sábado, abril 21, 2007

“Especulaciones en torno a una frase de Jorge Edwards”, de Carlos Almonte





O
currió durante una fría noche de invierno. Un amigo bebía unas cervezas en la terraza de un bar en el barrio Bellavista. Todo transcurría normalmente. Las personas caminaban por la acera, o por la calle, y entraban y salían de otros bares. Había personas ebrias. Había personas sobrias. Es decir, lo usual. En un momento se ve caminar del brazo a dos caballeros de edad madura. Un eximio académico y poeta y el también eximio escritor Edwards. Se los veía contentos, conversando seguramente de otros escritores, de leyendas, de anécdotas de viajes, tal vez de fútbol... La narración de mi amigo reza como sigue: “estaban a punto de doblar la esquina y perderse para siempre del recuerdo de esa noche, cuando desde un bar cercano, a la altura del Café Libro o de La Tasca, fue expulsado un fuerte grito: “¡MUSEO DE CERA!”, lo que provocó la inmediata reacción del par de caballeros, quienes con curiosidad y silencio volcaron sus miradas intentando encontrar al emisor de tan cifrada frase. Por supuesto tal encuentro no ocurrió y los dos señores continuaron su camino, sonrientes, divertidos, aparentemente olvidados del suceso”.

Hay que reconocer que cada cierto tiempo ocurren estas cosas. Desde algún lugar imposible de precisar (un sótano vacío, un vagón distante, una ventana semi-abierta) se escucha alguna frase que nos queda guardada en el último rincón de la memoria. No por su belleza o poesía, no por su exiguo contenido o supuesta originalidad, sino más bien por la exactitud y condición de cierre, o conclusión. Poco más hay que decir después de oír una frase tan bien puesta como esa. Y, tal vez en este caso no sobra la aclaración, no me refiero obviamente a una supuesta alusión de antiguedad. Nadie más vigente que estos personajes. Me refiero a lo demás, al entorno semántico que permanece en las tinieblas.

Tal vez Edwards quiso, en parte, emular aquella noche en Bellavista y pronunciar una frase con significado esquivo que a la vez fuera un enigma, un acertijo: “los escritores jóvenes sólo conocen a Bolaño”. Tal vez fue eso y nada más. El recuerdo y homenaje de una noche fría y un grito desolado de autoría indefinida.

Quizás sea el momento de iniciar el breve e infructífero ejercicio especulativo que provoca un acerto como éste. (no)Hablaré en condicional, después de todo es pura especulación.

1. Es evidente que en una frase como ésta existe una importante cuota de provocación. “Quiere polémica”, se comentaría en conversaciones de trasnoche.

2. ¿Cuál es el catastro que un “escritor viejo” realiza para llegar a tamaña conclusión? ¿Llamadas telefónicas? ¿Conversaciones con sus amigos escritores-no-tan-jóvenes? (Digo “escritor viejo” haciendo el lógico dicotómico que él mismo propone al hablar de “escritores jóvenes”, donde creo que no se incluye (ergo, él no es joven y conoce más que a Bolaño).

3. ¿Existe en su análisis un método serio y responsable, o es sólo una “impresión” al decir de tantas y tan variadas publicaciones en torno al escritor Bolaño?

4. Es evidente que los escritores jóvenes son una tropa de ignorantes en comparación a él. Tal es su forma de pensar. A todo esto: ¿a qué se referirá con eso de “escritores jóvenes”? ¿Menores de cuarenta años? ¿Inéditos? ¿Menores que él?

5. Es evidente que Edwards desconoce las pautas de lectura de los escritores jóvenes, y concluye a partir de sus propias especulaciones e impresiones e intuiciones, tal como lo hago yo en este momento. En este sentido, el presente texto tiene todavía menos validez que su encrucijada frase. (Esto último es sólo un guiño).

6. Se podría concluir que Edwards siente resquemor de jamás haber conseguido ser un “autor de culto”, de no contar con lectores fieles, de no provocar tantas discusiones de bar en torno a su obra. Pero acaso sería demasiado simple pensar de esta manera. Desechemos esta opción.

7. Tanto, y tan poco a la vez, se puede deducir de una afirmación lanzada con tanto arrojo y valentía.


Y se podría continuar especulando aún más finamente, aún más profusamente. Sin embargo, prefiero pensar que el avezado escritor Edwards lo que hace es proponer un juego dialéctico y provocador. Un señor como él, con tantas y tan buenas publicaciones, y tantos y tan afamados premios, no se inmiscuye en debates de tan poca monta, con sujetos tan poco leídos y a tan dispar altura suya. Tal vez, incluso, se trate de una mala interpretación de sus dichos, de una tergiversación, de una expropiación de terrenos semánticos y narratológicos, y finalmente no haya ninguneado ni a Bolaño (por no merecer lecturas enfocadas y frecuentes), ni a los escritores jóvenes (que no leen otra cosa, según su decir). Tal vez su intención haya sido finalmente otra, cualquier otra.

En estos términos, el presente texto no deja de ser una equivocación total (desde su inicio y génesis), y tan sólo una opinión de más.













1 comentario:

anais dijo...

Hola!
Este comentario es, en realida, un pedido: ¿No tendrás por ahí un relato de Galeano, en el que compara la sonrisa de un bebé recién nacido con la de su bisabuelo (o su abuelo, no recuerdo bien) que lo mira a través del vidrio de la nurserie, y dice que él no quiere esas sonrisas porque no son concientes?
Te agradeceré más que mucho, aunque sea el nombre del cuentito.

Desda la fría y húmeda tarde otoñal porteña, anais i.