miércoles, mayo 27, 2015

“Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra”, de Álvaro de Campos

Traducción de Draupadí de Mora





Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra
a la luz de la luna y al sueño, en la carretera desierta,
solitario conduzco, conduzco casi despacio, y un poco
me parece, o me esfuerzo un poco para que me parezca,
que sigo por otra carretera, por otro sueño, por otro mundo,
que sigo sin que haya Lisboa detrás o Sintra por ver
que sigo, ¿y qué más hay en seguir sino no parar, sino seguir?
voy a pasar la noche a Sintra por no poder pasarla en Lisboa,
pero cuando llegue a Sintra tendré pena 
          de no haberme quedado en Lisboa.
Siempre esta inquietud sin propósito, sin nexo, sin consecuencia,
siempre, siempre, siempre,
esta angustia excesiva del espíritu por cosa alguna,
en la carretera de Sintra, o en la carretera del sueño, 
          o en la carretera de la vida…

Maleable a mis movimientos subconscientes del volante,
galopa debajo de mí, conmigo, el automóvil que me prestaron.
Sonrío por el símbolo, al pensar en él, al girar a la derecha.
¡Cuántas cosas que me prestaron conduzco como mías!
¡Cuánto me han prestado, ay de mí!, ¡yo mismo lo soy!

A la izquierda la casucha –sí, la casucha- a la vera del camino.
A la derecha el campo abierto, con la luna a lo lejos.
El automóvil, que parecía hace poco darme libertad,
es ahora una cosa donde estoy encerrado,
que solo puedo manejar si estoy encerrado en él,
que solo domino si me incluyo en él, si él me incluye a mí.

A la izquierda, allá atrás, la casucha modesta, más que modesta.
La vida ahí debe ser feliz, solo porque no es la mía.
Si alguien me vio desde la ventana de la casucha, soñará: 
          aquél es el que es feliz.
Tal vez para el niño que espía por los vidrios de la ventana 
          del piso de arriba
quedé (con el automóvil prestado) como un sueño, un hada real.
Tal vez para la muchachita que miró, oyendo el motor, 
          por la ventana de la cocina
de abajo,
soy algo parecido al príncipe de todo corazón de muchacha,
y ella me mirará de reojo, a través de los vidrios, 
          hasta la curva en que me perdí.
Dejaré sueños detrás de mí, ¿o es el automóvil que los deja?
¿Yo, el conductor de un automóvil prestado, 
          o el automóvil prestado que yo conduzco?

En la carretera de Sintra a la luz de la luna, en la tristeza, 
          ante los campos y la noche,
conduciendo el Chevrolet prestado desconsoladamente,
me pierdo en la carretera futura, desaparezco en la distancia que alcanzo,
y, en un deseo terrible, súbito, violento, inconcebible,
acelero…
Pero mi corazón se quedó en el montón de piedras, 
          del que me desvié al verlo sin verlo,
a la puerta de la casucha,
mi corazón vacío,
mi corazón insatisfecho,
mi corazón más humano que yo, más exacto que la vida.

En la carretera de Sintra, cerca de la medianoche, 
          a la luz de la luna, al volante,
en la carretera de Sintra, qué cansancio de la propia imaginación,
en la carretera de Sintra, cada vez más cerca de Sintra,
en la carretera de Sintra, cada vez menos cerca de mí…


 

Ao volante do Chevrolet pela estrada de Sintra

Ao volante do Chevrolet pela estrada de Sintra,/ Ao luar e ao sonho, na estrada deserta, Sozinho guio, guio quase devagar, e um pouco/ Me parece, ou me forço um pouco para que me pareça,/ Que sigo por outra estrada, por outro sonho, por outro mundo,/ Que sigo sem haver Lisboa deixada ou Sintra a que ir ter,/ Que sigo, e que mais haverá em seguir senão não parar mas seguir?/ Vou passar a noite a Sintra por não poder passá-la em Lisboa,/ Mas, quando chegar a Sintra, terei pena de não ter ficado em Lisboa./ Sempre esta inquietação sem propósito, sem nexo, sem consequência,/ Sempre, sempre, sempre,/ Esta angústia excessiva do espírito por coisa nenhuma,/ Na estrada de Sintra, ou na estrada do sonho, ou na estrada da vida.../ Maleável aos meus movimentos subconscientes do volante,/ Galga sob mim comigo o automóvel que me emprestaram./ Sorrio do símbolo, ao pensar nele, e ao virar à direita./ Em quantas coisas que me emprestaram guio como minhas!/ Quanto me emprestaram, ai de mim!, eu próprio sou!/ À esquerda o casebre — sim, o casebre — à beira da estrada./ À direita o campo aberto, com a lua ao longe./ O automóvel, que parecia há pouco dar-me liberdade,/ É agora uma coisa onde estou fechado,/ Que só posso conduzir se nele estiver fechado,/ Que só domino se me incluir nele, se ele me incluir a mim./ À esquerda lá para trás o casebre modesto, mais que modesto./ A vida ali deve ser feliz, só porque não é a minha./ Se alguém me viu da janela do casebre, sonhará: Aquele é que é feliz./ Talvez à criança espreitando pelos vidros da janela do andar que está em cima/ Fiquei (com o automóvel emprestado) como um sonho, uma fada real./ Talvez à rapariga que olhou, ouvindo o motor, pela janela da cozinha/ No pavimento térreo,/ Sou qualquer coisa do príncipe de todo o coração de rapariga,/ E ela me olhará de esguelha, pelos vidros, até à curva em que me perdi./ Deixarei sonhos atrás de mim, ou é o automóvel que os deixa?/ Eu, guiador do automóvel emprestado, ou o automóvel emprestado que eu guio?/ Na estrada de Sintra ao luar, na tristeza, ante os campos e a noite,/ Guiando o Chevrolet emprestado desconsoladamente,/ Perco-me na estrada futura, sumo-me na distância que alcanço,/ E, num desejo terrível, súbito, violento, inconcebível,/ Acelero.../ Mas o meu coração ficou no monte de pedras, de que me desviei ao vê-lo sem vê-lo,/ À porta do casebre,/ O meu coração vazio,/ O meu coração insatisfeito,/ O meu coração mais humano do que eu, mais exacto que a vida./ Na estrada de Sintra, perto da meia-noite, ao luar, ao volante,/ Na estrada de Sintra, que cansaço da própria imaginação,/ Na estrada de Sintra, cada vez mais perto de Sintra,/ Na estrada de Sintra, cada vez menos perto de mim...








martes, mayo 26, 2015

"Cielo despejado", de Giuseppe Ungaretti





Después de la creciente
niebla
una
por una
las estrellas
se quitan el velo

Respiro
el aire fresco
que el color del cielo
me ofrece

Sé soy
una pasajera
imagen

atrapada en un círculo
inmortal




Bois de Courton, Julio 1918







Versión de Rafael Díaz Borbón













lunes, mayo 25, 2015

“La poesía está hecha de enunciados expuestos en el camino hacia la tumba”. Entrevista a Dylan Thomas, de Harvey Breit



Dylan Thomas y Caitlin en un bar de Nueva York, con Rose y Dave Slivka




El poeta galés Dylan Marlais Thomas (1914-1953) nació en Swansea. Hijo de un profesor inglés, trabajó como periodista hasta que la publicación de sus Eighteen Poems (1934) le catapultó a la fama. Su Poemas escogidos (Collected Poems 1934-1952) fueron publicados en 1952 y, para un libro de su tipo, constituyó un éxito de ventas. Su voz poética, su interés en las sensaciones sonoras y su humor se fusionaron en Bajo el bosque lácteo (Under Milk Wood, 1954), una obra para la radio acerca de la vida en una aldea galesa. Escribió también cuentos cortos y guiones para la radio. Murió joven, resultado de su alcoholismo, durante una gira de conferencias por Estados Unidos.

En 1950 el brillante y parco poeta galés Dylan Thomas nos visitó por primera vez. Ahora ha vuelto, tanto por demanda popular como por deseo propio, para leer sus propios versos y los de otros poetas en la YMHA (Young Women Hebrew Association) de la calle 92, en el Museo de Arte Moderno y en docenas de facultades y universidades. Para celebrar el acontecimiento, New Directions va a publicar sus nuevos poemas, In Contrary Sleep. Como celebración a nivel más personal, este periodista entabló con él una repetición de su conversación previa. Estaba convencido, y era apostar sobre seguro, de que el señor Thomas no se repetiría, no podría repetirse. Como resultó ser inexorablemente.

En el transcurso de nuestra primera conversación (14 de mayo de 1950), Thomas se describió a sí mismo con las siguientes palabras: 'Treinta y cinco años más viejo, esbelto, de tez oscura, inteligente y de mirada punzante, tierna, enloquecida". A continuación añadió: "Añada que me estoy quedando calvo y sin dientes. También voy bien vestido". Mr. Thomas no era esbelto por aquel entonces, y sigue sin serlo. Continúa siendo rubio, su cabello es abundante y revuelto, tiene dientes de sobra y sus ojos son redondos y de expresión adormilada. Es evidente que su ropa de tweed está sin planchar. Mr. Thomas, de hecho, podría haber ocupado el lugar de Heywood Broun en la ocasión en que alguien le describió diciendo que parecía una cama sin hacer. Me alegra informar que sigue siendo, en términos generales, inteligente, imaginativo e intransigente.

Al principio, la conversación versó sobre poesía en general y Thomas Hardy en particular, que resultó ser el poeta favorito del siglo para él. Pero Mr. Thomas es también un prosista de talento, y el que suscribe se preguntaba qué opinaría sobre ambos medios de expresión. Por ejemplo, ¿le interesaba cada vez menos la prosa?

No —respondió Mr. Thomas—, cuando te vas haciendo mayor descubres que se van separando cada vez más respecto a lo que sientes, y que la prosa se vuelve más limpia y concisa.

Eso era lo que su seguro servidor opinaba de la prosa de Eliot. Mr. Thomas asintió.

Eliot las mantiene separadas. Emplea una prosa bellísima, aunque sólo porque no tiene nada que ver con los versos. Un poeta no puede escribir prosa extravagante: sería desbordar el cieno. Joyce es exactamente el caso opuesto. Escribía una poesía simple y limpia y una prosa maravillosamente imaginativa. En la mayoría de los casos ocurre lo contrario. Los escritores deberían guardarse sus opiniones para la prosa.

Suponiendo —dijo el entrevistador— que usted no fuera usted y que yo no fuera yo...
Estoy dispuesto a creerlo —dijo sucintamente Mr. Thomas.

... y le preguntara a no—usted por qué los poetas no debieran expresar opiniones en su poesía...
Las opiniones —respondió Mr. Thomas— son el resultado de una discusión con uno mismo y dado que la mayoría de la gente no es capaz de discutir con nadie, y menos aún consigo misma, las opiniones son un horror. Hay opiniones y opiniones, por supuesto. En la poesía dramática sin ir más lejos, pero la mayoría de nosotros somos poetas líricos. Fue Eliot quien en este siglo demostró que era posible hablar de cualquier tema en verso, excepto sobre uno mismo.

¿No había entonces alguna discrepancia en lo que estaba diciendo Mr. Thomas?
Supongo —dijo Mr. Thomas— que habría que matizar el tema de la opinión.

Eso era lo que Mr. Thomas había estado haciendo ¿o no?

El matiz —continuó Mr. Thomas—, la inclinación de la mente, moldea la poesía.

Mr. Thomas mantenía su cigarro de los entreactos en la comisura de la boca, inclinando la cabeza para alejarla del humo.

Me gusta escribir la palabra "sangre" —prosiguió—.. Es un tipo curioso de palabra; significa demencia, entre otras cosas. El empleo frecuente de la misma forma parte de mi inclinación mental.

Mr. Thomas y su invitado bebieron.

Lo que resulta interesante —reanudó tras unos instantes— es el modo en que ciertas palabras pierden, bien su significado o bien su bondad. Por ejemplo, la palabra "honor". Una palabra digna de héroes. En realidad es una palabra más digna de Nerón.

¿Por qué pierden su significado o su bondad las palabras?
Las emplean con asiduidad las personas que no deben —respondió Mr. Thomas, con expresión propia de un búho.

¿Cuánto tiempo iba a estar entre nosotros?
Unos tres meses —respondió Mr. Thomas—. Será mi última visita en algún tiempo. Con eso habré conseguido engañar a todas las universidades y todas las universidades habrán hecho lo propio conmigo.

El que suscribe no estaba dispuesto a tomarse en serio semejante declaración.

Como quiera —dijo Mr. Thomas—. Yo sí.

¿Le importaría recapitular?
Poesía —resumió, rehuyendo todo lo que pudiera sonar a teatral—. La poesía. Me gusta pensar que está hecha de enunciados expuestos en el camino hacia la tumba.



en The New York Times Book Review, 17 de febrero de 1952










domingo, mayo 24, 2015

"Fiebre marina", de John Masefield

© Versión de Juan Carlos Villavicencio




Debo descender a los mares otra vez, a la soledad del mar y el cielo,
y todo lo que pido es un velero y una estrella para navegar
            con rumbo a ella,
y el golpe del timón y la canción del viento y la agitación
            de una vela blanca,
y una niebla gris en el rostro del mar y que se asome un gris amanecer.

Debo descender a los mares otra vez, pues el llamado de la marea huyendo
es un llamado salvaje y un claro llamado que no se puede negar;
y todo lo que pido es un día de vientos con nubes blancas allá arriba,
y la espuma arrojada y soplada, y también el grito de las gaviotas.

Debo descender a los mares otra vez, a la vagabunda vida gitana,
al camino de la gaviota y la ballena, donde el viento sea como
            un cuchillo afilado;
y todo lo que pido es una historia feliz de un trotamundos mientras ríe,
y dormir tranquilo un dulce sueño cuando terminen mis largas horas
             al timón.





en Salt-water poems and ballads, 1913













sábado, mayo 23, 2015

“La flor de durazno”, de Huan Chien Chu








Parece una bella pintada de rojo;
ebria, se balancea al viento primaveral,
sonriendo a las verdes aguas.
Se irrita con el poeta que se burla de su triste suerte;
después de su caída, las ramas,
¿no se llenarán de frutos?



en Poetas chinos, 1958








viernes, mayo 22, 2015

"Pon en mi pecho, niña, pon tu mano...", de Heinrich Heine





Pon en mi pecho, niña, pon tu mano.
¿No sientes dentro lúgubre inquietud?
Es que en el alma llevo un artesano
que se pasa clavando mi ataúd.

Trabaja sin descanso todo el día;
y en la noche trabaja sin cesar;
que acabes pronto, maestro, mi alma ansía,
y me dejes en calma descansar.




Versión de Vicente Huidobro














jueves, mayo 21, 2015

“Violeta Parra”, de Braulio Arenas







Violeta Parra canta a lo humano, canta a lo divino, canto a lo lago, canta a lo selva, canta a lo río, canta a lo montaña, canta a lo pájaro, canta a lo pastora. En una palabra, Violeta Parra canta a lo todo.

Sin mayor esfuerzo, como si dispusiera de un espejo de sílabas para su propio uso, canta la noche de los amantes y la estrella del alba, porque este espejo por ratos vacía su azogue: lo que vio en este mundo y también en el otro, que es este mismo mundo en razón inversa del cuadrado de su canto.

Canta, y de repente el resplandor que brota de su garganta se hace relámpago compacto, como postre de leche asada, y las estrellas que rondan su cabeza son otras tantas letras que forman la palabra valparaíso (así con minúscula), letras escritas literalmente (si se me permite la expresión) en el aire, letras de cola de cometa, de poesía más liviana que nuestro sueño.

Canta Violeta Parra, y el orden mágico de su canto nos restituye el canon de los pastores que saben cantar para romper el misterio de la nube y provocar la lluvia. Los usos, modos y costumbres de su canto saben más de la vida y de la muerte porque saben a amor. La simetría de su voz convoca distantes galaxias, y hace el paraíso a la medida de sus canciones.

Voz profética, voz medieval, voz antropológica, voz ética, voz de Violeta Parra. A su voz los puentes levadizos se bajan para que ella (su voz) se interiorice, y para que ella (Violeta) se exteriorice en hada, y escuche al mundo a través de su canto.

Ella ha dicho su canto y lo ha dicho con gravedad (y al decir gravedad pienso, y esto es para mí tal vez, que gracias a Violeta sabemos cómo cantaron Leonoreta y Urganda), ella ha dicho su mundo y lo ha dicho con mundo. Y antes de terminar este homenaje, quisiera agregar esto que se me ha ocurrido a propósito de nuestra inspirada cantante: así como es posible que sea “precisamente” este vaso y esta agua los que nos permitan poner en práctica la teoría de la tempestad (la tempestad en un vaso de agua), es posible que sea la voz de Violeta Parra la que ponga en práctica la teoría de la belleza (en un espejo de sílabas la poesía intacta).



en revista Extremo Sur, Nº2, marzo de 1955