lunes, mayo 04, 2009

"La próxima ola", de Roberto Fontanarrosa






Chiquito me dice que mire. A mí mucho no me convence porque me ponen nervioso los prolegómenos de los partidos. Pero ahora, por el tablero del estadio, esta hablando Clinton. Lleva puesta la camiseta del equipo norteamericano y un gorro en la cabeza con las orejas de Mickey. Desea buena suerte a los finalistas y asegura que, para el próximo Mundial, los homosexuales serán admitidos en el team nacional con la condición de que no frecuenten los vestuarios. El público delira. Apenas desaparece Clinton de la pantalla irrumpen las porristas en la cancha. Algunas están muy buenas y saltan y bailan como locas. Ya no se pondrán detrás de los arcos, seguramente, después de que, en el partido contra Italia, Batistuta casi le arranca la cabeza a una de ellas. Estaba sacudiendo uno de esos cosos peludos que agitan y cayó como fulminada por el pelotazo. La sacaron entre cuatro. Un vocero de prensa de la Casa Blanca dijo que estaba fuera de peligro, pero ayer Havelange prometió que una tribuna del nuevo estadio japonés, Hokusai Kimoto, llevara su nombre: Susan McDaniel.

Ahora hay una sensacional toma del estadio enfocado desde un satélite artificial. No se ve mucho por la nubosidad del hemisferio norte, pero Nenín comenta que nunca ha visto algo así, salvo en los noticieros del mediodía. Sin embargo, hasta ahora, nada como la cámara metida dentro de la pelota. Ya nos habían sorprendido con los enfoques desde cámaras embutidas en los postes y el travesaño, con las cámaras adosadas a los banderines del corner y con las cámaras disimuladas dentro de las bocas de riego, pero lo del partido Alemania-Grecia, con la cámara metida dentro de la pelota Adidas Sitting Bull, superó todo lo imaginable. Es cierto que el Alex, promediando el primer tiempo de ese alocado ir y venir de la visión por todo el campo, comenzó a descomponerse y tuvo que ir al baño a vomitar, pero, sin duda, tardaremos un tiempo en habituar nuestros sentidos a las nuevas posibilidades de la tecnología.

Ahora el público hace la ola. Los norteamericanos, en su mayoría, lucen sombreros que simulan delfines. Otros, cachalotes. Algún pingüino. Es los que más los ha divertido del Mundial y ya se organizan, en ciudades como Detroit y Maine, concursos para ver que parcialidad hace la ola más alta o más veloz. Se habla de organizar un Torneo de Ola que unifique a todo EEUU. Un joven de Michigan, incluso, intentó hacer surf sobre una de las olas y se estrelló contra una de las torres de iluminación. Fernando no puede con sus nervios, ha tomado una barbaridad de café y se fumó dos etiquetas de cigarrillos. Apuesta a como saldrá Basile. El Colorado asegura que saldrá normal, simplemente. Yo no diría lo mismo. Las presiones de la industria son muy grandes. En el arranque contra España, a los técnicos no se les permitía, todavía, salir del banco de suplentes. Luego alguien se dio cuenta de que, al público norteamericano, le enfervorizaba ver a los técnicos abalanzarse sobre la línea de toque y gritarles a sus dirigidos. Ya para la segunda ronda a los técnicos se les exigía abandonar sus asientos. Y en el partido contra México Basile salió vestido de gaucho. El público enloqueció de verdad. Alfio debía simular enojarse cuando los rivales atacaban y revolear frenéticamente su facón cuando nosotros replicábamos. Pero la gente estalló en serio cuando se trabó en lucha contra el técnico azteca vestido de mariachi. Eso estuvo lindo. Alex sostiene que es todo una payasada.

Pero, en definitiva, peor le fue a Parreira, el brasileño. Le llegó un fax presionándolo para que saliera vestido de rumbera, tipo Carmen Miranda. Dicen que la eliminación de Brasil le costó a Parreira que no lo contratara el Manchester United. Pero se ganó, en cambio, un suculento contrato para bailar en el Caesar's Palace de Las Vegas.

Sale Argentina a la cancha. Siento un nudo en el estómago. Y hay otro detalle técnico que nos da vuelta. Ahora es una cámara oculta en la lengüeta del botín zurdo de Caniggia. Parece que entráramos todos a la cancha y que fuéramos muy bajitos. Vemos llegar la pelota e irse como un balazo en una visión de vértigo. La barra brava argentina, que ha llegado en el avión presidencial a ver la final, se hace oír en una de las cabeceras del estadio, la más alta, a la que apuntan siempre los bateadores. Justamente, Macaya Márquez hace un sobrevuelo melancólico sobre las estrellas del ayer, José Manuel Moreno, Pedernera, Alfredo Distéfano, Baby Ruth, Joe Di Maggio. La banda de música de las porristas ataca ahora con "El escondite de Hernando" en homenaje a nuestra música. Ya lo hizo con el tango "Celos" de Gades, cantado por Arnaldo André (que vive en Miami) trabajosamente, con una rosa encarnada entre los dientes. Sabemos que Valeria Lynch hará la versión de nuestro himno.

"Es notable --dice Chiquito-- cómo esta gente puede programar absolutamente todo, prever hasta el último detalle, pero no puede evitar que haya cosas que siempre se le escapan. Cosas que no pueden controlar".

Asentimos. Es muy cierto. Sale Irak a la cancha.













domingo, mayo 03, 2009

“Los ojos de la noche”, de Carmen García







Este es el monstruo con el que soñaron las niñas
la habitación del silencio, los dientes del cangrejo
la rabia cuando orinábamos desnudas sobre la loza blanca
tras el suave parpadeo de los que nunca nos vieron.
Estuvimos ahí, las lombrices aparecían bajo tierra
y la jaula era ausencia en el fondo del jardín.
Estuvimos ahí y sin embargo
nos ocultamos por los rincones de la casa
tras los muebles, bajo los árboles.
Comimos la misma miel que los pájaros,
en conversación agitada con el viento
con las madres que piaban por sus hijos.
Nosotras, elegidas por una mano mayor
para cargar con los ojos de la noche
los huevos rotos de los pájaros.





en La insistencia, inédito










sábado, mayo 02, 2009

"Construcción", de Chico Buarque

Construção / Traducción de Juan Carlos Villavicencio





Amó aquella vez como si fuese la última
Besó a su mujer como si fuese la última
Y a cada hijo suyo como si fuese el único
Y atravesó la calle con su paso tímido
Subió a la construcción como si fuese máquina
Alzó en el balcón cuatro paredes sólidas
Ladrillo con ladrillo en un diseño mágico
Sus ojos embotados de cemento y lágrima
Se sentó a descansar como si fuese sábado
Comió porotos con arroz como si fuese un príncipe
Bebió y sollozó como si fuese un náufrago
Danzó y se rió como si hubiese música
Y tropezó en el cielo como si fuese un borracho
Y flotó en el aire como si fuese un pájaro
Y terminó en el suelo como un bulto flácido
Agonizó en medio del paseo público
Murió a contramano entorpeciendo el tráfico

Amó aquella vez como si fuese el último
Besó a su mujer como si fuese única
Y a cada hijo como si fuese el pródigo
Y atravesó la calle con su paso borracho
Subió a la construcción como si fuese sólido
Alzó en el balcón cuatro paredes mágicas
Ladrillo con ladrillo en un diseño lógico
Sus ojos embotados por cemento y tráfico
Se sentó a descansar como si fuese un príncipe
Comió porotos con arroz como si fuese lo máximo
Bebió y sollozó como si fuese máquina
Danzó y se rió como si fuese el próximo
Y tropezó en el cielo como si hubiese música
Y flotó en el aire como si fuese sábado
Y terminó en el suelo como un bulto tímido
Agonizó en medio del paseo náufrago
Murió a contramano entorpeciendo al público

Amo aquella vez como si fuese máquina
Besó a su mujer como si fuese lógico
Alzó en el balcón cuatro paredes flácidas
Se sentó a descansar como si fuese un pájaro
Y flotó en el aire como si fuese un príncipe
Y terminó en el suelo como un bulto borracho
Murió en contramano entorpeciendo el sábado






en Construção, 1971










Construção

Amou daquela vez como se fosse a última/ Beijou sua mulher como se fosse a última/ E cada filho seu como se fosse o único/ E atravessou a rua com seu passo tímido/ Subiu a construção como se fosse máquina/ Ergueu no patamar quatro paredes sólidas/ Tijolo com tijolo num desenho mágico/ Seus olhos embotados de cimento e lágrima/ Sentou pra descansar como se fosse sábado/ Comeu feijão com arroz como se fosse um príncipe/ Bebeu e soluçou como se fosse um náufrago/ Dançou e gargalhou como se ouvisse música/ E tropeçou no céu como se fosse um bêbado/ E flutuou no ar como se fosse um pássaro/ E se acabou no chão feito um pacote flácido/ Agonizou no meio do passeio público/ Morreu na contramão atrapalhando o tráfego// Amou daquela vez como se fosse o último/ Beijou sua mulher como se fosse a única/ E cada filho como se fosse o pródigo/ E atravessou a rua com seu passo bêbado/ Subiu a construção como se fosse sólido/ Ergueu no patamar quatro paredes mágicas/ Tijolo com tijolo num desenho lógico/ Seus olhos embotados de cimento e tráfego/ Sentou pra descansar como se fosse um príncipe/ Comeu feijão com arroz como se fosse o máximo/ Bebeu e soluçou como se fosse máquina/ Dançou e gargalhou como se fosse o próximo/ E tropeçou no céu como se ouvisse música/ E flutuou no ar como se fosse sábado/ E se acabou no chão feito um pacote tímido/ Agonizou no meio do passeio náufrago/ Morreu na contramão atrapalhando o público// Amou daquela vez como se fosse máquina/ Beijou sua mulher como se fosse lógico/ Ergueu no patamar quatro paredes flácidas/ Sentou pra descansar como se fosse um pássaro/ E flutuou no ar como se fosse um príncipe/ E se acabou no chão feito um pacote bêbado/ Morreu na contra-mão atrapalhando o sábado//



viernes, mayo 01, 2009

“El poder de la poesía”, de Pablo Neruda







Ha sido privilegio de nuestra época -entre guerras, revoluciones y grandes movimientos sociales desarrollar la fecundidad de la poesía hasta límites no sospechados. El hombre común ha debido confrontarla de manera hiriente o herida, bien en la soledad, bien en la masa montañosa de las reuniones públicas.

Nunca pensé, cuando escribí mis primeros solitarios libros, que al correr de los años me encontraría en plazas, calles, fábricas, aulas, teatros y jardines, diciendo mis versos. He recorrido prácticamente todos los rincones de Chile, desparramando mi poesía entre la gente de mi pueblo.

Contaré lo que me pasó en la Vega Central, el mercado más grande y popular de Santiago de Chile. Allí llegan al amanecer los infinitos carros, carretones, carretas y camiones que traen las legumbres, las frutas, los comestibles, desde todas las chacras que rodean la capital devoradora. Los cargadores -un gremio numeroso, mal pagado y a menudo descalzo-pululan por los cafetines, asilos nocturnos y fonduchos de los barrios inmediatos a la Vega.

Alguien me vino a buscar un día en un automóvil y entré a él sin saber exactamente a dónde ni a qué iba. Llevaba en el bolsillo un ejemplar de mi libro España en el corazón. Dentro del auto me explicaron que estaba invitado a dar una conferencia en el sindicato de cargadores de la Vega.

Cuando entré a aquella sala destartalada sentí el frío del Nocturno de José Asunción Silva, no sólo por lo avanzado del invierno, sino por el ambiente que me dejaba atónito. Sentados en cajones o en improvisados bancos de madera, unos cincuenta hombres me esperaban. Algunos llevaban a la cintura un saco amarrado a manera de delantal, otros se cubrían con viejas camisetas parchadas, y otros desafiaban el frío mes de julio chileno con el torso desnudo. Yo me senté detrás de una mesita que me separaba de aquel extraño público. Todos me miraban con los ojos carbónicos y estáticos del pueblo de mi país.

Me acordé del viejo Lafferte. A esos espectadores imperturbables, que no mueven un músculo de la cara y miran en forma sostenida, Lafferte los designaba con un nombre que a mí me hacía reír. Una vez en la pampa salitrera me decía: "Mira, allá en el fondo de la sala, apoyados en la columna, nos están mirando dos musulmanes. Sólo les falta el albornoz para parecerse a los impávidos creyentes del desierto."

Qué hacer con este público? De qué podía hablarles? Qué cosas de mi vida lograrían interesarles? Sin acertar a decidir nada y ocultando las ganas de salir corriendo, tomé el libro que llevaba conmigo y les dije:

-Hace poco tiempo estuve en España. Allí había mucha lucha y muchos tiros. Oigan lo que escribí sobre aquello.

Debo explicar que mi libro España en el corazón nunca me ha parecido un libro de fácil comprensión. Tiene una aspiración a la claridad pero está empapado por el torbellino de aquellos grandes, múltiples dolores.

Lo cierto es que pensé leer unas pocas estrofas, agregar unas cuantas palabras, y despedirme. Pero las cosas no sucedieron así. Al leer poema tras poema, al sentir el silencio como de agua profunda en que caían mis palabras, al ver cómo aquellos ojos y cejas oscuras seguían intensamente mi poesía, comprendí que mi libro estaba llegando a su destino. Seguí leyendo y leyendo, conmovido yo mismo por el sonido de mi poesía, sacudido por la magnética relación entre mis versos y aquellas almas abandonadas.

La lectura duró más de una hora. Cuando me disponía a retirarme, uno de aquellos hombres se levantó. Era de los que llevaban el saco anudado alrededor de la cintura.

-Quiero agradecerle en nombre de todos --dijo en alta VOZ---. Quiero decirle, además, que nunca nada nos ha impresionado tanto.

Al terminar estas palabras estalló en un sollozo. Otros varios también lloraron. Salí a la calle entre miradas húmedas y rudos apretones de mano Puede un poeta ser el mismo después de haber pasado por estas pruebas de frío y fuego?





en Confieso que he vivido, 1974










jueves, abril 30, 2009

"Cigüeña de nieve", de Yordan Radichkov

Fragmento




El diablo disfrazado de hoopoe caminó entre los grupos de cerdos pero no se hundió en sus ojos y se alejó rápidamente. Había encontrado alguna vez grupos de cerdos y se aterrorizaba por el abismo de sus miradas. En ese profundo abismo todo el espíritu humano permanecía encadenado. Cada cadena estaba asegurada por varios candados, y sus enlaces se retorcían en el fondo del abismo, rozando sus paredes, ruidosos, pesados y sordos. El metal gemía no como si fuera algo inerte, sino moldeado de telillas vivas y humanas. El diablo no quería experimentar esas profundidades una segunda vez. Solamente captaría sus miradas desde lejos y rápidamente miraría a otro lado. Hizo lo mismo esta vez y se alejó velozmente del pobre desdichado y en ese instante divisó una cigüeña en el río. El pájaro caminaba sólo, lentamente, mirando bajo las rocas, engullendo tan rápido como la luz insectos y después plácidamente, seguía caminando por las aguas del río. Era un pájaro viejo. Con la excepción de unas cuantas plumas despeinadas y rotas, el resto era blanco como la nieve. Al final de las alas y la cola de las plumas brillaba un negro azulado y en sus patas y el pico destellaba un rojo deslumbrante.









sin datos editoriales












miércoles, abril 29, 2009

"En el mesón Las Tres Lilas", de Jan Neruda







Me parece que enloquecí en aquella ocasión. Me esta­llaban los músculos, me bullía la sangre en las venas.

Era una noche caliente, tenebrosa. Tras varios días de calor sofocante, gruesas nubes negras taparon el cielo. Desde esa tarde había un ventarrón que las arreaba y des­barataba en tiras, para amasarlas otra vez más adelante. Por fin se desató una tormenta tremenda con un aguacero brutal; la borrasca y la lluvia duraron hasta bien avan­zada la noche. Me quedé sentado bajo la galería del me­són "Las Tres Lilas", próximo a la puerta de Strahov; un pequeño mesón únicamente frecuentado por muchos clien­tes los días domingo, sobre todo cadetes y suboficiales entretenidos en el saloncito con sus bailes acompañados por el piano. Era justamente un domingo. Me quedé sen­tado, solo bajo la galería, en una mesa cercana a la ven­tana. Casi sin intermitencia, resonaban los truenos; la llu­via aporreaba las tejas sobre mí; el agua caía a baldes por las calles anegadas, y adentro del mesón los cadetes no dejaban en paz al piano más que por instantes. Cada tanto atisbaba por la ventana abierta y podía ver a las sonrien­tes parejas felices en plena danza; cuando me aburría de ello, examinaba las sombras del jardín. A la luz de un rayo pude ver unas pilas de huesos humanos junto al cerco del jardín, donde terminaba la galería. En no sé qué época había existido en ese lugar un cementerio y justamente la semana pasada acababan de desenterrar las osamentas restantes para llevarlas a otro sitio. Aún esta­ban la tierra en desorden y los sepulcros sin cerrar.

Muy poco me quedé quieto en la mesa. Me paraba a cada rato e iba a la puerta abierta del saloncito para poder ver mejor las parejas de bailarines. Me fascinaba una bella joven de aproximadamente dieciocho años. Era espi­gada, con buenas y gallardas formas, pelo negro cortado a la altura de la nuca, rostro oval y delicado como el terciopelo, ojos claros... ¡una belleza de muchacha! En especial me cautivaban sus ojos. Eran claros como el agua, misteriosos como un lago lleno de secretos, y tan firmes que de inmediato hacían pensar en las palabras: "Primero se cansará el fuego de la leña y el mar de las aguas que esa mujer de los hombres".

Bailaba casi sin parar. Rápidamente se percató de que me gustaba. Al pasar delante de la puerta en que yo es­taba parado, me clavaba los ojos insistentemente y cuando se desplazaba por el saloncito me daba cuenta de que me estaba mirando desde lejos. No pude ver, por el contra­rio, que conversara con ninguno de los asistentes.

Cuando aparecí de nuevo en la puerta se cruzaron de inmediato nuestras miradas, aunque ella estaba al fondo. Terminaba la contradanza y en esa circunstancia apareció en la sala otra chica, muy apurada, con la respiración cortada y completamente empapada, que avanzó entre la gente hasta la chica de los lindos ojos. Recomenzó la música para la última parte de la contradanza. La que acababa de entrar le susurró alguna cosa a la de los ojos cautivantes; quien se limitó a asentir con la cabeza, sin decir una sola palabra. La última parte del baile duró bastante. La dirigía un cadete gallardo y bromista. Al terminar la danza, la chica de los ojos claros dirigió la vista otra vez a la entrada que daba al jardín y por fin salió por la puerta principal de la sala. La vi colocarse el tapado y después se fue.

Me instalé de nuevo en mi mesa. La borrasca arreció en ese instante, como si quisiera agotar los ruidos de que disponía; el viento aulló otra vez y los rayos caían sin parar. Presté atención, agitado, pero en verdad no dejaba de pensar en esa chica y en sus ojos subyugantes. No me moví de mi silla; de cualquier manera, me era impo­sible irme a mi casa.

Un cuarto de hora después miré de nuevo la sala. La chica se encontraba de nuevo allí. Estaba acomodándose la ropa empapada, se secaba los cabellos mojados, con la colaboración de una amiga un poco mayor.

–¿Para qué te fuiste a tu casa con semejante tormenta? –le preguntó la acompañante.
–Mi hermana vino por mí.

Fue la primera vez que escuchaba su voz. Era fuerte y suave como una seda.

–¿Ocurría algo en tu casa?
–Recién murió mi madre.

Tuve un estremecimiento.

La joven se dio vuelta y salió hacia la galería. La tenía junto a mí; me miró fijo en los ojos y sentí su mano en la mía, trémula. La tomé de la mano. ¡Era tan tierna!

La conduje, sin hablar, hasta donde terminaba la galería; fue tras de mí sin oponerse.

La borrasca estaba en su apogeo. El vendaval aullaba, trepidaban el cielo y la tierra, sacudiéndose; resonaban los truenos encima de nosotros y todo era tétrico en derredor. Parecía que los muertos se lamentaban en sus sepulcros abiertos.

Se escondió entre mis brazos. Contra el pecho sentí el roce de su ropa mojada y la presión de su cuerpo elástico y cálido contra el mío, y su aliento ardiente como una lla­marada... ¡Creí que debía sorber su alma pervertida!






en Cuentos de la Malá Strana, 1877











martes, abril 28, 2009

"Seis personajes en busca de autor", de Luigi Pirandello

Fragmento





EL DIRECTOR. —¡Yo no me entrometo más!
EL PADRE. —¡Lo desafío a que lo haga! ¡No se deje engañar! ¡Imponga un poco de orden, señor, y déjeme hablar sin hacer caso a la afrenta que con tanta ferocidad ella quiere imputarme, sin las debidas aclaraciones del caso!
LA HIJASTRA. —¡Aquí nadie está inventando nada!
EL PADRE. —¡Yo tampoco, quiero decirte!
LA HIJASTRA. —¡Sí, cómo no! ¡Haz lo que te parezca!
(EL DIRECTOR, en este punto, volverá a subir al escenario para poner un poco de orden.)
EL PADRE. —¡Aquí está todo el daño! ¡En las palabras! Llevamos todos por dentro un mundo de cosas, en cada uno el suyo propio. ¿Cómo es posible que nos entendamos, señor, si en las palabras que yo digo incluyo el sentido y el valor de las cosas tal como yo las considero, mientras quien lo escucha, las asume inevitablemente con el sentido y el valor que tienen para él, de acuerdo al mundo que lleva en su interior? Creemos que es posible entendernos, ¡pero no nos entendemos nunca! Mire: mi piedad, toda mi piedad por esta mujer (señalará a LA MADRE), ella la asume como la peor de las crueldades.
LA MADRE. —¡Pero si me alejaste tú!
EL PADRE. —¿Se da cuenta? ¡Alejarla yo! ¡A usted le parece que yo la haya despreciado!
LA MADRE. —Tú sabes hablar y yo no... Pero créame, señor, que después de haberse casado conmigo... quién sabe por qué..., yo era una pobre y humilde mujer...
EL PADRE. —Exactamente por eso, por tu humildad me casé contigo, y eso es lo que amé en ti, creyendo... (Se detendrá por los desmentidos de ella, abrirá los brazos en alto, desesperado, ante la imposibilidad de que lo comprenda, y se dirigirá hacia EL DIRECTOR.) ¿Se da cuenta? ¡Dice que no! Horrenda, señor, créame, (se golpeará la frente) es horrenda su turbación, su turbación mental. Tiene corazón, sí, ¡pero para sus hijos! ¡Y no atiende a razones, señor, es desesperante!
LA HIJASTRA. —¡Cómo no! Pero que le diga también la suerte que nos acarreó su inteligencia.
EL PADRE. —¡Si se pudiera anticipar todo el mal que puede nacer del bien que creemos estar haciendo!
















1921














lunes, abril 27, 2009

"Pesares de primavera", de Wang Seng-Ju






Las cuatro estaciones como agua de torrente
pasan veloces corriendo en círculo.
Las aves nocturnas corean el abandono,
los destellos del alba brillan radiantes.
Me aburre ver al capullo volverse fruto,
vi demasiados retoños convertirse en bambú.
Diez mil leguas sin noticias ni cartas,
diez años de dormir separados.
El peso de la pena aplasta mi cabello perfumado,
el llanto prolongado arruina mis bellos ojos.
Te fuiste a vivir a Yükuan,
yo me quedé a vivir en Hanku.
Sólo veo esta habitación mohosa
que parece la cueva de una araña.
Brindo con mi reflejo en la noche solitaria
y persigo mi propia sombra.
He cambiado mi cama de marfil por el fieltro y el bambú,
reemplacé los vestidos de seda por ropas de lino.
Aunque el viento y la escarcha puedan ir y venir,
viviré sola, te seguiré siendo fiel.






465-522 dc









domingo, abril 26, 2009

"El camino hambriento", de Ben Okri

Fragmento




Con nuestros compañeros del mundo de los espíritus -aquellos con quienes teníamos especial afinidad- éramos casi siempre felices, porque flotábamos en la corriente verdemar del amor. Jugábamos con los faunos, las hadas y los seres hermosos. Tiernas sibilas, duendes benignos y la serena presencia de nuestros antepasados nos acompañaban siempre, bañándonos en el resplandor de sus distintos arcos iris. Son muchas las razones para que los bebés lloren cuando nacen, y una de ellas es la repentina separación del mundo de los sueños incorpóreos, donde todo está lleno de hechizos y no existe el sufrimiento. Cuanto más felices éramos más próximo estaba nuestro nacimiento. Al acercarse una nueva encarnación nos comprometíamos mediante pactos a regresar al mundo de los espíritus tan pronto como se presentara una oportunidad. Hacíamos esas promesas en encendidos campos de flores y bajo el dulce claro de luna de aquel universo. Los mortales nos llamaban abiku, niños espíritus. No todo el mundo nos reconocía. Éramos los que no cesábamos de ir y venir, reacios a aceptar la vida. Teníamos la facultad de provocarnos la muerte y la obligación de cumplir nuestros pactos. Quienes los rompían sufrían alucinaciones y el acoso de sus compañeros. Sólo encontraban consuelo cuando regresaban al mundo de los nonatos, el lugar de las fuentes, donde sus seres queridos los esperaban en silencio. Aquellos de nosotros que prolongábamos nuestra estancia en el mundo, seducidos por el anuncio de memorables acontecimientos, atravesábamos la vida con ojos cargados de muerte y belleza, llevando en nuestro interior la música de una hermosa y trágica mitología. De nuestras bocas brotaban oscuras profecías. Imágenes del futuro invadían nuestras mentes. Éramos los extraños, siempre a medias en el mundo de los espíritus.
...
Todos descendimos al gran valle. Era un día en el que se celebraban fiestas desde tiempo inmemorial. Espíritus maravillosos danzaron al compás de la música de los dioses, y con sus cánticos dorados y sus encantamientos de lapislázuli protegieron nuestras almas durante el tránsito y nos prepararon para el primer contacto con la sangre y la tierra. Todos hicimos solos la travesía. Teníamos que sobrevivirla solos: superar las llamas y el mar, el contacto con las ilusiones. Había empezado el destierro. Tales son los mitos de los orígenes. Historias y estados de ánimo muy enraizados en quienes creen en tierras ricas y creen todavía en los misterios. Nací no sólo porque hubiera concebido la idea de quedarme, sino porque, finalmente, después de tantas idas y venidas, sentía ya, asfixiándome, la presión de los grandes ciclos temporales. Recé para que se me concediera la risa, pedí una vida sin hambre y recibí paradojas por respuesta. Sigue siendo para mí un enigma por qué nací sonriendo.











1991






sábado, abril 25, 2009

“Carta para un viejo amigo”, de Ryunosuke Akutagawa






Probablemente nadie que intente el suicidio, como Reigner muestra en uno de sus cuentos, tiene clara conciencia de todos sus motivos. Los cuales generalmente son muy complejos. Por lo menos en mi caso está impulsado por una vaga sensación de ansiedad, una vaga sensación de ansiedad sobre mi propio futuro.

Aproximadamente en los últimos dos años, he pensado sólo en la muerte, y con especial interés he leído un relato que trata sobre este proceso. Mientras el autor se refiere a esto en términos abstractos, yo seré lo mas concreto que pueda, incluso hasta el punto de sonar inhumano. En este punto yo estoy moralmente obligado a ser honesto. En cuanto al vago sentido de ansiedad respecto de mi futuro, creo que lo he analizado por completo en mi relato, "La vida de un loco", excepto por el factor social, llamémoslo la sombra del feudalismo, proyectada sobre mi vida. Esto lo omití a propósito, al no tener la certeza de poder clarificar realmente el contexto social en el cual viví.

Una vez tomada la decisión de suicidarme (yo no lo veo en la forma en que lo ven los occidentales, es decir como un pecado) me resolví por la forma menos dolorosa de llevarlo a cabo. Excluí, por razones prácticas y estéticas, la posibilidad de ahorcarme, dispararme un tiro, saltar al vacío u otras formas de suicidio. El uso de drogas me pareció el camino más satisfactorio. Y por el lugar, tendría que ser mi propia casa, cualquiera sean los inconvenientes para mi familia. Como una suerte de trampolín, al igual que Kleist y Racine, pensé en la compañía de una amante o un amigo, pero habiendo elevado la autoconfianza, decidí seguir adelante solo. Y la última cosa a considerar, fue asegurarme una perfecta ejecución, sin el conocimiento de mi familia. Después de unos meses de preparación me convencí de la posibilidad de realizarlo.

Nosotros los humanos, siendo animales humanos, tenemos un miedo animal a la muerte, la así llamada vitalidad no es otra cosa que fuerza animal. Yo mismo soy uno de esos animales humanos. Mi sistema parece gradualmente haberse liberado de esa fuerza animal, teniendo en cuenta el poco interés que me queda por el alimento y las mujeres. El mundo en el que estoy ahora es uno de enfermedades nerviosas, lúcido y frío. La muerte voluntaria debe darnos paz, si no felicidad. Ahora que estoy listo, encuentro la naturaleza más hermosa que nunca, paradójico como suene. Yo he visto, amado, entendido más que otros, en esto tengo cierto grado de satisfacción, a pesar de todo el dolor que hasta aquí he soportado.

P.S.: Leyendo la vida de Empédocles, me dí cuenta de cuán antiguo es el deseo de uno de convertirse en Dios. Esta carta, en cuanto a mí concierne, no intenta esto. Por el contrario, yo me considero uno de los hombres más comunes. Recuerda esos días, veinte años atrás, cuando discutimos "Empédocles sobre el Etna" bajo los árboles de tilo. En esos tiempos yo era uno de los que deseaba convertirse en Dios.






Carta escrita por Ryunosuke Akutagawa a un amigo antes de suicidarse,
a los 35 años de edad, en 1927










viernes, abril 24, 2009

"El otro", de Jorge Luis Borges






En el primero de sus largos miles
de hexámetros de bronce invoca el griego
a la ardua musa o a un arcano fuego
para cantar la cólera de Aquiles.
Sabía que otro –un Dios- es el que hiere
de brusca luz nuestra labor oscura;
siglos después diría la Escritura
que el Espíritu sopla donde quiere.
La cabal herramienta a su elegido
da el despiadado dios que no se nombra:
a Milton las paredes de la sombra,
el destierro a Cervantes y el olvido.
Suyo es lo que perdura en la memoria
del tiempo secular. Nuestra la escoria.












en El otro, el mismo, 1964.










jueves, abril 23, 2009

“Narciso”, de Federico Schopf







He aquí el joven cayendo sobre el lecho
Se mira al espejo y no ve nada
más que sus labios rojos y un fragmento
de pared en que cuelga otro espejo
en que ve el desorden de las sábanas
y la sombra de quien cierra la puerta.






en Poesía chilena de hoy (Erwin Díaz, ant.), 1988










miércoles, abril 22, 2009

«El imperio del sol», de J. G. Ballard

Fragmento / Traducción de Carlos Peralta


(1930-2009)


Buscando amparo, Jim salió del expuesto camino rural. Avanzó a través de la caña de azúcar silvestre que cubría los baldíos del norte del aeródromo de Lunghua. Una cortina de árboles y herrumbrados tanques de combustible lo separaba de la llanura abierta del campo de aterrizaje, los hangares destruidos y la pagoda. Cápsulas de balas se extendían en hileras por el sendero angosto, como fichas puestas sobre una baranda de bronce. Jim siguió la cerca de alambre, evitando las nubes de moscas que se apeñuscaban sobre las minúsculas glorietas entre las ortigas.

A ambos lados del sendero yacían los cuerpos de los japoneses caídos por las balas o las bayonetas. Jim se detuvo junto a una pequeña acequia donde había un soldado de la fuerza aérea con las manos atadas a la espalda. Centenares de moscas le devoraban el rostro, que cubrían con una máscara rumorosa. Jim continuó andando entre la caña de azúcar silvestre mientras desenvolvía el chocolate y apartaba las moscas con la revista. Entre las ortigas había docenas de japoneses muertos como si hubiesen caído del cielo, miembros de una armada juvenil derribados mientras intentaban volar a sus aeródromos del Japón.

Jim pasó por encima de un sector caído de la cerca, y caminó entre los aviones abatidos que había entre los árboles. Los fuselajes habían llorado ríos de óxido con las lluvias del verano. Las moscas zumbaban a la luz de la mañana, una vasta cólera sin motivo. Dejándolas atrás, Jim empezó a cruzar la zona de hierba. Un grupo de japoneses escuchaba el fuego de fusilería del estadio desde un hangar en ruinas, pero no prestaron atención a Jim mientras caminaba por el campo.

Jim miró la pista de cemento. Sorprendido, descubrió que la superficie estaba muy agrietada y manchada de aceite, con marcas de neumáticos y de ruedas rotas. Pero ahora que había comenzado la tercera guerra mundial, se construiría pronto una nueva pista. Jim llegó al borde de la franja de cemento y continuó por la hierba hacia el sur del aeródromo. El suelo ascendía hacia las colinas verdes y luego descendía hasta el valle donde antes los camiones japoneses descargaban tejas y escombro para las construcciones.

A pesar de las altas ortigas y del cálido sol de septiembre, el valle parecía cubierto por el mismo polvo. Las costas del canal estaban tan blancas como el conducto de una corriente funeraria en la que se lavan los cadáveres. La cubierta rota de una bomba que no había estallado sobresalía del agua, como una gran tortuga que se hubiese dormido mientras intentaba esconder la cabeza en el fango.

Sabiendo que la vibración de un Mustang que volara a baja altura podía activar el detonador, Jim se apresuró, apartando las ortigas con la revista. Arrojó al aire la lata de Spam y la recogió con una mano, pero a la segunda vez la perdió entre las plantas. Buscándola entre la hierba tupida, la encontró finalmente junto al borde del agua y decidió comer la carne troceada antes de que se le deslizara para siempre de las manos.

Sentado en la ribera del canal, limpió la suciedad de la tapa. Una gota de sangre le cayó de la nariz al agua, y fue instantáneamente atacada por miríadas de peces diminutos, no más grandes que cabezas de cerillas. Cuando una segunda gota tocó la superficie, hubo una furiosa lucha que parecía involucrar naciones enteras de pequeños peces. Giraban en el agua, ignorando la superficie iluminada por el sol, y se atacaban mutuamente con ferocidad. Jim carraspeó, se inclinó y dejó caer una bola de pus de las encías infectadas. Cayó entre los peces como una carga de profundidad, y desencadenó un frenesí de pánico. Un segundo después, sólo quedaba en el agua la bola de pus que se disolvía.

Jim perdió el interés por los peces, se extendió entre los juncos y estudió los anuncios de Life. Oía el sonido profundo del fuego de artillería. Los cañones de Siccawei y Hungjao parecían más sonoros mientras los ejércitos nacionalistas rivales cerraban las garras sobre Shanghai. Comería su Spam y luego haría un último esfuerzo para volver a Shanghai. Estaba seguro de que Basie y la pandilla de bandidos no pensaban regresar al Buick y sólo habían dejado a Jim allí para que distrajera a los soldados chinos que pudieran haberlos seguido hasta el río.

Entre la hierba, muy cerca, una cabeza asintió dos veces, aprobando esa estrategia. Jim se mantuvo inmóvil, con el último trozo de chocolate atrapado en la garganta, sorprendido por esa íntima aparición. Alguien estaba echado entre los juncos a muy pocos metros, con las rodillas casi rozando el agua. Como si tratara de reconfortar a Jim, la cabeza volvió a asentir. Jim extendió una mano y apartó las hierbas, examinando cuidadosamente el rostro de la figura. Las mejillas redondeadas y la nariz suave, enflaquecidas por las privaciones de una infancia en tiempos de guerra, eran las de un adolescente asiático, el hijo de un aldeano que había venido a pescar. El muchacho yacía de espaldas, rodeado por un muro de hierba y de juncos, como si compartiera una gran cama con Jim y escuchara en silencio sus pensamientos.

Jim se incorporó, con la revista enrollada alzada por encima de la cabeza. A través del zumbido de las moscas espiaba algún posible ruido de pasos. Pero el valle estaba vacío; las moscas devoraban el aire brillante. La figura se movió apenas, aplastando la hierba. Demasiado perezoso para detenerse, el muchacho se deslizaba desde la costa al agua.

Con toda la prudencia aprendida durante los largos años de la guerra, Jim se puso de rodillas, luego de pie, y avanzó entre los juncos. Calmándose, miró la figura dormida.

Ante él, con un traje de vuelo manchado de sangre y las insignias de un grupo especial de ataque, estaba el cuerpo del joven piloto japonés.




1984
















martes, abril 21, 2009

“Disolución de la Orden de la Estrella” de Jiddu Krishnamurti






V
amos a discutir esta mañana la disolución de la Orden de la Estrella. Muchos se alegrarán y otros se sentirán más bien tristes. Esta no es una cuestión de regocijo ni de tristeza, porque es algo inevitable, como voy a explicarlo.

Quizás recuerden ustedes la historia de cómo el diablo y un amigo suyo estaban paseando por la calle cuando vieron delante de ellos a un hombre que levantaba algo del suelo y, después de mirarlo, se lo guardaba en el bolsillo. El amigo preguntó al diablo: “¿Qué recogió ese hombre?”. “Recogió un trozo de la Verdad”, contestó el diablo. “Ese es muy mal negocio para ti, entonces”, dijo su amigo. “Oh, no, en absoluto”, replicó el diablo, “voy a dejar que la organice”.

Yo sostengo que la Verdad es una tierra sin caminos, y no es posible acercarse a ella por ningún sendero, por ninguna religión, por ninguna secta. Ese es mi punto de vista y me adhiero a él absoluta e incondicionalmente. La Verdad, al ser ilimitada, incondicionada, inabordable por ningún camino, no puede ser organizada; ni puede formarse organización alguna para conducir o forzar a la gente a lo largo de algún sendero en particular. Si desde el principio entienden eso, entonces verán cuan imposible es organizar una creencia. Una creencia es un asunto puramente individual, y no pueden ni deben organizarla. Si lo hacen, se torna en algo muerto, cristalizado; se convierte en un credo, una secta, una religión que ha de imponerse a los demás. Esto es lo que todo el mundo trata de hacer. La Verdad se empequeñece y se transforma en un juguete para los débiles, para los que están sólo momentáneamente descontentos. La Verdad no puede rebajarse, es más bien el individuo quien debe hacer el esfuerzo de elevarse hacia ella. Ustedes no pueden traer la cumbre de la montaña al valle. Si quieren llegar a la cima de la montaña, tienen que atravesar el valle y trepar por las cuestas sin temor a los peligrosos precipicios. Tienen que ascender hacia la Verdad, esta no puede “descender” ni organizarse para ustedes. El interés en las ideas es sostenido principalmente por las organizaciones, pero las organizaciones sólo despiertan el interés desde afuera. El interés que no nace del amor a la Verdad por sí misma, sino que es despertado por una organización, no tiene valor alguno. La organización se convierte en una estructura dentro de la cual sus miembros pueden encajar convenientemente. Ellos no se esfuerzan más por alcanzar la Verdad o la cumbre de la montaña, sino que más bien tallan para sí mismos un nicho conveniente donde se colocan, o dejan que la organización los coloque, y consideran que, debido a eso, la organización ha de conducirlos hacia la Verdad.

De modo que esta es la primera razón, desde mi punto de vista, por la que la Orden de la Estrella debe ser disuelta. A pesar de esto ustedes formarán probablemente otras Órdenes, continuarán perteneciendo a otras organizaciones que buscan la Verdad. Yo no quiero pertenecer a ninguna organización de tipo espiritual; por favor, comprendan esto. Yo haría uso de una organización que me llevara de aquí a Londres, por ejemplo; ésta es una clase por completo diferente de organización, meramente mecánica, como el correo o el telégrafo. Yo usaría un automóvil o un buque de vapor para viajar, estos son sólo mecanismos físicos que nada tienen que ver con la espiritualidad. Por otra parte, sostengo que ninguna organización puede conducir al hombre a la espiritualidad.

Si se crea una organización para este propósito, ella se convierte en una muleta, en una debilidad, en una servidumbre que por fuerza mutila al individuo y le impide crecer, establecer su unicidad que descansa en el descubrimiento que haga, por sí mismo, de esta Verdad absoluta e incondicional. Por lo tanto, esa es otra de las razones por las que he decidido, ya que soy el Jefe de la Orden, disolverla. Nadie me ha persuadido para que tome esta decisión.

Esta no es ninguna magnífica proeza, porque yo no deseo seguidores, y esto es lo que quiero significar. En el momento en que siguen a alguien, dejan de seguir a la Verdad. No me preocupa si prestan o no prestan atención a lo que digo, deseo hacer cierta cosa en el mundo y voy a hacerla con resuelta concentración. Sólo estoy interesado en una cosa esencial: Hacer que el hombre sea libre. Deseo liberarlo de todas las jaulas, de todos los temores, y no fundar religiones, nuevas sectas, ni establecer nuevas teorías y nuevas filosofías. Entonces, como es natural, me preguntarán por qué recorro el mundo hablando continuamente. Les diré porque lo hago. No es porque desee que me sigan ni porque desee un grupo especial de discípulos selectos. (¡Cómo gustan los hombres de ser diferentes de sus semejantes, por ridículas, absurdas o triviales que puedan ser sus distinciones! No quiero alentar ese absurdo). No tengo discípulos ni apóstoles, ya sea en la tierra o en el reino de la espiritualidad.

Tampoco es la tentación del dinero, ni es el deseo de vivir una vida cómoda lo que me atrae.

Si yo quisiera llevar una vida cómoda no vendría a un Campamento ni viviría en un país húmedo! Estoy hablando francamente porque quiero que esto quede establecido de una vez por todas. No deseo que estas discusiones infantiles se repitan año tras año.

Un periodista que me ha entrevistado, consideraba un acto grandioso disolver una organización en la que había miles y miles de miembros. Para él esto era una gran acción, porque dijo: “¿Qué hará usted después, cómo vivirá?. No tendrá seguidores, la gente no le escuchará” Con que sólo haya cinco personas que escuchen, que vivan, que tengan sus rostros vueltos hacia la eternidad, será suficiente. ¿De qué sirve tener miles que no comprenden, que estén por completo embalsamados en sus prejuicios, que no desean lo nuevo, sino que más bien desean traducir lo nuevo para que se acomode a sus propias personalidades estériles, estancadas? Si hablo enérgicamente no me entiendan mal, por favor, no es por falta de compasión. Si acuden a un cirujano para una operación, ¿no es bondad de su parte operar aunque les cause dolor? Así, de igual modo, si yo hablo francamente no es por falta de verdadero afecto; al contrario.

Como he dicho, tengo solamente un propósito: hacer que el hombre sea libre, impulsarlo hacia la libertad, ayudarle a que rompa con todas sus limitaciones, porque sólo eso habrá de darle la felicidad eterna, la realización no condicionada del ser.

Porque soy libre, no condicionado, total -no una parte, no lo relativo, sino la Verdad total que es eterna- deseo que aquellos que buscan comprenderme sean libres; que no me sigan, que no hagan de mi una jaula que se tornará en una religión, una secta. Más bien deberían liberarse de todos los miedos: del miedo de la religión, del miedo de la salvación, del miedo de la espiritualidad, del miedo del amor, del miedo de la muerte, del miedo de la vida misma. Así como un artista pinta un cuadro porque se deleita en esa pintura, porque ella es la expresión de su ser, su bienestar, su gloria, así hago yo esto, y no porque quiera nada de nadie.

Ustedes están acostumbrados a la autoridad, o a la atmósfera de autoridad, la cual creen que va a conducirlos a la espiritualidad. Creen y esperan que otro, por sus extraordinarios poderes -un milagro- podrá transportarlos a ese reino de libertad eterna que es la Felicidad. Toda la perspectiva que tienen de la vida está basada en esa autoridad.

Me han escuchado durante tres años sin que ningún cambio se operara en ustedes, salvo en algunos pocos. Ahora, analicen lo que estoy diciendo, sean críticos para que puedan alcanzar una comprensión profunda, fundamental. Cuando buscan una autoridad que los conduzca a lo espiritual, se obligan automáticamente a crear una organización alrededor de esa autoridad. Por la creación misma de esa organización que suponen a de ayudar a esta autoridad para que les guíe hacia la vida espiritual, quedan presos en una jaula.

Si yo les hablo francamente, recuerden, por favor, que no lo hago así por dureza ni por crueldad ni a causa del entusiasmo por mi propósito, sino porque deseo que comprendan lo que estoy diciendo. Esa es la razón por la que están aquí, y sería una pérdida de tiempo si yo no explicara claramente, decisivamente, mi punto de vista.

Durante dieciocho años se han estado preparando para este acontecimiento, para la Venida del Instructor del Mundo. Durante dieciocho años se han organizado, han esperado a alguien que viniera a dar un nuevo deleite a sus corazones y mentes, que transformara por completo sus vidas otorgándoles una nueva comprensión; a alguien que los elevara a un nuevo plano de existencia, que les diera un nuevo estímulo, que los hiciera libres, ¡y vean ahora lo que está sucediendo! Piensen, razonen consigo mismos y descubran de qué manera esa creencia los ha hecho diferentes, no con la superficial diferencia de llevar una insignia, lo cual es trivial, absurdo. ¿En qué forma una creencia así ha barrido con todas las cosas no esenciales de la vida? Esta es la única manera de juzgar: ¿En qué forma son más libres, más grandes, más peligrosos para toda Sociedad que esté basada en lo falso y en lo no esencial? ¿En qué forma los miembros de esta Organización de la Estrella han llegado a ser diferentes?

Como dije, ustedes se han estado preparando para mí durante dieciocho años. No me preocupa si creen o no creen que soy el Instructor del Mundo. Eso es de muy poca importancia. Puesto que pertenecen a la Organización de la Orden de la Estrella, han entregado su simpatía, su energía, aceptando que Krishnamurti es el Instructor del Mundo -parcial o totalmente; totalmente para aquellos que en verdad están buscando, sólo parcialmente con quienes están satisfechos con sus propias verdades a medias-.

Se han estado preparando durante dieciocho años, y miren cuántas dificultades tienen ustedes en su camino hacia la comprensión, cuántas complicaciones, cuántas cosas triviales. Sus prejuicios, sus miedos, sus autoridades, sus iglesias nuevas y viejas... Todas esas cosas, sostengo, son una barrera para la comprensión. No puedo ser más claro que esto. No quiero que estén de acuerdo conmigo, no quiero que me sigan, quiero que comprendan lo que estoy diciendo.

Esta comprensión es necesaria porque la creencia de ustedes no los ha transformado, sino que solo los ha complicado, y porque no están dispuestos a afrontar las cosas como son. Lo que desean es tener sus propios dioses, dioses nuevos en lugar de los viejos, religiones nuevas en lugar de las viejas, nuevas formas en vez de las viejas, todas cosas inútiles, barreras, imitaciones, muletas. En lugar de las viejas distinciones espirituales, tienen ustedes nuevas distinciones espirituales, en lugar de los viejos cultos, tienen cultos nuevos. Todos dependen de algún otro para su espiritualidad, para su felicidad, para su iluminación; y aunque se han estado preparando para mí durante dieciocho años, cuando yo digo que todas estas cosas son innecesarias, cuando digo que deben descartarlas todas y mirar dentro de sí mismo para la iluminación, para la gloria, para la purificación e incorruptibilidad del ser, ninguno de ustedes quiere hacerlo. Puede que haya unos pocos, pero son muy, muy pocos.

¿Para qué, pues, tener una organización?

¿Por qué personas falsas, hipócritas, me han seguido a mí, la encarnación de la Verdad? Recuerden, por favor, que no estoy diciendo cosas duras o crueles, sino que hemos llegado a una situación en que deben ustedes enfrentarse a las cosas tal como son. El año pasado dije que no transigiría. Muy pocos me escucharon entonces. Este año he puesto eso absolutamente en claro. No se cuántos miles en el mundo -miembros de la Orden- han estado preparándose para mí durante dieciocho años; sin embargo, ahora no están dispuestos a escuchar incondicionalmente, totalmente, lo que digo.

¿Para qué, pues, tener una organización?

Como dije antes, mi propósito es hacer que los hombres sean incondicionalmente libres, porque sostengo que la única espiritualidad es la incorruptibilidad del propio ser, que es eterno, que es la armonía entre la razón y el amor. Esta es la absoluta incondicionada Verdad que es la Vida misma. Deseo, por lo tanto, que el hombre sea libre, que se regocije como el pájaro en el cielo claro; libre de toda carga, independiente, extático en esa libertad. Y yo, para quien ustedes se han estado preparando durante dieciocho años, digo ahora, que deben liberarse de todas estas cosas, liberarse de sus complicaciones, de sus enredos. Para esto no necesitan tener una organización basada en la creencia espiritual. ¿Por qué tener una organización para cinco o diez personas en el mundo, que comprenden, que luchan, que han desechado todas las cosas triviales? Y para los débiles no puede haber organización alguna que les ayude a encontrar la Verdad, porque la Verdad está en cada uno de nosotros; no está lejos ni cerca; está eternamente ahí.

Las organizaciones no pueden hacerlos libres. Ningún hombre puede, desde afuera, hacerlos libres; ni un culto organizado ni la propia inmolación a una causa puede hacerlos libres. Ustedes utilizan una máquina de escribir para su correspondencia, pero no la ponen en un altar para adorarla. Sin embargo, eso es lo que están haciendo cuando las organizaciones se convierten en la principal preocupación de ustedes. “¿Cuántos miembros hay en ella?” Esta es la primera pregunta que me hacen todos los reporteros. “¿Cuántos seguidores tiene? Por su número juzgaremos si lo que usted dice es verdadero o falso”. Yo no sé cuántos son. No estoy interesado en eso. Aunque hubiera un solo hombre que halla podido liberarse, sería suficiente.

Además, tienen ustedes la idea de que sólo ciertas personas poseen la llave para entrar en el Reino de la Felicidad. Nadie la posee. Nadie tiene la autoridad para poseerla. Esa llave es el propio ser de cada uno, y sólo en el desarrollo y la purificación y la incorruptibilidad de ese ser, está el Reino de la Eternidad.

Verán, pues, cuán absurda es toda la estructura que han creado buscando la ayuda externa, dependiendo de otros para el propio bienestar, para la propia felicidad, para la propia fortaleza. Estas cosas solamente pueden encontrarlas dentro de sí mismos. ¿Para qué, pues, tener una organización?

Se han acostumbrado que se les diga cuánto han avanzado, cuál es el grado espiritual que poseen. ¡Qué niñería! ¿Quién sino ustedes mismos puede decir si son hermosos o feos por dentro? ¿Quién sino ustedes mismos puede decir si son incorruptibles? Ustedes no son serios en estas cosas.

¿Para qué, pues, tener una organización?

Pero aquellos que realmente deseen comprender, que traten de descubrir lo que es eterno, sin principio y sin fin, marcharán juntos con mayor intensidad y serán un peligro para todo lo que no es esencial, para las irrealidades, para las sombras. Y ellos se reunirán y se volverán la llama, porque habrán comprendido. Un cuerpo así es el que debemos crear y tal es mi propósito. Gracias a esa verdadera comprensión habrá una verdadera amistad. A causa de esa verdadera amistad -que al parecer ustedes no conocen- habrá verdadera cooperación de parte de cada uno. Y esto no por motivo de la autoridad, ni por la salvación, ni por la inmolación a una causa, sino porque realmente han comprendido y, en consecuencia, son capaces de vivir en lo eterno. Esto es algo más grande que todo placer y que todo sacrificio.

Estas son, pues, algunas de las razones por las que, después de haberlo considerado cuidadosamente durante dos años, he tomado esta decisión. No proviene de un impulso momentáneo. No he sido persuadido a ello por nadie -no me dejo persuadir en tales cosas-. Durante dos años he estado pensando en esto, despacio, cuidadosamente, pacientemente, y he decidido ahora disolver la Orden, puesto que soy su Jefe. Pueden formar otras organizaciones y esperar por algún otro. Esto no me concierne, como tampoco me concierne crear nuevas jaulas y nuevas decoraciones para esas jaulas. Mi único interés es hacer que los hombres sean absolutamente, incondicionalmente libres.




2 de agosto de 1929










lunes, abril 20, 2009

El Combate de Finnsburh

Anónimo de aproximadamente el s. VII




-No están ardiendo los aleros -dijo entonces el rey, joven en la batalla-, ni amanece desde el Oriente, ni vuela un dragón hacia aquí, ni los aleros arden. Lanzan un brusco ataque, cantan los pájaros de presa, aúlla el de piel gris, resuena la madera de la guerra, el escudo responde a la saeta. Ahora resplandece la luna, errante entre las nubes; ahora surgen pesares, actos de espanto, que serán ruina de este pueblo. Arriba mis guerreros, levantad vuestros tilos, pensad en el coraje, formad las filas, sed resueltos.

Muchos señores se pusieron de pie, cubiertos de oro. Se ciñeron la espada. A la puerta se acercaron nobles guerreros. Sigeferth y Eaha desnudaron los aceros y en la otra puerta Ordlaf y Guthlaf y el propio Hengest lo siguió.

Entonces habló Guthere. Le rogó a Garulf que no arriesgara vida tan preciosa ni llevara sus armas a la puerta, porque varones duros en la batalla podrían quitársela. Pero él en alta voz delante de todos preguntó quién defendía la puerta.

-Sigeferth es mi nombre -contestó- soy de la estirpe de los Secges, famoso aventurero. He sufrido muchos rigores. Ya está escrito lo que buscas de mí.

En el recinto resonó la batalla, el escudo hueco estaba en el brazo de los valientes. Se rompieron adargas, las vigas de la casa crujieron, hasta que Garulf, hijo de Guthlaf, cayó, primero entre los hombres. Con él cayeron muchos hombres valientes, lívidos cadáveres. Oscuro y gris erraba el cuervo. Brillaban las espadas como si toda Finnsburh ardiera.

Jamás oí que se desempeñaran más dignamente en la batalla de hombres sesenta varones de la victoria, ni que retribuyeran mejor la clara hidromiel como sus mesnadas a Hnaef.

Cinco días combatieron, y ninguno cayó, nobles guerreros, y siguieron defendiendo la puerta. Un jefe herido se retiró y dijo que su armadura estaba rota, y asimismo la fiel espada y el yelmo.

El pastor de la gente preguntó cómo seguían los heridos o si alguno de los soldados...









NOTA
Este noble fragmento épico de conmovedora sencillez puede muy bien ser anterior a la retórica Gesta de Beowulf, donde se incluye toda la historia de los sesenta guerreros daneses, hospedados y traicionados por Finn, rey de los frisios, que se había desposado con una princesa de Dinamarca.

Finnsburh quiere decir el castillo de Finn. La sentencia que empieza Cantan los pájaros de presa es visionaria y propia de un hombre que no está lejos de la muerte. El de piel gris es el lobo. La madera de la guerra es la lanza. Los tilos son asimismo las lanzas. Hengest, que el poeta señala a nuestra atención, es acaso el Hengest que inició la conquista de Inglaterra en el siglo V. Garulf es un príncipe frisio. Sigeferth (ánimo victorioso) es la forma sajona de Sigurd y de Sigfrido.

De la tribu de los Secgans nada se sabe. La comparación de una batalla con un incendio no es extraña a la Ilíada. La batalla de hombres es un modo más inmediato de significar la batalla. Los reyes daban hidromiel a sus guerreros. El pastor de la gente es, como Agamenón, el rey.










en Breve antología anglosajona, 1978.
Notas y selección de Jorge Luis Borges y María Kodama













domingo, abril 19, 2009

“La salvaje”, de Marcel Schowb






El padre de Búchette solía llevarla al bosque al despuntar del alba, y la niña permanecía sentada muy cerca mientras él talaba los árboles. Búchette veía cómo se hundía el hacha haciendo volar delgados trozos de corteza; a menudo, los musgos grises venían a arrastrarse sobre su rostro. «¡Cuidado!», gritaba el padre cuando el árbol se inclinaba produciendo un crujido que parecía subterráneo. Ella sentía cierta tristeza por el monstruo extendido en el claro del bosque, con sus ramas magulladas y sus ramitas heridas. Por la noche, un círculo rojizo de pilas de carbón se encendía en medio de la sombra. Búchette sabía a qué hora había que abrir la cesta de juncos para ofrecer a su padre el cántaro de gres y el trozo de pan moreno. El se tendía entre las ramitas despedidas y masticaba con lentitud. Después, Búchette sorbía su sopa. Corría en torno a los árboles marcados y, si su padre no la miraba, se escondía para gritar: «¡Uuu! ».

Había una caverna oscura, llena de zarzas y de ecos sonoros, a la que se daba el nombre de Santa María Becerra. Alzándose de puntillas, Búchette solía observarla desde lejos.

Cierta mañana de otoño en que las marchitas cimas del bosque estaban aún encendidas por la aurora, Búchette vio que delante de la Becerra se estremecía un objeto verde: tenía brazos y piernas, y la cabeza parecía pertenecer a una niñita de la misma edad de Búchette.

Al principio tuvo miedo de acercarse; ni siquiera se atrevió a llamar a su padre. Pensó que era una de las personas que respondían en la caverna de la Becerra cuando alguien hablaba fuerte. Cerró los ojos, temiendo que cualquier movimiento suyo provocase algún siniestro ataque. Al inclinar la cabeza oyó un sollozo cercano: la extraordinaria criatura verde lloraba. Entonces, Búchette abrió los ojos y sintió pena. Pues veía el rostro verde, dulce y triste, humedecido por las lágrimas, y dos nerviosas manitas verdes que se apretaban contra la garganta de la niñita extraordinaria.

- Tal vez se haya caído sobre malas hojas que destiñen- se dijo Búchette.

Armándose de valor atravesó helechos erizados de ganchos y de zarcillos, hasta llegar casi junto a la singular figura. Dos bracitos verdeantes se tendieron hacia Búchette, en medio de las mustias zarzas.

- Se parece a mí- pensó Búchette -pero tiene un extraño color.

La sollozante criatura verde estaba semicubierta por una especie de túnica hecha de hojas cosidas. Era en realidad una niñita que tenía el tinte de una planta silvestre. Búchette imaginó que sus pies estaban arraigados en la tierra. A pesar de esto, los movía con mucha ligereza.

Búchette le acarició los cabellos y le tomó la mano. Ella se dejó conducir siempre llorosa. Parecía que no supiese hablar.

- ¡Ay! ¡Dios mío! ¡Una diablesa verde!- exclamó el padre de Búchette cuando la vio llegar - ¿De dónde vienes, pequeña? ¿Por qué eres verde? ¿No sabes responder?

Era imposible saber si la niña verde había entendido. «Tal vez tenga hambre», dijo él. Y le ofreció el pan y el cántaro. Pero ella dio vueltas al pan en sus manos y lo arrojó al suelo; luego agitó el cántaro para escuchar el ruido del vino.

Búchette rogó a su padre que no dejara a esa pobre criatura en el bosque durante la noche. A la hora del crepúsculo las pilas de carbón brillaron una por una y la muchacha verde observó, temblorosa, los fuegos. Cuando entró en la casita, retrocedió al ver la luz. No podía acostumbrarse a las llamas y lanzaba un grito cada vez que alguien encendía la vela.

Al verla, la madre de Búchette se persignó. «Dios me ayude -afirmó- si se trata de un demonio; pero no es ni remotamente una cristiana».

La niña verde no quiso tocar ni el pan, ni la sal, ni el vino, de lo cual resultaba claramente que no podía haber sido bautizada ni presentada a la comunión. Fueron a visitar al cura, quien llegó a la casa en el preciso momento en que Búchette ofrecía a la criatura habas en su vaina.

Muy contenta al parecer, se puso de inmediato a partir el tallo con las uñas, pensando encontrar las habas en el interior. Mas luego, decepcionada, comenzó a llorar hasta que Búchette le hubo abierto una vaina. Entonces royó las habas mientras observaba al cura.

Por más que llevaron a su presencia al maestro de escuela, no fue posible hacerle comprender una sola palabra humana ni pronunciar un solo sonido articulado. Lloraba, reía, o emitía gritos.

El cura la examinó minuciosamente, sin descubrir en su cuerpo ninguna señal del demonio. Al domingo siguiente la condujeron a la iglesia y allí no manifestó signo alguno de inquietud, aparte de gemir cuando la humedecieron con agua bendita. Pero no retrocedió lo más mínimo ante la imagen de la cruz y, cuando pasó sus manos por sobre las sagradas llagas y las desgarraduras de las espinas, pareció apenada.

Las gentes de la aldea sintieron gran curiosidad y algunas hasta temor. A pesar del consejo del párroco, seguían hablando de la «diablesa verde».

La criatura sólo se nutría de granos y frutas; cada vez que le ofrecían espigas o ramitas, partía el tallo o la madera y lloraba de desilusión. Búchette no lograba hacerle aprender en qué lugar había que buscar los granos de trigo o las cerezas, y su decepción era siempre la misma.

Por imitación, pronto fue capaz de transportar madera y agua, barrer, secar y hasta coser, aun cuando manejaba la tela con cierta repulsión. Mas nunca se resignó a encender el fuego, o tan siquiera a aproximarse al hogar.

Entretanto, Búchette crecía y sus padres quisieron ponerla a trabajar. Esto le causó tanta pena que todas las noches, oculta bajo las sábanas, sollozaba suavemente. La otra niña se condolía al ver en ese estado a su amiguita. Por la mañana miraba largamente a Búchette y los ojos se le llenaban de lágrimas. Y por la noche, durante su llanto, Búchette sentía que una mano tierna le acariciaba los cabellos y unos labios frescos se posaban en su mejilla.

Se acercaba la fecha en que Búchette debía entrar a trabajar. Sus sollozos se habían hecho casi tan angustiosos como los de la criatura verde cuando la hallaron abandonada ante la caverna de la Becerra.

La última noche, cuando el padre y la madre de Búchette estaban entregados al sueño, la niña verde acarició los cabellos de su amiga y la tomó de la mano. Luego abrió la puerta y extendió el brazo hacia la noche. Y así como antes Búchette la había conducido a las casas de los hombres, ella la llevó de la mano hacia la libertad ignorada.





en El libro de Monelle, 1894









sábado, abril 18, 2009

"Coolie", de Mulk Raj Anand

Fragmento




Las flores se abren en las manos de la bailarina y los pájaros salen volando de las yemas de los dedos; el cuerpo se balancea, unas veces con orgullo y otras con devoción y cada músculo del rostro se transforma, los ojos se mueven en lisonjas o desdén y las cejas expresan horror o recelo, aunque todo el rostro expresa sensaciones diferentes y, a menudo, contrarias, todo al mismo tiempo. Tal danza-drama, siguiendo los matices más delicados de una pieza musical o de un poema, a través del vehículo de un cuerpo es, probablemente, algo sin parangón en ningún otro arte.









1936









viernes, abril 17, 2009

“El río”, de Alfredo Gómez Morel

Fragmento





Creo que ella simplemente fue un ser humano desvencijado y envejecido prematuramente que gemía dislocado antes de caer para siempre. Algunas puertas terminan por ceder y salirse de sus goznes porque las abren y cierran mucho, inútilmente.

Mi padre quiso casar con ella, pero no pudo hacerlo: mi abuelo paterno era un gran señor, y por añadidura político muy notable y distinguido. En el hogar de mi padre los hijos ilegítimos no podían ser aceptados. Engendrados sí. Pero no criados.

Cuando ella se vio abandonada por mi padre, dejó de creer en los seres humanos. Se repetía el fracaso de su propia madre, mi abuela. La puérpera empezó a moverse en un universo lleno de rencores, recelos y fastidios. Lejos de mi padre, y sola, buscó un responsable de su fracaso: estaba yo. Vio en mí al que la dejó vapuleada y sacudida, como un trapo sucio y maloliente. El hijo se convirtió en la meta visible de su revancha. En sus entrañas lo había fabricado con el objeto de saberse digna: resulté la razón de su indignidad. Me llevó en su vientre, no me abortó, para constatar y proclamar un acto de amor y fe: fui la prueba de una burla. En mí cobró la venganza contra el medio. Al querer destrozarme intentaba despedazar un mundo injusto y sucio. Es maravilloso constatarlo. Un artista debe maravillarse frente a lo más cruel o más hermoso. Sólo así surge el creador.

Eso es todo.




1962










jueves, abril 16, 2009

Carta de Stéphane Mallarmé a Paul Verlaine








Es que, aparte los fragmentos de prosa y los versos de mi juventud y la continuación, que le hacía eco, publicada un poco por todas partes, cada vez que aparecían los primeros números de una Revista Literaria, he soñado siempre e intentado otra cosa, con una paciencia de alquimista, listo para sacrificarle toda vanidad y toda satisfacción, como quemaban antaño su mobiliario y las vigas de su techo, para alimentar el horno de la Gran Obra. ¿Por qué? es difícil de decir: un libro, simplemente, en muchos tomos, un libro que sea un libro, arquitectónico y premeditado, y no una colección de inspiraciones al azar, así sean maravillosas... Iré más lejos, diré: el Libro persuadido de que en el fondo no hay más que uno, intentado sin saberlo por quienquiera haya escrito, incluso los Genios. La explicación órfica de la Tierra, que es el único deber del poeta y el juego literario por excelencia: porque el ritmo mismo del libro entonces impersonal y viviente, hasta en su paginación, se yuxtapone con las ecuaciones de ese sueño, u Oda. He aquí la confesión de mi vicio, puesto al desnudo, querido amigo, que mil veces he rechazado, el espíritu afligido o cansado, pero eso me posee y lo lograré tal vez; no hacer esa obra en su conjunto (¡se necesitaría ser no sé quien para eso!) sino mostrar un fragmento ejecutado, hacer centellear por un lapso la autenticidad gloriosa, señalando así al resto todo entero para el cual no basta una vida. Probar por las porciones hechas que ese libro existe, y que he conocido lo que no podré realizar.










16 de noviembre de 1885











miércoles, abril 15, 2009

“La cúpula de los Inválidos”, de Honoré de Balzac






Alucinación

Un hermoso día del mes de junio, entre las cuatro y las cinco, salí de la celda de la calle du Bac donde mi honorable y estudioso amigo, el barón de Werther, me había ofrecido el almuerzo más delicado del que se pueda hacer mención en los castos y sobrios anales de mi estómago; pues el estómago tiene su literatura, su memoria, su educación, su elocuencia; el estómago es un hombre dentro del hombre; y jamás experimenté de modo tan curioso la influencia ejercida por este órgano sobre mi economía mental.

Después de habernos obsequiado amablemente con vinos del Rin y de Hungría, había terminado la comida de amigos haciendo que nos sirvieran vino de Champaña. Hasta aquel momento, su hospitalidad podría considerarse normal, de no ser por su charla de artista, sus relatos fantásticos y, sobre todo, de no ser por nosotros, sus amigos, todos personas de entusiasmo, corazón y pasión.

Hacia el final del almuerzo, nos encontramos todos presas de una dulce melancolía y sumergidos en una absorción bastante lógica en personas que han comido bien. Percatándose de ello, el barón, el excelente crítico, el erudito alemán que, pese a su baronía, lleva la admirable y poética vida de los monjes del siglo XVI en su celda abacial; nuestro monje —digo—, remató su obra de gastrolatría con una auténtica salida de monje.

En un momento en el que la conversación quedó interrumpida cuando nos encontrábamos en sillones inventados por el confort inglés pero perfeccionados en París que habrían causado admiración a los benedictinos, Werther se sentó ante una especie de mesita y, levantando una parte de la tapa, sacó de un instrumento alemán unos sonidos que se encontraban a mitad de camino entre los acentos lúgubres de un gato cortejando a una gata o soñando con los placeres del canalón, y las notas de un órgano vibrando en una iglesia. No sé lo que hizo con aquel instrumento de melancolía, pero mi inteligencia no se vio jamás tan cruelmente trastornada como en aquella ocasión.

El aire, dirigido hacia los metales, producía unas vibraciones armónicas tan fuertes, tan graves, tan agudas, que cada nota atacaba instantáneamente una fibra, y aquella música de verdín, aquellas melodías impregnadas de arsénico, introdujeron violentamente en mi alma todas las ensoñaciones de Jean-Paul, todas las baladas alemanas, toda la poesía fantástica y doliente que me hizo huir en medio de gran agitación, a mí que soy alegre y jovial. Me sentí como si mi personalidad se hubiera desdoblado. Mi ser interior había abandonado mi forma exterior por la que una o dos mujeres, mi familia y yo, sentimos algo de amistad. El aire ya no era el aire; mis piernas ya no eran piernas, eran algo flojo y sin consistencia que se doblaba; los adoquines se hundían, los transeúntes bailaban y París me parecía singularmente alegre.

Tomé la calle de Babylone y caminé melancólicamente hacia los bulevares, adoptando como punto de referencia la cúpula de los Inválidos. Al dar la vuelta a no sé qué calle, ¡vi que la cúpula venía hacia mí!... En un primer momento, me quedé algo sorprendido y me detuve. Sí, era sin duda la cúpula de los Inválidos que se paseaba boca abajo, apoyando en el suelo su punta, y tomaba el sol como cualquier buen burgués del barrio del Marais. Interpreté esta visión como un efecto óptico y gocé del mismo placenteramente, sin querer explicarme el fenómeno; pero tuve sensación de pavor cuando, viendo que se acercaba a mí, quería pisarme los talones... Eché a correr, pero oía detrás de mí el paso pesado de aquella dichosa cúpula, que parecía burlarse de mí. Sus ojos reían; efectivamente, el sol al pasar por las ventanas abiertas de tramo en tramo, le daba un vago parecido con ojos, y la cúpula me lanzaba auténticas miradas...

—¡Soy bastante tonto! —pensé—. Voy a ponerme detrás de ella...

La dejé pasar, y entonces volvió a colocarse con la punta hacia arriba. En esa posición, me hizo un gesto con la cabeza, y su maldito ropaje azul y oro se arrugó como la falda de una mujer... Entonces dí unos pasos hacia atrás para plantarla allí mismo, pues empecé a sentirme inquieto. No había duda de que, al día siguiente, los periódicos no dejarían de contar que yo, autor de algunos artículos insertados en La Revue, me había llevado la cúpula de los Inválidos; aquello me resultaba indiferente porque tenía intención de defenderme y de contar abiertamente que la cúpula se había encaprichado conmigo y me había seguido por su cuenta. Mi carácter bien conocido, mis hábitos y costumbres debían hacer comprender que, lejos de degradar los monumentos públicos, yo abogaba por dialogar con ellos.

La mayor dificultad, y la que más me inquietaba, era saber qué iba a hacer yo con aquella cúpula. No hay duda de que se podía ganar una fortuna... Además de que la amistad de la cúpula de los Inválidos con un hombre no era sino algo muy halagador, podía llevarla a algún país extranjero, exponerla en Londres junto a Saint-Paul... Pero si tenía intención de seguirme, ¿cómo iba a volver yo a mi casa?... ¿Dónde la iba a poner? Naturalmente, iba a producir considerables desperfectos por las calles por donde pasara; es verdad que podría llevarla por los muelles y mantenerla siempre junto al río... Si me molestaba en avisar, la gente la dejaría pasar; pero, si se empeñaba en entrar en mi casa, derribaría el inmueble en el que vivo de alquiler. ¡Menuda indemnización me pediría el propietario! La casa no está asegurada contra cúpulas... Y, si la llevaba a Londres o a Berlín, ¡qué desperfectos no haría por el camino...!

—¡Santo Dios! ¡Qué raros están los Inválidos sin la cúpula! —exclamé.

Al oír estas palabras, las personas que se encontraban cerca levantaron los ojos hacia la iglesia y rompieron a reír. Decían: «Pero ¿qué ha sido de ella?» «¡Estoy seguro de que todo París está preocupado!» Entonces escuché un griterío, un clamor que hacía pensar en que se aproximaba el fin del mundo: «¡Ya está! ¡están reclamando su cúpula!» me dije.

Tenía razón, la cúpula de los Inválidos es uno de los monumentos más bellos de París; y, desde que, por una fantasía bastante rara entre cúpulas, era de mi propiedad, la admiraba con embeleso. Bajo los rayos del sol resplandecía como si estuviera cubierta de piedras preciosas, su azul se destacaba claramente en el del cielo, y su linterna tan graciosa, tan maravillosamente elegante y ligera, parecía ofrecerme detalles en los que no había reparado hasta entonces. Es verdad que tenía algunas zonas estropeadas y que habían perdido el dorado; pero yo no era suficientemente rico como para devolverles su esplendor imperial.

Cerca de Nemours he conocido a un agricultor que tiene la singular habilidad de fascinar a las abejas y de hacer que le sigan sin picarle. Es su rey: les silba y acuden; les dice que se marchen y huyen. Tal vez haya llegado yo a un completo desarrollo moral, a un poder sobrenatural y haya adquirido el poder de atraer a las cúpulas.

Entonces, por el interés de Francia, pensé en colocar ésta en su lugar habitual y viajar por Europa para traerme a París numerosas cúpulas célebres, las de Oriente, las de Italia, y las más bellas torres de catedrales... ¡Qué prestigio! ¡Qué serían a mi lado los Paganini, los Rossini, los Cuvier, los Canova, o los Goethe! Tenía la fe más absoluta en mi poder, la fe de la que habló Cristo, la voluntad sin límites que permite mover montañas, la fuerza con cuya ayuda podemos abolir las leyes del espacio y del tiempo, cuando vi avanzar hacia mí, a la máxima velocidad que pueden alcanzar los caballos de los servicios públicos, un cabriolé que desembocó por la calle Saint-Dominique.

—¡Tenga cuidado con la cúpula! —grité.

El conductor no me oyó, lanzó su caballo hasta el centro de la cúpula; yo solté un enorme grito pues la pobre cúpula, que no había podido echarse a un lado, se hizo mil pedazos, y me salpicó totalmente. Luego, cuando pasó aquel condenado cabriolé, vi a la tozuda cúpula volverse a colocar boca abajo, sobre la punta, con pequeñas sacudidas; las piedras se armaban de nuevo, las bellas franjas doradas reaparecían, y yo me secaba la cara instintivamente; pues en aquel momento, mi ser exterior regresó y me encontré cerca de los Inválidos, ante un enorme charco de agua en el que se reflejaba la cúpula de los Inválidos.

Creo que estaba borracho... ¡Maldita fisarmónica! ¡Qué manera de atacar los nervios!...





1832