viernes, julio 03, 2015

“Avispones”, de Jonathan Franzen








A principios de los noventa, cuando me vi sin un centavo, empecé a pedirle prestada la casa a otra gente. La primera en la que me instalé era de un profesor de mi universidad. Su mujer y él temían que su hijo, un estudiante universitario, organizara fiestas en su ausencia, y por tanto me instaron a considerar la casa mi hogar privado y exclusivo. Eso suponía en sí mismo un esfuerzo, ya que en una casa prestada, por definición, los armarios contienen abrigos ajenos, el refrigerador está repleto de aderezos ajenos, el desagüe de la ducha está atascado por pelos ajenos. Y cuando, como era inevitable, el hijo apareció por allí y empezó a corretear de aquí para allá descalzo, y luego invitó a sus amigos y estuvo de juerga hasta altas horas de la madrugada, me sentí asqueado de impotencia y envidia. Sin duda yo debía de parecer un espectro repelente, porque una mañana, en la cocina, sin que le dijera una palabra, el hijo alzó la vista del tazón de cereales fríos y brutalmente me puso en mi sitio: «Esta es mi casa, Jonathan».

Pocos veranos después, cuando estaba peor aún que sin dinero, pedí prestada una majestuosa casa de estuco, propiedad de dos amigos mayores que yo, Ken y Joan, en Media, Pensilvania. Mi sesión orientativa tuvo lugar ante unos martinis por los que Ken reprendió a Joan con delicadeza, diciéndole que los había «maltratado» con hielo semifundido. Me senté con ellos en su terraza trasera cubierta de musgo mientras enumeraban, con una especie de sosegada resignación, los problemas de la casa. El colchón de espuma del dormitorio principal se desmenuzaba y se hundía; sus hermosas alfombras estaban quedando reducidas a polvo por una plaga de polillas al parecer imparable. Ken se preparó un segundo martini y luego, dirigiendo la vista a una parte del tejado que tenía goteras, pronunció un discurso de recapitulación que me ofreció un inesperado destello de cómo podría yo vivir más felizmente, una visión de liberación potencial del opresivo sentimiento de responsabilidad económica heredado de mis padres. Sosteniendo su martini con despreocupación, Ken dijo pensativamente a nadie en particular: «Siempre hemos vivido por encima de nuestras posibilidades».

Lo único que tenía que hacer para ganarme la estancia en Media era cortar el césped del extenso jardín de mis amigos. Como ésta siempre me ha parecido una de las actividades humanas que más inducen a la desesperación, siguiendo el ejemplo de Ken en cuanto a vivir por encima de las posibilidades de uno, fui aplazándola y no segué el césped hasta que estaba tan alto que tenía que pararme y vaciar la bolsa de hierba cortada cada cinco minutos. La segunda vez la aplacé aún más. Para cuando me decidí, un numeroso clan de avispones de los que anidan bajo tierra había colonizado el césped. Con un cuerpo del tamaño de una pila AA, poseían un sentido de la propiedad incluso más agresivo que el del hijo de la primera casa que me habían prestado. Telefoneé a Ken y Joan a su casa de veraneo en Vermont, y Ken me dijo que después de oscurecer, cuando los insectos dormían, debía acercarme a los nidos de avispones uno por uno, echar gasolina en los agujeros y prenderles fuego.

Yo poseía sensatez suficiente para temerle al combustible. La noche que me aventuré a salir al jardín con una linterna y una lata de gasolina, me cuidé de tapar la lata tras verter la gasolina en el nido y de llevármela a cierta distancia antes de volver para echar una cerilla encendida en el agujero. En algunos nidos oí débiles y lastimeros zumbidos antes de desatar el infierno, pero mi empatía con los avispones sucumbió al placer pirómano de las explosiones y la satisfacción de eliminar a los intrusos de mi casa. Al final, me descuidé con la lata de gasolina y no me molesté en taparla entre matanza y matanza, hasta que llegó el momento en que un fósforo se negó a encenderse. Mientras lo frotaba contra la caja, una y otra vez, y luego buscaba otro fósforo, los efluvios de la gasolina retrocedían invisiblemente pendiente abajo hacia el lugar donde había dejado la lata. Cuando por fin conseguí incendiar el nido y correr, me vi perseguido y adelantado por un río de llamas que se apagó justo antes de llegar a la lata. Estuve una hora sin dejar de temblar. Casi me había quedado sin casa incendiándola yo mismo, una casa que ni siquiera era mía. Por modestas que fueran mis posibilidades, al final parecía preferible vivir dentro de sus límites. Nunca más volví a cuidar de la casa de nadie.



en Más afuera, 2012











jueves, julio 02, 2015

"Carta adolescente escrita cerca de los treinta", de Magdalena Camargo

O canción para pedir disculpas por la distancia




A veces llega una temporada

cuando los árboles pierden todas sus hojas
y un humor enfermo brota de la tierra.

Es entonces cuando emergen esos seres
que no emiten más nada que gruñidos,
porque no pueden entender y desprecian todos los demás lenguajes.
No conocen otra luz que no sea el reflejo de sus fauces en el agua,
y creen que solo se hacen grandes en su sombra,
y se imaginan poderosos solo en su medida
y en la extensión de lo que cubre.

Y de pronto toman cuanto quieren.

Lo único valioso es aquello que se toca, lo tangible,
lo que ha sido arrebatado con violencia.
Lo indomable,

lo puro,

lo salvaje,

debe renunciar a resistirse y es aniquilado.

Llega un momento en el que incluso la naturaleza parece contagiarse,
resignarse a una suerte de silencio,
donde poco importa que se extinga lo genuino
y la belleza.

Debo ser sincera.

En esas épocas pierdo la esperanza.

Me entristecen las frutas sin semilla,

el vacío de las cosas,

la repetición de la amargura,

el plástico,

la ignorancia.

Me canso.

De algún modo yo también me rindo.
Entonces me vuelvo un poco topo y cavo tan profundo,
tan hondo como puedo.
Paso los días rodeada solo de raíces,
lejos del mundo que arriba, en algún lugar, transcurre;
ajena a toda esa injustica que detesto.
Me olvido del tiempo que se mueve,

y la voz de los que alguna vez supieron de mi nombre
comienza a esfumarse poco a poco.

Me muerdo los labios, hasta que dejan de llamarme.
Y sucede lo que siempre hemos dicho que sabemos,
pero muy pocas veces contemplamos: la rueda gira en nuestra ausencia.
Y ahí en la simpleza de una madriguera lo comprendo,
sin dolor, sin rabia ni alegría.
Y por primera vez, después de mucho,
el mañana no es una batalla,

la agitación se desvanece, puedo pronunciar la calma,
y algo semejante a la paz se acurruca en lo poco que perdura.

Solo después de mucho, decido que ha pasado suficiente,
que finalmente ha llegado el tiempo de volver.

Es cierto, en el bosque sigue rondando lo sombrío,
pero, a pesar de la hostilidad y la crudeza,
hay de pronto un gesto que despierta.
Y parece que el asombro es posible todavía,
que aún hay alguien que lo espera.

Y brota otra vez la caracola porque aún hay alguien que la escucha,
que se arriesga a cerrar los ojos
y a creer en la permanencia de las olas.
Y a cierta hora, la rareza ya no es una herida
y las nubes descubren esas montañas, que se levantaron
para los que fueron llamados a no andar sobre las huellas de los otros.

Y sonrío, sonrío nuevamente.
Deseo.

Quiero que amanezca,

y eso para mí es un nuevo modo de locura.

Por eso hay algo que he escrito en lo más hondo de una cueva
            para no olvidarlo nunca:
aunque tarde, la primavera siempre vuelve,
pero la primavera también es dura.



en Poezja, 2015


















miércoles, julio 01, 2015

“Los mandamientos”, de Erica Jong








No querrás de veras ser poet(is)a.
Primero, si eres mujer, tienes que ser tres veces mejor
que cualquiera de los hombres.
Segundo, tienes que acostarte con todo el mundo.
Y tercero, tienes que haberte muerto.
Poeta masculino, en conversación



Si una mujer quiere ser poeta,
debe dormir cerca de la luna a cara abierta;
debe caminar a través de sí misma estudiando el
paisaje;
no debe escribir sus poemas con sangre menstrual.

Si una mujer quiere ser poeta,
debe correr hacia atrás en torno al volcán;
debe palpar el movimiento a lo largo de sus
grietas;
no debe conseguir un doctorado en sismografía.

Si una mujer quiere ser poeta,
no debe acostarse con manuscritos incircuncisos;
no debe escribir odas a sus abortos;
no debe hacer caldos de vieja carne de unicornio.

Si una mujer quiere ser poeta,
debe leer libros de cocina francesa y legumbres
chinas;
debe chupar poetas franceses para refrescar su
aliento;
no debe masturbarse en talleres de poesía.

Si una mujer quiere ser poeta,
debe pelar los vellos de sus pupilas;
debe escuchar la respiración de hombres
durmientes;
debe escuchar los espacios entre esa respiración.

Si una mujer quiere ser poeta,
no debe escribir sus poemas con pene artificial;
debe rezar para que sus hijos sean mujeres;
debe perdonar a su padre su esperma más
valiente.


en Siete poetas norteamericanas, 2008












martes, junio 30, 2015

"Muros", de Lindita Arapi

© Versión de Juan Carlos Villavicencio




Y si un muro, largo y ancho,
un muro alto
se alzara frente a ti…
¿qué harías?

Cerraría mis ojos, me agacharía
para posar mi mejilla en él,
encontraría paz en su fresca serenidad.

Y si este muro fuera muerte…




en Ndodhi në shpirt, 1995










lunes, junio 29, 2015

“En la cocina”, de Monica Ali





Fragmento Capítulo 2




Se sentó en el sofá mirando a la chaise longue, que era el único asiento cómodo de toda la vivienda. La pareja que vivía al otro lado del rellano llegó a casa. Siempre permanecían unos instantes antes de entrar y hacían que buscar las llaves se convirtiera en una canción y un baile. Eran jóvenes y a menudo salían hasta altas horas de la noche. Ella se iba temprano por la mañana, gritando adioses e instrucciones de última hora. Él escuchaba a Coldplay y Radiohead a todo volumen, y al salir cerraba con un portazo y bajaba las escaleras corriendo. Le decían «hola» a Gabe cuando se cruzaban con él. Ni siquiera se conocían por el nombre.

Gabe comió un poco de chocolate sólo por reunir las energías necesarias para levantarse, lavarse los dientes e irse a la cama.

Le había venido bien que Charlie quisiera estar sola. Él también quería estar solo. Aquella chica, la lavaplatos, Lena, seguía metiéndose en su cerebro. Sea lo que fuera que hubiera sentido al advertir su presencia macabra en las catacumbas, aquella especie de náusea se le había pasado enseguida, si bien ahora se había convertido en un dolor de cabeza. La policía había interrogado a todos los demás. Ella era un cabo suelto que había que atar.

Se preguntó de qué color tendría los ojos. Había hablado con ella en una ocasión, creía, para decirle que había que secar y abrillantar las copas antes de guardarlas de nuevo. Se le escapaba un mechón de cabello del gorro de plástico verde que usaban los lavaplatos y se le había quedado prendido en la comisura de la boca. Sí, ahora la recordaba. Su mirada. Cómo lo miraba. Asentía y tenía la vista fija en el agua jabonosa que se había derramado en el suelo y entonces alzó la mirada. Tenía los ojos azules, de un azul oscuro, grandes y profundos, y entreabrió los labios y él la atrajo hacia sí y la besó. La besó con ansia y luego con más fuerza aún, porque sabía que eso era lo que quería, estaba seguro, y cuanto más fuerte la besaba más quería ella, lo sabía, y entonces ella se apartó y pudo ver lo que había hecho: tenía toda la cara cubierta de sangre.

El chocolate que aún tenía en la boca cuando se quedó dormido se había derretido y le chorreaba por la barbilla. Gabe volvió a la cocina a buscar toallitas de papel y se enjuagó la boca y escupió. Advirtió el parpadeo del contestador y apretó la tecla.

—Gabe, soy Jenny. Sé que estás ocupado, como todos, pero hablé hoy con papá y no puedo creer que ni siquiera le hayas devuelto la llamada. Llámalo, Gabe, ¿de acuerdo? —Hubo una pausa y Gabe oyó su respiración—. Vale —dijo sin mucha convicción—. Chao.

¿Cuándo su hermana pequeña se había convertido en la clase de mujer que dice «chao»?

Su padre le había dejado un mensaje días atrás. «Hola, Gabriel. Aquí tu padre, que te llama un domingo por la tarde, hora aproximada las tres.» Sus mensajes eran extraños, indefectiblemente elaborados y lúgubres, como si el Ángel de la Muerte hubiera llamado para convenir una cita. «Me gustaría hablar contigo. Llámame, por favor, al número de Blantwistle. Gracias.» Su voz por teléfono era a un tiempo más nítida y más forzada que su voz al natural. Si pasabas de cierta edad, al parecer, era imposible hablar con normalidad con un contestador telefónico. Llama al número de Blantwistle; como si hubiera algunos otros números en los que localizarle.

Gabe había tenido intención de llamarle, pero había sido una semana un poco complicada. Ahora era ya tarde para llamar a nadie.

Estaba a punto de apagar la luz cuando el timbre estridente del teléfono lo recorrió como una descarga.

—Gabe —dijo Jenny—, ¿eres tú?
—Jen, ¿te ocurre algo?
—No, estoy bien, sí, bien... Son las dos de la madrugada y voy por toda la dichosa casa recogiendo calcetines y comprobando si hay polvo en los marcos de los cuadros y acabo de recoger el lavavajillas, pero cuando no puedes dormir lo que menos se te pasa por la cabeza es meterte en la cama, ¿verdad? Quiero decir, no es que no se te pase por la cabeza porque no lo necesites, sino que no es un sueño reparador... Ah, cuál es la palabra... «Higiene», me dice el médico, porque estamos intentando evitar las pastillas, aunque no me importaría... A veces pienso, bueno, ¿por qué no las pruebo un tiempo? Y luego me digo, Jenny, no quieras ir por ese camino, no mientras haya otras alternativas, que las hay. Y en cualquier caso quería llamarte y sé que eres un ave nocturna, así que cogí el teléfono y... ¿No te he despertado, verdad? Llamé antes y no estabas, así que imaginé que si lo dejaba correr un rato, aunque no mucho...
—Jenny —la atajó Gabriel—, aún no me había acostado. Me alegro de que hayas llamado. ¿Cómo andan los chicos?

La oyó respirar hondo y exhalar. Podría haber encendido un cigarrillo o aspirado de su inhalador.

—Harley tiene novia, se llama Violet y trabaja en Rileys, en el quiosco de los Glaseados Locos, y lleva un piercing en la nariz y otro en el ombligo, y otros en algunas partes que no quiero ni imaginar, y no lo parece, pero es lo que yo llamaría una buena influencia. Por lo menos en nuestro Harley, porque como sabes ha tenido ya su buena dosis de problemas... Si justo el otro día le decía, Harley, creo que Violet te tiene bien pillado, lo digo en el buen sentido porque cuando era más jovencito... y Violet es un nombre bastante anticuado, ¿no te parece? Tiene diecinueve, uno más que Harley, y...

Gabe se apartó el teléfono de la oreja. Hacía dos años —¿o serían tres?— se había sentido ultrajado cuando Jenny entró en la cocina de Plodder Lane y vio cuánto había envejecido, cómo la madurez la había envuelto igual que las capas de grasa que le rodeaban los brazos, las piernas, el cuello. Jenny, que solía llevar minifaldas vaqueras raídas y decir «a la mierda» con la mirada. Que cuando dejaba caer una lacónica palabra en el pub todo el mundo corría a recogerla y enmarcarla y se la pasaban luego de unos a otros. Ahora que utilizaba una infinidad, todas te pasaban de largo.

Se acercó el teléfono a la oreja de nuevo:

—... encantada con ello, pero no puedo evitar preocuparme. Ya sabes que te preocupas por todo cuando eres padre, bueno, supongo que no lo sabes todavía, pero ya conoces a Bailey, siempre dura de mollera, y le dije, Bailey, ya sé que soy tu madre y que no quieres escucharme...
—Jenny —dijo Gabe—, es un poco tarde, incluso para mí. Te llamo...
—Mañana —interrumpió Jenny—. Te llamo mañana. Siempre dices eso.
—¿Ah, sí?
—Sí —dijo Jenny encendiendo otro cigarrillo o aspirando de nuevo del inhalador—, pero nunca lo haces.
—¿Ah, no? Pues yo diría que sí. Si lo digo será porque lo hago.
—No —dijo su hermana, con firmeza—. No lo haces.

Se hizo un silencio.

—Bueno... —dijo Gabriel.
—Tengo que hablar contigo, Gabe.

Gabe fue hasta la cocina y se quedó de pie junto al fregadero, bajo la ventana. El establecimiento de kebabs de enfrente estaba cerrando. Un hombre arrastraba bolsas de basura hasta la acera; otro cerró la persiana metálica. Por debajo siguió filtrándose la luz amarillenta del interior. Una bolsa de plástico salió volando hasta el otro lado de la calle.

—Yo también quiero hablar contigo —dijo Gabriel y, para su sorpresa, se dio cuenta de que lo decía de veras.
—Perdona —dijo Jenny—, ni te he preguntado. ¿Cómo estás? Anda, cuéntame cómo estás de verdad.
—Muy bien.

Las palabras manaron al abrir la boca. Trató de pensar en algo más que añadir. Sólo se oía el ruido blanco de la línea. Lo intentó de nuevo.

—Ocupado en el trabajo. Pensando en abrir...

Y abrir tu propio local...

—... sí, mi propio local... Y Charlie y yo estamos pensando... —... en iros a vivir juntos...
—... sí, en irnos a vivir juntos... pero cuesta...
—... claro, cuesta encontrar el momento...
—Exacto.

¿Acababa siempre las frases de todo el mundo? ¿Por qué lo hacía? ¿Acaso todo lo que le había dicho era realmente tan predecible, tan insulso?

—Espero conocerla pronto, Gabriel, ya era hora de que encontrases a una mujer honesta... Y apuesto a que ella piensa igual, aunque no vaya a decírtelo. Pero ahora no seguiré con eso, no te he llamado por esto a estas horas de la noche, aunque sabía que lo más seguro es que estuvieras levantado...

¿Acababan siempre las frases de las demás, Jenny y sus amigas de Blantwistle? Bev, Yvette y Gail, y quienquiera que trabajase también en la centralita.

—... y quería hablarte de papá...

A lo mejor sí. Quizás el hecho de que las demás remataran las frases que decían las hacía sentirse comprendidas. Cada frase acabada convertida en un pequeño acto de lealtad, de amor. La mera idea era agotadora. Gabe quería irse a la cama.

—... aquellos barcos que hacía con cerillas, ¿te acuerdas? Tenía todos los dibujos y las fotos del Titanic y lo hizo de cerillas, una preciosidad, y el modo en que se pasaba una hora entera mirando, decidiendo cómo empezar a construir el siguiente trozo...

Una vez Gabe metió uno en la bañera sin permiso y lo había roto. Le aterraba contárselo a su padre, pero él sólo le dijo, bueno, por qué no lo arreglamos entre los dos, como si así tuvieran algo bonito que hacer juntos.

—... así que ya sé que estás ocupado y te pido por Dios que no creas que estoy diciendo que no lo estás, pero cuando me he enterado de que no lo habías llamado y de que eso fue hace tres días, pensé...

La luz del local de kebabs se había apagado. La luna estaba casi llena, pero estaba tan pálida que apenas hacía mella en quien la miraba, suspendida tristona por encima de las chimeneas. El fulgor de las estrellas, que no eran muchas, también era débil; más que brillar titilaban, como si en cualquier momento fueran a extinguirse. Cuando Gabe era niño, había más estrellas y brillaban con mayor intensidad. Ésa era la sensación que tenía. La voz de su hermana no cesaba y era un milagro que no se quedara sin aliento. Si fuera capaz, acabaría la frase que estaba diciendo. Si supiera cómo, o cuándo, o si alguna vez iba a tocar a su fin.

—... papá quería decírtelo él mismo, te imaginarás, cuando por fin lo llamaras...

Si Jenny hubiera salido de Blantwistle. Si no hubiera tenido que cargar con un bebé. En cualquier caso, ¿de qué servía pensar en eso? Ahora llevaba chándales morados o verdes con tacto de terciopelo. Se peinaba en Curl Up and Dye, bebía en el Spotty Dog o el Turk's Head, y los jueves era noche de bingo. Qué extraña sensación la de conocer hasta el más mínimo detalle de su vida y sentir en cambio que no la conocía en absoluto.

—... así que al parecer no pudieron quitárselo todo cuando le cortaron una parte del colon, y ahora se le ha extendido al hígado.

Por fin Jenny se detuvo.

—Vaya —dijo Gabe—, ya veo.
—Gabe —dijo Jenny.

Estaba llorando.

—¿Jen? —Había oído las palabras sin escuchar. Extendido al hígado. Pero si su padre no había estado enfermo—. ¿Jenny?

La oyó sonarse la nariz.

—A mí tampoco me lo dijo, lo del cáncer de colon. Solo estuvo en el hospital un par de días y ni siquiera me enteré hasta que Nana me lo contó y papá dijo que tenía un «problemilla con mis tripas», así que, bueno, no le di más vueltas porque Bailey estaba haciendo de las suyas y Harley había tenido una pelea, y entre una cosa y la otra... —Fue apagándose.

—Nadie me dijo que había estado en el hospital. ¿Cuándo ha sido?

Jenny sorbió con la nariz.

—Hará unos dieciocho meses, a lo mejor.
—¿Hace un año y medio? Nadie me dijo nada.
—Nadie me dijo nada. Nadie me dijo nada. ¿Es que no se te ocurre nada más? Sinceramente, Gabriel, no creí que fuera a decir esto jamás, pero me has sorprendido, y no sabes cómo. Creí que nunca volvería a sorprenderme de lo egoísta que eres, pero tengo que concedértelo, esta vez lo has logrado.

Gabe abrió el grifo. Giró la llave hasta que no dio más de sí. El agua golpeaba con fuerza la fregadera de acero y salpicaba la ventana, la pared, la camisa de Gabe. Lo cerró.

—Bueno —dijo, manteniendo la voz serena y sin alzar el tono—, también saldrá de ésta. Tiene que haber una posibilidad, seguro.
—No con el cáncer de hígado —dijo Jenny, con una extraña formalidad—, he estado investigándolo.




en En la cocina, 2009