martes, agosto 21, 2007

“Filosofía en el tocador”, de Marqués de Sade

Fragmento


- El caballero: No desconfiéis, os lo ruego, de mi discreción, hermosa Eugenia: es total. Aquí están mi hermana y mi buen amigo, que pueden responder por mí.
- Dolmancé: Sólo deseo terminar de una vez con este ridículo ceremonial. Vamos, caballero, estamos instruyendo a esta bonita joven, enseñándole todo lo que tiene que saber una señorita de su edad y, para una mejor instrucción, no dejamos de unir la práctica a la teoría. Ahora le falta la escena de un miembro eyaculando; ya estamos en ello, ¿quieres darnos un ejemplo?
- El caballero: Es una propuesta demasiado agradable para rechazarla, y la señorita tiene los suficientes encantos como para que la lección obtenga los efectos deseados.
- Señora de Saint-Ange: ¡Pues vamos! ¡Manos a la obra!
- Eugenia: ¡Oh, en realidad, es demasiado fuerte! Abusáis de mi juventud hasta un extremo..., ¿por quién me va a tomar el señor?
- El caballero: Por una joven encantadora, Eugenia... Por la criatura más adorable que he visto en mi vida. (La besa y desliza sus manos por sus encantos). ¡Oh Dios! ¡Qué atractivos más hermosos y bonitos! ¡Qué encantos más seductores!
- Dolmancé: Hablemos menos, caballero, y actuemos más. Dirigiré la escena, es mi derecho. El objeto de la misma es mostrar a Eugenia el mecanismo de la eyaculación. Pero, como resulta difícil observar ese fenómeno a sangre fría, vamos a colocarnos los cuatro de frente y muy cerca el uno del otro. Vos masturbaréis a vuestra amiga, señora; yo me encargaré del caballero. Cuando hay que masturbar a un hombre, otro hombre se las arregla infinitamente mejor que una mujer. Como sabe lo que le conviene, conoce perfectamente lo que hay que hacer a los otros... Vamos, coloquémonos. (Se acomodan).
- Señora de Saint-Ange: ¿No estamos demasiado juntos?
- Dolmancé: (Apoderándose del caballero). Nunca será demasiado, señora; es preciso que el pecho y el rostro de vuestra amiga queden inundados con las pruebas de virilidad de vuestro hermano; debe arrojarle el semen en las narices. Como soy el maestro de la bomba, dirigiré los chorros de manera que tapen a Eugenia. Durante todo este tiempo, tenéis que masturbarla minuciosamente en las partes más lúbricas de su cuerpo. Eugenia, librad por completo vuestra imaginación a los supremos extravíos del libertinaje; pensad que los más bellos misterios van a consumarse ante vuestros ojos; pisotead vuestros prejuicios: el pudor nunca fue una virtud. Si la naturaleza tuviese prejuicios hubiese querido que nos ocultásemos algunas partes del cuerpo, ella habría tomado las debidas precauciones, pero nos creó desnudos; por consiguiente, quiere que andemos desnudos, y , si hacemos lo contrario, ultrajamos sus leyes. Los niños, que aún no tienen conciencia del placer, y por consiguiente de la necesidad de volverse recatados cuando esos placeres son más intensos, muestran todo lo que llevan. A veces uno se encuentra con los hechos más curiosos: hay países en los que el pudor en el vestir es un hábito, sin que exista la sobriedad en sus costumbres. En Otaití las jóvenes van vestidas, pero se suben las faldas cuando uno se los pide.
- Señora de Saint-Ange: Lo que me gusta de Dolmancé es que no pierde el tiempo. Sin dejar de disertar, mirad cómo actúa, cómo examina el soberbio culo de mi hermano, cómo masturba voluptuosamente el bello miembro de este joven... Vamos Eugenia, ¡manos a la obra! La manga de la bomba ya está en el aire, pronto nos inundará.
- Eugenia: ¡Ah, querida, qué miembro más monstruoso! ¡Apenas puedo empuñarlo! ¡Oh, Dios mío! ¿Son todos tan enormes como éste?
- Dolmancé: Ya sabéis, Eugenia, que el mío es mucho más pequeño. Estos aparatos producen gran temor en una joven. Os dais cuenta de que éste no os perforaría sin cierto riesgo.
- Eugenia: (Ya masturbada por la señora de Saint-Ange). ¡Ah! ¡Desafiaría a quien fuese para gozarlo!
- Dolmancé: Y haríais muy bien: una joven nunca tiene que asustarse por algo así; la naturaleza lo consiente y los torrentes de placer con los que os colmará pronto os compensarán de los pequeños dolores que los preceden. He visto a muchachas más jóvenes soportando un miembro más grande. Con valor y paciencia se superan los mayores obstáculos. Es una locura pensar que se deba, en la medida de lo posible, desflorar a una jovencita con un miembro muy pequeño. A mí me parece, por el contrario, que una joven virgen debe entregarse a los aparatos más grandes que pueda encontrar, para que, una vez rotos los ligamentos del himen con mayor rapidez, puedan definirse rápidamente en ella las sensaciones de placer. Es verdad que, una vez acostumbrada a este régimen, le costará mucho adaptarse a otro mediano; pero, si la joven es rica, joven y bella, encontrará el tamaño que desee. Que se atenga a ello. Ahora bien, ¿qué sucedería si se le presentase uno de menor tamaño y tuviese, no obstante, ganas de utilizarlo? Que lo coloque entonces en su culo.
- Señora de Saint-Ange: Exacto, y, para ser todavía más feliz, que utilice ambos a la vez; que las sacudidas voluptuosas con las que se agita al que la penetre por delante sirvan para precipitar el éxtasis del que se la mete por el culo, y que, inundada por el semen de ambos, se muera de placer derramando el suyo.
- Dolmancé: (Mientras las masturbaciones se siguen realizando). Me parece que en el cuadro que habéis formado, señora, deberían entrar dos o tres miembros más. ¿Acaso la mujer que habéis colocado así no podría tener un miembro en la boca y uno en cada mano?
- Señora de Saint-Ange: También podría tenerlos debajo de las axilas y entre los cabellos... Debería rodearse de unos treinta, si fuera posible; en ese caso, sólo tendría que sostener, tocar y devorar los miembros que estén a su alrededor, y ser inundada por todos en el mismo momento en que ella se corriese. ¡Ah, Dolmancé, por más puto que seáis os desafío a que me igualéis en estos deliciosos combates de lujuria! En este género de cosas hago todo lo que se puede hacer.
- Eugenia: (Sin dejar de ser masturbada por su amiga, así como lo es el caballero por Dolmancé). ¡Ah, querida, me trastornas la cabeza! ¿Cómo podría entregarme a tantos hombres? ¡Ah, qué delicia! ¡Cómo me masturbas, querida! ¡Eres la diosa misma del placer! Y ese hermoso miembro, ¡cómo se hincha! ¡Cómo se hincha y enrojece su majestuosa cabeza!
- Dolmancé: Está a punto de descargar.
- El caballero: Eugenia, hermana, acercaos... ¡Ah, que pechos tan divinos! ¡Qué muslos tan suaves y apretados! ¡Correos, correos las dos, mi semen se unirá al vuestro! ¡Me corro! ¡Oh, santo Dios! (Mientras se produce este éxtasis, Dolmancé dirige los chorros de esperma de su amigo hacia las dos mujeres, y sobretodo hacia Eugenia, que acaba siendo inundada).
- Eugenia: ¡Qué hermoso espectáculo! ¡Cuán noble y majestuoso! Me encuentro toda cubierta... ¡Me ha saltado hasta los ojos!
- Señora de Saint-Ange: Espera, amiga, déjame recoger estas perlas preciosas; voy a frotar con ellas tu clítoris, para que te puedas correr antes.
- Eugenia: ¡Ah, sí, querida! Es una idea deliciosa... Hazlo, voy corriendo a tus brazos.
- Señora de Saint-Ange: ¡Divina criatura, bésame una y mil veces! ¡Déjame chupar tu lengua, que respire tu aliento voluptuoso, cuando está abrasado por el fuego del placer! ¡Ah, follad, también yo me corro! ¡Hermano, te lo suplico!
- Dolmancé: Sí, caballero... Sí, masturbad a vuestra hermana. Metédsela y a mí ponedme el culo: os follaré durante este voluptuoso incesto. Eugenia va a penetrarme con este artefacto. Como está destinada a desempeñar todos los papeles de la lujuria, es preciso que se ejercite en su cumplimiento con las lecciones que aquí le damos.
- Eugenia: (Poniéndose un consolador). ¡Oh, con que gusto! Tratándose de libertinaje, jamás me encontraréis en un renuncio; ahora es mi único dios, la única regla de mi conducta, la base de todas mis acciones. (Se lo mete en el culo a Dolmancé). ¿Así querido maestro? ¿Lo hago bien?
- Dolmancé: ¡De maravilla! En realidad, ¡la bribona me lo pone en el culo como un hombre! ¡Bien! Me parece que los cuatro ya estamos perfectamente enlazados; ahora debemos corrernos.
- Señora de Saint-Ange: ¡Ah, me muero, caballero! ¡No puedo resistir las deliciosas sacudidas de tu hermoso miembro!
- Dolmancé: ¡Santo Dios! ¡Qué placer me produce este culo encantador! ¡Ah, follad, follad, corrámonos los cuatro a la vez! ¡Me muero, me muero! ¡En mi vida me he corrido tan voluptuosamente! ¿Has echado tu esperma, caballero?
- El caballero: Mira que embadurnado está este coño.
- Dolmancé: ¡Ah, amigo, ojalá tuviese otro tanto en mi culo!
- Señora de Saint-Ange: Descansemos, me muero.
- Dolmancé: (Besando a Eugenia). Esta encantadora joven me ha follado como un dios.
- Eugenia: En realidad, he sentido mucho placer al hacerlo.
- Señora de Saint-Ange: He depositado quinientos luises en casa de un notario para el individuo que me enseñe una pasión que no conozca y que pueda sumergir mis sentidos en una sensualidad de la que todavía no haya gozado.
- Dolmancé: (Los interlocutores se han vuelto a acomodar y se dedican a conversar). Es una idea curiosa y la tendré en cuenta, pero dudo, señora, que ese deseo pueda parecerse a los pequeños placeres que acabáis de gustar. Para ser sincero, no conozco nada más fastidioso que el goce del coño, y, cuando se ha probado el placer del culo, como es vuestro caso, señora, no entiendo cómo puede volver a los otros.
- Señora de Saint-Ange: Son viejas costumbres. Cuando uno piensa como yo, quiere ser follada por todas partes, y cualquiera que sea la parte que un aparato perfore siempre se es feliz al sentirlo. Sin embargo, tomo nota de vuestra recomendación, y aquí puedo asegurar a todas las mujeres que el placer se experimenta cuando se las penetra por el culo supera en mucho al que se consigue cuando se hace por el coño. Que se remitan para ello a la mujer europea que más lo ha hecho de ambas maneras: les aseguro que no hay comparación, y que le será muy difícil volver a hacerlo por delante cuando lo hayan experimentado por detrás.
- El caballero: No pienso lo mismo. Me presto a todo lo que sea, pero en realidad, para gozar con las mujeres, prefiero el altar que indica la naturaleza para rendirle homenaje.
- Dolmancé: ¡Bien! ¡Pero es el culo! La naturaleza, querido caballero, si analizas detenidamente sus leyes, nunca señaló para nuestros homenajes otros altares que no sean el agujero del culo. El resto lo tolera, pero esto lo ordena. ¡Ah, santo Dios! Si no hubiese sido su intención que penetrásemos culos, ¿habría hecho tan proporcionado su orificio a nuestros miembros? ¿Acaso ese orificio no es redondo como ellos? Sólo un insensato puede pensar que un agujero ovalado pueda haber sido creado por la naturaleza para ser penetrado por miembros redondos. Pueden leerse sus intenciones en esta deformación; a través de ésta, la naturaleza nos hace ver con toda claridad que los sacrificios reiterados en esta parte le disgustarían terriblemente, al multiplicar la propagación que no es más que una licencia que nos concede. Pero sigamos con nuestra instrucción. Eugenia acaba de ver con toda claridad el sublime misterio de la eyaculación. Ahora quisiera que aprendiese a dirigir sus chorros.
- Señora de Saint-Ange: En el estado en que os encontráis ambos, os costará no poco esfuerzo.
- Dolmancé: De acuerdo, y por eso desearía que pudiésemos contar con algún joven robusto, ya sea de vuestra casa o de vuestros campos, para que nos sirva de modelo al impartir nuestras lecciones.
- Señora de Saint-Ange: Tengo exactamente lo que necesitáis.
- Dolmancé: ¿No será por casualidad un joven jardinero de rostro delicioso, de unos dieciocho o veinte años, a quien vi hace un momento labrando vuestro huerto?
- Señora de Saint-Ange: ¿Agustín? Sí, precisamente Agustín. ¡Su miembro tiene trece pulgadas de largo y ocho y media de circunferencia!
- Dolmancé: ¡Ah, santo cielo! ¡Qué monstruo! ¿Y eso eyacula?
- Señora de Saint-Ange: ¡Oh, como un torrente! Voy a buscarlo...








lunes, agosto 20, 2007

"Cuando los magos se adueñan del poder", de Jorge Teillier

Una nueva dimensión de la historia: el nazismo desde el punto de vista del realismo fantástico.




Se ha dicho que la historia es una página en blanco que los hombres están libres de llenar a su guisa. Contrariando las formas habituales con las que se ha llenado la página correspondiente al nazismo, Louis Pauwels y Jacques Bergier, los adalides del realismo fantástico, en una de las partes de su obra Le Matin des Magiciens [El retorno de los brujos] conmueve la historia oficial con una nueva visión del nazismo, nacida de una actitud que consiste en interrogar de una manera fantástica y despojándose de cualquier prejuicio sobre los fenómenos históricos. El resultado de esta actitud –que estuvo acompañada por seis años de búsqueda y recopilación de documentos–es una fascinante e incitadora exploración por las zonas ocultas de donde surgió esta "extraña enfermedad" que fuera el nazismo.

Naturalmente no se puede aceptar de plano las interpretaciones de Pauwels y Bergier, pero tampoco podemos llegar a asomarnos a la ventana que abren para la historia hacia el mundo mágico, que a veces nos obstinamos en ignorar, amparados por un racionalismo estrecho.

A primera vista puede parecer repugnante o provocar un simple alzar de hombros el enunciar que en pleno siglo XX un país fuera gobernado por una sociedad místico–política, que preparaba expediciones para conquistar el Santo Grial; cuyos dirigentes pensaban vencer el hielo de las estepas rusas, haciendo sacrificios humanos; que aceptaban una teoría según la cual la tierra es hueca y otra que dice que toda la historia de la humanidad se explica por la lucha entre el fuego y el hielo; que creyeran poder aliarse con los Superiores Desconocidos, hombres venidos quizás más allá del tiempo y del espacio, con poderes semejantes a los de los dioses y que el hombre mismo estaría al borde de una formidable mutación que lo haría tener también estos poderes. Sin embargo, según Pauwels y Bergier, todo esto creído por Hitler y por el grupo nazista original del que formó parte, y que orientó de manera decisiva la historia contemporánea. Porque para nuestros autores el nazismo es el momento –quizás único en la historia– en el que el pensamiento mágico se apodera de las palancas del progreso material para ponerse a su servicio.

El nazismo tendría su génesis en las sociedades secretas iniciáticas que revelaron al Occidente el aspecto luciferiano del pensamiento oriental. Entre ella, los Rosa Cruces; la Golden Dawn, que dirigiera el poeta Yeats, y fundada por Samuel Mathers, el que pretendía estar en contacto con los "Superiores Desconocidos", que eran sus jefes; la sociedad del Vrill, en la Alemania prenazi, continuadora de la Golden Dawn, y finalmente el Grupo Thulé en el cual se hallaba Hitler, Hess y Karl Haushoffer, y del cual hablaremos con más detalle. "Nada en el universo puede resistir el ardor convergente de un número suficientemente grande de inteligencias agrupadas y organizadas", decía Teilhard de Chardin, La historia del Grupo Thulé narrada por Pauwels y Bergier parece confirmarlo. El grupo tomaba su nombre de una isla mítica que se suponía estuvo situada al norte del planeta, y que habría sido el centro mágico de una civilización desaparecida. Pero todos los secretos de esta civilización no estaban perdidos. Seres intermediarios entre los hombres y los seres del Más Allá, dispondrían para los iniciados de una reserva de fuerza que podría dar a Alemania el señorío del mundo, para anunciar la suprahumanidad y el hombre en mutación.

Dietrich Eckardt, miembro del Grupo y uno de los siete fundadores del Partido Nacional Socialista, al cual Hitler, su discípulo, dedicara el Mein Kampf, declaraba al morir: "Seguid a Hitler. Danzará, pero seré yo quien le escriba la música. Le hemos dado los medios para comunicarse con Ellos". Hermann Rauschning en su libro Hitler me dijo, habla de que el Führer le confesaba: "El hombre nuevo vive entre nosotros. Él está aquí. Le voy a revelar un secreto: He visto al hombre nuevo. Es intrépido y cruel. Tengo miedo delante de él".

Hitler, según Pauwels y Bergier, habría sido una especie de médium en manos del Grupo Thulé, dirigido, según declaró Rudolf Hess durante su cautiverio, por Karl Haushoffer, creador de la Geopolítica, pero a la vez iniciado en los centros budistas secretos del Oriente.

Naturalmente, en el poder muestra una faz diferente a la del "socialismo mágico"; aparece sólo como un movimiento político y social. Sin embargo, sería preciso recordar que, según Hitler: "El que entienda el nacionalsocialismo sólo como un movimiento político, no entenderá gran cosa". Y luego habló, asimismo, de que la idea del nacionalsocialismo era secundaria y se había servido de ella sólo por razones de oportunidad. "Llegará el día en que ni siquiera exista Alemania –expresó en una ocasión–. Lo que habrá en el mundo será una cofradía de amos y señores, por una parte, y de sometidos y esclavos, por otra". Pues el fin de Hitler, según lo expresa el Dr. Aquiles Delmas no era la conquista del mundo, sino el de preparar la aparición de una humanidad de héroes. En este sentido, es esencial la idea de que en el hombre hay posibilidades ocultas y aún no desarrolladas. Esta idea conduce al desprecio de la humanidad corriente. El hombre común no sería sino una larva, y el dios cristiano, dios de la igualdad, un "pastor de larvas". De esta consideración no hay sino un paso para despreciar la cultura ordinaria. Algo más que una simple boutade es la frase de Goering: "Cuando oigo hablar de cultura, echo mano a mi pistola". Para los nazis existía una ciencia "nórdica y nacional–socialista" que se oponía a la judío–liberal. Quizá ante estos antecedentes, no es de extrañar que durante la época nazi tuvieran vigencia oficial dos excéntricas teorías opuestas a la ciencia ortodoxa: la de la tierra hueca y la del Wel o hielo eterno. Contra Einstein fue opuesto Hans Hörbirger. La teoría de la relatividad, la psicología, eran máquinas de guerra lanzadas contra el espíritu heroico de Parsifal.

Hans Hörbirger enunció una cosmogonía que estaba en desacuerdo con la astronomía y las matemáticas oficiales, pero que daba una explicación coherente del origen del universo de acuerdo con el espíritu de las leyes nórdicas. Por lo demás Horbirger, que se sentía un profeta que ha tenido la "revelación", no se preocupaba mayormente de las concepciones científicas coherentes. "Las matemáticas son una mentira sin valor"; "Creed en mí y no en las ecuaciones", eran algunas de sus frases a sus discípulos. Era un aficionado, cierto, pero, según sus seguidores, así como Hitler había vencido a los profesionales de la política, así Horbirger aplastaría a los profesionales de la ciencia. Su teoría halló innumerables adeptos en Alemania, e incluso contó con la adhesión de sabios como Lenard, uno de los descubridores de los Rayos X.

El universo, según Hörbirger, nace de la lucha entre el fuego y el hielo, como en los antiguos cantos de los Edda. En el cielo había una masa ígnea a altas temperaturas que entró en colisión con un planeta gigante constituido por una acumulación de hielo cósmico. Después de un tiempo, el vapor de agua lo hizo estallar en muchos fragmentos. Uno de ellos derivó en nuestro planeta. Según la Wel, en el cielo hay masas de hielo atraídas por la tierra. La tierra ha tenido cuatro lunas. Tres de ellas han caído, se producen catástrofes y se marca el término de una época geológica.

Cuando las lunas se aproximan, se produce un período de gigantismo, debido a que cambia el efecto de la gravitación. El hombre aparece a fines del secundario, pero era un gigante muy distinto al hombre actual, pues, además, estaba dotado de poderes psíquicos extraordinarios. Nuestros ancestros directos son hombres aparecidos a fines del terciario, cuando había una luna alta. En los períodos sin luna aparecieron las razas inferiores. Los hombres fueron educados por sobrevivientes del secundario, y de las Atlántidas sumergidas luego de las catástrofes cósmicas. La idea de que los hombres fueron civilizándose paulatinamente, partiendo del bestialismo, es reciente. En verdad, la humanidad recibió una rica herencia de los Superiores Desconocidos.

La cosmogonía hörbirgeriana alentó el racismo nazi, por lo cual se explica el entusiasmo que sintieron por ella Hitler y Rosenberg. Los seres inferiores aparecidos durante las épocas en que la tierra carecía de luna, imitan al hombre, pero no lo son. Está más lejos de él que los mismos animales. Como no forman parte de la humanidad y son ajenos al orden natural, el exterminarlos no sería un crimen. Los negros, los judíos, los gitanos, no son hombres en el sentido real del término. De allí que nuestra mentalidad halle inconcebibles los crímenes cometidos por los nazis, para los cuales el hombre no es uno solo. Pues según Hörbirger, cada setecientos años el hombre toma conciencia de su destino cósmico, y de nuevo los portadores del fuego pueden distinguir entre el hombre–dios y el hombre–esclavo. La última ascensión del fuego sería la de los Caballeros Teutónicos. Luego, vendría la de la Orden Negra de los nazis. Tal era la SS, orden de iniciados que preparaban en sus campos de concentración y territorios conquistados de maqueta de un mundo futuro de señores, de conquistados y de esclavos. Los seres no humanos debían ser exterminados. Así se pueden explicar los experimentos espantosos de la Ahnnerber, institución dependiente de la SS, que tenía por fin "buscar la localización, el espíritu, los actos, la herencia de la raza indogermánica", y la cual permitió que se cometieran las atrocidades de los campos de concentración o el practicar la vivisección en seres humanos. Y en otro aspecto, la organización de expediciones al Tibet para localizar abejas arias, investigaciones sobre el simbolismo de las catedrales, sobre el origen de los rosacruces. En todas estas investigaciones irracionales, Alemania gastó más dinero que el que gastó EE.UU. en fabricar la bomba atómica.

Capacidad de investigación y dinero se gastó también en la expedición fracasada a la isla de Rügen, en 1942, dirigida por el mejor especialista en radar alemán, Hans Fischer, y destinada a comprobar la efectividad de la teoría de Bender de que la tierra es una esfera hueca y cóncava, en cuyo interior habitamos y en donde se encuentran, además, tres cuerpos, el sol, la luna y el universo fantasma, cuyos granos de luz en un universo de gas constituyen lo que astrónomos llaman estrellas. Fischer, que trabajó más tarde en EE.UU., declaró que los nazis lo hacían efectuar "trabajos de loco". Con estos trabajos de loco y con la expulsión de los sabios judíos como Einstein y Teller, retardaron la fabricación de su propia bomba atómica.

La Segunda Guerra Mundial tendría un sentido distinto al que se le da corrientemente, enfocada por el haz de "luz prohibida" que usan los autores de Le Matin des Magiciens. Se trataría no de una lucha entre naciones o sistemas económico–políticos, sino una lucha maniqueísta entre el bien y el mal, entre el pensamiento humanista y el pensamiento mágico. Así se explicaría lo que parece inexplicable para el sentido común: que Hitler se negara a equipar mejor contra el frío a sus soldados durante la campaña a Rusia el 41, pese a los pronósticos metereológicos. "El frío es asunto mío", decía, pensando que, de acuerdo a las concepciones hörbigerianas los "portadores del fuego" vencerían los hielos. Por ello, Stalingrado, señala Paulwels y Bergier, más que la derrota de un ejército o nación es la derrota de los magos, la derrota de una concepción del mundo, como dijo Goebbels. Pues el mundo del capitalismo y del socialismo tienen más parentesco del que a simple vista se podría creer. En ambos se asigna al hombre el mismo lugar en el cosmos; se cree en la igualdad, el progreso, la justicia, la razón y la realidad de las cosas. El ocaso del nazismo es descrito por nuestros autores con tonos de grandeza de poesía épica: "Ellos querían cambiar la vida y mezclarla a la muerte de una manera desconocida. Preparaban la venida del Superior Desconocido. Tenían una concepción mágica del mundo y del hombre... Odiaban la civilización occidental moderna, fuera burguesa u obrera; el humanismo soso de aquí, el materialismo limitado de allá. Debían vencer, pues eran portadores del fuego que sus enemigos, fueran capitalistas o marxistas, habían dejado, desde hacía mucho tiempo, morir entre ellos, dormidos en un destino llano y limitado. Serían los amos por un milenio, pues estaban al lado de los magos, los grandes sacerdotes, los demiurgos... Y he aquí que eran vencidos, aplastados, juzgados, humillados, por gentes ordinarias, masticadores de chewing gum o bebedores de vodka; gente del mundo es la superficie, positivistas, racionalistas, moralistas, hombres simplemente humanos. Millones de hombres de buena voluntad hacían fracasar la Voluntad de los caballeros de las tinieblas destellantes".

Así se cerraría un capítulo de la historia de la humanidad en el que los magos llegan al poder. Hablamos de poesía en un párrafo anterior. Porque quizá este libro, más que nada, es un libro de poesía, dándole a la palabra su sentido primitivo, de creación. Los libros, según definía André Breton, se dividen entre los que se leen en el viaje y los que hacen viajar. La Mañana de los Magos es el de los que hacen viajar por dominios imprevistos y desconocidos, no sólo de la historia, sino también de la ciencia y el arte. Para quienes amen los inesperado y antirrutinario, este libro, escrito por dos hombres que han unido la imaginación a la sabiduría y el vuelo poético, será una ventana abierta hacia un terreno en el cual la oposición entre ensueño y realidad puede dejar de existir, para dar lugar a una nueva realidad: la realidad fantástica.



En Boletín de la Universidad de Chile, Santiago, Nº39, (06.1963), pp. 65-68.
También en La Nación, Santiago (22.09.1963), p. 4





domingo, agosto 19, 2007

"Tenga para que se entretenga", de José Emilio Pacheco






a Ignacio Solares





Estimado señor: Le envío el informe confidencial que me pidió. Incluyo un recibo por mis honorarios. Le ruego se sirva cubrirlos mediante cheque o giro postal. Confío en que el precio de mis servicios le parezca justo. El informe salió más largo y detallado de lo que en un principio supuse. Tuve que redactarlo varias veces para lograr cierta claridad ante lo difícil y aun lo increíble del caso. Reciba los atentos saludos de


Ernesto Domínguez Puga
Detective Privado
Palma 10, despacho 52
México, Distrito Federal,
sábado 5 de mayo de 1972.

Informe confidencial


El 9 de agosto de 1943 la señora Olga Martínez de Andrade y su hijo de seis años, Rafael Andrade Martínez, salieron de su casa (Tabasco 106, colonia Roma). Iban a almorzar con doña Caridad Acevedo viuda de Martínez en su domicilio (Gelati 36 bis, Tacubaya). Ese día descansaba el chofer. El niño no quiso viajar en taxi: le pareció una aventura ir como los pobres en tranvía y autobús. Se adelantaron a la cita y a la señora Olga se le ocurrió pasear al niño por el cercano Bosque de Chapultepec.


Rafael se divirtió en los columpios y resbaladillas del Rancho de la Hormiga, atrás de la residencia presidencial (Los Pinos). Más tarde fueron por las calzadas hacia el lago y descansaron en la falda del cerro.


Llamó la atención de Olga un detalle que hoy mismo, tantos años después, pasa inadvertido a los transeúntes: los árboles de ese lugar tienen formas extrañas, se hallan como aplastados por un peso invisible. Esto no puede atribuirse al terreno caprichoso ni a la antigüedad. El administrador del Bosque informó que no son árboles vetustos como los ahuehuetes prehispánicos de las cercanías: datan del siglo XIX. Cuando actuaba como emperador de México, el archiduque Maximiliano ordenó sembrarlos en vista de que la zona resultó muy dañada en 1847, a consecuencia de los combates en Chapultepec y el asalto del Castillo por las tropas norteamericanas.


El niño estaba cansado y se tendió de espaldas en el suelo. Su madre tomó asiento en el tronco de uno de aquellos árboles que, si usted me lo permite, calificaré de sobrenaturales. Pasaron varios minutos. Olga sacó su reloj, se lo acercó a los ojos, vio que ya eran las dos de la tarde y debían irse a casa de la abuela. Rafael le suplicó que lo dejara un rato más. La señora aceptó de mala gana, inquieta porque en el camino se habían cruzado con varios aspirantes a torero quienes, ya desde entonces, practicaban al pie de la colina en un estanque seco, próximo al sitio que se asegura fue el baño de Moctezuma.


A la hora del almuerzo el Bosque había quedado desierto. No se escuchaba rumor de automóviles en las calzadas ni trajín de lanchas en el lago. Rafael se entretenía en obstaculizar con una ramita el paso de un caracol. En ese instante se abrió un rectángulo de madera oculto bajo la hierba rala del cerro y apareció un hombre que dijo a Rafael:


-Déjalo. No lo molestes. Los caracoles no hacen daño y conocen el reino de los muertos.


Salió del subterráneo, fue hacia Olga, le tendió un periódico doblado y una rosa con un alfiler:


-Tenga para que se entretenga. Tenga para que se la prenda.


Olga dio las gracias, extrañada por la aparición del hombre y la amabilidad de sus palabras. Lo creyó un vigilante, un guardián del Castillo, y de momento no reparó en su vocabulario ni en el olor a humedad que se desprendía de su cuerpo y su ropa. Mientras tanto Rafael se había acercado al desconocido y le preguntaba:


-¿Ahí vives?
-No: más abajo, más adentro.
-¿Y no tienes frío?
-La tierra en su interior está caliente.
-Llévame a conocer tu casa. Mamá ¿me das permiso?
-Niño, no molestes. Dale las gracias al señor y vámonos ya: tu abuelita nos está esperando.
-Señora, permítale asomarse. No lo deje con la curiosidad.
-Pero, Rafaelito, ese túnel debe de estar muy oscuro. ¿No te da miedo?
-No, mamá.


Olga asintió con gesto resignado. El hombre tomó de la mano a Rafael y dijo al empezar el descenso:


-Volveremos. Usted no se preocupe. Sólo voy a enseñarle la boca de la cueva.
-Cuídelo mucho, por favor. Se lo encargo.


Según el testimonio de parientes y amigos, Olga fue siempre muy distraída. Por tanto, juzgó normal la curiosidad de su hijo, aunque no dejaron de sorprenderla el aspecto y la cortesía del vigilante. Guardó la flor y desdobló el periódico. No pudo leerlo. Apenas tenía veintinueve años pero desde los quince necesitaba lentes bifocales y no le gustaba usarlos en público.


Pasó un cuarto de hora. El niño no regresaba. Olga se inquietó y fue hasta la entrada de la caverna subterránea. Sin atreverse a penetrar en ella, gritó con la esperanza de que Rafael y el hombre le contestaran. Al no obtener respuesta, bajó aterrorizada hasta el estanque seco. Dos aprendices de torero se adiestraban allí. Olga les informó de lo sucedido y les pidió ayuda.


Volvieron al lugar de los árboles extraños. Los torerillos cruzaron miradas al ver que no había ninguna cueva, ninguna boca de ningún pasadizo. Buscaron a gatas sin hallar el menor indicio. No obstante, en manos de Olga estaban la rosa, el alfiler, el periódico -y en el suelo, el caracol y la ramita.


Cuando Olga cayó presa de un auténtico shock, los torerillos entendieron la gravedad de lo que en principio habían juzgado una broma o una posibilidad de aventura. Uno de ellos corrió a avisar por teléfono desde un puesto a orillas del lago. El otro permaneció al lado de Olga e intentó calmarla.


Veinte minutos después se presentó en Chapultepec el ingeniero Andrade, esposo de Olga y padre de Rafael. En seguida aparecieron los vigilantes del Bosque, la policía, la abuela, los parientes, los amigos y desde luego la multitud de curiosos que siempre parece estar invisiblemente al acecho en todas partes y se materializa cuando sucede algo fuera de lo común.
El ingeniero tenía grandes negocios y estrecha amistad con el general Maximino Ávila Camacho. Modesto especialista en resistencia de materiales cuando gobernaba el general Lázaro Cárdenas, Andrade se había vuelto millonario en el nuevo régimen gracias a las concesiones de carreteras y puentes que le otorgó don Maximino. Como usted recordará, el hermano del presidente Manuel Ávila Camacho era el secretario de Comunicaciones, la persona más importante del gobierno y el hombre más temido de México. Bastó una orden suya para movilizar a la mitad de todos los efectivos policiales de la capital, cerrar el Bosque, detener e interrogar a los torerillos. Uno de sus ayudantes irrumpió en Palma 10 y me llevó a Chapultepec en un automóvil oficial. Dejé todo para cumplir con la orden de Ávila Camacho. Yo acababa de hacerle servicios de la índole más reservada y me honra el haber sido digno de su confianza.


Cuando llegué a Chapultepec hacia las cinco de la tarde, la búsqueda proseguía sin que se hubiese encontrado ninguna pista. Era tanto el poder de don Maximino que en el lugar de los hechos se hallaban para dirigir la investigación el general Miguel Z. Martínez, jefe de la policía capitalina, y el coronel José Gómez Anaya, director del Servicio Secreto.


Agentes y uniformados trataron, como siempre, de impedir mi labor. El ayudante dijo a los superiores el nombre de quien me ordenaba hacer una investigación paralela. Entonces me dejaron comprobar que en la tierra había rastros del niño, no así del hombre que se lo llevó.


El administrador del Bosque aseguró no tener conocimiento de que hubiera cuevas o pasadizos en Chapultepec. Una cuadrilla excavó el sitio en donde Olga juraba que había desaparecido su hijo. Sólo encontraron cascos de metralla y huesos muy antiguos. Por su parte, el general Martínez declaró a los reporteros que la existencia de túneles en México era sólo una más entre las muchas leyendas que envuelven el secreto de la ciudad. La capital está construida sobre el lecho de un lago; el subsuelo fangoso vuelve imposible esta red subterránea: en caso de existir, se hallaría anegada.


La caída de la noche obligó a dejar el trabajo para la mañana siguiente. Mientras se interrogaba a los torerillos en los separos de la Inspección, acompañé al ingeniero Andrade a la clínica psiquiátrica de Mixcoac donde atendían a Olga los médicos enviados por Ávila Camacho. Me permitieron hablar con ella y sólo saqué en claro lo que consta al principio de este informe.


Por los insultos que recibí en los periódicos no guardé recortes y ahora lo lamento. La radio difundió la noticia, los vespertinos ya no la alcanzaron. En cambio los diarios de la mañana desplegaron en primera plana y a ocho columnas lo que a partir de entonces fue llamado "El misterio de Chapultepec''.


Un pasquín ya desaparecido se atrevió a afirmar que Olga tenía relaciones con los dos torerillos. Chapultepec era el escenario de sus encuentros. El niño resultaba el inocente encubridor que al conocer la verdad tuvo que ser eliminado.


Otro periódico sostuvo que hipnotizaron a Olga y la hicieron creer que había visto lo que contó. En realidad el niño fue víctima de una banda de "robachicos''. (El término, traducido literalmente de kidnapers, se puso de moda en aquellos años por el gran número de secuestros que hubo en México durante la segunda guerra mundial.) Los bandidos no tardarían en pedir rescate o en mutilar a Rafael para obligarlo a la mendicidad.


Aún más irresponsable, cierta hoja inmunda engañó a sus lectores con la hipótesis de que Rafael fue capturado por una secta que adora dioses prehispánicos y practica sacrificios humanos en Chapultepec. (Como usted sabe, Chapultepec fue el bosque sagrado de los aztecas.) Según los miembros de la secta, la cueva oculta en este lugar es uno de los ombligos del planeta y la entrada al inframundo. Semejante idea parece basarse en una película de Cantinflas, El signo de la muerte.


En fin, la gente halló un escape de la miseria, las tensiones de la guerra, la escasez, la carestía, los apagones preventivos contra un bombardeo aéreo que por fortuna no llegó jamás, el descontento, la corrupción, la incertidumbre... Y durante algunas semanas se apasionó por el caso. Después, todo quedó olvidado para siempre.


Cada uno piensa distinto, cada cabeza es un mundo y nadie se pone de acuerdo en nada. Era un secreto a voces que para 1946 don Maximino ambicionaba suceder a don Manuel en la presidencia. Sus adversarios aseguraban que no vacilaría en recurrir al golpe militar y al fratricidio. Por tanto, de manera inevitable se le dio un sesgo político a este embrollo: a través de un semanario de oposición, sus enemigos civiles difundieron la calumnia de que don Maximino había ordenado el asesinato de Rafael con objeto de que el niño no informara al ingeniero Andrade de las relaciones que su protector sostenía con Olga.


El que escribió esa infamia amaneció muerto cerca de Topilejo, en la carretera de Cuernavaca. Entre su ropa se halló una nota de suicida en que el periodista manifestaba su remordimiento, hacía el elogio de Ávila Camacho y se disculpaba ante los Andrade. Sin embargo la difamación encontró un terreno fértil, ya que don Maximino, personaje extraordinario, tuvo un gusto proverbial por las llamadas "aventuras''. Además, la discreción, el profesionalismo, el respeto a su dolor y a sus actuales canas me impidieron decirle antes a usted que en 1943 Olga era bellísima, tan hermosa como las estrellas de Hollywood pero sin la intervención del maquillista ni el cirujano plástico.


Tan inesperadas derivaciones tenían que encontrar un hasta aquí. Gracias a métodos que no viene al caso describir, los torerillos firmaron una confesión que aclaró las dudas y acalló la maledicencia. Según consta en actas, el 9 de agosto de 1943 los adolescentes aprovechan la soledad del Bosque a las dos de la tarde y la mala vista de Olga para montar la farsa de la cueva y el vigilante misterioso. Enterados de la fortuna del ingeniero, que hasta entonces había hecho esfuerzos por ocultarla, se proponen llevarse al niño y exigir un rescate que les permita comprar su triunfo en las plazas de toros. Luego, atemorizados al ver que pisan terrenos del implacable hermano del presidente, los torerillos enloquecen de miedo, asesinan a Rafael, lo descuartizan y echan sus restos al Canal del Desagüe.


La opinión pública mostró credulidad y no exigió que se puntualizaran algunas contradicciones. Por ejemplo, ¿qué se hizo de la caverna subterránea por la que desapareció Rafael? ¿Quién era y en dónde se ocultaba el cómplice que desempeñó el papel de guardia? ¿Por qué, de acuerdo con el relato de la madre, fue el propio niño quien tuvo la iniciativa de entrar en el pasadizo? Y sobre todo ¿a qué horas pudieron los torerillos destazar a Rafael y arrojar los despojos a las aguas negras -situadas en su punto más próximo a unos veinte kilómetros de Chapultepec- si, como antes he dicho, uno llamó a la policía y al ingeniero Andrade, el otro permaneció al lado de Olga y ambos estaban en el lugar de los hechos cuando llegaron la familia y las autoridades?


Pero al fin y al cabo todo en este mundo es misterioso. No hay ningún hecho que pueda ser aclarado satisfactoriamente. Como tapabocas se publicaron fotos de la cabeza y el torso de un muchachito, vestigios extraídos del Canal del Desagüe. Pese a la avanzada descomposición, era evidente que el cadáver correspondía a un niño de once o doce años, y no de seis como Rafael. Esto sí no es problema: en México siempre que se busca un cadáver se encuentran muchos otros en el curso de la pesquisa.


Dicen que la mejor manera de ocultar algo es ponerlo a la vista de todos. Por ello y por la excitación del caso y sus inesperadas ramificaciones, se disculpará que yo no empezara por donde procedía: es decir, por interrogar a Olga acerca del individuo que capturó a su hijo. Es imperdonable -lo reconozco- haber considerado normal que el hombre le entregara una flor y un periódico y no haber insistido en examinar estas piezas.


Tal vez un presentimiento de lo que iba a encontrar me hizo posponer hasta lo último el verdadero interrogatorio. Cuando me presenté en la casa de Tabasco 106 los torerillos, convictos y confesos tras un juicio sumario, ya habían caído bajo los disparos de la ley fuga: en Mazatlán intentaron escapar de la cuerda en que iban a las Islas Marías para cumplir una condena de treinta años por secuestro y asesinato. Y ya todos, menos los padres, aceptaban que los restos hallados en las aguas negras eran los del niño Rafael Andrade Martínez.


Encontré a Olga muy desmejorada, como si hubiera envejecido varios años en unas cuantas semanas. Aún con la esperanza de recobrar a su hijo, se dio fuerzas para contestarme. Según mis apuntes taquigráficos, la conversación fue como sigue:


-Señora Andrade, en la clínica de Mixcoac no me pareció oportuno preguntarle ciertos detalles que ahora considero indispensables. En primer lugar ¿cómo vestía el hombre que salió de la tierra para llevarse a Rafael?
-De uniforme.
-¿Uniforme militar, de policía, de guardabosques?
-No, es que, sabe usted, no veo bien sin mis lentes. Pero no me gusta ponérmelos en público. Por eso pasó todo, por eso...
-Cálmate -intervino el ingeniero Andrade cuando su esposa comenzó a llorar.
-Perdone, no me contestó usted: ¿cómo era el uniforme?
-Azul, con adornos rojos y dorados. Parecía muy desteñido.
-¿Azul marino?
-Más bien azul claro, azul pálido.
-Continuemos. Apunté en mi libreta las palabras que le dijo el hombre al darle el periódico y la flor: "Tenga para que se entretenga. Tenga para que se la prenda.'' ¿No le parecen muy extrañas?
-Sí, rarísimas. Pero no me di cuenta. Qué estúpida. No me lo perdonaré jamás.
-¿Advirtió usted en el hombre algún otro rasgo fuera de lo común?
-Me parece estar oyéndolo: hablaba muy despacio y con acento.
-¿Acento regional o como si el español no fuera su lengua?
-Exacto: como si el español no fuera su lengua.
-Entonces ¿cuál era su acento?
-Déjeme ver... quizá... como alemán.


El ingeniero y yo nos miramos. Había muy pocos alemanes en México. Eran tiempos de guerra, no se olvide, y los que no estaban concentrados en el Castillo de Perote vivían bajo sospecha. Ninguno se hubiera atrevido a meterse en un lío semejante.


-¿Y él? ¿Cómo era él?
-Alto... sin pelo... Olía muy fuerte... como a humedad.
-Señora Olga, disculpe el atrevimiento, pero si el hombre era estrafalario ¿por qué dejó usted que Rafaelito bajara con él a la cueva?
-No sé, no sé. Por tonta, porque él me lo pidió, porque siempre lo he consentido mucho. Nunca pensé que pudiera ocurrirle nada malo... Espere, hay algo más: cuando el hombre se acercó vi que estaba muy pálido... ¿Cómo decirle...? Blancuzco... Eso es: como un caracol... un caracol fuera de su concha.
-Válgame Dios. Qué cosas se te ocurren -exclamó el ingeniero Andrade. Me estremecí. Para fingirme sereno enumeré:
-Bien, con que decía frases poco usuales, hablaba con acento alemán, llevaba uniforme azul pálido, olía mal y era fofo, viscoso. ¿Gordo, de baja estatura?
-No, señor, todo lo contrario: muy alto, muy delgado... Ah, además tenía barba.
-¿Barba? Pero si ya nadie usa barba -intervino el ingeniero Andrade.
-Pues él tenía -afirmó Olga.
Me atreví a preguntarle:
-¿Una barba como la de Maximiliano de Habsburgo, partida en dos sobre el mentón?
-No, no. Recuerdo muy bien la barba de Maximiliano. En casa de mi madre hay un cuadro del emperador y la emperatriz Carlota... No, señor, él no se parecía a Maximiliano. Lo suyo eran más bien mostachos o patillas... como grises o blancas... no sé.


La cara del ingeniero reflejó mi propio gesto de espanto. De nuevo quise aparentar serenidad y dije como si no tuviera importancia:


-¿Me permite examinar la revista que le dio el hombre?
-Era un periódico, creo yo. También guardé la flor y el alfiler en mi bolsa. Rafael ¿no te acuerdas qué bolsa llevaba?
-La recogí en Mixcoac y luego la guardé en tu ropero. Estaba tan alterado que no se me ocurrió abrirla.


Señor, en mi trabajo he visto cosas que horrorizarían a cualquiera. Sin embargo nunca había sentido ni he vuelto a sentir un miedo tan terrible como el que me dio cuando el ingeniero Andrade abrió la bolsa y nos mostró una rosa negra marchita (no hay en este mundo rosas negras), un alfiler de oro puro muy desgastado y un periódico amarillento que casi se deshizo cuando lo abrimos. Era La Gaceta del Imperio, con fecha del 2 de octubre de 1866. Más tarde nos enteramos de que sólo existe otro ejemplar en la Hemeroteca.


El ingeniero Andrade, que en paz descanse, me hizo jurar que guardaría el secreto. El general Maximino Ávila Camacho me recompensó sin medida y me exigió olvidarme del asunto. Ahora, pasados tantos años, confío en usted y me atrevo a revelar -a nadie más he dicho una palabra de todo esto- el auténtico desenlace de lo que llamaron los periodistas "El misterio de Chapultepec''. (Poco después la inesperada muerte de don Maximino iba a significar un nuevo enigma, abrir el camino al gobierno civil de Miguel Alemán y terminar con la época de los militares en el poder).


Desde entonces hasta hoy, sin fallar nunca, la señora Olga Martínez viuda de Andrade camina todas las mañanas por el Bosque de Chapultepec hablando a solas. A las dos en punto de la tarde se sienta en el tronco vencido del mismo árbol con la esperanza de que algún día la tierra se abrirá para devolverle a su hijo o para llevarla, como los caracoles, al reino de los muertos. Pase usted por allí y la encontrará con el mismo vestido que llevaba el 8 de agosto de 1943: sentada en el tronco, inmóvil, esperando, esperando.












sábado, agosto 18, 2007

"Mañana", de Wang Wei






La flor de durazno está más roja por la lluvia de anoche,
los sauces están más verdes en la niebla de la mañana.
Los pétalos que caen aún no fueron barridos por los sirvientes,
los pájaros cantan, el huésped de la montaña aún duerme.





viernes, agosto 17, 2007

"Una postal del Titicaca", de Antonio Cisneros

Una de "Cuatro historias cerveceras"







1981, año del Señor. En uno de mis viajes por el reino del Perú me topé en Puno con un antiguo amigo, el poeta Omar Aramayo. Omar es tan puneño que el teléfono de su casa es el segundo que se instaló en la ciudad, después del de la Corte Superior. Y tuvimos a bien celebrar nuestro encuentro, a tres mil ochocientos metros de altura, bajo la sombra protectora de unas buenas botellas de cerveza.


Hablamos de lo humano y lo divino, hasta que llevados por alguna imagen de Fellini, o la simple locura, decidimos que beber entre cuatro paredes era muy poca cosa para el entusiasmo que nos embargaba. Fue entonces que pusimos proa hacia la orilla más despoblada del lago Titicaca. Allí, Omar, con algunas artimañas en lengua aimara, hizo que de una tienducha nos sacaran una mesa y un par de sillas, amén de las correspondientes botellas de cerveza, para acomodarnos en el límite exacto donde acaba la tierra y comienzan las aguas.


El sol del altiplano caía a plomo sobre los brindis. Los dos amigos, y su escenografía diminuta, fueron en un instante devorados, o tal vez homenajeados, por la sagrada inmensidad del lago.







en Ciudades en el tiempo, crónicas de viaje






jueves, agosto 16, 2007

"La Secta de los Treinta", de Jorge Luis Borges






El manuscrito original puede consultarse en la Biblioteca de la Universidad de Leiden; está en latín, pero algún helenismo justifica la conjetura de que fue vertido del griego. Según Leisegang, data del siglo cuarto de la era cristiana. Gibbon lo menciona, al pasar, en una de las notas del capítulo decimoquinto de su Decline and Fall. Reza el autor anónimo:

"...La Secta nunca fue numerosa y ahora son parcos sus prosélitos. Diezmados por el hierro y por el fuego duermen a la vera de los caminos o en las ruinas que ha perdonado la guerra, ya que les está vedado construir viviendas. Suelen andar desnudos. Los hechos registrados por mi pluma son del conocimiento de todos; mi propósito actual es dejar escrito lo que me ha sido dado descubrir sobre su doctrina y sus hábitos. He discutido largamente con sus maestros y no he logrado convertirlos a la Fe del Señor.

Lo primero que atrajo mi atención fue la diversidad de sus pareceres en lo que concierne a los muertos. Los más indoctos entienden que los espíritus de quienes han dejado esta vida se encargan de enterrarlos; otros, que no se atienen a la letra, declaran que la amonestación de Jesús: 'Deja que los muertos entierren a sus muertos', condena la pomposa vanidad de nuestros ritos funerarios.

El consejo de vender lo que se posee y de darlo a los pobres es acatado rigurosamente por todos; los primeros beneficiados lo dan a otros y éstos a otros. Ésta es explicación suficiente de su indigencia y desnudez, que los avecina asimismo al estado paradisíaco. Repiten con fervor las palabras: 'Considerad los cuervos, que ni siembran ni siegan, que ni tienen cillero, ni alfolí; y Dios los alimenta. ¿Cuánto de más estima sois vosotros que las aves?' El texto proscribe el ahorro: 'Si así viste Dios a la hierba, que hoy está en el campo, y mañana es echada en el horno, ¿cuánto más vosotros, hombres de poca fe? Vosotros, pues, no procuréis qué hayáis de comer, o qué hayáis de beber; ni estéis en ansiosa perplejidad'.

El dictamen 'Quien mira una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón' es un consejo inequívoco de pureza. Sin embargo, son muchos los sectarios que enseñan que si no hay bajo los cielos un hombre que no haya mirado a una mujer para codiciarla, todos hemos adulterado. Ya que el deseo no es menos culpable que el acto, los justos pueden entregarse sin riesgo al ejercicio de la más desaforada lujuria.

La Secta elude las iglesias; sus doctores predican al aire libre, desde un cerro o un muro o a veces desde un bote en la orilla.

El nombre de la Secta ha suscitado tenaces conjeturas. Alguna quiere que nos dé la cifra a que están reducidos los fieles, lo cual es irrisorio pero profético, porque la Secta, dada su perversa doctrina, está predestinada a la muerte. Otra lo deriva de la altura del arca, que era de treinta codos; otra, que falsea la astronomía, del número de noches, que son la suma de cada mes lunar; otra, del bautismo del Salvador; otra, de los años de Adán, cuando surgió del polvo rojo. Todas son igualmente falsas. No menos mentiroso es el catálogo de treinta divinidades o tronos, de los cuales uno es Abraxas, representado con cabeza de gallo, brazos y torso de hombre y remate de enroscada serpiente.

Sé la Verdad pero no puedo razonar la Verdad. El inapreciable don de comunicarla no me ha sido otorgado. Que otros, más felices que yo, salven a los sectarios por la palabra. Por la palabra o por el fuego. Más vale ser ejecutado que darse muerte. Me limitaré pues a la exposición de la abominable herejía.

El Verbo se hizo carne para ser hombre entre los hombres, que lo darían a la cruz y serían redimidos por Él. Nació del vientre de una mujer del pueblo elegido no sólo para predicar el Amor, sino para sufrir el martirio.

Era preciso que las cosas fueran inolvidables. No bastaba la muerte de un ser humano por el hierro o por la cicuta para herir la imaginación de los hombres hasta el fin de los días. El Señor dispuso los hechos de manera patética. Tal es la explicación de la última cena, de las palabras de Jesús que presagian la entrega, de la repetida señal a uno de los discípulos, de la bendición del pan y del vino, de los juramentos de Pedro, de la solitaria vigilia en Gethsemaní, del sueño de los doce, de la plegaria humana del Hijo, del sudor como sangre, de las espadas, del beso que traiciona, de Pilato que se lava las manos, de la flagelación, del escarnio, de las espinas, de la púrpura y del cetro de caña, del vinagre con hiel, de la Cruz en lo alto de una colina, de la promesa al buen ladrón, de la tierra que tiembla y de las tinieblas.

La divina misericordia, a la que debo tantas mercedes me ha permitido descubrir la auténtica y secreta razón del nombre de la Secta. En Kerioth, donde verosímilmente nació, perdura un conventículo que se apoda de los Treinta Dineros. Ese nombre fue el primitivo y nos da la clave. En la tragedia de la Cruz –lo escribo con debida reverencia– hubo actores voluntarios e involuntarios, todos imprescindibles, todos fatales. Involuntarios fueron los sacerdotes que entregaron los dineros de plata, involuntaria fue la plebe que eligió a Barrabás, involuntario fue el procurador de Judea, involuntarios fueron los romanos que erigieron la Cruz de Su martirio y clavaron los clavos y echaron suertes. Voluntarios sólo hubo dos: El Redentor y Judas. Éste arrojó las treinta piezas que eran el precio de la salvación de las almas e inmediatamente se ahorcó. A la sazón contaba treinta y tres años, como el Hijo del Hombre. La Secta los venera por igual y absuelve a los otros.

No hay un solo culpable; no hay uno que no sea un ejecutor, a sabiendas o no, del plan que trazó la Sabiduría. Todos comparten ahora la Gloria.

Mi mano se resiste a escribir otra abominación. Los iniciados, al cumplir la edad señalada, se hacen escarnecer y crucificar en lo alto de un monte, para seguir el ejemplo de sus maestros. Esta violación criminal del quinto mandamiento debe ser reprimida con el rigor que las leyes humanas y divinas han exigido siempre. Que las maldiciones del Firmamento, que el odio de los ángeles..."

El fin del manuscrito no se ha encontrado.




En El libro de arena, publicado en 1975.




miércoles, agosto 15, 2007

“El penal más largo del mundo”, de Osvaldo Soriano




El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958 en un lugar perdido del Valle de Río Negro, un domingo por la tarde en un estadio vacío. Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del Valle porque los domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras. Los jugadores siempre eran los mismos o los herma­nos de los mismos. Cuando yo tenía quince años ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz, el arque­ro, tenía casi cuarenta y el pelo blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En la copa participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo del décimo puesto. Creo que en 1957 habían termi­nado en el decimotercer lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en el bolso porque era la única que tenían. En 1958 empezaron ganándole uno a cero a Escudo Chileno, otro club de miseria.

A nadie le llamó la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían ganado cuatro partidos seguidos y eran los punteros del torneo, en los doce pueblos del Valle empezó a hablarse de ellos.

Las victorias habían sido por un gol, pero alcanza­ban para que Deportivo Belgrano, el eterno campeón, el de Padín, Constante Gauna y el Tata Cardiles, quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero nadie imaginaba todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los nuestros.

Los terrenos se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos como burros y pesados como; roperos pero marcaban hombre a hombre y gritaban-como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje negro, bigotitos finitos, un lunar en la frente y pucho apagado entre los labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de mimbre cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso y nosotros, que por ser menores jugábamos los sábados, no nos explicábamos por qué ganaban si eran tan malos. Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusias­mo que terminaban apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino refrescadas en la tierra húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la Gorda Zulema se quejaba de que se comieran las pocas cosas que guardaba en la heladera. Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos los recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los chicos y en el cine las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a Atlético San Martín por 2 a 1. En medio de la euforia perdieron como todo el mundo en Barda del Medio y al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad se había resta­blecido.

Pero el domingo siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la primavera con sólo un punto menos que el campeón.

El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba repleto y los techos de las casas vecinas también y todo el pueblo esperaba que Deportivo Belgrano, de local, repitiera por lo menos los siete goles de la primera rueda. El día era fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los árboles. Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron la tribuna por asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran quietos.

El arbitro que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía rifas en el club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y todavía no había sancionado la pena máxima por más que los de Deportivo Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran cabriolas y volteretas para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba el penal porque no había infracción.

Pero a los 42 minutos todos nos quedamos con la boca abierta cuando el puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y puso 2 a 1 al visitante. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y alargó el partido hasta que Padín entró en el área y no bien se le acercó un defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso, y señaló el penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalado con una marca blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el Coló Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a Hermi­nio Silva. El comisario, con la linterna encendida, sus­pendió el partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó el estado de emergencia, o algo así, y mandó enganchar un tren para expulsar del pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí.

Según el tribunal de la Liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal, y ese match aparte entre Constante Gauna el shoteador, y el Gato Díaz al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio, a puertas cerradas. De manera que el penal duró una semana y fue, si nadie me informa de lo contrario, el más largo de toda la historia.

El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos di pueblo vecino a curiosear. El club estaba cerrado y todos los hombres se habían reunido en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga cola para patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar en la frente trataba de explicarles que ésa no era la mejor manera de probar al arquero. Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó unos cuantos porque le pateaban con zapatillas y zapatos de calle. Un soldado bajito, callado, que estaba en la cola, le tiró un puntazo con el borceguí militar y casi arranca la red.

Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron a jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para atrás el pelo blanco y duro hasta que después de comer se puso un palillo en la boca y dijo:

—Constante los tira a la derecha.
—Siempre —dijo el presidente del club.
—Pero él sabe que yo sé.
—Entonces estamos jodidos.
—Sí, pero yo sé que él sabe —dijo el Gato.
—Entonces tírate a la izquierda y listo —dijo uno de que estaban en la mesa.
—No. El sabe que yo sé que él sabe —dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a dormir.
—El Gato está cada vez más raro —dijo el presiden­te del club cuando lo vio salir pensativo, caminando despacio.

El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco, el jueves, cuando lo encontraron caminando por las vías del tren, estaba hablando solo y lo seguía un perro con el rabo cortado.

—¿Lo vas a atajar? —le preguntó, ansioso, el em­pleado de la bicicletería.
—No sé. ¿Qué me cambia eso? —preguntó.
—Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de Belgrano.
—Yo me voy a consagrar cuando la rubia Ferreira me quiera querer —dijo y silbó al perro para volver a su casa.

El viernes, la rubia Ferreira estaba atendiendo la tercería cuando el intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como una sandía abierta.

—Esto te lo manda el Gato Díaz y hasta el jueves vos decís que es tu novio.
—Pobre tipo —dijo ella con una mueca y ni miró las flores que habían llegado desde Neuquén por el ómnibus de las diez y media.

A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al hall a fumar y la rubia Ferreira se quedó sola en la media luz, con la cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la vista.

El sábado a la tarde el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a pasear a orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar pero ella dio vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche tal vez, si atajaba el penal, en el baile.

—¿Y yo cómo sé? —dijo él.
—¿Cómo sabes qué?
—Si me tengo que tirar para ese lado.

La rubia Ferreira le tomó una mano y lo llevó hasta donde habían dejado las bicicletas.

—En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién —dijo ella.
—¿Y si no lo atajo? —preguntó el Gato.
—Entonces quiere decir que no me querés —respondió dio la rubia, y volvieron al pueblo.

El domingo del penal salieron del club veinte camio­nes cargados de gente, pero la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel tiempo y en aquel lugar no había televisión ni emisoras de radio ni forma de enterarse de lo que ocurría en un terreno cerrado, de manera que los de Estrella Polar establecieron una posta entre el estadio y la ruta.

El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del Gato Díaz y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había quedado en la vereda y que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte metros y así hasta que cada detalle llegara a donde esperaban los hinchas de Estrella Polar.

A las tres de la tarde los dos equipos salieron a la cancha vestidos como si fueran a jugar un partido en serio. Herminio Silva tenía un uniforme negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron reunidos en el medio de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Coló Rivero que le había dado el cachetazo el domingo anterior y lo expulsó de la cancha. Todavía no se había inventado la tarjeta roja y Herminio señalaba la boca del túnel con una mano firme de la que colgaba el silbato. Al fin, la policía sacó a empujones al Coló que quería quedarse a ver el penal. Entonces el arbitro fue hasta el reo con la pelota apretada contra una cadera, contó doce pasos y la puso en su lugar. El Gato Díaz se había peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de aluminio.

Nosotros lo veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las manos desnudas empezamos a apostar hacia dónde tiraría Constante Gauna.

En la ruta habían cortado el tránsito y todo el mundo estaba pendiente de ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía una copa ni un campeonato. También la policía quería saber, así que dejaron que la cadena de relatores se organizara a lo largo de tres kilómetros y las noticias llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la respiración.

Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los dirigentes de los dos clubes, los entre­nadores y las fuerzas vivas del pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar la pelota. Era flaco y musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían cortarle la cara en dos. Había tirado tantas veces ese penal —contó después—, que volvería a hacerlo a cada instante de su vida, dormido o despierto.

A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre el arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto sobre la nuca que cuando la pelota salió hacia el arco sintió que los ojos se le reviraban y cayó de espaldas echando espuma por la boca. Díaz dio un paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacia el medio del arco y Constante Gauna adivinó enseguida que las piernas del Gato Díaz llegarían justo para desviarla hacia un costado. El Gato pensó en el baile de la noche, en la gloria tardía, en que alguien corriera a tirar la pelota al córner porque había quedado picando en el área.

El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la tiro afuera, contra el alambrado, pero Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el suelo, revolcándose con un ataque de epilepsia. Cuando todo Estrella Polar se arrojó sobre el Gato Díaz para festejar, el juez de línea corrió hacia Herminio Silva con la bandera levantada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba: "¡No vale, no vale!".

La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron damajuanas de vino y empezaron a cele­brar, aunque el "no vale" llegara balbuceado por los mensajeros con una mueca atónita.

Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no hubo respuesta definitiva. Lo primero que preguntó fue "qué pasó" y cuando se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que tirar de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento señala que el partido no puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato Díaz apartó a los que querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse porque esa noche él tenía una cita y una promesa y fue a ponerse otra vez bajo el arco.

Constante Gauna debía tenerse poca fe porque le ofreció el tiro a Padín y sólo después fue hacia la pelota mientras el juez de línea ayudaba a Herminio a mante­nerse parado. Afuera se escuchaban bocinazos de festejo de los de Deportivo Belgrano y los jugadores de Estrella Polar empezaron a retirarse de la cancha rodeados por la policía.

El pelotazo salió a la izquierda y el Gato Díaz fue para el mismo lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener. Constante Gauna miró al cielo y se echó a llorar. Nosotros saltamos el paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, que miraba la pelota que tenía entre las manos como si se hubiera sacado la sortija en la calesita.

Dos años más tarde, cuando el Gato era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en puntas de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia Ferreira sino de la hermana del Coló Rivero, que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque ya estaba muy duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota dentro del arco estaba levantándose como un perro apaleado.

—Bien, pibe —me dijo—. Algún día vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero nadie te lo va a creer.






martes, agosto 14, 2007

"Hacia la noche mi corazón", de Georg Trakl

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Al anochecer se oye el grito de los murciélagos.
Dos negros corceles brincan en la pradera.
Murmura el rojo arce.
Al caminante se le aparece la pequeña taberna en el camino.
Magnífico el sabor del vino joven y las nueces.
Magnífico: tambalearse ebrio en el bosque crepuscular.
A través del negro ramaje resuenan campanas dolorosas campanas.
Sobre el rostro gotea rocío.





en Grodek, Descontexto Editores, 2014





















lunes, agosto 13, 2007

"Bandidos", de Elmore Leonard

Fragmento




-¿Quieres saber por qué murió? -dijo Jack-. Porque no miró hacia atrás. Eso es lo que tenía Jerry Boylan, que era despistado.

-Pero estaba allí porque creía en algo. Y no era sólo por dinero.

-¿Qué nos dijo? Que si no hiciera eso, estaría eecogiendo basura. Y si yo no estuviera aquí estaría rdcogiendo cadáveres. Tú estarías dándole medicinas a los leprosos y Roy estaría preparando bebidas para los turistas. Pero, si no estamos en esto por el botín, ¿entonces qué somos? ¿Tú cómo nos ves?

-No nos hacen falta etiquetas, Jack, ni siglas como a los del IRA. -Se sentó con las piernas dobladas, mirándole-. O los del FDN, los contras. Basta con decir que estamos en contra de eso, de lo que ellos defienden.

-Y llevar un arma. -Jack miró el revólver.

-Hay una gran diferencia entre simplemente llevar un arma y participar en una causa política contrarrevolucionaria, y no son sólo palabras, son hechos. -Hizo una pausa y prosiguió-: ¿Dónde ha quedado lo de hacer algo por la humanidad? Lo dijiste tú mismo, ¿te acuerdas? De eso se trata.

-En cualquier caso, suena bien.

-Es cierto.

-Pero, ¿matarías por eso, Lucy?





domingo, agosto 12, 2007

"El bromista pesado", de Louis Aragon

Extractísimo


Sentía contra mí la suave presión de las nalgas a través de una tela muy delgada y resbalosa cuyos pliegues ocasionales me interesaban. Con las rodillas mantenía un contacto estrecho. Las flexionaba un poco para que la verga contenida por el pantalón encontrase, mientras se agrandaba todavía, un lecho entre las nalgas contraídas por el miedo, un lecho vertical en el cual las sacudidas del tren bastaran para meneármela.




1929

sábado, agosto 11, 2007

«Los intelectuales en la sociedad», de Michel Foucault

Extractos de Microfísica del poder




Ahora bien, lo que los intelectuales han descubierto después de la avalancha reciente, es que las masas no tienen necesidad de ellos para saber; saben claramente, perfectamente, mucho mejor que ellos; y lo afirman extremadamente bien. Pero existe un sistema de poder que obstaculiza, que prohíbe, que invalida ese discurso y ese saber. Poder que no está solamente en las instancias superiores de la censura, sino que se hunde más profundamente, más sutilmente en toda la malla de la sociedad. Ellos mismos, intelectuales, forman parte de ese sistema de poder, la idea de que son los agentes de la ‘conciencia’ y del discurso pertenece a este sistema. El papel del intelectual no es el de situarse ‘un poco en avance o un poco al margen’ para decir la muda verdad de todos; es ante todo luchar contra las formas de poder allí donde éste es a la vez el objeto y el instrumento: en el orden del ‘saber’, de la ‘verdad’, de la ‘conciencia’, del ‘discurso’.

Es en esto en lo que la teoría no expresa, no traduce, no aplica una práctica; es una práctica. Pero local y regional, como usted dice: no totalizadora. Lucha contra el poder, lucha para hacerlo aparecer y golpearlo allí donde es más invisible y más insidioso. Lucha no por una ‘toma de conciencia’ (hace tiempo que la conciencia como saber ha sido adquirida por las masas, y que la conciencia como sujeto ha sido tomada, ocupada por la burguesía), sino por la infiltración y la toma de poder, al lado, con todos aquellos que luchan por esto, y no retirado para darles luz. Una ‘teoría’ es el sistema regional de esta lucha.

·       ·       ·

Esta dificultad, nuestra dificultad para encontrar las formas de lucha adecuadas, ¿no proviene de que ignoramos todavía en que consiste el poder? Después de todo ha sido necesario llegar al siglo XIX para saber lo que era la explotación, pero no se sabe quizás siempre qué es el poder. Y Marx y Freud no son quizás suficientes para ayudarnos a conocer esta cosa tan enigmática, a la vez visible e invisible, presente y oculta, investida en todas partes, que se llama poder. La teoría del Estado, el análisis tradicional de los aparatos de Estado no agotan sin duda el campo del ejercicio y del funcionamiento del poder. La gran incógnita actualmente es: ¿quién ejerce el poder? Y ¿dónde lo ejerce? Actualmente se sabe prácticamente quién explota, a dónde va el provecho, entre qué manos pasa y dónde se invierte; mientras que el poder... Se sabe bien que no son los gobernantes los que detentan el poder. Pero la noción de ‘clase dirigente’ no es ni muy clara ni está muy elaborada. ‘Dominar’, ‘dirigir’, ‘gobernar’, ‘grupo en el poder’, ‘aparato de Estado’, etc., existen toda una gama de nociones que exigen ser analizadas. Del mismo modo, sería necesario saber bien hasta dónde se ejerce el poder, por qué conexiones y hasta qué instancias, ínfimas con frecuencia, de jerarquía, de control, de vigilancia, de prohibiciones, de sujeciones. Por todas partes en donde existe el poder, el poder se ejerce. Nadie, hablando con propiedad, es el titular de él; y, sin embargo, se ejerce siempre en una determinada dirección, con los unos de una parte y los otros de otra; no se sabe quién lo tiene exactamente; pero se sabe quién no lo tiene. Si la lectura de sus libros (desde el Nietzsche hasta lo que yo presiento de Capitalismo y Esquizofrenia) ha sido para mí tan esencial es porque me parece que van muy lejos en el planteamiento de este problema: bajo ese viejo tema del sentido, significado, significante, etc., al fin la cuestión del poder, de la desigualdad de los poderes, de sus luchas. Cada lucha se desarrolla alrededor de un centro particular del poder (uno de esos innumerables pequeños focos que van desde un ‘administradorcillo’ de bar, un guardia de viviendas populares, un director de prisiones, un juez, un responsable sindical, hasta un redactor jefe de un periódico). Y si designar los núcleos, denunciarlos, hablar públicamente de ellos, es una lucha, no se debe a que nadie tuviera conciencia, sino a que hablar de este tema, forzar la red de información institucional, nombrar, decir quién ha hecho, qué, designar el blanco, es una primera inversión del poder, es un primer paso en función de otras luchas contra el poder. Si los discursos como los de los detenidos o los de los médicos de las prisiones son luchas, es porque confiscan un instante al menos el poder de hablar de las prisiones, actualmente ocupado exclusivamente por la administración y por sus compadres reformadores. El discurso de lucha no se opone al inconsciente: se opone al secreto. Eso da la impresión de ser mucho menos importante. ¿Y si fuese mucho más importante? Existen toda una serie de equívocos en relación a lo ‘oculto’, a lo ‘reprimido’, a lo ‘no dicho’, que permiten ‘psicoanalizar’ a bajo precio lo que debe ser objeto de una lucha. Es posible que sea más difícil destapar el secreto que el inconsciente. Los dos temas que aparecían frecuentemente hasta hace poco: ‘la escritura es lo reprimido’ y ‘la escritura es de pleno derecho subversiva’ me parece que traicionan un cierto número de operaciones que es preciso denunciar severamente.

·

Me parece que es preciso tener en cuenta, ahora, que el intelectual no es en consecuencia el ‘portador de valores universales’; es más bien alguien que ocupa una posición específica –pero de una especificidad que está ligada a las funciones generales del dispositivo de verdad en una sociedad como la nuestra–. Dicho de otro modo, el intelectual evidencia una triple especificidad: la especificidad de su posición de clase (pequeño burgués al servicio del capitalismo, intelectual ‘orgánico’ del proletariado); la especificidad de sus condiciones de vida y de trabajo, ligadas a su condición intelectual (su campo de investigación, su puesto en un laboratorio, las exigencias económicas o políticas a las que se somete o contra las que se rebela en la universidad, en el hospital, etc.). En fin, la especificidad de la política de verdad en nuestras sociedades. Y es aquí donde su posición puede tener una significación general, donde el combate local o específico que desarrolla produce efectos, implicaciones que no son simplemente profesionales o sectoriales. Funciona o lucha a nivel general de este régimen de verdad tan esencial a las estructuras y al funcionamiento de nuestra sociedad. Existe un combate ‘por la verdad’, o al menos ‘alrededor de la verdad’ –una vez más entiéndase bien que por verdad no quiero decir ‘el conjunto de cosas verdaderas que hay que descubrir o hacer aceptar’, sino ‘el conjunto de reglas según las cuales se discrimina lo verdadero de lo falso y se ligan a lo verdadero efectos políticos de poder’; se entiende asimismo que no se trata de un combate ‘en favor’ de la verdad sino en torno al estatuto de verdad y al papel económico-político que juega–. Hay que pensar los problemas políticos de los intelectuales no en términos de ‘ciencia/ideología’ sino en términos de ‘verdad/poder’. Y es a partir de aquí que la cuestión de la profesionalización del intelectual, de la división entre trabajo manual/intelectual puede ser contemplada de nuevo.



1979












Contribución a DscnTxt de Cristóbal Koch








viernes, agosto 10, 2007

Entrevista a Fernando Vallejo, de Humberto Acciarressi




El polémico escritor colombiano, ahora nacionalizado mexicano, asegura que García Márquez tiene una "prosa muy pobre" y que el idioma castellano "está perdido". Provocador, afirma que Manuel Mujica Lainez es el mejor escritor de los últimos mil años. Más delgado que la última vez que nos vimos, hace un par de años, pero con los entusiasmos intactos. Ahora, en plena promoción de "La puta de Babilonia" -un libro en el que disecciona a la Iglesia Católica y saca a luz crímenes y pecados documentados por todos los historiadores-, Fernando Vallejo pasó otra vez por Buenos Aires. La obra tiene, justo es decirlo, esa voz tronante y casi dogmática que el propio escritor critica. Cuando se lo hacemos notar, tiene la sinceridad de reconocerlo: "Es cierto -confía-, por momentos parece un dogmatismo de cuño inverso. Como si fuera un antipapa". La risa que corona la frase, así como la amabilidad que lo caracteriza, permiten que le propongamos no hablar de lo que todos le preguntan por estos días y sí de literatura. Vallejo acepta, pero antes aclara -para sentar un punto de arranque- que "hoy nadie sabe qué es eso de leer".


Suponiendo que tuviera razón, ¿por qué cree que ocurre eso?
Es que en la actualidad casi nadie puede distinguir quién escribe bien y quién escribe mal. Hay quienes creen que el idioma literario y el coloquial son lo mismo. Por eso, por ejemplo, no se dan cuenta de lo que vale un escritor como Mujica Lainez.

Es curioso que lo mencione, porque en la Argentina, lamentablemente, hace rato que no se lo lee.
Y eso habla muy mal de los argentinos. Los lectores, porque no lo conocen. Y los escritores, porque no saben escribir. Es pura ignorancia. Pero no te preocupes, que en Colombia pasa lo mismo. Ignoran a "Manucho", el mejor escritor en lengua española de los últimos mil años, y se entusiasman con Cortázar y Bolaño, que no sabían escribir.

¿Y Borges?
Es, apenas, un prosista menor. Y como poeta no existe. Es puro sonsonete. La,la,lá... la,la,lá...la,la,lá. Otro de los grandes, a quien en España le sucede lo mismo que a Mujica, es Azorín. Ese fue un escritor de verdad.

¿Y por qué será que nadie lee sus libros, algunos tan actuales como "Confesiones de un pequeño filósofo", o su hermosa biografía de Lope de Vega?
Porque la moda es desconocer a los grandes prosistas. Y además tenemos que el idioma se ha desvirtuado totalmente. A los escritores jóvenes les tocó este adefesio que tenemos hoy. Y por eso les gusta García Márquez, que tiene una prosa pobrísima y sin gracia. ¡Y pensar que en algún momento a Colombia le decían la Atenas sudamericana y tenía presidentes gramáticos!

Vamos a coincidir en que sus juicios son, al menos, escandalosos.
Pero yo desafío a cualquiera que sepa de lo que habla cuando se refiere a la literatura, a que hagamos una polémica pública. Yo les voy a hacer dar cuenta que el idioma está perdido, que ellos escriben mal, que Cervantes era un pésimo prosista, que Borges no conocía los recursos literarios y que, salvo Mujica Láinez y Azorín, casi no hay nadie que se salve.

¡Pero suele decir que hace años que no lee literatura!
Y es la verdad más pura. Trato de no perder tiempo. Por ejemplo, para escribir "La puta de Babilonia" -que es un término de los albigenses- tuve que estar años documentándome, para completar lo que ya sabía por haberlo vivido en carne propia.

¿Cómo es eso?
Claro.Estudié con los salesianos, de manera que conozco el monstruo desde dentro. Pero, para ser honesto, debía documentarme. Y eso me llevó el tiempo que hubiera perdido leyendo novelitas de mala muerte.

¿Se arrepiente de algo?
De haber nacido. Pero eso, en todo caso, fue culpa de mi madre. Deberían haberla esterilizado y adiós problemas.










jueves, agosto 09, 2007

Dos poemas de Yalal Al-Din Rumi

Traducción de Clara Janés y Ahmad Taherí





En las adoraciones y bendiciones de los hombres rectos
Las alabanzas de todos los profetas están amasadas juntas.
Todas sus alabanzas se mezclan en una corriente,
Todos los vasos se vacían en una sola jarra.
Pues Él que es alabado, de hecho, es solamente Uno,
En este sentido todas las religiones son sólo una religión.
Porque todas las alabanzas están dirigidas hacia la luz de Dios,
Sus numerosas formas y figuras están tomadas de ella.
Los hombres nunca dirigen sus alabanzas
          sino al Ser considerado digno,
Se equivocan a través de opiniones erróneas de Él.
Así, cuando una luz cae sobre un muro,
Ese muro es un eslabón en conexión entre todos sus rayos;
Sin embargo cuando arroja ese reflejo de nuevo a su fuente,
Erróneamente muestra lo grande como pequeño,
          y detiene sus alabanzas.
O si la luna se refleja en un pozo,
Y alguien está pretendiendo alabar a la luna,
Aunque, por ignorancia, mira dentro del pozo.
El objeto de sus alabanzas es la luna, no su reflejo;
Su infidelidad surge del error de las circunstancias.
Ese hombre bien intencionado está equivocado en su error;
La luna está en el cielo, y él la supone en el pozo.
Por estos falsos ídolos la humanidad está perpleja,
Y conducida por vanas codicias a su dolor.



·   ·   ·



Cuando estoy contigo, estamos despiertos toda la noche
Cuando no estas, no puedo dormir
¡Que Dios bendiga estas dos insomnias!
y la diferencia entre ellas






en Rubayat de Yallal ud-Din Rumi, 1996



















miércoles, agosto 08, 2007

"A las letras del alfabeto", de Severo Sarduy







Ardiente letras, tu sangre será
breve, como las flores del baobab.
Crearás palabras, y otras letras (sic)
de éstas caerán, en un torpe ardid.

En otro reino la escritura fue
fragmento, cuña, nudo, raga y kif;
grave estampido de un dorado gong,
huella y espejo de un antiguo aleph:
imagen que el espacio da de sí.

Juntan las letras al sol y al reloj,
-Kafka se encuentra con su doble, K:
lenta escritura de un rumor letal-,
llenan, combinan, como dijo Lull.
Mallarmé no lo olvida, ni el Islam,
ni el monje que enseñó bajo el monzón,
o el que con letras escribió y oró.

Piet Mondrian pinta escuchando be-boop.
¿Quién es Duchamp y quién HOOQ?
¿Refléjase en lo nimio y estelar
-signos, silencios- no la sombra, más
todo el ser de la luz, como en Rembrandt?
Universo de letras donde tú
ves ciudades pintadas: Tel-aviv,
Westminster por Monet, la gris Glasgow;
xilografía de la tosca Sfax.

Y aquí la firma: Severo Sarduy
-zurdo algoritmo de la tozudez-.




Ginebra 8-8-88









martes, agosto 07, 2007

"La metafísica del arte", de George Simmel

Extracto



La salvación estética del ser, es decir, del dolor que realiza el arte, no puede valer según su propia naturaleza más que para los momentos de la elevación estética; mientras que nos encontramos poseídos de ella, el ser y el dolor siguen existiendo en el fondo de nuestra esencia, y el intelecto que se ha libertado momentáneamente de ellos, pero que no puede vivir así duraderamente, vuelve a caer en la servidumbre en que vive respecto de la voluntad. En el momento del goce artístico semejamos al esclavo que olvida sus cadenas o al luchador que está libre de la presencia de su enemigo poderoso, pero no por haberle aniquilado, sino por haber huido de él; dentro de un momento volverá a ser alcanzado. Lo insuficiente de la redención por el arte depende de lo mismo precisamente, merced a lo cual esta redención puede verificarse, de que no hace más que desviarse de la voluntad, de la cual necesitamos ser libertados, mientras que la redención verdadera, duradera, tiene que alcanzarla a ella misma. Y esto acontece en la esfera de la moralidad y de la ascética, a cuya contemplación pasaremos ahora, como las soluciones prácticas de la sombra problemática en que Schopenhauer había sumergido a la vida.




En Schopenhauer y Nietzsche, publicado el año 1907.

lunes, agosto 06, 2007

«Tres cautos pensamientos y una inquieta conclusión», de Carlos Almonte





Á
lvaro de Campos escribió durante el atardecer de un borrascoso día de octubre (en el que, contraviniendo toda costumbre, había bebido una copa de cognac): Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad, destacando así la cruel posibilidad de su fisión, de su fragmento; en definitiva, de su videncia y su desastre. Rimbaud, por su parte, un ardiente día de octubre, le comentó a su yerma sombra: Yo soy otro, con intenciones claras y magnánimas, incluso filantrópicas, se diría. Céline, por último, durante una extraña e impasible noche del mes décimo de un incierto año (posterior a los anteriores, en todo caso), habló así de su destino aciago: Lo único que quiero en mi futuro es soledad.

Lo curioso es que si mezclamos el oráculo, de estas tres exactas ilusiones, obtenemos un severo resultado de alcances inmediatos, repentinos: Lo único que quiero es yo soy otro, en mi futuro estoy vencido; la verdad es soledad.






en Homenaje a Laura Santos, 2005