sábado, julio 14, 2007

"Cartas a un joven poeta", de Rainer Maria Rilke

Primera carta


París, a 17 de febrero de 1903.

Muy distinguido señor:

Hace sólo pocos días que me alcanzó su carta, por cuya grande y afectuosa confianza quiero darle las gracias. Sabré apenas hacer algo más. No puedo entrar en minuciosas consideraciones sobre la índole de sus versos, porque me es del todo ajena cualquier intención de crítica. Y es que, para tomar contacto con una obra de arte, nada, en efecto, resulta menos acertado que el lenguaje crítico, en el cual todo se reduce siempre a unos equívocos más o menos felices.

Las cosas no son todas tan comprensibles ni tan fáciles de expresar como generalmente se nos quisiera hacer creer. La mayor parte de los acontecimientos son inexpresables; suceden dentro de un recinto que nunca holló palabra alguna. Y más inexpresables que cualquier otra cosa son las obras de arte: seres llenos de misterio, cuya vida, junto a la nuestra que pasa y muere, perdura.

Dicho esto, sólo queda por añadir que sus versos no tienen aún carácter propio, pero sí unos brotes quedos y recatados que despuntan ya, iniciando algo personal. Donde más claramente lo percibo es en el último poema: "Mi alma". Ahí hay algo propio que ansía manifestarse; anhelando cobrar voz y forma y melodía. Y en los bellos versos "A Leopardi" parece brotar cierta afinidad con ese hombre tan grande, tan solitario. Aun así, sus poemas no son todavía nada original, nada independiente. No lo es tampoco el último, ni el que dedica a Leopardi. La bondadosa carta que los acompaña no deja de explicarme algunas deficiencias que percibí al leer sus versos, sin que, con todo, pudiera señalarlas, dando a cada una el nombre que le corresponda.

Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí, como antes lo preguntó a otras personas. Envía sus versos a las revistas literarias, los compara con otros versos, y siente inquietud cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos poéticos. Pues bien –ya que me permite darle consejo- he de rogarle que renuncie a todo eso. Está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie... No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: "¿Debo yo escribir?". Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un "Si debo" firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso. Acérquese a la naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde. No escriba versos de amor, rehuya. Al principio, formas y temas demasiado corrientes: son los más difíciles. Pues se necesita una fuerza muy grande y muy madura, para poder dar de sí algo propio ahí donde existe ya multitud de buenos y, en parte, brillantes legados. Por esto, líbrese de los motivos de índole general. Recurra a los que cada día le ofrece su propia vida. Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que le rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo.

Si su diario vivir le parece pobre, no lo culpe a él. Acúsese a sí mismo de no ser bastante poeta para lograr descubrir y atraerse sus riquezas. Pues, para un espíritu creador, no hay pobreza. Ni hay tampoco lugar alguno que le parezca pobre o le sea indiferente. Y aun cuando usted se hallara en una cárcel, cuyas paredes no dejasen trascender hasta sus sentidos ninguno de los ruidos del mundo, ¿no le quedaría todavía su infancia, esa riqueza preciosa y regia, ese camarín que guarda los tesoros del recuerdo? Vuelva su atención hacia ella. Intente hacer resurgir las inmersas sensaciones de ese vasto pasado. Así verá como su personalidad se afirma, cómo se ensancha su soledad convirtiéndose en penumbrosa morada, mientras discurre muy lejos el estrépito de los demás. Y si de este volverse hacia dentro, si de este sumergirse en su propio mundo, brotan luego unos versos, entonces ya no se le ocurrirá preguntar a nadie si son buenos. Tampoco procurará que las revistas se interesen por sus trabajos. Pues verá en ellos su más preciada y natural riqueza: trozo y voz de su propia vida.

Una obra de arte es buena si ha nacido al impulso de una íntima necesidad. Precisamente en este su modo de engendrarse radica y estriba el único criterio válido para su enjuiciamiento: no hay ningún otro. Por eso, muy estimado señor, no he sabido darle otro consejo que éste: adentrarse en sí mismo y explorar las profundidades de donde mana su vida. En su venero hallará la respuesta cuando se pregunte si debe crear. Acéptela tal como suene. Sin tratar de buscarle varias y sutiles interpretaciones. Acaso resulte cierto que está llamado a ser poeta. Entonces cargue con este su destino; llévelo con su peso y su grandeza, sin preguntar nunca por el premio que pueda venir de fuera. Pues el hombre creador debe ser un mundo aparte, independiente, y hallarlo todo dentro de sí y en la naturaleza, a la que va unido.

Pero tal vez, aun después de haberse sumergido en sí mismo y en su soledad, tenga usted que renunciar a ser poeta. (Basta, como ya queda dicho, sentir que se podría seguir viviendo sin escribir, para no permitirse el intentarlo siquiera. Mas, aun así, este recogimiento que yo le pido no habrá sido inútil : en todo caso, su vida encontrará de ahí en adelante caminos propios. Que éstos sean buenos, ricos, amplios, es lo que yo le deseo más de cuanto puedan expresar mis palabras.

¿Qué más he de decirle? Me parece que ya todo queda debidamente recalcado. Al fin y al cabo, yo sólo he querido aconsejarle que se desenvuelva y se forme al impulso de su propio desarrollo. Al cual, por cierto, no podría causarle perturbación más violenta que la que sufriría si usted - se empeñase en mirar hacia fuera; esperando que del exterior llegue la respuesta a unas preguntas, que sólo su más íntimo sentir, en la más callada de sus horas, acierte quizás a contestar.

Fue para mí una gran alegría el hallar en su carta el nombre del profesor Horacek. Sigo guardando a este amable sabio una profunda veneración y una gratitud que perdurará por muchos años. Hágame el favor de expresarle estos sentimientos míos. Es prueba de gran bondad el que aun se acuerde de mi, y yo lo sé apreciar.

Le devuelvo los adjuntos versos, que usted me confió tan amablemente. Una vez más le doy las gracias por la magnitud y la cordialidad de su confianza. Mediante esta respuesta sincera y concienzuda, he intentado hacerme digno de ella: al menos un poco más digno de cuanto, como extraño, lo soy en realidad.

Con todo afecto y simpatía,

Rainer Maria Rilke.













viernes, julio 13, 2007

"Pánico y locura en Las Vegas", de Hunter S. Thompson

Fragmento





Los redactores deportivos me habían dado también trescientos dólares en metálico, la mayor parte de los cuales se había gastado ya en drogas extremadamente peligrosas. La maleta del coche parecía uno de esos laboratorios narcóticos móviles de la policía. Teníamos dos bolsas de hierba, setenta y cinco pastillas de mescalina, cinco hojas de papel secante con un poderosísimo ácido, un salero medio lleno de cocaína y toda una galaxia de excitantes, calmantes, gritantes, rientes de todos los colores... y también un cuarto de tequila, un cuarto de ron, una caja de Budweiser, una pinta de éter puro y dos docenas de amil.

Todo esto lo habíamos reunid0 la noche anterior en una alocada vuelta en coche a toda velocidad por Los Angeles -de Topanga a Watts recogimos todo aquello a lo que pudimos echar mano. No es que necesitáramos todo aquello para el viaje, pero es que una vez que te pones a coleccionar drogas en serio la tendencia es llevar la cosa tan lejos como puedas.









jueves, julio 12, 2007

«Cabo de Hornos», de Francisco Coloane






Las costas occidentales de la Tierra del Fuego se desgranan en numerosas islas, entre las cuales culebrean canales misteriosos que van a perderse allá en el fin del mundo, en «La Sepultura del Diablo».

Los marinos de todas las latitudes aseguran que allí, a una milla de ese trágico promontorio que apadrina el duelo constante de los dos océanos más grandes del mundo, en el cabo de Hornos, el diablo está fondeado con un par de toneladas de cadenas, que él arrastra, haciendo crujir sus grilletes en el fondo del mar en las noches tempestuosas y horrendas, cuando las aguas y las oscuras sombras parecen subir y bajar del cielo a esos abismos.

Hasta hace pocos años, sólo se aventuraban por esas regiones audaces nutrieros y cazadores de lobos, gentes de distintas razas, hombres corajudos que tenían el corazón nada más que como otro puño cerrado.

Algunos de estos hombres han quedado engarzados para toda la vida en esas islas. Otros, desconocidos, acorralados por el látigo del hambre que parece arrearlos de oriente a occidente, llegan de tarde en tarde a esas tierras inhospitalarias, donde pronto el viento y la nieve les machetean el alma, dejándoles sólo los filos con dureza de carámbano.

Al final de los canales existe un lugar de tenebroso renombre: el presidio de Ushuaia. De las sangrientas evasiones de presidiarios también han quedado regados por las islas, entre los indios a veces, hombres que han conquistado su libertad a tiro limpio y que no podrán asomar la cabeza por donde haya una luz de justicia.

Nada debe extrañar al hombre de esas tierras: que un barquichuelo se haga a la mar con cuatro marineros y regrese con tres; que un cúter haya desaparecido con toda su tripulación, etc. Nada debe extrañarle cuando las pieles y el oro son repartidos proporcionalmente entre los tripulante…

Al final de esos canales, cercana al cabo de Hornos, está situada la isla Sunstar.

Los dos únicos habitantes de la isla, Jackie y Peter, están sentados en el umbral del rancho en un inacabable anochecer de diciembre. El rancho es una construcción de dos piezas formadas con troncos rústicos, sobre cuyo techo los líquenes y musgos verde-amarillentos crecen como una tiesa sonrisa de esa naturaleza agreste hacia el cielo que, cargado de desgracias, deja caer sus nieves durante la mayor parte del año.

Los cazadores dicen que son hermanos, pero nadie sabe nada; ellos nunca lo han manifestado, como que no abren la boca sino para la violencia y para engullir.

Jackie tiene la faz impersonal y vaga de un recién nacido; de regular estatura, con un chispeante reflejo en los ojos sumidos en párpados sin pestañas, enrojecidos y tumefactos, parece a veces un gran feto o una foca rubia.

Peter es más interesante con sus rasgos de zorro, de felino hipócrita y cansado. A primera vista tiene una actitud apacible, pero en la cabeza de estopa asoleada hay unos mechones turbios, más oscuros, que advierten, sin saberse por qué, de algo sórdido y agresivo que se esconde en esa aparente mansedumbre.

Comentan que tienen algunas libras esterlinas guardadas y que están juntando más para irse a sus tierras... ¿A qué tierras? ¿De dónde han venido?…

Nadie sabe el origen de muchos hombres de esos lugares, nadie sabe a dónde van a ir a parar; si parecen emergidos de la tierra misma, de esas aguas raras y perdidas en el extremo del orbe.

Hablan una mezcla de español e inglés gutural. Su trato con los indios y la soledad les han hecho perder el don de hilvanar pensamientos y frases largas. Son entrecortados en su decir y difíciles de entender para los hombres un poco más civilizados que bajan desde Magallanes a buscar las codiciadas pieles.

Después de haber comido un poco de pescado se han sentado en la puerta, a descansar, en medio de la tarde que va cayendo con los más extraños reflejos del crepúsculo austral.

Al frente, las aguas del canal están tranquilas y profundas; en el fondo de las ensenadas, circundadas de robles, tienen un color más oscuro y parecen vagar sobre la tersa superficie vahos de negruras inquietantes.

El silencio es completo, estático y frío.

Jackie lanza un bostezo desde sus quijadas de foca, apoya la cabeza en la mano y mira una nevada montaña, a lo lejos, por detener los ojos en algo, más que por un lejano instinto hacia la belleza.

De pronto hace un movimiento inquieto y para la oreja en dirección a un ruido que advierte venir de la playa cercana. Primero es un chapoteo como el de una nutria que sale del mar trepando por los acantilados; después es un suave y tierno despegar de remos en el agua.

Por costumbre de cazador va a buscar un Winchester al interior de la choza y aguarda en medio de la puerta. Peter también se ha levantado en actitud de espera.

Al cabo de un rato, el mojado ruido cesa, y a poco se oye un abrir de malezas en el robledal que circunda, en parte, al rancho, y, ya no les cabe duda, alguien avanza entre los robles bajos y tupidos.

Entre hombre y hombre, nadie allí usa armas; Jackie, con desgano, deja el rifle detrás de la puerta.

Nadie usa armas, porque un cartucho vale una piel de lobo o de nutria; y cuando alguien quiere evitar el molesto reparto de los cueros, se elimina al socio abandonándolo en un peñasco solitario en medio del mar o basta con un pequeño empujón junto a la borda del celoso cúter, en una noche tranquila, mientras se navega.

Una mancha parda apareció entre el verde del ramaje, y un hombre echado hacia adelante, con la ropa desgarrada y empapada, avanzó al pequeño claro de pampa, como un animal apaleado surgido de una charca.

Los hermanos se miraron; el hombre se detuvo a unos pasos de ellos: alto, magro y noble a pesar de que en él todo estaba desvalido; renegridos los poblados bigotes y la barba. Levantó la cabeza, y con una extraña mirada de súplica, como si todo él se hubiera azotado contra el suelo, dijo:

—¡Un poco de comida!... ¡Vengo arrancando de Ushuaia!…

La voz salió rara, como si en todos los días de peripecias no la hubiera usado y ahora no tuviera timbre.

Peter, el de los mechones oscuros en la cabellera de lampazo, movió la cabeza negativamente y, con la mano levantada indicando el camino por donde el hombre había llegado, dijo tropezando en las palabras.

—¡Vamos!... ¡Andando!... ¡Lárgate!...

El hombre no rogó, sabía que estaba de más; y ya se disponía a volverse, cuando su vista se detuvo fijamente en un montón de cueros de lobeznos, estaqueados junto a las paredes de la choza.

Las pieles más codiciadas por los cazadores son las de lobos de dos pelos; pero los industriales europeos han imitado muy bien esta fina piel con los cueros de los lobitos de un pelo, muertos dentro de los ocho días de su nacimiento y descuerados antes de las veinticuatro horas de haberlos muerto.

Esas pieles se conocen con el nombre de «popis», y los compradores en Magallanes pagan a razón de cuarenta a cincuenta peniques por cada una.

La abundancia de lobos de un pelo en las regiones antárticas es enorme. La dificultad está en los inaccesibles lugares en que paren las lobas y la duración de la caza, que debe ser, como dijimos, dentro de los ocho días del nacimiento.

—¡Ustedes cazan «popis»!... —dijo el prófugo con algo en la cara que no alcanzó a ser sonrisa, y continuó:— Yo conozco una caverna, una enorme lobería donde abundan más «popis» de lo que se puede cazar.

La cara de Peter se ensanchó, y en los labios apareció una sonrisa, como el oscuro pantano que en alguna noche plateada se ilumina igual que la fuente.

—¡Pero, antes, un poco de comer!... ¡Estoy que me caigo de hambre!—siguió el prófugo.

—Primero dinos: ¿dónde está la lobería?—exclamó uno.

—¿Han oído ustedes hablar de La Pajarera?...

—¡Sí! Vaya una novedad, ya sabemos que en su interior hay una lobería y que nadie ha podido entrar en esa isla endiablada, porque la boca de la caverna está en pleno océano, llena de peñascos y rompientes.

—¡Eso es!...—dijo satisfecho el prófugo—. ¡Nadie ha entrado por ahí, pero donde hay pájaros hay lobos, y donde hay lobos, pescados!... Antes de salir mar afuera, en el recodo que tiene la isla en la mitad, allí donde nadan y juguetean las manadas de focas, hay una entrada oculta!…

—¡Vamos, quédese aquí! —sonrió Peter con su cara maligna.

El hombre comió un poco de pescado seco, restos de carne asada, y se acomodó para dormir sobre unos cueros, detrás de la mohosa y destartalada cocina.

Los gringos se echaron sobre sus camastros de toscas tablas de roble, apegados a la pared, que en esta parte estaba calafateada de estopa y pedazos de cueros podridos, para guarecerse del viento y de la nieve.

Volvió a reinar de nuevo el silencio. La noche austral afuera, quieta y helada.

¡Todo es cuestión de precio, en esa tierra y en todas partes! Al amanecer, más o menos a las dos y media de la mañana, ya estaban a bordo del pequeño cúter con su chalana a popa, los tres hombres afanados en zarpar, como si se hubiesen conocido toda la vida.

El sol semipolar empezaba a iluminar el paisaje de soslayo, como un reflector paliducho y lejano, cuando las explosiones del motor a kerosene del cúter taladraron la paz de los lugares y la embarcación fue avanzando despaciosamente, rumbo al sur, canal abajo.

A las tres horas de navegación llegaron a la desembocadura del canal. Más allá se divisaban las grandes olas del océano, que iban menguando sus furias al acercarse a la pequeña angostura de la salida. Ésta las transformaba en mar picado y correntoso, peligrosísimo cuando las mareas subían o bajaban.

El cúter inició un tenue balanceo por la amura de babor y, virando, fue a buscar el recodo de la isla, donde después de buscar fondo, Jackie lanzó al mar la pequeña ancla.

La Pajarera es una isla alargada en forma de monstruo o lobo echado, cuya cabeza, cimbrada por los recios vendavales del cabo, parece agacharse desafiante y vomitar rocas despedazadas donde el mar va a romperse eternamente.

—¡Allí es!… —dijo el prófugo, señalando desde la proa del cúter una disimulada hendidura que penetraba en la isla, y que se perdía en tupido ramaje, y contemplando la pared grisácea de la isla sintió escapársele un respiro desde el fondo del ser.

Esa era su «pajarera»; ocho años sin verla. La caverna que él solo conocía. Entre esos mismos recovecos estuvo escondido una vez, cuando en Ushuaia los malditos reflectores de los guardacostas le pescaron el contrabando de aguardiente... hubo tiros y necesidad de acertar. ¡Quién sabe cuántos!... Todo quedó atrás.

La alta roca se cortaba en una línea pareja inclinada hacia el mar. La sombra de su cumbre saliente rodaba una zona de claridad en las aguas.

Hubiera semejado un trozo de un mundo extraño, muerto, si en las pequeñísimas grietas, como escalones formados por capricho natural, millares de pájaros no estuvieran constantemente apiñados; balconeaban, cual habitantes de un curioso rascacielos, cuervos de mar, patos liles, caiquenes blancos, triles, albatros, gaviotas y palomas del cabo.

Un orden admirable guardaba esa «pajarera», que le había dado el nombre a la isla. En la parte de abajo, los pingüinos se aglomeraban con sus pechos de nieve y con su estúpida gravedad; seguían arriba los cuervos y patos liles con sus pazguaterías de mirones, escandalizándose por todo. En la parte alta, saliendo y llegando como a determinadas expediciones, las gaviotas y albatros ponían sus notas de lontananza.

De vez en cuando, un picotazo en la riña lanzaba al espacio a un cuervo que sostenía la caída con las alas; otro llegaba en vuelo recto dispuesto a abrirse un lugar; y se armaba un tumulto de alas, picos y graznidos.

«Donde hay gaviotas hay lobos, y donde hay lobos, pescados», había dicho el forastero. La corriente que se estrecha en esa parte y la ensenada guarecida y profunda de La Pajarera, eran la vía central del tráfico incesante de los habitantes del mar.

Así, la eterna lucha aparecía del fondo del mar cuando un lobo sacaba de un estirón el redondo cogote fuera de la superficie, mordiendo un robalo que se retorcía como un brazo blanco y espejeante.

Era un espectáculo escultórico del mar: la piel del lobo, reluciente y oscura, el cuello dilatado en formas vigorosas, las fauces de perro y de hombre, con sus bigotes destilantes cual trozos de cristal, apretando la cola del pez que se enroscaba y abofeteaba las quijadas ansiosas de la bestia.

Más allá, en pequeños grupos, con sus cuerpos esbeltos de delfines, nadaban a saltos y en parejas los lobos finos de dos pelos.

Los tres cazadores, embarcados en la pequeña chalana, se acercaron a la hendidura oculta por la cortina de líquenes y enredaderas.

Apartando el verde cortinaje, penetraron en una boca oscura. Era la entrada oculta de la caverna. La roca sudaba humedad y el agua de una pequeña vertiente caía en inflados goterones al mar.

Alumbrados con un farol, avanzaron empujándose con los pequeños remos contra las paredes lisas y viscosas.

Habríanse internado unos treinta metros, cuando una claridad confusa fue recibiéndolos poco a poco y un sordo rumor ajeno, como retumbos de bombos colosales, turbó aquella paz de tumba. Era el mar bravío que se rompía en la entrada inaccesible de la caverna, la que quedaba hacia el cabo.

Poco a poco la semiclaridad disminuyó, se hizo más pareja. Las paredes se adivinaban cortadas a pique y hacia el techo de la caverna no se veían más que negruras espesas y aplastantes.

El prófugo tomó la singa de la chalana, haciéndola avanzar con mil precauciones. El remo, aleteando suavemente en forma de hélice, apenas producía un ruido cuyo eco se tragaban las oquedades.

Los tres hombres se agachaban instintivamente oteando hacia adelante, donde parecía estar poblado de pavuras.

De pronto un extraño olor a sangre de pescado putrefacta llegó a atosigar a los tres hombres, en ondas tibias y nauseabundas.

El olor se fue intensificando; las ondas tibias se hicieron oleadas sofocantes y pesadas, y un rumor blando y apagado fue percibiéndose.

De súbito, la galería de la caverna se ensanchó y en el fondo de una poza enorme se divisaron montoneras de cuerpos grandes, pardos y redondos, que se movían con pesadez y lentitud.

—¡Esa es la lobería!—dijo el prófugo, y su voz enronquecida continuó—: Hay que tener cuidado con los machos viejos, esos grandes y barbudos, que son los únicos que se quedas acompañando a las hembras en la parición. Preparen el rifle, y, cuando estemos cerca, disparen unos balazos para que las lobas se abran y podamos bajar en las toscas de la pequeña playa.

A los disparos se agitaron los cuerpos y en un breve claro de playa los hombres atracaron la chalana; cada uno desembarcó llevando en la mano un grueso palo en forma de maza.

Un macho enorme, con bigotes tiesos y horribles, movió las arrugas de sus belfos; sus ojos se movieron con extraños reflejos y se levantó sobre su aletas en actitud feroz... Un disparo de Jackie, que llevaba el rifle, retumbó, y el lobo se desplomó lanzando un bramido sordo y profundo…

En las profundidades de una caverna, en el seno de una isla, rodeados de sombras, de un olor y de un calor pesados que embotaban los sentidos, los hombres sufrieron un breve remezón y aflojaron un poco su reciedumbre cuando sintieron aquel bramido del lobo moribundo...

Acostumbrados, sí..., pero mar afuera, en donde las olas y el viento pegan de frente y atacan fuerte; mientras que estas hondas negruras, esta pesadez de cuevas hechas para monstruos…

—¡Estos son los jodidos!—dijo el gringo cuando vio desplomarse la bestia del guaracazo.

La parición estaba en su apogeo. Algunas lobas en el duro trance se ponían de costado y de sus entrañas, abiertas y sanguinolentas, salían unos turbios animalitos, moviéndose como gruesos y enormes gusanos con rudimentos de aletas. Otras emitían intermitentes raros quejidos, casi humanos, en los últimos dolores del alumbramiento. En su estibamiento, a veces se aplastaban unas con otras, y, madres al fin, en su desesperación, se daban empujones y mordiscos para salvar a sus tiernos hijuelos de ser aplastados. Estos, los más grandecitos, se encaramaban sobre los lomos maternos como curiosos ositos de juguete, o bajaban dando los primeros tumbos de la vida.

Una rara palpitación de vida, lenta y aguda, emanaba de esa masa dolorosa e informe, de cuerpos redondos pardo oscuro.

Quejidos de tonos bajos, sordos. Choques de masas blandas. Desplegar de aletas, resoplidos. Chasquidos pegajosos de entrañas en recogimiento. Algo siniestro y vital, como deben ser las conjunciones en las entrañas macerantes de la naturaleza.

¡Si aquello no era una lobería, era una isla en el trance doloroso!... ¡Una isla pariendo! ¡El gemido de la naturaleza creadora, en esa bolsa de aire fétido y aguas oscuras! ¡La matriz fecunda de la isla incubando los hijos predilectos del mar! ¡El mar, ese macho arrollador y bravío que baña sus peñascos relucientes desde afuera!... ¡El progenitor que devuelve los dolores parturientos de la isla, con blancas caricias de espumas engarzadas a los riscos! ¡Región de un mundo lejano!… ¡Lobos, loberos, islas extrañas! ¡Tierra sobrecogedora, inolvidable y querida; el hombre que se ha estremecido en sus misterios, se amarrará para siempre a sus recuerdos! Ella y sus hombres son como el témpano. ¡Cuando la vida le ha gastado las bases azules y heladas, da una vuelta súbita y aparece de nuevo la blanca y dura mole navegando entre las cosas olvidadas!...

Pero es inútil que se esconda la vida en lo más profundo de sus entrañas: allá se mete el hombre con sus instintos para arrancarla.

Los tres cazadores iniciaron su tarea de siempre y de todas las partes: matar..., matar, destruir la vida hasta cuando empieza a nacer.

Con los mazos mortíferos en alto, fueron brincando por sobre los cuerpos que daban a luz y descargando garrotazos certeros sobre las cabecitas de los recién nacidos. Los tiernos lobeznos no lanzaban un grito, caían inertes, entregando la vida que sólo poseyeron un instante.

¡Matar y matar!... ¡Cuanto más rápido, mejor! Como poseídos de una locura extraña, los hombres asestaban mazazos e iban amontonando los pequeños cuerpos.

Sudorosos, cansados, se detenían un momento a tomar aliento. Un macho viejo y grande les atemorizaba a veces, y hacía intervenir el fusil. Las lobas no se defendían y sus ojos contemplaban fijamente, con un fulgor indefinible, la tarea de los matadores de sus hijos.

Cuando hubieron calculado la carga de la chalana, empezaron a arrojar en su interior los muertos, hasta que la línea de flotación les aconsejó prudencia.

Luego, la chalana, llena de lobitos pardos v relucientes, fue saliendo de entre las entrañas rocosas, y los hombres, con su cargamento, surgían a la luz como extraños pescadores que hubieran ido la tender sus redes al abismo, que peces de allí parecían esos lobeznos.

Dos faenas iguales alcanzaron a realizar aquel día, de la caverna al cúter. Y con las avanzadas sombras de la noche, recalaron al lugar del rancho e iniciaron, incansables, el descueramiento, pues de un día para otro las pieles mortecinas se echan a perder.

A la mañana siguiente, todos los rajones disponibles del rancho estaban repletos de cueritos de «popis» estaqueados.

—¡Como si hubiéramos completado la temporada! —dijo uno de los gringos, jubiloso.

Cinco días continuaron trayendo el cúter cargado de pieles. La faena de la caza llegaba a su término. Ya habían pasado los ocho días de la parición.

Durante las noches, en el breve descanso que dejaban el descueramiento y el estaqueado, los gringos se habían vuelto más obsequiosos con el valioso huésped. Este había trasmutado los rasgos fijos de su faz, siempre detenidos en una actitud de espera, por una sonrisa que empezaba a desarrollarse bajo el renegrido bigote.

En la mañana austral, fría y luminosa, resbaló una vez más el ruido fatigoso del motor del cúter y fue a refugiarse, con eco apagado, en los ámbitos de los canales.

—¡Hoy es el último día y trataremos de hacer tres chalanas de «popis»! —dijo Jackie, aflojando un rizo de la vela para ayudar al motor, con la fina brisa que pegaba por la aleta.

El prófugo extendió una sonrisa esperanzada y fue diciendo, pausadamente, mientras miraba al cielo:

—¡Después de ésta, yo he de «rumbiar» al norte!... ¡Ustedes saben!... ¡Unos cuantos cueros no más, para dárselos al patrón del primer cúter que me pueda llevar! Me quedaría aquí, pero ya no sirvo; la temporada de caza pasó y nunca se está demasiado lejos de Ushuaia...

Algo helado pasó entre las miradas de los hermanos... Siempre los dos gringos se habían estado preguntando desde lejos lo mismo, en iguales circunstancias de la vida cuando así se miraban. Ambos eran canallas, pero les costaba serlo sinceramente... Habían pasado siempre echándose del uno al otro la bola negra de sus pensamientos.

Apartando sombras, como en los días anteriores, penetraron en la caverna y atracaron la chalana en el claro que dejaron las lobas en los postreros días de su parición.

El herido instante en que la vida nace a su curso olía, como siempre, a muerte y vida.

Con los dientes destapados como en apretada sonrisa, el prófugo se internó caverna adentro, golpeando a derecha e izquierda sobre las frágiles cabecitas.

Estaba metido muy adentro, confundido entre las sombras, poseído de su afán de matar, avanzando a horcajadas sobre los lomos como un extraño demonio que explorara a mazazos las espesas negruras, cuando los hermanos se miraron de súbito. ¡Fue sólo un instante supremo! Sus miradas chocaron hasta con temor. No habían hablado una palabra, pero ya desde antes estaban de acuerdo sus pensamientos canallas. Se comprendieron..., y bajo un solo impulso saltaron a bordo de la chalana y emprendieron presurosos la fuga.

El prófugo, cansado, detuvo de pronto la matanza... y, lentamente, volvió la cabeza hacia atrás. La chalana ya desaparecía en la galería de salida.

No tuvo tiempo para nada. Quedó estupefacto, como si la tierra entera hubiera desaparecido quedando sólo él, flotando y sumido en el vacío, sin piso, sin cielo…

Cuando hemos cargado nuestra barca con el equipaje, con las más bonitas ilusiones y sueños y quedamos estupefactos en la playa del engaño, viéndola partir, en lontananza, llevándonos todo y dejándonos la fofa hilacha que no atina a nada…, entonces aflojamos; pero echamos un vistazo hacia atrás, vemos que hay senderos de regreso, nos recobramos, y aunque vayamos curvados por nuestra pesada cruz, con el alma doblada, ya levantaremos el hombro y arrojaremos la cruz en alguna vera polvorienta, y volveremos a ser lo que fuimos.

Pero cuando no hay caminos de regreso, el alma queda sobre un filo, oscilando en el límite, en constante caída. El filo puede ser un hilo de luz lacerante o una sima.

El prófugo avanzó hasta el borde del agua. Se sentó en la arena y lanzó una especie de mirada por sobre el lomaje pardo de las bestias, por sobre las paredes sombrías, por sobre las aguas tranquilas y siniestras de la negra caverna...

Afuera, la chalana ya salía al canal, sonriente de luz y de pájaros…



Un calor sofocante..., un olor que viene en rollos… en madejas de estopa blanda como el algodón. Y se mete por las narices..., por la boca, atascando.

Un lobo grande y negro... un lobo, sí, con los bigotes tiesos en la pulpa asquerosa de los belfos hediondos, con hedor espeso, que viene a aplastarle el pecho con sus aletas enormes, blandas, pegajosas y pesadas como los tablones de la muerte.

¡Pero si no es un lobo! Es Luciano, el bachicha, que, borracho, viene a echarle su corpulencia encima. ¡Luciano no mueve sus gruesos labios olorosos a toscano, pero sus ojos le preguntan por los cueros!…

¡Los cueros por los cuales pelearon y él lo dejo tendido en la arena de una puñalada en el vientre!

¡Sangre!... ¡Alivio! Él nada ahora con lentitud en el mar; junto a él se sumergen lobos conocidos en las aguas glaucas y cristalinas; las aguas se vuelven oscuras... Pero si no son aguas… Es sangre espesa y revuelta, y a su lado ve dos lobos largos y rubios. . . No; son monstruos, mitad hombres, mitad lobos… Pero no; son Jackie y Peter que muestran sus dientes apretados y están sonrientes…

¿Qué es eso, Dios mío? Una loba está abriendo sus entrañas sobre su faz. Su lobezno va saliendo del vientre como una babosa negra... Y lo ahoga... ¡Ah…, pasó!... ¡Qué alivio! Pero las entrañas se recogen, lo absorben, son enormes y lo arrastran hacia el interior... Las entrañas lo aprietan horriblemente…

¡La loba lo va a parir y no puede! Las vísceras lo empujan, lo atraen, hacen de él un nudo. . ., y todo es negro, es sangre negra, es baba espesa.

¡Descanso! Lentamente se levanta un clamor a lo lejos. El clamor se convierte en un cántico armonioso de miles de voces infantiles. Y por las paredes, ahora celestes, de la caverna van apareciendo bandadas de niños… No, son pájaros… no, son lobeznos con sus aletas transformadas en alas… Y cantan… Y vuelan…

¿Y él, qué hace?… Ha asestado una puñalada al lobo que nada a su lado, y este lobo es Luciano y lo ha enterrado en la arena… Pero, Dios mío, él es bueno, ¿y cómo ha hecho eso?, ¿y por qué embiste contra los lobitos que vienen a cantarle a su lado con voces de ángeles? Y los va matando con el mango del puñal… Y no puede despegarse de su crueldad… y los lobitos van cayendo uno a uno… y se van apagando poco a poco sus cánticos celestiales.

Todo es paz, es dulzura, silencio… y él tiene alas ahora, es liviano y quiere vaciarse en un hilo largo que sale hacia la luz… Y se eleva ágilmente, volando hacia una claridad que se abre entre las nubes rocosas… Y asciende… Asciende hacia una zona de luz y de paz.



Algunos años después, en un diario de Punta Arenas apareció una lacónica noticia que no extrañó a las gentes, acostumbradas a leer las misteriosas tragedias que de tiempo en tiempo ocurren en esos mares:

El comandante de una escampavía que realiza expediciones a los canales del extremo sur, ha comunicado a la autoridad marítima haber encontrado un cúter, al parecer abandonado desde hace tiempo, en la cercanía de la isla denominada La Pajarera, situada cerca del cabo de Hornos.

Un viejo lobero que oyó la noticia junto al mesón del bar de don Paulino, el asturiano, comentó, entré sorbo y sorbo de grapa:

—¡Este cúter debe de haber sido de los gringos Jackie y Peter...; eran tan ambiciosos los gringos esos!... Se habrán hecho pedazos al querer entrar en la boca de la cueva de La Pajarera. La boca está en pleno océano, llena de rompientes, y dicen que en su interior hay grandes loberías…

Los dos gringos entraron; pero seguramente no salieron, ni ya saldrán jamás.



1941










miércoles, julio 11, 2007

Werner Herzog por sí mismo





- Su infancia. En realidad nací en Munich, pero cuando tenía dos semanas de edad, la casa en que vivíamos fue derribada por una bomba. Nos mudamos a las montañas en Baviera, y hay algo curioso en esta área. Al finalizar la guerra, Alemania fue ocupada por los norteamericanos, rusos, franceses y otros, y se fue reduciendo más y más. El sitio donde crecí fue uno de los últimos lugares ocupados. Cuando los norteamericanos llegaron en 1945, los últimos soldados alemanes huyeron a las montañas, vistieron ropas civiles y abandonaron sus armas. Cuando niños, jugábamos con ametralladoras que encontrábamos en el bosque. En verdad fue peligroso; mi madre vivía atemorizada, pero yo tuve una infancia feliz. Otros niños de mi generación que crecieron en ciudades bombardeadas, también tuvieron una infancia dichosa. Crecieron entre las ruinas. Pandillas de chicos tenían para ellos manzanas enteras de casas totalmente destruidas por las bombas. Ahí establecían sus imperios. (Comentario en el Documental Hergoz en Africa de Steff Gruber).

- El cine. El cine no es un arte de escolares, sino de iletrados. La cultura fílmica no es análisis, es agitación de la mente. Las películas nacieron de las ferias de pueblo y de los circos, no del arte y del academicismo.

- Su época. Algunas personas han escrito que soy una figura salida del siglo XlX, pero están equivocadas. La época adecuada para mí sería la Edad Media tardía. Me siento muy afín a la música y la pintura de ese tiempo. También encajaría en el concepto de mi obra. No me considero un artista, sino un artesano que busca un punto de encuentro entre las tradiciones de ayer y las ideas de hoy.

- Imágenes puras. Lo que pasa simplemente es que quedan pocas imágenes. Cuando miro aquí afuera, toda esta edificado, las imágenes no tienen espacio. Uno tiene que excavar como un arqueólogo para encontrar algo en este paisaje herido. Necesitamos imágenes que correspondan a nuestro estado de civilización y a nuestro profundo estado interior. Me iría a Marte si fuera para encontrar imágenes puras, ya que en esta tierra no es fácil encontrarlas. (Comentario en Toyko-Ga de Wim Venders).

- El enigma de Kaspar Hauser. Hoy en día podría repetirse el caso de Kaspar, ya que seguimos viviendo en una sociedad burguesa semejante a la alemana de 1828, aunque altamente técnica, un poco modificada quizás, también un poco más civilizada. Esta sociedad no permitiría a Kaspar vivir en ella. Él sufriría el mismo calvario, iguales padecimientos. La sociedad se comporta en sí misma como un ser humano. Este enfrentamiento es el que hace que la relación con Kaspar sea tan difícil. Los niños, que son los únicos idealistas, se entienden con Kaspar sin problemas.

- La verdad ordinaria y la verdad verdadera. Particularmente detesto la verdad ordinaria, la del cinéma-vérité, por ejemplo. Odio el documental, odio el cine directo. En cine, los niveles de verdad son infinitos, y el del llamado cine-verdad es el más superficial, el más primario. No sólo cambio de argumento en mis películas “históricas”, también lo hago en mis “documentales”. En lugar de la verdad “verdadera” coloco siempre otra, tan verdadera como ella, pero “distinta”, intensificada, potenciada. Aguirre y Kaspar siguen los hechos históricos para dirigirse a otra vía. Me parece que esto ofrece un ángulo muy claro; desde ahí tenemos un punto de partida seguro que nos permite desviar la imaginación y dejarla en libertad para ver a través de las cosas. Da cierta seguridad de entrada y se puede volver a ello como un refugio.

- El título en Kaspar Hauser. El título surgió en cuanto terminé el guión. Estaba viendo el filme brasileño Macunaima (Joaquim Pedro de Andrade, 1969); de golpe, en el diálogo, alguien dice muy rápidamente, casi sin nitidez: “cada uno para sí y Dios contra todos”. Salté de la butaca porque supe que ése era el título de mí película. Debo explicar que tal título está constantemente en el filme, en el sentimiento de soledad, de haber sido olvidados por Dios e, incluso, de que El es nuestro enemigo. Había una escena en que Kaspar decía ante los curas: “Cuando miro a mi alrededor y veo a la gente, siento en verdad que Dios debe tener algo contra nosotros”. Esta escena aclaraba totalmente el título de la película, pero no la conservé. El filme se hacía demasiado largo. Y creo que el título en alemán quedó justificado de cualquier modo a pesar de omitirla.


- La fotografía. Doy a la fotografía el lugar más importante. En Kaspar, mientras los hombres hablan, el paisaje es armonioso, pacífico. Sin embargo, la armonía de la imagen no se corresponde con la acción que transcurre ante nuestros ojos: el resto del mundo aparenta beatitud mientras se trama, se conspira. Busqué que la fotografía transmitiera esa falsa apariencia que la realidad presenta, esas notas tranquilas, estatuarias.

- Cine y música. El cine tiene mucho más que ver con las emociones que con la razón pura. Lo racional corresponde al filme tan poco como a la música. La música no puede ser organizada de un modo puramente racional; ella surge de algún otro lado. Esa es también la naturaleza del cine. Aunque el “Adaggio” de Albinoni haya sido utilizado en tantas películas, a mí me parece bellísimo. Al usarlo en Kaspar Hauser quise rescatar su hermosura. La música es el arte que contiene más amor y el que más fácil llega. En mis películas actúan como una especie de solución.

- Sobre Fitzcarraldo. Todo empezó, posiblemente, una noche en Carnac (Bretaña), hace ya algunos años. Buscaba un paisaje para “El enigma de Kaspar Hauser” y me encontré con un montón de menhires y dólmenes gigantescos. Entonces imaginé un propósito demencial: transportar a otra parte aquellas piedras enormes y pesadísimas, cada una de unas 150 toneladas de peso y una altura de doce metros. Una tarea posible, porque sus autores lo habían hecho siglos atrás, de disponer de medios parecidos: unos cuantos miles de obreros y algunos troncos de madera. Y fue así como, poco a poco, la idea de un barco atravesando a brazos una montaña se fue imponiendo en mi imaginación, porque, de pronto, recordé una anécdota que había oído en el Perú, donde un rey del caucho había conseguido una hazaña semejante. Con el Amazonas como fondo, para estímulo de mi fantasía. Entonces pensé igualmente en la ópera, esa pesadilla de las óperas que me trastorna de vez en cuando, porque no soporto los teatros en donde se representan. Y nació el proyecto de Fitzcarraldo, mitad desafío a las leyes de la gravitación, mitad desafío a los parámetros de la razón; un proyecto totalmente concebido contra las leyes de la naturaleza. Nadie creía en ello. Me consideraban más loco e irrazonable que el propio protagonista. Ya dijeron algo parecido cuando empecé “Aguirre,...” en los mismos escenarios naturales del Perú; y aquella empresa no tenía punto de comparación con la actual, uno de los trabajos más difíciles y desesperados de la historia del cine. A su lado, “Apocalypse Now” fue un juego de niños. Me gasté en ello todo mi dinero: un millón de dólares. Me quedé sin la camisa. Pude terminar Fitzcarraldo gracias a las aportaciones de la televisión alemana y otras sociedades de producción. Pero las dificultades monetarias han estado siempre a la orden del día, sin contar las condiciones sumarias de trabajo que hemos tenido que soportar, pasando incluso hambre. Pero he tenido la satisfacción de tener nuevamente conmigo a un actor tan asombroso y completo como Klaus Kinski.

- El diario de Fitzcarraldo. Escribí un diario de rodaje de un centenar de páginas, pero no creo que llegue a publicarlo, aunque es más apasionante que el mismo filme. No es un verdadero diario sino una especie de escritura que, como en un proceso mágico, quiere conjurar la desgracia. Estas páginas tienen una belleza tan terrible que ya no me atrevo a leerlas ahora. Y hay otro problema: por lo general mi caligrafía tiene un tamaño normal pero, misteriosamente, escribí aquellas páginas con una letra tan minúscula que no pueden leerse sino a través de un microscopio; además la letra se inclina a la izquierda y las palabras se enciman una a otra. Nadie las podría descifrar y a mí mismo me cuesta gran esfuerzo leerlas. Son como jeroglíficos que sólo yo puedo comprender. En definitiva es un aspecto importante de mí que sin duda jugará en el futuro un rol mucho mayor del que pienso. Y estoy convencido de que el escritor que vive en mi aún espera ser descubierto.

- El rodaje de Fitzcarraldo. Por otra parte, en cuanto al rodaje de Fitzcarraldo, podría haber hecho como en los filmes de Hollywood: mentir y ahorrarme, mediante maquetas y un decorado, los horrores del rodaje en plena selva y el enfrentarme con los problemas reales de semejante empeño. Pero creo que si los espectadores se sienten impresionados por el transporte del barco montaña arriba es porque saben que se trata de algo real y no truqueado. Quiero que los espectadores recobren la confianza en lo que ven sus ojos.




en “Una retrospectiva”, Ediciones Instituto Goethe,
Buenos Aires, 1996









martes, julio 10, 2007

«V de Vendetta», de Alan Moore y David Lloyd

Extractos




I

Voz en off de una joven mujer.



Recuerda, recuerda. El cinco de noviembre. La traición de la pólvora. Y el complot. No hay por qué tal traición. Jamás se ha de olvidar. ¿Pero qué tal el hombre? Sé que se llamaba Guy Fawkes... y sé que en 1605 trató de volar la Casa del Parlamento. ¿Pero quién era él realmente? ¿Cómo era? Nos dicen que recordemos la idea, no al hombre… porque los hombres fallan. Los pueden atrapar, los pueden matar y olvidar. Pero 400 años después, una idea todavía puede cambiar el mundo.

Yo he visto el poder de las ideas. He visto a gente matar en su nombre… y morir defendiéndolas. Pero uno no puede besar una idea. No puede tocarla ni abrazarla. Las ideas no sangran, no sienten dolor. No aman.

Yo no extraño una idea si no a un hombre. Un hombre que me hizo recordar el 5 de noviembre.




II

Un predicador furibundo en la pantalla de un televisor.



Entonces leo que los ex Estados Unidos necesitan provisiones médicas al grado que nos mandaron varios contenedores de trigo y tabaco. Como «gesto de buena voluntad». ¿Quieren saber qué opino? Como están viendo mi programa, supongo que sí. Es hora de que las colonias sepan lo que pensamos de ellas. Es hora de desquitarnos por una fiesta de té que hicieron hace siglos. Vamos al muelle esta noche a tirar esa basura donde debe ir todo lo de los «Esfínteres Ulcerados». ¿Quién está de acuerdo? ¿Quién está de acuerdo? ¿Les gustó? EUA, «Esfínteres Ulcerados de Ano-rica». ¿Qué más podemos decir? Era un país que tenía absolutamente todo… y veinte años después, ¿qué es? Una colonia de leprosos. ¿Por qué? Por falta de fe en Dios. Déjenme repetirlo. Falta de fe en Dios. No fue la guerra que iniciaron ni la plaga que crearon. Fue el Juicio. Nadie escapa del pasado. Nadie escapa del Juicio. ¿Creen que no está allá arriba? ¿Que no cuida a este país? ¿Qué otra explicación hay? Nos puso a prueba y salimos adelante. Hicimos lo necesario. Islington. Enfield. Yo estuve ahí, lo vi todo. Inmigrantes. Musulmanes. Homosexuales. Terroristas. Degenerados llenos de enfermedades. ¡Se tenían que ir! ¡Fuerza por la unidad, unidad por la fe! ¡Yo soy un inglés devoto y estoy orgulloso de serlo!




III

Un hombre enmascarado.



«Las muchas villanías de la naturaleza se le amontonan. Despreciando la suerte con su acero humeante de ejecuciones. Somos dignos de censura. Y es cosa muy probada que con rostro devoto y obras piadosas tapamos al mismo diablo».




IV

Diálogo entre el enmascarado y una joven mujer.



- ¿Quién es usted?
- «¿Quién?» (Pausa) «Quién» es la forma que sigue al «qué» y lo que soy es un enmascarado.
- Eso ya lo veo.
- Por supuesto. No cuestiono sus poderes de observación. Señalo la paradoja de preguntarle a un enmascarado quién es.
- Ah, entiendo.
- Pero en esta auspiciosa noche permítame a falta de un apelativo más común insinuar la naturaleza de este personaje dramático. ¡Voilà! Está viendo a un veterano de las variedades hacer el papel de víctima y villano por los caprichos de la vida. Esta apariencia no es mera vanidad. Es el vestigio de una vox populi ahora desaparecida. Pero esta valiente visita de un fastidio pasado cobra vida y ha hecho un voto de vencer a los virulentos vanguardistas del vicio... violadores violentos y voraces de la voluntad. El único veredicto es la venganza, la revancha como un voto, no en vano, pues el valor y la veracidad de tal algún día vindicarán al vigilante y al virtuoso. Esta verborrea se vuelve más verbosa, así que déjeme agregar que es un placer conocerla. Puede llamarme «V».








2005













lunes, julio 09, 2007

"Hasta que llegue a la luz", de Miguel Serrano

Fragmento





La gente caminaba sin prisa. Los hombres arrugados y morenos iban lentamente, mirando las alturas o con el rostro y los hombros caídos por un invisible peso. Hay tanto que subir. Para ellos la vida se reducía a subir. En este pueblo se narra la historia de "los mineros humanos". Un grupo de estudiantes que aprovisionados de barrenas constituyeron una especie de club o de asociación oculta. La mayoría de ellos habían sido estudiantes de medicina. Salían por las noches, cogían a uno de aquellos hombres morenos y arrugados y lo golpeaban con las barrenas y los picos, porque creían encontrar en sus cuerpos la escondida veta de una mina.

Pufanti es el espíritu de las riquezas, pena en los altos cerros de piedra, donde se oyen inexplicables tiros de dinamita. Pufanti es negro. Cuando el cuerpo de un hombre lleva riquezas, cuando su sangre es una escondida veta de oro o de plata, Pufanti se apodera de su alma, y aquel hombre en medio de los hombres es un cuerpo en pena; en el fondo de su pecho se oirán inexplicables tiros de dinamita y su cuerpo mismo se transformará en una bala.









domingo, julio 08, 2007

«Las Filas», de Mahoma

Fragmento





SURA XXXVII
LAS FILAS [1]

Dado en la Meca – 182 versículos

En nombre del Dios clemente y misericordioso


1. Lo juro por los que están ordenados en filas, [2]
2. Y que rechazan para reprimir
3. Y que recitan las palabras del Corán para exhortar.
4. En verdad, vuestro Dios es uno,
5. Soberano de los cielos y de la tierra, de todo Lo que hay entre ellos, y soberano de los orientes.[3]
6. Hemos ornado el cielo más inmediato a la tierra con un adorno de estrellas.[4]
7. Sirven también de guardia contra todo demonio rebelde,
8. A fin de que ellos (los demonios) no vengan a escuchar lo que pasa en la asamblea sublime (pues son asaltados por todas partes),
9. Rechazados y entregados a un suplicio permanente.
10. El que se acercase hasta coger a hurtadillas algunas palabras, es herido por un dardo ardiente.[5]
11. Pregúntales (a los infieles) quién es de una creación más fuerte: ellos o aquellos a quienes hemos creado (los ángeles y los cielos). Nosotros hemos creado a los hombres de barro duro.
12. Tú admiras el poder de Dios y ellos se mofan de él.
13. Si se les exhorta, no lo tienen en cuenta para nada;
14. Si ven un signo de advertencia, se ríen de él.
15. Dicen: Es magia averiada.
16. Muertos, convertidos en polvo, ¿vamos a ser reanimados?
17. ¿Y lo serán también nuestros padres los antiguos?
18. Diles: Sí, y seréis cubiertos de oprobio.
19. La trompeta sonará una sola vez, y ellos se levantarán de sus tumbas y mirarán a todas partes.
20. ¡Desgraciados de nosotros!, exclamarán; es el día de la retri­bución.
21. -Es el día de la decisión, se les dirá, aquel día que tratabais de quimera.
22. Reunid, dirá Dios a los ejecutores de sus órdenes; a los impíos y a sus compañeros y las divinidades que adoraban
23. Al lado de Dios, y dirigidlos por el camino del infierno.
24. Detenedles, serán interrogados.
25. ¿Por qué, pues, no os prestáis auxilio (vosotros y vuestros dioses)?
26. Pero ese día se someterán al juicio de Dios.
27. Entonces se acercarán unos a otros y se harán mutuos reproches.
28. Vosotros veníais a nosotros del lado derecho[6], dirán a sus seductores.
29. ‑No; es más bien que vosotros no habéis querido creer, res­ponderán los otros; pues no teníamos ningún poder sobre vosotros. Es más bien que erais unos perversos.
30. La palabra de nuestro Señor se ha verificado, pues, sobre nosotros[7], y vamos a probar el suplicio.
31. Os hemos extraviado, pues nosotros mismos lo estábamos.
32. Así es como ese día serán asociados y confundidos en un mismo suplicio.
33. Así es como trataremos a los culpables.
34. Porque, cuando se les decía: No hay más Dios que Dios, se henchían de orgullo.
35. Y decían: ¿Abandonaremos a nuestros dioses por un poeta loco?
36. No. ‑Os trae la verdad y confirma a los apóstoles anteriores.
37. En verdad, sufriréis el castigo doloroso.
38. Sólo seréis retribuidos según vuestras obras.
39. Pero los fieles servidores de Dios
40. Recibirán ciertos dones preciosos,
41. Frutos deliciosos, y serán honrados
42. En los jardines de las delicias,
43. Descansando en sus asientos y mirándose cara a cara.
44. Se hará circular en torno la copa llena de una agua
45. Límpida, verdaderas delicias para los que la beban
46. No ofuscará su razón ni los embriagará
47. Tendrán vírgenes de mirada modesta[8] de grandes ojos negros, y semejantes por su tez a los huevos de avestruz escondidos con cui­dado.[9]
48. Se acercarán unos a otros y se harán preguntas.
49. Uno dirá: Yo tenía un amigo en la tierra
50. Me preguntaba a menudo: ¿Consideras la resurrección como una verdad?
51. ¿Sería posible que fuésemos juzgados una vez que estemos muertos y convertidos en polvo y huesos?
52. Dirá luego: ¿Queréis mirar allá abajo?
53. Mirarán y verán el fondo del infierno.
54. El justo dirá: Juro por Dios que estuviste a punto de causar mi perdición.[10]
55. A no ser por la misericordia de Dios, habría sido del núme­ro de los que comparecen ante él.
56. ¿Sufriremos aún otra suerte,
57. Además de la que hemos sufrido? ¿Seremos entregados al suplicio?.[11]
58. En verdad, es una dicha esta que gozamos.
59. ¡A la obra, trabajadores!, para ganar otra análoga.
60. ¿Vale más esto como comida, o bien el árbol de Dakkun?
61. Hemos hecho de ello un motivo de disputa para los mal­vados.
62. Es un árbol que brota desde el fondo del infierno.
63. Sus cimas son como si fuesen cabezas de demonios.
64. Los réprobos serán alimentados con él y se llenarán el vientre.
65. Detrás beberán agua hirviendo,
66. Y luego volverán al fondo del infierno.







[1] El título de este sura es: Que se enfilan en orden, palabras del primer versículo.


[2] Según los comentadores, esto se refiere a los ángeles que se ponen en ordenadas filas para cantar alabanzas al Señor, recitar el Corán y ejecutar las órdenes que Dios les da de rechazar a los demonios o de reprimir a los criminales recitándoles las palabras del Corán, etc.

[3] Admitiendo varios mundos, Mahoma admite varios orientes y varios occi­dentes.

[4] Según la cosmogonía de Mahoma, hay siete cielos que forman círculos concéntricos; encima de estos cielos está el cielo puro sin estrellas; allí está el trono de la majestad divina, zelarch.

[5] Los genios procuran penetrar en el cielo y se acercan a él para escuchar lo que allí se dice; los ángeles lanzan contra ellos dardos inflamados; así explican los mahometanos la lluvia de estrellas.

[6] Siendo el lado derecho de buen augurio, estas palabras pueden ser entendidas así: Veníais a nosotros con la apariencia de la verdad.

[7] Es la frase: Llenan el infierno de hombres y de genios.

[8] Literalmente, cortas de mirada, es decir, sus miradas no llegarán más allá de sus esposos.

[9] La tez de estas bellezas es comparada con los huevos de avestruz a causa de su blancura mezclada de un tinte pajizo, mezcla que constituye la encarnación más hermosa y que, como los huevos de avestruz escondidos con cuidado en la arena, no está empañada por el aire ni por el polvo.

[10] Esto quiere decir que a veces nuestros amigos en este mundo nos arrastran a la pérdida de la salvación eterna.

[11] Este hombre, uno de los bienhechores, duda casi de su dicha, y al ver a su amigo en el infierno, se pregunta: ¿Estoy realmente en posesión de una mansión eterna? ¿No será ya necesario morir ni sufrir suplicio?












sábado, julio 07, 2007

"Resistir la felicidad hasta el fin", de Juan Luis Martínez




Si tuviera tu amor a mi alcance
ya no tendría la fuerza para escribir.
Las palabras, la angustia quemarían
en las cobijas de nuestras pequeñeces.

Nos quedaría el dolor
de ser dos en una única soledad
y aquello que me atare a tu cuerpo sería
el olor de nuestra muerte conjugada.

Yo soy mi sexo en el espacio abolido:
penetrarte hasta el estallido
no sería ya vivir:
esa línea sombría entre tus muslos
es el inasible vuelo de la verdad.

La marcha de mis manos
sobre la arena de tu piel:
¡Ah, recorrer hasta la locura
ese desierto donde se dilatan
los dos soles del desvarío!

Yo te abandono mi cuerpo
y la rabia que contiene:
la conquista de la demencia
es el traspaso de la muerte.

Encerrarnos en la carne
es adelantar la muerte
y relegarla en compañía
de nuestros movimientos rutinarios.
¿Qué es una boca
que no desgarra?






de Poemas del otro






viernes, julio 06, 2007

"Epitafio de Villon" o "Balada de los ahorcados", de François Villon

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Hermanos humanos, que viven después de nosotros,
no tengan contra nosotros endurecidos corazones,
pues, teniendo piedad de nuestras pobres almas,
Dios la tendrá antes de ustedes.
Aquí nos ven atados, cinco o seis:
en cuanto a la carne, que hemos alimentado en demasía,
hace tiempo que está podrida y devorada
y los huesos, nosotros, ceniza y polvo nos volvemos.
De nuestros males no se burle nadie;
pero rueguen que a todos Dios nos quiera absolver.

Si hermanos nos llamamos, en nuestro clamor sin desdén
nos traten, aunque hayamos sido muertos
por Justicia. Pues deben entender
que no todos los hombres pueden ser sensatos;
perdónennos ahora, ya que hemos partido
hacia el hijo de la Virgen María;
que su gracia no nos sea negada
y pueda preservarnos del rayo infernal.
Muertos estamos, que nadie nos moleste:
pero rueguen que a todos Dios nos quiera absolver.

La lluvia nos ha limpiado y lavado,
y el sol desecado y ennegrecido;
urracas, cuervos, nos han cavado los ojos
y arrancado la barba y nuestras cejas.
Nunca jamás, ni un instante, pudimos sentarnos:
luego aquí, luego allá, como varía el viento,
a su placer sin cesar nos acarrea,
siendo más picoteados por los pájaros que dedales de coser.
De nuestra cofradía nadie sea:
pero rueguen que a todos Dios nos quiera absolver.

Príncipe Jesús, que sobre todo reinas,
guarda que el Infierno no tenga sobre nosotros dominio:
nada tenemos que hacer con él ni que pagarle.
Hombres, en esto no hay ninguna burla:
pero rueguen que a todos Dios nos quiera absolver.


















Ballade des pendus

Frères humains qui apres nous vivez/ N'ayez les cuers contre nous endurciz,/ Car, se pitié de nous pauvres avez,/ Dieu en aura plus tost de vous merciz./ Vous nous voyez cy attachez cinq, six/ Quant de la chair, que trop avons nourrie,/ Elle est pieça devoree et pourrie,/ Et nous les os, devenons cendre et pouldre./ De nostre mal personne ne s'en rie:/ Mais priez Dieu que tous nous veuille absouldre!// Se frères vous clamons, pas n'en devez/ Avoir desdain, quoy que fusmes occiz/ Par justice. Toutesfois, vous savez/ Que tous hommes n'ont pas le sens rassiz;/ Excusez nous, puis que sommes transis,/ Envers le filz de la Vierge Marie,/ Que sa grâce ne soit pour nous tarie,/ Nous préservant de l'infernale fouldre./ Nous sommes mors, ame ne nous harie;/ Mais priez Dieu que tous nous vueille absouldre!// La pluye nous a débuez et lavez,/ Et le soleil desséchez et noirciz:/ Pies, corbeaulx nous ont les yeulx cavez/ Et arraché la barbe et les sourciz./ Jamais nul temps nous ne sommes assis;/ Puis ça, puis la, comme le vent varie,/ A son plaisir sans cesser nous charie,/ Plus becquetez d'oiseaulx que dez à couldre./ Ne soyez donc de nostre confrarie;/ Mais priez Dieu que tous nous vueille absouldre!// Prince Jhesus, qui sur tous a maistrie,/ Garde qu'Enfer n'ait de nous seigneurie:/ A luy n'avons que faire ne que souldre./ Hommes, icy n'a point de mocquerie;/ Mais priez Dieu que tous nous vueille absouldre.//






jueves, julio 05, 2007

“La estética como ciencia de la expresión y lingüística general”, de Benedetto Croce

Extracto


La proposición de que el arte es imitación de la naturaleza tiene varios sentidos. Con estas palabras se han afirmado, o al menos esbozado, unas verdades y, al mismo tiempo, se han sostenido unos errores y, con mayor frecuencia, no se ha precisado nada. Se tiene uno de los sentidos científicamente legítimos cuando imitación se entiende como representación o intuición de la naturaleza, forma de conocimiento. Y cuando eso es lo que se ha querido significar poniendo de relieve por adelantado el carácter espiritual del procedimiento, esta otra proposición también adquiere legitimidad: el arte es la idealización o la imitación idealizadora de la naturaleza. Pero si por imitación de la naturaleza se entiende que el arte ofrece reproducciones mecánicas, duplicados más o menos perfectos de objetos naturales, ante los cuales se renueva ese mismo tumulto de impresiones que producen los otros objetos naturales, la proposición, evidentemente es errónea. Las estatuas de carapintada que simulan seres vivos y ante las cuales retrocedemos estupefactos en los museos no nos dan intuiciones estéticas. La ilusión y la alucinación no tiene nada que ver con el sereno dominio de la intuición artística. Si un artista pinta el espectáculo de un museo de estatuas de cera, si un actor representa en el escenario al burlesco hombre-estatua, tenemos de nuevo el trabajo espiritual y la intuición artística. La misma fotografía, si tiene algo de artístico, lo tiene en tanto que transmite, al menos en parte, la intuición del fotógrafo, su punto de vista, la pose y la situación que se ha afanado por elegir…Y si no se trata del todo de un arte, es que el elemento natural permanece más o menos ineliminable e insubordinado: ¿ante qué fotografía, hablo de las mejor acabadas, sentimos una plena satisfacción? ¿Existe alguna en la que un artista no haría una o varias modificaciones y retoques, no quitaría o añadiría nada?

El tema o el contenido no se puede abordar práctica y moralmente mediante epítetos de alabanza o de censura. Cuando los críticos de arte se percatan de que un tema está mal elegido, en el caso en que esta observación tenga una base justificada, no se trata en realidad de una censura dirigida a la elección del tema (lo que sería absurdo), sino a la forma en que el artista lo ha tratado, a la expresión mal solucionada a causa de las contradicciones que contiene. Y cuando los mismos críticos, ante obras que proclaman artísticamente perfectas, se sublevan contra el tema o el contenido por ser indigno del arte y censurable; si estas expresiones resultan por lo demás verdaderamente perfectas, no queda más remedio que aconsejar a los críticos que dejen en paz a los artistas, que sólo pueden inspirarse en lo que les ha causado impresión, y provocar unos cambios en la naturaleza ambiente o en la sociedad para que esas impresiones dejen de ejercerse. Si las fealdades desaparecen del mundo, si en su lugar se establecen la virtud y la felicidad universales, los artistas ya no representarán sentimientos perversos y pesimistas, sino serenos, inocentes y alegres, como los arcadios de una Arcadia real. Pero mientras se impongan fealdades, dolores e infamias al artista, su expresión aparece, y cuando ha nacido, factum infectum fieri nequit. Lo decimos siempre desde el punto de vista estético y del crítico de estética puro.






1902



miércoles, julio 04, 2007

"¿Existe una situación revolucionaria en América Latina?", de Heinz Dieterich





1. La interrogante más política de América Latina

Probablemente la pregunta política más trascendental de América Latina en este momento se refiere a si se encuentra en una situación revolucionaria o no. Es la pregunta estratégica más importante porque la viabilidad de las tres megapropuestas del futuro latinoamericano -el desarrollismo regional, el socialismo del siglo XXI y la alianza orgánica entre los Pueblos y los Estados progresistas- depende esencialmente de su realismo frente al statu quo.

Para responder a la interrogante usamos un sencillo modelo, que reduce el complejo concepto situación revolucionaria a dos parámetros decisivos: a) La fisonomía del poder de la vanguardia revolucionaria y b) La institucionalidad de ruptura que pretende establecer las fuerzas revolucionarias. Determinando los atributos (valores) de ambos parámetros para las revoluciones burguesas y socialistas del pasado, obtenemos un paradigma o modelo histórico de la situación revolucionaria en la época moderna, que permite clasificar el contenido revolucionario de la actualidad latinoamericana.

2. La fisonomía del poder revolucionario

2.1. El poder revolucionario es un poder de facto frente a la institucionalidad y las fuerzas del antiguo régimen. Tiene que ser un poder de facto, porque desde la legalidad establecida es la ruptura del orden constitucional. La legalización de este poder es post festum. La espada se vuelve ley sobre el hecho consumado de la victoria. Los vencedores, constituidos en Asamblea Constituyente originaria, se conceden una nueva Magna Carta Libertatum, una “Gran Carta de las Libertades”, hecha a su medida. La fase de transición entre el poder bruto y el poder normativo varía. La primera constitución soviética se hizo en 1918, la china en 1954 y la cubana en 1976.

2.2. En su esencia, el poder revolucionario no puede ser legislativo ni judicial ni mediático. La precondición de su triunfo es la índole ejecutiva-político-militar. Es el ejército de Cromwell, el new model army de los Ironsides, que le permite derrotar, primero, a la contrarrevolución monárquica y, después, acabar con el parlamentarismo corrupto. Es el Comité de Salud Pública de los jacobinos que liquida a la aristocracia feudal. Son los soviets, el Partido y el germen del Ejército Rojo que permiten la toma del Palacio de Invierno y la disolución de la Asamblea Constituyente, para -después de ser instruido por treinta mil ex oficiales zaristas- derrotar a los ejércitos blancos e intervencionistas.

2.3. El poder es originario, porque se levanta sobre los escombros de las Fuerzas Armadas del ancien régime. En la práctica, esta propiedad confiere una amplia discrecionalidad al nuevo poder. En lo normativo, es la destrucción física del viejo orden lo que faculta a la Asamblea Constituyente a establecer el nuevo orden constitucional sin miras hacia la legislación y Magna Carta anterior, es decir, de actuar como originaria, no como derivativa.

3. Poder revolucionario e Institucionalidad de ruptura

So pena de ser derrotado, el poder real de la vanguardia no puede desligarse de la perspectiva estratégica y teórica de una nueva institucionalidad política y económica que rompa el orden institucional del pasado. Son precisos un nuevo modo de producción y una nueva superestructura.

Cromwell sustituye las tres instituciones dominantes del viejo régimen, la monarquía, el Vaticano y la aristocracia, con el parlamento, la iglesia nacional protestante y la economía de mercado desarrollista. Lenin reemplaza el parlamentarismo burgués por la dictadura del proletariado a través del Partido y la economía de mercado por la economía centralmente administrada del “comunismo de guerra”. Mao actúa sobre el mismo parangón modificándolo con los (fracasados) intentos del gran salto adelante y de las Comunas.

4. ¿Existe una situación revolucionaria en América Latina?

Si comparamos ese paradigma histórico con la situación actual latinoamericana tenemos que concluir que no existen los criterios característicos de una situación revolucionaria de este tipo en la Patria Grande. Y, de hecho, en América Latina, en los últimos 55 años, se han dado solo tres veces: la Revolución Boliviana de 1952, la Revolución Cubana de 1959 y la Sandinista de 1979.

Son marcadas las diferencias entre lo histórico y lo actual. Todos los gobiernos del cambio, los de Evo Morales, Hugo Chávez o Rafael Correa, comparten las siguientes características: a) Son gobiernos de iure, es decir, legalmente constituidos y que llegaron a la Presidencia y al parlamento a través de la institucionalidad del viejo régimen; b) En el proceso de la toma del poder no destruyeron físicamente la institución castrense establecida, sino que encontraron un modus vivendi negociado con ella y c) No disponen del poder característico y originario de las vanguardias de las revoluciones de la modernidad burguesa y socialista.

5. ¿Situación revolucionaria, pre-revolucionaria o coyuntura de normalidad en la Patria Grande?

La no coincidencia de la realidad de los gobiernos de transformación bolivariana con el paradigma de una revolución de la época moderna permite dos inferencias: 1. El modelo sigue vigente y, por lo tanto, no hay una situación revolucionaria en la Patria Grande. Si se usa esta inferencia habrá que determinar si la realidad latinoamericana es pre-revolucionaria -es decir, conducente a una situación revolucionaria- o si las políticas desarrollistas y protosocialistas observables se mantienen dentro de la “desviación estándar” de las medidas de tendencia central del modo de producción capitalista. Es decir, que sí son una desviación significativa frente a la media neoliberal, pero no frente al capitalismo keynesiano o desarrollista; 2. La segunda inferencia posible es que el paradigma de la situación revolucionaria moderna ya no es aplicable a la realidad contemporánea latinoamericana porque ésta ha cambiado demasiado. En tal caso, se podría sustituir este sencillo modelo de dos parámetros (fisonomía del poder/institucionalidad de ruptura) por otros más complejos, por ejemplo, de la física moderna, en los cuales el “cambio de fase” (“revolución”) opera a través de múltiples cambios microscópicos en el comportamiento del sistema hasta generar una masa crítica que produce su cambio macroscópico.

El juicio sobre el carácter revolucionario o no de la situación actual latinoamericano reviste cierta urgencia, porque de la calidad del diagnóstico de la realidad depende la terapia, diseñada para mejorarla. Y es en la calidad del diagnóstico latinoamericano donde se encuentra uno de los mayores obstáculos a la construcción de la vanguardia latinoamericana y su teoría libertadora.








18 de abril, 2007.





martes, julio 03, 2007

"Cabalga sobre el rayo", de John Lutz

Fragmento





- Tiene una mente sorprendentemente retorcida -le dijo Nudger-, teniendo en cuenta que parece la prima pequeña de pueblo de la muñeca Barbie.

La sonrisa de Candy Ann creció, sorprendida y contenta. Mirándola, Nudger no pudo evitar pensar en pastos húmedos y galletas recién horneadas y campos llenos de brillantes girasoles. E incluso así, ella le provocaba un crudo deseo carnal. Era una de esas mujeres excepcionales que tienen línea directa a la líbido de los hombres. Su aspecto quizá fuera lo de menos; algo en ella emitía unas vibraciones que despertaban el deseo masculino.

- ¿Cree que soy atractiva, señor Nudger? -Lo preguntó como si realmente no conociese la respuesta.

- Sí. Y dolorosamente joven.


Por un instante, Nudger casi llegó a pensar que Curtis Colt era un hombre afortunado. Luego miró el reloj, vio que sus diez minutos casi habían pasado y se despidió. Se sentía viejo, demasiado viejo...

Si la muñeca Barbie tenía una prima pequeña, el muñeco Ken también tendría un primo en alguna parte. Y el tiempo era algo que no podía ignorarse. Que se lo dijeran a Curtis Colt.






Pintura: Roy Lichtenstein, "In the car", 1963







lunes, julio 02, 2007

Dos versiones de un dios abandonando a Antonio, de Plutarco y Konstantinos Kavafis



"Que el dios abandonaba a Antonio", de Konstantinos Kavafis


Cuando de repente, a medianoche, se escuche
pasar una comparsa invisible
con músicas maravillosas, con vocerío -
tu suerte que ya declina, tus obras
que fracasaron, los planes de tu vida
que resultaron todos ilusiones, no llores inútilmente.
Como preparado desde tiempo atrás, como valiente,
di adiós a Alejandría que se aleja.
Sobre todo no te engañes, no digas que fue
un sueño, que se engañó tu oído:
no aceptes tales vanas esperanzas.
Como preparado desde tiempo atrás, como valiente,
como te corresponde a ti que de tal ciudad fuiste digno,
acércate resueltamente a la ventana,
y escucha con emoción, más no
con los ruegos y lamentos de los cobardes,
como último placer los sones,
los maravillosos instrumentos del cortejo misterioso,
y dile adiós, a la Alejandría que pierdes.






Traducción de Miguel Castillo Didier.






Un dios abandona Alejandría. Extracto de Vida de Antonio, de Plutarco


Sitiado Antonio por las tropas de César, se cuenta que en aquella noche, la última, cuando la ciudad de Alejandría estaba en el mayor silencio y consternación con el temor y esperanza de lo que iba a ocurrir, se oyeron gradualmente los acordados ecos de muchos instrumentos y griterío de una gran muchedumbre con cantos y bailes satíricos, como si pasara una inquieta turba de Bacantes. Esta turba partió como del centro de la ciudad hacia la puerta por donde se iba al campo enemigo y, saliendo por ella, se desvaneció aquel tumulto feliz, que había sido muy grande. A los que dan valor a estas cosas les parecía que fue una señal de que el dios abandonaba a Antonio, aquel dios al cual siempre hizo ostentación de parecerse y en quien particularmente confiaba.








domingo, julio 01, 2007

“Los reyes sacerdotes”, de James G. Frazer




Las interrogantes que nos hemos planteado son fundamentalmente dos: primero, ¿por qué el sacerdote -o rey del bosque- de Diana en Nemi tenía que asesinar a su predecesor?; segundo, ¿por qué, antes de ultimarlo, debía arrancar la rama de cierto árbol que la opinión general de los antiguos identificaba con la rama dorada de Virgilio? El primer punto a dilucidar es el título sacerdotal. ¿Por qué lo llamaban rey del bosque? ¿Por qué se hablaba de su puesto como si fuera un reino? La unión de la autoridad real con las funciones sacerdotales fue común en la antigua Italia y en Grecia. En Roma y en otras ciudades del Lacio había un sacerdote llamado “rey de los sacrificios” o “rey de los ritos sagrados”, y su esposa tenía el título de reina. En la Atenas republicana, se llamaba rey al segundo magistrado anual del Estado, y reina a su esposa; las funciones de ambos eran religiosas. En muchas otras democracias griegas había reyes titulares cuyas funciones, por lo que sabemos, eran sacerdotales y tenían su sede alrededor del hogar común del Estado. Algunos Estados griegos tenían varios reyes titulares que cumplían servicios religiosos al mismo tiempo. En Roma la tradición indica que el rey de los sacrificios fue nombrado después de la abolición de la monarquía para ofrecer los sacrificios que antes hacían los reyes. El origen de los reyes sacerdotales que prevalecieron en Grecia fue, al parecer, semejante. Ello no es improbable como lo muestra el ejemplo de Esparta, prácticamente el único Estado griego que mantuvo la forma monárquica de gobierno en los tiempos históricos. En Esparta todos los sacrificios oficiales eran ofrendados por los reyes como descendientes del dios. Uno de los dos reyes espartanos ejercía el sacerdocio de Zeus Lacedemonio y el otro el de Zeus Celestial.

Esta combinación de las funciones sacerdotales con la autoridad real resulta familiar a todos. En Asia Menor, por ejemplo, había varias grandes capitales religiosas habitadas por millones de esclavos sagrados y gobernadas por pontífices que disponían al mismo tiempo de la autoridad espiritual y de la temporal, a semejanza de los papas de la Roma medieval. Otras ciudades gobernadas por sacerdotes eran Zela y Pessinos. Los reyes teutones de los antiguos tiempos paganos tuvieron también poderes similares y cumplieron las funciones de los sumos sacerdotes.

Los emperadores de China ofrendaban sacrificios públicos, cuyos detalles figuran en los libros rituales. El rey de Madagascar era el sumo sacerdote de su reino. En la gran fiesta de año nuevo se sacrificaba un buey por el bien del reino, y el rey oraba en acción de gracias mientras sus ayudantes mataban al animal. En los Estados monárquicos de los gallas del Africa oriental, que aún siguen siendo independientes, el rey sacrificaba en la cima de las montañas y regía la inmolación de víctimas humanas. Una unión similar del poder temporal y el espiritual, de los deberes sacerdotales y reales se entrevé, en medio de la penumbra de la tradición, en los reyes de la hermosa región mejicana de Chiapas, cuya antigua capital, sepultada hoy bajo la exuberante selva tropical, muestra sus restos en las espléndidas y misteriosas ruinas de Palenque.

Cuando decimos que los reyes antiguos eran también generalmente sacerdotes, estamos lejos de haber agotado sus funciones religiosas. En aquellos tiempos el carácter divino de un rey no era una expresión vacía sino una creencia generalizada. En muchos casos, los reyes fueron reverenciados no solamente como sacerdotes, es decir como intermediarios entre los hombres y dios, sino como dioses mismos, capaces de otorgar a sus súbditos y adoradores los favores que los mortales juzgan imposibles de lograr y que sólo pueden obtenerse por medio de oraciones y sacrificios ofrecidos a seres invisibles y sobrehumanos. Se esperaba de los reyes la lluvia y el sol a su debido tiempo para lograr abundantes cosechas, entre muchas otras cosas. Esta esperanza, aunque nos parezca extraña, coincide totalmente con el pensamiento primitivo. El salvaje no comprende fácilmente la distinción entre lo natural y lo sobrenatural, comúnmente aceptada por pueblos más avanzados. Para él actúan en el mundo, en gran medida, agentes sobrenaturales que son personas que obran con sus mismos impulsos y motivos y que, como él pueden modificarlos si se apela a su piedad, sus deseos y sus temores. En un mundo así concebido, no advierte limitaciones a su poder de influir en el curso de los acontecimientos naturales en su propio beneficio. Las oraciones, promesas o reclamos a los dioses pueden asegurarle abundantes cosechas, y si, como tantas veces ha creído, sucediera que un dios llegara a encarnarse en su propia persona, ya no necesitaría rogar a seres más elevados. Él, el salvaje, posee en sí mismo todos los poderes para incrementar su propio bienestar y el de sus prójimos.

Así llegamos a comprender la idea del hombre-dios. Pero hay otra forma. Junto con esta visión de un mundo impregnado de fuerzas espirituales, el hombre salvaje posee otro probablemente más antiguo. Se trata de una concepción en la cual puede encontrarse el germen de la moderna idea de la ley natural, o sea la visión de la naturaleza como una serie de acontecimientos que se producen de manera invariable sin intervención de agentes personales. El germen al cual nos referimos se relaciona con esa magia simpatética, como puede denominarse, que ocupa un lugar importante en la mayoría de los sistemas de superstición. En la sociedad primitiva el rey es frecuentemente hechicero además de sacerdote. Asimismo, a menudo parece haber adquirido sus poderes en razón de su supuesta habilidad en la magia blanca o negra. Para comprender entonces la evolución de la monarquía y del carácter sagrado que tenía el cargo para los pueblos salvajes y bárbaros, es esencial familiarizarse con los principios de la magia y tener algún concepto del extraordinario ascendiente que este antiguo sistema de superstición ha tenido en todos los tiempos y en todos los países.






en La rama dorada, 1890
de la biblioteca personal de Walter E. Kurtz