martes, junio 17, 2008

“Los merengues”, de Julio Ramón Ribeyro







Apenas su mamá cerró la puerta, Perico saltó del colchón y escuchó, con el oído pegado a la madera, los pasos que se iban alejando por el largo corredor. Cuando se hubieron definitivamente perdido, se abalanzó hacia la cocina de kerosene y hurgó en una de las hornillas malogradas. ¡Allí estaba! Extrayendo la bolsita de cuero, contó una por una las monedas —había aprendido a contar jugando a las bolitas— y constató, asombrado que había cuarenta soles. Se echó veinte al bolsillo y guardó el resto en su lugar. No en vano, por la noche, había simulado dormir para espiar a su mamá. Ahora tenía lo suficiente para realizar su hermoso proyecto. Después no faltaría una excusa. En esos callejones de Santa Cruz, las puertas siempre están entreabiertas y los vecinos tienen caras de sospechosos. Ajustándose los zapatos, salió desalado hacia la calle.

En el camino fue pensando si invertiría todo su capital o sólo parte de él. Y el recuerdo de los merengues –blancos, puros, vaporosos— lo decidieron por el gasto total. ¿Cuánto tiempo hacía que los observaba por la vidriera hasta sentir una salvación amarga en la garganta? Hacía ya varios meses que concurría a la pastelería de la esquina y sólo se contentaba con mirar. El dependiente ya lo conocía y siempre que lo veía entrar, lo consentía un momento para darle luego un coscorrón y decirle:

— ¡Quita de acá, muchacho, que molestas a los clientes!

Y los clientes, que eran hombres gordos con tirantes o mujeres viejas con bolsas, lo aplastaban, lo pisaban y desmantelaban bulliciosamente la tienda.

Él recordaba, sin embargo, algunas escenas amables. Un señor, al percatarse un día de la ansiedad de su mirada, le preguntó su nombre, su edad, si estaba en el colegio, si tenía papá y por último le obsequió una rosquita. Él hubiera preferido un merengue pero intuía que en los favores estaba prohibido elegir. También, un día, la hija del pastelero le regaló un pan de yema que estaba un poco duro.

— ¡Empara!— dijo, aventándolo por encima del mostrador. Él tuvo que hacer un gran esfuerzo a pesar de lo cual cayó el pan al suelo y, al recogerlo, se acordó súbitamente de su perrito, a quien él tiraba carnes masticadas divirtiéndose cuando de un salto las emparaba en sus colmillos.

Pero no era el pan de yema ni los alfajores ni los piononos lo que le atraía: él sólo amaba los merengues. A pesar de no haberlos probado nunca, conservaba viva la imagen de varios chicos que se los llevaban a la boca, como si fueran copos de nieve, ensuciándose los corbatines. Desde aquel día, los merengues constituían su obsesión.

Cuando llegó a la pastelería, había muchos clientes, ocupando todo el mostrador. Esperó que se despejara un poco el escenario pero no pudiendo resistir más, comenzó a empujar. Ahora no sentía vergüenza alguna y el dinero que empuñaba lo revestía de cierta autoridad y le daba derecho a codearse con los hombres de tirantes. Después de mucho esfuerzo, su cabeza apareció en primer plano, ante el asombro del dependiente.

- ¿Ya estás aquí? ¡Vamos saliendo de la tienda!

Perico, lejos de obedecer, se irguió y con una expresión de triunfo reclamó: ¡veinte soles de merengues! Su voz estridente dominó en el bullicio de la pastelería y se hizo un silencio curioso. Algunos lo miraban, intrigados, pues era hasta cierto punto sorprendente ver a un rapaz de esa cabaña comprar tan empalagosa golosina en tamaña proporción. El dependiente no le hizo caso y pronto el barullo se reinició. Perico quedó algo desconcertado, pero estimulado por un sentimiento de poder repitió, en tono imperativo:

— ¡Veinte soles de merengues!

El dependiente lo observó esta vez con cierta perplejidad pero continuó despachando a los otros parroquianos.

— ¿No ha oído? – insistió Perico excitándose— ¡Quiero veinte soles de merengues!

El empleado se acercó esta vez y lo tiró de la oreja.

— ¿Estás bromeando, palomilla?

Perico se agazapó.

— ¡A ver, enséñame la plata!

Sin poder disimular su orgullo, echó sobre el mostrador el puñado de monedas. El dependiente contó el dinero.

— ¿Y quieres que te dé todo esto en merengues?
— Sí –replicó Perico con una convicción que despertó la risa de algunos circunstantes.
— Buen empacho te vas a dar –comentó alguien.

Perico se volvió. Al notar que era observado con cierta benevolencia un poco lastimosa, se sintió abochornado. Como el pastelero lo olvidaba, repitió:

— Déme los merengues— pero esta vez su voz había perdido vitalidad y Perico comprendió que, por razones que no alcanzaba a explicarse, estaba pidiendo casi un favor.
— ¿Va a salir o no? – lo increpó el dependiente.
— Despácheme antes.
— ¿Quién te ha encargado que compres esto?
— Mi mamá.
— Debes haber oído mal. ¿Veinte soles? Anda a preguntarle de nuevo o que te lo escriba en un papelito.

Perico quedó un momento pensativo. Extendió la mano hacia el dinero y lo fue retirando lentamente. Pero al ver los merengues a través de la vidriería, renació su deseo, y ya no exigió sino que rogó con una voz quejumbrosa:

— ¡Déme, pues, veinte soles de merengues!

Al ver que el dependiente se acercaba airado, pronto a expulsarlo, repitió conmovedoramente:

— ¡Aunque sea diez soles, nada más!

El empleado, entonces, se inclinó por encima del mostrador y le dio el cocacho acostumbrado pero a Perico le pareció que esta vez llevaba una fuerza definitiva.

— ¡Quita de acá! ¿Estás loco? ¡Anda a hacer bromas a otro lugar!

Perico salió furioso de la pastelería. Con el dinero apretado entre los dedos y los ojos húmedos, vagabundeó por los alrededores.

Pronto llegó a los barrancos. Sentándose en lo alto del acantilado, contempló la playa. Le pareció en ese momento difícil restituir el dinero sin ser descubierto y maquinalmente fue arrojando las monedas una a una, haciéndolas tintinear sobre las piedras. Al hacerlo, iba pensando que esas monedas nada valían en sus manos, y en ese día cercano en que, grande ya y terrible, cortaría la cabeza de todos esos hombres, de todos los mucamos de las pastelerías y hasta de los pelícanos que graznaban indiferentes a su alrededor.












lunes, junio 16, 2008

«Botella al mar», de Jorge Teillier





Y tú quieres oír, tú quieres entender. Y yo
te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes.
Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni
para los iniciados. Es para la niña que nadie
saca a bailar, es para los hermanos que
afrontan la borrachera y a quienes desdeñan
los que se creen santos, profetas o poderosos.






en Cartas para reinas de otras primaveras, 1985









Fotografía por Beltrán Mena, una mañana de marzo de 1990 
en la Estación Central, nos cuenta Patricia García Villarroel.








domingo, junio 15, 2008

“Veo a los muchachos del verano”, de Dylan Thomas







I

Veo a los muchachos del verano en su ruina
convertir en eriales los dorados rastrojos,
desdeñar las cosechas y congelar los suelos;
y allí, en su ardor, el invernal diluvio
de amores escarchados, persiguen a las niñas,
y echan en sus mareas los sacos de manzanas.

Los muchachos de luz en su locura, coagulan lo que tocan,
agrian la miel hirviente;
hurguetean los muñecos de escarcha en las colmenas;
allí en el sol, frígidas hebras
de oscuridad y duda, ellos nutren sus nervios
y el signo de la luna, nada es en sus vacíos.

Veo a los muchachos del verano en el vientre materno
rasgar hacia la luz la atmósfera del útero,
dividir noche y día con pulgares de duende;
allí, desde lo hondo, con sombras seccionadas
de sol y luna ellos pintan sus atracaderos
mientras les pinta el sol los cascos de la frente.

Sé que de estos muchachos han de surgir hombres de nada
hechos por la transformación de las semillas,
o han de lisiar el aire saltando de sus llamas,
desde sus corazones, cuando el pulso candente
del amor y la luz estalle en sus gargantas.
Oh, ved el pulso del verano en el hielo.




II

Pero las estaciones deben ser desafiadas o se tambalearán
en algún cuarto de hora repicante
donde, como una puntual muerte hacemos tintinear las estrellas;
esa noche en que el invierno soñoliento
les tira de la negra lengua a las campanas
y no se atreven a chistar siquiera
los vientos de la luna y de la medianoche.

Somos los oscuros negadores, exorcicemos a la muerte
en la mujer colmada de verano,
arrojemos la vida musculosa de los amantes que se crispan,
y de los muertos limpios que hace fluir el mar
echemos al gusano de ojos brillantes en la linterna de Davy,
y del vientre preñado quitemos el muñeco de paja.

Nosotros, muchachos del verano en esta red de cuatro vientos,
verdes por el hierro de las algas,
levantemos al bullicioso mar y arrojemos sus pájaros,
alcemos la bola del mundo llena de olas y espuma
para ahogar los desiertos con sus mareas
y trenzar los jardines del condado.

En primavera ornamentamos nuestra frente.
Vivan las bayas y la sangre,
y crucificamos a los alegres señores en los árboles;
Aquí el húmedo músculo del amor se aja y muere,
aquí estalla un beso en una cantera sin amor,
Oh, ved en los muchachos los polos de la promesa.




III

Yo os veo, muchachos del verano, en vuestra ruina.
El hombre en el desierto de su larva.
Y los muchachos son plenos y ajenos en la bolsa.
Soy el hombre que vuestro padre fue.
Somos hijos del pedernal y de la brea.
Oh, ved cómo se besan los polos que se cruzan.









sábado, junio 14, 2008

"Naranjo en flor", de Roberto Goyeneche

Este tango fue compuesto en su letra por Homero Expósito, mientras que la música es de Virgilio Expósito.




Era más blanda que el agua
que el agua blanda
Era más fresca que el río,
naranjo en flor
Y en esa calle de estío,
calle perdida,
dejó un pedazo de vida
y se marchó.

Primero hay que saber sufrir,
después amar, después partir
y al fin andar sin pensamiento.
Perfume de naranjo en flor,
promesas vanas de un amor
que se escaparon con el viento.

Después, qué importa del después
Toda mi vida es el ayer
que me detiene en el pasado
Eterna y vieja juventud
que me ha dejado acobardado
como un pájaro sin luz.

¿Qué le habrán hecho mis manos?
Qué le habrán hecho,
para dejarme en el pecho
tanto dolor?
Dolor de vieja arboleda,
canción de esquina,
con un pedazo de vida,
naranjo en flor.








1944







viernes, junio 13, 2008

“Una bala y la lluvia”, de Juan Luis Panero





Aquella noche llovía en Bogotá —siempre llueve en Bogotá— y el general Bolívar estaba cansado. Pero ni los años, ni el fracaso de tantos proyectos, ni el desánimo de una vida ya casi quemada, le habían impedido hacer el amor con Manuela. Ella siempre conseguía que olvidase sus derrotas y besando sus labios encontraba un olvidado sabor a sí mismo, la piel de unas horas lejanas.

De pronto se oyeron ruidos, carreras, gritos y mandobles. Lo querían matar y debía defenderse, pero Manuela —astuta y leal como siempre— se lo prohibió. Lo que tenía que hacer era huir —él no era solamente un hombre, era un símbolo, y los símbolos no pueden morir en una conspiración grotesca y tabernaria—. El general saltó por la ventana y huyó por las calles, bajo la lluvia.

Los conspiradores golpearon a Manuela Sáenz y, mientras rompían muebles y cristales buscando al desaparecido, se escuchó, lejano, un disparo.

Unos años más tarde, en otra noche de lluvia, en Bogotá, el poeta José Asunción Silva está haciendo un escueto balance de su vida y de su hacienda. Su hermana —a la que quiso con un amor más que fraternal— está enterrada, sus negocios son una ruina, su poesía no le interesa a nadie en aquella ciudad huidiza y provinciana. Realmente no tiene donde caerse muerto.

Se acerca a la ventana, mira la incesante lluvia y, entonces, siente un golpe en el pecho. Una bala le ha roto el corazón.

Todas las balas tienen un nombre escrito y ésta, disparada una noche de 1828, encontró, por fin, su destino en otra de 1896. En la borrosa ciudad los muertos y sus tiempos se confunden. Yo solamente he imaginado una bala y recordado la lluvia.










en Enigmas y despedidas, 1999









jueves, junio 12, 2008

"La Nave de oro", de Émile Nelligan






Fue una gran Nave tallada en oro macizo:
Sus mástiles tocaban el azul, sobre los desconocidos mares;
La Cyprine del amor -cabellos dispersos, carnes desnudas-
Se extendía en su proa, bajo el excesivo sol.

Pero vino una noche a golpear la gran rompiente
En el Océano engañoso donde cantaba la Sirena,
Y el horrible naufragio inclinó su casco
A las profundidades del Abismo, como un inmutable ataúd.

Fue una Nave de Oro, cuyos diáfanos costados
Revelaban los tesoros que los profanos marineros
-Asco, Odio y Neurosis- entre ellos disputaron.

¿Qué persiste de él en la breve tempestad?
¿En qué devino mi corazón, navío abandonado?
Desgraciadamente, él se hundió en el abismo de los Sueños.







© Versión de Juan Carlos Villavicencio






miércoles, junio 11, 2008

"El último centrojás", de Juan Sasturain






C
uando vio el ademán, el gesto rígido, primitivo -anterior a la burocracia simiológica de la tarjetería que vendría después, con tantas pestes- Sebastián Peluffo abrió los brazos y esbozó una desesperanzada protesta. Pero el gesto tardío del centrojás visitante no servía para borrar la elocuente caída del habilidoso diez de los locales, daspatarrado ahora contra el alambrado (que por qué carajo llamarían olímpico si nunca había salido del pueblo).

El hombre de negro revoleó el brazo y repitió el gesto como si dirigiera un tránsito lento y obstinado. Ocho o nueve camisetas rojiblancas de Once Unidos de Coronel Gorbea se le pegaron por todos lados, abejas volvedoras, pero él se afirmó tocando pito, abriéndose paso a manotones:

-Vamos, señores…vamos. Sigue el juego, señores… y usté, Peluffo, vayasé…Vamos…

Pero el cinco se tomó su tiempo. Primero lo miró, lejano y soberbio, y luego ahí mismo, a mitad de camino entre el área y el circulo central -su territorio de caza- y se sentó en el suelo. Con gesto que no quería ser teatral pero lo era, como el guerrero que se quita con amargura y sin resignación las latas abolladas. Peluffo se fue sacando las invistas canilleras, desnudó una vez más -que sería la última- esas piernas que esgrimían un bello siempre tenaz, todavía intimidatorio, y replegó hacia los tobillos vedados con delicadeza de bailarina las medias grises, casi monacales.

Después se incorporó, ajeno al infructuoso referí que lo acosaba, lentamente caminó hacia el túnel, entre aplausos y abucheos tan ralos como la caprichosa gramilla de la cancha en Jorge Newbery de Marcos Sastre. Atravesó el húmedo conducto y llegó al vestuario desierto, casi inundado por el agua fría que goteaba desde hacía siglos de una ducha balbuceante. Se sentó en la punta del banco de madera y sintió el olor a aceite verde como el saludo de un amigo en las malas. Afuera subían los gritos que acompañarían la agonía de un 0-2 barato, irremediable. Tiró la camiseta numero 5 en un rincón, dejó caer el pantaloncito negro, se liberó del suspensor de cintura elástica alta y exigente, casi una faja femenina, y soltó una breve buzarda en la que había ocho años de pastas, cervezas y prolijas sobremesas. Cuando se miró en el espejito que pendía de un clavo inseguro, Sebastian Peluffo no supo -aquel domingo de noviembre de 1974 en un ventoso pueblo del norte de Santa Fé- que estaba mirando la cara del último centrojás.

GESTOS

Peluffo saliendo lentamente de la cancha, las canilleras en la mano y el modesto estadio pendiente de su gesto final, casi una ceremonia, es el último eslabón de una larga cadena simbólica. Su sentido final escapaba al protagonista y a los ocasionales asistentes. No saben que el veterano 5 de Once Unidos -oscuro ejecutante de una partitura aprendida instintivamente, de oído- es en ese momento la modulación final de un gesto de cuya grandeza ha quedado solo la hueca forma. Peluffo es Obdulio Varela atravesando lentamente el Maracaná con la pelota bajo el brazo en la final del Mundial del 50; es Pipo Rossi levantando con un patadón tardío y quebrador al negrito Cejas, arreando a puteadas a la pendejada talentosa del Sudamericano de Lima. Peluffo es -finalmente- Rattín sentado y desafiante sobre la alfombra que conduce al podrido corazón del Imperio Británico. Porque el centrojás es -o fue, mejor- en nuestro fútbol, mucho más que un puesto o una camiseta: fue un tipo humano. Hecho de actitudes, pinta y esa mezcla de bigotes y pierna fuerte que los comentaristas llamaban personalidad, el centrojás fue redondeando una imagen casi tangencial con la figura sociológica del compadre porteño. Suma de hombría y noble autoritarismo que no desdeñaba, en los inicios, el cuidado casi femenino de la pinta, la redecilla de la vieja para sostener un jopo impecable en el momento del cabezazo hasta la mitad de la cancha, como los de aquel José Nasassi, uruguayo fundador de dinastía. El centrojás fue, en la cancha, el dueño de la pelota. Con ella en los pies o bajo el brazo, detentaba un poder natural que el referí -esa especie de abogadito o delegado papelero de una Ley sin sangre- intentaba encauzar negociando, arriesgándose a un conflicto, siempre al borde de la claudicación o el estallido. Pero, claro: lo que no pudo un silbato expulsador o un “insai“ hábil, lo pudo el tiempo.

MOMENTOS

Ese número 5 arquetípico, inexistente en la realidad que lo pretenda entero en Monti, el colorado Giúdice, Victorio Spinetto, Perucca, Finito Ruiz, el gallego Mouriño, Palito Bala y el perdurable “Rata“ -para abarcar treinta años-, existió concreto en la imagen superpuesta y complementaria de todos ellos y sus imitadores menores. Eso es: existió. Y más precisamente, murió sin entierro, sin cajón de seis manijas pero con seis goles adentro en Suecia 58.

Esa tarde barrosa de Malmo, los checos de Masopust boletearon a una Argentina con tres cuartos de River y su lenta gloria acumulada en pisadas tangueras. Y el patón Rossi, talentoso, grandote e impotente como un transatlántico, se fue a pique con la bandera. Como buen centrojás, era casi naturalmente capitán del equipo. Más allá de estadísticos brazaletes, ejercía un liderazgo caudillesco que lo convertía en propietario monopólico de la palabra dentro del campo, en una especie de aduana móvil de cuanta pelota circulara entre las dos áreas.

Habrá quien diga, y con razón, que allí no murió la cosa. Que hubo después Rattin por largos años; hubo Cap antes y después, y hubo Pastoriza. Está esa década gloriosa de Peñarol con el mármol definitivo del Tito Goncalvez también. O sea que los años sesenta tuvieron centrojás por mucho rato. Y es cierto, a su manera. Por eso, tiremos otra fecha: Wembley 66. Cuartos de final con 0-1 con gol de Hurst sobre la hora, de cabeza y con la chancha Roma clavada en el piso. Esa tarde memorable nos defendimos sin pudor, la expulsión que le propinó el sastrecillo Kreitlin a Rattin nos dio un hueso para mascar por años -¿hasta las Malvinas?-; no fue una caída injusta pero si honorable, el Rata fue Argentino hasta la muerte. Hasta la muerte… con Gonzalito y el Indio Solari de Laderos, el centrojás era el Cid Campeador apuntalado en la montura, el gesto y el fervor que empujaba.

En estadio contiguo un pendejo de 22 tocaba e iba a buscar desde el fondo de la cancha y del fútbol nuevo, Beckenbauer se llamaba, tampoco fue campeón por esa vez. Pero subía.

El Rata en Wembley es Pipo Rossi ocho años después, sin sobrar y con realismo. El esplendor de los gestos, la sobriedad y la entrega. Pero ese padrillo no tendrá descendencia: en el club, Nicolau era el Simulcop, la copia pobre, el lomo y la parada. El próximo gran cinco de Boca no será un centrojás sino otra cosa: un volante “brasileño“, el Muñeco Madurga.

MUTACIONES

De la estirpe del Muñeco ya fue Mori -el del equipo de José-, un cinco que no era centrojás. También la oveja Telch. De la madera de Rattin eran Viberti, el primer Cocco, Pachamé y el Pato Patoriza. Pero mutaron… El Pato y el Cocco terminaron más arriba, ya volantes ofensivos; como Nicolau fue al fondo, por grandote. El Pacha a la manera de Berta y Saccardi después, tuvieron el fuego y la parada pero se disolvieron en laburantes corredores, hijos de otro fútbol sin cafishios. El centrojás se redujo con los setenta, en su versión modesta de volante-tapón, un apelativo lamentable. Quintero y prolijo, el cinco habitual de esos tiempos en que Gallego se cansó de usar la nacional, la vulgarizó, pasó a ser socorro y bombero de quienes eran de antaño dóciles afluentes de su caudal de fútbol parsimonioso: Andá… ¡Decile a un centrojás que te hiciera un relevo!

Merlo o el chapa Suñé, remadores de ley son de un tiempo en que cada partido había que ir a buscar la pelota como quien sale a hacerse la diaria, y si quedó el rigor, la boca rápida, es porque el medio de la cancha es una selva. Pero ya no hay un Tarzán ni gente que se llame León Strembel, y Batista ruge en el vestuario.

PUNTAS

Hay una constante tana, recurrente con el cinco, sobre todo en la época de gloria del oficio. A los dichos sumemos Guidi, Minella, Ramaciotti, Pederzoli -restemos al ruso Cielinsky- pero agreguemos la contundencia de Faina -¿o Fainá?. Puede ser… Tal vez la gringada es mayoría en todas partes, en todos los puestos, pero me gusta pensar que la pinta de Benetti en el Mundial 78 -¡qué centrojás moderno, ése!- era algo más que una coincidencia. Es una punta…

La otra me la dio un amigo mesa de por medio, hace una hora. Yo hablaba de Peluffo, de las imágenes que engendraba esta nota, de la idea de hallar el nombre del último centrojás, un modelo soberbio y ligeramente añejo, entero. Algunos tiraron nombres, se repitieron varios de los mencionados aquí, no había matices. Hasta que mi amigo introdujo una variante rara, previas consideraciones que a la luz de su propuesta me resultaron innecesarias. Dijo: -El último centrojás fue Perón. Claro que sí.











martes, junio 10, 2008

«Crisis alimentaria», de Ian Angus

Traducido de Germán Leyens




Si el gobierno no puede bajar el coste de la vida simplemente tiene que irse. Si la policía y las tropas de la ONU quieren dispararnos, que lo hagan porque, a fin de cuentas, si no nos matan con balas moriremos de hambre.

Un manifestante en Port-au-Prince, Haití




En, Haití donde la mayoría de la gente recibe un 22% menos de calorías que el mínimo necesario para mantenerse en buena salud, algunos aplazan los retortijones por hambre comiendo «galletas de barro» hechas mezclando arcilla y agua con un poco de aceite vegetal y sal. [1]

Mientras tanto, en Canadá, el gobierno federal paga actualmente 225 dólares por cada cerdo muerto en una masiva campaña de sacrificio selectivo de cerdos, como parte de un plan de reducción de la producción de puercos. Los criadores de cerdos, bajo presión por los bajos precios y los altos costes del alimento para los animales, han reaccionado con tanto entusiasmo que la matanza probablemente agotará todos los fondos asignados antes de que el programa termine en septiembre.

Algunos de los cerdos sacrificados serán entregados a los Bancos de Alimento locales, pero la mayoría serán destruidos o convertidos en comida para mascotas. Ninguno irá a Haití.

Es el mundo brutal de la agricultura capitalista –un mundo en el que algunos destruyen alimentos porque los precios son demasiado bajos, y otros literalmente comen tierra porque los precios de los alimentos son demasiado elevados.


Precios récord para alimentos básicos

Estamos en medio de una inflación de los precios de los alimentos en todo el mundo que ha impulsado los precios a sus más altos niveles en decenios. Los aumentos afectan muchas clases de alimentos, pero en particular los más importantes – trigo, maíz, y arroz.

La Organización de la ONU para la Agricultura y la Alimentación (FAO) dice que entre marzo de 2007 y marzo de 2008 los precios de cereales aumentaron un 88%, de aceites y grasas un 106%, y de los productos lácteos un 48%. El índice de precios de alimentos de la FAO aumentó en conjunto en un 57% en un año –y la mayor parte del aumento ocurrió en los últimos meses.

Otra fuente, el Banco Mundial, dice que en los 36 meses que terminaron en febrero de 2008, los precios globales del trigo aumentaron en un 181% y los precios globales de los alimentos aumentaron en un 83%. El Banco espera que la mayor parte de los precios de alimentos se mantengan muy por encima de los niveles de 2004 por lo menos hasta 2015.

La calidad más popular de arroz tailandés se vendía a 198 dólares por tonelada hace cinco años y a 323 dólares hace un año. El 24 de abril el precio llegó a los 1.000 dólares.

Los aumentos son aún mayores en los mercados locales –en Haití, el precio de mercado de un saco de 50 kilos de arroz se duplicó en una semana a fines de marzo.

Estos aumentos son catastróficos para los 2.600 millones de personas de todo el mundo que viven con menos de 2 dólares al día y gastan entre un 60% y un 80% de sus ingresos en alimentos. Cientos de millones no tienen suficiente dinero para comer.

Este mes, los hambrientos contraatacaron.


Saliendo a las calles

En Haití, el 3 de abril, manifestantes en la ciudad sureña de Les Cayes erigieron barricadas, detuvieron camiones que transportaban arroz y lo distribuyeron, y trataron de quemar un complejo de la ONU. Las protestas se extendieron rápidamente a la capital Port-au-Prince, donde miles marcharon hacia el palacio presidencial gritando «¡Tenemos hambre!» Muchos exigieron la retirada de los soldados de la ONU y el retorno de Jean-Bertrand Aristide, el presidente exiliado cuyo gobierno fue derrocado por potencias extranjeras en 2004.

El presidente René Préval, quien dijo inicialmente que no se podía hacer nada, ha anunciado una reducción de un 16% en el precio de venta mayorista del arroz. Es en el mejor de los casos una medida provisoria, ya que la reducción es por un sólo un mes, y los minoristas no están obligados a reducir sus precios.

Las acciones en Haití fueron paralelas a protestas similares de gente hambrienta en más de veinte otros países.

En Burkina Faso, una huelga general de dos días de sindicatos y comerciantes exigió reducciones «importantes y efectivas» en el precio del arroz y de otros alimentos básicos.

En Bangladesh, más de 20.000 trabajadores textiles en Fatullah se declararon en huelga para exigir precios más bajos y salarios más elevados. Lanzaron ladrillos y piedras a la policía, que disparó granadas lacrimógenas a la multitud.

El gobierno egipcio envió a miles de soldados al complejo textil Mahalla en el Delta del Nilo, para impedir una huelga general exigiendo salarios más altos, un sindicato independiente, y precios más bajos. Dos personas fueron muertas y más de 600 han sido encarceladas.

En Abidjan, Costa de Marfil, la policía usó gas lacrimógeno contra mujeres que habían colocado barricadas, quemado neumáticos y bloqueado carreteras importantes. Miles marcharon a la casa del presidente, gritando «¡Tenemos hambre!» y «La vida es demasiado cara, nos están matando».

En Pakistán y Tailandia, soldados armados han sido desplegados para impedir que los pobres se apoderen de alimentos de los campos y los almacenes.

Protestas similares han tenido lugar en Camerún, Etiopía, Honduras, Indonesia, Madagascar, Mauritania, Níger, Perú, las Filipinas, Senegal, Tailandia, Uzbekistán, y Zambia. El 2 de abril, el presidente del Banco Mundial dijo ante una reunión en Washington que hay 33 países en los que los aumentos de precios podrían causar desasosiego social.

Un editor principal de la revista Time advirtió:

«La idea de que las masas hambrientas salgan a las calles impulsadas por su desesperación y que derroquen al antiguo régimen ha parecido increíblemente extraña desde que el capitalismo triunfó tan decisivamente en la Guerra Fría... Y a pesar de ello, los titulares del pasado mes sugieren que el aumento brutal de los precios de los alimentos amenaza la estabilidad de un número creciente de gobiernos en todo el mundo... cuando las circunstancias hacen imposible alimentar a sus niños hambrientos, ciudadanos normalmente pasivos pueden convertirse muy rápidamente en militantes con nada que perder». [2]


¿Qué impulsa la inflación en los alimentos?

Desde los años setenta, la producción de alimentos se ha globalizado y concentrado cada vez más. Un puñado de países domina el comercio global en alimentos básicos. Un 80% de las exportaciones de trigo provienen de seis exportadores, así como un 85% del arroz. Tres países producen un 70% del maíz exportado. Esto deja a los países más pobres del mundo, los que tienen que importar alimento para sobrevivir, a la merced de tendencias económicas y políticas en esos pocos países exportadores. Cuando el sistema comercial global deja de cumplir, son los pobres los que pagan la cuenta.

Durante varios años, el comercio global en alimentos básicos se ha estado dirigiendo hacia una crisis. Cuatro tendencias relacionadas han frenado el crecimiento de la producción y han hecho subir los precios.


El Fin de la Revolución Verde:

En los años sesenta y setenta, en un esfuerzo por contrarrestar el descontento campesino en el sur y el sudeste de Asia, EE.UU. invirtió dinero y apoyo técnico en el desarrollo agrícola en India y otros países. La «Revolución Verde» – nuevas semillas, fertilizantes, pesticidas, técnicas agrícolas e infraestructura – condujo a espectaculares aumentos en la producción de alimentos, particularmente el arroz. La cosecha por hectárea siguió expandiendo hasta los años noventa.

Hoy en día, no está a la moda que los gobiernos ayuden a la gente pobre a cultivar alimentos para otra gente pobre, porque supuestamente «el mercado» puede hacerse cargo de todos los problemas. The Economist informa que «los gastos en la agricultura como parte de los gastos públicos totales en los países en desarrollo cayó a la mitad entre 1980 y 2004». [3] Los subsidios y dinero para investigación y desarrollo se han acabado, y el aumento de la producción se ha paralizado.

El resultado es que en siete de los últimos ocho años el mundo consumió más granos que los que produjo, lo que significa que se estaba sacando arroz de los inventarios que los gobiernos y los comerciantes normalmente mantienen como seguro contra malas cosechas. Las existencias mundiales de granos están actualmente a su nivel más bajo de todos los tiempos, dejando muy poca protección para tiempos difíciles.


Cambio climático:

Los científicos dicen que en los próximos 12 años el cambio climático podría reducir en un 50% la producción de alimentos en partes del mundo. Pero no se trata sólo de un tema para el futuro:

Australia es normalmente el segundo exportador del mundo de granos, pero una salvaje sequía de muchos años ha reducido la cosecha de trigo en un 60% y la producción de arroz ha sido completamente eliminada.

En Bangladesh en noviembre, uno de los peores ciclones en décadas eliminó un millón de toneladas de arroz y dañó severamente la cosecha de trigo, haciendo que el inmenso país dependa aún más de alimentos importados.

Abundan otros ejemplos. Es obvio que la crisis climática del globo ya está aquí, y está afectando la alimentación.


Agrocombustibles:

Ahora es política oficial en EE.UU., Canadá y Europa que se conviertan alimentos en combustible. Los vehículos de EE.UU. queman suficiente maíz para cubrir todas las necesidades de importación de los 82 países más pobres. [4]

Etanol y biodiésel son fuertemente subvencionados, lo que significa, inevitablemente, que cultivos como el maíz están siendo desviados de la cadena alimentaria y los tanques de gasolina, y que la nueva inversión agrícola en todo el mundo está siendo dirigida hacia palmas, soya, canola y otras plantas productoras de aceites. La demanda de agrocombustibles aumenta directamente el precio de esas cosechas, y elevan indirectamente el precio de otros granos al alentar a los productores a cambiar al agrocombustible.

Como han descubierto los productores canadienses de cerdos, también impulsa el aumento del coste de producir carne, ya que el maíz es el principal ingrediente en los alimentos para animales en Norteamérica.


Precios del petróleo:

El precio de los alimentos está vinculado al precio del petróleo porque los alimentos pueden ser convertidos en petróleo. Pero el aumento de los precios del petróleo también afecta el coste de la producción de alimentos. Fertilizantes y pesticidas son hechos con petróleo y gas natural. Gasolina y combustible diesel son utilizados para plantar, cosechar y transportar. [5]

Se ha calculado que un 80% de los costes de producir maíz son costes de combustible fósil – de modo que no es por accidente que suban los precios de los alimentos cuando suben los precios del petróleo.

*   *   *

A fines de 2007, el recorte en las inversiones en la agricultura del tercer mundo, el aumento de los precios del petróleo, y el cambio climático significaron que el aumento de la producción se estaba desacelerando y que los precios estaban aumentando. Buenas cosechas y un fuerte aumento de la exportación podrían haber evitado una crisis – pero no es lo que sucedió. El gatillo fue el arroz, el alimento básico de 3.000 millones de personas.

A comienzos de este año, India anunció que suspendía la mayor parte de sus exportaciones de arroz para reconstruir sus reservas. Unas pocas semanas después, Vietnam, cuya cosecha de arroz fue afectada por una importante infestación de insectos durante la recogida, anunció una suspensión de las exportaciones durante cuatro meses para asegurar que habría suficiente para su mercado interno.

India y Vietnam juntos representan normalmente un 30% de todas las exportaciones de arroz, de modo que sus anuncios fueron suficientes para empujar al abismo el mercado global de arroz, que ya estaba bajo presión. Los compradores de arroz comenzaron de inmediato a adquirir las existencias disponibles, acaparando todo el arroz que podían conseguir a la espera de futuros aumentos de precio, haciendo subir el precio para futuras cosechas. Los precios aumentaron vertiginosamente. A mediados de abril, las noticias describieron “compras de pánico” de futuros de arroz en la Bolsa de Comercio de Chicago, y hubo escasez de arroz incluso en las estanterías de los supermercados en Canadá y EE.UU.


El por qué de la rebelión

No es por primera vez que ha habido picos en los precios de alimentos. Por cierto, si tomamos en cuenta la inflación, los precios globales de alimentos básicos fueron mayores en los años setenta de lo que son actualmente. ¿Por qué entonces ha provocado esta explosión inflacionaria protestas masivas en todo el mundo?

La respuesta es que desde los años setenta los países más ricos del mundo, con la ayuda de las agencias internacionales que controlan, han debilitado sistemáticamente la capacidad de los países más pobres de alimentar a sus poblaciones y de protegerse en una crisis como la actual.

Haití es un ejemplo poderoso y horrendo.

Haití ha cultivado arroz durante siglos, y hasta hace veinte años los agricultores haitianos producían unas 170.000 toneladas de arroz por año, suficiente para cubrir un 95% del consumo interno. Los agricultores de arroz no recibían subsidios gubernamentales pero, como en todos los demás países productores de arroz en esa época, su acceso a los mercados locales estaba protegido por aranceles aduaneros.

En 1995, como condición previa para otorgar un préstamo desesperadamente necesitado, el Fondo Monetario Internacional exigió que Haití redujera su arancel para el arroz importado de un 35% a un 3%, el más bajo en el Caribe. El resultado fue un influjo masivo de arroz de EE.UU. que se vendía por la mitad del precio del arroz producido en Haití. Miles de agricultores arroceros perdieron sus tierras y medios de existencia, y en la actualidad tres cuartos del arroz comido en Haití proviene de EE.UU. [6]

El arroz de EE.UU. no se apoderó del mercado haitiano porque tenga mejor sabor, o porque los productores de arroz en EE.UU. sean más eficientes. Venció porque las exportaciones de arroz son fuertemente subvencionadas por el gobierno de EE.UU. En 2003, los productores de arroz de EE.UU. recibieron 1.700 millones de dólares en subsidios del gobierno, un promedio de 232 dólares por hectárea de arroz cultivada.[7] Ese dinero, la mayor parte del cual terminó en las manos de un puñado de muy grandes terratenientes y corporaciones del agronegocio, permitió que los exportadores de EE.UU. vendieran el arroz entre un 30% y un 50% por debajo de sus costes reales de producción.

En breve, Haití fue obligado a abandonar la protección gubernamental de la agricultura interior – y EE.UU. pasó a utilizar sus artilugios de protección gubernamental para apoderarse del mercado.

Ha habido numerosas variantes de este tema, en las que países ricos del norte imponen políticas de «liberalización» a países pobres y endeudados del sur y luego aprovechan esa liberalización para capturar el mercado. Los subsidios gubernamentales representan un 30% de los ingresos agrícolas de los 30 países más ricos del mundo, un total de 280.000 millones de dólares al año, [8] una ventaja imbatible en un mercado «libre» en el que los ricos fijan las reglas.

El juego del comercio alimentario global está amañado, y los pobres se han quedado con cultivos reducidos y sin protecciones.

Además, durante varias décadas, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional se han negado a dar préstamos a los países pobres, a menos que acepten los «Programas de Ajuste Estructural» (SAP) que requieren que los prestatarios devalúen sus monedas, recorten los impuestos, privaticen los servicios públicos, y reduzcan o eliminen los programas de apoyo para los agricultores.

Todo esto fue hecho con la promesa de que el mercado produciría crecimiento económico y prosperidad – en lugar de hacerlo, aumentó la pobreza y eliminó el apoyo para la agricultura.

«La inversión en paquetes de insumos agrícolas y el apoyo a la ampliación disminuyó y terminó por desaparecer en la mayoría de las áreas rurales de África bajo SAP. La preocupación por la promoción de la productividad de los minifundistas fue abandonada. No sólo hicieron retroceder a los gobiernos, la ayuda extranjera a la agricultura declinó. El financiamiento del Banco Mundial para la agricultura en sí disminuyó fuertemente de un 32% del total de préstamos en 1976-1978 a un 11,7% en 1991-1999».[9]

Durante olas anteriores de inflación de los precios de los alimentos, los pobres tuvieron por lo menos un cierto acceso a alimentos que cultivaban ellos mismos, o a alimentos que eran cultivados localmente y accesibles a precios fijados localmente. En la actualidad, en muchos países en África, Asia y Latinoamérica, eso simplemente ya no es posible. Los mercados globales determinan ahora los precios locales – y a menudo los únicos alimentos disponibles deben ser importados desde muy lejos.

*   *   *

El alimento no es una mercancía más – es absolutamente esencial para la supervivencia humana. Lo mínimo que debiera esperar la humanidad de cualquier gobierno o sistema social es que tratara de impedir el hambre – y sobre todo que no impulse políticas que niegan el alimento a la gente.

Por eso el presidente venezolano Hugo Chávez tuvo toda la razón el 24 de abril, cuando describió la crisis alimentaria como «la mayor demostración del fracaso histórico del modelo capitalista».

¿Qué hay que hacer para terminar esta crisis, y para asegurar que no vuelva a ocurrir?








NOTAS


[1] Kevin Pina. «Mud Cookie Economics in Haiti». Haiti Action Network, Feb. 10, 2008. http://www.haitiaction.net/News/HIP/2_10_8/2_10_8.html

[2] Tony Karon. «How Hunger Could Topple Regimes». Time, April 11, 2008. http://www.time.com/time/world/article/0,8599,1730107,00.html

[3] «The New Face of Hunger»The Economist, April 19, 2008.

[4] Mark Lynas. «How the Rich Starved the World»New Statesman, April 17, 2008. http://www.newstatesman.com/200804170025

[5] Dale Allen Pfeiffer. Eating Fossil Fuels. New Society Publishers, Gabriola Island BC, 2006. p. 1.

[6] Oxfam International Briefing Paper, April 2005. «Kicking Down the Door». http://www.oxfam.org/en/files/bp72_rice.pdf

[7] Ibid.

[8] OECD Background Note: Agricultural Policy and Trade Reform. http://www.oecd.org/dataoecd/52/23/36896656.pdf

[9] Kjell Havnevik, Deborah Bryceson, Lars-Erik Birgegård, Prosper Matondi & Atakilte Beyene. «African Agriculture and the World Bank: Development or Impoverishment?». Links International Journal of Socialist Renewal, http://www.links.org.au/node/328



en rebelión.org











lunes, junio 09, 2008

“Miles Davis y yo”, de George Avakian







Mi encuentro con Miles fue bastante inhabitual -fue él quien me lo recordó, yo lo había olvidado-. Debió ser en 1947 –no estábamos seguros-. En aquella época yo daba clases por la tarde, de historia del jazz, en la Universidad de Nueva York. A menudo invitaba gente para que diera conferencias. Aquella tarde, Sterling Brown –un poeta negro de Washington que daba clases en la Howard University– vino a hablar de la poesía del blues. Al terminar la conferencia decidimos ir a escuchar jazz a la calle 52.

Dizzy Gillespie tocaba en el Three Deuces. Nos sentamos a una mesa. Había una fotógrafa que recorría esa calle y fotografiaba a la gente. Cuando alguien le pedía una foto, un muchacho que trabajaba con ella se iba a toda prisa al laboratorio para revelarla en una hora. Cuando nos vio, a Sterling y a mí, nos tomó por turistas y nos propuso hacernos una foto. Acepté. Unos minutos antes Dizzy me había presentado a un joven que también había venido a escucharle: ¡Era Miles, que se había sentado a nuestra mesa y que salió en la foto! Ya le conocía de nombre. Era un tipo de apariencia tranquila pero no tenía ganas de grabar con él: circulaban demasiados rumores sobre sus problemas con las drogas.

Pasó el tiempo y empezó a llamarme regularmente, con insistencia: quería grabar conmigo

- ¡No -termine diciéndole-, tienes un contrato en vigor!
- Vence pronto.

Desconfiado, me puse en contacto con su manager y con su abogado: descubrí que acababa de firmar con Prestige.

- Miles, le dije, ¿qué me has contado?, ¡Te quedan tres años de contrato!
- Venga George, ¿qué es un contrato? ¡Estoy seguro de que lo puedes arreglar!

Miles era optimista, pero era imposible arreglarlo. Un año más tarde fui al Festival de Jazz de Newport con mi hermano, Aram. Miles tocó un set muy breve, sólo dos temas, pero el segundo era una versión de "Round Midnight" absolutamente magnífica. Mi hermano se volvió hacia mí y me dijo que tenía que grabar a Miles como fuera.

Me puse a trabajar en el contrato con su manager y su abogado. Finalmente Prestige aceptó que firmásemos un contrato y que Miles entrase en el estudio y grabase para mí con la condición de que las grabaciones no se publicasen hasta finalizar el contrato con Prestige. Era lo mínimo que podían exigir y yo no quería perjudicar a nadie. Antes de firmar el contrato, Miles y yo hablamos de las drogas. Le confesé mis temores al respecto.

- Estoy limpio, totalmente limpio, me dijo.
- Te creo, Miles, pero tiene que durar, quiero hacer algo serio.
- Voy a seguir limpio.

Y cumplió. Acabamos por firmar. Le dije que no sabía cuánto le podría pagar ya que era la primera vez que firmaba un contrato en el que no podía publicar los discos hasta transcurridos 18 meses...

- No es grave. Pero necesito 4.000 dólares.

Era una historia con una mujer, entre otras cosas. Nos pusimos de acuerdo.

La primera grabación de Miles Davis que pude publicar en el sello Columbia fue "Sweet Sue", un tema grabado para What is Jazz, el programa de televisión de Leonard Bernstein. Miles lo tocaba al estilo "cool", mientras que otros lo hacían al estilo latin jazz, swing, etc.

Empezamos a pensar en lo que podríamos hacer después. Así tomo forma ‘Round About Midnight, que quería hacer debido a mis recuerdos de Newport. Creo que olvidé hablar de ese momento mágico en el texto del disco: en aquella época, me dije que todo el mundo ya lo sabía. No tenía en cuenta a las generaciones futuras... Era la época en que el grupo de Miles se había estabilizado con John Coltrane, Paul Chambers, Red Garland y Philly Joe Jones.

El responsable de promoción de Columbia se había apasionado por Miles. Decidimos repetir lo que habíamos hecho con Dave Brubeck un año antes: una especie de programa especial destinado a seducir a la gente de Time, Newsweek, Life, etc. La operación fue muy eficaz para que Miles fuera conocido fuera del mundo del jazz. Pero quedaba un problema: ¿cómo íbamos a lograr desmarcar los discos que íbamos a publicar de los ya existentes en Prestige? Había que alejarse del quinteto que ya habíamos utilizado en 'Round About Midnight… Así que pensé que teníamos que basarnos en lo que se hizo en Birth of the Cool con Capitol, pero ampliando el noneto. Se lo comenté a Miles y le pregunté a quién quería como arreglista. Nos pusimos de acuerdo en el nombre de Gil Evans y propuse que nos viésemos los tres para almorzar y hablar del proyecto.

Nos citamos en el Lindy’s, un restaurante muy frecuentado por gente del espectáculo. En la mesa de al lado, un grupo de actores de Broadway que no tenían ni idea de quien era Miles, no paraban de reír. Miles se lo tomó bien. Era un tío tranquilo, nada que ver con la imagen de arrogante que más tarde tuvo la gente de él. Ahí se decidió la instrumentación y Gil eligió una fórmula con 19 instrumentos. Tuvo la idea de encadenar los temas – yo ya lo había echo para una serie de discos de piano, la "Piano party series" con Erroll Garner, entre otros.

Una vez grabado el disco me puse a pensar en el título. Quería definir a Miles como un músico adelantado a los demás... De repente me dije: "He’s miles ahead!" (¡Está varias millas por delante!). Así es como se encontró un título al disco (Miles Ahead).

A Miles no le gustaba el diseño de la portada original. Se trataba de un velero con una chica sentada en la proa del barco sobre un fondo de cielo muy azul.

- Sí, está bien, me dijo, pero ¿por qué no una chica negra? Se lo hubieras podido pedir a Frances.

Frances era su novia en aquel momento, una chica preciosa.

- Escucha Miles, vamos a centramos en la idea de un barco que adelanta a todos...
- George, hay que cambiar la portada.
- Lo podemos hacer, pero me estás pidiendo que pare la producción cuando estamos vendiendo entre veinte y treinta mil ejemplares por semana y ya tenemos impresas unas doscientas mil portadas...
- ¿De verdad? Entonces, si hacemos una nueva portada ¿echamos por tierra los envíos de discos a las tiendas?
- Sí.
- Entonces, déjalo.






en Jazz Magazine










domingo, junio 08, 2008

"Qué está pasando", de Guillaume Apollinaire

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Monto guardia junto al polvorín.
Hay un perro muy gentil en la garita.
Hay unos conejos que huyen por el monte bajo, entre matorrales.
Hay unos heridos en la sala de guardia.
Hay un funcionario brigadier que les pellizca la nariz a
          los roncadores.
Hay una ruta por el desfiladero que domina los hermosos valles
Plenos de árboles en flor que colorean la primavera.
Hay unos viejos que discuten en los cafés.

Hay una enfermera que piensa en mí frente a la cabecera de su herido.
Hay grandes buques sobre el mar desencadenado.
Hay mi corazón que late como director de orquesta.
Hay unos Zepelines que pasan arriba de la casa de mi madre.
Hay una mujer que toma el tren a Baccarat.
Hay unos artilleros que chupan caramelos acidulados.
Hay unos alpinos que acampan bajo las tiendas.
Hay una batería de 90 que dispara a lo lejos.
Hay tantos amigos que mueren a lo lejos.














Qu’est-ce qui se passe

Je monte la garde à la poudrière./ Il y a un chien très gentil dans la guérite./ Il y a des lapins qui détalent dans la garrigue./ Il y a des blessés dans la salle de garde./ Il y a un fonctionnaire brigadier qui pince le nez aux ronfleurs./ Il y a une route en corniche qui domine de belles vallées/ Pleines d’arbres en fleurs qui colorent le printemps./ Il y a des vieillards qui discutent dans les cafés.// Il y a une infirmière qui pense à moi au chevet de son blessé./ Il y a de grands vaisseaux sur la mer déchaînée./ Il y a mon cœur qui bat comme le chef d’orchestre./ Il y a des Zeppelins qui passent au dessus de la maison de ma mère./ Il y a une femme qui prend le train à Baccarat./ Il y a des artilleurs qui sucent des bonbons acidulés./ Il y a des alpins qui campent sous des marabouts./ Il y a une batterie de 90 qui tire au loin./ Il y a tant d’amis qui meurent au loin.//










sábado, junio 07, 2008

Tres poemas de Eugenio Montejo

Tímido pero ferviente homenaje al gran poeta -y ensayista- venezolano nacido en Caracas en 1938 y muerto el pasado jueves, 5 de junio, a la edad de 69 años.






Un año

Vuelvo a contarme aquí mi vida
otra tarde de otoño
viejo de treinta y tres vueltas al sol.
Vuelvo a replegarme en esta silla
palpando su inocencia de madera
ahora que el año hace su estruendo
y me sacude fuerte, de raíz.
En la terraza inicio otro descenso
al infierno, al invierno.
Sangran en mí las hojas de los árboles.





Adiós al siglo XX


a Alvaro Mutis


Cruzo la calle Marx, la calle Freud;
ando por una orilla de este siglo,
despacio, insomne, caviloso,
espía ad honorem de algún reino gótico,
recogiendo vocales caídas, pequeños guijarros
tatuados de rumor infinito.
La línea de Mondrian frente a mis ojos
va cortando la noche en sombras rectas
ahora que ya no cabe más soledad
en las paredes de vidrio.
Cruzo la calle Mao, la calle Stalin;
miro el instante donde muere un milenio
y otro despunta su terrestre dominio.
Mi siglo vertical y lleno de teorías...
Mi siglo con sus guerras, sus posguerras
y su tambor de Hitler allá lejos,
entre sangre y abismo.
Prosigo entre las piedras de los viejos suburbios
por un trago, por un poco de jazz,
contemplando los dioses que duermen disueltos
en el serrín de los bares,
mientras descifro sus nombres al paso
y sigo mi camino.






Escritura

Alguna vez escribiré con piedras,
midiendo cada una de mis frases
por su peso, volumen, movimiento.
Estoy cansado de palabras.

No más lápiz: andamios, teodolitos,
la desnudez solar del sentimiento
tatuando en lo profundo de las rocas
su música secreta.

Dibujaré con líneas de guijarros
mi nombre, la historia de mi casa
y la memoria de aquel río
que va pasando siempre y se demora
entre mis venas como sabio arquitecto.

Con piedra viva escribiré mi canto
en arcos, puentes, dólmenes, columnas,
frente a la soledad del horizonte,
como un mapa que se abra ante los ojos
de los viajeros que no regresan nunca.










viernes, junio 06, 2008

"Las viejas preguntas", de Elikura Chihuailaf



¿Qué es lo real, qué lo imaginario? “La vida es sueño”, nos sigue diciendo Calderón de la Barca. Lo cierto –dice nuestra Gente- es que venimos, estamos, y seguiremos andando en la dualidad finita e infinita, visible e invisible, resurgiendo en cada instante de nuestra misteriosa existencia, remecidos permanentemente por la sonoridad maravillosa del Silencio. El presente, su pensamiento, es nada más el casi vano intento –mas, imprescindible- de vislumbrar el territorio que media entre la memoria del pasado y la memoria del futuro.

En lo visible, Wenuleufv / el Río del Cielo que nos mira y es observado por nosotros, sombras apenas, fugaces, embelesándonos en nuestra verdadera condición: la Luz. Y en lo invisible, el Balsero de la muerte, aguardando –para cumplir su oficio- nuestros tristes cantos de separación. Así me estoy recordando ahora que es madrugada y en el campo los esteros y los ríos extienden su respirar de neblina y se despiden de la noche, mientras corren hacia el mar añorando a los bosques que se fueron.

Son las seis de la mañana. La quietud comienza a tornarse –poco a poco- en ruidoso vacío. Y es que la ciudad empieza a reanudar su fantasmagórico quehacer. Al taconear de alguien que pasa apresurado se suman los pasos lentos, vacilantes, de algunos hombres y mujeres que intentan –al parecer- hilvanar una conversación, pero que –cual programa de televisión- hablan todos a la vez y luego carcajean con estrépito, y que por un momento ¿de lucidez? callan, compadecidos a lo mejor de sí mismos (entonces debiera estar con ellos, me digo).

A esta hora, no sé porqué, los automóviles que pasan a lo lejos parecen avanzar como rodeados de agua o de viento; después chirridos de frenadas, bocinas, la explosión subterránea de camiones o de buses aún vacíos que avanzan raudos en distintas direcciones de la gran ciudad. Después, en el parque, las primeras señales de los treiles y los tiuques anunciarán la mañana, desatando el gorjeo de los gorriones sobre los techos de las casas.

La condición de los seres humanos, debatirnos entre el ensoñar tranquilo y enérgico (y trabajar para alcanzar un lugar para todos) u optar por el camino egoísta de las pequeñas o grandes cuotas de poder. Y nos ha tocado vivir esta época de mayor confusión quizás; de las utopías de plástico del mercado neoliberal (veo las mías sobre mi pequeña mesa cansada ya de tanta soledad), de la delincuencia mercantil establecida y avalada además por sus medios de comunicación. Nos ha tocado esta época de comida chatarra y cirugía plástica, para el cuerpo y el espíritu. Época de la denigración a la que hemos permitido nos sometan los adinerados de este país.

En el Chile actual, “a vista y paciencia”, se están loteando (como lo hicieron con nuestro País Mapuche, a finales del siglo 19 y comienzos del 20) las riquezas naturales que nos pertenecen a todos, a las generaciones de ayer / de hoy y de mañana. Como sabemos, en el mundo chileno ahora se legisla en base a la denominada “política de los consensos”, el acuerdo que abierta o encubiertamente favorece el enriquecimiento extremo, abusivo, de unas pocas familias -Luksic, Matte, Angelini, Piñera- y que facilita el paso siniestro de las transnacionales: los mercaderes de la madera, de las energías hídricas, de los minerales, del aire (las consecuencias de la contaminación y las telecomunicaciones), y de todo lo que pueda servirles para convertirlo en dinero.

Debemos detener ahora su avance nefasto, caso contrario sentiremos pronto el estruendo de sus máquinas socavando el subsuelo de nuestros campos y ciudades. ¿Qué les diremos entonces a las hijas y a los hijos de nuestras hijas e hijos? “El Pueblo Mapuche, hoy con la memoria de Kolo Kolo, Kallfvlikan, Leftraru, Janekew, Kallfvkura y tantos más, no ha dejado de luchar en defensa de nuestra Madre Tierra que nos regala todo lo que necesitamos y cuya Ternura debemos agradecer a cada instante”, nos está diciendo nuestra gente perseguida y encarcelada por el Estado, pero que a pesar de la tristeza está de pie, parlamentando “como lo hicieron nuestros Antepasados”.

Aún con nubarrones, la mañana me dice que vale la pena estar vivos.






en El Periodista, 20 de mayo, 2008.



jueves, junio 05, 2008

“Cueca p’al Colo Colo”, de Tito Fernández






Hoy vengo a hacerme presente, con todito el corazón
en el nombre de mi gente y de toda la nación,
porque Chile, primoroso, se viste de mil colores
y saluda, carñoso, al Colo de mis amores.



Yo soy Colocolino,
¡caramba! de que era chico
dijo un gallo cantando
¡caramba! con todo el pico.

Yo soy colocolino
¡caramba! de que era chico.

Con todo el pico, sí,
¡caramba! por la mañana
lanzo mi canto, lindo,
¡caramba! como una diana.

Yo soy Cococolino
¡caramba! por la mañana.

De los tiempos de gloria
¡caramba! tengo presente
a Don Jorge Robledo
¡caramba! y a sus parientes.

De los tiempos de gloria
¡caramba! tengo presente.

Don Atilio Cremaschi,
¡caramba! y a lo hecho pecho,
era de patas chuecas
¡caramba! pero derecho.

Don Atilio Cremaschi,
¡caramba! y a lo hecho pecho.

Hasta el gallo más fino
¡caramba! es Colocolino.










Homenaje al hincha anónimo

Bonus track







Nota pre-clásico Colo Colo - Universidad de Chile


Torneo de Apertura 2007


Megavisión Noticias











miércoles, junio 04, 2008

«Coraje de John Berryman», de Armando Roa Vial

Ensayo de Armando Roa Vial /
Traducciones de Armando Roa Vial y Juan Carlos Villavicencio






John Berryman fue tal vez el acróbata más fúnebre de la poesía norteamericana. Digámoslo: la suya fue una acrobacia autodestructiva, confundidos el victimario y la víctima, allí donde la contundencia de la muerte golpea con más fuerza: en la pérdida de toda certidumbre respecto a la vida como ocasión de plenitud o celebración. Ni siquiera el lenguaje sale indemne de este tránsito doloroso; la palabra, para el poeta, es sólo una instancia de conquista dudosa o provisional. Es, por lo tanto, el itinerario del desalojo, la desazón de un hombre «sin atributos» para quien la única huida parecía estar en la ruptura. Por eso el «soy nadie» de Celan es contrapunteado por Berryman no como un gesto retórico; tampoco como una fórmula ritual. Es, ante todo, tarjadura de apetencias y sueños, de la ilusión como centro de cuanto somos, expresión de una «voluntad cósmica» –en sentido schopenhaueriano–, que al ser eslabón solitario de la vida, acaba por consumirla. Schopenhauer –recuerda Copleston– vislumbraba en la voluntad el fundamento de cada ente; encadenados a ella, no hay sosiego posible: «su acometida es tenaz pero siempre fallida: su triunfo no es más que la fugaz consumación del deseo», una apuesta abortada por un brutal sentimiento de menoscabo. Berryman, de la mano de Schopenhauer, recurre con insistencia a la metáfora del hombre como un ser a la deriva, solazándose en el desamparo, sin puntos cardinales, pasto de polvo y gusanos, transformando al poema en un juego clandestino entre la vida y la muerte. Henry, el heterónimo de Berryman en Dream Songs, es el portavoz por excelencia de este sentimiento: «un portavoz de lo que ya no tiene voz», cuando la vida se transforma en una herida prematuramente abierta por un universo desarbolado de todo sentido transfigurador. No se trata, pues, de un hombre perseverando en su voluntad de ser; para Berryman, el hombre simplemente debe omitirse ante la acometida de un porvenir donde sólo repican la ruina y la soledad.

Desterrado de sí mismo, Berryman se suicida en 1972. Releer su vida es encontrar el eco preciso a los versos de Pierre Reverdy: «Nada responde a mi llamada enmudecida / nada se opone a esa mueca brutal que siega mi cosecha».


en Elogio de la Melancolía, Edición definitiva, 2007




II. John Berryman / Muestra:




DREAM SONG 29
 Traducción de Juan Carlos Villavicencio

Algo se asentó, una vez, en el corazón de Henry,
tan pesado, que si hubiera tenido cien años más
& más & gimiendo, insomne, en todo ese tiempo
Henry no habría prosperado.
Comienza siempre de nuevo en los oídos de Henry
la breve tos en alguna parte, una fragancia, una campanada.

Y entonces hay otra cosa en su mente
como un grave rostro sienés mil años
fallaría en manchar el aún perfilado reproche de lo Horrible,
con los ojos abiertos, atiende, ciego.
Todas las campanas dicen: demasiado tarde. Esto no es para lágrimas;
una manera de pensar.

Pero Henry nunca acabó con nadie, nunca como creyó
haber hecho y cercena el cuerpo de ella
y esconde los trozos, donde puedan ser encontrados.
Él sabe: va a verlos a todos, & nadie ha desaparecido.
A menudo él los enumera, al amanecer.
Nadie ha desaparecido jamás.





EPÍLOGO
Traducción de Armando Roa Vial

Murió en diciembre. Debió caer
en algún lugar borroso y frío, el alma y su sello,
la gracia boca abajo y toda la finura arruinada
en alguna parte. La imaginación
ya no llega hasta ahí. Ambos tocamos fondo.
No hay sustantivos ni verbos para expresar lo que siento.





ÉL DIMITE
Traducción de Juan Carlos Villavicencio


La edad, y las muertes, y los fantasmas.
Ella ha huido lejos en espíritu
de mí. Los huéspedes
de los pesares vienen & me encuentran vacío.

No siento que esto cambiará.
No quiero nada
ni a nadie, familiar o extraño.
No pienso cantar

nunca más desde ahora;
jamás. Debo partir
a sentarme con un rostro ciego
sobre un desierto corazón.









Dream Song 29

There sat down, once, a thing on Henry’s heart  // só heavy, if he had a hundred years / & more, & weeping, sleepless, in all them time  / Henry could not make good. / Starts again always in Henry’s ears / the little cough somewhere, an odour, a chime. // And there is another thing he has in mind / like a grave Sienese face a thousand years / would fail to blur the still profiled reproach of. Ghastly,  / with open eyes, he attends, blind. / All the bells say: too late. This is not for tears;  / thinking. // But never did Henry, as he thought he did, / end anyone and hacks her body up / and hide the pieces, where they may be found. / He knows: he went over everyone, & nobody’s missing. / Often he reckons, in the dawn, them up. / Nobody is ever missing.



Epilogue

He died in December. He must descend / Somewhere, vague and cold, the spirit and seal, / The gift descend, and all that insight fail / Somewhere. Imagination one’s one friend / Cannot see there. Both of us at the end. / Nouns, verbs do not exist for what I feel.



He resigns

Age, and the deaths, and the ghosts. / Her having gone away / in spirit from me. Hosts / of regrets come & find me empty. // I don’t feel this will change. / I don’t want any thing / or person, familiar or strange. / I don’t think I will sing // any more just now; / or ever. I must start / to sit with a blind brow / above an empty heart.








martes, junio 03, 2008

“Los meridianos y el calendario”, de Julio Verne

Intervención dirigida a la Sociedad Geográfica (sesión del 4 de abril de 1873), en respuesta a la pregunta de los señores Hourier y Faraguet, ambos interesados por conocer en qué meridiano ocurre el cambio de un día a otro del calendario civil.





Señores...

Se me ha encomendado por la Comisión central de la Sociedad Geográfica responder a una pregunta muy interesante que ha sido formulada simultáneamente, por una parte, por el señor Hourier, ingeniero civil, y, por la otra, por el señor Faraguet, ingeniero jefe de los Puentes y Carreteras de Lot-et-Garonne. Creo que no sea necesario ver más que una simple coincidencia entre estas cartas y la publicación del libro titulado La vuelta al mundo en ochenta días, que publiqué hace tres meses; y para introducir la cuestión que nos concierne, les pediré permiso para citar las líneas que terminan esta obra.

Se trata de esta situación muy singular -de la cual Edgar Poe ha sacado partido en un cuento titulado Tres domingos por semana-, se trata, digo, de esta situación ocurrida a los viajeros que lleven a cabo la vuelta al mundo, sea yendo hacia el Este, sea dirigiéndose hacia el Oeste. En el primer caso, han ganado un día; en el segundo, lo han perdido, luego de haber regresado al punto de partida.

«En efecto -he dicho-, marchando hacia Oriente, Phileas Fogg (este es el héroe del libro) iba al encuentro del Sol, y por lo tanto, los días disminuían para él tantas veces cuatro minutos como grados recorría. Hay 360 grados en la circunferencia, los cuales, multiplicados por cuatro minutos, dan precisamente veinticuatro horas, es decir, el día inconscientemente ganado. En otros términos: mientras Phileas Fogg, marchando hacia Oriente, vio el Sol pasar ochenta veces por el meridiano, sus colegas de Londres no lo habían visto más que setenta y nueve».

La pregunta se formula entonces así, y sólo me bastará resumirla en pocas palabras. Todas las veces que se lleve a cabo la vuelta al globo yendo hacia el Este, se gana un día. Todas las veces que se dé la vuelta al mundo yendo hacia el Oeste, se pierde un día, es decir esas 24 horas en que el sol, en su movimiento aparente, da la vuelta a la tierra, y este es, cualquiera que sea, el tiempo que se emplea para llevar a cabo el viaje.

Este resultado es tan real, que la administración de la marina otorga un día de ración suplementaria a sus navíos que, saliendo de Europa, doblan el Cabo de Buena Esperanza, y retira, por otra parte, un día de ración a todos los que doblan el Cabo de Hornos. De dónde se puede sacar una explicación a esta consecuencia tan rara de que los marinos que van hacia el Este estén mejor alimentados que aquellos que van hacia el Oeste. En efecto, cuando todos lleguen al punto de partida, aun cuando han vivido la misma cantidad de minutos, unos han hecho un desayuno, una comida y una cena más que los otros. A esto se responderá que estos han trabajado un día de más. Sin dudas, pero no han vivido más que los otros.

Es entonces evidente, señores, que de este asunto sobre el día perdido o el día ganado, siguiendo la dirección lógica, debe por tanto concluirse que este cambio de fecha debe verificarse en un punto cualquiera del globo. Pero, ¿cuál es este punto? Tal es el problema a resolver, y no se asombrarán que esto haya despertado la atención de los autores de las dos cartas. Estas dos cartas pueden, en suma, resumirse de la siguiente manera: Sí, hay un meridiano privilegiado sobre el cual se lleva a cabo la transición, dice el señor Faraguet. ¿Dónde está ese meridiano privilegiado?, pregunta el señor Hourier.

Antes que nada, señores, diré que es difícil de responder desde el punto de vista puramente cosmográfico. ¡Ah!, si los señores Hourier y Faraguet pudiesen hacerme saber sobre qué horizonte el Sol se levantó en los primeros días de la creación, si conociesen el meridiano del globo sobre el cual el mediodía se estableció por primera vez, la pregunta sería fácilmente resuelta, y yo les diría: Ese primer meridiano es el meridiano privilegiado que determina el señor Faraguet y que reclama el señor Hourier. Pero, ninguno de estos ingenieros han sido lo suficientemente primitivos para ver la primera elevación del radiante astro; no pueden entonces decirme cuál es este primer meridiano, y ahora, abandonando por este momento la cuestión científica, paso a la cuestión práctica que trataré de dilucidar en algunas palabras.

De esta consecuencia de que se gana un día por el Este y se pierde por el Oeste, se deriva un equívoco que se ha mantenido durante mucho tiempo. Los primeros navegadores habían impuesto, y esto de forma inconsciente, su calendario a las nuevas regiones. De forma general se contaban los días en dependencia de que los países hubieran sido descubiertos por el Este o por el Oeste. Los europeos, al llegar a estas regiones desconocidas habitadas por los indígenas que no se preocupaban ni de los días ni de las fechas en las cuales se comían a sus semejantes, los europeos, repito, imponían su calendario, y todo quedaba dicho. Así durante siglos se fechó a Canton tomando como punto de partida la llegada de Marco Polo, y a las Filipinas por la de Magallanes. Pero el error de concordancia de los días debía crear problemas en la práctica comercial. De esta forma, desde hace unos veinte años, en una época que no puedo fijar, pero que nuestro eminente colega, el señor almirante de Paris, podría indicar, se decidió llevar definitivamente a Manila el calendario europeo, que regularizó la situación y creó, por así decir, un calendario oficial. Agregaré que existía desde hace mucho tiempo, en la práctica, un meridiano compensador, que era el 180 contado a partir del meridiano 0, sobre el cual están reglados los cronómetros de a bordo, sea Greenwich por el Reino Unido, París por Francia o Washington por los Estados Unidos.

He aquí, en efecto, lo que traduje del periódico inglés Nature, al cual se le dirigió, en 1872, la pregunta formulada por los dos honorables ingenieros: «La pregunta del señor Pearson, en el número del 28 de germinal (Séptimo mes del calendario republicano francés, cuyos días primero y último coincidían, respectivamente, con el 21 de marzo y el 19 de abril) del periódico Nature, no admite una respuesta exacta o científica, debido a que no hay una línea natural de demarcación o cambio, y el establecimiento de esta línea es completamente una cuestión de uso o conveniencia. No hace muchos años atrás las fechas de Manila y de Macao eran diferentes, y hasta la cesión del territorio de Alaska a los americanos, las fechas de allí diferían de las del cercano territorio de la América inglesa. La regla aceptada ahora es que los lugares que se hallan en longitud oriental se fechen como si se hubiese llegado hasta allí por el Cabo de Buena Esperanza, y que aquellos que estén situados en longitud occidental se fechen como si se hubiese llegado por el Cabo de Hornos. Esta regla se hace prácticamente conveniente debido a la longitud del Océano Pacífico. Así entonces, el capitán de un navío tiene por hábito cambiar la fecha de su libro de a bordo al atravesar el meridiano 180, agregando o restando un día siguiendo a la dirección en la que va; pero el capitán que sólo atraviesa este meridiano para regresar sobre sus pasos, no modifica su fecha, de tal suerte que pueden y deben encontrarse, de vez en cuando, capitanes que tengan fechas diferentes. Un ejemplo muy notorio de este efecto tuvo lugar durante la guerra de Rusia, cuando nuestra escuadra del Pacífico alcanzó a la escuadra de China en las costas de Kamtchatka».

La cita que acabo de hacer, señores, debe hacerles prejuzgar la solución posible que vamos a dar. Acabo de tratar esta pregunta desde el punto de vista histórico, después desde el punto de vista práctico; pero, ¿está resuelta científicamente? No, aunque su solución se encuentra indicada en la carta del señor Faraguet. Para resolverla completamente, permítanme entonces, señores, citar una carta que me dirigió personalmente uno de nuestros más grandes matemáticos, el señor J. Bertrand, del Instituto.

«Nuestra conversación de ayer me ha dado la idea de un problema que a continuación enuncio: Un señor, provisto de medios de transporte suficientes, sale de París un jueves al mediodía; se dirige hacia Brest, de allí a Nueva York, a San Francisco, Yedo, etc., y regresa a París luego de 24 horas de viaje, a razón de 15 grados la hora. En cada estación, pregunta: ¿Qué hora es? Le responden invariablemente: mediodía. Luego pregunta: ¿En que día de la semana vivimos? En Brest, le responden jueves; en Nueva York, igualmente; pero al regresar, en Pontoise, por ejemplo, le responden viernes. ¿Dónde ocurrió la transición? ¿Sobre qué meridiano nuestro viajero, si es buen católico, puede y debe lanzar el jamón que se convierte en prohibido? Es evidente que la transición debe ser brusca. Ocurrirá en el mar o en los países que ignoran el nombre de los días de la semana. Pero supongan la existencia de un paralelo entero sobre el continente y habitado por pueblos civilizados que hablan la misma lengua y se someten a las mismas leyes; habrá dos vecinos, separados por una línea imaginaria, y uno de ellos dirá hoy al mediodía: vivimos el jueves; y el otro afirmará: vivimos el viernes. Suponga, por otra parte, que uno habite en Sevres y el otro en Bellevue. No habrán vivido ocho días en esta situación sin llegar a entenderse sobre el calendario; el equívoco cesará entonces, pero renacerá por otra parte, y se le hará un movimiento perpetuo en el diccionario de los días de la semana».

Esta carta, señores, a la vez muy lógica y muy espiritual, me parece resolver de una manera categórica la pregunta formulada a la Sociedad Geográfica.

Sí, el equívoco existe, pero existe en el estado latente por así decir. Sí, si un paralelo atravesase los continentes habitados, habría desacuerdo entre los habitantes de este paralelo. Pero parece que la previsora naturaleza no ha querido dar a los humanos una causa suplementaria de discusiones. Ha puesto prudentemente entre las grandes naciones, los desiertos y los océanos. La transición del día ganado al día perdido se hace de una manera inconsciente en estos mares que separan los pueblos; pero el equívoco no puede ser constatado, porque los navíos se mueven y no permanecen inmóviles sobre estos largos desiertos.

No hace falta insistir más, señores, y me resumiré diciendo.

Desde el punto de vista práctico: El acuerdo del calendario a usar, que ha sido resuelto, con la adopción del mismo en Manila. Los capitanes cambian la fecha de sus libros de a bordo cuando pasan el meridiano 180, es decir la prolongación del meridiano regulador que fija su cronómetro.

Desde el punto de vista científico: La transición se hace sin brusquedad, inconscientemente, sea sobre los desiertos, sea sobre los océanos que separan los países habitados.

No tendremos entonces en el futuro el doloroso espectáculo de dos pueblos civilizados yendo a la guerra y batiéndose por el honor de un calendario nacional.