lunes, enero 16, 2017

"En el fondo del patio...", de Iván Teillier






En el fondo del patio
ni una rama verde al anochecer.
Te aseguro que dormía entre las lilas
como una mujer cansada de lavar,
llamé por tu nombre
pero recordé de pronto
que tú habías muerto
en un verano,
recordé que habías muerto en un verano.



en Una rama verde, 1965


en Poemas, Lecturas Ediciones, 2015












domingo, enero 15, 2017

“Limbo”, de Rossella Di Paolo






Un día puse una piedra encima de tu nombre
y me dije: iré cantando hasta mi casa.
Y canté
como una loca sobre sus piernas fuertes
como río loco canté.
Hasta que el canto empezó a hacerse agüita rala
(ni para regar guisantes)
y entre paso y paso
se me fue perdiendo un pie.
No acierto a ver el tejado de mi casa ni el árbol
más alto.
¿Será que me dejé el corazón bajo la piedra?
¿Mi tonto corazón junto a tu nombre?

Sé que ya no llegaré a mi casa.
Sé que tampoco puedo volver.



en Tablillas de San Lázaro, 2001







sábado, enero 14, 2017

"Toma la flor a tiempo", de Thu-Kiu Lian

© Versión de Juan Carlos Villavicencio, a partir de la traducción de Romeo Salinas





Déjame darte un consejo, amigo mío;
la juventud camina
demasiado rápido.
Toma la flor a tiempo, amigo mío,
cuando se termine de abrir.
No aguardes la caída de sus pétalos:
toma la flor a tiempo
antes que se marchite.














viernes, enero 13, 2017

Hoy: Presentación en Valparaíso de "América o el brillo", de John Kinsella y "Del arco iris y el relámpago" (Antología), de Víctor Rodríguez Núñez. Descontexto Editores





Hoy nos encontramos en Valparaíso, acompañando a Víctor Rodríguez Núñez con el que presentamos el libro "Del arco iris y el relámpago" (antología preparada por Juan Carlos Villavicencio y Carlos Almonte), que será presentado por el gran poeta Juan Cameron. En esta oportunidad, además será presentada la traducción que hizo Víctor Rodríguez Núñez, junto a Katherine Hedeen, del poemario "América o el brillo", del poeta australiano John Kinsella, texto que será presentado por Enrique Winter.


Los esperamos hoy en La Sebastiana a las 19 horas.
Difundan y acompáñennos a disfrutar de esta notable velada poética.





jueves, enero 12, 2017

“Las redes sociales son una trampa”. Entrevista a Zygmunt Bauman, de Ricardo de Querol






Acaba de cumplir 90 años y de enlazar dos vuelos para llegar desde Inglaterra al debate en que participa en Burgos. Está cansado, lo admite nada más empezar la entrevista, pero se expresa con tanta calma como claridad. Se extiende en cada explicación porque detesta dar respuestas simples a cuestiones complejas. Desde que planteó, en 1999, su idea de la “modernidad líquida” —una etapa en la cual todo lo que era sólido se ha licuado, en la cual “nuestros acuerdos son temporales, pasajeros, válidos solo hasta nuevo aviso”—, Zygmunt Bauman es una figura de referencia de la sociología. Su denuncia de la desigualdad creciente, su análisis del descrédito de la política o su visión nada idealista de lo que ha traído la revolución digital lo han convertido también en un faro para el movimiento global de los indignados, a pesar de que no duda en señalarles las debilidades.

Este polaco (Poznan, 1925) era niño cuando su familia, judía, escapó del nazismo a la URSS, y en 1968 tuvo que abandonar su propio país, desposeído de su puesto de profesor y expulsado del Partido Comunista en una purga marcada por el antisemitismo tras la guerra árabe-israelí. Renunció a su nacionalidad, emigró a Tel Aviv y se instaló después en la Universidad de Leeds, que ha acogido la mayor parte de su carrera.


Usted ve la desigualdad como una “metástasis”. ¿Está en peligro la democracia?
Lo que está pasando ahora, lo que podemos llamar “la crisis de la democracia”, es el colapso de la confianza. La creencia de que los líderes no solo son corruptos o estúpidos, sino que además son incapaces. Para actuar se necesita poder: ser capaz de hacer cosas; y se necesita política: la habilidad de decidir qué cosas tienen que hacerse. La cuestión es que ese matrimonio entre poder y política en manos del Estado-nación se ha terminado. El poder se ha globalizado pero las políticas son tan locales como antes. La política tiene las manos cortadas. La gente ya no cree en el sistema democrático porque no cumple sus promesas. Es lo que está poniendo de manifiesto, por ejemplo, la crisis de la migración. El fenómeno es global, pero actuamos en términos parroquianos. Las instituciones democráticas no fueron diseñadas para manejar situaciones de interdependencia. La crisis contemporánea de la democracia es una crisis de las instituciones democráticas.

El péndulo que describe entre libertad y seguridad ¿hacia qué lado está oscilando?
Son dos valores tremendamente difíciles de conciliar. Si tienes más seguridad tienes que renunciar a cierta libertad, si quieres más libertad tienes que renunciar a seguridad. Ese dilema va a continuar para siempre. Hace 40 años creímos que había triunfado la libertad y estábamos en una orgía consumista. Todo parecía posible mediante el crédito: que quieres una casa, un auto… ya lo pagarás después. Ha sido un despertar muy amargo el de 2008, cuando se acabó el crédito fácil. La catástrofe que vino, el colapso social, fue para la clase media, que fue arrastrada rápidamente a lo que llamamos “precariado”. La categoría de los que viven en una precariedad continuada: no saber si su empresa se va a fusionar o la va a comprar otra y se van a ir al paro, no saber si lo que ha costado tanto esfuerzo les pertenece. El conflicto, el antagonismo, ya no es entre clases, sino el de cada persona con la sociedad. No es solo una falta de seguridad, también es una falta de libertad.

Afirma que la idea del progreso es un mito. Porque en el pasado la gente confiaba en que el futuro sería mejor y ya no.
Estamos en un estado de interregno, entre una etapa en que teníamos certezas y otra en que la vieja forma de actuar ya no funciona. No sabemos qué va a reemplazar esto. Las certezas han sido abolidas. No soy capaz de hacer de profeta. Estamos experimentando con nuevas formas de hacer cosas. España ha sido un ejemplo en aquella famosa iniciativa de mayo (el 15-M), en que esa gente tomó las plazas, discutiendo, tratando de sustituir los procedimientos parlamentarios por algún tipo de democracia directa. Eso probó tener una corta vida. Las políticas de austeridad van a continuar, no las podían parar, pero pueden ser relativamente efectivos en introducir nuevas formas de hacer las cosas.

Usted sostiene que el movimiento de los indignados “sabe cómo despejar el terreno pero no cómo construir algo sólido”.
La gente suspendió sus diferencias por un tiempo en la plaza por un propósito común. Si el propósito es negativo, enojarse con alguien, hay más altas posibilidades de éxito. En cierto sentido pudo ser una explosión de solidaridad, pero las explosiones son muy potentes y muy breves.

Y lamenta que, por su naturaleza “arco iris”, no cabe un liderazgo sólido.
Los líderes son tipos duros, que tienen ideas e ideologías, y la visibilidad y la ilusión de unidad desaparecería. Precisamente porque no tienen líderes el movimiento puede sobrevivir. Pero precisamente porque no tienen líderes no pueden convertir su unidad en una acción práctica.

En España las consecuencias del 15-M sí han llegado a la política. Han emergido con fuerza nuevos partidos.
El cambio de un partido por otro partido no va a resolver el problema. El problema hoy no es que los partidos sean los equivocados, sino que no controlan los instrumentos. Los problemas de los españoles no están confinados al territorio español, sino al globo. La presunción de que se puede resolver la situación desde dentro es errónea.

Usted analiza la crisis del Estado-nación. ¿Qué opina de las aspiraciones independentistas de Cataluña?
Pienso que seguimos en los principios de Versalles, cuando se estableció el derecho de cada nación a la autodeterminación. Pero eso hoy es una ficción porque no existen territorios homogéneos. Hoy toda sociedad es una colección de diásporas. La gente se une a una sociedad a la que es leal, y paga impuestos, pero al mismo tiempo no quieren rendir su identidad. La conexión entre lo local y la identidad se ha roto. La situación en Cataluña, como en Escocia o Lombardía, es una contradicción entre la identidad tribal y la ciudadanía de un país. Ellos son europeos, pero no quieren ir a Bruselas vía Madrid, sino desde Barcelona. La misma lógica está emergiendo en casi  todos los países. Seguimos en los principios establecidos al final de la Primera Guerra Mundial, pero ha habido muchos cambios en el mundo.

Las redes sociales han cambiado la forma en que la gente protesta, o la exigencia de transparencia. Usted es escéptico sobre ese “activismo de sofá” y subraya que Internet también nos adormece con entretenimiento barato. En vez de un instrumento revolucionario como las ven algunos, ¿las redes son el nuevo opio del pueblo?
La cuestión de la identidad ha sido transformada de algo que viene dado a una tarea: tú tienes que crear tu propia comunidad. Pero no se crea una comunidad, la tienes o no; lo que las redes sociales pueden crear es un sustituto. La diferencia entre la comunidad y la red es que tú perteneces a la comunidad pero la red te pertenece a ti. Puedes añadir amigos y puedes borrarlos, controlas a la gente con la que te relacionadas. La gente se siente un poco mejor porque la soledad es la gran amenaza en estos tiempos de individualización. Pero en las redes es tan fácil añadir amigos o borrarlos que no necesitas habilidades sociales. Estas las desarrollas cuando estás en la calle, o vas a tu trabajo y te encuentras con gente con la que tienes que tener una interacción razonable. Ahí tienes que enfrentarte a las dificultades, involucrarte en un diálogo. El papa Francisco, que es un gran hombre, al ser elegido dio su primera entrevista a Eugenio Scalfari, un periodista italiano que es un autoproclamado ateísta. Fue una señal: el diálogo real no es hablar con gente que piensa lo mismo que tú. Las redes sociales no enseñan a dialogar porque es tan fácil evitar la controversia… Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa.



en El País, 9 de enero de 2016





miércoles, enero 11, 2017

"Secreto profesional", de Víctor Rodríguez Núñez







El árbol que con desesperación
                                                 hace gestos al cielo
La mañana que voltea su rostro
salpicado con leche de crepúsculo
El río que de súbito
                               ha perdido la voz
entre la algarabía de las piedras
La sombra del ahorcado
                                      su aliento de ceniza
Todo esto tiene
                        viajero
                                   algo que decirte

Suma
         esa canción descascarada
que ha gritado el olvido
Ese cerro que otra vez se despide
con su pañuelo limpio
donde se puso el sol por cobardía
Esa noche sin pétalos ni fiebre
a pesar del invierno
                               que hoy también claudica
Todo te dice que
                          a la muerte
                                           no la conocerás





en Del arco iris y el relámpago (antología), Descontexto Editores, 2016





Originalmente en Oración inconclusa, 2000









martes, enero 10, 2017

Hoy: Lanzamiento de "América o el brillo", de John Kinsella y "Del arco iris y el relámpago" (Antología), de Víctor Rodríguez Núñez. Descontexto Editores








Presentarán Víctor Rodríguez Núñez (traductor y autor),
Rodrigo Olavarría y Raúl Zurita. 
Espacio Estravagario, Fernando Márquez de la Plata 0160,
Barrio Bellavista, a las 18.45 hrs.
(A un costado de La Chascona, casa de Neruda)




lunes, enero 09, 2017

"¿No?", de Robert Walser






Acostado en mi cuarto me atormentan
desgraciados recuerdos de lo mal
que lo he pasado siempre, y cómo sigo
obligado a pasarlo todavía.

¿Pero es que acaso hoy no luce el sol?
Están todos los pobres de rodillas
postrados con sus grandes corazones
y sus rostros inquietos por el miedo.

¿Pero es que acaso hoy no luce el sol?



en Poemas, 1997





Traducción de Carlos Ortega











domingo, enero 08, 2017

“Con la caída conocerás la penumbra”, de Jaime Sáenz




 
Con la caída conocerás la penumbra,
            y con la penumbra, la oscuridad.
Con la oscuridad conocerás lo oscuro,
y con lo oscuro, lo que no es.
Con la primera caída, te olvidarás de ti,
            y no recordarás haber caído.
Con la segunda, que será la primera,
            conocerás la tercera;
con la tercera conocerás la segunda,
            y con la primera, la cuarta.
Mas ninguna será la primera ni última.
La última será la primera, y la primera,
            la última.
Así conocerás el curso circular,
y participarás de las tinieblas en el vertiginoso
            giro del que ya participas,
habiendo penetrado a partir de este momento
            en las tinieblas

            -Nadie te empuja;
            nadie te llama.
            Nadie te obliga,
            pero tú decides
            -De ti depende.



en Las tinieblas, 1978






sábado, enero 07, 2017

"La ciudad de Choan", de Li Bai





Los fénix juegan en su terraza.
Los fénix se han ido, el río corre solitario.
Flores y hierbas
cubren los sombríos senderos
donde yace la dinástica casa de los Go.
Los brillantes atavíos y gorros de Shin
son ahora el emplazamiento de ancestrales colinas.

Tres montañas se precipitan desde el cielo remoto;
la isla de la Garza Blanca
bifurca la corriente del río.
Ahora que las altas nubes cubren el sol
y no puedo avistar Choan a la distancia,
estoy triste.




Versión de Ezra Pound



en Cántico del Sol, traducción de Armando Roa Vial, 
Descontexto Editores, 2015










Nota DscnTxt: originalmente incluido en Cathai (1915), Pound llama a Li Bai como lo llamaban los japoneses, Rihaku.









viernes, enero 06, 2017

"El gaucho invisible", de Ricardo Piglia




(1941-2017)



El tape Burgos era un troperito que se había conchabado en Chacabuco para un arreo de hacienda hasta Entre Ríos. Salieron a la madrugada y a las pocas leguas se les vino encima una tormenta. Burgos trabajó a la par de todos para que no se desparramaran los animales y al final salvó a un ternero guacho que se había quedado clavado en un costado, con las patas abiertas en medio del viento y de la lluvia. Lo levantó sin bajarse del caballo y lo acomodó en la montura. El animal se debatía y Burgos lo sujetó con una sola mano y después se metió entre la tropa y lo dejó a salvo en el piso. Lo hizo para mostrar su destreza, casi como una compadrada, y enseguida se arrepintió porque ninguno de los hombres lo miró ni hizo el menor comentario. Olvidó el incidente, pero lo fue ganando la extraña sensación de que los otros tenían algo contra él. Solo le hablaban si tenían que darle una orden y nunca lo incluían en las conversaciones. Actuaban como si él no estuviera. A la noche se iba a dormir antes que nadie y tirado entre las mantas los veía reír y hacer chistes cerca del fuego; le parecía vivir un mal sueño. En sus dieciséis años de vida no se había encontrado nunca en una situación igual; había sido maltratado, pero no ignorado y desconocido. La primera parada larga fue en Azul, adonde llegaron bien entrada la tarde de un sábado. El capataz dijo que iban a pasar la noche en el pueblo y que seguirían viaje a mediodía. Metieron los animales en un campito, al que todos llamaban el corral de la iglesia, en la entrada del pueblo. Se decía que antiguamente se levantaba una capilla en ese lugar, pero que los indios la habían destruido en el malón grande de 1867. Quedaban unas paredes al aire que servían de tapia para el corral donde se encerraba a los animales. A Burgos le pareció ver la forma de una cruz entre los ladrillos donde crecían los yuyos. Era un hueco de luz en la pared, marcado por la claridad del sol. Se la mostró entusiasmado a los otros, pero ellos siguieron de largo como si no lo hubieran oído. La cruz se veía nítida en el aire mientras caía la noche. Burgos se santiguó y se besó los dedos cruzados. En el almacén de la estación había baile. Burgos se acomodó en una mesa aparte y vio a los hombres reírse juntos y emborracharse y los vio salir para la pieza del fondo con las mujeres que estaban sentadas en fila cerca del mostrador. Hubiera querido elegir una él también, pero tuvo miedo de que no le hicieran caso y no se movió. Igual imaginó que elegía a la rubia vistosa que tenía enfrente. Era alta y parecía la mayor de todas. La llevaba a la pieza y cuando estaban tendidos en la cama le explicaba lo que le estaba pasando. La mujer tenía una cruz de plata entre los pechos y la hacía girar mientras Burgos le contaba su historia. A los hombres les gusta ver sufrir, le dijo la mujer, lo vieron al Cristo porque los atrajo con su sufrimiento. Si la historia de la Pasión no fuera tan atroz, dijo la mujer, que hablaba con acento extranjero, nadie se hubiera ocupado del hijo de Dios. Burgos escuchó que la mujer le decía eso y se movió para sacarla a bailar, pero pensó que ella no lo iba a ver y fingió que se había levantado para pedir una ginebra. Esa noche los hombres se acostaron al alba y todos durmieron hasta bien entrada la mañana; cerca del mediodía empezaron a arrear los animales del corral para volver al camino. El cielo estaba oscuro y Burgos no vio la cruz en la pared de la iglesia. Galoparon hacia la tormenta; las nubes bajas se confundían con el campo abierto. Al rato empezaron a caer unas gotas pesadas como monedas de veinte. Burgos se cubrió con el poncho encerado y cabalgó al frente de la tropa. Sabía hacer su trabajo y ellos sabían que él sabía hacer su trabajo. Ese era el único orgullo que le quedaba, ahora que era menos que nada. La tormenta arreció. Arrimaron los animales a una hondonada y los mantuvieron ahí toda la tarde, mientras duró la lluvia. Cuando aclaró, los paisanos salieron a campear animales perdidos. Burgos vio que un ternero se estaba ahogando en la laguna que se había formado en un bajo. Debía de tener rota una pata, porque no alcanzaba a trepar la ladera y se volvía a hundir. Lo enlazó desde arriba y lo sostuvo del cogote en el aire. El animal se retorcía y pateaba el vacío con desesperación. Se le soltó y cayó al agua. La cabeza del ternero boyaba en la laguna. Burgos volvió a enlazarlo. El ternero agitaba las patas y boqueaba. Los otros peones se habían acercado al pie de la barranca. Esta vez Burgos lo sostuvo un buen rato colgado y después lo dejó caer. El animal se hundió y tardó en salir. Los paisanos hacían comentarios en voz alta. Burgos lo enlazó y lo levantó en el aire y cuando el ternero estaba arriba lo volvió a soltar. Los otros hombres festejaron la ocurrencia con gritos y risas. Burgos repitió varias veces la operación. El animal trataba de eludir el lazo y se hundía en el agua. Nadaba queriendo escapar y los hombres incitaban a Burgos para que volviera a pescarlo. El juego duró un rato, entre bromas y chistes, hasta que por fin lo enlazó cuando estaba casi ahogado y lo levantó despacio hasta las patas de su caballo. El animal boqueaba en el barro, con los ojos blancos de terror. Entonces uno de los paisanos se largó del caballo y lo degolló de un tajo.
—Hecho, pibe —le dijo a Burgos—, esta noche comemos asado de pez. —Todos se largaron a reír y por primera vez en mucho tiempo Burgos sintió la hermandad de los hombres.

Macedonio siempre estaba recopilando historias ajenas. Desde la época en que era fiscal en Misiones había llevado un registro de relatos y de cuentos. «Una historia tiene un corazón simple, igual que una mujer. O que un hombre. Pero prefiero decir igual que una mujer», decía Macedonio, «porque pienso en Sherezade». Recién mucho tiempo después, pensó Junior, entendieron lo que había querido decir. En esos años había perdido a su mujer, Elena Obieta, y todo lo que Macedonio hizo desde entonces (y ante todo la máquina) estuvo destinado a hacerla presente. Ella era la Eterna, el río del relato, la voz interminable que mantenía vivo el recuerdo. Nunca aceptó que la había perdido. En eso fue como Dante y como Dante construyó un mundo para vivir con ella. La máquina fue ese mundo y fue su obra maestra. La sacó de la nada y la tuvo años en la parte de abajo de un ropero en una pieza de pensión cerca de Tribunales, tapada con una frazada. El sistema era sencillo y surgió por casualidad. Cuando transformó «William Wilson» en la historia de Stephen Stevensen, Macedonio tuvo elementos para construir una ficción virtual. Entonces empezó a trabajar con series y variables. Primero pensó en los ferrocarriles ingleses y en la lectura de novelas. El género se expandió en el siglo XIX, unido a ese medio de transporte. Por eso muchos relatos suceden en un viaje en tren. A la gente le gustaba leer en un tren relatos sobre un tren. En la Argentina, el primer viaje en ferrocarril de la novela está por supuesto en Cambaceres.
En una sala, Junior vio el vagón donde se había matado Erdosain. Estaba pintado de verde oscuro, en los asientos de cuerina se veían las manchas de sangre, tenía las ventanillas abiertas. En la otra sala vio la foto de un viejo coche del Ferrocarril Central Argentino. Ahí había viajado la mujer que huyó a la madrugada. Junior la imaginó dormitando en el asiento, el tren cruzando la oscuridad del campo con todas las ventanillas encendidas. Esa era una de las primeras historias.





en La ciudad ausente, 1992

















jueves, enero 05, 2017

“Bartleby”, de Olga Orozco





Había rehusado decir quién era, o de dónde venía,
o si tenía algún pariente en el mundo.
Herman Melville, Bartleby



 
Nadie supo quién fue.
Nunca estuvo más cerca de los hombres
que de los mudos signos.  
Él hubiera podido enumerar
los días que soportó vestido de gris  
desesperanza,
o describir siquiera la sombra de los sueños
sobre el muro vacío.  
Mas prefirió no hacerlo.
Nos queda solamente la mascarilla pálida,
la mirada serena con que eludió el llamado de todos los destinos,
la imagen de su muerte desoladoramente semejante a su vida.
No queremos pensar que fue parte en nosotros,
que fue nuestra constancia a las pacientes leyes que ignoramos.
Todos hemos sentido alguna vez la pavorosa y ciega soledad
del planeta,
y hasta el fondo del alma rueda entonces la piedrecilla cruel,
conmoviendo un misterio más grande que nosotros.
¡Oh Dios! ¿Es preciso saber que no podemos interpretar
las cifras inscritas en el muro?
¿Es preciso que aullemos como perros perdidos en la noche
o que seamos Bartleby con los brazos cruzados?
Preferimos no hacerlo.
Preferimos creer que Bartleby fue sólo memoria de consuelos,
de perdón, de esperanzas que llegaron muy tarde
para los que se fueron;
testigo de un gran fuego donde ardió la promesa
de un tiempo que no vino.
No será en ese cielo. En otro nos veremos.
Él estará también pálidamente absorto
contemplando la cara del muro.  
Deberá recordar una por una todas las cartas muertas.
Pero acaso aun entonces él prefiera no hacerlo.



en Las muertes, 1952





miércoles, enero 04, 2017

"Raga 15 / para Bela Lugosi", de David Meltzer



(1937-2016)



Señor, cuando usted decía:
Transilvania, o lobo humano, o
yo soy el Conde Drácula
–vuestros ojos se vaciaban, y
por un momento,
eran puro-blanco mármol.
No era una maravilla, pienso,
(ni una desdicha, tampoco)
que usted fuera morfinómano.
Es alegre,
el modo con que usted se desplazaba
por las alcobas Victorianas,
embozado en vuestra capa –arrastrando
el resto como alas rotas; entonces
con la faz cubierta, usted se inclinaba
para besar el cuello y succionar.
No era una maravilla, pienso,
estaba dentro del buen gusto.




en Orfeo, no 5, mayo, 1964




También en Libro de Homenajes, de Jorge Teillier (Descontexto Editores, 2015)






Traducción de Jorge Teillier







Fotografía original de Richard Friedman









martes, enero 03, 2017

“La Tirana VI (Habías chupado mucho toda la noche)”, de Diego Maquieira





La viste en el cine Marconi el domingo
a la salida de misa. Habías chupado
mucho toda la noche como queriendo decir
que la soledad de aquí te la mamabas
tú solo. La Mussolini hacía el papel de puta
pero no había nada de qué asustarse
Llevabas como seis meses sin ver la monja
encerrado con tu cajón de whisky
pensando y dándole vueltas a la Derrida
Y en un momento estuviste a un punto
de haber volado el teatro cuando los ojos
se te quedaron pegados, y ahí creíste
que la estabas tocando con el fluido
de tus inhibiciones, que empezó a correr
por toda la sala como la simple luz
Y todavía dicen que tienes tan mal corazón
Porque aquí te quitan la vida, Velázquez
te sueltan el cuervo de la religión
Tú decías paraíso una que otra vez
porque te calentaban sus medias piernas
pero tú decías paraíso a las paredes
para no pasarte el mes solo en cama
con tus pantalones hechos bolsa
y con una imaginación de los manicomios.



en La Tirana, 1983



Fotografía: Javier Liaño






lunes, enero 02, 2017

Dos fragmentos de John Berger




(1926-2017)


I


El deseo sexual, si es recíproco, origina un complot de dos personas que hacen frente al resto de los complots que hay en el mundo. Es una conspiración de dos.

El plan es ofrecer al otro un respiro ante el dolor del mundo. No la felicidad sino un descanso físico ante la enorme responsabilidad de los cuerpos hacia el dolor.

En todo deseo hay tanta compasión como apetito. Sea cual sea la proporción, las dos cosas se ensartan juntas. El deseo es inconcebible sin una herida. Si hubiera alguien sin heridas en este mundo, viviría sin deseo.

El cuerpo humano realiza proezas, posee gracia, picardía, dignidad y otras muchas capacidades, pero también resulta intrínsecamente trágico como no lo es ningún cuerpo de animal (ningún animal está desnudo).

El deseo anhela proteger al cuerpo amado de la tragedia que encarna y, lo que es más, se cree capaz. La conspiración consiste en crear juntos un espacio, un lugar de exención, necesariamente temporal, de la herida incurable de la que es depositaria la carne. Ese lugar es el interior del otro cuerpo. La conspiración consiste en deslizarse al interior del otro, allí donde no se les pueda encontrar. El deseo es un intercambio de escondites (hablar de «volver al útero» es una vulgar simplificación).

Tocar una pierna con mano de amante. Que sea para excitar o para relajar no supone diferencia alguna. El tacto aspira a alcanzar, más allá del fémur, la tibia o el peroné, el propio corazón de la pierna, y el amante completo espera acompañar ese gesto y habitar en él. No hay altruismo en el deseo. Al principio están implicados dos cuerpos y la exención, siempre y cuando se logre, los protege a ambos. La exención es inevitablemente breve y, sin embargo, lo promete todo. La exención suprime la brevedad y con ella las penas asociadas a la angustia de lo efímero.

Ante la mirada de una tercera persona, el deseo es un breve paréntesis. Desde dentro, una inmanencia y una entrada en la plenitud. Normalmente la plenitud se considera una acumulación. El deseo revela que es un despojamiento: la plenitud de un silencio, de una oscuridad.



en Esa Belleza, 2005





II


Estoy dibujando unos lirios que crecen pegados al muro de cierta casa [...]. Dibujo con tinta negra (Shaeffer), aguada y saliva, utilizando un dedo como pincel. A mi lado, en la hierba, donde estoy sentado, tengo unas cuantas hojas de papel de arroz chino, que es ligeramente coloreado. [...]

En un momento dado, si no decides abandonar el dibujo que estás haciendo y empezar uno nuevo, la mirada contenida en lo que estás midiendo e invocando en el papel cambia.

Al principio, interrogas al modelo (los siete lirios) a fin de descubrir líneas, formas y tonos que puedas trazar en el papel. El dibujo acumula las respuestas. Asimismo, conforme vas interrogando a las primeras respuestas, el dibujo va acumulando, claro está, correcciones. Dibujar es corregir. Ahora empiezo a utilizar los papeles de arroz chinos; en ellos, las líneas de tinta se convierten en venas.

Si tienes suerte, llegará un momento en el que la acumulación se convierta en una imagen, es decir, que dejará de ser un montón de signos y se transformará en una presencia. Una presencia un tanto tosca, pero una presencia. Es entonces cuando cambia tu mirada. Y empiezas a inquirir de esa presencia tanto como del modelo.

¿Cómo te pide que la modifiques para ser menos tosca? Miras atentamente el dibujo y vuelves una y otra vez a recorrer con la mirada los siete lirios buscando no ya su estructura, sino lo que irradian, su energía. ¿Cómo interaccionan con el aire que los envuelve, con el sol, con el calor que se desprende del muro de la casa?



en El cuaderno de Bento, 2011