jueves, abril 17, 2014

"'Los pobres no elegimos donde vivir'", de Benito Baranda





Algunos liberales asociados a unos cuantos capitalistas nos han tratado de convencer por décadas en el mundo de que la gente pobre sí puede elegir, luchan por privatizarlo todo, denigran a los funcionarios públicos acusándolos de flojos y corruptos, ofenden a los sindicatos como si los trabajadores no tuviesen el derecho a organizarse, descalifican a los organismos del Estado, contribuyendo con ello a que aumente la desconfianza ciudadana, y rechazan los impuestos y las regulaciones con anticipación, sin razonar y con cero empatía, pensando o imaginando que todos son como ellos, viven como ellos, viajan como ellos y comen como ellos. Creen profundamente en el ‘chorreo económico’ (aunque hoy basta escucharlos en privado cuando se refieren a los más pobres como ‘genéticamente inferiores’, a los mapuches y a los pueblos originarios de nuestro continente como ‘lo que nos tiene en el subdesarrollo’, a las personas con capacidades diferentes como un ‘lastre social’, y llegan a justificar, por ejemplo, la especulación en los precios de los alimentos luego de una catástrofe con sus teorías económicas ausentes de valores (reduccionistas del comportamiento humano, como las teorías de Pavlov surgidas de sus experimentos con ratas). Pero la verdad más profunda del ser humano no es así. El bien, la belleza y la justicia no tienen cabida en esa visión jibarizada de la persona, a quien ellos no ven como un igual, violentándolos y usurpándoles con ello su dignidad.

El incendio de Valparaíso, como aquel de hace algunos años en Viña del Mar, como también los recientes terremotos del norte y del centro-sur del país y las inesperadas inundaciones de la segunda mitad de los 90 en la Región Metropolitana, nos ponen en evidencia no sólo los pies de barro del desarrollo y las miserias humanas, dada la altísima desigualdad social en que vivimos, sino que también nos escudriñan en lo más íntimo de nuestro ser. Esas miradas y pensamientos peyorativos, prejuicios y discriminaciones nos impiden vivir junto a los más pobres, respetarlos y proveer oportunidades igualitarias para ellos, y reconocer así sus derechos de ciudadanos. Dado este escenario, terminamos siendo unos alienados que negamos la hermandad humana que, a fin de cuentas, es el camino de la auténtica felicidad, paz y progreso social.

Necesitamos con urgencia en Chile salir de nosotros mismos y vincularnos con un ‘profundo sentido social’ (Padre Hurtado) y abocarnos con inteligencia y voluntad, honesta y abnegadamente, a la ‘construcción de la comunidad humana’, ya que hoy nos cuesta ver en los otros a nuestro prójimo. Como diría Saramago: “Somos ciegos que viendo no vemos”. Abramos los ojos, el corazón, la mente y el alma para no ignorar la oportunidad que se nos brinda en medio de esta nueva tragedia nacional, sólo así, desde el sacrificio y la entrega, es posible levantar una Nación.







en El Mostrador, 16 de abril 2014















miércoles, abril 16, 2014

“El hombre en el desierto”, de Thomas Merton









La verdadera soledad es el hogar de la persona; la falsa soledad es el refugio del individualista. [...] Hay que ir al desierto, no para huir de los hombres, sino para encontrarlos en Dios. La soledad física tiene sus peligros, no conviene exagerarlos. La gran tentación del hombre moderno no es la soledad física, sino la inmersión en la masa de otros hombres; no es la huida a las montañas o al desierto (¡ojalá más personas sintieran esta tentación!), sino la inmersión en ese océano informe de irresponsabilidad que es la masa. Actualmente no hay soledad más peligrosa que la del hombre perdido en una masa, que no sabe que está solo y que tampoco actúa como persona en una comunidad. No afronta los riesgos de la verdadera soledad ni las responsabilidades que ésta implica, al tiempo que la masa le ha liberado de todas las demás responsabilidades. Con todo, en modo alguno está libre de preocupaciones; está cargado con la angustia difusa y anónima, los miedos indecibles, los apetitos mezquinos e insoportables y todas las hostilidades omnipresentes que llenan la sociedad de masas como el agua llena el océano. El mero hecho de vivir en medio de otras personas no garantiza que vivamos en comunión con ellas, ni siquiera que nos comuniquemos con ellas. ¿Quién tiene menos que comunicar que el hombre que vive inmerso en la masa? Muy a menudo, es el solitario quien tiene más que decir; no porque use muchas palabras, sino porque lo que dice es nuevo, sustancial, único: es propio de él. Aun cuando diga muy poco, tiene algo que comunicar, algo personal que puede compartir con otros. Tiene algo real que dar, porque él mismo es real. [...] El constante clamor de palabras vacías y ruidos de máquinas, el continuo zumbido de los altavoces, termina por hacer casi imposible la verdadera comunicación y la verdadera comunión. Cada individuo en la masa está aislado por espesas capas de insensibilidad. No se preocupa, no escucha, no piensa. No actúa, sino que es empujado. No habla, sino que produce sonidos convencionales cuando es estimulado por los ruidos apropiados. No piensa, sino que segrega tópicos. Una persona no se aísla por el mero hecho de vivir sola; y tampoco se produce la comunión entre los seres humanos por el hecho de que vivan juntos. No hay más soledad verdadera que la soledad interior, y ésta no es posible para quien no acepta su justa situación en relación con los otros. [...] La soledad no es separación.



en Nuevas semillas de contemplación, 2008













martes, abril 15, 2014

"Valparaíso", de Henry Miller





Lo poco que he aprendido sobre el arte de escribir se condensa en esto: no es lo que la gente cree que es. Es una cosa absolutamente nueva cada vez y para cada individuo. Valparaíso, por ejemplo. Valparaíso, cuando yo lo digo, significa algo enteramente distinto de lo que significaba antes. Puede significar una puta inglesa que ha perdido los dientes delanteros y el camarero del bar de pie en medio de la calle buscando parroquianos. Puede significar un ángel con una camisa de seda acariciando un arpa negra con sus hábiles dedos. Puede significar una odalisca con el culo envuelto en un mosquitero. Puede significar cualquiera de estas cosas o ninguna, pero, signifique lo que significare, podemos estar seguros de que es algo diferente, algo enteramente nuevo. Valparaíso está siempre cinco minutos antes del fin, un poco hacia este lado del Perú, o quizás tres pulgadas más cerca. Es esa pulgada cuadrada accidental la que hacemos con fiebre, porque tenemos un parche caliente bajo el culo y el Espíritu Santo en las tripas… incluidos los errores ortopédicos. Significa “mear caliente y beber frío” como dice Trimalción, “porque nuestra madre la tierra está en el medio, redonda como un huevo, y tiene en sí todas las cosas buenas y malas, como un panal de miel”.




en Primavera negra, 1936








Traducción de Patricio Canto












lunes, abril 14, 2014

“Oda a Valparaíso”, de Pablo Neruda







Valparaíso,
qué disparate
eres,
qué loco,
puerto loco,
qué cabeza
con cerros,
desgreñada,
no acabas
de peinarte,
nunca
tuviste
tiempo de vestirte,
siempre
te sorprendió
la vida,
te despertó la muerte,
en camisa,
en largos calzoncillos
con flecos de colores,
desnudo
con un nombre
tatuado en la barriga,
y con sombrero,
te agarró el terremoto,
corriste
enloquecido,
te quebraste las uñas,
se movieron
las aguas y las piedras,
las veredas,
el mar,
la noche,
tú dormías
en tierra,
cansado
de tus navegaciones,
y la tierra,
furiosa,
levantó su oleaje
más tempestuoso
que el vendaval marino,
el polvo
te cubría
los ojos,
las llamas
quemaban tus zapatos,
las sólidas
casas de los banqueros
trepidaban
como heridas ballenas,
mientras arriba
las casas de los pobres
saltaban
al vacio
como aves
prisioneras
que probando las alas
se desploman.

Pronto,
Valparaíso,
marinero,
te olvidas
de las lágrimas,
vuelves
a colgar tus moradas,
a pintar puertas
verdes,
ventanas
amarillas,
todo
lo transformas en nave,
eres
la remendada proa
de un pequeño,
valeroso
navío.
La tempestad corona
con espuma
tus cordeles que cantan
y la luz del océano
hace temblar camisas
y banderas
en tu vacilación indestructible.

Estrella
oscura
eres
de lejos,
en la altura de la costa
resplandeces
y pronto
entregas
tu escondido fuego,
el vaivén
de tus sordos callejones,
el desenfado
de tu movimiento,
la claridad
de tu marinería.
Aquí termino, es esta
oda,
Valparaíso,
tan pequeña
como una camiseta
desvalida,
colgando
en tus ventanas harapientas
meciéndose
en el viento
del océano,
impregnándose
de todos
los dolores
de tu suelo,
recibiendo
el rocío
de los mares, el beso
del ancho mar colérico
que con toda su fuerza
golpeándose en tu piedra
no pudo
derribarte,
porque en tu pecho austral
están tatuadas
la lucha,
la esperanza,
la solidaridad
y la alegría
como anclas
que resisten
las olas de la tierra.



en Odas elementales, 1954












domingo, abril 13, 2014

"Entretiempo", de Bernardita Yanucci

Descontexto celebra la estrella 30 del conjunto albo



Hace casi seis años, ni siquiera sabía lo que era un entretiempo. Mi relación con el fútbol se reducía a saber los nombres de la dupla Za-Sa y a que la camiseta de la selección era roja. En mi casa nunca se habló de fútbol y nunca tuve amigos a los que les gustara, a excepción de mi mejor amiga hasta los 14 años, que era fanática de Colo-Colo. Todo cambió cuando conocí al que fue mi pololo por cinco memorables años. De no tener ningún vínculo, pasé a estar con un hincha colocolino que puede llegar hasta las lágrimas cuando su equipo le regala un gol. Con él aprendí que Colo-Colo es Chile, que Barti es lo más grande y que Arellano murió en su ley, como el grande que fue.

La primera vez que me invitó al estadio, le rompí el corazón. Yo como buena estudiante de literatura, tenía que dedicar muchas horas a leer. El día del partido, llevé mis apuntes de Stanislavsky y no dudé en ponerme a leer mientras en la cancha se disputaban la pelota. Cuando terminó el partido, pude notar en él una profunda tristeza: la polola que él había elegido no estaba ni ahí con lo que ocupaba el otro cincuenta por ciento de su corazón. La verdad, en ese momento no entendí su frustración, pensé que estaba siendo un machista que daría su vida por ver ganar a su equipo una y otra vez. Yo sentía que esas cosas no estaban a la altura de mis libros. Me equivoqué.

Poco a poco, empecé a estar más atenta a los resultados, a los cambios de técnico y de jugadores. Los nombres me los fui a aprendiendo uno a uno, fui conociendo sus historias, sus triunfos y sus derrotas. Comprendí que Cienfuegos #41 era mucho más que una sede de la universidad en la que estudié y donde además defendí mi tesis de grado. Le fui agarrando el gustito a ese dolor en la guata que te da cuando esos últimos minutos son decisivos. Comprendí además que las alegrías que te da tu equipo son verdaderas y que vienen del fondo del corazón y que al mismo tiempo, una derrota puede hacer de tu semana un castigo.

Para un aniversario fuimos a Valparaíso a un Wanderers v/s Colo-Colo, estaba nublado y no me importó pasar la mayor parte del paseo en el estadio, porque a él la felicidad le llenaba la cara y le iluminaba la sonrisa. Lo disfruté mucho.

Para un cumpleaños lo invité al Paseo Monumental y al Museo de Colo-Colo. Todo el tiempo fue estar frente a un niño de ocho años, feliz hasta no poder más y al que solo le hubiera bastado estar con su viejo recorriendo el túnel y los camarines para tenerlo todo. Ese día comprendí que un hincha puede ser un niño que tiene una Fe ciega en que su equipo es lo más grande del mundo o un adulto que piensa que representar a esa camiseta no es un juego o un pololo que al preguntarle un sinónimo de pasión, respondería sin dudar: Colo-Colo.

La verdad, me fui haciendo colocolina de la mano de él. Como él se hizo colocolino de la mano de sus papás. Y aunque nunca se lo dije, me hubiera encantado que hubiéramos tenido hijos para que de nuestra mano también hubieran sido colocolinos.

Ahora ya nos somos nosotros, no sé en qué ocupa su tiempo, pero sé que cada vez que juega Colo-Colo, estamos pensando en lo mismo. Gracias al fútbol sé también que hay primeros tiempos donde se puede sufrir mucho, pero que siempre queda la esperanza de que luego del entretiempo vendrá un segundo aire donde el marcador puede revertirse a favor para terminar siendo el partido de nuestras vidas. Porque yo diría que a nuestra historia le faltan muchos campeonatos más por ganar, muchos goles por perder, y muchas mañanas, donde el té nos parezca más dulce y la marraqueta sea mucho más crujiente.







en colocolodetodos.com, 11 de julio, 2012















sábado, abril 12, 2014

“Yo sentí un funeral en mi cerebro”, de Emily Dickinson









Yo sentí un funeral en mi cerebro,
y dolientes yendo y viniendo
marcharon, marcharon, marcharon hasta
que el sentido se me salía.

Y cuando todos ya estaban sentados,
los oficios como un tambor
sonaron, sonaron, sonaron hasta
que mi mente se oscurecía.

Y los oí levantar una caja
y crujir a través de mi alma
con sus zapatos de plomo de nuevo.
Y el espacio empezó a doblar,
como si fuera el cielo una campana
y el ser solamente un oído,
y yo y el silencio una raza extraña,
naufraga, solitaria, aquí.



en Antología de la poesía norteamericana, 2007
















viernes, abril 11, 2014

"Tao", de Fernando Ortega





Los poetas chinos podían hablar de la nieve
con la propiedad de un habitante de la nieve.
Solían cantar en ella; imponerle colores.

Cómo llegar a la nieve
desde mi cómoda habitación
si acaso pensar sirve, si el blanco sirve
y entonces cae el sendero.

Piedras que bordean el arroyo,
el sopor intimidado por su ruido fresco.

—Pero de qué nieve estamos hablando—
me dice un chino, tendido sobre un peñasco
y vemos el pasar del agua un día entero.

Piensa en un cuadrado blanco.







en Magenta, 2014










jueves, abril 10, 2014

“Quiero seguir investigando: ser original siempre que pueda. No repetir continuamente lo mismo”. Entrevista a Chet Baker, de Jean-Louis Ginibre y Jean Wagner










A finales de 1952, un trompetista salía de la sombra y, junto a Gerry Mulligan, alcanzaba la gloria. Un porvenir brillante se abría ante este instrumentista de apenas 23 años cuyo nombre, Chet Baker, se convirtió en algunas semanas en el tema central de las tertulias de los aficionados al jazz. Tras haberse separado del difícil compañero de trabajo, el irascible Gerry, recorrió Estados Unidos al frente de su propio cuarteto y grabó un importante número de discos que son unos valiosos testimonios sobre su sensibilidad a flor de piel. Tal éxito, fulgurante desde el principio, provocó todo tipo de celos. Ávida de escándalos, la prensa se hizo eco de los problemas personales de Chet y se dedicó a destruir la reputación de este hombre a quien no perdonaba su insolente llegada a la fama. Fue entonces cuando Chet se exiló: Escandinavia, Italia y Gran Bretaña le acogieron primero y luego le rechazaron. En la actualidad (1963), Chet vive en Paris. Jean-Louis Ginibre y Jean Wagner fueron a visitarlo a su pintoresco domicilio ubicado en el corazón de Montparnasse. Estas fueron las palabras intercambiadas durante la entrevista.



Chet, ¿cómo nació el cuarteto con Gerry Mulligan?
Gerry viajó en autostop desde Nueva York a California. Era durante el invierno de 1952 o la primavera de 1953. Lo conocí en otoño. Me llamó para pedirme que ensayara con él. Hicimos un ensayo. Nos entendimos muy bien y formamos el cuarteto casi inmediatamente.


¿El cuarteto sin piano fue idea de Gerry?
Sí. Descubrimos muy rápidamente que no necesitábamos piano. Antes de reunirme con Gerry y formar el cuarteto, yo había tocado en los alrededores de Los Ángeles con Stan Getz, Charlie Parker y Vido Musso. Estuvimos juntos durante once meses. En un solo club durante todo este tiempo, el Haig.


¿Por qué se separaron?
Por cuestiones económicas.


¿Fue inmediato el éxito del cuarteto?
Sí, inmediato.


¿Su éxito personal surgió al mismo tiempo que el del cuarteto?
Sí, al mismo tiempo.


¿El Gerry Mulligan Quartet fue para usted una experiencia interesante?
Muy interesante. En muchos aspectos. Gerry es un hombre muy extraño. Es muy difícil trabajar con él. Sobre todo en esa época: estaba enfermo.


¿No estaba Gerry un poco celoso de su éxito?
No. Tuvimos juntos el mismo éxito en el mismo momento. Yo como trompetista y él como saxofonista barítono. En cierta forma, sintió celos de mí, pero me es muy difícil hablar de ello.


¿Lo sigue viendo?
Lo vi hace un año. Seguimos siendo muy amigos.


¿Estaban de acuerdo sobre el repertorio?
Gerry escribía algunos arreglos. La mayoría los escribíamos juntos. Yo me encargaba de la parte melódica y él de la parte armónica. Pero la mayoría de las cosas, las hacíamos juntos.


Cuando analiza su carrera, ¿qué opina de esta experiencia?
Fue un período excelente pero sobre todo un punto de partida.


¿Piensa que después ha tocado mejor?
¡Oh, sí!, mucho mejor.


¿Cuándo?
Ahora. He tardado veinte años en empezar a tocar bien. Sólo ahora empiezo a tocar como es debido. Desde hace dos años, toco bien.


¿Quiénes eran el batería y el contrabajista del primer cuarteto?
Chico Hamilton y Bob Whitlock. Luego, Larry Bunker y Carson Smith. Yo prefería Bob Whitlock a Carson Smith y Larry Bunker a Chico Hamilton. Larry Bunker es un músico excelente: es también pianista y un muy buen vibrafonista. No es sólo batería. Chico tocaba de manera diferente: tiene su propia técnica...


¿Qué es para usted un buen batería?
Es un músico que marca el tempo. Un buen batería me empuja pero sin salirme del tempo. En esto se ve la diferencia entre un buen batería y uno malo. Pero también tiene que tener el oído atento a la sensibilidad del solista, una intuición, un feeling; en resumen, tiene que tener una mezcla de imaginación, técnica y buen gusto.


A lo largo de toda su carrera, ¿quién ha sido su mejor batería?
Philly Joe Jones. Creo que trabajó para mí en una gira que duró seis meses, con Doug Watkins, Elmo Hope y Pepper Adams. Fue en 1957.


¿Qué trompetista fue el primero en influirle?
Harry James, cuando tenía trece o catorce años. Era muy célebre en esa época. A los 17 años, cuando estaba en Berlín haciendo el servicio militar, fue Dizzy Gillespie. Luego vino la mayor influencia, Miles, pero me gustan también Dizzy, Art Farmer y Kenny Dorham. He tocado con Clifford Brown. Me impresionó su sinceridad la primera vez que lo oí, su honestidad. También me gustaba mucho Freddie Webster.


¿Le gusta Howard McGhee?
Le conozco bien, tocó mucho en la Costa Oeste. Es un técnico excelente pero tiene un estilo anticuado. Entre él y Lee Morgan hay veinte años de diferencia y, se nota.


¿Y qué hizo justo después del cuarteto con Gerry Mulligan?
Fundé mi propio cuarteto con Russ Freeman, Carson Smith y Bob Neel. Bob Whitlock no estaba disponible. En aquella época, Whitlock estaba bastante perturbado y quería convertirse en sacerdote. Hasta fue a un seminario. Quería ser un hombre de Dios. Russ Freeman es un muy buen músico y una persona encantadora. No es, como se ha dicho, un músico frío. Es un hombre muy sincero. Toca con el corazón. Un buen músico es aquel que, desde el momento en que coge su instrumento, olvida que está ofreciendo un espectáculo. Se limita a tocar. Sé muy bien que a veces es útil gastar bromas para crear una atmósfera, pero los grandes músicos no lo necesitan. A veces, al salir del escenario, están muy tristes. En cuanto a mí, he pasado por diferentes fases. Quiero seguir investigando: ser original siempre que pueda, consolidar mi propia personalidad. No repetir continuamente lo mismo.


¿Qué opina sobre la evolución de su propio estilo?
Mi manera de tocar se ha aclarado. Se ha vuelto mucho más compleja y, al mismo tiempo, más dura, más agresiva...


Musicalmente, ¿no ha sufrido por vivir estar alejado de Estados Unidos?
No lo creo.


¿Son los músicos que le acompañan actualmente tan buenos como los de Estados Unidos?
No todos. Pero no se pueden comparar a los músicos americanos con los europeos. Aquí he conocido a unos músicos excelentes y muy sinceros: Georges Arvanitas, Luigi Trussardi, etc. Hay muy buenas secciones rítmicas en Europa pero no puedo elegirlas. Seguramente hubiera encontrado una mejor en Estados Unidos porque hay más músicos pero, musicalmente, es más fácil aquí que en Estados Unidos.


Usted es un músico de la West Coast. ¿Qué opina de la experiencia “West Coast”?
La escuela West Coast fue un puro accidente. Personalmente, no tuve la impresión de formar parte de ella y ningún músico de la West Coast me ha influido.


¿Quiénes son entonces para usted los músicos típicos de la West Coast?
Marty Paich, Shelly Manne, Shorty Rogers, Jimmy Giuffre, Pete Candoli y su hermano Conte, Stu Williamson, Jack Sperling, Jack Montrose.


¿Es muy cerrado el ámbito de los músicos negros en Estados Unidos?
Sí, sobre todo en Nueva York. Es casi imposible para un músico blanco entrar en ese círculo. El jazz, sin embargo, es música: cualquiera puede tocar jazz. Es estúpido decir que los negros crearon el jazz. Cualquier blanco puede tocar jazz. El jazz ha sido el resultado de una aportación típicamente americana. Cada uno improvisaba, con una flauta de pastor o en una iglesia. Nada en el mundo es tan tajante. Desde el momento en el que el jazz se implantó en Nueva Orleáns, había músicos por todos lados, que tocaban igual que los negros. Estos últimos alcanzaron la fama a pesar de ellos. Todo el problema viene de la palabra “jazz”. No me gusta esta palabra. Es demasiado restrictiva. La música es la música. Chopin también improvisaba.


Pero la base rítmica…
No es fundamental. Hay gente que se pasa la vida distinguiendo lo que es jazz y lo que no lo es. Como si la belleza necesitara etiquetas. Se puede tocar admirablemente bien por detrás del tempo. Y puede ser bello. La música clásica y el jazz no coinciden en los medios pero si en los fines: crear una música que sea bella. El primer trompeta de la orquesta filarmónica de Nueva York que tocará a Stravinski, tocará lo mismo durante seis meses y, sin embargo, siempre será diferente. Nosotros, no tocamos nunca lo mismo pero explotamos la misma idea hasta agotarla.


¿Quién es para usted el trompetista más infravalorado?
Todos están infravalorados. Miles es sencillamente “The King”. Los trompetistas no tienen, en estos momentos, el respeto que se merecen. Es un instrumento muy duro: poca gente lo sabe. El estudio y los sufrimientos de todo tipo, físicos y morales... Y, por otro lado, hay cosas tan fáciles: fíjese en un tipo como Tommy Steele en Inglaterra. Le basta con hacer el mono para tener éxito.


Y su propio éxito ¿Piensa que su estancia en Europa lo hecho disminuir?
Nunca me ha preocupado. Cuando gané las votaciones de Down Beat, fue en 1954 y 1955. Hoy no me colocan en los primeros lugares y, sin embargo, toco dos veces mejor. El éxito popular no me interesa. Tocar bien es mucho más importante. El dinero tampoco es importante. ¡Podría ganar tanto dinero! Me compro una guitarra y, seis meses más tarde, soy millonario. ¿Y luego qué?


Usted ha tocado en Italia, en Inglaterra y en Francia. ¿Dónde prefiere tocar?
Me gusta París.


¿Y los músicos?
Son muy buenos. Y sinceros. Pero, no es posible ni lógico comparar a los mejores músicos franceses con los mejores músicos americanos. ¿Sabe?, tener éxito en Estados Unidos es estar en el momento preciso en el lugar adecuado. Te empujan. Es una mala experiencia porque tienes que mantenerte. Y esto no tiene nada que ver con tu talento.



en Jazz Magazine, 1963