martes, julio 21, 2009

«Marina», de Arthur Rimbaud

Traducción de Armando Uribe Arce




Los carros de plata y de cobre—
Los proas de acero y de plata—
Combaten la espuma—,
Levantan las cepas de zarzas.
Cursos de los arenales,
Y caminos inmensos de reflujo,
Se van al este circulares,
A los pilares de la foresta—,
A los fustes de los escollos,
Cuyo ángulo se hiere en torbellinos de luces.









en Revista Finis Terrae, 39, Santiago, 1963.













lunes, julio 20, 2009

“Rimbaud”, de Enrique Lihn







Él botó esta basura
yo le envidio su no a este ejercicio
a esta masturbación desconsolada
Me importa un trueno la belleza
con su chancro
Ni la perversión ni la conversión interesan
No a la magia. Sí de siempre a la siempre decepcionante
evidencia de lo que es
y que las palabras rasguñan, y eso
Le poetizo también
Este es un vicio al que solo se escapa como él
desdeñosamente
y pudo, en realidad, bloquearse en su neurosis
perder la lengua a manos de la peste
y ese no ser un sí a la lujuria de la peste

Por todos los caminos llego a lo impenetrable
a lo que sirve de nada
Poesía culpable quizás de lo que existe
Cuánta palabra en cada cosa
qué exceso de retórica hasta en la última hormiga

Pero en definitiva él botó esta basura
su sombrero feroz en el bosque.





en La musiquilla de las pobres esferas, 1969










domingo, julio 19, 2009

«El río», de Vinicius de Moraes

Traducción de Carmen Gloria Rodríguez y Vania Torres





Una gota de lluvia
Cuando el vientre grávido
Estremeció la tierra.
A través de viejos
Sedimentos, rocas
Ignoradas, oro
Carbón, fierro y mármol
Un río cristalino
Lejano milenios
Partió frágil
Sediento de espacio
En busca de luz.

Un río nació.





Rio de Janeiro, 1954






O rio

Uma gota de chuva / A mais, e o ventre grávido / Estremeceu, da terra. / Através de antigos / Sedimentos, rochas / Ignoradas, ouro / Carvão, ferro e mármore / Um fio cristalino / Distante milênios / Partiu fragilmente / Sequioso de espaço / Em busca de luz. // Um rio nasceu.












sábado, julio 18, 2009

“El arte trata sobre uno de nosotros”, de Mario Romero





a Christian y Raquel




En la escalera
dos niños fingen
que cada uno es la sombra del otro.
Nosotros, desde la habitación en penumbras,
escuchamos atentamente el juego,
y sonreímos.

Sin embargo,
una ligera inquietud comienza a apoderarse
de nuestra escena cotidiana,
cuando sentimos que lo que esos niños dicen
es como en el arte;
que quienes sostienen esos diálogos
están desesperados,
en total desacuerdo con sus sombras provisorias,
y que probablemente estén en este cuarto,
sean uno de nosotros, sombra
fugaz del otro que no acaba de ensombrecerse.






en Última mejilla, 1988










viernes, julio 17, 2009

"El retrato oval", de Edgar Allan Poe





El castillo al cual mi criado se había atrevido a entrar por la fuerza antes de permitir que, gravemente herido como estaba, pasara yo la noche al aire libre, era una de esas construcciones en las que se mezclan la lobreguez y la grandeza, y que durante largo tiempo se han alzado cejijuntas en los Apeninos, tan ciertas en la realidad como en la imaginación de Mrs. Radcliffe. Según toda apariencia, el castillo había sido recién abandonado, aunque temporariamente. Nos instalamos en uno de los aposentos más pequeños y menos suntuosos. Hallábase en una apartada torre del edificio; sus decoraciones eran ricas, pero ajadas y viejas. Colgaban tapices de las paredes, que engalanaban cantidad y variedad de trofeos heráldicos, así como un número insólitamente grande de vivaces pinturas modernas en marcos con arabescos de oro. Aquellas pinturas, no solamente emplazadas a lo largo de las paredes sino en diversos nichos que la extraña arquitectura del castillo exigía, despertaron profundamente mi interés, quizá a causa de mi incipiente delirio; ordené, por tanto, a Pedro que cerrara las pesadas persianas del aposento —pues era ya de noche—, que encendiera las bujías de un alto candelabro situado a la cabecera de mi lecho y descorriera de par en par las orladas cortinas de terciopelo negro que envolvían la cama. Al hacerlo así deseaba entregarme, si no al sueño, por lo menos a la alternada contemplación de las pinturas y al examen de un pequeño volumen que habíamos encontrado sobre la almohada y que contenía la descripción y la crítica de aquéllas.

Mucho, mucho leí... e intensa, intensamente miré. Rápidas y brillantes volaron las horas, hasta llegar la profunda medianoche. La posición del candelabro me molestaba, pero, para no incomodar a mi amodorrado sirviente, alargué con dificultad la mano y lo coloqué de manera que su luz cayera directamente sobre el libro.

El cambio, empero, produjo un efecto por completo inesperado. Los rayos de las numerosas bujías (pues eran muchas) cayeron en un nicho del aposento que una de las columnas del lecho había mantenido hasta ese momento en la más profunda sombra. Pude ver así, vívidamente, una pintura que me había pasado inadvertida. Era el retrato de una joven que empezaba ya a ser mujer. Miré presurosamente su retrato, y cerré los ojos. Al principio no alcancé a comprender por qué lo había hecho. Pero mientras mis párpados continuaban cerrados, cruzó por mi mente la razón de mi conducta. Era un movimiento impulsivo a fin de ganar tiempo para pensar, para asegurarme de que mi visión no me había engañado, para calmar y someter mi fantasía antes de otra contemplación más serena y más segura. Instantes después volví a mirar fijamente la pintura.

Ya no podía ni quería dudar de que estaba viendo bien, puesto que el primer destello de las bujías sobre aquella tela había disipado la soñolienta modorra que pesaba sobre mis sentidos, devolviéndome al punto a la vigilia.

Como ya he dicho, el retrato representaba a una mujer joven. Sólo abarcaba la cabeza y los hombros, pintados de la manera que técnicamente se denomina vignette, y que se parece mucho al estilo de las cabezas favoritas de Sully. Los brazos, el seno y hasta los extremos del radiante cabello se mezclaban imperceptiblemente en la vaga pero profunda sombra que formaba el fondo del retrato. El marco era oval, ricamente dorado y afiligranado en estilo morisco. Como objeto de arte, nada podía ser más admirable que aquella pintura. Pero lo que me había emocionado de manera tan súbita y vehemente no era la ejecución de la obra, ni la inmortal belleza del retrato. Menos aún cabía pensar que mi fantasía, arrancada de su semisueño, hubiera confundido aquella cabeza con la de una persona viviente. Inmediatamente vi que las peculiaridades del diseño, de la vignette y del marco tenían que haber repelido semejante idea, impidiendo incluso que persistiera un solo instante. Pensando intensamente en todo eso, quédeme tal vez una hora, a medias sentado, a medias reclinado, con los ojos fijos en el retrato. Por fin, satisfecho del verdadero secreto de su efecto, me dejé caer hacia atrás en el lecho. Había descubierto que el hechizo del cuadro residía en una absoluta posibilidad de vida en su expresión que, sobresaltándome al comienzo, terminó por confundirme, someterme y aterrarme. Con profundo y reverendo respeto, volví a colocar el candelabro en su posición anterior. Alejada así de mi vista la causa de mi honda agitación, busqué vivamente el volumen que se ocupaba de las pinturas y su historia. Abriéndolo en el número que designaba al retrato oval, leí en él las vagas y extrañas palabras que siguen:

«Era una virgen de singular hermosura, y tan encantadora como alegre. Aciaga la hora en que vio y amó y desposó al pintor. Él, apasionado, estudioso, austero, tenía ya una prometida en el Arte; ella, una virgen de sin igual hermosura y tan encantadora como alegre, toda luz y sonrisas, y traviesa como un cervatillo; amándolo y mimándolo, y odiando tan sólo al Arte, que era su rival; temiendo tan sólo la paleta, los pinceles y los restantes enojosos instrumentos que la privaban de la contemplación de su amante. Así, para la dama, cosa terrible fue oír hablar al pintor de su deseo de retratarla. Pero era humilde y obediente, y durante muchas semanas posó dócilmente en el oscuro y elevado aposento de la torre, donde sólo desde lo alto caía la luz sobre la pálida tela. Mas él, el pintor, gloriábase de su trabajo, que avanzaba hora a hora y día a día. Y era un hombre apasionado, violento y taciturno, que se perdía en sus ensueños; tanto, que no quería ver cómo esa luz que entraba lívida, en la torre solitaria, marchitaba la salud y la vivacidad de su esposa, que se consumía a la vista de todos, salvo de la suya. Mas ella seguía sonriendo, sin exhalar queja alguna, pues veía que el pintor, cuya nombradía era alta, trabajaba con un placer fervoroso y ardiente, bregando noche y día para pintar a aquella que tanto le amaba y que, sin embargo, seguía cada vez más desanimada y débil. Y, en verdad, algunos que contemplaban el retrato hablaban en voz baja de su parecido como de una asombrosa maravilla, y una prueba tanto de la excelencia del artista como de su profundo amor por aquella a quien representaba de manera tan insuperable. Pero, a la larga, a medida que el trabajo se acercaba a su conclusión, nadie fue admitido ya en la torre, pues el pintor habíase exaltado en el ardor de su trabajo y apenas si apartaba los ojos de la tela, incluso para mirar el rostro de su esposa. Y no quería ver que los tintes que esparcía en la tela eran extraídos de las mejillas de aquella mujer sentada a su lado. Y cuando pasaron muchas semanas y poco quedaba por hacer, salvo una pincelada en la boca y un matiz en los ojos, el espíritu de la dama osciló, vacilante como la llama en el tubo de la lámpara. Y entonces la pincelada fue puesta y aplicado el matiz, y durante un momento el pintor quedó en trance frente a la obra cumplida. Pero, cuando estaba mirándola, púsose pálido y tembló mientras gritaba: “¡Ciertamente, ésta es la Vida misma!”, y volvióse de improviso para mirar a su amada... ¡Estaba muerta!»









Traducción de Julio Cortázar









jueves, julio 16, 2009

“Corté mis cabellos”, de Rosina Valcárcel







Corté mis cabellos
para que no me amaras
Amor
te regalo mi cuello y sus orejas
y los senos también
por si te pareciera poco
cuídalos hasta la próxima estación
del año
mientras cabalga solitaria
la otra mitad de mi cuerpo.





en Paseo de sonámbula, 2001











miércoles, julio 15, 2009

A propósito de Sicko. Entrevista a Michael Moore, de Amy Goodman

Extractos



Amy Goodman: Michael Moore entró en acción. (…) su último documental, SiCKO, va a ser estrenado esta semana en miles de cines. La película es una ferviente acusación contra el sistema de salud de EE.UU. No se concentra en los más de 40 millones que no tienen previsión sanitaria, sino en los 250 millones que la tienen – muchos de los cuales son abandonados precisamente por el servicio sanitario por el que han pagado durante décadas. (…) Comencé preguntándole lo que le inspiró a hacer la película.

Michael Moore: Bueno, en realidad – tuve un programa en la televisión en los años noventa llamado TV Nation, y un día simplemente pensé que sería interesante realizar una competencia. Así que enviamos camarógrafos a una sala de primeros auxilios en Fort Lauderdale, otro equipo a una en Toronto, y otro a una en La Habana. Y cada equipo debía esperar hasta que alguien llegara con un brazo o una pierna quebrada. Y entonces iban a seguir a esa persona a través del sistema y ver la calidad del cuidado, con qué rapidez se realizaba y lo económico que era. Y convencí a Bob Costas y a Ahmad Rashad, locutores de programas deportivos, para que realizaran la descripción de lo que pasaba en el instante, lo que llamamos, la Olimpíada de la Salud. Y así, fue una carrera entre EE.UU., Canadá y Cuba. Y para decirlo con pocas palabras, Cuba ganó. Tuvieron la atención más rápida, el mejor cuidado, y no costó nada. Esa semana entregamos el show a NBC, y recibimos un llamado del censor. No lo llaman “el censor,” lo llaman Estándares y Prácticas. Y así, esa mujer nos llama. Es la jefa de Estándares y Prácticas – la doctora Algo. No me acuerdo – realmente decía doctora antes de su nombre, pero no me acuerdo de su apellido. Pero ella llama, y me dice: “Mike, Cuba no puede ganar.” Yo digo: “¿Qué?” “Cuba no puede ganar.” “Bueno, ellos ganaron. ¿Qué quiere decir conque no pueden ganar? Ellos ganaron.” “No, no podemos decir eso en NBC. No podemos decir que Cuba ganó.” “Bueno, sí ¡pero ellos ganaron! Aseguraron la atención más rápida. Fueron los más baratos. Y el paciente quedó contento, y le arreglaron el hueso.” “No, eso va contra nuestras regulaciones.” Yo le dije: “¡Oh!, bueno, no lo voy a cambiar.” Bueno, lo cambiaron. Lo cambiaron. Dos días después, cuando lo transmitieron, lo cambiaron para que Canadá ganara. Y Canadá no ganó. Canadá casi ganó, pero cobraron al sujeto 15 dólares por unas muletas a la salida. Así que hasta hoy me fastidia que cualquiera que haya visto ese episodio, sabes, donde decía: “y Canadá ganó la Olimpíada de la Salud,” y en realidad fue Cuba, pero eso no se podía decir en NBC, porque sólo Dios sabe lo que podría ocurrir. Así, en todo caso, entonces me puse a pensar por primera vez en ese tema, y luego cuando tuve mi próximo show, The Awful Truth [La terrible verdad], seguimos a un tipo que tenía seguro de salud, pero su compañía de seguro sanitario no aprobó la operación que necesitaba, que podía salvar su vida. Así que llevamos al individuo a la central de Humana, la HMO [Organización de Mantenimiento de la Salud) en Louisville, Kentucky; lo llevé allí a ver a los ejecutivos. Nos pusieron de patitas en la calle. Así que salimos al césped y celebramos el funeral del hombre, con él presente. Llevamos a un cura, y un ataúd y portadores del féretro, con gaitas y, ya sabes, “Amazing Grace” y todo el aparato. Y los ejecutivos lo miraban desde el piso superior y se horrorizaron que fuera a ser transmitido por la televisión nacional. Tres días después, llamaron y le dijeron al tipo: “Vamos a aprobar la operación.” Y el hombre sigue vivo. Y yo pensé en aquel entonces, vaya, sabes, cosa de diez minutos, y salvamos la vida de un tipo; ¿qué podríamos alcanzar si lo hiciéramos en una película de dos horas? Y así, fue como la génesis de esto, aunque la película no terminó por ser una serie de historias sobre, sabes, salvar vidas individuales, porque a medida que me metía en esto, me di cuenta de que existe una historia mucho, sabes, mucho más grande que hablar del sistema en sí.

Bueno, cuéntanos de los trabajadores del 11-S y cómo te involucraste con toda esa gente que se enfermó.(…)

(…) Bueno, como sabes, aquellos de nosotros que en Nueva York, donde desde el 11-S, muchos de esos trabajadores que acudieron corriendo a ayudar el 11-S que no eran empleados de la ciudad ni del Estado, que eran simplemente voluntarios –quiero decir, algunos cruzaron desde Nueva Jersey y vinieron y ayudaron... Eran tal vez bomberos voluntarios de Nueva Jersey, algunos eran voluntarios de EMT [medicina de emergencia], y fueron a ayudar. Algunos se quedaron durante meses en el esfuerzo de recuperación. Y los afectaron todas esas enfermedades, enfermedades respiratorias y cosas semejantes, de respirar, de todo, sabes – mientras la EPA [Agencia Estadounidense de Protección Ambiental] decía, Giuliani decía, todo va bien. Sabes: vayan y respiren tranquilos. En realidad, como sabemos ahora, fue muy tóxico allí. Y cientos, tal vez incluso miles, han sufrido como resultado de la toxicidad en el aire de entonces. Y luego, para descubrir que nuestro propio gobierno y todos esos fondos del 11-S no suministran ninguna ayuda para esos voluntarios, porque no eran empleados de la ciudad. Así han estado sufriendo todas esas enfermedades – y algunos de ellos sin ver siquiera a un médico o no pueden permitirse las operaciones o las cosas que necesitan, las medicinas que necesitan, porque no tienen seguro médico. Y ahora no pueden trabajar, así que están discapacitados, y tienen que pasar por toda un papeleo para tratar de conseguir Medicaid [un programa que brinda atención médica a algunos individuos y familias con ingresos y recursos escasos]. Es sólo – quiero decir, da pena ver que los hagan pasar por un trámite tras el otro. (…)

¿Cómo llegaron [a Cuba]?

(…) Sabes, ahora el gobierno de Bush me está investigando por ese viaje que hice: dicen que fuimos a Cuba, pero mi punto es, no, íbamos a la Bahía de Guantánamo, que ustedes pretenden que es suelo estadounidense, así que en realidad nunca abandonamos EE.UU. Quiero decir, salimos de Miami en el barco, y terminamos en la Bahía de Guantánamo, que ustedes reivindican como aguas estadounidenses. Y así – pero, desde luego, sabes, terminamos entonces, en la verdadera nación de Cuba. Y verás en la película el maravilloso tratamiento que los trabajadores del 11-S y los otros que llevé recibieron de los doctores cubanos y del sistema de atención sanitaria cubano. Pero, ahora me están investigando. Y quiero decir, tú has estado allá. ¿Has recibido alguna vez esa carta que amenaza con una acción civil y penal en contra tuya?

Los trabajadores de emergencia que llevaste a Cuba, [háblame] del sistema de atención sanitaria en ese país.

Bueno, ya sabes, cuando dicen que hay un doctor en cada manzana, no es un cliché. Quiero decir, están realmente – Cuba, por persona, tiene tantos doctores más que nosotros. Sabes, ha habido una escasez de doctores en EE.UU. durante mucho tiempo, y ha sido en gran parte porque la AMA [Asociación Médica de EE.UU.] no quiere que haya más estudiantes en las escuelas de medicina, porque creen que si mantienen bajo el número de doctores, esos doctores reciben más dinero, a diferencia de si tuviéramos un montón de doctores, tendrían que repartir un poco más el pastel, así que... Pero los doctores cubanos, el sistema de atención sanitaria cubano, me impresionaron mucho. Toda la gente que llevamos allá estaba extremadamente contenta con el tratamiento que recibieron. Pero se concentran mucho en la prevención y, porque lo hacen, terminan sin tener que gastar un montón de dinero en su atención sanitaria. No tienen el dinero necesario. Es un país muy pobre, como sabes. Y me impresionó mucho. Y, sabes, con lo poco que tienen para utilizarlo en su sistema de atención sanitaria, terminan viviendo más que nosotros. Tienen una tasa inferior de mortalidad infantil que nosotros. En una serie de aspectos, están igual o mejor que nosotros.

Habla de esos sitios y lo que tiene cada cual.

Bien. Bueno, los canadienses, tienen un excelente sistema que cubre a todos, y la gente allá está muy contenta con él. Básicamente, no pagas por nada. Escoges a tu propio doctor. Si tienes que ir al hospital, escoges tu propio hospital. Hay libertad de elección. Y, sabes, oyes a los críticos del sistema canadiense en este país que hablan de que: “¡Oh!, los canadienses, tienes que hacer cola, sabes, antes de que te cambien una rodilla, o tienes que esperar una cantidad x de semanas, sabes, cuando en EE.UU. no tienes que esperar.” Sabes, cuando oigo eso, pienso, bueno, es lo que haces cuando tienes que compartir el pastel. A veces tienes que esperar. Es como, supongo que no forma parte de nuestra mentalidad de estadounidenses: esperar. Sabes: ¡dámelo ahora mismo! Bueno, sabes, a veces, cuando tú –como dije, cuando estás compartiendo el pastel, obtienes la primera tajada, no tienes que esperar; a veces te toca la tercera tajada; a veces te toca la última. Pero lo importante que hay que recordar es que todos reciben una tajada. Las cosas no son así en este país. Ahora, el sistema británico es realmente de propiedad del gobierno, en el sentido de que el gobierno es dueño y dirige los hospitales, el gobierno emplea a los doctores. Y así, trabajan para el gobierno, así que es un programa de propiedad, dirigido y controlado por el gobierno en Gran Bretaña. Y de nuevo, sabes, todo es gratis. Y ves los hospitales en la película. La gente está contenta con el sistema. Y, sabes, si conoces a alguien que alguna vez haya viajado a esos países, que han tenido la experiencia de tener que ir a un hospital canadiense o un hospital británico – quiero decir, como lo dice una mujer en la película: pensó que iba a ser algo deslucido, horrible – como salido de una novela de Dickens o de la antigua Unión Soviética o algo. Y fue, y resultó ser: “¡Wow! ¡Esto es increíble!” Francia, sin embargo, es probablemente, si no lo mejor, cerca de lo mejor que vimos.

(…) Hablemos sobre cómo llegamos al sistema que tenemos en este país.

Bueno, sabes, mi abuelo realmente fue un médico de campo. Venía de Canadá. Fue a la escuela de medicina a fines del Siglo XIX. En aquel entonces duraba un año. Ya sabes, en cierto modo es lo que sabían entonces. Podían enseñarlo en un año. Y así, la pequeña aldea en la que, sabes, crecí, porque mi mamá era de allí, también porque él estaba allí, sabes, le pagaban con huevos y leche y pollos, y cosas así. No lo hacía para ganar mucho dinero. No ganaban mucho dinero entonces. Vivían bien – era el doctor local – pero no eran los ricos de la comunidad. Nos alejamos del concepto de tratar a la gente porque era lo que había que hacer. Las monjas dirigían el hospital en el que yo nací. Las monjas no lo hacían para hacer beneficios e invertir en Wall Street. Sabes, quiero decir, lo hacían porque pensaban que era su deber servir a Dios y servir a la humanidad abriendo hospitales y asistiendo en los partos. Ahora estamos muy lejos de eso. En algún momento dejamos que los beneficios y la codicia entraran en el juego. Y en la película, fijo una cierta fecha en la que realmente comenzaron las HMO [prepagas privadas]. Y realmente tuve mucha suerte. Tenía a un investigador de veintitrés años en mi oficina, que trabajó en la película; que en realidad era alguien que creo que fue recomendado por Jeremy Scahill, de modo que hay una conexión con Democracy Now! con ese momento en la película. Pero él encontró esa cinta de Watergate – no tiene nada que ver con Watergate, es una de las cintas de Nixon – en los Archivos, los Archivos Nacionales, donde Nixon y Ehrlichman discuten si apoyar o no este concepto de las HMO, y Ehrlichman le dice a Nixon: “Vas a adorar esto, porque es empresa privada. No es como algo gratuito.” Nixon dice: “¡Oh!, me gusta eso. Cuéntame.” Y Ehrlichman agrega: “Bueno, esto va a funcionar como sigue, esas HMO. Van a ganar más dinero suministrando menos atención. Mientras menos atención les den, a los pacientes, más dinero gana la compañía.” Nixon dice: “¡Oh! ¡No está mal!” Y es todo lo que está en la cinta. (…) Y Ehrlichman y Nixon se frotan las manos, y dicen: “¡Oh! ¡Esto es tremendo! Y el día siguiente, Nixon anuncia su nuevo programa de atención sanitaria que, desde luego, va a incluir esas HMO que Kaiser Permanente quería que fueran incluidas. Y ahí empieza. Y todo está en la película. Y así, cuando él – cuando George me lo trajo por primera vez, pensé: “Muchacho ¿llevan todos los caminos a Nixon?” Quiero decir, le echamos la culpa a Nixon por muchas cosas ¿pero también por las HMO? Quiero decir ¿es el culpable en última instancia por nuestro lío actual de beneficios y codicia de nuestros días? Y la respuesta es positiva. Y estas compañías de seguros de salud son –apenas– los Halliburtons de la industria sanitaria. Quiero decir, realmente – hacen lo que les da la gana. Cobran lo que quieren. No hay control gubernamental. Y francamente, no arreglaremos realmente nuestro sistema hasta que eliminemos a esas compañías privadas de seguro. Quiero decir literalmente que tienen que ser eliminadas. No se puede permitir que existan en este país.

¿Cómo se relaciona esto con Fahrenheit 11-S? ¿Qué vincula SiCKO con tus previas películas y Bowling for Columbine?

Bueno, es una buena pregunta. Hay, realmente, un lazo que va desde Bowling for Columbine pasando por Fahrenheit a esta cinta. Una parte es el uso del miedo. El motivo por el que no tenemos un mejor sistema es porque nos han hecho temer la medicina socializada, el sistema canadiense, lo que sea, y tratan de atemorizar al pueblo estadounidense, utilizando la ignorancia como un camino para aumentar el nivel del temor en este país. Son estas películas – y en realidad lo he estado haciendo desde Roger & Me –son películas sobre– en última instancia sobre nuestro sistema económico. Tenemos un sistema económico, como he dicho antes, que es injusto, no es equitativo, no es democrático. Y hasta que, en última instancia, eso cambie, hasta que construyamos una forma diferente de economía en la manera como nos relacionamos con el capital, no creo que continuaremos teniendo estos problemas, en los que no tienen sufren y los que tienen roban como bandidos.

Michael Moore, ¿le sorprendió algo que descubrió al hacer esta película?

Sí, constantemente – hay que una cosa que realmente me impresionó. Cuando estaba entrevistando al doctor británico, y le preguntaba cuánto estaba ganando – sabes, gana algo como un poco menos de 200.000 dólares al año – y me dijo: “Pero mi sueldo se basa en la calidad del trabajo que hago. Si logro que una mayor cantidad de mis pacientes deje de fumar este año o si reduzco su colesterol o su presión sanguínea o su azúcar, gano más. Así que esto se basa realmente en cuán saludables son mis pacientes. Así que tengo un incentivo para hacer realmente un buen trabajo para ganar dinero.” Y pensé, ¡caramba!, aquí es todo lo contrario. Aquí mientras más gente fume o no coma bien, o lo que sea, que termine con enfermedades o afecciones, eso significa más dinero para las compañías farmacéuticas, más dinero para los doctores, más dinero para los hospitales. Todos ganan cuando te enfermas. Y me llevó a pensar mucho sobre mi propia persona, porque cuando yo estuve allí y me dije: tal vez una forma de hablar a la gente, una forma de derrotar al sistema, por lo menos a este sistema, es que todos debiéramos tratar de cuidarnos un poco mejor, y comenzar por el número uno, yo mismo. Y así, comencé a comer frutas y vegetales. No sé si has oído hablar de esas cosas, pero son de diferentes colores y son crujientes, y, sabes, son muy buenas para ti, si no las has probado. (…) El otro aspecto, es que comencé a ir a dar un paseo cada día. Así que salgo de paseo durante algo como media hora por día, y simplemente – me siento 100% mejor. He perdido 14 kilos. No te preocupes. No voy a – no me vas a ver en un vídeo de gimnasia como el de Jane Fonda, ni nada. Sólo digo, sin embargo, que si sólo – cada uno de nosotros – si todos simplemente hiciéramos un par de cosas para cuidarnos mejor, podemos evitar este demencial sistema de salud. ¿Y sabes qué? Pienso que también es mejor para el planeta. De nuevo, consumimos tantas cosas en demasía como estadounidenses, y todo lo que necesitamos es pensar un poco en la forma cómo nos comportamos. Así que – y lo digo por mi propia persona, comienza conmigo.









en Democracy Now!, 22 de junio 2007






Traducido del inglés para www.rebelion.org por Germán Leyens










martes, julio 14, 2009

“Oda al Anauco”, de Andrés Bello







Irrite la codicia
por rumbos ignorados
a la sonante Tetis
y bramadores austros;
el pino que habitaba
del Betis fortunado
las márgenes amenas
vestidas de amaranto,
impunemente admire
los deliciosos campos
del Ganges caudaloso,
de aromas coronado.
Tú, verde y apacible
ribera del Anauco,
para mí más alegre,
que los bosques idalios
y las vegas hermosas
de la plácida Pafos,
resonarás continuo
con mis humildes cantos;
y cuando ya mi sombra
sobre el funesto barco
visite del Erebo
los valles solitarios,
en tus umbrías selvas
y retirados antros
erraré cual un día,
tal vez abandonando
la silenciosa margen
de los estigios lagos.
La turba dolorida
de los pueblos cercanos
evocará mis manes
con lastimero llanto;
y ante la triste tumba,
de funerales ramos
vestida, y olorosa
con perfumes indianos,
dirá llorando Filis:
“Aquí descansa Fabio”.
¡Mil veces venturoso!
Pero, tú, desdichado,
por bárbaras naciones
lejos del clima patrio
débilmente vaciles
el peso de los años.
Devoren tu cadáver
los canes sanguinarios
que apacienta Caribdis
en sus rudos peñascos;
ni aplaque tus cenizas
con ayes lastimados
la pérfida consorte
ceñida de otros brazos.







en Presencia de Grecia en la poesía hispanoamericana (Antología), 2004











lunes, julio 13, 2009

«Tal vez nace», de Giuseppe Ungaretti

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Hay la niebla que nos borra

Tal vez aquí arriba nace un río

Escucho el canto de las sirenas
del lago donde estaba la ciudad.






en La alegría (1914-1919)








Nasce forse

C’è la nebbia che ci cancella // Nasce forse un fiume quassù // Ascolto il canto delle sirene / del lago dov’era la città.







domingo, julio 12, 2009

"Zazie en el metro", de Raymond Queneau

Capítulo primero






«¿Por qué apestan tanto? —se preguntó Gabriel, abrumado—. Es increíble, no se limpian jamás. En el periódico dicen que ni el once por ciento de las viviendas de París tienen cuarto de baño, cosa que no me sorprende, pero uno se puede lavar sin ellos. Todos esos que me rodean no deben de hacer grandes esfuerzos. Por otra parte, tampoco es una selección entre lo más cochambroso de París. No hay razón. El azar los ha reunido. No puede suponerse que la gente que aguarda en la estación de Austerlitz huela peor que la que espera en la estación de Lyon. No, de verdad, no hay razón. Pero ¡qué olor, de todos modos!».

Gabriel se sacó de la manga un pañuelo de seda color malva y se taponó las napias.

— ¿Qué es lo que apesta así? —dijo una mujer en voz alta.

No pensaba en ella al decirlo; no era egoísta; lo que quería era hablar del perfume que emanaba del caballerete.

—Esto, buena mujer —contestó Gabriel, que era rápido en la réplica—, es Barbouze, un perfume de chez Fior.
—No debería permitirse que la gente apestara de este modo —continuó la chismosa, segura de estar en su derecho.
—Si lo comprendo bien, buena mujer, crees que tu perfume natural hace la competencia al de los rosales. Pues bien, te equivocas, buena mujer, te equivocas.
— ¿Lo estás oyendo? —dijo la buena mujer a un tipejo que estaba a su lado, probablemente el que tenia derecho a ella legalmente—. ¿Estás oyendo cómo me falta al respeto, ese gran marrano?

El tipejo examinó la pinta de Gabriel y se dijo que era un tío fuerte, pero los tíos fuertes suelen ser bonachones y no abusan nunca de su fuerza; sería una cobardía por su parte. Muy jaque, gritó:

—Apestas, eh, gorila.

Gabriel suspiró. Otra vez recurrir a la violencia. Esta obligación le asqueaba. Ya desde el primer hom­bre, siempre había ocurrido lo mismo. Pero, en fin, lo que hace falta, hace falta. No era culpa suya, de Gabriel, si los débiles siempre encocoraban a todo el mundo. Sin embargo, le dejaría una oportunidad al moscardón.

— ¿A que no lo repites? —dice Gabriel.

Un poco asombrado de que el jampón replicara, el tipejo se tomó tiempo para espetar la respuesta:

—Repetir ¿qué?

No estaba descontento de su fórmula, el tipejo. Sólo que, como su costilla insistió, se inclinó para proferir este pentasílabo monofásico:

—Loquelasdicho...

El tipejo se atemorizó. Era el momento, para él, de forjarse algún escudo verbal. El primero que en­contró fue un endecasílabo:

—Primero, le prohibo tutearme.
—Cobardica —replicó Gabriel con sencillez.

Y levantó el brazo como si quisiera darle un tor­tazo a su interlocutor. Sin insistir, éste se dejó caer al suelo, entre las piernas de la gente. Tenía muchas ganas de llorar. Afortunadamente, he aquí que el tren entra en la estación, lo que cambia el paisaje. El gen­tío perfumado dirige sus múltiples miradas hacia los que llegan, que comienzan a desfilar, con los hombres de negocios en cabeza a paso ligero con sus carteras de mano por todo equipaje y su aire de saber viajar mejor que los demás.

Gabriel mira a lo lejos; ellas, ellas deben de estar atrás, las mujeres siempre están atrás; pero no, que surge una mocosa y le dice:

—Yo soy la Zazie, apuesto que tú eres mi tito Gabriel.
—Yo soy, en efecto —responde Gabriel, ennoble­ciendo su tono—. Sí, soy tu tito.

La chica se ríe. Gabriel, sonriendo educadamente, la toma en brazos, la levanta a la altura de sus labios, la besa, ella le besa, y él la vuelve a bajar.

—No hueles nada bien —dice la pequeña.
—Barbouze de chez Fior —explica el coloso.
— ¿Me pondrás un poco detrás de las orejas?
—Es un perfume de hombres.
—Ya ves el objeto —dice Jeanne Lalochére que se acerca por fin—. Has querido encargarte de él; pues aquí lo tienes.
—Todo se arreglará —dice Gabriel.
— ¿Puedo confiar en ti? Comprenderás que no quiero que se haga violar por toda la familia.
—Pero, mamá, sabes bien que la última vez lle­gaste justo a tiempo.
—En todo caso —dice Jeanne Lalochére—, no quiero que se repita.
—Puedes estar tranquila —dice Gabriel.
—Bueno. Entonces os encuentro aquí pasado ma­ñana para el tren de las seis y sesenta.
—Andén salida —dice Gabriel.
Natürtich —dice Jeanne Lalochére, que había estado «ocupada»—. A propósito, y tu mujer, ¿qué tal?
—Bien, gracias. ¿No vendrás a vernos?
—No tengo tiempo.
—Cuando tiene un fulano es así —dice Zazie—, la familia ya no cuenta para ella.
—Hasta la vista, cariño. Hasta la vista, Gaby.

Y se larga.

Zazie comenta los acontecimientos: —La tiene loquita.

Gabriel se encoge de hombros. No dice nada. Co­ge el maletín de Zazie. Ahora, dice algo. —Andando —dice.

Y se lanza, proyectando a derecha e izquierda to­do lo que se encuentra en su trayectoria. Zazie galopa detrás.

—Tito —grita—, ¿tomamos el «metro»?
—No.
— ¿Cómo que no?

Se ha parado. Gabriel hace alto también, se vuel­ve, deja el maletín y se pone a explicar:

—Pues sí: no. Hoy, no se puede. Hay huelga.
— ¿Hay huelga?
—Pues sí: hay huelga. El «metro», ese medio de transporte eminentemente parisiénse, se ha quedado dormido bajo tierra, porque los empleados de las ta­ladradoras han cesado el trabajo.
—Ah, los muy cerdos —exclama Zazie—, ah los muy asquerosos. Hacerme eso a mí.
—No te lo hacen solamente a ti —dice Gabriel perfectamente objetivo.
—Me importa un pito. Me ocurre a mí, yo que era tan feliz, tan contenta y lo demás de irme a pasear en «metro». Mecachis, qué asco.
—Tienes que ser razonable —dice Gabriel, cuyas palabras se matizaban a veces de un tomismo ligeramente kantiano.

Y pasando al plano de la cosubjetividad, añadió:

—Además, hay que darse prisa: Charles espera.
— ¡Oh, ésta la conozco! —protestó Zazie, fu­riosa—, La he leído en las memorias del general Vermot.
—No —dijo Gabriel—, no, Charles es un amiguete y tiene cacharro. Me nos lo he reservado precisamente a causa de la huelga, su cacharro. ¿Has com­prendido? En marcha.

Asió de nuevo la maletita con una mano, y con la otra arrastró a Zazie.

Charles, en efecto, esperaba leyendo en un sema­nario la crónica de los corazones sangrantes. Buscaba, ya hacía años que buscaba, una jamona a quien poder hacer donación de las cuarenta y cinco cerezas de su primavera. Mas las tales que, así por las buenas, se lamentaban en aquella gaceta, las encontraba siem­pre sea demasiado bobas, sea demasiado falsas. Pér­fidas o solapadas. Husmeaba la paja en las vigas de las lamentaciones y descubría el mal bicho en potencia en la muñeca más lastimada.

—Buenos día, pequeña —le dijo a Zazie sin mirarla, poniendo cuidadosamente la publicación bajo sus nalgas.
—No es fea su albardilla —dijo Zazie.
—Sube —dijo Gabriel—, y no seas «snob».
—«Snob», mis narices —dijo Zazie.
—Graciosa, tu sobrinita —-dijo Charles, instán­dola a la charla.

Con mano ligera, pero poderosa, Gabriel hace sentar a Zazie en el fondo del cacharro, y luego se instala a su lado.

Zazie protesta.

—Me estás chafando —aúlla loca de rabia.
—Eso promete —observa sucintamente Charles con voz apacible.

Arranca.

Ruedan un poco; luego, Gabriel, con gesto mag­nífico, muestra el paisaje.

—¡Ah, París —profiere en tono alentador—, qué bonita ciudad! Mira qué bonito es eso.
—Y a mí qué —dice Zazie—, yo lo que quería era ir en «metro».
—¡El «metro»! —muge Gabriel—. ¡El «metro»! ¡Míralo!

Y señala con el dedo algo en el aire. Zazie frunce las cejas. Desconfía.

—¿El «metro»? —repite—. El «metro» —añade con desdén—, el «metro» está bajo tierra, el «metro». Vaya, hombre.
—Ése —dice Gabriel— es el aéreo.
—Entonces, no es el «metro».
—Te explicaré —dice Gabriel—. A veces, sale de tierra y vuelve a remeterse.
—Cuentos.

Gabriel se siente impotente (gesto); luego, deseoso de cambiar de conversación, señala de nuevo algo en el camino.

—¡Y eso! —muge—. ¡Mira! ¡El Panteón!
—¡Qué cosas hay que oír!. —dice Charles sin vol­verse.

Conducía lentamente para que la pequeña pudiese ver las curiosidades, instruyéndose encima.

—¿Acaso no es el Panteón? —pregunta Gabriel.

Hay algo de burlón en su pregunta.

—No —dice Charles con fuerza—. No, no y no, no es el Panteón.
—Entonces, ¿qué es, según tú?

La guasa del tono se vuelve casi ofensiva para el interlocutor, quien, por lo demás, se apresura a con­fesar su derrota.

—No lo sé —dice Charles,
—Eso. Ya lo ves.
—Pero no es el Panteón.

Y es que Charles es un terco, a pesar de todo.

—Se lo preguntaremos a un transeúnte —propone Gabriel.
—Los transeúntes son todos unos mastuerzos.
—Eso sí que es verdad —dice Zazie.

Gabriel no insiste. Descubre un nuevo tema de entusiasmo.

—Y eso —exclama—, eso es...

Pero le corta la palabra una exclamación de su cuñado.

—Ya lo tengo —grita éste—. El chisme que aca­bamos de ver no era el Panteón, era la estación de Lyon.
—Tal vez —dice Gabriel con desenfado—, pero ahora ya pertenece al pasado, no hablemos más de él, en tanto que eso, pequeña, mira si no es mono como arquitectura, son los Inválidos...
—Has metido la pata —dice Charles—, eso no tiene nada que ver con los Inválidos.
—Bueno —dice Gabriel—, si no son los Inválidos, dinos lo que es.
—No estoy seguro —dice Charles—, pero todo lo más es el cuartel de Reuilly.
—Vosotros —dice Zazie con indulgencia—, voso­tros dos sois unos guasones.
—Zazie —declara Gabriel adoptando un aire ma­jestuoso encontrado sin dificultad en su repertorio—, si te gusta ver de verdad los Inválidos y la tumba auténtica de Napoleón, yo te llevaré.
—Napoleón, mis narices —replica Zazie —. No me interesa nada ese engreído, con su sombrero a lo tonto.
—Entonces, ¿qué es lo que te interesa? Zazie no contesta.
—Sí —dice Charles con inesperada amabilidad—, ¿qué es lo que te interesa? —El «metro».

Gabriel dice: Ah. Charles no dice nada. Luego, Gabriel reanuda su discurso y vuelve a decir: Ah.
—¿Y cuándo se va a terminar, esa huelga? —pre­gunta Zazie, inflando sus palabras de ferocidad. —Yo qué sé —dice Gabriel—, yo no hago política.
—No es política —dice Charles—, es por el co­cido.
—Y usted, señor —le pregunta Zazie—, ¿hace huelga alguna vez?
—Naturalmente, caramba, para hacer subir la ta­rifa.
—Más bien tendrían que bajarla, su tarifa, con un carretón como el suyo, que no los hay más pringo­sos. ¿No lo habrá encontrado a orillas del Marne, por un casual?
—En seguida llegamos —dice Gabriel, concilia­dor—. Ahí está el estanco de la esquina.
—¿De qué esquina?
—De la esquina de mi casa donde vivo —respon­de Gabriel candorosamente.
—Entonces —dice Charles—, no es ése.
—¿Cómo? —dice Gabriel—. ¿Pretenderás que no es ése?
—Ya está bien —exclama Zazie—, vais a empe­zar otra vez.
—No, no es ése —responde Charles a Gabriel.
—No obstante, es verdad —dice Gabriel mientras pasan delante del estanco—; a ése no he ido nunca.
—Dime, tito —pregunta Zazie—, cuando des­barras así, ¿lo haces aposta o es sin querer?
—Es para hacerte reír, hija mía —responde Ga­briel.
—No hagas caso —dice Charles a Zazie—, que no lo hace aposta.
—No tiene gracia —dice Zazie.
—La verdad —dice Charles— es que tan pronto lo hace aposta como no.
—¡La verdad! —exclama Gabriel (gesto)—. ¡Co­mo si tú supieras lo que es! Como si alguien en el mundo lo supiera. Todo eso es falso: el Panteón, los Inválidos, el cuartel de Reuilly, el estanco de la es­quina, todo. Sí, falso.

Añade, abrumado:

—¡Qué penal
—¿Quieres que nos paremos a tomar el aperitivo? —pregunta Charles,
—Buena idea,
—¿En La Cave?
—¿En Saint Germain-des-Prés? —pregunta Zazie, que ya se agita.
—Pero ¿qué te has creído, hijita? —dice Gabriel—. Está completamente pasado de moda.
—Si quieres insinuar que no estoy al día —dice Zazie—, yo puedo contestarte que tú no eres más que un viejo tonto.
—¿Has oído? —dice Gabriel.
—Qué quieres —dice Charles—, es la nueva ge­neración.
—La nueva generación —dice Zazie— te manda a eso...
—Vale, vale —dice Gabriel—, hemos compren­dido. ¿Y si fuésemos al estanco de la esquina?
—De la verdadera esquina —dice Charles.
—Sí —dice Gabriel—. Y después te quedas a cenar con nosotros.
—¿No estaba convenido?
—Sí.
—Entonces...
—Entonces, lo confirmo.
—No hay por qué confirmarlo, ya que estaba con­venido.
—Entonces, digamos que te lo recuerdo, por si lo habías olvidado.
—No lo había olvidado.
—Conque te quedas a cenar con nosotros.
—Bueno, porras —dice Zazie—. ¿La tomamos, esa copa?

Gabriel se extrae con habilidad y ligereza del ca­charro. Todos se sientan en torno a una mesa, en la acera. La camarera se acerca con negligencia. Zazie expresa en seguida su deseo:

—Un cacocaló —va y pide.
—No hay —van y le contestan.
—¡Vaya! —protesta Zazie—, ¡Vaya mundo!

Está indignada.

—Para mí —dice Charles —será un beaujolais.
—Y para mí —dice Gabriel—, leche con grana­dina. ¿Y tú? —le pregunta a Zazie.
—Ya lo he dicho: un cacocaló.
—Te han dicho que no hay.
—Lo que quiero es un cacocaló.
—Por mucho que lo quieras —dice Gabriel con suma paciencia—, estás viendo que no tienen.
—¿Por qué no tienen ustedes? —pregunta Zazie a la camarera.
—Pues eso (gesto).
—Una cerveza con gaseosa, Zazie —propone Ga­briel—, ¿no te gustaría?
—Lo que quiero es un cacocaló y nada más.

Todos se ponen pensativos. La camarera se rasca un muslo.

—Aquí al lado tienen. En casa del italiano.
—Bueno —dice Charles—, ¿viene ese beaujolais?

Van a buscarlo. Gabriel se levanta, sin comenta­rios. Desaparece con celeridad y pronto vuelve con una botella de cuyo gollete emergen dos pajas. La pone delante de Zazie.

—Toma, pequeña —dice con voz generosa.

Sin decir palabra, Zazie coge la botella y se pone a tocar el canutillo.

—Ya está, lo ves —dice Gabriel a su compañe­ro—, no era difícil. A los chicos basta con compren­derles.





1961










sábado, julio 11, 2009

"Gran constelación", de Miguel Muñoz

Islas Comoras – Santiago (Chile)




Noche del domingo 28 Junio al lunes 29 Junio 2009

Elvis Meza y Miguel Muñoz conversan con una chica, Laila, en el Galpón Víctor Jara de Santiago. Ella es de las islas Comoras en el océano Índico. Seguramente de la isla Mayotte, ya que fuera del idioma francés, tiene como dialecto el shimaore. Elvis toma su teléfono.


*****

Lunes 29 de Junio a mediodía

Juan Carlos Villavicencio sube al blog Descontexto el poema "Horses at Midnight without a Moon" de Jack Gilbert.


*****

Lunes 29 de Junio

Cae en la noche o al anochecer un avión Airbus en el océano Índico, cerca de las islas Comoras donde se dirigía.


*****

Martes 30 Junio madrugada

M. Muñoz propone a J.C. Villavicencio una revisión de su traducción de los versos del poema de Gilbert:

      Hope is pushed down/ but the angel flies up again taking us with her.
            identificando a 'Hope' (Esperanza) con 'angel'

La traducción de J.C.Villavicencio, como también el poema en inglés, se pueden ver aquí


(La incorrección en la traducción de J.C.V. se debe básicamente a cuestiones de género (masc./fem.) disímiles en inglés y español, como también a la aparición de ‘derribar’ en la traducción.)


*****

Martes 30 de Junio durante el día

Se conoce que hay un sobreviviente del accidente aéreo en el Índico, una muchacha, sin identificar.


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Miércoles 1 Julio madrugada

M. Muñoz propone a J.C. Villavicencio dos traducciones de los versos de Gilbert:

                  Esperanza se derrumba
pero como ángel remonta el vuelo llevándonos con ella.

o

                  Esperanza va cayendo
pero como ángel remonta el vuelo llevándonos con ella.


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Miércoles 1 Julio durante el día

Se conoce que la sobreviviente del accidente aéreo en el océano Índico es una chica de nombre BAHIYA, que es 'ESPERANZA' en su lengua.

(Bahiya tiene un tipo físico similar al de Laila conocida con Elvis)

Averiguando, se sabe que las islas Comoras derivan su nombre del árabe Qamar قمر -que es LUNA.


*****





viernes, julio 10, 2009

"Un arma en casa", de Nadine Gordimer

Fragmento inicial





El crimen es el castigo.
Amos Oz




Ha sucedido algo terrible.

Están mirándolo en la pantalla, después de cenar, con las tazas de café a su lado. Es Bosnia, o Somalia, o el terremoto que, como si fuera un perro, ha sacudido entre sus dientes apocalípticos una isla japonesa; uno cualquiera de los desas­tres de aquel momento. Cuando zumba el interfono, se mi­ran el uno al otro con cordial reticencia; vas tú, te toca a ti. Forma parte del compromiso para vivir juntos. Hace poco que han tomado la decisión de dejar la casa y trasladarse a este conjunto residencial rodeado de cuidados jardines comunes, con la entrada vigilada por monitores de seguri­dad, y todavía no están acostumbrados o, para ser más preci­sos, tienden a olvidar momentáneamente que no es el ladrido de Robbie y el anticuado tintineo de la campanilla de la puerta principal lo que ahora los reclama. No se permiten animales de compañía en la urbanización pero, por suerte, el suyo ha podido ir a vivir con su hijo, que tiene una casita con jardín.

Él, ella; un atisbo de sonrisa, él se levantó con languidez dedicada a ella y fue a coger el auricular más cercano. Quién es, le oyó decir a medias mientras escuchaba a medias el co­mentario que acompañaba a las imágenes. Quién es. Podía ser alguien que deseara convertirlos a alguna secta religiosa, o la notificación oficial de una multa de aparcamiento, lo ha­cían trabajadores ocasionales, fuera de horas de trabajo. Él dijo algo más que ella no entendió, pero oyó el ronroneo del botón para abrir la puerta.

¿Sabes quién puede ser un tal Julián Nosequé? ¿Un ami­go de Duncan?, dijo él entonces.

Él, ella: no lo sabían, ninguno de los dos. Nada raro, Duncan, de veintisiete años, tenía su propio círculo de ami­gos, igual que sus padres tenían el suyo, y la intersección entre ambos se producía en raras ocasiones, cuando sus inte­reses, que sus padres habían inculcado en él cuando era ni­ño, coincidían.

¿Qué quiere?
Ha dicho que hablar con nosotros.

Los dos sintieron al mismo tiempo una descarga eléctrica de alarma. Qué hay que temer, definido en el contexto cono­cido de un individuo de veintisiete años en esta ciudad: un accidente de coche, un atraco callejero, un asalto a su casa. Los dos permanecieron de pie junto a la puerta, enfrentán­dose a todo eso, enfrentándose al rumor de los pasos que oían acercarse por su sendero particular pavimentado, bajo las espadas cruzadas de las hojas de ave del paraíso, a la señal del segundo zumbido y a ese chico, ¿enviado por?, ¿a causa de? Duncan. Miraban hacia el suelo cuando él entró, de mo­do que no pudieron leer en él. Se sentó sin decir una palabra.

Él, ella: a quién le toca. ¿Ha habido un accidente? Ella es médico, ve lo que traen las ambulancias a cuida­dos intensivos. Si algo está roto, ella puede estimar si es posi­ble unirlo de nuevo.

El tal Julián aprieta los labios sobre los dientes y mantie­ne la boca sellada, durante un momento. Una especie de... ¡No, Duncan no! ¡No! Alguien ha reci­bido un disparo. Está detenido. Duncan.

Los dos se ponen de pie.

Por el amor de Dios; pero qué dices; qué es todo esto: cómo que detenido, detenido por qué...

El mensajero es atacado, adopta una actitud casi hosca, incapaz de soportar lo que tiene que decir. La abominable palabra le brota avergonzada. Asesinato.

Todo se ha detenido. Podría entenderse un accidente de coche, un atraco callejero, un asalto a su casa.

Él/ella. Él da una zancada y apaga el televisor. Y expulsa el aire con violencia. Mientras nadie se ha movido, nadie ha dicho nada, la palabra y el acto que ésta encierra no han po­dido entrar en la habitación. Ahora, al tocar el interruptor y exhalar el torrente de aire, se abre un nuevo calendario. El viejo gregoriano no puede registrar este día. No existe en él este tipo de medida.

El tal Julián les cuenta que han llamado al juez de guardia (da el detalle con el peso de su urgente gravedad) para for­mular la acusación en la comisaría y se le ha negado la liber­tad bajo fianza. Éste es el objetivo concreto de su visita: Duncan dice, Duncan dice, el mensaje de Duncan es que no vale la pena que vayan, no vale la pena que intenten la liber­tad bajo fianza, comparecerá ante el tribunal el lunes por la mañana. Tiene su propio abogado.

Él/ella. Ella ha escrito la fecha en las recetas de los pa­cientes una docena de veces desde la mañana, pero busca una pregunta que dé algún tipo de respuesta a esa palabra pro­nunciada por el mensajero. Grita.

¿Qué día es hoy? Viernes. Fue un viernes.






1998










jueves, julio 09, 2009

«En un oscuro tiempo», de Theodore Roethke

Traducción de Juan Carlos Villavicencio





En un oscuro tiempo, el ojo empieza a ver,
Me reúno con mi sombra en la cada vez más profunda sombra;
Oigo mi eco en el eco del bosque–
Un Señor de la naturaleza llorando junto a un árbol.
Vivo entre la garza y el reyezuelo,
Bestias de la colina y serpientes de la madriguera.

¿Qué es la locura sino la nobleza del alma
En contradicción con las circunstancias? ¡El día está en llamas!
Conozco la pureza de la desesperación pura,
Mi sombra colgada en un transpirado muro.
Ese lugar entre las rocas –¿es una cueva,
O un sinuoso camino? El borde es lo que tengo.

¡Una constante tormenta de correspondencias!
¡Una noche fluyendo con pájaros, una rasgada luna,
Y en el extenso día retorna la medianoche!
Un hombre llega lejos para enterarse de lo que él es-
Muerte de sí mismo en una larga noche sin lágrimas,
Todas las formas naturales resplandeciendo una luz artificial.

Oscura, oscura mi luz, y más oscuro mi deseo.
Mi alma, como alguna mosca de verano enloquecida por el calor,
Se mantiene zumbando en el umbral. ¿Cuál yo es yo?
Un hombre caído, escalo por sobre mi miedo.
La mente entra en sí misma, y Dios la mente,
Y uno es Uno, libre en el viento que se desgarra.




de The far field, 1964











In a dark time

In a dark time, the eye begins to see, / I meet my shadow in the deepening shade; / I hear my echo in the echoing wood– / A lord of nature weeping to a tree. / I live between the heron and the wren, / Beasts of the hill and serpents of the den. // What's madness but nobility of soul / At odds with circumstance? The day's on fire! / I know the purity of pure despair, / My shadow pinned against a sweating wall. / That place among the rocks –is it a cave, / Or a winding path? The edge is what I have. // A steady storm of correspondences! / A night flowing with birds, a ragged moon, / And in broad day the midnight come again! / A man goes far to find out what he is– / Death of the self in a long, tearless night, / All natural shapes blazing unnatural light. // Dark, dark my light, and darker my desire. / My soul, like some heat-maddened summer fly, / Keeps buzzing at the sill. Which I is I? / A fallen man, I climb out of my fear. / The mind enters itself, and God the mind, / And one is One, free in the tearing wind.








miércoles, julio 08, 2009

“La historia como ficción colectiva”, de Hans Magnus Enzensberger







«Ningún escritor se habría arriesgado escribir la historia de su vida; se parecía demasiado a una novela de aventuras». A esta conclusión llegó ya en 1931 Ilya Ehrenburg al conocer personalmente a Buenaventura Durruti, y enseguida puso manos a la obra. En pocas palabras formuló su opinión sobre Durruti: «Este obrero metalúrgico había luchado por la revolución desde muy joven. Había participado en luchas de barricadas, asaltado bancos, arrojado bombas y secuestrado jueces. Había sido condenado a muerte tres veces: en España, en Chile y en Argentina. Había pasado por innumerables cárceles y había sido expulsado de ocho países». Y así sucesivamente. El rechazo de la «novela de aventuras» revela el antiguo temor del narrador a ser tomado por mentiroso, y eso precisamente cuando éste ha dejado de inventar y se atiene en cambio estrictamente a la «realidad». Al menos esta vez quisiera que le creyeran. Entonces se vuelve contra él la desconfianza que hacia sí mismo había despertado a través de su obra: «No se cree nunca al que mintió una vez». Así, para escribir la historia de Durruti, el escritor tiene que renegar de su condición de narrador. En definitiva, su renuncia a la ficción oculta también el lamento de no saber nada más sobre Durruti, de comprender que de la novela prohibida sólo queda el vago eco de conversaciones en un café español.

Sin embargo, no logra silenciar ni escamotear por completo lo que le han contado. Los relatos que ha escuchado se apoderan de él y lo convierten en un mero repetidor. ¿Pero quiénes han sido los relatores? Ehrenburg no cita sus fuentes. Sus pocas sentencias captan un producto colectivo, una algarabía de voces. Hablan personajes anónimos y desconocidos: una voz colectiva. Las declaraciones anónimas y contradictorias se combinan y adquieren un nuevo carácter: de las narraciones surge la historia. Así ha sido transmitida la historia desde los tiempos más antiguos: como leyenda, epopeya o novela colectiva.

La historia como ciencia nace justo cuando nos independizamos de la tradición oral, cuando aparecen los «documentos»: expedientes diplomáticos, tratados, actas y legajos. Pero nadie recuerda la historia de los historiadores. La aversión que sentimos hacia ella es irresistible, y parece infranqueable. Todos la han sentido en las horas de clase. Para el pueblo la historia es y seguirá siendo un haz de relatos. La historia es algo que uno recuerda y puede contar una y otra vez: la repetición de un relato. En esas circunstancias la tradición oral no retrocede ante la leyenda, la trivialidad o el error, con tal que éstos vayan unidos a una representación concreta de las luchas del pasado. De ahí la notoria impotencia de la ciencia ante los pliegos de aleluyas y la divulgación de rumores. «Eso sostengo, no puedo remediarlo», «y sin embargo se mueve». Ninguna demostración en contra podría borrar el efecto de esas palabras, aunque se probara que nunca fueron dichas. La Comuna de París y el asalto al Palacio de Invierno, Dantón ante la guillotina y Trotski en México: la imaginación popular ha participado más que cualquier ciencia en la elaboración de esas imágenes.

Al fin y al cabo, la Gran Marcha china es para nosotros lo que se cuenta sobre la Gran Marcha. La historia es una invención, y la realidad suministra los elementos de esa invención. Pero no es una invención arbitraria. El interés que suscita se basa en los intereses de quienes la cuentan; quienes la escuchan pueden reconocer y definir con mayor precisión sus propios intereses y el de sus enemigos. Mucho debemos a la investigación científica que se tiene por desinteresada; sin embargo ésta sigue siendo para nosotros un producto artificial. Sólo el verdadero ser de la historia proyecta una sombra. y la proyecta en forma de ficción colectiva.

Así debe interpretarse la novela de Durruti: no como una biografía producto de una recopilación de hechos, y menos aún como reflexión científica. Su campo narrativo sobrepasa la mera semblanza de una persona. Abarca también el ambiente y el contacto con situaciones concretas, sin el cual este personaje sería imposible de imaginar. Él se define a través de su lucha. Así se manifiesta su «aura» social, de la que participan también, a la inversa, todas sus acciones, declaraciones e intervenciones. Todas las informaciones que poseemos sobre Durruti están bañadas de esa luz peculiar; es imposible ya distinguir entre aquello que puede ser atribuido estrictamente a su aura y aquello que sus comentaristas (incluso sus enemigos) le atribuyen en sus recuerdos. En cambio, el método narrativo permite ser precisado. Este método deriva de la persona descrita, y los problemas que plantea pueden caracterizarse del siguiente modo: se trata de reconstruir la existencia de un hombre que murió hace treinta y cinco años, y cuyos bienes relictos se reducían a «ropa interior para una muda, dos pistolas, unos prismáticos y gafas de sol». Éste era todo el inventario. Sus obras completas no existen. Las declaraciones que el difunto expresó por escrito son muy escasas. Sus acciones absorbieron por completo su vida. Eran acciones políticas, y en gran parte ilegales. Se trata de descubrir sus huellas, las cuales no son tan evidentes después de una generación. Esas huellas han sido obliteradas, desdibujadas y casi olvidadas. No obstante son numerosas, cuando no caóticas. Los fragmentos transmitidos por escrito están enterrados en archivos y bibliotecas. Pero existe también una tradición oral. Todavía viven muchas de las personas que lo conocieron; hace falta encontrarlas y preguntarles. El material que puede reunirse de este modo es de una desconcertante diversidad: la forma y el tono, los gestos y la autoridad varían a cada instante. La novela como collage incorpora reportajes y discursos, entrevistas y proclamas, se compone de cartas, relatos de viajes, anécdotas, octavillas, polémicas, noticias periodísticas, autobiografía, carteles y folletos propagandísticos. El carácter discordante de las formas revela una grieta que se prolonga a través de los mismos materiales. La reconstrucción se asemeja a un rompecabezas, cuyas piezas no encajan sin costura. Es ahí precisamente, en las grietas del cuadro, donde hay que detenerse. Quizá resida ahí la verdad de la que hablan, sin saberlo, los relatores. Lo más fácil sería hacerse el desentendido y afirmar que cada frase de este libro es un documento. Pero ésas serían palabras huecas. Apenas miramos con un poco de detenimiento, se deshace entre los dedos la autoridad que el «documento» parece poseer. ¿Quién habla? ¿Con qué propósito? ¿En interés de quién? ¿Qué trata de ocultar? ¿De qué quiere convencernos? ¿Hasta qué punto sabe en realidad? ¿Cuántos años han transcurrido entre el suceso narrado y el relato actual? ¿Qué ha olvidado el narrador? ¿Y cómo sabe lo que dice? ¿Cuenta lo que ha visto, o lo que cree haber visto? ¿Cuenta lo que alguien le ha contado? Estas preguntas nos llevan lejos, muy lejos, ya que su contestación nos obligaría, por cada testigo, a interrogar a otros cien; cada fase de ese examen nos alejaría progresivamente de la reconstrucción, y nos aproximaría a la destrucción de la historia. Al final habríamos liquidado lo que habíamos ido a buscar. No, la cuestionabilidad de las fuentes es un problema de principios, y sus diferencias no pueden resolverse con una crítica de las fuentes. Incluso la «mentira» contiene un elemento de la verdad, y la verdad de los hechos incontestables, suponiendo que ésta pueda hallarse, nada nos aportaría. Las ambiguas opalescencias de la tradición oral, su colectivo parpadeo, emana del movimiento dialéctico de la historia. Es la expresión estética de sus antagonismos.

Quien tenga esto presente no cometerá muchos errores en su tarea de reconstructor. Él no es más que el último (o más bien, como ya veremos, el penúltimo) en una larga serie de relatos de algo que tal vez haya ocurrido de un modo, o tal vez de otro, de algo que en el transcurso de la narración se ha convertido en historia. Como todos los que le han precedido, también él querrá sacar a la luz y poner de relieve su interés. No es imparcial, e interviene en la narración. Su primera intervención consiste en elegir ésa y no otra historia. El interés que demuestra en esa búsqueda no aspira a ser completo. El narrador ha omitido, traducido, acortado y montado. Involuntaria o premeditadamente ha introducido su propia ficción en el conjunto de las ficciones, excepto que la suya tiene razón sólo en tanto tolere la razón de las otras. El reconstructor debe su autoridad a la ignorancia. Él no ha conocido a Durruti, no ha vivido en su época, no sabe más que los otros. Tampoco tiene la última palabra, puesto que la próxima persona que transformará su historia, ya sea que la rechace o la acepte, la olvide o la recuerde, la pase por alto o la repita, esa siguiente persona, la última por el momento, es el lector. También su libertad es limitada, pues lo que encuentra no es un mero «material», casualmente esparcido ante sí, con absoluta objetividad. Al contrario. Todo lo que aquí está escrito ha pasado por muchas manos y denota los efectos del uso. En más de una ocasión esta novela ha sido escrita también por personas que no se mencionan al final del libro. El lector es una de ellas, la última que cuenta esta historia. «Ningún escritor se hubiese propuesto escribirla».






en El corto verano de la anarquía, 1975










martes, julio 07, 2009

«La tragedia de Otelo, el moro de Venecia», de William Shakespeare

Fragmento del Acto I, Escena I





RODERIGO: Me decías que lo odiabas.

IAGO: Despréciame si es falso. Tres magnates
de Venecia se descubren ante él
y le piden que me nombre su teniente;
y te juro que menos no merezco,
que yo sé lo que valgo. Mas él, enamorado
de su propia majestad y de su verbo,
los evade con rodeos ampulosos
hinchados de términos marciales
y acaba denegándoles la súplica.
Les dice: «Ya he nombrado a mi oficial».
¿Y quién es el elegido?
Pardiez, todo un matemático
un tal Miguel Casio, un florentino
(casi condenado a mujercita),
que jamás puso una escuadra sobre el campo
ni sabe disponer un batallón
mejor que una hilandera ... si no es con teoría
libresca, de la cual también saben hablar
los cónsules togados. Mera plática sin práctica
es toda su milicia. Mas le ha dado el puesto,
y a mí, a quien ha visto dar pruebas en Rodas,
en Chipre y en tierras cristianas y paganas,
me deja a la sombra y a la zaga
del debe y el haber. Y este sacacuentas
es, en buena hora, su teniente, y yo,
vaya por Dios, el alférez de Su Morería.

RODERIGO: ¡El colmo! Yo antes sería su verdugo.

IAGO: Pues ya lo ves. Son los gajes del soldado:
los ascensos se rigen por el libro y el afecto,
no según antigüedad, por la cual el segundo
siempre sucede al primero. Conque juzga
si tengo algún motivo para estar
a bien con el moro.

RODERIGO: Yo no le serviría.

IAGO: Pierde cuidado.
Le sirvo para servirme de él.
Ni todos podemos ser amos, ni a todos
los amos podemos fielmente servir.
Ahí tienes al criado humilde y reverente,
prendado de su propio servilismo,
que, como el burro de la casa, sólo vive
para el pienso; y de viejo, lo licencian.
¡Que lo cuelguen por honrado! Otros,
revestidos de aparente sumisión,
por dentro sólo cuidan de sí mismos
y, dando muestras de servicio a sus señores,
medran a su costa; hecha su jugada,
se sirven a sí mismos. En éstos sí que hay alma
y yo me cuento entre ellos.
Pues, tan verdad como que tú eres Rodrigo,
si yo fuera el moro, no habría ningún Yago.
Sirviéndole a él, me sirvo a mí mismo.
Dios sabe que no actúo por afecto ni obediencia
sino que aparento por mi propio interés.
Pues el día en que mis actos manifiesten
la índole y verdad de mi ánimo
en exterior correspondencia, ya verás
qué pronto llevo el corazón en la mano
para que piquen los bobos. Yo no soy el que soy.





c. 1603












lunes, julio 06, 2009

“Última noche”, de Aciro Luménics







Es la liviandad con que se toma, adopta, luce un determinado encuentro. Versos fantaseados entre copas. Frases que cobijan pensamientos sucios, despedidas, cálidos lamentos. Busco entre papeles un dibujo, una espera y un significado negro. Busco trazos, magnetismos, polos fríos con olor a azufre. El grado cero al polo sur. Amundsen, Barthes, Céline, se abrazan al interior de la cabaña. El tejado se ha venido al suelo. Las latas de comida han reventado. La nieve empieza ya a cubrirlo todo. Yo preparo, a la distancia, mi postrera noche. Trazo veinte líneas, borro algunas y especulo a medias; el espejo triza aquella imagen. Las paredes se derrumban por completo. El frío cuela hasta los huesos. Me recuesto a descansar, a pensar en las personas y hechos importantes. Poco a poco el sueño vence. Con solemnidad inútil muestro lo que queda de mis manos en el pecho y miro hacia la izquierda, todos han dejado de existir, todos son cubiertos, desaparecidos en la transparencia. Un islote blanco reaparece a mi derecha. Es el brillo que molesta, un adiós entumecido, es la sombra del final que no acontece.






en Seis mil relatos de ficción absurda, 1961










domingo, julio 05, 2009

«El tony chico», de Luis Alberto Heiremans

Fragmento




Juanucho ha ido a buscar unos recipientes con agua y ahora ambos proceden a sacarse el maquillaje. Esta operaciones prolonga a través de la escena siguiente y en todo momento el niño copia los gestos del hombre.

EMPERATRIZ: No me gusta quedarme sola a esta hora.

LANDA: Acompáñenos entonces. (A Juanucho.) Por qué habría de molestarnos, ¿no es cierto, Juanucho? Espera… primero te pones esta crema… un poco, eso es, y la refriegas bien…

EMPERATRIZ: Cuando acaba de terminar la función, hay como especie de vacío, ¿no le parece?

LANDA: Es el silencio. Después de los aplausos-

EMPERATRIZ: Es como una «solitude». Por eso me gusta estar con Barón y Barahona. Los miro mientras ensayan sus ejercicios…

LANDA: Como esta tarde…

EMPERATRIZ: Y me da una tranquilidad… Es como si una pudiera mirar el mundo desde lejos, ¿sabe? Mirarlo desde arriba, girando entre los otros planetas en vez de estar metida dentro.

LANDA: (A Juanucho.) No, con ese trapo no, Juanucho. Así, ¿ves? Suave…

EMPERATRIZ: Usted sabe lo que es eso, ¿no es cierto?

LANDA: ¿Qué?

EMPERATRIZ: Mirar las cosas desde una altura. Sí, usted tiene que saberlo.

LANDA: ¿Por qué?

EMPERATRIZ: Ya se lo dije antes: tiene algo en la mirada, lo mismo que tenía Doménico, la mirada que ha vivido un momento en esa región de la que le hablo. ¿Es verdad, no es cierto?

LANDA: No sé, señora.

EMPERATRIZ: Y dicen que desde esa altura, todo se ve ordenado, limpio, perfecto, tranquilo.

LANDA: ¿Usted lo ha visto?

EMPERATRIZ: No. Pero Doménico me contó. Él lo vio una vez llegando a ese puerto, de noche, con todas esas luces y el mar como una sombra… ¡La val del Paraíso!... Por eso siempre quería volver. Por eso siempre estaba yendo y viniendo.

LANDA: ¿Y usted?

EMPERATRIZ: Yo lo acompañaba. Tal vez eso entorpecía su búsqueda.

LANDA: ¿Cómo así?

EMPERATRIZ: Porque yo permanecía acá abajo, ¿comprende? Yo en todo momento le recordaba lo que había acá, el desorden, el caos y la visión se le nublaba y el mundo llegaba a ser lo que es para todos nosotros: un planeta arrojado al azar en el cual debemos permanecer.

LANDA: Y usted cree que desde esa altura todo adquiere sentido.

EMPERATRIZ: Claro que sí. Los caminos se ordenan. Corran los campos en espacios regulares y las montañas se engarzan como los eslabones de una cadena y todo va a desembocar en un mar que, desde allá arriba, no tiene ni ruido ni oleaje sino que es como un cielo, aun más quiero que el cielo, más profundo y más definitivo.

LANDA: ¿Y las personas?

EMPERATRIZ: Allá arriba uno está solo, Landa. Por lo menos eso es lo que dicen.

LANDA: Y no se ve nadie.

EMPERATRIZ: A nadie.

LANDA: Yo estoy cansado de estar solo. De andar solo. De buscar solo. (Hunde de pronto su rostro en la vasija de agua y Juanucho lo imita. Ambos permanecen con los rostros chorreando agua, muy inmóviles, mientras Landa sigue hablando.) Es… ¿Cómo explicarle? Me parece que con tanto andar de un lado a otro he perdido algo y no he encontrado nada. ¿Cómo explicarle? Como si se me hubiera escapado lo que las cosas son. Lo que la vida en verdad esconde. Pienso… pienso que siempre he mirado desde una altura, como usted dice, y nunca he llegado a comprender lo que sucede entre los demás… acá abajo… ¿Cómo explicarle? Esta tarde cuando llegué acá y los vi a ustedes, me pareció que después de mucho tiempo veía cosas reales… cosas que en realidad sucedían, que estaban ahí frente a mí, que podía encontrar y tocar. Todo lo otro es algo que ha estado dentro de mi cabeza durante mucho tiempo, girando ahí, haciéndose cada vez más vago… más impreciso. Ahora quiero vivir con ustedes.

EMPERATRIZ: Landa…

LANDA: (Interrumpiendo.) No, señora. Quiero vivir aquí. Trabajar aquí. Seguir con ustedes. Salir a tomar con el Capitán. Enseñarle a Juanucho. Volver a ser como era antes.

EMPERATRIZ: ¿Antes?

LANDA: Antes que me agarraran las cosas. Antes que me sucediera lo que me sucedió.

EMPERATRIZ: ¿El amor?

LANDA: Sí, me enamoré. (Súbitamente.) Una vez estuve por casarme.

EMPERATRIZ: ¿Y?

LANDA: No me casé.

EMPERATRIZ: ¿Y siempre siguió enamorado?

LANDA: …Nunca volvió a ser lo mismo.

EMPERATRIZ: No se engañe, Landa. No le eche la culpa a nadie, ni siquiera al amor. Usted nunca fue como los demás. Estoy segura que de niño también subía a la cima de las montañas y miraba desde allí.

LANDA: Es cierto.

EMPERATRIZ: Y la mirada siempre iba dirigida hacia el horizonte. Y en las noches salía a caminar solo. O hablaba en voz alta y algo dentro de usted mismo le contestaba.

LANDA: ¿Cómo lo sabe?

EMPERATRIZ: Cuando uno ha querido a un hombre como yo quise a Doménico, Landa, la vida de ese hombre llega a ser la de una.



1964