jueves, abril 30, 2009

"Cigüeña de nieve", de Yordan Radichkov

Fragmento




El diablo disfrazado de hoopoe caminó entre los grupos de cerdos pero no se hundió en sus ojos y se alejó rápidamente. Había encontrado alguna vez grupos de cerdos y se aterrorizaba por el abismo de sus miradas. En ese profundo abismo todo el espíritu humano permanecía encadenado. Cada cadena estaba asegurada por varios candados, y sus enlaces se retorcían en el fondo del abismo, rozando sus paredes, ruidosos, pesados y sordos. El metal gemía no como si fuera algo inerte, sino moldeado de telillas vivas y humanas. El diablo no quería experimentar esas profundidades una segunda vez. Solamente captaría sus miradas desde lejos y rápidamente miraría a otro lado. Hizo lo mismo esta vez y se alejó velozmente del pobre desdichado y en ese instante divisó una cigüeña en el río. El pájaro caminaba sólo, lentamente, mirando bajo las rocas, engullendo tan rápido como la luz insectos y después plácidamente, seguía caminando por las aguas del río. Era un pájaro viejo. Con la excepción de unas cuantas plumas despeinadas y rotas, el resto era blanco como la nieve. Al final de las alas y la cola de las plumas brillaba un negro azulado y en sus patas y el pico destellaba un rojo deslumbrante.









sin datos editoriales












miércoles, abril 29, 2009

"En el mesón Las Tres Lilas", de Jan Neruda







Me parece que enloquecí en aquella ocasión. Me esta­llaban los músculos, me bullía la sangre en las venas.

Era una noche caliente, tenebrosa. Tras varios días de calor sofocante, gruesas nubes negras taparon el cielo. Desde esa tarde había un ventarrón que las arreaba y des­barataba en tiras, para amasarlas otra vez más adelante. Por fin se desató una tormenta tremenda con un aguacero brutal; la borrasca y la lluvia duraron hasta bien avan­zada la noche. Me quedé sentado bajo la galería del me­són "Las Tres Lilas", próximo a la puerta de Strahov; un pequeño mesón únicamente frecuentado por muchos clien­tes los días domingo, sobre todo cadetes y suboficiales entretenidos en el saloncito con sus bailes acompañados por el piano. Era justamente un domingo. Me quedé sen­tado, solo bajo la galería, en una mesa cercana a la ven­tana. Casi sin intermitencia, resonaban los truenos; la llu­via aporreaba las tejas sobre mí; el agua caía a baldes por las calles anegadas, y adentro del mesón los cadetes no dejaban en paz al piano más que por instantes. Cada tanto atisbaba por la ventana abierta y podía ver a las sonrien­tes parejas felices en plena danza; cuando me aburría de ello, examinaba las sombras del jardín. A la luz de un rayo pude ver unas pilas de huesos humanos junto al cerco del jardín, donde terminaba la galería. En no sé qué época había existido en ese lugar un cementerio y justamente la semana pasada acababan de desenterrar las osamentas restantes para llevarlas a otro sitio. Aún esta­ban la tierra en desorden y los sepulcros sin cerrar.

Muy poco me quedé quieto en la mesa. Me paraba a cada rato e iba a la puerta abierta del saloncito para poder ver mejor las parejas de bailarines. Me fascinaba una bella joven de aproximadamente dieciocho años. Era espi­gada, con buenas y gallardas formas, pelo negro cortado a la altura de la nuca, rostro oval y delicado como el terciopelo, ojos claros... ¡una belleza de muchacha! En especial me cautivaban sus ojos. Eran claros como el agua, misteriosos como un lago lleno de secretos, y tan firmes que de inmediato hacían pensar en las palabras: "Primero se cansará el fuego de la leña y el mar de las aguas que esa mujer de los hombres".

Bailaba casi sin parar. Rápidamente se percató de que me gustaba. Al pasar delante de la puerta en que yo es­taba parado, me clavaba los ojos insistentemente y cuando se desplazaba por el saloncito me daba cuenta de que me estaba mirando desde lejos. No pude ver, por el contra­rio, que conversara con ninguno de los asistentes.

Cuando aparecí de nuevo en la puerta se cruzaron de inmediato nuestras miradas, aunque ella estaba al fondo. Terminaba la contradanza y en esa circunstancia apareció en la sala otra chica, muy apurada, con la respiración cortada y completamente empapada, que avanzó entre la gente hasta la chica de los lindos ojos. Recomenzó la música para la última parte de la contradanza. La que acababa de entrar le susurró alguna cosa a la de los ojos cautivantes; quien se limitó a asentir con la cabeza, sin decir una sola palabra. La última parte del baile duró bastante. La dirigía un cadete gallardo y bromista. Al terminar la danza, la chica de los ojos claros dirigió la vista otra vez a la entrada que daba al jardín y por fin salió por la puerta principal de la sala. La vi colocarse el tapado y después se fue.

Me instalé de nuevo en mi mesa. La borrasca arreció en ese instante, como si quisiera agotar los ruidos de que disponía; el viento aulló otra vez y los rayos caían sin parar. Presté atención, agitado, pero en verdad no dejaba de pensar en esa chica y en sus ojos subyugantes. No me moví de mi silla; de cualquier manera, me era impo­sible irme a mi casa.

Un cuarto de hora después miré de nuevo la sala. La chica se encontraba de nuevo allí. Estaba acomodándose la ropa empapada, se secaba los cabellos mojados, con la colaboración de una amiga un poco mayor.

–¿Para qué te fuiste a tu casa con semejante tormenta? –le preguntó la acompañante.
–Mi hermana vino por mí.

Fue la primera vez que escuchaba su voz. Era fuerte y suave como una seda.

–¿Ocurría algo en tu casa?
–Recién murió mi madre.

Tuve un estremecimiento.

La joven se dio vuelta y salió hacia la galería. La tenía junto a mí; me miró fijo en los ojos y sentí su mano en la mía, trémula. La tomé de la mano. ¡Era tan tierna!

La conduje, sin hablar, hasta donde terminaba la galería; fue tras de mí sin oponerse.

La borrasca estaba en su apogeo. El vendaval aullaba, trepidaban el cielo y la tierra, sacudiéndose; resonaban los truenos encima de nosotros y todo era tétrico en derredor. Parecía que los muertos se lamentaban en sus sepulcros abiertos.

Se escondió entre mis brazos. Contra el pecho sentí el roce de su ropa mojada y la presión de su cuerpo elástico y cálido contra el mío, y su aliento ardiente como una lla­marada... ¡Creí que debía sorber su alma pervertida!






en Cuentos de la Malá Strana, 1877











martes, abril 28, 2009

"Seis personajes en busca de autor", de Luigi Pirandello

Fragmento





EL DIRECTOR. —¡Yo no me entrometo más!
EL PADRE. —¡Lo desafío a que lo haga! ¡No se deje engañar! ¡Imponga un poco de orden, señor, y déjeme hablar sin hacer caso a la afrenta que con tanta ferocidad ella quiere imputarme, sin las debidas aclaraciones del caso!
LA HIJASTRA. —¡Aquí nadie está inventando nada!
EL PADRE. —¡Yo tampoco, quiero decirte!
LA HIJASTRA. —¡Sí, cómo no! ¡Haz lo que te parezca!
(EL DIRECTOR, en este punto, volverá a subir al escenario para poner un poco de orden.)
EL PADRE. —¡Aquí está todo el daño! ¡En las palabras! Llevamos todos por dentro un mundo de cosas, en cada uno el suyo propio. ¿Cómo es posible que nos entendamos, señor, si en las palabras que yo digo incluyo el sentido y el valor de las cosas tal como yo las considero, mientras quien lo escucha, las asume inevitablemente con el sentido y el valor que tienen para él, de acuerdo al mundo que lleva en su interior? Creemos que es posible entendernos, ¡pero no nos entendemos nunca! Mire: mi piedad, toda mi piedad por esta mujer (señalará a LA MADRE), ella la asume como la peor de las crueldades.
LA MADRE. —¡Pero si me alejaste tú!
EL PADRE. —¿Se da cuenta? ¡Alejarla yo! ¡A usted le parece que yo la haya despreciado!
LA MADRE. —Tú sabes hablar y yo no... Pero créame, señor, que después de haberse casado conmigo... quién sabe por qué..., yo era una pobre y humilde mujer...
EL PADRE. —Exactamente por eso, por tu humildad me casé contigo, y eso es lo que amé en ti, creyendo... (Se detendrá por los desmentidos de ella, abrirá los brazos en alto, desesperado, ante la imposibilidad de que lo comprenda, y se dirigirá hacia EL DIRECTOR.) ¿Se da cuenta? ¡Dice que no! Horrenda, señor, créame, (se golpeará la frente) es horrenda su turbación, su turbación mental. Tiene corazón, sí, ¡pero para sus hijos! ¡Y no atiende a razones, señor, es desesperante!
LA HIJASTRA. —¡Cómo no! Pero que le diga también la suerte que nos acarreó su inteligencia.
EL PADRE. —¡Si se pudiera anticipar todo el mal que puede nacer del bien que creemos estar haciendo!
















1921














lunes, abril 27, 2009

"Pesares de primavera", de Wang Seng-Ju






Las cuatro estaciones como agua de torrente
pasan veloces corriendo en círculo.
Las aves nocturnas corean el abandono,
los destellos del alba brillan radiantes.
Me aburre ver al capullo volverse fruto,
vi demasiados retoños convertirse en bambú.
Diez mil leguas sin noticias ni cartas,
diez años de dormir separados.
El peso de la pena aplasta mi cabello perfumado,
el llanto prolongado arruina mis bellos ojos.
Te fuiste a vivir a Yükuan,
yo me quedé a vivir en Hanku.
Sólo veo esta habitación mohosa
que parece la cueva de una araña.
Brindo con mi reflejo en la noche solitaria
y persigo mi propia sombra.
He cambiado mi cama de marfil por el fieltro y el bambú,
reemplacé los vestidos de seda por ropas de lino.
Aunque el viento y la escarcha puedan ir y venir,
viviré sola, te seguiré siendo fiel.






465-522 dc









domingo, abril 26, 2009

"El camino hambriento", de Ben Okri

Fragmento




Con nuestros compañeros del mundo de los espíritus -aquellos con quienes teníamos especial afinidad- éramos casi siempre felices, porque flotábamos en la corriente verdemar del amor. Jugábamos con los faunos, las hadas y los seres hermosos. Tiernas sibilas, duendes benignos y la serena presencia de nuestros antepasados nos acompañaban siempre, bañándonos en el resplandor de sus distintos arcos iris. Son muchas las razones para que los bebés lloren cuando nacen, y una de ellas es la repentina separación del mundo de los sueños incorpóreos, donde todo está lleno de hechizos y no existe el sufrimiento. Cuanto más felices éramos más próximo estaba nuestro nacimiento. Al acercarse una nueva encarnación nos comprometíamos mediante pactos a regresar al mundo de los espíritus tan pronto como se presentara una oportunidad. Hacíamos esas promesas en encendidos campos de flores y bajo el dulce claro de luna de aquel universo. Los mortales nos llamaban abiku, niños espíritus. No todo el mundo nos reconocía. Éramos los que no cesábamos de ir y venir, reacios a aceptar la vida. Teníamos la facultad de provocarnos la muerte y la obligación de cumplir nuestros pactos. Quienes los rompían sufrían alucinaciones y el acoso de sus compañeros. Sólo encontraban consuelo cuando regresaban al mundo de los nonatos, el lugar de las fuentes, donde sus seres queridos los esperaban en silencio. Aquellos de nosotros que prolongábamos nuestra estancia en el mundo, seducidos por el anuncio de memorables acontecimientos, atravesábamos la vida con ojos cargados de muerte y belleza, llevando en nuestro interior la música de una hermosa y trágica mitología. De nuestras bocas brotaban oscuras profecías. Imágenes del futuro invadían nuestras mentes. Éramos los extraños, siempre a medias en el mundo de los espíritus.
...
Todos descendimos al gran valle. Era un día en el que se celebraban fiestas desde tiempo inmemorial. Espíritus maravillosos danzaron al compás de la música de los dioses, y con sus cánticos dorados y sus encantamientos de lapislázuli protegieron nuestras almas durante el tránsito y nos prepararon para el primer contacto con la sangre y la tierra. Todos hicimos solos la travesía. Teníamos que sobrevivirla solos: superar las llamas y el mar, el contacto con las ilusiones. Había empezado el destierro. Tales son los mitos de los orígenes. Historias y estados de ánimo muy enraizados en quienes creen en tierras ricas y creen todavía en los misterios. Nací no sólo porque hubiera concebido la idea de quedarme, sino porque, finalmente, después de tantas idas y venidas, sentía ya, asfixiándome, la presión de los grandes ciclos temporales. Recé para que se me concediera la risa, pedí una vida sin hambre y recibí paradojas por respuesta. Sigue siendo para mí un enigma por qué nací sonriendo.











1991






sábado, abril 25, 2009

“Carta para un viejo amigo”, de Ryunosuke Akutagawa






Probablemente nadie que intente el suicidio, como Reigner muestra en uno de sus cuentos, tiene clara conciencia de todos sus motivos. Los cuales generalmente son muy complejos. Por lo menos en mi caso está impulsado por una vaga sensación de ansiedad, una vaga sensación de ansiedad sobre mi propio futuro.

Aproximadamente en los últimos dos años, he pensado sólo en la muerte, y con especial interés he leído un relato que trata sobre este proceso. Mientras el autor se refiere a esto en términos abstractos, yo seré lo mas concreto que pueda, incluso hasta el punto de sonar inhumano. En este punto yo estoy moralmente obligado a ser honesto. En cuanto al vago sentido de ansiedad respecto de mi futuro, creo que lo he analizado por completo en mi relato, "La vida de un loco", excepto por el factor social, llamémoslo la sombra del feudalismo, proyectada sobre mi vida. Esto lo omití a propósito, al no tener la certeza de poder clarificar realmente el contexto social en el cual viví.

Una vez tomada la decisión de suicidarme (yo no lo veo en la forma en que lo ven los occidentales, es decir como un pecado) me resolví por la forma menos dolorosa de llevarlo a cabo. Excluí, por razones prácticas y estéticas, la posibilidad de ahorcarme, dispararme un tiro, saltar al vacío u otras formas de suicidio. El uso de drogas me pareció el camino más satisfactorio. Y por el lugar, tendría que ser mi propia casa, cualquiera sean los inconvenientes para mi familia. Como una suerte de trampolín, al igual que Kleist y Racine, pensé en la compañía de una amante o un amigo, pero habiendo elevado la autoconfianza, decidí seguir adelante solo. Y la última cosa a considerar, fue asegurarme una perfecta ejecución, sin el conocimiento de mi familia. Después de unos meses de preparación me convencí de la posibilidad de realizarlo.

Nosotros los humanos, siendo animales humanos, tenemos un miedo animal a la muerte, la así llamada vitalidad no es otra cosa que fuerza animal. Yo mismo soy uno de esos animales humanos. Mi sistema parece gradualmente haberse liberado de esa fuerza animal, teniendo en cuenta el poco interés que me queda por el alimento y las mujeres. El mundo en el que estoy ahora es uno de enfermedades nerviosas, lúcido y frío. La muerte voluntaria debe darnos paz, si no felicidad. Ahora que estoy listo, encuentro la naturaleza más hermosa que nunca, paradójico como suene. Yo he visto, amado, entendido más que otros, en esto tengo cierto grado de satisfacción, a pesar de todo el dolor que hasta aquí he soportado.

P.S.: Leyendo la vida de Empédocles, me dí cuenta de cuán antiguo es el deseo de uno de convertirse en Dios. Esta carta, en cuanto a mí concierne, no intenta esto. Por el contrario, yo me considero uno de los hombres más comunes. Recuerda esos días, veinte años atrás, cuando discutimos "Empédocles sobre el Etna" bajo los árboles de tilo. En esos tiempos yo era uno de los que deseaba convertirse en Dios.






Carta escrita por Ryunosuke Akutagawa a un amigo antes de suicidarse,
a los 35 años de edad, en 1927










viernes, abril 24, 2009

"El otro", de Jorge Luis Borges






En el primero de sus largos miles
de hexámetros de bronce invoca el griego
a la ardua musa o a un arcano fuego
para cantar la cólera de Aquiles.
Sabía que otro –un Dios- es el que hiere
de brusca luz nuestra labor oscura;
siglos después diría la Escritura
que el Espíritu sopla donde quiere.
La cabal herramienta a su elegido
da el despiadado dios que no se nombra:
a Milton las paredes de la sombra,
el destierro a Cervantes y el olvido.
Suyo es lo que perdura en la memoria
del tiempo secular. Nuestra la escoria.












en El otro, el mismo, 1964.










jueves, abril 23, 2009

“Narciso”, de Federico Schopf







He aquí el joven cayendo sobre el lecho
Se mira al espejo y no ve nada
más que sus labios rojos y un fragmento
de pared en que cuelga otro espejo
en que ve el desorden de las sábanas
y la sombra de quien cierra la puerta.






en Poesía chilena de hoy (Erwin Díaz, ant.), 1988










miércoles, abril 22, 2009

«El imperio del sol», de J. G. Ballard

Fragmento / Traducción de Carlos Peralta


(1930-2009)


Buscando amparo, Jim salió del expuesto camino rural. Avanzó a través de la caña de azúcar silvestre que cubría los baldíos del norte del aeródromo de Lunghua. Una cortina de árboles y herrumbrados tanques de combustible lo separaba de la llanura abierta del campo de aterrizaje, los hangares destruidos y la pagoda. Cápsulas de balas se extendían en hileras por el sendero angosto, como fichas puestas sobre una baranda de bronce. Jim siguió la cerca de alambre, evitando las nubes de moscas que se apeñuscaban sobre las minúsculas glorietas entre las ortigas.

A ambos lados del sendero yacían los cuerpos de los japoneses caídos por las balas o las bayonetas. Jim se detuvo junto a una pequeña acequia donde había un soldado de la fuerza aérea con las manos atadas a la espalda. Centenares de moscas le devoraban el rostro, que cubrían con una máscara rumorosa. Jim continuó andando entre la caña de azúcar silvestre mientras desenvolvía el chocolate y apartaba las moscas con la revista. Entre las ortigas había docenas de japoneses muertos como si hubiesen caído del cielo, miembros de una armada juvenil derribados mientras intentaban volar a sus aeródromos del Japón.

Jim pasó por encima de un sector caído de la cerca, y caminó entre los aviones abatidos que había entre los árboles. Los fuselajes habían llorado ríos de óxido con las lluvias del verano. Las moscas zumbaban a la luz de la mañana, una vasta cólera sin motivo. Dejándolas atrás, Jim empezó a cruzar la zona de hierba. Un grupo de japoneses escuchaba el fuego de fusilería del estadio desde un hangar en ruinas, pero no prestaron atención a Jim mientras caminaba por el campo.

Jim miró la pista de cemento. Sorprendido, descubrió que la superficie estaba muy agrietada y manchada de aceite, con marcas de neumáticos y de ruedas rotas. Pero ahora que había comenzado la tercera guerra mundial, se construiría pronto una nueva pista. Jim llegó al borde de la franja de cemento y continuó por la hierba hacia el sur del aeródromo. El suelo ascendía hacia las colinas verdes y luego descendía hasta el valle donde antes los camiones japoneses descargaban tejas y escombro para las construcciones.

A pesar de las altas ortigas y del cálido sol de septiembre, el valle parecía cubierto por el mismo polvo. Las costas del canal estaban tan blancas como el conducto de una corriente funeraria en la que se lavan los cadáveres. La cubierta rota de una bomba que no había estallado sobresalía del agua, como una gran tortuga que se hubiese dormido mientras intentaba esconder la cabeza en el fango.

Sabiendo que la vibración de un Mustang que volara a baja altura podía activar el detonador, Jim se apresuró, apartando las ortigas con la revista. Arrojó al aire la lata de Spam y la recogió con una mano, pero a la segunda vez la perdió entre las plantas. Buscándola entre la hierba tupida, la encontró finalmente junto al borde del agua y decidió comer la carne troceada antes de que se le deslizara para siempre de las manos.

Sentado en la ribera del canal, limpió la suciedad de la tapa. Una gota de sangre le cayó de la nariz al agua, y fue instantáneamente atacada por miríadas de peces diminutos, no más grandes que cabezas de cerillas. Cuando una segunda gota tocó la superficie, hubo una furiosa lucha que parecía involucrar naciones enteras de pequeños peces. Giraban en el agua, ignorando la superficie iluminada por el sol, y se atacaban mutuamente con ferocidad. Jim carraspeó, se inclinó y dejó caer una bola de pus de las encías infectadas. Cayó entre los peces como una carga de profundidad, y desencadenó un frenesí de pánico. Un segundo después, sólo quedaba en el agua la bola de pus que se disolvía.

Jim perdió el interés por los peces, se extendió entre los juncos y estudió los anuncios de Life. Oía el sonido profundo del fuego de artillería. Los cañones de Siccawei y Hungjao parecían más sonoros mientras los ejércitos nacionalistas rivales cerraban las garras sobre Shanghai. Comería su Spam y luego haría un último esfuerzo para volver a Shanghai. Estaba seguro de que Basie y la pandilla de bandidos no pensaban regresar al Buick y sólo habían dejado a Jim allí para que distrajera a los soldados chinos que pudieran haberlos seguido hasta el río.

Entre la hierba, muy cerca, una cabeza asintió dos veces, aprobando esa estrategia. Jim se mantuvo inmóvil, con el último trozo de chocolate atrapado en la garganta, sorprendido por esa íntima aparición. Alguien estaba echado entre los juncos a muy pocos metros, con las rodillas casi rozando el agua. Como si tratara de reconfortar a Jim, la cabeza volvió a asentir. Jim extendió una mano y apartó las hierbas, examinando cuidadosamente el rostro de la figura. Las mejillas redondeadas y la nariz suave, enflaquecidas por las privaciones de una infancia en tiempos de guerra, eran las de un adolescente asiático, el hijo de un aldeano que había venido a pescar. El muchacho yacía de espaldas, rodeado por un muro de hierba y de juncos, como si compartiera una gran cama con Jim y escuchara en silencio sus pensamientos.

Jim se incorporó, con la revista enrollada alzada por encima de la cabeza. A través del zumbido de las moscas espiaba algún posible ruido de pasos. Pero el valle estaba vacío; las moscas devoraban el aire brillante. La figura se movió apenas, aplastando la hierba. Demasiado perezoso para detenerse, el muchacho se deslizaba desde la costa al agua.

Con toda la prudencia aprendida durante los largos años de la guerra, Jim se puso de rodillas, luego de pie, y avanzó entre los juncos. Calmándose, miró la figura dormida.

Ante él, con un traje de vuelo manchado de sangre y las insignias de un grupo especial de ataque, estaba el cuerpo del joven piloto japonés.




1984
















martes, abril 21, 2009

“Disolución de la Orden de la Estrella” de Jiddu Krishnamurti






V
amos a discutir esta mañana la disolución de la Orden de la Estrella. Muchos se alegrarán y otros se sentirán más bien tristes. Esta no es una cuestión de regocijo ni de tristeza, porque es algo inevitable, como voy a explicarlo.

Quizás recuerden ustedes la historia de cómo el diablo y un amigo suyo estaban paseando por la calle cuando vieron delante de ellos a un hombre que levantaba algo del suelo y, después de mirarlo, se lo guardaba en el bolsillo. El amigo preguntó al diablo: “¿Qué recogió ese hombre?”. “Recogió un trozo de la Verdad”, contestó el diablo. “Ese es muy mal negocio para ti, entonces”, dijo su amigo. “Oh, no, en absoluto”, replicó el diablo, “voy a dejar que la organice”.

Yo sostengo que la Verdad es una tierra sin caminos, y no es posible acercarse a ella por ningún sendero, por ninguna religión, por ninguna secta. Ese es mi punto de vista y me adhiero a él absoluta e incondicionalmente. La Verdad, al ser ilimitada, incondicionada, inabordable por ningún camino, no puede ser organizada; ni puede formarse organización alguna para conducir o forzar a la gente a lo largo de algún sendero en particular. Si desde el principio entienden eso, entonces verán cuan imposible es organizar una creencia. Una creencia es un asunto puramente individual, y no pueden ni deben organizarla. Si lo hacen, se torna en algo muerto, cristalizado; se convierte en un credo, una secta, una religión que ha de imponerse a los demás. Esto es lo que todo el mundo trata de hacer. La Verdad se empequeñece y se transforma en un juguete para los débiles, para los que están sólo momentáneamente descontentos. La Verdad no puede rebajarse, es más bien el individuo quien debe hacer el esfuerzo de elevarse hacia ella. Ustedes no pueden traer la cumbre de la montaña al valle. Si quieren llegar a la cima de la montaña, tienen que atravesar el valle y trepar por las cuestas sin temor a los peligrosos precipicios. Tienen que ascender hacia la Verdad, esta no puede “descender” ni organizarse para ustedes. El interés en las ideas es sostenido principalmente por las organizaciones, pero las organizaciones sólo despiertan el interés desde afuera. El interés que no nace del amor a la Verdad por sí misma, sino que es despertado por una organización, no tiene valor alguno. La organización se convierte en una estructura dentro de la cual sus miembros pueden encajar convenientemente. Ellos no se esfuerzan más por alcanzar la Verdad o la cumbre de la montaña, sino que más bien tallan para sí mismos un nicho conveniente donde se colocan, o dejan que la organización los coloque, y consideran que, debido a eso, la organización ha de conducirlos hacia la Verdad.

De modo que esta es la primera razón, desde mi punto de vista, por la que la Orden de la Estrella debe ser disuelta. A pesar de esto ustedes formarán probablemente otras Órdenes, continuarán perteneciendo a otras organizaciones que buscan la Verdad. Yo no quiero pertenecer a ninguna organización de tipo espiritual; por favor, comprendan esto. Yo haría uso de una organización que me llevara de aquí a Londres, por ejemplo; ésta es una clase por completo diferente de organización, meramente mecánica, como el correo o el telégrafo. Yo usaría un automóvil o un buque de vapor para viajar, estos son sólo mecanismos físicos que nada tienen que ver con la espiritualidad. Por otra parte, sostengo que ninguna organización puede conducir al hombre a la espiritualidad.

Si se crea una organización para este propósito, ella se convierte en una muleta, en una debilidad, en una servidumbre que por fuerza mutila al individuo y le impide crecer, establecer su unicidad que descansa en el descubrimiento que haga, por sí mismo, de esta Verdad absoluta e incondicional. Por lo tanto, esa es otra de las razones por las que he decidido, ya que soy el Jefe de la Orden, disolverla. Nadie me ha persuadido para que tome esta decisión.

Esta no es ninguna magnífica proeza, porque yo no deseo seguidores, y esto es lo que quiero significar. En el momento en que siguen a alguien, dejan de seguir a la Verdad. No me preocupa si prestan o no prestan atención a lo que digo, deseo hacer cierta cosa en el mundo y voy a hacerla con resuelta concentración. Sólo estoy interesado en una cosa esencial: Hacer que el hombre sea libre. Deseo liberarlo de todas las jaulas, de todos los temores, y no fundar religiones, nuevas sectas, ni establecer nuevas teorías y nuevas filosofías. Entonces, como es natural, me preguntarán por qué recorro el mundo hablando continuamente. Les diré porque lo hago. No es porque desee que me sigan ni porque desee un grupo especial de discípulos selectos. (¡Cómo gustan los hombres de ser diferentes de sus semejantes, por ridículas, absurdas o triviales que puedan ser sus distinciones! No quiero alentar ese absurdo). No tengo discípulos ni apóstoles, ya sea en la tierra o en el reino de la espiritualidad.

Tampoco es la tentación del dinero, ni es el deseo de vivir una vida cómoda lo que me atrae.

Si yo quisiera llevar una vida cómoda no vendría a un Campamento ni viviría en un país húmedo! Estoy hablando francamente porque quiero que esto quede establecido de una vez por todas. No deseo que estas discusiones infantiles se repitan año tras año.

Un periodista que me ha entrevistado, consideraba un acto grandioso disolver una organización en la que había miles y miles de miembros. Para él esto era una gran acción, porque dijo: “¿Qué hará usted después, cómo vivirá?. No tendrá seguidores, la gente no le escuchará” Con que sólo haya cinco personas que escuchen, que vivan, que tengan sus rostros vueltos hacia la eternidad, será suficiente. ¿De qué sirve tener miles que no comprenden, que estén por completo embalsamados en sus prejuicios, que no desean lo nuevo, sino que más bien desean traducir lo nuevo para que se acomode a sus propias personalidades estériles, estancadas? Si hablo enérgicamente no me entiendan mal, por favor, no es por falta de compasión. Si acuden a un cirujano para una operación, ¿no es bondad de su parte operar aunque les cause dolor? Así, de igual modo, si yo hablo francamente no es por falta de verdadero afecto; al contrario.

Como he dicho, tengo solamente un propósito: hacer que el hombre sea libre, impulsarlo hacia la libertad, ayudarle a que rompa con todas sus limitaciones, porque sólo eso habrá de darle la felicidad eterna, la realización no condicionada del ser.

Porque soy libre, no condicionado, total -no una parte, no lo relativo, sino la Verdad total que es eterna- deseo que aquellos que buscan comprenderme sean libres; que no me sigan, que no hagan de mi una jaula que se tornará en una religión, una secta. Más bien deberían liberarse de todos los miedos: del miedo de la religión, del miedo de la salvación, del miedo de la espiritualidad, del miedo del amor, del miedo de la muerte, del miedo de la vida misma. Así como un artista pinta un cuadro porque se deleita en esa pintura, porque ella es la expresión de su ser, su bienestar, su gloria, así hago yo esto, y no porque quiera nada de nadie.

Ustedes están acostumbrados a la autoridad, o a la atmósfera de autoridad, la cual creen que va a conducirlos a la espiritualidad. Creen y esperan que otro, por sus extraordinarios poderes -un milagro- podrá transportarlos a ese reino de libertad eterna que es la Felicidad. Toda la perspectiva que tienen de la vida está basada en esa autoridad.

Me han escuchado durante tres años sin que ningún cambio se operara en ustedes, salvo en algunos pocos. Ahora, analicen lo que estoy diciendo, sean críticos para que puedan alcanzar una comprensión profunda, fundamental. Cuando buscan una autoridad que los conduzca a lo espiritual, se obligan automáticamente a crear una organización alrededor de esa autoridad. Por la creación misma de esa organización que suponen a de ayudar a esta autoridad para que les guíe hacia la vida espiritual, quedan presos en una jaula.

Si yo les hablo francamente, recuerden, por favor, que no lo hago así por dureza ni por crueldad ni a causa del entusiasmo por mi propósito, sino porque deseo que comprendan lo que estoy diciendo. Esa es la razón por la que están aquí, y sería una pérdida de tiempo si yo no explicara claramente, decisivamente, mi punto de vista.

Durante dieciocho años se han estado preparando para este acontecimiento, para la Venida del Instructor del Mundo. Durante dieciocho años se han organizado, han esperado a alguien que viniera a dar un nuevo deleite a sus corazones y mentes, que transformara por completo sus vidas otorgándoles una nueva comprensión; a alguien que los elevara a un nuevo plano de existencia, que les diera un nuevo estímulo, que los hiciera libres, ¡y vean ahora lo que está sucediendo! Piensen, razonen consigo mismos y descubran de qué manera esa creencia los ha hecho diferentes, no con la superficial diferencia de llevar una insignia, lo cual es trivial, absurdo. ¿En qué forma una creencia así ha barrido con todas las cosas no esenciales de la vida? Esta es la única manera de juzgar: ¿En qué forma son más libres, más grandes, más peligrosos para toda Sociedad que esté basada en lo falso y en lo no esencial? ¿En qué forma los miembros de esta Organización de la Estrella han llegado a ser diferentes?

Como dije, ustedes se han estado preparando para mí durante dieciocho años. No me preocupa si creen o no creen que soy el Instructor del Mundo. Eso es de muy poca importancia. Puesto que pertenecen a la Organización de la Orden de la Estrella, han entregado su simpatía, su energía, aceptando que Krishnamurti es el Instructor del Mundo -parcial o totalmente; totalmente para aquellos que en verdad están buscando, sólo parcialmente con quienes están satisfechos con sus propias verdades a medias-.

Se han estado preparando durante dieciocho años, y miren cuántas dificultades tienen ustedes en su camino hacia la comprensión, cuántas complicaciones, cuántas cosas triviales. Sus prejuicios, sus miedos, sus autoridades, sus iglesias nuevas y viejas... Todas esas cosas, sostengo, son una barrera para la comprensión. No puedo ser más claro que esto. No quiero que estén de acuerdo conmigo, no quiero que me sigan, quiero que comprendan lo que estoy diciendo.

Esta comprensión es necesaria porque la creencia de ustedes no los ha transformado, sino que solo los ha complicado, y porque no están dispuestos a afrontar las cosas como son. Lo que desean es tener sus propios dioses, dioses nuevos en lugar de los viejos, religiones nuevas en lugar de las viejas, nuevas formas en vez de las viejas, todas cosas inútiles, barreras, imitaciones, muletas. En lugar de las viejas distinciones espirituales, tienen ustedes nuevas distinciones espirituales, en lugar de los viejos cultos, tienen cultos nuevos. Todos dependen de algún otro para su espiritualidad, para su felicidad, para su iluminación; y aunque se han estado preparando para mí durante dieciocho años, cuando yo digo que todas estas cosas son innecesarias, cuando digo que deben descartarlas todas y mirar dentro de sí mismo para la iluminación, para la gloria, para la purificación e incorruptibilidad del ser, ninguno de ustedes quiere hacerlo. Puede que haya unos pocos, pero son muy, muy pocos.

¿Para qué, pues, tener una organización?

¿Por qué personas falsas, hipócritas, me han seguido a mí, la encarnación de la Verdad? Recuerden, por favor, que no estoy diciendo cosas duras o crueles, sino que hemos llegado a una situación en que deben ustedes enfrentarse a las cosas tal como son. El año pasado dije que no transigiría. Muy pocos me escucharon entonces. Este año he puesto eso absolutamente en claro. No se cuántos miles en el mundo -miembros de la Orden- han estado preparándose para mí durante dieciocho años; sin embargo, ahora no están dispuestos a escuchar incondicionalmente, totalmente, lo que digo.

¿Para qué, pues, tener una organización?

Como dije antes, mi propósito es hacer que los hombres sean incondicionalmente libres, porque sostengo que la única espiritualidad es la incorruptibilidad del propio ser, que es eterno, que es la armonía entre la razón y el amor. Esta es la absoluta incondicionada Verdad que es la Vida misma. Deseo, por lo tanto, que el hombre sea libre, que se regocije como el pájaro en el cielo claro; libre de toda carga, independiente, extático en esa libertad. Y yo, para quien ustedes se han estado preparando durante dieciocho años, digo ahora, que deben liberarse de todas estas cosas, liberarse de sus complicaciones, de sus enredos. Para esto no necesitan tener una organización basada en la creencia espiritual. ¿Por qué tener una organización para cinco o diez personas en el mundo, que comprenden, que luchan, que han desechado todas las cosas triviales? Y para los débiles no puede haber organización alguna que les ayude a encontrar la Verdad, porque la Verdad está en cada uno de nosotros; no está lejos ni cerca; está eternamente ahí.

Las organizaciones no pueden hacerlos libres. Ningún hombre puede, desde afuera, hacerlos libres; ni un culto organizado ni la propia inmolación a una causa puede hacerlos libres. Ustedes utilizan una máquina de escribir para su correspondencia, pero no la ponen en un altar para adorarla. Sin embargo, eso es lo que están haciendo cuando las organizaciones se convierten en la principal preocupación de ustedes. “¿Cuántos miembros hay en ella?” Esta es la primera pregunta que me hacen todos los reporteros. “¿Cuántos seguidores tiene? Por su número juzgaremos si lo que usted dice es verdadero o falso”. Yo no sé cuántos son. No estoy interesado en eso. Aunque hubiera un solo hombre que halla podido liberarse, sería suficiente.

Además, tienen ustedes la idea de que sólo ciertas personas poseen la llave para entrar en el Reino de la Felicidad. Nadie la posee. Nadie tiene la autoridad para poseerla. Esa llave es el propio ser de cada uno, y sólo en el desarrollo y la purificación y la incorruptibilidad de ese ser, está el Reino de la Eternidad.

Verán, pues, cuán absurda es toda la estructura que han creado buscando la ayuda externa, dependiendo de otros para el propio bienestar, para la propia felicidad, para la propia fortaleza. Estas cosas solamente pueden encontrarlas dentro de sí mismos. ¿Para qué, pues, tener una organización?

Se han acostumbrado que se les diga cuánto han avanzado, cuál es el grado espiritual que poseen. ¡Qué niñería! ¿Quién sino ustedes mismos puede decir si son hermosos o feos por dentro? ¿Quién sino ustedes mismos puede decir si son incorruptibles? Ustedes no son serios en estas cosas.

¿Para qué, pues, tener una organización?

Pero aquellos que realmente deseen comprender, que traten de descubrir lo que es eterno, sin principio y sin fin, marcharán juntos con mayor intensidad y serán un peligro para todo lo que no es esencial, para las irrealidades, para las sombras. Y ellos se reunirán y se volverán la llama, porque habrán comprendido. Un cuerpo así es el que debemos crear y tal es mi propósito. Gracias a esa verdadera comprensión habrá una verdadera amistad. A causa de esa verdadera amistad -que al parecer ustedes no conocen- habrá verdadera cooperación de parte de cada uno. Y esto no por motivo de la autoridad, ni por la salvación, ni por la inmolación a una causa, sino porque realmente han comprendido y, en consecuencia, son capaces de vivir en lo eterno. Esto es algo más grande que todo placer y que todo sacrificio.

Estas son, pues, algunas de las razones por las que, después de haberlo considerado cuidadosamente durante dos años, he tomado esta decisión. No proviene de un impulso momentáneo. No he sido persuadido a ello por nadie -no me dejo persuadir en tales cosas-. Durante dos años he estado pensando en esto, despacio, cuidadosamente, pacientemente, y he decidido ahora disolver la Orden, puesto que soy su Jefe. Pueden formar otras organizaciones y esperar por algún otro. Esto no me concierne, como tampoco me concierne crear nuevas jaulas y nuevas decoraciones para esas jaulas. Mi único interés es hacer que los hombres sean absolutamente, incondicionalmente libres.




2 de agosto de 1929










lunes, abril 20, 2009

El Combate de Finnsburh

Anónimo de aproximadamente el s. VII




-No están ardiendo los aleros -dijo entonces el rey, joven en la batalla-, ni amanece desde el Oriente, ni vuela un dragón hacia aquí, ni los aleros arden. Lanzan un brusco ataque, cantan los pájaros de presa, aúlla el de piel gris, resuena la madera de la guerra, el escudo responde a la saeta. Ahora resplandece la luna, errante entre las nubes; ahora surgen pesares, actos de espanto, que serán ruina de este pueblo. Arriba mis guerreros, levantad vuestros tilos, pensad en el coraje, formad las filas, sed resueltos.

Muchos señores se pusieron de pie, cubiertos de oro. Se ciñeron la espada. A la puerta se acercaron nobles guerreros. Sigeferth y Eaha desnudaron los aceros y en la otra puerta Ordlaf y Guthlaf y el propio Hengest lo siguió.

Entonces habló Guthere. Le rogó a Garulf que no arriesgara vida tan preciosa ni llevara sus armas a la puerta, porque varones duros en la batalla podrían quitársela. Pero él en alta voz delante de todos preguntó quién defendía la puerta.

-Sigeferth es mi nombre -contestó- soy de la estirpe de los Secges, famoso aventurero. He sufrido muchos rigores. Ya está escrito lo que buscas de mí.

En el recinto resonó la batalla, el escudo hueco estaba en el brazo de los valientes. Se rompieron adargas, las vigas de la casa crujieron, hasta que Garulf, hijo de Guthlaf, cayó, primero entre los hombres. Con él cayeron muchos hombres valientes, lívidos cadáveres. Oscuro y gris erraba el cuervo. Brillaban las espadas como si toda Finnsburh ardiera.

Jamás oí que se desempeñaran más dignamente en la batalla de hombres sesenta varones de la victoria, ni que retribuyeran mejor la clara hidromiel como sus mesnadas a Hnaef.

Cinco días combatieron, y ninguno cayó, nobles guerreros, y siguieron defendiendo la puerta. Un jefe herido se retiró y dijo que su armadura estaba rota, y asimismo la fiel espada y el yelmo.

El pastor de la gente preguntó cómo seguían los heridos o si alguno de los soldados...









NOTA
Este noble fragmento épico de conmovedora sencillez puede muy bien ser anterior a la retórica Gesta de Beowulf, donde se incluye toda la historia de los sesenta guerreros daneses, hospedados y traicionados por Finn, rey de los frisios, que se había desposado con una princesa de Dinamarca.

Finnsburh quiere decir el castillo de Finn. La sentencia que empieza Cantan los pájaros de presa es visionaria y propia de un hombre que no está lejos de la muerte. El de piel gris es el lobo. La madera de la guerra es la lanza. Los tilos son asimismo las lanzas. Hengest, que el poeta señala a nuestra atención, es acaso el Hengest que inició la conquista de Inglaterra en el siglo V. Garulf es un príncipe frisio. Sigeferth (ánimo victorioso) es la forma sajona de Sigurd y de Sigfrido.

De la tribu de los Secgans nada se sabe. La comparación de una batalla con un incendio no es extraña a la Ilíada. La batalla de hombres es un modo más inmediato de significar la batalla. Los reyes daban hidromiel a sus guerreros. El pastor de la gente es, como Agamenón, el rey.










en Breve antología anglosajona, 1978.
Notas y selección de Jorge Luis Borges y María Kodama













domingo, abril 19, 2009

“La salvaje”, de Marcel Schowb






El padre de Búchette solía llevarla al bosque al despuntar del alba, y la niña permanecía sentada muy cerca mientras él talaba los árboles. Búchette veía cómo se hundía el hacha haciendo volar delgados trozos de corteza; a menudo, los musgos grises venían a arrastrarse sobre su rostro. «¡Cuidado!», gritaba el padre cuando el árbol se inclinaba produciendo un crujido que parecía subterráneo. Ella sentía cierta tristeza por el monstruo extendido en el claro del bosque, con sus ramas magulladas y sus ramitas heridas. Por la noche, un círculo rojizo de pilas de carbón se encendía en medio de la sombra. Búchette sabía a qué hora había que abrir la cesta de juncos para ofrecer a su padre el cántaro de gres y el trozo de pan moreno. El se tendía entre las ramitas despedidas y masticaba con lentitud. Después, Búchette sorbía su sopa. Corría en torno a los árboles marcados y, si su padre no la miraba, se escondía para gritar: «¡Uuu! ».

Había una caverna oscura, llena de zarzas y de ecos sonoros, a la que se daba el nombre de Santa María Becerra. Alzándose de puntillas, Búchette solía observarla desde lejos.

Cierta mañana de otoño en que las marchitas cimas del bosque estaban aún encendidas por la aurora, Búchette vio que delante de la Becerra se estremecía un objeto verde: tenía brazos y piernas, y la cabeza parecía pertenecer a una niñita de la misma edad de Búchette.

Al principio tuvo miedo de acercarse; ni siquiera se atrevió a llamar a su padre. Pensó que era una de las personas que respondían en la caverna de la Becerra cuando alguien hablaba fuerte. Cerró los ojos, temiendo que cualquier movimiento suyo provocase algún siniestro ataque. Al inclinar la cabeza oyó un sollozo cercano: la extraordinaria criatura verde lloraba. Entonces, Búchette abrió los ojos y sintió pena. Pues veía el rostro verde, dulce y triste, humedecido por las lágrimas, y dos nerviosas manitas verdes que se apretaban contra la garganta de la niñita extraordinaria.

- Tal vez se haya caído sobre malas hojas que destiñen- se dijo Búchette.

Armándose de valor atravesó helechos erizados de ganchos y de zarcillos, hasta llegar casi junto a la singular figura. Dos bracitos verdeantes se tendieron hacia Búchette, en medio de las mustias zarzas.

- Se parece a mí- pensó Búchette -pero tiene un extraño color.

La sollozante criatura verde estaba semicubierta por una especie de túnica hecha de hojas cosidas. Era en realidad una niñita que tenía el tinte de una planta silvestre. Búchette imaginó que sus pies estaban arraigados en la tierra. A pesar de esto, los movía con mucha ligereza.

Búchette le acarició los cabellos y le tomó la mano. Ella se dejó conducir siempre llorosa. Parecía que no supiese hablar.

- ¡Ay! ¡Dios mío! ¡Una diablesa verde!- exclamó el padre de Búchette cuando la vio llegar - ¿De dónde vienes, pequeña? ¿Por qué eres verde? ¿No sabes responder?

Era imposible saber si la niña verde había entendido. «Tal vez tenga hambre», dijo él. Y le ofreció el pan y el cántaro. Pero ella dio vueltas al pan en sus manos y lo arrojó al suelo; luego agitó el cántaro para escuchar el ruido del vino.

Búchette rogó a su padre que no dejara a esa pobre criatura en el bosque durante la noche. A la hora del crepúsculo las pilas de carbón brillaron una por una y la muchacha verde observó, temblorosa, los fuegos. Cuando entró en la casita, retrocedió al ver la luz. No podía acostumbrarse a las llamas y lanzaba un grito cada vez que alguien encendía la vela.

Al verla, la madre de Búchette se persignó. «Dios me ayude -afirmó- si se trata de un demonio; pero no es ni remotamente una cristiana».

La niña verde no quiso tocar ni el pan, ni la sal, ni el vino, de lo cual resultaba claramente que no podía haber sido bautizada ni presentada a la comunión. Fueron a visitar al cura, quien llegó a la casa en el preciso momento en que Búchette ofrecía a la criatura habas en su vaina.

Muy contenta al parecer, se puso de inmediato a partir el tallo con las uñas, pensando encontrar las habas en el interior. Mas luego, decepcionada, comenzó a llorar hasta que Búchette le hubo abierto una vaina. Entonces royó las habas mientras observaba al cura.

Por más que llevaron a su presencia al maestro de escuela, no fue posible hacerle comprender una sola palabra humana ni pronunciar un solo sonido articulado. Lloraba, reía, o emitía gritos.

El cura la examinó minuciosamente, sin descubrir en su cuerpo ninguna señal del demonio. Al domingo siguiente la condujeron a la iglesia y allí no manifestó signo alguno de inquietud, aparte de gemir cuando la humedecieron con agua bendita. Pero no retrocedió lo más mínimo ante la imagen de la cruz y, cuando pasó sus manos por sobre las sagradas llagas y las desgarraduras de las espinas, pareció apenada.

Las gentes de la aldea sintieron gran curiosidad y algunas hasta temor. A pesar del consejo del párroco, seguían hablando de la «diablesa verde».

La criatura sólo se nutría de granos y frutas; cada vez que le ofrecían espigas o ramitas, partía el tallo o la madera y lloraba de desilusión. Búchette no lograba hacerle aprender en qué lugar había que buscar los granos de trigo o las cerezas, y su decepción era siempre la misma.

Por imitación, pronto fue capaz de transportar madera y agua, barrer, secar y hasta coser, aun cuando manejaba la tela con cierta repulsión. Mas nunca se resignó a encender el fuego, o tan siquiera a aproximarse al hogar.

Entretanto, Búchette crecía y sus padres quisieron ponerla a trabajar. Esto le causó tanta pena que todas las noches, oculta bajo las sábanas, sollozaba suavemente. La otra niña se condolía al ver en ese estado a su amiguita. Por la mañana miraba largamente a Búchette y los ojos se le llenaban de lágrimas. Y por la noche, durante su llanto, Búchette sentía que una mano tierna le acariciaba los cabellos y unos labios frescos se posaban en su mejilla.

Se acercaba la fecha en que Búchette debía entrar a trabajar. Sus sollozos se habían hecho casi tan angustiosos como los de la criatura verde cuando la hallaron abandonada ante la caverna de la Becerra.

La última noche, cuando el padre y la madre de Búchette estaban entregados al sueño, la niña verde acarició los cabellos de su amiga y la tomó de la mano. Luego abrió la puerta y extendió el brazo hacia la noche. Y así como antes Búchette la había conducido a las casas de los hombres, ella la llevó de la mano hacia la libertad ignorada.





en El libro de Monelle, 1894









sábado, abril 18, 2009

"Coolie", de Mulk Raj Anand

Fragmento




Las flores se abren en las manos de la bailarina y los pájaros salen volando de las yemas de los dedos; el cuerpo se balancea, unas veces con orgullo y otras con devoción y cada músculo del rostro se transforma, los ojos se mueven en lisonjas o desdén y las cejas expresan horror o recelo, aunque todo el rostro expresa sensaciones diferentes y, a menudo, contrarias, todo al mismo tiempo. Tal danza-drama, siguiendo los matices más delicados de una pieza musical o de un poema, a través del vehículo de un cuerpo es, probablemente, algo sin parangón en ningún otro arte.









1936









viernes, abril 17, 2009

“El río”, de Alfredo Gómez Morel

Fragmento





Creo que ella simplemente fue un ser humano desvencijado y envejecido prematuramente que gemía dislocado antes de caer para siempre. Algunas puertas terminan por ceder y salirse de sus goznes porque las abren y cierran mucho, inútilmente.

Mi padre quiso casar con ella, pero no pudo hacerlo: mi abuelo paterno era un gran señor, y por añadidura político muy notable y distinguido. En el hogar de mi padre los hijos ilegítimos no podían ser aceptados. Engendrados sí. Pero no criados.

Cuando ella se vio abandonada por mi padre, dejó de creer en los seres humanos. Se repetía el fracaso de su propia madre, mi abuela. La puérpera empezó a moverse en un universo lleno de rencores, recelos y fastidios. Lejos de mi padre, y sola, buscó un responsable de su fracaso: estaba yo. Vio en mí al que la dejó vapuleada y sacudida, como un trapo sucio y maloliente. El hijo se convirtió en la meta visible de su revancha. En sus entrañas lo había fabricado con el objeto de saberse digna: resulté la razón de su indignidad. Me llevó en su vientre, no me abortó, para constatar y proclamar un acto de amor y fe: fui la prueba de una burla. En mí cobró la venganza contra el medio. Al querer destrozarme intentaba despedazar un mundo injusto y sucio. Es maravilloso constatarlo. Un artista debe maravillarse frente a lo más cruel o más hermoso. Sólo así surge el creador.

Eso es todo.




1962










jueves, abril 16, 2009

Carta de Stéphane Mallarmé a Paul Verlaine








Es que, aparte los fragmentos de prosa y los versos de mi juventud y la continuación, que le hacía eco, publicada un poco por todas partes, cada vez que aparecían los primeros números de una Revista Literaria, he soñado siempre e intentado otra cosa, con una paciencia de alquimista, listo para sacrificarle toda vanidad y toda satisfacción, como quemaban antaño su mobiliario y las vigas de su techo, para alimentar el horno de la Gran Obra. ¿Por qué? es difícil de decir: un libro, simplemente, en muchos tomos, un libro que sea un libro, arquitectónico y premeditado, y no una colección de inspiraciones al azar, así sean maravillosas... Iré más lejos, diré: el Libro persuadido de que en el fondo no hay más que uno, intentado sin saberlo por quienquiera haya escrito, incluso los Genios. La explicación órfica de la Tierra, que es el único deber del poeta y el juego literario por excelencia: porque el ritmo mismo del libro entonces impersonal y viviente, hasta en su paginación, se yuxtapone con las ecuaciones de ese sueño, u Oda. He aquí la confesión de mi vicio, puesto al desnudo, querido amigo, que mil veces he rechazado, el espíritu afligido o cansado, pero eso me posee y lo lograré tal vez; no hacer esa obra en su conjunto (¡se necesitaría ser no sé quien para eso!) sino mostrar un fragmento ejecutado, hacer centellear por un lapso la autenticidad gloriosa, señalando así al resto todo entero para el cual no basta una vida. Probar por las porciones hechas que ese libro existe, y que he conocido lo que no podré realizar.










16 de noviembre de 1885











miércoles, abril 15, 2009

“La cúpula de los Inválidos”, de Honoré de Balzac






Alucinación

Un hermoso día del mes de junio, entre las cuatro y las cinco, salí de la celda de la calle du Bac donde mi honorable y estudioso amigo, el barón de Werther, me había ofrecido el almuerzo más delicado del que se pueda hacer mención en los castos y sobrios anales de mi estómago; pues el estómago tiene su literatura, su memoria, su educación, su elocuencia; el estómago es un hombre dentro del hombre; y jamás experimenté de modo tan curioso la influencia ejercida por este órgano sobre mi economía mental.

Después de habernos obsequiado amablemente con vinos del Rin y de Hungría, había terminado la comida de amigos haciendo que nos sirvieran vino de Champaña. Hasta aquel momento, su hospitalidad podría considerarse normal, de no ser por su charla de artista, sus relatos fantásticos y, sobre todo, de no ser por nosotros, sus amigos, todos personas de entusiasmo, corazón y pasión.

Hacia el final del almuerzo, nos encontramos todos presas de una dulce melancolía y sumergidos en una absorción bastante lógica en personas que han comido bien. Percatándose de ello, el barón, el excelente crítico, el erudito alemán que, pese a su baronía, lleva la admirable y poética vida de los monjes del siglo XVI en su celda abacial; nuestro monje —digo—, remató su obra de gastrolatría con una auténtica salida de monje.

En un momento en el que la conversación quedó interrumpida cuando nos encontrábamos en sillones inventados por el confort inglés pero perfeccionados en París que habrían causado admiración a los benedictinos, Werther se sentó ante una especie de mesita y, levantando una parte de la tapa, sacó de un instrumento alemán unos sonidos que se encontraban a mitad de camino entre los acentos lúgubres de un gato cortejando a una gata o soñando con los placeres del canalón, y las notas de un órgano vibrando en una iglesia. No sé lo que hizo con aquel instrumento de melancolía, pero mi inteligencia no se vio jamás tan cruelmente trastornada como en aquella ocasión.

El aire, dirigido hacia los metales, producía unas vibraciones armónicas tan fuertes, tan graves, tan agudas, que cada nota atacaba instantáneamente una fibra, y aquella música de verdín, aquellas melodías impregnadas de arsénico, introdujeron violentamente en mi alma todas las ensoñaciones de Jean-Paul, todas las baladas alemanas, toda la poesía fantástica y doliente que me hizo huir en medio de gran agitación, a mí que soy alegre y jovial. Me sentí como si mi personalidad se hubiera desdoblado. Mi ser interior había abandonado mi forma exterior por la que una o dos mujeres, mi familia y yo, sentimos algo de amistad. El aire ya no era el aire; mis piernas ya no eran piernas, eran algo flojo y sin consistencia que se doblaba; los adoquines se hundían, los transeúntes bailaban y París me parecía singularmente alegre.

Tomé la calle de Babylone y caminé melancólicamente hacia los bulevares, adoptando como punto de referencia la cúpula de los Inválidos. Al dar la vuelta a no sé qué calle, ¡vi que la cúpula venía hacia mí!... En un primer momento, me quedé algo sorprendido y me detuve. Sí, era sin duda la cúpula de los Inválidos que se paseaba boca abajo, apoyando en el suelo su punta, y tomaba el sol como cualquier buen burgués del barrio del Marais. Interpreté esta visión como un efecto óptico y gocé del mismo placenteramente, sin querer explicarme el fenómeno; pero tuve sensación de pavor cuando, viendo que se acercaba a mí, quería pisarme los talones... Eché a correr, pero oía detrás de mí el paso pesado de aquella dichosa cúpula, que parecía burlarse de mí. Sus ojos reían; efectivamente, el sol al pasar por las ventanas abiertas de tramo en tramo, le daba un vago parecido con ojos, y la cúpula me lanzaba auténticas miradas...

—¡Soy bastante tonto! —pensé—. Voy a ponerme detrás de ella...

La dejé pasar, y entonces volvió a colocarse con la punta hacia arriba. En esa posición, me hizo un gesto con la cabeza, y su maldito ropaje azul y oro se arrugó como la falda de una mujer... Entonces dí unos pasos hacia atrás para plantarla allí mismo, pues empecé a sentirme inquieto. No había duda de que, al día siguiente, los periódicos no dejarían de contar que yo, autor de algunos artículos insertados en La Revue, me había llevado la cúpula de los Inválidos; aquello me resultaba indiferente porque tenía intención de defenderme y de contar abiertamente que la cúpula se había encaprichado conmigo y me había seguido por su cuenta. Mi carácter bien conocido, mis hábitos y costumbres debían hacer comprender que, lejos de degradar los monumentos públicos, yo abogaba por dialogar con ellos.

La mayor dificultad, y la que más me inquietaba, era saber qué iba a hacer yo con aquella cúpula. No hay duda de que se podía ganar una fortuna... Además de que la amistad de la cúpula de los Inválidos con un hombre no era sino algo muy halagador, podía llevarla a algún país extranjero, exponerla en Londres junto a Saint-Paul... Pero si tenía intención de seguirme, ¿cómo iba a volver yo a mi casa?... ¿Dónde la iba a poner? Naturalmente, iba a producir considerables desperfectos por las calles por donde pasara; es verdad que podría llevarla por los muelles y mantenerla siempre junto al río... Si me molestaba en avisar, la gente la dejaría pasar; pero, si se empeñaba en entrar en mi casa, derribaría el inmueble en el que vivo de alquiler. ¡Menuda indemnización me pediría el propietario! La casa no está asegurada contra cúpulas... Y, si la llevaba a Londres o a Berlín, ¡qué desperfectos no haría por el camino...!

—¡Santo Dios! ¡Qué raros están los Inválidos sin la cúpula! —exclamé.

Al oír estas palabras, las personas que se encontraban cerca levantaron los ojos hacia la iglesia y rompieron a reír. Decían: «Pero ¿qué ha sido de ella?» «¡Estoy seguro de que todo París está preocupado!» Entonces escuché un griterío, un clamor que hacía pensar en que se aproximaba el fin del mundo: «¡Ya está! ¡están reclamando su cúpula!» me dije.

Tenía razón, la cúpula de los Inválidos es uno de los monumentos más bellos de París; y, desde que, por una fantasía bastante rara entre cúpulas, era de mi propiedad, la admiraba con embeleso. Bajo los rayos del sol resplandecía como si estuviera cubierta de piedras preciosas, su azul se destacaba claramente en el del cielo, y su linterna tan graciosa, tan maravillosamente elegante y ligera, parecía ofrecerme detalles en los que no había reparado hasta entonces. Es verdad que tenía algunas zonas estropeadas y que habían perdido el dorado; pero yo no era suficientemente rico como para devolverles su esplendor imperial.

Cerca de Nemours he conocido a un agricultor que tiene la singular habilidad de fascinar a las abejas y de hacer que le sigan sin picarle. Es su rey: les silba y acuden; les dice que se marchen y huyen. Tal vez haya llegado yo a un completo desarrollo moral, a un poder sobrenatural y haya adquirido el poder de atraer a las cúpulas.

Entonces, por el interés de Francia, pensé en colocar ésta en su lugar habitual y viajar por Europa para traerme a París numerosas cúpulas célebres, las de Oriente, las de Italia, y las más bellas torres de catedrales... ¡Qué prestigio! ¡Qué serían a mi lado los Paganini, los Rossini, los Cuvier, los Canova, o los Goethe! Tenía la fe más absoluta en mi poder, la fe de la que habló Cristo, la voluntad sin límites que permite mover montañas, la fuerza con cuya ayuda podemos abolir las leyes del espacio y del tiempo, cuando vi avanzar hacia mí, a la máxima velocidad que pueden alcanzar los caballos de los servicios públicos, un cabriolé que desembocó por la calle Saint-Dominique.

—¡Tenga cuidado con la cúpula! —grité.

El conductor no me oyó, lanzó su caballo hasta el centro de la cúpula; yo solté un enorme grito pues la pobre cúpula, que no había podido echarse a un lado, se hizo mil pedazos, y me salpicó totalmente. Luego, cuando pasó aquel condenado cabriolé, vi a la tozuda cúpula volverse a colocar boca abajo, sobre la punta, con pequeñas sacudidas; las piedras se armaban de nuevo, las bellas franjas doradas reaparecían, y yo me secaba la cara instintivamente; pues en aquel momento, mi ser exterior regresó y me encontré cerca de los Inválidos, ante un enorme charco de agua en el que se reflejaba la cúpula de los Inválidos.

Creo que estaba borracho... ¡Maldita fisarmónica! ¡Qué manera de atacar los nervios!...





1832









martes, abril 14, 2009

"Ela, Elle, Ella, She, Lei, Sie", de Rodrigo Lira







            y en tus hogueras,
            en los ardores de tus creencias,
            te enseñaré mi cuchillo de palo


            Álvaro Ruiz, “Inocencia”, en dieciocho poemas, alfabeta impresores, s.d.


            las llamas del amor ya no llaman

            Erick Pohlhammer (en la Revista del Domingo, 15 de agosto de 1976)


            Mi amor se acrecienta más y más en la medida que tus ojos
            se diferencian más y más de todo lo antes visto por los míos


            Erick Pohlhammer, “a Andrea”, sec Poesía para el camino, U.E.J. / ed. Nueva Universidad; alfabeta impresores, Santiago, 1977.


            Ven acá bombón
            y te mostraré mis petardos
            mis más secretas y oscuras detonaciones


            Roberto Merino, Ciclotrón (inédito)



“prolongado repicar”, o, mejor dicho, redoblar, que son las campanas las que repican, Sancho, que no los tambores, “antes de que la trapecista” -que en este caso es el trapecista- (¿”creador literario”? ¿”auténtico demiurgo”? ¿ defendiéndose atacando jugándose “solo, cara a cara a la carilla en blanco”?)- “se juegue la vida” [a]



[a] las expresiones entre comillas pertenecen a la crítica de la antología poética para el camino según aparece firmada por edmundo concha en el primer número de cierta revista chilena de la hactividad hartística llamada algo así como la motoneta o la citroneta





Todavía no le dirijo la palabra esta tarde andaba con una amplia
            blusa blanca
esa tarde llevaba calzones rojos por su periodo y lo arcaico
            de su receptor de flujo
le salieron pecas con la primavera o esta última logró que
            al fin me percatara
Yo quería besarla sólo en la penumbra de la escalera del lado Este
            -en el verano casi no se usa
y en la sala oscura para teatro cine escultura actos culturales
            y conferencias
hubo confidencias y algo más que un beso.
Después, bailaba, al medio del círculo conga conga que siga
            la milonga terminó el kurz eins del Goethe -sie gut, ich sehr gut
Mechona del pedagógico ojipintada entonces dancing in the ring
            eo eo que siga el hueveo semana premechona-
yo bailaba en medio conga conga con parsimonia -sin zafarme
            como en las fondas- o miraba tomando una cola el bailoteo
Está tomado créditos de fundamentos sicosociobiológicos
            y filosoficales de la educaciónica
Estará estudiando geografía, la geografea, en el campus oriente
            de la ucé, seguirá yendo a misa, la pata peluda
Dejó aquí su pijama japonés este mediodía y le compré
            mentolados cigarettes antes de dejarla en la micro
dormí sin sueños después de un orgasmo así y las vértebras
            se movían solas
y se salía solo y solo, antena, encontraba su camino hoy,
            después del desayuno
tal vez se case con un brasileiro, tal vez se divorcie de su madre
            tal vez se case conmigo, tal vez
Quién lo diría, dirán cuando digamos que nos casamos los que
            eso dijeran
El año pasado lloré de alegría ante el simple hecho de que existiera
estuvo entonces dispuesta a ir un rato a mi piso de soltero
            pero aún la espero
le escribí cosas que le mandé y cosas que no le mandé
Tengo pensado confeccionarle alguna misiva
            cuando tenga un tiempito
(la verdad es que no me gusta demasiado y no sabe moverse
            al caminar)
Arrebola la cafetería y me sale hasta en la sopa, me encanta
            su nariz exacta
Sé de buena fuente que hacia mí es péndulo entre miedo y amor
En el fondo le tengo rencor, supongo, y me gustaría violarla
            violentamente
La verdad es que no pude contenerme y jugué el estúpido
            juego de siempre y perdí la mano
Manco, cómo podría masturbarme, y casado no haría falta,
            yo supongo, digo yo
Volvió con su novio, después de esa semana de plazo salieron
            La dejó en su casa, él chocó su auto
parabrisas en cerebro -novio no vio árbol, o poste-
            y una postal desde Baires habría bastado
(era la tempranera      del paraná      niña primera      amanecida flor)
Debería haberme casado con ella aunque no fuera marilyn monroe
            ni mi mamá.
He pensado seriamente matarla carnearla salarla o írmela comiendo
            a lo largo de un año
Supongo que los vecinos sospecharían algo cuando aparecieran
            maceteros con flores y cuadros secándose al sol
Podría fácilmente terminar en la cárcel si se atraviesa de nuevo
            en mi camino
le daría un beso rojo un beso chocolate un beso plástico
            otro sicalíptico y otros besos
me pondría a visitar las más sofisticadas tiendas para ropa interior
            y abalorios
vendería calzoncillos con tal de pagar las cuotas de la moto
            para pasearla
Está claro que al llegar y al salir del templo coche con caballos
            y con todo
Aún no llega y mi reloj hace minuto y medio que marcó las 21:00
A la hora veinticinco tal vez me haya emasculado
            -amputado las gónadas, en términos técnicos
Y qué hago con el pijama japonés si nunca vuelve y dónde archivo
            su recuerdo
Y si después se instala y es doña copropietaria -dueña- vecina
            y señora
Realmente, esa señora es una suegra de caricatura,
            y no me gusta nada
-señora que no estaba mal de repente... pero para mí, más jóvenes
La araña se come al araño y la abeja reina mata a los zánganos
Tuve que tomar vino y llorar, ese sábado azul con nubes cúmulos
El problema es que no tengo teléfono, ni moto, ni soy estúpido
Estupenda, con fundamento se siente inteligente, y necesitaría
            un pi eich di (*)
me negó su beso a pesar o a causa del halo de la luna llena,
            y no quisodevolverme
los papeles de ese spell: quemólos, parece: bofetada
esas graficaciones magistrales le parecieron “originales pero
            no bonitas” no cachaba mucho la muchacha
pero fueron sus senos los que le dieron mi asiento en el bus de marzo
Saliendo, me advirtió que íbamos a pelear desde nuestros cafés,
            instalados en los cisnes
pero escuchaba atentamente desde atrás, y en alguna medida llenó
            alguna expectativa
-aunque ese actorucho de mierda tenga todo el derecho
            de interponerse
Todo era bastante más increíble que una película ganadora
            del premio cineúq
(íbamos a ser una eminencia gris duplex tras el tirano de opereta
            de turno)
Todavía está la posibilidad de las islas Canarias las prostitutas núbiles
            o la cría de canarios, o la horticultura
Debería sorprenderla por la espalda a mansalva la emboscada
            en despoblado
Y qué diablos pasaría si quedara embarazada la muy mal parida
-”Casarse es un buen negocio”- me dijo un sicólogo que fuma
            marihüana näda dë tonto al invitärme a su bodä
Y no sé qué crëstas tendría que hacer que no apareció en el momento
            preciso
Supongo que soportaría sin titubear sus adulterios y pelos en el baño
            y sus pezones
¿por qué no volverá a mis brazos se olvidaría de esa vida que vivimos
            en otro tiempo y otro espacio
Tal vez un poco de lata de almuerzos en bandejas plásticas y colas
            y empanadas en los bares
-Te tengo pechuga de pollo con cebolla- le acabo de decir y le leo
            al escribir
debo reconocer que en todo momento hace lo posible por parecer
            un alucinante poster en movimiento
No es bueno que el hombre esté solo dijo o dijeron mirando al adán
            inédito y virgen
no sé si elohim dios o elohenu plurales -dos al menos- o adonai iod
            he vau ne -no sé mucho hebreo por el momento-
Adán dijo hueso de mis huesos carne de mi carne mujer será llamada
            pues del hombre fue sacada
Todavía no pasa nada y anoche no le dije buenas noches ni falta hacía
            después de
y la verdad es que el segundo capítulo del génesis
            me interesa escasamente,
y si no nos hubiesen intoxicado con cristianismos acríticos
            de enésima mano
            -San Renán, por ejemplo, ni evidentemente los rojos
Ahora está tratando de imitar la notable artesanía de batir
            el café instantáneo que tan bien sé practicar
una melodía suave por mi vieja compañera la radio nos toca el violín
Está el problema del ruido de los autos el pito del lechero
            en las mañanas y las noches solas
Si fuera católico no sé si me haría monje o me conseguiría
            catoliquillas carismáticas
No tengo inconvenientes en compartir el cepillo de dientes
            y las alfombras
San Pablo escribió `más vale casarse que quemarse´ `el que
            no trabaja que no coma´y `alejandro el calderero
            me ha hecho mucho mal´ en sus epístolas (1)
El reverendo Valënte recomiënda castidäd a Nerüda
            pero nada sobre cómo (2)
Aunque todavía no instalo el juego de espejos,
            el ámbito está propicio:
está el sahumerio chino las manzanas el pollo las cebollas y el pan
ella está conmigo y ella no está conmigo -escribió el joven pablo,
            y su älma
no se conformaba con haberla perdido -a mí nada con almas
            ni aunque vengan ”bien dotadas”
ni aunque vengan ofreciendo geografías sin dejar alternativas por ahí,
            en letras de molde:
prefiero dobles etéricos o bioenergéticos, chakras, cuerpos causales
            astrales o -last but not least- materiales
cuerpos de ser posible bien hechos, bellos como el mío
            o el de ella bella
y dice no sabe dónde quedaría ese libro en inglés que estaba leyendo
enciende la luz, se sienta en la cama, le doy la espalda:
            sigo escribiendo
creo que alguien ha muerto en este instante, tal vez alguien
            haya abortado y más de alguien habrá nacido
otro poema -si es que puede llamarse poema a esta volada-
            ha quedado terminado.






(*) Ph. D.: abreviatura inglesa para “Philosophy Doctor” (doctor en filosofía)
(1) Cf. 1º a los Corintios, VII: 9, 2a a los Tesalonicenses, III: 10 y 2a a Timoteo, IV. 14.
(2) Ref. Ibáñez L., J. Miguel: Poesía Chilena e Hispanoamericana Contemporánea. Nascimento, Santiago, 1975, p. 176.






Postscriptum

El autor agradece por haberle provisto de material empírico para este texto, cuya primera versión fue manuscrita al anochecer del lunes 2 de octubre de 1978 y dedicado a San Antonio y a “esa gente tan pobre que hace el amor con ropa” (1), a Sonia C., Patty R., Violeta A. B., Norma W., M. Fernanda S-C. de V., Isabel M. C., Isabel L., Paula E. R., y a la memoria de Karin Cervantes Sch, encarecida y cariñosamente, y a ella, lamentando que las circunstancias no hayan permitido incluir el proporcionado por la leo, la chica de castellano, la vecina de enfrente, las empleadas de la panadería y la cafetería, Alicia -principiante en el oficio-, la Julie de la villa, la Yuli de Chillán, una profesora de sicología, Veronica de La Serena, las Martas de Vicuña, Lin de Diaguitas, Sol (e) de Arica, y cierta señora Isabel de Iquique (quinceañeros entonces ella y yo cadete besos primeros en verano con Marilú -la prima de la polola-) entrevistos los desnudos de la hija de un soldado artillero de puño amputado por una granada, pechos de la empleada y el Chevrolet 51 en la playa de Cavancha y en la pampa, en Baquedano.







(1) Diego Maquieira, “en blanco otoño”, en UPSILON, Santiago, 1975.










lunes, abril 13, 2009

“El sexo sagrado del huésped de los amos”, de Pier Paolo Pasolini







Es una tarde de primavera avanzada (o, dada la índole ambigua de la historia, de principios de otoño), una tarde silenciosa. Apenas se oyen los ruidos —muy lejanos— de la ciudad.

Un sol oblicuo ilumina el jardín. La casa está aislada en el silencio; sin duda, han salido todos. En el jardín sólo queda el joven huésped. Está sen­tado en una reposera o en un sillón de mimbre. Lee, con la cabeza en la sombra y el cuerpo al sol.

Como lo comprobaremos dentro de poco —cuando, siguiendo las miradas que lo observan, nos acerquemos a él y percibamos los detalles de su cuerpo al sol— lee apuntes de medicina o de inge­niería.

El silencio del jardín en la paz profunda de ese sol impasible o consolador, entre los primeros ge­ranios que despuntan (o bien con las primeras hojas de los granados que caen) se interrumpe por un ruido irritante, monótono, excesivo: es la pequeña cortadora de césped mecánica que siega, moviéndose aquí y allá por el parque, reiniciando cada vez sin variantes, sin interrupción, su estri­dor incierto.

La que empuja adelante y atrás la cortadora de césped es Emilia.

Está en un rincón del jardín, al fondo de un parque liso, llano, de un verdor casi deslumbran­te, mientras el joven está en otro ángulo, cerca de la casa, bajo una pérgola de hiedra.

De cuando en cuando el ruido excesivo de la cortadora se interrumpe: Emilia se detiene un ins­tante, tensa. Mira con fijeza al joven, con una mirada muy extraña, como de quien no tiene el coraje de mirar y al mismo tiempo es lo bastante inconsciente como para no avergonzarse de su propia insistencia. Al contrario, su mirada se nu­bla poco a poco, como si fuera la propia Emilia la que pudiera sentirse molesta por esa indiscreta insistencia.

¿Durante cuánto tiempo sigue andando Emi­lia con la cortadora de césped, deteniéndose, mirando para después reanudar la marcha, encor­vada y sudorosa? ¿Y durante cuánto tiempo, in­consciente no sólo de ella, sino también de que la ignora, sigue el joven leyendo sus apuntes? Duran­te mucho tiempo, quizá durante toda la mañana, o sea durante la breve mañana de las casas ri­cas, donde las diez son todavía el alba. El sol se alza cada vez más en el cielo sin nubes, hasta ha­cerse ardiente en una árida paz estival.

Emilia sigue empujando con ímpetu, con tor­peza, la cortadora de césped (por lo demás, ese no debería ser trabajo de ella, sino del jardinero; pero desde hace algún tiempo ha tomado a su cargo el cuidado del parque por una especie de rivalidad con el jardinero, ya que ella es hija de campesinos y viene directamente del campo).

El joven no advierte, pues, que lo miran, to­talmente y casi inocentemente inmerso en su estudio que, ante los ojos de Emilia, es un pri­vilegio casi sagrado. Sobre todo porque ahora ha dejado los apuntes —quizá para descansar un poco— y lee un pequeño volumen, en rústica, de las poesías de Rimbaud. Y esta lectura lo absorbe aún más que la anterior.

Al principio, la mirada de Emilia, que se detie­ne para contemplarlo, es rápida, fugaz, y sólo puede abarcar la figura toda del huésped, con la cabeza en la sombra y el cuerpo al sol.

Pero después su mirada se agudiza y se fija du­rante más tiempo en aquel objeto lejano y sin reacciones: mientras se pasa el antebrazo por la frente para quitarse el sudor, explora, ceñuda, los detalles del cuerpo que se le ofrece allá, incons­ciente y total.

Poco a poco, sus gestos —que parecen obsesivos tan sólo por su simple mecanicidad— se vuelven obsesivos de un modo explícito y casi ostentoso.

De modo que ese ir y venir en la humilde fun­ción de cortar el césped pierde su naturalidad, su índole de tarea cotidiana, y se convierte casi en la forma externa de una intención oscura.

Y en verdad, en esas incesantes miradas al hués­ped empieza a insinuarse algo turbio, insensato. A tal punto que al fin —como si ya no pudiera re­sistir (pero el huésped sigue sin reparar en Emi­lia, sumergido en su lectura y, por otro lado, socialmente, espiritualmente, tan alejado de ella)—, Emilia, teatralmente, deja la cortadora en medio del parque y entra casi corriendo en la casa. Atra­viesa la sala, la cocina, entra en su cuarto, peque­ño como una celda, con los lujos concedidos por sus amos y con sus pobres pertenencias abigarra­das. Y allí empieza a hacer gestos que parecerían normales, pero que resultan absurdos por su fre­nesí y su inoportunidad. Se peina. Se levanta los pendientes. Reza (una breve plegaria, entre beata y extática). Después se sacude de su éxtasis, besa y vuelve a besar una imagen con el Sagrado Co­razón, y sale. Vuelve, siempre teatralmente, al jar­dín, a su cortadora.

Y reinicia el ceremonial obsesivo, empujando aquí y allá la cortadora por el césped, explorando siempre con los ojos turbios e inocentes el cuerpo del muchacho. Al poco tiempo, la contemplación de ese cuerpo se le hace insoportable. Y Emilia se revuelve enfurecida contra su propia tentación.

Escapa de nuevo, pero esta vez de manera aún más clamorosa: llorando, casi aullando, como víc­tima de un ataque de histeria.

Pisotea el césped del jardín, como una oveja loca, y vuelve a entrar, jadeando, en la casa.

Atraviesa una vez más la sala, se precipita en la cocina, y con un gesto violento pero un poco abstraído e idiota, arranca el tubo del gas, como si quisiera matarse.

Esta vez el joven, por la fuerza de las cosas, ha debido reparar e interesarse en ella. No puede sino haber oído ese llanto, esos sollozos frenéticos; no puede sino haber entrevisto la huida de la mujer, que a todas luces pretendía ser mirada y tomada en cuenta. De modo que la sigue casi corriendo y la encuentra en la cocina. Y allí la ve entregada a sus gestos exaltados de loca. La auxilia. Le quita el tubo del gas de las manos, procura animarla, reconfortarla, encontrar el medio para interrumpir ese ciego acceso de dolor que ya no reconoce nada.

La arrastra a su cuarto minúsculo y la tiende en la cama: la tiende, mientras ya Emilia empieza a agitarse y a suspirar con afán menos frenético y a mostrar el deseo de ser calmada y consolada.

En todo esto —en el acto de alzarla, de hablar­le, de tenderla en esa triste yacija—, el joven hués­ped tiene un aire extrañamente protector, casi maternal; como de una madre que ya conoce los caprichos de su hijo y se anticipa a ellos en una especie de amorosa conciencia.

Esa actitud suya, esa expresión de los ojos que parecen decir "¡no es nada grave!" se acentúan aún más cuando Emilia (halagada por su ternura y sus caricias, y ciegamente obediente a su ins­tinto, ya sin tapujos), casi mecánicamente, en una especie de inspiración más mística que histérica, se levanta la falda sobre las rodillas.

Este parece el único medio que tiene, privada de conciencia y de palabras —y ya de pudor— para declararse, para ofrecer algo, como una sú­plica, al muchacho. Y precisamente por excesivo, todo eso tiene una pureza y una humildad de animal.

Entonces el muchacho —siempre con aire ma­ternal, protector, dulcemente irónico—, le baja un poco la falda, como para defender el pudor que ella ha olvidado y que se le ofrece por entero. Después le acaricia la cara.

Emilia llora de vergüenza: mas no se trata de esa peculiar clase de llanto que es el desahogo in­fantil de una crisis ya aplacada, consolada.

Él le seca las lágrimas con los dedos.

Ella besa esos dedos que la acarician con el res­peto y la humildad de una perra o de una hija que besa las manos de su padre.

Nada se opone a su amor: y el muchacho se tiende sobre el cuerpo de la mujer, prestándose a su deseo de ser poseída por él.





en Teorema, 1970