martes, noviembre 12, 2019

“Tanto sudor humano”, de Raymond Queneau





Tanto sudor humano
tanta sangre gangrenada
tantas manos agotadas
tantas cadenas
tantos dientes rotos
tantos odios
tantos ojos atónitos
tantos acechados
tantos acechadores
tantas manías
tantos curas
tantas guerras y tantas paces
tantos diplomáticos y tantos capitanes
tantos reyes y tantas reinas
tantos ases y tantas jotas
tantos llantos y tantos lamentos
tantas desgracias y tantos pesares
tantas vidas que no pueden más
tantas desgracias y tantos pesares
tantos llantos y tantos lamentos
tantos ases y tantas jotas
tantos reyes y tantas reinas
tantos diplomáticos y tantos capitanes
tantas guerras y tantas paces
tantos curas
tantas manías
tantos acechadores
tantos acechados
tantos ojos atónitos
tantos odios
tantos dientes rotos
tantas cadenas
tantas manos agotadas
tanta sangre gangrenada
tanto sudor humano



en El instante fatal, 1946












lunes, noviembre 11, 2019

«Por ahora, mejor, escribe», de Thomas Harris





Si ya no tienes qué decir, no escribas.
Si ya, ahora, te dicen que la palabra
no te pertenece,
mejor escribe.
¿Qué?
Un sueño, un paisaje,
una remembranza,
la ola detenida,
una muchacha
petrificada en la ola detenida.
Una palabra que no signifique nada,
lo que sea,
si ya, ahora, si te dicen, que tu palabra,
sin más, perdió los sentidos.



Inédito, 11 de noviembre, 2019















domingo, noviembre 10, 2019

“Fobia a las fobias”, de Fernando Savater





Empecemos por descartar un tópico bobo y falso: "Todas las opiniones son respetables". Pues no, ni mucho menos. Todas las personas deben ser respetadas, eso sí, sean cuales fueren sus opiniones. Si alguien sostiene que dos y dos son cinco, no por ello debe ser encarcelado, ni ejecutado en la plaza pública (tampoco recomendado como profesor de aritmética). Pero su opinión puede y debe ser refutada, rechazada y, si viene al caso, ridiculizada.

Las opiniones o creencias no son propiedad intangible de cada cual, porque en cuanto se expresan pueden y deben ser discutidas (etimológicamente, zarandeadas como quien tira de un arbusto para comprobar la solidez de sus raíces). Todo el progreso intelectual humano viene de la discusión de opiniones santificadas por la costumbre o la superstición. En las democracias, el precio que pagamos por poder expresar sin tapujos nuestras opiniones y creencias es el riesgo de verlas puestas en solfa por otros. Nadie tiene derecho a decir que, quien lo hace, le "hiere" en lo más íntimo. Hay que aceptar la diferencia entre nuestra integridad física o nuestras posesiones materiales y las ideas que profesamos. Quien no las comparte o las toma a chufla no nos está atacando como si nos apuñalase. Al contrario, al desmentirnos es guardián de nuestra cordura, porque nos obliga a distinguir entre lo que pensamos y lo que somos. Por lo demás, recordemos a Thomas Jefferson, cuando decía, más o menos: "si mi vecino no roba mi bolsa o quiebra mi pierna, me da igual que crea en un dios, en tres o en ninguno".

Se ha puesto de moda que quienes detestan ver sus opiniones ridiculizadas o discutidas lo atribuyan a una “fobia” contra ellos. Llamarla así es una forma de convertir cualquier animadversión, por razonada que esté, en una especie de enfermedad o plaga social. Pero, como queda dicho, la fobia consiste en perseguir con saña a personas, no en rechazar o zarandear creencias y costumbres. Lo curioso es que la apelación a las "fobias" es selectiva: no he oído hablar de "nazifobia" para descalificar a quienes detestamos a los nazis, ni de "lepenfobia" para los que no quieren manifestarse por París con Marine Le Pen y sus huestes (actitud, por cierto, que me parece más fóbica que democráticamente razonable).

Pues bien, no es fobia antisemita oponerse a la polítia de Israel en Gaza, ni fobia anticatalana cuestionar las manipulaciones de los nacionalistas en Cataluña, ni fobia antivasca denunciar a ETA y sus servicios auxiliares. También sobran argumentos contra la teoría y práctica del islam, lo mismo que no faltan contra el catolicismo. Si no hubiera sido por los adversarios que no respetaron las creencias religiosas, seguiría habiendo aún sacrificios humanos.

Los semilistillos que se encrespan si se invoca un "derecho a la blasfemia" quieren un Occidente sin Voltaire o Nietzsche y comprenden que se quemase a Giordano Bruno. Si un un particular o una institución se sienten calumniados, insultados o difamados harán bien en acudir a defender su causa ante los tribunales. Pero, por favor, sin atribuir fobias a quienes les llevan la contraria, a modo de coraza que les dispense de argumentar.



en Voltaire contra los fanáticos, 2015












sábado, noviembre 09, 2019

«El poema de los cinco suspiros», de Liang-Hung

Versión de Álvaro Yunque





Trepo el monte, ¡ay!
Contemplo la capital imperial, ¡ay!
Qué palacios más altos, ¡ay!
El trabajo del pueblo es duro, ¡ay!
Y esto no tiene nunca fin, ¡ay!













viernes, noviembre 08, 2019

“La Revolución Francesa”, de Manuel González Prada





I

Hay épocas en que las naciones, sumergidas en profunda modorra, oyen y ven sin tener aliento de hablar ni fuerza para sostenerse de pie; otras épocas en que se fatigan sin avanzar un palmo, como atacadas de parálisis agitante; y otras épocas en que se regeneran con el soplo de un viento generoso, traspasan las barreras de la tradición, y caminan adelante, siempre adelante, como atraídas por irresistible imán. A estas últimas épocas pertenece la Francia de la Revolución.

Los hombres de aquellos días poseen una gloria que no supieron conquistar los revolucionarios de otras naciones ni de otros siglos: haber trabajado en provecho inmediato de la Humanidad. Es que Francia, por su carácter cosmopolita, siembra para que la tierra coseche. Los acontecimientos que en los demás países no salen de las fronteras y permanecen adheridos al terreno propio, como los minerales y vegetales, adquieren en el territorio francés la movilidad de los seres animados y se esparcen por todos los ámbitos del globo.

La revolución inglesa y la independencia norteamericana presentaron, por decirlo así, un carácter insular, fueron evoluciones locales que sólo interesaron a la dinastía de un reino y a los pobladores de un Estado; pero la Revolución Francesa vino como sacudida continental, hizo despertar a todos como toque de clarín en campamento dormido, se convirtió en la causa de todos. Con razón dijo Edgar Quinet que “si la Iglesia se llama romana y católica, la Revolución tiene legítimo derecho de llamarse francesa y universal, porque el pueblo que la hizo es el que menos la aprovecha” [Le Christianisme et la Révolution Française].

La Revolución significa ruptura con las malas tradiciones de lo pasado, golpe de muerte a los últimos restos del feudalismo y establecimiento de los poderes públicos sobre la base de la soberanía nacional. El 14 de julio muere la antigua sociedad francesa con sus privilegios y sus castas; pero el día que la Asamblea Constituyente declara, no los derechos del francés, sino los derechos del hombre, surge para la Humanidad un nuevo mundo moral: desaparece el siervo y nace el ciudadano, al derecho divino de los reyes sucede el derecho de rebelión, y el principio de autoridad pierde la aureola que le ciñeron la ignorancia y el servilismo.

Largas y tremendas luchas sostuvieron aquellos innovadores que todo lo atacaban y todo lo derribaban; pero ante nada se amilanaron, ante nada retrocedieron. Europa les apretaba con argolla de hierro, Francia misma les amagaba con explosiones intestinas; ellos rechazaban transacciones, se negaban a demandar o conceder tregua, y según la frase de Saint Just, “no recibían de sus enemigos y no les enviaban sino el plomo”. Los revolucionarios combatieron en el cráter de un volcán, rodeados de llamas, pisando un terreno movedizo que amenazaba hundirse bajo sus plantas.

Vencidas en el interior las resistencias de la nobleza y del clero, arrollados en la frontera los ejércitos de los monarcas europeos, no estaba concluida la obra; faltaba que la Revolución se pusiera en marcha, que volara de pueblo en pueblo, que dejara de ser arma defensiva para convertirse en carga ofensora. Entonces surgió Napoleón.

Como ciego de nacimiento que lleva en sus manos una antorcha, ese tirano, que no conoció respeto a la libertad ni amor a la justicia, caminó de reino en reino, propagando luz de libertad y justicia. Él divinizó la fuerza y, como nuevo Mesías de una era nueva, regeneró a las naciones con un bautismo de sangre. Fue el Mahoma de Occidente, un Mahoma sin Alá ni Corán, sin otra ley que su ambición ni otro dios que su persona. Sabía magnetizar las muchedumbres, subyugarlas con una palabra, y arrastrarlas ciegamente al pillaje y a la gloria, al crimen y al heroísmo, a la muerte y a la apoteosis. Con sus invencibles legiones se precipitaba sobre la tierra, unas veces devastando como un ciclón, otras fertilizando como una creciente del Nilo. Era el hombre del 18 Brumario, la negación de las ideas modernas, la personificación del cesarismo retrógrado; pero sus soldados llevaban de pueblo en pueblo los gérmenes revolucionarios, como los insectos conducen de flor en flor el polen fecundante. De las naciones mutiladas por las armas nacía la libertad, como la savia corre del tronco rajado por el hacha. “Los pueblos”, dice Michelet, “despertaban heridos por el hierro, mas agradecían el golpe salvador que rompía su funesto sueño y disipaba el deplorable encantamiento en que por más de mil años languidecían como bestias que pacen la yerba de los campos”.

En vano asomó la Restauración apoyada en los ejércitos de la Santa Alianza; en vano desfilaron, como espectros de otras edades, Luis XVIII, Carlos X y Luis Felipe; en vano quiso Napoleón III seguir las huellas gigantescas de Bonaparte; Francia experimentó siempre la nostalgia de la libertad y regresó a la república como a fuente de regeneración y vida.


II

La Revolución no se reduce al populacho ebrio y desenfrenado que apagaba con sarcasmos la voz de las víctimas acuchilladas en las prisiones o guillotinadas en las plazas públicas. Frente a los energúmenos que herían sin saber a quién ni por qué, como arrastrados por un vértigo de sangre, se levantaban los filósofos y reformadores que vivían soñando con la fraternidad de los pueblos y morían creyendo en el definitivo reinado de la justicia.

Si no faltaron bárbaros que ante el cadáver de un Lavoisier proclamaban que “la Revolución no necesitaba de sabios”, sobraron también hombres que, según la gráfica expresión de Víctor Hugo, buscaban “con Rousseau lo justo, con Turgot lo útil, con Voltaire lo verdadero y con Diderot lo bello”. ¿Quién no los conoce? Lalande, Lagrange, Laplace, Berthellot, Daubenton, Lamarck, Parmentier, Monge, Bailly, Condorcet, Lakanal y otros mil, pertenecen a la Revolución, brillan como estela de luz en mar de sangre.

Verdad, hubo momentos en que Francia parecía retrogradar a la barbarie; pero verdad también que tras la acción impulsiva y perjudicial, vino inmediatamente la reacción meditada y reparadora. La Revolución, la buena Revolución, se mostró siempre inteligente: fue movimiento libre de hombres pensadores, no arranque ciego de multitudes inconscientes.

1889



en Pensamiento y librepensamiento, 2004












jueves, noviembre 07, 2019

«Credo anarquista», de Armando Roa Vial






Se puede ser un anarquista por omisión. Cuando la distancia hacia los credos ideológicos tradicionales se hace insalvable pero aún se conserva una esperanza lo suficientemente plástica, no cínica, en la fragua de la experiencia mancomunada como rito de paso en la configuración de la persona y su destino individual. Y digo anarquista, aunque también podría extender su fisonomía a la del anarca, acuñada por Ernst Jünger a través de su personaje Manuel Venator, por más que Jünger insista en distinguirlos con argumentos discutibles que en ocasiones, incluso, rayan la trajinada caricatura del anarquista como apóstol de la violencia. Entre el optimismo escrupuloso (tomo la expresión de Roger Scruton) y el pesimismo luminoso, el anarquismo ondea en un paisaje variopinto y hasta caleidoscópico: están los anarquistas clásicos, de estampa anarcocomunista, como Bakunin y el príncipe Kropotkin; están asimismo los anarquistas cristianos de la escuela de León Tolstoi o Jacques Ellul; los anarquistas individualistas en la línea de Thoreau o del heterodoxo Max Stirnes. Si hurgamos más encontramos anarquistas conservadores, como Orwell y Borges e incluso anarcocapitalistas. Hasta en la filosofía de la ciencia hay quienes sostienen un anarquismo epistémico, como Paul Feyerabend. El anarquista genuino descree del institucionalismo de la autoridad, de la parafernalia burocrática del poder, no de la autoridad en sí misma; por eso es un hombre más de principios que de reglas, más de convicciones que de imposiciones: la legalidad para él sólo es plenamente legal al estar también investida de legitimidad. Se diferencia del liberal al postular esa singularidad no cuantificable que es la persona, en su fisonomía anímica única e irreductible, en esa última soledad de la que hablaba Duns Scoto, ajena al comercio humano, a diferencia del concepto de individuo, una noción estadística e intercambiable; su ideal de libertad, por lo mismo, es una categoría moral, no económica: voluntad inalienable de ser desde la gratuidad de la existencia, más allá de cualquier consideración utilitaria; las necesidades están al servicio del hombre, no el hombre al servicio de sus necesidades. La voluntad de ser no pasa por ver en el otro una fuente de competencia, sino de completitud y sentido: somos esa suma de rostros que trabajan el nuestro. La vida, como el lenguaje, es transitiva. La desconfianza instintiva del anarquista a las abstracciones, lo aleja de los socialismos marxistas, al dictado de leyes donde resuena un providencialismo que hace del hombre una pieza de relojería gobernada inexorablemente por los resortes de las estructuras económicas; ese profetismo fatalista le resulta sospechoso, como también el arbitrio de las necesidades puramente materiales en la configuración del destino personal. Y es que la naturaleza humana, modelada por la fineza de lo irreductible, no puede ser encerrada bajo ninguna camisa de fuerza; sus cualidades no se agotan en un esquematismo mecánico. La igualdad de oportunidades, para el anarquista, no significa nivelación, sino reconocimiento a la infinita diversidad de los seres en sus potencialidades; sin libertad, esa igualdad es una pátina homogeneizante que ahoga las particularidades donde relumbra el esplendor creativo de lo humano. La existencia no puede ser tarificada ni por el Estado ni por la mano invisible del mercado. Por eso el anarquista adopta la máxima kantiana que distingue entre ser acreedor de una dignidad o ser acreedor de un precio; o lo uno o lo otro, sin confusiones ni ambigüedades. Dignidad, decía Kant, es el atributo de lo irremplazable y, por lo mismo, de aquello que no puede ser ponderado como valor de cambio. Las dignidades no se transan ni obsolescen; ajenas a dividendos y liquideces, se yerguen impolutas frente al tráfago de las ganancias y las pérdidas. En esto el anarquista es inflexible y su rebeldía es un expediente moral; de hecho, se sabe un moralista porque así como la libertad genuina no puede demandarle sino devoción, sus falsificaciones le despiertan repugnancia. “La anarquía –afirmaba Michael McClure- conduce a una perfecta disciplina”. La libertad es una ética y una ascética; su ejercicio genuino y riguroso enfrenta al reto de vislumbrar en el otro, el que está más allá de mí, no un limite anulador sino una potencia configuradora: sólo donde otro es, despunta un “yo soy” con entidad maciza, forjando la impronta de una huella. El salto al otro es, a la larga, un salto a uno mismo mismo. Es en ese juego de alteridades donde se funda lo social y lo público, no en la maquinaria oxidada de una institucionalidad opresora. Y es que la ascésis ácrata es hija de eros, no del miedo. La libertad es un bien intrínseco porque ella es el relicario de las afinidades electivas que terminan por esculpir la unicidad de la experiencia humana, dejando irradiar lo inédito de una mirada, de un gesto, de una voz. El historiador George Howard Cole decía que “los anarquistas eran anarquistas porque no creían en un mundo anárquico”. Esta frase resume de manera contundente y desmitificadora el sentir más hondo del pensamiento libertario. A despecho de libelos y difamaciones, los escritos de un Bakunin, un Camus o un Thoreau, más allá de cualquier divergencia filosófica, rimando la tinta con la sangre, destilan una mirada donde lo humano asoma limpio de las evasiones de la teoría o de las mañosas manipulaciones de la ideología: es la vida que se se sabe fiel a sí misma en su sabiduría cruda y hasta salvaje, milagrosa en su acontecer y misteriosa en su destino, cocida a fuego lento por el sentido común, no carcomida por la codicia, que añora más el afecto que el efecto, que ensaya en su día a día un retorno a lo simple, que celebra la apoteosis de lo ínfimo como si se tratara de una epifanía, que ambiciona despojarse de toda ambición, a la manera del inolvidable Platón Karataiev de La Guerra y la Paz, el más anarquista de los tolstoianos y el más tolstoiano de los anarquistas.





2019
























miércoles, noviembre 06, 2019

“Poeta, es decir, revolucionario”, de Benjamin Péret





Si se busca el significado original de la poesía, hoy disimulada bajo los mil oropeles de la sociedad, se constata que ella es el verdadero aliento del hombre, la fuente de todo conocimiento y ese conocimiento en su aspecto más inmaculado. En ella se condensa toda la vida espiritual de la humanidad desde que comenzó a tomar conciencia de su naturaleza; en ella palpitan ahora sus más elevadas creaciones y, tierra siempre fecunda, conserva perpetuamente en reserva los cristales incoloros y las cosechas de mañana. Divinidad tutelar de mil caras, aquí denominada amor, la libertad, en otras partes la ciencia. Ella permanece omnipotente, hierve en la narrativa mítica de los esquimales, hace eclosión en la carta de amor, ametralla al pelotón de ejecución que fusila al obrero exhalando un último suspiro de revolución social, y por ende de libertad, chispea en el descubrimiento del científico, palidece hasta en las más estúpidas producciones que la invocan y su recuerdo, elogio al que le agradaría ser fúnebre, traspasa incluso las palabras momificadas del cura, su asesino, a quien el fiel escucha, buscándola, ciego y sordo, en el túmulo del dogma en el que ella no es más que polvo falaz.

Sus innumerables detractores, verdaderos y falsos curas, más hipócritas que los sacerdotes de las iglesias, falsos testimonios de todos los tiempos, la acusan de ser un medio de evasión, de fuga frente a la realidad, como si ella no fuese la realidad misma, su esencia y su exaltación. Sin embargo, incapaces de concebir la realidad en su conjunto y sus complejas relaciones, sólo quieren verla bajo su aspecto más inmediato y sórdido. Sólo perciben el adulterio sin experimentar nunca el amor, el avión de bombardeo sin acordarse de Ícaro, la novela de aventuras sin comprender la aspiración poética permanente, elemental y profunda, que ella tiene la vana ambición de satisfacer. Desprecian el sueño en provecho de su realidad como si el sueño no fuese uno de sus aspectos, y el más emocionante; exaltan la acción en detrimento de la meditación como si la primera sin la segunda no fuese un deporte tan insignificante como todo deporte. Antaño, ellos oponían el espíritu a la materia, su dios al hombre; hoy, defienden la materia contra el espíritu. De hecho, es la intuición contra lo que se lanzan, en provecho de la razón, sin que recuerden de dónde brota esa razón.

Los enemigos de la poesía tuvieron siempre la obsesión de someterla a sus fines inmediatos, aplastarla bajo su dios o, ahora, encadenarla a la nobleza de la nueva divinidad negra o “roja” –roja oscura de sangre seca– todavía más sangrienta que la antigua. Para ellos, la vida y la cultura se resumen en útil e inútil, dándose por sobreentendido que lo útil asume la forma de un pico manipulado en su beneficio. Para ellos, la poesía es el lujo del rico, aristócrata o banquero, y si ella quisiera tornarse “útil” a la masa debe resignarse al destino de las artes “aplicadas”, “decorativas”, “domésticas”, etcétera. Instintivamente sienten que ella es el punto de apoyo exigido por Arquímedes, y temen que, una vez levantado, el mundo vuelva a caer sobre sus cabezas. De allí resulta la ambición de rebajarla, retirarle toda eficacia, todo valor de exaltación para darle el papel hipócritamente consolador de una hermana de la caridad.

Pero el poeta no debe alimentar en los otros una ilusoria esperanza humana o celeste, ni desarmar los espíritus insuflándoles una confianza sin límite en un padre o en un jefe contra el cual toda crítica se torna sacrílega. Muy por el contrario, a él le cabe pronunciar las palabras siempre sacrílegas y las blasfemias permanentes. El poeta debe, más que ninguna otra cosa, tomar conciencia de su naturaleza y de su lugar en el mundo. Inventor para el cual el descubrimiento no es sino el medio de alcanzar un nuevo descubrimiento, debe combatir sin tregua a los dioses paralizantes encarnizados en mantener al hombre en su servidumbre con respecto a las fuerzas sociales y a la divinidad que se complementan mutuamente. Él será, sin embargo, revolucionario, pero no de aquellos que se oponen al tirano de hoy, nefasto a sus ojos porque perjudica sus intereses, para vanagloriar la excelencia del opresor de mañana del que ya se constituirán en servidores. No, el poeta lucha contra toda opresión: la del hombre por el hombre, inicialmente, y la opresión de su pensamiento por los dogmas religiosos, filosóficos o sociales. Él combate para que el hombre alcance un conocimiento siempre perfectible de sí mismo y del universo. De esto no se deriva que desee colocar a la poesía al servicio de una acción política, incluso revolucionaria. No obstante, su cualidad de poeta hace de él un revolucionario que debe combatir en todos los terrenos: el de la poesía por los medios propios de ésta y en el terreno de la acción social, sin confundir jamás estos dos campos de acción, so pena de establecer la confusión que se trata de disipar y, por lo tanto, a dejar de ser poeta, esto es, revolucionario.



en El deshonor de los poetas, 2006

Originalmente en Le Deshonneur Des Poètes, 1945












martes, noviembre 05, 2019

«Invasión militar», de José Santos Chocano







El soldado invasor profanó todo
desbocado el raudal nada respeta
La sangrienta i calada bayoneta
vibró en las manos del guerrero beodo

Fue el diluvio de sangre. El mismo lodo
saltó a la voz de la infernal trompeta,
i la sangre ¡ai! en la batalla inquieta
sobre todas las cumbres subió un codo

El invasor lanzóse por la aldea,
con el kepis ladeado, el rifle al hombro
i la embriaguez febril de la pelea,

i cantando el cantar del vilipendio,
amontonó los versos del Escombro
i elevó la Epopeya del incendio















lunes, noviembre 04, 2019

“Relaciones”, de José Leandro Urbina





Él me dijo que yo era un alarmista y yo le dije que estaba ciego. Me dijo que si fuera así, los más altos personeros sabrían cumplir con su deber y que no había que preocuparse. Le dije que su posición era típica de los que creen que todo se resuelve por arriba y que me parecía tremendamente irresponsable. Me dijo que más irresponsable era andar tirando mierda y sembrando dudas.  Le dije que era una cagada conducir a la gente al matadero utilizando la mentira blanca de un proyecto ideológico añejo. Me dijo que actitudes como la mía conducirían a una catástrofe y que algún día seríamos juzgados. Yo le dije finalmente que se fuera a la chucha. No volvimos a hablar desde ese día.

Ayer supe que estaba en la celda de al lado, y hoy en la mañana lo vi cuando nos sacaron al patio. No nos saludamos, pero sé que me miraba. Yo también lo observé de reojo. Su salud parece deteriorada, igual que la mía.



en Las malas juntas, 2010












domingo, noviembre 03, 2019

“La balada de los esqueletos”, de Allen Ginsberg





Dijo el esqueleto presidencial
“No firmaré el proyecto”
Dijo el esqueleto del vocero
“Sí, lo harás”

Dijo el esqueleto representativo
“Yo me opongo”
Dijo el esqueleto de la Corte Suprema
“¿Qué esperabas?”

Dijo el esqueleto militar
“Compren bombas de estrellas”
Dijo el esqueleto de la clase alta
“Hambre para las madres solteras”

Dijo el esqueleto de Yahoo
“Dejen el arte obsceno”
Dijo el esqueleto del ala derecha
“Olvídate de tu corazón”

Dijo el esqueleto gnóstico
“La forma humana es divina”
Dijo el esqueleto de la mayoría moral
“No, no es mía”

Dijo el esqueleto de Buda
“La compasión es riqueza”
Dijo el esqueleto corporativo
“Es malo para la salud”

Dijo el viejo esqueleto de Cristo
“Cuidad a los pobres”
Dijo el esqueleto del Hijo de Dios
“El SIDA requiere cura”

Dijo el esqueleto homofóbico
“La gente gay apesta”
Dijo el esqueleto del Patrimonio Nacional
“Los negros no tienen suerte”

Dijo el esqueleto machista
“Las mujeres en su lugar”
Dijo el esqueleto fundamentalista
“Multiplicad la raza humana”

Dijo el esqueleto del Derecho a la Vida
“El feto tiene alma”
Dijo el esqueleto proaborto
“Empújalo por tu agujero”

Dijo el esqueleto reducido
“Los robots tienen mi trabajo”
Dijo el esqueleto de mano dura
“Lacrimógenas a la turba”

Dijo el esqueleto del gobernador
“Supriman el almuerzo escolar”
Dijo el esqueleto del alcalde
“Cómanse la crisis de presupuesto”

Dijo el esqueleto Neoconservador
“¡Homeless, fuera de la calle!”
Dijo el esqueleto del libre mercado
“Úsalos como carne”

Dijo el esqueleto del think tank
“El libre mercado es el camino”
Dijo el esqueleto de Ahorro y Préstamo
“Que el Estado pague”

Dijo el esqueleto de Chrysler
“Paga por ti y por mí”
Dijo el esqueleto de la Fuerza Nuclear
“& yo & yo & yo”

Dijo el esqueleto ecológico
“Mantén el cielo azul”
Dijo el esqueleto multinacional
“¿Cuánto vale para ti?”

Dijo el esqueleto del TLCAN
“Hazte rico, libre comercio”
Dijo el esqueleto de la maquiladora
“Tiendas sudorosas, mal pagadas”

Dijo el rico esqueleto del GATT
“Un mundo, alta tecnología”
Dijo el esqueleto de la clase baja
“Que te den una buena”

Dijo el esqueleto del Banco Mundial
“Corta tus árboles”
Dijo el esqueleto FMI
“Compra queso americano”

Dijo el esqueleto subdesarrollado
“Mándame arroz”
Dijo el esqueleto desarrollado
“Vende tus huesos por un centavo”

Dijo el esqueleto del Ayatolá
“Muere, escritor, muere”
Dijo el esqueleto de Joe Stalin
“Eso no es mentira”

Dijo el esqueleto petroquímico
“Rugid, bombas, rugid”
Dijo el esqueleto psicodélico
“Fuma un dinosaurio”

Dijo el esqueleto de Nancy
“Solo di no
Dijo el esqueleto rasta
“Chupa, Nancy, chupa”

Dijo el esqueleto demagogo
“No fumes marihuana”
Dijo el esqueleto alcohólico
“Que se te pudra el hígado”

Dijo el esqueleto drogadicto
“¿Consigamos una dosis?”
Dijo el esqueleto del Gran Hermano
“Cárcel a los sucios pinchazos”

Dijo el esqueleto del espejo
“¡Hey, chico guapo!”
Dijo el esqueleto de la silla eléctrica
“Eh, ¿qué comemos hoy?”

Dijo el esqueleto del talkshow
“Jódete en la cara
Dijo el esqueleto de valores de la familia
“Mi familia valora la maza”

Dijo el esqueleto del New York Times
“Eso no es adecuado para imprimirlo”
Dijo el esqueleto de la CIA
“¿Puedes repetirlo?”

Dijo el esqueleto de la transmisión en cadena
“Cree mis mentiras”
Dijo el esqueleto publicitario
“¡No seas sensato!”

Dijo el esqueleto de los medios
“Créeme”
Dijo el esqueleto adicto a la televisión
“¿Lo que me preocupa?”

Dijo el esqueleto de TV
“Come bocados de sonidos”
Dijo el esqueleto del noticiero
“Eso es todo, buenas noches”



en Muerte y fama, 2000

Traducción de Mario Spachiaro



“The ballad of the skeletons”



Said the Presidential skeleton / I won’t sign the bill / Said the Speaker skeleton / Yes you will // Said the Representative skeleton / I object / Said the Supreme Court skeleton / Whaddya expect // Said the Military skeleton / Buy Star Bombs / Said the Upperclass skeleton / Starve unmarried moms // Said the Yahoo skeleton / Stop dirty art / Said the Right Wing skeleton / Forget about yr heart // Said the Gnostic skeleton / The Human Form’s divine / Said the Moral Majority skeleton / No it’s not it’s mine // Said the Buddha skeleton / Compassion is wealth / Said the Corporate skeleton / It’s bad for your health // Said the Old Christ skeleton / Care for the Poor / Said the Son of God skeleton / AIDS needs cure // Said the Homophobe skeleton / Gay folk suck / Said the Heritage Policy skeleton / Blacks’re outta luck // Said the Macho skeleton / Women in their place / Said the Fundamentalist skeleton / Increase human race // Said the Right-to-Life skeleton / Foetus has a soul / Said Pro-choice skeleton / Shove it up your hole // Said the Downsized skeleton / Robots got my job / Said the Tough-on-Crime skeleton / Tear-gas the mob // Said the Governor skeleton / Cut school lunch / Said the Mayor skeleton / Eat the budget crunch // Said the Neo-Conservative skeleton / Homeless off the street! / Said the Free Market skeleton / Use ’em up for meat // Said the Think Tank skeleton / Free Market’s the way / Said the S&L skeleton / Make the State pay // Said the Chrysler skeleton / Pay for you & me / Said the Nuke Power skeleton / & me & me & me // Said the Ecologic skeleton / Keep Skies blue / Said the Multinational skeleton / What’s it worth to you? // Said the NAFTA skeIeton / Get rich, Free Trade, / Said the Maquiladora skeleton / Sweat shops, low paid // Said the rich GATT skeleton / One world, high tech / Said the Underclass skeleton / Get it in the neck // Said the World Bank skeleton / Cut down your trees / Said the I.M.F. skeleton / Buy American cheese // Said the Underdeveloped skeleton I / Send me rice / Said Developed Nations’ skeleton / Sell your bones for dice // Said the Ayatollah skeleton / Die writer die / Said Joe Stalin’s skeleton / That’s no lie // Said the Petrochemical skeleton / Roar Bombers roar! / Said the Psychedelic skeleton / Smoke a dinosaur // Said Nancy’s skeleton / Just say No / Said the Rasta skeleton / Blow Nancy Blow // Said Demagogue skeleton / Don’t smoke Pot / Said Alcoholic skeleton / Let your liver rot // Said the Junkie skeleton / Can’t we get a fix? / Said the Big Brother skeleton / Jail the dirty pricks // Said the Mirror skeleton / Hey good looking / Said the Electric Chair skeleton / Hey what’s cooking? // Said the Talkshow skeleton / Fuck you in the face / Said the Family Values skeleton / My family values mace // Said the N.Y. Times skeleton / That’s not fit to print / Said the C.I.A. skeleton / Cantcha take a hint? // Said the Network skeleton / Believe my lies / Said the Advertising skeleton / Don’t get wise! // Said the Media skeleton / Believe you me / Said the Couch-Potato skeleton / What me worry? // Said the TV skeleton / Eat sound bites / Said the Newscast skeleton / That’s all Goodnight