martes, abril 22, 2014

“Sur”, de Guillermo Valenzuela









Se trata de una mujer con los dientes
alineados en una hilera magnífica
como si el mismo sol los contara con los dedos
en su gran plato de maíz incandescente.
Algo que el viento no podría traducir
enredado a los rehues que rayan la lluvia contra los sentidos.
La conocí con desenfreno la noche de Lautaro.
Me defendí de las erecciones con tinta de hormiga,
mientras ella dormía a mis espaldas al calor de una madeja negra.
O tal vez era la luna raspada que caía con el deshielo.
Apabullado por una confusión ocular me dije:
se trata del enigma de tu propio compromiso enjuiciado
en el reino de la Pachamama. Lo recuerdo con perfección ciega:
acostado con esa mujer que sonreía con la nítida igualdad de un brazo.
Qué sudario el de mis antecedentes indígenas
Fichado, con pánico nocturno en La Araucanía,
un invierno de 40 auroras boreales.


en LOF sitiado, Homenaje al pueblo mapuche, 2011













lunes, abril 21, 2014

"Valparaíso", de Juan Carlos Villavicencio





De tu carne siempre abierta al cosmos,
de tu océano sangre como calles, corazones
                        como alturas que no cesan,
el grito i maravilla contra el esqueleto tumbado de cenizas
                                    o el viento enfrentando el filo
donde las horas se trizan ante la insistente afrenta
            a la lógica o la gloria entre las ruinas,
Valparaíso,
eco de todo infierno i gemido en la tierra
                                                            contra el mar,
contra cada augurio la insistencia mayor de un puerto
                        siempre herido i crudo i áspero
que no deja silueta alguna en las olas o las velas
                                    de todo siglo nuestro en su tristeza
i todo ejemplo donde el fin del hombre
            puede más que el hombre,
cuando todo gesto refracta la huella contra otro mundo,
                                                            no olvida
la verdad i crudeza de un respiro persistiendo
            bajo toda estrella nueva,
o acaso muerta junto al mar.



17 de abril, 2014






Pintura: "Dulle Griet" (1562), de Pieter Brueghel















domingo, abril 20, 2014

“Vino”, de Raymond Carver









Leo la vida de Alejandro Magno, Alejandro,
cuyo inculto padre, Filipo, contrató a Aristóteles
como tutor de su joven heredero y guerrero para que
puliera sus suaves hombros. Alejandro, que
en la campaña de Persia llevaba un ejemplar de
La Iliada en una caja forrada de terciopelo y adoraba
aquel libro. Pero también la lucha y el vino.
Tras una larga noche de juerga, borracho de vino
(la peor borrachera posible, esas resacas no se olvidan)
arrojó la primera tea que incendió Persépolis,
capital del Imperio Persa
(ya antiguo en la época de Alejandro).
Quedó totalmente arrasada. Luego, cómo no,
a la mañana siguiente –puede que aún ardiera
la ciudad– tuvo remordimientos. Pero en nada
parecidos a los que sintió la tarde siguiente
cuando en una discusión cada vez más subida de tono,
Alejandro, sin afeitar y la cara roja por el vino, se puso
de pie tambaleándose
empuñó una espada y le atravesó el pecho
a su amigo Cletus, que le había salvado la vida en Granico.

Durante tres días, Alejandro lamentó su muerte. Lloró.
Se negó a comer. “Se negó a atender sus necesidades
corporales”. Incluso realizó la promesa
de dejar la bebida para siempre
(he oído muchas veces esas promesas y las lamentaciones
que acarrean).
No hace falta decir que se paralizó completamente
la vida en el ejército mientras Alejandro se abandonaba a su dolor.
Pero cuando pasaron tres días, el terrible calor
empezaba a llevarse parte del cadáver de su amigo
y le convencieron para que hiciera algo.
Salió de su tienda, cogió el ejemplar de Homero,
lo desató y empezó a pasar páginas. Finalmente, dio
órdenes que los ritos funerarios descritos para Patroclo
se siguieran al pie de la letra: quería para Cletus
la mejor despedida posible.
¿Y cuando ardió la pira y empezó a correr el vino?
Pues claro, ¿qué te crees? Alejandro bebió hasta
perder el sentido. Tuvieron que llevarlo a su tienda.
Tuvieron que levantarlo para meterlo en la cama.



en Todos nosotros, 2006

Traducción de Jaime Priede











sábado, abril 19, 2014

"Gabriel García Márquez: Morir para contarlo", de Eduardo Espina




Muchos años después, frente al silencio definitivo de las palabras, el escritor Gabriel García Márquez había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el lugar de los muertos. La imaginación, convertida al final en paráfrasis de lo vivido. Y es así, pues con la muerte la realidad y la ficción pasan a compartir una dimensión homónima, donde la vida se transforma en un recuerdo con porvenir. Ambas culminan su itinerario, sintiéndose correspondidas por lo que vendrá. Incluso los escritores solo comparables consigo mismos están signados por este sino sin cuentas pendientes, por el cual se saben además situados en un territorio habitado solo por privilegiados, en donde sus beneficios crecen a partir de la muerte, luego que los resultados han confirmado su posteridad. En ese lugar carente de fecha de vencimiento, Dante, Cervantes, Stevenson, y Kafka conversan ahora mismo con García Márquez y le preguntan cómo lo hizo. Saben un poco más de las estirpes condenadas que han tenido otra oportunidad.

Lo que vengo a decir de Gabriel García Márquez podría quedar resumido al inicio de este segundo párrafo: es uno de los pocos escritores que leí su obra completa sin haber encontrado un libro que no me gustara o que no me diera el más duradero de los placeres, el de la lectura; incluso el que menos me gustó, sus memorias (esperaba más de alguien que vivió la vida para escribirla), me gustó mucho. Además, uno suele asociar lo leído con el momento de la vida en que lo leyó. A García Márquez lo leí por primera vez cuando estaba aprendiendo a leer en serio y ya no solo en serie, dos meses después de cumplir 15, pues para ese cumpleaños mi madre me regaló Cien años de soledad, una de las primeras ediciones de Sudamericana, con tapa de fondo blanco. Y de ahí en más me leí todo, lo de antes y lo siguiente, pero por esas cosas que la memoria no sabe explicar por completo, le tengo un fiel y converso amor a dos de sus libros, magistrales antes y ahora.

En 1975, en plena dictadura uruguaya, uno de los peores años de mi vida, junto con el año anterior, iba caminando por la calle Colonia, como quien no va a ninguna parte y encuentra la nada en cada esquina, y de pronto, como intentando decirme algo que recién mucho tiempo después pude saber qué era, apareció en la vidriera de una librería montevideana, hoy extinta, un libro de García Márquez que desconocía. Y no lo conocía, porque recién había salido a la venta. Compré el último ejemplar que quedaba de El otoño del patriarca, y lo terminé en menos de una semana, pues esa misma tarde leí de corrido más de 50 páginas, aunque iba lento, pues cada frase genial era seguida por otra de igual calibre. El deslumbramiento con mayúsculas. La literatura, vine a saber esa vez, no puede ser otra cosa que un intento desacatado por dar origen a frases geniales, una ametralladora de estas, de ser posible. Y lo que me di cuenta en ese entonces vino a confirmármelo varios años después otro escritor obligatorio, el estadounidense Joseph Heller, al acuñar una de las mejores definiciones del acto de escribir que conozco: “La literatura es la gran frase que de pronto aparece”. El comienzo de El otoño del patriarca, que leí parado en la librería (por el estilo, los hallazgos sintácticos, las resonancias combinatorias, es un libro aparte en la bibliografía de GGM), me voló la cabeza, como dicen las nuevas generaciones, que tan poco leen: “Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza”. Aquel mundo a escopetazos había entrado en el mío igual a esas vorágines con espesor metafísico que ni queriendo uno puede sacarse de encima. Las palabras de la literatura cuando es muchas cosas a la vez sirven para eso: para mejorar mundos personales, para darle a la vida significado justo cuando no tiene ninguno.

Supuse que después de El otoño del patriarca García Márquez no podría superar esa escritura descomunal, ni hacer un similar stript tease de la imaginación, con el asombro como principal convocado. Pero me equivoqué. En narrativa contemporánea, solo Onetti (y quizá también Borges y Rulfo, y saco ya mismo el quizá) entran en esa tan rara categoría donde la escritura parece haber sido escrita en otro idioma, aunque esté escrita en el nuestro, o en algo muy mejorado venido de por ahí. Diez años después, en 1985, cuando la vida parecía mejor y algunos días lo era, y tras seguirlo en varios libros de recopilación de artículos periodísticos que lo ponían a la altura de los grandes de ese género (Larra, Umbral), y destaco entre ellos Textos costeños, GGM reapareció con un libro de esos que dejan estelas, y que impiden el stop de la lectura hasta tanto el libro no se acaba. Si Cien años de soledad era genial, y El otoño del patriarca agregaba a esa genialidad otros atributos, El amor en los tiempos del cólera trajo una nueva acepción a la palabra majestuosidad. La gramática de esa imaginación torrencial venía de un lugar en el que no había estado antes nadie, trayendo noticias solo de ella. Y no venía a dar explicaciones ni a pedirlas. Ahí estaba todo. Aquello, lo mismo que la poesía de Góngora, la música de Mahler, o la pintura de Max Beckmann, era un mundo completo, autosuficiente. García Márquez había conseguido lo que parecía imposible de lograr en una cultura con tanto de autista, como la hispana, en la cual el pudor y la cursilería atraviesan de punta a punta las manifestaciones culturales y sociales. GGM consiguió escribir sobre el amor sin caer en el lugar común, imponiendo una perspectiva a contramano, mediante la cual la aparente imposibilidad wittgensteiniana quedaba trascendida: sobre lo que no se puede hablar, solo resta escribir de manera irrepetible. Antes que un manual amatorio o una historia de amor afín a los paradigmas tradicionales del género, repleta de personajes estereotípicos, El amor en los tiempos del cólera es un libro sobre el amor al idioma, que hace cumplir el dictado del amor sublime: para amar, antes que amar al amor, hay que amar a las palabras. De ese romance tan bien correspondido sale quizá el mejor pasaje de toda la larga obra del difunto reciente: “Habían sorteado juntos las incomprensiones cotidianas, los odios instantáneos, las porquerías recíprocas y los fabulosos relámpagos de gloria de la complicidad conyugal. Fue la época en que se amaron mejor, sin prisa y sin excesos, y ambos fueron más conscientes y agradecidos de sus victorias inverosímiles contra la adversidad. La vida había de depararles todavía otras pruebas mortales, por supuesto, pero ya no importaba: estaban en la otra orilla”.

“Esta vez parece ser verdad: Ernest Hemingway ha muerto”. Así comienza el obituario “Un hombre ha muerto de muerte natural” que García Márquez escribió en 1961. También esta vez hay un cadáver de verdad. Al escritor que le gustaba tomar champagne mientras hablaba de Pablo Neruda, le tocó morir en abril, mismo mes en que murieron Shakespeare y Cervantes. Hasta en eso fue un clásico. Murió a los 87 años (vivió cinco menos que la Mamá Grande), un Jueves Santo, un día en que en el mundo su muerte fue la única noticia importante. A su funeral no asistió el Sumo Pontífice, pero eso no importa. Desde hace mucho estaba en la otra orilla, a donde Caronte no cruza a cualquiera. También en el más allá hay playas exclusivas. Deja como legado una imaginación incombustible, por la que siguen viajando las versiones menos esperadas de la condición humana, de las cuales también estamos hechos. El inicio de Cien años de soledad es, junto con el de Anna Karenina (Cervantes y Musil sabrán perdonarme), el más memorable de la historia de la literatura. Escribió Tolstoi: “Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”. Puede ser que todas las muertes sean parecidas, pero algunas tienen un motivo especial para hacernos sentir más desgraciados. Con la muerte de GGM se acaban una visión, un tono con su propia habla, una prosodia convertida en ritmo, en ocurrencias incesantes que salieron sin esfuerzo, pero también un humor rotundo, con gusto a talismán, real en lo mágico. Gracián, Buster Keaton y Buñuel bajo el mismo paraguas, una usina para modificar desenlaces e instalar lo inverosímil en el corazón de la vida diaria. La escritura como nacimiento: cuando llega a todos lados en ráfaga, sin haber querido ir a otra parte que a sí misma. En fin, deja una literatura que fue también una época.

Por esas vueltas de la vida, que a veces son impensadas vueltas de tuerca, quien fue su fiel lector desde los infames años de la adolescencia terminó siendo su escritor. En 1999, a través de uno de sus editores, García Márquez me invitó a escribir una columna quincenal en la revista Cambio, publicada en México, un emprendimiento en asociación con Televisa. Fue su última aventura periodística. Escribía cada una de las columnas imaginándolo mi lector favorito, uno muy al alcance. La paga era fabulosa, aunque, verdad obliga, hubiera escrito gratis por ser parte del proyecto. Más no fuera para retribuir de alguna forma menor la tanta felicidad que me había dado su forma de hacer hablar a las palabras, de hacerles decir lo que a nadie antes se le había ocurrido.






16 de abril, 2014

















viernes, abril 18, 2014

“Un señor muy viejo con unas alas enormes”, de Gabriel García Márquez






Gabriel García Márquez

6 de marzo de 1927 – 17 de abril de 2014



Al tercer día de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo tuvo que atravesar su patio anegado para tirarlos en el mar, pues el niño recién nacido había pasado la noche con calenturas y se pensaba que era a causa de la pestilencia. El mundo estaba triste desde el martes. El cielo y el mar eran una misma cosa de ceniza, y las arenas de la playa, que en marzo fulguraban como polvo de lumbre, se habían convertido en un caldo de lodo y mariscos podridos. La luz era tan mansa al mediodía, que cuando Pelayo regresaba a la casa después de haber tirado los cangrejos, le costó trabajo ver qué era lo que se movía y se quejaba en el fondo del patio. Tuvo que acercarse mucho para descubrir que era un hombre viejo, que estaba tumbado boca abajo en el lodazal, y a pesar de sus grandes esfuerzos no podía levantarse, porque se lo impedían sus enormes alas.

Asustado por aquella pesadilla, Pelayo corrió en busca de Elisenda, su mujer, que estaba poniéndole compresas al niño enfermo, y la llevó hasta el fondo del patio. Ambos observaron el cuerpo caído con un callado estupor. Estaba vestido como un trapero. Le quedaban apenas unas hilachas descoloridas en el cráneo pelado y muy pocos dientes en la boca, y su lastimosa condición de bisabuelo ensopado lo había desprovisto de toda grandeza. Sus alas de gallinazo grande, sucias y medio desplumadas, estaban encalladas para siempre en el lodazal. Tanto lo observaron, y con tanta atención, que Pelayo y Elisenda se sobrepusie­ron muy pronto del asombro y acabaron por encontrarlo familiar. Entonces se atrevieron a hablarle, y él les contestó en un dialecto incomprensible, pero con una voz de navegante. Fue así como pasaron por alto el inconveniente de las alas, y concluyeron con muy buen juicio que era un náufrago solitario de alguna nave extranjera abatida por el temporal. Sin embargo, llamaron para que lo viera a una vecina que sabía todas las cosas de la vida y la muerte, y a ella le bastó con una mirada para sacarlos del error.

-Es un ángel -les dijo-. Seguro que venía por el niño, pero el pobre está tan viejo que lo ha tumbado la lluvia.

Al día siguiente todo el mundo sabía que en casa de Pelayo tenían cautivo un ángel de carne y hueso. Contra el criterio de la vecina sabia, para quien los ángeles de estos tiempos eran sobrevivientes fugitivos de una conspiración celestial, no habían tenido corazón para matarlo a palos. Pelayo estuvo vigilándolo toda la tarde desde la cocina, armado con su garrote de alguacil, y antes de acostarse lo sacó a rastras del lodazal y lo encerró con las gallinas en el gallinero alambrado. A media noche, cuando terminó la lluvia, Pelayo y Elisenda seguían matando cangrejos. Poco después el niño despertó sin fiebre y con deseos de comer. Entonces se sintieron magnánimos y decidieron poner al ángel en una balsa con agua dulce y provisiones para tres días, y abandonarlo a su suerte en alta mar. Pero cuando salieron al patio con las primeras luces, encontraron a todo el vecindario frente al gallinero, retozando con el ángel sin la menor devoción y echándole cosas de comer por los huecos de las alambradas, como si no fuera una criatura sobrenatural sino un animal de circo.

El padre Gonzaga llegó antes de las siete alarmado por la desproporción de la noticia. A esa hora ya habían acudido curiosos menos frívolos que los del amanecer, y habían hecho toda clase de conjeturas sobre el porvenir del cautivo. Los más simples pensaban que sería nombrado alcalde del mundo. Otros, de espíritu más áspero, suponían que sería ascendido a general de cinco estrellas para que ganara todas las guerras. Algunos visionarios esperaban que fuera conservado como semental para implantar en la Tierra una estirpe de hombres alados y sabios que se hicieran cargo del Universo. Pero el padre Gonzaga, antes de ser cura, había sido leñador macizo. Asomado a las alambradas repasó en un instante su catecismo, y todavía pidió que le abrieran la puerta para examinar de cerca aquel varón de lástima que más bien parecía una enorme gallina decrépita entre las gallinas absortas. Estaba echado en un rincón, secándose al sol las alas extendidas, entre las cáscaras de frutas y las sobras de desayunos que le habían tirado los madrugadores. Ajeno a las impertinencias del mundo, apenas si levantó sus ojos de anticuario y murmuró algo en su dialecto cuando el padre Gonzaga entró en el gallinero y le dio los buenos días en latín. El párroco tuvo la primera sospecha de su impostura al comprobar que no entendía la lengua de Dios ni sabía saludar a sus ministros. Luego observó que visto de cerca resultaba demasiado humano: tenía un insoportable olor de intemperie, el revés de las alas sembrado de algas parasitarias y las plumas mayores maltratadas por vientos terrestres, y nada de su naturaleza miserable estaba de acuerdo con la egregia dignidad de los ángeles. Entonces abandonó el gallinero, y con un breve sermón previno a los curiosos contra los riesgos de la ingenuidad. Les recordó que el demonio tenía la mala costumbre de recurrir a artificios de carnaval para confundir a los incautos. Argumentó que si las alas no eran el elemento esencial para determinar las diferencias entre un gavilán y un aeroplano, mucho menos podían serlo para reconocer a los ángeles. Sin embargo, prometió escribir una carta a su obispo, para que éste escribiera otra a su primado y para que éste escribiera otra al Sumo Pontífice, de modo que el veredicto final viniera de los tribunales más altos.

Su prudencia cayó en corazones estériles. La noticia del ángel cautivo se divulgó con tanta rapidez, que al cabo de pocas horas había en el patio un alboroto de mercado, y tuvieron que llevar la tropa con bayonetas para espantar el tumulto que ya estaba a punto de tumbar la casa. Elisenda, con el espinazo torcido de tanto barrer basura de feria, tuvo entonces la buena idea de tapiar el patio y cobrar cinco centavos por la entrada para ver al ángel.

Vinieron curiosos hasta de la Martinica. Vino una feria ambulante con un acróbata volador, que pasó zumbando varias veces por encima de la muchedum­bre, pero nadie le hizo caso porque sus alas no eran de ángel sino de murciélago sideral. Vinieron en busca de salud los enfermos más desdichados del Caribe: una pobre mujer que desde niña estaba contando los latidos de su corazón y ya no le alcanzaban los números, un jamaiquino que no podía dormir porque lo atormentaba el ruido de las estrellas, un sonámbulo que se levantaba de noche a deshacer dormido las cosas que había hecho despierto, y muchos otros de menor gravedad. En medio de aquel desorden de naufragio que hacía temblar la tierra, Pelayo y Elisenda estaban felices de cansancio, porque en menos de una semana atiborraron de plata los dormitorios, y todavía la fila de peregrinos que espera­ban turno para entrar llegaba hasta el otro lado del horizonte.
El ángel era el único que no participaba de su propio acontecimiento. El tiempo se le iba en buscar acomodo en su nido prestado, aturdido por el calor de infierno de las lámparas de aceite y las velas de sacrificio que le arrimaban a las alambradas. Al principio trataron que comiera cristales de alcanfor, que, de acuerdo con la sabiduría de la vecina sabia, era el alimento específico de los ángeles. Pero él los despreciaba, como despreció sin probarlos los almuerzos papales que le llevaban los penitentes, y nunca se supo si fue por ángel o por viejo que terminó comiendo nada más que papillas de berenjena. Su única virtud sobrenatural parecía ser la paciencia. Sobre todo en los primeros tiempos, cuando lo picoteaban las gallinas en busca de los parásitos estelares que profilaban en sus alas, y los baldados le arrancaban plumas para tocarse con ellas sus defectos, y hasta los más piadosos le tiraban piedras tratando que se levantara para verlo de cuerpo entero. La única vez que consiguieron alterarlo fue cuando le abrasaron el costado con un hierro de marcar novillos, porque llevaba tantas horas de estar inmóvil que lo creyeron muerto. Despertó sobresaltado, despotricando en lengua hermética y con los ojos en lágrimas, y dio un par de aletazos que provocaron un remolino de estiércol de gallinero y polvo lunar, y un ventarrón de pánico que no parecía de este mundo. Aunque muchos creyeron que su reacción no había sido de rabia sino de dolor, desde entonces se cuidaron de no molestarlo, porque la mayoría entendió que su pasividad no era la de un héroe en uso de buen retiro sino la de un cataclismo en reposo.

El padre Gonzaga se enfrentó a la frivolidad de la muchedumbre con fórmulas de inspiración doméstica, mientras le llegaba un juicio terminante sobre la naturaleza del cautivo. Pero el correo de Roma había perdido la noción de la urgencia. El tiempo se les iba en averiguar si el convicto tenía ombligo, si su dialecto tenía algo que ver con el arameo, si podía caber muchas veces en la punta de un alfiler, o si no sería simplemente un noruego con alas. Aquellas cartas de parsimonia habrían ido y venido hasta el fin de los siglos, si un acontecimiento providencial no hubiera puesto término a las tribulaciones del párroco.

Sucedió que por esos días, entre muchas otras atracciones de las ferias errantes del Caribe, llevaron al pueblo el espectáculo triste de la mujer que se había convertido en araña por desobedecer a sus padres. La entrada para verla no sólo costaba menos que la entrada para ver al ángel, sino que permitían hacerle toda clase de preguntas sobre su absurda condición, y examinarla al derecho y al revés, de modo que nadie pusiera en duda la verdad del horror. Era una tarántula espantosa del tamaño de un carnero y con la cabeza de una doncella triste. Pero lo más desgarrador no era su figura de disparate, sino la sincera aflicción con que contaba los pormenores de su desgracia: siendo casi una niña se había escapado de la casa de sus padres para ir a un baile, y cuando regresaba por el bosque después de haber bailado toda la noche sin permiso, un trueno pavoroso abrió el cielo en dos mitades, y por aquella grieta salió el relámpago de azufre que la convirtió en araña. Su único alimento eran las bolitas de carne molida que las almas caritativas quisieran echarle en la boca. Semejante espectáculo, cargado de tanta verdad humana y de tan temible escarmiento, tenía que derrotar sin proponérselo al de un ángel despectivo que apenas si se dignaba mirar a los mortales. Además los escasos milagros que se le atribuían al ángel revelaban un cierto desorden mental, como el del ciego que no recobró la visión pero le salieron tres dientes nuevos, y del paralítico que no pudo andar pero estuvo a punto de ganarse la lotería, y la del leproso a quien le nacieron girasoles en las heridas. Aquellos milagros de consolación que más bien parecían entretenimientos de burla, habían quebrantado ya la reputación del ángel cuando la mujer convertida en araña terminó de aniquilarla. Fue así como el padre Gonzaga se curó para siempre del insomnio, y el patio de Pelayo volvió a quedar tan solitario como en los tiempos en que llovió tres días y los cangrejos caminaban por los dormitorios.

Los dueños de la casa no tuvieron nada que lamentar. Con el dinero recaudado construyeron una mansión de dos plantas, con balcones y jardines, y con sardineles muy altos para que no se metieran los cangrejos del invierno, y con barras de hierro en las ventanas para que no se metieran los ángeles. Pelayo estableció además un criadero de conejos muy cerca del pueblo y renunció para siempre a su mal empleo de alguacil, y Elisenda se compró unas zapatillas satinadas de tacones altos y muchos vestidos de seda tornasol, de los que usaban las señoras más codiciadas en los domingos de aquellos tiempos. El gallinero fue lo único que no mereció atención. Si alguna vez lo lavaron con creolina y quemaron las lágrimas de mirra en su interior, no fue por hacerle honor al ángel, sino por conjurar la pestilencia de muladar que ya andaba como un fantasma por todas partes y estaba volviendo vieja la casa nueva. Al principio, cuando el niño aprendió a caminar, se cuidaron que no estuviera muy cerca del gallinero. Pero luego se fueron olvidando del temor y acostumbrándose a la peste, y antes que el niño mudara los dientes se había metido a jugar dentro del gallinero, cuyas alambradas podridas se caían a pedazos. El ángel no fue menos displicente con él que con el resto de los mortales, pero soportaba las infamias más ingeniosas con una mansedumbre de perro sin ilusiones. Ambos contrajeron la varicela al mismo tiempo. El médico que atendió al niño no resistió a la tentación de auscultar al ángel, y le encontró tantos soplos en el corazón y tantos ruidos en los riñones, que no le pareció posible que estuviera vivo. Lo que más le asombró, sin embargo, fue la lógica de sus alas. Resultaban tan naturales en aquel organismo completamente humano, que no podía entenderse por qué no las tenían también los otros hombres.

Cuando el niño fue a la escuela, hacía mucho tiempo que el sol y la lluvia habían desbaratado el gallinero. El ángel andaba arrastrándose por acá y por allá como un moribundo sin sueño. Lo sacaban a escobazos de un dormitorio y un momento después lo encontraban en la cocina. Parecía estar en tantos lugares al mismo tiempo, que llegaron a pensar que se desdoblaba, que se repetía a sí mismo por toda la casa, y la exasperada Elisenda gritaba fuera de quicio que era una desgracia vivir en aquel infierno lleno de ángeles. Apenas si podía comer, sus ojos de anticuario se le habían vuelto tan turbios que andaba tropezando con los horcones, y ya no le quedaban sino las cánulas peladas de las últimas plumas. Pelayo le echó encima una manta y le hizo la caridad de dejarlo dormir en el cobertizo, y sólo entonces advirtieron que pasaba la noche con calenturas delirando en trabalenguas de noruego viejo. Fue ésa una de las pocas veces en que se alarmaron, porque pensaban que se iba a morir, y ni siquiera la vecina sabia había podido decirles qué se hacía con los ángeles muertos.

Sin embargo, no sólo sobrevivió a su peor invierno, sino que pareció mejor en los primeros soles. Se quedó inmóvil muchos días en el rincón más apartado del patio, donde nadie lo viera, y a principios de diciembre empezaron a nacerle en las alas unas plumas grandes y duras, plumas de pajarraco viejo, que más bien parecían un nuevo percance de la decrepitud. Pero él debía conocer la razón de esos cambios, porque se cuidaba muy bien para que nadie los notara, y para que nadie oyera las canciones de navegante que a veces cantaba bajo las estrellas. Una mañana, Elisenda estaba cortando rebanadas de cebolla para el almuerzo, cuando un viento que parecía de alta mar se metió en la cocina. Entonces se asomó a la ventana, y sorprendió al ángel en las primeras tentativas de vuelo. Eran tan torpes, que abrió con las uñas un surco de arado en las hortalizas y estuvo a punto de desbaratar el cobertizo con aquellos aletazos indignos que resbalaban en la luz y no encontraban asidero en el aire. Pero logró ganar altura. Elisenda exhaló un suspiro de descanso, por ella y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Siguió viéndolo hasta cuando acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar.




en Todos los cuentos, 1973

Fotografía: Daniel Mordzinski