domingo, diciembre 16, 2007

"Variaciones del árbol", de José Lezama Lima

II



(Destrucción de la imagen del árbol por la noche)

La caída del árbol le distingue.
Lento, si asciende, su atracción no crece.
Sólo es el árbol, quedando empieza
a destruir su espacio; quemándose, retorna.

Ya en los ojos la imagen bien hilada,
las ramas vacilan en su incendio.
Y los ojos, las piedras, sus hojas abren
al nuevo siglo, que en mi sangre cruje.

Quedaba un árbol, su imagen y la noche.
Inmóvil fiera, pegada y voluntaria,
escarba con sus uñas, destruye con su aliento.

La noche se trenza con el árbol.
Duramente incorpora su espacio sobre el móvil
río que la destruye caminando.



sábado, diciembre 15, 2007

Tres poemas de Pedro Shimose






La Esfera y el Río


Se engaña y engañándose te engaña
sin querer. No ve más que el dolor lento
de las cosas. Ignora el movimiento
de la luz. El ve sólo la montaña.

Es su realidad una maraña
de símbolos, un puro sentimiento
o un sueño donde el sueño es pensamiento,
cristal de tiempo que la sangre empaña.

Ojo burlado y burlador, tu instante,
tu fragmento de certidumbre inerte
no ve sino diamante en el diamante.

Tú sabes lo que sabes al no verte
e ignoras lo que ignora el nigromante,
lo que ignora la vida de la muerte.



Mecánica de los Cuerpos


Acaricio tus formas
suaves
como dunas
que no hay;
beso tus pezones
                                enhiestos y rosados
como un amanecer.
Tu cuerpo, emblema
crepitante;
                        mi alma
                                        tiembla
al puro estado de belleza.
                                                Tus ojos.
Reposa en ti el impulso
de una corriente
                                azul. Desciende
a mí
tu voz.

La armonía
conquista los espacios
                                    del tiempo
                                                inasequible.



Dilución del Puñal


Desciende
soñándose
perverso,

rasga el aire,
se desliza,
corta el
agua y
cae,

contempla
su caída,
inventa
animalitos
de ternura,

recuerda
ríos de amor
bajo la noche
poblada de
leones,

brilla
en el papel
de estaño,

envuelve
lunas, se
hunde en
el espejo;

al otro
lado del
cristal

gira,
lenta,
su muer
te.

La san
gre se
diluye
en el
pai
sa
j
e










viernes, diciembre 14, 2007

“Los bebedores de sangre”, de Horacio Quiroga





C
hiquitos:

¿Han puesto ustedes el oído contra el lomo de un gato cuando runru­nea? Háganlo con Tutankamón, el gato del almacenero. Y después de ha­berlo hecho, tendrán una idea clara del ronquido de un tigre cuando anda al trote por el monte en son de caza.

Este ronquido, que no tiene nada de agradable cuando uno está solo en el bosque, me perseguía desde hacía una semana. Comenzaba al caer la no­che, y hasta la madrugada el monte entero vibraba de rugidos. ¿De dónde podía haber salido tanto tigre? La selva parecía haber per­dido todos sus bichos, como si todos hubieran ido a ahogarse en el río. No había más que tigres: no se oía otra cosa que el ronquido profundo e incan­sable del tigre hambriento, cuando trota con el hocico a ras de tierra para percibir el tufo de los animales.

Así estábamos hacía una semana, cuando de pronto los tigres de­saparecieron. No se oyó un solo bramido más. En cambio, en el monte volvieron a resonar el balido del ciervo, el chillido del agutí, el silbido del tapir, todos los ruidos y aullidos de la selva. ¿Qué había pasado otra vez? Los tigres no desaparecen porque sí, no hay fiera capaz de hacer­los huir.

¡Ah, chiquitos! Esto creía yo. Pero cuando después de un día de mar­cha llegaba yo a las márgenes del río Iguazú (veinte leguas arriba de las cataratas), me encontré con dos cazadores que me sacaron de mi ignorancia. De cómo y por qué había habido en esos días tanto tigre, no me supieron decir una palabra. Pero en cambio me aseguraron que la causa de su brusca fuga se debía a la aparición de un puma. El tigre, a quien se cree rey incon­testable de la selva, tiene terror pánico a un gato cobardón como el puma.

¿Han visto, chiquitos míos, cosa más rara? Cuando le llamo gato al puma, me refiero a su cara de gato, nada más. Pero es un gatazo de un me­tro de largo, sin contar la cola, y tan fuerte como el tigre mismo.

Pues bien. Esa misma mañana, los dos cazadores habían hallado cua­tro cabras, de las doce que tenían, muertas a la entrada del monte. No es­taban despedazadas en lo más mínimo. Pero a ninguna de ellas les queda­ba una gota de sangre en las venas. En el cuello, por debajo de los pelos manchados, tenían todas cuatro agujeros, y no muy grandes tampoco. Por allí, con los colmillos prendidos a las venas, el puma había vaciado a sus víctimas, sorbiéndoles toda la sangre. Yo vi las cabras al pasar, y les aseguro, chiquitos, que me encendí tam­bién en ira al ver las cuatro pobres cabras sacrificadas por la bestia sedien­ta de sangre. El puma, del mismo modo que el hurón, deja de lado cual­quier manjar por la sangre tibia. En las estancias de Río Negro y Chubut, los pumas causan tremendos estragos en las majadas de ovejas.

Las ovejas, ustedes lo saben ya, son los seres más estúpidos de la crea­ción. Cuando olfatean a un puma, no hacen otra cosa que mirarse unas a otras y comienzan a estornudar. A ninguna se le ocurre huir. Sólo saben es­tornudar, y estornudan hasta que el puma salta sobre ellas. En pocos mo­mentos, van quedando tendidas de costado, vaciadas de toda su sangre. Una muerte así debe ser atroz, chiquitos, aun para ovejas resfriadas de miedo. Pero en su propia furia sanguinaria, la fiera tiene su castigo. ¿Saben lo que pasa? Que el puma, con el vientre hinchado y tirante de sangre, cae rendido por invencible sueño. Él, que entierra siempre los restos de sus víc­timas y huye a esconderse durante el día, no tiene entonces fuerzas para moverse. Cae mareado de sangre en el sitio mismo de la hecatombe. Y los pastores encuentran en la madrugada a la fiera con el hocico rojo de san­gre, fulminada de sueño entre sus víctimas. ¡Ah, chiquitos! Nosotros no tuvimos esa suerte. Seguramente cuatro cabras no eran suficientes para saciar la sed de nuestro puma. Había huido después de su hazaña, y forzoso nos era rastrearlo con los perros.

En efecto, apenas habíamos andado una hora cuando los perros eriza­ron de pronto el lomo, alzaron la nariz a los cuatro vientos y lanzaron un corto aullido de caza: habían rastreado al puma. Paso por encima, hijos míos, la corrida que dimos tras la fiera. Otra vez les voy a contar con detalles una corrida de caza en el monte. Básteles saber por hoy que a las cinco horas de ladridos, gritos y carreras desesperadas a través del bosque quebrando las enredaderas con la frente, llegamos al pie de un árbol, cuyo tronco los perros asaltaban a brincos, entre deses­perados ladridos. Allá arriba del árbol, agazapado como un gato, estaba el puma siguiendo las evoluciones de los perros con tremenda inquietud.

Nuestra cacería, puede decirse, estaba terminada. Mientras los perros "torearan" a la fiera, ésta no se movería de su árbol. Así proceden el gato montés y el tigre. Acuérdense, chiquitos, de estas palabras para cuando sean grandes y cacen: tigre que trepa a un árbol, es tigre que tiene miedo. Yo hice correr una bala en la recámara del winchester, para enviarla al puma entre los dos ojos, cuando uno de los cazadores me puso la mano en el hombro diciéndome: No le tire, patrón. Ese bicho no vale una bala siquiera. Vamos a darle una soba como no la llevó nunca.

¿Qué les parece, chiquitos? ¿Una soba a una fiera tan grande y fuerte como el tigre? Yo nunca había visto sobar a nadie y quería verlo.

¡Y lo vimos, por Dios bendito! El cazador cortó varias gruesas ramas en trozos de medio metro de largo y como quien tira piedras con todas sus fuerzas, fue lanzándolos uno tras otro contra el puma. El primer palo pasó zumbando sobre la cabeza del animal, que aplastó las orejas y maulló sor­damente. El segundo garrote pasó a la izquierda, lejos. El tercero, le rozó la punta de la cola, y el cuarto, zumbando como piedra escapada de una hon­da, fue a dar contra la cabeza de la fiera, con fuerza tal que el puma se tam­baleó sobre la rama y se desplomó al suelo entre los perros.

Y entonces, chiquitos míos, comenzó la soba más portentosa que ha­ya recibido bebedor alguno de sangre. Al sentir las mordeduras de los pe­rros, el puma quiso huir de un brinco. Pero el cazador, rápido como un ra­yo, lo detuvo de la cola. Y enroscándosela en la mano como una lonja de rebenque comenzó a descargar una lluvia de garrotazos sobre el puma. ¡Pero qué soba, queridos míos! Aunque yo sabía que el puma es co­bardón, nunca creí que lo fuera tanto. Y nunca creí tampoco que un hom­bre fuera guapo hasta el punto de tratar a una fiera como a un gato, y zu­rrarle la badana a palo limpio.

De repente, uno de los garrotazos alcanzó al puma en la base de la na­riz, y el animal cayó de lomo, estirando convulsivamente las patas traseras. Aunque herida de muerte, la fiera roncaba aún entre los colmillos de los perros, que lo tironeaban de todos lados. Por fin, concluí con aquel feo es­pectáculo descargando el winchester en el oído del animal.

Triste cosa es, chiquillos, ver morir boqueando a un animal, por fiera que sea, pero el hombre lleva muy hondo en la sangre el instinto de la ca­za, y es su misma sangre la que lo defiende del asalto de los pumas, que quieren sorbérsela.








miércoles, diciembre 12, 2007

“Máximas y pensamientos”, de Chamfort (1741-1794)






- E
l mundo físico parece la obra de un ser pode­roso y bueno que se vio obligado a abandonar la ejecución de una parte de su plan a un ser malig­no. Pero el mundo moral parece ser el producto de los caprichos de un diablo que se volvió loco.


- Los azotes físicos y las calamidades de la natu­raleza humana hicieron necesario el gobierno, y el gobierno se agregó a los desastres de la naturaleza. Los inconvenientes de la sociedad hicieron nece­sario el gobierno, y el gobierno se agregó a los de­sastres de la sociedad. Esta es la historia de la naturaleza humana.


- Hace siglos que la opinión pública es la más malvada de las opiniones.


- La esperanza no es más que un charlatán que nos engaña incesantemente. Para mí, la felicidad sólo comienza una vez que se la ha perdido. Yo pondría con mucho gusto sobre la puerta del Pa­raíso el verso que el Dante puso sobre la del In­fierno: Lasciate ogni Speranza, voi ch'entrate.


- Para tener una idea justa de las cosas, hace falta dar a las palabras una significación opuesta a aque­lla que les da el mundo. Misantropía, por ejemplo, quiere decir filantropía; mal francés quiere decir buen ciudadano, que denuncia ciertos abusos mons­truosos; filósofo, hombre simple, que sabe que dos y dos son cuatro, etcétera.


- El matrimonio y el celibato tienen sus inconve­nientes. Es conveniente preferir a aquel cuyos in­convenientes no son irremediables.


- El amor gusta más que el matrimonio, por la misma razón que hace que las novelas sean más entretenidas que la historia.


- Cuando se considera que el producto del tra­bajo y de la inteligencia de treinta o cuarenta siglos ha servido para entregar trescientos millones de hombres repartidos sobre el planeta a una treintena de déspotas, en su mayoría ignorantes e imbéciles, cada uno de ellos gobernado por tres o cuatro per­vertidos, algunas veces estúpidos, ,qué pensar de la humanidad, y qué esperar de ella para el por­venir?


- Los reyes y los sacerdotes han proscrito la doc­trina del suicidio, tratando de asegurar la duración de nuestra esclavitud. Nos quieren tener encerra­dos en una cárcel sin salida. Como ese malvado, en el Dante, que hace amurallar la puerta de la prisión que encierra al infeliz Ugolin.









martes, diciembre 11, 2007

"Casa tomada", de Julio Cortázar





Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

- ¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.




En Bestiario, 1951 .






lunes, diciembre 10, 2007

"Prefacio a la primera edición de Iluminaciones", de Paul Verlaine





Este libro que ofrecemos al público fue escrito de 1873 a 1875, en viajes tanto por Bélgica como por Inglaterra y toda Alemania.

La palabra Illuminations es inglesa, y quiere decir grabados en color -coloured plates; y tal es el subtítulo que el señor Rimbaud había puesto al manuscrito.

Este se compone, como puede verse, de composiciones cortas, prosa exquisita o versos falsos adrede. Idea principal no tiene, o por lo menos, no se la encontramos. Alegría evidente de ser un gran poeta, paisajes de cuentos de hadas, adorables amores esbozados y la más alta ambición (conseguida) de estilo: tal es el resumen que creemos poder dar de la presente obra. Quizá no resulten muy bien unas breves notas biográficas.

Arthur Rimbaud pertenece a una familia de la buena burguesía de Charleville (Ardenas), lugar donde hizo estudios excelentes, pero un tanto indómitos. A los dieciséis años, ya había escrito los versos más hermosos del mundo, de los cuales no hace mucho di yo un extracto en un libelo titulado Los poetas malditos. Debe tener ahora treinta y siete años y viajar por Asia, donde se ocupa de trabajos de arte. ¡Diríase el Fausto del Segundo Fausto, ingeniero genial después de haber sido el inmenso poeta vivo de Mefistófeles y dueño de la blonda Margarita!

Se ha dicho varias veces que había muerto. De ello no sabemos detalle, pero si fuera cierto nos apenaría mucho. ¡Que lo sepa, caso de que no le pase nada! Yo fui su amigo, y desde lejos, sigo siéndolo.

En un cuadro muy bello de Fantin-Latour, titulado Ángulo de mesa, que creo que actualmente está en Manchester, existe un retrato de busto de Rimbaud a los dieciséis años.

Las Iluminaciones son algo posteriores a esa época.








1886







domingo, diciembre 09, 2007

"In memoriam", de Eduardo Molina Ventura





Al poeta Rosamel del Valle



No olvides a los muertos que jamás olvidan
y son tu sombra viva
Todo cuanto le des te lo agradecen y devuelven
ellos    los delicados    los generosos muertos
Dales una sonrisa    una simple mirada
y ellos te darán un cerezo florido    una pradera de nieve
Dale al muerto una rosa    una sola rosa
húmeda aún del temblor de tu corazón
y él te la devolverá
pero rodeada de un tiempo puro
de un espacio sin mácula
Dale al muerto un guijarro    uno solo
y él te devolverá el interior de una montaña




en Eduardo Molina, un poeta mítico, o mejor llamado Del otro lado del espejo (Poemas de los cuadernos del poeta Eduardo Molina Ventura), 1996.


Contribución a Dscntxt de Carmen Contreras





sábado, diciembre 08, 2007

“Las ruinas circulares”, de Jorge Luis Borges






And if he left off dreaming about you...

Through the Looking-Glass, VI




Nadie lo vio desembarcar en la anónima noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los labradores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatrocircular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatía contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa que componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor vivencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorceava rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo, era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las Criaturas excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviara al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.

El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Intimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: «Ahora estaré con mi hijo». O, más raramente: «El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy».

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer. Tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanquean río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.

Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre, ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña en mil y una noches secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Estos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.









viernes, diciembre 07, 2007

"La utilidad de los grandes hombres", de Ralph Waldo Emerson

Extractos




Es natural creer en los grandes hombres. No nos sorprendería que los compañeros de nuestra infancia se convirtiesen en héroes o fueses como reyes. Toda mitología se inicia con semidioses, y el ambiente es sublime y poético; es decir, que su genio es lo principal. En las leyendas de Gautama los hombres primitivos comen tierra y la encuentran deliciosamente sabrosa.

La naturaleza parece existir para los excelentes. El mundo se sostiene por la veracidad de los hombres buenos: ellos hacen saludable la tierra.
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La investigación de todo lo que se refiere al gran hombre constituyen el sueño de la juventud y la ocupación más sería del adulto. Viajamos por países extraños para encontrar sus obras y, si es posible, para echar una mirada a sus personas, pero a veces desaprovechamos esa suerte. Se dice que los ingleses son prácticos, que los alemanes son hospitalarios, que el clima de Valencia es delicioso y que en las colinas del Sacramento se puede recoger oro. Sí, pero yo no viajo para encontrar gente cómoda, rica y hospitalaria, o un cielo claro, o lingotes que cuestan demasiado. Mas si existiese alguna aguja magnética que señalase los países y las viviendas en que residen las personas que son intrínsecamente ricas y poderosas, lo vendería todo y compraría esa aguja magnética y hoy mismo me pondría en camino.

La raza se beneficia con su fama. El conocimiento de que en la ciudad vive un hombre que inventó el ferrocarril eleva la reputación de todos los ciudadanos. Pero las poblaciones enormes, si están compuestas de mendigos, son repugnantes, como el queso lleno de gusanos, como un hormiguero, como un montón de pulgas.

Nuestra religión consiste en amar y apreciar a esos patronos. Los dioses de la fábula son los momentos brillantes de los grandes hombres. Fundimos todos nuestros vasos en un solo molde. Nuestras teologías colosales del Judaísmo, el Cristianismo, el Budismo, el Mahometanismo son la acción necesaria y estructural de la mente humana. El estudiante de historia es como un hombre que entra en un almacén para comprar paños o tapices. Se imagina que ha conseguido un nuevo artículo. Si va a la factoría descubrirá que su nueva mercadería reproduce las cintas y las rosetas que se han encontrado dentro de los muros de las pirámides de Tebas. Nuestro teísmo es la purificación de la meta humana. El hombre no puede pintar, no hacer, ni pensar más que al hombre. Cree que los grandes elementos materiales se originan en su pensamiento.
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El hombre es esa noble planta endógena que crece, como la palmera, de dentro afuera. Puede desarrollar con celeridad y sin esfuerzo su propio espíritu, aunque sea imposible para otros. Le es fácil al azúcar ser dulce y al salitre ser salado. Nos tomamos un gran trabajo en acechar y atrapar aquello que debe caer por sí mismo en nuestras manos. Considero como un gran hombre al que vive en una esfera más alta del pensamiento, a la cual los otros hombres se elevan con trabajo y dificultad; no tiene más que abrir sus ojos para ver las cosas a la luz verdadera y en amplias relaciones, mientras que los demás hombres deben hacer penosas correcciones y mantener un ojo vigilante sobre las numerosas fuentes de error. El servicio que nos presta es de esa clase. A una persona hermosa no le cuesta esfuerzo alguno grabar su imagen en nuestros ojos, y, no obstante, ¡cuan espléndido es el beneficio que nos produce! A un espíritu prudente no le cuesta más transmitir esa cualidad a los demás hombres. Y todos pueden hacer con más facilidad aquello para lo que están mejor dotados. Peu de moyens, beaucoup d'effet. Es grande aquel que es lo que es por naturaleza y que nunca nos recuerda a otros.
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Un hombre responde a alguna pregunta que no ha hecho ninguno de sus contemporáneos, y queda aislado. Las religiones y filosofía presentes y pasadas responden a preguntas muy distintas. Ciertos hombres nos impresionan como ricas posibilidades, pero son inútiles para sí mismas y para su época, fruto quizá de algún instinto que prevalece en el ambiente; no responden a nuestra necesidad. Pero los grandes están más cerca de nosotros; los conocemos a simple vista. Satisfacen la expectación y aparecen a su debido tiempo. Lo bueno es eficaz, fecundo: se abre por sí mismo su lugar y encuentra alimento y aliados. Una manzana sana produce semilla, pero una híbrida no la produce. Cuando un hombre ocupa su lugar es constructivo, fértil, magnético, inunda a las muchedumbres con su voluntad, que de este modo se cumple. Así como el río forma sus propias orillas, así también cada idea legítima forma sus propias canales y encuentra cosechas para alimentarse, instituciones para expresarse, armas para luchar con ellas y discípulos que la siguen. El artista verdadero tiene como pedestal al planeta; el aventurero, tras años de lucha, no tiene más que la tierra que pisa con sus zapatos.
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El hombre es endógeno y se desarrolla por medio de la educación. La ayuda que obtenemos de los demás es mecánica si se compara con lo que la naturaleza descubre en nosotros mismos. Lo que aprendemos de este modo es estimular al placer de la acción y su efecto es permanente. La verdadera ética es central y va del alma al exterior. La dádiva es contraria a la ley del universo. Servir a los demás es servirnos a nosotros mismos. Debo justificarme a mí mismo. “Acuérdate de ti mismo -dice el espíritu-. Fatuo: ¿por qué te preocupas de los cielos o de los demás hombres?” Queda por explicar la audaz indirecta. Los hombres poseen una cualidad pictórica y representativa y nos ayudan con el intelecto. Behmen y Swendeborg observaron que las cosas son representativas. También los hombres son representativos: primero de cosas y después de ideas.
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Un hombre es un centro para la naturaleza, que sirve para relacionar todo lo existente, fluido y sólido, material y elemental. La Tierra gira y llega un momento en que todas las nubes y todas las piedras coinciden con el meridiano; del mismo modo, todo órgano, toda función, todo ácido, todo cristal, todo grano de polvo se relaciona con el cerebro. Tiene que esperar mucho tiempo, pero le llega su turno. Cada planta tiene su parásito y cada criatura su amante y su poeta.
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Cada cosa material tiene su lado celestial: se traslada, a través de la humanidad, a la esfera espiritual y necesaria donde desempeña un papel tan indestructible como cualquier otro. Y todas las cosas ascienden continuamente a ellos, sus fines propios.
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Las cualidades del hombre determinan el curso de su vida y él puede hacer públicas de diversos modos sus virtudes, porque está distinguido por ellas. El hombre, hecho de polvo del mundo, no olvida su origen, y todo lo que es todavía inanimado hablará y razonará algún día. La naturaleza inédita publicará todo su secreto.
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Así que nos sentamos junto al fuego y nos apoderamos de los polos de la Tierra. Esta cuasi omnipresencia suple la imbecilidad de nuestra condición. En uno de esos días celestiales en que el cielo y la tierra se encuentran y se hermosean mutuamente, se siente una pobreza al no poder disfrutar más que una vez ese espectáculo; quisiéramos tener mil cabezas, un millar de cuerpos para poder celebrar su inmensa belleza de muchas maneras y en muchos lugares. ¿Es esto una fantasía? Pues bien, si hablamos de buena fe diremos que en realidad nos hallamos multiplicados por nuestros semejantes. ¡Con qué facilidad adoptamos sus actividades! Todo navío que llega a América sigue la ruta abierta por Colón. Toda novela es deudora de Homero. Todo carpintero que cepilla con su garlopa lo debe al genio de su inventor olvidado. La vida está coronada por un zodiaco de ciencias, tributos de los hombres que se sacrificaron por añadir sus rayos de luz a nuestro cielo. El ingeniero, el comerciante, el jurista, el médico, el moralista, el teólogo, todo hombre de ciencia es un defensor y un cartógrafo de las latitudes y longitudes de nuestro mundo. Esos constructores de comunicaciones nos enriquecen. Gracias a ellos podemos extender el aérea de nuestra vida y multiplicar nuestra relaciones. Ganamos tanto al adquirir una nueva propiedad en la tierra vieja como al adquirir un nuevo planeta.
...
...aprendemos a elegir a los hombres por sus características más verdaderas; aprendemos, como decía Platón, "a escoger a aquellos que pueden, sin ayuda de los ojos ni de ningún otro sentido, avanzar hacia la verdad y el ser". En primera línea entre esas actividades se hallan los asaltos mortales, los hechizos y las resurrecciones forjados por la imaginación. Cuando ésta se despierta se diría que el hombre multiplica su fuerza. Nos ofrece la sensación deliciosa de las magnitudes indeterminadas y nos inspira el hábito de pensar con audacia. Somos tan elásticos como el gas de la pólvora, y una frase de un libro o una palabra deslizada en la conversación dejan en libertad a nuestra fantasía y al instante nuestras cabezas se bañan en vías lácteas y nuestros pies se hunden en el abismo. Y este beneficio es real, porque tenemos derecho a esas liberaciones y una vez que hayamos cruzado los límites nunca volveremos a ser los miserables pedantes que fuimos.

Las altas funciones de la inteligencia están tan ligadas entre sí que suele aparecer cierto poder imaginativo en todas las inteligencias eminentes, incluso en los aritméticos de primera clase, pero especialmente en los hombres meditativos que poseen un hábito de pensamiento intuitivo. Esta clase de hombre nos es útil, puesto que poseen la percepción de la identidad y la percepción de la reacción. Los ojos de Platón, de Shakespeare, de Goethe, nunca se cerraron a esas leyes, la percepción de ellas es una especie de medida de la mente. Las mentes pequeñas son pequeñas porque no pueden verlas.

Aun estos festines tienen sus empachos. Nuestra complacencia en la razón degenera en idolatría de su heraldo. Especialmente cuando una inteligencia de método poderoso instruye a los hombres encontramos ejemplo de tiranía. Tales son las influencias de Aristóteles, la astronomía de Ptolomeo, el crédito de Lutero, de Bacon y de Locke; y en la religión la historia de las jerarquías, de los santos y de las sectas que han tomado el nombre de sus fundadores. ¡Oh dolor, todo hombre es víctima de esos genios! La imbecilidad de los hombres invita constantemente a los abusos de poder. El talento vulgar se complace en deslumbrar y cegar al espectador. Pero el verdadero genio trata de defendernos de sí mismo. El verdadero genio no nos empobrece, sino que nos libera y nos proporciona nuevos sentidos. Si nuestra ciudad apareciera un hombre sabio crearía en aquellos que conversan con él una nueva conciencia de la riqueza, abriendo sus ojos a ventajas no percibidas; establecería un sentido de igualdad inmutable, tranquilizándonos con la seguridad de que no podemos ser engañados, y cada uno podría discernir los límites y las garantías de su condición. El rico se daría cuenta de sus errores y de su pobreza y el pobre de sus remedios y de sus recursos.

Pero la naturaleza produce todo eso a su debido tiempo. Su remedio es la rotación. ...Somos tendencias o más bien síntomas y ninguno de nosotros es completo. Tocamos la superficie y pasamos de largo y sorbemos la espuma de muchas vidas. La rotación es la ley de la naturaleza. Cuando la naturaleza suprime a un gran hombre, la gente explora el horizonte en busca de un sucesor. Pero este no viene ni vendrá. Su clase se ha extinguido con él. El hombre esperado aparecerá en algún otro campo completamente distinto. Ya no será un Jefferson o un Franklin, sino un gran comerciante; luego un gran constructor de carreteras; después un especialista en peces; más tarde un explorador y cazador de búfalos o un general semisalvaje del Oeste. Casi nos defendemos contra los amos más duros; pero contra los mejores hay un remedio más excelente. El poder que comunican no les pertenece. Cuando nos sentimos exaltados por las ideas no se lo debemos a Platón, sino a las misma ideas, de las cuales también Platón era deudor.

No debo olvidar que tenemos una deuda especial con una clase única. La vida es una escala de grados. Entre fila y fila de nuestros grandes hombres hay amplios intervalos. En todas las épocas los hombres se han sometido a unas pocas personas que, ya sea por la calidad de la idea que encarnaban, ya por la amplitud de su receptividad, tenían un derecho a su puesto de guías y de legisladores. Ellos nos enseñan las cualidades de la naturaleza primaria, nos dan a conocer la constitución de las cosas. Nadamos diariamente en un río de ilusiones y nos divierten realmente los castillos en el aire que embaucan a los hombres que nos rodean, pero la vida es sinceridad. En los intervalos lúcidos decimos: “Déjame entrar en el mundo de las realidades; ya he hecho el tonto durante demasiado tiempo”. Queremos conocer el significado de nuestra economía y de nuestra política. Désenos la clave, y si las personas y las cosas son las partituras de una música celestial, déjesenos leer la melodía. Hemos sido engañados por nuestra razón; no obstante, ha habido hombres sanos que han gozado de una existencia rica y bien coordinada. Lo que saben, lo saben para nosotros. Cada nueva inteligencia recela un nuevo secreto de la naturaleza; esta Biblia no puede cerrarse hasta que nazca el último gran hombre. Estos hombres corrigen el delirio de los espíritus violentos, nos hacen considerados y nos inducen a nuevos ideales y a la conquista de nuevos poderes.





1850







jueves, diciembre 06, 2007

"Democracia", de Jean Arthur Rimbaud





"La bandera va al paisaje inmundo, y nuestra jerga
ahoga el tambor.

"En los centros alimentaremos la más cínica prostitución.
Masacraremos a los lógicos rebeldes.

"¡A los países de pimienta y humedad!
-al servicio de las más monstruosas explotaciones industriales
o militares.

"Hasta la vista, aquí, no importa dónde.
Reclutas de buena voluntad, nuestra filosofía será feroz;
ignorantes de la ciencia, hábiles para el confort;
que este mundo reviente.
Es la verdadera senda. ¡Adelante, en marcha!".





Versión de Cintio Vitier

Fotografía: Rimbaud en Harar, 1883









miércoles, diciembre 05, 2007

Carta de Una Madre de Plaza de Mayo

Carta de Enriqueta Maroni, madre de María Beatriz y Juan Patricio Maroni





Soy madre de cuatro hijos, dos de los cuales son detenidos desaparecidos. Pertenezco a la Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora.

A 22 años del golpe, sigue vigente el reclamo de verdad y justicia y se hace imprescindible la reivindicación del "detenido-desaparecido" ya que no se le dio derecho a defensa.

¿Qué significaron las desapariciones en el pasado y en el presente?

Se quiso instaurar un plan de horror junto a un plan económico de marginalidad creciente, castigando al que pensaba distinto, siendo las fuerzas de seguridad los "mesiánicos" que salvarían a la patria.

Aquí hubo un plan siniestro hecho por individuos que hicieron del secuestro, detención, tortura y luego desaparición un "modo de vida" durante varios años, los más oscuros de la historia argentina y una generación que se comprometió con la historia de su tiempo y de su pueblo.

La categoría del "detenido-desaparecido" sigue aún vigente y cobra toda su dimensión, cuando esa categoría, la personaliza, tiene nombre y apellido, no un N.N., y más aún ese nombre y apellido es el de tu hijo.

A nivel oficial nadie nos ha dicho que pasó con ellos, el ¿cómo, porqué, quien y cuándo?

El grave problema de los desaparecidos golpeó a la conciencia de toda la comunidad, los principales afectados son sin duda los familiares y entre ellos los hijos, hace 21 años niños y hoy adolescentes, jóvenes.

Nosotras las madres exigimos permanentemente verdad, justicia y castigo para todos los culpables.

Tenemos todo el derecho del mundo a saber que ha sido de nuestros seres queridos, desde ese mundo del silencio a la que los han condenado a "vivir", golpean a nuestra conciencia y les decimos que no claudicaron nuestros reclamos de justicia, nuestra búsqueda de verdad, nuestra memoria y nuestro amor por ellos.

Juan Patricio y Maria Beatriz, junto a su esposo, fueron secuestrados de sus respetivas casas, en horas de la madrugada por fuerzas de seguridad pertenecientes al 1er cuerpo de ejército al mando del general Suárez Mason. Supimos que estuvieron en el Club Atlético uno de los tantos centros clandestinos de detención.







martes, diciembre 04, 2007

Allende por Allende





P
ertenezco a una familia que ha estado en la vida pública por muchos años. Mi padre y mis tíos, por ejemplo, fueron militantes del Partido Radical, cuando éste era un partido de vanguardia. Este partido nació con las armas en la mano, luchando contra la reacción conservadora. Mi abuelo, el doctor Allende Padín, fue senador radical, vicepresidente del Senado y fundó en el siglo pasado la primera escuela laica en Chile. En aquella época fue, además, serenísimo gran maestro del orden masónico, lo que era más peligroso que hoy ser militante del Partido Comunista.

Bien pronto, pese a pertenecer a una familia de la mediana burguesía, dejé la provincia, Valparaíso, y vine a estudiar Medicina a Santiago. Los estudiantes de Medicina, en aquella época, se encontraban en las posiciones más avanzadas. Nos reuníamos para discutir los problemas sociales, para leer a Marx, Engels, los teóricos del marxismo. Yo no había frecuentado la Universidad buscando ansiosamente un título para ganarme la vida. Milité siempre en los sectores estudiantiles que luchaban por la reforma. Fui expulsado de la Universidad, arrestado y juzgado, antes de ser médico, por tres cortes marciales. Fui liberado, enviado al norte de Chile y después comencé en Valparaíso mi carrera profesional. Tuve muchas dificultades porque, aunque fui un buen estudiante y me gradué con una calificación alta, me presenté, por ejemplo, a cuatro concursos en los que era el único concursante y, sin embargo, los cargos quedaron vacantes. ¿Por qué? Por mi vida estudiantil.

En Valparaíso tuve que trabajar duramente, en el único puesto que pude desempeñar: asistente de Anatomía Patológica. Con estas manos he hecho mil quinientas autopsias. Sé qué quiere decir amar la vida y sé cuáles son las causas de la muerte.

Terminando mi trabajo de médico, me dedicaba a organizar el Partido Socialista. Yo soy el fundador del Partido Socialista de Valparaíso. Me enorgullece haber mantenido, desde cuando era estudiante hasta hoy, una línea, un compromiso, una coherencia. Un socialista no podía estar en otra barricada que en aquella en la que yo he estado toda mi vida. En verdad, tuve influencia en mi formación de un viejo zapatero anarquista que vivía frente a mi casa, cuando yo era estudiante secundario. Además me enseñó a jugar ajedrez. Cuando terminaba mis clases, atravesaba la calle e iba a conversar con él. Pero como era un hombre brillante, no sólo me planteaba sus puntos de vista sino que me aconsejó que leyera algunas cosas. Y empecé a hacerlo.

Cuando fui a la Universidad, ya había allí una inquietud mayor, y también en esa época los estudiantes de Medicina representábamos al sector menos pudiente, no como los abogados; los abogados, como estudiantes, formaban parte de la oligarquía. Además, yo iba de provincia y desde esa época empecé a ver la diferencia que existía en la Universidad y en la vida. Como médico, las cosas se me fueron haciendo mucho más claras. No soy un gran teórico marxista, pero creo en los fundamentos esenciales, en los pilares de esa doctrina, en el materialismo histórico, en la lucha de clases. Pienso que el marxismo no es una receta para hacer revoluciones; pienso que el marxismo es un método para interpretar la historia. Creo que los marxistas tienen que aplicar sus conceptos a la interpretación de su doctrina, a la realidad y conforme a la realidad de su país. Por ejemplo, yo era tan marxista como ahora en el año 1939, y fui, durante tres años, ministro de Salubridad de un gobierno popular. Soy fundador del Partido Socialista, que es un partido marxista, y llevo dos años en el gobierno. Pero ya lo he dicho: no soy presidente del Partido Socialista, ni mi gobierno es un gobierno marxista.

Yo he sido candidato cuatro veces: en el ‘51, para mostrar, para enseñar, para hacer comprender que existía un camino distinto de aquel que estaba establecido, incluso por el Partido Socialista, del cual yo a partir de ese momento fui expulsado por no haber aceptado esa línea. Expulsado del Partido Socialista entré en contacto con un Partido Comunista que estaba en la ilegalidad. Y así nació el embrión de aquello que es hoy la Unidad Popular: la alianza socialista- comunista. Un pequeño grupo socialista que yo representaba y los comunistas, que estaban en la ilegalidad. En el ‘51 recorrí todo Chile sin ninguna ilusión electoral, pero para decirle al pueblo que la gran posibilidad consistía en la unidad de los partidos de la clase obrera, incluso con partidos de la pequeña burguesía. La fuerza de esta idea, nacida en el ‘51, se manifestó de manera poderosa en el año ‘58. En el ‘58 yo perdí las elecciones por treinta mil votos. En el ‘64, hubiéramos vencido, si hubieran sido tres los candidatos, pero el candidato de la derecha, que era radical, prácticamente se retiró, y quedamos el señor Frei y yo. Y la derecha, apoyó a Frei.

Con esto quiero subrayar que por tantos años yo he tenido un diálogo constante y permanente con el pueblo a través de los partidos populares. Y en esta última campaña organizando los comités de la Unidad Popular en cada fábrica, en los cuarteles, en las calles, en todas partes habíamos formado comités, escuelas, liceos, industrias, hospitales. Éstos han sido los vehículos, los contactos, los tentáculos del pensamiento de la Unidad Popular con el pueblo.

Es por ello que, aunque los medios de información eran tan restringidos, pudimos alcanzar esta victoria de hoy. Se puede usar, aquí, una expresión no política, pero clara: la cosecha de la victoria es fruto de la siembra de muchos años. En el año 1958, el FRAP —que entonces se llamaba así: Frente de Acción Popular— venció en la votación masculina. Yo vencí en la votación masculina y perdí en la de las mujeres.

En 1964, no obstante que Frei fue apoyado por los sectores de la derecha, en el voto masculino quedamos en igualdad, Pero él me ganó, por un porcentaje muy elevado, entre las mujeres. Después de eso, en el ‘70, la verdad es que Alessandri y Tomic habían obtenido más votos que yo en proporción, en el sector femenino. Yo triunfé de lejos, entre los hombres.

Ahora, en el ‘58, las condiciones eran distintas. La Unidad Popular, en aquella época, era representada sobre todo por socialistas y comunistas. Y aun si hubiéramos ganado -gracias al voto masculino- la composición del Congreso era distinta de la actual. Los partidos Conservador, Liberal y Radical eran la mayoría. No había ninguna posibilidad, aun con el apoyo demócrata-cristiano, de que yo venciese al Congreso.

Todo, absolutamente todo, estaba dispuesto en Chile, de modo tal de asegurar la victoria de Alessandri. Además, existía una tradición según la cual el Congreso siempre ratificó a quien venciera en las elecciones. Cuán difícil era suponer que un Congreso en el cual no teníamos la mayoría, hubiera podido romper con esta tradición, para elegir -en el ’58- un candidato socialista apoyado exclusivamente por el Partido Comunista. Si nosotros hubiésemos lanzado al pueblo a la lucha, se habría desatado una represión violenta.

Aunque es cierto que el presidente Ibáñez personalmente expresó simpatía por mi candidatura, no intervino ni me apoyó decididamente. Ni yo le pedí eso. No había ninguna condición, ninguna posibilidad concreta. Ahora, sí creo que hemos demostrado conciencia política. Aquella misma noche yo les dije a los trabajadores que habíamos perdido una batalla, pero no la guerra. Y debíamos seguir preparándonos. Creo que este precedente, entre otros, es lo que ahora me permite tener autoridad moral. La gente sabe que soy un político realista y que, además, mantengo las promesas.

Hace más de treinta años, me correspondió participar en forma activa en la erección del Frente Popular, movimiento unitario de izquierda que, con el sacrificio de legítimas aspiraciones de los partidos de la clase obrera -como el Socialista-, hizo posible el triunfo del presidente Pedro Aguirre Cerda, en cuyo gobierno tuve el honor de ser ministro de Salubridad, como personero de mi colectividad.

En 1952, en momentos difíciles para la clase trabajadora y sus colectividades políticas, enfrenté la dura tarea de encabezar un movimiento de esclarecimiento ideológico, asumiendo su representación en una contienda sin posibilidad alguna de buen éxito electoral. En 1958 y en 1964, fortalecido ya el proceso iniciado en 1951, me correspondió personificar al Frente de Acción Popular en dos campañas presidenciales, que si bien no culminaron en la conquista del poder, contribuyeron de manera decidida a esclarecer y ampliar el proceso revolucionario. El esfuerzo para unificar los partidos populares tiene ahora importancia aún más relevante.

La Unidad Popular se plantea como la alternativa de un gobierno diferente; es la conquista del poder para el pueblo, precisamente después que el país ha experimentado el fracaso del reformismo demócrata-cristiano y cuando aún están a la vista los resultados del anterior régimen, inspirados ambos en el capitalismo tradicional.

El panorama internacional nos señala la urgencia de enfrentar la intromisión imperialista, cada día más insolente y traducida en el fortalecimiento de las fuerzas represivas y contrarrevolucionarias y de la que es gráfica demostración el informe del gobernador Rockefeller.

Bolívar decía: “Los Estados Unidos quieren sujetarnos en la miseria en nombre de la libertad”. Y Martí ha dicho frases mucho más duras. No quiero repetirlas, porque en realidad yo distingo entre el pueblo norteamericano y sus pensadores y la actitud a veces transitoria de algunos de sus gobernantes y la política del Departamento de Estado y los intereses privados que han contado con apoyo norteamericano.

En realidad, la Doctrina Monroe consagró un principio: “América para los americanos“. Pero éste no ha sido efectivamente observado, porque en América del Norte hay un desarrollo económico que no hay en Centro y Sudamérica. El problema no ha sido resuelto sobre base de igualdad de intereses. Defender el principio de “América para los americanos” a través de su Doctrina Monroe ha querido decir siempre “América para los norteamericanos”. Conocemos bien el drama de América del Sur, que siendo un continente potencialmente rico, es un continente pobre, fundamentalmente por la explotación de que es víctima por parte del capital privado norteamericano.

Nosotros luchamos fundamentalmente por la integración de los países latinoamericanos. Creemos que es justo el camino indicado por los padres de la patria, que soñaron la unidad latinoamericana para poder disponer de una voz continental frente al mundo. Esto naturalmente no impide que miremos no sólo con simpatía sino también en profundidad el significado de la presencia del pensamiento del Tercer Mundo. Podría sintetizar mi pensamiento en respuesta a su pregunta diciendo que luchamos antes que nada por hacer de América un auténtico continente en sus realizaciones y por ligarnos cada vez más a los países del Tercer Mundo. Es claro que creemos que el diálogo es fundamental. Los pueblos como el nuestro luchan por la paz y no por la guerra; por la cooperación económica y no por la explotación, por la convivencia social y no por la injusticia.

Si el hombre de los países industrializados ha llegado a la Luna, es porque ha sido capaz de dominar la naturaleza. El problema es que, si bien es justo que el hombre ponga los pies sobre la Luna, es más justo que los grandes países -para hablar simbólicamente- pongan los pies sobre la tierra y se den cuenta que hay millones de seres humanos que sufren hambre, que no tienen trabajo, que no tienen educación. Por eso pienso que el hombre del siglo XXI debe ser un hombre con una concepción distinta, con otra escala de valores, un hombre que no sea movido esencial y fundamentalmente por el dinero, un hombre que piense que existe para la fortuna una medida distinta, en la cual la inteligencia sea la gran fuerza creadora.

Quiero decirle que tengo confianza en el hombre, pero en el hombre humanizado, el hombre fraterno y no el que vive de la explotación de los otros.
La tarea que tiene ante sí la Unidad Popular es de tal urgencia histórica que, si no se cumple con prontitud, incontenibles tensiones sociales arrastrarán a Chile al caos, como consecuencia del fracaso del sistema. Hasta un ciego puede ver las proyecciones y el significado que han tenido y tienen las huelgas del Poder Judicial y del Regimiento Tacna. La hoguera de rebeldía juvenil no se apaga sino con su presencia activa y creadora en la construcción del socialismo.

Si los partidos que reivindican para sí la responsabilidad de vanguardia no son capaces de cumplir adecuada y unitariamente su papel revolucionario, surgirán en forma inevitable la insurgencia desesperada o la dictadura como proyección de la insuficiencia cada vez más notoria del régimen. No es el camino de la asonada, sin conducción política responsable, la solución que puedan sustentar los verdaderos revolucionarios.

Luchamos por crear el más amplio y decidido movimiento antimperialista, destinado a que se cumpla la revolución chilena. Los emboscados que hubieran podido llegar hasta nosotros serán aplastados por la clarividencia revolucionaria del pueblo. No somos sectarios ni tampoco excluyentes; somos y seremos, sí, exigentes, para que en Chile el pueblo no aparezca burlado en sus ansias de independencia económica y política. La dictadura contrarrevolucionaria no será capaz, por cierto, de abrir posibilidades al país ni de acallar, por el imperio de la fuerza, la legitima rebeldía de los chilenos altivos y combatientes.

El cuadro nacional nuestro es muy claro. La frustración se expresa desde el intelectual al campesino, y la juventud busca tácticas de lucha que señalan su decisión de desafiar resueltamente el actual estado de cosas, aunque aquéllas no sean las más convenientes para el desarrollo orgánico del proceso revolucionario. Quienes tenemos serias responsabilidades en el movimiento popular y hemos fundido nuestra suerte con la suya, nos hallamos más obligados aún para asumir una actitud de desprendimiento y de consecuencia moral.

Personalmente, sólo aliento un anhelo íntimo: que vaya donde vaya, esté donde estuviere, seguiré siendo para el pueblo “el compañero Allende”.







en Salvador Allende en el umbral del siglo XXI,
(Frida Modak, coordinadora), México, 1998









lunes, diciembre 03, 2007

"Los Cantos de Maldoror", del Conde de Lautréamont

Extracto del Canto Primero




Hay que dejarse crecer las uñas durante quince días. ¡Oh, qué dulzura entonces arrancar brutalmente de su lecho a un niño que aún no tiene nada sobre su labio superior, y, con los ojos muy abiertos, hacer el simulacro de pasar suavemente la mano por la frente, inclinando hacia atrás sus hermosos cabellos! Después, súbitamente, en el momento en que menos lo espera, hundir las largas uñas en su tierno pecho, de manera que no muera, pues si muriera no podríamos contar más tarde con el aspecto de sus miserias. A continuación se le bebe la sangre lamiendo las heridas, y durante ese tiempo, que debería durar tanto como la eternidad, el niño llora. Nada hay tan bueno como su sangre, extraída como acabo de decir, y aún muy caliente, a no ser sus lágrimas, amargas como la sal. Hombre, ¿nunca has probado tu sangre cuando al azar te has cortado un dedo? Está muy buena, ¿no es cierto?, pues no tiene ningún sabor. Además, ¿no recuerdas el día en que, en medio de tus lúbricas reflexiones, llevaste la mano en forma de hueco sobre tu rostro enfermizo humedecido por lo que resbalaba de tus ojos, mano que se dirigía luego fatalmente hacia la boca que bebía a largos tragos en esa copa, trémula como los dientes del alumno que mira de reojo a aquel que nació para oprimirlo, las lágrimas? Las lágrimas están buenas, ¿no es cierto?, pues tienen el sabor del vinagre. Se diría las lágrimas de aquella que ama mucho; pero las lágrimas del niño son mejores para el paladar. El niño no traiciona nunca, no conoce todavía el mal: aquella que ama mucho traiciona antes o después... lo adivino por analogía, aunque ignoro qué es la amistad o qué es el amor (y es probable que nunca lo acepte, al menos de parte de la raza humana). Por lo tanto, y puesto que tu sangre y tus lágrimas no te disgustan, aliméntate, aliméntate con confianza de las lágrimas y de la sangre del adolescente. Véndale los ojos mientras desgarras su carne palpitante, y, después de haber oído durante largas horas sus gritos sublimes, semejantes a los profundos estertores que en una batalla lanzan las gargantas de los heridos agonizantes, habiéndote apartado como una avalancha, te precipitarás desde la habitación vecina y harás el simulacro de ir en su ayuda. Le desatarás las manos de nervios y venas hinchadas, devolverás la vista a sus ojos extraviados, y te pondrás a lamer sus lágrimas y su sangre. ¡Qué verdadero es entonces el arrepentimiento! La chispa divina que existe entre nosotros, y que tan raramente se manifiesta, aparece entonces, aunque ¡demasiado tarde! Cómo se derrama el corazón cuando puede consolar al inocente a quien se le ha causado daño: «Adolescente que acabas de sufrir crueles dolores, ¿quién ha podido cometer contigo un crimen que no sé cómo calificar? ¡Desgraciado de ti! ¡Cómo debes sufrir! Si tu madre lo supiera, ella no estaría más cerca de la muerte, tan aborrecida por los culpables, de lo que yo estoy ahora. ¡Ay! ¿Qué es entonces el bien y el mal? ¿Es la misma cosa, por medio de la cual testimoniamos con rabia nuestra impotencia y la pasión de alcanzar el infinito, incluso por los medios más insensatos? ¿O bien son dos cosas diferentes? Sí... es mejor que sean una misma cosa... pues, sino, ¿en qué me convertiría el día del Juicio Final? Adolescente, perdóname: el que se halla ante tu rostro noble y sagrado es el que ha roto tus huesos y desgarrado tu carne, que cuelga de diferentes lugares de tu cuerpo. ¿Es un delirio de mi razón enferma, un instinto secreto que no depende de mis razonamientos, semejante al del águila que desgarra a su presa, lo que me ha empujado a cometer este crimen, y que, sin embargo, me hace sufrir tanto como a mi víctima? Adolescente, perdóname. Cuando hayamos abandonado esta vida pasajera, quiero que estemos abrazados por toda la eternidad, que formemos un solo ser, mi boca unida a tu boca. Incluso de este modo mi castigo no será completo. Entonces tú me desgarrarás, sin detenerte nunca, con tus dientes y tus uñas a la vez. Adornaré mi cuerpo con guirnaldas perfumadas para este holocausto expiatorio y los dos sufriremos, yo por ser desgarrado, tú por desgarrarme... con mi boca unida a tu boca. ¡Oh adolescente de cabellos rubios y ojos tan dulces!, ¿harás ahora lo que te aconseje? Aunque te pese, quiero que lo hagas, y mi conciencia volverá a ser feliz.» Después de haber hablado así, habrás hecho daño a un ser humano, pero habrás sido amado por el mismo ser: es la mayor felicidad que pueda concebirse. Más tarde podrás internarlo en un hospital, pues el tullido no podrá ganarse la vida. Te llamarán bueno, y las coronas de laurel y las medallas de oro esparcidas sobre la gran tumba ocultarán tus pies desnudos al rostro anciano. ¡Oh tú, cuyo nombre no quiero escribir en esta página que consagra la santidad del crimen, sé que tu perdón fue inmenso cómo el universo! ¡Pero yo existo todavía!




1869







domingo, diciembre 02, 2007

“Tesis sobre Feuerbach”, de Karl Marx





1. El defecto fundamental de todo el materialismo anterior -incluido el de Feuerbach- es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal. Feuerbach quiere objetos sensoriales, realmente distintos de los objetos conceptuales; pero tampoco él concibe la propia actividad humana como una actividad objetiva. Por eso, en La esencia del cristianismo sólo considera la actitud teórica como la auténticamente humana, mientras que concibe y fija la práctica sólo en su forma suciamente judaica de manifestarse. Por tanto, no comprende la importancia de la actuación "revolucionaria", "práctico-crítica".

2. El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico.

3. La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado. Conduce, pues, forzosamente, a la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad.

4. La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria.

5. Feuerbach arranca de la autoenajenación religiosa, del desdoblamiento del mundo en un mundo religioso, imaginario, y otro real. Su cometido consiste en disolver el mundo religioso, reduciéndolo a su base terrenal. No advierte que, después de realizada esta labor, queda por hacer lo principal. En efecto, el que la base terrenal se separe de sí misma y se plasme en las nubes como reino independiente, sólo puede explicarse por el propio desgarramiento y la contradicción de esta base terrenal consigo misma. Por tanto, lo primero que hay que hacer es comprender ésta en su contradicción y luego revolucionarla prácticamente eliminando la contradicción. Por consiguiente, después de descubrir, v. gr., en la familia terrenal el secreto de la sagrada familia, hay que criticar teóricamente y revolucionar prácticamente aquélla.

6. Feuerbach, no contento con el pensamiento abstracto, apela a la contemplación sensorial; pero no concibe la sensoriedad como una actividad sensorial humana práctica.

7. Feuerbach diluye la esencia religiosa en la esencia humana. Pero la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales.

8. Feuerbach, que no se ocupa de la crítica de esta esencia real, se ve, por tanto, obligado a hacer abstracción de la trayectoria histórica, enfocando para sí el sentimiento religioso (Gemüt) y presuponiendo un individuo humano abstracto, aislado.

9. En él, la esencia humana sólo puede concebirse como "género", como una generalidad interna, muda, que se limita a unir naturalmente los muchos individuos. Feuerbach no ve, por tanto, que el "sentimiento religioso" es también un producto social y que el individuo abstracto que él analiza pertenece, en realidad, a una determinada forma de sociedad.

10. La vida social es, en esencia, práctica. Todos los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo, encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esa práctica.

11. A lo que más llega el materialismo contemplativo, es decir, el materialismo que no concibe la sensoriedad como actividad práctica, es a contemplar a los distintos individuos dentro de la "sociedad civil".

12. El punto de vista del antiguo materialismo es la sociedad civil; el del nuevo materialismo, la sociedad humana o la humanidad socializada.

13. Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.









primavera de 1845







sábado, diciembre 01, 2007

"Una sombra ya pronto serás", de Osvaldo Soriano

Extractos del capítulo 11





Nadia dio unos cuantos golpes de volante pero no pudo hacer nada más y el agua nos llevó como a un barco de papel. El auto flotó un rato, chocó contra una banquina y yo me fui encima de ella sin tener de donde agarrarme. La carga se movió para el mismo lado y el auto hizo veinte o treinta metros antes de detenerse contra el alambrado. Por el piso empezó a entrar un agua embarrada que se llevó los sándwiches y nos tapó los pies. El motor funcionó todavía unos minutos más, y cuando el agua cubrió el caño de escape se apagó con una explosión ahogada. Nadia insultó a todos los dioses, le dio unos cuantos puñetazos al volante y después de sacó los anteojos sucios de barro. Era la sombra desolada de la mujer que había visto por la noche; tenía los ojos rojos y se le veían las raíces del pelo encanecido. Parecía un bucanero al mando de un navío arrastrado por el azar. Los chorizos y las latas de conserva empezaban a flotar alrededor nuestro y me di cuenta de que se resignaba a la derrota. Abrió la ventanilla, miró la inundación y después, sin decirme nada, se recostó en el asiento y sacó la polvera para arreglarse la cara.
...
La miré mientras hacía un lugar en el Citroën. Lo único seco eran los asientos y había que arreglarse ahí. Me sonreía con tanta ternura que ya no podía volver atrás: la tomé por los hombros y le di un beso cerca de la boca. Ella me buscó con los labios recién pintados, con una lengua gorda y espesa y nos fuimos acomodando despacio. El coche se balanceaba bajo la lluvia y yo quería ver de nuevo esos pechos grandes con puntas violetas. Me costó mucho abrir el cierre del corpiño u tuve que agarrarme de la palanca de cambios para no caerme. Nadia pasó una pierna a lo largo del respaldo y me dejó avanzar sin darme ningún auxilio. No hubo modo de deshacernos de la pollera, pero cuando me pasó los brazos alrededor del cuello el corpiño cedió y sentí una blandura suave que me llenaba las manos. Debo de haber gemido o tal vez dije algo, porque me apretó contra los labios y no me dejó bajar la cabeza hasta mucho después, cuando ya me había abierto el pantalón y estuvo segura de que todo iría bien. De pronto quedé boca arriba con el volante que me tocaba la nariz y un brazo metido en el agua. Nadia tuvo que zafar la pierna para levantarse y alcanzarme la boca. Me dio un beso largo y apretado, con una rodilla entre las mías y la otra en el suelo enchastrado. Yo quería tocarle los pezones, alegrarme la vista después de tanto tiempo sin hacer el amor y la tomé de la cintura para despegármela de la boca. De pronto se levantó y vi el tumulto que salía entre los pliegues de la blusa. Apoyé la cabeza contra el vidrio y alcancé a darle un mordisco en la piel blanca. Nadia dio un salto y se golpeó contra el techo pero creo que no le importó. Estuvimos mucho tiempo así: yo respiraba por la nariz porque el peso del cuerpo me apretaba contra la ventanilla y ella jadeaba un poco, sin exagerar, sinceramente, con los ojos cerrados y la lengua entre los dientes. No le quedaban rastros de rouge en los labios que ahora eran dos trazos finos y temblorosos. Yo tenía un brazo aprisionado pero con el otro llegué por debajo de la pollera y tiré del elástico mojado. Si hubiéramos podido pararnos o cambiar de lugar hubiera sido fácil, pero estábamos dentro de una burbuja e hicimos lo que pudimos. Ella alcanzó a apartar la pollera mientras yo tiraba del pantalón y le acariciaba los pechos. Me moví para acomodarme y ella abrió el elástico, todo en una agitación anhelante, hasta que me atrapó con un golpe de cintura y nos quedamos sin respiración. La busqué suavemente y se apretó a mí con cuidado, como quien se calza un guante. Vino a ofrecerme los labios y por un rato no nos animamos a movernos. Las ojeras se le habían esfumado y me pareció que estaba en otra parte. También yo fui a visitar algunos buenos recuerdos. Tuve miedo de mis propios gritos lastimosos y cuando Nadia se despegó crispando un puño, jadeando, me di cuenta de que durante mucho tiempo me había olvidado de mí y que por eso no podía hacerle bien a nadie.

Se dejó caer hacia el costado y me miró un instante con ganas de decirme algo pero se quedó callada. Me pareció mejor así: tal vez pensaba en Bengochea o en el Brasil o en mí y lo que había visto en las cartas que ahora flotaban junto a los pedales del Citroën. No habíamos podido sacarnos la ropa y nos fuimos recomponiendo en silencio, cada uno recostado sobre la puerta de su lado. Estábamos embarrados y despeinados y tuvimos que poner en su lugar las cosas que pudimos salvar del agua. Pasé la mano por el parabrisas y entre la bruma distinguí unos árboles y unos postes de teléfono. Nadia me alcanzó un poco de torta de chocolate y me confesó que nunca había estudiado astrología, que la habilidad de las cartas se la debía a un maestro catalán con el que tuvo amores de muy joven. No me tuteaba; conservaba una distancia cálida y advertí que sin proponérselo ya me había apartado de su intimidad.


1990

Otro fragmento en Descontexto
http://descontexto.blogspot.com/2006/08/una-sombra-ya-pronto-sers-de-osvaldo.html