domingo, mayo 19, 2013

"Discutamos el modelo", de Juan Cristóbal Guarello






El peor fantasma del empresario chileno es bien concreto: la Unidad Popular. Más allá de la caricatura de las colas, la violencia callejera o el chancho chino, quienes acumulan medios de producción y por lo tanto, la riqueza de este país, tienen sobradas razones para recordar con espanto los tres años de Salvador Allende en el poder. Esa pasada fue brava, porque desde el gobierno en conjunto con organizaciones sindicales, fueron de punta al corazón del empresariado: la propiedad de los medios de producción. Por entonces, estamos hablando hace 40 años, la discusión no se centraba en los abusos de la banca o en los derechos de los consumidores, sino en quién es dueño del aparato productivo nacional. Es decir se intentaba cambiar la estructura en su totalidad.

Afortunadamente para ellos Augusto Pinochet vino al rescate para evitar las expropiaciones y devolver lo “socializado”. La discusión si fue legítimo o no en este momento es estéril y no nos meteremos en ella. Sin embargo es necesario recordar las declaraciones del mismo Pinochet, en los primeros días del poder total, cuando a la Televisión Española le dijo de manera tajante y sin metáforas, fiel a su estilo cuartelero, que “las conquistas de los trabajadores no serán tocadas”.

Sabemos que las palabras del dictador valieron poco. Paulatinamente los militares no sólo devolvieron a los empresarios sus propios negocios, sino que enajenaron miles que jamás les pertenecieron y en los que no habían puesto una gota de sudor ni un miserable escudo (energía, transporte, comunicaciones, educación, salud). El costo fue grande, porque, el dato es fundamental, ese cambio gigantesco no sólo favoreció a un grupo específico sino que se hizo sobre los hombros de la clase trabajadora. Para que las AFP pudieran transformarse en lo que son hoy, una bolsa de dinero que posee más de 100 mil millones de dólares para invertir a discreción, el chileno medio debe resignar pensiones, derechos, estabilidad laboral…

Pero tampoco nos meteremos en esa discusión (legitimidad de las privatizaciones, concentración económica, precariedad laboral), porque ni siquiera está en este momento en la página inicial de la agenda debatirlo. Se da por hecho, en concomitancia entre los distintos sectores políticos que tiene representación parlamentaria, que el sistema es ése y no hay cómo modificarlo. Porque, además y con ayuda de los medios, se ha establecido como verdad única de que funciona bien y pone a nuestro país a la vanguardia no sólo de Latinoamérica sino que del mundo entero. Y posiblemente a nivel galáctico.

¿Entonces? Muy simple y éste es el punto después del exordio: hoy nadie debate la propiedad de los medios de producción ni la forma en que esos medios llegaron a las manos de los que llegaron. Lo que se discute es cómo esos medios abusan una y otra vez de los ciudadanos, cooptando el poder político, amedrentando al poder judicial y manejando los medios de comunicación. Tanto es así que hasta el Banco del Estado se unió al baile del abuso y el caradurismo.

Es decir, no les bastó con apoderarse del país completo con la ayuda de una dictadura de 16 años y una transición borrosa de 20 años, sino que también quieren reducir a los ciudadanos a meros consumidores, acríticos, vacíos, que aceptan cualquier cosa que se les da, aunque se les esté robando de manera explícita.

La última perfomance de Jorge Awad, presidente de la asociación de bancos, fue sintomática: salió a amenazar que si no se les permitía seguir cambiando los contratos unilateralmente los costos iban a subir y el crédito se iba a restringir. En palabras sencillas: o nos dejan cobrar lo que se nos cante por ley o cobramos lo que se nos cante sin ley.

Pese a que La Moneda ya le paró los carros al banquero, hay un detalle que es bueno recordar y se enlaza con el primer párrafo ¿Olvida el señor Awad en qué estaba nuestro país hace 40 años? ¿Olvida cómo estaban ellos con el poto a dos manos con la amenaza real de que les iban a quitar todo? ¿Olvida las colas en Pudahuel con empresarios huyendo del país y vendiendo sus negocios por dos pesos?

La falta de reflexión del empresariado chileno es terrible. Y la ceguera también. El tiempo del “hacemos lo que se nos da la gana” se terminó. Hoy la ciudadanía apenas está pidiendo que no abusen de ella, que no les cambien los contratos, que no les metan cláusulas abusivas, que no les cobren intereses de usura. Apenas lo básico que debe entregar una empresa. Y pese a este petitorio mínimo, los peces gordos reclaman, lloran, amenazan y despliegan todas sus tentáculos lobbistas.

Mala idea. Porque si continúan en esa posición, en cualquier momento el eje de la discusión va a pasar al siguiente escalón (la concentración económica) y después al escalón que viene (la propiedad de los medios de producción). Y cuando tengan a un millón de personas en las calles exigiendo expropiaciones, como salieron un millón a pedir educación de calidad, ahí van a tener para llorar con razón y ganas.









en Publimetro, 15 de mayo 2013
















sábado, mayo 18, 2013

“Palin”, de Leonel Lienlaf









Los ojos de los manke
miraron el atardecer desde las araucarias
y el viento de la noche
trajo su aleteo sobre el campo de juegos
Saltan los espíritus
sobre los laureles del estero.
Mientras la gran machi canta,
las nubes bailan sobre su casa

Afuera entre las siembras
el viento norte
desafía los sueños del viento sur.



en Pewma dungu / Palabras soñadas, 2003
















viernes, mayo 17, 2013

Dos cartas de Rodolfo Walsh acerca de la muerte de su hija





Carta a Vicki


Querida Vicki: La noticia de tu muerte me llegó hoy a las tres de la tarde. Estábamos en reunión cuando empezaron a transmitir el comunicado. Escuché tu nombre, mal pronunciado, y tardé un segundo en asimilarlo. Maquinalmente empecé a santiguarme como cuando era chico. No terminé con ese gesto. El mundo estuvo parado ese segundo. Después les dije a Mariana y Pablo: “era mi hija”. Suspendí la reunión.

Estoy aturdido. Muchas veces lo temía. Pensaba que era excesiva suerte no ser golpeado, cuando tantos otros son golpeados. Sí, tuve miedo por vos, como vos por mí, aunque no lo decíamos. Ahora el miedo es aflicción. Sé muy bien por qué cosas has vivido, combatido. Estoy orgulloso de esas cosas. Me quisiste, te quise. El día que te mataron cumpliste 26 años. Los últimos fueron muy duros para vos. Me gustaría verte sonreír una vez más.

No podré despedirme, vos sabés por qué. Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizás te envidio, querida mía.

Hablé con tu mamá. Está orgullosa en su dolor, segura de haber entendido tu corta, dura, maravillosa vida.

Anoche tuve una pesadilla torrencial, en la que había una columna de fuego, poderosa pero contenida en sus límites, que brotaba de alguna profundidad.

Hoy en el tren un hombre me decía: “Sufro mucho. Quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año”. Hablaba por él pero también por mí.






Carta a mis amigos


Hoy se cumplen tres meses de la muerte de mi hija, María Victoria, después de un combate con fuerzas del Ejército. Sé que aquéllos que la conocieron la han llorado. Otros, que han sido mis amigos o me han conocido de lejos, hubieran querido hacerme llegar una voz de consuelo. Me dirijo a ellos para agradecerles pero también para explicarles cómo murió Vicki y por qué murió.

El comunicado del Ejército que publicaron los diarios no difiere demasiado, en esta oportunidad, de los hechos. Efectivamente, Vicki era oficial 2° de la Organización Montoneros, responsable de la prensa sindical, y su nombre de guerra era Hilda. Efectivamente estaba reunida ese día con cuatro miembros de la Secretaría Política que combatieron y murieron como ella.

La forma en que ingresó a Montoneros no la conozco en detalle. A los 22 años, edad de su posible ingreso, se distinguía por decisiones firmes y claras. Por esa época comenzó a trabajar en diario La Opinión y en un tiempo muy breve se convirtió en periodista. El periodismo en sí no le interesaba. Sus compañeros la eligieron delegada sindical. Como tal debió enfrentar en un conflicto difícil al director del diario, Jacobo Timerman, a quien despreciaba profundamente. El conflicto se perdió y cuando Timerman empezó a denunciar como guerrilleros a sus propios periodistas, ella pidió licencia y no volvió más.

Fue a militar a una villa miseria. Era su primer contacto con la pobreza extrema en cuyo nombre combatía. Salió de esa experiencia convertida a un ascetismo que impresionaba. Su marido, Emiliano Costa, fue detenido a principios de 1975 y no lo vio más. La hija de ambos nació poco después. El último año de vida de mi hija fue muy duro. El sentido del deber la llevó a relegar toda satisfacción individual, a empeñarse mucho más allá de sus fuerzas físicas. Como tantos muchachos que repentinamente se volvieron adultos, anduvo a los saltos, huyendo de casa en casa. No se quejaba, sólo su sonrisa se volvía más desvaída. En las últimas semanas varios de sus compañeros fueron muertos: no pudo detenerse a llorarlos. La embargaba una terrible urgencia por crear medios de comunicación en el frente sindical, que era su responsabilidad.

Nos veíamos una vez por semana, cada quince días. Eran entrevistas cortas, caminando por la calle, quizá diez minutos en el banco de una plaza. Hacíamos planes para vivir juntos, para tener una casa donde hablar, recordar, estar juntos en silencio. Presentíamos, sin embargo, que eso no iba a ocurrir, que uno de esos fugaces encuentros iba a ser el último, y nos despedíamos simulando valor, consolándonos de la anticipada partida.

Mi hija no estaba dispuesta a entregarse con vida. Era una decisión madurada, razonada. Conocía, por infinidad de testimonios, el trato que dispensan los militares y marinos a quienes tienen la desgracia de caer prisioneros: el despellejamiento en vida, la mutilación de miembros, la tortura sin límite en el tiempo ni en el método, que procura al mismo tiempo la degradación moral, la delación. Sabía perfectamente que en una guerra de esas características, el pecado no era no hablar, sino caer. Llevaba siempre encima una pastilla de cianuro, la misma con que se mató nuestro amigo Paco Urondo, con la que tantos otros han obtenido una última victoria sobre la barbarie.

El 28 de setiembre, cuando entró en la casa de la calle Corro, cumplía 26 años. Llevaba en brazos a su hija porque a último momento no encontró con quién dejarla. Se acostó con ella, en camisón. Usaba unos absurdos camisones blancos que siempre le quedaban grandes.

A las siete del 29 la despertaron los altavoces del Ejército, los primeros tiros. Siguiendo el plan de defensa acordado, subió a la terraza con el secretario político, Molina, mientras Coronel, Salame y Beltrán respondían al fuego desde la planta baja. He visto la escena con sus ojos: la terraza sobre las casas bajas, el cielo amanecido, y el cerco. El cerco de 150 hombres, los FAP emplazados, el tanque. Me ha llegado el testimonio de uno de esos hombres, un conscripto.

“El combate duró más de una hora y media. Un hombre y una muchacha tiraban desde arriba. Nos llamó la atención la muchacha porque cada vez que tiraba una ráfaga y nosotros nos zambullíamos, ella se reía.”

He tratado de entender esa risa. La metralleta era una Halcón y mi hija nunca había tirado con ella, aunque conociera su manejo por las clases de instrucción.

Las cosas nuevas, sorprendentes, siempre la hicieron reír. Sin duda era nuevo y sorprendente para ella que ante una simple pulsación del dedo brotara una ráfaga y que ante esa ráfaga 150 hombres se zambulleran sobre los adoquines, empezando por el coronel Roualdes, jefe del operativo.

A los camiones y el tanque se sumó un helicóptero que giraba alrededor de la terraza, contenido por el fuego.

“De pronto, dice el soldado, hubo un silencio. La muchacha dejó la metralleta, se asomó de pie sobre el parapeto y abrió los brazos. Dejamos de tirar sin que nadie lo ordenara y pudimos verla bien. Era flaquita, tenía el pelo corto y estaba en camisón. Empezó a hablarnos en voz alta pero muy tranquila. No recuerdo todo lo que dijo. 'Ustedes no nos matan' dijo el hombre 'nosotros elegimos morir'. Entonces se llevaron una pistola a la sien y se mataron enfrente de todos nosotros.”

Abajo ya no había resistencia. El coronel abrió la puerta y tiró dos granadas. Después entraron los oficiales. Encontraron a una nena de algo más de un año, sentadita en una cama, y cinco cadáveres.

En el tiempo transcurrido he reflexionado sobre esa muerte. Me he preguntado si mi hija, si todos los que mueren como ella, tenían otro camino. La respuesta brota de lo más profundo de mi corazón y quiero que mis amigos la conozcan. Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado. Su lúcida muerte es una síntesis de su corta, hermosa vida. No vivió para ella: vivió para otros, y esos otros son millones. Su muerte sí, su muerte fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy yo quien renace de ella.

Esto es lo que quería decir a mis amigos y lo que desearía de ellos es que lo transmitieran a otros por los medios que su bondad les dicte.













en Cuadernos de militancia Nº 4, 1988




















jueves, mayo 16, 2013

“El gran Meaulnes”, de Alain-Fournier








Capítulo 1: El nuevo pensionista



Llegó a casa un domingo de noviembre, en 189...

Sigo llamándola "mi casa", a pesar de que ya no lo sea. Pronto hará quince años que abandonamos el pue­blo y probablemente no volvamos nunca.

Vivíamos en los edificios del Curso Superior de Sainte­Agathe.

Mi padre, el "señor Seurel", como yo lo llamaba, igual que los demás alumnos,-'era', allí director del curso supe­rior preparatorio para la carrera de maestro, y allí tam­bién del curso medio. Mi madre dictaba clase para los más pequeños.

Una espaciosa casa roja, ubicada en el límite del lu­gar, vestida de enredadera y con cinco enormes puertas de vidrio; un patio inmenso, con lavadero y sitios espe­ciales para recreo, que se abría al pueblo por un gran portal; por el extremo norte, una cancela daba a la ca­rretera que llevaba a La tare, a tres kilómetros de allí; por detrás, al sur, campos, prados, jardines que se exten­dían hasta los suburbios... ésa es la imagen de la man­sión donde transcurrieron los momentos más preciosos e inquietos de mi vida; mansión de la que se marcharon y donde volvieron a golpear nuestras aventuras, como lo hacen las olas que se enfrentan a un peñasco árido. El azar de los traslados, la decisión de un inspector o de un prefecto, nos había instalado allí. Hace ya mucho tiempo, al concluir nuestras vacaciones, un rústico ca­rruaje al que seguía el equipaje nos había dejado, a mi madre y a mi, frente a la herrumbrada verja. Al vernos, unos chiquillos que estaban robando duraznos del jar­dín escaparon en silencio por los huecos del cerco... Mi madre, a quien llamábamos Millie, y que era la más metódica ama de casa que pueda haber conocido, entró rápidamente en los cuartos repletos de paja polvorienta y comprobó, -desesperada -como le sucedía en cada mu­danza- que los muebles que llevábamos nunca podrían ubicarse en una casa tan mal construida como ésa... Sa­lió para contarme el motivo de su tristeza, limpiándome mientras tanto la cara infantil ennegrecida por el largo viaje, con toda su suavidad en el pañuelo. Luego entró nuevamente, decidida a analizar cuántas aberturas ten­dríamos que sacrificar para que la vivienda pudiera ser habitable. Yo me quedé afuera, tapado por mi encintado y gran sombrero de paja, sobre el piso de granza de aquel extraño patio, y observando tímidamente, mientras es­peraba, los alrededores del pozo y los bajos upa cobertizo.

Así fue nuestra llegada, o. al menos, así puedo imagi­narla hoy. Y cuando quiero evocar el recuerdo ya lejano de la primera tarde de espera en el patio d: Saínte­Agathe, son otras las esperas que llegan a mi memoria y me veo con las manos apretadas a los barrotes del portón, observando ansiosamente a alguien que se acer­ca por la calle Mayor.

Y si deseo evocar la primera noche que tuve que pa­sar en el desván, entre los graneros del primer piso, me siento invadido por el recuerdo Ce, otras noches; y no puedo verme solo en ese aposento: una enorme sombra, amiga y movediza, se paseaba a lo largo de las paredes. Todo aquel tranquilo paisaje -la escuela, el campo de tío Martín y sus tres nogales, y el jardín, invadido desde las cuatro de la tarde por las mujeres que llegaban de visita- vive para siempre en mi de una manera inquie­tante, alterada por la presencia de ese alguien que tras­tornó nuestra adolescencia, que no volvió al reposo ni siquiera después de su fuga.

Y sin embargo, cuando llegó Meaulnes hacía más de diez años que vivíamos en ese lugar.

Yo tenía quince años; era uno de esos domingos de no­viembre, tan fríos que por primera vez nos obligan a pensar en el invierno. Mulle estuvo todo el día esperando un coche de La Gare que debía traerle un sombrero de abrigo. Por ese motivo perdió la misa de mañana; hasta el momento de empezar el sermón, sentado con los de­más niños en el coro, estuve observando con ansiedad hacia donde estaba el campanario, para verla entrar con el sombrero nuevo.

Luego del almuerzo, tuve que salir solo para la ora­ción de vísperas.

-De cualquier forma -me dijo para consolarme, mien­tras sacudía con la mano mi pequeño traje-, aunque hubiera recibido el sombrero tendría que haber pasado todo el domingo arreglándolo.

Nuestros domingos de invierno frecuentemente trans­currían de esa manera. Mi padre se marchaba por la mañana a alguna orilla lejana, a pescar carpas desde un bote, mientras mi madre, en su cuarto casi a oscuras, pasaba largas horas hasta la noche preparando humil­des ropas. Y prefería ese encierro a que sus amigas, tan altivas como lo era ella, la descubrieran en esa tarea. Al te ,pinar mis oraciones, yo tenía que esperar, leyen­do en el helado comedor, que ella saliera de la pieza para saber cómo le quedaban.

Aquel domingo, atraído por cierta animación frente a la iglesia, me quedé afuera después de los oficios. Se trataba de un bautizo, que había reunido a los mucha­chos bajo un portal. En la plaza, vestidos con uniforme de bomberos, formaban unos cuantos hombres del lu­gar que, distribuidos los destacamentos, marcando el paso, escuchaban las improvisadas teorías del Sargento Boujardon...

Repentinamente dejaron de oírse las campanas del bautizo, como si se hubieran dado cuenta de que se trata­ba de una fiesta equivocada en un lugar equivocado. Boujardon y sus hombres se apresuraron en llevarse la bomba, cargando también las armas al hombro; y los vi esfumarse en la primera esquina, seguidos de cuatro silenciosos chiquillos, que caminaban aplastando con las gruesas suelas de sus zapatitos las ramas de la carre­tera helada, que no me animé a seguir.

Entonces el único entretenimiento que quedó en el pueblo fue el café "Daniel", donde me divertía escuchan­do cómo crecían y se apagaban las discusiones de los parroquianos. Y casi rozando la tapia baja del enorme patio que separaba nuestra casa del pueblo, llegué, un poco inquieto por el retraso, hasta el portal, que estaba entreabierto. Noté inmediatamente que estaba sucedien­do algo insólito.

En la puerta del comedor -la más próxima a los cin­co ventanales que se abrían al patio- una mujer de pelo gris, inclinada, trataba de mirar a través de los visillos. Era pequeña, vestida a la moda antigua con una capa de terciopelo negro. Su cara era fina y lánguida, pero se la notaba muy inquieta. Al verla, frenado por un extraño impulso, me quedé sin moverme frente a la verja.

. -¿Dónde se habrá ido, Dios mío? -se preguntaba a media voz-. Estaba al lado mío hace un momento. Ya habrá dado vuelta a la casa. Ya habrá escapado...

Entre frase y frase, daba en el cristal suavemente tres golpecitos. Pero nadie salía a abrir a la desconocida. Pensé que Millíe habría recibido el sombrero de La Gare y, sin darse cuenta de nada, en el fondo del dormitorio rojo, al lado de una cama cubierta de cintas viejas y plumas lacias, cosía, descosía, recomponía su mediocre sombrero... Efectivamente, apenas entré al comedor, con la mujer detrás, apareció mi madre, con las manos sobre la cabeza, tratando de hacer equilibrar un conjunto de alambres, cintas y plumas. Me sonrió, y sus ojos azules delataron la fatiga por haber trabajado a la luz del atardecer y me dijo:

-¡Mira! Estaba esperándote para que vieras...

Pero, al comprobar la presencia de la visitante senta­da en el sillón grande, en el fondo de la sala, se detuvo turbada. Con extrema velocidad se quitó el sombrero y, durante toda la escena siguiente, lo mantuvo vuelto ha­cia arriba a la altura del pecho, como sí fuese un nido, sobre su brazo derecho doblado. La mujer comenzó a dar explicaciones, mientras sujetaba entre sus rodillas un paraguas y una cartera de cuero, y balanceaba la cabeza, y hablaba con la misma, soltura de una persona de visita. Había recuperado su aplomo y en cuanto comen­zó a hablar de su hijo adquirió un aire misterioso y superior que nos intrigó.

Habían llegado en coche de La Ferté d'Angillon, a catorce kilómetros de Sainte-Agathe. Era viuda, y por lo que nos dio a entender, muy rica, había perdido al menor de sus dos hijos, Antoine, que murió después de bañarse con su hermano en un tanque infectado, una tarde al regresar del colegio. Había decidido hacer ingresar en nuestra casa al hijo mayor, Agustín, como interno para que pudiese seguir el Curso Superior.

Inmediatamente comenzó a elogiar los méritos del nuevo pensionista.

En ese momento me parecía desconocer a la extraña de pelo gris que se había inclinado frente a la puerta unos instantes antes, y que se transformaba entonces mostrando la misma actitud huraña y suplicante de una clueca que ha perdido su pollito.

Sin embargo, lo que nos contaba acerca de su hijo era realmente sorprendente. El muchacho se esforzaba por complacerla siempre, y para lograrlo andaba a ve­ces kilómetros y kilómetros por la margen del río, con las piernas desnudas, para llevarle huevos de perdiz y de pato silvestre que encontraba perdidos entre los jun­cos; también tendía redes; una noche había descubierto un faisán preso en un lazo...

Yo, que a causa de un desgarrón en la blusa no me había atrevido a regresar, miraba en ese momento a Millie con asombro.

Pero ella no estaba escuchando; hizo una seña a la. mujer para que dejara de hablar, dejó el sombrero so­bre la mesa y se levantó cuidadosamente como si fuera` a sorprender a alguien.

En efecto, en una pequeña sala del piso superior que. usábamos como reducto para los fuegos de artificio del último 14 de julio, se oía un paso desconocido, que iba,` y venía con firmeza, haciendo temblar el piso; caminaba. por los inmensos graneros del primer piso e iba desapa­reciendo por los cuartos abandonados donde poníamos: a secar el tilo y a madurar manzanas.

-Hace un instante escuché ese mismo ruido en las piezas de abajo -decía Millie en voz baja- y creía que - ya habrías vuelto, François...

Permanecimos todos en silencio, de pie, con el corazón sobreexcitado, cuando de pronto se abrió la puerta de los graneros y unos pasos bajaron los escalones, cruzaron la cocina y se instalaron en la entrada oscura del comedor.

-¿Eres tú, Agustín? -preguntó la mujer.

Era un muchacho de unos diecisiete años. La escasa luz del anochecer no me permitió ver de él más que su sombrero de fieltro, un sombrero de labriego echado ha­cia atrás, y su blusa negra de colegial ajustada con un cinturón. También me permitió ver que sonreía.

Me miró, y sin dejar que ninguno de nosotros pidiera alguna explicación, me dijo:

-¿Vamos al patio?

Por un segundo no supe qué hacer, pero al no ver nin­gún signo de reprobación por parte de Millie, tomé mi gorra y me acerqué a su lado. -Nos dirigimos hacia el patio de recreo, atravesando la puerta de la cocina. Rodeado de tinieblas que empezaban a cubrirlo, mien­tras caminábamos, con la penumbra brillante del cre­púsculo pude observar su rostro anguloso, su nariz recta, el escaso vello que contorneaba sus labios.

-Toma -me dijo- encontré esto en el granelo. Evi­dentemente tú jamás lo revolviste.

Y me mostró en la mano una ennegrecida ruedecilla de madera con un cordón de cohetes rotos alrededor, que debió haber sido la luna o el sol en los fuegos artificiales del 14 de julio.

-Hay dos que están sanos; vamos a encenderlos -di­jo serenamente, mostrando la expresión de quien quiere esmerarse.

Al sacarse el sombrero para dejarlo en el suelo vi que llevaba el pelo cortado íntegramente al rape, como si fuese un campesino. Me mostró los dos cohetes, que te­nían los cabos de mecha de papel acortados y chamus­cados por la llama. Introdujo en la arena el eje de la rueda, sacó del bolsillo -para mi asombro, pues eso nos estaba prohibido- una caja de fósforos, se agachó con cuidado y encendió la mecha. Después de un mo­mento apareció Millie con la madre de Meaulnes en el umbral de la puerta del comedor, luego de haber dis­cutido el precio de la pensión, y pudo ver brotar desde el patio de recreo, haciendo ruido de fuelle, dos pares de estrellas rojas y blancas, y pudo también entreverme, asombrado, a través del extraño resplandor, de pie y tomado de la mano del visitante. Entonces mi madre tampoco se atrevió a decirme nada. Y durante la cena, ocupó la mesa familiar un compañero silencioso, que comía distraídamente con la cabeza sobre el plato, sin notar ni preocuparse por nuestras tres miradas que se mantenían fijas en él.




1913




















miércoles, mayo 15, 2013

"La noche de San Jorge", de Lorenzo Peirano





No falta mucho para que dejemos este pueblo
(el pueblo de nuestros padres, de nuestras madres); caserío y voces
juzgando apenas anochece; aunque es grato su pequeño cementerio:
aquel saludar interminable. Los veranos en la memoria, los veranos
que recién han transcurrido; brasas en la cara a las cuatro de la tarde
y cigarras que distraen, que invaden la lectura.
No falta mucho para que nosotros, los que no tuvimos un pueblo
(a pesar de nuestra sangre, nos sienten extranjeros), abandonemos
el valle, la tierra trabajada o la distancia. Sólo nos importan los detalles,
el vidrio empañado tras el cual se adivina una muchacha, la conversación,
un tintinear de espuelas, los fardos, la bodega,
el alacrán cerca del pie
                                          descalzo de la infancia.


                            *


Nosotros, los que no tuvimos un pueblo,
estamos sentados a la mesa, y alguien nos sonríe.
Es un hombre delgado, de estatura media.
Nos sonríe y nos pregunta por Rolando, por Álvaro, por Gabriel,
por su hermano Iván, por el silencio de Mauricio.
¿Qué decirle? El otoño pronuncia versos sueltos.
¿Qué decirle? Conocemos esos nombres.

Yo escucho hablar a mi amigo,
escucho su voz inocente en la paz
perdida de una casa.
No puedo decir nada, no puedo mover
mis manos y él no me ve, todavía

              no me ve.

Yo escucho aquella voz cercana
y hace diez años ausente de las cosas.
¿Qué día es hoy?
Un dragón cae vencido en las tinieblas;
una noche demasiado triste

              se resigna.


                            *


El don, obsequio de un viento dividido,
rompe la bolsa del dinero y te hace hablar
                                                                              sólo de ti mismo.
Recuerdas al amigo,
tienes presente la noche de su velatorio, la noche de San Jorge.
Pero marchas con otros seres; desde la muerte
partes a la vida (aunque debes regresar).

El último paseo: piedras verdes en el estero claro;
saltamontes bajo el sol, sobre las hojas caídas del venturoso otoño.

El último paseo: álamos y tiempo. La complicidad de las personas buenas.

Concluyes: Verdaderamente, querido amigo,
                    hoy día nos entenderíamos mejor.

Y sigues:
Usted yacía lejos, ausente,
en aquel campo de canales secos,
en un recinto que no puedo imaginar.


La gran sombra de los cerros en la noche de San Jorge.


                            *


“La noche era un trozo de carbón a punto de arder.”
Me rompe el alma una casa lejana allá en Santiago;
el vaso de vino y la queda conversación
sobre tangos, libros y la dura tarea de vivir.
A un poeta no se le puede hacer daño, usted me aseguraba.
Usted, acorralado por momentos insufribles,
indulgente y sabio. Notable desde la memoria y el paisaje.

A veces, quienes le conocimos, nos referimos a sus poemas,
a su vida; lo intentamos.
A veces hablamos demasiado. Usted sonreiría.

Escribo en verso después de recorrer un campo desde cuya tierra
            brota sangre,
sangre y luz en la atmósfera invadida por innombrables pájaros nocturnos.

Cuántas veces le hablé de este lugar.
En las calles musgosas del invierno de Santiago, cuántas veces le hablé de
            este lugar;
y usted partía a las tierras de La Ligua, áridas y misteriosas voces;
            las muchachas
de sus sueños. Usted se despedía para pronto volver en aquellos días entrañables.

Hay algo que decir cuando el campo, al atardecer,
              hace un “recuerdo de la muerte”.









en Quisiera haber dicho, 2010













martes, mayo 14, 2013

“Las líneas de la vida”, de Friedrich Hölderlin










Diversas son las líneas de la vida,
cual caminos son y cual confines
de las montañas. Lo que somos aquí,
pueda un dios completarlo allá,
con armonía y gracia y paz eternas.



en Poesía completa, 1977