martes, enero 22, 2008

“La música de Erich Zann”, de H. P. Lovecraft





He examinado con el mayor detenimiento los mapas de la ciudad, sin lograr nunca encontrar de nuevo la Rue d'Au­seil. No todos los mapas eran modernos, pues soy consciente de que los nombres cambian. Antes al contrario, he indagado exhaustivamente en la historia local y he explorado personal­mente cualquier parte, cualquiera que fuera su nombre, que pudiera corresponderse con la calle que yo conocí como Rue d'Auseil. Pero, a pesar de todo esto, ahí queda el humillante hecho de que no puedo encontrar la casa, la calle o incluso el barrio donde, en los últimos meses de mi agobiada vida como estudiante universitario de metafísica, escuché la música de Erich Zann.

No me extraña que me falle la memoria, ya que mi salud, tanto física como mental, estaba seriamente mermada durante la época en que residí en la Rue d'Auseil, y recuerdo que nunca lleve hasta allí a ninguna de mis escasas amistades. Pero resulta extraño y singular el que no pueda volver a encontrar la calle, ya que se hallaba a media hora de camino de la universidad, y se distinguía gracias a particularidades que serían difíciles de olvi­dar para cualquiera que las hubiera visto. Nunca he conocido a nadie que haya visto la Rue d'Auseil.

La Rue d'Auseil se encontraba cruzando un río oscuro flan­queado de altos almacenes de ladrillo, y era salvado por un sólido puente de piedra oscurecida. Siempre reinaban las tinie­blas junto a ese río, como si el humo de las cercanas factorías velaran perpetuamente el sol. Asimismo, el río apestaba a malsa­nos hedores que nunca antes había aspirado, y que pueden serme de ayuda algún día en mi búsqueda, ya que podría reco­nocerlos al instante. Al otro lado del puente se abrían angostas calles de adoquines y traviesas, y después venía la cuesta, suave al principio, pero ya increíblemente empinada al llegar a la Rue d'Auseil.

Nunca antes he visto una calle tan estrecha y escarpada como la Rue d'Auseil. Resultaba casi un barranco, cerrada al trá­fico, formada en ciertas partes por tramos de escaleras y rema­tando en lo alto en una tapia elevada y cubierta de hiedra. El pavimento resultaba irregular, hecho a veces de lajas de piedra, a veces de adoquines y a veces de tierra desnuda en la que brotaba una tenaz maleza gris verdosa. Las casas eran altas y de tejados picudos, increíblemente viejas e inclinadas sin ton ni son hacia delante, detrás o los lados. A veces un par de casas enfrentadas, ambas vencidas hacia delante, casi llegaban a juntarse sobre la calle, como un arco, y en verdad robaban casi toda la luz al terreno de debajo. Había unos cuantos puentes volantes que sal­taban de casa a casa sobre la calle.

Los habitantes de esta calle me causaban una peculiar impresión. Al principio pensé que se debía a su talante silen­cioso y reservado; pero más tarde concluí que era causado por el hecho de que todos eran muy viejos. No sé cómo acabé viviendo en una calle así, pero no estaba muy en mis cabales al mudarme. Había vivido en multitud de cuchitriles, siempre desahuciado por falta de dinero, hasta arribar a esa casa destarta­lada de la Rue d'Auseil, regentada por Blandot, un paralítico. Se trataba de la tercera casa a partir del final de la calle, y con mucho era la más alta de todas.

Mi cuarto estaba en la quinta planta, la única con inquilino, ya que la casa estaba casi vacía. La noche de mi llegada oí una extraña música proveniente de la picuda buhardilla de arriba, y al día siguiente interrogué al respecto al viejo Blandot. Me con­testó que se trataba de un viejo violinista alemán, un extranjero mudo que firmaba como Erich Zann, y que tocaba por las tar­des en la orquestilla de un teatro, añadiendo que el deseo de Zann de tocar durante las noches, a la vuelta del teatro, era lo que le había llevado a elegir su alta y aislada buhardilla, cuya ventana de gablete era el único lugar de la calle desde donde uno podía otear más allá del muro de remate, hacia el declive y la panorámica de más allá.

A partir de entonces pude escuchar cada noche a Zann, y aunque me mantenía en vela, me sentía tocado por lo ajeno de su música. Sabiendo poco de ese arte, estaba convencido de que ninguna de aquellas composiciones tenía relación alguna con cualquier música que hubiera escuchado antes, y llegué a la con­clusión de que estaba ante un compositor de un genio suma­mente original. Cuanto más escuchaba, más fascinado me sen­tía, hasta que al cabo de una semana me decidí a ganarme la amistad del anciano.

Una noche, a la vuelta de su trabajo, me hice el encontra­dizo con Zann en el vestíbulo y le comenté que me gustaría conocerlo, así como acompañarlo mientras tocaba. Se trataba de un personaje bajo, delgado, cargado de hombros, de ropas raí­das, ojos azules, rostro grotesco como el de un sátiro y casi calvo. A mis primeras palabras pareció irritado y temeroso a un tiempo. Mi talante, abiertamente amistoso, lo aplacó no obs­tante al final, y de mala gana me invitó por señas a seguirlo por las escaleras oscuras, crujientes y temblorosas del ático. Su cuarto, uno de los dos que había en la empinada buhardilla picuda, miraba al este, hacia la gran tapia que formaba el remate superior de la calle. Era de gran tamaño y parecía aún mayor gracias a su extrema desnudez y abandono. El mobiliario consis­tía tan solo en un estrecho jergón de hierro, una desconchada palangana, una mesa pequeña, una gran librería, un atril de hie­rro y tres sillas vetustas. Las partituras se apilaban en desorden por los suelos. Los muros eran de tablazón desnuda, y segura­mente jamás conocieron el yeso, al tiempo que la abundancia de polvo y telarañas acentuaban la impresión de que el lugar estaba más abandonado que deshabitado. Sin duda, el mundo de belleza de Erich Zann se hallaba en algún lejano cosmos de la imaginación.

Invitándome a sentarme, el mudo cerró la puerta, echó el gran pestillo de madera y encendió una vela para hacer compa­ñía a la que había traído consigo. Luego sacó el violín de su apo­lillada funda y, empuñándolo, se sentó en la menos incómoda de las sillas. No empleó el atril, pero sin una vacilación, tocando de memoria, me encandiló durante una hora con melodías nunca antes oídas, melodías que debían ser creaciones suyas. Describirlas con exactitud es algo imposible para un lego en música. Se trataba de algo así como una fuga, con pasajes recu­rrentes de una cualidad de lo más fascinante, pero lo más nota­ble fue la ausencia de cualquiera de las extrañas notas que había escuchado arriba, desde mi cuarto, en anteriores ocasiones.

Recordaban bien esas notas obsesivas, y a menudo las había tarareado y silbado titubeante para mí mismo, por lo que cuando el músico bajó al fin su arco le pregunté si podría brin­darme alguna de ellas. Apenas comenzada mi solicitud, el arrugado rostro de sátiro perdió su aburrida placidez que luciera durante la interpretación, pareciendo mostrar esa misma y curiosa mezcla de ira y temor que ya advirtiera la primera vez que abordé al anciano. Por un momento intenté la persuasión, achacando de forma bastante ligera su actitud a un ramalazo de senilidad, e incluso intenté despertar el extraño humor de mi anfitrión silbando algunos de los acordes que oyera la noche antes. Pero no insistí más que un momento, ya que, apenas reconocer el silbido, el rostro del músico mudo se contorsionó en un gesto que se encontraba más allá de cualquier análisis, y su mano derecha, larga, fría y huesuda, se levantó para silenciar mi boca y su tosco remedo. Al hacerlo dio otra muestra de excentricidad lanzando una ojeada inquieta a la solitaria ven­tana, cubierta de cortinas, como si temiera alguna intrusión... una mirada doblemente absurda por cuanto la buhardilla se alzaba alta e inaccesible sobre los tejados vecinos, y siendo esa ventana, tal como me dijera el conserje, el único lugar de esa empinada calle y la única desde la que uno podía ver el muro de lo alto.

La mirada del viejo me trajo a la cabeza el comentario de Blandot, y se me antojó contemplar el vasto y vertiginoso pano­rama de tejados a la luz de la luna, así como las luces al otro lado de la cima de la colina, de las que, de entre todos los habitantes de la Rue d'Auseil, sólo este asilvestrado músico podía disfrutar. Me acerqué a la ventana e iba a abrir las indescriptibles cortinas cuando, con una espantada rabia aún mayor que la de antes, el mudo huésped volvió a abalanzarse sobre mí, en esta ocasión señalándome la puerta con la cabeza mientras trataba de arras­trarme con las manos. Completamente disgustado ahora con mi anfitrión, le exigí que me soltase, diciéndole que me iría en el acto. Su apretón aflojó y, viéndome molesto y ofendido, su pro­pia furia pareció disiparse. Volvió a oprimir mi brazo, esta vez en gesto de amistad, conduciéndome hasta una silla; entonces, con gesto pensativo, fue hasta la abarrotada mesa y allí escribió algu­nas palabras a lápiz en el trabajoso francés de los extranjeros.

La nota que acabó tendiéndome era una súplica de toleran­cia y perdón. Zann decía ser anciano, solitario y afligido por extraños miedos y problemas nerviosos relacionados con su música, entre otros motivos. Se sentía honrado por mi interés hacia su música y esperaba que volviera a visitarle, sin tener en cuenta sus excentricidades. Pero no podía tocar para otra per­sona sus extrañas melodías, ni podía dejar que las oyesen; ni per­mitir que nadie tocase nada en ese cuarto. Hasta nuestra conver­sación en la sala, no había sabido que podía oírle tocar desde mi alcoba, y ahora me rogaba que, si podía, arreglase con Blandot el instalarme en una habitación más baja, desde la que no pudiera escucharle de noche. Él, afirmaba, pagaría la diferencia de precio.

Mientras estaba sentado, descifrando su execrable francés, me sentí más dispuesto hacia el anciano. Era víctima de padeci­mientos físicos y nerviosos, tal como yo; y mis estudios metafísi­cos me habían enseñado la virtud de la caridad. En el silencio hubo un ligero sonido en la ventana -la contraventana debió golpetear en alas del viento nocturno-, lo que por alguna razón sobresaltó violentamente a Erich Zann. Cuando acabé de leer, estreché la mano de mi anfitrión y me fui como amigo. AI día siguiente, Blandot me asignó un cuarto más caro en la ter­cera planta, entre la alcoba de un viejo usurero y la habitación de un respetable tapicero. No había nadie en la cuarta planta.

No tardé en descubrir que el interés de Zann por mi com­pañía no era tan grande como parecía cuando me convenció para que me mudase de la quinta planta. Nunca me invitaba, y, cuando yo mismo lo hacía, parecía disgustado y tocaba indife­rente. Era siempre de noche... dormía de día y no recibía a nadie. Mi aprecio por él no creció, pero la habitación del ático y el extraño músico parecían ejercer una rara fascinación sobre mí.

Sentía un curioso deseo de mirar a través de esa ventana sobre el muro y las invisibles laderas, sobre los resplandecientes tejados y los chapiteles que debían desplegarse más allá. Una vez acudí en horas de teatro a la buhardilla, cuando Zann no estaba, pero la puerta se hallaba cerrada con llave.

Lo que sí conseguí fue el escuchar los conciertos nocturnos del viejo mudo. Al principio iba de puntillas hasta mi antiguo cuarto de la quinta planta, luego me hice lo bastante audaz como para ascender por el último y crujiente tramo de escaleras hasta la picuda buhardilla. En el angosto descansillo, al otro lado de la puerta, trancada y con la cerradura ocluida, escuchaba a menudo sonidos que me llenaban de un miedo indefinible... miedo a prodigios indefinidos y misterios acechantes. No es que tales sonidos fuesen espantosos, pues no lo eran, pero contenían vibraciones que sugerían cosas que no eran de este mundo y, a intervalos, asumían una cualidad sinfónica que a duras penas podía creer el producto de un sólo músico. Con el paso de semanas, la interpretación se volvió más salvaje, mientras el viejo músico se tornaba cada vez más ojeroso y furtivo que lo hacían lastimoso de ver. Ahora rehusaba admitirme en momento alguno, y me rehuía cada vez que nos topábamos en las escaleras.

Y una noche, mientras escuchaba al pie de la puerta, oí cómo el chirriante violín estallaba en una caótica babel de soni­dos; un pandemónium que podría haberme hecho dudar de mi propia y tambaleante cordura de no haberme llegado de detrás de esa puerta cerrada una lastimera prueba de que el horror era real... ese grito espantoso, inarticulado, que sólo un mudo puede proferir, y que se desata sólo en momentos del más terri­ble miedo o angustia. Golpeé insistentemente la puerta sin obte­ner contestación. Entonces esperé en el oscuro rellano, estreme­cido de miedo y frío, hasta oír los débiles esfuerzos del pobre músico por incorporarse con ayuda de una silla. Creyéndolo recobrarse de un desmayo, reanudé los golpes a la vez que pronunciaba mi nombre para tranquilizarlo. Escuché cómo Zann se tambaleaba hacia la ventana y cerraba contraventana y cortina; después fue trastabillando hasta la puerta y la abrió titubeante. Esta vez su gozo al verme fue real, ya que su semblante desenca­jado resplandecía de alivio mientras se aferraba a mi chaqueta como un niño a las faldas de su madre.

Temblando de forma patética, el viejo me hizo sentar en una silla, al tiempo que él ocupaba otra, junto a la que su violín y arco yacían de forma descuidada sobre el suelo. Permaneció algún tiempo inmóvil, cabeceando de forma extraña, ofreciendo una paradójica insinuación de escucha intensa y espantada. Des­pués pareció quedar satisfecho y, pasando a una silla junto a la mesa, escribió una breve nota, me la tendió y regresó a la mesa, donde comenzó a escribir rápida e incesantemente. La nota me rogaba encarecidamente, y si quería satisfacer mi curiosidad, que esperase en mi sitio mientras él preparaba un registro com­pleto en alemán de todos los prodigios y terrores que le habían acaecido. Aguardé, y el lápiz del mudo volaba.

Quizás una hora mas tarde, mientras yo aún esperaba y las hojas que el viejo músico rellenaba febrilmente continuaban apilándose, vi sobresaltarse a Zann como tocado por un horrible estremecimiento. Sin lugar a dudas, miraba a la ventana cubierta por cortinas y escuchaba estremecido. Entonces me pareció a medias oír un sonido; aunque no era nada horrible, sino que, por el contrario, se trataba de una nota musical sumamente baja e infinitamente distante, sugiriendo un intérprete que se hallase en una de las casas de la vecindad, o quizás en alguna morada del otro lado del muro sobre el que nunca había llegado a mirar. Pero el efecto fue terrible para Zann, ya que, dejando caer el lápiz, se alzó bruscamente, empuñó el violín y comenzó a desga­rrar la noche con la más extraordinaria interpretación que jamás haya oído nacer de ese arco, fuera de lo escuchado junto a la puerta cerrada.

Sería infructuoso describir la interpretación de Erich Zann en esa noche espantosa. Resultaba más horrible que cualquier otra cosa que yo hubiera escuchado, ya que ahora veía la expresión de su rostro, y podía comprender que el motivo era un miedo atroz. Intentaba hacer ruido para mantener algo a raya o quizás ahogar sus sonidos... el qué, no puedo imaginarlo, aunque creo que debía tratarse de algo terrible. La ejecución se volvía fantástica, delirante e histérica, aunque manteniendo hasta el fin las cualidades de supremo genio que, como yo bien sabía, poseía aquel singular anciano. Reconocía los sones –se trataba de una salvaje danza húngara, popular en los teatros, y por un instante pensé que era la primera vez que oía a Zann acometer la obra de otro compositor.

Más y más alto, más y más salvaje, subían el chirrido y el gemir de aquel violín desesperado. El músico estaba empapado en sudor y se contorsionaba como un mono, sin dejar de mirar frenéticamente hacia la ventana cubierta por la cortina. En sus extraordinarias contorsiones, casi podía adivinar sátiros y bacan­tes bailando y girando enloquecidos a través de hirvientes abis­mos de nubes y humo y relámpagos. Y entonces creí escuchar una nota más aguda y persistente que la del violín; una nota cal­mosa, deliberada, intencionada, burlona, que llegaba de muy lejos hacia el oeste.

En ese momento la contraventana comenzó a batir empu­jada por un rugiente viento nocturno que se había alzado en el exterior a la par que el loco concierto de dentro. El chirriante violín de Zann ahora se impuso emitiendo sonidos que yo no creía posibles en un instrumento así. La contraventana batió más fuerte, suelta, y comenzó a golpear la ventana. El cristal saltó en pedazos bajo los golpes repetidos y el viento frío entró, haciendo chisporrotear las velas y arrebatando los folios de la mesa donde Zann había comenzado a transcribir su horrible secreto. Miré a Zann y vi que se hallaba más allá de cualquier relato imparcial. Sus ojos azules estaban desorbitados, vidriosos, ciegos, y la frenética interpretación se había convertido en una irreconocible orgía, ciega, mecánica, que ninguna pluma puede aspirar siquiera a insinuar.

Un soplo repentino aun más fuerte que los demás, arrebató el manuscrito y lo llevó hacia la ventana. Perseguí con desespe­ración las hojas volantes, pero se fueron antes de que pudiera llegar a los cristales rotos. Entonces recordé mi antiguo deseo de mirar por esa ventana, la única en la Rue d'Auseil desde la que uno podía contemplar la ladera al otro lado del muro y la ciu­dad que se extendía más allá. Estaba muy oscuro, pero las luces de la ciudad permanecían encendidas, y yo esperaba verlas a. pesar de la lluvia y el viento. Pero aunque me asomé a esa alta ventana de buhardilla, miré mientras las velas chisporroteaban y el loco violín aullaba al compás del viento nocturno, no vi ciu­dad alguna abajo, ni luces amigables resplandeciendo desde calles reconocibles, sino sólo la oscuridad del espacio ilimitado; inimaginable espacio viviente, con movimiento y música, care­ciendo de semejanza alguna con nada de esta tierra. Y mientras permanecía allí, mirando aterrorizado, el viento apagó las velas de la antigua buhardilla picuda, sumiéndome en una salvaje e impenetrable oscuridad, con caos y pandemónium ante mí, y la demoníaca locura del violín aullando en la noche a mis espaldas.

Retrocedí tambaleándome en la oscuridad, sin medios para encender la luz, chocando con la mesa, volteando una silla y finalmente abriéndome paso hacia el lugar donde la oscuridad gritaba con la estremecedora música. Debía hacer algo para sal­varnos a Erich Zann y a mí mismo, cualesquiera que fueran los poderes que se nos enfrentaban. En cierta ocasión creí sentir el roce de algo helado y grité, pero mi grito fue acallado por aquel espantoso violín. Repentinamente, en la oscuridad, el enloque­cido vaivén del arco me tocó y supe que estaba junto al músico. Tanteando, toqué el respaldo de la silla de Zann, y luego encon­tré y sacudí su hombro intentando hacerle volver en sí.

No respondió, y el violín chirriaba sin pausa. Alcé la mano a su cabeza, cuyo mecánico agitar pude detener y le grité en el oído que debíamos escapar de los desconocidos seres de la noche. Pero ni me respondió ni detuvo el frenesí de su inexpli­cable música, mientras que por toda la buhardilla parecían dan­zar extrañas corrientes de viento entre la oscuridad y la confu­sión. Al tocar con la mano su oreja me estremecí, aunque sin saber por qué... no lo supe hasta que palpé su rostro inmóvil; el rostro frío como el hielo, rígido, sin respiración, cuyos ojos se desorbitaban en vano mirando el vacío. Y entonces, merced a algún milagro, alcancé la puerta y el gran pestillo de madera, y huí desesperadamente del ser de ojos vidriosos en la oscuridad, y del espectral aullido de ese maldito violín cuya furia crecía según yo escapaba.

Saltando, volando, huyendo por esas escaleras sin fin a través de la casa a oscuras; corriendo a ciegas por esa calle estrecha, empi­nada y antigua, llena de escalones y casas inclinadas; bajando escalinatas y corriendo sobre adoquines hacia las calles inferiores y el pútrido río encajonado; cruzando jadeante el gran puente oscuro hacia las calles y bulevares más amplios y salubres que me resultaban conocidos; aún guardo todas esas impresiones. Y recuerdo que no había viento ni luna, y que todas las luces de la ciudad resplandecían.

A pesar de mis búsquedas e indagaciones más cuidadosas, nunca he podido dar con la Rue d'Auseil. Pero tampoco me pesa tanto, ya sea por esto o por la pérdida en abismos no soña­dos de las hojas de letra apretada que eran lo único que podrían haber explicado la música de Erich Zann.










lunes, enero 21, 2008

"Oscuros ríos", de Juan Carlos Villavicencio

Hράκλειτος




VIII



Cuando se han prendido velas
o un abismo se impone donde sólo llueve.

Cuando la oscuridad ha olvidado el faro
i las naves han dejado de existir.

Cuando no hay ni fuego ni aire,
         sin vida ni muerte. 

Ahora.

Contra el inestable equilibro
de las cosas i sus formas.

Ahora.

Silencio sin eco ni lugar.






2007





domingo, enero 20, 2008

“Manifiesto (hablo por mi diferencia)”, de Pedro Lemebel





No soy Pasolini pidiendo explicaciones
No soy Ginsberg expulsado de Cuba
No soy un marica disfrazado de poeta
No necesito disfraz
Aquí está mi cara
Hablo por mi diferencia
Defiendo lo que soy
Y no soy tan raro
Me apesta la injusticia
Y sospecho de esta cueca democrática
Pero no me hable del proletariado
Porque ser pobre y maricón es peor
Hay que ser ácido para soportarlo
Es darle un rodeo a los machitos de la esquina
Es un padre que te odia
Porque al hijo se le dobla la patita
Es tener una madre de manos tajeadas por el cloro
Envejecidas de limpieza
Acunándote de enfermo
Por malas costumbres
Por mala suerte
Como la dictadura
Peor que la dictadura
Porque la dictadura pasa
Y viene la democracia
Y detrasito el socialismo
¿Y enconces?
¿Qué harán con nosotros compañero?
¿Nos amarrarán de las trenzas en fardos
con destino a un sidario cubano?
Nos meterán en algún tren de ninguna parte
Como en el barco del general Ibáñez
Donde aprendimos a nadar
Pero ninguno llegó a la costa
Por eso Valparaíso apagó sus luces rojas
Por eso las casas de caramba
Le brindaron una lágrima negra
A los colizas comidos por las jaibas
Ese año que la Comisión de Derechos Humanos
no recuerda
Por eso compañero le pregunto
¿Existe aún el tren siberiano
de la propaganda reaccionaria?
Ese tren que pasa por sus pupilas
Cuando mi voz se pone demasiado dulce
¿Y usted?
¿Qué hará con ese recuerdo de niños
Pajeándonos y otras cosas
En las vacaciones de Cartagena?
¿El futuro será en blanco y negro?
¿El tiempo en noche y día laboral
sin ambigüedades?
¿No habrá un maricón en alguna esquina
desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?
¿Van a dejarnos bordar de pájaros
las banderas de la patria libre?
El fusil se lo dejo a usted
Que tiene la sangre fría
Y no es miedo
El miedo se me fue pasando
De atajar cuchillos
En los sótanos sexuales donde anduve
Y no se sienta agredido
Si le hablo de estas cosas
Y le miro el bulto
No soy hipócrita
¿Acaso las tetas de una mujer
no lo hacen bajar la vista?
¿No cree usted que solos en la sierra
algo se nos iba a ocurrir?
Aunque después me odie
Por corromper su moral revolucionaria
¿Tiene miedo que se homosexualice la vida?
Y no hablo de meterlo y sacarlo
Y sacarlo y meterlo solamente
Hablo de ternura compañero
Usted no sabe
Cómo cuesta encontrar el amor
En estas condiciones
Usted no sabe
Qué es cargar con esta lepra
La gente guarda las distancias
La gente comprende y dice:
Es marica pero escribe bien
Es marica pero es buen amigo
Súper-buena-onda
Yo no soy buena onda
Yo acepto al mundo
Sin pedirle esa buena onda
Pero igual se ríen
Tengo cicatrices de risas en la espalda
Usted cree que pienso con el poto
Y que al primer parrillazo de la CNI
Lo iba a soltar todo
No sabe que la hombría
Nunca la aprendí en los cuarteles
Mi hombría me la enseñó la noche
Detrás de un poste
Esa hombría de la que usted se jacta
Se la metieron en el regimiento
Un milico asesino
De esos que aún están en el poder
Mi hombría no la recibí del partido
Porque me rechazaron con risitas
Muchas veces
Mi hombría la aprendí participando
En la dura de esos años
Y se rieron de mi voz amariconada
Gritando: Y va a caer, y va a caer
Y aunque usted grita como hombre
No ha conseguido que se vaya
Mi hombría fue la mordaza
No fue ir al estadio
Y agarrarme a combos por el Colo Colo
El fútbol es otra homosexualidad tapada
Como el box, la política y el vino
Mi hombría fue morderme las burlas
Comer rabia para no matar a todo el mundo
Mi hombría es aceptarme diferente
Ser cobarde es mucho más duro
Yo no pongo la otra mejilla
Pongo el culo compañero
Y ésa es mi venganza
Mi hombría espera paciente
Que los machos se hagan viejos
Porque a esta altura del partido
La izquierda tranza su culo lacio
En el parlamento
Mi hombría fue difícil
Por eso a este tren no me subo
Sin saber dónde va
Yo no voy a cambiar por el marxismo
Que me rechazó tantas veces
No necesito cambiar
Soy más subversivo que usted
No voy a cambiar solamente
Porque los pobres y los ricos
A otro perro con ese hueso
Tampoco porque el capitalismo es injusto
En Nueva York los maricas se besan en la calle
Pero esa parte se la dejo a usted
Que tanto le interesa
Que la revolución no se pudra del todo
A usted le doy este mensaje
Y no es por mí
Yo estoy viejo
Y su utopía es para las generaciones futuras
Hay tantos niños que van a nacer
Con una alita rota
Y yo quiero que vuelen compañero
Que su revolución
Les dé un pedazo de cielo rojo
Para que puedan volar.






1986






sábado, enero 19, 2008

"Consecuencias", de Sylvia Plath





Obligados por el imán de la calamidad
holgazanean y miran fijamente como si la casa
incendiada fuera suya, o como si pensaran
que un cierto escándalo pudiera exudar en cualquier minuto
de un armario lleno de humo a la luz;
Ninguna muerte, ninguna inmensa lesión
harta a estos cazadores después de una vieja carne,
rastro de sangre de las tragedias severas.

La madre Medea en un vestido verde
se mueve sencillamente como cualquier ama de casa a través
de sus arruinadas habitaciones, examinando
los zapatos carbonizados, la tapicería empapada:
Estafada por la pira y el dolor,
la muchedumbre aspira su última lágrima y se da vuelta.






viernes, enero 18, 2008

“Cómo conseguir que te publiquen”, de Charles Bukowski





Dado que he sido un escritor underground toda mi vida, he conocido a bastantes editores extraños. Pero los más extraños de todos fueron H. R. Mulloch y su mujer Honeysuckle. Mulloch, ex-presidiario y ex-ladrón de diamantes, editaba la revista Demise. Empecé a enviarle poesía e iniciamos una correspondencia. Él decía que, debido a mi poesía, ya no podía leer la de ningún otro. Le contesté diciendo que a mí también me pasaba lo mismo. H. R. empezó a hablar de las posibilidades de editarme un libro de poemas y yo dije, vale, magnífico, adelante. Él me contestó, no puedo pagar derechos, somos pobres como una rata. Yo contesté, vale, estupendo, olvidemos los royalties, yo soy tan pobre como la última teta arrugada de tu rata. Él contestó, un momento, conozco a la mayoría de los escritores y son unos completos gilipollas y unos seres humanos deleznables. Le contesté, tienes razón, soy un completo gilipollas y un ser humano deleznable. De acuerdo, contestó, Honeysuckle y yo iremos a Los Angeles a echarte una ojeada.

Semana y media más tarde, suena el teléfono. Estaban en la ciudad, acababan de llegar de Nueva Orleans y se alojaban en un hotel de la Calle Tercera rebosante de prostitutas, borrachos, carteristas, revientapisos, friegaplatos, atracadores, estranguladores y violadores. A Mulloch le encantaba el hampa y creo que amaba incluso la pobreza. Saqué la conclusión, por sus cartas, de que creía que la pobreza entrañaba pureza. Eso es lo que los ricos siempre han querido que creamos, por supuesto. Pero ésa es otra historia.

Fui con Marie en el coche hasta allá, deteniéndonos primero a comprar tres paquetes de botellines de cerveza y un litro de whisky barato. A la entrada, había un hombrecillo de pelo canoso, que debía medir un metro cincuenta. Vestía atuendo de trabajador, pero llevaba un gran pañuelo blanco al cuello y un sombrero blanco de copa muy alta. Marie y yo nos acercamos. Fumaba un cigarrillo y sonreía.

—¿Eres Chinaski?
—Sí —dije—. Esta es Marie, mi mujer.
—No, amigo —contestó—. Ningún hombre puede decir jamás que una mujer es suya. No son nuestras nunca, sólo las tenemos prestadas una temporadita.
—Sí —dije—, creo que así está mejor.

Seguimos a H. R. escaleras arriba y luego por un pasillo pintado de azul y rojo que olía a asesinato.

—El único hotel de la ciudad que pudimos encontrar en que nos aceptaron con los perros y el loro.
—Parece un buen sitio —dije.

Abrió la puerta de su habitación y entramos. Había dos perros corriendo de acá para allá y Honeysuckle estaba en el centro de la habitación con un loro en el hombro.

—Thomas Wolfe —dijo el loro— es el mejor escritor del mundo.
—Wolfe está muerto —dije—. Vuestro loro delira.
—Es un loro viejo —dijo H. R.—. Hace mucho que lo tenemos.
—¿Cuánto tiempo llevas con Honeysuckle?
—Treinta años.
—¿La pediste prestada un ratito?
—Así parece.

Los perros corrían de allá para acá, y Honeysuckle seguía en el centro de la habitación con el loro en el hombro. Era de piel oscura, italiana o griega, muy delgada, con ojeras cargadas; tenía un aire trágico, bondadoso y peligroso; sobre todo trágico.

Puse el whisky y las cervezas sobre la mesa, y todos se abalanzaron. H. R. comenzó a destapar botellines y yo empecé a desenvolver la botella de whisky. Aparecieron vasos polvorientos y varios ceniceros. A través de la pared de la izquierda, atronó de pronto una voz masculina:

—¡Puta asquerosa, quiero que mastiques mi mierda!

Nos sentamos y serví whisky para todos. H. R. me pasó un puro. Lo pelé, le arranqué la punta con los dientes y lo encendí.

—¿Qué piensas de la literatura moderna? —me preguntó H. R.
—No me interesa, la verdad.

H. R. achicó los ojos y me sonrió.

—Ja, ja, ¡estaba seguro de eso!
—Oye —dije—, ¿por qué no te quitas ese sombrero para que vea con quién estoy en tratos? Podrías resultar un ladrón de caballos.
—No —dijo, quitándose el sombrero con gesto teatral—. Pero fui uno de los mejores ladrones de diamantes del Estado de Ohio.
—¿Es cierto eso?
—Lo es.

Las chicas bebían.

—A mí me encantan los perros —dijo Honeysuckle—. ¿Te gustan los perros?
—No lo sé —dije.
—Él se gusta a sí mismo —dijo Marie.
—Marie tiene una inteligencia muy aguda —dije yo.
—Me gusta cómo escribes —dijo H. R.—. Puedes decir muchísimo sin extravagancias.
—El genio quizá sea la capacidad de decir una cosa profunda de una forma sencilla.
—¿Cómo dices? —preguntó H. R.

Repetí la frase y serví más whisky.

—Eso tengo que anotarlo —dijo H. R. Y sacó una pluma del bolsillo y lo anotó en el borde de una de las bolsas marrones de papel que había en la mesa.

El loro se bajó del hombro de Honeysuckle, cruzó la mesa y se me subió en el hombro izquierdo.

—Eso está bien —dijo Honeysuckle.
—James Thurber —dijo el pájaro—, es el mejor escritor del mundo.
—Cabrón estúpido —le dije al pájaro.

Sentí un dolor agudo en la oreja izquierda. El bicho casi me la arranca. Todos somos criaturas sensibles, pensé. H. R. abrió más cervezas. Seguimos bebiendo.

A la tarde siguió el anochecer y el anochecer se convirtió en noche. Desperté en plena oscuridad. Me había quedado dormido en la alfombra del centro de la habitación. H. R. y Honeysuckle dormían en la cama. Marie en el sofá. Los tres roncaban, sobre todo Marie. Me levanté y me senté a la mesa. Quedaba algo de whisky. Me lo serví y bebí una cerveza caliente. Me quedé allí sentado bebiendo. El loro se puso en el respaldo de una silla frente a mí. De pronto se bajó de allí y cruzó la mesa entre los ceniceros y las botellas vacías y se me subió en el hombro.

—No vuelvas a decirlo —le dije—. Es muy ofensivo para mí que lo digas.
—Puta jodida —dijo el loro.

Le cogí por las patas y volví a posarlo en el respaldo de la silla. Luego volví a la alfombra y seguí durmiendo. Por la mañana, H. R. Mulloch comunicó lo siguiente:

—He decidido publicar tu libro de poemas. Lo mejor sería irte a casa y empezar a trabajar.
—¿Quieres decir que comprendiste que no soy un ser humano deleznable?
—No —dijo H. R.—, nada de eso, pero he decidido ignorar mi buen criterio y, a pesar de todo, publicarlo.
—¿De veras fuiste el mejor ladrón de diamantes del Estado de Ohio?
—Sí, claro.
—Sé que estuviste en la cárcel. ¿Cómo te cazaron?
—Fue tan estúpido que prefiero no hablar de ello.

Bajé y compré un par de paquetes de botellines de cerveza y volví, y Marie y yo ayudamos a H. R. y a Honeysuckle a hacer el equipaje. Había cajas especiales para transportar los perros y el loro. Lo bajamos todo por las escaleras, lo metimos en mi coche, luego nos sentamos y acabamos la cerveza. Todos éramos profesionales: ninguno fue tan estúpido como para proponer un desayuno.

—Ahora eres tú el que nos debe visitar —dijo H. R.—. Vamos a preparar el libro. Eres un hijo de puta pero se puede hablar contigo. Esos otros poetas andan siempre atusándose las plumas y presumiendo.
—Eres un buen tipo —dijo Honeysuckle—. Los perros te quieren.
—Y el loro —dijo H. R.

Las chicas se quedaron en el coche y volví con H. R., que tenía que devolver la llave. Nos abrió la puerta una vieja de quimono verde y pelo teñido de un rojizo claro.

—Esta es Mamá Stafford —me dijo H. R.—. Mamá Stafford, le presento al mejor poeta del mundo.
—¿De veras? —preguntó Mamá.
—El mejor poeta del mundo —dije yo.
—Muchachos, ¿por qué no entráis a tomar un trago? Creo que lo necesitáis.

Entramos y tuvimos que trasegar un vaso de vino blanco caliente. Nos despedimos y volvimos al coche... En la estación de ferrocarril, H. R. sacó los billetes y fue a la sección de equipajes a que se hicieran cargo del loro y de los perros. Luego volvió y se sentó con nosotros.

—Me fastidian los aviones —dijo—. Me aterra volar.

Fui a comprar media pinta y nos la pasamos mientras esperábamos. Luego, empezaron a cargar el tren. Y cuando estábamos allí en el andén, haciendo tiempo, Honeysuckle saltó de pronto sobre mí y me dio un largo beso. Antes de apartarse, me metió la lengua rápidamente en la boca. Me quedé allí plantado, y encendí un puro mientras Marie besaba a H. R. Luego H. R. y Honeysuckle subieron al tren.

—Es un tipo legal —dijo Marie.
—Querida —dije—, creo que le diste un beso demasiado apasionado.
—¿Estás celoso?
—Yo siempre lo estoy.
—Mira, se han sentado en la ventanilla, nos sonríen.
—Es embarazoso. Ojalá saliera de una vez ese maldito tren.

Al fin el tren empezó a moverse. Dijimos adiós con la mano, claro, y ellos contestaron. H. R. tenía una sonrisa satisfecha y feliz. Honeysuckle daba la sensación de lloriquear. Parecía muy trágica. Luego, ya no pudimos verles más. Se acabó. Iban a publicarme. Poemas escogidos. Dimos la vuelta y escapamos de los andenes.







en Música de Cañerías, 1983

Texto completo en
http://bibliotecadescontexto.blogspot.com











jueves, enero 17, 2008

"Metz", de Álvaro Cunqueiro

Fragmento de La Cocina Cristiana de Occidente


Aún hoy vienen en algunos tratados «las alondras al obispo de Metz»: asadas y con nabos tiernos. Pero esto no quiere decir que los obispos de Metz fueran gente melancólica; casi todos fueron borgoñones y coléricos, dados a la caza, algo guerreros, influencia, sin duda, de la vecindad de las almenas y las fronteras, y un poco políticos. Comían alondras con nabos tiernos, pero también comían jabalí. Por allí el jabalí se sala y se ahuma, y se come cocido con castañas; éste es un plato primitivo y bárbaro que necesita mucho remojo de vino. De Estrasburgo, a paso de carga y por el bosquete de Belfort, vino la pierna de jabalí con salsa de coles, salsa sazonada con aguardiente de Ornain. Esta pierna de jabalí, así aderezada, aún se come en Metz.

En Metz, desde el obispo Marcelo de Cahors, se abusó de la mostaza. Parece ser que este obispo era «hombre de Cahors», en el peor sentido de la palabra, y no usaba bonete colorado porque tenía sombrero con borla. Trajo a Metz, de su ciudad natal, la usura y la mostaza. Lo mataron unos mercenarios alemanes en el puentecillo de Brévie. Tenía el obispo entonces treinta y cuatro años. Cuando salió por la Pont-Valentré de su muy noble ciudad de Cahors, camino de Avignon, aún no cumpliera los quince. Llegó a Avignon al mismo tiempo que Catalina de Siena. Si la virgen aquella de Siena lo hubiera visto pasar cuando se ponía en la puerta del palacio Papal, o cuando declaraba los pecados y las virtudes de los cardenales, ¿Qué le hubiera dicho a Marcelo? Marcelo era de oro y de gula, como un sátrapa de Oriente. El cabildo de Metz se quejaba constantemente de su mal ejemplo, no guardaba ayunas ni vigilias y reía siempre. Acariciaba monedas de oro al tiempo que comía las tiernas alondras, tiernas como la manteca, o bebía anisado con nieve para calmar la sed de la mostaza…

La repostería de Metz no puede quedar sin mención. Sus confites de yema, aún hoy son famosos. En Metz tuvo su horno el pastelero Ribaud que, como Matain de París, tiene una canción para cantar las niñas en el corro. Ribaud, como le pauvre Routeboeuff, sólo fue feliz a partir del momento en que enviudó. Su mujer era una alsaciana; seria, alta, gorda, rubia, como son las alsacianas, y también grave y dulce. Pero no hizo feliz a Ribaud, que era de Arlés, alegre como un verano, parlanchín, ruidoso como una feria de Baucaire. Madame Ribaud era extremadamente celosa, y sus lágrimas cortaban el delicado hojaldre que amasaba el pastelero. Ribaud pasó a la historia por sus yemas de canela, las famosas ribotinas que hoy son el orgullo de los confiteros de Colmar, el sursum corda de las yemas acarameladas.



1969



Contribución a Dscntxt de Juan Cristóbal Koch




miércoles, enero 16, 2008

“Yo no quiero volverme tan loco”, de Charly García





Yo no quiero volverme tan loco,
yo no quiero vestirme de rojo,
yo no quiero morir en el mundo hoy.
Yo no quiero ya verte tan triste,
yo no quiero saber lo que hiciste,
yo no quiero esta pena en mi corazón.

Escucho un bit de un tambor entre la desolación
de una radio en una calle desierta,
están las puertas cerradas y las ventanas también;
¿no será que nuestra gente está muerta?
Presiento el fin de un amor en la era del color,
la televisión está en las vidrieras;
toda esa gente parada que tiene grasa en la piel
no se entera ni que el mundo da vueltas.

Yo no quiero meterme en problemas,
yo no quiero asuntos que queman,
yo tan sólo les digo que es un bajón.
Yo no quiero sembrar la anarquía,
yo no quiero vivir como digan,
tengo algo que darte en mi corazón.

Escucho un tango y un rock
y presiento que soy yo,
y quisiera ver al mundo de fiesta.
Veo tantas chicas castradas y tantos tontos que al fin
yo no sé si vivir tanto les cuesta.
Yo quiero ver muchos más delirantes por ahí,
bailando en una calle cualquiera,
en Buenos Aires se ve
que ya no hay tiempo de más
la alegría no es sólo brasilera.

Yo no quiero vivir paranoico,
yo no quiero ver chicos con odio,
yo no quiero sentir esta depresión.
Voy buscando el placer de estar vivo,
no me importa si soy un bandido,
voy pateando basura en el callejón.

Yo no quiero volverme tan loco,
yo no quiero vestirme de rojo,
yo no quiero morir en el mundo hoy.
Yo no quiero ya verte tan triste,
yo no quiero saber lo que hiciste,
yo no quiero esta pena en mi corazón.
Yo no quiero sentir esta pena en mi corazón.









martes, enero 15, 2008

"Agárrense de las manos", de José Luis 'El Puma' Rodríguez






Si quieren venir conmigo
A la tierra de las flores
Si quieren buscar amores
De los que aman de verdad
No dejen que yo me vaya
Con el corazón vacío
No esperen a que haga frío
Para empezar a buscar
El calor de un buen amigo
Que les hable que les quiera
Que una palabra sincera
Puede las penas callar.

Agárrense de las manos
Unos a otros conmigo
Agárrense de las manos
Si ya encontraron su amigo
Juntos podemos llegar
Donde jamás hemos ido
Juntos podemos llegar
Unan sus manos conmigo

Si quieren meterse dentro
De la música y la fiesta
Hay algo que nada cuesta
Nadie tiene que esperar
Para levantar el alma
Para perder el sentido
Y para olvidar conmigo
Las cosas que hacen llorar
Para llamar en la puerta
Donde vive la alegría
Que lo que todos querían
Pronto lo van encontrar.

Agárrense de las manos
Unos a otros conmigo
Agárrense de las manos
Si ya encontraron su amigo
Juntos podemos llegar
Donde jamás hemos ido
Juntos podemos llegar
Unan sus manos conmigo

Agárrense de la ma-nos...

Agárrense de las manos
Unos a otros conmigo
Agárrense de las manos
Si ya encontraron su amigo
Juntos podemos llegar...

Agárrense de las manos
Unos a otros conmigo
Agárrense de las manos
Si ya encontraron su amigo
Juntos podemos llegar
Donde jamás hemos ido...

Agárrense de las manos
Unos a otros conmigo
Agárrense de las manos
Si ya encontraron su amigo...










lunes, enero 14, 2008

“La usura del tiempo”, de Mateo Goycolea





Entrada la noche se acercó al escritorio. Encendió el computador buscando antiguos archivos perdidos en la memoria. Sirvió un poco de cerveza y recordó el color azul de los adoquines en las calles de su infancia. Sabía que de una u otra forma ella tendría que escribir o llamar para darle las gracias. Esperó varias horas mientras bebía y pensaba las cosas que le tendrían ocupado la mañana siguiente.

-Es tarde Mario –le dijeron en el umbral de la puerta-, es tarde y mañana tienes que madrugar.

Mario sacó de su camisa el último cigarrillo que le quedaba. Caminó hasta su habitación y en el momento de encender la luz sintió un estallido. La ampolleta de su pieza se quemó y tuvo que buscar a tientas el encendedor que creía haber guardado en la chaqueta. Mientras buscaba con las manos dio vuelta el cenicero sobre la cama.

-Mierda, tendré que sacudir la frazada. Finalmente encontró el encendedor y prendió el cigarrillo en la oscuridad de la habitación. Esperó un rato y volvió al escritorio. Llenó nuevamente el vaso de cerveza. Pensó en Beatriz y decidió llamarla.

-Aló, Beatriz…
-Mario que bueno que llamaste, justo estaba calentando un poco de comida, cuéntame…
-Creo que esta noche no podré dormir, si estás de ánimo nos podríamos encontrar en el bar de siempre. Trato de reescribir un cuento que tú conoces y me gustaría llevarte el borrador para que lo leas.
-Ningún problema, nos juntamos a las once…

La comida de Beatriz se empezaba a quemar. Corrió a pagar el fuego de la cocina. Maldición –dijo-. Logró rescatar un poco de arroz y se los sirvió con un poco de ensalada que le había sobrado del almuerzo.

Dos horas más tarde, Mario se encontró con Beatriz en el bar según lo previsto. Beatriz sin embargo había llegado medio hora antes, tiempo en el que pidió una cerveza y fantaseó con la idea de llevar a Mario a casa. Le excitaba la idea de dejarse caer sobre él como si tuviese un desmayo repentino y quedar apoyada en su pecho por unos instantes. Mario llegó pidiendo disculpas a la cita y le contó a Beatriz los problemas que había tenido para cambiar el final del cuento. Beatriz observó con calma los gestos que Mario hacía mientras le explicaba.

-Mar del frío en un principio fue una novela colectiva. A un par de amigos que se aventuraban en las letras, decidí un día citarlos para explicarles cómo, toda la historia, con algunas pretensiones de ciencia paciencia-ficción, se desarrollaba en la luna.

Mario bebió de un sorbo lo que le quedaba de cerveza y llamó al camarero. Beatriz asentía y lo interrumpía cada cierto tiempo, para pedirle más detalles de la historia.

-En un principio hubo entusiasmo y se tejieron toda clase de historias. Se tomó la cartografía de la luna como sustrato para desarrollar una serie de personajes que vagaban por inmediaciones desoladas. Pero Mar del frío era la región al sur de la luna y su proximidad con el lado oscuro lo hacía extraño y misterioso. Cada cierto tiempo emprendían caminatas suicidas al lado oscuro, el oxígeno escaseaba y las estaciones de abastecimiento no siempre funcionaban. Aún así, los personajes se arriesgaban a explorar el lado oscuro. Aunque el narrador era un personaje secundario… no, dejaba de ser interesante había que olvidar una y otra vez las zonas que...

Beatriz escuchaba atentamente la historia mientras pensaba cuál sería en el momento más oportuno para invitar a Mario a su propia desarticulación.

Mario se sentó en el sofá que estaba frente a la ventana.

Mario se resistía a cualquier hermenéutica del inconciente y el psicoanálisis aunque en un principio le pareció importante, ahora le parecía un discurso entre discursos.

la nochesistemacirculatorio cede en esta mañana que va apagando sus luces hasta desvanecerse en el horizonte. A pesar de todos estos días sin escribir hay un ritmo que persiste. La idea del diluvio ha mojado las calles. La noche ofrece una resistencia que es anterior a la memoria y al tiempo. En la fisura se instala la mañana repentina como si fuese necesario dar con la sorpresiva entrada de la luz. Mario sortea las aprensiones de Betraiz y se desliza por debajodesusmediashúmedas y una multitud de personajes dejan su vestuario alrededor de la mesa filial, es gente de teatro, nos decimos entre la espesura de la luz mortecina. Lentamente nos tomamos la sopa de cebolla. Recuerdo el perfume de tu pelo a una hora incierta. Hoy sé que voy a despertar en el despeñadero de la madrugada, algún sueño funesto me abrirá los parpados como recogidos de un llanto contenido, pero el mentón permanecerá firme… no hay sobresaltos que se filtren, no hay retina que pueda retener esos momentos de sudor inconcluso… Acrílico traslúcido 1 cm de espesor

la ceniza se desploma sobre el cenicero transparente
ha sido un almuerzo excelente, sin duda
porotos granados con ensalada de tomates,
ají, albahaca, ajo picado en cuadritos,
cerveza,
un melón calameño que se deshace

entre ruidos palatales y nasales
mientras en el velador se apagan las cosas

el paladar seco
un desorden continuo entre la calle y la sala de espera
de la habitación oscura
un cuerpo muerto
la distancia se anula
te lavas los dientes y desayunas
sabes que no tienes nada que esperar y ensayas
Beatriz te espera recostada como la dejaste


te levantas y te acuestas
el pelo se está cayendo
te disgusta mirar en el reflejo
la cara raída
a la altura de una barba bien cerrada

la espera fue mudando los rostros del cansancio

cada cual en su pequeña estación de trabajo traduciendo
insomnios que se expanden
rincones del departamento que olvidamos bajo el polvo, o
quizá oscuros intersticios de la paranoia que fugan

el intervalo del insomnio es más impreciso por los remedios que tomaste

un manto reactivo y una botella de vino
paseos,
pensamientos trilcearios
oberturan
Mi espalda suda alcohol / trayectorias incompletas / Beatriz en pequeñas gotas que se evaporan en la cintura. Estoy fuera de aquí pero me disemino vocálico impertérrito, los libros se queman con un ardor de miradas que se cierran a la visión consonante. Hay que sacar conclusiones de contusiones Mario. Aversión. Basta.
Telón de fondo, luces de luciérnagas
flotan en la orilla de tus ojos,
por un momento voy surcando con la lengua un canal imperceptible
para regar la desolación de la quijada que se abre hasta que el grito
deja todo en el silencio de una herida remota.








Texto leido en Taller Uff! 11º Aniversario, diciembre 2007









domingo, enero 13, 2008

"Cuando era oscuro", de Tu Fu





Cuando era oscuro, llegué a la aldea de Shih-hao,
Tarde en la noche llegó un oficial a reclutar hombres.
El viejo de la casa se trepó a la pared y huyó,
La vieja abrió la puerta.
¡Cómo explotaba en furia el oficial enojado!
¡Qué amargamente lloraba la mujer! Escuché lo que la mujer decía:
"Tenía tres hijos para la defensa de la ciudad de Yeh.
Sólo uno de los tres me envió una carta,
A los otros dos chicos los mataron en batalla.
El único que queda puede no vivir mucho,
               Los muertos se van para siempre.
No hay más hombres en la casa,
Excepto mi nieto que todavía toma el pecho.
Es por él que su madre se queda con nosotros,
Sin embargo, no tiene una pollera entera para salir.
Aunque soy vieja y no tengo fuerzas,
Déjeme ir con usted, oficial.
Para responder a un llamado urgente de Ho-Yang,
Por lo menos puedo cocinar para los soldados".
Más tarde la conversación se detuvo,
Lo que oí fue algo como llanto.
Al amanecer salí para proseguir mi viaje,
Sólo pude decirle "Adiós" al viejo.






sábado, enero 12, 2008

“Un vacío en la historia”, de Alan Meller





D
urante el despegue no pensó en nada más. Le gustaba sentir la inercia de su cuerpo contra el asiento. Un cosquilleo suave en el estómago, apenas nervioso. Cuando el avión llegó a los mil pies y se estabilizó, Sergio soltó su cinturón de seguridad y volvió a pensar en ella. No quería hacerlo. Quería que los hechos precipitaran los acontecimientos. No quería llevar todo un discurso memorizado. Sabía que ante cualquier cambio en la escena imaginada, toda su estrategia se derrumbaría. No quería, bajo ningún motivo, comenzar a imaginar las distintas escenas posibles y sufrir de antemano situaciones elaboradas desde la desesperación.

Los antecedentes de esta historia son vulgares. Sergio se enamora de Paty en el colegio. Primero medio, creo. Le toma seis meses conquistarla. Al final de ese período, mientras acaricia la mano de Paty entre las suyas, Sergio le saca un anillo y se lo guarda. Es un anillo de fantasía, sin valor económico ni afectivo. Paty le pide que se lo devuelva. Sergio le dice que lo hará el día que se casen. Paty sonríe y se da cuenta que ha comenzado a enamorarse. Sergio guarda el anillo. Se besan con ternura, estableciendo un pacto. Sergio no saca el anillo hasta siete años después. Durante ese tiempo, Sergio y Paty mantienen una relación que sólo se triza una vez, por una infidelidad de él. Poco antes de cumplirse los siete años Paty acepta un viaje de intercambio a una universidad de California. Son seis meses. Es la primera separación entre ellos y Paty le asegura que lo único que puede hacer una separación de ese tipo es fortalecer la relación. Intenta convencerlo que será lo mejor para ambos. Sergio acepta, pues comprende que la decisión no es suya, que oponerse a la de ella sólo complicaría más las cosas. Acepta sin entender en qué puede beneficiarlos la separación. Eso es algo que jamás entendió, pero que no le vio sentido cuestionar. El final de los antecedentes de esta historia es aún más vulgar. Paty comienza a salir con un compañero de la facultad en San Diego. Sergio se entera y al día siguiente toma el anillo que guardaba en el cajón, saca sus ahorros del banco y compra un boleto de avión hacia California.

Sabía que la película tardaría algo más en comenzar. Todavía no le servían la comida. A su lado izquierdo estaba la ventana, un vacío oscuro, una pantalla negra. A su otro costado había un hombre de cuarenta años con los audífonos puestos y los ojos cerrados. Sergio no podía dormir. Lo había intentado, pero el resultado había sido pesadillezco. Apenas cerraba los ojos surgía la imagen de un chico rubio, jugador de fútbol americano, un mariscal de campo con una sonrisa perfecta, dándole por el culo a su Paty. Al cerrar los ojos lo invadían imágenes sexuales. Paty tragándose la verga del mariscal de campo. Casi nada más, una sucesión de la misma imagen, repitiéndose una y otra vez. Incluso en algún momento la imagen lo llegó a excitar y aquello le produjo aún más dolor. Si su mente le hubiese dejado espacio para retener cualquier otra información que no estuviera referida a Paty, habría descubierto la intrincada relación entre la excitación sexual y el dolor. Pero no podía pensar en nada más.

Si cerraba los ojos era sexo, y si los abría, el entorno le hablaba de ella. La azafata se le acercaba para ofrecerle alguna bebida y él pedía mineral con gas, suave, como le gustaba a Paty. La película no empezaba y su cabeza se llenaba de preguntas. Sabía que corría un riesgo al no avisarle de su llegada, pero no podía ser de otra manera. Más de una vez se imaginó entrando por la puerta y sorprendiéndola en brazos del jugador de fútbol americano. Aun comprendiendo el absurdo de esa imagen televisiva, pues le sería inevitable tocar el timbre y avisar de su llegada antes de abrir la puerta, dando el tiempo necesario para evitar la sorpresa, la imagen volvía una y otra vez. Pertenecía a las imágenes con los ojos cerrados. Con los ojos abiertos surgían también los diálogos. Sergio se quedaba mirando la ventanilla, que parecía un monitor apagado, y comenzaba a reproducir las primeras palabras. Paty y su sorpresa, ¡Sergio!, ¿qué haces aquí? Sabía que ese primer segundo era fundamental. En cómo construyera esa primera frase, debía ser capaz de descifrar el desarrollo del resto del encuentro. Estaban los ojos. Los ojos no mienten, se decía Sergio. Imaginaba los ojos abiertos de Paty, la imagen congelada en esa mueca. Demasiado abiertos podía ser bueno o malo. Los ojos no mienten, pero son insuficientes, se corregía Sergio. Si tiene los ojos abiertos significa que está sorprendida, pero la sorpresa puede ser agradable o desagradable, y eso a final de cuentas es lo que deseo saber, pensó. Si tiene los ojos abiertos, grandes, enormes y celestes, pero no hay una sonrisa en su boca, entonces todo será un desastre. Así de simple. Si hay una sonrisa, aún no estará todo dicho. La simulación y el nerviosismo son dos causas insatisfactorias de una sonrisa bajo unos ojos demasiado abiertos.

La azafata le extendió una bandeja. En el gesto se abrió apenas su blusa y Sergio dirigió su mirada a los senos de la azafata. Ella lo notó y sonrío. Sergio se sintió incómodo, tomó la bandeja y le agradeció sin mirarla. Abrió cada una de las bolsas de plástico, de los cubiertos, el pan, la servilleta, la sal, el azúcar, y apenas le sintió el sabor a la comida. Esperó con impaciencia a que la azafata retirara la bandeja. Esa vez ella no le sonrió, ni él a ella. No entendía como Paty podía estar en los brazos de otro hombre. Él había sido el primero, el único y había soñado con mantener esa situación. ¿Y si le gustaba más follar con otro hombre que con él? Esa pregunta volvía a presentarse cada dos o tres horas.

Sergio tomó el instructivo del avión en caso de accidentes. Se quedó mirando los dibujos de las salidas de emergencia, las posiciones de impacto. Quiso practicar la posición, la cabeza entre las rodillas, las manos protegiendo la nuca, pero en vez de hacerlo, metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó una pequeña bolsa de terciopelo. La abrió y de su interior apareció el anillo. Lo miró con detención, por primera vez en más de siete años. Quizás por primera vez en su vida. Era un anillo de vidrio rojo, con una flor amarilla y azul en la parte más gruesa. Era delicado pero infantil. De pronto, una nueva cuota de angustia lo acechó. Imaginó la situación. Él entregándole ese anillo. Ese anillo y no uno de compromiso. ¿Lo recordaría ella? ¿Recordaría la promesa que él había depositado sobre ese anillo? ¿Y si no lo reconocía? Desde luego él ya había pensado en utilizar alguna frase que hiciera mención a su promesa pretérita. ¿Qué haces aquí?, le diría ella. Vine a devolverte tu anillo, le diría él, cásate conmigo. Eso era todo. Entonces ella debía lanzarse a su cuello, besarlo y... serían felices para siempre.

Estaba comenzando la película y eso lo tranquilizó. Podría olvidarse de sí mismo durante algunas horas. La primera era una de acción. John Travolta pertenece a la fuerza aérea norteamericana, está por jubilarse, pero tiene una última misión que le permite desplegar sus más enconados instintos malévolos. Secuestra la bomba nuclear que transporta. La película es perfecta. Una trama estúpida que no exige pensar, escenas que no alcanzan a apresar los nervios y, por sobre todo, imágenes carentes de sexualidad. La única relación es tan insípida que no le alcanza a recordar a Paty. La siguiente película fue un problema: una historia de amor por e-mails. Estúpida, también, pero capaz de producir daño en el intranquilo espíritu de Sergio. Se sacó los audífonos e intentó dormir. Cerró los ojos y escuchó en su cabeza las palabras que Enzo le dijo, No sé si será verdad, pero apenas lo escuché supe que tú tenías que saberlo, o sea, que yo tenía que contártelo, porque eres mi amigo, y no quiero que anden hablando a tus espaldas. Hasta ahí todo iba bien. Sergio esperaba escuchar una serie de inocentes habladurías. Escuché decir que la Paty está con alguien. La Paty está con alguien. Esa frase casi no la entendía. Había deambulado tantas veces por su interior que estaba perdiendo el sentido. La primera vez que la había escuchado, cuando Enzo la dijo, los contornos de su visión se oscurecieron, la presión le bajó y las pulsaciones aumentaron. Todo el conjunto de sensaciones que se apoderaron de él le parecieron intolerables. No podía pensar con claridad. Sentía que tenía que hacer algo rápido. Lo primero era averiguar más información. Enzo trató de tranquilizarlo. Le dijo que se trataba de un compañero de la Facultad y siguió hablando con una serie de frases ambiguas que Sergio ni siquiera escuchó. La Paty está con alguien. Eso era todo lo que llevaba consigo. Esa frase y un anillo de cristal. No podía entender esa frase. La Paty sólo había estado con él, siempre había estado con él. Cómo ese alguien podía llegar a ser otro distinto a él.

La película terminó y Sergio aprovechó el movimiento de su compañero de asiento para ir al baño.

Al volver, se colocó los audífonos del avión y buscó en el brazo del asiento alguna pista que lo llevara lejos de sus pensamientos. Dejó Tom Waits. Era la primera vez que lo escuchaba. Le había gustado su voz desgarrada, como arrastrándose por el pavimento. Sabía que no importaba cuánto tiempo pasara, cada vez que volviera a escuchar ese disco recordaría ese viaje. Eso era algo que no cambiaría con los hechos que vendrían a continuación. Quedaría anclado a la angustia que sentía en esos momentos. Ese disco de Tom Waits sería el souvenir que guardaría del miedo que sintió en ese viaje.

Sergio estaba aterrorizado, no acostumbraba a tomar ese tipo de decisiones. Nunca había tenido la necesidad de tomar ese tipo de decisiones. No conocía a nadie que lo hubiese hecho antes. No disponía de estadísticas acerca de cómo solían terminar esas situaciones. En su profesión las estadísticas eran fundamentales. Solían determinar si un paciente se operaba o no. Un veinte por ciento de éxito, solía ser un no. Un ochenta, un sí. Pero él no disponía de datos. No conocía a ni una sola persona, ni siquiera había visto una sola película en la cual el hombre engañado por su pareja cruzara de un hemisferio al otro para pedirle matrimonio, en un acto que, claramente, exhibía su desesperación.

Cuando iba en la cuarta canción del disco, titulada Temptations (pero esto Sergio no lo sabía), se interrumpió la música. Sergio abrió los ojos y pudo ver que parpadeaba la señal de abrocharse los cinturones, al mismo tiempo en que el piloto le comunicaba a través de los audífonos, que atravesarían turbulencias durante los próximos minutos. Entonces la música continuó y el avión comenzó a agitarse. Un descenso brusco y vertical hizo que Sergio tomara su estómago entre sus manos y recordara la montaña rusa de Fantasilandia. Sin embargo, en un viaje en una montaña rusa lo que produce adrenalina es la velocidad y el vértigo, pero nunca una sensación próxima a la muerte. No es la vida lo que está en juego. Pero cuando un avión es el que desciende como si cayera al vacío, la mente se llena de ideas sobre la muerte. No hay que estar en la situación emocional de Sergio para pensar acerca de la muerte durante un viaje en avión. Menos cuando hay turbulencias. Una vez me tocó un viaje durante el cual, la señora que estaba sentada a mi lado, cuando el avión se agitó precario frente a la naturaleza, me tomó de la mano, como si con ese gesto me dijera que no quería morir sola, que reemplazara por un instante a su marido, o a su hijo, ya no recuerdo.

El avión no paraba de sacudirse. Las azafatas estaban en sus asientos, con los cinturones abrochados. Sergio buscó los ojos de la única azafata que veía desde su asiento. Parecían los ojos de un ciervo asustado por el reflector de un cazador. Los ojos no mienten, pensó. La boca de la azafata sonreía. En este caso, los ojos me bastan, pensó. Esto es serio, pensó. El avión no se estabilizaba y una de los maleteros que hay sobre los asientos se abrió. Las cosas que habían en su interior aún no caían. Una azafata y el pasajero que estaban bajo el maletero desabrocharon sus cinturones e intentaron mantener el equilibrio para cerrarlo sin caerse. Sergio miró el rostro del resto de los pasajeros. Todos, sin excepción, estaban asustados. Los pensamientos de Sergio se llenaron de ideas de muerte. Primero las imágenes del colapso. El avión despedazándose como en las películas. Gente volando por los aires, caos, estallidos eléctricos, gente muerta con los cinturones de seguridad abrochados. O un reventarse contra la Tierra. Esa imagen era más tenue, menos precisa, algo más inmediato, parecido a una explosión. Luego vendría toda la serie de imágenes de cómo sigue la vida de uno sin uno. Los noticiarios. La familia enterándose. La familia estremeciéndose de dolor. Los amigos desconsolados. Y Paty... Alguien le comunicaría la noticia, probablemente por teléfono, y el rostro de Paty demudado en una mezcla de tristeza y culpa, se desvanecería en un llanto de semanas, de meses, quizás. Mientras ella lo pasaba bien con su chico californiano, Sergio volaba en pedazos en su intento de llegar hasta ella para pedirle matrimonio. Yo soy la culpable, pensaba Sergio que pensaría Paty. Si muero ahora dejaré una cicatriz indeleble en la vida de Paty, pensó Sergio en el preciso instante en que el avión recuperó la estabilidad como si hubiese encarrilado en la masa de aire adecuada. Minutos después, la luz de abrocharse de los cinturones se apagó y todo volvió a la normalidad.

Me queda dando vueltas lo que Sergio pensó durante las turbulencias. No digo que yo, en una situación de esas características no pensaría lo mismo, exactamente lo mismo. Pero, ¿por qué alguien que ama a otra persona puede llegar a desear que esa persona cargue con la culpa el resto de su vida?

El disco de Tom Waits finalizaba. Sergio estaba exhausto. Llamó a la azafata y le pidió un vaso con agua. El aire presurizado del avión le había secado la boca. Si algo bueno tenía ese aire desprovisto de humedad era que evitaba la creación de lágrimas. Sergio había llorado la noche en que Enzo le fue con la historia. No quería seguir llorando y el aire facilitaba su decisión. La azafata le entregó un vaso plástico transparente con agua. Sergio tomó una pastilla de su bolso, la introdujo en su boca, bebió todo el contenido del vaso y quince minutos después estaba durmiendo.

Lo despertó la azafata para pedirle que enderezara su asiento. Estaban por aterrizar. Sergio no recordaba sus sueños. Había conseguido descansar y quería seguir haciéndolo. Miró por la ventanilla: casas pequeñas, autos pequeños, gente pequeña. Desde la altura todo parecía andar sin problemas. Por un momento se sintió optimista. Cerró los ojos y siguió durmiendo hasta el momento en que las ruedas del avión hicieron contacto con la tierra. Cuando se apagó el aviso de mantener el cinturón de seguridad abrochado, aún esperó unos minutos más. Esperó a que la gente que estaba más apurada bajara primero. Miró por la ventanilla ese país en el que nunca había estado, en el que sólo conocía a una persona. Venía del final de la primavera y había llegado al comienzo del invierno. Todo era gris, transparente, afilado. La luz del exterior, como si los objetos hubiesen perdido el color, lo intranquilizó. Respiró hondo e intentó animarse, darse fuerzas. Cuando se levantó del asiento pensó que ya todo estaba decidido. Desde es ahí en adelante, cada gesto tendría una dirección, un sentido, una finalidad: estar frente a Paty hasta pedirle que sea su mujer. Ésas eran todas sus cartas. Las mostraría y luego sólo le restaría por ver la jugada de Paty.

Sergio siempre supo elegir lo que quería en su vida. Siempre lo había conseguido. De pequeño quiso estudiar medicina y lo había hecho. Cuando entraba en la adolescencia se sintió enamorado de Paty y logró seducirla. En ambas oportunidades había desarrollado una estrategia lenta, calculada y laboriosa. Esta vez era lo opuesto, era terapia de shock, una estrategia que había surgido espontánea y que se resolvería, definitivamente, en un instante, escrito en los ojos de Paty.

Sergio se levantó del asiento y no se detuvo hasta encontrarse frente a los ojos de Paty. Hasta ahí llega la historia que jamás conocí. El espacio vacío que tuve que reconstruir. Lo que imagino tuvo que haber sido el viaje en avión de Sergio. De lo que vino luego me enteré por fuentes más directas.

Algunos años después del encuentro entre Sergio y Paty, viajando por Chiapas, conocí a Enzo. Fue una extraña coincidencia que me hizo creer que de ahí tenía que sacar algo, una enseñanza, al menos una historia para contar. Yo no sabía quién era Enzo, o más bien no sabía que ese Enzo era el mismo de la historia de Sergio y Paty. Estábamos en Palenque, en un lugar parecido a una selva, colgando de unas hamacas, tomando hongos y conversando. De pronto, llegamos a historias de amor fatídicas. Y Enzo comenzó a contar la historia de Sergio. Al reconocer a los personajes de su historia quise detenerlo, decirle que conocía la historia, que estábamos a un nexo de distancia, de lo chico del mundo y esas cosas, pero preferí contenerme. Aguardé y quise escuchar la historia de boca de Enzo. Ya había escuchado de los dotes de prolijo informante de los que estaba dotado. Nada de lo que contó fue muy distinto a la historia que yo conocía. Me dio a saber algunos detalles sugerentes. Sin embargo, lo que llamó mi atención fue algo que agregó hacia el final. Dos noches antes de que Enzo partiera a México, se había encontrado con Sergio en un bar. Un encuentro casual. Ya no solían verse como años atrás. Tomaron una cerveza juntos. Sergio se veía desanimado. Y Enzo le preguntó qué le sucedía. Sergio le contó a Enzo (y Enzo me contó a mí) que llevaba meses sin tener sexo con su mujer. Que ella ya no lo disfrutaba. Me gustaría alguna vez en mi vida tener sexo con una ninfómana, ésas fueron sus palabras. Qué extraño, pensé. Lo sentí por ella.

Al escuchar la historia me quedé pensando en el viaje de Sergio. Ese día con Paty habíamos ido a un parque de diversiones de San Diego, el Belmont Park. Mientras caminábamos, Paty no dejaba de compararlo con la precariedad del único parque de diversiones de Chile, del cual recuerdo muy bien su nombre, Fantasilandia. Me gustaba ese nombre, como si con él evocara todo lo que se de Chile, el recuerdo de Paty, Enzo, y la historia de Sergio, todo reunido en esa palabra.









Texto leido en Taller Uff! 11º Aniversario, diciembre 2007









viernes, enero 11, 2008

"Los signos de la naturaleza", de Elicura Chihuailaf





Primer día de 2008. Mientras transito por la carretera veo levantarse la humareda del Llaima. Parece despertar el volcán pero ha estado siempre alerta, dialogando con los ríos, con el aire que sostiene sus fumarolas, con las nubes que como botes sobre el cráter nos anuncia la lluvia. Desde mi infancia escucho su diálogo sonoro con el cerro Rucapillan.

Rememoro el Relato del Azul (del origen) que nos contaron nuestros(as) Mayores. A orillas de los volcanes habitan los espíritus superiores –nuestros Pvllvam- que regresan desde el país Azul. Pienso en La Araucana de Ercilla. Hasta en las nubes –rayos, relámpagos y truenos- se manifestaba el combate, nuestros Pillan luchando con los Pillan españoles. Porque, como dice Ercilla, nuestro Pueblo fue generoso, pero ellos llegaron arrasando todo. “Esta gente no tiene alma”, dijeron, y no se dieron cuenta que la generosidad de nuestra Gente llegaba al extremo que aún siendo ellos invasores les fueron concedidos también Pillan.

Hoy seguimos viviendo la invasión violenta que hace más de un siglo inició el Estado chileno; seguimos viviendo la desazón de saber que mucha de nuestra gente sufre el aterrador ataque de la policía. En una carta -dirigida al Relator Especial de Derechos Humanos y Libertades Fundamentales de los Indígenas, Rodolfo Stavenhagen- el senador Alejandro Navarro alude a las llamadas “Ley de Seguridad Interior del Estado" y "Ley Antiterrorista": “Desde entonces alrededor de 300 mapuche, hombres, mujeres y ancianos, han pasado por diversas cárceles chilenas. Más de diez ministros especiales y nueve fiscalías militares se han encargado de investigar acciones de protesta social indígena enmarcadas en un conflicto que se agudiza año tras año y donde el reclamo por el territorio usurpado a las comunidades sigue siendo el factor principal de confrontación.

La cifra total de personas sometidas a proceso en el mismo período se eleva por sobre las 500, y en la actualidad, alrededor de 150 personas se encuentran sometidas a proceso por tribunales civiles y fiscalías militares por su participación en movilizaciones, ya sea en zonas urbanas o rurales. A esa cifra, se suman órdenes de detención vigentes contra una veintena de comuneros, además de 15 presos recluidos en las cárceles de Traiguén, Lebu, Temuco, Lautaro y Angol”.

Miro hacia el oriente: pienso en nuestros Antepasados muertos y contemplo el Llaima que es la metáfora de este tiempo. La Naturaleza es una unidad, un todo que dialoga en la diversidad. Y nosotros somos sólo una parte más en ella. Por eso luchamos, nos está diciendo nuestra lamgen Patricia Troncoso, que -como mujer- posee la fuerza de la Tierra.

Así escribí la semana pasada en parte de esta columna en la que ahora manifiesto mi pena y rabia por el cobarde asesinato de nuestro peñi Matías Catrileo, baleado por la espalda por un carabinero. Mientras la autoridad política chilena decía que debe "ser enérgica en lo que corresponde a la defensa del Estado de Derecho", la autoridad armada -un oficial de carabineros- declaraba a la prensa que tal acción había sido "en legítima defensa"; y lo más probable es que en los días venideros veamos cómo el Estado otra vez intenta dejar en la impunidad al agresor (como ocurrió con el asesino de nuestro peñi Alex Lemun).

Conforme a su conveniencia, casi siempre en contra de nosotros los indígenas, la autoridad chilena golpea la mesa o guarda cómplice silencio. El Observatorio de Derechos de los Pueblos Indígenas denunció que comunidades aledañas al predio del latifundista Luchsinger fueron reiteradamente allanadas, con destrozos en viviendas y sembrados. ¿Qué dijo entonces la autoridad?

La señal de Radio Bío Bío entregándonos la voz entrecortada de uno de nuestros peñi que corría resguardando el cadáver de Matías, es la dramática síntesis de nuestra historia mas también la evidencia de la sensibilidad de tantos chilenos y chilenas. Por eso ahora, en nuestros corazones y con nuestras lágrimas, parlamenta el volcán Llaima.





10 de enero, 2008.









jueves, enero 10, 2008

“El Final de la Historia”, de Miguelanjel Acosta






Nos convertimos en las historias
que contamos sobre nosotros mismos.
Paul Auster




Estaba sentado frente al computador tratando de responder a una pregunta espontánea que había anidado en su cabeza segundos atrás. La página exhibía un par de garabatos, seudo-ideas que significaban una nada irremediable, una nada representada como lo opuesto a la ausencia de un objeto o un sentimiento tangible. Alguien podría decir que las ideas esbozadas sobre la pantalla conducían, o no, hacia algún lugar, pero eso implicaría la aceptación de la literatura como un vehículo de transporte. Así las cosas, lo mejor es decir que sus ideas eran un reflejo deslavado de lo que era incapaz de expresar. Un acierto sería pensar que hasta ahí todo era un asunto de estilo, o más bien, la búsqueda e incorporación de éste al mundo de las ideas y su extraña y negativa fusión en la mente del individuo que permanecía con la vista fija en el monitor.

Era una tarde de otoño, un otoño sin hojas, sin lluvia y sin viento. Su casa tenía dos pisos y un ático. Él se encontraba ahí la mayor parte del tiempo, en una pequeña buhardilla desde donde podía ver el mar. A esa hora sus hijas estaban en el colegio. Su esposa había salido en la mañana en un viaje de negocios y no pensaba regresar hasta el día siguiente. Estaba solo y en su cabeza aquella voz no dejaba de repetir lo mismo.

La noche anterior casi no pudo dormir, los ojos parecían borrados, niebla densa sobre las pupilas marchitas. Al despertar esa mañana decidió que lo mejor sería mantener todo en secreto, que pasara lo que pasara, lo mejor sería callar. La luz del sol apenas aparecía sobre el horizonte. Una línea de un rojo intenso circundaba el espacio. Pensó en Sábato y en su teoría de monstruos despertando al caer la tarde. Si monstruos despertaban al final del día, ¿quién despertaba al inicio de éste?

Como decía, las colinas dibujaban contornos anunciando el comienzo o el final de algo que traería consecuencias irreparables. ¿Cómo podemos comprender la condición humana tan cambiante y conflictiva? ¿Cómo podemos entender lo que pasa por la cabeza de un individuo en el momento en que decide cambiarlo todo?

A las 5:45 AM salió a la terraza y miró el amanecer de las cosas. En su bata llevaba un paquete de cigarrillos aún sin abrir. Recordó la época escolar y golpeó la cajetilla boca abajo contra la palma de su mano, apretando así un poco más el tabaco. Encendió el primero, le dio un par de pitadas y lo arrojó al vacío. Repitió el mismo proceder con un segundo y un tercero. Luego regresó a la casa y se preparó una taza de café. Se sentó frente al televisor y comenzó a ver deportes, basketball, y fútbol americano en su mayoría. En momentos así pensaba en cuán fácil es olvidar algunas cosas. De niño, en su país natal, el único deporte conocido era el fútbol. Todos lo jugaban, todos lo hablaban. Porque la verdadera importancia de un deporte en las raíces de un pueblo no radica en la gente que lo juega, sino en la que lo piensa, la que lo habla. Ahora el fútbol no significaba nada, como tantas otras cosas que habían sido olvidadas.

Después de unos momentos, que bien pudieron haber sido horas, las niñas despertaron. En la cocina les preparó huevos, unas tostadas y chocolate caliente con leche. A pesar de seguir con los ojos a sus hijas, su mirada estaba fija en otras cosas. Su esposa le preguntó si le pasaba algo, que por qué tenía la vista tan extraviada. No tuve una buena noche, contestó. ¿Pesadillas?, sugirió ella simulando interés. Difícil decir, no he pensado en ello aún. Su mirada se posó sobre las niñas y sintió nostalgia de los tiempos idos, o de los que vendrían, un sentimiento extraño que no supo explicar. Las chicas terminaron el desayuno y fueron a sus cuartos a vestirse. Desde hacía seis meses lo hacían solas y eso las llenaba de orgullo. La pareja se quedó en silencio bebiendo café en la cocina. Él fue el primero en interrumpirlo. Tuve un sueño, en él estábamos todos viviendo juntos, mis padres, mis tres hermanas y yo. Todos más viejos, pero aún no habían llegado hijos a nuestras vidas. Yo estaba leyendo un libro en el baño, París no se Acaba Nunca, creo, sentado en la taza, fumando un cigarro. De pronto mi hermana Carla entraba corriendo a la casa diciendo que Júpiter se estaba apagando. Nadie le prestó mayor atención. Yo me levanté lo más rápido que pude y salí a mirar al patio. El enorme planeta era una pequeña luz roja que luchaba por mantenerse en pie, hasta que no podía más, hasta que desaparecía del firmamento. Carla y yo sentimos cómo un vacío inmenso nos llenaba el alma. Lágrimas secas se deslizaban por todo nuestro cuerpo. Después de eso comenzaron a caer los asteroides, los cometas, los meteoritos, los otros planetas. Podías verlos en el cielo, describir sus parábolas. Y cada estallido era un nuevo temblor que remecía todo en una noche gigantesca. La noche en que el mundo iba a dejar de existir.

Cuando el hombre que da vida a esta historia terminó su relato, ella no supo qué decir. En realidad le molestaba el hecho de que alguien le contara sus sueños, lo encontraba inútil, una absoluta pérdida de tiempo. Ella quería hablar de su trabajo, de lo excitante que serían sus próximas horas, de todas las posibilidades que se abrirían después de esto. Pero tuvo que callar, por respeto y también por miedo a esa mirada que se había anidado en los ojos de su marido días, quizá meses atrás.

Ella estaba hermosa ese día, hermosa y serena. Sus ojos estaban tranquilos, quietos de emoción y ternura. Era, sin duda, un día importante, ‘si todo sale bien podremos asegurar nuestro futuro’, le había mencionado días antes. Y él esperaba eso, creo que todo el mundo lo esperaba. Después de todo, su mujer poseía una disciplina que costaba encontrar entre los mortales.

Por años había intentado en vano parecerse a ella, aplicar el mismo criterio y disciplina a su vida. Porque desde que recordaba, siempre intentaba imitar aquello que admiraba o amaba. La única razón por la cual no había terminado como su padre se encontraba ahí, en la total ausencia de admiración, o amor, que habitaba el corazón de ese hombre.

Su mujer fue la primera en dejar la casa, llevaba un traje de dos piezas de color negro bastante sobrio y la cabellera roja formaba lo que parecía ser una serpiente retorcida sobre su cabeza. Ella no usaba maquillaje, y Lem pensó en cuán bella llega a ser una mujer con la cara limpia. Se besaron en el umbral de la puerta, sus labios, los de ella, sabían frescos y tibios, mientras los de el estaban fríos y cansados. Ella se alejó sintiendo cómo su mirada se posaba en su cuello y en la tibieza de sus formas. Subió a su Prius negro y se despidió haciendo un gesto con su dedo índice, un juego de aquellos que se inventan cuando el amor lo puede todo.

Una vez que las niñas estuvieron listas, Lem las subió a su auto y partió rumbo a la escuela en dirección norte, enfrentando aquel añejo viento canadiense que amenazaba con congelarlo todo. Céline y Jules iban sentadas en el asiento trasero cantando una vieja canción que el abuelo materno les había enseñado en su última visita. Lem las miraba por el espejo retrovisor y la nostalgia ya casi le rompía el alma. Sentía, sin querer, cómo el pecho se le llenaba de pena y cómo una lágrima inesperada se dejaba caer desde la esquina de su ojo derecho. El sabor salado se escurrió por la comisura de sus labios.

Su mujer nunca le preguntó qué había hecho después de la pesadilla. Si lo hubiera hecho, Lem probablemente le habría contado, entre lágrimas de desesperación, que todo había sido un error, que todo esto, la vida, y la vida juntos había sido un error. Que se había levantado mientras todos dormían, en medio de la noche y con las luces apagadas, y había buscado aquellos álbumes de fotos que encerraban la vida de él y ella y las niñas. Le habría contado que revisó cada imagen, cada página, cada álbum. Que con un cuidado que nunca antes habían experimentado sus torpes manos, había recortado cada recuerdo que alguna vez existió entre ambos. Le habría contado que la mutilación de cada fotografía sólo sirvió para ahondar su pena cada vez más, para crear un agujero tan inmenso que ni siquiera la felicidad más infinita podría llenar. Y luego las niñas, las tijeras cortando, eliminando, quemando.

Si ella hubiera estado más alerta habría notado que el clóset de él había sido vaciado durante la noche, que su registro en el computador que compartían también había desaparecido. Si ella hubiera estado más atenta a las señales, habría notado que el empaque repentino de todos sus libros no obedecía a una reorganización del espacio, sino más bien a una auto impuesta inquisición, destinada a quemar todo vestigio de su existencia.

Las niñas cantaban y reían, sin notar que el auto no se detuvo frente a la escuela, y más tarde abandonó los límites de aquel país inventado al que su padre había llegado lleno de sueños que jamás se hicieron realidad. Si alguien en aquel cuarteto de vidas a punto de desaparecer hubiera notado que la realidad, que lo que hasta ese entonces entendían por realidad, había cambiado radicalmente esa mañana, algo se podría haber hecho. Pero nada, nadie dijo ni entendió nada y el auto se perdió en la lejanía de una mañana que fue noche, y nunca más día.








Texto leido en Taller Uff! 11º Aniversario, diciembre 2007









miércoles, enero 09, 2008

"Al partir", de Wang Wei





Bajo del caballo para beber vino con usted,
Usted pregunta hacia dónde me dirijo.
Yo respondo: no tengo idea,
Retorno insatisfecho a la Montaña del Sur.
Sólo me marcho, no pregunte nuevamente,
Las nubes blancas no tienen límite de tiempo.






martes, enero 08, 2008

"Pueblo indígena Lakota proclama su independencia de Estados Unidos" de Fernando A. Torres





Se está acabando el régimen colonial de los EE.UU.,
éste es un día histórico para nuestro pueblo Lakota.

Russell Means


“Somos del pueblo que ama la libertad, somos Lakotas de las reservaciones Sioux de Nebraska, Dakota del Norte y del Sur, y Montana, quienes hemos sufrido el genocidio físico y cultural en las manos del sistema colonial y de apartheid que nos han obligado a vivir. Estamos en Washington para separarnos de los tratados ordenados constitucionalmente, para declararnos un país libre y independiente con el apoyo de las leyes naturales, internacionales y de los EE.UU.”

Con estas palabras, una delegación de representantes Lakotas, declararon su independencia de los EE.UU. retractándose de los 33 tratados con el gobierno federal durante los últimos 156 años.

Según el sitio internet oficial de este pueblo, el lunes 17 de diciembre, la delegación compuesta por los dirigente indígenas Russell Means, Phyllis Young, (Women of All Red Nations), Duane Martin Sr (Oglala Lakota Strong Heart Society) y Garry Rowland (Chief Big Foot Riders) entregó al Departamento de Estado en Washington una notificación oficial en la cual anuncian la decisión, tomada después de años de consultas internas entre los representantes de los tratados de varias comunidades Lakotas.

La decisión, “entregada por mano a Daniel Turner, director de contactos públicos del Departamento de Estado, termina inmediata e irrevocablemente con todos los acuerdos entre la Nación indígena Lakota Sioux y el gobierno de los Estados Unidos, delineados en los tratados de 1851 y 1868 en el Fuerte Laramie en Wyoming”, dice un comunicado entregado a la prensa.

El miércoles los representantes, junto a una delegación de la embajada de Bolivia, realizaron una conferencia de prensa en la cual dieron a conocer la decisión. “Para detener la continua usurpación de nuestros recursos, nuestro pueblo, tierras, aguas y nuestros niños, no nos queda mas que reclamar nuestro propio destino,” dijeron.

Según el informe el dirigente Russell Means dijo que el nuevo país entregara pasaportes y licencias de conducir. También los residentes, previa renuncia a la ciudadanía de los EE.UU., no serán forzados a pagar impuestos.

Los indígenas dijeron que los “tratados han sido violados repetidamente con el fin de robar nuestra cultura, nuestra tierra y la posibilidad de mantener nuestras formas de vida.”

Según Means retirarse de los tratados es “totalmente legal. Esto es según las leyes de los EE.UU., específicamente el Articulo #6 de la constitución” el cual dice que los tratados son la ley suprema de la tierra.

“También está dentro de las leyes sobre tratados aprobadas en la Convención de Viena y ratificadas por los EE.UU. y el resto de la comunidad internacional en 1980. Estamos legalmente dentro de nuestros derechos de ser libres e independientes,” dijo Means.

El nuevo país cubre áreas de los Estados de Lakota del Sur y del Norte, Nebraska, Wyoming y Montana. Áreas que fueron tomadas por los EE.UU. a pesar de saber que estas tierras son históricamente de propiedad del pueblo Lakota.

Los dirigentes advirtieron que si los EE.UU. no comienzan negociaciones diplomáticas inmediatamente, se retendrán todas las transacciones de tierras y propiedades en los cinco Estados.

La delegación se encuentra reuniéndose con representantes de las embajadas de diversos países para “expeditar el regreso oficial a la Familia de Naciones.” Según Phyllis Young, “las acciones del pueblo Lakota no están destinadas a avergonzar a los Estados Unidos, sino simplemente salvar la vida de nuestro pueblo.”

Al cierre de esta nota el gobierno no se ha pronunciado al respecto.







lunes, enero 07, 2008

“Zeryel no es Dios”, de Carlos Almonte





...el tabaco es para el viaje.

Nobody



No eres Dios, fue lo primero que Zeryel oyó al nacer. Él cuenta su vida de a fragmentos. Primero un paso breve por la infancia, a veces, más que breve, inexistente, en donde aprendió algunas tretas de huida y caza, subió árboles centenarios cuyas hojas brillaban como el cielo, escaló montañas rozando nieves de otro siglo, peleó con aves rapaces a quienes dominó sin tocar siquiera, se lanzó, o cayó, innumerables veces al río Kamukshi, y posteriormente al Wroga, de mayor ancho y enorme caudal. En todas esas ocasiones salvó ileso, producto primero de su suerte y después de su pericia.

A Zeryel, ya anciano, le gusta detenerse en los episodios más heroicos. Adorna las historias cambiando un gato de montaña por un puma hambriento, una montaña que se pierde entre las nubes o el cauce de aquel río que esa vez soportaba el más crudo invierno... Las caídas, “saltos” en su testimonio, aumentaban de altura en cada narración, llegando a veces, si es que el brillo de la noche y el fermento del mosuet lo permitían, a alcanzar dimensiones descabelladas, insoportables o derechamente risibles. Tú no eres Dios, comenzaba siempre al atardecer, y era esa misma frase, fría y cruel, la que usaba para terminar cada velada, aunque esta vez, con un casi inapreciable gesto entre los labios, de sorna, por supuesto, advertido sólo por aquellos quienes repetían las historias en momentos de profunda reflexión... Luego venía la primera juventud y sus más de cien amantes, de su propia tribu y aun de las vecinas. Entonces, y dependiendo de la edad y género del público, se detenía en más detalles, explicando alguna marca aquí, o alguna cicatriz allá; tal vez algún gemido o reacción curiosa, la esposa de algún jefe y sus seis sirvientas, todas bien apetecidas, en una sola noche. Muy pocas veces se detiene en Garala, su esposa favorita, cuyos dientes eran blancos como el sol y sus piernas más bronceadas que la luna, aunque él no lo indique así, sino que ocupe figuras ilusorias, propias del campo de los sueños, que es donde mejor se desenvuelve, sin esfuerzos ni ficciones.

Zeryel se define como un hombre feliz, un anciano feliz; hice todo lo que quise, se ufana cada tanto; realicé labores infinitas sin ayuda; levanté aldeas, incendié y asesiné a los enemigos, creé lazos de igualdad entre los pueblos, y mi descendencia se extiende más allá de lo que vuestros ojos puedan ver, o de lo que sus piernas puedan avanzar. Visité lugares como sólo pueden existir en las visiones... (Zeryel realiza un alto, respira con profundidad y relajo y pide un vaso de mosuet que vacía en un segundo. Mira a su alrededor y el orgullo le endurece el corazón; se sonríe, y en su cálida expresión contiene toda las sonrisas de su pueblo, desde el primer hombre, parido por una sagrada bestia, hasta el último, que se irá por la mañana de un día blanco, enteramente blanco. Los más jóvenes lo observan con veneración. Las mujeres lo consideran un excéntrico, un anciano trastornado por la edad y los excesos. Los mayores ya no existen).

Tú no eres Dios, repite a veces en silencio y soledad, cuando todos han vuelto a la penumbra de sus tiendas, y se queda pensativo, dudando, especulando, nuevamente, en un posible escape o solución. Piensa que alguna vez desaparecerá, así, simplemente, sin aspavientos de ninguna especie, como desapareció su padre y también su abuelo; y se transformará en un espíritu del bosque, un espíritu maligno, dice y ríe ya sin ganas. Pero aún quedan las cenizas, y el fuego avanza, sin piedad, por la boca y la garganta... A Zeryel lo llena el ánimo de la temible danza, pero se contiene, prefiere danzar solo bajo un árbol, o en su tienda, tal como se hacía antes, sin ropa y sobre el fuego, tal vez en un recodo estrecho del hermoso Wroga, al que ya no embauca con sus nados, tal vez por miedo o precaución... La última vez, cuenta, se alzó desde una altura enorme, siguió adelante y resbaló, cayendo por entre las grietas hasta el agua. Sus heridas tiñeron el Gran Río hasta llegar al mar, e incluso allí la sangre confundió a la espuma y derritió a las aves que atrevieron a sorber la mezcla...

Algunos, al oír, se miran confiados, agradados; otros creen que el mosuet tiene algo más, tal vez enredadera verde; o quizás sea la edad, solamente, como dicen las muchachas. Lo cierto es que Zeryel no cuenta de su vida adulta, cuando fue elegido jefe de su tribu y venerado hasta la adoración, cuando organizó a los jóvenes y conquistó, sin hipocresías, a las tribus inmediatas, cuando renovó la aldea, o cuando expulsó a los hombres viles y les otorgó a los infectados el más digno buen morir. Zeryel tampoco cuenta de sus nueve hijos ni que de ellos, sólo quedan cerca de él, o en él, los restos del menor, enterrados o comidos por el padre, nadie sabe. Los otros ocho se alejaron para no volver, así como murieron sus esposas y la gente de su edad. Nadie explica, quizás porque tampoco a nadie le provoca una sospecha, que Zeryel doble en edad al hombre que lo sigue, ni que esté solo, ni que ausente asomos decadentes de ninguna especie. Nadie sabe que sus hijos, hace ya incontables años, han muerto lejos y que Zeryel los ha enterrado a todos y ha regresado, a su lugar, a su pueblo, sin saber por qué. Nadie sabe que Zeryel prefiere ocultar, o desvariar los episodios más tristes de su vida y de su pueblo. Más que a la adultez, prefiere regresar a sus años de la infancia, mi mejor edad, declama con cuidada impronta, e inventa nuevas situaciones, cada vez más insólitas, cada vez más prodigiosas... Nadie repara en que su piel semeja la de un hombre de cuarenta y nueve años, ni que jamás hable, ni siquiera en broma, de su edad madura. A todos les parece natural oír relatos de la infancia, o de la juventud, porque todos representan esa edad, porque nadie la abandona nunca y el reflejo es inmediato... La elección es continuar. Alguien va por más madera. Alguien va por más mosuet. Alguien se acomoda. Alguien duerme en brazos de su amada, o de su amado. Sin embargo, como en un acuerdo ya asumido por el tiempo y la distancia, nadie se levanta para irse hasta que Zeryel sea el primero, aunque la historia de esa noche lleve horas o incluso días, como a veces ha pasado.

Es así como, en ocasiones, el anciano lleva su relato, lo conduce, lo transborda, demasiado lejos, incluyendo estratagemas, animales invisibles que habitan al final de una raíz, seres de otros mundos agitando doce pares de ojos, brujos sanguinarios adictos al mosuet, o su propio cuerpo al desaparecer y reaparecer cada mañana. Es entonces cuando sólo quedan unos cuantos a la escucha, los que están dispuestos a reconocer la realidad más aceptada como una insípida quimera, y al revés. Es decir, los iniciados. A ellos Zeryel les cuenta que algún día él desaparecerá, pero no de un minuto a otro, no de una noche a la mañana, sino que para siempre. No soy Dios, señala, esto lo aprendí hace mucho, pero sé que puedo caminar y caminar hasta llegar muy cerca de él, como si fuera un aprendiz, como para verlo desde lejos, como un ser atento a lo menos evidente, a lo que subyace, como ustedes mismos en un tiempo más. Entonces algunos creen despertar y Zeryel regresa a la narración central, esa que habla de zambullidas milagrosas, peleas a cuchillo con anfibios furibundos o el canto amargo de la historia de sus padres. Nadie duda de esta arista de Zeryel, como nadie duda de su propio pueblo o existencia. Es lo que les queda, es quizás su padre, es el que transporta el rito y tradición, incluso más allá del fuego o de las sombras. Así es como él lo ha decidido o aceptado. Todavía queda un tiempo, poco pero queda, en el que volará, transmigrará de padre a abuelo, de perro a río y de pueblo en pueblo... El rezo transmitido así lo dice: “En el río que no avanza; en aquella puerta-espejo que se abre y pierde, tú no sabes dónde ir, porque has ido y regresado de todos los lugares. En el río que no cambia, donde cae al fin la oscuridad, sin fin, sólo sigue la señal, una ondulación pequeña, una asidua inclinación que te llevará en silencio al otro lado, al lugar de donde proceden los espíritus, desde donde nadie vuelve, a menos que sea realmente un Dios”.






Texto leido en Taller Uff! 11º Aniversario, diciembre 2007