martes, mayo 12, 2026

«Los ojos de Gaza. Un diario de resiliencia», de Plestia Alaqad

Fragmento del inicio / Traducción de María Serrano




Rawan al-Sorani era una de mis profesoras favoritas. Además de profesora era periodista y gozaba de un cierto poder e influencia en nuestra comunidad, y ella lo sabía. Yo solía pedirle orientación sobre lo que debía estudiar, y sus respuestas no hacían otra cosa que alimentar mi admiración. Ella es la razón por la que, a los doce años, decidí que de mayor quería estudiar periodismo. Cuando se lo dije, me mostró muchísimo apoyo y empezó a recomendarme libros, con lo que despertó mi interés por la lectura y me abrió el camino hacia la escritura. Si hoy lo pienso parece una locura: una decisión que tomé a los doce años determinó mi vida y es la razón por la que este libro existe. 

Desde esa época, mi diario y yo hemos sido siempre prácticamente inseparables. A lo largo de la secundaria, el instituto, la universidad y después de graduarme. 

Lo que no me esperaba a los doce años, cuando recibí aquel primer diario morado, era que las entradas del futuro no versaran sobre meras anécdotas triviales, sino que fueran a llenarse con la memoria de una vida bajo la ocupación israelí, los incesantes bombardeos y un casi perpetuo estado de temor a la muerte, la mía o la de mis seres queridos. 

·  ·  ·

Resulta a la vez increíble y algo totalmente predecible que, según me iba haciendo mayor, me negara a cambiar de idea sobre mi sueño. Había una parte de mí que fantaseaba con estudiar arte dramático —para poder ser abiertamente una drama queen (LOL)—, pero otra voz interior, más audible y más responsable, me instaba a ser práctica y estudiar una carrera que tuviera salida laboral en la Franja de Gaza. Una salida que, además, me permitiría contarle al mundo cosas sobre el lugar donde vivía. Así que me matriculé en la universidad para estudiar periodismo y new media

En los programas de la televisión occidental veo a veces cómo aflora esa especie de virtud moral propia de la gente privilegiada que tiene la seguridad garantizada, que anima a sus hijos a que se permitan soñar con aquello que quieran ser. Pero no es así como se vive —trabaja, sobrevive— en la mayor parte del mundo. Al menos, en Gaza no es así. Para mí, hacerme periodista era más una misión que una carrera. 

Pienso muy a menudo en todos los niños que han matado las Fuerzas de Ocupación Israelíes (FOI) y en todo lo que podrían haber llegado a ser. Poetas excepcionales y autores de gran éxito que no tuvieron ni la más mínima oportunidad de vivir. Me entristece pensar en todas las obras de arte y la cultura que hemos perdido, que nunca verán la luz. Los libros que no llegaremos a leer, los cuadros que no llegaremos a contemplar. 

Pienso en Naji al-Ali, un dibujante palestino de cómic político. Es sobre todo conocido por haber creado a Handala, un niño que siempre tendrá diez años y no seguirá creciendo hasta que se le permita regresar a su tierra. Naji creó este personaje como una proyección de sí mismo: él también tenía diez años cuando su familia fue desplazada durante la Nakba, la limpieza étnica y desplazamiento forzoso de cientos de miles de palestinos que se produjo en 1948. Handala se convirtió inmediatamente en un icónico símbolo para el pueblo palestino. Me parece increíble que, en 2024, las personas palestinas sigamos identificándonos —y más que nunca— con Handala, que fue dibujado en 1969. A veces me pregunto cómo de distinta habría sido la obra de Naji al-Ali si Palestina fuera libre. O cómo sería ahora. No lo sabremos nunca; fue asesinado en Londres en 1987, antes de que yo naciera. 

En cuanto a mí, mi camino desde aquella joven idealista que soñaba con compartir con el mundo la belleza de su tierra a periodista curtida cuya labor está centrada en documentar las muertes y crueles atrocidades perpetradas por el ejército israelí se inició en 2019, en un café de las calles de Gaza. Allí estaba sentada con mis amistades, sintiendo el calor del sol en la piel y hablando sobre un futuro que nuestra ingenuidad nos impedía entender que, en tanto que gazatíes, escapaba bastante de nuestro control. 

·   ·   ·

Hacía calor. Recuerdo que llevaba una camisa rosa con unos pantalones negros y un peinado informal, medio recogido, medio suelto. El café se llamaba Gloria, estaba en pleno corazón de la ciudad de Gaza y tenía unas maravillosas vistas al mar. Habíamos terminado el instituto hacía pocas semanas y estábamos hablando de dónde nos gustaría estudiar. Algunos querían quedarse en Gaza, pero también había quienes estaban pensando marcharse al extranjero, a Turquía, a Francia o incluso al Reino Unido. 

De pronto, todas las miradas se volvieron hacia mí: me tocaba contar mi (inexistente) plan. Dije que me habían aceptado en algunas universidades de varios países, pero que ninguna me parecía que encajara del todo con lo que quería. Entonces, un chico de mi clase me sugirió la opción de Chipre, donde él pensaba estudiar, y otros dos se sumaron inmediatamente a la sugerencia, diciendo que iban a pedir plaza allí también. Y luego otra persona más de mi clase dijo lo mismo. Y, claro está, tal como hacen los adolescentes cuando se arrebatan con un entusiasmo irreprimible, tomamos una decisión colectiva y esa misma noche pedimos plaza en una universidad del norte de Chipre. No tardamos mucho en recibir nuestras cartas de aceptación. 

Cuando, emocionadísima, le dije a mi madre que me iba a estudiar a Chipre, su expresión fue graciosísima: mitad incrédula, mitad divertida. No me tomó en serio. «Se trata de tu futuro —me dijo— no es un viaje con el grupo de amistades». Siendo justa, tenía razón. Durante el último año de secundaria me había dedicado a pedir plaza en las mejores universidades, a buscar becas y preparar los exámenes del SAT e IELTS. Y, de pronto, volvía a casa después de una tarde cualquiera con la gente de mi clase y, sin darle dos vueltas, pedía plaza en una universidad en Chipre. 

En retrospectiva, creo que fue precisamente la espontaneidad de la decisión lo que hizo que fuera acertada, porque, claro, al final convencí a mi madre de que iba en serio, y el grupito de cinco amigos nos fuimos a Chipre. Por increíble que pareciera, conseguimos los visados, emprendimos el viaje y hasta encontramos en Chipre un café llamado Gloria: nuestro segundo hogar. 

Generalmente queremos pensar que podemos tener nuestra vida bajo control. Nos dotamos de rutinas razonables, tomamos decisiones responsables, contratamos planes de pensiones y renunciamos a nuestra individualidad a cambio de una vida más pacífica y, supuestamente, invulnerable. Pero viviendo en Gaza —en realidad, en cualquier zona ocupada— aprendes muy rápido que es imposible construirse una vida realmente blindada. Porque en cualquier momento puede llegar alguien y tirarte una bomba. Así que, aunque no estés todo el rato pensando así las cosas conscientemente, lo que sí haces a veces es simplemente elegir cualquier opción y aceptarla; más por el hecho de que hay que tomar una decisión que porque hayas reflexionado profundamente sobre ello. La vida tiene que seguir. 

Quizá este relato suene un poco a jueguecito, como si, cuando vives en Gaza, lo más fácil del mundo fuera decidir un día cualquiera que te vas de viaje al extranjero. Nada más lejos de la realidad. Antes de que te concedan un permiso hay que pasar miles de controles. Si quieres salir por el paso de Erez, necesitas el permiso de Israel; por Rafah, el de Egipto. Y, en ambos casos, tienes que obtener también el permiso de Hamás. 

De todos modos, lo más difícil es no saber cuándo —o si— vas a poder volver. Las fronteras pueden cerrarse en cualquier momento, y esto hace que, para una estudiante, volver a casa a mitad de la carrera sea un riesgo, pues podrías quedarte bloqueada y no poder terminarla. Así que, en cuanto salí de Gaza, supe que aquel era un punto de inflexión. 

Iba a pasar algún tiempo hasta que la volviera a ver. 

·   ·   ·

Hasta ese momento, mi vida parecía haber fluido de forma bastante orgánica, pasando de una etapa a otra tras haberlas completado con éxito. Pero tres años después de haberme marchado de Gaza, a punto de graduarme, empecé a preguntarme: ¿y ahora qué? ¿Sería mejor huir de la realidad y retrasar mi vida adulta un poco más haciendo un máster? ¿O debería ponerme a buscar trabajo y empezar mi carrera profesional? ¿Sería mejor quedarse en Chipre? ¿O debería volver a casa? 

Estudiar en el extranjero me había hecho ver lo poco que en el mundo exterior se sabe sobre nuestra relativamente pequeña parte de Palestina. Lo que sí sabía es que quería enseñarle al mundo la belleza de Gaza, un lugar tremendamente desconocido y a menudo ignorado, o desdeñado como poco más que una «zona de conflicto». Creo que, en el fondo, siempre supe que este era el camino correcto. Así que decidí ir en pos de lo que siempre había soñado, volver a casa y darle un uso práctico a mi titulación en periodismo y new media. Metí los tres años de mi vida en Chipre en cajas y emprendí camino, decidida a enseñarle Gaza al mundo a través de mis ojos. 

Imposible imaginar entonces la versión de Gaza que iba a acabar siendo. 

·   ·   ·

Volví a casa, y mi primer empleo fue como editora de una agencia de noticias local. Creo que estuve allí menos de tres semanas, lo que tardé en darme cuenta de que aquello no era lo que quería hacer cada día. ¿Ocho horas sentada en una oficina, trabajando tras de una pantalla? No es lo mío. 

Después me inscribí en un programa de capacitación de tres meses en Press House-Palestine, una organización independiente sin ánimo de lucro de medios de comunicación que defiende la libertad de expresión y opinión, y brinda protección legal a periodistas en la Franja de Gaza. Pero el programa seguía sin ser del todo lo que quería. Lo mismo: no soportaba estar todo el día allí sentada en un escritorio, editando las noticias desde bastidores. Lo intenté durante tres meses, pero tenía claro que no era lo que quería hacer. Dentro de mí había algo más, y sentía que el trabajo estaba matando poco a poco cualquier talento que pudiera poseer. Así que, al final, abordé al director de Press House, Belal Jadallah, con una idea. 

A Belal Jadallah se le conocía como el padrino del periodismo en la Franja de Gaza. Había sido director de medios y relaciones internacionales de la Autoridad Nacional Palestina cuando estaba a principios de la veintena, y después director del Centro Palestino Independiente de Servicios de Medios entre 2006 y 2013. Su experiencia en el campo era verdaderamente excepcional y tenía reputación de que, cuando veía a alguien con potencial, lo acogía bajo su protección. Cuando comencé en Press House, no tardé en darme cuenta de que lo que la gente decía sobre él era cierto. 

Belal era un tipo increíble, muy abierto y cercano. Cuando le sugerí que Press House debía tener un equipo de redes sociales, me escuchó. Le conté todas las ideas que tenía en mente e, inmediatamente, se mostró entusiasmado. A partir de entonces, un colega —Hatem Rawagh— y yo nos hicimos cargo de la iniciativa. Nuestro trabajo dio unos resultados excepcionales; el engagement se disparó, el número de seguidores aumentó exponencialmente y bastantes de nuestros reels de Instagram alcanzaron el millón de visionados. Estaba disfrutando mucho y a la vez teniendo la sensación de que por fin estaba haciendo algo importante. Y esa sensación se hizo más intensa poco después, cuando me hice cargo del English Media Club, un programa en el que impartía talleres para distintos grupos de Press House. Algunas de las personas que asistían a ellos eran mucho mayores que yo, pero se interesaban, les gustaban mis métodos de enseñanza y seguían viniendo al taller los cinco meses completos. 

En mi tiempo libre acompañaba a mi antigua profesora, Rawan al-Sorani, cuando filmaba y entrevistaba a gente en el estudio o por la calle. Ya no era su alumna, así que pudo abrirse y confesarme algunos secretos. Un día, me contó que nunca le había gustado especialmente la docencia y que su sueño era trabajar como periodista y reportera sobre el terreno a tiempo completo. Lo que hacía difícil esto, me dijo, era que a los medios internacionales solo les interesan las noticias sobre Gaza cuando se produce una Agresión israelí. Parecería que los ojos y oídos del mundo no están interesados en la vida palestina, solo en su muerte. 

Este hecho me frustraba. Me enfurecía, incluso. ¿Por qué el mundo debía saber de nosotros solo cuando hay bombardeos? Yo quería (y así sigue siendo) que el mundo conociera nuestras vidas, no solo nuestras muertes. Odio que, cuando buscas «Gaza» en Google, lo único que encuentres sean imágenes de destrucción; creo que fue eso, en última instancia, lo que me hizo dejar Press House. No es que no me gustara el trabajo, sino que sabía que yo podía hacer más cosas, quería mostrarle al mundo mi hogar tal como yo lo conocía y, para hacerlo, necesitaba tener más experiencias vitales, experiencias vitales diversas. Así que, solo unos meses después, empecé a trabajar en Recursos Humanos en una agencia llamada StepUp, solo por probar un nuevo reto. 

Resultó que entrevistar a la gente era lo mío. Me encantaba. Finalmente, nueve meses después de graduarme, empecé a tener la sensación de que estaba entendiendo por dónde tenía que ir mi vida. Empecé a recuperar mi vida social y casi todos los días daba clases particulares a una alumna de quinto de primaria llamada Leen. Lo hice durante meses y jamás tuve la sensación de que fuera un trabajo; era más bien como estar con una hermana pequeña. 

Durante esa época, un día normal de mi vida consistía en levantarme temprano (cosa que odio; no soy una persona madrugadora), ir al trabajo y, después, ir a ver a mi madre en su colegio. Luego le daba clases particulares a Leen, que era algo realmente muy divertido; me contaba historias que eran más útiles que las cosas que estudiábamos. Después de todo eso, llegaba a casa, comía y me daba una ducha, y a veces echaba una siesta o iba al Café Q con mis amistades. Por las noches, me quedaba en casa tomando té con mi madre viendo la tele. 

Los fines de semana empezaban los jueves por la noche, con Dana, en un restaurante llamado Roots. Desde que volví de Chipre, se había convertido en una especie de tradición, y solo llegar hasta nuestra mesa suponía media hora de ir saludando a todos nuestros conocidos. Los viernes eran unos maravillosos días familiares, los pasábamos desayunando o comiendo juntos y, a veces, saliendo por la noche. Los sábados me traían mi momento cómico de la semana: partido de tenis con mi amiga Yara y mi hermana Judy. Nuestras habilidades eran tan hilarantes que a veces el profesor de tenis nos cancelaba las clases, convencido de que no teníamos solución; pero, para nosotras, la diversión estaba en la camaradería y las risas, no en dominar el juego como unas maestras. No hace falta ser una experta en algo para disfrutarlo, siempre y cuando estés con la gente adecuada. 

Me gusta mucho más la versión de mí misma que soy en Gaza que la que era en Chipre. En casa, siento que tengo un propósito, un sentido de comunidad. Fuera de Gaza, me siento como una persona cualquiera que lleva una vida anodina. En casa, me siento viva. En ese momento solo me faltaba una cosa: no había cumplido mi deseo de mostrarle Gaza al mundo a través de mi mirada. Pero también pensaba: Gaza no va a desaparecer. Creía que tenía todo el tiempo del mundo. No tenía ni idea. 

En esa época era tan solo una ambiciosa recién graduada, llevando una vida de lo más normal en su país, aunque siempre bajo la amenaza de un asedio constante. 

Esto es, hasta el 7 de octubre de 2023. 





Publicado por Debate, 2025














lunes, mayo 11, 2026

«El Hombre de la Camiseta Calada», de Roberto Arlt




 
Yo lo llamaría el Guardián del Umbral. Cierto es que los que se dedican a las ciencias ocultas entienden por Guardián del Umbral a un fantasma recio y terribilísimo que se le aparece en el plano astral al estudiante que quiere conocer los misterios del más allá. Pero mi guardián del umbral tiene otra catadura, otros modales, otro «savoir faire».

¿Quién no lo ha visto? ¿Cuál es el ciego mortal que no lo ha advertido al guardián del umbral, al hombre de la camiseta calada? ¿Dónde pernocta el ciego mortal que no ha notado todavía al ciudadano que plancha el umbral, para que yo se lo muestre vivo y coleando?

Es uno de los infinitos matices ornamentales de nuestra ciudad; es el hombre de la camiseta calada. Dios hizo a la planchadora, y en cuanto la planchadora salió de entre sus manos divinas con una cesta bajo el brazo, Dios, diligente y sabio, fabricó, a continuación, al guardián del umbral, al hombre de la camiseta calada.

Porque todos los legítimos esposos de las planchadoras usan camisetas caladas. Y no trabajan. Cierto es que buscan trabajo. Y que ellas se acostumbran a que él trabaje en el trabajo de buscar trabajo: pero el caso es este. Usan camiseta calada, y hacen la guardia en el umbral.

¿Quién no lo ha visto pasar?

Por lo general las planchadoras viven en esas casas que en vez de tener un jardín al frente, tienen un muro, disfraz de tapial y conato de medianera, donde se puede leer: «Taller de lavado y planchado». Luego una escalerita de mármol sucio, y en el último peldaño, solitario, en mangas de camiseta calada, erguidos los mostachos, cetrina la facha, renegrida la melena, agria la pupila, calzando alpargatas, está sentado el Guardián del Umbral, el legítimo esposo de la planchadora.

¿Cuándo aparecerá el Charles Lous Phillie que describa nuestro arrabal tal cual es? ¿Cuándo aparecerá el Quevedo de nuestras costumbres, el Mateo Alemán de nuestra picardía, el Hurtado de Mendoza de nuestra vagancia?

Entretanto démosle ala «Underwood».

La planchadora se casó con el hombre de la camiseta calada cuando era joven y linda. Labio como flor de granada y trenza abundosa. Bajo el brazo la cesta envuelta en media sábana.

Él también era un guapo mozo. Tocaba la guitarra que era un primor. Vivían en el conventillo. El mozo pensó bien antes de decidirse: La madre de la muchacha tenía el taller. Pensó tan bien que después de un amorío con guitarra y versitos del extinto Picaflor Porteño –«SI MI BOCA FUERA PLUMA Y MI CORAZON TINTERO»– se casaron como Dios manda. Hubo baile, felicitaciones, regalos de bazar, y la «vieja» enjugó una lágrima. Cierto es que el muchacho no es malo, pero le gusta tan poco trabajar… Y las viejas que hacían círculo en torno de la damnificada comentaron:

–¡Qué se le va a hacer, señora! Los jóvenes de hoy son así…

Y sí, son tan así que a la semana de haberse casado, el hombre de la camiseta calada empezó a alegar que a él los jefes le tenían envidia y que por eso no se mantenía fijo en ningún trabajo, y luego se espetó a la suegra que el trabajo que le querían dar no estaba en consonancia con su «abolengo»: y la vieja, que se moría por lo del abolengo, porque había sido cocinera de un general de las campañas del desierto, le aceptó, refunfuñando al principio, y así, un día y otro, el hombre de la camiseta calada le fue esquivando el cuerpo al trabajo, y cuando se acordaron madre e hija ya era tarde; él se había apoderado del umbral. ¿Quién lo sacaría de allí?

Había tomado jurídica y prácticamente posesión del umbral. Se había convertido automáticamente en Guardián del Umbral.

Desde entonces, todas las mañanas de primavera y de verano se le pudo contemplar sentado en el escalón de mármol o de tierra romana del conventillo, impasible, solitario; el ala del sombrero sombreándole la frente, el torso convenientemente ventilado por los agujeros de una camiseta calada, el pantalón negro sostenido por un cinturón, las alpargatas aplastadas por los calcañares.

Mañana tras mañana. Crepúsculo tras crepúsculo ¡Qué linda vida la de ese ciudadano! Se levanta por la mañana tempranito y le ceba un mate a la damnificada, diciéndole: ¿Te das cuenta qué buen marido que soy yo? Luego de haber mateado a gusto, y cuando el solicito se levanta, va al almacén de la esquina a tomar una cañita, y de allí tonificado el cuerpo y entonada el alma, toma otros mates, pulula por el taller de lavado y planchado para saludar a las «oficialas», y más tarde se planta en el umbral.

A la tarde duerme su siestecita, mientras su legítima esposa se desloma en la plancha. Y bien descansado, lustroso, se levanta a las cuatro, toma otros mates y vuelta al umbral, a sentarse, a mirar pasar la gente y a darse esos interminables baños de vagancia que lo hacen cada vez más silencioso y filosófico.

Porque el hombre de la camiseta calada es filósofo. Bien lo dice su mujer:

–Tiene una cabeza… pero… – Ese «pero» lo dice todo. Y es cierto. Nuestro filosofante es el Sócrates del conventillo. Él es el que interviene cuando se producen esos líos descomunales; él es quien consuela al marido burlado con dos frases de un Martín Fierro de leyenda; él es quien convence a un calabrés de que no cometa un homicidio complicado con el agravante del filicidio; él es quien, en presencia de una desgracia, exclama siempre patéticamente:

–Hay que resignarse, señora. La vida es así. Tome ejemplo de mí. Yo no me aflijo por nada. Habla poco y sesudamente. Tiene la sabiduría de la vida y la sapiencia que concede la vagancia contumaz y alevosa, y por eso es en todo conventillo, con su camiseta calada y su guardia en el umbral, el matiz más pintoresco de nuestra urbe.




en El Mundo, 3 de septiembre, 1928
















domingo, mayo 10, 2026

«Excepción», de Mourid Barghouti

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Han llegado todos:
río y tren
sonido y barcos
cartas y luz
los telegramas de consuelo
la invitación a cenar
la valija diplomática
la nave espacial
han llegado todos
todos salvo este paso mío
que no puedo dar en mi país.















sábado, mayo 09, 2026

«Paso de Tong», de Zhang Yanghao

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Montañas interminables, 
olas cargando ira — 
el camino al Paso de Tong 
serpentea entre las pendientes y los ríos.
Mirando al oeste hacia la capital 
se contrae mi corazón. 
Me lamento donde pasaron 
alguna vez los mil ejércitos 
de Qin y Han: diez mil palacios 
reducidos a polvo por nada.
Se alzan las dinastías, el pueblo sufre; 
caen las dinastías y muere el pueblo.
















viernes, mayo 08, 2026

«Los hoyos del cielo», de Raúl Zurita




 
              Taponeándose con los dedos las heridas
              vio 24 veces la cara de Santa Teresa
              sobre las 24 cumbres de los Andes
              Bendíceme mujer    –alcanzó a
              decirle–    que ya por mí se están abriendo
              los blancos hoyos del cielo




i. Mirad así las huecas cordilleras los Andes son hoyos del horizonte



ii. Más allá de los rojos cielos de la pradera más allá sí más allá de 
     las horribles nieves



iii. Donde se detienen las montañas y se hace más blanco el horizonte 
      blanco es el viento detenido de la nevada ah sí blancos son los hoyos 
      del cielo



iv. Empujándonos hacia esas praderas blancas donde todos los paisajes
      se pegan es el caleidoscopio de Chile se decían riendo sin
      ver los hoyos del cielo: Es la cordillera de los Andes que se
      chupa apuntaban los nichos abriéndose desde el horizonte




en Anteparaíso, 1982




















jueves, mayo 07, 2026

«Velázquez (o la expulsión de los moriscos)», de Raúl Ruiz

Instalación de Raúl Ruiz recuperada por Francisca García




Una gran sala recuerda el salón de embajadores del Escorial.

Pocos muebles. Dos grandes ventanales. Tres espejos ubicados frente a los ventanales. Seis Cuadros que representan retratos de personajes de época:

Felipe segundo, Carlos V. Un gran cuadro que representa una batalla. Un enorme cuadro que muestra un paisaje bucólico.

Todos estos cuadros, más los espejos y ventanales, son proyecciones animadas de video en pantalla plana.

La totalidad de la instalación está ubicada patas arriba, es decir en el techo e invertida, lo que pone a los visitantes en la situación de las moscas caminando por el techo un día de verano.

El lugar está en semi penumbra y solo destacan, al comienzo, el paisaje que se divisa desde las ventanas y su reflejo en los espejos. Durante una hora veremos al sol levantarse y ponerse seis veces y a cada amanecer, el paisaje habrá cambiado, puesto que un siglo habrá transcurrido: veremos, por lo tanto evolucionar el paisaje desde el siglo XVI hasta el siglo XXI.

El paisaje reflejado en el espejo, refleja además, personajes de diferentes épocas, de las que escuchamos las voces. Estamos en plena reunión de consejo y el tema a tratar es la expulsión total de los moriscos de los territorios españoles. A esas voces se mezclan a veces las voces de turistas de otros siglos, de visitantes y de otros reyes.

Si nos detenemos el tiempo suficiente, observaremos que las sombras de grupos de turistas invisibles atraviesan el lugar y que durante las cinco noches (de 5 minutos cada una), se oirán las voces de los poetas árabes de la corte de los Omeyas y que, a la luz de la luna, el lugar se transfigurará en un palacio del tiempo de Abderraman II.

Durante la noche vemos claramente que los cuadros se iluminan yseias figuras representadas discuten entre ellas, de un cuadro a otro, a veces parten hacia el fondo y hacen su entrada en el otro cuadro, y nuevos personajes hacen su aparición en cada cuadro: árabes, judíos, cristianos, indios.

Adivinamos procesos, escenas de tortura, pero también momentos de paz, de comunión de diferentes culturas.

La segunda habitación es mucho más pequeña.

Al entrar, el publico descubre al rey durmiendo en su cama. Es la hora de la siesta. Por una pequeña ventana vemos un paisaje de las antípodas: Machupichu hoy en día, visitado por turistas. Por la otra un paisaje del norte de Africa: el desierto y a lo lejos pasa una caravana. El primer paisaje es diurno, el otro nocturno. Cuando amanece en el uno, anochece en el otro. El público descubre el lugar, frente a él, como si estuviese parado en una muralla y mirando hacia abajo.

La tercera habitación es aún más pequeña que la segunda.

Ahora, finalmente el público se encuentra pisando tierra firme. Frente a él, una muralla que tiene una abertura de cuatro por tres metros. Es el marco del cuadro encargado a Velázquez por Felipe IV: «La expulsión de los moriscos». El publico está por lo tanto «del otro lado del cuadro». La sala está vacía, es el minúsculo gabinete de trabajo de Felipe II.

Tras su mesa de trabajo vemos el cuadro que representa a Felipe IV con su corte. El cuadro se anima y una larga discusión comienza sobre los pro y los contra de la expulsión de los moriscos. Poco a poco las luces se apagan y el público se ve, semi-reflejado, en el espejo sobre el que reconocemos ahora, el cuadro perdido de Velázquez al cual el publico se confunde. 

Es, en todo caso lo que los visitantes debieran descubrir en un primer recorrido. Pero, espero, varias visitas permitirán descubrir los lazos existentes entre los diferentes fragmentos de conversación, las diferentes imágenes proyectadas y los juegos de sombras.





[Siendo un exiliado]


Siendo un exiliado, he sido en cierto modo expulsado.

Así, la historia de España y su séquito de horrores y absurdidades constituye una parte de mi herencia. La famosa autenticidad española es un crimen porque se ha opuesto a las pasarelas entre religiones contradictorias.

La expulsión de los moriscos es más singular que la de los judíos, común a toda Europa. Los moriscos fueron expulsados más lentamente y esta sutil y progresiva subida de la intolerancia entre dos comunidades me ha impactado.

Concebí un catalogo que procurara no serlo. Quería que en el libro no hubiera imágenes para ser fiel al rechazo islámico de la representación del cuerpo humano; me sirvo de espejos para sortear esta interdicción.

Estos espejos revelan textos invertidos, símbolos que aluden a registros misteriosos en los cuales cristianos y musulmanes reencuentran un orden común.



en Pensar & Poetizar n°17
revista de teoría del arte y poesía,
Instituto de Arte, 
Pontificia Universidad Católica de Valparaíso,
Viña del Mar, 2022









Tapa de la revista Pensar & Poetizar n°17, 2022
Editada por Bruno Cuneo y diseñada por Catalina Porzio















 

miércoles, mayo 06, 2026

«la ciudad y tu recuerdo», de Juan Gonzalo Rose




 

     DE SÚBITO, el duende de la noche salta sobre las azoteas de Sao Paulo. Sofía Caldaya se pinta los labios ante la ventana de luciérnagas. Pañito de Barita extiende sus bucles entre dos girasoles. Cielo de lágrima, luminoso y límpido. El llanto se evapora en sartenes de plata.
     Cidade de vísperas. Anterior al primer día. Cada crepúsculo te inventas y peinas los árboles de tu Plaza de Mar.

     Despiertas con las lunas y creces. Observas tus lisonjas desde el raudo mirador de los trenes; lanzas dados frenéticos; aúllas en las puertas de las Siete Cotorras; gritas ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!, Jesús blanco, Jesús negro, Jesús vendiendo tazas, estrellas, edificios, yerbas alegres, fechas de matrimonio que se irán con sus cortes por los ríos de seda. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Carpintero Jesús! bendice a la ciudad más moza del planeta, cómprale sus maderas y sus varillas de metal relucientes como celos.

     Vuelan las horas sombrías sobre los puentes de nácar. La muchedumbre arrastra sus sombrillas plegadas: dormidas mariposas. Yo te amo, amor. Japoneses, en la Rúa del Clavel Azul, huelen temblorosos las cenizas de sus muertos. Vida, yo te amo.
     Esta noche no dormiré con nadie. Ha de crecer mi cuerpo entre los humos de la cidade. Se cubrirá de líquenes y polen, de ojos y de timbres infinitos. Mi dedo meñique lustra la calzada de Iparingá.
     Lejos, en el légamo azul, se atasca la rueda de la aurora. Guardavías y arcángeles sacan a relucir barajas nuevas. Yo no estaré con ellos. Suspiraré tu nombre en el Parque de Tilos, hasta que un mismo río nos conduzca, trémulos abrazados, otra vez…



en Las comarcas, 1962




Publicado también por Máquina Purísima, Lima, 2022






































martes, mayo 05, 2026

«Mapa para la escucha», de Chandra Livia Candiani

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Por eso, para escuchar
acerca al oído
la concha de la mano
que te transmita las líneas sonoras
del pasado, las suaves voces 
y las heladas,
y la audaz columna del futuro
hasta la lenta arena
del presente; entonces prefiere
el silencio que sigue a la nota
y la vuelve desconocida
y veloz para escapar
de todo camino familiar del significado.

Acerca a tu oído el vacío
fértil de la mano,
vacío con vacío.
Pliega los pensamientos
hasta recibirlos en pleno
pecho resonante
las palabras que brotan.

Para escuchar necesitas tener hambre
y también sed,
sed que sea una con el desierto,
hambre que sea pedazo de pan en el bolsillo
y migajas para atraer a las bandadas,
porque es volando donde llega el significado
y no deshaciendo el camino recorrido,
ya que el sendero,
incluso cuando es igual,
nunca es el mismo
que el de ida.

Por eso, abraza las palabras
como las golondrinas lo hacen con el cielo,
zambulléndose, abiertas al infinito,
al abismo del significado.


en La bambina pugile, 2014













Mappa per l’ascolto

Dunque, per ascoltare / avvicina all’orecchio / la conchiglia della mano / che ti trasmetta le linee sonore / del passato, le morbide voci / e quelle ghiacciate, / e la colonna audace del futuro, / fino alla sabbia lenta / del presente, allora prediligi / il silenzio che segue la nota / e la rende sconosciuta / e lesta nello sfuggire / ogni via domestica del senso. // Accosta all’orecchio il vuoto / fecondo della mano, / vuoto con vuoto. / Ripiega i pensieri / fino a riceverle in pieno / petto risonante / le parole in boccio. // Per ascoltare bisogna aver fame / e anche sete, / sete che sia tutt’uno col deserto, / fame che è pezzetto di pane in tasca / e briciole per chiamare i voli, / perché è in volo che arriva il senso / e non rifacendo il cammino a ritroso, / visto che il sentiero, / anche quando è il medesimo, / non è mai lo stesso / dell’andata. // Dunque, abbraccia le parole / come fanno le rondini col cielo, / tuffandosi, aperte all’infinito, / abisso del senso.









lunes, mayo 04, 2026

«Interior: patio de luces», de María Alcantarilla





Y aunque no sepamos ver entre las manos la luz que abre el camino
      a los prodigios
o la razón de estar yendo hacia el origen, siempre la claridad
      viene del cielo.


nacida del temor a lo inefable,
                                 de la eterna despedida
                                            que ha virado de la espera a la esperanza

ahora la palabra es transparente:
recuerda esa palabra que el sentido 
regresa al corazón cuando él se rinde. 




en Una biografía del olvido, Editorial Pre-textos, 2026


















domingo, mayo 03, 2026

«Un día», de Khairi Mansour

Versión de Juan Carlos Villavicencio



 
¿De qué arco brotó este día
flecha de plata
que se hundió profunda en nuestras cinturas
que nos inclina hasta el atardecer
esperando que caiga la noche… desde el otro lado?
















sábado, mayo 02, 2026

«Escrito en la pared de la ermita de Chang», de Du Fu

Versión de Carlos Manzano de la traducción de Kenneth Rexroth




Es primavera en las montañas.
Vengo a verte solo. Entre 
Las silenciosas cumbres resuenan
Los tajos de los leñadores.
Los arroyos están aún helados
Y hay nieve en el sendero.
Al atardecer, llego a tu bosque 
En el desfiladero de piedra.
Tú nada deseas, aunque de noche
Puedes ver el resplandor
Del oro y la plata a tu alrededor.
Has aprendido a ser apacible
Como los ciervos que has amansado.
Olvidado el camino oculto del
Regreso, me vuelvo como tú, barca
Vacía que flota a la deriva. 



en Cien poemas chinos, 1966


















viernes, mayo 01, 2026

«Amanuense», de Carlos Germán Belli



 
Ya descuajeringándome, ya hipando
hasta las cachas de cansado ya,
inmensos montes todo el día alzando
de acá para acullá de bofes voy,
fuera cien mil palmos con mi lengua,
cayéndome a pedazos tal mis padres,
aunque en verdad yo por mi seso raso,
y aun por lonjas y levas y mandones,
que a la zaga me van dejando estable,
ya a más hasta el gollete no poder,
al pie de mis hijuelas avergonzado,
cual un pobre amanuense del Perú.





en De este Lado del Cielo. Nueva Antología de la Poesía Peruana, 2018

Descontexto Editores (Edición de Mario Pera)















jueves, abril 30, 2026

«violación», de Patti Smith

Traducción de Juan Carlos Villavicencio


Premio Princesa de Asturias 2026


mmm mmm las estrellas están afuera. no voy a olvidar nunca cómo 
olías esa noche. como queso cheddar derritiéndose 
bajo la luz fluorescente. como un pescado arcoíris de un día. 
qué pedazo. tengo que lamerme los labios. tengo que soñar sueño 
despierto. nube cerebral de torazina. lluvia lluvia cae sin
cesar.
cae sobre ella. allá está en el cerro. pálida como un ramillete. 
empapándose. espero que se le encojan las enaguas. 
bueno pequeña pastora vas a llegar al reino de los cielos. 
te ves tan limpia. la guardiana de cada pequeño cordero. 
bueno bip bip oveja me voy acercando. 
voy a espiar dentro del corsé de bo. acuéstate querida no 
seas pudorosa déjame meter la mano. ohhh es suave
está linda no ha sido usada. ohhh no llores. mojada 
¿qué está mojada? ah eso. je je. esa es sólo la lluvia 
corderita mía. no te retuerzas. déjame ponerme el 
condón. soy un lobo con piel de cordero troyano. ohhh sí está 
duro eso es bueno. no te pongas tensa. ábrete be-
bop. levanta ese culito tuyo. ummm ábrete más be-bop. 
vamos. ahora. nada. puede. detenerme. ohhh ahhh.
¿no es rico? mi melancólica be-bop.

Oh no llores. vamos levántate. bailemos sobre el prado. 
menéemos el esqueleto bailemos rock and roll. baja esas pequeñas
medias blancas. esos calcetincitos dejémonos llevar. vamos este 
es un concurso de baile. bajo las estrellas, seamos alicia sobre
el prado. 
vamos a bailar betty boop hoop 
vamos a birdland vamos a pasear 
vamos a rockear vamos a rolear 
vamos a bailar apretados vamos 
vamos a tirarle desodorante a la noche.




en Witt, Gotham Book Mart, 1973


















miércoles, abril 29, 2026

«Keme», de Amanda Durán

Inicio





Keme (Kame, Kamey) 
Muerte, renacimiento. 

Significa los cuatro puntos cardinales. Cargador del Tiempo. 
Es la representación de los cuatro elementos: el aire, el fuego, 
el agua y la tierra. KEME es la energía de la abuela y abuelo, 
muerte y vida — vida y muerte — transformación — descanso, 
retorno.

Es el nahual de la muerte.

 
Las mamás no mueren, 
se transforman
en leche de aire,
nadan entre las pestañas 
como grumos de rímel
y se sientan en la comisura
de los hijos de sus hijos
a contar historias de supererues
y misteriosas zapatillas colgadas de un cable.

Lo intentan
pero se inflaman en trapos de colores, 
en fotos muchas fotos
y se transforman en pájaros
o chanchitos de tierra.

Lo intentan
pero se les mancha la piel
de baba de universo,
y hay estrellas
que se acurrucan entre medio de sus dedos 
rasguñándoles la carne.

Lo intentan,
pero no saben que no saben
y se vuelven eternas
y parasiempras,
interminables
como el vacío del que nos trajeron, 
pariendo una y mil veces
en un concierto de sangre,
o son volcán,
lamiéndonos el fuego con ternura.

Se desamarran la vida
porque se asquean del cuerpo
cansadas
de estar pegadas al pelo y a la sombra, 
viajando a miles por hora
entre los poros de la carne,
ordenando las piedritas del jardín,
en medio del silencio más insoportable.

Se desenganchan las arterias 
y dejan partir al corazón correr 
al fin
como un animalito libre
que se va
pero también se queda
porque adora
el concierto de euforia que ahora son

y nosotros
—casi vacíos—
enganchados al último vagón, 
mendigando
una calle que contenga nuestras piernas 
o un puñado de tumbas
para derramarnos
no entendemos
que aun en este inmundo desamparo, 
siguen palpitando
las que un día nos cantaron
hasta que no pudimos más
y también
se nos cerraron los ojos.



·       ·       ·



Advertencia:
No quedaba nada 
ni la sangre,
ni los golpes
las patadas,
ninguna señal del matadero.

Antes de escribir abrí los ojos, rompiendo la escarcha duros, como témpanos.



·       ·       ·



La muerte no ha querido acogerme corazón, 
me ha dado la espalda.
Sobre ella un manto de cariño, que creía seco, 
empapa todo.
La muerte
no ha querido mis manos
que ya estaban frías.
Yo tampoco la quiero,
por eso cada una de estas líneas.



·       ·       ·



Aún no habito esta casa
veo en sus hebras el silencio más brutal
y ella ve en mí la muerte de todas las cosas.



·       ·       ·



Cierro ventanas imaginarias
para soportar la luz,
y espantar pájaros que puedan acomodarse en el marco 
sólo para mirarme.



·       ·       ·



Habito un cuerpo
que me persigue desde siempre
y que he sabido despreciar como nadie
para que me perdone
froto sus heridas con palabras que no significan nada, 
pero le aseguro pueden nombrar a Dios
y que tiene su nombre.
A veces
no puedo inventar ninguna
y apenas llega el silencio algo tiembla,
son los golpes furiosos
de ese corazón que forzado a latir
se sueña apagando.
 


·       ·       ·



«Todo va a pasar»
repito antes de salir,
como si fuera un mantra,
y vuelvo a la casa
—que aun no habito—
para quedarme a observar como todo,
los días —y las noches—
los sueños, los amores
y los miedos
los niños, incluso mi niño, con todas sus mariposas 
o todas sus pisadas.

La calma, la vida, la muerte, 
todo, absolutamente todo pasa 
y nada ni nadie
cruza esta puerta.



·       ·       ·



Es mi cuerpo
colgado en el latido de todas las cosas
 el que ves antes de entrar,
el que enganchado a alambres de púa 
dices perverso y crees que ruega, 
crees,
que no hay amor que permanezca así, 
en estos bosques de eucalipto 
revelado a la intemperie.













Feliz cumpleaños, donde estés.






martes, abril 28, 2026

«Los niños perdidos», de Valeria Luiselli

Fragmento de III. Casa




Una de las primeras personas que entrevisté en la corte era un niño hondureño. Su tía había accedido a ser su guardiana en Estados Unidos, y lo había acompañado a su primera cita. Ella se sentó en una de las bancas al fondo de la sala de entrevistas, entreteniendo a su hija menor, una bebé de unos dos años, mientras él y yo nos instalábamos en una de las esquinas de la mesa de caoba al frente de la sala. Era evidente que los dos éramos recién llegados a esa circunstancia, novatos en el protocolo de la corte migratoria, primerizos en el ejercicio raro de traducir una historia y reducirla al espacio en blanco entre las preguntas del cuestionario. 

Primero le pido sus datos biográficos. Los datos reales no pueden revelarse, pero digamos que junto a «nombre», «edad», y «nacionalidad» anoto: Manu Nanco, dieciséis años, Honduras. Luego, junto a las palabras «guardianes», «parentesco» y «domicilio actual»: Alina Nanco, tía, 42 calle Pine, Hempstead, Long Island, NY. Unas líneas más abajo, me quedo viendo las dos preguntas que flotan a la mitad de la página: ¿Dónde está la madre del niño/a?, ¿El padre? Manu contesta alzando los hombros dos veces, y yo anoto: ¿y?  

—¿Por qué viniste a los Estados Unidos?  
—Se me queda viendo y responde: 
—¿Tú por qué viniste? 
—No soy policía, le digo. No soy nada oficial, ni siquiera soy abogada. Tampoco soy gringa. De hecho, si quieres que te diga la verdad, no te puedo ayudar en absoluto. Pero tampoco puedo hacer nada que te haga daño. 
—¿Y entonces qué haces aquí?  
—Nomás estoy aquí para traducir. 
—¿Traducir qué?
—Lo que sea que me quieras contar.  
—¿Y de dónde eres? 
—Soy chilanga.  
—Y yo catracho, somos enemigos. 
—Tal vez. Pero nomás en la cancha, y yo ni juego fut así que ya de entrada me metiste un gol. 

Sólo entonces hace una mueca que quizá sea una sonrisa. No me he ganado su confianza, por supuesto, pero por lo menos tengo su atención. Procedemos lentamente, a tientas, llenos de dudas. Él me entrega sus respuestas con murmullos, y cada tanto baja la mirada hacia sus manos, agarradas del borde de la mesa, o voltea a ver de soslayo a su tía y prima bebé, en el otro extremo de la sala. Trato de articular las preguntas en un tono neutro, discreto, pero todo lo que le pregunto parece avergonzarlo o irritarlo. Responde con frases cortas, y a veces nomás levanta los hombros. No, nunca conoció a su papá. No, no vivía con su mamá en su país de origen. La conoció, sí, pero ella iba y venía sin dar muchas explicaciones. Le gustaba la calle, dice. No le gusta hablar de ella. Creció con su abuela, pero la abuela murió el año pasado. Todos se fueron muriendo o se fueron yendo al norte. Han pasado seis meses desde que murió la abuela. Ella lo cuidaba, era la única que se encargaba. Aunque también lo cuidaba su tía, la misma que ahora está sentada al fondo de la sala, lo cuidaba aunque fuera desde lejos. Mandaba dinero todos los meses y hablaba por teléfono de vez en cuando. 

—¿Cómo te llevas con tu tía? ¿Estás contento viviendo ahora con ella? 

Está contento, dice, pero tampoco la conoce bien. Siempre fue una voz en el teléfono, y nada más eso. Una voz que hablaba para preguntar cómo iban todos y si les había llegado el dinero mensual. 

—¿Quiénes eran «todos»? –pregunto, para tener una idea más clara de los miembros de la familia.  
—Mi abuela, y mis dos primas, Marta y Patricia, y yo.  
—¿Y qué edad tienen ellas dos? 
—Creo diecinueve y trece. O diecinueve y catorce. 
—¿Y siguen allá ellas?  
—Más o menos.  
—¿Cómo? 
—Ya vienen en camino. 
—¿A Estados Unidos? 
—Sí. 
—¿Solas? ¿Con coyote? 
—Con coyote. 
—¿Quién lo paga? 
—Mi tía. 
—¿Es su tía también? 
—No pues, su mamá. Si son mis primas es su mamá. 

El motivo por el cual están viajando ahora las dos niñas no me queda claro hasta que llegamos a las últimas diez preguntas del cuestionario. Son las más difíciles de hacer porque se refieren directamente a los problemas con bandas del crimen organizado y es cuando muchos de los niños, sobre todo los más grandes, se empiezan a descomponer. Los más pequeños te miran con una mezcla de desconcierto y diversión si dices «bandas del crimen organizado», quizá porque asocian «banda» con las bandas musicales. Pero la mayoría, incluso los muy chicos, conoce las palabras «ganga» o «pandillero», y decirlas es como apretar el botón de una máquina que produce pesadillas. Aun si no tienen experiencia directa con las gangas, son la amenaza constante que los acecha, el monstruo bajo la cama o a la vuelta de la esquina, con el que se van a topar tarde o temprano.  

Todos los adolescentes, en cambio, responden que sí, que han sido directamente afectados por la violencia de las bandas criminales y las pandillas. El grado de cercanía y contacto varía, pero todos han sido tocados de un modo u otro por los tentáculos de grupos como la MS-13 o Calle 18. Las niñas adolescentes, por ejemplo, no suelen ser reclutadas, pero casi siempre son carne de trueque a disposición de los impulsos sexuales de los líderes de las pandillas. Los varones, si tienen hermanas o primas, saben que las van a utilizar para chantajearlos: si ellos no aflojan, ellas pagan las consecuencias. 

Le hago a Manu la pregunta treinta y cuatro, que suele ser la que abre la caja de Pandora, pero también la que le da al entrevistador el material más valioso para armar un caso a favor del menor: ¿Alguna vez tuviste problemas con bandas del crimen organizado en tu país? 

Manu me cuenta una historia confusa, revuelta, sobre la MS-13 y la 18, y las luchas de poder eternas entre ambas bandas. Unos lo querían reclutar, los otros lo estaban cazando. Un día, cinco miembros de la 18 lo esperaron a él y a su mejor amigo afuera de la escuela. Cuando los vieron ahí parados, supieron que no iban a poder hacer nada contra tantos. Así que los dos decidieron correr. Los siguieron. Corrieron dos, tres cuadras. No se acuerda cuántas cuadras. Hasta que sonó el sonido seco de un disparo. Todavía corriendo, Manu se volteó: le habían dado a su amigo. Siguieron más balazos, y él siguió corriendo, hasta que encontró una tienda abierta y se metió. 

Pregunta treinta y cinco; pregunta treinta y seis:  

—¿Has tenido problemas con el gobierno de tu país alguna vez? ¿Si sí, qué pasó? 
—¿Con mi gobierno? Ponle ahí en tu libreta que no hacen nada por nadie como yo, que ese es el problema. 

Fue entonces que sacó de uno de sus bolsillos el papel doblado tres veces, percudido en las dobladuras y los bordes, que demostraba que había levantado una denuncia en la policía. La había levantado meses antes de que ocurriera el incidente con su amigo, pero la policía nunca hizo nada. Y Manu sabía, porque así es y todos lo saben, que la policía tampoco iba a hacer nada para impedir un segundo incidente, ni un tercero. 

Esa noche, después del enfrentamiento con la pandilla que mató a su amigo, le llamó por teléfono a su tía en Nueva York. Decidieron entre ambos que lo mejor sería que se saliera de Honduras tan pronto como fuera posible. No salió de su casa los días que siguieron. No fue al funeral de su amigo. 

 

* * *

 

Hay un poema de Miguel Hernández, «Elegía», sobre la muerte de un amigo de la infancia. El poema no es tanto un recuerdo a la distancia de ese amigo muerto, sino una conjuración obsesiva de la imagen de su cadáver enterrado. Hay unos versos que se clavan en la cabeza con el filo que sólo tienen las imágenes concretas:  

 
     Quiero escarbar la tierra con los dientes, 
     quiero apartar la tierra parte a parte 
     a dentelladas secas y calientes.  
 
     Quiero minar la tierra hasta encontrarte 
     y besarte la noble calavera 
     y desamordazarte y regresarte. 

 
* * *

 
Las instrucciones habían sido que no saliera de su casa hasta que llegara por él el coyote. En la entrevista repite dos veces que no fue al funeral de su amigo. No salió de su casa hasta que llegó la madrugada en que el coyote tocó la puerta y juntos salieron a escondidas por las calles de Tegucigalpa.

Su tía le pagó 4 mil dólares al coyote. Me explica que los niños cuestan 4 mil y las niñas 3 mil. 

—¿Por qué? 
—Yo creo que porque los niños somos peores –dice sonriendo, y con una mirada todavía infantil. 

Repasamos en menor detalle el resto de la historia: de Tegucigalpa en camión hasta la frontera de México, de ahí a Arriaga, y de ahí a La Bestia, hasta la frontera con Estados Unidos. Ningún problema grave en el camino, aunque imagino que hay cosas graves que no se lo parecen. De ahí la hielera, el albergue, el avión a JFK, y, finalmente, a Hempstead, Long Island, donde vive ahora. Estamos por cerrar esta sección de la entrevista cuando me cuenta que apenas unas semanas después de su partida, emprendieron el mismo recorrido sus dos primas, Marta y Patricia. Algo en su gestualidad se ablanda y dulcifica, como si pensar en sus dos primas lo despojara por un momento de su propia dureza –una dureza de actitud que, tal vez, de tan ensayada, se le irá convirtiendo en personalidad. 

Las dos adolescentes empezaron a ser blanco de amenazas de la misma banda que mató a su amigo cuando Manu desapareció de repente de Tegucigalpa. Ahí fue cuando Alina, la tía de Manu y madre de las dos, decidió mandarlas traer de inmediato a Estados Unidos. Pagó 3 mil por cada una –y están en ese momento en camino, cruzando tal vez el norte de México. 
 

* * *

 
La siguiente vez que veo a Manu, seis meses más tarde, estamos en el piso treinta y tantos de un edificio corporativo en la punta de Manhattan, junto a South Ferry. A través de un ventanal se ve el puerto de Staten Island. Si nos acercamos al vidrio y estiramos el cuello hacia la izquierda, alcanzamos a ver el gran cliché del brazo derecho alzado en lo alto de la Estatua de la Libertad. El escenario es casi irreal, como si de pronto nos hubieran arrojado al set de una mala película de alto presupuesto. Manu está agradecido, me dice Alina que le diga a tres abogados con trajes muy caros, sentados en torno a una mesa laqueada. Aunque él no dice nada, noto la sospecha de Manu frente a toda esta parafernalia, y quizá él intuye también mi escepticismo. 

Los abogados que van a representar su caso trabajan para una de las firmas corporativas más poderosas y caras de la ciudad. Pocas veces se involucran despachos así en casos como éste. Pero gracias a que Manu tenía una prueba material de sus declaraciones –la denuncia que levantó en la policía y luego dobló y metió adentro de un bolsillo de su pantalón antes de viajar los casi seis mil kilómetros a Nueva York–, The Door le pudo encontrar un despacho grande, dispuesto a llevar su caso pro bono. Dada la evidencia material, era un caso imposible de perder. Las abogadas de The Door usaron una denuncia que en su momento había sido inútil para convencer a un despacho casi siempre inaccesible de que representaran un caso: transformaron un documento muerto en una garantía de asistencia legal migratoria.  

A veces, cuando algunos de los casos avanzan hacia esta segunda etapa, las organizaciones que trabajan en la corte le piden al intérprete que hizo la primera entrevista que continúe con el mismo caso durante las reuniones en los despachos de abogados. Así, dado que los nuevos abogados de Manu no hablaban español, las abogadas de The Door me asignaron como traductora de esta segunda etapa de su caso.  

No titubeo en mostrarle a Manu mi entusiasmo por la coincidencia de que nos hayan vuelto a emparejar en el caso. También le cuento otra coincidencia: ahora trabajo en una universidad en Hempstead, la misma ciudad de Long Island donde él vive. Recibe mi entusiasmo sin decir nada, sin perder su postura cool adolescente. Tomamos asiento alrededor de la mesa. Somos Manu, su tía, los tres abogados y yo. Nos ofrecen café y galletas. Alina acepta el café. Yo también. Manu dice que si es gratis quiere un poco de todo. Yo traduzco: 

Dice que una galleta nada más, y que muchas gracias. 

La reunión sirve para preparar la solicitud a la visa SIJS de Manu, aunque es más probable que sea mejor candidato para asilo político que para la SIJS. Repasamos el contrato que debe firmar con sus abogados, y luego su solicitud. Todo va saliendo bien hasta que los abogados le preguntan si aún está registrado en la misma escuela a la que empezó a ir cuando llegó a Long Island. Contesta que sí, que está en Hempstead High School, pero que se quiere salir de ahí lo más pronto posible. 

¿Por qué? –quieren saber, y le recuerdan que para que pueda ser considerado para cualquier tipo de ayuda legal, es imprescindible que esté registrado en una escuela. 

Duda un poco antes de empezar a contestar. Pero de pronto abre la boca, mostrando los dientes y encías. Le faltan dos dientes –los dos de arriba, al centro. Vuelve a cerrar la boca y me dice a mí: 

Antes me iba riendo de mi abuelita, que no tenía dientes arriba, y ahora me veo al espejo y me voy riendo de mí. 

Habla pausado y en voz baja, pero quizá con más aplomo y confianza que hace seis meses, cuando lo entrevisté en la corte. Se voltea a ver las dos manos, agarradas de los bordes de la mesa de madera laqueada, y empieza a hablar de nuevo. Nos cuenta que Hempstead High está llena de pandilleros de la MS-13 y de la 18. Por un momento se me olvida traducir lo que nos dice. Me quedo helada mientras Manu sigue contando su historia con la indiferencia con la que alguien hablaría de productos en un supermercado. Le tiene miedo a la 18, dice. Le tumbaron los dientes. Y la MS-13 lo protegió. Pero no les quiere deber nada. 

Supongo que tanto los abogados como yo queremos de pronto hacer la pregunta treinta y siete: «¿Has sido miembro de alguna pandilla, y tienes algún tatuaje?». No, me dice, nunca ha sido miembro de una ganga, y tampoco tiene tatuajes. Pero la MS-13 de Hempstead lo quiere reclutar. Y quizá en otro momento hubiera accedido, por la pura rabia de perder los dientes, pero no ahora.  

No ahora más que nunca –dice. 

¿A qué te refieres con eso, Manu? –pregunto, olvidando mi rol exclusivo de traductora en esa reunión.  

—Me refiero a ahora que están ya acá mis dos primas y que tengo que cuidarlas. 
—¿Cuidarlas? 
—Sí, cuidarlas, porque Hempstead es un hoyo de mierda lleno de pandilleros, igual que Tegucigalpa. 

 
* * *

 
Entre Hempstead y Tegucigalpa hay una larga cadena de causas y efectos. Ambas son ciudades en el mapa de la violencia relacionada con las guerras del narcotráfico. Sin embargo, casi todos los relatos oficiales negarían o ignorarían ese hecho. Los medios de comunicación no pondrían a Hempstead, una ciudad del estado de Nueva York, en el mismo plano que una ciudad en Honduras. Los relatos oficiales en Estados Unidos –digamos, lo que circula como información cotidiana en los periódicos o la radio, así como el mensaje desde Washington y la opinión pública más general– casi siempre ubican la línea divisoria entre la «civilización» y la «barbarie» abajo del río Bravo. 

Un artículo breve pero particularmente desconcertante, publicado por el New York Times en octubre de 2014, postulaba una serie de preguntas y respuestas rápidas sobre la migración de niños centroamericanos. Las preguntas mismas tenían cierto tono tendencioso. «¿Por qué no son inmediatamente deportados los niños migrantes?» decía una de ellas, como indicando desconcierto o indignación por el hecho inaceptable de que se recibiera a los niños en la frontera en vez de catapultarlos de vuelta a sus países. Si las preguntas indicaban ya un ligero sesgo, las respuestas parecían no propias del Times, sino de un periódico abiertamente racista del siglo diecinueve o de un folletín reaccionario de algún grupo antinmigrante actual. La respuesta a la pregunta de por qué los niños no eran inmediatamente deportados era: «Bajo un estatuto adoptado con apoyo bipartidista (…) los menores de edad centroamericanos no pueden ser deportados inmediatamente (…) [Pero] una ley de Estados Unidos permite que menores de edad mexicanos sorprendidos cruzando la frontera sean deportados de inmediato». (Cabe recordar que la mayoría de los niños no son «sorprendidos», sino que se entregan ellos mismos a los oficiales de la Border Patrol). Otra pregunta era: «¿De dónde están llegando los niños migrantes?». La respuesta: «Más de tres cuartas partes de los niños son de pueblos en su mayoría pobres y violentos de tres países: El Salvador, Guatemala y Honduras». Las cursivas son mías, por supuesto, pero sirven para subrayar el no tan ligero sesgo en el retrato de los niños: niños atrapados mientras cruzan ilegalmente, leyes que permiten deportarlos; niños que vienen de pueblos pobres y violentos. En suma: bárbaros que merecen trato infrahumano.  

La actitud en Estados Unidos frente a la migración de niños no es siempre tan negativa. Pero sí es, de un modo bastante más generalizado, «mal comprendida». Es decir, se suele pensar que las migraciones como la de todos estos niños son un problema «de ellos» –los bárbaros del sur–, de modo que «nosotros» –en el civilizado norte– no tenemos por qué lavarles la ropa sucia. La devastación del tejido social en países como Honduras, El Salvador o Guatemala se suele concebir como un problema centroamericano de «violencia de pandillas» que hay que mantener de ese lado de las fronteras. Se dice poco o nada del control de armas que se trafican desde Estados Unidos hacia México y Centroamérica. De igual modo, la «guerra contra las drogas» se sigue pensando como un fenómeno circunscrito a México, en donde Estados Unidos juega un papel acaso indirecto –a través del trasiego ilegal de armas, por un lado, y el consumo de las drogas, por otro (un vínculo, por cierto, de por sí bastante directo).  

Pero la realidad es otra: las guerras del narco se están peleando en las calles de San Salvador, San Pedro Sula, Iguala, Tampico, Los Ángeles y Hempstead. Las causas y raíces de la situación actual tienen vínculos hemisféricos; y las consecuencias, por ende, tienen un alcance también hemisférico. Es urgente empezar a hablar de la guerra del narco como una «guerra hemisférica», que abarca cuando menos el territorio que empieza en los Grandes Lagos del norte de Estados Unidos y termina en las sierras de Celaque, en el sur de Honduras. 

Por supuesto, esta cartografía del narcotráfico también es limitada y arbitraria: en realidad, los circuitos de producción, tráfico y consumo de drogas son una red global mucho más amplia y compleja, cuyo tamaño y alcance real seguramente ni imaginamos. Pero sería un avance, cuando menos, que hubiese un reconocimiento oficial por parte de nuestros gobiernos de las dimensiones hemisféricas del problema, así como del hecho de que hay una interconexión absoluta entre fenómenos como la guerra del narco, las pandillas centroamericanas, el trasiego de armas desde Estados Unidos, el consumo de drogas, y la migración masiva de niños de Triángulo del Norte a Estados Unidos a través de México. Nadie, casi nadie, desde el lado de los productores hasta el de los consumidores, está dispuesto a aceptar su papel en el gran espectáculo de la devastación de la vida de estos niños. Sería un avance hablar del tema como una guerra hemisférica porque obligaría a repensar el lenguaje mismo en torno al problema y, por lo tanto, la posible dirección futura de políticas públicas para enfrentarlo. Los niños que cruzan México y llegan a la frontera de Estados Unidos no son «migrantes», no son «ilegales», y no son meramente «menores indocumentados»: son refugiados de una guerra y, en tanto tales, tienen derecho al asilo político.




Publicado por Sexto Piso, Ciudad de México / Madrid, 2016