miércoles, diciembre 04, 2019

“Camino”, de Leonel Lienlaf





He corrido a recoger en las llanuras
en la playa
en la montaña
la expresión perdida de mis abuelos.
He corrido a rescatar
el silencio de mi pueblo
para guardarlo en el aliento
que resbala sobre mi cuerpo
latiendo
haciendo vibrar mis venas
sobre el sol que se levanta
sobre las altas cordilleras
para que el espíritu sea viento
entre el vacío de las palabras.

He corrido a recoger el sueño
de mi pueblo
para que sea el aire respirable
de este mundo.



Rupu

Lefvn wenuntumeael / ñi fvcake ceyem / ñi ñamkvleci zungu / Kuyemew, / mawizamew, / ajkvgenoci zungu ajkufin / gvrken piukemew / jegpaci antumew / ñi kvrvfgeam pvlli / wecwecgeci zungumew. // Lefvn / wenuntumeael ñi pewma / ñi piuke ñi pewma / ñi kvme neyengeam / tufaci mapumew.



en La luz cae vertical (Antología bilingüe), 2018












martes, diciembre 03, 2019

«Obscuridades», de Práxedis Guerrero





La sombra es sudario para la impostura,
la vanidad y los oropeles; por eso hay tantos que la odian.

La sombra mata la inútil belleza de las piedras preciosas
que cautivan las mentes primitivas.

En las sombras nacen las tempestades
y las revoluciones que destruyen, pero también fecundan.

El carbón, piedra obscura que tizna
las manos que la tocan, es fuerza, es luz,
es movimiento cuando ruge en el fogón de la caldera.

La rebeldía del proletario obscuro es progreso,
libertad y ciencia cuando vibra en sus puños
y trepida en su cerebro.

En el fondo de las tinieblas toman forma los seres
y empiezan las palpitaciones de la vida.

En el vientre del surco la simiente germina.
La obscuridad de la nube es la fertilidad de los campos;
la obscuridad del rebelde es la libertad de los pueblos.






en Regeneración, 24 de septiembre de 1910















lunes, diciembre 02, 2019

“No habrá nada”, de Raúl Zurita





No habrá nada. Ningún sueño en el sueño
ni en la muerte, sólo tu amor arrojándose
por la borda como si las olas de un océano
desconocido te llamaran.

No habrá un muro, sólo el duro borde del
hielo y un dios sin perdón sepultado en
los témpanos.

No habrá nombres. Tampoco un nombre
para tu nombre ni tu vida. Barcos usados
como jaulas de hombres congelados en la
bahía, en fin, tipos mandados al matadero
por nada.

Nada ni nadie será el alba.

No habrá sumas ni oraciones ni túmulos,
solo el gasto inútil de irse entre gritos,
otros hombres golpearán a otros hombres
y será igual. Reaparecerás en los glaciares.



en Zurita, 2011











domingo, diciembre 01, 2019

«Uno se despierta con cañonazos…», de Ernesto Cardenal

Fragmento de «Epitafio para Joaquín Pasos»




Uno se despierta con cañonazos
en la mañana llena de aviones.
Pareciera que fuera la revolución:
pero es el cumpleaños del tirano.



en Epigramas, 1961
















Contribución indirecta a DscnTxt de Ernesto González Barnert









sábado, noviembre 30, 2019

«Silenciosa, el agua del arroyo», de Wang Anshi





Silenciosa, el agua del arroyo
atraviesa el bosque de bambúes.
Flores y hierbas, acariciadas
por el favonio de primavera,
ponen mil formas seductoras.
Me siento, todo el día,
debajo del alero,
de cara a la montaña,
que se vuelve más apacible
al cesar de cantar las aves.


Poema improvisado en la montaña Zhongshan

en Poesía clásica china, 2001












viernes, noviembre 29, 2019

«Los demonios de las ciudades», de Georg Heym

Traducción de Montserrat Armas




Recorren la noche de las ciudades,
Que negras se doblegan bajo su pie.
Como barbas de marinero en torno a su mentón
Están negras las nubes por el humo y el hollín.

Su larga sombra se balancea en el mar de casas
Y apaga las hileras luminosas de las calles.
Ella se desliza con dificultad como niebla sobre pavimento
Y lenta anda a tientas casa por casa.

Sobre una plaza ha colocado un pie,
Y arrodillado apoya el otro sobre una torre,
Así se alzan, donde cae negra la lluvia,
Tocando las flautas de Pan en la tormenta de nubes.

En torno a sus pies gira el ritornello
Del mar de las ciudades con música triste,
Un gran canto fúnebre. Ya sordo, ya estridente
Cambia el tono, que se eleva en lo oscuro.

Caminan junto al río, que negro y ancho
Como un reptil, su espalda manchada de amarillo
Por las farolas, se retuerce triste
En la oscuridad, que cubre de negro el cielo.

Se apoyan con dificultad sobre un muro de un puente
Y hunden sus manos en el enjambre
De hombres, como faunos que al borde
De los pantanos hurgan con su brazo en el fango.

Uno se levanta. Cuelga ante la luna blanca
Una máscara negra. La noche, que cae
Como plomo del cielo sombrío, profundamente
Empuja las casas al pozo de lo oscuro.

Crujen los hombros de las ciudades. Y estalla
Un tejado, del que brota un fuego rojo.
Se sientan despatarrados en su cima
Y como gatos maúllan al firmamento.

En un cuarto cubierto de tinieblas
Grita una parturienta con dolores.
Su cuerpo fuerte sobresale enorme de las almohadas,
Y en torno a él, de pie, los grandes diablos.

Se aferra temblando al potro del dolor.
En torno a ella, la habitación oscila por su grito.
Llega el feto. Se abren sus entrañas, rojas y largas,
Y sangrantes las desgarra el feto.

Los cuellos de los diablos se alargan como jirafas.
El niño, sin cabeza. La madre lo tiende
Ante sí. Cae hacia atrás, en su espalda,
Hendidos, los dedos de rana del espanto.

Pero los demonios se hacen enormes.
El cuerno de su sien desgarra rojo el cielo.
En torno a su pezuña, el terremoto truena
Por el seno de las ciudades, propaga el fuego.




1910














jueves, noviembre 28, 2019

“El despertar”, de Hernán Lavín Cerda





México despierta. Es todavía de noche y sigue lloviendo. En la avenida División del Norte hay un pájaro de color indescifrable: inmóvil y solitario, trata de ensayar algunos trinos. El árbol tiembla. Casi no tiene hojas y su corteza es del color del pájaro. Árbol y pájaro ensayan algunos trinos. Me detengo y, bajo la lluvia, los escucho con asombro. De pronto, alguien solloza. Levanto los ojos, muevo las manos, interrumpo mi camino junto al jardín. Un mendigo discute con otro: no se miran, se ríen, ya no se hablan. El más joven quisiera olvidarlo todo, pero se arrepiente. Da un grito, cierra los ojos y se arrepiente. En el urinario que hay al fondo de la iglesia de San Juan Bautista, me tropiezo con la vieja semidesnuda: sonríe como una niña después de tomarse la leche. Casi no tiene dientes. Con permiso, le digo, pero ella no se mueve hasta que salgo de allí con un poco de miedo. Entonces corro entre dos palmeras y me precipito hacia el interior del templo donde un sacerdote de muy baja estatura, casi un enano, explica a unos cuantos feligreses que el fin del mundo sucederá en los próximos días y que el castigo puede ser terrible, sin ninguna misericordia.



en Cien microcuentos chilenos, 2002
Edición a cargo Juan Armando Epple











miércoles, noviembre 27, 2019

«A un obispo», de José Nakens






¿Quieres que digno de Jesús te crea?
Pues renuncia al palacio donde vives;
vende las joyas que orgulloso exhibes;
despide tus lacayos con librea.

Ve a pie; da pan; consuela. Que yo vea,
no que de ser frenético te inhibes,
sino que gratis das lo que recibes,
y que el ansia de amor te aguijonea,

y que atacas al déspota y al fuerte
sin temor al martirio ni a la muerte,
y entonces te diré: “Por ser humano,

eres digno de Aquel que al pueblo amaba
y el cielo al poderoso escatimaba.
Beso tu anillo… ¡No!… Beso tu mano.”




en Antología de poesía anarquista, 2013











martes, noviembre 26, 2019

“Los emprendedores”, de Juan Cristóbal Guarello





Hace años los clásicos, y los partidos en regiones de los equipos grandes, se juegan a la hora que ellos permiten; los estadios tienen aforo reducido por culpa de ellos; la experiencia de ir al estadio se ha transformado en una desagradable odisea debido a sus amenazas y violencia estructural; los jugadores deben declarar su amor incondicional por su existencia, amedrentados por su permanente e insoportable presencia; sus liderazgos, demasiadas veces, tienen vínculos de manera directa con individuos prontuariados o narcos; la U no encuentra una comuna que acepte la construcción de su tan anhelado estadio porque no existe comunidad que los quiera rondando por su calles; la galería tiene cada vez menos familias y ancianos porque la tienen tomada sin vueltas…

Las barras bravas son una empresa, un legítimo producto del neoliberalismo más feroz. Siempre están buscando oportunidades de negocios y de manera eficiente utilizan su mecanismo de chantaje, amenazas y violencia directa bien disfrazados con una hipócrita pasión “descontrolada” por sus equipos. Un día piden porcentajes de sueldos a los jugadores, otras entradas a los dirigentes, el siguiente exigen buses y dinero para ir a partidos fuera, llegando a sofisticaciones tales como grabar comerciales, ser brigadistas políticos bien pagados, guardias en recitales o cobrar fortunas a grandes empresas como hizo la Coordinación de la Garra Blanca en los primeros tiempos de Gabriel Ruiz-Tagle.

El historial antiguo y reciente está plagado de enfrentamientos, dirigentes y jugadores amenazados, partidos interrumpidos, peleas descomunales en las gradas debido al robo de lienzos y banderas, palizas a individuos sorprendidos por la calle con la camiseta equivocada, cuando no disparos y hasta algún muerto en la vereda. Hace pocos años un líder de Los de Abajo apareció masacrado a balazos en Recoleta por dar un ejemplo.

Innecesario es aclarar que son organizaciones profundamente antidemocráticas, racistas y xenófobas, donde hay diversas fracciones en pugna y cuyas jerarquías se establecen a palos, puñaladas y tiros.




Por lo mismo, no resulta creíble que estos grupos sin ideología, dios ni ley, en menos de un mes y como un acto de magia, se hayan reconvertido en conscientes luchadores sociales cuyo único norte es la justicia, la igualdad y la dignidad. Los mismos que hace tan poco tiempo andaban a los palos en la tribuna por un simple paño y amenazando con sodomizar y balear a quien se cruzara en su camino, ahora son la vanguardia popular democrática e inclusiva, con tintes de feminismo y veganismo.

Más sospechoso es un empecinamiento en que el fútbol no se reanude “hasta que se cumplan todas las demandas sociales y Chile sea un país más justo”. Raro, no quieren ir a su lugar de expresión natural, donde una manifestación bien organizada tiene una resonancia infinitamente mayor que cualquier pelotera en la calle. Donde un lienzo o canto llegaría a todo el país y un acto simbólico, como taparse un ojo, sería de gran impacto.

Lo que está en juego acá, y aterrizo a los idealizadores y románticos, es una pugna de poder. Si las barras bravas ya tienen condicionado al fútbol chileno, ¿por qué no ir por todas? Es decir, que se juegue cuando ellos decidan y sobrepasar a la ANFP y los clubes. Acogotar el fútbol. Control total.

Desde ahí, todo es posible: asientos en el directorio, porcentaje de los sueldos y traspasos de los jugadores y, cómo no, una cola de los pagos del CDF. Perdonen que les baje la fantasía: acá no hay ninguna reivindicación social, es solo una oportunidad de negocios y poder. Correr el cerco una vez más y pasar por caja.



en La Tercera, 21 de noviembre de 2019














lunes, noviembre 25, 2019

«Estamos en una situación histórica inédita». Entrevista a Gabriel Salazar, de Daniel Rozas







El Premio Nacional de Historia Gabriel Salazar nos hace pasar a su hogar en La Reina para conversar sobre el estallido social. Historiador, filósofo y sociólogo, el académico tiene 15 mil ejemplares de libros en una apacible casa que, primero, arrendó en 1969 y, después, compró cuando volvió tras 8 años de exilio en Inglaterra donde cursó un Ph.D. en Ciencias Económicas en la Universidad de Hull.

Analista descarnado, hombre de izquierdas, a sus 83 años, Salazar mantiene una mirada crítica sobre la casta política chilena y considera que los movimientos sociales que sacuden el país son producto de un malestar popular que viene desde la Colonia, mucho antes del neoliberalismo.


Masa y poder

Cree que estamos viviendo una revolución distinta. «Desde el año 36 en adelante, cuando se crea el Frente Popular, el pueblo marcha por las calles. Los políticos estaban muy contentos cuando la masa estaba en la calle. El error del pueblo consistía en que solo se dedicaba a pedir, escuchar discursos, y a esperar que le resolvieran los problemas».

Salazar dice que «el movimiento ciudadano de la época se comportó de acuerdo con la ley. El Estado lo hacía todo y el rol del ciudadano consistía nada más que en pedirle cosas al ‘Estado papá'. Los ciudadanos eran obedientes de la ley».

¿Quiénes fueron rompiendo esta estructura de obediencia autoritaria?
Los pobladores. El año 57 cuando un comité de gente sin casa se toma un terreno y aparece La Victoria. Violaron el derecho de propiedad y resistieron el ataque de la policía. Presionaron al gobierno para que reconociera su toma y fuera legalizada. Fue el comienzo de una nueva política popular, contraria a la vía legalista de los partidos. A partir de La Victoria, las tomas se extendieron como mecanismo.



Transformación de la ciudadanía

Explica que, a fines de los 90, el PNUD detectó en Chile que la política ya no era cosa de los políticos, sino que materia de los ciudadanos. «Pero los gobiernos nunca le pusieron atención a este fenómeno subterráneo», comenta.

¿Cuál es la característica que define esta tendencia?
La gente se reúne en grupos chicos para deliberar por su cuenta. Aparecen las redes sociales, los colectivos. Los partidos políticos y los gobiernos no le hicieron caso ni al mochilazo (2001), ni al pingüinazo (2006), ni a la movilización estudiantil de 2011. Nadie los tomó en serio. Entonces, lo que ha ocurrido en estos días es la culminación de este proceso de transformación de la ciudadanía a través de una revolución interna y que ahora aparece en la calle de forma masiva.

¿Cree que las movilizaciones se articulan en un espacio de anarquismo digital?
Antiguamente la gente se asociaba en una organización legalizada. En cambio, el movimiento de pobladores no se regía por estatutos. Se armaba para hacer algo y luego se desarmaba. Esa es la red social. Por ejemplo, los delincuentes se asocian así. Microorganizaciones que se arman, desarman y multiplican. Pinochet pudo destruir las organizaciones con torturas, pero cuando se enfrentó a las jornadas de protestas del 83 al 87, cuando se enfrentó a las redes sociales populares, perdió. Esta forma de juntarse es típica del bandolerismo social.

¿Qué sería eso?
El bandolerismo social del siglo XIX, desde 1780 hasta 1940, y que nadie pudo destruir, tenía la misma forma de estructuración. Hoy en día, los manifestantes actúan en red; se arman y se desarman, aparecen los celulares, y eso potencia el movimiento. Por eso es ridículo que el Gobierno diga que hay un grupo detrás que organizó todo.

El tema candente es la destrucción en las protestas. ¿Cuál es la relación entre los chilenos y la violencia?
Nosotros, en el fondo, somos un pueblo mapuche. El pueblo mestizo nace en el siglo XVI y estuvo sin derechos hasta 1931: cuando se dicta el Código del Trabajo. Fueron tres siglos sin nada. Como no tenían derecho a propiedad, vivieron robando ganado, y asaltando haciendas. Como no se podían casar, eran perseguidos y vivían arrancando. Eran afuerinos, sospechosos, y las mujeres se quedaban solas y eran violadas y tenían hijos huachos. Entonces este pueblo mestizo tiene una historia terrible.

¿Ahí aparece el caldo de cultivo para entender la violencia actual de los manifestantes?
Exacto. Porque tenían que vivir arrancando y robando. Matar rotos, mestizos, no era un delito. Eran los enemigos. El ejército se formó al principio en la frontera en Biobío reclutando mestizos para pelear contra los mapuches, pero estaban tan mal mantenidos y pagados, que la mayoría de ellos desertaba. Se convertían en bandidos. El ejército, para poder pagarles a estos soldados, entraba al territorio mapuche y le robaban todo: ganado, cosecha, mujeres, niños. Los mapuches devolvían la mano. Ese tipo de acciones se llamaban «malocas». O sea, asaltar, saquear y retirarse.

¿Qué pasaba con los mestizos en esa época?
Se fueron a vivir a La Araucanía. Allí aprendieron a tratar a los chilenos que estaban al norte del Biobío al estilo mapuche. O sea, con asalto y saqueo. Los mestizos fueron acogidos por los mapuches. Ellos no tienen sentido de propiedad privada. Eso produjo una alianza tácita entre el pueblo mestizo y el pueblo mapuche. Por eso no me extrañó que las únicas banderas importantes de las últimas explosiones sociales fueran mapuches. El pueblo mestizo siempre ha reconocido al mapuche como un amigo, un protector. Y han imitado sus métodos. Este pueblo mestizo no se identifica con las tradiciones culturales hispano-europeas. Eso explica, por ejemplo, que hayan echado abajo las estatuas de los próceres de esa cultura.

La destrucción de estatuas como la de Pedro de Valdivia en Temuco ha sido impactante. ¿A qué lo atribuye?
Si examinas la estatuaria chilena, son puras estatuas de la oligarquía dominante: Diego Portales, Manuel Montt, Bernardo O'Higgins, los Carrera; la élite. Por tanto, enemigos del pueblo mestizo. En Chile, a diferencia de México, no hay estatuas de los luchadores del pueblo. ¿Dónde hay una estatua de Lautaro? Él derrotó a los españoles. ¿Dónde está la estatua de Violeta Parra o Luis Emilio Recabarren? Bueno, por esa razón, el pueblo mestizo no se identifica con los monumentos y la historia cultural hispano-europea.

Existe el complejo de Eróstrato: sobresalir por un acto violento. Hoy día, pareciera que algunos jóvenes buscan atribuirse los ataques como trofeos de guerra. ¿Qué opina?
El pueblo mestizo estuvo tres siglos sin derechos. Eso generó en ellos una rabia y una escasez de alimentación, que hoy día ya no existe, pero que no ha sido eliminada de su memoria. Y más encima, como el sistema neoliberal incentiva el consumo de mercancía, se acrecienta la rabia. El saqueo es una guerra de recursos, una manera de abastecerse. Por primera vez en Chile, los pobres tienen tarjetas de crédito. Compran todo lo que quieren, pero se endeudan. Ese es el negocio.



La chispa

¿Usted justifica la violencia de los manifestantes?
Yo no puedo justificar eso, pero mi tarea como historiador es explicar los fenómenos. Si este sistema exacerba el consumismo, no podemos extrañarnos que se produzcan los saqueos. Por eso se ven escenas penosas como personas robando plasmas. Por un lado está la apoteosis del consumismo, pero, al mismo tiempo, está la rabia contra el sistema que los lleva a incendiar los supermercados.

¿Es un movimiento insurreccional?
El neoliberalismo fue un modelo impuesto con intervención extranjera y a través de una Constitución en la que no participó la ciudadanía. Por tanto, este modelo nació ilegítimo. Luego fue perfeccionado por una clase política civil, la Concertación, que lo administró mejor que Pinochet. Así se fue creando una olla de presión donde hubo una crisis de representación y plusvalía. Cualquier chispa iba a hacer estallar la protesta social popular. Por ejemplo, un alza del precio del metro.

¿Este estallido social tiene antecedentes previos como la Revolución de la Chaucha?
Esa revolución también tuvo una chispa nimia, porque aumentó en 20 centavos el pasaje escolar y eso provocó una explosión en la sociedad chilena. La producción estaba estancada, la demanda crecía, y se llegó al 80 % de inflación anual. Eso obligaba a hacer huelgas en las calles y ahí aparece la violencia callejera.

¿Pero son comparables ambos estallidos sociales?
No, esto no es cíclico. El movimiento de ahora es un estallido único en la historia de Chile. Porque no es una reacción sectorial de un grupito que está afectado. Tampoco es una reacción que se da en una sola ciudad. Es todo Chile. No es una reacción clasista. Aquí hay de todo: es pluriclasista.

¿Usted cree que este estallido social va a repercutir electoralmente en el PC y el Frente Amplio?
No. Las grandes huelgas anteriores eran movimientos contra el patrón, contra la burguesía capitalista, los industriales, los banqueros o bien contra el imperialismo yanqui. Esta vez el enemigo es la clase política. La gente no quiere nada: ni con la derecha, ni con la izquierda ni con el centro. Lo sorprendente es que ellos no se dan por aludidos y por eso quieren controlar el proceso de Asamblea Constituyente. Por eso, Gobierno y oposición se van a unir para defenderse.

La movilización es inorgánica a nivel dirigencial.
No tiene conducción. Lo único que ha aparecido es una asamblea, la mesa de unidad social; cerca de 200 organizaciones que se han unido, pero no están operando como cabeza de movimientos, sino como asamblea. Todo esto es nuevo. Estamos en una situación histórica inédita. Hay que pensarla en sí misma. Ya no calza recoger modelos antiguos. La ideología de la Guerra Fría aquí no funciona.

¿Van a seguir las manifestaciones?
Sin duda. Yo creo que la culminación pasó, pero las movilizaciones no terminarán porque ya está el modelo hecho. Los encapuchados aprendieron a saquear. Ni el ejército ni los policías pudieron evitarlo. En cierto modo, Piñera tenía razón, estamos en guerra. No es militar, es una guerrilla política. Y va a continuar.



en La Segunda, 11 de noviembre, 2019
















domingo, noviembre 24, 2019

“La Violencia”, de Daniel Matamala





En 1948, el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán generó el Bogotazo, uno de los estallidos paradigmáticos de las ciudades de la furia de América Latina: el Cordobazo argentino en 1969, el Caracazo venezolano de 1989, el Santiagazo chileno de 2019. Con el Bogotazo comenzó un período histórico que los colombianos bautizaron con un nombre que lo dice todo: “La Violencia”.

En estos días en que Colombia imita la protesta chilena, en su arista pacífica cantando “El baile de los que sobran”, y también en su reguero de vandalismo contra el transporte público, conviene dar vuelta la mirada y sacar lecciones de La Violencia.

De la rabia pura del Bogotazo se pasó al enfrentamiento entre milicias liberales y conservadoras. Luego, la violencia mutó a agentes de terrorismo del Estado, guerrillas marxistas como las FARC, bandoleros rurales, delincuentes comunes, carteles de narcotráfico como los de Cali y Medellín, paramilitares de derecha como las AUC, facciones irregulares del gobierno, tropas privadas, insurgentes urbanos como el M-19…

Todos estos conflictos tuvieron su origen en una sociedad que cayó en la trampa de legitimar la violencia, primero porque había un crimen que vengar y una rabia que expresar; luego, porque había un enemigo subversivo al que enfrentar o una sociedad mejor que implantar; y también, porque había un jugoso negocio que aprovechar.

Chile se enfrenta a la misma trampa: creer que la violencia es una herramienta que puede utilizarse a voluntad. Una llave que se abre para alcanzar ciertos objetivos como la justicia social o la restauración del orden público, y que luego, logrados ellos, se cierra sin más. Pero la violencia no es una llave; es un Frankenstein que, una vez creado, toma vida propia. Deja de ser un instrumento y se convierte en un fin en sí mismo.

La violencia es una forma de vida que pervive luego de que su causa original se extingue. Eso lo sabemos en América Latina, donde revolucionarios marxistas y represores de dictaduras por igual terminaron reconvertidos, incluso aliados, como secuestradores extorsivos, asaltantes de bancos o soldados del narcotráfico. Esta violencia, por cierto, no salió de la nada: lleva décadas de lenta cocción frente a nuestros ojos.

Hace tiempo que las barras bravas subyugan barrios completos, dominan por el terror el entorno de los estadios de fútbol, someten por el miedo a deportistas e hinchas y secuestran el transporte público. Nada de eso habría sido posible sin su relación de mutua conveniencia con actores del poder que han aprovechado a los barristas como punteros de campañas políticas y aliados comerciales.

Ni hablar de los tentáculos del narcotráfico, y su extendido dominio sobre zonas enteras de Santiago, donde sustituye al Estado y al mercado como proveedor de seguridad y empleo, con soldados adiestrados desde niños en el uso de la violencia. Desde ahí construye vínculos con el poder, como vimos en la elección interna del Partido Socialista.

Son negocios que se nutren del abandono social. De la decadencia de instituciones que proveían sentido de pertenencia, como las juventudes de partidos políticos o la Iglesia Católica. Y del fracaso de la sociedad en ofrecer un futuro a los adolescentes vulnerables.

Esa violencia estructural, subterránea, explica los incendios y los saqueos, pero no debe disculparlos. Esa delgada línea, entre entender un fenómeno y justificarlo, parece más borrosa que nunca hoy. La barbarie policial que ha dejado a más de 200 chilenos con lesiones oculares es otra expresión de una sociedad brutalizada. Un general de Carabineros la justifica diciendo que, en la represión como en la quimioterapia, “se matan células buenas y células malas”. Es una versión 2019 de la infame meta de “extirpar el cáncer marxista”. Cuando los agentes del Estado ven al otro como una enfermedad o un parásito, su enajenación social los convierte en un peligro.

No debemos elegir entre mano dura y mano blanda, entre tolerar el vandalismo o violar los derechos humanos. Lo que necesitamos para frenar la violencia es un Estado eficiente en proveer seguridad, y eso no se consigue gaseando familias completas, abusando de detenidos ni mutilando a manifestantes. Ese descontrol policial solo logra que ciudadanos pacíficos vean a los agentes del Estado como una amenaza, y no como garantes de la seguridad de todos. Y, de nuevo, sirve a los vándalos para ganar legitimidad como reacción a estos abusos.

Llevamos ya 38 días de ese círculo vicioso en que la violencia estatal y la delincuencial se potencian mutuamente. Al medio de este abrazo mortal, de inerme rehén, queda la sociedad chilena. La violencia amenaza con pasar de un reventón puntual a una enfermedad crónica. Una en que tanto la justicia social como el orden público son arrastrados por el Frankenstein de la brutalidad.



en Diario La Tercera, 23 de noviembre de 2019