miércoles, julio 14, 2010

"La Marsellesa", de Claude-Joseph Rouget de Lisle






¡Levántense hijos de la Patria,
El día de la gloria ya llegó!
Contra nosotros la tiranía
El estandarte sangriento elevó,
El estandarte sangriento elevó.
¿Escuchan ustedes en las campiñas
Rugir a esos feroces soldados?
Ellos vienen hasta vuestros brazos
A degollar a nuestros hijos y compañeras!

¡A las armas, ciudadanos!
¡Formen sus batallones!
Marchemos, marchemos,
¡Que una sangre impura
Abreve nuestros surcos!
¡A las armas, ciudadanos!
¡Formemos nuestros batallones!
Marchemos, marchemos,
¡Que una sangre impura
Abreve nuestros surcos!










1792







Le Marseillaise

Allons enfants de la Patrie,/ Le jour de gloire est arrivé!/ Contre nous de la tyrannie,/ L'étendard sanglant est levé,(bis)/ Entendez-vous dans les campagnes,/ Mugir ces féroces soldats?/ Ils viennent jusque dans vos bras,/ Égorger nos fils, nos compagnes!// Aux armes, citoyens,/ Formez vos bataillons,/ Marchons, marchons!/ Qu'un sang impur/ Abreuve nos sillons!/ Aux armes, citoyens,/ Formons nos bataillons,/ Marchons, marchons!/ Qu'un sang impur/ Abreuve nos sillons!//











martes, julio 13, 2010

“Sobre la muerte: Lost”, de Juan Manuel Silva Barandica








L
uego de haber viajado más de seis horas de Santiago a Mendoza: los vecinos reunidos fuera de la casa, la soldadura fijando la ventana del ataúd, llantos largos como las calles que uno avizora de niño. Luego la loza y el número siete, las flores y una inexplicable lejanía de mi madre, ese día nueve de octubre de 1990, dos días después de mi cumpleaños número ocho, mi abuelo era enterrado. Años después, difusos como experiencias pasadas por el cedazo del amor o la droga, abatieron a mi padre las muertes de sus padres. Recuerdo la espera en la posta de Salvador con Rancagua e ir a visitar a mi abuela al hospital de la Universidad Católica, aunque más persevere en mí la imagen paterna y su dolor, digamos, cómo la muerte nunca es en sí, sino para alguien.

No solemos tomar nuestra historia como marco de una historia general, así como no habituamos ser la medida de aquello narrable. Aunque dicho de antemano, tal prejuicio se descubre en su inutilidad al pensar en la aparición y desaparición de aquello vivo, es decir, la responsabilidad familiar o la esclavitud de la sangre. También es posible especular muchas cosas acerca de esto, pero preferiría creer que tales vínculos, más que atávicos, son electivos: uno es quien construye su parentela, por no decir sus ataduras al mundo.

Del mismo modo la literatura se ancla al discurso de lo real o a esa convención llamada mundo, ya para invertir o dialogar con signos de uso común, consuetudinarios, robándolos de la seguridad del intercambio, para devolverlos o llevarlos a ese ad plures ire que, según los romanos, era la muerte; o quizás asumiendo la línea de sangre que dejaron hombres y mujeres ya idos – o tal vez sus trabajos-, su tradición como propia, tal literatura, ese arte cultivado a través de los siglos y la diferencia ha tratado más que el tema de la muerte, la experiencia de la muerte en la representación. Así, la anulación del yo en aquello que se expresa, narra o dispone como escena; el doblaje y eternización de nombres o características de personas en personajes y la pérdida abismada, a saber, el fracaso del contacto, la incapacidad de acceder a ese otro que se protege y se salva mediante un lenguaje, una lengua específica: la negación de la ausencia.

Moderno, podría ser, aquello que se aferra a lo material o a la pátina que el alma imprime en la piel del que ama, recuerdos, impresiones, imágenes a los que el poema, la narración o el drama impide su salida, olvido o extinción. Eterniza la literatura lo que teme perder, incluso, podría ser que se canta en contra de la muerte como Sherezada o Gilgamesh quisieran.

No es posible recordar de cada capítulo de la serie norteamericana Lost más que imprecisos detalles, inútiles marcas parecidas a los defectos en el cuerpo deseado y tenuemente caído en la noche. De hecho, ni siquiera esos detalles servirían para salvar o retener en la memoria las seis temporadas que su ficción desplegó, aunque quisiera detenerme en el último capítulo de la misma, en especial en la frase que pronuncia Christian Sheppard a Jack Sheppard, su hijo, a raíz del porqué ellos estarían todos juntos al final – en la isla o una especie de purgatorio- : para recordar y dejarlo ir.

Pienso inevitablemente en la Invención de Morel de Adolfo Bioy Casares, y cómo el amor, o aquello que no muere, es incapaz de aceptar la ausencia, imprimiéndose en esa representación eterna, simulada, para del mismo modo simular una proximidad. Por otra parte, “La isla al mediodía” de Julio Cortázar, narra la historia de Marini, quien trabajando en un avión anhela descender a una isla que sólo ha contemplado desde las alturas, y habiéndolo conseguido asiste a su propia muerte yendo a rescatarse en un accidente aéreo. En “La hormiga eléctrica” Philip Kindred Dick desarrolla la anagnórisis (o reconocimiento) de un empresario que cae al hospital como un robot. Tal desengaño, sumado a la suspensión del estatuto de lo real como referente objetivo, llevan al mismo a alterar su dispositivo de percepción, acabando el cuento por desintegrar aquello que creíamos real y construido comunitariamente, al morir el robot y todo el mundo narrado.

He mencionado estos cuentos para no hacer referencia directa al modo de representación propio del arte fantástico y, de modo específico, la narrativa fantástica. Hay en estas formas analizadas por Tzvetan Todorov, Louis Vax y Roger Caillois, tanto un choque de pensamientos modernos y premodernos, así como de las explicaciones que estos dos estadios superpuestos darían a la pregunta por lo real: una interpretación mágica y una racional, además de tensionar la estructura de la narración devendrían una tercera opción que, sin ser ninguna de las anteriores, las abarcaría, conteniéndolas.

Ya excusado en líneas anteriores, juzgo inútil trazar todas las líneas punteadas que ha dejado Lost en materias de fe, seudociencia o mistificaciones. Por el contrario, este último capítulo, más que renovar mi interés en la isla, sus misterios, la zoroástrica lucha de la luz y las tinieblas, la preexistencia de una civilización a todas las civilizaciones y los distintos niveles que pueden existir entre la vida y la muerte, me ha interesado porque resitúa, al menos para mí, el problema planteado por Jorge Luis Borges en su cuento “El sur” y en “El fin” al pensar que hay un instante en el que le es revelado al hombre su destino: "el momento en que un hombre sabe para siempre quién es”. Del mismo modo, Johanes Dahlmann antes de empuñar el puñal que acaso sabrá usar “Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.”. Justamente, el hecho que al final la isla y sus misterios pasen a un segundo plano para presentar ese sueño colectivo en el que cada personaje puede soñar su muerte, o bien, el sueño de un fracasado que, circularmente, vuelve al punto de partida (del que quizás jamás se movió) para donarle sentido a su existencia, me conmueven. Probablemente tanto como me conmovió y lo sigue haciendo el capítulo final de Evangelion, el que nos hace creer que toda la faramalla e intrincada textura interdiscursiva no era más que un método de defensa, el modo de alejar a su padre y su historia, es decir, su dolor, por parte de un niño. Decirlo sencillamente: ni la cábala, ni el génesis, ni el gnosticismo equivalen al sufrimiento de un niño, a su incapacidad de decir o aproximarse al dolor.

Que nadie haya podido completarse, sostener ese vínculo que nos ata a las cosas y nos imprime en ellas: ese viejo daguerrotipo, el facón y un juguete, o los residuos de una vida de frustraciones, no dice nada sobre aquello ausente. En fin, soñar que es posible reunirse más allá de las fijaciones, la tradición o lo elegido y asumido como destino, nada otorga al sujeto amante en su contexto, su modo de relacionarse con la pléyade de realidades y discursos que producen sus prójimos o lejanos. Esto, más allá de que Jack Sheppard haya intentado situarse e historizarse en un hipóstasis del mundo, un binario campo de batalla para descubrir su rol, su ubicación y sentido en el texto.

Vuelvo a ese parlamento: Remember, and let it go, ya que si bien el arte se ha valido y validado urdiendo laberintos, es la presencia inminente –esa débil fuerza mesiánica del fin- del otro al que tornará quien quiso ser, quien decidió ser, la que cobra un sentido famular o familiar al recordar los límites de toda experiencia, ese terror que rodea como aura a las pertenencias acumuladas, los amigos, las historias que cada sujeto carga (lastre y peculio) al transformarse o ser trabajado por el olvido. Toda intención de superar nuestro tiempo y nuestras taras, mutar hacia ese otro literario, eterno en la fama, conduce a la revelación que a diario sobrevuela como un ave sobre nuestras cabezas.

Intuiciones me arrastran a esa imagen en la que Jack se acuesta entre los juncos a esperar la muerte (como en un cuento de Horacio Quiroga o en PI), abriendo y cerrando los ojos para ver en ese punto de hablada que comparte con Quentin del Sonido y la furia, cómo Argos lo reconoce luego del viaje, reconociendo él también, que no había aceptado la muerte de su padre. Quizás esa pequeña partícula de la realidad, menor ante el drama del resto de los personajes, sea incapaz de producir el estremecimiento que un enigma intelectual genera, pero es la impotencia que siente el ser humano al desprenderse y aceptar el fin, la conclusión de la fama o la memoria de una obra en la memoria de los hombres, como esa tradición de recordar a los muertos o celebrar los nacimientos de la patria, la que resignifica algo que me dijera Camilo Brodsky sobre la negación a aceptar que todos construimos literaturas menores, no como Kafka según Deleuze, sino como un trabajo sereno, que quedará de seguro empozado en los ojos de quienes compartieron, comparten y compartirán el deslumbramiento de un oficio, sea este artístico o no.

Quiero pensar o bien sentir que Lost me ha recordado eso de que las historias ocurren dos veces como tragedia y farsa, además de situar la muerte no desde su tematización, sino hacia su frágil intimidad, esa sensiblería huidiza y aplacada por el arte: no aceptar jamás que vamos quedando en las cosas, que nos agotamos recordando y que nada nos recordará. Terminar, sin más, o para nunca más, nunca más, aunque quede esa subrepticia sensación de que hay algo que no acabamos de descubrir que permanece. Tardes sentado en la cocina observando cómo mi madre cocinaba, un invierno junto a mi padre viendo el mundial del noventa, esa mañana en que nació mi hermano Claudio, las fatigosas y perdidas misas del gallo, las caminatas por Campos de Deportes, los viajes por la cordillera, mi madre que no dejaba de recordar a su padre muerto, la noche en que soñé con él, la última conversación en su pieza terminal, el té junto a mis abuelos en esa casa de la calle Eduardo Castillo Velasco. Imágenes teñidas por eso que imagino redentor y por revelarse, transitando por un tiempo que se agota, como una clepsidra, entre aquellos que nos aman y a quienes amamos, viendo a ratos cómo van desapareciendo, sin darnos cuenta, junto a las hojas del otoño, las escenas de una serie cualquiera, recordando que probablemente no las podremos dejar ir.














lunes, julio 12, 2010

"Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron", de Miguel de Cervantes

Capítulo IX de Don Quijote



Dejamos en la primera parte desta historia al valeroso vizcaíno y al famoso don Quijote con las espadas altas y desnudas, en guisa de descargar dos furibundos fendientes, tales que, si en lleno se acertaban, por lo menos se dividirían y fenderían de arriba abajo y abrirían como una granada; y que en aquel punto tan dudoso paró y quedó destroncada tan sabrosa historia, sin que nos diese noticia su autor dónde se podría hallar lo que della faltaba.

Causóme esto mucha pesadumbre, porque el gusto de haber leído tan poco se volvía en disgusto, de pensar el mal camino que se ofrecía para hallar lo mucho que, a mi parecer, faltaba de tan sabroso cuento. Parecióme cosa imposible y fuera de toda buena costumbre que a tan buen caballero le hubiese faltado algún sabio que tomara a cargo el escrebir sus nunca vistas hazañas, cosa que no faltó a ninguno de los caballeros andantes,

                    de los que dicen las gentes
                    que van a sus aventuras,

porque cada uno dellos tenía uno o dos sabios, como de molde, que no solamente escribían sus hechos, sino que pintaban sus más mínimos pensamientos y niñerías, por más escondidas que fuesen; y no había de ser tan desdichado tan buen caballero, que le faltase a él lo que sobró a Platir y a otros semejantes. Y así, no podía inclinarme a creer que tan gallarda historia hubiese quedado manca y estropeada; y echaba la culpa a la malignidad del tiempo, devorador y consumidor de todas las cosas, el cual, o la tenía oculta o consumida.

Por otra parte, me parecía que, pues entre sus libros se habían hallado tan modernos como Desengaño de celos y Ninfas y Pastores de Henares, que también su historia debía de ser moderna; y que, ya que no estuviese escrita, estaría en la memoria de la gente de su aldea y de las a ella circunvecinas. Esta imaginación me traía confuso y deseoso de saber, real y verdaderamente, toda la vida y milagros de nuestro famoso español don Quijote de la Mancha, luz y espejo de la caballería manchega, y el primero que en nuestra edad y en estos tan calamitosos tiempos se puso al trabajo y ejercicio de las andantes armas, y al desfacer agravios, socorrer viudas, amparar doncellas, de aquellas que andaban con sus azotes y palafrenes, y con toda su virginidad a cuestas, de monte en monte y de valle en valle; que, si no era que algún follón, o algún villano de hacha y capellina, o algún descomunal gigante las forzaba, doncella hubo en los pasados tiempos que, al cabo de ochenta años, que en todos ellos no durmió un día debajo de tejado, y se fue tan entera a la sepultura como la madre que la había parido. Digo, pues, que, por estos y otros muchos respetos, es digno nuestro gallardo Quijote de continuas y memorables alabanzas; y aun a mí no se me deben negar, por el trabajo y diligencia que puse en buscar el fin desta agradable historia; aunque bien sé que si el cielo, el caso y la fortuna no me ayudan, el mundo quedará falto y sin el pasatiempo y gusto que bien casi dos horas podrá tener el que con atención la leyere. Pasó, pues, el hallarla en esta manera:

Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y, como yo soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación, tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía, y vile con caracteres que conocí ser arábigos. Y, puesto que, aunque los conocía, no los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado que los leyese; y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues, aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua, le hallara. En fin, la suerte me deparó uno, que, diciéndole mi deseo y poniéndole el libro en las manos, le abrió por medio, y, leyendo un poco en él, se comenzó a reír.

Preguntéle yo que de qué se reía, y respondióme que de una cosa que tenía aquel libro escrita en el margen por anotación. Díjele que me la dijese; y él, sin dejar la risa, dijo:

—Está, como he dicho, aquí en el margen escrito esto: "Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha".

Cuando yo oí decir "Dulcinea del Toboso", quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta imaginación, le di priesa que leyese el principio, y, haciéndolo ansí, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo. Mucha discreción fue menester para disimular el contento que recebí cuando llegó a mis oídos el título del libro; y, salteándosele al sedero, compré al muchacho todos los papeles y cartapacios por medio real; que, si él tuviera discreción y supiera lo que yo los deseaba, bien se pudiera prometer y llevar más de seis reales de la compra. Apartéme luego con el morisco por el claustro de la iglesia mayor, y roguéle me volviese aquellos cartapacios, todos los que trataban de don Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada, ofreciéndole la paga que él quisiese. Contentóse con dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo, y prometió de traducirlos bien y fielmente y con mucha brevedad. Pero yo, por facilitar más el negocio y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa, donde en poco más de mes y medio la tradujo toda, del mesmo modo que aquí se refiere.

Estaba en el primero cartapacio, pintada muy al natural, la batalla de don Quijote con el vizcaíno, puestos en la mesma postura que la historia cuenta, levantadas las espadas, el uno cubierto de su rodela, el otro de la almohada, y la mula del vizcaíno tan al vivo, que estaba mostrando ser de alquiler a tiro de ballesta. Tenía a los pies escrito el vizcaíno un título que decía: Don Sancho de Azpetia, que, sin duda, debía de ser su nombre, y a los pies de Rocinante estaba otro que decía: Don Quijote. Estaba Rocinante maravillosamente pintado, tan largo y tendido, tan atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan hético confirmado, que mostraba bien al descubierto con cuánta advertencia y propriedad se le había puesto el nombre de Rocinante. Junto a él estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro a su asno, a los pies del cual estaba otro rétulo que decía: Sancho Zancas, y debía de ser que tenía, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y las zancas largas; y por esto se le debió de poner nombre de Panza y de Zancas, que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces la historia. Otras algunas menudencias había que advertir, pero todas son de poca importancia y que no hacen al caso a la verdadera relación de la historia; que ninguna es mala como sea verdadera.

Si a ésta se le puede poner alguna objeción cerca de su verdad, no podrá ser otra sino haber sido su autor arábigo, siendo muy propio de los de aquella nación ser mentirosos; aunque, por ser tan nuestros enemigos, antes se puede entender haber quedado falto en ella que demasiado. Y ansí me parece a mí, pues, cuando pudiera y debiera estender la pluma en las alabanzas de tan buen caballero, parece que de industria las pasa en silencio: cosa mal hecha y peor pensada, habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rancor ni la afición, no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir. En ésta sé que se hallará todo lo que se acertare a desear en la más apacible; y si algo bueno en ella faltare, para mí tengo que fue por culpa del galgo de su autor, antes que por falta del sujeto. En fin, su segunda parte, siguiendo la tradución, comenzaba desta manera:

Puestas y levantadas en alto las cortadoras espadas de los dos valerosos y enojados combatientes, no parecía sino que estaban amenazando al cielo, a la tierra y al abismo: tal era el denuedo y continente que tenían. Y el primero que fue a descargar el golpe fue el colérico vizcaíno, el cual fue dado con tanta fuerza y tanta furia que, a no volvérsele la espada en el camino, aquel solo golpe fuera bastante para dar fin a su rigurosa contienda y a todas las aventuras de nuestro caballero; mas la buena suerte, que para mayores cosas le tenía guardado, torció la espada de su contrario, de modo que, aunque le acertó en el hombro izquierdo, no le hizo otro daño que desarmarle todo aquel lado, llevándole de camino gran parte de la celada, con la mitad de la oreja; que todo ello con espantosa ruina vino al suelo, dejándole muy maltrecho.

¡Válame Dios, y quién será aquel que buenamente pueda contar ahora la rabia que entró en el corazón de nuestro manchego, viéndose parar de aquella manera! No se diga más, sino que fue de manera que se alzó de nuevo en los estribos, y, apretando más la espada en las dos manos, con tal furia descargó sobre el vizcaíno, acertándole de lleno sobre la almohada y sobre la cabeza, que, sin ser parte tan buena defensa, como si cayera sobre él una montaña, comenzó a echar sangre por las narices, y por la boca y por los oídos, y a dar muestras de caer de la mula abajo, de donde cayera, sin duda, si no se abrazara con el cuello; pero, con todo eso, sacó los pies de los estribos y luego soltó los brazos; y la mula, espantada del terrible golpe, dio a correr por el campo, y a pocos corcovos dio con su dueño en tierra.

Estábaselo con mucho sosiego mirando don Quijote, y, como lo vio caer, saltó de su caballo y con mucha ligereza se llegó a él, y, poniéndole la punta de la espada en los ojos, le dijo que se rindiese; si no, que le cortaría la cabeza. Estaba el vizcaíno tan turbado que no podía responder palabra, y él lo pasara mal, según estaba ciego don Quijote, si las señoras del coche, que hasta entonces con gran desmayo habían mirado la pendencia, no fueran adonde estaba y le pidieran con mucho encarecimiento les hiciese tan gran merced y favor de perdonar la vida a aquel su escudero. A lo cual don Quijote respondió, con mucho entono y gravedad:

—Por cierto, fermosas señoras, yo soy muy contento de hacer lo que me pedís; mas ha de ser con una condición y concierto, y es que este caballero me ha de prometer de ir al lugar del Toboso y presentarse de mi parte ante la sin par doña Dulcinea, para que ella haga dél lo que más fuere de su voluntad.

La temerosa y desconsolada señora, sin entrar en cuenta de lo que don Quijote pedía, y sin preguntar quién Dulcinea fuese, le prometió que el escudero haría todo aquello que de su parte le fuese mandado.

—Pues en fe de esa palabra, yo no le haré más daño, puesto que me lo tenía bien merecido.















1605













domingo, julio 11, 2010

"El sonido sordo y cauteloso del fruto", de Osip Mandelstam







E
l sonido sordo y cauteloso del fruto
Que cae del árbol,
En medio de una incesante melodía
Del profundo silencio del bosque...





1908














sábado, julio 10, 2010

"Ascensión", de Wang Wei






El caserío anidó en el acantilado.
Entre nubes y nieblas la posada:
Atalaya para ver la caída del sol.
Abajo el agua repite montes ocre.
Se encienden las casas de los pescadores.
Un bote solo, anclado. Los pájaros regresan.
Soledad grande. Se apagan cielo y tierra.
En calma, frente a frente, el ancho río y el hombre.












viernes, julio 09, 2010

"Olvidar lo pasado", de Philip Larkin







Detener lo cotidiano
era aturdir la memoria,
partir desde la nada.

Algo ya no cicatrizado
por tales palabras, por tales acciones
como un desolado despertar.

Deseaba terminarlos,
apuré el entierro
y volví la vista

como guerras e inviernos
extraviados tras las ventanas
de una opaca niñez.

¿Y las páginas vacías?
Debería llenarlas
con observaciones

de celestes repeticiones,
el día que brotan las flores
el día que los pájaros se van.






en Altas ventanas, 1974













jueves, julio 08, 2010

"Los cuadernos de Malte Laurids Brigge", de Rainer Maria Rilke

Fragmento




Para escribir un solo verso, es necesario haber visto muchas ciudades, hombres y cosas; hace falta conocer a los animales, hay que sentir cómo vuelan los pájaros y saber qué movimiento hacen las pequeñas flores al abrirse por la mañana. Es necesario poder pensar en caminos de regiones desconocidas, en encuentros inesperados, en despedidas que hacía tiempo se veían llegar; en días de infancia cuyo misterio no está aún aclarado; [...] en mañanas al borde del mar, en la mar misma, en mares, en noches de viaje que temblaban muy alto y volaban con todas las estrellas -y no es suficiente incluso saber pensar en todo esto. Es necesario tener recuerdos de muchas noches de amor, en las que ninguna se parece a la otra, [...] Es necesario aún haber estado al lado de los moribundos, haber permanecido sentado junto a los muertos, en la habitación, con la ventana abierta y los ruidos que vienen a golpes. Y tampoco basta tener recuerdos. Es necesario saber olvidarlos cuando son muchos, y hay que tener la paciencia de esperar que vuelvan. Pues, los recuerdos mismos, no son aún esto. Hasta que no se convierten en nosotros, sangre, mirada, gesto, cuando ya no tienen nombre y no se les distingue de nosotros mismos, hasta entonces no puede suceder que en una hora muy rara, del centro de ellos se eleve la primera palabra de un verso.









Traducción de Francisco Ayala










1910













miércoles, julio 07, 2010

"Walaatshi", de Miguel Ángel López-Hernández







Mi tío Walaatshi ha llegado de donde estaba.
Trajo, en silencio, un antiguo problema de hombres.
Le oímos resollar la ofensa... y nos observa la vida.
Su palo de mando le ordena dibujar en la tierra.
No habrá pleito:
Sus años han encontrado el oculto reposo del dolor.







en Contrabandeo sueños con arijunas cercanos, 1992















martes, julio 06, 2010

"Volver", de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera






Yo adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno.
Son las mismas que alumbraron
con sus pálidos reflejos
hondas horas de dolor.
Y aunque no quise el regreso
siempre se vuelve al primer amor,
la vieja calle donde el eco dijo
"Tuya es mi vida, tuyo es tu querer",
bajo el burlón mirar de las estrellas
que con indiferencia hoy me ven volver.

Volver
con la frente marchita,
las nieves del tiempo platearon mi sien.
Sentir
que es un soplo la vida,
que 20 años no es nada,
qué febril la mirada
errante en la sombras te busca y te nombra.
Vivir
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez.

Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida.
Tengo miedo de las noches
que pobladas de recuerdos
encadenen mi soñar,
pero el viajero que huye,
tarde o temprano detiene su andar.
Y aunque el olvido
que todo destruye
haya matado
mi vieja ilusión,
guardo escondida
una esperanza humilde
que es toda la fortuna
de mi corazón.


Volver
con la frente marchita,
las nieves del tiempo platearon mi sien.
Sentir
que es un soplo la vida,
que 20 años no es nada,
qué febril la mirada
errante en la sombras te busca y te nombra.
Vivir
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez.










1935



















lunes, julio 05, 2010

Carta abierta al señor Diego Armando Maradona, de Carlos Malbrán







Querido Diego, “Pelusa”, “Pibe de oro”, “Diez”, “Gordo”, "D10S":


Quiero hacer memoria, para que no se te olvide a vos, ni a ninguno de los argentinos.

Eras un pibe de la villa miseria de Fiorito. Uno de esos asentamientos informales, insalubres y laberínticos, de viviendas precarias en las que se hacinan los desplazados. Síntoma brutal de la marginación y la pobreza, del que los políticos prefieren no hablar porque es poner en duda toda la estructura legal del sistema.

Jugabas porque el fútbol es la expansión de los humildes, un acto atemporal que los saca de las desdichas cotidianas. La vida te había negado casi todo, y vos, como miles de chicos argentinos, con tus zapatos rotos, te desquitabas a patadas.

En 1973 alguien te dijo:

- Che pibe, vamos a armar un equipo para jugar en el “Torneo Evita”, ¿Entrás?

Con tus piernas flacas y tu rostro de “negrito”, te convertiste en la pesadilla del torneo, nadie quería enfrentarte. “Los Cebollitas”, (así se llamaban), se llevaron la copa y al año siguiente ganaron el Campeonato de la 8ª División. El conjunto se mantuvo invicto 136 partidos y gracias a que “Los Cebollitas” se convirtieron en una sensación, conociste Perú y Uruguay, donde los invitaron a jugar. No tenías 12 años y ya eras campeón.

A alguien se le ocurrió hacerte debutar en las inferiores del Club Argentino Juniors. Resultó fácil, fue el primer acto ilícito de tu vida: te cambiaron el nombre y mintieron la edad, agregándote dos años para que te aceptaran. Algo completamente inútil porque tu brillo era tal que cuando te vieron jugar, todos preguntaban: ¿Quién ese pibe? ¿De dónde salió ese prodigio?

Entonces decidieron que era mejor ponerte en el entretiempo de los partidos de la Primera División para que entretuvieras a la hinchada haciendo malabares con la pelota. Naciste mago. Siempre la pelota ha hecho todo lo que querés, ¿o será al revés?

Llegaste a la villa eufórico:

- ¡Mamá, me pagaron!

Doña Dalma te dio un beso y tu padre Diego te regaló una sonrisa y una palmada afectuosa. Hasta hay un viejo comercial de Coca Cola, donde se ve a aquel muchachito haciendo maravillas.

La primera vez que figuraste en los diarios, (esos que cada vez que pueden, intentan destruirte por tus ideas), tenías diez años. El Clarín decía: “Había un pibe con porte y clase de ‘crack’…”. Este periodista no sabía que aún faltaban por llenar muchas páginas hablando del “Pibe de Fiorito”. Porque en dos años ascendiste ocho divisiones en Argentinos Juniors, de novena a primera, y comenzaste a dibujar tu historia con goles: en 1978, aunque te consagraste como el goleador del Metropolitano, el flaco Menotti te dejó fuera de la Selección que ganó el campeonato porque eras muy niño, pero al año siguiente nos trajiste la Copa del Mundial Juvenil.

Por ese tiempo, aunque River te quería contratar y te ofreció lo mismo que ganaba Ubaldo Fillol, el jugador mejor pagado de entonces, decidiste jugar para Boca, que estaba en serios problemas económicos y no podía comprar tu pase. Nos hiciste campeones, pero duraste poco. Europa siempre ha pagado mejor y te fuiste al Sevilla y después al Nápoles*.

El Mundial de México 86, siempre será recordado como “el Mundial de Maradona” y podría escribir muchas páginas con las emociones que nos hiciste vivir, porque cada vez que mandaste la pelota al fondo de la red, no era un gol de Maradona, era un tanto de desquite de todos los humildes de tu pueblo.

La FIFA, aún a regañadientes, (los oligarcas del fútbol no te quieren, Diego) tuvo que elegirte como al mejor jugador del siglo XX. Para nosotros significas mucho más. Siempre recordaré cuando como consecuencia de haber caído en los abismos de la droga, te tuvieron que internar de urgencia y una multitud angustiada hizo intransitable cuadras enteras en torno al hospital. Alguien puso un gran cartel: “El cielo tiene que esperar”, otro decía: “Siempre vivirás, Dios no quiere competencia.”, otro: “Jesús resucitó una vez. Vos, miles”, y quizá el más significativo rezaba: “Diego, no aflojés que vas a salir. No podés perder. No te olvides que Maradona juega para vos”.

Saliste de la droga como también te levantaste de cada golpe que te dieron en la cancha, pero los medios internacionales siempre magnificaron tu adicción a las drogas y cada error que cometías, porque lo que no te perdonan es que a pesar del dinero, la fama y la gloria, nunca olvidaste al pibe de la villa de Fiorito y que cada uno de tus mensajes políticos mueva la conciencia de los pobres y explotados del mundo.

El mercado puede aceptar que seas un genio del fútbol, pero no que te hayas convertido en la compensación para una sociedad frustrada por varias dictaduras militares y desgastada por el accionar de políticos corruptos.

Se acepta, ¿qué otro remedio les queda?, que seas un campeón, mas no que reflejes los sentimientos de los despojados que necesitan creer que Dios no está tan lejos.

Eso no te lo van a perdonar nunca Diego.

La FIFA no te puede perdonar que promuevas la sindicalización de los jugadores, a los que llamas “los obreros del fútbol”, porque eso echaría por tierra un negocio que mueve millones de dólares cada cuatro años.

Si Maradona dona una escuela, o promueve una colecta para los niños pobres con parálisis, no saldrá en la primera plana de ningún periódico del mundo, porque lo imperdonable no son estos actos en sí, sino que lo hagas siempre diciendo que sólo estás devolviendo algo de lo que los poderosos roban a la gente.

Demagogo, populista, oportunista, drogadicto, son los calificativos aconsejados por los señores de la SIP para poner junto a tu nombre. Como también aconsejan destacar siempre las declaraciones del señor Pelé, porque ese sí es “bueno”. Se coloca debajo de un cartel de alguna firma de productos deportivos, que por supuesto le paga, para reivindicar siempre al sistema y defender sus intereses. De eso vive.

No te van a perdonar tus visitas a Chávez, o que tengas al Ché tatuado en tu hombro.

La única vez que te tuve cerca fue cuando en noviembre de 2005, con motivo de la Cumbre de Presidentes de Mar del Plata, nos invitaste a ir a repudiar la presencia de Bush en la Argentina.

Los grandes diarios del mundo, no publicaron en estos días la foto de la Selección Argentina despidiéndose rumbo a Sudáfrica con una gran pancarta que decía: “Apoyamos a las abuelas de Plaza de Mayo para el Premio Nobel de la Paz”. Ni tampoco la noticia de que recibiste en Pretoria a Estela Carlotto con un gran abrazo.

Eso no se perdona Diego.

El fútbol, vos lo sabés mejor que nadie, es un juego impredecible y como bien declaraste: “No hay favoritos. Cualquiera te puede clavar la pelota en el ángulo y todo lo que hiciste… Chau”. Todo es posible, pero por todo esto y mucho más quiero decirte que si eso sucede, no te hagas ningún problema, porque con nosotros ya cumpliste.

Gracias por ser Maradona.
Gracias por ser nuestra alegría y nuestra esperanza.
Gracias por no olvidar al pibe de Fiorito.
Gracias por representarnos siempre a todos con dignidad.
Gracias, campeón.





* Diego Armando Maradona jugó en Nápoles entre 1986-1990, y en Sevilla FC entre 1992-1993 (Nota Dscntxt).





en "Cuba Debate", 29 de junio, 2010













domingo, julio 04, 2010

"La corte de los milagros", de Martín Caparrós




Penal a Villoro:

¿Cómo era que lo llamabas, caro güey? ¿Schadenfreude? En mi barrio lo llamamos fiesta, gran fiesta, qué fantástica fantástica esta fiesta: perdieron los brasucas. Para serte sincero: no me había dado cuenta de cuánto me alegraba hasta que faltaron unos pocos minutos y el cuerpo se me fue llenando de placer. Y así, supongo, a buena parte de mis compatriotas. Mi hijo Juan me manda un mail escueto: “Qué lindo, no?”. Mirá, mirá, mirá/ sacale una foto,/ se vuelven a San Pablo/ con el culo roto, deben estar cantando los muchachos, en un nuevo alarde de corrección política. La corrección política sudaca consiste en no callar; aquí, en París, en cambio, nadie canta esas cosas, pero en el bar irlandés donde lo vi todos parecían contentos con la derrota de un equipo que siempre pareció sobrar la situación, que jugaba como si su triunfo sólo dependiera de un pequeño movimiento de pulgar, a la Julio César –el auténtico, no el gran cazador de mariposas.

Brasil se regulaba, se recostaba atrás, esperaba el momento del zarpazo confiando en que cuando lo precisara lo daría: jugaba como si no pudiera perder –con la soberbia adolescente de creerse inmortal. No fue un partido; fue una lección moral. Y no lo ganó Holanda, superada una y otra vez, tan limitada que cuando lo pudo liquidar con tres jugadores solos en el área contraria se enredó con la pelota. Lo perdió el equipo falso de Brasil. Un tal Platón –que, a diferencia de Sócrates, nunca integró el scratch– dijo hace unos cuantos meses que lo verdadero es aquello que persiste en su esencia. Brasil decidió guardar su esencia en una caja fuerte y jugar a otra cosa; con ese equipo mentiroso acaba de irse a la cama sin postre otra vez, como hace cuatro años. Mañana la foto del inverosímil impostor Carlos Dunga colgado del Cristo Redentor recorrerá el planeta; espero que su ejecución contrarreste el efecto Mourinho, la tentación de perder el fútbol con el pretexto de ganarlo.

Y en cambio, después, el glorioso sainete uruguayo. Dos de los ocho mejores equipos del mundo patearon y patalearon durante casi tres horas para demostrar que el sistema que definió que ésos eran dos de los ocho mejores equipos del mundo no funciona. Fue un partido cacofónico, horrísono, jugado con toda honestidad, porque los compañeros yorugas son la contracara de los brasileros: tan conscientes de sus limitaciones, hacen de necesidad virtud y del fútbol un arte de pelear, bracear, sobrevivir.

Sin reparar en medios. ¿Escuchaste hablar alguna vez, mi querido hospitalario, de la viveza criolla, esa virtud que se supone tenemos los rioplatenses y que consiste en sacar la mayor ventaja, siempre al borde de la legalidad, de cualquier situación? Eso fue lo que hizo Luis Suárez cuando decidió, in extremis, que estaba dispuesto a pagar el precio del penal y la expulsión a cambio de que su equipo tuviera, todavía, otra oportunidad tan improbable: perdido por perdido. Y metió el manotazo, y pagó por él, y cobró por él. Si alguien hubiera escrito una historia en la que un jugador tiene en sus pies, en el último minuto del último partido, la clasificación para una instancia en que ningún equipo de su continente estuvo nunca, y la malgasta, todos abuchearíamos al guionista por obvio, por berreta. Pero así fue y, para más inri, después se le ocurrió escribir que el tiro decisivo quedaría, en otra puesta en escena de la Gran Palermo, para el otro Loco rioplatense, Abreu, que picó la pelota. Fue un pequeño milagro, de esos que el fútbol tira de vez en cuando para que olvidemos que lo cagaron a patadas.

Uruguay está, todos los dioses del panteón charrúa lo acompañan. Brasil se fue, mañana no ha llegado –pero es mucho más amplio, más abierto que lo que era hace unas horas. Hablabas ayer sobre la maldición de la Nike áptera; yo creo que la maldición mayor, en este campeonato, es la del azul francia. Los tres que la portaron –el epónimo, Italia y Brasil, tres campeones del mundo– ya no portan más nada. Sólo espero, entonces, que mañana la Argentina no caiga en la nefasta tentación del azulado. Dicen que el pequeño gran hombre no va a hacer ningún cambio; espero que eso incluya los atrezzos. En cuanto al resto, es un partido impredecible: todo depende de vaya a saber qué, en función de los vectores ordenados del cubo de la hipotenusa y un bombero versado en vuvuzelas.

“Soyons heureuses en attendant le bonheur”, dice un stencil en una pared de aquí a la vuelta –tú sabes, las paredes son a París como la Biblioteca a Alejandría–. “Mientras esperamos la felicidad, seamos felices”, dice, sin saber que, en realidad, la frase no fue escrita para chicas hedonistas sino para hinchas con una definición de Mundial en su futuro: esta rara felicidad de esperar la grande, la final. No me malinterpretes: no quiero decir que la única forma de la felicidad sea la espera de la felicidad posible; sí digo que es una de las pocas –y que no suelo saber cuáles son las otras.

Pero la felicidad acepta muchas formas, y tú sigues retaceándome la tuya. ¿Qué te guiará, mañana, cuando Alemania y Argentina se peloteen sin piedad? Te lo pregunté hace unos días y no me contestaste, así que, como en aquellos quiz shows que seguramente te gustaban tanto como a mí, te repito la pregunta: ¿tu deutsche vita, junto a la schadenfreude, alcanzarán para volverte, en ese trance, otro corista del Deutschland über alles? ¿O vas a pretender, amable como siempre, que crees por un rato en la dizque hermandad dizque latinoamericana? El pueblo, caro güey, quiere saber de qué se trata.











en Soho, 3 de julio 2010












sábado, julio 03, 2010

"El pérsico purpúreo", de Su Tung P'o







Tímido, medio dormido aún, ha florecido.
Temeroso de los dientes del rocío,
Se ha retrasado este año. Ahora su púrpura
Se mezcla con el esplendor de los cerezos
Y albérchigos. Su belleza sin par supera
La de la nieve y la escarcha. Con el
Frío, su corazón se despertó a la primavera.
Cargado de vino, derrengado sobre
La mesa de alabastro, sueño con el antiguo
Poeta que no podía distinguir
El pérsico, el cerezo y el albérchigo,
Excepto por el verdear de sus
Hojas y la oscuridad de sus ramas.





en Cien poemas chinos, 2001













viernes, julio 02, 2010

«Los visitantes», de Ramón Riquelme

 



Los visitantes llegaron al amanecer, 
revisaron todos los papeles 
y no lograron comprender 
esos signos que hablaban del viento y del fuego 
como si nada se hubiera inventado hasta ahora.



en Los castigos, 1984


















jueves, julio 01, 2010

“Cuatro edades”, de René Char

Traducción de Jorge Onfray






I

El otoño para la hoja
El agua hirviendo para el cangrejo
Y el favorito el zorro
Ebrio sobre los hombros luminosos de la Actriz

Adherido al balcón naranja
Un ventisquero de rizos
Acampa en la ansiedad de mi corazón.



II

He estrangulado a mi hermano
Porque no gustaba de dormir
Con la ventana abierta
Hermana mía
Dijo antes de morir
Pasé noches enteras
Mirándote dormir
Inclinado sobre tu brillo en el cristal.



III

Apretados los puños
Rotos los dientes
Con lágrimas en los ojos
La vida
Apostrofándome empujándome y riendo a medias
Yo espiga anticipada de las siegas de agosto
Distingo en la corola del Sol
Una yegua
Me abrevo en su orina.



IV

Mi amor es triste
Porque es fiel
No interpela el olvido de los demás
No cae de la boca como un diario del bolsillo
No es flexible en la angustia que en común se arremolina
No se aísla en las rompientes de la península simulando pesimismo
Mi amor es triste
Pues está en la naturaleza turbada del amor ser triste
Como la luz es triste
La dicha triste
No has pasado libertad tus correas de arena.





en Revista Orfeo nº 6-7, 1964













miércoles, junio 30, 2010

"El mal no es banal", de Slavoj Zizek

Fragmento




En ningún lugar la resistencia al acto político es hoy más palpable que en la obsesión del “Mal radical”, el negativo del acto. Es como si el Bien supremo consistiera en hacer que nada suceda realmente; es por ello que la única manera de imaginar un acto es bajo la forma de una perturbación catastrófica, de una explosión traumática del Mal. Susan Neiman (Evil in Modern Thought, Princeton University Press, 2002) estaba en lo cierto al señalar por qué el 11 de septiembre tomó a tantos críticos sociales de izquierda por sorpresa: el fascismo era, para ellos, la última apariencia de un Mal directamente transparente. Desde 1945 perfeccionaron, durante décadas, el arte de la lectura “sintomática”, un modo de leer que nos enseñó a reconocer el Mal bajo la forma de su opuesto: la democracia liberal misma legitima los órdenes sociales que generan el genocidio y las masacres; hoy, los crímenes masivos son el resultado de la lógica burocrática anónima (lo que Chomsky llamó los “ideólogos invisibles”). Sin embargo, con el 11 de septiembre, todos encontraron repentinamente un Mal que se ajusta a la más ingenua imagen hollywoodense: una organización secreta de fanáticos que concibe y planea con detalle un ataque terrorista cuyo objetivo es matar a miles de víctimas civiles al azar. Es como si el concepto de Arendt de la “banalidad del mal” fuera nuevamente invertido: los atacantes suicidas de Al Qaida no eran en ningún sentido “banales”, sino efectivamente “demoníacos”. Así pues, a los intelectuales de izquierda les pareció que para poder condenar directamente esos ataques, debían revisar de alguna manera los resultados de sus complejos análisis y hacer una regresión al nivel hollywoodense fundamentalista de George W. Bush.

En una elaboración más profunda, se pueden proponer cuatro modos del Mal político, que forman una especie de cuadrado semiótico greimasiano: el Mal totalitario “idealista”, llevado a cabo con las mejores intenciones (el terror revolucionario); el Mal autoritario, cuyo objetivo es el poder y la simple corrupción (sin otros objetivos más elevados); el Mal “terrorista” fundamentalista, abocado a infligir daños masivos, destinado a causar miedo y pánico; y el Mal “banal” de Arendt, llevado a cabo por estructuras burocráticas anónimas. Sin embargo, lo primero que hay que señalar es que el marqués de Sade, el epítome del Mal moderno, no se adecua a ninguno de estos cuatro modos: hoy es atractivo porque, en su obra, los personajes malvados son superlativamente demoníacos, se reflejan en lo que hacen y lo hacen intencionalmente: lo opuesto de la “banalidad del Mal” de Arendt, del Mal totalmente incomparable con los personajes grises, mediocres, pequeñoburguesas (a la Eichmann) que lo organizaron. Aquí es donde Pasolini, en su Los 120 días de Sodoma, se equivoca: “Sade y Auschwitz tienen poco en común. No es probable que pueda encontrarse una fórmula general que los comprenda, y todo intento de hacerlo puede ocultar lo moralmente importante en cada uno”, escribió Neiman.

El “Mal” es, pues, una categoría mucho más complicada de lo que podría parecer. No es una simple obscenidad excéntrica comparar la famosa fórmula mística de Angelus Silesius “La rosa no tiene porqué” con la experiencia de Primo Levi en Auschwitz: cuando, sediento, intentó llegar a un pedazo de nieve en la ventana de su barraca, el guardia le gritó desde afuera que se retirara; en respuesta al perplejo “¿Por qué?” de Levi –por qué el rechazo de un acto que no hiere a nadie ni rompe las reglas–, el guardia replicó: “No hay porqué aquí, en Auschwitz”. Quizá la coincidencia de estos dos “porqués” es el “juicio infinito” último del siglo XX: el hecho sin fundamento de una rosa que goza de su propia existencia se toca con su “determinación oposicional” en la prohibición del guardia hecha de puro goce, porque sí. En otras palabras, lo que en el ámbito de la naturaleza es puro, es inocencia pre-ética, retorna (literalmente) como venganza en el ámbito de la naturaleza, bajo la forma de puro capricho del Mal.












en Violencia en acto












martes, junio 29, 2010

“Jinete del mar”, de Richard Brautigan







El dueño de la librería no era mago. Tampoco era un cuervo de tres patas que revoloteara sobre la hierba de la montaña. Era, por supuesto, un judío, un marino mercante retirado que había sido torpedeado en el Atlántico del Norte donde estuvo flotando días enteros hasta que la muerte no lo quiso. Tenía una esposa joven, un ataque cardíaco, un Volkswagen y una casa en Marin County. Le encantaban los libros de George Orwell, Richard Aldington y Edmund Wilson.

A los dieciséis años supo lo que era la vida, primero a través de Dostoievski, luego a través de las putas de Nueva Orleans.

La librería era una especie de estacionamiento de tumbas usadas. Miles de tumbas se estacionaban en filas como autos. Casi todos los libros estaban agotados.; ya nadie quería leerlos o quienes los habían leído ya habían muerto o los habían abandonado; sin embargo, gracias al influjo de la música los libros recobraron su virginidad. Al pie de la primera página tenían grabado su copyright como un himen renovado.

Durante el año terrible de 1959, yo frecuentaba la librería en las tardes después de salir del trabajo.

El hombre tenía una cocina al fondo de la tienda y en un sartén de cobre ponía a hervir café turco muy espeso. Yo bebía a sorbos el café mientras me ponía a leer libros viejos y a esperar que terminara el año. Para esto tenía un cuartito arriba de la cocina.

El cuarto daba a la librería por la parte en que se interponían unas pantallas chinas. En el cuarto había un sofá, un botiquín de cristal repleto de objetos chinos, una mesa y tres sillas. La pieza contigua era un baño pequeñísimo que se unía al cuarto como el reloj de bolsillo a su cadena.

Una tarde, sentado en un taburete de la librería, me encontraba leyendo un libro que apoyaba contra el borde de un cáliz. Las páginas del libro eran tan claras como la ginebra, y en la primera página se leía:

Billy
the Kid
nació
el 23 de noviembre
de 1859
en la ciudad de
Nueva York


El dueño de la librería vino hasta mí, me puso la mano en el hombre y me dijo:

—¿Quisieras acostarte con alguien?
—No —dije.
—Estás equivocado —dijo él, y sin más caminó hacia el frente de la librería y se detuvo ante un par de desconocidos, un hombre y una mujer.

Estuvo hablando con ellos un momento. Yo no podía escuchar lo que decían. Me señaló con el dedo. La mujer asintió con la cabeza y el hombre asintió igualmente.

Vinieron hacia el fondo de la librería.

Algo me ruborizaba. No podía salir corriendo de la librería porque la pareja avanzaba hacia mí por la única puerta de escape; entonces decidí subir al cuarto y meterme en el excusado. Ellos me siguieron.

Podía oírlos venir mientras subían las escaleras.

Esperé un buen rato en el excusado y ellos, con toda paciencia, esperaron un rato igual en el cuarto. No hablaban. Cuando salí del excusado, la mujer yacía desnuda en el sofá, y el hombre tomaba asiento y ponía el sombrero sobre la rodilla.

—No te preocupes por él —dijo la muchacha—. Estas cosas le dan igual. Es rico. Tiene 3859 Rolls Royces.

La muchacha era muy bella, y su cuerpo era como el río cristalino de una montaña de piel y músculos a flote sobre las rocas de hueso y nervios recónditos.

—Ven a mí —dijo ella—. Entra en mí, ya que ambos somos Acuario y te amo.

Eché una mirada al hombre sentado en la silla. No sonreía ni parecía triste.
Me quité los zapatos y toda la ropa. El hombre no dijo una sola palabra.
El cuerpo de la muchacha se movía ligeramente de un lado a otro.
No tenía más remedio: mi cuerpo era como el de un pájaro asido a los alambres de un poste, estirados sobre el mundo y levemente meneados por el viento.
Me acosté con la muchacha.

Fue como ese interminable segundo número 59 que fenece en minuto y lo deja a uno como tonto.

—Bueno —dijo la muchacha—, y me besó en la mejilla.

El hombre siguió sentado sin hablar ni moverse ni externar ninguna emoción. Supongo que efectivamente era rico y que tenía 3859 Rolls Royces.

Acto seguido la muchacha se vistió y salió de la pieza con el hombre. Bajaron las escaleras y al salir oí las primeras palabras del hombre:

—¿Quieres ir a cenar a Ernie?
—No sé —dijo la muchacha—. Es un poco temprano para pensar en cenar.

Luego oí que cerraban la puerta y ya se habían marchado. Me vestí y bajé a la librería. La carne de mi cuerpo se sentía suave y relajada como si hubiera pasado por un experimento con música de fondo.

El dueño de la librería estaba sentado ante su escritorio, detrás de la caja registradora.

—Voy a decirte lo que pasó allí arriba —dijo con su hermosa voz de cuervo de tres patas que revolotea sobre las hierbas de la montaña.
—¿Qué? —dije.
—Tú luchaste en la guerra civil española. Fuiste un joven comunista de Cleveland, Ohio. Ella era una pintora judía de Nueva York que anduvo turisteando en la guerra civil española como si ésta hubiera sido el Mardi Grass de Nueva Orleans representado por estatuas griegas. Cuando tú la conociste ella estaba pintando el retrato de un anarquista muerto. Te pidió posar junto al anarquista y actuar como si lo hubieras matado. La abofeteaste diciéndole algo que para mí sería vergonzoso repetir. Tú y ella se enamoraron mucho. Y una vez, cuando tú estabas en el frente, ella leyó Anatomía de la melancolía e hizo 349 dibujos de limón. El amor de los dos era más bien espiritual. Ninguno de los dos se condujo en la cama como millonario. Cuando cayó Barcelona, huyeron a Inglaterra y luego tomaron un barco a Nueva York. El amor quedó en España. Fue sólo un amor de guerra. Se amaban únicamente a ustedes mismos y al hecho de amarse en España durante la guerra. Algo los cambió en el Atlántico y cada día se volvieron como quienes se han perdido entre sí. Cada ola del Atlántico era una gaviota muerta que arrastraba sus despojos de artillería de un horizonte a otro. Cuando el barco encalló en Norteamérica, se despidieron sin decir nada y nunca se volvieron a ver. La última vez que volví a saber de ti, todavía vivías en Filadelfia.
—¿Eso es lo que crees que pasó allá arriba? —dije.
—En parte —añadió—. Sí, eso forma parte de todo.

Sacó la pipa, la rellenó con tabaco y la encendió.

—¿Quieres que te diga qué más sucedió arriba? —dijo.
—Sigue.
—Cruzaste la frontera mexicana. Cabalgaste en tu caballo hasta llegar a un pueblo. La gente sabía quién eras y te tenía miedo. Sabían que habías matado a muchos hombres con la pistola que llevabas al cinto. El pueblo era tan pequeño que ni siquiera había sacerdote. Cuando los rurales te vieron se marcharon del pueblo. A pesar de lo bravos que eran, nada querían tener que ver contigo. Los rurales huyeron. Te convertiste en el hombre fuerte del pueblo. Te sedujo una niña de trece años, y tú y ella vivieron juntos en una choza de adobe. Prácticamente lo único que hacían era el amor. Ella era delgada y tenía el pelo largo y negro. Hacían el amor de pie, sentados, recostados en el piso sucio lleno de puercos y de gallinas. Las paredes, el piso e incluso el techo de la choza estaban cubiertos con tu esperma y con sus venidas. Cuando de noche dormían en el piso usaban tu esperma como almohada y sus venidas como cobijas. La gente del pueblo tenía tanto miedo de ustedes que no podían hacer nada. Después de unos días ella empezó a caminar sin ropa por el pueblo, y la gente decía que eso no estaba bien. Y cuando tú y ella empezaron a salir sin ropa, y cuando tú y ella empezaron a hacer el amor montados en el caballo en medio del zócalo, los del pueblo sintieron tanto miedo que tuvieron que marcharse. A partir de entonces es un pueblo abandonado. La gente jamás viviría allí. Ninguno de ustedes llegó a los veintiún años. No era necesario. Como ves, yo sí sé lo que sucedió allá arriba —dijo.

Me sonrió amablemente. Sus ojos eran como los cordones de zapatos de un clavicordio.

Pensé acerca de lo que pasó allá arriba.

—Tú sabes que lo que te he dicho es la verdad —dijo—, ya que lo viste con tus propios ojos y viajaste con tu propio cuerpo. Termina de leer el libro que estabas leyendo antes de que te interrumpiera. Me dio gusto que te hayas acostado con la muchacha.

Una vez resumidas, las páginas del libro empezaron a correr con mayor velocidad, cada vez más rápido, hasta girar como ruedas en el mar.





en La pesca de truchas en Norteamérica, 1967













lunes, junio 28, 2010

«Manifiesto Caníbal Dadá», de Francis Picabia





Son todos ustedes acusados; levántense. El orador no puede hablarles sino están ustedes de pie.

De pie como ante La Marsellesa.
De pie como ante el himno ruso.
De pie como ante el God save the King.
De pie como ante la bandera.
En fin, de pie ante DADÁ, que representa la vida y les acusa a ustedes de querer lo que sea por esnobismo, siempre y cuando cueste caro.

¿Se han sentado todos de nuevo? Tanto mejor, de esta manera podrán escucharme con mayor atención.

¿Qué hacen ustedes aquí, hacinados como ostras serias? Porque ustedes son serios, ¿no es así?

Serios, serios, serios hasta la muerte.

La muerte es cosa seria, ¿eh?

Uno muere como un héroe o como un idiota, que es lo mismo. La única palabra que no es efímera es la palabra muerte. Quieren ustedes la muerte para los otros.

A muerte, a muerte, a muerte.

Sólo el dinero no muere, se va sencillamente de viaje.

Es el Dios, aquel al que se respeta, el personaje serio – dinero respeto de las familias. Honor, honor al dinero: el hombre que tiene dinero es un hombre honorable.

El honor se compra y se vende como el culo. El culo, el culo representa la vida como las patatas fritas, y todos ustedes que son serios, todos ustedes olerán peor que la mierda de vaca.

DADÁ, por su parte, no huele a nada, no es nada, nada, nada.

Es como sus esperanzas: nada.
Como sus paraísos: nada.
Como sus ídolos: nada.
Comos sus políticos: nada.
Como sus héroes: nada.
Como sus artistas: nada.
Como sus religiones: nada.
Silben, griten, rómpanme el hocico, ¿y luego? ¿luego qué? Una vez más diré que son ustedes unos tontos. En tres meses, mis amigos y yo les venderemos nuestros cuadros por algunos francos.




Leído durante la velada Dadá del Teatro de la Maison de l'Oeuvre
el 27 de marzo de 1920












domingo, junio 27, 2010

Epílogo a "Un niño" de Thomas Bernhard, de Miguel Sáenz






Un niño cierra lo que podría llamarse autobiografía juvenil de Bernhard, que llega hasta sus diecinueve años. El sobrino de Wittgenstein, es cierto, resulta tan autobiográfica o más, pero pertenece a otra época y, de momento, se presenta aislada; y en cuanto a Holzfällen («Cortar leña», «Tala» o como quiera traducirse) es una obra de ficción, aunque se mueva en la línea borrosa que separa una novela con clave de un libelo. Utilizando la terminología gorkiana, se podría decir que, con El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño, Bernhard ha dado ya su «infancia» y «entre gentes extrañas» y le quedan por contar aún sus «universidades».

Desde el punto de vista de los datos objetivos que contienen, lo que sorprende en esos cinco libros, aunque expliquen muchas cosas de la obra bernhardiana (¿cuántos escritores han tenido una vida tan horrenda?), es que acaban por componer un personaje muy distinto del que hubiera podido imaginarse. El animal intelectual, el escritor enrocado en su turris eburnea, parece moverse entre el pueblo bajo como el clásico guerrillero maoísta; el tuberculoso profesional se revela, en su infancia al menos, como un raudo atleta de raza aria; el artista mal diseñado para sobrevivir en el mundo es un aventurero capaz de saltar fronteras, burlar leyes y hasta tratar de hacer descarrilar los trenes; el Bernhard supuestamente arrogante y de pocos amigos, un hombre que sabe reconocer maestros (no sólo su consabido abuelo) y tiene grandes amigos/as, aunque en su mayoría acaben locos, mueran de extrañas enfermedades o sean aplastados por un camión... (Ejercicio: Utilizando El sótano, partes de Un niño y, tal vez, algunos fragmentos de Helada, elaborar una teoría de Bernhard como escritor de izquierdas).

La verdad estricta de lo que Bernhard narra no es tema que pueda ni deba plantearse. El mismo lo dice en El sótano: «Si no hubiera pasado realmente por todo lo que, reunido, es hoy mi existencia, lo hubiera inventado probablemente para mí, llegando al mismo resultado». En su relato hay, qué duda cabe, zonas de sombra (confesadas o no), imprecisiones y hasta inconsecuencias, especialmente en relación con su madre. (Ejercicio: Analizando los pasajes pertinentes de su autobiografía, trazar un perfil psicoanalítico de Bernhard. Detectar contradicciones. Establecer paralelos y diferencias con el Peter Handke de la mal llamada Desgracia indeseada).

Un análisis estilístico riguroso de los cinco libros demostraría mejor que nunca que, en buena literatura, el tema dicta la forma. Lo que en El origen podría calificarse aún de manierismo («Somos procreados, pero no educados...») se va despojando de perifollos hasta llegar en Un niño a una simplicidad funcionalmente admirable. Desde este punto de vista (y desde otros), muchos prefieren El aliento y El frío, donde el horror de lo que se cuenta guarda un perfecto equilibrio con la siniestra exactitud de la frase.

Recientemente se han publicado en inglés esos cinco libros, ordenados con arreglo a la cronología de los acontecimientos y no a la de su escritura y publicación. Posiblemente es un error porque, si Un niño comienza en tono amable y hasta divertido, luego cambia de registro y acaba redondeando el ciclo por el bucle del Nacionalsocialismo, pero en cualquier caso el título dado al conjunto parece un acierto: «Gathering evidence», reuniendo pruebas. Pero pruebas, ¿para qué? ¿Para acusar al mundo del crimen de ser absurdo o para dibujar un retrato-robot del propio Bernhard? Quizá más para lo primero. En efecto, aunque la guerra y la educación nazi y católica sean determinantes (El origen), la decisión de ir «en la dirección opuesta» suponga un auténtico descenso al infierno o, por lo menos, a la antesala del infierno (El sótano), el «quería vivir y todo lo demás no significaba nada» justifique el odio eterno de Bernhard a toda la clase médica (El aliento y El frío), y el anarquismo visceral de un chico de seis años pueda prolongarse toda una vida (Un niño), seguimos sin saber gran cosa de Thomas Bernhard. (Ejercicio: Explicar el inexplicable éxito de su obra en España recurriendo al tópico del anarquismo ibérico.) Bernhard, para quien un atlas sigue siendo lectura favorita, nada ha contado aún de sus viajes y estancias: Venecia, Yugoslavia, Sicilia, Bosnia, Inglaterra, Polonia, Portugal... y también Suecia o Palma de Mallorca; ni, lo que es más importante, sabemos nada de sus años de Viena, en que recogió basuras, trituró pavimentos, llevó maletas o cuidó septuagenarios dementes; ni de sus tres años, a mesa y mantel, en el castillo de Lampesberger, su (entonces) «único y verdadero amigo», en el centro de todas las vanguardias y de no pocas perversiones; ni de su época de crítico de arte, de cronista de los tribunales, de bibliotecario... A Bernhard, evidentemente, le queda cuerda para muchas autobiografías, porque ha vivido ya muchas vidas.

Hay quienes creen que Thomas Bernhard es uno de los grandes dramaturgos contemporáneos, sólo comparable a Genet o Beckett, y que su obra narrativa es sólo una especie de acotaciones escénicas a su visión macroteatral del mundo; y hay quienes dicen que Bernhard es, hoy por hoy, el mayor novelista en lengua alemana, y que su teatro, de poco peso, sólo ilumina los rasgos más sardónicos de su carácter. Sin embargo, nadie discute su autobiografía, esos cinco libros impresionantes, sin comparación a la redonda en el panorama de las letras actuales, de un hombre que, a sus diecinueve años, descubrió ya que la literatura podía ser la «solución matemática» de la vida.





1982













sábado, junio 26, 2010

"El guardador de rebaños", de Alberto Caeiro

XIII / Traducción de Juan Carlos Villavicencio
 




Leve, leve, muy leve,
un viento muy leve pasa
y se va, siempre muy leve.
Y no sé lo que pienso
ni procuro saberlo.




1925




Pintura: Hermenegildo Sábat






en El guardador de rebaños,
Descontexto Editores, 2018


















XIII



Leve, leve, muito leve,/ Um vento muito leve passa,/ E vai-se, sempre muito leve./ E eu não sei o que penso/ Nem procuro sabê-lo.//









viernes, junio 25, 2010

"La iluminada circunferencia", de Jorge Velásquez







Nuestro sueño fue el vuelo
para alzar la iluminada circunferencia

La infancia era una pelota marcada por la sombra
de un árbol

Aún en cancha permanece
la música de los que bailaron con la lluvia

un viento leve volteando su cabellera

sin vida juegan pájaros con otro vuelo azul
entre los postes

Muchachos fuimos
y pateamos con la uña el sueño hacia adelante

No ha nacido todavía el que labre el sol con sus dedos

Hay un olor a piedra
a huesos secos en los baldíos terrenos donde
gambetas hubo

La lluvia es un interminable pájaro de barro

carretas que pasan

No hay otra cosa que un ojo cegado oculto en el polvo
y una mano con aserrín marcando las líneas del destino.







en La iluminada circunferencia, 2006