jueves, abril 03, 2025

«La mujer del jardín», de Horacio Castillo (h)




 
Ella lo sabe, no hay ni habrá resurrección posible,
simplemente, no la habrá.

Ahora, sólo cree en la verdad de la flor que duerme en su jardín,
no admite grietas en sus pétalos
ni concibe la sed del insecto que sobrevuela las imperfecciones del cielo.
Todo orden de lo que nace está ahí, rígido, inmóvil, inerte.
Pero a veces, presa de un arrebato,
corre enloquecida como una manada de hembras preñadas
mientras arroja pañuelos a los pájaros justos
para que los lleven como santos sudarios a la muerte.



en Ánima cruda, Ediciones El mono armado, 2016
























miércoles, abril 02, 2025

En la 49ª Feria del Libro Independiente de Valparaíso, la Antología de Poesía de la Resistencia Palestina

 


Este sábado 
5 de abril del 2025
a las 17 hrs.
presentaremos nuestra
Antología de poesía de la resistencia palestina
junto a Ismael Rivera 
y Juan Carlos Villavicencio
en la Feria del Libro Independiente de Valparaíso
para que nos acompañen
y difundan
y leamos a los poetas palestinos
cómo se lo merecen.

¡Nos vemos en Valparaíso este fin de semana!









martes, abril 01, 2025

«Dos geshray / Al-Ṣayḥah / El grito», de Jerome Rothenberg intervenido por Juan Carlos Villavicencio




¡Oh tierra! no cubras mi sangre,
y que no haya lugar para mi clamor. 
 JOB 16:18

«practiquen tu grito» les dije
(¿por qué lo dije?)
porque eran sus gritos & no el mío
los que planearon entre nosotros       brillantes
siempre brillantes para nuestros sentidos ocuparon 
el lugar central el silencio
entonces alguien más se acercó & miró de manera fija
& profunda en sus ojos ahí encontró un recuerdo
de caballos galopando más rápido las ruedas teñidas de rojo 
tras ellos          los polacos e ingleses habían reservado
un día de fiesta pero el judío i el palestino
encerrados en su armario gritaron
hacia el interior de su chaleco un grito
que por lo tanto no tenía sonido alguno
girando en espiral alrededor del planeta
tan salvaje que destrozó piedras i cántaros
hicieron una pila de zapatos en el umbral
esparcieron sus uñas         las cosas testifican
—la ley lo declara—
maletas, naranjas & aquellos objetos más amados
como el pelo & los dientes & las llaves que hablan
por sí mismos
no puedo decir que compartan el dolor
ni siquiera que lo muestren las fotos 
en las que las expresiones de los muertos alumbran a lo lejos 
las muletas por su masa corporal las prótesis por las suyas 
la ausencia de piernas dan testimonio las gafas dan testimonio
los escombros las muñecas de las niñas los turistas, sí, alemanes 
en el escenario oshvietsim i palestina se habían convertido
en las letras sobre sus puertas i las ruinas aún resplandecen
aún el gran mandato
ARBEIT MACHT FREI / ESTE ES SÓLO EL COMIENZO
& al lado del         HOTEL
y el BAR GASTRONÓMICO soñado frente al mar
el espíritu de los lugares se disuelve
indiferente ante su presencia
ahí con los otros fantasmas
el tío i el tío       afligidos
sus párpados se tornan pardos un ojo
les sale por sus traseros
este hombre doble cuyo cuerpo
es el de un cangrejo 
tiene sus entrañas afuera
la carne rosada de sus hijos
cuelga de ellos
carne que se deslizan por sus rodillas
no hay holocausto
para estos       sino sólo khurbn / nakba
la palabra todavía hablada por los muertos
que dicen          mi khurbn / mi nakba
& el khurbn / la nakba de nuestros hijos
son las únicas palabras que el poema permite 
porque le son propias
cada palabra como preludio al grito
entra
a través del hoyo en cada corazón
da vueltas a lo largo de la tripa
hasta la garganta
& estalla
en un grito en un alarido contra el tiempo
es su alarido lo que me sacude
llorando en oshvietsim / en palestina
& eso permite llegar a este poema 



1989 / 2025









Nota: este poema fue reescrito y leído a propósito del coloquio en homenaje a Jerome Rothenberg en Glasgow el 21 de marzo del presente año, organizado por Jeffrey y Rachel Robinson, a los que agradezco todo el cariño.








lunes, marzo 31, 2025

«Infancia», de Cristina Peri Rossi




Allá, en el principio,
todas las cosas estaban juntas,
infinitas en el número
y en la pequeñez.
Y mientras todo estaba junto
el dolor era imposible
la pequeñez, invisible. 




en Cuadernos de marcha, segunda época, año II, nº12, marzo-abril, 1981














domingo, marzo 30, 2025

«Ummī / Una historia de la migración palestina», de Isabel Baboun

Conmemorando el Día de la tierra palestina




CUATRO FRAGMENTOS


Busco una palabra que en la historia de su raíz haya nostalgia y también tristeza. Busco esa palabra que no conozco cuando me encuentro con hannin y después con muhime, ambas recurrentes en Palestina. Una palabra que yo pueda usar en el título de este libro. Una palabra que, ojalá, sea usada sobre todo por palestinos y que yo pueda colocar en el título de este libro que creí haber terminado y al que regreso una y otra vez para volver a terminar. Pienso en muerte y nacimiento, nacimiento y muerte como acontecimientos que van a ocurrir y no van a ocurrir, nunca más, en la vida de una misma persona. No su propia muerte. No su propio nacimiento. Una sola vez y nunca más, cada uno, en la vida de una misma persona.

*   *   *

Dónde instalarse. Dónde empezar. En qué ciudad abrirse camino. Todo eso será decisivo para imaginar la nueva identidad en un país lejos del suyo. Según Lorenzo Agary Antonia Rebolledo, autores de La inmigración árabe en Chile: los caminos de la integración, la llegada marca decisiones de asentamiento, rutas a seguir, y residencia. La mayoría no se queda en Santiago prefiriendo ciudades secundarias. El motivo: la práctica del comercio ambulante. Buscar clientes, recorrer pueblos apartados a pie, ir ampliando el rango de a poco. En un principio se dedican al comercio ambulante casi en exclusivo, lo que los dispersa. Ese oficio, además de la compraventa, se convierte en una de sus principales fuentes de trabajo y en la regla de oro para elegir dónde quedarse.

Alojamiento, una de las principales preocupaciones. Quienes tenían familia o amigos ya residentes en Chile los acogían abriéndoles sus casas y cediéndoles una o dos piezas a los recién llegados para que pudieran resolver cómo y dónde establecerse. Les daban consejos, datos; a quién arrendar, a quiénes contactar. Para los que no tenían a nadie y habían cruzado la cordillera sin certeza de nada, entendían que el camino sería más difícil.

*   *   *

Tenía ocho años más o menos cuando me quedaba a dormir en la casa de mis abuelos paternos los fines de semana. La pieza que uso es pequeña, a lo mejor no, y era inmensa. El encuadre de la habitación lo recuerdo así: cama contra la muralla, velador, en la muralla una pintura de la que no me voy a olvidar más.

En el patio, afuera, había otro dormitorio. Ese estaba apartado del resto de la casa y tenía baño privado. Estaba cerca de una gruta y un rosal. No era un patio demasiado grande pero suficiente para albergar el dormitorio, la gruta y el rosal. Me acuerdo de haber entrado, ver la cama, la cruz atornillada en lo alto de la cabecera. ¿Yo duermo ahí? No, el dormitorio que yo uso está dentro de la casa y tiene el cuadro con la pintura que no he olvidado.

*   *   *

La tintorería, la perfumería y la botonería; las manufacturas de thermoplásticas, de artículos de viajes, de juguetería, de artículos de celuloide y, por último, las manufacturas de artículos de goma encuentran en estos hombres a sus impulsores más seguros. Contribuyen al desarrollo de la minería, ganadería y agricultura. Son maestros en las labores de la tierra ya que los pueblos árabes en su esencia más honda son artesanos de la tierra: a ella han llevado sus métodos y disciplina.

Desde la década de 1920 se multiplican los negocios. La manufactura de calcetines y sedas. Según el libro compilado por Allel, ya para 1937 el 80% de las industrias textiles e hilanderas del país son propiedad de los miembros de las colectividades de habla árabe. Manufacturas de sedas y calcetines, sobre todo. Profesionales en la ciencia, el rubro farmacéutico-químico, descendientes de familias árabes, 'quienes preparan una serie de medicamentos tanto inyectables como ingeribles y terapéuticos' con maravillosos efectos curativos.



Publicado por Tusquets Editores, 2025



Fotografía original de David Gómez












sábado, marzo 29, 2025

«Visita a la Villa de Yang Yun-shih junto al río Huai», de Hui Ch'ung

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Está cerca.
Llegamos a toda prisa
y tomados de la mano partimos
al cobertizo salvaje.

El río se divide
y rompe el contorno del cerro;
el arribo de la primavera revienta de verde
los campos quemados.
Miramos a nuestro alrededor durante tanto,
mientras los pescadores recogieron sus cañas,
hablamos tanto 
que las grullas alzaron el vuelo.

No te preocupes, es tarde
para volver;
brillante la luna asciende
por las islas allá en el horizonte.














viernes, marzo 28, 2025

«Melancolía», de Manuel Machado





 
Me siento, a veces, triste
como una tarde del otoño viejo;
de saudades sin nombre,
de penas melancólicas tan lleno…
Mi pensamiento, entonces,
vaga junto a las tumbas de los muertos
y en torno a los cipreses y a los sauces
que, abatidos, se inclinan… Y me acuerdo
de historias tristes, sin poesía… Historias
que tienen casi blancos mis cabellos.



en Alma, 1902











jueves, marzo 27, 2025

«Anduve por el dorso de tu mano, confiada…», de Chantal Maillard





Anduve por el dorso de tu mano, confiada,
como quien anda en las colinas
seguro de que el viento existe,
de que la tierra es firme,
de la repetición eterna de las cosas.
Mas de repente tembló el universo:
llevaste la mano a tus labios
y bostezando abriste la noche
como una gruta cálida.

Llevabas diez mil siglos despertando
y el fuego ardía impaciente en tu boca.



en Hainuwele, 1990











miércoles, marzo 26, 2025

«Mi familia», de Herta Müller

Traducción Juan José del Solar




Mi madre es una mujer que va siempre embozada.

Mi abuela ha perdido la visión. En un ojo tiene cataratas, y en el otro, glaucoma.

Mi abuelo tiene una hernia escrotal.

Mi padre tiene otro hijo de otra mujer. No conozco a la otra mujer ni al otro hijo. El otro hijo es mayor que yo, y la gente dice que por eso yo soy de otro hombre.

Mi padre le hace regalos de Navidad al otro hijo y le dice a mi madre que el otro hijo es de otro hombre.

El cartero siempre me trae cien leis en un sobre por Año Nuevo y dice que me los manda Papá Noel. Pero mi madre dice que yo no soy de otro hombre.

La gente dice que mi abuela se casó con mi abuelo por sus tierras y que estaba enamorada de otro hombre con el que hubiera sido mejor que se casara porque su parentesco con mi abuelo es tan cercano que aquello fue un cruzamiento consanguíneo.

La otra gente dice que mi madre es hija de otro hombre y mi tío es hijo de otro hombre, pero no del mismo otro hombre, sino de otro.

Por eso el abuelo de otro niño es abuelo mío, y la gente dice que mi abuelo es el abuelo de otro niño, pero no del mismo otro niño, sino de otro, y que mi bisabuela murió muy joven, aparentemente a consecuencia de un catarro, pero que aquello fue algo muy distinto de una muerte natural, que realmente fue un suicidio.

Y la otra gente dice que fue algo muy distinto de una enfermedad y de un suicidio, que fue un asesinato.

Al morir ella, mi bisabuelo se casó en seguida con otra mujer que ya tenía un hijo de otro hombre con el que no estaba casada, pero que a la vez también era casada y que después de ese otro matrimonio con mi bisabuelo tuvo otro hijo del que también dice la gente que es de otro hombre, no de mi bisabuelo.

Mi bisabuelo viajaba cada sábado, año tras año, a una pequeña ciudad que era un balneario.

La gente dice que en esa ciudad se juntaba con otra mujer.

Hasta se le veía en público llevando de la mano a otro niño con el que incluso hablaba otro idioma.

Nunca se le veía con la otra mujer, pero, según la gente, esta sólo podía ser una prostituta del balneario, ya que mi bisabuelo nunca se dejaba ver con ella en público.

La gente dice que hay que despreciar a un hombre que tenga otra mujer y otro hijo fuera del pueblo, que aquello no es mejor que el incesto puro y simple, que aquello es aún peor que el cruzamiento consanguíneo, que aquello es pura y simple ignominia.






del libro En tierras bajas, 1982















martes, marzo 25, 2025

«Alba de amor», de Luisa Luisi




 
Despertarán las ondas largo tiempo dormidas 
en el seno profundo y turbio de las aguas;
los números dispersos concertarán sus rondas 
en músicas celestes de danzas estelares;
los jugos de la tierra, acres en su aislamiento, 
sublimarán los pétalos de seda y de perfume; 
se ordenará en enjambres de melódico vuelo 
la turba zumbadora de doradas abejas,
y en el duro panal de las palabras 
dejará la dulzura de su carga olorosa;
los átomos inciertos de descentrados giros, 
dóciles y sumisos al torbellino rítmico,
en siderales notas de suprema armonía 
encenderán estrellas de musicales órbitas; 
celestes disciplinas regularán el Caos,
y la serenidad de las formas perfectas
sucederá a este inquieto sobresalto del alma…
Cuando una sola chispa de luz de tu mirada 
levante un alba nueva y rosa en mis entraña…




en Polvo de días, 1935













lunes, marzo 24, 2025

«La próxima vez que te vea, te mato», de Paulina Flores

Fragmento




Merecido me tenía el asiento libre después de tanta faena. No daba para predestinación, pero el Azar al menos le dio un like a mi historia. Angustiada iba a seguir hasta transportándome en Uber Helicóptero, era el delineador de ojos quien agradecía una mayor estabilidad. Estaba por aplicarlo en el párpado móvil cuando noté miradas incómodas de los pasajeros en mi dirección. Algunos incluso con rechazo, otros lanzando ojeadas rápidas antes de zambullirse en sus pantallas.

No sentí escalofríos, porque tenía la piel erizada desde antes de salir del edificio. Tampoco es que fuera desagradable: el cosquilleo se parece a la electricidad y a mí siempre me han gustado los rayos de las tormentas. Los rayos destruyen, pero no son ilegales. O nadie los denuncia por intento de homicidio. Al contrario, a veces hasta piden por ellos, «¡que me parta un rayo!», desean.

Un pasajero meneó la cabeza, mi paranoia aumentó. A punto estuve de levantarme para escapar, cuando me di cuenta de que las miradas iban dirigidas al señor que iba a mi lado.

Debía de tener más de setenta años, vestía un traje azul y lloraba a moco tendido.

Estaba tan abstraída en mis miserias que cuando me senté ni siquiera reparé en él. Solo ahora pude escuchar su llanto, que de verdad era estruendoso, y notar sus mocos desbordando el pañuelo de tela, a punto de caer en mi pierna.

Era algo realmente duro de oír y ver, pero fue bueno presenciar el sufrimiento expuesto con claridad. Que alguien llorara con tal congoja y delante de tanta gente desahogó un poquito el vertedero cínico de mi corazón.

También me impresionó que nadie se preocupara por él. Al hacer contacto visual con la pasajera de enfrente, puso los ojos en blanco. «Está borracho», me transmitió su gesto. Tal vez la mayoría de los pasajeros se contentaban con el mismo pretexto, ¿o era suspicacia mía y para sacarme la culpa la proyectaba en los otros? Como fuera, todos le hacían el vacío, no es que yo tuviera la suerte de encontrar un asiento libre. Mi clásico. Guardé la bolsita del maquillaje y medité qué hacer.

Ahí me di cuenta de que en realidad era más difícil de lo que suponía. Y que quizás por eso nadie daba el primer paso.



Publicado por Anagrama, 2025










domingo, marzo 23, 2025

«Naturalizada», de Hala Alyan

Versión de Juan Carlos Villavicencio




¿Puedo arrancarme la tierra como si fuera un corcho?
Derramo todo durante el almuerzo. Mi padre nunca aprendió a nadar.
Sé que ya he dicho demasiado.
Mira, van aparecindo las maravillas. Mira, los chicos
ven Vice de nuevo. Brillos y citas pegajosas.
Les gusta entender. Les gusta jugar al abogado del diablo.
Mi padre juega fútbol. Hace mucho calor en Gaza.
No es lugar para una trenza de niña. Bajo
ese ascensor de hospital. Cuando esto termine.
Cuando esto termine, no habrá más que silencio.
Los colegas me felicitarán por el alto al fuego
y estiraré mis dientes hasta convertirlos en un país.
Como si no llevara a Al Jazeera al baño.
Como si no rezara en árabe entrecortado.
Está bien. Les gusto. Les gusto en un museo.
Les agrado cuando escupo a mi padre de mi boca.
Hay un silbido. Hay un misil golpeando la tierra como un puño.
Dibujo un mapa de Pantene en la cortina de la ducha.
Rompo un Clonazepam con los dientes y nado.
El diario dice tregua y los supermercados C-Mart
vuelven a vender semillas de granada. Metáfora tonta.
Arruiné la velada. Me dieron una vida. ¿Es frívolo esto?
Los domingos son días de tarot. Los martes son para tacos.
Hay una gotera en el baño y la arreglo
en treinta minutos exactos. Toda esa agua de sobra.
Todos esos números al costado de la pantalla.
Aquí está tu matemática. Aquí tu opinión en caliente.
Ese número no es un número.
Ese número es una primera palabra, un apodo, una canción de cumpleaños en junio.
No debería tener que decirte eso. Aquí está tu testimonio,
aquí tus vacaciones en la playa. Imagina:
dejo de correr cuando estoy cansada. Imagina:
aún queda el mes de junio. Dime,
¿qué página editorial va a garantizar su muerte en la agonía?
¿Qué editor? ¿Cuál es la línea roja? ¿Qué bolsillo?
Qué tierra. Qué sacudida. Qué silencio. 














sábado, marzo 22, 2025

«Mi padre», de Zhang Zao

Traducción de Miguel Ángel Petrecca



 
Era 1962 y no sabía qué hacer.
Joven todavía, idealista y de izquierda,
pero etiquetado como reaccionario.
En Xinjiang la panza se le hinchó por el hambre
y escapó de regreso a su hogar en Changsha.
Su abuela le cocinó sopa de cerdo y zanahoria,
con unos dátiles rojos flotando en el caldo.
Dentro de su cuarto prendió una varita,
y observó en el humo un desconcierto ascendente.
Se encontraba perdido de verdad ese día.
Salió a dar un paseo, pero no pudo pensar.

Se echaba a reír mirando fijo cosas invisibles.
Su abuela le dio un cigarrillo, y él fumó por primera vez.
Dijo: la palabra «absurdo» se deshace en los anillos de humo.
Al mediodía tuvo ganas de ir a sentarse a una isla,
a tocar la flauta.
Empezó a andar hacia allá pero en el medio cambió de idea,
y mientras bordeaba el mismo camino de golpe
pensó que siempre había dos yo dentro de él,
uno que iba para un lado,
y otro que iba para el otro,
uno que cantaba sentado sobre la belleza,
y otro que marchaba por la ruta de Mayo
en el centro de una verdad inextinguible.

Pensó, ahora está todo bien. Como sea, está todo bien.
Se detuvo. Se dio vuelta. Empezó a caminar hacia la isla.
Con este giro, conmovió una campana en el horizonte.
Con este giro, perturbó todos los ritmos del mundo.
Con este giro, el camino se volvió maravilloso,

y mi padre se convirtió en mi padre.





en Un país mental. 150 poemas chinos contemporáneos
Gog y Magog, 2023














viernes, marzo 21, 2025

«Fundación», de Susana Thénon




 
Como quien dice: anhelo, 
vivo, amo,
inventemos palabras,
nuevas luces y juegos,
nuevas noches 
que se plieguen
a las nuevas palabras.
Hagamos 
otros dioses
menos grandes, 
menos lejanos,
más breves y primarios.
Otros sexos 
hagamos
y otras imperiosas necesidades 
nuestras,
otros sueños 
sin dolor y sin muerte.
Como quien dice: nazco, 
duermo, río,
inventemos 
la vida 
nuevamente.


en Edad sin tregua, 1958
















jueves, marzo 20, 2025

«Todo el oro de Lisboa», de Juan Patricio Riveroll

Fragmento



 
Hacía rato que no iba al bar de Vizcaínas en horas de operación. No me necesitaban. En la banqueta, a un lado de la entrada, había tres tipos recargados en la pared, yonquis vagabundos inyectándose una sustancia que podía ser cualquier cosa, una escena que más valía ignorar. La barra ocupaba todo el lado derecho, y en el espacio siguiente tocaba una banda de siete músicos que apenas cabían en el escenario y que juntos producían un sonido funk hip-hopero y tropical que tenía a la gente brincando. Todos los integrantes rapeaban y la única mujer cantaba. Santiago pidió una botella de mezcal para que los tragos salieran de ahí, ahorrando un poco de dinero; nos metimos a la pista con algunos trabajos y brincamos con la raza el resto del toquín. […]

Chocamos los vasos y en eso Karla llegó a abrazarnos. 

—De huevos la tocada —le dije al separarnos.
—Son unos chingones. Lo que no puede ser son los pinches yonquis que ya se apañaron la banqueta. Y no los puedo mandar a volar, no me vaya a meter en pedos. Aquí nuuunca sabes. 
—No le hacen daño a nadie —dijo Santiago. 
—No mames, claro que hacen. Aquí viene banda híper alivianada pero también banda fresa, y sí se espantan. No mames, Santi, si hasta yo me espanto. No chingues. Ese pedo es indefendible. 

Él levantó la ceja, le pidió las llaves de la oficina para darnos unas rayas y ella nos acompañó. 

—A ver si puedes averiguar cómo le hacemos para que desaparezcan de aquí. Es tu única tarea hasta que la cumplas —dijo viéndome a los ojos antes de aspirar una. 

No sabía por dónde empezar. Cuando al fin volví al hotel y pude dormir algunas horas, bajé a preguntarle al Hechicero qué haría en mi lugar. 

—Háblale a la policía. 
—No jodas. Eso lo pudo hacer Karlita en un minuto. Tiene que ser una maniobra desde adentro, no puede parecer que somos unos rajones. Perdemos toda credibilidad en la colonia si hacemos una mamada de esas. 
—Uta, pues entonces no sé. 

Hice más preguntas en lugares cercanos, en otro bar y en una taquería, y me dijeron lo mismo. También traté de hacerles conversación, de convencerlos de instalarse en otra parte, y nada más me dieron lástima. Apenas balbuceaban. Es probable que ni siquiera supieran en dónde estaban. Además, no siempre eran los mismos. La calidez del bar logró que vieran ese espacio como una clase de guarida, en donde convivían con gente sin tener que interactuar de ningún modo. La cosa no estaba fácil. Karla escuchó lo que me recomendaron tres gerentes de la zona, y su respuesta fue muy similar a un regaño, justo lo que me temía. Esa vía no era posible. Entonces, en vez de preguntar qué harían en esa situación, lo que pregunté fue si había alguien que estuviera a cargo de la zona de una manera, digamos, extraoficial; quería saber si había algo así como un líder sindical, y ante eso llegué a dos respuestas: el cartel La Unión decidía todo lo relacionado a cualquier tipo de estupefacientes, y el equivalente al líder que buscaba era el mero mero petatero de plaza Meave, que controlaba todo lo demás. 

[…]

Llegamos, toqué y el tipo de la entrada nos volvió a dejar afuera unos minutos. Me sentí mejor acompañado. Le acepté a Karla un cigarro y los nervios se diluyeron con el humo del tabaco. La música que salía del local de enfrente le daba un toque de fiesta a una situación tensa, bocinas en venta que no llegaban a tronar por más que le subieran, que arrastraban consigo la coherencia de ese gran circo que se desenvolvía en torno nuestro, en el que la compraventa se convertía en un rito ceremonial aderezado con punchis punchis de barrio. En eso se abrió la puerta, tiramos la colilla al suelo y Karla entró primero. Di un paso adelante y el tipo cruzó el brazo para bloquearme la entrada. 

—Nada más puede pasar una persona. 
—Ya hablé con la secretaria del señor Flores Cruz. Nos está esperando. 
—Nada más puede pasar una persona —repitió en el mismo tono. 
—No hay pedo, ahí vengo. Aquí espérame —dijo Karla y el tipo me cerró la puerta. Me avergoncé de no poder acompañarla, en una situación que estaba fuera de nuestro control, en la que no había más que hacer caso. Me acomodé en la banqueta y me recargué en la pared bajo el rayo del sol. Qué carajos estaba haciendo ahí, en una vida que solo me correspondía porque la arrebaté, porque me impuse, y en ese instante se me reveló mi posición ridícula, a la deriva en un mundo en el que debería de estar haciendo otra cosa. Quizá era tiempo perdido, aunque también cabía la posibilidad de que el futuro fuera absolutamente opuesto al que imaginé hasta ese punto de mi vida. Si dejaba de pensar en lo que yo esperaba de mí y en lo que la gente a mi alrededor esperaba que hiciera, si de una vez por todas evitara darle seguimiento a un guion impuesto por ideas preconcebidas y por algunos prejuicios sociales, las opciones que podrían abrirse frente a mí serían como un abanico de una amplitud inmensa, y este momento equivaldría a un punto de partida. Dentro de tal escenario, todo representaría una nueva posibilidad. Si cambiaba de chip no había nada que pudiera detenerme. La clave era no ver el cambio como una traición al destino, sino como una liberación, o una purga. La clave era aprender más y en otras direcciones y traicionar cada vez que fuera necesario. Librarse de las ataduras y de todo lo predestinado. Tal vez en aquella senda estaba la realización, pero ¿qué significaba eso? Si a este mundo venimos a aprender, cada cambio de rumbo es una nueva apuesta para ahondar en lo que no sabemos. Para crecer. Me encontraba entonces justo en el lugar en el que tenía que estar, fuera del laberinto del señor Flores Cruz, al son de un techno-infierno para darse un tiro y con el rayo del sol en la cara, a la espera de saber si nos libraríamos de una bola de yonquis. Qué carajos estaba haciendo ahí. 

Vi la puerta abrirse y a Karla salir con parsimonia. Me levanté de un salto en lo que ella encendía otro cigarro. 

—¿Quieres? 

Negué con la cabeza y emprendimos el camino de vuelta con más calma. Le dio un par de caladas antes de hablar. 

—A toda madre el gordo, la neta.
—Cállate, no mames. Que no te vayan a oír.
—Serénate, no pasa nada. Ya hasta nos volvimos compas. 
—¿Neta?
—Obviamente no, pero le caí bien. Que una pinche güerita tenga su bar aquí al lado y se le plante enfrente para pedirle un paro le pareció un detallazo. No me pidió ni un centavo, quiso saber de qué iba el antro y al final me dijo que ya no me preocupara, que si volvían a aparecer regresara a verlo. 
—Qué maravilla.
—Amerita un mezcal.

Esa noche, por arte de magia, la banqueta se había despejado.




Publicado por Tusquets Editores, 2024