jueves, septiembre 18, 2014

"El profundo derechismo de Lagos", de Felipe Portales





Extraña actitud la de Ricardo Lagos. El reciente ataque que le hizo al gobierno de Michelle Bachelet debe ser el más duro que le ha hecho un ex presidente de la Concertación a otro del mismo conglomerado y, más aún, a comienzos de su período.

Y lo que más llama la atención -dada la inteligencia y cultura del ex presidente- es que él debe saber perfectamente que el actual gobierno no se propone sustituir el modelo heredado de la dictadura y que fue tan bien administrado durante su gestión en La Moneda. Por cierto, debe tener muy claro que el mismo programa de la mandataria planteó una modesta reforma tributaria; una más osada reforma educacional –pero para la que se esperaba que no tendría la mayoría parlamentaria suficiente, como de hecho resultó- y una completamente engañosa oferta de nueva Constitución, desde el momento que excluye el único mecanismo que permite superar el veto de la derecha para tal efecto: una Asamblea Constituyente.

También tiene que serle más claro que el agua que con los ministros de Bachelet en el área económica y educativa, es virtualmente imposible esperar cambios profundos. Precisamente, Eyzaguirre ¡fue su ministro de Hacienda durante todo su período! Luego, entre 2008 y 2012, fue nada menos que el Director para el Hemisferio Occidental del organismo neoliberal por antonomasia: el Fondo Monetario Internacional. Y, por último, desde 2012 a 2013, ocupó el cargo de presidente del directorio del Canal 13, ¡del Grupo Luksic!

A su vez, el ministro de Hacienda, Alberto Arenas, fue Director de Ferrocarriles en su período de gobierno; luego, fue uno de los más estrechos colaboradores del ex ministro de dicha cartera y connotado neoliberal, Andrés Velasco, como Director de Presupuesto; y por último, entre 2010 y 2013, fue también ¡miembro del directorio del Canal 13! Y el ministro de Economía, Luis Felipe Céspedes, fue coordinador de políticas económicas bajo Velasco, entre 2006 y 2009; y ¡es integrante del movimiento político de este último, Fuerza Pública; junto a su militancia en el PDC!

Además, con el innecesario acuerdo de los “cocineros” de la Concertación y la Alianza respecto de la reforma tributaria (¡el cual fue refrendado incluso por la UDI!), hasta para alguien tan desconfiado como Ricardo Lagos tiene que haber sido evidente la vocación conservadora del actual gobierno. Entonces, ¿qué puede explicar el extraño ataque del ex presidente; su focalización en los “ocho años perdidos” en materia de creación de infraestructura; y su llamado a continuar el esquema de concesiones de obras públicas subsidiadas por el Estado y que le brindan excelentes oportunidades de negocios a las grandes empresas?

Sin duda deben haber influido muchos factores. Por cierto, el enojo con Bachelet por su cancelación del puente de Chacao. También, el hecho que ya casi nadie defienda, en la Concertación, la Constitución suscrita por él y todos sus ministros, entre los que se cuentan –recordemos- al mismo Eyzaguirre; al presidente del PDC, Ignacio Walker; y a su líder “chascona”, Yasna Provoste. Y también debe haber jugado un rol nada desdeñable la confirmación por parte de la Corte de Apelaciones de la condena por fraude al fisco en el caso MOP-GATE de su ministro Carlos Cruz y de otros 12 funcionarios públicos; así como la condena –que no se había dado en primera instancia- por los mismos delitos de 11 altos ejecutivos de empresas privadas.

Pero muy probablemente el factor fundamental debe ser la exasperación que debe causar en Lagos el hecho que la agenda visible del nuevo gobierno esté copada por numerosas reformas que –aunque tengan un carácter más efectistas que efectivas- han tensionado las relaciones del Gobierno con los grandes grupos económicos, a los cuales el tanto se debe. No nos olvidemos que su gestión gubernamental terminó entre las más exultantes loas de los grandes empresarios, políticos y economistas de derecha.

Por ejemplo, recordemos las célebres “declaraciones de amor” que le formuló el entonces presidente de la Confederación de la Producción y del Comercio, Hernán Somerville: “Mis empresarios todos lo aman, tanto en APEC (Foro de Cooperación Económica de Asia Pacífico) como acá (en Chile) (…) porque realmente le tienen una tremenda admiración por su nivel intelectual superior y porque además se ve ampliamente favorecido por un país al que todo el mundo percibe como modelo” (La Segunda; 14-10-2005).

Asimismo, rememoremos que el connotado dirigente de la UDI, Herman Chadwick, señaló poco después de terminado su gobierno, que éste “fue muy bueno y que el ex presidente tiene una importancia a nivel mundial que no podemos desaprovechar” (El Mercurio; 21-3-2006). Y que el gran empresario y ferviente pinochetista, Ricardo Claro, expresó en lo que debe haber sido su última entrevista (falleció el mismo mes), que “Lagos es el único político en Chile con visión internacional y está muy al día. No encuentro ningún otro en la derecha ni en la DC” (El Mercurio; 12-10-2008).

Pero claramente los ditirambos anteriores palidecen al contrastarlos con los del ex Patria y Libertad; ex presidente de los industriales del salmón y actual presidente de La Polar, César Barros, efectuados el preciso día en que Lagos dejó la presidencia: “Las alabanzas empresariales dejan pequeñas a las ‘declaraciones de amor’ que le hiciera la cúpula empresarial finalizada la APEC. Un grupo de amigos empresarios que denominaban a Don Ricardo ‘El Príncipe (tanto por aquello de Maquiavelo como por ser el primer ciudadano de la República) han optado en llamarlo, de ahora en adelante, ‘Zar de todos los Chiles’ (…) Antes de este gobierno, los empresarios repetían el padrenuestro del rol subsidiario del Estado (…) Y por lo tanto, un príncipe socialista solo podría hacernos daño. Pero el hombre, trabajando con cuidado y con inteligencia, los convenció de que estaba siendo el mejor Presidente de derecha de todos los tiempos; y el temor y la desconfianza se transformaron en respeto y admiración” (La Tercera; 11-3-2006).

Y quizá el broche de oro lo puso el principal artífice de los chicago-boys (en conjunto con Milton Friedman), Arnold Harberger, quien en 2007 expresó “que estuve en Colombia el verano pasado participando en una conferencia, y quien habló inmediatamente antes de mí fue el ex presidente Ricardo Lagos. Su discurso podría haber sido presentado por un profesor de economía del gran período de la Universidad de Chicago. El es economista y explicó las cosas con nuestras mismas palabras. El hecho de que partidos políticos de izquierda finalmente hayan abrazado las lecciones de la buena ciencia económica es una bendición para el mundo” (El País, España; 14-3-2007).

Por último, que Ricardo Lagos haya expresado sus duras críticas al Gobierno de Bachelet en ICARE, siendo finalmente ovacionado por los grandes empresarios y ejecutivos presentes, no pudo ser un mejor escenario para la vuelta en escena del “mejor Presidente de derecha de todos los tiempos”…








en El Clarín de Chile, 4 de septiembre, 2014













miércoles, septiembre 17, 2014

“Por las azoteas”, de Julio Ramón Ribeyro







A los diez años yo era el monarca de las azoteas y gobernaba pacíficamente mi reino de objetos destruidos.

Las azoteas eran los recintos aéreos donde las personas mayores enviaban las cosas que no servían para nada: se encontraban allí sillas cojas, colchones despanzurrados, maceteros rajados, cocinas de carbón, muchos otros objetos que llevaban una vida purgativa, a medio camino entre el uso póstumo y el olvido. Entre todos estos trastos yo erraba omnipotente, ejerciendo la potestad que me fue negada en los bajos. Podía ahora pintar bigotes en el retrato del abuelo, calzar las viejas botas paternales o blandir como una jabalina la escoba que perdió su paja. Nada me estaba vedado: podía construir y destruir y con la misma libertad con que insuflaba vida a las pelotas de jebe reventadas, presidía la ejecución capital de los maniquíes.

Mi reino, al principio, se limitaba al techo de mi casa, pero poco a poco, gracias a valerosas conquistas, fui extendiendo sus fronteras por las azoteas vecinas. De estas largas campañas, que no iban sin peligros -pues había que salvar vallas o saltar corredores abismales- regresaba siempre enriquecido con algún objeto que se añadía a mi tesoro o con algún rasguño que acrecentaba mi heroísmo. La presencia esporádica de alguna sirvienta que tendía ropa o de algún obrero que reparaba una chimenea, no me causaba ninguna inquietud pues yo estaba afincado soberanamente en una tierra en la cual ellos eran solo nómades o poblaciones trashumantes.

En los linderos de mi gobierno, sin embargo, había una zona inexplorada que siempre despertó mi codicia. Varias veces había llegado hasta sus inmediaciones pero una alta empalizada de tablas puntiagudas me impedía seguir adelante. Yo no podía resignarme a que este accidente natural pusiera un límite a mis planes de expansión.

A comienzos del verano decidí lanzarme al asalto de la tierra desconocida. Arrastrando de techo en techo un velador desquiciado y un perchero vetusto, llegué al borde de la empalizada y construí una alta torre. Encaramándome en ella, logre pasar la cabeza. Al principio sólo distinguí una azotea cuadrangular, partida al medio por una larga farola. Pero cuando me disponía a saltar en esa tierra nueva, divisé a un hombre sentado en una perezosa. El hombre parecía dormir. Su cabeza caía sobre su hombro y sus ojos, sombreados por un amplio sombrero de paja, estaban cerrados. Su rostro mostraba una barba descuidada, crecida casi por distracción, como la barba de los náufragos.

Probablemente hice algún ruido pues el hombre enderezó la cabeza y quedo mirándome perplejo. El gesto que hizo con la mano lo interpreté como un signo de desalojo, y dando un salto me alejé a la carrera.

Durante los días siguientes pasé el tiempo en mi azotea fortificando sus defensas, poniendo a buen recaudo mis tesoros, preparándome para lo que yo imaginaba que sería una guerra sangrienta. Me veía ya invadido por el hombre barbudo; saqueado, expulsado al atroz mundo de los bajos, donde todo era obediencia, manteles blancos, tías escrutadoras y despiadadas cortinas. Pero en los techos reinaba la calma más grande y en vano pasé horas atrincherado, vigilando la lenta ronda de los gatos o, de vez en cuando, el derrumbe de alguna cometa de papel.

En vista de ello decidí efectuar una salida para cerciorarme con qué clase de enemigo tenía que vérmelas, si se trataba realmente de un usurpador o de algún fugitivo que pedía tan solo derecho de asilo. Armado hasta los dientes, me aventuré fuera de mi fortín y poco a poco fui avanzando hacia la empalizada. En lugar de escalar la torre, contorneé la valla de maderas, buscando un agujero. Por entre la juntura de dos tablas apliqué el ojo y observé: el hombre seguía en la perezosa, contemplando sus largas manos trasparentes o lanzando de cuando en cuando una mirada hacia el cielo, para seguir el paso de las nubes viajeras.

Yo hubiera pasado toda la mañana allí, entregado con delicia al espionaje, si es que el hombre, después de girar la cabeza no quedara mirando fijamente el agujero.

-Pasa -dijo haciéndome una seña con la mano-. Ya sé que estás allí. Vamos a conversar.
Esta invitación, si no equivalía a una rendición incondicional, revelaba al menos el deseo de parlamentar. Asegurando bien mis armamentos, trepé por el perchero y salté al otro lado de la empalizada. El hombre me miraba sonriente. Sacando un pañuelo blanco del bolsillo -¿era un signo de paz?- se enjugó la frente.
-Hace rato que estas allí -dijo-. Tengo un oído muy fino. Nada se me escapa... ¡Este calor!
-¿Quién eres tú? -le pregunté.
-Yo soy el rey de la azotea -me respondió.
-¡No puede ser! -protesté- El rey de la azotea soy yo. Todos los techos son míos. Desde que empezaron las vacaciones paso todo el tiempo en ellos. Si no vine antes por aquí fue porque estaba muy ocupado por otro sitio.
-No importa -dijo-. Tú serás el rey durante el día y yo durante la noche.
-No -respondí-. Yo también reinaré durante la noche. Tengo una linterna. Cuando todos estén dormidos, caminaré por los techos.
-Está bien -me dijo-. ¡Reinarás también por la noche! Te regalo las azoteas pero déjame al menos ser el rey de los gatos.

Su propuesta me pareció aceptable. Mentalmente lo convertía ya en una especie de pastor o domador de mis rebaños salvajes.

-Bueno, te dejo los gatos. Y las gallinas de la casa de al lado, si quieres. Pero todo lo demás es mío.
-Acordado -me dijo-. Acércate ahora. Te voy a contar un cuento. Tú tienes cara de persona que le gustan los cuentos. ¿No es verdad? Escucha, pues: «Había una vez un hombre que sabía algo. Por esta razón lo colocaron en un púlpito. Después lo metieron en una cárcel. Después lo internaron en un manicomio. Después lo encerraron en un hospital. Después lo pusieron en un altar. Después quisieron colgarlo de una horca. Cansado, el hombre dijo que no sabía nada. Y sólo entonces lo dejaron en paz».

Al decir esto, se echó a reír con una risa tan fuerte que terminó por ahogarse. Al ver que yo lo miraba sin inmutarme, se puso serio.

-No te ha gustado mi cuento -dijo-. Te voy a contar otro, otro mucho más fácil: «Había una vez un famoso imitador de circo que se llamaba Max. Con unas alas falsas y un pico de cartón, salía al ruedo y comenzaba a dar de saltos y a piar. ¡El avestruz! decía la gente, señalándolo, y se moría de risa. Su imitación del avestruz lo hizo famoso en todo el mundo. Durante años repitió su número, haciendo gozar a los niños y a los ancianos. Pero a medida que pasaba el tiempo, Max se iba volviendo más triste y en el momento de morir llamó a sus amigos a su cabecera y les dijo: ‘Voy a revelarles un secreto. Nunca he querido imitar al avestruz, siempre he querido imitar al canario’».

Esta vez el hombre no rió sino que quedó pensativo, mirándome con sus ojos indagadores.

-¿Quién eres tú? -le volví a preguntar- ¿No me habrás engañado? ¿Por qué estás todo el día sentado aquí? ¿Por qué llevas barba? ¿Tú no trabajas? ¿Eres un vago?
-¡Demasiadas preguntas! -me respondió, alargando un brazo, con la palma vuelta hacia mí- Otro día te responderé. Ahora vete, vete por favor. ¿Por qué no regresas mañana? Mira el sol, es como un ojo… ¿lo ves? Como un ojo irritado. El ojo del infierno.

Yo miré hacia lo alto y vi solo un disco furioso que me encegueció. Caminé, vacilando, hasta la empalizada y cuando la salvaba, distinguí al hombre que se inclinaba sobre sus rodillas y se cubría la cara con su sombrero de paja.

Al día siguiente regresé.

-Te estaba esperando -me dijo el hombre-. Me aburro, he leído ya todos mis libros y no tengo nada qué hacer.

En lugar de acercarme a él, que extendía una mano amigable, lancé una mirada codiciosa hacia un amontonamiento de objetos que se distinguía al otro lado de la farola. Vi una cama desarmada, una pila de botellas vacías.

-Ah, ya sé -dijo el hombre-. Tú vienes solamente por los trastos. Puedes llevarte lo que quieras. Lo que hay en la azotea -añadió con amargura- no sirve para nada.
-No vengo por los trastos -le respondí-. Tengo bastantes, tengo más que todo el mundo.
-Entonces escucha lo que te voy a decir: el verano es un dios que no me quiere. A mí me gustan las ciudades frías, las que tienen allá arriba una compuerta y dejan caer sus aguas. Pero en Lima nunca llueve o cae tan pequeño rocío que apenas mata el polvo. ¿Por qué no inventamos algo para protegernos del sol?
-Una sombrilla -le dije-, una sombrilla enorme que tape toda la ciudad.
-Eso es, una sombrilla que tenga un gran mástil, como el de la carpa de un circo y que pueda desplegarse desde el suelo, con una soga, como se iza una bandera. Así estaríamos todos para siempre en la sombra. Y no sufriríamos.

Cuando dijo esto me di cuenta que estaba todo mojado, que la transpiración corría por sus barbas y humedecía sus manos.

-¿Sabes por qué estaban tan contentos los portapliegos de la oficina? -me pregunto de pronto-. Porque les habían dado un uniforme nuevo, con galones. Ellos creían haber cambiado de destino, cuando sólo se habían mudado de traje.
-¿La construiremos de tela o de papel? -le pregunté.

El hombre quedo mirándome sin entenderme.

-¡Ah, la sombrilla! -exclamó- La haremos mejor de piel, ¿qué te parece? De piel humana. Cada cual dará una oreja o un dedo. Y al que no quiera dárnoslo, se lo arrancaremos con una tenaza.

Yo me eche a reír. El hombre me imitó. Yo me reía de su risa y no tanto de lo que había imaginado -que le arrancaba a mi profesora la oreja con un alicate- cuando el hombre se contuvo.

-Es bueno reír -dijo-, pero siempre sin olvidar algunas cosas: por ejemplo, que hasta las bocas de los niños se llenarían de larvas y que la casa del maestro será convertida en cabaret por sus discípulos.

A partir de entonces iba a visitar todas las mañanas al hombre de la perezosa. Abandonando mi reserva, comencé a abrumarlo con toda clase de mentiras e invenciones. Él me escuchaba con atención, me interrumpía sólo para darme crédito y alentaba con pasión todas mis fantasías. La sombrilla había dejado de preocuparnos y ahora ideábamos unos zapatos para andar sobre el mar, unos patines para aligerar la fatiga de las tortugas.

A pesar de nuestras largas conversaciones, sin embargo, yo sabía poco o nada de él. Cada vez que lo interrogaba sobre su persona, me daba respuestas disparatadas u oscuras:

-Ya te lo he dicho: yo soy el rey de los gatos. ¿Nunca has subido de noche? Si vienes alguna vez verás cómo me crece un rabo, cómo se afilan mis uñas, cómo se encienden mis ojos y cómo todos los gatos de los alrededores vienen en procesión para hacerme reverencias.

O decía:

-Yo soy eso, sencillamente, eso y nada más, nunca lo olvides: un trasto.

Otro día me dijo:

-Yo soy como ese hombre que después de diez años de muerto resucitó y regresó a su casa envuelto en su mortaja. Al principio, sus familiares se asustaron y huyeron de él. Luego se hicieron los que no lo reconocían. Luego lo admitieron pero haciéndole ver que ya no tenía sitio en la mesa ni lecho donde dormir. Luego lo expulsaron al jardín, después al camino, después al otro lado de la ciudad. Pero como el hombre siempre tendía a regresar, todos se pusieron de acuerdo y lo asesinaron.

A mediados del verano, el calor se hizo insoportable. El sol derretía el asfalto de las pistas, donde los saltamontes quedaban atrapados. Por todo sitio se respiraba brutalidad y pereza. Yo iba por las mañanas a la playa en los tranvías atestados, llegaba a casa arenoso y famélico y después de almorzar subía a la azotea para visitar al hombre de la perezosa.

Este había instalado un parasol al lado de su sillona y se abanicaba con una hoja de periódico. Sus mejillas se habían ahuecado y, sin su locuacidad de antes, permanecía silencioso, agrio, lanzando miradas coléricas al cielo.

-¡El sol, el sol! -repetía-. Pasará él o pasaré yo. ¡Si pudiéramos derribarlo con una escopeta de corcho!

Una de esas tardes me recibió muy inquieto. A un lado de su sillona tenía una caja de cartón. Apenas me vio, extrajo de ella una bolsa con fruta y una botella de limonada.

-Hoy es mi santo -dijo-. Vamos a festejarlo. ¿Sabes lo que es tener treinta y tres años? Conocer de las cosas el nombre, de los países el mapa. Y todo por algo infinitamente pequeño, tan pequeño -que la uña de mi dedo meñique sería un mundo a su lado. Pero ¿no decía un escritor famoso que las cosas más pequeñas son las que más nos atormentan, como, por ejemplo, los botones de la camisa?

Ese día me estuvo hablando hasta tarde, hasta que el sol de brujas encendió los cristales de las farolas y crecieron largas sombras detrás de cada ventana teatina.

Cuando me retiraba, el hombre me dijo:

-Pronto terminarán las vacaciones. Entonces, ya no vendrás a verme. Pero no importa, porque ya habrán llegado las primeras lloviznas.

En efecto, las vacaciones terminaban. Los muchachos vivíamos ávidamente esos últimos días calurosos, sintiendo ya en lontananza un olor a tinta, a maestro, a cuadernos nuevos. Yo andaba oprimido por las azoteas, inspeccionando tanto espacio conquistado en vano, sabiendo que se iba a pique mi verano, mi nave de oro cargada de riquezas.

El hombre de la perezosa parecía consumirse. Bajo su parasol, lo veía cobrizo, mudo, observando con ansiedad el último asalto del calor, que hacía arder la torta de los techos.

-¡Todavía dura! -decía señalando el cielo- ¿No te parece una maldad? Ah, las ciudades frías, las ventosas. Canícula, palabra fea, palabra que recuerda a un arma, a un cuchillo.

Al día siguiente me entregó un libro:

-Lo leerás cuando no puedas subir. Así te acordarás de tu amigo..., de este largo verano.

Era un libro con grabados azules, donde había un personaje que se llamaba Rogelio. Mi madre lo descubrió en el velador. Yo le dije que me lo había regalado «el hombre de la perezosa». Ella indagó, averiguó y cogiendo el libro con un papel, fue corriendo a arrojarlo a la basura.

-¿Por qué no me habías dicho que hablabas con ese hombre? ¡Ya verás esta noche cuando venga tu papá! Nunca más subirás a la azotea.

Esa noche mi papá me dijo:

-Ese hombre está marcado. Te prohíbo que vuelvas a verlo. Nunca más subirás a la azotea.

Mi mamá comenzó a vigilar la escalera que llevaba a los techos. Yo andaba asustado por los corredores de mi casa, por las atroces alcobas, me dejaba caer en las sillas, miraba hasta la extenuación el empapelado del comedor -una manzana, un plátano, repetidos hasta el infinito- u hojeaba los álbumes llenos de parientes muertos. Pero mi oído sólo estaba atento a los rumores del techo, donde los últimos días dorados me aguardaban. Y mi amigo en ellos, solitario entre los trastos.

Se abrieron las clases en días aun ardientes. Las ocupaciones del colegio me distrajeron. Pasaba mañanas interminables en mi pupitre, aprendiendo los nombres de los catorce incas y dibujando el mapa del Perú con mis lápices de cera. Me parecían lejanas las vacaciones, ajenas a mí, como leídas en un almanaque viejo.

Una tarde, el patio de recreo se ensombreció, una brisa fría barrió el aire caldeado y pronto la garúa comenzó a resonar sobre las palmeras. Era la primera lluvia de otoño. De inmediato me acordé de mi amigo, lo vi, lo vi jubiloso recibiendo con las manos abiertas esa agua caída del cielo que lavaría su piel, su corazón.

Al llegar a casa estaba resuelto a hacerle una visita. Burlando la vigilancia materna, subí a los techos. A esa hora, bajo ese tiempo gris, todo parecía distinto. En los cordeles, la ropa olvidada se mecía y respiraba en la penumbra, y contra las farolas los maniquís parecían cuerpos mutilados. Yo atravesé, angustiado, mis dominios y a través de barandas y tragaluces llegué a la empalizada. Encaramándome en el perchero, me asomé al otro lado.

Sólo vi un cuadrilátero de tierra humedecida. La sillona, desarmada, reposaba contra el somier oxidado de un catre. Caminé un rato por ese reducto frío, tratando de encontrar una pista, un indicio de su antigua palpitación. Cerca de la sillona había una escupidera de loza. Por la larga farola, en cambio, subía la luz, el rumor de la vida. Asomándome a sus cristales vi el interior de la casa de mi amigo, un corredor de losetas por donde hombres vestidos de luto circulaban pensativos.

Entonces comprendí que la lluvia había llegado demasiado tarde.
 

en Las botellas y los hombres, 1964












martes, septiembre 16, 2014

"El coyote cuenta por qué canta", de Carter Revard





Había un arroyo, junto a la madriguera,
que se volvía un cordel, a lo largo del verano seco
en que nací. Una noche, a finales de agosto, llovió
—nos despertó el Trueno. Las gotas percutían
contra el polvo, sobre las hojas tiesas del roble, sobre las piedras
            cubiertas de liquen,
y vino la lluvia a cántaros, bajando la colina,
el viento mojado sopló hacia nuestra cueva y resonaron
            los sonidos
del escurrir de hojas, el susurro de ramas empapadas en ráfagas
            de viento.

Y entonces cambió la tonada del arroyo —oí caer una piedra
que hizo las nuevas ondas murmurar, en un tono más bajo.
En el sitio de las nuevas ondas, la próxima mañana, bebí
agua fresca y enlodada que me dio dentera.
Pensé en qué delicado era el equilibrio de la piedra y cómo
la tempestad se hizo música, cuando cambió mi mundo.





Traducción de Katherine Hedeen
y Víctor Rodríguez Núñez














lunes, septiembre 15, 2014

“Pueblo oprimido”, de José Santos Lincomán Inaicheo








Levanta pueblo oprimido
el grito de Caupolicán
levantemos brazos fuertes
y rompamos el eslabón.

La unidad son la tierra
no permitiremos la guerra,
solo con la libertad
y el campo dorado
de un hermoso trigal.

Escucha peñi querido,
busca como pobre cincel,
la juventud alzará la mano
y la dejará caer.

Haciéndolo dos pedazos
volveremos otra vez,
con la libertad y justicia
de los toquis y caciques, al nacer
como Lautaro montando en su caballo,
de justicia y dignidad.



en Antología de poesía política mapuche, 2012
Paulo Huirimilla, Antologador









domingo, septiembre 14, 2014

"Perspectiva histórica de la masacre de Gaza de 2014", de Ilan Pappé





La población de Gaza y de cualquier parte de Palestina se siente decepcionada por la falta de cualquier reacción significativa ante la matanza y destrucción que hasta ahora ha dejado tras de sí el ataque israelí en la Franja. La incapacidad para actuar, o la falta de voluntad de hacerlo, parece ser ante todo una aceptación del relato y los argumentos israelíes para la crisis en Gaza. Israel ha creado un relato muy claro de la actual matanza en Gaza.

Esta es una tragedia causada por un ataque no provocado con misiles de Hamas contra el Estado judío, al que Israel tuvo que reaccionar en legítima defensa. Aunque puede que los medios, el mundo académico y los políticos occidentales dominantes tengan reservas acerca de la proporcionalidad de la fuerza utilizada por Israel, aceptan lo esencial de este argumento. En el mundo de ciberactivismo y de los medios alternativos se rechaza de plano esta versión israelí. En ellos es generalizada la condena de las acciones de Israel como un crimen de guerra.

La principal diferencia entre ambos análisis es el deseo de los activistas de estudiar más profundamente el contexto ideológico e histórico de la acción que Israel está llevando a cabo en Gaza. Se debería reforzar aún más esta tendencia y este artículo es un modesto intento de contribuir a ello.



¿Una matanza ad hoc?

Una evaluación y contextualización histórica tanto del actual ataque israelí a Gaza como de los tres anteriores desde 2006 revela con toda claridad la política genocida israelí en Gaza. Una política progresiva de asesinato generalizado que no es tanto producto de un propósito cruel puesto que es el resultado inevitable de la estrategia global de Israel respecto a Palestina en general y respecto a las áreas que ocupó en 1967, en particular.

Este es el contexto en el que habría que insistir ya que la maquinaria de propaganda israelí trata una y otra vez de mostrar sus políticas como unas políticas fuera de contexto y convierte el pretexto que encuentra para cada nueva oleada de destrucción en la justificación principal para una matanza indiscriminada en los campos de la muerte de Palestina.

La estrategia israelí de calificar sus políticas brutales de respuesta ad hoc a tal o cual acción palestina es tan vieja como la propia presencia sionista en Palestina. Se utilizó repetidamente como justificación para implementar la visión sionista de una futura Palestina que contuviera muy pocos palestinos originarios, si no ninguno. Los medios para lograr este objetivo cambiaron con los años, pero la fórmula ha seguido siendo la misma: sea cual sea la visión sionista de un Estado judío, solo se puede materializar sin una cantidad significativa de palestinos en él. Y actualmente la visión es la de un Israel que se extiende sobre la mayor parte de la Palestina histórica en la que todavía viven millones de palestinos y palestinas.

Esta visión se tropezó con problemas cuando la codicia territorial llevó a Israel a tratar de mantener Cisjordania y Gaza bajo su control y dominio desde junio de 1967. Israel buscó una manera de mantener los territorios que había ocupado aquel año sin que la población que había en ellos se incorporara como ciudadanos de pleno derecho. Al mismo tiempo participó en una farsa de “proceso de paz” para encubrir sus políticas unilaterales de colonización sobre el terreno o ganar tiempo para ellas.

A lo largo de décadas Israel diferenció entre las zonas que quería controlar directamente y aquellas que administraría indirectamente con el objetivo a largo plazo de reducir la población palestina al mínimo mediante, entre otras cosas, la limpieza étnica y el estrangulamiento tanto económico como geográfico. Así, Cisjordania se dividió en una zona “judía” y una zona “palestina”, una realidad con la que la mayoría de los israelíes pueden vivir siempre y cuando los bantustanes palestinos estén contentos de estar encarcelados en estas prisiones descomunales. La ubicación geopolítica de Cisjordania da la impresión, al menos en Israel, de que es posible lograrlo sin anticipar un tercer levantamiento o demasiada condena internacional.

Debido a su ubicación geopolítica única, la Franja de Gaza no se prestaba tan fácilmente a una estrategia de este tipo. Desde 1994, y más aún desde que Ariel Sharon llegó al poder como primer ministro a principios de la década de 2000, la estrategia en la Franja fue convertirla en un gueto y esperar de alguna manera que sus habitantes (1.800.000 personas a día de hoy) cayeran en el olvido eterno.

Pero el gueto resultó ser rebelde y no querer vivir en unas condiciones de estrangulamiento, aislamiento, hambruna y colapso económico. No se podía anexionar a Egipto, ni en 1948 ni en 2014. En 1948 Israel empujó a la zona de Gaza (antes de que se convirtiera en una franja) a cientos de miles de refugiados a los que había expulsado del Naqab al norte y de la costa al sur, y que esperaba que se fueran aún más lejos de Palestina.

Durante un tiempo después de 1967 Israel quiso mantenerlo como un distrito que le proporcionaba mano de obra no cualificada pero sin derechos humanos ni civiles. Cuando el pueblo ocupado resistió la continua opresión en dos intifadas, Cisjordania fue diseccionada en pequeños bantustanes rodeados de colonias judías, pero esto no funcionó en la demasiado pequeña y densamente poblada Gaza. Por así decirlo, los israelíes fueron incapaces de “cisjordanizar” la Franja, así que la acordonaron como un gueto y cuando resistió se permitió al ejército utilizar sus armas más formidables y letales para aplastarla. El resultado inevitable de una reacción acumulativa de este tipo fue genocida.



Un genocidio progresivo

El asesinato de tres adolescentes israelíes, dos de ellos menores, que habían sido secuestrados en junio en la ocupada Cisjordania (lo que fundamentalmente fue una represalia por los asesinatos de niños palestinos en mayo) proporcionó el pretexto para, sobre todo, romper la delicada unidad que Hamás y Fatah habían logrado aquel mes, una unidad que siguió a la decisión de la Autoridad Palestina de abandonar el “proceso de paz” y pedir a las organizaciones internacionales que juzgaran a Israel según criterios de los derechos humanos y civiles. Para Israel ambas cosas eran alarmantes.

Este pretexto determinó el momento elegido, pero la brutalidad del ataque fue resultado de la incapacidad de Israel de formular una política clara respecto a la Franja que creó en 1948. La única característica clara de esta política es la profunda convicción de que eliminar a Hamás de la Franja de Gaza afincaría ahí el gueto.

Desde 1994, antes incluso de que Hamás llegara al poder en Gaza, la muy particular ubicación geopolítica de la Franja dejó claro que cualquier acción de castigo colectivo, como la que se está infligiendo ahora, no podría ser sino una operación de asesinatos y destrucción generalizados. En otras palabras, un genocidio progresivo.

El hecho de reconocerlo nunca inhibió a los generales que dieron las órdenes de bombardear a las personas por tierra, mar y aire. Reducir la cantidad de palestinos y palestinas en toda la Palestina histórica sigue siendo una visión sionista, un ideal que exige la deshumanización de los y las palestinas. Esta visión y actitud adquieren en Gaza su forma más inhumana.

Al igual que en el pasado, el momento particular de emprender esta oleada de ataques está determinado por otras consideraciones. El descontento social interno de 2011 continúa en ebullición y por un tiempo hubo una demanda pública de recortar los gastos militares y destinar el dinero del abultado presupuesto de “defensa” a servicios sociales. El ejército calificó esta posibilidad de suicida. No hay nada como una operación militar para sofocar cualquier voz que pida al gobierno que reduzca sus gastos militares.

También en este ataque reaparecieron distintivos típicos de etapas previas de este genocidio progresivo. Al igual que en la primera operación contra Gaza en 2006, “Primeras Lluvias”, y en las que siguieron en 2009, “Plomo Fundido”, y 2012, “Pilar de Humo”, volvemos a asistir a un consensuado apoyo judío israelí a la masacre de civiles en Gaza sin que haya ninguna voz disidente significativa. Como siempre, el mundo académico se convierte en parte de esta maquinaria. Varias universidades ofrecieron al Estado sus organismos de estudiantes para ayudar y luchar por el relato israelí en el ciberespacio y los medios alternativos.

Los medios de comunicación israelíes también acataron lealmente la línea del gobierno al no mostrar imágenes de la catástrofe humana provocada por Israel e informar a su público de que esta vez “el mundo nos entiende y nos respalda”. Esta afirmación es hasta cierto punto válida puesto que las elites políticas en Occidente siguen otorgando la vieja inmunidad al Estado judío. La reciente petición por parte de gobiernos occidentales al fiscal de la Corte Internacional de Justicia de La Haya de no investigar los crímenes de Israel en Gaza es un ejemplo de ello. Gran parte de los medios de comunicación occidentales siguieron su ejemplo y justificaron generosamente las acciones de Israel.

Esta cobertura distorsionada también está alimentada por el sentimiento reinante entre los periodistas occidentales de que lo que ocurre en Gaza palidece en comparación con las atrocidades que están ocurriendo en Iraq y Siria. Este tipo de comparación se suelen hacer sin una mayor perspectiva histórica. Una visión más amplia de la historia de Palestina sería una manera mucho más apropiada de evaluar su sufrimiento en relación con las matanzas en cualquier otro lugar.



Conclusión: hacer frente al doble rasero

Pero no solo se necesita una visión histórica para entender mejor la masacre de Gaza, también se requiere un enfoque dialéctico que identifique la relación entre la inmunidad israelí y los atroces acontecimientos ocurridos en cualquier parte. La deshumanización en Iraq y Siria es generalizada y espeluznante, como lo es en Gaza. Pero hay una diferencia fundamental entre los casos de Iraq y Siria, y la brutalidad israelí: los primeros se condenan en el mundo entero por ser bestiales e inhumanos, mientras que el presidente de Estados Unidos, los dirigentes de la Unión Europea y otros amigos de Israel en el mundo siguen permitiendo y aprobando públicamente los cometidos por Israel.

La única posibilidad de luchar con éxito contra el sionismo en Palestina es hacerlo basándose en un programa de derechos humanos y civiles que no haga diferencias entre una violación y otra, y que, sin embargo, identifique claramente a la víctima y los victimarios. Tanto aquellas personas que cometen atrocidades en el mundo árabe contra minorías oprimidas y comunidades indefensas como los y las israelíes que cometen estos crímenes contra el pueblo palestino deben ser juzgadas todas ellas según los mismos principios morales y éticos. Todas estas personas son criminales de guerra, aunque en el caso de Palestina llevan más tiempo siéndolo que cualquier otra persona. En realidad no es relevante cuál es la identidad religiosa de quienes cometen las atrocidades o en nombre de qué religión pretenden hablar. Ya se llamen a sí mismas yihadistas, judaistas o sionistas, deben ser tratadas de la misma manera.

Un mundo que dejara de utilizar un doble rasero al tratar con Israel sería mucho más eficaz en su respuesta a los crímenes en cualquier parte del mundo. Acabar con el genocidio progresivo en Gaza y restituir los derechos humanos y civiles básicos a los y las palestinas estén donde estén, incluido el derecho al retorno, es la única manera de abrir nuevas perspectivas de una intervención internacional productiva en Oriente Próximo en su conjunto.




30 de agosto, 2014






Traducido del inglés para Rebelión.org por Beatriz Morales Bastos