martes, diciembre 17, 2013

“Mandela, Sudáfrica, Israel y los muros”, de Daniel Gatti





Presidentes y jefes de gobierno de más de 70 países se encontraron el martes 10 en Sudáfrica para el funeral de Nelson Mandela, uno de los líderes mundiales que más consenso ha logrado a su muerte. Coincidieron en Johannesburgo Barack Obama y Raúl Castro, que hasta se dieron un apretón de manos. Pero una ausencia llamó mucho la atención: la de algún representante de primera línea de Israel.




Los principales dirigentes israelíes fueron uno a uno desistiendo de emprender el viaje de Tel Aviv a Johannesburgo. Benjamin Netanyahu, el primer ministro conservador y hombre fuerte del país, fue quien esgrimió la excusa más inverosímil: “un viaje así”, dijo, “resulta muy caro”. Un comunicado oficial llegó a enumerar los costos (en pasaje de avión para el gobernante y traslado de equipos blindados y personal de seguridad, por ejemplo) que deberían asumirse en caso de viaje del gobernante. Pero esos costos hubieran sido mucho menores si quien hubiera viajado hubiera sido el presidente laborista Shimon Peres. Problema: Peres “se engripó”. Ningún otro integrante del Poder Ejecutivo (ministro, subsecretario) pudo asistir a los funerales. Quien finalmente viajó a Sudáfrica fue el vocero de la Knesset, el parlamento israelí. Demasiado poco, demasiado llamativo.

Una lectura de los principales medios de prensa internacionales no permite, sin embargo, saber con precisión por qué un país como Israel, que no pierde ocasión de remarcar su supuesto apego al respeto de los “valores universales de los derechos humanos”, no consideró oportuno estar representado a alto nivel en el homenaje póstumo a uno de los líderes mundiales más aclamados de la historia reciente por tirios y troyanos precisamente en el campo de los derechos humanos.

La respuesta habría que encontrarla en dos hechos. Uno del pasado: Israel estuvo entre los principales respaldos con que contó el régimen racista del apartheid hasta su desmantelamiento, poco después de la salida de prisión de Mandela, en 1990. El otro es del presente: Sudáfrica está entre los países en donde más se agita la idea de que la política que aplica Israel hacia los palestinos es muy similar a la que los sudafricanos blancos practicaron hacia los negros.

En 2010, el diario progresista inglés The Guardian publicó documentos secretos que demostraron la estrecha relación entre los dos estados, que habrían llegado incluso hasta el ofrecimiento de Israel a Sudáfrica de cooperar en el terreno nuclear militar. Quien negoció por la parte israelí fue el entonces ministro de Defensa Shimon Peres.

Entre quienes más han denunciado en el mundo la política discriminatoria hacia los palestinos, sellada hasta con un muro –más alto, más grande, igualmente ominoso, que el de Berlín, pero mucho menos mentado que éste– figura el arzobispo negro sudafricano y premio Nobel de la paz en 1984, Desmond Tutu. Tutu fue quien cerró el martes 10 el funeral público de Mandela en el estadio de fútbol emplazado en las cercanías de Soweto, un gigantesco barrio marginal que en los tiempos del apartheid fuera considerado un símbolo de la resistencia negra al sistema.

La actual Sudáfrica es, además, el país en que más ha prendido la campaña internacional BDS (Boicott, Desinversión, Sanciones) contra Israel, por su política hacia los palestinos. Un ejemplo: al importar productos producidos en Gaza o Cisjordania Sudáfrica los etiqueta como provenientes de los “territorios palestinos ocupados” y no como “Made in Israel”.

Por estos días, Haaretz, el diario de izquierda israelí en el que la periodista Amira Hass escribe reiteradamente sobre el “apartheid” que padece la población palestina, se interroga acerca de qué pasaría si de entre los palestinos surgiera una figura como Nelson Mandela. “Es tentador –pero equivocado– pensar que el conflicto israelí pudiera resolverse con la figura de un salvador como Mandela”, dice al respecto un editorialista.

En un discurso pronunciado en 1997, Mandela afirmaba: “Bien sabemos nosotros que nuestra libertad está incompleta sin la libertad de los palestinos”.



en Rel-UITA.org, 13 de diciembre de 2013

















lunes, diciembre 16, 2013

"De la ambición humana", de Luis de Góngora y Argote






Mariposa, no sólo no cobarde,
mas temeraria, fatalmente ciega,
lo que la llama el Fénix aún le niega,
quiere obstinada que a sus alas guarde:

pues en su daño arrepentida tarde,
del esplendor solicitada, llega
a lo que luce, y ambiciosa entrega
su mal vestida pluma a lo que arde.

¡Yace gloriosa en la que dulcemente
huesa le ha prevenido abeja breve,
suma felicidad a yerro sumo!

No a mi ambición contrario tan luciente,
menos activo, si cuanto más leve,
cenizas la hará, si abrasa el humo.





1623









domingo, diciembre 15, 2013

“Leyendo a Quevedo”, de Miriam Torres Millán








Cenaron y cenamos todos
y no cenó ninguno.
Francisco de Quevedo



Bajo el umbral de la noche
con el estómago en el cerebro
jugando a comer aire
una noche nos comieron los ojos
luego la lengua
y al despertar
solo nuestras manos miraban y sentían.
Nos dijeron que era bueno
y nos acordamos de Dios.
Pero ÉL trabajó y descansó.
Nosotros no sabemos de domingos
solo de esa noche cuando nos dijeron que era bueno.
Desde entonces andamos a tropezones con nuestra ignorancia.



en La memoria iluminada: poesía mapuche contemporánea, 2007










sábado, diciembre 14, 2013

"El pescador", de Su T’ung-po





El pescador va por su bebida,
entra al negocio de vinos,
y también ordena
pescado y cangrejos.
En cuanto al vino, sólo pide lo suficiente
como para intoxicarse.
No pregunta el precio,
el pescador se emborracha.
Baila con su chaqueta de hierbas,
trata de hallar el camino a casa.
Deja que el pequeño remo se mueva,
y que flote el bote .
Cuando se despierta,
no tiene idea donde se encuentra.
Se despierta al mediodía,
y ahí en el río, su sueño
se rompe en pedazos en esta primavera.
Entre capullos que caen
y candelillas que vuelan.
Sobrio pero borracho, borracho pero sobrio,
se ríe de la mortalidad.
Todo esto es antiguo y nuevo.





"Pescador en un lago invernal" (1195), pintura de Ma Yuan








viernes, diciembre 13, 2013

“Lo que ha hecho Israel”, de Edward Said









Pese a los esfuerzos israelíes por restringir la cobertura en los medios de su destructiva invasión de los pueblos y campos de refugiados palestinos en la franja occidental, imágenes e información han logrado filtrarse a la red electrónica; existen ahí cientos de testimonios verbales y visuales de testigos presenciales. Esto ha sido posible también gracias a la cobertura de las televisiones europea y árabe –esta última inaccesible, bloqueada o hecha a un lado por los principales medios estadunidenses-. Dicha evidencia proporciona pruebas contundentes de lo que es y siempre ha sido la campaña israelí: el intento por conquistar irreversiblemente el territorio palestino y la sociedad.

La línea oficial (que tiene el respaldo de Washington y de prácticamente todos los comentaristas de noticias estadunidenses) es que Israel se defiende emprendiendo acciones de represalia por los bombazos suicidas que minan su seguridad, y que incluso amenazan su existencia. Tal afirmación ha logrado un estatus de verdad absoluta, y no la moderan ni con las acciones que Israel emprende ni con lo que en realidad ha ocurrido.

Se repite tan frecuentemente, y sin argumentos, que hay que arrancar la red del terrorismo, destruir su infraestructura, atacar los nidos de terroristas (nótese la total deshumanización que implica cada una de estas frases) que se le ha otorgado a Israel el derecho de hacer lo que le place, ocasionando enorme daño a la vida civil palestina, destrucción desenfrenada y sin motivo, matanzas, humillación, vandalismo, violencia muy tecnificada, sobrecogedora y sin razón. Ningún otro Estado sobre la tierra hubiera podido hacer lo que Tel Aviv ha hecho, con tanta aprobación y respaldo como le ha dispuesto Estados Unidos. Ningún Estado ha sido tan intransigente y destructivo, tan fuera de sus propias realidades, como Israel.

Pero hay señales de que la sorprendente, por no decir grotesca, naturaleza de sus reclamos (la "lucha por su existencia") se erosiona lentamente merced a la burda y casi inimaginable devastación tendida por el Estado judío y su homicida primer ministro, Ariel Sharon. Echemos un vistazo al reportaje escrito por Serge Schmemann (quien no es precisamente un propagandista pro-palestino), aparecido en la primera plana del New York Times el 11 de abril, cuyo encabezado reza: "Los ataques israelíes convierten los planes palestinos en metales retorcidos y pilas de escombro. No hay forma de evaluar en toda su envergadura el daño a ciudades y pueblos -Ramallah, Belén, Tulkarem, Qalqilya, Nablus y Jenin- que se mantienen bajo un estrecho estado de sitio; las patrullas y los francotiradores disparan en las calles. Pero es factible afirmar que se ha devastado la infraestructura de la vida misma y de cualquier futuro Estado palestino -las carreteras, las escuelas, las torres eléctricas, las bombas de agua y el cableado telefónico".

Qué cálculo inhumano llevó al ejército israelí a lanzar 50 tanques, 250 ataques diarios con misiles y docenas de embestidas con F-16 para sitiar el campo de refugiados de Jenin durante toda una semana. Este sólo es un predio de un kilómetro cuadrado, tachonado de barracas que alojan unos 15 mil refugiados y no más de una docena de hombres armados con rifles automáticos, pero sin defensas mayores, ni líderes; sin misiles ni tanques; sin nada. ¿Cómo es que a esto se le llama responder a la violencia terrorista que amenaza la supervivencia de Israel? Los reportes hablan de cientos de enterrados por el escombro que ahora los bulldozer tratan de amontonar sobre las ruinas del campamento. ¿Acaso los hombres, las mujeres y los niños palestinos, todos ellos civiles, son sólo ratas o cucarachas que pueden atacarse o asesinarse por miles sin que se invoque palabra alguna de compasión o en su defensa? ¿Y qué de la captura de miles de hombres palestinos, desaparecidos por los soldados israelíes sin rastro alguno; qué del desamparo y la falta de vivienda de los tantos seres, comunes y corrientes, que intentan sobrevivir entre las ruinas creadas por los bulldozer por toda la franja occidental, en un estado de sitio que lleva ya meses y meses; qué de los cortes a la electricidad y al agua en todos los poblados palestinos, de los largos días de toque de queda total, de la escasez de alimentos y medicinas, de los heridos que se desangran hasta la muerte, de los ataques sistemáticos a las ambulancias o al personal de asistencia, que incluso de manera velada Kofi Annan ha decretado como peligrosos? No podrán tirarse al agujero de la memoria todos estos actos. Los amigos de Israel deberían preguntarle cómo es que tales políticas suicidas podrán traerle paz, aceptación, seguridad.

La más formidable y temible maquinaria de propaganda ha logrado la monstruosa transformación de un pueblo entero en poca cosa más que "militantes" y "terroristas". Esto ha solapado que no sólo los soldados de Israel, sino una flotilla de sus escritores y defensores borroneen la terrible historia de sufrimiento y abuso con tal de destruir impunemente la existencia civil del pueblo palestino.

Ha desaparecido de la memoria pública la destrucción de la sociedad palestina en 1948, al igual que la fabricación de un pueblo desposeído; la conquista de las franjas occidental y de Gaza, así como su ocupación militar desde 1967; la invasión de 1982, junto con los 17 mil 500 libaneses y palestinos muertos; las masacres de Sabra y Chatila; el continuo asalto a escuelas, campos de refugiados, hospitales e instalaciones palestinas de todo tipo. Qué objetivo antiterrorista se cumple destruyendo los edificios del Ministerio de Educación, el cabildo de Ramallah, la Oficina Central de Estadística, varios institutos especializados en derechos civiles, salud y desarrollo económico, hospitales y estaciones de radio y televisión para luego retirar los archivos de todos ellos. ¿No está claro que Sharon se inclina no sólo a "quebrar" a los palestinos, sino a tratar de eliminarlos como pueblo con instituciones nacionales?

En un contexto de tal disparidad y poder asimétrico, parece de locos el seguir pidiendo a los palestinos -que no cuentan con ejército, fuerza aérea, tanques, defensas de algún tipo o un liderazgo en funciones- que "renuncien" a la violencia, sin exigir limitaciones comparables a los actos de Israel. Incluso el asunto de los bombazos suicidas, algo a lo que siempre me he opuesto, no puede examinarse desde un punto de vista que permita que el racismo, oculto, sea el rasero por el que se valora más las vidas israelíes que la de muchos más palestinos desaparecidos, baldados, distorsionados y menospreciados de antemano por la larga ocupación militar israelí y por la barbarie sistemática utilizada abiertamente por Sharon contra ellos desde que iniciara su carrera en los años 50.

En mi opinión no puede concebirse paz alguna que no ataje el problema real: que Israel, a ultranza, se rehúsa a aceptar la existencia soberana del pueblo palestino, pese a que tiene derechos sobre lo que Sharon y muchos de quienes lo apoyan consideran tierra exclusiva del Gran Israel, es decir, la franjas occidental y de Gaza.

En los números del 6 y 7 de abril (2002) del Financial Times, un perfil sobre Sharon concluía con este revelador pasaje de su autobiografía, que el diario introdujo con la frase: "ha escrito, con el orgullo que le da estar convencido, como sus padres, que árabes y judíos pueden vivir unos con otros". Entonces viene la relevante cita del libro de Sharon: "Pero ellos creían, sin cuestionamiento alguno, que sólo ellos tenían derechos sobre esta tierra. Y nadie los iba a echar de aquí, pese al terrorismo y a todo lo demás. Cuando posees la tierra físicamente... entonces tú tienes el poder, no sólo el poder físico, también el poder espiritual".

En 1988 la OLP concedió que sería aceptable partir la Palestina histórica en dos estados diferenciados. Esto se ha reafirmado en numerosas ocasiones y, ciertamente, de nuevo, en los documentos de Oslo. Pero únicamente los palestinos reconocieron explícitamente la noción de tal partición. Israel nunca lo ha hecho. Esto explica por qué ahora hay más de 170 asentamientos israelíes en tierras palestinas, por qué existen 482 kilómetros de red carretera que conecta estas localidades e impide los movimientos palestinos (de acuerdo a Jeff Halper, del Comité Israelí contra la Demolición de Casas, ésta costó 3 mil millones de dólares y la financió Estados Unidos). Por último, también explica por qué ningún primer ministro israelí, de Rabin hasta ahora, ha concedido una soberanía real a los palestinos y por qué los asentamientos crecen año a año. El simple atisbo a un mapa reciente de estos territorios revela lo que ha estado haciendo Tel Aviv durante los acuerdos de paz, y la discontinuidad y el achicamiento geográficos de la vida palestina que resultaron de sus actos. En efecto, Israel se considera a sí mismo y al pueblo judío como los poseedores del territorio en su totalidad: en Israel hay leyes de tenencia de la tierra que lo garantizan, pero en la franja occidental y en Gaza cumplen la misma función la red de asentamientos y las carreteras, y no dan ningún derecho soberano sobre la tierra a palestino alguno.

Lo que perturba la mente es que ningún funcionario -ni estadunidense ni palestino ni árabe, ni de Naciones Unidas, ni de Europa o cualquier otra parte- ha cuestionado a Israel en este punto, que se entretejió en todos los documentos, procedimientos y acuerdos de Oslo. Lo que explica, por supuesto, que después de casi 10 años de "negociaciones de paz" siga controlando la franja occidental y Gaza. Estos territorios los controlan más directamente (¿los poseen?) mediante más de mil tanques y miles de soldados israelíes. El principio que subyace sigue siendo el mismo. Ningún líder (ciertamente ni Sharon ni sus allegados pertenecientes al movimiento Tierra de Israel, que son mayoría en su gobierno) ha reconocido oficialmente los territorios ocupados como tales, o ha reconocido que los palestinos podrían, por lo menos teóricamente, tener derechos soberanos, es decir, sin que Israel controle las fronteras, el agua, el aire, la seguridad, en el territorio que todo el mundo, con la excepción ya descrita, considera tierra palestina. Así que hablar de la "visión" de un Estado palestino, como hoy es la moda, es una pura visión, a menos que el gobierno de Israel conceda oficial y abiertamente el punto de la tenencia de la tierra y la soberanía. Nadie lo ha hecho y, si no me equivoco, nadie lo hará en un futuro próximo.

Debe recordarse que Israel es el único Estado del mundo actual que nunca ha tenido fronteras internacionales declaradas; el único país que no es de sus ciudadanos, sino de todo el pueblo judío; el único donde más del 90 por ciento de la tierra está destinada, bajo custodia, al uso exclusivo del pueblo judío. Que sea también el único Estado en el mundo que nunca ha reconocido ninguna de las previsiones principales de las leyes internacionales (como lo argumentara recientemente Richard Falk) sugiere la profundidad del enredijo estructural de rechazo absoluto que deben afrontar los palestinos.

Es por estas razones que he sido escéptico de las discusiones y encuentros por la paz, una palabra adorable que en el contexto presente significa llanamente que los palestinos debieran dejar de resistir a los israelíes y perder control sobre su tierra. Una de las muchas deficiencias del terrible liderazgo de Arafat (por no hablar de los más lamentables de otros líderes árabes en general) es que a lo largo de casi una década de negociaciones en Oslo nunca enfocó siquiera la tenencia de la tierra, nunca emplazó a Israel a que se declarara legalmente dispuesto a ceder tierra a los palestinos, y nunca le exigió hacerse responsable por el sufrimiento de su pueblo. Ahora me preocupa que esté simplemente tratando de salvarse a sí mismo, otra vez, cuando lo que en realidad necesitamos son monitores internacionales que nos protejan, nuevas elecciones que aseguren un futuro político real para el pueblo palestino.

La pregunta más profunda que encaran Israel y su pueblo es la siguiente: ¿están dispuestos jurídicamente a asumir los derechos y las obligaciones que entraña ser un país como cualquier otro, y a abandonar los imposibles reclamos de tenencia por los que Sharon, sus padres y sus soldados han estado luchando desde el primer día? En 1948 los palestinos perdieron el 78 por ciento de su territorio, y en 1967 se quedaron sin el 22 por ciento restante. En ambas ocasiones en favor de Israel.

Hoy, la comunidad internacional debe fijar a Israel la obligación de aceptar un principio de partición real, no uno ficticio; la obligación de limitar sus insostenibles reclamos extraterritoriales, sus absurdas pretensiones basadas en la Biblia, sus leyes que permiten avasallar a otro pueblo por completo. ¿Por qué se tolera, sin cuestionamiento, tal fundamentalismo?

Hasta ahora lo único que escuchamos es que los palestinos debemos renunciar a la violencia y condenar el terror. ¿Acaso alguna vez se demandará de Israel algo sustantivo, o seguirá actuando sin pensar por un momento en las consecuencias? Este es el punto real de su existencia: ¿puede existir como un Estado cualquiera o deberá estar siempre por encima de las restricciones y responsabilidades de todos los otros estados del mundo? El recuento no da confianza.



en La Jornada, 17 de abril de 2002
















jueves, diciembre 12, 2013

"La prueba del agua", de Gunnar Ekelöf






Entonces me dije:
Los únicos poetas que me interesan
son los que llevan cuidadosamente
con manos nerviosas
un cuenco lleno de sangre
en el que ha caído una gota de leche
o un cuenco lleno de leche
en el que ha caído una gota de sangre...
Ahora ya he visto, ahora quiero ver
el firme asimiento de un cuenco lleno hasta los bordes
de agua de mananatial.





en Acerca del otoño, 1951










miércoles, diciembre 11, 2013

“El lugar de la estrella”, de Patrick Modiano








Fragmento


La segunda parte de mi estudio se titula: «Robert Brasillach o la señorita de Núremberg». «Fuimos unos cuantos quienes nos acostamos con Alemania», admitía, «y siempre conservaremos de ello un tierno recuerdo.» Esta espontaneidad suya recuerda a la de las jóvenes vienesas durante el Anschluss. Los soldados alemanes desfilaban por el Rin y ellas se habían puesto, para tirarles rosas, unos vestidos tiroleses muy coquetos. Luego, se paseaban por el Prater con esos ángeles rubios. Y después venía el crepúsculo encantado del Stadtpark donde besaban a un joven SS Totenkopf susurrándole unos lieder de Schubert. ¡Dios mío, qué hermosa era la juventud en la otra orilla del Rin...! ¿Cómo era posible no enamorarse del joven hitleriano Quex? En Núremberg, Brasillach no se podía creer lo que estaba viendo: músculos del color del ámbar, miradas claras, labios vibrantes de los Hitlerjugend y sus vergas, cuya tensión se intuía en la noche ardorosa, una noche tan pura como la que vemos caer sobre Toledo desde lo alto de los cigarrales... Conocí a Robert Brasillach en la Escuela Normal Superior. Me llamaba cariñosamente «su buen Moisés» o «su buen judío». Descubríamos juntos el París de Pierre Corneille y de René Clair, cuajado de tabernas simpáticas en donde tomábamos vasitos de vino blanco. Robert me hablaba con picardía de nuestro buen maestro André Bellessort e ideábamos algunas bromas sabrosas. Por la tarde «desasnábamos» a unos cuantos zotes judíos, tontos y presumidos. Por la noche, íbamos al cine o saboreábamos con nuestros amigos ya «titulados» brandadas de bacalao muy abundantes. Y en torno a la medianoche bebíamos esos zumos de naranja helados que tanto le gustaban a Robert porque le recordaban a España. En todo esto consistía nuestra juventud, la honda mañana que nunca más recuperaremos. Robert inició una brillante carrera de periodista. Recuerdo un artículo que escribió acerca de Julien Benda. Paseábamos por el parque de Montsouris y nuestro Gran Meaulnes estaba denunciando con voz viril el intelectualismo de Benda, su obscenidad judía, su senilidad de talmudista. «Disculpe», me dijo de repente. «He debido de ofenderlo. Se me había olvidado que era israelita.» Me puse encarnado hasta la punta de las uñas. «¡No, Robert, soy un goy honorífico! ¿Acaso no sabe que un Jean Lévy, un Pierre-Marius Zadoc, un Raoul-Charles Leman, un Marc Boasson, un René Riquier, un Louis Latzarus, un René Gross, todos ellos judíos como yo, fueron vehementes partidarios de Maurras? ¡Pues yo, Robert, quiero trabajar en Je suis partout! ¡Presénteme a sus amigos, se lo ruego! ¡Me haré cargo de la sección antisemita en vez de Lucien Rebatet! ¿Se imagina qué escándalo?». A Robert le encantó esa perspectiva. No tardé en simpatizar con P. A. Cousteau, «bordelés, moreno y viril»; con el cabo Ralph Soupault; con Robert Andriveau, «fascista pertinaz y tenor sentimental de nuestros banquetes», con el jovial Alain Laubreaux, oriundo de Toulouse; y, finalmente, con el cazador alpino Lucien Rebatet («Es un hombre, coge la pluma igual que cogerá el fusil cuando llegue el día»). Le di enseguida a ese campesino de Le Dauphiné unas cuantas ideas adecuadas para guarnecer su sección antisemita. Más adelante, Rebatet me pedía consejos continuamente. Siempre pensé que los goyim son demasiado burdos para entender a los judíos. Incluso su antisemitismo es torpe.



en Trilogía de la ocupación, 2012













martes, diciembre 10, 2013

"Carta a los próximos asesinados", de Ali Al Jallawi





No dejan más que una violeta
colgando sobre la verja de su casa
para pasar en secreto la correspondencia.
Siente el pulso de mi carta
oh, cuántos terrones de azúcar cayeron.

No dejan en casa más que la casa
pero ella deja caer palabras con significado
para que crezca el poema
abriendo una ventana hacia los árboles.

Mi vecina, la dama, está molesta.
Sus caballos ascienden varios pisos.
El jardín abandona su mañana
dando caza a imposibles
y deja tras de sí la metonimia de las fresas.

El error más bello es que nunca repara
en el hombre que vive para ella.
Olvida totalmente su papel.

No dejan nada en casa. Sólo su despedida.
Se hacen más luminosos sin nosotros.