martes, julio 28, 2015

“Me acuerdo”, de Joe Brainard








Fragmentos escogidos
 
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Me acuerdo de un día en que, yendo al centro en autobús, en Tulsa, un chico que me sonaba del colegio se sentó a mi lado y empezó a preguntarme cosas como: «¿Te gustan las niñas?». Era un auténtico freak. Cuando llegamos al centro (donde estaban todas las tiendas), me siguió hasta que al final me convenció para que fuese con él al banco, tenía que guardar una cosa en una caja de seguridad. Me acuerdo de que por aquel entonces yo no sabía lo que era una caja de seguridad. Cuando llegamos al banco un banquero le dio una caja y nos llevó a una cabina con cortinas doradas. El chico abrió la caja y sacó una pistola. Me la enseñó y me hice el sorprendido, la volvió a meter en la caja y me preguntó si me bajaría los pantalones. Dije que no. Me acuerdo de que me temblaban las rodillas. Cuando salimos del banco, le dije que tenía que ir al Brown Dunkin’s (los mayores grandes almacenes de Tulsa) y me respondió que él también tenía que ir. Para ir al servicio. En el servicio de caballeros volvió a intentar algo (no me acuerdo de qué exactamente) pero salí corriendo por la puerta, y ahí se quedó la cosa. Es muy extraño que un niño de once o doce años tenga una caja de seguridad. Con una pistola dentro. Tenía una hermana mayor de la que se decía que era «una perdida».




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Me acuerdo de cuando me llamaron al servicio militar y tuve que ir al centro a hacerme el reconocimiento psíquico. Era muy temprano. Me comí un huevo para desayunar y noté cómo se asentaba en mi estómago. Después de pasar lista me mandaron ponerme en una fila distinta a la que estaba la mayoría de los chicos. (Llevaba el pelo muy largo, cosa que por entonces era más rara que ahora.) La fila en la que estaba resultó ser la fila para ver al médico de la cabeza. (De todas formas, iba a pedir verlo.) El médico me preguntó si era gay y le respondí que sí. Después me preguntó que qué experiencias homosexuales había tenido y le dije que ninguna. (Era verdad.) Y me creyó. No tuve ni que quitarme la ropa.




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Me acuerdo de un chico que trabajaba para una funeraria después del colegio. Era muy bueno bailando claqué. Un día me invitó a dormir a su casa. Su madre estaba divorciada y tenía pinta de rubia chabacana. Me acuerdo de que su madre nos pilló cuando estábamos echando una inocente peleíta en el jardín y se puso como una fiera. Le dijo que no volviese a hacerlo en la vida. Me di cuenta de que pasaba algo que yo no podía llegar a entender. Teníamos diez u once años. Nunca me volvió a invitar. Años después, en el instituto, se armó un gran escándalo cuando le encontraron una carta de amor dirigida a otro chico. Después de eso dejó el instituto y se puso a trabajar a jornada completa en la funeraria. Un día me lo encontré por la calle y empezó a contarme algo sobre una habitación muy grande en la que dormían todos los trabajadores de la funeraria. Me contó que en todas las camas había una pequeña tienda de campaña blanca por las mañanas. Me excusé y me despedí. Unas horas después caí en la cuenta. Erecciones mañaneras.




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Me acuerdo de que decidí que tenía que cortar con todo ese caldo de cabeza y llegar y preguntarle sin más al muchacho que me gustara: «¿Te quieres venir conmigo a casa?»; y así lo hice. Y no funcionó. Salvo una vez. Y él estaba borracho. A la mañana siguiente me dejó una postal con un dibujo de Jesús firmada por detrás: «Con amor, Jesús». Me dijo que era amigo de Alien Ginsberg.




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Me acuerdo de una historia sobre una pareja que tenía un diner. El marido asesinó a la esposa y la hizo picadillo para la carne de las hamburguesas. Luego un día un hombre se estaba comiendo una hamburguesa y se encontró un trozo de uña. Así fue como descubrieron al marido.




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Me acuerdo de la «mujer de los gatos», que siempre iba vestida de negro. Y con varias capas de medias. Una encima de otra encima de otra. Le llamaban la «mujer de los gatos» porque por la noche iba por ahí dándole de comer a los gatos. Tenía el pelo tan enmarañado que no creo que pudiese pasarse un peine. Se pasaba el día dando vueltas por las calles haciendo no sé muy bien qué. Nunca iba sin su carrito lleno de bolsas de papel llenas de sólo Dios sabe qué. Según ella, había otras mujeres de los gatos que cuidaban de los gatos de otras zonas del Lower East Side. Hasta qué punto estaban organizadas estas mujeres, eso ya no lo sé.




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Me acuerdo de fragmentos de fantasías que tenía de pequeño sobre ser una niña. Me acuerdo sobre todo de las telas. Del satén y el tafetán sobre la piel. Me acuerdo en concreto de metros y metros de tafetán azul real (un vestido de noche muy amplio, no cabe duda) en los que alguien me enrollaba con unas grandes manos, y del roce entre los muslos. Este periodo de tiempo de fantasías sobre ser una niña no tenía nada que ver con una etapa sexual en términos de sexo. El placer que sentía no era por la posibilidad de estar con un hombre, sino por sentirme como una mujer. (Una niña). Estas fantasías, que son ahora sólo una para mí, eran muy de introversión y de postura fetal. En primer plano. Una orgía de telas y carne y fricción (primeros planos de detalles). Pero no «pasaba» mucho más.




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Me acuerdo de, en Boston, creer que si me daba una vuelta por una calle llena de tiendas de antigüedades tal vez ligara, así que fui y me paseé calle arriba calle abajo («mirando escaparates») pero, como me daba cosa mirar a la gente, no me fue muy allá (el eufemismo del año). Decidí entonces volver a casa para seguir con las «manualidades», para las que normalmente me valía de los anuncios de ropa masculina de la contracubierta de la Playboy; esto tampoco era una hazaña fácil, si tenemos en cuenta el cuidado que ponen en que no se vea ni un pedazo de carne en las fotos de ropa masculina. (Las de ropa interior son las que más coraje me daban.) Aun así, de vez en cuando tenían algún desliz. Como un desplegable a dos páginas de bañadores al que recuerdo que le di bastante uso. Y —respecto a lo de hazaña nada fácil—, todo esto fue mucho antes de que se me ocurriese que un poco de agua con jabón, o vaselina, o algo, podían ayudar.




*

Me acuerdo de un sueño en el que conocía a un hombre hecho de un queso amarillo muy blando, y cuando fui a darle la mano, me quedé con todo su brazo.




en Me acuerdo, 1999









lunes, julio 27, 2015

"El iceberg imaginario", de Elizabeth Bishop

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Preferimos el iceberg que el barco,
a pesar de que significara el final del viaje.
A pesar de que se quedó inmóvil como una roca nublada
y todo el mar se moviera como el mármol.
Preferimos el iceberg que el barco;
preferimos poseer esta llanura de nieve que respira
aunque las velas sean tendidas sobre el mar
como la nieve que yace sin disolverse sobre el agua.
Oh solemne campo flotante,
¿eres consciente de que un iceberg reposa
junto a ti y podría pastar en tus nieves cuando despierte?

Por esta escena daría sus ojos un marinero.
El barco es ignorado. El iceberg se levanta
y se hunde otra vez; sus cumbres cristalinas
corrigen elípticas el cielo.
Esta es una escena en la que el que pisa las tablas
es cándidamente retórico. El telón es bastante ligero
para ser levantado por las más finas cuerdas
que irreales giros de nieve proveen.
El ingenio de estas blancas cimas
discute con el sol. Su aplomo desafía el iceberg
sobre un vacilante escenario y se para y mira fijo.

El iceberg corta sus facetas desde adentro.
Al igual que joyas de una tumba
se adorna y salva perpetuamente
a sí mismo, tal vez las nieves
que tanto nos sorprenden tendidas en el mar.
Adiós, decimos adiós, el barco navega hacia
donde las olas sucumben dentro de otras olas
y las nubes huyen a un cielo más cálido.
Los icebergs se deben al alma
(de elementos menos visibles ambos se hicieron a sí mismos)
para verlos así: corpóreos, pálidos, erguidos indivisibles.






1935

























domingo, julio 26, 2015

“¿Por qué escribir?”, de Paul Auster








1

Una amiga alemana me narra las circunstancias que precedieron al nacimiento de sus dos hijas.

Hace diecinueve años, A., que estaba embarazada y había salido de cuentas hacía dos semanas, se sentó en el sofá de su salón y encendió el televisor. Quiso la suerte que aparecieran los títulos de crédito de una película que estaba empezando. Se trataba de Historia de una monja, un drama hollywoodense de los años cincuenta protagonizado por Audrey Hepburn. Contenta por haber encontrado esa distracción, A. se arrellanó para mirar la película, y de inmediato quedó embelesada por ella. A mitad de película se puso de parto. Su marido la llevó en coche al hospital, y jamás llegó a averiguar cómo acababa la cinta.

Tres años después, estando embarazada de su segunda hija, A. se sentó en el sofá y volvió a encender el televisor. De nuevo ponían una película, y otra vez era la Historia de una monja, con Audrey Hepburn. Pero lo más extraordinario (y A. puso mucho énfasis en ese punto) fue que la película estaba en el preciso momento en que había dejado de verla tres años antes. En aquella ocasión la vio hasta el final. Menos de quince minutos después de que acabara, rompió aguas, y se dirigió al hospital a dar a luz a su segunda hija.

A. no tuvo más hijos. El primer parto fue en extremo difícil (mi amiga casi no lo cuenta, y después pasó muchos meses enferma), pero el segundo fue rápido y sin complicaciones de ningún tipo.


2

Hace cinco años, pasé el verano en Vermont con mi esposa y mis hijos; alquilamos una vieja y aislada granja en la cumbre de una montaña. Un día, una mujer del pueblo vecino se detuvo a visitamos acompañada de sus dos hijos: una niña de cuatro años y un niño de dieciocho meses. Mi hija Sophie acababa de cumplir tres, y ella y la niña disfrutaban de poder jugar juntas. Mi esposa y yo nos sentamos en la cocina con nuestra invitada, y los niños salieron fuera a divertirse.

Al cabo de cinco minutos, oímos un estrépito. El pequeño había entrado en el vestíbulo principal, situado al otro extremo de la casa, y como mi mujer había colocado allí un jarrón con flores no hacía ni dos horas, no era difícil imaginar lo que había pasado. Ni siquiera tuve que mirar para saber que el suelo estaba cubierto de vidrios rotos y charquitos de agua, además de los tallos y pétalos de una docena de flores desperdigadas.

Me enojé. Malditos críos, me dije. Malditos padres, con sus malditos y torpes críos. ¿Quién les da derecho a ir de visita sin llamar antes?

Le dije a mi esposa que limpiaría aquel desastre, y así ella y nuestra visita podrían continuar su conversación. Agarré la escoba, el recogedor y unas servilletas de papel, y me dirigí a la parte delantera de la casa.

Mi esposa había colocado las flores sobre un baúl de madera que estaba justo debajo del pasamanos de la escalera. Ésta era especialmente estrecha y empinada, y había una ventana a no más de un metro del pie de la escalera. Menciono estos datos geográficos porque son importantes. La situación de cada cosa guarda una relación muy estrecha con lo que pasó a continuación.

Mientras estaba limpiando aquel estropicio, mi hija salió corriendo de su habitación, que se hallaba en el descansillo de la segunda planta. Yo estaba lo bastante cerca del pie de la escalera para poder verla (un par de pasos más atrás, y habría quedado oculta a mis ojos), y en ese fugaz momento vi que tenía esa expresión de júbilo, de absoluta felicidad, que ha llenado mis años de madurez de una tremenda alegría. Entonces, al cabo de un instante, antes de que pudiera decide hola, tropezó. La punta de su zapatilla de deportes se dobló contra el suelo, y así, sin más, sin previo aviso ni darle tiempo a gritar, salió volando por los aires. No estoy diciendo que cayera o rodara o rebotara por los escalones. Lo que quiero decir es que estaba volando. El impacto del traspié la había lanzado por el espacio, y por la trayectoria del vuelo me di cuenta de que se dirigía directamente a la ventana.

¿Qué hice? No sé qué hice. Cuando la vi tropezar yo me encontraba en un lugar desde el que no podía hacer nada, pero cuando ella se hallaba a mitad de camino entre el descansillo y la ventana, yo ya había llegado al peldaño inferior de la escalera. ¿Cómo llegué allí? Debía de mediar menos de un metro de distancia, pero parece imposible cubrir esa distancia en un intervalo tan breve: una milésima de milésima de fracción de segundo. Sin embargo, yo estaba allí, y en el momento en que llegué a ese lugar levanté la vista, abrí los brazos y la atrapé.


3

Yo tenía catorce años. Era el tercer año seguido que mis padres me enviaban a un campamento de verano en el estado de Nueva York. Allí pasaba la mayor parte del tiempo jugando a baloncesto y a béisbol, pero como era un campamento mixto también había otras actividades: veladas «sociales», los primeros magreos con chicas, incursiones para cazar bragas, las tonterías adolescentes de costumbre. También recuerdo que fumábamos cigarrillos baratos a escondidas, que aprendíamos a doblar la sábana de encima de la cama de tal manera que la víctima, al meterse dentro, quedaba con las piernas atrapadas, y que hacíamos grandes batallas con globos llenos de agua.

Nada de esto es importante. Simplemente quiero subrayar que los catorce años puede ser una edad muy vulnerable. Ya no eres un niño, pero tampoco un adulto, y vas rebotando entre lo que eres y lo que estás a punto de ser. En mi caso, aún era lo bastante joven para pensar que tenía posibilidades de llegar a jugar en la liga profesional, pero lo bastante mayor para cuestionar la existencia de Dios. Había leído el Manifiesto comunista, aunque aún me gustaba ver los dibujos animados del sábado por la mañana. Cada vez que veía mi cara en el espejo, me parecía estar viendo a otra persona.

En mi grupo había dieciséis o dieciocho chicos. Casi todos llevábamos juntos varios años, pero aquel verano se nos habían unido algunos recién llegados. Uno se llamaba Ralph. Era un chico tranquilo, que no demostraba mucho entusiasmo por hacer regates con la pelota de baloncesto ni practicar lanzamientos con la de béisbol, y aunque no es que nadie se las hiciera pasar canutas, le costaba un poco integrarse. Aquel año había suspendido un par de asignaturas, y casi todo el tiempo que tenía libre lo pasaba tomando clases particulares con uno de los monitores. Era una pena, y a mí me daba un poco de lástima, pero tampoco demasiada, no la suficiente como para hacerme perder el sueño.

Los monitores eran todos estudiantes de la Universidad de Nueva York, y originarios de Brooklyn y Queens. Chicos ocurrentes que jugaban al baloncesto y que en el futuro serían dentistas, contables y maestros; chavales de ciudad hasta la médula. La parafernalia de lo que es un campamento de verano tradicional les era tan ajena como la I.R.T. (Compañía de Metro y Ferrocarriles elevados de Nueva York) para un granjero de Iowa. Las canoas, los acolladores, el escalar montañas, montar tiendas de campaña, cantar alrededor de un fuego de campamento, eran cosas que no se hallaban entre el inventario de sus intereses. Eran capaces de instruirnos en cómo hacer un bloqueo o luchar por un rebote, pero por lo demás se dedicaban a alborotar y a contar chistes.

Imagínense nuestra sorpresa, entonces, cuando, una tarde, nuestro monitor anunció que íbamos a dar un paseo por el bosque. Le había venido esa inspiración, y no iba a permitir que nadie le hiciera cambiar de idea. Ya está bien de baloncesto, dijo. Estamos en plena naturaleza, y ya va siendo hora de que la aprovechemos y demostremos que sabemos ir de acampada... o algo parecido. Y así, después del período de descanso que seguía al almuerzo, todo el grupo de dieciséis o dieciocho muchachos, junto con dos o tres monitores, puso rumbo al bosque.

Era finales de julio de 1961. Recuerdo que todos estábamos bastante animados, y después de caminar una media hora casi todo el mundo estaba de acuerdo en que aquella excursión había sido una buena idea. Nadie llevaba brújula, por supuesto, ni tenía la más remota idea de adónde nos dirigíamos, pero lo estábamos pasando en grande, y si acabábamos perdiéndonos, ¿qué más daba? Tarde o temprano encontraríamos el camino de vuelta.

Entonces se puso a llover. Al principio casi ni nos dimos cuenta, apenas cuatro gotas entre las hojas y las ramas, nada preocupante. Seguimos caminando, pues no íbamos a permitir que una llovizna insignificante nos estropeara la diversión, pero al cabo de pocos minutos comenzó a caer un buen chaparrón. Todos acabamos empapados, y los monitores decidieron dar media vuelta y regresar. El único problema era que nadie sabía dónde estaba el campamento. El bosque era espeso, poblado de racimos de árboles y arbustos espinosos, y habíamos caminado sin rumbo, cambiando bruscamente de dirección siempre que aparecía algún obstáculo en el camino. Y, para colmo, la visibilidad era cada vez menor. Primero porque el bosque era oscuro, y luego por la lluvia que caía y por lo negro que estaba el cielo: parecía que fuera de noche, y no las tres o las cuatro de la tarde.

Llegaron los relámpagos. Y enseguida, los truenos. La tormenta estaba justo encima de nosotros, y resultó ser una tormenta de verano de padre y muy señor mío. Jamás había visto ni he vuelto a ver nada semejante. La lluvia caía con tanta fuerza que hacía daño; cada vez que retumbaba un trueno, sentías el ruido vibrando en tu propio cuerpo. Inmediatamente después venía el rayo, y uno tras otro caían a nuestro alrededor como lanzas. Era como si las armas se materializaran de la nada: un súbito resplandor que lo volvía todo de un vivo blanco espectral. Alcanzaron algunos árboles, y las ramas comenzaron a prender. Todo se oscurecía por un instante, a continuación se oía otro estrépito en el cielo, y el rayo regresaba por un lugar diferente.

Naturalmente, lo que nos asustaba eran los rayos. Habría sido de estúpidos no tener miedo, y, presa del pánico, intentábamos huir de ellos. Pero la tormenta cubría una gran extensión, y allí donde íbamos sólo encontrábamos más rayos. Era una huida en desbandada, una carrera en círculos. Entonces, de pronto, alguien divisó un claro en el bosque. Se inició una breve disputa acerca de si era más seguro permanecer en un espacio abierto o seguir bajo los árboles. Ganaron los que estaban a favor del claro, y hacia allí corrimos.

Era un pequeño prado, probablemente un pastizal perteneciente a algún granjero de la zona, y para llegar tuvimos que arrastramos bajo una alambrada. Uno a uno, nos pusimos barriga abajo y reptamos lentamente. Yo estaba en mitad de la línea, justo detrás de Ralph. En el momento en que él pasaba por debajo de la alambrada, hubo otro destello. Yo me hallaba a menos de un metro de él, pero como la lluvia me azotaba los párpados, casi no veía lo que pasaba. Lo único que vi fue que Ralph había dejado de moverse. Me imaginé que había quedado aturdido, de modo que le adelanté. En cuanto estuve al otro lado, le agarré del brazo y le arrastré.

No sé cuánto permanecimos en aquel campo. Imagino que una hora, y ni la lluvia, ni los truenos ni los relámpagos cesaron un momento. Parecía una tormenta sacada de las páginas de la Biblia, y seguía y seguía, como si jamás fuera a acabar.

Dos o tres chicos estaban heridos —quizá les tocó un rayo, quizá simplemente fue el impacto del rayo al dar en la tierra junto a ellos—, y el prado comenzó a llenarse de lamentos. Otros chicos lloraban y rezaban. Y otros, con miedo en la voz, procuraban dar consejos sensatos. Desembarazaos de todo lo que sea metálico, decían, el metal atrae el rayo. Todos nos sacamos el cinturón y lo arrojamos bien lejos.

No recuerdo haber abierto la boca. No recuerdo haber llorado. Otro chico y yo intentábamos cuidar de Ralph. Seguía inconsciente. Le frotamos los brazos y las manos, le sujetamos la lengua para que no se la tragara, le dijimos palabras de ánimo. Al cabo de un rato, su piel comenzó a adquirir un tinte azul. El cuerpo estaba frío, pero a pesar de la acumulación de detalles ni se me ocurrió pensar que ya no volvería a levantarse. Yo sólo tenía catorce años, después de todo, ¿y qué sabía? Jamás había visto un muerto.

Supongo que la culpa fue de la alambrada. Los otros chicos heridos por el rayo estaban como atontados, sintieron dolor en las extremidades durante una hora más o menos, y luego se recuperaron. Pero Ralph estaba bajo la alambrada cuando cayó el rayo, y quedó electrocutado en el acto.

Más tarde, cuando me dijeron que había muerto, me enteré de que tenía una quemadura de veinte centímetros en la espalda. Recuerdo que intenté asimilar esa noticia, y que me dije que la vida, para mí, nunca volvería a ser lo mismo. Y por extraño que parezca, ni se me ocurrió pensar en lo cerca que estaba de él cuando pasó aquello. No pensé: Uno o dos segundos después, y me habría tocado a mí. Lo único que recordaba era que le había sujetado la lengua y le había mirado los dientes. La boca le formaba una leve mueca, y tenía los labios un tanto separados: yo me había pasado una hora mirándole la punta de los dientes. Treinta y cuatro años después, aún los recuerdo. y sus ojos medio cerrados, medio abiertos. También los recuerdo.


4

No hace muchos años, recibí una carta de una mujer que vive en Bruselas. En ella me contaba la historia de un amigo suyo, un hombre al que conoce desde niña.

En 1940, este hombre se alistó en el ejército belga. Cuando ese mismo año el país cayó en manos de los alemanes lo capturaron y lo metieron en un campo de prisioneros. Permaneció allí hasta el fin de la guerra, en 1945.

A los prisioneros se les permitía escribirse con los colaboradores de la Cruz Roja de Bélgica. Al hombre, de manera arbitraria, se le asignó una amiga por correspondencia —una enfermera de la Cruz Roja de Bruselas—, y durante los cinco años siguientes él y esa mujer se estuvieron escribiendo cada mes. Con el tiempo se hicieron grandes amigos. Hubo un momento (no estoy seguro del todo de cómo ocurrió) en que se dieron cuenta de que aquello era más que amistad. Siguieron escribiéndose, cada vez con mayor intimidad, y al final se declararon su amor. ¿Era eso posible? Nunca se habían visto, no habían pasado ni un minuto el uno en compañía del otro.

Cuando la guerra acabó, el hombre fue liberado del campamento y regresó a Bruselas. Conoció a la enfermera, la enfermera le conoció a él, y ninguno quedó decepcionado. Poco después se casaron.

Pasaron los años. Tuvieron hijos, se hicieron mayores, y el mundo se volvió un poco distinto de lo que era. Su hijo acabó sus estudios en Bélgica y fue a Alemania a hacer un curso de posgrado. Allí, en la universidad, se enamoró de una joven alemana. Les escribió a sus padres y les dijo que pretendía casarse con ella.

Los padres del novio y la novia estaban de lo más felices. Las dos familias decidieron que tenían que conocerse, y el día señalado la familia alemana se presentó en Bruselas, en casa de la familia belga. Mientras el padre alemán entraba en el salón y el belga se levantaba para darle la bienvenida, los dos se miraron a los ojos y se reconocieron. Habían pasado muchos años, pero los dos sabían perfectamente quién era el otro. En una época de sus vidas, se habían visto cada día. El padre alemán había sido guardián del campo de prisioneros en el que el padre belga había pasado la guerra.

Como se apresuró a añadir la mujer que me escribió la carta, no había resentimiento entre ellos. Por monstruoso que pudiera haber sido el régimen alemán, durante aquellos cinco años el padre alemán no había hecho nada para enemistarse con el padre belga.

Sea como fuere, esos dos hombres son ahora dos grandes amigos. Y la mayor alegría de sus vidas es el nieto que tienen en común.


5

Yo tenía ocho años. En aquel momento de mi vida, nada me importaba más que el béisbol. Mi equipo era el New York Giants, y seguía las actividades de aquellos hombres de gorra naranja y negro con la devoción de un verdadero creyente. Incluso ahora, al recordar ese equipo que ya no existe, que jugaba en un estadio que ya no existe, soy capaz de recitar los nombres de casi todos los jugadores. Alvin Dark, Whitey Lockman, Don Mueller, Johnny Amonelli, Monte Irvin, Hoyt Wilhelm. Pero ninguno era tan grande, tan perfecto ni tan digno de veneración como Willie Mays, el incandescente Say-Hey Kid.

Aquella primavera me llevaron a mi primer partido de liga. Unos amigos de mi padre tenían asientos de tribuna en el Polo Grounds, y una noche de abril fui con mis padres y sus amigos a ver a los Giants contra los Milwakee Braves. No sé quién ganó, no recuerdo un solo detalle del partido, pero si recuerdo que, cuando acabó, mis padres y sus amigos se quedaron charlando en sus asientos hasta que todos los espectadores se hubieron marchado. Se nos hizo tan tarde que tuvimos que cruzar el campo y salir por una de las puertas centrales, que era la única que estaba abierta. Y dio la casualidad de que esa salida estaba justo debajo de los vestuarios de los jugadores.

En el momento en que nos acercamos a la puerta, atisbé a Willie Mays. No había duda alguna de que era él. Se trataba de Willie Mays en persona, ya sin el uniforme del equipo, vestido con ropa de calle a menos de tres metros de mí. Conseguí que mis piernas me llevaran hacia él, y a continuación, haciendo acopio de todo mi valor, hice que las palabras me salieran de la boca:

—Señor Mays —le dije-, ¿podría firmarme un autógrafo?

Mays debía de tener unos veinticuatro años, pero fui incapaz de llamarle por su nombre de pila. Su respuesta a mi pregunta fue brusca pero amigable.

—Claro, niño —dijo—. ¿Tienes un lápiz?

Recuerdo que estaba tan lleno de vida, hasta tal punto rebosaba juventud y energía, que no dejaba de dar saltitos mientras hablaba. Pero yo no llevaba lápiz, de modo que le pedí a mi padre si podía prestarme el suyo. Él tampoco llevaba. Ni mi madre. Y resultó que los demás adultos tampoco.

El gran Willie Mays seguía allí, mirándome en silencio. Cuando quedó claro que no había nadie en el grupo que llevara nada con lo que escribir, se volvió hacia mí y se encogió de hombros.

—Lo siento, niño —dijo—. Si no tienes lápiz, no puedo firmarte un autógrafo.

Y salió del estadio perdiéndose en la noche.

No quería llorar, pero las lágrimas empezaron a caerme por las mejillas, y no pude hacer nada para impedirlo.

Y lo peor fue que seguí llorando en el coche hasta que llegamos a casa. Sí, estaba abatido, decepcionado, pero también irritado conmigo mismo por no ser capaz de controlar las lágrimas. No era ningún crío. Tenía ocho años, y se suponía que un muchacho de esa edad no debía llorar por algo así. No sólo no tenía el autógrafo de Willie Mays, sino que tampoco tenía nada más. La vida me había puesto a prueba, y yo no había sabido dar la talla.

Después de aquella noche, comencé a llevar un lápiz conmigo allí donde iba. Adquirí la costumbre de no salir de casa sin antes asegurarme de que llevaba un lápiz en el bolsillo. No es que planeara hacer nada con él, pero no quería que me pillaran otra vez desprevenido. En una ocasión ya me habían sorprendido con las manos vacías, y no iba a permitir que eso volviera a pasarme.

Cuando menos, los años me han enseñado esto: si llevas un lápiz en el bolsillo, hay bastantes posibilidades de que algún día te sientas tentado a utilizarlo.

Como me gusta decides a mis hijos, así es como me hice escritor.



1995

en Experimentos con la verdad, 2001







sábado, julio 25, 2015

"Sola en su belleza", de Du Fu*

© Versión de Juan Carlos Villavicencio



¿Quién es más agradable que ella?
Sin embargo vive sola en un valle que nadie habita.
Me dice que vino de una buena familia
ahora humillada y en el polvo.
Cuando los problemas surgieron en el distrito Kuan,
sus hermanos y parientes fueron asesinados.
¿De qué les sirvieron sus altos cargos,
si ni siquiera pudieron blindar sus propias vidas?
El mundo sólo siente desprecio por la adversidad;
la esperanza se va apagando, como la luz de una vela.
Su marido, con un corazón vagabundo,
busca un nuevo rostro como si fuera una nueva pieza de jade;
y cuando las glorias de la mañana se plieguen por la noche
y los patos mandarines yazgan uno al lado del otro,
todo lo que puede ver es la sonrisa del nuevo amor,
mientras que el viejo amor llora sin ser oído.
El riachuelo era puro en su principio en la montaña,
pero lejos de ella sus aguas se oscurecen.
A la espera de su doncella que vendrá de vender perlas
para comprar paja y cubrir el techo otra vez,
ella coge un par de flores, ya no para su cabello,
dejando caer agujas de pino a través de sus manos.
Olvida el frío y su manga de seda fina
y se inclina en un alto bambú a mirar el atardecer.








* Du Fu también conocido como Tu Fu










viernes, julio 24, 2015

“Hasta el mejor de los poetas tiene que convertirse de nuevo en alumno de la gran maestra de todos nosotros: la Historia”. Entrevista a Stefan Zweig, de Robert van Gelder







Stefan Zweig (1881-1942), el biógrafo y novelista austríaco, nació en Viena. Escribió populares biografías de Balzac, Dickens, María Estuardo y María Antonieta, y también novelas como Letter to an Unknown Woman (Carta a una desconocida, 1922) y Beware of Pity (1939). Dos años después de esta entrevista, Zweig se suicidó en Brasil. Su autobiografía, The World of Yesterday, publicada póstumamente en Brasil en 1943, fue uno de sus mayores éxitos.

—La concentración del artista —dijo Stefan Zweig— ha sido dañada. —Se golpeó el pecho con los nudillos de la mano izquierda—. ¿Cómo van a captar nuestra atención los viejos temas? Un hombre y una mujer se conocen, se enamoran, tienen una aventura: en otra época eso fue una historia. Volverá a serlo dentro de algún tiempo, pero ¿cómo vivir con entusiasmo en un mundo tan trivial como el de ahora?
"Los últimos meses han sido fatales para la producción literaria europea. La norma básica para todo trabajo creativo sigue siendo la concentración y jamás ha sido tan difícil de alcanzar para los artistas en Europa. ¿Cómo concentrarse en medio de un terremoto moral? En Europa, la mayoría de los escritores están haciendo un tipo u otro de trabajo bélico. Otros han tenido que huir de su país y viven en el exilio, vagando de acá para allá. Incluso los contados autores que pueden seguir trabajando en sus propias mesas son incapaces de rehuir la turbulencia de nuestros tiempos.
"La reclusión ya no es posible mientras nuestro mundo está en llamas. La 'torre de marfil' de la estética no es a prueba de bombas, como ha dicho Irwin Edman. De hora en hora uno espera las noticias. No puede evitar leer los periódicos, escuchar la radio y, al mismo tiempo, sentirse oprimido por la preocupación sobre el destino de parientes cercanos y amigos. En la zona ocupada huye sin hogar, uno de ellos. Otros han sido internados y piden su libertad. Los hay que van de un consulado a otro en busca de un país dispuesto a acogerles. Todos los que hemos tenido la suerte de encontrar cobijo nos vemos asaltados día tras día y desde todos lados por cartas y telegramas que solicitan nuestra ayuda e intervención. Cada uno de nosotros vive la vida de otros cien, aparte de la nuestra propia.


Habló de las eternas dificultades causadas por los apagones, por la falta de libertad de movimientos, por la imposibilidad de obtener acceso a materiales de investigación.
Por ejemplo, estaba a punto de darle los toques finales a mi libro favorito, en el que llevaba veinte años trabajando, una biografía en profundidad y realmente extensa del gran genio Balzac. He tenido que abandonar a regañadientes este volumen casi finalizado porque la biblioteca de Chantilly, en la que se encuentran todos los manuscritos de Balzac, ha sido cerrada mientras dure la guerra y su contenido trasladado a algún lugar desconocido e inaccesible. Por otra parte, no pude llevarme conmigo cientos de notas debido a la censura. Al igual que en mi caso, para miles de artistas y científicos el trabajo de muchos años ha quedado interrumpido, tal vez durante mucho tiempo, por dificultades puramente técnicas.
"Y luego están los problemas internos. ¿Qué significa la psicología, la perfección artística en un momento así, cuando está en juego el destino, durante siglos, de nuestro mundo real e individual? Yo mismo, tras finalizar mi última obra, Beware of Pity, había preparado el esbozo de otra novela. Entonces comenzó la guerra y, de repente, me pareció frívolo tratar el destino privado de personas imaginarias. No me sentía capaz de enfrentarme a hechos psicológicos individuales. Cada una de las 'historias' me parecía irrelevante en contraste con la Historia.


Observó que la mayoría de los escritores que conocía habían experimentado el mismo problema. Paul Valéry, Roger Martín du Gard, Duhamel y Romains, le habían confesado que se sentían incapaces de concentrarse en su trabajo.
Cualquier autor europeo capaz de concentrarse hoy en su trabajo despertaría mis sospechas. Algo que le estuvo permitido al matemático Arquímedes, continuar sus experimentos sin molestias mientras la ciudad se encontraba asediada, a mí me parece inhumano para el poeta o el artista. Ellos no trabajan con abstracciones, sino que su misión es sentir con la mayor intensidad el destino y los sufrimientos de sus congéneres.


Con todo, esta guerra generará amplios campos de experiencia en los que podrá trabajar el artista. (Zweig recorría excitadamente la habitación mientras hablaba de ello)…
En cada barco, en cada agencia de viajes, en cada consulado, pueden escucharse historias de personas anónimas, insignificantes, que no son menos arriesgadas y emocionantes que la de Ulises. Si alguien publicara, sin cambiar ni una coma, los documentos sobre los refugiados que se conservan en las oficinas de organizaciones de beneficencia, en la Sociedad de Amigos (organización religiosa cuáquera) o en el Ministerio del Interior en Londres, obtendría cien volúmenes de historias más estremecedoras e improbables que las de Jack London o Maupassant.
"Ni siquiera la I Guerra Mundial supuso una crisis semejante para tantas vidas como este año. Jamás la existencia humana ha conocido las tensiones y los temores de hoy en día; demasiada tensión para disolverla en forma artística. Es por eso por lo que, en mi opinión, la literatura de los próximos años tendrá un carácter más documental que imaginativo o de ficción.
"Asistimos a la batalla más decisiva por la libertad que jamás se haya librado. Seremos testigos de una de las mayores transformaciones sociales que el mundo haya conocido, y nosotros, los escritores, tenemos el deber, por encima de todo, de rendir testimonio de lo que ha pasado en nuestro tiempo. Si reproducimos fielmente nuestras propias vidas, nuestras experiencias —yo tengo intención de hacerlo en una autobiografía— tal vez logremos más que ultimando el proyecto de una novela.
"No hay genio hoy en día capaz de inventar nada que supere los dramáticos hechos del momento actual. Hasta el mejor de los poetas tiene que convertirse de nuevo en alumno de la gran maestra de todos nosotros: la Historia.


El señor Zweig dice que lo único en que puede trabajar ahora es en su autobiografía, que tendrá por título Three Lives.

Mi abuelo vivió una vida; mi padre también. Yo he vivido al menos tres. He presenciado dos grandes guerras, una revolución, la devaluación monetaria, el exilio, el hambre. La etapa de la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas no fueron muy distintas de ésta. Ningún otro periodo puede compararse con los cambios de los que hemos sido testigos los que hoy somos de mediana edad.


Comentó que en tiempos había sido el "autor más traducido del mundo".
Mis libros eran publicados en italiano, en japonés, en prácticamente todos los países del planeta. Tenían... cómo se dice... alcance universal. Cuando Hitler subió al poder, mis libros fueron prohibidos en Alemania. Hoy están prohibidos en Italia; la semana que viene tal vez lo estén en Francia. Antes había grandes ediciones en finlandés y en polaco, pero eso se ha acabado. Pierdo un país cada quince días. Aunque eso no es importante. Mientras puedan ser publicados en otra lengua, para mí es suficiente. Y creo que en este país lograrán resistir ante la pérdida de la libertad durante mucho tiempo. Es inconcebible que la libertad pueda ser destruida aquí. En Francia se recuperará, pero aquí no se perderá.


El señor Zweig está aquí con un visado de turista. Tiene intención de partir en breve hacia Suramérica, donde dará una serie de conferencias. Luego regresará a Inglaterra.
No puedo perderme lo que está ocurriendo allí.


Comentó que la autobiografía que estaba escribiendo era como todo lo que escribe:
Cuatro veces demasiado larga. La primera vez escribo por darme gusto. Incluyo todo lo que se me ocurre. Soy un escritor calmoso, capaz de trabajar todo el día y sentirme feliz. Así que mis primeros borradores son muy, muy largos. Por otra parte, soy un lector nervioso. Me impaciento cuando un autor, yo mismo incluido, divaga. Así pues, cuando leo lo que he escrito, suprimo grandes fragmentos. Corto y recorto hasta que no queda ni una palabra de más, ni una frase de la que pueda prescindir.



en The New York Times Book Review, 28 de julio de 1940