. Torear puede ser un arte. Boxear puede ser un arte. Amar puede ser un arte. Abrir una lata de sardinas puede ser un arte...

No muchos tienen estilo. No muchos conservan el estilo. He visto perros con más estilo que algunos hombres; aunque no muchos perros tienen estilo. Los gatos lo tienen en abundancia…

Cuando Hemingway estampó su cerebro contra la pared con una escopeta, eso fue estilo. A veces, hay personas con estilo... Juana de Arco tenía estilo. Juan Bautista, Jesús, Sócrates, César, García Lorca. He conocido a hombres con estilo en la cárcel. He conocido a más hombres con estilo en la cárcel que fuera de ella. El estilo es una diferencia. Una forma de hacer. Una forma de estar hecho… Seis garzas quietas de pie en un estanque, o tú, saliendo desnuda del baño, sin verme...







* Guión adaptado por Marco Ferreri y Sergio Amidei, sobre el libro “Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones”, de Charles Bukowski










martes, agosto 26, 2008

«La compañera», de Efraín Barquero

Premio Nacional de Literatura 2008





Así es mi compañera.
La he tomado de entre los rostros pobres
con su pureza de madera sin pintar,
y sin preguntar por sus padres
porque es joven, y la juventud es eterna,
sin averiguar donde vive
porque es sana, y la salud es infinita como el agua,
y sin saber cuál es su nombre
porque es bella, y la belleza no ha sido bautizada.

Es como las demás muchachas
que se miran con apuro en el espejo trizado de la aurora
antes de ir a sus faenas. Así es,
y yo no sé si más bella o más fea que las otras,
si el vestido de fiesta le queda mal,
o la ternura equivoca a menudo sus palabras,
yo no sé,
pero sé que es laboriosa.
Como los árboles, teje ella misma sus vestidos,
y se los pone la naturalidad del azahar
como si los hiciera de su propia sustancia,
sin preguntarle a nadie, como si la tierra,
sin probárselos antes, como el sol,
sin demorarse mucho, como el agua.

Es una niña del pueblo,
y se parece a su calle en un día de trabajo
con sus caderas grandes como las artesas o las cunas,
así es, y es más dulce todavía,
como agregar más pan a su estatura,
más carbón a sus ojos ardientes,
más uva a su ruidosa alegría.



1956












lunes, agosto 25, 2008

“El penúltimo poema”, de Alberto Caeiro






También sé hacer conjeturas.
Hay en cada cosa aquello que es lo que la anima.
En la planta está afuera y es una ninfa pequeña.
En el animal es un ser interior lejano.
En el hombre es el alma que vive con él y ya es él.
En los dioses tiene el mismo tamaño
Y el mismo espacio que el cuerpo
Y es la misma cosa que el cuerpo.
Por eso se dice que los dioses nunca mueren.
Por eso los dioses no tienen cuerpo y alma,
Sino tan sólo cuerpo y son perfectos.
Es el cuerpo que les es alma
Y tienen la conciencia en la propia carne divina.









domingo, agosto 24, 2008

"Isla de Pascua", de Gottfried Benn

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Una isla tan pequeña
como un ave sobre el mar,
apenas un coágulo de cenizas
y sin embargo de vigores no carente,
con entidades de piedra, dispersas,
la planicie sembrada
por una casi monstuosa
irrealidad.

Las grandes y antiguas palabras
—dice Ure Vaeiko—
tienen los acantilados por amparo,
las pequeñas viven así;
él vegetó sobre una estera
cerca de algo de pez frío,
no vino a su mesa
una rata enemiga de pollos.

Abrumada por el Pacífico,
amenazada por océanos,
nunca llegó a tierra
un bote polinesio ,
sino grandes fiestas de golondrinas
un Tú trascendental,
dioses de huevos de pájaro
cantan a los danzantes.

Alfabetos animales
para el sol, la luna y el toro
con una espina de tiburón
—sistema bustrofédico—:
un signo para doce fonemas,
una voz para esto, que duerme
y en el interior se edificaba
por constructivas verdaderas.

De dónde los estratos de almas,
de los que el ídolo emergió
a estos rostros de piedra
y coactivas formaciones gigantes—,
las grandes y antiguas palabras
son eternamente inmutables,
tienen los acantilados por amparo
y todo lo desconocido.








 

Publicado originalmente en Gesammelte Gedichte, 1927.








Osterinsel

Eine so kleine Insel,/ wie ein Vogel über dem Meer,/ kaum ein Aschengerinnsel/ und doch von Kräften nicht leer./ mit Steingebilden, losen,/ die Ebene besät/ von einer fast monströsen/ Irrealität.// Die groβen alten Worte/ —sagt Ure Vaeiko—/ haben die Felsen zu Horte,/ die kleinen leben so;/ er schwalt auf einer Matte/ bei etwas kaltem Fisch,/ hühnerfeindliche Ratte/ kommt nicht auf seinen Tisch.// Vom Pazifik erschlagen,/ von Ozeanen bedroht,/ nie ward an Land getragen/ ein Polynesierboot,/ doch groβe Schwalbenfeiern/ einem transzendenten Du,/ Gottern von Vogeleiern/ singen die Tanzer zu.// Tierhafte Alphabete/ für Sonne, Mond und Stier/ mit einer Haifischgräte/ —Boustrophedonmanier—:/ ein Zeichen für zwölf Laute,/ ein Ruf für das, was schlief/ und sich im Innern baute/ aus wahrem Konstruktiv.// Woher die Seelenschichten,/ da das Idol entsprang/ zu diesen Steingesichten/ und Riesenformungszwang —,/ die groβen alten Worte/ sind ewig unverwandt,/ haben die Felsen zu Horte/ und alles Unbekannt.




Contribución a DscnTxt de Miguel Muñoz




sábado, agosto 23, 2008

“Me estás vedada tú”, de Ramón López Velarde






¿Imaginas acaso la amargura
que hay en no convivir
los episodios de tu vida pura?

Me está vedado conseguir que el viento
y la llovizna sean comedidos
con tu pelo castaño.

Me está vedado oír en los latidos
de tu paciente corazón (sagrario
de dolor y clemencia)
la fórmula escondida
de mi propia existencia.

Me está vedado, cuando te fatigas
y se fatiga hasta tu mismo traje,
tomarte en brazos, como quien levanta
a su propia ilusión incorruptible
hecha fantasma que renuncia al viaje.

Despertarás una mañana gris
y verás, en la luna de tu armario,
desdibujarse un puño
esquelético, y ante el funerario
aviso, gritarás las cinco letras
de mi nombre, con voz pávida y floja,
¡y yo me hallaré ausente
de tu final congoja!

¿Imaginas acaso
mi amargura impotente?
Me estás vedada tú... Soy un fracaso
de confesor y médico que siente
perder a la mejor de sus enfermas
y a su más efusiva penitente.









viernes, agosto 22, 2008

"Predominio del sentido interior", de Fernando Pessoa





Era yo un poeta estimulado por la filosofía y no un filósofo con facultades poéticas. Me gustaba admirar la belleza de las cosas, descubrir en lo imperceptible, a través de lo diminuto, el alma poética del universo.

La poesía de la tierra nunca muere. Podemos decir que las eras pasadas fueran más poéticas, pero no podemos decir (...)

La poesía se encuentra en todas las cosas -en la tierra y en el mar, en el lago y en la margen de un río. Se encuentra también en la ciudad -no lo neguemos- es evidente para mí, aquí, como estoy sentado, hay poesía en esta mesa, en este papel, en este tintero; hay poesía en el barullo de los coches en la calle, en cada movimiento diminuto, común, ridículo, de un operario, que está pintando al otro lado de la calle.

Mi sentido íntimo predomina de tal manera sobre mis cinco sentidos que veo cosas en esta vida -creo- de modo diferente a otros hombres. Hay para mí -había- un tesoro de significado en una cosa tan ridícula como una llave, un pliegue en la pared, los bigotes de un gato. Hay para mí una plenitud de sugestión espiritual en una gallina con sus pollitos, atravesando la calle con aire pomposo. Hay para mí un significado más profundo del que tienen las lágrimas humanas en el aroma del sándalo, en las viejas latas, en una caja de fósforos caída en el suelo, en dos papeles sucios que, en un día de viento, ruedan y se persiguen calle abajo. Es que la poesía es espanto, admiración, como un ser caído de los cielos, al tomar plena conciencia de su estado, atónito delante de las cosas. Como alguien que conociese el alma de las cosas, y luchase para recordar ese conocimiento, recordando que no era así como las conocía, no sobre aquellas formas y aquellas condiciones, pero no se acuerda de nada más.









Sin datos editoriales









jueves, agosto 21, 2008

“Los nueve mil millones de nombres de Dios”, de Arthur C. Clarke






Esta es una petición un tanto desacostumbrada— dijo el doctor Wagner, con lo que esperaba podría ser un comentario plausible-. Que yo recuerde, es la primera vez que alguien ha pedido un ordenador de secuencia automática para un monasterio tibetano. No me gustaría mostrarme inquisitivo, pero me cuesta pensar que en su... hum... establecimiento haya aplicaciones para semejante máquina. ¿Podría explicarme que intentan hacer con ella?
—Con mucho gusto— contestó el lama, arreglándose la túnica de seda y dejando cuidadosamente a un lado la regla de cálculo que había usado para efectuar la equivalencia entre las monedas—. Su ordenador Mark V puede efectuar cualquier operación matemática rutinaria que incluya hasta diez cifras. Sin embargo, para nuestro trabajo estamos interesados en letras, no en números. Cuando hayan sido modificados los circuitos de producción, la maquina imprimirá palabras, no columnas de cifras.
—No acabo de comprender...
—Es un proyecto en el que hemos estado trabajando durante los últimos tres siglos; de hecho, desde que se fundó el lamaísmo. Es algo extraño para su modo de pensar, así que espero que me escuche con mentalidad abierta mientras se lo explico.
—Naturalmente.
—En realidad, es sencillísimo. Hemos estado recopilando una lista que contendrá todos los posibles nombres de Dios.
—¿Qué quiere decir?
—Tenemos motivos para creer— continuó el lama, imperturbable— que todos esos nombres se pueden escribir con no más de nueve letras en un alfabeto que hemos ideado.
—¿Y han estado haciendo esto durante tres siglos?
—Sí; suponíamos que nos costaría alrededor de quince mil años completar el trabajo.
—Oh— exclamó el doctor Wagner, con expresión un tanto aturdida—. Ahora comprendo por qué han querido alquilar una de nuestras maquinas. ¿Pero cuál es exactamente la finalidad de este proyecto?

El lama vaciló durante una fracción de segundo y Wagner se preguntó si lo había ofendido. En todo caso, no hubo huella alguna de enojo en la respuesta.

—Llámelo ritual, si quiere, pero es una parte fundamental de nuestras creencias. Los numerosos nombres del Ser Supremo que existen: Dios, Jehová, Alá, etcétera, sólo son etiquetas hechas por los hombres. Esto encierra un problema filosófico de cierta dificultad, que no me propongo discutir, pero en algún lugar entre todas las posibles combinaciones de letras que se pueden hacer, están los que se podrían llamar verdaderos nombres de Dios. Mediante una permutación sistemática de las letras, hemos intentado elaborar una lista con todos esos posibles nombres.
—Comprendo. Han empezado con AAAAAAA... y han continuado hasta ZZZZZZZ...
—Exactamente, aunque nosotros utilizamos un alfabeto especial propio. Modificando los tipos electromagnéticos de las letras, se arregla todo, y esto es muy fácil de hacer. Un problema bastante más interesante es el de diseñar circuitos para eliminar combinaciones ridículas. Por ejemplo, ninguna letra debe figurar mas de tres veces consecutivas.
—¿Tres? Seguramente quiere usted decir dos.
—Tres es lo correcto. Temo que me ocuparía demasiado tiempo explicar por qué, aun cuando usted entendiera nuestro lenguaje.
—Estoy seguro de ello— dijo Wagner, apresuradamente— Siga.
—Por suerte, será cosa sencilla adaptar su ordenador de secuencia automática a ese trabajo, puesto que, una vez que haya sido programado adecuadamente, permutará cada letra por turno e imprimirá el resultado. Lo que nos hubiera costado quince mil años se podrá hacer en cien días.

El doctor Wagner apenas oía los débiles ruidos de las calles de Manhattan, situadas muy por debajo. Estaba en un mundo diferente, un mundo de montañas naturales, no construidas por el hombre. En las remotas alturas de su lejano país, aquellos monjes habían trabajado con paciencia, generación tras generación, llenando sus listas de palabras sin significado. ¿Había algún limite a las locuras de la humanidad? No obstante, no debía siquiera insinuar sus pensamientos. El cliente siempre tenía la razón...

—No hay duda— replicó el doctor— de que podemos modificar el Mark V para que imprima listas de este tipo. Pero el problema de la instalación y el mantenimiento ya me preocupa más. Llegar al Tíbet en los tiempos actuales no va a ser fácil.
—Nosotros nos encargaremos de eso. Los componentes son lo bastante pequeños para poder transportarse en avión. Este es uno de los motivos de haber elegido su máquina. Si usted la puede hacer llegar a la India, nosotros proporcionaremos el transporte desde allí.
—¿Y quieren contratar a dos de nuestros ingenieros?
—Sí, para los tres meses que se supone ha de durar el proyecto.
—No dudo de que nuestra sección de personal les proporcionará las personas idóneas.— El doctor Wagner hizo una anotación en la libreta que tenía sobre la mesa— hay otras dos cuestiones... —Antes de que pudiese terminar la frase, el lama sacó una pequeña hoja de papel.
—Esto es el saldo de mi cuenta del Banco Asiático.
—Gracias. Parece ser... hum... adecuado. La segunda cuestión es tan trivial que vacilo en mencionarla..., pero es sorprendente la frecuencia con que lo obvio se pasa por alto. ¿Qué fuente de energía eléctrica tiene ustedes?
—Un generador diesel que proporciona cincuenta kilovatios a ciento diez voltios. Fue instalado hace unos cinco años y funciona muy bien. Hace la vida en el monasterio mucho más cómoda, pero, desde luego, en realidad fue instalado para proporcionar energía a los altavoces que emiten las plegarias.
- Desde luego — admitió el doctor Wagner—. Debía haberlo imaginado.

La vista desde el parapeto era vertiginosa, pero con el tiempo uno se acostumbra a todo. Después de tres meses, George Hanley no se impresionaba por los dos mil pies de profundidad del abismo, ni por la visión remota de los campos del valle semejantes a cuadros de un tablero de ajedrez. Estaba apoyado contra las piedras pulidas por el viento y contemplaba con displicencia las distintas montañas, cuyos nombres nunca se había preocupado de averiguar.

Aquello, pensaba George, era la cosa más loca que le había ocurrido jamás. El "Proyecto Shangri—La", como alguien lo había bautizado en los lejanos laboratorios. Desde hacía ya semanas, el Mark V estaba produciendo acres de hojas de papel cubiertas de galimatías.

Pacientemente, inexorablemente, el ordenador había ido disponiendo letras en todas sus posibles combinaciones, agotando cada clase antes de empezar con la siguiente. Cuando las hojas salían de las máquinas de escribir electrónicas, los monjes las recortaban cuidadosamente y las pegaban a unos libros enormes. Una semana más y, con la ayuda del cielo, habrían terminado. George no sabía qué oscuros cálculos habían convencido a los monjes de que no necesitaban preocuparse por las palabras de diez, veinte o cien letras. Una de sus habituales pesadillas era que se produjese algún cambio de plan y que el gran lama (a quien ellos llamaban Sam Jaffe, aunque no se le parecía en absoluto) anunciase de pronto que el proyecto se extendería aproximadamente hasta el año 2060 de la Era Cristiana. Eran capaces de una cosa así.

George oyó que la pesada puerta de madera se cerraba de golpe con el viento al tiempo que Chuck entraba en el parapeto y se situaba a su lado. Como de costumbre, Chuck iba fumando uno de los cigarros puros que le habían hecho tan popular entre los monjes, que, al parecer, estaban completamente dispuestos a adoptar todos los menores y gran parte de los mayores placeres de la vida. Esto era una cosa a su favor: podían estar locos, pero no eran tontos. Aquellas frecuentes excursiones que realizaban a la aldea de abajo, por ejemplo...

—Escucha, George —dijo Chuck, con urgencia—. He sabido algo que puede significar un disgusto.
—¿Qué sucede? ¿No funciona bien la maquina? —ésta era la peor contingencia que George podía imaginar. Era algo que podría retrasar el regreso, y no había nada más horrible. Tal como se sentía él ahora, la simple visión de un anuncio de televisión le parecería maná caído del cielo. Por lo menos, representaría un vinculo con su tierra.
—No, no es nada de eso. —Chuck se instaló en el parapeto, lo cual era inhabitual en él, porque normalmente le daba miedo el abismo—. Acabo de descubrir cuál es el motivo de todo esto.
—¿Qué quieres decir? Yo pensaba que lo sabíamos.
—Cierto, sabíamos lo que los monjes están intentando hacer. Pero no sabíamos por qué. Es la cosa más loca...
—Eso ya lo tengo muy oído —gruñó George.
—...pero el viejo me acaba de hablar con claridad. Sabes que acude cada tarde para ver cómo van saliendo las hojas. Pues bien, esta vez parecía bastante excitado o, por lo menos, más de lo que suele estarlo normalmente. Cuando le dije que estábamos en el ultimo ciclo me preguntó, en ese acento inglés tan fino que tiene, si yo había pensado alguna vez en lo que intentaban hacer. Yo dije que me gustaría saberlo..., y entonces me lo explicó.
—Sigue; voy captando.
—El caso es que ellos creen que cuando hayan hecho la lista de todos los nombres, y admiten que hay unos nueve mil millones, Dios habrá alcanzado su objetivo. La raza humana habrá acabado aquello para lo cual fue creada y no tendrá sentido alguno continuar. Desde luego, la idea misma es algo así como una blasfemia.
—¿Entonces qué esperan que hagamos? ¿Suicidarnos?
—No hay ninguna necesidad de esto. Cuando la lista esté completa, Dios se pone en acción, acaba con todas las cosas y... ¡Listo!
—Oh, ya comprendo. Cuando terminemos nuestro trabajo, tendrá lugar el fin del mundo.

Chuck dejo escapar una risita nerviosa.

—Esto es exactamente lo que le dije a Sam. ¿Y sabes que ocurrió? Me miró de un modo muy raro, como si yo hubiese cometido alguna estupidez en la clase, y dijo: "No se trata de nada tan trivial como eso".

George estuvo pensando durante unos momentos.

—Esto es lo que yo llamo una visión amplia del asunto —dijo después—. ¿Pero qué supones que deberíamos hacer al respecto? No veo que ello signifique la más mínima diferencia para nosotros. Al fin y al cabo, ya sabíamos que estaban locos.
—Sí, pero ¿no te das cuenta de lo que puede pasar? Cuando la lista esté acabada y la traca final no estalle —o no ocurra lo que ellos esperan, sea lo que sea—, nos pueden culpar a nosotros del fracaso. Es nuestra máquina la que han estado usando. Esta situación no me gusta ni pizca.
—Comprendo — dijo George, lentamente—. Has dicho algo de interés. Pero ese tipo de cosas han ocurrido otras veces. Cuando yo era un chiquillo, allá en Louisiana, teníamos un predicador chiflado que una vez dijo que el fin del mundo llegaría el domingo siguiente. Centenares de personas lo creyeron y algunas hasta vendieron sus casas. Sin embargo, cuando nada sucedió, no se pusieron furiosos, como se hubiera podido esperar. Simplemente, decidieron que el predicador había cometido un error en sus cálculos y siguieron creyendo. Me parece que algunos de ellos creen todavía.
—Bueno, pero esto no es Louisiana, por si aún no te habías dado cuenta. Nosotros no somos más que dos y monjes los hay a centenares aquí. Yo les tengo aprecio; y sentiré pena por el viejo Sam cuando vea su gran fracaso. Pero, de todos modos, me gustaría estar en otro sitio.
—Esto lo he estado deseando yo durante semanas. Pero no podemos hacer nada hasta que el contrato haya terminado y lleguen los transportes aéreos para llevarnos lejos. Claro que —dijo Chuck, pensativamente— siempre podríamos probar con un ligero sabotaje.
—¡Al demonio que podríamos!, pero eso empeoraría las cosas.
- Lo que yo he querido decir, no. Míralo así. Funcionando las veinticuatro horas del día, tal como lo está haciendo, la máquina terminará su trabajo dentro de cuatro días a partir de hoy. El transporte llegará dentro de una semana. Pues bien, todo lo que necesitamos hacer es encontrar algo que tenga que ser reparado cuando hagamos una revisión; algo que interrumpa el trabajo durante un par de días. Lo arreglaremos, desde luego, pero no demasiado aprisa. Si calculamos bien el tiempo, podremos estar en el aeródromo cuando el último nombre quede impreso en el registro. Para entonces ya no nos podrán coger.
—No me gusta la idea —dijo George—. Sería la primera vez que he abandonado un trabajo. Además, les haría sospechar. No, me quedare y aceptare lo que venga.

—Sigue sin gustarme —dijo, siete días mas tarde, mientras los pequeños pero resistentes caballitos de montaña les llevaban hacia abajo por la serpenteante carretera—. Y no pienses que huyo porque tengo miedo. Lo que pasa es que siento pena por esos infelices y no quiero estar junto a ellos cuando se den cuenta de lo tontos que han sido. Me pregunto como se lo va a tomar Sam.
—Es curioso —replicó Chuck—, pero cuando le dije adiós tuve la sensación de que sabía que nos marchábamos de su lado y que no le importaba porque sabía también que la máquina funcionaba bien y que el trabajo quedaría muy pronto acabado. Después de eso... Claro que, para él, ya no hay ningún después...

George se volvió en la silla y miró hacia atrás, sendero arriba. Era el último sitio desde donde se podía contemplar con claridad el monasterio. La silueta de los achaparrados y angulares edificios se recortaba contra el cielo crepuscular: aquí y allá se veían luces que resplandecían como las portillas del costado de un transatlántico. Luces eléctricas, desde luego, compartiendo el mismo circuito que el Mark V. ¿Cuánto tiempo lo seguirían compartiendo?, se preguntó George. ¿Destrozarían los monjes el ordenador, llevados por el furor y la desesperación? ¿O se limitarían a quedarse tranquilos y empezarían de nuevo todos sus cálculos?

Sabía exactamente lo que estaba pasando en lo alto de la montaña en aquel mismo momento. El gran lama y sus ayudantes estarían sentados, vestidos con sus túnicas de seda e inspeccionando las hojas de papel mientras los monjes principiantes las sacaban de las máquinas de escribir y las pegaban a los grandes volúmenes. Nadie diría una palabra. El único ruido sería el incesante golpear de las letras sobre el papel, porque el Mark V era de por sí completamente silencioso mientras efectuaba sus millares de cálculos por segundo. Tres meses así, pensó George, eran ya como para subirse por las paredes.

—¡Allí esta! —gritó Chuck, señalando abajo hacia el valle—. ¿Verdad que es hermoso?

Ciertamente, lo era, pensó George. El viejo y abollado DC3 estaba en el final de la pista, como una menuda cruz de plata. Dentro de dos horas los estaría llevando hacia la libertad y la sensatez. Era algo así como saborear un licor de calidad. George dejó que el pensamiento le llenase la mente, mientras el caballito avanzaba pacientemente pendiente abajo.

La rápida noche de las alturas del Himalaya casi se les echaba encima. Afortunadamente, el camino era muy bueno, como la mayoría de los de la región, y ellos iban equipados con linternas. No había el más ligero peligro: sólo cierta incomodidad causada por el intenso frío. El cielo estaba perfectamente despejado e iluminado por las familiares y amistosas estrellas. Por lo menos, pensó George, no habría riesgo de que el piloto no pudiese despegar a causa de las condiciones del tiempo. Esta había sido su ultima preocupación. Se puso a cantar, pero lo dejó al cabo de poco. El vasto escenario de las montañas, brillando por todas partes como fantasmas blancuzcos encapuchados, no animaba a esta expansión. De pronto, George consultó su reloj.

—Estaremos allí dentro de una hora —dijo, volviéndose hacia Chuck. Después, pensando en otra cosa, añadió—: Me pregunto si el ordenador habrá terminado su trabajo. Estaba calculado para esta hora.

Chuck no contesto, así que George se volvió completamente hacia él. Pudo ver la cara de Chuck; era un ovalo blanco vuelto hacia el cielo.

—Mira — susurro Chuck; George alzó la vista hacia el espacio.

Siempre hay una ultima vez para todo. Arriba, sin ninguna conmoción, las estrellas se estaban apagando.







1953










miércoles, agosto 20, 2008

"Cosas de Satie", de Bárbara Jacobs





“¿Qué vine a hacer a esta terrosa, terrenal Tierra?”, se preguntó Erik Satie en un trozo de papel que, tras su muerte, encontraron entre muchos otros en su guarida, secreta para el resto del mundo, oculta y cerrada, hasta esos momentos finales definitivos. Qué bueno que Satie se provocó una pulmonía para poder ser relevado del ejército, qué bueno que fundó una iglesia para “combatir la sociedad por medio de la música y la pintura”. Esotérick Satie, El Caballero de Terciopelo, que en su día decidió ser pobre el resto de su vida. El Señor Pobre, el que usó la “k” en su nombre para preservar sus orígenes vikingos. “Personalmente, no soy ni bueno ni malo. Oscilo, podría decir. De modo que nunca he hecho daño a nadie: ni bien, tampoco”, anotó en algún fragmento de su fragmentaría autobiografía, de mamífero, como le gustaba definirse. “Adquirí el gusto por la misantropía, cultivé la hipocondría, me volví el ser más melancólico que existe”.

Su médico le recomendó fumar, pues, de no hacerlo él, otro lo haría siempre en su lugar. “¿Qué prefieres: música o jamón?”, es la pregunta que debes formularte, advierte Satie, cuando el mesero coloca delante de tu plato los entremeses. En “Fantasía sobre un plato”, canta: “¡Qué blanco es!/ No lo adorna ningún color./ Es de una sola pieza”. Recomendaba ser breve; si tenías algo que decir, decirlo. De alumno “considerablemente insignificante”, pasó a vivir una adolescencia “más bien corta” para, acto seguido, “desarrollar el desagradable hábito de la originalidad, fuera de contexto, antifrancés, contra la naturaleza, etcétera”, y vivir una vida corta, hélas, dedicada a lograr que su perturbador aporte fuera aceptado por una sociedad rígida que no lo aceptaba.

Preocupaba a Satie perder contacto consigo mismo, se buscaba a través de la naturaleza, de los niños, de las cosas, del hombre: siempre azorado y maravillado ante lo que veía. Quería ampliar el número de personas a las que pudiera dirigirse. Los fragmentos que constituían su música, sus escritos, sus dibujos, crecían en la mente de su público. Cocteau lo definió así: “El más pequeño trabajo de Satie lo es en tanto lo es el ojo de la cerradura: todo cambia apenas miras (u oyes) a través de él.”

Una rebeldía a la Satie, con resultados como las Gymnopédies, entra en las reflexiones de Bertrand Russell acerca de lo que debe ser un individuo civilizado, con libertad efectiva, sabia; desquiciante, sin duda, para toda autoridad incapaz de reclamar para sí o de tolerar en otros precisamente la originalidad. A los Estados que exigen que sus candidatos a ciudadanos tengan un juicio cabal, no sé cómo presentar “Un día en la vida de un músico”, texto en el que Satie asegura que: respira con cuidado (poco a poco); casi nunca baila; si ríe, no es a propósito; y duerme únicamente con un ojo, pues temo que las rechazarán como la autodescripción de un loco. Satie se defendería: “¿Y uno debe permitir que las autoridades afeen nuestra pobre vida?”.

Señala a los editores que carecen de dignidad y de vergüenza; la forma grotesca y sucia en la que revisten los trabajos más puros imaginables, que les confías, los más delicados vueltos dolorosamente pútridos en las manos del comercio. “¿Qué prefieres? ¿Música o jamón?”, insiste; ¿por qué ha uno de tolerar la mala música con la que a fuerza sustituyen el “dulce y excelente silencio” mientras te tomabas una cerveza o te probabas unos pantalones sin pensar absolutamente en nada?

Sólo si huiste de Austria por “miedo justificado” alguna vez, puedes recuperar tu ciudadanía; si desciendes de judíos sefardíes expulsados de España en el siglo XV, ahora, a finales del XX, puedes solicitar la naturalización como español. Russell hablaba de la buena disposición del ánimo que de hecho tiene un individuo civilizado, definición que cuadraría a Satie que, en los “Rincones ocultos de su vida”, no lleva puestas sus huellas digitales; pero, ¿cuadraría a un niño, aun nacido en Francia, que, al ser hijo de extranjeros, para aspirar a ser francés tuviera que vivir en Francia específicamente entre los 11 y los 18 años de edad?

Hay muchas formas de responder al absurdo. Brassai dudaba tanto de su talento de fotógrafo que se especializó en la noche: o se avergonzaba tanto de ser sólo fotógrafo, cuando lo que aspiraba a ser era pintor, que se resistía a actuar a la luz del día. La fuente de su asombro fue la oscuridad, y fotografiarla lo hizo libre. Sortear el obstáculo, cómo hacerlo. “El año pasado, señoras, jovencitas y caballeros, di varias conferencias sobre la 'Inteligencia y Musicalidad entre Animales', y en esta ocasión, por gratitud, haré un 'Elogio de los críticos' en el que hablaré, no sin modificaciones, de la 'Inteligencia y Musicalidad entre los Críticos'“, advierte Satie.

“Un artista algo infantil y poco comprometido con el drama de su tiempo”, así definieron sus críticos a Marc Chagall, que no vio por qué no dedicar su libertad de individuo civilizado a la rebelión sin límites de su imaginación trasterrada. ¿Qué prefieres?




en La Jornada, 31 de enero, 1999














martes, agosto 19, 2008

“Ángeles velados”, de Carlos Almonte






...allá, en la otra ribera del arroyo,
un lirio dorado exhalará para nosotros su perfume.

F. Hölderlin




Una luz antigua, indescifrable, se expande entre las lágrimas y acaricia la madera negra, levemente importunada por los velos y la brisa. La tibieza de una copa que da vueltas y su mano blanquecina envuelta en sedas. María Luisa observa un libro, como si en el borde interpretara algún poema: Ven conmigo, ardiente musa; cae como el vino en dos segundos; vierte una palabra dura, quizás violenta, sola en el altar de los caídos; con Vicente, mi otro amigo, a quien no conocí; los dos Pablos y Teillier, furibunda poesía, lacerada con mordiscos y golpizas, sin adioses que acongojen.

Desde los rincones se descuelga un avatar, una melodía calcinada del inquieto Brahms; el volumen adecuado, unas pocas hojas sueltas y un milagro que no existe; el olor a tinta y su copa rebosante una vez más. No la observo con cuidado; más bien la admiración asiste cada vez que abre su boca y sus palmas divorciadas, censuradas por el tiempo. Ya el futuro no trasunta y vuelve cada vez que le propongo una caricia. Mira el vidrio como desde otra vida: lo respira, lo reprende, lo resbala, lo maligna... Sube a un árbol y se pierde en el follaje; ya comienza el día octavo, mes de junio. Se resigna al suave hastío y me reprocha el no haberla acompañado; justifica los disparos, aunque sabe que la adoro, “mi collar de pájaros, mi madreselva”. No me digas eso, emplazo apenas mi respuesta, sin embargo indica la botella y exige que le sirva un poco más de vino, dice con voz grave y sin cuidar modales. A María Luisa amortajada le alcanzo el dulce vino, sin pensar en detrimento, ni esperar su gratitud. Sólo extiende aún más sus brazos y me pide que le lea un verso chino, luego de lo cual enjuga, con velado disimulo, su emoción y genio eterno.

Una tenue luz la envuelve cada noche; los amigos, los amantes, una estrofa que imagina y corre; su garganta anestesiada en vino o aguardiente. Rasga los papeles que en seguida insulta; todo por buscar la perfección que encontró en aquel camastro, concertando letras a su amado, reposando su hermosura hasta el exceso; devoción correcta de poetas y videntes.

Los Estudios de Chopin me devuelven esa imagen: una noche tiempo atrás, su espalda acomodada al viento sur, su cabello retratado junto al mío, sus gemidos transformándose en poemas y aquel vino que escurría de su boca hacia mi cuerpo. Nada más que un fiel recuerdo, nada más que esa tristeza amarga que se allega cada tanto, junto al fuego, junto a las cenizas... Aún así, la lluvia esconde otro misterio, una sombra fija en la siguiente esquina, un abrigo negro, la mirada ardiente, mezcla de amor y furia. Miro hacia el estante, aún está el vacío de aquel libro que llevó. Sirvo las dos copas, elijo una melodía de su agrado y salgo hacia la calle aferrado a mi locura. Su resignación era mentira, lo compruebo, al igual que su incerteza y su distancia. No la veo entre las nubes, no distingo entre la lluvia y otras lágrimas. Me aproximo con cuidado, quedamente, como si estuviera en otro sitio, en otro tiempo. Pienso dos palabras que no digo, somos dos espíritus errantes, nos queremos, nos perdemos... ¿Quiere que salgamos esta noche?





2001


Acuarela: "María Luisa en el sur", de Jorge Larco










lunes, agosto 18, 2008

«El bosque mágico», de Henry Treece

Traducción de Juan Carlos Villavicencio





El bosque está lleno de fulgurantes ojos,
El bosque está lleno de pies arrastrándose,
El bosque está lleno de diminutos alaridos:
¡No debes entrar de noche al bosque!


Encontré a un hombre con ojos de vidrio,
Y un dedo tan enroscado como gusano retorciéndose,
Y el pelo todo rojo con podridas hojas,
Y un palo que silbó como una serpiente de verano.

El bosque está lleno de fulgurantes ojos,
El bosque está lleno de pies arrastrándose,
El bosque está lleno de diminutos alaridos:
¡No debes entrar de noche al bosque!


Él me cantó una canción usando palabras al revés,
Y dibujó un dragón en el aire para mí.
Vi sus dientes a través del dorso de su cabeza,
Y de su pelo ojos de una rata pestañando.

El bosque está lleno de fulgurantes ojos,
El bosque está lleno de pies arrastrándose,
El bosque está lleno de diminutos alaridos:
¡No debes entrar de noche al bosque!


Él me hizo un centavo de una piedra,
Y me mostró cómo atrapar una alondra
Con una paja y una nuez y una palabra susurrada
Y una pizca de jengibre envuelto en una hoja.

El bosque está lleno de fulgurantes ojos,
El bosque está lleno de pies arrastrándose,
El bosque está lleno de diminutos alaridos:
¡No debes entrar de noche al bosque!


Él me preguntó mi nombre, y dónde vivo yo;
Le dije un nombre de mi Libro de Cuentos;
Él me pidió venir con él al bosque
Y bailar con los Reyes que viven bajo las colinas.

El bosque está lleno de fulgurantes ojos,
El bosque está lleno de pies arrastrándose,
El bosque está lleno de diminutos alaridos:
¡No debes entrar de noche al bosque!


Pero yo vi que sus ojos tornaban en fuego;
Y vi crecer las uñas en su retorcida mano;
Dije todos mis rezos precipitadamente,
Y me encontré a salvo en la tierra de mi padre.

El bosque está lleno de fulgurantes ojos,
El bosque está lleno de pies arrastrándose,
El bosque está lleno de diminutos alaridos:
¡No debes entrar de noche al bosque!





en The magic wood. A poem, 1945












The magic wood

The wood is full of shining eyes, / The wood is full of creeping feet, / The wood is full of tiny cries: / You must not go to the wood at night! // I met a man with eyes of glass, / And a finger as curled as the wriggling worm, / And hair all red with rotting leaves, / And a stick that hissed like a summer snake. // The wood is full of shining eyes, / The wood is full of creeping feet, / The wood is full of tiny cries: / You must not go to the wood at night! // He sang me a song in backwards words, / And drew me a dragon in the air. / I saw his teeth through the back of his head, / And a rat's eyes winking from his hair. // The wood is full of shining eyes, / The wood is full of creeping feet, / The wood is full of tiny cries: / You must not go to the wood at night! // He made me a penny out of a stone, / And showed me the way to catch a lark / With a straw and a nut and a whispered word / And a pennorth of ginger wrapped up in a leaf. // The wood is full of shining eyes, / The wood is full of creeping feet, / The wood is full of tiny cries: / You must not go to the wood at night! // He asked me my name, and where I lived; / I told him a name from my Book of Tales; / He asked me to come with him into the wood / And dance with the Kings from under the hills. // The wood is full of shining eyes, / The wood is full of creeping feet, / The wood is full of tiny cries: / You must not go to the wood at night! // But I saw that his eyes were turning to fire; / And I saw the nails grow on his wriggling hand; / I said my prayers all out in a rush, / And found myself safe on my father’s land. // The wood is full of shining eyes, / The wood is full of creeping feet, / The wood is full of tiny cries: / You must not go to the wood at night!