viernes, febrero 27, 2015

"Jardín", de C. Faúndez





Prendí el fuego de las palabras


Con el tiempo

incendié las espinas


las ratas


el jardín entero






Inédito















jueves, febrero 26, 2015

“Un lugar junto a Edgware Road”, de Graham Greene








Craven pasó al lado de la estatua de Aquiles, bajo una fina lluvia de verano. Acababan de encenderse las luces, pero los coches ya hacían cola en dirección a Marble Arch. Rostros afilados y codiciosos escudriñaban la zona, listos para divertirse con cualquier cosa que se presentara. Craven caminaba con amargura, con el cuello de su impermeable apretado a la garganta. Era uno de sus días malos.

A lo largo del camino del parque, todo le recordaba a la pasión, pero se necesita dinero para el amor. Lo único que un hombre pobre puede conseguir es lujuria. El amor necesita un buen traje, un coche, un piso en alguna parte o un buen hotel. Tiene que estar envuelto con celofán. Constantemente, notaba la estrecha corbata debajo del impermeable y las mangas deshilachadas. Llevaba su cuerpo consigo como algo que odiase. (Tenía instantes de felicidad en la sala de lectura del museo Británico, pero su cuerpo lo volvía a llamar). Escarbó, como si fuera su único sentimiento, en los recuerdos de feos actos cometidos en los bancos del parque. La gente habla como si el cuerpo muriese demasiado pronto; ése no era, desde luego, el problema de Craven. Su cuerpo seguía vivo y, a través de la lluvia brillante, cerca de una glorieta, se cruzó con un hombrecillo que llevaba una pancarta: «El cuerpo se alzará de nuevo». Recordó un sueño del que había despertado tres veces temblando: estaba solo en una enorme y oscura galería que era el cementerio de todo el mundo. A través del subsuelo, las tumbas se conectaban: el mundo era una colmena de muerte y, cada vez que soñaba, descubría otra vez el horroroso hecho de que el cuerpo no se pudría. No hay gusanos ni putrefacción. Bajo el suelo, el mundo estaba lleno de masas de carne fresca, lista para alzarse de nuevo con sus verrugas, furúnculos y erupciones. Tumbado en su cama, recordaba —como si se tratase de «una gran noticia»— que el cuerpo, después de todo, era corrupto.

Llegó hasta Edgware Road caminando deprisa. Los guardas paseaban en parejas. Parecían grandes y lánguidas bestias alargadas. Sus cuerpos eran como gusanos en sus ajustados pantalones. Los odiaba, y odiaba su odio, porque sabía lo que era: envidia. Se daba cuenta de que cada uno de ellos tenía un cuerpo mejor que el suyo: la indigestión le retorcía el estómago y estaba seguro de que su aliento era asqueroso, pero, ¿a quién se lo podía preguntar? A veces, sin que nadie lo supiera, se ponía perfume aquí y allá. Era uno de sus secretos más terribles. ¿Por qué le pedían que creyera en la resurrección de este cuerpo al que quería olvidar? En ocasiones, de noche, rogaba (un resto de la creencia religiosa que se albergaba en su pecho, como un gusano en una nuez) que su cuerpo, a toda costa, no se alzase nunca de nuevo.

Conocía muy bien todas las callejuelas cercanas a Edgware Road: cuando estaba de malas, simplemente caminaba hasta cansarse, echando un vistazo a su imagen reflejada en los escaparates de Salmon & Gluckstein y el ABC. Fue así como vio los carteles de un teatro abandonado en Culpar Road. No eran extraños, ya que, a veces, la Sociedad Dramática del Barclays Bank alquilaba el local durante una noche o se proyectaban allí oscuras películas. El teatro había sido construido por un optimista en 1920, alguien que pensó que el bajo precio de las entradas compensaría, con creces, su desventaja de estar situado a más de un kilómetro y medio de la tradicional zona teatral. Pero jamás una obra tuvo éxito y, pronto, el local se llenó de agujeros de rata y telarañas. La tapicería de las butacas nunca se renovó y todo lo que allí ocurría era la falsa vida efímera de una obra de aficionados o de una proyección.

Craven se detuvo y leyó; parecía como si aún existiesen optimistas, incluso en pleno 1939, porque nadie, excepto el más ciego de los optimistas, podía tener la esperanza de ganar dinero con un lugar llamado «El hogar de la película muda». Se anunciaba: «La primera temporada de primitivas» (una frase intelectual); jamás habría una segunda. En cualquier caso, las entradas eran baratas y, ahora que estaba cansado, quizá valía la pena meterse en algún sitio a salvo de la lluvia. Craven compró una localidad y entró.

Bajo la profunda oscuridad, un piano tocaba algo monótono que recordaba a Mendelssohn. Se sentó en un asiento de pasillo y enseguida pudo notar el vacío a su alrededor. No, nunca habría otra temporada. En la pantalla, una mujer grande, con una especie de toga, se retorcía las manos y se dirigía, temblando con curiosas sacudidas, hacia un sofá. Allí, se acurrucó como un perro pastor ausente, mirando fijamente a través de su pelo suelto, negro y alborotado. A veces, parecía desintegrarse en forma de manchas, destellos y líneas onduladas. Un rótulo decía: «Pompilia, traicionada por su amado Augusto, busca un final a sus problemas».

Craven, por fin, empezó a ver. Butacas oscuras y vacías. El público no llegaba ni a veinte personas: unas cuantas parejas que susurraban con las cabezas juntas y algunos hombres solitarios como él, uniformados con el mismo impermeable barato. Estaban tendidos a intervalos como si fueran cadáveres. Otra vez, volvía la obsesión de Craven: el horroroso dolor de muelas. Tristemente, pensó: me vuelvo loco, los otros no sienten lo mismo. Incluso un teatro abandonado le recordaba aquellas interminables galerías, donde los cuerpos esperaban su resurrección.

«Esclavo de su pasión, Augusto pide más vino».

En otra escena, un vulgar actor teutónico de mediana edad se apoyaba sobre un codo, mientras con el otro brazo rodeaba a una mujer grande. La Canción de Primavera seguía sonando con ineptitud y la pantalla chisporroteaba como una indigestión. Alguien que se abría camino en la oscuridad empujó las rodillas de Craven. Era un hombrecillo. Craven sintió la desagradable sensación de una gran barba rozándole la boca. Cuando el recién llegado ocupó la butaca vecina, se escuchó un gran suspiro. Mientras, en la pantalla, los acontecimientos se habían sucedido con tanta rapidez, que Pompilia ya se había clavado un puñal —o eso supuso Craven— y yacía quieta y exuberante entre sus sollozantes esclavas.

Una voz baja sin aliento susurró al oído de Craven:

—¿Qué ha pasado? ¿Está dormida?
—No. Muerta.
—¿Asesinada? —preguntó la voz, con vivo interés.
—Creo que no. Se ha clavado un puñal.

Nadie dijo «pst». Nadie estaba lo bastante interesado como para quejarse de una voz. Estaban tirados entre asientos vacíos, en actitud de cansada desatención.

La película no había terminado aún y, por alguna razón, aparecían niños. ¿Continuaba la cosa en una segunda generación? Pero el hombrecillo de la barba del asiento contiguo parecía interesarse sólo por la muerte de Pompilia. El hecho de que hubiera entrado justo en ese momento lo fascinaba. Craven oyó la palabra «casualidad» un par de veces. Aquel hombre seguía hablando de ello para sí mismo, en un tono bajo y sin aliento. «Si te paras a pensarlo, es absurdo». Después, oyó: «no hay ni rastro de sangre». Craven no escuchaba. Se acomodó con las manos apretadas entre las rodillas, afrontando el hecho, tal y como hacía habitualmente, de que podía volverse loco. Tenía que parar, tomarse unas vacaciones e ir al médico (sólo Dios sabe qué infección circulaba por sus venas). Se dio cuenta de que su vecino se dirigía a él directamente.

—¿Qué? ¿Qué ha dicho? —preguntó impaciente.
—Habría más sangre de la que uno puede imaginar.
—¿Qué dice?

Cuando el hombre le hablaba, le rociaba con su húmedo aliento. Había un ligero balbuceo en su forma de hablar, como un defecto.

—Cuando matas a un hombre...
—Era una mujer —repuso Craven, expectante.

—No hay ninguna diferencia.
—Y, de todas maneras, esto no tiene nada que ver con un asesinato.
—Eso no tiene importancia.

Parecían haberse enzarzado en una estúpida pelea sin sentido en la oscuridad.

—Yo sé, ¿comprende?
—¿Sabe, qué?
—De estas cosas —respondió, con cautelosa ambigüedad.

Craven se volvió y trató de verlo con claridad. ¿Estaba loco? ¿Se trataba de una advertencia de lo que le podía suceder? ¿Acabaría hablando con desconocidos de forma incomprensible en los cines? Pensó: «Por Dios, no». Intentaba ver. «No enloqueceré. No enloqueceré.» Sólo podía distinguir un pequeño montículo negro de cuerpo. De nuevo, el hombre hablaba solo. Decía:

—Palabras. Sólo palabras. Dirán que todo pasó por cincuenta libras. Pero es mentira. Razones y razones.

Qué estúpidos —añadió otra vez, en ese tono de ahogada presunción.

Así que eso era la locura. Desde el momento en que podía darse cuenta de ello, él debía de estar cuerdo, relativamente hablando. Quizá, no tan cuerdo como los conserjes del parque o los guardas de Edgware Road, pero más cuerdo que eso. Era como darse un mensaje de ánimo, mientras el piano seguía sonando.

El hombrecillo se volvió y lo roció de nuevo.

—¿Dice que se ha suicidado? Pero, ¿quién lo sabe? No es sólo cuestión de qué mano empuña el cuchillo.

De repente, puso una mano con familiaridad sobre la de Craven: estaba húmeda y pegajosa. Craven le preguntó con horror:

—¿De qué está hablando?
—Lo sé —dijo el hombrecillo—. Un hombre de mi posición lo sabe casi todo.
—¿Cuál es su posición? —inquirió Craven, sintiendo aquella mano pegajosa sobre la suya e intentando establecer si estaba histérico o no; en realidad, había una docena de explicaciones: podía ser miel.
—Usted diría que muy desesperada.

A veces, la voz casi moría en la garganta. Algo incomprensible había sucedido en la pantalla. Uno apartaba la mirada un momento de esas películas antiguas y la trama ya había variado... Los actores se movían despacio y a sacudidas. Una mujer joven en camisón parecía sollozar en brazos de un centurión romano. Craven no había visto a ninguno de los dos antes. «En tus brazos, Lucio, no temo a la muerte». El hombrecillo empezó a reír entre dientes, con complicidad. De nuevo, hablaba solo. Hubiera sido fácil ignorarlo totalmente, a no ser por aquellas manos pegajosas que ahora él retiraba. Parecía estar manoseando el asiento de enfrente. Su cabeza tenía la costumbre de ladearse, como la de un niño tonto. Claramente y fuera de lugar, dijo:

—Tragedia en Bayswater.
—¿Cómo dice? —preguntó Craven. Había visto esas palabras en un cartel, antes de entrar en el parque.
—¿Qué?
—La tragedia.
—Pensar que lo llaman Cullen Mews Bayswater.

De repente, el hombrecillo empezó a toser, volviendo la cara hacia Craven y tosiéndole encima. Era como una venganza. La voz habló:
—A ver, mi paraguas.

Ya se estaba levantando.

—No llevaba paraguas.
—Mi paraguas —repitió—. Mi... —y pareció perder la voz del todo. Pasó por encima de las rodillas de Craven.

Craven lo dejo ir, pero antes de que llegara a las polvorientas cortinas de la salida, la pantalla se quedó en blanco y brillaba. La película se había roto e, inmediatamente, alguien encendió una sucia lámpara sobre la platea. Iluminó lo justo para que Craven viera sus manos manchadas. No era histeria: era un hecho. Estaba cuerdo. Había estado sentado junto a un loco que, en unas caballerizas, cuál era el nombre, Colon, Collin... Craven saltó y salió de la sala. La cortina negra le rozó la boca. Pero era demasiado tarde. El hombre se había ido por cualquiera de las tres esquinas. Así que, se decidió por una cabina telefónica y marcó, con un sentimiento de cordura y determinación raro en él, el 999.

No tardó más de dos minutos en hablar con el departamento correspondiente. Estaban interesados y se mostraban muy amables. Sí, había habido un asesinato en unas caballerizas, Cullen Mews. Le habían cortado el cuello a un hombre, de oreja a oreja, con un cuchillo de pan; un crimen horroroso. Les empezó a contar que había estado sentado junto al asesino en un cine. No podía ser nadie más. Había sangre en sus manos y recordó, con repulsión mientras hablaba, aquella húmeda barba. Debe de haber habido mucha sangre. Pero la voz del policía lo interrumpió:

—¡Oh, no! —contestó—. Tenemos al asesino, no hay ninguna duda. Lo que ha desaparecido es el cuerpo.

Craven colgó. En voz alta, se dijo:

—¿Por qué tiene que pasarme esto a mí? ¿Por qué a mí?

Había vuelto al horror de su sueño. La sórdida calle oscura era uno más de los innumerables túneles que conectaban las tumbas entre sí, donde los cuerpos inmortales descansaban. Repitió:

—Era un sueño, un sueño.

Inclinándose hacia delante, vio en el espejo que había sobre el teléfono su propia cara, un rostro salpicado por pequeñas gotas de sangre, como rocío pulverizado. Entonces, empezó a gritar:

—No voy a volverme loco. No voy a volverme loco. Estoy cuerdo. No me voy a volver loco.

Al poco rato, un pequeño grupo de gente empezó a arremolinarse en el lugar y, pronto, llegó un policía.



en Los mejores cuentos policiales

(Borges y Bioy, antologadores), 1943







miércoles, febrero 25, 2015

"Las muertes", de Olga Orozco





He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará la lluvia,
lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso de la piel
            del lagarto,
inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz de alguna lágrima;
arena sin pisadas en todas las memorias.
Son los muertos sin flores.
No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos.
Ningún trofeo heroico atestigua la gloria o el oprobio.
Sus vidas se cumplieron sin honor en la tierra,
mas su destino fue fulmíneo como un tajo;
porque no conocieron ni el sueño ni la paz en los infames lechos vendidos
            por la dicha,
porque sólo acataron una ley más ardiente que la ávida gota de salmuera.
Esa y no cualquier otra.
Esa y ninguna otra.
Por eso es que sus muertes son los exasperados rostros de nuestra vida.




1951











martes, febrero 24, 2015

“El bosque”, de Kateřina Rudčenková









Mi infancia estuvo llena de sonidos que atravesaban las delgadas paredes de mi cuarto cubiertas con papeles que tenían estampado un bosque de abedules. Vivía en un bosque de abedules. Por las noches veía en el techo entrecruzarse las luces de los coches que pasaban por la calle bajo mi ventana. Escuchaba sonidos y trataba de imaginar sus monstruosos significados y las acciones que los acompañaban. Escuchaba las anécdotas con las que mi madre entretenía a sus invitados cuando nuestro padre ya no vivía con nosotros, cuando hacía fiestas en casa con sus colegas de trabajo, música alta, bailes, risas, cosas que yo adivinaba por las voces.

En mi sueño, mi madre se puso muy enferma y todo su cuerpo tenía que ser amputado, quedándole sólo la cabeza. Me pusieron a cargo de la cabeza y alguien me aconsejó que le leyera a Werich, al que encontré infinitamente aburrido.

Papá a mi izquierda y mamá a mi derecha. Divididos, incomprensible e irremediablemente, y entre ellos, en mi mente, yacía una calle en la que me encontraba sola.

“Tome asiento”. ¿Dónde? ¿En la mesa con los periódicos? Mamá es la culpable. O papá. ¿Cuántas veces ella ha muerto en mis sueños? Una vez la aplasté con un bulldozer. Y sobrevivió. “¡Dale mis respetos a tu mamá!”. “¿Por qué?”. Mamá era la culpable, no mi papá, ella era la más fuerte. En mi memoria trataba en vano de encontrar alguna justificación para él: sus palabras, un adiós, nada de eso. Por eso, de ahora en adelante, siempre me voy a sentir avergonzada de lo que haga.

“¿Discutiendo de nuevo?”. Estoy parada en el portal, la chica testigo de sus conflictos, que, para ellos, no entiende nada, y que nunca es consultada sobre nada.

¿Cómo resolver sus disputas? ¿Cómo reconciliar esas voces que yo no fui capaz de reconciliar? Sólo quería que se calmaran, que pararan de pelearse. Quería que ambos estuvieran aquí.

¿Cómo definir qué parte de ti misma permanece en casa y cuál le sigue a él, si él parece injertado, indistinguible de la rama original, aunque para mí resulte totalmente inapropiado, incomprensible o perverso?

Sueños destructivos hacia mi madre, sueños eróticos con mi padre. Paseamos por Kamenická, nuestra calle, que en mi infancia conducía al parque por la izquierda y a la casa de tía Věra en Dejvice, por la derecha.

Nos detuvimos cerca de la lavandería, uno de los pocos lugares que no ha sufrido cambios durante mi vida, con el terrible rugido de las máquinas y el melancólico olor a ropa lavada.

Él se recuesta de espaldas contra un coche y yo le aprieto el miembro con mi rodilla doblada y se lo froto hasta que él suelta el chorro que cae en el parabrisas del coche. Es escandaloso, la policía aparece de alguna parte, yo corro y me interno en el vestíbulo de un edificio, uno de ellos me atrapa y me pone las esposas entre los dientes. ¿Y él? ¿Dónde se metió?

Vanidad de una niña. Acaricia su cara: “Te está creciendo la hierba aquí”, ella le dice y ríe con el susurro de la barba incipiente.

Papá y yo caminamos silenciosamente en horas de la noche por Lidice donde él está viviendo con su segunda esposa, las conozco a todas. Él escupe en el asfalto, un desconocido; en vano busco en él la persona que he perdido. Un desierto. Una ruptura abrupta. Fin de una enorme seguridad, viajes al zoológico y al parque de atracciones donde hacía lo que quería, donde él me compraba y me perdonaba todo.

La ceremonia de entrega de dinero permanece como un símbolo vacío de una vieja relación. Él me lo entrega cada vez que nos vemos después de un largo tiempo. Lo tomo con una mezcla de vergüenza y descaro y rápidamente lo guardo para que la terrible imagen, el recuerdo de que es un extraño de quien nada ha salido excepto su mano extendida y una expresión de culpa, se borre lo más pronto posible y nuevamente pretendamos que nada ha ocurrido. Las cosas de las que hablamos, cosas que hemos discutido a menudo, no son importantes. Cómo van mis estudios, sus negocios, la pequeña charla que flota en un espacio cerrado del cual no podemos evadirnos.

Viajo desde Krems para mi ceremonia de graduación. Mamá ha dicho que no quiere que papá esté presente en el almuerzo posterior a la ceremonia. No quiere verlo regodeándose de nuestro logro frente a la familia. Ella fue la que me crió y se ocupó de mí. Mi graduación es, por tanto, su premio.

Llego a casa y ella me pregunta nuevamente:

—¿Qué comerás? ¿Cuánto tiempo estarás antes de irte?
—¿Por qué lo quieres saber?
—Porque quiero freírte algunas milanesas para que te las lleves.
—Pero no quiero tus milanesas.
—¿Y puedes decirme por qué?

Y me quedo callada, un silencio prolongado, insoportable para mí, porque tendría que decirle todo lo que siento, desde mi nacimiento hasta su divorcio. Me quedo callada, no tengo una respuesta corta. No quiero su milanesa, porque representa más violencia, esos dedos alargados que siempre han tirado de los hilos de mi vida.

Mientras estoy callada, ella entra al cuarto, se sienta y dice:

—¿Es a causa de Viktor?

Y yo digo:

—Quizá por él, pero no sólo por eso. Es principalmente porque no quiero vivir más aquí.

¿Pero, quién te obliga? Nadie quiere vivir con sus padres para siempre.

Entonces discutimos sobre papá nuevamente, las cosas de siempre, sus constantes y evidentes infidelidades durante el matrimonio, las noches bebiendo, el hecho de que se unió al Partido para avanzar en su carrera, la traición de sus colegas que, al final, no trabajaron como él esperaba, y cómo se convirtió en un ser desagradable. Y finalmente el hecho de que golpeaba a mi hermano. Una imagen de mi padre clavada en mi memoria: persiguiendo a mi hermano alrededor de la mesa del comedor con un palo de escoba en sus manos, gritando. Yo, por el contrario, era mimada por él. Cuando quería vengarme de mi hermano sólo tenía que esperar que mi padre pasara. Yo le hacía algo a mi hermano y él recibía la paliza.

—Es posible que yo haya sido estricta contigo, pero él fue injusto con tu hermano —dice ahora mi madre.

Si no fuera por su autoridad, me hubiera convertido en un monstruo y mi hermano en un pobre miserable.

Cuando mi hermano cumplió quince años, él le dijo a mi madre:

—¿Por qué no te divorcias de él?

Mamá dijo:

—¡Tienes razón! ¿Por qué no lo hice antes?

Cuando papá vino a casa, ella le dijo:

—Viktor, ha sido suficiente, ¿te puedes mudar?
—Por supuesto —dijo él, y al día siguiente se fue.

Nadie me dijo nada, yo tenía siete años.

—¿Dónde está papá?
—Se ha mudado. (¿Dónde, por qué, es mi culpa?)
—¿Y no regresará, no vivirá más aquí?
—No.
—Simplemente no lo entiendo —dijo mi madre—, ¿de dónde proviene tu enojo y por qué eras tan injusta conmigo? Y no entiendo por qué te relacionas negativamente conmigo y positivamente con el mundo. ¿Acaso no he celebrado tus intentos de emprender algo nuevo? Tú pudiste haberte ido hace mucho tiempo.

Papá llamó al día siguiente. ¿Qué tal la celebración? No podía decirle. Entiendo el punto de vista de mamá, pero, ¿por qué tengo que lidiar con esto? Sí, ella dijo que si voy a extrañarlo ella intentaría superar su resentimiento, pero, ¿quién quiere ver su expresión afligida?

—Verás, mamá no está de acuerdo en que vayas —le dije, mi voz temblaba.
—No puedo entender la causa —dijo él—, pero no te preocupes, de cualquier forma no conozco a esas personas.

Mamá se dio cuenta, sin embargo, de que no era posible no invitarlo pues ya había invitado a mi abuela, que no iba a entender la ausencia de su hijo. De modo que se vio obligada a llamarlo esa tarde y persuadirlo de que fuera.

Tengo siete años. Camino hacia el comedor y ellos discuten. Ambos se detienen y me miran con sorpresa. Luego retoman la discusión como si yo no estuviera allí. No tengo el poder de callar esas voces, de evitar que ellos continúen provocándose. No tengo influencia sobre ellos. No soy tan importante para mis padres cuando no logro que permanezcan juntos. Quién sabe, quizá mi hermano tenga ese poder.

Cuando avanzo desde la luz de la calle hacia la oscuridad del pasillo veo las manecillas fosforescentes de mi reloj de pulsera y el secundario de forma silenciosa circula el rostro radiante.

Sentada a la cabecera, en el almuerzo de graduación, echo un vistazo a lo largo de la mesa rodeada de invitados. Un espejo en un marco dorado cuelga al otro extremo y me veo a mí misma sentada allí, con el pelo corto, llevando el vestido de graduación de mamá, madre ingeniera, hija ingeniera, el título en el bolsillo, me siento satisfecha, puedo salir al mundo exterior. Irónicamente, me saludo a mí misma en el espejo.

Ambos sentados allí, yo y mi reflejo, mirándonos divertidamente, ambos encontrando la celebración totalmente inapropiada, pues obviamente no hay nada por lo que celebrar. He terminado mis estudios pero nunca seré una ingeniera, bajo ninguna circunstancia, y lo que más detesto es esta celebración en mi honor, porque siempre me he sentido como una persona al margen y por eso no puedo deshacerme de la impresión de que todos los presentes son parte de una broma burlesca. Cerca de mí, en el espejo, veo a mis padres. Papá se acompaña de su tercera esposa, y la cara de mamá está roja porque ha llorado toda la noche.

—He estado criando una serpiente toda mi vida —me dijo la noche anterior mientras me maldecía—. ¡He criado a un monstruo!

En mi sueño vi a mi madre devorada por las llamas. Echada en un montículo cubierto de hierba, se iba hundiendo en la tierra. Fue terrible. Su cuerpo convulsionaba y se desintegraba. El sueño dirigía mi vista hacia la carne que me dio origen. Todo se quemaba hasta las cenizas, uniéndose al polvo de la tierra. Me quedé sola y me decía a mí misma que ahora tendría que trabajar y que ya no tendría tiempo para ir al teatro por las tardes.
                         
             
             
en Cuentos de mujeres checas, 2009








lunes, febrero 23, 2015

"La muerte y la brújula", de Jorge Luis Borges





A Mandie Molina Vedia


De los muchos problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno tan extraño —tan rigurosamente extraño, diremos— como la periódica serie de hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le-Roy, entre el interminable olor de los eucaliptos. Es verdad que Erik Lönnrot no logró impedir el último crimen, pero es indiscutible que lo previó. Tampoco adivinó la identidad del infausto asesino de Yarmolinsky, pero sí la secreta morfología de la malvada serie y la participación de Red Scharlach, cuyo segundo apodo es Scharlach el Dandy. Ese criminal (como tantos) había jurado por su honor la muerte de Lönnrot, pero éste nunca se dejó intimidar. Lönnrot se creía un puro razonador, un Auguste Dupin, pero algo de aventurero había en él y hasta de tahur.

El primer crimen ocurrió en el Hôtel du Nord, ese alto prisma que domina el estuario cuyas aguas tienen el color del desierto. A esa torre (que muy notoriamente reúne la aborrecida blancura de un sanatorio, la numerada divisibilidad de una cárcel y la apariencia general de una casa mala) arribó el día tres de diciembre el delegado de Podólsk al Tercer Congreso Talmúdico, doctor Marcelo Yarmolinsky, hombre de barba gris y ojos grises. Nunca sabremos si el Hôtel du Nord le agradó: lo aceptó con la antigua resignación que le había permitido tolerar tres años de guerra en los Cárpatos y tres mil años de opresión y de pogroms. Le dieron un dormitorio en el piso R, frente a la suite que no sin esplendor ocupaba el Tetraca de Galilea. Yarmolinsky cenó, postergó para el día siguiente el examen de la desconocida ciudad, ordenó en un placard sus muchos libros y sus muy pocas prendas, y antes de medianoche apagó la luz. (Así lo declaró el chauffeur del Tetrarca, que dormía en la pieza contigua.) El cuatro, a las 11 y 3 minutos A.M., lo llamó por teléfono un redactor de la Yidische Zaitung; el doctor Yarmolinsky no respondió; lo hallaron en su pieza, ya levemente oscura la cara, casi desnudo bajo una gran capa anacrónica. Yacía no lejos de la puerta que daba al corredor; una puñalada profunda le había partido el pecho. Un par de horas después, en el mismo cuarto, entre periodistas, fotógrafos y gendarmes, el comisario Treviranus y Lönnrot debatían con serenidad el problema.

—No hay que buscarle tres pies al gato —decía Treviranus, blandiendo un imperioso cigarro—. Todos sabemos que el Tetrarca de Galilea posee los mejores zafiros del mundo. Alguien, para robarlos, habrá penetrado aquí por error. Yarmolinsky se ha levantado; el ladrón ha tenido que matarlo. ¿Qué le parece?

—Posible, pero no interesante —respondió Lönnrot—. Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la que usted ha improvisado interviene copiosamente el azar. He aquí un rabino muerto; yo preferiría una explicación puramente rabínica, no los imaginarios percances de un imaginario ladrón.

Treviranus repuso con mal humor:

—No me interesan las explicaciones rabínicas; me interesa la captura del hombre que apuñaló a este desconocido.

—No tan desconocido —corrigió Lönnrot —. Aquí están sus obras completas—. Indicó en el placard una fila de altos volúmenes; una Vindicación de la cábala; un Examen de la filosofía de Robert Fludd; una traducción literal del Sepher Yezirah; una Biografía del Baal Shem; una Historia de la secta de los Hasidim; una monografía (en alemán) sobre el Tetragrámaton; otra, sobre la nomenclatura divina del Pentateuco. El comisario los miró con temor, casi con repulsión. Luego, se echó a reír.

—Soy un pobre cristiano —repuso—. Llévese todos esos mamotretos, si quiere; no tengo tiempo que perder en supersticiones judías.

—Quizás este crimen pertenece a la historia de las supersticiones judías —murmuró Lönnrot.

—Como el cristanismo —se atrevió a completar el redactor de la Yidische Zaitung. Era miope, ateo y muy tímido.

Nadie le contestó. Uno de los agentes había encontrado en la pequeña máquina de escribir una hoja de papel con esta sentencia inconclusa

La primera letra del Nombre ha sido articulada.

Lönnrot se abstuvo de sonreír. Bruscamente bibliófilo o hebraísta, ordenó que le hicieran un paquete con los libros del muerto y los llevó a su departamento. Indiferente a la investigación policial, se dedicó a estudiarlos. Un libro en octavo mayor le reveló las enseñanzas de Israel Baal Shem Tobh, fundador de la secta de los Piadosos; otro, las virtudes y terrores del Tetragrámaton, que es el inefable Nombre de Dios; otro, la tesis de que Dios tiene un nombre secreto, en el cual está compendiado (como en la esfera de cristal que los persas atribuyen a Alejandro de Macedonia), su noveno atributo, la eternidad, es decir, el conocimiento inmediato de todas las cosas que serán, que son y que han sido en el universo. La tradición enumera noventa y nueve nombres de Dios; los hebraístas atribuyen ese imperfecto número al mágico temor de las cifras pares; los Hasidim razonan que ese hiato señala un centésimo nombre. El Nombre Absoluto.

De esa erudición lo distrajo, a los pocos días, la aparición del redactor de la Yidische Zaitung. Este quería hablar del asesinato; Lönnrot prefirió hablar de los diversos nombres de Dios; el periodista declaró en tres columnas que el investigador Erik Lönnrot se había dedicado a estudiar los nombres de Dios para dar con el nombre del asesino. Lönnrot, habituado a las simplificaciones del periodismo, no se indignó. Uno de esos tenderos que han descubierto que cualquier hombre se resigna a comprar cualquier libro, publicó una edición popular de la Historia de la secta de los Hasidim.

El segundo crimen ocurrió la noche del tres de enero, en el más desamparado y vacío de los huecos suburbios occidentales de la capital. Hacia el amanecer, uno de los gendarmes que vigilan a caballo esas soledades vio en el umbral de una antigua pintorería un hombre emponchado, yacente. El duro rostro estaba como enmascarado de sangre; una puñalada profunda le había rajado el pecho. En la pared, sobre los rombos amarillos y rojos, había unas palabras en tiza. El gendarme las deletreó... Esa tarde, Treviranus y Lönnrot se dirigieron a la remota escena del crimen. A izquierda y derecha del automóvil, la ciudad se desintegraba; crecía el firmamento y ya importaban poco las casas y mucho un horno de ladrillos o un álamo. Llegaron a su pobre destino: un callejón final de tapias rosadas que parecían reflejar de algún modo la desaforada puesta de sol. El muerto ya había sido identificado. Era Daniel Simó Azevedo, hombre de alguna fama en los antiguos arrabales del Norte, que había ascendido de carrero a guapo electoral, para degenerar después en ladrón y hasta en delator. (El singular estilo de su muerte les pareció adecuado: Azevedo era el último representante de una generación de bandidos que sabía el manejo del puñal, pero no del revólver.) Las palabras en tiza eran las siguientes:

La segunda letra del Nombre ha sido articulada.

El tercer crimen ocurrió la noche del tres de febrero. Poco antes de la una, el teléfono resonó en la oficina del comisario Treviranus. Con ávido sigilo, habló un hombre de voz gutural; dijo que se llamaba Ginzberg (o Ginsburg), y que estaba dispuesto a comunicar, por una remuneración razonable, los hechos de los dos sacrificios de Azevedo y Yarmolinsky. Una discordia de silbidos y de cornetas ahogó la voz del delator. Después, la comunicación se cortó. Sin rechazar la posibilidad de una broma (al fin, estaban en carnaval), Treviranus indagó que le habían hablado desde el Liverpool House, taberna de la Rue de Toulon —esa calle salobre en la que conviven el cosmorama y la lechería, el burdel y los vendedores de biblias. Treviranus habló con el patrón. Este (Black Finnegan, antiguo criminal irlandés, abrumado y casi anulado por la decencia) le dijo que la última persona que había empleado el teléfono de la casa era un inquilino, un tal Gryphius, que acababa de salir con unos amigos. Treviranus fue enseguida al Liverpool House. El patrón le comunicó lo siguiente: Hace ocho días, Gryphius había tomado pieza en los altos del bar. Era un hombre de rasgos afilados, de nebulosa barba gris, trajeado pobremente de negro; Finnegan (que destinaba esa habitación a un empleo que Treviranus adivinó) le pidió un alquiler sin duda excesivo; Gryphius inmediatamente pagó la suma estipulada. No salía casi nunca; cenaba y almorzaba en su cuarto; apenas si le conocían la cara en el bar. Esa noche, bajó a telefonear al despacho de Finnegan. Un cupé cerrado se detuvo ante la taberna. El cochero no se movió del pescante; algunos parroquianos recordaron que tenía máscara de oso. Del cupé bajaron dos arlequines; eran de reducida estatura y nadie pudo no observar que estaban muy borrachos. Entre balidos de cornetas, irrumpieron en el escritorio de Finnegan; abrazaron a Gryphius, que pareció reconocerlos, pero que les respondió con frialdad; cambiaron unas palabras en yiddish —él en voz baja, gutural, ellos con las voces falsas, agudas— y subieron a la pieza del fondo. Al cuarto de hora bajaron los tres, muy felices; Gryphius, tambaleante, parecía tan borracho como los otros. Iba, alto y vertiginoso, en el medio, entre los arlequines enmascarados. (Una de las mujeres del bar recordó los losanges amarillos, rojos y verdes.) Dos veces tropezó; dos veces lo sujetaron los arlequines. Rumbo a la dársena inmediata, de agua rectangular, los tres subieron al cupé y desaparecieron. Ya en el estribo del cupé, el último arlequín garabateó una figura obscena y una sentencia en una de las pizarras de la recova.

Treviranus vio la sentencia. Era casi previsible; decía:

La última de las letras del Nombre ha sido articulada.

Examinó, después, la piecita de Gryphius—Ginzberg. Había en el suelo una brusca estrella de sangre; en los rincones, restos de cigarrillo de marca húngara; en un armario, un libro en latín —el Philologus hebraeograecus (1739), de Leusden— con varias notas manuscritas. Treviranus lo miró con indignación e hizo buscar a Lönnrot. Este, sin sacarse el sombrero, se puso a leer, mientras el comisario interrogaba a los contradictorios testigos del secuestro posible. A las cuatro salieron. En la torcida Rue de Toulon, cuando pisaban las serpentinas muertas del alba, Treviranus dijo:

—¿Y si la historia de esta noche fuera un simulacro?

Erik Lönnrot sonrió y le leyó con toda gravedad un pasaje (que estaba subrayado) de la disertación trigésima tercera del Philologus

—Dies Judaeorum incipit a solis occasu usque ad solis occasum diei sequentis. Esto quiere decir —agregó—, El día hebreo empieza al anochecer y dura hasta el siguiente anochecer.

El otro ensayó una ironía.

—¿Ese dato es el más valioso que usted ha recogido esta noche?

—No. Más valiosa es una palabra que dijo Ginzberg.

Los diarios de la tarde no descuidaron esas desapariciones periódicas. La Cruz de la Espada las contrastó con la admirable disciplina y el orden del último Congreso Eremítico; Erns Palast, en El Mártir, reprobó “las demoras intolerables de un pogrom clandestino y frugal, que ha necesitado tres meses para liquidar tres judíos”; la Yidische Zaitung rechazó la hipótesis horrorosa de un complot antisemita, “aunque muchos espíritus penetrantes no admiten otra solución del triple misterio”; el más ilustre de los pistoleros del Sur, Dandy Red Scharlach, juró que en su distrito nunca se producirían crímenes de ésos y acusó de culpable negligencia al comisario Franz Treviranus.

Este recibió, la noche del primero de marzo, un imponente sobre sellado. Lo abrió: el sobre contenía una carta firmada Baruj Spinoza y un minucioso plano de la ciudad, arrancado notoriamente de un Baedeker. La carta profetizaba que el tres de marzo no habría un cuarto crimen, pues la pinturería del Oeste, la taberna de la Rue de Toulon y el Hôtel du Nord eran “los vértices perfectos de un triángulo equilátero y místico”; el plano demostraba en tinta roja la regularidad de ese triángulo. Treviranus leyó con resignación ese argumento more geometrico y mandó la carta y el plano a casa de Lönnrot, indiscutible merecedor de tales locuras.

Erik Lönnrot las estudió. Los tres lugares, en efecto, eran equidistantes. Simetría en el tiempo (3 de diciembre, 3 de enero, 3 de febrero); simetría en el espacio también... Sintió, de pronto, que estaba por descifrar el misterio. Un compás y una brújula completaron esa brusca intuición. Sonrió, pronunció la palabra Tetragrámaton (de adquisición reciente) y llamó por teléfono al comisario. Le dijo:

—Gracias por ese triángulo equilátero que usted anoche me mandó. Me ha permitido resolver el problema. Mañana viernes los criminales estarán en la cárcel; podemos estar muy tranquilos.

—Entonces, ¿no planean un cuarto crimen?

—Precisamente, porque planean un cuarto crimen, podemos estar muy tranquilos.

—Lönnrot colgó el tubo. Una hora después, viajaba en un tren de los Ferrocarriles Australes, rumbo a la quinta abandonada de Triste-le-Roy. Al sur de la ciudad de mi cuento fluye un ciego riachuelo de aguas barrosas, infamado de curtiembres y de basuras. Del otro lado hay un suburbio donde, al amparo de un caudillo barcelonés, medran los pistoleros. Lönnrot sonrió al pensar que el más afamado —Red Scharlach— hubiera dado cualquier cosa por conocer su clandestina visita. Azevedo fue compañero de Scharlach; Lönnrot consideró la remota posibilidad de que la cuarta víctima fuera Scharlach. Después, la desechó... Virtualmente, había descifrado el problema; las meras circunstancias, la realidad (nombres, arrestos, caras, trámites judiciales y carcelarios) apenas le interesaban ahora. Quería pasear, quería descansar de tres meses de sedentaria investigación. Reflexionó que la explicación de los crímenes estaba en un triángulo anónimo y en una polvorienta palabra griega. El misterio casi le pareció cristalino; se abochornó de haberle dedicado cien días.

El tren paró en una silenciosa estación de cargas. Lönnrot bajó. El aire de la turbia llanura era húmedo y frío. Lönnrot echó a andar por el campo. Vio perros, vio un furgón en una vía muerta, vio el horizonte, vio un caballo plateado que bebía del agua crapulosa de un charco. Oscurecía cuando vio el mirador rectangular de la quinta de Triste-le-Roy, casi tan alto como los negros eucaliptos que lo rodeaban. Pensó que apenas un amanecer y un ocaso (un viejo resplandor en el oriente y otro en el occidente) lo separaban de la hora anhelada por los buscadores del Nombre.

Una herrumbrada verja definía el perímetro irregular de la quinta. El portón principal estaba cerrado. Lönnrot, sin mucha esperanza de entrar, dio toda la vuelta. De nuevo ante el porton infranqueable, metió la mano entre los barrotes, casi maquinalmente, y dio con el pasador. El chirrido del hierro lo sorprendió. Con una pasividad laboriosa, el portón entero cedió.

Lönnrot avanzó entre los eucaliptos, pisando confundidas generaciones de rotas hojas rígidas. Vista de cerca, la casa de la quinta de Triste-le-Roy abundaba en inútiles simetrías y en repeticiones maniáticas: a una Diana glacial en un nicho lóbrego correspondía en un segundo nicho otra Diana; un balcón se reflejaba en otro balcón; dobles escalinatas se abrían en doble balaustrada. Lönnrot rodeó la casa como había rodeado la quinta. Todo lo examinó: bajo el nivel de la terraza vio una estrecha persiana.

La empujó: unos pocos escalones de mármol descendían a un sotano. Lönnrot, que ya intuía las preferencias del arquitecto, adivino que en el opuesto muro del sótano había otros escalones. Los encontró, subió, alzó las manos y abrió la trampa de salida.

Un resplandor lo guió a una ventana. La abrió: una luna amarilla y circular definía en el triste jardín dos fuentes cegadas. Lönnrot exploró la casa. Por ante comedores y galerías salió a patios iguales y repetidas veces al mismo patio. Subió por escaleras polvorientas a antecámaras circulares; infinitamente se multiplicó en espejos opuestos; se cansó de abrir o entreabrir ventanas que le revelaban, afuera, el mismo desolado jardín desde varias alturas y varios ángulos; adentro, muebles con fundas amarillas y arañas embaladas en tarlatán. un dormitorio lo detuvo; en ese dormitorio, una sola flor en una copa de porcelana; al primer roce los pétalos antiguos se deshicieron. En el segundo piso, en el último, la casa le pareció infinita y creciente. La casa no es tan grande, pensó. La agrandan la penumbra, la simetría, los espejos, los muchos años, mi desconocimiento, la soledad.

Por una escalera espiral llegó al mirador. La luna de esa tarde atravesaba los losanges de las ventanas; eran amarillos, rojos y verdes. Lo detuvo un recuerdo asombrado y vertiginoso. Dos hombres de pequeña estatura, feroces y fornidos, se arrojaron sobre él y lo desarmaron; otro, muy alto, lo saludó con gravedad y le dijo:

—Usted es muy amable. Nos ha ahorrado una noche y un día.

Era Red Scharlach. Los hombres maniataron a Lönnrot. Este, al fin, encontró su voz.

—Scharlach, ¿usted busca el Nombre Secreto?

Scharlach seguía de pie, indiferente. No había participado en la breve lucha, apenas si alargó la mano para recibir el revólver de Lönnrot. Habló; Lönnrot oyó en su voz una fatigada victoria, un odio del tamaño del universo, una tristeza no menor que aquel odio.

—No —dijo Scharlach—. Busco algo más efímero y deleznable, busco a Erik Lönnrot. Hace tres años, en un garito de la Rue de Toulon, usted mismo arrestó e hizo encarcelar a mi hermano. En un cupé, mis hombres me sacaron del tiroteo con una bala policial en el vientre. Nueve días y nueve noches agonicé en esta desolada quinta simétrica; me arrasaba la fiebre, el odioso Jano bifronte que mira los ocasos y las auroras daban horror a mi ensueño y a mi vigilia. Llegué a abominar de mi cuerpo, llegué a sentir que dos ojos, dos manos, dos pulmones, son tan mostruosos como dos caras. Un irlandés trató de convertirme a la fe de Jesús; me repetía la sentencia de los goím: Todos los caminos llevan a Roma. De noche, mi delirio se alimentaba de esa metáfora: yo sentía que el mundo es un laberinto, del cual era imposible huir, pues todos los caminos, aunque fingieran ir al Norte o al Sur, iban realmente a Roma, que era también la cárcel cuadrangular donde agonizaba mi hermano y la quinta de Triste-le-Roy. En esas noches yo juré por el dios que ve con dos caras y por todos los dioses de la fiebre y de los espejos tejer un laberinto en torno del hombre que había encarcelado a mi hermano. Lo he tejido y es firme: los materiales son un heresiólogo muerto, una brújula, una secta del siglo XVIII, una palabra griega, un puñal, los rombos de una pinturería.

El primer término de la serie me fue dado por el azar. Yo había tramado con algunos colegas —entre ellos, Daniel Azevedo— el robo de los zafiros del Tetrarca. Azevedo nos traicionó: se emborrachó con el dinero que le habíamos adelantado y acometió la empresa el día antes. En el enorme hotel se perdió; hacia las dos de la madrugada irrumpió en el dormitorio de Yarmolinsky. Este, acosado por el insomio, se había puesto a escribir. Verosímilmente, redactaba unas notas o un artículo sobre el Nombre de Dios; había escrito ya las palabras La primera letra del Nombre ha sido articulada. Azevedo le intimó silencio; Yarmolinsky alargó la mano hacia el timbre que despertaría todas las fuerzas del hotel; Azevedo le dio una sola puñalada en el pecho.Fue casi un movimiento reflejo; medio siglo de violencia le había enseñado que lo más fácil y seguro es matar... A los diez días yo supe por la Yidische Zaitung que usted buscaba en los escritos de Yarmolinsky la clave de la muerte de Yarmolinsky. Leí la Historia de la secta de los Hasidim; supe que el miedo reverente de pronunciar el Nombre de Dios había originado la doctrina de que ese Nombre es todopoderoso y recóndito. Supe que algunos Hasidim, en busca de ese Nombre secreto, habían llegado a cometer sacrificios humanos... Comprendí que usted conjeturaba que los Hasidim habían sacrificado al rabino; me dediqué a justificar esa conjetura.

Marcelo Yarmolinsky murió la noche del tres de diciembre; para el segundo “sacrificio” elegí la del tres de enero. Muró en el Norte; para el segundo “sacrificio” nos convenía un lugar del Oeste. Daniel Azevedo fue la víctima necesaria. Merecía la muerte: era un impulsivo, un traidor; su captura podía aniquilar todo el plan. Uno de los nuestros lo apuñaló; para vincular su cadáver al anterior, yo escribí encima de los rombos de la pinturería La segunda letra del Nombre ha sido articulada.

El tercer “crimen” se produjo el tres de febrero. Fue, como Treviranus adivinó, un mero simulacro. Gryphius-Ginzberg-Ginsburg soy yo; una semana interminable sobrellevé (suplementado por una tenua barba postiza) en ese perverso cubículo de la Rue de Toulon, hasta que los amigos me secuestraron. Desde el estribo del cupé, uno de ellos escribió en un pilar La última de las letras del Nombre ha sido articulada. Esa escritura divulgó que la serie de crímenes era triple. Así lo entendió el público; yo, sin embargo, intercalé repetidos indicios para que usted, el razonador Erik Lönnrot, comprendiera que es cuádruple. Un prodigio en el Norte, otros en el Este y en el Oeste, reclaman un cuarto prodigio en el Sur; el Tetragrámaton —el nombre de Dios, JHVH— consta de cuatro letras; los arlequines y la muestra del pinturero sugieren cuatro términos. Yo subrayé cierto pasaje en el manual de Leusden: ese pasaje manifiesta que los hebreos computaban el día de ocaso a ocaso; ese pasaje da a entender que las muertes ocurrieron el cuatro de cada mes. Yo mandé el triángulo equilátero a Treviranus. Yo presentí que usted agregaría el punto que falta. El punto que determina un rombo perfecto, el punto que prefija el lugar donde una exacta muerte lo espera. Todo lo he premeditado, Erik Lönnrot, para atraerlo a usted a las soledades de Triste-le-Roy.

Lönnrot evitó los ojos de Scharlach. Miró los árboles y el cielo subdivididos en rombos turbiamente amarillos, verdes y rojos. Sintió un poco de frío y una tristeza impersonal, casi anónima. Ya era de noche; desde el polvoriento jardín subió el grito inútil de un pájaro. Lönnrot consideró por última vez el problema de las muertes simétricas y periódicas.

—En su laberinto sobran tres líneas —dijo por fin—. Yo sé de un laberinto griego que es una línea única, recta. En esa línea se han perdido tantos filósofos que bien puede perderse un mero detective. Scharlach, cuando en otro avatar usted me dé caza, finja (o cometa) un crimen en A, luego un segundo crimen en B, en 8 kilómetros de A, luego un tercer crimen en C, a 4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguárdeme después en D, a 2 kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino. Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy.

Para la otra vez que lo mate —replicó Scharlach—, le prometo ese laberinto, que consta de una sola línea recta y que es invisible, incesante.

Retrocedió unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hizo fuego.




1942




en Ficciones, 1944