domingo, junio 23, 2019

“El arte de la réplica”, de Marco Denevi





La diosa Palas Atenea combinaba la pudicia de sus costumbres con una lengua filosa y mordaz. De ella se cuentan episodios en los que su ingenio cáustico causó estragos.

Pasando, bajo la figura de una joven, delante de un grupo de soldados, uno de éstos se mofó de su actitud recatada.

—Miren a esa tonta, cómo tiembla al ver tantos hombres juntos.

Sin detenerse, la diosa le replicó:

—Te equivocas. Tiemblo al verte a ti entre tantos hombres.

Impelidos por una fuerza irresistible que emanaba de aquella joven, los demás soldados le infligieron a su camarada el trato que por lo general los hombres dispensan a las mujeres en el lecho.

Otra vez un anciano decrépito, que no la reconoció, le propuso un negocio:

—Si te regalo esta fíbula de oro ¿te acostarías conmigo?

Palas Atenea le arrebató la fíbula:

—Lo que harías en la cama ya lo hiciste. Y no volverás a hacerlo.

El anciano enmudeció para siempre.

Y otra vez un pirata tirreno, que supo quién era esa mujer de ojos de búho, le murmuró en el oído esta indecencia:

—Te apuesto a que mi falo puede llegar hasta tu boca sin necesidad de que tú dobles la espalda y te inclines. Si gano, ¿con qué me pagarás?

La diosa respondió:

—Te concederé la gracia de que, en lo sucesivo, sólo puedas beber tu propio néctar.

El pirata huyó a la carrera.



en El jardín de las delicias, 1992











sábado, junio 22, 2019

«Jardín de las magnolias», de Wang Wei

Traducción de Guillermo Dañino





La montañas de otoño retienen los últimos rayos del ocaso,
aves bulliciosas se persiguen en bandada.

Por momentos centellea el verde esmeralda;
la bruma de la tarde no sabe dónde posarse.







viernes, junio 21, 2019

“Chamaco Valdés”, de Clemente Riedemann





Porque chuteaste mi infancia hasta las estrellas
del banderín que iluminó mi pieza oscura allá
en los callejones polvorientos
es que quiero escribirte este poema.

Fuerte y a un costado –dijiste,
seguro como la bala que ya inició su viaje
y que un día incendiará mi carne
tirándome de bruces en una cuneta.

O como el sol de la mañana
que alumbra la panera
mientras leo en el periódico
una entrevista en que confiesas
cómo deben patearse los penales:

Fuerte y a un costado –dices–. Es lo más
seguro. Así te llevé en el corazón
durante los años en que la vida
se agarraba con estoperoles a la tierra
en la cancha del club Tricolor.

Ahora los dos estamos viejos.
Yo recuerdo casi todos tus goles.
Tú no sabes que escribo poemas.



en Una casa junto al río (Antología), 2016

Descontexto Editores

Originalmente en Gente en la carretera, 2001













jueves, junio 20, 2019

«Estadio nocturno», de Günter Grass

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Lentamente el balón de fútbol se alzó hasta el cielo.
Ahora se puede ver que la tribuna estaba llena.
Solitario se paró el poeta en el arco,
sin embargo el árbitro pitó: fuera de juego.



1956










Nächtliches Stadion

Langsam ging der Fußball am Himmel auf. / Nun sah man, dass die Tribüne besetzt war. / Einsam stand der Dichter im Tor, / doch der Schiedsrichter pfiff: Abseits.













miércoles, junio 19, 2019

“Independiente, mi viejo y yo”, de Eduardo Sacheri





Mirá que esta noche es el partido”, me dijo él. Hizo bien porque uno, a los cinco años, no tiene una conciencia cabal de la periodización del tiempo. Como mucho distingue el sábado y el domingo, porque esos días no hay que ir al jardín, y papá se queda en casa a jugar con uno. Pero con los otros días y las otras noches, la cosa se complica. Por eso sin la advertencia de papá, hecha con el beso de recién llegado del atardecer, yo habría pasado por alto la infinita importancia de esa noche.

Los preparativos fueron los de siempre. Mientras él encendía el Stromberg-Carlson con suficiente antelación para darle tiempo a las válvulas, yo le pedí a mamá la ropa apropiada para el evento. Primero se negó a lo del pantaloncito corto, aduciendo que era invierno y que hacía mucho frío. Yo argüí hasta el cansancio que los jugadores juegan con pantalones cortos, y al aire libre. Una salomónica intervención de papá desempantanó por fin el pleito: con pantalón corto, pero sentado cerca de la estufa de kerosene del comedor. Después me puse la camiseta roja con el cuellito blanco, con el once de cuero cosido en la espalda, igualito que Daniel Bertoni. Papá, mientras tanto, iba trayendo la colección de trapos rojos que colgábamos a modo de banderas. Había pañuelos, una frazada, un pulóver, un par de camisas chillonas. La lámpara de pie, el timón de barco que adornaba la pared, varias de las sillas, todos terminaron ocultos en nuestro rito ornamental y futbolero. Cuando llegué, rigurosamente ataviado con los colores reglamentarios, me llené los ojos de banderas rojas. Lo único que nos faltaba era el viento para que flamearan, como en la cancha.

Papá se negaba, pese a mis acaloradas argumentaciones, a vestir también el atuendo correspondiente. Nada de camiseta. Y mucho menos de pantalones cortos. A mí me parecía un desperdicio, con tanto trapo rojo disponible y tan a mano. Pero él prefería verlo con su bata de siempre, calzado con sus chinelas ruidosas, con el paquete de Kent y el cenicero, pobrecito, para fumarse los nervios uno por uno.

Mientras daban las últimas propagandas, y antes del aviso de “minuto cero del primer tiempo, es tiempo para una ginebra Bols” (o cosa por el estilo) que marcaba la hora señalada, papá se sintió en la obligación de preservarme de desilusiones demasiado abruptas. Me miró como me miraba siempre que tenía algo importante que decirme, con una mezcla de solemnidad y de ternura, con un bosquejo de sonrisa iluminándole los ojos. “Mirá, tipito —empezó, porque él me llamaba de esa manera cuando teníamos que aclarar cosas importantes—, que la cosa viene difícil.” Y volvió a enumerarme todas las dificultades que nos esperaban en esa noche de invierno. Que ellos habían ganado en Brasil, que nos habían pegado un peludo bárbaro, que no sólo teníamos que ganar, sino que debíamos hacerlo por no sé qué diferencia de gol. Pero para mí sus argumentos sonaban confusos. ¿Acaso él mismo no me había dicho que Independiente era el rey de copas, que la copa, la copa se mira y no se toca, que los brasileños nos tenían un miedo descomunal, y que en Avellaneda y de noche se morían de frío, y no podían ni levantar las patas del pasto? Él trató de convencerme de que, pese a la absoluta veracidad de lo dicho en otras ocasiones, esta noche las cosas iban a ser muy difíciles y peliagudas.

De todos modos, nos entonamos cantando un par de veces el “sí, sí señores, yo soy del Rojo”, y algún otro estribillo para ir matando el tiempo. Cuando finalmente se acabaron las propagandas, papá encendió la radio Phillips, con su estuche de cuero, que debía ser la primera portátil de Sudamérica (y la teníamos en casa). Le bajó el volumen a la tele: ambos sabíamos que los relatores de radio son mejores que los otros. Cada uno ocupó su sitio de siempre. Él en la cabecera de la mesa, y yo sobre el arcón de mirar la tele. Acercó la estufa de querosene de ese lado para cumplir lo pactado en cuanto a temperatura corporal con la madre del win izquierdo de bolsillo.

Pero la carne es débil. No importa cuánta preocupación ocupe nuestro pensamiento, ni cuánta angustia agobie nuestro espíritu. Uno siempre termina teniendo hambre, o teniendo sueño, y sucumbiendo a esas necesidades poco altruistas. Empecé a cabecear apenas empezado ese partido inolvidable. Mamá me dijo varias veces que me fuera a la cama. Pero yo seguía ahí, impertérrito, sentado en el arcón, con las patas colgando y pateando en el aire como si estuviese en plena cancha en los escasos momentos de lucidez que tenía en medio de mi mar de sueño.

Papá esperó un rato y después me dijo que me fuera, que me quedara tranquilo. Yo protesté que de ninguna manera, que teníamos que seguir ahí los dos, haciendo fuerza con los cantitos y las banderas. Él me dijo con aire confiado que no hacía falta, que igual sin mí íbamos a salir campeones, que me quedara tranquilo, que los teníamos de hijos. Ante semejante desparramo de confianza le hice caso y me dormí.

A la mañana siguiente mamá me despertó para ir al jardín. Embotado de sueño me dejé vestir, abrigar y conducir a la cocina a tomar la leche. Después ella me sentó en el sillón del living para atarme los cordones, como hacía siempre mientras esperábamos que pasara el micro. Apenas me despabilé un poco recordé la noche de la víspera, y me desesperé preguntándole el resultado del partido. A la luz del día, y después de un sueño reparador, mi deserción de la noche me parecía imperdonable. Ella me miró y dijo no saberlo. Le pregunté por papá, y respondió que aún no se había levantado.

Han pasado veinticinco años, pero aunque pasen sesenta voy a recordarlo como si hubiese sucedido hoy. La casa estaba iluminada por uno de esos soles oblicuos y tibios del invierno. Yo tenía el guardapolvo cuadrillé lila y blanco, y la bolsita en el regazo, bien agarrada en la diestra, para no olvidármela (otras veces me había pasado, y me había quedado sin el Jorgito de dulce de leche y sin la taza de plástico para el mate cocido; así que ahora la cuidaba más que a mi vida). De repente oí abrirse la puerta del dormitorio. Y enseguida escuché el clásico arrastrar de las chinelas en el parquet del pasillo. El corazón me dio un vuelco. Lo llamé a los gritos. Entró a las carcajadas, preguntándome el motivo de mi ansiedad. Yo lo interrogué por el resultado, ya totalmente despierto, ya absolutamente pendiente de lo que dijeran sus labios, ya indiferente a mamá terminando de atarme los cordones.

Él se acercó, se inclinó, me dio un beso de buenos días, y se me quedó mirando con expresión jubilosa. Recién cuando volví a preguntarle me dijo que sí, que claro, que habíamos salido campeones de nuevo, y que no me olvidara en el jardín de decirle a todo el mundo que Independiente había vuelto a salir campeón de América. Yo, aún en medio de mi alegría, me hice el tiempo de preguntarle cómo habíamos hecho, si él me había dicho que era muy difícil, que en Brasil nos habían dado un baile bárbaro, que teníamos que hacerles como tres goles, que en el campeonato de acá andábamos como la mona. Él me miró risueño, y sembró una semilla más en el fértil potrero de mis sueños de pibe.

“Pero, tipito —empezó, como enunciando una verdad ya reiterada hasta el cansancio—, ¿no te dije que los brasileños ven la camiseta del Rojo y se asustan tanto que no pueden ni mover las patas? ¿No te dije que, con el frío, se quieren volver a su casa a comer bananas para entrar en calor? Por eso te dejé dormir. Porque era tan fácil que nos las rebuscamos sin tu aliento.” Y en medio de mi maravilla impávida, terminó: “Menos mal que te dormiste. Imaginate si te quedás despierto y gritás conmigo: les hacemos veinte goles y no quieren venir a jugar nunca más, y nos quedamos sin nadie a quien ganarle la copa”. Después me levantó en brazos y cantamos “la copa, la copa, se mira y no se toca”, y dimos la vuelta olímpica a los saltos, por toda la casa. Vino el micro y me fui al jardín de infantes.

Supongo que ésos son los recuerdos que se le meten a uno en los recovecos del corazón, y echan cría y se nutren de su propio néctar, y nos marcan para toda la vida. Por lo menos así ocurrió conmigo. Y no me avergüenza reconocer que ahora, ya grande, cuando tengo un problema que me agobia, o cuando me toca sufrir por radio y por televisión un partido de Independiente y me como los codos por la ansiedad y la angustia (la vida me enseñó lo inconveniente que puede resultar fumarse los nervios), siento un impulso difícil de dominar, una tentación casi irresistible que me invita a irme a dormir, a abrigarme en la certeza de que mientras yo sueño, mi papá e Independiente, como duendes laboriosos, van a arreglarme el mundo para que yo lo encuentre refulgente en la mañana.

Y queda en mí el mandato inexorable que dictan las fidelidades eternas. Cuando Independiente gana un campeonato —al fin y al cabo, Dios y sus milagros evidentemente existen— lo primero que hago, en la cancha o en mi casa, es levantar los brazos y los ojos hacia el cielo, abrazándolo a mi viejo a través de todos los rigores del destino, y por encima de todas las traiciones de la muerte. Lo que pasa es que tratándose del Rojo, de mi viejo y de mí, hay veces que la muerte es una señora que nos tiene un miedo bárbaro. Una vieja podrida a la que, de locales en Avellaneda, le tiramos la camiseta y podemos, de vez en cuando, llenarle la canasta.

Todavía me acuerdo de ese número once de cuero blanco, cosido en la camiseta como el de Bertoni. Pero ahora también veo, cuando me fijo con suficiente atención, que mi viejo también lleva lo suyo. Lo tiene ahí, en la espalda, justo a la altura del nacimiento de las alas: un diez de cuero blanco, igualito igualito al de Bochini.



en La vida que pensamos, 2013











martes, junio 18, 2019

«Fútbol», de Blanca Varela






juega con la tierra
como con una pelota

báilala
estréllala
reviéntala

no es sino eso la tierra
tú en el jardín
mi guardavalla mi espantapájaros
mi atila mi niño

la tierra entre tus pies
gira como nunca
prodigiosamente bella






en Valses y otras falsas confesiones, 1972










lunes, junio 17, 2019

“El hijo del brujo”, de Rodrigo Rey Rosa





Cerca del centro de la plaza, a la sombra de un árbol, un grupo de hombres se había reunido. Uno de ellos, su piel pálida y verdosa, parecía que describía una intrincada pelea. Era casi imposible entender sus palabras; sus ademanes eran amplios y violentos: se tocaba la cara, bosquejaba los párpados, mostraba el pecho, y una larga cicatriz que le atravesaba el vientre.

Más tarde por la noche, alguien explicó que aquel hombre era un brujo, y que esa tarde había narrado la historia del nacimiento de su hijo. Había dicho que una mañana, cuando se inclinaba para beber en el río, había visto su cara reflejada en la corriente. Estaba transformado: sus ojos se veían rasgados, y su boca se confundía con su nariz. Sacudió la cabeza, y volvió a verse tal y como era. Un dolor había comenzado a traspasarle. Con dificultad, a ratos arrastrándose, subió por el sendero y llegó hasta una caverna. Entró y se quedó allí, sin aliento. Miró o alucinó una llama que ardía en su abdomen; se inclinaba hacia el este, aunque no soplaba el viento. Permaneció ahí en la oscuridad durante siete días, sin comer, sin beber, sin moverse. Una mañana, antes del alba, fue visitado por dos mujercitas del tamaño de una cabeza. Danzaron las dos, o pelearon, frenéticamente sobre su vientre. Al final una de ellas yacía sin vida, junto a su ingle. Entonces la otra le abrió el vientre al brujo con un cuchillo de piedra, y se hundió en la herida, llevándose con ella el cuerpo de la otra. Cuando ya el brujo se creía muerto, un pájaro como una luz salió volando de su vientre. Describió un círculo blanco y después uno rojo sobre su cuerpo, y desapareció allá lejos en el cielo.



en 1986 Cuentos completos, 2014












domingo, junio 16, 2019

«Obdulio», de Eduardo Galeano








Yo era chiquilín y futbolero, y como todos los uruguayos estaba prendido a la radio, escuchando la final de la Copa del Mundo. Cuando la voz de Carlos Solé me transmitió la triste noticia del gol brasileño, se me cayó el alma al piso. Entonces recurrí al más poderoso de mis amigos. Prometí a Dios una cantidad de sacrificios a cambio de que Él se apareciera en Maracaná y diera vuelta el partido.

Nunca conseguí recordar las muchas cosas que había prometido, y por eso nunca pude cumplirlas. Además, la victoria de Uruguay ante la mayor multitud jamás reunida en un partido de fútbol había sido sin duda un milagro, pero el milagro había sido más bien obra de un mortal de carne y hueso llamado Obdulio Varela. Obdulio había enfriado el partido, cuando se nos venía encima la avalancha, y después se había echado el cuadro entero al hombro y a puro coraje había empujado contra viento y marea.

Al fin de aquella jornada, los periodistas acosaron al héroe. Y él no se golpeó el pecho proclamando que somos los mejores y no hay quien pueda con la garra charrúa:

Fue casualidad —murmuró Obdulio, meneando la cabeza. Y cuando quisieron fotografiarlo, se puso de espaldas.

Pasó esa noche bebiendo cerveza, de bar en bar, abrazado a los vencidos, en los mostradores de Río de Janeiro. Los brasileños lloraban. Nadie lo reconoció. Al día siguiente, huyó del gentío que lo esperaba en el aeropuerto de Montevideo, donde su nombre brillaba en un enorme letrero luminoso. En medio de la euforia, se escabulló disfrazado de Humphrey Bogart, con un sombrero metido hasta la nariz y un impermeable de solapas levantadas.

En recompensa por la hazaña, los dirigentes del fútbol uruguayo se otorgaron a sí mismos medallas de oro. A los jugadores les dieron medallas de plata y algún dinero. El premio que recibió Obdulio le alcanzó para comprar un Ford del año 31, que fue robado a la semana.





en Fútbol a sol y sombra, 1995

















sábado, junio 15, 2019

“Balada del joven”, de Lin Tchang





¿Ves a este hermoso joven de Chang’an?
Canta a voz en cuello en las tabernas,
duerme en los albergues floridos,
gasta miles de monedas de oro
            en las carreras de caballos,
            en las peleas de gallos.
¿No llegaría a distraer los fondos
            de la oficina del gobierno?
Pero, de pronto, una mañana se oye
            la alarma en las fronteras
            que dan las torres de vigía.
Sale con los ejércitos sin decir adiós
            ni a su mujer ni a los niños.
Únicamente se le oye hablar de alianzas,
            tratados e invasiones.
No le asusta la muerte en el combate,
            solo le teme a la muerte sin gloria.


Siglo XVI

en Poesía china, 1960

Rafael Alberti y María Teresa León, antologadores












viernes, junio 14, 2019

«Congreso Internacional del Miedo», de Carlos Drummond de Andrade

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Provisoriamente no cantaremos al amor,
que se refugió más abajo de los subterráneos.
Cantaremos al miedo, que esteriliza los abrazos,
no cantaremos al odio, porque éste no existe,
sólo existe el miedo, nuestro padre y nuestro compañero,
el miedo inmenso de los campos, de los mares, de los desiertos,
el miedo de los soldados, el miedo de las madres, el miedo de las iglesias,
cantaremos al miedo de los dictadores, al miedo de los demócratas,
cantaremos al miedo de la muerte y al miedo a después de la muerte.
Después moriremos de miedo
y sobre nuestras tumbas nacerán flores amarillas y cobardes.





en Sentimento do mundo, 1940











jueves, junio 13, 2019

“A merced del sueño”, de Braulio Arenas





El mar quemante:
todas sus playas son de hielo.

En él se apaga
el fuego con delirio
y el hombre con memoria.

El mar quemante
en un parecido mismo
de sí mismo.

Su amor está en la playa,
como el tigre en la selva
con sus ojos de grisú.

Todas las playas son ardientes,
su cabeza misma es de hielo
su amor es lúcido,
es fascinante,
una ola más y el amor se cambia
en memoria terrible,
aun en gaviota, en olvido.

Todas las playas son de hielo,
su corazón mismo es una ola,
su gaviota misma es de fuego:
esta gaviota es la memoria
para el océano del olvido.



en El mundo y su doble, 1940












miércoles, junio 12, 2019

"Leseras", de Catulo

Dos fragmentos / Versiones de Leonardo Sanhueza






V

Vivamos la vida, Lesbia, y amemos.
No les demos boleto a los beatos
que siempre andan hablando por hablar.
El sol puede volver después de muerto
pero cuando se muere nuestra luz
nos toca dormir en la noche eterna.
Dame mil besos y enseguida cien
y luego otros mil y luego cien más
y mil de nuevo y encima otros cien
y cuando se nos dispare la cuenta
revolvámosla, que ni la sepamos
ni venga un desgraciado a maldecirnos
al saber cuántos fueron nuestros besos.





VII

Me preguntas, Lesbia, de cuántos besos
estaríamos hablando. ¿Tú sabes
cuántos granos de arena hay en Cirene,
entre el oráculo ardiente de Júpiter
y el santo sepulcro del viejo Bato?
¿Y cuántas estrellas salen de noche
a mirar las parejas clandestinas?
De tantos besos estamos hablando:
que le basten a Catulo, el demente,
y los curiosos no puedan contarlos
ni las lenguas malignas malherirlos.




Siglo I, a.C.





Publicado por Ediciones Tácitas, 2019







V

Vivamus mea Lesbia, atque amemus, / rumoresque senum seueriorum / omnes unius aestimemus assis! / soles occidere et redire possunt: / nobis cum semel occidit breuis lux, / nox est perpetua una dormienda. / da mi basia mille, deinde centum, / dein mille altera, dein secunda centum, / deinde usque altera mille, deinde centum. / dein, cum milia multa fecerimus, / conturbabimus illa, ne sciamus, / aut ne quis malus inuidere possit, / cum tantum sciat esse basiorum.



VII

Qvaeris, quot mihi basiationes / tuae, Lesbia, sint satis superque. / quam magnus numerus Libyssae harenae / lasarpiciferis iacet Cyrenis / oraclum Iouis inter aestuosi / et Batti ueteris sacrum sepulcrum; / aut quam sidera multa, cum tacet nox, / furtiuos hominum uident amores: / tam te basia multa basiare / uesano satis et super Catullo est, / quae nec pernumerare curiosi / possint nec mala fascinare lingua.










martes, junio 11, 2019

“El final de las acciones. Sobre el capítulo inicial de «Viento blanco», de Carlos Almonte”, de Ariel Rioseco





¿Qué tan decididos estamos por llegar al final cuando conocemos el precio que tiene recorrer este camino? “¿No hemos coincidido en el pasado?”, podría respondernos el autor, y tendría razón, en tanto la vida que hagamos no sea hecha con los pedazos de aquello que no hicimos. Así, desprovista de arrepentimiento, es como vemos a María Guadalupe encender un cigarrillo y observar la avenida que, entre edificios y un río de luces, la conducen al kilómetro cero, lugar en el que su tierra lejana se cubre de nieblas, y tinieblas, y cordilleras que terminarán hundiendo su adicción, su soledad, al extremo sur del mundo.

Aun así, y a pesar de la incertidumbre, da el primer paso y atraviesa la primera calle y las que vendrán después (un inicio en propiedad: algunos cruzan un río, en Viento blanco se cruza una calle; y para terminar, una tormenta). La inocente muchacha intenta no pensar, mientras la urbe con aroma a desasosiego la invita al encender sus faroles saboreando las horas y dejando en evidencia que el pasado no regresa, o al menos no como existe fijo en el recuerdo.

La ciudad es un lugar en permanente estado de desolación y Almonte, que es a la ciudad como la magia a la sorpresa, agita los hilos de estas criaturas que vienen y desesperan, sueñan y prometen, porque la noche es un carrusel de personajes que se amalgaman, odian y separan. El autor conoce las calles y a estos personajes (se podría decir que es uno de ellos, o todos, desde el arquetipo) y, por esto, expone la nostalgia de la protagonista dibujando la  silueta de lo incomprendido, ya que ella extraña, compara, al tiempo que no perdona ni abandona; acaso por una cuestión de principios, ya que la tradición lo es todo en ella, y, para mentiras, mejor inventarse un interlocutor extraño junto a dos copas y un tequila.

El tedio lleva al diálogo, y este a la memoria, sin hacer caso de lo obvio, pues ve el final sin presentir el cambio. Guadalupe visualiza el juego, sin embargo, desea tiempo para disfrutar de la melancolía de los recuerdos que partieron, porque entiende sin pretender hacerlo. Y es esta relación creada, artificiosa, la que da vida, la que nos introduce al verdadero viento blanco: una tormenta extrema que nos deja sin visión, sin rumbo ni destino. La misma tormenta que nos trasporta al (mítico) bar Barómetro, a sus breves esquinas, a sus recovecos menos conocidos, a los parroquianos žižekianos, a los grafitis en el baño: “¡Cómete a tu hámster!”.

Es este marasmo, esta profundidad, lo que nos lleva a entender a estos personajes. Es esa mirada al alma la que nos introduce al olor del pavimento y sinsabores de la ciudad en una tierra extraña, en un espacio movedizo, en el umbral de lo que podríamos llamar “la poesía”. Porque ahí es justamente donde nos vemos reflejados, abrazados o extraviados, en el lugar del ocultamiento y, por lo tanto, de la libertad.

Lo que esperamos encontrar se nos muestra en este inicio, de forma velada. Tal como sucede en el final, bajo un vendaval de viento blanco que nos invisibiliza por completo. Nada es tan simple como aparece o como se ha mencionado en este breve comentario, y esto queda en evidencia en la primera esquina; la misma que habita Guadalupe, solitaria, inicial, nuevamente, en medio de esa gran tormenta… secreta, casi inexistente.



San Clemente, 2016
Fotografía: Graciela Iturbide











lunes, junio 10, 2019

«Poema # 1022», de Daniel Borzutzky

Traducción de Juan Carlos Villavicencio





No hay demasiado exceso
y lo que hay es apenas perceptible
aquellos en blanco desaparecen de nuestra visión
nadie lo nota hasta cuando
se ve una dramática disminución en la plusvalía

la guerra nace
y los que están en blanco desaparecen de otra vez
pero en realidad su desaparición es subjetiva
algunos no ven a nadie
mientras otros los ven a todos

para algunos el exterminio del cáncer
no es separable de la devastación de la ciudad
otros asocian la devastación
con un imparable flujo de derrames
mientras otros asocian la devastación
con caídas en las tasas de utilidades
y la apenas perceptible
           apariencia del cuerpo humano

fuera del brote de refugiados muertos
                                     un poema que respira

fuera del brote de soldados muertos
                                     un poema que respira

fuera del brote de la ciudad muerta
                                     un poema que respira

pero cuando desaparece la ciudad
                                     así también los poemas

y cuando desaparecen los poemas
                                     los muertos son asesinados

imagina un corazón cubierto de polvo
e imagina un poema que brota de él

imagina un corazón cubierto de polvo
e imagina a un niño que lo persigue

imagina una bala que mata a un niño
e imagina al soldado que lanza al niño al mar

el soldado besa la tierra y dice
no es mi culpa que la gente nazca y muera

el pastor grita los nombres de los niños a los feligreses

a cada nombre responden
muerto





en bigother.com, 4 de junio 2019











Poem #1022



There is not much excess / and what there is is barely perceptible / the blank ones disappear from our vision / no one notices until / there is a dramatic decrease in surplus value // the war is born / and the blank ones disappear again / but really their disappearance is subjective / some see no one / while others see everyone // for some the extermination of the cancer / is inseparable from the decreation of the city / others associate the decreation / with an unstoppable flow of leakage / while others associate the decreation / with falling rates of profit / and the barely perceptible / appearance of the human body // out of the dead refugee sprouts / a breathing poem // out of the dead soldier sprouts / a breathing poem // out of the dead city sprouts / a breathing poem // but when the city disappears / so do the poems // and when the poems disappear / the dead are assassinated // picture a heart covered in dust / and picture a poem sprouting out of it // picture a heart covered in dust / and picture a child chasing it // picture a bullet that kills a child / and picture the soldier who tosses the child into the sea // the soldier kisses the earth and says / it’s not my fault the people are being born and dying // the pastor calls out the names of the children to the congregants // to each name they respond / dead











domingo, junio 09, 2019

“Sin tabaco, abril es el mes más cruel en la Comarca”, de Bernardo Colipán





No me sostiene mano alguna.
Alguien en la noche nos ve sin ninguna sombra.
Nunca estuve lejos de ti.
Solo dormimos en la puerta sin piedad.
Hoja a hoja nos abríamos, nos revolvíamos libres.
Al final crecíamos como al principio.
No cambiábamos de lugar
            y la planta de los pies se adhería a los espejos.
Solo en la piel de una noche
encontramos
lo amargo que se siente, cuando uno
se cae hacia adentro.



en Comarcas, 2013