jueves, junio 21, 2018

“Soy fan de la poesía chilena”, entrevista a Álvaro Bisama, de Diego Zúñiga





A propósito de su libro Cien, una compilación subjetiva de la historia de la literatura chilena, esta conversación con Álvaro Bisama deriva en disquisiciones sobre los poetas chilenos de los años 90 y la Novísima poesía chilena, además de afirmar los posibles nuevos bríos que Zambra, Patricio Jara, Jorge Baradit y el mismo Bisama representan en la narrativa chilena actual. Dicen que Paul Thomas Anderson, el director de Magnolia, confesaba que sus películas nacían a partir de listas que realizaba. Eso dicen. O mejor dicho, eso leí en un artículo que Alvaro Bisama (Valparaíso, 1975) escribió sobre George Perec, otro tipo al que le fascinaban las listas.


¿Cuáles son las ideas que te quedaron rondando después de escribir Cien con respecto a nuestra literatura?
Lo primero, es que  rayé con todo lo escrito entre 1910 y 1930: Pedro Prado, González Vera, Federico Gana, Orrego Luco. Volver sobre ellos sin el karma de la crítica académica, tipo Eduardo Godoy o José Promis, resultó ser un verdadero agrado. Redescubrir que Pedro Prado era un tipo que escribía en la melancolía absoluta mientras contemplaba el paisaje, o que Alhué es un libro de casas vacías en un pueblo fantasma fueron cosas interesantes. En el fondo ese fue un descubrimiento positivo.

¿Y algún descubrimiento negativo?
En la escuela de literatura donde yo estudié (UPLA), me enseñaron que la generación del 50 (Claudio Giaconi, Jorge Edwards, José Donoso) era relevante, y luego de volver a leer a esos autores te das cuenta de que no eran centrales, sino que los que estaban antes o después eran más importantes, como Gómez Morel, Skármeta o Wacquez. En el fondo, los de la generación del 60 eran más importantes que los del 50. Y ahí también hay una lectura política, porque me parecen mucho más los gestos de civilidad en Skármeta o de la crisis de la fractura de la identidad que aparece en Gómez Morel, que todo el rollo de la clásica novela burguesa chilena que está presente en los del 50.

En una de tus columnas de El Comelibros decías que después de escribir Cien, sentías que La difícil juventud se caía frente a una novela como El río.
O sea, claro, porque Goméz Morel, como Droguett y Rojas, son tres novelistas que están fuera de la experiencia de lo burgués. Y están metidos en una clase de redes sociales mucho más complejas, contradictorias y heterogéneas. Hay un sujeto nacional mucho más complejo ahí que en los autores del 50.

Es como esa cita de Droguett que aparece en Cien: “Todos han visto al patrón enamorando a la chinita, aun le han ayudado a enamorarla, pero no han mirado la sangre del aborto”.
Claro. Y eso está en Synco, por ejemplo. Ahí es Droguett aplicado. Todo lo que dice Droguett en los 40, Baradit lo aplica en su novela, sin que esté pensando en eso, a pesar de que Baradit es un lector oblicuo de ese Droguett..

Ahora, cambiando de vereda, ¿cuál es tu impresión de la poesía chilena después de Cien?
En realidad yo soy fan de la poesía chilena. Pero claro, me di cuenta de otras cosas. Por ejemplo, que la escritura de Maquieira es una poesía muy sola, muy de espalda al mundo, una especie de brazo muerto, parecido al Couve final. Son brazos muertos que alcanzan obras mayores, pero justamente en esas obras mayores, entre comillas, se quedan atrapados y solos. Perdidos. No sé, estoy pensando en Venus en el pudridero, que es la misma sensación. Es un lugar que solo Anguita puede habitar.

Anguita es como alguien aislado…
Claro, porque en el fondo no sé si Anguita deje discípulos. En cambio Parra creó un método que se ve hasta hoy. Anguita no creó un método en un sentido de generar herramientas de trabajo. Por eso es brillante... pavoroso y brillante.

Hablando de poetas mayores en edad… ¿Por qué no pusiste algún libro de Gonzalo Rojas?
Porque Rojas me parece aborrecible, es uno de los autores más aborrecibles en Chile. O sea no sé si aborrecible, pero Rojas es muy predecible. En el fondo es una derivación del proyecto de las vanguardias leído desde un Rimbaud de provincias. Sin fuerza. Rojas no hace libros de poesía, escribe bonitos poemitas sueltos. Hay que juzgarlo desde ahí, desde su deseo de ser un poeta de estadio, de grandes masas. En el fondo qué sentido tiene leer a Rojas si tenemos a Nicanor Parra.

Aunque en la Academia no piensan eso…
Al lado de Parra, da como penita. Lo que pasa es que en el fondo Parra pone al poema en una tesis de vanguardia tan radical que ya ni siquiera escribe poemas, sino que traduce. Parra hace avanzar el texto en su propia desilusión y Rojas sólo quiere homenajes, lo mismo que Jorge Edwards en la narrativa. Lo único que quieren es el autobombo.

Una de las sorpresas fue ver a Rolando Cárdenas, quien siempre ha estado relegado a un segundo plano por la figura de Teillier.
Sí, tenía que estar. Porque en el fondo es muy distinto a Teillier en 2 o 3 aspectos. Porque Cárdenas trabaja hacia adentro, hacia su propia opacidad. En sus textos Cárdenas nunca dejó el sur, Teillier sí. Y eso es súper chocante, porque en Cárdenas está el verdadero proyecto lárico. En cambio, Teillier se muda literariamente a Santiago y se transforma en un cliché de sí mismo. Y eso está bien igual, pero Cárdenas además tuvo el gesto de agregar esa clase de poesía tan íntima, tan opaca, tan profundamente conmovedora que había que colocarlo, había que volver sobre él.

Otra de las sorpresas, fue ver La ciudad anterior, sabiendo que nunca te ha gustado lo que hace Contreras. ¿Por qué él y no otro representante de “La nueva narrativa”?
Era Contreras o Collyer. Pero en el fondo creo que todavía no aparece el gran libro de Collyer, y lo estoy esperando como fan de él que soy. Además que tenía ganas de releer La ciudad anterior, sin ánimo de nada. De hecho, la otra vez Pancho Ortega me dijo que la reseña sobre Contreras era muy triste, no tenía odio, sino que tenía tristeza. Y claro, porque hablaba más de la pena de encontrarme con una obra que no estaba a la altura de lo que muchos dicen. Como que me quedó la sensación de que había una tristeza de algo no logrado, a pesar de que pareciera que estaba logrado. Cosa que es distinto con Fuguet.

¿Por qué?
Porque Por favor, rebobinar es un libro que me parece cada vez más jugado, sobre todo en la edición sin cortes que apareció después. En el fondo hartas cosas que nos gustan están en esa novela de Fuguet. La disolución de las voces, el uso de formatos narrativos distintos. La primera versión la criticaron todos, pero en la versión con bonus tracks, que sacó Alfaguara 4 o 5 años después, está todo eso. Ahí te das cuenta de que Fuguet tenía un rollo bastante más complejo, que tenía algo que decir.

Cuando cierras Cien, sobre todo en la década de los noventa, aparecen más textos de narrativa que de poesía, sobre todo de “No ficción”. ¿Sientes que estos libros se toman el panorama en esos años de la literatura chilena?
Sí, porque ninguna novela de los noventa es tan poderosa como Chile actual: anatomía de un mito, de Tomás Moulian, que es una novela en el fondo. Ninguna novela escrita en ese tiempo es tan poderosa como El empampado Riquelme, de Pancho Mouat. Como tampoco ninguna novela  de los ochenta es tan o más poderosa que Chao no más, de Hervi. Ahí están los mismos procedimientos y las mismas reflexiones que hacía Diamela Eltit. De hecho Chao no más y Lumpérica son casi el mismo libro: ahí la ciudad que se va deteriorando, los cuerpos y las voces son acosados por la violencia y el miedo, todos quedan desnudos en la plaza pública.

¿Y cómo ves el panorama en la actualidad?
En realidad no sé si esto ha cambiado. De todas formas a partir de Ygdrasil, Bonsái, los libros del Pato Jara y Caja negra, siento que algo pasó. O sea, apareció en los últimos cuatro años una escena que nadie predijo y eso es muy raro. Yo aún no lo entiendo. Porque en el fondo ¿quiénes eran las estrellas de la narrativa chilena joven? La Nona Fernandez, Leonart, que es casi la misma generación de los noventa. Además estaba todo lo de los talleres literarios, y eso desapareció hace un par de años. Se borró de un día para otro y me parece maravilloso. Se abrió la cancha y aparecieron jugadores que nadie esperaba.

¿Y qué pasa con la poesía de los noventa? ¿O con los más jóvenes?
La verdad es que no lo tengo claro.

Sergio Parra una vez me dijo que faltaban obras importantes. Que en los noventa sí había un par de libros, como La insidia del sol sobre las cosas, de Germán Carrasco, y Metales pesados, de Yanko González, pero que en los más jóvenes aún no encontraba ese libro.
Claro, o Calas de Carrasco, o Especies intencionales de Anwandter. El problema que pasa con la poesía más joven chilena es que heredó el mecanismo de los 80 que venía con la avanzada, que tenía que ver con esa instalación de la lectura de la obra en la medida de la crítica. En los ochenta tenía sentido porque adquiría un tono político y de uso súper práctico, porque civilizaba obras que no hubieran sido posibles si es que no hubiera aparecido esa pareja de crítico-autor, como la Diamela Eltit y la Nelly Richard.

¿Y ahora?
Veo esa misma idea, pero ya no existe el sustrato de una dictadura que da eso. Igual yo no creo que Héctor Hernández sea malo, me parece interesante en muchas cosas,  pero sí me parece, por ejemplo, que Felipe Ruiz es un pésimo crítico, un pésimo lector que no dice nada que uno no sepa. Ahora sí está bien que toda esta generación maneje las redes, se gane concursos, pero claro, como decía Parra sobre las obras importantes… los libros van  a decantar. Todo lo que nos parecía brillante de la Novísima hace 4 años, ya no nos parece nada. Y está bien que sea así, porque eso le hace bien a los textos.

¿Tan duro ha sido el paso del tiempo?
Lo que pasa es que en el fondo muchos pensamientos que ellos mencionaban yo los había visto en las canciones de Dorso. El uso del bilingüismo y el uso de la cultura popular y la parodia y el tema de lo urbano. En el fondo también Lemebel agotó ese tema. A mí nunca me sorprendieron mucho.



en RevistaContrafuerte.wordpress.com, 24 de mayo de 2009

(Recuperado el 21.06.2018)

Fotografía: Carla Mc-Kay










miércoles, junio 20, 2018

"El agradecido", de Rafael Alcides




(1933-2018)


a Nati Revuelta


Toda mi vida ha sido un desastre
del que no me arrepiento.
La falta de niñez me hizo hombre
y el amor me sostiene.

La cárcel, el hambre, todo;
todo eso me ha estado muy bien:
las puñaladas en la noche,
y el padre desconocido.

Y así de lo que no tuve
nace esto que soy:
bien poca cosa, es verdad,
pero enorme, agradecido como un perro.




1983




Fotografía original 
en Revista El estornudo






Contribución a DscnTxt de Víctor Rodríguez Núñez















martes, junio 19, 2018

“Plegaria por Mustafá”, de Marcelo Lillo





Están tocando —susurró mi padre.

Desde mi puesto en la ventana había visto al taxi detenerse abajo y al hombre que bajó de él con cierta dificultad, sujetándose de la puerta con las dos manos. Aún no era de noche, seguía latiendo una claridad aguachenta y efímera, aunque las luces del alumbrado estaban prendidas.

—Voy a abrir —dije.
—Acuérdate de que estoy durmiendo —volvió a susurrar mi padre antes de que yo saliera del dormitorio.

Mi padre estaba muriéndose de a poco. Tiempo atrás le habían dado seis meses de vida y ya llevaba cinco; el mes anterior cayó en la cama y no pudo levantarse más. Botó las últimas esperanzas, enflaqueció y descuidó su aspecto porque la muerte no necesita hombres bien afeitados. Desde hacía una semana se negó a recibir visitas. Me pidió que les dijera que dormía, que los calmantes eran muy fuertes o lo que se me ocurriera. Las visitas llegaban hasta la puerta, las más osadas entraban pero ninguna se atrevió a subir. Movían la cabeza y se quedaban un rato en silencio antes de irse.

Terminé de bajar y vi la sombra enorme tras los cristales. Por unos segundos mi mente retrocedió diez años y estoy seguro de que cuando abrí la puerta la expresión de mi cara era la de un niño.

—Vengo a ver a tu papá —dijo la sombra con una voz lejana y cansada, y esperó que lo dejara entrar aunque podía haberme hecho a un lado de un simple empujón.

Era un gigante de más de dos metros de altura y ciento cuarenta kilos de peso, una mole parecida a un antiguo ropero. Le decían Mustafá, pero yo sabía que se llamaba Germán Muñoz y que a pesar de su contextura mi padre le decía «Germancito» y él no ponía reparos.

Lo dejé entrar. Acarreaba un olor a repollo; no me importó porque la casa no estaba mejor. Desde que mi padre se enfermó su jubilación se hacía poca, no teníamos leña para calentarnos y había veces en que me pasaba el día tomando té.

—Está arriba —dije, y agregué una pregunta ridícula porque no me atreví a decirle una mentira—: ¿Quiere pasar a verlo?

Mustafá no dijo nada, se afirmó del pasamanos y comenzó a subir.

Fui detrás oyendo su respiración, acordándome de sus noches gloriosas en el circo cuando en medio de la pista, vestido solo con un taparrabos, hacía delirar al público levantando sacos de papas con la fuerza de sus dientes. Y más tarde, cuando los circos se volvieron extemporáneos, una fiesta para niños o mentes poco desarrolladas, Mustafá siguió siendo Mustafá al subirse a un ring para escenificar truculentos combates de lucha libre los viernes por la noche en el gimnasio abarrotado de espectadores, en los tiempos en que la lucha era una novedad, cuando aún la televisión no se adueñaba de los hogares.

Terminamos de subir y Mustafá permaneció un instante en el pasillo recuperando el aliento. Era extraño ver a un héroe en esas condiciones, pero hasta los héroes se marchitan.

Entró en el dormitorio. Miré la ventana y vi que la noche había terminado de caer. La pieza de mi padre estaba en penumbras, alumbrada por la poca luz del exterior que llegaba hasta allí, y en la cama no se distinguía a un hombre sino un bulto. Mustafá miró el bulto y se llevó una de las manazas a la cara. Gimió igual que un cachorro, a pesar de que debía andar por los sesenta años, a pesar de que aún conservaba su estampa indestructible con la que yo soñaba de niño. Soñaba con ser como Mustafá para exhibir mis músculos y mis dientes en el circo o estrangular a mi adversario de turno en el gimnasio cuando creía que los luchadores se agredían de verdad.

—Deja de llorar, Germancito —murmuró mi padre, y enseguida me pidió—: Prende la luz.

Fui hasta el velador para encender la lámpara y aproveché de correr las cortinas. La pieza se tiñó de un amarillo deslavado. Mustafá se sentó en la cama que había sido de mi madre y esta crujió y se hundió más de lo debido.

—Don Lalo… —dijo Mustafá, secándose los ojos con un pañuelo—. No sabía… No lo supe hasta ayer, pero ayer tenía pega y no pude venir…
—No importa, Germancito.
—Pero hoy vine. Entregué unos zapatos y le dije a la Nenita y a la Andreíta voy a ir a ver a don Lalo, don Lalo fue bueno conmigo y es mi obligación ir a verlo. —Le dedicó una sonrisa triste a mi padre—. Y aquí estoy, vine.

Parecía el lenguaje de un niño, pero qué otra cosa era Mustafá. Tenía los ojos saltones y fue esa característica suya la que llamó la atención de mi padre hacía cuarenta años atrás. Vio a un gigante de ojos asustados que exhibía sus músculos a la orilla del río, se acercó y le preguntó qué más sabía hacer. Germán le dijo que podía levantar sacos de papas con los dientes y flotar en el agua. Mi padre no le creyó y Germán se sacó la ropa y en calzoncillos se tiró al río. Estuvo flotando más de una hora con los brazos tras la cabeza, haciendo bromas y fumando. Al día siguiente apareció en el diario porque mi padre era periodista, y Germán Muñoz comenzó a ser famoso, una condición que la vida escatima a casi todos.

—Gracias —dijo mi padre desde la cama. O esa terrorífica calavera que era mi padre.

Mustafá se sonó la nariz, un estruendo que llenó el dormitorio, y preguntó:

—¿Cómo está, don Lalo?

Había que tener una enorme candidez para hacerle esa pregunta a un moribundo, pero mi padre la pasó por alto.

—Si te digo que estoy bien no me vas a creer, y si te digo que me estoy muriendo vas a pensar que exagero —dijo mirando el techo.

No sé si Mustafá entendió lo que mi padre dijo, pero se quedó callado y me dio tiempo para recorrer su rostro tatuado por las arrugas, su bigote encanecido, los pliegues de carne que rebosaban la bufanda.

—Usted no se puede morir —dijo al rato.

Mi padre siguió mirando el techo como ya era su costumbre y su barba acerada brilló por un instante. Mustafá cruzó los brazos y tragó su propia saliva. Estoy seguro de que quería decir algo más, darle ánimos a mi padre o recitar unas palabras de consuelo del tipo «se va a mejorar», «le apuesto que sí», pero no pudo. Las palabras nunca se le dieron bien; incluso cuando era un hombre público, gracias a sus proezas, tenía dificultades para enhebrar dos frases seguidas, aunque sus admiradores se hubieran conformado con cualquier cosa.

Fue el moribundo el que tuvo que sacarlo del apuro.

—¿Cómo está tu familia? —dijo mi padre.
—Bien, bien, don Lalito —respondió el gigante, apresurado—. A la Nenita no le falta trabajo y la Andreíta está por salir del liceo. Ah, le mandaron saludos, eso se me había olvidado decirle. Saludos a don Lalito, dijeron.

Mi padre se descolgó del techo y miró a Mustafá a los ojos.

—¿Y tu hijo? —le preguntó—. ¿Has sabido de él?

Mustafá se estremeció, un gesto humano que pocos le conocían porque los próceres y los genios no parecen tener debilidades. Pero esa era la debilidad del gigante, un hijo que era un detenido desaparecido.

Cuando sus hazañas pasaron de moda, Mustafá se quedó sin trabajo y tuvo que buscar una ocupación para ganarse la vida. Aprendió el oficio de zapatero, se casó con una modista a la que llamaba Nena o Nenita y ambos adoptaron una niña a la que siempre le dijo Andreíta. Pero el hijo que tuvo de soltero siguió acechándolo desde la lejanía, hablando con él de vez en cuando, contándole de la revolución que estaba cambiando el país. Hasta que no volvió a tener noticias de él, y cuando las tuvo no eran las mejores. Estaba en una cárcel del norte, le contaron, un eufemismo para no decir «un campo de concentración». Mustafá fue a verlo, pero al llegar le dijeron que allí no había nadie con ese nombre.

Esa noche, en el dormitorio de mi padre, el recuerdo del hijo volvió para quedarse unos minutos. Del abrigo Mustafá sacó una billetera ajada y de adentro asomó una fotografía arrugada en los bordes. El gigante la alejó de sus ojos para verla mejor.

—Mi chico… —dijo—. Usted sabe lo que le hicieron esos desgraciados.
—Sí —afirmó mi padre, que después del golpe de Estado perdió su trabajo y luego de muchos trámites logró sacar una miserable jubilación.

Pensé que Mustafá iba a volver a llorar porque se emocionaba por muy poco a pesar de su físico de hierro, pero me equivoqué.

—Se ensañaron con él —dijo mordiendo las palabras—. Y no me quisieron decir dónde lo fueron a tirar, porque no lo enterraron, lo tiraron como si fuera un… —Cruzó su mirada con la de mi padre—. ¡Qué mierda de vida, don Lalo!

Fue como un relámpago que alumbró la habitación, porque por un instante Mustafá volvió a ser el fenómeno de circo que entretiene pero también asusta, el bravo luchador de mostachos de turco, según la costumbre local de llamar turcos a los árabes y creer que todos llevan bigote y se llaman Mustafá. Lo miré, con la fotografía aún en la mano, y la luz se apagó de pronto.

—Debe echar mucho de menos a la patrona —dijo Mustafá refiriéndose a mi madre, que había muerto unos años atrás—. Es triste cuando falta alguien.
—Vendrán días mejores, Germancito, no tengas dudas.

Mustafá quedó mirando a mi padre con la cabeza ladeada, del porte de un zapallo de feria pero pintada de gris.

—¿Usted cree? —preguntó.
—Solo los cobardes se dan por vencidos —recitó mi padre con ese ronquido que no lo abandonaría hasta la muerte. Es como estar escuchándolo y viendo el montón de huesos en que se había convertido, enterrado en su cama hedionda a remedios—. Llegará el día en que tu hijo volverá a tocar tu puerta y tú podrás dormir tranquilo.
—¿Me está leseando, don Lalito?
—No, Germancito, estoy soñando. —Mi padre soltó una tos y se quedó callado.

No sé si Mustafá logró comprender lo último que dijo mi padre, lo digo porque es difícil imaginarse que alguien sin educación y que vivió gran parte de su vida bajo el paraguas de la gloria popular y barata comprenda el lenguaje figurado, pero no quiero ser injusto con él. Estaría traicionándolo y traicionándome a mí mismo, a mis recuerdos tanto o más fuertes que la memoria de su hijo desaparecido.

—¿Tiene sueño? —dijo Mustafá.

Mi padre no volvió a hablar. Pasó un rato y el gigante se movió incómodo.

—Está muy enfermo —dijo, levantándose.

Contemplé su figura que parecía no entrar en la pieza y quise preguntarle si él también soñaba, pero no me atreví. Mustafá dio media vuelta y salió. Fui detrás, y abajo, antes de irse, me extendió su mano. Le di la mía, sentí que me la destrozaba y me alegré. Lo vi alejarse con los hombros caídos y su sombra inmensa en la vereda, hasta que se confundió con la noche.

Mi padre murió a la semana siguiente, cuando sus pulmones dijeron basta. Coloqué un aviso en el diario pero fueron muy pocas personas al cementerio, y Mustafá no estaba entre ellas. Días después boté sus pertenencias, regalé otras y comencé una nueva vida. Tenía veintiún años y había un futuro para mí aunque el país siguiera en penumbras, como la habitación donde mi padre vivió sus horas finales.

Empecé a trabajar, me casé, me separé al par de años y me puse a vivir con otra mujer. Dejé correr la existencia, que es lo mejor que sabemos hacer los humanos; vivir sin complicaciones, celebrar los cumpleaños y amargarnos los domingos en la tarde. Los que aborrecen ese tipo de vida nos llaman perdedores o ganapanes, pero yo lo asumía con dignidad, después de todo no era alguien especial, un periodista romanticón como fue mi padre o un superhombre como Mustafá.

A veces lo veía en el diario, pero no como en los viejos tiempos cuando acaparaba la página deportiva y su estampa no dejaba indiferente a nadie. En los días actuales Mustafá solo tenía espacio en la solitaria columna de recuerdos, una tira huacha que incluían cuando estaban faltos de noticias y les sobraba espacio. Ahí estaba el gigante de mostachos reducido a una foto tamaño carnet, mirando el lente con sus ojos saltones, queriendo saltar sobre el lector para destrozarlo con sus colmillos.

—¿Quién es este? —me preguntó una vez mi mujer, que era diez años menor que yo y por lo tanto no poseía mi información.
—Mustafá —dije.
—¿Mustafá…? Aquí dice que se llama Germán Muñoz.
—Mi padre le decía Germancito.
—¿Era amigo de tu papá?
—Fue la última persona que vino a verlo, la última que él dejó entrar.
—Eso no me lo habías contado.

Le conté la historia sin ahorrarme detalles y al terminar ella permaneció en silencio.

—¿Qué sabes de él? —preguntó después.
—Nada.
—Debe de ser un anciano, porque esta foto es de antes.
—Seguramente.

Cuando iba al supermercado veía a su hija Andreíta porque ella trabajaba ahí. Nos conocíamos desde cuando yo acompañaba a mi padre a su casa, pero nunca pasamos de un saludo y una sonrisa. Yo quería preguntarle por Mustafá, pero tenía miedo de que me dijera algo que no quería oír.

Transcurrieron muchos años, adquirí compromisos y me llené de obligaciones. Crie a mis propios ídolos, mis hijos, y me dejé llevar mansamente hacia lo que consideraba lo mejor de la vida: la madurez.

De repente, cuando con mi mujer estábamos solos, porque los chicos habían ido a una fiesta y nos dejaban sin dormir, nos dábamos un tiempo para añoranzas con el televisor prendido. Eran recuerdos sin cronología, evocaciones sueltas y al azar, e indefectiblemente, Mustafá asomaba su figura para decirme que no iba a ser fácil deshacerme de él. Nunca lo mencioné en voz alta porque creía que mi mujer no se acordaba y porque yo mismo tenía dudas sobre su existencia real, como un duende o un malvado hechicero medieval. ¿Podía ser cierto que alguien levantara sacos de papas con la fuerza de sus dientes y flotara en el agua con los brazos tras la cabeza?

Pero yo vi a un gigante flotar en el agua mientras los espectadores apostaban; vi a un hombre adulto levantar sacos con sus dientes y vi a un héroe decadente sufrir por su hijo una de las últimas noches de mi padre, hace muchos años.

Un día el diario me dijo que era cierto. Mustafá no apareció en la columna de recuerdos ni volvió a encender la página deportiva. Su nombre estaba en las necrológicas y su esposa e hija invitaban a su funeral.

—Murió —le conté a mi mujer por teléfono.
—¿Quién? —preguntó ella con un matiz de angustia porque con la edad cada muerte preludia la tuya.
—Mustafá. ¿Te acuerdas?
—Un poco.

Supe que no se acordaba y le refresqué la memoria.

—Ahora me acuerdo —dijo—. ¿Estás triste?
—No sé cómo estoy.

Tristeza no era la palabra; tal vez melancolía, como cuando un nombre o un paisaje despiertan de improviso para hacernos saber que el pasado nunca dejará de ser presente.

Al día siguiente me presenté en el cementerio a las tres de la tarde. Caía una llovizna y pensé que era injusto, que Mustafá, aunque fuera dentro de una caja, se merecía un mejor clima. No éramos más de treinta las personas que estábamos allí, un funeral pobre, y volví a ver unos rostros que creía idos para siempre, ancianos del tiempo de mi padre que seguían estrujando la vida. No hubo discursos ni aplausos. Los sepultureros bajaron el ataúd y lo cubrieron con paladas de tierra; encima pusieron las coronas y los ramos de flores. Enseguida nos desparramamos.

Visité a mis padres, lo que se aprovecha de hacer cuando se está en el cementerio, y al salir vi que Andreíta recogía las tarjetas de condolencias. Le di la mano y ella me dio las gracias por venir. Le pregunté por su madre, Nena o Nenita, y me contó que no había tenido valor para ir a despedir a su esposo.

—Se quedó en la casa con una vecina —dijo.

Me acordé que desde hacía unos meses se estaban descubriendo fosas clandestinas donde habían tirado a los detenidos desaparecidos, porque unos militares con algo de conciencia habían decidido hablar después de treinta años. Se lo mencioné.

—Mi hermano sigue sin aparecer —dijo sin enfatizar la palabra «hermano».
—Lo lamento.

Miré la hora, pero antes de despedirnos volvió a subir a mi garganta la pregunta que alguna vez quise hacerle al gigante. Ahí estaba y era mi última oportunidad para dejarla libre.

—Mi padre soñaba despierto a veces —le dije a Andreíta, que fácilmente debía andar por los cuarenta y cinco años—. ¿Y el tuyo?

Me miró extrañada.

—De vez en cuando miraba el techo y decía cosas que nadie entendía —contestó—. No sé si…
—Eso es.

Le besé la mejilla y corrí para alcanzar un taxi.



en De vez en cuando, como todo el mundo (Cuentos reunidos), 2017











lunes, junio 18, 2018

"La tierra tiembla y se acomoda...", de Pablo Fante







La tierra tiembla y se acomoda, siempre.
Entonces braman, tosen, sí, las bestias,
y un aire hueco de silencio y muerte
viaja por nuestros huesos entre réplicas.

Atento tiemblo: temo así a la tierra
cuando el mundo se calma y un silencio
me empuña el corazón, y temblar siento
el cuerpo entero, preso en su conciencia:

pues pienso que es el pulso que remece
mi greda con pasión vital de río
que se apura hacia el mar, el mar sombrío.

Me escucho en lo profundo del latido:
aquí, en el cuerpo aguado que presiente
que el mundo oscila desde sus fluidos.





en Verde noche, 2017












domingo, junio 17, 2018

“Últimos atardeceres en la tierra”, de Roberto Bolaño





La situación es ésta: B y el padre de B salen de vacaciones a Acapulco. Parten muv temprano, a las seis de la mañana Esa noche, B duerme en casa de su padre. No tiene sueños o si los tiene los olvida nada más abrir los ojos. Oye a su padre en el baño. Mira por la ventana, aún está oscuro. B no enciende la luz y se viste. Cuando sale de su habitación su padre está sentado a la mesa, leyendo un periódico de- portivo del día anterior y el desayuno está hecho. Café y huevos a la ranchera. B saluda a su padre y entra en el baño.

El coche del padre de B es un Ford Mustang del 70. A las seis y media de la mañana suben al coche y comienzan a salir de la Ciudad. La ciudad es México Distrito Federal, y el año en que B y su padre abandonan el DF por unas cortas vacaciones es el año de 1975. El viaje es, en líneas generales, plácido. Al salir del DF, ambos, padre e hijo, tienen frío, pero cuando abandonan el valle y comienzan a bajar en dirección a las tierras calientes del estado de Guerrero, el calor se impone y tienen que quitarse los suéters y abrir las ventanillas. El paisaje, al principio, ocupa toda la atención de B, que tiende a la melancolía, pero al cabo de las horas las montañas y los bosques se hacen monótonos y B prefiere dedicarse leer un libro de poesía.

Antes de llegar a Acapulco el padre de B detiene el coche delante de un tenderete de la carretera. En el tenderete ofrecen iguanas. ¿Las probamos?, dice el padre de B. Las iguanas están vivas y apenas se mueven cuando el padre de B se acerca a mirarlas. B lo observa apoyado en el guardabarros del Mustang. Sin esperar respuesta, el padre de B pide una ración de iguana para él y para su hijo. Sólo entonces B se mueve. Se acerca al comedor al aire libre, cuatro mesas y un toldo que el viento escaso apenas agita, y se sienta en la mesa más alejada de la carretera. Para beber, el padre de B pide cervezas. Los dos llevan las camisas arremangadas y desabotonadas. Los dos llevan camisas de colores claros. El hombre que los atiende, por el contrario, lleva una camiseta negra de manga larga y el calor no parece afectarlo.

¿Van a Acapulco?, dice el hombre. El padre de B asiente. Ellos son los únicos clientes del tenderete. Por la carretera brillante los coches pasan y no se detienen. El padre de B se levanta y se dirige hacia la parte de atrás. Por un momento B cree que su padre va a orinar, pero pronto se da cuenta de que se ha metido en la cocina para observar cómo cocinan la iguana. El hombre lo sigue en silencio. B los oye hablar. Primero habla su padre, después la voz del hombre y por último una voz de mujer a la que B no ha visto. B tiene la frente perlada de sudor. Sus gafas están mojadas y sucias. Se las quita y las limpia con el borde de la camisa. Cuando vuelve a ponerse las gafas observa a su padre que lo está mirando desde la cocina. En realidad, sólo ve la cara de su padre y parte de su hombro, el resto queda oculto por una cortina roja con lunares negros, una cortina que a B, por momentos, le parece que no sólo separa la cocina del comedor sino un tiempo de otro tiempo.

Entonces B desvía la mirada y vuelve a su libro, que permanece abierto sobre la mesa. Es un libro de poesía. Una antología de surrealistas franceses traducida al español por Aldo Pellegrini, surrealista argentino. Desde hace dos días B está leyendo este libro. Le gusta. Le gustan las fotos de los poetas. La foto de Unik, la de Desnos, la de Artaud, la de Crevel. El libro es voluminoso y está forrado con un plástico transparente. No es B quien lo ha forrado (B nunca forra sus libros) sino un amigo particularmente puntilloso. Así que B desvía la mirada, abre su libro al azar y encuentra a Gui Rosey, la foto de Gui Rosey, sus poemas, y cuando vuelve a levantar la mirada la cabeza de su padre ya no está.

El calor es sofocante. De buena gana B volvería al DF, pero no va a volver, al menos no ahora, eso lo sabe. Poco después su padre está sentado junto a él y ambos comen iguana con salsa picante y beben más cerveza. El hombre de la camiseta negra ha encendido una radio de transistores y ahora una música vagamente tropical se mezcla con el ruido del bosque y con el ruido de los coches que pasan por la carretera. La iguana sabe a pollo. Es más chiclosa que el pollo, dice B no muy convencido. Es sabrosa, dice su padre y pide otra ración. Toman café de olla. Los platos de iguana se los ha servido el hombre de la camiseta negra, pero el café lo trae la mujer de la cocina. Es joven, casi tan joven como B, y va vestida con shorts blancos y una blusa amarilla con estampado de flores blancas, unas flores que B no reconoce y que tal vez no existen. Cuando están tomando café, B se siente descompuesto, pero no dice nada. Fuma y mira el toldo que apenas se mueve, como si un delgado hilo de agua permaneciera allí desde la última tormenta. Pero eso no puede ser, piensa B. ¿Qué miras?, dice su padre. El toldo, dice B. Es como una vena. Esto último B no lo dice, sólo lo piensa.

Al atardecer llegan a Acapulco. Durante un rato vagan por las avenidas cercanas al mar. Las ventanillas del coche están bajadas y la brisa les revuelve el pelo. Se detienen en un bar y entran a beber. Esta vez el padre de B pide tequila. B se lo piensa un momento. También pide tequila. El bar es moderno y tiene aire acondicionado. El padre de B conversa con el camarero, le pregunta por hoteles cercanos a la playa. Cuando vuelven al Mustang ya se ven algunas estrellas y el padre de B parece, por primera vez en lo que va de día, cansado. Sin embargo aún recorren un par de hoteles que, por un motivo u otro, no les satisfacen, antes de dar con el elegido. El hotel se llama La Brisa y es pequeño, tiene piscina y está a cuatro pasos de la playa. Al padre de B le gusta el hotel. A B también le gusta. Como es temporada baja, está casi vacío y los precios resultan asequibles. La habitación que les asignan tiene dos camas individuales y un pequeño baño con ducha; la única ventana da al patio del hotel, en donde está la piscina, y no al mar como era el deseo del padre de B. La ventilación, no tardan en descubrirlo, no funciona. Pero la habitación es bastante fresca y no protestan. Así que se instalan, deshacen cada uno su maleta, meten la ropa en los armarios, B deja sus libros sobre el velador, se cambian de camisa, el padre de B se da una ducha de agua fría, B sólo se lava la cara y cuando han terminado salen a cenar.

En la recepción del hotel encuentran a un tipo bajito y con dientes de conejo. Es joven y parece simpático, les recomienda un restaurante cercano al hotel. El padre de B le pregunta por algún sitio animado. B entiende a lo que se refiere su padre. El recepcionista no lo entiende. Un sitio con acción, dice el padre de B. Un lugar donde se puedan encontrar muchachas, dice B. Ah, dice el recepcionista. Durante un instante B y su padre permanecen inmóviles, sin hablar. El recepcionista se agacha, desaparece debajo del mostrador y luego vuelve a aparecer con una tarjeta que le tiende al padre de B. Este la mira, pregunta si el establecimiento es de confianza, y después extrae de la billetera un billete que el recepcionista coge al vuelo.

Pero esa noche, después de cenar, vuelven directos al hotel.

Al día siguiente B despierta muy temprano. Sin hacer ruido se ducha, se lava los dientes, se pone el traje de baño y abandona la habitación. En el comedor del hotel no hay nadie, por lo que B decide desayunar afuera. La calle del hotel baja perpendicularmente hacia la playa. Allí sólo hay un adolescente que alquila tablas. B le pregunta el precio por una hora. El adolescente dice una cifra que a B le parece razonable, así que alquila una tabla y se mete en el mar. Enfrente de la playa hay una pequeña isla y hacia allí dirige B su embarcación. Al principio le cuesta un poco, pero no tarda en dominarla. El mar, a esa hora, es cristalino y antes de llegar a la isla B cree ver peces rojos bajo su tabla, peces de unos cincuenta centímetros de longitud que se dirigen hacia la playa mientras él rema hacia la isla.

El trayecto entre la playa y la isla dura exactamente quince minutos. B no lo sabe, pues no tiene reloj, y el tiempo se le alarga. La travesía entre la playa y la isla le parece que dura una eternidad. Y justo antes de llegar unas olas imprevistas dificultan su aproximación a la playa, una playa que puede apreciar de arena muy distinta a la playa del hotel, pues en aquélla la arena, tal vez por la hora (aunque B no lo cree así), era de un color de tonos dorados y marrones y la de la isla es una arena blanca, refulgente, tanto que hace daño mirarla mucho rato.

Entonces B deja de remar y se queda quieto, a merced del oleaje, y las olas comienzan a alejarlo paulatinamente de la isla. Cuando por fin reacciona, la tabla ha retrocedido y está otra vez a medio camino. Después de calcular las distancias, B opta por regresar. Esta vez la singladura transcurre plácidamente. Al llegar a la playa, el muchacho que alquila las tablas se le acerca y le pregunta si ha tenido algún problema. Ninguno, dice B. Una hora más tarde, sin haber desayunado, B regresa al hotel y encuentra a su padre sentado en el comedor, con una taza de café y un plato en donde aún quedan restos de tostadas y huevos.

Las horas siguientes son confusas. Vagabundean, observan a la gente desde el interior del coche, a veces bajan y se toman un refresco o un helado. Esa tarde, en la playa, mientras su padre duerme estirado en una tumbona, B lee otra vez los poemas de Gui Rosey y la breve historia de su vida o de su muerte.

Un dia un grupo de surrealistas llegan al sur de Francia. Intentan obtener el visado para viajar a los Estados Unidos. El norte y el oeste están ocupados por los alemanes. El sur está bajo la égida de Pétain. El consulado norteamericano dilata la decisión día tras día. En el grupo de surrealistas está Breton, está Tristán Tzara, está Péret, pero también hay otros que son menos importantes. A este grupo pertenece Gui Rosey . Su foto es la foto de un Poeta menor, piensa B. Es feo, es atildado, parece un oscuro funcionario de ministerio o un empleado de banca. Hasta aquí, pese a las disonancias, todo normal, piensa B. El grupo de surrealistas se reúne cada tarde en un café cerca del puerto. Hacen planes, conversan, Rosey no falta a ninguna cita. Un día, sin embargo (un atardecer, intuye B), Rosey desaparece. Al principio, nadie lo echa de menos. Es un poeta menor y los poetas menores pasan inadvertidos. Al cabo de los días, no obstante, comienzan a buscarlo. En la pensión en donde vivía no saben nada de él, sus maletas, sus libros, están allí, nadie los ha tocado, Por lo que resulta impensable que Rosey se haya marchado sin pagar, una práctica común, por otra parte, en ciertas pensiones de la Costa Azul. Sus amigos lo buscan. Recorren hospitales y retenes de la gendarmería. Nadie sabe nada de él. Un día llegan los visados y la mayoría de ellos coge un barco y salen para los Estados Unidos. Los que se quedan, aquellos que no van a tener visado nunca, pronto olvidan a Rosey, olvidan su desaparición ocupados en ponerse a salvo a sí mismos en unos años en donde las desapariciones masivas y los crímenes masivos son una constante.

De noche, después de cenar en el hotel, el padre de B propone ir a visitar un lugar en donde haya acción. B mira a su padre. Es rubio (B es moreno), tiene los ojos grises y aún es fuerte. Parece feliz y dispuesto a pasarlo bien. ¿Acción de qué tipo? dice B, que sabe perfectamente a lo que se refiere su padre. La de siempre, dice el padre de B. Trago y mujeres. Durante un rato B permanece en silencio, como si cavilara una respuesta. Su padre lo mira. Se diría que en esa mirada hay expectación, pero en real¡dad sólo hay cariño. Finalmente B dice que no tiene ganas de hacer el amor con nadie. No se trata de ir a echar un polvo, dice su padre, sino de ir y mirar y tomar y departir con los amigos. ¿Con qué amigos, dice B, si aquí no conocemos a nadie? Uno siempre hace amigos en los picaderos, dice su padre. La palabra picadero hace que B piense en caballos. Cuando tenía siete años su padre le compró un caballo. ¿De dónde era mi caballo?, dice B. Su padre, que no sabe de qué habla, se sobresalta. ¿Qué caballo?, dice. El que me compraste cuando yo era chico, dice B, en Chile. Ah, el Zafarrancho, dice su padre y sonríe. Era un caballo chilote, de Chiloé, dice, y tras pensar un instante vuelve a hablar de los burdeles. Por su manera de evocarlos, se diría que habla de salas de baile, piensa B. Pero luego ambos se quedan callados.

Esa noche no van a ninguna parte.

Mientras su padre duerme, B se va a leer a la terraza del hotel, junto a la piscina. No hay nadie más que él. La terraza está limpia y vacía. Desde su mesa B puede observar una parte de la recepción, en donde el recepcionista de la noche anterior lee algo o hace cuentas, de pie sobre el mostrador. B lee a los surrealistas franceses, lee a Gui Rosey. Y la verdad es que Rosey no le parece interesante. Le gusta Desnos, le gusta Eluard, mucho más que Rosey, aunque al final siempre vuelve a los poemas de éste y a contemplar su fotografía, una foto de estudio en donde Rosey aparece como un ser sufriente y solitario, con los ojos grandes y vidriosos, y una corbata oscura que parece estrangularlo.

Seguramente se suicidó, piensa B. Supo que no iba a obtener jamás el visado para los Estados Unidos o para México y decidió acabar sus días allí. Imagina o trata de imaginar una ciudad costera del sur de Francia. B aún no ha estado nunca en Europa. Ha recorrido casi toda Latinoamérica, pero en Europa aún no ha puesto los pies. Así que su imagen de una ciudad mediterránea está condicionada directamente por su imagen de Acapulco. Calor, un hotel pequeño y barato, playas de arenas doradas y playas de arenas blancas. Y ruidos lejanos de música. B no sabe que falta en su imagen un ruido o un rumor determinante: el de las jarcias de las pequeñas embarcaciones que suelen amarrar en todas las ciudades costeras. Sobre todo en las pequeñas: el ruido de las jarcias en la noche, aunque el mar esté liso como un plato de sopa.

De pronto alguien más entra en la terraza. Es una silueta femenina que toma asiento en la mesa más retirada, en una esquina, junto a dos grandes jarrones de pie. Al poco rato, el recepcionista se acerca a la mujer con una bebida. Después, en lugar de regresar a la recepción, el recepcionista se aproxima a B, que está sentado al borde de la piscina y le pregunta qué tal lo están pasando su padre y él. Muy bien, dice B. ¿Les gusta Acapulco?, pregunta el recepcionista. Mucho, dice B. ¿Qué tal el San Diego?, pregunta el recepcionista. B no entiende la pregunta. ¿El San Diego? Por un instante cree que le está preguntando por el hotel, pero de inmediato recuerda que el hotel no se llama así. ¿Qué San Diego?, dice B. El recepcionista sonríe. El club de putas, dice. Entonces B recuerda la tarjeta que el recepcionista le dio a su padre. Aún no hemos ido, dice. Es un sitio de confianza, dice el recepcionista. B mueve la cabeza en un gesto que podría ser interpretado de muchas maneras. Está en la avenida Constituyentes, dice el recepcionista. En esa misma avenida hay otro club, el Ramada, que no es de fiar. El Ramada, dice B, mientras observa la silueta femenina inmóvil en el rincón de la terraza, en medio de los enormes jarrones cuya sombra se alarga y adelgaza hasta perderse debajo de las mesas vecinas, el vaso con la bebida en la mesa, aparentemente intacto. Al Ramada es mejor que no vayan, dice el recepcionista. ¿Por qué?, dice B por decir algo, en realidad él no tiene intención de ir a ninguno de los dos clubes. No es de confianza, dice el recepcionista y sus dientes de conejo, blanquísimos, brillan en la semipenurnbra que se ha apoderado repentinamente de toda la terraza, como si alguien desde la recepción hubiera apagado la mitad de las luces.

Cuando el recepcionista se va, B vuelve a abrir el libro de poesía, pero las palabras ya son ilegibles, así que deja el libro abierto sobre la mesa y cierra los ojos y no oye el rumor de las jarcias sino un ruido atmosférico, de enormes capas de aire caliente que descienden sobre el hotel y sobre los árboles que rodean el hotel. Tiene ganas de meterse en la piscina. Por un instante cree que podría hacerlo.

Entonces la mujer del rincón se levanta y comienza a caminar en dirección a las escalinatas que unen la terraza con la recepción, aunque a medio camino se detiene, como si se sintiera mal, una mano apoyada en un cantero en donde ya no hay flores sino maleza. B la observa. La mujer lleva un vestido claro, holgado, de tela ligera, con un amplio escote que deja desnudos sus hombros. B cree que la mujer seguirá su camino, pero ella no se mueve, la mano fija en el cantero, la mirada baja, y entonces B se levanta, con el libro en la mano, y se acerca. Su primera sorpresa se produce al observar su rostro. La mujer debe tener, calcula B, unos sesenta años, aunque él, de lejos, no le hubiera echado más de treinta. Es norteamericana y cuando B se le aproxima levanta la vista y le sonríe. Buenas noches, dice ella un tanto incongruentemente. ¿Le sucede algo?, dice B. La mujer no entiende sus palabras y B tiene que repetírselas, pero esta vez en inglés. Sólo estoy pensando en algo, dice la mujer sin dejar de sonreírle. B reflexiona durante unos segundos en lo que la mujer le acaba de decir. Pensando en algo. Y de pronto percibe en esa declaración una amenaza. Algo que se acerca por el lado del mar. Algo que avanza arrastrado por las nubes oscuras que cruzan invisibles la bahía de Acapulco. Pero no se mueve ni hace el más mínimo ademán de romper el encanto en el que se siente sujeto. y entonces la mujer mira el libro que cuelga de la mano izquierda de B y le pregunta qué es lo que lee y B dice: poesía. Leo poemas. Y la mujer lo mira a los ojos, siempre con la misma sonrisa en la cara (una sonrisa que es reluciente y ajada al mismo tiempo, piensa B cada vez más nervioso) y le dice que a ella, en otro tiempo, le gustaba la poesía. ¿Qué poetas?, dice B sin mover un sólo músculo. Ahora ya no los recuerdo, dice la mujer y parece sumirse nuevamente en la contemplación de algo que sólo ella puede vislumbrar. Sin embargo B cree que está haciendo un esfuerzo por redordar y espera en silencio . Al cabo de un rato vuelve a posar en él su mirada y dice: Longfellow. Acto seguido recita un texto con una rima pegajosa que a B le parece similar a una ronda infantil, algo, en cualquier caso, muy lejano a los poetas que él lee. ¿Conoce usted a Longfellow? dice la mujer. B niega con la cabeza, aunque la verdad es que ha leído a Longfellow. Me lo enseñaron en la escuela, dice la mujer con la misma sonrisa invariable Y luego añade: ¿no cree que hace demasiado calor? Hace rnucho calor, susurra B. Puede que se esté acercando una tormenta, dice la mujer. Parece muy segura de sus palabras. En ese momento B levanta la mirada: no ve ninguna estrella. Lo que sí ve son algunas luces del hotel encendidas. Y en la ventana de su habitación ve una silueta que los está mirando y que lo sobresalta como si de ¡mproviso se hubiera desatado la lluvia tropical.

Al principio no comprende nada.

Su padre está allí, al otro lado de los cristales, enfundado en una bata azul, una bata que ha traído desde su casa y que B no conoce, en cualquier caso no es un albornoz del hotel, y los está mirando fijamente, aunque cuancio B lo descubre se echa para atrás, retrocede corno picado por una serpiente (levanta una mano en un tímido saludo) y desaparece tras las cortinas.

La canción de Hiawatha, dice la mujer. B la mira. La canción de Hiawatha, dice la mujer, el poema de Longfellow. Ah, sí, dice B.

Después la mujer le da las buenas noches y desaparece gradualmente: primero sube la escalinata hasta la recepción, allí se detiene unos instantes, cruza unas palabras con alguien a quien B no puede ver y finalmente se pierde, silenciosa, por el lobby del hotel, su figura delgada enmarcada por las sucesivas ventanas hasta que dobla por el pasillo de la escalera interior.

Media hora más tarde B entra en su habitación y encuentra a su padre dormido. Durante unos segundos, antes de dirigirse al baño a lavarse los dientes, B lo contempla (muy erguido, como dispuesto a sostener una pelea) desde los pies de la cama. Buenas noches, papá, dice. Su padre no hace la menor señal de haberlo escuchado.

Al segundo día de estancia en Acapulco, B y su padre van a ver a los clavadistas. Tienen dos opciones: mirar el espectáculo desde una plataforma al aire libre o entrar al restaurante-bar del hotel que domina La Quebrada. El padre de B pregunta los precios. La primera persona a la que interroga no lo sabe. El padre de B insiste. Por fin, un viejo ex clavadista que está allí sin hacer nada, le dice dos cifras. Instalarse en el mirador del hotel es seis veces más caro que hacerlo en la plataforma al aire libre. El padre de B no lo duda: vamos al bar, dice, estaremos más cómodos. B lo sigue. En el bar sus vestimentas desentonan con las del resto, turistas norteamericanos o mexicanos con prendas claramente veraniegas. La ropa de B y de su padre es la típica ropa de los habitantes del DF, una ropa que parece salida de un sueño interminable. Los camareros se dan cuenta. Saben que esa gente da poca propina y no los atienden con la prontitud necesaria. El espectáculo, para colmo, no se ve nada bien desde donde se han sentado. Hubiéramos hecho mejor en quedarnos en la plataforma, dice el padre de B. Aunque esto tampoco está mal, añade. B asiente. Finalizada la sesión de saltos y tras haberse bebido dos jaiboles cada uno, salen al aire libre y comienzan a hacer planes para el resto del día. En la plataforma casi no queda nadie, pero el padre de B distingue, sentado en un contrafuerte, al viejo ex clavadista y se le acerca.

El ex clavadista es bajo y tiene las espaldas muy anchas. Está leyendo una novela de vaqueros y no levanta la mirada hasta que B y su padre están a su lado. Entonces los reconoce y les pregunta qué les ha parecido el espectáculo. No ha estado mal, dice el padre de B, aunque en los deportes de precisión es necesaria una experiencia mayor para hacerse una idea cabal. ¿El caballero ha sido deportista? El padre de B lo estudia durante unos segundos y luego dice: algo hemos hecho en la vida. El ex clavadista se pone de pie con un movimiento enérgico, como si de pronto estuviera otra vez en el borde de los acantilados. Debe tener, piensa B, unos cincuenta años, por lo tanto no es mucho mayor que su padre, aunque la piel de la cara, con arrugas que parecen heridas, le proporciona un aire de persona más vieja. ¿Los caballeros están de vacaciones?, dice el ex clavadista. El padre de B asiente con una sonrisa. ¿Y cuál es el deporte que el caballero ha practicado, si se puede saber? El boxeo, dice el padre de B. Ah, caray, dice el ex clavadista, pues sería en peso pesado, ¿no? El padre de B sonríe ampliamente y dice que sí.

Sin saber como, de pronto B se encuentra caminando con su padre y con el ex clavadista hasta llegar a donde han dejado aparcado el Mustang y luego los tres se montan en el coche y B oye como si estuviera escuchando la radio las instrucciones que el ex clavadista le da a su padre. El coche durante un rato se desliza por la avenida Miguel Alemán, pero luego gira hacia el interior y pronto el paisije de hoteles y restaurantes dedicados al turismo se transforma en un paisaje urbano ligeramente tropical. El coche, sin embargo, sigue subiendo, alejándose de la herradura dorada de Acapulco, internándose por calles mal asfaltadas o sin asfaltar, hasta llegar a una especie de restaurante o más bien casa de comidas corridas (aunque para ser un establecimiento de comidas corridas es demasiado grande, piensa B) en cuya acera polvorienta se detiene. El ex clavadista y su padre bajan de inmediato. Durante todo el trayecto no han parado de hablar y en la acera, mientras lo esperan y hacen gestos incomprensibles, siguen con su plática. B tarda un momento en descender del coche. Vamos a comer, dice su padre. Es verdad, dice B.

El interior del local es oscuro y sólo una cuarta parte está ocupada por mesas. El resto parece una pista de baile, con un estrado para la orquesta, enmarcada por una larga barra de madera basta. Al entrar B no puede ver nada por el contraste de la luz. Luego observa a un hombre, que se parece al ex clavadista, acercarse a éste y a su padre y tras escuchar atentamente una presentación que B no comprende, darle la mano a su padre y segundos después tendérsela a él. B extiende la mano y aprieta la del desconocido. Este dice un nombre y estrecha la mano de B con fuerza. El gesto es amistoso, pero el apretón resulta más bien violento. El hombre no sonríe. B decide no sonreír. El padre de B y el ex clavadista ya están sentados a la mesa. B se sienta junto a ellos. El tipo que se parece al ex clavadista y que resulta ser su hermano menor se mantiene de pie, atento a las instrucciones. Aquí, el caballero, dice el ex clavadista, fue campeón de los pesos pesados de su país. ¿Extranjeros?, dice el hombre. Chilenos, dice el padre de B. ¿Hay huachinango?, dice el ex clavadista. Hay, dice el hombre. Pues ponnos uno, un huachinango a la guerrerense, dice el ex clavadista. Y cervezas para todos, dice el padre de B, para usted también. Agradecido, murmura el hombre mientras saca tina libretita del bolsillo y apunta con dificultad un pedido que, a juicio de B, resulta un juego de niños memorizar.

Con las cervezas, el hermano del ex clavadista les trae una botana de galletitas saladas y tres vasos no muy grandes de ostiones. Son frescos, dice el ex clavadista mientras les pone chile a los tres. Qué curioso, ¿verdad? Que esto se llame chile y que su país se llame Chile, dice el ex clavadista mientras señala el frasco lleno de salsa picante de color rojo intenso. En efecto, no deja de ser curioso, concede el padre de B. A los chilenos, añade, esto siempre nos ha picado la curiosidad. B mira a su padre con una incredulidad apenas perceptible. El resto de la conversación, hasta que llega el huachinango, gira en torno a temas de boxeo y de clavadismo.

Después B y su padre se van del establecimiento. El tiempo ha pasado deprisa, sin que ellos se den cuenta, y cuando suben al Mustang ya son las siete de la tarde. El ex clavadista se sube con ellos. Por un momento, B piensa que no se lo van a poder quitar de encima nunca, pero cuando llegan al centro de Acapulco el ex clavadista se baja delante de un local de billares. Cuando se quedan solos, el padre de B comenta favorablemente el trato y los precios que han pagado por el huachinango. Si lo hubiéramos comido aquí, dice señalando los hoteles del paseo costero, nos habría salido por un ojo de la cara. Al llegar a su habitación, B se pone el traje de baño y se va a la playa. Nada durante un rato y luego intenta leer aprovechando la escasa luz del crepúsculo. Lee a los poetas surrealistas y no entiende nada. Un hombre pacífico y solitario, al borde de la muerte. Imágenes, heridas. Eso es lo único que ve. Y de hecho las imágenes poco a poco se van diluyendo, como el sol poniente, y sólo quedan las heridas. Un poeta menor desaparece mientras espera un visado para el Nuevo Mundo. Un poeta menor desaparece sin dejar rastros mientras desespera varado en un pueblo cualquiera del Mediterráneo francés. No hay investigación. No hay cadáver. Cuando B intenta leer a Daumal la noche ya ha caído sobre la playa, cierra el libro y vuelve lentamente al hotel.

Después de cenar, su padre le propone salir a divertirse. B rechaza la invitación. Le sugiere a su padre que vaya solo, que él no está para divertirse, que prefiere quedarse en la habitación y ver una película en la tele. Parece mentira, dice su padre, que a tu edad te estés comportando como un viejo. B observa a su padre, que se ha duchado y se está poniendo ropa limpia, y se ríe.

Antes de que su padre se marche B le dice que se cuide. Su padre lo mira desde la puerta y le dice que sólo va a tomarse un par de tragos. Cuídate tú, dice y cierra suavemente.

Al quedarse solo B se quita los zapatos, busca sus cigarrillos, enciende la tele y vuelve a tumbarse en la cama. Sin darse cuenta, se queda dormido. Sueña que vive (o que está de visita) en la ciudad de los titanes. En su sueño sólo hay un deambular permanente por calles enormes y oscuras que recuerda de otros sueños. Y hay también una actitud suya que en la vigilia él sabe que no tiene. Una actitud delante de los edificios cuyas voluminosas sombras parecen chocar entre sí, y que no es precisamente una actitud de valor sino más bien de indiferencia.

Al cabo de un rato, justo cuando la teleserie se ha acabado, B se despierta de golpe, como impelido por una llamada, se levanta, apaga la tele y se asoma a la ventana. En la terraza, semioculta en el mismo rincón de la noche anterior, está la norteamericana delante de un vaso de alcohol o de zumo de frutas. B la observa sin curiosidad y luego se aparta de la ventana, se sienta en la cama, abre su libro de poetas surrealistas y trata de leer. Pero no puede. Así que trata de pensar y para tal efecto se tiende en la cama otra vez, cierra los ojos, deja los brazos estirados. Por un instante cree que no tardará en quedarse dormido. Incluso puede ver, sesgada, una calle de la ciudad de los sueños. No tarda, sin embargo, en comprender que sólo está recordando el sueño y entonces abre los ojos y se queda durante un rato contemplando el cielo raso de la habitación. Luego apaga la luz de la mesilla de noche y vuelve a acercarse a la ventana. La norteamericana sigue allí, inmóvil, y las sombras de los jarrones se alargan hasta tocar las sombras de las mesas vecinas. El agua de la piscina recoge los reflejos de la recepción que permanece, al contrario que la terraza, con todas las luces encendidas. De pronto un coche se detiene a pocos metros de la entrada del hotel. B cree que se trata del Mustang de su padre. Pero durante un tiempo excesivamente largo nadie aparece por la puerta del hotel y B piensa que se ha equivocado. Justo en ese momento distingue la silueta de su padre que sube las escalinatas. Primero la cabeza, luego los hombros anchos, después el resto del cuerpo hasta acabar en los zapatos, unos mocasines de color blanco que a B le disgustan profundamente pero que en ese momento le producen algo similar a la ternura. Su padre entra en el hotel como si bailara, piensa. Su padre hace su entrada como si viniera de un velorio, irreflexivamente feliz de seguir vivo. Pero lo más curioso es que, tras asomarse durante un instante a la recepción, su padre retrocede y toma el camino de la terraza: desciende las escaleras, rodea la piscina y va a sentarse en una mesa cercana a la de la norteamericana. Y cuando por fin aparece el tipo de la recepción con una copa, tras pagarle y sin esperar siquiera a que el recepcionista haya desaparecido del todo su padre se levanta y se acerca, con la copa en la mano, hasta la mesa de la norteamericana y durante un rato se queda allí, de pie, hablando, gesticulando, bebiendo, hasta que la mujer hace un gesto y su padre toma asiento a su lado.

Es demasiado vieja para él, piensa B. Luego vuelve a la cama, se acuesta, no tarda en darse cuenta de que todo el sueño que tenía acumulado se ha evaporado. Pero no quiere encender la luz (aunque tiene ganas de leer), no quiere que su padre pueda creer, ni por un segundo, que él lo está espiando. Durante mucho rato, B se dedica a pensar. Piensa en mujeres, piensa en viajes. Finalmente se duerme.

Durante la noche, en dos ocasiones, se despierta sobresaltado y la cama de su padre está vacía. A la tercera vez ya está amaneciendo y ve la espalda de su padre que duerme profundamente. Entonces enciende la luz y durante un rato, sin salir de la cama, se dedica a fumar y a leer.

Esa mañana B vuelve a la playa y alquila otra vez una tabla. Esta vez no tiene ningún problema para llegar a la isla de enfrente. Allí toma un zumo de mango y se baña durante un rato en un mar en donde no hay nadie. Luego vuelve a la playa del hotel, le entrega la tabla al adolescente que lo mira con una sonrisa y regresa dando un largo rodeo. En el restaurante del hotel encuentra a su padre tomando café. Se sienta a su lado. Su padre está recién afeitado y su piel despide un olor a colonia barata que a B le gusta. En la mejilla derecha exhibe un arañazo desde la oreja hasta el mentón. B piensa preguntarle qué ocurrió anoche, pero finalmente decide no hacerlo.

El resto del día transcurre como entre brumas. En algún momento B y su padre se marchan a una playa cercana al aeropuerto. La playa es enorme y en los lindes abundan las cabañas con techos de cañizo en donde los pescadores guardan sus artes. El mar está revuelto: durante un rato B y su padre contemplan las olas que se estrellan contra la bahía de Puerto Marqués. Un pescador que está cerca les dice que no es un buen día para bañarse. Es verdad, dice B. Su padre, sin embargo, se mete en el agua. B se sienta en la arena, con las rodillas levantadas y lo observa internarse al encuentro de las olas. El pescador se lleva una mano de visera a la frente y dice algo que B no entiende. Durante un momento la cabeza de su padre, los brazos de su padre que nada hacia dentro desaparecen de su campo visual. junto al pescador hay ahora dos niños. Todos miran hacia el mar, de pie, menos B que sigue sentado. En el cielo aparece, de forma por demás silenciosa, un avión de pasajeros. B deja de mirar el mar y contempla el avión hasta que éste desaparece detrás de una suave colina llena de vegetación. B recuerda un despertar, justo un año atrás, en el aeropuerto de Acapulco. El venía de Chile, solo, y el avión hizo escala en Acapulco. Cuando B abrió los ojos, recuerda, vio una luz anaranjada, con tonalidades rosas y azules, como una vieja película cuyos colores estuvieran desapareciendo, y entonces supo que estaba en México y que estaba, de alguna manera, salvado. Esto ocurrió en 1974 y B aún no había cumplido los veintiún años. Ahora tiene veintidós y su padre debe andar por los cuarentainueve. B cierra los ojos. El viento hace ininteligibles las voces de alarma del pescador y de los niños. La arena está fría. Cuando abre los ojos ve a su padre que sale del mar. B cierra otra vez los ojos y los vuelve a abrir sólo cuando una mano grande y mojada se posa sobre su hombro y la voz de su padre lo invita a comer huevos de caguama.

Hay cosas que se pueden contar y hay cosas que no se pueden contar, piensa B, abatido. A partir de este momento él sabe que se está aproximando el desastre.

Las cuarentaiocho horas siguientes, no obstante, transcurren envueltas en una suerte de placidez que el padre de B identifica con "el concepto de las vacaciones" (y B no sabe si su padre se está riendo de él o lo dice en serio). Van a la playa cada día, comen en el hotel o en un restaurante de la avenida López Mateos que tiene precios económicos, una tarde ambos alquilan una embarcación, un bote de plástico, minúsculo, y recorren el perfil de la costa cercana a su hotel, navegando junto a los vendedores de baratijas que se desplazan en tablas o en botes de ínfimo calado, como funambulistas o marineros muertos, llevando sus mercaderías de playa en playa. Al regreso, incluso, sufren un percance.

El bote, que el padre de B lleva demasiado próximo a los roqueríos, vuelca. El incidente, por supuesto, no tiene mayor importancia. Ambos saben nadar bastante bien y el bote está hecho para volcar, no cuesta nada darle la vuelta y subirse a él otra vez. Y eso es lo que hacen B y su padre. En ningún momento ha habido el menor peligro, piensa B. Pero entonces, cuando ambos han vuelto a subir al bote, el padre de B se da cuenta de que ha perdido la billetera y lo anuncia. Dice, tocándose el corazón: "mi billetera", Y sin dudarlo un segundo se sumerge de cabeza en el agua. A B le da un ataque de risa, pero luego, tirado en el bote, observa el agua y no ve señal alguna de su padre y durante un instante se lo imagina buceando o, aún peor, cayendo a plomo, pero con los ojos abiertos, por una fosa profunda, fosa en cuya superficie se balancea su bote y él mismo, a mitad de camino ya de la risa y de la alarma. Entonces B se yergue y tras mirar hacia el otro lado del bote y no ver señales de su padre, procede a sumergirse a su vez y sucede lo siguiente: mientras B desciende, con los ojos abiertos, su padre asciende (y podría decirse que casi se tocan) con los ojos abiertos y la billetera en la mano derecha; al cruzarse ambos se miran, pero no pueden corregir, al menos no de manera instantánea, sus trayectorias, de modo que el padre de B sigue subiendo silenciosamente y B sigue bajando silenciosamente.

Para los tiburones, para la mayoría de los peces (excepto para los peces voladores), el infierno es la superficie del mar. Para B (para la mayoría de los jóvenes de veintidós años), el infierno a veces es el fondo del mar. Mientras baja recorriendo en sentido inverso la estela que ha dejado su padre, piensa que precisamente ahora hay más motivos que nunca para reírse. En el fondo del mar no encuentra arena, como su imaginación de algún modo esperaba, sino sólo rocas, rocas que se sostienen unas en otras, como si aquel lugar de la costa fuera una montaña sumergida y él estuviera en la parte alta, apenas iniciado el descenso. Después sube y desde abajo contempla el bote que por momentos parece levitar y por momentos parece a punto de hundirse, con su padre sentado en el centro exacto, intentando fumar un cigarrillo mojado.

Y luego se acaba el paréntesis, se acaban las cuarentaiocho horas de gracia en las cuales B y su padre han recorrido algunos bares de Acapulco, han dormido tirados en la playa, han comido e incluso se han reído, y comienza un período gélido, un período aparentemente normal pero dominado por unos dioses helados (dioses que, por otra parte, no interfieren en nada con el calor reinante en Acapulco), unas horas que en otro tiempo, tal vez cuando era adolescente, B llamaría aburrimiento, pero que ahora de ninguna manera llamaría así, sino más bien desastre, un desastre peculiar, un desastre que por encima de todo aleja a B de su padre, el precio que tienen que pagar por existir.

Todo comienza con la aparición del ex clavadista. B se da cuenta de inmediato que viene a buscar a su padre y no al, llamémosle así, conjunto familiar que conforman ambos. El padre de B invita al ex clavadista a tomarse una copa en la terraza del hotel. El ex clavadista dice que conoce un lugar mejor. El padre de B lo mira y sonríe y luego dice órale. Cuando ganan la calle comienza a atardecer y por un segundo B siente una punzada inexplicable y cree que tal vez hubiera sido mejor quedarse en el hotel, dejar que su padre se divirtiera solo. Pero ya es demasiado tarde. El Mustang sube por la avenida Constituyentes y el padre de B saca de un bolsillo la tarjeta que días atrás le diera el recepcionista. El picadero se llama San Diego, dice. El ex clavadista arguye que ese lugar es demasiado caro. Tengo dinero, dice el padre de B, vivo en México desde 1968 y ésta es la primera vez que me doy unas vacaciones. B, que va sentado junto a su padre, busca el rostro del ex clavadista en el espejo retrovisor y no lo encuentra. Así que primero van al San Diego y durante un rato beben y bailan con chicas a las que por cada baile hay que entregar un boleto que previamente compran en la barra. El padre de B, al principio, sólo compra tres boletos. Este sistema, le dice al ex clavadista, tiene algo de irreal. Pero luego se entusiasma y compra un fajo entero. B también baila. Su primera pareja es una muchacha delgada y de rasgos aindiados. La segunda es una mujer de grandes pechos que parece preocupada o enfurruñada por algo que B jamás podrá comprender. La tercera es gorda y feliz y al poco rato de estar bailando le confiesa al oído que está drogada. ¿Qué has tomado?, dice B. Hongos alucinantes, dice la mujer y B se ríe. Su padre, mientras tanto, baila con la muchacha que parece india y B los observa de tanto en tanto. En realidad, todas las muchachas parecen indias. La que baila con el padre de B tiene una bonita sonrisa. Hablan (de hecho hablan sin parar) aunque B no oye lo que dicen. Después su padre desaparece y B se acerca a la barra junto al ex clavadista. Ellos también se ponen a hablar. De los tiempos pasados. Del valor. De las quebradas en donde rompe el mar. De mujeres. Temas que a B no le interesan o que, al menos, no le interesan en ese momento. Y sin embargo hablan.

Al cabo de media hora su padre vuelve a la barra. Su pelo rubio está mojado y recién peinado (el padre de B se peina para atrás) y tiene la cara enrojecida. Sonríe sin decir nada y B lo observa sin decir nada. Hora de comer, dice. B y el ex clavadista lo siguen hasta el Mustang. Cenan mariscos variados en un local oblongo como un ataúd. Mientras comen, el padre de B mira a B como buscando una respuesta. B sostiene su mirada. Telepáticamente le dice: no hay respuesta porque la pregunta no es válida. La pregunta es imbécil. Después, sin saber cómo, B sigue a su padre y al ex clavadista (que hablan todo el rato de boxeo) hasta un local en los suburbios de Acapulco. El edificio es de ladrillo y madera, carece de ventanas y en el interior hay un juke-box con canciones de Lucha Villa y Lola Beltrán. De pronto B siente náuseas. Sólo entonces, mientras se separa de su padre y busca un lavabo o el patio trasero o la salida a la calle, se da cuenta de que ha bebido demasiado. También se da cuenta de algo más: unas manos aparentemente hospitalarias no le han permitido salir a la calle. Temen que me escape, piensa B. Luego vomita varias veces en un patio abierto en donde se acumulan cajas de cerveza y en donde hay un perro atado, y tras aliviarse se pone a contemplar las estrellas. No tarda en aparecer junto a él una mujer. Su sombra se recorta más oscura que la noche. Su vestido, sin embargo, es blanco y eso hace que B la pueda distinguir. ¿Te hago un guagüis?, dice. Tiene una voz joven y aguardentosa. B se la queda mirando sin entender. La puta se arrodilla a su lado y le abre la bragueta. Entonces B comprende y la deja, hacer. Cuando acaba siente frío. La puta se levanta y B la abraza. juntos contemplan la noche. Cuando B dice que quiere volver a la mesa de su padre, la mujer no lo sigue. Vamos, dice B, tirando de su mano, pero ella se resiste. Entonces B se da cuenta de que no ha visto apenas su rostro. Es mejor así. Sólo la he abrazado, piensa, ni siquiera sé cómo es. Antes de volver a entrar se da vuelta y ve que la puta se acerca al perro y lo acaricia.

En el interior, su padre está sentado a una mesa junto al ex clavadista y otros dos tipos. B se le acerca por la espalda y le susurra unas palabras al oído. Vámonos. Su padre está jugando a las cartas. Voy ganando, dice, no puedo irme. Nos van a robar todo el dinero, piensa B. Luego contempla a las mujeres que a su vez lo contemplan a él y a su padre con una conmiseración palpable. Ellas saben lo que nos va a pasar, piensa B. ¿Estás borracho?, le pregunta su padre mientras pide una carta. No, dice B, ya no. ¿Estás drogado?, dice su padre. No, dice B. Entonces su padre sonríe y pide un tequila y B se levanta y va hacia la barra y desde allí observa con ojos de loco el escenario del crimen. En ese momento B sabe que aquél es el último viaje que hará con su padre. Abre los ojos, cierra los ojos. Las putas lo miran con curiosidad, una le ofrece un trago que B rechaza con un gesto. A veces, cuando tiene los ojos cerrados, puede ver a su padre con una pistola en cada mano saliendo de una puerta que está en un lugar en donde jamás debía estar una puerta. Sin embargo su padre aparece por allí, de prisa, con los ojos grises brillantes y el pelo despeinado. Nunca más volverán a viajar juntos, piensa B. Eso es todo. Lucha Villa canta en el juke-box y B piensa en Gui Rosey, poeta menor desaparecido en el sur de Francia. Su padre reparte las cartas, se ríe, cuenta historias y escucha historias que rivalizan en sordidez. B recuerda cuando volvió de Chile, en 1974, y fue a verlo a su casa. Su padre se había roto un pie y estaba leyendo en la cama un periódico deportivo. Le preguntó cómo le había ido y B le contó sus aventuras. Sucintamente: las guerras floridas latinoamericanas. Estuvieron a punto de matarme, dijo. Su padre lo miró y se sonrió. ¿Cuántas veces?, dijo. Por lo menos dos, respondió B. Ahora su padre se ríe a carcajadas y B trata de pensar con claridad. Gui Rosey se suicidó, piensa, o lo mataron, piensa. Su cadáver está en el fondo del mar.

Un tequila, dice B. Una mujer le pone un vaso lleno hasta la mitad. No se emborrache otra vez, joven, dice. No, ya estoy bien, dice B perfectamente lúcido. No tardan otras dos mujeres en acercarse a él. ¿Qué quieren tomar?, dice B. Su papá de usted es muy simpático, dice una de ellas, la más joven, de pelo largo y negro, tal vez la misma que me lo chupó hace un rato, piensa B. Y recuerda (o trata de recordar) escenas en apariencia inconexas: la primera vez que fumó en su presencia, a los catorce años, un Viceroy, una mañana en que los dos esperaban la llegada de un tren de carga en el interior del camión de su padre y hacía mucho frío; armas de fuego, cuchillos; historias familiares. Las putas beben tequila con coca-cola. ¿Cuánto rato estuve afuera vomitando?, piensa B. Parecía moto, dice una de las putas, ¿quiere un poquito? ¿Un poquito de qué?, dice B temblando pero con la piel fría como un témpano. Un poquito de mota, dice la mujer, de unos treinta años, el pelo largo como su compañera, pero teñido de rubio. ¿Golden Acapulco?, dice B dando un trago de tequila mientras las dos mujeres se le acercan un poco más y le acarician la espalda y las piernas. Simón, para tranquilizarse, dice la rubia. B asiente con la cabeza y lo siguiente que recuerda es una nube de humo que lo separa de su padre. Usted quiere mucho a su papá, dice una de las mujeres. Pues no tanto, dice B. ¿Cómo no?, dice la morena. La que atiende la barra se ríe. A través del humo, B observa que su padre da vuelta la cabeza y durante un instante lo mira. Me está mirando con una seriedad de muerte, piensa. ¿Te gusta Acapulco?, dice la rubia. El local, sólo en ese momento lo percibe, está semivacío. En tina mesa hay dos tipos que beben en silencio y en la otra están su padre, el ex clavadista y los dos desconocidos jugando a las cartas. Todas las demás mesas están desocupadas.

La puerta del patio se abre y aparece una mujer con un vestido blanco. Es la que me lo chupó, piensa B. La mujer aparenta unos veinticinco años, aunque seguramente tiene muchos menos, tal vez dieciséis o diecisiete. Tiene el pelo largo, como casi todas, y lleva zapatos con tacones muy altos. Cuando cruza el local (se dirige al lavabo), B estudia con detenimiento sus zapatos: son blancos y están sucios de barro en los lados. Su padre también levanta la mirada y la estudia durante un momento. B mira a la puta, que abre la puerta del baño, y luego mira a su padre. Entonces cierra los ojos y cuando los vuelve a abrir la puta ya no está y su padre ha vuelto a concentrarse en el juego. Lo mejor sería que se llevara a su papá de este lugar, le dice una de las mujeres al oído. B pide otro tequila. No puedo, dice. La mujer le mete la mano por debajo de la camisa holgada y con dibujos hawaianos. Está comprobando si voy armado, piensa B. Los dedos de la mujer suben por su pecho y se enroscan alrededor de su tetilla izquierda. Se la aprieta. Eh, dice B. ¿No me crees?, dice la mujer. ¿Qué va a pasar?, dice B. Algo malo, dice la mujer. ¿Como cuánto de malo?, dice B. No lo sé, pero yo que tú me largaría. B sonríe y la mira a los ojos por primera vez: vente con nosotros, le dice mientras bebe un trago de tequila. Ni que estuviera loca, dice la mujer. B recuerda entonces una ocasión, antes de que él se marchara para Chile, en que su padre le dijo "tú eres un artista y yo soy un trabajador". ¿Qué quiso decir con eso?, piensa. La puerta del baño se abre y la puta vestida de blanco vuelve a aparecer, esta vez con los zapatos impolutos, y atraviesa el local hasta la mesa en donde juegan a las cartas y allí se queda, de pie, junto a uno de los desconocidos. ¿Por qué tenemos que irnos?, dice B. La mujer lo mira de reojo y no le contesta. Hay cosas que se pueden contar, piensa B, y hay cosas que no se pueden contar. Cierra los ojos.

Como en sueños, regresa al patio trasero del bar. La mujer teñida de rubio lo lleva de la mano. Esto ya lo he hecho, piensa B, estoy borracho, no saldré jamás de aquí. Algunos gestos se repiten: la mujer se sienta en una silla desvencijada y le abre la bragueta, la noche parece flotar como un gas letal a la altura de las cajas de cerveza vacías. Pero faltan algunas cosas: el perro ya no está, por ejemplo, y hacia el este ya no cuelga la luna sino algunos filamentos de claridad que adelantan el amanecer. Cuando acaban, atraído tal vez por los gemidos de B, aparece el perro. No muerde, dice la mujer mientras el perro se detiene a pocos metros de ellos y enseña los dientes. La mujer se levanta y se alisa el vestido. El lomo del perro está erizado y por el hocico le cae una baba transparente. Quieto, Púas, quieto, Púas, repite la mujer. Nos va a morder, piensa B mientras retroceden hasta la puerta. Lo que sigue es caótico: en la mesa donde juega su padre todos se han puesto de pie. Uno de los desconocidos grita a todo pulmón. B no tarda en darse cuenta de que está insultando a su padre. Por precaución, se acerca a la barra y pide una botella de cerveza que bebe a grandes sorbos, ahogándose, antes de aproximarse. Su padre parece tranquilo, piensa B. Junto a él hay una buena cantidad de billetes que coge uno por uno y luego se guarda en el bolsillo. De aquí no vas a salir con ese dinero, grita el desconocido. B mira al ex clavadista. Busca en su rostro por quién va a tomar partido. Probablemente por el desconocido, piensa B. La cerveza le resbala por el cuello y sólo entonces se da cuenta de que está ardiendo.

El padre de B termina de contar su dinero y mira a los tres hombres que tiene enfrente y a la mujer vestida de blanco. Bueno, caballeros, nosotros nos vamos, dice. Hijo, ponte a mi lado, dice. B arroja al suelo lo que queda de cerveza y empuña la botella cogiéndola del cuello. ¿Qué haces, hijo?, dice el padre de B. En su voz B percibe un cierto tono de reproche. Vamos a salir tranquilamente, dice el padre de B y luego se da vuelta y les pregunta a las mujeres cuánto se les debe. La de la barra mira un papel y dice una cifra bastante alta. La rubia, que está de pie a medio camino entre la mesa y la barra, dice otra cifra. El padre de B suma, saca el dinero y se lo tiende a la rubia: lo tuyo y las consumiciones, dice. Luego añade un par de billetes más: la propina. Ahora vamos a salir, piensa B. Los dos desconocidos se plantan interfiriendo el paso. B no quiere mirarla, pero la mira: la mujer de blanco se ha sentado en una de las sillas vacías y revisa con las yemas de los dedos las cartas esparcidas en la mesa. No me estorbes, susurra su padre y B tarda en comprender que le está hablando a él. El ex clavadista se mete las manos en los bolsillos. El desconocido vuelve a insultar al padre de B, lo insta a volver a la mesa, a volver a jugar. Ya no se juega más, dice el padre de B. Durante un instante, mientras contempla a la mujer vestida de blanco (que le parece, por primera vez, muy hermosa), B piensa en Gui Rosey que desaparece del planeta sin dejar rastro, dócil como un cordero mientras los himnos nazis suben al cielo color sangre, y se ve a sí mismo como Gui Rosey, un Gui Rosey enterrado en algún baldío de Acapulco, desaparecido para siempre, pero entonces oye a su padre, que le está recriminando algo al ex clavadista, y se da cuenta de que, al contrario que Gui Rosey, él no está solo.

Después su padre camina un poco encorvado hacia la salida y B le concede espacio suficiente para que se mueva a sus anchas. Mañana nos iremos, mañana volveremos al DF, piensa B con alegría. Comienzan a pelear.



en Putas asesinas, 2001