lunes, octubre 15, 2018

"Suite de Tángerei", de Rodolfo Häsler

(Poeta en Tánger)






Todo aquel que estudia poesía
anuda en primer lugar la esquina de su turbante,
solitario y azul en torno a la cabeza.
Lo que dice quiere ser diáfano, en palabras cíclicas
que nunca aclaran el enigma, quizá por culpa de la luz
o de tanta desesperación que aflora en ávido tacto.

El signo caritativo del pez o de la flor,
seres escasamente humanos en una línea que no pretende
el arabesco, sí la libertad presente en la escritura.
Las formas se diluyen por las cuestas de la ciudad,
en la pincelada arenosa de muchas de sus calles,
por haber transitado siempre el camino intacto.





en Tafer, Colección Sur ediciones, 2013



















domingo, octubre 14, 2018

“Caminar”, de Henry David Thoreau





Fragmento

¿Por qué resulta a veces tan arduo decidir hacia dónde caminar? Creo que existe en la Naturaleza un sutil magnetismo y que, si cedemos inconscientemente a él, nos dirigirá correctamente. No da igual qué senda tomemos. Hay un camino adecuado, pero somos muy propensos, por descuido y estupidez, a elegir el erróneo. Nos gustaría tomar ese buen camino, que nunca hemos emprendido en este mundo real y que es símbolo perfecto de que desearíamos recorrer en el mundo ideal e interior; y si a veces hallamos difícil elegir su dirección, es —con toda seguridad— porque aún no tiene existencia clara en nuestra mente.

Cuando salgo de casa a caminar sin saber todavía a dónde dirigir mis pasos y sometiéndome a lo que el destino decida en mi nombre, me encuentro, por raro y extravagante que pueda parecer, con que, final e inevitablemente, me encamino al sudoeste, hacia un bosque, un prado, un pastizal abandonado o una colina que hay en esa dirección. Mi aguja es lenta en fijarse: oscila unos pocos grados, no siempre señala directamente al sudoeste, es cierto, y tiene criterio propio respecto a esta variación, pero siempre se estabiliza entre el oeste y el sudoeste. El futuro me tiende ese camino, y la tierra parece, por ese lado, más inagotada y generosa. El esquema que perfilarían mis caminatas no sería un círculo, sino una parábola o, mejor, como una de esas órbitas cometarias que se consideran curvas de no retorno, abriéndose en este caso hacia el oeste y en la que mi casa ocuparía el lugar del sol. A veces doy vueltas de un lado para otro, incapaz de decidirme, durante un cuarto de hora, hasta que resuelvo, por milésima vez, caminar hacia el suroeste o el oeste. En dirección a levante sólo voy a la fuerza; pero hacia el oeste camino libremente. Ningún asunto me lleva allí. Me resulta difícil creer que pueda encontrar paisajes bellos o suficiente naturaleza salvaje y libre tras el horizonte oriental. No me emociona la perspectiva de dirigirme hacia él; en cambio, me parece que el bosque que veo en el occidental se extiende sin interrupción hacia el sol poniente y que no alberga ciudades lo bastante grandes como para molestarme.

Déjenme vivir donde quiera; aquí está la ciudad, allá la naturaleza; cada vez abandono más la primera para retirarme al estado salvaje. No haría tanto hincapié en ello si no creyese que algo similar constituye la tendencia predominante entre mis compatriotas. Debo caminar hacia Oregón, no hacia Europa. El país está moviéndose en la misma dirección; no cabría decir que la humanidad progresa de este a oeste. En unos pocos años hemos asistido, en la colonización de Australia, al fenómeno de una emigración hacia el sudeste; pero esto nos parece un movimiento retrógrado y, a juzgar por el carácter moral y físico de la primera generación de australianos, el experimento todavía no ha tenido éxito. Los tártaros orientales piensas que al oeste del Tíbet no hay nada. «El mundo acaba allí», dicen; «más allá solo hay un mar sin orillas». Habitan un oriente sin remedio.



en Caminar, 1861













sábado, octubre 13, 2018

«Flores de magnolia», de Zhang Xian

Versión de Juan Carlos Villavicencio / Día de la comida fría en 1076







Los sureños en botes con cabeza de dragón compiten en velocidad,
las pálidas doncellas en los asientos de bambú se balancean.
Arrancando flores dulces, las mujeres viven de hidromiel,
pisando el campo verde, la gente del pueblo va y viene.

Vuelan las nubes flotantes, sombría se ve la colina a lo lejos;
tenue suena la flauta, tranquilos los jardines desiertos.
Empapado en la luz pura de la luna, el patio del medio está en silencio.
Dejando las sombras, incontables sauces se alborotan.














viernes, octubre 12, 2018

“Marathon”, de Clemente Riedemann





Yo soy el atleta consumado,
mi porvenir es brillante.
Los cronistas dicen que llegaré lejos,
mas –yo lo sé- no he de arribar
a meta alguna.
Vengo de la estación de policía
de regreso al cementerio general.
Yo soy el corredor descalzo.
La ruta sembrada de cadáveres famosos.
Tras de mí, los vivos, atletas iracundos,
desean procurarse –a mis costillas-
la victoria. Ellos quieren verme tropezar,
caer, escupir sangre, arrojan vidrio
molido sobre el asfalto; tachuelas,
ratas comedoras de uñas.
¡Rumas de periódicos y libros!
Pero no pueden matarme.
Pero no pueden matarme.
Porque no pueden matarme dos veces...



en Una casa junto al río (Antología), 2016

Descontexto Editores

Originalmente en Primer arqueo, 1989













jueves, octubre 11, 2018

«La lírica analítica de Cociña», de Pedro Gandolfo







La antología Poesía Cero –que reúne una selección que representa fielmente la trayectoria poética de Carlos Cociña desde 1971 al 2016– confirma un itinerario consistente y arriesgado de un autor que ha optado por situar su discurso presionando los márgenes de lo que la poesía pretende y señala en medio de tanta proliferación de textos literarios y paraliterarios.

De entrada, Cociña, sin tematizar, pone en escena la banalidad con que usualmente se traza la distinción entre poesía y prosa. Así, visto en una primera mirada, la mayoría de sus escritos adoptan la sintaxis, la disposición gráfica e incluso el léxico de un discurso en prosa, pausado, conectado lógicamente, con un discurrir que parece propio de la observación científica, con una subjetividad muy en sordina, es decir, se aleja de las convenciones en curso acerca de la poeticidad de un escrito, sin desarrollar tampoco poemas en prosa ni menos prosa lírica, lo cual sería reintroducir por la ventana aquello que se ha expulsado por la puerta. Se trata, como era de esperar, de una opción meditada y rigurosamente llevada al papel, porque también hay ejemplos de poesía versificada al modo más tradicional y, por lo demás, de impecable factura.

La poesía de Cociña nos impulsa, pues, a reflexionar sobre la naturaleza de lo poético. Es por ello que en una continuidad notable –que esta antología deja de manifiesto de modo muy afortunado–, Cociña poetiza, precisamente, en torno al nudo, la médula, el fundamento trémulo del decir humano, del habla, nuestro don más precioso y peligroso: la difícil, irresoluble y siempre urgente adecuación entre la conciencia, el lenguaje y el mundo. Es en las fisuras y desplazamientos de esa encrucijada triple donde acaece la poesía y es ese terreno movedizo el cual Cociña merodea una y otra vez a lo largo de su trayectoria.

El decir poético de Cociña, con gran despliegue imaginativo, se aparta de la ilusión referencial, de la creencia ingenua en que la palabra puede representar de manera mimética lo real, lo cual, a su turno, pueda ser entendido como una entelequia independiente de la conciencia. El poema de Cociña aparece, así, como un objeto en sí mismo, meticulosamente construido, con su autonomía interna y sus propias reglas, poniendo en juego permanente las fisuras que se abren entre el yo, la mirada, la cosa y la palabra que la nombra.

Los recursos y estrategias a que apela para llevar a cabo esta límpida provocación son múltiples y aplicados con una metodología a la cual se apega con certidumbre. Cociña se concentra en las temáticas típicas de la lírica tradicional –la naturaleza, el paisaje y los afectos– y, empleando los mismos componentes lingüísticos que ocupa la tradición –mar, montaña, agua, ciudad, aire, viento, amor, muerte, violencia, dolor o el deseo–, los somete a una secuencia de operaciones que transgreden las relaciones usuales de las palabras y las cosas, pero sin arbitrariedad, sino que encajadas en una red que muestra otra posibilidad de ser que se halla oculta al tráfico usual del idioma. Superada la perplejidad inicial, llevado el oído por la lógica sonoridad de sus elocuciones, los escritos poéticos de Cociña deslumbran porque parecen describir, con científico rigor, otro mundo posible, paralelo a este, elucidado en base a una recombinación, trastocación y resignificación de los componentes familiares del mundo, en particular, el cuerpo, los sentidos, las divisiones territoriales y las fronteras conceptuales.

Por ejemplo, dice: «Citadinos, en su ruralidad, avanzan en un océano cuadriculado, con sabor a nieve, en un corredor entre montañas. Trashumantes en su barrio, quietos en el aire, cual villas que prolongan las montañas de trigo y cebada. Poblados de agricultura enfrentados por el río, en casas apartadas entre vecinos. Un extenso puerto lejos del mar». El lector puede advertir cómo las oposiciones convencionales «ciudad/ campo», «urbano/rural», «barrio-quietud», «aire-trashumancia», «villa-Tierra», «puerto-mar», aparecen superadas y subvertidas, mientras emergen combinaciones inesperadas como «océanos cuadriculados con sabor a nieve» o «casas apartadas entre vecinos» en la formulación de un paisaje de una belleza a la vez familiar y paradójica. En el plano de los afectos –que son dilucidados con la misma delicadeza, precisión e imaginación– proyecta una discreta melancolía, porque sus poemas se construyen siempre en torno a una ausencia, a un vacío, a un hueco del que pende el tejido de su filigrana de nombres que se estiran para intentar palpar lo innombrable.

La poesía de Cociña es un caso singularmente aislado en la tradición de la poesía chilena, un poetizar analítico, renovador del lenguaje poético y de sus recursos formales, cuyas fuentes hay que pesquisarlas a menudo más allá de la literatura, pero, en ningún caso, un decir ensimismado y hermético, sino, al contrario, iluminador de dimensiones escondidas del mundo porque «las cosas que no existen están en el origen de las palabras».





en Revista de Libros de El Mercurio, 29 de Octubre de 2017













miércoles, octubre 10, 2018

“Chuit”, de Rosabetty Muñoz





Se volvió el hijo contra los mayores.
Del pueblo llegó extraño
avergonzado del fogón y las siembras.
No quiere sentarse a darles pan a los pollos.
Buscan los viejos palabras para hablarle.
Preparan el salón de las visitas
juntan pesos para los nuevos gustos.
Lo miran reconociendo alguna huella,
cualquier cicatriz de las astillas del tiempo
o picadas de quiscales en las manos.
Y descibren que las tiene;
cada marca de la infancia
que ellos, los otros, le miran en el pueblo
con un poco de asco.



en Polvo de huesos (Antología), 2012

Selección y prólogo de Kurt Folch



Originalmente en Hijos, 1991












martes, octubre 09, 2018

"El Sumo Pontífice habla por cadena nacional", de Emersson Pérez







Yo ardo por dentro
¿Por qué no me quisiste Jesús?
si yo fui un buen siervo
¿Por qué no me quisiste Padre?
por moreno, por bajito.

Pago el doble de penitencias
mientras observo al Santo Pontífice
                        por cadena nacional
y muero de amor Padre
yo ardo por dentro Santo Padre
no me elegiste
no jugaste conmigo en la piscina del colegio
yo no portaba una hoja verde en mi entrepierna
                                           como los demás chicos.

Nunca he tocado este cuerpo
pero yo ardo por dentro Santo Padre
y me castigo el doble frente al televisor.

El Sumo Pontífice habla por cadena nacional
no hay pruebas para juzgarnos
no hay pruebas para la fe
no necesitamos pruebas para un milagro televisivo.





en La muerte de la televisión no será televisada, 2018













lunes, octubre 08, 2018

“Washington Square / La Plaza Sureste”, de Carlos Soto Román





El primer cementerio afroamericano de la ciudad guarda los restos de los desconocidos. Bautizada en honor a un revolucionario, sus finas hierbas y pastos tiernos fueron alguna vez amables con la fauna existente.

En el subsuelo, la tierra todavía esconde los secretos más oscuros de la fiebre amarilla, mientras que, en la superficie, el sitio del primer vuelo en las Américas será recordado como el lugar de mi último aterrizaje.

No creo que exista otro punto en la ciudad que sepa más sobre carne y los hedores de la putrefacción que solo el tiempo trae.

Arrojo las delgadas capas de mi piel en la llama eterna.

De pronto recuerdo a Kathy Change.

Dejar que el ego se consuma en la oscuridad para que otros puedan ver. Dejar que el cuerpo arda para iluminar.



en Estrategia de salida, 2018 












domingo, octubre 07, 2018

“Carta desde Casablanca”, de Antonio Tabucchi

Fragmento / Traducción de Carmen Artal




“Por favor por favor, que no estamos en casa del turco». También el tío Alfredo utilizaba siempre esta curiosa expresión, era gracioso oírsela decir entre sus frases españolas, recuerdo, estábamos en la mesa, a él le gustaban muchísimo los callos a la parmesana, encontraba que los argentinos eran unos estúpidos porque lo único que apreciaban de las vacas eran los bistecs, y sirviéndose generosamente de la gran sopera humeante me decía «anda a comer, niño, que no estamos en casa del turco». Era una frase de su infancia, del tío Alfredo y de papá, quién sabe a qué época se remontaba, yo entendía la idea, quería decir que se trataba de una casa en la que reinaba la abundancia y cuyo dueño era generoso, quién sabe por qué lo contrario era atribuido a los turcos, tal vez fuese una expresión que venía de las invasiones sarracenas. Y el tío Alfredo en efecto fue generoso conmigo, me hizo crecer como si fuese un hijo, por otra parte él no tenías hijos: generoso y paciente, exactamente como un padre, y probablemente conmigo hiciese falta bastante paciencia, era un muchacho melancólico y distraído, originaba un montón de problemas debido a mi carácter, la única vez que le vi perder la paciencia fue terrible, pero no fue por mi culpa, estábamos comiendo, yo había armado una buena con un tractor, tenía que hacer una maniobra difícil para meterlo en el taller, quizás estaba distraído, y además en aquel momento por la radio se oía a Modugno que cantaba Volare y el tío Alfredo lo había puesto a todo volumen porque le encantaba, al entrar había rozado el costado de un Chrysler y había hecho un buen estropicio. La tía Olga no era mala, era una véneta parlanchina y refunfuñona que se había mantenido obstinadamente apegada a su dialecto, cuando hablaba apenas se la entendía, mezclaba el véneto con el español, un desastre. El tío y ella se habían conocido en Argentina, cuando decidieron casarse los dos estaban ya entrados en años, en fin no puede decirse que hubiese sido un matrimonio por amor, digamos que había sido conveniente para ambos, para ella porque había dejado de trabajar en la fábrica de carne enlatada y para el tío Alfredo porque necesitaba una mujer que tuviese ordenada la casa. No obstante se tenían cariño, o al menos simpatía, y la tía Olga le respetaba y le mimaba. Quién sabe por qué aquel día le salió aquella frase, quizás estaba cansada, estaba irritada, había perdido la paciencia, ciertamente no hacía ninguna falta, el tío Alfredo ya me había regañado antes y yo estaba bastante mortificado, no levantaba los ojos del plato, y la tía Olga sin mayor preámbulo, pero no para ofenderme, la pobre, así, como quien hace una constatación, dijo «es hijo de un loco, sólo un loco podía hacerle aquello a su mujer». Y entonces vi al tío Alfredo levantarse, con calma, el rostro demudado, y darle una tremenda bofetada. El golpe fue tan violento que la tía Olga se cayó de la silla y al caer se agarró al mantel arrastrándolo al suelo con todos los platos. El tío Alfredo salió lentamente y bajó al taller a trabajar, la tía Olga se levantó como si no hubiese pasado nada, se puso a recoger los platos rotos, barrió el suelo, puso un mantel limpio porque el otro se hallaba en condiciones deplorables, volvió a poner la mesa y se asomó al hueco de la escalera. «Alfredo —gritó—, ¡la comida está en la mesa!».






en El juego del revés, 1981


















sábado, octubre 06, 2018

“Lengua”, de Zhao Lihong





Las papilas
se esconden debajo de la lengua.
No conozco su naturaleza,
pero confío en su sensibilidad.
He probado todos los sabores de la tierra.

La lengua, con su raíz
conectada a las cuerdas vocales,
está ligada
a cada frase que pronuncio,
a cada palabra,
a cada suspiro.

La uso para lamer,
saborear,
besar.
Uso sus miles de tendones
para permanecer amarrado a una naturaleza
y hacer preguntas que no puedo responder.
Ella pregunta:

Lo que nace en una boca
¿Para qué es?
¿Es para saborear?
¿Es para hablar?
¿o es para las funciones del amor?



en Aflicciones, 2016












viernes, octubre 05, 2018

"La sombra de Güiraldes", de Víctor Rodríguez Núñez







Güiraldes
                   en París
                                   conversa con el pasto
y cada hoja repite su vida
Los malos pasos de las estaciones
los celos con el sol
la nocturna humillación del rocío
el ansia de la nieve

El gaucho
                 como muchos
                                         se aferra a las palabras
pues teme que la tierra se detenga
y salga proyectado hacia el vacío
Y antes que el cuerpo
                                    ha echado a volar
su espesa alma infinita

Güiraldes
                en París
                              esa pampa de oro
con el pasto conversa

¿Qué nos queda del diálogo?
                                                La sombra
que ni siquiera mancha
                                       esta hoja sin libro

Quién no quiere juntar
su luz con las estrellas










jueves, octubre 04, 2018

“Nunca más pasar por la llamada Moneda”, de José Ángel Cuevas






Vi que R. Pincheira estaba amarrado en el suelo
era mi amigo / nunca fue un tipo de la ITT ni Ford Motors
no quería gobierno duro / ni violencia innecesaria
abolir las conquistas salariales
nada de eso / el tipo tocaba saxofón / y cantaba
como un ángel.



en Maquinaria Chile y otras escenas de poesía política, 2012













miércoles, octubre 03, 2018

"En esta noche...", de Philippe Jaccottet

Traducción de Rafael-José Díaz






En esta noche,
en este instante de esta noche,
creo que incluso si los dioses incendiaran
El mundo,
De él seguiría quedando una brasa
Para volver a florecer como una rosa
En lo desconocido.

No soy yo quien lo ha pensado ni lo ha dicho,
Sino esta noche de invierno,
Sino un instante, ya pasado, esta noche de invierno.





en Cuadernos de verdor, Bartleby Editores, 2005

















martes, octubre 02, 2018

“El aventurero de Saba”, de Humberto Díaz Casanueva





El viento del desierto ondea las palmas de sus manos,
en donde se cría como las torcazas viriles mi beso.

Extiendo mi dolor cerca de su melancolía.
Creo una caricia extraña para sentirme suyo.

Recordándola, con una flauta soplo su vida.
Enamorada se alza, como esta página abre su duro sueño.

De su cintura suelta las nubes balanceándose.

Su mirada, que trota de su lado sin límite domina.
Su mirada que pesa, fatiga mi corazón.

Retrasando mi viaje, habló con palabras desusadas.
Pesados metales que arden, que perfuman en vano.

Yo soy quien las descubre.
El joven más triste acecha, seduce esa cabeza rubia.
¡Ah, la Reina de Saba!

Un pirata sin abordaje, mi vida reluce como alfanje.
Señalo su cuerpo de donde extrae labor el trabajador de cirios.



en Antología de la Poesía Chilena, 1961

Ginés de Albareda y Francisco Garfias












lunes, octubre 01, 2018

"cambio de rollo / «malos días» // cambio de sábanas", de Egor Mardones

Título original:
cambio de rollo / «malos días»
cambio de sábanas





1.- «Llegarán los malos días para el amor y el olvido
impulsados por despellejadores vientos de pasión y desgracia…
ENTONCES TE QUIERO VER AGONIZANDO COMO UN ENFERMO TERMINAL EN TODOS LOS PRIMEROS PLANOS DE LOS MÁS NEURÓTICOS VIDEOS JAMÁS PROYECTADOS// ENTONCES TE QUIERO OÍR SUFRIENDO A MILES DE WATTS DE POTENCIA
Y A TODO STÉREO EN TU CUARTO AZUL DE PORQUERÍA».

2.- «A esta pésima programación de trasnoche y control remoto
le habría llegado la hora del cierre /DIZEN/ precipitada
y todo por un polvo nostálgico e interruptus que habría
arrastrado a la mismísima e irrefutable MIERDRA del fin
CUANTO HUBIERA ENCONTRADO A SU PASO, incluido por su puesto,
el Miramar Hotel, porque, bueeno, «el camp es un tierno senti
MIENTO» como dizen que dixo la desprestigiada susan sontag
de PORAQUÍ».

3.- «TE FUISTE CORTADO VÍA SOBREDOSIS, VIEJITA PUTOSA,
                                                                                                         / TE FUISTE
CORTADO dentro de las cuatro paredes azules de una pieza mi,
serable: UN IMPREVISTO/ hiroshima mon amour y nagasaki en las
pupilas el máximo horror posible + un calor de los demonios
en el citicorps = el enola gay VOLANDO OTRA VEZ obsesivamente
repetido e inoxidable
A RAS de la historia impersonal del boom
A LA ALTURA de los comics underground
BAJO tu imaginazión de droga y soledad naked lunch
SOBRE la vieja arquitectura del Miramar Hotel

TODA ELLA ILUMINADA AHORA POR LAS LLAMAS»







en Miramar Hotel, 2013