jueves, marzo 21, 2019

“De cuerpo presente”, de Rafael Barrett





Sobre la cama sucia estaba el cuerpo de doña Francisca, víctima de cuarenta años de puchero y de escoba. Entraban y salían del cuartucho las hijas llorosas. Chiquillos de todas las edades, harapientos, desgreñados, corrían atropellándose. Una vieja, acurrucada, pasaba las cuentas de un rosario entre sus dedos leñosos. El ruido de la ciudad venía como el rumor vago que sube de un abismo y la luz desteñida, cien veces difusa sobre muros ruinosos, resbalaba perezosamente por los humildes muebles desportillados.

Siguiendo los declives del piso quebrado, fluían líquidos dudosos, aguas usadas. Una mesa sin mantel, donde había frascos de medicinas mezclados con platos grasientos, oscilaba al pasar las personas, parecía rechinar y gemir. Todo era desorden y miseria. Doña Francisca, derrotada, yacía inmóvil. Había sido fuerte y animosa. Había cantado al sol, lavando medias y camisas. Había fregado loza, tenedores, cucharas y cuchillos, con gran algazara doméstica. Había barrido victoriosamente. Había triunfado en la cocina, ante las sartenes trepidantes, dando manotones a los chicos golosos. Había engendrado y criado mujeres como ella, obstinadas y alegres. Había por fin sucumbido, porque las energías humanas son poca cosa frente a la naturaleza implacable.

En los últimos tiempos de su vida doña Francisca engordó y echó bigote. Un bigotito negro y lustroso, que daba a la risa de la buena mujer algo de falsamente terrible y de cariñosamente marcial. Sus manos rojas y regordetas, sanas y curtidas, se hicieron más bruscas. Su honrado entendimiento se volvió más obtuso y más terco. Y una noche cayó congestionada, como cae un buey bajo el golpe de mazo.

Durante los interminables días que tardó en morir, la costura se abandonó; las hijas, aterradas no se ocuparon más que de contemplar la faz de la agonizante y de espiar los pasos de la muerte. Las obscuras potencias enemigas del pobre, las malvadas que deshilachan, manchan y pudren, las infames pegajosas se apoderaron del hogar, y se gozaron del cadáver de doña Francisca. Las horas, las monótonas horas, indiferentes, iguales, iban llegando unas tras otras y pasaban por el miserable cuartucho, pasaban por el cadáver de doña Francisca y dejaban descender sobre aquella melancolía la melancolía del ocaso y la madeja de sombras que ata al sueño y al olvido.

Los chiquillos, hartos de jugar, se fueron durmiendo. Las mujeres, sentadas por los rincones, rezaban quizá. La vieja, acurrucada siempre, era, en la penumbra, como otro cadáver que tuviera abiertos los ojos.

Una de las mujeres se levantó al cabo y encendió una vela. Miró después hacia la muerta y se quedó atónita. Debajo de la nariz roma de doña Francisca la raya del bigote se acentuaba. La longitud de cada pelo se había duplicado, y algunos rozaban ya los carrillos verduzcos de la valerosa matrona.

—A los hombres les suele crecer la barba —murmuró la vieja.

El silencio cubrió otra vez, como un sudario, la escena desolada. Se agitaba extrañamente la llama de la vela, haciendo bailar grupos de tinieblas por las paredes del aposento. Encorvadas, abrumadas, las mujeres dormitaban, hundiendo sus frentes marchitas en las ondas de la noche. Las horas pasaban y el bigote de doña Francisca seguía creciendo.

A veces se incorporaba una de las hijas y consideraba el rostro desfigurado de su madre como se consideran los espectros de una pesadilla. Los niños, con aleteos de pájaros que sueñan, se estremecían confusamente. La vela se consumía y en la hinchada, horrible doña Francisca, seguía creciendo aquel bigote espantoso que después de difunta la trastornaba el sexo.

Cuando el alba lívida y helada se deslizó en el tugurio, y despertaron ateridos los infelices, vieron sobre la carne descompuesta de doña Francisca unos enormes bigotes cerdosos y lacios que le daban el aspecto de los guillotinados en las figuras de cera. Entonces, el más menudo de los diablillos, soltó la carcajada, una carcajada loca que saltaba a borbotones como de una fuente salvaje y la vieja se destapó también como una alimaña herida, y las mujeres no pudieron más y se rieron como quien aúlla, y aquellas risas inextinguibles, sonando en las entrañas de la casa sórdida, hacían sonreír a los que pasaban por la calle.



en Cuentos breves, 1911











miércoles, marzo 20, 2019

“Último discurso en la corte”, de Bartolomeo Vanzetti





He estado hablando mucho de mí mismo
y ni siquiera había mencionado a Sacco.
Sacco también es un trabajador,
un competente trabajador desde su niñez, amante del trabajo,
con un buen empleo y un sueldo,
una cuenta en el banco, y una esposa encantadora y buena,
dos niñitos preciosos y una casita bien arreglada
en el lindero de un bosque, junto a un arroyo.
Sacco es todo corazón, todo fe, todo carácter, todo un hombre;
un hombre, amante de la humanidad y la naturaleza.
Un hombre que lo dio todo, sacrificó todo
por la causa de la libertad y su amor por la humanidad:
dinero, tranquilidad, ambición mundana,
su esposa, sus hijos, él mismo
y su propia vida.

Sacco jamás ha pensado en robar, jamás en matar a nadie.
Él y yo jamás nos hemos llevado un bocado
de pan a la boca, desde que somos niños hasta ahora,
que no lo hayamos ganado con el sudor de la frente.
Jamás...

Ah, sí, yo puedo ser más listo, como alguien ha dicho;
yo tengo más labia que él, pero muchas, muchas veces,
oyendo su voz sincera en la que resuena una fe sublime,
considerando su sacrificio supremo, recordando su heroísmo,
me he sentido pequeño en presencia de su grandeza
y me he visto obligado a repeler
las lágrimas de mis ojos,
y a sofocar mi corazón
que me inquietaba, para no llorar frente a él:
este hombre al que han llamado ladrón y asesino y condenado.

Pero el nombre de Sacco vivirá en los corazones del pueblo
y en su gratitud cuando los huesos de Katzmann
y los de todos vosotros hayan sido dispersados por el tiempo;
cuando vuestro nombre, el suyo, vuestras leyes, constituciones,
y vuestro falso dios no sean sino un tenue recuerdo
de un pasado maldito en el que el hombre fue un lobo
para el hombre...

Si no hubiera sido por esto
yo hubiera podido vivir mi vida
charlando en las esquinas y despreciando a los hombres.
Hubiera muerto olvidado, desconocido, fracasado.
Ahora no somos un fracaso.
Esta ha sido nuestra carrera y nuestro triunfo.
Jamásen toda nuestra vida hubiéramos podido hacer tanto
por la tolerancia, por la justicia, porque el hombre entienda
al hombre, como ahora lo estamos haciendo por accidente.

Nuestras palabras, nuestras vidas, nuestros dolores— ¡nada!
La pérdida de nuestras vidas —la vida de un zapatero
y un pobre vendedor de pescado— ¡todo!
Ese momento final es de nosotros,
esa agonía es nuestro triunfo.



en Antología de la Poesía Norteamericana, 2018

Antologadores: José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal

Descontexto Editores



Nota Descontexto: Ernesto Cardenal, en el prólogo a esta antología, explica la inclusión de algunos textos no poéticos en la selección: “Otras particularidades de esta antología son el incluir como poemas unos que en realidad no se consideraban poemas [...] porque consideramos que son verdadera poesía moderna [...] También al incluir un texto no literario, que son las últimas palabras de Bartolomeo Vanzetti ante la corte que lo condenó a muerte junto con su compañero Nicola Sacco; y que Seldem Rodman incluyó como auténtico poema, dándole corte de versos, en su A New Anthology of Modern Poetry”.











martes, marzo 19, 2019

«Asir la forma que se va», de Carlos Germán Belli






Hay quienes creen en la Divinidad, únicamente acosados por el pavor ante la posible nada. Igualmente hay quienes adoran la forma artística ante el temor de que termine por desintegrarse para siempre. Pero en este caso la angustia no es la única causa, sino que a la vez hay una tácita devoción, tan antigua como los propios objetos estéticos. Es la fe en la forma, no por el riesgo del vacío, sino por el puro placer de disfrutarla. Igualmente como cuando se adora a la Divinidad por sí misma, y aun si no existiera. En realidad, ni espuria ni imputable a barrocos o parnasianos decadentes. No hay que avergonzarse de ella. No hay que reducirla a la postración. Obrar así no es otra cosa que renegar de nuestro continente. Porque los cuerpos en que moramos también poseen un contorno, también una estructura donde se encuentran en perfecto orden y concierto los secretos órganos vitales. Aferrémonos a ella, como nos aferramos a nuestra forma corporal, ante el embate del tiempo, ante la aproximación de la ineludible muerte.





1979














Contribución indirecta a DscnTxt de Roger Santiváñez













lunes, marzo 18, 2019

“La sorpresa y el sueño”, de Emilio Guaquín





El destructor que ha humillado la vida
sueña que muere de un tiro y despierta.

En el territorio de los sueños
noche tras noche
lo espera un puma detrás del bosque
            de la piedra de la montaña.

Soles y lunas pasan y siempre lo sigue
sin dejarse ver jamás
sin claudicar ni un instante.

Para saber el camino que recorre
el hogar que habita
las horas que ocupa para el sueño y el trabajo.

Y entonces despierta el puma también de su sueño
con el puño y los dientes apretados
en el cuerpo de un joven guerrero.

Decide que ha llegado el tiempo de sepultar la espera.



en Weichapeyuchi ül: cantos de guerrero, 2012

Antología de poesía política mapuche












domingo, marzo 17, 2019

"Esto es un castañar...", de Chus Pato

Traducción de Ana Gorría





Esto es un castañar. En el castañar una mujer. La mujer lee, piensa.
Lee un libro o códice miniado.

En el códice una mujer. En su mano uno de los extremos de la
cuerda que en su otro extremo abarca el cuello de
Rosana que avanza detrás de esta mujer.

En el códice, por encima de las bermas, el monte levantándose como
desde los peñascos; entre los peñascos, dehesas.

En el códice, robles, el cielo azul entre los árboles,
expandiéndose entre las ramas desnudas de los robles.

                                ¿Recuerdas
                                cuando los cuervos venían a beber al río?

La mujer está sentada. En el códice, paisaje de peñas, en el fondo
del paisaje un hombre contemplando los cielos, en los cielos un cuervo
             «que había sido él alimentado por los cuervos
             que los cuervos traían en sus picos pan, pan, por entre las nubes
             que habitaría en el fondo de aquel abismo, escarpado».

Bien pudo ser que en aquel otro paisaje hubiera pintado Rafael
un Mesías en triángulo perfectísimo: transfigurado.

La mujer lee, piensa. Paisaje de peñascos. Incluso en el margen
de los caminos, cayendo encima del margen de los caminos.
De las laderas
nubes.






en Poemas de Urania, 1991












sábado, marzo 16, 2019

“Viajando por las montañas”, de Sun Yün-Feng





Viajando con nostalgia y el viento del oeste,
el polvo de mi carro se eleva hasta
las nubes vespertinas. Las últimas cigarras
zumban sobre hojas amarillas.
En el ocaso, la sombra de un hombre se alza
como una montaña. Uno por uno,
los pájaros vuelan a su rama. Yo vago
sin rumbo, nunca voy a casa. Me paro
en la orilla de un riachuelo y envidio al
pescador, ahí sentado, a solas,
a gusto con sus elegantes pensamientos.



en El barco de orquídeas (Antología), 2007

Versión de Mario Spachiaro












viernes, marzo 15, 2019

"Metáforas", de Sylvia Plath







Adivíname: nueve sílabas
tengo, elefante, casa grande,
melón con solo dos tentáculos.
¡Oh fruta, marfil, leño fino!
Dinero nuevo en este bolso.
Soy medio, escena, vaca grávida.
Comí muchas manzanas verdes.
Del tren en que voy nadie baja.











Nota DscnTxt: Se desconoce el nombre del traductor












jueves, marzo 14, 2019

“Clitemnestra”, de Carola Vesely





amo llorar
sobre la leche
que yo misma derramé

deslizarme sobre el piso
de baldosas
(la cocina de tu madre)
como un pez
de ojos hinchados

y escurrirme entre tus manos secas
siempre lechosa

me excita soñarte
tragándote una espina
y esperarte
invertebrada
desnudándome de escamas

llorar sobre tu cama
que yo misma tendí



en Cantares: Nuevas voces de la poesía chilena, 2004

Antología de Raúl Zurita











miércoles, marzo 13, 2019

Tres poemas, de José Molina




(1975-2019)

Uno solo
uno
el giro
que lo
diga y
quién será
capaz de
resistir el
pesos de
cosas no
dichas no
hechas
quizá nunca
imaginadas
ni sentidas



       ·       ·       ·



Los velos          igual          el tiempo
casi         al paso               inauguro
      en mi ser               y
en el tuyouna
pancarta                              o esmeralda
     casi lumbre
suma de   una casta
       armonía
       unos nombres
       los espejos
       casi dichas
ni las espinas mismas        llenan las heridas.



       ·       ·       ·



el ritual diurno
           el grito interno
una tempestad puede,
     en un momento,
                 sacudir las aguas
                 (voz detrás)
                 los mares
                 las olas
                 la arena
                 mi claro está
                 al fondo de
                 lo que más pesa:
                                   tu risa         la sal         el llanto





en El poeta y su trabajo, nº 11, 2003
















Contribución indirecta a DscnTxt de Guadalupe Ángela














martes, marzo 12, 2019

«El final del amor», de Martín Kohan






Hay muchas maneras de perseguir; de todas, ella eligió la más severa, la más perturbadora, la de más agobio, una de total deslealtad. Porque no iba detrás de Traverso, como sería de esperar, para arrimarse y darle alcance cada vez que él se frenara, cada vez que su velocidad menguase. No era eso lo que hacía, y que es lo que por persecución se entiende, sino otra cosa infinitamente amañada: averiguaba cuáles eran los sitios adonde Traverso tenía que ir, los sitios en los que iba a estar, y se le adelantaba. Llegaba antes y se ponía a esperarlo. Cuando llegaba él, ella ya estaba; por lo que, si bien el truco resultaba evidente para ambos, el efecto que se producía sugería que quien perseguía era Traverso, y ella, Lena, la perseguida, ella, Lena, la alcanzada.

Las primeras veces sucedió en lugares más o menos abiertos: congresos o coloquios en tal o cual universidad, conferencias a impartir en tal o cual instituto. Traverso llegaba y Lena andaba por ahí, con un aire de perfecta distracción; jamás se quedó a escucharlo, tampoco (o mucho menos) mostró jamás ninguna intención de acercarse. Simplemente rondaba la puerta o el pasillo o una determinada escalera, y hasta se permitía demostrar cierta sorpresa, si es que no consternación, al ver aparecer a Traverso. Podía decirse, incluso, que al verlo se escapaba de él.

Más adelante el procedimiento varió, y se puso un tanto más grave. Traverso combinaba un almuerzo de trabajo en el centro, o arreglaba con algún amigo para cenar, o se encontraba para tratar asuntos ordinarios en un café, y al entrar al restaurante, o a la parrilla de barrio, o al bar que fuera, no tardaba en advertir, o notaba desde el primer instante, que Lena ya estaba ahí. Sola, quieta, abstraída, sin rastros de ninguna ansiedad, en una mesa simple pero imposible de omitir, estaba ella. Traverso fue pudiendo deducir, en cada caso, cómo era que se había enterado. Lo de los congresos o las conferencias era fácil, porque los anuncios eran públicos y Lena obviamente conocía a la perfección cuáles eran sus circuitos. Lo de los encuentros privados, con colegas o con amigos, suponía algo más intrincado, personas de por medio (amigos del amigo, la hermana del colega, la esposa de algún otro invitado) que pudiesen haber incurrido en el descuido de una infidencia si es que no, tanto más, en la complicidad de una delación.

Traverso llegó a pensar que Lena tenía acceso a sus correos electrónicos, y ante eso decidió cambiar su contraseña; pero las cosas no se modificaron por eso, o no en el grado suficiente. Cierta vez decidió abordarla: enfilar hacia su mesa y abordarla. Era de noche y era en un bar, y Traverso nunca supo qué fue lo que lo impulsó exactamente: si el hartazgo o la compasión, si el enojo o la angustia. Lo cierto es que la abordó, y ella, para su escándalo, comenzó a gemir y luego a chillar: que por favor la dejara en paz, que por favor la dejara en paz. Fue entonces que Traverso entendió, si es que no lo había entendido antes, la maniobra que Lena lograba: colocarlo a él en el papel del perseguidor, darse ella por perseguida.

Cuando Cora entró en la vida de Traverso, con esa promesa de felicidad sencilla que no dejaba de cumplirse día a día, él supuso, pero casi con certeza, que la serie de disgustos con Lena iba a poder acabarse por fin. Bastaría sin dudas con que uno o dos de esos encuentros, casuales en apariencia, se verificaran en presencia de Cora, o sea que Lena tuviese que ver a Traverso con Cora, asistir a la felicidad radiante de Traverso con Cora, esa clase de felicidad que con Lena, a Traverso con Lena, le había resultado desde siempre costosa, y en el último tiempo (en los últimos años) lisa y llanamente imposible, para que renunciara de una vez por todas a la perversión de sus persecuciones.

No fue eso, sin embargo, lo que pasó. Traverso fue a escuchar un concierto con Cora (es cierto: era su artista predilecto el que se presentaba) y ya en la fila, antes de entrar, alcanzó a divisar a Lena; Traverso fue a comer con Cora al restaurante japonés del barrio (es cierto: lo frecuentaba, y siempre los viernes, y reservando una mesa a su nombre), y al entrar se encontró con Lena ya sentada en una mesa contigua a la suya; Traverso fue con Cora a comprarle un libro a su padre para el cumpleaños (es cierto: era amigo de ese librero, y compraba el regalo un día antes del cumpleaños) y se encontró con Lena curioseando entre los estantes, hojeando con aparente interés el último libro de un colega de Traverso al que Traverso detestaba más que a nadie.

Presintió que empezaba a trastornarse, es decir, a enloquecer, cuando llegó a preguntarse si Cora, la hermosa Cora, Cora la mayor dicha de su vida, no estaría en componendas con Lena; si no sería su agente, su inaudita aliada. Ante eso tomó una decisión que resultó un completo acierto: le contó lo que estaba pasando. La puso al tanto de todo. Y Cora, la hermosa Cora, la dicha mayor de su vida, hizo con eso lo mismo que hacía con todo: le quitó gravedad y pena, lo transformó en un asunto ligero.

Ligero, sí, y hasta feliz. Porque empezaron a divertirse, los dos, con el torvo acecho de Lena, con los siniestros anticipos de Lena, con la obcecada insistencia de Lena, es decir, en resumen, con Lena. Casi podía decirse que esperaban su presencia, o poco menos, en una salida al teatro o en el regreso al restaurante japonés. Si estaba, la dejaban estar, y a veces ni siquiera hablaban de ella: un guiño, un cabeceo, el más rápido entendimiento, y eso era todo. Lograban perfectamente olvidarse, a lo largo de la obra o a lo largo de la cena, de que Lena estaba ahí.

No obstante, los sorprendió, tal vez porque no imaginaron que pudiese arriesgarse a tanto, cuando llegó el verano y con el verano las vacaciones y ellos viajaron a una playa de Brasil, y vieron a Lena en el hotel, ya instalada y sin expresión en el rostro, casi dueña del lugar mientras ellos apenas descargaban sus valijas y empezaban a acostumbrar los oídos al otro idioma. Lena: anteojos de sol, capelina clara, un pareo vaporoso que Traverso conocía bien. ¿Hablaría todavía con su madre, la de Traverso, con quien tan bien se había llevado? ¿Le llegaría a su nueva casa una copia del resumen de la tarjeta de crédito, de la que alguna vez se extendió la suya propia, con los pagos por adelantado de pasajes o alojamientos que tan solo se utilizarían después?

Cora logró calmar a Traverso: en el fondo, no importaba. El mar suave esperaba por ellos, la arena célebre, los atardeceres. ¿Qué podía, ante eso, Lena?; ¿qué podía contra eso Lena: la infeliz, la nocturna, la insignificante, la despechada Lena? Traverso asintió. Estaban ya en la habitación del hotel, las valijas todavía sin abrir. Traverso se quedó mirando a Cora a los ojos, después la abrazó y después la besó. Pero después cometió su gran equivocación, la más inmensa de todas. Por deber a la verdad, o por no resultar vanidoso, creyó que tenía que aclararle a Cora que en el final del amor de ellos dos, del amor de Lena y Traverso, Lena no había sido la dejada, sino al revés: era la que lo dejó. Así habían pasado las cosas. Era Lena la que lo había abandonado.

Entonces el rostro de Cora cambió. O brotó en ella uno que Traverso nunca había notado, ni entrevisto, ni siquiera sospechado. De pronto Cora lucía desencajada: temblorosa, fuera de sí. Por primera vez en tantos meses de copiosa felicidad se daba el caso de que fuese él quien tenía que serenarla a ella, y lo cierto es que no encontraba la forma de hacerlo. ¿Cora lloraba? Peor que eso: estaba a punto de llorar, y no lloraba. Se puso a hablar, en una especie de trance. ¿Qué clase de cosa terrible, qué cosa monstruosa y lúgubre, había sido capaz de hacer Traverso, qué cualidad ominosa y brutal existía incrustada en Traverso, para que Lena, la inconcebible Lena, aun después de haberlo dejado, aun después de haberlo soltado y perdido, aun después de haberse resuelto y salido, se dedicara tan largamente a esto?

Traverso contestó que nada, repitió que nada, juró y volvió a jurar que nada. No sabía qué había pasado con Lena, por qué hacía las cosas que hacía. Hubo un largo silencio en el cuarto: tanto que se oyeron pasos y voces afuera, que hasta entonces no se habían oído. Al final de todo ese silencio, Cora lo miró y dijo: bueno. Dijo bueno, y nada más.

Siguieron las vacaciones, y las disfrutaron. Se olvidaron de Lena y fueron felices. Era el primer viaje que hacían juntos, eran los comienzos del amor que se tenían. Era eso: los comienzos, el principio. Y sin embargo, algunos años después, cuando Cora, la hermosa Cora, incrédula de Traverso, espantada de Traverso, repugnada de Traverso, lo abandonó sin apelación posible, fue evidente para él, y acaso lo fue para ella, que en aquella habitación de aquel hotel de Brasil, cuando él se equivocó y aclaró qué era lo que había pasado con Lena, el amor entre ellos dos, el amor entre Cora y Traverso, que empezaba como para siempre, empezaba también a acabarse, empezaba a encontrar su final.




en Cuerpo a tierra, Eterna Cadencia, 2015











lunes, marzo 11, 2019

“Poema sin fin”, de Humberto Quino





Toda mi sangre
            Es esta furia
            Este delirio
Este lápiz de punta roma
El ajuar de mi novia muerta.

Todo mi cuerpo
            Es esta montaña
            Este cigarrillo
Esta manera de entregar el alma al diablo.

Todo mi cuerpo
Es la ciudad cruzada por mil fuegos
Un aire de boca ajena
Un miasma / una melodía
Es el mercado con su sombrero multicolor
Es la mujer que amo y me ama
Es esta altura funesta en que yazgo
Es también
            Una soga
            Un cubo de basura
            Un candil
            Un mandril
            Una pintarrajeada por toda la ciudad.



en Antología de la poesía boliviana: Ordenar la danza, 2004

LOM Ediciones











domingo, marzo 10, 2019

"El vestido negro", de Clara Silva





Se inclina al borde del tiempo
y ve su cara
su otra cara espectral
navegando en la noche
cerrada a la culpa misteriosa

En sus ojos cansados
más allá del hueco de la tierra
el pájaro inmóvil de la muerte
en la fascinación del cielo.
Y sus manos caen del olvido
amontonando palabras inertes.

Quiere saber cual es la que se acaba
confrontar sus medidas
si es la enemiga que habla por su boca
o la otra sin culpa
que sus padres pusieron en el suelo
mirando el vacío de las cosas
Como su anillo no tiene herederos
pone una señal para encontrarse
detrás del vestido negro
donde tal vez haya una puerta para el alma
y el serafín aparte la condena

Pero la viña
–como dijo el Profeta–
sólo tiene un racimo entre las piedras.





en Juicio final, 1971












sábado, marzo 09, 2019

“Es el hambre...”, de Wang Yu Tcheng





Es el hambre,
los alimentos faltan.
Ningún humo corona las chimeneas,
pasa un tropel de mendigos por el camino.
Una familia, un viejo con su mujer enferma,
tres niños guiados por un hombre que llora
la siguen.
Un litro de grano por toda provisión
y cien moneditas para el camino.
Subieron de Chang’an el último año,
los empujaba el hambre.
Murió la madre de los niños
y la enterraron en campos extranjeros.
Buscan ahora volver al jardín donde vivían,
pálidos, enjutos, ya sin fuerzas ni apoyo.
Tengo miedo de que algún día sus cadáveres
queden en algún valle, cubiertos por la nieve.



en Poesía china, 1960
Traducción de Rafael Alberti y María Teresa León