
viernes, abril 27, 2007
"Delacroix", de Rafael Alberti

jueves, abril 26, 2007
"La herida oculta", de Lucrecio

Al poseerse, los amantes dudan.
No saben ordenar sus deseos.
Se estrechan con violencia,
se hacen sufrir, se muerden
con los dientes los labios,
se martirizan con caricias y besos.
Y ello porque no es puro su placer,
porque secretos aguijones los impulsan
a herir al ser amado, a destruir
la causa de su dolorosa pasión.
Y es que el amor espera siempre
que el mismo objeto que encendió la llama
que lo devora, sea capaz de sofocarla.
Pero no es así. No. Cuanto más poseemos,
más arde nuestro pecho y más se consume.
Los alimentos sólidos, las bebidas
que nos permiten seguir vivos,
ocupan sitios fijos en nuestro cuerpo
una vez ingeridos, y así es fácil
apagar el deseo de beber y comer.
Pero de un bello rostro, de una piel suave,
nada se deposita en nuestro cuerpo, nada
llega a entrar en nosotros salvo imágenes,
impalpables y vanos simulacros,
miserable esperanza que muy pronto se desvanece.
Semejantes al hombre que, en sueños,
quiere apagar su sed y no encuentra
agua para extinguirla, y persigue
simulacros de manantiales y se fatiga
en vano y permanece sediento y sufre
viendo que el río que parece estar
a su alcance huye y huye más lejos,
así son los amantes juguete en el amor
de los simulacros de Venus.
No basta la visión del cuerpo deseado
para satisfacerlos, ni siquiera la posesión,
pues nunca logran desprender ni un ápice
de esas graciosas formas sobre las que discurren,
vagabundas y erráticas, sus caricias.
Al fin, cuando, los miembros pegados,
saborean la flor de su placer,
piensan que su pasión será colmada,
y estrechan codiciosamente el cuerpo
de su amante, mezclando aliento y saliva,
con los dientes contra su boca, con los ojos
inundando sus ojos, y se abrazan
una y mil veces hasta hacerse daño.
Pero todo es inútil, vano esfuerzo,
porque no pueden robar nada de ese cuerpo
que abrazan, ni penetrarse y confundirse
enteramente cuerpo con cuerpo,
que es lo único que verdaderamente desean:
tanta pasión inútil ponen en adherirse
a los lazos de Venus, mientras sus miembros
parecen confundirse, rendidos por el placer.
Y después, cuando ya el deseo, condensado
en sus venas, ha desaparecido, su fuego
interrumpe su llama por un instante,
y luego vuelve un nuevo acceso de furor
y renace la hoguera con más vigor que antes.
Y es que ellos mismos saben que no saben
lo que desean y, al mismo tiempo, buscan
cómo saciar ese deseo que los consume,
sin que puedan hallar remedio
para su enfermedad mortal:
hasta tal punto ignoran dónde se oculta
la secreta herida que los corroe.
miércoles, abril 25, 2007
“Una modesta proposición”, de Jonathan Swift
Creo que todos los partidos están de acuerdo con que este número prodigioso de niños en los brazos, sobre las espaldas, o a los talones de sus madres, y frecuentemente de sus padres, resulta en el deplorable estado actual del Reino un perjuicio adicional muy grande; por lo tanto, quienquiera que encontrase un método razonable, económico y fácil para hacer de ellos miembros cabales y útiles del Estado, merecería tanto agradecimiento del público como para tener instalada su estatua como un protector de la nación.
Me ha asegurado un americano muy entendido que conozco en Londres, que un tierno niño saludable y bien criado constituye, al año de edad, el alimento más delicioso, nutritivo y comerciable, ya sea estofado, asado, al horno o hervido; y yo no dudo que servirá igualmente en un fricasé o un guisado.
Por lo tanto, propongo humildemente a la consideración del público que de los ciento veinte mil niños ya anotados, veinte mil sean reservados para la reproducción; de ellos, sólo una cuarta parte serán machos, lo que ya es más de lo que permitimos a las ovejas, los vacunos y los puercos. Mi razón consiste en que esos niños raramente son frutos del matrimonio, una circunstancia no muy venerada por nuestros rústicos: en consecuencia, un macho será suficiente para servir a cuatro hembras. De manera que los cien mil restantes pueden, al año de edad, ser ofrecidos en venta a las personas de calidad y fortuna del reino, aconsejando siempre a las madres que los amamanten copiosamente durante el último mes, a fin de ponerlos regordetes y mantecosos para una buena mesa. Un niño hará dos fuentes en una comida para los amigos, y cuando la familia cene sola, el cuarto delantero o trasero constituirá un plato razonable. Hervido y sazonado con un poco de pimienta, o de sal, resultará muy bueno hasta el cuarto día, especialmente en invierno.
Concedo que este manjar resultará algo costoso, y será, por lo tanto, muy adecuado para terratenientes, que como ya han devorado a la mayoría de los padres, parecen acreditar los mejores títulos sobre los hijos. Carne de niño habrá todo el año, pero más abundantemente en marzo, y un poco antes y después: porque nos informa un grave autor, eminente médico francés, que siendo el pescado una dieta prolífica, en los países católicos romanos nacen muchos más niños aproximadamente nueve meses después de Cuaresma que en cualquier otra estación. En consecuencia, contando un año después de Cuaresma, los mercados estarán más atiborrados que de costumbre, porque los niños papistas existen por lo menos en proporción de tres a uno en este reino. Eso traerá otra ventaja colateral al disminuir el número de papistas entre nosotros.
Ya he calculado el costo de cría de un hijo de mendigo (entre los que incluyo a todos los cabañeros, a los jornaleros y a cuatro quintos de los campesinos) en unos dos chelines por año, harapos incluidos. Y creo que ningún caballero se quejaría de pagar diez chelines por el cuerpo de un buen niño gordo, del cual, como ya he dicho, sacará cuatro fuentes de excelente carne nutritiva cuando sólo tenga a algún amigo, o a su propia familia a comer con él. De este modo, el caballero aprenderá a ser un buen terrateniente y se hará popular entre los arrendatarios, y la madre tendrá ocho chelines de ganancia limpia y quedará en condiciones de trabajar hasta que produzca otro niño.
Quienes sean más ahorrativos (como debo confesar que requieren los tiempos) pueden desollar el cuerpo, cuya piel, artificiosamente preparada, constituirá admirables guantes para damas y botas de verano para caballeros delicados. En nuestra ciudad de Dublin, los mataderos para este propósito pueden establecerse en sus zonas más convenientes; podemos estar seguros de que carniceros no faltarán, aunque más bien recomiendo comprar los niños vivos y adobarlos mientras aún están tibios del cuchillo, como hacemos para asar los cerdos.
Algunas personas de espíritu pesimista están muy preocupadas por la gran cantidad de gente pobre que está vieja, enferma o inválida, y me han pedido que dedique mi talento a encontrar el medio de desembarazar a la nación de un estorbo tan gravoso. Pero este asunto no me aflige para nada, porque es muy sabido que esa gente se está muriendo y pudriendo cada día de frío y de hambre, de inmundicia y de piojos, tan rápidamente como se puede razonablemente esperar. Y en cuanto a los trabajadores jóvenes, están en una situación igualmente prometedora: no pueden conseguir trabajo y desfallecen de hambre, hasta tal punto que si alguna vez son tomados para un trabajo común no tienen fuerza para cumplirlo; de este modo, el país y ellos mismos son felizmente librados de los males futuros.
Suponiendo que mil familias de esta ciudad fueran compradoras habituales de carne de niño, además de otras que llevarían para las fiestas, especialmente casamientos y bautismos, calculo que en Dublin se colocarían anualmente cerca de veinte mil reses, y en el resto del reino (donde probablemente se venderán algo más barato) las restantes ochenta mil. No se me ocurre ningún reparo que pueda oponerse razonablemente contra esta proposición, a menos que se aduzca que la población del Reino se vería muy disminuida. Esto lo reconozco sin reserva y fue mi principal motivo para ofrecerla al mundo.
Yo declaro, con toda la sinceridad de mi corazón, que no tengo el menor interés personal en esforzarme por promover esta obra necesaria, y que no me impulsa otro motivo que procurar el bien de mi patria desarrollando nuestro comercio, cuidando de los niños, aliviando al pobre y dando algún placer al rico. No tengo hijos por los que pueda proponerme obtener un solo penique; el más joven tiene nueve años, y mi mujer ya no es fecunda.
de Una Modesta Proposición y otras sátiras
martes, abril 24, 2007
El poema de Gilgamesh

«Porque hice que rivalizara contigo».
Mientras Gilgamesh revela su sueño,
Enkidu se halla sentado ante la ramera
y la acariciaba y la desvestía.
Enkidu olvidaba dónde nació.
Durante seis días y siete noches
Enkidu salió, cohabitando con la ramera.
Después la ramera abrió la boca,
hablando así a Enkidu:
–«Según te veo, Enkidu, te has hecho como un dios;
¿Por qué motivo con las bestias salvajes
recorres la llanura?
¡Levántate! Te guiaré
a Uruk, la de amplios mercados,
al templo santo, morada del dios Anu.
Enkidu, levántate. Te guiaré
al Eanna, morada del dios Anu.
Es en Uruk donde vive Gilgamesh, cabal en sus hazañas.
Y tú, como(...).
Lo amarás como a ti mismo.
¡En pie! Levántate del suelo,
que es el lecho de los pastores».
Enkidu escuchó con agrado sus palabras
y el consejo de la mujer
penetró en su corazón.
Tomó ella uno de sus vestidos
Y se lo puso al hombre;
con la otra prenda
se vistió a sí misma.
Luego, tomándolo de la mano,
como si fuera su hijo, lo guió
hacia los fértiles pastos
donde se hayan los rediles
hasta el lugar donde comen los pastores.
Festejó.
Cuando Enkidu levantó los ojos,
contempló un hombre.
Dice a la ramera:
–«¡Trae a ese hombre, moza!
¿Por qué vino aquí?
Hazme oír su nombre».
La ramera llamó a aquel hombre,
Al cual se acercó preguntándole:
–«Hombre, ¿ A dónde te apresuras ?
¿Cuál es el objeto de tu penoso viaje?»
El hombre abrió la boca,
diciendo a Enkidu:
–«En la Morada del Consejo son detenidos,
en verdad, los destinos de los hombres.
El hombre por culpa de la ciudad
se ve abrumado de prestaciones.
¡Los campos son lugares de gemidos!
¡Por orden del rey de Uruk, la amurallada,
se arrastra al pueblo a los cautivos!
¡Por orden de Gilgamesh, el rey de Uruk, la amurallada,
se arrastra al pueblo a los cautivos!
En la Casa del Consejo se ha (entremetido),
la que se reserva para la gente, }
(...) para el matrimonio.
En la ciudad ha acumulado profanación,
imponiendo extrañas cosas a la infausta ciudad.
Para el rey de Uruk, la de amplios mercados,
el tambor del pueblo suena para la elección nupcial.
Para Gilgamesh, rey de Uruk, la de amplios mercados,
el tambor del pueblo suena para la elección nupcial
a fin de que con legítimas mujeres se ayunte.
Él es el primero,
el marido viene después.
La mujer impuesta por la suerte
es pronto fecundada por el hombre.
Y luego, luego la muerte.
Por el consejo de los dioses así fue ordenado.
¡Al cortar su cordón umbilical
Así se decretó para él!»
Al oír estas palabras del hombre,
el rostro de Enkidu palideció.
lunes, abril 23, 2007
"Cuando ya ni los números", de Novalis
Cuando ya ni los números ni esquemas
constituyan la clave de los hombres,
y aquellos que ahora cantan o que besan
posean mucha más ciencia que un sabio;
cuando a una libre vida vaya el mundo
y torne de esta vida hacia sí mismo;
cuando la luz y sombra nuevamente
en claridad se unan;
y cuando en la poesía y la leyenda
se halle la historia auténtica del mundo,
entonces una mágica palabra
ahuyentará a cualquier falsa criatura.
domingo, abril 22, 2007
"La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento", de Mikhail Bakhtin

Las múltiples manifestaciones de esta cultura pueden subdividirse en tres grandes categorías:
1) Formas y rituales del espectáculo (festejos carnavalescos, obras cómicas
representadas en las plazas públicas, etc.);
2) Obras cómicas verbales (incluso las parodias) de diversa naturaleza: orales
y escritas, en latín o en lengua vulgar;
3) Diversas formas y tipos del vocabulario familiar y grosero (insultos, juramentos, lemas populares, etc.).
Vamos a definir previamente cada una de las tres formas.
Estas formas rituales y de espectáculo organizadas a la manera c6mica y consagradas por la tradición, se habían difundido en todos los países europeos, pero en los países latinos, especialmente en Francia, destacaban por su riqueza y complejidad particulares. (...)
http://bibliotecadescontexto.blogspot.com/2007/10/la-cultura-popular-en-la-edad-media-y.html
sábado, abril 21, 2007
“Especulaciones en torno a una frase de Jorge Edwards”, de Carlos Almonte
Ocurrió durante una fría noche de invierno. Un amigo bebía unas cervezas en la terraza de un bar en el barrio Bellavista. Todo transcurría normalmente. Las personas caminaban por la acera, o por la calle, y entraban y salían de otros bares. Había personas ebrias. Había personas sobrias. Es decir, lo usual. En un momento se ve caminar del brazo a dos caballeros de edad madura. Un eximio académico y poeta y el también eximio escritor Edwards. Se los veía contentos, conversando seguramente de otros escritores, de leyendas, de anécdotas de viajes, tal vez de fútbol... La narración de mi amigo reza como sigue: “estaban a punto de doblar la esquina y perderse para siempre del recuerdo de esa noche, cuando desde un bar cercano, a la altura del Café Libro o de La Tasca, fue expulsado un fuerte grito: “¡MUSEO DE CERA!”, lo que provocó la inmediata reacción del par de caballeros, quienes con curiosidad y silencio volcaron sus miradas intentando encontrar al emisor de tan cifrada frase. Por supuesto tal encuentro no ocurrió y los dos señores continuaron su camino, sonrientes, divertidos, aparentemente olvidados del suceso”.
Hay que reconocer que cada cierto tiempo ocurren estas cosas. Desde algún lugar imposible de precisar (un sótano vacío, un vagón distante, una ventana semi-abierta) se escucha alguna frase que nos queda guardada en el último rincón de la memoria. No por su belleza o poesía, no por su exiguo contenido o supuesta originalidad, sino más bien por la exactitud y condición de cierre, o conclusión. Poco más hay que decir después de oír una frase tan bien puesta como esa. Y, tal vez en este caso no sobra la aclaración, no me refiero obviamente a una supuesta alusión de antiguedad. Nadie más vigente que estos personajes. Me refiero a lo demás, al entorno semántico que permanece en las tinieblas.
Tal vez Edwards quiso, en parte, emular aquella noche en Bellavista y pronunciar una frase con significado esquivo que a la vez fuera un enigma, un acertijo: “los escritores jóvenes sólo conocen a Bolaño”. Tal vez fue eso y nada más. El recuerdo y homenaje de una noche fría y un grito desolado de autoría indefinida.
Quizás sea el momento de iniciar el breve e infructífero ejercicio especulativo que provoca un acerto como éste. (no)Hablaré en condicional, después de todo es pura especulación.
1. Es evidente que en una frase como ésta existe una importante cuota de provocación. “Quiere polémica”, se comentaría en conversaciones de trasnoche.
2. ¿Cuál es el catastro que un “escritor viejo” realiza para llegar a tamaña conclusión? ¿Llamadas telefónicas? ¿Conversaciones con sus amigos escritores-no-tan-jóvenes? (Digo “escritor viejo” haciendo el lógico dicotómico que él mismo propone al hablar de “escritores jóvenes”, donde creo que no se incluye (ergo, él no es joven y conoce más que a Bolaño).
3. ¿Existe en su análisis un método serio y responsable, o es sólo una “impresión” al decir de tantas y tan variadas publicaciones en torno al escritor Bolaño?
4. Es evidente que los escritores jóvenes son una tropa de ignorantes en comparación a él. Tal es su forma de pensar. A todo esto: ¿a qué se referirá con eso de “escritores jóvenes”? ¿Menores de cuarenta años? ¿Inéditos? ¿Menores que él?
5. Es evidente que Edwards desconoce las pautas de lectura de los escritores jóvenes, y concluye a partir de sus propias especulaciones e impresiones e intuiciones, tal como lo hago yo en este momento. En este sentido, el presente texto tiene todavía menos validez que su encrucijada frase. (Esto último es sólo un guiño).
6. Se podría concluir que Edwards siente resquemor de jamás haber conseguido ser un “autor de culto”, de no contar con lectores fieles, de no provocar tantas discusiones de bar en torno a su obra. Pero acaso sería demasiado simple pensar de esta manera. Desechemos esta opción.
7. Tanto, y tan poco a la vez, se puede deducir de una afirmación lanzada con tanto arrojo y valentía.
Y se podría continuar especulando aún más finamente, aún más profusamente. Sin embargo, prefiero pensar que el avezado escritor Edwards lo que hace es proponer un juego dialéctico y provocador. Un señor como él, con tantas y tan buenas publicaciones, y tantos y tan afamados premios, no se inmiscuye en debates de tan poca monta, con sujetos tan poco leídos y a tan dispar altura suya. Tal vez, incluso, se trate de una mala interpretación de sus dichos, de una tergiversación, de una expropiación de terrenos semánticos y narratológicos, y finalmente no haya ninguneado ni a Bolaño (por no merecer lecturas enfocadas y frecuentes), ni a los escritores jóvenes (que no leen otra cosa, según su decir). Tal vez su intención haya sido finalmente otra, cualquier otra.
En estos términos, el presente texto no deja de ser una equivocación total (desde su inicio y génesis), y tan sólo una opinión de más.
viernes, abril 20, 2007
"Por un amor desinteresado", de Jeremy Taylor

jueves, abril 19, 2007
"Memorias de un wing derecho", de Roberto Fontanarrosa

Y aquí estoy. Como siempre. Bien tirado contra la raya. Abriendo la cancha. Y eso no me lo enseñó nadie. Son cosas que uno ya sabe solo. Y meter centro o ponerle al arco como venga. Para eso son wines. No me vengan con eso de wing “ventilador” o wing “mentiroso” o las pelotas. Arriba y contra la raya. Abriendo la cancha para que no se amontonen los forwards en el medio. Nada de andar bajando a ayudar al marcador de punta ni nada de eso. Si el marcador de punta no puede con el wing de él... ¿para qué m... juega de marcador de punta? Lo que pasa es que ahora cualquier mocoso le sale con esas teorías nuevas y nuevas formas de juego o te viene con la “holandesa” o la “brasileña” y otras estupideces.
¡Por favor! El fútbol es uno solo y a mí no me sacan de la formación clásica: el arquero bien parado en la raya y atento. Por ahí escucho decir que Gatti juega por toda el área o sale hasta el medio de la cancha... Y bueno, así le va. Yo al arquero lo quiero paradito en su arco y nada más. Para eso es arquero. Después una línea de tres. Después otra de cinco. Y arriba que nos dejen a nosotros tres. Más de veinte años hace que jugamos así y nos hemos podrido de hacer goles. De a siete hacemos. Yo ya debo llevar como seis mil ochocientos. Yo solo... ¡Después me dicen de Pelé! O arman tanto despelote porque Maradona hizo cien. Cien hago yo en una temporada. Y en verano, cuando los pibes se quedan en el club como hasta las dos de la matina, me atrevo a hacer cuarenta, cincuenta goles por semana. Cuarenta, cincuenta. Yo solo... Maradona... ¡Por favor! Y eso para no hablar del centrofoward nuestro. Debe llevar más de doce mil goles. Por debajo de las patas... Y... ¡el tipo está ahí! Donde deben estar los centrofoward. En la boca del arco. En el área chica. Pelota que recibe, ¡pum!, adentro. A cobrar. Y ojo, que el nueve de los de Boca no es malo tampoco.
Es el mismo estilo que el nuestro. Siempre ahí: en la troya. Adonde están los japoneses. ¡Nos ha amargado más de un partido, eh! Yo no he visto los goles que nos ha hecho pero escucho los gritos y el ruido de la pelota adentro del arco. Le da con un fierro el guacho. Pero, claro, tiene dos wines que son dos salames. Por ahí si jugara al lado mío él también habría hecho como doce mil goles. ¡Si le habré servido goles al nueve! ¡Si le habré servido goles! Me acuerdo el día del debut. Le estoy hablando de hace veinticinco años, veinticinco años, un cuarto de siglo. Sacaron la lona que cubría la cancha y le juro que nos encegueció la luz. Un solazo bárbaro. Yo casi no podía ver por el resplandor en las camisetas, especialmente en las nuestras. Claro, por el blanco. Las bandas rojas parecían fuego. No como ahora, que está saltado todo el esmalte y se ve el plomo. O el piso, del verde ya no queda casi nada. ¡Cómo está esta cancha! ¡Qué lástima! Que poco cuidada está. Pero bueno, ese día fue algo inolvidable. Era domingo al mediodía y se ve que los muchachos estaban alborotados porque esa tarde jugaban River y Boca en el Monumental y ellos se habían reunido en el club para irse todos juntos en el camión para el partido. ¡Huy, lo que era ese día! Y claro, llegaron ahí y se encontraron con que la Comisión Directiva había comprado el metegol.
Yo había escuchado desde abajo de la lona que pensaban inaugurarlo esa noche cuando los socios se juntaban en la sede social a comentar los partidos o tomarse un fernet antes de cenar. Pero... ¡qué!... apenas los muchachos vieron el metegol al lado de la cancha de básquet ni siquiera se molestaron en meterlo adentro. ¡Además, esto es pesado, eh! No sé cuántos kilos debe pesar esto, pero es pesado. Puro fierro, de las cosas que se hacían antes. Bueno, ahí nomás lo destaparon y se armó el partido. Yo calculo, calculo, que había de haber entre veinte y veinticinco personas viendo el partido. ¡No menos, eh! No menos. Una multitud. Y había apuestas y todo. Le digo que calculo que había esa gente porque yo ni miré para arriba, le juro, no me atrevía a levantar la vista del cagazo que tenía. Le juro. Uno escuchaba bramar esa tribuna y temblaba.
¡Qué cosa inolvidable! Nosotros, los tres de adelante, tuvimos suerte porque el tipo que nos manejaba se ve que sabía. Yo apenas sentí que me movía, dije: “Hoy vamos a andar bien”.
Porque también es importante el tipo que a uno le toque para manejarlo. Usted podrá tener condiciones, es más, podrá ser un fenómeno, pero si el que está afuera es un queso, va muerto. Y yo le digo, ahora, con experiencia, yo apenas noto cómo el tipo me mueve ya me doy cuenta si conoce o no. Es una cuestión de experiencia, nada más. No es que uno sea sabio. Escúcheme, usted ve un tipo cómo se para en la cancha y ya sabe cómo juega al fútbol. No tiene necesidad ni de verlo correr. ¡Por favor! Pero ese día se ve que el tipo conocía. No era ni improvisado ni uno que agarra la manija porque está aburrido y para matar el tiempo se juega un metegol. De esos que usted trata de ayudarlos, de darles una mano pero al final el que queda como un patadura es usted. Cuando el culpable es el que tiene la manija. Y usted los escucha gritar: “¡Qué tronco es el siete ese! ¡Qué animal el wing!”. Hay que aguantar cada cosa. ¡Por favor! Pero ese día no. Ese día tuve suerte, lo que es importante en un debut. Y más en un River-Boca. Usted sabe bien cómo son estos partidos. Un clásico es un clásico, digan lo que digan ahora yo ya tengo como treinta mil clásicos jugados y así y todo, le digo, todavía cuando escucho el pique de la primera pelota en la mitad de la cancha me pongo nervioso. Parece mentira. Es que son partidos muy parejos. Somos equipos que nos conocemos mucho. Pero aquel día tuvimos suerte, por lo menos los de adelante. De la mitad de la cancha para adelante la rompimos, la hacíamos de trapo. “Tachola”, me acuerdo que se llamaba el que tenía la manija. Me acuerdo porque le gritaban permanentemente y además porque durante cuatro años vuelta a vuelta venía al club y jugaba. ¡Cómo sabía ese tipo! Lo arruinó la bebida. Cuando llegaba en pedo yo me daba cuenta porque nos hacía hacer molinetes y cada cagada que ni le cuento. Un día me hizo hacer un molinete y yo cacé un chute que la pelota saltó del metegol e hizo sonar un vaso. Me quería hacer pagar a mí el desgraciado. Pero cuando estaba sobrio era un león. Y ese día la gasté. En la defensa no andábamos tan bien porque el que manejaba a los de atrás era un salame. Un paspado. Pero con los de adelante bastaba.
No hay mejor defensa que un buen ataque, mi amigo, eso lo sabe cualquiera. ¡Por favor! Ahora se meten todos abajo. Están locos. Tres pepas hice ese día. Y las otras tres se las servía al nueve, al morochón. Porque es morochón; ahora se le despintó el lope, pero es morochón. Y no tenía bigotes. Lo que pasa es que algún mocoso se los pintó con birome para que se pareciera a Luque. Un gol, me acuerdo, un gol, la bola rebotó en el córner y se me vino. Íbamos perdiendo uno a cero, porque ¡ojo! Habíamos arrancado perdiendo, y la hinchada bramaba. La puse debajo de la suela y casi la astillo. La empecé a pisar y me la traje despacito para el medio. El nueve se fue para la izquierda y el once también, para abrirme un buco. Yo la amasé y un par de veces amagué el puntazo, pero el fullback me tapaba el tiro y no veía ángulo para el taponazo. Le cuento que yo no le hago asco a patear y cuando veo luz la sacudo. A mí no me vengan con boludeces. Pero el rubio que me marcaba me tapaba bien. Entonces yo agarro y la engancho de nuevo para afuera, para mi lado, como para meterle un derechazo cruzado, al segundo palo, a la ratonera. ¡Si habré hecho goles así! Y cuando el rubio me sigue para taparme y el arquero cubre el primer palo, de revés nomás, cortita, la toco para el medio. Y el nueve, sin pararla che, le puso semejante quema que abolló la chapa del fondo del arco. ¡Qué golazo! ¡Lo que fue eso! Yo lo había escuchado al Negro, lo había escuchado. Cuando yo me abrí para la derecha vi que la defensa se venía conmigo. Y lo escuché al Negro que me grita: “¡Ah!”. Y se la toqué. Lo mató el Negro. Lo mató. La hacemos siempre a ésa. Diga que ya nos conocen. ¡Qué partido fue ése!
Y para esta noche tenemos uno lindo. Si es que vienen los muchachos. Porque los escuché decir que iban a las maquinitas. Siempre hablan de las maquinitas. Vaya a saber qué es eso. Acá una vez al club trajeron una. Yo siempre escuchaba unos ruidos raros, unas cosas como “pluic”, “plinc”, “clun” y unas sacudidas. Unas luces. Pero después no lo sentí más. Dicen que se le jodió algo adentro a la máquina, algún fusible y nunca hay guita para comprarlo. Son máquinas delicadas. De ésas que hacen los yanquis. Por eso los muchachos siempre vuelven. Porque el fútbol es el fútbol. Ésa es la única verdad. ¡Qué me vienen con esas cosas! Son modas que se ponen de moda y después pasan. El fútbol es el fútbol, viejo. La única verdad. ¡Por favor!
miércoles, abril 18, 2007
«El Evangelio según Jesucristo», de José Saramago
El sol muestra en uno de los ángulos superiores del rectángulo, el que está a la izquierda de quien mira, representando el astro rey una cabeza de hombre de la que surgen rayos de aguda luz y sinuosas llamaradas, como una rosa de los vientos indecisa sobre la dirección de los lugares hacia los que quiere apuntar, y esa cabeza tiene un rostro que llora, crispado en un dolor que no cesa, lanzando por la boca abierta un grito que no podemos oír, pues ninguna de estas cosas es real, lo que tenemos ante nosotros es papel y tinta, nada más. Bajo el sol vemos un hombre desnudo atado a un tronco de árbol, ceñidos los flancos por un paño que le cubre las partes llamadas pudendas o vergonzosas, y los pies los tiene asentados en lo que queda de una rama lateral cortada. Sin embargo, y para mayor firmeza, para que no se deslicen de ese soporte natural, dos clavos los mantienen, profundamente clavados. Por la expresión del rostro, que es de inspirado sufrimiento, y por la dirección de la mirada, erguida hacia lo alto, debe de ser el Buen Ladrón. El pelo, ensortijado, es otro indicio que no engaña, sabiendo como sabemos que los ángeles y los arcángeles así lo llevan, y el criminal arrepentido está, por lo ya visto, camino de ascender al mundo de las celestiales creaturas. No será posible averiguar si ese tronco es aún un árbol, solamente adaptado, por mutilación selectiva, a instrumento de suplicio, pero que sigue alimentándose de la tierra por las raíces, puesto que toda la parte inferior de ese árbol está tapada por un hombre de larga barba, vestido con ricas, holgadas y abundantes ropas, que, aunque ha levantado la cabeza, no es al cielo adonde mira. Esta postura solemne, este triste semblante, sólo pueden ser los de José de Arimatea, dado que Simón de Cirene, sin duda otra hipótesis posible, tras el trabajo al que le habían forzado, ayudando al condenado en el transporte del patíbulo, conforme al protocolo de estas ejecuciones, volvió a su vida normal, mucho más preocupado por las consecuencias que el retraso tendría para un negocio que había aplazado que con las mortales aflicciones del infeliz a quien iban a crucificar. No obstante, este José de Arimatea es aquel bondadoso y acaudalado personaje que ofreció la ayuda de una tumba suya para que en ella fuera depositado aquel cuerpo principal, pero esta generosidad no va a servirle de mucho a la hora de las canonizaciones, ni siquiera de las beatificaciones, pues nada envuelve su cabeza, salvo el turbante con el que todos los días sale a la calle, a diferencia de esta mujer que aquí vemos en un plano próximo, de cabello suelto sobre la espalda curva y doblada, pero tocada con la gloria suprema de una aureola, en su caso recortada como si fuera un bordado doméstico.
Sin duda la mujer arrodillada se llama María, pues de antemano sabíamos que todas cuantas aquí vinieron a juntarse llevan ese nombre, aunque una de ellas, por ser además Magdalena, se distingue onomásticamente de las otras, aunque cualquier observador, por poco conocedor que sea de los hechos elementales de la vida, jurará, a primera vista, que la mencionada Magdalena es precisamente ésa, pues sólo una persona como ella, de disoluto pasado, se habría atrevido a presentarse en esta hora trágica con un escote tan abierto, y un corpiño tan ajustado que hace subir y realzar la redondez de los senos, razón por la que, inevitablemente, en este momento atrae y retiene las miradas ávidas de los hombres que pasan, con gran daño de las almas, así arrastradas a la perdición por el infame cuerpo. Es, con todo, de compungida tristeza su expresión, y el abandono del cuerpo no expresa sino el dolor de un alma, ciertamente oculta en carnes tentadoras, pero que es nuestro deber tener en cuenta, hablamos del alma, claro, que esta mujer podría estar enteramente desnuda, si en tal disposición hubieran decidido representarla, y aun así deberíamos mostrarle respeto y homenaje. María Magdalena, si ella es, ampara, y parece que va a besar, con un gesto de compasión intraducible en palabras, la mano de otra mujer, ésta sí, caída en tierra, como desamparada de fuerzas o herida de muerte. Su nombre es también María, segunda en el orden de presentación, pero, sin duda, primerísima en importancia, si algo significa el lugar central que ocupa en la región inferior de la composición.
[…] un hombre joven, poco más que adolescente, que de modo amanerado flexiona la pierna izquierda, así, por la rodilla, mientras su mano derecha, abierta, muestra en una actitud afectada y teatral al grupo de mujeres a quienes correspondió representar, en el suelo, la acción dramática.
Este personaje, tan joven, con su pelo ensortijado y el labio trémulo, es Juan. Igual que José de Arimatea, también esconde con el cuerpo el pie de este otro árbol que, allá arriba, en el lugar de los nidos, alza al aire a un segundo hombre desnudo, atado y clavado como el primero, pero éste es de pelo liso, deja caer la cabeza para mirar, si aún puede, el suelo, y su cara, magra y escuálida, da pena, a diferencia del ladrón del otro lado, que incluso en el trance final, de sufrimiento agónico, tiene aún valor para mostrarnos un rostro que fácilmente imaginamos rubicundo, muy bien debía de irle la vida cuando robaba, pese a la falta que hacen los colores aquí. Flaco, de pelo liso, la cabeza caída hacia la tierra que ha de comerlo, dos veces condenado, a la muerte y al infierno, este mísero despojo sólo puede ser el Mal Ladrón, rectísimo hombre en definitiva, a quien le sobró conciencia para no fingir que creía, a cubierto de leyes divinas y humanas, que un minuto de arrepentimiento basta para redimir una vida entera de maldad o una simple hora de flaqueza. Sobre él, también clamando y llorando como el sol que enfrente está, vemos la luna en figura de mujer, con una incongruente arracada adornándole la oreja, licencia que ningún artista o poeta se habrá permitido antes y es dudoso que se haya permitido después, pese al ejemplo. Este sol y esta luna iluminan por igual la tierra, pero la luz ambiente es circular, sin sombras, por eso puede ser visto con tanta nitidez lo que está en el horizonte, al fondo, torres y murallas, un puente levadizo sobre un foso donde brilla el agua, unos frontones góticos, y allí atrás, en lo alto del último cerro, las aspas paradas de un molino. Aquí más cerca, por la ilusión de la perspectiva, cuatro caballeros con yelmo, lanza y armadura hacen caracolear las monturas con alardes de alta escuela, pero sus gestos sugieren que han llegado al fin de su exhibición, están saludando, por así decir, a un público invisible. La misma impresión de final de fiesta nos es ofrecida por aquel soldado de infantería que da ya un paso para retirarse, llevando suspendido en la mano derecha, lo que, a esta distancia, parece un paño, pero que también podría ser manto o túnica, mientras otros dos militares dan señales de irritación y despecho, si es posible, desde tan lejos, descifrar en los minúsculos rostros un sentimiento como el de quien jugó y perdió. Por encima de estas vulgaridades de milicia y de ciudad amurallada, planean cuatro ángeles, dos de ellos de cuerpo entero, que lloran y protestan, y se duelen, no así uno de ellos, de perfil grave, absorto en el trabajo de recoger en una copa, hasta la última gota, el chorro de sangre que sale del costado derecho del Crucificado. En este lugar, al que llaman Gólgota, muchos son los que tuvieron el mismo destino fatal, y otros muchos lo tendrán luego, pero este hombre, desnudo, clavado de pies y manos en una cruz, hijo de José y María, Jesús de nombre, es el único a quien el futuro concederá el honor de la mayúscula inicial, los otros no pasarán nunca de crucificados menores. Es él, en definitiva, éste a quien miran José de Arimatea y María Magdalena, éste que hace llorar al sol y a la luna, éste que hoy mismo alabó al Buen Ladrón y despreció al Malo, por no comprender que no hay diferencia entre uno y otro, o, si la hay, no es esa, pues el Bien y el Mal no existen en sí mismos, y cada uno de ellos es sólo la ausencia del otro. Tiene sobre la cabeza, que resplandece con mil rayos, más que el sol y la luna juntos, un cartel escrito en romanas letras que lo proclaman Rey de los Judíos, y, ciñéndola, una dolorosa corona de espinas, como la llevan, y no lo saben, quizá porque no sangran fuera del cuerpo, aquellos hombres a quienes no se permite ser reyes de su propia persona. No goza Jesús de un descanso para los pies, como lo tienen los ladrones, y todo el peso de su cuerpo estaría suspenso de las manos clavadas en el madero si no le quedara un resto de vida, la suficiente para mantenerlo erguido sobre las rodillas rígidas, pero pronto se le acabará, la vida, y continuará la sangre brotándole de la herida del pecho, como queda dicho. Entre las dos cuñas que aseguran la verticalidad de la cruz, como ella introducidas en una oscura hendidura del suelo, herida de la tierra no más incurable que cualquier sepultura de hombre, hay una calavera, y también una tibia y un omóplato, pero la calavera es lo que nos importa, porque es eso lo que Gólgota significa, calavera, no parece que una palabra sea lo mismo que la otra, pero alguna diferencia notaríamos entre ellas si en vez de escribir calavera y Gólgota escribiéramos gólgota y Calavera. No se sabe quién puso aquí estos restos y con qué fin lo hizo, si es sólo un irónico y macabro aviso a los infelices supliciados sobre su estado futuro, antes de convertirse en tierra, en polvo, en nada. Hay quien también afirme que éste es el cráneo de Adán, ascendido del negror profundo de las capas geológicas arcaicas, y ahora, porque a ellas no puede volver, condenado eternamente a tener ante sus ojos la tierra, su único paraíso posible y para siempre perdido. Atrás, en el mismo campo donde los jinetes ejecutan su última pirueta, un hombre se aleja, volviendo aún la cabeza hacia este lado.
martes, abril 17, 2007
“Frases escogidas”, de Les Luthiers
- El amor eterno dura aproximadamente tres meses.
lunes, abril 16, 2007
"Frases de castigo", de Bart Simpson
'El Presidente lo hizo' no es excusa.
Agregar 'era broma' no permite insultar al director.
Dejaré de hacerlo por teléfono.
Devolveré el perro guía.
El dolor no ayudará a recuperarse.
El hamster no tuvo una 'vida plena'.
Es mejor dejar los transplantes de órganos a profesionales.
Escribir en cursiva no significa lo que pienso.
Esto no es un pista.... ¿o lo es?
Estoy muy cansado.
Evitaré no usar ningún doble negativo.
Hacer llorar a Milhouse no es un proyecto científico.
La clase de ciencia no debe terminar en tragedia.
La enfermera no vende droga.
La genética no es una excusa.
El juramento de lealtad no termina con 'Viva Satanás'.
La nariz roja de Rudolph no está relacionada con el alcohol.
La peluca del director no es un frisbee.
La próxima vez podría estar yo en el andamio.
La verdad no está ahí afuera.
Los campesinos también son gente.
Los dientes flojos no necesitan mi ayuda.
Los maestros suplentes no son rompehuelgas.
Los peces dorados no rebotan.
Mi culo no es patrimonio de la humanidad.
Mi mamá no está saliendo con Jerry Seinfeld.
Mi suspensión no fue 'mutua'.
Mis tareas no fueron robadas por un hombre de un brazo.
Nadie lee más éstos.
Nadie quiere escuchar a mis axilas.
Ni estuve ahí ni hice eso.
No adoraré ídolos.
No apesta ser tú.
No aprendí todo lo que se necesitaba saber en el Kindergarten.
No apuntaré a la cabeza.
No bailaré en la tumba de nadie.
No comeré cosas por dinero.
No crearé arte de estiércol.
No demandaré lo que valgo.
No desperdiciaré tiza.
No destacaré la ignorancia del cuerpo docente.
No disecaré cosas salvo que se me ordene.
No enseñaré a otros a volar.
No enterraré al chico nuevo.
No fui el sexto Beatle.
No había ningún dios romano llamado Pedocus.
No haré esa cosa con mi lengua.
No haré girar la tortuga.
No instigaré una revolución.
No juraré lealtad a Bart.
No llegaré muy lejos con esta actitud.
No me dijeron que hiciera esto.
No me pasearé como si fuera el dueño.
No obedeceré a las voces en mi cabeza.
No pondré mensaljes subliminagores.
No puedo absolver pecados.
No puedo ver gente muerta.
No sorprenderé al incontinente.
No soy Charlie Brown en ácido.
No soy la reencarnación de Sammy Davis Jr.
No atormentaré a los emocionalmente débiles.
No vi a Elvis.
No vi nada inusual en la sala de profesores.
Rafita no va a transformarse si se le aprieta suficiente.
Se ríen de mí, no conmigo.
Terminaré lo que empie
Un ángel no me tocó ahí.
domingo, abril 15, 2007
"Edward Hopper", de Enrique Lihn

el lugar en que los hechos ocurrieron y/o van a ocurrir
eso pintó Edward Hopper
un mundo de cosas frías
y rígidos encuentros entre maniquíes vivientes
La luz extraterrestre con que empieza un domingo
sin fin o el resplandor de unos rieles crepusculares
eso pintó: un camino sin principio ni fin
una calle de Manhattan entre este mundo y el otro.
sábado, abril 14, 2007
"Llegarán suaves lluvias", de Sara Teasdale

Llegarán suaves lluvias y el olor de la tierra,
y golondrinas dando vueltas con sus relucientes sonidos;
y ranas en los estanques cantando por la noche,
y ciruelos silvestres de trémulo blanco.
Los petirrojos vestirán su emplumado fuego,
silbando sus caprichos sobre una pequeña alambrada;
y nadie sabrá de la guerra,
nadie se preocupará al fin cuando haya concluido.
A nadie le importaría, ni a un pájaro ni a un árbol,
si la humanidad pereció completamente;
y la Primavera misma, cuando despierte al amanecer,
apenas se daría cuenta que nos hemos ido.
viernes, abril 13, 2007
“El efecto Irán”, de Noam Chomsky

¿Cuáles son los planes de esa camarilla cada vez más desesperada que acapara el poder en Estados Unidos? No podemos conocerlos. Esta planificación de Estado se mantiene, por supuesto, en secreto por razones de seguridad. El análisis de algunos documentos desclasificados revela que esta afirmación tiene mucho de cierta, aunque únicamente si entendemos por seguridad la del Gobierno contra su enemigo nacional, la población en cuyo nombre gobierna.
Aún en el caso de que la camarilla de la Casa Blanca no estuviera planeando la guerra, el despliegue naval, el apoyo a los movimientos secesionistas y las acciones terroristas contra Irán, junto a otras variadas provocaciones, podrían desembocar fácilmente en una guerra accidental, a la que las resoluciones del Congreso no supondrían una barrera infranqueable. En general, dichas resoluciones incluyen invariablemente determinadas excepciones en aras de la seguridad nacional, abriendo con ello cauces de un tamaño suficiente para permitir el paso de varios grupos de combate navales con portaaviones y su ubicación en el Golfo Pérsico, tan pronto como determinados líderes faltos de escrúpulo realizan declaraciones catastrofistas, como por ejemplo las de Condoleezza Rice cuando hablaba de las “nubes en forma de seta” sobre las ciudades estadounidenses. Además, la preparación del tipo de incidentes que justifica estos ataques constituye una práctica absolutamente familiar. Incluso los peores monstruos echan mano de justificaciones de este tipo y adoptan este mecanismo.
La barrera más efectiva a la decisión de la Casa Blanca de iniciar una guerra es el tipo de oposición popular organizada que llenó de miedo al liderazgo político-militar en 1968, hasta el punto de hacerlo reticente a enviar más tropas a Vietnam, por temor, como hemos sabido por los Papeles del Pentágono, a que necesitarían esas tropas para controlar el desorden civil interno.
Sería útil preguntarnos cómo actuaríamos nosotros si Irán hubiera invadido y ocupado Canadá y México y estuviera arrestando a representantes del gobierno de Estados Unidos en esos países, basándose en razones de resistencia a la ocupación iraní (llamada liberación, por supuesto). Imaginemos también que Irán estuviera desplegando masivas fuerzas navales en el Caribe y lanzando amenazas creíbles de lanzar una oleada de ataques contra una amplia gama de instalaciones –nucleares y de otro tipo– en Estados Unidos, si el gobierno de este país no aceptara liquidar inmediatamente todos sus programas de energía nuclear (y, naturalmente, desmantelar todas sus armas nucleares, que son infinitamente superiores, en cantidad y calidad a las del propio Irán). Supongamos que todo esto sucede después de que Irán hubiera derrocado el gobierno de Estados Unidos e instalado un innoble tirano (como Estados Unidos hizo en Irán en 1953), que luego hubiera apoyado una invasión rusa de Estados Unidos capaz de matar millones de personas (como Estados Unidos apoyó la invasión de Irán por Sadam Husein en 1980, que causó la muerte de cientos de miles de iraníes). ¿Nos quedaríamos acaso observando todo esto tranquilamente?
Resulta fácil comprender una observación realizada por uno de los principales historiadores militares de Israel, Martin van Creveld. Después de que Estados Unidos invadiera Irak, sabiendo que este país estaba sin defensa, afirmó: “Si los iraníes no intentaran fabricar armas nucleares, estarían locos”.
Es evidente que ninguna persona en su sano juicio desea que Irán, o cualquier otra nación (incluyendo las que gozan de “libre-auto-permiso” como Estados Unidos e Israel), desarrolle armas nucleares. Una resolución razonable de la actual crisis permitiría a Irán desarrollar su energía nuclear, de acuerdo con sus derechos como firmante del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, pero no armas nucleares. ¿Es factible esta solución? Lo sería, con una sola condición: que Estados Unidos e Irán fuesen sociedades democráticas en correcto funcionamiento, en las que la opinión pública tuviese una repercusión significativa a la hora de establecer las políticas públicas.
En realidad, esta solución cuenta con el apoyo mayoritario de iraníes y estadounidenses, que, en general, están de acuerdo en estas cuestiones nucleares. El consenso iraní-estadounidense incluye la completa eliminación de las armas nucleares en todo lugar (82% de estadounidenses); y si esto no puede conseguirse, debido a la oposición de las élites, entonces por lo menos el establecimiento de “una zona libre de armas nucleares en Oriente Próximo que incluya tanto los países islámicos como Israel” (71% de estadounidenses).
El 75% de los estadounidenses prefieren mejorar las relaciones con Irán que lanzar amenazas de fuerza. En pocas palabras, si la opinión pública tuviese una influencia significativa en las políticas de estado en Estados Unidos e Irán, la resolución de la crisis sería cuestión de poco tiempo, como también lo sería la consecución de soluciones de amplio alcance al desorden nuclear global.
jueves, abril 12, 2007
«Easy Rider», de Dennis Hopper
– No tienen miedo de ustedes. Los asusta lo que ustedes representan para ellos.
– Todo lo que representamos para ellos es alguien que necesita un corte de pelo.
– No. Lo que ustedes representan para ellos es libertad.
– ¿Cuál es el problema con la libertad? La libertad es lo más importante.
– Claro, eso es. De eso se trata todo. Pero hablar de ella y practicarla son dos cosas distintas. Digo que es realmente difícil ser libre cuando te compran y venden en el mercado.
No le digas a nadie que no es libre, porque se pondrán a matar y a mutilar para probarte que sí lo son.
Sí, te hablarán, te hablarán y te hablarán de la libertad individual. Pero si ven a un individuo libre, se van a asustar.
– Bueno, pero el miedo no los hace correr asustados.
Easy Rider fue filmada el año 1969
y escrita por Peter Fonda, Dennis Hopper y Terry Southern.
miércoles, abril 11, 2007
“Lo apenas esencial”, de Shib Tao (1641-1717)

Mi naturaleza esencial no gusta de la vida en las ciudades;
para estar libre del ruido
me construí una pequeña cabaña con techo de paja.
Lejos, en lo profundo de las montañas;
cuando llega la primavera observo los pájaros.
En verano me baño en el arroyo,
en otoño trepo a las más altas cumbres.
Durante el invierno me caliento al Sol;
así disfruto del verdadero sabor de las estaciones.
¡Que el Sol y la Luna giren solos!
Cuando tengo tiempo leo los sutras.
Cuando estoy cansado duermo en mi cama de paja.
Si me preguntas “¿A quién ves en tus sueños?”,
contestaría: “Al Emperador Amarillo” (*).
Fue él quien me transmitió la enseñanza secreta,
la cual me está prohibido pasarte.
He llevado la túnica negra durante décadas.
El significado de la enseñanza
es profundo y vasto como el océano,
cuando lo revelo con mi trabajo de pincel,
sus méritos son ilimitados.
Si te explicara esta enseñanza,
la montaña sólida, me temo, saldría volando.
(*) Nombre dado al fundador del Taoísmo
martes, abril 10, 2007
"Eco de una batalla", de Juan Carlos Villavicencio

El reflejo i los ojos del fuego en el amplio espacio derruido.
Reconstruir los giros de metales contra sí,
la ira o el placer invadiendo la sangre incauta,
el aire resintiendo aquel azote.
Tras el estruendo sus asustados pasos devastaban
las pequeñas milicias del hermano.
Ahora, rodeada de cadáveres i miembros,
recrea el cuadro fascinada por el vívido recuerdo
de la danza cuando aquel silencio ardiente.
lunes, abril 09, 2007
“Vasos vacíos. Entrevista a Charles Bukowski”, de Sean Penn

Alcohol: “El alcohol es probablemente una de las mejores cosas que han llegado a esta tierra, además de mí. Entonces nos llevamos bien. Es destructivo para la mayoría de la gente, pero yo soy un caso aparte. Hago todo mi trabajo creativo cuando estoy intoxicado. Incluso me ha ayudado con las mujeres. Siempre fui reticente durante el sexo, y el alcohol me ha permitido ser más libre en la cama. Es una liberación porque básicamente yo soy una persona tímida e introvertida, y el alcohol me permite ser este héroe que atraviesa el espacio y el tiempo, haciendo un montón de cosas atrevidas... Entonces el alcohol me gusta, cómo no”.
Fumar: “Me gusta fumar. El cigarrillo y el alcohol se equilibran. No pasa así con otras drogas, alcohol y marihuana por ejemplo, esa droga de niñitas. Yo solía despertarme de una borrachera y había fumado tanto que mis dos manos estaban amarillas, casi marrones, como si tuviera puestos guantes. Y me preguntaba: ¡Mierda! ¿Cómo se verán mis pulmones?”.
Las mujeres y el sexo: “Yo las llamo máquinas de quejarse. Las cosas con un tipo nunca están bien para ellas. Y cuando me tiran toda esa histeria... Tengo que salir, agarrar el auto e irme. A cualquier parte. Tomar una taza de café en algún lado. En cualquier lado. Cualquier cosa menos otra mujer. Supongo que están construidas de diferente manera, ¿no? Cuando la histeria empieza, se acaba todo. Uno se tiene que ir, ellas no entienden por qué. ¿Adónde vas?, te gritan. ¡Me voy a la mierda, nena!. Piensan que soy un misógino, pero no es verdad. Eso es pura boca. Escuchan que Bukowski es ‘un cerdo macho chauvinista’, pero no chequean la fuente. Seguro, a veces pinto una mala imagen de las mujeres en mis cuentos, pero con los hombres hago lo mismo. Incluso yo salgo mal parado muchas veces. Si realmente pienso que algo es malo, digo que es malo, sea hombre, mujer, niño o perro. Las mujeres son tan quisquillosas, piensan que me las agarro con ellas en particular. Ése es su problema”.
La primera vez: “Mi primera vez fue la más rara. No sabía cómo hacerlo, y ella me enseñó a chuparle la concha y todas esas cosas de coger. Me acuerdo que me decía: ‘Hank, eres un buen escritor, pero no sabés una mierda sobre las mujeres’. ‘¿Qué quieres decir? Estuve con un montón de mujeres.’ ‘No, no sabes nada. Déjame enseñarte algunas cosas.’ Le dije que bueno y ella: ‘Eres un buen estudiante, entiendes rápido’. Eso fue todo. (Un poco avergonzado. No por los detalles sino por el sentimentalismo del recuerdo.) Pero todo ese asunto de chupar conchas se puede poner un poco servil. Me gusta hacerlas gozar, pero... Todo está sobrevalorado. El sexo sólo es una gran cosa cuando no lo haces”.
Escribir: “Escribí un cuento desde el punto de vista de un violador de una niña muy pequeña. Y la gente me acusó. Me hicieron entrevistas. Decían: ‘¿Le gusta violar a niñitas?’. Dije: ‘Por supuesto que no. Estoy fotografiando la vida’. Me metí en problemas con montones de cosas. Pero, por otro lado, los problemas venden libros. Pero, en última instancia, escribo para mí. (Da una larga aspirada a su cigarrillo.) Es así. La fumada es para mí, la ceniza es para el cenicero. Eso es publicar. Nunca escribo de día. Es como ir al supermercado desnudo. Todo el mundo te puede ver. De noche es cuando se sacan los trucos de la manga, la magia”.
Céline: “La primera vez que leí a Céline, me fui a la cama con una caja grande de galletitas Ritz. Empecé a leerlo y me comía una galletita Ritz, me reía, me comía una Ritz, leía. Leí la novela entera de un tirón y me terminé la caja de galletitas. Y me levanté y tomé agua. Tendrías que haberme visto. No me podía mover. Eso es lo que un buen escritor te puede hacer. Te puede matar. Un mal escritor puede hacerlo, también”.
Shakespeare: “Es ilegible y está sobrevalorado. Pero la gente no quiere escuchar esto. Uno no puede atacar templos. Ha sido fijado a lo largo de los siglos. Uno puede decir que tal es un pésimo actor, pero no puede decir que Shakespeare es mierda. Cuando algo dura mucho tiempo, los snobs empiezan a aferrarse a él, como ventosas. Cuando los snobs sienten que algo es seguro, se aferran. Pero si les decís la verdad, se ponen salvajes. No pueden soportarlo. Es atacar su propio proceso de pensamiento. Me desagradan”.La gente: “No miro mucho a la gente. Es perturbador. Dicen que si miras mucho a otra persona, te empiezas a parecer a ella. Pobre Linda. La mayoría de las veces me la puedo pasar sin la gente. La gente no me llena, me vacía. No respeto a nadie. Tengo un problema en ese sentido”.
La fama: “Es destructora. Es una puta, una perra, la destructora más grande de todos los tiempos. A mí me tocó la mejor parte porque soy famoso en Europa y desconocido aquí, en Estados Unidos. Soy uno de los hombres más afortunados. La fama es terrible. Es una media en una escala del denominador común, la meten trabajando a un nivel bajo. No tiene valor. Una audiencia selecta es mucho mejor”.
La belleza: “No existe algo como la belleza, especialmente en un rostro humano, eso que llamamos fisonomía. Todo es un imaginado y matemático alineamiento de rasgos. Por ejemplo, si la nariz no sobresale mucho, si los costados están bien, si las orejas no son demasiado grandes, si el cabello no es demasiado largo. Es una mirada generalizadora. La gente piensa que ciertos rostros son hermosos, pero, realmente, no lo son. La verdadera belleza, por supuesto, viene de la personalidad. No tiene nada que ver con la forma de las cejas. Me dicen de tantas mujeres que son hermosas, pero cuando las veo, es como mirar un plato de sopa”.
La violencia: “Creo que, la mayoría de las veces, la violencia es malinterpretada. Hace falta cierta violencia. En nosotros hay una energía que necesita ser sacada. Creo que si esa energía es contenida, nos volvemos locos. La paz última que todos deseamos no es un área deseable. De alguna manera, no estamos destinados a eso. Por eso me gusta ver peleas de boxeo, y por eso yo mismo las protagonizaba en mi juventud. A veces se llama violencia a la expulsión de energía con honor. Hay locura interesante y locura desagradable. Hay buenas y malas formas de violencia. Es un término vago. Está bien si no se hace a expensas de otros”.
La fe: “La fe está bien para los que la tienen. Mientras no me la tiren por la cabeza. Tengo más fe en mi plomero que en el ser eterno. Los plomeros hacen un buen trabajo. Dejan que la mierda fluya”.
La moralidad convencional: “Puede que no exista el infierno, pero los que juzgan pueden crearlo. Pienso que la gente está sobredomesticada. Uno tiene que averiguar lo que le pasa, y cómo va a reaccionar. Voy a usar un término extraño aquí: el bien. No sé de dónde viene, pero siento que hay un básico rasgo de bondad en cada uno de nosotros. No creo en Dios, pero creo en esta ‘bondad’, como un tubo dentro de nuestros cuerpos. Puede ser alimentada. Siempre es mágica, por ejemplo cuando en una autopista sobrecargada de tráfico un extraño hace lugar para que alguien pueda cambiar de mano. Es esperanzador”.
Sobre ser entrevistado: “Es como ser arrinconado. Es vergonzoso. Por eso, no siempre digo toda la verdad. Me gusta jugar y burlarme un poco, así que doy información falsa sólo por el gusto de entretener y mentir. Así que si quieren saber algo sobre mí, no lean una entrevista. Ignoren ésta, también”.
domingo, abril 08, 2007
"Cuando Santiago llamado el Buen Hombre", de Andrés Rodríguez Aranis
Cuando Santiago llamado el Buen Hombre
es decir cuando Santiago hizo su marcha hasta Compostela
llamada la Bárbara Hocicona de la Trepadura
es decir cuando Santiago
apóstol mayor de lo que por ningún motivo debe glosarse leal
cuando Santiago exprimió a los hermanos
para después achicarlos en lo oscuro
y publicó un libro
y distribuyó barriles de grandeza
y atravesó calles con su columna de oro
y salpicó bondades de anilina
y quemó incienso en la Cabeza de la Academia
cuando digo cuando Santiago
se impele a lo increíble
y lo decreta
mejor lo diga lo diga lo diga Prodan
mejor hablar
hoy
de ciertos trastos
de ciertas cosas



