sábado, julio 19, 2008

“El hombre popular”, de Frédéric Mistral







El alcalde de Guigoñán tuvo la bondad de invitarme, el año pasado, a la fiesta de su pueblo. Nosotros habíamos sido camaradas de escritorio, durante siete años, en la escuela de Monte-Favat, pero después ni siquiera habíamos vuelto a vernos.

-¡Bendito sea Dios! -exclamó al verme- lo que es tú, sigues siendo el mismo: fresco como una flor, hermoso como una peseta, derecho como un bolo... Te habría reconocido entre mil.
-Sí -le respondí- siempre el mismo; sólo que la vista disminuye un poco, que las sienes ríen, que los cabellos blanquean y que "cuando las cimas están blancas los valles ya no están calientes".
-¡Vaya con el tonto! -me dijo- los viejos bueyes son los que hacen el surco más derecho... Y además no todo el que quiere llega a veterano... Pero vamos a comer.

Ya ustedes saben la manera cómo en las fiestas de pueblo se come; y además yo respondo de que en la casa de mi amigo Bastaña nadie se muere de hambre.

Los platos con que en esa tarde nos regaló, eran dignos del tratamiento de "Usía": truchas de la Sorga, cangrejos de río, carnes espléndidas, vinos de marca, licores de todas clases que adornaban el centro de la mesa, y una pollita de veinte años para hacer el servicio, que... no les digo a ustedes más.

Al llegar a los postres comenzamos a oír un ruido sordo que venía de la calle. ¡Run! ¡run! ¡run!... Eran los tamboriles en manos de la juventud del pueblo que venía, según costumbre, a dar serenata al señor cónsul.

-Abre la puerta, Fransoneta -gritó mi amigo Bastaña- ve a buscar las fougasses y ¡paf! lava las copas.

Cuando los músicos acabaron su primera tamborilada, comenzaron a marchar detrás de los jefes de la juventud, quienes entraron en la sala llevando ramitos de flores en el ojal y acompañados, no sólo del mozo que mostraba fieramente los premios en el extremo de un asta, sino también de las bandas de faranduleros y de muchachas.

Los vasos se llenaron de buen vino de Alicante; los enamorados, cada uno a su turno, cortaron un pedacito de mina; todos brindaron grandemente a la salud del señor alcalde; y cuando todos hubieron bebido, cuando todos hubieron reído, pronunció mi amigo este pequeño discurso:

-Bailad todo lo que os dé la gana, hijos míos, divertíos todo lo que podáis; en no dándose golpes y en no haciendo desorden, todo está permitido.
-¡Viva el señor Bastaña ¡-gritó la juventud.
Y poniéndose en camino la farándula, todo el mundo se fue.

Cuando al fin nos quedamos solos el amigo Bastaña y yo, mi primera pregunta fue:

-¿Cuánto tiempo hace que eres alcalde de Guigoñán?
-Cincuenta años.
-Con seriedad ¿hace ya cincuenta años?
-Sí, te lo aseguro; cincuenta años. Yo he visto pasar, querido, once gobiernos y no creo morir, si el buen Dios me ayuda, sin enterrar todavía otra media docena.
-Pero ¿cómo has hecho para salvar tu puesto a través de tantos acontecimientos y de tantas revoluciones?
-¡Ah! mi amigo, este es el Pater de los asnos. El pueblo, el buen pueblo, el bravo pueblo, no pide sino que se le conduzca. Ahora bien: hay algunos que dicen: "es preciso conducirlo dulcemente". En cuanto a mí ¿sabes lo que digo? pues: "es preciso conducirlo alegremente". Fíjate un segundo en los pastores: los más listos no son los que llevan siempre el garrote levantado, ni menos aún los que se acuestan bajo un sauce y se duermen sobre los repechos, sino los que marchan tranquilamente a la cabeza de sus rebaños, tocando sus flautas. El ganado que se considera libre y que en efecto lo es, pace, sin perder un mordisco, todas las puntas de hierba nueva; luego, cuando los vientres están llenos y la tarde comienza a caer, el pastor toca el aire de retirada y el rebaño toma contento el camino del corral. En cuanto a mí, yo hago lo mismo: toco la flauta y mi rebaño me sigue.
-¡Tú tocas flauta! Eso está bueno para contado... Pero en tu distrito tiene que haber blancos, rojos, testarudos y rabiosos, como en todas partes. Y luego, cuando llega la hora de elegir un diputado, por ejemplo, ¿cómo te las arreglas?
-¿Que cómo me las arreglo? Pues no metiéndome en nada, mi buen hombre; porque decir a los blancos: votad por la República sería perder su latín y su trabajo y decir a los rojos: votad por las Flores de Lis, valdría tanto como escupir contra esta muralla.
-Pero ¿y los indecisos, los escambarla, los que no tienen opinión, los pobres inocentes, la buena gente que vacila ¡caramba! y que va según el viento?
-¡Ah! ¿esos? cuando por casualidad me preguntan mi opinión en la barbería: "Vean ustedes -les contesto- Basaquín no vale más que Basacán. Si ustedes votan por Basaquín, este verano tendrán pulgas y sí ustedes votan por Basacán, tendrán pulgas este verano. Cuanto a nosotros los guigoñanenses, una buena lluvia nos conviene más que todas las promesas de los candidatos. Lo mejor, en realidad, sería elegir campesinos, como en Suecia y en Dinamarca, porque de otra manera nunca estaréis bien representados. Los abogados, los burgueses de todas clases, en fin, que ustedes mandan al parlamento, no piden sino una cosa: quedarse en París el mayor tiempo posible para ordeñar la vaca y coger lo mejor del pesebre... ¡Poco les importa a ellos Guigoñán! Pero si, como yo os aconsejo siempre, vosotros eligierais campesinos, las economías serían mayores, los grandes trabajos se suprimirían, se abrirían canales, se abolirían los derechos reunidos, no se harían la guerra y se apresurarían a
arreglar los negocios para volver a sus campos antes de la cosecha... ¡Pensar en que, habiendo en Francia más de veinte millones de pies terrosos los campesinos no tienen bastante inteligencia para escoger entre ellos mismos unos trescientos que vayan a representar la tierra!... ¿Qué se arriesgaría con ensayar? En todo caso, más mal que los otros no han de hacer. Y cada uno exclama al oírme: "Este señor Bastaña puede tener razón a pesar de sus bromas."
-Bueno -le dije- pero tú personalmente, tú, Bastaña ¿cómo has hecho para conservar tu popularidad y tu autoridad en Guigoñán cincuenta años seguidos?
-Nada más sencillo -me respondió-. Mira, ahora tenemos necesidad de tomar el aire, levantémonos de la mesa y cuando hayamos dado una o dos veces la vuelta a Guigoñán, tú sabrás tanto como yo del asunto en cuestión.

Levantémonos, pues, de nuestras sillas, encendimos un cigarro y echamos a andar, camino de las fiestas.

Delante de la puerta, en el camino, había unos cuantos muchachos que jugaban a los bolos. Un tirador levantó su pala y su bola se quedó en el mismo sitio después de haber ganado dos puntos de un solo golpe.

-¡Suerte de Dios! -gritó mi amigo Bastaña.
-¡Eso sí que se llama tirar! Mis felicitaciones, Juan Claudio; yo he visto bastantes partidas y te aseguro que nunca vi escamotear una bola tan bonitamente. Eres un famoso tirador.

Y seguimos andando. A pocos pasos dos chiquillas pasaron delante de nosotros con los brazos enlazados.

-Mire usted eso -dijo Bastaña-, mire usted eso y dígame si no parecen un par de reinas. ¡Los cuerpos bonitos, las caritas finas, los pendientes a la última moda! ¡La flor del pueblo!...

Las chiquillas volvieron la cabeza y nos saludaron sonrientes.

Al atravesar la plaza, como pasásemos frente a una puerta donde un hombre estaba sentado:

-Y bien, maestro Quitrán -le dijo Bastaña-, ¿vamos a luchar como hombres o como semihombres este año?
-¡Ah! mi pobre señor -respondió el viejo atleta- nosotros ya no luchamos como nada.
-¿Se acuerda usted del año en que se presentaron sobre el campo Meissonnier, Marseille y Rabassou, los tres luchadores más grandes de Provenza? Usted los derrotó a todos, sin embargo...
-¡Cómo no había de acordarme! -dijo el luchador enardeciéndose-. Eso fue justamente el año de la toma de la ciudadela de Amberes; había un premio de cien escudos, con un carnero para los semi-hombres... El prefecto de Aviñón me dio la mano... ¡Y luego las gentes de Bedarride que pensaron en batirse con las de Curtezón... porque unos estaban de mi parte y otros en contra!... ¡Ah! ¡Qué tiempos! Hoy más vale no hablar de luchadores; porque ya no hay ni un hombre, señor, ni uno... y además ellos se entienden entre sí...

Cuando hubimos andado unos cincuenta pasos, el señor cura salía de su presbiterio.

-Buenas noches, señores.
-Muy buenas, señor cura... y ya que tengo el gusto de encontrarlo es necesario que hablemos un momento de cierto asuntillo. Esta mañana, en la misa, me parece haber notado que nuestra iglesia va siendo muy estrecha, sobre todo para los días de fiesta... ¿No cree usted que sería muy bueno pensar en ensancharla?
-En ese punto, señor alcalde, yo comparto en absoluto su opinión, porque en realidad los días de ceremonia no hay lugar para hacer un movimiento.
-Voy a ocuparme de eso, señor cura, voy a ocuparme de eso. En el primer consejo municipal propondré la cuestión, la pondremos a estudio y si la prefectura quiere prestarnos su ayuda...
-Magnífico, señor alcalde, magnífico; por mi parte no puedo menos que darle un millón de gracias.

Un momento después, nos topamos con un muchacho que iba a entrar al café con su chaqueta sobre el hombro.

-En todo caso -le dijo Bastaña- me parece que tú no estás enmohecido. Ya me han dicho algo de la buena sacudida que supiste dar al pisaverde que cortejaba a Madelón queriendo sustituirte.
-¿Y acaso no estuvo bien hecho, señor alcalde?
-¡Bravo, Jousselet, bravo! Es preciso no dejarse comerla sopa... Sólo que, para otra vez, te aconsejo pegar menos duro.
-Vamos -le dije a mi amigo- ahora ya comienzo a comprender.
-¿Sí? Pues aguarda un poco aún -me respondió él.

Como saliésemos de las fortificaciones, lo primero que encontramos fue un rebaño que ocupaba todo el ancho del camino. Bastaña gritó al pastor:

-Sólo oír el ruido de tus cascabeles ya comencé a decirme: ese debe de ser Jorge; y ya ves cómo no me equivoqué. Tu rebaño parece un espejo. ¡Qué animales tan hermosos! Nadie sabe lo que tú les das de comer... Y lo que es el precio, estoy seguro de que no los darías, el uno con el otro, por menos de diez escudos.
-Seguramente que no -replicó Jorge-. Los compré en la feria fría este año mismo... Casi todos han de reparir.
-No sólo eso, amigo, sino que un ganado de tal especie hade producir camadas iguales...
-¡Dios lo oiga, señor alcalde!

Apenas habíamos acabado de hablar con el pastor, cuando vimos acercarse a un carretero llamado Sabatu:

-¡Hola, chico! -le dijo Bastaña-. Tal vez no vas a creerme, pero es lo cierto que todavía estabas tú con tu carreta a media legua de distancia cuando yo había ya adivinado tus latigazos.
-¿Verdaderamente, señor?
-No hay más que tú, muchacho, para hacer tronar la mecha de esa manera.

Y Sabatu hizo vibrar el aire con su fusta, hiriendo rudamente nuestros oídos, para probarnos que era verdad.

A fuerza de andar encontramos una vieja que recogía hierbas en los bordes de las fosas.

-¡Cómo! ¿Eres tú, Berangera? Pues has de saber que al mirarte por la espalda, con tu fichú rojo, te había tomado por Teresona, la nuera del maestro Franc. ¡Vaya, es admirable que te le parezcas tanto!
-¿Yo? ¡Este señor Bastaña siempre es el mismo! Figúrese usted que yo ya tengo setenta años...
-¡Qué demonio! Si tú te miraras por detrás, ya verías cómo aun estás guapa...
-¡Siempre bromista, siempre bromista, el señor alcalde! -decía la buena vieja echándose a reír.

Y luego, dirigiéndose a mí:

-Ya ve usted, señor, y no es por que él esté delante, pero en realidad, nuestro señor alcalde es una delicia de hombre. ¡Tan familiar que habla, ya lo ve usted, hasta con los últimos del pueblo, hasta con los niños de tres meses! Por eso es por lo que, habiendo tomado la alcaldía hace cincuenta años, la conservará toda su vida.
-Y bien, colega -me dijo Bastaña-, ya ves que no he sido yo quien la ha hecho hablar... A todos nos gustan las buenas tajadas, a todos nos agradan los cumplidos y todos gozamos al mirarnos tratados con buenas maneras... Y así, sea con el rey, sea con el pueblo, el que quiera mandar mucho que guste mucho también.

He ahí todo el secreto del alcalde de Guigonán...











viernes, julio 18, 2008

"La hora del diablo", de Fernando Pessoa

Fragmentos del inicio





Y, con un gesto de gran cansancio y olvidándose de un beso, fue a acostarse.

Su hijo, cuando nació, nació normal de figura, pero no demoró en mostrar que era un hombre de genio. Sus poemas tienen una calidad extraña y lunar. Planea en ellos un deseo de grandes cosas, como de alguien que un día hubiera planeado, en una vida antes de ésta, por sobre todas las ciudades de la Tierra. Recorre sus versos una visión de grandes puentes, inexplicable mediante cualquier experiencia que se le conozca. Y una vez, en un poema escrito casi en sueños, dijo que algo en él había sido tentado, como Cristo, en la gran altura desde donde se ve todo el mundo [1].

Abajo, a una distancia más que imposible, había, como astros diseminados, grandes manchas de luz: ciudades, sin duda, de la Tierra. El Diablo las señaló.
—Son las grandes ciudades del mundo: aquélla es Londres. —Y señaló una a la distancia, abajo. —Aquélla es Berlín. —Y señaló otra. —Y aquélla, allá, es París. Son manchas de luz en las tinieblas, y nosotros, en este puente, pasamos alto por sobre ellas, peregrinos del misterio y del conocimiento.
....
—¿Pero cómo es que se puede sustentar una cosa por negarla?
—Es la ley de la vida, señora mía. El cuerpo vive porque se desintegra, sin desintegrarse demasiado. Si no se desintegrara segundo a segundo, sería un mineral. El alma vive porque es perpetuamente tentada, aunque resista. Todo vive porque se opone a algo. Yo soy aquello a lo que todo se opone. Pero, si yo no existiera, nada existiría, porque no habría nada a que oponerse, como la paloma de mi discípulo Kant, que, volando al aire libre, juzga que podría volar mejor en el vacío.

—La música, la luz de la luna y los sueños son mis armas mágicas. Mas por música no debe entenderse sólo aquella que se toca, sino también aquella que queda eternamente por tocar. Y por luz de luna no debe suponerse que se habla sólo de lo que viene de la luna y torna los árboles en grandes perfiles; hay otra luz de luna, que ni el propio sol excluye, y oscurece en pleno día lo que las cosas fingen ser. Sólo los sueños son siempre lo que son. Es el lado de nosotros en que nacemos y en que somos siempre naturales y nuestros.

—Pero, si el mundo es acción, ¿cómo es que el sueño forma parte del mundo?
—Es que el sueño, señora mía, es una acción que se tornó idea y que por eso conserva la fuerza del mundo y le repugna la materia, que es el estar [2] en el espacio. ¿No es verdad que somos libres en el sueño?
—Sí, pero es triste despertar...
—El buen soñador no despierta. Yo nunca desperté.







2000





Notas de la traductora Rosa Corgateli:

[1] El texto que sigue, separado de éste por una larga línea quebrada, es en apariencia ya el relato del "viaje" cuya reminiscencia conserva el hijo, escrito, tal vez, por él mismo.

[2] Variante agregada: "transcurrir".








jueves, julio 17, 2008

“Sobre el poema”, de Herberto Helder







Un poema crece inseguramente
en la confusión de la carne,
sube aún sin palabras, sólo ferocidad y gusto,
tal vez como sangre
o sombra de sangre por los canales del ser.

Afuera existe el mundo. Afuera, la espléndida violencia
o los granos de uva de donde nacen
las raíces minúsculas del sol.
Afuera, los cuerpos genuinos e inalterables
de nuestro amor,
los ríos, la gran paz exterior de las cosas,
las hojas durmiendo el silencio,
-la hora teatral de la posesión.

Y el poema crece tomando todo en su regazo.

Y ya ningún poder destruye el poema.
Insostenible, único,
invade las órbitas, la faz amorfa de las paredes,
la miseria de los minutos,
la fuerza sostenida de las cosas,
la redonda y libre armonía del mundo.

-Abajo el instrumento perplejo ignora
la espina del misterio.

-Y el poema se hace contra el tiempo y la carne.









miércoles, julio 16, 2008

Entrevista imaginaria a Antoni Gaudí, de Gijs van Hensbergen





Fue la entrevista más extraordinaria de mi carrera. Nunca antes había encontrado a un verdadero genio. Desgraciadamente por tan sólo unas pocas semanas había perdido la oportunidad de entrevistar a Jacint Verdaguer, destrozado tras su relación con el Marqués de Comillas. Con Gaudí me habían prevenido. Ve preparado. No soporta las tonterías. Se mostrará franco, directo y completamente metido en su mundo. Me fascinaba el manantial de su genio. Edificios como no se habían visto nunca y como era probable que no volvieran a verse. ¿Qué me enseñaría del proceso creativo? Preparé mis preguntas de la forma más minuciosa. Y empezaría de manera inequívoca por lo principal.

Sin embargo, ocurrió algo extraño. Porque tras la primera pregunta, mi meticulosa investigación se vino abajo. A pesar de que tomé notas, aún recuerdo toda la entrevista palabra por palabra- Una entrevista íntegra como una sinfonía. Y fui yo el dirigido. Sentí que me arrancaba las preguntas que más quería responder.. La entrevista transcurrió con una lógica extraordinaria; en ella desarrolló a lo largo de una hora su planteamiento de vida, el arte y su apasionado amor por nuestro país, nuestra patria, Cataluña.

La entrevista tuvo lugar en 1918. Y naturalmente como quería profundizar en el proceso arquitectónico y en el hombre mismo, visité a Gaudí en el estudio de la Sagrada Familia. Tenía tiempo, me dijo, hasta la hora del ángelus. Ni un minuto más.

Al entrar en el estudio, ruidoso y cubierto de polvo, lo vi despidiendo al párroco. Entre las maquetas y los papeles esparcidos, parecía pequeño, un tanto andrajoso, poco atractivo. Tenía el rostro terriblemente enjuto, con los huesos cincelados y ahuecados. Caminé hacia él, le estreché la mano. Y fue entonces cuando reconocí en sus ojos la monumental concentración. Un hombre con unos conocimientos muy sólidos y, sin embargo, con la cabeza en las estrellas. Y, en efecto, todos hemos leído los panegíricos que siguieron a su muerte, poseía cierto aire de santidad. Un toque de mística medieval que procedía de su calma interior. Me miró fijamente mientras su atención recaía sobre mí como las luces de un tranvía a toda velocidad.


-¿De dónde procede su inspiración, señor Gaudí? –pregunté con una falta de prolegómenos que sin duda apreciaría-.
Contestó mirando por la ventana del estudio las colinas de Collserola.
-Este árbol que crece junto a mi taller: éste es mi maestro.
Y desde ese momento hasta la pregunta final mi meticulosa entrevista se evaporó, y mi hoja de apuntes se me escapó silenciosamente y cayó al suelo.
-Todo sale del libro de la naturaleza; las obras de los hombres son ya un libro impreso... –dijo y tras hacer una breve pausa para sonarse la nariz, añadió-: El gran libro siempre abierto, que hay que esforzarse por leer es el de la naturaleza; los demás libros están sacados de él, y en ellos están las equivocaciones e interpretaciones de los hombres.

-¿De modo que lo importante es el lugar? ¿Un escenario concreto?
Asintió con la cabeza, y una sonrisa amable fue asomando en la comisura de sus labios.
-Los habitantes de los países bañados por el Mediterráneo sentimos la belleza con más intensidad que los países nórdicos, y ellos mismos así lo reconocen. Los del norte aprecian más la riqueza, que se consigue con el esfuerzo del pensamiento.
“El futuro es nuestro; los demás países mediterráneos están gastados, y éste es el momento en que nosotros tenemos que expandirnos; no podemos privar a la humanidad de nuestro producto.”
“Nuestra fuerza y superioridad plástica es el equilibrio del sentimiento y la lógica, dado que las fuerzas del norte se preocupan y ahogan el sentimiento y las del Sur deslumbradas por el exceso de color, descuidan la racionalidad y hacen demostraciones.
“Nosotros poseemos la imagen; la fantasía viene del fantasma. La fantasía es de la gente del norte; nosotros somos concretos; la imagen es del Mediterráneo.”

-Es decir, ¿que la fuente de su creatividad está relacionada con estos montes y con nuestra proximidad al mar? ¿Está diciendo que el lugar es fundamental? ¿Qué la topografía, la geografía manda?
El mar es el gran camino que une a los pueblos.
Hizo una pausa para reflexionar. Y como si pensara sólo con sus manos, tomó una pequeña maqueta de alambre y se puso a juguetear con ella dándole diferentes formas. Era su método observé, para concentrarse mas intensamente en las cuestiones abstractas que se refinaban y pulían en el interior de aquel cráneo huesudo.
-Esta luz es la mediterránea; los pueblos del Mediterráneo [en medio de la tierra] son los verdaderos depositarios de la plasticidad.
“Mis cualidades griegas vienen del Mediterráneo, cuya contemplación constituye para mí una necesidad. Necesito ver el mar a menudo y muchos domingos voy a la escollera. El mar es lo único que me sintetiza las tres dimensiones, el espacio. Los mediterráneos son los únicos que han comprendido la geometría, y para encontrarla hay que recurrir a los griegos. Modernamente, el que mejor la ha explicado ha sido Monge, mediterráneo de Lyon.

-Así un arquitecto, o cualquier creador siente una necesidad real de comprender su apego al ligar, ¿no? Lo que está diciendo, según entiendo es que se trata de un don predominantemente catalán ¿me equivoco? ¿Aboga por un profundo amor a la naturaleza o incluso por la absoluta necesidad de un retorno a los valores centrales de la vida? ¿Es ahí donde encontramos la creatividad? ¿Podría darme, señor Gaudí, un ejemplo concreto de su obra donde el emplazamiento específico haya dirigido su diseño?
Señalando una estropeada fotografía de la casa Vicens que colgaba en la pared posterior al estudio, detrás de las maquetas de yeso del Niño Jesús y de una torre de la Sagrada Familia, Gaudí , respondió enseguida.
Cuando fui a tomar las medidas, el solar estaba totalmente cubierto de unas flores amarillas, que son las que adopté como tema ornamental en la cerámica. También encontré un exuberante palmito, cuyas palmas, en hierro fundido, llena la cuadrícula de la verja y la puerta de entrada a la casa.

-Si, ya veo. Pero volviendo hacia atrás, creo comprender que su inspiración creadora procede de algún sitio aún más profundo. De la religión ¿quizá? O, para citar al doctor vienés, el doctor Freud, que está tan de moda en este momento quizá de algún lugar en lo profundo de su subconsciente?
Gaudí tosió, un indicio de que había tocado algún punto o algún sitio al que no deseaba ir. Pero era un truco de orador. Para ganar tiempo. Hacer énfasis. Gaudí no decepcionaría.
-La originalidad consiste en acercarse, en volverla origen... Toda obra de arte tiene que ser seductora, en eso radica la universalidad que atrae a todos, entendidos o profanos.

Me quedé pensando en esas palabras. Y Gaudí, comprendiendo que me había proporcionado algo hermosamente sencillo y al mismo tiempo abrumadoramente complejo, no prosiguió. Los minutos transcurrieron en silencio. Sin embargo, la situación no se volvió incómoda. Gaudí se limitó a mirarme con amable atención. Y justo cuando iba a abrir la boca, habló de nuevo:

-El arquitecto es el hombre sintético, que ve las cosas claramente en su conjunto y antes de que estén hechas, sitúa y une los elementos en su relación plástica y en la distancia justa.
“El arquitecto es el constructor humano: construye para el hombre que trabaja, para el hombre que se casa, el hombre que se divierte, el hombre que reza... Y domina y dirige sus obras personalmente, porque sus medidas están alcance de su voz, o al menos, de su gesto”.

Era como un discurso preparado. Lo había repetido antes. ¿Se trataba de la charla introductoria que daba a sus nuevos ayudantes? ¿O de la que daba a los estudiantes de Doménech que se escabullían de la facultad de Arquitectura por las tardes para aprender más del genio que tenía sentado ante mí? Se levantó de la silla, y su rostro se volvió completamente serio.

-Quienes quieran hacer arquitectura [no todo el mundo puede] no sólo tienen que poseer aptitudes notables, tienen que hacer como el que tiene intención de escalar una montaña, probar sus fuerzas para ver si está en condiciones de lograrlo, porque es un camino de sacrificio; cualquier cosa, en este mundo, sí tiene que ser buena, necesita sacrificio, exige una gran disciplina.
“Arquitecto también quiere decir jefe de los obreros, el que dirige los trabajos, y como tal es un gobernante en el sentido más elevado de la palabra, porque no encuentra la Constitución hecha, sino que la hace él. Por eso a los grandes gobernantes se los llama constructores de pueblos.”

Y, como para subrayar e ilustrar con mayor claridad sus palabras justo en ese momento uno de los artesanos que trabajaban en la Sagrada Familia se acercó a Gaudí para pedirle un consejo práctico. Tomando el alambre de las manos del trabajador, lo dobló y unió una pieza de metal como por arte de magia. Siempre había defendido la idea de pensar en el espacio. Qué pérdida... habría sido un conferenciante brillante. Fue un asombroso acto de destreza que desafiaba cualquier explicación rápida con palabras.
-¿Le resulta fácil-pregunté- explicar su obra con palabras?
El lenguaje es la expresión exacta del pensamiento y, como tiene que ser precisa tratándose de comunicación espiritual y no de cosas de comer, debe realizarse en la lengua propia, la cual lo hace de una manera perfecta. De lo contrario, si uno se expresa en una lengua que no es la suya, tiene que dejar adivinar su pensamiento, no lo expresa con precisión; quien escucha tiene que adivinarlo, y ya se comprende que no le llega puro. Es posible llegar a expresar un pensamiento en una lengua extraña, pero la gramática nunca ha sido espíritu.

-Pero sin duda, sus influencias van más allá de la naturaleza. Nuestro gótico catalán tiene fama en todo el mundo.
El arte gótico es imperfecto, está resuelto a medio; es el estilo del compás, la fórmula, la repetición industrial. Su estabilidad se basa en el apuntalamiento permanente de los botareles: es un cuerpo defectuoso que se aguanta con muletas. Sin embargo, aunque imperfecto, al menos nos proporciona un modelo de cómo pueden entrelazarse de forma maravillosa la arquitectura, la religión, la comunidad y los negocios. Aquí, en Cataluña, no parecemos incómodos por la relación entre arte y trabajo. Supongo que Ruskin y Morris también han desempeñado un papel en esto.
“El comercio es el protector de las bellas artes. El comercio ha sido siempre un protector de las artes...
“Una prueba de la buena relación en que han vivido siempre las artes y el comercio la tenemos en Barcelona, donde los comerciantes, constituidos en el siglo XVIII en Junta de Comercio, establecieron en su lonja la Escuela de Bellas Artes, que todavía existe hoy, junto con la enseñanza mercantil, y ambas convivieron durante muchos años bajo la misma protección.”

-¿Considera que el arte tiene que ser hermoso? ¿Personalmente me gustan sus edificios: La casa Batlló, la casa Milá, Bellesguard. Me parecen fantasiosos, agradables, hechizantes, mágicos, seductores. Pero asimismo he oído a personas que, paseando por el pase de Gràcia, los encuentran un poco excéntricos. Una mujer incluso dijo que eran feos. ¿Qué significa para usted la búsqueda de la belleza?
-El arte es belleza, y la belleza es el resplandor de la verdad, sin la cual no hay arte. Para conocer la verdad hay que estudiar a fondo las cosas. La belleza es la vida, y la vida se manifiesta en la figura humana mediante el movimiento.

-Esto me suena muy humanístico. Algo, corríjame si me equivoco, que podría haber dicho Leonardo Da Vinci. A él le gustaba esta mezcla de ciencia y arte.
La sabiduría es superior a la ciencia, porque se refiere al hecho completo, es síntesis, que es la vida; en cambio, la ciencia es análisis, que es la muerte, porque la disección se hace siempre sobre cosas muertas... el amor a la verdad tiene que estar por encima de cualquier otro amor.

-Sí. El amor a la verdad. Pero debe ser difícil extraer de la mente sus ideas y plasmarlas en papel. Y todavía más difícil, sin duda, plasmar una idea en el espacio. En nuestro espacio.
-El hombre no puede actuar directamente en el espacio, porque la reflexión o la ecuación sólo se puede hacer en un plano [con la ecuación de primer grado; las demás son combinaciones]. Ahora bien, en el papel sólo se puede resolver lo que tenga por plano principal el plano de la proyección [cónica o no cónica], y esto presupone haber imaginado la solución y escogido el plano que la contiene. Hacen falta, pues una serie de proyecciones, y hasta que no se casan todas sólo es posible alcanzar la cosa realizándola y repitiéndola, corrigiendo cada una en su plano principal, que es la única manera de llegar a su perspectiva interior, pero no una perspectiva desde el punto de vista, sino la que sabe lo que hay detrás y a los lados.

-Señor Gaudí, ha dicho usted antes que para crear había que sufrir. Puede parecer un comentario necio, pero a usted le encanta trabajar.
-Que cada cual utilice el don de Dios que le ha dado: la realización de eso es la máxima perfección social. El que tiene que construir y hacer cosas que no critique las obras de los demás, ni que defienda las suyas, sino que haga y dirija la crítica contra las obras propias para depurarlas y mejorarlas.
En ese momento sonó el ángelus. Gaudí agachó la cabeza y volvió a su mundo interior.












martes, julio 15, 2008

“Los utensilios de limpieza”, de Roberto Bolaño

28 de abril 1953 - 14 de julio 2003






Alabaré estas carreteras y estos instantes. Paraguas de vagabundos abandonados en explanadas al fondo de las cuales se yerguen supermercados blancos. Es verano y los policías beben en la última mesa del bar. Junto al tocadiscos una muchacha escucha canciones de moda. Alguien camina a estas horas lejos de aquí, alejándose de aquí, dispuesto a no volver más. ¿Un muchacho desnudo sentado junto a su tienda en el interior del bosque? La muchacha entró en el baño con pasos inseguros y se puso a vomitar. Bien mirado, es poco el tiempo que nos dan para construir nuestra vida en la tierra, quiero decir: asegurar algo, casarse, esperar la muerte. Sus ojos en el espejo como cartas desplegadas en una habitación en penumbra; el bulto que respira, hundido en la cama con ella. Los hombres hablan de rateros muertos, precios de chalets en la costa, pagas extras. Un día moriré de cáncer. Los utensilios de limpieza comienzan a levitar en su imaginación. Ella dice: podría seguir y seguir. El muchacho entró en la habitación y la cogió de los hombros. Ambos lloraron como personajes de películas diferentes proyectadas en la misma pantalla. Escena roja de cuerpos que abren la espita del gas. La mano huesuda y hermosa hizo girar la llave. Escoge una sola de estas frases: «Escapé de la tortura»... «Un hotel desconocido»... «No más caminos»...







en Amberes, 2002











lunes, julio 14, 2008

"No hagas tango", de Pedro Orgambide






Lo encontró en un bar de la Zona Rosa, entre unos cabrones multinacionales que festejaban a la Diosa, la bailarina mulata que venía de un festival de Cali. Lo presentaron como a un escritor argentino en el exilio, un che al que lo habían fregado ¿sabes?, un pinche periodista político que cantaba tangos. Canta, canta para mí, dijo la bailarina que además era antropóloga y hablaba de la magia y cosas así. ¿Cantas o no?, preguntó un canadiense que buscaba datos en el Colegio de México y whisky. No, dijo el argentino, no tengo ganas. Un periodista político, eso debe ser muy aburrido, lo provocó la Diosa. Ella empezó a hablar del cine underground, del Kitsch, de todas las pendejadas latinoamericanas de Norte a Sur, desde La Tecla (México, D. F.) al Bar-Bar-o (Buenos Aires) una vasta geografía de bares, cine-clubs, galerías de arte, donde los intelectuales se cagan en el boom porque la onda está en otra parte, en París o New York. ¡Ni modo!, dijo ella pero abandonó la mano en la mano del argentino y él comenzó a acariciarla con tristeza, sólo para demostrar cómo un macho argentino se levanta a una mina, a una vieja entre machos mexicanos. Pero tal vez no fue así, quizás en ese momento necesitaba realmente una mujer. Oye, oye, dijo ella ¿porqué no escribes un libro acerca de Perón? Todos tus compatriotas escriben libros así. Ven, ven, no te enfades, era una broma, era una broma, cariño. Él le miró los pechos, los altos pechos de sierva concebida que venían hacia él dando saltos como en el verso de Miguel Hernández, dos hermosas toronjas para apagar la sed. Déjate de mirarme con esa cara de tango ¿quieres? Don’t be vulgar, please. Déjate de pensar cochinadas. Entonces la mulata comenzó a cantar una cumbia de los cincuenta, muévete, muévete, decía y se movía en su silla y él recordó a las Mulatas de Fuego y los mambos de Pérez Prado y la erección de muchachito que había sido, la erección solitaria, en un cine de barrio, en Buenos Aires, mirando una película de Carmen Miranda. Los amigos de la Diosa abominaban ahora del cine del Tercer Mundo, se burlaban de esos cuates que iban por América con sus cámaras al hombro, dichosos con la miseria, decía uno, merde, dijo otro, pinches oportunistas. Esto está muy aburrido, Cara de Tango —dijo la Diosa— vámonos juntos ¿quieres? Oye, político: a esta hora la casa de Trotsky está cerrada. Pero podemos ir a otra parte. Él se dejó llevar. Se despidieron de los amigos y subieron al auto y ella manejó como si se despidiera del mundo. Ahora me cantas el tango que me debes, cabrón. Sí, dijo él y comenzó a cantarle el tango y a acariciarle las piernas. Ella frenó en una cerrada de Coyoacán. Cuando lo besaba, deslizó su mano hasta el sexo del hombre, lo apretó con fuerza, con furia, como vengándose de algo. Después fueron al café que había sido un convento virreinal y hablaron de la vida. A mí también me caen gordos mis amigos, pero no tengo otros, dijo la mujer. El hombre recordó un verso de López Velarde, dijo que sentía una íntima tristeza reaccionaria. Yo te voy a curar, prometió la Diosa. En la cerrada volvieron a besarse. En el auto, ella abrió la blusa y le ofreció los pechos.

Triste, reaccionario, niño, amor, basta, déjame, glotón, vamos a casa. En la casa del cerro (herencia de mi padre, era muy rico ¿sabes? déjame, loco) el hombre cayó abrazado a la mujer que jugaba a resistirse, a ceder, al juego de la señora y el doctor, cayó sobre la cama inmensa de kilómetros de exilio, cayeron vestidos todavía, desnudándose, mordiéndose, besándose, la mulata de Baudelaire, mi negra, mi Cara de Tango, macho sombrío, triste, reaccionario, ella cerrando los ojos, concentrándose en el puro goce de ese orgasmo imprevisto, fugaz, perdóname, Tango, perdóname, Macho, ahora te toca a ti. Se abrió la cueva húmeda. Pase mi rey, pase mi huésped, entra mi negro, mátame. Él estaba acostado en la blanca cama de espuma, con la mulata que había nacido en Pekín porque su padre era embajador —espérame tantito ¿quieres?— y ella seguía hablando desde el baño, orinando su dulce miel como un verso de Neruda, volvía bamboleándose, mira a tu novia ¿te agrada tu novia? hablando como una popi, paseándose desnuda por la recámara, excitándolo, contándole sus viajes por el mundo, las brujerías de su madre negra que su padre se robó en Jamaica. Era muy racista el güero, nunca me pudo querer. Mi padre, el padre, el Padre de los pobres: ella quería que le contara historias de Perón. Estaban desnudos, saciados de la primera vez, fumando y tomando agua mineral, para que la segunda vez fuera mejor, más amistosa, no ese relámpago de destrucción al que se habían entregado en la casa del cerro. Dos veces, dos muertes. La primera vez, dijo el hombre, yo no entendía, era un pendejo, un estudiante muy humanista, muy antifascista, claro, muy pequeño burgués, una buena conciencia; la segunda no quise equivocarme, quise creer en el Padre ¿entiendes? Ser como todos, fundirme en ese Todo como tú en el Zen. Mi padre era un viejo, dijo ella, un podrido viejo cargado de medallas. Cuando dejó a mi madre, ella se ahogó en el mar. ¿Por qué te cuento esto? No me gusta hacer tango. Cántame un tango, cántale un tango a tu novia fea, fea, fea, pidió y se echó a llorar porque ahora era una niñita sola en el mundo, no era la Diosa ni la mulata de Baudelaire, sino una pobre muchacha pidiendo que le cantaran un tango. ¿Quieres? Sí, dijo él y le cantó el tango de la casita de mis viejos y otros tangos con patios y mujeres enfermas y jazmines. Todo eso está muerto, pensó. Pero él no estaba muerto, estaba acariciando los hermosos pechos de su amiga, las caderas inmensas, el sudor de los muslos, trepando por ella como por el Árbol de la Vida que tenía en su cuarto, bebiéndosela, emborrachándose de su boca, del suave pulque de su vagina. Mi rey, gimió ella y se quemaron juntos otra vez y se durmieron y despertaron abrazados y con frío. Sí, es lo que vi, dijo el hombre, vi a la gente calentándose con las fogatas, toda la noche, esperando a su padre, al General, al Macho. Yo estaba con ellos, pero no era uno de ellos ¿entiendes? El Espía de Dios. El poeta es el Espía de Dios, dijo ella. No soy poeta. Sí, lo eres dijo la mujer lamiéndole el vello del pecho, succionando las tetillas del hombre porque ahora soy tu niña ¿quieres? bajando hasta el sexo de su amigo, su hermano de la noche. Él miró la cabeza de la mujer allá abajo, la boca, la mata del pelo oscilando en un movimiento loco de polea, en una frenética negación, su propio pene como un péndulo de delirio. Mi rey. Mi negro. Y otra vez cabalgaron los dos. El caballo, la yegua negra en un campo de incendio. Mi rey. Mi negra. Ven. Claro que voy, espérame. Los cuerpos quedaron extenuados. La madrugada empezaba a filtrarse por las ventanas, el día, la certidumbre de despertar. El hombre miró a su amiga que dormía. Oyó tangos de Buenos Aires, tangos de la memoria, tangos, tangos, tangos de cuando era demasiado joven, cuando la revolución era una palabra, un improbable porvenir y no esos militantes entre los que no estaba, sabiendo que esa sería su condena, su muerte, el equívoco síntoma de su vejez en el momento de escribir su análisis político de la situación, mañana, dentro de unas horas, cuando brillara el sol. Ella despertó. Le dijo: duérmete; esta tarde seré tu compañera en La Siesta del Fauno, pero ahora duérmete, por favor. Pienso en mis muertos, dijo él. Duérmete. Están matando a mi gente. Duérmete, te digo. Si al menos supiera que lo que escribo sirve para algo. No hagas tango, mi amor. Atan los cuerpos con alambres de púa, los hacen volar con dinamita... Duérmete, ordenó la mujer. El hombre se cubrió con la sábana, se acercó a su amiga y prometió no hacer tango. Mientras la acariciaba pensó en Hansel y Gretel abandonados en el vasto mundo. Entonces se durmió. Pobre amor —dijo la mujer mientras acariciaba la cabeza del hombre dormido— estás lleno de sueños, de la podredumbre de los sueños. Creo que te mereces un descanso.













domingo, julio 13, 2008

“Ulrica”, de Jorge Luis Borges






Hann tekr sverthit Gram ok
leggr i methal theira bert.

Völsunga Saga, 27




M
i relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de la realidad, lo cual es lo mismo. Los hechos ocurrieron hace muy poco, pero sé que el hábito literario es asimismo el hábito de intercalar rasgos circunstanciales y de acentuar los énfasis. Quiero narrar mi encuentro con Ulrica (no supe su apellido y tal vez no lo sabré nunca) en la ciudad de York. La crónica abarcará una noche y una mañana.

Nada me costaría referir que la vi por primera vez junto a las Cinco Hermanas de York, esos vitrales puros de toda imagen que respetaron los iconoclastas de Cromwell, pero el hecho es que nos conocimos en la salita del Northern Inn, que está del otro lado de las murallas. Éramos pocos y ella estaba de espaldas. Alguien le ofreció una copa y rehusó.

–Soy feminista –dijo–. No quiero remedar a los hombres. Me desagradan su tabaco y su alcohol.

La frase quería ser ingeniosa y adiviné que no era la primera vez que la pronunciaba. Supe después que no era característica de ella, pero lo que decimos no siempre se parece a nosotros.

Refirió que había llegado tarde al museo, pero que la dejaron entrar cuando supieron que era noruega.

Uno de los presentes comentó:

–No es la primera vez que los noruegos entran en York.
–Así es –dijo ella–. Inglaterra fue nuestra y la perdimos, si alguien puede tener algo o algo puede perderse.

Fue entonces cuando la miré. Una línea de William Blake habla de muchachas de suave plata o de furioso oro, pero en Ulrica estaban el oro y la suavidad. Era ligera y alta, de rasgos afilados y de ojos grises. Menos que su rostro me impresionó su aire de tranquilo misterio. Sonreía fácilmente y la sonrisa parecía alejarla. Vestía de negro, lo cual es raro en tierras del Norte, que tratan de alegrar con colores lo apagado del ámbito. Hablaba un inglés nítido y preciso y acentuaba levemente las erres. No soy observador; esas cosas las descubrí poco a poco.

Nos presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes en Bogotá. Aclaré que era colombiano.

Me preguntó de un modo pensativo:
–¿Qué es ser colombiano?
–No sé –le respondí–. Es un acto de fe.
–Como ser noruega –asintió.

Nada más puedo recordar de lo que se dijo esa noche. Al día siguiente bajé temprano al comedor. Por los cristales vi que había nevado; los páramos se perdían en la mañana. No había nadie más. Ulrica me invitó a su mesa. Me dijo que le gustaba salir a caminar sola.

Recordé una broma de Schopenhauer y contesté:

–A mí también. Podemos salir juntos los dos.

Nos alejamos de la casa, sobre la nieve joven. No había un alma en los campos. Le propuse que fuéramos a Thorgate, que queda río abajo, a unas millas. Sé que ya estaba enamorado de Ulrica; no hubiera deseado a mi lado ninguna otra persona.

Oí de pronto el lejano aullido de un lobo. No he oído nunca aullar a un lobo, pero sé que era un lobo. Ulrica no se inmutó.

Al rato dijo como si pensara en voz alta:

–Las pocas y pobres espadas que vi ayer en York Minster me han conmovido más que las grandes naves del museo de Oslo.

Nuestros caminos se cruzaban. Ulrica, esa tarde, proseguiría el viaje hacia Londres; yo, hacia Edimburgo.

–En Oxford Street –me dijo– repetiré los pasos de De Quincey, que buscaba a su Anna perdida entre las muchedumbres de Londres.
–De Quincey –respondí– dejó de buscarla. Yo, a lo largo del tiempo, sigo buscándola.
–Tal vez –dijo en voz baja– la has encontrado.

Comprendí que una cosa inesperada no me estaba prohibida y le besé la boca y los ojos. Me apartó con suave firmeza y luego declaró:

–Seré tuya en la posada de Thorgate. Te pido mientras tanto, que no me toques. Es mejor que así sea.

Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera. El milagro tiene derecho a imponer condiciones. Pensé en mis mocedades de Popayán y en una muchacha de Texas, clara y esbelta como Ulrica, que me había negado su amor.

No incurrí en el error de preguntarle si me quería. Comprendí que no era el primero y que no sería el último. Esa aventura, acaso la postrera para mí, sería una de tantas para esa resplandeciente y resuelta discípula de Ibsen.

Tomados de la mano seguimos.

–Todo esto es como un sueño –dije– y yo nunca sueño.
–Como aquel rey –replicó Ulrica– que no soñó hasta que un hechicero lo hizo dormir en una pocilga.

Agregó después:

–Oye bien. Un pájaro está por cantar.

Al poco rato oímos el canto.

–En estas tierras –dije–, piensan que quien está por morir prevé lo futuro.
–Y yo estoy por morir –dijo ella.

La miré atónito.

–Cortemos por el bosque –la urgí–. Arribaremos más pronto a Thorgate.
–El bosque es peligroso –replicó.

Seguimos por los páramos.

–Yo querría que este momento durara siempre –murmuré.
Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres –afirmó Ulrica y, para aminorar el énfasis, me pidió que le repitiera mi nombre, que no había oído bien.
–Javier Otárola –le dije.

Quiso repetirlo y no pudo. Yo fracasé, parejamente, con el nombre de Ulrikke.

–Te llamaré Sigurd –declaró con una sonrisa.
–Si soy Sigurd –le repliqué–, tú serás Brynhild.

Había demorado el paso.

–¿Conoces la saga? –le pregunté.
–Por supuesto –me dijo–. La trágica historia que los alemanes echaron a perder con sus tardíos Nibelungos.

No quise discutir y le respondí:

–Brynhild, caminas como si quisieras que entre los dos hubiera una espada en el lecho.

Estábamos de golpe ante la posada. No me sorprendió que se llamara, como la otra, el Northern Inn.

Desde lo alto de la escalinata, Ulrica me gritó:

–¿Oíste al lobo? Ya no quedan lobos en Inglaterra. Apresúrate.

Al subir al piso alto, noté que las paredes estaban empapeladas a la manera de William Morris, de un rojo muy profundo, con entrelazados frutos y pájaros. Ulrica entró primero. El aposento oscuro era bajo, con un techo a dos aguas. El esperado lecho se duplicaba en un vago cristal y la bruñida caoba me recordó el espejo de la Escritura. Ulrica ya se había desvestido. Me llamó por mi verdadero nombre, Javier. Sentí que la nieve arreciaba. Ya no quedaban muebles ni espejos. No había una espada entre los dos. Como la arena se iba el tiempo. Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica.







en El libro de arena, 1975