si has llorado también has reído.
lunes, diciembre 31, 2007
"Los caminos de la vida. Un escrito sobre las cumbias", de Juan Carlos Villavicencio
si has llorado también has reído.
domingo, diciembre 30, 2007
“Los borrachos”, de Malcolm Lowry

El ruido de la muerte aquí en este bar desolado,
Donde la tranquilidad se sienta encorvada sobre su oración
Y la música sirve de coraza al sueño del amante,
Pero cuando ninguna moneda introduce esta dura desesperación
Hasta aquí, el más solitario de los hogares
Y de todos los destinos el más solitario además,
Cuando ninguna música eléctrica rompe el batir
De corazones doblemente rotos pero ahora reunidos
Por el cirujano de paz en la astilla del desastre,
Penetra más profundamente que lo hicieran las trompetas
El movimiento de la mente dentro de ese entramado
Donde los desórdenes son simples como la tumba
Y la araña de la vida se asienta y duerme.
sábado, diciembre 29, 2007
"Y en sueño te convertirás", de Juan Cristóbal

No podía creer lo que había soñado. Que una mujer se tiraba bajo las ruedas de un carro y su esposo no la salvaba, pudiéndolo hacer. Pero el sueño había comenzado antes, cuando ambos vivían en un departamento de recién casados, donde siempre, los fines de semana, habían reuniones y fiestas con amigos, donde todo era felicidad y comprensión. Y después vino el sueño, la desgracia. Esa imagen me dio vueltas a la cabeza todo el día: ¿Por qué había sucedido? ¿Qué había llevado a ella a esa determinación? ¿Por qué él no la salvó pudiéndolo hacer? Hacia la mitad de la tarde, después de tomar la siesta y leer el periódico, decidí contarle a mi esposa lo soñado. Pero antes de hacerlo me pregunté: ¿No lo tomará a mal? ¿No creerá que hay algún instinto reprimido? ¿No pensará que quiera que eso le suceda? Me dio retorcijones el contarle. Pensé que sería mejor consultar con el médico amigo de la casa. Un consejo no hace daño a nadie, pensé, y me dirigí a su consultorio, que, felizmente, queda cerca donde vivimos. Lamentablemente, no lo encontré, había salido de viaje y no regresaría hasta dentro de quince días. Volví, con la cabeza gacha, cavilando, si debía o no contarle lo soñado. Decidí hacerlo. Pero cuando llegué a mi departamento me arrepentí. Pensé, veremos lo que pasa. Abrí la puerta y vi a mi esposa preparando unas tacitas de café y unos panes con queso en el horno. Le di un beso y me senté en la mesa de la cocina. Conversamos de cosas sin importancia. Ella, de pronto me dijo, “ya no me cuentas lo que sueñas”. Me sorprendió su curiosidad, justo en ese momento, por lo que no le contesté. Pero al poco rato volvió a insistir sobre el asunto. Entonces le dije, “los años me hacen olvidar los sueños”. Y comencé a beber el café que estaba sobre la mesa. “Tal vez deba esperar el momento adecuado”, me dije para mis adentros, “porque no creo que me crea lo que le acabo de decir”. Comí un pan y terminé la taza de café. Me fui a la sala, prendí la tv para escuchar las noticias. Pero no veía las imágenes, seguí pensando en lo que había soñado y si debía o no decírselo a mi esposa. Pasó un par de horas y seguía en ese dilema. Hasta que por fin me hice la pregunta que debí habérmela hecho desde el principio: ¿Si mi esposa hiciera lo mismo, yo la salvaría?
De un libro inédito aún.
viernes, diciembre 28, 2007
Discurso del Premio Nobel de Literatura, de Pablo Neruda

Por allí, por aquellas extensiones de mi patria adonde me condujeron acontecimientos ya olvidados en sí mismos, hay que atravesar, tuve que atravesar los Andes buscando la frontera de mi país con Argentina. Grandes bosques cubren como un túnel las regiones inaccesibles y como nuestro camino era oculto y vedado, aceptábamos tan sólo los signos más débiles de la orientación. No había huellas, no existían senderos y con mis cuatro compañeros a caballo buscábamos en ondulante cabalgata -eliminando los obstáculos de poderosos árboles, imposibles ríos, requeríos inmensos, desoladas nieves, adivinando más bien- el derrotero de mi propia libertad. Los que me acompañaban conocían la orientación, la posibilidad entre los grandes follajes, pero para saberse más seguros, montados en sus caballos, marcaban de un machetazo aquí y allá, las cortezas de los grandes árboles, dejando huellas que los guiarían en el regreso, cuando me dejaran solo con mi destino.
Cada uno avanzaba embargado en aquella soledad sin márgenes, en aquel silencio verde y blanco, los árboles, las grandes enredaderas, el humus depositado por centenares de años, los troncos semi-derribados que de pronto eran una barrera más en nuestra marcha. Todo era a la vez una naturaleza deslumbradora y secreta y a la vez una creciente amenaza de frío, nieve, persecución. Todo se mezclaba: la soledad, el peligro, el silencio y la urgencia de mi misión.
A veces seguíamos una huella delgadísima, dejada quizás por contrabandistas o delincuentes comunes fugitivos, e ignorábamos si muchos de ellos habían perecido, sorprendidos de repente por las glaciales manos del invierno, por las tremendas tormentas de nieve que, cuando en los Andes se descargan, envuelven al viajero, lo hunden bajo siete pisos de blancura.
A cada lado de la huella contemplé, en aquella salvaje desolación, algo como una construcción humana. Eran trozos de ramas acumulados que habían soportado muchos inviernos, vegetal ofrenda de centenares de viajeros, altos túmulos de madera para recordar a los caídos, para hacer pensar en los que no pudieron seguir y quedaron allí para siempre debajo de las nieves. También mis compañeros cortaron con sus machetes las ramas que nos tocaban las cabezas y que descendían sobre nosotros desde la altura de las coniferas inmensas,, desde los robles cuyo último follaje palpitaba antes de las tempestades del invierno. Y también yo fui dejando en cada túmulo un recuerdo, una tarjeta de madera, una rama cortada del bosque para adornar las tumbas de uno y otro de los viajeros desconocidos.
Teníamos que cruzar un río. Esas pequeñas vertientes nacidas en las cumbres de los Andes se precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y atropelladora, se tornan en cascadas, rompen tierras y rocas con la energía y la velocidad que trajeron de las alturas insignes: pero esa vez encontramos un remanso, un gran espejo de agua, un vado. Los caballos entraron, perdieron pie y nadaron hacia la otra ribera. Pronto mi caballo fue sobrepasado casi totalmente por las aguas, yo comencé a mecerme sin sostén, mis pies se afanaban al garete mientras la bestia pugnaba por mantener la cabeza al aire libre. Así cruzamos. Y apenas llegados a la otra orilla, los baqueanos, los campesinos que me acompañaban, me preguntaron con cierta sonrisa:
- ¿Tuvo mucho miedo?
- Mucho. Creí que había llegado mi última hora - dije.
- Ibamos detrás de usted con el lazo en la mano - me respondieron.
- Ahí mismo - agregó uno de ellos - cayó mi padre y lo arrastró la corriente. No iba a pasar lo mismo con usted.
Seguimos hasta entrar en un túnel natural que tal vez abrió en las rocas imponentes un caudaloso río perdido, o un estremecimiento del planeta que dispuso en las alturas aquella obra, aquel canal rupestre de piedra socavada, de granito, en el cual penetramos. A los pocos pasos las cabalgaduras resbalaban, trataban de afincarse en los desniveles de piedra, se doblegaban sus patas, estallaban chispas en las herraduras; más de una vez me vi arrojado del caballo y tendido sobre las rocas. Mi cabalgadura sangraba de narices y patas, pero proseguimos empecinados el vasto, el espléndido, el difícil camino.
Algo nos esperaba en medio de aquella selva salvaje. Súbitamente, como una singular visión, llegamos a una pequeña y esmerada pradera acurrucada en el regazo de las montañas: agua clara, prado verde, flores silvestres, rumor de ríos y el cielo azul arriba, generosa luz ininterrumpida por ningún follaje.
Allí nos detuvimos como dentro de un círculo mágico, como huéspedes de un recinto sagrado: y mayor condición de sagrada tuvo aún la ceremonia en la que participé. Los vaqueros bajaron de sus cabalgaduras. En el centro del recinto estaba colocada, como en un rito, una calavera de buey. Mis compañeros se acercaron silenciosamente, uno por uno, para dejar unas monedas y algunos alimentos en los agujeros de hueso. Me uní a ellos en aquella ofrenda destinada a toscos ulises extraviados, a fugitivos de todas las raleas que encontrarían pan y auxilio en las órbitas del toro muerto.
Pero no se detuvo en este punto la inolvidable ceremonia. Mis rústicos amigos se despojaron de sus sombreros e iniciaron una extraña danza, saltando sobre un solo pie alrededor de la calavera abandonada, repasando la huella circular dejada por tantos bailes de otros que por allí cruzaron antes. Comprendí entonces de una manera imprecisa, al lado de mis impenetrables compañeros, que existía una comunicación de desconocido a desconocido, que había una solicitud, una petición y una respuesta aún en las más lejanas y apartadas soledades de este mundo.
Más lejos, ya a punto de cruzar las fronteras que me alejarían por muchos años de mi patria, llegamos de noche a las últimas gargantas de las montañas. Vimos de pronto una luz encendida que era indicio cierto de habitación humana y, al acercarnos, hallamos unas desvencijadas construcciones, unos destartalados galpones al parecer vacíos. Entramos a uno de ellos y vimos, al claror de la lumbre, grandes troncos encendidos en el centro de la habitación, cuerpos de árboles gigantes que allí ardían de día y de noche y que dejaban escapar por las hendiduras del techo un humo que vagaba en medio de las tinieblas como un profundo velo azul. Vimos montones de quesos acumulados por quienes los cuajaron en aquellas alturas. Cerca del fuego, agrupados como sacos, yacían algunos hombres. Distinguimos en el silencio las cuerdas de una guitarra y las palabras de una canción que, naciendo de las brasas y de la oscuridad, nos traía la primera voz humana que habíamos topado en el camino. Era una canción de amor y de distancia, un lamento de amor y de nostalgia dirigido hacia la primavera lejana, hacia las ciudades de donde veníamos, hacia la infinita extensión de la vida. Ellos ignoraban quienes éramos, ellos nada sabían del fugitivo, ellos no conocían mi poesía ni mi nombre. O lo conocían? El hecho real fue que junto a aquel fuego cantamos y comimos, y luego caminamos dentro de la oscuridad hacia unos cuartos elementales. A través de ellos pasaba una corriente termal, agua volcánica donde nos sumergimos, calor que se desprendía de las cordilleras y nos acogió en su seno.
Chapoteamos gozosos, cavándonos, limpiándonos el peso de la inmensa cabalgata. Nos sentimos frescos, renacidos, bautizados, cuando al amanecer emprendimos los últimos kilómetros de jornada que me separarían de aquel eclipse de mi patria. Nos alejamos cantando sobre nuestras cabalgaduras, plenos de un aire nuevo, de un aliento que nos empujaba hacia el gran camino del mundo que me estaba esperando. Cuando quisimos dar (lo recuerdo vivamente) a los montañeses algunas monedas de recompensa por las canciones, por los alimentos, por las aguas termales, por el techo y los lechos, vale decir, por el inesperado amparo que nos salió al encuentro, ellos rechazaron nuestro ofrecimiento sin un ademán. Nos habían servido y nada más. Y en ese "nada más", en ese silencioso nada más había muchas cosas subentendidas, tal vez el reconocimiento, tal vez los mismos sueños.
Señoras y Señores: Yo no aprendí en los libros ninguna receta para la composición de un poema, y no dejaré impreso a mi vez ni siquiera un consejo, modo o estilo para que los nuevos poetas reciban de mí alguna gota de supuesta sabiduría. Si he narrado en este discurso ciertos sucesos del pasado, si he revivido un nunca olvidado relato en esta ocasión y en este sitio tan diferentes a lo acontecido, es porque en el curso de mi vida he encontrado siempre en alguna parte la aseveración necesaria, la fórmula que me aguardaba, no para endurecerse en mis palabras sino para explicarme a mí mismo.
En aquella larga jornada encontré las dosis necesarias a la formación del poema. Allí me fueron dadas las aportaciones de la tierra y del alma. Y pienso que la poesía es una acción pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza. Y pienso con no menor fe que todo está sostenido - el hombre y su sombra, el hombre y su actitud, el hombre y su poesía - en una comunidad cada vez más extensa, en un ejercicio que integrará para siempre en nosotros la realidad y los sueños, porque de tal manera la poesía los une y los confunde. Y digo de igual modo que no sé, después de tantos años, si aquellas lecciones que recibí al cruzar un río vertiginoso, al bailar alrededor del cráneo de una vaca, al bañar mi piel en el agua purificadora de las más altas regiones, digo que no sé si aquello salía de mí mismo para comunicarse después con muchos otros seres, o era el mensaje que los demás hombres me enviaban como exigencia o emplazamiento. No sé si aquello lo viví o lo escribí, no sé si fueron verdad o poesía, transición o eternidad, los versos que experimenté en aquel momento, las experiencias que canté más tarde.
De todo ello, amigos, surge una enseñanza que el poeta debe aprender de los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía: mas en esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres y creer en un destino común.
En verdad, si bien alguna o mucha gente me consideró un sectario, sin posible participación en la mesa común de la amistad y de la responsabilidad, no quiero justificarme, no creo que las acusaciones ni las justificaciones tengan cabida entre los deberes del poeta. Después de todo, ningún poeta administró la poesía, y si alguno de ellos se detuvo en acusar a sus semejantes, o si otro pensó que podía gastarse la vida defendiéndose de recriminaciones razonables o absurdas, mi convicción es que sólo la vanidad es capaz de desviarnos hasta tales extremos. Digo que los enemigos de la poesía no están entre quienes la profesan o resguardan, sino en la falta de concordancia del poeta. De ahí que ningún poeta tenga más enemigo esencial que su propia incapacidad para entenderse con los más ignorados y explotados de sus contemporáneos: y esto rige para todas las épocas y para todas las tierras.
El poeta no es un "pequeño dios". No, no es un "pequeño dios". No está signado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios. A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. El cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, como una obligación comunitaria. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de su mercadería: pan, verdad, vino, sueños. Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por consignar cada uno en manos de los otros su ración de compromiso, su dedicación y su ternura al trabajo común de cada día y de todos los hombres, el poeta tomará parte, los poetas tomaremos parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueño de la humanidad entera. Sólo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poesía el anchuroso espacio que le van recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos.
Los errores que me llevaron a una relativa verdad, y las verdades que repetidas veces me recondujeron al error, unos y otras no me permitieron - ni yo lo pretendí nunca - orientar, dirigir, enseñar lo que se llama el proceso creador, los vericuetos de la literatura. Pero sí me di cuenta de una cosa: de que nosotros mismos vamos creando los fantasmas de nuestra propia mitificación. De la argamasa de lo que hacemos, o queremos hacer, surgen más tarde los impedimentos de nuestro propio y futuro desarrollo. Nos vemos indefectiblemente conducidos a la realidad y al realismo, es decir, a tomar una conciencia directa de lo que nos rodea y de los caminos de la transformación, y luego comprendemos, cuando parece tarde, que hemos construido una limitación tan exagerada que matamos lo vivo en vez de conducir la vida a desenvolverse y florecer. Nos imponemos un realismo que posteriormente nos resulta más pesado que el ladrillo de las construcciones, sin que por ello hayamos erigido el edificio que contemplábamos como parte integral de nuestro deber. Y en sentido contrario, si alcanzamos a crear el fetiche de lo incomprensible (o de lo comprensible para unos pocos), el fetiche de lo selecto y de lo secreto, si suprimimos la realidad y sus degeneraciones realistas, nos veremos de pronto rodeados de un terreno imposible, de un tembladeral de hojas, de barro, de nubes, en que se hunden nuestros pies y nos ahoga una incomunicación opresiva.
En cuanto a nosotros en particular, escritores de la vasta extensión americana, escuchamos sin tregua el llamado de llenar ese espacio enorme con seres de carne y hueso. Somos conscientes de nuestra obligación de pobladores y - al mismo tiempo que nos resulta esencial el deber de una comunicación crítica en un mundo deshabitado y, no por deshabitado menos lleno de injusticias, castigos y dolores - sentimos también el compromiso de recobrar los antiguos sueños que duermen en las estatuas de piedra, en los antiguos monumentos destruidos, en los anchos silencios de pampas planetarias, de selvas espesas, de ríos que cantan como truenos. Necesitamos colmar de palabras los confines de un continente mudo y nos embriaga esta tarea de fabular y de nombrar. Tal vez ésa sea la razón determinante de mi humilde caso individual: y en esa circumstancia mis excesos, o mi abundancia, o mi retórica, no vendrían a ser sino actos los más simples del menester americano de cada día. Cada uno de mis versos quiso instalarse como un objeto palpable: cada uno de mis poemas pretendió ser un instrumento útil de trabajo: cada uno de mis cantos aspiró a servir en el espacio como signo de reunión donde se cruzaron los caminos, o corno fragmento de piedra o de madera en que alguien, otros, los que vendrán, pudieran depositar los nuevos signos.
Extendiendo estos deberes del poeta, en la verdad o en el error, hasta sus últimas consecuencias, decidí que mi actitud dentro de la sociedad y ante la vida debía ser también humildemente partidaria. Lo decidí viendo gloriosos fracasos, solitarias victorias, derrotas deslumbrantes. Comprendí, metido en el escenario de las luchas de América, que mi misión humana no era otra sino agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con sangre y alma, con pasión y esperanza, porque sólo de esa henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y a los pueblos. Y aunque mi posición levantara y levante objeciones amargas o amables, lo cierto es que no hallo otro camino para el escritor de nuestros anchos y crueles países, si queremos que florezca la oscuridad, si pretendemos que los millones de hombres que aún no han aprendido a leernos ni a leer, que todavía no saben escribir ni escribirnos, se establezcan en el terreno de la dignidad sin la cual no es posible ser hombres integrales.
Heredamos la vida lacerada de los pueblos que arrastran un castigo de siglos, pueblos los más edénicos, los más puros, los que construyeron con piedras y metales torres milagrosas, alhajas de fulgor deslumbrante: pueblos que de pronto fueron arrasados y enmudecidos por las épocas terribles del colonialismo que aún existe.
Nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza. Pero no hay lucha ni esperanzas solitarias. En todo hombre se juntan las épocas remotas, la inercia, los errores, las pasiones, las urgencias de nuestro tiempo, la velocidad de la historia. Pero, qué sería de mí si yo, por ejemplo, hubiera contribuido en cualquier forma al pasado feudal del gran continente americano? Cómo podría yo levantar la frente, iluminada por el honor que Suecia me ha otorgado, si no me sintiera orgulloso de haber tomado una mínima parte en la transformación actual de mi país? Hay que mirar al mapa de América, enfrentarse a la grandiosa diversidad, a la generosidad cósmica del espacio que nos rodea, para entender que muchos escritores se nieguen a compartir el pasado de oprobio y de saqueo que oscuros dioses destinaron a los pueblos americanos.
Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes que reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza, cada día enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como a los infatuados impacientes. Porque creo que mis deberes de poeta no sólo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino también con las ásperas tareas humanas que incorporé a mi poesía.
Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz de los desesperados, escribió esta profecía: "A l'aurore, armes d'une ardente patience, nous entrerons aux splendides Villes". "Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades". Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el Vidente. Yo vengo de una oscura provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía. Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa. Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera.
En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres. Así la poesía no habrá cantado en vano.
jueves, diciembre 27, 2007
"Georg Trakl y la disolución de la palabra", de Armando Roa
Para Aldo Pellegrini
Yo no alcanzo a comprender la poesía de Trakl,
pero su lenguaje me deslumbra:
ésa es la mejor idea de su genio.
Ludwig Wittgenstein
En cierta medida, Trakl compartió la sospecha de Hamann, Nietzsche y Robert Browning: verbalizar es apelar a conceptos y los conceptos, por su generalidad, menguan y destiñen la intimidad de la vivencia. Pero en él ya no se trata simplemente de bruñir lo real, de premunirlo de singularidad o de irlo cincelando en la palabra, a la manera de Heine o George; la poética de Trakl, bajo el hilo conductor del desamparo, es antes que nada una poética sobre la postración en el vacío, sobre la nihilidad de la palabra. Ajena a su propio destino, su voz apremiante se convierte en un inquietante rasguño que pugna y capitula de cara al paisaje inmóvil de su propia disolución.
Enfrentado a un mundo menoscabado y menoscabante, cuando el porvenir es apenas un despojo, una sombra mutilada por la miseria y la muerte, la avasallante perturbación de Trakl no encuentra –como en Goethe– un desahogo en la presencia instauradora de la palabra; su aislamiento es radical. Ello explica, tal vez, la continua vacilación de ritmos e imágenes, la prosodia ásperamente tallada, los juegos cromáticos –con el azul como telón de fondo– que tienden a disolverse en la oscuridad, el asedio reiterado de atmósferas fúnebres, la obsesión por la pureza perdida. Todo se vuelve desfalleciente, incluida la voz del poeta, atrincherada en un universo agobiante que ha expulsado lo salvador al calabozo de lo indecible; así, objetos, afectos y seres, despojándose de cualquier manto protector, se precipitan una y otra vez a la «orfandad de la nada».
Interpelado por una existencia que bien podría ser asimilada a un «sueño conturbado», cuando la palabra deja de ser bienvenida o cobijo, el poeta, tronchando la voz, a la sombra de una pertinaz desilusión, se ensaña consigo mismo confinándose en una lenta demolición.
Dijo Hofmannsthal:
«Es el pleno acto del amor
Qué suaves se muestran las imágenes…
El silencio y el sosiego las sumergen
Las palabras son el universo».
El drama de Trakl estuvo en el reverso: el poema, más que germinar plenitud, marchita. Tambaleante y escuálido, mancilla lo que nombra. El hombre es sólo «carroña verbal»; las palabras no hacen sino perpetrar su declinación. La vocación del poema, entonces, es la de una ceremonia de despedida, ya rendido a la crepuscularidad de su silencio definitivo.
miércoles, diciembre 26, 2007
"Ars vitae", de Diego Maquieira

Teníamos fuerte adicción al vino
le rendíamos culto a los racimos de uva
y éramos arrogantes, crédulos
pendencieros
Preferíamos la muerte
a perder la libertad
y llevábamos la alegría del amor
hasta las puertas del infierno
hasta desafiar a la misma muerte
desnudándonos en pleno combate
o agrandándonos las heridas recibidas
Y si veíamos en peligro la vida
de nuestras mujeres y la nuestra
nos dábamos muerte por gusto continuo
Y éramos tan arrebatados en la guerra
que jamás actuábamos de acuerdo a un plan
No conocíamos ni la humildad
ni la caridad, ni la abnegación
ni la dulzura
Éramos serios y semifabulosos
y adorábamos a nuestras esposas
que adoraban el falo y el oro.
en Los Sea Harrier, 1984
martes, diciembre 25, 2007
"Entrevista a Humberto Maturana", de Cristián Warnken
CRISTIÁN WARNKEN: Leyendo sus libros, El árbol del conocimiento que ha sido uno de sus libros que ha sido más divulgado y ha sido más leído o uno de los últimos que acaba de salir llamado De máquinas y seres vivos editado por Editorial Universitaria, usted parte con un trabajo biológico, el trabajo con la vida, con las células, la base de la vida, a través de este concepto de la autopoiesis. ¿Fue ese conocimiento, el descubrimiento del concepto de la autopoiesis, el que de alguna manera usted extrapoló para construir esta teoría de lo matrístico? ¿Le ayudó este trabajo biológico para hacer este otro trabajo antropológico cultural?
HUMBERTO MATURANA: Ciertamente me ayudó pero no es una extrapolación de allí. Lo que este trabajo de la autopoiesis hace, es contestar la pregunta ¿qué es lo vivo?, y contestarla de una manera que da cuenta de todos los fenómenos biológicos con independencia de visiones, llamémoslo místicas, trascendentes. No de experiencias místicas, sino que de nociones explicativas trascendentes vitalistas de una clase u otra. En el momento en que eso se logra, de una manera definitiva, para mi gusto, eso es una respuesta definitiva a la pregunta: que es lo vivo. Usted tiene libertad para perseguir las consecuencias del entender al ser vivo como un sistema autopoiético. Entonces, todo esto que tiene que ver con la cultura, viene de allí, de la liberación de la reflexión y el entendimiento que trae consigo el haber liberado a la mirada biológica de cualquier restricción de un pensamiento trascendente, filosófico o religioso; porque todo lo que viene después es seguir las consecuencias. Bueno, si los seres vivos son sistemas autopoiéticos ¿qué pasa?; ¿qué pasa con los conjuntos, los organismos?; ¿qué pasa con las unidades de los organismos?; ¿cómo surge el lenguaje?; ¿cómo cambian las culturas?; etc.
CRISTIÁN WARNKEN: Una última pregunta. ¿Usted cree en Dios?, ¿es legítima mi pregunta?
HUMBERTO MATURANA: Claro. Es legítima, si vivimos un espacio de creencias. Pero, note usted que la pregunta ¿Usted cree en Dios?, está hecha exactamente en el espacio de creencias. Uno cree cuando no sabe y no tiene fundamentos para lo que dice que cree. Digamos si yo sé de Dios, no creo en Dios, sé de Dios. Y si no sé de Dios ... la creencia es una cosa vana y superflua que no tiene ningún fundamento. Yo vivo en el Reino de Dios.
En La belleza de pensar, 1995.
lunes, diciembre 24, 2007
“Orlando el Sucio”, de Osvaldo Soriano

Orlando el Sucio vino al club como entrenador en 1961. Declaró que nos iba a conducir a la copa de la mano o a las patadas. "Yo soy un ganador nato", nos dijo y se refregó la nariz achatada. Era petiso, barrigón, de pelo grasiento y tenía tantos bolsillos en la ropa que cuando viajaba no necesitaba equipaje. Después del primer entrenamiento nos llamó uno a uno a todos los del plantel. No sé qué les dijo a los otros, pero a Pancho González y a mí nos llevó a un costado del terreno y nos invitó con caramelos de limón que sacó del bolsillo más pequeño.
—Usted tiene aspecto de no hacerle un gol a nadie —dijo y miró los ojos tristes de Pancho. Orlando tenía las pupilas grises como nubes de tormenta y la barba mal afeitada.
—Para eso está él —le contestó González y me señaló con la cabeza. Pancho era nuestro Pelé, un tipo capaz de arrancarle música a la pelota y si no hacía goles creo que era por temor a que después no le devolvieran la pelota.
—Usted es duro con la derecha, viejo —me dijo a mí—, pero desde mañana empieza a pegarle contra la pared hasta que se le ablande.
Desde entonces me tuvo un mes haciendo rebotar la pelota contra una pared con la pierna más torpe. Había colgado un neumático de coche a un metro del suelo y yo tenía que embocar en el agujero desde veinticinco metros de distancia. A cada rebote corría para recogerla al vuelo otra vez con el mismo pie y así me quedaba, horas y horas. Orlando el Sucio me vigilaba y de tanto en tanto se acercaba a invitarme con un caramelo y decirme que un goleador debe ser preciso como un relojero y ágil como una liebre.
Cuando vio que yo había afinado la puntería, llamó a González y nos reunió en un boliche de mala muerte donde el viento del desierto sacudía la puerta y entraba por las rendijas de las ventanas. Pedimos vino blanco y queso de las chacras y Orlando revolvió en los bolsillos hasta que encontró un frasco sin etiqueta y una libreta de apuntes. Echó la cabeza hacia atrás, se llenó la nariz con unas gotas amarillentas, respiró hondo con un gesto de disgusto y nos miró como a dos amigos de mucho tiempo.
—No quiero pudrirme en este lugar de mierda —dijo con voz desencantada—. Hay que rajar para Buenos Aires antes de que nos lleve el viento o nos agarre la fiebre amarilla.
González asintió con su cara dulce y se dio por aludido.
—Tengo que tirar más seguido al arco —se disculpó.
—No, usted va a hacer algo más útil. Mire.
Bebió un trago de vino que se le chorreó sobre la camisa, abrió la libreta llena de apuntes a lápiz y se puso a dibujar un arquero con trazo torpe. Lo hizo con gorra pero sin ojos ni nariz ni boca.
—Éste es su hombre en el córner —y buscó en otro bolsillo un pañuelo con un nudo—. Usted lo anula y él la manda adentro.
Me estaba señalando con el lápiz. Pancho González puso cara de sorpresa.
—En el área chica no se puede cargar al arquero.
—No, no se trata de eso, hay que darle un pinchazo, nada más.
Al principio no entendimos pero cuando desanudó el pañuelo vimos las espinas de cactus atadas con un hilo azul.
—Aquí, ¿ve? —señaló la silueta del arquero a la altura de las nalgas—. Se quedan duros como estarnas.
Sacó dos espinas, las miró al trasluz y nos alcanzó una a cada uno. González observó la suya con curiosidad y un poco de repugnancia, él, que siempre se marchaba del terreno felicitado por los adversarios.
—Yo no soy ningún criminal —dijo y tiró la espina sobre la mesa. En ese momento el viento hizo temblar las ventanas y los tres quedamos cubiertos de polvo.
Orlando el Sucio hizo una mueca de contrariedad o de desilusión y le puso una mano sobre el brazo: Vea, González, usted no le va a marcar un gol a nadie en toda su vida y yo necesito salir de aquí. Si usted no quiere hacerlo, puedo poner a otro. Piénselo. Uno no puede pasarse la existencia con la nariz seca y pagando mujeres en el prostíbulo. Yo tengo un contacto en Boca y si ganamos nos vamos los tres a Buenos Aires. ¿Ustedes ya conocen?
Los dos dijimos que no. Entonces me miró a mí, con sus ojos de tormenta y se tocó la nariz.
—¿Usted sangra fácil? —me preguntó.
Al principio no entendí pero más tarde tomé conciencia de que en esa mesa habíamos empezado a ganar la final que un mes después se jugó dos mil kilómetros más al sur, en Río Gallegos.
—Como todo el mundo —le contesté—. Si me dan un codazo...
—Justamente —dijo—, usted va a recibir un codazo y se va a quedar en el suelo, chorreando sangre. Sin hacer aspaviento, medio desmayado, ¿me sigue?
—La verdad, no.
—En el momento en que yo le haga una seña desde el banco usted se pellizca la nariz hasta que sangre. Hay que hacerlo expulsar al cinco de ellos que es el que lleva la manija.
Después, en la pensión donde él vivía, Orlando el Sucio me revisó la nariz con una linterna, encontró la vena adecuada y me explicó cómo debía hacerlo. Detestaba ese lugar y si había venido desde Buenos Aires era porque necesitaba algún dinero y andaba detrás de alguien. Por las noches se sentaba solo en el bar mirando el fondo del vaso y dibujaba la silueta de una mujer en las servilletas. La madrugada antes de viajar a Río Gallegos lo encontré en el prostíbulo del pueblo. Estaba sentado en el sillón de la sala de espera de la gitana Natasha, diluido detrás de una lámpara, con el cigarrillo entre los dedos y un paquete de masas sobre las rodillas apretadas. Al verme puso cara de reproche pero después me convidó con un caramelo de limón y señaló la puerta de la pieza con un gesto.
—¿Usted también cobró?
Le dije que sí.
—Un goleador tiene que cuidarse —dijo y volvió a señalar la puerta de la habitación—. Si usted aprende a pegarle con la derecha nos vamos a llenar de oro.
—Eso ya me lo dijo otro entrenador.
No me oyó. Metió la mano en un bolsillo perdido entre los pliegues de la cazadora y sacó una revista arrugada, abierta en la página donde había una foto de la calle Corrientes en el cruce del Obelisco.
—Mire —me dijo—, aquí tenemos que llegar nosotros. Yo tengo un amigo...
—En Boca —dije.
—Boca —sonrió—. Ése es el primer paso. Después Barcelona o Juventus. Pero para eso hay que manejar las dos piernas y acercarse a algún lugar civilizado donde nos puedan ver.
—¿Por qué odia tanto a este pueblo? —le pregunté.
—Algún día, cuando llegue aquí —señaló la foto de la revista—, se lo voy a contar.
La gitana Natasha abrió la puerta y lo vi darle un beso en la mejilla mientras dejaba el paquete de masas sobre la cama. Afuera el viento levantaba remolinos de arena y hacía rechinar los dientes de las mujeres que esperaban clientes en la puerta. Entré en lo de una flaca muy blanca, de piernas afeitadas, que hablaba todo el tiempo de unos inspectores de higiene que la perseguían y la extorsionaban. Mientras le pagaba vi, abajo del cenicero, la misma revista que tenía Orlando el Sucio, abierta en la misma página.
Al día siguiente salimos para Río Gallegos en un ómnibus al que hubo que empujar en los pantanos y en las subidas. En dos días llegamos a una ciudad cubierta de nieve y fuimos a jugar casi sin descansar, con un frío inolvidable. Pancho González se puso a pisar la pelota, a hacer amagues, a mover la cintura, a picar y a gambetear hasta que nos mareó a todos. El cinco de ellos no se me acercó demasiado pero igual yo protesté y me quejé varias veces para que el referí lo tuviera bien señalado. Cuando empezó el segundo tiempo pasé a su lado, me pellizqué la vena de la nariz y me tiré al suelo con la camisa bañada en sangre. El cinco se cansó de explicar que no me había hecho nada. Yo estaba allí en el piso, sangrando como un cordero degollado y a él lo expulsaron de la cancha por juego sucio. Orlando vino a ponerme una pomada para cicatrizar la herida y me dijo que así nunca iríamos al cielo pero que tal vez llegáramos a Chacarita y en una de ésas a Boca. Enseguida Pancho González hizo un gol de tiro libre y nos asombró a todos. Después fue goleada y todo anduvo bien hasta que en un córner se produjo un entrevero y González dejó la espina clavada en un brazo del arquero. El árbitro se enfureció pero como le discutíamos y alguien se atrevió a patearle los tobillos, suspendió el partido y llamó a los gendarmes para que pusieran orden.
Estuvimos tres días refugiados en un cuartel de bomberos y no hubo manera de salir por la carretera donde nos esperaban los hinchas de Río Gallegos. Al amanecer los gendarmes nos pusieron en un barco de carga y ésa fue la única vez que estuve en el mar. Viajamos dos semanas sin camarote, comiendo porquerías, hasta que nos arrojaron en un puerto miserable. Mucho tiempo después nos enteramos de que el partido había sido declarado nulo y que ese año no hubo campeón. Orlando el Sucio ya no estaba con nosotros.
Años más tarde, cuando yo era periodista en Buenos Aires, se apareció en la redacción, ya calvo, pero siempre lleno de bolsillos. Venía a publicitar un método infalible para ganar a la ruleta y me preguntó por qué me había frustrado como goleador.
—No sé, un día el arco se me hizo más chico —le dije.
—A veces pasa —me dijo, y me alcanzó una foto de cuando él era joven. Estaba con la camiseta de Independiente—. Tres cosas marcaron mi vida —explicó—. El día que se me achicó el arco, la noche que perdí cien mil pesos en el casino y la madrugada que se fue la mujer de la que estaba enamorado. Cuando nos conocimos en el sur yo estaba buscando a esa mujer y a alguien que hiciera los goles en mi lugar. Usted no pudo ser por aquel accidente, pero encontré a otro pibe en Mendoza y nos cansamos de ganar finales. ¿Sabe cómo volví a Buenos Aires? ¡Me trajeron en andas!
—¿Encontró a la mujer? —le pregunté. —No —dijo, y se le ensombreció la mirada—. Siempre hay que resignar algo en la vida. ¿Quiere que le diga una cosa? Usted tenía talento en el área. Es una lástima que haya terminado así, teniendo que escribir tonterías. Seguro que no aprendió a pegarle con la derecha.
—Al menos tengo suerte con las mujeres —mentí. Me miró con una mueca despectiva, sacó un par de caramelos de limón y me pasó uno.
—Ése es un buen consuelo —dijo, y me guiñó un ojo.
domingo, diciembre 23, 2007
"Historia de una escalera", de Antonio Buero Vallejo

Un tramo de escalera con dos rellanos, en una casa modesta de vecindad. Los escalones de bajada hacia los pisos inferiores se encuentran en el primer término izquierdo. La barandilla que los bordea es muy pobre, con el pasamanos de hierro, y tuerce para correr a lo largo de la escena limitando el primer rellano. Cerca del lateral derecho arranca un tramo completo de unos diez escalones. La barandilla lo separa a su izquierda del hueco de la escalera y a su derecha hay una pared que rompe en ángulo junto al primer peldaño, formando en el primer término derecho un entrante con una sucia ventana lateral. Al final del tramo la barandilla vuelve de nuevo y termina en el lateral izquierdo, limitando el segundo rellano. En el borde de éste, una polvorienta bombilla enrejada pende hacia el hueco de la escalera. En el segundo rellano hay dos puertas: dos laterales y dos centrales. Las distinguiremos, de derecha a izquierda, con los números I, II, III y IV.
...
DOÑA ASUNCIÓN.-¿Te he dicho que padre de Elvira nos ha pagado el recibo de la luz?
FERNANDO.-(Volviéndose hacia su madre.) ¡Sí! ¡Ya me lo has dicho! (Yendo hacia ella.) ¡Déjame en paz!
DOÑA ASUNCIÓN.- ¡Hijo!
FERNANDO.-¡Qué inoportunidad! ¡Pareces disfrutar recordándome nuestra pobreza!
DOÑA ASUNCIÓN.- ¡Pero, hijo!
FERNANDO.-(Empujándola y cerrando de golpe.) ¡Anda, anda para adentro!
Con un suspiro de disgusto, vuelve a recostarse en el pasamanos. Pausa. URBANO llega al primer rellano. Viste traje azul mahón. Es un muchacho fuerte y moreno, de fisonomía ruda, pero expresiva: un proletario. FERNANDO lo mira avanzar en silencio. URBANO comienza a subir la escalera y se detiene al verle.
FERNANDO.-Hola, Urbano. Nada.
URBANO.-Tienes cara de enfado.
FERNANDO.-No es nada.
URBANO.-Baja al «casinillo». (Señalando el hueco de la ventana.) Te invito a un cigarro. (Pausa.) ¡Baja, hombre! (FERNANDO empieza a bajar sin prisa.) Algo te pasa. (Sacando la petaca.) ¿No se puede saber?
FERNANDO.-(Que ha llegado.) Nada, lo de siempre... (Se recuestan en la pared del «casinillo». Mientras hacen los pitillos.) ¡Que estoy harto de todo esto!
URBANO.-(Riendo.) Eso es ya muy viejo. Creí que te ocurría algo.
FERNANDO.-Puedes reírte. Pero te aseguro que no sé cómo aguanto. (Breve pausa.) En fin, ¡para qué hablar! ¿Qué hay por tu fábrica?
URBANO.-¡Muchas cosas! Desde la última huelga de metalúrgicos la gente se sindica a toda prisa. A ver cuándo nos imitáis los dependientes.
FERNANDO.-No me interesan esas cosas.
URBANO.-Porque eres tonto. No sé de qué te sirve tanta lectura.
FERNANDO.-¿Me quieres decir lo que sacáis en limpio de esos líos?
URBANO.-Fernando, eres un desgraciado. Y lo peor es que no lo sabes. Los pobres diablos como nosotros nunca lograremos mejorar de vida sin la ayuda mutua. Y eso es el sindicato. ¡Solidaridad! Ésa es nuestra palabra. Y sería la tuya si te dieses cuenta de que no eres más que un triste hortera. ¡Pero como te crees un marqués!
FERNANDO.-No me creo nada. Sólo quiero subir. ¿Comprendes? ¡Subir! Y dejar toda esta sordidez en que vivimos.
URBANO.-Y a los demás que los parta un rayo.
FERNANDO.-¿Qué tengo yo que ver con los demás? Nadie hace nada por nadie. Y vosotros os metéis en el sindicato porque no tenéis arranque para subir solos. Pero ése no es camino para mí. Yo sé que puedo subir y subiré solo.
URBANO.-¿Se puede uno reír?
FERNANDO.-Haz lo que te de la gana.
URBANO.-(Sonriendo.) Escucha, papanatas. Para subir solo, como dices, tendrías que trabajar todos los días diez horas en la papelería; no podrías faltar nunca, como has hecho hoy...
FERNANDO.-¿Cómo lo sabes?
URBANO.-¡Porque lo dice tu cara, simple! Y déjame continuar. No podrías tumbarte a hacer versitos ni a pensar en las musarañas; buscarías trabajos particulares para redondear el presupuesto y te acostarías a las tres de la mañana contento de ahorrar sueño y dinero. Porque tendrías que ahorrar, ahorrar como una urraca; quitándolo de la comida, del vestido, del tabaco... Y cuando llevases un montón de años haciendo eso, y ensayando negocios y buscando caminos, acabarías por verte solicitando cualquier miserable empleo para no morirte de hambre... No tienes tú madera para esa vida.
FERNANDO.-Ya lo veremos. Desde mañana mismo...
URBANO.-(Riendo.) Siempre es desde mañana. ¿Por qué no lo has hecho desde ayer, o desde hace un mes? (Breve pausa.) Porque no puedes. Porque eres un soñador. ¡Y un gandul! (FERNANDO le mira lívido, conteniéndose, y hace un movimiento para marcharse.) ¡Espera, hombre! No te enfades. Todo esto te lo digo como un amigo.
URBANO.-Ya sé que yo no llegaré muy lejos; y tampoco tú llegarás. Si yo llego, llegaremos todos. Pero lo más fácil es que dentro de diez años sigamos subiendo esta escalera y fumando en este «casinillo».
FERNANDO.-Yo, no. (Pausa.) Aunque quizá no sean muchos diez años...
URBANO.-(Riendo.) ¡Vamos! Parece que no estás muy seguro.
FERNANDO.-No es eso, Urbano. ¡Es que le tengo miedo al tiempo! Es lo que más me hace sufrir. Ver cómo pasan los días, y los años..., sin que nada cambie. Ayer mismo éramos tú y yo dos críos que veníamos a fumar aquí, a escondidas, los primeros pitillos... ¡Y hace ya diez años! Hemos crecido sin darnos cuenta, subiendo y bajando la escalera, rodeados siempre de los padres, que no nos entienden; de vecinos que murmuran de nosotros y de quienes murmuramos... Buscando mil recursos y soportando humillaciones para poder pagar la casa, la luz... y las patatas. (Pausa.) Y mañana, o dentro de diez años que pueden pasar como un día, como han pasado estos últimos..., ¡sería terrible seguir así! Subiendo y bajando la escalera, una escalera que no conduce a ningún sitio; haciendo trampas en el contador, aborreciendo el trabajo..., perdiendo día tras día... (Pausa.) Por eso es preciso cortar por lo sano.
URBANO.-¿Y qué vas a hacer?
FERNANDO.-No lo sé. Pero ya haré algo.
URBANO.-¿Y quieres hacerlo solo?
FERNANDO.-Solo.
URBANO.-¿Completamente?
Pausa.
FERNANDO.-Claro.
URBANO.-Pues te voy a dar un consejo. Aunque no lo creas, siempre necesitamos de los demás. No podrás luchar solo sin cansarte.
FERNANDO.-¿Me vas a volver a hablar del sindicato?
URBANO.-No. Quiero decirte que, si verdaderamente vas a luchar, para evitar el desaliento necesitarás...
Se detiene.
FERNANDO.-¿Qué?
URBANO.-Una mujer.
1949
sábado, diciembre 22, 2007
"En el templo del monje Ch'ao", de Liu Tsung-Yüan (773-819)

Me purifico con el agua
del estanque.
Mi corazón está en paz
libre del polvo del mundo.
Recojo reverente las escrituras
de hojas de palmera
Y me encamino a leerlas
en el pabellón oriental.
Aunque leo, nada encuentro
que calme mi ansiedad.
Un sórdido materialismo
es lo que el mundo persigue.
En vano busco en las escrituras
una respuesta del cielo.
¿Cómo podría lograr
la comprensión perfecta?
El hombre iluminado busca la paz
en los recintos sagrados
Donde el color del musgo se confunde
con el verde intenso del bambú.
El sol se deja ver
a través de la niebla.
Los verdes pinos reverdecen
ungidos por el rocío.
Con la mente en calma abandono
la palabra escrita y hablada,
Y hallo una profunda dicha
en la Iluminación.
viernes, diciembre 21, 2007
"Justine, o Los infortunios de la virtud", del Marqués de Sade
jueves, diciembre 20, 2007
Entrevista a Damon Mindelof y Carlton Cuse

CC: El ambiente, la localización de la serie nos parecía muy importante, como un personaje más. Después de ver varias opciones, Hawaii nos pareció la mejor. Es un lugar precioso y además no está tan alejado de la civilización como para que logísticamente fuera inviable.
¿Sabéis cómo acaba ya la serie? ¿Encaja con la idea que teníais al inicio?
DL: Siempre hemos sabido el final; lo que no hemos tenido claro es cuánto tiempo nos iba a costar llegar allí. De manera que sí, se mantiene la idea principal. Ahora, con 48 capítulos por filmar, estamos ilusionados con trabajar para llegar a ese punto que teníamos pensado.
¿Ya está decidido qué actor interpretará a Jacob? ¿Había aparecido ya Jacob antes del encuentro con Locke y Ben?
CC: Sí, sabemos cómo será representado Jacob. Fijaos en lo sutil de mi respuesta... [Cuse, en el original, dice 'depicted', sin confirmar si habrá un actor que haga de Jacob o será representado de otra manera; la cosa es no dar muchos indicios]. Y no, Jacob no apareció antes de ese encuentro con Locke.
¿Hay alguna explicación para los nombres de Locke, Rousseau, Hume [todos ellos conocidos filósofos]?
DL: Sí, son todos compañeros de bolos de Carlton... Oh, y también conocidos filósofos cuyas ideas hemos robado libremente para la serie.
4, 8, 15, 16, 23, 42... ¿Algún día sabremos realmente qué significan esos números?
CC: Explicaremos lo que quieren decir el 16 y el 23. Tenemos ciertas dudas acerca de revelar el significado del 4, el 8 y el 42.
Los personajes femeninos son independientes y se valen por sí mismos, no necesitan a los masculinos para ser creíbles. ¿Es algo premeditado o se ha ido construyendo al mismo ritmo que la serie?
DL: Es totalmente intencionado. Si Carlton y yo no lo hubiéramos hecho así, nuestras mujeres se hubiesen enfadado... En serio, ha sido una bendición contar con estas actrices. La independencia y la fuerza eran dos rasgos que buscábamos durante el casting. Con Elizabeth Mitchell, por ejemplo, supimos desde el primer momento que iba a ser una inyección para la serie. Si hay algún motivo para revisionar la tercera temporada, seguro que es para ver el crecimiento de su personaje.
¿Cuál es la razón para ver la tercera temporada en DVD?
DL: Una de las cosas que rompió el ritmo narrativo de la tercera temporada fue el parón. Los seis primeros capítulos fueron quizá demasiado oscuros y negativos, y centrados en Los Otros, antes de reunir al grupo y entrar en materia... Sin contar que los DVD tienen una gran cantidad de material extra, ver la tercera temporada de una vez mejora la impresión que se tiene de ésta; así que los DVD merecen la pena.
¿El secreto de la isla... implica que todos sus habitantes tienen que pagar un precio por estar ahí?
CC: Sí, unos 3.95 dólares... No, en serio: el tema de la serie es la redención. Todos los personajes sufren un proceso de confrontación con los fallos del pasado y recuerdan hechos que les llevan al corazón de sus emociones.
¿Qué crees que nos gustará más de los DVD de la tercera temporada?
CC: Nos entusiasma la idea de las 24 horas de Lost. Realmente muestra lo complejo que es el proceso de creación y realización de una serie... Y también nos motiva el lanzamiento en Blu-ray. Es la primera producción de ABC Disney TV en este formato y la calidad es impresionante. Además, la edición Blu-ray cuenta con algunas cosas en exclusiva, como por ejemplo algunas respuestas de Damon y mías...
¿Conocemos a la persona que está en el ataúd?
CC: Sí.
¿Qué fue lo más complicado de filmar en la tercera temporada?
CC: La estación subacuática, The looking glass. Requirió construir un set, un tanque de agua, efectos especiales...
¿Cuánta gente está en el proyecto de Lost? ¿Hay más gente que al principio o más o menos la misma?
CC: Hay cerca de 500 personas implicadas en el proyecto. La mayoría han ido rotando, no son los mismos; 400 de ellos están en Hawaii, donde se filma, y 100 en Los Angeles, donde se hace el resto.
Ahora que la tercera temporada nos ha resuelto algunas preguntas (y hecho otras), ¿qué podemos esperar de la cuarta?
DL: Lo mismo: responder viejas preguntas y plantear nuevas. Verdaderamente, creemos que la cuarta será novedosa en muchos sentidos y estamos muy entusiasmados con lo que estamos haciendo. Esperamos que sea tan sorprendente como creemos que fue la season-finale de la tercera.
Con tantos fans debatiendo sobre la serie... ¿alguna vez habéis cogido ideas suyas?
CC: Sí. ¿Tenéis alguna más?
¿Paolo y Nikki murieron porque no conectaron con los fans o porque quedaba bien matarlos así?
CC: Ambas.
¿Veremos muchos flashforwards en la cuarta temporada o eso sería dar demasiada información acerca de quién sobrevive?
CC: Los FF serán una parte muy importante de la nueva temporada, pero no hay que equivocarse: el FF que ya hemos visto no es el final de la serie...
Ya que Michael vuelve en esta temporada, ¿es posible que veamos a un Walt físico? ¿O sólo a uno fantasmagórico? ¿O quizá el actor ha crecido demasiado para quedar convincente?
DL: Michael vuelve, es definitivo. Y por lo que a Walt respecta... siempre supimos que Malcolm [el actor que interpreta a Walt] iba a crecer más rápido que el ritmo de rodaje. Y lo teníamos planeado. Confiad en nosotros, por favor...

CC: Quien crea que lo de Jacob daba respuestas... mal. En realidad, presentamos a Jacob porque queríamos que fuera algo más que un simple nombre, dada la importancia que tomará.
De la primera mitad de la tercera temporada hubo quejas acerca de la falta de respuestas. ¿Os preocupa haber ido demasiado lejos en la segunda mitad para compensar?
CC: No, creemos que al final de la temporada estaba equilibrado.
La tercera temporada ha visto cómo morían bastantes personajes principales. ¿Estaba previsto este baño de sangre?
CC: Este año íbamos a hablar de Los Otros, y así lo hemos hecho. El final de la temporada tenía que cerrar su historia, y para ello prometimos un enfrentamiento. Y ese enfrentamiento ha tenido consecuencias...
La mayoría de los personajes no son ni malos ni buenos, sino más bien ambiguos.
CC: En lugar de ambiguos, preferimos hablar de personajes complejos... Nos interesa mucho explorar esa doble faceta que comparten muchos personajes, y la lucha interna que todos tenemos con las cosas malas de nuestro pasado.
Después de tantos flashbacks, ¿habéis recurrido a los flashforwards por falta de ideas para los flashbacks? ¿Serán los flashforwards la norma o habrá equilibrio con los flashbacks?
DL: Era inevitable renunciar a parte del peso de los flashbacks, sin huir de ellos, pero había que cambiar un poco y encontrar un nuevo paradigma narrativo. Saltando al futuro tenemos más juego, porque no sólo habrá que adivinar de quién es el flashforward, sino cuándo está ambientado...
¿A qué personaje ha sido más difícil matar?
DL: Fue muy duro tener que decir adiós a Charlie. Decidimos que la temporada tenía que acabar con la muerte de un personaje principal, y lo preparamos ya desde principios de año. El sacrificio de Charlie fue complicadísimo de escribir, y la actuación de Dom lo hizo además muy duro de ver... Su muerte tiene aún reverberaciones al principio de la cuarta temporada.
¿Podemos comentar un poco las referencias al Mago de Oz que salpican la serie?
DL: El Mago de Oz, y también Alicia en el País de las Maravillas, son temas recurrentes en Lost. Ambos hablan de gente real buscándose en mundos fantásticos, y buscando al mismo tiempo una salida. Todas esas referencias (Henry Gale, los conejos blancos, globos...) están puestas como homenaje a esas historias que tanto nos han influenciado en nuestra forma de narrar.
Desde que se reveló que el secreto de la isla tenía que ver con los viajes en el espacio-tiempo muchas de las cosas inexplicables han cobrado cierto sentido. ¿Por qué lo desvelasteis?
CC: Cuando ABC/Disney nos permitió acabar la serie en 48 episodios nos pusimos a pensar una nueva manera de narrar, que incluye flashforwards. La serie es como un mosaico, y cuando todas las piezas encajen tendremos el total de Lost.
¿Cuántos días llevan los perdidos en la isla? Porque si llevamos la cuenta y la trasladamos a las seis temporadas, sale que Sun no debería morir por cuestiones del embarazo. ¿Es correcto?
DL: Ahora mismo estamos en menos de cien días en la isla, por lo que en principio esa teoría sobre Sun es correcta si las cosas siguen igual. Pero no olvides que el próximo año saltamos al futuro, así que...
¿Tiene nombre la isla? ¿Lo sabremos?
DL: La isla se llama Herbert Jablonski.
Ya que Charlie no muere a causa de la explosión... ¿por qué no intenta salir nadando?
DL: Por dos motivos; uno, porque cierra la puerta para salvar a Desmond, y el agujero generado por la granada es demasiado pequeño. Y dos, porque en cualquier caso sabe que va a morir, pase lo que pase.
¿Trabajáis con físicos para hacer más creíbles las tramas de ciencia-ficción (viajes espacio-temporales)? ¿A parte de los guionistas, quién más ayuda a escribir Lost?
DL: Por desgracia, los físicos están demasiado ocupados haciendo física como para echar una mano en Lost... La mayoría de cosas las buscamos, investigamos, procuramos darle credibilidad.
¿Hawking se llama así por Stephen Hawking? ¿Por qué no envejece?
DL: Hay una confusión: Hawking es la mujer del FB de Desmond [Fionnula Flanagan], mientras que tú te refieres a Richard Alpert. Hawking sí está bautizada por Stephen; Alpert también está bautizado por alguien famoso, pero no diremos quién...
La tercera temporada aleja a Jack y Kate. Sin embargo, al final parece que su relación es más fuerte que nunca. ¿Está hecho a propósito? ¿Por qué os empeñáis en demostrar que no tienen ninguna oportunidad de estar juntos?
CC: El triángulo Jack/Kate/Sawyer todavía tiene mucha cuerda... ¿Y quién dijo que no vayan a tener una oportunidad?
¿Ya sabéis cuál será la última imagen del último episodio de Lost?
CC: Sí, sabemos qué imagen aparecerá y no será una pantalla en negro [referencia a Los Soprano].
Vemos que el nuevo DVD contiene referencias literarias. ¿Qué referencia es la más obvia en la tercera temporada?
CC: Uno de los extras del DVD de la tercera temporada se llama The Lost Book Club (El club del libro de Lost). Allí hay respuestas... pero mi favorita es la de Aldo (miembro de Los Otros que guarda la puerta 23 en el séptimo episodio), que está leyendo A brief history of time.
Con todas las expectativas que creasteis con Walt, ¿no lo volveremos a ver nunca más?
DL: Sí, lo veremos de nuevo. Pero debéis tener paciencia, lo siento...
¿Usáis muchos efectos especiales?
CC: Grabamos la serie entera en la isla de Oahu, en Hawaii. Eso requiere grandes efectos visuales para que Honolulu parezca Irak, París o Nueva York.
miércoles, diciembre 19, 2007
"El buitre", de Franz Kafka
Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya me había destrozado los zapatos y los calcetines, y ahora ya me picoteaba los pies. Siempre daba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego continuaba su obra. Llego un señor, se quedó mirando un momento y me preguntó por qué aguantaba yo al buitre.
-Estoy desamparado -le dije-; llegó y comenzó a darme picotazos; yo trate de espantarlo y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy salvajes y quería írseme a la cara. Decidí sacrificar mis pies; ahora casi me los ha destrozado.
-No se deje sacrificar -dijo el señor-; basta un tiro y el buitre se terminó.
-¿Cree usted? -pregunté-, ¿quiere ayudarme en este trance?
-Con mucho gusto -dijo el señor-; sólo tengo ir a casa a buscar el revolver, ¿podrá usted aguantar media hora más?
-No lo sé -respondí, y por un momento quedé rígido de dolor; luego añadí-: por favor, inténtelo de todas maneras.
-Bien -respondió el señor-, voy a apurarme con mi revólver.
El buitre había escuchado con calma nuestro diálogo, mirándonos al señor y a mí. De repente me di cuenta que había entendido todo; voló un poco, retrocedió para darse el impulso necesario, y como un atleta que arroja la jabalina ensartó el pico en mi boca, hasta el fondo. Al irme de espaldas sentí cómo me liberaban; que en mi sangre, que llenaba todas las profundidades y que rebasaba todos los límites, el buitre, inexorablemente, se ahogaría.
martes, diciembre 18, 2007
“Cosmópolis”, de Don DeLillo

- ¿Dónde está?
- Decidió quedarse –dijo Eric.
- Bien. No lo necesitamos.
- ¿Y ella?
- La he mandado a casa.
- Bien.
- Bien –dijo Torval-. Esto empieza a ponerse bien.
Alguien había acampado en la limusina. Estaba sentada en el sofá, medio arrellanada, a punto de quedarse a roque, toda de plástico y andrajos, y Torval la echó a patadas. Hizo un baile para desembarazarse de sus garras y se quedó allí como un apósito, un montón de ropa que a duras penas se tenía en pie, sus pertenencias envueltas en hatillos, bolsas de bocadillos para las limosnas, colgadas del cinto.
- Necesito una gitana. ¿Alguien sabe leer las líneas de la mano?
Una de esas voces sin uso, que suenan fuera del mundo.
- ¿Y qué tal los pies? Léeme las plantas de los pies.
Él rebuscó algo de dinero en los bolsillos y se sintió un poco idiota, un poco desilusionado, tras haber amasado y haber perdido sumas con las que se podría colonizar un planeta, pero la mujer ya se marchaba por la calle con sus zapatos de suelas levantadas, sin billetes ni monedas que encontrar en sus pantalones, sin documentos de ninguna clase.
lunes, diciembre 17, 2007
Miles Davis a través del espejo
"Sólo soy un trompetista. Sólo se hacer una cosa, tocar mi instrumento y esa es la base de toda la confusión. No soy un hombre de espectáculo y no quiero serlo. Soy un músico" (1963)
"Si no pudiera descubrir o enriquecer el arte, encontrar nuevos enfoques, me sentiría culpable de estar vivo. Preferiría la muerte a la ausencia de creación. No tendría ninguna razón para vivir si no pudiera componer, digamos, una composición que me satisfaciese. No que le guste a alguien, sino que me satisfaga, que le guste a mis amigos. Que me digan : "Sííí, Miles, qué bueno". Sin eso, no querría vivir. Sé que es egoísta. ¡Pero los genios son egoístas!" (1987)
"Estoy aquí abajo para tocar música, para interpretarla. Y es lo que hago. Es todo lo que quiero hacer. Y lo hago bien. Podría hacer un montón de cosas, pero lo fundamental, lo que me gusta, lo que está antes que todo, hasta respirar, es la música." (1987)
DEVIL MAY CARE
"El órgano me horroriza, me recuerda a la religión. Es el miedo lo que hace que la gente sea religiosa, y el sonido del órgano le recuerda ese miedo. De pequeño iba a la iglesia, pero hacia los seis años, le pregunté a mi madre por qué siempre en la iglesia me trataban de pecador aunque no hubiera hecho nada malo. Como no obtuve una respuesta satisfactoria dejé de ir a la iglesia. Hoy no creo en nada, salvo en mí mismo..." (1971)
IN A SILENT WAY
"Hay muchos buenos músicos, es evidente, pero pocos son originales. El trabajo básico hay que hacerlo con el sonido. El sonido es tu voz, tienes que buscarlo. Tocan notas originales, sin duda, pero no tienen un sonido propio. No es muy difícil tocar notas originales. El sonido, es otra cuestión. El sonido representa a uno mismo. Mira, escúchame: a la primera nota me reconoces, ¿no?, sabes que soy yo. Eso es el sonido. Cada cual tiene trabajar su originalidad, sus raíces. A veces, cuando me escucho, me parece que sueno demasiado banal, demasiado blanco, así que vuelvo a trabajarlo. Es algo muy exigente. En la actualidad, los saxofonistas no buscan un sonido propio. O no lo encuentran. Todos copian el sonido de Coltrane. Hay muy pocos sonidos originales en la música creativa. Mucho perfeccionismo, eso sí, mucha reproducción, pero muy poco sonido propio. El sonido sólo puede surgir del grupo, hay que esforzarse muchísimo. Ahora hay mucha competitividad, una especie de rivalidad deportiva. Se busca la perfección para hacer dinero, pero no hay sonido. El sonido, el dibujo, la ropa que llevo sobre el escenario, forma parte de lo mismo, es la búsqueda de un sólo color. Todo contribuye a la expresión de lo que eres." (1984)
"Para tocar un sonido, tienes que elegir... elegir la nota más importante. Aquella que fertiliza el sonido, lo que la gente llama las "notas hermosas". Se trata simplemente de notas fundamentales que tienen que ser tocadas." (1987)
"Cuando era joven, adoraba el sonido de mi profesor de trompeta. Era un negro que tocaba a menudo con Andy Kirk, y en el registro grave sonaba como Harold Baker. Busqué ese sonido de corneta. Es tan sólo un "sonido". ¡Pero funciona!… Si se leen tantas cosas sobre Beethoven, se debe a que la gente podía comprenderlo. A los demás, los que no eran comprendidos, no se les menciona. Por tanto, mi tono tiene que ser sencillamente el más fácil de entender. Como Louis Armstrong. Pero, sabes, tu sonido es... es como tu sudor. Es tu "sonido". (1987)
EZZ-THETIC
"Para tocar hay que tener a la vez imaginación y conocimientos. Si no, no vale la pena. Oigo a tíos que, si fueran boxeadores en vez de músicos, serían enviados a la lona, porque en boxeo no puedes hacer dos veces lo mismo."(1971)
"Cada nota significa algo diferente. Mira, trato de que mi saxofonista comprenda el problema de las frases. Hay que utilizar las frases del mismo modo que uno gasta el dinero por el que ha tenido que trabajar duro durante el día. Pero él las tira, las malgasta. Es igual que cuando un boxeador hace gestos inútiles y malgasta su energía." (1983)
"Debía tener unos quince años y tocaba con un batería en el Castle Ballroom de Saint Louis. Teníamos una orquesta de diez músicos, tres trompetas, cuatro saxos, etc. Me preguntó: "Pequeño Davis, ¿por qué no tocas lo que tocaste ayer? ¿ Qué? - ¿No sabes? - No. – Tocaste algo que provenía del puente de la composición... – No sé. – Si no sabes lo que tocas es como si no hicieras nada." La torta que recibí. ¡Pam! Me fui a buscar todo lo que pude, todos los libros, para aprender teoría. Ahora sé qué quería decir. Sé de qué nota hablaba."(1987)
"El boxeo es como la música: cada día se aprende algo. Boxeo porque me da fuerza. Y expulsa de mis pulmones el humo de la noche anterior. Y es bueno para tener buen soplo... Me permite quedarme pegado a la embocadura. No como esos músicos anticuados que se paran cada rato par respirar y, de este modo, hacen siempre frases de dos o cuatro compases. Son tíos que bajan la guardia. Yo no bajo la guardia cuando toco. En un grupo nunca debes dejar que el que toca detrás adivine cuándo vas a retirar el instrumento de tus labios y hacer una pausa. Es como en el boxeo, siempre hay que acorralar al adversario..." (1971)
FILLES DE KILIMANJARO
"Love, but no sex. No puedo echar un polvo y tocar luego trompeta. Es así. Desde el primer compás de un concierto soy capaz de adivinar qué hizo mi batería la noche anterior. Si no ha dormido no le queda nada. El entrenador de Joe Louis le decía a su mujer que si la veía rondar cerca de la sala, la mataba... Las chicas siempre están ahí para arrebatarle la fuerza a los músicos. Son peligrosas. Por otro lado, son ellas quienes realmente tienen un feeling por la música. Nos hacen componer canciones de amor, todas esas canciones de amor, todas diferentes, son ellas..." (1985)
SOMETHIN' ELSE
"Escucho música clásica, escucho a todos los compositores pero siempre vuelvo a Stravinsky. En mi opinión, hizo rítmicamente más que casi todos los demás. También me gusta Rachmaninov... Stravinsky compone sonidos que me dejan sin respiración, pero me gusta Rachmaninov por la forma. ¿Schoenberg? Sí, he escuchado todo eso. Me gusta Berg. Pero esa gente sólo compone una vez. Como Ibert, que hizo "Escales" y nada más de interés. Lo mismo pasó con Benjamin Britten: compuso "Peter Grimes" y ahí se quedó..." (1971)
THE MEANING OF THE BLUES
El blues no es más que un sonido, sabes, no es ni un nombre ni una palabra, no es una etiqueta, es tan sólo un sonido: el sonido bluesy. Mi música suena bluesy, cada vez más bluesy, sí, se puede decir así, pero siempre ha sonado así. Es el sonido negro de mi música. Lo que hay que decir es que el sonido del blues hoy se va extendiendo, se vuelve universal. Es el sonido de esta época." (1984)
CALL IT ANYTHIN'
"¿Jazz, rock, underground, clásico? Me niego a compartimentar los géneros. No es así como contemplo la música. Parto de una base completamente diferente. Cuando alguien que se considera un aficionado al jazz me dice que ya no toco jazz, me quedo perplejo. Nunca decido qué tipo de música voy a tocar, sencillamente porque nunca he pensado que la música se divide en diferentes categorías. Además, ¿cómo es un aficionado al jazz? Por lo general es alguien que siempre quiere oír los mismos viejos tópicos. ¿Por qué? ¿Acaso siempre lleva la misma ropa? ¿Sale siempre con la misma mujer? ¿Va siempre con la misma gente?" (1971)
"¡Mierda! El jazz está en un punto muerto. Sólo son tópicos, tópicos y más tópicos... En realidad, los americanos blancos no pueden tocar jazz. Copian, copian mucho. Copian todo lo que haces – todo." (1983)
"En Estados Unidos el jazz sigue teniendo una connotación de música inferior. Todo está hecho para que siga siéndolo, aunque los productores lo mezclan con otras salsas. Si Paul Whiteman no hizo tal cosa, entonces no vale. Lo nombran Rey del Jazz –o algo por el estilo– y se convierte en música blanca. Benny Goodman Rey del Swing. Se divirtieron mucho con el "Duque de Ellington" y el "Conde de Basie". Estoy seguro de que estos motes ni siquiera proceden de los propios músicos. Seguramente fue John Hammond quien los llamó así". (1986)
THE STRUGGLE CONTINUES
"Los blancos esperan de los músicos negros una determinada forma de comportarse – al igual que han puesto una etiqueta definitiva a la raza negra. Esto se remonta a la época de la esclavitud. El tío Tom es una creación de los Blancos. Cada niño negro crece viendo que la mejor manera de que los blancos le traten bien es haciendo muecas y el payaso. Esto ayuda a los blancos a tener menos remordimientos por sus actos contra los negros, y esto es algo que se prolonga hasta hoy. Si lo aplicas a los músicos, los blancos no sólo quieren vernos tocar un instrumento sino también hacer muecas y bailar. Odio hablar de racismo. Si digo que algunos de mis mejores amigos son blancos, no miento. Los únicos blancos a los que odio son los racistas. Si a uno le duele un zapato, pues no se lo pone. No me gustan los blancos que me hacen sentir que no pueden entender que los negros –pero también los chinos, los puertorriqueños o cualquier raza diferente a la blanca– deseen que su dignidad sea reconocida y deseen ser respetados. No digo que todos los negros sean seres maravillosos. Hay muchos negros que no puedo ni ver. Sobre todo los que actúan tal y como los blancos desean verlos actuar. Me sacan de quicio..." (1963)
"De un modo u otro, todos los negros, cualesquiera que sean, han sufrido persecuciones raciales. Un día, llamé a un electricista para arreglar algo en casa. Cuando llamó a la puerta, fui a abrirle. Me miró como si estuviera sucio. Me dijo: "Me gustaría hablar con el señor Davis." Cuando le dije: "Lo tiene delante", se puso colorado. Se imaginaba que yo era el portero. Estaba furioso y molesto. Que había hecho yo aparte de pedirle que hiciera su trabajo? Esa misma semana vi a varios reclutas de West Point. Y, en un bar me dirijo a uno y le pregunto por qué son tantos en la ciudad. Nada más hacerle las pregunta se dio la vuelta y se negó a responderme. Pero entonces, uno de ellos me reconoció y se puso colorado, exactamente como el electricista. Intento disculparse diciéndome que tenía todos mis discos. Le respondí que había pagado bastantes impuestos para que pudiera disfrutar de estudios gratuitos en West Point. Y me largué. Estoy seguro de que hoy me trata de hijo de puta. Esto me afectó hasta tal punto que no pude hace nada durante dos o tres días, fui incapaz de hacer nada. Dentro de dos o tres años, Gregory, mi hijo mayor, será llamado a filas. No puedo evitar imaginármello a las órdenes de este tipo." (1963)
"No quiero otro arreglista que no sea Gil Evans: estamos aún más unidos que si fuera mi hermano. El día que contraté a Lee Konitz, algunos músicos de color me reprocharon que contratase a un blanco mientras algunos negros estaban en el paro. Les dije que si un músico tocaba tan bien como Lee, estaba dispuesto a contratarlo, fuera verde o rojo." (1963)
"No pasa un día sin que esta discriminación me vuelva loco de rabia y como no puedo estar siempre furioso, utilizo la música para sacar mi ira." (1971)
FAT TIME
"Antes, cuando me pedían que participase en un concierto benéfico, consideraba que eran los blancos quienes tenían que ofrecerse a participar. Históricamente, han actuado de forma que el pueblo negro de Estados Unidos tenga que crear organizaciones como el CORE (Congress Of Racial Equality) y la NAACP (National Association for the Advancement of Colored People) que agrupan en su mayoría a blancos. Yo decía: "¿Por qué no hacemos un concierto benéfico en nuestro favor? Tenemos que adoptar otro método." Al final, toqué para el CORE. Pero, ¿adónde va el dinero en todo esto? Nunca dónde hace falta. ¿Qué africano quiere un tazón de arroz mierdoso? Una hora después, volverá a tener hambre. Necesitan medios reales para poder atender sus necesidades por sí mismos. Mira el ejemplo de Arizona: Scottsdale era un desierto, regado con pequeñas mangueras que no valían nada. Y la tecnología moderna la transformó en una región fértil. Esto es lo que necesita África y no compasión en plan: "Oh, mira este pobre negrito tan flaco, con el pito manchado de barro" ¡No!" (1986)
APRIL IN PARIS
"La música era toda mi vida hasta que conocí a Juliette Gréco. Me enseñó lo que significaba querer algo distinto a la música. Probablemente, Juliette fue la primera mujer a la que amé como un ser humano, en un pie de igualdad. Era hermosa. Teníamos que comunicarnos mediante expresiones, con el lenguaje corporal. Ella no hablaba inglés y yo no hablaba francés. Nos hablábamos con los ojos, los dedos. Con este tipo de comunicación, uno sabe que el otro no le cuenta mentiras. Tienes que moverte por los sentimientos. Era abril en París. Sí, y estaba enamorado." (Miles, la Autobiografía, 1989)
"En París, un día, esta rodeado por fotógrafos y periodistas. Hablábamos tranquilamente. Algunos me preguntaron: "¿Por qué decidió hablar con nosotros" Les respondí: "Porque me escucháis." (1984)
"[En Francia] el público tiene una gran nivel de escucha. Está receptividad no viene de ayer. Ya en 1949, comprobé que los franceses adoraban a Sydney Bechet. Un trompetista que se llamaba Aimé Barelli tocaba como Harry James. Era mi primer concierto en Europa. Cuando desembarqué, sentí que mis dedos me decían: "¡Estás libre!" Iba al restaurante sin preocuparme si iban a servirme o a echarme a la calle." (1986)
YOU AND I
"No tocaré allí donde van esos blancos con los bolsillos llenos de dinero y para quienes la música es una manera de excitarse y excitar a las tías que les acompañan. No van a escuchar buena música. Beben demasiado, son ruidosos. Van para que les vean y oigan. Saltan, gesticulan y bailan. No tienen ninguna compostura y no respetan a sus mujeres. Si hay un grupo negro sobre el escenario, lo que quieren en realidad es ver un espectáculo en plan "tío Tom". Luego está ese tío que vocifera "¡Hey, colega! Toca "Sweet Georgia Brown". Y entonces, haces una mueca y tocas el tema. Odio tocar en un sitio lleno de esa gentuza. Si no existiese otro tipo de público, me quedaría en casa y viviría de las rentas." (1963)
"Antes que nada, toco para mí. Si hay gente que viene a escucharme, mejor." (1971)
"Normalmente, el público te dice qué quiere oír. Si al componer música anticipas lo que quieren oír y les gusta, pues perfecto. El problema es combinar tu música con sus sentimientos." (1983)
NOW'S THE TIME
"No comprendo que la gente escuche viejas grabaciones como Birth of the Cool o Miles Ahead. Me es absolutamente imposible escuchar estos discos. Mañana, seguramente ya no podré escuchar el disco que hoy está en mi tocadiscos. Y ocurre con todos los discos. Escucho un disco durante una o dos semanas y ya está. Hace unas semanas, escuché a Rachmaninov y, posiblemente, no lo volveré a poner en el tocadiscos. Tal vez nunca." (1971)
"En el estudio, siempre existen limitaciones. En directo las cosas funcionan. Una sesión de grabación es como pan rancio: no es nada. De verdad, me considero feliz si puedo soportar escuchar un disco que acabo de grabar. Cuando tocamos en directo, no tenemos que pensar en el tiempo, en el momento en que tendremos que terminar." (1971)
"No tenemos tiempo para "Body and Soul", "I Got Rhythm", "So What" o Kind of Blue. Ahí están. Los hice en un momento determinado, en el momento oportuno, el buen día y ya está. Se acabó, está grabado. La gente me pregunta por qué no toco esto o aquello. Que vaya a comprarse el disco. Lo puede encontrar. Lo que le gusta está en el disco. No soy yo al que quiere, y no quiero que me quiera por Kind of Blue. Debe quererme por lo que hacemos ahora." (1987)
STABLE MATES
"Art Blakey toca lo mismo que hace cuarenta años, pero lo toca como si alguien acabase de enseñárselo y le hubiera gustado. Como si el mismo Jesús se le hubiese acercado y le hubiese dicho: "Es para ti, tócalo" (1985)
"Wynton Marsalis (...), es un buen chaval y un músico fantástico; ha estudiado mucho. Pero no entendí su discurso en los premios Grammy. A veces la gente habla como si les hubieran hecho una pregunta. Pero nadie le había pregunta nada. Como si a Marvin Hagler le preguntan: "¿Qué opina del combate?" Y responde: "Voy a demostrar a la gente que soy el campeón." ¡Nadie le pidió que demostrara nada! Y Wynton me pareció que se consideraba el salvador del jazz. Pero no quiero decir nada contra él. A mucha gente no le caigo bien porque no digo nada. Pues bien, hay otros que hablan demasiado." (1984)
"Por ejemplo, Wynton [Marsalis]. No tiene un sonido personal. Freddie Hubbard casi tiene uno. Woody Shaw es un trompetista de verdad, creativo. Como Dizzy. Pueden tocarlo todo, quiero decir que Dizzy todavía es capaz de tocar un buen solo." (1987)
"Dizzy [Gillespie] sigue teniendo mucho talento pero no lo explota realmente. Tiene todavía por delante unos quince o veinte años, debería aprovechar para tocar lo que quiere, en vez de hacer lo que piensa que desea la gente. A los doce años ya era independiente, ¿por qué se preocupa hoy de los demás." (1975)
"Me gusta Stan [Getz] porque tiene mucha paciencia. Ahí donde los demás no sacan nada de una canción, él todavía lo logra. Esto exige mucha imaginación, y los que la tienen son muy escasos." (1975)
"Ornette Coleman hace el ridículo cuando toca la trompeta. Pero toca cada nota con tanta seriedad que la gente se queda impresionada, sobre todo los blancos –siempre los engañamos, siempre quieren ser mas vanguardistas que nadie" (1975)
"Herbie Hancock quiere ser demasiado intelectual. Necesita unos cuantos retoques... Pero es el mejor." (1975)
"¡Nadie puede tocar tan mal! La próxima vez que me encuentre con Eric Dolphy, le pisaré los pies. Publicad esto: lo encuentro ridículo." (1975) (1)
Nota:
(1) Se habrán equivocado de fecha, ya que Eric Dolphy ya no era de este mundo.
Publicado inicialmente en Jazz Magazine.
Traducido por Juan Carlos Hernández y Diego Sánchez Cascado.
