lunes, mayo 22, 2017

“Réplicas”, de Umar Ibn Abi Rabi’ah






A una muchacha de formados senos
invité a tenderse, sin cojín,
sobre la arena del desierto.
“Así lo haré, aunque no sea mi costumbre”, dijo ella.
Y cuando iba a despuntar la aurora, dijo:
“Me has deshonrado, ahora vete, si quieres,
o sigue, si así lo prefieres”.
Pero no hice sino sorber sus encías
y, entre charlas, besarla en la boca.
Me llené de toda ella.
Me envolví en su vestido de seda
y a mis ojos dije: llorad ahora.
Entonces se levantó
para borrar con su manto las huellas
y buscar las perlas del collar desparramadas.



en La poesía árabe clásica (Veglison y De Molins), 1997

Pintura: Eugène Delacroix






domingo, mayo 21, 2017

"Problema de envergadura", de Juan Cristóbal Guarelllo






Nunca le compré mucho al personaje. Antes de que llegara a Colo Colo demostró su forma de operar: tenía arreglado todo con Mosa aun cuando Sierra todavía estaba en la banca y conformaba el plantel. Después, su primera aparición en el Monumental: entrenamiento abierto a la prensa, gestos teatrales frente a las cámaras gritándole a los jugadores “ir al ataque”, para al día siguiente decretar todas las prácticas privadas y prohibir que los jugadores hablen en la semana. Es decir, puesta en escena para salir en todos los noticiarios como un entrenador “aguerrido” y “ofensivo”, y después decretar un veto que ni Álamos, Jozic, Benítez o Borghi, hablando de entrenadores que ganaron algo en serio, se hubieran atrevido a hacer.

Luego el tongo de Lanaro, un show montado para subirle el sueldo y darle una mano a un jugador del corral de su representante: Leonardo Cauteruchi. La forma en que intervino las series menores, metiendo en la Sub 19 a un admirador cuyos antecedentes eran haber dirigido 15 años en la cuarta división de España. Lo que se dice, buscar la excelencia.

Ni hablar de la forma en que sacó a Julio Rodríguez del cuerpo técnico. Una cosa es despedir a alguien, otra es mandar al Cucho Salvatierra a hacerse el graciosito con guantes y que en uno de los banderazos payaseara como entrenador de arqueros.

¿Y la renovación de Garcés? Hasta Cauteruchi reconoció que el individuo de marras estuvo en la mesa con los dirigentes negociando la continuidad del arquero. El entrenador negociando contratos de los jugadores con su representante. Y a nadie le parece malo.

Dejo de lado su tren siberiano de supersticiones: agua bendita, plantas de ruda, modelos de ropa y cuanta lesera existe. Da lo mismo, folklore por último. O que haya metido al hijo a hacer una pasantía eterna editando videos.

Siempre de vivo, de víctima, con el guiño, la ironía…

Pero, sabemos, la hinchada perdona todo con tal de ganar, hasta que le estén metiendo la mano en el bolsillo frente a sus ojos. Y se había instalado la idea de que el señor es “un ganador” con “estilo ofensivo”.

¿Seguros? El Apertura 2016 fue una larga pretemporada donde no estuvo ni cerca de pelear el título. Luego ganó la Copa Chile, un título menor dentro de las vitrinas de Colo Colo, tanto así, que en años anteriores se había jugado con suplentes y juveniles.

En la Copa Libertadores no pasó la segunda fase eliminatoria. Quedó en el camino contra Botafogo haciendo un partido lamentable en el Monumental. Pero, claro, como es un “equipo brasileño” no había obligación de clasificar. Porque, ustedes saben, Colo Colo nunca le ganó a un equipo brasileño.

Finalmente este Clausura 2017. Claro, por ahí San Luis hace la gracia y Colo Colo sale campeón. A los rebotes. Lo tenía servido en bandeja, le alcanzó a sacar seis puntos de ventaja a la U en un torneíto de 15 fechas. Y está a un pelo de salir segundo. El equipo se vino abajo, de los últimos ocho partidos ganó dos, los rendimientos individuales cayeron con estrépito, cada punto comenzó a costar sudor y lágrimas. No mereció ganar en Viña del Mar e hizo todo lo posible para que Antofagasta, que tiene su objetivo en zafar del descenso y nada más, le empatara en el Monumental.

Me explico, Colo Colo tenía a Antofagasta en el arco, la figura era García. Aparte del gol de Rivero, se creó tres o cuatro claras oportunidades de más. Estaba para apurar y matar el partido muy fácil. Pero ocurrió todo lo contrario: luego de abrir la cuenta a los 22’ del primer tiempo, el señor picardía frenó al equipo, contuvo a los laterales, entregó la pelota y dejó crecer a un rival que estaba en las cuerdas ¡Contra Antofagasta de local! Y Antofagasta, sin recursos ofensivos, con grandes problemas para hilar una jugada de peligro, se encontró que Colo Colo, de local, se le metía atrás y le entregaba la iniciativa. Cuando sacó a Rivero y puso a Morales para jugar al contragolpe ya no hubo dudas: al señor de la banca le vino pánico escénico, se apretó como perno de muelle y se puso anteojos de cuero. Sacó su mejor hombre en ofensiva para especular con pelotazos largos para Morales. Como si estuviera jugando el descenso, como si el rival fuera el Real Madrid, como si Antofagasta no llevara 24 años sin ganar en el Monumental.

Para mí el señor éticamente ya está cocinado. Ahora quedó claro que futbolísticamente le quedó grande el asunto. Basta del verso del “ofensivo y propositivo”. Colo Colo tiene una historia y tiene títulos de verdad, con entrenadores de distinto paladar, pero que ganaron cosas en serio y no andaban de vivos, manipuladores o metiendo las manos en el cajón.






en La Tercera, 16 de mayo 2017
























sábado, mayo 20, 2017

"Mi corazón no es una piedra", Anónimo chino

© Versión de Juan Carlos Villavicencio






Como un bote danzando
donde sea que encuentre olas,
así a mi cama he sido
lanzado hacia el tormento donde
yazgo despierto largamente.
Ni el vino ni el juego
pueden aliviar mi gran dolor.

¡Oh, que mi corazón fuera un espejo
en el cual pudiera yo leer!
Acudí a mis hermanos
buscando ayuda y no encontré
nada sino ira.

Mi corazón no es una piedra
para hacer rodar a un lado;
mi corazón no es una alfombra
que pueda ser dejada aparte.

¿Qué he hecho tan mal? Si acaso me he equivocado,
les pido que me muestren mis errores.

Mi corazón está abatido por el pavor:
estoy rodeado
por el desdén de pequeños hombres.
Tanto tormento he visto,
tanta insolencia que he aguantado.
Me he hundido en pensamientos inútiles
y he despertado con el pecho destruido.

Oh, sol, oh, luna,
¿por qué han cambiado y se ven tan disminuidos?
Tanta pena en mi corazón
que se aferra como un vestido sin lavar.
Estoy cargado
de pensamientos vagos, y ya no puedo
desplegar mis alas para volar muy lejos.





en El Libro de Odas, aprox. 1000 AC



















viernes, mayo 19, 2017

“Comida para gatos o la cantidad hechizada”, de Reina María Rodríguez






Los gatos son los más engañados con esta cuestión de la escasez. Les echo pedacitos de carne, pedacitos de pescado, pedacitos de cualquier cosa. Nunca cosas completas. Ellos suspiran por lo que vendrá. Me miran, tienen la ilusión de que vendrá después, “la cantidad”, por eso resisten. La cantidad es para ellos el sueño.



en Luz acuosa,
Ediciones Biblioteca Nacional, 2015







jueves, mayo 18, 2017

"Cantus in memoriam Chris Cornell", de Juan Carlos Villavicencio




(1964-2017)


I know all your graces
someday will flower
in the sweet sunshower

Hay la voz i un abismo interminable
               de flores negras sobre el césped
i
una
tumba
abierta
              esperando húmeda
                            otra vez
                        al fuego que no cede.

Arenas como horas o siglos tatuados
                carentes de toda compasión.

En un jardín de lágrimas nace un sendero
                                    hacia el acantilado.

Aguas i duendes muriendo i renaciendo
                                                      bajo
                                                          la
                                                         garúa
                                               que cae abrazada por el sol
en esta brutal i hermosa
                           guerra contra
                           el tiempo.


Una barca al final del horizonte.


                             – crescendo –


Todo lo que seremos lo somos ya,
              sangre i tierra en un puñado de estrellas silentes.


Volverás a florecer de colores sin perdón.





18 de mayo, 2017
(en el cumpleaños de mi hermano Porto, que partió hace demasiado)























miércoles, mayo 17, 2017

“El pelo”, de Germaine Greer




 
El estudiante que escribió a los diarios dominicales para preguntar por qué el director de su colegio estaba alterado por la mata oscura que le cubría la nuca y le llegaba hasta el cuello de la camisa fingía una falsa ignorancia. Cuando los hombres de nuestra generación se dejaron crecer el pelo, no lo hicieron sin motivo como intentaron afirmar luego. Su pelo era una indicación de que no aceptaban la moralidad de la generación de burócratas de pelo cortado al cepillo de sus progenitores. Mediante el acto de dejarse crecer el pelo consiguieron dare la vuelta a una curiosa presunción sobre su significacion sexual, pues muchos jóvenes comenzaron a lucir grandes matas ondeantes de rizos y largas trenzas relucientes que sus hermanas intentaban emular en vano. La antigua presunción de que la cabellera de las mujeres crecla más densa y más larga que la masculina no se disipó sin dificultad. Los hombres de pelo largo fueron tachados de anormales y pervertidos y las mujeres echaron mano de inmensas cascadas de pelo comprado para restablecer el equilibrio. Mientras se ahuecaban el pelo sobre la cabeza y se engalanaban las pestañas, se arrancaban a la vez con determinación hasta la última brizna de vello de las axilas y de los brazos y las piernas. Cuando el verano llenó los parques y jardines de melenudos en camiseta de tirantes, pudieron ver que muchos de ellos tenían los brazos y el pecho lampiños y escasa barba; en vez de comprender lo que eso indicaba sobre la virilidad de los torsos velludos, lo consideraron una prueba más de que esos hombres eran unos degenerados. No hace mucho, Edmund Wilson se permitio insinuar que la virilidad de Hemingway era defectuosa acusándole de lucir vello de crepé en el pecho.

Lo cierto es que algunos hombres son peludos y otros no; y algunas mujeres son velludas y otras no. Las distintas razas tienen patrones diferentes de distribución del vello. Ese súmmum de virilidad, el "semental" negro, tiene poquisimo vello corporal. Algunas mujeres caucásicas de piel morena tienen abundante vello oscuro en los muslos, las piernas, los brazos y hasta las mejillas; su eliminación es dolorosa y ocupa mucho tiempo, pero cuanta más ropa están autorizadas a quitarse las mujeres, más vello deben eliminar.

La justificación de la depitación es burda. La sexualidad se considera, de manera absolutamente errónea, como una característica animal, pese al hecho evidente de que el hombre es el animal sexualmente más activo y el único que mantiene relaciones sexuales con independencia del impulso reproductivo instintivo. En la imaginación popular, el vello abundante, como el pelo espeso en los animales, se considera un indicador del grado de bestialidad y, por lo tanto, un indicio de una sexualidad agresiva. Los hombres lo cultivan, del mismo modo que se les anima a desarrollar instintos competitivos y agresivos; las mujeres lo controlan, igual que controlan todas las facetas de su vigor y su líbido. Cuando su vello corporal no les inspira suficiente repulsión, otros se encargan de ordenarles que se depilen. En casos extremos, las mujeres se afeitan o se depilan la zona del pubis, a fin de parecer todavía más asexuadas e infantiles. Aunque, si hasta Freud llegó a considerar el vello pubiano como una cortina prevista por algún tipo de modestia fisiológica, afeitárselo también podría constituir una rebelión. Los esfuerzos para eliminar cualquier olor del cuerpo femenino forman parte de la misma represión de una animalidad imaginaria. Actualmente, no basta con neutralizar el olor del sudor y del aliento; todas las revistas femeninas advierten a las mujeres sobre et horror del olor vaginal, que se considera abso- lutamente repulsivo. Los hombres que no desean ver a sus mujeres afeitadas y desodorizadas hasta la insipidez más absoluta, nada pueden hacer contra la repulsión que sienten las mujeres mismas contra su propio cuerpo. Por otro lado, algunos hombres se enorgullecen de su olor y vellosidad, como parte de su rechazo viril contra la delicadeza. Existe un término medio entre el encanto de una piel de cabra semicurada y el cuerpo lampiño e inodoro de la muñeca: el cuerpo cuidado y razonablemente aseado, el cuerpo deseable, sea masculino o femenino.



en La mujer eunuco, 1970






martes, mayo 16, 2017

"No le copien a Pound", de Gonzalo Rojas






No le copien a Pound, no le copien al copión maravilloso
de Ezra, déjenlo que escriba su misa en persa, en cairo-arameo,
            en sánscrito,
con su chino a medio aprender, su griego translúcido
de diccionario, su latín de hojarasca, su libérrimo
Mediterráneo borroso, nonagenario el artificio
de hacer y rehacer hasta llegar a tientas al gran palimpsesto de lo Uno;
no lo juzguen por la dispersión: había que juntar los átomos,
tejerlos así, de lo visible a lo invisible, en la urdimbre de lo fugaz
y las cuerdas inmóviles; déjenlo suelto
con su ceguera para ver, para ver otra vez, porque el verbo es ése: ver,
y ése el Espíritu, lo inacabado
y lo ardiente, lo que de veras amamos
y nos ama, si es que somos Hijo de Hombre
y de Mujer, lo innumerable al fondo de lo innombrable;
no, nuevos semidioses
del lenguaje sin Logos, de la histeria, aprendices
del portento original, no le roben la sombra
al sol, piensen en el cántico
que se abre cuando se cierra como la germinación, háganse aire,
aire-hombre como el viejo Ez, que anduvo siempre en el peligro,
            salten intrépidos
de las vocales a las estrellas, tenso el arco
de la contradicción en todas la velocidades de lo posible, aire y más aire
para hoy y para siempre, antes
y después de lo purpúreo
del estallido
simultáneo, instantáneo
de la rotación, porque este mundo parpadeante sangrará,
saltará de su eje mortal, y adiós ubérrimas
tradiciones de luz y mármol, y arrogancia; ríanse de Ezra
y sus arrugas, ríanse desde ahora hasta entonces, pero no lo saqueen;
            ríanse, livianas
generaciones que van y vienen como el polvo, pululación
de letrados, ríanse, ríanse de Pound
con su Torre de Babel a cuestas como un aviso de lo otro
que vino en su lengua;
cántico,
hombres de poca fe, piensen en el cántico.





en Oscuro, 1977
















lunes, mayo 15, 2017

“Clips para 'Brilla o América', de John Kinsella”, de Ramón Oyarzún




 
O "cliks" para sus traductores, editores, lectores, fans, seguidores, interesados, críticos y detractores (del autor  mismo y de todos los anteriores). A propósito del libro de John Kinsella: América or Glow. (Traducción de Katherine M. Hedden y Víctor Rodríguez Núñez. Descontexto Editores. Santiago de Chile 2016, en adelante JK-AB). Esto que escribo es una devolución muy general respecto a un texto inconmensurable que podría decir sin duda: es imposible abarcar. Sin embargo, ¡Oh felicidad! Está ahí, es posible aproximarse a este y rumiar unas cuantas ideas.

* Impresiona saber que la poesía se hace entre y para los amigos. Cuando la poesía además nos hace amigos, tenemos una vinculación más allá del tiempo y el espacio, la reunión de dos mentes.

* Analizar cualquier traducción es un trabajo infame, proclive a la crítica; voy a anotar tres cosas que me gustaron del trabajo en general y una que yo habría hecho distinta por creer que así quedaría mejor. Esto mismo haré con la edición.

* Primero: el ritmo sostenido de la traducción es fluido y ameno.

* Segundo: las opciones fonéticas generales escogidas para la traslación del poema al español son acordes al inglés australiano del escritor, respetando su diferencia.

* Tercero: la adjetivación descriptiva tan propiamente arraigada a la cultura y el uso del inglés del país de los Estados Unidos se sostiene y llega a la traducción cuidada y comprensible con lo que ayuda en la comprensión del poema y la intención que quiso hacer la lectura traductológica.

* Yo habría investigado otras opciones para el uso de las partículas determinativas en la traducción, fijándome especialmente en las posibilidades hipotácticas del español como ventaja comparativa por sobre la hiperdeterminación obligatoria del inglés. Esto podría haber derivado en un interesante juego catróptico de adjetivos que sí se aprecia en el original de Kinsella, y habría evitado la inconsistencia manifiesta en la traducción en el uso (a veces sí, a veces no) de los determinantes.

* Respecto a la edición las tres cosas que más me gustaron son la bravura del índice, las portadas por su cuidado diseño y el espacio en la lectura atribuible a la elección de la fuente, separación entre caracteres y ubicación espacial en la página de los textos. Yo habría hecho una edición del poema como "libro objeto", tal vez en forma de papiro o metros  de poema, pero no es la característica del trabajo editorial de los DJ dscntxt.

* Dicho esto, podemos leer al poeta Autraliano John Kinsella: con más conocimiento del espacio paratextual que lo circunda: llegado a Chile de la mano de hispanohablantes transterrados en el mundo anglosajón, con una relación personal, además, el texto se nos muestra, o mejor digamos, fluctuant nec megitur, como encargo personalísimo: tradúzcanlo al español (JK-AB, Nota preliminar, pg. 9).

* Hacer una escritura de la propia lectura de una sociedad completa debe ser uno de los trabajos más ambiciosos posibles y, por supuesto, hoy solo parece posible desde la poesía. No comentaré más sobre esta misión del poeta. (JK-AB, pg. 55)

* Leer poesía amistosamente es la única posibilidad de subsistencia de esta. Sin embargo, no parece ser una práctica extendida entre los lectores profesionales. Al contrario, tenemos la crítica.

* Será acaso, pues, que la lectura de poesía (indeterminada, indeterminable, interminable) nos lanza a un espacio tan vasto y amplio que quedamos desnudos naufragando sin esperanza y no sabemos sino reaccionar intentando aferrarnos a algo conocido, reforzando nuestra individualidad y saber personal como el único válido. Aceptar el naufragio parece la única posibilidad de flotar algo, aunque sea a metros bajo el agua. (JK-AB, pg. 45)

* Traducir una poesía surgida desde la impresión cultural de un huésped sólo es posible siendo inconcebiblemente hospitalario con el lector y aceptando que los referentes culturales contenidos en los textos que lo alcancen bastarán para hacer su lectura una experiencia feliz.

* Debiéramos leer poesía siempre bilingüemente, además y sobre todo como práctica social: calles, parques, plazas, todos los espacios públicos repletos de grupos de lectores leyendo traducciones de traducciones y palimpsestos traductológicos con sus sonoridades líquidas tapizando ectoplásmicamente las murallas de sonidos y reverberaciones para atravesar las murallas de nuestras culturas hacia la esencia última de todo. (JK-AB, pg. 93)

* Comprender y aplicar un esquema personal a la lectura de cualquier poesía está sobrevalorado, sin embargo, es la única opción que tiene un lector: comparar, clasificar, definir y distinguir: esto me gustó, esto otro no me gustó: nada más torpe cuando se intenta leer una cultura: las cosas en la cultura están ahí evidentemente por que resultaron del gusto, uso o necesidad, en otras palabras, si resultaron o resultan proficuas para alguien.

* Penosamente, el escritor está en una situación análoga aparentemente previa: todavía no es autor público, pero su subjetividad edita la realidad intencionadamente: conocer la raíz de estas discriminaciones, o siquiera pretender que se puede ser neutral frente a ellas -porque no se tienen- es una confusión común que sabemos justificar pues todos somos ignorantes.

* En general hoy se conversa de dos posibles opciones de lectura de la poesía: desde las tradiciones aparentemente cada vez más convergentes del oriente y del occidente: un pensamiento analítico exterior y uno interior. El oriental Kinsella llega a América primero pero después extiende algo de su rabieta a la relación de América con el resto del mundo: ¿Acaso no lo hacemos todos? (JK-AB, Capo dot com. Pg. 115 a 146). ¿Acaso no hacerlo es posible, deseable, correcto, justo, beneficioso? Si esta, nuestra era de Lo and Behold, nos lo permite ¿podemos incluso en poesía ser el gritón de Red Social Virtual? No me canso de cansar con esto: qué vicio de ventanas más aburridamente dinámico. Cualquiera (no todos, pero cualquiera) cree que asomándose a internet abre su mente. Tal vez sea así en un sentido, pero muy mínimo.

* Se agradece a JK lo que presenta. Posiblemente no hay poetas en español que puedan hacer esto, demasiada pasión y demasiada rabieta contra ese que despectivamente llamamos los estados juntos, el país sin nombre, no-américa, y más cosas más pesadas.

* En América, Hollywood es siempre adorable. A pesar del vicio, a pesar del asco. En palabras del gran Billy Wilder: "los pesimistas acabaron en Hollywood, los optimistas en Auschwitz". Nada de "suerte" aquí.  

* Darle una vuelta a aquello que Brilla (que sabemos, en cierto sentido, es indestructiblemente verdadero) tiene que aproximarnos necesariamente a su tradición poética: el verso proyectivo imaginado en este poemario de JK dejaría a cualquiera sin aliento. Una lectura con ritmo (beat) aplastaría la confianza del lector, la academia tendrá algo incompleto que decir. Objetivistamente nos podríamos quedar con el título (que podría discutirse en la traducción por océanos de páginas, también). El punto de estos puntos es LA intensamente interesante e infinitamente legible experiencia legítima que sucede abriendo o asomándose a las páginas, versos, desgarros p(r)o(f)éticos del Brillo (poema). Este mandamiento de Kinsella, from down under







domingo, mayo 14, 2017

"Palabras", de Sylvia Plath

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Hachas
después de cuyo golpe la madera resuena,
¡y los ecos!
Ecos viajando
desde el centro como caballos.

La savia
brota como lágrimas, como el
agua esforzándose
en restablecer su espejo
sobre la roca

que cae y gira,
un cráneo blanco
corroído por las verdes malezas.
Años después
las encuentro en el camino–

palabras secas y sin jinete,
los infatigables golpes de los cascos.
Mientras
desde el fondo de la piscina, inalterables gobiernan
una vida las estrellas.



1963










Words

Axes / After whose stroke the wood rings, / And the echoes! / Echoes traveling / Off from the center like horses. // The sap / Wells like tears, like the / Water striving / To re-establish its mirror / Over the rock // That drops and turns, / A white skull, / Eaten by weedy greens. / Years later I / Encounter them on the road — // Words dry and riderless, / The indefatigable hoof-taps. / While / From the bottom of the pool, fixed stars / Govern a life.









sábado, mayo 13, 2017

“Tormenta”, de Wu Kieng






Maldije a la lluvia que,
azotando mi techo,
no me dejaba dormir.

Maldije al viento
que me robaba
las flores de mis jardines.

Pero tú llegaste y alabé la lluvia.
La alabé cuando te quitaste
la túnica empapada.

Pero tú llegaste y alabé el viento,
lo alabé
porque apagó la lámpara.



en Poetas chinos, 1958






viernes, mayo 12, 2017

"Cuando todas las islas estén bajo el agua", de Francisco de Asís Fernández







Cuando todas las islas estén bajo el agua
y agonicen los arrecifes de coral,
cuando la mujer navegue detrás de los espejos
y encienda la oscurana de los astros con el fuego inagotable
de su sombra empujando la luz en el espacio,
entonces voy a decirte los nombres
de los hombres que mate porque te amaron.










jueves, mayo 11, 2017

“Hermanastras”, de Lina Meruane






La pequeña esfera de vidrio que me sirve de ojo rueda por encima del papel, se topa con una piedra sobre el cemento. Todo lo que me rodea parece haberse detenido; el tiempo no es más que una habitación con las persianas bajas, una tarde opaca, taciturna como el encierro en que habitas.

Solo el polvo que se deposita en mi ajado vestido azul y se cierne también sobre mis brazos, sobre mis dedos cortos y sus falanges sin uña, me permite calcular las semanas transcurridas, una tras otra sumándose en meses. He perdido la felicidad de esas mañanas en que entrabas por la puerta sobándote las manos y te sentabas en el taburete de madera para escoger tus herramientas. Quizá si hubieras imaginado nuestra vida de otra manera, desde el momento en que me diseñaste y limaste mis facciones, no te hallarías ahora tan lejos.

Me he resignado a la estrechez de esta boca que impide hasta el más leve gesto con los labios, y a mi lengua rígida condenada al sigilo. Contenida como estoy destinada a ser, complaciente, perpetua en la sonrisa, debiera contentarme. Debiera dejar de pensar en esto, en todos nuestros infinitos tropiezos. Todos inevitables. Porque habría sido incomprensible que no cometieras errores en mí, la primogénita.

En la serie de muñecas que me siguieron fuiste afinando el pulso, perfeccionándote. Y yo las observaba, a tus niñas. Las vigilaba con rencor: eran cada una más bella que la anterior, sus bocas cinceladas, sus narices discretas, y largas pestañas que hacían sombra al iris de sus rostros impávidos. Les ajustabas vestidos a sus cuerpos más y más estilizados, vestidos orlados y de distintos colores para evitar confundirlas. Solo tú y yo éramos capaces de distinguir sus diferencias; para tus clientes eran todas idénticas, indistinguibles unas de otras salvo por el tinte particular de sus trajes. Las sentabas junto a mí sobre la larga repisa de tu taller y ellas se quedaban ahí, tiesas. Eran tantas, y tan excesivo el desamparo que yo sentía entre ellas, que alguna vez llegué a desear ser otra gemela de madera con la cabeza llena de virutilla.

La desazón duraba un par de martillazos. Te veía afanado en la nueva copia de la misma muñeca y me alegraba de ser la matriz original, la única de proporciones alteradas, carente de la simetría y la artificiosa perfección de las otras. Mi deseo seguía creciendo amordazado tras la curva de tu espalda. No dejaba de observarte sin interrumpir esa obstinación tuya por la repetición.

En cada réplica fui aprendiendo a leer tus emociones, mínimas, ocultas en los cortes del pequeño serrucho, en el medido golpeteo del martillo; la torsión de los alicates enlazando miembros; y el movimiento del cepillo hacia adelante, hacia atrás, concentrado como estabas en aquellos antebrazos.

Que nunca me tocaras, nunca, pese a que suavizabas la piel de cada hermana reciente con la lija escondida entre tus dedos, era algo que debí dilucidar con cuidado. Hubo días en que pude intuir tu añoranza: la vi en tu manera de secarte la frente, de quedarte un momento como perdido entre los leños con la vista fija en el sucio vestido que apenas cubría mis rodillas, en mis piernas torneadas colgando de la repisa.

Sucedía con frecuencia.

Hasta que una tarde se asomó una niña por la puerta entreabierta. La miraste sorprendido, el brillo de tus ojos resplandeciendo entre canas que eran todavía un lujo entre tu pelo. Pero tú no le hablaste y yo no entendí por qué no le preguntabas qué hacía en ese momento ahí, en nuestro taller, apuntándome con el dedo. Te diste vuelta, y sin decir una palabra, sonriendo como un idiota, la levantaste hasta la repisa y dejaste que asiera mi pantorrilla. Quería saber mi nombre y se lo susurraste al oído y la niña comenzó a reír; alzó sus brazos diciendo que lo había adivinado con solo mirarme: Manekine.

Manekine, repitió. Y tú me alcanzaste para ella, y acariciaste mis orejas de palo dispuesto a entregarme sin siquiera un regateo. Pero te interrumpió la voz de una mujer: Mané, dijo, ven acá, deja eso. Entró por la misma puerta y te arrebató a la niña. Del hombro la arrastró hacia la calle mientras nosotros nos quedábamos ahí, cegados por la oscuridad que nos había echado encima la tarde.

Ibas a decirme algo en la oscuridad, palabras que nunca pronunciaste. El índice de aquella niña parecía seguir ahí, levantado entre nosotros, apuntándome al rincón, señalando mi espacio dentro de la caja de vidrio donde a continuación volviste a ponerme. Y dejaste que mis ojos se fueran opacando bajo el polvo que iría cubriendo la superficie. El tedio. Los días sucediéndose. Las tardes, las noches y sus monótonos amaneceres. Y tú siempre regresando armado de herramientas, de retazos plásticos, de metal y de tela. Tú, sentado en el taburete, con la espalda inclinada sobre esas niñas que te llevarías al mercado. Una. Otra. Niñas perfectas e incontables.

Esa rutina cotidiana solo fue interrumpida otra vez, recuerdo, una mañana en que exhibías tu calvicie mientras con una aguja de fierro le injertabas pelo a una cabeza.

Sucedió entonces.

El movimiento, un ruido sin origen discernible.

Las muñecas comenzaron un estrafalario contoneo, hombro contra hombro, con tanta fuerza que la pared también comenzó a moverse, y las sillas, y la misma mesa donde trabajabas. La agitación llegó hasta mí y por un momento me pareció divertido. Pero aquella rebeldía no tenía límite y pronto debiste levantarte intentando detener la inminente caída.

Yo estaba demasiado arriba y no viste mi celda de cristal, que se fue desplazando, imperceptible, hacia el borde de la repisa. Miré hacia abajo y adiviné la dureza del cemento: lo siguiente fue el vidrio molido bajo mis rodillas, el polvo que flotaba en el halo de luz y ese agradable olor a aserrín, a látex, a barniz y a aguarrás: casi lo había olvidado.

Perdí el ojo izquierdo en la caída, la bolita rodó por el suelo. Con el derecho pude ver que mis extremidades estaban en su lugar. Tú habías desaparecido bajo una horda de brazos, de piernas, de cabezas sin torso. Te imaginé mutilado, un enorme muñeco hecho pedazos. Pero pronto comenzaste a moverte debajo de ellas; apareció tu mano, podías mover los dedos. Habías sobrevivido casi intacto y te sacudiste la ropa maldiciendo al terremoto y lamentándote de sus estragos. Todavía con los dedos parchados, fuiste poniendo cada pieza en su lugar. Recompusiste sin apresuramiento. Te afanaste en detalles.

Que dilataras la espera, que aplazaras el momento en que repararías la pérdida de mi ojo era otro gesto imperdonable. Me dejaste para el final, te dedicaste a mi vista cuando ya estabas exhausto. Volví a la repisa con una mirada que nunca sería la misma. Y fueron esos los ojos que te vieron sacarme del hacinamiento para entregarme: Tómala, Mané, es para ti, tú la elegiste, le indicaste a esa joven de ojos aún más negros que los míos. Al verlos recordé un momento ya sepultado por el tiempo y una mano de niña crispada en mi pierna. La dueña de esa mano llevaba mi nombre y ahora me arrebataba de sus dedos y me ponía entre sus brazos como una madre: es hora de dormir, dijo.

Y si antes me había perturbado estar entre tantas muñecas, lo que sucedió entonces fue caer a un abismo. Me acostó en su cama y no hubo cómo zafarse de esas manos húmedas que me atrapaban, ahogándome en su pecho blando; ni manera de escapar a la humillación a la que me sometía al apretar mi boca contra la punta de sus pezones para empaparme con su fastidioso lamento por la madre muerta bajo los escombros.

Su sueño era mi única paz.

Amanecía con la tragedia entre las cejas y partía a encerrarse contigo en el taller dejándome a mí entre las sábanas revueltas. Yo imaginaba sus manos peinando tu cabellera desordenada, enarbolando una y otra vez ese mi querido padre. Mi querido, pensaba yo, mío, y se me saltaba un ojo de vidrio.

Demasiado pronto, todavía de duelo, ella improvisó una fiesta. Recuerdo que me trasladó a la sala, que me sentó sobre la mesa junto a un vaso angosto lleno de margaritas y un pequeño espejo frente al que recitó una oración con las palmas entrelazadas. Luego se encerró en la cocina a preparar la cena.

La ocasión coincidía con una gran fecha, o al menos eso dijo cuando te llamó a presidir la mesa. Se acomodó a tu lado, y a mí junto a ella. Brindaron casi sin mirarse y comieron lentamente, concentrados en el cordero y las verduras guisadas, masticando en absoluto silencio; una sonrisa apenas sugerida en los labios.

Noté que estabas sonrojado. En qué estarías pensando, pensé, me apuraba saberlo. Antes de que el reloj comenzara sus maitines de medianoche, antes de levantarte de la mesa, le preguntaste por qué Manekine no comía si estaba todo delicioso. Era una cortesía que ella aprovechó para asegurar que me habías malcriado, que yo despreciaba su comida. Ella corregiría mis caprichos. Eso dijo y entonces mi ojo rodó lejos. Tuerta como había quedado, vi que le acariciabas la mejilla y te levantabas de la mesa mientras ella reponía el vidrio en su órbita. Nos quedamos mirando fijamente el umbral vacío de la puerta.

Pronto regresaste. Traías un pequeño bulto envuelto en papel color paquete de vela, amarrado con cintas. Era para ella. Y lo abrió sin prisa, con una sonrisa de muñeca tonta en los labios. Metió sus manos dentro del envoltorio y fue deslizando su contenido, con estudiada demora, hacia afuera, hasta sacarlo: muy azul, conmovedoramente azul y largo y sedoso: un vestido con una hilera de piedritas también azules en el ruedo, en las mangas, en el cuello. Le habías cosido un precioso vestido, la habías mirado de esa manera que solo yo creía merecer.

Amortiguó la sorpresa cubriendo su boca con la servilleta de tela y se levantó de la silla tras lanzarme al suelo. Bajo la mesa y su largo mantel, la perspectiva era mínima. Adiviné que te besaría cuando vi que se empinaba levantando los talones, y la escuché agradecer el regalo, papá, y correr fuera de la sala. Oí el descorche de una botella y poco después sus exagerados gritos diciendo es hermoso, bellísimo.

La música era suave y alegre. Resguardada en mi nuevo ángulo, yo controlaba el movimiento de sus pies: ustedes bailaban. Bailaban, no parecían cansarse. Me mareaban las vueltas de sus pies, los pasos dobles, las carcajadas borrachas. La música los seguía a donde ustedes iban. Bailaban olvidados de todo; y olvidándolo todo se besarían.

Aunque tal vez me equivocara. Tal vez solo se detuvieron los pies y dejaron de reírse: tal vez fue solo eso. En ese nuevo silencio la música resultaba estridente. No podía verlos pero no hacía falta.

Ahora todo parece diferente, tan lejos de ese instante en que dejé de espiarlos: mis lágrimas eran gruesas y turbias como vidrio fundido, eran lágrimas que iban cubriendo el pasado, el antiguo rincón de la repisa en el interior de la caja transparente, tus brazos rompiendo la madera para sacarme de ahí dentro, tus manos ásperas lijando mi piel. El disco dejó de girar, la aguja volvió a su posición inicial. Veía sus piernas enredadas, los pies de ella desnudos y descalzos entre los tuyos. Ya se habían dormido sobre el sillón, pero yo no iba a perderme el final de la fiesta.

Quería bailar, yo también, divertirme.

Un, dos, tres; un dos, y el mantel se deslizó ante mí, arrastrando consigo las servilletas, tantos cubiertos untados de grasa, las copas todavía llenas de alcohol y el candelabro de hierro con sus velas encendidas. Fueron cayendo con un golpe seco, chorreando vino y esperma sobre la alfombra. La sala se iluminó para mí como si la casa entera se hubiera prendido para verme aparecer vestida con mi traje de fiesta. Lo había logrado. Y tú dormías abrazado a ella mientras el humo llenaba la sala: el fuego estaba por todas partes.

Todavía bajo la mesa te oí gritar ahogado, toser palabras. Mané, Manekine, dónde estás. Aquí estoy, padre, aquí, te decía confundida mi voz en el crepitar de los resortes de las muñecas, en el chasquido de sus labios de madera. Se iba consumiendo todo. Las llamas me iban cercando, iban salpicándome de ardiente saliva. Iban desnudando mi metálico esqueleto de niña.

Ahora el viento se cuela por todos los rincones y va cubriendo de polvo nuestros recuerdos. Pero yo sigo esperándote aquí mismo, esperando que regreses a restituirme este ojo fundido por el fuego.



en Las infantas, 1998






miércoles, mayo 10, 2017

"Yo era un feto...", de Henri Michaux







       Yo era un feto.
       Mi madre me despertaba cuando le venía a la mente el señor de Riez.
       Al mismo tiempo, a veces se despertaban otros fetos, hijos de madres golpeadas o que tomaban alcohol o estaban ocupadas en el confesionario.
       Una noche, éramos entonces setenta fetos que conversábamos de vientre a vientre y a distancia, no sé muy bien de qué manera.
       Después nunca nos volvimos a encontrar.




en ¿Quién fui?, 1927







Traducción de Silvio Mattoni










martes, mayo 09, 2017

“Romper la Caída”, de Jean Sprackland






Imagina ser esa formación de roca
que sobresale del rostro de la colina,

la roca que interrumpe la caída de la corriente,
día y noche, por milenios.

La corriente se desborda, brillante como el mercurio,
sin más opción que golpearte —

estalla en gotas que se disparan lejos
en ángulos más o menos predecibles.

Todo lo que varía es el peso del agua,
en la sequía, o después de fuertes lluvias;

el ritmo del flujo, el grado de inclinación
y el volumen del caudal.

Imagina el punto muerto,
la pasión. Imagina las estrellas.



en Tilt, 2007

Traducción: Manuel Naranjo Igartiburu



Breaking the Fall

Imagine being that fluke of rock / that juts out from the face of the hill, // the rock that breaks the stream's fall, / day and night, for millennia. // The stream runs over, sleek as mercury, / has no choice but to strike you — // shatters into beads that fire away / at more or less predictables angles. // All that varies is the weight of water, / in drought, or after heavy rain; // the pace of the flow; the pitch / and volume of the shattering. // Imagine the deadlock, / the passion. Imagine the stars.