domingo, enero 06, 2008

«Gringo viejo», de Aída Bortnik y Carlos Fuentes

Una escena




(Al Gringo están a punto de fusilarlo contra un muro, mientras Harriet le grita a los revolucionarios mexicanos que lo suelten).

Un mexicano: No vamos a matarle, gringo. Nosotros no matamos a nuestros amigos. Vamos.

Harriet (Acercándose al Gringo): Vamos, no se quede aquí.

El Gringo (Reincorporándose): Ha sido una broma.

Harriet: ¿Una broma? ¡Mire qué matanza! ¿Llama a esto una broma?

El Gringo: Su sentido del humor y de la muerte es diferente.

Harriet: No le comprendo.

El Gringo: No puede comprenderme a mí ni a nada. Es su guerra, su país, tanto si usted y yo la aprobamos como si no. Me he comportado vilmente. Pobre capitán. Él sólo pretendía demostrarnos su valor ante la muerte y que podía morir de manera admirable. Resulta casi divertido pensar que no podía ocurrirme a mí, porque yo no estaba preparado. Pero, ¿sabe? Ha valido la pena... sólo por verla a usted. ¡Ha estado magnífica! Su apasionado interés por salvarme la vida ha sido... profundamente halagador. Estoy profundamente conmovido.

Harriet: ¡Es usted intolerable!

El Gringo: Toléreme. Toléreme, por favor. Se lo suplico. Ha pasado mucho tiempo desde que alguien lo intentó. Antes, las mujeres suspiraban. Hinchaban el pecho... ¡Qué hermosas eran! Yo pensé que siempre estarían ahí... suspirando en mi bigote. Venerando mis miradas. Esperando un gesto mío. Pero todas se han ido. No han esperado. Supongo que no llegué a inspirar suficiente amor... a ninguna de ellas.

Harriet: ¿Qué era?

El Gringo: ¿Qué era el qué?

Harriet: ¿Qué hacía para que suspirasen? Yo nunca he suspirado por un hombre.

El Gringo: Verá, cuando... sólo era un chiquillo, soñaba que haría cosas que cambiarían el mundo. Y una noche, cuando tenía unos 16 años le prometí a una muchacha que haría algo grandioso. Algo tan grande... que le resultaría imposible no amarme. Y que después de eso, volvería en busca de ella. «Bien, ¿y qué piensas hacer exactamente?». Escribiré el poema más hermoso que nadie haya escrito jamás. Un poema que haga que la gente llore de felicidad... y que ame con desesperación. Y que entiendan cuál es el significado de su existencia en la tierra. «Oh, no, no puedes escribir un poema así. Nadie puede». Y yo le dije: «Tú espera». «¿Durante cuánto tiempo?», contestó. Y como yo era un chiquillo y cada hora me parecía llena de posibilidades ilimitadas le dije que por poco tiempo. (Pausa) He escrito durante 50 años. He escrito cada día de mi vida sin excepción. He escrito y he escrito. Durante largas noches de insomnio. En países extranjeros. En salas de prensa llenas de enemigos. He escrito mientras mi juventud se desvanecía. Y mientras el amor me traicionaba.

Hace muchos años que olvidé su cara. El color exacto de sus ojos, la precisa línea de su boca. Pero hoy, con la espalda contra aquel muro la he visto a usted. Y he sabido que usted era ella. Y que el único lugar en que podría haber escrito aquel poema habría sido entre sus brazos... Dios mío... cómo deseo besarla...

(La besa)

Eso es lo que hacía. Acaba usted de suspirar.



1989










sábado, enero 05, 2008

“¿Dónde está mi amigo?, o cuando Bruce ‘The Boss’ Springsteen era del albo”, de Ramón Oyarzún





S
i acaso jacob preguntara habría de responder como lo hacía siempre, terminando la oración con un “charimbasbimbaspimbasbimbas”, que no tenía otra explicación posible que su afán compulsivo por escribir desnudo bebiendo afrodisiacos, emular a frank, abusar de los entactógenos, trasnochar, hurgarse la nariz, ser desleal en un concepto muy restringuido de lealtad y pensar con fe ciega en las posibilidades transformativas de la lectura y de la literatura, lo que significaba por un lado un contramovimiento de vanguardia que negaba y se hacía cargo de la producción innegable de Homero en adelante, pasando por el grupo uf!, los memoriales escritos en colaboración del colectivo en las décadas del veinte y treinta, la poesía diletante y la academicista. Sin embargo -sólo porque gusto de esta palabra o conflagración- no bastaba instalarse como heredero bolañito, tomar manzanilla el tercer día de borrachera y pretender la compostura de la caña, o del cuento, o de la lesión eterna, de la fractura neuronal, la adicción patológica, la amistad a prueba de todo, la fama farandulera y hasta ahí que ahora otros menesteres abren brecha y tarde. Y perduran de tarde en tarde a pesar de cierto acto de fe en la impermanencia, acto que requirió mayor fe que aquel de lanzarse a donde las personalidades se perdían y antes ya se habían perdido como esas revoluciones-guerras que empezaron el siglo 20 en plena Era del despertar de la Nueva Era y cualquiera creía en el centésimo macaco o en Sheldrake y los campos morfogenéticos, imposible no creer esto tomando etiqueta verde y rayo verde y líneas verdes y todo reverdecía ese día, después de la asociación libre freudiana vendrían las variaciones sicoanalíticas irreconciliables y la integralidad transpersonal de la nueva sicología enteocognotivista, teleognómica, los grupetes del potencial humano y la fe se habría de despertar en todos los pequeños ávidos de transformación o en todos los sujetos de ser memenizados, suceptibles de compartir átomos en una promiscuidad micromolecular impensable hasta para el sade más desvaído que sin embargo era una promiscuidad intrasíquica imperceptible y con la aparición de la confabulación índigo se volvió todo más sagrado y más vertiginoso en cada día y en cada tiempo despertaron infinitos seres despiertos a la iluminación profunda, insuperable, verdadera y completa porque cada segundo era tiempo que no había para perder y cada instante contenía todo y estaba pleno y perfecto y las vías de entrada a la comprensión de esta perfección se hicieron tan transitadas que a pesar de todas las predicciones se pudo conocer las décadas de la medianía como las del taco espiral hasta que el mundo en torbellinos y tormentas mutó de escuela en paraíso de realización y quién que era no era poeta, músico, místico, iluminado, artista, integral, sanador, aprendiz, practicante y maestro, sobrellevando la inmensa pena del agua que cubrió a los cientos de millones que no alcanzaron a escapar, huir o fluir; dejarán el cuarto mundo y repartirán amor y bondad infinita en el cosmos hasta que llegue el momento de encarnar como un quinto mundo en alguna nota armónica de coincidencia auspiciosa entre el cometa-mente y el quinto cuerpo celeste y entonces habrán de nuevo los poetas escribiendo sus veintiún mejores y más grandes poemas de amor romántico a la inspiración del atardecer de la juventud y la eternidad de la existencia y seguro que por esas casualidades que a veces llamamos fallas en la matriz o coexistencia coincidente, tiempos cruzados, dimensiones en colisión, o algo así, un taller uf! alineará esta vez como equipo de básquetbol amateur, un presidente será técnico de un equipo campeón de la Libertadores y en pequeñas repúblicas surgirán grupos de genios científicos estilo la Budapest de principios del veinte con Ciorán, los Ionesco, Eliade y esta vez el famoso aforista Miquelu Angelescu y el semiólogo Mellescu, o la Frankfurt de los cafés y los grupos donde además de Adorno, Horkhaimmer, Habermas estará Gabarrochecks y un Goicoleiov tal vez en Praga o junto a los formalistas en Moscú que esta vez debiera ganar la guerra fría para pasar a fenómenos apasionantes como la guerra de los vodka o la globalización del consumo de pgp, calostro y sistema en vez de aspirina cocacola y jogging; si ese universo paralelo no existe ya ahora sí lo hace y procedamos a contar que las infinitas diferencias mínimas bastan para solventar este cuento que nunca debió haber sido escrito y que sin embargo la duda lo sotiene, porque, como preguntaba Bogumil Jasinowsky, o más fulanamente aquel compositor de títulos ¿qué hay que no esté de Virus a Heiddeger?, y para responder al aforismo baste el libro de las citas citables, mejor un limerick, Lucio Anneo Séneca o el tratado sobre las piedras de Teofrasto que todavía estoy leyendo en resúmenes de internet. En ese paralelo de similitudes del que también somos sombras o símiles, sin caer en los vicios eternalistas, nihilistas ni ambos, hágase eco una historia contada por un cuentahistorias que es como se me place terminar. Este cuentahistorias que podemos llamar Charli y que resulta hijo de un cuentahistorias y nieto de un cuentahistorias y así hasta que se olvida el origen del linaje en el que probablemente lleguemos a un pastor o agricultor que también contaba historias, fue condenado a muerte por ser descendiente del profeta en épocas en que se condenaba a todos los descendientes del profeta a muerte por decapitación acusados de la herejía de pretender una continuidad sanguínea directamente rastreable hasta los ángeles y el cuenta historias se presentó voluntario ante el rey, que viendo su gesto noble y valiente, pensándolo estúpido más bien, lo dejó ir sin ser encadenado a visitar al verdugo que por esos días estaba muy ocupado y podía competir con Ned Dennis en cortar más cabezas en menos tiempo, sólo que a este no se le había perdonado para que pudiera trabajar y tampoco se le perdonaría el error groso que iba a cometer puesto que entre los árabes no faltarán nunca aspirantes a verdugos, así como entre los judios no faltará nunca “el amigo palestino”, y entre los latinos no falta nunca el “yo jugué (semi) profesionalmente a la pelota”, y Charli llegó sin cadenas, apenas escoltado por un guardia al que a la entrada del cadalzo le dijo: “déjame hasta aquí, he venido solo, no necesito que me acompañes adentro”, y lo dijo con tal vehemencia y con el orgullo que sólo un árabe puede tener frente a la muerte, que es diferente al orgullo de un japonés porque en el japonés es más deber nacional y en el árabe embriaguez cósmica, por lo que el guardia le dejó, además estuvo contento de aliviarse de su misión un poco antes, saliendo temprano de la pega como cualquier buen oficinista haría si se le presenta la oportunidad a menos que ese oficinista fuera pessoiano y le diera por quedarse siempre hasta la hora justa pero eso es cuestión que hacen los portugueses por la saudade, los santiaguinos por el smog y los gringos por aburridos, pero este guardia era árabe y tendría algún té que tomar y algo que fumar entre amigos antes de llegar a casa, a sus mujeres e hijos, e historias increíbles que habría de contar a sus hijos sobre todo esta del cuenta historias, entonces de nuevo Charli entró voluntario ante el verdugo que le miró cansado y feliz mientras comprobaba el filo de su hacha con un pelo de camello, y me pregunto inevitable si ese aforismo del rico y el camello entrando al reino de los cielos y enhebrándose en una aguja respectivamente no tendrá que ver más con la afirmación de Demócrito sobre los megarenses mentirosos o con dar al César lo que es del César y presentarse como megarense y como rey de reyes al tiempo. Y sí, la variación de Cervantes es más interesante por cuanto el final es necesario, fatal para quien propone y para quien lea o lee o a estas alturas, desde acá, no interesa porque estaba antes y falló el ver -(b/l/y)- o.








Texto leído en Taller Uff! 11º Aniversario, 20 de diciembre 2007









viernes, enero 04, 2008

Dos poemas de Miguel Muñoz




ZONA DISPERSA



Pululando por la zona
inextinguible

Entrando al vergel
ya maldito

Repertorio
de palabra enmohecida

Vena de apariencia
marmórea

Toca muslo apenas
deslucido

Rápida fuente rodando
pedregosa

Arteria remo y pierna
resonantes

Bote claro que se inclina
soporoso

Vacío de la zona
consumida

En hueco que se abre
transparente

Hoyo de líquido
abismado

Rueda contraria ola
semihundida

Inestable
sube y baja el cacareo

Inquietante
la sopa se avecina

El perno del marisco
confundido

La ola se encumbra
satisfecha

En el hueco el bote
salpicado

Muslo remo y vena
retenidos

Del mármol se aleja
vaporosa

La sopa marina
friolenta

Zona que se adentra
apacible


Meandros de sutil estilo


Tronco y bote ya no saben

Pierna y remo a la deriva

Curva tortuosa del pescado

Lápiz en la hoja se adivina


Caen
zona sopa y cacareo

Cae al hueco
la zona misma

En el foso la maniobra
sumergida

En su propio torbellino
sofocada

Un ombligo deambula
atrevido

Desde venas de mármol
al marisco

Arteria remo y tronco
resonantes

En el bote se revuelven
ahuecados

Como una carpa la esponja
se abalanza

Sobre restos de mariscos
zonas y pescados

Bote claro que se inclina
oscuro

Buscando la línea de la imagen





2003



MORRENA



Incitación de la morrena
de ir cascando
terca en el blanco     podrida tierra
derrubio de palabra aniquilada
morrena
de piedra y fango
escondite de bosque
            (o bien)
una línea límite en la mesa
borrando
de morrena el ritmo de su peso
cascajos     rodando
detenidos

un río trajo este lodo
asomándolo al hielo

un río trajo este polvo
mezclándolo al brillo

escondite de bosque fue
su ausencia presente:
en la mesa un parche blanco
se extiende sobre el límite

morrena zurcida de guijarros
               (lápiz tinta)
convención surgida en el tablero




2007




jueves, enero 03, 2008

"Wagner como un peligro", de Friedrich Nietzsche





L
a intención que persigue la música moderna en aquello que en la actualidad, de modo estridente, pero ininteligible, se denomina «melodía infinita», puede ser aclarado de este modo: uno se adentra en el mar, poco a poco va perdiendo pie firme y finalmente se abandona al favor o disfavor del elemento: tiene que nadar. En la música antigua, a veces de manera grácil, otras solemne, o briosa, más deprisa o mas despacio, debía hacerse algo completamente distinto, o sea, danzar. La medida necesaria para ello, la conservación de determinados grados de tiempo y fuerza equivalentes, forzaban el alma del oyente a una constante meditación, —en los contrastes entre este flujo de aire frío procedente de la meditación y el cálido aliento del entusiasmo residía la magia de toda buena música. Richard Wagner quiso otra clase de movimiento, invirtió el presupuesto fisiológico de la música de entonces. Nadar, flotar —ya no caminar, danzar... Quizá con esto queda dicho lo decisivo. La «melodía infinita» quiere precisamente quebrar todo equilibrio entre tiempo y fuerza, incluso se burla del mismo,— tiene su riqueza de invención justamente en aquello que a un oído antiguo le suena como paradoja y blasfemia rítmicas. De una imitación, de un predominio de semejante gusto ha nacido un peligro para la música como no puede pensarse otro mayor — la degeneración total del sentimiento rítmico, el caos en lugar del ritmo... El peligro llega a su punto álgido cuando semejante música se apoya de modo cada vez más estricto en un histrionismo y una mímica completamente naturalistas, no dominados por ninguna ley de la plástica, que sólo quieren el efecto y nada más.. Lo «espressivo» a toda costa y la música al servicio, esclava de la pose —éste es el fin...

¿Cómo? ¿Acaso sería efectivamente la primera virtud de una interpretación musical, tal como ahora parecen creer los artistas intérpretes de la música, la de lograr para cada pieza, en toda circunstancia, tan alto relieve, que no se lo pueda superar? Aplicado, por ejemplo, a Mozart, ¿no es esto un auténtico pecado contra el espíritu de Mozart, el espíritu sereno, soñador, tierno y amable de Mozart, quien por fortuna no fue un alemán y cuya seriedad es una seriedad benévola, dorada, y no la seriedad de un caballero alemán?... Así que me callo sobre la seriedad del «convidado de piedra»... pero ¿creéis que toda música es la música del «convidado de piedra»,— que toda música debiera irrumpir atravesando la pared y conmoviendo al auditorio hasta las entrañas?... ¡Sólo así obra efecto la música! — Pero, ¿sobre quién lo ha obrado? Sobre alguien sobre el que un artista noble no debe nunca obrar efecto, —¡Sobre la masa! ¡Sobre los inmaduros! ¡Sobre los indolentes! ¡Sobre los enfermos! ¡Sobre los idiotas! ¡Sobre wagnerianos!








en Nietzsche contra Wagner, 1888










miércoles, enero 02, 2008

"Después de la fiesta", de Jorge Teillier



Fotografía original de Álvaro Hoppe


Está más joven la muchacha que amanece sonriendo
frente al canto del canario cada vez más joven.
Está más joven en la portada de la revista
sobre la mesa de nogal cada vez más joven
el retrato de los Campeones Mundiales del año 30.

Está más joven la mujer que se despierta para lavar
ropa ajena en la artesa rústica.
Están más jóvenes quienes en la plaza hablan
de sus amigos desaparecidos o asesinados.
Está más joven la flor guardada entre las páginas
de Fermina Márquez,
está más joven el rugoso pescador que bebe
su aguardiente frente al temporal recién nacido.
Está más joven el guijarro que espera ser
recogido por un niño,
tras ser pulido por una ola que cada viaje hace
cada vez más joven.

Sólo yo he envejecido.





en Cartas para reinas de otras primaveras, 1985




Notas en Teillier Aleph





martes, enero 01, 2008

"Autores que se alejan", de Roberto Bolaño

Miércoles 16 de mayo de 2001




Hace unos días, con Juan Villoro nos pusimos a recordar a aquellos autores que habían sido importantes en nuestra juventud y que hoy han caído en una suerte de olvido, aquellos autores que gozaron en su momento de muchos lectores y que hoy sufren la ingratitud de esos mismos lectores y que para colmo de males no han conseguido interesar a los lectores de una nueva generación.

Pensamos, por supuesto, en Henry Miller, que en su día tuvo una gran difusión en España, y cuyo nombre estaba en boca de todos, pero cuya fama tal vez obedecía a un equívoco: es probable que más de la mitad de los que compraron sus libros lo hicieran esperando encontrar a un pornógrafo, algo que en cierta manera se justificaba y era una necesidad en la España que emergía después de cuarenta años de censura frailuna y franquista.

En el otro extremo recordamos a Artaud, puro nervio ascético, que en su día también tuvo buenas ventas, y no pocos admiradores españoles y mexicanos, y que si uno comete hoy el error de preguntarle a una persona menor de treinta años por su nombre seguramente recibirá una respuesta desoladora. Ya ni siquiera aquellos que están interesados por el cine saben quién era Antonin Artaud, lo que es igual de grave.

Lo mismo sucede con Macedonio Fernández: sus libros, salvo en Argentina, supongo, no se encuentran en las librerías. Y con Felisberto Hernández, que en los setenta tuvo un pequeño boom, pero cuyos relatos hoy sólo es posible encontrarlos tras mucho buscar en librerías de viejo. Doy por descontado que la suerte de Felisberto en Uruguay y Argentina debe ser diferente, lo que nos lleva a un problema aún peor que el olvido: el provincianismo en que el mercado del libro concentra y encarcela a la literatura de nuestra lengua, y que explicado de forma sencilla viene a decir que los autores chilenos sólo interesan en Chile, los mexicanos en México y los colombianos en Colombia, como si cada país hispanoamericano hablara una lengua distinta o como si el placer estético de cada lector hispanoamericano obedeciera, antes que nada, a unos referentes nacionales, es decir, provincianos, algo que no sucedía en la década del sesenta, por ejemplo, cuando surgió el boom, ni, pese a la mala distribución, en la década de los cincuenta o cuarenta.

Pero, en fin, de esto no hablábamos con Villoro, sino de otros escritores, escritores como Henry Miller o Artaud o B. Traven o Tristan Tzara, escritores que contribuyeron a nuestra educación sentimental y que ahora ya no es posible encontrarlos en los fondos de las librerías por la sencilla razón de que casi no tienen nuevos lectores. Y también de aquellos más jóvenes, escritores de nuestra generación, como Sophie Podolski o como Mathieu Messagier, que fueron unos jóvenes absolutamente maravillosos y de gran talento y a quienes ya no sólo no es posible encontrar en las librerías sino que tampoco en los buscadores de internet, lo que ya es mucho decir, como si nunca hubieran existido o como si los hubiéramos imaginado nosotros.

La respuesta a este reflujo de escritores, sin embargo, es muy sencilla. Así como el amor se mueve con una mecánica similar a la del mar, como decía el poeta nicaragüense Martínez Rivas, así también se mueven los escritores, y un día aparecen y luego desaparecen y luego, quién sabe, vuelven a aparecer. Y si no vuelven a aparecer tampoco importa tanto porque ellos, de alguna manera secreta, ya son nosotros.







en Entre paréntesis, 2004









lunes, diciembre 31, 2007

"Los caminos de la vida. Un escrito sobre las cumbias", de Juan Carlos Villavicencio






...si has gozado también has sufrido,
si has llorado también has reído.


No creo que exista ser humano que haya podido librarse de la batalla entre el sol y la luna, y de ese giro de muerte y esplendor en los ciclos que son las estaciones. Ahora más que asomado el verano y a la espera de la convención que implica ‘el paso de un año a otro’, varias son las mezclas de ánimos que se cruzan por estas fechas. El caso es que todos los ánimos se cruzan siempre y los espejos dan cuenta de las sonrisas o las lágrimas que caen, de los rostros familiares reunidos o la soledad de un respiro y la ignorancia de lo que podría detener la oscuridad.

La cumbia es fiel reflejo de esta reflexión o el abandono a una nueva noche y sus euforias, de esa carga emocional que nos posee y de la que a veces necesitamos renegar. Está en la piel reaccionar ante ella. Lo primero que nos regalan los compases de El Galeón Español o de Daniela, por ejemplo, es un impulso, una sonrisa, un ansia de juerga, pero que sin darnos cuenta nos habla también varias veces de esa nostalgia o de esa pena irreparable. De ahí esa imagen arquetípica de aquel guachaca sensible aferrado a un trago, bailando y cantando decidido una cumbia solo, con los ojos húmedos y añorantes de lo que ya no está.

Amplio es el espectro de la cumbia, obvio, ya que se habla de un tipo de música que como todo arte es reflejo, imagen que se da en las armonías de este espejo de nuestros pasos y nuestras huellas. Las más famosas de los últimos tiempos, a cargo, principalmente, de la Sonora Palacios y la Sonora de Tommy Rey, dan cuenta de ciertas carencias que reiteran la danza de la tierra junto al sol. Aún cuando se hable de Un año más, y ese conformismo acerca del paso del tiempo, está la nostalgia de todos los años que “se han ido ya”. Está la locura de ese Edipo no resuelto en Agua que no has de beber, ese amor imposible al que se canta como dueña, aunque se retorne a la madre. Está el tema de la ausencia de la amada y su dolor cruzando el pecho en Pedacito de mi vida: “Qué vacío hay en mi alma / qué amargura en mi existir / siento que me haces falta / yo no sé vivir sin ti”; o del dolor del amor no correspondido en Daniela (en la versión de Chico Trujillo, grupo a no olvidar jamás), o en la tremenda Que te mate el tren, donde el amor y el odio se entrelazan en la despedida: “Adiós, adiós, adiós / que te vaya bien / amor, amor, amor / que te agarre un carro / que te parta un rayo / que te mate un tren”. Sin embargo, nos es conveniente obviar sus palabras y preferimos bailar o tararear. ¿Por qué?

Todos los días el sol vuelve a salir y el fuego se vuelve a encender, volviendo a florecer los parques y sus noches, en la esperanza, el dolor y la alegría que confluyen cada vez que necesitamos conmemorar algo colectivamente, en ese devenir por los caminos de la vida, que no son lo que yo creía, pero que vale la pena seguir descubriendo, como decía el hermano Catador de Bondades, con nostalgia de futuro, y los dados ya lanzados sin mirar. Sí... un año más.




Reescritura del texto aparecido en El guachaca, el año 2005.







domingo, diciembre 30, 2007

“Los borrachos”, de Malcolm Lowry





El ruido de la muerte aquí en este bar desolado,
Donde la tranquilidad se sienta encorvada sobre su oración
Y la música sirve de coraza al sueño del amante,
Pero cuando ninguna moneda introduce esta dura desesperación
Hasta aquí, el más solitario de los hogares
Y de todos los destinos el más solitario además,
Cuando ninguna música eléctrica rompe el batir
De corazones doblemente rotos pero ahora reunidos
Por el cirujano de paz en la astilla del desastre,
Penetra más profundamente que lo hicieran las trompetas
El movimiento de la mente dentro de ese entramado
Donde los desórdenes son simples como la tumba
Y la araña de la vida se asienta y duerme.









sábado, diciembre 29, 2007

"Y en sueño te convertirás", de Juan Cristóbal

Cuento inédito




No podía creer lo que había soñado. Que una mujer se tiraba bajo las ruedas de un carro y su esposo no la salvaba, pudiéndolo hacer. Pero el sueño había comenzado antes, cuando ambos vivían en un departamento de recién casados, donde siempre, los fines de semana, habían reuniones y fiestas con amigos, donde todo era felicidad y comprensión. Y después vino el sueño, la desgracia. Esa imagen me dio vueltas a la cabeza todo el día: ¿Por qué había sucedido? ¿Qué había llevado a ella a esa determinación? ¿Por qué él no la salvó pudiéndolo hacer? Hacia la mitad de la tarde, después de tomar la siesta y leer el periódico, decidí contarle a mi esposa lo soñado. Pero antes de hacerlo me pregunté: ¿No lo tomará a mal? ¿No creerá que hay algún instinto reprimido? ¿No pensará que quiera que eso le suceda? Me dio retorcijones el contarle. Pensé que sería mejor consultar con el médico amigo de la casa. Un consejo no hace daño a nadie, pensé, y me dirigí a su consultorio, que, felizmente, queda cerca donde vivimos. Lamentablemente, no lo encontré, había salido de viaje y no regresaría hasta dentro de quince días. Volví, con la cabeza gacha, cavilando, si debía o no contarle lo soñado. Decidí hacerlo. Pero cuando llegué a mi departamento me arrepentí. Pensé, veremos lo que pasa. Abrí la puerta y vi a mi esposa preparando unas tacitas de café y unos panes con queso en el horno. Le di un beso y me senté en la mesa de la cocina. Conversamos de cosas sin importancia. Ella, de pronto me dijo, “ya no me cuentas lo que sueñas”. Me sorprendió su curiosidad, justo en ese momento, por lo que no le contesté. Pero al poco rato volvió a insistir sobre el asunto. Entonces le dije, “los años me hacen olvidar los sueños”. Y comencé a beber el café que estaba sobre la mesa. “Tal vez deba esperar el momento adecuado”, me dije para mis adentros, “porque no creo que me crea lo que le acabo de decir”. Comí un pan y terminé la taza de café. Me fui a la sala, prendí la tv para escuchar las noticias. Pero no veía las imágenes, seguí pensando en lo que había soñado y si debía o no decírselo a mi esposa. Pasó un par de horas y seguía en ese dilema. Hasta que por fin me hice la pregunta que debí habérmela hecho desde el principio: ¿Si mi esposa hiciera lo mismo, yo la salvaría?





De un libro inédito aún.





viernes, diciembre 28, 2007

Discurso del Premio Nobel de Literatura, de Pablo Neruda






Mi discurso será una larga travesía, un viaje mío por regiones lejanas y antípodas, no por eso menos semejantes al paisaje y a las soledades del norte. Hablo del extremo sur de mi país. Tanto y tanto nos alejamos los chilenos hasta tocar con nuestros límites el Polo Sur, que nos parecemos a la geografía de Suecia, que roza con su cabeza el norte nevado del planeta.

Por allí, por aquellas extensiones de mi patria adonde me condujeron acontecimientos ya olvidados en sí mismos, hay que atravesar, tuve que atravesar los Andes buscando la frontera de mi país con Argentina. Grandes bosques cubren como un túnel las regiones inaccesibles y como nuestro camino era oculto y vedado, aceptábamos tan sólo los signos más débiles de la orientación. No había huellas, no existían senderos y con mis cuatro compañeros a caballo buscábamos en ondulante cabalgata -eliminando los obstáculos de poderosos árboles, imposibles ríos, requeríos inmensos, desoladas nieves, adivinando más bien- el derrotero de mi propia libertad. Los que me acompañaban conocían la orientación, la posibilidad entre los grandes follajes, pero para saberse más seguros, montados en sus caballos, marcaban de un machetazo aquí y allá, las cortezas de los grandes árboles, dejando huellas que los guiarían en el regreso, cuando me dejaran solo con mi destino.

Cada uno avanzaba embargado en aquella soledad sin márgenes, en aquel silencio verde y blanco, los árboles, las grandes enredaderas, el humus depositado por centenares de años, los troncos semi-derribados que de pronto eran una barrera más en nuestra marcha. Todo era a la vez una naturaleza deslumbradora y secreta y a la vez una creciente amenaza de frío, nieve, persecución. Todo se mezclaba: la soledad, el peligro, el silencio y la urgencia de mi misión.

A veces seguíamos una huella delgadísima, dejada quizás por contrabandistas o delincuentes comunes fugitivos, e ignorábamos si muchos de ellos habían perecido, sorprendidos de repente por las glaciales manos del invierno, por las tremendas tormentas de nieve que, cuando en los Andes se descargan, envuelven al viajero, lo hunden bajo siete pisos de blancura.

A cada lado de la huella contemplé, en aquella salvaje desolación, algo como una construcción humana. Eran trozos de ramas acumulados que habían soportado muchos inviernos, vegetal ofrenda de centenares de viajeros, altos túmulos de madera para recordar a los caídos, para hacer pensar en los que no pudieron seguir y quedaron allí para siempre debajo de las nieves. También mis compañeros cortaron con sus machetes las ramas que nos tocaban las cabezas y que descendían sobre nosotros desde la altura de las coniferas inmensas,, desde los robles cuyo último follaje palpitaba antes de las tempestades del invierno. Y también yo fui dejando en cada túmulo un recuerdo, una tarjeta de madera, una rama cortada del bosque para adornar las tumbas de uno y otro de los viajeros desconocidos.

Teníamos que cruzar un río. Esas pequeñas vertientes nacidas en las cumbres de los Andes se precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y atropelladora, se tornan en cascadas, rompen tierras y rocas con la energía y la velocidad que trajeron de las alturas insignes: pero esa vez encontramos un remanso, un gran espejo de agua, un vado. Los caballos entraron, perdieron pie y nadaron hacia la otra ribera. Pronto mi caballo fue sobrepasado casi totalmente por las aguas, yo comencé a mecerme sin sostén, mis pies se afanaban al garete mientras la bestia pugnaba por mantener la cabeza al aire libre. Así cruzamos. Y apenas llegados a la otra orilla, los baqueanos, los campesinos que me acompañaban, me preguntaron con cierta sonrisa:

- ¿Tuvo mucho miedo?
- Mucho. Creí que había llegado mi última hora - dije.
- Ibamos detrás de usted con el lazo en la mano - me respondieron.
- Ahí mismo - agregó uno de ellos - cayó mi padre y lo arrastró la corriente. No iba a pasar lo mismo con usted.

Seguimos hasta entrar en un túnel natural que tal vez abrió en las rocas imponentes un caudaloso río perdido, o un estremecimiento del planeta que dispuso en las alturas aquella obra, aquel canal rupestre de piedra socavada, de granito, en el cual penetramos. A los pocos pasos las cabalgaduras resbalaban, trataban de afincarse en los desniveles de piedra, se doblegaban sus patas, estallaban chispas en las herraduras; más de una vez me vi arrojado del caballo y tendido sobre las rocas. Mi cabalgadura sangraba de narices y patas, pero proseguimos empecinados el vasto, el espléndido, el difícil camino.

Algo nos esperaba en medio de aquella selva salvaje. Súbitamente, como una singular visión, llegamos a una pequeña y esmerada pradera acurrucada en el regazo de las montañas: agua clara, prado verde, flores silvestres, rumor de ríos y el cielo azul arriba, generosa luz ininterrumpida por ningún follaje.

Allí nos detuvimos como dentro de un círculo mágico, como huéspedes de un recinto sagrado: y mayor condición de sagrada tuvo aún la ceremonia en la que participé. Los vaqueros bajaron de sus cabalgaduras. En el centro del recinto estaba colocada, como en un rito, una calavera de buey. Mis compañeros se acercaron silenciosamente, uno por uno, para dejar unas monedas y algunos alimentos en los agujeros de hueso. Me uní a ellos en aquella ofrenda destinada a toscos ulises extraviados, a fugitivos de todas las raleas que encontrarían pan y auxilio en las órbitas del toro muerto.

Pero no se detuvo en este punto la inolvidable ceremonia. Mis rústicos amigos se despojaron de sus sombreros e iniciaron una extraña danza, saltando sobre un solo pie alrededor de la calavera abandonada, repasando la huella circular dejada por tantos bailes de otros que por allí cruzaron antes. Comprendí entonces de una manera imprecisa, al lado de mis impenetrables compañeros, que existía una comunicación de desconocido a desconocido, que había una solicitud, una petición y una respuesta aún en las más lejanas y apartadas soledades de este mundo.

Más lejos, ya a punto de cruzar las fronteras que me alejarían por muchos años de mi patria, llegamos de noche a las últimas gargantas de las montañas. Vimos de pronto una luz encendida que era indicio cierto de habitación humana y, al acercarnos, hallamos unas desvencijadas construcciones, unos destartalados galpones al parecer vacíos. Entramos a uno de ellos y vimos, al claror de la lumbre, grandes troncos encendidos en el centro de la habitación, cuerpos de árboles gigantes que allí ardían de día y de noche y que dejaban escapar por las hendiduras del techo un humo que vagaba en medio de las tinieblas como un profundo velo azul. Vimos montones de quesos acumulados por quienes los cuajaron en aquellas alturas. Cerca del fuego, agrupados como sacos, yacían algunos hombres. Distinguimos en el silencio las cuerdas de una guitarra y las palabras de una canción que, naciendo de las brasas y de la oscuridad, nos traía la primera voz humana que habíamos topado en el camino. Era una canción de amor y de distancia, un lamento de amor y de nostalgia dirigido hacia la primavera lejana, hacia las ciudades de donde veníamos, hacia la infinita extensión de la vida. Ellos ignoraban quienes éramos, ellos nada sabían del fugitivo, ellos no conocían mi poesía ni mi nombre. O lo conocían? El hecho real fue que junto a aquel fuego cantamos y comimos, y luego caminamos dentro de la oscuridad hacia unos cuartos elementales. A través de ellos pasaba una corriente termal, agua volcánica donde nos sumergimos, calor que se desprendía de las cordilleras y nos acogió en su seno.

Chapoteamos gozosos, cavándonos, limpiándonos el peso de la inmensa cabalgata. Nos sentimos frescos, renacidos, bautizados, cuando al amanecer emprendimos los últimos kilómetros de jornada que me separarían de aquel eclipse de mi patria. Nos alejamos cantando sobre nuestras cabalgaduras, plenos de un aire nuevo, de un aliento que nos empujaba hacia el gran camino del mundo que me estaba esperando. Cuando quisimos dar (lo recuerdo vivamente) a los montañeses algunas monedas de recompensa por las canciones, por los alimentos, por las aguas termales, por el techo y los lechos, vale decir, por el inesperado amparo que nos salió al encuentro, ellos rechazaron nuestro ofrecimiento sin un ademán. Nos habían servido y nada más. Y en ese "nada más", en ese silencioso nada más había muchas cosas subentendidas, tal vez el reconocimiento, tal vez los mismos sueños.

Señoras y Señores: Yo no aprendí en los libros ninguna receta para la composición de un poema, y no dejaré impreso a mi vez ni siquiera un consejo, modo o estilo para que los nuevos poetas reciban de mí alguna gota de supuesta sabiduría. Si he narrado en este discurso ciertos sucesos del pasado, si he revivido un nunca olvidado relato en esta ocasión y en este sitio tan diferentes a lo acontecido, es porque en el curso de mi vida he encontrado siempre en alguna parte la aseveración necesaria, la fórmula que me aguardaba, no para endurecerse en mis palabras sino para explicarme a mí mismo.

En aquella larga jornada encontré las dosis necesarias a la formación del poema. Allí me fueron dadas las aportaciones de la tierra y del alma. Y pienso que la poesía es una acción pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza. Y pienso con no menor fe que todo está sostenido - el hombre y su sombra, el hombre y su actitud, el hombre y su poesía - en una comunidad cada vez más extensa, en un ejercicio que integrará para siempre en nosotros la realidad y los sueños, porque de tal manera la poesía los une y los confunde. Y digo de igual modo que no sé, después de tantos años, si aquellas lecciones que recibí al cruzar un río vertiginoso, al bailar alrededor del cráneo de una vaca, al bañar mi piel en el agua purificadora de las más altas regiones, digo que no sé si aquello salía de mí mismo para comunicarse después con muchos otros seres, o era el mensaje que los demás hombres me enviaban como exigencia o emplazamiento. No sé si aquello lo viví o lo escribí, no sé si fueron verdad o poesía, transición o eternidad, los versos que experimenté en aquel momento, las experiencias que canté más tarde.

De todo ello, amigos, surge una enseñanza que el poeta debe aprender de los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía: mas en esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres y creer en un destino común.

En verdad, si bien alguna o mucha gente me consideró un sectario, sin posible participación en la mesa común de la amistad y de la responsabilidad, no quiero justificarme, no creo que las acusaciones ni las justificaciones tengan cabida entre los deberes del poeta. Después de todo, ningún poeta administró la poesía, y si alguno de ellos se detuvo en acusar a sus semejantes, o si otro pensó que podía gastarse la vida defendiéndose de recriminaciones razonables o absurdas, mi convicción es que sólo la vanidad es capaz de desviarnos hasta tales extremos. Digo que los enemigos de la poesía no están entre quienes la profesan o resguardan, sino en la falta de concordancia del poeta. De ahí que ningún poeta tenga más enemigo esencial que su propia incapacidad para entenderse con los más ignorados y explotados de sus contemporáneos: y esto rige para todas las épocas y para todas las tierras.

El poeta no es un "pequeño dios". No, no es un "pequeño dios". No está signado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios. A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. El cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, como una obligación comunitaria. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de su mercadería: pan, verdad, vino, sueños. Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por consignar cada uno en manos de los otros su ración de compromiso, su dedicación y su ternura al trabajo común de cada día y de todos los hombres, el poeta tomará parte, los poetas tomaremos parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueño de la humanidad entera. Sólo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poesía el anchuroso espacio que le van recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos.

Los errores que me llevaron a una relativa verdad, y las verdades que repetidas veces me recondujeron al error, unos y otras no me permitieron - ni yo lo pretendí nunca - orientar, dirigir, enseñar lo que se llama el proceso creador, los vericuetos de la literatura. Pero sí me di cuenta de una cosa: de que nosotros mismos vamos creando los fantasmas de nuestra propia mitificación. De la argamasa de lo que hacemos, o queremos hacer, surgen más tarde los impedimentos de nuestro propio y futuro desarrollo. Nos vemos indefectiblemente conducidos a la realidad y al realismo, es decir, a tomar una conciencia directa de lo que nos rodea y de los caminos de la transformación, y luego comprendemos, cuando parece tarde, que hemos construido una limitación tan exagerada que matamos lo vivo en vez de conducir la vida a desenvolverse y florecer. Nos imponemos un realismo que posteriormente nos resulta más pesado que el ladrillo de las construcciones, sin que por ello hayamos erigido el edificio que contemplábamos como parte integral de nuestro deber. Y en sentido contrario, si alcanzamos a crear el fetiche de lo incomprensible (o de lo comprensible para unos pocos), el fetiche de lo selecto y de lo secreto, si suprimimos la realidad y sus degeneraciones realistas, nos veremos de pronto rodeados de un terreno imposible, de un tembladeral de hojas, de barro, de nubes, en que se hunden nuestros pies y nos ahoga una incomunicación opresiva.

En cuanto a nosotros en particular, escritores de la vasta extensión americana, escuchamos sin tregua el llamado de llenar ese espacio enorme con seres de carne y hueso. Somos conscientes de nuestra obligación de pobladores y - al mismo tiempo que nos resulta esencial el deber de una comunicación crítica en un mundo deshabitado y, no por deshabitado menos lleno de injusticias, castigos y dolores - sentimos también el compromiso de recobrar los antiguos sueños que duermen en las estatuas de piedra, en los antiguos monumentos destruidos, en los anchos silencios de pampas planetarias, de selvas espesas, de ríos que cantan como truenos. Necesitamos colmar de palabras los confines de un continente mudo y nos embriaga esta tarea de fabular y de nombrar. Tal vez ésa sea la razón determinante de mi humilde caso individual: y en esa circumstancia mis excesos, o mi abundancia, o mi retórica, no vendrían a ser sino actos los más simples del menester americano de cada día. Cada uno de mis versos quiso instalarse como un objeto palpable: cada uno de mis poemas pretendió ser un instrumento útil de trabajo: cada uno de mis cantos aspiró a servir en el espacio como signo de reunión donde se cruzaron los caminos, o corno fragmento de piedra o de madera en que alguien, otros, los que vendrán, pudieran depositar los nuevos signos.

Extendiendo estos deberes del poeta, en la verdad o en el error, hasta sus últimas consecuencias, decidí que mi actitud dentro de la sociedad y ante la vida debía ser también humildemente partidaria. Lo decidí viendo gloriosos fracasos, solitarias victorias, derrotas deslumbrantes. Comprendí, metido en el escenario de las luchas de América, que mi misión humana no era otra sino agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con sangre y alma, con pasión y esperanza, porque sólo de esa henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y a los pueblos. Y aunque mi posición levantara y levante objeciones amargas o amables, lo cierto es que no hallo otro camino para el escritor de nuestros anchos y crueles países, si queremos que florezca la oscuridad, si pretendemos que los millones de hombres que aún no han aprendido a leernos ni a leer, que todavía no saben escribir ni escribirnos, se establezcan en el terreno de la dignidad sin la cual no es posible ser hombres integrales.

Heredamos la vida lacerada de los pueblos que arrastran un castigo de siglos, pueblos los más edénicos, los más puros, los que construyeron con piedras y metales torres milagrosas, alhajas de fulgor deslumbrante: pueblos que de pronto fueron arrasados y enmudecidos por las épocas terribles del colonialismo que aún existe.

Nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza. Pero no hay lucha ni esperanzas solitarias. En todo hombre se juntan las épocas remotas, la inercia, los errores, las pasiones, las urgencias de nuestro tiempo, la velocidad de la historia. Pero, qué sería de mí si yo, por ejemplo, hubiera contribuido en cualquier forma al pasado feudal del gran continente americano? Cómo podría yo levantar la frente, iluminada por el honor que Suecia me ha otorgado, si no me sintiera orgulloso de haber tomado una mínima parte en la transformación actual de mi país? Hay que mirar al mapa de América, enfrentarse a la grandiosa diversidad, a la generosidad cósmica del espacio que nos rodea, para entender que muchos escritores se nieguen a compartir el pasado de oprobio y de saqueo que oscuros dioses destinaron a los pueblos americanos.

Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes que reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza, cada día enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como a los infatuados impacientes. Porque creo que mis deberes de poeta no sólo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino también con las ásperas tareas humanas que incorporé a mi poesía.

Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz de los desesperados, escribió esta profecía: "A l'aurore, armes d'une ardente patience, nous entrerons aux splendides Villes". "Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades". Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el Vidente. Yo vengo de una oscura provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía. Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa. Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera.

En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres. Así la poesía no habrá cantado en vano.











jueves, diciembre 27, 2007

"Georg Trakl y la disolución de la palabra", de Armando Roa





Para Aldo Pellegrini

Yo no alcanzo a comprender la poesía de Trakl,
pero su lenguaje me deslumbra:
ésa es la mejor idea de su genio.

Ludwig Wittgenstein



El suyo, se ha insistido por figuras como Heidegger o Gadamer, fue un intento desesperado por escudriñar una voz para quienes han sido desalojados del habla, por estatuir la posibilidad de un lenguaje desde el estupor de la muerte y el enmudecimiento. Como poeta, anticipándose a Celan, Krolow y Bobrowsky, fue consciente de que, abandonados a un horizonte estragado y quebradizo, la palabra misma, avanzando a tientas, incapaz de aferrar el corazón de las cosas, se transforma en un mero ejercicio ilusionista. Es, por así decirlo, el preludio de la desintegración del poeta en el poema, cuyo drama es el naufragio en lo inefable.

En cierta medida, Trakl compartió la sospecha de Hamann, Nietzsche y Robert Browning: verbalizar es apelar a conceptos y los conceptos, por su generalidad, menguan y destiñen la intimidad de la vivencia. Pero en él ya no se trata simplemente de bruñir lo real, de premunirlo de singularidad o de irlo cincelando en la palabra, a la manera de Heine o George; la poética de Trakl, bajo el hilo conductor del desamparo, es antes que nada una poética sobre la postración en el vacío, sobre la nihilidad de la palabra. Ajena a su propio destino, su voz apremiante se convierte en un inquietante rasguño que pugna y capitula de cara al paisaje inmóvil de su propia disolución.

Enfrentado a un mundo menoscabado y menoscabante, cuando el porvenir es apenas un despojo, una sombra mutilada por la miseria y la muerte, la avasallante perturbación de Trakl no encuentra –como en Goethe– un desahogo en la presencia instauradora de la palabra; su aislamiento es radical. Ello explica, tal vez, la continua vacilación de ritmos e imágenes, la prosodia ásperamente tallada, los juegos cromáticos –con el azul como telón de fondo– que tienden a disolverse en la oscuridad, el asedio reiterado de atmósferas fúnebres, la obsesión por la pureza perdida. Todo se vuelve desfalleciente, incluida la voz del poeta, atrincherada en un universo agobiante que ha expulsado lo salvador al calabozo de lo indecible; así, objetos, afectos y seres, despojándose de cualquier manto protector, se precipitan una y otra vez a la «orfandad de la nada».

Interpelado por una existencia que bien podría ser asimilada a un «sueño conturbado», cuando la palabra deja de ser bienvenida o cobijo, el poeta, tronchando la voz, a la sombra de una pertinaz desilusión, se ensaña consigo mismo confinándose en una lenta demolición.

Dijo Hofmannsthal:
«Es el pleno acto del amor
Qué suaves se muestran las imágenes…
El silencio y el sosiego las sumergen
Las palabras son el universo».

El drama de Trakl estuvo en el reverso: el poema, más que germinar plenitud, marchita. Tambaleante y escuálido, mancilla lo que nombra. El hombre es sólo «carroña verbal»; las palabras no hacen sino perpetrar su declinación. La vocación del poema, entonces, es la de una ceremonia de despedida, ya rendido a la crepuscularidad de su silencio definitivo.






miércoles, diciembre 26, 2007

"Ars vitae", de Diego Maquieira






Teníamos fuerte adicción al vino
le rendíamos culto a los racimos de uva
y éramos arrogantes, crédulos
pendencieros
Preferíamos la muerte
a perder la libertad
y llevábamos la alegría del amor
hasta las puertas del infierno
hasta desafiar a la misma muerte
desnudándonos en pleno combate
o agrandándonos las heridas recibidas
Y si veíamos en peligro la vida
de nuestras mujeres y la nuestra
nos dábamos muerte por gusto continuo
Y éramos tan arrebatados en la guerra
que jamás actuábamos de acuerdo a un plan
No conocíamos ni la humildad
ni la caridad, ni la abnegación
ni la dulzura
Éramos serios y semifabulosos
y adorábamos a nuestras esposas
que adoraban el falo y el oro.











en Los Sea Harrier, 1984









martes, diciembre 25, 2007

"Entrevista a Humberto Maturana", de Cristián Warnken

Extracto



CRISTIÁN WARNKEN: Leyendo sus libros, El árbol del conocimiento que ha sido uno de sus libros que ha sido más divulgado y ha sido más leído o uno de los últimos que acaba de salir llamado De máquinas y seres vivos editado por Editorial Universitaria, usted parte con un trabajo biológico, el trabajo con la vida, con las células, la base de la vida, a través de este concepto de la autopoiesis. ¿Fue ese conocimiento, el descubrimiento del concepto de la autopoiesis, el que de alguna manera usted extrapoló para construir esta teoría de lo matrístico? ¿Le ayudó este trabajo biológico para hacer este otro trabajo antropológico cultural?

HUMBERTO MATURANA: Ciertamente me ayudó pero no es una extrapolación de allí. Lo que este trabajo de la autopoiesis hace, es contestar la pregunta ¿qué es lo vivo?, y contestarla de una manera que da cuenta de todos los fenómenos biológicos con independencia de visiones, llamémoslo místicas, trascendentes. No de experiencias místicas, sino que de nociones explicativas trascendentes vitalistas de una clase u otra. En el momento en que eso se logra, de una manera definitiva, para mi gusto, eso es una respuesta definitiva a la pregunta: que es lo vivo. Usted tiene libertad para perseguir las consecuencias del entender al ser vivo como un sistema autopoiético. Entonces, todo esto que tiene que ver con la cultura, viene de allí, de la liberación de la reflexión y el entendimiento que trae consigo el haber liberado a la mirada biológica de cualquier restricción de un pensamiento trascendente, filosófico o religioso; porque todo lo que viene después es seguir las consecuencias. Bueno, si los seres vivos son sistemas autopoiéticos ¿qué pasa?; ¿qué pasa con los conjuntos, los organismos?; ¿qué pasa con las unidades de los organismos?; ¿cómo surge el lenguaje?; ¿cómo cambian las culturas?; etc.

CRISTIÁN WARNKEN: Una última pregunta. ¿Usted cree en Dios?, ¿es legítima mi pregunta?

HUMBERTO MATURANA: Claro. Es legítima, si vivimos un espacio de creencias. Pero, note usted que la pregunta ¿Usted cree en Dios?, está hecha exactamente en el espacio de creencias. Uno cree cuando no sabe y no tiene fundamentos para lo que dice que cree. Digamos si yo sé de Dios, no creo en Dios, sé de Dios. Y si no sé de Dios ... la creencia es una cosa vana y superflua que no tiene ningún fundamento. Yo vivo en el Reino de Dios.




En La belleza de pensar, 1995.






lunes, diciembre 24, 2007

“Orlando el Sucio”, de Osvaldo Soriano





O
rlando el Sucio vino al club como entrenador en 1961. Declaró que nos iba a conducir a la copa de la mano o a las patadas. "Yo soy un ganador nato", nos dijo y se refregó la nariz achatada. Era petiso, barrigón, de pelo grasiento y tenía tantos bolsillos en la ropa que cuando viajaba no necesitaba equipaje. Después del primer entrenamiento nos llamó uno a uno a todos los del plantel. No sé qué les dijo a los otros, pero a Pancho González y a mí nos llevó a un costado del terreno y nos invitó con caramelos de limón que sacó del bolsillo más pequeño.

—Usted tiene aspecto de no hacerle un gol a nadie —dijo y miró los ojos tristes de Pancho. Orlando tenía las pupilas grises como nubes de tormenta y la barba mal afeitada.
—Para eso está él —le contestó González y me señaló con la cabeza. Pancho era nuestro Pelé, un tipo capaz de arrancarle música a la pelota y si no hacía goles creo que era por temor a que después no le devolvieran la pelota.
—Usted es duro con la derecha, viejo —me dijo a mí—, pero desde mañana empieza a pegarle contra la pared hasta que se le ablande.

Desde entonces me tuvo un mes haciendo rebotar la pelota contra una pared con la pierna más torpe. Había colgado un neumático de coche a un metro del suelo y yo tenía que embocar en el agujero desde veinticinco metros de distancia. A cada rebote corría para recogerla al vuelo otra vez con el mismo pie y así me quedaba, horas y horas. Orlando el Sucio me vigilaba y de tanto en tanto se acercaba a invitarme con un caramelo y decirme que un goleador debe ser preciso como un relojero y ágil como una liebre.

Cuando vio que yo había afinado la puntería, llamó a González y nos reunió en un boliche de mala muerte donde el viento del desierto sacudía la puerta y entraba por las rendijas de las ventanas. Pedimos vino blanco y queso de las chacras y Orlando revolvió en los bolsillos hasta que encontró un frasco sin etiqueta y una libreta de apuntes. Echó la cabeza hacia atrás, se llenó la nariz con unas gotas amarillentas, respiró hondo con un gesto de disgusto y nos miró como a dos amigos de mucho tiempo.

—No quiero pudrirme en este lugar de mierda —dijo con voz desencantada—. Hay que rajar para Buenos Aires antes de que nos lleve el viento o nos agarre la fiebre amarilla.
González asintió con su cara dulce y se dio por aludido.
—Tengo que tirar más seguido al arco —se disculpó.
—No, usted va a hacer algo más útil. Mire.

Bebió un trago de vino que se le chorreó sobre la camisa, abrió la libreta llena de apuntes a lápiz y se puso a dibujar un arquero con trazo torpe. Lo hizo con gorra pero sin ojos ni nariz ni boca.

—Éste es su hombre en el córner —y buscó en otro bolsillo un pañuelo con un nudo—. Usted lo anula y él la manda adentro.

Me estaba señalando con el lápiz. Pancho González puso cara de sorpresa.

—En el área chica no se puede cargar al arquero.
—No, no se trata de eso, hay que darle un pinchazo, nada más.

Al principio no entendimos pero cuando desanudó el pañuelo vimos las espinas de cactus atadas con un hilo azul.

—Aquí, ¿ve? —señaló la silueta del arquero a la altura de las nalgas—. Se quedan duros como estarnas.

Sacó dos espinas, las miró al trasluz y nos alcanzó una a cada uno. González observó la suya con curiosidad y un poco de repugnancia, él, que siempre se marchaba del terreno felicitado por los adversarios.

—Yo no soy ningún criminal —dijo y tiró la espina sobre la mesa. En ese momento el viento hizo temblar las ventanas y los tres quedamos cubiertos de polvo.

Orlando el Sucio hizo una mueca de contrariedad o de desilusión y le puso una mano sobre el brazo: Vea, González, usted no le va a marcar un gol a nadie en toda su vida y yo necesito salir de aquí. Si usted no quiere hacerlo, puedo poner a otro. Piénselo. Uno no puede pasarse la existencia con la nariz seca y pagando mujeres en el prostíbulo. Yo tengo un contacto en Boca y si ganamos nos vamos los tres a Buenos Aires. ¿Ustedes ya conocen?

Los dos dijimos que no. Entonces me miró a mí, con sus ojos de tormenta y se tocó la nariz.

—¿Usted sangra fácil? —me preguntó.

Al principio no entendí pero más tarde tomé conciencia de que en esa mesa habíamos empezado a ganar la final que un mes después se jugó dos mil kilómetros más al sur, en Río Gallegos.

—Como todo el mundo —le contesté—. Si me dan un codazo...
—Justamente —dijo—, usted va a recibir un codazo y se va a quedar en el suelo, chorreando sangre. Sin hacer aspaviento, medio desmayado, ¿me sigue?
—La verdad, no.
—En el momento en que yo le haga una seña desde el banco usted se pellizca la nariz hasta que sangre. Hay que hacerlo expulsar al cinco de ellos que es el que lleva la manija.

Después, en la pensión donde él vivía, Orlando el Sucio me revisó la nariz con una linterna, encontró la vena adecuada y me explicó cómo debía hacerlo. Detestaba ese lugar y si había venido desde Buenos Aires era porque necesitaba algún dinero y andaba detrás de alguien. Por las noches se sentaba solo en el bar mirando el fondo del vaso y dibujaba la silueta de una mujer en las servilletas. La madrugada antes de viajar a Río Gallegos lo encontré en el prostíbulo del pueblo. Estaba sentado en el sillón de la sala de espera de la gitana Natasha, diluido detrás de una lámpara, con el cigarrillo entre los dedos y un paquete de masas sobre las rodillas apretadas. Al verme puso cara de reproche pero después me convidó con un caramelo de limón y señaló la puerta de la pieza con un gesto.

—¿Usted también cobró?

Le dije que sí.

—Un goleador tiene que cuidarse —dijo y volvió a señalar la puerta de la habitación—. Si usted aprende a pegarle con la derecha nos vamos a llenar de oro.
—Eso ya me lo dijo otro entrenador.

No me oyó. Metió la mano en un bolsillo perdido entre los pliegues de la cazadora y sacó una revista arrugada, abierta en la página donde había una foto de la calle Corrientes en el cruce del Obelisco.

—Mire —me dijo—, aquí tenemos que llegar noso­tros. Yo tengo un amigo...
—En Boca —dije.
—Boca —sonrió—. Ése es el primer paso. Después Barcelona o Juventus. Pero para eso hay que manejar las dos piernas y acercarse a algún lugar civilizado donde nos puedan ver.
—¿Por qué odia tanto a este pueblo? —le pregunté.
—Algún día, cuando llegue aquí —señaló la foto de la revista—, se lo voy a contar.

La gitana Natasha abrió la puerta y lo vi darle un beso en la mejilla mientras dejaba el paquete de masas sobre la cama. Afuera el viento levantaba remolinos de arena y hacía rechinar los dientes de las mujeres que esperaban clientes en la puerta. Entré en lo de una flaca muy blanca, de piernas afeitadas, que hablaba todo el tiempo de unos inspectores de higiene que la perseguían y la extorsionaban. Mientras le pagaba vi, abajo del cenicero, la misma revista que tenía Orlando el Sucio, abierta en la misma página.

Al día siguiente salimos para Río Gallegos en un ómnibus al que hubo que empujar en los pantanos y en las subidas. En dos días llegamos a una ciudad cubierta de nieve y fuimos a jugar casi sin descansar, con un frío inolvidable. Pancho González se puso a pisar la pelota, a hacer amagues, a mover la cintura, a picar y a gambetear hasta que nos mareó a todos. El cinco de ellos no se me acercó demasiado pero igual yo protesté y me quejé varias veces para que el referí lo tuviera bien señalado. Cuando empezó el segundo tiempo pasé a su lado, me pellizqué la vena de la nariz y me tiré al suelo con la camisa bañada en sangre. El cinco se cansó de explicar que no me había hecho nada. Yo estaba allí en el piso, sangrando como un cordero degollado y a él lo expulsaron de la cancha por juego sucio. Orlando vino a ponerme una pomada para cicatrizar la herida y me dijo que así nunca iríamos al cielo pero que tal vez llegáramos a Chacarita y en una de ésas a Boca. Enseguida Pancho González hizo un gol de tiro libre y nos asombró a todos. Después fue goleada y todo anduvo bien hasta que en un córner se produjo un entrevero y González dejó la espina clavada en un brazo del arquero. El árbitro se enfureció pero como le discutíamos y alguien se atrevió a patearle los tobillos, suspendió el partido y llamó a los gendarmes para que pusieran orden.

Estuvimos tres días refugiados en un cuartel de bomberos y no hubo manera de salir por la carretera donde nos esperaban los hinchas de Río Gallegos. Al amanecer los gendarmes nos pusieron en un barco de carga y ésa fue la única vez que estuve en el mar. Viajamos dos semanas sin camarote, comiendo porque­rías, hasta que nos arrojaron en un puerto miserable. Mucho tiempo después nos enteramos de que el partido había sido declarado nulo y que ese año no hubo cam­peón. Orlando el Sucio ya no estaba con nosotros.

Años más tarde, cuando yo era periodista en Buenos Aires, se apareció en la redacción, ya calvo, pero siempre lleno de bolsillos. Venía a publicitar un método infalible para ganar a la ruleta y me preguntó por qué me había frustrado como goleador.

—No sé, un día el arco se me hizo más chico —le dije.
—A veces pasa —me dijo, y me alcanzó una foto de cuando él era joven. Estaba con la camiseta de Independiente—. Tres cosas marcaron mi vida —explicó—. El día que se me achicó el arco, la noche que perdí cien mil pesos en el casino y la madrugada que se fue la mujer de la que estaba enamorado. Cuando nos conocimos en el sur yo estaba buscando a esa mujer y a alguien que hiciera los goles en mi lugar. Usted no pudo ser por aquel accidente, pero encontré a otro pibe en Mendoza y nos cansamos de ganar finales. ¿Sabe cómo volví a Buenos Aires? ¡Me trajeron en andas!
—¿Encontró a la mujer? —le pregunté. —No —dijo, y se le ensombreció la mirada—. Siem­pre hay que resignar algo en la vida. ¿Quiere que le diga una cosa? Usted tenía talento en el área. Es una lástima que haya terminado así, teniendo que escribir tonterías. Seguro que no aprendió a pegarle con la derecha.
—Al menos tengo suerte con las mujeres —mentí. Me miró con una mueca despectiva, sacó un par de caramelos de limón y me pasó uno.
—Ése es un buen consuelo —dijo, y me guiñó un ojo.












domingo, diciembre 23, 2007

"Historia de una escalera", de Antonio Buero Vallejo

Fragmento del Acto Primero



Un tramo de escalera con dos rellanos, en una casa modesta de vecindad. Los escalones de bajada hacia los pisos inferiores se encuentran en el primer término izquierdo. La barandilla que los bordea es muy pobre, con el pasamanos de hierro, y tuerce para correr a lo largo de la escena limitando el primer rellano. Cerca del lateral derecho arranca un tramo completo de unos diez escalones. La barandilla lo separa a su izquierda del hueco de la escalera y a su derecha hay una pared que rompe en ángulo junto al primer peldaño, formando en el primer término derecho un entrante con una sucia ventana lateral. Al final del tramo la barandilla vuelve de nuevo y termina en el lateral izquierdo, limitando el segundo rellano. En el borde de éste, una polvorienta bombilla enrejada pende hacia el hueco de la escalera. En el segundo rellano hay dos puertas: dos laterales y dos centrales. Las distinguiremos, de derecha a izquierda, con los números I, II, III y IV.

...
DOÑA ASUNCIÓN.-¿Te he dicho que padre de Elvira nos ha pagado el recibo de la luz?
FERNANDO.-(Volviéndose hacia su madre.) ¡Sí! ¡Ya me lo has dicho! (Yendo hacia ella.) ¡Déjame en paz!
DOÑA ASUNCIÓN.- ¡Hijo!
FERNANDO.-¡Qué inoportunidad! ¡Pareces disfrutar recordándome nuestra pobreza!
DOÑA ASUNCIÓN.- ¡Pero, hijo!
FERNANDO.-(Empujándola y cerrando de golpe.) ¡Anda, anda para adentro!

Con un suspiro de disgusto, vuelve a recostarse en el pasamanos. Pausa. URBANO llega al primer rellano. Viste traje azul mahón. Es un muchacho fuerte y moreno, de fisonomía ruda, pero expresiva: un proletario. FERNANDO lo mira avanzar en silencio. URBANO comienza a subir la escalera y se detiene al verle.

URBANO.-¡Hola! ¿Qué haces ahí?
FERNANDO.-Hola, Urbano. Nada.
URBANO.-Tienes cara de enfado.
FERNANDO.-No es nada.
URBANO.-Baja al «casinillo». (Señalando el hueco de la ventana.) Te invito a un cigarro. (Pausa.) ¡Baja, hombre! (FERNANDO empieza a bajar sin prisa.) Algo te pasa. (Sacando la petaca.) ¿No se puede saber?
FERNANDO.-(Que ha llegado.) Nada, lo de siempre... (Se recuestan en la pared del «casinillo». Mientras hacen los pitillos.) ¡Que estoy harto de todo esto!
URBANO.-(Riendo.) Eso es ya muy viejo. Creí que te ocurría algo.
FERNANDO.-Puedes reírte. Pero te aseguro que no sé cómo aguanto. (Breve pausa.) En fin, ¡para qué hablar! ¿Qué hay por tu fábrica?
URBANO.-¡Muchas cosas! Desde la última huelga de metalúrgicos la gente se sindica a toda prisa. A ver cuándo nos imitáis los dependientes.
FERNANDO.-No me interesan esas cosas.
URBANO.-Porque eres tonto. No sé de qué te sirve tanta lectura.
FERNANDO.-¿Me quieres decir lo que sacáis en limpio de esos líos?
URBANO.-Fernando, eres un desgraciado. Y lo peor es que no lo sabes. Los pobres diablos como nosotros nunca lograremos mejorar de vida sin la ayuda mutua. Y eso es el sindicato. ¡Solidaridad! Ésa es nuestra palabra. Y sería la tuya si te dieses cuenta de que no eres más que un triste hortera. ¡Pero como te crees un marqués!
FERNANDO.-No me creo nada. Sólo quiero subir. ¿Comprendes? ¡Subir! Y dejar toda esta sordidez en que vivimos.
URBANO.-Y a los demás que los parta un rayo.
FERNANDO.-¿Qué tengo yo que ver con los demás? Nadie hace nada por nadie. Y vosotros os metéis en el sindicato porque no tenéis arranque para subir solos. Pero ése no es camino para mí. Yo sé que puedo subir y subiré solo.
URBANO.-¿Se puede uno reír?
FERNANDO.-Haz lo que te de la gana.
URBANO.-(Sonriendo.) Escucha, papanatas. Para subir solo, como dices, tendrías que trabajar todos los días diez horas en la papelería; no podrías faltar nunca, como has hecho hoy...
FERNANDO.-¿Cómo lo sabes?
URBANO.-¡Porque lo dice tu cara, simple! Y déjame continuar. No podrías tumbarte a hacer versitos ni a pensar en las musarañas; buscarías trabajos particulares para redondear el presupuesto y te acostarías a las tres de la mañana contento de ahorrar sueño y dinero. Porque tendrías que ahorrar, ahorrar como una urraca; quitándolo de la comida, del vestido, del tabaco... Y cuando llevases un montón de años haciendo eso, y ensayando negocios y buscando caminos, acabarías por verte solicitando cualquier miserable empleo para no morirte de hambre... No tienes tú madera para esa vida.
FERNANDO.-Ya lo veremos. Desde mañana mismo...
URBANO.-(Riendo.) Siempre es desde mañana. ¿Por qué no lo has hecho desde ayer, o desde hace un mes? (Breve pausa.) Porque no puedes. Porque eres un soñador. ¡Y un gandul! (FERNANDO le mira lívido, conteniéndose, y hace un movimiento para marcharse.) ¡Espera, hombre! No te enfades. Todo esto te lo digo como un amigo.

Pausa.

FERNANDO.-(Más calmado y levemente despreciativo.) ¿Sabes lo que te digo? Que el tiempo lo dirá todo. Y que te emplazo. (URBANO le mira.) Sí, te emplazo para dentro de... diez años, por ejemplo. Veremos, para entonces, quién ha llegado más lejos; si tú con tu sindicato o yo con mis proyectos.
URBANO.-Ya sé que yo no llegaré muy lejos; y tampoco tú llegarás. Si yo llego, llegaremos todos. Pero lo más fácil es que dentro de diez años sigamos subiendo esta escalera y fumando en este «casinillo».
FERNANDO.-Yo, no. (Pausa.) Aunque quizá no sean muchos diez años...

Pausa.

URBANO.-(Riendo.) ¡Vamos! Parece que no estás muy seguro.
FERNANDO.-No es eso, Urbano. ¡Es que le tengo miedo al tiempo! Es lo que más me hace sufrir. Ver cómo pasan los días, y los años..., sin que nada cambie. Ayer mismo éramos tú y yo dos críos que veníamos a fumar aquí, a escondidas, los primeros pitillos... ¡Y hace ya diez años! Hemos crecido sin darnos cuenta, subiendo y bajando la escalera, rodeados siempre de los padres, que no nos entienden; de vecinos que murmuran de nosotros y de quienes murmuramos... Buscando mil recursos y soportando humillaciones para poder pagar la casa, la luz... y las patatas. (Pausa.) Y mañana, o dentro de diez años que pueden pasar como un día, como han pasado estos últimos..., ¡sería terrible seguir así! Subiendo y bajando la escalera, una escalera que no conduce a ningún sitio; haciendo trampas en el contador, aborreciendo el trabajo..., perdiendo día tras día... (Pausa.) Por eso es preciso cortar por lo sano.
URBANO.-¿Y qué vas a hacer?
FERNANDO.-No lo sé. Pero ya haré algo.
URBANO.-¿Y quieres hacerlo solo?
FERNANDO.-Solo.
URBANO.-¿Completamente?

Pausa.

FERNANDO.-Claro.
URBANO.-Pues te voy a dar un consejo. Aunque no lo creas, siempre necesitamos de los demás. No podrás luchar solo sin cansarte.
FERNANDO.-¿Me vas a volver a hablar del sindicato?
URBANO.-No. Quiero decirte que, si verdaderamente vas a luchar, para evitar el desaliento necesitarás...

Se detiene.

FERNANDO.-¿Qué?
URBANO.-Una mujer.








1949

sábado, diciembre 22, 2007

"En el templo del monje Ch'ao", de Liu Tsung-Yüan (773-819)






Me purifico con el agua
del estanque.
Mi corazón está en paz
libre del polvo del mundo.
Recojo reverente las escrituras
de hojas de palmera
Y me encamino a leerlas
en el pabellón oriental.
Aunque leo, nada encuentro
que calme mi ansiedad.
Un sórdido materialismo
es lo que el mundo persigue.
En vano busco en las escrituras
una respuesta del cielo.
¿Cómo podría lograr
la comprensión perfecta?
El hombre iluminado busca la paz
en los recintos sagrados
Donde el color del musgo se confunde
con el verde intenso del bambú.
El sol se deja ver
a través de la niebla.
Los verdes pinos reverdecen
ungidos por el rocío.
Con la mente en calma abandono
la palabra escrita y hablada,
Y hallo una profunda dicha
en la Iluminación.









viernes, diciembre 21, 2007

"Justine, o Los infortunios de la virtud", del Marqués de Sade

Extracto



Roland, a quien tengo que comenzar por describiros, era un hombre pequeño, rechoncho, de treinta y cinco años de edad, de un vigor incomprensible, velludo como un oso, el aspecto sombrío, la mirada feroz, muy moreno, de facciones viriles, una nariz larga, la barba hasta los ojos, cejas negras y espesas, y esa parte que diferencia a los hombres de nuestro sexo de una tal longitud y de un grosor tan desmesurado, que no sólo jamás nada semejante se había ofrecido a mis ojos, sino que incluso era absolutamente cierto que jamás la naturaleza había creado nada tan prodigioso: mis dos manos apenas podían abrazarlo, y su longitud era la de mi antebrazo.
...
–Quítate la ropa –me dijo, arrancándome él mismo la que había recuperado para cubrirme durante la noche–... sí, quítate todo eso y sígueme. Antes te he hecho sentir lo que arriesgabas dándote a la pereza; pero si te entraran ganas de traicionarnos, como el crimen sería mucho mayor, el castigo debería ser proporcional. Así pues, ven a ver de qué tipo sería.

Yo me hallaba en un estado difícil de describir, pero Roland, sin dar a mi ánimo el tiempo de estallar, me coge inmediatamente del brazo y me arrastra. Me conducía con la mano derecha; con la izquierda sostenía una pequeña linterna que nos iluminaba débilmente. (...) Al final se presenta una última puerta de bronce, y estuve a punto de quedarme patidifusa al descubrir el espantoso local al que me conducía aquel indecente; viéndome vacilar, me empuja con rudeza, y así entro, sin quererlo, en aquel espantoso sepulcro. Imaginaos, señora, un panteón redondo, de veinticinco pies de diámetro, cuyos muros tapizados de negro sólo estaban decorados por los más lúgubres objetos, esqueletos de todo tipo de tamaños, osamentas en forma de aspa, cráneos, haces de varas y de látigos, sables, puñales, pistolas: ésos eran los horrores que se veían en los muros que iluminaba una lámpara de tres mechas, colgada de una de las esquinas de la bóveda. De la cimbra partía una larga soga que caía a tres o cuatro metros del suelo en medio de aquel calabozo, y que, como no tardaréis en ver, sólo estaba ahí para servir espantosas maniobras. A la derecha había un ataúd que entreabría el espectro de la Muerte armado con una guadaña amenazadora; tenía al lado un reclinatorio; y encima se veía un crucifijo, colocado entre dos velones negros. A la izquierda, la efigie en cera de una mujer desnuda, tan natural que durante largo rato me confundió: estaba atada a una cruz por la parte delantera, de modo que se veían fácilmente todas sus partes posteriores, cruelmente magulladas; la sangre parecía manar de varias heridas y correr a lo largo de sus muslos; mostraba la más bella cabellera del mundo, su hermosa cabeza estaba vuelta hacia nosotros y parecía implorar su merced: se distinguían todas las contorsiones del dolor grabarías en su bello rostro, y hasta las lágrimas que lo inundaban. Ante el aspecto de la terrible imagen, estuve a punto de desmayarme por segunda vez; el fondo del panteón estaba ocupado por un amplio sofá negro, desde el cual se abrían a las miradas todas las atrocidades de aquel lúgubre lugar.

–Aquí es donde perecerás, Thérèse –me dijo Roland–, si alguna vez concibes la fatal idea de abandonar mi casa. Sí, aquí es donde yo mismo vendré a matarte, donde te haré sentir las angustias de la muerte mediante todo lo más duro que me resulte posible inventar.

Al pronunciar esta amenaza, Roland se excitó; su agitación y su desorden le asemejaban al tigre dispuesto a devorar su presa: fue entonces cuando descubrió el temible miembro de que estaba dotado; me lo hizo tocar y me preguntó si había visto algo semejante. –Tal como es, puta –me dijo enfurecido–, te lo meteré, sin embargo, por la parte más estrecha de tu cuerpo, aunque tenga que partirte en dos. Mi hermana, mucho más joven que tú, lo sostiene en ese mismo lugar. Yo jamás disfruto de otra manera de las mujeres: así que también tendré que perforarte.

Y para no dejarme dudas sobre el local a que se refería, introdujo en él tres dedos armados con uñas muy largas, diciéndome:
–Sí, ahí, Thérèse, ahí hundiré inmediatamente ese miembro que te espanta. Penetrará en toda su longitud, te desgarrará, te ensangrentará, y yo me sentiré lleno de ebriedad.

Echaba espumarajos de la boca al decir estas palabras, mezcladas con juramentos y blasfemias odiosas. La mano con la que rozaba el templo que parecía querer atacar se extravió entonces por todas las partes contiguas, las arañaba. Me hizo lo mismo en el pecho, lo magulló de tal manera que durante quince días sufrí unos dolores horribles. Después me colocó en el borde del sofá, frotó con alcohol aquel musgo con que la naturaleza adornó el altar donde nuestra especie se regenera. Le prendió fuego y lo quemó. Sus dedos agarraron la excrescencia de carne que corona ese mismo altar, la restregó con dureza; desde allí, metió sus dedos en el interior, y sus uñas irritaban la membrana que lo tapiza. Ya sin poder contenerse, me dijo que puesto que me tenía en su guarida, era mejor que ya no me saliera de ella, que eso le evitaría el esfuerzo de bajarme de nuevo. Me arrojé a sus rodillas, me atreví a recordarle una vez más los servicios que yo le había prestado... Descubrí que le excitaba aún más al volver a hablarle de unos derechos que yo suponía a su piedad; me dijo que me callara, derribándome sobre las baldosas de un rodillazo asestado con todas sus fuerzas en el hueco de mi estómago.
....
Me arrojo sobre el reclinatorio y mientras en voz alta abro mi corazón al Eterno, Roland incrementa sobre las partes traseras que le expongo sus vejaciones y sus suplicios de una manera aún más cruel. Con todas sus fuerzas flagela estas partes con unas disciplinas armadas con puntas de acero, cada uno de cuyos azotes hacía saltar mi sangre hasta la bóveda.

–¡Así que tu Dios no te ayuda! –proseguía blasfemando–. Permite sufrir a la virtud infortunada, la abandona en manos de la maldad. ¡Ah! ¡Qué Dios, Thérèse, qué clase de Dios es ese Dios! Ven –me dijo a continuación–, ven, ramera, ya has rezado bastante –y al mismo tiempo me coloca sobre el estómago, en el borde del sofá que estaba al fondo del gabinete–; ya te lo he dicho, Thérèse, ¡tienes que morir!

Se apodera de mis brazos, los ata sobre mis riñones, luego pasa alrededor de mi cuello un cordón de seda negra cuyos dos extremos, siempre sostenidos por él, pueden, apretándolos a su voluntad, comprimir mi respiración y mandarme al otro mundo en el mayor o menor tiempo que se le antoje.

–Este tormento es más dulce de lo que te crees, Thérèse –me dijo Roland–; sólo sentirás la muerte en medio de inefables sensaciones de placer. La compresión que esta cuerda efectuará sobre la masa de tus nervios encenderá los órganos de la voluptuosidad. Es un efecto seguro. Si todas las personas condenadas a este suplicio supieran en qué ebriedad hace morir, menos asustados de este castigo que de sus crímenes, los cometerían con mayor frecuencia y con mucha mayor seguridad. Esta deliciosa operación, Thérèse, al comprimir también el local donde voy a introducirme –añade acercándose a una ruta criminal, tan digna de semejante malvado–, doblará también mis placeres.

Pero inútilmente intenta abrirla; por más que prepare los accesos, demasiado monstruosamente proporcionado para conseguirlo, sus intentos son siempre rechazados. Entonces es cuando su furor supera los límites; sus uñas, sus manos, sus pies sirven para vengarle de las resistencias que le opone la naturaleza. Se acerca de nuevo, la espada encendida resbala por los bordes del canal vecino, y del vigor del empujón penetra en él cerca de la mitad; yo lanzo un grito. Roland, furioso por el error, se retira con rabia, y en esta ocasión golpea la otra puerta con tanto vigor que el dardo humedecido se sume en ella desgarrándome. Roland aprovecha los éxitos de este primer empujón; sus esfuerzos se hacen más violentos; gana terreno; a medida que avanza, el cordón fatal que me ha pasado alrededor del cuello se estrecha, yo lanzo unos aullidos espantosos; el feroz Roland, a quien le divierten, me anima a aumentarlos, demasiado seguro de su insuficiencia, demasiado dueño de detenerlos cuando quiera; se excita con sus sonidos agudos. Sin embargo, la ebriedad está a punto de apoderarse de él, las compresiones del cordón se modulan según los grados de su placer; poco a poco mi voz se apaga; los apretones se hacen entonces tan vivos que mis sentidos flaquean sin perder por ello la sensibilidad; rudamente zarandeada por el enorme miembro con que Roland desgarra mis entrañas, pese al espantoso estado en que me encuentro, me siento inundada por los chorros de su lujuria; todavía oigo los gritos que lanza al derramarlos. Le sucede un instante de estupor, no sé lo que me pasa, pero pronto mis ojos vuelven a abrirse a la luz, me siento libre, despejada, y mis órganos parecen renacer.

–Así me gusta, Thérèse –me dice mi verdugo–. Apuesto a que, si quieres ser sincera, sólo has sentido placer.




Escrito en 1788 y publicado en 1791.