lunes, noviembre 19, 2007

"Yo soy el Diego". Un mensaje de Diego Armando Maradona



Yo hice lo que pude...
Creo que tan mal no me fue.


Siempre, siempre, mi mayor orgullo fue jugar en el Seleccionado. Siempre, por más millones de dólares que me pagaran en el club que estuviera. Nada de nada era comparable, nada. Porque el valor del Seleccionado no se compara con la plata, se compara con la gloria. Y esto me encantaría que se lo metieran en la cabeza los chicos de hoy y los chicos de mañana: no podemos regalar la mística del futbolista argentino y la camiseta celeste y blanca. Aunque lamentablemente se esté perdiendo. Porque hubo una Copa América en Paraguay, en 1999, y fue necesario hacer una encuesta para saber quién quería venir, quién no... ¡Quién quería venir! Ahí, en este detalle, está la confirmación de que la mística se rompió. Aunque Grondona diga que no, aunque Bielsa quiera dibujarlo, aunque los jugadores expliquen, aunque los representantes justifiquen, aunque los periodistas interpreten. La mística... la mística se rompió. Y eso me jode, como pocas cosas en mi vida futbolística.

Y así como yo me puedo sentir dolido, lo mismo pueden decir los Ruggeri, los Pumpido, los Olarticoechea, los Giusti, los Goycochea. Con ellos nos reuníamos para luchar por la Selección, y si alguno avisaba que estaba lesionado, o algo, lo llamábamos y le decíamos: "¡Vení igual, vení igual!". Ojo, no es que somos o éramos ejemplos: simplemente, éramos conscientes de que la Selección nos necesitaba... ¡No hay cansancio, no hay cansancio! Vos estas representando al país, ¡es el orgullo más grande que podes tener! Esto era lo que se decía, lo que se repetía en aquellas reuniones: "¿Te tiró? Vení igual, vení igual", lo llamábamos entre todos al que sea y lo hacíamos venir igual, aunque no jugara.

Por eso a mí me encantaba ser capitán. Porque me permitía enfrentar, con poder, a quienes nos querían imponer cosas, cosas que iban en contra de los futbolistas. Y no creo que haya un solo jugador, ni un compañero mío, que pueda decirme: Hiciste las cosas mal, no me defendiste bien. Y yo me enfrenté a Grondona, a Blatter, a Havelange, a Macri... Quizás con un vocabulario futbolístico y no político, y eso me costó un montón de cosas. Pero el resultado, el resultado lo vale. Yo creo que hoy me paro en la Torre Eiffel, pego un grito y tengo alrededor mío a todos los jugadores del mundo. Porque me lo dijo Cantona, me lo dijo Weah, me lo dijo Stoitchkov: Nosotros somos parte de la Asociación de Futbolistas Mundiales y vos sos el presidente. Ése es el orgullo más grande que tengo yo.

Y esto es lo que pretendo que se entienda: no puedo aceptar que no se sumen a la Selección porque están cansados, porque están lesionados, porque los clubes que los contrataron les pagan millones de dólares, porque.... ¡Los brasileños juegan setecientos mil partidos por año y están siempre! No sé, me da la impresión que ahora los brasileños agarraron la mística nuestra: Rivaldo juega el domingo para el Barcelona, viaja a Tailandia y hace un gol para Brasil, vuelve y se planta contra el Real Madrid, juega la Copa América, se rompe el culo por sus, ¡por sus! camisetas... O sea, yo digo: ¡Viva Rivaldo! Eso hacíamos antes los argentinos, ¡eso hacía yo!

Algo de eso, ahora, se rompió. Y yo no le echo la culpa a los representantes, ¡no le echemos más la culpa a los representantes! Acá, los únicos culpables somos los jugadores. Y esto mismo lo dije yo en una charla, en Futbolistas Argentinos Agremiados: "Para tomar decisiones no se necesita tener a un Maradona de 20 años... Basta con no transar, ¡no transar y sí unir!".

Por eso acepto ahora reunirme con Joseph Blatter, el presidente de la FIFA, para defender los principios del jugador de fútbol, ¿eh?, no para entregarme a Blatter. Porque si no estaría entregando veinticinco años de trayectoria, y no sólo adentro de la cancha: veinticinco años pensando que el jugador de fútbol es lo más importante, lejos, en este negocio. Y ésta es una gran verdad que nadie me puede refutar: a los técnicos los hacemos los jugadores, a los dirigentes los hacemos los jugadores.

Pero, por decir cosas como éstas, el poder no me perdonó. Yo lo viví, lo sigo viviendo todavía y lo tengo asumido.

Lo que no lograron fue cambiar mi vida. Que por ahí la hice bien o por ahí la hice mal, pero la hice yo. A mí no me diagramó Menotti, no me diagramó Bilardo, no me diagramó Havelange, no me diagramó Blatter, no me diagramó Menem, no me diagramó De la Rúa. A mí nadie me regaló la plata; me la gané yo, corriendo detrás de la pelota adentro de una cancha. ¿Mucha, demasiado? Por algo me la daban, el poder ganó mucho más gracias a mí. Por eso dependen de nosotros: si los futbolistas nos uniéramos, ¡mataríamos!

Los dirigentes de fútbol no saben nada del juego y nos han desplazado a los jugadores de un lugar muy importante. Están bien asesorados, estudiaron, consiguen los mejores sponsors y piensan más en Coca-Cola y en Hyundai que en los protagonistas. Yo lo sufrí cuando monté el Sindicato de Jugadores. Los Mundiales son riquísimos y los que hacemos el espectáculo recibimos puchitos, el 1 %. Ésta es una fábrica a la que le va cada vez mejor con obreros que aceptan todo.

Porque hoy, los futbolistas ganan mucha plata sin tanto esfuerzo, entonces no les importa tanto. Ganan veinte millones de dólares por nada, Saviola y Aimar valen ochenta millones de dólares, no la tocan en un Preolímpico y siguen valiendo lo mismo, Vieri pasa de un equipo a otro por más y más millones y no festeja un título. Entonces, claro, ¿qué van a pensar en la Selección? ¿Para qué? Si no la necesitan... Y no hay nadie que se les acerque y les diga: Mira, nene que si no jugás en la Selección y después no la tocas en tu club, pasas a ser un desastre, no vas a valer un carajo.

En cualquier momento van a decir que Saviola es un desastre, ¡y el pibe es un fenómeno! Pero tiene que triunfar en la Selección, tiene que aparecer alguien que reafirme las convicciones y que les diga.

Todo esto cambió desde que nos fuimos los viejos. Y no es porque nosotros hayamos sido más inteligentes ni nada, pero sí entendimos que teníamos que ser representantes de la gente, representantes del pueblo. Entonces nosotros, los representantes, cuando salíamos a jugar, pensábamos en la vieja, en el viejo, en el gomía, en el laburante, en todos... Y disfrutábamos como ellos cuando nos enterábamos de que iban a festejar los triunfos al Obelisco.

Yo quisiera que todo esto que digo se hiciera carne en los chicos del fútbol. Me encantaría ponerme al frente de los juveniles y decirles: "¿Vos venís de Rosario, pibe? Vení como sea, en tren, en colectivo, a dedo... Pero vení, después vemos. Jugate por la Selección que así te estás jugando por tu gente".

Hoy, muchos partidos se definen en los escritorios. Y eso va en contra de los jugadores: yo pagué un precio muy alto por defenderlos, por reclamar que al mediodía no se podía jugar en México, y por denunciar corrupción, como en el '90, donde la final tenía que ser Alemania-Italia. No tengo problemas en seguir pagando ese precio. Unidos, podríamos combatir las cosas malas que tiene el fútbol. Por ejemplo, los partidos digitados por los arbitros: en el '90 rompían las pelotas con el Fair Play, con el Fair Play, y en el primer partido los camerunenses nos mataron a patadas. Y después, en la final, vino lo de Codesal, lo del referí... Porque un penal mal dado no tiene nada que ver con el juego limpio, ¿no?, eso creo yo por lo menos. Hay cosas que están digitadas y los arbitros tienen que ver: en un Mundial de fútbol, en lugar de pasar inadvertidos, lo deciden. ¡Y no puede ser! Hay montones de arbitros que han falseado resultados, que han inclinado la cancha para que al fin lleguen a la final los dos equipos que prefiere la FIFA. Como un ejemplo, nada más, basta acordarse de México '86, cuando anularon aquel gol de Michel, cuando la pelota picó medio metro adentro, para que Brasil siguiera en carrera. El último Mundial, el de Francia '98, fue un campeonato mediocre y digitado. De la Selección de Francia no me acuerdo de casi ninguno, y no porque no me interese. Pero se sabía, desde la inauguración, que la final tenía que ser Francia-Brasil.

Y en la Argentina, lo que mató a los arbitros fue la soberbia, ¡la soberbia! A mí me echó Javier Castrilli, un referí, nada más que un referí, jugando para Boca, contra Vélez, en el '95, cuando lo único que fui a decirle fue: "¡Respeta a la gente!". Y así todos, no te dejaban hablar. Ellos se escudan con eso de que no ganan lo que tienen que ganar. ¡Que se hagan profesionales en serio! Y que no se dejen influenciar, ni con las figuras, pero que tampoco vayan contra la gente, contra el espectáculo. Porque la gente va a ver a Maradona, va a ver a Francescoli, va a ver a Gallardo, y si ellos los echan, van en contra de la gente. Eso sí: se hacen famosos y después trabajan en la televisión. ¿Gracias a quién? Gracias a los jugadores, por supuesto.

Yo me arrepiento de no haber jugado más en la Argentina. Lamento que mi país no me haya podido retener, para batir los records en mi tierra, para jugar más partidos en la Selección y no escucharlos por teléfono desde Italia... Porque así lo hacía: jugaba Boca, jugaba el Seleccionado, y yo me colgaba de la línea para escucharlos. Creo que no es mi culpa, yo me tuve que ir a ganar la plata afuera.

Desde Italia, justamente, yo observaba un fenómeno, algo muy especial: en la Argentina, los maestros de las divisiones inferiores siempre fueron los grandes jugadores del pasado. Nenes como Pedernera, Grillo, Griffa, Gandulla, Pando, Sacchi. A grandes maestros, según mi humilde opinión, grandes alumnos. Bueno, eso en Italia no pasaba. Los ex campeones se volvían diputados, onorevoles, dirigentes, periodistas de radio y televisión, asesores del presidente. Pero ponerse el buzo y llenarse de tierra como lo hizo casi hasta los 80 años don Adolfo Pedernera... No, eso no. Bueno, mi temor es que en estos tiempos hayamos perdido esa mística. Y por eso mi obsesión es trabajar con los futbolistas.

En todo sentido, ¿eh?, en todo sentido. Digo esto porque me jode que todavía haya futbolistas que se nieguen a decir la verdad y no se animen a denunciar, por ejemplo, que hay técnicos que les piden plata para hacerlos jugar. ¡En la Argentina hay entrenadores que les sacan plata a los jugadores! ¡Yo lo sé y yo lo denuncio! Lo sé porque muchos me vinieron a ver a mí, para decírmelo.

Lo lamento, entonces, por aquellos futbolistas a los que yo voy a nombrar si es que me llaman a declarar en el juicio que hay contra Ramón Díaz. Pero sería más grande el castigo de no darle la posibilidad a los futbolistas del futuro de evitar que les sigan metiendo la mano en el bolsillo. Eso es corrupción. Tanta corrupción como cuando un entrenador del Seleccionado pone a un jugador en el equipo, aunque esté lesionado, para después venderlo a Europa. Y yo sé que eso pasó, lamentablemente.

Si volviera a nacer, le pediría a Dios que me dé lo mismo —porque me dio demasiado, realmente— y también la posibilidad de hacer todas las jugadas y los goles que divirtieron a los napolitanos, en mi país, en vivo, para los argentinos...

Estoy orgulloso de haber sido siempre fiel a mis convicciones, a mis virtudes y a mis defectos. Pero llego a los 40 años y puedo mirar de frente a todo el mundo. No cagué a nadie más que a mí mismo, no le debo nada a nadie más que a mi familia. Lucho por mi vida, cada día, y tengo a mis viejos al lado, tengo a mis amigos al lado, tengo a mi mujer, incondicional, tengo dos hijas que son tan alucinantes como siempre las soñé y tengo, con todo eso encima, el respeto del país que amo... Sí, pese a todo, tengo y disfruto el respeto de los argentinos.

Todo lo que cuento en este libro es verdad, lo juro por mis hijas. Traté de ser lo más honesto posible en todo. Conté cosas, seguramente me olvidé de muchas otras, pero el mensaje es uno solo: voy a seguir diciendo la verdad hasta los últimos días. No voy a transar porque no me gusta, no me gusta la injusticia.

Como les digo siempre a los que vienen y se quieren hacer los bananas conmigo: Pero, Diego, si vos... Al Diego, a mí, me sacaron de Villa Fiorito y me revolearon de una patada en el culo a París, a la Torre Eiffel. Yo tenía puesto el pantalón de siempre, el único, el que usaba en el invierno y en el verano, ese de corderoy. Allá caí y me pidieron, me exigieron, que dijera lo que tenía que decir, que actuara como tenía que actuar, que hiciera lo que ellos quisieran.

Y yo hice.

Yo... Yo hice lo que pude, creo que tan mal no me fue.

Sé que no soy nadie para cambiar el mundo, pero no voy a dejar que entre nadie en el mío a digitarlo. A manejarme... el partido, que es como decir digitar mi vida. Nadie me hará creer, nunca, que mis errores con la droga o con los negocios, cambiaron mis sentimientos. Nada. Soy el mismo, el de siempre. Soy yo, Maradona.

Yo soy El Diego.








2000








Libro publicado íntegramente en














domingo, noviembre 18, 2007

“Borges: un recuerdo personal”, de Armando Roa







«Sediento de saber lo que Dios sabe…».
“El Golem”


Lo recuerdo bien: fue en una calurosa tarde de fines de febrero de 1981, junto a mi familia, en su departamento de Maipú con Marcelo Torcuato Alvear. Sentado en un raído sofá azuloso, dando la espalda a una generosa biblioteca presidida por el retrato de Swedenborg, su voz gutural, algo vacilante, recitó el Padrenuestro en antiguo anglosajón. Lo hizo a su manera, «con previo fervor y una misteriosa lealtad». Ninguno de nosotros lo esperaba. Su voz me emocionó. Borges conjuraba a alguien. Era una apuesta. («Rechazar el riesgo es rechazar la verdad», Climacus dixit). Vislumbré, entonces, que más allá de las fatigas de la duda, de las que el escritor se había jactado con humor a lo largo de su vida (solía afirmar que creía en Dios a pesar de la teología), un vigoroso sentimiento de lo absoluto se destilaba en cada frase cuidadosamente pronunciada. Al concluir, bajó la vista; luego vendría un ligero suspiro y un prolongado silencio.

Es célebre la afirmación de Lessing, quien interpelado acerca de si le gustaría que la verdad divina fuese puesta a su alcance, respondió que no, que «preferiría buscarla y encontrarla». Sospecho que ésa habría sido, también, la respuesta de Borges, tejedor y destejedor de perplejidades, pugnando por encontrar en su laberinto el corazón secreto del universo. «Sé que en la sombra hay Otro –refiere en su poema “El laberinto”–, cuya suerte es fatigar las largas soledades de este Hades y ansiar mi sangre y devorar mi muerte. Nos buscamos los dos. Ojalá fuera éste el último día de espera». La teodicea de Borges –no es un abuso emplear el término– se asienta en las conjeturas de cabalistas y heresiarcas, en el budismo, en la mística de Eckhart y en la epifanía de Hegel: divinidad, al necesitar del mundo para completarse, queda a merced de su creación. El poema Jonathan Edwards, a ese respecto, resulta esclarecedor. Representa una síntesis concentrada de Hegel vía Eriúgena: es menester que Dios abjure de sí para darse a conocer. Al brindar su génesis al mundo, la divinidad se desdobla perdiendo integridad; por otro lado, al estatuirse lo creado, esto es, la naturaleza y el hombre, la conciencia humana se convierte en el despliegue del propio entendimiento divino. Cito ahora un pasaje de “La larga busca”: «Anterior al tiempo o fuera del tiempo (ambas locuciones son vanas) o en un lugar que no es el espacio, hay un animal invisible, y acaso diáfano, que los hombres buscan y que nos busca».

Los atributos de ese Dios-Minotauro de la epifanía borgiana pueden ser reveladores. Hay referentes ilustrativos en sus poemas: la Voluntad de Schopenhauer, impulso inefable y total; el Uno de Plotino y Pseudo Dionisio, arcano e inescrutable; la Súper Alma de Emerson, «ese río etéreo que fluye a través de los hombres». Cualquier analogía es posible. El autor, sin embargo, haciendo uso y abuso de pistas falsas, parece querer invitarnos a su laberinto con el propósito confeso de tendernos una trampa desorientadora. Ignoro el porqué. Quizá –y esto es sólo una suposición– el verdadero salto hacia lo absoluto exige la duda, asumiendo que lo divino es un «jardín cuyos senderos se bifurcan» y no una escolástica terminal. El universo, al fin y al cabo, es demasiado casual como para ser reducido a una cifra. Y Borges, peregrino insaciable, lo sabía perfectamente. No sería de extrañar que el laberinto borgiano haya sido, al decir de Huizinga, «un juego sagrado» con el cual el autor pretendía «mimar el orden total de la existencia».

Borges tardó en romper el silencio que siguió a su oración. Confesó, no sin amargura, su extenuante búsqueda de Dios. Hoy, con el paso del tiempo, tras leer y releer su obra, me doy cuenta que aquel testimonio perteneció al Borges «íntimo y no al oficial», al Borges que atisbaba en cada hombre la «voluntad de perpetuarse en su ser».

Han transcurrido casi tres décadas desde aquella visita –yo entonces contaba con sólo quince años– y el timbre de su voz no me abandona, una voz de hacedor ciego y memorioso que, más allá de las fatigas y desencantos, pugnaba por erigir una ilusión que pudiera justificarlo.







sábado, noviembre 17, 2007

"Nieve en el fondo", de Erwin Díaz

Cinco poemas





Ha pasado tanto tiempo


Cuando todos los chicos de mi edad
Pensaban en un hogar en tener hijos
Yo no sabía en qué pensar
Distraído caminaba
Vueltas y vueltas al atardecer
Cantaba para acompañarme

Ha pasado tanto tiempo y tengo
La sensación de seguir en ese mismo vacío
Las luces se han apagado
Y aquí estoy
Cansado de la propia oscuridad


* * *


Afuera el invierno
Aquí
El ruido de la lluvia


* * *


Sin pegar pestaña pasan las horas
Una mujer teje a mi costado
Muecas diabólicas viajan por su cara
Las mañanas
Tranquilizan nuestras almas
Desconocida duerme después de lavar sus pies
Peinando llego a vivir la tristeza de su pelo

Lágrimas fosforescentes bañan este lado de la cama


* * *


Carolina:
Perfume de buganvilias
En alas de mariposa


* * *


Ahondar en los sentidos y en los latidos
Escuchar todo viento y toda brisa
Hacer de la búsqueda un acto eterno
Y de la escritura un oficio de los oficios
Participar de lo pequeño y lo grandioso
Con la misma dignidad



2007


viernes, noviembre 16, 2007

“Del inconveniente de haber nacido”, de Emile M. Cioran

Selección parte II



II

*

Si el hastío del mundo confiriera por sí solo la santidad, no veo cómo yo podría evitar la canonización.


*

Es mucho más fácil avanzar con vicios que con virtudes. Los vicios, acomodaticios por naturaleza, se ayudan, son indulgentes unos con otros; en cambio las virtudes, celosas, se combaten y se anulan, y muestran en todo su incompatibilidad y su intolerancia.


*

En algunos, todo, absolutamente todo, tiene que ver con la fisiología: su cuerpo es su pensamiento, su pensamiento es su cuerpo.


*

Mientras más se alejan los hombres de Dios, más avanzan en el conocimiento de las religiones.


*
«El día en que comiereis de ello vuestros ojos se abrirán». Apenas abiertos, el drama dio comienzo. Mirar sin comprender: eso es el paraíso. El infierno será, pues, el lugar donde se comprende, donde se comprende demasiado.


*

Ese «glorioso delirio» del que habla Teresa de Avila para marcar una de las fases de unión con Dios, es lo que un espíritu endurecido, y por fuerza envidioso, no le perdonará jamás a un místico.
.

*

Cuando se sabe de manera absoluta que todo es irreal, no tiene ningún sentido fatigarse para demostrarlo.


*

Sólo tienen éxito las filosofías y las religiones que nos halagan, ya sea en nombre del progreso o en el del infierno. Condenado o no, el hombre experimenta una necesidad absoluta de estar en el centro de todo. Incluso por esta razón es hombre, se hizo hombre. Y si un día no sintiera ya esa necesidad, tendría que eclipsarse en favor de otro animal más orgulloso y más loco.


*

El fanático del hastío elíptico está llamado a sobresalir en cualquier carrera, salvo en la de escritor.


*

No he encontrado ningún espíritu interesante que no esté ampliamente dotado de deficiencias inconfesables.


*

Este instante ha desaparecido para siempre, se ha perdido en la masa anónima de lo irrevocable. No volverá nunca. Sufro por ello, y no sufro. Todo es único e insignificante.










jueves, noviembre 15, 2007

"Sociabilidad chilena", de Francisco Bilbao

Introducción




Descends du haut des cieux, auguste vérité!

VOLTAIRE


En las épocas transitorias de la civilización aparece esa multitud de espíritus decaídos. La inspiración que necesita un objeto, la voluntad, un apoyo para ejercer su poder, languidecen al faltarles el aliento vivificante de la fe. El poder de expansión que solicitan, se amortigua a la presencia de la indiferencia externa, o por la impotencia de la fe que anhelan. Observan al universo por medio del análisis y lo divisan cubierto por la nieve del invierno. Entonces el poder que sienten se concentra y devora la misma actividad que lo alimenta. Así vemos esos hombres que nacidos en la tranquilidad de la materia, desesperan al penetrar en el infierno, subterráneo de las sociedades. Pero en medio de todo esto, en medio del lento desarrollo que tenemos; en medio de este desierto sin guía: la sociedad al presente; en medio de los elementos sociales que de vez en cuando se sublevan, suelen aparecer ciertos hechos, inspiraciones, o incidentes que nos deciden en la marcha ambigua, que nos sacuden, nos detienen, nos hacen pedir cuenta de lo que vemos y de lo que columbramos. Entonces el individuo de aislado que vivía, tiende su mano para seguir el carro de la sociedad, y de egoísta, pasa a [64] escuchar el gemido del hermano. Entonces calla la anarquía de su vida intelectual y arroja al abismo de la nada el horrible pensamiento del suicidio social, de la desesperación satánica y del clamor impotente. El caos de su inteligencia se desenvuelve, lo alumbra una centella de la pira universal: la fraternidad. Su voluntad que yacía débil, ha sentido la trompeta divina y se levanta titánica. -A los que duden de este resultado y hayan pasado por los dolores de su siglo les preguntaría: ¿habéis sentido en medio de vuestras tribulaciones morales, en medio de vuestra ignorancia acerca del absoluto, en medio de la falta de corazones que respondan a vuestras angustias, en medio del espantoso cuadro de los padecimientos humanos?, ¿habéis, les diría, sentido esos movimientos espontáneos, al escuchar el gemido del que padece, el ruido de la cadena del prisionero?, ¿habéis escuchado los cánticos sublimes que arrojan los pueblos al marchar a las batallas?, ¿habéis sentido a la presencia de las bellezas de la naturaleza, al oír los cantos del poeta, al ver al hombre íntimo exteriorizado por la pintura, habéis sentido, les diría, esos embelesos misteriosos, esas agitaciones volcánicas, esos llamamientos divinos hacia una cosa que no sabemos, invisible, infinita?... ¡Sí!, me diréis, habéis sentido, esas impresiones, pero fugaces; -las habéis sentido, pero la realidad estaba cerca; -habéis entrevisto el misterio profundo de los cielos, pero la nube pasaba y vuestra vista bajaba hacia la tierra; -habéis llorado, pero la carcajada de la indiferencia os volvía a la vida del mundo.

Todo esto pasa. ¡Ésta es la vida!...

¡Mezcla incomprensible del sublime y del ridículo, del fatalismo y de la libertad! Vida, te sentimos y venimos a pedirte cuenta de lo que has hecho de nosotros y de lo que nos prometes. Es a nombre de esos llamamientos espontáneos de los cuales se aferra la razón para formar la nueva síntesis, que nos detenemos, ponemos la mano en la conciencia, la planta en el foro de la prensa, para decir: Somos hombres de Chile: luego veamos en las filas de la humanidad el lugar que ocupa el tricolor.










Santiago, 1 de junio de 1844










miércoles, noviembre 14, 2007

“El misterio cumple años”, de Rosamel del Valle





a Humberto Díaz Casanueva





Desde qué aguas y tiempo y heridas y calor
Y fábulas y permanecer en acecho como el aceite
Dispuesto a dar vida y qué fatiga de la luz
Y qué celebración de la sombra y qué andar
Sobresaltado y qué temor de lo que sigue
Siempre, siempre con la helada furia de la hoja
Al verano y de la ceniza al fuego, siempre, siempre
En el mismo peligro de cabezas celestes y voces
Pegadas al vidrio húmedo y nocturno de hallarse
Y no ser planta ni flor, ni existencia ni cuerpo,
Entre aires y sospechas y videncias y sobre todo
Entre lo que permanece como estatua y dolor.
Como llanto enemigo y paciencia de lámpara y nieve
Filuda y ojos obscuros dedicados a su muerte y al frío
Que conduce y envejece con cejas de llama.
Desde qué aguas oh estremecimiento continuado y amigo
De mi estremecimiento y de lo que se nos escapa
Porque no somos de hierro, ni de oro, ni de temblor,
Ni de ceniza, ni de corriente desnuda, ni de párpado civil,
Ni de punto de partida ni de llegada, ni de continuación,
Ni de permanencia, ni de calor, ni de sombra, ni de luz,
Ni de existencia, ni de muerte.
Y acaso seamos fábula y acaso seamos el aire
Pasajero y acaso lo que se parece a la sangre
Seamos nosotros, de viaje permanente, y acaso
Por la sangre de ahora habrá más sangre mañana
En las pupilas y en el corazón del hombre
A quién turbamos el sueño y la permanencia y la sombra
Que hace al lado de sí mismo y que es nuestra,
Como el aire del mar es de los náufragos,
Como el peligro es de la seguridad,
Como la sed es de la muerte.
Algo nos toca, oh amigo de fuego creciente y espada
En la noche de afán y fatiga y respiración
Por la costumbre de permanecer, aunque nuestra vida
Salga de noche y seamos su lecho vacío y sin embargo
Su guía, su sueño, su sed, su mensaje a lo obscuro,
Su iluminación de los muertos y su regreso
Y su entrada en la habitación y su acto
De volver a ser lámpara y carne y respiración.
Y ahora con qué fuerza, oh misterio, oh amigo,
Te hago sitio en mi calor y en mi angustia,
En mi cárcel de cielos derribados,
En mi iluminada desesperación,
En mi ciudad de piel crispada,
En mi voz que ha viajado cerca de tu lámpara
Y en las brasas de mi corazón, levantado un día
Por tu mano de admirable calor.









martes, noviembre 13, 2007

"Solaris", de Stanislaw Lem

Fragmento



Una ancha mirilla se abrió a la altura de mis ojos, y vi las estrellas. El Prometeo navegaba por las inmediaciones de Alfa de Acuario, pero traté, en vano, de orientarme. Un polvo centelleante llenaba el ojo de buey; el cielo de aquella región de la galaxia me era desconocido, y no pude identificar ni una sola constelación. Yo esperaba que en cualquier momento se me apareciera alguna estrella aislada; no distinguí ninguna. El centelleo se atenuaba; las estrellas huían, confundidas en una vaga luminosidad purpúrea; así me enteré de la distancia que había recorrido. Rígido el cuerpo, oprimido en mi funda neumática, hendía el espacio con la impresión de encontrarme suspendido en medio del vacío, y teniendo como única distracción el calor que aumentaba lenta, progresivamente.

De pronto, hubo un crujido, un ruido áspero, como una lámina de acero que se desplaza sobre una placa de vidrio mojada. Y comenzó la caída. Si no hubiese visto las cifras que saltaban en el cuadrante luminoso, no habría notado el cambio de dirección. Desaparecidas mucho antes todas las estrellas, la mirada se perdía, ahora y siempre, en la pálida claridad rojiza del infinito. El corazón me golpeaba el pecho, pesadamente. Sentía en la nuca el soplo fresco del climatizador, y sin embargo me ardían las mejillas. Lamentaba no haber localizado al Prometeo; sin duda ya se había perdido de vista aun antes que los comandos automáticos abrieran las persianas del ojo de buey. Una violenta sacudida estremeció el vehículo, y en seguida otra. La cápsula se puso a vibrar; atravesando mi envoltura neumática, la vibración me alcanzó y me corrió por el cuerpo, de pies a cabeza; multiplicada, la fosforescencia del cuadrante del contador se desplegó en todas direcciones. Ignoré el miedo. ¡No había emprendido ese largo viaje para pasar ahora por encima de la meta!

Llamé:
—¡Estación Solaris! ¡Estación Solaris! ¡Estación Solaris! ¡Creo que me voy desviando, corrijan la trayectoria! ¡Estación Solaris, aquí la cápsula del Prometeo! ¡Conteste, Solaris, escucho!

¡Acababa de perder un precioso instante, la aparición del planeta! Solaris se extendía ante mis ojos, inmenso ya, chato; no obstante, me pareció que yo estaba lejos todavía, a juzgar por el aspecto de la superficie. O mejor dicho, que yo estaba todavía a gran altura, puesto que había dejado atrás esa frontera imperceptible donde la distancia que nos separa de un cuerpo celeste empieza a medirse en términos de altitud. Me sentía caer. Sí, ahora sentía la caída hasta con los ojos cerrados. Los abrí en seguida, pues no quería perderme nada.

Esperé un minuto en silencio; luego reanudé los llamados. Ninguna respuesta. En los auriculares, sobre un rumor de fondo bajo y profundo, que imaginé era la voz misma del planeta, las crepitaciones venían en salvas. Un velo cubrió el cielo anaranjado, y el ojo de buey se oscureció; instintivamente, me acurruqué todo lo que pude en la funda neumática; casi enseguida comprendí que atravesaba una capa de nubes. Como aspirada hacia las alturas, la masa de nubes partió en vuelo. Yo planeaba, ya a la luz, ya a la sombra; la cápsula giraba alrededor de un eje vertical. Gigantesca, la esfera solar se mostró al fin delante del vidrio, emergiendo por la izquierda, y desapareciendo por la derecha.

Una voz lejana me llegó a través del rumor y las crepitaciones:
—¡Atención, Estación Solaris! Aquí Estación Solaris. Todo en orden. Está usted bajo el control de la Estación Solaris. La cápsula se posará en tiempo cero. Repito, la cápsula se posará en tiempo cero. Repito, la cápsula se posará en tiempo cero. ¡Prepárese! Atención, empiezo. Doscientos cincuenta, doscientos cuarenta y nueve, doscientos cuarenta y ocho...

Maullidos secos entrecortaban las palabras: un dispositivo automático articulaba frases de bienvenida. Y eso era en todo caso sorprendente. Por lo general, los hombres de una estación del espacio se apresuran a dar la bienvenida al recién llegado, sobre todo cuando éste viene directamente de la Tierra. No tuve oportunidad de sorprenderme mucho tiempo, pues la órbita del Sol, que hasta ese momento me rodeaba, se desplazó de pronto, y pareció que el disco incandescente danzaba en el horizonte, mostrándose ya a la izquierda, ya a la derecha del planeta. Yo oscilaba como la pesa de un péndulo gigante, en tanto el planeta, superficie estriada de surcos violáceos y negruzcos, se alzaba delante de mí como una pared. Empezaba a marearme cuando descubrí una superficie ajedrezada por puntos verdes y blancos: la señal de orientación. Algo se desprendió, con un chasquido, del cono de la cápsula; el largo collar del paracaídas desplegó con furor sus anillos, y el ruido que llegó hasta mí me evocó irresistiblemente la Tierra: por primera vez al cabo de tantos meses, el rugido del viento.






1961










lunes, noviembre 12, 2007

“La insignia”, de Julio Ramón Ribeyro




Hasta ahora recuerdo aquella tarde en que al pasar por el malecón divisé en un pequeño basural un objeto brillante. Con una curiosidad muy explicable en mi temperamente de coleccionista, me agaché y después de recogerlo lo froté contra la manga de mi saco. Así pude observar que se trataba de una menuda insignia de plata, atravesada por unos signos que en ese momento me parecieron incomprensibles. Me la eché al bolsillo y, sin darle mayor importancia al asunto, regresé a mi casa. No puedo precisar cuánto tiempo estuvo guardada en aquel traje que usaba poco. Sólo recuerdo que en una oportunidad lo mandé a lavar y, con gran sorpresa mía, cuando el dependiente me lo devolvió limpio, me entregó una cajita, diciéndome: "Esto debe ser suyo, pues lo he encontrado en su bolsillo". Era, naturalmente, la insignia, y este rescate inesperado me conmovió a tal extremo que decidí usarla.

Aquí empieza realmente el encadenamiento de sucesos extraños que me acontecieron. Lo primero fue un incidente que tuve en una librería de viejo. Me hallaba repasando añejas encuadernaciones cuando el patrón, que desde hacía rato me observaba desde el ángulo más oscuro de su librería, se me acercó y, con un tono de complicidad, entre guiños y muecas convencionales, me dijo: "Aquí tenemos libros de Feifer". Yo lo quedé mirando, intrigado porque no había preguntado por dicho autor, el cual, por lo demás, aunque mis conocimientos de literatura no son muy amplios, me era enteramente desconocido. Y acto seguido añadió: "Feifer estuvo en Pilsen". Como yo no saliera de mi estupor, el librero terminó con un tono de revelación, de confidencia definitiva: "Debe usted saber que lo mataron. Sí, lo mataron de un bastonazo en la estación de Praga". Y dicho esto se retiró hacia el ángulo de donde había surgido y permaneció en el más profundo silencio. Yo seguí revisando algunos volúmenes maquinalmente pero mi pensamiento se hallaba preocupado en las palabras enigmáticas del librero. Después de comprar un libro de mecánica salí, desconcertado, del negocio.

Durante algún tiempo estuve razonando sobre el significado de dicho incidente, pero como no pude solucionarlo acabé por olvidarme de él. Mas, pronto, un nuevo acontecimiento me alarmó sobremanera. Caminaba por una plaza de los suburbios cuando un hombre menudo, de faz hepática y angulosa, me abordó intempestivamente y antes de que yo pudiera reaccionar, me dejó una tarjeta entre las manos, desapareciendo sin pronunciar palabra. La tarjeta, en cartulina blanca, sólo tenía una dirección y una cita que rezaba: SEGUNDA SESIÓN: MARTES 4. Como es de suponer, el martes 4 me dirigí a la numeración indicada. Ya por los alrededores me encontré con varios sujetos extraños que merodeaban y que, por una coincidencia que me sorprendió, tenían una insignia igual a la mía. Me introduje en el círculo y noté que todos me estrechaban la mano con gran familiaridad. En seguida ingresamos a la casa señalada y en una habitación grande tomamos asiento. Un señor de aspecto grave emergió tras un cortinaje y, desde un estrado, después de saludarnos, empezó a hablar interminablemente. No sé precisamente sobre qué versó la conferencia ni si aquello era efectivamente una conferencia. Los recuerdos de niñez anduvieron hilvanados con las más agudas especulaciones filosóficas, y a unas disgresiones sobre el cultivo de la remolacha fue aplicado el mismo método expositivo que a la organización del Estado. Recuerdo que finalizó pintando unas rayas rojas en una pizarra, con una tiza que extrajo de su bolsillo.

Cuando hubo terminado, todos se levantaron y comenzaron a retirarse, comentando entusiasmados el buen éxito de la charla. Yo, por condescendencia, sumé mis elogios a los suyos, mas, en el momento en que me disponía a cruzar el umbral, el disertante me pasó la voz con una interjección, y al volverme me hizo una seña para que me acercara.

— Es usted nuevo, ¿verdad? —me interrogó, un poco desconfiado.
— Sí —respondí, después de vacilar un rato, pues me sorprendió que hubiera podido identificarme entre tanta concurrencia-. Tengo poco tiempo.
— ¿Y quién lo introdujo?

Me acordé de la librería, con gran suerte de mi parte.

— Estaba en la librería de la calle Amargura, cuando el...
— ¿Quién? ¿Martín?
— Sí, Martín.
— ¡Ah, es un colaborador nuestro!
— Yo soy un viejo cliente suyo.
— ¿Y de qué hablaron?
— Bueno... de Feifer.
— ¿Qué le dijo?
— Que había estado en Pilsen. En verdad... yo no lo sabía...
— ¿No lo sabía?
— No —repliqué con la mayor tranquilidad.
— ¿Y no sabía tampoco que lo mataron de un bastonazo en la estación de Praga?
— Eso también me lo dijo.
— ¡Ah, fue una cosa espantosa para nosotros!
— En efecto —confirmé— Fue una pérdida irreparable.

Mantuvimos una charla ambigua y ocasional, llena de confidencias imprevistas y de alusiones superficiales, como la que sostienen dos personas extrañas que viajan accidentalmente en el mismo asiento de un ómnibus. Recuerdo que mientras yo me afanaba en describirle mi operación de las amígdalas, él, con grandes gestos, proclamaba la belleza de los paisajes nórdicos. Por fin, antes de retirarme, me dio un encargo que no dejó de llamarme la atención .

—Tráigame en la próxima semana —dijo— una lista de todos los teléfonos que empiecen con 38.

Prometí cumplir lo ordenado y, antes del plazo concedido, concurrí con la lista.

— ¡Admirable! —exclamó— Trabaja usted con rapidez ejemplar.

Desde aquel día cumplí una serie de encargos semejantes, de lo más extraños. Así, por ejemplo, tuve que conseguir una docena de papagayos a los que no volví a ver. Más tarde fui enviado a una ciudad de provincia a levantar un croquis del edificio municipal. Recuerdo que también me ocupé de arrojar cáscaras de plátano en la puerta de algunas residencias escrupulosamente señaladas, de escribir un artículo sobre los cuerpos celestes, que nunca vi publicado, de adiestrar a un mono en gestos parlamentarios, y aun de cumplir ciertas misiones confidenciales, como llevar cartas que jamás leí o espiar a mujeres exóticas que generalmente desaparecían sin dejar rastro.

De este modo, poco a poco, fui ganando cierta consideración. Al cabo de un año, en una ceremonia emocionante, fui elevado de rango. "Ha ascendido usted un grado", me dijo el superior de nuestro círculo, abrazándome efusivamente. Tuve, entonces, que pronunciar una breve alocución, en la que me referí en términos vagos a nuestra tarea común, no obstante lo cual, fui aclamado con estrépito.

En mi casa, sin embargo, la situación era confusa. No comprendían mis desapariciones imprevistas, mis actos rodeados de misterio, y las veces que me interrogaron evadí las respuestas porque, en realidad, no encontraba una satisfactoria. Algunos parientes me recomendaron, incluso, que me hiciera revisar por un alienista, pues mi conducta no era precisamente la de un hombre sensato. Sobre todo, recuerdo haberlos intrigado mucho un día que me sorprendieron fabricando una gruesa de bigotes postizos pues había recibido dicho encargo de mi jefe.

Esta beligerancia doméstica no impidió que yo siguiera dedicándome, con una energía que ni yo mismo podría explicarme, a las labores de nuestra sociedad. Pronto fui relator, tesorero, adjunto de conferencias, asesor administrativo, y conforme me iba sumiendo en el seno de la organización aumentaba mi desconcierto, no sabiendo si me hallaba en una secta religiosa o en una agrupación de fabricantes de paños.

A los tres años me enviaron al extranjero. Fue un viaje de lo más intrigante. No tenía yo un céntimo; sin embargo, los barcos me brindaban sus camarotes, en los puertos había siempre alguien que me recibía y me prodigaba atenciones, y en los hoteles me obsequiaban sus comodidades sin exigirme nada. Así me vinculé con otros cofrades, aprendí lenguas foráneas, pronuncié conferencias, inauguré filiales a nuestra agrupación y vi cómo extendía la insignia de plata por todos los confines del continente. Cuando regresé, después de un año de intensa experiencia humana, estaba tan desconcertado como cuando ingresé a la librería de Martín.

Han pasado diez años. Por mis propios méritos he sido designado presidente. Uso una toga orlada de púrpura con la que aparezco en los grandes ceremoniales. Los afiliados me tratan de vuecencia. Tengo una renta de cinco mil dólares, casas en los balnearios, sirvientes con librea que me respetan y me temen, y hasta una mujer encantadora que viene a mí por las noches sin que yo le llame. Y a pesar de todo esto, ahora, como el primer día y como siempre, vivo en la más absoluta ignorancia, y si alguien me preguntara cuál es el sentido de nuestra organización, yo no sabría qué responderle. A lo más, me limitaría a pintar rayas rojas en una pizarra negra, esperando confiado los resultados que produce en la mente humana toda explicación que se funda inexorablemente en la presunción.






Lima, 1952







domingo, noviembre 11, 2007

"Las horas", de Michael Cunningham

Fragmento




Vanessa y sus hijos han regresado a Charleston. Nelly está abajo preparando la cena, misteriosamente alegre, más de lo que ha estado en días anteriores: ¿será posible que esté agradecida de que la hayan enviado a hacer un recado estúpido, que saboree tanto esa injusticia como para que la induzca a cantar en la cocina? Leonard está escribiendo en su estudio, y el tordo yace en su lecho de hierba y rosas en el jardín. De pie ante una ventana del salón, Virginia contempla la oscuridad que desciende sobre Richmond. Es el final de un día ordinario. Encima de su escritorio, en una habitación con la luz apagada, descansan las páginas de la nueva novela, sobre la cual alberga desmedidas esperanzas y que, en este momento, teme (cree que sabe) que resultará árida y débil, desprovista de verdadero sentimiento; un callejón sin salida. Hace sólo unas horas, y sin embargo lo que sentía en la cocina con Vanessa —esa exaltación, esa beatitud— se ha evaporado totalmente como si no hubiese existido. Solamente perdura esto: el olor del buey que está cociendo Nelly (nauseabundo, y Leonard la observará mientras ella se esfuerza en comerlo), todos los relojes de la casa a punto de dar la media hora, su propia cara, que cada vez más nítidamente se refleja en el cristal de la ventana a medida que las farolas —de un tono limón pálido contra un cielo azul tinta— se encienden en todo Richmond. Ya basta, se dice a sí misma. Se empeña en creerlo. Ya basta de vivir en esta casa, liberada de la guerra, con una noche de lectura por delante y después dormir y después trabajar de nuevo por la mañana. Ya basta de farolas que arrojan sombras amarillentas sobre los árboles.

Nota la cefalea que avanza sigilosamente por la nuca. Se pone rígida. No, es el recuerdo de la cefalea, es el miedo que le inspira, ambos tan vividos que llega a ser difícil, por lo menos brevemente, distinguirlos del comienzo del dolor mismo. Permanece tensa, esperando. Está bien. Todo va bien. Las paredes de la habitación no tiemblan; del interior del yeso no brotan murmullos. Es ella misma, aquí donde está, en casa, en compañía de su marido, con criados y alfombras y almohadas y lámparas. Es ella misma.

Sabe que se marchará aun antes de que decida marcharse. Un paseo; dará simplemente un paseo. Volverá dentro de media hora, o menos. Se pone rápidamente la capa y el sombrero, la bufanda. Se dirige en silencio a la puerta trasera, sale y la cierra con cuidado tras ella. Preferiría que nadie le pregunte a donde va, o a qué hora piensa volver.

Fuera, en el jardín, está el montículo en sombras del tordo en su ataúd, al socaire de los setos. Un viento fuerte sopla desde el este, y Virginia se estremece. Tiene la impresión de que ha abandonado la casa (donde guisan un buey, donde hay luces encendidas) y de que ha entrado en el reino de los pájaros muertos. Piensa en que los recién enterrados permanecen toda la noche en sus sepulturas, después de que los deudos hayan recitado oraciones, depositado coronas funerarias y regresado al pueblo. Después de que las ruedas se hayan alejado sobre el barro de la carretera, después de que las cenas hayan sido comidas y las cubiertas de los lechos descorridas; después de que todo esto haya ocurrido, las tumbas permanecen, con sus flores ligeramente movidas por el viento. Es aterrador pero no completamente desagradable, esta aura del cementerio, Es real; es casi abrumadoramente real. Es, a su manera, más tolerable, noble, ahora mismo, que el buey y las lámparas...

Baja la escalera, pisa la hierba.

El cadáver del tordo sigue estando en su sitio (es curioso que no atraiga la atención de los gatos y perros del vecindario), minúsculo incluso para ser de un pájaro, tan plenamente inane, aquí en la oscuridad, como un guante perdido, este puñado vacío de muerte. Virginia se sitúa sobre él; ahora es basura; se ha desprendido de la belleza de la tarde del mismo modo que Virginia se ha liberado de su asombro, en la mesa del té, acerca de tazas y abrigos; de igual modo que el día se despoja de su calor. Por la mañana, Leonard recogerá al pájaro, la hierba y las rosas con una pala y los tirará lejos. Piensa en que un ser vivo ocupa mucho más espacio cuando está vivo que cuando está muerto; en lo ilusorio que es el tamaño contenido en los gestos, los movimientos, la respiración. Muertos, revelamos nuestras dimensiones verídicas, y son sorprendentemente exiguas. ¿Acaso no pareció que a su propia madre la habían retirado subrepticiamente y sustituido por una versión más menuda de hierro pálido? ¿No había ella, Virginia, percibido en sí misma un hueco, asombrosamente pequeño, allí donde supuestamente debía residir un dolor intenso?

Aquí, pues, está el mundo (casa, cielo, una primera estrella incipiente) y aquí su opuesto, esta pequeña forma oscura dentro de un círculo de rosas. Es basura, nada más. La belleza y la dignidad eran ilusiones engendradas por la compañía de los niños, mantenidas en su beneficio.

Da media vuelta y se aleja. En este momento parece posible que exista otro lugar, un lugar que no guarde ninguna relación con un buey cocido ni con el círculo de rosas. Franquea la cancela del jardín, sale al corredor y se dirige a la ciudad.




1998








sábado, noviembre 10, 2007

“A diez siglos de distancia (India-Japón)”, de Alan Meller




En India, cuando construyen una casa, la hacen antigua. Junto con los pisos y las escaleras, colocan también varios años encima, como si lo nuevo fuera un atentado a la creación, algo reservado para los dioses que ya han desaparecido. Una casa India recién terminada, huele a encierro, la pintura se está descascarando, las cañerías están oxidadas y los cables del tendido eléctrico (si los hay, si son necesarios...) se están pelando y parecen dispuestos al corto circuito.

Una casa antigua en Japón parece recién terminada. Aún huele la pintura, no existen manchas de moho y cuando se corre el closet o se saca un cuadro colgado hace años, las paredes no dejan rastros, como si el tiempo no pasara, como si no existiera un deterioro, como si lo nuevo fuera el único estado posible, el único permitido.

Pero en Japón no hay tiempo. La tecnología los ha sumido en un permanente atraso. Sus habitantes viven tardíamente aferrados a los minutos-yen sincronizados en los relojes vigilantemente expuestos en cada esquina, amarrados a sus muñecas, palpitantes en sus teléfonos, en sus radios, en sus almas, en sus autos, recordándoles a cada momento que no hay tiempo que perder...

En India el tiempo no existe y por ende no se pierde... Un almuerzo a la hora del trabajo puede tardar horas hasta transformarse en un trabajo a la hora del almuerzo. Un té con el amigo, el vecino o quien esté cerca tiene la sacralidad de la vida, es quizás el mayor sentido de ella. Y no que la comida tenga una gran importancia, sino que el tiempo carece absolutamente de ella. ¡Y cómo no! Si un segundo de la vida de Brahma, el dios creador ya abandonado, corresponde al ciclo de toda la génesis y destrucción del universo...





Fotografía: Werner Bischof, "La llegada del suministro en un pueblo", India, 1951





viernes, noviembre 09, 2007

"Sin reflejos una duda", de Juan Carlos Villavicencio







Nada indigno puede caber jamás en el santuario de su cuerpo.
Si la maldad habitara esa hermosa mansión,
también la bondad querría morar en ella.

WILLIAM SHAKESPEARE




Un nuevo esbozo de pintura trazado en un océano
lo hace retornar al recuerdo de esa isla perdida donde está.
Ahí debe dormir, mientras él,
cubriéndola de otoños,
intenta descifrar los tatuajes
                                      viajando hacia sus ojos,
bajando,
más atrás.
Una caricia resbala como una cascada de pinturas
                                                           por su sangre,
o una caja liberando esa música que la devolvería
            a reconocerse frente al templo que es su luz,
                        ahora oculta.
Pero él no sabe entre muros i palabras
            cuáles son sus huellas por el prado,
antes que amanezca,
ni cómo abraza o si lo mira ciego lanzando dados más allá.
Sólo va dejando líneas rojas sobre el bosque de sus vuelos,
iterando el suave baile de esa figura abriendo puertas
            i entreveros del ayer. Escondida,
ella roza en otro mundo cada escena que él le entrega,
inventando o recreando, otra vez,
en el agua la silueta vista reflejando su verdad i no mentiras.

Cuál es cuál.






Diciembre 2005


jueves, noviembre 08, 2007

"El poder afrodisíaco de la Coca Cola", de Valérie Tasso




20 de marzo de 1997


Hoy he recibido una llamada de Hassan en la oficina. Hassan... Hace dos años que no sé nada de él. «Cabrona —es lo primero que me ha dicho—, desapareciste del mapa. Pero ves cómo sé donde encontrarte. Tengo que ir a Barce­lona esta semana, para mi periódico. Me gustaría verte.» Hassan...

Tuve una relación de dos años (no seguidos) con Hassan. Te­nía (¿tiene todavía?) una predilección especial por introducirme en la vagina botellas vacías de Coca Cola. Primero me las ha­cía beber y luego... No sé a qué se debe esa obsesión por la Coca Cola, mejor dicho, por la botellita. Creo que debe de tener comple­jo con su pene que, la verdad sea dicha, no tiene grandes cualida­des ni morfológicas ni artísticas.

Aparte del sexo, hablábamos poco, pero compartíamos los tex­tos de El Principito de Saint-Exupéry, y sueños sobre lo que debía ser una verdadera historia de amor, suspirándonos el uno al otro. Pero siempre he sabido que no era mi historia de amor. Él es ma­rroquí y yo francesa. Y de alguna forma me tenía como amante para sentir que jodia a toda Francia y su colonialismo.

Así que hoy, nada de sexo, pero una llamada y buenas perspec­tivas...








en Diario de una ninfómana, 2004





miércoles, noviembre 07, 2007

«La pieza oscura», de Enrique Lihn






La mixtura del aire en la pieza oscura, como si el cielorraso
          hubiera amenazado
una vaga llovizna sangrienta.
De ese licor inhalamos, la nariz sucia, símbolo de inocencia
          y de precocidad
juntos para reanudar nuestra lucha en secreto, por no sabiamos
          no ignorábamos qué causa;
juegos de manos y de pies, dos veces villanos,
          pero igualmente dulces
que una primera pérdida de sangre vengada a dientes
          y uñas o, para una muchacha,
dulces como una primera efusión de su sangre.

Y así empezó a girar la vieja rueda —símbolo de la vida—
          la rueda que se atasca como si no volara,
entre una y otra generación, en un abrir de ojos brillantes
          y un cerrar de ojos opacos
con un imperceptible sonido musgoso.
Centrándose en su eje, a imitación de los niños
          que rodábamos de dos en dos, con las orejas rojas
          —símbolos del pudor que saborea su ofensa—
          rabiosamente tiernos,
la rueda dio unas vueltas en falso como en una edad anterior
          a la invención de la rueda
en el sentido de las manecillas del reloj y en su contrasentido.
Por un momento reinó la confusión en el tiempo. Y yo mordí,
          largamente en el cuello a mi prima Isabel,
en un abrir y cerrar del ojo del que todo lo ve, como en una edad
          anterior al pecado
pues simulábamos luchar en la creencia de que esto hacíamos;
          creencia rayana en la fe como el juego en la verdad
y los hechos se aventuraban apenas a desmentirnos
con las orejas rojas.

Dejamos de girar por el suelo, mi primo Ángel vencedor de Paulina,
          mi hermana; yo de Isabel, envueltas ambas
          ninfas en un capullo de frazadas que las hacía estornudar
          —olor a naftalina en la pelusa del fruto—.
Ésas eran nuestras armas victoriosas y las suyas vencidas
          confundiendose unas con otras a modo de nidos
          como celdas, de celdas como abrazos, de abrazos
          como grillos en los pies y en las manos.
Dejamos de girar con una rara sensación de vergüenza,
          sin conseguir formularnos otro reproche
que el de haber postulado a un éxito tan fácil.
La rueda daba ya unas vueltas perfectas, como en la época
          de su aparición en el mito, como en su edad
          de madera recién carpintereada
con un ruido de canto de gorriones medievales;
el tiempo volaba en la buena dirección. Se lo podía oír
          avanzar hacia nosotros
mucho más rápido que el reloj del comedor cuyo tic-tac
          se enardecía por romper tanto silencio.
El tiempo volaba como para arrollarnos con un ruido
          de aguas espumosas más rápidas en la proximidad
          de la rueda del molino, con alas de gorriones
          —símbolos del salvaje orden libre— con todo él
          por único objeto desbordante
y la vida —símbolo de la rueda— se adelantaba a pasar
          tempestuosamente haciendo girar la rueda
          a velocidad acelerada, como en una molienda
          de tiempo, tempestuosa.
Yo solté a mi cautiva y caí de rodillas, como si hubiera
          envejecido de golpe, presa de dulce, de empalagoso pánico
como si hubiera conocido, más allá del amor en la flor
          de su edad, la crueldad del corazón en el fruto del amor,
          la corrupción del fruto y luego... el carozo sangriento,
          afiebrado y seco.

¿Qué será de los niños que fuimos? Alguien se precipitó
          a encender la luz, más rápido que el pensamiento
          de las personas mayores.
Se nos buscaba ya en el interior de la casa, en las inmediaciones
          del molino: la pieza oscura como el claro de un bosque.
Pero siempre hubo tiempo para ganárselo a los sempiternos
          cazadores de niños. Cuando ellos entraron al comedor,
          allí estábamos los ángeles sentados a la mesa
ojeando nuestras revistas ilustradas —los hombres a un extremo,
          las mujeres al otro—
en un orden perfecto, anterior a la sangre.

En el contrasentido de las manecillas del reloj se desatascó
          la rueda antes de girar y ni siquiera nosotros pudimos
          encontrarnos a la vuelta del vértigo,
          cuando entramos en el tiempo
como en aguas mansas, serenamente veloces;
en ellas nos dispersamos para siempre, al igual que los restos
          de un mismo naufragio.
Pero una parte de mí no ha girado al compás de la rueda,
          a favor de la corriente.
Nada es bastante real para un fantasma. Soy en parte ese niño
          que cae de rodillas
dulcemente abrumado de imposibles presagios
y no he cumplido aún toda mi edad
ni llegaré a cumplirla como él
de una sola vez y para siempre.










martes, noviembre 06, 2007

”Lunes de fatigas”, de Mateo Goycolea





Lunes de fatigas /
mañana no quiere desayunarme /

No amanece, no hay donde ir /

El teclado /
se mancha /
con un hilo de espuma /
que ha brotado /
azarosamente de su boca /

mientras mastica /
en silencio /
un escarabajo de plástico /

Cierra los párpados /
el televisor está apagado /
la cerveza se entibia /

No hay pájaros para el espejo /

Sus labios rojos /
su cuerpo a la sombra /
temblor /
la espalda se aleja del lugar /

nosepuedeaniquilaruncuerpoamadohastaladesmesura /







en Diario visual de una ciudad silenciosa, 2007


Fotografía: Mateo Goycolea









lunes, noviembre 05, 2007

«Munich», de Steven Spielberg

Escena



Avner es un israelí que lidera un comando que busca vengar el secuestro y matanza de 11 atletas de Israel durante las Olimpíadas en München (Munich), Alemania, el año 1972, a manos de un grupo extremista palestino conocido como Septiembre Negro

La escena aquí reproducida sucede en una sombría escalera, de noche. AVNER, que se ha hecho pasar por alemán y dice pertenecer a la ETA (Euskadi Ta Askatasuna, en castellano ‘Patria Vasca y Libertad’), conversa con ALÍ, que es de Omán y pertenece a la OLP (Organización para la Liberación de Palestina).


ALÍ: A la larga, los estados árabes se van a alzar contra Israel. No les gustan los palestinos, pero odian más a los judíos. No será como en 1967; el resto del mundo verá lo que Israel nos hace. No ayudarán cuando Siria y Egipto ataquen. Ni Jordania. Israel dejará de existir. (Silencio) ¿Qué?

AVNER: Eso es un sueño. No puedes recuperar un país que nunca tuviste.

ALÍ: Pareces un judío.

AVNER: Ándate a la mierda. Soy la voz dentro de tu cabeza que te dice lo que ya sabes. Ustedes no tienen con qué negociar. Nunca recuperarán la tierra. Todos morirán, hombres viejos en campamentos de refugiados esperando a Palestina.

ALÍ: Tengo muchos hijos. Ellos tendrán hijos, así que podemos esperar por siempre. Y si lo necesitamos, podemos hacer que todo el planeta sea inseguro para los judíos.

AVNER: Ustedes matan judíos y el mundo se compadecerá de ellos y los considerará animales.

ALÍ: Sí. Pero entonces el mundo verá cómo ellos nos han convertido en animales. Harán preguntas acerca de las condiciones de nuestras celdas.

AVNER (Acercándose): Ustedes son árabes. Hay muchos, tienen muchos lugares para los árabes.

ALÍ (Sonriendo): Tú simpatizas con los judíos. ¿Tú no eres alemán? Ustedes son demasiado blandos con Israel. Ustedes nos dieron dinero, pero se sienten culpables por Hitler y los judíos explotan ese sentimiento de culpa. Mi padre no envenenó ningún judío.

Breve silencio. AVNER exhala el humo de su cigarrillo.

AVNER: Dime una cosa, Alí...

ALÍ: ¿Qué?

AVNER (Contenido): ¿De verdad extrañas los olivos de tus padres? ¿Honestamente crees que tienes que recuperar toda eso? Esa nada, ese suelo árido, esas casuchas. ¿Es eso lo que realmente quieres para tus hijos?

ALÍ: Absolutamente. Podría tomar 100 años, pero venceremos. ¿Cuánto tiempo les llevó a los judíos conseguir su propio país? ¿Cuánto tiempo les tomó a los alemanes hacer Alemania?

AVNER: Y mira qué bien les fue.

ALÍ: No sabes lo que es no tener un hogar. Es por eso que ustedes los comunistas europeos no entienden. Ustedes dicen que no es nada, pero tienen un hogar al que volver. ETA, ANC, el IRA, todos fingimos que nos importa su revolución internacional... pero no nos preocupa. Queremos ser naciones. El hogar lo es todo.



2005
















domingo, noviembre 04, 2007

“Por encargo”, de El Marqués Minoritario




Numerosas son las obras literarias que han surgido merced al poder del dinero, desde aquel primer poeta griego que cobró por recitar sus poemas, Simónides, el mismo a quien se le atribuye la invención del arte de la memoria, hasta los relatos eróticos que Anais Nin compuso para solventar su estadía en París. La compleja relación entre dinero y literatura, mercancía y ficción, debe ser tratada con la mayor desnudez posible y, preferentemente, de modo pornográfico, pues entre tales objetos, monedas y letras, se establece una relación de superficies que no da lugar a secretos, una relación literal y exhibicionista que señala con precisión la performance relatada en un cuento y escrita en un poema. El artificio literario tiene su precio. ¿Acaso usted no calcula con la misma precisión cuando compra un artículo deseado, su presupuesto, costos y beneficios? En la literatura por encargo se exhibe sin pudor el deseo de quien encarga una escritura; el resultado, bueno o malo, responde siempre a ese deseo, a penetrar y ser penetrado por otro, de todas las formas posibles. Lo que nos atrae es la simpleza de esa relación, despojada de toda justificación y de toda moral, incluso de la moral del dinero. Tenga, pues, en sus manos, atento lector, el siguiente relato que se me ha encargado. Lo he transcrito sin rodeos previos ni relatos tediosos que pudieran confundir o desviar su deseo más obsceno: pagar por leer.

Una tarde cualquiera, Rolo por fin se decidió a cambiar sexo por dinero y concluyó que, para eso, nada sería más adecuado que visitar el departamento de Luis Fernando. Una vez adentro, los dos hombres se abrazaron y besaron un largo rato, tentando las partes íntimas del otro y que ya deseaban probar. Rolo se arrodilló frente a la cintura de Luis Fernando para bajar el cierre y extraer el miembro duro. Se lo introdujo en la boca de golpe hasta el fondo, y logró tocar con sus labios la base del pene y mojarla profusamente. Con el balano casi hasta la garganta, hizo girar el glande por sus amígdalas, por el paladar y las encías, quería pasearlo por toda su boca y no tenía reparos en demostrar cuánto le gustaba hacerlo. Por su parte, Luis Fernando gozaba intensamente así, dejándose mamar por Rolo. Luis Fernando colocó ambas manos en la cabeza de su amante y, sujetándola firme, comenzó a moverse hacia atrás y adelante, de modo que el largo pene entrara y saliera de tan húmeda madriguera. El instrumento entraba y salía rápidamente. Entonces, Luis Fernando agarró bruscamente los cabellos de Rolo y le meneó la cabeza con violencia, obligándolo a chupar todo el aparato. Luis Fernando miraba desde la altura los labios de Rolo recorriendo toda la dureza y esta escena lo excitaba aún más y movía con más fuerza la cabeza que tenía entre las manos. Al cabo de unos minutos de chuparlo vigorosamente, Rolo se sacó el miembro de la boca y empezó a lamerlo desde la base hasta la punta y otra vez hasta la base. Recorría el glande con la lengua y los labios murmurando cuánto le gustaba. Introducía la punta de la lengua en la abertura del glande y desde allí recogía cada gota de semen que brotaba. Luis Fernando no podía más de calentura y ya quería meter su enorme instrumento en el agujero deseado. Colocó a Rolo en cuatro patas encima de la cama y él se puso detrás, pero no lo penetró de inmediato, sino que acercó su cara al trasero que se le ofrecía y besó primero las nalgas, mordió cada una de las esferas de carne y luego rodeó con su lengua el agujero ardiente que Rolo le enseñaba con tanto entusiasmo. Posó la lengua en el orificio e intentó empujarla hacia adentro, a lo que no encontró ninguna resistencia. Luis Fernando tenía la lengua inserta en la puerta de entrada del culo, mientras imaginaba que su pene pronto abriría la misma puerta. Recorrió con la lengua los bordes, entraba y salía, lamía sediento como un perro, a lo que Rolo respondía con gemidos de placer, dilatando aún más su ano. A continuación, Luis Fernando se incorporó y, ya no pudiendo resistir más, introdujo con vehemencia su miembro en el ano de Rolo. Este sintió con dolor el desgarro que le produjo la penetración, molestia momentánea que luego se transformó en intenso placer, tal como sucedía cada vez que recibía un aparato en su agujero. Apoyado en los codos y las rodillas, Rolo abrió más las piernas y levantó aún más las ancas, para que Luis Fernando lo penetrara más profundamente. El miembro estaba adentro por completo y Luis Fernando lo hacía chocar contra las sensibles paredes del interior. Rolo percibía con placer indescriptible cómo el pene abría con violencia su ano, el mismo pene que acababa de tener en la boca. Ambos se dejaban llevar por la ola incontrolable del deseo. Se movían con fuerza uno contra otro, de modo que el taladro llegara hasta lo profundo del pozo. Sin embargo, en un momento Luis Fernando se detuvo y se retiró del nido. Rolo alcanzó a oír que su compañero de juegos musitaba algo sobre el servicio remunerado, pero mantuvo la misma posición. Entonces Luis Fernando introdujo un dedo en el orificio, como si se probara un anillo, luego dos y tres, los metía enteros y los volvía a sacar, los hacía girar para tocar todos los contornos. Después hundió cuatro dedos hasta la palma de la mano y comenzó a girarlos como si estuviera lavando una taza muy sucia. Dilataba más y más el agujero, pues quería enterrar en él toda su mano. Logró hundir el quinto dedo y así, con la mano semiempuñada, forjó el anillo hasta su máxima tensión, con lo cual logró su cometido, introducir toda la mano hasta la muñeca. Rolo aullaba de placer y pedía más. Luis Fernando nunca había podido completar esa operación y pensaba que si esta vez lo había conseguido se debía al entusiasmo contenido de ambos, al tamaño perfecto de su mano y a la elasticidad increíble del ano de Rolo. Una vez adentro, giró con rapidez la mano, a la izquierda y a la derecha como si ahora se probara una pulsera, extendía y recogía los dedos en el interior, tocaba las paredes internas y les daba breves y certeros golpes, aumentando con ello la excitación del amante. Volvía a empuñarla y moverla velozmente hacia adentro y hacia afuera. Finalmente, Luis Fernando extrajo la mano del tibio rincón de carne y la reemplazó otra vez con su miembro goteante. Ahora Rolo, de espaldas al hombre que lo desgarraba, estaba sentado en su cintura con todo su elemento incrustado entre las nalgas, cabalgaba agitadamente mientras Luis Fernando agarraba con fuerza las nalgas del hombre que con tanto deseo se dejaba penetrar por él. Rolo se levantaba hasta que el glande quedara en el anillo de su entrada, en el borde de la salida, y luego se dejaba caer violentamente para ser partido en dos por el enorme falo de su compañero. Repetía una y otra vez esta acción, cada vez con mayor rapidez. Ambos gemían de deseo y le exigían al otro más y más placer. Así, sin ya poder contenerse, el pene de Rolo estalló en una prodigiosa lluvia de semen que fue a mojar las rodillas de Luis Fernando, a un tiempo que él derramaba sus jugos en lo más profundo del agujero que había taladrado, su semen brotaba y recorría el interior del ano y sus paredes ya tan acostumbradas a ese oficio. Cuando Luis Fernando extrajo el miembro humeante, arrastró tras de sí una gran cantidad de semen que inundó la entrada del culo, pero acercó la boca y lamió el orificio recién perforado, bebiendo su propio jugo que salía a borbotones desde la dichosa fuente. Rolo le agradeció a Luis Fernando el excelente momento disfrutado limpiando con la lengua las rodillas de su amante, bebiendo también su propio semen.

Reanudaron la sesión el día siguiente, pero en esta oportunidad Luis Fernando tenía preparada una sorpresa:

- Vendrá a visitarme un amigo, él es muy cariñoso. Debemos tratarlo bien.
- Ya entendí.
- Tómalo como horas extras.

Así, mientras Rolo aguardaba a ser compartido como un trofeo de caza, bebieron un poco de licor. A la llegada de Carlos, el amigo elegido para tan selecta reunión, Rolo y Luis Fernando ya estaban mareados por el alcohol. Tras conversar unos minutos y beber aún más, Luis Fernando comenzó a besar a su amigo Carlos y a tocar sus piernas, escena que Rolo contemplaba sin decidirse a actuar. Finalmente, se acercó a ellos y unió su boca a la de ambos, dando inicio al trío. Sin esperar más, Rolo se desvistió y, de pie frente a ellos, ofreció el redondeado culo a las lenguas sedientas de Luis Fernando y Carlos. Cada uno cogió una nalga y la besó tirando en sentido opuesto a la otra, de modo que se abriera el ano lo más posible. Primero Luis Fernando posó la lengua en el orificio, lamió y mojó la abertura con fruición y pronto la lengua de Carlos se encontró con la de su amigo en tan reconfortante tarea. Intentaron introducir a un tiempo sus lenguas en el ano, pero la posición de las cabezas dificultaba la empresa, así que optaron por hacerlo uno cada vez, primero Carlos metía y sacaba su lengua, luego Luis Fernando. No dejaban de manosear todo el trasero de Rolo que, para facilitar la tarea, se había colocado a horcajadas. Mientras el visitante continuaba lamiendo el agujero, Luis Fernando se incorporó y, ya desnudo, se paró frente a la cara de Rolo e insertó el arma erecta en su boca, hasta el fondo, y lo volvió a retirar para luego meterlo y volver a sacarlo. Carlos se unió a Luis Fernando e introdujeron ambos sus miembros en la boca de Rolo que, de rodillas, succionaba y tragaba sus penes, ya de a uno o ya los dos juntos. Los dos hombres tomaban la cabeza de Rolo por los cabellos y lo forzaban a recibir los dos instrumentos a la vez, ocupando con sus glandes toda la cavidad bucal. La excitación de los tres no dejaba de aumentar. Rolo ya no podía soportar más su deseo de ser perforado y le rogó a Luis Fernando que lo hiciera, con fuerza y hasta lo más profundo. Su amante no dudó en complacerlo y, colocado detrás, metió su grueso miembro en el ano dilatado y lleno de saliva. Hundió hasta el fondo su taladro para después sacarlo y comenzar a meterlo con violencia. Luis Fernando cogió la nuca de Rolo y guió su cabeza hacia el miembro de Carlos. Quedaron acoplados en forma perfecta, los dos hombres arrodillados uno frente a otro con el tercero entre ellos, recibiendo en el culo y en la boca aquello que tanto le gustaba. Luis Fernando y Carlos se movían rítmicamente, a un mismo tiempo se separaban del cuerpo penetrado para volver juntos a hundir sus taladros en cada orificio, Luis Fernando en el ano y Carlos en la boca. Esa era una de las posiciones favoritas de Rolo, pues él sabía que funcionaba mejor por ambos lados y en ambos sentidos, es decir, chupaba mejor un pico mientras hubiera otro que lo perforara y, del mismo modo, abría más su agujero dejándose penetrar cuando tragaba un miembro hasta la garganta. Los tres gozaban intensamente. Al cabo de unos minutos Luis Fernando, sin salir del recipiente de carne, se puso de pie y enlazó por detrás de sus muslos las piernas de Rolo, al tiempo que Carlos enlazaba los brazos de la víctima en su espalda, de modo que quedó suspendido en el aire como un trozo de carne a las brasas, sólo sujeto por los penes que lo perforaban sin cesar. Después de un momento cambiaron de lugar y ahora era Carlos quien penetraba a Rolo, mientras éste se echaba a la boca el palo duro de Luis Fernando, sin parar de chuparlo. Luis Fernando cogió con la mano derecha la base de su miembro y empezó a masturbarse, sin sacar el resto del instrumento de la boca de su amante. En tal posición, la eyaculación de Luis Fernando no se hizo esperar y emitió una gran cantidad de semen en ese lugar, haciendo que Rolo tragara todo su contenido. El hombre exprimió con su mano hasta la última gota de leche, que Rolo recogía ansiosamente con la punta de su lengua, sin dejar de ser perforado al mismo tiempo por Carlos.

Entonces, decidieron cambiar sus juegos, para que Luis Fernando descansara y pudiera recuperarse pronto. Puesto que el deseo de Rolo no disminuía, por el contrario, iba en aumento, se colocó a cuatro patas sobre la cama y se metió en la boca el miembro que acababa de salir de su ano portando el inconfundible sabor y aroma del sexo salvaje. Luis Fernando, por su parte, quería repetir el acto que tanto le gustaba y comenzó a introducir los dedos en el orificio ya bastante dilatado. Logró meter cuatro dedos, agitándolos dentro del caliente envase, mientras miraba la expresión satisfecha de Rolo que desencajaba su rostro al chupar el otro instrumento. Sin embargo, Carlos dejó su lugar y fue a unir sus dedos a los de Luis Fernando. Al tiempo que había hundido cuatro en el orificio, Carlos introdujo dos dedos, pero decidieron que era muy poco, que ese ano podía aguantar más y que ambos estaban ahí para complacer y forzar a su víctima. Le preguntaron a Rolo si quería más y con un susurro respondió que sí, que quería más, que quería quedar muy abierto por las dos manos. Tras esta aprobación, Carlos metió cuatro dedos y ya hubo ocho dedos, y dos manos, dilatando al máximo el santo túnel. Parecía que buscaban algo perdido en su interior, como si enterraran la mano en la arena tras una moneda extraviada.

Se entretuvieron algunos minutos en esa actividad hasta que Luis Fernando, ya recuperado, volvió a explorar con su miembro el ano de donde Carlos aún no retiraba sus dedos. En cambio, Carlos agarró el miembro de Luis Fernando lo mejor que pudo para masturbarlo, pero sólo consiguió apretarlo con los dedos extendidos. Luis Fernando sentía que su paraíso había llegado, pues entraba con su pene en el agujero preferido y al mismo tiempo lo estimulaba una mano como si hubiera bajado desde el interior de los intestinos. Volvieron a cambiar de posición, esta vez Luis Fernando se tiró de espaldas en la cama, invitando a Rolo a sentarse sobre el pico amenazante lo que, por supuesto, no tardó en suceder, mientras Carlos introducía lo suyo en la boca de Rolo. El ritmo agitado de los movimientos no disminuía. De pronto, Carlos se agachó y acercó su cara al lugar de la batalla, allí donde el miembro duro taladraba el ano, pasó la lengua por el borde del abismo y por los testículos de Luis Fernando, introdujo su punta mojada junto con el pene que entraba. Como Rolo ya estaba tan dilatado, Carlos quiso meter ahora su miembro y lograr una doble penetración. Para ello se colocó detrás de Rolo que, sentado sobre su amante y de frente a él, dejaba expuesto su culo al nuevo ataque. Carlos consiguió insertar su instrumento junto al de Luis Fernando y ambos, totalmente insertos, comenzaron a moverse frenéticamente. Rolo nunca había sentido una abertura tan grande en su ano y pensaba que los dos palos lo desgarrarían, pero no por ello dejaba de experimentar el mayor de los placeres. Los dos hombres intensificaron las embestidas, a lo que Rolo respondía ofreciendo su ano caliente más y más abierto. No pudo continuar mucho esta posición pues los tres eyacularon profusamente. Carlos inició el derrame de su líquido mojando a la vez el interior del agujero y el pene de Luis Fernando. Este, acto seguido, derramó sus jugos y en un mismo ano se mezcló gran cantidad de semen brotado de dos fuentes distintas. El pecho de Luis Fernando también había sido regado por la leche de Rolo.

Al finalizar, los hombres retiraron sus penes empapados del orificio de Rolo y éste, sin cambiar de postura, recogió con su lengua el semen que él mismo había arrojado sobre el pecho de Luis Fernando, su amante, mientras Carlos hacía lo mismo en el ano que con tanto gusto acababa de perforar.

Para la sesión del día siguiente, Luis Fernando, el imprevisible Luis Fernando, había preparado una sorpresa aún mayor que aquella de la jornada previa:

- Vendrán a visitarme unos amigos, son muy cariñosos. Debemos tratarlos bien.
- ¿Más horas extras?
- Me agrada que comprendas rápido.

Rolo no pudo evitar un gesto de sorpresa, pues no esperaba que los planes de su amante incluyeran a tanta gente. Tras el sonido del timbre, entraron los tres amigos de Luis Fernando. Después de las presentaciones y algunas risas nerviosas, se sentaron a beber y conversar animadamente. Cuando los vapores del trago ya habían subido a las cabezas y dispersado la timidez inicial, Rolo se desvistió por completo frente a los cuatro hombres y les enseñó el curvado culo, sus piernas, el pene semierecto y todo su cuerpo ávido de sexo. Rolo comenzó chupando con energía el miembro de Luis Fernando, pues le producía gran excitación que los otros tres lo observaran atentamente. Cada uno liberó a su prisionero de la cárcel de tela y emergieron cuatro penes erectos, unos más voluminosos que otros, pero el pene del hombre que por comodidad designaremos como A, aventajaba en mucho a los de sus compañeros B y C, incluso al de Luis Fernando. Rolo paseó su boca por los cuatro miembros, uno por uno, se detenía algunos minutos en cada energúmeno, succionaba con placer cada trozo de carne palpitante hasta que el siguiente exigía su turno. Navegaban en su boca, becerro aspiradora, cordero mamando sin rollos, jugueteando con las presas rectas, húmedas, a veces casi mordiéndolas. Como había manifestado su deseo, Luis Fernando fue el primero en esconder la verga en el ano de su amante, los otros tres lo echaron a la suerte, quedando en el orden B, C y, por último, A. No obstante, Rolo pidió que A fuera el siguiente, pues no aguantaba el deseo de sentir dentro suyo el miembro más grande de todos, a lo cual accedieron cortésmente. Para mitigar la espera, A introdujo su aparato en la boca de Rolo mientras Luis Fernando lo fornicaba enérgicamente. Ahora la víctima ofrecía sus atributos a la sed imparable de cuatro taladros de carne. Uno tras otro fueron ocupando el mismo orificio, que se dilataba enormemente a cada arremetida que soportaba. El cuarto, C, no paró de alabar la elasticidad del ano al mismo tiempo que lo copaba con su pene, aseguraba que el ano permanecía estrecho pese a tanta embestida. Por espacio de más de dos horas, en ningún momento Rolo dejó de tener un miembro rígido en la boca y en el culo, intentando calmar el ardor frenético de sus cuatro acompañantes, pero sólo conseguía aumentar el propio. Luis Fernando pensó que una vez más se cumplía la regla, Rolo funcionaba mejor por el culo cuando tenía en la boca un pico para chupar y chupaba mejor cuando una verga dura le penetraba el culo. Los participantes no paraban de gozar. Cada uno eyaculó en el interior del pozo, llenando con su marca vaporosa la acogedora cueva. La raja goteaba semen por todas partes. Pronto la víctima de tan cálida ceremonia emitió sus líquidos al aire libre, no a un hoyo penetrado.

Tras una breve pausa, Luis Fernando exigió repetir los turnos y atacó con más fuerza la entrada de la fortaleza que, como siempre, se abrió dichosa a tan oportuno visitante. Uno tras otro los miembros entraban y salían sin parar, no sin antes navegar largo rato por la boca de Rolo, que los humedecía profusamente para lograr su máxima dureza y, por supuesto, para facilitar la penetración, aunque ya el avance de los rectos trozos de carne por esa vía carecía de obstáculos y esfuerzos.

La húmeda jornada se extendió por varias horas. Tras breves descansos, los amables caballeros volvían a arremeter con sus lanzas rígidas en el orificio expuesto, y cada vez con tanto vigor como si recién lo hubieran descubierto. Hasta que no tardó el agotamiento en consumir los cuerpos sudorosos, poco a poco fueron retirándose de la contienda y dándole cabida al cansancio, pues la jornada había sido más que agotadora. Los últimos en acabar fueron, por supuesto, los anfitriones Rolo y Luis Fernando, que dieron una exhibición de posturas a sus tres observadores, mostraron una gran versatilidad en las múltiples posiciones que efectuaron, arrancando un aplauso cerrado al expulsar simultáneamente sendos chorros de semen, Luis Fernando en el interior de Rolo y éste en dirección a su público, aunque sin alcanzar a mojarlo.

Rolo ya comenzaba a vislumbrar que la intención de Luis Fernando consistía en probar todas las posibilidades del sexo. Sin embargo, él estaba consciente que su entrega a los juegos sexuales de Luis Fernando la motivaba sólo el placer, sin necesidad de ningún sueldo. Sólo por gusto Rolo chupaba miembros y los hacía derramar leche en su boca, sólo por placer oponía su ano elástico a los embates de uno o muchos penes, gruesos y largos como los prefería. Sólo por placer entraba en su orificio cualquier cosa que tuviera esa forma. No, Rolo no veía en ello ningún esfuerzo digno de recompensa monetaria, sólo excitante placer. Pese a todo, necesitaba imperiosamente dinero, por lo cual decidió plantearle a Luis Fernando sus inquietudes.

Durante la siguiente sesión Rolo expuso sus quejas a su amante y desde su boca, ya pulida de tanto lamer vergas, brotó nuevamente el tema de su recompensa monetaria:

-Necesito dinero.

Luis Fernando respondió con una pregunta:

-¿Me seguirás complaciendo?
-Por supuesto.

Entonces, ambos procedieron una vez más a quitarse la ropa y, ya desnudos, Luis Fernando introdujo su miembro ansioso en la boca sedienta de Rolo, mientras lanzaba su última propuesta:

-Tengo preparada una nueva sorpresa. Sólo acéptala.

Sin sacar el pene de su boca, Rolo, el sediento Rolo, asintió con la cabeza. No arruinaría un momento de gratificante sexo por una preocupación tan banal como el dinero. Entonces, Luis Fernando tomó de la mesa de noche un enorme dildo de más de 25 centímetros de largo por 6 de ancho y, después de lubricar el orificio con su lengua, lo enterró en el ano de Rolo sin dejar de murmurar lascivamente. El artificial balano se abrió paso con dificultad, pero pronto el anillo que lo estrangulaba se distendió y, como un inquieto visitante, pudo asomarse sin problemas al interior del recto que lo acogía, dando una mirada a esa zona oscura que otros como él, de plástico o de carne, ya habían explorado antes. El pene de goma estaba adentro más de la mitad de su larga extensión y el agujero se dilataba considerablemente. De golpe, el dildo sintió que la mano de Luis Fernando lo empujaba hasta el fondo, golpeando su cabeza contra la más oculta pared rectal y, al mismo tiempo, pudo escuchar a través de la espesa capa de carne, sangre y piel que lo envolvía, el largo gemido de dolor que Rolo emitió. El balano buscó acomodarse en la tibia cavidad, como si quisiera dormir, pero no pudo permanecer quieto mucho rato, pues al instante la mano que lo dirigía comenzó a agitarlo furiosamente, frotándolo contra las suaves paredes y rozando su tersura plástica con el abismo carnoso del recto por el que transitaba. La temperatura del simulado pene iba en aumento, hasta el paroxismo de la fiebre. Su piel de goma se empapaba con la saliva del hombre que había lubricado el orificio, mezclada con el semen depositado la jornada anterior y que ahora volvía a licuarse por el acalorado embate. La mano se movía rápidamente contra las nalgas separadas, metiendo y sacando con furia el enorme dildo. Cuando salía podía escuchar las palabras lascivas con que Luis Fernando estimulaba a su compañero, cuando entraba percibía, en lo profundo, los gemidos de placer de Rolo que bajaban por los pulmones hacia los intestinos donde él se encontraba. A cada instante lo agitaban con mayor fuerza, pero en un momento el movimiento se detuvo y sintió que la mano lo arrancaba del cálido rincón, pasando en un segundo de la oscuridad a la luz del día. Afuera, notó que una lluvia de semen empañaba la diáfana claridad del sol que se filtraba por la ventana.

Luis Fernando guardó el aparato plástico en una bolsa y se lo entregó a Rolo, como recuerdo de sus encuentros. No agregó nada más, ni sobre una próxima sesión ni sobre el esperado dinero. Rolo se vistió lentamente, aguardando el pronunciamiento de Luis Fernando que nunca llegó. Pese a todo, mantuvo la calma ante el hombre que tanto lo había hecho gozar y esperar.

Una vez en la calle y con la bolsa que contenía el dildo, Rolo no pudo ocultar más su decepción y rabia. Molesto, arrojó con fuerza la bolsa y ya se marchaba, dispuesto a buscar sin descanso un trabajo remunerado, cuando el extraño ruido que produjo la bolsa al caer lo detuvo. Cogió con curiosidad el paquete y cuál no sería su sorpresa al mirarlo, pues el dildo, al chocar contra el suelo, se había abierto y expuesto su contenido. Una gran cantidad de monedas y varios fajos de billetes, todos de mucho valor, brotaban del interior del aparato. Aferró entre sus manos la bolsa y volvió sobre sus pasos para agradecer a Luis Fernando el pacto cumplido. Feliz, no dejaba de pensar cuán cerca, incluso dentro suyo, había tenido su merecido dinero.

Al abrir la puerta, Luis Fernando lo recibió con una amplia sonrisa. Entonces, abrazados, se fundieron en un largo beso. No retardaron más tiempo el deseo de compartir sus cuerpos y, otra vez desnudos, reanudaron su amorosa empresa. Luis Fernando introdujo su pene en el orificio de Rolo, quien lo recibió con innegable gusto, como siempre. El amante arremetió con más energía que nunca, como si pretendiera imitar al enorme dildo que acababa de reemplazarlo en su tarea. Por su parte, Rolo abrió el ano lo más que pudo, quizás imaginaba que tenía incrustados varios miembros a una misma vez. De esta manera, derramaron juntos la tierna y excitante leche, el líquido caliente y pegajoso del deseo.