martes, abril 25, 2017

"Un talismán", de Marianne Moore

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio






Bajo un astillado mástil
arrancado del barco y arrojado
        cerca de su casco,
un pastor tartamudo encontró
incrustada en el suelo
        una gaviota
de lapislázuli
–un escarabajo del mar–
        con las alas extendidas,
enroscadas sus patas de coral,
abriendo su pico para acoger
        a aquellos hombres hace tanto muertos.





en Observations, 1924













Contribución indirecta a DscnTxt de David Villagrán











A Talisman

“Under a splintered mast, / Torn from the ship and cast / Near her hull, / A stumbling shepherd found / Embedded in the ground, / A seagull / Of lapislazuli, / A scarab of the sea, / With wings spread— /  Curling its coral feet, / Parting its beak to greet / Men long dead.










lunes, abril 24, 2017

“El paraíso”, de Carlos Eduardo Jaramillo






Adán niño despertó una mañana
Con encendidos ojos de hombre
Eso fue todo

Siempre estuvo la magia en el ombligo de Eva
y no en las flores del manzano.



en Línea imaginaria: Antología de la poesía ecuatoriana,
(selección y prólogo de Edwin Madrid), 2015






domingo, abril 23, 2017

"del infierno salió...", de Antonio Nazzaro






del infierno salió
alta y larga
los ojos de azul jaspeado de verde
el paso infinito
de la belleza suspendida
y caderas de ritmos de la tierra
en el pecho cimas que alcanzan
las estrellas
las uñas como casas
que se agarran una encima de otra
de la pobreza que roza
los brazos bulevares hacia
el infinito
siempre al punto
de tocar la luna el sol
siempre ese pasar
de ti Caracas






Inédito










sábado, abril 22, 2017

“Recuerdos”, de Ping Hsin






Arranco la hoja del calendario.
¿Qué día es hoy?
Es como si una nube,
negra como un cuervo,
pasara por delante de mis ojos.
Quiero ser una mujer de paz,
y filósofa.
Me prohíbo pensar en él,
pero no puedo dejar de hacerlo.
Soy como soy.
No soy una mujer de paz.
Carezco de una formación filosófica.
Sólo sé que si, un hombre me ama,
lo amo y, si me detesta, lo detesto.
Un trozo de tierra
tan pequeño como una hoja
será mi hogar.
Nunca lo olvidaré.



en El barco de las orquídeas
(Kenneth Rexroth y Ling Chung, compiladores), 2007






viernes, abril 21, 2017

"Ciénaga oculta", de Hiroya Takagai

© Versión de Juan Carlos Villavicencio




Una carpa en las ramas


El cielo


(Abriendo sus bocas, tratan de atraparlos       por atrás de las hojas)



Abandonado en el acantilado, todavía secándose
el blanco pescado seco


retorcido, el cadáver de una flor
comienza a desenredarse


comienza a pudrirse el árbol caído



[Hueca agua]


                     Pescado, un bote transparente



                     Bajo el acantilado, caen las escamas por todas partes










en Rush mats, 1961

















jueves, abril 20, 2017

Hoy: Lanzamiento de "Una casa junto al río", de Clemente Riedemann, por Descontexto Editores



Hoy jueves 20 de abril, Descontexto Editores los invita a la presentación de la antología "Una casa junto al río", de Clemente Riedemann; a cargo de Manuel Silva Acevedo y Carlos Cociña; además de la participación musical de Marcelo Nilo. 

En la Sala América de la Biblioteca Nacional, a las 19 horas.






miércoles, abril 19, 2017

“Cuestión de perspectiva”, de Mahmud Darwish




 
Lo que distingue al narciso del girasol es lo que diferencia dos puntos de vista: el primero mira su imagen en el agua y dice: No hay yo sino yo. El segundo mira al sol y dice: Qué soy sino lo que adoro.

Y por la noche, se reduce la diferencia y se agranda la glosa.



en La huella de la mariposa, 2013






martes, abril 18, 2017

"La última ceniza", de Montserrat Martorell

Fragmento






En doce meses su vida había cambiado y él no se ajustaba a su nueva realidad de hombre separado y sin amigos. Había perdido cualquier tipo de contacto con las personas que alguna vez le importaron. Sus jornadas transcurrían casi siempre iguales: todo el día encerrado en su departamento, con las luces prendidas, esperando que algo pasara. Y lo único que pasaba eran los tacos de su vecina de arriba que golpeaban con fuerza el suelo. Como si estuviera castigándolo, como si estuviera también castigándose ella. Y así, todos los días, a la misma hora, como un calendario esquizofrénico y desolador que le recordaba que la soledad siempre puede ser mayor cuando estás encerrado en un cuarto donde la luz apenas llega, el 3B de la calle Tremps.

Casi no tenía muebles. Los había vendido todos por ciertas necesidades, pero si entrabas, tal vez sigilosamente, podías ser testigo de una mesa angosta de madera cubierta por un mantel sucio, bordado quizás hace cuántos años. A su lado, un espejo descansaba encima de un mueble grande que, lleno de polvo y roto a la izquierda, servía como refugio a tantas fotos en blanco y negro de los antepasados de su familia. “La galería del terror”, la llamaba. La cómoda había sido de sus abuelos cuando recién se habían casado y era uno de los pocos objetos que le dejaron en vida a ese nieto mayor que se llamaba Conrado. Después libros y libros en los estantes. No le gustaban las pinturas, le daban miedo. Un miedo que no era capaz de explicar y menos entender. De su más tierna infancia recordaba pocas cosas. Había bloqueado cada detalle, cada episodio. Pocas cosas perduraban en él como su incapacidad para aguantar más de dos minutos frente a un cuadro. Daba lo mismo si era un retrato de niños o de animales. Conrado se paralizaba. Ni siquiera podía contemplar con ojos de artista (que sí los tenía) esas monumentales representaciones que colgaban en el Museo del Prado de Madrid (lugar al que viajó en una época donde todavía era demasiado joven para entender todo lo que vendría tanto tiempo después). Pero en el arte, como en la historia de todos, siempre hay excepciones y las Pinturas negras de Goya eran su debilidad. Sobre todo El aquelarre o El gran cabrón, como le gustaba decir a él. “Demonios y ángeles, así convivimos todos, así nos despertamos todos cada mañana, así nos reconocemos todos, en silencio, frente al espejo. Ahí no nos podemos mentir, ahí no podemos ponernos las máscaras”, pensaba a menudo mientras abría y cerraba los ojos contemplando su figura en el ascensor del edificio de la calle Tremps.

El arte, como tantas otras cosas en sus largos años de vida conyugal, había sido uno de los temas recurrentes que ambos usaron para agredirse. Laura podía gastar fortunas en cuadros, le gustaba ir a las ferias de antigüedades y perderse buscando, encontrando cualquier cosa que la conmoviera. Para Conrado era diferente y ese interés de su mujer tenía que ver con las banderas: las banderas que todos usábamos para sobrevivir. “¿Cuál es la tuya?”, les preguntaba a sus pacientes. Estaba convencido de que todos los seres humanos teníamos una y que saber reconocerla nos convertía en lo que éramos, al menos frente a los ojos de los demás.

“La mujer que baila, el hombre que viaja, la joven que escribe, el niño que toca el piano, el abuelo que sabe de fútbol, la mujer que conoce a los pájaros mejor que a los seres humanos, los adolescentes que vibran con las ciencias o con los números o simplemente elevan un volantín de una manera casi perfecta. Todos necesitamos una bandera. A Laura la medicina no le bastaba. Por eso le gustaba la pintura, por eso le gustaba la naturaleza muerta. A Laura le gustaba todo lo que no estuviera vivo”, había escrito alguna vez Conrado.

¿Y los cuadros? ¿Por qué los detestaba tanto? Había algo más; una razón más profunda que se explicaba en el miedo que le provocaban. Cuando pequeño, tenía la imagen de haber ido al museo y aferrarse a la mano del que estuviera a su lado. Una vez alguien, una novia que quiso, le preguntó por qué se sentía así. “Es que son gente muerta, son gente muerta hace quizás cuántos siglos”, había respondido frente a Las Meninas de Velázquez. En contraposición, podía ser un gran coleccionista. Su primera obsesión fue acumular tubos de arena de cualquier lugar al que hubiera viajado. Tierra. Le gustaba juntar tierra. Tenía veinte, quizás treinta. Todos ordenaditos detrás de un mueble. Casi escondidos, pero con su origen intacto: unas letras azules revelaban cuál era el país, la ciudad y el año donde se había recogido esa pequeña muestra.

Hoy, a Conrado le dolían los tubos imperfectos. Le dolían porque le recordaban a Manuel. A su pequeño también le gustaba la tierra, la arena mojada. Cuando era un bebé lo llevaban a la playa y ahí, tan redondo como solo se puede ser a los dos años, llenaba sus pequeñas manos de arena y sin contemplaciones se le partía la boca por la sal de mar. Había heredado el gusto de su padre, pero nunca alcanzó a coleccionar nada, nada que valiera realmente la pena para los ojos de los adultos, para los ojos de una vida que exige y exige sin dar nada a cambio. La vida es justa porque es injusta con todos, repetía y repetía Conrado, mientras las imágenes de su niño se desvanecían entre las cosas que habitaban los pliegues de sus recuerdos.

No era su único pasatiempo. Conrado sabía que nadie iba a querer tener en su casa unos plásticos negros que adentro solo tuvieran tierra. Tenía que buscar otros objetos que lo transportaran a ciertos momentos, a ciertos episodios de felicidad o de tristeza, daba igual, pero que fuera cierto, que fuera vida. Por eso siguió con las cajitas. Muchas cajitas de ciudades que alguna vez visitó: La Habana, París, Roma, Atenas, Florencia o Ámsterdam. Casi quince cajitas, mal repartidas por sus colores y formas, constituían su tesoro, su marca eterna. Todas formaban un círculo sobre un piano que no tocaba nadie. Él había sido músico alguna vez, hace mucho tiempo, en otra vida, antes de que pasara lo de Manuel y asumiera que esa pasión se había esfumado con él, que ya no valía la pena seguir intentando sacar melodías de esas teclas sucias. Estaban también los libros. Tomos y tomos llenos de polvo y un Diccionario de la Real Academia Española que le gustaba consultar de vez en cuando. Libros de medicina, libros de psicología, otros de poesía, su pasatiempo de la juventud y de la madurez. En esa biblioteca nada estaba escogido al azar y ambos habían sido cautelosos en sus elecciones, sobre todo él. Años de estudio y de pensar y de volver a estudiar para finalmente haber abandonado la profesión después de tanto y tanto. Y pensar que alguna vez creyó que servía para eso, que servía para escuchar, para intuir, para descifrar al otro a través de muecas de sonrisas. “Usted va a ser un gran psicólogo”, le dijo un profesor de la facultad cuando recién empezaba esa carrera que sus abuelos no miraron muy bien. “Estudia medicina, Conrado, lo otro déjaselo a los locos”, había dicho el tata Eugenio. No le hizo caso. Nunca le hizo caso a nadie. Estaba en su sangre y la sangre, a veces, tira.

El piso de la calle Tremps era de madera y estaba cubierto de polvo. Una vez cada tres meses sacudía un poco, le pasaba un paño a la mesa y dejaba que el ruido de la aspiradora acabara con todo. Tampoco hacía la cama. Las sábanas siempre amanecían en el suelo o enrolladas en su cuello, asfixiándolo. De vez en cuando se despertaba jadeando, ahogado, asustado. “Puedes controlarlo”, pensaba él. “No son esas crisis. No son esas crisis. Mueve el dedo pequeño del pie, ahora los otros. De a poco, cada vez más fuerte. Aún puedes mover el cuerpo, los labios. ¿Puedes hablar? No te ahogues en la parálisis. Son solo dos minutos. Ese tiempo ya pasó, esos miedos ya no existen. Todo eso, lo que creías conocer de ti, fue hace mucho tiempo cuando aún estaba ella y te miraba con cara de asco”.

El olor del departamento se sentía muchos metros más allá de donde comenzaba la vida de ese psicólogo sin pacientes. Olor a aceite caliente, a sopa recién hecha, a carne quemada, a humedad, a ventanas cerradas. O se le pasaba la sal o se le quedaba prendido el horno. La comida en el refrigerador se vencía y las bolsas de basura se acumulaban en un rincón de la entrada. Era lo más chico y lo más sucio de esos ochenta metros cuadrados. El resto parecía de memoria: su habitación, los dos armarios empotrados, el televisor negro de veinte pulgadas, la máquina de escribir que no funcionaba hace quince años, los tres platos blancos de la abuela Julia pegados a la pared, la cámara fotográfica que había comprado en un mercadillo en un viaje a Dublín cuando tenía veinticinco años y las lámparas altas de peltre, que se mantenían en su familia y se traspasaban intactas y relucientes de generación en generación.

Y a pesar de todo, del gato negro que se metía en el departamento cada vez que se le olvidaba cerrar la ventana del baño, de las dos moscas y las tres polillas que no podía sacar de la pieza y de la ropa recién salida de la lavadora que quedaba colgada durante semanas en el tendedero que ponía en el living porque nadie lo iba a ver, le gustaba su hogar. Era el único lugar donde había vivido solo. Antes lo hizo con su madre, con sus abuelos y después de ellos con Laura. Por primera vez tenía su espacio y su silencio.

Por eso no era raro que, como una regla mal armada, Conrado esperara y mirara el techo y volviera a esperar mientras escuchaba cómo esa mujer pasaba por la cocina a tomar un poco de agua e iba al baño. Después venía el ruido de la cadena, los tacos otra vez y el silencio hasta el día siguiente al mediodía cuando volvía a levantarse. Siempre golpeando el suelo, siempre haciéndose sentir.








Oxímoron, 2016















lunes, abril 17, 2017

“Retrato vivo de mi padre muerto”, de Marino Muñoz Lagos




Mulchén, 19 de julio de 1925 – Punta Arenas, 14 de abril de 2017


Murió en abril: tiempo de lluvia. Otoñecida
estrella le cubría la frente como un agua.
Era un hombre pequeño, realzado de pronto
por una lenta mano, florecida manzana.
Una sombra rebelde le dormía los ojos,
como un álamo triste, como una llamarada.
Era en el tiempo niño: el tiempo inconmovible
de los bosques mojados en sus nobles estancias.
Allí nacía él, allí crecían lentamente
sus cábalas maestras, su suerte enmarañada;
allí, en las pobres vasijas, en el solar
terrestre donde la espiga levantaba
su fantasma perfecto, su pan crepusculario.
Le conocí de cerca una lenta mañana
de invierno. Como sabias monedas invariables
las lluvias pasajeras sobre el techo cantaban.
Su mano sarmentosa se halló como la fina
prolongación del tallo de las dalias.
¡Era él!, ciertamente lo digo. Ciertamente
como que ahora escribo tendido sobre el alba.
Su rostro era tan triste. Sus ojos pensativos
recorrían celestes los cuadros de la casa.
A mí me parecía, por sus limpios modales,
que sólo de un campesino pobre se trataba.
Era hijo del trigo. Venido de un barbecho
donde la luna muestra sus haciendas intactas.
Y en efecto lo era: nacido como tantos
entre un bosque brumoso y una verde montaña,
el campo se extendía por su cuerpo estrellado
y por sus venas rojas la tierra dura andaba.
Murió en abril, tiempo de lluvia, de lluvia
colonial, antigua lluvia, dolorosa campana.
Le llevaron dormido, entre muchos, entre
todos los hombres que vivieron el agua
gozando las estrellas, las nubes y los recios
contornos labradores de las grises comarcas.
Le conocí de cerca, lo traté tantas veces.
Conversamos del tiempo, del trigo y la esperanza.
Murió en abril. Yo estaba lejos. Su esqueleto
vegetal bajo un huerto florido descansa.



en Los rostros de la lluvia, 2001






domingo, abril 16, 2017

"Cuanto puedas", de Konstantinos Kavafis






Y si no puedes hacer tu vida como la quieres,
en esto esfuérzate al menos
cuanto puedas: no la envilezcas
en el contacto excesivo con la gente,
en demasiados trajines y conversaciones.
No la envilezcas llevándola,
trayéndola a menudo y exponiéndola
a la torpeza cotidiana
de las compañías y las relaciones,
hasta que llegue a ser pesada como una extraña.







Traducción de Miguel Castillo Didier















sábado, abril 15, 2017

“Ante las flores...”, de Chao Yong






Ante las flores yo bebo y me embriago;
borracho, con una rama de flores en la mano,
sigo cantando.
¡Oh, flores, encantadoras flores,
no riais al ver mi cabeza blanca,
mi cabeza blanca ha visto ya innumerables,
encantadoras, embriagadoras flores.



Chao Yong: 1011-1077

en Poesía china (Alberti y León, compiladores), 1960






viernes, abril 14, 2017

"Nanas de la cebolla", de Miguel Hernández







La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.






1939













jueves, abril 13, 2017

“Estos amigos míos”, de Jorge Torres Ulloa






Estos amigos míos
llegarán atrasados a mi funeral
todavía con dolor de cabeza
y acidez en el estómago.
Aparecerán cuando el sacerdote
esté cerrando su biblia
y de la Biblia caigan gotas
de lluvia incierta,
luego cuando el panteonero lance
el primer terrón
se pondrán el sombrero
subirán el cuello de sus abrigos,
o abrirán sus paraguas
y se irán haciendo comentarios
sobre este tiempo de carajo,
que ya estaría bueno
que saliera el sol
para sacarse esta ropa de lana
y abrazar
definitivamente
a la primavera.



en Graves, leves y fuera de peligro, 1987






miércoles, abril 12, 2017

"Paseo marino", de Max Blecher






a I. Ludo


La sangre del mar circula roja por los corales
El corazón profundo del agua me zumba en los oídos
Estoy en el fondo del cielo de las olas
En el sótano de las aguas profundas
A la luz muerta del fúnebre cristal
Peces menudos como juguetes de platino
Recorren mi pelo que ondea
Peces grandes como jaurías de perros
Sorben con rapidez las aguas.
Estoy solo
Levanto el brazo y compruebo su peso líquido
Pienso en una rueda dentada, en una palmera
En vano intento silbar
Es como si atravesara la masa de una melancolía
Y diríase que siempre ha sido así
A medias hermoso y a medias triste.




en Corp transparent, 1934








Traducción de Joaquín Garrigós




















martes, abril 11, 2017

“El santo de los santos”, de Georges Perec






Hace mucho que la palabra “bureau” [“oficina”] ya no hace pensar en la bure, esa tela gruesa de lana marrón con la que a veces se hacían tapetes para mesa, pero que sobre todo servía para confeccionar hábitos de monje, y que continúa evocando, al menos tanto como las camisas ásperas y el cilicio, la vida rugosa y rigurosa de los trapenses o de los anacoretas. Por metonimias sucesivas, hemos pasado del tapete de mesa en cuestión a la mesa misma donde se escribe; luego, de la mencionada mesa a la habitación en la cual esta estaba instalada; después, al conjunto de muebles que constituyen esa habitación, y, finalmente, a las actividades que allí tienen lugar, a los poderes relacionados con ella; vale decir, incluso, a los servicios que allí se brindan; así, explorando las diversas acepciones del término [en francés], podemos hablar de “bureau de tabacs” [kiosco de cigarrillos], de un “bureau de poste” [“oficina de correo”], del Deuxiéme Bureau [“Oficina de Inteligencia Militar”], del “Bureau de longitudes” [“Oficina de navegación náutica, estandarización del tiempo, geodesia y observación astronómica”], de un teatro “á bureaux fermés” [“con las localidades agotadas”], de un “bureau de vote” [“mesa electoral”], del Politburó [del ruso Politbyuro, apócope de Politicheskoe Byuro: “Oficina Política”], o, muy simplemente, de las “bureaux” [“oficinas”], esos lugares vagos, atestados de expedientes mal atados, de sellos, de clips, de lápices chupados, de gomas que ya no borran, de sobres amarillentos o de empleados generalmente hoscos que lo mandan a uno “de oficina en oficina”, haciendo que se llenen formularios, que se firmen registros y que se espere el turno.

Evidentemente, no son esas oficinas anónimas en las que se amontonan cagatintas y empleaduchos de las que se habla acá, sino de esos símbolos de poder, de omnipotencia incluso, que son las oficinas de la dirección, las de los grandes de este mundo, ya se trate de directores generales de multinacionales, magnates de las finanzas, de la publicidad o del cine, potentados, nababs o jefes de Estado. En síntesis, el Santo de los Santos, el lugar inaccesible al común de los mortales, donde los que en mayor o menor medida nos gobiernan se sientan detrás de la triple muralla de su secretaria particular, de su puerta acolchada y de su alfombra de pura lana.

Para asumir las abrumadoras responsabilidades que le incumben, el grande de este mundo no tiene realmente necesidad de mucho más que silencio, calma y discreción. Espacio, tal vez, para poder dar cien pasos meditando profundamente. Un interfono, claro, para pedirle a su secretaria que llame a Fulano, que anule a Mengano, que le recuerde su almuerzo con Zutano y su Concorde de las 17 horas, que le traiga Alka Seltzer y que haga venir a Berger. Además, dos o tres sillones para las reuniones cumbre. Pero nada que haga pensar en las duras realidades de la Administración o en los espesos meandros de la Burocracia: ni máquina de escribir, ni ficheros colgantes, abrochadoras, envases de cola o mangas de lustrina (las cuales, dicho sea de paso, ya no deben ser muy comunes en nuestros días). Porque aquí solo se trata de pensar, de concebir, de decidir, de negociar, y eso nada tiene que ver con todas las tareas subalternas que los fieles trabajadores a destajo ejecutarán escrupulosamente en los pisos inferiores.

Será entonces perfectamente lícito imaginar oficinas casi vacías para esos personajes de alto nivel, y tanto más fácilmente cuando los progresos fulminantes de esa ciencia aún balbuciente a la que se bautizó con el horrible nombre de “burótica” permiten ya mismo concebir oficinas sin oficinas en las que todo -o casi todo- podría tratarse por medio de un teléfono y de una terminal de computadora conectados en cualquier parte, en un cuarto de baño, en un yate o en una cabaña de trampero en algún lugar de Alaska.

Con todo, las oficinas de los directores generales y de otros responsables raramente están vacías. Pero aunque los muebles, aparatos, instrumentos y accesorios que contienen no siempre tengan mucho que ver con las funciones que allí se llevan a cabo, obedecen no obstante a una necesidad profunda: la de encarnar, la de representar al Hombre que vive en ellos y que los ha elegido como las marcas mismas de su estado, de su prestigio y de su poder. Antes que ser oficinas, son signos, emblemas, improntas por medio de los que esta Very Important People pretende darles a entender eficazmente a sus interlocutores (y, accesoriamente, a sus colaboradores) que ellos son Very Important People y, como tales, únicos, irremplazables y ejemplares.

A partir de ahí, son posibles innumerables variaciones: entre lo rigurosamente clásico y lo sensatamente moderno, lo estricto y lo superfluo, lo monacal y lo propio del gran señor, el padre de familia y la locomotora, el ojo avisor y el paradigma inglés de la elegancia, el hijo de papá y el trepador, el tipo todo almidonado y el que alguna vez dice haber sido hippy, se podría comenzar a esbozar toda una tipología de las inteligencias superiores (o de las que se consideran como tales) con la sola observación de sus oficinas: ahí donde uno ponga de manifiesto su respeto por los valores milenarios eligiendo un escritorio de marquetería y una biblioteca con vitrinas atestadas de libros encuadernados, otro se las dará de genio entusiasta, tipo Einstein, y llenará su espacio de punching-balls, de historietas, de naipes y de tortugas enanas; un tercero demostrará su sentido de la audacia confiándole el acondicionamiento de su territorio a un diseñador italiano ferviente partidario de los pedestales de basalto, de lava y de acero anodinado; un cuarto dará a entender que su CI es sensiblemente más elevado que la media, dejando caer negligentemente algunas tesis sobre ergódica (1) o plagiología (2); un quinto insinuará que bien podría ser que él fuera un mecenas al colgar en un buen lugar una tela de Max Ernst, salvo que ponga en evidencia las medallas y títulos obtenidos por su firma, el retrato del abuelo fundador de la empresa o la barracuda de 71 libras que trajo en 1976 desde Santo Domingo.

Hay oficinas severas y oficinas bonachonas, oficinas laboratorio donde la “encimera” es una inmensa superficie de metal gris adornada con algunos botones que permiten que aparezcan, como por arte de magia, chucherías dignas de James Bond; oficinas coquetas, oficinas señoriales; oficinas piadosamente viejas, símil retro, falsamente rococó; oficinas cargadas de años, oficinas imponentes, oficinas acogedoras, oficinas súper frías...

Pero ya sea que privilegien el orden o el desorden, lo útil o lo fútil, lo grandioso o lo fácil de llevar, todas son para los grandes de ese mundo el espacio mismo de su poder: es de esas oficinas de acero, de vidrio o de maderas raras, desde donde los directores generales lanzarán sus OPA (3) decisivas, desde donde los reyes del gruyère partirán al asalto de los magnates de los bolígrafos, desde donde los barones belgas se comerán crudos a los cerveceros bávaros, desde donde CBS comprará NBC, TWA KLM e IBM ITT... Y así seguirá el mundo, y por mucho mucho tiempo, hasta que un día, desde el fondo de una de esas oficinas silenciosas y herméticas, una mano, apoyándose en un botoncito rojo, no desencadena algún acontecimiento estúpido...



Notas
(1) La teoría ergódica es el estudio matemático del comportamien­ to promedio de largo plazo de los sistemas dinámicos.
(2) La plagiología es la rama de las ciencias o tecnologías de la edu­ cación y la documentación que versa sobre el fenómeno de la copia ilegítima en la enseñanza.
(3) Oferta Pública de Adquisición (de valores o acciones).



en Lo infraordinario, 2013