lunes, marzo 17, 2008

"El camino ancho y abierto", de Marshall Berman

Extracto



En Todo lo sólido se desvanece en el aire, defino el modernismo como el intento que realizan los hombres y mujeres modernos por convertirse a la vez en sujetos y objetos de la modernización, asumir el control del mundo moderno y hacer de él su hogar. Es una idea del modernismo más amplia e incluyente que la ofrecida por lo general en los textos académicos. Implica una manera amplia y abierta de comprender la cultura, muy diferente del enfoque conservador que fragmenta la actividad humana y coloca cada uno de estos fragmentos en una casilla separada, rotulándolos según el tiempo, el espacio, el lenguaje, el género y la disciplina académica correspondiente.

La perspectiva amplia y abierta es sólo una entre muchas posibles, pero tiene grandes ventajas. Nos permite ver todo tipo de actividades artísticas, intelectuales, religiosas y políticas como parte de un proceso dialéctico único, y desarrollar interrelaciones creativas entre ellas. Crea las condiciones para un diálogo entre el pasado, el presente y el futuro. Atraviesa el espacio físico y social: revela solidaridades entre los grandes artistas y la gente ordinaria, entre los residentes de lo que desmañadamente llamamos el Viejo, el Nuevo y el Tercer Mundo.

Une a las personas superando las fronteras de la etnia y la nacionalidad, el sexo, la clase y la raza. Amplía la visión que tenemos de nuestra propia experiencia. Nos muestra que nuestras vidas son más ricas de lo que imaginamos y comunica a nuestra cotidianidad una nueva resonancia y profundidad.

Ciertamente no es ésta la única manera de interpretar la cultura moderna, como tampoco la cultura en general. No obstante, tiene sentido si deseamos que la cultura sea una fuente de alimento para la preservación de la vida y no un culto de la muerte.

Si consideramos el modernismo como la lucha por hacer de un mundo que cambia constantemente nuestro hogar, advertiremos que ninguna de las modalidades del modernismo puede ser definitiva, las construcciones y logros más creativos están condenados a convertirse en prisiones o en sepulcros blanqueados de los cuales nosotros o nuestros hijos nos veremos obligados a escapar, o a los que habremos de transformar para que la vida continúe. El personaje principal de Memorias del subsuelo de Dostoievski lo sugiere en el interminable diálogo que sostiene consigo mismo:

Ustedes, señores, ¿creen quizás que estoy loco? Permítanme defenderme. Admito que el hombre es primordialmente un animal creativo, predestinado a luchar conscientemente por un ideal, y predestinado a la ingeniería, esto es, a construir eterna e incesantemente nuevos caminos, dondequiera que conduzcan (...) Al hombre le agrada crear caminos, esto está fuera de duda. Pero... ¿no será quizás... que instintivamente teme alcanzar su ideal y completar el edificio que construye? ¿Cómo saberlo? Quizás sólo le agrade contemplar el edificio a cierta distancia y no de cerca, quizás sólo le agrade construirlo y no desee habitar en él.

Cuando viajé al Brasil en agosto de 1987, en ocasión de una discusión en torno a este libro, experimenté dramáticamente el conflicto de los modernismos y de hecho participé en él. Mi primera escala fue Brasilia, la capital creada ex nihilo por un mandato del presidente Juscelino Kubilschek exactamente en el centro geográfico del país, a fines de la década de los años cincuenta y comienzos de los sesenta. Fue planeada y diseñada por Lucio Costa y Osear Niemeyer, discípulos izquierdistas de Le Corbusier. Desde el aire, Brasilia parecía una ciudad dinámica y excitante: en efecto, había sido construida a semejanza del jet desde el cual prácticamente todos los visitantes la observábamos por primera vez. A nivel de la tierra, sin embargo, donde la gente realmente vive y trabaja, resultó ser una de las ciudades más lóbregas del mundo. No es este el lugar para hacer una descripción detallada del diseño de Brasilia; no obstante, la impresión general que produce —confirmada por todos los brasileros que conocí— es la de inmensos espacios vacíos en los que el individuo se siente perdido, tan solo como el hombre en la luna. Hay una ausencia deliberada de espacios públicos donde la gente pueda reunirse y conversar, o sencillamente mirarse unos a otros y pasar el rato. La gran tradición del urbanismo latinoamericano, donde la vida de la ciudad gira en torno a una plaza mayor, fue rechazada explícitamente.

El diseño de Brasilia se hallaba quizás en perfecta consonancia con la dictadura militar; una capital gobernada por generales que deseaban mantener la gente a distancia, aparte, subyugada. Sin embargo, como capital de una democracia es un escándalo. Si Brasilia ha de perseverar en la democracia, sostuve en discusiones públicas y en los medios de comunicación, precisa de un espacio público donde la gente pueda acudir de todas partes del país y reunirse con libertad, hablar unos con otros y dirigirse al gobierno —después de todo, siendo una democracia, se trata de su gobierno—, para discutir sus necesidades y deseos y expresar su voluntad.

Al poco tiempo, Niemeyer comenzó a responder. Después de algunos comentarios desobligantes acerca de mí, hizo una declaración de mayor interés: Brasilia era el símbolo de las aspiraciones y deseos de los brasileros; atacar su diseño era ofender al pueblo mismo. Uno de sus seguidores añadió que yo había revelado mi vacuidad interior al presumir de modernista mientras que atacaba una obra considerada como una de las encarnaciones supremas del modernismo.

Todo esto me hizo vacilar. Niemeyer tenía razón en una cosa: cuando Brasilia fue concebida y planeada, a fines de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, realmente encarnaba las esperanzas del pueblo brasilero y, más específicamente, su deseo de modernización. El abismo existente entre estas esperanzas y su realización pareciera ilustrar el argumento del hombre del subsuelo: para el hombre moderno, puede ser una aventura creativa construir un palacio y una pesadilla verse obligado a vivir en él.

El problema se torna especialmente agudo para un modernismo que excluye el cambio o le es hostil; o mejor, un modernismo que busca un gran cambio único y nada más. Niemeyer y Costa, siguiendo a Le Corbusier, creían que el arquitecto moderno debía utilizar la tecnología para encarnar materialmente ciertas formas ideales y eternas. Si era posible hacerlo para una ciudad entera, tal ciudad sería perfecta y completa; sus límites podrían extenderse, pero nunca se desarrollaría desde su interior. Al igual que el Palacio de Cristal, tal como es concebido en Memorias del subsuelo, la Brasilia de Costa y Niemeyer dejó a sus ciudadanos, y a los de todo el país, “sin nada que hacer”.

En 1964, poco después de inaugurada la nueva capital, la dictadura militar puso fin a la democracia brasilera. Durante los años de la dictadura, a la que se opuso Niemeyer, la gente se encontraba más preocupada por los atroces crímenes que se cometían que por los defectos que pudiera tener el diseño de la ciudad. Sin embargo, una vez recobrada la libertad a finales de la década de los años setenta y comienzos de los ochenta, resultó inevitable que muchos llegaran a resentir una capital que parecía diseñada para mantenerlos en silencio. Niemeyer hubiera debido saber que una obra modernista que privaba a la gente de algunas de las modernas prerrogativas fundamentales —hablar, reunirse, discutir, comunicar sus necesidades— habría de suscitar necesariamente antagonismos. Con ocasión de mis intervenciones en Río, en Sao Paulo, Recife, descubrí que servía de conducto para expresar una difundida indignación en contra de aquella ciudad donde, como me lo manifestaron tantos brasileros, no había lugar para ellos.

Y sin embargo, ¿qué culpa le cabe a Niemeyer? Si algún otro arquitecto hubiese ganado el concurso para el diseño de la ciudad, ¿no es probable que hubiese construido un escenario tan enajenante como el actual? ¿No es cierto que los aspectos más desvirtuados de Brasilia surgen de un consenso mundial acordado entre urbanistas y diseñadores? Fue sólo en las décadas de los años sesenta y setenta, cuando la generación que construyó proto-Brasilias en todo el mundo —y no en menor escala en las propias ciudades y suburbios de mi país—, tuvo la oportunidad de habitar en ellas cuando descubrió cuántas carencias tenía el mundo construido por los modernistas. Luego, al igual que el hombre del Palacio de Cristal, los miembros de esta generación y sus hijos comenzaron a protestar y a abuchear, llegando finalmente a crear un modernismo alternativo que afirmara la presencia y dignidad de todas las personas que habían sido excluidas.

El sentimiento que tuve de las deficiencias de Brasilia me condujo de nuevo a uno de los temas centrales de mi libro, un tema que consideraba de tal relevancia que no lo formulé con la claridad con que hubiera debido hacerlo: la importancia de la comunicación y el diálogo. Pareciera que no habría nada específicamente moderno en estas actividades; se remontan a los comienzos de la civilización e incluso contribuyen a definirla. Sócrates y los Profetas las ensalzaban como valores humanos primordiales hace más de dos mil años. Creo, sin embargo, que el diálogo y la comunicación han adquirido un peso específico y una particular urgencia en nuestra época, pues la subjetividad y la interioridad se han enriquecido y desarrollado con mayor intensidad y, a la vez, se tornan más solitarias y aisladas que nunca. En un contexto semejante, el diálogo y la comunicación se convierten en una necesidad desesperada y en una fuente primaria de deleite. En un mundo en el cual los significados se desvanecen en el aire, estas experiencias constituyen una de las pocas fuentes de sentido con las que podemos contar. Una de las pocas cosas que pueden hacer de la vida moderna algo digno de ser vivido es la mayor oportunidad que nos ofrece —y en ocasiones incluso nos impone— de hablar unos con otros, de abrirnos a los demás y comprenderlos. Debemos aprovechar al máximo estas posibilidades; deberían moldear la manera que tenemos de organizar nuestras ciudades y nuestras vidas*.








* Este tema sugiere conexiones con pensadores tales como Georg Simmel, Martin Buber y Jürgen Habermas.









Prólogo de Marshall Berman a
All that is Solids Melt into Air, Penguin Books, 1988,
que no fue incluido en la traducción castellana editada por Siglo XXI.







domingo, marzo 16, 2008

El Siglo: la huelga más larga en cien años y sus implicancias políticas. Entrevista a Julio Oliva de Andrés Figueroa Cornejo.





Julio Oliva García, presidente del sindicato de trabajadores del periódico oficial del Partido Comunista chileno, El Siglo, es genéticamente comunista. Sus padres, ambos comunistas, lo concibieron durante un paseo del partido en 1965. Su abuelo, Gabriel García, recibió su primera cédula comunista en las salitreras nortinas en la década del 30 del siglo pasado. Gabriel vivió todas las represiones imaginables y fue presidente del Sindicato de la Imprenta Horizonte, expropiada por el pinochetismo, y por la cual, el Partido Comunista recibirá pronto, a modo de indemnización, casi 6 mil millones de pesos (más de 12 millones de dólares). Su padre fue Julio Oliva Villalobos, dirigente sindical de MADECO a la hora del golpe de Estado de 1973. Allí lo detuvieron los militares y estuvo preso en la Fuerza Aérea, en el Estadio Chile (hoy, Víctor Jara) y permaneció cautivo un año en Chacabuco. A fines de los 70, Julio Oliva Villalobos se integró a los grupos que posteriormente constituirían la fuerza armada del partido. Fue parte del Frente Cero y fue uno de los primeros miembros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. El 23 de agosto de 1984 cayó combatiendo luego de una recuperación de material militar realizada en un conjunto de armerías del centro de Santiago. Julio Oliva García entró a las Juventudes Comunistas en 1980, cuando tenía 15 años. Dice que en el Pedagógico tuvo la oportunidad de "conocer a personas tan hermosas, como el militante del MIR, Eduardo Vergara Toledo". Terminada la dictadura militar, Julio fue miembro del Comité Central del PC, candidato municipal por San Joaquín, candidato a diputado por la circunscripción de La Florida por el Pacto de izquierda Juntos Podemos, y actualmente es vocero de la organización de Derechos Humanos, "La Funa", que denuncia en su propia casa o trabajo a los agentes probados del terrorismo estatal que desaparecieron, ejecutaron y torturaron a militantes y simpatizantes de la Unidad Popular, y que hoy permanecen impunes. Ahora le toca ser presidente del Sindicato de Trabajadores del órgano oficial del Partido Comunista de Chile, "El Siglo". Allí ocupó el cargo de Editor General y dejó 18 años de su vida. El Sindicato lleva 5 meses de huelga, la más larga del siglo, según la Dirección del Trabajo.



El conflicto

¿Cuál es el origen de la huelga?
La crisis coincide con la llegada de Francisco Herreros a la dirección del periódico el 2003. Los periodistas, fotógrafos y redactores, hasta su llegada, veníamos trabajando como equipo desde hace más de 10 años. Nosotros siempre tuvimos la idea de que El Siglo dejara de verse como el órgano oficial del PC para que fuera una revista más amplia, hecha para el conjunto de la izquierda. La línea editorial siempre estuvo garantizada para el PC, pero la idea es que pudiéramos llegar a los más vastos sectores. Nuestra manera de trabajar era absolutamente colectiva y el objetivo era entregar un producto de calidad al pueblo. Con la llegada de Herreros, se acaba el trabajo colectivo, Él es el que hace las pautas y las portadas, y nos informó que El Siglo es ya una empresa que debe financiarse y que cuando aparezcan utilidades, se nos subirá el sueldo, congelado desde el 2001. Yo, el más antiguo y el que más ganaba, obtenía $ 270 mil pesos de salario mensual (poco más de 500 dólares), y el peor pagado $ 140 mil pesos (menos que el sueldo mínimo). Francisco Herreros le pone un sello a El Siglo restringido al puro quehacer partidario. En marzo de 2006 estalla la crisis cuando nosotros, después de mucho tiempo, pedimos una reunión con los dueños del periódico, es decir con la dirección política del PC, para hacerle ver lo que considerábamos que no estaba funcionando bien en la publicación. Inmediatamente vino el despido de algunos compañeros, lo que gatilló la decisión de formar el Sindicato de Trabajadores de la Editorial Siglo XXI.

¿No hicieron gestiones anexas considerando que muchos de los trabajadores eran militantes históricos?
Tratamos siempre de provocar un acercamiento hacia el partido para resolver rápido el problema, pero los intentos no fructificaron. Mientras tanto, nosotros seguíamos trabajando. Posteriormente, presentamos nuestro proyecto de Negociación Colectiva. La empresa jamás reconoció nuestra condición de sindicato, pese a que este hecho fue ratificado legalmente por la propia Dirección del Trabajo. El 2 de octubre de 2007 comenzamos la huelga, luego de lo cual ha habido una serie de acciones judiciales por ambos lados. Paralelamente sostuvimos conversaciones con un miembro del PC que hizo de intermediador, a quien le expusimos que el conflicto podía terminar al momento de que nos pagaran 20 millones de pesos a repartirse entre 8 trabajadores por concepto de indemnizaciones. Se nos negó este arreglo también. Y así llevamos 5 meses de huelga, la más larga del siglo en Chile.


El Siglo en huelga en los kioscos

¿Cómo enfrentaron la huelga?
Nosotros decidimos hacer una huelga, trabajando. Así llevamos 6 números del periódico El Siglo en Huelga, cuyos últimos 3 números están a la venta en todos los kioscos del centro de Santiago, gracias al apoyo de la Confederación de Suplementeros.

¿Qué opinan los militantes ante su movimiento?
Ha habido tres reacciones por parte de la militancia comunista. Una parte, correspondiente a dirigentes y funcionarios del PC o de gremios que dependen económicamente del partido, ha hecho una defensa muy cerrada de la postura de la dirección del partido, y nos ha acusado de traidores, agentes de la CIA , etcétera. Pero ese es un círculo muy reducido. Otra militancia se nos ha acercado para saber más y conocer los dos lados. Ella nos dice que ojalá nos vaya bien. Es más bien una solidaridad de palabra. Y existe una tercera respuesta de un importante sector de dirigentes y militantes que nos ha brindado una solidaridad mucho más activa. Nos ha ofrecido recursos, mercadería y ha enviado cartas a la dirección para que se resuelva el tema. Y fuera del PC, hemos contado con el amplio apoyo de los sindicatos y sus dirigentes, debido al contrasentido que expresa nuestra situación. Al respecto, la peor propaganda contra el partido la ha hecho la propia dirección al dilatar la solución del conflicto.

¿Serían distintas las cosas con la extinta Gladys Marín a la cabeza de la organización?
No es por decir que la compañera Gladys haya sido una mujer perfecta, pero yo creo que ella habría tomado cartas en el asunto cuando recién comenzó el conflicto. Una de las principales preocupaciones de Gladys era que todos los trabajadores de El Siglo tuviéramos contrato.


La razón política

¿Existen elementos políticos involucrados en la huelga?
Un conflicto laboral siempre es un conflicto político. Eso lo aprendimos tempranamente en el partido. Las imposiciones del nuevo director de El Siglo no sólo son formales. Aquí nos encontramos con censura contra dirigentes sociales, como la prohibición de que apareciera en el periódico una de las líderes de la rebelión pinguina, María Jesús Sanhueza, porque se habría peleado con la dirección de la Jota. Otro afectado fue Lautaro Huanca, dirigente de los pobladores de la comuna de Peñalolén, por similares razones que María Jesús. Lo mismo con los pobladores de la organización de deudores habitacionales Andha Chile a Luchar. Y después hubo censuras políticas más delicadas. Ya no pudimos publicar nada sobre la corrupción del gobierno, aunque tuviéramos todos los antecedentes, porque la dirección decía que no. Obviamente con el objetivo de no entorpecer las negociaciones con la Concertación para terminar con el sistema binominal, y obtener eventualmente algunos cupos en el parlamento.

¿Qué significa esto?
Esto demuestra un viraje político que se traduce en un alejamiento de la izquierda aglutinada en el Juntos Podemos y un acercamiento a la Concertación. Para la segunda vuelta en las presidenciales, el partido comenzó a llamar a votar por la Concertación, y hasta bajaron las ventas del periódico. Esto va aparejado a que El Siglo se ha convertido en una revista institucional de la dirección partidaria, casi una publicación de relaciones públicas. En este sentido, el equipo de trabajadores en huelga de El Siglo estaba resultando un estorbo.

¿Cómo se llega a la dirección de El Siglo?
Francisco Herreros, el director, lleva un año de militancia. Sin embargo, El Siglo siempre fue dirigido por alguien de la Comisión Política o del Comité Central: Luis Corvalán, Volodia Teiltelboim, Jorge Insunza, Rodrigo Rojas, Juan Andrés Lagos, Claudio de Negri, Fernando Quilodrán, etcétera. Esto le llama mucho la atención a la vieja militancia.


El PC profundo

¿Cuál es el estado de salud del PC?
Hoy hay una crisis muy seria en el partido. Sobre todo en lo correspondiente a la democracia interna. Hay un par de grupos que se han hecho de la dirección del partido. La normativa interna del PC en la actualidad, impide el desarrollo de nuevos liderazgos y del ingreso de nuevos militantes a las direcciones. Otro problema es que un porcentaje alto de los miembros del Comité Central son "funcionarios de local" del PC, pero dejaron de ser activistas.

¿Qué diferencias adviertes entre el PC que luchó contra la dictadura y el actual?
Con la política de Rebelión Popular de Masas, con la superación del llamado "vacío histórico" a través de la creación del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, durante la dictadura también el militante comunista fue formado como un revolucionario íntegro. Sin embargo, esta política fue desarticulada terminada la dictadura. Por eso yo creo que la gran mayoría de los comunistas de los 80 está fuera del partido. Hoy el Partido Comunista no alcanza los 4 mil militantes en todo el país. En realidad, los comunistas están fuera del partido. Yo creo que hay gente que se fue para la casa, aburrida de luchar contra esta muralla antidemocrática. Pero también hay gente que no milita, pero sigue en organizaciones sociales, en sindicatos, ayudando a la reconstrucción de los trabajadores y el pueblo.

¿Cuáles son las prioridades del PC hoy?
Hace mucho tiempo que en el partido no existen políticas hacia los trabajadores, hacia los pobladores. Paulatinamente, el Partido Comunista se ha ido convirtiendo en un partido "ciudadano" como el Partido Por la Democracia (el PPD de la Concertación), donde más valen treinta segundos de televisión que el trabajo que pueda hacerse con las bases. Esto ha provocado que, cada vez más, el PC tenga menos incidencia real.

Ante tu diagnóstico, ¿qué horizontes adviertes?
Yo creo que pueden haber diferentes salidas. Pero hay que construir una. Hay gente que todavía piensa que desde el interior del partido se pueden cambiar a estas direcciones "estalinistas y socialdemócratas". Sin embargo, me parece que lo que cabe hacer es procurar conformar un movimiento de los comunistas, o de refundación comunista. Que, primero, nos retorne a los principios de Luis Emilio Recabarren (fundador del PC), a recuperar el sentido de clase del partido. Y luego repensar la política de Rebelión Popular de Masas, que le dio el contenido revolucionario completo a la organización.

¿Es decir privilegiar la lucha y todas sus posibilidades?
La confrontación entre las clases siempre existe. Y, por tanto, siempre hay que estar preparados íntegramente. Teórica y materialmente. Porque cuando avance la lucha de los trabajadores y el pueblo nos vamos a encontrar con las resistencias de la minoría privilegiada. Hoy no se sigue solamente explotando a los trabajadores, sino también asesinándolos. Ahí tienes los casos de Rodrigo Cisternas, de los jóvenes mapuches, del estudiante Daniel Menco. Los organismos de seguridad siguen funcionando.

¿Cómo evalúas el panorama de la izquierda chilena?
Aquí tenemos que reconstituirnos como izquierda. Esta debe ser una época de mucha generosidad. Deben dejarse de lado rencillas antiguas. Nuestro horizonte son los trabajadores y el pueblo. Tenemos que ponernos de acuerdo en cuestiones bastante generales, pero no por ello, menos potentes.






El periódico El Siglo en Huelga cuelga perceptible y contradictoriamente junto a El Siglo "oficial" en uno de los costados de un kiosco en plena Alameda, arteria central de Santiago de Chile. Algunos capitalinos se detienen, tratando de entender. Lo cierto es que algo está ocurriendo en el que fuera el Partido Comunista más grande de Latinoamérica luego del cubano. Y sus militantes tienen el derecho y el deber de expresar sus discrepancias. Desde la izquierda y para bien de las luchas que se avecinan.










Fotografía: Portada del periódico El Siglo, 11 de septiembre de 1973













sábado, marzo 15, 2008

«Espacio: Fragmento segundo», de Juan Ramón Jiménez





FRAGMENTO SEGUNDO

(cantada)



«Y para recordar por qué he vivido», vengo a ti, río Hudson de mi mar. «Dulce como esta luz era el amor…» «Y por debajo de Washington Bridge (el puente más con más de esta New York) pasa el campo amarillo de mi infancia». Infancia, niño vuelvo a ser y soy, perdido, tan mayor, en lo más grande. Leyenda inesperada: «dulce como la luz es el amor», y esta New York es igual que Moguer, es igual que Sevilla y que Madrid. Puede el viento, en la esquina de Broadway, como en la Esquina de las Pulmonías de mi calle Rascón, conmigo; y tengo abierta la puerta donde vivo, con sol dentro. «Dulce como este solo era el amor». Me encontré al instalado, le reí, y me subí al rincón provisional, otra vez, de mi soledad, y de mi silencio, tan igual en el piso 9 y sol, al cuarto bajo de mi calle y cielo. «Dulce como este sol es el amor». Me miraron ventanas conocidas con cuadros de Murillo. En el alambre de lo azul, el gorrión universal cantaba, el gorrión y yo cantábamos, hablábamos; y lo oía la de la mujer en el viento de mundo. ¡Qué rincón ya para suceder mi fantasía! El sol quemaba el sur del rincón mío, y en el lunar menguante de la estera, crecía dulcemente mi ilusión queriendo huir de la dorada mengua. «Y por debajo de Washington Bridge, el puente más amplio de New York. Corre el campo dorado de mi infancia…» Bajé lleno a la calle, me abrió el viento la ropa, el corazón; vi caras buenas. En el jardín de St. John the Divine, los chopos verdes eran de Madrid; hablé con un perro y un gato en español: y los niños del coro, lengua eterna, igual del paraíso y de la luna, cantaban, con campanadas de San Juan, en el rayo de sol derecho, vivo, donde el cielo flotaba hecho armonía violeta y oro; iris ideal que bajaba y subía, que bajaba… «Dulce como este sol era el amor». Salí por Ámsterdam, estaba allí la luna (Morningside); el aire ¡era tan puro! Frío no, fresco, fresco; en él venía vida de primavera nocturna, y el sol estaba dentro de la luna y de mi cuerpo, el sol presente, el sol que nunca más me dejaría los huesos solos, sol en sangre y él. Y entré cantando ausente en la arboleda de la noche y el río que se iba bajo Washington Bridge con sol aún, hacia mi España por oriente, a mi oriente de mayo de Madrid; un sol ya muerto, pero vivo; un sol presente, pero ausente; un sol rescoldo de vital carmín, un sol carmín vital en el verdor, un sol vital en el verdor ya negro, un sol en el negror ya luna; un sol en la gran luna de carmín; un sol de gloria nueva, nueva en otro Este; un sol de amor y de trabajo hermosos; un sol como el amor…«Dulce como este sol era el amor».




1954






«Espacio» está publicado íntegramente en
Biblioteca Descontexto















viernes, marzo 14, 2008

“Scarface, el precio del poder”, de Daniel Jiménez





"Todo lo que tengo en esta vida son mis cojones y mi palabra". Es una de las frases que inmortalizó a Tony Montana en Scarface, sin duda alguna, uno de los mayores clásicos de Brian De Palma. No obstante, hay algo que me impide afirmar que esta excelente película sea redonda del todo. Pero esto lo aclararé más adelante.

Brian De Palma es un director al que ciertos sectores de la crítica no le dejan escapar ni la menor duda. Se le acusa de ser un plagiador, sobre todo en lo que respecta a las referencias sobre Alfred Hitchcock, cuestión dudosa. Lo que sí es cierto es que la majestuosidad en la puesta en escena que despliega en todas sus películas, es algo que pocos poseen, pues convierte la mayor parte de sus obras (y ésta no es una excepción) en una auténtica delicia visual. Scarface es un remake de un título muy anterior: Scarface, el Terror del Hampa, del maestro Howard Hawks, obra maestra y título cumbre que supuso un punto de inflexión y nacimiento del mejor cine negro. Oliver Stone fue el encargado de adaptar este guión a la obra DePalmiana. Ahora, Scarface, se centraba en el ascenso y caída del imperio creado por Tony Montana, perseguidor del "American Dream".

La historia comienza con un prólogo histórico que nos sitúa en la Cuba de los 80, cuando unos 125.000 cubanos (25.000 de ellos delincuentes de poca monta y enemigos del régimen castrista) afrontan la salida del país, favorecida por Fidel Castro, hacia los Estados Unidos. Entre éstos se encuentra Antonio Montana (Al Pacino), un matón de tres al cuarto que persigue a toda costa el éxito. Junto a él se encuentra su amigo inseparable, Manny Ray (Steven Bauer). Para despuntar, Montana, elige el camino más fácil: el de la corrupción y la violencia en la opulenta Miami de la era Reagan. Empezando con un trabajo para un ostentoso magnate de la droga llamado Frank López, poco a poco, su carácter y su ansia de poder le hacen subir como la espuma en el violento y corrupto imperio de la droga. A sangre y plomo va subiendo cada vez más escalones, lo que le permite configurar un gran imperio en donde la opulencia y la corrupción se dan la mano. Pero ya se sabe: todo lo que sube acaba cayendo, y cuanto más grande, más fuerte es el golpe. Su carrera hacia la fama, el dinero, las mujeres y el control de la cocaína en esa Miami ochentera es meteórica. El deseo por poseerlo todo, por ser el amo del mundo se materializa en una lujosa mansión y en esa gran esfera del mundo en la que reza la frase: "The World is Yours". Y es que Montana, lejos de la discreción, no tiene el más mínimo interés por esconder su riqueza y opulencia.

Tony Montana es un ser destructivo que arrasa y engulle todo lo que toca: por ejemplo en sus relaciones con Gina, su hermana (Mary Elizabeth Mastrantonio), a quien, o bien su deseo de posesión, su cariño o su sentido de protección hacia ella, acaba por destrozarla, o, también por ejemplo, en las relaciones con su madre (pues Montana acaba por romper la armonía existente entre madre-hija) y sus relaciones conyugales con Elvira (Michelle Pfeiffer), su futura esposa, anteriormente mujer de su antiguo jefe, Frank. Eso sí, por lo que se mueve Montana es por instinto y su afán de posesión, nada para él es imposible de ser poseído. Tampoco las mujeres. La tortuosa relación Montana-Elvira tan sólo puede acabar de la manera que acaba con esa magnífica escena en el restaurante. A partir de aquí, el imperio que había configurado el carismático Tony, mediante la violencia, va desmoronándose a marchas forzadas. La relación con el verdadero señor de la coca, un boliviano llamado Sosa, se enturbia cada vez más, y es esto lo que acelera aún más el declive de su imperio. Así las cosas, toda esta debacle, ya sin remedio alguno, se materializa en una violentísima escena final, símbolo del desmoronamiento total del imperio de Montana.

Stone y De Palma configuran y llevan hasta el exceso un antihéroe chabacano, altanero, sin escrúpulos y violento, pues es su carácter agresivo lo que le permite, casi sin problema alguno, despuntar en la vida y llegar a la tan ansiada fama, al precio que sea. Y la verdad es que lo consiguen, creando, con este personaje tan poco afín a moralidad alguna (al menos en apariencia), todo un ícono cinematográfico que pasó, merecidamente, a la historia del cine. Pero a pesar de la aparente vacuidad de cualquier tipo de sentimiento en un hombre como Montana, éste se muestra en contadas ocasiones como un ser con sentimientos y conflictos morales. Y es esto lo que hace ser fascinante a un personaje como éste: un hombre frío a la hora de ejecutar la violencia más descarnada, pero que a la vez se torna como una persona sensible en ciertas ocasiones (siempre en los límites de su personalidad), incluso al llegar a cuestionar la moralidad de sus acciones.

Este exceso en la creación de Montana, encuentra su justificación en la elevación del personaje a cotas casi místicas, llegando a pensar, por momentos, en el carácter inmortal de este antihéroe en toda regla. Pero esta inmortalidad que envuelve al personaje y la incondicionalidad de sus seguidores (que los tiene, y muchos). No hubiese sido tal si debajo de la piel no hubiese estado el que está, me refiero a Al Pacino, que hace un 'tour de force' impecable. El estilo fanfarrón, chulesco y la mala uva que destila el personaje lo imprime magistralmente un excelente Pacino en uno de los mejores papeles de su vida, memorable e irrepetible.

Y es que si algo sobresale en esta película son las impecables interpretaciones de todos y cada uno de los actores: empezando por el inmortal personaje de Pacino, pasando por una excelente Michelle Pfeiffer o por la soberbia interpretación de la hermana de Montana a cargo de Mary Elizabeth Mastrantonio, hasta llegar a actores como Robert Logia o F. Murray Abraham en roles más secundarios pero no menos brillantes.

Hay que hacer referencia también al buen guión de la película, obra del citado Oliver Stone. Además de la excelente creación del personaje de Montana (con sus contradicciones interiores) y la dosificación de escenas pletóricas de violencia, tienen cabida también unos buenos diálogos libres de parafernalias y pequeños matices críticos sobre su país y el sistema capitalista de consumo (no nos olvidemos que estamos hablando de Stone), que crea seres como este personajillo venido de la nada con ansias de comerse el mundo.

Como no podía ser de otra forma, también es obligatorio detenerse en lo respectivo a la dirección de De Palma, y es que esta película es todo un talante y ejemplo de cómo debe ser una puesta en escena. Es decir, que una vez más, la excelente dirección de De Palma se repite aquí, creando cuadros verdaderamente sutiles y soberbios. Pero a veces (y aquí viene el hecho de que no considere esta película como una obra totalmente redonda) hay que reconocer que al director de Carlito’s Way se le va la mano en algunas escenas de la película, sacando las cosas de su contexto, por muy bien hechas que estén (algo indudable). Un clarísimo ejemplo sería la operística y nihilista escena del desmoronamiento físico del imperio de Montana, una escena arrolladora en su puesta en escena y llena de violencia pero que, decididamente, no engancha muy bien con lo que se venía contando anteriormente. Como ya ha quedado obvio, la violencia está muy presente en Scarface, pero es una violencia que se presenta, hasta un cierto punto, estilizada y hasta coreografiada, sobre todo en la innumerable veces citada escena final, donde el exceso, la acción y la violencia confluyen como un torrente. No obstante, como en la mayoría de películas rodeadas del ambiente gangsteril, la violencia es también el motor que mueve a los personajes. Todos ellos se ven envueltos en ella y ayuda a comprender el entorno por el que se mueven.

Aspectos técnicos como la estupenda dirección artística o la fotografía son dignos de elogio. Digno de elogio lo es también la penetrante y arrolladora banda sonora de Giorgo Moroder, que da a la película la fuerza que las imágenes necesitan. La duración de la misma (casi tres horas) podría ser también obstáculo para su seguimiento, pero la cinta está narrada ágilmente y su buen ritmo hace que el interés no decaiga en ningún momento.

Para concluir y pese a sus nimias irregularidades en algunos de sus excesos visuales, si se quiere disfrutar de una película penetrante en su propuesta visual y magistralmente interpretada, Scarface es una excelente opción.










jueves, marzo 13, 2008

"Un supermercado en California", de Allen Ginsberg

Traducción de Juan Carlos Villavicencio






            Qué cosas he pensado de ti esta noche, Walt Whitman, mientras caminaba por calles laterales bajo los árboles con un dolor de cabeza, autoconsciente, mirando la luna llena.
            En mi hambriento cansancio y en busca de imágenes que comprar, entré al supermercado de frutas de neón, ¡soñando con tus enumeraciones!
            ¡Qué duraznos y qué penumbras! ¡Familias completas comprando de noche! ¡Pasillos repletos de maridos! ¡Sus esposas entre las paltas, los bebés en los tomates! ––y tú, García Lorca, ¿qué hacías allá abajo junto a las sandías?

            Te vi Walt Whitman, sin hijos, viejo mendigo solitario, hurgando entre las carnes del refrigerador, mirando insistente-mente a los muchachos de la verdulería.
            Te oí preguntándoles a todos: ¿Quién mató las chuletas de cerdo? ¿A cuánto las bananas? ¿Eres tú mi Ángel?
            Vagaba entrando y saliendo por entre los brillantes montones de tarros siguiéndote, perseguido en mi imaginación por el detective de la tienda.
            Dimos zancadas por los amplios corredores juntos en nuestra solitaria fantasía saboreando alcachofas, poseyendo cada una de las congeladas delicias, nunca pasando por el cajero.

            ¿Adónde vamos, Walt Whitman? Las puertas cierran en una hora. ¿A qué dirección tu barba apunta esta noche?
            (Toco tu libro y sueño con nuestra odisea en el supermercado y me siento absurdo.)
            ¿Caminaremos toda la noche por las calles solitarias? Los árboles agregan sombras a las sombras, están apagadas las luces de las casas, ambos estaremos solos.
            ¿Nos pasearemos soñando la perdida América del amor pasando por los azules automóviles aparcados en las entradas de las casas, de regreso a nuestra cabaña silenciosa?
            Ah, querido padre, de barba gris, solitario y viejo maestro del coraje, ¿con qué América te encontraste cuando Caronte dejó de impulsar su barca y saliste a una nebulosa rivera y te quedaste mirando cómo desaparece el bote en las negras aguas del Leteo?




Berkeley, 1955









A Supermarket in California

What thoughts I have of you tonight, Walt Whitman, for I walked down the streets under the trees with a headache self-conscious looking at the full moon./ In my hungry fatigue, and shopping for images, I went into the neon fruit supermarket, dreaming of your enumerations!/ What peaches and what penumbras! Whole families shopping at night! Aisles full of husbands! Wives in the avocados, babies in the tomatoes! --- and you, Garcia Lorca, what were you doing down by the watermelons?// I saw you, Walt Whitman, childless, lonely old grubber, poking among the meats in the refrigerator and eyeing the grocery boys./ I heard you asking questions of each: Who killed the pork chops? What price bananas? Are you my Angel?/ I wandered in and out of the brilliant stacks of cans following you, and followed in my imagination by the store detective./ We strode down the open corridors together in our solitary fancy tasting artichokes, possessing every frozen delicacy, and never passing the cashier.// Where are we going, Walt Whitman? The doors close in an hour. Which way does your beard point tonight?/ (I touch your book and dream of our odyssey in the supermarket and feel absurd.)/ Will we walk all night through solitary streets? The trees add shade to shade, lights out in the houses, we'll both be lonely./ Will we stroll dreaming of the lost America of love past blue automobiles in driveways, home to our silent cottage?/ Ah, dear father, graybeard, lonely old courage-teacher, what America did you have when Charon quit poling his ferry and you got out on a smoking bank and stood watching the boat disappear on the black waters of Lethe?//








miércoles, marzo 12, 2008

“La pagoda de Babel”, de G. K. Chesterton






Ese cuento del agujero en el suelo, que baja quién sabe hasta dónde, siempre me ha fascinado. Ahora es una leyenda musulmana; pero no me asombraría que fuera anterior a Mahoma. Trata del sultán Aladino; no el de la lámpara, por supuesto, pero también relacionado con genios o con gigantes. Dicen que ordenó a los gigantes que le erigieran una especie de pagoda, que subiera y subiera hasta sobrepasar las estrellas. Algo como la Torre de Babel. Pero los arquitectos de la Torre de Babel eran gente doméstica y modesta, como ratones, comparada con Aladino. Sólo querían una torre que llegara al cielo. Aladino quería una torre que rebasara el cielo, y se elevara encima y siguiera elevándose para siempre. Y Dios la fulminó, y la hundió en la tierra, abriendo interminablemente un agujero, hasta que hizo un pozo sin fondo, como era la torre sin techo. Y por esa invertida torre de oscuridad, el alma del soberbio sultán se desmorona para siempre.







en Antología de la literatura fantástica (Borges, Bioy, Ocampo), 1965










martes, marzo 11, 2008

"Confesiones de una máscara", de Yukio Mishima

Fragmento




Cuando nos acercamos a ellas, las dos mujeres pegaron un brinco, igual que si el demonio las hubiera poseído de repente. Entramos en una casa, tan pequeña que tuve la impresión de que fuera a darme de cabeza contra el techo. Con una sonrisa que dejó al descubierto sus dientes de oro y sus encías, la más fea de las dos mujeres, que hablaba con rústico acento, me llevó a un cuarto con tres esteras.

El sentido del deber me obligó a abrazarla. Después me dispuse a besarla.

Sus anchos hombros comenzaron a estremecerse de loca risa.

-¡No hagas eso! ¡Te vas a manchar con lápiz de labios! Te enseñaré cómo se hace.

La prostituta abrió la bocaza, quedando sus dientes de oro enmarcados por los labios pintados, y sacó la lengua, muy gorda, como si de un palo se tratara. Siguiendo su ejemplo, también saqué la lengua. Y las puntas se tocaron...

Quizá mis palabras no sean comprendidas si digo que hay una clase de insensibilidad que parece un feroz dolor. Sentí que todo mi cuerpo quedaba paralizado por un dolor de esa clase, un dolor muy intenso, pero que no podía sentir en modo alguno. Dejé caer la cabeza en la almohada.

Diez minutos después, ya no cabía la menor duda acerca de mi incapacidad. Las rodillas me temblaban de vergüenza.





1949




lunes, marzo 10, 2008

“Autobiografías: Amis & Ellroy”, de Roberto Bolaño

Lunes 21 de octubre de 2002



Siempre me parecieron detestables las autobiografías. Qué perdida de tiempo la del narrador que intenta hacer pasar gato por liebre, cuando lo que un escritor de verdad debe hacer es atrapar dragones y disfrazarlos de liebres. Doy por descontado que en literatura un gato nunca es un gato, como dejó claro de una vez y para siempre Lewis Carroll.

Pocas son las autobiografías realmente memorables. En Latinoamérica, probablemente ninguna. En estos días ha salido el primer tomo de las memorias de García Márquez. Todavía no lo he leído, pero se me ponen los pelos de punta sólo de imaginar lo que allí ha escrito nuestro Premio Nobel. Más aun cuando lo imagino luchando contra su enfermedad, sacando fuerzas de donde ya quedan pocas fuerzas, y sólo para realizar un ejercicio de melancolía y de ombliguismo.

Hace un tiempo leí dos especies de autobiografías de dos de los mejores escritores de lengua inglesa vivos. “Experiencia”, de Martin Amis, y “Mis rincones oscuros”, de James Ellroy. Ambos libros tienen en común el haber sido escritos por escritores jóvenes, es decir por escritores a quienes no se les supone en el trance de hacer un balance de sus vidas, pues éstas, salvo imponderables, distan mucho de estar en su recta final. Hasta aquí llega el parecido y a partir de aquí los libros se separan para siempre.

Amis escribe una autobiografía brillante, pedante, blanda, la vida de un escritor hijo de escritor. Ellroy, a quien muchos desprecian por consideraciones tan imbéciles como que se trata de un escritor de género, escribe una autobiografía sesgada, unas memorias que surgen directamente de los límites del infierno. En realidad lo que hace Ellroy es investigar y recrear, sin ocultar nada, la vida de su madre, los últimos días de vida de su madre violada y asesinada en 1958 y cuyo asesino jamás fue descubierto.

Como el crimen parece ser el símbolo del siglo veinte, en las memorias de Amis también hay un asesino en serie, el infame Fred West, en cuyo jardín se encontraron los restos de ocho mujeres, entre ellas una prima de Amis desaparecida muchos años antes. Pero Amis, cuando se acerca al abismo, cierra los ojos, pues sabe, como buen universitario que ha leído a Nietzsche, que el abismo puede devolverle la mirada. Ellroy también lo sabe, aunque no haya leído a Nietzsche, y allí radica la principal diferencia entre ambos: él mantiene los ojos abiertos. De hecho, no sólo mantiene los ojos abiertos, Ellroy es capaz de bailar la conga mientras el abismo le devuelve la mirada.

El libro de Amis no es malo. Pero casi todos los libros anteriores de Amis son mejores. Quien busque en “Experiencia” al autor de “Dinero” o “Campos de Londres” o “La información” o “Tren nocturno”, se llevará una decepción. El libro de Ellroy, por el contrario, es un libro ejemplar. La segunda o tercera parte, la que cuenta la infancia y adolescencia de Ellroy tras la muerte de su madre, es de lo mejor que se ha escrito en la literatura en cualquier lengua de los últimos treinta años.

El libro de Amis termina con niños. Termina con paz y amor. El libro de Ellroy termina con lágrimas y mierda. Termina con un hombre solo y erguido. Termina con sangre. Es decir, no termina nunca.






en Entre Paréntesis, 2004










domingo, marzo 09, 2008

"Las tribulaciones del estudiante Törless", de Robert Musil

Fragmento



Törless pasó el resto del día en estado de gran excitación.

La circunstancia de haber tenido en las manos un libro de Kant -esa circunstancia completamente fortuita, a la que en su momento no había prestado gran atención- repercutió en él profundamente. Le era conocido de oídas el nombre de Kant y lo consideraba la última palabra de la filosofía, como suelen opinar quienes sólo tienen un remoto contacto con las ciencias del espíritu. Y la creencia en esa autoridad había sido uno de los motivos por los cuales Törless, hasta entonces, no se había sentido atraído por los libros serios. Los muchachos muy jóvenes, una vez pasado el período en que quieren ser cocheros, jardineros o confiteros, suelen abrazar con la fantasía aquellas profesiones que parecen ofrecer a su ambición la mejor posibilidad de sobresalir y distinguirse. Cuando dicen que quieren ser médicos, ello significa que alguna vez vieron un bonito consultorio atestado de pacientes o una vitrina con curiosos instrumentos quirúrgicos, o algo por el estilo. Si hablan de la carrera diplomática, piensan en el brillo y en la distinción de los salones internacionales. En suma, que eligen su profesión según el medio en que les gustaría verse v según la pose que más les agradaría adoptar.

Ahora bien, el nombre de Kant siempre se había pronunciado ante Törless con el aire de estar hablando de un misterioso e inquietante santo. Y Törless no podía pensar sino que Kant había resuelto definitivamente los problemas de la filosofía y que después de él la filosofía misma era una ocupación ociosa, sin finalidad, así como creía que después de Schiller y Goethe ya no era lícito componer poesía.

En casa de sus padres, esos libros estaban en el armario de cristales verdes, en el cuarto de trabajo del consejero, y Törless sabía que ese armario no se abría nunca, salvo para mostrar algún libro a un visitante. Era como el santuario de una deidad a la que uno no se acerca gustosamente y a la que venera sólo porque, gracias a que ella existe, ya no necesita uno preocuparse por ciertas cosas.

Esa actitud frente a la filosofía y la literatura había ejercido una desdichada influencia en el desarrollo de Törless, y a ella debía muchas horas tristes. Por esta causa, sus anhelos se desviaron de los objetivos más adecuados y quedaron -mientras Törless, privado de una meta natural, luchaba por encontrar otra- a merced de la brutal y decidida influencia de los compañeros. Sus inclinaciones sólo volvían de vez en cuando, avergonzadas, y dejaban en la conciencia de Törless la sensación de haber hecho algo inútil y ridículo. Sin embargo, poseían tal intensidad, que Törless no llegaba nunca a librarse de ellas, y esta lucha constante era la causa de que a su ser le faltasen unas líneas claras que lo definieran y un camino recto que seguir.

Pero aquel día, su actitud frente a la filosofía parecía haber entrado en una nueva fase. Los pensamientos a los que en vano había buscado hoy una explicación ya no eran los eslabones inconexos de una juguetona imaginación, sino que se revolvían en él, no lo dejaban tranquilo, y Törless sentía con todo su cuerpo que detrás de ellos alentaba algo de su propia vida. Esto era completamente nuevo para él. Un estado casi de ensueño, de misterio. Acaso se hubiera desarrollado obedeciendo silenciosamente a la presión de los últimos tiempos y ahora, de pronto, se manifestaba con ávidos dedos. Le ocurría como a una madre que, por primera vez, siente los movimientos imperiosos del fruto de su cuerpo.

Fue una tarde de entrañable goce espiritual.

Törless sacó del cajón todos los intentos poéticos que había hecho y que había conservado allí. Se sentó con ellos junto al hogar y permaneció solo y sin que nadie lo viera, detrás del gran biombo. Hojeaba un cuadernillo tras otro, luego lo rompía lentamente y, saboreando una y otra vez la fina conmoción de la despedida, lo arrojaba al fuego.

Quería dejar detrás de sí todo lastre anterior, como si lo único que importara ahora fuera concentrar la atención en dirigir los pasos hacia adelante.





1906






sábado, marzo 08, 2008

"Los cantos de Maldoror", de Conde de Lautréamont

Fragmento




Hay un insecto que los hombres alimentan a su costa. No le deben nada, pero le temen. El tal, que no gusta del vino, y en cambio prefiere la sangre, si no se satisfacen sus legítimas necesidades, sería capaz, merced a un oculto poder, de adquirir el tamaño de un elefante y aplastar a los hombres co­mo espigas. Por esa razón hay que ver cómo se le respeta, cómo se le tiene en la más alta estima por sobre todos los animales de la creación. Se le otorga la cabeza como trono, y él fija sus garras en la raíz de los cabellos, con dignidad. Más adelante, cuan­do está gordo y entra en una edad avanzada, imi­tando la costumbre de un antiguo pueblo, se le sa­crifica a fin de que no sufra los achaques de la vejez. Le organizan grandes funerales, como a un héroe, y el féretro que lo conduce directamente ha­cia la losa del sepulcro es cargado sombre los hom­bros de los principales ciudadanos. junto a la tierra húmeda que el sepulturero extrae con su diestra. pala, se combinan frases multicolores sobre la in­mortalidad del alma, sobre la futilidad de la vida, sobre la voluntad inexplicable de la providencia, y el mármol se cierra para siempre sobre esa existen­cia, laboriosamente cumplida, que ya no es más que un cadáver. La muchedumbre se dispersa, y la no­che no tarda en cubrir con sus sombras los muros del cementerio.

Pero consolaos, humanos, de su dolorosa pérdida. He aquí que avanza su incontable familia, que os cede con toda liberalidad para que vuestra deses­peración sea menos amarga y encuentre alivio en la grata presencia de esos engendros huraños, que se convertirán más tarde en magníficos piojos, con las galas de una notable belleza, monstruos con ai­re de sabios. Incubó muchas docenas de queridos huevos, con maternal dedicación, sobre vuestros cabellos desecados por la succión encarnizada de esos temibles forasteros. Pronto llega el momento en que los huevos estallan. No os preocupéis, esos adolescentes filósofos no tardan en desarrollarse a través de esta vida efímera. Se desarrollarán hasta un punto que no podréis ignorar gracias a sus ga­rras y órganos chupadores.

Vosotros no sabéis por qué razón no devoran vuestro cráneo, conformándose con extraer median­te sus bombas la quintaesencia de vuestra sangre. Un momento de paciencia que os lo voy a explicar: no lo hacen, simplemente, porque carecen de la fuerza suficiente. Tened por seguro que si sus man­díbulas respondieran a la magnitud de sus ansias infinitas, los sesos, la retina, la columna vertebral, todo vuestro cuerpo desaparecería. Como una gota de agua. Sobre la cabeza de algún mendigo joven de la calle observad con un microscopio a un piojo que trabaja: ya me contaréis después. Desgraciada­mente son pequeños, esos bandoleros de enorme melena. No servirían para conscriptos, pues no al­canzan la talla exigida por la ley. Pertenecen al mundo liliputiense de los patizambos, y los ciegos no vacilan en clasificarlos entre los infinitamente pequeños. Desgraciado el cachalote que luchara contra un piojo. Sería devorado en un abrir y ce­rrar de ojos, a pesar de su talla. Ni siquiera la cola quedaría para anunciar la nueva. El elefante se de­ja acariciar, el piojo no. No os aconsejo intentar esa experiencia peligrosa. Especial cuidado debéis te­ner si vuestra mano es peluda, y también si sólo está compuesta de carne y huesos. Vuestros dedos no tendrán remedio. Crujirán como si estuvieran sometidos a la tortura. La piel desaparece por un extraño encantamiento. Los piojos nunca pueden llegar a cometer tanto mal como el que les sugiere su imaginación. Si encontráis un piojo en vuestro camino, seguid adelante sin lamerle las papilas de la lengua. Os ocurriría alguna desgracia. Eso está probado. No importa, estoy de todos modos contento por la magnitud del mal que te hace, ¡oh, raza humana!, aunque me gustaría que toda­vía te hiciera más.

¿Hasta cuándo mantendrás el culto carcomido de ese dios, insensible a tus plegarias y a las ofren­das generosas que le presentas en holocausto ex­piatorio? Ya lo ves, el horrible manitú no te agra­dece las grandes copas de sangre y de seso que tú distribuyes en sus altares, piadosamente adorna­dos con guirnaldas de flores. No te agradece..., pues los terremotos y las tempestades continúan haciendo estragos desde el comienzo de las cosas. Y sin embargo -hecho digno de ser observado­mientras más indiferente se muestra, más lo admi­ras. Se ve que tú sospechas la existencia de cua­lidades que él conserva ocultas; y tu razonamiento se apoya en la siguiente consideración: que sólo una divinidad de poder superior puede mostrar tanto menosprecio hacia los fieles que obedecen a su religión. Por eso en cada país existen dioses dis­tintos: aquí el cocodrilo, allá la mercenaria del amor; pero cuando se trata del piojo, al conjuro de ese nombre sagrado, todos los pueblos sin ex­cepción inclinan las cabezas de su esclavitud, arro­dillándose juntos en el atrio augusto ante el pedes­tal del ídolo informe y sanguinario. El pueblo que no obedeciera a sus propios instintos rastreros y diera señales de rebelión desaparecería tarde o temprano de la tierra, como hoja de otoño, aniqui­lado por la venganza del dios inexorable.

¡Oh, piojo de pupila contraída!, en tanto que los ríos derramen el declive de sus aguas en los abis­mos del mar, en tanto que los astros persistan en la trayectoria de sus órbitas, en tanto que el mundo vacío no tenga límites, en tanto que la humanidad desgarre sus propios flancos en guerras funestas, en tanto que la justicia divina arroje sus rayos ven­gadores sobre este globo egoísta, en tanto que el hombre desconozca a su creador y se burle de él -no sin razón- agregando una pizca de desprecio, tu reino estará asegurado sobre el universo, y tu dinastía extenderá sus eslabones de siglo en siglo. Yo te saludo, sol naciente, libertador celestial, a ti, enemigo recóndito del hombre; continúa aconse­jando a la inmundicia que se una con él en impu­ros abrazos, y que le prometa con juramentos no escritos en el polvo, que seguirá siendo su fiel amante por toda la eternidad. Besa de vez en cuan­do el vestido de ese gran impúdico, como gratitud por los servicios importantes que nunca deja de prestarte. Si ella no sedujera al hombre con sus pe­chos lascivos, probablemente no existirías, tú, pro­ducto de ese acoplamiento justo y consecuente. ¡Oh, hijo de la inmundicia!, di a tu madre que si abandona el lecho del hombre para encaminarse por rutas solitarias, sola y sin protección, llegará a ver su existencia comprometida. Que sus entrañas, que te llevaron nueve meses entre sus perfumadas paredes, se conmuevan un instante con los peligros que de resultas correría su tierno fruto tan gentil y tranquilo, pero en adelante helado y feroz. In­mundicia, reina de los imperios, cuida, en presen­cia de mi odio, el espectáculo del crecimiento in­sensible de los músculos de tu prole hambrienta. Para lograr ese propósito, sabes que no tienes más que ceñirte estrechamente al costado del hombre. Tú puedes hacerlo sin que el pudor se resienta, porque ambos estáis desposados desde hace mucho tiempo.

Por mi parte, si se me permite agregar algunas palabras a este himno de glorificación, diré que he hecho construir un foso de cuarenta leguas cua­dradas y de profundidad. proporcionada. Allí re­posa, en su inmunda virginidad, un yacimiento vi­viente de piojos, que cubre el fondo del foso, y luego serpentea en amplias y densas vetas en todas direcciones. He aquí cómo he construido este yaci­miento artificial. Saqué un piojo hembra de la ca­bellera de la humanidad. Me han visto acostarme con ella por tres noches consecutivas, y luego la eché en el foso. La fecundación humana, que hu­biera sido nula en casos parecidos, fue aceptada esta vez por la fatalidad, y, al cabo de algunos días, millares de monstruos, bullendo en una maraña compacta de materia, surgieron a la luz. Esa ma­raña horrorosa se volvió con el tiempo más y más enorme, adquiriendo las propiedades líquidas del mercurio y ramificándose en cuantiosos ramales que en la actualidad se nutren devorándose unos a otros (los nacimientos superan a las muertes), sal­vo que yo les arroje como alimento algún bastardo recién nacido cuya madre desea su muerte, o un brazo que logro cortar a alguna muchacha, de noche, merced al cloroformo. Cada quince años las generaciones de piojos que se alimentan del hombre disminuyen notablemente, y ellas mismas predicen, indefectiblemente, la época cercana de su completa extinción. Pues el hombre, más inte­ligente que su enemigo, logra vencerlo. Entonces, con una pala infernal que acrecienta mis fuerzas, extraigo de este yacimiento inagotable, bloques de piojos tan grandes como montañas; los corto a ha­chazos y los transporto, en las noches profundas, a las arterias de las ciudades. Allí, en contacto con la temperatura humana, se derriten como en los tiempos de su primitiva formación en las galerías tortuosas del yacimiento subterráneo, se labran un lecho en la grava, y se expanden en arroyos por las habitaciones, como espíritus perniciosos. El guardián de la casa ladra sordamente, pues le pa­rece que una legión de seres desconocidos penetra por los poros de las paredes y acarrea el terror a la cabecera del sueño. Quizá no hayáis dejado de oír, por lo menos una vez en la vida, esas clases de ladridos dolorosos y prolongados. Con sus ojos impotentes trata de penetrar en la oscuridad de la no­che, pues su cerebro de perro no comprende lo que sucede. Ese murmullo lo irrita, y se siente traicio­nado. Millones de enemigos se abaten así sobre ca­da ciudad como nubes de langosta. Helos ahí por quince años. Combatirán al hombre provocándole lesiones abrasadoras. Después de transcurrido ese lapso, enviaré una nueva cantidad. Cuando trituro los bloques de materia animada, puede suceder que un fragmento sea más compacto que otros. Sus áto­mos se esfuerzan rabiosamente por separar su aglo­meración, para ir a atormentar a la humanidad: pero la cohesión se mantiene firme. En un espasmo supremo, engendran tal energía, que la piedra, no pudiendo dispersar sus elementos vivientes, se lan­za ella misma hacia las alturas como por efecto de la pólvora, para volver a caer introduciéndose pro­fundamente en el suelo. A veces, el labriego soña­dor percibe un aerolito que hiende verticalmente el espacio, para dirigirse al bajar hacia un campo de maíz. Ignora de dónde procede la piedra. Vo­sotros tenéis ahora la explicación clara y sucinta del fenómeno. Si la tierra estuviera cubierta de pio­jos como de granos de arena la orilla del mar, la raza humana sería aniquilada, presa de terribles dolores. ¡Qué espectáculo! ¡Y yo, con alas de ángel, inmóvil en los aires, para presenciarlo!
















viernes, marzo 07, 2008

"Ese ruido en los sesos", de Gonzalo Rojas






En las noches
cuando los oigo
rondar como libélulas
me digo:
¿morirán alguna vez
turbios decadentes
o serán los testigos de todas las caídas
o serán animales sin testículos
que presumen de dioses, ruido
y ángeles, Swedenborg, o serán necesarios?






de Oscuro, 1977







jueves, marzo 06, 2008

“Aprendiendo a amar a Leni Riefensthal”, de Slavoj Zizek





La vida y obra de Leni Riefsensthal, quien murió a la edad de 101 años, parece prestarse a una cartografía de la autonomía, progresando hacia una conclusión oscura. Comienza con los tempranos “mountain films” en los años veinte, en los que ella actuaba y después empezó también a dirigir, con su famoso heroísmo y su esfuerzo corporal, en las condiciones extremas del alpinismo de montaña. Siguieron con sus documentales notoriamente nazis en los años treinta, celebrando la disciplina corporal, la concentración y la fuerza de voluntad en el deporte así como en la política.

Así, luego de la Segunda Guerra Mundial, en sus álbumes fotográficos, ella redescubrió su ideal de belleza corporal y el auto-dominio elegante en la tribu africana Nuba. Finalmente, en sus últimas décadas, ella aprendió el difícil arte de bucear en el mar profundo y comenzó los documentales sobre la extraña vida en las profundidades oscuras del mar.

Obtenemos así, una clara trayectoria de la cima al fondo: empezamos con individuos escabrosos que se esfuerzan por llegar a las cimas montañosas y gradualmente descienden, hasta que alcanzamos la abundancia amorfa de la vida en el fondo del mar. ¿No encontró ella allí abajo su último objeto, el obsceno e irresistible florecimiento eterno de la fuerza de la vida, la vida en sí misma, que es lo que ella estaba buscando desde el principio? ¿Y no aplica esto también a su personalidad? Parece que el miedo de aquéllos que estaban fascinados por Leni no era un "¿cuándo ella morirá?", sino un "¿puede ella alguna vez morir?". Aunque racionalmente todos sabemos que ella simplemente ha fallecido, nosotros, de algún modo, no lo creemos realmente. Ella seguirá por siempre.

A esta continuidad de su carrera normalmente se le da una torcedura fascista, como en el caso ejemplar del famoso ensayo de Susan Sontag sobre Leni, "Fascinante Fascismo". La idea es que invariablemente sus películas pre- y pos- nazis articulan una visión fascista de la vida: el fascismo de Leni es más profundo que su celebración directa de la política nazi; reside ya en su estética pre-política de la vida, en su fascinación con los cuerpos hermosos que despliegan movimientos disciplinados. Quizás es tiempo de problematizar este topos. Permítanos tomar la película de 1932 de Leni Das blaue Licht (La luz azul), la historia de una mujer de pueblo que es odiada por su rara proeza de subir una montaña mortal. ¿No es posible leer la película de manera exactamente opuesta a como usualmente es interpretada? ¿No es Junta, la solitaria y salvaje muchacha montañesa, una marginada de que casi se vuelve la víctima de un pogromo (no hay ninguna otra palabra apropiado para los lugareños)? (Quizás no es un accidente que Béla Balázs, el amante de Leni en aquel tiempo, que co-escribió el guión con ella, fuera un marxista.)

El problema aquí es mucho más general; va más allá de Leni Riefenstahl. Permítanos tomar a el más opuesto a Leni, el compositor Arnold Schönberg. En la segunda parte de Harmonielehre, su mayor manifiesto teórico de 1911, él desarrolla su oposición a la música tonal en términos que, superficialmente, anticipan el posterior aparato antisemita nazi. La música tonal se ha vuelto "enferma", el mundo "degenerado" necesita de una solución purificadora; el sistema tonal ha cedido ante "las relaciones incestuosas"; los acordes románticos son "hermafroditas", "vagos" y "cosmopolitas". Es fácil y tentador afirmar que semejante actitud mesiánico-apocalíptica es parte de la misma "situación espiritual" que eventualmente dio nacimiento a la solución final nazi.

Otra conclusión popular de este tipo de análisis, más estrechamente ligado a Leni, es el alegado carácter fascista de la coreografía de las masas, los movimientos disciplinados de miles de cuerpos: los desfiles, las actuaciones de las masas en los estadios, etc. Si uno también encuentra esto en el comunismo, uno bosqueja inmediatamente la conclusión sobre una "solidaridad más profunda" entre los dos "totalitarismos". Tal formulación, el mismo prototipo del liberalismo ideológico, yerra en el punto. No sólo no son semejantes actuaciones en masa inherentemente fascistas; ellos no son nunca "neutrales", esperando a ser apropiados por la izquierda o la derecha. Fue el nazismo quien se apropió de los movimientos obreros, su sitio original de nacimiento. Ninguno de éstos elementos "proto-fascistas" están en el fascismo per se. Lo que los hace "fascistas" es sólo su específica articulación, o, para ponerlo en los términos de Stephen Jay Gould, todos estos elementos son los "ex-apted" por el fascismo. No hay ningún fascismo avant la lettre, porque es la propia lettre que compone el bulto (o, en italiano, fascio) de elementos, lo que es propiamente el fascismo.

A lo largo de las mismas líneas, uno debe rechazar radicalmente la noción de que la disciplina, del autodominio y el adiestramiento del cuerpo, es inherentemente un rasgo proto-fascista. De hecho, el mismo término "proto-fascista" debe abandonarse: Es un pseudo-concepto cuya función es bloquear el análisis conceptual. Cuando nosotros decimos que los espectáculos organizados de miles de cuerpos (o, digamos, la admiración de deportes que exigen un alto esfuerzo y autodominio como el alpinismo de montaña) son "proto-fascistas", nosotros no decimos nada estrictamente, apenas expresamos una asociación vaga que enmascara nuestra ignorancia.

Así, cuando hace tres décadas, las películas de kung fu se hicieron populares, ¿no era obvio que nosotros estábamos tratando con una ideología genuina de la clase obrera de jóvenes cuyos únicos medios de éxito eran el entrenamiento disciplinario de sus cuerpos, su única posesión? La espontaneidad y la actitud de indulgencia de "dejarlo ir" pertenece a aquéllos que tienen los medios para permitirse el lujo de ello, aquellos que no tienen nada más que su disciplina. La "mala" disciplina corporal, si es que la hay, no es el "entrenamiento en colectividad", sino, más bien, el jogging y el fisico-culturismo como parte del mito de la New Age de la realización de los "potenciales internos" del yo. (No es ninguna sorpresa que la obsesión con el cuerpo es una parte casi obligatoria del pasaje de los radicales ex-izquierdistas a la "madurez" de la política pragmática: desde Jane Fonda hasta Joschka Fischer, el "período de latencia" entre las dos fases estuvo marcado por el enfoque en el propio cuerpo).

Así, regresando a Leni: Todo esto no significa que uno debe desechar su compromiso nazi como limitado, un episodio infortunado. El verdadero problema es sostener la tensión que aparece a través de su trabajo: la tensión entre la perfección artística de su práctica y el proyecto ideológico "ex-apted". ¿Por qué su caso debe ser diferente al de Ezra Pound, William Butler Yeats, y otros modernistas con tendencias fascistas que hace tiempo han vuelto a nuestro canon artístico? Quizás la búsqueda por la "verdadera identidad ideológica" de Leni Riefenstahl está mal conducido. No hay tal identidad quizás: Ella se arrojó auténticamente alrededor de lo incoherente, se cogió en una telaraña de fuerzas contradictorias.

¿No es, entonces, la mejor manera de señalar su muerte el tomarse el riesgo de gozar plenamente una película como Das blaue Licht, qué contiene la posibilidad de una lectura política de su obra de una manera totalmente distinta al del punto de vista prevaleciente?







2003










miércoles, marzo 05, 2008

"No el azar", de Andrés Morales





Esa presencia inevitable del destino: el juego cotidiano y la música en el siempre vivo desconcierto. Ese guiño del mar como advertencia, como largo vaticinio de mi ritmo.

Todo es menos, ha escrito Juan Ramón Jiménez. Todo es siempre menos cuando vivimos –o creemos vivir- la transmigración de la vida paralela... Éste habría sido yo; aquel que ruge, bebe; aquel de piedra o mármol; ese niño –que fui- en la pequeña plaza de las defenestraciones. O el joven, o el viejo, o este otro irreconocible, yo mismo. Entonces, ¿qué ángel acarició mi frente? ¿cuál de todos los terribles me configura y delimita? Tal vez ninguno, ni el espejo, ni la sombra.

Pero hay fantasmas que señalan lo presente, viveza en las manos que hoy escriben. Aquí la tierra, la nieve, el océano que crece por mis ojos; esta sombra de los míos, en la quietud y en la certeza, que serán las llaves de estas puertas, no el cuchillo que resigna, mortal, la rebeldía.

Se levantan desde el aire las palabras, se reúnen persiguiéndome: voz nítida que dice: No el azar. No.

Sí el destino, lo profético que repite la naturaleza (en mí, también, ahora) cada vez que vislumbro y creo.

Todo es mío, nuestro y doloroso. Toda la belleza para el que siempre lo vio, la verá y no pudo otra cosa. Todos los oráculos nuestros.






en No el azar, publicado en 1987.







martes, marzo 04, 2008

“¿Qué haremos con los palestinos?: La ignominia de la política internacional”, de Robert Fisk





¿Con quién podemos negociar? ¿A quién le hablaremos? Bueno, desde luego, hace meses pudimos hablar con Hamas, pero no nos gustó el gobierno que los palestinos eligieron democráticamente. Se suponía que debían votar por Fatah y sus líderes corruptos, pero eligieron a Hamas, que se niega a reconocer a Israel o a acatar los totalmente desacreditados acuerdos de Oslo. Nadie entre nosotros preguntó a cuál Israel debía reconocer Hamas. ¿El de 1948? ¿El posterior a las fronteras de 1967? ¿El Israel que construye -y sigue construyendo- vastos asentamientos sólo para judíos en tierra árabe, tragándose incluso más del 22 por ciento de "Palestina" que queda para negociar?


Se supone que hoy debemos hablar con nuestro fiel policía, Mahmoud Abbas, el líder palestino "moderado" (como lo llaman la BBC, CNN y Fox News), un hombre que escribió un libro de 600 páginas acerca de Oslo sin mencionar ni una sola vez la palabra "ocupación", que siempre se refirió al "reposicionamiento" israelí en vez de al "retiro", un "líder" en quien debemos confiar porque usa corbata y va a la Casa Blanca a decir sólo cosas apropiadas. Los palestinos no votaron por Hamas porque quisieran una república islámica, sino porque estaban cansados de la corrupción del Fatah de Abbas y de la naturaleza podrida de la Autoridad Nacional Palestina.

Recuerdo que hace años me convocaron a la casa de un funcionario de la ANP cuyas paredes acababan de ser perforadas por proyectiles de un tanque israelí. Cierto. Pero lo que me llamó la atención fueron las llaves del baño, chapeadas en oro. Esas llaves -o variantes de ellas- fueron lo que costó la elección a Fatah. Los palestinos querían poner fin a la corrupción -el cáncer del mundo árabe- y por eso votaron por Hamas, tras lo cual nosotros, los sabios y bondadosos occidentales, decidimos sancionarlos, matarlos de hambre y hostigarlos por ejercer el voto libre. ¿Será que debemos ofrecer a Palestina incorporarla a la Unión Europea si tiene la delicadeza de votar por quien debe?

En todo Medio Oriente es lo mismo. Apoyamos a Hamid Karzai en Afganistán aunque mantiene señores de la guerra y barones de las drogas entre sus ministros (y, por cierto, de veras lo sentimos por todos esos inocentes civiles afganos a quienes matamos en nuestra "guerra al terror" en la provincia de Helmand). Amamos a Hosni Mubarak de Egipto, cuyos torturadores aún no terminan con los políticos de la Hermandad Árabe a quienes aprehendieron en las afueras de El Cairo; cuya presidencia recibió el cálido apoyo de la esposa de George W. Bush y cuyo sucesor será casi con seguridad su hijo Gamal.

Adoramos a Muammar Kadafi, el lunático dictador de Libia cuyos hombres lobos han asesinado a opositores en el extranjero, cuya conjura para dar muerte al rey Abdullah de Arabia Saudita precedió a la reciente visita de lord Blair de Kut al-Amara a Trípoli -Kadafi, no lo olvidemos, fue llamado "estadista" por Jack Straw por renunciar a sus inexistentes pretensiones nucleares-, y cuya "democracia" es perfectamente aceptable para nosotros porque está de nuestro lado en la "guerra al terror".

Sí, y amamos la monarquía absoluta del rey Abdullah en Jordania y a todos los príncipes y emires del golfo Pérsico, en especial a aquellos que reciben sobornos tan cuantiosos de nuestros fabricantes de armas que hasta Scotland Yard tiene que suspender sus investigaciones por órdenes de nuestro profundamente corrupto primer ministro (y sí, ya veo por qué no le gusta la cobertura de The Independent sobre Medio Oriente). Si tan sólo los árabes -y los iraníes- apoyaran a nuestros reyes y shas y príncipes cuyos hijos e hijas estudian en Oxford y Harvard, Medio Oriente sería mucho más fácil de controlar.

Porque de eso se trata -de tener control- y por eso damos y recibimos favores de sus líderes. Ahora que Gaza pertenece a Hamas, ¿qué harán nuestros propios líderes electos? ¿Tendrán nuestros pontificadores en la UE, la ONU, Washington y Moscú que hablar con esas personas despreciables y desagradecidas (no teman, que ellos no podrán estrechar manos), o reconocer la versión cisjordana de Palestina (las manos seguras de Abbas) y despreciar al gobierno electo y militarmente exitoso de Hamas en Gaza?

Es fácil, desde luego, maldecir a los dos gobiernos. Pero eso es lo que decimos de todo Medio Oriente. Si tan sólo Bashar Assad no fuera presidente de Siria (el cielo sabe cuál sería la alternativa) o si el presidente Ahmadinejad no tuviera el control de Irán. Si tan sólo Líbano fuera una democracia nativa como la de los pequeños países de nuestro patio trasero: Bélgica, por ejemplo, o Luxemburgo. Pero no, esos condenados mediorientales votan por quien no deben, apoyan a quien no deben, aman a quien no deben, no se portan como nosotros los civilizados occidentales.

¿Qué haremos entonces? ¿Apoyar quizá la reocupación de Gaza? Obviamente no criticaremos a Israel –que comete las peores atrocidades a nuestras vista y paciencia-. Y seguiremos dando nuestro afecto a los reyes, príncipes y desagradables presidentes de Medio Oriente hasta que toda la región nos estalle en la cara y entonces diremos -como ya decimos de los iraquíes- que no se merecían nuestro sacrificio y amor.







en The Independent, 2007










lunes, marzo 03, 2008

"El campesinito en el cielo", de Jakob y Wilhelm Grimm





Murió una vez un joven y piadoso campesinito y llegó a las puertas del cielo. Pero al mismo tiempo vino allí un señor que había sido muy rico y que también quería entrar en el cielo. Entonces se acercó San Pedro con las llaves y dejó pasar al señor; mas, según parece, no vio al campesinito y le cerró tranquilamente las puertas. Entonces oyó el campesinito cómo el señor era recibido con gran regosijo en el cielo y cómo se tocaba música y se cantaba. Por fin se hizo el silencio, San Pedro se acercó otra vez a las puertas del cielo, las abrió e hizo pasar al campesinito. El campesinito pensó que se tocaría música y se cantaría, pero cuando entró reinaba el silencio. Fue recibido con cariño, naturalmente, y los ángeles le rodearon, pero nadie cantó. Entonces el campesinito preguntó a San Pedro por qué no se le recibía como al rico, añadiendo que, según veía, en el cielo eran tan parciales como en la tierra. A lo que respondió San Pedro:

-No, no es así; tú nos eres tan querido como los demás y gozarás de todos los placeres del cielo, igual que ese rico señor; pero date cuenta: campesinitos tan pobres como tú llegan al cielo todos los dias; un señor tan rico, sin embargo, llega sólo cada cien años.








domingo, marzo 02, 2008

“Mirando hacia un futuro de tinieblas”, de Italo Calvino





El texto clave para comprender la oposición, o, mejor, el estado de ánimo de Orwell frente a la Segunda Guerra Mundial, es uno de sus libros menores, Coming up for air (Una bocanada de aire), escrito y ambientado en el año 1938 y publicado en 1939, una novela cuyo tema es precisamente la inminencia de la guerra, de sus implicaciones sin salida e imágenes de un futuro apocalíptico que se apoderan de la mente superponiéndose a la apariencia confortadora de un, todavía, tranquilo presente. La imaginación de Orwell estuvo siempre encaminada a la prefiguración del futuro, de un futuro negro, como si cada una de sus palabras no tuvieran sino una meta, la trampa sin salida de la que él debía trazar minuciosamente los planes de funcionamiento en los últimos años de su vida, al describir el mundo de 1984.

En Una bocanada de aire se limita a prever los bombardeos de Londres, y no es de extrañar, porque la perspectiva de las incursiones aéreas sobre la ciudad era ampliamente comentada en aquella época aunque también hay escenas de guerra civil que al Londres real le fueron ahorradas, excepción hecha de las bombas irlandesas; imágenes de ametralladoras que disparan desde las ventanas, de igual manera que el autor las había visto en Barcelona pocos meses antes. El protagonista es un hombre-masa de la periferia londinense, un cuarentón obeso, calvo y con dentadura postiza, que se da cuenta de haber fallado en la vida, porque los únicos bellos recuerdos que lleva consigo son los pasados y raros días de su juventud en los que iba a pescar. Es característico en Orwell poner en el centro de sus historias un personaje precozmente desgastado físicamente (también el Winston de 1984 tiene varices y algunos dientes postizos), además de espiritualmente oscuro y frustrado en sus aspiraciones vitales; diríase una exacta contrarréplica del autor, como actitud vital, experiencia y presencia humana, pero quizás las cosas que tenía que comunicar a través de su lucidez desencantada, a lo largo de la hoja cortante de su moral sin compromisos, sólo podían ser expresadas como relámpagos que surgen intermitentes de una desolada y gris condición.

El hombre piensa en la guerra, no puede dejar de pensar en lo que todos dan como inevitable, no puede no pensar en Hitler: este pensamiento que lo ha capturado en la mitad de una existencia supeditada a la banalidad, lo obsesiona. Mas la iluminación que lo ha transformado le vino durante una conferencia en el Left Book Club de su barrio residencial, oyendo al orador de aquella asociación cultural de izquierdas criticar obsesivamente las atrocidades del nazismo, y, después de la conferencia, las discusiones de los intelectuales del lugar, trotskistas y comunistas oficiales que discutían entre sí encarnizadamente. El resultado es horror y espanto hacía el nazifascismo que está conquistando el mundo, pero este horror y espanto aparece reflejado en sus adversarios inadvertidamente contagiados e implicados en el mismo proceso de deshumanización, de absolutismo ideológico y negación violenta de todo aquello que no entra en los planes inmediatos de la política que llevan a cabo. De ahí la angustia de la guerra que está apunto de estallar, y que incluso en el caso improbable de que no sea vencida por el incontenible Hitler, no aportaría solución alguna, sino la estabilización del odio, porque en todos los países vencidos o vencedores acabarían por adoptar la misma lógica de fanatismo devastador.

Las fauces de la fiera Así prevé Orwell el futuro en el año de Münich, ya que este presagio que él hace aflorar en el cráneo calvo, bajo el bombín de un modesto empleado de seguros londinense, era firmemente compartido por el intelectual que rebelándose contra la indiferencia de los ingleses respecto a la amenaza nazi estuvo combatiendo en España como simple miliciano. Si no hubiese pagado en persona y vivido en su propia carne durante unas pocas semanas, y en las ramblas del centro de una ciudad, los dramas que atormentaron a decenas de pueblos enteros, deberíamos decir que el hecho de identificar las fuerzas que luchan en el campo de la conmoción mundial con los asiduos a las salas de debates culturales es reducir en mucho las posibilidades de comprensión. También desde el punto de vista de la actualidad menuda y de la caricatura cotidiana, Orwell es ya un escritor alegórico, como lo demostrará plenamente pocos años más tarde, cuando está asegurada la victoria de los aliados y se le ocurre la idea de una feroz sátira al estilo de Swift que cristalizará en Rebelión en la granja con la evocación de una oligarquía en el poder, donde es imposible distinguir a los cerdos de los hombres. Humanidad y deshumanidad son continentes en cuyos territorios se configuran diferentemente nuestros atlantes individuales; para nosotros, que en aquellos años intentábamos salir de las fauces de la fiera, humanidad y deshumanidad, en un campo o en el otro, se distribuían y mezclaban según nuestras experiencias. Y podríamos sostener perfectamente, en contra de la profecía de Orwell, que la Segunda Guerra Mundial ha acentuado en mayor medida los aspectos de oposición sustancial e incompatibilidad profunda entre democracia y fascismo. Cierto es que para decir esto nos basamos en la experiencia de una parte del mundo que queda bien delimitada, mientras que para el resto del planeta los últimos treinta y cinco años prueban que aquel oscuro presagio tenía una profunda base de verdad.

Vayamos ahora al libro Homenaje a Cataluña, de 1938, que precede al anterior por muy poco, escrito en caliente después de su retorno del frente español con las heridas (no metafóricas) todavía abiertas. Entre los libros que recogen las experiencias del siglo, éste es uno de los indispensables, si no se quiere que palabras como revolución, lucha armada y otras similares resulten términos de un discurso abstracto, y, además, por ser uno de los más hermosos, con toda la fuerza de la verdad vivida.

Comparado con la fuerza de este testimonio directo, cualquier discurso político parece de un simplismo fácil, incluso los que Orwell intercala en su relato para sostener con mayor intensidad la línea política del POUM y de los anarquistas, que veían en la revolución social inmediata el único medio para resistir a Franco, línea que contrapone a la de los comunistas, convencidos de la necesidad de una alianza con la burguesía democrática y de una actuación militar más disciplinada. La parte de razón de cada una de las líneas puede extraerse perfectamente del libro, en su epopeya de la desorganización e improvisación de los milicianos, pero la historia se precipita gradualmente en una pesadilla sobre la que no hay posibles dudas: la liquidación de los militantes del POUM en Barcelona el año 37, mediante métodos que recuerdan de cerca lo que estaba ocurriendo al mismo tiempo en Moscú con las grandes purgas. Orwell, de permiso por haber sido herido en el frente junto a tantos otros voluntarios extranjeros y españoles, debe esconderse para no ser apresado y fusilado por sus propios compañeros de lucha. La moral de Orwell apunta siempre hacia el desenmascaramiento de las falsas pretensiones; en una novela de su juventud atacó las pretensiones de decoración pequeñoburguesa de los infiernos de la miseria londinense, y lanzaba sus sarcasmos contra el "aspidistra", edificio de apartamentos que simbolizaba el estatus. En Barcelona él identifica el comunismo oficial con "la derecha"; y con esta prerrogativa, las noticias de los procesos de Moscú le resultan de una autenticidad palpable.

Libelos fantásticos Desde aquel momento su batalla es advertir a la conciencia pública inglesa y mundial: por eso recupera la claridad de los signos y la construcción geométrica de los fantásticos panfletos del siglo XVIII, elegancia formal a la que corresponde una dureza polémica verdaderamente incisiva. Que se haya tardado tanto en escucharlo y comprenderlo, no hace más que probar lo avanzado que estaba con respecto a la conciencia de su época. Él llevaba su Cataluña a la espalda, mientras que gran parte de la juventud europea la estaba viviendo o buscando fatigosamente.

Hay un mundo de valores positivos que Orwell afirma, pero en su topología, dado que el polo del futuro está ocupado por las tinieblas, porque la luz no puede situarse más que en el pasado: el tío socialista del idílico pueblo todavía conservador de Una bocanada de aire, el viejo asno sabio y silencioso de Rebelión en la granja, el proletariado que continúa su vida miserable en 1984 y para el que la revolución no ha llegado jamás. No es extraño que de entre los grandes monstruosos inventos de 1984, el más genial y espantoso sea la destrucción sistemática del pasado, que comporta una ininterrumpida corrección de los anales del Times. Y la "neolengua", o sea, la expoliación del lenguaje de todas las emociones y matices, en suma, de la memoria colectiva que éste contiene.










sábado, marzo 01, 2008

"Los dominios perdidos", de Jorge Teillier





A Alain-Fournier

Estrellas rojas y blancas nacían de tus manos.
Era en 189... en la Chapelle d'Anguillon,
eran las estrellas eternas
del cielo de la adolescencia.
En la noche apagaste las lámparas
para que halláramos los caminos perdidos
que nos llevan hacia un laúd roto y trajes de otra época,
hacia una caballeriza ruinosa y un granero de fiesta
en donde se reúnen muchachas y ancianas que lo perdonan todo.

Pues lo que importa no es la luz que encendemos día a día,
sino la que alguna vez apagamos
para guardar la memoria secreta de la luz.
Lo que importa no es la casa de todos los días
sino aquella oculta en un recodo de los sueños.
Lo que importa no es el carruaje
sino sus huellas descubiertas por azar en el barro.
Lo que importa no es la lluvia
sino sus recuerdos tras los ventanales del pleno verano.

Te encontramos en la última calle de una aldea sureña.
Eras un vagabundo de barba crecida con una niña en brazos,
era tu sombra –la sombra del desaparecido en 1914—
que se detenía a mirar a los niños jugar a los bandidos,
o perseguir gansos bajo una desganada llovizna,
o ayudar a sus madres a desvainar arvejas
mientras las nubes pasaban como una desconocida,
la única que de verdad nos hubiese amado.

Anochece.
Y al tañido de una campana llamando a la fiesta
se rompe la dura corteza de las apariencias.
Aparecen la casa vigilada por glicinas, una muchacha
leyendo en la glorieta bajo el piar de gorriones,
el ruido de las ruedas de un barco lejano.

La realidad secreta brillaba como un fruto maduro.
Empezaron a encender las luces del pueblo.
Los niños entraron a sus casas. Oímos el silbido del titiritero
          que te llamaba.
Tú desapareciste diciéndonos: “No hay casa, ni padres, ni amor;
          sólo hay compañeros de juego”.
Y apagaste todas las luces
para que encendiéramos
para siempre las estrellas de la adolescencia
que nacieron de tus manos en un atardecer de mil ochocientos
noventa y tantos.





Publicado originalmente en Poemas del País de Nunca Jamás, 1963.