viernes, abril 17, 2026

«Un animal fabuloso», de Samanta Schweblin




 

        Casi veinte años después del accidente, Elena me llama a Lyon. No reconozco su voz, pero cuando dice su nombre, sé perfectamente con quién estoy hablando. 

        Por unos segundos la escucho respirar, sostengo el teléfono con el hombro y enciendo un cigarrillo. Despacio, intentando no hacer ningún ruido, salgo al balcón que da al parque, me siento en una de las sillas y me quito las sandalias empujándolas con los dedos de los pies. Quiere hablar de Peta, su hijo. Quiere saber qué es lo que recuerdo de la noche del accidente. Su voz es calma y carrasposa. Me pregunto si es por los años que han pasado, o si ese tono suyo tan dulce desapareció de pronto esa última vez que nos vimos. 

        Subo los pies descalzos a la otra silla, me duelen los talones y las piernas. Estaba en Madrid esta mañana, y apenas logré dejar la valija en la entrada del departamento cuando sonó el teléfono. 

        —¿Dónde estás, Elena? ¿Estás en Buenos Aires? 

        Lo pregunto para ganar tiempo, para llegar un poco más a casa antes de entregarme a esta conversación. Su silencio me hace sospechar que nunca salió de Hurlingham, que quizá podría estar viviendo todavía en la casa donde ocurrió todo. 

        —¿Y vos? —dice Elena—, ¿seguís viajando? 

        Pienso en la nueva oficina en Marsella, en la cátedra de Planificación Urbana de Barcelona, en el desarrollo comercial en las afueras de Burdeos. Pero cuando imagino a Elena sentada en el banco que tenían en el ancho pasillo entre la cocina y el patio, cuando la imagino hablándome desde ese banco de tronco y patas de hierro que su padre alcohólico le hizo con sus propias manos como regalo de bodas, y que ella nunca quiso sacar de la casa, entonces digo: 

        —Sí, un poco. —Y espero a ver qué dice ella. 

        —Todavía tengo tu saco. 

        ¿Qué saco? Hay una decena de abrigos en mi placard, pero ya no recuerdo los que llevaba antes. 

        —Me estoy muriendo, Leila. Por eso te llamo. 

        Me miro los pies, muevo los dedos. Más allá del balcón el viento acaricia las copas de los árboles. Y de pronto pienso en el caballo. Después de muchos años vuelvo a pensar en él, en la primera vez que lo vi, con una claridad abrumadora. Iba a la casa de Elena directo desde el aeropuerto y el taxi paró en un semáforo de la avenida Vergara, justo al lado del animal. Estaba empacado, arrastraba un carro con un montón de colchones apilados encima y un hombre lo castigaba a latigazos para avanzar. Siempre hubo caballos en el conurbano de Buenos Aires, pero para entonces yo ya hacía tiempo que vivía afuera y la imagen me chocó. 

        La panza del caballo estaba tan cerca que podría haber sacado la mano del coche para tocarla. Se veía hinchada, desproporcionada en el resto del cuerpo tan f laco. Las patas chuecas, el pelaje gastado alrededor de las correas. Pero sobre todo me acuerdo de la manera en la que el caballo giró la cabeza y me miró. Me miró a mí directamente, con esos grandes ojos oscuros. 

        —Sé que fue hace tiempo —dice Elena—, pero... ¿te acordás del disfraz que llevaba esa noche Peta, el que se había hecho él mismo? Quiero que alguien me hable de mi Peta. —Cuando Elena tose intuyo qué es lo que ha cambiado tanto su voz—. Por favor, vos estuviste ahí. Si no a quién le voy a pedir. 

        Espero unos segundos, Elena no dice nada, así que pregunto: 

        —¿Estás enferma? ¿Qué te pasa? 

        —Da igual, Leila, tenemos sesenta y pico de años y no paso del próximo mes. —Hay un salto leve en su tono, como si se hubiera puesto de pie—. Hace rato que trato de contactarte. 

        —¿Estás en Hurlingham? —pregunto. 

        Las dos nacimos en Hurlingham, pero nos conocimos en la facultad, cursando Arquitectura. 

        —Sí —dice Elena. 

        Pienso en Alberto, y ahora estoy intentando no preguntar por él. 

        —¿Pero te mudaste? —pregunto. 

        Los recuerdo en el patio, el mismo patio donde ocurrió el accidente. 

        —Sigo en casa. —La escucho toser—. Esperá un momento. 

        Parece que abandona el teléfono sobre el banco y se aleja. Me deja sola en su pasillo, tan cerca de aquel patio que, en Lyon, se me erizan los pelos de los brazos. 

        Alberto y Elena se casaron un año después de conocerse. Los tres nos recibimos el mismo diciembre, pero enseguida yo acepté mi puesto en la agencia francesa, y dejé Argentina. Siempre les escribía si pasaba por Buenos Aires, y entonces ellos me invitaban a cenar a su pequeña casa de barrio de clase media, rediseñada bajo sus rigurosas miradas de arquitectos. Eran altos y robustos, y vestían las camisas y los pantalones claros que vestían los arquitectos, con sus relojes de diseño un poco sueltos en las muñecas. Elena llevaba el pelo atado en una cola castaña y los rulos alrededor de la frente se le erguían como pequeños resortes. A veces Alberto se los acomodaba detrás de las orejas. Lo hacía con cariño, pero lo hacía sobre todo cuando era ella la que hablaba y él empezaba a distraerse. 

        En el teléfono escucho el ruido de la puerta de una heladera. Me acuerdo de cada detalle de esa cocina. Bastan dos pasos para regresar al pasillo, prácticamente una extensión del patio, porque la ventana corrediza con la que reemplazaron una pared en la primera remodelación estaba siempre abierta. Y ahí, sentada en el banco, era donde a Elena le gustaba «sentir el aire». La casa no era grande, pero habían demolido algunas divisiones y sabían dónde poner las luces y los sillones para que sí lo pareciera. Tuvieron al chico varios años después de recibirse y lo criaron con el mismo cuidado y devoción compartida con que encaraban todos sus proyectos profesionales. Para esa última visita que les hice llevaban nueve años de casados, y el chico acababa de cumplir los siete. 

        Elena protesta con un chistido, algo se cae al suelo. ¿A quién voy a contarle sobre esta llamada?, pienso. Nadie en Francia sabe sobre esto. En realidad, ni siquiera Elena sabe lo que me ocurrió a mí esa noche más allá del accidente. Llama porque quiere oír a alguien decir algo sobre Peta. No parece intuir nada más. 

        Los pasos regresan, Elena levanta el teléfono. El banco chilla cuando vuelve a sentarse. 

        —Estoy tomando fernet —dice—, quiero adquirir al menos un vicio antes de morirme. ¿Te parece que estoy a tiempo? 

        —Por supuesto. Podemos tomar seis de esos por teléfono cada día. 

        Nos reímos. Si ella realmente lo necesitara, yo estaría dispuesta a acompañarla. Siempre es así, me doy cuenta de cuánto extraño a alguien de repente, con la angustia que llega de golpe, y tengo que hacer un esfuerzo para no emocionarme. 

        La escucho encender un cigarrillo, no sabía que fumaba. Intento recordar algún detalle sobre Peta pero solo veo al caballo. Elena inhala y el papel del cigarrillo cruje, consumiéndose. No va a decir nada más hasta que yo empiece a hablar. 

        —Fue él quien me abrió la puerta. 

        Elena exhala el humo con una bocanada lenta, casi aliviada. 

        Se llamaba Pedro, pero le decían Peta. Lo conocí a sus dos años, en la primera de la decena de visitas a Buenos Aires tras la asociación de mi agencia en el desarrollo de dos torres en Puerto Madero. También lo vi una noche a sus cuatro, pero el chico ya estaba dormido. Y luego esa vez, a sus siete, todas las imágenes que ahora vienen a mí son de esa última visita. Lo veo parado en la puerta, metido en un vestido largo improvisado hecho de papel metálico, sacando el pecho con la rigidez de un gendarme. 

        Le cuento a Elena la impresión que me dio verlo tan grande, y a ellos dos, «a vos y a Alberto», digo, preparando una picada en el patio, yendo y viniendo a la cocina con esa armonía tan efectiva con la que hacían todo. Digo «hacían» y espero unos segundos a ver si ella aclara algo de Alberto. Describo la casa, el gran espejo que acababan de instalar en el hall. Lo cansada que estaba del viaje y cómo la primera copa en el patio lo alivianó todo. Es increíble las cosas que una recuerda veinte años más tarde. Por ejemplo, que tenía los pies descalzos y que la loza del patio todavía estaba tibia. Quizá es la sensación del placer y del dolor lo que deja siempre una marca más vívida, porque son las cosas que le pasan al cuerpo. O quizá es porque hubo un tiempo en que repasé mucho estos recuerdos, y yo misma elegí a qué detalles volver para intentar entender lo que había pasado. 

        En mi balcón, la tarde empieza a oscurecerse. 

        —Yo también voy a prepararme un trago, Elena. 

        —Te espero. 

        Dejo el teléfono en la silla, entro y cruzo los dos grandes livings hacia el comedor. Me pregunto si Elena se sentiría cómoda entre tantas bibliotecas. Si aprobaría mis sillones, el gran vitró de la cocina abierta, el parqué de nogal que mi segundo exmarido se empeñó en instalar. Abro el mueblecito de las bebidas y me sirvo un poco de whisky. Elena solo quiere que alguien nombre a Peta para ella. Que describan cómo ataba sus zapatillas de colores, su cuarto minuciosamente desordenado, sus uñas suaves y cortitas llenas de marcas de pintura. Entonces me doy cuenta: quizá esta sea la última vez que hablemos, de esto se trata esta llamada, y así entiendo que, aunque ella solo quiera escuchar sobre Peta, yo voy a contarle lo del caballo. 

        Regreso con mi whisky ordenando los recuerdos, confundida por la nitidez con la que se despliegan en mi cabeza. 

        —¿Estás ahí? —pregunto. 

        —Sí. 

        —No tengo hijos, Elena. No tuve, pero... Vas a pensar que esto es algo mío, personal, que no tiene que ver con lo que le pasó a Peta. 

        Espero, en Elena el silencio siempre fue desconcierto. 

        Le explico lo que descubrí esa noche después de conversar un rato con Peta, tirados en la alfombra. Yo ya sabía de las excentricidades del chico, y lo talentoso que era dibujando. Cómo dos años atrás había estudiado el recorrido que la luz del día hacía sobre las paredes, y que «exponía» sus trabajos colgándolos solo en esas zonas de luz «verdadera». Su obsesión por pintar caballos, y el control que, a sus siete años, ya tenía sobre las perspectivas y los colores. Muchos padres sobrevaloran el talento de sus hijos, y yo no sabía hasta ese momento todo lo que realmente estaba pasando en la cabeza de Peta. Pero quizá por ser hijo de arquitectos, quizá por puro talento, Peta era un caso sorprendente. 

        Esa noche, cuando el chico subió solo a su habitación, Elena y Alberto me insistieron en que fuera yo la que verificara que se cepillara los dientes y se acostara. Acepté enseguida cuando me confesaron divertidos que, si había gente a cenar, cuando Peta terminaba de comer, solo contestaba preguntas de las visitas, y en cambio a ellos dejaba de hablarles. Creían que era su manera de invitar a nuevas personas a su cuarto. Acepté el reto, y en cuanto estuve sola con el chico le pregunté por qué hacía lo que hacía. Peta dijo: «Hago como que están muertos», y se rio tapándose la boca, tentado por su propio juego. Me invitó a tirarme en la alfombra para mostrarme el techo, y me indicó las constelaciones que había estado marcando con un punzón, descascarando la pintura. Desde el piso eran apenas perceptibles, porque trabajaba solo en las marcas, que pintaría todas a la vez para el siguiente cumpleaños de Elena. Le pregunté cómo alcanzaba solo tan alto y dijo: «Tengo una técnica», pero no me explicó cuál era. Seguimos un rato ahí, acostados panza arriba, hasta que se giró hacia mí, muy serio, y me preguntó: «¿Te despertaste alguna vez en el medio de la noche? Pero digo despertarte sin que nadie te despierte, despertarte de verdad». 

        Era un chico extraordinario, y a la vez un chico de lo más normal. En realidad, lo único extraordinario hasta ese momento estaba ocurriendo dentro de mí: ahí, echada en la alfombra a su lado, fantaseé con la idea de que alguien pudiera necesitarme tan específicamente, tan exclusivamente a mí. Sin embargo, yo no quería ser madre, nunca me había interesado. 

        A Elena no le cuento nada de esto, que Peta me hacía preguntas y yo pensaba lo que está preguntando parece simple, pero es demasiado complejo; pensaba ¿entenderán los adultos que rodean a este chico la magnitud de esta pregunta? Pensaba yo puedo entenderlo, yo puedo contestarle sin engañarlo ni destruirlo. Era una intuición poderosa, 
una pulsión que me confirmaba: este chico es algo demasiado precioso, vos sí serías capaz de cuidar algo así. 

        A ella solo le cuento lo que el chico dijo después: «No quiero ser arquitecto». No le digo lo que pensé: que en el tono firme en el que hablaba, en la manera en que le brillaban los ojos mientras descubría el sentido de sus palabras, parecía también dar a entender «soy algo tan grande que no puedo permitirme el mundo de los hombres». Ni que esperé unos calculados segundos antes de volver a hablar, para que Peta terminara de saborear su propio descubrimiento y pudiera reconocerlo en todo su esplendor, ni que asentí como diciendo: «¡Sí! ¡Sí! ¡Esa es la verdadera verdad! ¡Podés ser lo que sea que quieras!». 

        A Elena solo le cuento lo que le pregunté a Peta después: 

        «¿Y qué querés ser?». 

        «Quiero ser un caballo». 

        —¿Un caballo? —La voz de Elena tiembla en el teléfono. 

        Le cuento que me levanté del piso de un salto y le propuse a Peta practicar. 

        «¿Practicar ser caballo?», preguntó, «¿y eso cómo se hace?». 

        «Como vos te lo imagines». 

        Peta se levantó también de un salto. La certeza de mi respuesta parecía colmarlo de energía. 

        «Ser caballo se practica caminando con un pie delante del otro», dijo. 

        «¡Perfecto! ¡A practicar!». 

        Caminamos en línea a la par, de una punta a la otra de la habitación, con los brazos extendidos y las manos abiertas, simulando estar haciendo un gran esfuerzo para no perder el equilibrio. 

        «Y cuanto más cerrados los ojos, más caballo se es», dijo Peta. 

        «¡Perfecto!». 

        Cerramos los ojos y practicamos otra ronda ida y vuelta. 

        «Y cuanto más alto se está...», Peta dio un salto al borde de la cama, «... más caballo se es». 

        Puso un pie delante del otro sobre la viga de madera e intentó avanzar con los ojos cerrados. 

        Elena hace un ruido en el teléfono, confuso y gutural, pareciera haberse tragado algo lleno de dolor, y sé que está pensando en la cornisa que da al patio. 

        —Cuando te fuiste de la habitación, ¿ya estaba acostado? 

        No lo recuerdo, pero contesto que sí. Nos quedamos en silencio y ya no sé si debería seguir. 

        —Ay, Leila. —Escucho el papel de su cigarrillo chispear—. Duela lo que duela, cualquier cosa que me digas sobre Peta es como estar unos segundos más con él. Gracias. 

        —Hay algo más. Algo que quiero contarte. 

        Pienso en el patio, Peta jugó ahí desde que empezó a gatear, con Elena sentada en el banco del pasillo, siempre cerca, siempre atenta. Leía, trabajaba, hablaba por teléfono, con un ojo todo el tiempo puesto en Peta. A veces se apoyaba contra la pared y cerraba los ojos, pero no se dormía. Recuerdo la mancha que había en el empapelado marfil, a la altura de su cabeza, como una nube brumosa. ¿Va a morirse ahí sentada? ¿Habrá algo que yo pueda hacer para levantarla de ese banco? ¿Levantarla para qué? 

        —Cuando Peta se cayó de la cornisa... —empiezo, pero me detengo. 

        Miro el parque más allá del balcón: en Lyon ya es noche cerrada. 

        Y de repente ahí están todas las palabras que empiezo a decirle al teléfono. Ya no puedo decidir qué es lógico o ilógico, qué podría ser doloroso y qué podría ser soportable. Narro lo que ocurrió tal cual me viene a la memoria: el ruido del cuerpo contra la baldosa del patio. Cómo los tres tardamos un segundo en entender, en darnos vuelta en la mesa y en reaccionar. Cómo al fin ellos dos saltaron de las sillas y corrieron hasta Peta. Alberto no quería moverlo, Elena lo levantó y lo apretó contra ella, quería gritar, pero no podía, porque ni el chico ni ella respiraban. Elena estaba de rodillas y la sangre crecía a su alrededor, parecía que todo el problema era que estaba apretando demasiado a su hijo. Me acuerdo de que me levanté de la mesa y dije: «Llamo una ambulancia». Pero nadie asintió ni se movió. Fui hasta la cocina y llamé. Di la dirección, contesté algunas preguntas y cuando corté ya no pude regresar al patio. Mi saco estaba sobre el banco del pasillo, y ahí lo dejé. Salí de la casa. Cerré la puerta lentamente y el ruido de la cerradura me confirmó que yo ya estaba del otro lado. Me quedé mirando el picaporte, hasta que escuché a Elena gritar. Y entonces, sin voltearme todavía, presentí algo extraño a mis espaldas. No me animaba a girar para ver. Unas gotas de transpiración rodaron por mi frente hasta el mentón y golpearon contra la baldosa. Date vuelta, me dije, el peor dolor quedó dentro de la casa, Elena seguía gritando, lo que sea que pase ahora no te va a matar. Y giré hacia la calle. 

        Recostado en el asfalto, con la poca luz de un único farol al final de la cuadra, el cuerpo se veía tan desproporcionado y grande que tardé en entender qué era. Era un caballo, echado sobre el asfalto como si se hubiera caído de algún lado. Me acerqué despacio, intentando no asustarlo. Respiraba agitado, su estómago hinchado se inflaba y desinflaba estirando bajo las riendas la piel gastada. Los ojos grandes y oscuros buscaban en la noche, y yo tuve la certeza de que me buscaban a mí. Levantó la cabeza para mirarme de frente. Bufó, intentó levantarse pero no pudo. Me arrodillé junto a él, me abracé a su cabeza y apoyé mi frente contra la suya. «Vas a estar bien», le dije. «Tranquilo». 

        Primero llegó la ambulancia, después la policía. Les señalé la casa para orientarlos. Enseguida aparecieron algunos vecinos. Se acercaban, veían el caballo y se quedaban ahí parados, confundidos. Y todo ese tiempo yo me quedé donde estaba, abrazada al animal. 

        Unos minutos después vi a Alberto y a Elena salir detrás de una camilla. A mis espaldas, un vecino llamaba a una urgencia veterinaria. Algo distrajo a Elena, que miró en mi dirección, confundida. Se subió a la ambulancia trastabillando. Los enfermeros trabaron las puertas y el ruido agudo de la sirena se alejó a toda velocidad. 

        Hago una pausa. Aparto un momento el teléfono y suspiro. Unos segundos después le pregunto: 

        —¿Te acordás del caballo? 

        Elena no dice nada. 

        Hubo un velorio tres días más tarde, y luego un entierro. Antes de irme le di un abrazo a cada uno, primero a Alberto, después a Elena, separados por primera vez, inmóviles entre los invitados, atentos de una manera extraña: al suelo, a los ruidos más pequeños, buscando en el barullo algo que parecían haber tenido en la mano un segundo atrás. 

        Me ocupé del caballo, que estuvo unos días en la veterinaria de la Facultad de Agronomía, recuperándose. Localicé unas caballerizas en Luján, donde me hacían buen precio por tenerlo todo el año si pagaba por adelantado. Estaba dispuesta a gastar en él una fortuna, pero dos semanas más tarde alguien me contactó en Lyon para avisar que un hombre lo había reclamado, y que el animal ya estaba otra vez con su dueño. Creo que fue por esos días que llamé a Hurlingham para ver cómo estaban, pero no los encontré. O quizá tuve la intención de llamar, y al final no lo hice. Ellos tampoco. Y ya no volvimos a hablar. 

        Escucho en el teléfono un chasquido, las patas del banco chirriar. ¿Se puso Elena de pie? ¿Estará mirando el patio? ¿Qué hay ahora en el patio? ¿Por qué no dice nada? 

        —Elena, ¿estás ahí? 

        A veces sueño que vuelvo a Buenos Aires. Casi siempre estoy en un taxi, mirando atenta por la ventana. Y entonces lo veo. Lo reconozco enseguida. El color, la altura, las orejas. Tira del carro con cansancio. Un carro enorme, desproporcionado para su tamaño. Pido que detengan el coche, me bajo y corro hacia él. El hombre que lo conduce a latigazos no entiende qué ocurre, tira de las riendas para frenarlo. El caballo se detiene, bufa, se vuelve hacia mí. Toco su cabeza enorme, mi frente otra vez contra su frente. Una palma abierta contra su pómulo, la otra contra su pecho. Es tan enorme y precioso, y yo estoy pidiéndole perdón. 

        —No tengo tiempo para tonterías —dice Elena—, ¿no te das cuenta? 

        Tiene razón, tanta razón. ¿Qué vamos a hacer ahora? 

        —Se acabó —dice, pero hay un cambio sutil en su ímpetu—. ¿Dónde está?

        Sostengo el teléfono, intento ponerme en su lugar. ¿Qué me está preguntando? 

        —El caballo, Leila. 

        —El caballo —digo haciendo tiempo, tratando de entender este último pedido. Busco desesperada, entre los recuerdos de Argentina, un lugar donde haya un caballo que se pueda abrazar. 

        —Leila... 

        —Sí, claro —digo—. Sí. ¿Tenés para anotar? 

        —Tengo —dice ella, y escucho un ruido que reconozco con toda claridad: empuja el ventanal, lo abre. El sonido cambia por completo. Elena está de pie frente al patio—. Tengo todo —dice—. Todo está acá listo. Te escucho.
 


en El buen mal, Random House, 2025
















jueves, abril 16, 2026

«Inesperadamente…», de Ana Belén López




(1961-2026)


Inesperadamente
aparecen
tumbando puertas, persianas
y ventanas

van al centro hasta el centro
con furia, rabia y agua

aturden luego calman

y se van
se van   desapareciendo
a la sierra
más lejos

a veces
lo único que queda es el nombre 



en Revista de la Universidad de México, julio de 1998

















miércoles, abril 15, 2026

«Adondequiera que vayamos», de Henrik Nordbrandt

Traducción de Francisco J. Uriz




Adondequiera que vayamos siempre llegamos demasiado tarde 
a aquello que una vez salimos a buscar. 
Y en cualquier ciudad en que nos quedamos 
están las casas a las que es demasiado tarde para volver 
los jardines en los que es demasiado tarde para pasar una noche de luna 
y las mujeres a las que es demasiado tarde para amar 
lo que nos tortura con su intangible presencia. 
Y sean cualesquiera las calles que creemos conocer 
nos llevan más allá de los jardines floridos que andamos buscando 
y que difunden por toda la vecindad sus pesadas fragancias. 
Y cualesquiera que sean las casas a las que volvemos 
llegamos demasiado tarde por la noche para ser reconocidos. 
Y cualesquiera que sean los ríos en que nos reflejamos 
no nos vemos hasta que les hemos dado la espalda. 



en Partidas y llegadas, 1974


















martes, abril 14, 2026

«Advertencia», de Taha Muhammad Ali

Versión de Juan Carlos Villavicencio


 

Amantes de la caza 
y novatos en busca de su presa:
No apunten sus rifles 
contra mi felicidad, 
que no vale 
el precio de una bala 
(lo que gastarían en ella).
Lo que les parece 
tan lindo y ágil, 
como un cervatillo, 
y que escapa 
hacia todas partes, 
como una perdiz,
no es felicidad.
Confíen en mí: 
mi felicidad no tiene 
nada que ver con la felicidad.



12.IX.1988





en New & Selected Poems 1971-2005, Copper Canyon Press, 2006










Traducción dedicada a Matilde Llambí Campbell, que nos regaló este libro


















lunes, abril 13, 2026

«Un sueño humano», de Víctor Munita Fritis





A: Héctor Monsalve Viveros

Yo no soy Ícaro:
Dejé de serlo una tarde
cuando me vi escrito
en todos los horizontes
tatuado de amarillo
como una leyenda cretense
o como un faro de oro
en medio del desierto.

Un pájaro se apoyó en cada esquina
y me sugirió que planeara
lanzándose a los aires
pero cayó al mar.

¿Cuál mar se preguntarán ustedes?
Sí es arena
pero cada cual
vuelve los ojos a donde quiere
porque ahí se derrama
grano a grano
la espuma del futuro
el milagro del destino.

Yo no soy Ícaro
Me abandoné en una carrera bestial
creí que al levantar la cabeza
estaba quemando las naves de cuarzo
pero no advertí el peligro.

Jamás cerré los ojos
dije mi nombre como un sueño
que uno tiene desde niño.

Incendié la noche
y me dejé partir
por el rayo feroz
de la soledad.



en Zona de sacrificios, manofalsa editores, 2025

















domingo, abril 12, 2026

«Desasosiego», de Evodio Escalante




 

Los libros
Que con dolor
Parimos
Y con sudor de frente y lomo
Irán a dormir
El sueño de los justos
En librerías de viejo





















sábado, abril 11, 2026

«Viento de otoño», del Emperador Wu de Han

Traducción de Juan Carlos Villavicencio de la versión de Kenneth Rexroth




El viento de otoño arrastra nubes blancas 
por el cielo. La hierba se va secando. 
Caen las hojas. Los gansos salvajes vuelan al Sur. 
Se abren las últimas flores: orquídeas 
y crisantemos con su 
perfume amargo. Sueño con 
aquella hermosa cara que nunca 
podré olvidar. Salgo a 
pasear por el río. La barcaza 
fluye con la corriente y se hunde entre 
olas de capas blancas. Tocan flautas 
y tambores, y cantan los remeros.
Por un momento soy feliz
pero luego vuelvo a mi antigua tristeza. 
Sólo fui joven un breve instante, 
y no tengo duda de que soy muy viejo.



en One hundred more poems from the Chinese:
Love and the turning year, 1970
























viernes, abril 10, 2026

«La guerra no ha terminado», de Pepe Escobar




 
Esto siempre tuvo que ver con la civilización.

Esta noche morirá toda una civilización, para no volver jamás. La historia lo registrará con una mirada tan implacable como la del Sol. Un asombroso sello de aprobación bárbaro, cortesía del Presidente de los Estados Unidos, a través de una publicación en redes sociales.

En resumen, se trataba de una «civilización» de baja calidad que le dio al mundo el Big Mac, amenazando con aniquilar una civilización antigua que le había dado al mundo el álgebra; influyó en el arte, la ciencia y la gobernanza de maneras sin precedentes; produjo estrellas desde Ciro el Grande hasta Avicena, desde Omar Khayyam hasta el poeta supremo Jalaladdin Rumi; y desarrolló jardines, alfombras, maravillas arquitectónicas y marcos filosóficos y éticos sublimes y en serie.

Fundamentalmente, no se oyó ni una sola palabra sobre este estallido de barbarie por parte de la dirigencia política de todo el Occidente «civilizado», ni siquiera fingiendo indignación, demostrando una vez más su absoluta e irreversible bancarrota moral y política.

Los iraníes respondieron a la barbarie con la misma moneda. Más de 14 millones de personas se registraron para formar muros humanos alrededor de sus centrales eléctricas en todo el país, protegiendo así sus medios de subsistencia y enfrentándose directamente al poderío militar del sindicato Epstein.

Cuando se acercaba un final de infarto, el Babuino de Barbaria dio un giro hacia, cómo no, TACO: los chicos de LEGO lo inmortalizaron.

No hay absolutamente ninguna posibilidad de que Pakistán pudiera haber ofrecido «garantías» a Irán de que un alto el fuego era la vía para poner fin a la guerra. Como confirman fuentes diplomáticas, lo que realmente sucedió es que Pekín, en el último momento, se erigió como garante, asegurando a Teherán que Estados Unidos aceptaría al menos algunas de las demandas iraníes incluidas en su plan de 10 puntos.

Así lo confirmó el embajador iraní en China, Abdolreza Rhamani Fazili. Las negociaciones comienzan este viernes en Islamabad.

El presidente de Estados Unidos, el babuino baboso de Berbería, ante las inevitables y nefastas consecuencias de su propio error estratégico, utilizó a Pakistán como vía de escape. Esto quedó confirmado por otro error garrafal del propio primer ministro pakistaní: olvidó eliminar el encabezado del tuit/publicación X que la Casa Blanca había redactado para que él lo publicara.

El actual régimen pakistaní, liderado de facto por el mariscal de campo Asim Munir, que tiene a Trump en su lista de contactos frecuentes, puede haberse beneficiado, y seguirá beneficiándose geopolíticamente, de una situación única: una nación nuclear musulmana con una importante minoría chiíta; buenas relaciones con el Consejo de Cooperación del Golfo; vecino de Irán, con quien mantiene buenas relaciones; firmó un pacto de defensa con Arabia Saudita; socio estratégico de China; y sin bases estadounidenses en su territorio.

Pero Islamabad siempre fue un mero intermediario, nunca el artífice de ninguna «mediación». Independientemente de las maniobras de la Casa Blanca, era China quien debía dar forma a una posible distensión.

El sindicato Epstein suplica un respiro.

Habíamos llegado a un punto en el que el culto a la muerte en Asia Occidental estaba siendo aplastado simultáneamente por Irán y Hezbolá en el sur del Líbano; sin importar la avalancha de propaganda, sus gritos pidiendo ayuda desempeñaron un papel importante en el giro de Trump hacia un alto el fuego.

El sindicato Epstein en su conjunto lo suplicaba. Nada que ver con la geopolítica, sino con el caos operativo: el Imperio del Caos se ha quedado sin recursos militares.

La señal definitiva fue cuando el USS Tripoli se retiró —bajo fuego enemigo— a las profundidades del sur del Océano Índico, con sus 2500 infantes de marina a bordo. Esto significó la retirada de la Armada estadounidense del teatro de operaciones, a excepción de los submarinos equipados con misiles Tomahawk, de los cuales aproximadamente la mitad fallan estrepitosamente.

Y los problemas están lejos de haber terminado. Se avecina un infierno financiero, independientemente de lo que se decida en Islamabad y en otros lugares, con 10 billones de dólares en bonos del Tesoro que vencerán en 2026. Y el petrodólar se encamina rápidamente al basurero de la historia.

Aparece, una vez más, el demente culto a la muerte.

Nadie debería olvidarlo jamás. El sindicato Epstein es capaz de no llegar a ningún acuerdo. Y esta secta de la muerte no hace treguas: en el mejor de los casos, crea resquicios legales que le permiten seguir matando a todo aquel que se cruza en su camino.

Las señales son claras. Si el grupo extremista rompe el alto el fuego —lo cual ya está sucediendo— Irán y Hezbolá contraatacarán con fuerza, sin atacar objetivos estadounidenses.

Sin embargo, es demasiado pronto para afirmar que el Babuino de Barbaria perdió la guerra según todos los parámetros posibles: moral, legal, político, económico y estratégico.

Después de todo, el Imperio del Caos siempre será, intrínsecamente, capaz de no llegar a un acuerdo, especialmente cuando el historial demuestra que en dos ocasiones atacó a Irán consecutivamente durante negociaciones diplomáticas, matando a todos, desde el líder ayatolá Khamenei hasta decenas de posibles negociadores.

La idea principal sigue siendo la misma (¡cántala!): esta es una guerra hasta el final contra los tres principales defensores de un mundo multipolar: Irán, China y Rusia.

El juego de poder de China, además de algunos hechos comprobados.

Antes del alto el fuego, China recibía 1,2 millones de barriles de petróleo iraní al día, básicamente a través de 26 buques cisterna clandestinos con transpondedores que operaban en la oscuridad, y el pago se realizaba en yuanes en el peaje del estrecho de Ormuz mediante el sistema CIPS. Todo esto eludía SWIFT, las sanciones, el control del petróleo y los seguros occidentales.

Se trata de un nuevo sistema alternativo de liquidación de pagos implementado de facto en el punto más crítico del planeta.

Esta compleja estructura energética paralela permanece intacta bajo el alto el fuego, siempre y cuando se mantenga. Pero lo fundamental es que China obtiene un respiro adicional: la ominosa amenaza de acabar con cada exportación de petróleo iraní, tras el tenso final del Día de la Central Eléctrica declarado por Barbaria, parece haber desaparecido. Esto explica la lógica detrás de la garantía de última hora que China le ofreció a Irán.

Ahora compárenlo con los objetivos declarados del Imperio del Caos: provocar un cambio de régimen; obtener el uranio enriquecido; destruir el programa de misiles; destruir la capacidad de Irán para proyectar poder. Todo ello se convirtió en un error estratégico épico, que culminó con el nuevo estatus del Estrecho de Ormuz.

Irán y Omán coordinarán el cobro de peaje a todos los barcos que crucen el estrecho durante el alto el fuego —y sin duda después—, dentro de un marco jurídico detallado. Barcos estadounidenses cruzando el estrecho de Ormuz tras pagar su peaje en yuanes: difícilmente hay algo más poéticamente embriagador, en el sentido de la ironía de la historia.

Aun así, es evidente que el Imperio del Caos está ganando tiempo, incluso mientras Irán mantiene la iniciativa. Esta es la principal conclusión del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán:

Se ha decidido al más alto nivel que Irán llevará a cabo dos semanas de negociaciones en Islamabad basándose exclusivamente en estos principios [los 10 puntos iraníes]. Esto no significa que la guerra haya terminado; Irán solo aceptará el fin de la guerra una vez que estos principios se confirmen en detalle.

Repasemos brevemente los 10 puntos que, en teoría, fueron «aceptados» por Trump:

1.  Compromiso con la no agresión;
2.  Preservación del control de Irán sobre el estrecho de Ormuz;
3.  Acuerdo sobre el enriquecimiento de uranio;
4.  Cancelación de todas las sanciones primarias;
5.  Cancelación de todas las sanciones secundarias;
6.  Derogación de todas las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU;
7.  Revocación de todas las resoluciones de la Junta de Gobernadores del OIEA;
8.  Pago de indemnización a Irán;
9.  Retirada de las fuerzas de combate estadounidenses de la región;
10. Cese de la guerra en todos los frentes, incluida la guerra contra Hezbolá en el Líbano.

Es imposible que Irán ceda en casi todos estos puntos. El pago de compensaciones podría transformarse en ingresos provenientes del peaje del estrecho de Ormuz. Pero el levantamiento de las sanciones es impensable; el Congreso estadounidense jamás lo permitirá. La garantía de Estados Unidos de que no volverán a atacar a Irán es una auténtica barbaridad. Además, el Imperio del Caos simplemente no puede garantizar nada para Gaza ni para el Líbano.

Sin embargo, se trata de una jugada extremadamente arriesgada para Irán y una prueba de fuego para China como principal garante. Irán ha sufrido daños terribles, especialmente en su industria petroquímica. Incluso con una gran inversión china, tardará años en recuperarse.

Los Tres Chiflados podrían ir a Islamabad este viernes. Curly: Vance. Shifty: Witkoff. Mo: Kushner. Pero Irán, a través del ministro de Asuntos Exteriores Araghchi, solo hablará seriamente con uno de ellos: Curly.

Así que la civilización sobrevive, por ahora. Algunos datos también. Dato uno: Estados Unidos ya no es una superpotencia. Dato dos: Irán ha recuperado su posición como una de las principales potencias mundiales. Dato tres: La mayoría de las cobardes petromonarquías del Golfo acabarán expulsando definitivamente las bases militares estadounidenses. Dato cuatro: Catar y Omán llegarán a un acuerdo de seguridad con Irán.

El imperativo principal sigue vigente —y concierne a todo el planeta—: cómo encontrar una cura para ese cáncer en Asia Occidental.




en Observatorio de la crisis, 8 de abril, 2026


















miércoles, abril 08, 2026

«### HAY MANOS #», de Carlos Dante Capella





a Néstor P. (primera versión 0.4) 


### HAY MANOS # Las manos de la madre de Tucholsky # Las manos de Perón # Las manos de la madre de Durero # La mano del perdón, usted primero # La mano de la joven Cicciolina con el pene de Jeff Koons entre los dedos # Las manos de Rodin # Jeff Koons pagando por el uso de sus manos # las propias # Las manos de Ai Wei Wei cobrando un giro # Seis dígitos por una copia laser en mármol de sus manos # Las manos del Ratón Mickey con sólo cuatro dígitos # La mano digital para mover tu foto en la pantalla # Las manos del gecco recostado sobre el cielorraso de la casa de la playa # Las manos del Greco pintadas por el Greco # Las manos de mi madre en esta foto, ahora # Las fotos de mis manos # Con mis manos, tántas # Las manitas del maus de las computadoras # La mano del Cesar pronunciando su Vivat en cada like del Facebook # La mano de la madre del matricida del cuento popular, misógino y de merda # La mano del prójimo de merda # La mano de la prójima del ano # La mano diferente # la mano que me atina # La mano de pintura que me pide la cocina # Las dos manos opuestas de las avenidas # La palma que se crispa helada en la culata cuando ve que la mano se viene pesada # La mano huesuda de la suerte # La mano que se pierde # La mano que se muerde # La mano que se da # La mano que se da un pico de pálida en las venas del dorso de la otra mano # Las manos ya lavadas de Pilatos # Las llagas en las manos de los lavaplatos # Las llagadas ancas de las que pagan los platos # Los panes como manos de Picasso # Las manos como panes del Guernica # Las manos que tenían según Lichtenberg: los dedos como labios # La mano sin resabios # La manos sin timo # Las manos de los niños cuyas manos perdimos # Entre las garras muertas de las bombas de racimo # Las manos que trafican con bombas de racimo # Las manos que se ahorcan por treinta dineros # Las manos de: los últimos serán los primeros # Las manos de todas las mujeres lapidadas, atadas a la espalda # Las manos del ahorcado atadas a la espalda # Las manos de los ricos recostadas… en la espalda de los pobres # La mano de los pobres metiéndose en la lata… # Las manos que se hundieron en el río de La Plata # Las manos que se quedan con el río # con la plata # Las manos con la v de la victoria # la v de Perón Vuelve # el gesto de la paz # el signo de tráeme dos cortados # Las que prefieren decir fuck you con el dedo bien parado # Las manos del tarado en manos de la ciencia # Las que prefieren el puño a la paciencia # Las que prefieren el puño a la violencia # La mano de la ciencia en manos del tarado # La mano de Dieguito en la conciencia # Las manos desiguales del escudo peronista # Las manos del que dice, perdón, vea, no insista # Las manos extendidas como tumbas de los nazis # las manos cabecita parándome los taxis # abriéndome la puerta de los taxis # robándome en los taxis # Las manos una atrás # otra adelante # del bello chino en el coche de Darín en Cuento Chino # de cada refugiado y cada refugiada # de cada inmigrante # La mano del destino a cada instante # La mano del cartel de Stop # Arrêtez-vous # No pase # La mano del ¡Circule caballero! # La mano del me extraña, usted primero # La mano de buscar donde se acaba # La mano de cavar donde se busca # Las manos de bucear donde hay cadáveres ###



















martes, abril 07, 2026

«La destrucción de Palestina es la destrucción de la tierra», de Andreas Malm

Prefacio / Traducción de Vicente Lane



Sin límites

Las páginas de este libro corresponden al manuscrito de una conferencia realizada medio año después del comienzo del genocidio en Gaza, el 4 de abril de 2024, en la Universidad Americana de Beirut. A medida que se acerca el aniversario de Tufan al-Aqsa –comúnmente traducido como «la inundación de al-Aqsa», aunque «tufan» también puede significar diluvio o tormenta (es raíz de la palabra tifón)– una cosa queda clara: no existen límites para lo que el Estado de Israel puede cometer impunemente. Los datos más recientes al momento de escribir, el 17 de julio de 2024, indican un total de 38.794 personas asesinadas; pero estos son sólo los cuerpos que han llegado a los hospitales. Se estima que otros 10.000 se encuentran enterrados bajo escombros. De los muertos identificados, 16.172 son niños y niñas; otros 34 más han muerto de hambre, ante la impotencia de los médicos. La ocupación ha cavado siete fosas comunes dentro de los recintos hospitalarios que han tomado por asalto. De estas fosas se han recuperado 520 cadáveres tras la retirada de los soldados. Dos millones de personas han tenido que abandonar sus hogares. Casi todos ellas –1.737.524– han padecido al menos una enfermedad contagiosa en su paso por campamentos o escuelas inimaginablemente hacinadas; 162 de aquellos refugios para personas desplazadas han sido bombardeados. Un total de 150.000 unidades de vivienda han sido completamente destruidas, al igual que 115 escuelas y universidades, 610 mezquitas, 3 iglesias, 206 sitios arqueológicos y patrimoniales, y tierras agrícolas cuya extensión no se registra en este conteo particular. A esto debe añadirse todas las estructuras dañadas más allá de cualquier posibilidad de reparación.[1] Pero, por supuesto, estas cifras ya pertenecen al pasado, mientras el trabajo de destrucción continúa incansable e implacable, día tras día. Una vez más, no hay límites para lo que el Estado de Israel puede cometer impunemente. 

En efecto, gran parte de este genocidio se ha desplegado por medio de una flagrante y estridente transgresión de límites: al principio, los recintos hospitalarios eran considerados zonas inmunes y protegidas de los ataques del ejército de ocupación (al menos a ojos de algunos). Los repetidos ataques al Hospital al-Ahli en la Ciudad de Gaza a finales de 2023 suscitaron alegato y clamor (aunque débil). La ocupación respondió avanzando hacia el Hospital al-Shifa, sitiándolo y destruyéndolo varias veces. Luego hizo lo mismo con el Hospital Indonesio, el Hospital al-Quds, el Hospital al-Amal y otros, hasta que la destrucción sistemática de hospitales y las masacres de sus pacientes y personal se han convertido en una característica completamente normalizada de la muerte en Gaza. La primera masacre de un grupo de palestinos hambrientos en espera de camiones cargados de harina generó indignación (al menos en algunos sectores). La ocupación reaccionó rápidamente llevando a cabo más masacres contra exactamente el mismo grupo de gente, hasta que ese límite también fue borrado; lo mismo ocurrió con las bombas que cayeron sobre familias refugiadas en tiendas de campaña, los videos publicados de soldados jactándose de hacer estallar hogares de civiles y las imágenes de los mismos jugando con la ropa interior de mujeres palestinas. Por cada atrocidad, por cada ultraje, cualquier tipo de reprimenda o censura ha sido contrarrestada con la repetición del acto, hasta el punto en que el Estado de Israel ha prevalecido una vez más: nadie tiene la capacidad de imponerle límites a sus acciones sobre el pueblo palestino. Por supuesto, esta no es la primera vez que el Estado se comporta de esta manera. Tampoco es la primera vez que una entidad colonial actúa así. «El colono es un exhibicionista. Su deseo de seguridad lo lleva a recordar en alta voz al colonizado que: 'Aquí el amo soy yo'», escribe Frantz Fanon en Los condenados de la tierra.[2] Cada límite propuesto frente al poder destructivo del Estado colonial de asentamiento es recibido como un cuestionamiento a su dominio ilimitado, y por ende, responde con una reincidencia desbocada. El libre despliegue de esta dinámica sólo puede terminar con la devastación de la tierra en Gaza y más allá. 

Hubo un momento en la primavera de 2024 en el que el amo del amo, los Estados Unidos de América, impuso la demarcación de un límite. El ejército de ocupación aún no había entrado en Rafah. Más de un millón de palestinos habían sido empujados a este estrecho laberinto de campos de refugiados que datan de 1948, en el extremo sur del enclave, y todos sabían que una invasión cambiaría el orden de magnitud de la catástrofe: todas estas personas, que ya habían sido convertidas en refugiados tres, seis o incluso diez veces antes, tendrían que huir una vez más; habría una masacre masiva de niñas y niños; se detendría el escaso flujo de alimentos y asistencia. El presidente Joe Biden declaró: «Dejé claro que si entran en Rafah –todavía no han entrado en Rafah–, si entran en Rafah, no les proporcionaré el armamento», sin el cual una operación de este tipo, como el genocidio en su conjunto, no podría ejecutarse.[3] Rafah era la «línea roja».[4] Rafah no debía ser pulverizada como el resto de Gaza. «Incluso el apoyo inquebrantable del presidente Joe Biden tiene límites», comentó CNN bajo el titular: «La advertencia de Biden sobre Rafah hace remecer la política global y doméstica».[5] Pero luego, por supuesto, la ocupación efectivamente avanzó sobre Rafah, con sus tanques, bulldozers y aviones de combate, expulsando a la población, llevando a cabo la serie habitual de masacres y arrasando sistemáticamente con los campamentos. Al momento de escribir esto, más del 70% de la infraestructura del distrito –pozos de agua, carreteras, alcantarillado, mercados – ha sido destruida.[6] Y, por supuesto, el armamento proporcionado por Estados Unidos continuó fluyendo tan naturalmente como agua por un acueducto. Benjamin Netanyahu acaba de dar un discurso frente al Congreso de dicho país, interrumpido por cuarenta y cuatro ovaciones de pie ante declaraciones como:

       «Esto no es un conflicto entre civilizaciones. Es un conflicto entre la barbarie y la civilización. Es un conflicto entre quienes glorifican la muerte y quienes santifican la vida. Para que las fuerzas de la civilización triunfen, Estados Unidos e Israel deben mantenerse unidos [...] Nuestros enemigos son sus enemigos, nuestra lucha es su lucha y nuestra victoria será su victoria».[7]

Él y Biden se han vuelto a reunir en persona para discutir los detalles de cooperación y coordinación: el amo de la tierra jamás frenará al amo de Palestina. 

Por exasperante e indignante que sea –o debiese ser –, aquello se encuentra en perfecta consonancia con los desarrollos en otro frente también abordado por el presente manuscrito: el clima. No hay límites en la cantidad de combustibles fósiles que se pueda extraer. Todavía no se ha impuesto ninguno al despojo de este planeta. Un nuevo informe demuestra que el frenesí por los combustibles fósiles de la década de 2020 sigue en aceleración. Las empresas están invirtiendo más dinero en la producción de petróleo y gas hoy que en cualquier momento desde la firma del Acuerdo de París, un documento en el que el mundo se comprometió a limitar el calentamiento global a 1,5°C. En 2023, la temperatura mundial alcanzó justamente ese límite. Estados Unidos respondió emitiendo un récord de 758 nuevas licencias de proyectos petrolíferos y gasíferos para tan sólo ese año, casi tantas como durante la totalidad de los tres años anteriores, y 2024 podría terminar con aún más. Estados Unidos ahora extrae más petróleo y gas que cualquier otro país en la historia, y las curvas en las proyecciones siguen apuntando hacia arriba. Durante los cuatro años de la administración Biden, Estados Unidos otorgó 1.453 nuevas licencias, una quinta parte más que durante el primer mandato de Trump, y la mitad del total global hasta ahora en la década de 2020. Este frenesí lo encabeza el mundo angloamericano con sus petroestados colonos: el Reino Unido, Australia, Canadá, pero sobre todo Estados Unidos, además de Noruega. Cinco países acaudalados concentran más de dos tercios de las licencias otorgadas en el curso de esta década.[8] Mientras tanto, huracanes sin precedentes arrasan el Caribe, las inundaciones devastan a Brasil, olas de calor han puesto a Asia sobre un brasero, y la marea de sufrimiento climático en el Sur Global no deja de crecer. Todo el mundo sabe que la extracción sostenida y descontrolada llevará la catástrofe a nuevas magnitudes, y sin embargo, las licencias siguen emitiéndose con el mismo afán compulsivo e ilimitado que el respaldo otorgado a la ocupación, el mismo afán destructivo completamente desbocado. 

¿De qué forma podemos reflexionar sobre la relación entre estos dos procesos? Las siguientes páginas se vuelcan sobre esa pregunta, aunque apenas logran rozar su superficie. No hay aquí una investigación exhaustiva. El texto busca abordar Palestina como un microcosmos de procesos más amplios, centrándose en un momento histórico acontecido en 1840 que, en mi opinión, tiene una importancia particular. Sin embargo, la historia de aquellos eventos sólo se relata de manera breve. Existen abundantes fuentes primarias y secundarias –en especial en árabe– que habría que explorar para que surja un panorama más acabado. El trabajo en otros proyectos me ha impedido ofrecer algo más que un relato aproximado (y ligeramente referenciado). El texto se publicó por primera vez en el blog de Verso –a la presente edición se le aplicaron tan sólo cambios mínimos – y provocó algunas objeciones, no sobre la narrativa histórica, sino sobre las posiciones expuestas en torno a la resistencia palestina y el lobby israelí. Al texto principal le siguen mis réplicas a dichas objeciones. La primera, sobre la resistencia, también se publicó en el blog de Verso y ha sido ligeramente ampliada; la segunda, sobre el lobby, aparece aquí por primera vez.

….

París, 25 de julio de 2024





Publicado por LOM Ediciones, 2025


Fotografía original de Sergi Alcàzar 






[1] Oficina de Prensa de Gobierno, Franja de Gaza, actualización estadística, 17 de Julio de 2024, Middle East Observer.

[2] Frantz Fanon, The Wretched of the Earth (Broadway: Grove, 2004 [1963]), 17.

[3] Kevin Liptak, «Biden Says He Will Stop Sending Bombs and Artillery Shells to Israel if it Launches Major Invasion of Rafah», CNN, 9 de mayo de 2024.     

[4] Carlo Martuscelli, «Biden Warns of “Red Line” for Israel over Gaza», Político, 10 de marzo de 2024.

[5] Stephen Collinson, «Biden’s Rafah Warning SendsImmediate Shockwaves through US and Global Politics», CNN, 9 de mayo de 2024.

[6] The Mayor of Rafah, Dr Ahmed Al-Sufi, 24 de julio de 2024, Middle East Observer.

[7] «We’re Protecting You: Full Text of Netanyahu’s Address to Congress», Times of Israel, 25 de julio de 2024; Jacob Magid, «Netanyahu Checked All the Boxes on His US Trip – Except One», Times of Israel, 28 de julio de 2024.

[8] Oliver Milman y Nina Lakhani, «Revealed: Wealthy Western Countries Lead in Global Oil and Gas Expansion», Guardian, 24 de julio de 2024.















lunes, abril 06, 2026

«Tarea», de Ida Vitale




 
Abrir palabra por palabra el páramo,
abrirnos y mirar hacia la significante abertura,
sufrir para labrar el sitio de la brasa,
luego extinguirla y mitigar la queja del quemado.





en Trema, Editorial Pre-textos, 2005

















domingo, abril 05, 2026

«Una mejor resurrección», de Christina Rossetti

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




No entiendo nada, ni tengo palabras, ni lágrimas; 
dentro de mí, como una piedra, mi corazón
está tan dormido que no tiene miedo ni esperanzas. 
Miro a la derecha, a la izquierda, vivo sola; 
alzo mis ojos, pero oscurecidos de dolor 
no veo ninguna colina eterna; 
mi vida es una hoja que cae: 
oh, Jesús, dame nueva vida.

Mi vida es como una hoja marchita, 
mi cosecha fue apenas una cáscara: 
en verdad mi vida es vacía y breve 
y tediosa en el árido atardecer; 
mi vida es como una cosa congelada, 
donde no veo brotes ni verdor alguno: 
sin embargo se alzará — la savia de la primavera; 
oh, Jesús, también álzate en mí.

Mi vida es como un cuenco roto, 
un cuenco roto que no puede contener 
ni una gota de agua para mi alma 
ni licor en el frío intenso; 
lanza al fuego lo que se ha echado a perder; 
derrítelo y dale nueva forma, hasta que sea 
una copa regia para Él, mi Rey: 
oh, Jesús, bebe de mí.


en Goblin Market and Other Poems, 1862













A Better Resurrection

I have no wit, no words, no tears; /My heart within me like a stone / Is numb'd too much for hopes or fears; / Look right, look left, I dwell alone; / I lift mine eyes, but dimm'd with grief / No everlasting hills I see; / My life is in the falling leaf: / O Jesus, quicken me. // My life is like a faded leaf, / My harvest dwindled to a husk: / Truly my life is void and brief / And tedious in the barren dusk; / My life is like a frozen thing, / No bud nor greenness can I see: / Yet rise it shall—the sap of Spring; / O Jesus, rise in me. // My life is like a broken bowl, / A broken bowl that cannot hold / One drop of water for my soul / Or cordial in the searching cold; / Cast in the fire the perish'd thing; / Melt and remould it, till it be / A royal cup for Him, my King: / O Jesus, drink of me.













sábado, abril 04, 2026

«Histeria», de Zhu Shuzhen

Versión de Carlos Manzano de la traducción de Kenneth Rexroth





Cuando me miro al espejo, mi cara 
Me espanta. Me doy miedo a 
Mí misma. Siempre la debilidad en 
La primavera me derrota como 
Una enfermedad mortal. Estoy demasiado
Exhausta para arreglar las flores 
O pintarme la cara. Todo me molesta.
De nuevo me asaltan todas las
Antiguas penas y arruinan el presente.
Los gritos de los chotacabras me
Aterran. Las golondrinas que vuelan en 
Parejas ante mi ventana me ponen 
Violenta. Cejas depiladas, ojos cansados 
Y endurecidos con la soledad. Las 
Golondrinas gorjean en los pintados aleros…
Pero yo he perdido hasta la capacidad 
De soñar con la felicidad. A cada nueva
Primavera, me veo más enredada y 
Enmarañada en la amargura. A medida que 
El mundo entero se va volviendo 
Más encantador, mis entrañas se retuercen de 
Pena. Las flores de pérsico tiemblan
A la luz de la luna nueva en las primeras
Noches de la temporada de Comida
Fría. En el dorado ocaso, los claros y 
Brillantes vientos de la primavera
Agitan las largas sombras de sauces enormes.
Rodeada de flores y atrapada por 
La pena, contemplo el sol más allá de los 
Tejados de los aposentos femeninos.





en Cien poemas chinos, 1966

























viernes, abril 03, 2026

«Luz sofocante», de Robert Walser

Traducción de Juan Carlos Villavicencio



 
Dos árboles se alzan en la nieve, 
el cielo, cansado de la luz, 
se retira a casa, y no hay nada más 
que melancolía alrededor.

Y tras los árboles se alzan 
oscuras casas allá en lo alto. 
Ahora se oye a algo hablar, 
ahora ladran los perros.

Ahora aparece el amor, redonda 
luna-lámpara en la casa. 
Ahora la luz se apaga de nuevo, 
como si se abriera una herida.

Qué pequeña es la vida aquí 
y qué grande la nada. 
El cielo, cansado de la luz, 
ha entregado todo a la nieve.

Los dos árboles inclinan 
sus cabezas el uno hacia el otro. 
Las nubes atraviesan la quietud 
del mundo en una danza.



en Gedichte, Verlag Bruno Cassirer, 1909











Drückendes Licht

Zwei Bäume stehen im Schnee, / der Himmel, müde des Lichts, / zieht heim, und sonst ist nichts / als Schwermut in der Näh'. // Und hinter den Bäumen ragen / dunkle Häuser hinauf. / Jetzt hört man etwas sagen, / jetzt bellen Hunde auf. // Nun erscheint der Liebe, runde / Lampenmond im Haus. / Nun geht das Licht wieder aus, / als klaffte eine Wunde. // Wie klein ist hier das Leben / und wie groß das Nichts. / Der Himmel, müde des Lichts, / hat alles dem Schnee gegeben. // Die zwei Bäume neigen / Ihre Köpfe sich zu. / Wolken durchziehn die Ruh' / Der Welt im Reigen.