sábado, enero 31, 2015

“La vida es el principio”, de Ch’en Hu








Tengo una pobre choza
que ni del viento ni de la lluvia guarda;
mas el sosiego es fácil en esta choza mínima;
no siento la añoranza de mi antigua morada.

Mi vestido, tan viejo y destrozado,
con hilo lo he cosido,
uniendo los remiendos;
me abriga aún en el invierno frío.

Tengo un catre tan corto
que ni estirar en él las piernas puedo.
Me levanto cuando el gallo canta,
me echo cuando la sombra cubre el cielo.

Ya la mañana, ya la noche,
ya la tierra, ya el cielo,
ya despejado, ya borracho,
otra dormido, ora despierto.

Los oídos, casi sordos;
los ojos, casi ciegos.
La vida es el principio,
y la muerte es el final.



en Poesía china:
del siglo XII a las canciones de la Revolución cultural, 1973









viernes, enero 30, 2015

"Sangre y luna", de William Butler Yeats





Bendito sea este lugar
Y aún más bendita esta torre;
Un poder sangriento y arrogante
Se levantó de la raza
Para expresarla, para dominarla,
Se alzó como los muros
De estas cabañas azotadas por la tormenta.
Como burla he construido
Un emblema poderoso
Y lo canto verso a verso,
Como burla de una época
Medio muerta en la cima.




1928






en The Winding Stair, 1929











jueves, enero 29, 2015

“Dance Dance Dance”, de Haruki Murakami








Fragmento


Había una mujer que de vez en cuando se quedaba a dormir en mi apartamento. Luego desayunábamos juntos, y ella se iba al trabajo. Tampoco ella tiene nombre, pero sólo porque no es un personaje de esta historia. Aparece brevemente y desaparece enseguida. Por eso no le pongo nombre, para no enredar las cosas. Pero que nadie piense que me la tomo a la ligera. La apreciaba mucho, y la sigo apreciando ahora que ya no está.

Éramos amigos, por así decirlo. Era, al menos, la única persona con la que podía decir que me unía cierta amistad. Tenía un novio formal, que no era yo. Trabajaba en una compañía de teléfonos, preparando las facturas con el ordenador. Ni yo le pregunté sobre su trabajo ni ella me contó demasiado, pero creo que era eso. Calcular el total de las facturas telefónicas de otras personas, preparar los recibos, algo por el estilo. Por eso todos los meses, al ver en el buzón el recibo del teléfono, me daba la impresión de estar recibiendo una carta personal.

Además se acostaba conmigo. Dos o tres veces al mes, más o menos. Pensaba que yo había caído de la luna o de algún lugar semejante. “¿Aún no te has vuelto a la luna?”, me pregunta entre risas. Estamos en la cama, desnudos, nuestros cuerpos muy juntos, sus pechos contra mi costado. Así pasamos muchas noches, charlando hasta el amanecer. El ruido de la autopista no cesa ni un momento. En la radio suena monótona una canción de los Human League. Human League. ¡Qué nombre tan absurdo! ¿Por qué usarán un nombre tan sin sentido? Antes la gente era mucho más moderada a la hora de ponerle nombre a un grupo: Imperials, Supremes, Flamingos, Falcons, Impressions, Doors, Four Seasons, Beach Boys.

Ella ríe cuando me oye decir estas cosas. Y luego dice que soy un tipo raro, distinto. En qué soy distinto, eso es algo que desconozco. Yo creo que soy una persona tremendamente normal con una forma de pensar tremendamente normal. Human League.

“Me gusta estar contigo”, me dice. “A veces me vienen unas ganas tremendas de estar contigo. En el trabajo, por ejemplo”.

“Aha”.

“A veces”, dice ella marcando las palabras. Y luego deja pasar unos treinta segundos. La canción de los Human League ha terminado, y ahora suena algo de un grupo que no conozco. “Ese es tu problema”, continúa. “Me encanta estar así los dos juntos, pero no se me ocurriría pasar todo el día contigo, de la mañana a la noche. ¿Por qué será?”.

“Ni idea”.

“No es que esté incómoda contigo. Es sólo que, cuando estamos juntos, a veces me da la impresión de que el aire se vuelve increíblemente liviano. Como si estuviéramos en la luna”.

“Este es un pequeño paso para el hombre...”.

“No estoy bromeando”, me contesta incorporándose en la cama y mirándome de frente. “Lo digo por tu bien. ¿Hay alguna otra persona que te diga estas cosas? ¿Qué me dices? ¿Acaso tienes a alguien?”.

“A nadie”, le digo sinceramente. Absolutamente a nadie.

Vuelve a tumbarse, apoyando sus pechos en mi costado. La palma de mi mano le acaricia suavemente la espalda.

“Pues eso. Cuando estoy contigo, hay veces que el aire se hace muy liviano, como en la luna”.

“El aire de la luna no es liviano” le apunto. “En la superficie de la luna no hay absolutamente nada de aire. Por eso...”.

“Es liviano”, susurra ella. No sé si ha ignorado mis palabras o si no las ha oído en absoluto. Pero oírla hablar en voz baja me pone nervioso. No sé por qué, pero hay algo en su susurro que me inquieta. “Increíblemente liviano, a veces. Es como si tú y yo respiráramos aires totalmente distintos. Lo sé”.

“Faltan datos”, le digo.

“¿Quieres decir que no sé nada sobre ti?”.

“Tampoco yo sé demasiado de mí mismo”, contesto. “Lo digo en serio, no es que trate de filosofar. Es más real que todo eso. Faltan datos así, en general”.

“Pues ya eres mayorcito. ¿Qué edad tienes? ¿Treinta y tres?” Ella tiene veintiséis.

“Treinta y cuatro”, la corrijo. “Treinta y cuatro años y dos meses”.

Ella mueve la cabeza. Luego se levanta de la cama, se acerca a la ventana y abre la cortina. Se ha puesto mi pijama.

“Vuélvete a la luna”, me dice mientras la señala con el dedo.

“¿No hace frío?”, le pregunto.

“¿Quieres decir en la luna?”.

“No, estoy hablando de ti”, contesto. Estamos en Febrero. Junto a la ventana, su respiración se ha vuelto blanca, pero sólo al oír mis palabras parece tomar consciencia de ello.

Se apresura a volver a la cama. La abrazo, y noto el frío del pijama. Aprieta su nariz contra mi cuello. Está helada. “Te quiero”, me dice.

Quiero decir algo, pero no me salen las palabras. Ella me gusta mucho. El tiempo se pasa volando cuando estamos los dos así, en la cama. Me gusta dar calor a su cuerpo y acariciar su pelo. Escuchar el leve sonido de su respiración al dormir, llevarla al trabajo por la mañana, recibir la factura de teléfono que ella ha calculado (o eso quiero creer), verla con mi pijama puesto, que le queda grande. Pero no puedo expresarlo con palabras cuando llega el momento. No estoy enamorado de ella, pero tampoco vale decir simplemente que me gusta.

¿Qué se supone que debo decir?

El caso es que no soy capaz de decir nada. No se me aparecen las palabras necesarias. Sé que mi silencio la hiere. Ella no quiere que me dé cuenta, pero lo siento. Lo siento mientras acaricio la suave piel de su espalda sobre la espina dorsal. Muy claramente. Nos abrazamos en silencio durante unos instantes, escuchando una canción de título desconocido. Su mano está apoyada en mi vientre.

“Cásate con una mujer de la luna y crea con ella una estupenda familia de lunáticos”, me dice con dulzura. “Es lo mejor que puedes hacer”.

Sin dejar de abrazarla, observo la luna por encima de su hombro, a través de la ventana abierta. De vez en cuando atraviesan la autopista enormes camiones cargados de algo muy pesado y levantando un estruendo lleno de malos presagios, como un iceberg que comienza a derrumbarse. Me pregunto cuál será su carga.

“¿Qué tienes para desayunar?” me pregunta.

“Nada fuera de lo normal. Lo de siempre. Jamón, huevos, tostadas, la ensalada de patata que me hice ayer, y café. Si quieres, te lo preparo con leche caliente”, contesto.

“Estupendo”, me dice con una sonrisa. “¿Por qué no preparas unos huevos con jamón, y me sirves el café con tostadas?”

“Ningún problema”, le aseguro.

“¿Sabes qué es lo que más me gusta del mundo?”.

“Francamente, no tengo ni idea”.

“Lo que más me gusta”, me dice mirándome a los ojos, “es estar en la cama una fría mañana de invierno, sin ninguna gana de levantarme. Y entonces oler el aroma del café, y oír el sonido de los huevos con jamón al freírse, y el crujir de las tostadas cuando las cortan, y saltar de la cama sin poderme contener”.

“Pues vamos a verlo”, le digo riendo.


*


No soy un tipo raro.

Eso creo, de verdad.

No voy a decir que sea el prototipo de la persona corriente, pero no soy raro. A mi manera, soy un ser humano absolutamente normal. Soy, necesariamente, todo lo normal que se pueda ser. Y esto es tan obvio, que lo que piensen los demás no me preocupa lo más mínimo. No es mi problema; en todo caso, será su problema.

Hay quienes me tienen por más imbécil de lo que soy. Otros, en cambio, me creen excesivamente calculador. Pero eso me da igual. Además, ese “más de lo que soy” es sólo una forma de expresar una comparación con la imagen que tengo de mí mismo. Los demás me pueden ver imbécil o calculador, pero ése es un problema que no me preocupa. No hay malentendidos en el mundo, sólo diferentes formas de pensar. Y esta es mi forma de pensar.

Pero también hay personas que pueden extraer la normalidad que hay en mí. Son muy escasas, pero existen. Ellos/as y yo nos atraemos mutuamente de una forma completamente natural, como dos planetas flotando en el espacio oscuro del universo, y luego nos separamos. Aparecen en mi vida, se relacionan conmigo, y un buen día desaparecen. Son mis amigos, mis amantes, mi esposa incluso. A veces acabamos enfrentados. Pero siempre, en todos los casos, acaban yéndose. Se rinden, o pierden las esperanzas, o caen en el silencio (no sale nada del grifo, por muchas vueltas que le den), y finalmente desaparecen. Tengo una habitación con dos puertas. Una de entrada, otra de salida. Las dos no son compatibles. No se puede salir por la entrada, ni entrar por la salida. Esas son las reglas. La gente entra por la entrada, y sale por la salida. Hay muchas formas de entrar y muchas formas de salir. Pero lo que no cambia es que todos acaban saliendo. Unos se fueron en busca de nuevas posibilidades, otros por ahorrar tiempo. Otros murieron. No ha quedado nadie. No hay nadie en la habitación, sólo yo. Tengo siempre muy presente su ausencia. La de quienes se fueron. Las palabras que dijeron, los alientos que exhalaron, las canciones que tararearon... Todo lo veo flotando como un polvillo por las esquinas de la habitación.

Probablemente, la imagen que ellos vieron de mí se acercaba bastante a la realidad. Por eso se me aproximaron, y por eso también se fueron. Ellos reconocieron la normalidad que hay en mí, y mis sinceros esfuerzos por conservarla. Me hablaron y me abrieron su corazón. Casi todos se portaron bien conmigo. Pero no había nada que yo pudiera darles, y si algo les di no fue suficiente. Siempre me esforcé por darles todo lo posible. Hice todo lo que pude. Y también buscaba algo en ellos. Pero al final no resultó. Y se fueron.

Es duro, por supuesto.

Pero más duro aún es el hecho de que salieran de la habitación mucho más tristes que cuando entraron. Salían con una parte de sí mismos erosionada. Yo me daba cuenta de ello. Es curioso, pero ellos parecían estar mucho más erosionados que yo. ¿Por qué será? ¿Por qué siempre quedo yo? ¿Y por qué queda siempre en mis manos la sombra de alguien erosionado? ¿Por qué? No lo sé.

Faltan datos.

Por eso nunca obtengo la solución.

Hay algo que falta.

Un día, al volver de una reunión de trabajo, encontré una postal en el buzón. Era una foto de un astronauta caminando por la superficie de la luna. No había remitente, pero al primer vistazo supe quién me la enviaba.

“Será mejor que no volvamos a vernos”, había escrito. “Pronto me casaré con un terrícola”.

Escuché el sonido de la puerta al cerrarse.

Datos insuficientes. No hay solución. Pulse Borrar.

Pantalla en blanco.

Me pregunto cuánto tiempo más van a continuar así las cosas. Tengo ya treinta y cuatro años. ¿Hasta cuándo?

No estaba triste. Al fin y al cabo, estaba claro que yo era el único responsable. Era natural que ella se alejara de mí, y lo sabía desde el principio. Los dos lo sabíamos. Pero perseguíamos un modesto milagro, una oportunidad de cambiar las cosas en lo fundamental. Pero esa oportunidad no se presentó, claro. Y ella salió. Cuando se fue me sentí solo, pero era una soledad que ya había experimentado antes. Sabía que acabaría superándola.

Ya estoy acostumbrado.

Pensar estas cosas me hace sentir mal. Siento surgir en mis entrañas un líquido negro que pugna por subir hasta la garganta. Me pongo delante del espejo del cuarto de baño. Este soy yo. Sí, ése eres tú. También tú estás gastado, mucho más de lo que crees. Me veo la cara más sucia y envejecida que nunca. Me lavo la cara meticulosamente con jabón, y me doy unas friegas con la loción. Luego me lavo las manos, y me seco bien con una toalla nueva. Voy a la cocina y ordeno los contenidos del frigorífico mientras bebo una lata de cerveza. Tiro los tomates echados a perder, alineo las cervezas, cambio de sitio las fiambreras, hago la lista de la compra.

Al amanecer estoy solo, y mientras miro distraídamente la luna me pregunto hasta cuándo seguirá esto. Seguramente encontraré a otra mujer dentro de poco. Y nos atraeremos de forma natural, como dos planetas. Y esperaremos inútilmente un milagro, malgastando el tiempo, erosionando nuestros corazones. Hasta que nos separemos.

¿Hasta cuándo?




1988













miércoles, enero 28, 2015

"Filosofía del amor", de Percy Bysshe Shelley

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Las fuentes se unen con el río
y los ríos con el mar;
los vientos del cielo se mezclan
con una dulce emoción por siempre;
nada es único en el mundo;
todas las cosas se encuentran y unen
por ley divina en un espíritu.
¿Por qué no yo contigo?

Mira a las montañas besar el último cielo
y a las olas abrazarse;
ninguna flor sería perdonada
si menospreciara a sus hermanas:
y la luz del sol abraza a la tierra
y la luz de la luna besando al mar:
¿de qué vale toda esta dulce obra
si luego tú no me besas?




1820













martes, enero 27, 2015

“Lecciones con hambre”, de Anne Sexton








“¿Te gusto?”
le pregunté a la chaqueta azul.
Sin respuesta.
El silencio rebotó fuera de sus libros.
El silencio cayó de su lengua
y se sentó entre nosotros
y trabó mi garganta.
Lapidó mi confianza.
Arrancó cigarros de mi boca.
Nosotros intercambiamos palabras ciegas,
y no lloré,
y no rogué,
pero la oscuridad llenó mis oídos,
la oscuridad se abalanzó a mi corazón,
y algo que había sido bueno,
una especie de oxígeno agradable,
se convirtió en un horno a gas.

¿Te gusto?
¡Qué absurdo!
¿Qué pregunta es esa?
¿Qué silencio es ese?
¿Y por qué estoy dando vueltas,
plagada de lo que dice su silencio?



7 de agosto, 1974

en Últimos poemas, 2014
(Traducción de Luz María Astudillo)









lunes, enero 26, 2015

"La escritura, la ciudad". Entrevista a Guadalupe Santa Cruz, de Sergio Montecinos




(1952-2015)


¿Podrías, Guadalupe, comenzar contándonos algo de tu biografía?
Preferiría terminar con esa pregunta, o ir contestándola de a poco… lo que pasa es que inmediatamente uno siente que tiene que responder a ese nombre personal, cuando de hecho la escritura tiene, quizás, mucho más que ver con el nombre propio o con el nombre que uno quiere darse...

De acuerdo… Tú siempre te nombras como escritora, tu labor es la de la escritura, ¿cómo se fue forjando a lo largo de tu vida este interés?
Yo diría que primero se fue forjando a través de una cierta distancia respecto de las palabras, en la medida en que me tocó, por razones autobiográficas, tener una madre que hablaba inglés, un padre que hablaba castellano –era chileno– y varios años de estudio en francés, de modo que una pequeña torre de Babel personal me hizo tomar las palabras no como dadas, sino como siempre modificables, siempre atravesadas por connotaciones, por matices, por sutilezas, por durezas distintas… es decir, el saber que no hay una sola manera de nombrar, creo, es una primera inquietud por la lengua; luego, la subsecuente dislexia personal (risas), una cierta tendencia a la “sopa de letras” en el momento en que no estoy totalmente vigilante respecto de la producción de un discurso –lo que me sucede muy a menudo– es una especie de segunda lengua, también personal, que está siempre pujando tras el discurso entendible, formateado.

¿Quizás una cierta distancia de esa relación tan determinada con la lengua posibilita una relación más cercana con ella?
Sí, sí. Una promiscuidad enorme… También en esa distancia es posible que uno se cree un hábitat dentro de las palabras; cuando uno es huérfana de un solo discurso, es decir, cuando uno siente que no te acoge un solo discurso, o sabes que ese único discurso, esa única lengua, no termina de dar cuenta de algo, tal vez te construyas otra hábitat de palabras en que pasan a ser una suerte de ciudad para ti… bueno yo, de hecho… es extraño, comencé a escribir poesía en la adolescencia, luego suspendí la escritura por largos años atravesados por la experiencia política en Chile y luego por la experiencia del exilio, y por todo lo que fueron esos años de actividad colectiva… y cuando volví en mí no volví primeramente a la escritura, sino al grabado, estudié en Bélgica grabado sobre metal tres años y luego tuve un taller yo misma y fue otro tipo de grafía que practiqué, entonces… grafía sin idioma, diríamos. Y luego retorné a la escritura propiamente tal, literaria, en momentos de disponerme a regresar a Chile, luego de un duelo; pero mi escritura quedó muy influenciada por esa otra forma de inscripción que es el grabado, esa otra forma de trabajo con las huellas y con la materialidad que es el grabado; son transcursos, viajes: luego de la escritura de mi último libro [sic], Los Conversos, yo llevé a cabo una visualización de esa novela a través de una instalación que cruzaba la literatura y el grabado sobre soportes no tradicionales, sobre yeso, por ejemplo; expuse un cierto trabajo con las matrices, es decir, las planchas de aluminio grabadas y la estampa de estos grabados en yeso o en tela; de hecho, en tanto visualización de la novela no había ningún relato, ninguna narración, no se daba cuenta de ninguna trama sino, tal vez, de una búsqueda, muy presente en esa novela, y que es el preguntarse cómo contar. Esa instalación terminó siendo una indagación por las distintas formas de materialidad del lenguaje, y en esa habitabilidad que he encontrado dentro de las palabras –en esa promiscuidad, en esa cercanía– he podido sopesar su blandura, su rigidez, su porosidad, su humedad, su viscosidad, su lado refractante, brilloso, su lado secante, en fin, el placer de esa instalación, y lo que yo vi luego de haberla finalizado, es que me había finalmente abocado a hacer relucir esa distinta materialidad que pueden tener las palabras.

¿Crees tú que lo tuyo ha sido un sumergirte y palpitar el universo de los significantes? (silencio)… Veo que, al parecer, no te acomodan estos términos dicotómicos que escinden a la significación.
(Ríe) Me cuesta un poco, incluso, pronunciarme con respecto a ellos. No he podido incorporarlos, no tengo ni siquiera una posición al respecto… por lo demás, siempre tengo que pensar “a ver…¿cuál es el significante, cuál es el significado?” (risas); tengo como una indisciplina respecto de ese corte, no puedo ni siquiera decir que estoy en contra de la dicotomía, sino que no he podido incorporarla a mi lengua. Me interesan todos los signos, me interesan todas las formas de grafía como signos y sentidos múltiples, plurales; me interesa la ciudad, por ejemplo, como un texto, me interesan fragmentos de la ciudad como pequeños capítulos; me interesa la corporalidad, tanto de las personas como de los muebles como de los espacios, también como conjunto “significante” (risas).

Te relacionas más con signos que con divisiones dentro de signos; con un conjunto que no es escindible a modo de una especulación teórica tradicional, hiperdeterminante…
Sí, sí, es mucho de eso. Lo que he buscado es, a través de la escritura, construir –construir que es una exploración personal– nuevas formas que también incluyan nuevos conjuntos. En el pensar también hay esa exploración para mí, el intentar juntar o cruzar materiales disímiles, de propiedades, de categorías, de textos distintos… me interesan mucho esas amalgamas que por ser inusuales te puedan sorprender, sorprender porque te llevan a pensar desde un costado distinto, desde otra inclinación de la mirada. Pienso que esto puede abrir, abrir otras líneas de fuga, abrir… creo que soy alguien que le teme mucho al aburrimiento; entonces, salvar del aburrimiento. Ahora, el aburrimiento es el aburrimiento, pero también me parece que hay muchas formas de conocer que llevan a un tedio infinito, porque consisten en llegar al punto de partida…

Extrañeza. Es la sensación que, como alumno, me produjo asistir a uno de tus seminarios… extrañeza, puesto que intentas borrar esa dualidad alumno-profesor e instalar en el aula un diálogo entre lo que sería, por tu parte, la escritura y, en nuestro caso especifico, la filosofía; extrañeza producida por un diálogo fuera de los límites que, quizás, la formalidad de la tradición filosófica sugiere, un diálogo en torno a Hispanoamérica pero en base a un “algo” que, por su misma indeterminación, se vuelve infinitamente rico… ¿Cómo vives tú este diálogo entre la escritura y la filosofía?
Lo primero que pienso, y me lo suscita lo que dices, es que tal vez desde la escritura –y no es una figura retórica– se asume que se sabe muy poco, yo asumo que sé muy poco y sin embargo tengo una gran atracción por el saber, es decir, no es una cuestión que me deje indiferente. Quizás un gran motor en mí es la curiosidad, pero respecto de Los Saberes, desde la escritura hay, tal vez, una gran delincuencia en el sentido de que el conocer –para mí una novela puede ser vista como una forma de conocer– puede darse también a través de campos muy modestos, además sobre asuntos que no parecen relevantes, pero que abro para recorrer o explorar algo que me inquieta, y no sé dónde voy a llegar. Ese es el riesgo de la escritura. Ahora, la delincuencia está, bueno, relacionada con esa apertura, pero también con no respetar quizás una raíz única, es decir, con el rechazo de pensar a partir de una matriz predeterminada; bueno, ahí, claro, se podría hablar de rizoma, en el sentido de que existe en mi escritura un cierto desraizamiento, que me parece muy decisivo pues llegado un momento deja de ser vivido como carencia para transformarse en un piso, en un suelo; no hay una raíz, cualquier rama puede ser raíz, cualquier excrecencia, cualquier detalle, cualquier elemento inocuo puede de pronto ser principal, fundante, principio –principio de un relato, no de las explicaciones–, de modo que eso invierte mucho las jerarquías… llevar eso al plano del saber, y sobre todo en filosofía, es por lo menos problemático, porque yo tengo la sensación de tener muchas afinidades con la filosofía, pero también muchas distancias. La distancia que tengo es con respecto a ese saber tan vigilado, tan vigilante…

¿Tan masculino?
Yo pienso. Pienso que es muy masculino en la medida en que tiene que ver con una cierta genealogía entendida como rigor, y como estructura; como avance lineal y continuo de un mismo movimiento, y ante el cual hay que dar explicaciones al Padre.

¿Es un saber que tapiza?
Es un saber que tapiza; mi distancia no proviene de su abstracción –a mí se me critica mucho por abstracta y yo reivindico esa abstracción–, además pienso que la noción de abstracción es siempre síntoma de una época, a qué se le llama abstracción y a qué se le llama concreción en cada época histórica… creo que sería fascinante indagar en eso; yo puedo decir que a lo largo de mi vida he visto cambiar el estatuto de ciertas nociones que aparecían como abstractas y que de pronto aparecen como increíblemente concretas, porque se produjo subrepticiamente un cambio en las valoraciones, porque las palabras se cargaron de manera distinta, etc.; por ejemplo, el lenguaje económico, hoy, en Chile, me sigue pareciendo altamente abstracto pero, al parecer, en el habla común ha pasado a ser terriblemente asible y proyectable en la vida cotidiana; ciertas reflexiones que se hacían hace treinta años, reflexiones políticas por ejemplo, en ese momento parecían muy cotidianas, totalmente dialogables y hoy en día aparecen como la máxima abstracción; preguntar por el rumbo de una sociedad, hoy, parece una abstracción... Entonces, no es “lo abstracto” lo que me hace problema en la filosofía, porque entiendo que hay allí una búsqueda de los fundamentos que sostienen a los discursos, a los pensamientos… existe una indagación sobre cuáles son las operaciones que están en curso en un habla, en un momento histórico o en un pensamiento; todo eso me parece tremendamente interesante. Aunque no creo que sea monopolio de la filosofía, lo que valoro en la filosofía está presente cada vez más en otros campos, por ejemplo en una semiología amplia como puede ser la de Roland Barthes, en la escritura literaria, en un psicoanálisis no religioso (risas), también existe esa misma pulsación por desentrañar las tramas de sentido que sostienen ciertos discursos, ciertas conformaciones o ciertos modelos… en eso, entonces, siento cercanía, y también siento cercanía con la distancia que instaura la filosofía con respecto de los acontecimientos…

¿Qué significa para ti la distancia?
Distancia para mí sería el juego entre estar presente y ausentarse a los acontecimientos, no como dos momentos distintos, sino que –por ejemplo– puede haber una suerte de memoria inmediata de lo que está ocurriendo, que ya es ausentarse, ya implica una suerte de ausencia con respecto a ese momento, una ausencia-presencia lúcida; hay un jugar con las proximidades y las distancias que trastoca lo dado, que no puede más que trastocar lo dado, que no puede más que desembocar en una posición, pensamiento, o crítica, estoy hablando de esa distancia crítica. Entonces, yo diría que lo que muchas veces me hace escollo en ciertos textos filosóficos es la necesidad de universalizar todo hecho, toda palabra, todo espacio; esa tendencia universalizante que considera que está más allá de las condiciones territoriales, históricas, matéricas, que busca reubicar rápidamente esa singularidad o ese hecho único –poéticamente único– en un lugar ya conocido. La universalización de lo ya-conocido. Ahí me hace problema.

Un poco el gesto del Letrado, remitir desde un universal hasta la determinación de todo posible particular… ¿Crees que existe, de alguna manera, un olvido en tal gesto?
Sí, claro, hay un olvido frente a algo que se está mirando. Se olvida lo que se está mirando (ríe). Bueno, de ahí viene lo que yo llamo el aspecto delictual que reivindico en la escritura, que es no remitir, sino omitir; omitir es un cierto trabajo de desobediencia. Sí, omitir, no es olvidar, es omitir para hacer posible otras miradas. Esta imagen se me viene a la mente: está bien, está bien el estar escarbando los fundamentos, los fundamentos de tal pensamiento, el fundamento de tal orden. Pero, de pronto, en la ciudad por ejemplo, el fundamento puede estar botado en la cuneta; puede estar botado ahí, y hay que poder verlo, crearlo, construirlo, y para eso hay que haber omitido la construcción, el edificio, el “megaconstructo” (risas).

[La ciudad]

Ahora, entre tus preguntas habían algunas sobre la ciudad… la ciudad ha sido para mí una forma de darme un constructo que no tiene forma alguna, porque cada ciudad es distinta; cada ciudad es única y singular en su forma de resolver una serie de interrogantes, además, no hay autorías claras respecto de la ciudad; tú no puedes decir “esta ciudad es fruto de”, la ciudad ya es una amalgama, es una amalgama de programas –la ciudad letrada–, proyectos, deseos, recorridos, cruces, sitios baldíos… reformulaciones, renovaciones, demoliciones, voces, hablas que pueden tener lugar en espacios reducidos –¡miradas!, como la mirada que me provocó, hace un segundo, la vista desde el baño de mujeres de este local, que está en un subterráneo y cuya ventana da a la superficie de la vereda de la calle Moneda– o en espacios públicos, oficiales, o el habla amorosa…

¿Qué ocurre en la ciudad con la dicotomía entre esfera pública y privada? ¿Qué pasa en esa amalgama?
Hay una historia respecto de esa dicotomía. Obviamente que en la historia de la ciudadanía occidental esa dicotomía ha sido terriblemente determinante, por ejemplo, para la voz de las mujeres… Hoy en día esa frontera está cada vez más cuestionada, en la medida que acontecimientos que parecían por definición privados ahora son, al menos, sancionados por el derecho, considerados delitos públicos, como por ejemplo la violencia doméstica. Por otro lado, también la incorporación de la televisión en los espacios privados ha hecho estallar esa definición, porque cada hogar vive abrazado a la televisión, y a todos los discursos que se están produciendo –ahí me gusta pensar con Nancy Fraser que el espacio de la discursividad constituye también un espacio público en sí, y no sólo los espacios referidos al Estado y al mercado–. Entonces la frontera ya ha sido sobrepasada… ahora (silencio) yo llevo tiempo pensando, recorriendo, dibujando, escribiendo esta ciudad, Santiago: una especie de relación de amor y odio… me parece muy importante –y así lo he propuesto– una figura que yo llamo la ciudad-archipiélago, en la cual no podemos hacer historia como se ha hecho en el Viejo Mundo, continua, sino que se trata de una historia despedazada, que vive varios tiempos simultáneamente. Además –esto lo hemos visto en el seminario–, esta ciudad, en tanto ciudad latinoamericana, como lo propone Joaquín Velasco, se halla regida por un principio, por un orden –no es un des-orden, una carencia– de vecindad, de contigüidad, en que hace convivir espacios, elementos, hablas disímiles. Me ha interesado entonces considerar Santiago como un archipiélago, un archipiélago en movimiento, y en las ciudades que componen este archipiélago, que son varias –yo por ahora he creado cuatro, pero es únicamente para remedar un mapa–, me ha interesado situar a las casas como una ciudad. Porque cuando se dice “La ciudad”, extrañamente, se piensa sobre todo en los espacios públicos de la ciudad, en las calles… hay una (silencio) fijación respecto de la ciudad como constituida por los espacios que pueden recorrerse, ser recorridos por todos; entonces yo propongo llamar a una de las ciudades del archipiélago de Santiago –éstas no son excluyentes, se sobreponen unas a otras, se cruzan– la “Ciudad de las casas”. Sería un modo de romper con el binarismo casa-calle, sobre todo con la frontera que instaura la polaridad “adentro-afuera” –inspirada en Mark Wigley, quien siempre cuestiona justamente este binomio, como paradigma metafísico del pensamiento occidental– al proponer que lo propio de esta “Ciudad de las casas” es hallarse regulada, precisamente, por esta lógica de interioridad que marca la frontera entre el adentro y el afuera, lógica “casera”, de domesticación, de domiciliación, que no sólo se cumple en los hogares sino que se da en las instituciones, en las universidades, en los ministerios, en los hospitales, en los colegios, en los internados, etc., en el sentido de pertenecer-a y de estar regido-por un tiempo normativo y serial. El tiempo es una de las formas de conocimiento que busqué para abordar esta ciudad-archipiélago; en el intento de asirme de perspectivas que permitan ver de otra manera me centré en los ritmos de la ciudad, en los compases, queriendo leer en ellos un sentido, la clave de un sentido). La “Ciudad de las casas” es aquella regida por el tic-tac de un reloj: “tic-tac, tic-tac”, es serial, repetible, dicotómica, en esa ciudad se separan tajantemente adentro-afuera, hombres-mujeres, alto-bajo, bien-mal, sucio-limpio, integrado-marginal, es decir, todas las polaridades que nos son tan familiares (ríe). Precisamente.

Pero no es la única ciudad. No es la única ciudad. Esa es una ciudad dentro de Santiago, además nadie pertenece sólo a una ciudad, todos dentro de Santiago estamos también circulando entre distintas ciudades; no creo que indistintamente, hay opciones. Por ejemplo a la “Ciudad de las casas” se contraponen la “Ciudad de los extramuros”, o la “Ciudad del deseo”. Ésta última es la ciudad, en Santiago, donde se da el derroche del tiempo, el tiempo derrochado, donde los itinerarios no están preestablecidos, es lo propio del “carrete”, la idea más literal de “carrete”, donde tú sabes dónde comenzaste pero no dónde vas a ir a dar (risas)… un carrete puesto a rodar y en el cual no sólo no hay adentro-afuera, hombres-mujeres, sino que ahí empieza una suerte de trenza que va contagiándose –esa es una imagen que me es muy querida, la del contagio; creo que cuando hablo de amalgamas, de formas y de conjuntos nuevos, los imagino a partir de un movimiento de contagio que va apelmazando distintos materiales, produciéndose así una relación distinta a las relaciones entre categorías–. En la “Ciudad del deseo” creo que lo público y lo privado precisamente se contagian, se pasan a llevar el uno al otro, lo que es distinto a la “Ciudad de las casas” donde debe haber un privado y un público, debe regirse por él (Cristina Molina Petit plantea que se ha tratado antes que nada de un código valorativo cuyos términos pueden variar, siempre y cuando lo prestigioso se incline hacia lo masculino…).

La “Ciudad de los extramuros” puede estar en pleno centro de Santiago, de hecho está en varios “bolsones” dentro de la ciudad de Santiago, no es la periferia de algún centro, precisamente rompe esa dicotomía, son extramuros que están a veces en pleno corazón de la ciudad, pero que viven, se instalan, en un tiempo suspendido…

Podría uno remitirse al mirar de Baudelaire, que acontece también en la ciudad, pero donde la atención está puesta en los contagios…
Sí, se ha suspendido respecto del orden que él debiera cruzar para, más bien, mirar los órdenes que lo cruzan, o asistir-a… claro, quizás en la “Ciudad de los extramuros” se asiste-a.

Inmediatamente relaciono esta figura del “carrete” a la escritura, donde las barreras se van rompiendo para establecer otra clase de relación con la experiencia…
Totalmente, cuando estaba pensando en esta conversación, a la hora de almuerzo –me gusta muchas veces almorzar sola en algún local en Santiago y me doy cuenta que junto con hacerlo voy llevando a cabo un ejercicio, y ese ejercicio consiste en hacer que las ciudades (porque no lo hago solamente aquí) le hagan un espacio a las mujeres escritoras, lo que no significa sacar un papel y escribir, sino significa el permitir, primero, que haya una persona sola en un local demorándose, además mirando seguramente de manera no codificada, o sea, no estoy mirando al mozo para que me atienda, no estoy mirando a la caja para que me den la cuenta, sino que me dejen mirar en otro circuito, porque uno nunca sabe cuándo está escribiendo, yo creo que se escribe muchas veces sin el papel y sin el lápiz, tiene más bien que ver con un cierto “carrete” o con una cierta suspensión o con un cierto derroche; bueno y, luego, que esa persona que está sola en esa suspensión, que además es mujer, no sea pensada como un abandono que habría que colmar (risas)… son juegos con la ciudad que permiten darme cuenta de que en algunos lugares o locales o boliches ya está instalado ese espacio, en otros tengo todavía que instalarlo, en otros lo estoy instalando, en otros estoy intentando… esto me hace pensar inmediatamente en un fragmento de Sáenz, el escritor boliviano: “Estoy separado de mí por la distancia en que yo me encuentro” (…) “Pienso recorrer esta distancia descansando en algún lugar”.

Por lo que me dices parece que, de alguna manera, escribir es como hacerse un lugar e ir haciendo lugares… pero parece ser que en el Santiago oficial, tecnificante, existe una intención de que no hubiese ya lugar para la escritura ¿qué piensas de este discurso oficial característico de la modernización?
La “Ciudad satélite” le llamo yo a ese Santiago que, por supuesto, es hegemónico. No creo que estemos en vísperas de la tecnificación, sino que ya estamos en la “ciudad farmacéutica”, en que se ha hecho el trueque de la conversación por el comprimido, en el que se ha reemplazado el trayecto por la velocidad y por el llegar, por el punto de llegada, como dice Paul Virilio; yo creo que ese Santiago ya está, tiene cogidos varios espacios de la ciudad, pero no todos, lejos de eso. El problema es que el discurso dominante construye la hegemonía de ese Santiago satelital en el sentido de Baudrillard, de que todo sería hypermercancía y que ni siquiera somos nosotros los que elegimos la mercancía, sino que la mercancía nos elige a nosotros, y no sólo nos elige, sino que nos aplica un test, pero el test ya está auto-respondido, es decir, al comprar somos la respuesta prevista del test que implica una mercancía.

La producción de mercancía implica el hecho de que esté comprada…
E implica ciudadanos que ya están en esa compra, es decir, en ese producto están las ciudadanas y los ciudadanos, el modelo de ciudadanía; en cada mercancía, en vez de quedar visible la narración de su proceso de producción, lo que lo reemplaza –o que reemplaza a la historia– son las instrucciones de uso; ya no lleva incorporada su historia; por ejemplo, al comer uva estamos comiendo también la cultura de las temporeras, la vida nocturna de las temporeras, la vida temporera de las temporeras, la vida temporal, esto de que te aceleran la vida durante algunos meses… estamos comiendo eso también. Ese es otro contagio, eso es lo que yo considero contagio: continuar los relatos que quedan interrumpidos. Porque han sido cambiados por el embalaje, por el envoltorio, por las instrucciones de uso, por el envase… esa idea tan contemporánea del envase.

Flores de plástico…
Y Flores, el ingeniero del lenguaje… (risas) flores de plástico y Flores, el ingeniero del lenguaje, que cree también que las palabras son comprimidos, en cierta forma toda su ingeniería supone que las palabras son comprimidos intercambiables, flores plásticas.

¿Consideras que este Santiago pensado satelitalmente tiene su correlato en la organización arquitectónica de la ciudad?
Santiago tiene demasiadas formas, es todo menos una unidad, de partida no tiene un centro –eso lo trabajé mucho en mi novela Cita Capital–, tiene varios centros, en la medida en que no hay una historia oficial quieta, está siempre en movimiento, cuestionada, se refunda con una facilidad impresionante en el discurso nacional chileno, siempre se parte de cero, hay un des-conocer para poder avanzar… Entonces no hay un centro, éste se va desplazando: estuvo la Plaza de Armas, la Moneda –además ¿qué es lo que hace foco? tiene que ver con lo que está en juego en un momento histórico–… luego la Plaza Italia, en un momento en que la división social en este país se hace tajante, la Plaza Italia zanja esta ciudad entre un arriba y un abajo. Pero uno siente que ahora se está mudando, por un lado la torre de la Telefónica quiso marcar ahí un hito de altura, pero ya hay otras construcciones que se lo disputan, como es el barrio “Manhattan” en Santiago (aunque está erigido sobre el cruce entre el misterioso e inmundo –inmundo en todos los sentidos escatológicos– Canal San Carlos y el imprevisible, cordillerano, río Mapocho, y colinda con el enorme eriazo de los antiguos edificios fabriles de la CCU, por lo cual este coloso de vidrios refractantes y de nombres anglófonos tiene los pies en el barro, tiene pies de barro). También hay un intento de “cultura forestal”, de constituir como espacio público el Parque Forestal, que es un lugar perfectamente aledaño y no amenazador, que siempre colinda-con, es una franja que, según mi parecer, acompaña algo pero no es un foco; extrañamente se intenta instaurar como espacio público –es decir, de gran visibilidad y de gran centralidad–, cuando de hecho se adivina que es un espacio amable y lateral…

¿Cuál crees tú que es el motor o la proveniencia de este impulso centrificador que pretende hacerlo todo presente?
Bueno, en primer lugar la historia política chilena es tremendamente centralista, basta salir de Santiago para darse cuenta de lo capitalino del discurso “nacional” y del abandono en el cual se encuentran varias provincias de Chile; todavía rechazo y –así como “significante-significado”– no incorporo las cifras de las Regiones… Iquique, Andacollo, Calbuco, en fin, tantas ciudades y pueblos que viven Santiago como un centro excluyente; la Ley, el Derecho, en Chile ese es el texto central; para mí, la gran novela chilena es la Constitución, ese es el gran relato que anuda a los otros relatos, además de ser venerado tanto por quienes le rinden pleitesía y obediencia como por quienes le “sacan la vuelta”, es un texto constitutivo. Creo, luego, que el Estado es terriblemente centralista; hay una política del centramiento que yo he conocido por los talleres de oratoria que hice durante aproximadamente diez años en distintos ámbitos, con el mundo sindical, popular, y con dirigentas mujeres; en todos los casos era impresionante para mí percibir cómo el habla en estos pequeños talleres del habla –y del habla corporal, porque no se trataba de escritura, sino de decir con el cuerpo y con las palabras al mismo tiempo– en la medida en que se iban abordando temas cada vez más comunes y “públicos”, ese habla iba perdiendo toda excentricidad y se iba acomodando a una gramática –de allí mi interés por la lectura que hace Julio Ramos de la gramática de Bello–, se iba acomodando a lo que se llama la “lengua de madera”, a un formato, a una sintaxis y a un universo de sentidos terriblemente estrecho que ya es una forma de centralización, en la cual tú terminas por no percibir diferencias, es tal la limpieza y la fuerza con la cual se liman las diferencias de las hablas, de los sentidos, de los imaginarios, que al final resulta en lo que uno ve en la televisión: falsas polémicas, elaboradas sobre un mismo fundamento, en un mismo paradigma, en una misma sintaxis; una diversidad indiferenciada, esa es también la tecnificación a la cual asistimos.

En relación con eso ¿hay en la escritura una posición política?
Absolutamente (silencio). Respecto a las ciudades, por ejemplo, en un texto reciente yo escribía que las ciudades, y la ciudad de Santiago, han hecho correr mucha sangre y, junto con ella, mucha tinta. Los imaginarios de país no sólo se han escrito con sangre –“la letra con sangre entra”– sino que con tinta: la letra con tinta entra. Veo en la tinta un poder enorme, enorme y, al mismo tiempo, modestísimo; pero claramente el escribir, el hacer uso de ese líquido que por lo tanto es contagioso, que por lo tanto se mueve, que por lo tanto se derrama, ya es político, sobre todo si uno ve la historia en nuestro continente, el poder que ha tenido la ciudad letrada en sus distintas fases, en sus distintas formulaciones, está en juego la política; luego hay políticas de escritura, hay sobre todo (silencio) en la palabra misma, porque no estoy hablando de tramas, de contenidos ni de argumentos, en la escritura hay un modo de hacer, un modo de instalarse dentro de las palabras buscando una cierta lucidez respecto de ese habitáculo que es tremendamente político; pienso, por ejemplo, en lo que hemos conversado en el seminario, en la necesidad de darle lugar a la memoria, porque la ciudad y la centralización están disputando lo disruptivo que puede tener la memoria. Y cuando digo memoria, por supuesto, está marcadísimo por la memoria traumática del golpe de Estado y los diecisiete años de dictadura con todos sus horrores; pero no sólo la represión directa que significó la violencia militar, sino también el golpe a las otras memorias que se fueron perdiendo de a poco; por ejemplo, me gusta decir que la memoria de los derechos laborales es una memoria que se ha perdido, tiene que ver con la tecnificación, pero también tiene que ver con que esa primera violencia permitió la pérdida de esa memoria; quienes trabajan hoy en día no saben la memoria de lo que fue conquistado en el pasado, ni cuáles eran los límites de la dignidad en el pasado, ha sido absolutamente sobre-pasado hoy en día porque hay una política activa de suprimir aquella memoria a través de los despidos, de la “flexibilización” de las relaciones laborales –sin ir más lejos, las temporeras y los temporeros ilustrados (risas)– y otras figuras que impiden que esa memoria sea preservada por un colectivo. Pero, también, cuando digo memoria me estoy refiriendo a lo que hemos abordado en el seminario, que es este hueco que hay en las palabras y que tiene que ver con la violenta historia de América Latina y la violenta historia de Chile, a sabiendas de que “América Latina” es un nombre dado por otro, es dado por el Viejo Mundo, ahí existe un problema con las políticas de los nombres… Siento que una de las violencias brutales de la dictadura militar fue el hecho de los desaparecidos y las desaparecidas, pero una de las preguntas mías es saber qué fue instalado, qué ha sido instalado o qué estuvo siempre instalado en nuestra sociedad, en nuestros posibles, en nuestros imaginarios, que hace que podamos tolerar la existencia de los desaparecidos; de hecho, la historia ha seguido corriendo –aunque hoy en día vuelve a ser vigente este problema, incluso da pie a negociaciones–, de alguna u otra manera nuestra sociedad no ha sido inquietada hasta la médula por esta ausencia, lo que me hace pensar que ya ha habido espacio para lo desaparecido en nuestras sociedades y que habría que indagar, entonces, de dónde viene la aceptación a ese horror. Yo pienso que ahí hay baches y huecos en varios campos, pero fundamentalmente en la lengua, en la lengua nuestra hay un hueco o hay un eco, hueco-eco, hay un eco. No son palabras sin sombras, son palabras con una cierta duplicidad o con una vuelta, porque el problema no creo que sea entre lenguas originarias y lengua española, sino dentro de la lengua española cómo seguirle la pista a esos ecos. Tal vez se cruza con la noción de “tercera persona” de Renato Vivaldi, que busca en arquitectura zafarse de la disyuntiva entre original y copia, y que propone, mismamente, proyectar en tercera persona y “mirando hacia el patio de la vecina”: el eco podría instalarse en esa distancia entre la primera y la tercera persona. Y, también, repercute este eco, quizás, el sonido de la estela de las “páginas arrancadas” que constituye, según Gustavo Boldrini, la narración de América Latina. Así como puede que el hueco-eco se junte con la idea de “suplemento” –violación que remarca la violación– de Patricio Marchant.

Tengo una imagen muy reciente que refleja un poco la intención de mis cursos, es decir, establecer un espacio de búsqueda colectiva, eso es lo que me interesa: con las alumnas y los alumnos de un curso de arquitectura fuimos recientemente a Andacollo y uno de los trabajos que debían producir ahora, a la vuelta de Andacollo, era reubicarlo –después de haberse caído en el pueblo de Andacollo, porque indudablemente nos caímos todos, fue como caerse en vetas… a propósito de Andacollo, donde siempre hubo una cultura de búsqueda y elaboración del oro, una caída en varios estratos de ese pueblo, caída vertical y caída horizontal también–… les pedí que formularan visualmente un nuevo lugar en el mapa de Chile para Andacollo. Porque los mapas oficiales no representan los lugares de las cosas y de los cuerpos, sino que son mapas administrativos o, como dice Roland Barthes, son un imaginario de la objetividad, la objetividad es una forma de imaginario como otra… en Andacollo es particularmente cierto, no me parece que corresponde la ubicación que tiene en el mapa oficial de Chile, está más lejos, está más cerca, está más abajo, está sobre las cordilleras (en plural), es más chico, es más grande, vibra, tiene vínculos fuertísimos con otras zonas de Chile, podría ser parte del Norte Grande, en fin… es muy descolocadora su densidad, y una estudiante, Tamara Rammsy, le concedió en ese nuevo mapa de Chile la siguiente ubicación: el mapa de Chile sería una suerte de quebrada en un territorio que sería todo Andacollo, es decir, invirtió el mapa; Chile –que efectivamente tiene forma de quebrada– atraviesa un Andacollo enorme con sus cerros y montes…

¿Cabría una aproximación a tu escritura, Guadalupe, considerándola como un escuchar los ecos del olvido?
Siempre y cuando entendiéramos olvido como olvido, es decir, también lo que está por suceder, sin ubicarlo en una suerte de pasado remoto, desvinculado del presente y de su vibración… uno puede también olvidar lo que está por suceder.








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