lunes, diciembre 21, 2009

"Bottom", de Arthur Rimbaud




La realidad es demasiado espinosa para mi gran carácter -yo me encontraba sin embargo con mi dama, en forma de un gran pájaro gris azul que se escurría hacia las molduras del techo y arrastraba el ala en las sombras de la noche.

Al pie del baldaquín, soporte de sus adoradas joyas y de sus maestras obras físicas, fui un gran oso de encías violetas y encanecido pelo por la pena, con los ojos en los cristales y en la plata de las consolas.

Todo se tornó sombra y acuario ardiente. En la mañana -batalladora alba de junio- corrí hacia los campos, asno, pregonando y blandiendo mi queja, hasta que llegaron las Sabinas de los suburbios a arrojarse sobre mi pecho de animal.









© Traslación de Juan Carlos Villavicencio








Bottom

La réalité étant trop épineuse pour mon grand caractère,- je me trouvai néanmoins chez ma dame, en gros oiseau gris bleu s'essorant vers les moulures du plafond et traînant l'aile dans les ombres de la soirée./ Je fus, au pied du baldaquin supportant ses bijoux adorés et ses chefs-d'oeuvre physiques un gros ours aux gencives violettes et au poil chenu de chagrin, les yeux aux cristaux et argents aux des consoles./ Tout se fit ombre et aquarium ardent. Au matin -aube de juin batailleuse- je courus aux champs, âne, claironnant et brandissant mon grief, jusqu'à ce que les Sabines de la banlieue vinrent se jeter à mon poitrail.//










domingo, diciembre 20, 2009

“Paraje ciego”, de Malena Cirasa







De espaldas a la lluvia
tus años
tu inocencia
como un fuego perdido que parte en dos
transforman
lo que de mí no entiendo.
Mi lengua busca tu cicatriz.
Arrojo níqueles
raíces rotas por un golpe artero
y a cambio
me devuelves esta luz.
Para quedarte
has buscado un lugar
en la tormenta.





en Temblor del aguamanil, 1998












sábado, diciembre 19, 2009

"Libro del desasosiego", de Bernardo Soares

Fragmento 157



Han pasado meses sobre lo último que escribí. Me he mantenido en un sueño del entendimiento mediante el cual he sido otro en la vida. Una sensación de felicidad translaticia ha sido frecuente en mí. No he existido, he sido otro, he vivido sin pensar.

Hoy, de repente, be vuelto a lo que soy o me sueño. Ha sido un momento de mucho cansancio, después de un trabajo sin relevo. He puesto la cabeza entre las manos, hincados los codos en el pupitre alto inclinado. Y, cerrados los ojos, me he reencontrado.

En un sueño falso lejano, he recordado todo cuanto he sido, y ha sido con una claridad de paisaje visto como se ha alzado ante mí de repente, antes o después de todo, al lado ancho de la quinta vieja, desde donde, en medio de la visión, la era surgía vacía.

He sentido inmediatamente la inutilidad de la vida. Ver, sentir, recordar, olvidar: todo esto se me ha confundido, en un vago dolor de codos, con el murmullo confuso de la calle cercana y los ruiditos del trabajo tranquilo de la oficina quieta.

Cuando, puestas las manos en lo alto del pupitre, he lanzado sobre lo que allí veía la mirada que debía ser de cansancio lleno de mundos muertos, la primera cosa que he visto ha sido un moscardón (¡aquel vago zumbido que no era de la oficina!) posado encima del tintero. Lo he contemplado desde el fondo del abismo, anónimo y despierto. Tenía tonos verdes de azul oscuro, y tenía un lustre repulsivo que no era feo. ¡Una vida!

¿Quién sabe para qué fuerzas superiores, dioses o demonios de la Verdad a cuya sombra erramos, no seré sino la mosca lustrosa que se para un momento ante ellos? ¿Observación fácil?¿Observación ya hecha? ¿Filosofía sin pensamiento? Tal vez, pero yo no pensé: sentí. Fue carnalmente, directamente, con un horror profundo y [...] como hice la comparación risible. Fui mosca cuando me comparé con la mosca. Me sentí mosca cuando supuse que me lo sentí. Y me sentí un alma a la mosca, me dormí mosca, me sentí rematadamente mosca. Y el horror mayor es que al mismo tiempo me sentí yo. Sin querer, alcé los ojos al techo, no fuese a caer sobre mí una regla superior, para aplastarme lo mismo que yo podría aplastar a aquella mosca. Afortunadamente cuando bajé los ojos, la mosca, sin que se oyese un ruido, había desaparecido. La oficina involuntaria se había quedado otra vez sin filosofía.













16 de marzo, 1932













viernes, diciembre 18, 2009

"Un canto a la vida", de Jiddu Krishnamurti

Contraportada





No tengo nombre,
Soy como la fresca brisa de los montes;
No tengo asilo,
Soy como las aguas sin abrigo;
No tengo santuarios cual los dioses misteriosos,
Ni estoy en la sombra de los templos solemnes;
No tengo sagradas escrituras,
Ni estoy sazonado en la tradición.

No estoy en el incienso
Que sube a los altares,
Ni en la pompa de las grandes ceremonias;
Tampoco estoy en la dorada imagen,
Ni en el sonoro canto de una voz melodiosa.

No estoy limitado por teorías,
Ni corrompido por creencias;
No soy esclavo de las religiones,
Ni de la pía asistencia
De sus sacerdotes;
No soy engañado por filosofías,
Ni el poder de sus sectas me da nombre.

No soy humilde ni conspicuo,
Ni apacible, ni violento;
Yo soy el Adorador y el Adorado,
Yo soy libre.

Mi canción es la canción del río
En su anhelo por los mares inmensos
Divagando, divagando.

¡Yo soy la Vida!





Parte del facsímil publicado por la Revista de la Estrella,
con el nombre de “Un canto a la vida”, en 1932.














jueves, diciembre 17, 2009

"La luna", de Mauricio Barrientos




Galileo pasaba mirando la luna
La luna tenía dos besos de Julieta
El primero impulsado por mí
El otro por Galileo
Cuando Julieta intentaba mirar la luna
Intenté besarla de nuevo
Pero Galileo pasaba mirando la luna
La luna tenía sólo un beso
Después fue de Galileo










de El hombre invertido, 1985









miércoles, diciembre 16, 2009

“Concierto”, de Gonzalo Rojas







Entre todos escribieron el Libro, Rimbaud
pintó el zumbido de las vocales, ¡ninguno
supo lo que el Cristo
dibujó esa vez en la arena! Lautréamont
aulló largo, Kafka
ardió como una pira con sus papeles: -Lo
que es del fuego al fuego
; Vallejo
no murió, el barranco
estaba lleno de él como el Tao
lleno de luciérnagas; otros
fueron invisibles; Shakespeare
montó el espectáculo con diez mil
mariposas; el que pasó ahora por el jardín hablando
solo, ése era Pound discutiendo un ideograma
con los ángeles, Chaplin
filmando a Nietzsche; de España
vino con noche oscura San Juan
por el éter, Goya,
Picasso
vestido de payaso, Kavafis
de Alejandría; otros durmieron
como Heráclito echados al sol roncando
desde las raíces, Sade, Bataille,
Breton mismo; Swedenborg, Artaud,
Hölderlin saludaron con
tristeza al público antes
del concierto:

¿qué
hizo ahí Celan sangrando
a esa hora
contra los vidrios?





en La reniñez, 2004













martes, diciembre 15, 2009

“Los círculos concéntricos", de Alejandro Céspedes

Dos poemas



A veces ni siquiera se alegraba de verme. Ni me miraba
cuando entraba en casa. No sabía que yo le había esperado
varias horas sentada en el pasillo. Ni que toda la tarde la
pasaba pensando qué ropa me pondría.
Ensayaba ante el espejo los vestidos que a él más le gustaban:
el de cuadros, para jugar a ver si adivinábamos lo que escondía
detrás de cada uno; el que tenía treinta y siete flores de
colores distintos. Le gustaba contarlas, encontrarlas con su olfato
de perro y comérselas todas.
En las noches de días como esos no venía a mi cuarto a cazar
las temidas pesadillas que acechaban mis sueños ocultas en los
pliegues del pijama.
Esas noches los sueños no dormían. Esas noches tenía que rezar
mucho. Y sola. En el nombre del padre, del hijo, del espíritu.
Y otra vez a empezar. Y no venía.
Yo no sabía que el hijo y el espíritu tendrían que ser después
la misma cosa. No sabía que al espíritu también puede atacarlo
la gangrena.









Supe a los doce años que aquel coche tan grande era un
Seat —y con dos apellidos que son Mil Cuatrocientos.
Verde, como el agua estancada. Y fuimos a estrenarlo.
Hasta esa edad recuerdo pocas cosas pues la memoria era un
territorio inexplorado, oculto, sólo útil para que en él pastasen
mis secretos.
Eran mis doce años.
Me enseñó cómo huelen los coches cuando nacen.
Hay que estar muy atenta porque este instante es único y no
se olvida nunca.
Este olor primigenio sólo escapa el día que su dueño abre sus
puertas por primera vez. Sólo una vez. Y sólo al primer dueño.
Y era cierto. Nunca más lo olvidé. Porque un poco más tarde
y también para siempre habría de recordar el clic metálico que
hace que se desmayen los respaldos. La frialdad del plástico de
las tapicerías pegadas a mi espalda. El olor del tabaco en mi
saliva. El apretón caliente de unos brazos. El peso de otro cuerpo.
La liviandad del mío. Supe el tacto del semen, como la goma
arábiga, y su olor, a lejía.
En casa me esperaba otro regalo. La postura correcta para usar
el bidé. Me enseñó a hacerlo y me quedó la impronta de aquel
agua caliente corriendo por el cauce de mis muslos al tiempo
que mis ojos se perdían en un paisaje azul de baldosines.
Allí, quieta, escuchando el revuelo de aquel agua mientras era
engullida, mientras el sumidero succionaba mis lágrimas, aprendí
a recordar.
Aprendí a recordar con las piernas abiertas mientras contaba
doce azulejos en el alicatado. Doce anillas sujetaban la cortina
en la ducha. Doce veces el cuco abrió su puerta abajo, en la salita.
Doce veces cantó mis doce años. Doce años cumplí sentada
en un desagüe.
Ese fue mi regalo, recordar. Recordar cómo huelen los cuerpos
cuando se abren en ese instante único.
Recordar ese olor primigenio que se escapa el día que su dueño
abre la puerta por primera vez. Sólo una vez. Y sólo al primer
dueño.















Inéditos

Premio “Blas de Otero” en 2008
y “Premio de la Crítica de Asturias” en 2009.