viernes, julio 29, 2016

“La flecha y la canción”, de Henry Wadsworth Longfellow






Lancé una flecha al cielo azul.
Cayó en la tierra, ignoro dónde.
Partió tan rauda que la vista
seguir su vuelo no logró.

Una canción lancé a los aires.
Cayó en la tierra, ignoro dónde.
¿Qué ojos pueden seguir el vuelo
Infinito de una canción?

Mucho más tarde hallé en un roble
la flecha, entera todavía;
y la canción la encontré intacta
en el corazón de un amigo.



Versión de Agustí Bartra



en Antología de Poesía Norteamericana, 1959






jueves, julio 28, 2016

"Canción para todas las que eres", de Eliseo Diego





No solo el hoy fragante de tus ojos amo
sino a la niña oculta que allá dentro
mira la vastedad del mundo con redondo azoro,
y amo a la extraña gris que me recuerda
en un rincón del tiempo que el invierno ampara.
La multitud de ti, la fuga de tus horas,
amo tus mil imágenes en vuelo
como un bando de pájaros salvajes.
No solo tu domingo breve de delicias
sino también un viernes trágico, quién sabe,
y un sábado de triunfos y de glorias
que no veré yo nunca, pero alabo.
Niña y muchacha y joven ya mujer, tú todas,
colman mi corazón, y en paz las amo.



en Cuatro de oros, 1991

















miércoles, julio 27, 2016

“Rolando Cárdenas, ¿poeta lárico?, sobre El viajero de las lluvias”, de Manuel Illanes






La reciente publicación de El viajero de las lluvias (Descontexto Editores, 2015, 126 páginas),  antología realizada por Juan Carlos Villavicencio y Carlos Almonte de la obra poética de Rolando Cárdenas, permite realizar algunas consideraciones en torno a la figura del escritor magallánico,  particularmente sobre su categorización en tanto poeta “lárico”, idea que se  ha impuesto en el medio literario chileno desde la aparición de “Los  poetas de los lares: nueva visión de la realidad en la poesía chilena”, artículo publicado por Jorge Teillier en el boletín de la Universidad de Chile, en 1965, en que el nombre de Cárdenas aparecía asociado al de una serie de escritores como Efraín Barquero, Alberto Rubio y Alfonso Calderón -entre otros- como representante de una corriente “lárica” que se habría manifestado en la poesía de mediados de los 60’ en nuestro país.

En primer lugar, este libro viene a llenar un vacío instalado alrededor de la obra de Cárdenas, cuya poesía no parece concitar el interés editorial y crítico que textos de contemporáneos suyos tales como el mismo Teillier, Armando Uribe, Miguel Arteche y Alberto Rubio, por mencionar algunos nombres, sí han recibido. Este muro de silencio levantado en torno a su poesía sólo había sido roto anteriormente por la publicación de la Obra Completa (Ediciones La Gota Pura, 1994, 220 páginas), libro que justamente se había propuesto reunir en un volumen su corpus poético para rescatar del olvido el trabajo realizado por el escritor  nacido en Punta Arenas.

El viajero de las lluvias recopila textos de todos sus libros  (Tránsito breve, En el invierno de provincia, Poemas migratorios, Qué, tras esos muros y Vastos imperios) a excepción de Personajes de mi ciudad, texto publicado en forma artesanal en 1964, además de incluir dos entrevistas realizadas a Cárdenas en La Nación y Las Últimas Noticias durante 1972 y 1975 respectivamente. A lo anterior se agrega una “Visión de Rolando Cárdenas” de Jorge Teillier, extraída del libro Conversaciones con Jorge Teillier, de Carlos Olivárez, que cierra el volumen. La estructura del texto, por lo mismo, nos da un panorama global del quehacer poético de Cárdenas y de las influencias que determinaron su desarrollo desde la publicación de Tránsito breve en 1959.

Hay que hacer notar que en los poemas seleccionados de su primer libro (Tránsito breve) y en algunos del segundo (En el invierno de la provincia) se aprecian claramente muchas de las características que Teillier designa como definitorias de lo “lárico”, de acuerdo a su señero artículo: el interés por el paisaje, el rescate de las tradiciones locales, el “realismo secreto”, la constitución de una poesía con un interés marcado en comunicar a sus lectores, la nostalgia de la edad de oro, etc. Sin embargo, ya en este segundo libro encontramos rasgos que permiten afirmar que existe una inflexión, una distancia respecto de este programa poético que Teillier había construido, primeramente, para su propio trabajo: el aliento que recorre poemas como “Tierra del  Fuego”, “Fueguinos”, “Antepasados” es, sin temor a equivocarnos, de un temple épico; esta noción  -con todo lo que implica en términos de amplitud y expansión, de construcción de un sujeto heroico-, que parece alejarse completamente del concepto establecido acerca de lo lárico (idea que más bien parece traducirse como una caricatura del viejo tópico del “menosprecio de la corte y alabanza de la aldea”), encuentra en Poemas migratorios su expresión más acabada - aunque en sus libros posteriores siga insistiendo con dicho estilo: para Cárdenas la tarea de poetizar el paisaje magallánico, comprende, en su base, el acto de realizar la crónica de las distintas fundaciones que han permitido el establecimiento de la comunidad que ocupa actualmente el  inmenso territorio que limitan glaciares y canales; en ese sentido, la poesía de Cárdenas se interesa por el tema del éxodo, de la migración, que encuentra en la figura de fueguinos y chilotes (que a comienzos del siglo XX se dirigieron por cientos hacia estas regiones extremas), un símbolo privilegiado, y busca dar cuenta de estos movimientos en tanto su devenir es lo que explica el surgimiento de esta comunidad.

La referencia obvia aquí, a mi entender, es  la Anábasis del poeta guadalupano Saint John Perse, de quien el mismo Cárdenas se declaraba admirador; confesión que, a pesar de constatarse en una de las entrevistas que aparecen en este volumen, amén de en el epílogo del texto (“Visión de Rolando Cárdenas”), ha sido completamente ignorada por la crítica, para la que es más fácil seguir clasificando a Cárdenas en la categoría de lo “lárico”, sin más,  dejando a un lado las diferentes apropiaciones y tensiones que este mismo concepto puede ofrecer.

La influencia de S. J. Perse puede comprobarse no sólo en la obra del poeta magallánico; en el marco de la poesía chilena de los 60, vates como Efraín Barquero y Alfonso Alcalde muestran en alguno de sus textos más famosos (El viento de los reinos, El panorama ante  nosotros) idéntico impulso épico que el que atraviesa la poesía del guadalupano. La aproximación que ellos tienen a este tono, sin embargo, se desarrolla de una manera muy sutil: a diferencia de lo que sucede en el Canto General de Neruda, por ejemplo, en que éste construye un universo donde el sujeto heroico está delineado con claridad, Barquero, Alcalde (y Cárdenas, habría que agregar) son mucho más sensibles a los claroscuros, a una voz poética cercana a lo terrestre y no al “gran canto” nerudiano, aquel de las Alturas de Macchu Picchu.

La importancia de El viajero de las lluvias para mostrar la vigencia de la obra del poeta magallánico, por lo mismo, es fundamental; este libro registra las diferentes dimensiones que adquiere la poesía de Cárdenas, su cercanía y distancia respecto del concepto de “larismo” instalado por Teillier en el centro de la discusión literaria, además de mostrarse como un antecedente válido en el desarrollo de ciertas poéticas nacionales, tal como la publicación en 2008 de “El cementerio más hermoso  de Chile”, por Christian Formoso, manifiesta palmariamente. En dicho libro, Formoso intenta reconstruir la memoria histórica de las tierras del extremo sur, en un movimiento que, consciente o inconscientemente, replica la búsqueda emprendida por Cárdenas desde mediados de los 60’. Se verifica así, para completar el círculo, el influjo que su obra tiene en las nuevas generaciones de poetas chilenos.



Ciudad de México, julio del 2016









martes, julio 26, 2016

"El destino de Shakespeare", de Jorge Luis Borges


Celebrando los 10 años de Descontexto Blog, carajo.




A diferencia de Dante, a diferencia de James Joyce, a diferencia de Flaubert (sé que esta progresión es descendente), Shakespeare, como Cervantes o Montaigne, nunca se propuso escribir una obra maestra. Lo movía el estímulo de las tablas. Inventó caracteres para que la gente aceptara argumentos que lo tenían sin cuidado. Ahora, creemos en Hamlet y no en las deleznables intrigas de la corte de Dinamarca; de un modo análogo, creemos en Alonso Quijano y no en los melancólicos percances que su crónica le atribuye. Casi podríamos decir que Shakespeare no se dedicó a la Literatura. Trabajaba para el presente, no para el tiempo.

El movimiento romántico, cuya fecha oficial en Inglaterra y en Alemania s 1798, lo canonizó, es decir, hizo que lo leyéramos como si el azar no tuviera parte en sus páginas. Que yo sepa, el único disidente fue Byron, que afirmó que un pequeño templo de mármol (la obra de Alexander Pope) es superior a una montaña de escombros (la obra de Shakespeare).

Conocemos a Hamlet y al Rey Lear, pero no a William Shakespeare. Sospecho que su extensa gloria póstuma lo habría sorprendido, pero no lo habría interesado. Acaso para él, como para Próspero, todo está hecho de madera de sueños.

Temo no haber sido justo con Shakespeare. Para reparar esa culpa, me permito exhumar el fin de una parábola que di a la imprenta hace veinte años:

«La historia agrega que, antes o después de morir, se supo frente a Dios y le dijo: Yo, que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno y yo. La voz de Dios le contestó desde un torbellino: Yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueños estás tú, que como yo eres muchos y nadie».



Buenos Aires, trece de diciembre de 1980















lunes, julio 25, 2016

“El amante y la amante: sobre ‘Poemas de Amor’, de Alfonsina Storni”, de Alan Meller






Poemas de Amor comienza con una advertencia de Storni. Nos dice que escribió estos textos en pocos días y que no pretenden ser una obra literaria. Ha de ser inseguridad, falsa modestia o ignorancia del propio talento. Poemas de Amor es una obra literaria, existe una voz poética que atraviesa todos estos fragmentos y, simultáneamente, evoluciona junto al derrumbe del amor.

En estos sesenta y siete fragmentos, Alfonsina Storni nos narra el viaje de un amor, del éxtasis al ocaso. Me es inevitable compararlo con otro libro que realiza ese recorrido y, además, contiene en su título, el de Storni, me refiero a los Veinte poemas de amor, publicado dos años antes. En ellos, el joven Neruda nos dice que la mujer que ama se parece al mundo en su actitud de entrega; que él la va a socavar como un labriego y, para ello, le implora sígueme, sígueme o tirará sus redes para impedir que se le escapen aquellos ojos oceánicos. Esta mujer, a la que Neruda llama niña, muñeca o mariposa, es acogedora como un viejo camino, como una estatua temerosa; es callada como la noche y Neruda le insiste cuánto le gusta que esté callada. Ya veremos que esa mujer a la que Neruda amó, jamás podría haber sido Alfonsina.

A diferencia de Neruda, que le canta al cuerpo de mujer, a su piel, sus senos, sus ojos; para Storni, el cuerpo de su amante solo cobra sentido en las estelas que deja en ella. Storni no le canta al amante, pues estos poemas se centran en el amor que ella siente en su cuerpo; en la transformación espiritual del mundo que la poeta percibe mientras dura su intoxicación amorosa; es su cuerpo enamorado lo que describen estas imágenes. Tras estar con su amante, en vez de exhibir su cuerpo, como hace Neruda, describe el propio cuerpo alterado por el encuentro. Antes del encuentro nos dice que su corazón está lívido, muerto, rígido; pero tras estar con él, nos dice: mirad mi pecho, ¿veis?, mi corazón está rojo, jugoso, maravillado. El amante la ha despertado: la tempestad ha estallado.

Neruda parece querer vanagloriarse del cuerpo que forjó como una flecha en su arco y lo exhibe orgulloso: Ah, las rosas del pubis. Storni, en cambio, nos lo oculta: ¿Quién es el que amo? No lo sabréis jamás. ... no veréis más que el fulgor del éxtasis. Es su propio éxtasis lo que revela Storni, el fulgor y ocaso de su éxtasis. Nos dice que ama el alma de aquel hombre; pero no la describe más que a través de lo que ésta le produce: me envuelve, me transforma, me satura, me hechiza.

Si Neruda tira sus tristes redes para atrapar los ojos oceánicos de su amante; Storni, en cambio, retiene en sus propios ojos el resplandor de la última mirada de su amante. Y, entonces, corro a encerrarme, apago las luces, evito todo ruido para que nada me robe un átomo de la substancia etérea de tu mirada. ... Toda la noche, con la yema rosada de los dedos, acaricio los ojos que te miraron. Storni no necesita redes para atrapar aquellos ojos, aquel cuerpo, pues cuando toca el propio está con él. El amante casi no existe, es un fantasma, una aparición, una abstracción de hombre que puede ser sustituido por cualquier otra abstracción, sin embargo, lo que él le produce, no: lo que queda en ella de cada uno de esos encuentros es más importante que los encuentros en sí. Ella lo ama para poder gozarlo en su ausencia, se toca, recordando los ojos que lo vieron. Ella lo necesita para sus propios propósitos. De él no sabemos casi nada; de ella, todo.

Neruda nos dice en su poema que esos serán los últimos que le dedicará a su amante; Storni, en cambio, no busca plasmar la existencia de aquel hombre a través de sus palabras, sino que es su propia existencia la que debe mantener a salvo: hablo para sentir que existo, porque si no hablara mi lengua se paralizaría, mi corazón dejaría de latir, toda yo me secaría deslumbrada. No le escribe al amante, se escribe a sí misma.

El cuerpo de Storni, sometido a la anarquía de este amor, pierde su unicidad: el corazón, con latidos enloquecidos, le dice que necesita romper ese pecho y volar hasta agujerear las paredes del pecho del amante para unirse a él. Su cara se ha transfigurado. Sus manos se desprenden de su cuerpo y, como mariposas, vuelan y revolotean sobre él.

Para Neruda el amor está afuera: es una mujer que se le escapa (de otro, será de otro). La mujer se aleja y, con ella, el amor. El poeta queda abandonado. El amor de Storni, en cambio, ha sido despertado por aquel hombre etéreo que nos oculta, pero el amor reside no en aquel hombre sino en su propio cuerpo. Ama las sensaciones que él le hace sentir más de lo que lo ama a él. No se enamora de la droga, sino de sus efectos: Vivo como rodeada de un halo de luz. Este halo parece un fluido divino a través del cual todo adquiere nuevo color y sonido. ... No estoy loca, pero lo parezco. Le adjudica omnipotencia, poderes mágicos, a este estado: me obstinaba en el milagro: clavando mis ojos en una planta pequeña, raquítica, muriente, le ordenaba: ¡Crece, ensancha tus vasos, levántate en el aire, florece, enfruta! Como una adicta a las sustancias que el amor disemina por su cuerpo anhela más las sensaciones que los encuentros: No quiero verte. Porque temo destruir el recuerdo de la última vez que te vi.

En apenas 5 de los 67 fragmentos Storni habla de un “nosotros”. Pero no siempre el plural de la primera persona es símbolo de la unión de dos singulares. En el fragmento 50, ella recuerda una tarde en que sus corazones se encontraron, y ella le preguntó qué forma le veía a una estrella. Él respondió, al parecer no muy intoxicado de amor: La de siempre. Storni, intoxicadísima, veía aquella estrella aumentada, con extraños picos y fulgurando un brillo verdáceo.

Diez fragmentos después, aparece el último “nosotros”. Ella está sola y busca aquel “nosotros” repitiendo los paseos que hicieron juntos. Deambula como una yonqui que comienza a bajar de la euforia y precipitarse lentamente en la agonía y la noche, donde las estrellas ya no fulguran y la luna, ella nos dice, se ve descolorida. La abstinencia del amor comienza a causar estragos: Mi alegría feroz se ha convertido en una feroz tristeza. Ambulo por las calles ... doy vueltas y más vueltas. Busco los parajes solitarios. Me acurruco debajo de los árboles y desde allí espío a los que pasan con ojos sombríos.

Al final de los 20 poemas de amor, Neruda se victimiza: Es la hora de partir. Oh abandonado. En sus poemas de amor, Storni no se victimiza; su amante también se va, pero ella parece haber obtenido todo lo que buscaba en él. Si volvieras, te rechazaría, le dice. Pues ha extraído del ser mortal de su amante: a un fantasma aeriforme que mira con tus ojos y acaricia con tus manos, pero que no te pertenece. Es mío, totalmente mío. Neruda quería poseer a una mujer (eres mía, eres mía, le decía), pero no fue capaz, pues fue de otro. Storni sabe que no puede poseer a aquel hombre, pero tampoco lo necesita, pues no quiere ser de otro, ni quiere a otro suya: toma a su fantasma entre sus brazos y con el antiguo modo de péndulo, largo, grave y solemne, mece el vacío...



Texto leído en la presentación del libro
Poemas de amor, de Alfonsina Storni
Espacio Estravagario
15 de julio de 2016







domingo, julio 24, 2016

"Poema de invierno", de Jorge Teillier





El invierno trae caballos blancos que resbalan
            en la helada.
Han encendido fuego para defender los huertos
de la bruja blanca de la helada.
Entre la blanca humareda se agita el cuidador.
El perro entumecido amenaza desde su caseta
            al témpano flotante de la luna.

            Esta noche al niño se le perdonará
                        que duerma tarde.
            En la casa los padres están de fiesta.
            Pero él abre las ventanas
            para ver a los enmascarados jinetes
            que lo esperan en el bosque
            y sabe que su destino
            será amar el olor humilde de los senderos
                        nocturnos.

El invierno trae aguardiente para el maquinista
            y el fogonero.
Una estrella perdida tambalea como baliza.
Cantos de soldados ebrios
que vuelven tarde a sus cuarteles.

            En la casa ha empezado la fiesta.
            Pero el niño sabe que la fiesta está en otra parte,
            y mira por la ventana buscando
                        a los desconocidos
            que pasará toda la vida tratando de encontrar.






 en Muertes y maravillas, 1971





sábado, julio 23, 2016

“Según la melodía Shi’peryue Guoyao”, de Wang Shifu






Quiero ver a mi amado ausente
a través de innumerables montes,
más allá de estos ríos diáfanos.
Pero sólo veo una blanca nube
de pelusas de sauces llorones
y rosadas flores de duraznos.
Una brisa fragante invade mi alcoba.
Cierro la puerta que tanto pesa,
para no ver las interminables lluvias.

Temo que llegue la noche,
y no lo puedo evitar.
Estoy angustiada y triste.
Nuevas huellas de lágrimas
cubren las antiguas en la almohada.
Siento el corazón quebrantado.
Esta primavera la túnica
me queda cada vez más ancha.



en Poesía clásica china, 2001