
martes, febrero 12, 2008
"El último encuentro", de Sándor Márai

lunes, febrero 11, 2008
"Ceremonia de amor", de Jaime Huenún

Los árboles anoche amáronse indios: mañío e ulmo, pellín
e hualle, tineo e lingue nudo a nudo amáronse
amantísimos, peumos
bronceáronse cortezas, coigües mucho
besáronse raíces e barbas e renuevos, hasta el amor despertar
de las aves ya arrulladas
por las plumas de sus propios
mesmos amores trinantes.
Mesmamente los mugrones huincas
entierráronse amantes, e las aguas
cholas abrieron sus vertientes alumbrando, a sorbos
nombrándose, a solas e diciéndose: aguas buenas, aguas
lindas, ay pero violadas somos aguas Rahue,
plorosas Pilmaiquén, floridas e parteras e aún felices
las arroyos que atraviesan como liebres
los montes e los cerros.
E torcazos el mesmo amor pronto ayuntáronse
los Inallao manantiales
verdes, las Huaiquipán bravías
mieles, los Llanquilef veloces
ojos, las Relequeo pechos
zorzales, las Huilitraro quillay
pelos tordos, los Paillamanque
raulíes nuevos.
Huilliche amor, anoche amaron más
a plena chola arboladura, a granado
cielo indio perpetuo
amáronse, amontañados
como aguas potras e como anchimallén encendidos, al alba
oloroso amáronse,
endulzándose el germen lo mesmo
que vasijas repletas de muday.
sábado, febrero 09, 2008
«Peter Sellers: British psycho», de Rodrigo Fresán
UNO «No tengo personalidad propia. Por eso jamás podré llegar a ser una verdadera estrella. Soy un actor de personajes. No podría ser Peter Sellers del modo en que Cary Grant es Cary Grant, porque no tengo una imagen concreta de mí mismo. Me miro al espejo y lo que veo allí es a alguien que nunca creció del todo: un tipo sentimental e imprevisible que alterna las grandes alturas con las más oscuras profundidades. Puede sonarte divertido, pero cuando estoy preparando un determinado rol es como si el rol hiciera el rol; no sé si me entiendes. Así que cuando alguien me dice ‘Estuviste genial en tal película’, yo siento que tendrían que decírselo al personaje y no a mí. Es por eso que cada vez que termino un film me invade una terrible sensación de pérdida de identidad. Entonces no sé quién soy ni qué hacer. Si alguna vez hubo alguien detrás de la máscara, me temo que, para bien o para mal, lo extirpé hace tanto tiempo mediante cirugía mayor».
DOS Así habló Peter Sellers en una entrevista recogida en The Life and Death of Peter Sellers de Roger Lewis, publicada originalmente en 1994 y recientemente reeditada y corregida y aumentada con la excusa del film de igual título y dirigido para la HBO por Stephen Hopkins. El libro de Lewis –neo-biógrafo poco ortodoxo quien también se lanzó sobre Lawrence Olivier y Anthony Burgess– necesita de más de 1100 páginas para contar la vida de un hombre que fue demasiados hombres (y, en ocasiones, mujeres) porque no tenía la menor idea de quién era él. Uno de esos libros apasionantes que –de ser ficción– podría estar firmado por Patricia Highsmith o por Martin Amis. Leyéndolo, se entiende la carrera de Sellers como, sí, una carrera: un hombre corriendo a lo largo de películas geniales o malísimas que no se atreve a detenerse porque no tiene del todo claro si persigue o si es perseguido. Un improvisador genial –no olvidar que fue el único a quien Stanley Kubrick le permitía hacer lo que quisiera; pero que también advertía que «Peter Sellers no existe»– y un improvisado mediocre. Un payaso más iracundo que triste. Una fuerza de la naturaleza. Mala salud (nueve infartos antes del último) y buen físico para la comedia física. Un british psycho que primero fue una voz en la radio y después un alarido en la pantalla.
TRES Recordarlo así: The Ladykillers (1955), The Mouse That Roared (1959), I’m Allright, Jack (1959), Lolita (1962), Dr. Strangelove (1963), The World of Henry Orient (1964), The Party (1968), The Magic Christian (1969), Hoffman (1969), Being There (1980). Añadir unas pizcas de Clouseau y fragmentos rotos y escenas sueltas de todas sus otras y demasiadas películas así como esos malvados y cínicos comerciales para la Banca Barclays porque, claro, necesitaba dinero. Fue pobre y rico. Fue gordo y flaco. Fue amigo de Los Beatles y de los Windsor. Le gustaban las mujeres, los autos, los aviones, las terapias alternativas, las drogas, la buena vida y se sabe que nació actuando: llegó al escenario de este mundo para suplantar a un hermanito muerto de nombre Peter. Por estos días se cumplen 25 años de su último ¡corten! Y fueron varios los que, cerca del final, aseguraron que Peter Sellers se había vuelto loco. O que, tal vez, siempre lo había estado. Como Hamlet. Sólo que en lugar de preguntarse eso de «Ser o no ser», Sellers –mucho más definitivo y terminal– se preguntaba «Soy o no soy».
CUATRO Bill Murray, Mike Myers, Adam Sandler, Jim Carrey, Steve Martin (el nuevo e inminente Inspector Clouseau), el Johnny Depp de Ed Wood y Pirates of the Caribbean, Billy Cristal, Christopher Guest, Ben Stiller, Owen Wilson, el Geoffrey Rush que ganó un Globo de Oro haciendo de Peter Sellers en la película de más arriba, el primer Tom Hanks, el último Robert De Niro, y algún otro. Unos son muy buenos, otros no tanto. Es lo que hay, lo que queda. La atendible diferencia es que ninguno de ellos podría ser todos los Peter Sellers que fueron y Peter Sellers podría ser todos ellos. Y queda espacio, correrse al fondo.
CINCO «A veces me aburre, a veces me da miedo. La mayoría de las veces me asombra. En ocasiones me desconcierta, y en otras estoy seguro de que está chiflado», dijo Peter Sellers refiriéndose a Peter Sellers. Después se miraba al espejo. Y se preguntaba qué hacía ahí ese desconocido de siempre. Y se ponía a contar los minutos que faltaban para empezar la próxima película, para poder volver a ser alguien.
31 de julio de 2005
viernes, febrero 08, 2008
"Las guerras", de Jorge Luis Borges
tiene la dignidad de la victoria;
la arena que ha medido su remota
sombra las dora de una misma gloria.
Las purifica de clamor y euforia
crasa y convierte en una cosa rota
el arco jactancioso. Gota a gota
el tiempo va cubriendo nuestra historia.
Ilión es porque fue. El antiguo fuego
que con impía mano encendió el griego
es ahora su honor y su muralla.
El hexámetro dura más que el fuerte
fragor de los metales de la muerte
y la elegía más que la batalla.
1981
jueves, febrero 07, 2008
"Proverbios adaptados al gusto de nuestro tiempo", de Paul Eluard y Bejamin Peret
Los elefantes son contagiosos.
Es necesario devolver a la paja lo que pertenece a la viga.
Sueño que canta hace temblar a las sombras.
A toneles pequeños, toneles pequeños.
Los grandes pájaros hacen las pequeñas persianas.
Enjuagar el árbol.
No hace falta coser animales.
Hay que pegarle a la madre mientras es joven.
Carne fría no apaga el fuego.
Piel que se descama va al cielo.
Un lobo hace dos rostros hermosos.
Rascar a la vecina no da flores en mayo.
No es rosa todo lo que vuela.
Los pelos caídos no vuelven a crecer gratis.
Aplastar dos adoquines con la misma mosca.
Matar nunca es robar.
Un sueño sin estrellas es un sueño olvidado.
miércoles, febrero 06, 2008
"Si recuerdo quién fui...", de Ricardo Reis

En el pasado, presente del recuerdo.
Quien fui es alguien que amo
Pero solamente en sueños.
Y la saudade que me aflige la mente
No es de mí ni del pasado visto,
Sino de quien habito
Por detrás de los ojos ciegos.
Nada, sino el instante, me conoce.
Mi mismo recuerdo es nada, y siento
Que quien soy y los que fui
Son sueños diferentes.
martes, febrero 05, 2008
“Dios”, de John Lennon
Dios es un concepto,
Por el cual podemos medir
Nuestro dolor.
Lo diré otra vez,
Dios es un concepto,
Por el cual podemos medir
Nuestro dolor.
No creo en la magia,
No creo en el I ching,
No creo en la Biblia,
No creo en el tarot,
No creo en Hitler,
No creo en Jesús,
No creo en Kennedy,
No creo en Buda,
No creo en mantra,
No creo en Gita,
No creo en el yoga,
No creo en los reyes,
No creo en Elvis,
No creo en Zimmerman,
No creo en los Beatles,
Sólo creo en mí,
En Yoko y en mí,
Esa es la realidad.
El sueño terminó,
¿qué puedo decir?
El sueño terminó,
Ayer
Era un tejedor de sueños
Pero ahora he renacido.
Antes fui la morsa,
Pero ahora soy John.
Y así es, amigos queridos,
Sólo queda continuar,
El sueño terminó.
lunes, febrero 04, 2008
«Epitafio para un infante», de Rolando Cárdenas
Ahora que la lluvia bajó con sus reflejos
y galopa aromando la noche y las veredas,
es inútil tratar de retener esta callada soledad
en que no existe ni la tristeza,
ni la buena esperanza,
ni siquiera el secreto anhelo
de quedarse con un puñado de estrellas en las manos y para siempre.
Nada revela casi, sólo la lluvia
que esta noche anda alzando raíces por la tierra,
que con el alba brotarán los pájaros,
pero de un modo dulce y vago,
como esas viejas leyendas de la infancia.
Sin embargo, es muy cierto que la noche está afuera
con su presencia de agua sola,
y que el silencio está presente como un aroma.
Entonces, digo,
se puede brindar, a veces, por la soledad,
de la misma manera que por una alegría,
sobre todo ahora, que no existe tristeza,
ni la buena esperanza,
ni siquiera una carta que nos hable de otras cosas
desde otras latitudes.
en Tránsito breve, 1959
y en El viajero de las lluvias, Descontexto Editores, 2015
domingo, febrero 03, 2008
“Reunión: John Cage, Marcel Duchamp, Música electrónica y ajedrez”, de Lowell Cross

Teeny Duchamp, vió como su marido (blancas) derrotaba a Cage (negras) en tan sólo media hora -a pesar de su desventaja de un único caballo -después de lo cual Cage (blancas) y Teeny (negras) jugaron una segunda partida hasta la 1:00 a.m. aproximadamente, en presencia de un público menguante de menos de 10 personas, una de las cuales gritó: "¡Otra!". Duchamp memorizó los últimos movimientos y posiciones de las piezas en esta partida interminable, ganada finalmente por Teeny en New York unos pocos días después. No queda constancia de las jugadas de ninguna de las partidas de Reunión.
"Con el nombre de Reunión, el acontecimiento constaba de Cage y Duchamp (y después Cage y Teeny) jugando al ajedrez sobre un tablero que había sido equipado con micrófonos de contacto; cada vez que una pieza era movida, hacía sonar una gama de ruidos electrónicos amplificados e imágenes osciloscópicas en pantallas de televisión visibles para el público".
En realidad, las funciones del tablero dependían de la ocupación o desocupación de los 64 fotoresistores (uno por casilla). Ante la insistencia de Cage, fueron suministrados emplazamientos internos para micrófonos de contacto, de modo que el público pudiera escuchar el movimiento físico de las piezas sobre el tablero si una oportuna conjunción de inputs, outputs y jugadas daba lugar (por casualidad) a ello. A lo sumo, esos sonidos eran débiles "thunks", aún cuando estuvieran muy amplificados. Las imágenes osciloscópicas surgidas de mis pantallas de televisión monocromo, modificado y color, proporcionaban control visual de algunos de los acontecimientos sonoros que pasaban en el tablero. Obviamente, Reunión iba a ser una celebración pública del gusto de Cage por vivir la vida de cada día como una forma de arte.
El compositor había venerado a Duchamp desde su primer encuentro en 1942, pero mantuvo su distancia "al margen de la admiración". Finalmente Cage encontró el suficiente coraje para pedirle a Duchamp lecciones de ajedrez, fundamentalmente como un modo de ir conociéndole.
La expectativa de Cage respecto al sonido en movimiento durante la partida se cumplió varias veces en el transcurso de la velada. Por ejemplo, si Duchamp (blancas) movía su reina desde reina 1 (D1; entrada 1, salida F) hasta el alfil de rey 3 (AB3; entrada 1, salida B), el sonido presente en la entrada 1 se desplazaría desde el altavoz del fondo de la sala (F, sur) hacia el altavoz frente al público, justo debajo del centro del escenario (B, norte). Además hubo consecuencias secundarias a la elección del sonido y el movimiento, surgidas de las sombras de las manos y los brazos de los jugadores cuando movían las piezas; esos elementos adicionales gustaron enormemente a Cage.
Aunque se suponía que Reunión debía proporcionar una atmósfera acogedora, también era completamente teatral, con papeles bien definidos para las estrellas (sentadas en el centro del escenario) y los actores menores.
Una parte importante de la estética de la indeterminación de Cage se centró en su deseo de alejar su personalidad de su arte. Era capaz de llevar a cabo, y justificar, su "sistema" -y eso es lo que era, un sistema bien definido- indeterminado mediante el uso de significaciones extramusicales para realizar sus obras. Su búsqueda de lo "determinado indeterminado, u obra indeterminada" fue elegantemente definida en su concepto de Reunión, pero en tanto interpretación musical, la realización final de la obra en realidad quedó inclonclusa. Una partida terminó demasiado rápidamente como para permitir que las ideas fundamentales fueran completamente experimentadas por el público; mientras la otra se hizo tan larga que tuvo que ser aplazada debido al agotamiento de los protagonistas y la disminución del público. Finalmente, las circunstancias presentes en Reunión no permitieron la correlación entre la elegante solicitud del sistema de indeterminación de Cage y su esperanza fundamental de que la elegante partida de ajedrez pudiera aportar elegantes estructuras musicales. Las partidas obviamente no fueron elegantes, y en cuanto a mí, no tenía esperanza de que ellos aportaran estructuras musicales elegantes, o incluso interesantes. Después de este acontecimiento inconcluso, ¿qué quedó de Reunión? Lo altamente teatral, la apelación de Cage al intelectualismo y a la vida cotidiana.
Los críticos del diario de Toronto fueron unánimes en su indignación con Reunión. William Littler, crítico musical del Star, escribió un titular diciendo que el acontecimiento había sido "en extremo aburrido".
sábado, febrero 02, 2008
"Vendrá la muerte y tendrá tus ojos", de Cesare Pavese
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos–
esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un remordimiento viejo
o un vicio absurdo. Tus ojos
serán una palabra inútil,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando solitaria te arqueas
en el espejo. Oh, querida esperanza,
aquel día también sabremos
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
resurgir un rostro muerto,
como escuchar un labio cerrado.
Descenderemos mudos en el remolino.
22 de marzo, 1950
viernes, febrero 01, 2008
“El cristianismo y el sexo”, de Bertrand Russell

A veces oímos hablar de que el cristianismo ha mejorado la condición de las mujeres. Ésta es una de las mayores perversiones de la historia que es posible realizar. Las mujeres no pueden disfrutar una posición tolerable en la sociedad donde se considera de la mayor importancia que no infrinjan un código moral muy rígido. Los monjes han mirado siempre a la mujer como la tentadora; la han considerado como la inspiradora de deseos impuros. La enseñanza de la Iglesia ha sido, y sigue siendo, que la virginidad es lo mejor, pero que, para los que hallan esto imposible, está permitido el matrimonio: «Pues más vale casarse que abrasarse», como dice San Pablo brutalmente. Haciendo indisoluble el matrimonio y eliminando todo el conocimiento del ars amandi, la Iglesia hizo cuanto pudo para lograr que la única forma de sexualismo permitido supusiera poco placer y mucho dolor. La oposición al control de la natalidad obedece, en realidad, al mismo motivo: si una mujer tiene un hijo por año hasta que muere agotada, no va a tener gran placer en su matrimonio; por lo tanto hay que combatir el control de la natalidad.
El concepto del pecado unido a la ética cristiana causa un enorme daño, ya que da a la gente una salida a su sadismo que considera legítima e incluso noble. Tómese, por ejemplo, la cuestión de la prevención de la sífilis. Sabido es que, si se toman precauciones por adelantado, el peligro de contraer la enfermedad es muy pequeño. Sin embargo, los cristianos se oponen a la difusión del conocimiento de este hecho, ya que mantienen que los pecadores deben ser castigados. Mantienen esto hasta tal punto que están dispuestos a que el castigo se extienda a las esposas y a los hijos de los pecadores. En la actualidad, hay en el mundo muchos miles de niños que padecen sífilis congénita y que no deberían haber nacido, de no haber sido por el deseo de los cristianos de ver castigados a los pecadores. No puedo entender cómo las doctrinas conducentes a esta diabólica crueldad se pueden considerar como beneficiosas para la moral.
No sólo con respecto al proceder sexual, sino también con respecto al conocimiento de los temas sexuales, la actitud de los cristianos es peligrosa para el bien humano. Toda persona que se ha molestado en estudiar la cuestión sin prejuicios sabe que la ignorancia artificial acerca de los temas sexuales que los cristianos ortodoxos tratan de inculcar a los jóvenes es extremadamente peligrosa para la salud física y mental, y causa en los que se informen mediante conversaciones «indecentes», como hacen la mayoría de los niños, la actitud de que el sexo es en sí indecente y ridículo. No creo que haya quien pueda defender que el conocimiento es indeseable en forma alguna. Yo no pondría barreras a la adquisición de conocimiento del sexo, hay argumentos de mucho más peso en su favor que en el caso de la mayoría de los demás conocimientos. Una persona probablemente actúa con menos prudencia cuando es ignorante que cuando está instruida, y es absurdo dar a los jóvenes una sensación de pecado porque tengan una curiosidad natural acerca de un asunto importante.
A todos los muchachos les interesan los trenes. Supongamos que se les dice que el interés por los trenes es malo; supongamos que se les venden los ojos siempre que están en un tren o en una estación de ferrocarril; supongamos que nunca se permita que le palabra «tren» se mencione en presencia suya, y se mantenga un misterio impenetrable en cuanto a los medios por los cuales se les transporta de un lugar a otro. El resultado no sería hacer que cesase el interés por los trenes; por el contrario, los muchachos se interesarían más por ellos, pero tendrían una morbosa sensación de pecado, porque este interés se les ha presentado como indecente. Todo muchacho con inteligencia activa, puede, por este medio, convertirse en un neurasténico. Esto es precisamente lo que se hace en materia de sexo; pero, como el sexo es más interesante que los trenes, los resultados son aún peores. Casi todo adulto de una comunidad cristiana tiene una enfermedad nerviosa como resultado del tabú en el conocimiento del sexo cuando era muchacho. Y este sentimiento de pecado, implantado artificialmente, es una de las causas de la crueldad, timidez y estupidez en las etapas posteriores de la vida. No hay motivo racional de ninguna clase para impedir que un niño se entere de un asunto que le interesa, ya sea sexual o de otra clase. Y no tendremos jamás una población sana hasta que este hecho haya sido reconocido en la primera educación, cosa imposible mientras las Iglesias dominen la política educacional.
Dejando de lado estas objeciones relativamente detalladas es evidente que las doctrinas fundamentales del cristianismo exigen una gran cantidad de perversión ética antes de ser aceptadas. El mundo, según se nos dice, fue creado por un Dios que es a la vez bueno y omnipotente. Antes de crear el mundo, previo todo el dolor y la miseria que iba a contener; por lo tanto, es responsable de ellos. Es inútil argüir que el dolor del mundo se debe al pecado. En primer lugar eso no es cierto; el pecado no produce el desbordamiento de los ríos ni las erupciones de los volcanes. Pero aunque esto fuera verdad, no serviría de nada. Si yo fuera a engendrar un hijo sabiendo que iba a ser un maniático homicida, sería responsable de sus crímenes. Si Dios sabía de antemano los crímenes que el hombre iba a cometer, era claramente responsable de todas las consecuencias de esos pecados cuando decidió crear al hombre.
El argumento cristiano usual es que el sufrimiento del mundo es una purificación del pecado, y, por lo tanto, una cosa buena. Este argumento es, claro está, sólo una racionalización del sadismo; pero en todo caso es un argumento pobre. Yo invitaría a cualquier cristiano a que se acompañase a la sala de niños de un hospital, a que presenciase los sufrimientos que padecen allí, y luego a insistir en la afirmación de que esos niños están tan moralmente abandonados que merecen lo que sufren. Con el fin de afirmar esto, un hombre tiene que destruir en él todo sentimiento de piedad y compasión. Tiene, en resumen, que hacerse tan cruel como el Dios en quien cree.
Ningún hombre que cree que los sufrimientos de este mundo son por nuestro bien, puede mantener intactos sus valores éticos, ya que siempre está tratando de hallar excusas para el dolor y la miseria.
jueves, enero 31, 2008
"Destino", de Oliverio Girondo
y desde aquí otra vez
y vuelta a ir de vuelta y sin aliento
y del principio o término del precipicio íntimo
hasta el extremo o medio o resurrecto resto de éste o aquello
o de lo opuesto
y rueda que te roe hasta el encuentro
y aquí tampoco está
y desde arriba abajo y desde abajo arriba ávido asqueado
por vivir entre huesos
o del perpetuo estéril desencuentro
a lo demás
de más
o al recomienzo espeso de cerdos contratiempos y destiempos
cuando no al burdo sino de algún complejo herniado en pleno
vuelo
cálido o helado
y vuelta y vuelta
a tanta terca tuerca
para entregarse entero o de tres cuartos
harto ya de mitades
y de cuartos
al entrevero exhausto de los lechos deshechos
o darse noche y día sin descanso contra todos los nervios del
misterio
del más allá
de acá
mientras se rota quedo ante el fugaz aspecto sempiterno de
lo aparente o lo supuesto
y vuelta y vuelta hundido hasta el pescuezo
con todos los sentidos sin sentido
en el sofocatedio
con uñas y con piensos y pellejo
y porque sí nomás
1954
miércoles, enero 30, 2008
"The beatitudes", de Carlos Almonte

...debía ser hermoso, antaño, ese bastón que apuntaba hacia el cielo, es decir, hacia lo inapuntable; y además es un gesto insensato: trazar solemnemente un límite del que no queda inmediatamente nada.
Roland Barthes
Lacerada piel de los barrotes; una escama cae lenta, sin siquiera lastimar. El puñal al rojo ya no quema, pero sí los vítores de antaño que retornan. Una trampa misteriosa que cercena una voluntad perdida. El aire expulsa gotas intranquilas y el remordimiento la persigue en una imagen. Ella observa y calla... Lo que ha sido, volverá, piensa, mientras deja leños sobre el fuego y una carta que permite aquel olvido. Abre el libro en la página siguiente; sus piernas se interceptan para el rito. Una mano desafía a su frente blanquecina, la otra apunta al cielo. Los ojos se cierran lentamente, como un zumbido paulatino. Sus labios de belleza muerta y el rezo de unos pocos que la invitan a seguir.
Pintura: "Ophelia", de John Everett Millais
Texto basado en el fragmento homónimo de Arvo Pärt. Este poema es parte de la obra Breaking Glass, escrita en colaboración con Juan Carlos Villavicencio
martes, enero 29, 2008
«Confieso que he bebido», de Raúl Porto
lunes, enero 28, 2008
“Historia de O”, de Pauline Réage

-Perdona, O, pero tu amante también te hacía azotar, ¿verdad?
-Sí, -dijo O, y vaciló-.
-Sí, habla, -dijo Franck-.
-Mi amante no me insulta, -dijo O-.
-¿Estás segura?, -respondió el joven-. ¿Nunca te ha tratado de puta?
O sacudió la cabeza y, al mismo tiempo, supo que mentía. Sir Stephen la había tratado de puta, simplemente, al hablar de ella en el salón privado de Lapérouse, al entregarla a los dos ingleses, y durante la comida, cuando la había obligado a desnudarse para ver sus pechos cicatrizados, lastimados.
O alzó la vista y encontró los ojos de Franck fijos en ella. Eran de color azul oscuro, dulces, casi compasivos. Respondiendo a lo que él no decía, O murmuró:
-Si lo hizo, tenía razón.
Franck la besó en la boca.
-¿Tanto le amas?, -preguntó-.
-Sí, -dijo O-.
Entonces el joven no dijo nada más. La acarició tan largamente en los labios de la hendidura de la vulva que O empezó a jadear hasta perder el aliento. Después de haberse hundido en ella, el joven cambió la vulva por el ano, pronunciando en voz muy baja: “O”. Ella sintió que se cerraba en torno de aquella estaca de carne que la empalaba y la hacía arder.
Él se perdió en ella y se durmió bruscamente apretándola contra sí, las manos sobre sus senos, las rodillas ajustadas en la concavidad de sus rodillas. Hacía frío. O subió la sábana y el cobertor y se durmió también. El día declinaba cuando se despertaron. ¿Cuántos meses hacía que O no dormía en brazos de un hombre? Todos, y en especial Sir Stephen, se acostaban con ella y después se marchaban o la hacían marcharse. Y éste, que poco antes la había tratado con tanta brutalidad, ahora se sentaba en sus rodillas para pedirle amablemente, como Hamlet a Ofelia (Ofelia, -decía él-, que también empieza con O), si podía acostarse contra su pelvis. Apoyando la cabeza en la vulva de O, el joven daba vueltas a los grilletes una y otra vez, haciéndolos resonar contra la espalda de ella. Encendió la lámpara de cama para verlos mejor. Leyó en voz alta el nombre de Sir stephen inscrito en el disco y, fijándose en el látigo y la fusta entrecruzados, grabados debajo del nombre, preguntó cuál de ellos prefería emplear Sir Stephen. O no contestó.
-Responde pequeña, -dijo el joven, con ternura-.
-No sé, -dijo O-, los dos, aunque Norah empleaba la fusta.
-¿Quién es Norah?
El joven hablaba de una manera tan abandonada, tan confiada, que O tenía la impresión de que responderle era como hablar para sí misma, como hablar sola en voz alta y, por lo tanto, respondió sin pensarlo:
-Su sirvienta, -contestó-.
-Entonces hice bien al decir que te azotaran.
-Sí, -dijo O-.
-Y tú, ¿cuál prefieres?, -preguntó el joven-.
Esperó. O no le respondía.
-Lo sé, -dijo el joven-, acaríciame también con la boca O, te lo ruego.
Y se colocó justo encima de ella, que empezó a acariciarlo. Luego el joven la cogió por el talle con las dos manos para ayudarla a ponerse de pie, y le dijo:
-Bien, bien, bien...
Le besó los senos y le abrochó el corsé. O lo dejó hacer sin siquiera darle las gracias, embargada de dulzura. El joven le hablaba de Sir Stephen. Finalmente, luego de haber llamado a un criado para que se la llevara, estando O con sus ropas ya puestas, le dijo:
-Mañana haré que te traigan de nuevo O, pero te castigaré yo mismo.
Ella sonrió cuando el joven agregó:
-Te castigaré como él.
domingo, enero 27, 2008
Carta de Friedrich Nietzsche a su hermana
¿Crees tú que realmente nos sea tan difícil recibir y aceptar todas las creencias en que hemos sido educados, que poco a poco han ido adquiriendo en nosotros raíces profundas, que todos los nuestros, que una multitud de hombres excelentes tienen por verdaderas, y que, verdaderas o no, consuelan y elevan a la humanidad? ¿Crees tú que esa aceptación sea más difícil que el luchar contra los hábitos, en la duda y el aislamiento, sometido a todas las depresiones del alma, mas siempre orientado hacia el eterno fin, ya que el descubrimiento de las vías nuevas llevan a lo verdadero, a lo bello y a lo bueno?
¿Qué sucederá al fin? ¿Volveremos a encontrar esas ideas sobre Dios, el mundo y la redención que nos son familiares? ¿Para un verdadero buscador, el resultado de la búsqueda no es algo completamente indiferente? ¿Qué buscamos en nuestro esfuerzo? ¿El reposo, la felicidad? No; simplemente la verdad, por espantable y mala que pueda ser.
...He ahí cómo se separan las vías de los hombres: si deseas el reposo y la felicidad de tu alma, cree; por el contrario, si quieres ser un discípulo de la verdad, entonces busca...
sábado, enero 26, 2008
"Tan graciosa...", de Dante Alighieri

Tan graciosa y gentil se manifiesta
la amada mía si serena pasa
que las lenguas temblando quedan mudas
y que los ojos ni a mirar se atreven.
Ella se aleja, oyéndose alabada,
benignamente de humildad vestida,
y da la sensación de haber venido
desde el cielo, a manera de un milagro.
Muéstrase tan graciosa a quien la mira
que, al verla, nos produce una dulzura
que no puede entender quien no la prueba.
Y parece que exhale de sus labios
un espíritu suave, de amor lleno,
que al alma va diciéndole: Suspira.
viernes, enero 25, 2008
«Fahrenheit 451», de Ray Bradbury
Sólo había la muchacha andando a su lado, con su rostro que brillaba como la nieve al claro de luna, y Montag comprendió que estaba meditando las preguntas que él le había formulado, buscando las mejores respuestas.
–Bueno –le dijo ella por fin–, tengo diecisiete años y estoy loca. Mi tío dice que ambas cosas van siempre juntas. Cuando la gente te pregunta la edad, dice, contesta siempre: diecisiete años y loca. ¿Verdad que es muy agradable pasear a esta hora de la noche? Me gusta ver y oler las cosas, y, a veces, permanecer levantada toda la noche, andando, y ver la salida del sol.
Volvieron a avanzar en silencio y, finalmente, ella dijo, con tono pensativo:
–¿Sabe? No me causa usted ningún temor.
Él se sorprendió.
–¿Por qué habría de causárselo?
–Les ocurre a mucha gente. Temer a los bomberos, quiero decir. Pero, al fin y al cabo, usted no es más que un hombre...
Montag se vio en los ojos de ella, suspendido en dos brillantes gotas de agua, oscuro y diminuto, pero con mucho detalle; las líneas alrededor de su boca, todo en su sitio, como si los ojos de la muchacha fuesen dos milagrosos pedacitos de ámbar violeta que pudiesen capturarle y conservarle intacto. El rostro de la joven, vuelto ahora hacia él, era un frágil cristal de leche con una luz suave y constante en su interior. No era la luz histérica de la electricidad, sino… ¿Qué? Sino la agradable, extraña y parpadeante luz de una vela. Una vez, cuando él era niño, en un corte de energía, su madre había encontrado y encendido una última vela, y se había producido una breve hora de redescubrimiento, de una iluminación tal que el espacio perdió sus vastas dimensiones y se cerró confortablemente alrededor de ellos, y ellos, madre e hijo, solitarios, transformados, esperando que la energía quizá no volviese demasiado pronto…
En aquel momento, Clarisse MeClellan dijo:
–¿No le importa que le haga preguntas? ¿Cuánto tiempo lleva trabajando de bombero?
–Desde que tenía veinte años, ahora hace ya diez años.
–¿Lee alguna vez alguno de los libros que quema?
Él se echó a reír.
–¡Está prohibido por la ley!
–¡Oh! Claro…
–Es un buen trabajo. El lunes quema a Millay, el miércoles a Whitman, el viernes a Faulkner, conviértelos en ceniza y, luego, quema las cenizas. Éste es nuestro lema oficial.
Siguieron caminando y la muchacha preguntó:
–¿Es verdad que, hace mucho tiempo, los bomberos apagaban incendios, en vez de provocarlos?
–No. Las casas han sido siempre a prueba de incendios. Puedes creerme. Te lo digo yo.
-¡Es extraño! Una vez, oí decir que hace muchísimo tiempo las casas se quemaban por accidente y hacían falta bomberos para apagar las llamas.
Montag se echó a reír.
Ella le lanzó una rápida mirada.
–¿Por qué se ríe?
–No lo sé –volvió a reírse y se detuvo–. ¿Por qué?
–Ríe sin que yo haya dicho nada gracioso, y contesta inmediatamente. Nunca se detiene a pensar en lo que le pregunto.
Montag se detuvo.
–Eres muy extraña –dijo, mirándola–. ¿Ignoras qué es el respeto?
–No me proponía ser grosera. Lo que me ocurre es que me gusta demasiado observar a la gente.
–Bueno, ¿Y esto no significa algo para ti?
Y Montag se tocó el número 451 bordado en su manga.
–Sí –susurró ella. Aceleró el paso. –¿Ha visto alguna vez los coches retropropulsados que corren por esta calle?
–¡Estás cambiando de tema!
–A veces, pienso que sus conductores no saben cómo es la hierba, ni las flores, porque nunca las ven con detenimiento –dijo ella–. Si le mostrase a uno de esos chóferes una borrosa mancha verde, diría: ¡Oh, sí, es hierba? ¿Una mancha borrosa de color rosado? ¡Es una rosaleda! Las manchas blancas son casas. Las manchas pardas son vacas. Una vez, mi tío condujo lentamente por una carretera. Condujo a sesenta y cinco kilómetros por hora y lo, encarcelaron por dos días. ¿No es curioso, y triste también?
–Piensas demasiado –dijo Montag, incómodo.
–Casi nunca veo la televisión mural, ni voy a las carreras o a los parques de atracciones. Así, pues, dispongo de muchísimo tiempo para dedicarlos a mis absurdos pensamientos. ¿Ha visto los carteles de sesenta metros que hay fuera de la ciudad? ¿Sabía que hubo una época en que los carteles sólo tenían seis metros de largo? Pero los automóviles empezaron a correr tanto que tuvieron que alargar la publicidad, para que durase un poco más.
–¡Lo ignoraba!
–Apuesto a que sé algo más que usted desconoce. Por las mañanas, la hierba está cubierta de rocío.
De pronto, Montag no pudo recordar si sabía aquello o no, lo que le irritó bastante.
–Y si se fija –prosiguió ella, señalando con la barbilla hacia el cielo– hay un hombre en la luna.
Hacía mucho tiempo que él no miraba el satélite.
Recorrieron en silencio el resto del camino. El de ella, pensativo, el de él, irritado e incómodo, acusando el impacto de las miradas inquisitivas de la muchacha. Cuando llegaron a la casa de ella, todas sus luces estaban encendidas.
–¿Qué sucede?
Montag nunca había visto tantas luces en una casa.
–¡Oh! ¡Son mis padres y mi tío que están sentados, charlando! Es como ir a pie, aunque más extraño aún. A mi tío, le detuvieron una vez por ir a pie. ¿Se lo había contado ya? ¡Oh! Somos una familia muy extraña.
–Pero, ¿de qué charlan?
Al oír esta pregunta, la muchacha se echó a reír.
Empezó a andar por el pasillo que conducía hacia su casa. Después, pareció recordar algo y regresó para mirar a Montag con expresión intrigada y curiosa.
–¿Que si soy qué? –replicó él–.
Pero ella se había marchado, corriendo bajo el claro de luna. La puerta de la casa se cerró con suavidad.
1953
jueves, enero 24, 2008
"Ácido sulfúrico", de Amelie Nothomb

Aquella noche, Pannonique, aún bajo los efectos de su arrebato, dormía con un sueño agitado que se interrumpía constantemente. El más mínimo ruido la sobresaltaba y se tranquilizaba como podía, abrazando su delgado cuerpo con firmeza.
De repente se despertó y vio cerca de ella a Zdena que la devoraba con la mirada. Ésta tuvo el reflejo de taparle la boca con la mano para ahogar su grito. Le hizo señas para que la siguiera de puntillas. Una vez fuera del barracón, al aire libre, Pannonique murmuró:
-¿Viene a verme a menudo mientras duermo?
-Es la primera vez. Te juro que es verdad. No tengo motivos para mentirte, estoy en el lado de los fuertes.
-¡Como si los fuertes no mintieran!
-Miento mucho. A ti no te miento.
-¿Qué quiere?
-Decirte algo.
-¿Y qué quiere decirme?
-Que estoy de acuerdo contigo. Los espectadores son unos cabrones.
-Eso ya me lo ha dicho. ¿Para eso ha venido a molestarme?
Pannonique se sorprendía por la insolencia de su propio tono. No podía evitarlo.
-Quería hablar contigo. No hemos tenido ocasión de hacerlo.
-Quizá porque no teníamos nada de lo que hablar.
-Tengo cosas que contarte. Me has abierto los ojos.
-¿Respecto a qué? -preguntó Pannonique con ironía.
-Respecto a ti.
-No me apetece ser un tema de conversación -dijo la joven, e hizo gesto de alejarse.
La kapo la agarró con un brazo mucho más musculoso que el suyo.
-Tú eres mucho más que tú. No temas nada. No quiero hacerte daño.
-Hay que elegir el bando al que perteneces, kapo Zdena. Si no está en el mío, es que quiere hacerme daño.
-No me llames kapo Zdena. Llámame Zdena a secas.
-Mientras sea usted quien es, la llamaré kapo Zdena.
-No puedo cambiar de bando. Me pagan por ser kapo.
-Atroz argumento.
-Quizá me equivoqué al aceptar convertirme en kapo. Pero ahora que lo soy, es demasiado tarde.
-Nunca es tarde para dejar de ser un monstruo.
-Si soy un monstruo, no por cambiar de bando dejaré de serlo.
-Lo que es más monstruoso en usted es la kapo, no Zdena. Deje de ser kapo y dejará de ser monstruosa.
-Lo que propones es imposible. Hay una cláusula en el contrato de los kapos: si dimitimos antes del final de nuestro año de trabajo, nos convertimos inmediatamente en prisioneros.
Pannonique pensó que quizá mentía. No importaba, no tenía modo de verificar sus afirmaciones.
-¿Cómo pudo firmar un contrato semejante?
-Era la primera vez que alguien me quería para algo.
-¿Y eso le basta?
-Sí.
«Una pobre chica en todos los sentidos del término», pensó Pannonique.
-Seguiré trayéndote chocolate. Toma, te he traído pan de mi cena.
Le tendió un panecillo redondo y dorado, algo muy distinto a la horrible hogaza endurecida de las comidas de los detenidos. La joven miró el pan y se le hizo la boca agua. El hambre venció al miedo: lo agarró y lo devoró con ansia. La kapo la contemplaba con satisfacción.
-¿Qué quieres ahora?
-La libertad.
-Eso no puedo ponérselo a escondidas en el bolsillo de alguien.
-¿Cree que es factible escaparse?
-Imposible. El sistema de seguridad es infranqueable.
-¿Y si usted nos ayuda?
-¿Cómo que nos? Es a ti a quien quiero ayudar.
-Kapo Zdena, si sólo me ayuda a mí, no dejará de ser un monstruo.
-No me fastidies con tu moral.
-La moral es útil. Impide crear programas como Concentración.
-Entonces ya ves que no funciona.
-Podría funcionar. Este programa podría interrumpirse.
-¿Estás loca? Es el mayor éxito de la historia de la televisión.
-¿De verdad?
-Cada mañana miramos los índices de audiencia del día anterior y es para caerse de espaldas.
Pannonique se calló de desesperación.
-Tienes razón: los espectadores son basura.
-Eso no la exime, kapo Zdena.
-Soy menos monstruosa que ellos.
-Demuéstrelo.
-No veo Concentración.
-Tiene sentido del humor -chirrió Pannonique, asqueada.
-Si te liberara poniendo en peligro mi vida, ¿sería una prueba?
-Si sólo me libera a mí, no estoy segura.
-Lo que me pides es imposible.
-Si actúa poniendo en peligro su vida, por lo menos intente salvarlos a todos.
-Ése no es el problema. Los otros no me interesan, eso es todo.
-¿Y ésa es una razón para no liberarlos?
-Por supuesto. Porque si te liberara a ti, no sería en vano.
-¿Qué quiere decir con eso?
-Habría un precio. No voy a arriesgar mi vida a cambio de nada.
-No comprendo -dijo Pannonique poniéndose visiblemente rígida.
-Claro que comprendes. Me comprendes perfectamente -dijo Zdena buscando su mirada.
Pannonique se tapó la boca con la mano, como para impedirse vomitar. Esta vez la kapo no intentó retenerla.
2005
miércoles, enero 23, 2008
"Poema doble del lago Edem", de Federico García Lorca

Nuestro ganado pace, el viento espira.
GARCILASO
ignorante de los densos jugos amargos.
La adivino lamiendo mis pies
bajo los frágiles helechos mojados.
¡Ay voz antigua de mi amor,
ay voz de mi verdad,
ay voz de mi abierto costado,
cuando todas las rosas manaban de mi lengua
y el césped no conocía la impasible dentadura del caballo!
Estás aquí bebiendo mi sangre,
bebiendo mi humor de niño pesado,
mientras mis ojos se quiebran en el viento
con el aluminio y las voces de los borrachos.
Déjame pasar la puerta
donde Eva come hormigas
y Adán fecunda peces deslumbrados.
Déjame pasar hombrecillo de los cuernos
al bosque de los desperezos
y los alegrísimos saltos.
Yo sé el uso más secreto
que tiene un viejo alfiler oxidado
y sé del horror de unos ojos despiertos
sobre la superficie concreta del plato.
Pero no quiero mundo ni sueño, voz divina,
quiero mi libertad, mi amor humano
en el rincón más oscuro de la brisa que nadie quiera.
¡Mi amor humano!
Esos perros marinos se persiguen
y el viento acecha troncos descuidados.
¡Oh voz antigua, quema con tu lengua
esta voz de hojalata y de talco!
Quiero llorar porque me da la gana
como lloran los niños del último banco,
porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja,
pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado.
Quiero llorar diciendo mi nombre,
rosa, niño y abeto a la orilla de este lago,
para decir mi verdad de hombre de sangre
matando en mí la burla y la sugestión del vocablo.
No, no, yo no pregunto, yo deseo,
voz mía liberta que me lames las manos.
En el laberinto de biombos es mi desnudo el que recibe
la luna de castigo y el reloj encenizado.
Así hablaba yo.
Así hablaba yo cuando Saturno detuvo los trenes
y la bruma y el sueño y la muerte me estaban buscando.
Me estaban buscando
allí donde mugen las vacas que tienen patitas de paje
y allí donde flota mi cuerpo entre los equilibrios contrarios.
en Poeta en Nueva York, 1929-1930











