sábado, enero 19, 2019

“Otoño”, de Su Tung P’o





Los nenúfares del verano han
Desaparecido. Ya solo quedan las
Sombrillas de sus hojas. Los
Crisantemos de otoño ya se están
Marchitando. Sus hojas están
Blancas de escarcha. La belleza
Del año no es ya sino mero
Recuerdo solemne. Pronto vendrá
El invierno, se dorarán las
Naranjas y verdearán los limones.



en Cien poemas chinos, 2001

Kenneth Rexroth antologador

Traducción de Carlos Manzano












viernes, enero 18, 2019

"Crucero de verano", de Truman Capote

Fragmento




El teléfono sonaba a lo lejos: Grady nunca había considerado tan importante una llamada; sin hacer caso de la extensión que había en la cocina, atravesó corriendo un laberinto de pasillos del servicio hasta llegar al apartamento exterior y a su propio cuarto. Era Apple, y llamaba desde East Hampton. Habla despacio, le dijo Grady, porque al otro lado de la línea sólo oía un montón de palabras farfulladas: ¿Qué intentaba arruinar a la familia?, dijo, cuando cayó en la cuenta de que la prolija y dramática parrafada de Apple se refería a Peter Bell y la foto del periódico: ay, alguien se la había enseñado. En circunstancias normales, Grady le habría colgado el teléfono; pero ahora, cuando hasta el suelo parecía haber perdido solidez, se aferró al sonido de la voz de su hermana. La sonsacó, se explicó, aceptó insultos. Poco a poco Apple se dulcificó hasta el punto de que puso al teléfono a su hijo pequeño y le hizo decir hola, tía Grady, ¿cuándo vienes a vernos? Y cuando Apple, asumiendo este ruego, le sugirió que fuese a pasar la semana a East Hampton, Grady no opuso la menor resistencia: antes de colgar quedó acordado que iría en coche a la mañana siguiente.

Junto a su cama había una muñeca de trapo, una niña fea y descolorida, con una madeja de hebras rojizas y desgreñadas; se llamaba Margaret, tenía doce años y seguramente era más mayor, porque ya era bastante adefesio cuando Grady la encontró abandonada por alguna otra niña en un banco del parque. En casa todo el mundo se había fijado en lo mucho que se parecían, pues las dos eran flacas, desaliñadas y pelirrojas. Ahuecó el pelo de la muñeca y le alisó la falda; era como en los viejos tiempos, cuando Margaret le había ayudado tanto: oh, Margaret, empezó, y se detuvo, paralizada por la idea de que los ojos de Margaret eran botones azules y de que la muñeca ya no era la misma.

Se desplazó con cuidado por la habitación y levantó la mirada hacia un espejo: también Grady había cambiado. No era una niña. Había sido una excusa tan ideal que en cierto modo se había empeñado en pensar que lo era: cuando, por ejemplo, le había dicho a Peter que no había pensado si se casaría o no con Clyde le dijo la verdad, pero sólo porque consideraba que aquello era un problema de adultos. Los matrimonios se celebraban mucho más adelante, cuando empezaba la vida gris y seria, y ella estaba convencida de que la suya no había comenzado; ahora, sin embargo, al verse oscura y pálida en el espejo, supo que la estaba viviendo desde hacía mucho tiempo.












jueves, enero 17, 2019

“Huesos”, de Mauricio Genet Guzmán





Estoy aquilatando cómo escapar
Y me escurro como cenefa
Le planto un beso al polen
Corrijo la caída libre
Vuelvo a mi hogar



en RevistaLa zorra vuelve al gallinero, Nº 5, 2018











miércoles, enero 16, 2019

"Nocturno en que nada se oye", de Xavier Villaurrutia






En medio de un silencio desierto como la calle antes del crimen
sin respirar siquiera para que nada turbe mi muerte
en esta soledad sin paredes
al tiempo que huyeron los ángulos
en la tumba del lecho dejo mi estatua sin sangre
para salir en un momento tan lento
en un interminable descenso
sin brazos que tender
sin dedos para alcanzar la escala que cae de un piano invisible
sin más que una mirada y una voz
que no recuerdan haber salido de ojos y labios
¿qué son labios? ¿qué son miradas que son labios?
Y mi voz ya no es mía
dentro del agua que no moja
dentro del aire de vidrio
dentro del fuego lívido que corta como el grito
Y en el juego angustioso de un espejo frente a otro
cae mi voz
y mi voz que madura
y mi voz quemadura
y mi bosque madura
y mi voz quema dura
como el hielo de vidrio
como el grito de hielo
aquí en el caracol de la oreja
el latido de un mar en el que no sé nada
en el que no se nada
porque he dejado pies y brazos en la orilla
siento caer fuera de mí la red de mis nervios
mas huye todo como el pez que se da cuenta
hasta ciento en el pulso de mis sienes
muda telegrafía a la que nadie responde
porque el sueño y la muerte nada tienen ya que decirse.




en Nocturnos, 1931















martes, enero 15, 2019

“Abrázame desde tu vaporoso estado...”, de Andrea Luca





...y como hombre y mujer

cohabitan un mismo cuerpo.


Abrázame desde tu vaporoso estado
y gózame según convenga a tu humano instinto:
si hombre, seré una brisa marina
y todo el mar habitará mi rictus bivalvo;
si mujer, para ti el polen de la floresta
y el peso frutal de mi árbol. Pero cuando activo
sea mi deseo, ¿quién de ti encontraré?
Si como mujer pido, sé álamo;
si como hombre, dos montañas y un volcán.
Y si en vaivén mi dualidad se pierde
sé espejo de abrazador azogue
donde el vaho de mi suspiro quede atrapado
y sea también de nuestro álbum familiar.



en El don de Lilith, 1990












lunes, enero 14, 2019

"Groggy", de Héctor Figueroa




(1969-2019)



Se acabó la cuerda,
se me le agotaron las pilas;
groggy
hace rato ya que vengo
aguantando a un ser inanimado.

Levántate!         

Túmbate!

Y no me canso de decirle a mi entrenador
tira la toalla












2003












domingo, enero 13, 2019

“Hábitos nocturnos”, de Andrés Morales





Entonces nada más por el momento.

La plaza que se tienda por su sueño
y el hábito de aullar toda la noche.
Encendidas, las luces, permanezcan
abiertas, frenéticas, las cosas.

No toquen. No miren. No discutan.

Estamos al borde de la bomba:
de la risa, el son, la carcajada.



en Verbo, 1991












sábado, enero 12, 2019

"Canción del harem", de Bai Juyi / Po Chü-I

Versión de Juan Carlos Villavicencio






Todo su pañuelo empapado de lágrimas. Ella no puede soñar
durante la noche más profunda, antes de que el harem comience a cantar.
Sus mejillas rosadas no son viejas, pero su primer amor ha terminado.
Inclinada, envuelta en neblina, ahí se queda sentada hasta el amanecer.









viernes, enero 11, 2019

“Materia”, de Víctor Quezada





Muchas veces he repetido este viaje, antes.
Esa transformación macabra que ejercen las
palabras: “Si el barco se hunde, habrá treinta
sujetos luchando por un ataúd”. Pero hablaba el
carpintero de un salvavidas de madera, de una
madera que cuando Queequeg deliraba enfermo
se preparaba en manos del mismo carpintero
para recibirle la muerte: Queequeg sobrevivió al
carpintero. Una madera que hubo de reutilizar
asimilando la vida a la muerte mediante una
simple metáfora.
Madera nunca tuvo un sentido más estrictamente
etimológico que en tal episodio de Moby Dick.



en Marón americano, 2016
Libros La Calabaza del Diablo











jueves, enero 10, 2019

"Deseo de ser piel roja (Leopoldo María Panero)", de José Luis Justes







La llanura infinita y el cielo su reflejo.
Deseo de ser piel roja.
A las ciudades sin aire llega a veces sin ruido
El relincho de un onagro o el trotar de un bisonte.
Deseo de ser piel roja.
Sitting Bull ha muerto: no hay tambores
que anuncien su llegada a las Grandes Praderas.
Deseo de ser piel roja.
El caballo de hierro cruza ahora sin miedo
desiertos abrazados de silencio. Deseo
de ser piel roja.
Sitting Bull ha muerto y no hay tambores
para hacerlo volver desde el reino de las sombras.
Deseo de ser piel roja.
Cruzó un último jinete la infinita
llanura, dejó tras de sí vana
polvareda, que luego se deshizo en el viento.
Deseo de ser piel roja.
En la Reservación no anida
serpiente cascabel, sino abandono.
Deseo de ser piel roja.
(Sitting Bull ha muerto, los tambores
lo gritan sin esperar respuesta).



en Noventa y nueve, 2017














miércoles, enero 09, 2019

“Los peces dorados de Azuri”, de David Miralles





Los peces dorados de Azuri
Piensan en el mundo más allá del cristal
Como en una prolongación de su deseo
Pero una regla transparente y ominosa
Se interpone entre su ansiedad y lo vedado:
Un mundo en que no podrían sobrevivir
pero ellos, igual que tú, lo ignoran.



en La vida después de Neruda, 2012












martes, enero 08, 2019

"Bowie y el ocultismo", de Peter Bebergal






Cuando a sus diecinueve años de edad Cameron Crowe visitó a David Bowie para realizarle una entrevista para la revista Rolling Stone en 1975, encontró a un Bowie pasado de merca encendiendo velas negras para protegerse de las fuerzas sobrenaturales invisibles que lo acechaban desde afuera de las ventanas. Bowie acababa de terminar el rodaje de El Hombre que Cayó a Tierra con el director Nicolas Roeg. Era una época apasionante para los OVNIs y los encuentros extraterrestres, y para Bowie era fácil moldearse a sí mismo en el papel. Hacía rato que venía cantando sobre el temor existencial al espacio exterior y el descenso de estrellas de rock alienígenas, pero estaba muy por delante de la conciencia cultural. Cuando El hombre que Cayó a la Tierra fue estrenado, la cultura pop de la época estaba siendo fuertemente invadida por entidades cósmicas. El número de libros y especiales de televisión sobre OVNIs podría muy bien haber superado el número real de avistamientos en ese momento. Pero para entonces, Bowie estaba canalizando algo más fascinante que los astronautas ancestrales. Estaba mezclando su ciencia ficción con magia y cocaína. Si bien los resultados brindaron un rock con un sacudón de ocultismo, continuando con su tendencia de transformar la música popular, la cordura de Bowie sería la víctima. Por suerte, el artista sobrevivió casi intacto, pero el legado de esa batalla entre las fuerzas de la magia y la cordura sería la siguiente fase en la continua transformación oculta del rock. La exploración de Bowie de su propia conciencia por medio del vestuario, el drama, y un impulso creativo imparable mostró a los músicos y al público una vez más que la música nunca debe conformarse con ninguna tendencia. La imaginación ocultista del rock seguramente nunca va a morir, y Bowie la inyectó con speedball puro para mantenerla despierta, sin importar las consecuencias.

Si bien muchas de sus letras dejan caer referencias de varios tonos y tipos de ocultismo –a menudo filtradas a través de imaginería nietzscheana, ideología fascista extraña y mesías alienígenas– la forma en que esto moldeó la cultura del rock no es tan clara como el uso de Harrison del sitar impulsado por su devoción al misticismo oriental, por ejemplo, o el interés de Page en la magia que terminó adornando las cubiertas de los álbumes y que es parte del ambiente siniestro de la música de Led Zeppelin. No es suficiente centrarse en el interés mercurial de Bowie en el misticismo y otras prácticas esotéricas. El papel de Bowie en esta narrativa es mucho más sutil, pero en algunos aspectos de mayor alcance. En la historia del rock, es probable que no haya ningún mago más genuino que Bowie, ya que ha llegado a personificar la forma en la que obra la magia. Como se ha señalado, en la magia de salón la audiencia se deja engañar a voluntad, se dejar seducir por la ilusión, al igual que en la magia ritual y ceremonial, donde un fenómeno similar entra en juego y es un efecto importante para la conducción de los eventos y rituales en el contexto de un grupo, comunidad o fraternidad. Hay un lenguaje compartido, a menudo tácito, acordado por el grupo; su poder se hace evidente en la forma en que un neófito aceptará el lenguaje u otros actos codificados implícitamente, como cuando un aprendiz francmasón recibe el primer apretón de manos, o “agarre”, y sin dudarlo lo acepta como tal.

A pesar de sus oscuros intereses ocultistas, que casi provocaron un final trágico de su aún notoria carrera, los personajes cósmicos y mágicos de Bowie trasladaron al rock a una nueva etapa. Bowie utilizó el glamour –tanto en el sentido fashion como en el sentido mágico– para transformar al público y hacer que las personas aceptaran un aspecto bisexual y binario de sí mismas. Esto no era simplemente la sexualidad andrógina de alguien como Jagger. El yo sexual de Bowie era un método de transgresión que iluminó algo universal y quizás inconscientemente humano. Bowie era un vidente cultural, no muy diferente a Tiresias, el profeta del antiguo mito griego que por castigo de los dioses vivió como mujer durante siete años. Tiresias transita ambos mundos, tanto femenino como masculino, y a través de esta sabiduría es capaz de intuir la forma de lo que vendrá. Tiresias aparece en muchas obras griegas, a menudo presagiando finales trágicos, o como un seguidor de Dionisos en Las Bacantes, prefigurando el momento transexual de Penteo en conformidad con el dios.

Bowie vistió sus temas transexuales con la moda de vanguardia de la época –alienígenas, la magia y el misticismo– pero su tono era un tanto sombrío. En el período transcurrido entre 1970 y 1975, hubo un aura preocupante de fervor mesiánico y apocalíptico. Era difícil saber si Bowie estaba realizando una advertencia o celebraba todo esto en sus presentaciones y en su performance. A medida que su uso de las drogas se hizo más severo, tal vez ni él mismo lo sabía.

El primer álbum de Bowie, David Bowie de 1967, era un extraño trozo de extravagancia inglesa, un pedazo de pelusa de puro pop azucarado con la intención obvia de alcanzar reconocimiento en el Top 40. Una vez que se remodeló a sí mismo como un cosmonauta para su segundo lanzamiento, Space Oddity de 1969, Bowie comenzó con sus transmutaciones siempre cambiantes, como la personificación de un elixir alquímico que cada vez se hacía más potente y peligroso con cada nuevo experimento. Los críticos musicales concordaron en que Space Oddity era único. La canción homónima abría el disco, un viaje espacial existencial en el cual el Mayor Tom se encuentra sin ataduras tanto de su cohete como de la realidad, flotando libremente a través de los planos astrales.

Un escritor de Disc and Music Echo estaba extasiado: “escuché toda la canción embelesado, jadeando por conocer el destino del Mayor Tom y de su viaje hacia el hemisferio exterior”. He aquí una canción de rock, en 1969, que miraba hacia abajo desde el vacío estrellado, sobre el final de la década, con un desapego melancólico. La canción “Memory of a Free Festival” brinda un guiño generoso a los festivales musicales de la década de 1960, pero la última esperanza no era para las reuniones energizadas de los hippies. La salvación es de otro mundo, y viene en la forma de “máquinas solares”, naves espaciales interplanetarias pilotadas por venusinos. Pero la esperanza no era eterna.

La imaginería de la fruta prohibida apuntalaría su siguiente álbum, The Man Who Sold the World, de 1970. Algo se agitaba en Bowie, un tipo de decadencia misteriosa, que puede verse claramente en la portada de la versión del Reino Unido: Bowie holgazanea con un vestido y botas de cuero sobre un sofá de seda drapeada, con el suelo frente a él repleto de naipes. Las canciones son de peso pesado, algunas suenan a heavy metal temprano, y los temas son igualmente amenazantes y explícitamente sexuales. Bowie se imagina a sí mismo siendo iniciado en una secta prohibida que ofrece la salvación a través del gnosticismo musical: para conocerse a uno mismo, uno debe dejar de lado la ilusión de la convención, comer libremente lo que ofrece la serpiente, pero nunca debe avergonzarse de los conocimientos que encuentre. La temática de los maestros sobrehumanos ronda en todo el álbum, pero no está claro si Bowie se imagina su igual o su peón.

Es en su álbum de 1971, Hunky Dory, la fascinación de Bowie con la magia se vuelve menos opaca haciendo referencia a cosas bastante bien conocidas por otros buscadores en los tempranos 70s. Crowley consigue su necesario gesto alusivo en “Quicksand”, una canción melancólica acerca de una crisis espiritual. El biógrafo de Bowie, Nicholas Pegg, hace énfasis en particular sobre la canción “Oh! You Pretty Things”, con su advertencia “Homo sapiens have outgrown their use” (“El Homo Sapiens ha sobrepasado su propósito”). Pegg cree que esto es un guiño a la obra de Edward Bulwer-Lytton. En su novela de 1871, La Raza Futura, un hombre encuentra una entrada a la tierra hueca donde descubre una antigua raza de superhombres descrita como una “una raza similar a la del hombre, pero infinitamente más fuerte en la forma y en la grandeza de su aspecto” que utiliza una energía llamada “vril” para realizar hazañas maravillosas como controlar todo, desde el clima hasta las emociones.

Esta historia deliciosamente extraña podría haber seguido el derrotero de otras fantasías pintorescas del siglo XIX si no fuera por El Retorno de los Brujos de Louis Pauwels y Jacques Bergier, publicado por primera vez en Francia en 1960 y traducido al inglés en 1963, que creó una ola de especulación esotérica y de teorías conspirativas ocultistas que aún se sienten hoy en día. Los autores fueron inspirados por el escritor Charles Hoy Fort, quien en las primeras décadas del siglo XX utilizó su herencia para pasar su tiempo en la Biblioteca Pública de New York, recogiendo historias y datos de una amplia gama de fuentes, que sugieren la existencia de una red subyacente y conectada de fenómenos paranormales y sobrenaturales. Utilizando el método de Fort, Pauwels y Bergier esbozaron una historia secreta en la cual las figuras históricas importantes habrían intuido su propio papel en la conformación de un destino cósmico de la humanidad, los extraterrestres habían visitado a la humanidad durante los primeros días de la civilización occidental, y la alquimia y la física moderna no estaban en oposición. Los años setenta también necesitaban un mensajero que pudiera personificar los sueños astronómicos y las permutaciones ocultas, una figura de la decadencia y de la sabiduría que pudiera brindar un testimonio de rock & roll de lo que se siente al caer entre los mundos. Sólo podía Bowie imaginar dicha criatura.

El siguiente lanzamiento de Bowie crearía uno de los personajes más emblemáticos y de mayor alcance del rock de todos los tiempos: Ziggy Stardust. Disculpen la hipérbole, pero en el que es uno de los mejores álbumes de rock and roll de todos los tiempos, The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, Bowie subvirtió la grandeza de los vuelos espaciales, junto a la maravilla y la emoción por la caminata lunar y tornó al cosmos en un lugar de misterio ominoso, donde mesías extraterrestres caídos podrían aprender a tocar la guitarra. Bowie sintetiza las esperanzas y los temores espirituales de los años setenta, sin recurrir jamás a perogrulladas de la New Age. Ziggy no está aquí para experimentar con los seres humanos, él está aquí para experimentar en sí mismo, buscando el conocimiento prohibido en los residuos urbanos de la tierra.

En 1973, la Rolling Stone organizó una reunión entre los dos polos de la transgresión cultural: William Burroughs y David Bowie. Burroughs ocupaba un lugar central en el panteón underground. Gay y drogadicto, exploró estos aspectos de sí mismo a través de algunas de las novelas más desafiantes e inquietantes escritas en el idioma inglés. Bowie era su gemelo geminiano, un desguazador de costumbres que estaba cosechando fama y fortuna como la criatura desquiciada pero hermosa de la música pop. Burroughs podría haber estado buscando una manera de ingresar al mainstream, y tal vez creyó que codearse con Bowie lo acercaría a su meta.

Durante la charla, Bowie describe los mitos completos detrás de Ziggy, refiriéndose a una raza de superseres alienígenas llamados los “infinitos”, agujeros negros vivientes que utilizan a Ziggy como recipiente para tomar una forma que la gente pudiera comprender. Burroughs respondió con su propia visión de crear un instituto para ayudar a las personas a lograr una mayor conciencia, para que así la humanidad estuviera lista cuando hagamos el contacto eventual con formas de vida alienígenas.

La fascinación de Bowie con el gnosticismo extraterrestre dio paso a un retorno de la magia decadente presente en The Man Who Sold the World, en particular con el álbum Diamond Dogs, uno de los álbumes más aterradores de la década de 1970. La advertencia de un apocalipsis inminente en la canción “Five Years” de Ziggy Stardust se hace realidad en el desierto urbano distópico donde “pulgas del tamaño de ratas chupan la sangre a ratas del tamaño de gatos”. La única esperanza está en las drogas y el recuerdo del amor. La pista “Sweet Thing” es una canción hermosísima, con la voz de Bowie alcanzando las notas altas con desesperación: “¿verás que tengo miedo y que estoy solo?”. Diamond Dogs podría ser una visión ficticia, pero la verdad subyacente era el aumento prodigioso del consumo de cocaína por parte de Bowie y una curiosidad aún más profunda por el ocultismo. Superpropulsado por la coca, una droga conocida por su efecto secundario de evocar una paranoia extrema, el interés de Bowie por la magia sólo podía volverse feo.

Al momento en que Crowe se reunió con él, Bowie estaba convencido de que era víctima de una maldición, posiblemente lanzada por Jimmy Page, y había dibujado símbolos cabalísticos en el piso de su estudio. Crowe escuchaba mientras Bowie hablaba con lucidez sobre su música y de repente comenzaba a describir un futuro apocalíptico donde la pretensión del mal y la oscuridad del rock se convertían en realidad y le daban a Bowie una especie de poder dictatorial: “Yo creo que el rock & roll es peligroso. Bien podría evocar un sentimiento muy malo en occidente. Yo quiero gobernar el mundo”. Aunque no se lo mencionó a Crowe en el momento, Bowie creía que sus planes estaban siendo frustrados por unas brujas enviadas para robar su semen (la sustancia necesaria para crear mágicamente un homúnculo).

Unos meses más tarde, Bowie y su esposa de entonces, Angela, compraron una enorme mansión Art Deco en L.A. Y en un perfecto ejemplo de trama no ficticia, Bowie descubrió que la dueña anterior, la bailarina Gypsy Rose Lee, cuya vida inspiró el musical Gypsy, había pintado un hexagrama en el piso de una de las habitaciones. Bowie se desmoronó y empezó a afirmar que el diablo vivía en la piscina de la casa. La única manera de permanecer en la casa sería realizar un exorcismo, por lo que Bowie reunió todos los pertrechos necesarios, y él y Angela se posicionaron frente a la piscina y realizaron su propio ritual privado. En una entrevista posterior, Angela afirma que a pesar de su incredulidad en esas cosas, fue testigo de que el agua comenzó a burbujear y apareció una mancha en el fondo de la piscina. El exorcismo no fue suficiente para Bowie; se mudaron un par de semanas más tarde.

En una entrevista de 2009 con su biógrafo Marc Spitz, Bowie reveló qué era lo que la cocaína le estaba haciendo a su mente ya propensa a lo oculto: “mi psique salió disparada por el techo, se fracturó en pedazos. Alucinaba las veinticuatro horas del día”. El interés de Bowie por el ocultismo, estimulado por la cocaína, se escondía en su vida privada, pero un oyente astuto puede encontrar una gran cantidad de rastros en su música. El ocultismo en la década de 1970 se refería principalmente a ideas sobre el demonio. Culturalmente, uno no podía zafarse de su agarre, podía venir a través de la mascota de la familia (“Devil Dog: The Hound of Hell”); el extraño niño silencioso de al lado (“The Omen”); o la pandilla local de motociclistas (“Psychomania”). Pero Bowie fue capaz de esquivar al diablo gracias a un tipo de ocultismo más auténtico y tal vez incluso más peligroso. Mientras que Arthur Brown veía su propia performance musical como una forma de chamanismo, Bowie veía a la magia como una forma de autorrealización, pero guiado por una noción comúnmente mal comprendida de perfección mágica.

El ocultismo en la década de 1970 también estuvo dominado por el resurgimiento de los manuales de instrucción mágica utilizados por los magos para conjurar demonios y otros aliados inverosímiles en la búsqueda del conocimiento de lo divino. El género se volvió tan popular que los editores empezaron a imprimir incluso libros de ficción como si fueran textos antiguos recientemente desenterrados. Otros libros fueron concebidos para enseñar realmente al público algo sobre el arte de la magia.

Los dos libros más populares sobre magia, La Aurora Dorada, de Israel Regardie y Autodefensa Psíquica, de Dion Fortune, proveían una aplicación práctica en el contexto de una sociedad mágica, particularmente la Orden Hermética de la Golden Dawn, de la cual ambos autores eran miembros. El libro de Regardie fue el primero en hacer públicos los rituales de la Golden Dawn de manera sistemática (fue acusado por otros miembros de “romper su juramento”), pero el libro en sí es casi imposible de seguir sin saber algo de primera mano acerca de la orden. La Aurora Dorada ofrece ejercicios tanto individuales como grupales, pero no es muy diferente a tratar de aprender trucos con cartas sin conocer primero las maniobras: “diríjase a Occidente, haga el Pentagrama, y vibre E H EI EH”.

Lo que sí ofrece es una visión de la práctica de la magia que no está ligada a la noción popular del satanismo o incluso de la brujería. La Aurora Dorada es un libro de realismo fantástico no ficticio, que encendió la imaginación oculta de los 70s y proporcionó la base para la fundación de una serie de grupos relacionados a la Golden Dawn aún activos. El libro de Fortune, por otro lado, es mucho más pragmático y ofrece su sabiduría a manera de libro de recetas, incluyendo cómo protegerse de maldiciones y ataques mágicos.

Aunque Crowley ciertamente tuvo su influencia en Bowie, el mercurial cantante – de manera astuta– no la explotó, ni usó su nombre para evocar la imagen de un mago negro, como hizo Ozzy Osbourne más tarde con su canción “Mr. Crowley”, de 1980. Bowie se sintió atraído por Crowley como una figura de gracia luciferina, en el sentido descrito anteriormente, donde Lucifer representa una especie de dandi autorrealizado, un poeta al estilo de Baudelaire que no tiene miedo de explorar los tabúes del sexo, la voluntad, y las drogas. Pero esta noción de un hombre espiritual perfeccionado, una imagen con la que Bowie ya había estado jugando desde “Oh! You Pretty Things”, era fácilmente confundible con la idea de la perfección aria. Durante mucho tiempo esta formulación ha planteado un problema en la comprensión de la historia de las ciencias ocultas.

Madame Blavatsky a menudo es citada como la primera que manifestó esta tensión. Su libro La Doctrina Secreta establece una taxonomía de “razas raíces”, una evolución del destino espiritual de la humanidad. La primera de estas es etérea, sin forma, de la cual las razas raíces evolucionaron con el tiempo. Blavatsky proporcionaría a los escritores de fantasía pulp una profunda fuente de inspiración con las razas subsiguientes: los hiperbóreos, los lemurianos y los atlantes. La quinta “raza raíz” era la aria, la cual –afirmaba Blavatsky– era la cumbre de la humanidad en ese momento. Una sexta raza se elevaría por encima de la raza aria, y luego una séptima vería al ser humano final y perfecto.

Gary Lachman explica en su biografía de Blavatsky por qué la raza era un tema profundamente importante en la época de Blavatsky y, mientras vamos descubriendo que algunas de sus ideas eran preocupantes, también vemos que eran parte de un entorno cultural más grande. Más preocupante aún, escribe Lachman, es la manera en que los racistas utilizaron sus ideas para fomentar sus propias ideas ocultistas intolerantes. La Sociedad Thule, por ejemplo, era un grupo de alemanes con puntos de vista decididamente antisemitas –incluyendo a Rudolf Hess– que creían en un pueblo racialmente puro surgido de la mítica tierra de Hiperbórea.

La Sociedad Thule se convertiría en la inspiración para toda una industria de libros que retrataban a los nazis como buscadores del poder oculto, creyendo que podrían crear un ser ario perfecto y mortífero. El Retorno de los Brujos, de Pauwels y Bergier, fue el primer libro en traer esto a la conciencia popular, y el vínculo que ellos trazaban entre el ocultismo y los nazis estaba repleto de ciencias extrañas y la búsqueda de objetos legendarios imbuidos de gran poder. Si no fuera por El Retorno de los Brujos, es poco probable que los nazis de Los Cazadores del Arca Perdida hubieran buscado el arca bíblica como un medio para blandir el poder de Dios como un arma. Y mientras esos villanos se encuentran con su destino en gran parte gracias a Indiana Jones, otros reescribirían a los nazis en la historia con un idealismo romántico.

A través de una lectura de El Retorno de los Brujos sería fácil conectar los puntos de la fantasía ocultista de Lytton sobre los superhombres de la tierra hueca, presentes también en Hunky Dory, hasta las ideas de tendencias nazis del homo superior. Bowie se encontró sumido en este tipo de pensamiento. La imagen del ocultismo nazi ofrecía una tormenta perfecta de conmoción y pavor para un espectáculo de rock, y un personaje escénico a la vez hermoso y mortífero. Todas estas ideas se habrían fundido en el fervor apocalíptico, pero debido a que Bowie era un artista genial, pudo canalizarlas en la música.

En una entrevista con Arena en 1993, Bowie recordó aquél momento con pesar. Comprendió que, si bien delirando por las drogas, el anhelo por dios había sido la fuerza motivadora detrás de sus escarceos con lo oculto. Bowie estaba fascinado con el libro La Lanza del Destino, de Trevor Ravenscroft (no se puede pensar en un título mejor), donde se afirmaba que Hitler estaba obsesionado con la búsqueda de la lanza que un soldado romano había utilizado para herir a Jesús durante la crucifixión, una supuesta reliquia con un poder místico mortífero. Esto, junto a la leyenda de que Hitler también estaba buscando el Santo Grial (también más tarde popularizada por la tercera película de Indiana Jones, La Última Cruzada), cautivó tanto a Bowie que dejó de lado la realidad de los actos nazis para imaginarlos en una especie de búsqueda santa. “Y de manera políticamente ingenua”, dijo Bowie, “ni siquiera pensé en lo que habían hecho”.

La autodestrucción de Bowie estaba al servicio de la mitología fascista de la palingenesia. En el caso de Bowie era sobre su persona, no sobre una nación despojada de sus preconceptos, deseos, amores, y temores, convirtiéndose nada más que en una cáscara, y resucitando en la perfección a través de un medio de reprogramación riguroso. Bowie no estaba buscando un yo interior perfeccionado tanto como un yo exterior perfeccionado, siendo su arte una expresión de su voluntad perfeccionada. No hay mejor medio para tallar un personaje que la cocaína, y mezclándola con la Cábala y el ocultismo racial, Bowie no podría haber elegido una fórmula más eficaz. El fascismo, para Bowie, no era tanto un acento político sino una moda.

Toda esta evocación de diversos personajes se veía acentuada por el extraño sentido de la moda de Bowie que, incluso más allá de su música, se destacaba e inspiraba a otros músicos. En la prensa, Bowie continuaría la construcción y la deconstrucción de su personaje, como cuando le dijo a un reportero de NME que él no era un músico, sino un artista utilizando la música como medio de expresión. Con declaraciones como esta, Bowie se apartaba a propósito de la personalidad de rock, sentando bases para el siguiente personaje que podría habitar. En la misma entrevista, Bowie también quiso alejarse de ser metido en la misma bolsa que Alice Cooper. Bowie admitió cierta teatralidad, pero evitaba el uso de accesorios o escenarios, alegando que él era el “vehículo” para sus canciones. Esto también significaba que cuando estuviera listo para pasar a lo siguiente, no tenía que cargar con toda la producción, como cuando durante el último concierto de su gira de Ziggy and The Spiders from Mars, Bowie volvió al escenario para los bises y presentó la canción “Rock 'n' Roll Suicide” diciéndole al público que era la última vez que The Spiders iban a tocar juntos. Sus compañeros de banda estaban tan sorprendidos como los fans.

Bowie comentó una vez que Marc Bolan era el “Glam 1.0”, y que sin el breve liderazgo de Bolan en la banda llamada T. Rex (Bolan murió en 1977, semanas antes de su trigésimo cumpleaños), él no habría sabido qué rumbo tomar. Bolan se había transformado a sí mismo de un trovador hippie –un juglar con una voz con vibrato que cantaba sobre cuentos de hadas y hechizos mágicos– en una glamorosa y decadente estrella de rock, cambiando sus estampados de Cachemira por botas de tacón alto y chaquetas de lentejuelas. Pero había conservado su aura mística, particularmente en la androginia vaporosa que presentaba en sus actuaciones.

Los fans de su banda anterior, Tyrannosaurus Rex, decían que se había vendido, y los críticos musicales vieron sus pretensiones glamorosas como sólo eso, un espectáculo cínico desprovisto de cualquier valor artístico real. Pero Bolan descubrió a una generación lista para abrazar esa mezcla entre lo nuevo y lo viejo que ofrecía el glam, pop simple y despojado de las extravagancias psicodélicas, pero vestido con galas cósmicas. El glam proporcionaría un modelo para un nuevo tipo de imaginación ocultista, uno donde la estrella de rock era simplemente una cortina de humo para una identidad secreta – un alienígena o un monstruo.

Brian De Palma descubrió que el glam, así como toda la cultura del rock, era ideal para una parodia de horror en su film El Fantasma del Paraíso, una película que sólo podría haber sido hecha en 1974. Swan, un ejecutivo discográfico interpretado por Paul Williams (quien también escribió la música de la película), vende su alma por vida eterna y actúa como agente del diablo, solicitando a otros que firmen el pacto por sus almas a cambio de contratos discográficos. Swan descubre al músico Winslow Leach y cree que su música será perfecta para su nuevo club de rock. Swan le tiende una trampa, y Leach es sometido a toda tipo de torturas horribles, incluyendo la extracción de sus dientes y su sustitución por otros de metal, y la desfiguración de su rostro con una máquina de prensado de discos. Él comienza a llevar una máscara y a vestir una capa negra, merodeando la discoteca para llevar a cabo su venganza sobre aquellos que lo destruyeron.

La cultura del rock continuaría utilizando el concepto de las identidades secretas ocultas detrás de máscaras y maquillaje. Mercyful Fate dejaría su marca en la década de 1980 con imaginería ocultista y satánica impulsada por un sonido metálico bastante genérico. Su vocalista, King Diamond, era el motor de la banda. Se decía que King Diamond era un devoto del satanismo de Anton LaVey, y solía pintar su cara de blanco como un hijo bastardo de Alice Cooper y Kiss. A menudo llevaba un sombrero de copa y un frac funerario, y realizaba sus shows sosteniendo huesos; a veces los huesos estaban atados para formar una cruz sujeta a su micrófono. Estos elementos señalaban a las audiencias de rock que el músico era un mensajero de secretos arcanos, entregados en el lenguaje del rock.

Marilyn Manson siguió el modelo de Bowie, ya que en cada uno de sus discos presentó un nuevo personaje, pero mantuvo la escuela general de maquillaje de Alice Cooper. En 1998, Manson dijo a la revista Kerrang! que Bowie había sido una influencia crucial, sobre todo para su álbum Mechanical Animals, cuya portada, señala el autor del artículo, luce misteriosamente similar a Aladdin Sane. Bowie tuvo un efecto claramente detectable en la música popular, pero su influencia general fue más sutil. Muchas de sus personalidades inventadas iban en paralelo a su vida real en la década de 1970, cada una de ellas representando sus desesperadas exploraciones espirituales, buscando tanto en el espacio interior como en el espacio exterior el sustento espiritual. Pero así como Bowie era un conducto para los excesos de la década, también era un espejo.

La última canción de Diamond Dogs es “Chant of the Ever Circling Skeletal Family”, que imita el sonido de un disco rayado, cuando la aguja se traba y repite el mismo surco una y otra vez. Es un fragmento aterrador de fantasía macabra pero musicalmente es la metáfora perfecta para la naturaleza riesgosa de las actividades ocultas. Más que los rumores exagerados y a menudo falsos de la adoración al diablo, el verdadero lado oscuro de lo oculto es el loop del significado circular.

Dado a que el ocultismo no es un sistema, sino más bien una acumulación desordenada de trozos de tradiciones, creencias sintéticas, e incluso ficciones puras al servicio del comercialismo, no hay una palabra final, no hay una sabiduría final. E incluso para algunos, se convierte en la crueldad de la búsqueda de signos, donde las cosas en la vida cotidiana comienzan a adquirir connotaciones ocultas, cada una siendo una referencia a algún significado más profundo, que nuevamente sólo apunta a otra posible inferencia. Lo que hace a Bowie un gran mago es que, aun cuando su psique se fracturó bajo la tensión de esta misión autoimpuesta, fue capaz de provocar un “cambio ocurrido en conformidad con la voluntad”. Los personajes de Bowie rara vez eran magos. En su lugar, eran personajes sobrenaturales de más allá del espacio y el tiempo: el Mayor Tom, la rareza espacial cuya travesía hacia el espacio exterior revela la soledad interior dentro de un sueño opiáceo; Ziggy Stardust, un figura mesiánica no muy diferente al Valentine Michael Smith del clásico de la contracultura y de la ciencia ficción de Robert Heinlein, Forastero en Tierra Extraña; el semblante futurista y glamoroso de Aladdin Sane; y la grotesca criatura canina híbrida rondando un paisaje apocalíptico de Diamond Dogs.

Con Station to Station de 1976, Bowie surgió como el Delgado Duque Blanco (The Thin White Duke), un personaje que la mayoría de los críticos consideran una cáscara, la cáscara quemada de un hombre que había intentado tocar el sol. Todo se había quemado menos el glamour. La canción “Station to Station” es una confesión desgarradora de una obsesión ocultista alimentada por las drogas. La búsqueda de la verdad divina se convierte en una tarea de Sísifo: “Tengo que seguir buscando... ¡Oh, qué voy a creer!”. Bowie hace referencias directas a la Cábala, dando vueltas y vueltas sobre la esperanza que sigue escapando: “un movimiento mágico desde Kether a Malkuth” que, insiste, no es sólo “un efecto secundario de la cocaína”.

Esta es una imagen del ocultismo, el rey indigente y hambriento, un nigromante cuya alma era la última cosa a ser sacrificada en la búsqueda del conocimiento secreto. Pero también hay algo romántico sobre esta imagen del mago decadente. Es un personaje faustiano habitando en un paisaje gótico, como aquellos imaginados en los motivos del expresionismo alemán representados en la película de 1926 de F.W. Murnau sobre el legendario erudito que vende su alma al diablo en busca de la sabiduría oculta.






Fragmento de Season of the Witch: How the Occult Saved Rock and Roll
de Peter Beberga, 2014




Traducción de Mazzu

















lunes, enero 07, 2019

“Brigitta”, de Adalbert Stifter





Fragmento inicial

1. Viaje a pie por la estepa


A menudo hay cosas y relaciones en la vida del hombre que no nos quedan claras de inmediato, y cuyas razones no somos capaces de extraer con prontitud. En ese caso influyen por lo general con un cierto aliciente bello y suave de lo misterioso en nuestra alma. En la cara de un feo hay a menudo para nosotros una belleza interior que no somos capaces de derivar en el acto de su valor, mientras que a menudo nos resultan fríos y vacíos los rasgos de otro de los que todos dicen que poseen la mayor belleza. Del mismo modo nos sentimos a veces atraídos hacia uno que en realidad no conocemos en absoluto, nos gustan sus movimientos, nos gusta su manera, nos afligimos cuando nos ha abandonado y tenemos una cierta nostalgia y hasta un amor por él, cuando a menudo en años posteriores de él nos acordamos: mientras que no sabemos a qué atenernos con otro cuyo valor se nos presenta en muchos hechos, incluso cuando hemos tratado con él durante años. Que en último término hay razones morales que barrunta el corazón, es indudable, sólo que no siempre podemos destacarlas con la balanza de la consciencia y el cálculo y contemplarlas. La psicología ha iluminado y aclarado algo, mas mucho le ha quedado oscuro y a una gran distancia. Creemos por lo tanto que no es excesivo si decimos que hay para nosotros un abismo sereno e inconmensurable en que deambulan Dios y los espíritus. El alma lo sobrevuela a menudo en momentos de embeleso, el arte poética lo airea en ocasiones; pero la ciencia, con su escuadra y cartabón, queda frecuentemente sólo al margen, y puede que aun en muchos casos ni siquiera se haya puesto a ello.

A estas observaciones he sido inducido a cuenta de un suceso que viví una vez en años juveniles, en la hacienda de un viejo comandante, cuando aún tenía yo una gran pasión viajera que me impulsaba aquí y allá en el mundo, porque esperaba aún vivir e investigar Dios sabe qué.

Había conocido al comandante en un viaje, y ya entonces me invitó repetidamente a visitarlo alguna vez en su tierra. Sólo que lo tomé por una pura fórmula de cortesía, como las que acostumbran a intercambiar tantos viajeros, y probablemente no habría accedido al caso de no haber llegado en el segundo año de nuestra separación una carta suya, en la que se informaba con solicitud sobre mi estado y añadía al final una vez más el viejo ruego de que fuese algún día a su casa y pasase con él un verano, un año, o cinco o diez años, como me complaciese; pues finalmente se había propuesto permanecer apegado a un único punto minúsculo de este globo terráqueo y a no dejar llegar más a sus pies ninguna otra partícula de polvo que la de su tierra, en la que desde ahora había hallado una meta que anteriormente buscara en vano por el mundo entero.

Como justamente estábamos en primavera, como sentía curiosidad por conocer su meta, como justamente no sabía adónde había de viajar, resolví ceder a su ruego y acceder a su invitación.

Tenía su hacienda en la Hungría oriental —dos días anduve peleándome con planes sobre cómo había de hacer el viaje más adecuadamente, al tercer día estaba sentado en el coche de posta y rodaba hacia el este, mientras me ocupaba ya, dado que nunca había visto el país, con imágenes de bosques y brezales— y al octavo caminaba ya por una pusta tan espléndida y desierta como sólo Hungría puede presentar.

Al principio mi alma entera estaba impresionada por la grandeza de la imagen: cómo adulaba en torno a mí el aire infinito, cómo olía la estepa, y un brillo de la soledad tejía en todas partes por doquier: —pero como mañana eso era así otra vez, pasado mañana otra vez— siempre nada en absoluto más que el fino anillo en el que se besaban cielo y tierra, el espíritu se acostumbraba a ello, el ojo comenzaba a sucumbir y a hartarse tanto de la nada como si hubiese cargado sobre sí masas enteras de materia —retornaba a sí mismo, y como jugaban los rayos del sol, brillaban las hierbas, cruzaban diferentes pensamientos solitarios por el alma, viejos recuerdos llegaban pululando por el brezal, y entre ellos estaba también la imagen del hombre hacia el que me encontraba justamente en viaje— volvía gustosamente a ella, y en el desierto tuve tiempo suficiente para recabar en mi memoria todos los rasgos que había averiguado de él y darles frescor nuevo.

En la Baja Italia, casi en un desierto tan solemne como era aquél por el que caminaba hoy, lo había visto por primera vez. Entonces era celebrado en toda sociedad, y aunque tenía ya casi cincuenta años, meta de más de un par de bellos ojos; pues nunca se ha visto un hombre cuya complexión y rostro pudieran ser llamados más hermosos, ni uno que supiera llevar este exterior más noblemente. Querría decir que era una suave elevación la que fluía en torno a cada uno de sus movimientos, tan sencilla y triunfante, que trastornó más de una vez también a hombres. Mas en los corazones femeninos, según la leyenda, debía haber obrado antaño verdaderas pérdidas de juicio. La gente se ocupaba con historias de triunfos y conquistas que supuestamente había hecho, y que eran suficientemente fabulosas. Pero un defecto, se decía, pesaba sobre él que era el que de verdad le hacía peligroso; a saber, que a nadie, ni siquiera a la mayor belleza que haya sobre esta tierra, le había sido posible encadenarlo por más tiempo del que a él se le antojase. Con todo el encanto que le ganaba cada corazón, y que llenaba a la elegida de delicia triunfadora, se comportaba hasta el final, se despedía entonces, hacía un viaje, y no volvía. —Mas este defecto, en lugar de desalentarlas, ganaba aun más a las mujeres para él, y más de una pronta meridional podía arder por arrojar su corazón y su fortuna, en cuanto fuera posible, sobre su pecho. También estimulaba mucho que no se supiese de dónde era, ni qué puesto ocupaba entre los hombres. Aunque decían que las Gracias jugaban en su boca, añadían con todo que en su frente moraba un tipo de tristeza que era indicador de algún pasado significativo— pero esto era al final lo más seductor, que nadie sabía este pasado. Que había estado envuelto en asuntos de Estado, que se había desposado infelizmente, que había matado a su hermano de un balazo; y que más cosas de estas había. Lo que sabían todos era que ahora se ocupaba intensamente de ciencias.

Yo había oído ya mucho de él, y lo reconocí al instante al verlo un día sobre el Vesubio derribando piedras y acudiendo entonces al nuevo cráter y contemplando afablemente el enroscarse azul del humo que brotaba escasamente aún de la abertura y de las grietas. Fui hacia él sobre las protuberancias que brillaban amarillas y le hablé. Él contestó gustoso y una palabra llevó a la otra. Realmente había entonces un desierto oscuro y espantosamente hendido en torno nuestro, que se hacía tanto más abrupto en cuanto que sobre él se alzaba el indeciblemente ameno y hondamente azul cielo del Sur, hacia el que las pequeñas humaredas ascendían de lado con familiaridad. Hablamos largamente entonces, pero nos marchamos del monte cada uno solo.

Más adelante se presentó de nuevo la ocasión de encontrarnos, nos visitamos entonces con mayor frecuencia y al final estuvimos, hasta el momento de mi regreso, casi inseparablemente juntos. Encontré que era bastante inocente de los efectos que al parecer causaba su apariencia. De su interior brotaba a menudo algo originario y primigenio, igual que si, aunque iba ya para los cincuenta años, su alma se hubiera conservado hasta ahora porque no había podido hallar lo justo. A la vez me di cuenta, al ir tratando más con él, de que este alma era lo más ardiente y poético que había visto yo hasta entonces, de lo que podía provenir que tuviera eso de infantil, inconsciente, sencillo, solitario, a menudo hasta simple. Él no era consciente de estos dones, y decía con naturalidad las más bellas palabras que yo haya jamás oído de una boca, y nunca en mi vida, ni siquiera más tarde, cuando tuve ocasión de tratar con literatos y artistas, he encontrado un sentido para la belleza tan sensible, que lo informe y la rudeza podían excitar hasta la impaciencia, como en él. Puede también que fueran estos dones inconscientes los que hacían volar hacia él todos los corazones del otro sexo, porque este jugar y brillar son muy raros en hombres de edad avanzada. Justamente de ahí debía provenir también el que tratase tan a gusto conmigo, una persona joven, igual que yo, por mi parte, en aquellos tiempos no era aún realmente capaz de valorar estas cosas como es debido, y las mismas sólo se me volvieron realmente evidentes cuando ya era más viejo y me puse a componer el relato de su vida. Cuán lejos alcanzaba su legendaria suerte con las mujeres, no he podido saberlo nunca, ya que jamás habló de estas cosas, y tampoco se halló nunca ocasión para observaciones. De aquella tristeza que ocupaba al parecer su frente no pude percibir tampoco nada, igual que no supe entonces de sus destinos anteriores sino que antaño había hecho viajes continuos, mas ahora estaba desde hacía años en Nápoles y coleccionaba lava y antigüedades. Que tenía posesiones en Hungría me lo contó él mismo, y me invitó, como dije más arriba, repetidamente a ellas.

Vivimos bastante tiempo juntos, y nos separamos finalmente cuando yo partí, no sin sentirlo. Mas toda clase de figuras de países y personas atravesaron después mi memoria, de modo que al final ni en sueños se me hubiese alcanzado que un día iba a estar en un brezal húngaro de camino hacia este hombre, como realmente era ahora el caso. Me pintaba cada vez más su imagen mentalmente, y me abismaba de tal modo en ella, que a menudo me costaba no creer que estaba en Italia; pues tan caluroso, tan callado era ahora todo en la llanura por la que caminaba como allí, y la capa de vaho azul de la distancia se volvía para mí espejismo de las ciénagas pontinas.

No partí sin embargo en línea recta a la hacienda del comandante que se me señalaba en la carta, sino que hice varios cruces y rodeos para examinar bien el país. Así como la imagen de este se me había mezclado antes siempre, debido a mi amigo, con Italia, así ahora se tejía cada vez más y más singular como algo entero e independiente. Había recorrido cien arroyos, arroyuelos y ríos, había dormido a menudo junto a los pastores y sus peludos perros, había bebido de esos solitarios pozos del brezal que con el ángulo de la barra espantosamente alto miran hacia el cielo, y había comido bajo más de un techo de caña de profunda caída —allí se apoyaba el gaitero, allí volaba el veloz carretero sobre el brezal, allí brillaba el blanco chaquetón del pastor de caballos— a menudo me preguntaba qué aspecto tendría mi amigo en este país; pues le había visto tan sólo en sociedad, y en la agitación en que todas las personas se parecen como los guijarros del arroyo. Allí él había sido en apariencia el hombre liso y fino, mas aquí era todo diferente, y a menudo, cuando durante días enteros no veía otra cosa que el lejano crepúsculo azul rojizo de la estepa y los mil pequeños puntos blancos en ella, el ganado del país, cuando a mis pies estaba la tierra profundamente negra, y tanto salvajismo, tanta exuberancia, pese a la historia antiquísima tanto comienzo y originalidad, pensaba entonces cómo habrá de comportarse aquí. Andaba de un lado a otro del país, me aclimataba cada vez más a su estilo y forma y a sus singularidades y me era como si escuchase retumbar el martillo con el que se forja el futuro de este pueblo. Cada cosa en el país apunta a tiempos venideros, todo lo pasajero está cansado, todo lo que en él nace es fervoroso, de ahí que viera yo con verdadero gusto sus aldeas infinitas, veía elevarse sus colinas de viñedos, veía sus pantanos y cañaverales, y allí fuera a lo lejos cruzaban sus montañas suavemente azules.

Después de caminar de un lado a otro durante meses, creí por fin un día que debía encontrarme ya muy cerca de la hacienda de mi amigo, y cansado ya de ver mucho, decidí poner una meta a mi peregrinar y dirigirme directamente hacia las posesiones de mi futuro hospedador. Había andado toda la tarde a través de un pedregal caluroso; a la izquierda se elevaban contra el cielo cumbres de azul lejano —las tomé por los Cárpatos— a la derecha había tierra quebrada con esa coloración rojiza singular como la que a menudo da el aliento de la estepa: mas no se unían ambas, y entre ambas continuaba la infinita imagen de las llanuras. Por fin, justamente al ascender de una hondonada en que corría el lecho de un arroyo seco, a la derecha saltaron hacia mí un castañar y una casa blanca, una duna de arena me había ocultado ambos hasta entonces. —Tres millas, tres millas— eso había escuchado casi toda la tarde cuando preguntaba por Uwar, así se llamaba el castillo del comandante: mas conociendo ya por experiencia las millas húngaras, había con seguridad andado cinco de ellas, y deseaba así fervientemente que la casa se llamase Uwar. A no mucha distancia ascendían campos contra un terraplén en el que vi personas. Quería preguntarles y crucé con ese objeto un ala del castañar. Aquí vi lo que, aleccionado ya por los muchos cambios de rostro del país, sospechara de inmediato, a saber, que la casa no estaba junto al bosque, sino sólo detrás de una llanura que se apartaba de los castaños, y que debía ser un edificio sumamente grande. Pero sobre el llano vi galopar hacia mí una figura, justamente en dirección a los campos en los que la gente trabajaba. También se agruparon todos los trabajadores en torno a la figura cuando hubo llegado a ellos, como en torno a un señor, pero a mi comandante no se parecía el ser aquel en absoluto. Subí despacio en dirección a la pendiente, que también estaba más alejada de lo que creyera, y llegué justamente cuando todo el ardor del crepúsculo llameaba en torno a los oscuros campos ondulantes de maíz y los grupos de mozos barbudos, y en torno al jinete. Mas éste no era sino una mujer, de unos cuarenta años, que extrañamente tenía puestos los amplios pantalones típicos del país, y también se sentaba al caballo como un hombre. Como los mozos ya se dispersaban y ella estaba casi sola en el lugar, le dirigí mi ruego a ella. Apoyando mi bastón de caminante bajo la mochila, mirándola hacia arriba, y al mismo tiempo restregándome de la cara los rayos del crepúsculo que llegaban oblicuamente, le dije en alemán: «Buenas tardes, madre».

«Buenas tardes», respondió ella en la misma lengua.
«Concededme el favor, y decid: ¿se llama ese edificio Uwar?».
«Ese edificio no se llama Uwar. ¿Habéis sido citado a Uwar?».
«En efecto. He de visitar allí a mi amigo, el comandante, que me ha invitado».
«Andad entonces sólo un rato junto a mi caballo».

Con estas palabras puso a andar a su caballo y cabalgó despacio, para que yo pudiera seguirla, entre las altas mazorcas verdes de maíz, hacia arriba de la cuesta. Yo iba detrás de ella y tuve oportunidad de dirigir mis miradas al entorno, y de hecho hallaba cada vez más razón para admirarme. A medida que llegábamos más arriba se abría a ojos vista el valle tras nosotros, toda una inmensa floresta corría desde el castillo hacia los montes que empezaban tras él, avenidas se extendían hacia los campos, un lote de labranza tras otro se tendía sin más y parecía en excelente condición. Nunca he visto esa hoja larga, grasa, fresca del maíz, y no había un hierbajo entre sus espigones. El viñedo a cuyo linde llegábamos en ese momento me recordaba a los del Rin, sólo que en el Rin no he visto ese recio porfiar y rebosar de hojas y vides, como aquí. La llanura entre los castaños y el castillo era una pradera, tan pura y suave como si hubiese extendido terciopelo, estaba atravesada por caminos vallados por los que andaba el ganado blanco de la tierra, mas ligero y esbelto, como ciervos. El conjunto se erguía fabuloso desde el pedregal que había recorrido hoy, y que ahora yacía allá fuera al aire de la tarde, y en los rayos que hilaban rojizos miraba caluroso y seco hacia esta fresca y verde lozanía.

En esto habíamos llegado a una de aquellas cabañas blancas como las que había percibido varias diseminadas en el verde del terreno de las vides: y la mujer le dijo a un hombre joven, que a pesar de la calurosa tarde de junio estaba envuelto en su peluda pelliza y se ocupaba de un montón de cosas frente a la puerta de la cabaña: «Milosch, el señor quiere llegar hoy a Uwar, si tomases acaso los dos bayos, le dieses uno, y le acompañases hasta el patíbulo».

«Sí», replicó el muchacho, y se levantó.
«Ahora id con él, os conducirá debidamente», dijo la mujer, y volvió su caballo para cabalgar de vuelta el camino por el que había venido conmigo.

La tomé por algún tipo de administradora y quise darle una moneda considerable por el servicio que acababa de prestarme. Pero ella rió tan sólo y mostró al hacerlo una fila de dientes muy hermosos. Por el viñedo cabalgó hacia abajo lentamente, pero poco después escuchamos el veloz ruido de cascos de su caballo al volar ella sobre la llanura.

Me embolsé de nuevo mi dinero y me volví hacia Milosch. Éste se había puesto entretanto, además de su pelliza, un sombrero ancho, y me condujo un trecho por las plantaciones del viñedo, hasta que subimos a un recodo del valle y dimos con un edificio de labranza del que extrajo dos de aquellos caballos pequeños como los que encuentra uno en los brezales de este país. El mío lo ensilló, el suyo lo montó tal como estaba, y nos adentramos de inmediato en el crepúsculo de la tarde al encuentro del oscuro cielo del este. Puede haber sido un espectáculo curioso: el caminante alemán sentado a caballo con mochila, gorra y bastón de nudos, junto a él el esbelto húngaro con sombrero redondo, bigote, pelliza peluda y pantalones blancos ondulantes, cabalgando ambos en la noche y el desierto. Era de hecho un desierto a lo que fuimos a parar al otro lado del viñedo, y la colonia era como una fábula allí. En realidad el desierto era mi viejo pedregal de nuevo, y seguía tan parecido a sí mismo, que hubiese creído que cabalgábamos de vuelta el mismo camino por el que había venido, si el rojo sucio que aún ardía a mis espaldas en el cielo no me hubiese hecho saber que realmente cabalgábamos hacia el levante.

«¿Cuánto falta hasta Uwar?» pregunté.
«Aún milla y media», respondió Milosch.

Me conformé con la respuesta y cabalgué tras él tan bien como podía. Cabalgamos junto a las mismas incontables piedras grises como las que había hoy contado a miles todo el día. Resbalaban con engañosa luz sobre el oscuro suelo tras de mí, y puesto que en realidad cabalgábamos sobre un pantano seco y muy firme, no oía el ruido de cascos de nuestros caballos, salvo cuando chocaba el hierro por casualidad con una de las piedras que estos animales, por lo demás, acostumbrados a tales caminos, saben evitar muy bien. El suelo era siempre llano, sólo que otra vez habíamos subido y bajado dos o tres hondonadas, en cada una de las cuales se extendía un torrente fijo de cantos rodados.

«¿A quién pertenece la finca que hemos dejado?» pregunté a mi acompañante.
«Maroshely», contestó.

No sabía, puesto que había pronunciado las palabras cabalgando rápido ante mí, si era éste el nombre del propietario o si había entendido bien en absoluto; pues el movimiento dificultaba el habla y la escucha.

Finalmente salió un pedazo de luna rojo de sangre, y a su débil luz se erguía ya también en la pradera el esbelto armazón que tomé por la meta de mi acompañamiento.

«Aquí está el patíbulo», dijo Milosch, «ahí abajo, donde brilla, corre un arroyo, al lado hay un montón negro, dirigíos a él, es un roble en el que antaño se colgaba a los malhechores. Ahora ya no puede ser así, porque hay patíbulo. Desde el roble empieza un camino hecho, junto al que se alzan árboles jóvenes a ambos lados. Continuad por el camino algo menos de una hora, entonces tirad de la barra de la campana de la verja. Escuchad, aun cuando no esté cerrado con llave, no paséis; es por los perros. Tirad sólo de la barra de la campana. Así pues, desmontad ahora, y abrochaos mejor la chaqueta, no sea que cojáis la fiebre».

Desmonté, y aunque con mi gratificación de la administradora no había tenido suerte, con todo le ofrecí de nuevo a Milosch una. La aceptó y la guardó en la pelliza. Luego atrapó las riendas de mi caballo, se volvió, y salió volando a toda prisa, antes de que pudiera decirle sólo que por favor transmitiese mi agradecimiento al dueño del caballo, ya que tan incondicionalmente había podido cabalgar sobre uno por la noche. Por lo visto estaba anhelando marcharse del lugar. Miré hacia él. Se alzaban dos columnas, y sobre ellas había un travesaño. Así sobresalía a la luz amarilla de la luna. Arriba había algo, como una cabeza. En realidad podía ser cualquier elevación. Seguí adelante, igual que si la hierba del brezal susurrase tras de mí y algo se removiese al pie del patíbulo. De Milosch no podía percibirse ya la menor huella, como si nunca hubiese estado allí. Llegué en seguida al roble de la muerte. El arroyo irisaba y brillaba y se enroscaba entre juncos, como una serpiente muerta. Al lado estaba la negra estructura del árbol. Lo rodeé y al otro lado había un camino blanco recto, alumbrado por la luna. El camino estaba apisonado y tenía zanjas y una avenida de álamos jóvenes. Me sentó bien el escuchar sonar de nuevo mis pisadas, como ocurre allí en casa en los caminos de nuestro país.

Avancé lentamente. La luna se elevó más y más y quedó por fin clara en el cálido cielo de verano. El brezal se escapaba bajo ella como una pálida rodaja. Por fin, cuando podía haber pasado ya una buena hora, se elevaron ante mí compactas masas negras, como un bosque o jardín, y en breve plazo dio el camino con una verja que se erguía en un muro que corría por fuera del bosque y tenía tras de sí cimas gigantescas que se alzaban con mortal silencio en la plata del aire de la noche. En la verja había un asidero de campana, tiré, y sonó desde dentro. Al instante resonó no un ladrido, sino dos sacudidas de ese resuello profundo, decidido y curioso de los perros nobles —un brinco sordo— y el más grande y hermoso perro que en mi vida había visto se apoyaba por dentro en la verja. Se puso sobre las patas traseras, cogió con las delanteras las barras de hierro, y me miró asomándose sin producir el más mínimo ruido, como es costumbre en la manera seria de esta clase de animales. Pronto llegaron, persiguiéndose en gruñidos, aún otros dos bulldogs pelados del mismo género, más pequeños y jóvenes, y todos me miraron fijamente. Después de un rato escuché también pasos humanos acercándose, y un hombre con pelliza peluda llegó y preguntó por mi deseo. Repliqué si acaso estaba en Uwar, y di mi nombre. Debía tener instrucciones; pues inmediatamente apaciguó a los perros con palabras húngaras, y abrió después la verja.

«El señor tiene cartas de vos y os espera desde hace tiempo», dijo el hombre mientras andábamos.
«Ya le había escrito que quería ver vuestro país», respondí.
«Y lo habéis visto largo tiempo», dijo él.
«Desde luego», respondí. «¿Está despierto aún el comandante?».
«No está en casa, sino en la junta, mañana temprano cabalgará hacia aquí. Para vos ha mandado disponer tres habitaciones y dejado dicho que debíamos conduciros a ellas si llegarais en su ausencia».
«Conducidme pues a ellas».
«Bien».

Estas palabras fueron las únicas que intercambiamos en el largo camino que, en mi opinión, hicimos más bien a través de un bosque virgen que de un jardín. Abetos gigantescos se extendían hacia el cielo, y ramas de roble del grosor de un hombre acechaban en torno. El perro grande iba tranquilo a nuestro lado, los otros olisqueaban en mis ropas y se perseguían luego a veces. Habiendo recorrido así este bosquecillo, llegamos a una elevación sin árboles en la que se erguía el castillo, en la medida en que podía ahora reconocerlo, un gran edificio cuadrado. Pero esta elevación hacía subir una ancha escalera de piedra sobre la que cuajaba la más bella luz de la luna. Detrás de la escalera había un espacio algo más llano, y luego una gran verja que servía en lugar del portal de la casa. Una vez que hubimos llegado a la verja, mi acompañante dijo algunas palabras a los perros, a lo que estos volvieron disparados al jardín. Abrió entonces la verja y me condujo dentro del edificio.

En la escalera ardía luz aún y daba brillo a altas y extrañas estatuas de piedra con amplias botas y ropajes arrastrados. Puede que fueran reyes húngaros. Luego nos recibió en el primer piso un largo pasillo cubierto de esteras de caña. Caminamos a lo largo de él y subimos luego una escalera. Aquí había de nuevo un pasillo similar, y abriendo uno de los batientes de la puerta que en el mismo había, dijo mi acompañante que aquí estaban mis habitaciones. Entramos en ellas. Después de haber encendido en cada una varias velas, me deseó buenas noches y se fue. Tras un rato fueron traídos pan, vino y asado frío, luego de lo cual me fueron dadas por él, como por su antecesor, las buenas noches. Me di cuenta por ello y por el mobiliario completo de las habitaciones de que ahora permanecería solo, y fui por tanto a las puertas y me encerré.

A esto comí, e inspeccioné entretanto mi vivienda. La primera habitación, en la que fuera colocada la comida en una mesa grande, era muy espaciosa. Las velas irradiaban claridad e iluminaban todo. Los enseres eran distintos a lo que se estila entre nosotros. En medio había una larga mesa, a uno de cuyos extremos comía yo. En torno a la mesa había colocados bancos de madera de roble que realmente no parecían confortables, sino como destinados a juntas. Por lo demás tan sólo aquí y allá podía verse alguna silla. De las paredes colgaban armas de distintas épocas históricas. Puede que antaño pertenecieran a los húngaros. Había aún muchos arcos y flechas entre ellas. Además de las armas colgaban también allí ropas húngaras que se habían conservado de épocas anteriores, y luego esas de seda, holgadas, que podían haber pertenecido o bien a turcos o hasta a tártaros.

Cuando hube terminado con mi cena, fui a las dos habitaciones contiguas que seguían a esta sala. Eran más pequeñas, y tal y como había ya notado en un primer vistazo al ser introducido, amuebladas más confortablemente que la sala. Había allí sillas, mesas, armarios, enseres de aseo, útiles de escribir y todo lo que un caminante solitario puede desear en su vivienda. Incluso había libros sobre la mesa de noche, y estaban todos en lengua alemana. En cada una de las dos habitaciones se alzaba una cama, pero en lugar de colcha había extendida sobre cada una esa ancha prenda popular que llaman bunda. Habitualmente es un abrigo de piel en el que el lado áspero está vuelto hacia adentro y el blanco liso hacia afuera. Este último tiene con frecuencia toda clase de cordones, y está adornado con dibujos de colores cosidos en cuero.

Antes de echarme a dormir fui, como tengo siempre por costumbre en lugares extraños, a la ventana a mirar qué aspecto tenía fuera. No había mucho que ver. Pero sí reconocí a la luz de la luna que el paisaje no era alemán. Como otra bunda, sólo que gigantesca, se extendía abajo la mancha oscura del bosque o jardín sobre la estepa —fuera irisaba el gris del brezal— luego había toda clase de estrías, no supe si eran objetos de este mundo o capas de nubes.

Después de haber dejado que mis ojos recorrieran por un rato todas estas cosas, me aparté de nuevo, cerré las ventanas, me desvestí, fui a la primera cama y me acosté. Al estirar las pieles blancas de la bunda sobre mis cansados miembros, y al cerrar ya casi los ojos, pensé: «Así que estoy ansioso, qué de amable o feo he de vivir en esta casa». Luego me adormecí, y todo estaba muerto, lo que en mi vida había sido ya, y lo que fervorosamente deseaba que pudiera darse en la misma.



1843