lunes, julio 22, 2019

"Los perplejos", de Cynthia Rimsky

Tres fragmentos






El reencuentro con Daniel otorga un nuevo viso a las viejas y gastadas cosas que nos han acompañado durante los diez años que hemos estado errando por el sur de España. Contemplo los libros ajados y maltrechos, las manchas de tinta que no logro borrar de mis dedos. Daniel quiere saber cuánto avancé en la interpretación de la historia de Job. ¿Es que ya encontré una explicación científica al mal? Solo al poner ante mi hermano los espacios en blanco que antes de aprender a leer confundió con dibujos, las columnas, los números al final de la página, siente Daniel que ha llegado a casa.

*

Caminar es una forma de pensar la ausencia de la panadería, la carnicería, el taller del carpintero, del relojero, del zapatero, la barbería, la sastrería, la sombrerero, la calle de Abbas, el- Bali, la casa, el río...

*

El empleado municipal sube a la torre donde está el reloj de la ciudad y desamarra los cordeles que mantienen en pie un gigantesco árbol de navidad que este año ya cumplió su cometido. Antes de bajar aprovecha de quitar la maleza que ha crecido alrededor de las horas.











2009, 2019 (2a ed.)












domingo, julio 21, 2019

“El comodín”, de Kjell Askildsen





Un sábado por la noche, hacia finales de noviembre, me hallaba solo en casa con Lucy. Yo estaba sentado en el sillón junto a la ventana, ella junto a la mesa del comedor haciendo un solitario. Últimamente no paraba de hacer solitarios, yo no sabía por qué, pensaba que quizá tenía miedo de algo. Hace mucho calor, dijo Lucy, podrías abrir un poco la ventana. Estaba de acuerdo en que hacía algo de calor, y como afuera no hacía demasiado frío, abrí la ventana que daba al jardín de atrás y a un bosquecillo. Me quedé de pie un rato escuchando el suave rumor de la lluvia. Tal vez fuera esa la razón, la suave lluvia y el silencio, lo cierto es que ocurrió lo que ocurre de vez en cuando: se te viene encima un gran vacío, es como si la misma falta de sentido de la existencia se te metiera dentro y se extendiera como un inmenso y desnudo paisaje. Ya puedes volver a cerrar, dijo Lucy, aunque yo seguía mirando por la ventana. Voy a dar una vuelta, dije. ¿Ahora?, preguntó ella. Cerré la ventana. Solo un paseíto, contesté. Ella seguía con su solitario, sin levantar la cabeza. En la entrada, me puse el impermeable y el gorro de lluvia que utilizo para trabajar en el jardín cuando hace mal tiempo. Tal vez por eso fui al jardín en lugar de salir a la carretera. Llegué hasta el final, donde cultivábamos la col y había un pequeño banco sin respaldo que databa de antes de que Lucy heredara la casa. Me senté bajo la lluvia en la oscuridad y miré hacia las ventanas iluminadas, pero como el jardín formaba una suave pendiente hacia abajo, no podía ver a Lucy, solo el techo y la parte superior de las paredes. Al cabo de un rato hacía demasiado frío para permanecer sentado; me levanté con la intención de trepar por la valla y cruzar el bosquecillo hasta la carretera, junto a la oficina de correos. Pero al llegar a la valla, me volví y vi la sombra de Lucy en la pared de dentro y un trozo de techo, y no entendía cómo podía ser, no entendía cuál podía ser la fuente de luz que hacía que la sombra cayera justo ahí. Trepé la valla por el lugar donde podía agarrarme a la rama inferior de un gran roble; desde allí podía ver a Lucy sentada junto a la mesa. Delante de ella ardía una vela y en una mano llevaba algo que también ardía, pero me resultaba imposible ver de qué se trataba. Luego la llama desapareció y Lucy se levantó; en ese instante fue como si toda la habitación quedara en penumbra. Un momento después, Lucy había desaparecido de mi campo visual. Esperé un rato, pero no volvió. Bajé de un salto hacia la parte exterior de la valla y me adentré en el bosquecillo. Me preguntaba qué había quemado, y de alguna manera me sentía engañado, por no decir encandilado, sé que fue justo eso lo que sentía, porque la idea me dejó algo perplejo, incluso me pregunté de dónde procedía el verbo «encandilar». Seguí andando por el sendero hasta llegar al estacionamiento de gravilla que había detrás de la oficina de correos, allí me paré a sopesar los pros y los contras. Luego volví por el mismo camino, no era muy largo, tan solo unos doscientos metros, y enseguida me encontraba otra vez junto a la valla.

Permanecí un buen rato en la entrada, y cuando llegué al cuarto de estar, Lucy estaba haciendo un solitario. Levantó la vista de las cartas y me dirigió una sonrisa. No había ninguna vela en la mesa, ni restos de papel quemado en el cenicero. ¿Y bien?, preguntó. Llueve, contesté. Ya lo sabías, ¿no?, preguntó ella. Sí, contesté. Me senté junto a la ventana. Miré hacia el jardín, pero solo me encontré con el reflejo de la habitación y el de Lucy. Al cabo de un rato, sin levantar la vista de las cartas y con una voz completamente cotidiana, dijo: No tengo más que pellizcarme el brazo para saber que existo. Incluso tratándose de Lucy era una afirmación muy contundente, y si la interpreté como una acusación, lo atribuyo a esa sensación de haber sido engañado, una sensación que no se había esfumado al volver a casa y encontrar borradas todas las huellas de lo que había visto desde la valla. Estuve a punto de darle una respuesta irónica, pero me controlé. No dije nada, ni siquiera me volví hacia ella, sino que continué observando su reflejo en el cristal de la ventana. Se puso a recoger las cartas, todavía sin levantar la vista. Me sentí como si tuviera la cara rígida. Lucy guardó la baraja en el estuche y se levantó lentamente. Me miró. Fui incapaz de volverme, estaba completamente recluido en la sensación de haber sido agraviado. Dijo: Pobre Joachim. Y se fue. La oí abrir la llave de la cocina, luego se oyó la puerta del dormitorio y finalmente se hizo el silencio. No sé cuánto tiempo permanecí sentado, desmenuzando con amargura sus últimas palabras, tal vez varios minutos, pero por fin mis pensamientos tomaron otro rumbo. Me levanté y me acerqué a la chimenea. Estaba tan limpia de cenizas como antes. Quería ir a la cocina y mirar en el cubo de la basura, pero dudé ante la posibilidad de que Lucy me sorprendiera. ¿Y qué?, me dije, no sabe que la he visto. Abrí la puerta de debajo del fregadero, y sobre la basura podía verse la esquina de una carta quemada. La cogí y empecé a darle vueltas, perplejo y confuso. Las preguntas se enmarañaban en mi interior. ¿Había ido a buscar una vela con el fin de quemar una carta? ¿Una de esas cartas con las que hacía solitarios? ¿Por qué una vela? ¿Por qué quemar una carta? ¿Por qué había vuelto a guardar la vela? ¿Qué carta? A la última pregunta tal vez pudiera darle una respuesta; dejé caer la carta quemada al cubo de la basura y volví al cuarto de estar. La baraja seguía sobre la mesa, saqué las cartas y las conté, cincuenta y tres. Solo había un comodín. Lucy había quemado un comodín. Miré el que quedaba: un bufón guiñando un ojo al sacarse un as de corazones de la manga. Me metí la carta en el bolsillo con una confusa sensación de venganza, luego volví a meter la baraja en el estuche.

Cuando una hora más tarde fui a acostarme, Lucy ya estaba dormida. Permanecí mucho tiempo despierto y a la mañana siguiente me acordaba de todo. Llovía. Intenté imaginarme que era una mañana de domingo cualquiera, pero no lo conseguí. Desayunamos en silencio, es decir, Lucy mencionó un par de asuntos triviales, pero yo no contesté. Luego añadió: No hace falta que estés tan callado por mí. En ese instante todo se me volvió negro por dentro. Tenía el cuchillo en la mano y golpeé el mango con tanta fuerza contra el plato, que estalló. Luego me levanté y salí de la habitación gritando: ¡Pobre Joachim, pobre Joachim!

Unas horas más tarde, volví a casa. Había pensado decirle que lamentaba no haber sido capaz de controlarme. La casa estaba a oscuras. Encendí las luces. En la mesa de la cocina había una nota en la que ponía: «Sí. Te llamaré mañana u otro día. Lucy».

Así salió de mi vida. Después de ocho años. Al principio me negué a creerlo, estaba seguro de que al cabo de un tiempo se daría cuenta de que me necesitaba tanto como yo a ella. Pero no se dio cuenta, ahora lo sé, he de aceptarlo, no era la que yo creía que era.



en Un vasto y desierto paisaje, 2002











sábado, julio 20, 2019

«Preludio a la melodía del agua», de Su Shi

Versión de Juan Carlos Villavicencio





En la noche del Festival de Mediados de Otoño de 1076, bebí felizmente hasta el amanecer y escribí esto en mis copas mientras pensaba en Zi-you.


«¿Cuánto tiempo brillará aquí la luna?»,
le pregunto al cielo, mientras bebo una copa de vino.
No sé en qué época del año
sería esta noche en el palacio allá en las alturas.
Montando junto al viento, ahí volaría,
sin embargo, me temo que el palacio de cristal
sería demasiado alto y frío para mí.
Me levanto y danzo, y juego con mi sombra.
Allá arriba como en la tierra, ¿sería acaso tan feliz?

La luna gira alrededor de la mansión roja
a través de las ventanas cubiertas de suave gasa
para arrojar su luz sobre la cama donde nadie duerme.
No debería sentir rencor por aquel hombre.
¿Entonces, por qué cuando la gente parte se hace más brillante y plena?
Los hombres sienten dolor y alegría, se separan o se vuelven a encontrar;
la luna puede ser brillante o tenue, puede crecer o declinar.
Nada ha sido perfecto desde los viejos tiempos.
¡Pues deseemos a ese hombre
vivir tanto como pueda!
A pesar de la distancia, compartiremos la belleza que nos muestra.

















viernes, julio 19, 2019

“Polvo”, de Tobias Wolff





Unos días antes de Navidad mi padre me llevó a esquiar a Mount Baker. Tuvo que luchar por el privilegio de mi compañía, pues mi madre estaba todavía enfadada con él porque en su última visita me había colado en un club nocturno para ver a Thelonious Monk.

No cejó en su empeño. Prometió, llevándose la mano al corazón, que me cuidaría y que me traería de vuelta para la cena de Nochebuena, y ella se ablandó. Pero la mañana de Nochebuena, cuando estábamos a punto de dejar el hotel empezó a nevar y él observó en aquella nieve una extraña cualidad que hacía totalmente necesario que subiéramos una vez más. Subimos varias veces más. No hacía caso de mis quejas. Una ventisca feroz nos envolvía, cegándonos, silbando como la arena, pero nosotros seguimos esquiando. Subíamos en el andarivel cuando mi padre, mirando la hora, dijo:

—¡Cristo! Ahora sí que tenemos que darnos prisa.

Para entonces yo ya no distinguía la pista. No valía la pena intentarlo. Me pegué a él como si fuéramos una sola persona, hice todo lo que él hacía y conseguí llegar abajo sin despeñarme por un barranco. Devolvimos los esquíes y mi padre puso las cadenas al Austin-Healy, mientras yo saltaba de un pie al otro, me frotaba un guante con otro y deseaba estar ya de vuelta en casa. Lo veía todo. El mantel verde, los platos con el decorado navideño de acebo, las velas rojas esperando ser encendidas.

Al salir pasamos por delante de la cafetería de la estación.

—¿Quieres algo calentito? —me preguntó mi padre. Y yo asentí con la cabeza.
—Bueno, no te preocupes —dijo—. Te voy a llevar a tiempo. ¿De acuerdo, jefe?

Se suponía que yo debía responder: «De acuerdo, jefe», pero no dije nada.

Un guardia nos hizo una seña para que paráramos cuando salíamos de la estación de esquí. Había un par de vallas bloqueando la carretera. El policía se acercó a nuestro auto y asomó la cabeza por la ventanilla de mi padre. Estaba pálido de frío. Tenía nieve en las cejas y en el ribete de piel de la chaqueta y de la gorra.

—No me diga que… —dijo mi padre.

Pero el guardia le dijo. La carretera estaba cerrada. Podía que la limpiaran o podía que no. La tormenta había sorprendido a todo el mundo. Había sido muy rápida. No era fácil que la gente se pusiera a trabajar inmediatamente. Era Nochebuena. Ya se sabe...

Mi padre dijo:

—Mire. Me está hablando de catorce o quince centímetros de nieve. He ido con este auto por carreteras en mucho peor estado que eso.

El guardia irguió la espalda. No se le veía la cara, pero lo oí.

—La carretera está cerrada.

Mi padre no apartó las manos del volante, acariciándolo con los pulgares. Se quedó mirando las vallas durante un buen rato. Parecía que estuviera intentando saber en qué consistían. Luego dio las gracias al guardia y haciendo una timorata demostración de prudencia, bastante extraña en él, giró el auto.

—Tu madre no me lo perdonará nunca —dijo.
—Debiéramos haber salido antes —dije. Y añadí—: Jefe.

No volvió a dirigirme la palabra hasta que no estuvimos acomodados en la cafetería esperando que nos trajeran las hamburguesas.

—No me lo perdonará —dijo—. ¿Comprendes? Nunca.
—Supongo —respondí, aunque no había mucho que suponer; ella nunca se lo perdonaría.
—No puedo dejar que suceda —inclinó el cuerpo hacia mí—. ¿Sabes lo que me gustaría? Me gustaría que volviéramos a estar juntos. ¿A ti te gustaría?
—Sí.

Acercó los nudillos a mi barbilla y la alzó.

—Eso es lo que quería oír.

Cuando terminamos de comer, se dirigió al teléfono público, que estaba en la parte trasera de la cafetería, y luego volvió a la mesa. Me imaginé que habría llamado a mi madre, pero no me informó. Bebió unos sorbos de café con la vista fija en la carretera desierta, al otro lado de la cristalera de la cafetería. «Bueno, hombre...», dijo entre dientes, pero no me hablaba a mí. Un poco después volvió a decir lo mismo. Cuando pasó el auto del guardia, con las luces intermitentes encendidas, se levantó y puso algo de dinero encima de la cuenta.

—Está bien, larguémonos.

Había parado el viento. La nieve caía perpendicular, más lenta, menos tupida. Nos alejamos de los edificios de la estación, en dirección a las vallas que bloqueaban la carretera.

—Apártalas —dijo mi padre.

Cuando lo quedé mirando, dijo:

—¿Qué esperas?

Me bajé del auto y empujé a un lado una de las vallas y luego, cuando él pasó, volví a ponerla donde estaba. Me abrió la puerta del auto.

—Ahora eres cómplice —dijo—. Bajemos juntos —metió la marcha y me miró—. No estoy bromeando, hijo.

Durante un buen trecho, al principio, fui mirando atrás para ver si el guardia nos seguía. Las vallas desaparecieron de mi vista. Y entonces solo quedó la nieve: nieve en la carretera, nieve despedida por las cadenas del auto, nieve en los árboles, nieve en el cielo; y nuestras huellas en la nieve. Cuando volví la cabeza al frente, me quedé espantado. Nuestras propias huellas habían ido marcando el trazado de la carretera detrás de nosotros, pero no había huellas que seguir por delante. Mi padre conducía sobre nieve virgen entre dos hileras de árboles. Iba canturreando Stars Fellon Alabama. Me daba la sensación de que la nieve rozaba el suelo del auto, bajo mis pies. Metí las manos entre las rodillas para que no me temblaran.

Mi padre murmuró algo para sí, pensativo, y dijo:

—Esto no debes hacerlo nunca.
—No lo haré.
—Eso es lo que dices ahora, pero un día sacarás licencia de conducir y entonces pensarás que puedes hacer cualquier cosa. Pero la diferencia es que no serás capaz de hacer esto. Para esto se necesita, no sé, un instinto especial.
—Tal vez lo tenga.
—No, no lo tienes. Tienes tus puntos fuertes, tus habilidades, pero esta no es una de ellas. Solo lo digo porque no quiero que te quedes con la idea de que es algo que puede hacer cualquiera. Yo conduzco especialmente bien. Eso no es una virtud, ¿vale? Y además hay que reconocerle también el mérito a este cacharro. No hay muchos otros autos con los que me atrevería a hacer lo mismo. ¡Escucha!

Escuché. Oí el chasquido continuo de las cadenas, el terco gemir sincopado del limpiaparabrisas, el ronroneo del motor. Ronroneaba realmente. Aquel cacharro era casi nuevo. Mi padre no podía permitírselo y no dejaba de prometer que iba a venderlo, pero ahí estaba todavía.

—¿Adónde crees que se habrá ido el guardia? —dije.
—¿Tienes frío?

Alargó la mano y subió la calefacción. Luego apagó el limpiaparabrisas. Ya no lo necesitábamos. El cielo se había aclarado. El propio auto apartaba los escasos copos sueltos que aún revoloteaban como plumas diminutas. Dejamos los árboles y entramos en una extensa zona cubierta de nieve que estaba al mismo nivel que la carretera y luego bajaba bruscamente. A intervalos aparecían a derecha e izquierda unos postes de color naranja, por los que se guiaba mi padre, aunque estaban lo bastante separados para que yo no pudiera estar del todo seguro de por dónde iba exactamente la carretera. Mi padre volvía a canturrear, improvisando variaciones sobre la melodía.

—Pues, ¿cuáles son entonces mis puntos fuertes?
—Si empiezo, nos llevará todo el día —respondió.
—Bueno, dime uno solo.
—Fácil. Eres previsor.

Era verdad. Siempre preveía lo que pudiera pasar. Era uno de esos chicos que guardaba la ropa en perchas numeradas para estar seguro de ponérmela toda por igual. Siempre les estaba dando la lata a mis profesores para que me dieran las tareas por adelantado, a fin de poder planificarme con tiempo. Era previsor, por eso sabía que habría otros guardias esperándonos al final de la carretera, si llegábamos. Lo que no sabía era que mi padre les suplicaría, los engatusaría —no llegaría a cantarles Adeste fideles, pero casi—, para que lo dejaran pasar, y me llevaría a casa a la hora acordada, ganando así un poco más de tiempo antes de que mi madre decidiera romper definitivamente. Sabía que nos atraparían; estaba resignado. Y tal vez por eso olvidé mi agobio y empecé a divertirme.

¿Por qué no? Esta sí que era de cine. Como en una lancha, solo que mejor. En una lancha no te lanzas por una pendiente. Y la teníamos toda para nosotros. Y no se acababa nunca: los árboles cargados de nieve, la lisa superficie de nieve, las súbitas panorámicas blancas. Aquí y allá veía signos de la carretera: un trozo de cuneta, un vallado, un poste, pero no tantos que me sirvieran para orientarme. Pero tampoco tenía que hacerlo. Mi padre conducía. Mi padre: cuarenta y ocho años, despeinado, amable, carente de honor, resplandeciente de seguridad. Conducía maravillosamente. Persuadía sin forzar. Qué sutileza con el volante; qué tacto en los pedales. En realidad confiaba en él. Y lo mejor todavía no había llegado: las curvas, una tras otra, cada cual más cerrada, imposibles de describir. Salvo, tal vez, de esta manera: solo quien ha conducido sobre polvo de nieve sabe lo que es conducir.



en La noche en cuestión, 1997










jueves, julio 18, 2019

«El fantasma del Rey Hamlet», de Stevie Smith

Traducción de Miguel Ángel Montezanti




«Debería hablársele».

Pobre noble fantasma que viene del lugar del dolor,
De tanto dolor perverso y ardiente
Para volver a andar vestido de armadura luctuosa
por los prados suaves y grises en una noche de invierno.
A ti deberían hablarte, porque a menos que uno hable
Tú no puedes; debes ser hablado o bien irte
Sin que te oigan, desconsolado, al sufrimiento.
Tengo compasión de tu rostro real y también de tu carácter,
De tu cabeza coronada y del afilado salvajismo
Que, cuando había hablado tu hijo, descubrió en palabras
Una larga expresión de venganza,
«Matad, matad a los asesinos». Todos aquellos que van
Por los prados del pensamiento, melancólicos a media noche
Donde los amigos pasan distantes y no hablan
Pueden exclamar «Matad, matad», porque también son asesinados
Como atacados por el Silencio y completamente muertos.
«Hablad, habladme», exclamas, «Yo debo ser hablado»
Pero, oh, los amigos no hablan, tienen demasiado que hacer.






en Shakespeare lector. Lectores de Shakespeare,
Lucas Margarit y Elina Montes (editores), UBA, 2017




















miércoles, julio 17, 2019

“El sombrero y la boina”, de Andrea Camilleri



(1925 - 2019)


Era una noche oscura, pero no tormentosa. En la densa oscuridad de aquella calle que debería haber iluminado una farola que los chiquillos habían apedreado hasta apagarla, el sombrero de gran marca, algo asustado, caminaba aprisa para llegar al sitio donde tenía que llegar. Al doblar la esquina, comprendió que el temido encuentro estaba a punto de producirse: frente a él, quieta como si lo estuviese esperando, había una boina. Pero no una boina a cuadros de turista inglés ni verde claro al uso catalán; no, señores, ésa era una boina siciliana, de paño negro y torcida. Con un grito sofocado, el sombrero dio un paso atrás.

—¿Te he asustado? —se informó, a un tiempo cortés e irónica, la gorra.
—Bueno, sí.
—¿Y por qué?
—Bueno, ya se sabe qué representa la boina, ¿no? Y al verte así de repente frente a mí, en la oscuridad de una calle solitaria, enseguida he pensado en una mala boina, una boina con intenciones aviesas… ¿Adivino?
—Adivinas —respondió la boina sacando un revólver del bolsillo. Luego preguntó—: Dime antes una cosa. ¿Sobre qué cabeza estás?
—Sobre la cabeza del banquero más grande del mundo —respondió el sombrero.

La boina volvió a guardar el arma en el bolsillo, se hizo a un lado y se descubrió respetuosamente.

—Usted perdone, capo. No lo había reconocido —dijo con una inclinación.



en Gotas de Sicilia, 2001











martes, julio 16, 2019

"Y habrá fuego cayendo a nuestro alrededor", de Mario Pera

Inicio




Impedir que la hoja caiga
                                                   no como una hoja
                                                   sino como un puñal
                                                   no como una hoja
                                                   sino como un grito
descolgarse
siendo
sangre que brota de los huesos
imagen herrumbrada
de un árbol que se hunde en sí mismo
y resbala desde su alma
y arde
                         bosque sin raíz
                         caja de lápices que tras el verano
                         sigue la ruta de los mares y se ensancha
                         en un viaje
                                                  verti
                                                              cal,

ardor serpenteante en el vacío
                         rito de cerillo extinto
                         contra el tiempo               las fechas
                         la realidad           tronando entre las grietas
                         de una máscara de la que crece
                         el soplo oscuro
                         de la infancia
y no se aleja
como el gemido de un diapasón que en el invierno
endurece la tinta y la palabra que nutren
la espesura en nuestros dedos
en esta única región
que no es ningún lugar

                         está todo perdido
                         incluso este poema
                         en boca de los hombres

porque este poema termina aquí
o mejor
no termina nunca

para ser preciso un cuerpo
                                                     nada distinto al tuyo
                                                                               al mío
logró esquivar la herida de un goce
giro de espiral que se transforma
en una ágil bola de cielo que rueda
                                          en el corazón

(...)


Amargord ediciones, 2018




















lunes, julio 15, 2019

“Reanudación”, de Micaela Paredes Barraza





Tras tantas noches yermas hoy retornas.
Esta noche tu peso, entre mis palmas,
siento vuelve a latir y reconozco
al tacto tu espesor, vieja nostalgia.
Vencida creí verte, al fin ardiendo
en la llama primera de la danza
bailada por el tiempo, que en mi sangre
al mundo despertó y en la palabra
dio curso a la luz cría –al día inmenso
de Dios- anuló todas las distancias.

Pero hoy calas la noche. Con la lluvia
desciendes y me inundas la garganta.
Las horas encarnadas sueño adentro
se reducen a instante. Aquí, en el agua,
veo alejarse todo y todo ingresa
de nuevo al flujo informe. Ser estancia
vacía. Solo ser rastrojo hermoso:
inútil soledad llena de agua.



en Nocturnal, 2017












domingo, julio 14, 2019

“Ocúpate del reino del corazón, y lo demás te llegará”. Entrevista a Claudio Naranjo, de Víctor Amela



Valparaíso, Chile, 1932 – Berkeley, California, EE.UU., 2019



El siquiatra chileno Claudio Naranjo, divulgador del eneagrama, candidato al Nobel de la Paz y pionero en la integración de la sicología occidental y las corrientes orientales, aseguró que "el mal de nuestra cultura es que mira más hacia fuera que hacia adentro", y que "la educación debería enseñarnos a mirar hacia adentro”, ya que “nos han criado para la ceguera”.


¿Qué es el eneagrama?
Una herramienta de autoconocimiento, la más completa.

¿En qué consiste?
Es un mapa de las nueve pasiones que conforman tu personalidad: te ayuda a conocerlas y así identificar cuál de ellas te domina.

¿Cuáles son esas nueve pasiones?
Ira, orgullo, vanidad, envidia, avaricia, cobardía, gula, lujuria y pereza.

Suenan a los pecados capitales...
Los griegos ya enumeraron casi todas esas pasiones, llamadas luego “pecados” por el cristianismo, y que son a su vez los nueve eneatipos del eneagrama.

¿Y una de esas pasiones me domina?
Siempre hay una dominante sobre las demás: identifica cuál es la tuya, y así podrás trabajarte para equilibrarla con las demás.

¿Con qué fin?
Dejar de actuar reactivamente, con automatismos, como una máquina: ante cada situación serás capaz de actuar con conciencia.

¿Cuál es su pasión dominante?
La avaricia.

¿Sí?
He temido siempre quedarme sin nada: temeroso de la precariedad de mis recursos, me ha costado invertir en mis capacidades, he desconfiado de mí... Y eso me ha dejado en el filo del vivir, una vida por vivir.

¿No ha podido dominar esa avaricia?
Ya sí, pero ha sido difícil. Ya lo dijo Churchill: “El hombre se tropieza con la verdad, pero se levanta y sigue su camino”.

¿De dónde proviene el eneagrama?
De un esoterismo cristiano de Asia Central, que divulgó por Europa una especie de Sócrates ruso de principios del siglo XX, Gurdjieff. Y de él lo aprendió Óscar Ichazo, que me lo enseñó en el desierto de Arica.

¿Cómo fue usted a parar al desierto?
Era 1970, yo pasaba el peor momento de mi vida... Y me retiré durante seis meses.

¿Qué le había sucedido?
Mi segunda esposa tuvo un accidente de automóvil y murió mi hijo de once años.

Sobreponerse debió ser duro...
Yo tenía 37 años y me tendía en su camita y pasaba horas y horas llorando. Un día entendí que era llanto por lo que no había podido quererle. Sentí su presencia y dejé de llorar.

¿Y qué aprendió en el desierto?
Yo era médico psiquiatra. Vi que la medicina farmacológica abordaba síntomas, pero no la raíz del problema del paciente: la dejé para ejercer como psicoterapeuta.

¿Es muy malo que mande una pasión?
Lo malo es que en ese caso tu vida será más pequeña, automatizada, dilapidarás energías, pudiendo vivir más plenamente.

¿Qué automatismo le hizo ser médico?
A los seis años vi la luna llena y le pregunté a mi madre qué era eso. Me dijo que era un cuerpo celeste, como lo eran las estrellas, los planetas, y me habló de la gravedad. Experimenté un intenso placer ante esa vislumbre de conocimiento, y busqué repetir ese gozo. Eso me llevó a la ciencia.

Pero luego dejó la ciencia...
Cuando sentí que la filosofía y la psicología afrontaban mejor el dolor de la infelicidad.

¿Cuál ha sido su momento más feliz?
A los veinte años tuve una relación erótica con una conocida de cuarenta años, y sentí tanta alegría... ¡El mundo era bello! Sentí la alegría normal del vivir, y fui consciente de que yo no había estado vivo hasta entonces.

¿Ha llegado a conocerse perfectamente a sí mismo?
En el centro de la cebolla, si vas quitando capas y capas, no hay semilla, ¡no hay nada!

¿Qué significa esto?
Que lo único que hay son los demás. Antes yo me recluía en mi torre de marfil, pero hoy veo los problemas del mundo...

¿Cuáles son?
Todos derivan de una estructura patriarcal profunda, de modo que todos se diluirían si educásemos a los niños de otra manera.

¿Cómo exactamente?
Integrando intelecto, cuerpo, emociones y espíritu, para ser más amorosos, más libres, más sabios. Pero para eso es decisivo que primero eduquemos a los educadores.

¿Tenemos una educación no amorosa?
Demasiado intelectual, institucional, individualista, patriarcal y poco humanista. Nuestra sociedad sigue siendo machista y depredadora. Ya decía Cicerón: “Cada senador es sabio, pero el Senado es un idiota”.

¿Solución?
Integrar intelecto, amor e instinto, nuestros tres cerebros. Abrazarlos a los tres de verdad. Por ahora, el intelecto ha eclipsado el amor y ha demonizado el instinto.

¿Debo dejarme llevar por mi instinto?
Si te arrastra, no eres libre: se trata de aliarte con tu instinto.

¿Qué pasión domina hoy al mundo?
La vanidad. Se expresa en la pulsión por el éxito económico, la supremacía tecnológica, la confusión entre valor y precio...

¿Hacia dónde se encamina el mundo?
Muchos son los llamados, pero muchos son también los sordos. Hay una pulsión de transformación cierta, pero pasa por encender la luz y ver en tu propia oscuridad.

Y si lograse encenderla, ¿qué veré?
Sabrás que todo es pulsátil, que todo late. Si buscas el yo, acabarás topándote con la ausencia de yo: lo transformador es sentir el ser. Si eso sucede, tendrás días peores o mejores, pero recordarás el sabor del ser.

¿Un consejo definitivo?
Ocúpate del reino del corazón y el resto te llegará por añadidura.



Diario La Vanguardia, España, 17 de enero de 2012












sábado, julio 13, 2019

“Volvemos a casa”, de Dao Zhao Ming





Volvemos a casa por el viejo sendero,
apartando las ramas de los árboles.
El río murmura una oración de felicidad.
Lo escuchamos a unos metros de la puerta,
la emoción nos suelta de las manos.
Una suave brisa recorre el jardín de las rosas.
Nos volvemos a encontrar, tras años de ausencia,
habiendo llegado al final de este sendero.
Entramos en la casa y abrimos las ventanas
para seguir oyendo aquella música celeste.



Siglo VIII

en Poesía de la antigua china (Antología), 1956












viernes, julio 12, 2019

“El equipo de natación”, de Miranda July





Esta historia jamás te la hubiese contado cuando era tu novia. No hacías más que preguntarme, majaderamente, y tus conjeturas resultaban muy morbosas y concretas. ¿Era yo una mantenida? ¿Era Belvedere igual que Nevada, donde la prostitución es legal? ¿Me pasé desnuda todo un año? Daba la impresión de que la realidad empezaba a ser un territorio estéril. Y me di cuenta a tiempo de que si la verdad no tenía sentido, con toda probabilidad no sería tu novia durante mucho más tiempo.

*

Nunca había tenido intención de vivir en Belvedere, pero no podía soportar la idea de tener que pedir dinero a mis padres para irme a otro sitio. Todas las mañanas me asustaba recordar que vivía sola en aquella ciudad que ni siquiera era una ciudad, de lo pequeña que era. Solo había unas casas en torno a una gasolinera y, a unos dos kilómetros, carretera abajo, una tienda. Eso era todo. No tenía auto. Tampoco teléfono. Tenía veintidós años y les escribía a mis padres todas las semanas para contarles patrañas sobre mi trabajo en un programa llamado LEER, que consistía en leer cosas a jóvenes problemáticos. Les decía que era un programa piloto pagado con fondos públicos. Nunca decidí qué había detrás de las siglas LEER, pero, cada vez que escribía «programa piloto», me asombraba de mi habilidad para encontrar ese tipo de expresiones. Otra muy buena fue «intervención primaria».

Esta historia no será muy larga, ya que lo asombroso de aquel año fue, justamente, que casi no pasó nada. Los vecinos de Belvedere creían que me llamaba María. Nunca les dije que María era mi nombre, pero, por alguna razón que desconozco, empezaron a llamarme así, y la tarea de decirles a los tres únicos vecinos mi nombre verdadero era algo que me agobiaba. Aquellas tres personas se llamaban Elizabeth, Kelda y Jack Jack. No sé por qué duplicaban el nombre de Jack, y tampoco estoy del todo segura con respecto al nombre de Kelda, pero era así como me sonaba, y ése era el sonido que yo reproducía cuando me dirigía a ella. Los conocí porque les di clases de natación. Este es el verdadero centro de mi historia, porque cerca de Belvedere no había ningún sitio donde poder nadar; no había ni piscina. Un día comentaban ese asunto en la tienda y Jack Jack, que ahora debe estar muerto porque ya era un hombre viejo en aquel entonces, dijo que de todas formas aquello no le importaba en absoluto, ya que él y Kelda no sabían nadar, de modo que lo más probable era que se ahogaran. Elizabeth era prima de Kelda, me parece. Y Kelda era la mujer de Jack Jack. Los tres tenían unos ochenta años, por lo menos. Elizabeth dijo que ella había nadado mucho durante un verano en que fue a visitar a una prima suya (es evidente que no se trataba de su prima Kelda). La única razón por la que me sumé a la conversación fue que Elizabeth afirmaba con mucha seriedad que había que respirar debajo del agua para nadar. Eso no es verdad, grité. Aquéllas fueron las primeras palabras que pronuncié en voz alta desde hacía varias semanas. El corazón me palpitaba igual que cuando le pides a alguien que salga contigo. Lo que hay que hacer es contener la respiración, dije.

Elizabeth pareció enfadarse, aunque luego me aseguró que solo estaba bromeando. Kelda dijo que a ella le daría mucho miedo contener la respiración porque tuvo un tío que murió por contener demasiado la respiración en un concurso que se llamaba «Aguanta la Respiración». Jack Jack le preguntó si creía de verdad lo que acababa de decir y Kelda respondió: Sí. Claro que sí. Y Jack Jack le dijo: Tu tío murió de un derrame cerebral, Kelda, no sé de dónde sacas esas historias.

Después de aquello, los cuatro nos quedamos callados. En realidad, estaba disfrutando de aquella compañía y deseé que la conversación continuase. Cosa que ocurrió porque Jack Jack me dijo: De modo que sabes nadar.

Les conté que había formado parte de un equipo de natación en el instituto, y que incluso llegué a competir a nivel estatal, hasta que una escuela católica, la Bishop O'Dowd, nos derrotó. Parecía que estaban muy pero muy interesados en mi historia. Yo ni siquiera la había considerado nunca una historia, aunque, en aquel momento, me di cuenta de que era en realidad una historia muy apasionante, llena de dramatismo y de cloro, además de otras cosas que Elizabeth, Kelda y Jack Jack desconocían de primera mano. Fue Kelda la que dijo que le gustaría que hubiese una piscina en Belvedere, ya que no cabía duda de que eran muy afortunados al tener una entrenadora de natación viviendo allí. Yo no había dicho que fuese entrenadora, pero supe a lo que se refería. Era una pena.

Entonces sucedió algo extraño. Bajé la mirada a mis zapatos y vi el suelo marrón de linóleo. Mientras pensaba que estaría dispuesta a apostarme lo que fuese a que aquel suelo no había sido limpiado desde hacía un millón de años, sentí, de repente, que estaba muriéndome. Pero en vez de morir, dije: Puedo enseñarles a nadar. Y no necesitamos una piscina.

*

Nos reuníamos dos veces por semana en mi departamento. Cuando llegaban, yo ya tenía preparadas tres palanganas de agua caliente alineadas en el suelo, y una cuarta enfrente, la de la entrenadora. Añadía sal al agua, ya que, según parece, es saludable inhalar agua caliente con sal, y supuse que de manera accidental algo inhalarían. Les indiqué cómo tenían que colocar la nariz y la boca en el agua y cómo respirar de lado. Después les enseñé a mover las piernas y, por último, los brazos. Reconozco que aquéllas no eran las circunstancias idóneas para aprender a nadar, pero les expliqué que ése era el método de entrenamiento que empleaban los nadadores olímpicos cuando no tenían una piscina a mano. Sí, sí, ya lo sé, era una mentira, pero necesitábamos esa mentira porque éramos cuatro personas tendidas en el suelo de una cocina, pateando con estrépito como si estuviésemos enfadados, furiosos, como si estuviésemos decepcionados y frustrados y no nos diera miedo exteriorizarlo. La disciplina de la natación había que imponerla con firmeza para crearles la sugestión de que estaban dentro del agua. A Kelda le llevó varias semanas aprender a colocar la cara. Yo le decía: ¡Muy bien, muy bien! Contigo vamos a probar con una tabla flotadora. Y le di un libro. Kelda, es muy normal tenerle respeto a la palangana. Es la manera que tiene el cuerpo de decirte que no quiere morir. Y ella contestaba: no me lo dice.

Les enseñé todos los estilos de natación que sabía. El estilo mariposa era sencillamente increíble, lo nunca visto. Creí que el suelo de la cocina cedería, que se convertiría en una superficie líquida y que se llevaría a los tres, con Jack Jack a la cabeza. Era un alumno precoz, por no decir otra cosa. Cruzaba todo el suelo con la palangana de agua salada. Después de emprender una carrera hasta el dormitorio, volvía a la cocina agotado, sudoroso y lleno de polvo. Kelda, mientras sostenía el libro con ambas manos, levantaba la vista, le miraba y le sonreía satisfecha. Nada hacia mí, le decía él. Pero ella estaba demasiado asustada. La verdad es que se requiere de una fuerza extraordinaria para nadar fuera del agua.

Yo era de esa clase de entrenadores que, en lugar de sumergirse, permanecen junto a la piscina, pero estaba ocupada en todo momento. Puedo decirlo sin temor a resultar presuntuosa: era yo la que estaba allí en vez del agua. Estaba pendiente de todo. Les hablaba constantemente, igual que un entrenador de aeróbica, y tocaba el silbato a intervalos exactos para indicarles el límite de la piscina. Se daban la vuelta al unísono y nadaban en dirección contraria. Una vez que a Elizabeth se le olvidó usar los brazos, le grité: ¡Elizabeth! ¡Tienes los pies levantados, pero se te está hundiendo la cabeza! Y, como loca, empezó a dar brazadas, nivelándose enseguida. Con mi meticuloso y comunicativo método de entrenamiento, todas las zambullidas empezaban de manera perfecta, manteniendo el equilibrio sobre mi escritorio, y terminaban con un barrigazo sobre la cama. Pero eso solo lo hacíamos por seguridad. Aun así, se trataba de una inmersión, de despojarse del orgullo mamífero y aprovechar la gravedad. Elizabeth agregó una regla que consistía en que todos teníamos que emitir un ruido cuando nos tirábamos. Era una regla demasiado creativa para mi gusto, pero yo estaba abierta a las innovaciones. Quería ser ese tipo de monitor que aprende de sus alumnos. Kelda hacía el ruido de un árbol al caer, en el caso de que aquel árbol perteneciese al género femenino. Elizabeth hacía «ruidos espontáneos» que siempre sonaban idénticos, y Jack Jack decía: ¡Soltad las bombas! Al final de la clase, nos secábamos. Jack Jack me estrechaba la mano y Kelda o Elizabeth me dejaban algo de comida casera: un guiso o unos espaguetis. Ese era el trueque y resultaba tan ventajoso que no tuve necesidad de buscarme otro trabajo.

Eran dos horas a la semana, pero el resto de mi tiempo estaba supeditado a esas dos horas. La mañana de los martes y de los jueves me levantaba y pensaba: Práctica de natación. Las otras mañanas me levantaba y pensaba: Hoy no hay práctica de natación. Cuando me encontraba a alguno de mis alumnos por el pueblo —es decir, en la gasolinera o en la tienda— les preguntaba algo así como: ¿Has practicado para tirarte un piquero? Y me contestaba: ¡Estoy en eso, entrenadora!

Sé que te resultará difícil imaginarme como alguien a quien llaman «entrenadora». En Belvedere tenía una identidad muy diferente, por eso me resultaba tan difícil hablarte de aquello. Allí nunca tuve novio. No me dediqué al arte, no me sentía en absoluto artística. Era una especie de deportista. Era toda una deportista: era la entrenadora de un equipo de natación. De haber creído que eso te hubiese interesado de verdad, te lo habría contado mucho antes, y quizás aún estaríamos saliendo juntos. Han pasado tres horas desde que me tropecé contigo en la librería en la que estabas con la mujer del abrigo blanco. ¡Qué abrigo tan fabuloso! Se ve a las claras que eres muy feliz y que por fin te sientes del todo realizado, aunque hayan pasado tan solo dos semanas desde que terminamos. No estaba del todo segura de que hubiésemos terminado nuestra relación hasta que te vi con ella. Me pareciste increíblemente lejano, como alguien que se halla al otro lado de un lago. Un punto tan pequeño que no podría acertar a decir si era femenino o masculino, joven o viejo. Tiene gracia. Esta noche, a quien echo de menos es a Elizabeth, a Kelda y a Jack Jack. De una cosa estoy segura: están muertos. Qué sentimiento tan triste. Debo de ser la entrenadora de natación más triste de toda la historia.



en Nadie es más de aquí que tú, 2009