martes, diciembre 04, 2007

Allende por Allende





P
ertenezco a una familia que ha estado en la vida pública por muchos años. Mi padre y mis tíos, por ejemplo, fueron militantes del Partido Radical, cuando éste era un partido de vanguardia. Este partido nació con las armas en la mano, luchando contra la reacción conservadora. Mi abuelo, el doctor Allende Padín, fue senador radical, vicepresidente del Senado y fundó en el siglo pasado la primera escuela laica en Chile. En aquella época fue, además, serenísimo gran maestro del orden masónico, lo que era más peligroso que hoy ser militante del Partido Comunista.

Bien pronto, pese a pertenecer a una familia de la mediana burguesía, dejé la provincia, Valparaíso, y vine a estudiar Medicina a Santiago. Los estudiantes de Medicina, en aquella época, se encontraban en las posiciones más avanzadas. Nos reuníamos para discutir los problemas sociales, para leer a Marx, Engels, los teóricos del marxismo. Yo no había frecuentado la Universidad buscando ansiosamente un título para ganarme la vida. Milité siempre en los sectores estudiantiles que luchaban por la reforma. Fui expulsado de la Universidad, arrestado y juzgado, antes de ser médico, por tres cortes marciales. Fui liberado, enviado al norte de Chile y después comencé en Valparaíso mi carrera profesional. Tuve muchas dificultades porque, aunque fui un buen estudiante y me gradué con una calificación alta, me presenté, por ejemplo, a cuatro concursos en los que era el único concursante y, sin embargo, los cargos quedaron vacantes. ¿Por qué? Por mi vida estudiantil.

En Valparaíso tuve que trabajar duramente, en el único puesto que pude desempeñar: asistente de Anatomía Patológica. Con estas manos he hecho mil quinientas autopsias. Sé qué quiere decir amar la vida y sé cuáles son las causas de la muerte.

Terminando mi trabajo de médico, me dedicaba a organizar el Partido Socialista. Yo soy el fundador del Partido Socialista de Valparaíso. Me enorgullece haber mantenido, desde cuando era estudiante hasta hoy, una línea, un compromiso, una coherencia. Un socialista no podía estar en otra barricada que en aquella en la que yo he estado toda mi vida. En verdad, tuve influencia en mi formación de un viejo zapatero anarquista que vivía frente a mi casa, cuando yo era estudiante secundario. Además me enseñó a jugar ajedrez. Cuando terminaba mis clases, atravesaba la calle e iba a conversar con él. Pero como era un hombre brillante, no sólo me planteaba sus puntos de vista sino que me aconsejó que leyera algunas cosas. Y empecé a hacerlo.

Cuando fui a la Universidad, ya había allí una inquietud mayor, y también en esa época los estudiantes de Medicina representábamos al sector menos pudiente, no como los abogados; los abogados, como estudiantes, formaban parte de la oligarquía. Además, yo iba de provincia y desde esa época empecé a ver la diferencia que existía en la Universidad y en la vida. Como médico, las cosas se me fueron haciendo mucho más claras. No soy un gran teórico marxista, pero creo en los fundamentos esenciales, en los pilares de esa doctrina, en el materialismo histórico, en la lucha de clases. Pienso que el marxismo no es una receta para hacer revoluciones; pienso que el marxismo es un método para interpretar la historia. Creo que los marxistas tienen que aplicar sus conceptos a la interpretación de su doctrina, a la realidad y conforme a la realidad de su país. Por ejemplo, yo era tan marxista como ahora en el año 1939, y fui, durante tres años, ministro de Salubridad de un gobierno popular. Soy fundador del Partido Socialista, que es un partido marxista, y llevo dos años en el gobierno. Pero ya lo he dicho: no soy presidente del Partido Socialista, ni mi gobierno es un gobierno marxista.

Yo he sido candidato cuatro veces: en el ‘51, para mostrar, para enseñar, para hacer comprender que existía un camino distinto de aquel que estaba establecido, incluso por el Partido Socialista, del cual yo a partir de ese momento fui expulsado por no haber aceptado esa línea. Expulsado del Partido Socialista entré en contacto con un Partido Comunista que estaba en la ilegalidad. Y así nació el embrión de aquello que es hoy la Unidad Popular: la alianza socialista- comunista. Un pequeño grupo socialista que yo representaba y los comunistas, que estaban en la ilegalidad. En el ‘51 recorrí todo Chile sin ninguna ilusión electoral, pero para decirle al pueblo que la gran posibilidad consistía en la unidad de los partidos de la clase obrera, incluso con partidos de la pequeña burguesía. La fuerza de esta idea, nacida en el ‘51, se manifestó de manera poderosa en el año ‘58. En el ‘58 yo perdí las elecciones por treinta mil votos. En el ‘64, hubiéramos vencido, si hubieran sido tres los candidatos, pero el candidato de la derecha, que era radical, prácticamente se retiró, y quedamos el señor Frei y yo. Y la derecha, apoyó a Frei.

Con esto quiero subrayar que por tantos años yo he tenido un diálogo constante y permanente con el pueblo a través de los partidos populares. Y en esta última campaña organizando los comités de la Unidad Popular en cada fábrica, en los cuarteles, en las calles, en todas partes habíamos formado comités, escuelas, liceos, industrias, hospitales. Éstos han sido los vehículos, los contactos, los tentáculos del pensamiento de la Unidad Popular con el pueblo.

Es por ello que, aunque los medios de información eran tan restringidos, pudimos alcanzar esta victoria de hoy. Se puede usar, aquí, una expresión no política, pero clara: la cosecha de la victoria es fruto de la siembra de muchos años. En el año 1958, el FRAP —que entonces se llamaba así: Frente de Acción Popular— venció en la votación masculina. Yo vencí en la votación masculina y perdí en la de las mujeres.

En 1964, no obstante que Frei fue apoyado por los sectores de la derecha, en el voto masculino quedamos en igualdad, Pero él me ganó, por un porcentaje muy elevado, entre las mujeres. Después de eso, en el ‘70, la verdad es que Alessandri y Tomic habían obtenido más votos que yo en proporción, en el sector femenino. Yo triunfé de lejos, entre los hombres.

Ahora, en el ‘58, las condiciones eran distintas. La Unidad Popular, en aquella época, era representada sobre todo por socialistas y comunistas. Y aun si hubiéramos ganado -gracias al voto masculino- la composición del Congreso era distinta de la actual. Los partidos Conservador, Liberal y Radical eran la mayoría. No había ninguna posibilidad, aun con el apoyo demócrata-cristiano, de que yo venciese al Congreso.

Todo, absolutamente todo, estaba dispuesto en Chile, de modo tal de asegurar la victoria de Alessandri. Además, existía una tradición según la cual el Congreso siempre ratificó a quien venciera en las elecciones. Cuán difícil era suponer que un Congreso en el cual no teníamos la mayoría, hubiera podido romper con esta tradición, para elegir -en el ’58- un candidato socialista apoyado exclusivamente por el Partido Comunista. Si nosotros hubiésemos lanzado al pueblo a la lucha, se habría desatado una represión violenta.

Aunque es cierto que el presidente Ibáñez personalmente expresó simpatía por mi candidatura, no intervino ni me apoyó decididamente. Ni yo le pedí eso. No había ninguna condición, ninguna posibilidad concreta. Ahora, sí creo que hemos demostrado conciencia política. Aquella misma noche yo les dije a los trabajadores que habíamos perdido una batalla, pero no la guerra. Y debíamos seguir preparándonos. Creo que este precedente, entre otros, es lo que ahora me permite tener autoridad moral. La gente sabe que soy un político realista y que, además, mantengo las promesas.

Hace más de treinta años, me correspondió participar en forma activa en la erección del Frente Popular, movimiento unitario de izquierda que, con el sacrificio de legítimas aspiraciones de los partidos de la clase obrera -como el Socialista-, hizo posible el triunfo del presidente Pedro Aguirre Cerda, en cuyo gobierno tuve el honor de ser ministro de Salubridad, como personero de mi colectividad.

En 1952, en momentos difíciles para la clase trabajadora y sus colectividades políticas, enfrenté la dura tarea de encabezar un movimiento de esclarecimiento ideológico, asumiendo su representación en una contienda sin posibilidad alguna de buen éxito electoral. En 1958 y en 1964, fortalecido ya el proceso iniciado en 1951, me correspondió personificar al Frente de Acción Popular en dos campañas presidenciales, que si bien no culminaron en la conquista del poder, contribuyeron de manera decidida a esclarecer y ampliar el proceso revolucionario. El esfuerzo para unificar los partidos populares tiene ahora importancia aún más relevante.

La Unidad Popular se plantea como la alternativa de un gobierno diferente; es la conquista del poder para el pueblo, precisamente después que el país ha experimentado el fracaso del reformismo demócrata-cristiano y cuando aún están a la vista los resultados del anterior régimen, inspirados ambos en el capitalismo tradicional.

El panorama internacional nos señala la urgencia de enfrentar la intromisión imperialista, cada día más insolente y traducida en el fortalecimiento de las fuerzas represivas y contrarrevolucionarias y de la que es gráfica demostración el informe del gobernador Rockefeller.

Bolívar decía: “Los Estados Unidos quieren sujetarnos en la miseria en nombre de la libertad”. Y Martí ha dicho frases mucho más duras. No quiero repetirlas, porque en realidad yo distingo entre el pueblo norteamericano y sus pensadores y la actitud a veces transitoria de algunos de sus gobernantes y la política del Departamento de Estado y los intereses privados que han contado con apoyo norteamericano.

En realidad, la Doctrina Monroe consagró un principio: “América para los americanos“. Pero éste no ha sido efectivamente observado, porque en América del Norte hay un desarrollo económico que no hay en Centro y Sudamérica. El problema no ha sido resuelto sobre base de igualdad de intereses. Defender el principio de “América para los americanos” a través de su Doctrina Monroe ha querido decir siempre “América para los norteamericanos”. Conocemos bien el drama de América del Sur, que siendo un continente potencialmente rico, es un continente pobre, fundamentalmente por la explotación de que es víctima por parte del capital privado norteamericano.

Nosotros luchamos fundamentalmente por la integración de los países latinoamericanos. Creemos que es justo el camino indicado por los padres de la patria, que soñaron la unidad latinoamericana para poder disponer de una voz continental frente al mundo. Esto naturalmente no impide que miremos no sólo con simpatía sino también en profundidad el significado de la presencia del pensamiento del Tercer Mundo. Podría sintetizar mi pensamiento en respuesta a su pregunta diciendo que luchamos antes que nada por hacer de América un auténtico continente en sus realizaciones y por ligarnos cada vez más a los países del Tercer Mundo. Es claro que creemos que el diálogo es fundamental. Los pueblos como el nuestro luchan por la paz y no por la guerra; por la cooperación económica y no por la explotación, por la convivencia social y no por la injusticia.

Si el hombre de los países industrializados ha llegado a la Luna, es porque ha sido capaz de dominar la naturaleza. El problema es que, si bien es justo que el hombre ponga los pies sobre la Luna, es más justo que los grandes países -para hablar simbólicamente- pongan los pies sobre la tierra y se den cuenta que hay millones de seres humanos que sufren hambre, que no tienen trabajo, que no tienen educación. Por eso pienso que el hombre del siglo XXI debe ser un hombre con una concepción distinta, con otra escala de valores, un hombre que no sea movido esencial y fundamentalmente por el dinero, un hombre que piense que existe para la fortuna una medida distinta, en la cual la inteligencia sea la gran fuerza creadora.

Quiero decirle que tengo confianza en el hombre, pero en el hombre humanizado, el hombre fraterno y no el que vive de la explotación de los otros.
La tarea que tiene ante sí la Unidad Popular es de tal urgencia histórica que, si no se cumple con prontitud, incontenibles tensiones sociales arrastrarán a Chile al caos, como consecuencia del fracaso del sistema. Hasta un ciego puede ver las proyecciones y el significado que han tenido y tienen las huelgas del Poder Judicial y del Regimiento Tacna. La hoguera de rebeldía juvenil no se apaga sino con su presencia activa y creadora en la construcción del socialismo.

Si los partidos que reivindican para sí la responsabilidad de vanguardia no son capaces de cumplir adecuada y unitariamente su papel revolucionario, surgirán en forma inevitable la insurgencia desesperada o la dictadura como proyección de la insuficiencia cada vez más notoria del régimen. No es el camino de la asonada, sin conducción política responsable, la solución que puedan sustentar los verdaderos revolucionarios.

Luchamos por crear el más amplio y decidido movimiento antimperialista, destinado a que se cumpla la revolución chilena. Los emboscados que hubieran podido llegar hasta nosotros serán aplastados por la clarividencia revolucionaria del pueblo. No somos sectarios ni tampoco excluyentes; somos y seremos, sí, exigentes, para que en Chile el pueblo no aparezca burlado en sus ansias de independencia económica y política. La dictadura contrarrevolucionaria no será capaz, por cierto, de abrir posibilidades al país ni de acallar, por el imperio de la fuerza, la legitima rebeldía de los chilenos altivos y combatientes.

El cuadro nacional nuestro es muy claro. La frustración se expresa desde el intelectual al campesino, y la juventud busca tácticas de lucha que señalan su decisión de desafiar resueltamente el actual estado de cosas, aunque aquéllas no sean las más convenientes para el desarrollo orgánico del proceso revolucionario. Quienes tenemos serias responsabilidades en el movimiento popular y hemos fundido nuestra suerte con la suya, nos hallamos más obligados aún para asumir una actitud de desprendimiento y de consecuencia moral.

Personalmente, sólo aliento un anhelo íntimo: que vaya donde vaya, esté donde estuviere, seguiré siendo para el pueblo “el compañero Allende”.







en Salvador Allende en el umbral del siglo XXI,
(Frida Modak, coordinadora), México, 1998









lunes, diciembre 03, 2007

"Los Cantos de Maldoror", del Conde de Lautréamont

Extracto del Canto Primero




Hay que dejarse crecer las uñas durante quince días. ¡Oh, qué dulzura entonces arrancar brutalmente de su lecho a un niño que aún no tiene nada sobre su labio superior, y, con los ojos muy abiertos, hacer el simulacro de pasar suavemente la mano por la frente, inclinando hacia atrás sus hermosos cabellos! Después, súbitamente, en el momento en que menos lo espera, hundir las largas uñas en su tierno pecho, de manera que no muera, pues si muriera no podríamos contar más tarde con el aspecto de sus miserias. A continuación se le bebe la sangre lamiendo las heridas, y durante ese tiempo, que debería durar tanto como la eternidad, el niño llora. Nada hay tan bueno como su sangre, extraída como acabo de decir, y aún muy caliente, a no ser sus lágrimas, amargas como la sal. Hombre, ¿nunca has probado tu sangre cuando al azar te has cortado un dedo? Está muy buena, ¿no es cierto?, pues no tiene ningún sabor. Además, ¿no recuerdas el día en que, en medio de tus lúbricas reflexiones, llevaste la mano en forma de hueco sobre tu rostro enfermizo humedecido por lo que resbalaba de tus ojos, mano que se dirigía luego fatalmente hacia la boca que bebía a largos tragos en esa copa, trémula como los dientes del alumno que mira de reojo a aquel que nació para oprimirlo, las lágrimas? Las lágrimas están buenas, ¿no es cierto?, pues tienen el sabor del vinagre. Se diría las lágrimas de aquella que ama mucho; pero las lágrimas del niño son mejores para el paladar. El niño no traiciona nunca, no conoce todavía el mal: aquella que ama mucho traiciona antes o después... lo adivino por analogía, aunque ignoro qué es la amistad o qué es el amor (y es probable que nunca lo acepte, al menos de parte de la raza humana). Por lo tanto, y puesto que tu sangre y tus lágrimas no te disgustan, aliméntate, aliméntate con confianza de las lágrimas y de la sangre del adolescente. Véndale los ojos mientras desgarras su carne palpitante, y, después de haber oído durante largas horas sus gritos sublimes, semejantes a los profundos estertores que en una batalla lanzan las gargantas de los heridos agonizantes, habiéndote apartado como una avalancha, te precipitarás desde la habitación vecina y harás el simulacro de ir en su ayuda. Le desatarás las manos de nervios y venas hinchadas, devolverás la vista a sus ojos extraviados, y te pondrás a lamer sus lágrimas y su sangre. ¡Qué verdadero es entonces el arrepentimiento! La chispa divina que existe entre nosotros, y que tan raramente se manifiesta, aparece entonces, aunque ¡demasiado tarde! Cómo se derrama el corazón cuando puede consolar al inocente a quien se le ha causado daño: «Adolescente que acabas de sufrir crueles dolores, ¿quién ha podido cometer contigo un crimen que no sé cómo calificar? ¡Desgraciado de ti! ¡Cómo debes sufrir! Si tu madre lo supiera, ella no estaría más cerca de la muerte, tan aborrecida por los culpables, de lo que yo estoy ahora. ¡Ay! ¿Qué es entonces el bien y el mal? ¿Es la misma cosa, por medio de la cual testimoniamos con rabia nuestra impotencia y la pasión de alcanzar el infinito, incluso por los medios más insensatos? ¿O bien son dos cosas diferentes? Sí... es mejor que sean una misma cosa... pues, sino, ¿en qué me convertiría el día del Juicio Final? Adolescente, perdóname: el que se halla ante tu rostro noble y sagrado es el que ha roto tus huesos y desgarrado tu carne, que cuelga de diferentes lugares de tu cuerpo. ¿Es un delirio de mi razón enferma, un instinto secreto que no depende de mis razonamientos, semejante al del águila que desgarra a su presa, lo que me ha empujado a cometer este crimen, y que, sin embargo, me hace sufrir tanto como a mi víctima? Adolescente, perdóname. Cuando hayamos abandonado esta vida pasajera, quiero que estemos abrazados por toda la eternidad, que formemos un solo ser, mi boca unida a tu boca. Incluso de este modo mi castigo no será completo. Entonces tú me desgarrarás, sin detenerte nunca, con tus dientes y tus uñas a la vez. Adornaré mi cuerpo con guirnaldas perfumadas para este holocausto expiatorio y los dos sufriremos, yo por ser desgarrado, tú por desgarrarme... con mi boca unida a tu boca. ¡Oh adolescente de cabellos rubios y ojos tan dulces!, ¿harás ahora lo que te aconseje? Aunque te pese, quiero que lo hagas, y mi conciencia volverá a ser feliz.» Después de haber hablado así, habrás hecho daño a un ser humano, pero habrás sido amado por el mismo ser: es la mayor felicidad que pueda concebirse. Más tarde podrás internarlo en un hospital, pues el tullido no podrá ganarse la vida. Te llamarán bueno, y las coronas de laurel y las medallas de oro esparcidas sobre la gran tumba ocultarán tus pies desnudos al rostro anciano. ¡Oh tú, cuyo nombre no quiero escribir en esta página que consagra la santidad del crimen, sé que tu perdón fue inmenso cómo el universo! ¡Pero yo existo todavía!




1869







domingo, diciembre 02, 2007

“Tesis sobre Feuerbach”, de Karl Marx





1. El defecto fundamental de todo el materialismo anterior -incluido el de Feuerbach- es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal. Feuerbach quiere objetos sensoriales, realmente distintos de los objetos conceptuales; pero tampoco él concibe la propia actividad humana como una actividad objetiva. Por eso, en La esencia del cristianismo sólo considera la actitud teórica como la auténticamente humana, mientras que concibe y fija la práctica sólo en su forma suciamente judaica de manifestarse. Por tanto, no comprende la importancia de la actuación "revolucionaria", "práctico-crítica".

2. El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico.

3. La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado. Conduce, pues, forzosamente, a la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad.

4. La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria.

5. Feuerbach arranca de la autoenajenación religiosa, del desdoblamiento del mundo en un mundo religioso, imaginario, y otro real. Su cometido consiste en disolver el mundo religioso, reduciéndolo a su base terrenal. No advierte que, después de realizada esta labor, queda por hacer lo principal. En efecto, el que la base terrenal se separe de sí misma y se plasme en las nubes como reino independiente, sólo puede explicarse por el propio desgarramiento y la contradicción de esta base terrenal consigo misma. Por tanto, lo primero que hay que hacer es comprender ésta en su contradicción y luego revolucionarla prácticamente eliminando la contradicción. Por consiguiente, después de descubrir, v. gr., en la familia terrenal el secreto de la sagrada familia, hay que criticar teóricamente y revolucionar prácticamente aquélla.

6. Feuerbach, no contento con el pensamiento abstracto, apela a la contemplación sensorial; pero no concibe la sensoriedad como una actividad sensorial humana práctica.

7. Feuerbach diluye la esencia religiosa en la esencia humana. Pero la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales.

8. Feuerbach, que no se ocupa de la crítica de esta esencia real, se ve, por tanto, obligado a hacer abstracción de la trayectoria histórica, enfocando para sí el sentimiento religioso (Gemüt) y presuponiendo un individuo humano abstracto, aislado.

9. En él, la esencia humana sólo puede concebirse como "género", como una generalidad interna, muda, que se limita a unir naturalmente los muchos individuos. Feuerbach no ve, por tanto, que el "sentimiento religioso" es también un producto social y que el individuo abstracto que él analiza pertenece, en realidad, a una determinada forma de sociedad.

10. La vida social es, en esencia, práctica. Todos los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo, encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esa práctica.

11. A lo que más llega el materialismo contemplativo, es decir, el materialismo que no concibe la sensoriedad como actividad práctica, es a contemplar a los distintos individuos dentro de la "sociedad civil".

12. El punto de vista del antiguo materialismo es la sociedad civil; el del nuevo materialismo, la sociedad humana o la humanidad socializada.

13. Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.









primavera de 1845







sábado, diciembre 01, 2007

"Una sombra ya pronto serás", de Osvaldo Soriano

Extractos del capítulo 11





Nadia dio unos cuantos golpes de volante pero no pudo hacer nada más y el agua nos llevó como a un barco de papel. El auto flotó un rato, chocó contra una banquina y yo me fui encima de ella sin tener de donde agarrarme. La carga se movió para el mismo lado y el auto hizo veinte o treinta metros antes de detenerse contra el alambrado. Por el piso empezó a entrar un agua embarrada que se llevó los sándwiches y nos tapó los pies. El motor funcionó todavía unos minutos más, y cuando el agua cubrió el caño de escape se apagó con una explosión ahogada. Nadia insultó a todos los dioses, le dio unos cuantos puñetazos al volante y después de sacó los anteojos sucios de barro. Era la sombra desolada de la mujer que había visto por la noche; tenía los ojos rojos y se le veían las raíces del pelo encanecido. Parecía un bucanero al mando de un navío arrastrado por el azar. Los chorizos y las latas de conserva empezaban a flotar alrededor nuestro y me di cuenta de que se resignaba a la derrota. Abrió la ventanilla, miró la inundación y después, sin decirme nada, se recostó en el asiento y sacó la polvera para arreglarse la cara.
...
La miré mientras hacía un lugar en el Citroën. Lo único seco eran los asientos y había que arreglarse ahí. Me sonreía con tanta ternura que ya no podía volver atrás: la tomé por los hombros y le di un beso cerca de la boca. Ella me buscó con los labios recién pintados, con una lengua gorda y espesa y nos fuimos acomodando despacio. El coche se balanceaba bajo la lluvia y yo quería ver de nuevo esos pechos grandes con puntas violetas. Me costó mucho abrir el cierre del corpiño u tuve que agarrarme de la palanca de cambios para no caerme. Nadia pasó una pierna a lo largo del respaldo y me dejó avanzar sin darme ningún auxilio. No hubo modo de deshacernos de la pollera, pero cuando me pasó los brazos alrededor del cuello el corpiño cedió y sentí una blandura suave que me llenaba las manos. Debo de haber gemido o tal vez dije algo, porque me apretó contra los labios y no me dejó bajar la cabeza hasta mucho después, cuando ya me había abierto el pantalón y estuvo segura de que todo iría bien. De pronto quedé boca arriba con el volante que me tocaba la nariz y un brazo metido en el agua. Nadia tuvo que zafar la pierna para levantarse y alcanzarme la boca. Me dio un beso largo y apretado, con una rodilla entre las mías y la otra en el suelo enchastrado. Yo quería tocarle los pezones, alegrarme la vista después de tanto tiempo sin hacer el amor y la tomé de la cintura para despegármela de la boca. De pronto se levantó y vi el tumulto que salía entre los pliegues de la blusa. Apoyé la cabeza contra el vidrio y alcancé a darle un mordisco en la piel blanca. Nadia dio un salto y se golpeó contra el techo pero creo que no le importó. Estuvimos mucho tiempo así: yo respiraba por la nariz porque el peso del cuerpo me apretaba contra la ventanilla y ella jadeaba un poco, sin exagerar, sinceramente, con los ojos cerrados y la lengua entre los dientes. No le quedaban rastros de rouge en los labios que ahora eran dos trazos finos y temblorosos. Yo tenía un brazo aprisionado pero con el otro llegué por debajo de la pollera y tiré del elástico mojado. Si hubiéramos podido pararnos o cambiar de lugar hubiera sido fácil, pero estábamos dentro de una burbuja e hicimos lo que pudimos. Ella alcanzó a apartar la pollera mientras yo tiraba del pantalón y le acariciaba los pechos. Me moví para acomodarme y ella abrió el elástico, todo en una agitación anhelante, hasta que me atrapó con un golpe de cintura y nos quedamos sin respiración. La busqué suavemente y se apretó a mí con cuidado, como quien se calza un guante. Vino a ofrecerme los labios y por un rato no nos animamos a movernos. Las ojeras se le habían esfumado y me pareció que estaba en otra parte. También yo fui a visitar algunos buenos recuerdos. Tuve miedo de mis propios gritos lastimosos y cuando Nadia se despegó crispando un puño, jadeando, me di cuenta de que durante mucho tiempo me había olvidado de mí y que por eso no podía hacerle bien a nadie.

Se dejó caer hacia el costado y me miró un instante con ganas de decirme algo pero se quedó callada. Me pareció mejor así: tal vez pensaba en Bengochea o en el Brasil o en mí y lo que había visto en las cartas que ahora flotaban junto a los pedales del Citroën. No habíamos podido sacarnos la ropa y nos fuimos recomponiendo en silencio, cada uno recostado sobre la puerta de su lado. Estábamos embarrados y despeinados y tuvimos que poner en su lugar las cosas que pudimos salvar del agua. Pasé la mano por el parabrisas y entre la bruma distinguí unos árboles y unos postes de teléfono. Nadia me alcanzó un poco de torta de chocolate y me confesó que nunca había estudiado astrología, que la habilidad de las cartas se la debía a un maestro catalán con el que tuvo amores de muy joven. No me tuteaba; conservaba una distancia cálida y advertí que sin proponérselo ya me había apartado de su intimidad.


1990

Otro fragmento en Descontexto
http://descontexto.blogspot.com/2006/08/una-sombra-ya-pronto-sers-de-osvaldo.html




viernes, noviembre 30, 2007

“Primera Base”, de Ramón Oyarzún





Béisbol con una pelota de tenis y unos maderos botados en un rincón al fondo del campus. Una cancha de fútbol inaceptablemente vacía. Las horas pasan con una sustancialidad diferente para las personas. Tengo la claridad de hermanar los diversos y dispares saberes que me torturan, nefandos y crueles, cruentas muestras de lo insondables de mi ignorancia. Existen seres tan inmensos que resultamos microscópicos para ellos y bajo el microscopio adivinamos universos enteros más allá de donde podemos mirar. Pero eso no importa ahora ni antes cuando lo imaginaban los escritores de ficción. Esta es la manera de igualar y utilizar creativamente todos los géneros, me ocurrió como un golpeteo constante. Cartas, biografías, ficción, autoayuda, teoría, filosofía, poesía, lingüística, en fin, todo lo que aparezca se hermana acá. Recurro a ese pelado poeta y ciclista diciendo que es una tontera, hueón. Pero yo jugaba béisbol contigo que ahora vives en el país de los sombreros grandes. Esto no tiene mucha corrección aunque intenta contar una historia. A la cancha saltó el equipo en que todo un país confiaba y no pudo resolver los problemas planteados por el rival que terminó imponiéndose. Al día siguiente la marraqueta era chica y la taza de té amarga. En navidad bebí champaña hasta quedar tendido mientras mi hermano usaba pelo largo e impermeables, fumaba con fruición autodestructiva y mentía sobre las mujeres con las que había cogido. Al entrar al clandestino la mejicana rapada estaba rodeada de dos chamanes que bebían cerveza y hacían magia con el lenguaje. No sacaba mucho con preguntarles sus presupuestos, solo la chica podía darle información. Sabía que sería un problema al momento que entró en mi oficina. Debo encontrar a Reds, debes ayudarme. Debes esto y debes esto otro. Esto es imperativo pero no hay, sabe desde ya, posibilidad de crítica o adelanto. Después la encontró en la feria junto a su hijo de cuatro años. Tenía el pelo largo ahora. La última vez que le vi jugamos beisbol. Podría haber sido profesional en Japón, honronero. Empieza por buscarlo ahí, en Ginza. Vistiendo hakama y keikogi buscó en Kioto que era la capital del imperio y en Shingu, un pueblo pequeño donde se destilaba muy buen sake. Y de nuevo en navidad bebí hasta quedar ciego mientras mi hermano y ahora su hijo. Cuando estuvo lejos en el país de los bigotes poblados no nos escribimos. No estaba en Japón y viajé a San José de Costarica donde tenía un primo. En Canadá dormí en un subterráneo y leí un libro de entrevistas a William Burroughs. Experimenté con una grabadora soñando que rompía los huesos de mi huésped. Para encontrar a Reds revisé el índice de autores de varios libros pero muchos no tenían y era molesto. Finalmente apareció en Barcelona para juntarse con la mejicana. La chica dormía en un departamento frente al congreso europeo, tenía una tía parlamentaria, andaba en bicicleta. Supe de buena fuente que se acostaba con Reds. Pero Reds tenía una amante francesa que conoció en la vendimia. Quise hablar por teléfono con mi cliente calva. Nos reunimos en su departamento. Cuando reparé mi bicicleta me crucé con un viejo conocido. El gato vivió muy contento toda su vida sin salir del departamento sin sospechar de la existencia de ratones o pájaros. Sólo cuando lamía su culo y tragaba sus pelos presentía su gatidad, pero la mayor parte del tiempo dormía y mucho, casi como compitiendo. Mi viejo conocido Yara, lo quise mucho un tiempo por su sensibilidad e inteligencia, trabaja en una compañía española que hace molduras de fierro para construir edificios. La mejicana colocó a la amante francesa de Reds en una de esas molduras y nunca más se supo de ella. Reds escapaba de la autoridad francesa por una acusación de estupro y por ser clandestino. Inmigrante ilegal le hubieran llamado en el país imperialista del norte. Aunque no sabía por qué perseguía a Reds, de la mejicana colgaban las muertes de los chamanes y la francesa. Sabía que esa mujer era problemas cuando atravesó la puerta de mi despacho. Las manos heladas son un síntoma de enfermedad aún más terrible que la fiebre según los antroposóficos y en Asia consideran que las mujeres no pueden cocinar buen sushi por sus manos calientes. El sistema consiste en dejarse llevar con mucha calma por la presencia de este ánimo difuso, escriturar. Mi hermano considera que escribo como los gringos, es su opinión. Sé que en el fondo opina que el método es más bien prender el ventilador y soltar la mierda. Personalmente me siento más inclinado a lo último, pero no es así. No tan simple. Empezó desde un lugar profundo y repleto. Con cuidado y paciencia hurgue los más intrincados vericuetos. Siempre con ayuda, de pie sobre hombros notables y en medio del silencio. Pasaron años. Lo importante en un momento fue estar desnudo y entregado a este deseo urgente. Antes de la mejicana estuvo la morena. Ya hubo una bibliotecaria y una profesora, ahora una alumna. Siempre fue Reds adelantándose en sus borracheras perdido entre una y otra estación de metro. No puede ser el ventilador encendido, más bien un aire acondicionado que revela y aúna las posibilidades brillantes de todo lo que surge de la tierra. Yo soy la tierra le dijo el chamán en un último aliento a su amante, yo soy el espíritu contestó ella, simple y desecha en lágrimas mientras el cuerpo moreno y vigoroso se hacía ceniza entre sus brazos. Interrogaba a una chica inexperta que se deshacía resistente a desaparecer, se comunicaba por correo o aparecía a la hora de almuerzo expedita y bañaba la espalda de Reds con su mirada. Desde la piscina vestida de gala bebió su coctel. Habían cosas, muchas cosas. Sobretodo en Ginza y en el sillón de mi despacho donde duerme mi gata. Una musaraña, sólo eso me trajo de España Yara. Entonces hube de dejar de quererlo y ya la mejicana se encargaría de él. Cuando tuvo una hija le llamó Yulaisi por la canción de Deep Purple. Así mismo me acerqué al ciego de la armónica en la estación de buses de Chikamauk en Loussiana. Este joven músico de blues de escasos cientos de años conoció a Robert Johnson y me mostró el camino al cruce de caminos. Todavía podría llegar a medianoche, y esta era la última oportunidad que me estaba dando para escribirle a Reds. La primera en mucho tiempo. Después de mi reunión en Crossroads town ya nada importaban las muchas cosas, las muchachas fatales y muertas los amigos y sus opiniones ni el tiempo en sí, que era, cómo decirlo, algo así como una botella de alcohol afanosamente afanado en el azar de una noche.







jueves, noviembre 29, 2007

"La noche", de Julio Herrera y Reissig






La noche en la montaña mira con ojos viudos
de cierva sin amparo que vela ante su cría;
y como si asumieran un don de profecía,
en un sueño inspirado hablan los campos rudos.

Rayan el panorama, como espectros agudos,
tres álamos en éxtasis... Un gallo desvaría,
reloj de media noche. La grave luna amplía
las cosas, que se llenan de encantamientos mudos.

El lago azul de sueño, que ni una sombra empaña,
es como la conciencia pura de la montaña...
A ras del agua tersa, que riza con su aliento.

Albino, el pastor loco, quiere besar la luna.
En la huerta sonámbula vibra un canto de cuna...
Aúllan a los diablos los perros del convento.





miércoles, noviembre 28, 2007

“Contaminaciones y amputaciones en la biblioteca “, de Soledad Chávez





B
ibliotecas contaminadas, eso es lo que evita, a toda costa, el filólogo. Para llevar a cabo tal hazaña, se enviste de avezado detective que vela por la perfectibilidad de su objeto, el libro.

Puede parecer una premisa extraña pero es más didáctico empezar con una analogía: leer un libro se asemeja a la ingesta de un alimento. Si el alimento está descompuesto se espera una intoxicación. Si el libro, entonces, está descompuesto ¿se descompone el lector? Pero, ¿cómo puede un texto estar contaminado? Para aclarar la situación, habrá que remitirse al quehacer filológico, que busca la pureza de la biblioteca. Por lo tanto, la praxis filológica va de la mano de ésta.

‘Caja de libros’ [1] remite a pluralidad, condición necesaria de la biblioteca. Y pluralidad implica la reproducción de un texto, su copia, su seriación. Sólo un bibliófilo, y entre ellos los filólogos, pueden saber que esta reproducción a lo largo de la historia está sujeta a errores. Es decir, a la contaminación. Porque un libro compuesto de errores que no fueron producidos por su autor ¿acaso no es un libro contaminado? Utilizo los adjetivos del tecnolecto filológico, claro está: error, contaminación [2].

Debido a esa auraticidad arqueológica, por un lado, nadie puede aventurar la existencia de un protofilólogo mesopotámico cumpliendo su función en las tablas de arcilla donde nos llega la aventura de Gilgamesh. Es más, todo intento de periodizar esta labor está dentro del mundo de las conjeturas.

Quizás por eso es mejor situarse en el siglo V a.c., el siglo logocéntrico, pericleano, trágico. Y es por esta última razón que la existencia del texto copiado era una necesidad. Los nobles querían tener los argumentos palpables de las obras con las que llegaron al paroxismo de la catarsis. Tan apremiante fue la copia, que Licurgo dictó una ley que exigía hacer copias de los trágicos mayores: Esquilo, Sófocles y Eurípides. De allí a la fundación de la Biblioteca de Alejandría y la Biblioteca de Pérgamo, hubo un pequeño paso. La suerte ya estaba echada para aquellos bibliomaníacos que sintieron que la existencia de estos grandes centros solo debían poseer los textos más fieles y legítimos.

Pero la historia y el destino trágico de estas bibliotecas ya nos es conocida, así como algunas grandes contaminaciones librescas. Tal es el caso del palimpsesto, que surge gracias a las virtudes físicas del pergamino, el cual, a diferencia del papiro o la tablilla de greda, podía borrarse. El ejemplo paradigmático fue De res publica, de Ciceron, bajo un comentario de los salmos de San Agustín. Aquí podría hablarse de editores contaminadores, que atentan contra el gremio del filólogo. Para qué hablar de las grandes desapariciones de las bibliotecas, de obras que conocemos por las menciones de historiadores o de obras que nos han llegado fragmentadas como el Satiricón de Petronio.

Ya finalizando el siglo XII, la aparición de los Estudios Generales dio paso a las universidades, que requirieron de la copia de libros. Éste ya dejará de tener el gran tamaño que lo tenía relegado a la biblioteca monástica y al scriptorium. Ahora el libro tenía que ser transportable y adecuado para la biblioteca del clérigo. Es la crisis del libro con miniaturas y letras capitulares: aparecen nuevas abreviaturas que ayudan a que el proceso de copiado sea más rápido y, por sobre todo, es el asentamiento de la corporación que reunirá a oficios tan importantes como el de los libreros, los rubricados y los copistas.

Todo estaría bien si esta práctica textual tuviera una rigurosidad constante, pero hay traiciones, errores, desconocimientos y, muchas veces, soluciones fáciles. Es lo que se ha llamado lector facilior: el editor no entiende lo que está editando: la letra es ilegible y ya está cansado de descifrar lo que dice ese sintagma (piénsese en caligrafías encadenadas, góticas, procesales, o bien, en algún escribano apurado, en la letra de un escritor en rapto inspirador y presuroso o, simplemente, en un gentil con un ductus incomprensible). ¿Qué hacer? El proceder franco hace que el editor señale que allí hay un trazo ilegible; el proceder contaminador hace que el editor realice una conjetura, una lectura llena de intuiciones. Es la llamada enmendatio ope ingenii que en los hiperbólicos siglos XVII y XVIII fue pan de cada día con la excusa de ‘embellecer los textos’.

Muchas veces, también, un libro sufría los caprichos de algunos editores. Ejemplar es el caso de Rodríguez de Montalvo, que refundió los tres libros del Amadís. Lo trágico es que la edición íntegra desapareció, quedando solo esta refundición. Son las llamadas ‘libertades’ del copista que producen los vacíos en bibliotecas.

Es el caso de la biblioteca amputada, como en el citado Satiricón. Muchas veces, el libro está lisiado de algún pequeño órgano, como el epígrafe desaparecido del capítulo 43 de la primera parte del Quijote. Cervantes se desentendió de la edición de su obra y facilitó esta errata. Frente a esta situación, están los creadores-correctores furiosos, como Balzac, Lovecraft (más que en su ortografía, en su estilo) o Baroja.

Contaminaciones peligrosas son las que sufren los textos cuyos originales están desencuadernados, algo habitual en los textos medievales. Un caso así presenta el original del Conde de Lucanor y que un inspirado editor, en vez de señalar la pérdida, escribió por su cuenta el desenlace de la obra. La suerte es que éste no fue el único editor y pudo comprobarse, a través de la pesquisa detectivesca de los filólogos, este atrevimiento.

Pero no todo fue intuiciones y retocados textuales. En las zonas donde se forjaba el protestantismo, la misión primera fue editar versiones depuradas de la Biblia. Allí no valía la conjetura y la variación arbitraria.

Así como se recurría a la rigurosidad y a la cientificidad, en la España contrarreformista el panorama era otro. Sobre todo después de publicadas las Pragmáticas de Felipe II [3]. Las víctimas fueron las grandes figuras del Siglo de Oro. Por ejemplo, Quevedo. Las variantes existentes de sus Sueños son abismales. Quevedo los compuso entre 1605 y 1620 y la primera edición no fue hasta 1627. El éxito de los Sueños no se hizo esperar: solo en cuatro años se publican fuera de Castilla nueve ediciones. Pero en 1631 se censura la obra: hay demasiada alusión al cristianismo, es decir, aquella alusión crítica, sarcástica y oscura que tanto brilla en Quevedo y los Sueños pasan a llamarse Juguetes de la niñez. El texto varía de tal manera que Dios pasa a ser Júpiter, el alguacil amante de las monjas desaparece y el producto es, según muchos críticos, de un sinsentido extrañísimo. Pero, como se sabe, el estado de censura no tuvo este origen y mucho menos se terminó aquí. Hay muchos ejemplos para dar; es interesante el de Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal: la editora de la primera edición, feminista acérrima, suprimió el infierno femenino.

También el libro sufrió de contaminaciones por su condición física. No hay que olvidar que era común entre los editores, componedores y cajistas añadir obras para completar los pliegos que quedaban en blanco de los libros que se estaban imprimiendo. Ejemplo clásico es la inclusión del Abencerraje y la hermosa Jarifa en la Diana de Valladolid, donde la confusión autorial fue esclarecida tiempo después. Pero hubo editores francos que explicaban la situación, como lo señaló Martín Nucio en una edición de 1546: ‘Lo que se sigue no es de la obra mas púsose aquí porque no uviesse tanto papel en blanco’.

Hay un caso especial, que es difícil catalogarlo, ya que no es de contaminación, sino que es, francamente, un especial hiato que el azar dispone en la biblioteca: el de la obra póstuma, sobre todo si no se sabe con certeza algunas precisiones para la correcta edición. El caso emblemático es el de Poeta en Nueva York de García Lorca, donde la disposición de la obra es un misterio.

Como se ha visto en este breve repaso, la biblioteca acumula, reúne, acopia, mantiene, retiene. Pero lo acertado, en este caso, es permanecer alerta y estar al tanto de los posibles riesgos del bibliodeglutor. Ni en este espacio, claro está, se está a salvo de las contaminaciones, de los errores, de las censuras, de las amputaciones, de los hiatos. Por ello, a deglutir libros, pero conscientes de estas pequeñas traiciones.




Notas

[1] Estoy exagerando el étimo ‘bibliothéké’.

[2] Pero existen variantes terminológicas: el benedictino francés Dom Quentin, prefirió hablar de ‘variante’. Su argumento es convincente: al variar un texto, es porque está vivo y la vivacidad de su estado se demuestra en su crisis (es decir, en los desvelos filológicos).

[3] ‘D. Felipe II y en su ausencia la Princesa Da. Juana en Valladolid a 7 de Septiembre de 1558 (…) está proveída y dada orden cerca de la impresión y venta de libros, que en estos reynos se hicieren y como quiera que asimismo por los Inquisidores y Ministros del Santo Oficio y los Perlados y sus Provisores ordinarios en cada un año se declaren y publiquen los libros que son reprobados, y en que hay errores y heregias, prohibiendo so graves censuras y penas contra los que los tienen y leen y encubren (…) y, sin embargo dello hay en estos reynos muchos libros, asi impresos en ellos como traídos de fuera, en latín y en romance y otras lenguas, en que hay herejías, errores y falsas doctrinas sospechosas y escandalosas, y de muchas novedades contra nuestra Santa Fe Católica y Religión (…) de materias vanas, deshonestas y de mal ejemplo (…) por la cual mandamos, que ningún librero ni mercader de libros, ni otra persona alguna de cualquier estado ni condición que sea, traiga ni meta, ni tenga ni venda ningún libro, ni obra impresa o por imprimir, de las que son vedadas y prohibidas por el Santo Oficio de la Inquisición en cualquier lengua, de cualquier calidad y materia que el tal libro y obra sea; so pena de muerte y perdimiento de todos sus bienes, y que los tales libros sean quemados públicamente” (Pragmática de 1558).










Pintura: "Biblioteca de Babel nº 2", Mihay Bodó, 2003







martes, noviembre 27, 2007

Dos poemas de Isaac Felipe Azofeifa






SE OYE VENIR LA LLUVIA


La casa de mi infancia es de barro del suelo a la teja,
y de maderas apenas descuajadas, que en otro tiempo obedecieron
hachas y azuelas en los cercanos bosques.
El gran filtro de piedra vierte en ella, tan grande,
su agua de fresca sombra.
Yo amo su silencio, que el fiel reloj del comedor vigila.
Me escondo en los muebles inmensos.
Abro la despensa para asustarme un poco
del tragaluz, que hace oscuros los rincones.
Corro aventuras inauditas cuando entro
en el huerto cerrado que me está prohibido.
En la penumbra de la tarde, que va cayendo lenta
sobre el mundo, el grillo del hogar canta de pronto,
y su estribillo triste riega en el aire quieto,
paz y sueño sabrosos.

Cuando venían las lluvias miraba los largos aguaceros
desde el ancho cajón de las ventanas.
Nunca huele a tierra tanto como esa tarde.
Se oye la lluvia primero en el aire venir como un gigante
que se demora, lento, se detiene y no llega,
y luego, están ahí sus pies sobre las hojas, tamborileando,
rápidos, mojando,
y lavando sus manos deprisa, tan deprisa, los árboles,
el césped, los arroyos,
los alambres, los techos, las canoas.

Pero también su llanto desolado,
su sinrazón de ser triste, su acabarse de pronto,
sin objeto ni adiós,
para siempre en mi infancia, para siempre.

Llueve en mi alma ahora, como entonces.




AL ALBA SIEMPRE


El alba es un camino.
Por el alba se llega a la dulzura.
El aviso general de los gallos abre a la luz las puertas de la tierra.

El aire reparte una casta voz de campanas.
Un trino de pájaro rompe el cristal del cielo y riega
el silencio fresco de la madrugada.
El árbol duerme vuelto hacia sí mismo.
Tú, mi fiel compañía, dices
palabras irreales para salvar el sueño
que se aleja en el agua sutil de la noche.
Despierta tiritando en el vacío
un ángel retardado.
Un fantasma, una sombra, un soplo, nada.
Y amanece.

Vida, mi vida, al alba siempre.





Tres poemas de Gonzalo Millán (1947 - 2006)






38.

Por ahora no sé quien eres.
ni adónde estás siempre.
Sé que nos ha tocado vivir
en la misma ciudad
y en un mismo país de la tierra
al mismo tiempo.
Y eso me basta.

Hoy es de noche, pero mañana
saldré como ayer en tu busca.
Estoy seguro sabré reconocerte.
Por si acaso, para que sepas.
andaré como siempre,
con anteojos negros y bastón blanco.



32.

Los niños se columpian.
Los niños se encaraman a los árboles.
Los niños comen fruta verde.
La fruta verde da diarrea.
Las niñas usan cintas en los cabellos.
Las niñas saltan a la cuerda.
Saltan los corderos y cabritos.
La nieve se deshiela por primavera.
Los ríos crecen con el deshielo.
Los torrentes bajan de las montañas.
El torrente salta de roca en roca.
El agua forma remolinos al pasar sobre las rocas.

Retornan las aves migratorias.
La savia despierta en primavera.
El picaflor resucita.
Avanza la estación.
El poema avanza.
El tiempo avanza.
El autor es un hombre de edad avanzada.



3.

Andan los relojes.
Andan los planetas.
¿Cómo andamos?
Ando a tropezones.
Ando enfermo.
Ando con hambre.
Ando sin plata.
Ando andrajoso.
Ando sucio.
Ando solo.
Ando con miedo.
Ando huyendo.
¡Andate! me dijeron.
Andan tras de mí.
Ando por los andenes.
¡Andando!
Adiós.
Los Andes están nevados.




Publicados en La Ciudad, 1979.



Su libro Relación Personal en
http://bibliotecadescontexto.blogspot.com/2007/11/relacin-personal.html





lunes, noviembre 26, 2007

“Distal proximal o proximal distal, o como se juzgue oportuno...”, de Rodrigo Severin





Esto que le ocurrió a R podría haberle ocurrido a usted, a mí o a cualquiera. Ocurrida a R o a cualquiera sin embargo, el alcance de la experiencia puede causar hondas simpatías en algún peregrino lector que tenga interés en los llamados asuntos evolutivos. Que tanta causalidad dependa de un puñado de hormigas también puede llegar a sorprender. Un puñado es claramente una exageración, pero a los efectos prácticos: ¿qué menor cantidad de hormigas puede caber en una mano al fin y al cabo? No era el vértigo de la droga, ese que te deja en suspensión las facultades convencionales, lo que buscaba R en su afán iracundo al hacer trizas el vaso que degolló el dedo pulgar de su mano hábil, la siniestra a la sazón. Sin embargo, este “sacrificio” accidental del tendón flexor le torcería el destino a R. Cualquier sucesión de hechos, aunque te esmeres en hilvanarlos hasta el infinitesimal pormenor te tuerce el destino. Cualquier juego de interpretaciones te retuerce el destino, el pescuezo o el pulgar, es igual.

Cuando los tendones están en continuidad son como unos elásticos que le permiten a R, o a cualquiera, hacer uso sutil de sus articulaciones. Un corte accidental o intencionado de estos tejidos produce una discontinuidad y dos cabos que los cirujanos al unir -y también de antemano- llaman dialécticamente "distal" y "proximal", como queriendo reconstruir desde el lenguaje su discontinuidad relativa. La reconstrucción no siempre resulta certera como el lenguaje, ni aún siquiera en el quirófano. Pues a R la primera operación no le bastó. No viene a cuento juzgar la buena voluntad o experticia del primer cirujano, pero como no se trataba de parchar el neumático de una bicicleta o de dar cuerda a un reloj, ni de reponer el fusible de un viejo televisor, R creyó sensato confiar la segunda intervención a otro cirujano, incluso perteneciente a otra región de su pequeño país, para evitar cualquier confusión de índole gremial, puesto que distal y proximal, al cabo de la primera intervención y un vano lapso de recuperación, guardaban una distancia irreconciliable de tres coma cuatro centímetros, pese a todos los esfuerzos de proximal por enfibrilarse -si cabe la expresión- en su conducto hacia distal, y viceversa. No hacía falta ser médico para observar el bache en la "ecotomografía de partes blandas" que el segundo operador había indicado para confirmar las sospechas de R. A R no le interesaba toda esta jerigonza, pero debía salvar el abismo y, a fuerza de entelequias, acompañarse en este tobogán que unas pocas hormigas sedientas habían conjurado. Estas inocentes hormigas no podrían haber adivinado que al caer al vaso junto con el agua del chorro de la llave del lavabo, estropearían la última dosis de bicarbonato de sodio que R guardaba y necesitaba para aplacar su ira, ya somatizada en su aparato gastrointestinal.

No podemos saber a ciencia cierta -sí sospecharlo- si acaso los primates, nuestros ancestros, o bien nuestros coetáneos, sufren de acidez bajo circunstancias estresantes, porque todavía no les hemos visto defraudados perdiendo una partida de ajedrez y aún habiendo mediado malas artes en la derrota, tal como ocurrió con R. R jugaba en solitario porque vivía confinado en la montaña. Pero usando su computador personal y la tecnología de internet podía jugar contra jugadores reales o virtuales de distintas partes del planeta. Variada es la gama de triquiñuelas y o trampas que suelen usarse en las ligas de ajedrez de internet para sumar puntos en sus correspondientes escalafones. Algunos contendientes reales, por ejemplo, se hacían pasar por virtuales mediante el truco de Turing, que bajo ciertas condiciones llega a un cien por ciento de eficacia en el juego de ajedrez. Por ciertos detalles en los tiempos de espera y otras minucias computacionales que sólo R podría explicar (y quizás por una inclinación paranoide en su carácter), R se sentía capaz de detectar a estos jugadores maliciosos, y parece ser que esta susceptibilidad suya, activada en una partida de desenlace fatal, habría motivado la profunda irritación de R durante los instantes previos a la baja de su dedo pulgar izquierdo.

La hipótesis de Terence McKenna explicaría el salto del primate al homínido por los hábitos alimenticios de algunas hordas de simios que incluyeron en su dieta las callampas mágicas. La magnitud del estado alucinatorio, el quiebre del principium individuationis que experimentarían estos monos, es decir, los contenidos y cualidad de sus “voladas” habría dado origen a la conciencia reflexiva, al desarrollo de lenguajes codificados y las subsecuentes ventajas adaptativas en relación a sus congéneres. Pero estas teorías han sido consideradas apócrifas e incluso despreciadas por la recta ciencia del siglo XX y aún por la del siglo XXI, subordinándolas, epistomológicamente hablando -claro está- a una suerte de corriente que curiosamente ha catalogado de "contracultura". Debo confesar que me cuesta concebir las innúmeras consecuencias de tal denominación. En cambio, sí hay gran consenso por parte de la ortodoxia en atribuir al desarrollo del pulgar el potencial fisiológico necesario para dar el salto evolutivo de los susodichos monos y su correspondiente proyección a esta contemporánea, nuestra condición humana. Su capacidad opositora y prensil habría permitido la manipulación de rudimentarios instrumentos en la ejecución de tareas más sutiles y sofisticadas para la lucha por la existencia, propiciando de esta forma el desarrollo de los primeros "balbuceos tecnológicos" del primate. El instrumento físico luego se tornaría en signo y estamos en pleno albor del homo sapiens.

Éstas y otras reflexiones embargaban la mente de R ya en el quinto piso de la Clínica Santa María, antesala del pabellón donde sería intervenido por segunda vez para idéntico propósito: unir proximal con distal. En esta sala de acceso restringido ocurrió la negociación entre R y el anestesista de cargo para la operación: zanjaban el diseño de adormideras que seríanle administradas. En estricto rigor, la extremidad izquierda, el antebrazo hábil de R había experimentado una regresión filogenética de cientos de miles de años, mientras que el resto de su cuerpo permanecía en perfecta sincronía con el devenir de su especie y del año corriente, el 2007. El evento había producido un drástico quiebre en la ejecución de sus menesteres cotidianos, pues la complejidad superlativa de las redes neuronales de R (o de cualquier homínido) implicadas en las labores previas al accidente, súbitamente habían sido "desenchufadas" de la memoria procedural del resto de su organismo. Esto forzó a R a reestructurar la dinámica de su quehacer diario, y las otrora torpezas normales de su conducta habitual habían proliferado, tendiendo al derroche en estado puro. En efecto, un derroche de torpezas constituía la nueva realidad de R. Ya no era lo mismo freír un huevo, arremangarse las calcetas, tirar la cadena, sacarse los pelos de la nariz. Todas estas inevitables minucias le aportaron a su vida ermitaña enormes esfuerzos, reflexividad sobre su actuar mecánico, incluso una exacerbación del sentido religioso, pero sobretodo, un constante maldecir a la comunidad de hormigas que seguía bebiendo de su grifo con total impunidad. Esas hormigas también le causaban perplejidad y sentimientos encontrados. Muchas veces R se sorprendió a sí mismo contemplándolas por varias horas con una piedad rarefacta, devocional.

Antes de la primera operación, y también de la segunda, R firmó una suerte de declaración contractual llamada "consentimiento informado", documento en que se reconocen los riesgos de entrar al quirófano y en el cual el paciente asume un extraña cuota de responsabilidad por las eventuales consecuencias que puediesen derivarse de la intervención. La clínica se hacía totalmente responsable de la unión de proximal con distal, pero si te fijas en la letra chica de una de las últimas cláusulas, incluso el "evento" de la muerte del propio paciente quedaba sellado con su rúbrica. Por razones obvias -se comprenderá- R había logrado firmar la declaración a duras penas. Cuando entras a pabellón se tiene la extraña sensación de enfrentarse a la muerte, al evento de la muerte. Los doctores te ponen a dormir y el despertar de las drogas te plantea serias dudas sobre la continuidad de tu existir. Empiezas a atar cabos sueltos y parece que todo se ha dispuesto según el orden preestablecido. Nadie que conozca vuelve igual. "¿Estaré vivo?", "¿Habrá resultado bien la operación?", te preguntas al renacer tu conciencia convencional. R se hacía también estas preguntas y a pesar de todo le resultaban sumamente absurdas.

Las últimas sensaciones que tuviste boca arriba R, mi querido R, con esas aparatosas luminarias y los doctores comentando banalidades con las arsenaleras mientras el chorro fogoso del anestésico fluía desde tu antebrazo derecho hacia tu cerebro, te inducían a desfigurar el pabellón, tornando su apariencia en la de una sofisticada nave espacial. Con placer te despedías del mundo, R; no sabías si era evolución o involución el salto, el designio que ahora te tocaba; ahora tu conciencia fundía a blanco y tú parecías feliz…









domingo, noviembre 25, 2007

"El retorno de Greg", de Juan Carlos Villavicencio



Script, Actuación, Iluminación, Maquillaje, Música, Producción y Dirección de Greg Ostin


Basado en una idea original de Greg Ostin para la Televisión

Monólogo de Greg Ostin



Fragmento



Lo que ustedes ven es apenas el asomo del fin, de mi extenso vía crucis a través del abandono y el olvido al que he sido relegado. Tuve que llegar a pensar y a transformarme en lo que soy. ‘¿Cómo puede un actor desempleado conseguir un par de monedas?’, me pregunté muy, pero muy pensativo. Y tuve que hacer lo que tenía y debía hacer para poder sobrevivir.

Me paré bajo los semáforos y mientras algunos ‘colegas’ hacían de bufones al pueblo, Greg Ostin mostraba gratis su hermoso rostro, esperando los vítores, los tacos, algún grupo de nenas gritando por mí, los continuos bocinazos, los ataques de histeria, los helicópteros, otro grupo de nenas gritando por mí, las luces, las cámaras... y nada... la gente se iba y no volteaba a verme –¡Yo sé que ellos sí que me miraban!–.... pero sólo el silencio interrumpido por el burlesco canto de los grillos hacia mí y el pasar de esas tristes bolas de pasto seco empujadas por el viento del oeste... ¡Ja! ‘Pasto seco’... Así le decían al Cantinero Mayor, porque prendía al tiro... ‘¡Oh, Greg! La necesidad tiene cara de Dios’, te escuché decir... a mí.

Lo segundo que se me ocurrió lastimó más mi orgullo que mi piel. Decidí pedirle a alguna amiga de la noche sus cosméticos para pintar y ocultar mi hermoso rostro. ¡Oh, 'Yisas', no me castigues por ocultar una de tus más preciadas creaciones!

Hay una verdad irreductible: para ser mimo hay que quedarse callado. ¡Y yo no puedo, no puedo evitar decir lo que siento, piropear a una hermosa mujer caminando o dar un consejo a alguna ovejita perdida que se esmera en evadir la importancia de caminar seduciendo, sintiendo el oscuro aire de esta ciudad llenando los pulmones...

Además... no sé si habrán notado que soy albino. ¿Han visto alguna vez algún mimo albino? ¡No hay, no hay! ¿Y por qué? Porque un mimo albino se vería ridículo... jamás había visto tantos niños llorando a mi alrededor, mientras sus mamis trataban de calmarlos asegurándoles que no era un alma en pena, que era el fantasmita Gasparín. Por favor... nada menos seductor que esa caricatura asexuada... qué tristeza...

Ridiculizado de tal manera hostil, pensé en no volver a rebajarme y apostar a algo digno de mi altura. Y digo ‘digno de mi altura’ en el más evidente sentido de la palabra. Le propuse a ese franchute distraído en 5 cartas que nunca contestó que no era una niñita gigante lo que esta ciudad necesitaba. ¡Yo debía haber sido el modelo, y una representación gigante de mí debería haber caminado las calles buscando a una muñeca que personalice a todas las gatitas hermosas que aún no se han encontrado con alguien digno de su pasión! Sí... debió haber sido Greg quien estuviera ahí... (Más silencioso, más introvertido, más apenado o perdido) Sí... debió haber sido Greg quien estuviera ahí...

Lo peor de todo fue cuando sentí que lo único que podría salvarme era llegar a vender mi propio cuerpo. La escena es oscura y ya he preferido reprimir la mayoría de los detalles. (Greg juega con el asco) Les diré que recuerdo su pelada, la flacidez de su gordura, la ausencia de vellos en su cuerpo y su pequeño pene erecto apuntándome sin pudor... Apenas rozó mi virgen barba blanca con su regordeta mano pude apreciar entre los pliegues de su cuello UN CRUCIFIJO CON LA FIGURA DE NUESTRO SEÑOR. ¡Y fue ahí cuando recordé la falsía de los que hablan en su nombre y no son más que rastreros seguidores de Belcebú! (Greg aquí no se ríe). Y emprendí mi camino de retorno olvidando la oscuridad de la caverna en que yacía..



2007


sábado, noviembre 24, 2007

“Sobre las explosiones del 9-11”, de Noam Chomsky






Los ataques terroristas del 9-11 fueron atrocidades mayores. En escala puede que no hayan alcanzado el nivel de muchos otros, por ejemplo, y sin ir más lejos, los bombardeos de Bill Clinton en Sudán sin pretexto creíble, destruyendo sus suministros farmacéuticos y matando un número desconocido de personas (nadie lo sabe, por que los E.E.U.U. han bloqueado una investigación en la ONU y a nadie le interesa andar tras ésta). Para no hablar de casos peores, que fácilmente vienen a mi mente. Pero que este fue un crimen horrendo, no hay dudas. Las víctimas primarias, como de costumbre, fueron trabajadores: empleados de limpieza, secretarias, bomberos, etc. Esto probablemente llevará a un aplastante golpe a los Palestinos y otros pobres y oprimidos. Esto también llevará seguramente a instaurar controles más brutales de seguridad, con muchas posibles ramificaciones en minar las libertades civiles y la libertad interna.

Los eventos revelan, dramáticamente, la idiotez del proyecto de "defensa misilística". Como ha sido obvio desde un principio, y apuntado repetidamente por analistas estratégicos, si alguien quiere causar inmensos daños en los E.E.U.U., incluyendo el uso de armas de destrucción masiva, es elevadamente improbable activar un ataque misilístico, y de esta forma garantizar su inmediata destrucción. Hay innumerables modos más fáciles que son básicamente imparables. Pero los acontecimientos de hoy (9-11) serán muy probablemente, explotados para incrementar la presión para desarrollar estos sistemas y emplazarlos. La "Defensa" es una delgada cubierta para los planes de militarizar el espacio, y con buena propaganda, incluso los argumentos más débiles acarrearán algún peso entre un público atemorizado.

En resumen, el crimen es un obsequio para la derecha patriotera más dura, aquellos que esperan cualquier ocasión para usar la fuerza con tal de controlar sus dominios. Lo que da paso a las acciones conocidas de E.E.U.U., que desencadenarán posiblemente más ataques como éste, o aún peores. Las perspectivas por delante son incluso más funestas de lo que parecían ser antes de estas atrocidades.

Sobre cómo reaccionar, tenemos una opción. Podemos expresar un justificado horror; podemos buscar entender qué ha llevado al acto, lo que significa hacer un esfuerzo por entrar en las mentes de los posibles autores. Si elegimos esto último, no podemos hacer nada mejor que, pienso, escuchar las palabras de Robert Fisk, cuyo conocimiento directo y penetración en los asuntos de la región no tiene precedentes luego de varios años de una distinguida denuncia. Fisk narra "la perversidad y la pavorosa crueldad para con el pueblo oprimido y humillado”; escribe que "ésta no es la guerra de la democracia contra el terror sobre la cual el mundo se preguntará si es partidario en los días próximos. Esto es también acerca de los misiles norteamericanos, o israelíes que es lo mismo, haciendo pedazos las casas Palestinas, y de los helicópteros norteamericanos disparando misiles dentro de una ambulancia Libanesa en 1996, y de los bombardeos norteamericanos contra un pueblo llamado Qana, y acerca de una milicia Libanesa ­ pagada y uniformada por Israel, el secuaz norteamericano en la región,­ irrumpiendo y violando y asesinando a su antojo a través de los campos de refugiados".

Una vez más tenemos una opción: intentamos comprender, o nos negamos a esto, contribuyendo a posibilitar mentiras aún peores que quedan por delante.








viernes, noviembre 23, 2007

"Me llamarán Asesino", de Orham Pamuk

Capítulo 4




Si me hubieran dicho que iba a quitarle la vida a alguien, incluso en el instante inmediatamente anterior a matar a ese imbécil, no me lo habría creído. Por eso, lo que hice a veces me parece tan lejano de mí como un galeón extranjero que se pierde en el horizonte. También a veces me siento como si no hubiera cometido ningún asesinato. Han pasado cuatro días desde que maté sin la menor intención a mi pobre hermano Donoso y ya me he acostumbrado un poco al hecho.

Me habría gustado poder solucionar la catástrofe que me había caído encima de repente sin tener que matar a nadie, pero comprendí de inmediato que no había otra solución. Lo resolví allí mismo, asumí toda la responsabilidad. No permití que se pusiera en peligro a toda la comunidad de ilustradores a causa de las calumnias de un inconsciente.

No obstante, es difícil acostumbrarse al hecho de ser un asesino. Me resulta imposible permanecer tranquilo en casa, salgo a la calle pero tampoco puedo quedarme allí, camino hasta otra y luego hasta la siguiente y al mirar las caras de la gente veo que muchos se creen inocentes sólo porque no han tenido la oportunidad de cometer un asesinato. Resulta difícil creer que la mayoría de la gente sea más moral o mejor que yo sólo por una pequeña cuestión de azar y de destino. Como mucho, el no haber cometido todavía un crimen les da un aspecto más bobo y, como todos los bobos, parecen bienintencionados. Me bastaron cuatro días paseando por las calles de Estambul después de matar a ese pobrecillo para comprender que cualquiera con un brillo de inteligencia en la mirada o la sombra de su espíritu reflejándose en su rostro era un asesino en secreto.

Sólo los bobos son inocentes.

Por ejemplo, esta noche. Estaba en un café en una callejuela detrás del mercado de esclavos dedicado a calentarme con mi café y a mirar la imagen de un perro que había en la parte de atrás riéndome con lo que contaba como todos los demás, cuando me poseyó la sensación de que el tipo que se sentaba a mi lado era un asesino, como yo. Él también se reía con lo que contaba el narrador, pero quizá fuera porque su brazo estaba fraternalmente junto al mío o por la agitación nerviosa de sus dedos sosteniendo la taza, no lo sé, el caso es que decidí que se trataba de alguien de mi calaña y me volví de repente y le miré fijamente a la cara. Se asustó al instante y pareció presa de la confusión. Cuando la gente ya se iba, un conocido le cogió del brazo y le dijo:
—La gente del maestro Nusret no tardará en atacar esto.

El otro le ordenó silencio con la mirada y un movimiento de las cejas. Su miedo se me contagió. Nadie confía en nadie, todo el mundo espera alguna bajeza del prójimo.

El tiempo había refrescado mucho más y la nieve había cuajado bastante elevándose en las esquinas y al pie de los muros. En la negra oscuridad mi cuerpo sólo podía encontrar su camino a tientas por las estrechas calles. A veces se filtraba al exterior la pálida luz de algún candil todavía encendido en algún lugar en el interior de casas de postigos bien cerrados y ventanas cubiertas con maderas negras y se reflejaba en la nieve, pero en general no había la menor luz, no veía nada y sólo podía orientarme prestando atención a los golpes que los serenos daban con sus bastones en los adoquines, a los aullidos de enloquecidas manadas de perros y a los gemidos que surgían de las casas. A veces, en mitad de la noche, las estrechas y terribles calles de la ciudad se iluminaban con una luz prodigiosa que parecía surgir de la misma nieve y yo creía ver en la oscuridad, entre los escombros y los árboles, los fantasmas que han convertido Estambul en una ciudad funesta desde hace siglos. A veces surgía de las casas el ruido de sus infelices habitantes, o tosían sin cesar, o se sorbían los mocos, o chillaban gimiendo en sueños, o maridos y mujeres intentaban estrangularse mientras sus hijos lloraban a su lado.

Había ido a ese café un par de noches para entretenerme escuchando al cuentista y para recordar lo feliz que era antes de convertirme en asesino. La mayoría de mis hermanos ilustradores, con los que me he pasado la vida, va todas las noches. Pero desde que me he cargado a ese imbécil con el que pintaba desde que éramos niños ya no quiero ver a ninguno de ellos. Hay muchas cosas que me avergüenzan en las vidas de mis hermanos, que no pueden estar sin verse ni sobrevivir sin sus cotilleos, y en el ambiente de diversión infame de este lugar. Incluso le hice un par de pinturas al cuentista para que no pensara que le miraba por encima del hombro y me hiciera blanco de sus pullas, pero no creo que eso baste para refrenar su envidia.

Tienen razón en sentir envidia. Nadie supera mi maestría mezclando colores, trazando márgenes, en la composición de la página, en la selección de temas, en dibujar rostros, en situar multitudinarias escenas de guerra y caza, en representar animales, sultanes, bajeles, caballos, guerreros y amantes, en verter en la pintura la poesía del alma, e, incluso, en los dorados. No os lo cuento por presumir, sino para que me comprendáis. Con el tiempo la envidia se convierte en un elemento tan imprescindible de la vida de un maestro ilustrador como la pintura.

A veces, a mitad de una de mis caminatas, que se van alargando a causa de mi inquietud, mi mirada se cruza con la de algún correligionario puro e inocente y de repente se me ocurre una extraña idea: si en ese momento pensara que soy un asesino, el otro podría leérmelo en la cara.

Y así me obligo rápidamente a pensar en otras cosas; de la misma manera que en los años de mi primera juventud me esforzaba en no pensar en mujeres mientras rezaba retorciéndome de vergüenza. Pero al contrario de lo que ocurría en aquellas crisis de adolescencia en que no me era posible apartar de mi cabeza la idea de la copulación, ahora puedo olvidar el crimen que he cometido.

Sin duda comprendéis que os cuento todo esto porque tiene que ver con mi situación actual. Basta con que una cosa se me pase por la cabeza para que lo entendáis todo. Eso me libra de ser un asesino sin nombre ni identidad que camina entre vosotros como un fantasma y me hace caer en la categoría del criminal vulgar convicto, confeso y reconocido que va a ser decapitado. Permitidme que no lo piense todo; que me guarde algo para mí. Que intenten descubrir quién soy a partir de mis palabras y mis colores de la misma manera que gente tan aguda como vosotros sigue las huellas del ladrón para encontrarlo. Y eso nos trae a la cuestión del estilo, tan en boga en estos días. ¿Tiene el ilustrador unas formas personales, un color o una voz propios? ¿Debería tenerlos?

Tomemos, por ejemplo, una pintura de Behzat, maestro de los maestros, santo patrón de los ilustradores. Esta maravilla, que tan bien se adecua a mi situación puesto que se trata de una escena de asesinato, me la encontré entre las páginas de un libro perfecto de hace noventa años a la manera de Herat en el que se narra la historia de Hüsrev y Sirin y que surgió de la biblioteca de un príncipe persa asesinado durante una despiadada lucha por el trono. Ya sabéis cómo termina la historia de Hüsrev y Sirin; quiero decir, no según la versión de Firdausi sino la de Nizami:

Los dos amantes se casan tras múltiples y tempestuosas aventuras, pero el joven Siruye, el hijo de Hüsrev con su anterior esposa, es un auténtico demonio y no les deja tranquilos. Este príncipe tiene la mirada puesta en el trono de su padre y en su joven esposa, Sirin. Siruye, del que Nizami dice que «su boca apestaba como la de los leones», encuentra la manera de encerrar a su padre y ocupar el trono. Una noche entra en la habitación en la que su padre duerme con Sirin, los encuentra acostados tanteando en la oscuridad y le clava a su padre un puñal en las entrañas. La sangre de su padre fluirá hasta el amanecer y por fin morirá en la cama que compartía con la hermosa Sirin, que dormía pacíficamente a su lado.

La ilustración del gran maestro Behzat, como la propia historia en sí, ahonda en un miedo real que llevo en mi corazón desde hace años: ¡El horror de despertarme en la oscuridad a medianoche y descubrir que hay alguien más haciendo crujir las maderas del suelo en esa habitación en la que es imposible ver! Pensad que ese otro tiene un puñal en una mano y que con la otra os aprieta la garganta. Las paredes delicadamente decoradas de la habitación, la ornamentación de la ventana y el marco, las curvas y los arabescos de la alfombra roja, del mismo color del grito ahogado que brota de vuestra garganta presa, y las flores amarillas y moradas, bordadas con una delicadeza y una alegría increíbles, del edredón que vuestro asesino pisa despiadadamente con su pie desnudo y repugnante, todos esos detalles sirven para el mismo propósito: por un lado acentúan la belleza de la pintura que estáis observando y por otro os recuerdan qué lugares tan hermosos son la habitación en la que estáis muriendo y el mundo que estáis viéndoos obligados a abandonar. Y observando la ilustración os dais cuenta de que el significado fundamental es la completa indiferencia de la belleza de la pintura y el mundo ante vuestra muerte y el hecho de que cuando morís estáis completamente solos aunque vuestra esposa esté junto a vosotros.

—Es de Behzat —me dijo hace veinte años un anciano maestro que miraba conmigo el libro que yo sostenía en mis temblorosas manos. Su rostro estaba iluminado, no por la luz de la vela que teníamos junto a nosotros, sino por el placer que le producía lo que observaba—. Es tan de Behzat que no necesita firma.

Y como Behzat lo sabía, ni siquiera firmó en un rincón escondido de la ilustración. Según el anciano maestro tras aquella actitud de Behzat se ocultaban el pundonor y la dignidad. La verdadera maestría y habilidad consisten en pintar una maravilla inigualable y no dejar el menor rastro que permita reconocer la identidad del ilustrador.

Temiendo por mi propia vida, maté a mi pobre víctima con un estilo que encuentro vulgar y grosero. Cada vez que vengo a este solar incendiado para investigar si he dejado atrás cualquier huella personal de mi obra que pueda denunciarme, las cuestiones de estilo comienzan a hacerme perder la cabeza cada vez más. Esa cosa llamada estilo sobre la que tanto insisten es sólo un error que nos conduce a dejar un rastro personal.

Incluso sin la claridad de la nieve que ha caído, podría encontrar el sitio: éste es el lugar asolado por un incendio donde maté a mi compañero desde hace veinticinco años. La nieve ha cubierto y eliminado todas las huellas que pudieran haber sido consideradas como mi firma. Esto demuestra que Dios está de acuerdo con Behzat y conmigo en lo que respecta al estilo y a la firma. Si ilustrando el libro hubiéramos cometido un pecado imperdonable, aunque fuera sin darnos cuenta, como sostenía ese estúpido hace cuatro noches, Dios no nos hubiera mostrado tanto amor a nosotros, los ilustradores.

Esa noche, cuando Maese Donoso y yo llegamos al solar, todavía no nevaba. Escuchamos aullidos de perros que nos llegaban produciendo eco en la distancia.

—¿Para qué hemos venido aquí? —me preguntaba el pobrecillo—. ¿Qué es lo que quieres enseñarme aquí a estas horas?
—Allí hay un pozo y doce pasos más allá está enterrado el dinero que llevo años ahorrando —le dije—. Si no le dices a nadie lo que te he contado, tanto el señor Tío como yo sabremos recompensarte.
—Así que admites que sabías desde el principio lo que estabas haciendo... —replicó agitado.
—Sí —le mentí por pura desesperación.
—¿Sabes que la pintura que estáis haciendo es un gran pecado? —dijo inocentemente—.

Una blasfemia a la que nadie se atrevería, una herejía. Arderéis en el fondo del Infierno.

Vuestro sufrimiento y vuestro dolor nunca disminuirán. Y me habéis hecho vuestro cómplice.

Escuchando aquellas palabras comprendía horrorizado que mucha gente le creería. ¿Por qué? Porque sus palabras tenían una fuerza y una atracción tales que uno, inevitablemente, se sentía interesado y quería que resultasen ciertas sobre otros miserables que no fueran uno mismo. De hecho, habían surgido muchos rumores de ese tipo sobre el señor Tío debido al secreto del libro que había encargado y al dinero que estaba pagando. Y además el Gran Ilustrador, el Maestro Osman, lo odiaba. Pensé también que quizá la calumnia de mi compañero iluminador se basara astutamente y a sabiendas sobre aquellos hechos. ¿Hasta qué punto era sincero?

Le hice repetir las acusaciones que nos habían enfrentado. Y no se anduvo precisamente con rodeos. Era como si me invitara a cubrirle con una excusa como hacíamos en los años que habíamos pasado juntos de aprendices para protegernos de las bofetadas del Maestro Osman. En aquellos tiempos encontraba verosímil su sinceridad. Abría enormemente los ojos, como cuando era aprendiz, pero por aquel entonces todavía no se le habían empequeñecido a fuerza de dorar pinturas. Pero no quise sentir el menor afecto por él porque estaba dispuesto a contarlo todo.

—Mira —le dije con un aire artificial de descaro—. Nosotros iluminamos, encontramos ornamentos para los márgenes, trazamos líneas, adornamos las páginas con brillante pan de oro de mil colores, hacemos las mejores pinturas, alegramos armarios y cajas. Llevamos años haciéndolo. Es nuestro trabajo. Nos encargan pinturas, nos dicen «coloca en este recuadro un barco, una gacela, un sultán, que los pájaros sean así y los hombres asá, pon tal escena de la historia y no tal otra», y nosotros lo hacemos. Mira, en esta ocasión el señor Tío me dijo: «Pinta ahí un caballo como te apetezca». Y, como los grandes maestros de antaño, dibujé cientos de caballos para poder llegar a comprender cómo era el dibujo de un caballo como me apeteciera —le mostré una serie de caballos que había dibujado en basto papel de Samarcanda para que mi mano se acostumbrara. Interesado, tomó el papel y, acercándoselo a los ojos, comenzó a examinar a la pálida luz de la luna los caballos en blanco y negro—. Los antiguos maestros de Shiraz y Herat —proseguí— decían que para que un ilustrador pudiera dibujar un verdadero caballo, tal y como Dios lo ve y lo desea, debería estar cincuenta años trabajando en ello sin parar y añadían que, de hecho, la mejor imagen de un caballo sería aquella que se dibujara en la oscuridad. Porque un ilustrador de verdad acabaría por quedarse ciego a fuerza de trabajar durante cincuenta años pero su mano memorizaría el caballo.

Su mirada, la misma mirada de inocencia que yo había visto en su rostro durante nuestra lejana infancia, estaba absorta en los caballos que había dibujado.

—Nos lo encargan y nosotros intentamos pintar el caballo más misterioso y más inigualable, tal y como hacían los viejos maestros. Y eso es todo. Es injusto que pretendan hacernos responsables de lo que nos encargan.
—No estoy seguro de que eso sea del todo cierto —me respondió—. Nosotros también tenemos nuestras responsabilidades y nuestra propia voluntad. No temo a nadie sino a Dios.

Y Él nos ha dado la razón para que distingamos lo bueno de lo malo.

Una respuesta muy adecuada.

—Dios todo lo sabe y lo ve... —le dije en árabe—.

Y comprenderá que tú y yo, que nosotros hemos hecho este trabajo sin saber lo que hacíamos. ¿A quién vas a denunciar al señor Tío? ¿O es que no te supones que detrás de todo este asunto está la voluntad de Nuestro Señor el Sultán?

Guardó silencio.

Pensé: ¿De veras tenía tan poco seso o es que había perdido su sangre fría y decía tonterías debido a un sincero temor de Dios?

Nos detuvimos junto al pozo. Por un momento me pareció ver sus ojos en la oscuridad y comprendí que tenía miedo. Me dio pena. Pero la flecha ya había salido del arco. Recé a Dios para que me probara una vez más que el hombre que tenía ante mí no sólo era un cobarde estúpido, sino además una auténtica maldición.

—Cuenta doce pasos a partir de aquí y empieza a cavar —le dije.
—¿Y luego qué vais a hacer?
—Se lo diré al señor Tío y quemará las pinturas. ¿Qué otra cosa podemos hacer? Si cualquiera de los seguidores del Maestro Nusret de Erzurum se entera de lo que hemos hablado, ni nos dejarán que sigamos con vida ni permitirán que el taller siga en pie. ¿No conoces a ninguno? Ahora, acepta el dinero para que así sepamos que no nos vas a denunciar.
—¿Dentro de qué está el dinero?
—Hay setenta y cinco piezas de oro venecianas dentro de una vieja vasija de encurtidos.

Entiendo lo de los ducados venecianos, pero ¿cómo se me ocurrió eso de la vasija de encurtidos? Era tan estúpido que resultó convincente. Y así comprendí una vez más que Dios estaba conmigo, porque mi compañero de aprendizaje, cada año que pasaba más codicioso, ya había comenzado a contar animado los doce pasos en la dirección que le había indicado.

En aquel momento yo tenía dos cosas en la cabeza. ¡Bajo tierra no hay oro veneciano ni nada que se le parezca! ¡Si no le doy dinero este imbécil desgraciado va a acabar con nosotros! Por un instante me apeteció abrazarle y besarle como a veces hacía cuando era aprendiz. ¡Pero los años nos habían separado tanto! Me obsesionaba la idea de cómo cavaría. ¿Con las uñas? Pensar en todo aquello, si es que a eso se le puede llamar pensar, duró apenas un parpadeo como mucho.

Agarré nervioso con las dos manos la roca que había junto al pozo. Le alcancé cuando todavía iba por el séptimo u octavo paso y la hice caer con todas mis fuerzas contra la parte posterior de su cabeza. La piedra le dio con tanta velocidad y dureza que por un instante vacilé como si hubiera sido mi cabeza la que había golpeado, incluso sentí dolor.

Pero en lugar de preocuparme por lo que había hecho, quería acabar cuanto antes lo que había empezado. Porque había empezado a retorcerse de tal manera en el suelo que, inevitablemente, daba miedo.

Sólo mucho después de tirarle al pozo fui capaz de pensar que en lo que había hecho existía un aspecto grosero que no se correspondía en absoluto con la delicadeza que cabe esperar de un ilustrador.




En Me llamo Rojo, 1998 .




jueves, noviembre 22, 2007

“Muestro la violencia tal y como es”. Entrevista a David Cronenberg, de José María Aresté

Extracto





David Cronenberg es un director al que le gusta hablar de su trabajo. Afable, sus ojos claros brillan con un fulgor indefinible, como si estuviera pensando en crear nuevas y truculentas historias. Cuando le comentas que la violencia parece ser parte esencial en su cine se revuelve afirmando que sus historias son mucho más que eso.



L
a violencia es una constante en su filmografía. ¿Por qué tanto interés en el tema?
No lo veo como el elemento fundamental de mis películas. Igualmente se podría decir que el tema de muchos de mis títulos gira en torno a la identidad. Así que yo no lo veo así. Reconozco que soy director y no novelista. Entonces el concepto es la esencia del drama, y la violencia es una cosa muy natural. Y es muy natural que un director quiera reflejar esa violencia en sus películas, entonces cuando retrato la violencia es normal que salga mi filosofía de la violencia. La cosa más fundamental es la parte humana, la fisicidad: nosotros somos nuestros cuerpos, y así es como muestro la violencia. Viendo la influencia que tiene en nuestros cuerpos. Es algo que me tomo muy en serio y puede que sea por eso por lo que la gente habla sobre la violencia. Porque la enseño como es, una cosa muy seria.

¿Cómo rueda las escenas violentas? ¿Están así en el guión o se van improvisando durante el rodaje?
No se pude improvisar una escena así. Hay que tenerlo todo muy planeado y controlado, entre otras cosas, porque son escenas peligrosas. Por ejemplo, en una parte de Una historia violenta, Viggo estaba desnudo y los cuchillos, aunque no estaban muy afilados, no dejaban de ser cuchillos. Así que había que tener mucho cuidado. En el guión ponía que entraban dos hombres con cuchillos y que había pelea. Fin de la historia. Luego toca trabajar junto al equipo de producción y los actores para preparar la secuencia. No se debe dejar nada a la improvisación.

¿No teme que una violencia tan cruda pueda provocar rechazo?
Desde luego es un riesgo, pero en una película tú estableces un cierto nivel de realidad. Entonces tienes que cumplir durante toda la cinta con ese nivel. Creo que el público va al cine para vivir otra vida a través de una película. Entonces, quien quiera ver la vida de Nikolai, por ejemplo, tiene que saber que ésa es la violencia que tiene. Así es como vive. Y así como creo que esta opción puede hacer que se pierda a una parte del público, también consigues que te respete otra, la que valora que no hayas girado la cámara en el último momento. Muestro la violencia tal y como es.

Aunque ha hablado antes de la fisicidad y de los cuerpos, también trabaja el interior de los personajes.
Cuando ves a un actor, ves su cuerpo, que es su instrumento de trabajo. Y si no tienes cuerpo, tampoco tienes vida interior. Yo, como director, no puedo fotografiar la vida interior, así que tengo que enseñar la representación física, la persona. Lo que hay dentro es algo que viene a través de la escritura del guión y de la interpretación de los actores. Eso es lo que da la sensación de vida interior.

Normalmente escribe y dirige sus películas, algo que no sucede muy seguido. ¿Qué vio en el guión que le animó a involucrarse en el proyecto?
Yo he hecho de todo. He escrito guiones solo, en colaboración con otras personas, he adaptado novelas, obras de teatro, etc. Y cada cosa tiene ventajas de las que disfrutar. Mis tres últimas películas han sido guiones de otras personas. En este caso en particular, encontré unos personajes maravillosos, unas localizaciones increíbles, y una historia muy interesante sobre personas de Europa del Este que viven en otros países e intentan mantener su propia identidad.

¿Cómo afronta la producción de la versión operística de La mosca?
No muy bien (risas). De momento no le puedo contestar, porque no lo sé. No he empezado todavía. Es algo muy interesante la idea de asustarse a uno mismo, porque voy a hacer algo que es totalmente nuevo para mí. Es precisamente eso lo que me atrae, aunque la ópera es el medio de los compositores y no el de los directores. Howard Shore, que ha hecho la música para casi todas mis películas, también ha compuesto la partitura para la ópera, y el libreto ya está escrito, así que se puede decir, que la mayoría del trabajo ya lo han hecho otras personas. Aún así, tengo muchas ganas de empezar.

Ahora que se hace mayor, ¿cómo afecta eso a su carrera?
Todo lo que me ha ocurrido durante mi vida me ha influido. Por ejemplo, me casé, tuve hijos, ahora tengo un nieto. Mi cine es muy personal, por lo que le afecta cómo he vivido mi vida. La vida es un crisol, y cada película toma una faceta de ese crisol. Hace veinte años, por ejemplo, habría hecho de una forma distinta Promesas del Este, porque ahora sé más de cine y de la vida.







Octubre 2007








miércoles, noviembre 21, 2007

"Acuario", de Sergio Hernández





Mi infancia es un acuario inaccesible
un ebrio país de trompos y palomas
al que es preciso llegar con traje blanco
en una mañana azul
de sol volcado
yo no daría ya con los caminos
pero recuerdo algunas cosas
bandas de circo
en tardes de novena
noches de riñas y cansancios
dando conmigo en un desfondado sueño
sin contorno
cuando pasaba el regimiento
abandonaba mis juguetes rotos
y era mi corazón
todo mi cuerpo
después
vino la bruma en espirales
un día
mi madre y los guijarros
dieron un seco ruido de infinito
el tiempo frente a mí empuñó las manos
Soltó pájaros negros en mis ojos
y un trozo de sol
cayó entre los labios
La tarde es un sollozo contenido
mi infancia
es un acuario





martes, noviembre 20, 2007

“Coltrane sobre el escenario”, de Carlos Almonte





La ciudad se observa a mil kilómetros, al comienzo de una tímida ascensión. Son parajes destruidos por la guerra y, cada tanto, se adivina el esqueleto de una orquesta saltando las trincheras, los arbustos, los espinos; emitiendo ese pulsar eterno y el golpear de los martillos, herrerías y fábricas de acero. Resultados de una búsqueda anterior, cada uno corre por su lado, sobre un escenario, eremitas y zapatos destrozados. El primero transita los pasillos, los demás intentan lo imposible por mostrarse insatisfechos; pero aún aquella noche, y sus apuros, los presiona a terminar el acto. Cinco hombres rasgan vestiduras y los clavos moreteados sobre el antebrazo. Cinco adictos esperan por más dosis: heroína, saxofón y jazz. Un caballo ornamentado relincha en las inmediaciones.

Recorre un automóvil la distancia, la campiña inglesa, los castillos y los eruditos que se encierran a estudiar más fórmulas y genocidios, la imaginación que vuela y en el intertanto el aire se hace menos atractivo. Docenas de israeles asesinan palestinos, como siempre, hijo-putas asesinos y en los diarios aparecen como víctimas... Nada nuevo, clama el viejo Borges, más aún si eres dueño de esos artefactos que propagan las mentiras.

Cuatro aguas que provienen de rincones ignorados, dúctiles favores inculcados a los niños que aún no dejan de beber; los senos prolongados, extenuados y esa dicha insana de seguir con el proceso, ahuyentando y hacinando, lo mismo que alemanes más al sur de La Cuajada. Decadentes creaciones que intentaron, sin embargo ya no ríen, menos cantan, hacia el frío singular de una taberna que de a poco va siendo abandonada. Frente al caos y el alcohol, el free jazz insiste.

Coltrane intenta dominar su maestría y en la sombra última y fugaz, los demás consiguen trasladar su paso fulminante. Vamos como el cuervo, desgreñando tiburones y lascivias -mientras los del fondo apagan cigarrillos y otras hierbas-, merodeando callejones y sonidos que coinciden, la voz de los metales y las cuerdas rompen filas para refugiarse junto al orden inicial: la estabilidad, la armonía, un-acorde-un-om que escurre al finalizar las aves cacerías, tripas sueltas junto a lumbres asfixiadas. Suenan vasos que chocan entre sí, la cerveza, el bourbon y el tequila moja cuerpos y el vigor extenso de quienes bajan o descienden, otra vez, del escenario hacia la cárcava.

La mujer que me acompaña dice algo que no entiendo y sin embargo río, porque ya no está, porque ya no hay nada.










en Alicia en el infierno, 2005