sábado, julio 21, 2018

"Meditación", de Wei Yinwu

Versión de Juan Carlos Villavicencio






¿A dónde partió la luz del día?
¿De dónde han venido estas tinieblas?
Año a año me voy haciendo más débil.
La angustia del tiempo que está en fuga
hace más prematura mi vejez.







jueves, julio 19, 2018

"Soneto CXXIX", de William Shakespeare

Traducción de Rodolfo Rojo B.






El desgaste del espíritu es un desierto de vergüenza
es la lujuria en acción; y tras la acción, la lujuria
es perjura, violenta, sanguinaria, llena de culpa,
salvaje, extrema, ruda, cruel, indigna de confianza
gozada apenas, de inmediato despreciada;
por sobre la razón buscada, y tan pronto conseguida,
por sobre la razón odiada como carnada engullida,
puesta a propósito para enloquecer al que la toma;
locura al perseguirla, e igual al poseerla;
extrema habiéndola tenido, o teniéndola, o en su busca,
una felicidad por comprobar, y ya aprobada, verdadero tormento;
delante, un gozo prometido, detrás, un sueño.
Todo esto el mundo bien lo sabe, pero nadie aprende
a evitar el cielo que conduce al hombre a este infierno.









en Poemas y poetas clásicos ingleses, 2005












miércoles, julio 18, 2018

“Peripecias de un soldado”, de Alfonso Alcalde





Yo le dije al mariscal de campo con todo respeto:

-Usted me envía al matadero. Está previsto que en este ataque nadie escapará con vida. Ahora bien, usted me obliga a disparar con este torpe fusil que tiene un corcho en la punta, mi general. Usted me dice que esperamos la hora cero para asaltar al enemigo que nos espera con las ametralladoras camufladas en las casamatas. Mi capitán, no es que yo sea cobarde. Saludo a la bandera antes de partir, soy joven, difícil sostener que tengo derecho a la vida y la guerra es la guerra, eso está claro, mi cabo, pero el hecho de que yo me haya enredado con su mujer, después de todo, se puede arreglar con un trato de caballeros. En todo caso, cuando se acueste con ella dígale que mis últimas palabras fueron: ¡Viva la patria, viva el amor!, pero no le dé mayores detalles cuando se ponga a llorar y salga a buscarme en medio de la noche, mi sargento cornudo.



en Epifanía cruda, 1974











martes, julio 17, 2018

"Laguna", de Álvaro Bisama

Fragmento







        Me pregunté de quién era el auto. Encontré un pito. El Chino me pasó el encendedor. Abrí la ventana. Lo prendí. Aspiré. Tosí. Me doblé. La ceniza estaba aplastada. El papel estaba arrugado. Manchado con resina. Consumido por sí mismo.
        Pasó un furgón de la policía. Llevaba las balizas encendidas. Tenía la sirena puesta. Perseguía algo. Se perdió en sentido contrario.
        Tocaron a The Sacados.
        El Chino movió la cabeza.
        Abrí la guantera. Encontré el lápiz de una AFP. Encontré una caja vacía de condones. Encontré una biblia. Era una biblia Gedeón. Tapa azul. A la biblia le faltaban páginas. Tenía anotaciones. Dibujos. Comentarios escritos con una letra pequeña.
        No pude leerla. Fumé lo que quedaba de la cola. Era puro papel.
        Tosí. El Chino dijo que se ubicaba. El camino era sencillo. Una tía suya vivía cerca.
        Cambiamos el rumbo. Nos acercamos a la línea del tren.
        El estero apareció de nuevo.
        Vi una cabra en un matorral. La cabra brilló en la oscuridad. La cabra me pareció fluorescente. Los ojos atravesaron el aire. Los ojos fueron el reflejo. La luz no vino de ninguna parte.
        Un hombre caminaba por la línea del tren. Atravesamos un paso bajo nivel. Miré los cerros. Miré donde terminaban las poblaciones. Me pregunté qué había más allá.
        El pito me relajó. Me calmó. Dejé de pensar.
        La canción de The Sacados me gustó.
        Acerqué la cabeza a la ventana del auto. La brisa en contra me refrescó.
        Miré la Biblia de nuevo. Los dibujos eran pornográficos. Los hombres tenían cabezas de mono. Les salía sangre del cuerpo. Algunas palabras estaban tarjadas. Algunas palabras estaban subrayadas.
        Había un mensaje secreto. No lo vi. Las letras devoraron las letras.
        La radio dejó de sonar. La canción terminó abruptamente.
        La canción era de Michael Jackson. No reconocí cuál. Todas eran iguales en esos años. Jackson ya estaba en decadencia. Jackson era un tipo triste. Jackson era incomprensible. Jackson vivía en Fantasilandia.
        El Chino me mostró un cerro donde había un cementerio. Las tumbas se veían en la oscuridad. Puntos reflectantes. Luces que no venían de ninguna parte. Los ojos de la cabra multiplicados.
        El Chino dijo que había un necrófilo. Dijo que una niña se había muerto el año pasado. La mamá de su hija le contó. Era amiga de una amiga. Compañera de colegio. Prima o algo así. Murió de una enfermedad terminal. Era linda. Tenía varios pololos. La enterraron ahí. Alguien se metió por las noches. Se violó el cadáver. Tres veces. O dos. No lo encontraron nunca.
        Observé el cementerio. El auto se sacudió.
        No vi nada.
        Salió en los diarios. ¿No te acuerdas?
        No. No me acuerdo, dije.





2018
















lunes, julio 16, 2018

“El verdugo”, de Diego Muñoz Valenzuela





El verdugo, ansioso, afila su hacha brillante con ahínco, sonríe y espera. Pero algo debe vislumbrar en los ojos de quienes lo rodean, que petrifica su sonrisa y se llena de espanto.

El Heraldo se acerca al galope y lee el nombre del condenado, que es el verdugo.



en Nada ha terminado, 1984











domingo, julio 15, 2018

"Defensa de la alegría", de Mario Benedetti





a trini


Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
              y también de la alegría






en Cotidianas, 1979













sábado, julio 14, 2018

“Despedida y añoranza”, de Mao Pang





Nuestras lágrimas mojan la balaustrada.
De rocío las flores están cubiertas.
Las oscuras cimas se repliegan de montañas.
Sus ojos están tristes, encogidos
y compartimos la tristeza.
Nos miramos, sin decir palabra alguna.

Hay gotas intermitentes de lluvia
y flotantes nubes envueltas.
Mi corazón es una tormenta.
Me esperan días inquietantes.

Esta noche desde lo profundo
de la montaña donde alojamos,
navegamos entre altas olas.
Mi alma acongojada se lanza hacia su pecho.



en Poesía clásica china, 2001












viernes, julio 13, 2018

"Llamame la hija...", de Josefina Bianchi






Llamame la hija de
un escritor frustrado, un lector
clásico, pensaba en ballenas.
¿Hasta dónde entendió?
pregunto. La alegoría más grande
era el humo sin bombas,
una pipa como estandarte
de la concepción del lazo.
Calculo que es sencillo
cruzar el campo en la búsqueda
de aire fresco en vida
terrenal, es un riesgo
mirar al costado y descubrir
el cardumen de mujeres
que andan derechas
y sin saberlo arman
un esqueleto gigante
llega a la orilla y gracias
por suerte gracias, los cambios
son mínimos pero ocurren
este museo al aire libre
erosiona con el tiempo, ningún hombre
es una isla.




en Enredadera rusa, 2018 (inédito)




jueves, julio 12, 2018

“Golpe”, de Pía Barros





-Mamá, dijo el niño, ¿qué es un golpe?
-Algo que duele muchísimo y deja amoratado el lugar donde te dio.

El niño fue hasta la puerta de casa. Todo el país que le cupo en la mirada tenía un tinte violáceo.



en Miedos transitorios, 1985











miércoles, julio 11, 2018

"Me alejo en silencio...", de Vicente Huidobro

III / Traducción de Juan Carlos Villavicencio





Me alejo en silencio como una cinta de seda
Caminante de riachuelos
Todos los días me ahogo
En medio de plantaciones de plegarias
Las catedrales de mi ternura cantan a la noche bajo el agua
Y estos cantos ahora forman las islas del mar

Soy el caminante
El caminante que se parece a las cuatro estaciones

El bello pájaro navegante
Era como un reloj envuelto en algodón
Antes de volar me ha dicho tu nombre

El horizonte colonial está cubierto de cortinas
Vamos a dormir bajo el árbol parecido a la lluvia





en Tout à coup, 1925









martes, julio 10, 2018

“La vez que Agapito sudó”, de Bernardo Navia





No es posible—, dijeron los demás niños del barrio.  —No es posible. Tiene que haber algún modo, no puede ser que nunca sude, creo que debemos ayudar de alguna manera, tal vez se enferme si no logra sudar aunque sea un poquito.

Y así era. Mi amigo, Agapito del Carmen Rodríguez Rodríguez nunca, nunca sudaba. Aunque corriera por millas, o aunque estuviera, si así pudiera, las veinticuatro horas del día bajo el sol, nunca sudaba. Jamás.

Pero si he de ser sincero me parece que esto no era un gran problema para mi amigo porque, según me dijo él mismo un día:

—Bernardo, ¿qué mejor que no ensuciar ropa, o que no oler mal, o no tener mucha sed, o no andar con la incómoda sensación de pegajosidad que da el sudor sobre la piel?

La mayoría de las veces Agapito agradeció el hecho de no tener que bañarse y poder dormir cómodamente bajo las sábanas, mientras los demás muchachos nos dábamos vueltas y más vueltas tratando de conciliar el sueño en las calurosas noches tropicales de Mayagüez. ‘La mayoría de las veces’, porque hubo ocasiones, sin embargo, en que Agapito se sentía un poco fuera de lugar por poseer esas características tan secas de sus fuentes.

Permítanme continuar recordando.

El tiempo no detiene su marcha y las cabezas de los compañeros de Agapito crean callosidades de tanto pensar en la forma de hacerlo sudar: lo obligan a correr hasta que el pobre cae sin sentido del puro agotamiento, entonces van hasta donde yace medio desmayado y lo palpan por todas partes, hasta en sus resquicios más íntimos, donde seguro han de encontrar aunque sea una minúscula gota de sudor, buscan, buscan, pero nada. Se miran entre ellos desilusionados. ¿Cómo es posible? Ni un poquito siquiera.

En otra ocasión, recuerdo, lo fuerzan a permanecer todo el día bajo el sol abrasador que dora las arenas de esa playa en Rincón. Por la noche corren con él a un hospital: una insolación extrema, anuncia el médico; pero de sudor, nada...

El tiempo siguió corriendo y la verdad es que nunca supe si fue por la fuerza de la costumbre de intentar convencer a Agapito de que él era anormal, o si fue por una elección propia, el hecho es que mi amigo seguía siendo tan tímido de hombre como lo fue de niño, y esto sirvió para convencer a los demás que fue precisamente esta razón la que desencadenó los acontecimientos finales el memorable día en que Agapito, por fin, logró sudar.

Sí, gran día. Triste día.

Claro que al principio la idea solo parecía un chiste, pero con el tiempo fue tornándose casi en la única alternativa que quedaba por probar y llegó el momento en que todos estuvieron de acuerdo en llevar a cabo el plan. Todos menos uno: Agapito, por supuesto.

—¡No, no voy a hacer eso! ¿Cómo se les ocurre? Esas cosas son demasiado serias para mí como para andar jugando con ellas. Y encima con motivos tan tontos como este.
—¿Cómo que tontos?—, replicaron todos. Además nos parece a nosotros que ya eres lo suficientemente hombre como para poder hacerlo.
—¡Pero es que yo no pu...!
—¡Ah, ya cállate! Contigo siempre la misma historia—, lo interrumpió Samuel. —Después de todo Goyita no está nada de mal, y hay que aprovechar que se ofreció voluntariamente para poder colaborar con tu cura.

Nunca supe si fue por sus propias agallas o si fue por alguna jugada a traición de parte de algunos de los muchachos; el hecho es que Agapito se encuentra de pronto, un par de noches después, frente a frente con Goyita. Estaba muy nervioso pero no sudaba.

¡Pobre! Todavía hoy me lo imagino: “¿Qué hago ahora, qué?”.

Fue ella la que se encargó de aliviar un poco la tensión, me consta. Con una sensual música de fondo y con provocativos movimientos que ha aprendido durante los años que ha estado ejerciendo ese oficio, se comienza a desvestir rítmicamente y a atraer a Agapito hacia ella.

Él se decidiría por fin, he supuesto todos estos años, y con manos temblorosas comenzaría a desvestirla de las últimas prendas y las más íntimas, enfrentándose a ese universo de maravillas desconocidas para Agapito hasta ese entonces. Exploraría tímidamente aquellas vegetaciones que, aunque han sido miles de veces recorridas por manos ajenas, anónimas, desconocidas, lograrían excitarlo y comenzaría a poner en práctica los rudimentarios conocimientos técnicos que, supongo, poseería en aquella ciencia; no sin antes (me lo sigo figurando) haber hecho un angustioso llamado a todas sus fuerzas para no perder la conciencia de estar vivo.

En realidad, ahora que lo pienso bien, se me ocurre que fue Goyita la que haría todo  el trabajo: buscando, recorriendo, tomándole las manos a Agapito y llevándoselas a las zonas más vertiginosas. Gemidos, rotaciones, música, contactos o el calor insoportable que se encierra en la pequeña habitación o qué sé yo qué otras cosas, lo cierto es que de pronto, y por primera vez en su vida, mi amigo, Agapito del Carmen Rodríguez Rodríguez, habría comenzado a sudar. Abundante. Copioso. Imparable.

Pareciera de pronto como si todas sus fuentes que hasta entonces habían permanecido en completa inutilidad se hubieran puesto de acuerdo para reventar al mismo tiempo y abrirse paso a través de todos los poros y perforaciones de su cuerpo.

Goyita se asusta. Cree, por un instante, que se ha roto el techo y el agua acumulada en las canaletas entra a la habitación. Pero no, es el sudor de Agapito, que a medida que se acerca al momento mágico, corre a torrentes increíbles por su espalda, su pecho, sus piernas.

“Se va a deshacer”, piensa Goyita en algún momento, pero abandona esa idea mientras lo comienza a apretar con fuerza alrededor de la cintura, y casi enseguida le da la sensación de que Agapito está perdiendo consistencia muscular. Su sudor empapa las sábanas que se tornan pesadísimas. Se acercan rítmicamente al clímax y Goyita, gimiendo, abre los brazos en el preciso momento en que Agapito ha parecido perder todo peso y solidez. Ya no se escuchan ni sus gemidos ni su respiración entrecortada, sólo se oye un lejano gorgoteo, como el sonido que hace una olla con agua hirviendo.

Fue entonces cuando Goyita abrió los ojos y con horror contempló cómo Agapito, convertido ya en una suave e inexorable poza, se deslizaba gota a gota hacia el suelo de la miserable habitación, cuyas agrietadas losetas lo absorbieron ávidamente.



en Sobre destinos, ciudad y Dios, 2018

Ars Communis Editorial











lunes, julio 09, 2018

“A primera vista”, de Poli Délano





Verse y amarse locamente fue una sola cosa.

Ella tenía los colmillos largos y afilados.

Él tenía la piel blanda y suave: estaban hechos

el uno para el otro.



en Sin morir del todo, 1975











domingo, julio 08, 2018

"Grabado"*, de Denise Levertov

Traducción de Juan Carlos Villavicencio






Un hombre y una mujer
sentados a la orilla del río.
Él pesca,
ella lee.
Los peces no están picando.
Por una hora
ella no dio vuelta la página.
La luz a su alrededor
se mantiene tensa,
ninguna sombra se mueve,
pero el cielo y el bosque,
mira, están oscuros.
Avanza la noche sobre ellos.



en Poems 1972-1982, 2001






* A mi juicio, hay un evidente juego en el título, que en el original es "Engraved", mientras que "Grave" en inglés significa tanto "tumba" o "sepultura", como también "peligroso".











Engraved

A man and woman / sit by the riverbank. / He fishes, / she reads. / The fish are not biting. / She has not turned the page / for an hour. / The light around them / holds itself taut, / no shadow moves, / but the sky and the woods, / look, are dark. / Night has advanced upon them.











sábado, julio 07, 2018

“Al norte del Gobi”, de Fan K’i





Cuando el hielo y la escarcha se juntan son crueles,
se ha de ir lejos a buscar agua y yerba.
El arco caza diminutos animales salvajes,
se derriban árboles, se pesca en la ribera.
Caballos, vino y té, son iguales que los nuestros;
camellos, pellizas y brocados, diferentes.
Ellos son gente robusta de ojos azules
que leen la escritura de izquierda a derecha.



en Poesía china, 1960

(Rafael Alberti y María Teresa León, antologadores)

* Fan K’i, monje budista, siglo XIV