jueves, octubre 18, 2007

"De ratones y hombres", de John Steinbeck

Fragmento






Hizo una pausa. Después su voz se tornó suave y persuasiva.

-Suponga que George no vuelve. Suponga que se ha ido y no vuelve. ¿Qué haría usted?

La atención de Lennie se centró poco a poco en lo que había oído.

-¿Qué? -preguntó.

-Dije que se imagine que George fue esta noche al pueblo; y usted no vuelve a saber nada de él. -Crooks lo apremió saboreando esta especie de victoria privada-. Imagíneselo -repitió.

-No, no va a hacer eso -gritó Lennie-. George no haría una cosa así. Hace mucho tiempo que conozco a George. Esta noche va a volver... -Pero la duda era demasiado para él-, ¿No le parece que volverá?

El rostro de Crooks se iluminó con el placer que le producía su tortura.

-Nadie puede decir qué va a hacer otro hombre -observó con calma-. Digamos que quiere volver y no puede. Imagínese que lo matan o lo hieren, y no puede volver.

Lennie hizo un esfuerzo por comprender.

-George no va a hacer eso -repitió-. George es muy cuidadoso. No lo van a herir. Nunca se ha herido porque es muy cuidadoso.

-Bueno, pero imagine, imagine, nada más, que no vuelve. ¿Qué haría usted, entonces?

La cara de Lennie se arrugó por efecto de la aprensión.

-No sé. Oiga, ¿qué quiere? -gritó-. No es cierto. George no está herido.

Los ojos de Crooks perforaron los suyos.

-¿Quiere que le diga lo que pasará? Lo llevarán al manicomio, lo atarán del pescuezo, como a un perro.

De pronto los ojos de Lennie quedaron fijos, y quietos, y furiosos. Se incorporó y caminó con actitud amenazadora hacia Crooks.

-¿Quién hirió a George? -preguntó.

Crooks intuyó el peligro que se acercaba. Se encogió en su camastro, para no quedar enfrentado a Lennie.

-No hacía más que suponer cosas -se excusó-. George no está herido. Está bien. Volverá pronto.

Lennie estaba de pie, enorme, junto a él.

-¿Para qué habla, entonces? No voy a permitir que nadie diga que George está herido.

Crooks se quitó los lentes y se frotó los ojos con los dedos.

-Siéntese –dijo-. George no está herido.

Lennie volvió refunfuñado a su asiento en el cajón de clavos.

-Nadie va a decir que George está herido -masculló.

-Tal vez -continuó suavemente Crooks-, tal vez comprenda ahora. Usted tiene a George. Sabe que va a volver. Pero suponga que no tuviera a nadie. Suponga que no pudiera ir al cuarto de los peones a jugar a las cartas por ser negro. ¿Le gustaría? Suponga que tuviera que sentarse aquí y leer, y leer. Claro que podría jugar a las herraduras hasta el anochecer, pero después tendría que leer. Los libros no sirven. Un hombre necesita a alguien, alguien que esté cerca. Uno se vuelve loco si no tiene a nadie. No importa quién es el otro, con tal de que esté con uno. Le digo -gritó-, le digo que uno se ve tan solo que se pone enfermo.






1937

miércoles, octubre 17, 2007

“La liquidación del Opio”, de Antonin Artaud




Tengo la intención no disimulada de agotar la cuestión a fin de que se nos deje tranquilos de una vez por todas con los llamados de la droga. Mi punto de vista es netamente antisocial. No hay sino una razón para atacar el opio. Es la del peligro que su empleo puede hacer correr al conjunto de la sociedad. Ahora bien: ese peligro es falso. Nacimos podridos en el cuerpo y en el alma, somos congénitamente inadaptados; suprimid el opio, no suprimiréis la necesidad del crimen, los cánceres del cuerpo y del alma, la propensión a la desesperación, el cretinismo innato, la viruela hereditaria, la pulverización de los instintos, no impediréis que existan almas destinadas al veneno, sea cual fuere, veneno de la morfina, veneno de la lectura, veneno del aislamiento, veneno del onanismo, veneno de los coitos repetidos, veneno de la debilidad arraigada en el alma, veneno del alcohol, veneno del tabaco, veneno de la anti-sociabilidad.

Hay almas incurables y perdidas para el resto de la sociedad. Suprimidles un medio de locura, ellas inventarán diez mil otros. Ellas crearán medios más sutiles, más furiosos, medios absolutamente desesperados. La misma naturaleza es antisocial en el alma; es por una usurpación de poderes que el cuerpo social organizado reacciona contra la tendencia natural de la sociedad.

Dejemos perderse a los perdidos, tenemos mejor cosa en que ocupar nuestro tiempo que tentar una regeneración imposible y además inútil, odiosa y dañina. En tanto no hayamos llegado a suprimir ninguna de las causas de la desesperación humana no tendremos el derecho de intentar suprimir los medios por los cuales el hombre trata de desencostrarse de la desesperación. Pues ante todo se tendría que llegar a suprimir ese impulso natural y escondido, esa pendiente especiosa del hombre que lo inclina a encontrar un medio, que le da la idea de buscar un medio de salir de sus males.

Asimismo, los perdidos están por naturaleza perdidos, todas las ideas de regeneración moral nada harán en ellos, hay un determinismo innato, hay una incurabilidad indiscutible del suicidio, del crimen, de la idiotez, de la locura, hay una invencible cornudez del hombre, hay una pulverización del carácter, hay una castración del espíritu. La afasia existe, la meningitis sifilítica existe, el robo, la usurpación. El infierno es ya de este mundo y hay hombres que son desdichados evadidos del infierno, evadidos destinados a recomenzar eternamente su evasión. Y basta. El hombre es miserable, el alma débil, hay hombres que se perderán siempre. Poco importan los medios de la pérdida; eso a la sociedad no le importa.

Hemos demostrado bien, ¿no es cierto?, que la sociedad nada puede, que pierde su tiempo; que no se obstine más, pues, en arraigarse en su estupidez. Estupidez dañina. Para los que se atreven a mirar de frente la verdad, saben ciertamente los resultados de la supresión del alcohol en los Estados Unidos. Una superproducción de locura: la cerveza al régimen del éter, el alcohol impregnado de cocaína que se vende clandestinamente, la ebriedad multiplicada, una especie de ebriedad general. En suma, la ley del fruto prohibido. Lo mismo, para el opio.

La prohibición que multiplica la curiosidad por la droga sólo ha beneficiado hasta ahora a los sostenedores de la medicina, del periodismo y de la literatura. Hay gente que ha edificado sus fecales e industriosos renombres sobre sus pretendidas indignaciones en contra de la inofensiva e ínfima secta de los condenados a la droga (inofensiva por lo ínfima y por ser siempre una excepción), esa minoría de condenados del espíritu, del alma, de la enfermedad.

¡Ah!, que bien atado está en aquellos el cordón umbilical de la moral. Desde su madre, ellos no han pecado jamás, por cierto. Son apóstoles, son los descendientes de los pastores; uno se pregunta tan sólo dónde abrevan sus indignaciones, y sobre todo, cuánto han palpado para poder hacerlo, y en todo caso qué es lo que esto les ha reportado. Y por otra parte, la cuestión no está allí. En realidad, ese furor contra los tóxicos y las leyes estúpidas que de él se derivan:

1º Es inoperante contra la necesidad del tóxico, que, saciada o insaciada, es innata al alma y la induciría a gestos resueltamente antisociales, aunque el tóxico no existiera.
2º Exaspera la necesidad social del tóxico, y lo transforma en vicio secreto.
3º Daña a la verdadera enfermedad, pues allí está la verdadera cuestión, el mundo vital, el punto peligroso: desgraciadamente para la enfermedad, la medicina existe.

Todas las leyes, todas las restricciones, todas las campañas contra los estupefacientes nunca lograrán más que sustraer a todos los necesitados del dolor humano, quienes tienen sobre el estado social derechos imprescriptibles, el disolvente de sus males un alimento para ellos más maravilloso que el pan y el medio en fin de re-penetrar en la vida.

Antes la peste que la morfina, aúlla la medicina oficial, antes el infierno que la vida. No hay sino imbéciles del género de J. P. Liaussu (que es, por añadidura, un feto ignorante) para pretender que hay que dejar a los enfermos macerar en su enfermedad. Y es aquí, por otra parte, donde toda la grosería del personaje muestra su juego y se da libre curso: en nombre, según pretende, del bien general.

Suicidados, desesperados, y vosotros, torturados del cuerpo y del alma, perded toda esperanza. No hay más alivio para vosotros en este mundo. El mundo vive de vuestros osarios. Y vosotros, locos lúcidos, cancerosos, meningíticos crónicos, sois unos incomprendidos. Hay un punto en vosotros que ningún médico jamás comprenderá, y es ese punto para mí el que os salva y vuelve augustos, puros, maravillosos: estáis fuera de la vida, estáis por encima de la vida, tenéis males que el hombre común no conoce, sobrepasáis el nivel normal y es por eso que los hombres son rigurosos con vosotros, envenenáis su quietud, sois disolventes de su estabilidad. Tenéis dolores irreprimibles cuya esencia consiste en ser inadaptable a ningún estado conocido, inajustable en las palabras. Tenéis dolores repetidos y fugaces, dolores insolubles, dolores del pensamiento, dolores que no están ni en el cuerpo ni en el alma, pero que participan de los dos. Y yo, participo de vuestros males, y os pregunto: ¿quién se atrevería a medirnos el calmante? En nombre de qué claridad superior, alma de nosotros mismos, nosotros que estamos en la raíz misma del conocimiento y de la claridad. Y esto por nuestras instancias, por nuestra insistencia en sufrir. Nosotros a quienes el dolor ha hecho viajar en nuestra alma en busca de un lugar de calma donde asirse, en busca de la estabilidad en el mal como los otros en el bien. No estamos locos, somos maravillosos médicos, conocemos la dosificación del alma, de la sensibilidad, de la médula y del pensamiento. Es preciso dejarnos en paz, es preciso dejar la paz a los enfermos, nada pedimos a los hombres, no les pedimos sino el alivio de nuestros males. Hemos evaluado bien nuestra vida, sabemos lo que ello comporta de restricciones frente a los otros y sobre todo frente a nosotros mismos. Sabemos hasta qué deformación consentida, hasta qué renunciamiento de nosotros mismos, hasta qué parálisis de sutilezas nuestro mal nos obliga cada día. No nos suicidamos todavía.

Entre tanto, que se nos deje en paz.







martes, octubre 16, 2007

"La desaparición de una familia", de Juan Luis Martínez






1.   Antes que su hija de 5 años
se extraviara entre el comedor y la cocina,
él le había advertido: "-Esta casa no es grande ni pequeña,
pero al menor descuido se borrarán las señales de ruta
y de esta vida al fin, habrás perdido toda esperanza".

2.    Antes que su hijo de 10 años se extraviara
entre la sala de baño y el cuarto de los juguetes,
él le había advertido: "-Esta, la casa en que vives,
no es ancha ni delgada: sólo delgada como un cabello
y ancha tal vez como la aurora,
pero al menor descuido olvidarás las señales de ruta
y de esta vida al fin, habrás perdido toda esperanza".

3.    Antes que "Musch" y "Gurba", los gatos de la casa,
desaparecieran en el living
entre unos almohadones y un Buddha de porcelana,
él les había advertido:
"-Esta casa que hemos compartido durante tantos años
es bajita como el suelo y tan alta o más que el cielo,
pero, estad vigilantes
porque al menor descuido confundiréis las señales de ruta
y de esta vida al fin, habréis perdido toda esperanza".

4.    Antes que "Sogol", su pequeño fox-terrier, desapareciera
en el séptimo peldaño de la escalera hacia el 2º piso,
él le había dicho: "-Cuidado viejo camarada mío,
por las ventanas de esta casa entra el tiempo,
por las puertas sale el espacio;
al menor descuido ya no escucharás las señales de ruta
y de esta vida al fin, habrás perdido toda esperanza".

5.    Ese último día, antes que él mismo se extraviara
entre el desayuno y la hora del té,
advirtió para sus adentros:
"-Ahora que el tiempo se ha muerto
y el espacio agoniza en la cama de mi mujer,
desearía decir a los próximos que vienen,
que en esta casa miserable
nunca hubo ruta ni señal alguna
y de esta vida al fin, he perdido toda esperanza".








en La nueva novela, publicada en 1977 y 1985.





lunes, octubre 15, 2007

“Tierra del Fuego”, de Oliver Welden




ha mucho no se lee en la ciudad
los libros ardieron en piras fantásticas
y ante toda letra escrita
los habitantes bajan la vista
llenos de confusión y vergüenza
Omar Lara



Al día siguiente
miércoles 12 de septiembre de 1973
quemábamos libros
en un gran hoyo hecho con pala
y al amanecer del jueves 13
y al mediodía del viernes 14
con cuidado
en el patio trasero
de no levantar una columna de humo
en primavera
que se viera desde los cerros: militares/binoculares
con cuidado de que ya el sol estuviera salido
para que no se viera el fuego
con cuidado de que el sol no se hubiera puesto
para que no se viera el fuego
de los libros quemados





domingo, octubre 14, 2007

"La partida", de Edmundo Paz Soldán








Febriles, ardorosos, los ajedrecistas se obstinan en una batalla sin tregua, plagada de estallidos de sangre y, a veces, de sutilezas. El que lleva las fichas blancas posee la iniciativa, domina el centro y las columnas claves, manipula los hilos del enfrentamiento. El otro, el de las fichas negras, sabe desde la tercera o cuarta jugada la inexorable derrota; sin embargo, juega con visible placer: faltan muchas horas para la inclinación de su rey. Acaso en el tiempo que le resta descubra, viva algunas jugadas hermosas, acaso algunas combinaciones lo exalten, acaso descifre alguna de las infinitas, imprevisibles, claves del juego.







En Las máscaras de la nada, 1990.



sábado, octubre 13, 2007

"En el trocadero", de Juvenal Acosta

Fragmento





Sweet dreams are made of this. Después de ver una película irrelevante me subí a mi auto y emprendí el regreso a mi departamento. A medio camino decidí que era muy temprano para volver a casa -¿qué haría yo solo en esa jaula de mi instinto?- y enfilé rumbo al estudio de mi amigo el pintor mexicano Gustavo Rivera. Gustavo tiene uno de los mejores estudios de San Francisco en la calle Folsom del distrito Soma. Soma es a Frisco lo que el Soho es a Nueva York. Galerías, bares, cafés, clubs, gente vestida de negro a todas horas del día. Siempre es un problema estacionarse en esta pinche ciudad; por eso tuve que dejar mi coche como a tres cuadras del estudio. Era miércoles y el desmadre del fin de semana ya comenzaba a anunciarse. Bares llenos, negros desempleados ofreciendo lugares para estacionarse en la calle con la esperanza de ganarse un dólar sin hacer nada más que no rayarte el coche, mujeres y más mujeres en grupos de dos o tres (la escasez de hombres es notoria en esta ciudad de acuerdo con mis amigas solteras la mayoría de los hombres son gay o son unos machines insoportables). Algo en la noche anunciaba ese vibrar que las noches de las urbes más refinadas siempre tienen al acercarse el fin de semana. Llegué a su estudio y Gustavo se estaba bebiendo a solas una de esas botellas de vino californiano que los simples mortales no podemos pagar. Estaba todavía en ropas de trabajo y sentado frente a uno de esos cuadros enormes que sólo él sabe pintar. Un CD de Nusrah Fateh Ali Khan a un volumen alto para contrarrestar el sonido de la rockola de El Bobo, el bar de dos pisos abajo. Como las construcciones de California son de madera, son demasiado susceptibles a dejar pasar cualquier sonido, aun los más discretos. "¿Qué pasó profesor... quieres un vinito?" Tomamos lo que restaba de vino en la botella y Gustavo trajo otra. "Ésta -me dijo- me la trajo una amiguita; es un Merlot de Sonoma. Vamos a ver qué tal está." Estaba bueno. No: estaba delicioso. Hablamos de pintura, de amigos comunes, de mujeres, de canciones mexicanas. Se hizo tarde y decidí partir. Salí del estudio y la vista de la luna llena me detuvo. La luna, me dije, eso explica esta sensación indefinible, este llamado de la urbe. Comencé a caminar de vuelta al coche y al doblar en una esquina un grupo de seis o siete chicos y chicas me salió al paso.

Venían todos vestidos de negro. Algunos traían capas, la mayoría ropa de terciopelo, collares de cuero negro con incrustaciones plateadas, aretes en la nariz, en las cejas, en los labios. Los rostros maquillados de blanco, el cabello -probablemente rubio- teñido azabache, las uñas y la boca pintadas de negro. Las mujeres traían ropa ajustada, algunas vestían corsés, listones negros, encajes, ligueros, zapatos de tacón aguja, botas altas, y el contraste de todo este negro con la carne pálida era demasiada tentación. Los seguí con la mirada mientras encendía un cigarrillo. Los vi detenerse frente a la puerta de un club. Trocadero, decía la discreta marquesina. Me acerqué. Hice a un lado la cortina de terciopelo rojo que bloqueaba la vista de la calle y tres chicos jóvenes vestidos de la misma manera que los otros me miraron. "¿Qué hay aquí esta noche?" "Música industrial, onda gótica, lo que sea", me dijeron. Pagué los quince dólares del cover que aquellos que no íbamos vestidos apropiadamente teníamos que pagar. Yo iba de negro como siempre; bien vestido pero definitivamente no como vampiro. La canción que sonaba a todo volumen era perfectamente apropiada para la escena que mis ojos descubrieron.

En el sótano al que me condujeron las escaleras que bajé había unos cincuenta vampiros. Recordé las novelas de Anne Rice, El Vampiro Lestat, Entrevista con el Vampiro, Sometimes I feel the yearning. Mientras avanzaba cautelosamente algunos de ellos me miraron de arriba abajo, pero la mayoría me ignoró. Después de todo, algo tiene de vampiro un gato. Me acerqué al bar y pedí un martini. El bartender me miró como si hubiese pedido el teléfono para llamar a Madonna. Únicamente vino y cerveza, me informó con impaciencia. Cerveza. Anchor Steam. Pagué los cuatro dólares con un billete de cinco y el bartender asumió correctamente que el cambio era para él aunque yo aún no lo había hecho manifiesto. Volteé cerveza en mano y recorrí con los ojos, no, lamí con los ojos el paisaje humano. A mi lado una jovencita de unos veinte años con los pechos al aire y unos conitos negros que le cubrían los pezones volteó y me dijo salud, en español. Alcé mi copa como un caballero, dije salud en italiano y me di la vuelta para comenzar a explorar el lugar. Descubrí un pasillo en donde habían más vampiros sentados conversando animadamente. La música era interesante y a pesar de que inundabe el espacio con su ritmo obsesivo no ensordecía como en la mayoría de los clubes. Vaya, me dije, esta gente disfruta la conversación.

El pasillo me condujo hasta el piso central del club donde una especie de performance estaba llegando a su fin. Una gran reja de metal sostenía el cuerpo de un varón semidesnudo que estaba siendo azotado simbólicamente por una dominatrix de cuerpo impresionante. En el aire se respiraba un olor a sexo y humedad que comenzó a perturbarme. Otras tres o cuatro chicas bailaban una especie de danza ritual al ritmo de una canción que mezclaba cantos gregorianos con sintetizadores. Di un sorbo largo a mi cerveza y encendí otro cigarrillo. Los vampiros quasi sadomasoquistas terminaron su acto y agradecieron complacidos los aplausos generosos del respetable. Acto seguido el DJ se arrancó con una rola que seguramente era muy popular entre la comunidad vampira puesto que la pista se llenó en tres segundos. El estilo de baile era sensual y armonioso. Casi nadie bailaba en pareja. Hombres y mujeres bailaban por su cuenta y los que no bailábamos observábamos con interés los cuerpos sobre la pista. Hielo seco, luces violáceas, un ligero aroma a incienso. Parecía una iglesia imposible. Las mujeres eran verdaderamente bellas. Algunas jugaban a ser una especie de sacerdotisa gótica, otras habían elegido atuendos de bondage hechos de vinil y cuero negros, otras más simplemente parecían hijas de la noche cuya luna llena hacía posible que la tensión que se respiraba en el club penetrara por cada poro de la piel. Bebí el resto de mi cerveza y volví al bar por otra.

La piel es sensible a la mirada.

La vi recargada sobre la barra, sola. Su espalda tenía un tatuaje en la ala izquierda. Era un gato de Miró si es que acaso el catalán pintó alguna vez un gato. El bartender me ignoraba pero de pronto la cerveza dejó de tener la menor importancia. El gato me miró. Mis ojos se clavaron en los de él y el gato sintió un escalofrío. Lo miré con más intensidad. Pinche gato, pensé, conmigo te chingas. El gato me devolvió una mirada difícil de sostener. Eran unos ojos amarillos, penetrantes. Su silueta estaba bien definida pero no sus intensiones. Me gustó ese duelo porque sucedía en un territorio suave y yo adivinaba en los poros de la piel del gato, en los poros de la piel de esa ala suave, un movimiento de células y sangre que me llamaba, que reaccionaba a mi mirada descarada sobre esa epidermis que quise tocar. El gato tal vez adivinó mis intenciones y cerró los ojos lentamente. Movió su piel con un estremecimiento singular como para evitar que algo desconocido lo tocara o como si hubiera sentido un miedo repentino que no iba a reconocer como tal y decidió dar un giro de ciento ochenta grados. La dueña del gato me miró y me dijo:
-Do you like my pussy? -voz y ojos eran la misma cosa.
-Todavía no lo sé -le respondí.
-Sentí su mirada... ¿Te gustó mi gato? -insistió.
-No siempre soy responsable de lo que les gusta a mis ojos -sonreí lacónicamente.
-Los gatos ignoran todo sentido de responsabilidad, además -continuó con esa voz tirana-, los ojos de los gatos son de todos los signos el más equívoco e indescifrable -sonrió malignamente antes de darle un sorbo a su copa de vino tinto.

Me reí y le dije que no había signo indescifrable, que lo único indescifrable era la estupidez de los lectores de signos.

-¿Cuántos años tienes? -preguntó.
-Treinta y cinco.

Saqué del bolsillo de mi saco la cajetilla de cigarros y le ofrecí uno antes de tomar el mío. Tomó uno con sus largas uñas negras y poniéndolo entre el anular y el medio de la mano izquierda esperó a que yo sacara el mío y encendiera el suyo. Sweet dreams are made of this. Some of them want to use you. Some of them want to get used by you.

-¿No quieres saber mi edad?
-¿Importa? -respondí.
-Todo importa.
-Okey... ¿Cuántos años tienes gatita?
-No tengo edad.
Pero para entrar aquí tienes que mostrar una identificación que demuestre que tienes más de veintiún años, ¿no?
-Esa edad es una pinche convención -me miró desdeñosa.
¿Sabes por qué me gustó tu gato?
-¿Por qué?
-Porque sintió mi mirada.

Sonrió, esta vez casi con perversidad, pero complacida.

-Por eso estoy hablando contigo, cabrón.
-I know -respiré hondamente.

Everybody is looking for something.

Continuamos de pie junto a la barra. Su escote evidenciaba un miracle bra que agradecí. Por espacio de una hora, y dos tragos más cada uno, hablamos de panteras, de William Blake, de canibalismo, de rituales satánicos, de vudú, de corridas de toro, de laberintos y de Picasso.De pronto escuchó algo que capturó su atención y me dijo "esa canción me encanta". Iba a bailar y me invitó no a bailar con ella sino a verla.

-¿Verte?
-Sí. Sígueme.

Sobre la pista se mezcló entre los vampiros. No. No podía mezclarse. Era diferente. Tenía un porte y una actitud elegantes que no permitían confundirla con el resto de los que ocupaban la pista. Me percaté de eso de inmediato y por alguna razón que en esa momento no entendí me sentí alarmado.

El baile gótico es un ritual que no precisa de comparsas. Pero ella era la solista de esa compañía de vampiros. Aquellos que como yo se dieron cuenta de sus movimientos la miraban discretamente aunque una de las reglas del lugar parecía ser la de ignorar a los otros; por eso las miradas eran oblicuas. Yo, que no pertenecía a la tribu negra me dediqué a observar con detenimiento, sin ningún tipo de pudor, cada músculo, cada sombra de su cuerpo, cada expresión de su cara, cada rayo de luz violeta cayéndole sobre la piel.

Bailó por espacio de diez minutos y cuando terminó la canción me miró fijamente por un par de segundos y se dio la media vuelta alejándose rumbo al pasillo. Me acerqué al DJ que estaba a mis espaldas y le pregunté el nombre de la banda que había tocado esa pieza obsesiva. Crash Worship.

Salí a buscar otra cerveza y alcancé a verla mientras pedía su chamarra de piel en el guardarropas y comenzaba a subir las escaleras. No la seguí. Pero apenas encendí otro cigarrillo tuve ganas de salirme a aullar de dolor a la luz de la luna. En toda la noche no había sentido el derecho de pedirle nada, ni siquiera su nombre.





De El cazador de tatuajes



viernes, octubre 12, 2007

"Mándame tu retrato", de Federico Pedrido

Poema VI






La mujer transparente.

La hondura que él amó.
La que fundó este mundo terminado, por lo menos, para él.
quien virtuoso de piadosas razones devolvió lo debido,
fue liberada

(engaños y verdades)

de abordar para siempre el barco de los locos;

una partida condenable. Innoble.
Un embarque de abandono y maldades
que inicia el viaje
del que las armonías del pensar
no regresan.

De suyo y por tal causa,
el dolor tolerado desplaza sus dislates por la noche,
o su normalidad,
ya que es costumbre.

                                 Hay un arte de amar.
Y un arte de morir.
Y un arte de amansar
lo condenable.
Ella está a tus espaldas.

Eso es sufrido ya.

Se desplaza algo lenta hacia un costado,
nube de indecisiones.

Él ignora la mano que se extiende
intentando tocar alguna parte de su cara marcada.

Gesto indudable el de ella...
como queriendo asegurar el alma,
el reconocimiento de ese hombre

-saber su mismo él-

el no ignorar qué busca
tal cual deseó el retrato.

El retrato que tiene en su otra mano.
Y que ella compara, ávidamente, con el modelo vivo.
Él,
transitoriedad;

ante la ineludible presión que su alma arde,
se enfrenta con la página tan blanca
que parece ponerle fin a todo
y, sin otro remedio,
reconcentra la pena de sus ojos
sobre una mancha dura:

costra que desmerece por nervioso descuido,
la franela del fino pantalón.
Una mancha de café, de omisión y de duelo,
que lo empuja a evocar la pulcritud pasada
y, también, la presencia atrayente
de ella, en otros tiempos

                                       "Mándame tu retrato... aquellos ojos
en éxtasis, que guardan como lagos
de los ocasos los vislumbres rojos
y de las noches los lugares magos."
Un dominó de modos se conecta.

Siempre fueron los dos éstos
que se recuerdan
se reinventan.
Se saben anteriores.

Leyenda anticipada.
Precedente extraviado.
Bellas declaraciones ocurridas
que aún existen
en el gesto tan mutuo
y que van explicándose a pedazos.

Ella extiende la mano y la desliza sobre uno de los rasgos
del rostro que permanece inmóvil:

                                        "Mándame tu retrato... La caricia
de tu cara de almendra, tu cabello."
La mano de ella asciende:

                                        "...de puro negro azul,"
la liviana caricia se abate suavemente:

                                        "y el dulce cuello
que inicia al inclinarse la delicia."
Él permanece quieto, conmovido. Invariable.
Teme romper encantos inusuales.
Ella mira el retrato. Hace comparaciones en el aire
sobre algo que él ignora.

La locura ha creado.
Y esto ocurre sentado en su lugar.
En el sitio que a él le pertenece,
bajo el sol ceniciento de la sala,
está el joven que reía en su retrato.

Y en el retrato,
contra el telón pomposo de magnolias y dalias,
junto a la rosa de Sissinghurst,
con la comodidad piadosa que lo eleva.

está él.

Y su libro reabierto:

Y nadie más que él.

Aunque en el fondo,
detrás del tronco deformado del Árbol de Judea
que alza la gloria del jardín,
se estremezca
la sombrade una mujer
muy joven.

Ella.






Colaboración a Dscntxt de Carmen Contreras Fernández, desde Chillán.




jueves, octubre 11, 2007

“Un drama verdadero”, de Guy de Maupassant




Lo verdadero puede a veces no ser verosímil
Boileau




Decía yo el otro día, en este lugar, que la escuela literaria de ayer se servía, para sus novelas, de las aventuras o de las verdades excepcionales encontradas en la existencia; mientras que la escuela actual, al no preocuparse sino por la verosimilitud, establece una especie de media de los acontecimientos ordinarios. Y hete aquí que me comunican toda una historia, ocurrida, al parecer, y que se diría inventada por algún novelista popular o algún dramaturgo delirante. Es, en cualquier caso, pasmosa, bien urdida y muy interesante en su extrañeza.

En una propiedad rural, mitad granja y mitad quinta, vivía una familia que tenía una hija a la que cortejaban dos jóvenes, hermanos. Estos pertenecían a una antigua y excelente casa, y vivían juntos en una propiedad vecina. El preferido fue el mayor. Y el pequeño, a quien un amor tumultuoso le trastornaba el corazón, se tornó sombrío, soñador, errabundo. Salía durante días enteros o bien se encerraba en su habitación, y leía o meditaba. Cuanto más se acercaba la hora de la boda, más receloso se volvía. Aproximadamente una semana antes de la fecha fijada, el novio, que regresaba una noche de su cotidiana visita a la joven, recibió un disparo a quemarropa, en un rincón del bosque. Unos campesinos, que lo encontraron al nacer el día, llevaron el cuerpo a su hogar. Su hermano se sumió en una fogosa desesperación que duró dos años. Se creyó incluso que se metería cura o que se mataría. Al cabo de esos dos años de desesperación, se casó con la novia de su hermano.

Entretanto no se había podido encontrar al homicida. No existía el menor rastro seguro; y el único objeto revelador era un trozo de papel casi quemado, negro de pólvora, que había servido de taco al fusil del asesino. En aquel jirón de papel estaban impresos unos versos, el final de una canción, sin duda, pero no se pudo descubrir el libro del que había sido arrancada aquella página. Se sospechó que el asesino era un cazador furtivo de mala nota. Fue perseguido, encarcelado, interrogado, hostigado; pero no confesó, y fue absuelto, por falta de pruebas.

Tal es la exposición de este drama. Uno creería estar leyendo una horrible novela de aventuras. No falta nada: el amor de los dos hermanos, los celos de uno, la muerte del preferido, el crimen en un rincón del bosque, la justicia despistada, el acusado absuelto, y un leve hilo en manos de los jueces, el trozo de papel negro de pólvora.

Y, ahora, transcurren veinte años. El hermano menor, casado, es feliz, rico y considerado: tiene tres hijas. Una de ellas va a casarse a su vez. Se desposa con el hijo de un viejo magistrado, uno de los que formaron el tribunal antaño, cuando ocurrió el asesinato del hermano mayor. Y he aquí que se celebra la boda, una gran boda rural, una juerga. Los dos padres se estrechan las manos, los jóvenes son felices. Cenan en la larga sala de la quinta; beben, bromean, ríen, y, llegados a los postres, alguien propone cantar canciones, como se hacía en los viejos tiempos. La idea agrada, y cada cual canta. Al llegarle su turno, el padre de la desposada busca en su memoria antiguas coplas que tarareaba en tiempos y poco a poco las encuentra. Hacen reír, se aplauden; él prosigue, entona la última; después, cuando ha acabado, su vecino el magistrado le pregunta: «¿De dónde diablos ha sacado usted esa canción? Conozco los últimos versos. E incluso me parece que están relacionados con alguna grave circunstancia de mi vida, pero no lo sé exactamente; estoy perdiendo la memoria». Y al día siguiente, los recién casados salen de viaje de bodas.

Sin embargo, la obsesión de los recuerdos imprecisos, ese prurito constante de recordar una cosa que se os escapa sin cesar, acosaba al padre del joven. Tarareaba sin descanso el estribillo que había cantado su amigo y seguía sin recordar de dónde le venían aquellos versos que, sin embargo, tenía grabados desde hacía mucho tiempo en la cabeza, como si hubiera sentido un serio interés por no olvidarlos.

Transcurren dos años más. Y he aquí que un día, hojeando unos viejos papeles, encuentra, copiadas por él, aquellas rimas que tanto ha buscado. Eran los versos que habían quedado legibles en el taco del fusil de que se habían servido antaño para el asesinato. Entonces vuelve a iniciar él solo la investigación. Interroga con astucia, registra los muebles de su amigo, tanto y tan bien que encuentra el libro cuya página había sido arrancada. El drama se desarrolla ahora en ése corazón de padre. Su hijo es el yerno de aquel de quien sospecha tan violentamente; pero, si el sospechoso es culpable, ¡ha matado a su hermano para robarle la novia! ¿Hay crimen más monstruoso? El magistrado triunfa sobre el padre. El proceso vuelve a abrirse. El verdadero asesino es, en efecto, el hermano. Lo condenan.


* * *

He aquí los hechos que me señalan. Afirman que son ciertos. ¿Podríamos utilizarlos en un libro sin dar la impresión de imitar servilmente a De Montépin y Du Boisgobey? Así pues, tanto en la literatura como en la vida, el axioma: «No todas las verdades se pueden decir» me parece perfectamente aplicable.

Insisto sobre este ejemplo, que me parece impresionante. Una novela compuesta con un dato semejante despertaría la incredulidad de todos los lectores y escandalizaría a todos los verdaderos artistas.






6 de agosto de 1882






miércoles, octubre 10, 2007

"Cuando perdimos la infancia", de Luis Lazcano









En el secreto cuarto de la casa de juegos
chocan los restos de hermosos animales plásticos
y como una radiografía muestran sus flacos huesos sin sentido,
sacan lo mejor de ellos
con chiquitos pedazos de la baliza del carro de bomberos;
huyen de dinosaurios estériles
que muerden con mandíbulas polímeras que no tragan.

Los aviones y cohetes brotan entre serpentinas y eructos
de la piñata de un cumpleaños olvidado en el hedor del vinagre.
Bailarinas y princesas escapan de sus sombras recortadas
en el óxido de una caja musical que cesó.

¡Cuidado! ¡Alguien se acerca!
Suena un pirotécnico sonido de tambores rotos
y silbatos de policías corruptos;
lucen uniformes de viejos enfrentamientos
y disparan dardos que rebotan en los faroles de otro mundo.

Rechina una puerta en el secreto cuarto,
se levanta el polvo y se descubren las identidades
de superhéroes que traicionan con capas prestadas y desteñidas.

Con una mueca grotesca saludan los payasos
y se chorrean de saliva y maquillaje;
caminan grandes y sobreactuados
con un amarillento teclado en la sonrisa adolorida
y la resaca los confunde.

Una bruja rancia prepara insumos resecos entre las piernas
que se doblan cuando escupe algo de la belleza
que olvidó en la orfandad de su baile;
la nueva luna la perdona
al croar de un sapo ebrio que no pudo convertirse en príncipe
y una marioneta de palo se corta la nariz
pues quiere cambiar de nombre.

En el secreto cuarto de la casa de juegos
hay batallones que no aceptan las derrotas
y chocan contra la caja de zapatos.
Miran ambiciosos una bolsa con pepitas y ojos de gato,
pero en sus manos, solo serán piedras
que se arrojan entre la fogata y los miembros de algún cuerpo
que fue cómplice de los traidores.

Hay lerdas pelotas perdiendo el aire,
rebotando de muro a muro,
cambiando de colores y girando sobre sí mismas,
derribando palitroques que pudren su madera
con lágrimas de silicona.

¡Cuidado!
Ya vuelve la pirotecnia con cartuchos chingados.
El universo cae fatigado en el silencio de una fe alcalina
y en aquellos días el mundo era de verdad.

Crujió la caja musical
y con ella crujió la piñata botando viseras
y biliares acordes en la melodía de un carrusel poseído
por esqueletos que se fuman los miedos;
nos incitan a subir por las escalas rotas
del viejo carro de siempre, para adueñarse del juego.

Un trompo cucarro agujerea el piso del cuarto
y tropiezan zanquistas sobre los tacos de muñecas
que modelan sus desnudos de baquelita.

En el secreto cuarto de la casa de juegos
mueren los juguetes cuando el niño apaga la luz
y se sacude el polvo de los ojos quitándose el maquillaje,
con la templanza de lo que fue ayer un juego
y la ardiente esperanza de volver a ser,
nunca los mismos.








Colaboración a Dscntxt de Luis Gustavo Hernández




martes, octubre 09, 2007

“Una sola noche”, de Ixiar Rozas





I

respiro la vida
la muerte es no poder decir muerte
te busco entre la vida y lo inerte
ya no distingo entre los vivos y los espectros

esta voz que habla no es la mía
puede ser tuya
de los dos nuestra

nadie nos ha invitado al hogar de la noche
nadie al abrigo del mundo
recuerda todas tus vidas
para qué el olvido

un lirio en el regazo
manos paternas maternas
último suspiro de un moribundo
la lucidez de un loco
y los fuegos interiores
todos me han dado cobijo

estoy sola ante las puertas del cuerpo
la soledad deja de decir soledad
corto las manos a este largo invierno
antes de que el hielo aumente la distancia
entre lo que decimos y lo que somos

las manos crecen con el viento en nuestras sombras
parto en busca de mis muertos
hace tiempo ya que partí
pero el tiempo
el tiempo me retiene huérfana


II

la noche abre grietas en la muerte
qué sabemos del miedo y de la libertad
en nuestras camas abandonadas
prófugos de los claroscuros qué sabemos

angustia del ser humano
inventa realidades para clausurar los archipiélagos de la memoria
y corromper los sentidos
olfateamos la vida en los agujeros nocturnos
la vida es un acto de canibalismo
y la libertad un monstruo de mil caras
y aquí estamos con nuestras heridas creando vida

las mujeres se visten de rojo
se están desnudando los hombres
hace tiempo ya que los animales endurecieron su piel
y los poemas plantan flores en nuestros hombros

los muros están en todas partes
retales de nuestros miedos
muros de arquitectura blanca para camisas negras
muros de miedo de odio públicos privados monótonos
creados por osmosis visibles invisibles

para qué tanta vida
si luego nos la roban
momentos de libertad comprando comiendo vendiendo follando
perdiendo el tiempo ganándolo
los muros ponen toda la vida a trabajar
la utopía y el desengaño se dan la mano
esta vida no tiene sentido pero eso mismo es el eco del sentido
acumulación de masacres
el vacío el vacío
todo es posible pero no podemos hacer nada
hemos abandonado al mundo sólo un mundo solo

anuncios de un arma de gas
nazismo establecido
muros de exterminio
emigrantes asfixiados en contenedores
fascismo postmoderno
cajas infinitas perdidas en el tiempo y en el espacio
y la miseria utiliza tu cara como bayeta para limpiar la mierda

quién inventó dioses que temen al sentimiento
quién religiones que sacralizan la estupidez
quién nos enseñó a correr
la lengua fuera los deseos fuera
piedras marcadas por el tiempo
nuestra piel marcada por la vida
para quién minan los campos en el desierto
para quién las flores ya marchitas

buscas a los que sobrevivirán
se están apagando nuestros rostros
se embriagan las sombras
por qué no nos hicieron de aire
para caminar con levedad y volar sobre el dolor
qué poco necesitamos para enjaularnos y cuánto para liberarnos
membranas en los órganos en los sentimientos
osmosis tetraplejía sentimental

atrévete a levantar los velos
sabotea la vida antes de la masacre
violenta los códigos de acceso
alza los velos y los sueños y los deseos
cuando estén llenos de monstruos
en la última batalla nocturna del querer vivir


III

brilla el viento y tiembla la vida
se acerca el olor de la muerte que traerá
la democracia de todos los cuerpos
el lamento seguirá hasta la aurora
los grillos cantarán hasta la extenuación
mientras nos convertimos en perros que escuchan

últimos besos deslizándose por la luna
lirios en el regazo manos paternas maternas
lamento de un niño respiración de una moribunda
lucidez de los locos y su fuego

tenemos que poner nombre a las sombras
antes de que la muerte se tumbe desnuda
antes de que la muerte
lluvia sin agua
quede atrapada en los ojos

miedo por no poder compartir el final
los cuerpos abriéndose a la urgencia del rocío
últimas heces orinas escupitajos sangre en expulsión
bailan los esqueletos
los huesos caen como una noche sin voz
las ranas buscan en las cloacas
todas las lágrimas lloran en una sola
componen el coro de la muerte
por qué no lloraron antes

esta voz que habla no es la nuestra
ha llovido mucho desde entonces
se despiertan las sombras de los árboles
para unirse al amanecer
la aurora de brazos quemados se deshace
siempre habrá un espacio fuera del espacio
pero, ¿dónde están las ventanas?





lunes, octubre 08, 2007

“Deje de mirarme las tetas, señor”, de Charles Bukowski




B
ig Bart era el tío más salvaje del Oeste. Tenía la pistola más veloz del Oeste, y se había follado mayor variedad de mujeres que cualquier otro tío en el Oeste. No era aficionado a bañarse, ni a la mierda de toro, ni a discutir, ni a ser un segundón. También era guía de una caravana de emigrantes, y no había otro hombre de su edad que hubiese matado más indios, o follado más mujeres, o matado más hombres blancos. Big Bart era un tío grande y él lo sabía y todo el mundo lo sabía. Incluso sus pedos eran excepcionales, más sonoros que la campana de la cena; y estaba además muy bien dotado, un gran mango siempre tieso e infernal. Su deber consistía en llevar las carretas a través de la sabana sanas y salvas, fornicar con las mujeres, matar a unos cuantos hombres, y entonces volver al Este por otra caravana. Tenía una barba negra, unos sucios orificios en la nariz, y unos radiantes dientes amarillentos.

Acababa de metérsela a la joven esposa de Billy Joe, la estaba sacando los infiernos a martillazos de polla mientras obligaba a Billy Joe a observarlos. Obligaba a la chica a hablarle a su marido mientras lo hacían. Le obligaba a decir:

- ¡Ah, Billy Joe, todo este palo, este cuello de pavo me atraviesa desde el coño hasta la garganta, no puedo respirar, me ahoga! ¡Sálvame, Billy Joe! ¡No, Billy Joe, no me salves! ¡Aaah!

Luego de que Big Bart se corriera, hizo que Billy Joe le lavara las partes y entonces salieron todos juntos a disfrutar de una espléndida cena a base de tocino y galletas. Al día siguiente se encontraron con una carreta solitaria que atravesaba la pradera por sus propios medios. Un chico delgaducho, de unos dieciséis años, con un acné cosa mala, llevaba las riendas. Big Bart se acercó cabalgando.

—¡Eh, chico! —dijo.

El chico no contestó.

—Te estoy hablando, chaval...
—Chúpame el culo —dijo el chico.
—Soy Big Bart.
—Chúpame el culo.
—¿Cómo te llamas, hijo?
—Me llaman «El Niño».
—Mira, Niño, no hay manera de que un hombre atraviese estas praderas con una sola carreta.
—Yo pienso hacerlo.
—Bueno, son tus pelotas, Niño —dijo Big Bart, y se dispuso a dar la vuelta a su caballo, cuando se abrieron las cortinas de la carreta y apareció esa mujercita, con unos pechos increíbles, un culo grande y bonito, y unos ojos como el cielo después de la lluvia. Dirigió su mirada hacia Big Bart, y el cuello de pavo se puso duro y chocó contra el torno de la silla de montar.
—Por tu propio bien, Niño, vente con nosotros.
—Que te den por el culo, viejo —dijo el chico—. No hago caso de avisos de viejos follamadres con los calzoncillos sucios.
—He matado a hombres sólo porque me disgustaba su mirada.
El Niño escupió al suelo. Entonces se incorporó y se rascó los cojones.
—Mira, viejo, me aburres. Ahora desaparece de mi vista o te voy a convertir en una plasta de queso suizo.
—Niño —dijo la chica asomándose por encima de él, saliéndosele una teta y poniendo cachondo al sol—. Niño, creo que este hombre tiene razón. No tenemos posibilidades contra esos cabronazos de indios si vamos solos. No seas gilipollas. Dile a este hombre que nos uniremos a ellos.
—Nos uniremos —dijo el Niño.
—¿Cómo se llama tu chica? —preguntó Big Bart.
—Rocío de Miel —dijo el Niño.
—Y deje de mirarme las tetas, señor —dijo Rocío de Miel— o le voy a sacar la mierda a hostias.

Las cosas fueron bien por un tiempo. Hubo una escaramuza con los indios en Blueball Canyon. 37 indios muertos, uno prisionero. Sin bajas americanas. Big Bart le puso una argolla en la nariz. Era obvio que Big Bart se ponía cachondo con Rocío de Miel. No podía apartar sus ojos de ella. Ese culo, casi todo por culpa de ese culo. Una vez mirándola se cayó de su caballo y uno de los cocineros indios se puso a reír. Quedó un sólo cocinero indio. Un día Big Bart mandó al Niño con una partida de caza a matar algunos búfalos. Big Bart esperó hasta que desaparecieron de la vista y entonces se fue hacia la carreta del Niño. Subió por el sillín, apartó la cortina y entró. Rocío de Miel estaba tumbada en el centro de la carreta masturbándose.

—Cristo, nena —dijo Big Bart—. ¡No lo malgastes!
—Lárgate de aquí —dijo Rocío de Miel sacando el dedo de su chocho y apuntando a Big Bart—. ¡Lárgate de aquí echando leches y déjame hacer mis cosas!
—¡Tu hombre no te cuida lo suficiente, Rocío de Miel!
—Claro que me cuida, gilipollas, sólo que no tengo bastante. Lo único que ocurre es que después del período me pongo cachonda.
—Escucha, nena...
—¡Que te den por el culo!
—Escucha, nena, contempla...

Entonces sacó el gran martillo. Era púrpura, descapullado, infernal, y basculaba de un lado a otro como el péndulo de un gran reloj. Gotas de semen lubricante cayeron al suelo. Rocío de Miel no pudo apartar sus ojos de tal instrumento. Después de un rato dijo:

—¡No me vas a meter esa condenada cosa dentro!
—Dilo como si de verdad lo sintieras, Rocío de Miel.
—¡NO VAS A METERME ESA CONDENADA COSA DENTRO!
—¿Pero por qué? ¿Por qué? ¡Mírala!
—¡La estoy mirando!
—¿Pero por qué no la deseas?
—Porque estoy enamorada del Niño.
—¿Amor? —dijo Big Bart riéndose—. ¿Amor? ¡Eso es un cuento para idiotas! ¡Mira esta condenada estaca! ¡Puede matar de amor a cualquier hora!
—Yo amo al Niño, Big Bart.
—Y también está mi lengua —dijo Big Bart—. ¡La mejor lengua del Oeste!

La sacó e hizo ejercicios gimnásticos con ella.

—Yo amo al Niño —dijo Rocío de Miel.
—Bueno, pues jódete —dijo Big Bart y de un salto se echó encima de ella. Era un trabajo de perros meter toda esa cosa, y cuando lo consiguió, Rocío de Miel gritó. Había dado unos siete caderazos entre los muslos de la chica, cuando se vio arrastrado rudamente hacia atrás. Era el Niño, de vuelta de la partida de caza.
—Te trajimos tus búfalos, hijoputa. Ahora, si te subes los pantalones y sales afuera, arreglaremos el resto...
—Soy la pistola más rápida del Oeste —dijo Big Bart.
—Te haré un agujero tan grande, que el ojo de tu culo parecerá sólo un poro de la piel —dijo el Niño—. Vamos, acabemos de una vez. Estoy hambriento y quiero cenar. Cazar búfalos abre el apetito...

Los hombres se sentaron alrededor del campo de tiro, observando. Había una tensa vibración en el aire. Las mujeres se quedaron en las carretas, rezando, masturbándose y bebiendo ginebra. Big Bart tenía 34 muescas en su pistola y una fama infernal. El Niño no tenía ninguna muesca en su arma, pero tenía una confianza en sí mismo que Big Bart no había visto nunca en sus otros oponentes. Big Bart parecía el más nervioso de los dos. Se tomó un trago de whisky, bebiéndose la mitad de la botella y entonces caminó hacia el Niño.

—Mira, Niño...
—¿Sí, hijoputa?
—Mira, quiero decir, ¿por qué te cabreas?
—¡Te voy a volar las pelotas, viejo!
—¿Pero por qué?
—¡Estabas jodiendo con mi mujer, viejo!
—Escucha, Niño, ¿es que no lo ves? Las mujeres juegan con un hombre detrás de otro. Sólo somos víctimas del mismo juego.
—No quiero escuchar tu mierda, papá. ¡Ahora aléjate y prepárate a desenfundar!
—Niño...
—¡Aléjate y listo para disparar!

Los hombres en el campo de fuego se levantaron. Una ligera brisa vino del Oeste oliendo a mierda de caballo. Alguien tosió. Las mujeres se agazaparon en las carretas, bebiendo ginebra, rezando y masturbándose. El crepúsculo caía. Big Bart y el Niño estaban separados 30 pasos.

—Desenfunda tú, mierda seca —dijo el Niño—, desenfunda, viejo de mierda, sucio rijoso.

Despacio, a través de las cortinas de una carreta, apareció una mujer con un rifle. Era Rocío de Miel. Se puso el rifle al hombro y lo apoyó en un barril.

—Vamos, violador cornudo —dijo el Niño—. ¡DESENFUNDA!

La mano de Big Bart bajó hacia su revolver. Sonó un disparo cortando el crepúsculo. Rocío de Miel bajó su rifle humeante y volvió a meterse en la carreta. El Niño estaba muerto en el suelo, con un agujero en la nuca. Big Bart enfundó su pistola sin usar y caminó hacia la carreta. La luna estaba ya alta.






domingo, octubre 07, 2007

"Apariciones", de Ramón Oyarzún







Me voy a casar. Todo hombre en algún momento se mira al espejo, enamorado, ilusionado, engañado, timorato, niño, machote, paterfamiliis, se mira al espejo valioso y por un lado sabe que ese reflejo es menos y más que él, igual, distinto, distante, conocido, cercano, ajeno, otro. el reflejo le devuelve una imagen prístina y pura, mediatizada, una imagen imbricada con su vida y su circunstancia, su fé, su amor. La mayor aspiración de cualquier ser sintiente es comprometerse por el bienestar de los demás, y yo, perticularmente, me comprometo al bienestar regio de una persona en particular que desde un momento preciso que se marca en una ceremonia única estará en mi espejo, mirando en profunda intimidad al niño, al hombre, al viejo, al abismo, a ése que no está, a esto que no pasa y que es maravilloso desde su plenitud vacía.



sábado, octubre 06, 2007

“Una lectora corrige a su escritor preferido”, de Manuel Vásquez Montalbán



Por más intentos que haga de ignorar, eludir, soslayar, mis comentarios sobre su novela El Final, a pesar de que un Rey le felicite por ella (como estadista puede que sea una joya, pero... chico, qué discursos más cursis compone -o se deja componer-; una buena crítica por parte de tal crítico: "Lacoste!, Lacoste!"). Basta ya de pelar la pava, no tenemos tiempo que perder (temo que inicie sus vacaciones, y nos quedemos en "suspenso"; eso de tener que trasladar a septiembre lo que pudo haber sido y no fue, no va conmigo). Cuando se ha tenido como objetivo recrear Las meninas —las de Velázquez—, uno no puede conformarse con haber hecho un chiste, por buenos que sean el chiste y su autor. El Final nace jugando a transgredir el principio de Pauli (dos cuerpos no pueden ocupar, a la vez, el mismo espacio al mismo tiempo). "El autor" se plantea precintar una novela a concurso e iluminar los entresijos económicos, políticos, literarios en el fallo de un premio. Un espejo perfecto en el que puedes caminar hacia dentro o hacia fuera (la realidad del momento o, el momento, en la ficción) sin apenas darte cuenta: genial. Un remedo de cómo Velázquez concibió Las meninas; haciendo que el autor, incluso el espectador, sean parte de la composición, un planteamiento, en aquel momento insólito, con resultado de: espléndido. En cuanto al planteamiento: 10.

Estoy pensando que, salvo que me lo permita, expresamente, no puedo continuar, mi buena educación me lo impide; ¿es mucho pedir que responda con un simple sí o no? Cuánto me gustaría que su fax emitiera en vez de ese impertinente sonido neutro, música de bolero, le convendría mucho a mi "negocio", será más fácil si usted sonara así: "adoro las cosas que me dices, adoro nuestros ratos felices".

Su fax no me ha llegado, pero no me doy por vencida y prosigo el desguace de El Final. Para el abocetado de los personajes, usted utiliza la técnica goyesca, es decir: pinceladas gruesas, resueltas, seguras, que, con la precisión de un bisturí, hacen aflorar la individualidad de cada uno. Cromático. Los distintos retratos progresan en lucidez a cada página, en cada párrafo. El ritmo tiene la cadencia del Bolero de Ravel, pausado pero in crescendo; no se puede parar de leer, como no se puede aplazar la audición de esa pieza, es la gloria del "más de lo mismo", cuando lo mismo es tan bello. En las mejores piezas musicales, la clave está en el contrapunto, con él se armoniza la composición; su personaje central es, precisamente, el encargado de darle visos de realidad, de hacer "digestible", ligero, un paisaje denso, casi intrincado. El Final tiene en su desarrollo vocación polifónica, trata de ejecutar a la vez distintas melodías, esboza por un lado la trama económica, por otro la político-social y finalmente la literaria, como lo haría un compositor: solapando un tema con el otro, el primero que suene en solitario, luego se fusione con el siguiente, lo abandone para que luzca, sólo, este último que se imbricará con el tercero... y vuelta -ouroboros- a empezar. Sinfónico. Pero en algún momento empieza a deslavazarse la sinfonía; los sones persisten y los tiempos se respetan, es cierto, pero... el resultado es una amalgama de temas que suenan dispares, estridentes con frecuencia. No quise preocuparme (me dije: es seguro que lo hace a propósito -quiere que esto suene a gallinero-), continué leyendo aunque ya con ciertos reparos. La música que, ahora, debería emitir su fax: "Adiós barquita de vela / galeón de mi querer. / Tu bandera y mi bandera/ ya no han de volverse a ver. / ... Replay, please".

Inútilmente esperé su fax mientras me cambiaba varias veces de pijama. Soy rubia y mis amigos dicen que me parezco a Sharon Stone. ¿Creía haberse librado de mí? No me conoce. En base a la percepción, casi cabalística, que me sugiere la novela, andaba yo a caballo de distintas y encontradas emociones... Cuando recordé las ecuaciones de segundo grado, esas que resuelven las expresiones matemáticas que admiten dos resultados, son triviales para mí y, al parecer, también para usted. Siempre me parecieron las matemáticas un producto etéreo, seráfico, sujeto a los más estrictos preceptos, sin mácula, sin fisuras, virginal, tan sólido y consistente que... daba asco; hasta que aparecieron por el horizonte, para rescatarlas de ranciedad, de rigidez, de olor a virtud, las mencionadas ecuaciones, convirtiendo esta disciplina en mágica, indeterminada, ambigua, en una palabra: desconcertante. El plural con el que se las nombra ya pronostica tan mudable naturaleza. Para El Final deseo el legítimo éxito que merecen frecuentemente sus obras, aunque esta vez un éxito no tan lícito. Le explico: una personalidad tan intrincada como la suya es capaz de astucias sibilinas capaces de fraguar objetivos como el que ideó para El Final. El final está contado como si de estertores se tratara, prolongada y fatigosamente. Infumable. De no haberlo escrito bien tiene usted la culpa. El dolo le cabe por abordar esta novela como un imposible remate de su obra, de ahí el título El Final. Yo soy capaz de "perdonarle" y defender su causa en casi todas las circunstancias, también ahora lo haría, pero la condición necesaria no se da, la novela está desigualmente escrita y... justo, o no -cuando hay un poco de bueno y un poco de malo-, el promedio lo resume en: malo. Es usted mi escritor favorito desde que leí Las desnudas y las muertas. Por eso la frustración me impide estar de su lado. Además, usted no ha contestado mis faxes desde hace cinco años, y cuando le llevé, personalmente, a El Corte Inglés un libro para que me lo dedicara, se limitó a ponerme cordialmente, en letras muy grandes, eso sí. Espero que entienda mi disgusto, aunque éste no depende de su grado de comprensión. Y el silencio de su fax me confirma que usted no admite las críticas, ni valora que cada vez que le escribo un fax me cambio el pijama y que este último se lo escribo sin pijama. Presiento que me voy a pasar a Antonio Gala. No, no hay música ya entre usted y yo.

Epílogo. Los Reyes Magos existen. Su llamada telefónica ha sido "una experiencia religiosa", todavía estoy aturdida y balbuceante. Yo le imaginaba tímido ademas de muy ocupado, algo engolado. Por ello supuse que, como mucho y con suerte, me enviaría mediante el fax un lacónico sí, o no. Me ha sorprendido del todo, no sólo por el medio, también sus explicaciones. Me ha convencido. El Final es una novela necesaria y ¿qué hay por encima de lo necesario? ¿Qué puedo ofrecerle para compensar su atención hacia mí? Conozco sus debilidades y si le tientan le facilitaré personalmente, pormenorizadamente, los secretos de mi "empanada de bonito en hojaldre" y mi "ensalada de naranjas con ajo". ¿Prefiere que le envíe mis recetas a la redacción de EL PAÍS? Me absorbe el desenlace de El Final en mi nueva, clarificadora, relectura.

¿Sabe que tiene una voz muy cálida, también retórica, y un punto "suficiente"? Su voz tiene tacto. En el Olimpo, ¿todos los dioses hablan como usted?











viernes, octubre 05, 2007

«Un ojo para una teoría óptica», de Juan Carlos Villavicencio





El lente ha retornado a su posición original. Sigue la huella de sí mismo en un espejo que no es capaz de dar cuenta de los trazos de la figura poseída. No hay pasillo ni ventanas. No hay cuarto i no hay nada, pero se desplaza. Tampoco hay colores o matices, por lo que se podría aseverar que el ojo es inservible en tal estadio. No era ése el camino. No se entiende, aunque se ha decidido proseguir con el estudio. El caso es que el ojo puede ver lo que no ve, aún cuando rompa algunas reglas. El intento ahora es distinto. No hay nada que deje huella, pero observa el comienzo de los trazos. Nada inteligible en un primer momento, aún cuando el tiempo no importe: se sitúa. Luego lo que se aprecia como torpeza adquiere forma más que fondo. Sucede que la teoría obliga a que ése sea el modo de actuar. El asunto del contenido es algo que compete al entrevero del viento, el capricho i los focos con los que la obra será montada. Azar o destino para los seres es algo que no compete al orden o fórmula incipiente, en el intento por lograr captar la idea de lo que el ojo ha podido apreciar tornando la atención hacia su interior. Pero otras son las observaciones que importan al que lo carga i el descuido es evidente.



en Breaking Glass, Ediciones GrilloM, 2013










Poema basado en «An Eye for Optical Theory» de Michael Nyman, incluida en la banda sonora de la película The Draughtsman's Contract (1982), de Peter Greenaway. 

Este poema pertenece al poemario Breaking Glass
escrito en colaboración con Carlos Almonte.





Aquí la pieza de Michael Nyman para escuchar
https://www.youtube.com/watch?v=5INdE33BFRQ









jueves, octubre 04, 2007

"Asuntos de familia", de Günter Grass







En nuestro museo -vamos todos los domingos-,
han inaugurado una sección nueva.
Nuestros hijos abortados, embriones pálidos y serios,
se acurrucan en simples tarros de cristal,
preocupados por el futuro de sus padres.









miércoles, octubre 03, 2007

"Escucho", de Severo Sarduy

Traducción de Sebastián Gardette








PERSONAJES


ÉL
ELLA (pero adivinamos que se trata de un hombre)
LA RADIO
UNA CASSETTE




I. ESCUCHAR.


ELLA..- He venido para escuchar.
ÉL.- Nada puedo decirle. Nada existía antes. Todo ocurre durante el juego, a medida que se hacen las preguntas.
ELLA.- ¿Qué preguntas?
ÉL.- No lo sé. Aquel que conduce el juego las inventa. Se encarga del decorado, dirige el guión, monta la obra con la ayuda de lo que encuentre: una vieja radio, por ejemplo, y lo que se escuche al azar, una vieja voz también.
ELLA.- ¿Y los otros?
ÉL.- Varía según las preguntas. Según las reglas. Todo consiste en cambiar, en travestirse, en volverse otro. Nos hacemos máscaras. Ojos blancos en un rostro blanco. Se simula algo: un crimen, un ritual vacío, un sacrificio.
ELLA.- ¿Quién hacía las preguntas?
ÉL.- Siempre él. Y no se sabe por qué, era de inmediato como en un policial: una historia que ocurría en Tánger, simplemente porque en la radio sonaba una música árabe. Luego en el mercado, un viejo traficante nos ofreció una casete virgen: en realidad ya había sido ocupada. Encontramos una voz. Una voz autoritaria, la de un dictador quizás. Lo llamamos el Sacrificador.
ELLA.- ¿Y el juego empezó así nada más?
ÉL.- Sí. Hasta que las preguntas dicten lo que sigue. Quedó arreglado muy rápido.
ELLA.- ¿De qué se trataba?
ÉL.- Había que eliminar algo, hacer desaparecer algo...
ELLA.- ¿Matar a alguien?
ÉL.- Sí. Entonces, nos enmascaramos. El rostro pintado de blanco. Los ojos blancos. Las pupilas aluminio, y los labios. Nos habíamos convertido en insectos gigantes, voraces, o maléficas muñecas, en andrajos, o locos. Una vez pintarrajeados, borrajeados, irreconocibles, entonces podíamos empezar el juego... Dijo: "¿El peor mal de los jeroglíficos, no es el no haber nacido?" Él quería desaparecer, borrarse, volverse piedra. Nos habíamos vuelto los otros.
ELLA.- ¿Y la obra?
ÉL.- Él es quién inventó todo, lo dirigió todo.
ELLA.- ¿Un policial?
ÉL.- Sí. Al final había que disparar. Estaba, él, vestido con un impermeable blanco. Con un sombrero. Todo ocurría en el alcázar de Tánger. Sobre un fondo de música popular. Además: una voz amenazante. Un drogado necesitado o un brujo. Un hombre viejo. Frases incomprensibles, en francés. Una amenaza, de seguro.
ELLA.- ¿Puedo escuchar? (CASSETTE) ¿Pero por qué lo perseguían? ¿Por qué había que matarlo?
ÉL.- Quería saber cómo lo iban a matar; él: él era quien hacia las preguntas, sobre su ficticia muerte. Inventábamos una historia respondiendo. No importa cuál, con la condición de que muera al final. Casi siempre una historia de drogas; o una muerte producto de un robo; o sino una desaparición oscura, inexplicable, en un burdel de la ciudad, en medio de un círculo de muchachos que esperaban nadie sabe qué.
ELLA.- Un sacrificio.
ÉL.- O sino, una venta de esclavos. Los llevaban sobre la plaza. Desnudos y encadenados. Los traficantes venían a probar sus sudores para ver si eran fuertes y saludables. Luego, los compraban a bajo precio, y los revendían en el sur, lejos en el sur, en las fronteras del desierto.
ELLA.- ¿Todos se prestaban para el juego?
ÉL.- Él, hacia las preguntas. Los otros jugaban según las respuestas. Sólo el final contaba. Cuando las preguntas terminan, el juego comienza.
ELLA.- Entonces, escuchemos una vez más la voz. (CASSETTE).

ÉL LE TACHA LA CARA.

ELLA.- No.
ÉL.- ¿Al fondo de la sala, una escalera? ¿Salió por allí, encadenado, la boca amordazada, vendido como esclavo en el mercado de la plaza?
ELLA.- No.
ÉL.- Se probaba el sudor de los esclavos para saber si estaban saludables. Un olor a sudor y de menta. El olor de las sábanas que sacudían. Lo recuerdo. Luego, escuchamos la radio y también la voz cansada, arrastrada, la voz de un hombre de edad, perdido, quizás, lejano, cansado, un hombre que no entiende... Entonces, llegó a la gran sala. El dueño de la casa, un andaluz, gritó algo en español. Fue allí que desapareció, en el círculo, cerca de la radio bajo el tragaluz.
ELLA.- Un paso al vacío. Pérdida en lo pleno.
ÉL.- La voz. El olor a sábanas. El sudor. De infierno. De menta. ¿De alcohol?
ELLA.- No.
ÉL.- Una música. Siempre la misma.
ELLA.- Lo recuerdo. Entré en la penumbra de la gran sala, en el círculo.
ÉL.- Sí. Lo recuerdo.
ELLA.- Una pálida luz, chorreando, amarillo sucio, mostaza, que caía del tragaluz central, sobre la sala. Los muchachos sentados en círculo. Y él, capturado al centro. Silencio. Fatiga. Desaliento.
ÉL.- Dibujado. ¿Demasiado dibujado?
ELLA.- Borrado.




FIN


martes, octubre 02, 2007

“La máscara de la muerte roja”, de Edgar Allan Poe




Durante mucho tiempo, la «Muerte Roja» había devastado la región. jamás pestilencia alguna fue tan fatal y espantosa. Su avatar era la sangre, el color y el horror de la sangre. Se producían agudos dolores, un súbito desvanecimiento y, después, un abundante sangrar por los poros y la disolución del ser. Las manchas purpúreas por el cuerpo, y especialmente por el rostro de la víctima, desechaban a ésta de la Humanidad y la cerraban a todo socorro y a toda compasión. La invasión, el progreso y el resultado de la enfermedad eran cuestión de media hora.

Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios perdieron la mitad de su población, reunió a un millar de amigos fuertes y de corazón alegre, elegidos entre los caballeros y las damas de su corte, y con ellos constituyó un refugio recóndito en una de sus abadías fortificadas. Era una construcción vasta y magnífica, una creación del propio príncipe, de gusto excéntrico, pero grandioso. Rodeábala un fuerte y elevado muro, con sus correspondientes puertas de hierro. Los cortesanos, una vez dentro, se sirvieron de hornillos y pesadas mazas para soldar los cerrojos. decidieron atrincherarse contra los súbitos impulsos de la desesperación del exterior e impedir toda salida a los frenesíes del interior.

La abadía fue abastecida copiosamente. Gracias a tales precauciones los cortesanos podían desafiar el contagio. El mundo exterior, que se las compusiera como pudiese. Por lo demás, sería locura afligirse o pensar en él. El príncipe había provisto aquella mansión de todos los medios de placer. Había bufones, improvisadores, danzarines, músicos, lo bello en todas sus formas, y había vino. En el interior existía todo esto, además de la seguridad. Afuera, la «Muerte Roja».

Ocurrió a fines del quinto o sexto mes de su retiro, mientras la plaga hacía grandes estragos afuera, cuando el príncipe Próspero proporcionó a su millar de amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.

¡Qué voluptuoso cuadro el de ese baile de máscaras! Permítaseme describir los salones donde tuvo efecto. Eran siete, en una hilera imperial. En muchos palacios estas hileras de salones constituyen largas perspectivas en línea recta cuando los batientes de las puertas están abiertos de par en par, de modo que la mirada llega hasta el final sin obstáculo. Aquí, el caso era muy distinto, como se podía esperar por parte del duque y de su preferencia señaladísima por lo bizarre. Las salas estaban dispuestas de modo tan irregular que la mirada solamente podía alcanzar una cada vez. Al cabo de un espacio de veinte o treinta yardas encontrábase una súbita revuelta, y en cada esquina, un aspecto diferente.

A derecha e izquierda, en medio de cada pared, una alta y estrecha ventana gótica comunicaba con un corredor cerrado que seguía las sinuosidades del aposento. Cada ventanal estaba hecho de vidrios de colores que armonizaban con el tono dominante de la decoración del salón para el cual se abría. El que ocupaba el extremo oriental, por ejemplo, estaba decorado en azul, y los ventanales eran de un azul vivo. El segundo aposento estaba ornado y guarnecido de púrpura, y las vidrieras eran purpúreas. El tercero, enteramente verde, y verdes sus ventanas. El cuarto, anaranjado, recibía la luz a través de una ventana anaranjada. El quinto, blanco, y el sexto, violeta. El séptimo salón estaba rigurosamente forrado por colgaduras de terciopelo negro, que revestían todo el techo y las paredes y caían sobre un tapiz de la misma tela y del mismo color. Pero solamente en este aposento el color de las vidrieras no correspondía al del decorado.

Los ventanales eran escarlata, de un intenso color de sangre. Ahora bien: no veíase lámpara ni candelabro alguno en estos siete salones, entre los adornos de las paredes o del techo artesonado. Ni lámparas ni velas; ninguna claridad de esta clase, en aquella larga hilera de habitaciones. Pero en los corredores que la rodeaban, exactamente enfrente de cada ventana, levantábase un enorme trípode con un brasero resplandeciente que proyectaba su claridad a través de los cristales coloreados e iluminaba la sala de un modo deslumbrante. Producíase así una infinidad de aspectos cambiantes y fantásticos.

Pero en el salón de poniente, en la cámara negra, la claridad del brasero, que se reflejaba sobre las negras tapicerías a través de los cristales sangrientos, era terriblemente siniestra y prestaba a las fisonomías de los imprudentes que penetraban en ella un aspecto tan extraño, que muy pocos bailarines tenían valor para pisar su mágico recinto.

También en este salón erguíase, apoyado contra el muro de poniente, un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo movíase con un tictac sordo, pesado y monótono. Y cuando el minutero completaba el circuito de la esfera e iba a sonar la hora, salía de los pulmones de bronce de la máquina un sonido claro, estrepitoso, profundo y extraordinariamente musical, pero de un timbre tan particular y potente que, de hora en hora, los músicos de la orquesta veíanse obligados a interrumpir un instante sus acordes para escuchar el sonido. Los valsistas veíanse forzados a cesar en sus evoluciones.

Una perturbación momentánea recorría toda aquella multitud, y mientras sonaban las campanas notábase que los más vehementes palidecían y los más sensatos pasábanse las manos por la frente, pareciendo sumirse en meditación o en un sueño febril. Pero una vez desaparecía por completo el eco, una ligera hilaridad circulaba por toda la reunión. Los músicos mirábanse entre sí y reíanse de sus nervios y de su locura, y jurábanse en voz baja unos a otros que la próxima vez que sonaran las campanadas no sentirían la misma impresión. Y luego, cuando después de la fuga de los sesenta minutos que comprenden los tres mil seiscientos segundos de la hora desaparecida, cuando llegaba una nueva campanada del reloj fatal, se producía el mismo estremecimiento, el mismo escalofrío y el mismo sueño febril.

Pero, a pesar de todo esto, la orgía continuaba alegre y magnífica. El gusto del duque era muy singular. Tenía una vista segura por lo que se refiere a colores y efectos. Despreciaba el decora de moda. Sus proyectos eran temerarios y salvajes, y sus concepciones brillaban con un esplendor bárbaro. Muchas gentes lo consideraban loco. Sus cortesanos sabían perfectamente que no lo era. Sin embargo, era preciso oírlo, verlo, tocarlo, para asegurarse de que no lo estaba.

En ocasión de esta gran fete, había dirigido gran parte de la decoración de los muebles, y su gusto personal había dirigido el estilo de los disfraces. No hay duda de que eran concepciones grotescas. Era deslumbrador, brillante. Había cosas chocantes y cosas fantásticas, mucho de lo que después se ha visto en Hernani. Había figuras arabescas, con miembros y aditamentos inapropiados.

Delirantes fantasías, atavíos como de loco. Había mucho de lo bello, mucho de lo licencioso, mucho de lo bizarre, algo de lo terrible y no poco de lo que podría haber producido repugnancia. De un lado a otro de las siete salas pavoneábase una muchedumbre de pesadilla. Y esa multitud -la pesadilla- contorsionábase en todos sentidos, tiñéndose del color de los salones, haciendo que la música pareciera el eco de sus propios pasos.

De pronto, repica de nuevo el reloj de ébano que se encuentra en el salón de terciopelo. Por un instante queda entonces todo parado; todo guarda silencio, excepto la voz del reloj. Las figuras de pesadilla quédanse yertas, paradas. Pero los ecos de la campana se van desvaneciendo. No han durado sino un instante, y, apenas han desaparecido, una risa leve mal reprimida se cierne por todos lados. Y una vez más, la música suena, vive en los ensueños.

De un lado a otro, retuércense más alegremente que nunca, reflejando el color de las ventanas distintamente teñidas y a través de las cuales fluyen los rayos de los trípodes. Pero en el salón más occidental de los siete no hay ahora máscara ninguna que se atreva a entrar, porque la noche va trascurriendo. Allí se derrama una luz más roja a través de los cristales color de sangre, y la oscuridad de las cortinas teñidas de negro es aterradora. Y a los que pisan la negra alfombra llégales del cercano reloj de ébano un más pesado repique, más solemnemente acentuado que el que hiere los oídos de las máscaras que se divierten en las salas más apartadas.

Pero en estas otras salas había una densa muchedumbre. En ellas latía febrilmente el corazón de la vida. La fiesta llegaba a su pleno arrebato cuando, por último, sonaron los tañidos de medianoche en el reloj. Y, entonces, la música cesó, como ya he dicho, y apaciguáronse las evoluciones de los danzarines. Y, como antes, se produjo una angustiosa inmovilidad en todas las cosas. Pero el tañido del reloj había de reunir esta vez doce campanadas. Por esto ocurrió tal vez, que, con el mayor tiempo, se insinuó en las meditaciones de los pensativos que se encontraban entre los que se divertían mayor cantidad de pensamientos. Y, quizá por lo mismo, varias personas entre aquella muchedumbre, antes que se hubiesen ahogado en el silencio los postreros ecos de la última campanada, habían tenido tiempo para darse cuenta de la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie, Y al difundirse en un susurro el rumor de aquella nueva intrusión, se suscitó entre todos los concurrentes un cuchicheo o murmullo significativo de asombro y desaprobación. Y luego , finalmente, el terror, el pavor y el asco.

En una reunión de fantasmas como la que he descrito puede muy bien suponerse que ninguna aparición ordinaria hubiera provocado una sensación como aquélla. A decir verdad, la libertad carnavalesca de aquella noche era casi ilimitada. Pero el personaje en cuestión había superado la extravagancia de un Herodes y les límites complacientes, no obstante, de la moralidad equívoca e impuesta por el príncipe. En los corazones de los hombres más temerarios hay cuerdas que no se dejan tocar sin emoción. Hasta en los más depravados, en quienes la vida y la muerte son siempre motivo de juego, hay cosas con las que no se puede bromear. Toda la concurrencia pareció entonces sentir profundamente lo inadecuado del traje y de las maneras del desconocido. El personaje era alto y delgado, y estaba envuelto en un sudario que lo cubría de la cabeza a los pies.

La máscara que ocultaba su rostro representaba tan admirablemente la rígida fisonomía de un cadáver, que hasta el más minucioso examen hubiese descubierto con dificultad el artificio. Y, sin embargo, todos aquellos alegres locos hubieran soportado, y tal vez aprobado aquella desagradable broma. Pero la máscara había llegado hasta el punto de adoptar el tipo de la «Muerte Roja». Sus vestiduras estaban manchadas de sangre, y su ancha frente, así como sus demás facciones, se encontraban salpicadas con el horror escarlata.

Cuando los ojos del príncipe Próspero se fijaron en aquella figura espectral (que con pausado y solemne movimiento, como para representar mejor su papel, pavoneábase de un lado a otro entre los que bailaban), se le vio, en el primer momento, conmoverse por un violento estremecimiento de terror y de asco. Pero, un segundo después, su frente enrojeció de ira.

-¿Quién se atreve -preguntó con voz ronca a los cortesanos que se hallaban junto a él-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfema? ¡Apoderaos de él y desenmascararse, para que sepamos a quién hemos de ahorcar en nuestras almenas al salir el sol!.

Ocurría esto en el salón del Este, o cámara azul, donde hallábase el príncipe Próspero al pronunciar estas palabras. Resonaron claras y potentes a través de los siete salones, pues el príncipe era un hombre impetuoso y fuerte, y la música había cesado a un ademán de su mano.

Ocurría esto en la cámara azul, donde hallábase el príncipe rodeado de un grupo de pálidos cortesanos. Al principio, mientras hablaba, hubo un ligero movimiento de avance de este grupo hacia el intruso, que, en tal instante, estuvo también al alcance de sus manos, y que ahora, con paso tranquilo y majestuoso, acercábase cada vez más al príncipe. Pero por cierto terror indefinido, que la insensata arrogancia del enmascarado había inspirado a toda la concurrencia, nadie hubo que pusiera mano en él para prenderle, de tal modo que, sin encontrar obstáculo alguno, pasó a una yarda del príncipe, y mientras la inmensa asamblea, como obedeciendo a un mismo impulso, retrocedía desde el centro de la sala hacia las paredes, él continuó sin interrupción su camino, con aquel mismo paso solemne y mesurado que le había distinguido desde su aparición, pasando de la cámara azul a la purpúrea, de la purpúrea a la verde, de la verde a la anaranjada, de ésta a la blanca, y llegó a la de color violeta antes de que se hubiera hecho un movimiento decisivo para detenerle.

Sin embargo, fue entonces cuando el príncipe Próspero, exasperado de ira y vergüenza por su momentánea cobardía, se lanzó precipitadamente a través de las seis cámaras, sin que nadie lo siguiera a causa del mortal terror que de todos se había apoderado. Blandía un puñal desenvainado, y se había acercado impetuosamente a unos tres o cuatro pies de aquella figura que se batía en retirada, cuando ésta, habiendo llegado al final del salón de terciopelo, volvióse bruscamente e hizo frente a su perseguidor. Sonó un agudo grito y la daga cayó relampagueante sobre la fúnebre alfombra, en la cual, acto seguido, se desplomó, muerto, el príncipe Próspero.

Entonces, invocando el frenético valor de la desesperación, un tropel de máscaras se precipitó a un tiempo en la negra estancia, y agarrando al desconocido, que manteníase erguido e inmóvil como una gran estatua a la sombra del reloj de ébano, exhalaron un grito de terror inexpresable, viendo que bajo el sudario y la máscara de cadáver que habían aferrado con energía tan violenta no se hallaba forma tangible alguna.

Y, entonces, reconocieron la presencia de la «Muerte Roja», Había llegado como un ladrón en la noche, y, uno por uno, cayeron los alegres libertinos por las salas de la orgía, inundados de un rocío sangriento. Y cada uno murió en la desesperada postura de su caída.

Y la vida del reloj de ébano extinguióse con la del último de aquellos licenciosos. Y las llamas de los trípodes se extinguieron. Y la tiniebla, y la ruina, y la «Muerte Roja» tuvieron sobre todo aquello ilimitado dominio.