sábado, diciembre 03, 2016

"Cómo puedo evitar el arrepentimiento y la tristeza de una vida...", de Li Yu

© Versión de Juan Carlos Villavicencio





¿Cómo puedo evitar el arrepentimiento y la tristeza de una vida?
¿Cuáles los límites para mi solitaria aflicción?
Volví en un sueño a mi antigua patria,
dejando caer dos lágrimas al despertar.
¿Quién subirá ahora a aquella torre inmensa?
Recuerdo esa clara escena del otoño.
Aquellos sucesos pasados se vuelven vacíos,
se van perdiendo como un sueño.






Fotografía original: “Embarcadero a la medianoche 
junto al puente de arce” (1960), de Lang Jingshan






viernes, diciembre 02, 2016

“Cántico del solsticio de verano”, de Annie Finch






21 de junio


El sol, rico y abierto,
se estira y derrama sobre la flor de nuestro trabajo.

En el centro de las nuevas flores,
un ala de flor más oscura

te apunta como un fuego.

Apunta tu fuego como una flor.


Traducción de Marcelo Pellegrini

en Figuras del original, 2006







jueves, diciembre 01, 2016

"Luis Oyarzún", de Clemente Riedemann





Honrado es el hombre que advierte,
en el fulgor de las ventanas,
la mirada de sus maestros.
Acaso pueda, él mismo, un día de éstos,
espantar en otros la soberbia.
Anduvo, Lucho Oyarzún, por estas calles levitando.
Viendo, en la luz
–despabilado el sueño– las murallas:
El capitalismo de los ricos
frena el capitalismo de los pobres
(N.Y. Agosto, 1970)
Y más te vale comprender: ver, en el tiempo,
la palabra.




en Una casa junto al río, Descontexto Editores, 2016










miércoles, noviembre 30, 2016

"Mr. Robot", de Sam Esmail






Terry Colby: Es un regalo. Yo... quería dártelo antes de olvidarlo. (En escena una mano posa sobre una mesa un libro titulado El último hombre honesto, del autor Terry Colby). Es una copia de mi último libro. Está de moda en Movers & Shakers de Amazon. Se vende más que el último de Trump. (La escena muestra a dos personas sentadas frente a frente conversando en una gran oficina) ¿Puedes creer que ese chupapicos se va a postular esta vez? Digo, si quisiera, las cosas que sé de él... me llevaría como vicepresidente.

Philip Price, CEO de E Corp: La política... es para títeres. Además, si te postularas, ya no serías «El último hombre honesto». (Ríen) Gracias, Terry. Y bueno… quiero que veas a nuestro amigo, Winston Campbell, para hablar de este asunto... esta noche. Tengo entendido que te debe algunos favores.

Colby (Suspira): Así es. Ehm… ¿pero un voto de la ONU que le permita a China anexarse al Congo?

Price: A Winston lo escucha el presidente.

Colby: Eso lo entiendo, pero debo ser honesto, Phillip... es una locura. Me he enterado tras leer el Times que China tiene la punta metida en el Congo... y tú quieres que Winston le diga a Obama que mire para el otro lado mientras los chinos se quedan con todo. Digo... no sé… ¿darles soberanía nacional de otra nación? Es una locura, ¿no lo crees?

Price: África Central es un mierdal. Después del cambio climático, serán una bola de futuros cadáveres matándose en una guerra civil. El Salón Oval podría hacer que esto se viera como una intervención humanitaria.

Colby: Con todo respeto, es basura. Si él le dice al embajador que vote a favor de esto, Obama siempre será conocido como el hombre que le regaló África a China.

Price: No. Eso es lo secundario. Obama sólo tiene que decirle a su embajador que se abstenga.

Colby: Supongo que... no vas a decirme qué tiene esto que ver con tus ambiciones.

Price: Hazlo por mí, Terry... y prometo no olvidarme de tu ayuda. (Se levanta para despedir a Terry mientras le da la mano. V se acerca a la puerta).

Colby (Se detiene ante la puerta. En un exabrupto, se detiene y ríe): El maldito Congo. El Congo. ¿Hay algún lugar en el mundo en el que no tengas las manos metidas? Comercias con países como si fueran cartas.

Price (Sentado en su escritorio, revisando unos papeles, sin mirarlo): ¿No se trata de eso la historia? ¿Políticamente, económicamente, geográficamente, líneas imaginarias que se trazan y se vuelven a trazar una y otra vez?

Colby (Tristemente se demora en contestar): Sí… Phillip, tengo que saberlo. ¿Por qué lo haces? Digo… todo esto.

Price (Mirándolo): ¿Honestamente?

Colby: Sí.

Price (Se saca los lentes y pasa la mano por su cara): En el transcurso de mi vida, siempre me he preguntado: «Soy la persona más poderosa en la habitación?». Y la respuesta tenía que ser «Sí». Hasta el día de hoy... sigo preguntándome lo mismo. Y la respuesta sigue siendo «Sí». En cada habitación del mundo entero, la respuesta es… «Sí». Con la excepción de una. O dos. Y eso me impulsa. Mi intención es dejar un legado con los parámetros que Dios dispuso cuando creó la Tierra y al hombre a Su imagen y semejanza. Cualquier cosa menos que eso... no vale la pena mencionarlo.

(Se vuelve a poner los lentes, mientras Colby abre la puerta y se va)




Mr. Robot, 
episodio 10 de la segunda temporada, 2016
















martes, noviembre 29, 2016

“Felicidad”, de Malcolm Lowry





Nevadas montañas azules
            y azul e inquieta agua helada.
Un cielo desbordante,
            repleto de estrellas nacientes
y Venus y la luna creciente al amanecer.

Gaviotas detrás del motor de un bote
            contra el viento.
Los árboles con ramas fijas en el aire.

Sentado al sol del mediodía
            con la humeante sombra de la chimenea
            de la cabaña.
Las águilas flotan con el viento;
            las golondrinas flotan y retroceden.

A las once un nuevo tipo de tabaco
            y mi amada que vuelve en el bus de las cuatro.
Dios, ¿qué hice yo para merecer esto?



en Un trueno sobre el Popocatépetl, 2000

Versión de Mario Spachiaro






lunes, noviembre 28, 2016

"Lucha de clases", de Juan José Saer







La voz vendría a quedar, de esa manera, en suspenso. Y un trueno,
en su lugar, se dejaría oír, en la casa de la historia,
poniendo, como quien dice, un temblor,
hasta en los rincones más escondidos o más frágiles. Que la voz,
más bien, ininterrumpida, acompañe la explosión, la haga más que ruido,
dotándola de una dimensión de modestia, de error o soledad,
de modo tal que la finitud complete las estrellas codiciadas.
Y porque, también, pasado el estruendo, en el silencio que,
por obra de alguna revisión pudiese, gélido, imperar,
esa voz finita y sin fin siga sola cintilando hacia el cielo,
de modo tal que ayude, en la noche eventual,
a romper, o a desplegarse más bien,
firme, y hasta una nueva noche, el amanecer.




en El arte de narrar: poemas (1960-1987), 1999























domingo, noviembre 27, 2016

“Un mundo mejor es posible”, de Fidel Castro






Discurso pronunciado en la Conferencia Internacional sobre el Financiamiento para el Desarrollo


Excelencias:

Lo que aquí diga no será compartido por todos, pero diré lo que pienso, y lo haré con respeto. El actual orden económico mundial constituye un sistema de saqueo y explotación como no ha existido jamás en la historia. Los pueblos creen cada vez menos en declaraciones y promesas. El prestigio de las instituciones financieras internacionales está por debajo de cero.

La economía mundial es hoy un gigantesco casino. Análisis recientes indican que por cada dólar que se emplea en el comercio mundial, más de cien se emplean en operaciones especulativas que nada tienen que ver con la economía real. Este orden económico ha conducido al subdesarrollo al 75 por ciento de la población mundial.

La pobreza extrema en el Tercer Mundo alcanza ya la cifra de 1200 millones de personas. El abismo crece, no se reduce. La diferencia de ingresos entre los países más ricos y los más pobres que era de 37 veces en 1960 es hoy de 74 veces. Se ha llegado a extremos tales, que las tres personas más ricas del mundo poseen activos equivalentes al PIB combinado de los 48 países más pobres.

En el 2001 el número de personas con hambre física alcanzó la cifra de 826 millones; la de adultos analfabetos, 854 millones; la de niños que no asisten a la escuela, 325 millones; la de personas que carecen de medicamentos esenciales de bajo costo, 2 mil millones; la de los que no disponen de saneamiento básico, 2 mil cuatrocientos millones. No menos de 11 millones de niños menores de 5 años mueren anualmente por causas evitables, y 500.000 quedan definitivamente ciegos por falta de vitamina A.

Los habitantes del mundo desarrollado viven 30 años más [en promedio] que los del África Subsahariana. ¡Un verdadero genocidio!

No se puede culpar de esta tragedia a los países pobres. Estos no conquistaron y saquearon durante siglos a continentes enteros, ni establecieron el colonialismo, ni reimplantaron la esclavitud, ni crearon el moderno imperialismo. Fueron sus víctimas. La responsabilidad principal de financiar su desarrollo corresponde a los Estados que hoy, por obvias razones históricas, disfrutan los beneficios de aquellas atrocidades. El mundo rico debe condonar la deuda externa y conceder nuevos préstamos blandos para financiar el desarrollo. Las ofertas tradicionales de ayuda, siempre raquíticas y muchas veces ridículas, son insuficientes o no se cumplen.

Lo que hace falta para un verdadero desarrollo económico y social sostenible es muchas veces más de lo que se afirma. Medidas como las sugeridas por el recién fallecido James Tobin para frenar el torrente incontenible de la especulación monetaria, aunque no era su idea ayudar al desarrollo, serían hoy tal vez las únicas capaces de generar fondos suficientes que, en manos de los organismos de Naciones Unidas y no de funestas instituciones como el FMI, podrían suministrar ayuda directa al desarrollo con la participación democrática de todos, sin el sacrificio de la independencia y la soberanía de los pueblos. El proyecto de consenso que se nos impone por los amos del mundo en esta conferencia, es el de que nos resignemos con una limosna humillante, condicionada e injerencista.

Hay que repensar todo lo creado desde Bretton Woods hasta hoy. No hubo entonces verdadera visión de futuro. Prevalecieron los privilegios y los intereses del más poderoso. Ante la profunda crisis actual, nos ofrecen un futuro todavía peor, en el que no se resolvería jamás la tragedia económica, social y ecológica de un mundo que será cada vez más ingobernable, donde habrá cada día más pobres y más hambrientos, como si una gran parte de la humanidad sobrara.

Es hora de reflexión serena para los polticos y hombres de Estado. La creencia de que un orden económico y social que ha demostrado ser insostenible pueda ser impuesto por la fuerza es una idea loca. Las armas cada vez más sofisticadas que se acumulan en los arsenales de los más poderosos y ricos, como ya expresé una vez, podrán matar a los analfabetos, los enfermos, los pobres y los hambrientos, pero no podrán matar la ignorancia, las enfermedades, la pobreza y el hambre.

De una vez por todas debiera decirse adiós a las armas. ¡Algo tiene que hacerse para salvar la humanidad! ¡Un mundo mejor es posible!

Gracias.



Monterrey, México, 21 de marzo de 2002

en Palabra de Fidel: Selección de Discursos, 2002






sábado, noviembre 26, 2016

"Poema a un amigo", de Cao Zhi

© Versión de Juan Carlos Villavicencio




Ha empezado el frío al inicio del otoño,
mientras los árboles del jardín se deshojan lentamente.
Gélida la escarcha sobre la escalera de jade,
cuando se levanta el viento y envuelve todo el pabellón.
Este amanecer las nubes han partido tras las cumbres
y los pantanos y los ríos crecieron gracias a la lluvia.
Ya acaba la cosecha en los campos y colinas
donde siempre el campesino ha cuidado de sus frutos.

Los que viven siendo ricos no recuerdan a los pobres:
a nadie le importa lo que les sucede.
Mientras tengamos abrigo en invierno
nadie va a soñar con aquellos que no lo tienen.
Mi corazón evoca a los antiguos sabios
a los que no les importaban ni tesoros ni oropeles.
Tu amor es como el de ellos
y ni de tus virtudes eres codicioso.











viernes, noviembre 25, 2016

“El extraño caso de Lady Elwood”, de Roberto Fontanarrosa





El inspector Havilland detuvo su Austin al costado del camino que conducía a Middleford y quedó pen­sativo. No había dicho a nadie dónde pasaría sus quince días de vacaciones y la idea de retomar el ca­mino hacia Londres se le instaló sólidamente en la cabeza.

Él tan sólo había prometido comunicarse cada tres días con Scotland Yard, en prevención de algún suceso inesperado, como el retorno del Destripador de Yorkshire, un ataque nuclear soviético o la fuga de un oso del zoológico. Esa franquicia de manejar a su gusto el contacto con sus superiores tan sólo se le concedía a hombres como Emerald L. Havilland, el más eficaz sabueso de las fuerzas de seguridad británicas. "El Detective Invicto" como bien lo había llamado la prensa tras su espectacular esclarecimiento del caso del robo del pony predilecto del Príncipe Andrew.

En tanto viraba lentamente el volante, una sonrisa, apretada en torno al cigarro que sostenían sus labios, ensanchó el rostro adusto del inspector: recordaba claramente la densa, profunda, prometedora mirada que le había dispensado Lady Elwood desde lo alto de su palco, días atrás, durante el concierto que brindó la Royal Philarmonic Orchestra.

Una hora después, el inspector Havilland, prote­giendo su boca y su nariz bajo el abrigo de la bufanda con los colores del Tottenham Hotspur, golpeaba suavemente con su puño enguantado a las puertas de la mansión de Lady Elwood, la riquísima viuda de sir Lewis Norton.

Tras unos minutos de espera Havilland repitió el llamado. Finalmente, con la curiosidad propia de la profesión, giró el picaporte comprobando que la pesada puerta estaba abierta. Antes de entrar observó hacia la calle. Nadie lo había visto. El viento y la lluvia eran dos azotes flagelando Newcastle Street.

Recorrió un par de salones desiertos y luego co­menzó a subir una ancha escalera de madera. En una de las habitaciones superiores halló a Lady Elwood. Estaba sobre la alfombra, caída al lado de su cama en posición poco ortodoxa y presentaba dos heridas profundas en la espalda.

Havilland husmeó el aire y luego tomó la medida que separaba la cómoda de la perilla de la luz. Fue hasta el cenicero y recogió dentro de un sobre las co­lillas de cigarrillos. Se paró en medio de la habita­ción, cruzado de brazos y mirando hacia los cerra­dos ventanales. Meneó la cabeza y silbó suave.

—Paul —musitó—. Finalmente lo hizo.

Recordaba el rostro joven e ingenuo de Paul Elwood, sobrino de la viuda, y las habladurías que de él y su tía se contaban en ciertos cenáculos.

—No debe haber abandonado el país aún —dedu­jo Havilland—. Tomará el ferry hacia Francia.

Anotó en una pequeña libreta la medida entre la cama y el ropero y constató que la puerta de éste estaba entornada. La abrió. Allí dentro, prácti­camente sentado sobre el piso de madera, algo oculto por la profusión de tapados y pieles, se hallaba el cadáver de Paul Carpentier, estrangulado por una corbata de seda italiana azul, con diminutos puntos rojos.

Havilland se pellizcó los labios y cerró el ropero. Miró su libreta de apuntes y golpeteó con la base de su lapicera sobre la tapa de la libreta.

—Mannix —silabeó—. Gus Mannix.

No escapaban a su memoria proverbial los rasgos acentuados de Gus Mannix, profesor de piano de Paul, a quien algunas revistas proclives al escándalo sindicaban como antiguo enamorado de Lady Elwood.

—Los celos —musitó Havilland— son malos con­sejeros.

Se encaminó hacia el baño. Allí podría detectar huellas dactilares del impetuoso profesor Mannix.

Havilland no pudo disimular un rictus de contra­riedad cuando, junto a la bañera, semitapado por la cortina plástica encontró el cuerpo del eximio pia­nista. Entre ceja y ceja, algo más arriba de la conge­lada expresión de asombro que dibujaban sus ojos, mostraba el orificio pequeño pero nítido de una bala calibre 22.

El inspector aspiró hondo y tomó la medida entre el lavabo y el grifo de agua caliente.

—Estoy ante la obra de un loco —dictaminó—, Jerry Fergusson.

Nunca había podido olvidar la mirada extraviada del jardinero mientras le explicaba su extraña teoría sobre la doble personalidad de las azaleas y la influen­cia que ejercían las monocotiledóneas sobre las de­cisiones del Vaticano. Tampoco nunca había olvi­dado que Jerry Fergusson le había confiado que atendía los jardines de Lady Elwood.

—Sé muy bien dónde estará oculto —se dijo. Sor­teando el cadáver de la acaudalada viuda, se dirigió al teléfono. No tenía tono. Observó que se hallaba desconectado. Agachándose tras el cable atisbó bajo la cama.

Allí, con la cabeza destrozada por un atizador de la estufa de leños, vio a Jerry Fergusson, el jardi­nero.

Havilland se frotó suavemente las yemas de los dedos. Frunció los labios y aprobó un par de veces enérgicamente con su cabeza.

Colocó nuevamente el auricular del teléfono en su horquilla. Luego retornó las colillas que había sacado, a sus ceniceros. Cortó la hoja con anotacio­nes de su libreta y la arrojó al inodoro, accionando luego el turbión de agua.

Se arrebujó entonces en su bufanda, bajó el ala de su sombrero, salió de la casa cerrando con cuidado la puerta y subiendo al Austin retomó el camino hacia Middleford.



en El mundo ha vivido equivocado y otros cuentos, 1982






jueves, noviembre 24, 2016

"La indolencia es a menudo asertiva aquiescencia", de Doris Kareva







La indolencia es a menudo asertiva aquiescencia,
que se recrea en sí misma
como Selene creciente que gradualmente
se distancia de su menguante contingente,
como una batería que con toda seguridad
se recarga continuamente,
de modo que todo, todos
han de tener tiempo para sí mismos,
para la dicha y la lasitud,
tiempo para ser humanos.






Sin datos editoriales












miércoles, noviembre 23, 2016

Hoy: Lanzamiento de A la Misteriosa, de Robert Desnos. Descontento Editores





Presentarán Silvio Mattoni (traductor de la obra), Alida Mayne-Nicholls y Ramón Oyarzun. Café Berlín, Padre Luis de Valdivia 339, Barrio Lastraría, Metro UC, 19 horas.





martes, noviembre 22, 2016

"A Therese", de Pablo Guíñez






De la tarde
acompasadamente acompañada de ramas cargadas de agua
por el sendero de tilos, aún húmedos, crujientes de hojas; aún lleno de charcas,
a lo mejor podría reencontrar el jardín y esa glorieta levemente apoyada
en aquellas glicinas, y ese desvanecido rumor de los cipreses
aplastados por la niebla,
sin que nadie pise la sombra de damascos,
sin que nadie abra las puertas ni deslice la mirada
hacia aquellos rincones, ni en la mesa de té
reposarán los dedos que alargaran budines;
ni de la mantequilla habrá de desprenderse
aquel sabor a trébol ni su dorado aroma
de crema que retoma del batidor el punto
exacto, en que se torna como una espesa yema.
Ni saldrán del estanque unos gansos que vuelven
a la ancha libertad del río, hasta ahogarse
en el cielo desnudo, por donde irán las alas
hasta ser lo salvaje de ese viento invisible.
Es que de aquel entonces, ni sueños ni palabras
serán y los que en bosques crecieran no podrían
ya encontrarse, ni ese sendero existe y sólo de las ruinas
procuraré extraer una música lejana:
abejorros que huyen y jilgueros que se asoman,
en tanto de los tilos el agua se deshace.





en Afonía total, 1967











lunes, noviembre 21, 2016

“Los grandes días del poeta”, de Robert Desnos






Los discípulos de la luz
solo inventaron tinieblas apenas opacas.
El río arrastra un diminuto cuerpo de mujer,
lo que es indicio de un final cercano.
La viuda vestida con ropas nupciales
se equivoca de séquito.
Todos llegaremos con atraso a nuestras tumbas.
Un navío de carne encalla en una playa pequeña.
El timonel invita a los pasajeros a callarse.
Las olas esperan impacientes.
¡Más Cerca oh Dios de ti!
El timonel invita a las olas a hablar.
Éstas hablan.
La noche ciega sus frascos con estrellas
y hace fortuna con la exportación.
Se construyen grandes tableros para vender ruiseñores,
pero no pueden satisfacer
los deseos de la Reina de Siberia
que quiere un ruiseñor blanco.
Un capitán inglés jura que no lo sorprenderán
recolectando salvia de noche
entre los pies de las estatuas de sal.
A propósito de esto una pequeña salera con Cerebos
se endereza con dificultad
sobre sus delgadas piernas
y derrama en mi plato todo lo que me queda por vivir;
lo bastante para salar el océano Pacífico.
Pondréis en mi tumba un salvavidas.
Porque uno nunca sabe.


en Antología de la Poesía Surrealista, 1961





domingo, noviembre 20, 2016

Antes y después del triunfo de Trump. Textos de Chris Agnos y Daniel James






I. «Donald Trump es el espejo en el que no nos queremos mirar», de Chris Agnos
Traducción de Juan Carlos Villavicencio


Aclaración: No apoyo a Donald Trump o Hillary Clinton como presidente. Creo que el alcance del debate político es demasiado reducido para el tipo de acciones que deben llevarse a cabo para evitar la extinción de la mayor parte de la vida en la Tierra, incluyendo la de los seres humanos. Salir de este limitado debate me permite adoptar una postura más objetiva cuando veo el circo que representan las elecciones presidenciales en Estados Unidos por estos días.

Los auto-denominados liberales en todo el país han estado en estado de shock e incredulidad por la candidatura presidencial de Donald Trump.

«¡Oh, Dios mío! ¿Viste lo que dijo? ¿Cómo puede estar en la pelea por ser presidente?

El problema es que la última pregunta es a menudo retórica. Muy poco esfuerzo, si es que alguno, se hace tratando de entender cómo tal!@$#%^& ganó realmente la nominación republicana. Pero la verdad es que hay algo podrido en el centro de Estados Unidos, y Donald Trump inconscientemente está tratando de obligarnos a mirarlo. Donald Trump es el espejo en el que no nos queremos mirar.



Donald Trump nos refleja un sistema capitalista depredador que es horriblemente equívoco

Sí, hay un pequeño trozo de Donald Trump dentro de todos nosotros. Es la parte de nosotros mismos que detestamos y, por lo tanto, queremos reprender y de la que nos queremos distanciar. Muchos quieren esconderse tras de un nuevo lenguaje de corrección política. No queremos entender cómo Donald Trump se elevó a tal altura porque la razón nos aterra. Lo que más nos asusta es lo mucho que realmente compartimos en común con él.

Donald Trump es producto de un sistema capitalista depredador que es horriblemente equívoco. Sí, Donald Trump es misógino, pero miren la manera en que los negocios de todo tipo utilizan a mujeres semidesnudas para vender productos y servicios. Sí, a Donald Trump no le importan nada más que los intereses estadounidenses, pero tampoco lo hace ningún estadounidense que perdona al gobierno por gastar trillones de dólares exportando guerra el caos al resto del mundo. Sí, a Donald Trump no le importa el cambio climático, pero tampoco a nuestro sistema económico que sólo permite a la gente satisfacer sus necesidades a través de productos insostenibles como la carne de fábricas de crianza y Walmart. Sí, Donald Trump es un egomaníaco que sólo se preocupa de sí mismo, pero así también cualquier estadounidense que cree en la idea del excepcionalismo estadounidense, que los estadounidenses son de alguna manera más especiales que el resto del mundo.

No estoy tratando de insultar a nadie ni culpar a nadie por ser así. La verdad es para funcionar bien en este sistema capitalista depredador que es horriblemente equívoco, uno debe desarrollar, o por lo menos tolerar, muchas de estas opiniones. ¿Denuncias cada comentario misógino en tu trabajo? Denunciar a tu jefe por sus comentarios misóginos puede costarte el trabajo. ¿Haces el intento de entender las necesidades y preocupaciones de nuestros llamados «enemigos»? Probablemente no porque hacerlo podría hacer que otros te etiqueten como un «simpatizante del terrorismo». ¿Estás haciendo los cambios de estilo de vida necesarios y/o sacrificios requeridos para reducir tu huella de carbono, dejando de lado esas vacaciones en Hawai para evitar emisiones de carbono? Una cosa es creer en el cambio climático y otra muy distinta averiguar qué puedes hacer al respecto.



El sistema nos obliga a comportarnos de esta manera

Pero realmente no es culpa nuestra. Este sistema capitalista depredador que es horriblemente equívoco requiere que sus participantes actúen en cierto grado como depredadores, o al menos impongan prácticas inhumanas. Imagina que trabajas en una tienda de sandwichs. Vendes cientos de sandwichs todos los días y entonces un hombre sin hogar y con hambre entra en la tienda y te pregunta si hay de alguna manera le puedes hacer un sandwich, sabiendo que no tiene dinero. Ahí estás parado en una tienda rodeado por una gran cantidad de sandwichs, tantos que cada semana tienes que tirar una buena porción de comida que no fue vendida, teniendo una alta probabilidad de perder tu trabajo si le das al hombre hambriento un sandwich.

En todo ámbito de nuestro ser se siente antinatural negar el acceso a la comida a alguien que lo necesite, o negar el acceso a la medicina a aquellos que no pueden pagarla, esencialmente diciéndole a la gente que no merece vivir a menos que pueda jugar un papel en nuestra economía centrándose casi exclusivamente en vender un producto. Cualquier persona que trabaje en la intersección de la Calle Capitalismo y la Avenida de la Gente tiene que enfrentarse a todos los días este sentimiento. Algunos de nosotros crecemos con la piel gruesa y creamos narraciones que justifican esta negación sistémica de necesidades físicas y emocionales, mientras que otros deben encontrar algún otro tipo de mecanismo de defensa, que fácilmente puede convertirse en una adicción al alcohol, drogas, a comprar o a cualquier otra cosa que pueda hacer que nuestras mentes evadan este sentimiento.



Si Donald Trump es el espejo, entonces Hillary Clinton es la máscara

Donald Trump es un espejo de estos valores, el que nos refleja la versión extrema de este sistema capitalista depredador que es horriblemente equívoco, dándonos la oportunidad de mirar profundamente dentro de sus raíces. Pero si Donald Trump es el espejo en el que no nos queremos mirar, entonces Hillary Clinton nos ofrece la máscara que nos ponemos para evitar ver nuestro reflejo. Ella nos dice que ya somos grandes, repitiendo viejos mantras agotados del excepcionalismo estadounidense, que ayudan a la mayoría de la gente a sentirse más poderosa y pasar por alto las atrocidades cotidianas cometidas tanto en casa como en el extranjero en nuestro nombre.

Clinton nos dice que no hay necesidad de mirar en ese espejo, que no hay nada malo con nuestro sistema económico y que el problema es el resultado de malos personajes como Donald Trump. Nada más lejos de la verdad. Durante décadas, la política estadounidense ha operado en su propio ámbito con un conjunto de lógicas y procedimientos completamente distintos que el resto del mundo. Esto se debe a que un sistema capitalista depredador que es horriblemente equívoco requiere un conjunto de lógicas diferentes para mantenerlo. Acciones nacidas del sentido común, como el uso del principio de protección tanto en el sector público como en el privado, se descartan como políticamente imposibles porque desafían los intereses monetarios de una clase capitalista. Esta clase de multimillonarios se han vuelto extraordinariamente competentes en usar su riqueza para comprometer al gobierno a mantener su poder y acceso sin igual a todo lo que el mundo tiene para ofrecer. Prácticas como los subsidios agrícolas, la militarización, el espionaje a los ciudadanos, la prisión por delitos no violentos como el uso de drogas, el armado de grupos rebeldes, el apoyo a regímenes opresivos: todas estas acciones desafían el sentido común si nuestro objetivo es promover la paz y la prosperidad como la narrativa de Clinton nos dice será considerado no sólo necesario, sino lógico en el ámbito de la política estadounidense.



¿Dónde está la verdad?

Más que nunca, tanto los liberales como los conservadores saben que su gobierno ha sido comprado por las corporaciones y la élite que esencialmente legalizó la corrupción y manipuló toda la economía para favorecer a una pequeña minoría. La gente está empezando a despertar ante la creciente brecha entre lo que los políticos dicen que van a apoyar y lo que realmente apoyan. Como dijo Hillary Clinton en un e-mail recientemente publicado por WikiLeaks: «Necesitas tener una posición pública y una posición privada en cada tema», esencialmente diciendo que ella lleva una máscara cuando habla con la gente y una máscara distinta cuando habla a los intereses comerciales que financian su campaña. Dejemos que la verdad sea condenada.

Los estadounidenses quieren pensar que son los buenos. ¿Pero lo somos? Nos gusta esta narrativa de ser los buenos. Pero si realmente miramos qué papel desempeñamos en el mundo, ¿somos más como Luke Skywalker y los rebeldes o como Darth Vader y el imperio del mal? Durante mucho tiempo, los líderes políticos estadounidenses nos han estado diciendo que «somos los tipos buenos», que «defendemos la libertad y la democracia en todo el mundo», que «nos enfrentamos a la injusticia». Pero los valores del sistema capitalista depredador que es horriblemente equívoco son la antítesis de estos ideales y Donald Trump nos está haciendo un favor a todos nosotros al mostrarnos nuestro propio reflejo. Si nos resistimos al deseo de ponernos esa máscara y en lugar de eso nos permitimos mirarnos en el espejo y ver nuestro sistema económico como lo que realmente es –una estrella de la muerte planetaria que se empeña en convertir todo el mundo natural en una gigantesca pila de dinero– tal vez tengamos una pequeña oportunidad de realinear nuestros valores con nuestras acciones y crear un nuevo tipo de economía que permita una oportunidad para la paz y la prosperidad de todos los seres en el mundo.

en chrisagnos.com





II. «América se rebela», de Daniel James


Por mucho que me apene disentir con mi viejo amigo Ariel Dorfman, debo cuestionar su artículo acerca de las recientes elecciones en los Estados Unidos publicado en Página 12 el 10 de noviembre con el título de «América se revela». Como grito de angustia de un partisano comprometido, lo que escribió Ariel es comprensible. Él mismo dice que está afligido y, como instancia terapéutica para llegar a un acuerdo con su dolor, su cri de coeur puede tener algún sentido. Es una respuesta que se ha generalizado desde el 8, cuando Donald Trump ganó las elecciones.

Ese tipo de respuestas impulsadas por la emoción buscó desesperadamente explicaciones a lo aparentemente inexplicable en el racismo de Trump y sus votantes, la xenofobia, la misoginia, la homofobia y el antisemitismo. Estas «explicaciones» hacen foco en los pecados de Trump. Pero como explicaciones son parciales, en el mejor de los casos, y en el peor no son convincentes. Al continuar repitiendo esos lugares comunes o, a lo sumo, esas medias verdades que sustentan el propio sentido de rectitud moral, muchos simpatizantes y militantes del Partido Demócrata caen en el peligro de eludir un compromiso crítico serio, que permita comprender las fuerzas que llevaron a la victoria de Trump. Me parece que lo primero que debe hacer el simpatizante de un partido que pierde una elección tan catastróficamente como lo ha hecho el demócrata, es mirarse en el espejo. Y, sin embargo, el Partido Demócrata apenas es mencionado por Ariel, que no habla en absoluto de su candidata escogida.

Durante los últimos cuarenta años, lo que se conoce en los Estados Unidos como la «América media» (Middle America), básicamente trabajadores y clase media baja, ha visto sus salarios estancados y sus empleos degradados o destruidos, sin seguro médico ni jubilación, especialmente en el sector de servicios. Este proyecto neoliberal tuvo en su centro el crecimiento exponencial del sector financiero encarnado en Wall Street. Fue un proyecto bipartidista que aumentó en intensidad desde los años noventa con la desaparición de la más mínima regulación de ese sector y el crecimiento de los acuerdos internacionales de libre comercio. Sus víctimas pueden verse (aunque rara vez son reconocidas por las elites liberales de los medios) en las comunidades destrozadas y en las esperanzas amputadas de lo que los estadounidenses llaman «el corazón del país» (the heartland). Allí la drogadicción es desenfrenada, y la depresión y el alcoholismo se apoderaron del territorio. Desde 1980, el único grupo demográfico de la población estadounidense cuya tasa de mortalidad aumentó es el de la clase trabajadora blanca de más de cuarenta años, concentrado en lo que despectivamente se llama «flyover country», el país sobre el que se pasa en avión. Cada vez más estadounidenses de clase trabajadora coinciden con el gran comediante George Carlin cuando dijo, sobre el sueño americano del que Ariel habla con tanta nostalgia: «Se llama sueño americano porque para creer en él tenés que estar dormido».

Si bien este ha sido un proyecto bipartidista, en el último cuarto de siglo quedó asociado cada vez más con el Partido Demócrata, que ocupó la Casa Blanca durante 16 de los últimos 24 años. Y es un proyecto personificado en una sola familia: los Clinton. En muchos sentidos, sus efectos devastadores se han intensificado desde la crisis de 2008. Después, cuando asumió, Barack Obama simplemente eligió rescatar a Wall Street y al sector financiero y abandonar a la América media y pobre. Millones de estos estadounidenses perdieron sus hogares en 2008 y no recibieron ni un centavo de ayuda del gobierno de Obama, mientras que miles de millones de dólares fueron destinados a rescatar a los bancos. Obama entregó a los nominados por Wall Street el liderazgo de su equipo económico. El sector financiero supo cosechar las recompensas: desde 2010, el 97 por ciento de las ganancias de la economía norteamericana fue al 1 por ciento superior de la pirámide de ingresos. Mientras que el mercado de valores creció exponencialmente, la América media apenas se ha recuperado del desplome de 2008.

En estas elecciones de 2016, el Partido Demócrata y su candidata Hillary Clinton fueron los favoritos de Wall Street y de las elites estadounidenses. Pat Cadell, uno de los muy pocos encuestadores que trató de investigar qué estaba pasando más allá de la burbuja mediática del Beltway (la autopista que circunvala Washington DC), encontró que el 87 por ciento de su muestra estaba de acuerdo con la afirmación de que Estados Unidos estaba dirigido por una alianza de políticos, lobbyistas e intereses monetarios. El 65 por ciento pensaba que las elites ganarían si Hillary Clinton fuese elegida. La mayoría pensaba que las élites perderían si ganaba Trump.

En el relato de Ariel, la victoria de Trump representa la victoria final del lado oscuro de los Estados Unidos. La derrota definitiva de lo que Lincoln llamó «los mejores ángeles de nuestra naturaleza». Esa derrota, sin embargo, no debería llamarnos la atención. Los signos estaban allí: de la rampante injusticia social y económica al complejo carcelario-industrial racista, que afecta desproporcionadamente a las comunidades de color. Del presupuesto militar monstruosamente inflado, que sostiene el intento de Estados Unidos de mantener su hegemonía imperial alrededor del globo, a la muerte y destrucción de los pueblos de lo que solía llamarse el Tercer Mundo, los signos estaban allí. Trump puede ser un islamofóbico y un anti-inmigrante. Pero hasta ahora no causó la muerte de varios cientos de miles de musulmanes en todo el mundo como si lo hicieron Obama y Clinton. Tampoco deportó, todavía, más de dos millones y medio de inmigrantes como sí lo concretó Obama, causando estragos y sembrando temor en las comunidades hispanas.

Yo, como Ariel, he vivido en los Estados Unidos por mucho tiempo. Soy ciudadano estadounidense. Mi familia estadounidense está compuesta por mi esposa, nuestros hijos y el extenso clan ítalo-americano que generosamente me abrazó cuando me casé. Son gente de clase trabajadora. Mi suegro fue un obrero de salario bajo en la industria textil. Mi suegra una costurera. Sus hijos cumplieron con el sueño americano atenuado: una casa, un automóvil y un trabajo sindical con previsión social. Fueron casi siempre votantes del Partido Demócrata. En el transcurso de los años hemos estado en desacuerdo sobre distintos temas pero siempre siguieron siendo un baño importante de realidad para mí, que lo miraba todo desde el confortable y aislado balcón de la academia.

En esta elección, dos de ellos mantuvieron sus lealtades políticas residuales y a regañadientes votaron a Clinton. Básicamente porque ella no era Trump. Otro, un demócrata de larga data, miembro de un sindicato, sí votó por Trump. No es racista. Pasó su vida trabajando con afroamericanos. Ellos son sus vecinos de barrio. También dio clases para estudiantes negros en las escuelas públicas de Filadelfia. Votó por Obama en 2008 pero quedó profundamente decepcionado porque no cumplió con su promesa de cambiar el país.

¿Dónde encaja mi cuñado en la narrativa de mi viejo amigo Ariel? Aparentemente, si aceptamos lo que Ariel dice, mi cuñado estaría ahora más allá de la frontera de la decencia. Pertenecería al lado oscuro de la naturaleza estadounidense. Hillary Clinton despectivamente llamó a los votantes de Trump «una canasta de deplorables» y Ariel reitera ese anatema, condenándolos con palabras como «irredimibles», que toma directamente de Clinton. El texto de Ariel los excomulga de la sociedad decente, los expulsa fuera del universo de tolerancia multicultural que nosotros, como izquierdistas liberales que somos, deseamos construir. Debo confesar que esas palabras, cuando las escribió él, me impactaron de un modo que no lo hicieron cuando fueron pronunciadas por Hillary Clinton, con frondosos antecedentes de desprecio por la gente común. ¿Quién tiene derecho a condenar a alguien como «irredimible»? Más concretamente, ¿qué estrategia de izquierda progresista puede concebirse o imaginarse, una vez que se condena a 60 millones de personas a la perdición? ¿Incluimos también a sus hijos en esta categoría, en cuyo caso tendríamos que dar por perdido a un número todavía más grande de nuestra gente? Los anatemas funcionan distinguiendo condenados de salvados, necios de virtuosos. Entonces, como mi suegro Gino, yo preguntaría: ¿quién nos hizo Papa? Si insistimos simplemente en reafirmar nuestra propia virtud, ¿podemos seguir aspirando a una mirada crítica y dura de las fuerzas que nos llevaron a esta coyuntura desastrosa?

Nada de esto es romantizar a los estadounidenses de clase trabajadora y de clase media baja que votaron por Trump. ¿Hay un elemento importante de racismo, intolerancia y xenofobia en el resultado de las elecciones de la semana pasada? Por supuesto: esos elementos son tan de los Estados Unidos como el pastel de manzanas. Y florecerán especialmente en épocas de crisis económica y social y de guerras extranjeras, mientras la gente busque chivos expiatorios. Es imposible hablar de raza y clase por separado en los Estados Unidos o en cualquier otro lugar. ¿Pero debemos creer que hay 60 millones de racistas y proto-fascistas? ¿Entonces por qué muchos de ellos votaron dos veces a Obama?

Ahora deben plantearse preguntas cruciales: ¿sigue siendo el Partido Demócrata un vehículo viable para aquellos que persiguen una justicia social, económica y racial en los Estados Unidos? Si es así, ¿qué cambios debe realizar para alcanzar ese potencial? ¿Cuál sería el programa de un Partido Demócrata así reinventado? ¿Tendría la forma de una versión ampliada del movimiento de Bernie Sanders? Si no, ¿cuál es la alternativa? ¿Un tercer partido? Dado el duopolio antidemocrático que domina el sistema político de los Estados Unidos y su anticuada naturaleza no democrática, ¿cómo podría ser eficaz? En el corto plazo, ¿cómo se puede organizar la resistencia a Trump y cómo podemos evitar canalizar esa resistencia hacia otro demócrata del establishment en 2020? Éstas son cuestiones urgentes, particularmente en vista del probable impacto que la desilusión con Trump pueda tener en sus votantes si no logra concretar sus promesas de campaña. Ocupar el estrado moral y esperar que el electorado entre en razones y vote por otro demócrata «civilizado» de la elite política, sería una estrategia desastrosa tanto si se fracasara como si se triunfara.

En lugar de concluir con las sabias palabras de un afroamericano que reafirma que, a pesar de todo, debemos ser pacientes porque Estados Unidos es un gran país, preferiría invocar las palabras de un judío perteneciente a una familia de portugueses exiliados en Holanda, Baruch Spinoza: «No llorar, no indignarse. Comprender».




en Página 12, 19 de noviembre 2016