miércoles, julio 11, 2007

Werner Herzog por sí mismo





- Su infancia. En realidad nací en Munich, pero cuando tenía dos semanas de edad, la casa en que vivíamos fue derribada por una bomba. Nos mudamos a las montañas en Baviera, y hay algo curioso en esta área. Al finalizar la guerra, Alemania fue ocupada por los norteamericanos, rusos, franceses y otros, y se fue reduciendo más y más. El sitio donde crecí fue uno de los últimos lugares ocupados. Cuando los norteamericanos llegaron en 1945, los últimos soldados alemanes huyeron a las montañas, vistieron ropas civiles y abandonaron sus armas. Cuando niños, jugábamos con ametralladoras que encontrábamos en el bosque. En verdad fue peligroso; mi madre vivía atemorizada, pero yo tuve una infancia feliz. Otros niños de mi generación que crecieron en ciudades bombardeadas, también tuvieron una infancia dichosa. Crecieron entre las ruinas. Pandillas de chicos tenían para ellos manzanas enteras de casas totalmente destruidas por las bombas. Ahí establecían sus imperios. (Comentario en el Documental Hergoz en Africa de Steff Gruber).

- El cine. El cine no es un arte de escolares, sino de iletrados. La cultura fílmica no es análisis, es agitación de la mente. Las películas nacieron de las ferias de pueblo y de los circos, no del arte y del academicismo.

- Su época. Algunas personas han escrito que soy una figura salida del siglo XlX, pero están equivocadas. La época adecuada para mí sería la Edad Media tardía. Me siento muy afín a la música y la pintura de ese tiempo. También encajaría en el concepto de mi obra. No me considero un artista, sino un artesano que busca un punto de encuentro entre las tradiciones de ayer y las ideas de hoy.

- Imágenes puras. Lo que pasa simplemente es que quedan pocas imágenes. Cuando miro aquí afuera, toda esta edificado, las imágenes no tienen espacio. Uno tiene que excavar como un arqueólogo para encontrar algo en este paisaje herido. Necesitamos imágenes que correspondan a nuestro estado de civilización y a nuestro profundo estado interior. Me iría a Marte si fuera para encontrar imágenes puras, ya que en esta tierra no es fácil encontrarlas. (Comentario en Toyko-Ga de Wim Venders).

- El enigma de Kaspar Hauser. Hoy en día podría repetirse el caso de Kaspar, ya que seguimos viviendo en una sociedad burguesa semejante a la alemana de 1828, aunque altamente técnica, un poco modificada quizás, también un poco más civilizada. Esta sociedad no permitiría a Kaspar vivir en ella. Él sufriría el mismo calvario, iguales padecimientos. La sociedad se comporta en sí misma como un ser humano. Este enfrentamiento es el que hace que la relación con Kaspar sea tan difícil. Los niños, que son los únicos idealistas, se entienden con Kaspar sin problemas.

- La verdad ordinaria y la verdad verdadera. Particularmente detesto la verdad ordinaria, la del cinéma-vérité, por ejemplo. Odio el documental, odio el cine directo. En cine, los niveles de verdad son infinitos, y el del llamado cine-verdad es el más superficial, el más primario. No sólo cambio de argumento en mis películas “históricas”, también lo hago en mis “documentales”. En lugar de la verdad “verdadera” coloco siempre otra, tan verdadera como ella, pero “distinta”, intensificada, potenciada. Aguirre y Kaspar siguen los hechos históricos para dirigirse a otra vía. Me parece que esto ofrece un ángulo muy claro; desde ahí tenemos un punto de partida seguro que nos permite desviar la imaginación y dejarla en libertad para ver a través de las cosas. Da cierta seguridad de entrada y se puede volver a ello como un refugio.

- El título en Kaspar Hauser. El título surgió en cuanto terminé el guión. Estaba viendo el filme brasileño Macunaima (Joaquim Pedro de Andrade, 1969); de golpe, en el diálogo, alguien dice muy rápidamente, casi sin nitidez: “cada uno para sí y Dios contra todos”. Salté de la butaca porque supe que ése era el título de mí película. Debo explicar que tal título está constantemente en el filme, en el sentimiento de soledad, de haber sido olvidados por Dios e, incluso, de que El es nuestro enemigo. Había una escena en que Kaspar decía ante los curas: “Cuando miro a mi alrededor y veo a la gente, siento en verdad que Dios debe tener algo contra nosotros”. Esta escena aclaraba totalmente el título de la película, pero no la conservé. El filme se hacía demasiado largo. Y creo que el título en alemán quedó justificado de cualquier modo a pesar de omitirla.


- La fotografía. Doy a la fotografía el lugar más importante. En Kaspar, mientras los hombres hablan, el paisaje es armonioso, pacífico. Sin embargo, la armonía de la imagen no se corresponde con la acción que transcurre ante nuestros ojos: el resto del mundo aparenta beatitud mientras se trama, se conspira. Busqué que la fotografía transmitiera esa falsa apariencia que la realidad presenta, esas notas tranquilas, estatuarias.

- Cine y música. El cine tiene mucho más que ver con las emociones que con la razón pura. Lo racional corresponde al filme tan poco como a la música. La música no puede ser organizada de un modo puramente racional; ella surge de algún otro lado. Esa es también la naturaleza del cine. Aunque el “Adaggio” de Albinoni haya sido utilizado en tantas películas, a mí me parece bellísimo. Al usarlo en Kaspar Hauser quise rescatar su hermosura. La música es el arte que contiene más amor y el que más fácil llega. En mis películas actúan como una especie de solución.

- Sobre Fitzcarraldo. Todo empezó, posiblemente, una noche en Carnac (Bretaña), hace ya algunos años. Buscaba un paisaje para “El enigma de Kaspar Hauser” y me encontré con un montón de menhires y dólmenes gigantescos. Entonces imaginé un propósito demencial: transportar a otra parte aquellas piedras enormes y pesadísimas, cada una de unas 150 toneladas de peso y una altura de doce metros. Una tarea posible, porque sus autores lo habían hecho siglos atrás, de disponer de medios parecidos: unos cuantos miles de obreros y algunos troncos de madera. Y fue así como, poco a poco, la idea de un barco atravesando a brazos una montaña se fue imponiendo en mi imaginación, porque, de pronto, recordé una anécdota que había oído en el Perú, donde un rey del caucho había conseguido una hazaña semejante. Con el Amazonas como fondo, para estímulo de mi fantasía. Entonces pensé igualmente en la ópera, esa pesadilla de las óperas que me trastorna de vez en cuando, porque no soporto los teatros en donde se representan. Y nació el proyecto de Fitzcarraldo, mitad desafío a las leyes de la gravitación, mitad desafío a los parámetros de la razón; un proyecto totalmente concebido contra las leyes de la naturaleza. Nadie creía en ello. Me consideraban más loco e irrazonable que el propio protagonista. Ya dijeron algo parecido cuando empecé “Aguirre,...” en los mismos escenarios naturales del Perú; y aquella empresa no tenía punto de comparación con la actual, uno de los trabajos más difíciles y desesperados de la historia del cine. A su lado, “Apocalypse Now” fue un juego de niños. Me gasté en ello todo mi dinero: un millón de dólares. Me quedé sin la camisa. Pude terminar Fitzcarraldo gracias a las aportaciones de la televisión alemana y otras sociedades de producción. Pero las dificultades monetarias han estado siempre a la orden del día, sin contar las condiciones sumarias de trabajo que hemos tenido que soportar, pasando incluso hambre. Pero he tenido la satisfacción de tener nuevamente conmigo a un actor tan asombroso y completo como Klaus Kinski.

- El diario de Fitzcarraldo. Escribí un diario de rodaje de un centenar de páginas, pero no creo que llegue a publicarlo, aunque es más apasionante que el mismo filme. No es un verdadero diario sino una especie de escritura que, como en un proceso mágico, quiere conjurar la desgracia. Estas páginas tienen una belleza tan terrible que ya no me atrevo a leerlas ahora. Y hay otro problema: por lo general mi caligrafía tiene un tamaño normal pero, misteriosamente, escribí aquellas páginas con una letra tan minúscula que no pueden leerse sino a través de un microscopio; además la letra se inclina a la izquierda y las palabras se enciman una a otra. Nadie las podría descifrar y a mí mismo me cuesta gran esfuerzo leerlas. Son como jeroglíficos que sólo yo puedo comprender. En definitiva es un aspecto importante de mí que sin duda jugará en el futuro un rol mucho mayor del que pienso. Y estoy convencido de que el escritor que vive en mi aún espera ser descubierto.

- El rodaje de Fitzcarraldo. Por otra parte, en cuanto al rodaje de Fitzcarraldo, podría haber hecho como en los filmes de Hollywood: mentir y ahorrarme, mediante maquetas y un decorado, los horrores del rodaje en plena selva y el enfrentarme con los problemas reales de semejante empeño. Pero creo que si los espectadores se sienten impresionados por el transporte del barco montaña arriba es porque saben que se trata de algo real y no truqueado. Quiero que los espectadores recobren la confianza en lo que ven sus ojos.




en “Una retrospectiva”, Ediciones Instituto Goethe,
Buenos Aires, 1996









martes, julio 10, 2007

«V de Vendetta», de Alan Moore y David Lloyd

Extractos




I

Voz en off de una joven mujer.



Recuerda, recuerda. El cinco de noviembre. La traición de la pólvora. Y el complot. No hay por qué tal traición. Jamás se ha de olvidar. ¿Pero qué tal el hombre? Sé que se llamaba Guy Fawkes... y sé que en 1605 trató de volar la Casa del Parlamento. ¿Pero quién era él realmente? ¿Cómo era? Nos dicen que recordemos la idea, no al hombre… porque los hombres fallan. Los pueden atrapar, los pueden matar y olvidar. Pero 400 años después, una idea todavía puede cambiar el mundo.

Yo he visto el poder de las ideas. He visto a gente matar en su nombre… y morir defendiéndolas. Pero uno no puede besar una idea. No puede tocarla ni abrazarla. Las ideas no sangran, no sienten dolor. No aman.

Yo no extraño una idea si no a un hombre. Un hombre que me hizo recordar el 5 de noviembre.




II

Un predicador furibundo en la pantalla de un televisor.



Entonces leo que los ex Estados Unidos necesitan provisiones médicas al grado que nos mandaron varios contenedores de trigo y tabaco. Como «gesto de buena voluntad». ¿Quieren saber qué opino? Como están viendo mi programa, supongo que sí. Es hora de que las colonias sepan lo que pensamos de ellas. Es hora de desquitarnos por una fiesta de té que hicieron hace siglos. Vamos al muelle esta noche a tirar esa basura donde debe ir todo lo de los «Esfínteres Ulcerados». ¿Quién está de acuerdo? ¿Quién está de acuerdo? ¿Les gustó? EUA, «Esfínteres Ulcerados de Ano-rica». ¿Qué más podemos decir? Era un país que tenía absolutamente todo… y veinte años después, ¿qué es? Una colonia de leprosos. ¿Por qué? Por falta de fe en Dios. Déjenme repetirlo. Falta de fe en Dios. No fue la guerra que iniciaron ni la plaga que crearon. Fue el Juicio. Nadie escapa del pasado. Nadie escapa del Juicio. ¿Creen que no está allá arriba? ¿Que no cuida a este país? ¿Qué otra explicación hay? Nos puso a prueba y salimos adelante. Hicimos lo necesario. Islington. Enfield. Yo estuve ahí, lo vi todo. Inmigrantes. Musulmanes. Homosexuales. Terroristas. Degenerados llenos de enfermedades. ¡Se tenían que ir! ¡Fuerza por la unidad, unidad por la fe! ¡Yo soy un inglés devoto y estoy orgulloso de serlo!




III

Un hombre enmascarado.



«Las muchas villanías de la naturaleza se le amontonan. Despreciando la suerte con su acero humeante de ejecuciones. Somos dignos de censura. Y es cosa muy probada que con rostro devoto y obras piadosas tapamos al mismo diablo».




IV

Diálogo entre el enmascarado y una joven mujer.



- ¿Quién es usted?
- «¿Quién?» (Pausa) «Quién» es la forma que sigue al «qué» y lo que soy es un enmascarado.
- Eso ya lo veo.
- Por supuesto. No cuestiono sus poderes de observación. Señalo la paradoja de preguntarle a un enmascarado quién es.
- Ah, entiendo.
- Pero en esta auspiciosa noche permítame a falta de un apelativo más común insinuar la naturaleza de este personaje dramático. ¡Voilà! Está viendo a un veterano de las variedades hacer el papel de víctima y villano por los caprichos de la vida. Esta apariencia no es mera vanidad. Es el vestigio de una vox populi ahora desaparecida. Pero esta valiente visita de un fastidio pasado cobra vida y ha hecho un voto de vencer a los virulentos vanguardistas del vicio... violadores violentos y voraces de la voluntad. El único veredicto es la venganza, la revancha como un voto, no en vano, pues el valor y la veracidad de tal algún día vindicarán al vigilante y al virtuoso. Esta verborrea se vuelve más verbosa, así que déjeme agregar que es un placer conocerla. Puede llamarme «V».








2005













lunes, julio 09, 2007

"Hasta que llegue a la luz", de Miguel Serrano

Fragmento





La gente caminaba sin prisa. Los hombres arrugados y morenos iban lentamente, mirando las alturas o con el rostro y los hombros caídos por un invisible peso. Hay tanto que subir. Para ellos la vida se reducía a subir. En este pueblo se narra la historia de "los mineros humanos". Un grupo de estudiantes que aprovisionados de barrenas constituyeron una especie de club o de asociación oculta. La mayoría de ellos habían sido estudiantes de medicina. Salían por las noches, cogían a uno de aquellos hombres morenos y arrugados y lo golpeaban con las barrenas y los picos, porque creían encontrar en sus cuerpos la escondida veta de una mina.

Pufanti es el espíritu de las riquezas, pena en los altos cerros de piedra, donde se oyen inexplicables tiros de dinamita. Pufanti es negro. Cuando el cuerpo de un hombre lleva riquezas, cuando su sangre es una escondida veta de oro o de plata, Pufanti se apodera de su alma, y aquel hombre en medio de los hombres es un cuerpo en pena; en el fondo de su pecho se oirán inexplicables tiros de dinamita y su cuerpo mismo se transformará en una bala.









domingo, julio 08, 2007

«Las Filas», de Mahoma

Fragmento





SURA XXXVII
LAS FILAS [1]

Dado en la Meca – 182 versículos

En nombre del Dios clemente y misericordioso


1. Lo juro por los que están ordenados en filas, [2]
2. Y que rechazan para reprimir
3. Y que recitan las palabras del Corán para exhortar.
4. En verdad, vuestro Dios es uno,
5. Soberano de los cielos y de la tierra, de todo Lo que hay entre ellos, y soberano de los orientes.[3]
6. Hemos ornado el cielo más inmediato a la tierra con un adorno de estrellas.[4]
7. Sirven también de guardia contra todo demonio rebelde,
8. A fin de que ellos (los demonios) no vengan a escuchar lo que pasa en la asamblea sublime (pues son asaltados por todas partes),
9. Rechazados y entregados a un suplicio permanente.
10. El que se acercase hasta coger a hurtadillas algunas palabras, es herido por un dardo ardiente.[5]
11. Pregúntales (a los infieles) quién es de una creación más fuerte: ellos o aquellos a quienes hemos creado (los ángeles y los cielos). Nosotros hemos creado a los hombres de barro duro.
12. Tú admiras el poder de Dios y ellos se mofan de él.
13. Si se les exhorta, no lo tienen en cuenta para nada;
14. Si ven un signo de advertencia, se ríen de él.
15. Dicen: Es magia averiada.
16. Muertos, convertidos en polvo, ¿vamos a ser reanimados?
17. ¿Y lo serán también nuestros padres los antiguos?
18. Diles: Sí, y seréis cubiertos de oprobio.
19. La trompeta sonará una sola vez, y ellos se levantarán de sus tumbas y mirarán a todas partes.
20. ¡Desgraciados de nosotros!, exclamarán; es el día de la retri­bución.
21. -Es el día de la decisión, se les dirá, aquel día que tratabais de quimera.
22. Reunid, dirá Dios a los ejecutores de sus órdenes; a los impíos y a sus compañeros y las divinidades que adoraban
23. Al lado de Dios, y dirigidlos por el camino del infierno.
24. Detenedles, serán interrogados.
25. ¿Por qué, pues, no os prestáis auxilio (vosotros y vuestros dioses)?
26. Pero ese día se someterán al juicio de Dios.
27. Entonces se acercarán unos a otros y se harán mutuos reproches.
28. Vosotros veníais a nosotros del lado derecho[6], dirán a sus seductores.
29. ‑No; es más bien que vosotros no habéis querido creer, res­ponderán los otros; pues no teníamos ningún poder sobre vosotros. Es más bien que erais unos perversos.
30. La palabra de nuestro Señor se ha verificado, pues, sobre nosotros[7], y vamos a probar el suplicio.
31. Os hemos extraviado, pues nosotros mismos lo estábamos.
32. Así es como ese día serán asociados y confundidos en un mismo suplicio.
33. Así es como trataremos a los culpables.
34. Porque, cuando se les decía: No hay más Dios que Dios, se henchían de orgullo.
35. Y decían: ¿Abandonaremos a nuestros dioses por un poeta loco?
36. No. ‑Os trae la verdad y confirma a los apóstoles anteriores.
37. En verdad, sufriréis el castigo doloroso.
38. Sólo seréis retribuidos según vuestras obras.
39. Pero los fieles servidores de Dios
40. Recibirán ciertos dones preciosos,
41. Frutos deliciosos, y serán honrados
42. En los jardines de las delicias,
43. Descansando en sus asientos y mirándose cara a cara.
44. Se hará circular en torno la copa llena de una agua
45. Límpida, verdaderas delicias para los que la beban
46. No ofuscará su razón ni los embriagará
47. Tendrán vírgenes de mirada modesta[8] de grandes ojos negros, y semejantes por su tez a los huevos de avestruz escondidos con cui­dado.[9]
48. Se acercarán unos a otros y se harán preguntas.
49. Uno dirá: Yo tenía un amigo en la tierra
50. Me preguntaba a menudo: ¿Consideras la resurrección como una verdad?
51. ¿Sería posible que fuésemos juzgados una vez que estemos muertos y convertidos en polvo y huesos?
52. Dirá luego: ¿Queréis mirar allá abajo?
53. Mirarán y verán el fondo del infierno.
54. El justo dirá: Juro por Dios que estuviste a punto de causar mi perdición.[10]
55. A no ser por la misericordia de Dios, habría sido del núme­ro de los que comparecen ante él.
56. ¿Sufriremos aún otra suerte,
57. Además de la que hemos sufrido? ¿Seremos entregados al suplicio?.[11]
58. En verdad, es una dicha esta que gozamos.
59. ¡A la obra, trabajadores!, para ganar otra análoga.
60. ¿Vale más esto como comida, o bien el árbol de Dakkun?
61. Hemos hecho de ello un motivo de disputa para los mal­vados.
62. Es un árbol que brota desde el fondo del infierno.
63. Sus cimas son como si fuesen cabezas de demonios.
64. Los réprobos serán alimentados con él y se llenarán el vientre.
65. Detrás beberán agua hirviendo,
66. Y luego volverán al fondo del infierno.







[1] El título de este sura es: Que se enfilan en orden, palabras del primer versículo.


[2] Según los comentadores, esto se refiere a los ángeles que se ponen en ordenadas filas para cantar alabanzas al Señor, recitar el Corán y ejecutar las órdenes que Dios les da de rechazar a los demonios o de reprimir a los criminales recitándoles las palabras del Corán, etc.

[3] Admitiendo varios mundos, Mahoma admite varios orientes y varios occi­dentes.

[4] Según la cosmogonía de Mahoma, hay siete cielos que forman círculos concéntricos; encima de estos cielos está el cielo puro sin estrellas; allí está el trono de la majestad divina, zelarch.

[5] Los genios procuran penetrar en el cielo y se acercan a él para escuchar lo que allí se dice; los ángeles lanzan contra ellos dardos inflamados; así explican los mahometanos la lluvia de estrellas.

[6] Siendo el lado derecho de buen augurio, estas palabras pueden ser entendidas así: Veníais a nosotros con la apariencia de la verdad.

[7] Es la frase: Llenan el infierno de hombres y de genios.

[8] Literalmente, cortas de mirada, es decir, sus miradas no llegarán más allá de sus esposos.

[9] La tez de estas bellezas es comparada con los huevos de avestruz a causa de su blancura mezclada de un tinte pajizo, mezcla que constituye la encarnación más hermosa y que, como los huevos de avestruz escondidos con cuidado en la arena, no está empañada por el aire ni por el polvo.

[10] Esto quiere decir que a veces nuestros amigos en este mundo nos arrastran a la pérdida de la salvación eterna.

[11] Este hombre, uno de los bienhechores, duda casi de su dicha, y al ver a su amigo en el infierno, se pregunta: ¿Estoy realmente en posesión de una mansión eterna? ¿No será ya necesario morir ni sufrir suplicio?












sábado, julio 07, 2007

"Resistir la felicidad hasta el fin", de Juan Luis Martínez




Si tuviera tu amor a mi alcance
ya no tendría la fuerza para escribir.
Las palabras, la angustia quemarían
en las cobijas de nuestras pequeñeces.

Nos quedaría el dolor
de ser dos en una única soledad
y aquello que me atare a tu cuerpo sería
el olor de nuestra muerte conjugada.

Yo soy mi sexo en el espacio abolido:
penetrarte hasta el estallido
no sería ya vivir:
esa línea sombría entre tus muslos
es el inasible vuelo de la verdad.

La marcha de mis manos
sobre la arena de tu piel:
¡Ah, recorrer hasta la locura
ese desierto donde se dilatan
los dos soles del desvarío!

Yo te abandono mi cuerpo
y la rabia que contiene:
la conquista de la demencia
es el traspaso de la muerte.

Encerrarnos en la carne
es adelantar la muerte
y relegarla en compañía
de nuestros movimientos rutinarios.
¿Qué es una boca
que no desgarra?






de Poemas del otro






viernes, julio 06, 2007

"Epitafio de Villon" o "Balada de los ahorcados", de François Villon

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Hermanos humanos, que viven después de nosotros,
no tengan contra nosotros endurecidos corazones,
pues, teniendo piedad de nuestras pobres almas,
Dios la tendrá antes de ustedes.
Aquí nos ven atados, cinco o seis:
en cuanto a la carne, que hemos alimentado en demasía,
hace tiempo que está podrida y devorada
y los huesos, nosotros, ceniza y polvo nos volvemos.
De nuestros males no se burle nadie;
pero rueguen que a todos Dios nos quiera absolver.

Si hermanos nos llamamos, en nuestro clamor sin desdén
nos traten, aunque hayamos sido muertos
por Justicia. Pues deben entender
que no todos los hombres pueden ser sensatos;
perdónennos ahora, ya que hemos partido
hacia el hijo de la Virgen María;
que su gracia no nos sea negada
y pueda preservarnos del rayo infernal.
Muertos estamos, que nadie nos moleste:
pero rueguen que a todos Dios nos quiera absolver.

La lluvia nos ha limpiado y lavado,
y el sol desecado y ennegrecido;
urracas, cuervos, nos han cavado los ojos
y arrancado la barba y nuestras cejas.
Nunca jamás, ni un instante, pudimos sentarnos:
luego aquí, luego allá, como varía el viento,
a su placer sin cesar nos acarrea,
siendo más picoteados por los pájaros que dedales de coser.
De nuestra cofradía nadie sea:
pero rueguen que a todos Dios nos quiera absolver.

Príncipe Jesús, que sobre todo reinas,
guarda que el Infierno no tenga sobre nosotros dominio:
nada tenemos que hacer con él ni que pagarle.
Hombres, en esto no hay ninguna burla:
pero rueguen que a todos Dios nos quiera absolver.


















Ballade des pendus

Frères humains qui apres nous vivez/ N'ayez les cuers contre nous endurciz,/ Car, se pitié de nous pauvres avez,/ Dieu en aura plus tost de vous merciz./ Vous nous voyez cy attachez cinq, six/ Quant de la chair, que trop avons nourrie,/ Elle est pieça devoree et pourrie,/ Et nous les os, devenons cendre et pouldre./ De nostre mal personne ne s'en rie:/ Mais priez Dieu que tous nous veuille absouldre!// Se frères vous clamons, pas n'en devez/ Avoir desdain, quoy que fusmes occiz/ Par justice. Toutesfois, vous savez/ Que tous hommes n'ont pas le sens rassiz;/ Excusez nous, puis que sommes transis,/ Envers le filz de la Vierge Marie,/ Que sa grâce ne soit pour nous tarie,/ Nous préservant de l'infernale fouldre./ Nous sommes mors, ame ne nous harie;/ Mais priez Dieu que tous nous vueille absouldre!// La pluye nous a débuez et lavez,/ Et le soleil desséchez et noirciz:/ Pies, corbeaulx nous ont les yeulx cavez/ Et arraché la barbe et les sourciz./ Jamais nul temps nous ne sommes assis;/ Puis ça, puis la, comme le vent varie,/ A son plaisir sans cesser nous charie,/ Plus becquetez d'oiseaulx que dez à couldre./ Ne soyez donc de nostre confrarie;/ Mais priez Dieu que tous nous vueille absouldre!// Prince Jhesus, qui sur tous a maistrie,/ Garde qu'Enfer n'ait de nous seigneurie:/ A luy n'avons que faire ne que souldre./ Hommes, icy n'a point de mocquerie;/ Mais priez Dieu que tous nous vueille absouldre.//






jueves, julio 05, 2007

“La estética como ciencia de la expresión y lingüística general”, de Benedetto Croce

Extracto


La proposición de que el arte es imitación de la naturaleza tiene varios sentidos. Con estas palabras se han afirmado, o al menos esbozado, unas verdades y, al mismo tiempo, se han sostenido unos errores y, con mayor frecuencia, no se ha precisado nada. Se tiene uno de los sentidos científicamente legítimos cuando imitación se entiende como representación o intuición de la naturaleza, forma de conocimiento. Y cuando eso es lo que se ha querido significar poniendo de relieve por adelantado el carácter espiritual del procedimiento, esta otra proposición también adquiere legitimidad: el arte es la idealización o la imitación idealizadora de la naturaleza. Pero si por imitación de la naturaleza se entiende que el arte ofrece reproducciones mecánicas, duplicados más o menos perfectos de objetos naturales, ante los cuales se renueva ese mismo tumulto de impresiones que producen los otros objetos naturales, la proposición, evidentemente es errónea. Las estatuas de carapintada que simulan seres vivos y ante las cuales retrocedemos estupefactos en los museos no nos dan intuiciones estéticas. La ilusión y la alucinación no tiene nada que ver con el sereno dominio de la intuición artística. Si un artista pinta el espectáculo de un museo de estatuas de cera, si un actor representa en el escenario al burlesco hombre-estatua, tenemos de nuevo el trabajo espiritual y la intuición artística. La misma fotografía, si tiene algo de artístico, lo tiene en tanto que transmite, al menos en parte, la intuición del fotógrafo, su punto de vista, la pose y la situación que se ha afanado por elegir…Y si no se trata del todo de un arte, es que el elemento natural permanece más o menos ineliminable e insubordinado: ¿ante qué fotografía, hablo de las mejor acabadas, sentimos una plena satisfacción? ¿Existe alguna en la que un artista no haría una o varias modificaciones y retoques, no quitaría o añadiría nada?

El tema o el contenido no se puede abordar práctica y moralmente mediante epítetos de alabanza o de censura. Cuando los críticos de arte se percatan de que un tema está mal elegido, en el caso en que esta observación tenga una base justificada, no se trata en realidad de una censura dirigida a la elección del tema (lo que sería absurdo), sino a la forma en que el artista lo ha tratado, a la expresión mal solucionada a causa de las contradicciones que contiene. Y cuando los mismos críticos, ante obras que proclaman artísticamente perfectas, se sublevan contra el tema o el contenido por ser indigno del arte y censurable; si estas expresiones resultan por lo demás verdaderamente perfectas, no queda más remedio que aconsejar a los críticos que dejen en paz a los artistas, que sólo pueden inspirarse en lo que les ha causado impresión, y provocar unos cambios en la naturaleza ambiente o en la sociedad para que esas impresiones dejen de ejercerse. Si las fealdades desaparecen del mundo, si en su lugar se establecen la virtud y la felicidad universales, los artistas ya no representarán sentimientos perversos y pesimistas, sino serenos, inocentes y alegres, como los arcadios de una Arcadia real. Pero mientras se impongan fealdades, dolores e infamias al artista, su expresión aparece, y cuando ha nacido, factum infectum fieri nequit. Lo decimos siempre desde el punto de vista estético y del crítico de estética puro.






1902



miércoles, julio 04, 2007

"¿Existe una situación revolucionaria en América Latina?", de Heinz Dieterich





1. La interrogante más política de América Latina

Probablemente la pregunta política más trascendental de América Latina en este momento se refiere a si se encuentra en una situación revolucionaria o no. Es la pregunta estratégica más importante porque la viabilidad de las tres megapropuestas del futuro latinoamericano -el desarrollismo regional, el socialismo del siglo XXI y la alianza orgánica entre los Pueblos y los Estados progresistas- depende esencialmente de su realismo frente al statu quo.

Para responder a la interrogante usamos un sencillo modelo, que reduce el complejo concepto situación revolucionaria a dos parámetros decisivos: a) La fisonomía del poder de la vanguardia revolucionaria y b) La institucionalidad de ruptura que pretende establecer las fuerzas revolucionarias. Determinando los atributos (valores) de ambos parámetros para las revoluciones burguesas y socialistas del pasado, obtenemos un paradigma o modelo histórico de la situación revolucionaria en la época moderna, que permite clasificar el contenido revolucionario de la actualidad latinoamericana.

2. La fisonomía del poder revolucionario

2.1. El poder revolucionario es un poder de facto frente a la institucionalidad y las fuerzas del antiguo régimen. Tiene que ser un poder de facto, porque desde la legalidad establecida es la ruptura del orden constitucional. La legalización de este poder es post festum. La espada se vuelve ley sobre el hecho consumado de la victoria. Los vencedores, constituidos en Asamblea Constituyente originaria, se conceden una nueva Magna Carta Libertatum, una “Gran Carta de las Libertades”, hecha a su medida. La fase de transición entre el poder bruto y el poder normativo varía. La primera constitución soviética se hizo en 1918, la china en 1954 y la cubana en 1976.

2.2. En su esencia, el poder revolucionario no puede ser legislativo ni judicial ni mediático. La precondición de su triunfo es la índole ejecutiva-político-militar. Es el ejército de Cromwell, el new model army de los Ironsides, que le permite derrotar, primero, a la contrarrevolución monárquica y, después, acabar con el parlamentarismo corrupto. Es el Comité de Salud Pública de los jacobinos que liquida a la aristocracia feudal. Son los soviets, el Partido y el germen del Ejército Rojo que permiten la toma del Palacio de Invierno y la disolución de la Asamblea Constituyente, para -después de ser instruido por treinta mil ex oficiales zaristas- derrotar a los ejércitos blancos e intervencionistas.

2.3. El poder es originario, porque se levanta sobre los escombros de las Fuerzas Armadas del ancien régime. En la práctica, esta propiedad confiere una amplia discrecionalidad al nuevo poder. En lo normativo, es la destrucción física del viejo orden lo que faculta a la Asamblea Constituyente a establecer el nuevo orden constitucional sin miras hacia la legislación y Magna Carta anterior, es decir, de actuar como originaria, no como derivativa.

3. Poder revolucionario e Institucionalidad de ruptura

So pena de ser derrotado, el poder real de la vanguardia no puede desligarse de la perspectiva estratégica y teórica de una nueva institucionalidad política y económica que rompa el orden institucional del pasado. Son precisos un nuevo modo de producción y una nueva superestructura.

Cromwell sustituye las tres instituciones dominantes del viejo régimen, la monarquía, el Vaticano y la aristocracia, con el parlamento, la iglesia nacional protestante y la economía de mercado desarrollista. Lenin reemplaza el parlamentarismo burgués por la dictadura del proletariado a través del Partido y la economía de mercado por la economía centralmente administrada del “comunismo de guerra”. Mao actúa sobre el mismo parangón modificándolo con los (fracasados) intentos del gran salto adelante y de las Comunas.

4. ¿Existe una situación revolucionaria en América Latina?

Si comparamos ese paradigma histórico con la situación actual latinoamericana tenemos que concluir que no existen los criterios característicos de una situación revolucionaria de este tipo en la Patria Grande. Y, de hecho, en América Latina, en los últimos 55 años, se han dado solo tres veces: la Revolución Boliviana de 1952, la Revolución Cubana de 1959 y la Sandinista de 1979.

Son marcadas las diferencias entre lo histórico y lo actual. Todos los gobiernos del cambio, los de Evo Morales, Hugo Chávez o Rafael Correa, comparten las siguientes características: a) Son gobiernos de iure, es decir, legalmente constituidos y que llegaron a la Presidencia y al parlamento a través de la institucionalidad del viejo régimen; b) En el proceso de la toma del poder no destruyeron físicamente la institución castrense establecida, sino que encontraron un modus vivendi negociado con ella y c) No disponen del poder característico y originario de las vanguardias de las revoluciones de la modernidad burguesa y socialista.

5. ¿Situación revolucionaria, pre-revolucionaria o coyuntura de normalidad en la Patria Grande?

La no coincidencia de la realidad de los gobiernos de transformación bolivariana con el paradigma de una revolución de la época moderna permite dos inferencias: 1. El modelo sigue vigente y, por lo tanto, no hay una situación revolucionaria en la Patria Grande. Si se usa esta inferencia habrá que determinar si la realidad latinoamericana es pre-revolucionaria -es decir, conducente a una situación revolucionaria- o si las políticas desarrollistas y protosocialistas observables se mantienen dentro de la “desviación estándar” de las medidas de tendencia central del modo de producción capitalista. Es decir, que sí son una desviación significativa frente a la media neoliberal, pero no frente al capitalismo keynesiano o desarrollista; 2. La segunda inferencia posible es que el paradigma de la situación revolucionaria moderna ya no es aplicable a la realidad contemporánea latinoamericana porque ésta ha cambiado demasiado. En tal caso, se podría sustituir este sencillo modelo de dos parámetros (fisonomía del poder/institucionalidad de ruptura) por otros más complejos, por ejemplo, de la física moderna, en los cuales el “cambio de fase” (“revolución”) opera a través de múltiples cambios microscópicos en el comportamiento del sistema hasta generar una masa crítica que produce su cambio macroscópico.

El juicio sobre el carácter revolucionario o no de la situación actual latinoamericano reviste cierta urgencia, porque de la calidad del diagnóstico de la realidad depende la terapia, diseñada para mejorarla. Y es en la calidad del diagnóstico latinoamericano donde se encuentra uno de los mayores obstáculos a la construcción de la vanguardia latinoamericana y su teoría libertadora.








18 de abril, 2007.





martes, julio 03, 2007

"Cabalga sobre el rayo", de John Lutz

Fragmento





- Tiene una mente sorprendentemente retorcida -le dijo Nudger-, teniendo en cuenta que parece la prima pequeña de pueblo de la muñeca Barbie.

La sonrisa de Candy Ann creció, sorprendida y contenta. Mirándola, Nudger no pudo evitar pensar en pastos húmedos y galletas recién horneadas y campos llenos de brillantes girasoles. E incluso así, ella le provocaba un crudo deseo carnal. Era una de esas mujeres excepcionales que tienen línea directa a la líbido de los hombres. Su aspecto quizá fuera lo de menos; algo en ella emitía unas vibraciones que despertaban el deseo masculino.

- ¿Cree que soy atractiva, señor Nudger? -Lo preguntó como si realmente no conociese la respuesta.

- Sí. Y dolorosamente joven.


Por un instante, Nudger casi llegó a pensar que Curtis Colt era un hombre afortunado. Luego miró el reloj, vio que sus diez minutos casi habían pasado y se despidió. Se sentía viejo, demasiado viejo...

Si la muñeca Barbie tenía una prima pequeña, el muñeco Ken también tendría un primo en alguna parte. Y el tiempo era algo que no podía ignorarse. Que se lo dijeran a Curtis Colt.






Pintura: Roy Lichtenstein, "In the car", 1963







lunes, julio 02, 2007

Dos versiones de un dios abandonando a Antonio, de Plutarco y Konstantinos Kavafis



"Que el dios abandonaba a Antonio", de Konstantinos Kavafis


Cuando de repente, a medianoche, se escuche
pasar una comparsa invisible
con músicas maravillosas, con vocerío -
tu suerte que ya declina, tus obras
que fracasaron, los planes de tu vida
que resultaron todos ilusiones, no llores inútilmente.
Como preparado desde tiempo atrás, como valiente,
di adiós a Alejandría que se aleja.
Sobre todo no te engañes, no digas que fue
un sueño, que se engañó tu oído:
no aceptes tales vanas esperanzas.
Como preparado desde tiempo atrás, como valiente,
como te corresponde a ti que de tal ciudad fuiste digno,
acércate resueltamente a la ventana,
y escucha con emoción, más no
con los ruegos y lamentos de los cobardes,
como último placer los sones,
los maravillosos instrumentos del cortejo misterioso,
y dile adiós, a la Alejandría que pierdes.






Traducción de Miguel Castillo Didier.






Un dios abandona Alejandría. Extracto de Vida de Antonio, de Plutarco


Sitiado Antonio por las tropas de César, se cuenta que en aquella noche, la última, cuando la ciudad de Alejandría estaba en el mayor silencio y consternación con el temor y esperanza de lo que iba a ocurrir, se oyeron gradualmente los acordados ecos de muchos instrumentos y griterío de una gran muchedumbre con cantos y bailes satíricos, como si pasara una inquieta turba de Bacantes. Esta turba partió como del centro de la ciudad hacia la puerta por donde se iba al campo enemigo y, saliendo por ella, se desvaneció aquel tumulto feliz, que había sido muy grande. A los que dan valor a estas cosas les parecía que fue una señal de que el dios abandonaba a Antonio, aquel dios al cual siempre hizo ostentación de parecerse y en quien particularmente confiaba.








domingo, julio 01, 2007

“Los reyes sacerdotes”, de James G. Frazer




Las interrogantes que nos hemos planteado son fundamentalmente dos: primero, ¿por qué el sacerdote -o rey del bosque- de Diana en Nemi tenía que asesinar a su predecesor?; segundo, ¿por qué, antes de ultimarlo, debía arrancar la rama de cierto árbol que la opinión general de los antiguos identificaba con la rama dorada de Virgilio? El primer punto a dilucidar es el título sacerdotal. ¿Por qué lo llamaban rey del bosque? ¿Por qué se hablaba de su puesto como si fuera un reino? La unión de la autoridad real con las funciones sacerdotales fue común en la antigua Italia y en Grecia. En Roma y en otras ciudades del Lacio había un sacerdote llamado “rey de los sacrificios” o “rey de los ritos sagrados”, y su esposa tenía el título de reina. En la Atenas republicana, se llamaba rey al segundo magistrado anual del Estado, y reina a su esposa; las funciones de ambos eran religiosas. En muchas otras democracias griegas había reyes titulares cuyas funciones, por lo que sabemos, eran sacerdotales y tenían su sede alrededor del hogar común del Estado. Algunos Estados griegos tenían varios reyes titulares que cumplían servicios religiosos al mismo tiempo. En Roma la tradición indica que el rey de los sacrificios fue nombrado después de la abolición de la monarquía para ofrecer los sacrificios que antes hacían los reyes. El origen de los reyes sacerdotales que prevalecieron en Grecia fue, al parecer, semejante. Ello no es improbable como lo muestra el ejemplo de Esparta, prácticamente el único Estado griego que mantuvo la forma monárquica de gobierno en los tiempos históricos. En Esparta todos los sacrificios oficiales eran ofrendados por los reyes como descendientes del dios. Uno de los dos reyes espartanos ejercía el sacerdocio de Zeus Lacedemonio y el otro el de Zeus Celestial.

Esta combinación de las funciones sacerdotales con la autoridad real resulta familiar a todos. En Asia Menor, por ejemplo, había varias grandes capitales religiosas habitadas por millones de esclavos sagrados y gobernadas por pontífices que disponían al mismo tiempo de la autoridad espiritual y de la temporal, a semejanza de los papas de la Roma medieval. Otras ciudades gobernadas por sacerdotes eran Zela y Pessinos. Los reyes teutones de los antiguos tiempos paganos tuvieron también poderes similares y cumplieron las funciones de los sumos sacerdotes.

Los emperadores de China ofrendaban sacrificios públicos, cuyos detalles figuran en los libros rituales. El rey de Madagascar era el sumo sacerdote de su reino. En la gran fiesta de año nuevo se sacrificaba un buey por el bien del reino, y el rey oraba en acción de gracias mientras sus ayudantes mataban al animal. En los Estados monárquicos de los gallas del Africa oriental, que aún siguen siendo independientes, el rey sacrificaba en la cima de las montañas y regía la inmolación de víctimas humanas. Una unión similar del poder temporal y el espiritual, de los deberes sacerdotales y reales se entrevé, en medio de la penumbra de la tradición, en los reyes de la hermosa región mejicana de Chiapas, cuya antigua capital, sepultada hoy bajo la exuberante selva tropical, muestra sus restos en las espléndidas y misteriosas ruinas de Palenque.

Cuando decimos que los reyes antiguos eran también generalmente sacerdotes, estamos lejos de haber agotado sus funciones religiosas. En aquellos tiempos el carácter divino de un rey no era una expresión vacía sino una creencia generalizada. En muchos casos, los reyes fueron reverenciados no solamente como sacerdotes, es decir como intermediarios entre los hombres y dios, sino como dioses mismos, capaces de otorgar a sus súbditos y adoradores los favores que los mortales juzgan imposibles de lograr y que sólo pueden obtenerse por medio de oraciones y sacrificios ofrecidos a seres invisibles y sobrehumanos. Se esperaba de los reyes la lluvia y el sol a su debido tiempo para lograr abundantes cosechas, entre muchas otras cosas. Esta esperanza, aunque nos parezca extraña, coincide totalmente con el pensamiento primitivo. El salvaje no comprende fácilmente la distinción entre lo natural y lo sobrenatural, comúnmente aceptada por pueblos más avanzados. Para él actúan en el mundo, en gran medida, agentes sobrenaturales que son personas que obran con sus mismos impulsos y motivos y que, como él pueden modificarlos si se apela a su piedad, sus deseos y sus temores. En un mundo así concebido, no advierte limitaciones a su poder de influir en el curso de los acontecimientos naturales en su propio beneficio. Las oraciones, promesas o reclamos a los dioses pueden asegurarle abundantes cosechas, y si, como tantas veces ha creído, sucediera que un dios llegara a encarnarse en su propia persona, ya no necesitaría rogar a seres más elevados. Él, el salvaje, posee en sí mismo todos los poderes para incrementar su propio bienestar y el de sus prójimos.

Así llegamos a comprender la idea del hombre-dios. Pero hay otra forma. Junto con esta visión de un mundo impregnado de fuerzas espirituales, el hombre salvaje posee otro probablemente más antiguo. Se trata de una concepción en la cual puede encontrarse el germen de la moderna idea de la ley natural, o sea la visión de la naturaleza como una serie de acontecimientos que se producen de manera invariable sin intervención de agentes personales. El germen al cual nos referimos se relaciona con esa magia simpatética, como puede denominarse, que ocupa un lugar importante en la mayoría de los sistemas de superstición. En la sociedad primitiva el rey es frecuentemente hechicero además de sacerdote. Asimismo, a menudo parece haber adquirido sus poderes en razón de su supuesta habilidad en la magia blanca o negra. Para comprender entonces la evolución de la monarquía y del carácter sagrado que tenía el cargo para los pueblos salvajes y bárbaros, es esencial familiarizarse con los principios de la magia y tener algún concepto del extraordinario ascendiente que este antiguo sistema de superstición ha tenido en todos los tiempos y en todos los países.






en La rama dorada, 1890
de la biblioteca personal de Walter E. Kurtz







sábado, junio 30, 2007

"El Sur", de Jorge Luis Borges








El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel; en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulsos de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico o de muerte romántica. Un estuche con el daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas músicas, el hábito de estrofas del Martín Fierro, los años, el desgano y la soledad, fomentaron ese criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso. A costa de algunas privaciones, Dahlmann había logrado salvar el casco de una estancia en el Sur, que fue de los Flores; una de las costumbres de su memoria era la imagen de los eucaliptos balsámicos y de la larga casa rosada que alguna vez fue carmesí. Las tareas y acaso la indolencia lo retenían en la ciudad. Verano tras verano se contentaba con la idea abstracta de posesión y con la certidumbre de que su casa estaba esperándolo, en un sitio preciso de la llanura. En los últimos días de febrero de 1939, algo le aconteció.

Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las mil y una noches, de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente: ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le había hecho esa herida. Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. La fiebre lo gastó y las ilustraciones de Las mil y una noches sirvieron para decorar pesadillas. Amigos y parientes lo visitaban y con exagerada sonrisa le repetían que lo hallaban muy bien. Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y le maravillaba que no supieran que estaba en el infierno. Ocho días pasaron, como ocho siglos. Una tarde, el médico habitual se presentó con un médico nuevo y lo condujeron a un sanatorio de la calle Ecuador, porque era indispensable sacarle una radiografía. Dahlmann, en el coche de plaza que los llevó, pensó que en una habitación que no fuera la suya podría, al fin, dormir. Se sintió feliz y conversador; en cuanto llegó, lo desvistieron, le raparon la cabeza, lo sujetaron con metales a una camilla, lo iluminaron hasta-la ceguera y el vértigo, lo auscultaron y un hombre enmascarado le clavó una aguja en el brazo. Se despertó con náuseas, vendado, en una celda que tenía algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la operación, pudo entender que apenas había estado, hasta entonces, en un arrabal del infierno. El hielo no dejaba en su boca el menor rastro de frescura. En esos días, Dahlmann minuciosamente se odió; odió su identidad, sus necesidades corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de morir de una septicemia, Dahlmann se echó a llorar, condolido de su destino. Las miserias físicas y la incesante previsión de las malas noches no le habían dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte. Otro día, el cirujano le dijo que estaba reponiéndose y que, muy pronto, podría ir a convalecer a la estancia. Increíblemente, el día prometido llegó.

A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos; Dahlmann había llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución. La primera frescura del otoño, después de la opresión del verano, era como un símbolo natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran como largos zaguanes, las plazas como patios. Dahlmann la reconocía con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos antes de que las registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las carteleras, las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla del nuevo día, todas las cosas regresaban a él.

Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solfa repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme. Desde el coche buscaba entre la nueva edificación, la ventana de rejas, el llamador, el arco de la puerta, el zaguán, el íntimo patio.

En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente; la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.

A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dahlmann recorrió los vagones y dio con uno casi vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna vacilación, el primer tomo de Las mil y una noches. Viajar con este libro, tan vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal.

A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y luego la de jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La verdad es que Dahlmann leyó poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran, quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.

El almuerzo (con el caldo servido en boles de metal reluciente, como en los ya remotos veraneos de la niñez) fue otro goce tranquilo y agradecido.

«Mañana me despertaré en la estancia», pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres. Vio casas de ladrillo sin revocar, esquinadas y largas, infinitamente mirando pasar los trenes; vio jinetes en los terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda; vio largas nubes luminosas que parecían de mármol, y todas estas cosas eran casuales, como sueños de la llanura. También creyó reconocer árboles y sembrados que no hubiera podido nombrar, porque su directo conocimiento de la campaña era harto inferior a su conocimiento nostálgico y
literario.

Alguna vez durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce del día era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría en ser rojo. También el coche era distinto; no era el que fue en Constitución, al dejar el andén; la llanura y las horas lo habían atravesado y transfigurado. Afuera la móvil sombra del vagón se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto. En el campo desaforado, a veces no había otra cosa que un toro. La soledad era perfecta y tal vez hostil, y Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y no sólo al Sur. De esa conjetura fantástica lo distrajo el inspector, que al ver su boleto, le advirtió que el tren no lo dejaría en la estación de siempre sino en otra, un poco anterior y apenas conocida por Dahlmann. (El hombre añadió una explicación que Dahlmann no trató de entender ni siquiera de oír, porque el mecanismo de los hechos no le importaba.)

El tren laboriosamente se detuvo, casi en medio del campo. Del otro lado de las vías quedaba la estación, que era poco más que un andén con un cobertizo. Ningún vehículo tenían, pero el jefe opinó que tal vez pudiera conseguir uno en un comercio que le indicó a unas diez, doce, cuadras.

Dahlmann aceptó la caminata como una pequeña aventura. Ya se había hundido el sol, pero un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa llanura, antes de que la borrara la noche. Menos para no fatigarse que para hacer durar esas cosas, Dahlmann caminaba despacio, aspirando con grave felicidad el olor del trébol.

El almacén, alguna vez, había sido punzó, pero los años habían mitigado para su bien ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le recordó un grabado en acero, acaso de una vieja edición de Pablo y Virginia. Atados al palenque había unos caballos. Dahlmann, adentro, creyó reconocer al patrón; luego comprendió que lo había engañado su parecido con uno de los empleados del sanatorio. El hombre, oído el caso, dijo que le haría atar la jardinera; para agregar otro hecho a aquel día y para llenar ese tiempo, Dahlmann resolvió comer en el almacén.

En una mesa comían y bebían ruidosamente unos muchachones, en los que Dahlmann, al principio, no se fijó. En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba, inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia. Era oscuro, chico y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Dahlmann registró con satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el largo chiripa y la bota de potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones con gente de los partidos del Norte o con entrerrianos, que gauchos de ésos ya no quedan más que en el Sur.

Dahlmann se acomodó junto a la ventana. La oscuridad fue quedándose con el campo, pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre los barrotes de hierro. El patrón le trajo sardinas y después carne asada; Dahlmann las empujó con unos vasos de vino tinto. Ocioso, paladeaba el áspero sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco soñolienta. La lámpara de kerosén pendía de uno de los tirantes; los parroquianos de la otra mesa eran tres: dos parecían peones de chacra; otro, de rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto. Dahlmann, de pronto, sintió un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel, había una bolita de miga. Eso era todo, pero alguien se la había tirado.

Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Dahlmann, perplejo, decidió que nada había ocurrido y abrió el volumen de Las mil y una noches, como para tapar la realidad. Otra bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:

-Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.

Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que estas palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación. Antes, la provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos. Dahlmann hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los peones y les preguntó qué andaban buscando.

El compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose. A un paso de Juan Dahlmann, lo injurió a gritos, como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su borrachera y esa exageración era una ferocidad y una burla. Entre malas palabras y obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con los ojos, lo barajó, e invitó a Dahlmann a pelear. El patrón objetó con trémula voz que Dahlmann estaba desarmado. En ese punto, algo imprevisible ocurrió.

Desde un rincón, el viejo gaucho extático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a recoger la daga y sintió dos cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar que lo mataran. Alguna vez había jugado con un puñal, como todos los hombres, pero su esgrima no pasaba de una noción de que los golpes deben ir hacia arriba y con el filo para adentro. «No hubieran permitido en el sanatorio que me pasaran estas cosas», pensó.

-Vamos saliendo -dijo el otro.

Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.

Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.







en Ficciones, 1944

















viernes, junio 29, 2007

Sobre el Alcohol, de Varios Autores






El trabajo es la maldición de las clase bebedora.
Oscar Wilde

El problema con el mundo es que todos están con unos tragos de menos.
Humphrey Bogart

Puedo resistir todo excepto la tentación.
Oscar Wilde

Puedes distinguir el vino alemán del vinagre por la etiqueta.
Mark Twain

Cuando leí sobre los perjuicios del alcohol, dejé de leer.
Henny Youngman

La cerveza es una prueba de que Dios nos ama y quiere que seamos felices.
Benjamín Franklin

A veces, un hombre inteligente se ve obligado a emborracharse para pasar el tiempo junto a los estúpidos.
Ernest Hemingway

No soy un gran bebedor. Puedo pasar horas sin tocar una gota.
Noel Conward

Dejar el cigarrillo es la cosa más fácil del mundo. Lo sé porque lo he hecho miles de veces.
Mark Twain

Odio hacer una apología de las drogas, el alcohol, la violencia o la locura, pero a mí siempre me han funcionado.
Hunter S. Thompson

Una vez le di la mano a Pat Boone, y todo mi lado derecho se puso sobrio.
Dean Martin

No me gusta alguna gente que toma drogas. Los tipos de la aduana, por ejemplo.
Mick Miller

Si pudiera vivir de nuevo, lo haría dentro de una taberna.
W. C. Fields

Siento lástima por la gente que no bebe. Se despiertan en la mañana y eso será lo mejor que se sentirán durante todo el día.
Dean Martin

La realidad es una ilusión creada por la falta de alcohol.
N. F. Simpson




Pintura: Diego Velásquez, "Los borrachos", 1618






jueves, junio 28, 2007

"La dorada cometa, el plateado viento", de Ray Bradbury





-¿La forma de un cerdo?-preguntó el mandarín-.

-La forma de un cerdo-respondió el mensajero y partió-.

-Oh, que mal día en un mal año-exclamó el mandarín-, cuando yo era niño la ciudad de Kwan-Si, del otro lado de la montaña, era muy pequeña. Pero ahora ha crecido tanto que le pondrán una muralla.

-Pero, ¿Por qué una muralla a tres kilómetros de distancia enoja y entristece a mi buen padre?-preguntó serenamente la hija del mandarín-.

-Esa muralla-dijo el mandarín-¡Tiene la forma de un cerdo! ¿No entiendes?, la muralla de nuestra ciudad tiene forma de una naranja. ¡El cerdo nos devorará velozmente!

-Ah.

El mandarín y su hija se quedaron pensando.

La vida estaba llena de presagios. En todas partes acechaban demonios. La muerte nadaba en la humedad de un ojo, el giro de un ala de gaviota significaba lluvia, un abanico sostenido así, la teja de un techo, y sí, hasta la muralla de una ciudad era de enorme importancia. Turistas y viajeros, caravanas de músicos, artistas, al llegar a estas dos ciudades, interpretando los signos dirían:

-"¿Una ciudad con forma de una naranja? ¡No, entraré en la ciudad con forma de cerdo y prosperaré, y comeré y engordaré, y tendré suerte y riquezas!".

El mandarín sollozó.

-¡Todo está perdido!. Estos símbolos y signos me aterrorizan. Vendrán días malos para nuestra ciudad.

-Entonces-dijo la hija-, llama a los mamposteros y los constructores de templos. Yo te hablaré desde detrás de la cortina de seda y tú sabrás que decirles.

El desesperado anciano golpeó las manos.

-¡Oh mamposteros! ¡Oh, constructores de ciudades y palacios!

Los hombres que conocían el mármol y el granito, el ónix y el cuarzo llegaron rápidamente. El mandarín los miró intranquilo, atendiendo al susurro que debía llegar de la cortina de seda, detrás de su trono.

-Os he llamado...-dijo el susurro-.

-Os he llamado-dijo el mandarín-, porque nuestra ciudad tiene forma de una naranja, y la vil ciudad de Kwan-Si tiene ahora la forma de un cerdo voraz.

Los mamposteros gimieron y lloraron. La muerte hizo sonar su bastón en el patio del palacio. La pobreza tosió en las sombras de la antesala.

-Y por lo tanto-dijo el susurro, dijo el mandarín-, vosotros, constructores de murallas, ¡traeréis herramientas y piedras y cambiareis la forma de nuestra ciudad!

Los arquitectos y albañiles abrieron la boca. El mandarín mismo abrió la boca ante lo que había dicho. El susurro susurró. El mandarín siguió diciendo:

-¡Y daréis a las murallas la forma de un garrote que golpeará al cerdo y lo hará huir!

Los mamposteros se incorporaron, gritando. Hasta el mandarín, deleitado ante las palabras que habían salido de su boca, aplaudió descendiendo del trono.

-¡De prisa!-gritó-¡A trabajar!

Cuando se fueron los hombres, sonrientes y animados, el mandarín se volvió cariñosamente hacia la cortina de seda.

-Hija-murmuró-, quiero abrazarte.

No hubo respuesta. El mandarín miró del otro lado de la cortina. Ella se había ido.

Cuánta modestia, pensó el mandarín. Se ha escapado dejándome con el triunfo, como si fuera mío.

Las nuevas corrieron por la ciudad, y todos aclamaron al mandarín. Se llevaron piedras a las murallas. Los fuegos artificiales se dejaron a un lado, y los demonios de la muerte y de la pobreza no se detuvieron allí, pues todos trabajaban juntos. Al terminar el mes, habían cambiado la muralla. Era ahora una gran clava para alejar cerdos, jabalíes y hasta leones. El mandarín dormía todas las noches como un zorro feliz.

-Me gustaría ver al mandarín de Kwan-Si cuando oiga las noticias. ¡Qué pandemonio y qué histeria! Querrá arrojarse de lo alto de una montaña. Un poco más de vino, oh hija que piensa como un hijo.

Pero la alegría es como una flor invernal, muere rápidamente. La misma tarde un mensajero entró corriendo en la sala de audiencias:

-¡Oh mandarín, enfermedades, penas, terremotos, plagas de langostas y pozos de agua envenenada!

El mandarín se estremeció.

La ciudad de Kwan-dijo el mensajero-, si tenia forma de cerdo y que hicimos retroceder transformando nuestras murallas en un poderoso garrote, ha cambiado nuestro triunfo en cenizas. ¡Han construido las murallas de la ciudad como una gran hoguera para quemar nuestro garrote!

El corazón del mandarín se encogió como un fruto otoñal en un viejo árbol.

-¡Oh dioses! Los viajeros nos despreciarán, los comerciantes, al leer los símbolos, darán la espalda al garrote, destruido tan fácilmente, e irán hacia el fuego, que todo lo conquista.

-No-dijo un suspiro como un copo de nieve detrás de la cortina de seda-.

-No-dijo el sorprendido mandarín-.

-Dile a los constructores-dijo el susurro que era como una gota de lluvia-que den a nuestras murallas la forma de un lago brillante.

El mandarín lo dijo en voz alta para gran alivio de su corazón.

-Y con ese lago-dijeron el susurro y el viejo-¡Apagaremos el fuego para siempre!

La alegría ilumino a la ciudad que había sido salvada otra vez por el magnífico Emperador de las Ideas. Corrieron a las murallas y las transformaron otra vez, cantando, no tan alto como antes, por supuesto, pues estaban cansados, y no tan rápidamente, pues como habían tardado un mes en modificar la muralla anterior, habían tenido que abandonar los negocios y las cosechas y estaban un poco mas débiles y eran un poco más pobres.

Desde entonces los días se sucedieron horribles y maravillosos, encerrándose unos en otros como un nido de terribles cajas.

-Oh, emperador-gritó entonces el mensajero-¡Kwan-Si ha cambiado sus murallas, y son ahora una boca que se beberá nuestro lago!

-Entonces-dijo el Emperador de pie, muy cerca de la cortina de seda-, ¡que se transformen nuestros muros en una aguja que coserá esa boca!

-¡Emperador!-dijo el mensajero-¡Transformaron sus murallas en una espada para quebrar nuestra aguja!

El emperador se mantenía en pie agarrándose desesperadamente a la cortina de seda.

-¡Entonces cambiad las piedras, que se transformen en una vaina para guardar la espada!

-¡Misericordia!-lloró el mensajero a la mañana siguiente-Trabajaron toda la noche y transformaron la muralla en un rayo que destruirá la vaina.

La enfermedad se extendió por la ciudad como una jauría de perros salvajes. Las tiendas se cerraron. La población, que había trabajado durante meses interminables cambiando las murallas, se parecía a la muerte misma, entrechocando los blancos huesos como instrumentos musicales en el viento. Empezaron a aparecer funerales en las calles, aunque era pleno verano, y tiempo de cosechar y recoger. El mandarín calló tan enfermo que tuvo que instalar la cama junto a la cortina de seda, y allí estaba, impartiendo miserablemente sus ordenes arquitectónicas. La voz de detrás de la cortina era débil también ahora, y lánguida, como el viento en los aleros.

-Kwan-Si es un águila. Nuestras murallas serán un nido para esa águila. Kwan-Si es un sol que quemará el nido. Construyan una luna para eclipsar el sol.

Como una máquina enmohecida la ciudad empezó a detenerse.

Al fin el susurro tras la cortina rogó:

-En nombre de los dioses.¡Llamar a Kwan-Si!

El último día de verano cuatro hombres hambrientos llevaron al mandarín Kwan-Si, pálido y enfermo, a nuestra ciudad. Otros hombres sostuvieron a los dos mandarines, que se miraron débilmente. Sus alientos aleteaban en sus bocas como vientos invernales. Una voz dijo:

-Terminemos esto.

El viejo asintió.

-Esto no puede seguir-dijo la débil voz-. Nuestra gente no hace otra cosa que cambiar la forma de nuestras ciudades todos los días, todas las horas. No les queda tiempo para cazar, pescar, amar, reverenciar a sus antepasados y los hijos de sus antepasados.

-Así es-dijeron los mandarines de las ciudades de la Jaula, la Luna, la Lanza, el Fuego, la Espada y esto, aquello, y otras cosas.

-Llevadnos a la luz del sol-dijo la voz-.

Transportaron a los viejos bajo el sol y sobre una pequeña loma. Unos pocos niños flacos remontaban cometas en la brisa de los últimos días de verano, cometas del color del sol, las ranas y las hierbas, el color del mar y el color de las monedas y el trigo.

La hija del primer mandarín estaba junto a la cama de su padre.

-Mirad-dijo-.

-No hay más que cometas-dijeron los dos viejos-.

-Pero que es una cometa en el suelo-dijo ella-, nada. ¿Qué necesita para sostenerse y ser hermosa y verdaderamente espiritual?

-¡El viento, por supuesto!-dijeron los otros-.

-¿Y que necesitan el cielo y el viento para ser hermosos?

-Una cometa, por supuesto..., muchas cometas para quebrar la monotonía, la uniformidad del cielo.¡Cometas de colores, que vuelen!.

-Sí-dijo la hija del mandarín-. Tú, Kwan-Si, cambiarás por última vez tu ciudad para que parezca nada más ni menos que el viento. Y nosotros tomaremos la forma de una cometa dorada. El viento hará hermosa a la cometa y la llevará a maravillosas alturas. Y la cometa quebrará la uniformidad de la existencia del viento y le dará sentido. Uno no es nada sin el otro. Juntos todo es cooperación y una larga y prolongada vida.

Los dos mandarines se sintieron tan contentos que comieron por primera vez después de muchos días. Recobraron las fuerzas, se abrazaron y se elogiaron uno a otro, llamando a la hija del mandarín un muchacho, un hombre, una columna de piedra, un guerrero y un verdadero e inolvidable hijo. Casi inmediatamente se separaron a sus ciudades llamando y cantando, débiles pero felices.

Pasó el tiempo y las ciudades se llamaron Ciudad de la Cometa Dorada y la Ciudad del Viento Plateado. Y se cosecharon las cosechas y se atendieron otra vez los negocios, y todos engordaron, y la enfermedad huyó como un jacal asustado. Y todas las noches del año, los habitantes de la Ciudad de la Cometa podían oír el buen viento que los mantenía en el aire. Y los de la Ciudad del Viento podían oír como la cometa cantaba, susurraba, se elevaba y los embellecía.

Así sea.-dijo el mandarín junto a la cortina de seda-.





en Las doradas manzanas del sol, 1953.





A un niño que fue y sigue aullando las noches.













miércoles, junio 27, 2007

“Sor Eugenia Evangelista”, de Ricardo Palma (recopilador)

Crónica histórica



A principios de 1737, Pedro de Zubieta, canónigo de la Catedral de Lima, de cincuenta y tres años, volcánico indagador de faltas ajenas, admitió de que siendo cura de la doctrina de Chiquén, había comenzado a confesar a Lorenza de Fuentes, joven y bellísima monja del monasterio de La Concepción, ministerio en que se había ocupado durante cuatro o cinco meses, oyéndola cada quince días y a veces cada ocho. Que habiendo tenido que ausentarse, le escribió algunas cartas, y a su regreso: “había tenido con ella largas conversaciones amorosas y deshonestas en el confesionario; y que no contento con esto, de común acuerdo, habían abandonado la garita y seguido sus charlas mordaces en el locutorio”.

Inculpó también al canónigo sor Eugenia Evangelista, preciosa monjita del monasterio del Prado, de veintitrés años, expresando que hacía diez que se confesaba con él, habiéndose poco a poco apartado del buen camino hasta cogerle las manos y en seguida echarle los brazos con alguna impureza. Otras veces, “después de celebrarle sus partes exteriores que veía y sabía de mí”, dice la monja, “pasaba a celebrarme las interiores que suponía de mi cuerpo”. Preguntóle entonces el delegado del Tribunal a qué partes interiores se refería, según sus palabras, el confesor “que de las partes verendas que suponía en la denunciante y también de las demás ocultas”. Añade que solía en el confesionario leerle algunos versos que le dedicaba, “y en el mismo lugar”, concluye sor Eugenia, “sabiendo que me pretendía un sujeto para pecar, preguntóme el nombre, y diciéndole yo para qué quería enterarse, me contestó que deseaba conocer las superfluidades que nacen en las partes materiales, y para este fin me trajo una. Celebraba las prendas que suponía haber en mí como muy aptas y a propósito para el acto carnal. Me ha referido en dicho lugar varios modos de pecar sensualmente”.

La confesión era como un desnudamiento de la mujer. El sacerdote, con sus palabras obscenas y sugerentes, obligaba a la devota a representarse la parte del cuerpo o el acto a que las mismas corresponden y él hacía ver que se las representaba ya. No puede dudarse que el placer de contemplar lo sexual sin velo alguno es el motivo originario de estas insinuaciones. Como en otros casos, también aquí la visión ha sustituido al tacto.

El sacerdote, a pesar de su ponderada castidad, conserva una gran parte de esta tendencia como elemento constitutivo de lubricidad, puesto al servicio de la preparación del acto sexual. Cuando esta tendencia se manifestaba ante la proximidad femenina, el vividor se servía de la expresión verbal, para darse a conocer a la mujer, y, por ser la expresión oral lo que despertando en aquélla la representación imaginativa, puede hacer surgir en ella la excitación correspondiente y provocar la tendencia recíproca a la exhibición pasiva. Allí donde el beneplácito de la beata aparece rápidamente, el discurso obsceno muere en seguida, pues cede el puesto, inmediatamente, al acto sexual. No así cuando no puede contarse con el pronto asentimiento de la devota y aparecen, en cambio, intensas reacciones defensivas como las que opuso sor Eugenia Evangelista.

En 1737 fueron denunciados otros “elegidos de Dios”: fray Pedro de Aranda, franciscano, cura de la Magdalena, por ser demasiado inclinado a piropear, besar y abrazar a sus penitentes; fray Fernando López de la Flor, franciscano, y el licenciado Clemente de Paz, presbítero, natural de Canarias, género del mismo paño, compulsado por pelar la pava durante el sacramento de la confesión.








en Tradiciones Peruanas, tomo I, 1953