martes, octubre 15, 2019

«En las alturas», de René Char

Traducción de Jorge Riechmann





Espera aún a que yo venga
a romper el frío que nos retiene.

Nube, en tu vida tan amenazada como la mía.

(Había un precipicio en nuestra casa.
Por eso hemos partido y nos hemos establecido aquí).

lunes, octubre 14, 2019

“Atardecer en Flamenco”, de Carlos Almonte





Es verdad, los senderos se bifurcan, nos lo dijo el ermitaño entre cascabeles y espesuras. El blanco y el vacío, la apariencia de los cuerpos y el espacio, son la fiebre y el delirio: nada queda, nada fue. Eso somos, un silencio parecido, el sueño, el éxtasis, una vibración universal. Es la pugna por llegar y regresar a lo que fuimos, un silencio oscuro del que no se evade el tiempo. Una vida es el lamento del regreso: al fuego, al silencio de las piedras. No es un tiempo recobrado, son cenizas que se juntan bajo el peso de los remolinos y se dejan ir por la corriente, o por la brisa.



en Alicia en la carretera, 2018

Pintura: Snow, de Theodor Kittelsen











domingo, octubre 13, 2019

«¿Por qué King Crimson?» Entrevista a Robert Fripp, de Eduardo Fabregat







Los ojos de Robert Fripp sonríen. Quizá la sonrisa no se extiende tan a menudo a su rostro, pero cuando surge una apreciable ironía hay una chispa visible en los profundos ojos azules de este hombre de 68 años que ha consagrado su vida a la música. Hay algo de monje en Fripp, pero nada de fanatismo religioso; es uno de los talentos indiscutibles que ha dado el rock inglés, pero nunca se dejó llevar por las reglas del star system. Es un hombre educado, elegante y riguroso, que no deja pasar un día sin practicar con su guitarra. En su faceta más pública, es el líder de King Crimson, banda que desde 1968 ha tenido diferentes encarnaciones y armados instrumentales, y que acaba de realizar una gira de regreso por Estados Unidos con una formación de septeto, con tres bateristas ocupando la primera línea de la escena. Pero Fripp también ideó la compañía Discipline Global Mobile, revolucionaria en el planteo de mantener “pequeñas unidades funcionales” y que todos los músicos retengan los derechos sobre su obra. Y además es el creador de Guitar Craft, un sistema de enseñanza que desde 1985 acerca a los instrumentistas a otra forma de afinación (New Standard Tuning) y una serie de técnicas y modos de trabajo que lo diferencia de cualquier otra “instrucción musical”, y que dio pie a la League of Crafty Guitarists (Liga de Guitarristas Artesanales) e infinidad de agrupaciones que actúan por el mundo.

A eso vino el músico inglés a Mendoza: en el convento Nuestra Señora del Tránsito, en Lunlunta (a 20 kilómetros de la capital), se produjo un nuevo encuentro de Guitar Circle, curso introductorio al que asistieron más de setenta guitarristas de la Argentina y el mundo. Durante cinco días, los crafties y el grupo de instructores avanzados que encabeza Fripp (y que incluye a los argentinos Hernán Núñez y Fernando Kabusacki) tuvieron una convivencia intensa, coronada por un concierto en el Espacio Circular del centro Le Parc. El músico prefiere mantenerse alejado de la prensa, y hace años que no concede una entrevista personal a un medio argentino; por ello el encuentro en la paz de Lunlunta es toda una rareza.

¿Cómo fue la experiencia de estos días?
Con unos 73 guitarristas de capacidades moderadas: dos o tres que pueden tocar mucho mejor que yo, y unos seis que pueden tocar casi tan bien como yo. La mayoría de estas personas es mucho más agradable de lo que soy yo, más amables y más gentiles.

Da la impresión de que a usted le gusta dar esta imagen de no ser tan amable, pero en realidad no es tan así.
Tengo que decir que sí, es así. Tengo una reputación terrible en la industria de la música, y probablemente eso es una buena cosa.

¿Qué expectativas traen estas personas al Guitar Circle?
Debería tener unas palabras con ellos, no puedo hablar por ellos. Pero la cuestión para mí es que el mundo claramente es un desastre, con lo que la pregunta es qué es lo que cada uno de nosotros puede hacer al respecto. El problema es que es muy difícil confiar en cualquiera que esté en una posición de autoridad. En cuanto a mi background con respecto a empresas de management y compañías discográficas, toda mi vida profesional fue interrumpida el 22 de febrero de 1976, cuando estaba en un retiro en Sherborne House (Gloucestershire) y fui visitado por mi management, para que cediera mis copyrights para que ellos pudieran recolectar mis regalías. Esto me explicó mi contador... y era una mentira. En ese momento en Inglaterra, una persona de semejante posición profesional se suponía que era confiable. Pero se hizo muy claro para mí que los servicios financieros no son confiables. Y hasta 2008, más o menos, la mayoría de la gente común no supo lo que yo había hecho en décadas anteriores. La gente al control del dinero no es confiable. Ese contador matriculado ahora es un consejero del gobierno de Isla de Man, ha recibido un doctorado honorífico por su filantropía y sus servicios a la música, fue consejero de la familia real: un pilar de la sociedad por sus buenos oficios. Y aun así toda su carrera está basada en una mentira. Es muy fácil presentar críticas sin conocimiento personal, pero en términos de asuntos que refieren a mi propia vida, puedo hablar con la mayor autoridad. Y en esta pequeña imagen es posible ver el panorama mayor. Entonces, si no podemos confiar en los sistemas financieros, y pocos en Inglaterra pueden confiar en los políticos, ¿en quién podemos confiar?

¿En los artistas?
¿Cree usted que John Lennon le mintió por dinero? ¿Dylan? ¿Hendrix? Cuando perdemos fe en nuestros artistas, nuestra cultura se extingue. Por ejemplo, si en 1969 hubiera tenido una conversación con el presidente de una compañía y le hubiera dicho “yo sólo estoy interesado en el dinero”, aunque esta era gente de negocios en la industria de la música, me hubieran dejado de lado, no hubieran confiado en mí. Si yo tuviera esa conversación hoy y le dijera “yo sólo estoy interesado en la música”, me dejarían de lado, no confiarían en mí. Esto es un ejemplo de cómo hemos pasado de una economía de mercado a una sociedad de mercado, donde las relaciones sociales están regidas por un precio. Entonces, ¿qué puede hacer Robert sobre eso? No puedo cambiar el mundo, pero cuando el señor Núñez me dice “tenemos un curso en Argentina”, y si me puedo tomar un avión y venir... esto es lo que yo puedo hacer. La dificultad con algunos es que se embarcan en proyectos que están más allá de sus posibilidades. Yo no puedo cambiar el mundo. El mundo es demasiado grande. El Guitar Circle es suficientemente grande, pero no demasiado grande: esto es posible. Y entonces me dedico a eso, lo mejor posible. En el campo profesional, no puedo cambiar la industria de la música, pero sí armar una pequeña compañía musical, y declarar mis principios públicamente, en la esperanza de que tal vez esto provea un modelo para otros. O que si no provee un modelo, tal vez sirva para apoyarlos.

La industria parece estar pagando un costo por sus propios errores, en todo el mundo. En la Argentina los sellos se han achicado, han perdido poder: da la impresión de que es un momento muy especial para el músico como individuo, para desarrollar sus proyectos, sabiendo que la gran industria ya casi no es una opción que pueda ayudar.
La industria de la música en Sudamérica, sea exitosa o no, nunca ha afectado mi vida, porque nunca recibí regalías. Tengan éxito y regalías o ningún éxito ni regalías, no hace ninguna diferencia. Hernán me dijo: “¿Estás al tanto de que en la Argentina King Crimson es muy conocido?”. ¿Y cómo puedo saberlo, si nunca vendimos ningún disco allí, nunca recibimos regalías?

En ese sentido, la reunión de 1994 debe haber sido reveladora.
Sí, y en 2014, veinte años más tarde, Hernán trabajó muy duramente para que King Crimson viniera aquí. Le dije que quería que el nuevo King Crimson regresara en la Argentina, pero finalmente no fue posible. Y en vez de eso comenzamos en Albany, Nueva York. Esta mañana se apagó mi celular de Nueva York porque usé demasiado la conexión de datos, porque aquí no tenemos Internet: alguien se robó los 500 metros de cable de cobre y fibra óptica hace algunos años. Mi esposa me dice “¿por qué vas allí?”, porque ella quiere estar en contacto conmigo, ¿y qué puedo decirle? Con la mejor voluntad del mundo, Argentina es muy frustrante para hacer negocios. Y aun así el público nos apoya enormemente. Con lo que para mí esto es muy frustrante. Me encantaría tocar en la Argentina.

¿Qué música apareció para que volviera King Crimson?
Permítame sugerir una pregunta mejor: ¿por qué King Crimson? Sé que usted tiene cierta familiaridad con mis problemas con la industria musical. Veintiún años de litigio y disputas, con dos años y medio que finalmente llegaron a una conclusión en el final de 2012. Problemas con Universal, el más grande grupo musical, la mitad del ingreso musical de todo el mundo, distribuidor de mi compañía DGM y Panegiric. Universal aceptó que “sí, hicimos cosas que no deberíamos haber hecho”. ¿Entonces? Le pagaron a un abogado muy caro de Londres más dinero para bloquearnos que el que debían pagarnos. Finalmente, un nuevo hombre tomó el trabajo, uno que vino de EMI; y aunque yo tuve problemas con EMI, en Inglaterra eran un poco más razonables que Universal. Entonces se hizo un arreglo más aceptable. Mientras tanto, yo había dejado de tocar en público, el 4 de diciembre de 2010, en el centro financiero de Nueva York, justo frente a donde estaban las Torres Gemelas. El lugar de performance era un jardín de invierno donde ya había tocado antes, un lugar que se convirtió en un centro de homenaje a los fallecidos, con un caudal continuo de visitantes que pasaban por la calle y miraban hacia adentro. Algo muy poderoso.

¿Tocó solo?
Sí. El 11 de septiembre los vidrios de ese jardín de invierno se destrozaron, pero el edificio quedó en pie. En 2003, cuando el lugar se volvió a abrir, se me ofreció tocar allí, ser el primer performer, pero estaba haciendo una gira con King Crimson. Pero ése es un lugar especial para mí, con lo que terminar mi carrera como performer público allí era una buena manera de irme. Y no tenía intención de retornar. Entonces, en 2011 y 2012 estuve con mi esposa en mi casa en Inglaterra, una típica ciudad pequeña. Tuve dos años de paraíso, con ella y con WillyFred, el príncipe de los conejos. Y por primera vez probablemente en toda mi carrera tuve una vida personal. Porque cuando me casé en 1986, nos casamos, tuvimos una luna de miel y dije adiós, rumbo a Guitar Craft, y luego King Crimson y así. Los primeros 15 años de mi matrimonio vi menos a mi esposa que a los crafties y a Adrian Belew. Después empecé a verla un poco más, pero después de 25 años de matrimonio, la vi varias semanas seguidas en un solo año, y a ella le gustó, y a mí también. Así que durante dos años tuve una felicidad personal que nunca había tenido. El paraíso es una cosa maravillosa, pero nada sucede. No hay suficiente realidad. Es sólo maravilloso, y muy lentamente, desaparecés. Entonces, en la noche en que nació el futuro rey de Inglaterra, creo que en agosto de 2013, mi esposa y yo estábamos visitando a unos amigos en Londres, estábamos sentados en un pequeño jardín y yo había tomado demasiadas botellas de Persecco, estaba disfrutando mucho la bebida y, reflexionando tranquilamente, hice la pregunta: si King Crimson volviera a tocar mañana, ¿qué sería? Y entonces hubo un grito en la casa de al lado, donde vivían unos amigos de la familia real que habían recibido la noticia diez minutos antes que el público. Con lo que el día que nació el futuro rey de Inglaterra, el nuevo King Crimson apareció. Tres baterías al frente: lo que convencionalmente es la línea trasera pasó adelante. Y lo que convencionalmente es la línea del frente ahora estaba atrás, y cada uno de los instrumentistas estaba claro. No eran cualquieras bateristas, eran Gavin Harrison, Bill Rieflin y Pat Mastelotto; no es cualquier bajista, es Tony Levin; no es cualquier saxofonista, es Mel Collins, y el único posible cantante y guitarrista era Jakko Jakszyk, y yo al final, porque tengo tantas cosas que estaría molestando en el medio. Habiéndolo visto, no estaba seguro de desear embarcarme en eso. Lo consideré por varias semanas y le pregunté a mi esposa, que se había acostumbrado a verme varios días por semana. Pero con su apoyo, hice algunos llamados, mandé mails... y si alguna de estas personas hubiera dicho que no, hubiera sido el fin. Pero todos dijeron sí. Llevó un año prepararlo, muchos ensayos, encontrarnos en Woodstock, Nueva York.

¿Estaba así de claro, desde el principio, que tenían que ser esos músicos?
Sí, y si pregunta por qué...

No tanto los nombres, sino el armado instrumental. ¿Tenía que ser así?
La respuesta es la misma en ambos casos, porque así lo vi. Hace unos 30 años Tony, uno de los crafties de Nueva York, me dio un libro de Sri Aurobindo, donde estaba esta cita que durante años vi y no entendía bien. Aurobindo les decía a sus discípulos: “No puedo pensar igual que vos, lo veo o no lo veo”. Con este King Crimson yo lo vi, del mismo modo que sucedió en experiencias anteriores y en las que confié. Podemos llamarlo pensamiento creativo, lo que no es exactamente pensamiento ordinario. Cuando aparece, tiene la característica de sorpresa, de preguntarse: “¿Cómo puede haber sido así?”, y justo después es: “¿Cómo podría haber sido distinto?”. Lo mismo con el doble trío de 1994: la imagen se apareció en Broad Chalke, un pequeño pueblo de Wiltshire donde está basado Discipline Global Mobile. Es una oficina destartalada y sucia, al lado de la carnicería, que está en el mismo edificio; incluso el carnicero era nuestro casero. Y manejando a través del pueblo, con la iglesia a la izquierda y la escuela a la derecha, considerando a King Crimson, apareció: un trío aquí, un trío allí. Uno junto a la iglesia, uno junto a la escuela.


El King Crimson septeto, celebrando 50 años de historia.


¿Cómo fue la experiencia en vivo, con la reciente gira estadounidense del nuevo Crimson?
Lo disfruté, fue un desafío muy considerable. Para las últimas cuatro performances mi nivel de ejecución llegó a donde debería haber estado al comienzo del tour. En un sentido más amplio, el Guitar Circle y la Orchestra of Crafty Guitarists, está haciendo la contribución que puedo dar al mundo. El tour de King Crimson es una manera de ver qué es posible hacer en un mundo más amplio, en el mainstream. En la OCG nuestro trabajo es principalmente privado, y las apariciones en público son lo que denominamos una manifestación, para presentar nuestro trabajo a quien quiera estar interesado. Mi esperanza es que tenga una atracción para las tres generaciones, quizá para quien tiene 18 años y no ha oído muchas presentaciones en público y puede decir “aaah, hay algo ahí”, no es música económica, hay algo más. Están dando un curso, tal vez vaya a ver de qué se trata. Quizá para alguien en sus 40, que 20 o 30 años atrás tuvo fe en la música, y la mayor parte de su experiencia desde entonces lo hizo empezar a dudar. Y también para gente más vieja, de mi edad, que quizá en los ’60 tenía aspiraciones de que la música podía cambiar el mundo: tal vez se desilusionaron, pero quizá podamos agitar una bandera y decir “sí, una persona razonable desesperaría, pero la esperanza es irracional, y el amor es más grande que eso”. King Crimson sale al mundo más amplio para gente que nunca vio la OCG. Está en el mainstream de la vida pública. En un mundo sutil, King Crimson es un instrumento romo; en un mundo romo, es un instrumento sutil. Nuestras formas de trabajo son atípicas para un grupo de profesionales. ¿Cómo sabemos que King Crimson es un grupo? Porque repartimos el dinero en partes iguales, y una vez que los siete músicos estuvieron de acuerdo en trabajar juntos, el mail de arreglos de negocios salió. Nadie en la banda, ni siquiera yo, preguntó cuánto íbamos a ganar. Hice un cálculo estimativo, pero hasta el final no pregunté. No es un tema.

En la gira emitían un anuncio inicial que parece cada vez más necesario, en el que le ruegan a la gente que deje sus aparatos en el bolsillo. ¿Cuán difícil es hoy conseguir que la gente enfoque su atención en una sola cosa?
La dirección de la atención siempre es difícil. Es la pieza principal de trabajo en el Guitar Circle. El entrenamiento de la atención es el verdadero comienzo: sentate en una silla y hacé nada durante treinta minutos. Hacé nada lo más que puedas. Para un público de 1200 o 2000 personas que pagaron dinero que les costó ganar, es muy difícil. Actualmente ya aparecieron algunos bootlegs de las performances, y esto no es exactamente un tema de atención sino de conciencia: gente con buena conciencia no haría esto. Hay un número de fans sinceros de King Crimson que le desean el bien, además de aquellos con menos sinceridad y menos buenas intenciones, que actúan de una manera inapropiada, y que saben que es inapropiada. Pero así y todo, en términos de performance pública, en un campo mediado por el comercio, la audiencia se comportó excepcionalmente bien. Sólo hubo una instancia, durante una performance en la que un flash brilló y me hizo enojar. Lo cual es bueno para mí.

Más allá de los bootlegs, se lo apunto porque últimamente en los conciertos hay una constante interferencia que atenta contra la necesidad de estar ahí, conectado con lo que sucede.
Sí, sí. Se pueden contar muchas historias de la League of Crafty Guitarists y la gira de Crimson. En una atmósfera sutil, una cosa muy pequeña puede llamar la atención, y algo cambia. En una performance en Estados Unidos, creo que en 1990, estaba tocando y de repente me equivoqué, y luego Hernán me dijo que había tocado una nota equivocada en el preciso momento en que una persona estaba tomando una foto. Yo no lo había visto, pero algo en la atmósfera cambió. Son cuestiones sutiles, que se vuelven más aparentes en esa atmósfera, pero en público no.

¿Qué clase de material toca este King Crimson?
Música nueva... música que fue nueva cuando fue escrita. Ese es el tercer principio de King Crimson. El primer principio es “Joy”, disfrute. El segundo es: “Si no querés tocar una de las partes, dejalas para que la toque otro, hay suficientes personas”. El sexto: “Si no sabés qué tocar, conseguí más equipos”. El séptimo: “Si conseguiste más equipos y todavía no sabés qué tocar, no toques nada”. El cuarto: “Si no sabés qué nota tocar, tocá Do sostenido”. El quinto: “Si no sabés la métrica de tiempo, tocá en cinco o en siete”.

En la gira se presentó la caja Elements, que recorre varias etapas de Crimson. ¿Qué criterio de selección hubo, qué decisiones tomó?
Dejé la mayoría de esas decisiones a Declan Corgan de Panegiric, nuestro distribuidor; a Sid Smith, que escribió biografías de King Crimson; David Singleton, mi socio en DGM, y Mr. Stormy, ingeniero de archivo en DGM. Si bien estuve involucrado, mi principal preocupación fue la música de la banda. Hugh O’Donnell, del departamento de arte de DGM, fue responsable de la mayoría de la gráfica, y el hijo de David Singleton, Ben, fue responsable de varias ideas clave. En otras palabras, con un buen equipo, estoy contento de delegar. Se supone que soy una persona controladora... y tal vez debería mantener esa reputación.


El estado de la industria


Volviendo a los conflictos que lo alejaron de la performance: ¿cómo se resolvió el litigio con Universal? ¿Recuperó el control de su obra?
Sí. El background es éste: para el disco The power to believe, que grabamos en 2002, tuvimos problemas con EMI, y fue claro que no podíamos seguir trabajando con ellos. Nos visitó en DGM una persona en 2001 o 2002, y nos explicó que nuestros derechos digitales no eran importantes, pero como era una cosa típica de EMI se quedaban con los derechos. Entonces David Singleton, que es graduado en Filosofía en la Universidad de Cambridge, dijo que eso era ilógico. David, que tiene un cerebro filosófico, entrenado en una de las universidades principales de Inglaterra, marcó lo que era obvio a un hombre que ya lo sabía, que simplemente estaba mintiendo. Si no es importante, dijo David, ¿para qué lo necesitan? Nos lo quedamos nosotros. Ese fue el fin de la relación con EMI. Entonces iniciamos una relación con Sanctuary, una empresa inglesa, pero basada en Estados Unidos. Mientras hacíamos el mastering de The power to believe, David y yo debíamos interrumpir el trabajo para tener charlas con los abogados de Sanctuary. Una cláusula clave de nuestro contrato era que si Sanctuary era comprada o quedaba bajo el control de un grupo mayor, nuestro contrato quedaba anulado. Y Sanctuary fue finalmente absorbida por Universal: Universal dijo que no la habían comprado, pero el presidente de Sanctuary escribió que sí, que la cláusula era aplicable, que por ello precisamente la habían incluido. Entonces, cuando Universal tomó Sanctuary, nuestro contrato quedó anulado. Pero Universal decía que no era el caso.

¿Y el viejo material?
El sello EG reclama poseer los copyrights clásicos, de 1961 al 1964. Cuando mi demanda fue presentada, en 1993, pasaron dos años de discusión que no fueron a ningún lugar. Entonces llegó el dictamen de que no sólo el management de EG, también estaban involucrados Virgin Records, BMG que había comprado la música... mi querella llegó al escritorio de todos ellos y dijeron “está bien, el copyright es suyo”. Todo esto es muy complicado, pero diez años después, efectivamente tenemos el control completo de todo nuestro material, y las negociaciones posteriores han sido diferentes. La actual situación es que Robert Fripp es el propietario, controla todos los intereses de copyright visuales y de audio de King Crimson. Cualquier cosa que aparezca online, en iTunes, Universal, Grooveshark, Spotify o Last.fm, es nuestro, no tienen ningún derecho a usarlo sin mi permiso. A esta altura digo sí, tengo una mala reputación, y después de algunos años esta gente empieza a creerme. ¿Conoce la película Buffalo 66? Christina Ricci baila allí con “Moonchild”, y el director Vincent Gallo me escribió personalmente para usarla, “por favor, dame los derechos”. Bueno, de un artista a otro, está bien, pero sólo para el film, nada de downloads. Pero la compañía fue absorbida por Lakeshore Entertainment, representada por los hermanos Coen en Los Angeles. Al final tuve que escribirle personalmente a iTunes diciendo que sacaran esa canción. Uno de los Coen me escribió preguntándome qué derecho tenía yo a hacer eso, con lo que tuve que mandar una pila de documentos a iTunes. Es un pequeño ejemplo de un pequeño día en una vida que fue así 21 años. Probablemente soy la única persona que está en esta posición. McCartney, por ejemplo, no está en esa posición de poseer su propio material.

Hoy se debate mucho sobre los métodos de distribución, de nuevas plataformas, de otras maneras de comercializar la música. Pero esta discusión, los derechos del músico, sigue oculta.
Robert es un músico conocido de una banda conocida, la mayoría de los otros músicos dirían que la música es más importante, “abandonaría todos mis derechos profesionales para seguir tocando música”. Pero si el catálogo de King Crimson fuera lanzado por Universal, se aplicarían imperativos comerciales, y nada del trabajo que hacemos sigue un imperativo comercial. No es comercialmente viable poner tiempo y atención en nuestro catálogo histórico. Remasterizar, remezclar, reeditar, relanzar, la cantidad de trabajo es increíble. Así y todo, las ventas de CD de DGM distribuidos por Panegiric están incrementándose, mientras la mayoría de los otros se están reduciendo. ¿Por qué? Porque son muy buenos, podés darte cuenta de que a esta gente le importa lo que hace. Cae en la categoría de un mercado de nicho. Si el trabajo es de calidad, tendrá éxito. Pero si el objetivo es tener éxito va a fallar. Lo que concierne es la calidad del trabajo, y entonces habrá competencias en el camino. Una vez más, esto es... en algún lugar de Mendoza hay una cafetería, y si la cafetería quisiera ser Starbucks sería terrible, pero no, decide ser una buena cafetería artesanal. El mundo no sabe sobre esto, el mundo no sabe sobre DGM o Panegiric, pero eso no es lo que nos concierne. En términos históricamente más amplios, digamos los contratos de los años ’60, eran en general muy simples. Pero no contemplaban las nuevas tecnologías, principalmente formalizaban acuerdos verbales. Todo cambió en 1982, cuando aparecieron MTV y los CD. En 1984 fue Live Aid, el último atisbo de una generación de músicos actuando en el mainstream para quienes la música era primordial. Más o menos en la misma época, los departamentos de Artistas & Repertorio y de Asuntos Legales empezaron a unirse.

Todo un signo de época.
En 1969, Ahmet Ertegun vino a ver a King Crimson en el Speakeasy porque quería estrecharles la mano a los músicos. Era un tipo de negocios, pero también un tipo de la música. Jerry Wexler, de Atlantic, a quien tuve el privilegio de conocer, iba al Apollo de Harlem, fue productor de Aretha Franklin... Estos eran los profesionales que estaban en el negocio, pero en el negocio de la música. Desde 1995, cuando Warner Brothers empezó a ser manejado por los contadores que hacían enojar a los músicos, se les pagó cientos de millones de dólares para que se vayan. Hoy el jefe de EMI es alguien que viene de la industria de las galletas... compañías compran compañías, los contratos son absorbidos por otros contratos, y la gente que conduce las compañías no son gente de música, son gente de negocios. Cobran bonos, y si las ventas de discos no fueron buenas, para mantener los números arriba y ganar un buen bonus, parte de los catálogos clásicos se venden a otras compañías. La compañía dependía de este catálogo clásico, pero qué le importaba a ese tipo, iba a cobrar su bono de fin de año y al año siguiente no iba a estar. Ahí tiene una imagen de la estructura ejecutiva de hoy, donde se puede ver a las corporaciones grandes cuyos intereses principales son los bonos y no el interés superior de la compañía, incluso de sus accionistas. Un pequeño ejemplo: hace tres semanas Tesco, la cadena principal de supermercados de Inglaterra, suspendió a cuatro ejecutivos por manipular las cifras de ganancias. Siendo comprador de Tesco en la ciudad donde vivo era obvio que había algo mal en el management. Las elecciones no eran buenas. Las gaseosas y la comida chatarra apiladas... lo que importa es cómo cambiar la calidad de la estructura de management; los que tienen el poder son casi intocables. La presidenta de la Argentina dice “los bancos son corruptos, no les vamos a pagar”. ¿Bueno? Yo tampoco tengo confianza en los bancos, pero no puedo dejar de pagar mi hipoteca. Tal vez diga puedo ser independiente, como Cuba o Norcorea, pero no son modelos que yo deseo seguir, así que si bien podemos identificar las áreas que nos preocupan, aún tenemos que interactuar con ellas. En mis asuntos soy casi tan independiente como puedo ser, pero aún así tengo que involucrarme con el mundo. Entonces, King Crimson está ahí afuera viendo lo que es posible y dónde es posible. Y en Argentina no es posible, y en Italia tampoco, y en Rusia tampoco. A todos estos lugares podría ir a tocar, pero las condiciones no son buenas. Hacemos lo que podemos.

Muchos músicos hoy en Argentina, aun sin saber que están replicando ese modelo, están trabajando al estilo de DGM, asumir su obra en una escala que les funcione. Parece haberse plantado una semilla, y con buenos resultados artísticos.
La música es buena. La industria musical apesta. En el negocio hay tres formas de trabajar. Una: hago lo que carajo me importa y jódanse. Dos: voy a lidiar con vos como vos lidiás conmigo. Si sos claro, yo soy claro. Si me cagás, yo te cago. Tres: actuá con los otros como querés que los otros actúen con vos. DGM no practica la primera manera, tenemos una política de “cero lamentaciones” y de “cero idiotas”. No lidiamos con idiotas. Debido a esto, mi vida profesional mainstream es como es, y estoy contento con eso. No nos quejamos, hacemos cosas difíciles, pero no nos enojamos. Somos directos. Esta es la razón por la que estoy contento de tener una mala reputación, y que si alguien me quiere joder no es porque yo haya querido joderlo primero. Una buena manera de decirlo es que soy pacífico, pero no soy pacifista. Son muchos años de reflexionar sobre esto, no sé si ser pacifista es la mejor opción. Debido a que casi toda mi vida estuve involucrado en negocios, aprendí que a veces te tenés que sacar el saco y pelear. El lugar donde crecí era algo duro, de vez en cuando te tenías que sacar el saco. Si bien nunca más agarré a nadie del cuello y lo puse contra la pared desde 1980, en el Rockefeller Center de NY. Soy pacífico. Pero el objetivo en DGM es actuar con los demás como nos gustaría que traten con nosotros. Durante muchos años no cobramos por cosas que hacíamos. Por ejemplo, por 40, 42 años, supervisé el catálogo sin cobrar ningún cargo de productor. Compartimos la plata, recién en 2011 o 2012 empecé a recibir un pequeño porcentaje de producción por el catálogo, porque los otros músicos iban y trabajaban porque Robert hacía esto y lo otro.

Cuando Radiohead sacó In Rainbows “a la gorra” se dijo que ellos podían hacerlo porque eran Radiohead, pero hoy hay muchos grupos que lo hacen a su escala. Algo ha cambiado.
Todos hacemos lo que podemos. Mi primer interés es la performance en vivo.

Bueno, está claro que las bandas no ganan dinero vendiendo discos, pero sirven para que vayan a los conciertos.
En los ’70 la gira se consideraba como un modo de vender el disco. Si bien en la compañía el músico simulaba que esto era así, era profundamente irrespetuoso con la audiencia y la música. Te subís al escenario para tocar música para esta gente. Si quieren comprar el disco, bien, pero esa no es la razón por la que estoy ahí. Si un disco envía a la gente hacia el artista, espero que sea un buen disco.

¿Qué opina del renacimiento del vinilo?
Tiene que ver con el cuidado y la calidad, que es algo que está ausente en la industria de la música. Es como lo de la cafetería o la quesería artesanal, del mismo modo vas a comprar tu vinilo. En este momento hay escasez de vinilo de 200 gramos...

Es curioso que los jóvenes que crecieron acostumbrados a la fragmentación digital, a meter siete mil canciones en un aparato, empiecen a interesarse en ese formato, incluso en el ritual de escuchar un vinilo.
Juntarse con amigos a escuchar frente a los parlantes... Estaba la creencia de que sólo por estar escuchando música el mundo podía ser cambiado. Pero nuestra esperanza está en las nuevas generaciones.

Quizá la música no pueda cambiar el mundo, pero sí hacerlo un poquito mejor.
Ese es un asunto más extenso. La música no actúa como una lobotomía, es algo más sutil. Sólo parece ser simple y obvio, pero algo más está sucediendo.











sábado, octubre 12, 2019

«Lamento», de Chu Shu Chen

Versión de Juan Carlos Villavicencio






Flores de primavera, lunas de otoño,
y nenúfares aún arrastran
lejos mi corazón como un bote
a la deriva. Mientras sea de carne
y hueso nunca encontraré
descanso. Nunca llegará el
tiempo en el que sea capaz
de resistir mis emociones.









viernes, octubre 11, 2019

«Conservas de por vida», de Olga Tokarczuk

Versión de Juan Carlos Villavicencio, a partir de la traducción al inglés de Antonia Lloyd-Jones



Premio Nobel de Literatura, 2019


Cuando ella murió, él le ofreció un funeral decente. Vinieron todas sus amigas, horribles ancianas con boinas y abrigos de invierno con cuellos de piel de coipo que olían a bolas de naftalina, con sus cabezas que sobresalen de esos cuellos como grandes y pálidos tumores. Comenzaron a lloriquear con tacto cuando descendió el ataúd, suspendido en cuerdas empapadas por la lluvia; luego, amontonadas en pequeños grupos, bajo los domos de sus paraguas plegables con improbables diseños, se dirigieron a sus distintas paradas de autobús.

Esa misma tarde abrió el gabinete donde ella guardaba sus documentos y buscó ahí, sin saber lo que buscaba. Dinero. Acciones secretas. Bonos para una vejez tranquila, siempre promocionada en televisión con escenas otoñales llenas de hojas cayendo.

Todo lo que encontró fueron algunos viejos folletos de seguros de los años '50 y '60, una credencial del Partido que pertenecía a su padre, muerto en 1980 con la inmaculada creencia de que el comunismo era un orden metafísico, eterno, y también sus dibujos del kindergarten cuidadosamente guardados en una carpeta de cartulina atada con un elástico. Era conmovedor ver que ella hubiera guardado sus dibujos; él nunca lo habría imaginado. También estaban sus cuadernos llenos de recetas de encurtidos, conservas y mermeladas. Cada una partía en su propia página, y el nombre de cada una estaba adornado con tímidas florituras; una expresión culinaria de la necesidad de belleza. «Pickles con mostaza». «Zapallo marinado à la Diana». «Ensalada de Avignon». «Boletus al estilo criollo». A veces había excentricidades menores: «Gelatina de cáscara de manzana», por ejemplo, o «Cálamo azucarado».

Esto lo llevó a pensar en bajar al sótano; no había estado ahí por años. Pero ella se hubiera alegrado de pasar tiempo allá abajo; de alguna manera nunca se había detenido a preguntarse acerca de eso. Cada vez que ella creía que él estaba viendo un partido demasiado fuerte, cada vez que sus débiles gruñidos parecían en vano, él oía el ruido de llaves, luego una puerta cerrada de golpe, y ella desaparecía por un dichoso y bien largo rato. Mientras tanto, él se entregaba feliz a su ocupación favorita: vaciar lata tras lata de cerveza mientras seguía a dos grupos de hombres con camisas de colores mientras se movían de la mitad de una cancha a la otra.

La bodega se veía extremadamente pulcra. Aquí había tendida una pequeña alfombra gastada; oh sí, la recordaba desde su infancia, y aquí había un sillón de felpa, con una manta tejida cuidadosamente doblada sobre él. También había una lámpara de noche y algunos libros que se habían leído hasta destruirlos. Pero lo que causó una tremenda impresión fueron los estantes llenos de pulidos frascos de conservas. Cada una estaba provista de una etiqueta adhesiva, en la que reaparecieron los nombres del cuaderno. «Pepinillos en marinada de Stasia, 1999», «Aperitivo de pimiento rojo, 2003», «Pringue de la Sra. Z». Algunos nombres sonaban misteriosos: «Porotos verdes aperitizados». No hubiera podido en su vida imaginar lo que significaba «aperitizado», pero ver esos hongos pálidos o los pimientos rojos color sangre metidos en un gran frasco, despertó su deseo de vivir. Examinó la colección de conservas, pero no pudo encontrar ningún archivador lleno de papeles escondidos tras ellas, ni billetes enrollados. Pareciera que ella no le hubiera dejado nada.

Expandió su espacio vital hacia la habitación de ella; arrojó su ropa sucia y ahí almacenó cajas de cerveza. De vez en cuando subía una caja de conservas, abría un frasco con un simple giro de su mano y sacaba el contenido con un tenedor. Cerveza y nueces combinadas con pimientos marinados o pequeños pepinillos tan tiernos como bebés, tenían un sabor excelente. Se sentó frente al televisor contemplando su nueva vida, su nueva libertad, y sintió como si acabara de aprobar sus exámenes finales de la escuela y todo el mundo estuviera descubierto ante él. Como si comenzara una mejor vida nueva. Él ya tenía cierta edad –el año pasado había pasado los cuarenta– pero se sentía joven, como un graduado ya de la escuela. Y aunque el dinero de la última pensión de su difunta madre se estaba agotando de a poco, aún tenía tiempo para tomar las decisiones correctas, mientras tanto, lentamente se comería lo que ella le había dejado como herencia. A lo sumo compraría pan y mantequilla. Y cerveza. Entonces quizás buscaría realmente un trabajo, algo con lo que ella lo había estado irritando durante los últimos veinte años. Podría ir a la bolsa de trabajo; se asegurarían de encontrar algo para alguien que sólo ha terminado la escuela y ya tiene cuarenta años como él. Incluso podría vestirse con el traje ligero que ella le había planchado apropiadamente y colgado en el armario con una camisa azul para vestir, y dirigirse a la ciudad. Mientras no hubiera un partido en la TV.

Y sin embargo extrañaba sus pantuflas, se había llegado a acostumbrar a ese susurrante y sordo ruido, usualmente acompañado por su voz tranquila que decía: «¿Le puedes dar un respiro a esa televisión? ¿No puedes ir a ver a algunas personas, a conocer a alguna chica? ¿Pretendes pasar el resto de tu vida así? Deberías encontrar un departamento propio; no hay suficiente espacio aquí para nosotros dos. La gente se casa, tiene hijos, va de vacaciones a acampar y se juntan alrededor de una parrilla. Pero en cuanto a ti, ¿no te da vergüenza ser mantenido por una vieja enfermiza? Primero tu padre y ahora tú: tengo que lavar y planchar toda la ropa, y cargar todas las compras de la casa. Esa televisión me molesta siempre, no me deja dormir, y te sientas frente a ella hasta el amanecer. ¿Qué demonios ves toda la noche? ¿Cómo es que nunca te aburres?». Ella había estado machacando de esta manera durante horas, así es que él se había comprado unos audífonos. Esa fue una cierta solución: ella no podía escuchar la TV, y él no podía oírla a ella.

Pero ahora todo parecía demasiado tranquilo. Su cuarto alguna vez aseado y pulcro lleno de tapetes y gabinetes de vidrio cubiertos bajo montones de cajas de cartón, que luego comenzó a llenarse de un olor extraño; de deshilachadas sábanas, yeso lamido por lenguas de hongos y un espacio cerrado, que sin corriente de aire comienza a expandirse y fermentar. Un día, mientras buscaba toallas limpias, encontró una pila de frascos en el fondo del armario; estaban escondidos bajo un montón de ropa de cama, o entre madejas de lana, como devotos, la quinta columna del mundo de los frascos. Los miró de manera minuciosa: diferían de los del sótano por años. Las inscripciones en las etiquetas estaban un poco borrosos, y los años 1991 y 1992 a menudo se repetían, pero hubo algunos especímenes aislados que eran incluso más viejos: uno de 1983 y otro de 1978. Esa era la causa del mal olor. La parte superior del tornillo se había oxidado y dejaba entrar aire. Lo que solía estar en el frasco ahora se había convertido en un grumo color marrón. Lo tiró con disgusto. Similares descripciones aparecieron en las etiquetas: «Zapallo en puré de grosella» o «Grosellas en puré de zapallo». También algunos pepinillos se habían vuelto completamente blancos. Pero había muchos otros cuyo contenido no habría podido reconocer, si no fuera por las complacientes y amables etiquetas. Los parras en escabeche se habían convertido en una inescrutable gelatina turbia, las mermeladas un coágulo negro. Los pâtés se habían solidificado en pequeños y arrugados puños. Encontró más frascos en el armario de zapatos y en un cubículo detrás de la bañera. Era una colección asombrosa. ¿Había estado ella escondiéndole comida? ¿Había hecho esas provisiones para sí misma, pensando que algún día su hijo se mudaría? O tal vez los había dejado para él, imaginando que ella se iría primero; después de todo, las madres mueren antes que sus hijos, por lo que tal vez quería proveer para su futuro con todos estos frascos. Examinó las conservas con una mezcla de afecto y asco, hasta que encontró una debajo del lavaplatos de la cocina con la etiqueta «Cordones de zapatos en vinagre, 2004», y eso debería haberlo alarmado. Miró las cuerdas color café enrolladas en forma de bola y flotando en escabeche, con bolitas negras de pimienta inglesa entre ellas. Se sentía incómodo, eso era todo.

Cada vez que se quitaba los audífonos e iba al baño, ella lo estaba acechando; ella había salido arrastrando los pies de la cocina y le había bloqueado el camino. «Todos los pajaritos abandonan el nido: ese es el orden natural, los padres merecen un descanso. Esa ley se aplica a toda la naturaleza. Entonces, ¿por qué me sigues molestando? Deberías haberte ido hace mucho tiempo y tener tu propia vida», se quejó. Luego, mientras trataba de esquivarla amablemente, ella lo tomaría de la manga y su voz se haría más aguda, incluso más estridente: «Merezco una vejez tranquila. Déjame en paz, quiero descansar». Pero él ya estaba en el baño; giraría la llave y se abandonaría a sus propios pensamientos. Ella intentaría interceptarlo otra vez cuando saliera, pero ahora con mucha menos convicción. Luego se iría flotando y desaparecería en su habitación, y todo rastro de ella desaparecería hasta la mañana siguiente, cuando deliberadamente haría retumbar ollas y sartenes para que él no pudiera dormir.

Para el partido entre Polonia e Inglaterra, jaló una caja entera de conservas de la bodega y las rodeó con varias latas de cerveza. Metió la mano en la caja al azar, devorando las conservas sin mirar lo que comía. Se fijó en un pequeño frasco, porque ella había cometido un divertido error: "Parcas en escabeche, 2005". Usó un tenedor para extraer las suaves hojas verdes, que se deslizaron por su garganta como si estuvieran vivas. Hubieron algunos goles, por lo que ni siquiera se dio cuenta de que se había comido todo. Cuando tuvo que ir al baño por la noche, pensó que ella estaba ahí parada, quejándose con su voz insoportablemente estridente, pero luego recordó que de hecho había muerto. Siguió vomitando hasta la mañana, pero no ayudó mucho. En el hospital quisieron hacerle un trasplante de hígado, pero no se pudo encontrar ningún donante, por lo que sin recuperar la conciencia, murió unos días después.

Ocurrieron algunos problemas, porque no había nadie que recogiera el cuerpo de la morgue o para organizar el funeral. Finalmente, los amigos de su madre vinieron a reclamarlo, aquellas horribles viejas con boinas; con sus paraguas absurdamente diseñados abiertos sobre la tumba, representaron sus patéticos ritos funerarios para él.




Sin datos originales.

Texto en inglés en Granta Magazine, 2011


















jueves, octubre 10, 2019

«Como un árbol junto al agua», de Robert Lowell

Traducción de Carlos Monsiváis






La oscuridad convoca a la tiniebla, y la desgracia
se acoda en las ventanas de esta planificada
Babel de Boston donde nuestro dinero conversa
y prodiga tinieblas en una tierra
de preparación donde camina la Virgen
y las rosas circundan su rostro de esmalte
o en astillas se precipitan sobre calles resecas.
Nuestra Señora de Babilonia, adelante, adelante,
yo fui una vez tu hijo predilecto,
moscas, moscas sobre el árbol, en las calles.

Las moscas, las moscas, las moscas de Babilonia
zumban en mis tímpanos mientras el demoníaco
fúnebre y largo canto de la gente hace estallar la hora
de ciudades flotantes donde a los albañiles de Babel
la áurea lengua del diablo los conmina
a erigir la ciudad de mañana de aquí al sol,
el que de Boston las calles infernales
jamás alumbra; allí la luz solar es una espada
que embiste al guardián del Señor;
moscas, moscas, sobre el árbol, en las calles.

Moscas sobre las aguas milagrosas del Atlántico
helado, y los ojos de Bernadette
vieron a Nuestra Señora de pie en la gruta
de Massabielle, tan claramente
que su visión cegó los ojos de la razón. La tumba
yace abierta y devorada en Cristo.
¡Oh muros de Jericó! y todas las calles
que conducen a nuestra muralla atlántica cantan: «¡Cantad,
cantad por la resurrección del Rey!»
Las moscas, las moscas sobre el árbol en las calles.




en Life Studies, 1959














miércoles, octubre 09, 2019

«En silencio», de Thomas Merton

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Mantente tranquilo.
Escucha a las piedras del muro.
Mantente en silencio, ellas tratan
de decir tu

nombre.
Escucha
a los muros vivos.

¿Quién eres?
¿Quién
eres? ¿Silencio
de quién eres?

Quién (mantente en calma)
eres (al igual que estas piedras
se mantienen en calma). No pienses
acerca de lo que eres
incluso menos
de lo que algún día podrías ser.

Más bien
sé lo que eres (¿pero quién?)
sé lo impensable
que no conoces.

Oh, mantente tranquilo,
mientras sigas vivo,
y todas las cosas vivas a tu alrededor
le hablan (no oigo)
a tu propio ser,
hablan por lo desconocido
que hay en ti y en ellas mismas.

«Trataré, como ellas,
de ser mi propio silencio:
y esto es difícil. El mundo entero
está secretamente en llamas. Las piedras
queman, incluso las piedras me queman.
¿Cómo puede un hombre estar tranquilo o
escuchar a todas las cosas mientras se queman?
¿Cómo puede atreverse a sentarse con ellas
cuando todo su silencio está en llamas?»



en The Strange Islands: Poems, 1957











In silence

Be still. / Listen to the stones of the wall. / Be silent, they try / to speak your // name. / Listen / to the living walls. // Who are you? / Who / are you? Whose / silence are you? // Who (be quiet) / are you (as these stones / are quiet). Do not / think of what you are / still less of / what you may one day be. // Rather / be what you are (but who?) / be the unthinkable one / you do not know. // O be still, while / you are still alive, / and all things live around you / speaking (I do not hear) / to your own being, / speaking by the unknown / that is in you and in themselves. // «I will try, like them / to be my own silence: / and this is difficult. The whole / world is secretly on fire. The stones / burn, even the stones they burn me. / How can a man be still or / listen to all things burning? / How can he dare to sit with them / when all their silence is on fire?»





A tu madre, hermano querido.




martes, octubre 08, 2019

«Sanmierto: Incidente con Chile», de Emilio Jurado Naón








Un día cargado de espesas nubes que poblaron el cielo y se cerraron sobre mí como el techo asmático de una mina de cobre en cuya superficie rebotara y se desvirtuase con cada golpe el eco cacofónico de mis exclamaciones convulsas, propias de un entendimiento exangüe y extensamente sometido a la falta de oxígeno, la exasperación tocó en el delirio: la cabeza se me hinchó, amoratada, y las cejas se me tensaron como arcos a punto de impulsar las flechas de mis ojos; escupía espuma por la boca, me castañeteaban los molares y premolares, frontales y caninos aserraban saliva. Estaba frenético, demente; de fondo, desde lo hondo del cerebro, sentí nacer el timbre histérico de violines que irritaban las agudas cuerdas en un crescendo de cabalgata walkírica. Estaba frenético, demente, y concebí (uñas chirriantes contra la mesa de caoba, arruinada en su limpidez pura por las rayas paraleloides de un pentagrama colérico) la idea sublime de desacierto de castigar a Chile entero, ¡Chile todo!, de declararlo ingrato, vil, frenético, infame. Me imaginé calzado de crudas botas de montar y montándome a Chile entero, todo Chile: yo arriba, estrujando los lados de un potro indómito que, cimbronazo a cimbronazo, cedía y se volvía pasivo ante mis descargas sádicas, ¡plaum! ¡plá! Con el látigo de tres puntas laceraba el lomo de la bestia, los ojos eyectados en sangre, resoplando mucosa burbujeante por los lagrimales y eyaculando baba entre labios en complot.

Escribí, en medio de aquel trance violento, no sé qué diatriba —no la recuerdo, en serio; sólo conservo una como imagen de papel arrugado y con algunos mordiscos en los bordes que ostentaba una caligrafía, dadas las circunstancias, sorpresivamente prolija y llena de firuletes: prueba maestra de la frialdad de temperamento que me respalda cualquiera sea la situación. El contenido de la diatriba era, en efecto, beligerante, sin tacha, tira-bombas y de un romance envidiable; púsele mi nombre al pie con una estocada de la pluma, la llevé a pasos cortos pero rápidos, patinando sobre los húmedos adoquines en la madrugada de Santiago, hasta la imprenta de «El Progreso» y dejéla directamente en manos de los compositores; hecho lo cual me retiré a casa en silencio, volviendo a resbalar en las partes más sobresalientes del empedrado.

Tal vez fuesen las suelas nuevas —novísimas— de los mocasines que llevaba, no sé… pero, a la tercera vez que casi me parto la crisma en parabólica caída sobre la calle silenciosa (apenas unos gorriones, ¡benditos querubines de la urbe filoeuropea!, y una paloma renga hacían la guardia de aquella mi humilde y humillada callejuela, entre la bruma que los primeros guiños del día iban disipando), a la tercera, digo, o cuarta vez que se repitió, toda la furia que había estado conteniendo con buches en los carrillos —apenas canalizada hasta el momento mediante imágenes de perversidad psicodélica contra un Chile traducido en potro— se me desbordó y fue a descargarse bajo la forma de un torrente verbal encima de los idílicos adoquines inmutables. Uno, sobre todo, —¡uno de los paralelepípedos, digo!— uno particularmente pedante, me sostenía su temple en señal de desafío. Brillaba su pátina, a cuyo esplendor matutino aboné con gotas de saliva.



Publicado por Leteo Edito, 2019
























lunes, octubre 07, 2019

«No sé cómo concilian el sueño esos hijos de puta», de Óscar Barrientos







Y volvemos de nuevo al cuento
              del bandido bueno y el bandido malo,
              a la fábula del lobo generoso
que ignora su genuina condición.

Insistes en remar sobre el desierto
a contrapelo de la tormenta de arena.

Disertas tu verdad como un conferencista
              diletante y solemne,
explicando las instrucciones del manual
que aprendiste durante tu estadía en este planeta
              y eres un astronauta con buitres en los hombros
que aluniza entre los cadáveres.

No faltará el infeliz que te otorgue una medalla al valor
antes de pasar a la página siguiente del periódico.



en Rémoras en tinta, 2014


























domingo, octubre 06, 2019

«La escritura no salva a nadie, pero de alguna manera ayuda». Entrevista a Francisco Casas, de Gonzalo León





La noche boca abajo es el último libro de Francisco «Pancho» Casas y el primero publicado en Argentina (Mansalva). Casas es un escritor y artista trasandino radicado en Lima hace unos años, pero quizá es mucho más conocido por haber integrado desde fines de los 80 junto a Pedro Lemebel el colectivo de acciones de arte Las Yeguas del Apocalipsis. Era plena dictadura, a un año del atentado a Augusto Pinochet y Las Yeguas hacían performances, que desafiaban no sólo al establishment artístico, sino a la misma dictadura. En la actualidad algunas de estas acciones están en prestigiosos museos, como el de Arte Moderno de Nueva York. Pero la travesía para que eso ocurriera fue larga y recién hace cinco años, gracias al trabajo del galerista Pedro Montes, ha tenido sus frutos.

En esta nouvelle, al igual que en su novela Yo, yegua, Casas aborda la autobiografía, pero lo hace a lo Marguerite Duras –confiesa en esta entrevista–, porque para él la historia poco o nada importa. Aunque en este caso haya una excepción, al menos en los motivos que lo llevaron a escribirla, ya que a comienzos del 2015 le tocó enfrentarse al brote psicótico de su novio (Les en esta nouvelle) y a la muerte de su amigo Pedro, todo en la misma semana. La noche boca abajo entonces es el registro de ese enfrentamiento y lo hace desde el barroco, desde cierta opacidad en el relato, porque no se sabe muy bien qué está pasando, aunque sí se siente la tristeza, a veces desgarradora, hacia el final.

La noche boca abajo, pese a lo oblicuo que es a ratos, es un buen relato y consigue transmitir emociones, en ese sentido es efectivo, hay escritura. Y podría ser uno de tus mejores libros.
A mí me gusta más Partitura, que fue publicada en Chile en 2015 y que tuvo una crítica muy interesante de Camilo Marks, quien de hecho consideró que era mi mejor novela. Su crítica que apareció en El Mercurio tenía por título «Algo improductivo, que no encaja», ¿y sabes por qué hay algo que no encaja? Porque el personaje de esa novela se llama Roma y es un transexual, pero nunca se menciona la palabra homosexual ni nada, solamente es la descripción de un transexual, pasa como mujer pero si lees atentamente vas descubriendo que hay algo que no encaja: los tonos de voz, los excesivos cuidados cosméticos, las depilaciones, etcétera. Y se adelanta de alguna manera a Una mujer fantástica, la película de Sebastián Lelio que ganó el Oscar. Y a mí me gusta esa novela porque, según algunos críticos, es el primer protagonista trans de una novela chilena. Con la escritura de Partitura yo quedé muy contento, a diferencia de la escritura de La noche boca abajo, que fue una escritura por necesidad.

¿A qué te refieres por necesidad?
Me refiero a una necesidad emocional, o sea yo sí sostuve una relación con un esquizofrénico, y al día de hoy este personaje que existe está internado para siempre. No hubo cómo recuperarlo. Entonces una forma para no enloquecer yo también fue aferrarme a la escritura. Siempre he pensado que la escritura no salva a nadie, pero de alguna manera ayuda.

¿Se trató de una escritura terapéutica?
A mí no me gusta la palabra terapéutica, fue más bien un proceso para desbloquear conectores cerebrales. Y es una forma de pensar lo que te está ocurriendo, y poder pensar en lo que le pasa a personajes como Les. Hay miles de personas que tienen que convivir con estas historias de la locura. Después, reflexionando sobre la historia de la locura de Foucault ya no estoy tan de acuerdo con ciertos paradigmas, con ciertas –por decirlo así– justificaciones. Es complejo y apasionante, porque además de estudiar literatura hice un diplomado en literatura y psicoanálisis. Y con el tiempo empecé a sacar de la memoria textos que había leído, que había armado a propósito de la enfermedad.

Les perfectamente podría ser un personaje arquetípico, que representara la locura, y la nouvelle podría leerse como la atracción que siente el narrador por la locura.
Es que la locura es completamente adictiva, tanto para el enfermo como para el que está observándola. Anoche con un amigo argentino terminamos de ver Los siete locos, y me di cuenta de que Erdosain perfectamente podría ser un esquizofrénico, de hecho termina suicidándose, porque se hace adicto a su propia enfermedad. A algunos enfermos mentales se les recomienda hacer deporte que tengan alta adrenalina, como el box; si hay algo que me pasó con La noche fue sentir esa adrenalina.

En la nouvelle hay un par de imágenes de acantilados, ¿no?, como estar al borde del precipicio.
Lima está construida al borde un acantilado y yo vivo a media cuadra de él. Y está todo cubierto con mallas para que no le caiga nada a los autos. Pero Lima tiene como te digo esa particularidad de estar construida al límite, al borde de un acantilado, de hecho me recuerda a Cumbres borrascosas y la locura que les provocaba a los personajes. Entonces esta proximidad que tiene Lima al acantilado es impresionante, además muchos escritores y artistas han estado en hospitales psiquiátricos. En la época en que estuvo Martín Adán, el autor de La casa de cartón, los psiquiátricos estaban llenos de artistas e intelectuales, de hecho el Hospital Larco Herrera es famoso porque tiene el Museo del Loco. ¡Eso es único en el mundo! Entonces todos los pintores famosos que estuvieron ahí dejaron sus cuadros y sus dibujos, incluso puedes encontrar textos de Martín Adán. Y uno empieza a entender en qué minuto la locura se vuelve arte. Pero lo interesante de esta ciudad es que conviven dos museos muy particulares, el de la Inquisición y el del Loco.

¿Me imagino que esta loca geografía, de estar cerca del precipicio, se presta más para la locura?
Totalmente. Este abismo donde te puedes tirar en cualquier momento. Los índices de suicidio en Miraflores y en los barrios con el acantilado más próximo son altos.

Tanto en Yo, yegua como aquí hay un trabajo con la autobiografía. ¿Es premeditado esto o te sale nomás?
Marguerite Duras, una de mis escritoras favoritas, a su última novela la llamó C’est tout, o Esto es todo. Y cuando le preguntaban por qué le puso así, respondía que después de los noventa años no iba a alcanzar a escribir otra novela más y efectivamente se murió. Pero la obra de Marguerite Duras finalmente siempre es autobiográfica, inclusive si uno lee su novela más espectacular, que es El amante, también está ella.

¿Llegas a la autobiografía por la Duras?
No. Llegué a la autobiografía por la poesía, porque ahí salvo los grandes poetas hay un yo increíble. La poesía es absolutamente autobiográfica, salvo Pablo Neruda que le canta a Machu Picchu. Ahora yo creo que más que autobiográfica mi escritura es lenguaje. Además la historia a mí particularmente no me interesa, puede ser cualquier historia. Por ejemplo con mi último novio amazónico, con el que estuve como dos años, realizamos un viaje por el Amazonas, estuvimos más de un mes viajando en un barco carguero, donde iban cuatrocientas personas, con cerdos, con fruta, con todo. Obviamente ya empecé un nuevo libro con ese viaje. Tiene título provisorio, Qué le dijeron a ella, que es muy gay.

Hay además en tu escritura cierto barroco.
A eso iba con la cosa poética que hablábamos antes. Tú sabes que soy muy admirador de la literatura argentina, de hecho Pedro Lemebel y yo a principios de los 90 conocimos a Néstor Perlongher en Chile…

En ese encuentro de poetas en Valparaíso, ¿no?
Claro, me acuerdo como si fuera hoy haber estado con Néstor Perlongher sentado en la cuneta, Pedro y yo tomando vino, de hecho él tiene un poema sobre Las Yeguas del Apocalipsis, creo que es uno de los últimos que escribe. En ese encuentro nosotros lo escuchamos leer: recuerdo que fuimos un grupo: Nelly Richard, Carmen Berenguer, Rita Ferrer, Juan Domingo Dávila, la bandita underground de la época. Esa noche nos fuimos a un prostíbulo, no sé si a Los siete espejos, al que Perlongher no nos acompañó porque estaba muy enfermo. Pero antes cuando leyó a mí me voló la cabeza su barroco. Leyó «Cadáveres». En esa época no circulaban los libros, por el mal llamado «apagón cultural», y conseguir un libro costaba mucho. Por eso todos éramos de la fotocopia: si llegaba un libro, le sacábamos fotocopia. De hecho Pedro me escondía los libros. Yo le decía: «Oye Pedro, me debes un libro». Y él me respondía: «Ay Cachita, no tengo idea». Entre esos libros que me escondió estaba el de Néstor Perlongher, dedicado. Pero yo con Pedro, porque leíamos las mismas cosas, habíamos leído a Osvaldo Lamborghini, y toda una escuela rioplatense en gloria y majestad.

El neobarroso gustó…
Claro. Entonces cuando a mí me hacen entrevistas siempre me preguntan por las acciones de Las Yeguas o si éramos pareja, ¡la pregunta estúpida!, pero nunca qué leíamos y entre esas lecturas, como te digo, está Perlongher. Es más, el primer texto de Pedro que lo publica Nelly Richard lo plagió y Nelly por eso estuvo mucho tiempo enojada con él. Pero no había más de dónde agarrarse. Entre la cordillera horrenda, que no deja ver Buenos Aires, y esa Isla Negra, donde todavía está penando Neruda, uno se iba aferrando a ciertos textos, a ciertas lecturas. Recuerdo que Pedro era muy admirador de Cortázar y, sin mentirte, creo que sabía de memoria Rayuela. Y cuando escribe el «Manifiesto», que siempre le dije que me parecía muy llorón y por eso nos peleábamos, porque su letra era «No soy Pasolini» y yo le agregaba «perdón, perdón», bueno en ese manifiesto también está Perlongher.

Has vivido en México y en Perú por largas temporadas, ¿eso ha cambiado tu visión de la escritura o del oficio de escribir?
Mi vida en México se armó más con la gente que me rodeaba que con los sitios turísticos. Recuerdo que una vez fuimos a Nueva York con Pedro y nos sentamos en la puerta del Museo de Arte Moderno, luego nos fuimos a comer unos hot dogs al Central Park y a comprar unas cervezas. Y ahí la loca me dijo: «Algún día vamos a estar en ese museo, Cachita». Y mira cómo es la vida, hace dos años compró el Museo de Arte Moderno Las dos Fridas. ¿Pero qué te estaba diciendo?

Hablabas de tu experiencia en México…
Ah, sí. Mis amigos allá eran Carlos Monsiváis, Margo Glantz, Mario Bellatin, con él nos juntábamos prácticamente a diario, de hecho almorzaba en mi casa todos los domingos. Salir un poco del ambiente chileno y pasar a otra cosa, menos conceptual, porque nuestra escena cultural chilena estaba dirigida por Nelly Richard, que era y es maravillosa, pero nadie entendía muy bien lo que hablaba. Y las conversaciones intelectuales durante esa época eran en bares, donde no faltaba el alcohol y por eso mismo uno quería más relajo. Los lugares se me arman a partir de la gente, eso siempre lo he creído. Acá en Lima tengo muy poca relación con el mundo literario; tengo más relación con el mundo de las artes visuales. Cuando uno se traslada de lugares, me interesa más la arquitectura humana y de pensamiento: cómo funciona, por ejemplo, América Latina políticamente. Si tú te quedas en el oscuro Chile, la cordillera no te deja ver nada.

Y ya que estás en el circuito del arte en Lima, ¿están interesados por Las Yeguas allá o qué nivel de interés hay?
En Lima Las Yeguas son súper famosas, muy pero muy…

Más que en Chile…
Creo que en Chile hay una curiosidad por estos homosexuales proletarios que llegaron al barrio alto, yo siempre lo veo un poquito así. O sea la carga clasista que viví y vivimos en Chile no se va a acabar nunca. En cambio en Perú el «cholo» es poderoso y está empoderado en la política, en el arte: hay presidentes, como Toledo, que vienen de las clases populares; en Chile Salvador Allende era de una familia bien y todos los presidentes han sido, por lo bajo, de la burguesía. Entonces lo que pasa aquí con el «cholo» no ocurre con el «roto» chileno, que nunca ha estado empoderado: no lo dejan pasar ni lo van a dejar pasar nunca. Ni siquiera el Partido Comunista dejó pasar a Pedro Lemebel. En el momento de su enfermedad y más específicamente cuando estaba a punto de morir ahí se lo apropiaron. Ahora con respecto a Las Yeguas en historia del arte de Bellas Artes de la Universidad de San Marcos pasan las Yeguas del Apocalipsis. Entonces cuando llegué a Lima ya había un nicho para mí y Lemebel además había venido mucho a Lima y tenía miles de fans.

En la nouvelle hay un momento donde el protagonista viaja a Chile y tangencialmente se muestra la muerte de Pedro.
Eso fue totalmente así, aunque no salga tan claro porque es escritura. No, es la cosa más horrible que me ha pasado en la vida. Un día Sergio Parra me llama por teléfono y me dice: «Pancho, ven a despedirte de Pedro, no le damos más de una semana, así que te pago el pasaje en avión». «Perfecto», le digo, «voy con mi novio peruano». Llegamos a Santiago en la mañana y nos fuimos con Sergio Parra y mi novio al hospital del cáncer donde estaba Pedro. Antes de entrar me advirtieron que no me peleara con él, que le dijera a todo que sí. Entonces me siento en los pies de la cama de Pedro –él no hablaba, estaba muy mal– y en un momento me queda mirando y me hace un gesto para que le pase algo que estaba en la ventana. Me acerco y me doy cuenta de que en la ventana había dos objetos: una cajita de música con la hoz y el martillo, de ésas donde suena La Internacional, y al lado había un espejo y una pinza para sacarse las cejas. Y le paso la cajita del Partido Comunista y me hace unos ruidos guturales, entonces entiendo que era el espejo y bueno, se lo acerco y me dice que me siente al lado de él. Y empieza con el espejo: se mira él, después me refleja a mí y después nos refleja a los dos. Y yo le digo: «Sí, Pedro, soy Pancho y me vengo a despedir. Afloja, deja de luchar». Y como que no me hizo caso y pidió que nos tomaran una foto. Terminamos ahí y nos fuimos a cenar con mi novio. Al otro día nos fuimos con él a tomar un café y de pronto yo miro para el lado y no estaba. ¡Desapareció por tres días! Le había venido el ataque de esquizofrenia. Yo no sabía que estaba enfermo y lo encontramos con la policía, como vagabundo, dando vuelta por las calles. Como no me reconocía, lo interné en el hospital psiquiátrico de Santiago y a Pedro no lo volví a ver nunca más. Iba a ver todos los días a mi novio al psiquiátrico y no podía verlo, pero tampoco podía ver a Pedro.

Una locura…
Sí, entonces imagínate cuando tú me estás preguntando por La noche boca abajo, que es una cita a Cortázar, pero sí, fue una locura. Bueno, en Chile estabilizaron a mi novio, me lo traje a Lima para internarlo, y a los tres días me llaman de Chile para decirme que Pedro había muerto. Y empecé a escribir.

Te ayudó la escritura a pasar el mal momento.
No sé si la escritura ayude. Sirve para organizar la cagada que te quedó en la cabeza.

¿Qué fue lo que aprendiste de Pedro Lemebel?
Aprendí todo. Teníamos una relación incestuosa, en la que nos unía el barroco. Pedro y yo éramos absolutamente barrocas: la exacerbación de los maquillajes, de los cuerpos, de la puesta en escena como sujetos escriturales. Finalmente en el barroco y en la mirada, la capacidad para poner atención a pequeñas cosas, a pequeños devenires, ser capaz de mirar el devenir, eso aprendí yo con Pedro: el devenir loca, ser capaz no de vivir el devenir, sino de mirarlo antes, para saber adónde estoy parado.






en el blog de Eterna cadencia, 7 de noviembre 2018