domingo, junio 25, 2017

"Febrero", de Magdalena Camargo Lemieszek







A ti, a la voraz locura de quererte


Sobre la arena hay dos nombres que esperan ser borrados.
No han sido escritos todavía, pero conocen la cadencia del agua,
la rítmica oquedad que viene, va y que vuelve,
junto al claro poder de su sentencia.
Tú y yo estamos cerca como dos icebergs que naufragan.
Somos un bosque y una selva que no compartirán semilla alguna,
dos bestias que provienen de dos mares diferentes,
aunque fríos como la primera nieve del invierno,
y equidistantes en el mapa impreciso de los hombres.
Nos fue dada la distancia como un regalo de obsidiana:
una daga oscura que solo sirve para dividir estrellas y no la lejanía.
Yo conozco el cuarzo de estas horas,
tú, el cobrizo tono de un cuarto iluminado.
Tú conoces la canción que trazó el curso de mi vida,
Yo, el timbre de tu voz en la ternura,
pero de muy poco nos sirve todo eso.
Los árboles se levantan ya estériles,
la tormenta no termina nunca de caer,
y las criaturas olvidaron a su vez el orden de las estaciones.
Pero todo parece más simple en este espacio de vacío,
donde encontramos ese hilo delgado que nos une,
como una luz que está tentada siempre a apagarse,
como una pequeña dosis de palabras que no alcanzarán a ser dichas,
y donde todas las cosas cederán con el roce templado de su filo.


















sábado, junio 24, 2017

“No has vuelto”, de Fang Gan

© Versión de Juan Carlos Villavicencio






Es largo el camino y, mirando al este y al oeste, no encuentro a nadie
            a quien hacerle una pregunta.
Ha llegado el frío, pero no sé adónde podría enviar tus ropas de invierno.
Cuando te fuiste, acabábamos de plantar un árbol en el jardín.
El árbol ya abraza un nido, sin embargo tú no has vuelto.









viernes, junio 23, 2017

"Es otoño...", de Besik Kharanauli

© Versión de Juan Carlos Villavicencio




Es otoño,
abuela,
y en los extensos campos
corre solitario un pequeño niño...

A su alrededor indolentes vuelan los cuervos,
vuelan indiferentes...
como si el viento nunca hubiera
arrojado a los pequeños cuervos fuera del nido.







Traducción dedicada
a Juan Cristóbal Guarello









jueves, junio 22, 2017

“Viaje”, de Bernardo Navia






A Patricio Navia, Chicago, 1993


quiero atestiguar, hermano,
que no hay consuelo en estos días

(por la ciudad navegan
silenciosas e inquietantes
como antiguos barcos de madera
ciertas sombras en silencio)

de los techos y los rieles
se soltaron los notarios
y se fueron erogando
como pájaros calientes
del estío de Chicago
sus graznidos implacables
repartidos en sus actas
de muertes certificadas

(por la ciudad navegan
silenciosas e inquietantes
como antiguos barcos de madera
ciertas sombras en silencio)

ya llegaron, hermano,
de lejos las hordas
de lunas hambrientas
de seres leprosos
a esconderse en las camas
y en los whiskies nocturnos
a chuparme el alivio
de las risas y el trigo
es la señal, ya ha sonado
y el corno me llama

di a nuestra madre, hermano,
que de capitán me embarco
en el último navío
hacia las costas perennes
de los besos soñados
hacia las playas brumosas
de la gran Furdustrundi
donde me esperan skraelings
vestidos de versos y magia
de historia y leyenda
de muerte y de nada

(de la ciudad se alejan
silenciosas e inquietantes
como antiguos barcos de madera
ciertas sombras conmigo en la mirada).



en Viaje en dos jornadas, 2011







miércoles, junio 21, 2017

"Por el camino de tu lengua yo podría llegar...", de Piedad Bonnett






Por el camino de tu lengua yo podría llegar
hasta la negra Abisinia
o cabalgar hasta Bengala o Nankin
porque ella es sabia como un viejo maestro que
enseña sobre el cielo
las rutas de los pálidos cometas

porque tu lengua es poderosa como la de la mantis
que da vida y da muerte
y sabe tejer formas como la poesía
y es diestra en lides y ducha en argucias
y canta una canción remota y mágica que invita al extravío

Pero por el camino de tu lengua viajo más hondo
hasta el lugar donde naces gimiendo con un tremor antiguo
y me sientes flotar reciente y húmeda

hasta el origen
donde sueña la bestia su sueño más profundo
y el placer es un banco de peces que relumbra
entre sales marinas

hasta mi centro
donde veo lo que no ven mis ojos cegados por las
luces del mundo
donde no existe la palabra

la torpe mercenaria






en Todos los amantes son guerreros, 1998
















martes, junio 20, 2017

“Elogio del vino”, de Mahmud Darwish






Observo el vino en la copa antes de probarlo / Dejo que respire el aire que le ha estado vedado durante años. Se ha ahogado para ser él. Ha ido madurando en su letargo, pero ha preservado para mí el verano y el recuerdo de las uvas / Dejo que tome su color, mal llamado rojo. Porque es una combinación de carmesí impregnado de una nube ligeramente negra. Un color que no tiene más color que su nombre: color vino, puestos a prescindir de falsas descripciones / Le dejo que reverencie su olor, un olor sublime y altivo de la casta de la mejor de las mujeres. Si deseas olerlo, no te lo acerques. Asegúrate primero de que tienes la mano limpia y libre de todo perfume, y luego alárgala hasta la copa, como si fuera un pecho. Al llevarte la copa a la nariz con el tiento de una abeja, te invade un olor profundo y secreto: el olor del color, que te sumerge en antiguos monasterios / Le dejo que reúna lo que su sabor sugiere para que nos dispongamos él y yo, ansiosos, a recibir la inspiración por la boca. Ni me apresuro ni me demoro, ambas cosas rompen la cadencia del placer. Me acerco la copa a los labios con la timidez del que implora un primer beso a una mujer que no sabe si le ama. Doy un sorbo. Miro hacia arriba y entorno los ojos mientras el primer alcohol recorre mis venas. Y mi gusto se entrega al cortejo regio del vino. Que me eleva a un estado superior, ni del cielo ni de la tierra. Que me convence de que soy capaz de ser poeta, al menos por una vez.



en La huella de la mariposa, 2013







lunes, junio 19, 2017

“Variación sobre la palabra dormir”, de Margaret Atwood

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio






Me gustaría verte dormir,
aunque podría no suceder.
Me gustaría mirarte
durmiendo. Me gustaría dormir
contigo, para entrar
en tus sueños mientras su suave ola oscura
se desliza por mi cabeza,

y para caminar contigo a través de ese resplandeciente
bosque tembloroso de hojas azules y verdes
con su sol diluido & sus tres lunas
hacia la cueva donde debes descender,
hacia el peor de tus miedos

me gustaría darte la rama
de plata, la pequeña flor blanca, la única
palabra que te va a proteger
de la aflicción en el centro
de tus sueños, de la aflicción
en el centro. Me gustaría seguirte
otra vez por las largas
escaleras & convertirme
en el bote que te lleve remando con cuidado
de vuelta, una llama
en dos manos ahuecadas
hasta donde tu cuerpo descansa
junto al mío, y entras
en él tan fácil como en un respiro

me gustaría ser el aire
que te habita sólo por
un momento. Me gustaría pasar así de inadvertida
& ser así de necesaria.






1981

















domingo, junio 18, 2017

“Cuarto de soltera”, de Gloria Fuertes






Por mi casa sin amo
suena un instrumento que aún no se ha inventado.
Y alguna vez consigo ver a un diablo
con una regadera llena de vino blanco.
De noche, alguien se queja por mi lado.
¡Aves del otro mundo
se vienen a morir a mi tejado!
De madrugada, el silencio es demasiado.
Luego vuelve a sonar el instrumento desafinado.
¡Mi cuarto de soltera está embrujado!
De todas sus esquinas salen llantos
de niños recién manipulados.
Todo esto sucede y otras cosas
en mi casa sin amo.



en Obras incompletas, 1981






sábado, junio 17, 2017

"Canción de una noche de otoño", de Wang Wei

© Versión de Juan Carlos Villavicencio





Bajo la luna creciente el tenue rocío del otoño
ha enfriado el vestido que ella no se va a cambiar:
va a tocar toda la noche un laúd de plata,
temerosa de volver a su habitación vacía.










viernes, junio 16, 2017

“Wisconsin”, de Mauricio Redolés






¿Y este olor a whisky que se transmite más allá y más allá
toca
como una marea a mi hijo
toca
como una nube a mi día
toca
como una ola a mis piernas

Me recuerda mi pañuelo
tu olor una tarde



en El estilo de mis matemáticas (Antología), 2017






jueves, junio 15, 2017

"Habitación 28", de Ashle Ozuljevic







Alex K, de Bristol, Inglaterra, se había relacionado, a sus dieciocho años, con más drogas que mujeres. Yo no sumaría ninguna de las dos listas, sólo sería observadora de cómo se engrosaban ambas, sin que él hiciese un miserable esfuerzo.

Él fue el primer ser humano al que vi esnifear cocaína, y el único hombre que, hasta hoy, me ha preguntado si tengo condones para usarlos con otra. Puedo decir, tranquilamente, que fuimos como hermanos ese par de días que nuestros caminos se cruzaron.

Alex se encuentra en Brasil, y en un par de horas sospecho que volverá al Reino Unido. Desde que nos separamos ha estado en Bolivia, Chile, Argentina, Perú y Paraguay. Rara vez me acuerdo de él, ahora que han pasado meses, y él no debe recordar jamás a la chica que tuvo que acompañar por las nocturnas calles de Oruro cuando la verbena ensordecía la ciudad. Pero la verdad es que Alex se transformó en algo así como un cupido drogo, un querubín mandibuloso, en esa graffitada habitación de un hostel de La Paz. Claro, después de la ringlera de insultos que recibió de mi parte.

La noche anterior había sido un desenfreno de despedidas y buenos deseos. La mañana un desenfreno de bombazos y risotadas. Alex no tenía apuro, se quedaría un par de días más en La Paz (todos estábamos desesperados por irnos, tras el carnaval y los feriados absolutos y chiclosos) y luego iría, tal vez a Cochabamba, tal vez a Rurrenabaque, tal vez a Asia Central.

Yo, como siempre, estaba apurada, quería salir pronto de ahí, seguir mi camino y no detenerme más. Pero antes quería enviar una carta y hacer fotos de la pseudocapital. Mi mochila, un gigante rojo, era un impedimento, por lo que Alex se ofreció a cuidármela en su habitación, mientras yo recorría las calles adoquinadas, descendentes y serpenteantes. Desayunamos en un puesto del mercado y acordamos juntarnos a la una afuera de la catedral de la Plaza Murillo.

Nunca ocurriría.

Por diferentes motivos, ninguno estuvo ahí a la hora indicada. Sólo llegamos a vernos otra vez, a las ocho de la noche. Yo había pasado –infiltrada– horas en la cocina del hostal, conversando con cuanto hospedante pasara por allí (diecisiete, en total), tomando agua caliente con azúcar y aceptando cualquier sobra de comida que ofrecieran.

Una vez que, desde la cocina, escuché cómo comenzaba a llover, decidí no esperar más. Recordé a Martín, un argentino cocainómano amigo de Alex, que se hospedaba en la habitación 14. Me deslicé por los pasillos, pegada a las paredes, y lo encontré al instante. Le pregunté por Alex (algo que había hecho durante las últimas cinco horas sin resultados positivos) y me mencionó con una seguridad deliciosa y unos ojos brillosos que “el chabón estaba en la 28”. Hasta ese minuto yo creía que sólo existían veinte habitaciones…

La busqué, vi la puerta entreabierta y entonces todo se transformó en un fotograma. Empujé suavemente la puerta, viendo de inmediato a un hombre de espaldas y frente a él el rostro de Alex que se trasformó en una mueca asombrada e incrédula ante mi aparición. Luego, sólo gesticulaciones nerviosas, perdones, insultos, disculpas, retos…, todo en un intachable inglés nativo y en uno impolutamente aprendido. El tipo que hasta ese minuto hablaba con Alex, ahora puesto a un lado, nos miraba concentrado fumando un cigarrillo. Alex, deshecho en explicaciones, intentaba hacerme aceptar un taxi pagado por él para que a esa hora tomara el bus en el que saldría de La Paz. Yo, sospechando algo grande en mi futuro, y segura de la estupidez de irme a las ocho de la noche a tomar un bus que partía a las tres de la tarde, rechacé su propuesta, aceptando, sin embargo, quedarme esa noche en esa habitación, auspiciada por sus euros preciosos.

Alex partió a buscar mi mochila y al volver ya nada era lo mismo entre el desconocido y yo. El putito mecanismo de tuercas y tubos había comenzado otra vez, inconsciente, a funcionar bilateralmente. Esa noche se traduciría en sospechas, esperanzas, celos, canciones, cigarros y equivocaciones, en recomendaciones musicales y literarias, y en ocultos deseos y sonrisas equívocas, que hoy, noventa y seis días después, sólo traerían angustia a dos vidas tontas.

Alex deambula por Brasil, lo he dicho.

Cuando vino a mi ciudad e intentó contactarme para ser alojado (un trato que habíamos explicitado previamente) yo me encontraba perdida, por su indirecta culpa, en una ciudad lejana y fría.

Alex nunca sabrá lo provocado, no podrá aceptar entonces que fue él quien desató las furiosas fuerzas sadomasoquistas de dos sudamericanos insensatos. No será el padrino de los hijos que no nacieron. No será el juez de una unión no concretada. No volverá a estas lejanas tierras sino hasta dentro de decenas de años, cuando todos los que lo conocimos sólo seamos empleados públicos jubilados y temblorosos.


Volverá convertido en maleta.
En su interior, kilos de droga implicarán el mayor contrabando
registrado en nuestro continente.
Lo sabremos por las noticias.
El tipo que estaba de espaldas y yo veremos boquiabiertos
desde nuestros respectivos países,
la captura y ejecución.
Ocurrirá en plena dictadura.


Nunca volví a saber de Alex ni del tipo de espaldas. Morí de un ataque al corazón, mientras discutía por mi mochila en la habitación 28 –la única graffitada- de cierto hostel de La Paz, rodeada de un flash de paredes escritas. Mi equipaje llegará a casa antes que yo.

Lo abrirán.

Encontrarán miles de pelotitas de poliexpam en su interior, virutas de madera y aserrín de nueces.

Nadie llorará mi muerte.

No he nacido aún, Alex es efectivamente un ángel, está sentado junto a mí en una cama de la habitación 28 en éste, el infierno de los nonatos.


Ni él ni yo creemos en ningún dios.




en Anteojos de sal, La Serena, 2013
















miércoles, junio 14, 2017

“El revolucionario”, de Ernest Hemingway






En 1919 viajaba por los ferrocarriles de Ita­lia. En los cuarteles generales del partido le entregaron un trozo de hule escrito con lápiz indeleble en donde se decía que se trataba de un camarada que en Budapest había sido muy perseguido y castigado por los reaccionarios, y al mismo tiempo se pedía a los camaradas que lo ayudasen en cualquier forma. Lo usaba en vez de billete. Era muy tímido y muy joven y los guardafrenos lo pasaban de una línea a otra. Como no tenía dinero, le daban de comer detrás del mostrador de los restaurantes de las estaciones.

Le encantaba Italia. Decía que era un país hermoso, de habitantes muy cordiales. Estuvo en muchas ciudades. Anduvo mucho y vio mu­chos cuadros. Compró reproducciones de Giotto, Masaccio y Piero della Francesca, que lle­vaba envueltas en un ejemplar de Avanti. Mantegna no le gustaba.

Se me presentó en Bolonia y lo llevé conmi­go a la Romaña, donde yo tenía que entrevistar a cierta personalidad de manera imperiosa. Hicimos un viaje agra­dable en la época más propicia: los primeros días de septiembre. Él era húngaro, un muchacho muy simpático y muy tímido. Los hombres de Horthy le habían hecho algunas cosas desagradables, pero de eso habló poco. A pesar de lo que sucedía en Hungría, creía con fervor en la revolución mundial.

— ¿Y cómo va el movimiento en Italia? —me preguntó.
—Muy mal —le contesté.
—Pero mejorará —dijo—. Aquí tienen de todo. Es el único país que ofrece cierta seguridad. Será el punto de partida de lo que va a empezar.

No expresé mi opinión.

En Bolonia nos dijo adiós antes de tomar el tren para Milán y Aosta, desde donde iba a atravesar solo el paso que lo llevaría a Suiza. Le hablé de los cuadros de Mantegna que había en Milán. «No», me respondió con su apocamiento característico, «Mantegna no me gusta». En un papel le escribí la dirección de varios camaradas de Milán y la de un sitio donde podría comer. Me agradeció muchísimo lo que hacía por él, pero ya estaba pensando en la travesía del paso. Estaba ansioso por llevarla a cabo mientras aún hiciera buen tiempo. Adora­ba las montañas durante el otoño. La última noticia que tuve de él fue que los suizos lo en­carcelaron cerca de Sion.



Originalmente en The First Forty-Nine Stories, 1939

Tomado de Cuentos (Debolsillo), 2016






martes, junio 13, 2017

"El canto de la madre", de Soledad Fariña







Quiero pensar siempre en la antigua y sombría Devi
el Deseo la agita: su bello rostro chorrea de sudor amoroso.
Lleva un collar de bayas rojas y negras
está vestida de hojas.

Tantras, Himno IV


Juventud
(Recitativo corto)


vamos Chuzo vamos! entierro mis talones desnudos en sus ijares, él levanta un instante las orejas nerviosas y se lanza en carrera veloz hacia el otro potrero, el de las amapolas, a lo lejos distingo el horizonte rojo. Vamos vamos, apuro, sola, montando en pelo, mis muslos transpirados rozan se incrustan en su pelaje húmedo, somos uno Chuzo, le digo, Chuzo Chuzo, él entiende mi desvarío por el sol, por el aire, el olor de la alfalfa del potrero, la carrera sin límite hasta llegar a este océano rojo, intenso, extenso… nadie cree que esto es real, ¿qué importa?, montar así es cosa de animales, sí, soy salvaje, contesto besándole las belfas, a él no le importa, de un salto atraviesa la zanja y ya estamos, chuuuuu, chuuuu, le digo tirando hacia atrás las riendas, él me entiende y se detiene en seco, me deslizo por su lomo, él baja la cabeza y roza un poco la yerba, luego me sigue en mi carrera: rojo, rojo, digo sintiendo la caricia de los pétalos hasta que extenuada me dejo caer, Chuzo Chuzo, aquí aquí; él, más parsimonioso, al fin dobla sus patas y se echa, ojo y ojo se encuentran, se espejean, movimiento nervioso orejas belfas hocico, miro: rojo abajo, azul arriba, en medio oliéndonos, gustándonos, mi caballo y yo misma, éste es el universo…





Madurez
(Aria)


Cuál será el origen
de este dolor antiguo
quizá es este cuerpo y su deseo
negándose a salir del recodo de ramas
que lo ocultan
o tal vez el designio de pasar esta lengua
una vez y otra sobre la misma herida

o la danza por esta cuerda floja
tan viva que los poros se alargan
en forma de tentáculo tersura
de una piel en su tibieza líquida
de sangre de saliva de semen

tengo una llaga una herida
tengo un torrente
el corazón se ha estrujado
y hay tanta nube tanto viento
a destiempo que los ojos
no saben qué hacer con el agua
que inundará esta mesa esta silla
el mantel también será inundado

y el magnolio el olivo

tanta humedad en una sola llaga
que todo lo devora
que todo lo deshace

pero esta vacuidad no es el vacío
es un lleno de árboles
que se hablan uno al otro
sin saber si están solos o se tienen
quizás en las raíces

mis hijos mirándose como árboles
amándose como árboles



Los recuerdos
(Coro final)


El sol iluminó la mesa blanca, el mantel se abrió como una boca. Sí las mañanas están más cálidas. Sí es primavera y aquí traigo pedazos de recuerdos. Él baja la voz rumiando sus historias, me dice que en las noches acompaña el runrún de su cabeza con alguna melodía escuchada al azar, pero su oreja aguanta poco.

Mira la diafanidad del aire, le digo, mira como el viento nos acaricia la piel, fue solo ese momento, me dice, porque ahora es la sombra y en la sombra es la música o nada. Mira, le digo el pasto reverdece y por esa humedad corretean las tres, sus cuerpos frágiles como ramas de sauce doblándose hacia el agua.

Habrá que protegerlas me dices, encerrarlas, habrá que masticarlas te digo, tragarlas como pétalos, habrá que distanciarlas de los nombres, me dices, habrá que volverlas a la incerteza que late, te digo.

Ellas me piden cuentos en las noches. Palpen, sientan como nada este pez en mi pecera oscura, les digo. Escuchen como mezcla sus escamas rojizas con las mías azules. Ellas miran, tocan, palpan, pero ha llegado el tiempo de abrir esta compuerta, el agua nos inunda de momentos antiguos, mohosos y de ahí se devuelve a humedecer mi corazón tan seco.

Anoche dormí mal, imágenes de errancia, alguien viajaba, promesas susurradas al ritmo de los rieles, llegábamos a un pueblo, a la plaza del pueblo, boleros las noches de verano, una glorieta, una fuente, subíamos los cerros, los cercanos -piedras cascajo suelto- las cabras lo habían despojado de cualquier hierbecita, una hilacha era el río. Ya no existe ese pueblo, me dice y sigue cavilando bajo el magnolio, los ojos hacia adentro.

Qué piensa qué es lo que piensa. Mira le digo, mira sus ojitos, su frente, tan erguido. Míralo, tiene una vena, un aliento, aquí fuimos felices, le digo. Lo que duró el verano en este papel viejo, me dice devolviendo la foto. Sí, ese otoño tuve que alejarme, cavernas de tristeza, consumición, delirio, cómo hablarles del encierros sin poder ver las nubes ni corretear por la hierba, bajamos al río, había angustia pegada a las hojas, un olor impregnado de lágrimas, pero nadie lloraba. Ahí estaban los colores: amarillos húmedos, ocres goteantes, algunos rojos y el río en sordina como eco a mis palabras que caían también como goteo: que fueran obedientes. Ellas miraban, ¿obedecer a quién?, ¿a las hojas?, ¿al ritmo del agua?, ¿al nudo en la garganta?, ¿a la soledad de las piedras?, ¿a su indefensión de no entender qué palabra las dejó ahí tiradas como una piedra más? o entenderla, sí, pero no pronunciarla y dejarla para siempre tartamudeando en la boca. El otoño, usted sabe, hace que enmudezca la voz, su dorado hace entornar los párpados, no de resplandor sino de ganas de vestirse con las voces oscuras de algo que se aleja, de algo que cae irremediablemente. Aquí hay un clima raro, un sol brillante afuera y mucho frío dentro. La duda en la palabra me hace perder certeza en lo que escribo. Pero mi niño tan sólo balbuceaba y cómo iba a entender esto de los colores con sus ojos risueños ¡Cuándo te volveré a ver! ¿Qué verás y quién te nombrará las cosas? ¿Quién te enseñará las inflexiones de la palabra pena, la palabra tristeza? Separarnos, perdernos de los cuerpos, también de los cuerpitos.



de Yllu, Lom Ediciones, 2016





















lunes, junio 12, 2017

“Carne blanca a través del velo”, de Carlos Almonte





Sobre Carne blanca, de Jessica Atal

1. En el tiempo del inicio comienza el desplazamiento, “colina abajo”, como introduce Rey Rosa. Hay, claro, un ligero temor; digamos ahora, pudor de comenzar, pudor al relatar el nacimiento de la Cordillera (después se especifica: “el demonio no procrea”). Así es como inicia la promesa del acontecer, del suceder, del lenguaje expulsado en forma de cascada, en la que sigue apareciendo –siempre- la montaña que, como sabemos desde el cuarto/quinto verso, tiene nombre: Miguel. Así, el desplazamiento colina abajo, recordemos, puebla el lugar común de patrioteros, futboleros, barriobajo, delincuencia y contaminación. Todo esto, la “estupidez”, según el-la responsable del relato, forma el cúmulo, o contexto, sobre el cual la nube vuela o se desplaza: La nube se desplaza -las nubes se desplazan-. El pensamiento se desplaza. El lenguaje se desplaza. Basta seguir, durante el texto, la historia de la hoja blanca: “Y era blanca / la hoja no es blanca / todas las hojas blancas (ninguna soy yo) / Soy una hoja en blanco (disculpa del olvido) / la hoja en blanco permanece / arranco las hojas en blanco / soy la hoja en blanco / dejar la hoja en blanco / no tiene forma de montaña la hoja en blanco / o lluvia es igual a más hojas en blanco / la hoja blanca es aun más sucia”. La hoja blanca es la carne blanca, es la cordillera-semen-polvo, es la montaña, es la nieve.

2. Los chilenos somos párrafos de un libro no poético, abandonado en un estante. Aparecen, aparecemos y desparecemos, desaparecen. Tal como la montaña y ella, tal como “Miguel y yo somos nadie”; aunque la suma signifique un todo, al menos en sentido emocional: “(Él) significa todo para mí” y esta poética permanente que recala entre los aires, devaneos, incorporeidad que refiere siempre a lo corpóreo, al color, al deseo: “en el avión / es donde mejor escribo / (todo queda en el aire)”; nos prepara para el vuelo, viaje, lugar, desplazamiento, diatriba entre paréntesis. Es así, un manifiesto, punto 1: El pensamiento se detiene, calma y fructifica; entre nubes, montañas, chilenos, deseo, piel blanca y lenguaje hecho caída, hecho cascada. Hecho, es decir fabricado, desde el detalle (vital o cotidiano), la narración, la explicación, el recuerdo (la muerte del padre), el extrañamiento, en distintas medidas e intensidades.

3. Segundo acápite de la confesión: “la cabeza deja de pronto de funcionar / y todo lo que se necesita es una goma de borrar / negro/vacío / derrame de conciencia”, derrame (desbordamiento, dispersión) en el que nadie más habla, el padre “es tierra negra”, la madre “es una nube gruesa”, la montaña es descrita, mas no reproduce, no expresa: “tus labios se mueven en silencio”. El derrame de conciencia es la cascada de palabras, ideas, pensamientos y descripciones que hace la nube de su entorno mediato, cercano o lejano, imaginado, adjudicado a la fuerza de algún verso, o expulsado a la basura (que vuelve a recoger), tal como la aspiradora que no aspira, que no chupa, por lo que, como el relato, vuelve una y otra vez sobre la montaña: ¿Qué es más difícil que mover una montaña? Nada, definitivamente.

4. Hasta que, hacia el clímax, digamos el centro poético, el objeto del deseo, es decir el lenguaje, se hace explícito, “es tan poco el semen / tan largo el olvido”; (una idea-imagen recurrente en lo que sigue al clímax); para, acto seguido, recordarnos la obsesión doméstica del último tramo: “la aspiradora no chupa”, por lo que los desperdicios, los vacíos o rellenos, la energía, en definitiva, va quedando, va aumentando, acumulándose la histeria, hasta la irrupción de Ana O.

5. Secuencia en la muerte del padre: El padre es la tierra negra, la superficie es blanca, la carne es blanca, o va tornándose blanca (“tú no hueles bien” / me dice mi madre / o es ese olor / a carne muerta / bajo tierra / que llevo puesta”. Una escritura matemática, equidistante, lógica y proposicional (A implica B), ecuacional, especular, parafásica en la sustitución de idiomas.

6. Es cuestión de correr el velo para encontrarse de frente con la piel, la aspiradora (o chimenea, en términos de Pappenheim) que succiona, la hoja y la montaña y otros actos de inspiración erótica (en su versión velada). A través del velo, que a ratos se descorre y deja ver el espectáculo de origen, se observa un segundo espectáculo: velado (acá redundo), lo que se transforma en un teatro de sombras, difuminación, deformidad y distancia con la representación original.

7. La “cura del habla” toma acá especial especificidad, desde el tratamiento de Breuer, a Carne blanca, el paciente siente alivio parcial al relatar el hecho traumático. “La poesía es para los muertos”, recalca el relato en su periodo de meseta, deseo, excitación (en distinto orden, claro está). También es para personas en busca de alivio, paciente, terapeuta... Esto nos lleva al tercer y último acápite de la confesión: “quizás vayamos todos en una misma dirección / no hay dirección”. Después no se ve nada, no hay lenguaje, solo acantilado. Y es mejor finalizar.


Santiago, mayo 2017

Fotografía: Iván Petrowitsch



Carne blanca

Poemario de Jessica Atal

Editorial Cuarto Propio

Santiago de Chile, 2016





domingo, junio 11, 2017

“Salvaje”, de Juan Carlos Miranda






Mi ojo izquierdo
No brilla

El otro
No es ojo
Es muralla
Carne salvaje.



en Las cuatro estaciones del frío, 2009