martes, septiembre 30, 2014

Carta IV a Antonio, de César Moro




Yo puedo pronunciar tu nombre hasta perder el conocimiento, hasta olvidarme de mí mismo; hasta salir enloquecido y destrozado, lleno de sangre y ciego a perderme en las suposiciones y en las alucinaciones más torturantes. Todo me persigue con tu nombre. Tu imagen aparece a cada instante debajo de todas las imágenes, de todas las representaciones.

Nada puede hacerme sufrir más que el espectáculo del amor. Yo solo, frente al mundo, fuera del mundo, en el mundo intermedio de la nostalgia fúnebre, de las aguas maternas, del gran claustro, del paraíso perdido; frente a ti lejos, tan lejos que ya nada puede salvarme, ni la muerte.

Me has arrojado por debajo de mí mismo: las palabras se van acumulando; hay palabras de las que ya no se vuelve, que se abre una brecha por la que se introducen el veneno y la tristeza de muerte; la desolación total, la soledad, el abandono definitivo.

Encerrado dentro de mí, solo con el recuerdo que me persigue noche y día sin reposo. Ya no puedo acordarme de cuando sonreías, ahora apareces alejándote y con una mirada que yo no hubiera querido conocer. Ya sé todo lo que nunca hubiera querido saber, lo que algunos hombres conocen solamente pocos instantes antes de su muerte. Y debo seguir viviendo sin esperanza, sin estímulo sin ese pequeño espacio de refugio, de descanso que todos necesitamos. Quizás más que nadie tenía necesidad yo de una tabla de salvación, de una última apariencia engañosa de la vida para seguir adelante, para salvarme de mí mismo y de la conciencia que del mundo y de la vida he tenido desde que pude darme cuenta de la vida.

Ahora, dónde ir, dónde volver la cara, a quién contar lo que puede sufrir un ser humano que a veces desconozco y que siento como un extranjero enloquecido dentro de una casa vacía. Qué puede reservarme la vida sino la repetición constante de un solo instante, del más amargo de los instantes. Cada nuevo día que viene no hace sino traerme la misma desesperación; mi primer pensamiento, al despertar, eres tú; el último, al dormir, eres tú. Y mi sueño no es sino una angustiosa búsqueda de ti. Sueño que te vas, que me abandonas, como si pudiera abandonarse algo que nunca se ha aceptado. Porque tú nunca me has aceptado, nunca has querido saber nada de mí. Apenas llegaste, ya no pude ver nada, salí despavorido tras de ti y así he continuado.

Ojalá fuera verdad el mito del alma que se vende al diablo. Ya la hubiera yo vendido por toda una eternidad para estar más cerca de ti, para tener la seguridad de verte siempre. Lo que me aterroriza de la muerte es saber que entonces no podré pensar en ti, que ya no vendrá tu recuerdo a torturarme; que mi ternura, mi pobre ternura rechazada no podrá envolverte en una mirada, en un anhelo infinito.

El cielo es azul, la vida es hermosa, el aire se vuelve respirable porque existes. Yo sé que la vida es hermosa aunque no la recuerdo, sé que el cielo es azul aunque no lo miro nunca, sé que puede ser más azul que nunca cuando tú sonríes. Tu sonrisa es lo más bello y humano que yo conozca. Cuando sonríes parece que todas las montañas del mundo tuvieran sol y árboles y que viniesen a tu encuentro a besar las huellas de tus pasos; parece que la noche se hubiera acabado para siempre y que ya solo la luz y el amor y una inocencia cósmica reinaran sobre el universo, donde los planetas y los astros no pueden compararse a ti sino como reflejos o emanaciones de tu presencia en el mundo. Ya que en tu poder está volver sombrío el día y hacer clara la noche y desencadenar lluvias tempestuosas y hacer gemir los elementos, ¿por qué no quieres transformarme en un pedazo de tu sombra, o en tu aliento o simplemente en una partícula de tu pensamiento? Si no quieres salvarme condéname a una muerte fulminante, condéname a la desaparición total, pero que no siga esta larga angustia, ese temor de cada día, de cada hora. Haz que vuelva al origen de mi vida, a la nada, y no vuelvas a crearme ni a traerme nuevamente a la vida ni siquiera bajo la forma de una piedra; aun así tendría la nostalgia insaciable de ti, la memoria de tu recuerdo. Dispérsame en el aire o en el fuego o en el agua o mejor en la nada, fuera del mundo.

Sólo pido a la vida que nunca me deje un momento de reposo, que mientras haya un soplo de vida en mí, me torture y me enloquezca tu recuerdo, que cada día se me haga más odiosa tu ausencia y que por una fuerza incontenible me llegue a encerrar en una soledad que no esté habitada sino por tu presencia. Ya no sé quién soy ni quién fui antes de conocerte. ¿Acaso yo existía antes de conocerte? No, no era sino el reflejo de la luz que iba llegando, de tu presencia que se acercaba. Persígueme, tortúrame, maldíceme, pero no me abandones a mi propia desesperación. Trata de comprender los sentimientos de un ser mortal que te venera, que siente un ansia irracional de confundirse contigo, que no conoce de la vida otra cosa que lo que tú le has enseñado; que sabe que el día es un largo período de siglos que parecen un instante cuando tu presencia se manifiesta; el resto del tiempo es noche. Manifiéstate a mí bajo tu apariencia humana; no tomes el aspecto de sol o de la lluvia para venir a verme; a veces me es difícil reconocerte en el rumor del viento o cuando en mis sueños adquieres el aspecto demasiado violento de una enorme piedra de basalto que rueda por el espacio infinito sin detenerse y me arrastra a la desolación de las playas muertas que la planta del hombre no había hollado aún; playas todas negras en que una montaña que ocupa todo el horizonte sostiene una reproducción del tamaño del cielo de tu cabeza tal como yo la conozco, tu cabeza rodeada de centellas y que despide un fuego tan terrible que a veces se propaga hasta las nubes e incendia el mundo. Pero basta el movimiento imperceptible de uno solo de tus músculos, el más pequeño para que todo vuelva a ser como nosotros creíamos que era, antes de que tu presencia se manifestara al mundo y antes de que yo fuera el primero y el último de tus adeptos, oh espíritu nocturno.

Abrásame en tus llamas poderoso demonio; consúmeme en tu aliento de tromba marina, poderoso Pegaso celeste, gran caballo apocalíptico de patas de lluvia, de cabeza de meteoro, de vientre de sol y luna, de ojos de montañas de la luna. Gran vendaval, dispérsame en la lluvia y en la ausencia celeste, dispérsame en el huracán de celajes que arremolina tu paso de centella por la avenida de los dioses donde termina la Vía Láctea que nace de tu pene.




25 de julio de 1939


















lunes, septiembre 29, 2014

“Tristán e Isolda”, de Joseph Bédier








Capítulo IV: El filtro


Nein, ezn was nith mit wine,
doch  ez  im  glich  wære,
ez was diu wernde swaere,
diu endelôse herzenôt
von der si beide lâgen tôt.
Gottfried de Strasbourg



Llegado el tiempo de entregar a Isolda a los caballeros de Cornualles, su madre recogió hierbas, raíces y flores, las mezcló con vino y compuso un poderoso brebaje. Acabado éste con ciencia y magia, lo vertió en un frasco y dijo a Brangania.

—Hija mía, has de seguir a Isolda al país del rey Marés, ya que le profesas un amor fiel. Toma, pues, este frasco de vino y recuerda mis palabras. Ocúltalo de manera que ningún ojo lo vea, ni ningún labio se le acerque. Llegada la noche nupcial y en el instante en que quedan solos los esposos, verterás este vino de hierbas en una copa y la presentarás al rey Marés y a la reina Isolda para que apuren su contenido entre los dos. Procura, hija mía, que sólo ellos prueben este brebaje porque tal es su virtud que quienes lo beban juntos, se amarán con todos sus sentidos, con todo su espíritu, para siempre, en la vida y en la muerte.

Brangania prometió a la reina que lo haría según su voluntad.

La nave se llevaba a Isolda, cortando las profundas olas. Cuanto más se alejaba de la tierra de Irlanda, más tristemente se lamentaba la doncella. Sentada bajo la tienda donde se había encerrado con Brangania, su sirvienta, lloraba de nostalgia; ¿Adónde la arrastraban aquellos extranjeros? ¿Hacia dónde la empujaba el destino? Cuando Tristán se le acercaba y quería calmarla con dulces palabras, se irritaba, le rechazaba y sentía el corazón henchido de odio. Había venido él, el raptor, el matador de Morolt; la había arrancando con astucia de su madre y de su país y no se había dignado guardarla para sí. ¡La llevaba como un raro botín, a través de las olas, hacia la tierra enemiga!

—¡Mísera! —decía ella—. ¡Maldita sea la mar que me lleva! ¡Más me valdría morir en la tierra donde nací que vivir allá abajo!

Cierto día amainaron los vientos; las velas colgaban fláccidas, a lo largo del mástil. Tristán hizo tomar tierra en una isla y, cansados del mar, los cien caballeros y los marineros bajaron a la playa. Sólo Isolda permanecía en la nave con una pequeña sirvienta. Tristán llegóse hasta la reina tratando de apaciguar su corazón. Ardía un sol de fuego, y abrasados ambos por la sed pidieron de beber. La pequeña buscó algún brebaje, hasta que descubrió, escondido, el frasco confiado a Brangania por la madre de Isolda.

—¡He encontrado vino! —les gritó.

No, no era vino; era la pasión, era el bárbaro goce y la angustia sin fin; era la muerte. La muchacha llenó una copa y la presentó a su ama. Bebió a grandes tragos y luego la tendió a Tristán, que también bebió.

En este instante entró Brangania y vio con asombro que se miraban calladamente con loco embeleso. Ante ellos estaba la copa casi vacía. Cogióla, corrió a popa y la arrojó por la borda, gimiendo:

—¡Desgraciada! ¡Maldito sea el día en que nací y maldito el día que subí a esta nave! ¡Isolda, amiga, y vos, Tristán, habéis bebido vuestra muerte!

De nuevo la nave se encaminaba a Tintagel. Le parecía a Tristán que una zarza viva de agudas espinas, de olorosas flores hincaba sus raíces en la sangre de su corazón y con fuertes lazos ligaba el hermoso cuerpo de Isolda a su cuerpo, a todo su espíritu y a todos sus deseos. Pensaba:

«Andret, Denoalén, Guenelón y Gondoíno, felones que me acusabais de codiciar la tierra del rey Marés, ¡ah! ¡Soy más vil todavía, y no es su tierra lo que codicio ya! Buen tío, que me habéis amado huérfano, aun antes de reconocer la sangre de vuestra hermana Blancaflor; vos que me llorabais tiernamente mientras vuestros brazos me llevaban a la barca sin velas ni remos, buen tío, ¿por qué desde el primer día no habéis arrojado lejos de vos al niño errante venido para traicionaros? ¡Ah! ¿Qué he pensado? Isolda es vuestra mujer y yo vuestro vasallo. Isolda es vuestra mujer y yo vuestro hijo. Isolda es vuestra mujer y no debe amarme».

Isolda le amaba y quería odiarle, sin embargo: ¿no la había desdeñado vilmente? Y se torturaba el corazón por este amor más doloroso que el odio.

Brangania les observaba con angustia, más cruelmente atormentada aún, pues sólo ella sabía el daño que había causado. Les espió durante dos días, violes rehusar todo alimento, toda bebida y todo refrigerio, v buscarse mutuamente como ciegos que caminan uno hacia otro. Infelices cuando languidecían separados, más infelices todavía cuando, reunidos, temblaban ante el horror de la primera confesión.

Al tercer día, al encaminarse Tristán hacia la tienda levantada sobre el puente de la nave, Isolda le vio acercarse y le dijo humildemente:

—Entrad, señor.
—Reina —dijo Tristán—, ¿por qué me habéis llamado señor? ¿ No soy, por el contrario, vuestro súbdito y vuestro vasallo para reverenciaros, serviros y amaros como a reina y señora?

Isolda respondió:

—No, ¡ tú sabes que eres mi señor y mi dueño! ¡Tú sabes bien que tu fuerza me domina y que soy tu sierva! ¡Ojalá hubiera avivado en su día las llagas del juglar herido! ¡Ojalá hubiera dejado morir al matador del monstruo en las hierbas del pantano! ¡Ojalá hubiera descargado sobre él la espada empuñada cuando yacía en el baño! ¡Ay! ¡Yo no sabía entonces lo que ahora sé!
—Isolda, ¿qué sabéis, pues, hoy? ¿Qué es lo que os atormenta?
—¡Ah! Todo lo que sé me atormenta y todo lo que veo; ¡y también este cielo, y este mar, y mi cuerpo, y mi vida!

Apoyó un brazo en el hombro de Tristán; las lágrimas extinguieron el fulgor de sus ojos y sus labios temblaron. Él repitió:

—Amiga, ¿qué es, pues, lo que os atormenta?

Ella respondió:

—Vuestro.

Y entonces él puso los labios sobre los suyos.

Pero cuando por primera vez saboreaban juntos un goce de amor, Brangania, que les espiaba, lanzó un grito, y con los brazos extendidos y con la faz enrojecida por las lágrimas, se arrojó a sus pies:

—¡Desdichado! ¡Deteneos, volved hacia atrás si podéis todavía! Pero no, el camino no tiene vuelta. Ya la fuerza del amor os arrastra y no tendréis jamás goce sin dolor. Es el vino de hierbas que os embriaga, es el brebaje de amor que vuestra madre, Isolda, me había confiado. Sólo el rey Marés lo había de beber con vos; pero el Enemigo se ha burlado de los tres y vosotros habéis apurado la copa. ¡Amigo Tristán, Isolda amiga, en castigo de la mala custodia que he hecho, os abandono mi cuerpo y mi vida; ya que por mi culpa, en la copa maldita, habéis bebido el amor y la muerte!

Los enamorados se abrazaron; sus hermosos cuerpos palpitaban de deseo y de vida. Tristán dijo:

—¡Venga, pues, la muerte!

Y al morir el día, sobre la nave que avanzaba más rápida que nunca hacia la tierra del rey Marés, unidos para siempre, se abandonaron al amor.



en Tristán e Isolda, 1900










domingo, septiembre 28, 2014

"Topografía de lo insólito", de Chloe Aridjis

Fragmento



¡Pensar es ver!, me dijo un día enfurecido por una de nuestras objeciones sobre el principio de nuestra organización. Toda ciencia humana descansa en la deducción, que es una visión lenta por la que se desciende de la causa al efecto, por la cual se asciende del efecto a la causa; o, en una más amplia expresión, toda poesía, como toda obra de arte, procede de una rápida visión de las cosas. Balzac, Louis Lambert.

Fantasmagoría suena como una palabra mágica o un encantamiento. Sus seis sílabas crean una cadencia cautivadora. Proviene del griego phantasma y agoría, que significa conjunto o reunión, y sus dos significados no han cambiado desde su origen en Francia hace tres siglos. El significado inicial es técnico y se refiere a un espectáculo con linterna mágica en el que se proyectaban apariciones en una pantalla o en una nube de humo. Las figuras arremetían hacia el espectador, crecían y después se desvanecían. Esto se relaciona de manera cercana con su significado metafórico, que también en español implica un cambio perpetuo, una sucesión compleja de cosas vistas o imaginadas. Ambas definiciones evocan una fluctuación entre la visión y la certeza, una percepción de la realidad titilante, más que estable. Como veremos, este titilar está presente tanto en el desempeño literario como en el dramático de nuestros dos magos.

El protagonista de este capítulo, Étienne-Gaspard Robertson, patentó su máquina, el "fantascopio", en 1799. La diferencia fundamental entre las linternas mágicas comunes y el fantascopio radica en la movilidad. Mientras que las linternas comunes proyectan imágenes estáticas, el fantascopio corre hacia adelante y hacia atrás sobre unos rieles en el suelo de manera que parece que las apariciones crecen o disminuyen de tamaño. Mientras tanto, el hábil Robertson revoloteaba en la oscuridad detrás de un gran telón que servía tanto de cortina como de pantalla. Arreglaba las transparencias y las insertaba en ranuras especiales de la linterna, después encendía la vela que estaba adentro para así iluminarlas.






2005


















sábado, septiembre 27, 2014

“Mi vida junto al arroyo”, de Liu Zongyuan







Me incomodaba hacía mucho
el birrete de mandarín.
Por fin me lo quitaron
al desterrarme al lejano sur.
Gozo de una vida sosegada.
Tengo por vecinos campos y huertos.
Soy el huésped de montes y bosques.
Al alba, aro la tierra
cubierta de rocío.
Cuando cae la noche,
mi barca vuelve del paseo
chapoteando entre los guijarros.
Vago de un lado a otro,
sin encontrar ni un alma.
Levantando la vista
hacia el azul del cielo,
canto a voz en cuello.


en Poesía clásica china, 2001











viernes, septiembre 26, 2014

“Nosotros enseñamos vida, señor”, de Rafeef Ziadah





Hoy
mi cuerpo
fue una masacre televisiva
que tuvo que adaptarse
a clips de sonido
y limitación de palabras,
Hoy
mi cuerpo
fue una masacre televisiva
que tuvo que adaptarse
a clips de sonido
y limitación de palabras,
lo suficientemente
rellenas con estadísticas,
contadores, medidas, respuestas
para las que he tenido
que perfeccionar mi inglés
y he aprendido mis resoluciones
de las Naciones Unidas
pero aún así
él me ha preguntado:
“Srta Ziadah
¿no piensa que todo se arreglaría
si dejasen de enseñar tanto odio a sus hijos?””
Pausa.
Busqué dentro de mí la fortaleza
para ser paciente,
pero la paciencia no está
en la punta de mi lengua
mientras las bombas
caen sobre Gaza.
La paciencia simplemente
se ha escapado de mí.
Pausa.
Sonrisa.
“Nosotros enseñamos vida,
señor.”
Rafeef,
recuerda sonreír.
Pausa.
“Nosotros enseñamos vida,
señor.”
Nosotros, los palestinos
enseñamos vida
después de que ellos,
hayan ocupado el último cielo.
Nosotros
enseñamos vida
después de que ellos
hayan construido sus asentamientos
y sus muros del Apartheid,
después del último cielo.
“Nosotros enseñamos vida,
señor.”
Pero Hoy mi cuerpo
fue una masacre televisiva
fabricada para adaptarse
a clips de sonido
y limitación de palabras.
“Pero, danos tan solo
una historia,
una historia humana
sabes,
esto no es política
nosotros tan solo queremos
hablarle a la gente sobre ti y tu gente
así que danos una historia humana
no menciones las palabras
Apartheid y ocupación
esto no es política
tienes que ayudarme,
como periodista,
a ayudarte a contar tu historia,
la cual no es una historia política.”
Hoy mi cuerpo
fue una masacre televisiva.
“¿Qué hay si nos das la historia
de una mujer de Gaza
que necesita medicación?
¿Qué hay acerca de ti?
¿Tienes los huesos lo suficientemente rotos”
para cubrir a tu hijo,
entregarme a tu muerto,
y darme la lista de sus nombres
en un límite de 1200 palabras?”
Hoy mi cuerpo
fue una masacre televisiva,
fabricada para adaptarse
a clips de sonido
y limitación de palabras,
y movido por aquellos insensibles
a la sangre de terroristas.
Pero ellos lo sienten.
Lo sienten
por el asedio sobre Gaza.
Así que les di las resoluciones
de las Naciones Unidas
y las estadísticas,
y lo condenamos,
y lo lamentamos,
y lo rechazamos.
Esto no son dos bandos iguales,
ocupante y ocupado,
y un centenar de muertos,
dos centenares de muertos,
y un millar de muertos
y entre medio de este
crimen de guerra y masacre,
he construido palabras
y sonrisas no exóticas,
sonrisas no terroristas,
y conté y reconté,
un centenar de muertos,
dos centenares de muertos,
un millar de muertos,
¿hay alguien ahí fuera?
¿Habrá alguien que escuche?
Desearía poder llorar
sobre sus cuerpos,
desearía poder correr
a cada campo de refugiados
y sostener a cada niño,
taparles los oídos para que no
tengan que escuchar
el sonido de las bombas
por el resto de sus vidas,
como yo hago.
Hoy mi cuerpo
fue una masacre televisiva
y dejarme decir que
no hay nada que
vuestras resoluciones
de las Naciones Unidas
hayan hecho
jamás sobre esto
y ningún clip de sonido
que haga
no importa
cuan buen inglés tenga,
ningún clip de sonido,
ningún clip de sonido
ningún clip de sonido
les devolverá
a la vida,
ningún clip de sonido
arreglará esto.
“Nosotros enseñamos vida,
señor.
Nosotros enseñamos vida,
señor.
Nosotros los palestinos
nos levantamos cada mañana
para enseñarle al resto del mundo
vida, señor”.













jueves, septiembre 25, 2014

“En memoria de Kiepja”, de Anne Chapman








Siempre que miro la luna veo la cara de Kiepja.

Kiepja la más anciana de los últimos selk’nam.

Aquellos que desaparecieron o murieron
            o que fueron matados hace ya cien años
            en Tierra del Fuego.

La oigo cantando a la luna, “Kreeh”,
            imitando el llamado del águila
            mientras su espíritu se eleva en la noche
            para rendir homenaje a la luna.

Luna la potente, temible matriarca
            vencida por los hombres, aliados del Sol.

Derribada, golpeada por el Sol, huyó al nocturnal vacío.

Luna aliada de las mujeres.

Luna temperamental, estéril por falta de hombres.

Luna furiosa y vengativa en eclipse.

Luna menguante, humilde y fugitiva
            delineando sus oceánicos confines.

Luna creciente, preñada con la fuerza de cósmica gravitación
            dueña de las turbulentas mareas.

Luna llena de la gloriosa hermosura de los cielos nocturnos
            empapando la Tierra con su suave, apaciguante resplandor.

Luna retirándose a su secreta morada
            sólo para reaparecer súbitamente
            como una delgada, furtiva insinuación.

Kiepja, cuya vida fue semejante, tan semejante,
            al ciclo de la luna;
            tímida, creciendo en pasión,
            llena de impulso magnético, deseo e intelecto
            entonces lentamente decreciendo
            aunque siempre en simétrica armonía.



Traducción del inglés de Ana Montes

Fotografía: Anne Chapman

en Fin de un mundo: Los selk’nam de Tierra del Fuego, 2012












miércoles, septiembre 24, 2014

“El habitante y su esperanza”, de Pablo Neruda

Dos fragmentos



I

Ahora bien, mi casa es la última de Cantalao, y está frente al mar estrepitoso, encajonado contra los cerros.

El verano es dulce, aletargado, pero el invierno surge de repente del mar como una red de siniestros pescados, que se pegan al cielo, amontonándose, saltando, goteando, lamentándose. El viento produce sus estériles ruidos, desiguales según corran silbando en los alambrados o den vueltas su oscura boleadora encima de los caseríos o vengan del mar océano arrollando su infinito cordel.

He estado muchas veces solo en mi vivienda mientras el temporal azota la costa. Estoy tranquilo porque no tengo temor de la muerte, ni pasiones, pero me gusta ver la mañana que casi siempre surge limpia y reluciendo. No es raro que me sienta entonces en un tronco mirando hasta lejos el agua inmensa, oliendo la atmósfera libre, mirando cada carreta que cruza hacia el pueblo con comerciantes, indios y trabajadores y viajeros. Una especie de fuerza de esperanza se pone en mi manera de vivir aquel día, una manera superior a la indolencia, exactamente superior a la indolencia.

No es raro que esas veces vaya a casa de Irene. Atravieso ese recinto baldío que me separa del pueblo, cosa de una legua, sigo por las calles deshabitadas y me detengo frente al portó de su casa, donde la espero aparecer.

Si está lavando me gusta ver sus manos que se azulan con el agua fría, si está entre la huerta, me gusta ver su cabeza entre las pesadas flores del girasol, si no está, me gusta ver vacío el patio y la huerta y la espero sin desear que llegue.



II

Los cuatro caballos son negros con la luz nocturna y descansan echados a la orilla del agua como los países en el mapa. Rivas y yo nos juntamos en el Roble Huacho y echamos a andar a pie sin hablar.

Ladran los perros a millares lejos, en todas partes y un vaho blanco emana de las calladas lomerías.

–Serán las tres?
–Deben ser.

He dado el salto, y con amortiguados movimientos suelto las trancas.

El piño se levanta y sale con lentitud. Las coigüillas resuenan profundamente con su intermitencia redoblada, metálica, fatal.

Robar caballos es fácil, y contentos Rivas y yo apuramos las bestias. Rivas sabe su oficio y llegará con el robo a Limaiquén, y nadie como él sabrá ocultarlo y venderlo.

Nos despedimos y a galope violento alcanzo mi camino, desciendo los cerros, y al lado del mar apuro salpicándome, pegándome fuertemente el viento de la noche del mar.






1926