sábado, julio 14, 2018

“Despedida y añoranza”, de Mao Pang





Nuestras lágrimas mojan la balaustrada.
De rocío las flores están cubiertas.
Las oscuras cimas se repliegan de montañas.
Sus ojos están tristes, encogidos
y compartimos la tristeza.
Nos miramos, sin decir palabra alguna.

Hay gotas intermitentes de lluvia
y flotantes nubes envueltas.
Mi corazón es una tormenta.
Me esperan días inquietantes.

Esta noche desde lo profundo
de la montaña donde alojamos,
navegamos entre altas olas.
Mi alma acongojada se lanza hacia su pecho.



en Poesía clásica china, 2001












viernes, julio 13, 2018

"Llamame la hija...", de Josefina Bianchi






Llamame la hija de
un escritor frustrado, un lector
clásico, pensaba en ballenas.
¿Hasta dónde entendió?
pregunto. La alegoría más grande
era el humo sin bombas,
una pipa como estandarte
de la concepción del lazo.
Calculo que es sencillo
cruzar el campo en la búsqueda
de aire fresco en vida
terrenal, es un riesgo
mirar al costado y descubrir
el cardumen de mujeres
que andan derechas
y sin saberlo arman
un esqueleto gigante
llega a la orilla y gracias
por suerte gracias, los cambios
son mínimos pero ocurren
este museo al aire libre
erosiona con el tiempo, ningún hombre
es una isla.




en Enredadera rusa, 2018 (inédito)




jueves, julio 12, 2018

“Golpe”, de Pía Barros





-Mamá, dijo el niño, ¿qué es un golpe?
-Algo que duele muchísimo y deja amoratado el lugar donde te dio.

El niño fue hasta la puerta de casa. Todo el país que le cupo en la mirada tenía un tinte violáceo.



en Miedos transitorios, 1985











miércoles, julio 11, 2018

"Me alejo en silencio...", de Vicente Huidobro

III / Traducción de Juan Carlos Villavicencio





Me alejo en silencio como una cinta de seda
Caminante de riachuelos
Todos los días me ahogo
En medio de plantaciones de plegarias
Las catedrales de mi ternura cantan a la noche bajo el agua
Y estos cantos ahora forman las islas del mar

Soy el caminante
El caminante que se parece a las cuatro estaciones

El bello pájaro navegante
Era como un reloj envuelto en algodón
Antes de volar me ha dicho tu nombre

El horizonte colonial está cubierto de cortinas
Vamos a dormir bajo el árbol parecido a la lluvia





en Tout à coup, 1925









martes, julio 10, 2018

“La vez que Agapito sudó”, de Bernardo Navia





No es posible—, dijeron los demás niños del barrio.  —No es posible. Tiene que haber algún modo, no puede ser que nunca sude, creo que debemos ayudar de alguna manera, tal vez se enferme si no logra sudar aunque sea un poquito.

Y así era. Mi amigo, Agapito del Carmen Rodríguez Rodríguez nunca, nunca sudaba. Aunque corriera por millas, o aunque estuviera, si así pudiera, las veinticuatro horas del día bajo el sol, nunca sudaba. Jamás.

Pero si he de ser sincero me parece que esto no era un gran problema para mi amigo porque, según me dijo él mismo un día:

—Bernardo, ¿qué mejor que no ensuciar ropa, o que no oler mal, o no tener mucha sed, o no andar con la incómoda sensación de pegajosidad que da el sudor sobre la piel?

La mayoría de las veces Agapito agradeció el hecho de no tener que bañarse y poder dormir cómodamente bajo las sábanas, mientras los demás muchachos nos dábamos vueltas y más vueltas tratando de conciliar el sueño en las calurosas noches tropicales de Mayagüez. ‘La mayoría de las veces’, porque hubo ocasiones, sin embargo, en que Agapito se sentía un poco fuera de lugar por poseer esas características tan secas de sus fuentes.

Permítanme continuar recordando.

El tiempo no detiene su marcha y las cabezas de los compañeros de Agapito crean callosidades de tanto pensar en la forma de hacerlo sudar: lo obligan a correr hasta que el pobre cae sin sentido del puro agotamiento, entonces van hasta donde yace medio desmayado y lo palpan por todas partes, hasta en sus resquicios más íntimos, donde seguro han de encontrar aunque sea una minúscula gota de sudor, buscan, buscan, pero nada. Se miran entre ellos desilusionados. ¿Cómo es posible? Ni un poquito siquiera.

En otra ocasión, recuerdo, lo fuerzan a permanecer todo el día bajo el sol abrasador que dora las arenas de esa playa en Rincón. Por la noche corren con él a un hospital: una insolación extrema, anuncia el médico; pero de sudor, nada...

El tiempo siguió corriendo y la verdad es que nunca supe si fue por la fuerza de la costumbre de intentar convencer a Agapito de que él era anormal, o si fue por una elección propia, el hecho es que mi amigo seguía siendo tan tímido de hombre como lo fue de niño, y esto sirvió para convencer a los demás que fue precisamente esta razón la que desencadenó los acontecimientos finales el memorable día en que Agapito, por fin, logró sudar.

Sí, gran día. Triste día.

Claro que al principio la idea solo parecía un chiste, pero con el tiempo fue tornándose casi en la única alternativa que quedaba por probar y llegó el momento en que todos estuvieron de acuerdo en llevar a cabo el plan. Todos menos uno: Agapito, por supuesto.

—¡No, no voy a hacer eso! ¿Cómo se les ocurre? Esas cosas son demasiado serias para mí como para andar jugando con ellas. Y encima con motivos tan tontos como este.
—¿Cómo que tontos?—, replicaron todos. Además nos parece a nosotros que ya eres lo suficientemente hombre como para poder hacerlo.
—¡Pero es que yo no pu...!
—¡Ah, ya cállate! Contigo siempre la misma historia—, lo interrumpió Samuel. —Después de todo Goyita no está nada de mal, y hay que aprovechar que se ofreció voluntariamente para poder colaborar con tu cura.

Nunca supe si fue por sus propias agallas o si fue por alguna jugada a traición de parte de algunos de los muchachos; el hecho es que Agapito se encuentra de pronto, un par de noches después, frente a frente con Goyita. Estaba muy nervioso pero no sudaba.

¡Pobre! Todavía hoy me lo imagino: “¿Qué hago ahora, qué?”.

Fue ella la que se encargó de aliviar un poco la tensión, me consta. Con una sensual música de fondo y con provocativos movimientos que ha aprendido durante los años que ha estado ejerciendo ese oficio, se comienza a desvestir rítmicamente y a atraer a Agapito hacia ella.

Él se decidiría por fin, he supuesto todos estos años, y con manos temblorosas comenzaría a desvestirla de las últimas prendas y las más íntimas, enfrentándose a ese universo de maravillas desconocidas para Agapito hasta ese entonces. Exploraría tímidamente aquellas vegetaciones que, aunque han sido miles de veces recorridas por manos ajenas, anónimas, desconocidas, lograrían excitarlo y comenzaría a poner en práctica los rudimentarios conocimientos técnicos que, supongo, poseería en aquella ciencia; no sin antes (me lo sigo figurando) haber hecho un angustioso llamado a todas sus fuerzas para no perder la conciencia de estar vivo.

En realidad, ahora que lo pienso bien, se me ocurre que fue Goyita la que haría todo  el trabajo: buscando, recorriendo, tomándole las manos a Agapito y llevándoselas a las zonas más vertiginosas. Gemidos, rotaciones, música, contactos o el calor insoportable que se encierra en la pequeña habitación o qué sé yo qué otras cosas, lo cierto es que de pronto, y por primera vez en su vida, mi amigo, Agapito del Carmen Rodríguez Rodríguez, habría comenzado a sudar. Abundante. Copioso. Imparable.

Pareciera de pronto como si todas sus fuentes que hasta entonces habían permanecido en completa inutilidad se hubieran puesto de acuerdo para reventar al mismo tiempo y abrirse paso a través de todos los poros y perforaciones de su cuerpo.

Goyita se asusta. Cree, por un instante, que se ha roto el techo y el agua acumulada en las canaletas entra a la habitación. Pero no, es el sudor de Agapito, que a medida que se acerca al momento mágico, corre a torrentes increíbles por su espalda, su pecho, sus piernas.

“Se va a deshacer”, piensa Goyita en algún momento, pero abandona esa idea mientras lo comienza a apretar con fuerza alrededor de la cintura, y casi enseguida le da la sensación de que Agapito está perdiendo consistencia muscular. Su sudor empapa las sábanas que se tornan pesadísimas. Se acercan rítmicamente al clímax y Goyita, gimiendo, abre los brazos en el preciso momento en que Agapito ha parecido perder todo peso y solidez. Ya no se escuchan ni sus gemidos ni su respiración entrecortada, sólo se oye un lejano gorgoteo, como el sonido que hace una olla con agua hirviendo.

Fue entonces cuando Goyita abrió los ojos y con horror contempló cómo Agapito, convertido ya en una suave e inexorable poza, se deslizaba gota a gota hacia el suelo de la miserable habitación, cuyas agrietadas losetas lo absorbieron ávidamente.



en Sobre destinos, ciudad y Dios, 2018

Ars Communis Editorial











lunes, julio 09, 2018

“A primera vista”, de Poli Délano





Verse y amarse locamente fue una sola cosa.

Ella tenía los colmillos largos y afilados.

Él tenía la piel blanda y suave: estaban hechos

el uno para el otro.



en Sin morir del todo, 1975











domingo, julio 08, 2018

"Grabado"*, de Denise Levertov

Traducción de Juan Carlos Villavicencio






Un hombre y una mujer
sentados a la orilla del río.
Él pesca,
ella lee.
Los peces no están picando.
Por una hora
ella no dio vuelta la página.
La luz a su alrededor
se mantiene tensa,
ninguna sombra se mueve,
pero el cielo y el bosque,
mira, están oscuros.
Avanza la noche sobre ellos.



en Poems 1972-1982, 2001






* A mi juicio, hay un evidente juego en el título, que en el original es "Engraved", mientras que "Grave" en inglés significa tanto "tumba" o "sepultura", como también "peligroso".











Engraved

A man and woman / sit by the riverbank. / He fishes, / she reads. / The fish are not biting. / She has not turned the page / for an hour. / The light around them / holds itself taut, / no shadow moves, / but the sky and the woods, / look, are dark. / Night has advanced upon them.











sábado, julio 07, 2018

“Al norte del Gobi”, de Fan K’i





Cuando el hielo y la escarcha se juntan son crueles,
se ha de ir lejos a buscar agua y yerba.
El arco caza diminutos animales salvajes,
se derriban árboles, se pesca en la ribera.
Caballos, vino y té, son iguales que los nuestros;
camellos, pellizas y brocados, diferentes.
Ellos son gente robusta de ojos azules
que leen la escritura de izquierda a derecha.



en Poesía china, 1960

(Rafael Alberti y María Teresa León, antologadores)

* Fan K’i, monje budista, siglo XIV











viernes, julio 06, 2018

"Ella", de Juan L. Ortiz






Ella anuda hilos entre los hombres
y lleva de aquí para allá la mariposa profunda
ala del paisaje y del alma de un país, con su polen...

Ella hace sensible el clima de los días, con su color y su perfume...
a su pesar, muchas veces, como bajo un destino.
Testimonio involuntario, ella,
de un cierto estado de espíritu, de un cierto estado de las cosas,
en que la circunstancia da su hálito...

Pero se dirige siempre a un testigo invisible,
jugando naturalmente con la tierra y el ángel,
el infinito a su lado y el presente en el confín...

Más es el don absoluto, y la ternura,
ella que es también el término supremo y la última esencia
con las melodías de los sentidos y los símbolos y las visiones
y los latidos
para el encuentro en los abismos... Mas tiene cargo de almas,
y es la comunicación,
el traspasado ser, «como se da una flor», en el nivel de los niños,
más allá de sí misma, en el olvido puro de ella misma...

Y no busca nunca, no, ella...
espera, espera, toda desnuda, con la lámpara en la mano,
en el centro mismo de la noche





en El alma y las colinas, 1956











jueves, julio 05, 2018

“El alma de la máquina”, de Baldomero Lillo





La silueta del maquinista con su traje de dril azul se destaca desde el amanecer hasta la noche en lo alto de la plataforma de la máquina. Su turno es de doce horas consecutivas.

Los obreros que extraen de los ascensores los carros de carbón míranlo con envidia no exenta de encono. Envidia, porque mientras ellos abrasados por el sol en el verano y calados por las lluvias en el invierno forcejean sin tregua desde el brocal del pique hasta la cancha de depósito, empujando las pesadas vagonetas, él, bajo la techumbre de zinc no da un paso ni gasta más energía que la indispensable para manejar la rienda de la máquina.

Y cuando, vaciado el mineral, los tumbadores corren y jadean con la vaga esperanza de obtener algunos segundos de respiro, a la envidia se añade el encono, viendo cómo el ascensor los aguarda ya con una nueva carga de repletas carretillas, mientras el maquinista, desde lo alto de su puesto, parece decirles con su severa mirada:

-¡Más a prisa, holgazanes, más a prisa!

Esta decepción que se repite en cada viaje, les hace pensar que si la tarea les aniquila, culpa es de aquel que para abrumarles la fatiga no necesita sino alargar y encoger el brazo.

Jamás podrán comprender que esa labor que les parece tan insignificante, es más agobiadora que la del galeote atado a su banco. El maquinista, al asir con la diestra el mango de acero del gobierno de la máquina, pasa instantáneamente a formar parte del enorme y complicado organismo de hierro. Su ser pensante conviértese en autómata. Su cerebro se paraliza. A la vista del cuadrante pintado de blanco, donde se mueve la aguja indicadora, el presente, el pasado y el porvenir son reemplazados por la idea fija. Sus nervios en tensión, su pensamiento todo se reconcentra en las cifras que en el cuadrante representan las vueltas de la gigantesca bobina que enrolla dieciséis metros de cable en cada revolución.

Como las catorce vueltas necesarias para que el ascensor recorra su trayecto vertical se efectúan en menos de veinte segundos, un segundo de distracción significa una revolución más, y una revolución más, demasiado lo sabe el maquinista, es: el ascensor estrellándose, arriba, contra las poleas; la bobina, arrancada de su centro, precipitándose como un alud que nada detiene, mientras los émbolos, locos, rompen las bielas y hacen saltar las tapas de los cilindros. Todo esto puede ser la consecuencia de la más pequeña distracción de su parte, de un segundo de olvido.

Por eso sus pupilas, su rostro, su pensamiento se inmovilizan. Nada ve, nada oye de lo que pasa a su rededor, sino la aguja que gira y el martillo de señales que golpea encima de su cabeza. Y esa atención no tiene tregua. Apenas asoma por el brocal del pique uno de los ascensores, cuando un doble campanillazo le avisa que, abajo, el otro espera ya con su carga completa. Estira el brazo, el vapor empuja los émbolos y silba al escaparse por las empaquetaduras, la bobina enrolla acelerada el hilo del metal y la aguja del cuadrante gira aproximándose velozmente a la flecha de parada. Antes que la cruce, atrae hacia sí la manivela y la máquina se detiene sin ruido, sin sacudidas, como un caballo blando de boca.

Y cuando aún vibra en la placa metálica el tañido de la última señal, el martillo la hiere de nuevo con un golpe seco, estridente a la vez. A su mandato imperioso el brazo del maquinista se alarga, los engranajes rechinan, los cables oscilan y la bobina voltea con vertiginosa rapidez. Y las horas suceden a las horas, el sol sube al cénit, desciende; la tarde llega, declina, y el crepúsculo, surgiendo al ras del horizonte, alza y extiende cada vez más a prisa su penumbra inmensa.

De pronto un silbido ensordecedor llena el espacio. Los tumbadores sueltan las carretillas y se yerguen briosos. La tarea del día ha terminado. De las distintas secciones anexas a la mina salen los obreros en confuso tropel. En su prisa por abandonar los talleres se chocan y se estrujan, mas no se levanta una voz de queja o de protesta: los rostros están radiantes.

Poco a poco el rumor de sus pasos sonoros se aleja y desvanece en la calzada sumida en las sombras. La mina ha quedado desierta.

Sólo en el departamento de la máquina se distingue una confusa silueta humana. Es el maquinista. Sentado en su alto sitial, con la diestra apoyada en la manivela, permanece inmóvil en la semioscuridad que lo rodea. Al concluir la tarea, cesando bruscamente la tensión de sus nervios, se ha desplomado en el banco como una masa inerte.

Un proceso lento de reintegración al estado normal se opera en su cerebro embotado. Recobra penosamente sus facultades anuladas, atrofiadas por doce horas de obsesión, de idea fija. El autómata vuelve a ser otra vez una criatura de carne y hueso que ve, que oye, que piensa, que sufre.

El enorme mecanismo yace paralizado. Sus miembros potentes, caldeados por el movimiento, se enfrían produciendo leves chasquidos. Es el alma de la máquina que se escapa por los poros del metal, para encender en las tinieblas que cubren el alto sitial de hierro, las fulguraciones trágicas de una aurora toda roja desde el orto hasta el cénit.



en Subsole, 1907











miércoles, julio 04, 2018

"No me parece ni bien ni mal", de Luis Buñuel






Yo creo que a veces nos contemplan
por delante por detrás por los costados
unos ojos rencorosos de gallina
más temibles que el agua podrida de las grutas
incestuosos como los ojos de la madre
que murió en el patíbulo
pegajosos como un cóito
como la gelatina que tragan los buitres

Yo creo que he de morir
con las manos hundidas en el lodo de los caminos

Yo creo que si me naciese un hijo
se quedaría mirando eternamente
las bestias que copulan en los atardeceres.



en Obra literaria, 1982 







Retrato de Luis Buñuel por Salvador Dalí, 1924


















martes, julio 03, 2018

“Salamandra”, de Gerardo Mello Mourão





Dentro de los velos de fuego,
de la blusa en llamas,
de la hoguera
de la falda en llamas
esa cabeza colorada y la mancha y la zarza

mancha de rostro y seno y mandarina
y la zarza de oro en su
isla – la isla
del ruiseñor de la estrella y del rubí;

yo te digo Susana o Margarida,
Ginandra y Salamandra
y fulvia y pecosa.



Traducción de Marcelo Pellegrini

en Figuras del original, 2006











lunes, julio 02, 2018

"El alegre canto de los pájaros tristes", de José Larralde







El alegre canto de los pájaros tristes,
el alegre canto de los pájaros tristes
llega a mi ventana como una puteada.
El dedo puntudo de su indiferencia
me acusa de cómplice,
de bárbaro y muerto.
El que pasa lista todas las mañanas
compra la alegría de sentirse fuerte, libre y carcelero.
Un poco de alpiste, sobras de manzana
y alguna lechuga
porque el campo es verde.
Y por la lechuga soñaran mañanas
y por la lechuga soñaran macanas
y con eso alcanza
y con eso basta.
Y el que pasa lista todas las mañanas
les chifla de afuera
porque así le cantan.
Y él siente que existe
y el aire se viste del alegre canto de los pájaros tristes
todas las mañanas
todas las mañanas
todas las mañanas...

Y el que pasa lista todas las mañanas
dice que a los pájaros sueltos
se los comen los gatos.
Entonces yo pienso
que a los gatos sueltos los matan los perros,
a los perros sueltos los aplastan los autos,
a los autos sueltos se los llevan los chorros
y a los chorros sueltos...

Habrá que seguir escuchando el alegre canto de los pájaros tristes.

Qué lo parió...






Contribución a DscnTxt de Cristóbal Koch







Acá José Larralde:





domingo, julio 01, 2018

“Nos deja Garrincha, la «Alegría del Pueblo»”, de Alfredo Relaño





Pau Grande es un pueblo que hoy tendrá unos 5000 habitantes, a hora y media en auto desde Río de Janeiro, por carreteras empedradas y empinadas, entre montañas y vegetación selvática. Allá está enterrado Manuel dos Santos, Garrincha, porque allá fue donde nació, el 23 de marzo de 1933. Fue un niño atacado de una poliomielitis leve, que le dejó una pierna algo más corta que otra, y con la rodilla metida un poco hacia dentro. Garrincha tenía la pierna derecha de cowboy, arqueada y sana, pero la izquierda era extraña, de curva paralela a la de la otra, en lugar de hacer el paréntesis común. ¿Cómo pudo jugar al fútbol así? Pues jugó, y lo hizo extraordinariamente bien. Tras pasar por Vasco da Gama, Fluminense y San Cristóbal llegó al Botafogo, el equipo de su vida, con el que se le vio en España, en el viejo Metropolitano, el día en que se presentaba el fichaje de Pazos por el Atlético. Pero fue una celebridad mundial sobre todo por sus proezas en los mundiales de Suecia y de Chile, los cuales ganó con Brasil.

Al primero había ido como suplente de Joel, así como Pelé había ido como suplente de Altafini. Pero el equipo no respondía y, al tercer partido, ante Gales, el seleccionador los sacó a los dos y quedó conformada una gran delantera: Garrincha, Didí, Vavá, Pelé y Zagallo. En el de Chile, Pelé se lesionó pronto y Garrincha cargó con el peso del equipo, al que hizo campeón. Nunca sabía contra quién jugaba. Para él, todos sus marcadores se llaman João, porque así se llamaba el primero que le marcó en un partido oficial. Cuando acabó el Mundial de Suecia se apenó, porque creía que había una segunda vuelta, como en la liga, en la que había que volver a jugar contra todos.

Para Inglaterra 66 ya estaba en leve decadencia, y le discutía el puesto Jairzinho. Pronto entró en barrena, y empezó a correr de club en club (Corinthians, Portuguesa, Flamengo y Atlético Junior de Barranquilla, en Colombia) y de barra en barra. Cambió la vida de deportista por la de la farándula, en compañía de la cantante Elsa Soares, a la que se unió tras abandonar a su esposa.

Sin embargo, el pueblo le siguió adorando, más que a Pelé, que se fue al Cosmos y se hizo un hombre grande del business system norteamericano. Garrincha, apodado así por el nombre de un pajarillo de la selva, había salido del pueblo y volvió a él. Se convirtió en un desheredado más. Años después le cantaría Zitarrosa: «¿Quién se llevó de pronto la multitud? ¿Quién le llenó su vaso en la soledad?». De Garrincha se sabe de cuando en cuando, cada vez que se le ingresa para una cura de desintoxicación. En los carnavales de Río de 1980, una imagen patética da la vuelta al mundo: una carroza celebra los títulos de Brasil, y a su frente, sentado, va un Garrincha delgadísimo, depauperado, que mueve mecánicamente la mano para saludar a la gente.

Meses después fallece. Aparece en el suelo con un golpe en el ojo. Su hermana y alguna de sus hijas acusan a su última mujer, Vanderleia, de asesinato, pero la autopsia desvela que ha fallecido por un cuadro clínico de alcoholismo crónico: congestión pulmonar, degeneración del hígado, pancreatitis y pericarditis. Llevaba veinte días seguidos bebiendo, incluso colonia, y tres sin comer. Su modesta tumba en Pau Grande siempre tiene siete velas, homenaje al siete más grande de la historia.



en 366 historias del fútbol mundial que deberías saber, 2010










sábado, junio 30, 2018

"Ocho compases de una canción Ganzhou", de Liu Yong

Versión de Juan Carlos Villavicencio






Llueve y llueve
la tarde desde el cielo,
cayendo sobre el río,
bañando de frío el aire de este otoño.
Poco a poco la escarcha cae y sopla el viento helado
sobre las pocas personas que cruzan el arroyo o la colina,
mientras se desvanece la luz del sol que se ahogaba en mi habitación.
En todas partes, el rojo y el verde se marchitan:
No hay más esplendor que un día soleado.
Solo las olas del Río Largo
fluyen en silencio hacia el este.

No puedo soportar
ir tan alto y mirar hacia lo lejos, para mirar donde
mi tierra natal se pierde en una niebla tan espesa
que carga de nostalgia mi solitario corazón.
Suspiro por todos los años que vagué.
¿Por qué debería demorarme sin ninguna esperanza?
Desde su habitación, mi amor
miraba con ojos llenos de anhelo.
¿Cuántas veces ha confundido velas errantes
en el horizonte con esas velas que fueron mías?
¿Cómo podría ella saber que,
caminando junto a los rieles,
con esta fría tristeza en la cara, aún la sigo extrañando?