martes, abril 23, 2024

“En la montaña”, de Sara Gallardo





Las cosas han cambiado ahora. En esos años la vida nos era poca para acabar con los españoles. 

 

He visto un granadero con un pie lleno de gusanos, que sacaba con un palito. Iba diciendo: «Otro más, morite», de día, de noche. Bien mirados, éramos como él. De día y de noche la misma obsesión: terminar con los españoles en América. Eran los gusanos que se comían la libertad. Y viceversa. Éramos los gusanos que se comían el imperio. Sin cuartel.

 

Quedé por muerto en un sitio terrible, la cordillera de los Andes. Muy arriba, algún lugar del Perú.

 

Soy de la pampa. Los peñascos, el viento, cóndores grandes como yo, un cielo de papel... Tengo terror de la montaña. Con el regimiento podía soportarla. Pero abrí los ojos en el silencio, y me encontré solo.

 

El cóndor se paraba en la roca, fijaba en mí un ojo redondo.

 

«Si dejo de mirarlo, empieza», era mi idea. ¿Empieza qué? Lo presenciado tantas veces: el reventón de ojos, el revuelo, el ansia, los cuellos calvos hundiéndose, emergiendo verdes. Entre las plumas el cuerpo humano parece moverse.

 

«Si dejo de mirarlo». Y dejaba de mirarlo vaya a saber por cuánto rato. Estaban mis heridas.

 

Estaba el sol, también, A esa altura el sol es otro, no imaginable. Correspondiendo, la sombra también es otra. Buscar reparo es meterse en el hielo, buscar abrigo, ir a la hoguera. Así se muere, de dos zarpazos, en la indiferencia de la montaña.

 

Sin cordillera, sin cóndores, sin sol, sin sombra, las heridas hubieran seguido estando: mi pierna rota, mi brazo roto, mis costillas rotas, algo en el costado de la cara.

 

Y estaba la sed. La sed valía por todo.

 

Alrededor, picos nevados, cortes de carne cruda, pampas de oro falso como la muerte.

 

¿Por qué estaba solo? Una herradura cerca de mi pie, un cañón, eran mi compañía. Ni un cadáver, ni una voz, ni un arma. Y el cóndor esperando.

 

Pensé: estoy muerto. El dolor me desmintió.

 

Comprendí que me había desbarrancado, a no dudar por culpa de la mula. Siempre nos odiamos. Habrá caído, de pura maldad, arrastrando pedruscos, arrastrándome, el cañón saltaría de su lomo. Podía jurarlo: siguió de largo —la herradura era su tarjeta de despedida—, y estaba más abajo según insinuaba el atareo de los cóndores sobre algo cercano. Si podía alegrarme, me alegré.

 

Sirvieron de señal, supongo, los cóndores.

 

Abrí los ojos —la luz había cambiado—, una mordaza me ahogaba, era mi lengua. Un hongo se deslizaba a mi lado, o tortuga (volví a pensar que estaba muerto), o más bien figura humana bajo un cuero, furtiva, encorvada, armada. Luchaba con los cóndores por la mula.

 

Dije:

 

—Por Dios...

 

No me salió la voz.

 

Grité:

 

—Hermano, por el amor de Dios.

 

Recuerdo siguiente es la oscuridad, sin sed, atado como un salame. Hay un ruidito: chac chac. Es mi yesquero. Una pequeña llama surge, veo al ser, veo un brillo en su frente calva. Se inclina a hacer fuego. El fuego se levanta. Él solloza inclinado ante la llama.

 

Es de día. El lugar resulta ser una cueva. Sigo atado —medicinalmente— con tiras de cuero peludas. Unas rocas cierran la entrada. A cierta hora las oigo remover, cierro los ojos, espío. El personaje envuelto en cueros de pelambre pálida vuelve a clausurar la entrada; antes de mirarme se concentra en el rescoldo, que le interesa mucho más que yo.

 

¿Por qué me cuesta decir el hombre? Su emoción ante el fuego, su cuidado por mí son bien humanos. Su calvicie habla de sangre blanca. Algo me lo vuelve temible. Ante todo, su negativa a hablar.

 

Frente a él cambio. Yo, espontáneo, me vuelvo astuto. Corajudo, le temo. Agradecido, me obliga al rencor.

 

Dos recuerdos más: días en que ahumó los pedazos de mula arrancados a los cóndores, la papilla con que me alimentó. Al restablecerme descubrí que era carne de la mula masticada por él.

 

Pasaron meses. Ceñudo, gigante, ojos celestes pegados a la nariz de pico rojo, agazapado ante el fuego. Y yo, queriendo hacerlo hablar, cuento historias, canto, hasta recito décimas, para nada. Sordomudo, ni pensarlo. Cuántas veces no le hablé sobresaltándolo con el sonido, haciéndole volver la espalda furioso. Mi batalla era hablarle. La de él, callar. Como no pudo convencerme, una vez me tiró una piedra. Pequeña, pero de efecto suficiente sobre mis heridas. Acepté el silencio. Era renunciar a la amistad.

 

Español, decidí. Vasco, montañés. Desertor. O como yo, un desecho. ¿Qué me lo decía? Lo de vasco su físico. Lo demás, sensaciones.

 

Llegué a pensar que mi uniforme le impedía hablarme. Gusano que roía el imperio. Pero allá arriba, ¿qué era esto?

 

Sonaba a nada. La verdad para mí era que se negaba a lo humano. A pesar de que me había salvado a costa de muchos trabajos éramos enemigos. Por eso, por el silencio.

 

Pero ¿por qué quería callar?

 

Para dormir desaparecía en un rincón, supuse que la cueva hacía un codo, después lo comprobé.

 

El miedo —como si la montaña con toda su maldad se hubiera concentrado en su persona— hizo que al mejorar me fingiera más débil de lo que estaba. Cuando salía y todo ruido se extinguía —menos el viento y los rumores de la altura— me atrevía a sentarme.

 

Después me arrastré, gimiendo, comprendiendo que mi salud estaba lejos, que debía entregarme al tiempo y a mi anfitrión si quería salir vivo.

 

Entregarme, qué palabra. Entregarse es hablar, decir su nombre, ponerse al tanto.

 

Cuando pude dar unos pasos vi su yacija, sus tesoros: el cañón, correajes, restos de uniformes, de armas patriotas y españolas, el arnés de la mula, herramientas de piedra.

 

Pasaba horas y horas solo. Él salía de caza. Comprendí que en previsión del invierno. ¡El invierno! Fui herido en primavera, y ya el frío no se aguantaba en el vivac, qué decir en las marchas. El invierno. Me aferraba a la cueva como al vientre de mi madre. Morir no es cosa rara. Pero en la montaña...

 

Vamos a la primera nevada. 

 

El frío en la cueva era de solemnidad. Me incorporé como cada vez que él salía. Qué mareos, me apoyé en la roca. Flexioné como siempre las piernas y los brazos. Una pierna y un brazo. Los otros eran un par de estacas. Había jurado poder más que ellos y me pasaba las horas friccionándolos, obligándolos a ceder. Resistían, pero había progreso. Y ese progreso era mi idea fija, el sentido de mis días.

 

La luz distinta me hizo espiar el exterior. Vi la nevada reciente. Vi las huellas. Casi redondas. Un codo de diámetro. Con un pulgar aparte y el resto indeciso. Bípedas, descalzas. A juzgar por el hundimiento de la nieve el peso del dueño iba en proporción.

 

Me puse a temblar como una liebre. Imaginé el olfato del monstruo, mi debilidad. Imaginé a mi salvador afuera, a su merced. Estaba por arrastrarme en busca del sable cuando las piedras de la entrada se movieron. Retrocedí hacia el fuego dispuesto a incendiar la manta como primera defensa; pero apenas vislumbré la mano envuelta en tiras de lana que ya conocía volvió a primar la astucia, me eché al suelo bajo la manta, fingí dormir.

 

Esta vez me estudió antes que al fuego. Es verdad, yo no estaba en el sitio de siempre, pero era natural buscar calor con ese clima. Quería asegurarse de algo a mi respecto. Su respiración era contenida, no agitada. Él, que venía de ver las huellas, quería cerciorarse de mi sueño. Sabía del monstruo. Sólo le preocupaba saber si yo sabía.

 

Me sacudió. Fingí despertar aunque mi pulso brincaba. Señaló mi rincón. Señalé las brasas. En seguida, para no contagiarme su habla por señas:

 

—Desde hoy pienso dormir cerca del fuego.

 

Hizo que no, las mechas grises que bordeaban su calva le barrían los hombros. Arrancó la manta, la tiró a mi rincón.

 

Sigue un período en el que hubo algunos cambios. Mis piernas empezaron a funcionar mejor, mi brazo respondía. Era algo que él parecía estar esperando. Inició un trabajo de herrería que al principio no entendí. Caños de fusil por pinzas, piedras por yunques. Y el fuego, naturalmente. Y un fuelle que había cosido con cueros ante mis ojos sin que me percatara de su uso.

 

Empecé a admirarlo.

 

Como esclavista en primer término. Yo había notado que las gentes de montañas, las gentes de Europa, trabajan como seres sin corazón, todo el tiempo. Me tuvo con ese fuelle durante un millar de horas. Se trataba de convertir mi cañón en otra cosa. Y lo logró. Lo logramos. En un par de palas, de especies de palas.

 

Si habremos paleado nieve...

 

A veces pensaba en las huellas como en una alucinación. A veces oía un ruido y saltaba a defenderme. Y veía como si ocurriera la escena de mi sable quebrado como paja entre las manos de un oso, de un mastodonte que se abalanzaba sobre mí, veía sus colmillos. Un día era peludo, otro cubierto de escamas, otro un gigante que agarraba en cada mano a un hombre y de un mordisco les rebanaba la cabeza. El fuego era mi idea: brasas a los ojos para empezar, una antorcha en seguida al hocico, al pecho, a la panza. Oía su alarido. Lo veía, retrocediendo, encogido, las garras retraídas.

 

Y nunca hablé de él.

 

Solo, sobando cueros, sacando tientos, cosiendo, ahumando carnes (mi actividad era doméstica; no estaba bien visto que saliera), pensaba. Imaginaba muchas cosas. La luz del día, cómo nos equilibra. Yo vivía en penumbras. Imaginé que mi hombre había domesticado al monstruo y lo hacía cazar para nosotros. Imaginé demasiado. Pretextando el viento rodeé mi cama de piedras, quería tener proyectiles a mano.

 

Cómo salté hacia ellos esa noche. Horrible, una voz me despertó. Clamaba con mil ecos. El monstruo. No. Un resplandor sereno echaba el rescoldo bajo las bóvedas oscuras. Todo tranquilo. Salvo esa voz, esos ecos, salvo el idioma no de gente, en que flotaban vocablos conocidos: María Luisa, Cayetano...

 

Mi compañero soñaba en vascuence.

 

Me acostumbré a tantas cosas en aquel tiempo que acostumbrarme a sus sueños no fue un esfuerzo del otro mundo. Del otro mundo eran su voz, su idioma, el resonar. Y el frío.

 

En una de mis inspecciones descubrí un hueco tapado con pedrisca, y muy sobado, el documento militar de Miguel Cayetano Echeverrigoitía, nacido en Hornachuelos, Vizcaya, soldado del 4 de infantería cazadores del Rey. Qué inteligente me sentí. Hasta llegué a reírme. Yo, a su merced, me sentí por un instante su dueño.

 

Eso me despertó la locuacidad, caída hasta el monosílabo, y en forma inesperada: conté chistes subidos. Nunca me divirtieron; en los vivacs se oyen demasiados. Los repetí uno por uno. Mi intención era despertar algo en él, no sabía bien qué. Risa. Eso, la risa. Después de la palabra, es lo más humano (si se exceptúa la traición). Sentí que una risa, una sonrisa, pueden ser aurora de una palabra. Una palabra, y el murallón de su locura podía caer.

 

Lo estoy viendo esa noche, en la luz rojiza, un hueso metido en la boca como una flauta mientras sorbe la médula. Los chistes no le hacen gracia. Su respiración se agita. Lamento la posibilidad de haber removido su lujuria. Callo, tristísimo.

 

Me fijé fecha para hablarle del monstruo. «Mañana, apenas amanezca». El amanecer es la mentira más cruel de la montaña. Hasta parece inocente; hasta bello. 

 

No hubo amanecer. Desperté sin luz. La nieve nos bloqueaba. Ni pensar en las palas.

 

Sepultados.

 

Él parecía tranquilo. Decidí estarlo también. Si había que morir que fuera dignamente. Mi objeción: ya que era mi sino morir en la montaña, por qué no antes, en el desfiladero, entre el cañón y la herradura; por qué esta relación en la caverna, esta curación para llegar a lo mismo. Bien. No había cóndores, y ya es algo. Había...

 

Me sabía de memoria qué había. Provisiones, ahumadas; yuyos, colgados; combustible, apilado. Mi vasco era hacendoso como un marino.

 

Siempre confié en salir de allí antes de que fuera necesario consumir ciertas provisiones que ahumé durante el verano y el otoño. Serpientes por ejemplo, arrancadas por mi compañero a los cóndores con pedradas como rayos. Las encaré con filosofía, considerando el alimento a que debía mis fuerzas.

 

Empezó la convivencia que lleva al asesinato, la de los tapiados.

 

Envueltos en pieles, pegados al fuego conservado en un pozo, vivíamos. Las cabezas empaquetadas en tiras de uniformes de todos los regimientos, escarchadas, sin mostrar los ojos; las piernas y los pies en mandiles rellenos de paja y pelo de cabra. Afuera el viento era, no sé, la montaña vuelta aire, dando tumbos. Nosotros en su vientre éramos amebas listas a ser evacuadas hacia la nada.

 

Gusano del imperio, gusano de la libertad, retorciéndonos todavía un momento, ¿por cuánto?, ¿para qué?

 

Y sin hablar.

 

Él mandaba. Era dueño de casa. Nada que objetar. Qué se come, qué se bebe, qué se fabrica, cuándo se hace ejercicio, todo, todo, mudo.

 

¿Qué se bebe? Ah, sí. Cada comida se completaba con una tisana. La mía, descubrí, era para mí solo. Amarga, de las raíces de un vegetal negruzco.

 

Tardé en notar que era narcótica. Empecé a dormir mucho. Despertaba pesado, soñaba, andaba todo el día adormilado. Mejor así, pensó. Hasta los clamores de «¡María Luisa, Cayetano!» pasaban sin despertarme.

 

Dormido estaría la noche que el monstruo entró a la cueva. Dormido las horas que tardó en cavar la nieve exterior, los días que le llevó llegar a la entrada, dormido cuando se abrió paso removiendo las rocas. El viento no apagó el fuego. No nos mató de frío. Porque una mano estaba lista para rodear el rescoldo con piedras, para cerrar la abertura desde dentro, para dejar salir y cerrar otra vez. La mano de un cómplice del monstruo.

 

Noté los cambios al otro día, luz por los resquicios, el parapeto que rodeaba el fuego, las piedras de la entrada puestas de otro modo. Y cierto olor.

 

Mi despertar era vigilado con tal atención que comprendí: vida o muerte. Decidí ser imbécil. Exulté:

 

—¡Ah! ¡Se derritió la nieve afuera!

 

La alianza de don Miguel Cayetano Echeverrigoitía con un monstruo de especie desconocida era bastante para borrar los efectos de su narcótico. Encaucé mi exaltación. Inclinado sobre las piedras que entrechocaba desde semanas atrás para lograr algo parecido a un hacha, obligué a mi sistema nervioso a entrar en la regularidad de los golpes. La percepción de mi compañero podía notar el cambio.

 

Supe, como si lo viera escrito con letras sobre el muro, que mi muerte había sido decretada, que dependía de mi capacidad de disimulo. Que mi hacha, los cueros que sobé y cosí, las carnes que ahumé, mis propias carnes, ahumadas, servirían para la supervivencia del que me había salvado, porque el despotismo del invierno estaba a punto de descubrirme su secreto. De ese descubrimiento dependía mi vida. Decidí demorarlo. Sería el más idiota de los idiotas.

 

Pero como la curiosidad es común a los idiotas y a los otros, no quise beber la tisana. Conté para ello con el pudor de mi compañero, que apenas uno iba hacia el pozo preparado junto a un correspondiente montón de arenisca, volvía la espalda. Allí fue a parar el té, y su humo no difirió de otros habituales al sitio.

 

Fingí la mayor somnolencia. Me eché a dormir. Y dormí, como todas las noches siguientes. Porque del monstruo no hubo más noticias. Hasta hacer olvidar que existía. Hasta hacer pensar en otra alucinación.

 

Olvidar, no del todo. La excavación que lo condujo hasta nuestra puerta fue mantenida a pala viva por los dos. Era para morirse de cansancio. Y la inmensidad blanca era para morirse de pesar. Y no preguntar qué milagro había abierto esa brecha era casi, casi, suicidio.

 

Hice un comentario sobre la buena suerte que nos había deparado ese «derretimiento». Desperté la más feroz, atenta de las miradas. Inclinado sobre mi pala parecí inocente. Mi despreciable condición de hombre de llanura podía explicar esa falla y otras.

 

¿Dije que la curiosidad es común a muchos? Sí. También a los monstruos.

 

Mi hombre se había fabricado algo parecido a raquetas para los pies. Se las arreglaba para salir sin alejarse, cosa que una gran nevada no lo cortara de la cueva. Es decir que yo volvía a pasar mis horas solo. Con qué alivio.

 

Solo estaba pues puliendo mi hacha cuando me sentí observado. Los pelos se me pusieron lentamente de punta. Seguí en mi tarea. Pensé que el vasco, en un giro de su locura, había resuelto matarme. O bien...

 

Como para agregar combustible a la brasa hice un ademán y espié. Algo, fuera de las piedras, pispaba hacia el interior. Algo que cubría más resquicios de luz que los que cubriría un hombre, aun con pieles, aun con turbante. Una gran sombra.

 

Traje las antorchas. Traje un fúsil con bayoneta que había junto a la cama del vasco. Traje la pala y la llené de brasas. Me rodeé de piedras.

 

Desapareció. La triste luz de afuera volvió a entrar por las junturas.

 

Decidí: terminemos esta vida de rata; a pelear; a pelear. Y pensé. El pensamiento, como a muchos, me volvió escéptico. Así matara al monstruo, y matara a mi bienhechor, ¿qué podría hacer en el invierno en aquel sitio? Había que esperar al deshielo antes de intentar cualquier partida.

 

Bien. Esperaría.

 

Ahora llega la noche en que entró el monstruo. En que la ráfaga de frío me despertó. En que vi su silueta peluda encaminarse al rincón del vasco.

 

Me incorporé, el grito de alarma sofocado por el sonido de una voz, la de mi compañero, en una orden breve. Después... que Dios me perdone, aquellos gruñidos, qué puedo decir de ellos. Qué puedo decir de la luna cuando iluminó al gigantesco ser en su retirada, las mamas colgando sobre el vientre, sí, preñado. Era una hembra.

 

 

 

De la vida a partir de esa noche diré: armas en mano, espaldas al muro, comíamos sin hablar, sin un gesto. El secreto era más fuerte que toda alianza. Y cobré simpatía por aquel que no quería volver al mundo de la palabra, el gran desterrado, que había cedido a la compasión por un semejante para su vergüenza. Así la cosa.

 

Así la cosa hasta el deshielo. Así hasta el sonido de la caballería, de un clarín, en un desfiladero, abajo.

 

Salté, frenético, moví los brazos. Después vi la bandera, roja y oro. La bandera del rey.

 

Algo me agarró por los hombros. No el monstruo, aunque lo parecía por la fuerza. Mi compañero, los ojillos como vidrios al sol, me pone un papel en la mano, su matrícula. Me empuja, desbarrancándome, igual que mi mula.

 

Así caí inconsciente entre las tropas del rey, gusanos de la libertad, yo, gusano del imperio. Así se rompió otra vez mi pierna. Así me transformé en Miguel Cayetano Echeverrigoitía, natural de Vizcaya, vestido de pieles, mudo por razones de prudencia, no sordo según notaron y comentaron mis compañeros.

 

Atado sobre una mula, entablillado, exhausto, supe que los precipicios, barrancos, cavernas, paredones, empezaban a quedar atrás. Sólo eso pedía.

 

Entonces fue el alarido. El más extraño, el más terrible. Resonó allá arriba. Golpeó en los abismos, botó, rebotó.

 

Mis compañeros andaluces se miraron temblando. Un artillero aragonés murmuró:

 

—El irrintzi…

 

Había oído mencionar aquello: el grito de los vascos. Las sospechas empezaron después. Por el momento quedaron mudos.

 

—¿Qué celebra? —preguntó un joven a mi lado.

 

Y yo, para mí, mudo:

 

—Celebra una raza nueva.

 

Me reí, con carcajada espantosa. Pero todos me tenían por loco.

 

 

 

en El país del humo, 1977





















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