lunes, junio 02, 2008

Tres poemas de Eduardo Espina




Razón de todas las cosas
(Los amantes antes y después)

De tal manera imaginaria, las cosas sucedían
para que todo fuera a deshora en lo desusado:
la racha entrometida del dedo en el deshabillé,
las alabanzas a la blusa azul al soltarla hasta el
desacato de desabotonar de las polainas a las
bragas en remedo de ilusiones todo lo demás,
y así, la castidad a su holocausto, él, y el final.
Aposento de sentidos por la planicie inicial y
en plena siembra sin darse por vencido, pero
igual, no. Nadie en la dicha más de la cuenta.
El cuerpo importa a partir del arte por detrás.
Una idea se da, puede ser donde menos sabe.
Todo nombra, la piel a solas cede a los labios.
Está la realidad para decir adiós hace un rato.
En la ducha los afeites hermosean el enredo
y regresa el agua a la noche donde se bañan.
El amor es la única imposibilidad necesaria.



Lengua materna
(Está escrito y entonces se escucha)

La mirada sueña su ser sin ser cierto.
Nada imprescindible es inversamente
proporcional: el uso sacia lo silvestre,
el empolvado a la par de la apariencia.
Hace un rato y en el país aún paisajes.
Las palabras preguntan por las plantas
en lo que no podrían responder, ¿y si
lo son? Abruma un deslumbramiento,
y dentro de la casa casi una situación;
la casa, ese espejo para pecar después.
Todo lo nuevo tendrá redor de urracas,
librada membrana adonde despertarse.
Corre a sus ansias una visión valiente:
el río sagrado en lugar de los hogares,
la velocidad del oro en aras del viento.
Entre tanto el árbol del tabú osó soltar
azores por las montañas nunca únicas,
pasó el pulso del papiro a la memoria
al morir la hora entre la ausencia y un
espesor infinito: algo todavía por ipar
y pare al alba el hábitat la sílfide feliz.
Raspa por el paisaje lo que no es poca
cosa y la costumbre de obrar en breve.
Ya el tiempo o regresa la idea a su lid,
regla grave para agregar a los agüeros.
Detrás del austro otro estruendo atraen
distraído por traer a las horas el drama.
Entre hoy y ya pasaron varias semanas,
quede para el domingo lo interminable,
el perfume cuya forma fue la felicidad.
Algún rato será mientras el aura ocurra,
rápido rasgando la suerte de herraduras
cuando a ras la siembra reciente roza al
sauce en los cielos pero sin nunca serlo:
nada simple es similar a la próxima vez.
¿O ha de ser el infinito, puro fin, de qué
y qué ha sido del silencio al asomar ahí?
Altura callada, hada del más dócil nido
de voz a variar con la voluntad del tala.
Tilos, hielo, años de ñandubay como va
único el corazón del agua a darles caza,
y zarzales al hacer del azur el resultado
y razones para las zorras en la cerrazón.
Va por tal porvenir el dorado anuro, va
la paja al pico en su pájaro, gira airado,
a lo invencible viaja antes de saber esto.
Ah del aire a solas como punto de vista.
Cimas, alma para no dejar de parecerse
al cierzo donde tanto está que ya estaba.
Rumbo de madréporas, de mirar encima
la misma similitud de sol cerca del lirio.
Sea hasta turbar fuera una esfera infinita
contra la fronda que en canéfora viajara
por ver el verano esperando al pampero,
plan inmóvil que la paz puso en peligro.
Oh del tiempo para después de los días
dados a la penúltima idea que les diera,
lingua, gualicho, noche de yutes chatos
siempre y cuando en el tranco aprenda.
Es por eso de pagarle a la belleza lares.
Pero no todo embellecimiento hablará
de lo oblicuo en la arboleda: el bosque
bañado de vencejos, da el visto bueno;
está la luna para que luego la explique.
En la gema del ojo grazna lo agrietado.
Dentro, lo que no es nada, deja de ser.



La tortuga de Zenón
(En la quietud la velocidad duerme)

Lo íntimo atrae a la intemperie.
Rastro a ras de la escolopendra
y algo de logos en la caparazón.
A su paso piensan las paralelas,
viene el viento con un vendaval,
viene para que la vida no lo vea.
Feliz remordimiento de la razón.
Una rapidez tal cual la luna sale
mientras la sed decía no esperes,
sé de otros, no de ti ni tan ahora.
Anda, última alma del galápago,
que ya grazna el peso anacarado,
un país de piel aparte ya de otros.
Fue la felicidad del día indebido,
de cuál si entonces fueron todos.
¿Jueves? aunque digan, fue lunes.
Era más bien por aquel entonces.
El uso osado de la similitud hizo
a ciegas, lo que salva cedió a su
raza la tosudez de sentirse culta,
sacra en tregua por lo predilecta
dándole oportunidad al traspiés,
a la pata pobre con poco Platón.
Caso de poca longitud y ajetreo
a merced del ser acertado cerca
(cerca que parecía estar tan ahí).
Iba como quien va hasta la idea.
Iba bastante hasta sentir encima
de la sien músicas de velocidad.
Presocráticos a usanza la vieron
rodar entre sospechas enhebrada
a las breas que vaciaban su plan.
¿De alcurnia, igual al leopardo?
Huida del aire, casi tan solitaria:
lenta de oscuridades por el brío,
siguió hasta salirse del nombre.
Al detenerse, se sintió Aquiles.













domingo, junio 01, 2008

“Haciendo discos”, de Jim Morrison





Elvis tenía una voz sabia
y sexualmente madura a los 19.

La mía aún guarda el gemido nasal
de los menores chillidos y furias
de un adolescente reprimido.

Un cantante interesante,
a lo sumo:
un grito o un canturreo enfermo.
Nada entre todo eso.

Un líder natural, un poeta,
un Chamán,
con el alma de un payaso.

¿Qué estoy haciendo
en la arena de la Plaza de Toros?
Todas las figuras públicas
corren por ser líderes.

Espectadores en la Tumba;
observadores de la Revolución.

Miedo a los Ojos.
Asesinato.

Estar borracho es un buen disfraz.

Bebo para así poder hablar con los imbéciles.
Yo incluido.








en Los poemas ocultos, 1995









sábado, mayo 31, 2008

“Escapada ’74-’75”, de Madison Morrison




1er DÍA: PARTIENDO DE ESTRASBURGO

Usted comienza su viaje
a lo largo del viejo río Rin
temprano en la mañana,
esto no tiene inconvenientes,
la noche anterior,
cordialmente ha sido usted
invitado a bordo.
La nave y su tripulación,
desde ese momento,
han estado a su disposición.

Ahora dejamos Estrasburgo,
sede del Consejo de Europa,
con su Catedral mundialmente
famosa, con su pintoresca
parte antigua conocida
como “la petite France”.
Navegamos por varias horas
junto a la orilla de Alsacia.
La Selva Negra
comienza ya a brotar.

Continuamos hacia Mannheim,
donde el Neckar se une
al Rin, teniendo a la vista
el Palacio Electoral.
Aquí desembarcamos
para una excursión a Heidelberg
o Worms. Allí tendremos
tiempo de sobra
para ir de compras,
hasta volvernos a embarcar.

Lo hemos pasado muy bien,
y ahora que hemos partido
de Worms, aparece
a nuestra izquierda
el pueblo de Mainz.
Muchas coplas cantadas
en torno a una copa
de vino local. Assmannshausen
pronto está a la vista,
nuestro puerto para pernoctar.



2º DÍA: PARTIENDO DE ASSMANNSHAUSEN

Hemos dejado atrás
el precioso pueblecito,
con su fogoso vino,
para arrimarnos al navío.
Luego del desayuno
junto al río, de nuevo
estamos en camino. Sentados
en la cubierta escuchamos,
ya que nuestro guía nos prepara
para lo que está por aparecer.

Aquí estamos por fin
en la magnífica garganta
del Rin, con su célebre
lumbrera Lorelei.
La vista es fantástica,
cada curva nos brinda
una sorprendente novedad.
Acantilados y cerros,
unos tras otros,
incontables castillos en la cima.



3er DÍA: PARTIENDO DE DÜSSELDORF

La noche nos pilla
en esta ciudad industrial.
Hoy, en las tierras bajas,
completaremos nuestro tour
de Europa del Norte. Pasado
el trámite de aduanas, el crucero
sigue por los campos de Holanda,
y a Amsterdam llegamos,
unos buses nos esperan
para llevarnos al hotel.



4º DÍA: LLEGANDO A MADRID

Por encima de las nubes
contemplamos a la “Dama
de España”, encantadora, misteriosa,
aunque accesible. Nuestro avión
ha tocado tierra
en el corazón mismo de Iberia;
desembarcamos, ávidos
de explorar las estrechas calles
y las plazas en miniatura
del barrio antiguo.

Es la tarde. Nos hemos
saltado Toledo, queremos
en cambio divertirnos.
Después de vagar por el Rastro
y por las boutiques chic
de la Avenida José Antonio,
nos demoramos en un antiguo mesón
empinando un jerez dorado.
Es la hora de la siesta.
Para la fiesta todavía falta.



5º DÍA: GRANADA NOS SALUDA

Ni por nada queremos
perdernos la plaza fuerte
de la España Mora, que perdura
como símbolo del romance.
Ni el misterio y la belleza
del Palacio de Alhambra, joya
blasón de la ciudad. Visitamos
también otras joyitas, la capilla
Gótica y la catedral Renacentista,
rellenas de capullos en flor.



6º DÍA: PARTIENDO DE MARBELLA

Con tristeza dejamos atrás
esta aldea a orillas del mar,
al pie de la Sierra Blanca.
Le decimos adiós
a Andalucía, solazándonos
en un radiante Café,
parloteando mientras sorbemos
unas frías sangrías. Nos hemos
acercado a Algeciras,
pasándola de largo.



7º DÍA: HACIA EL ORIENTE

Un largo viaje hemos emprendido,
y una vez más
nos vemos embarcando.
Será en esta ocasión
la aventura de toda una vida,
muy lejos viajaremos
a descubrir el Este,
sus hermosas gentes
empapadas en siglos
de exóticas tradiciones.









Traducción de Miguel Muñoz




Esta traducción fue publicada originalmente en el libro con contribuciones en diversos idiomas acerca de la obra de Madison Morrison: MM the sentence commuted (Sentence of the Gods Press, Norman, Oklahoma, 2005). El libro se puede consultar íntegramente en
http://www.madisonmorrison.com/books/commuted/.











viernes, mayo 30, 2008

“Compañera”, de Carlos Oquendo de Amat






Tus dedos sí que sabían peinarse como nadie lo hizo
mejor que los peluqueros expertos de los transatlánticos
ah y tus sonrisas maravillosas sombrillas para el calor
tú que llevas prendido un cine en la mejilla

junto a ti mi deseo es un niño de leche

cuando tú me decías
la vida es derecha como un papel de cartas

y yo regaba la rosa de tu cabellera sobre tus hombros

por eso y por la magnolia de tu canto

qué pena
la lluvia cae desigual como tu nombre







en Cinco metros de poemas, 1927










jueves, mayo 29, 2008

"Asteroides", de Pedro Antonio González

Dos fragmentos



XIX

Sacerdote que manchas con los ojos
clavados en la tierra, donde pisas:
en la tierra que hartaste de despojos;
¡en la tierra que ahogaste de cenizas!

Parece que temieras que su seno
te devolviera el eco de tus pasos
en alas del estrépito de un trueno
cuyo rayo te hiciera mil pedazos.

Cuando tu mano trémula bendice
parece que sintieras en ti mismo
¡que Dios desde la altura te maldice
y que ríe Satán desde el abismo!




XXXII

Embriaga mis extáticos sentidos
la ardiente ondulación que se levanta,
al compás de tus rítmicos latidos
debajo de tu mórbida garganta.

Tras los encajes de la gasa leve
que tus senos de virgen medio encubre,
yo entreveo dos copos de la nieve
que torna en manantial el sol de octubre.










miércoles, mayo 28, 2008

“Cómo y por qué odié los libros para niños”, de Alfredo Bryce Echenique





a Marita y Alfredo Ruiz Rosas;
a Cinthia Capriata y Emilio Rodríguez Larraín



C
reo que pocos niños habrán odiado tanto como yo los libros. Eran, además, objeto de mi terror. Cuando se acercaba la Navidad o el día de mi cumpleaños, empezaba a vivir el terrible desasosiego que representaba imaginarme a algún amigo de mis padres llegando a visitarme con una sonrisa en los labios y un libro de Julio Verne, por ejemplo, en las manos. Era mi regalo y tenla que agradecérselo, cosa que siempre hice, por no arruinarle la fiesta a los demás, en lo cual había una gran injusticia, creo yo, porque la fiesta era para mí, para que la gente me dejara feliz con un regalito, y en cambio a mi me dejaban profundamente infeliz y, lo que es peor, con la obligación de deshacerme en agradecimientos para que el aguafiestas de turno pudiera despedirse tan satisfecho y sonriente como llegó.

El colmo fue cuando asesinaron al padre de uno de los amigos más queridos que tuve en mi colegio de monjas norteamericanas para niñitos peruanos con cuenta bancaria en el extranjero, por decirlo de alguna manera. La noticia me puso en un estado de sufrimiento tal, que sólo podría atribuírselo a un niño pobre, dentro de la escala de valores en la que iba siendo educado, por lo que se optó por ponerme en cuarentena hasta que terminara de sufrir de esa manera tan espantosa. Me metieron a la cama y me mandaron a una de esas tías que siempre está al alcance de la mano cuando ocurre alguna desgracia, y a la pobre no se le ocurrió nada menos que traerme un libro que un tal D’Amicis, creo, escribió para que los niños lloraran de una vez por todas, también creo.

Regresé al colegio con el corazón hecho pedazos, por lo cual ahora me parece recordar que el libro se llamaba Corazón. Y cuando llegó la primera comunión y, con ella, la primera confesión que la precede, el primer pecado que le solté a un curita norteamericano preparado sólo para confesión de niños (a juzgar por el lío que se le hizo al pobre tener que juzgar divinamente y con penitencia, además, un pecado de niño tan complejo), fue que, por culpa de un libro, yo me había olvidado de un crimen y de mi huérfano amigo y, a pesar de los remordimientos y del combate interior con el demonio, había terminado llorando como loco por un personaje de esos que no existen, padre, porque los llaman de ficción.

—¿Cómo fue el combate con el demonio? —me preguntó el pobre curita totalmente desbordado por mi confesión.
—Fue debajo de la sábana, padre, para que no me viera el demonio.
—¡Para que no te viera quién!
—El demonio, padre. Es una tía vieja que mi papá llama solterona y que según he oído decir siempre aparece cuando algo malo sucede o está a punto de suceder. Yo me escondí bajo la sábana para que ella no se diera cuenta de que había cambiado el llanto de mi amigo por el del libro.

El padrecito me dio la absolución lo más rápido que pudo, para que no me fuera a arrancar con otro pecado tan raro, y logré hacer una primera comunión bastante tembleque. Años después me enteré por mi madre que el curita la había convocado inmediatamente después de mi extraña confesión, y que le había dado una opinión bastante norteamericana y simplista de mi persona, sin duda alguna porque era de Texas y tenía un acento horripilante. Según mi madre, el curita le dijo que yo había nacido muy poco competitivo, que no había en mí el más mínimo asomo de líder nato, y que si no me educaban de una manera menos sensible podía llegar incluso a convertirme en lo que en la tierra de Washington, Jefferson y John Wayne, se llamaba un perdedor nato. Mis padres decidieron cambiarme inmediatamente a un colegio inglés, porque un guía espiritual con ese acento podría arruinar para toda la vida mi formación en inglés.

Con los años se logró que mejorara mi acento, pero mi problema con los libros no se resolvió hasta que llegué al penúltimo año de secundaria, en un internado británico. Un profesor, que siempre tenía razón, porque era el más loco de todos, en el disparatado y anacrónico refrito inglés que era aquel colegio, nos puso en fila a todos, un día, y nos empezó a decir qué carrera debíamos seguir y cuál era la vocación de cada uno y, también, quiénes eran los que ahí no tenían vocación alguna y quiénes, a pesar de tener vocación, debían abandonar toda tentativa de ingreso a una Universidad, porque a la entrada de la Universidad de Salamanca, en España, hay un letrero que dice: "Lo que natura no da, Salamanca no lo presta". Un buen porcentaje de alumnos entró en esta categoría, por llamarla de alguna manera, pero, sin duda, el que se llevó la mayor sorpresa fui yo, cuando me dijo que iba a ser escritor o que, mejor dicho, ya lo era. Le pedí una cita especial, porque seguía considerando que mi odio por los libros era algo muy especial, y entonces, por fin, a fuerza de analizar y analizar mil recuerdos, logramos dar con la clave del problema.

Según él, lo que me había ocurrido era que, desde niño, a punta de regalarme libros para niños, me hablan interrumpido constantemente mi propia creación literaria de la vida. En efecto, recordé, y así se lo dije, que de niño yo me pasaba horas y horas tumbado en una cama, como quien se va a quedar así para siempre, y construyendo mis propias historias, muy tristes a veces, muy alegres otras, pues en ellas participaban mis amigos más queridos (y también mis enemigos acérrimos, por eso de la maldad infantil), y que yo con eso era capaz de llorar y reír solito, de llorar a mares y reírme a carcajadas, cosa que preocupaba terriblemente a mis padres. "Ahí está otra vez el chico ese haciendo unos ruidos rarísimos sobre la cama", era una frase que a menudo les oí decir. El profesor me dijo que eso era, precisamente, literatura, pura literatura, que no es lo mismo que literatura pura, y que mi odio a los libros se debía a que, de pronto, un objeto real, un libro de cuya realidad yo no necesitaba para nada en ese momento, había venido a interrumpir mi realidad literaria.

En ese mismo instante, recuerdo, se me aclaró aquel problema que, aterrado, había creído ser un grave pecado cometido justo antes de mi primera comunión. Aquel pecado que tanto espantó al curita norteamericano y sobre el cual dio una explicación que, según mi madre, tomando su té a las cinco y leyendo a Oscar Wilde, sólo podía compararse con su acento tejano.

Claro, aquel libro lo había tenido que escuchar (los otros, generalmente, los arrojaba a la basura). Y ahora que lo recuerdo y lo entiendo todo, lo había tenido que escuchar mientras yo estaba recreando, en forma personalizada, o sea necesaria, el asesinato del padre de mi excelente amigo de infancia norteamericana. Me encontraba, seguro, muy al comienzo de una historia que iba a imaginar en el lejano Oeste y muy triste, particularmente dura y triste puesto que se trataba de ese amigo y ese colegio. Y cuando la lectura de mi tía, cogiéndome desprevenido y desarmado, por lo poco elaborada que estaba aún mi narración, impuso la tristeza del libro sobre la mía, yo viví aquello como una cruel traición a un amigo. Y ese fue el pecado que le llevé al curita tejano.

Desde entonces, desde que dejé de leer libros que otros me daban, empecé a gozar y Dios sabe cuánto me ayuda hoy la literatura de los demás en la elaboración de mis propias ficciones. Cuando escribo, en efecto, es cuando más leo... Pero, eso sí, algo quedó de aquel trauma infantil y es ese pánico por los libros que, autores absolutamente desconocidos, me han hecho llegar por correo o me han entregado sin que en mí hubiese brotado ese sentimiento de apertura, curiosidad, y simpatía total que me guía cuando leo el libro de un escritor que acabo de conocer y con el cual he simpatizado.

Cuando me mandan un manuscrito o un libro a quemarropa siento, en cambio, la terrible tentación de reaccionar como el Duque de Albufera, cuando Proust le envió un libro y luego lo llamó para ver si lo había recibido. El propio Proust narra con desenfado su conversación con su amigo Luigi:

—Mi querido Luigi, ¿has recibido mi último libro?
—¿Libro, Marcel? ¿Tú has escrito un libro?
—Claro, Luigi; y además te lo he enviado.
—¡Ah!, mi querido Marcel, si me lo has enviado, de más está decirte que sí lo he leído. Lo malo es que no estoy muy seguro de haberlo recibido.







en Magdalena peruana y otros cuentos, 1987











martes, mayo 27, 2008

Conversación entre Juan Luis Martínez y Franklin Goycoolea





Todo esto debe ser considerado
como algo dicho por un personaje de novela.
R. Barthes

Jaime Goycolea: Te puede resultar un poco ridículo, pero tengo la impresión de que después de la publicación de tu libro, que no es tuyo, da un poco de miedo hablar contigo…
Juan Luis Martínez:

JG: Me refiero en particular al hecho de tu silencio, como si hablar fuera de pronto una cuestión excesiva pero nunca tampoco algo suficiente. Un gesto desesperado que inmoviliza por todos lados.
JLM: Eso, paradójicamente, es muy acertado. El problema es cuando también el silencio resulta algo fastidioso e insoportable, cuestión que ocurre, para mí, demasiado seguido en cualquier lugar. Por un lado hay una depreciación de la conversación, pero por otro, también una intolerancia al silencio. Ahora bien, eso es más que nada una cuestión que tiene que ver también con la imagen, con una cultura de la imagen.

JG: Puede que hoy exista una predominante básica para todo: mirar antes que nada. Pero me refiero al hecho del ruido que, poco a poco, vas cargando a medida que vas viviendo; una especie de momento en donde ese ruido, avanzando, lo silencia todo. O como dices: «la muerte del autor: su vida...».
JLM: Me pregunto de qué lado estará esta conversación (Risas)... Una vez me ocurrió ver una serie de fotos suyas en las que jugaba un papel central el ruido y la sobreexplotación de elementos que remitían a una laceración, a un desgaste. Sin embargo, había ahí un silencio por el cual la foto dejaba un espacio de respiro necesario. Una abertura.

JG: Definitivamente creo que muchas fotos, sino todas, tienen un silencio, un espacio en el que no signifiquen no más que su silencio.
JLM: Podría decirse lo mismo del espectador.

JG: ¿Cómo así?
JLM: El espectador, quiero decir, nosotros requerimos de un lugar cuya significación sea la insignificancia. Lugar imposible donde incluso el silencio ya no signifique. Silencio como lugar del decir que -y esto, te advierto, es una aporía- siempre y sobre todo está… desdiciéndose.

JG: Qué curioso entonces es todo esto, porque mientras más vaciamos la palabra, en un sentido cultural, más significamos la no-palabra. Creo que muchas fotografías captarían momentos de insignificancia, que, como tú dices, están condenados también a significar de algún modo... a, en último caso, ser «momentos».
JLM: Así es, como también hay ya fotografías absolutamente codificadas y mediatizadas. Pero el juego frente a una imagen, es a la vez infatigable. Por eso para mí el estar frente a una fotografía puede ser una constante abertura y cerrazón de posibilidades y de pérdidas. Lo cual, sin duda alguna, puede decirse de la escritura, del habla, del lenguaje.

JG: «Hablar me da miedo porque, sin decir nunca bastante, digo también siempre demasiado». Esta formulación, para mí, siempre estará cerca del suicidio, no en el lenguaje... ¿Qué piensas de aquella posibilidad? ¿Qué te ocurre hoy día con el asunto de la muerte?
JLM: Yo creo que la muerte es una ficción. Creo que la muerte, hasta que no se presenta, es un habla. Y habla.

JG: Te haré referencia a un suceso formidable, respecto de lo que tú dices. Una noche del toque de queda, conversando con un poeta joven al que le tomé unas fotografías, surgió el tema de la inmortalidad. Él me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Entonces, yo le propuse a este poeta que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo...
JLM (riendo): Pero sospecho que al final no se resolvieron.

JG: Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos. (Risas).
JLM: ¿Te das cuenta de cómo el problema es muy ficcional? Ese diálogo de Borges es, aparte de excelente, una apología a lo inmortal que existe en toda posibilidad de lenguaje. Al lenguaje la muerte lo tiene sin cuidado.

JG: ¿Conociste a Rodrigo Lira?
JLM: No personalmente, pero…

JG: Bueno, ahí la cuestión de la muerte, en su contexto, no es precisamente un habla o una ficción, pero en un par de fotografías de las que aún tengo memoria, él aparece mucho más muerto que ahora, y mucho más silencioso de lo que realmente era. Quiero decir que siempre hay momentos, o fotografías, que no serán otra cosa que una especie de asesinato...
JLM: Justamente. Ahora bien, una fotografía a Rodrigo Lira no puede acentuar nada respecto de él y de su muerte, siempre y cuando pensemos únicamente como lectores de algunos de sus textos, y no necesariamente como lectores de un hecho tan «nulo» como el suicidio.

JG: Sí, pero hay poemas en los que uno, inevitablemente, piensa en su condición de suicida. Y no es por entablar un diálogo entre el suicidio y la literatura o de comprender su literatura como una especie de «mensaje cifrado» de su suicidio, pero la lectura, hablando ampliamente de la palabra «lectura», y teniendo en cuenta tal «nulo» suceso, adquiere también otro cariz, otro espacio... espacio ciertamente un poco..., al menos para mí.
JLM: Es un espacio de lectura y también el peligro que la amenaza. En el caso de Lira, su literatura siempre ha sido asimilada post mortem gracias a la publicación del Proyecto de obras completas, por lo que su lectura desgraciadamente estaría consagrada siempre a esa «imagen borrosa» de la que nos habla Lihn, pero... «imagen borrosa» que yo también condiciono desde sus textos, desde su Testimonio de circunstancias. El lector, que no siempre sabe que leer incluye además la parte más desgraciada de un libro, una contratapa o una solapa, debe advertir también que la escritura es una cuestión totalmente separada de aquello. Se mueve, creo yo, en esa oscilación infranqueable. De todos modos, ahora lo recuerdo, advierto que no tengo un gran futuro por delante/ que de repente/ puedo mandarme a cambiar/ en forma voluntaria/ deste conjunto de fenómenos/ en que estoy como una mosca en una telaraña/ que quedó ahí después que a la araña/ le pegaron un escobazo o le echaron insecticida/ aunque los que realmente se suicidan/ guardan sus intenciones/ con un silencio casi religioso/ dicen que dicen… Ése es un texto que yo tampoco puedo separar de la necrología de su autor.

JG: Y yo tenía la idea de que tú no podías haber leído a Lira. No sé, era un murmullo constante que tenía antes de llegar aquí a conversar contigo. Al menos él se divertía mucho con todo lo que se dijo respecto de tus trabajos, en especial acerca de La poesía chilena, y lo manejaba a veces como ironía hacia los medios críticos y hacia ti también… Dicen que dicen.
JLM: La palabra de un hombre, sin embargo, es, en algunos escritores, la Voz del rumor... La voz no tiene origen. En Lira, todo esto está hablado en el marco del libro -el libro habla-, lo cual nos permite entenderlo a éste también como un conventilleo compaginado. Y mucho más, por cierto.

JG: Aunque la cuestión del libro haya sido sometida a una turbulencia generalizada, como creo tú lo hiciste en gran medida con la fotografía y con La Página Anterior y La Página Siguiente, a pesar de esto, seguimos en su cultura, en su civilización de «obras» y «novelas» y «libros de poesía». Seguimos, por otro lado, exponiendo, publicando, proliferando en revistas, fabricando catálogos de fotos que son también libros pertenecientes a un artista o a un conjunto de artistas, etcétera. Pero todo derivará hacia la compaginación, y más que esto, hacia la editorialización de los textos supuestamente anti-editoriales y fuera del marco del libro. Para mí, La nueva novela sigue siendo un libro... Un libro «contra» el libro, pero un libro al fin y al cabo.
JLM: Te puedo remitir a una frase de Levinas: «salvar al texto de su desgracia de libro». Pero a pesar de esta sentencia, un poco dudosa viniendo en todo caso de un autor, y acompañada por ella, siempre quedará la pregunta incontestable: ¿cómo suponer que el texto existe sino leyéndolo, aunque esa lectura sea la lectura de la no-lectura? ¿Cómo advertirlo, entonces, fuera de toda «obra», aunque apartemos de ella la mirada y la...?

JG: Por suerte hay algunas que todavía podemos advertirlas y leerlas y mirarlas, a pesar de que, claro, hay obras..., o hay fotos, hay fotos que no podemos ver... ¿No crees?
JLM: Realmente, eso me alivia mucho.

JG: Hay cosas que definitivamente no quiero saber…
JLM: Eso también (Risas).

JG: ¿Qué piensas del hecho de que «tu» libro está muy cercano a convertirse en una especie de fetiche teórico?
JLM: Hay cosas que definitivamente —tampoco— quiero saber…(Risas). Pero me parece... me parece que hizo su ingreso otra vez una necesidad un poco forzada de querer teorizarlo todo, cuestión de la que resulta una especie muy curiosa de sujetos a los que...

JG: ¿Sujetos «que dicen que no dicen nada»?
JLM: No. Sujetos que, como su nombre lo indica, están sujetos a parámetros más bien especializados del saber reconocidos en la cultura, pero que a la vez, en algún sentido, son también irreconocibles para todos. Aunque es un tema sin mucha importancia para mí, hay muchas cabezas demasiado bien hechas en el ámbito de lo que se denomina las «humanidades». Véase la Literatura.









en Revista Descontexto, Nº 4, diciembre, 2002.









lunes, mayo 26, 2008

“Mi voto es por Obama (si pudiera votar)”, de Michael Moore

Abril 21, 2008
Un día antes de las primarias en Pennsylvania




Amigos:

No puedo votar para presidente en estas elecciones primarias. Vivo en Michigan. Los líderes del partido (tanto los de aquí como los de Washington) no se organizaron como era debido y, por tanto, nuestros votos no serán contados. Así que, si alguno de ustedes vive en Pennsylvania, ¿me haría un favor? Este martes, ¿podrías emitir mi voto -y el tuyo- en favor del senador Barack Obama?

Hasta hoy no había hecho público por quién votaría por dos razones principales: la primera, ¿a quién le importa?, y la segunda, me importa un comino (así como a casi todos los que conozco) qué nombre esté en la boleta en noviembre, siempre y cuando haya una foto de JFK y de FDR (Franklin D. Roosevelt) montando un burro en la parte superior de la boleta y la palabra “demócrata” al lado del candidato. De verdad. Conozco mucha gente a la que no le interesa si el nombre bajo esa gigantesca D es Bailarín, Corcoveador, Clinton o Relámpago. Podría ser Mickey Mouse, el Pato Donald, Barry Obama o el Dalai Lama.

De acuerdo. Eso sonaba bien el año pasado, pero durante los dos últimos meses las acciones y discursos de Hillary Clinton han pasado a ser de meramente decepcionantes a francamente repugnantes. Pienso que el debate de la semana pasada fue lo que colmó el plato. Ya había observado a la senadora Clinton y a su marido en ese juego de apelar al peor lado de los blancos, pero el miércoles anterior, cuando de la nada sacó el nombre de “Farrakhan”, la temporada de estupideces llegó a un abrupto y prematuro final. Dijo la palabra “F” simplemente para asustar a los blancos. Claro que Obama no tiene ninguna conexión con Farrakhan (Nota: Louis Farrakhan es el líder del movimiento musulmán negro La Nación del Islam. Ha generado polémica con sus declaraciones consideradas como homofóbicas y racistas). Pero según la senadora Clinton, el pastor Obama sí tiene relaciones con este hombre.

A la noche siguiente, Stephen Colbert explicó con mucha inteligencia este sórdido intento por difamar a Obama. Señaló que si Obama es apoyado por Ted Kennedy, quien es católico, y la Iglesia Católica está liderada por un Papa que perteneció a los jóvenes nazis, eso significa una sola cosa: ¡Obama adora a Hitler!

Sí, senadora Clinton, así sonó. Como si hubiera perdido la razón. Como si fuera una fanática alimentando la hoguera de la estupidez. Qué triste que tenga que escribir estas palabras acerca de usted. Ha dedicado su vida a las buenas causas y a las buenas acciones. Y ahora, echarlo todo por el caño por un cargo que no puede ganar si no es arrojando demasiado lodo encima al candidato negro para que los superdelegados digan “Tío” y le den todo a usted.

Pero eso no sucederá. Su suerte se echó desde que votó a favor de emprender esta sangrienta guerra. Cuando lo hizo fue como Moisés, quien perdió la razón por un momento y por eso le prohibieron entrar a la Tierra Prometida. Qué lástima para una nación que quería ver a la primera mujer electa para la Casa Blanca. Ese día llegará, pero no será con usted. Tendremos que esperar a que la actual gobernadora demócrata de Kansas compita en las elecciones de 2016. (¡Lo leyeron aquí primero!).






Hay quienes dicen que Obama no está preparado, o que votó mal en esto o en aquello. Pero eso es mirar los árboles y no el bosque. Somos testigos no solo de un candidato, sino de un intenso movimiento de masas por el cambio. Mi apoyo es más para Obama como movimiento que para Obama como candidato. Y no lo estoy diciendo por demeritar a este hombre excepcional. Lo que pasa es más grande que él y eso es bueno para el país. Cuando gane en noviembre, ese movimiento de Obama tendrá que mantenerse alerta y activo. El Estados Unidos de los grandes consorcios no va a entregar las riendas de nuestro gobierno nada más porque nosotros lo digamos. El presidente Obama va a necesitar una nación de millones que le brinden su apoyo.

Sé que algunos de ustedes dirán: “Mike, ¿qué han hecho los demócratas para merecer nuestro voto?”. Ésa es una muy buena pregunta. En noviembre del 2006, el país lanzó un fuerte mensaje de que queríamos poner fin a la guerra. Sin embargo, los demócratas no han hecho nada. Entonces, ¿por qué habríamos de estar tan ansiosos de alinearnos alegremente con ellos?

Les diré por qué. Porque no puedo tolerar ni un maldito minuto más a este gobierno y el daño permanente e irreversible que ha causado a nuestro pueblo y al mundo. Estoy casi en el punto en el que no me importa si los demócratas no tienen columna vertebral o rótula o una sola idea en sus mareadas cabecitas. Siempre y cuando su nombre no sea “Bush” y la palabra “republicano” no esté a su lado en la boleta, es suficiente para mí.

Como la mayoría de los estadounidenses, he sido golpeado durante ocho años hasta perder el sentido. Por eso me uniré a millones de ciudadanos y llegaré tambaléandome a la casilla en noviembre, como un boxeador en el round final, todo ensangrentado y morado, con un ojo tan inflamado que no lo pueda abrir, y buscaré lo único que importa: esa gran “D” en la boleta. No me malinterpreten. Perdí mis lentes color de rosa hace mucho tiempo.

Es tonto ver en los demócratas algo más que una versión más bonita de un partido que existe para pelear en nombre de la élite empresarial en este país. Cualquier apoyo a un demócrata debe darse reconociendo este hecho y con la esperanza de que algún día tendremos un partido que represente primero al pueblo y que las leyes garanticen igualdad de voz a ese partido.

Finalmente, quiero decir algo sobre la decencia básica que he visto en Obama. Como parte de su misión de seguir alentando los temores del Estados Unidos blanco, Clinton continúa echándole en cara al reverendo Wright. Cada vez que lo hace, grito a la tele: “¡Dilo, Obama! Di que cuando ella y su esposo tuvieron dificultades matrimoniales relacionadas con Mónica Lewinsky, ¿a quién llevaron a la Casa Blanca para que les diera ‘consejo espiritual’? ¡Al reverendo Jeremiah Wright!”.

Pero no. Obama no haría semejante cosa. No sería correcto. No sería decente. Ella ya pasó por suficiente dolor. Así que Obama permanece callado y recibe el lodo que ella le avienta.

Por eso las muchedumbres que vienen a verlo son tan numerosas. Por eso nos llevará por un camino más decente. Por eso votaría por él si se permitiera que Michigan tuviera una elección.

Sin embargo, la pregunta que escucho una y otra vez es: “¿Puede ganar? ¿Puede ganar en noviembre?”. A lo lejos escuchamos la sirena del tren de la muerte llamando al Expreso “Hablemos Claro”. Sabemos que es posible que escuchemos las palabras “presidente McCain” el 20 de enero. Sabemos que todavía hay muchos estadounidenses que nunca votarán por un negro. Hillary también lo sabe. Cuenta con ello.

Pennsylvania, el estado que dio a luz a esta gran nación, tiene la oportunidad de enderezar las cosas. No ha tenido la oportunidad de brillar de esta manera desde 1787, cuando escribió allí nuestra Constitución. En esa Constitución escribieron que un negro o una negra eran sólo “tres quintas partes” humanos. El martes, el buen pueblo de Pennsylvania tiene la posibilidad de redimirse.












domingo, mayo 25, 2008

"XXXIX", de A. E. Housman

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Mis sueños son de un campo distante
            Y sangre y humo y disparo.
Ahí en sus tumbas están mis camaradas,
            En mi tumba no estoy yo.

También me fue enseñado el comercio del hombre
            Y deletreada claramente la lección;
Pero ellos, cuando olvidé y corrí,
            Recordaron y permanecen.





en More poems, 1936












XXXIX

My dreams are of a field afar / And blood and smoke and shot. / There in their graves my comrades are, / In my grave I am not. // I too was taught the trade of man/ And spelt the lesson plain; / But they, when I forgot and ran, / Remembered and remain.












sábado, mayo 24, 2008

“Los retos actuales de la filosofía. De Marx a Matrix”. Entrevista a Slavoj Žižek, de Eric González

25 de marzo del 2006




Una de las habitaciones del apartamento de Slavoj Žižek está llena de juguetes, casi todos bélicos: soldaditos, barcos, aviones de guerra. Son del hijo, de cinco años. “Estoy tratando de darle una buena educación estalinista”, bromea el filósofo. Un ejemplo: “El otro día estábamos jugando a las batallas y un soldado cayó muerto. Entonces me miró y me dijo: papá, ¿no podríamos hacer que la muerte de este soldado pareciera accidental? ¡Bravo por el pequeño estalinista!”. Otro detalle inquietante: “Cuando en esas batallas ocupa un territorio, quema las ciudades y mata a las campesinas alegando que es peligroso dejarlas vivas porque pueden ayudar a la Resistencia”.

Más en serio, Žižek se pregunta si está educando bien al chico. “Hacia los cinco años los niños desarrollan la agresividad y creo que es bueno canalizarla y desahogarla”, explica; “pienso que no les ayudan los juegos edulcorados y que les conviene más ser conscientes de que cada acción conlleva una responsabilidad”.

La curiosidad de Žižek resulta incontenible. Durante la entrevista con EL PAÍS no hace demasiado caso de las preguntas, arrolladas por el torrente de su discurso; en cambio, es él quien de vez en cuando plantea baterías de preguntas sobre José Luis Rodríguez Zapatero (“¿es gay?”, “¿es austero?”), sobre la fiebre constructora en la costa mediterránea, sobre las antipatías interregionales en España, sobre Antonio Gaudí (“un gran arquitecto irremediablemente kitsch”) y sobre muchas otras cosas.

El filósofo esloveno utiliza como herramientas principales el análisis marxista y el psicoanálisis. Sus panegíricos al estalinismo son puramente teóricos y su pensamiento es lo bastante flexible como para ocuparse con gran amenidad de cualquier asunto. Puede explicar, por ejemplo, las teorías de Lacan recurriendo a las películas de Hitchcock y el 11-S partiendo de Matrix; es un especialista en el pensamiento de San Pablo, al que admira como “revolucionario y agente de un cambio radical”, y a la vez un crítico feroz de la espiritualidad new age (El títere y el enano: el núcleo perverso del cristianismo); combina los chistes, las referencias cinematográficas y las anécdotas históricas con párrafos de alta densidad.

El libro de próxima edición es España es La tetera prestada, sobre el conflicto de Irak. Su obra más reciente, publicada el mes pasado por la editorial del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), es, según Žižek, la cumbre de su trabajo. Se titula The parallax view. El “parallax” al que se refiere es el fenómeno por el que un objeto parece desplazarse cuando cambia el punto desde el cual es observado. La obra reivindica el materialismo dialéctico y aborda la distancia insalvable entre nuestra experiencia de la realidad y su explicación científica.

Luego de subrayar que estas zonas de emergencia crecen debido a lo que se llama globalización o mercado mundial, y de destacar que en esas comunidades surgen nuevas formas de organización (aunque también “gangsters”), el filósofo enfatizó que es preciso detectar “qué nuevas formas de autoconciencia e ideología surgirán allí, porque hacia las utopías se avanza cuando no queda más remedio que inventar otra forma de vida”. Ante ese hipotético escenario, ¿cómo se posicionarán los ciudadanos de la clase media alta? “Aunque tengan una simpatía hipócrita y un poco paternalista –dijo Žižek– el problema para ellos es la brutalidad de la violencia en estos sectores”. Y ahí citó el ejemplo de El matadero: “En la noción liberal de la tiranía siempre se combina a la persona demonizada del dictador con el disgusto por las clases bajas de la población”, prosiguió. “El matadero pone luz al transfondo de odio liberal que existe hacia esa tiranía, hacia las clases bajas. Y creo que eso encubre, en realidad, un disgusto casi metafísico por la vida misma, que es brutal, huele mal, sangra. Los liberales quieren café descafeinado, que no tiene gusto ni huele a nada. El tema es que hasta la ideología más noble se basa en una obscenidad oscura”. Hasta el gobierno más democrático, señaló Žižek, se sostiene por una “amenaza”, por un “hilo invisible” que, entre líneas, es siempre el mismo: la “posibilidad” de ser arbitrario. “El significante de la autoridad simbólica siempre se sostiene por una fantasía, cuya dimensión es la de este hilo invisible”, dijo Žižek citando a Lacan. “Piensen en qué pasa si alguien los amenaza: para que esa amenaza sea efectiva tiene que quedar flotando, como un poco abstracta”, explicó, y aseveró que el mecanismo, tan visto a lo largo del siglo XX, hoy es más evidente que nunca. “La función de este hilo invisible es justificar medidas muy materiales y visibles”, concluyó. “Por ejemplo, la llamada guerra contra el terror. Es interesante cómo todo el mundo tiene temor de especificar al enemigo. Si alguien culpa demasiado al Islam, aun gente como Sharon o Bush explotan en pasión y dicen ‘no, el Islam se basa en la compasión’. Yo creo que el sentido de eso no es la tolerancia políticamente correcta: más bien se busca que el enemigo no sea identificado, que no pierda su condición fantasmal”, haciendo así, acaso, más fácil el abuso.










viernes, mayo 23, 2008

"Cometas en el cielo", de Khaled Hosseini

3 pasajes


I

"Los ciudadanos de Kabul eran esqueletos ahora, esqueletos que vendían tabaco en el mercado nocturno, esqueletos que bebían tazas de té fuerte, esqueletos que jugaban a las cartas a la luz de la luna. Me saludaban cuando pasaba, oía el chasquido de sus dientes. 'Salaam, hermano', decían. 'Bienvenido a casa'.”


Fragmento final de Los sultanes de Kabul, novela de Amir jan.



II

Amir jan –disfrazado con turbante y barba postiza- y su Chofer llegan a un orfanato donde los atiende su Director.


Amir jan: Estamos buscando a este niño.

Director: Lo siento. Nunca lo he visto.

Amir jan: Apenas miraste la foto, amigo.

Director: Conozco a todos los niños de aquí, y ése no me parece conocido. Y ahora, si me disculpas...

Amir jan: No queremos hacerle daño.

Director: Te dije que no está aquí. Por favor, váyanse.

Amir jan: No estamos con los talibanes.

Chofer: Él quiere llevar al niño a un lugar seguro. Conocía al padre de Sohrab.

Amir jan: Se llamaba Hassan.

Chofer: Hay esperanzas para el niño, Agha. Para que salga de aquí.

Amir jan: Puedo llevarlo conmigo a Estados Unidos. Soy su tío.

Director: Lo que tengo para decirte no es bueno. Te lo digo porque creo en ti. Tienes la mirada de un hombre desesperado. Hay un oficial talibán. Me visita todos los meses o cada dos meses. Siempre trae efectivo. No mucho, pero es mejor que nada. Generalmente, se lleva una niña. Pero no siempre.

Amir jan: Y ¿tú lo permites?

Director: ¿Qué opción me queda?

Amir jan: Tú eres el director aquí. Tu obligación es cuidar a estos niños.

Director: No hay nada que pueda hacer.

Amir jan: ¡Estás vendiendo a los niños!

Chofer: Tranquilo.

Amir jan: ¡Estás aquí para protegerlos!

Director: Sí… estoy aquí para protegerlos. ¿Y tú, hermano? Vienes aquí a rescatar a un niño, a llevártelo de regreso a EE. UU., para darle una vida mejor. Debes sentirte un héroe, ¿no? Pero ¿y los otros doscientos niños? No los volverás a ver más. No los oirás lloriquear por las noches. Invertí todos mis ahorros en este orfanato. Vendí todo lo que tenía y lo que heredé para dirigir este lugar olvidado por Dios. ¿Crees que no tengo familia en Pakistán o Irán? Pude haber escapado como todos los demás. Si le niego un niño, se lleva diez. Entonces le dejo llevarse uno y que Alá se ocupe de juzgarlo. Tomo su maldito dinero, voy al mercado y compro comida para los niños. ¿Crees que lo gasto en algo para mí? Mírame. Mira.

Amir jan: ¿Qué le sucede a los niños que se lleva?

Director: A veces, regresan… pero generalmente, no.



III

Amir jan está sólo en una habitación. Entran a ella tres talibanes, de los cuáles dos son guardias del primero, que usa túnica blanca y lentes de aviador.


Amir jan: Creo que ha habido un error. Vine a ver a tu amigo. El hombre que dio el discurso en el estadio.

Talibán: Se está ocupando de otros asuntos. Puedes dejar de simular.

Amir jan: Creo que no te entiendo.

Talibán: Quítate la barba. (Aún sorprendido, Amir jan se quita la barba postiza) Una de las más reales que he visto. Quítate el turbante. (Amir jan se quita el turbante dejando con amplitud ver su rostro imberbe y su pelo cortado al ras) ¿Vienes de Estados Unidos?

Amir jan: Sí. Estoy buscando a un niño.

Talibán: ¿No buscamos todos lo mismo?

Amir jan: Entiendo que tu amigo lo trajo aquí. Se llama Sohrab.

Talibán: Déjame preguntarte algo. ¿Qué haces viviendo en ese lugar maldito? ¿Por qué no estás aquí con tus hermanos musulmanes, sirviendo a tu país?

Amir jan: Hace mucho que me fui.

Talibán: ¿Ésa es una respuesta?

Amir jan: Creo que no. Sólo vine por el niño.

Talibán: ¿Quieres verlo? Ven, pequeño. (Prenden un equipo de música mientras Sohrab entra danzando cabizbajo) Es un hazara talentoso. Déjenos solos. Me preguntaba, ¿qué pasó con tu gran Baba? ¿Qué creíste? ¿Que con una barba falsa no te reconocería? Te reconocí apenas te vi en el estadio. Nunca me olvido de una cara. ¡Nunca!

Amir jan descubre en el tono de voz del talibán el rostro de aquel niño abusador y fascista que lo había abrumado desde su ya perdida infancia.

Amir jan: ¿Assef?

Assef: Amir jan.

Amir jan: ¿Qué estás haciendo aquí?

Assef: ¿Yo? Yo estoy en casa. La pregunta es: ¿qué estás haciendo tú aquí?

Amir jan: Me llevaré al niño a casa conmigo.

Assef: ¿Quieres mi consejo? Escapa. Es lo mejor que sabes hacer.

Amir jan: No sin Sohrab.

Assef: ¿Por qué? ¿El niño se merece algo mejor? ¿Qué sabes tú de Afganistán? No estabas cuando los soviéticos mataron a los Mulás y orinaron en las mezquitas. Este país era como una linda mansión llena de basura. Nos deshicimos de la basura. Creamos leyes. Trajimos justicia.

Amir jan: He visto sus leyes y su justicia. Y me llevaré al niño conmigo.

Assef: Muy bien. Claro que no dije que te lo podías llevar gratis.







La película fue dirigida por Marc Foster
y el guión fue adaptado por David Benioff.







jueves, mayo 22, 2008

“Borges en París”, de Mario Vargas Llosa





Francia ha celebrado el centenario de Borges (1899-1999) por todo lo alto: números monográficos de revistas y suplementos literarios, lluvia de artículos, reediciones de sus libros, y, suprema gloria para un escribidor, su ingreso a la pléyade, la Biblioteca de los inmortales, con dos compactos volúmenes y un álbum especial con imágenes de toda su biografía. En la Academia de Bellas Artes, transformada en laberinto, una vasta exposición preparada por María Kodama y la Fundación Borges documenta cada paso que dio desde su nacimiento hasta su muerte, los libros que leyó y los que escribió, los viajes que hizo y las infinitas condecoraciones y diplomas que le infligieron. El día de la inauguración rutilaban, en el atestado local, luminarias intelectuales y políticas, y -créanlo o no- unas lindas muchachas vestían polos blancos y negros estampados con el nombre de Borges.

Ningún país ha desarrollado mejor que Francia el arte de detectar el genio artístico foráneo y, entronizándolo e irradiándolo, apropiárselo. Viendo la exuberancia y felicidad con que los franceses celebran los cien años del autor de Ficciones, he tenido en estos días la extraña sensación de que Borges hubiera sido paisano, no de Sarmiento y Bioy Casares, sino de Saint-John Perse y Valéry. Ahora bien, aunque no lo fuera, es de justicia reconocer que sin el entusiasmo de Francia por su obra, acaso ésta no hubiera alcanzado -no tan pronto- el reconocimiento que, a partir de los años sesenta, hizo de él uno de los autores más traducidos, admirados e imitados en todas las lenguas cultas del planeta.

Tengo la coquetería de creer que yo fui testigo del coup de foudre o amor a primera vista de los franceses por Borges, el año 60 ó el 61. Vino a París a participar en un homenaje a Shakespeare organizado por la Unesco, y la intervención de este anciano precoz y semiinválido, a quien Roger Caillois presentó con efervescencia retórica, sorprendió a todo el mundo. Antes que él había hablado el ingenioso Lawrence Durrell, comparando al Bardo con Hollywood, y después Giuseppe Ungaretti, quien leyó, con talento histriónico, sus traducciones al italiano de algunos sonetos de Shakespeare. Pero la exposición de Borges, en un francés acicalado, fantaseando por qué ciertos creadores se tornan símbolos de una cultura -Dante, la italiana, Cervantes, la española, Goethe, la alemana- y cómo Shakespeare se eclipsó para que sus personajes fueran más nítidos y libres, sedujo por su originalidad y sutileza. Días después, su conferencia en el Instituto de América Latina, además de estar de bote a bote, atrajo un abanico de escritores de moda, Roland Barthes entre ellos. Esa es una de las charlas más deslumbrantes que me ha tocado escuchar. El tema era la literatura fantástica y consistía en ilustrar con breves resúmenes de cuentos y novelas -de diversas lenguas y épocas- los recursos más frecuentes de que este género se vale para "fingir la irrealidad". Inmóvil detrás de su pupitre, con una voz intimidada, como pidiendo excusas, pero, en verdad, con soberbia desenvoltura, el conferenciante parecía llevar en la memoria la literatura universal y desenvolvía su argumentación con tanta elegancia como astucia. "¿Seguro que este escritor viene del país de los gauchos?", exclamó un maravillado espectador, mientras aplaudía rabiosamente (Borges había puesto punto final a su charla con una pregunta efectista: "Y, ahora, decidan ustedes si pertenecen a la literatura realista o a la fantástica").

Sí, venía del país de los gauchos, pero no tenía nada de exótico ni de primitivo y su obra no alardeaba de color local. Ya había escrito varias obras maestras, pero todavía era conocido sólo por pequeñas capillas de devotos, incluso en su país, y sus cuentos y ensayos circulaban en ediciones poco menos que familiares. Francia lo sacó de la catacumba en que languidecía a partir de aquella visita. La revista L'Herne le dedicó un número memorable y Michel Foucault inició el libro de filosofía más influyente de la década -Les mots et les choses- con un comentario borgiano. El entusiasmo fue ecuménico: de Le Figaro a Le Nouvel Observateur, de Les Temps Modernes, de Sartre, a Les Lettres Françaises, de Aragon. Y, como todavía en esos años, en asuntos de cultura, cuando Francia legislaba el resto del mundo obedecía, los latinoamericanos, los españoles, los estadounidenses, los italianos, los alemanes, etcétera, empezaron, a la zaga de los franceses, a leer a Borges. Así empezó la historia que culmina, ahora, en la trompetería y los fastos del centenario.

Aquel Borges que, en aquella visita a París, se resignó a conceder una entrevista (una de mil) al oscuro periodista de la Radiotelevisión francesa que era este escriba, no era aún ese Borges público, esa persona de gestos, dichos y desplantes algo estereotipados en que luego se convertiría, obligado por la fama y para defenderse de sus estragos. Era, todavía, un sencillo y tímido intelectual porteño pegado a las faldas de su madre, que no acababa de entender la creciente curiosidad y admiración que despertaba, sinceramente abrumado por el chaparrón de premios, elogios, estudios, homenajes que le caían encima, incómodo con la proliferación de discípulos e imitadores que encontraba por donde iba. Es difícil saber si llegó a acostumbrarse a ese papel. Tal vez sí, a juzgar por el desfile vertiginoso de fotos de la Exposición de Beaux Arts en las que se lo ve recibiendo medallas y doctorados, y subiendo a todos los estrados a dar charlas y recitales.

Pero las apariencias son engañosas. Ese Borges de las fotos no era él, sino, como el Shakespeare de su ensayo, una ilusión, un simulador, alguien que iba por el mundo representando a Borges y diciendo las cosas que se esperaba que Borges dijera sobre los laberintos, los tigres, los compadritos, los cuchillos, la rosa del futuro de Wells, el marinero ciego de Stevenson y las Mil y una noches.

La primera vez que hablé con él, en aquella entrevista de 1960 ó 1961 (recuerdo su respuesta a una de mis preguntas: "¿Qué es para usted la política, Borges?": "Una de las formas del tedio"), estoy seguro de que, por lo menos en algún momento, de verdad hablé, conecté con él. Nunca más volví a tener esa sensación, en los años siguientes. Lo vi muchas veces, en Londres, Buenos Aires, Nueva York, Lima, y volví a entrevistarlo, y hasta lo tuve en mi casa varias horas la última vez. Pero en ninguna de aquellas ocasiones sentí que hablábamos. Ya sólo tenía oyentes, no interlocutores, y acaso un solo mismo oyente -que cambiaba de cara, nombre y lugar- ante el cual iba deshilvanando un curioso, interminable monólogo, detrás del cual se había recluido o enterrado para huir de los demás y hasta de la realidad, como uno de sus personajes. Era el hombre más agasajado del mundo y daba una tremenda impresión de soledad.

¿Lo hicieron más feliz, o menos infeliz, los franceses volviéndole famoso? No hay manera de saberlo, desde luego. Pero todo indica que, contrariamente a lo que podían sugerir los desplantes de su persona pública, carecía de vanidades terrenales, tenía dudas genuinas sobre la perennidad de su propia obra, y era demasiado lúcido para sentirse colmado con reconocimientos oficiales.

Probablemente sólo gozó leyendo, pensando y escribiendo; lo demás, fue secundario, y se prestó a ello, gracias a la buena crianza recibida, guardando muy bien las formas, aunque sin mucha convicción. Por eso, aquella famosa frase que escribió (fue, entre otras cosas, el mejor escritor de frases de su tiempo):"Muchas cosas he leído y pocas he vivido", lo retrata de cuerpo entero.

Es seguro que, pese a haber pasado los últimos veinte años de su vida en olor de multitudes, nunca llegó a tener conciencia cabal de la enorme influencia de su obra en la literatura de su tiempo, y menos de la revolución que su manera de escribir significó en la lengua castellana. El estilo de Borges es inteligente y límpido, de una concisión matemática, de audaces adjetivos e insólitas ideas, en el que, como no sobra ni falta nada, rozamos a cada paso ese inquietante misterio que es la perfección. En contra de algunas afirmaciones suyas pesimistas sobre una supuesta incapacidad del español para la precisión y el matiz, el estilo que fraguó demuestra que la lengua española puede ser tan exacta y delicada como la francesa, tan flexible e innovadora como el inglés. El estilo borgeano es uno de los milagros estéticos del siglo que termina, un estilo que desinfló la lengua española de la elefantiasis retórica, del énfasis y la reiteración que la asfixiaban, que la depuró hasta casi la anorexia y obligó a ser luminosamente inteligente. (Para encontrar otro prosista tan inteligente como él hay que retroceder hasta Quevedo, escritor que Borges amó y del que hizo una preciosa antología comentada).

Ahora bien, en la prosa de Borges, por exceso de razón y de ideas, de contención intelectual, hay también, como en la de Quevedo, algo inhumano. Es una prosa que le sirvió maravillosamente para escribir sus fulgurantes relatos fantásticos, la orfebrería de sus ensayos que trasmutaban en literatura toda la existencia, y sus razonados poemas. Pero con esa prosa hubiera sido tan imposible escribir novelas como con la de T.S. Eliot, otro extraordinario estilista al que el exceso de inteligencia también recortó la aprehensión de la vida. Porque la novela es el territorio de la experiencia humana totalizada, de la vida integral, de la imperfección. En ella se mezclan el intelecto y las pasiones, el conocimiento y el instinto, la sensación y la intuición, materia desigual y poliédrica que las ideas, por sí solas, no bastan para expresar. Por eso, los grandes novelistas no son nunca prosistas perfectos. Esa es la razón, sin duda, de la antipatía pertinaz que mereció a Borges el género novelesco, al que definió, en otra de sus célebres frases, como "desvarío laborioso y empobrecedor".

El juego y el humor rondaron siempre sus textos y sus declaraciones y causaron incontables malentendidos. Quien carece de sentido del humor no entiende a Borges. Había sido en su juventud un esteta provocador, y aunque, luego, se retractó de la "equivocación ultraísta" de sus años mozos, nunca dejó de llevar consigo, escondido, al insolente vanguardista que se divertía soltando impertinencias. Me extraña que entre los infinitos libros que han salido sobre él no haya aparecido aún el que reúna una buena colección de las que dijo. Como llamar a Lorca "un andaluz profesional", hablar del "polvoroso Machado", trastocar el título de una novela de Mallea ("Todo lector perecerá") y homenajear a Sábato diciendo que "su obra puede ser puesta en manos de cualquiera sin ningún peligro". Durante la guerra de las Malvinas dijo otra, más arriesgada y no menos divertida: "Esta es la disputa de dos calvos por un peine". Son chispazos de humor que se agradecen, que revelan que en el interior de ese ser "podrido de literatura" había picardía, malicia, vida.







1999










miércoles, mayo 21, 2008

"Piedra negra sobre una piedra blanca", de César Vallejo




Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París y no me corro
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...









martes, mayo 20, 2008

“Amor y Anarquía”, de Enrico Malatesta





Al principio puede parecer extraño que la cuestión del amor y todas las que le son conexas preocupen tanto, a un gran número de hombres y de mujeres, mientras hay otros problemas más urgentes, si no más importantes, que debieran acaparar toda la atención y toda la actividad de los que buscan el modo de remediar los males que sufre la humanidad.

Encontramos diariamente gentes aplastadas bajo el peso de las instituciones actuales; gente obligada a alimentarse malamente y amenazadas a cada instante de caer en la miseria mas profunda por falta de trabajo o a consecuencia de una enfermedad; gente que se halla en la imposibilidad de criar convenientemente a sus hijos, que mueren a menudo careciendo de los cuidados necesarios; personas condenadas a pasar su vida sin ser un solo día dueñas de sí mismas, siempre a merced de los patronos o de la policía; gentes para las cuales el derecho de tener una familia y el derecho de amar es una ironía sangrienta y que, sin embargo, no aceptan los medios que les proponemos para sustraerse a la esclavitud política y económica si antes no sabemos explicarles de qué modo, en una sociedad libertaria, la necesidad de amar hallará su satisfacción y de qué modo comprendemos la organización de la familia. Y, naturalmente, esta preocupación se agranda y hace descuidar y hasta despreciar los demás problemas en personas que tienen resuelto, particularmente, el problema del hambre y que se hallan en situación normal de poder satisfacer las necesidades más imperiosas porque viven en un ambiente de bienestar relativo.

Este hecho se explica dado el lugar inmenso que ocupa el amor en la vida moral y material del hombre, puesto que en el hogar, en la familia, es donde el hombre gasta la mayor y mejor parte de su vida. Y se explica también por una tendencia hacia creer que se arrebata al humano su espíritu tan pronto como se abre a la conciencia. Mientras el hombre sufre sin darse cuenta de los sufrimientos, sin buscar el remedio y sin rebelarse, vive semejante a los brutos, aceptando la vida tal como la encuentra. Pero desde que comienza a pensar y a comprender que sus males no se deben a insuperables fatalidades naturales, sino a causas humanas que los hombres pueden destruir, experimenta en seguida una necesidad de perfección y quiere, idealmente al menos, gozar de una sociedad en que reine la armonía absoluta y en que el dolor haya desaparecido por completo y para siempre.

Esta tendencia es muy útil, ya que impulsa a marchar adelante, pero también se vuelve nociva si, con el pretexto de que no se puede alcanzar la perfección y que es imposible suprimir todos los peligros y defectos, nos aconseja descuidar las realizaciones posibles para continuar en el estado actual de las cosas.

Ahora bien, y digámoslo en seguida, no tenemos ninguna solución para remediar los males que provienen del amor, pues no se pueden destruir con reformas sociales, ni siquiera con un cambio de costumbres. Están determinados por sentimientos profundos, podríamos decir fisiológicos, del hombre y no son modificables, cuando lo son, sino por una lenta evolución y de un modo que no podemos prever.

Queremos la libertad; queremos que los hombres y las mujeres puedan amarse y unirse libremente sin otro motivo que el amor, sin ninguna violencia legal, económica o física.
Pero la libertad, incluso siendo la única solución que podemos y debemos ofrecer, no resuelve radicalmente el problema, dado que el amor, para ser satisfecho, tiene necesidad de dos libertades que concuerden y que a menudo no concuerdan de modo alguno; y dado también que la libertad de hacer lo que se quiere es una frase desprovista de sentido cuando no se sabe querer alguna cosa.

Es muy fácil decir: "Cuando un hombre y una mujer se aman, se unen, y cuando dejan de amarse, se separan". Pero sería necesario, para que este principio se convirtiese en regla general y segura de felicidad, que se amaren y cesaran de amarse ambos al mismo tiempo. ¿Y si uno ama y no es amado? ¿Y si uno todavía ama y el otro ya no le ama y trata de satisfacer una nueva pasión? ¿Y si uno ama a un mismo tiempo varias personas que no pueden adaptarse a esta promiscuidad?

"Yo soy feo - nos decía una vez un amigo - ¿Qué haré si nadie quiere amarme?". La pregunta mueve a risa, pero también nos deja entrever verdaderas tragedias.

Y otro, preocupado por el mismo problema, decía: "Actualmente, si no encuentro el amor, lo compro, aunque tenga que economizar en pan. ¿Qué haré cuando no haya mujeres que se vendan?". La pregunta es horrible, pues muestra el deseo de que haya seres humanos obligados por el hambre a prostituirse; pero es también terrible..., y terriblemente humano.

Algunos dicen que el remedio podría hallarse en la abolición radical de la familia; la abolición de la pareja sexual más o menos estable, reduciendo el amor al solo acto físico, o por mejor decir, transformándolo, con la unión sexual por añadidura, en un sentimiento parecido a la amistad, que reconozca la multiplicidad, la variedad, la contemporaneidad de afectos.

¿Y los hijos?... Hijos de todos. ¿Puede ser abolida la familia? ¿Es de desear que lo sea?

Hagamos observar antes que nada, que, a pesar del régimen de opresión y de mentira que ha prevalecido y prevalece aún en la familia, esta ha sido y continúa siendo el más grande factor de desarrollo humano, pues en la familia es donde el hombre normal se sacrifica por el hombre y cumple el bien por el bien, sin desear otra compensación que el amor de la compañera y de los hijos. Pero, se nos dice que, una vez eliminadas las cuestiones de intereses, todos los hombres serán hermanos y se amarán mutuamente.

Ciertamente, no se odiarán; cierto es que el sentimiento de simpatía y de solidaridad se desarrollaría mucho y que el interés general de los hombres se convertiría en un factor importante en la determinación de la conducta de cada uno. Pero esto no es aún el amor. Amar a todo el mundo se parece mucho a no amar a nadie.

Podemos, tal vez socorrer, pero no podemos llorar todas las desgracias, pues nuestra vida se deslizaría entera entre lágrimas y, sin embargo, el llanto de la simpatía es el consuelo más dulce para un corazón que sufre. La estadística de las defunciones y de los nacimientos puede ofrecernos datos interesantes para conocer las necesidades de la sociedad; pero no dice nada a nuestros corazones. Nos es materialmente imposible entristecernos por cada ser humano que muere y regocijarnos por cada nacimiento.

Y si no amamos a alguien más vivamente que a los demás; si no hay un solo ser por el cual no estemos particularmente dispuestos a sacrificarnos; si no conocemos otro amor que este amor moderado, vago, casi teórico, que podemos sentir por todos, ¿no resultaría la vida menos rica, menos fecunda, menos bella? ¿No se vería disminuida la naturaleza humana en sus más bellos impulsos? ¿Acaso no nos veríamos privados de los goces más profundos? ¿No seríamos más desgraciados?

Por lo demás, el amor es lo que es. Cuando se ama fuertemente se siente la necesidad del contacto, de la posesión exclusiva del ser amado. Los celos, comprendidos en el mejor sentido de la palabra, parecen formar y forman generalmente una sola cosa con el amor. El hecho podrá ser lamentable, pero no puede cambiarse a voluntad, ni siquiera a voluntad del que personalmente los sufre. Para nosotros el amor es una pasión que engendra, por sí misma, tragedias. Estas tragedias no se traducirían, ciertamente, en actos violentos y brutales si el hombre tuviese el sentimiento de respeto a la libertad ajena, si tuviese bastante imperio sobre sí mismo para comprender que no se remedia un mal con otro mayor, y si la opinión pública no fuese, como hoy, tan indulgente con los crímenes pasionales; pero las tragedias no serían por esto menos dolorosas.

Mientras los hombres tengan los sentimientos que tienen - y un cambio en el régimen económico y político de la sociedad no nos parece suficiente para modificarlos por entero - el amor producirá al mismo tiempo que grandes alegrías, grandes dolores. Se podrá disminuirlos o atenuarlos, con la eliminación de todas las causas que pueden ser eliminadas, pero su destrucción completa es imposible.

¿Es esta una razón para no aceptar nuestras ideas y querer permanecer en el estado actual? Así se obraría como aquel que no pudiendo comprarse vestidos lujosos prefiriese ir desnudo, o que no pudiendo comer perdices todos los días renunciase al pan, o como un médico que, dada la impotencia de la ciencia actual ante ciertas enfermedades, se negase a curar las que son curables.

Eliminemos la explotación del hombre por el hombre, combatamos la pretensión brutal del macho que se cree dueño de la hembra, combatamos los prejuicios religiosos, sociales y sexuales, aseguremos a todos, hombres, mujeres y niños, el bienestar y la libertad, propaguemos la instrucción y entonces podremos regocijarnos, con razón, si no quedan más males que los del amor.

En todo caso, los desgraciados en amor podrán procurarse otros goces, pues no sucederá como hoy, en que el amor y el alcohol constituyen los únicos consuelos de la mayor parte de la humanidad.











lunes, mayo 19, 2008

"Las aventuras del capitán Alatriste", de Arturo Pérez-Reverte

Dos fragmentos del Segundo Libro, Limpieza de sangre.


I

No había piedad en ellos, ni siquiera esos ápices de humanidad que a veces uno vislumbra incluso en los más desalmados. Frailes, juez, escribano y verdugos se comportaban con una frialdad y un distanciamiento tan rigurosos que era precisamente lo que más pavor producía; más, incluso, que el sufrimiento que eran capaces de infligir: la helada determinación de quien se sabe respaldado por leyes divinas y humanas, y en ningún momento pone en duda la licitud de lo que hace. Después, con el tiempo, aprendí que, aunque todos los hombres somos capaces de lo bueno y de lo malo, los peores siempre son aquellos que, cuando administran el mal, lo hacen amparándose en la autoridad de otros, en la subordinación o en el pretexto de las órdenes recibidas. Y si terribles son quienes dicen actuar en nombre de una autoridad, una jerarquía o una patria, mucho peores son quienes se estiman justificados por cualquier dios. Puestos a elegir con quien habérselas a la hora, a veces insoslayable, de tratar con gente que hace el mal, preferí siempre a aquellos capaces de no acogerse más que a su propia responsabilidad. Porque en las cárceles secretas de Toledo pude aprender, casi a costa de mi vida, que nada hay más despreciable, ni peligroso, que un malvado que cada noche se va a dormir con la conciencia tranquila. Muy malo es eso. En especial, cuando viene parejo con la ignorancia, la superstición, la estupidez o el poder; que a menudo se dan juntos. Y aún resulta peor cuando se actúa como exégeta de una sola palabra, sea del Talmud, la Biblia, el Alcorán o cualquier otro escrito o por escribir. No soy amigo de dar consejos –a nadie lo acuchillan en cabeza ajena–, más ahí va uno de barato: desconfíen siempre vuestras mercedes de quien es lector de un solo libro.



II

Las hogueras ardieron durante toda la noche. La gente se quedó hasta muy tarde en el quemadero de la puerta de Alcalá, incluso cuando los penitenciados no eran más que huesos calcinados entre pavesas y cenizas. Del resplandor de los fuegos subían columnas de humo con tonalidades rojas y grises, que a veces una racha de aire arremolinaba, trayendo hasta la muchedumbre un olor denso, acre, de madera y carne quemadas.

Todo Madrid trasnochaba allí: desde honestas casadas, graves hidalgos y gente de respeto, al vulgo más soez. Alborotaban los pilluelos, correteando en torno a las brasas, mientras los alguaciles acordonaban el lugar. No faltaban vendedores, ni mendigos que hicieran su agosto. Y a todos parecíales –o al menos así lo afectaban en público– santo y edificante el espectáculo. Aquella España desdichada, dispuesta siempre a olvidar el mal gobierno, la pérdida de una flota de Indias o una derrota en Europa con el jolgorio de un festejo, un Te Deum o unas buenas hogueras, oficiaba una vez más de fiel a sí misma.

–Es repugnante –dijo Don Francisco de Quevedo.

Era el gran satírico, como referí ya a vuestras mercedes, extremado católico al modo de su siglo y de su patria; pero templaba todo ello con su profunda cultura y su limpia humanidad. Aquella noche estaba inmóvil, ceñudo, mirando el fuego. La fatiga del viaje a matacaballo marcaba su aspecto y su tono de voz; aunque en ésta, el cansancio parecía añejo de siglos.

–Pobre España –añadió en voz baja.

Una de las hogueras se desplomó chisporroteando en nube de pavesas, e iluminó junto al poeta la figura inmóvil del capitán Alatriste. La gente rompió a aplaudir. El resplandor rojizo iluminaba a lo lejos los muros de los recoletos agustinos, y a este lado la picota de piedra en el cruce de caminos de Vicálvaro y Alcalá, donde los dos amigos permanecían algo retirados. Habían estado allí desde el principio, conversando en voz baja. Sólo callaron cuando, luego que el verdugo apretase tres vueltas de cordel en el cuello de Elvira de la Cruz, la broza y la leña crepitaron bajo el cadáver de la pobre novicia. De todos los penitenciados, el único quemado vivo fue el clérigo; había resistido bien casi hasta el final, negándose a reconciliar con el fraile que lo asistía, y enfrentado la primera lumbre en sereno continente. Lástima que al cabo, con las llamas por las rodillas –lo quemaron piadosamente despacio, para darle tiempo al arrepentimiento– se descompusiera un poco, terminando el suplicio entre atroces alaridos. Pero, salvo San Lorenzo, que se sepa, en la parrilla nadie es perfecto.
...
Otra de las hogueras se hundió con estrépito, y la lluvia de chispas inundó la oscuridad, avivando el resplandor que iluminaba a los dos hombres. Diego Alatriste permanecía inmóvil junto al poeta, sin apartar los ojos de las llamas. Bajo el ala del sombrero, el fuerte mostacho y la nariz aguileña parecían enflaquecerle aún más el rostro, demacrado por la fatiga de la jornada y también por la herida fresca de la cadera, que pese a no ser seria, le estorbaba.

–Lástima –murmuró Don Francisco– no haber llegado a tiempo para salvarla también a ella.

Señalaba la hoguera más próxima, y parecía avergonzado por la suerte de Elvira de la Cruz. No de sí mismo, ni del capitán, sino de todo lo que había llevado hasta allí a la pobre moza, destruyendo además a su familia. Avergonzado, tal vez, de aquella tierra donde le había tocado vivir: cainita, cruel, deslumbradora en el gesto de grandeza estéril, pero indolente y ruin en lo cotidiano, de la que su hombría de bien y su estoica resignación senequista, muy sinceramente cristiana, no bastaban para consolarlo. Pues, desde siempre, ser lúcido y español aparejó gran amargura y poca esperanza.

–De cualquier modo –concluyó Quevedo–, era voluntad de Dios.

Diego Alatriste no se pronunció en seguida al respecto. Voluntad de Dios o del diablo, él seguía callado...








1997










domingo, mayo 18, 2008

”Poema raro”, de Malcolm Lowry





Conocí a un hombre sin corazón:
Los niños se lo habían arrancado, decían,
Y dado a un lobo hambriento
Que lo cogió y huyó.
Y huyeron los niños, su amo también,
Muy lejos huyó la bestia,
Y tras ella, original persecución,
El hombre sin corazón seguía titubeando.
Conocí a este hombre el otro día
Paseando un orgullo grotesco.
Su corazón restaurado, su semblante alegre,
El dócil lobo a su lado.









sábado, mayo 17, 2008

"Ítaca", de Konstantinos Kavafis




Cuando salgas en el viaje hacia Ítaca
desea que el camino sea largo,
pleno de aventuras, pleno de conocimientos.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al irritado Poseidón no temas,
tales cosas en tu ruta nunca hallarás,
si elevado se mantiene tu pensamiento, si una selecta
emoción tu espíritu y tu cuerpo embarga.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
y al feroz Poseidón no encontrarás,
si dentro de tu alma no los llevas,
si tu alma no los yergue delante de ti.

Desea que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que con cuánta dicha, con cuánta alegría
entres a puertos nunca vistos:
detente en mercados fenicios,
y adquiere las bellas mercancías,
ámbares y ébanos, marfiles y corales,
y perfumes voluptuosos de toda clase,
cuanto más abundantes puedas perfumes voluptuosos;
anda a muchas ciudades Egipcias
a aprender y aprender de los sabios.

Siempre en tu pensamiento ten a Ítaca.
Llegar hasta allí es tu destino.
Pero no apures tu viaje en absoluto.
Mejor que muchos años dure:
y viejo ya ancles en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que riquezas te dé Ítaca.

Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no hubieras salido al camino.
Otras cosas no tiene ya que darte.

Y si pobre la encuentras, Ítaca no te ha engañado.
Sabio así como llegaste a ser, con experiencia tanta,
ya habrás comprendido las Ítacas qué es lo que significan.








Traducción de Miguel Castillo Didier