sábado, marzo 25, 2017

“Visitando a un viejo amigo en su casa de campo”, de Meng Haoran

© Versión de Juan Carlos Villavicencio






Mi viejo amigo preparó una comida basada en pollo y cereales,
y me invitó a unirme a él en su casa de campo.
La aldea está rodeada de verdes árboles
y de colinas azules que ascienden más allá de los muros de la ciudad.
Las ventanas se abren a la huerta
donde celebramos con vino, hablamos de moras y de hachís.
Estamos a la espera del festival de otoño,
cuando volveremos a ver los crisantemos en flor.











viernes, marzo 24, 2017

“La United Fruit Co.”, de Pablo Neruda





Cuando sonó la trompeta, estuvo
todo preparado en la tierra,
y Jehova repartió el mundo
a Coca-Cola Inc., Anaconda,
Ford Motors, y otras entidades:
la Compañía Frutera Inc.
se reservó lo más jugoso,
la costa central de mi tierra,
la dulce cintura de América.
Bautizó de nuevo sus tierras
como "Repúblicas Bananas,"
y sobre los muertos dormidos,
sobre los héroes inquietos
que conquistaron la grandeza,
la libertad y las banderas,
estableció la ópera bufa:
enajenó los albedríos
regaló coronas de César,
desenvainó la envidia, atrajo
la dictadora de las moscas,
moscas Trujillos, moscas Tachos,
moscas Carías, moscas Martínez,
moscas Ubico, moscas húmedas
de sangre humilde y mermelada,
moscas borrachas que zumban
sobre las tumbas populares,
moscas de circo, sabias moscas
entendidas en tiranía.
Entre las moscas sanguinarias
la Frutera desembarca,
arrasando el café y las frutas,
en sus barcos que deslizaron
como bandejas el tesoro
de nuestras tierras sumergidas.
Mientras tanto, por los abismos
azucarados de los puertos,
caían indios sepultados
en el vapor de la mañana:
un cuerpo rueda, una cosa
sin nombre, un número caído,
un racimo de fruta muerta
derramada en el pudridero.



en Canto General, 1950


 




* La United Fruit Company (1899-1970) fue una importante corporación estadounidense que comercializó frutas tropicales (principalmente plátanos y piñas) cultivadas en plantaciones del Tercer Mundo y vendidas en Estados Unidos y Europa. La compañía fue acusada de neocolonialismo explotador y la describían como el ejemplo arquetípico de la influencia de una corporación multinacional en la política interna de las llamadas "repúblicas bananeras". La compañía tuvo un impacto profundo y duradero en el desarrollo económico y político de varios países latinoamericanos.








jueves, marzo 23, 2017

Neuquén/Neukölln, de Alfredo Jaramillo y Jorge J. Locane

Poemas de anticipo




"Tren del valle", de Jorge J. Locane


Así como llega, se va:
la civilización
fue alguna vez un tren decidido,
máquinas excavadoras, perforadoras,
tecnologías agroquímicas,
un puente
y crecimiento demográfico
(blanco o casi).

Cuando se va, deja vestigios:
un oleoducto regularmente profanado
que desemboca muchos kilómetros
al oeste, un gendarme
deshilachado y tiritante que
es la ley,
piqueteros, piquetes y algunas torres
pretensiosas congeladas
en un momento impreciso entre el casi
y el ya no más.

También un coche biplaza Materfer
que recorre tautológico en condición de observado
los diez kilómetros de vías saneadas
que, sin más detenciones que las imprevistas,
llevan de Neuquén a Cipolletti
ida y vuelta, ida y vuelta


de Neuquén





"Entra a una cabina...", de Alfredo Jaramillo


Entra a una cabina
con la idea de eternizar un instante
la máquina en cambio le devuelve
una imagen de su futuro.

La calle silba como un río
bajo la suela de unas botas negras
las hojas amarillas sueltan su último perfume

Un tendero transpira mientras desliza
su cuchillo sobre la carne del kebab.
en la vereda todavía rebotan
los ecos del amor y del alcohol.

(Escucha todavía el silbido de la calle
no sabe aún si como un hechizo
o como una maldición).


de Neukölln






Jaramillo, Alfredo/Locane, Jorge J. (2017): Neuquén/Neukölln. 
Lago Puelo: Espacio Hudson.
Con ilustraciones de María Guerrieri y Cristian Forte.







miércoles, marzo 22, 2017

“Poemas de amor”, de Alfonsina Storni






I

Acababa noviembre cuando te encontré. El cielo estaba azul y los árboles muy verdes. Yo había dormitado largamente, cansada de esperarte, creyendo que no llegarías jamás. Decía a todos: mirad mi pecho, ¿veis?, mi corazón está lívido, muerto, rígido. Y hoy, digo: mirad mi pecho: mi corazón está rojo, jugoso, maravillado.




III

Esta madrugada, mientras reposaba, has pasado por mi casa. Con el paso lento y el aliento corto, para no despertarme, te deslizaste a la vera de mi balcón. Yo dormía, pero te vi en sueños pasar silencioso: estabas muy pálido y tus ojos me miraban tristemente, como la última vez que te vi. Cuando desperté, nubes blancas corrían detrás de ti para alcanzarte.




VI

Por sobre todas las cosas amo tu alma. A través del velo de tu carne la veo brillar en la obscuridad: me envuelve, me transforma, me satura, me hechiza. Entonces hablo para sentir que existo, porque si no hablara mi lengua se paralizaría, mi corazón dejaría de latir, toda yo me secaría deslumbrada.



en Poemas de amor (Descontexto Editores), 2016



Primera edición, 1926



Ilustración: Alexandra Zamorano, de “Alma desnuda”

(texto de Alfonsina Storni e ilustraciónes de Alexandra Zamorano),

Flor Azul Ediciones, 2017
 







martes, marzo 21, 2017

"He confiado en la noche", de Jorge Teillier






He confiado en la noche
pues durante ella amo la vida,
así como los pájaros
aman la muerte a la salida del sol.
Pero la noche
no es sino una brizna de pasto
volando al resoplido de un potrillo,
y a la luz desigual del fuego de leña
veo que sólo me queda el terror del gusano
sintiendo el trueno en la gota de agua,
la tempestad en la caída de las agujas del castaño.






en El árbol de la memoria, 1961







También en Nostalgia de la Tierra, 2013











lunes, marzo 20, 2017

“Tormentas”, de Claire Keegan




 
Mi madre soñaba cosas antes de que estas pasaran y, en sus sueños, encontraba cosas. Yo estaba en la mesa de la cocina cortando una caja de cartón para hacerle puertas y ventanas la mañana en que bajó y dijo que sabía dónde estaba Rua. Tenía mucha prisa.

—¡Voy!
—Apresúrate.

Era una de esas mañanas heladas a mitad de enero, cuando el aire es tan frío que parece nuevo. Cuando salimos, el viento empujó el aire que respiraba de vuelta a mis pulmones. La seguí por la senda hasta el bosque. Una becada voló sobre los árboles. Algo me decía que no debía hablar. Mi madre sabía adónde estaba yendo. Cruzamos una zanja y salimos a un campo de remolachas que no reconocí. Ella se detuvo y apuntó en dirección de un brezal.

—Está ahí —dijo.

Separamos los brezos y ahí estaba Rua, nuestro Setter rojo, con el cuello atrapado en un cepo. Parecía muerto, pero no pude desviar la mirada. Mi madre le aflojó el cepo y le habló. En el alambre había sangre. Lo cargamos hasta casa y le dimos leche, pero no podía tragar. Debajo del abrigo se le notaban los huesos y durmió por tres días. El cuarto día se levantó y siguió a mi madre por la casa como una sombra. Cuando le pregunté si yo también iba a encontrar cosas en mis sueños, ella me dijo que esperaba que eso nunca pasara. No le pregunté por qué. Aun cuando era una criatura, ya sabía desde hacía rato que por qué eran dos palabras que mi madre odiaba.

El tambo era una habitación fría y oscura que mis padres habían llenado con las cosas que apenas usaban, de la época previa a mi nacimiento. La pintura amarilla se abombaba en las paredes y las baldosas húmedas brillaban sobre el piso. Las bridas colgaban endurecidas de las vigas; sus bocados, polvorientos. La mantequera todavía estaba allí y el olor de la leche agria persistía en ella; la madera alisada, pero perforada por la carcoma, las paletas perdidas desde hacía rato. No recuerdo vidrios en esas ventanas, solo barrotes oxidados y el extraño aplauso del viento soplando por entre los árboles.

Alguien llevó la vieja incubadora a los empujones hasta adentro del tambo y un pollo se escapó; una cosa de metal oxidado que solía brillar como cuchara. Pusimos ahí pollos recién incubados, recogiéndolos en nuestras manos como pétalos amarillos y los soltamos en ese calor, bolas cubiertas de plumón con patas siempre en movimiento, asimilando ese calor como propio. El calor nos mantiene vivos. A veces esas bolas amarillas se caen, vencidas por el frío, las patas como flechas naranja apuntando hacia abajo. La mano de mi padre los descartaba como si fueran hierbajos. Mi madre los recogía con cuidado, inspeccionando esos cuerpecitos amarillos en busca de algún signo de vida y, al no descubrir ninguno, decía: «Mi pobre pollo», y me sonreía mientras los deslizaba por el conducto vertedor.

Los coladores de leche también estaban ahí, la gasa vieja colgando en racimos sucios sobre una hebra deshilachada. Y los frascos de mermelada de grosella silvestre que olían como a jerez, reducidos en el vidrio con un reborde de musgo. Mi madre siempre hizo más mermelada de la que podíamos comer. Solíamos hacer jalea de manzanas: cortábamos esas frutas ácidas en cuartos y las hervíamos hasta hacerlas pulpa, con corazones, semillas y todo; vertíamos el fluido grumoso en una funda de almohada vieja, atada a cada una de las patas de un taburete dado vuelta. Goteaba, goteaba, goteaba toda la noche dentro del frasco de conserva.

Iba al tambo cuando me mandaban; por un frasco de barniz, clavos de seis pulgadas, una brida para una yegua cabezona. El picaporte estaba demasiado alto. Tenía que pararme sobre una lata de creosota para alcanzarlo, y el metal sobre el que me paraba era delgado como una hoja. Cuando iba ahí por propia decisión, era para mirar en el arcón, una gran caja oxidada, una valija de pirata de niño. Era tan vieja que si la hubiera vaciado y puesto a la luz, habría sido como mirar a través de un colador. Adentro del arcón no había nada que me gustase: libros viejos, pegados por la humedad y sin ilustraciones, mapas oscurecidos y algunos libros de oraciones.

—Todo esto perteneció a la familia de tu padre —me dijo mi madre, empleando un volumen de voz que, se suponía, él no debía oír.

El arcón era tan largo como yo y la mitad de alto, con una tapa apretada y sin manijas. Lo habría abierto y mirado esas cosas, habría toqueteado los libros de lomos quebrados, con tapas perdidas. Era el pasado; el pasado estaba allí. Sentía que, si pudiese comprender sus contenidos, mi vida tendría más sentido. Pero eso nunca sucedió. Me habría hartado de mirar esas cosas, habría cerrado la tapa de un golpe, habría hecho rechinar el metal.

El próximo sueño cambió todo. Mi madre soñó con su madre, muerta. Sus gemidos me despertaron en medio de la noche. Alguien golpeaba ruidosamente la mesa de la cocina. Bajé furtivamente y me quedé allí, mirando en la oscuridad. Mi madre estaba acurrucada en el piso. Mi padre, quien nunca decía nada cariñoso, le hablaba con ternura, persuadiéndola con brandy, pronunciando su nombre.

—Mary, Mayree, ¡ah, Maayree!

Los dos, que nunca se tocaban, cuyos dedos soltaban la salsera antes de que el otro la agarrase, se estaban tocando. Volví a subir a gatas y escuché, mientras esas palabras cariñosas se convertían en otra cosa.

Por la mañana llegó el telegrama. El cartero se sacó la gorra y le dijo a mi madre que lamentaba los problemas que ella tenía. Mi madre enrolló el telegrama entre sus dedos como si fuera papel de armar cigarrillos. Mi padre hizo los arreglos. Vinieron desconocidos a casa. Una vecina me pegó en la mano cuando encendí la radio. Mi abuela, la mujer con el sarpullido violeta y los pechos surcados por venas azules, que hemos lavado como si se tratara de pintura, volvió rígida del geriátrico, en un cajón forrado con volados, y la pusimos en el frío del salón. Me levanté en medio de la noche y bajé a verla cuando no había nadie. Una ráfaga hizo que de la vela encendida cayera cera sobre el aparador. Sabía poco de ella, excepto que no les tenía miedo a los gansos enojados ni temía agarrarse tuberculosis. Podía curar todo tipo de enfermedad de las aves de corral. Mi madre había crecido rodeada por patos, gallinas y pavos. Le toqué la mano a mi abuela. El frío me dio miedo.

—¿Qué estás haciendo? —me preguntó mi madre.

Todo ese tiempo había estado allí sentada en la oscuridad.

—Nada —le dije.

Los vecinos vinieron a acompañarnos después del funeral, los coches se amontonaron en el camino. Me senté sobre las piernas de desconocidos. Me pasaban de unos a otros como a bolsa de tabaco y me tomé tres botellas grandes de 7UP.

Mi tía se quedó parada, custodiando el jamón. «¿A ver quién va a querer otra tajada?», preguntaba, con el cuchillo mortífero en la mano.

Mi madre se sentó mirando el fuego y jamás dijo palabra. Ni siquiera cuando Rua se subió al sofá y se puso a lamerse.

Pasaron meses. Mi madre se puso a limpiar el establo, aun cuando habíamos vendido las vacas hacía años. Iba con el cepillo y el balde, restregaba los pesebres, el pasillo, e incluso lustraba el tapacubos que empleábamos para servir la leche espumosa a los gatos. Y entonces volvía y le hablaba a las estatuas hasta el almuerzo. Se imaginaba tormentas, se encerraba debajo de las escaleras cuando oía viento, se ponía algodón en los oídos cuando venía el trueno, se escondía debajo de la mesa con Rua.

Una vez, mi padre y yo, enfardando centeno, la observamos en el campo, llamando a las vacas.

—¡Chuck! ¡Chuck! ¡Hersey! ¡Chuck! ¡Hersey!

Se quedó ahí parada, golpeando el balde de cinc para hacer que las vacas imaginarias vinieran a comer. Mi padre la llevó a la casa. Y fue entonces cuando mi madre empezó a vivir en el piso de arriba.

Así que, para cuando llegó el verano, yo era la que llevaba la gran tetera para los segadores de heno, con el pico tapado con una página sacada del Farmer’s Journal. Los hombres chupaban pajitas y me miraban, y le decían a mi padre groseramente que pronto estaría en edad.

Ella vino a buscarme en medio de la noche, vestida con un camisón rojo que nunca le había visto. Me sacó de la cama, bajamos los escalones a oscuras y salimos al prado segado, pasando los montones de heno, con nuestros pies descalzos a los que se pegaban semillas. Y seguimos subiendo por los campos de rastrojo, su mano atornillada a la mía, la parte de atrás de su camisón agitándose al viento. Y entonces alcanzamos la cima y nos recostamos boca arriba, a observar las estrellas, ella con su cabello color bronce y sus palabras de loca, no del todo sin sentido, pero intuyendo lo que nosotros no podíamos entender. Lo mismo que el perro es el primero en oír el coche en el camino.

Señaló lo que llamaba la cacerola, una disposición de las estrellas, y me contó cómo fue que llegó hasta allí. Era un cuento de animales que pasaba en la época de Nuestro Señor, en África. Hubo una sequía. El suelo se había vuelto polvo, e incluso el lecho de los ríos estaba seco. Los animales vagaban por África buscando algo que beber. Las ovejas perdieron la lana y las serpientes, sus pieles, pero una osa joven encontró una cacerola llena de agua y se la dio a beber a todos para sacarlos del apuro hasta que lloviese. Todos los animales bebieron hasta hartarse, pero la cacerola nunca se secaba. Tenía una manija curvada, y cuando llegó la lluvia, las estrellas adoptaron su forma, y eso es lo que pasó. Y entonces también yo pude verla en el cielo.

Estuvimos ahí hasta el amanecer, el olor del heno llegando con el viento. Me contó de mi padre, sobre cómo le había pegado durante quince años porque ella no era igual a las otras mujeres. Me enseñó la diferencia entre querer a alguien y que alguien nos gustara. Me dijo que yo le gustaba tan poco como él porque tenía sus mismos ojos crueles.

No entendí, pero fue entonces cuando empecé a ir al tambo sin que me mandaran. Era un lugar tranquilo. No había nada, solo el viento que soplaba y el borboteo del tanque de agua en lo alto. El agujero en el cielo raso, entre las vigas, permitía ver la casa de muñecas, el lugar donde mis primas solían llevar sus muñecas para golpearles las cabezas contra el tejado inclinado.

Fue un día de tormenta el día en que vino la camioneta para llevársela. Mi padre dijo que se estaba lastimando, pero no era nada que se pudiera ver. Le pregunté si quería decir que estaba sangrando por dentro.

—Algo así —dijo.

Pensé en la imagen del sagrado corazón sobre la estufa, el rojo corazón expuesto, iluminado por la lámpara roja que nunca se apagaba.

Los hombres están llegando a la casa para buscarla. Ella está debajo de la mesa. No puedo ver. Corro al tambo, abro el arcón y miro adentro. Saco un libro de oraciones y paso las páginas. Están gastadas y suaves como el brazo de mi madre. Abro uno de los mapas oscurecidos y rotos, y, hasta no encontrar un lugar que reconozca, no puedo distinguir cuál es la tierra y cuál es el mar. Hay un ala de insecto pegada a Noruega. Los oigo en la habitación de al lado. Abro otro libro y busco ilustraciones, pero no hay ninguna. Me meto en el arcón, me pongo en cuclillas. Oigo vidrio que se rompe. El sonido de lo que ha llegado a ser la voz de mi madre crece hasta el gemido. Algo cae. Empujo la tapa de lata, dejo que el metal caiga sobre mí con un chirrido de óxido, tenso. Todo se pone negro. Es como si yo ya no existiera. No soy yo sentada sobre libros húmedos, dentro de una lata grande y negra. El olor es viejo y mohoso como el olor de la panera o como el de la parte de atrás del aparador cuando quedan migas de torta. Un olor que tiene un siglo. Recuerdo que las ratas una vez royeron la rejilla de la incubadora. Llegaron hasta donde estaban los pollos y encontramos pedazos de plumones con patas por todas partes y las partes carnosas completamente comidas. A otros pollos los encontramos aterrados, exhaustos y escondidos entre latas de pintura o rollos de alambre, todavía incapaces de huir. Los levantamos, sus cuerpos amarillos palpitantes, gritos mínimos y enloquecidos.

Ahora yo manejo la casa. El último que dijo que estaba en edad recibió una quemadura. Mi madre siempre decía que no había nada peor que una quemadura. Y tenía razón. Sucede que no acepto tonterías de nadie. Dejan sus botas de goma afuera y mi padre deja los platos sucios sobre el escurridor. No lo he oído decir que las papas no tienen el centro bien cocinado. Sé usar la cuchara de servir para golpear. Eso también lo sabe. Rua da vueltas a la casa buscándola. Pienso en él como en la sombra de mi madre, vagando por la casa.

La visito los domingos, pero no sabe dónde está ni quién soy.

—Soy yo, mamá —le digo.
—Nunca pude soportar el olor a pescado —dice—. Él y sus arenques.
—¿No me reconoces? Soy Elena.
—¡Elena de Troya! ¡Métete en tu caballo! —dice.

Es buena con las cartas, les hace trampa a los otros y les saca el dinero que les dan para sus gastos cada semana, y la jefa de enfermeras tiene que ir hasta su armario para sacárselo cuando mi madre está en el baño. No se da cuenta. El dinero nunca tuvo ningún interés para mi madre.

Yo sigo volviendo al psiquiátrico. Me gusta el olor a desinfectante en los pasillos, los zapatos con suela de goma de las enfermeras, las peleas por los diarios dominicales. Me gusta que lo que hablan carezca de sentido. ¿Qué dice eso de mí? Mi madre siempre decía que la locura de una familia es hereditaria y yo la tengo por ambos lados. Vivo en una casa con el hombre con quien se casó mi madre. Tengo un perro que casi se murió, pero al que no le importa estar vivo. Cuando me miro al espejo, mis ojos son crueles.

Supongo que tengo mis propias razones para venir aquí. Tal vez necesito algo de lo que tiene mi madre. Un poco apenas. Me quedo con una parte pequeña para mi propia protección. Es como una vacuna. La gente no entiende, pero una tiene que enfrentar el peor caso posible para ser capaz de todo.



en Antártida, 1999








domingo, marzo 19, 2017

"Instantánea", de Víctor Rodríguez Núñez






Y de pronto el sillón
                                      como si oyera
las primeras palabras de la lluvia
se está moviendo solo
en la esquina más lógica del cuarto
donde la luz es poca
y germinan unos zapatos viejos

Quién lo detiene ahora
después de ese relámpago
que levanta la falda a la vecina
de ese reloj dormido
desde las nueve y veinte que despierta
de este papel con flores
para ningún regalo donde escribo

Seguro de que todo es para siempre







en Del arco iris y el relámpago, Descontexto Editores, 2016






Originalmente en Cuarto de desahogo, 1993




























sábado, marzo 18, 2017

“Viajando por las montañas”, de Sun Yün-Feng



 


Viajando con nostalgia y el viento del Oeste,
El polvo de mi carro se eleva hasta
Las nubes de la tarde. Las últimas cigarras
Zumban sobre hojas amarillas.
En el ocaso la sombra de un hombre se alza
Como una montaña. Uno por uno,
Los pájaros se van a su percha. Yo vago sin
Rumbo y nunca voy a casa. Me paro
Por encima de un riachuelo y envidio al
Pescador sentado ahí, a solas y a
Gusto, con sus elegantes pensamientos.



en El barco de las orquídeas

(Kenneth Rexroth y Ling Chung, compiladores), 2007






viernes, marzo 17, 2017

"Elegía", de Derek Walcott

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio



(1930-2017)


para Aimé Césaire


Te envié, a Martinica, maître,
una desplegada carta de navegación, una carta
más allá de las líneas de las deslumbrantes olas blancas,
de sobrepellices cargados de encaje y esquisto congregacional.
No envié carta alguna, aunque se agitó en el viento,
tu isla siempre está en la niebla de mi mente
con pájaros marinos esparcidos
en su criollo estruendo de vocales, maître entre creadores,
a quien recita el arrecife cuando resplandecen
            los almendros malabares de cobre,
faros de un Dakar distante, y los acres de los delfines.




de White egrets, 2010






















jueves, marzo 16, 2017

“Si mi voz muriera en tierra...”, de Rafael Alberti





Si mi voz muriera en tierra,
llevadla al nivel del mar
y dejadla en la ribera.

Llevadla al nivel del mar
y nombradla capitana
de un blanco bajel de guerra.

¡Oh, mi voz condecorada
con la insignia marinera:
sobre el corazón un ancla,
y sobre el ancla una estrella,
y sobre la estrella el viento,
y sobre el viento la vela.



en Marinero en tierra, 1925








miércoles, marzo 15, 2017

"Idus de marzo", de Konstantinos Kavafis







Las grandezas teme, oh alma.
Y si vencer tus ambiciones
no puedes, con cautela y reservas
síguelas. Y cuanto más adelante vayas,
sé más observador, más cuidadoso.
Y cuando a tu apogeo llegues, César ya;
cuando tomes figura de hombre famoso,
entonces cuida especialmente al salir a la calle,
dominador insigne de séquito acompañado,
si acierta a acercarse, desde la multitud
algún Artemidoro, que lleva una carta,
y dice apresurado "Lee esto inmediatamente,
son cosas importantes que te interesan",
no dejes de detenerte; no dejes de postergar
cualquier conversación o tarea; no dejes de apartar
a las variadas personas que te saludan y se prosternan ante ti
(las puedes ver más tarde); que espere incluso
el Senado mismo, y conoce al instante
los graves escritos de Artemidoro.




Traducción de Miguel Castillo Didier







en Kavafis íntegro, 1991

















martes, marzo 14, 2017

“El fantasma de Walter Benjamin camina a medianoche”, de Charles Wright






 
El mundo es un lenguaje intraducible
sin palabras o partes del discurso.

Es un lenguaje de objetos
Nuestras lenguas no lo pueden dominar,
pese a que somos sus ardientes sujetos.

Si árbol es árbol en español,
y albero en italiano,
Eso es lo más cerca que podemos llegar
A la divinidad, el lenguaje que circunda la tierra
y que nunca hablaremos.



en Sestets, 2009


Traducción de Manuel Naranjo Igartiburu



The Ghost of Walter Benjamin Walks at Midnight


The world's an untranslatable language / without words or parts of speech. // It's a language of objects / Our tongues can't master, / but which we are the ardent subjects of. // If tree is tree in English, / and albero in Italian, / That's as close as we can come / To divinity, the language that circles the earth / and which we'll never speak.






lunes, marzo 13, 2017

Entrevista a Natalia Ferrari, prostituta, de Álvaro Ragal








“Prostituta independiente que no lleva una vida secreta. No sigo las normas sociales. Un poco cavernícola. Siempre hago lo que quiero”. Así se presenta Natalia Ferrari Díaz (nacida en 1992) en su perfil de Twitter. Residente en Barcelona desde hace una década, mantiene una web personal y publica regularmente textos divulgativos para acabar con los estigmas que rodean a la prostitución. Natalia recibe en pisos, va a hoteles y habla con naturalidad de la profesión que ha elegido, de su pensamiento feminista y de la necesidad de diferenciar entre prostitución y trata.

Tú reivindicas el uso de la palabra ‘puta’.
Para mí es algo muy natural. Me doy cuenta de que puede tener una connotación negativa, pero yo lo vivo en primera persona y no estoy de acuerdo. No creo que debamos adaptarnos a las ideas de la sociedad porque sí, deberíamos cambiar las cosas que no nos parezcan justas o correctas. Igual que en su momento se hizo con la palabra ‘maricón’ o ‘bollera’, el colectivo se empezó a apropiar de ellas para desactivar el insulto: “Sí, soy un maricón, ¿y qué?”. Pues sí, soy una puta, ¿y qué?

Natalia Ferrari es tu nombre real. Una parte importante de lo que tú haces es dar tu nombre real, dar la cara... ¿Por qué es importante eso para ti?
Creo que hay que quitar todo el secretismo y toda la vergüenza que la gente añade a la prostitución. No reconozco que forme parte de mi realidad y no me da la gana de que otro me la añada. En el momento en que empecé a considerar la prostitución, me di cuenta de que la mayoría no mostraba la cara, es muy común ponerse un nombre falso, y no pude evitar preguntarme por qué.

Bueno, “la mayoría”... prácticamente todas, ¿no?
Cada vez hay menos, pero la mayoría aún sí. Depende de a quién preguntes, te van a recomendar que no des la cara, y el nombre menos. Lo entiendo, pero me parece estúpido, ¿por qué me tengo que inventar un nombre falso? Te dicen que te va a condicionar en tu futuro, pero yo creo que puedo crear mis propias oportunidades a pesar de que otras personas

Te defines como feminista. Ya sabes que hay un sector grande del feminismo que considera que la prostitución es incompatible con la igualdad. ¿Eso cómo lo ves?
Creo que es ridículo, significa seguir asumiendo que el hombre tiene control sobre la mujer incluso cuando la mujer te está diciendo que no. Cada vez empiezan a salir más putas como yo (porque hay otras, no soy la única que tiene este discurso), que demuestran que en las relaciones de prostitución la que tiene el control es la puta. Es que es así. No viene un hombre y te tira billetes y tú dices ‘Sí, señor’... Claro que hay casos que sí, pero también existe eso en otro tipo de trabajos. Hay putas que están desafiando esos roles de género, porque son ellas las que asumen el control: que el hombre está de acuerdo, perfecto; que no está de acuerdo, que se busque otra.

Además, esos roles también existen en otras profesiones y en otro tipo de relaciones íntimas: matrimonios, parejas, rollos de una noche, profesor-alumna, jefe-empleada... ese tipo de relaciones de poder no son intrínsecas de la prostitución.

Hay muchas mujeres que luchan contra la trata y la explotación que suelen decir que todas las putas son víctimas, que ninguna lo hace libremente, o que se autoengañan porque no tienen otra opción.
Eso es negar una realidad que existe. No tengo conmigo estadísticas de cuántas son las que están explotadas, pero es muy común que la gente se las invente. Empatizo con las preocupaciones que tiene ese sector del feminismo, yo tampoco quiero una sociedad donde haya relaciones desigualitarias, pero no puedes condenar la profesión en sí misma.

¿Crees que en el discurso público se diferencia adecuadamente la prostitución de la trata?
No, no lo creo. Aunque cada vez más, a raíz de que lo han hecho las organizaciones de prostitutas, pero creo que está muy metido en la cabeza de la gente. Es ese sector el que se ha encargado de decir que las putas somos todas víctimas, que estamos explotadas y blablabla. Por eso la gente tiene una imagen de la prostitución como sufrimiento, como mujeres que no valen para otra cosa. Yo valgo para lo que a mí me dé la gana.

Bien, pero asumiendo que hay prostitución libre y que hay prostitución bajo explotación, ¿eso cómo lo sabe el cliente?
Creo que si alguien está en una situación de abuso y explotación, en el momento en que tú intimas con esa persona en una habitación lo puedes llegar a percibir. Le diría a la gente que vaya a putas independientes. Existen portales de contacto para prostitutas independientes o de agencias, en todas las ciudades grandes, y esos portales se comprometen, dentro de lo que pueden, a controlar que nadie las está forzando. Lo malo de esos foros es que se genera la sensación de que si no muestras una actitud sumisa y complaciente, vas a tener menos clientes.

¿A ti te pasaba eso al empezar?
Me pasó con el tema de los servicios sexuales. Veía que muchas hacían sexo anal y felaciones sin condón. Pensé, “si no hago esto no voy a trabajar”. ¡Claro que vas a trabajar! Vas a trabajar con los clientes que tú quieras y disfruten de las mismas cosas que tú. El problema es que la gente que empieza a prostituirse no hace un estudio previo, ya que suelen partir de una situación de necesidad importante y lo hacen de forma precipitada.

Se dice que es un error poner como ejemplo a putas voluntarias como tú porque proporcionalmente son muy pocas. Y que las asociaciones no son interlocutores sociales relevantes porque no son representativas de la realidad de la prostitución. Que si se muestra a gente que está bien, se banaliza el problema de la explotación.
Es completamente ridículo. Volvemos a lo de antes, “hay miles de víctimas”... muéstrame un documento.

Que la trata existe y que hay miles de víctimas por toda España es una realidad evidente.
Pero es que la trata y la prostitución son dos cosas distintas. Si yo te ato una cadena al pie y te obligo a cocinar, tú no eres un cocinero y tu situación no es representativa de esa profesión. Si no dejas que las asociaciones sean portavoces, estás negando la realidad de esas mujeres, y estás negando sus derechos sociales y laborales, estás fomentando el estigma, estás animando a que tengan una doble vida y que vivan con la sensación de que están haciendo algo horrible y de que nadie las va a querer y de que no van a tener oportunidades en su vida. Tienes que dejar que esas asociaciones eduquen a los clientes, eduquen a las putas... y que contra la trata se luche legalmente, porque es otra cosa.

Tú ahora tienes un discurso muy construido sobre la prostitución y el feminismo, ¿cuáles han sido tus referentes en ese sentido?
Más que referentes... Siempre tuve un interés a salirme de la norma, la idea de la mujer fuerte y con libertad sexual. Es algo que siempre tuve en mí, empecé a masturbarme desde que era muy joven y siempre lo vi como algo natural, nunca como algo malo. Cuando empecé a considerar la prostitución como una posibilidad, descubrí que una amiga mía se estaba prostituyendo desde hacía un año. Y conocer su experiencia personal fue lo que más me ayudó a forjar las ideas que tengo ahora.

¿Realmente se puede decir que la prostitución es un trabajo como otro cualquiera? En general no se considera un trabajo digno, no es un trabajo que la gente quiera para sus hijas. Nadie lo pone al mismo nivel que... no sé, que ser dependienta en Zara.
¿Y eso sí es un trabajo que quieres para tus hijas? Yo quiero que mis hijas, o cualquier persona a la que tenga aprecio, hagan lo que quieran con su vida y hagan las cosas que les llenen y les hagan sentir bien. Es importante reconocer que hay un sector de personas que se sienten a gusto con este trabajo. Yo no me siento a gusto siendo dependienta de Bershka, ¿por qué debería?

Podemos decir que es un trabajo como otro cualquiera, pero las cifras de agresiones a prostitutas son terroríficas. Y los ejemplos de personas a las que la prostitución les ha dejado secuelas psíquicas también.
¿Estamos hablando de trata o de prostitutas independientes? Habrá que analizar en qué contexto sucede eso. ¿Estamos hablando de pisos, estamos hablando de clubes de carretera? ¿Quién es ese cliente? Seguramente sea alguien que cree que tiene derecho a maltratar a la mujer y ve que la puta es un sujeto indefenso que no puede ir a ningún lado a quejarse y se aprovecha de la situación. Seguramente ese hombre tenga relaciones similares con otras mujeres en su vida. Personalmente, no he tenido nunca ningún problema... Las putas que conozco han sido agredidas por parejas o exparejas, pero solo en casos excepcionales por un cliente.

Es habitual escuchar que si una chica se mete a puta es porque viene de entornos difíciles, de familias desestructuradas... ¿Es tu caso?
Bueno, ¿quién tiene una adolescencia fácil? ¿Qué es una vida estructurada? Vine a España desde Argentina cuando tenía 11 años. En mi caso personal, nunca he tenido vínculo afectivo con mi familia.

¿Te fuiste de casa pronto?
A los 18, en cuanto legalmente pude, pero a los 14 ya quería hacerlo. El tema es que cuando dices estas cosas refuerzas los mitos de la gente: “No ha tenido una vida fácil y eso la ha llevado a tomar decisiones drásticas”. Creo que el hecho de no haber tenido un entorno del todo maravilloso cuando era pequeña me ha hecho ser una persona más crítica y cuestionar más las cosas, crear mi propia identidad.

¿Qué trabajos has tenido?
A los 16 años empecé a trabajar en el McDonald’s y duré tres días. Luego estuve también de teleoperadora y tampoco duré mucho, era insoportable. A los 17 empecé a trabajar en un museo... ¿sabes esta gente que te dice que no toques los cuadros? Eso lo hice durante unos tres años. Estaba de martes a domingo, prácticamente a jornada completa, todo el día de pie dando vueltas en una sala.

¿Por qué entre las opciones laborales a tu alcance ahora has optado por esta?
¡Porque es la mejor! Primero por la autonomía: no me gusta trabajar para otros, soy muy independiente y me gusta poder hacer las cosas a mi ritmo y en los momentos que quiero. En ese sentido es el trabajo ideal. Cuando quiero, me voy donde sea. Y cuando vuelvo sigo teniendo trabajo. Luego, trabajas poco y cobras mucho. Eso también es muy importante. Tengo autonomía, tengo independencia económica y me deja tiempo libre para hacer otras cosas. Además, es algo que disfruto, me gusta tener relaciones con desconocidos en ese contexto y con mis condiciones.

¿Cómo te ha cambiado este trabajo en estos dos años?
Me ha hecho más segura de mí misma, más reflexiva... y he aprendido mucho, cuando empecé no trabajaba de la misma forma que trabajo ahora. No tenía información, tomaba decisiones reactivas y creía que tenía que hacer lo que hacían las demás.

En el texto que escribiste describiendo tus relaciones con los clientes había comentarios de gente que no se creía que todo fuera así de agradable. ¿Por qué crees que a la gente le cuesta creerse tu experiencia?
Choca demasiado con la moralidad y con los valores que tienen, porque no entienden que haya personas que vivan de otra manera, igual que nadie se cree que si tú eres puta o eres actriz porno, puedas tener una pareja estable. Choca mucho con la visión que ellos tienen de la vida y hay gente a la que eso le molesta.

Voy a citar un comentario de los muchos similares que te dejan: “Algo ha fallado en tu educación para preferir comer pollas de camioneros a tener una familia”.
Hay tantas cosas mal en ese comentario... ¿por qué tienen que ser desagradables los camioneros? Hago lo que quiero hacer, es como si dijera: “¿Qué ha fallado en tu educación para creer que alguien que chupa pollas a camioneros no puede tener una familia estable?”

¿Conoces a otras putas jóvenes? ¿Ha cambiado la forma de hacer este trabajo entre las nuevas generaciones?
Sí, porque ahora hay más herramientas para buscar información y montártelo por tu cuenta. Las que conozco son personas que han tomado la decisión de forma consciente, no porque hayan caído en el “agujero negro de la prostitución”. Han decidido que es una opción mejor que otras.

¿Y cómo las conoces? Porque, corrígeme si me equivoco, la prostitución como la ejerces tú es una profesión solitaria, no tienes compañeros de trabajo.
Depende. Es bastante común que las prostitutas independientes alquilen habitaciones en pisos y en cada habitación trabaje una. Eso ya te genera relación. También por haberme acercado a asociaciones. Estar activa en redes sociales diciendo que soy puta también ayuda, aunque lo de estar en redes no es algo que necesite personalmente.

¿Crees que puede ocurrir con las putas un proceso parecido al que ha ocurrido en los últimos años con las actrices porno? En el sentido de que antes era un trabajo oculto, considerado denigrante, y a raíz de figuras como Sasha Grey, Stoya, o aquí en España, Amarna Miller, se ve que son personas independientes, con inquietudes, que no se esconden.
Totalmente. He analizado mucho por qué el porno antes era algo horrible y ahora no lo es tanto. Es por figuras como ellas, por el trabajo que han hecho de visibilizar y profundizar en su persona: “No soy solo alguien que hace porno. Soy todas estas cosas y elijo hacer porno porque me da la gana”. Creo que con la prostitución también puede pasar, porque las putas jóvenes empiezan a no querer tener una doble vida, quieren hablar en primera persona, no que hablen otros por ellas.

¿Tú conoces casos de mujeres que llevan doble vida?
Sí. Y lo pasan muy mal, viven con mucho miedo, con paranoia.


¿Qué características o aptitudes hay que tener para dedicarse a esto con éxito?
Necesitas ser una persona empática, con habilidades sociales. También no tener prejuicios con el sexo, conocerte a ti misma y ser honesta contigo misma. Y sobre todo, tener una estrategia, tomar decisiones proactivas e inteligentes. Hay que tener un poco de mentalidad emprendedora.

¿Los principios fueron difíciles? En tu blog contaste que el primer cliente fue muy bien.
Fue difícil antes de empezar, estaba en plan “puede pasar esto, puede pasar esto otro...”. Puse el anuncio y me empezó a llamar muchísima gente. Sentía bastante inseguridad y pasaron días antes de empezar realmente a trabajar. Lo difícil fue superar mis miedos.

Un eufemismo que se suele utilizar al hablar de prostitución es “vender su cuerpo”. ¿Tú vendes tu cuerpo?
Primero, ¿qué es exactamente el cuerpo? ¿El coño? Porque todo el mundo trabaja con su cuerpo. ¿El obrero vende su cuerpo cuando está trabajando en una obra? Ahí nadie hace ese tipo de discurso. Mi cuerpo no son los genitales, mi cuerpo es toda yo, y uso mi cuerpo y mi cabeza en el trabajo como cualquier otra persona. No lo vendo, es una herramienta.

¿Qué es lo que tú ofreces?
Un servicio íntimo con conexión sexual y humana. Dos personas iguales que quieren compartir un momento agradable sin presiones y sin culpa. Se produce un contexto de cercanía, teniendo claro que soy una persona, no una cosa para que te la folles.

Haces muchas referencias a que proporcionas “un espacio seguro”. ¿Podrías desarrollar un poco ese concepto?
Seguro a nivel de seguridad emocional. Me he dado cuenta de que cuando las personas estamos en un entorno donde no las van a juzgar y no tienen la presión de elevarse a la categoría de grandes folladores, se relajan mucho más.

Tú defiendes que el cliente tiene que preocuparse por tu bienestar. Esto no es “el cliente siempre tiene la razón”. ¿Esto todo el mundo lo entiende?
No, hago muchos filtros porque soy consciente de que no todas las personas que acuden a la prostitución tienen esta idea de las relaciones.

Pero no me refiero solo a respetar las normas que tú estableces, que eso cualquiera lo puede entender, sino al hecho de que el que ha pagado, además tiene que preocuparse de que tú estés bien.
Con eso simplemente me refiero a cosas básicas entre seres humanos, como, por ejemplo: si tú me estás haciendo algo que a mí no me gusta, lo dejas de hacer.

Hablemos del filtro de clientes. He notado que antes tenías en la web el teléfono y ahora lo has quitado. ¿Qué ha pasado ahí?
Que llevo dos años trabajando y me he dado cuenta de que me llama mucho idiota. Tengo poca paciencia con cierto tipo de gente. Cuando pones tu teléfono en internet te llama mucha gente que solo ve tus fotos, el teléfono y te dicen: “¿Puedes quedar ahora?”. No leen tus condiciones, es muy instantáneo. Ahora pido que me contacten por escrito y eso es muy diferente: se piden citas para dentro de unos días, y a mí me gusta esa planificación y la posibilidad de conocer más al posible cliente.

Pero después hablas por teléfono, ¿no?
Sí, el primer contacto es por correo pero luego te pediré hablar antes de la cita. Quiero escuchar tu voz y asegurarme de que lo tenemos todo claro.

¿Cómo transcurren esas llamadas? ¿Cuánto duran?
Pues muy poco, he ido aprendiendo a leer rápido a las personas por la forma en la que hablan, pocas veces me equivoco. Y cuando me he equivocado, ya tenía dudas de antes.

¿Y de qué habláis?
Doy pie a que compartan lo que para ellos sea importante. Si alguien quiere algo especial me lo dice y veré si me apetece o no. Para mí es importante fijar el día y la hora, que tengan claro que va a ser todo con preservativo y que tengan claras las tarifas.

¿Tus tarifas son las normales del mercado? [Como se puede ver en su web, la tarifa estándar de Natalia son 250 euros por una hora y media. Los precios suben si se incluye en la cita salir a comer o acompañamiento a cualquier evento. Una noche entera son 1.200 euros]
Bueno, lo que ofrezco no es del todo común. Y las que hacen cosas así cobran incluso más, porque es un contexto más íntimo y más cercano, no es quedar con cualquiera que te pague. Las tarifas normales para las prostitutas independientes están en 70 euros por media hora y 100 por una hora.

Al final las tarifas son el principal filtro, ¿no? La gente que paga ese dinero es de un determinado nivel socio-económico, que en principio limita las posibilidades de que te entre algún cafre.
Sí, es un filtro más, y también el hecho de que mi tarifa mínima sea una hora y media, cuando para la mayoría es media hora.

¿Has pensado en ir hacia un tipo de trabajo para clientes con mucho dinero que contratan para irse de viaje, de fin de semana...?
Lo he pensado, pero ahora mismo no me interesa mucho. Solo lo haría con personas de mucha confianza porque, ¿qué pasa si me caes mal? A mí me gusta tener mi espacio y mi tiempo, no quiero hacer servicios que me condicionen tanto.

¿Tienes una rutina? Trabajas siempre el mismo número de días a la semana, siempre los mismos días...
Hay que asumir que es un trabajo inestable, no te van a venir siempre clientes cuando tú quieras. Pero sí que es importante para mí tener al menos un día libre, que suelen ser los lunes. Cuando más citas tengo es a la hora de comer entre semana. Y no trabajo los días de regla.

¿Tienes siempre un número parecido de citas al mes?
Cambia, depende mucho de mi predisposición. Depende de si estoy dedicando tiempo a otros proyectos, o de cuánto dinero necesite ese mes.

¿Cuánto ganas de media al mes?
Me parece irrelevante hablar de cifras, e incluso invasivo. Está claro que es una profesión rentable pero depende de cómo te lo montes.

¿Tienes un perfil definido de cliente?
Por edad suelen ser de veintimuchos para arriba. Me doy cuenta de que me escriben muchas personas que es la primera vez que tienen contacto con una prostituta y a muchos les preocupa asegurarse de que no estoy explotada y se sienten más tranquilos sabiendo que no hago las cosas forzada.

¿Te ha llamado alguna chica alguna vez?
Muy pocas, pero sí.

¿Por qué has publicado un texto de “Consejos para ser un buen putero”?
Porque después de dos años me he dado cuenta de que es necesario educar a los clientes. Y también para contrarrestar las cosas públicas que hay sobre la prostitución, porque es muy común que algunos clientes escriban experiencias que han tenido con las putas. Desde el anonimato es normal que digan barbaridades. Entonces, si tú no sabes nada sobre la prostitución y te encuentras eso, ¿qué vas a pensar? Es normal que haya gente que piense “ninguna mujer quiere eso”. El problema es que mis clientes no son así, pero no escriben en foros. O escriben en foros de esa manera porque eso es lo que creen que tienen que hacer. Me parece injusto que el retrato de la prostitución lo creen personas que puntúan mi cara del 1 al 10.

¿Has pensado en hacer otro texto con consejos para putas?
Sí, de hecho me escriben muchas personas diciendo: “Quiero empezar a prostituirme, cómo lo hago”. De entrada digo que se hagan muchas preguntas: qué es lo que quieres, por qué quieres ser puta... conócete a ti misma, sé muy honesta para descubrir qué quieres. A partir de ahí, haz una estrategia para conseguirlo.

Por muchos filtros que hagas, es un trabajo que sigue siendo una situación de riesgo. ¿Qué precauciones tomas?
Todas las putas tenemos códigos de seguridad. No estar trabajando en el piso sola, o hacer una llamada antes de empezar a trabajar, delante del cliente, en la que informas a alguien de la hora a la que acabas y le dices que le llamarás al terminar. Nunca me ha pasado nada.

¿Estarías a favor de una regulación específica para la prostitución?
Sí, quiero una regulación que acepte que nosotras existimos y que acepte las demandas de cada uno de los tipos de prostitución. No es lo mismo la puta independiente que la que está trabajando para una agencia o lo que sea. Hace falta una regulación que reconozca las particularidades de la profesión, y eso ahora no existe.

Hay estudios que dicen que si en un país se regulariza la prostitución, eso atrae a las mafias de la trata. Sin embargo, cuando en un país la ley multa al cliente, las mafias prefieren no ir allí.
Sí, he leído sobre eso. Pero vamos a ser lógicos: si está legalizada, hay unas normas que hay que cumplir, tú no puedes tener un burdel con personas esclavizadas. Si monto una tienda de ropa, eso tiene que estar regulado, no puedo tener a gente contra su voluntad. ¿Por qué con la prostitución es distinto?

¿Tienes pensado seguir dedicándote a esto en el futuro?
Siento que es un trabajo al que puedo dedicarme siempre que quiera. No me lo planteo en ese sentido, cuando no quiera hacerlo no lo haré. Estoy trabajando también en otros proyectos: ahora me estoy involucrando más con el tema de la pornografía, pero me interesa hacerlo con productoras independientes y proyectos pequeños en los que pueda formar parte de la creación y no solo de la escena. Quiero hacer contenido propio y rentabilizarlo por mi cuenta. También quiero seguir escribiendo en medios de comunicación, creo que eso puede ser una herramienta muy poderosa para concienciar.






en El Confidencial, 23 de noviembre 2015






Fotografía original de Enrique Villarino