viernes, noviembre 16, 2018

“Mar afuera”, de Julio Ramón Ribeyro





Desde que zarpara la barca, Janampa había pronunciado sólo dos o tres palabras, siempre oscuras, cargadas de reserva, como si se hubiera obstinado en crear un clima de misterio. Sentado frente a Dionisio, hacía una hora que remaba infatigablemente. Ya las fogatas de la orilla habían desaparecido y las barcas de los otros pescadores apenas se divisaban en lontananza, pálidamente iluminadas por sus faroles de aceite. Dionisio trataba en vano de estudiar las facciones de su compañero. Ocupado en desaguar el bote con la pequeña lata, observaba a hurtadillas su rostro que, recibiendo en plena nuca la luz cruda del farol, sólo mostraba una silueta negra e impenetrable. A veces, al ladear ligeramente el semblante, la luz se le escurría por los pómulos sudorosos o por el cuello desnudo y se podía adivinar una faz hosca, decidida, cruelmente poseída de una extraña resolución.

—¿Faltará mucho para amanecer?

Janampa lanzó sólo un gruñido, como si dicho acontecimiento le importara poco y siguió clavando con frenesí los remos en la mar negra.

Dionisio cruzó los brazos y se puso a tiritar. Ya una vez le habia pedido los remos pero el otro rehusó con una blasfemia. Aún no acertaba a explicarse, además, por qué lo había escogido a él, precisamente a él, para que lo acompañara esa madrugada. Es cierto que el Mocho estaba borracho pero había otros pescadores disponibles con quienes Janampa tenía más amistad. Su tono, por otra parte, había sido imperioso. Cogiéndolo del brazo le había dicho:

—Nos hacemos a la mar juntos esta madrugada.
—Y fue imposible negarse. Apenas pudo apretar la cintura de la Prieta y darle un beso entre los dos pechos.
—¡No tardes mucho! —había gritado ella, en la puerta de la barraca, agitando la sartén del pescado.

Fueron los últimos en zarpar. Sin embargo, la ventaja fue pronto recuperada y al cuarto de hora habían sobrepasado a sus compañeros.

—Eres buen remador —dijo Dionisio.
—Cuando me lo propongo —replicó Janampa, disparando una risa sorda.

Más tarde habló otra vez:

—Por acá tengo un banco de arenques. —Tiró al mar un salivazo—. Pero ahora no me interesa. —Y siguió remando mar afuera.

Fue entonces cuando Dionisio empezó a recelar. El mar, además, estaba un poco picado. Las olas venían encrespadas y cada vez que embestían el bote, la proa se elevaba al cielo y Dionisio veía a Janampa y el farol suspendidos contra la Cruz del Sur.

—Yo creo que está bien acá —se había atrevido a sugerir.
—¡Tú no sabes! —replicó Janampa, casi colérico.

Desde entonces, ya tampoco él abrió la boca. Se limitó a desaguar cada vez que era necesario pero observando siempre con recelo al pescador. A veces escrutaba el cielo, con el vivo deseo de verlo desteñirse o lanzaba furtivas miradas hacia atrás, esperando ver el reflejo de alguna barca vecina.

—Bajo esa tabla hay una botella de pisco —dijo de pronto Janampa—. Échate un trago y pásamela.

Dionisio buscó la botella. Estaba a medio consumir y casi con alivio vació gruesos borbotones en su garganta salada.

Janampa soltó por primera vez los remos, con un sonoro suspiro, y se apoderó de la botella. Luego de consumirla la tiró al mar. Dionisio esperó que al fin fuera a desarrollarse una conversación pero Janampa se limitó a cruzar los brazos y quedó silencioso. La barca con sus remos abandonados, quedó a merced de las olas. Viró ligeramente hacia la costa, luego con la resaca se incrustó mar afuera. Hubo un momento en que recibió de flanco una ola espumosa que la inclinó casi hasta el naufragio, pero Janampa no hizo un ademán ni dijo una palabra. Nerviosamente buscó Dionisio en su pantalón un cigarrillo y en el momento de encenderlo aprovechó para mirar a Janampa. Un segundo de luz sobre su cara le mostró unas facciones cerradas, amarradas sobre la boca y dos cavernas oblicuas incendiadas de fiebre en su interior.
Cogió nuevamente la lata y siguió desaguando, pero ahora el pulso le temblaba. Mientras tenía la cabeza hundida entre los brazos, le pareció que Janampa reía con sorna. Luego escuchó el paleteo de los remos y la barca siguió virando hacia alta mar.

Dionisio tuvo entonces la certeza de que las intenciones de Janampa no eran precisamente pescar. Trató de reconstruir la historia de su amistad con él. Se conocieron hacía dos años en una construcción de la cual fueron albañiles. Janampa era un tipo alegre, que trabajaba con gusto pues su fortaleza física hacía divertido lo que para sus compañeros era penoso. Pasaba el día cantando, haciendo bromas o aventándose de los andamios para enamorar a las sirvientas, para quienes era una especie de tarzán o de bestia o de demonio o de semental. Los sábados después de cobrar sus jornales, se subían al techo de la construcción y se jugaban a los dados todo lo que habían ganado.

—Ahora recuerdo —pensó Dionisio. Una tarde le gané al póquer todo su salario.

El cigarrillo se le cayó de las manos, de puro estremecimiento. ¿Se acordaría? Sin embargo, eso no tenía mucha importancia. Él también perdió algunas veces. El tiempo, además, había corrido. Para cerciorarse, aventuró una pregunta.

—¿Sigues jugando a los dados?

Janampa escupió al mar, como cada vez que tenía que dar una respuesta.

—No —dijo y volvió a hundirse en su mutismo. Pero después añadió—: Siempre me ganaban.
Dionisio aspiró fuertemente el aire marino. La respuesta de su compañero lo tranquilizó en parte a pesar de que abría una nueva veta de temores. Además, sobre la línea de la costa, se veía un reflejo rosado. Amanecía, indudablemente.
—¡Bueno! —exclamó Janampa, de repente—. ¡Aquí estamos bien! —Y clavó los remos en la barca. Luego apagó el farol y se movió en su asiento como si buscara algo. Por último se recostó en la proa y comenzó a silbar.
—Echaré la red —sugirió Dionisio, tratando de incorporarse.
—No —replicó Janampa—. No voy a pescar. Ahora quiero descansar. Quiero silbar también... —Y sus silbidos viajaban hacia la costa, detrás de los patillos que comenzaban a desfilar graznando—. ¿Te acuerdas de esto? —preguntó, interrumpiéndose.

Dionisio tarareó mentalmente la melodía que su compañero insinuaba. Trató de asociarla con algo. Janampa, como si quisiera ayudarlo, prosiguió sus silbos, comunicándole vibraciones inauditas, sacudido todo él de música, como la cuerda de una guitarra. Vio, entonces, un corralón inundado de botellas y de valses. Era un cambio de aros. No podía olvidarlo pues en aquella ocasión conoció a la Prieta. La fiesta duró hasta la madrugada. Después de tomar el caldo se retiró hacia el acantilado, abrazando a la Prieta por la cintura. Hacía más de un año. Esa melodía, como el sabor de la sidra, le recordaba siempre aquella noche.

—¿Tú fuiste? —preguntó, como si hubiera estado pensando en viva voz.
—Estuve toda la noche —replicó Janampa.

Dionisio trató de ubicarlo. ¡Había tanta gente! Además, ¿qué importancia tendría recordarlo?

—Luego caminé hasta el acantilado —añadió Janampa y rió, rió para adentro, como si se hubiera tragado algunas palabras picantes y se gozara en su secreto.

Dionisio miró hacia ambos lados. No, no se avecinaba ninguna barca. Un repentino desasosiego lo invadió. Recién lo asaltaba la sospecha. Aquella noche de la fiesta Janampa también conoció a la Prieta. Vio claramente al pescador cuando le oprimía la mano bajo el cordón de sábanas flotantes.

—Me llamo Janampa —dijo (estaba un poco mareado)—. Pero en todo el barrio me conocen por «el buenmozo zambo Janampa». Trabajo de pescador y soy soltero.

Él, minutos antes, le había dicho también a la Prieta:

—Me gustas. ¿Es la primera vez que vienes aquí? No te había visto antes.

La Prieta era una mujer corrida, maliciosa y con buen ojo para los rufianes. Vio detrás de todo el aparato de Janampa a un donjuán de barriada vanidoso y violento.

—¿Soltero? —le replicó—. ¡Por allí andan diciendo que tiene usted tres mujeres! —Y tirando del brazo de Dionisio, se lanzaron a cabalgar una polca.
—Te has acordado, ¿verdad? —exclamó Janampa—. ¡Aquella noche me emborraché! ¡Me emborraché como un caballo! No pude tomar el caldo... Pero al amanecer caminé hasta el acantilado.

Dionisio se limpió con el antebrazo un sudor frío. Hubiera querido aclarar las cosas. Decirle para qué lo había seguido aquella vez y qué cosa era lo que ahora pretendía. Pero tenía en la cabeza un nudo. Recordó atropelladamente otras cosas. Recordó, por ejemplo, que cuando se instaló en la playa para trabajar en la barca de Pascual, se encontró con Janampa, que hacía algunos meses que se dedicaba a la pesca.

—¡Nos volveremos a encontrar! —había dicho el pescador y, mirando a la Prieta con los ojos oblicuos, añadió—: Tal vez juguemos de nuevo como en la construcción. Puedo recuperar lo perdido.

Él, entonces, no comprendió. Creyó que hablaba del póquer. Recién ahora parecía coger todo el sentido de la frase que, viniendo desde atrás, lo golpeó como una pedrada.

—¿Qué cosa me querías decir con eso del póquer? —preguntó animándose de un súbito coraje—. ¿Acaso te referías a ella?
—No sé lo que dices —replicó Janampa y, al ver que Dionisio se agitaba de impaciencia, preguntó—: ¿Estás nervioso?

Dionisio sintió una opresión en la garganta. Tal vez era el frío o el hambre. La mañana se había abierto como un abanico. La Prieta le había preguntado una noche, después que se cobijaron en la orilla:

—¿Conoces tú a Janampa? Vigílalo bien. A veces me da miedo. Me mira de una manera rara.
—¿Estás nervioso? —repitió Janampa—. ¿Por qué? Yo sólo he querido dar un paseo. He querido hacer un poco de ejercicio. De vez en cuando cae bien. Se toma el fresco...

La costa estaba aún muy lejos y era imposible llegar a nado. Dionisio pensó que no valía la pena echarse al agua. Además, ¿para qué? Janampa —ya caían gotas de mañana en su cara— estaba quieto, con las manos aferradas a los remos inmóviles.

—¿Lo has visto? —volvió a preguntar la Prieta una noche—. Siempre ronda por acá cuando nos acostamos.
—¡Son ideas tuyas! —Entonces estaba ciego—. Lo conozco hace tiempo. Es charlatán pero tranquilo.
—Ustedes se acostaban temprano... —empezó Janampa— y no apagaban el farol hasta la medianoche.
—Cuando se duerme con una mujer como la Prieta... —replicó Dionisio y se dio cuenta que estaban hollando el terreno temido y que ya sería inútil andar con subterfugios.
—A veces las apariencias engañan —continuó Janampa— y las monedas son falsas.
—Pues te juro que la mía es de buena ley.
—¡De buena ley! —exclamó Janampa y lanzó una risotada.

Luego cogió la red por un extremo y de reojo observó a Dionisio, que miraba hacia atrás.

—No busques a los otros botes —dijo—. Han quedado muy lejos. ¡Janampa los ha dejado botados! —Y sacando un cuchillo, comenzó a cortar unas cuerdas que colgaban de la red.
—¿Y sigue rondando? —preguntó tiempo después a la Prieta.
—No —dijo ella—. Ahora anda tras la sobrina de Pascual.

A él, sin embargo, no le pareció esto más que una treta para disimular. De noche sentía rodar piedras cerca de la barraca y al aguaitar a través de la cortina, vio a Janampa varias veces caminando por la orilla.

—¿Acaso buscabas erizos por la noche? —preguntó Dionisio.

Janampa cortó el último nudo y miró hacia la costa.

—¡Amanece! —dijo señalando el cielo. Luego de una pausa, añadió—: No; no buscaba nada. Tenía malos pensamientos, eso es todo. Pasé muchas noches sin dormir, pensando... Ya, sin embargo, todo se ha arreglado...

Dionisio lo miró a los ojos. Al fin podía verlos, cavados simétricamente sobre los pómulos duros. Parecían ojos de pescado o de lobo. «Janampa tiene ojos de máscara», había dicho una vez la Prieta. Esa mañana, antes de embarcarse, también los había visto. Cuando forcejeaba con la Prieta a la orilla de la barraca, algo lo había molestado. Mirando a su alrededor, sin soltar las adorables trenzas, divisó a Janampa apoyado en su barca, con los brazos cruzados sobre el pecho y la peluca rebelde salpicada de espuma. La fogata vecina le esparcía brochazos de luz amarilla y los ojos oblicuos lo miraban desde lejos con una mirada fastidiosa que era casi como una mano tercamente apoyada en él.

—Janampa nos mira —dijo entonces a la Prieta.
—¡Qué importa! —replicó ella, golpeándole los lomos—. ¡Que mire todo lo que quiera! —Y prendiéndose de su cuello, lo hizo rodar sobre las piedras. En medio de la amorosa lucha, vio aún los ojos de Janampa y los vio aproximarse decididamente.

Cuando lo tomó del brazo y le dijo: «Nos hacemos a la mar esta madrugada», él no pudo rehusar. Apenas tuvo tiempo de besar a la Prieta entre los dos pechos.

—¡No tardes mucho! —había gritado ella, agitando la sartén del pescado.

¿Había temblado su voz? Recién ahora parecía notarlo. Su grito fue como una advertencia. ¿Por qué no se acogió a ella? Sin embargo, tal vez se podía hacer algo. Podría ponerse de rodillas, por ejemplo. Podría pactar una tregua. Podría, en todo caso, luchar... Elevando la cara, donde el miedo y la fatiga habían clavado ya sus zarpas, se encontró con el rostro curtido, inmutable, luminoso de Janampa. El sol naciente le ponía en la melena como una aureola de luz. Dionisio vio en ese detalle una coronación anticipada, una señal de triunfo. Bajando la cabeza, pensó que el azar lo había traicionado, que ya todo estaba perdido. Cuando sobre la construcción, a la hora del juego, le tocaba una mala mano, se retiraba sin protestar, diciendo: «Paso, no hay nada que hacer»...

—Ya me tienes aquí... —murmuró y quiso añadir algo más, hacer alguna broma cruel que le permitiera vivir esos momentos con alguna dignidad. Pero sólo balbuceó—: No hay nada que hacer...

Janampa se incorporó. Sucio de sudor y de sal, parecía un monstruo marino.

—Ahora echarás la red desde la popa —dijo y se la alcanzó.

Dionisio la tomó y, dándole la espalda a su rival, se echó sobre la popa. La red se fue extendiendo pesadamente en el mar. El trabajo era lento y penoso. Dionisio, recostado sobre el borde, pensaba en la costa que se hallaba muy lejos, en las barracas, en las fogatas, en las mujeres que se desperezaban, en la Prieta que rehacía sus trenzas... Todo aquello se hallaba lejos, muy lejos; era imposible llegar a nado...

—¿Ya está bien? —preguntó sin volverse, extendiendo más la red.
—Todavía no —replicó Janampa a sus espaldas.

Dionisio hundió los brazos en el mar hasta los codos y sin apartar la mirada de la costa brumosa, dominado por una tristeza anónima que diríase no le pertenecía, quedó esperando resignadamente la hora de la puñalada.



París, 1954












jueves, noviembre 15, 2018

"Despedida", de Gabriela Mistral







Ya me voy porque me llama
un silbo que es de mi Dueño,
llama con una inefable
punzada de rayo recto:
dulce-agudo es el llamado
que al partir le conocemos.

Yo bajé para salvar
a mi niño atacameño
y por andarme la Gea
que me crió contra el pecho
y acordarme, volteándola,
su trinidad de elementos.
Sentí el aire, palpé el agua
y la Tierra. Y ya regreso.

El ciervo y el viento van
a llevarte como arrieros,
como flechas apuntadas,
rápido, íntegro, ileso,
indiecito de Atacama,
más sabe que el blanco ciego,
y hasta dormido te llevan
tus pies de quechua andariego,
el Espíritu del aire,
el del metal, el del viento,
la Tierra Mama, el pedrisco,
el duende de los viñedos,
la viuda de las cañadas
y la amistad de los muertos.
Te ayudé a saltar las zanjas
y a esquivar hondones hueros.

Ya me llama el que es mi Dueño...










en Poema de Chile, 1967

















miércoles, noviembre 14, 2018

“El muchacho progresista leyendo el diario...”, de Erwin Quintupil





El muchacho progresista leyendo el diario comentó:
¿Por qué no pondrán gentes?
¡Ponen puros indios!

Las mujeres en la foto
viejas mujeres con rostro de tierra
emitían el sufragio en Imperial.

¡Se olvidó!
¡En la letra de su discurso estuvimos tantas veces!
Y olvidó.
En la numerosa multitud cotidiana de Temuco
no nos vieron.

Por la puerta abierta del bar
entró el frío de la mañana
y sonreí...
calladamente
sin hallar qué responder
al muchacho progresista que leyendo el diario comentó.



en Weuchapeyuchi ül: cantos de guerrero, 2012

Antología de Paulo Huirimilla











martes, noviembre 13, 2018

"Aquí", de Octavio Paz






Mis pasos en esta calle
resuenan
                en otra calle
donde
           oigo mis pasos
pasar en esta calle
donde

Sólo es real la niebla.






en Salamandra, 1962


















lunes, noviembre 12, 2018

“La enfermedad”, de Marcelo Lillo





En 1970 yo tenía trece años y era el muchacho más suertudo del mundo. O el más desamparado, depende del punto de vista de cada cual.

Vivía en una hermosa casa con un gran jardín y un patio enorme donde al final había un pequeño bosque; era el amo de un perro obediente y a mi disposición tenía un taxi que todas las mañanas me llevaba al colegio y que a eso de las dos me trasladaba de regreso al hogar. El chofer me decía señor, con una leve reverencia, y en el colegio (que era pagado y donde asistían nada más que hijos e hijas de profesionales de buen nivel y una cultura pasable) las asignaturas eran dictadas en inglés, excepto castellano, que se impartía en el pedestre idioma en que nos desenvolvíamos más allá de las murallas del colegio. Manejaba una buena cantidad de plata en los bolsillos, disponía de una empleada que me servía la comida y lavaba la loza, y en mi pieza, con una excelente panorámica del barrio elegante, tenía todos los libros que debía leer por obligación y también los que disfrutaba por puro placer. Eran otros tiempos, diría alguien con cierto tinte nostálgico o un leve y anticuado tonito, cuando la televisión aún no invadía las ciudades y los muchachos nos acostábamos antes de las nueve, escuchábamos radio o abríamos un libro con el que nos quedábamos dormidos.

Lo malo era que no tenía madre ni hermanos, y mi padre pasaba veinticinco días del mes afuera y los otros cinco (después de que estacionaba su auto en el garaje, me entregaba un regalo con el que pretendía calmar mi orfandad y se cambiaba de ropa luego de darse una ducha larga) con sus amigos y una que otra mujer que de repente asomaba por la casa y que en más de una ocasión no conocí ni de vista, sino que solo me enteré de su presencia por su risa alcohólica y sus carreritas en la escalera en mitad de la noche.

A mamá tampoco la conocí (por lo que siempre me ha resultado extraño pronunciar aquella palabra), puesto que ella falleció pocos días después de que yo naciera, producto de las complicaciones del parto. Muchos podrían sentirse culpables de una situación así, en la que un ser más poderoso decide arbitrariamente que uno de los dos puede vivir. Pero no es mi caso. Nunca me sentí culpable de que algo así sucediera, debe ser porque mi padre jamás lo recalcó ni me lo refregó en la cara cuando llevaba unas copas de más en el cuerpo. Es más, papá rara vez hablaba de mi madre, y cuando lo hacía sus palabras y su mirada parecían revestidos de un color a punto de desaparecer, como si los hechos a los que hacía referencia fueran parte de un pasado lejanísimo que a lo mejor sucedió o eran producto de la imaginación o correspondían a la vida de otros.

En el colegio tampoco tuve problemas desde que papá me matriculó e informó de mi especial situación al director, salvo por uno que otro despistado que de vez en cuando hacía referencia a mi condición de huérfano, quizás para desquitarse de alguna jugarreta mía o para herirme. Pero se encontraba con la firme oposición del resto de los compañeros, para los que yo era el supremo ejemplo del tipo individualista y autosuficiente, a la vez que un ídolo al que se mira con un poco de admiración y mucha envidia.

Solo en esa enorme casa (que a lo mejor no era tan grande y yo la veía así porque no la compartía con nadie), mi única entretención era leer. Leía el diario mientras almorzaba, y si en la tarde no me correspondía clases o deportes me iba al fondo del patio con mi perro para leer un libro. Si llovía lo hacía en mi pieza, con un brazo a manera de almohada. Para los veranos, que comenzaban a mediados de diciembre apenas finalizaba los estudios, me aprovisionaba de una buena cantidad de novelas (eran lo primero que guardaba en las maletas) y me iba feliz a la playa en compañía de una hermana de mi padre y su familia, con los que estaba hasta principios de marzo. Volvía a la ciudad lleno de novedades, pero no del veraneo, sino de las mil y una peripecias que vivían los personajes de los libros. Eran mis copuchas de las vacaciones, a las que mis amigos ya estaban acostumbrados, por lo que no dudaban en afirmar que en mi futuro había una máquina de escribir esperándome sobre una mesa, junto a un ventanal que daba al mar y a mi espalda varias repisas llenas de libros. Me imaginaban también con una pipa en la boca, barba y lentes (el estereotipo del escritor), y así me dibujaban cuando a nuestro curso le correspondía hacerse cargo de la revista mensual del colegio (en inglés, of course), donde, cómo no, me asignaban la sección literaria.
La verdad es que en esos años poco era lo que podía decir de mi futuro. Ni a mi padre (las escasas oportunidades en que hablábamos) ni al orientador ni al profesor jefe (con los que conversaba más a menudo) tenía mucho que contarles, menos aún cuando los tres hacían referencia a mi condición de gran lector y adolescente muy bien informado. Lo calificaban de un preciado don, una bendición venida del cielo que a muy pocos les tocaba en esta corta vida. Por lo tanto, papá quería que yo fuese abogado y una vez recibido me hiciera cargo de sus prósperos negocios. El orientador opinaba que mi destino estaba en el periodismo, ya fuera como crítico de arte o como columnista estable en la sección de política internacional. Y el profesor jefe, que cada vez que podía le sacaba lustre a su asignatura, veía en mí a un futuro historiador, un intelectual afincado en una prestigiosa universidad y que a los cincuenta años, con el necesario oficio en las venas, iba a entregarse al proyecto de su vida que le llevaría nada menos que dos décadas: escribir la verdadera y definitiva historia de nuestro país.

Cada vez que oía tales cosas, mirando de frente al que me las decía con extrema seriedad y entera convicción, mi respuesta era un encogimiento de hombros. Eso porque el menos preocupado de mi destino era yo, que no sabía qué hacer con mi existencia una vez que egresara del colegio, aunque si de algo estaba seguro era de que no me interesaba nada de lo que sugerían los mayores. No me veía ni en la facultad de derecho ni en la sala de redacción de un periódico ni menos en la silenciosa biblioteca de una universidad, casi ciego escribiendo sin parar la obra cumbre de mi vida. Para ser honesto, no me veía en ninguna parte, salvo en una playa, ojalá en invierno y con muchos y buenos libros a mi alcance.

—Tu norte está en la literatura —me decía el profesor de castellano cada vez que tenía la oportunidad, mirándome con unos ojos doloridos.
—No entiendo lo que quiere decir, mister.
—Claro que me entiendes, Dante Gómez, ¡si hasta te llamas igualito que un gran poeta!
—No me gusta la poesía, señor, prefiero las novelas.
—Poesía, narrativa, hasta teatro podrías escribir. —El mister quedaba mirándome—. Oye, ¿no has pensado unirte al grupo de teatro del colegio?
—Me da vergüenza subirme a un escenario.
—¡Qué vergüenza ni nada! —Otra mirada seguida de unas palabras dichas en voz baja, como si le hubiera pedido un consejo urgente acerca de mi vocación—. Un creador, eso es lo que tú estás destinado a ser, créeme. Tu padre tiene una excelente situación económica y perfectamente podría enviarte a estudiar al extranjero, ya que aquí los artistas no son muy bien mirados. ¿Entiendes?
—Yes, mister.
—¿Y qué me dices?
—Voy a pensarlo —respondía yo devolviéndole la mirada.

Dichas conversaciones se efectuaban los días miércoles por la tarde, cuando asistía al colegio solo por dos horas y luego tenía libre el resto de la jornada. Como no quería irme a encerrar tan temprano a la casa, me iba al casino, pedía una bebida y abría un libro si no tenía nada que estudiar. Ahí me encontraba el profesor Macaya, que iba por una taza de café al que echaba cuatro cucharadas de azúcar. Esa inusual cantidad de azúcar fue lo primero que me llamó la atención de él cuando aún no era su alumno. Lo veía revolviendo la taza que yo suponía muy espesa, con una mano en la frente y los ojos posados en un libro que nunca fue nuevo, que parecía rescatado del fondo de un baúl que recorrió el mundo entero en las sucias bodegas de un barco. Macaya, al que llamábamos Onda Larga por su altura (era de lejos el profesor más alto del colegio), se hizo cargo de la asignatura de castellano cuando pasé a séptimo básico y de inmediato nos hizo olvidar a la antigua profesora, no porque sus clases fueran mágicas o nos deslumbrara con su erudición (que sí la tenía), sino porque era ver a un actor arriba del escenario. Su fascinación era la poesía, aunque se decía un comediante frustrado, y ambas cosas se conjugaban al momento de ingresar a una sala de clases y enfrentar a un grupo de adolescentes bulliciosos, inquietos y no muy interesados en el lenguaje ni menos en la literatura.

El maletín de Macaya estaba lleno de libros viejos pasados a humedad, él mismo era un sujeto que olía a percán, pero de esa especie de decadencia parecía rescatar lo más bello e inolvidable. Lo digo porque no hubo clase en que no nos leyera un poema (de preferencia inglés, habitualmente de algún romántico), aunque la palabra «leer» se queda corta. Lo que hacía era recitarlo, aunque su voz no era de las mejores, pero su entusiasmo era privilegiado. Declamaba paseándose por la sala, gesticulando, pero no por eso despreocupado de lo que sucedía a su alrededor, puesto que al ver a algún alumno dispuesto a arrojar un papel o burlarse de otro, Macaya estiraba su brazo y le tironeaba la oreja.

—¡Más respeto con la poesía, mister! —exclamaba—. Mire que no todos los días nos semblanteamos con un individuo llamado Keats, que más encima nos obsequia algo que por si acaso se llama arte. ¿Lo sabía usted?
—No, señor…

Acto seguido se enderezaba el mechón rebelde que le caía sobre la frente y continuaba leyéndonos. Nunca entendimos mucho las lecturas de Onda Larga (algunos no entendían nada), pero nos quedaba dando vueltas la enigmática belleza de una metáfora, más que suficiente para vivir tranquilos durante sesenta años corridos y más encima afirmar que se conoce a los románticos ingleses.

A pesar de las conversaciones que sosteníamos en el casino, nunca me di el tiempo para pensar realmente en lo que Macaya me decía. Siempre lo fui postergando, inventándole cualquier excusa, dilatando una decisión que si bien es cierto me comprometía nada más que a mí, yo era el primero en sacarle el cuerpo. O no tuve el valor para decirle que aunque yo admiraba el arte literario, no tenía la menor intención de ser un escritor. O tranquilizarlo con eso de que quizás el germen del novelista o cuentista ya estaba en mí, pero faltaba que yo lo descubriera. No lo sé. Tal vez la cruel verdad era que para ser artista debía desafiar a mi padre, una tarea superior para la que en ese tiempo yo no estaba preparado. Todo eso se transformó en indecisión, a pesar de que Macaya no se daba por vencido y cada miércoles, saboreando su taza de café almibarado, me preguntaba: —¿Y?

—Lo sigo pensando, señor.
—Si sigues pensando demasiado las cosas ni siquiera vas a llegar a casarte.
—No está en mis planes casarme —afirmaba yo, muy seguro—. Ninguna mujer puede igualarse a un buen libro.

Macaya sonreía, se subía el mechón de pelo y decía: —¿De dónde sacaste eso?

—De aquí —respondía con el dedo en la sien, orgulloso y soberbio a la vez.

Ante aquella ridícula e infantil demostración de machismo, Onda Larga sacudía la cabeza. Pero un día ni siquiera hizo aquello, sino que me tiró la siguiente pregunta: —¿Tienes algo que hacer después de las seis?

Todavía no eran las cinco, el sol primaveral caía sobre el patio donde unos alumnos jugaban al fútbol.

—No —contesté—. ¿Por qué?
—Quiero hacerte una invitación. Bueno, es más que una invitación, o algo distinto… Quiero que me acompañes a una parte.
—¿Adónde, mister?
—A una casa.
—¿La suya?
—Sí y no.

Miré a Macaya y al ver sus ojos doloridos dije que sí. El profesor me palmoteó el hombro y se bebió de un trago su café.

A las seis en punto dejamos el colegio, le dije al chofer del taxi que esa tarde no iba a necesitarlo y abordamos una micro. No era la primera vez que yo andaba en micro, lo había hecho muchas veces a pesar de mi privilegiada forma de vivir, pero esa vez fue diferente. Yo iba con un hombre que podía ser mi padre, y cualquier niño en mi situación diría que, cuando no hay un padre cerca, todo adulto que se relacione permanentemente contigo es capaz de serlo. Algo que tiene que ver con el cariño que necesitamos y no tenemos. Con Onda Larga a mi lado me sentía bien, deseoso de que los otros que viajaban en la micro creyesen que éramos padre e hijo, aunque era solo un sueño.

Luego de casi media hora de viaje nos bajamos y recorrimos a pie unas cinco o seis cuadras, hasta llegar a una casa de un piso igual al resto de las casas de un piso que se levantaban alrededor. Estábamos en una población de clase media y por primera vez en mucho tiempo sentí nervios. Y si más lo pensaba, más inquieto me ponía, me imaginaba que había cientos de ojos de muchachos pobres de liceo (groseros, hediondos y mal vestidos) posados en mí, esperando que el profesor me dejara solo para robarme.

—Toca —me pidió Macaya—. Tú tocas y yo me voy.
—¿Por qué? —pregunté aterrorizado, como si se tratara de una de esas pruebas para saltar de la adolescencia a la adultez. Un rito de paso en el que debía combatir con un fiero matón.
—Eso te lo voy a explicar después. —Se subió el mechón y masticó unas instrucciones—: Preguntas por Gema y le dices que vienes de mi parte. ¿Okey?
—Okey.

Golpeé y al instante Onda Larga desapareció. Pasados unos segundos la puerta se abrió y me llegó un olor a tomates maduros.

—¿Sí? —me dijo una mujer, mirándome de pies a cabeza con marcado recelo.
—¿Está Gema?
—¿Qué quieres?
—Vengo de parte del profesor Macaya —repetí lo que me dijo el mister.

La mujer (de unos cuarenta y cinco años y una profunda mirada de resignación) se humedeció los labios y haciéndose a un lado me pidió que entrara. Lo dijo con un matiz de súplica, como si delante tuviera al hombre más poderoso del planeta y a ella no le quedara más que rogarle para que pusiera un pie en su casa y la honrara. Entré y la seguí por un pasillo en penumbras hasta que desembocamos en una habitación al final.

—Ahí está Gema —dijo.

Describir la habitación es lo de menos, lo que importa es decir que en una cama allegada a la ventana había una niña que no debía pasar de los diez años. Estaba sentada y vestía una camisa de dormir de franela. La miré sin poder explicarme lo que sucedía. Su rostro era pálido, su pelo largo y oscuro y era dueña de una boca grande y un par de ojos brillantes, pero tristes. Es lo que más recuerdo de aquel día, los ojos de Gema quebrados por algo que yo ignoraba.

—Hola —le dije.
—¿Vienes a verme? —preguntó la niña, sin preámbulos.
—Vengo de parte del profesor Macaya.
—¡Ah!, entonces debes de ser Dante —dijo con cierta euforia.
—¿Cómo lo sabes?
—Mi papá me prometió que un día iba a venir el más inteligente de sus alumnos, y que sabía muchos cuentos. —Puso la mano extendida sobre la cama—. Ven, siéntate conmigo.
—¿Tu papá es Onda Larga? —dije yendo hacia ella.
—¿Quién?
—¡Perdón…! Quise decir si tu papá es mister Macaya.
Mister Macaya —repitió Gema, se rio y yo me senté—. Todos los días hablamos por teléfono, sin falta.
—¿Por teléfono? ¿Tu papá no vive contigo acaso?
—Mis papás están peleados y mi mamá no quiere que mi papá venga, por eso instalamos un teléfono.

Levantó unas ropas que cubrían el velador y asomó el aparato, negro y pesado, con un disco para marcar los números. En aquellos años el poseedor de un teléfono era considerado casi un millonario, pero no era el caso del profesor Macaya. Supuse que tuvo que hacer un gran sacrificio para instalarlo y otro tanto hacía para mantenerlo; quizás por eso echaba tanta azúcar al café, para calmar su angustia y llegar a fin de mes con algún dinero en los bolsillos.

—¿Es cierto que te sabes muchos cuentos? —dijo Gema mientras los últimos rayos de sol aterrizaban a los pies de la cama.
—Me sé algunos, no tantos como la gente piensa.

Gema me quedó mirando y preguntó:

—¿Por qué piensa eso la gente?
—Porque creen que voy a ser escritor o algo así. Poeta quizás o dramaturgo. Mi papá cree que seré abogado.
—¿Qué es dramaturgo?
—Es una persona que escribe obras de teatro. Shakespeare era un dramaturgo.
—No conozco a… —Gema volvió a reírse—. ¿Cómo fue que dijiste?
—¡¿No conoces a Shakespeare?! —exclamé horrorizado como si se tratara de un imperdonable error—. ¿No te lo enseñaron en el colegio?
—No voy a la escuela —respondió ella.
—¿Por qué no?
—Porque estoy enferma.

Algo frío y desagradable pasó por mi espalda, aunque de enfermedades solo conocía las que yo y mis compañeros de curso habíamos sufrido, cosas sin importancia que como mucho nos mantenían una semana en cama. Miré a Gema y no le quise preguntar de qué estaba enferma, una voz en mi cabeza me dijo que no lo hiciera, que la respuesta podía ser tan brutal que no la olvidaría en el resto de mi vida. El nombre de la enfermedad no lo supe jamás (solo era La Enfermedad), así y todo no me he olvidado de ella ni de su madre ni de su casa en estos casi cuarenta años que han transcurrido desde entonces. Tampoco he olvidado el tibio olor a transpiración que brotaba de la niña, un perfume avinagrado.

—¿Qué cuento quieres oír? —le pregunté.
—Uno que sea entretenido y bonito. —Hizo un puchero y agregó—: ¡Me aburro tanto aquí acostada!

A partir de ese día no pasó semana en que no fuera a la casa de Gema, a esa población tan distinta de mi colegio y mi barrio. Cada miércoles abordaba la micro y viajaba media hora pensando qué cuento contarle a la niña, buscando en mi memoria cuál era el más apropiado para una persona de su edad, aunque yo solo tenía tres años más, pero su fragilidad la hacía parecer menor. Andaba las cinco cuadras, golpeaba la puerta y me encontraba con la resignación de la madre, que con el correr de las semanas terminó por no decirme nada: solo abría y me dejaba pasar. Yo susurraba las gracias y caminaba hasta la habitación de Gema, que estaba esperándome con esa ridícula camisa de dormir. No sé cuántos relatos le desgrané en esos pocos meses, cuántos mezclé con mi propia imaginación ni cuántos le inventé porque de un rato para otro me quedé sin repertorio. Gema los escuchaba con la espalda apoyada en la pared, expectante a ratos, otras intrigada, con una que otra mueca que denotaba su interés por lo que salía de mi boca. Hasta yo me sorprendí muchas veces al oírme sin querer, cautivado sin proponérmelo por la trama de un relato que no sabía si lo había sacado de un libro o era pura invención mía o una mezcla de ambos. ¿Eso era ser un escritor?, me preguntaba en silencio. ¿En eso consistía aquel oficio tan misterioso y fascinante, en conjugar lo sabido con lo inventado? Si eso era verdad, entonces yo era un escritor hecho y derecho al que no le faltaba ni una pizca de imaginación, que no se achicaba ante los desafíos narrativos ni se conmovía por una tos que saliera de la boca de su única auditora. Mi misión era contar y nada iba a distraerme de mi objetivo.

A propósito de tos, un día le pregunté a Gema: —¿Por qué toses? —Fue después de finalizar mi relato, luego de esa pausa en que ella y yo terminábamos de digerir el cuento de turno.

—El doctor dice que es por mi enfermedad. A medida que vayan pasando los meses la tos va a aumentar.
—¿Eso significa que te vas a mejorar?
—No sé.

Tenía razón el médico, al tercer mes la tos no paró más. Gema tosía cada treinta segundos (en ocasiones era una catarata la que brotaba de su cuerpo y yo debía callarme hasta que se le pasara), se llevaba una mano al pecho y me quedaba mirando con los ojos quebradizos. Había también jornadas en que se decaía mucho, tanto que cuando entraba en el dormitorio la hallaba acostada, respirando con dificultad.

—No estás bien, ¿cierto, Gema?
—Si hablo voy a volver a toser —respondía ella, y de inmediato se iniciaba la catarata.
—Si quieres, hoy no te cuento nada.
—Si no me cuentas nada entonces no eres mi amigo.
—¡Okey! —Y yo principiaba el cuento, el que venía recordando o inventando en la micro, observando aquellos barrios que mientras más lejanos del centro más pobres eran.

Cuando faltaba menos de un mes para las vacaciones (y para irme a la playa con mis tíos, primos y mis novelas), una tarde en que me retiraba en silencio después de dejar a Gema durmiendo, su mamá me dijo: —Quiero hablar contigo.

—Dígame, señora.
—No tengo idea cómo te llamas ni dónde vives ni por qué haces esto, aunque sé que eres un niño rico. Pero quería darte las gracias.
—¿Por venir a contarle cuentos?

La mujer se miró las manos y replicó:

—Por hacerle todo más fácil.

La semana siguiente, el martes al finalizar la clase de castellano, Macaya me llamó antes de salir a recreo.

—Ya no vas a tener que ir más —me dijo con una mirada sombría.
—¿Cómo que no, mister? Mañana es miércoles y todos los…
—Ya no, Dante, la sepultamos el domingo.
—¡No puede ser! —grité sin dejar de mirar a Onda Larga—. ¡Es imposible!
—Lo siento, hijo.

Macaya me abrazó y dejó que llorara junto a ese cuerpo suyo pasado a humedad, como olían todos los cuerpos que estaban bajo la línea social a la que yo tenía prohibido descender, porque era como bajar a los infiernos. Lloré en silencio, luego salí de la sala y fui a encerrarme en el baño. Desde allí miré a los alumnos que jugaban en el patio, con sus chalecos de lana y la insignia del colegio bordada junto al corazón (con su lema en latín bajo un animal que era un puma). Pensé en Gema sentada en su cama y me di cuenta de que nunca la había visto de otra manera. Nunca la vi de pie ni menos caminando ni con otra ropa que no fuera esa horrible camisa de dormir. Me acordé de sus ojos trizados por la enfermedad y el permanente olor a tomates maduros que había en esa casa de población. Todo pasó como un tren a gran velocidad por mi cabeza, y cuando se perdió me fui a jugar con mis compañeros.



en De vez en cuando, como todo el mundo, 2018

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