miércoles, octubre 18, 2017

Una conversación con Susan Sontag, de Jonas Mekas

Fragmento




Mekas: En el momento en que empecé a sentir incomodidad con tu película [Duet for Cannibals, 1969], hice este razonamiento: hasta ahora has sido una escritora. Estás impregnada del oficio de la escritura, de las palabras. Tu presencia atraviesa cada uno de tus libros, y leer, como todas las demás artes, es un proceso progresivo. Se avanza oración por oración, párrafo a párrafo, se van produciendo desplazamientos que atañen al lenguaje, a la sintaxis, etc., y que nos mantienen atentos, interesados. Pero ahora te has trasladado a otro medio. Cuando veo tu película, segundo a segundo, paso a paso, noto que todo está muy bien hecho, calculado, estructurado, pero siento que falta algo, que algo se perdió al hacer la traducción. Es demasiado simple, demasiado despojado, mientras que en tus libros se te ve completa, se evidencia cada curva de tu pensamiento, tus palabras transmiten cada emoción en su totalidad. En tu película sentí que algunas sutilezas se perdían, se disolvían en el andamiaje tecnológico, en el uso de los equipos, etc.

Sontag: No estoy de acuerdo. Puede que haya cosas que no funcionan en la película, pero no se deben a que yo allá intentado traducirme a mí misma de un medio en el que me siento cómoda a un medio en el que aún no me encuentro a gusto.

Mekas: Pero si eres una escritora, y admitámoslo: lo eres… entonces todo tu pensamiento y tu ser están dirigidos por esa práctica. ¿No crees que la escritura es algo que afecta a la totalidad de tu ser?

Sontag: No, porque siento que quizás tendría que haber estado haciendo películas todo este tiempo en lugar de escribir. De hecho, tengo más dudas acerca de mis libros que sobre mi película. Porque el film fue concedido como tal, nunca lo habría pensado como una novela o un cuento. Tenía esta película en mi cabeza, la visualicé de comienzo fin. Escribir el guion fue muy fácil, simplemente cerré los ojos y vi cada uno de los planos, dónde tenía que estar cada personaje y hacia dónde iba. La vi como una secuencia de planos. Sentí que no iba a tener que padecer el proceso, que sería una experiencia, que sería menos arduo que escribir. Me pareció que sería una experiencia más cómoda.

Mekas: Sí, pero quizás es ese esfuerzo el que produce ciertas dinámicas que…

Sontag: Se sintió como algo muy natural. En más de un sentido me resultó más natural que escribir.

Mekas: Lo cual demuestra que aquello que parece más natural necesariamente más… mmm.

Sontag: Evidentemente no puedo convencerte de que te guste mi película.

Mekas: No digo que me disguste la película, tan solo que me produce incomodidad. Estoy intentando acercarme a ella. En general decimos que ciertos films de vanguardia están destinados a un público limitado, pero no solemos decir eso de las películas narrativas. Si no llenan las salas, decimos que no son buenas. Pero ayer, mientras veía tu película, pensé que se trata de una película narrativa destinada a un público muy específico, que tiene una sensibilidad particular, que está interesado en ciertas tendencias intelectuales. En la actualidad yo soy parte de un grupo diferente, estoy en otra sintonía, entonces me cuesta acercarme a tu film. Puede que algún día cambie, que alguna cuestión azarosa modifique mi interés. Y, entonces, puede que tu película me guste mucho. Hay films sobre los cuales no puedo decir esto, porque son simplemente malos. Pero cuando intentaba señalar aquellas cosas en las cuales tu película fracasa, me fue imposible nombrarlas. Es por eso que considero que yo soy el que tiene un problema.



2017





Traducción de Guido Segal




















martes, octubre 17, 2017

“Mudanza”, de Alejandro Zambra




 
(4)

(Fue la mano
no era yo
quien saludaba:
había una vez una mano
una mano sola
una mano y un brazo
había una vez un brazo
revisando a tientas
el fondo de una
bolsa.

Entonces la bolsa y el brazo
-y la mano-
hicieron un
compromiso.
Eso hicieron, un compromiso:
el brazo puede quedarse
con la mano y la bolsa
puede quedarse
con la mano y el brazo
si y sólo si
los vasos, tijeras y las
resmas, si y sólo si el sol sale
prudentemente de la escena
si y sólo si los cigarros
guardan estricto silencio
si el café sigiloso se empoza
y los ojos sobre todo
los ojos se limitan
a observar
a las plantas que crecen
estoica anónima-
mente
mientras cae
no la noche pero
algo: una sombra peligrosa
que recubre de una vez
los pestillos
los pasillos y el autor
que revuelve la cerveza
-eso hace,
revuelve la cerveza,
saluda a la cámara,
dice ruido por decir algo
hace formas con la mano
y con las cejas
con el brazo consigue
los papeles revisa
las líneas que le tocan
y decide por ejemplo
limpiar los azulejos
revisar los mensajes
no enviados, comenzar
desde ahora con
minúsculas:

el brazo puede quedarse
con la mano y la bolsa
puede quedarse
con la mano y el brazo
pero la mano siempre termina sola
atentamente sola
pobre mano sola
que entonces saludaba
atentamente a quién).



en Mudanza, 2003

(Tomado de 1ª reimpresión, 2017, Ediciones Tácitas)

Foto: Mabel Maldonado
 








lunes, octubre 16, 2017

"Vida de Manuel Rodríguez, el guerrillero", de Ricardo A. Latcham

Fragmentos del capítulo 9





La vida popular de Rodríguez. Sus ideas y amoríos

La leyenda había desfigurado a Rodríguez hasta el extremo de hacer de él un héroe folletinesco y sin arraigo en la historicidad.

Cuando se penetra en su clima moral se encuentra en él un prodigioso aspecto de chilenidad que hace más fácil interpretar las cualidades y defectos.

Hombre de ciudad, Rodríguez se transforma en guerrillero en virtud de su don psicológico, de su fácil asimilación de los métodos necesarios para conspirar. Esta aptitud proviene de su carácter abierto y generoso, de su plebeyismo en que habrá que insistir para comprenderlo.

Su familia pertenecía a las mejores de la Colonia; pero la pobreza y cierta afición a lo popular lo desarraigan algo de su medio natural.

La gente sensata y solemne, que forma la espuma del mundo social santiaguino, lo rechaza con cierto instinto conservador. El abogado busca su ambiente entre los rotos y más tarde junto a los campesinos. Su lenguaje lo asimila fácilmente y está más bien entre los huasos y los arrieros que al lado de los descendientes de oidores y de cabildantes.

Su estilo epistolar es semejante a su oratoria. Es efectista y pintoresco. Abusa de las comparaciones tomadas de lecturas más o menos extravagantes. Cita a la Biblia y compara a las nubes de una tormenta, dirigiéndose a San Martín, con la columna que precede a los judíos.
Cuando muchacho se entretiene en asustar a los crédulos esclavos negros y a los rotos milagreros con experimentos más o menos jacarandosos. En la noche colocaba, en compañía de un compañero tucumano, por las ferradas puertas de las casonas santiaguinas velas encendidas y metía puchos de cigarro en las cerraduras de las llaves. Los asustadizos habitantes solían creer que estos puntos luminosos eran candelillas de ánimas o aparecidos.

Los toros y las carreras de caballos lo atraen fuertemente. En el proceso de 1813 se le ve a menudo ocupado en el juego los trucos o billares y asistiendo a las corridas.

Mientras otros duermen la siesta, él lee o se mete por los barrios en una hora que, según un dicho popular, sólo están despiertos los ingleses y los perros.
Mientras la aristocracia se dedica al «pelambre» o a comentar los últimos sucesos sociales, el abogadito se dedica al franco y apasionado apostar. Nunca su bolsa está repleta y lo poco que gana como profesional se escurre entre los dedos con facilidad.

No conocemos un solo amor arraigado del guerrillero. La mujer lo ocupa mucho, pero no le abre una huella sentimental profunda. Trae de Cuyo a una amiga y es probable que en su compañía viva algún tiempo.

Monsieur Barrire, refiriéndose a los tres hermanos Rodríguez los califica como «hombres de costumbres depravadas».

En el apoltronado y religioso mundo colonial, este hombre atrevido y lleno de ímpetus primitivos, sugiere ideas abominables.

La franqueza suya contrasta con la cuca hipocresía del medio santiaguino, donde tener hijos naturales y amancebarse con las sirvientes revelan un tremendo estigma de los antepasados de la actual oligarquía.

Rodríguez forma una fuerza suelta de la Naturaleza que no se detiene en contemplaciones personales. Barros Arana lo supone un hombre de pocas vinculaciones sociales durante su destierro en Mendoza.

Sin embargo, en el estrecho ambiente santiaguino es un hombre popular. No goza ni busca apoyo oficial y rechaza las embajadas que le ofrecen. En tal sentido se aparte considerablemente del dicho célebre de don José Joaquín de Mora: «Todo chileno es enemigo del gobierno, mientras no sea empleado público».

Los defectos de Rodríguez se compensan con su liviano temperamento, su simpatía humana y descontrolada generosidad. No es muy chileno ese aspecto de eterno descontento y de camorrista que ofrece a los partidarios de O’Higgins en los últimos años de su existencia.

Tampoco acepta las reputaciones y prestigios basados en el dinero o en los abolengos comprados. Puede afirmarse que es el primer demócrata sincero que aparece en el mundillo político chileno.
Este no conformismo lo hace simpático en el pueblo y crea en su torno las leyendas más absurdas y contradictorias.

Su imagen genuina se escapa o se deforma entre muchas interpretaciones. No es tampoco un carrerino incondicional; porque opone su individualismo a las ideas absolutistas de esta familia, verdadera tribu oligárquica que malogra el primer período de la Independencia.

Es probable que Rodríguez, como otros patriotas, hubiese bebido sus ideas en los enciclopedistas. Sabemos que también leía a Richardson y El Evangelio en triunfo, de Pablo de Olavide.

Nunca aparece como un hombre religioso; pero no se cuenta entre los ateos o blasfemos.
La chilenidad de Rodríguez tiene mucha semejanza con la que caracteriza en sus epístolas al ministro de Prieto. Tanto Rodríguez como Portales se acercan al pueblo y pulsan su corazón generoso. Aman la vida de las chinganas y filarmónicas; se entienden con mujerzuelas y prefieren el canto y el baile al romanticismo y platonismo que imperan en las costumbres aristocráticas.

Pocos hombres expresan mejor la desidia del carácter chileno y pocos sienten, en el fondo, un desprecio más completo a sus compatriotas.

Se aproximan también en el dramático fin, acaecido en el camino de Valparaíso con la diferencia de diecinueve años, Portales supera a Rodríguez en genio político, en sentido constructivo; pero se asemejan por lo escépticos y viperinos para calificar al mundo social santiaguino.

En 1816 juzga Manuel Rodríguez del modo siguiente a sus compatriotas:

«Los chilenos no tienen amor propio ni la delicada decencia de los libres. La envidia, la emulación baja y una soberbia absolutamente vana y vaga son sus únicos valores y virtudes nacionales.
Pero en proponiéndoles un plan o remedio, en presentándoles un hombre, que lo desea, en publicando el enemigo alguna providencia, o tocándole un ministro de la vigilancia, o del gobierno; tiemblan, le besan los pies, dan la poltrona y no perdonan humillación, ni bajeza. El pueblo medio es infidente y codicioso. De todo quiere sacar lucro pronto, en todo meterse y criticarlo. Pero torpemente con borrachera, con desbarato y ruin utilidad. Los artesanos son la gente de mejor razón y de más esperanzas.

La última plebe tiene cualidades muy convenientes. Pero anonadada por constitución de su rebajadísima educación y degradada por el sistema general que los agobia con una dependencia feudataria demasiado oprimente, se hace incapaz de todo, si no es mandada con el brillo despótico de una autoridad reconocida. El clamor general de los campos, su pobreza y su desesperación no tienen primeras…».

En pocas líneas compendia su concepto acerca del chileno. En otras partes completa estos juicios con sombríos rasgos.
Nunca anda por las nubes y sabe colocar firmes sus pies en la realidad.
El corazón femenino no tiene secretos para él; pero su escepticismo no le permite casarse. Rehuye las cosas delicadas, busca lo concreto e infunde en su prosa tal característica de su espíritu. Una de sus proclamas termina así: «Los zánganos despejen la colmena al reunirse la diligente abeja».

Acude a lo patético para exaltar el vacilante patriotismo de su tierra: «… Por mí os juro que mientras mi patria no sea libre, que mientras todos mis hermanos no se satisfagan condignamente, no soltaré la pluma ni la espada, con que ansioso acecho hasta la más difícil ocasión de venganza. Os juro que cada día de demora se doblará este deseo ardiente para sacar de los profundos infiernos el tizón en que deben quemarse nuestros tiranos y sus infames, sus viles secuaces».*

El pueblo bajo conserva hasta hoy el culto de Rodríguez. En esto no obedece a ninguna lógica histórica sino a su instinto certero.

Ve en el tribuno a un amigo, a un bizarro partidario de la porción oprimida de la sociedad. El pueblo lo ayuda y presta estímulo a sus acciones. Un tipógrafo de La Gaceta del Rey cambia las frases, al referir sus hazañas que los realistas pintan con negros colores. En donde decía «madre inmortal» por España pone «madre inmoral», y en la parte en que se baldona al guerrillero como un hombre «inmoral» se coloca la palabra «inmortal». Esto causó el envío del artesano al presidio del cerro Santa Lucía por seis meses.
Hay algo singular y complejo en esta mezcla de contrarias pasiones. Por un lado su plebeyismo, su arrotado temperamento y por otro cierta inteligencia libresca y desenfrenada que llega a lo pedante en múltiples ocasiones. Las grandes frases, las sentencias rotundas y efectistas son de su agrado. Deslumbra a los artesanos y aún tiene mucho partido entre los «pipiolos» y resentidos sociales.

Si vive más tarde, en tiempo de Portales, habría sido uno de los opositores a la política autoritaria del gran ministro.

Rodríguez conocía palmo a palmo los sitios en que se expansionaba el bajo pueblo. En múltiples ocasiones se escurre, disfrazado de hombre del campo o de obrero, entre las «chinganas» y disfruta de los entretenimientos primitivos del roterío.

Las costumbres de ese tiempo aún no se refinaban y eran muchos los caballeros que no se avergonzaban de mezclarse con «chinas» de pata rajada y con niñas vergonzantes que alguna celestina ofrecía con discreción.
Antiguamente las mujeres públicas se llamaban las «tapadas» o lusitanas porque hubo profusas suripantas que vinieron del Portugal. Los obispos Carrasco y Alday protestaron de sus excesos y procuraron expulsarlas de Santiago. Más todo fue inútil.
...



1932








* Documentos del Archivo San Martín, tomo III, págs. 165-166





























domingo, octubre 15, 2017

“Selva valdiviana”, de Andrés Anwandter




 
rememora el murmurar del estero
invisible entre las quilas        la silueta

del chucao que pretendes acechar
con más bien aparatosos

binoculares     te cuelgan
del cuello

desaparece     para el instante
cantar

desde el otro lado de la huella
tanto más adentro del oído

en la mitad de la vida
te encuentras             de pronto

en un bosque sin entradas ni salidas



en Música envasada, 2017
Pequeño Dios Editores










sábado, octubre 14, 2017

“Sueño de una dama de honor”, de Li Bai (Li Po)

© Versión de Juan Carlos Villavicencio





La flauta toca una melodía doliente,
mientras ella despierta de sueños cuando sobre su alcoba
            la luna se desvanece.
Cuando sobre su aposento se desvanezca la luna,
año tras año verdes sauces lloran
cómo desde del puente la gente se va.

Todo es feliz el día del otoño transparente,
pero ella no recibe palabra alguna del antiguo camino del noroeste.
Y ahora que sobre aquel camino antiguo
desciende el sol, el viento del oeste se deja caer
sobre las tumbas reales y los muros de los palacios.











viernes, octubre 13, 2017

“Dios”, de Claudio Giaconi




 
Está bueno que ya se las arreglen solitos
y se dejen de invocar Mi Nombre en vano.
Hasta cuándo Me joroban con leseras!
Tengo cosas más importantes que hacer.
Basta de andar bendiciendo en Mi nombre
buques nucleares y otras sandeces!
Yo no tengo velas en este entierro.
Se meten en líos
y después se acuerdan de Mí.
Pues bien, se acabó!
Basta de sacramentos y a las andadas de nuevo.
Arréglenselas solitos de ahora en adelante.
Está bueno que Me dejen tranquilo de una vez!
A Mí no Me metan en el baile.
Olvídense que existo.
No vengan más a verMe.
Rásquense con sus propias uñas.
DéjenMe solo por Caridad!
Idolátrense entre ustedes mismos
revueltos todos en la misma chimuchina
y cuídenla chiquillos locos por Dios!
Y ahora no Me metan bulla.
Que quiero dormir en Paz
por el resto de la Eternidad.



en El derrumbe de Occidente, 2013











jueves, octubre 12, 2017

Dos poemas de Marcelo Guajardo Thomas







PER CÁPITA


A cada cual lo suyo,
como nube oscura
que se aproxima, sin saber
si nos trae lluvia, arena o mierda.







TONTOS SOLEMNES


La tontera nos abandona a los ciento tres
cuando el ácido río ha terminado de rodar
y solo quedan guijarros en la campera de viaje
un residuo que se resiste al fuerte viento de Las Cruces
se resiste a ser llevado por viento alguno
se queda esperando su siesta diaria
el té de las cinco servido sin la pompa de la Casa Blanca
alguno que otro ingenuo que lo espera detrás de la verja
bajo un pimiento otoñal donde la vida se desarrolla minúscula.
Tiene méritos no se le desconoce, el habla razonable
la música de cámara de la inteligencia, la ausencia
total de bronces y tambores de guerra. El problema
no es él. Ni su astucia. El problema son las gaviotas.
El problema siempre son las gaviotas.






Inéditos













miércoles, octubre 11, 2017

“Persecuta”, de Mario Benedetti




 
Como en tantas y tantas de sus pesadillas, empezó a huir despavorido. Las botas de sus perseguidores sonaban y resonaban sobre las hojas secas. Las omnipotentes zancadas se acercaban a un ritmo enloquecido y enloquecedor.

Hasta no hace mucho, siempre que entraba en una pesadilla, su salvación había consistido en despertar, pero a esta altura los perseguidores habían aprendido esa estratagema y ya no se dejaban sorprender.

Sin embargo esta vez volvió a sorprenderlos. Precisamente en el instante en que los sabuesos creyeron que iba a despertar, él, sencillamente, soñó que se dormía.



en Despistes y franquezas, 1989









martes, octubre 10, 2017

"Canto a la derrota de Arturo Godoy", de Floridor Pérez







A mi padre



La noche en que peleó Arturo Godoy
                                                                —¿te acuerdas?
Izquierda Godoy-derecha de Joe
con la oreja pegada al receptor:
izquierda-derecha ¡pégale carajo!
las cuatro radios del pueblo
amanecieron encendidas esa noche.
Golpe al mentón ¡eso es!
nunca se ha arriado la bandera
                                     (—agáchate Godoy)
y espero que no sea la ocasión de hacerlo.

Izquierda Godoy-gancho de Joe
los huasos se quejaban junto al RCA
y el mantelito blanco
       que bordó mi madre
                                             (—¿por qué pelean, papá?)
       en horas de invierno
       de nunca acabar
                                             chorreado aquella noche.
(Le toparía una oreja, le mentaría la madre
o cruzaría la raya el negro feo).

Recto al mentón
¡el alma les dolía a los oyentes!
izquierda-derecha
pégale-carajo-sácale-la cresta
¿así que no lo van a dejar pelear agachado
gringos de mierda?

Todos quedaron tristes, como en Cancha Rayada
y el que sea valiente que me siga
por el pasillo oscuro
a ver ¡que venga el cuco!
                                   (—agáchate Godoy)
porque aún tenemos patria y los hombres no lloran
como El Viejo y su compadre Clodomiro
la noche en que perdió Arturo Godoy.




en Chilenas i chilenos, 1986


















lunes, octubre 09, 2017

“En memoria del pescado frito”, de Martín Gambarotta




 
En memoria del pescado frito:
este vaso de

y los datos, las noticias:
la casa está llena de mosquitos.

Vodka. Vodka con Coca
vodka con Fanta, vodka
con Cepita, vodka, sal
limón, vodka con Sprite
vodka con Pepsi, una bañadera
llena de vodka, vodka solo, vodka
de nombre ruso destilado en San Luis.

Se viene el mes que viene.
Se mueve el muelle.
Se acaba esta botella.
Se termina la felicidad.



en Refrito (Libros La Calabaza del Diablo), 2009










domingo, octubre 08, 2017

“Poema de amor de la chica iguana y el peregrino”, de Ana Wajszczuk







a javier, en love-trip


estamos en el trópico – green season
yo soy la chica iguana
amontono deseos en cualquier cueva
como animales abandonados después del verano

él es el peregrino y una vez me vino a buscar
dijo: sé para siempre tus secretos
dijo: princesa iguana
el brillo lunar de la noche nos mece, las piedritas
lagrimales de la playa van a acunarnos como joyas de tu única corona

todo de mí sabe el peregrino lo que no sé
sabe del cementerio de los barcos dolientes
sabe de los verdes rabiosos de mi salita interior
de toda una estirpe encallada en mi garganta
él puede entrar donde quiere
y donde nunca lo dejarán
ni le importa
a mí sí me importa porque tengo
sed
y quiero entrar
siempre entrar
donde nunca me dejan

en el espejo no me dejan entrar
en el centro de toda belleza no me dejan entrar

vení calmémonos en mi sed iguana me dice
que todos tus deseos son ridículos
y no tienen nombre

qué sediento más soberbio
dice la iguana
peregrino no sabés acaso que toda salvación mata


soy la chica iguana
la medusa la princesa la fulgurante
pero ningún nombre me reconoce
pero yo igual voy a decir el tuyo
en el quiebre de esta noche

voy a decir magia
para que siempre me salves
de estos mediodías que me estrían
de esta demasiada sed

mi sed porosa y salina
como el pacífico de tu tierra prometida
mi sed odiosa
que se calma en la tuya

en el espejo no me dejan entrar
en el centro de toda belleza no me dejan entrar

teneme peregrino entonces así enredada
en tu suavidad cóncava
que me voy como una Alicia maniática
reptando por bosques niños inventados

que te voy a enfermar peregrino
que te vuelvo loco
le crecen los colmillos a la noche
y me encerrarán en una torre
con mi sed de mil demonios
ningún ángel querré que me rodee, ninguno
y prenderán todas las luces de mis salas interiores
de mis salas de estar

peregrino peregrino
no me dejes

decime algo más
que tu voz es el agua
el vaivén húmedo de un umbral
decime algo más peregrino
aunque ninguna palabra tuya
baste ya para sanarme

soy la chica postre
la medusa
la chica cosmo de anteojos Barbie
tirada mirando
lánguida la lluvia del trópico

¿qué más decir?
los años 20 de mi vida recién comienzan
y todo lo verde está de mi lado.















sábado, octubre 07, 2017

“De noche, víspera del Año Nuevo”, de Gao Shi




 
En la posada, solo, permanezco
desvelado ante una lámpara gélida.
Está mi corazón de viajero
en honda melancolía inmerso.
Mi pensamiento atraviesa mil leguas
para llegar a mi tierra natal.
Mañana van a encontrar
más blanca mi cabellera.



en Poesía clásica china, 2001










viernes, octubre 06, 2017

"Juego de tronos", de George R. R. Martin

Fragmento





-¿Un hombre puede ser valiente cuando tiene miedo? –oyó que preguntaba su voz, tenue y lejana.

-Es el único momento en que puede ser valiente, Bran –le respondió la voz de su padre.

-Ahora, Bran –lo apremió el cuervo-. Elige: vuela o muere.

La muerte trató de asirlo mientras gritaba.

Bran abrió los brazos y voló.

Unas alas invisibles atraparon el viento, se hincharon y lo elevaron. Las espantosas agujas de hielo se alejaron, a sus pies, y el cielo se abrió ante él. Bran remontó el vuelo. Aquello era mejor que trepar. Era mejor que nada. El mundo se empequeñeció abajo.

-¡Vuelo! –gritó, emocionado.

-Ya me he dado cuenta –dijo el cuervo de tres ojos. Echó a volar y aleteó ante su rostro, demorándolo, cegándolo. Cuando las plumas le golpearon las mejillas, Bran se tambaleó. El cuervo le asestó un picotazo terrible en la frente, entre los ojos, que lo cegó de dolor.

-¿Qué haces? –gritó.

El cuervo abrió el pico y graznó; fue un chillido agudo de miedo, y los jirones de niebla gris que se arremolinaban a su alrededor se desgarraron como un velo, y vio que el cuervo no era tal, sino una mujer, una criada de larga cabellera negra a la que había visto antes. ¿Dónde? En Invernalia, claro, la recordaba bien; y entonces se dio cuenta de que estaba en Invernalia, en una cama, en una habitación helada en la cima de una torre, y la mujer de pelo negro dejó caer la palangana de agua, que se estrelló contra el suelo, y corrió escaleras abajo gritando: «Está despierto, está despierto, está despierto».

Bran se tocó la frente, entre los ojos. Aún le quemaba la zona que el cuervo le había picoteado, pero no tenía nada, ni sangre ni herida alguna. Se sentía débil y mareado. Trató de salir de la cama, pero no pudo.

En aquel momento percibió que algo se movía junto al lecho, justo antes de caer con agilidad sobre sus piernas. No sintió nada. Un par de ojos amarillos, brillantes como el sol, se clavaron en los suyos. La ventana estaba abierta y en la habitación hacía frío, pero la calidez que emanaba el lobo lo envolvió como un baño caliente. Bran se dio cuenta de que era su cachorro… ¿o no? ¡Le parecía tan grande…! Extendió un brazo para acariciarlo; la mano le temblaba como una hoja.

Cuando su hermano Robb irrumpió en la habitación, jadeante tras subir a toda velocidad los peldaños de la torre, el lobo huargo lamía el rostro de Bran. El niño alzó la vista, con calma.




1996












jueves, octubre 05, 2017

“Cuya boca ardía”, de Óscar Cerruto




 
Me niego.
Me niego a entrar en el coro
a corear
al perpetrador con sombrero
de probidad
el abogado de la carcoma
el que dicta las normas
y sacude
en la plaza
el árbol del usufructo.



en Ordenar la danza (Antología de la poesía boliviana), 2004









miércoles, octubre 04, 2017

"Violeta y su guitarra", de Pablo de Rokha






La gran placenta de la tierra la está pariendo cotidianamente, como a un niño de material sangriento e irreparable, y el hambre milenaria y polvorosa de todos los pueblos calibra su vocabulario y su idioma folklórico, es decir, su estilo, como su destino estético y no a la manera de las categorías.

Por eso es pueblo y dolor popular, complejo y ecuménico en su sencillez de subterráneo, porque el pueblo es complejo, sencillo, tremendo e inmortal, como sus héroes, criado con leche de sangre.

Tiene su arte aquella virtud de salud, que es vital y mortal simultáneamente, de las honestas, recias, tremendas yerbas medicinales de Chile, que aroman las colinas o las montañas y las arañan con su olor a sudor del mundo del futuro, o de lo remoto antiquísimo, y son como látigos de miel dialéctica, con hierro adentro, en rebelión contra el yugo.

Yo no defino así ni el volumen ni el tamaño social de su estilo; no; me refiero a la cualidad que la orienta a ella y su guitarra y aun la pintura en proverbio o la tonada revolucionaria, a su guitarra y a ella, porque ella no es una guitarra con mujer, sino una mujer con guitarra.

Por debajo, en el total denominador común humano, su folklore, no snob, se entronca a la Picaresca española, construida con la entraña popular, en la entraña popular, interfiriéndolo; un catolicismo, más pagano que cristiano, llora, sonríe, brama en el subsuelo; aquel humor feliz de sentirse desventurado de coraje dramatiza la guitarra y de tan ingenuo es macabro, como la gárgola de la Catedral Gótica, como Rabelais o como el Aduanero Henri Julien Rousseau, o Bosch, el fraile terrible.

Saludo a Violeta, como a una "cantora" americana de todo lo chileno, chilenísimo y popular, entrañablemente popular, sudado y ensangrado y su gran enigma, y como a una heroica mujer chilena.




Paris, 1 de junio 1964