miércoles, agosto 21, 2019

“Cuando bajo del mar hacia la tierra...”, de Stella Díaz Varín





¡Ah, se invierte el invierno en mediodía!
Casi, como viniendo de aguas primeras.
Exabrupto del trébol,
cuatro hojas hacia el viento;
bajo el alero ladran flores oscuras.

Cuando uno desde la mano se aproxima,
ya nada ni el amor parece cosa del demonio.
Sabes que todos esperan algo,
una carta alentadora,
una noche sin dormir.
-Las preocupaciones también
son obra del demonio-.

Y parece mentira.
Bajar desde la cumbre agonizando
como rodado intencional
y caer en la cabaña de un pastor protestante.

Después de todo
eres tan solo
como una perdiz, en busca de sus polluelos.
Nada te consiente sino la planta de cicuta
que todos cortan y siempre vive
porque tiene doble corazón.

Ahora
que ya nada me separa
del sabor que experimenta la hoja
cuando le cae encima la mirada del hombre;
me despido de la virtud como de una vieja amiga
y existo entre los malhechores,
entre los profanadores de tumbas.
Y soy un dios de carne y hueso
para los espantapájaros.



en Tiempo, medida imaginaria, 1959











martes, agosto 20, 2019

«Nefertiti», de Zbigniew Herbert

Versión de Juan Carlos Villavicencio






Qué pasa con el alma
luego de tanto amor

ay, no es un pájaro enorme
batiendo sus alas blancas cada
noche hasta el amanecer

una mariposa
voló desde la boca
de la difunta Nefertiti
una mariposa
como un respiro
multicolor

cuán lejos el camino desde
el último respiro hasta
la más cercana eternidad

la mariposa vuela sobre la cabeza
de la difunta Nefertiti
ella la cubre con un capullo
de seda

Nefertiti
larva
cuán larga la espera
para que partas
para que batas las alas
que te llevarán
a aquel día
a aquella noche

por encima de todas las puertas del abismo
por encima de todos los acantilados del cielo





en Hermes, pies i gwiazda, 1957













Nefertiti

Co stało się z duszą po / tylu miłościach // ach to już nie ptak olbrzymi / białymi skrzydłami bijący do / świtu każdej nocy // motyl / wyleciał przez usta / umarłej Nefertiti / motyl / jak kolorowy / oddech // jakże daleka jest droga od / ostatniego westchnienia do / najbliższej wieczności // lata motyl nad głową / umarłej Nefertiti / osnuwa ją w kokon / jedwabny // Nefertiti / larwo / jak długo czekać / na twój odlot / na uderzenie skrzydeł / które poniesie ciebie / w dzień – jeden / w noc – jedną // nad wszystkie bramy przepaści / nad wszystkie urwiska niebios







lunes, agosto 19, 2019

“Deseos”, de Grace Paley





Vi a mi exmarido en la calle. Estaba sentada en las escaleras de la nueva biblioteca.

Hola, mi vida, dije. Habíamos estado casados veintisiete años, así que me sentía justificada.

Él dijo, ¿Qué? ¿Qué vida? La mía desde luego que no.

Y yo, Bueno. No discuto cuando hay verdadera discrepancia. Me levanté y entré en la biblioteca a ver cuánto debía.

La bibliotecaria dijo que treinta y dos dólares en total, y lleva usted debiéndolos dieciocho años. No negué nada. Porque no entiendo cómo pasa el tiempo. He tenido esos libros. He pensado con frecuencia en ellos. La biblioteca sólo queda a dos calles.

Mi exmarido me siguió a la sección de devolución de libros. Interrumpió a la bibliotecaria, que tenía más que decir. En varios sentidos, dijo, cuando miro hacia atrás, atribuyo la disolución de nuestro matrimonio al hecho de que nunca invitaste a cenar a los Bertram.

Es posible, dije. Pero, en realidad, si recuerdas: primero, mi padre estaba enfermo aquel viernes, luego nacieron los niños, luego tuve aquellas reuniones de los martes por la noche, luego empezó la guerra. Luego, era como si ya no les conociésemos. Pero tienes razón. Debería haberles invitado a cenar.

Entregué a la bibliotecaria un cheque de treinta y dos dólares. Confió plenamente en mí, se echó a la espalda mi pasado, dejó limpio mi expediente, que es exactamente lo que jamás harán las otras burocracias municipales y/o estatales.

Pedí prestados de nuevo los dos libros de Edith Wharton que acababa de devolver, porque hacía mucho tiempo que los había leído y ahora son más oportunos que nunca. Los libros eran The House of Mirth y The Children, que trata de cómo cambió la vida de Estados Unidos en Nueva York en veintisiete años, hace cincuenta.

Una cosa agradable que recuerdo muy bien es el desayuno, dijo mi exmarido. Me sorprendió. Nunca tomábamos más que café. Luego recordé que había un agujero en la pared del armario de la cocina que daba al apartamento contiguo. Allí siempre tomaban tocino ahumado, curado con azúcar. Daba una sensación majestuosa a nuestro desayuno, aunque nosotros nunca llegáramos a quedar satisfechos.

Eso fue cuando éramos pobres, dije.

¿Es que alguna vez fuimos ricos?, preguntó.

Bueno, con el paso del tiempo, a medida que nuestras responsabilidades aumentaron, ya no pasamos necesidades ni apuros. Tú lograste resolver los problemas económicos, le recordé. Los niños iban de campamentos cuatro semanas al año y llevaban ponchos decentes, con sacos de dormir y botas, como todos los demás. Tenían un aspecto espléndido. Nuestra casa estaba temperada en invierno, teníamos unos cojines rojos muy lindos, y muchas otras cosas.

Yo quería un barco de vela, dijo. Pero tú no querías nada.

No te mortifiques, dije. Nunca es demasiado tarde.

¡No!, dijo con gran amargura. Puedo conseguir un barco de vela. La verdad es que tengo el dinero suficiente para un velero. Me ha ido muy bien este año, y creo que será aún mejor. En cuanto a ti, es demasiado tarde. Tú nunca desearás nada.

A lo largo de aquellos veintisiete años mi exmarido había tenido la costumbre de hacer comentarios hirientes que, como el desatascador del gásfiter, se abrieran paso oído abajo, bajaran por la garganta y llegaran hasta mi corazón. Y entonces desaparecía y me dejaba con aquella sensación de opresión que casi me ahogaba. Lo que quiero decir es que me senté en las escaleras de la biblioteca y él se fue.

Eché un vistazo a The House of Mirth, pero perdí interés. Me sentía sumamente acusada. Qué le vamos a hacer, es verdad, ando escasa de deseos y de necesidades absolutas. Pero la verdad es que hay cosas que quiero.

Quiero, por ejemplo, ser una persona distinta. Quiero ser la mujer que devuelve esos dos libros en dos semanas. Quiero ser la ciudadana eficaz que cambia el sistema escolar y comunica al Comité de Presupuestos los problemas de este querido centro urbano.

Había prometido a mis hijos poner fin a las guerras antes de que fueran mayores.

Hubiera querido estar casada para siempre con la misma persona, ya fuera mi exmarido, o mi marido actual. Cualquiera de los dos tiene suficiente personalidad para llenar una vida, lo cual, si bien se mira, tampoco es tanto tiempo. En una vida breve no puedes agotar las cualidades del hombre ni meterte debajo de la roca de sus argumentos.

Esta mañana, precisamente, me asomé a la ventana para mirar un rato la calle y vi que los pequeños sicomoros que el ayuntamiento había plantado soñadoramente un par de años antes de que nacieran los niños, habían llegado a su plenitud.

¡Bueno! Decidí devolver aquellos dos libros a la biblioteca. Lo cual demuestra que, cuando surge una persona o un acontecimiento que me conmueve o me hace darme cuenta de mi propia valía, soy capaz de obrar de la manera adecuada, aunque sea más conocida por mis comentarios afables.



en Enormes cambios en el último minuto, 1974











domingo, agosto 18, 2019

«Regreso al infinito», de Christian Kupchik






I

Nunca terminas nada.
El reproche cae con la contundencia
lívida de una lápida.
Bien mirado, podría ser la firma final
del mejor epitafio:

Aquí yace un hombre 
                                          Que nunca termina nada.




II

Parménides miraba la permanente lluvia
y pensó que en el principio fue lo interminable.
El aura del fragmento, la interrupción, lo incompleto,
crecen en el jardín de lo continuo.
No hay paraguas protectores.
Las metamorfosis, las enfermedades, las pasiones,
son rememoraciones sin memoria.
Vivimos en el recuerdo de la amnesia.
Vivimos alimentados por un río de intrigas desbordadas
que como algas carnívoras nos rodea,
nos devora, nos devuelve.



en Los colores de la vigilia, 2017









Fotografía original de Verónica Martínez
























sábado, agosto 17, 2019

“Flores de ciruelos”, de Wang Anshi





En un rincón del patio,
crecen varios ciruelos.
Florecen solos,
en pleno invierno.
¿Será la nieve
aquello que se vislumbra
y brilla esta noche?
No, pues percibo
la fragancia de las flores.



en Poesía clásica china, 2001











viernes, agosto 16, 2019

«Los búfalos que comían flores», de Vachel Lindsay

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Los búfalos que comían flores de primavera
En los días que pasaron hace tanto,
Deambulaban donde la locomotora canta
Y donde las flores de la pradera yacen escondidas: –
La perfumada hierba que florece y se agita
Es borrada del mapa por el trigo,
Ruedas y ruedas y ruedas giran
Por la primavera que es dulce todavía.
Pero los búfalos que comen flores de primavera
Nos dejaron hace mucho tiempo.
Ya no cornean, ya no braman,
Ya no deambulan pesados por las colinas:
Con los Pies Negros, yacen escondidos,
Con los Pawnees, yacen escondidos,
Yacen escondidos.




en Going-to-the-Stars, 1926














The Flower-Fed Buffaloes

The flower-fed buffaloes of the spring / In the days of long ago, / Ranged where the locomotives sing / And the prairie flowers lie low:— / The tossing, blooming, perfumed grass / Is swept away by the wheat, / Wheels and wheels and wheels spin by / In the spring that still is sweet. / But the flower-fed buffaloes of the spring / Left us, long ago. / They gore no more, they bellow no more, / They trundle around the hills no more:— / With the Blackfeet, lying low, / With the Pawnees, lying low, / Lying low.














jueves, agosto 15, 2019

“Las abluciones de don Rigoberto”, de Mario Vargas Llosa





Don Rigoberto entró al cuarto de baño, corrió el pestillo y suspiró. Instantáneamente se apoderó de él una sensación placentera y gratificante, de alivio y expectación: en esta solitaria media hora sería feliz. Lo era cada noche, algunas veces más, otras menos, pero el puntilloso ritual que había ido perfeccionando a lo largo de años, como un artista que pule y remacha su obra maestra, nunca dejaba de operar el milagroso efecto: descansarlo, reconciliarlo con sus semejantes, rejuvenecerlo, animarlo. Cada vez salía del cuarto de baño con la sensación de que, a pesar de todo, la vida valía la pena de vivirse. Por eso, no había dejado de celebrarlo jamás, desde que —¿hacía cuánto de esto?— tuvo la ocurrencia de ir transformando lo que para el común de los mortales era una rutina que ejecutaban con inconsciencia de máquinas —cepillarse los dientes, enjuagarse, etcétera— en un quehacer refinado que, aunque fuera por un tiempo fugaz, hacía de él un ser perfecto.

De joven había sido militante entusiasta de Acción Católica y soñado con cambiar el mundo. Pronto comprendió que, como todos los ideales colectivos, aquél era un sueño imposible, condenado al fracaso. Su espíritu práctico lo indujo a no malgastar el tiempo librando batallas que tarde o temprano iba a perder. Entonces, conjeturó que el ideal de perfección acaso era posible para el individuo aislado, constreñido a una esfera limitada en el espacio (el aseo o santidad corporal, por ejemplo, o la práctica erótica) y en el tiempo (las abluciones y esparcimientos nocturnos de antes de dormir).

Se quitó la bata, la colgó detrás de la puerta y, desnudo, sólo con las zapatillas puestas, fue a sentarse en el excusado, al que separaba del resto del baño un biombo laqueado con unas figurillas danzantes de color celeste. Su estómago era un reloj suizo: disciplinado y puntual se vaciaba siempre a estas horas, totalmente y sin esfuerzo, como dichoso de desembarazarse de las pólizas y rémoras del día. Desde que, en la más secreta decisión de su vida —tanto que probablemente ni Lucrecia llegaría a conocerla a cabalidad— decidió, por un breve fragmento de cada jornada, ser perfecto, y elaboró esta ceremonia, no había vuelto a experimentar los asfixiantes estreñimientos ni las desmoralizadoras diarreas.

Don Rigoberto entrecerró los ojos y pujó, débilmente. No hacía falta más: sintió al instante el cosquilleo bienhechor en el recto y la sensación de que, allí adentro, en las oquedades del bajo vientre, algo sumiso se disponía a partir y enrumbaba ya por aquella puerta de salida que, para facilitarle el paso, se ensanchaba. Por su parte, el ano había empezado a dilatarse, con antelación, preparándose a rematar la expulsión del expulsado, para luego cerrarse y enfurruñarse, con sus mil arruguitas, como burlándose: «Te fuiste, cachafaz, y nunca más volverás».

Don Rigoberto sonrió, contento. «Cagar, defecar, excretar, ¿sinónimos de gozar?», pensó. Sí, por qué no. A condición de hacerlo despacio y concentrado, degustando la tarea, sin el menor apresuramiento, demorándose, imprimiendo a los músculos del intestino un estremecimiento suave y sostenido. No había que ir empujando sino guiando, acompañando, escoltando graciosamente el desliz de los óbolos hacia la puerta de salida. Don Rigoberto volvió a suspirar, los cinco sentidos absortos en lo que ocurría dentro de su cuerpo. Casi podía ver el espectáculo: aquellas expansiones y retracciones, esos jugos y masas en acción, todos ellos en la tibia tiniebla corporal y en un silencio que de cuando en cuando interrumpían asordinadas gárgaras o el alegre vientecillo de un cuesco. Oyó, por fin, el discreto chapaleo con que el primer óbolo desinvitado de sus entrañas se sumergía —¿flotaba, se hundía?— en el agua del fondo de la taza. Caerían tres o cuatro más. Ocho era su marca olímpica, resultado de algún almuerzo exagerado, con homicidas mezclas de grasas, harinas, almidones y féculas rociadas de vinos y alcoholes. Habitualmente desalojaba cinco óbolos; partido el quinto, luego de unos segundos de espera para dar a músculos, intestinos, ano, recto, el tiempo debido a fin de que recobraran sus posiciones ortodoxas, lo invadía ese íntimo regocijo del deber cumplido y la meta alcanzada, la misma sensación de limpieza espiritual que lo poseía de niño, en el colegio de La Recoleta, después de confesar sus pecados y cumplir la penitencia que le imponía el padre confesor.

«Pero limpiar el vientre es mucho menos incierto que limpiar el alma», pensó. Su estómago estaba limpio ahora, no cabía duda. Entreabrió las piernas, agachó la cabeza y espió: esos volúmenes cilíndricos y parduzcos, semiahogados en la taza de loza verde, lo probaban. ¿Qué confesado podía, como él ahora, ver y (si lo deseaba) palpar las inmundicias pestilentes que el arrepentimiento, la confesión, la penitencia y la misericordia de Dios retiraban del alma? Cuando era creyente practicante —ahora sólo era lo primero— nunca lo abandonó la sospecha de que, pese a la confesión, no importa cuán prolija fuera, algo de suciedad quedaba colado a las paredes del alma, algunas manchitas rebeldes y tenaces que la penitencia no conseguía deshacer.

Era, por lo demás, una sensación que tenía a veces, aunque más menguada y sin angustia, desde que leyó en una revista cómo purificaban sus intestinos los jóvenes novicios de un monasterio budista en la India. La operación constaba de tres ejercicios gimnásticos, una cuerda y un bacín para las deposiciones. Tenía la simplicidad y claridad de los objetos y los actos perfectos, como el círculo y el coito. El autor del texto, un profesor belga de yoga, había practicado con ellos durante cuarenta días para dominar la técnica. La descripción de los tres ejercicios mediante los cuales los novicios precipitaban la evacuación no era, sin embargo, lo bastante clara como para figurársela de manera integral e imitarla. El profesor de yoga aseguraba que mediante aquellas tres flexiones, torsiones y giros el estómago desleía todas las impurezas y sobrantes de la dieta (vegetariana) a que estaban sometidos los novicios. Cumplida esa primera etapa de purificación de los vientres, los jóvenes —con cierta melancolía, don Rigoberto imaginó sus cráneos rapados y sus austeros cuerpecillos cubiertos por una túnica color azafrán o acaso nieve— procedían a asumir la postura adecuada: blandos, ladeados, las piernas ligeramente separadas y la planta de los pies bien asentada en el suelo para no moverse un solo milímetro mientras su cuerpo —ofidio que deglute lentamente el interminable gusanillo— absorbía, por contracciones peristálticas, aquella cuerda que, plegándose y desplegándose y avanzando calmosa e inexorablemente por el húmedo laberinto intestinal, empujaría de manera irresistible todas aquellas sobras, remanentes, adherencias, minucias y excrecencias que los óbolos emigrantes dejaban atrás.
«Se purifican como quien baquetea un fusil», pensó, una vez más lleno de envidia. Imaginó la cabecita sucia del cordel retornando al mundo por el quevedesco ojillo del trasero, después de haber recorrido y limpiado todas esas interioridades tortuosas y oscuras, y lo vio salir y caer en el bacín como una serpentina ajada. Allí quedaría, inservible, con las últimas impurezas que desalojó su presencia, pronto para la pira. ¡Qué bien debían sentirse aquellos jóvenes! ¡Qué ligeros! ¡Qué impolutos! Nunca podría imitarlos, en aquella experiencia por lo menos.

Pero don Rigoberto estaba seguro de que, si ellos lo rezagaban en la técnica de esterilizar los intestinos, en todo lo demás su ritual del aseo era infinitamente más escrupuloso y técnico que el de aquellos exóticos.

Dio un pujo final, discreto e insonoro, por si tal vez. ¿Sería cierta aquella anécdota según la cual el erudito bibliógrafo don Marcelino Menéndez y Pelayo, que padecía de constipación crónica, pasó buena parte de su vida, en su casa de Santander, sentado en el excusado, pujando? A don Rigoberto le habían asegurado que en la casa-museo del célebre historiador, poeta y crítico, el turista podía contemplar el escritorio portátil que aquél se mandó construir para no interrumpir sus investigaciones y caligrafías mientras luchaba contra el avaro vientre empeñado en no desprenderse de la mugre fecal depositada allí por los copiosos y recios yantares españoles. A don Rigoberto lo emocionaba imaginarse al robusto intelectual, de frente tan despejada y creencias religiosas tan firmes, encogido en su inodoro particular, arropado tal vez con una gruesa manta a cuadros sobre las rodillas para resistir el helado fresco de la montaña, pujando y pujando a lo largo de las horas, a la vez que, impertérrito, proseguía escarbando los viejos infolios y los polvorientos incunables de la historia de España en pos de heterodoxias, impiedades, cismas, blasfemias y extravagancias doctrinales que catalogar.

Se limpió con cuatro cuadradillos doblados de papel higiénico e hizo correr el agua. Fue a sentarse al bidé, lo llenó con agua tibia y muy minuciosamente se jabonó el ano, el falo, los testículos, el pubis, la entrepierna y las nalgas. Luego se enjuagó y se secó con una toalla limpia.

Hoy era martes, día de pies. Tenía la semana distribuida en órganos y miembros: lunes, manos; miércoles, orejas; jueves, nariz; viernes, cabellos; sábado ojos y, domingo, piel. Era el elemento variable del nocturno ritual, lo que le confería un aire cambiante y reformista. Concentrarse cada noche en una región de su cuerpo le permitía cumplir más obsequiosamente con su aseo y preservación; y, asimismo, conocerla y quererla más. Dueño cada órgano y sector por un día de sus afanes, quedaba garantizada la perfecta equidad en el cuidado del conjunto: no había favoritismos, postergaciones, nada de odiosas jerarquías en el trato y consideración de la parte y del todo. Pensó: «Mi cuerpo es aquel imposible: la sociedad igualitaria».

Llenó el lavador de agua tibia y, sentado en la tapa del excusado, remojó sus pies un buen rato para que sus talones, plantas, dedos, tobillos y empeines se deshincharan y ablandaran. No tenía juanetes ni pies planos, aunque, sí, el empeine excesivamente levantado. ¡Bah!, era una deformación menor, imperceptible para quien no los sometiera a un examen clínico. En cuanto a tamaño, proporción, forma de dedos y uñas, nomenclatura y orografía de los huesos, todo parecía pasablemente normal. El peligro eran las durezas y los callos que, de vez en cuando, intentaban afearlos. Pero él sabía cortar el mal de raíz, siempre a tiempo.

Tenía la piedra pómez preparada. Comenzó por el izquierdo. Allí, en el borde del talón, donde el roce con el zapato era mayor ya había comenzado a insinuarse una forma adventicia, callosa, que a la yema de los dedos hacía el efecto de una pared sin enlucir. Pasando y repasando sobre ella la piedra pómez la fue reduciendo hasta desaparecerla. Con alegría, sintió de nuevo que aquel borde había recobrado el pulimento y la tersura del contorno. Aunque sus dedos no detectaron otra dureza ni callo en ciernes, previsoramente cepilló con la piedra pómez las dos plantas y los empeines y hasta los diez dedos de los pies.
Después, con la tijera y la lima ya preparadas, se dispuso a cortarse las uñas y a limarlas, placer gratísimo. Allí, el peligro que se trataba de conjurar era el uñero. Él tenía un método infalible, resultado de su paciente observación y de su imaginación práctica: cortar la uña en forma de medialuna, dejando a los extremos dos cuernecillos intactos que, gracias a su forma, sobresaldrían de la carne sin incrustarse nunca en ella. Estas uñas sarracenas, por lo demás, podían, gracias a su conformación selenita en cuarto menguante, limpiarse mejor: la punta de la lima penetraba fácilmente en esa suerte de trinchera o alvéolo entre la uña y la carne donde podía acumularse el polvo, apelmazarse el sudor, refugiarse alguna escoria. Cuando terminó de recortar, limpiarse y limarse las uñas, escarbó las cutículas con prolijidad hasta dejarlas indemnes de esas presencias misteriosas, blanquecinas, cristalizadas en aquellos repliegues pedestres a causa de los roces, la falta de ventilación y el sudor.

Terminada su tarea, contempló y palpó sus pies con afectuosa satisfacción. Arrojó al excusado las cutículas y suciedades que había recogido en un pedazo de papel higiénico y tiró de la cadena. Después, se jabonó y enjuagó los pies con mucho esmero. Y luego de secárselos, los espolvoreó con un talco semi invisible que despedía un olor leve y viril, a heliotropo de amanecer.

Le restaba aún completar las tareas invariables del rito: boca y axilas. Aunque se concentraba en ellas con sus cinco sentidos, tomándose todo el tiempo debido para asegurar el éxito de la operación, dominaba de tal modo el ritual que su atención podía escindirse y parcialmente consagrarse, también, a un principio de estética, uno distinto cada día de la semana, uno extraído de aquel manual, tabla o mandamientos elaborados por él mismo, también secretamente, en estos enclaves nocturnos que, bajo la coartada del aseo, constituían su religión particular y su personal manera de materializar la utopía.

Mientras disponía sobre la plancha de mármol ocre, veteado de blanco, los ingredientes del ofertorio bucal —vaso lleno de agua, hilo dental, pasta dentífrica, escobilla— eligió uno de los postulados de los que estaba más seguro, un principio sobre el que, una vez formulado, no había dudado jamás: «Todo lo que brilla es feo y, principalmente, los hombres brillantes». Se llenó la boca con un trago de agua y se la enjuagó vigorosamente, viendo en el espejo cómo se hinchaban sus carrillos, mientras él seguía enjuagándose para desprender los residuos más sueltos, aposentados en las encías o colgando superficialmente entre los dientes. «Hay ciudades brillantes, cuadros y poemas brillantes, fiestas, paisajes, negocios y disertaciones brillantes», pensó. Debían ser evitados como la moneda feble aunque esté impresa con muchos colorines o esas bebidas tropicales para turistas, adornadas con frutas y banderines y azucaradas al jarabe.

Ya tenía, sujeto entre el pulgar y el índice de cada mano, un pedazo de veinte centímetros de hilo dental. Comenzó como siempre por las piezas superiores, de derecha a izquierda y luego de izquierda a derecha, teniendo a los incisivos como punto de arranque. Introducía el hilo en el angosto intersticio y levantaba con él los bordes de la encía, que era donde se incrustaban siempre las odiosas miguitas de pan, las hebrillas de carne, los filamentos vegetales, las fibras y hollejos de la fruta. Con exaltación infantil veía asomar a esas presencias espurias, erradicadas por el hilo y sus diestras acrobacias. Los escupía al lavador y los veía escurrirse y desaparecer en el desagüe, arrastrados en el remolino formado por la pequeña tromba de agua vertida por el caño. Mientras, pensaba: «Hay cabelleras brillantes que coronan cerebros opacos o los vuelven así. La palabra más fea del castellano es brillantina». Al terminar de escarbar la hilera superior se enjuagó de nuevo la boca y limpió el hilo en el chorro del caño. Luego, con el mismo brío e idéntico profesionalismo emprendió la limpieza de los dientes y muelas del piso inferior. «Hay conversaciones brillantes, músicas brillantes, enfermedades brillantes como la alergia al polen, la gota, las depresiones y el stress. Hay, por supuesto, brillantes brillantes». Se enjuagó una vez más y arrojó el pedazo de hilo dental al cesto de la basura.

Ahora sí podía cepillarse los dientes con pasta dentífrica. Lo hizo, moviendo la escobilla de arriba abajo, despacio y presionando a fin de que las cerdas —naturales, nunca de plástico— penetraran en la intimidad de aquellas ranuras óseas en busca de los residuos de comida que habían sobrevivido a la labor de zapa del hilo dental. Cepilló primero la cara posterior y después la anterior. Cuando se enjuagó por última vez, sintió en su boca esa agradable sensación a menta y limón, tan refrescante y juvenil, como si de pronto en aquella cavidad enmarcada por las encías y el paladar alguien hubiera accionado un ventilador, encendido el aire acondicionado y sus dientes y muelas hubieran dejado de ser esos huesos duros e insensibles y se hubieran impregnado de una sensibilidad de labios. «Mis dientes brillan», pensó, con cierta angustia. «Bueno, puede ser tal vez la excepción que confirma la regla». «Hay», pensó, «plantas brillantes como la rosa. Y animales brillantes como el gato de Angora».

Súbitamente imaginó a doña Lucrecia desnuda, jugueteando con una docena de gatitos de Angora que se frotaban contra todos los recodos de su hermoso cuerpo, maullando, y, temeroso de experimentar una prematura erección, se apresuró a lavarse las axilas. Lo hacía varias veces al día: en la mañana, al ducharse, y, en el cuarto de baño de la compañía de seguros, al mediodía, antes de salir a almorzar. Pero era sólo ahora, en el rito de las noches, cuando lo hacía a conciencia y disfrutando, ni más ni menos que si se tratase de un placer prohibido. Se enjuagó primero los dos sobacos con agua tibia y también los brazos, friccionándolos con fuerza para activar la circulación. Luego, llenó el lavador de agua caliente en la que deslió un poco de jabón perfumado hasta ver la líquida superficie alborotarse de espuma. Hundió cada uno de los brazos en la acariciadora temperatura y se restregó los sobacos con paciencia y cariño, desenredando y enredando sus guedejas pardas en el agua jabonosa. Mientras, su menté proseguía: «Hay perfumes brillantes como el de la rosa y el alcanfor». Finalmente se secó y engalanó sus axilas con una colonia de aliento muy ligero, que sugería el olor de la piel mojada por el mar o el de una brisa marina que hubiera pasado, contaminándose, por invernaderos de flores.

«Soy perfecto», pensó, mirándose en el espejo, oliéndose. No había en su pensamiento ni pizca de vanidad. Este cuidado tan laborioso de su cuerpo no tenía por objeto volverlo más apuesto o menos feo, coqueterías que de algún modo rendían culto —las más de las veces inconscientemente— al desdeñado ideal gregario —¿no se era siempre «hermoso» para los demás?—, sino hacerle sentir que, de este modo, atajaba en algo la cruenta zapa del tiempo, que así contenía o demoraba el fatídico deterioro impuesto por la ruin Naturaleza a lo existente. La sensación de librar este combate hacía bien a su alma. Pero, además, desde que se había casado, y sin que Lucrecia lo supiera, también combatía contra la decadencia de su cuerpo en nombre de su esposa. «Como el Amadís por Oriana», pensó. Pensó: «Por ti y para ti, mi amor».

La perspectiva de, una vez que apagase la luz y saliera del cuarto de baño, encontrar en el lecho a su mujer, esperándolo en una semimodorra sensual, todas sus turgencias alertas y prontas a ser despertadas por sus caricias, lo escarapeló de la cabeza a los pies. «Has cumplido cuarenta y nunca has sido más bella», murmuró, avanzando hacia la puerta. «Te amo, Lucrecia».

Un segundo antes de que el cuarto de baño quedara a oscuras, advirtió en uno de los espejos del tocador que sus emociones y devaneos habían trocado ya su humanidad en una silueta beligerante, en un perfil que tenía algo del animal maravilloso de las mitologías medievales: el unicornio.



en Obra reunida. Narrativa breve, 2007











miércoles, agosto 14, 2019

«Breve charla acerca de las piedras para dormir», de Anne Carson

Traducción de Juan Carlos Villavicencio







Camille Claudel vivió los últimos treinta años de su vida en un manicomio, preguntándose por qué, escribiendo cartas a su hermano el poeta, que había firmado los documentos. Ven a visitarme, le dice. Recuerda, acá vivo con locas; son largos los días. No fumaba ni salía a caminar. Se negaba a esculpir. Aunque le dieron piedras para dormir –mármol y pórfido y granito– ella las rompía, luego recogía las piezas y las enterraba fuera de los muros por la noche. La noche era cuando sus manos crecían, más y más grandes hasta que en la fotografía parecen dos partes de otra persona cargada sobre sus rodillas.




en Short talks, 1992














Short talk on sleep stones


Camille Claudel lived the last thirty years of her life in an asylum, wondering why, writing letters to her brother the poet, who had signed the papers. Come visit me, she says. Remember, I am living here with madwomen; days are long. She did not smoke or stroll. She refused to sculpt. Although they gave her sleep stones –marble and granite and porphyry– she broke them, then collected the pieces and buried these outside the walls at night. Night was when her hands grew, huger and huger until in the photograph they are like two parts of someone else loaded onto her knees.

















Contribución indirecta a DscnTxt de Matías Rivas









martes, agosto 13, 2019

“Sensación del invierno en la tierra”, de Pablo de Rokha





Sobre el grande cementerio y las pardas, ruinosas techumbres del mundo, cantan los pianos de la lluvia, los pianos de la lluvia, melancólicos, la antigua canción de las goteras... - El otoño se fue deshojando flores amarillas y puñados de lágrimas.

El sueño inútil de la vida, como un colosal hongo, gravita chorreando enfermedades y agua, moho, sarmientos u horas dolientes.

Y los días deshechos, invertidos y cóncavos, suenan lo mismo que ataúdes desocupados... (-Evocad, mis amigos, evocad, evocad los rojos soles meridianos, ardientes, plenos, vastos, y sonreíd, sonreíd a la posibilidad de las cosechas que vienen saliendo de las brumas).

Al sol le duelen, le duelen los huesos, el pobre está resfriado y con reuma; a intervalos lleva el pañuelo a las narices, estornuda, y se abre a ras de lo infinito el fabuloso, el fabuloso, el fabuloso capullo del trueno; los charcos piojentos se entretienen copiando la figura del enfermo, ¡tan enfermo !, y su mirada gris enfría el horizonte.

Los pájaros vivos se caen muertos, muertos en las jaulas, el azul dinamismo infantil, la alegría del niño, vegetal e inminente, simplísima, juega con sus cadáveres al fútbol, y las estáticas, lúgubres viejas lamentables deshilan sueños de quince abriles.

Acurrucados fuman los tontos; en los patios unánimes del hospicio van emergiendo las callampas.

El público tirita, oblicuos, desconcertantes vientos muerden la estúpida ilusión orgánica, ¡ay!, ¡ay!, ¡ay!, la garúa siembra, siembra, siembra almácigos de alfileres y no acaba de atardecer y no acaba de atardecer... Los vagabundos calientan sus manos plebeyas en las «colillas» que escupe, gordo, vasto, bruto, el hombre rico, y unos chercanes proletarios cantan humildemente encima de un automóvil inservible.

Bajo el alero las golondrinas duermen, la enfermedad de vivir bosteza en las alcobas, los chicuelos pobres espantan el frío saltando grotescamente, -murciélagos, ratones entumidos.

Cual errabundas, fósiles, antepasadas monedas coloniales, las semanas ruedan inútilmente al fondo del tiempo -transitorio, fatal, amarillo baúl de viaje-, colma las avenidas el ruido otoñal de la pena, el ruido otoñal de la pena, y está lloviendo encima de nosotros; los vecinos aprietan contra el alma estéril el goloso y frutal recuerdo del verano, y miran llover... llover... llover...

Las calmosas bestias inferiores rumian en los pálidos jardines, pálidos, y los viejos, sordos, calvos, árboles mortuorios, anacrónicos, coronados de herrumbre amarillas, parecen mamarrachos o asesinos con la incógnita de las nieblas ambiguas vestidos; el musgo roe los caminos del parque, moroso y ocre, y va borrando líneas, recodos y huellas de mujeres tristes.

El país es un ancho, un ancho paraguas mojado, son turbios e insalubres los crepúsculos, la melancolía lloriquea en los tejados, lloriquea en los tejados y las ciudades están llenas de hojas, llenas de hojas, llenas de hojas...

Habitando solitas los oblicuos, polvorosos, nocturnos rincones -triangular, triangular concepción de los primeros miedos-, las arañas resumen el sentido del universo edificando castillos en el aire.

Sin embargo, el corazón del hombre, maduro y triste, guarda el aroma del queso rancio y los membrillos en agosto y su olor a despensa es confortable y bueno, confortable y bueno.

¡Oh!,  disperso mirar de las cosas, tiene la vagabunda, la vagabunda, la vagabunda actitud melancólica de quien contempla la humedad del tiempo tras los vidrios.

Sentimentales, fúnebres, los maridos regresan temprano al hogar; encienden las tranquilas, familiares lámparas y hojean periódicos atrasados; las mariposas vienen a jugar, a jugar con el corazón del fuego y se queman, mejor que papeles.

Humean los tejados monótonamente llorosos, el paisaje, la naturaleza tiene un gesto simplón, dormilón, tontón de libélula, y alguien entona cantos de ayer; las casas estilan igual que impermeables.

Cargamos a la espalda todo el dolor del hombre y, además el nuestro; ¡uy! ¡qué frío! -¡trae el brasero, las mantas y el vino, mujer!



en Los Gemidos, 1922











lunes, agosto 12, 2019

«El Río», de Javier Heraud







1


Yo soy un río,
voy bajando por
las piedras anchas,
voy bajando por
las rocas duras,
por el sendero
dibujado por el
viento.
Hay árboles a mi
alrededor sombreados
por la lluvia.
Yo soy un río,
bajo cada vez más
furiosamente,
más violentamente
bajo
cada vez que un
puente me refleja
en sus arcos.




2


Yo soy un río
un río
un río
cristalino en la
mañana.
A veces soy
tierno y
bondadoso. Me
deslizo suavemente
por los valles fértiles,
doy de beber miles de veces
al ganado, a la gente dócil.
Los niños se me acercan de
día,
y
de noche trémulos amantes
apoyan sus ojos en los míos,
y hunden sus brazos
en la oscura claridad
de mis aguas fantasmales.




3


Yo soy el río.
Pero a veces soy
bravo
y
fuerte
pero a veces
no respeto ni a
la vida ni a la
muerte.
Bajo por las
atropelladas cascadas,
bajo con furia y con
rencor,
golpeo contra las
piedras más y más,
las hago una
a una pedazos
interminables.
Los animales
huyen,
huyen huyendo
cuando me desbordo
por los campos,
cuando siembro de
piedras pequeñas las
laderas,
cuando
inundo
las casas y los pastos,
cuando
inundo
las puertas y sus
corazones,
los cuerpos y
sus
corazones.




4


Y es aquí cuando
más me precipito
Cuando puedo llegar
a
los corazones,
cuando puedo
cogerlos por la
sangre,
cuando puedo
mirarlos desde
adentro.
Y mi furia se
torna apacible,
y me vuelvo
árbol,
y me estanco
como un árbol,
y me silencio
como una piedra,
y callo como una
rosa sin espinas.




5


Yo soy un río.
Yo soy el río
eterno de la
dicha. Ya siento
las brisas cercanas,
ya siento el viento
en mis mejillas,
y mi viaje a través
de montes, ríos,
lagos y praderas
se torna inacabable.




6


Yo soy el río que viaja en las riberas,
árbol o piedra seca
Yo soy el río que viaja en las orillas,
puerta o corazón abierto
Yo soy el río que viaja por los pastos,
flor o rosa cortada
Yo soy el río que viaja por las calles,
tierra o cielo mojado
Yo soy el río que viaja por los montes,
roca o sal quemada
Yo soy el río que viaja por las casas,
mesa o silla colgada
Yo soy el río que viaja dentro de los hombres,
árbol fruta
rosa piedra
mesa corazón
corazón y puerta
retornados,




7


Yo soy el río que canta
al mediodía y a los
hombres,
que canta ante sus
tumbas,
el que vuelve su rostro
ante los cauces sagrados.




8


Yo soy el río anochecido.
Ya bajo por las hondas
quebradas,
por los ignotos pueblos
olvidados,
por las ciudades
atestadas de público
en las vitrinas.
Yo soy el río
ya voy por las praderas,
hay árboles a mi alrededor
cubiertos de palomas,
los árboles cantan con
el río,
los árboles cantan
con mi corazón de pájaro,
los ríos cantan con mis
brazos.




9


Llegará la hora
en que tendré que
desembocar en los
océanos,
que mezclar mis
aguas limpias con sus
aguas turbias,
que tendré que
silenciar mi canto
luminoso,
que tendré que acallar
mis gritos furiosos al
alba de todos los días,
que clarear mis ojos
con el mar.
El día llegará,
y en los mares inmensos
no veré más mis campos
fértiles,
no veré mis árboles
verdes,
mi viento cercano,
mi cielo claro,
mi lago oscuro,
mi sol,
mis nubes,
ni veré nada,
nada,
únicamente el
cielo azul,
inmenso,
y
todo se disolverá en
una llanura de agua,
en donde un canto o un poema más
sólo serán ríos pequeños que bajan,
ríos caudalosos que bajan a juntarse
en mis nuevas aguas luminosas,
en mis nuevas
aguas
apagadas.


1960













domingo, agosto 11, 2019

“Adán Buenosayres”, de Leopoldo Marechal





Fragmento

Adán Buenosayres acarició in mente aquellas figuras de su niñez: ni las viejas imágenes ni los conflictos nuevos arraigaban en aquel trabajado comienzo de su día, sobre todo ahora que la pipa Eleonore, fumada en ayunas, lo embarcaba en la sutil, en la nobilísima, en la poética embriaguez del tabaco. «¡Gloria al Gran Manitú», recitó en su alma, «porque ha dado a los hombres la delicia del Oppavoc!» Más aún, al influjo de la hoja sagrada su yerta voluntad parecía reanimarse: consideró nuevamente los objetos de su cuarto, y esta vez la granada y la rosa le merecieron un interés que llegaba casi hasta el elogio (splendor formae!); luego volvió sus oídos al fragor de la calle, pero inclinado ahora no sabía él a qué suerte de benevolencia. Y en este punto su atención fue solicitada por algo tremendo que ahora se debatía en el interior de la casa. ¡Irma! Era Irma que, desertando la calle Monte Egmont, trepaba la escalera entre un escándalo de baldes y un meneo de escobas: Adán la oyó silbarle al canario marchito, alabar al gato prudente, reírse del cepillo calvo, maldecir al plumero rabón; luego reconoció el vaivén de sus chancletas en el escritorio, y por fin el agrio lamento de los muebles que Irma castigaba sin piedad. ¡Ciertamente, Irma era un grito desnudo toda ella! Pero un grito de dieciocho años... Y Adán le había dicho que sus ojos eran iguales a dos mañanas juntas, o tal vez la besó: estaban en primavera, y el fuerte olor de los paraísos quizá les había encabritado la sangre, a ella que estiraba las cobijas de su cama, encorvándose toda como un arco vivo, y a él que había olvidado su lectura para mirar lo que deseaba ella que viese sin que dejara él de imaginar que no quería ella, ni sospechase que ella quería que no sospechara él que ella quería que viese, ¡oh, Eva! Y Adán siguió la línea de sus brazos desnudos que al tenderse mostraban dos vellones de negrura, o vio el arranque de sus muslos verdimorenos como la piel de las manzanas; y de pronto había sentido que una bruma espesa, levantándose de su ser, le borraba memoria y entendimiento, hasta dejarle sólo una voluntad de agresión que lo empujaba temblando hacia Irma. Y como los ojos de Adán preguntaran «¿sí?», ella respondió «sí» con los ojos. Después era como extraviar este mundo (olvidarlo y olvidarse), para volverlo a encontrar en seguida (recordarlo y recordarse), pero un mundo ya sin lustre y sucio de groseras melancolías, como si el alma hubiese perdido en su naufragio la visión de la gracia inteligible que ilumina las cosas. Por último se habían alejado uno del otro, sin mirarse ni hablarse: Adán la oyó reír en la escalera y chacharear después abajo, como si nada hubiese ocurrido; y él se quedó allí saboreando su vergüenza, su remordimiento inútil, su ira contra sí mismo por haberse dejado enredar otra vez en el famoso truco de la Natura (¡salud, viejo Schopenhauer!). ¡Claro! La Natura especulaba con el deshonor del pobre monstruo que, destinado en su origen a la beatitud paradisíaca, se había venido escandalosamente al suelo y se chamuscaba, como los insectos nocturnos, en cualquier vislumbre o simulacro de su felicidad primera. ¡Lo cuerdo habría sido negarse a los llamados exteriores, como Rosa de Lima! Suspenso y aterrado, Adán había leído la historia de su batalla con el mundo y aquel proceso de autodestrucción que la rosa limeña iba imponiendo a su envoltura mortal. Y en una medianoche, cerrando el triste libro y acudiendo a los nunca ociosos telares de su imaginación, Adán había evocado la imagen de Rosa en su cámara de tortura: suspensa del madero que había erigido en su habitación y en el que se crucificaba ella para imitar a su dolorido Amante; sintiendo en sus tendones rotos y en sus huesos desencajados la pesadez de una carne que, con ser tan poca ya, no había logrado vencer aún las leyes de su miseria; rendida la cabeza entre cuyo pelo, ¡tan hermoso antes!, la corona de puntas metálicas hacía correr una sangre nueva sobre los viejos coágulos; puesta su mirada en la yacija de cascotes y vidrios rotos que ya le aguardaba y que había deseado ella para sus juegos nupciales: así velaba Rosa en la profunda noche de América, y hasta su desvelo llegaban quizá las pulsaciones de la casona dormida: el trabajoso aliento de su padre, o el refunfuño de aquella madre que hasta en sueños le reprochaba su locura celeste, o el bullir de sus hermanitas que soñaban acaso en amoríos. Pero ella no los escuchaba, demasiado absorta en el trabajo de su destrucción: se destruía en sí para reconstruirse en el Otro, y tal era su labor de aguja, su bordado de sangre...

El estruendo brutal de algo que se derrumbaba en el escritorio lo arrancó violentamente de sus abstracciones. Adán oyó gritar a Irma la más redonda y enérgica de las obscenidades, cortada en su raíz por cierto alarido humano que se levantó de pronto en la habitación contigua:

—¡Mujer infernaaal!

Reconoció entonces la voz de Samuel Tesler y oyó en seguida los tres puñetazos que el filósofo daba en la pared medianera para exigirle testimonio y solidaridad contra los excesos de Irma. «La bacante ha despertado a Koriskos —observó Adán—; Koriskos tiene razón contra la bacante». Respondió entonces con los tres puñetazos de ordenanza, y al punto la voz del filósofo, que había seguido maldiciendo, se replegó sobre sí misma, decayó como un viento, hasta morir en suaves y adormilados gruñidos. Atento aún al susurro del otro, Adán Buenosayres abandonó heroicamente sus colchones, fue a la ventana y, abriéndola toda, permitió que una luz torrencial invadiera su cuarto. Luego, fiel a una venerable costumbre de los poetas líricos, volvió a la cama y se dio a respirar el aire fuerte del otoño. Desde la calle Monte Egmont no subía ya el aroma de los paraísos, como en la bárbara primavera de Irma (y Adán le había dicho que sus ojos eran iguales a dos mañanas juntas, o quizá la besó), sino el aliento del otoño pesado de semillas y fragante de hojas muertas. Mejor era el olor de las rosas blancas, porque las rosas blancas le hablarían siempre de Solveig Amundsen. Aquella tarde vio cómo se inclinaba ella en la penumbra del invernáculo: había rosas blancas, y estaban como ebrios con el olor de las rosas, y ella también era una rosa blanca, una rosa de terciopelo mojado; y su voz debía de tener algún parentesco íntimo con el agua, pues era húmeda y de clarísimas resonancias, como la del aljibe, allá en Maipú, cuando la piedra caía y levantaba músicas recónditas. Estando solos él y ella en el vivero de las flores, aquel recinto los aproximaba como nunca; y ésa fue su gran oportunidad y su riesgo inevitable, porque Adán, junto a ella, sintió de pronto el nacimiento de una congoja que ya no lo abandonaría, como si en aquel instante de su mayor acercamiento se abriese ya entre ambos una distancia irremediable, a la manera de dos astros que al tocar el grado último de su cercanía tocan ya el primero de su separación. En aquella luz de gruta que, lejos de roerlas, conseguía exaltar las formas hasta el prodigio, la de Solveig Amundsen había cobrado para él un relieve doloroso y una plenitud cuya visión lo hacía temblar de angustia, como si tanta gracia sostenida por tan débil soporte le revelase de pronto el riesgo de su fragilidad. Y otra vez habían empezado a redoblar en su alma los admonitorios tambores de la noche, y ante sus ojos alucinados vio cómo Solveig se marchitaba y caía, entre las rosas blancas, mortales como ella.



en Adán Buenosayres, 1948