jueves, julio 23, 2026

«Jaime Sáenz y el camino del conocimiento», de Edmundo Paz Soldán




 
La vida de Jaime Sáenz es un inventario de gestos provocativos contra la clase media de la que provenía, contra un tiempo que se le antojaba dominado por la razón, en el que las fuerzas desatadas de la modernidad capitalista intentaban destruir el espíritu de las ciudades, «cifra de muchos misterios». Nacido en La Paz en 1921, Sáenz fue un ser torturado; comenzó a beber a los quince años y a los veinte ya era alcohólico. Dos experiencias con el delirium tremens a principios de la década de 1950 lo llevaron al borde de la muerte y lo obligaron a dejar el alcohol y dedicarse plenamente a la escritura. Para Sáenz, el alcohol era un camino de conocimiento que permitía acceder a un grado de conciencia superior, a un estado de revelaciones y una visión más profunda de la realidad. En La noche (1984), escribe:

       La experiencia más dolorosa, la más triste y aterradora
       que imaginarse pueda,
       es sin duda la experiencia del alcohol.
       […] 
       Y tan atroz y temible se muestra, en un recorrido de 
       espanto y miseria, que uno quisiera quedarse muerto allá. 

Una de sus facetas más extrañas es su relación con el nazismo, que descubrió durante un viaje a Alemania en 1939. Lo fascinaba su lado místico, su conexión con el irracionalismo alemán. En una pared de su escritorio tenía la foto de Hitler y en una pizarra había dibujado una esvástica; creía que el nazismo era la última esperanza para detener el avance del capitalismo (que veía como una conspiración judía). Esa fascinación estaba plagada de contradicciones: Sáenz utilizaba ideas nacionalsocialistas sobre la importancia de lo telúrico para aplicarlas a Bolivia y creía que en la potencia de la raza aymara se encontraba el futuro del país (en su escritorio también guardaba la foto de un indio aymara gigante).

Le gustaba visitar la morgue, pero su interés era más metafísico que morboso: ver qué sensaciones físicas experimentaba, enterarse a qué olían los cadáveres, estaba ligado a su obsesión por comprender qué pasaba con el alma después de la muerte. Paradójicamente le horrorizaba ser enterrado vivo a la vez que vivía con un profundo deseo de morir. Llegó a dar instrucciones a un amigo doctor para que cuando lo enterraran se cerciorara de que estuviera muerto.

Sáenz vivía de noche y dormía de día: ponía cartulinas negras en las ventanas de sus cuartos para que no entrara la luz, gesto que lo emparenta con escritores «malditos» latinoamericanos como Rodrigo Lira y Jorge Barón Biza: la búsqueda de oscuridad, la entrega a la vida nocturna, es un gesto cargado de simbolismo. Cerrar las ventanas no es solamente apagar la luz sino también clausurar el paso a las convenciones que triunfan durante el día: las buenas costumbres, la razón.




en Atlas de la literatura latinoamericana (ed. de Claudia Obligado), 2022
















miércoles, julio 22, 2026

«Pequeña crónica póstuma», de José Miguel Ruiz

Relato del traslado del cuerpo de Jorge Teillier desde Viña del Mar al Molino de Ingenio y de su velatorio privado




 
Alrededor de las cinco y media de la tarde, llegué al hotel donde Cristina Wenke se había alojado parte del tiempo que el poeta permaneció en el hospital Gustavo Fricke, al que había sido llevado una semana atrás, de noche, con una fuerte hemorragia. Una corazonada –o simplemente otro regalo del poeta– me había hecho llegar hasta allí (antes pensé irme directamente de Santiago al Molino de Ingenio, cuando, yendo hacia Viña del Mar, me enteré por radio que Teillier había muerto) y llegar a tiempo, pues Cristina, Rodrigo Miquel, sobrino de ésta, y los hijos de Jorge, Carolina y Sebastián, se disponían a trasladar al poeta a su casa del Molino de Ingenio. El encuentro fue bueno y necesario: «Están haciendo lo correcto», habría dicho él. Al poco rato, nos dirigimos a la funeraria, donde sólo se esperaba a la familia de nuestro querido vate para iniciar el traslado de su cuerpo. 

El viaje de ida a Ingenio fue de pocas personas. Íbamos sólo los que he nombrado, más el conductor de la carroza y yo. En ésta se fue Cristina, junto a su amado poeta. En el auto que los acompañaba, Carolina, Sebastián, Rodrigo y quien escribe estas líneas. Salimos de Viña del Mar pasadas las seis de la tarde y tomamos el camino costero. Había un ambiente de recogimiento, de recuerdos y también de serenidad. Íbamos con el poeta de regreso a su casa. El camino nos pareció hermoso, sobre todo cuando nos percatamos de que un sol rojizo, o fuertemente anaranjado, con una gran presencia en el horizonte marino, nos acompañaba. Comentamos que era una digna despedida del día a Teillier. En ocasiones, en alguna curva del camino, la carroza y el sol quedaban en un mismo campo de visión, y eran un perfecto complemento, una poética unidad, como si el vehículo que llevaba al poeta se fuese a introducir en el sol. Nos alegramos de este adiós del ocaso del 22 de abril. 

La noche nos sorprendió yendo hacia el Molino de Ingenio, y Sebastián, quien sabe del cielo nocturno, nos enseñó algunas estrellas y constelaciones. Y Carolina, la luna que apareció también a despedir al poeta. Llegamos a Ingenio cerca de las ocho. La gente que trabaja en la casa recibió a la pequeña comitiva con una conmovedora actitud de respeto y recogimiento. La noche estaba intensamente estrellada. Bajamos el féretro –Carolina comentó después: «Todo ha estado como él hubiera querido: la tarde, la noche y seis hombres justos para tomar ataúd»–, y lo llevamos a una capilla que se había preparado en el molino mismo. Ese viejo molino que perteneciera a la Quintrala, que inspirase algún poema a más de un poeta y el título de un libro de Teillier: El Molino y la Higuera, y que ahora está transformado en un acogedor taller y lugar de estar. A poco de permanecer el poeta en la capilla, se cortó misteriosamente la luz. Coincidimos todos en que era otra de sus jugarretas... El féretro quedó flanqueado por velas y flores: bellas y aromadas rosas, claveles blancos y rojos y a la cabecera, un gran ramo de buganvillias. No obstante el dolor, yo percibía un ambiente de paz. Me pareció que cada uno experimentaba más la cercanía del poeta que la definitiva lejanía de su muerte. 

Aquella noche no hubo más gente que la que habíamos llegado con él al Molino de Ingenio, y algunos parientes y familiares de Cristina que se incorporaron luego: Aída Wenke y su esposo, una joven pianista nuera ellos, Gonzalo Miquel y los amigos de la familia, Dito y Alina. Ya bastante avanzada la noche, llegó el gobernador de la provincia. Él expresó el deseo de la comunidad de La Ligua de tener al poeta en la iglesia de la ciudad, para hacerle un homenaje. Cerca de las dos de la madrugada, nos juntamos todos los que estábamos en casa y leímos poemas de Jorge y comentamos sobre él, la vida de este «eterno incorregible» (la expresión la acuñó amorosamente Cristina), el gran poeta Jorge Teillier. Creo que él nos devolvió momentos de profunda belleza y serenidad. Si había pena, también comunión, paz, diálogo íntimo, poesía. 

La noche fue pasando rápidamente. Muy tarde, algunos se retiraron a descansar, pensando en las jornadas que vendrían; otros permanecimos en vela, y hubo quien recibiera de ese «eterno incorregible» angelical que prefirió a cualquier cosa «gastar sus codos en todos los mesones», aquellas revelaciones y plenitudes que los verdaderos poetas pueden otorgar. 

Llegó el día y Carolina abrió todas las ventanas para que entrara toda la luz y con ella, el canto de los pájaros, el sonido metálico de los picaflores, el inconfundible del zorzal y el de las imitadoras tencas, el verdor y el movimiento leve de los árboles: higueras, chirimoyos, paltos, álamos, lúcumos y otros. El alba saludó al poeta. 

La mañana transcurrió también en el mismo tono de la noche anterior. Muy temprano, Cristina Wenke tomó lugar junto al féretro, donde estuvo la mayor parte del día, en una actitud que pertenece a aquellas profundas, íntimas, que vivimos cuando estamos ante la muerte de seres admirados y amados. En silencio o hablando en sordina pasamos las horas de la luminosa mañana. Alrededor de las once llegó un joven que se mantuvo largo rato junto al ataúd. Tenía los ojos llorosos. Felipe, uno de esos amigos-discípulos de Jorge Teillier. Me conmovió su actitud. Lo vi después siempre, callado paseando por los jardines o como un contemplativo en la capilla donde se velaba al poeta. Vino también el actor Luis Alarcón, quien saludó y estuvo poco rato. Permanecía el ambiente de privacidad todavía esa mañana, el que no se rompería sino hasta dejar el cuerpo del poeta en la iglesia de La Ligua. Poco a poco fueron llegando los parientes de Jorge que venían de lejos, del Sur: sus hermanos Sara y Fernando, y otros. 

Algo antes de la tres de la tarde entró un picaflor a la salita clara y florida donde se encontraba Jorge y, aunque estaban las ventanas entreabiertas, no había manera de hacerlo salir. Hubo que traer una malla y ni aun así se lograba cogerlo para liberarlo. Costó muchísimo su captura, hasta que alguien lo tomó mientras chocaba contra el ventanal, a la altura del cuerpo del poeta. Son las «coincidencias» poéticas, los significativos hechos, partes del entramado sutil que los poetas han enseñado a ver, a develar mientras han vivido y que nos dejan para siempre descubiertos cuando ya han muerto. 

A las cuatro de la tarde, justo a las cuatro de la tarde, Rodrigo Miquel hizo el anuncio de que la carroza estaba ya dispuesta para trasladar al poeta a La Ligua. Sacamos el féretro de la capilla y lo llevamos al vehículo. Allí sentí la realidad tal como era: el poeta Teillier se iba de su casa para siempre. Así lo experimentamos. Digno y amoroso llanto de su hija, Carolina. Todo cuanto ocurriese de ahora en adelante entraría ya en el ámbito de lo público (un poeta es también de su pueblo y debe estar con ése, sobre todo un poeta que no rehuyó a la gente). Fue un viaje triste esta vez; el anterior había sido venir a casa y este, irse de casa. ¿Cómo describir aquello? Árboles, muchos, un camino, alguien a quien queremos llora... ¡Adiós al poeta, uno de los grandes y más verdaderos y que estuvo entre nosotros! 



Abril de 1996

















martes, julio 21, 2026

«Dejen que se sepa», de Harun Hashim al Rashid

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Dejen que se sepa:
no habrá paz.
porque los huéspedes en la carpa
se hartaron de la humillación de vivir ahí,
se han cansado del sufrimiento, de la miseria, la enfermedad,
aburridos de la muerte que se arrastra por sus huesos,
padeciendo la vida misma,
porque les robaron su hogar
y siguen caminando en las tinieblas.


 













lunes, julio 20, 2026

«Anda al pueblo, hermano», de Sergio Mansilla Torres





Anda al pueblo, hermano,
anda;
y tráete plata y azúcar.
Anda, hermano, al pueblo
a vender estas cuantas gallinitas,
y tráete también esa luna grande
que siempre vemos reflejada
en nuestros ojos.
Seguro que allí debe estar
porque en el pueblo hay muchas cosas lindas
y allí debe de estar la luna.
Y tráete plata, hermano,
mira que el camino es difícil
y está oscuro debajo de la lluvia.
Anda al pueblo.
Yo aquí esperaré hasta que vuelvas
y te tendré tortillas en el fogón.
Apúrate, y tráete plata y azúcar y luna
porque estamos quedando atrás
y tenemos que alcanzar como sea
la orilla donde los otros llegan.
Anda, hermano.
Yo aquí, mientras tanto,
prepararé el fuego y la tierra
para que la hagamos florecer
cuando tú traigas plata y luna.


















 

domingo, julio 19, 2026

«Un puñado de espuma», de Gabriela Balbontín

Dos poemas




3.

Una posibilidad sería
dibujar no tu pie sino tu zapato 
enterrado en un monte de nieve
A lo lejos un conejo que huye
de lo blanco a lo blanco

Una posibilidad sería
hablar de las antípodas 
de los animales extintos
de Siberia y ese pájaro azul
Decir no creo más en ti

La imposibilidad serías tú y mi padre muerto
en Mersin, en Sofia, en Montevideo, 
en cualquier ciudad imaginada

Escuchar una lección imposible:
tomar un café cargado en verano
una ducha fría una mañana de julio

dormir profundamente.







5. 

Son como caballos furiosos
dice mientras mira el mar de Pucatrihue 
y las olas son un puñado de espuma 
que todo lo que toca se lo lleva. 

Ella le da la espalda
Con su torso pegado a la arena 
busca las ágatas que no distingue 
porque todas las piedras brillan 
de la misma manera para un ojo hipermetrópico. 
Dice: tengo frío, abrázame.

Desde allí se puede ver la roca sagrada
donde vive el Tata Huentellao, 
sobre esa piedra 
que de este lado del río
es el lomo de un gato que acecha.

La risa permanece 
tiene gusto a destilado a lluvia a tortilla de rescoldo. 
Suena a botellas quebrándose en el cemento.

A lo lejos 
la melena colorina de su prima 
centellea con la luz propia del agua salada, 
se aleja hacia las rocas
bajo la lengua carga las piedras diminutas.



2026
















sábado, julio 18, 2026

«Tal vez era su destino», de Yi Sha

Traducción de Miguel Ángel Petrecca




A las cuatro de la mañana el tren llega a una estación 
una estación pequeña y se detiene tres minutos
Dentro de su compartimiento un hombre 
se sienta en la cama se viste Siente que 
tiene que bajar sí o sí que estos 
son tres minutos que no pueden faltar 
en su viaje Sólo se trata 
de caminar un poco por el andén 
estirar brazos y piernas moverse
Sobre el andén no se ve ni una persona
Hay algo desconocido en la atmósfera
Camina el largo entero de dos vagones 
acelerando su paso lentamente
Suena la chicharra Sube a tiempo 
y le dirige a la empleada
–una chica con permanente–
una sonrisa sin significado Estos 
son tres minutos que no podían faltar 
en su viaje Quizás
realmente era su destino





en Un país mental. 150 poemas chinos contemporáneos
Gog y Magog, 2023

















viernes, julio 17, 2026

«Poemas que se creen gatos», de Carlos Alberto Trujillo





para Iván Carrasco
 
     Hay poemas que se sienten gatos
Y ronronean bajo la estufa en tardes de domingo
Mientras la lluvia se desliza por la ventana
Y los visillos repletos de figuras detienen el paisaje gris
Como una fotografía pintada en la pared
En días de un calendario que ya nadie recuerda
     Poemas que parecen olvidarse del mundo
Cuando se les ve retozando al lado del fuego
Mientras la robusta cocinera
Saca unos panes grandes y preciosos
Olorosos como frutas frescas
De la boca de un horno recién ideado por Dios.

     Hay poemas que se sienten gatos enormes y hermosos
Mientras se encaraman por las paredes
Y se deslizan sobre los techos
Agazapados y tensos
Como si la presa que siguen fuera la vida
Y ésa la única oportunidad de aprehenderla

     Hay poemas que se sienten gatos
Y van por la vida con su facha de gato
Con su cola de gato
Con su reluciente pelaje de gato
Y sus prodigiosos ojos de gato mayor
Mirando el adentro y el afuera de las cosas
Como si para ellos el misterio
Todavía fuera una idea sin nombre

También hay gatos que se creen poemas.




en Antología poética de la generación del ochenta, ed. Andrés Morales, MAGO editores, 2010



















miércoles, julio 15, 2026

«Afrodita», de Pierre Louÿs

Fragmento


 
Se inclinó por última vez y más largamente, dejó el collar en manos del sacerdote y dio un paso sólo para alejarse. 

El sacerdote la detuvo.

—¿Qué le pides a la diosa por estas preciosas ofrendas?

Ella sonrió moviendo la cabeza, y dijo:

—No le pido nada.

Luego camino junto a la procesión, tomó una rosa de una cesta y se la puso entre los labios al salir.

Una a una, todas las mujeres la siguieron. La puerta del templo vacío se cerró.

*   *   *

Demetrios quedó solo, oculto tras el pedestal de bronce.

No había perdido ni un ademán ni una palabra de toda la escena, y cuando todo terminó, permaneció largo tiempo sin moverse, otra vez atormentado, apasionado, indeciso.

Se creía curado de su locura del día anterior, y no había imaginado que nada podría arrojarlo por segunda vez a la sombra ardiente de aquella extraña.

Pero no había contado con ella.

¡Mujeres! ¡Oh, mujeres! ¡Si quieren ser amadas, muéstrense, aparezcan, estén presentes! La emoción que sintió cuando entró la cortesana fue tan intensa y poderosa, que ya no no podía pensar en combatirla con un impulso de su voluntad. Demetrios estaba atado como un esclavo bárbaro a un carro triunfal. Escapar era una ilusión. Sin saberlo, y con naturalidad, ella le había puesto una mano encima.

La había visto llegar desde muy lejos, pues vestía la misma tela amarilla que llevaba en el muelle. Caminaba con pasos lentos y flexibles, ondulando las caderas con molicie, y se había dirigido recta hacia él, como si adivinara que estaba allí tras de la piedra.

Desde el primer instante comprendió que caía rendido a sus pies. Cuando se quitó del cinturón el espejo de bronce pulido, se miró un momento en él antes de entregarlo al sacerdote y el brillo de sus ojos se volvió estupendo. Cuando, para tomar su peine de cobre, se pasó la mano por sus cabellos mientras levantaba un brazo cruzado, según la actitud de las Gracias, toda la hermosa línea de su cuerpo se desarrolló bajo la tela, y el sol encendió en su axila un rocío de sudor menudo y luminoso. Por último, cuando, para levantar y desatar su collar de pesadas esmeraldas, separó la seda plisada que cubría sus senos hasta el suave lugar lleno de sombras, donde sólo es posible deslizar un ramo, Demetrios se sintió presa de tal frenesí de poner ahí sus labios y arrancarle todo el vestido… pero Khrysís comenzó a hablar.

Habló, y cada una de sus palabras fue un sufrimiento para él. Por placer, ella parecía insistir y recrearse en la prostitución de este vaso de belleza que era ella misma, blanco como una estatua y llena de oro que manaba por sus cabellos. Decía que su puerta estaba abierta al ocio de los transeúntes, a la contemplación de su cuerpo abandonado a los indignos y al cuidado de  encender fuego en las mejillas de los niños torpes. Hablaba del cansancio venal de sus ojos, de sus labios alabados por la noche, de sus cabellos confiados a manos brutales, de su divinidad labrada.

El exceso mismo de facilidades que inducían a abordarla arrastraba a Demetrios hacia ella, resuelto a utilizarlas sólo para él y cerrar la puerta a cualquier otro. Es muy cierto que una mujer no logra seducir con plenitud, sino cuando da motivos para sentir celos.

Por eso, cuando Khrysís regresó a la ciudad, después de entregarle a la diosa su collar verde a cambio del que esperaba, se llevó una voluntad humana a la boca, como la rosa robada cuyo talle iba mordiendo.

Demetrios aguardó a que lo dejaran solo en el recinto; y en seguida salió de su escondite.

Miró la estatua con turbación, esperando todavía tener que luchar consigo mismo. Pero como fue incapaz de renovar, en un breve intervalo, una emoción así de violenta, volvió a quedarse sorpresivamente tranquilo y sin remordimientos prematuros.

Indiferente, trepó suavemente junto a la estatua, levantó sobre la nuca inclinada el Collar de las Verdaderas Perlas de Anadiómena y lo deslizó dentro de sus ropas.



1896













martes, julio 14, 2026

Entrevista a Sam Neill, de Rosanna Greenstreet

Traducción de Juan Carlos Villavicencio


1947-2026


Nacido en Irlanda del Norte, Sam Neill […] creció en Nueva Zelanda. Protagonizó My Brilliant Career (1979), Dead Calm (1989), The Hunt for Red October (1990), The Piano (1993) y dos películas de Jurassic Park (1993 y 2001[, a las que hay que sumar la entrega del año 2022]). Entre sus apariciones en televisión se incluyen Merlín, The Tudors y Peaky Blinders. The Daughter (2015) es su última película. Está casado por segunda vez, tiene tres hijos y dirige un viñedo en Nueva Zelanda.

¿Cuál es tu primer recuerdo? 
Retorciéndome con un ataque de tos, a los cuatro años.

¿A qué persona viva admiras más y por qué?
A mi hermano, Michael. Es un académico que ha dedicado su vida a la erudición; mi vida parece trivial comparada con la suya. Hijo de puta.

¿Cuál es el rasgo que más deploras en ti mismo?
La pereza. No, espera, la avaricia. No, la glotonería.

¿Cuál es el rasgo que más deploras en los demás?
La intolerancia religiosa.

Dejando a un lado las propiedades, ¿qué es lo más caro que has comprado? 
Me llevó 30 años, pero finalmente me compré el reloj Patek Philippe que siempre había querido. Es ridículo lo mucho que me gusta.

¿Cuál es tu posesión más preciada?
Las medallas de guerra de mi padre.

¿Qué te hace infeliz?
La soledad. Anhelo estar en compañía.

¿Qué es lo que más te desagrada de tu apariencia? 
Prácticamente todo. Pero estos raros trozos de grasa en mis caderas… ¡qué asco!

¿Quién te interpretaría en la película de tu vida?
Tilda Swinton.

¿Cómo se siente el amor?
Todo lo contrario de la soledad.

¿Cuál es tu palabra favorita?
Bosom [Pecho].

¿Cuál es tu olor favorito?
La parte superior de la cabeza de un bebé. Mis hijos olían delicioso.

¿Qué querías ser cuando eras niño?
Un soldado como mi padre. Hubiera sido un inútil.

¿Qué es lo peor que alguien te ha dicho?
«¿Dormimos juntos? ¿En serio? ¿De verdad estás seguro?».

¿Cuál es tu placer más culpable?
Ven a cenar conmigo. Todo lo que necesitas saber sobre los británicos en una hora prolija.

¿Qué le debes a tus padres?
Todo el agradecimiento que nunca se me ocurrió darles cuando estaban vivos.

¿A qué persona viva desprecias más y por qué?
Esos cretinos que nos llevaron a Irak. Toda esta mierda empieza con ellos.

¿A quién invitarías a la cena de tus sueños?
A todos mis tatarabuelos. Y a Michael Caine.

¿Qué palabras o frases utilizas más en exceso?
Lamento decirlo, pero la palabra es «fuck».

¿Cuál es el peor trabajo que has hecho?
Todo el mundo dice que es la película de la FIFA [United Passions, 2014], pero lo pasé de maravillas.

¿Cuál ha sido tu mayor decepción?
Mi completa ineptitud en el deporte.

¿Cuál consideras tu mayor logro?
Seguir trabajando todavía. Y mis viñedos: son hermosos.

¿Qué te mantiene despierto por la noche?
Mi preocupación por el insomnio.

¿Qué canción te gustaría que sonara en tu funeral?
«I Will Remember You», de Sarah McLachlan. Eso pondrá nerviosos a esos hijos de puta como ninguna otra cosa lo hará.

Cuéntanos un secreto.
Me bautizaron como Nigel. Fue un lastre para mí durante muchísimos años.



en The Guardian, 4 de junio 2016









 









lunes, julio 13, 2026

«Rodolfo Walsh, no hay un final», de Leila Guerriero




 
Hay un principio —nació en Lamarque, provincia de Río Negro, Argentina, el 9 de enero de 1917—, pero no hay un final: el 25 de marzo de 1977, con el país bajo la dictadura militar que había tomado el poder el año anterior, Rodolfo Walsh despachó por correo a diarios y revistas un texto en el que había trabajado durante meses —«Carta abierta a la Junta Militar»—, en el que decía, entre otras cosas: «Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror. Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración». Después, se dirigió a una cita clandestina con un compañero del grupo Montoneros, una organización armada de izquierda a la que pertenecía con el cargo de oficial rimero, pero fue emboscado por un grupo de tareas de la Armada y todas las versiones señalan que lo mataron ahí mismo. Su cuerpo nunca apareció. 

Hay un principio, no hay un final, y lo que hubo entre una cosa otra fue una mutación extraordinaria: un hombre que en 1955, a los veintiocho, era escritor de cuentos policiales, traductor del inglés, exmilitante de la fianza Libertadora Nacionalista (una agrupación de derecha), partidario de la Revolución Libertadora (una coalición cívico-militar que había derrocado a Perón), y que un año después era exactamente lo contrario. Esa mutación fue causada por la misma materia de la cual estaba hecho: palabras. 

El 9 de junio de 1956, militares partidarios de Perón intentaron un levantamiento contra el Gobierno, que fue desbaratado. El Estado fusiló a muchos de los insurrectos, entre ellos a un grupo de civiles reunidos en un departamento, la mayoría de ellos con el único fin de ver una pelea de boxeo. El fusilamiento se llevó a cabo en un basural de la localidad de José León Suárez. Cinco murieron, siete lograron escapar. A seis meses de esos hechos, Rodolfo Walsh estaba en un bar con un amigo que murmuró la frase que lo cambió todo: «Hay un fusilado que vive». Tres días más tarde, Walsh se encontró con el sobreviviente, Juan Carlos Livraga, y ya no se detuvo: dejó su casa, consiguió cédula falsa y un revólver y, ayudado por una periodista joven llamada Enriqueta Muñiz, encontró a los siete. Con el resultado de su investigación edificó una pieza narrativa llamada Operación Masacre, que primero se publicó en fragmentos y luego, en 1957, como libro. Reconstruyó los hechos comenzando por el momento previo a la masacre («Nicolás Carranza no era un hombre feliz esa noche del 9 de junio de 1956. Al amparo de las sombras acababa de entrar en su casa, y es posible que algo lo mordiera por dentro»), presentó a los protagonistas ignorantes del mecanismo exterminador que ya se ha puesto en marcha y, sobre esa falsa placidez, narró la masacre. Ocho años antes de que se publicara A sangre fría, de Truman Capote, el libro en el que suele colocarse el kilómetro cero de una nueva narrativa de no ficción, Walsh, sin experiencia, sin referentes, de manera clandestina, enfrentando riesgos inverosímiles para un hombre como él (un traductor, un escritor de cuentos policiales), escribió una obra magna. Si sólo hubiera escrito eso, y nada antes, y nada después, ya hubiera sido grande: tenía treinta años, era un investigador astuto, su caja de herramientas rebosaba de técnicas maduras y perfidia narrativa, y dominaba un estilo que tenía, en su parquedad, toda su potencia. Pero hubo, todavía, veinte años más de vida de escritura (eran lo mismo). Después de aquel viraje descomunal originado por una partícula literaria —una frase—, ya no hubo más virajes sino, al contrario, el perfeccionamiento de una línea acerada, sin desvíos. Como un guerrero que afila su hacha, escribió otros libros periodísticos (El caso Satanowsky, en 1958; ¿Quién mató a Rosendo?, en 1969), y artículos extraordinarios en la revista Panorama; publicó dos volúmenes de cuentos —Los oficios terrestres (1965) y Un kilo de oro (1967)—, con algunos de los relatos que se consideran los mejores de la literatura argentina («Esa mujer», «Cartas», «Nota al pie»). Dirigió el diario La CGT de los argentinos, fue uno de los fundadores de la agencia de noticias Prensa Latina, empezó a militar en las Fuerzas Armadas Peronistas, y en 1973 entró en la organización Montoneros, donde fundó el diario Noticias y organizó la Agencia Clandestina de Noticias. Pulió hasta los goznes cada partícula de su escritura, incluso de sus diarios y sus textos políticos. En sus papeles personales escribió: «Durante cinco meses he vivido para mantener lo que se podía mantener de la CGT; no he escrito casi una línea para mí; no he ganado un peso para mí; he ambulado de un lado a otro; no he cuidado mi salud; no me he tomado un fin de semana (...). Ahora hay que vivir de una forma más racional, pensando que todo esto va a durar diez años, veinte años, hasta que uno se muera; y que yo no soy el héroe de la historieta, sino uno más, alguien que pone un poco el hombro todos los días, y cuando es necesario pone algo más que el hombro». Puso algo más que el hombro. Llevaba la escritura en el cuerpo, y puso el cuerpo. El 29 de septiembre de 1976 su hija Vicky, oficial segunda de Montoneros, murió en un enfrentamiento con el ejército. Después de esa muerte, Walsh decidió salir de Buenos Aires y se fue con su compañera de entonces a una casa en la localidad de San Vicente. Allí empezó a trabajar en aquella carta que envió a los medios. Terminaba así: «Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles». Hay un comienzo, pero no hay n final: si su vida cambió por el impacto que produjo una frase, todo lo que vino después —los libros y los artículos y las cartas y los diarios— aún irradia su potencia brutal sobre la literatura. No sólo sobre la del país que lo mató.



en Atlas de la literatura latinoamericana (ed. de Claudia Obligado), 2022


















domingo, julio 12, 2026

«Ahora sí, con honda», de Elvira Hernández




 
Nos ha caído encima fuego graneado.
No podemos sacar cabeza.
Vuelan sobre nosotros
como misiles teledirigidos
la sola y múltiple palabra lucro
en su trayectoria mortífera.
De ella somos blanco fácil.
Tiene una estela de seducción.
Lucro es parte de la condición humana.
Es verbo que se conjuga a escondidas
pero no en juego.
Encuentra su defensa entre los humanistas
y en la carnicería.
La rampa desde donde es emitida
no son bocas modulantes
son hocicos sanguinolentos.
Balbucean día y noche su cancioncilla de cuna
y nos amamantan con su leche gorda.
sus fardos de billetes
olidos en ranciedad.
Es proteína pura nos dicen
nos hará crecer.

Ahora sí, ahora
dale con honda.




en Pájaros desde mi ventana, 2018





















sábado, julio 11, 2026

«Un boceto», de Su Wu

Versión de Juan Carlos Villavicencio de la traducción de Kenneth Rexroth




Nos casaron cuando recogieron
nuestro pelo.* Teníamos apenas veinte
y quince años. Y desde entonces,
nuestro amor nunca se ha visto perturbado.
Esta noche sentimos la antigua alegría
del uno junto al otro, aunque nuestra
felicidad pronto va a terminar.
Recuerdo la larga marcha
que tengo por delante y
salgo a mirar las estrellas
para ver cuánto ha avanzado la noche.
Betelgeuse y Antares
ya se han ido. Es hora
de partir hacia los lejanos
campos de batalla. No hay forma de saber
si volveremos a vernos
alguna vez. Nos abrazamos
y sollozamos, con los rostros
bañados en lágrimas. Adiós, querida.
Guarda las flores de primavera de
tu belleza. Piensa en los días
en que fuimos felices juntos.
Si sobrevivo, volveré.
Si muero, recuérdanos siempre.







* Costumbre china antigua de recoger el cabello de las mujeres como parte del ritual de matrimonio, más que nada. En el caso de los hombres, es señal de que dejaban la infancia.

























viernes, julio 10, 2026

«Y estás: en el vacío…», de Ernestina de Champourcín


 


Y estás: en el vacío
y en la ausencia presente,
en la que es y vive
sin dejar de ser única
oquedad invisible
con raíces eternas.
No hay mundo que la llene
pero sí algo vivo
que la besa y la calma.



en Primer exilio, 1978
















jueves, julio 09, 2026

«La copa», de Gabriela Mistral




 
Yo he llevado una copa
de una isla a otra isla sin despertar el agua.
Si la vertía, una sed traicionaba;
por una gota, el don era caduco;
perdida toda, el dueño lloraría.

No saludé las ciudades;
no dije elogio a su vuelo de torres,
no abrí los brazos en la gran Pirámide
ni fundé casa con corro de hijos.

Pero entregando la copa, yo dije
con el sol nuevo sobre mi garganta:
«Mis brazos ya son libres como nubes sin dueño
y mi cuello se mece en la colina,
de la invitación de los valles».

Mentira fue mi aleluya: miradme.
Yo tengo la vista caída a mis palmas;
camino lenta, sin diamante de agua;
callada voy, y no llevo tesoro,
¡y me tumba en el pecho y los pulsos
la sangre batida de angustia y de miedo! 



en Tala, 1938  











Contribución indirecta a DscnTxt de Héctor Monsalve















martes, julio 07, 2026

«Salmo 9», de Mahmoud Darwish

Versión de Juan Carlos Villavicencio



 
Rosa más allá del tiempo y los sentidos,
eres un beso traído por las bufandas del viento,
mi locura me aparta de ti,
sáname con un sueño.

Me alejé de ti
para acercarme
− y encontré al tiempo.

Me acerqué a ti
para estar más lejos
− y me encontré con los sentidos.

Entre lo lejano y la cercanía
hay una piedra del tamaño de un sueño,
que no se acerca,
ni se aleja. 
Tú eres mi país.

No soy una piedra,
no puedo alcanzar el cielo,
no alcanzo a abrazar la tierra.
Sigo siendo un extraño, siempre un extraño.