viernes, febrero 20, 2009

“Ícaro”, de Jaroslaw Iwaszkiewicz






Hay un cuadro de Brueghel llamado Ícaro. En él se ve a un campesino que ara la tierra en un alto acantilado sobre el mar; un pastor impasible apacienta su rebaño, y un pescador tiende las redes en la costa. A lo lejos, puede vislumbrarse una tranquila ciudad. En el mar navega, con las velas desplegadas, un barco en cuyo puente unos comerciantes discuten sus negocios. En fin, estamos ante los afanes y preocupaciones cotidianos, frente a una vida de simples menesteres y problemas humanos sencillos. ¿Dónde está Ícaro? ¿Dónde está aquél que trató de alcanzar el sol? Sólo, si observamos minuciosamente el cuadro, podremos descubrir en un rincón del mar un par de piernas que se sumergen en el agua, y arriba, revoloteando en el aire, unas cuantas plumas que el brusco descenso desprendió de las alas ingeniosamente fabricadas. La caída ha ocurrido hace un instante apenas. Se trata del temerario que, según la leyenda griega, construyó unas alas para volar y se elevó a tal altura que llegó cerca del sol. Sus rayos fundieron la cera con que se había pegado el joven las plumas, y el desdichado se precipitó en el abismo. La tragedia ha ocurrido; helo allí que se hunde y se ahoga en el mar. Pero los hombres nada han advertido. Ni el campesino que ara la tierra, ni el comerciante que navega, ni el pasajero que contempla el cielo, ninguno se ha dado cuenta de la muerte de Ícaro. Sólo el poeta o el pintor la han visto y la han transmitido a la posteridad.

Ese cuadro me viene a la memoria cada vez que recuerdo un episodio que me tocó vivir. Era en junio de 1942 ó 1943. Un bellísimo crepúsculo de verano descendía sobre Varsovia, un resplandor rosado creaba sombras que embellecían las casas destruidas, y en el hormigueo impetuoso de la multitud que subía a los tranvías para llegar a casa antes del toque de queda, el conjunto de los vestidos civiles ocultaba los uniformes, raros a esa hora. En aquel momento las calles de Varsovia, animadas y bellas en el esplendor de junio, podían dar la impresión de que la ciudad estuviese libre de los invasores. Sólo por un instante...

Esperaba el tranvía en la parada de la esquina de la calle Trebacka con la Krakowskie Przedmiescie. Las rojas carrocerías tranviarias, campanilleaban sonoramente y se alineaban, una tras otra, a lo largo de Krakowskie Przedmiescie. La gente se aglomeraba para subir, saltaba a los estribos, se colgaba de las puertas, se apiñaba tanto dentro como fuera de los vehículos. De cuando en cuando, pasaba a toda prisa un "cero" rojo, reservado a los alemanes, y por ende casi vacío. Debí esperar bastante tiempo un tranvía en el que se pudiese entrar con menos dificultad. Pero, cuando al fin llegó uno, no tenía ya deseos de subir; de improviso le había tomado gusto a aquella multitud que me rodeaba indiferente del todo a mi presencia. Frente a mí, sobre su pedestal, se erguía la estatua de Mickiewicz; en torno al monumento humildes plantas floridas emanaban un grato perfume; los automóviles trazaban con un chirrido la curva frente a la iglesia de las Carmelitas; los muchachos pregonaban a gritos sus periódicos; frente a un resplandeciente escaparate hormigueaban los vendedores de cigarrillos y de pasteles; se cerraban con ruido las puertas metálicas y las rejas de las tiendas; en el jardincillo, los bancos estaban repletos de viejos y jóvenes; gorjeaban los gorriones, fijos ellos también en las ramas de los frágiles arbolillos... Todo esto se sumergía lentamente en el azul crepúsculo de la tarde estival. En ese instante sentía pulsar el corazón de Varsovia, e instintivamente me mezclé entre la multitud para permanecer un poco más de tiempo junto a ella y entre ella y disfrutar de aquel atardecer varsoviano.

En un determinado momento observé a un muchacho que venía por la calle Bernardcka. Apareció detrás de un tranvía en marcha, y se detuvo en el pequeño camellón, de espaldas al ir y venir de la multitud, con la cara vuelta hacia la acera y sin apartar los ojos de un libro con el que había surgido en aquel crepúsculo cada vez más gris. Podía tener quince años, dieciséis a lo sumo. De tanto en tanto, mientras leía, sacudía la rubia cabellera, y, con la mano, apartaba después los cabellos que le caían sobre la frente. Del bolsillo, sobre su cadera, asomaba un segundo libro. El primero lo llevaba abierto frente a los ojos y evidentemente era incapaz de desprenderse de él. Con toda probabilidad, lo había conseguido hacía poco de un compañero o de una biblioteca clandestina, y sin esperar a la llegada a casa, se mostraba impaciente por conocer el contenido, aún en la calle. Me desagradaba no saber qué libro era; de lejos parecía un manual, pero me decía que ningún manual puede despertar tan vivo interés en un joven. ¿Serían versos? ¿Tal vez un libro de economía? No lo sé.

El muchacho permaneció un poco en el camellón, inmerso en la lectura. No hacía caso de los empellones, ni de la multitud que se apiñaba alrededor de los vehículos. Detrás de él se asomó más de una cara enrojecida, pero él seguía sin apartar la mirada del libro. Y después, siempre con el libro bajo los ojos, tal vez molesto por los empujones y el estrépito, o tal vez asaltado de improviso por una necesidad inconsciente de llegar a su casa, lo vi descender a la calzada, frente a un automóvil que apareció en aquel instante.

Se oyó el chirrido violento de los frenos y el silbido de los neumáticos sobre el asfalto. Con la intención de evitar el choque, el conductor viró bruscamente y detuvo en seco el vehículo en la esquina de la calle Trebacka. Advertí, lleno de espanto, que era un coche de la Gestapo. El muchacho del libro trató de esquivar el automóvil, pero inmediatamente se abrió la portezuela posterior y dos individuos, con el casco adornado por una calavera, saltaron a la calle. Se hallaban exactamente frente al muchacho. Uno de ellos gritó algo con voz gutural y el otro, trazando con el brazo un gesto circular, invitó con mofa al muchacho a subir.

Aún ahora puedo ver a aquel joven, detenido frente a la portezuela, confuso, totalmente avergonzado... Veo cómo se disculpaba, cómo movía la cabeza en un ingenuo gesto de negación, semejante a un niño que promete: "No lo volveré a hacer"... Parecía estar diciendo: "No he hecho nada... sólo esto...", e indicaba el libro que había producido su descuido. Como si hubiese sido posible explicar alguna cosa. Se negaba a subir al auto, como en un último impulso de la vida que estaba perdiendo.

El gendarme le pidió los documentos, le arrebató de las manos la carta de identidad que había extraído de un bolsillo, y con un gesto violento, lo empujó hacia el interior. El otro lo ayudó. Subió el muchacho y tras él los hombres de la Gestapo; la portezuela se cerró y el vehículo partió bruscamente, dirigiéndose a toda velocidad hacia la avenida Szucha...

Lo perdí de vista. Desolado por lo ocurrido, miré en torno mío, buscando comprensión en alguien. El muchacho del libro había desaparecido para siempre. Con el más grande estupor, comprobé que nadie se había dado cuenta del suceso. De manera tan fulminante se había desarrollado lo que he descrito. Todos los peatones que formaban aquella multitud se hallaban tan ocupados en sus propios afanes, que el rapto del muchacho les había pasado inadvertido. Unas señoras que había a mi lado discutían si era conveniente tomar tal o cual tranvía, dos tipos encendían sus cigarrillos tras el poste de la parada, una vieja con una cesta en la mano junto a la pared, repetía sin tregua su "Limones, limones magníficos, limones...", como un conjuro budista, y otros jóvenes corrían por la calle tras el tranvía que se iba, arriesgándose a terminar bajo un automóvil... Mickiewicz estaba allí, tranquilo, y las flores exhalaban un suave perfume; un leve vientecillo agitaba las tiernas ramas en derredor del monumento. La desaparición de aquel joven no había significado nada para nadie. Sólo yo había visto ahogarse a Ícaro. Permanecí allí aún mucho tiempo, aguardando que la multitud se disgregase. Pensaba que tal vez Michas, así lo llamé en la imaginación, volvería. Me imaginaba su casa, sus padres que esperaban su regreso, a la madre mientras preparaba la cena, y no podía resignarme a que ellos no pudiesen saber de qué manera había desaparecido su hijo. Conociendo las costumbres de nuestros ocupantes, preveía que no habría podido liberarse de sus tentáculos. ¡Y todo había ocurrido de un modo tan estúpido! La insensata crueldad de aquel secuestro me sobresalta y me turba todavía.

Aquellos que han muerto en las batallas, que sabían por qué morían, encontraron tal vez consolación en la idea de que su muerte tenía sentido. Pero quienes como mi Ícaro han sido sumergidos en el mar del olvido por una razón tan cruel como insensata...

Llegó la noche. La ciudad se adormecía en un sueño febril, malsano... Me aparté por fin de la parada, pasé junto al monumento de Mickiewicz, y me dirigí a pie hacia mi casa... Mientras continuaba persiguiéndome la imagen de Michas, que movía la cabeza como si dijera: "No, no, la culpa es del libro... En adelante, tendré más cuidado...".




en Antología del cuento polaco, 1967










jueves, febrero 19, 2009

"Cuarzo", de Ciro Alegría






E
l indio Fabián caminaba imaginando la cara que su pequeño hijo pondría al ver el cuarzo. El bloque traslúcido erizado de varillas refulgentes, estaba con la calabaza y la cuchara de palo del yantar y otros trastos, en el fondo de las alforjas que le ceñían el hombro. Un quebrado sendero, ágil equilibrista de breñales andinos, aumentaba la brusquedad de su paso, por lo cual los objetos de las alforjas se entrechocaban produciendo un ruido monótono que rimaba con el choclear de las ojotas. Más allá, en torno del viajero, sólo había silencio. La puna estaba cargada de noche. Un ligero viento no conseguía silbar entre las pajas.

A Fabián no le importaba la cegadora oscuridad ni las desigualdades de la ruta, pues se hallaba acostumbrado a vencerlas con habilidad aprendida entre las mismas peñas. Amén de que la noche a flor de tierra no era tan densa y permitía estar, erguido, así fuera sobre un hilo de senda rondadora de abismos. Más sombra tuvo en la profundidad de la mina, mayor incomodidad en la estrechez del socavón roqueño.

Trabajó dos meses allí. Los peones entraban por las prietas galerías a barrenar y dinamitar las entrañas de la tierra, extrayendo una sustancia pesada y lustrosa, de color chocolate, envuelta en rutilantes rocas de cuarzo. Una callada hilera de mujeres andinas, que era como un arco iris de pollerones orlando la tierra gris, tomábala entonces y separaba el cuarzo, rompiéndolo a golpe de martillo. Así, los fragmentos de tungsteno quedaban listos para ser cargados en asnos y llamas y enviados muy lejos. Fabián no sabía precisamente a dónde ni para qué. Se hablaba de que había una guerra grande en el mundo y que esa guerra, fuera de gente, comía tungsteno. Muchos inventos sacaban. Al principio, unos gringos treparon los roquedales andinos a explorar y luego llamaron a los campesinos para el laboreo. Ahora se llevaban el mineral. Y sobre la ancha falda del cerro rico, según podía verse, nevaba la nueva nieve del cuarzo.

Los viajeros de la región no dejaban de echar un vistazo a la original industria. Antes vieron explotar el oro, la plata, el cobre, aun el carbón. Los tiempos modernos con su fiera guerra, habían valorizado el... «¿cómo se llama?... ¡ah, el tungsteno!». Mascullaban algo en tono de broma y, como nadie lo impedía, echaban a las alforjas un trozo de brillante cuarzo para obsequio o recuerdo. Llegó a ponerse de moda. Por toda la comarca se esparció la roca de la mina. Los niños indios miraban maravillados los poliedros, hasta que al fin se atrevían a jugar con ellos. Las mujeres dábanles oficio de peanas. En los escritorios de los hacendados a guisa de pisapapeles, se erguían triunfantes los haces de varillas.

Fabián llevaba también ese regalo para su pequeño: cuarzo, luz de piedra. No era lo único. En una esquina del pañuelo tenía amarrados quinientos soles, sólo algunos de metal firme, a la verdad, pero los billetes valían en las tiendas del pueblo. Su mujer tenía vista una falda de percal floreado. Él andaba aficionado de una cuchilla. El pequeño quería una sonaja. Justo el domingo próximo irían al pueblo.

Todo ello alegraba al viajero como la perspectiva de alcanzar sus lares. Tenía el corazón hecho un abrazo para la mujer y el hijo, la casa y el ganado, la tierra y la siembra. Cuatro leguas más de camino y estaría en lo suyo. Ahí la luz surgía en los cerros para mostrar al hombre todas las cosas buenas que animaban la ondulación de los campos y no a marcarle la necesidad de hundirse en el socavón ahíto de trémulas tinieblas y ensordecedores ruidos de barrena. Después de todo, pagaban algo en la mina y descontando gastos de comida y cañazo bueno para el frío, solía sobrar un poco. Decían que cuando terminara la guerra, esa pelea lejana y hasta cierto punto misteriosa, la explotación del tungsteno cesaría y era cuestión de aprovechar ahora.

Marchaba vigorosamente, venciendo con rápido paso los altibajos y recovecos de cuestas y laderas. Su mujer estaría contenta con los quinientos soles, su hijo con el cuarto. La cara que ponía el pequeño al alegrarse, de puro risueña era cómica y le hacía a Fabián mucha gracia. Una leve sonrisa se perdió en sus facciones tal si fuera en montañas calladas.

Súbitamente fulguró, partiendo del cielo y la noche, la candela fugaz de un lejano relámpago. El granizo apedreó después el sombrero de junco y las rocas. Por último, la lluvia cayó en apretados y sonoros chorros. Humedeciendo rápidamente el poncho, que templó su fría pesantez de los hombros, comenzó a lamer las espaldas con su lengua helada. «Ya —se dijo el caminante—, ojalá escampe luego». Pero el aguacero no tenía trazas de parar. Su violencia creció más todavía a favor de un viento que llegó dando alaridos en la sombra. Los chorros adquirían una furia de chicote sobre la cara. Fabián tuvo que sacarse las ojotas, pues el sendero se tornó muy resbaladizo. Sabía caminar engarfiando los dedos en la arcilla mojada, a fin de no deslizarse y caer.

De rato en rato, la llama de los relámpagos iluminaba la puna y el eco de los truenos rodaba sordamente de picacho en picacho. A la fugaz claridad, las rocas enhiestas parecían encajarse en el negro cielo y la delgada canaleta del sendero brillaba trémula como si fuera a deshacerse con la plétora de agua y fango. Por ella seguía chapoteando Fabián, tozudamente, calado hasta los tuétanos por la humedad y el frío. Sacó de las alforjas un puñado de coca que chorreaba agua y se puso a masticarla para sobrellevar mejor la marcha. Había tenido que lentificarla y tardaría más en llegar.

Con las horas, disminuyó la furia de la tempestad. Sólo la lluvia continuaba cayendo, densa y sonora, con esa pertinacia propia de los aguaceros nocturnos. «Pasará al amanecer», pensó Fabián. Y se echó más coca entre los belfos ateridos y agitó el poncho para librarlo un tanto del agua y que pesara menos. ¡Malhaya las chanzas del tiempo! Fabián pensaba en el tibio lecho de bayetas y pieles de carnero, en el fogón de vivaces llamas, en la sopa reconfortante que su mujer hacía. El cuerpo de Donatila era cálido y bueno. La lluvia tendría que contentarse con chapotear a la puerta del bohío. El iba a llegar ya. Los raros relámpagos le precisaban la posición. He ahí las rocas que se alzaban en las inmediaciones de las chacras y, bajo sus pies, las curvas mejor conocidas, los escalones más familiares por frecuentados debido a la proximidad del bohío.

De pronto, un trueno alargó desmesuradamente su estruendo. Roncó estremeciendo la noche y acallando por un momento el tenaz rumor del aguacero. Fabián se sobresaltó con todas las fuerzas de su instinto, deteniéndose y echando hacia la sombra y la lejanía los hilos tensos de sus sentidos. Continuaban produciéndose ruidos confusos, como de piedras que ruedan y maderos que se rompen. El fuerte olor de la tierra revuelta pasó en oleadas espesas. Ya no le cupo duda. Un derrumbe se había lanzado cuesta abajo y terminaba ahora de arrastrar sus últimos restos hacia el fondo de la encañada. No sería en su parcela. Él mismo había visto que todo era firme allí, que ni una vara de suelo vacilaría. Con una consistencia sólida e inclinación propicia al desagüe, nada había que temer...

Fabián prosiguió su marcha, deseando solamente que el alud no hubiera cortado la ruta. Mas estaba de contratiempos esa noche. El olor a fango se hizo permanente y pronto debió admitir que el camino se rompía, perdiéndose en un barranco formado por la avalancha. Sus pies vacilaron sobre la última fracción de senda, deleznable ya. Volvió calmosamente, casi a gatas, y terminó por acomodarse al pie de una gran roca cuya inclinación podía defenderlo de la lluvia. Esta seguía cayendo con terca insistencia. «Apenas aclare, buscaré paso», resolvió Fabián, acurrucándose en espera del alba. Después de un rato, brilló un rezagado relámpago. Su escasa lumbre bastó para que el indio alerta viera la franja gris que manchaba el cerro. ¿Era tan grande que abarcaba el sitio de la casa y el redil? Tenía la evidencia de que una chacra había desaparecido, pero esperaba que allá, al otro lado, se elevaran todavía el promontorio del bohío y la cerca de la majada. No se podía columbrar. Ahora sí que aguardaba ansiosamente el alba. De saber, habría rezado y se encomendó como pudo, en una muda imploración, a la Santísima Virgen. En la espera larga, la sombra parecía adherida a las montañas. Sólo la lluvia fue amenguándose y terminó por irse, aunque no con la brusquedad con que llegara.

Y al fin un güicho, vigía del alba, desenvolvió su agudo y claro canto. ¡Esa sostenida melodía despertaba otrora al corazón de Fabián! Con ella se había levantado a recibir el sol en medio del rocío titilante, los sembríos promisorios y el ganado en acecho de la vastedad de la puna. Pero ahora obedeció al sonido para incorporarse a escrutar los cerros, en una angustiosa interrogación.

La claridad opaca del amanecer neblinoso bordeó un picacho, avanzó por el cielo y luego descendió enharinando la encañada. Entonces Fabián pudo ver. Cada vez más claramente, vio. La avalancha se había llevado todo, amontonando ruinas en lo más bajo del abra, allí entre los retorcidos alisos que bordeaban una quebrada. La huella oscura comenzaba arriba, muy alto, al pie de una gran peña, se curvaba un tanto al adquirir amplitud y luego descendía por la falda del cerro, recta y violentamente, hasta el fondo. Un pardo retazo de chacra quedaba al otro lado, pero la casa y el redil, con todo lo más querido, estarían abajo, envueltos en el hacinamiento de troncos, piedras y barro.

El día fue pronto una luz amarilla que comenzó a brillar en la yerba y a calentar la tierra, levantando el vaho las nubes. Fabián no dejaba de mirar la mancha gris. De saber cosas, la habría encontrado igual a la silueta con que los dibujantes de fantasías fingen el símbolo de la muerte. Para él era solamente la presencia de la desgracia hecha lluvia, flojedad y caída hecha derrumbe. Todo tenía una aplastante simplicidad, una definición sin réplica. Admitiéndolo así, descendió bordeando el nuevo barranco hasta llegar a su término. El cadáver de una oveja asomaba apenas del lodazal, lo mismo que dos vigas. Bajo una costra de tierra, la azulosa pupila de la oveja se empeñaba en mirar obstinadamente.

Habría que sacar a la mujer y al hijo para darles la debida sepultura y a las ovejas para desollarlas. Vendería las pieles y la carne serviría para el velorio. El sol llegó a hundirse en el revuelto conglomerado, haciendo más intenso el olor acre del barro. Fabián dio varias vueltas considerando indicios y lo observó todo sin que se contrajera un músculo de su cetrina faz. La tibieza del sol le recordó la conveniencia de secar el poncho y lo extendió —rojo y azul— sobre unas matas. Luego pensó en ir a demandar ayuda, pero al punto cayó en cuenta de que los indios de los contornos, al advertir la huella en el cerro, acudirían a examinar lo sucedido, encontrándose con él y dándole una mano en la tarea. Con todo, ésta sería larga y convenía renovar la entonadora dotación de coca a fin de acopiar fuerzas. Sentóse, pues, a un lado, revolviendo las alforjas que guardaban la hoja verde. Al hacerlo encontró el albo y aristado trozo de cuarzo, que fulguró bellamente bajo el sol. Pero en los ojos de Fabián centelló también una llama y con un desdeñoso movimiento del brazo, lo arrojó hacia las ruinas. El cuarzo sumergió su nítida blancura en la prieta masa del barro, produciendo un breve chasquido.

Y esa llama fugaz y tal gesto despectivo fueron los únicos signos exteriores de que algo había ocurrido en el alma del indio Fabián. Después, hasta sentirse con ánimo para la faena, se puso a masticar su coca impasiblemente.




en Duelo de caballeros, 1962










miércoles, febrero 18, 2009

“20”, de Víctor Quezada

Tres poemas





hasta que aquella eterna noche oscura
me cierre aquestos ojos que te vieron,
dejándome con otros que te vean.
Garcilaso de la Vega



V

Un estremecimiento acá en la baja luz de los silencios… la cadencia de deseos siempre inútiles y conducentes al remuerdo sosegado en las yemas ágiles y atolondradas más Pero un temblor profundo llegado del carcajeo creído en la lejanía de un sonido de puertas y pasos cerrados al dominio ido de las noches
Y un caballo solo arrastrando delante el estupor del anciano por lo fementido que llevamos a cuestas en paseo eternamente perecible al desdén

Y ahora,
Tan solo,
Triste domo arácnido el sosiego en la penumbra!



XIV

Veces me sentí trasteando por celestes montes ayudado en la caída risueña por materno féretro o capullo blanquecino mortajeante: sutil frescor verdeado si lo pienso y no imagino, si no ensucio o enaltezco el amorsuyo o de ella no existiendo, pero siempre allí presente en la memoria que no tuve y pedí silenciado en noches, amarilleando cada vez que creciera y fuera descontándome terneces Si no mancho y dejo vacías páginas –pues la dejé tirada a ella suelos cada vez más blancos llorando mi boca huida- allí debiera aún, al menos en el recuerdo o quizás ahora humeando pues el sol vuelve sincero la paciencia del ruedo, estar sintiendo no traidora la madera, al final del camino, cuando el celeste trocara noche por sus pálidas ansias de antaño



XVII

Abrumada por la noche yo te dije mi corazón cristal cuando tratabas tras la ventana de atisbar la sangre y así afirmar mi vida yacente en los remilgos Tropel de gestos que escribían desbandada manada febricia en el vidrio empañado
Yo estaba limpio como desierto impío y corría feliz apenas el velo tocando por impedirme la luz y el espejo gigante que tengo de estadía Bello como celeste tramo inaccesible, sonriente tal delicioso ruedo verde hacia los límites del padre

Y así caía hasta el invierno de la piedra
Iba cayendo en delicada silueta bien atado el bote a un árbol primero
Corría y corría sonrisas, saltando corría feliz apenas el velo tocando y cantaba sin voz u oía el silencio…

Pero la felicidad me ganó las partidas, el entusiasmo terminó por quitar lo que no en el tiempo perdido debí…

Y ahora me oscuro





2004










martes, febrero 17, 2009

“El tren”, de Raymond Carver





a John Cheever



La mujer se llamaba Miss Dent, y aquella tarde había encañonado a un hombre con una pistola. Le había obligado a arrodillarse en el polvo suplicando que le perdonara la vida. Mientras los ojos del hombre se llenaban de lágrimas y sus dedos estrujaban hojas caídas, ella le apuntaba con el revólver y le cantaba cuatro verdades. Trataba de hacerle comprender que no podía seguir pisoteando los sentimientos de la gente.

—¡Ni un movimiento! —dijo.

Pero el hombre simplemente escarbaba el polvo con los dedos y movía un poco las piernas, muerto de miedo. Cuando ella terminó de hablar, cuando dijo todo lo que pensaba de él, le puso el pie en la nuca y le aplastó la cara contra el polvo. Luego guardó el revólver en el bolso y volvió a pie a la estación.

Se sentó en un banco en la desierta sala de espera con el bolso en el regazo. La taquilla estaba cerrada; no había nadie. Incluso el aparcamiento estaba vacío, delante de la estación. Fijó la vista en el enorme reloj de la pared. Quería dejar de pensar en el hombre y en su comportamiento con ella después de conseguir lo que quería. Pero estaba segura de que durante mucho tiempo recordaría el sonido que el hombre emitió por la nariz al arrodillarse. Inspiró profundamente, cerró los ojos y esperó oír el ruido del tren.

La puerta de la sala de espera se abrió. Miss Dent miró en aquella dirección y vio entrar a dos personas. Una de ellas era un anciano de pelo blanco y corbata blanca de seda; la otra era una mujer de mediana edad que llevaba los ojos sombreados, los labios pintados, y un vestido de punto de color rosa. La tarde había refrescado, pero ninguno de los dos llevaba abrigo y el anciano iba sin zapatos. Se detuvieron en el umbral, aparentemente sorprendidos de encontrar a alguien en la sala de espera. Trataron de comportarse como si su presencia no les molestase. La mujer le dijo algo al anciano, pero miss Dent no percibió sus palabras. La pareja entró en la sala. A miss Dent le pareció que tenían cierto aire de inquietud, de haber salido de algún sitio a toda prisa y de ser incapaces todavía de hablar de ello. También podría ser, pensó miss Dent, que hubiesen bebido demasiado. La mujer y el anciano de pelo blanco miraron al reloj, como si pudiera decirles algo sobre su situación y lo que debían hacer a continuación.

Miss Dent también miró al reloj. Nada había en la sala de espera que anunciase el horario de llegada y salida de los trenes. Pero estaba dispuesta a esperar el tiempo que fuese necesario. Sabía que si aguardaba lo suficiente, llegaría un tren, lo abordaría y la llevaría lejos de aquel sitio.

—Buenas tardes —le dijo el anciano a miss Dent.

Lo dijo, pensó ella, como si se tratara de una tarde de verano normal y él fuese un anciano importante que llevara zapatos y esmoquin.

—Buenas tardes —contestó miss Dent.

La mujer del vestido de punto la miró de un modo calculado para darle a entender que no se alegraba de encontrarla en la sala de espera.

El anciano y la mujer se sentaron en un banco al otro lado de la sala, justo enfrente de miss Dent. Miró cómo el anciano se estiraba un poco los pantalones, cruzaba las piernas y empezaba a mover el pie, convenientemente enfundado en su calcetín. El anciano sacó un paquete de cigarrillos y una boquilla del bolsillo de la camisa. Insertó el cigarrillo en la boquilla y se llevó la mano al bolsillo de la camisa. Luego buscó en los bolsillos del pantalón.

—No tengo lumbre —dijo a la mujer.
—Yo no fumo —contestó ésta—. Cualquiera diría que no me conoces lo suficiente para saberlo. Si es que tienes que fumar, ella quizá tenga una cerilla.

La mujer alzó la barbilla lanzando una mirada a miss Dent. Pero miss Dent meneó la cabeza. Se acercó más el bolso. Tenía las rodillas juntas, los dedos crispados sobre el bolso.

—Así que, encima de todo lo demás, no hay cerillas —dijo el anciano de pelo blanco.

Se registró los bolsillos una vez más. Luego suspiró y sacó el cigarrillo de la boquilla. Volvió a meter el cigarrillo en el paquete. Guardó los cigarrillos y la boquilla en el bolsillo de la camisa.

La mujer empezó a hablar en una lengua que miss Dent no entendía. Pensó que podría ser italiano porque su rápida manera de hablar se parecía a la de Sofía Loren en una película que había visto.

El anciano meneó la cabeza.

—No te sigo, ¿sabes?, vas muy deprisa para mí; tendrás que ir más despacio. Habla inglés. No puedo seguirte —dijo.

Miss Dent dejó de aferrar el bolso y lo puso en el banco, junto a ella. Miró el cierre. No sabía exactamente lo que debía hacer. La sala era pequeña y no le parecía bien levantarse de pronto para ir a sentarse a otra parte. Sus ojos se dirigieron al reloj. —No puedo soportar a esa pandilla de locos —dijo la mujer—. ¡Es tremendo! Sencillamente, no puede explicarse con palabras. ¡Dios mío!

La mujer dijo esto y meneó la cabeza. Se dejó caer contra el respaldo del banco, como agotada. Alzó la vista y miró brevemente al techo.

El anciano tomó la corbata de seda entre los dedos y empezó a manosear el tejido. Se abrió un botón de la camisa y pasó la corbata por dentro. La mujer prosiguió, pero él parecía pensar en otra cosa.

—Es esa chica la que me da lástima —dijo la mujer—. La pobrecita, solo en una casa llena de idiotas y de víboras. Es la única que me da pena. ¡Y a ella es a quien hay que pagar! ¡No a los demás. ¡Desde luego no a ese imbécil que llaman Capitán Nick! Es completamente irresponsable. A él no.

El anciano alzó la cabeza y echó una mirada por la sala de espera. Se fijó un momento en miss Dent.

Miss Dent miró por encima de él, a la ventana. Vio la alta farola, con la luz brillando sobre el aparcamiento vacío. Tenía las manos cruzadas en el regazo y trataba de concentrarse en sus propios asuntos. Pero no podía dejar de oír lo que aquella gente decía.

—Te voy a decir una cosa —dijo la mujer—. La chica es la única que me interesa. ¿A quién le importa el resto de esa tribu? Toda su existencia gira alrededor del café au lait y los cigarrillos, de su refinado chocolate suizo y de esos puñeteros guacamayos. No les importa nada aparte de eso. ¿Qué más les interesa? Si no vuelvo a ver a esa pandilla otra vez, tanto mejor. ¿Me entiendes?
—Claro que te entiendo —contestó el anciano—. Naturalmente.

Descabalgó la pierna, la apoyó en el suelo y cruzó la otra.

—Pero no te enfades por eso ahora —dijo. —Dice que no me enfade por eso, ¿Por qué no te miras al espejo?
—No te inquietes por mí —contestó el anciano—. Peores cosas me han pasado y aquí me tienes.

Se rió en voz baja y meneó la cabeza.

—No te preocupes por mí. —¿Cómo no voy a preocuparme por ti? —preguntó ella—. ¿Quién, si no, va a preocuparse por ti? ¿Esa mujer del bolso va a preocuparse por ti?

Dejó de hablar el tiempo suficiente para fulminar a miss Dent con la mirada.

—Lo digo en serio, amico mió. ¡Pero mírate! ¡Por Dios, si no hubiese tenido ya tantas cosas en la cabeza, me habría dado un ataque de nervios allí mismo! Dime quién más va a preocuparse por ti si yo no lo hago. Te hago una pregunta en serio. Ya que sabes tantas cosas, contéstame a ésa.

El anciano de pelo blanco se puso en pie y luego volvió a sentarse.

—No te preocupes por mí, simplemente —dijo—. Preocúpate por otra persona. Si quieres preocuparte por alguien, hazlo por la chica y por el Capitán Nick. Tú estabas en otra habitación cuando él dijo: «Yo no soy serio, pero estoy enamorado de ella.» Esas fueron sus palabras.
—¡Sabía que pasaría algo así! —gritó la mujer.

Cerró los dedos y se llevó las manos a las sienes.

—¡Sabía que me dirías algo parecido! Pero tampoco me sorprende. No, no me pilla de sorpresa. Un leopardo no muda las manchas. Nunca se ha dicho nada más cierto. Lo dice la experiencia. Pero, ¿cuándo vas a despertarte, viejo estúpido? Contéstame. ¿Eres como la muía, que primero hay que darle bastonazos entre los ojos? O Dio mió! ¿Por qué no vas a mirarte al espejo? Mírate bien, mientras puedas.

El anciano se levantó del banco y se acercó a la fuente. Se puso una mano a la espalda, abrió el grifo y se inclinó para beber. Luego se enderezó y se limpió la barbilla con el dorso de la mano. Se llevó las manos a la espalda y empezó a recorrer la habitación como si estuviera de paseo.

Pero miss Dent vio que sus ojos exploraban el suelo, los bancos vacíos, los ceniceros. Comprendió que buscaba cerillas y lamentó no tener ninguna.

La mujer se había vuelto para seguir los movimientos del anciano.

—¡Pollo frito de Kentucky en el polo norte! ¡El Coronel Sanders con botas y parka! ¡Eso fue el colmo! ¡El acabóse!

El anciano no contestó. Prosiguió su circunnavegación de la sala y se detuvo delante de la ventana. Se quedó allí, con las manos a la espalda, mirando el aparcamiento vacío. La mujer se volvió hacia miss Dent. Se tiró de la sisa del vestido.

—La próxima vez que vaya a ver películas domésticas sobre Point Barrow, Alaska, y sus esquimales norteamericanos, me lo tendré merecido. ¡Qué absurdo, por Dios! Hay gente que haría cualquier cosa. Los hay que tratarían de matar de aburrimiento a sus enemigos. Pero habría que haberlo visto.

La mujer lanzó a miss Dent una mirada agresiva, como si la desafiara a llevarle la contraria.

Miss Dent cogió el bolso y se lo puso en el regazo. Miró al reloj, que parecía avanzar muy despacio, suponiendo que se moviera.

—No es usted muy habladora —dijo la mujer a miss Dent—. Pero apuesto a que tendría mucho que decir si alguien la animara. ¿Verdad? Pero usted es lista. Prefiere quedarse sentada con su boquita decorosamente cerrada mientras otros hablan sin parar. ¿Tengo razón? Agua mansa. ¿Así es usted? —preguntó la mujer—. ¿Cómo la llaman?
—Miss Dent. Pero no la conozco a usted.
—¡Pues yo tampoco a usted! —exclamó la mujer—. Ni la conozco ni quiero conocerla. Quédese ahí sentada y piense lo que quiera. Eso no cambiará nada. ¡Pero sé lo que pienso yo, que esto da asco!

El anciano se apartó de la ventana y salió. Cuando volvió, un momento después, tenía un cigarrillo encendido en la boquilla y parecía de mejor humor. Llevaba los hombros echados hacia atrás y la barbilla hacia adelante. Se sentó junto a la mujer.

—En el fondo, tienes suerte —dijo la mujer—. Y eso es una ventaja en tu situación. Siempre lo he sabido, aunque nadie más se diese cuenta. La suerte es importante.

La mujer miró a miss Dent y prosiguió:

—Joven, apuesto a que usted ha cometido errores en la vida. Estoy segura. Me lo dice la expresión de su cara. Pero usted no va a hablar de ello. Adelante, pues, no hable. Deje que hablemos nosotros. Pero envejecerá. Entonces ya tendrá algo de que hablar. Espere a tener mi edad. O la suya —añadió la mujer, señalando al anciano con el dedo pulgar—. No lo quiera Dios. Pero todo llega. A su debido tiempo todo llega. Y tampoco hay que buscarlo. Viene sólo.

Miss Dent se levantó del banco sin dejar el bolso y se acercó a la fuente. Bebió y se volvió a mirarlos. El anciano había terminado su cigarrillo. Lo sacó de la boquilla y lo tiró debajo del banco. Golpeó la boquilla contra la palma de la mano, sopló el humo que había dentro y volvió a guardarla en el bolsillo de la camisa. Ahora también prestó atención a miss Dent. Fijó la vista en ella y esperó junto con la mujer. Miss Dent hizo acopio de fuerzas para hablar. No sabía por dónde empezar, pero pensó que podría decir primero que tenía una pistola en el bolso. Incluso podría decirles que aquella misma tarde había estado a punto de matar a un hombre.

Pero en aquel momento oyeron el tren. Primero, el silbido; luego, un ruido metálico y un timbre de alarma cuando la barrera descendió sobre el paso a nivel. La mujer y el anciano de pelo blanco se levantaron del banco y se dirigieron a la puerta. El anciano abrió la puerta para que pasara su compañera, luego sonrió e hizo un gesto con la mano para que miss Dent saliera antes que él. Ella llevaba el bolso sujeto contra la blusa. Salió detrás de la mujer mayor.

El tren silbó otra vez al tiempo que aminoraba la marcha; luego se detuvo delante de la estación. El foco de la locomotora se movía de un lado para otro sobre los raíles. Los dos vagones que componían el pequeño convoy estaban bien iluminados, de modo que a las tres personas que estaban en el andén les resultó fácil ver que el tren venía casi vacío. Pero no les sorprendió. A aquella hora, lo que les sorprendía era ver a alguien a bordo.

Los escasos viajeros se asomaban a las ventanillas de los vagones y encontraban raro ver a aquella gente en el andén, disponiéndose a abordar un tren a aquella hora de la noche. ¿Qué asuntos les habrían sacado de sus casas? A aquella hora, la gente debería estar pensando en acostarse. En las casas de las colinas que se veían detrás de la estación, las cocinas estaban limpias y arregladas; los lavavajillas hacía mucho que habían concluido su función, todo estaba en su sitio. Las lamparillas de noche brillaban en los cuartos de los niños. Unas cuantas adolescentes aún estarían leyendo novelas, retorciéndose un mechón de pelo entre los dedos. Pero las televisiones se apagaban. Maridos y mujeres se disponían a pasar la noche. La media docena de viajeros sentados en los dos vagones miraban por la ventanilla y sentían curiosidad por las tres personas del andén.

Vieron a una señora de mediana edad, muy maquillada y con un vestido de punto de color rosa, subir el estribo y entrar en el tren. Tras ella, una mujer más joven, vestida con blusa y falda de verano que aferraba un bolso. Las siguió un anciano que andaba despacio con aire de dignidad. El anciano tenía el pelo blanco y llevaba una corbata blanca de seda, pero iba descalzo. Los viajeros, como es lógico, pensaron que los tres iban juntos; y tuvieron la seguridad de que, fuera cual fuese el asunto que les tenía ocupados aquella noche, no había tenido un desenlace satisfactorio. Pero los viajeros habían visto en su vida cosas más extrañas. El mundo está lleno de historias de todo tipo, como ellos bien sabían. Aquello tal vez no fuese tan malo como parecía. Por esa razón, apenas volvieron a pensar en las tres personas que avanzaban por el pasillo para encontrar acomodo: la mujer y el anciano de pelo blanco se sentaron juntos, la joven del bolso unos asientos más atrás. En cambio, los viajeros miraban a la estación pensando en sus cosas, en los asuntos en que estaban enfrascados antes de que el tren parase en la estación.

El factor examinó la vía. Luego miró atrás, en la dirección en que venía el tren. Alzó el brazo y, con la linterna, hizo una señal al maquinista. Eso era lo que el maquinista esperaba. Giró un botón y bajó una palanca. El tren arrancó. Lentamente al principio, pero luego empezó a tomar velocidad. Fue acelerando hasta que una vez más surcó la campiña a toda marcha, con sus vagones brillantes arrojando luz sobre la vía.





en Catedral, 1983









lunes, febrero 16, 2009

“Las palabras”, de Octavio Paz







Dales la vuelta,
cógelas del rabo (chillen, putas),
azótalas,
dales azúcar en la boca a las rejegas,
ínflalas, globos, pínchalas,
sórbeles sangre y tuétanos,
sécalas,
cápalas,
písalas, gallo galante,
tuérceles el gaznate, cocinero,
desplúmalas,
destrípalas, toro,
buey, arrástralas,
hazlas, poeta,
haz que se traguen todas sus palabras.






en El fuego de cada día, 1989










domingo, febrero 15, 2009

"Don del crimen", de Carlos de Rokha






El mar en dirección opuesta a los espejos
Me ofrecía el espectáculo soberbio
Del número que se levanta
Así contra la mano que lo traza
Por visibilidad
Los ojos se escapaban de su propio arco iris
El césped tomaba desarrollo
Según el surtidor del paraíso
La noche preparaba sus hidras
Creedme
Subían sobre mi corazón hasta sofocarme
Una oreja copulaba con un dedo
La calle devolvía sus pasos al desconocido
De un reloj salía un vestido
Sobre una mujer
Cuyos senos eran los más bellos erizos
A la mirada de los vecinos al zoo
A veces enguantados pasaban
Los espectadores de un crimen confeccionado
En los anales de una ciudad perdida
Más allá de la cima.










sábado, febrero 14, 2009

"Fragmentos de un discurso amoroso" de Roland Barthes

Extractos





Espero una llegada, una reciprocidad, un signo prometido. Puede ser fútil o enormemente patético. Todo es solemne: no tengo sentido de las proporciones.

Hay una escenografía de la espera: la organizo, la manipulo, destaco un trozo de tiempo en que voy a imitar la pérdida del objeto amado y provocar todos los afectos de un pequeño duelo, lo cual se representa, por lo tanto, como una pieza del teatro.

La espera es un encantamiento: recibí la orden de no moverme. La espera de una llamada telefónica se teje así de interdicciones minúsculas, al infinito, hasta lo inconfesable: me privo de salir de la pieza, de ir al lavabo, de hablar por teléfono incluso; sufro si me telefonean; me enloquece pensar que a tal hora cercana será necesario que yo salga, arriesgándome así a perder el llamado. Todas estas diversiones que me solicitan serían momentos perdidos para la espera, impurezas de la angustia. Puesto que la angustia de la espera, en su pureza, quiere que yo me quede sentado en un sillón al alcance del teléfono, sin hacer nada.

El ser que espero no es real. El otro viene allí donde yo lo espero, allí donde yo lo he creado ya. Y si no viene lo alucino: la espera es un delirio.

* * * * * * * * * * * * * * *

Desde hace cien años se considera que la locura (literaria) consiste en esto: "Yo es otro": la locura es una experiencia de despersonalización. Para mí, sujeto amoroso, es todo lo contrario: es a causa de convertirme en sujeto, de no poder sustraerme a serlo, que me vuelvo loco. Yo no soy otro: es lo que compruebo con pavor.

(Cuento zen: un viejo monje está ocupado a pleno sol en desecar hongos: "¿Por qué no hace que lo hagan otros? -Otro no es yo, y yo no soy otro. Otro no puede hacer la experiencia de mi acción. Yo debo hacer la experiencia de desecar los hongos.")

Soy indefectiblemente yo mismo y es en esto en lo que radica mi estar loco: estoy loco puesto que consisto.

Es loco aquel que está limpio de todo poder. -¿Cómo? ¿Acaso el enamorado no conoce ninguna excitación de poder? El sometimiento es no obstante asunto mío: sometido, queriendo someter, experimento a mi manera la ambición de poder, la libido dominandi. Sin embargo, ahí está mi singularidad; mi libido está absolutamente encerrada: no habito ningún otro espacio que el duelo amoroso: ni un ápice de exterior, y por lo tanto ni un ápice de sentido gregario: estoy loco: no porque sea original sino porque estoy separado de toda socialidad. Si los demás hombres son siempre, en grados diversos militantes de algo, yo no soy soldado de nada, ni siquiera de mi propia locura: yo no socializo.

* * * * * * * * * * * * * * *

Mis angustias de conducta son fútiles, incesantemente cada vez más fútiles, al infinito. Es fútil lo que aparentemente no tiene, no tendrá, consecuencias. Pero para mí, sujeto amoroso, todo lo que es nuevo, lo que altera, no se recibe como si fuera un hecho sino como si fuera un signo que es necesario interpretar. Desde el punto de vista amoroso, es el signo, no el hecho, el que es consecuente (por su resonancia). Todo significa: mediante esta proposición yo me fraguo, me alto en el cálculo, me impido gozar.

* * * * * * * * * * * * * * *

El ser amado es reconocido por el sujeto amoroso como "átopos", es decir como inclasificable, de una originalidad imprevisible. Es átopos el otro que amo y que me fascina. No puedo clasificarlo puesto que es precisamente el Único, la Imagen singular que ha venido milagrosamente a responder a la especificidad de mi deseo. Es la figura de mi verdad.

Frente a la originalidad brillante del otro no me siento jamás átopos, sino mas bien clasificado (como un expediente conocido). A veces, sin embargo, llego a suspender el juego de las imágenes desiguales ("¡Que no pueda yo ser tan original, tan fuerte como el otro!"); intuyo que el verdadero lugar de la originalidad no es ni el otro ni yo, sino nuestra propia relación. Es la originalidad de la relación lo que es preciso reconquistar. La mayor parte de las heridas provienen del estereotipo: estoy obligado a hacerme el enamorado, como todo el mundo: a estar celoso, abandonado, frustrado, como todo el mundo. Pero cuando la relación es original, el estereotipo es conmovido, rebasado, eliminado, y los celos, por ejemplo, no tienen ya espacio en esa relación sin lugar, sin topos, sin "plano" -sin discurso.

* * * * * * * * * * * * * * *

La verdad es que -paradoja desorbitante- no ceso de creer que soy amado. Alucino lo que deseo. Cada herida viene menos de una duda que de una traición: porque no puede traicionar sino quien ama, no puede estar celoso sino quien cree ser amado: el otro, episódicamente, falta a su ser, que es el de amarme; he aquí el origen de mis desgracias. Un delirio, sin embargo, sólo existe si despertamos de él (no hay sino delirios retrospectivos): un día comprendo lo que me ha ocurrido: creía sufrir por no ser amado y sin embargo sufría porque creía serlo; vivía en la complicación de creerme a la vez amado y abandonado. Cualquiera que hubiese entendido mi lenguaje íntimo no habría podido menos que exclamar: pero en fin, ¿qué quiere?

* * * * * * * * * * * * * * *

Hay dos afirmaciones del amor. En primer lugar, cuando el enamorado encuentra al otro, hay afirmación inmediata (psicológicamente: deslumbramiento, entusiasmo, exaltación, proyección loca de un futuro pleno: soy devorado por el deseo, por el impulso de ser feliz): digo a todo (cegándome). Sigue un largo túnel: mi primer sí está carcomido de dudas, el valor amoroso es incesantemente amenazado de depreciación: es el momento de la pasión triste, la ascensión del resentimiento y de la oblación. De este túnel, sin embargo, puedo salir; puedo "superar", sin liquidar; lo que afirmé una primera vez puedo afirmarlo de nuevo sin repetirlo, puesto que entonces lo que yo afirmo es la afirmación, no su contingencia: afirmo el primer encuentro en su diferencia, quiero su regreso, no su repetición. Digo al otro (viejo o nuevo): Recomencemos.









1977

Traducción de Eduardo Molina












viernes, febrero 13, 2009

“La forma de las cosas”, de Truman Capote






Una mujer menuda, blanca, el pelo con permanente, recorrió balanceándose el pasillo del vagón restaurante y se acomodó en un asiento al lado de una ventanilla. Terminó de escribir a lápiz su pedido y dirigió una mirada miope, a través de la mesa, a un marine de mejillas coloradas y a una chica con la cara en forma de corazón. De un golpe de vista vio un anillo de oro en el dedo de la chica y una cinta de tela roja enroscada en el pelo y decidió que era una chica ordinaria; mentalmente la etiquetó como esposa de guerra. Con una débil sonrisa la invitó a conversar. La chica sonrió a su vez:

—Ha tenido suerte de venir tan pronto porque está llenísimo. No hemos podido almorzar porque había soldados rusos comiendo... o algo así. Jopé, debería haberlos visto, parecían Boris Karloff, ¡se lo juro!

La voz sonaba como el silbido de una tetera y hacía que la mujer carraspease.

—Sí, en serio —dijo—. Antes de este viaje nunca pensé que hubiese tantos en el mundo, soldados, me refiero. No te das cuenta hasta que subes a un tren. No paro de preguntarme, ¿de dónde han salido?
—De las oficinas de reclutamiento —dijo la chica, y se rió como una tonta.

Su marido se ruborizó, disculpándose.

—¿Va hasta final de trayecto, señora?
—Se supone, pero este tren es lento como..., como...
—¡Una tortuga! —exclamó la chica, y añadió, sin resuello—: Puf, no se imagina lo emocionada que estoy. Llevo todo el día pegada al paisaje. En Arkansas, de donde yo soy, todo es más bien llano, así que me da un escalofrío por todo el cuerpo cuando veo esas montañas. —Y volviéndose hacia su marido—: Cariño, ¿crees que estamos en Carolina?

Él miró por la ventana, en cuyo cristal se espesaba el crepúsculo. Se juntaba aprisa la luz azul y las jorobas de las colinas se mezclaban y se devolvían ecos. Desvió la mirada hacia el comedor iluminado.

—Debe de ser Virginia —conjeturó, y se encogió de hombros. De improviso, desde los vagones de tercera, un soldado se les acercó dando bandazos y se desplomó sobre el asiento libre de la mesa como una muñeca de trapo. Era un hombre bajo y el uniforme se le desbordaba en pliegues arrugados. Su cara, flaca y de facciones afiladas, formaba un pálido contraste con la del marine, y su pelo negro, cortado al rape, brillaba a la luz como una gorra de piel de foca. Sus ojos cansados escrutaron nebulosamente a los tres ocupantes de la mesa como si hubiera un biombo entre ellos, y con un gesto nervioso se tiró de los dos galones que llevaba cosidos en la manga.

La mujer se removió, incómoda, y se apretó más contra la ventanilla. Con semblante pensativo lo etiquetó de borracho, y al ver que la chica arrugaba la nariz supo que compartía su veredicto.

Mientras el negro con delantal blanco descargaba su bandeja, el cabo dijo:

—Lo que yo quiero es café, una cafetera grande y un tazón doble de nata.

La chica hundió el tenedor en el pollo con bechamel.

—¿No te parece carísimo todo lo que sirven aquí, querido?

Y entonces empezó. La cabeza del cabo empezó a balancearse con sacudidas cortas e incontrolables. Hizo una pausa y la cabeza se le quedó grotescamente inclinada hacia delante; una convulsión muscular le impulsó el cuello hacia un costado.

La boca se le estiró de un modo horrible y se le tensaron las venas del cuello.

—Oh, Dios mío —exclamó la chica, y la mujer soltó el cuchillo de la mantequilla y automáticamente se protegió los ojos con una mano sensible. El marine miró con aire ausente durante un momento y luego, reponiéndose enseguida, sacó un paquete de tabaco.
—Toma, chico —dijo—. Mejor que fumes uno.
—Por favor, gracias..., muy amable —murmuró el soldado, y después estampó contra la mesa un puño con los nudillos blancos. Temblaron los cubiertos de plata, el agua desbordó de los vasos. Un silencio se prolongó en el aire y una carcajada lejana se esparció por el vagón, cortada en rebanadas iguales.

La chica, entonces, consciente de la atención, se alisó un mechón de pelo detrás de la oreja. La mujer levantó la mirada y se mordió el labio cuando vio que el cabo trataba de encender el cigarrillo.

—Déjeme —se ofreció ella.

La mano le temblaba tanto que la primera cerilla se apagó. Cuando el segundo intento tuvo éxito esbozó una sonrisa forzada. Al cabo de un rato, él se sosegó.

—Estoy tan avergonzado... Perdóneme, por favor.
—Oh, lo comprendemos —dijo la mujer—. Lo comprendemos perfectamente.
—¿Le ha dolido? —preguntó la chica.
—No, no duele.
—Estaba asustada porque pensé que dolía. Lo parece, desde luego. ¿No es como una especie de hipo?

Dio un respingo súbito, como si alguien le hubiese dado una patada.

El cabo recorrió con el dedo el borde de la mesa y poco después dijo:

—Estaba bien hasta que subí al tren. Me dijeron que estaría bien. Me dijeron: «Estás bien, soldado.» Pero es la emoción, saber que ya estás en tu país y libre y que la maldita espera ha terminado.

Se frotó un ojo.

—Lo siento —dijo.

El camarero depositó el café y la mujer trató de ayudarle. Él le apartó la mano, con un pequeño empujón irritado.

—No haga eso, por favor. ¡Sé hacerlo yo!

Confundida por el sofocón, la mujer se volvió hacia la ventanilla y vio su cara reflejada en ella. Estaba serena y le sorprendió, porque sentía una irrealidad vertiginosa, como si se columpiase entre dos puntos de sueño. Encauzando sus pensamientos hacia otro sitio, siguió el trayecto solemne del tenedor del marine desde el plato hasta la boca. La chica comía ahora con voracidad, pero a la mujer se le estaba enfriando su comida.

Entonces empezó otra vez, aunque no fue tan violento como antes. En el resplandor crudo del foco de un tren que se acercaba, se tornó borroso el reflejo de la cara, y la mujer suspiró.

Él estaba jurando en voz baja y sonaba más como si rezase. Se agarró como un poseso los lados de la cabeza entre el fuerte torno de las manos.

—Oye, chico, más vale que te vea un médico —sugirió el marine.

La mujer estiró una mano y la apoyó en el brazo levantado del cabo.

—¿Puedo hacer algo? —dijo.
—Lo que hacían para que parase era mirarme a los ojos..., se me pasa si miro a los ojos de alguien.

Ella inclinó la cara hacia él.

—Así —dijo él, y se calmó al instante—, así, ya. Es usted un encanto.
—¿Dónde fue? —dijo ella.

Él frunció el ceño y dijo:

—Hubo cantidad de sitios..., son mis nervios. Están destrozados.
—¿Y adonde va ahora?
—A Virginia.
—Allí está su casa, ¿no?
—Sí, allí está.

La mujer sintió un dolor en los dedos y aflojó de repente la presión intensa sobre el brazo del cabo.

—Allí está su casa y tiene que recordar que lo demás no es importante.
—Usted sí que sabe —susurró él—. La quiero. La quiero porque es muy tonta y muy inocente y porque nunca conocerá nada más que lo que ve en las películas. La quiero porque estamos en Virginia y casi he llegado a casa.

La mujer apartó la mirada bruscamente. Una tirantez ofendida se engastó en el silencio.

—¿O sea que piensa que eso es todo? —dijo él. Se inclinó sobre la mesa y se pasó la mano por la cara, soñoliento—. Hay eso, pero también hay dignidad. Y cuando pasa delante de gente que conozco de siempre, ¿entonces qué? ¿Cree que quiero sentarme a la mesa con ellos o con alguien como usted y producirles náuseas? ¿Cree que quiero asustar a una niña como ésta de aquí y meterle ideas en la cabeza sobre su hombre? He esperado meses, y me dicen que estoy bien pero la primera vez...

Se detuvo y arqueó las cejas.

La mujer deslizó dos billetes encima de su cuenta y empujó hacia atrás su silla.

—¿Me deja pasar, por favor? —dijo.

El cabo se levantó y se quedó de pie, mirando el plato intacto de la mujer.

—Cómase eso, maldita sea —dijo—. ¡Tiene que comérselo!

Y luego, sin mirar atrás, desapareció en dirección a los vagones.

La mujer pagó el café.





1944










jueves, febrero 12, 2009

«Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo», de Charles Darwin

Fragmentos del capítulo XII




23 DE JULIO

El Beagle echa el ancla durante la noche en la bahía de Valparaíso, puerto principal de Chile. Al rayar el alba subimos al puente. Acabamos de dejar la Tierra del Fuego. ¡Qué cambio! ¡Qué delicioso nos parece aquí todo! ¡Es tan transparente la atmósfera! ¡Es el cielo tan azul! ... ¡Rebosa tanta vida toda la naturaleza! Desde el punto en que hemos anclado, la vista es preciosa. Está edificada la ciudad al pie de una colina bastante escarpada y de unos 1.600 pies (480 metros) de elevación; por consecuencia de esta altura no es Valparaíso más que una calle larga paralela a la costa; pero por cada cortadura que se abre en los costados de la colina trepan las casas a uno y otro lado. Escasa vegetación cubre estas colinas redondeadas, por lo que los rojos costados de los cortes que las separan resplandecen con viveza a los rayos del sol.
Pensando que sólo 350 millas (563 kilómetros) más al sur todo este lado de los Andes se halla por completo cubierto de impenetrables bosques, no se puede menos de experimentar profunda extrañeza. …¡Qué admirable país para la marcha! ¡Qué esplendidez de flores! Como en todos los países secos, las mismas breñas son muy aromáticas; sólo de pasar entre ellas se perfuman las ropas. Me extasiaba cada día que amanecía tan hermoso como el anterior. …¡Cuán contrarias son las sensaciones que se experimentan a la vista de una cadena de montañas negras, medio envueltas en nubes, y la de otra cadena que se contempla sumergida en la pura atmósfera de un hermoso día! El primer espectáculo puede, durante cierto tiempo, parecernos grandioso, sublime; pero el segundo nos encanta y despierta en nosotros impresiones llenas de alegría y de ventura.


17 DE AGOSTO

… Por doquiera que se vuelva la vista se encuentran agujeros de minas; la fiebre de las minas de oro, en Chile, es tal, que no ha quedado parte del país sin explorar. Paso la tarde como la víspera charlando al amor de la lumbre con mis dos compañeros. Los huasos* de Chile son como los gauchos de las Pampas, pero en suma resultan muy diferentes. Chile está más civilizado, y, por lo tanto, sus habitantes han perdido mucho de su carácter individual. Las graduaciones de rango son aquí mucho más marcadas; el huaso no considera a todos los hombres como iguales suyos, y me ha sorprendido ver que a mis compañeros no les gusta comer al mismo tiempo que yo. Este sentimiento de desigualdad es consecuencia necesaria de la existencia de una aristocracia del dinero. Se dice aquí que hay grandes propietarios que tienen de 125 a 200.000 francos de renta anual. Esta desigualdad de fortunas no existe, creo, en los países en que se crían los ganados al este de los Andes. El viajero no encuentra aquí ya aquella hospitalidad incondicional que hacía rehusar todo pago y que se ofrecía de tan buena voluntad que no había escrúpulo alguno en aceptarlo. Casi en todas partes se recibe en Chile por la noche, pero se espera que se dé algo al salir por la mañana, y hasta las personas ricas aceptan sin reparo dos o tres francos. El gaucho es un caballero, siendo tal vez un asesino; el huaso, preferible bajo ciertos puntos de vista, no es nunca más que un hombre ordinario y vulgar. Aunque estas dos clases de hombres tengan casi las mismas ocupaciones, sus costumbres y su traje difieren; las particularidades que los distinguen son, además, universales en los dos países respectivos. El gaucho parece que forma cuerpo con su caballo; se avergonzaría de ocuparse de cualquier cosa, no yendo montado; al huaso puede contratársele para trabajar en el campo. El primero se alimenta exclusivamente de carne, el segundo casi sólo de legumbres. Ya no se ven aquí las botas blancas, los pantalones anchos, la chilipa encarnada, que constituyen el pintoresco traje de las Pampas; en Chile llevan polainas de lana verde o negra para proteger los pantalones ordinarios. El poncho, sin embargo, es común a los dos países. El huaso cifra todo su orgullo en las espuelas, que son ridículamente grandes. He tenido ocasión de ver espuelas cuya roseta tenía seis pulgadas de diámetro y armada de treinta puntas. Los estribos suelen ser de proporciones análogas; cada uno consiste en un tarugo de madera cuadrado, vaciado y esculpido, que pesa por lo menos tres libras o cuatro. El huaso se sirve del lazo, mejor todavía quizá que el gaucho, pero la naturaleza de su país es tal que no conoce las bolas.


18 DE AGOSTO

… Hoy se sabe que el método empleado en Chile para explotar las minas es el menos dispendioso. Me dice mi patrón dos mejoras principales: primero, la reducción por el fuego, de las piritas de cobre, que son los minerales más comunes en Cornouailles; así se sorprendieron tanto los mineros ingleses, a su llegada, viendo que las tiraban como inútiles; segundo, la trituración y lavado de las escorias procedentes de las cocciones pasadas, con los cuales se logra recoger gran cantidad de partículas metálicas. He visto mulas cargadas de estas escorias, transportarlas a la costa y embarcarlas para Inglaterra. Lo que en un principio ocurría es muy curioso: estaban los mineros chilenos tan convencidos de que las piritas de cobre no contenían un solo átomo de metal, que se reían de la ignorancia de los ingleses; los cuales a su vez se burlaban de los chilenos y compraban los más ricos filones por unos cuantos pesos. Es particular que en un país en que desde hace tanto tiempo se explotan minas, no se haya descubierto un procedimiento tan sencillo como el de la quema para desalojar el azufre antes de la fundición. También se han introducido algunas mejoras en las máquinas más sencillas; pero hoy todavía (1834) se desecan las minas, ¡transportando el agua a hombros en sacos de cuero!

Los obreros de las minas trabajan mucho. Se les da muy poco tiempo para comer, y lo mismo en invierno que en verano comienzan a trabajar al rayar el día y no cesan hasta la noche. Se les pagan 25 francos al mes y la comida: el desayuno consiste en 16 higos y dos pedacitos de pan; la comida, son habas cocidas con agua; y la cena, trigo machacado y asado. Casi nunca comen carne; porque de los 300 francos anuales tienen que vestirse y mantener a su familia. Los que trabajan dentro de la mina reciben 31,25 francos al mes y se les da además un poco de charqui; pero éstos no se apartan de la triste escena de su trabajo más que una vez cada quince días o cada tres semanas.


26 DE AGOSTO

… Hace un tiempo hermosísimo y la atmósfera es de una pureza extraordinaria. La espesa capa de nieve que acaba de caer hace destacar admirablemente las formas del Aconcagua y de la cadena principal; el espectáculo es imponente. Ahora nos dirigimos a Santiago, la capital de Chile. Atravesamos el cerro del Talguén y pasamos la noche en un pequeño rancho. Nuestro patrón resulta más que humilde al comparar a Chile con los otros países: «Algunos ven con los ojos; otros con un ojo solo; pero yo creo que Chile no ve con ninguno».


27 DE AGOSTO

… Un manantial continuo de placeres es trepar por la roca Santa Lucía, que se halla en el mismo centro de la ciudad. Desde allí la vista es muy linda, y como ya he dicho, sumamente original. Dícenme que este carácter es común a las poblaciones construidas en las grandes plataformas de Méjico. Inútil me parece hablar de la ciudad en detalle; no es ni tan bella ni tan grande como Buenos Aires, aunque construida por el mismo estilo.


DE SEPTIEMBRE

Cerca de las 12 del día llegamos a uno de esos puentes colgantes hechos con pieles, que atraviesan el Maypugrán, río de rápida corriente que pasa a pocas leguas al sur de Santiago. ¡Triste cosa son los tales puentes! El piso, que se presta a todos los movimientos de las cuerdas que lo sostienen, consiste en tablas colocadas unas junto a otras; y con mucha frecuencia faltan y aparece un agujero; al peso de un hombre, llevando el caballo de la brida, oscila todo el puente de un modo terrible. Por la tarde llegamos a una finca muy confortable, donde encontramos varias señoritas muy lindas. He entrado en una de sus iglesias, impulsado por la simple curiosidad, lo cual las ha escandalizado mucho. Después me dicen: «¿Por qué no se hace usted cristiano?; porque nuestra religión es la única verdadera». Les aseguro que soy también cristiano, aunque no de la misma manera que ellas; y no quieren creerme, y añaden: «¡Pero sus sacerdotes de ustedes, hasta sus obispos, no se casan!». ¡Casarse un obispo! Esto es lo que más les choca; no saben si reírse o escandalizarse de tamaña enormidad.


13 DE SEPTIEMBRE

He aquí la armonía absoluta de la naturaleza. Las montañas se disgregan y acaban por desaparecer, arrastrando en su ruina las venas metálicas que pueden sostener. Las más duras rocas se transforman en lodo impalpable, los metales ordinarios se oxidan y unas y otros son transportados a lo lejos; pero el oro, el platino y algunos otros metales son casi indestructibles; su peso les hace ir siempre hacia abajo y se quedan atrás. Después que montañas enteras han sido sometidas a esas rupturas y esos lavados sucesivos por mano de la Naturaleza, el residuo se hace metalífero y encuentra beneficio el hombre en completar aquella obra de desmembración.

Por triste que sea la situación de los mineros (y puede juzgarse de ella por lo que antes hemos dicho), es una situación muy envidiada; porque la de los obreros agrícolas es todavía más dura. Los beneficios de estos últimos son mucho menores y se alimentan casi exclusivamente de habas. Esta pobreza proviene, en primer término, del sistema feudal que preside al cultivo de las tierras en el cual puede éste construir su casa y cultivarle; pero éste le da en cambio su trabajo personal o el de uno que le reemplace durante toda su vida, y esto día por día y sin jornal. De este modo el padre de familia no tiene quien cultive su terreno hasta que tiene un hijo de suficiente edad para poder reemplazarle en el trabajo que debe al propietario. No hay que extrañar, por tanto, que sea extrema la pobreza en los obreros agrícolas de este país.
Un día vino a verme un naturalista alemán llamado Renous, y casi al mismo tiempo llegó un viejo notario español. Su conversación me divirtió mucho. Hablaba Renous tan correctamente español, que el notario le tomó por un chileno. Hablando Renous de mí, preguntó a su interlocutor qué pensaba del rey de Inglaterra que enviaba a Chile a un hombre cuya única ocupación era buscar lagartos y escarabajos, y partir piedras. El viejo reflexionó profundamente unos momentos después dijo: «Eso me parece muy turbio. Aquí hay gato encerrado. No hay nadie bastante rico para gastar tanto dinero en una cosa tan inútil. Eso es algo turbio, lo repito; si enviásemos un chileno a Inglaterra con igual misión, estoy seguro de que el rey de aquel país lo expulsaría en el acto». Ahora bien; este viejo pertenece por su posición a las clases más instruidas e inteligentes. El mismo Renous confió, hace dos o tres años, a una señorita de San Fernando, varias orugas, recomendándole que las alimentara bien porque deseaba obtener mariposas. La noticia de la misión encargada a la joven se extendió por toda la ciudad; conmoviéronse los padres y hasta el gobernador; hubo muchos cabildeos, y se convino, en definitiva, en que debajo de aquel encargo se ocultaba alguna herejía, y Renous fue preso al volver a la ciudad.



1845






* Nota DscnTxt: En el original dice «guaso».








miércoles, febrero 11, 2009

“Tu nombre en vano”, de Arturo Fontaine Talavera

Selección





Ruego a Dios que me convierta en libre de Dios.
Meister Eckhardt




V

Me demora la hebra de plata de una estola.
¿Qué química muda mi cerebro?
¿Mi cuerpo pagano quiere postrarse aquí?



VII

Temen que tú los escandalices,
que te enamores de nosotros, pecadores, temen.
Por eso te secuestran,
por eso te manejan esposado.
Y a nosotros nos impiden acercarnos,
nos llenan de imperativos escolásticos.
Pero tú burlas sus cerrojos
y en la noche del alma
visitas nuestros cuartos desaseados.



XIV

Hay piedras, tarros viejos, zarzamoras, bolsas plásticas.
No arcángeles.
Neuronas, cargas eléctricas, glándulas.
Nunca Afrodita o Apolo.
Y, sin embargo, no hay tampoco
piedras, tarros viejos, zarzamoras, bolsas plásticas
sino delicadas redes de ecuaciones no visibles.
Y, a pesar de que las ecuaciones no son sino ecuaciones,
es cierto, lo sé, que las series transfinitos de Georg Cantor,
como si fuesen letanías matemáticas,
van sucediéndose una a otra, una a otra, una a otra
como si fuesen antífonas del canto gregoriano,
de infinitud a infinitud en lentas ascensiones.
Y desciende un raro esplendor
de eterna, pura exactitud.



XXXVI

¿Por qué vuelven tus clavos a mis pies?
¿Por qué extiendes mis brazos de repente?
Ciego te sigo y huyo si me sigues,
y en mi espesura te disuelves.


XLIX

No podemos decir la palabra.
Por eso, todas las demás.









martes, febrero 10, 2009

“Un día blanco”, de Sophia de Mello Breyner Andresen







Dame un día blanco, un mar de belladona
Un movimiento
Entero, unido, adormecido
Como un solo momento.

Yo quiero caminar como quien duerme
Entre países sin nombre que fluctúan.

Imágenes tan mudas
Que al verlas me parezca
Que cerré los ojos.

Un día en que se pueda no saber.






Ilustración: Carlos Botelho, 2007










lunes, febrero 09, 2009

domingo, febrero 08, 2009

“El espía”, de Graham Greene






Antes de saltar de la cama, Charlie Stowe esperó, hasta oír los ronquidos de su madre. Incluso entonces avanzó con cautela y se acercó de puntillas a la ventana. La fachada de la casa era irregular, así que era posible comprobar si había una luz encendida en la habitación de su madre. Ahora, no obstante, todas las ventanas estaban a oscuras. Un reflector cruzó el cielo, iluminando las nubes y explorando los profundos espacios oscuros entre ellas, intentando localizar aviones enemigos. El viento soplaba desde el mar. Charlie Stowe podía oír, más allá de los ronquidos de su madre, el batir de las olas. Una corriente de aire que se filtraba por entre las grietas del marco de la ventana hizo oscilar su camisa de dormir. Charlie Stowe tuvo miedo.

Pero pensar en el estanco que su padre regentaba, ubicado una docena de escalones de madera más abajo, hizo que se animara. Tenía doce años y los chicos de la escuela municipal se burlaban de él, porque nunca había fumado. Los paquetes estaban apilados abajo: Gold Flake y Player's, De Reszke, Abdulla y Woodbines. El pequeño establecimiento siempre estaba envuelto en una neblina de humo viciado, que haría que su crimen pasara desapercibido. Charlie Stowe no tenía ninguna duda de que robarle cigarrillos a su padre era un crimen, pero él no quería a su padre. Para él, su padre era alguien irreal, un espectro pálido, delgado e indefinido, que tan sólo se daba cuenta de su presencia a rachas y que incluso dejaba los castigos en manos de su madre. Por su madre, él sentía un amor manifiestamente apasionado. Su presencia bulliciosa y su compasión tumultuosa llenaban su mundo. Por su manera de hablar, él creía que era amiga de todo el mundo, desde la mujer del párroco hasta la «querida Reina», exceptuando a los «Hunos», los monstruos que acechaban en los zepelines detrás de las nubes. Por el contrario, lo que su padre apreciaba o aborrecía era tan indefinido como sus movimientos. Esa noche, había dicho que estaría en Norwich, pero nunca se sabía. Charlie Stowe se sintió inseguro al bajar los peldaños de madera. Cuando oyó un crujido, agarró con fuerza el cuello de su camisa de dormir.

Al llegar al final de las escaleras, se encontró de repente en el interior del pequeño establecimiento. Estaba demasiado oscuro como para ver por dónde andaba y no se atrevió a encender la luz. Durante medio minuto, se quedó sentado en el último escalón, desesperado y con la barbilla apoyada en las manos. Entonces, el movimiento regular del reflector dejó entrar un poco de luz por un ventanal y el chico tuvo tiempo de fijar en su memoria los cigarrillos apilados, el mostrador y el hueco que había debajo de éste. Los pasos de un policía en la calle hicieron que cogiera el primer paquete al alcance de su mano y que se metiera en el hueco. Una luz resplandeció en el suelo y alguien intentó abrir la puerta. Entonces, los pasos se alejaron y Charlie se acurrucó en la oscuridad.

Por fin, recuperó el coraje diciéndose, de una manera curiosamente adulta, que si le descubrían, ya no se podía hacer nada, y que, por lo menos, podría fumarse el cigarrillo. Se colocó uno en la boca. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no tenía cerillas. Durante unos instantes, no se atrevió a moverse. El reflector iluminó la tienda en tres ocasiones. Mientras, murmuraba improperios y expresiones de aliento: «Perdido por perdido, mejor llegar hasta el final», «Miedica, que eres un miedica»..., una serie de exhortaciones adultas e infantiles en extraña combinación.

Cuando fue a moverse, escuchó pasos en la calle. Era el sonido de varios hombres avanzando con rapidez. Charlie Stowe tenía la edad suficiente como para sorprenderse de que hubiera alguien en la calle. Los pasos se acercaron y se detuvieron. Una llave se introdujo en la cerradura de la puerta de la tienda y una voz dijo:

—Déjenle entrar.

A continuación, oyó a su padre:

—No hagan ruido, por favor, caballeros. No quiero despertar a mi familia.

Su voz indecisa tenía un tono que no le resultaba familiar a Charlie. Vio el destello de una linterna y, luego, se encendió una bombilla que daba una luz azulada. El chico contuvo la respiración. Temía que su padre pudiera oír cómo latía su corazón; se agarró el camisón con fuerza y rezó: «Oh, Dios, no permitas que me descubra». A través de una rendija del mostrador, podía ver a su padre, de pie, sosteniéndose el cuello levantado, flanqueado por dos hombres que llevaban bombín e impermeables ceñidos por un cinturón. No les conocía.

—Fúmense un cigarrillo —dijo su padre, con una voz seca como un bizcocho.

Uno de los hombres hizo un gesto de negación con la cabeza:

—No es posible; no, cuando estamos de servicio. Gracias, de todos modos —respondió sin hostilidad, pero sin condescendencia.

Charlie Stowe pensó que su padre debía de estar enfermo.

—¿Les importa si me pongo unos cuantos en el bolsillo? —preguntó el señor Stowe. Cuando el hombre hubo asentido, cogió unos cuantos paquetes de Gold Flake y de Players de una estantería y los acarició con las yemas de los dedos.
—Bueno —dijo—, ya no se puede hacer nada y, por lo menos, tendré cigarrillos.

Por un instante, Charlie Stowe temió ser descubierto, al ver que su padre recorría con la mirada todo el establecimiento detenidamente. Parecía como si fuera la primera vez que lo mirase.

—Es un buen negocio, aunque sea pequeño —dijo. Luego, añadió—: para alguien que le guste. Supongo que mi mujer lo venderá. Si no lo hace, los vecinos harán que se hunda. Bueno, ustedes ya quieren marcharse. Un segundo, cogeré el abrigo.
—Uno de nosotros le acompañará, si no le importa —dijo con calma uno de los desconocidos.
—No se preocupen. Está aquí mismo, en este colgador. Ya está, estoy listo.
—¿No quiere hablar con su mujer?— preguntó el otro hombre, con cierta incomodidad.
—No. Nunca hagas hoy lo que puedas dejar para mañana —su voz frágil sonó decidida—. Yo nunca lo hago. Más adelante, podrá verme, ¿verdad?
—Sí, sí —respondió uno de los desconocidos, mostrándose de pronto muy cordial y con ganas de infundirle ánimos—. No se preocupe demasiado. Mientras hay vida...

Insospechadamente, su padre trató de reírse.

Cuando se cerró la puerta, Charlie Stowe volvió a subir las escaleras de puntillas y se metió en la cama. No entendía por qué su padre había salido de casa, otra vez, tan avanzada la noche, ni tampoco quiénes eran esos desconocidos. La sorpresa y el temor le mantuvieron despierto un rato. Tenía la sensación de que una fotografía familiar se había salido del marco, cobrando vida, para reprocharle su falta. Recordó cómo su padre se había aguantado con firmeza el cuello y se había infundido ánimos diciéndose proverbios; por primera vez, pensó que, mientras su madre era bulliciosa y amable, su padre se parecía mucho a él y hacía cosas en la oscuridad que le gustaban. Le habría encantado bajar, acercarse a su padre y decirle que le quería, pero oyó a través de la ventana cómo se alejaba con pasos apresurados. Estaba solo en casa, con su madre, y se quedó dormido.










sábado, febrero 07, 2009

"Venus en el pudridero", de Eduardo Anguita

Fragmentos




A la creatura angélica que me precede,
no por génesis, sino por finalidad.


¿Escucháis madurar los duraznos a la hora del estío,
a la venida del sol, mientras un príncipe danza
en víspera de su coronación?
Yo pienso en el gusano.

¿Oís podrirse los duraznos en el granero,
al atardecer, mientras las fechas del reino
caen de los tronos
y el viento las amontona, las dispersa y olvida?
Yo pienso en el gusano.

Si veis montar el agua de la noria,
con un niño fijamente asomado al brocal
frente a frente al abuelo,
y se siente el beso de los amantes como una hoja seca
que el pie del tiempo aplasta crepitando:
¿los amantes están muertos? No preguntéis con torpeza.
Pensad en el gusano.

Al borde del pozo, gusano y amante,
los dos punteros del reloj.
El agua está vacía y la amada es un torrente de mil
            rostros despeñados.
Ambos sedientos, un sol varonil frente al otro sol, también varonil,
pero llorando y sombrío:
el de la aurora y el atardecer, íntimamente enemigos
y cuán quebrantados.

Llegan carretas rebosantes de frutas maduras,
se despiden los ancianos,
las raíces quedan en acecho al sol de la espera,
se acumulan los hechos.
Niño, niño mío, nómbrame sin pestañear,
en un segundo,
las dinastías reinantes –siglos, siglos—,
los monarcas desgajados.
Abuelo, abuelo, nómbrame siglos sin pestañear, en un instante,
antes que el ruiseñor concluya la nota de su silbo.

¿Quién osa alzar el Tarot vertiginoso?
Todas las fechas están prontas, o marchitas, como nunca nacidas.
Niño y anciano, en este instante tenéis la misma edad:
sólo un instante:
¿no habéis empezado?, ¿habéis terminado?
¡A qué pensar en el gusano!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Os contaré, amantes, qué hacéis cuando estáis juntos;
lo que yo hice y sentí
en aquel huerto de espigas corporales.
El gallo a mitad del día, erguido para el amor,
y la luna que espera al ave de fuego,
mojada, abierta y silenciosa.

La tomé por la mirada, rebanando con mi vista su entrecejo,
y desde ahí, humedecí con su vista mis manos y con mi vista
            su cuerpo,
hasta que su cabeza derramóse en mi hombro.
Su cabeza era una blanda caverna donde se escondía el torrente,
el que me llevaría hacia abajo, a las zarzas de sigiloso esplendor.
Palpé sus sienes, oyendo latir la piedra,
la piedra azulada por la respiración y el anhélito.
Ella tomó mi boca con su boca, llenar un hueco con otro hueco,
para partir unidamente exhaustos.
Mis labios son yo que salgo; los suyos son yo que entro.
Y nos reconocíamos íntimos y temblorosamente obvios.

Comencé a ser mi semejante.

Inquirí su cuello, una columna despierta
hecha de luz intencional explícita.
Besos en su garganta de cascada de nieve, y sus pechos,
particulares bóvedas del cielo, copas de árbol, salidas
de sol y cualquier cosa aquí sólo representada.
Mi boca me ungió único entre dos calores contiguos.
De ser una la esfera,
Yo habría inventado la repetición.

Rodeaba mi cintura para ser ella copa y yo agua.
Quería aprisionarme, y no sólo por fuera,
pues podría escaparme hacia adentro,
y para que no me evadiera así, me insinuó encerrarse ella
            dentro de mí.
Accediendo, la ceñí a mi vez por la cintura,
siendo ella ahora el agua y yo el vaso.
Y se hizo tan íntima, que aun durmiendo me encontraba con ella
como si la hubiera habitado y comulgado.
Estrechamos la condena y caímos veloz
por la corriente que arrastra juntos al pájaro y al vuelo.










1960









viernes, febrero 06, 2009

“Los miles de dioses”, de Henri Michaux







Lo increíble, lo deseado desesperadamente, desde la infancia, lo aparentemente excluido que pensé que nunca volvería a ver, lo inaudito, lo inaccesible, lo demasiado bello, lo sublime prohibido para mí, ha llegado. HE VISTO A LOS MILES DE DIOSES. He recibido el regalo portentoso. Se me han aparecido a mí, que no tengo fe (sin conocer la fe que tal vez pueda tener). Estaban ahí, presentes, más presentes que cualquier cosa que yo haya mirado jamás. Y era imposible y yo lo sabía, y sin embargo. Sin embargo, estaban ahí, colocados por centenares, unos junto a otros (pero les seguían mil más, apenas perceptibles y muchos más de mil, una infinidad). Esas personas tranquilas, nobles, suspendidas en el aire por una levitación que parecía natural, estaban ahí, ligerísimamente móviles, o más bien animándose sobre la marcha. Ellas, esas personas divinas y yo, solos en presencia. En algo así como el reconocimiento, yo les pertenecía. Pero, bueno -me objetarán- ¿qué se creía usted? Respondo: ¿Qué iba a creer SI ESTABAN AHÍ? ¿Por qué me iba a poner a discutir si me encontraba satisfecho? No estaban a una gran altura, pero era suficiente para, dejándose ver, guardar las distancias, para ser respetados por el testigo de su gloria que reconoce su superioridad incomparable. Eran naturales, como es natural el sol en el cielo. Yo no me movía. No tenía que inclinarme. Estaban colocados suficientemente por encima de mí. Era real y era como cosa convenida entre nosotros, en virtud de una alianza previa. Yo estaba colmado por ellos. Había dejado de estar mal colmado. Todo era perfecto. Ya no había ni que reflexionar, ni que sopesar, ni que criticar... Ya no había nada que comparar. Mi horizontal era ahora una vertical. Yo existía en altura. No había vivido en vano. La diferencia con todos los acontecimientos anteriores era mi total y feliz consentimiento. No prestaba atención a otra cosa. Me entregaba con la misma intensidad con la que veía. En ese don estaba mi alegría...




en Poemas escogidos, 1999