viernes, diciembre 17, 2010

"Emma Zunz", de Jorge Luis Borges





El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve o diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Fein o Fain, de Rio Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.

Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.

En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día el suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre "el desfalco del cajero", recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.

No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.

El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.

Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.

¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia.

Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día... El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que la advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Paradójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.

Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer –¡una Gauss, que le trajo una buena dote!–, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.

La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir.

Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.

Ante Aarón Loewenthal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que tenía preparada ("He vengado a mi padre y no me podrán castigar..."), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca ni alcanzó a comprender.

Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté...

La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios













en El Aleph, 1949.









jueves, diciembre 16, 2010

"Con Kao Shih y Hsüeh Chü, ascendiendo la pagoda del Monasterio de la Gracia Benévola", de Ts'en Ts'an







La pagoda se abalanza
             como un ser viviente;
Emerge solitaria alzando
             su cumbrera hasta
             los Palacios Celestes.
Al ascender a ella, se deja atrás
             el mundo entero.
Las gradas se enroscan hacia
             lo alto, hasta perderse
             en el vacío.
Su sorprendente altura intimida
             esta divina tierra
Dominando la campiña circundante
             como obra de mano no humana.
Los cuatro ángulos del alero
             ocultan el sol blanquecino.
Sus siete pisos rozan
             el azul del cielo.
Miro abajo, y observo las aves
             que ascienden;
Me inclino, y escucho
             el silbido del viento.
Los cerros se deslizan a mis pies
             unos tras otros cual
             agitadas olas que
Marcharan juntas
             reverenciando a Oriente.
Abajo, verdes algarrobos se alinean
             a orillas del camino real.
¡Con cuánta gracia resuena
             en las casas de campo
             el tintineo de los ornamentos!
Colores otoñales procedentes
             del Oeste llenan los
Estrechos pasos con su gloria
Las cinco tumbas imperiales
             sobre la planicie norteña
Parecen confusas manchitas verdes
             en medio de cerros inmemoriales.
Tuve conciencia de la
             filosofía del reposo;
Siempre he confiado
             en el hado benévolo.
Colgaré aquí mi gorro de funcionario
             y me alejaré del mundo
Y por la senda de la Iluminación
             hallaré el contento sin fin.






en Poetas chinos de la dinastía T’ang, 1961















miércoles, diciembre 15, 2010

"Transfiguración", de Georg Trakl

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Cuando va cayendo la noche,
te abandona leve un rostro azul.
Un pequeño pájaro canta en el tamarindo.

Un apacible monje
pliega las manos muertas.
Un ángel blanco visita a María.

Una corona nocturna
de violetas, maíz y uvas color púrpura
es el año del que contempla.

A tus pies
se abren las tumbas de los muertos,
cuando posas la frente en las plateadas manos.

Silenciosa habita
la luna otoñal en tu boca,
ebrio de jugo de amapola el canto más oscuro;

flor azul,
que tenue resuena en la amarillenta roca.





en Sebastián en sueño, 1915



y en Grodek, Descontexto Editores, 2014









Verklärung

Wenn es Abend wird, / Verläßt dich leise ein blaues Antlitz. / Ein kleiner Vogel singt im Tamarindenbaum. // Ein sanfter Mönch / Faltet die erstorbenen Hände. / Ein weißer Engel sucht Marien heim. // Ein nächtiger Kranz / Von Veilchen, Korn und purpurnen Trauben / Ist das Jahr des Schauenden. // Zu deinen Füßen / Öffnen sich die Gräber der Toten, / Wenn du die Stirne in die silbernen Hände legst. // Stille wohnt / An deinem Mund der herbstliche Mond, / Trunken von Mohnsaft dunkler Gesang; / Blaue Blume, / Die leise tönt in vergilbtem Gestein.










Pueden comprar esta antología
escribiendo a descontextoeditores@gmail.com 













martes, diciembre 14, 2010

"El puñal en la garganta", de Rosa Montero






Tengo una foto en mis manos. Somos nosotros, Diego y yo, antes de que todo comenzara. Es una imagen del principio, primordial. Tengo un polvillo blanquecino en mis dedos. Son los restos del veneno que le sirvo todas las tardes en el vaso de sake: en cada toma un miligramo más. Es una evidencia del deterioro, terminal. El polvillo ha manchado la foto, de la misma manera que el sórdido presente mancha los recuerdos hermosos del pasado. Están contaminados esos recuerdos, tan envenenados como la copa de aguardiente. Miro ahora la foto y no le reconozco. Es el rostro de un hombre que se sabe amado: resplandece. Y era yo quien le amaba, aunque ahora no atino a saber cómo ni porqué.

Hace seis meses que nos hicimos este retrato, apretujados en un fotomatón de la estación de Atocha, cuando llegamos a Madrid. Hace seis días que empecé a echarle los polvos en la copa. Las mujeres somos buenas envenenadoras: es un arte final que nos es propio. A los hombres les gusta matar con grandes exhibiciones de violencia, como si se sirvieran del asesinato no sólo para librarse de un enemigo, sino también para hacer una demostración de poderío. Y así, estrangulan, apalean, descoyuntan y degüellan. Sobre todo aman las navajas, los cuchillos, las hojas afiladas. Los temibles hierros penetrantes. Si me oyera el psiquiatra diría que estoy obsesionada con los símbolos fálicos. En realidad era un psiquiatra muy malo. Gratis, de la Comunidad. Sólo fui un par de veces, cuando empezaron a sucedernos cosas raras.

Pero decía que los hombres gustan de matar violentando los cuerpos desde fuera, mientras que las mujeres preferimos la destrucción interior, que es más sutil. Somos especialistas en este tipo de asesinatos y gozamos de una larga tradición intoxicadora: desde la madrastra de Blancanieves a Lucrecia Borgia. A fin de cuentas, preparar una pócima letal es muy parecido a preparar una sopa de gallina, por ejemplo. Quiero decir que es una cosa de nutrición, que todo se queda entre pucheros. El envenenamiento como parte de la gastronomía.

A mí siempre me gustó cocinar. Y a Diego tirar dardos. En eso, y sólo en eso, se nos anunciaba de algún modo el destino. Nos conocimos precisamente así: yo cocinaba tapas en un bar de la playa, en La Carihuela, en Torremolinos, y él ganó el concurso de dardos del local. Era muy bueno, yo nunca había visto nada semejante. Era capaz de clavar una flecha en el culo de otra. Llevaba unos dardos especiales, de madera y plumas, en un estuche de cuero despellejado. Había vivido en Londres durante mucho tiempo, una vida nocturna de pubs, dianas de corcho y ocupaciones imprecisas y tal vez inconfesables. A mí me gustaba que fuera así, aventurero, cosmopolita y enigmático. Tampoco mi vida había sido lo que se dice ejemplar. Soy de la generación del 68; he rodado mucho y no siempre por los sitios más adecuados. Viví un par de años en India, he sido yonqui, me detuvieron una vez en Heathrow con unos granos de opio. Cuando encontré a Diego hacía mucho que estaba limpia, pero el mundo me parecía un lugar bastante triste. Él me dijo: «Te puedo hacer daño, no te enamores de mí.» Y eso me bastó para quedar prendida. Tengo 44 años, Diego catorce menos. Pero hace seis meses apenas si se notaba la diferencia de edad: yo todavía conservaba un buen aspecto. Lo que siempre me ha fallado ha sido la sensatez, no el físico.

Cuando nos vinimos a Madrid llevábamos un mes viviendo en la gloria. Nuestra pasión era insaciable: llegamos a la estación de Atocha y nos instalamos en el hotel Mediodía, justo al otro lado de la plaza, porque cualquier otro sitio parecía demasiado lejos para nuestra urgencia. Le prendíamos fuego a la cama varias veces al día. Y no era sólo el sexo: a través de tanta carne yo creía recuperar mi espíritu. Queríamos querernos y empezar juntos una nueva vida. A veces se me saltaban las lágrimas y pensaba que era de felicidad. Tenía que haber aprendido para entonces que llorar siempre es malo.

El dinero se nos iba demasiado deprisa y necesitábamos buscar algún trabajo. Pero pasaban los días y no hacíamos nada. Una mañana de domingo Diego llegó al hotel muy tarde y muy excitado. Venía con un transportista y traían entre los dos un enorme baúl. «Lo he comprado en el Rastro, en una tienda de antigüedades», dijo mientras lo abría. «Es auténtico y me ha costado baratísimo». Dentro había tres vestidos chinos de mujer, entallados, muy bellos, de satén bordado; y tres opulentos p'ao, el traje chino de hombre en el que luego se inspiró el kimono japonés (¿y por qué sé yo esto?), los tres negros y con el forro color fuego. Nunca había visto antes una seda como aquella, tan densa, tan pesada. En el baúl estaban además todos los complementos necesarios: pantalones, zapatos, flores artificiales y agujas para el pelo, barras de maquillaje, joyas falsas. Había también una gruesa plancha de madera revestida de corcho, compuesta de tres paneles articulados: una vez montada sobre unos caballetes quedaba perfectamente vertical y del tamaño de una puerta más bien ancha.

«Y ahora viene lo mejor», dijo entonces Diego. Y sacó una caja lacada color musgo. Cuchillos. Estaba llena de cuchillos. Finos, delicados, de doble filo, la hoja larga y punzante, el mango de plata labrada con incrustaciones de nácar. Relampagueaban como joyas en su lecho de terciopelo verde oscuro. Recuerdo haberme extrañado de que la plata no estuviera ennegrecida, pero no dije nada. «Uno sólo de estos puñales debe de costar lo que me han cobrado por todo el baúl, ha sido una ganga.» Nos probamos la ropa: nos quedaba perfecta. Empecé a sentirme yo también feliz. Era una felicidad extraña, un poco intoxicante, como el burbujeo que te sube por la nariz cuando tomas champán. «Ya verás, montaremos un número de variedades, seremos un éxito», dijo Diego. El aliento le olía un poco a alcohol. Eso hubiera debido hacerme sospechar algo malo, o al menos algo raro, porque él jamás bebía ni una sola gota. Pero me sentía tan contenta y tan poderosa dentro de mi bello traje de china que ignoré los avisos. Suave suave el satén sobre mi piel, una caricia. Despojé a Diego de su kimono e hicimos el amor ahí mismo, en el suelo, entre cuchillos.

Los primeros cambios fueron tan sutiles que fui incapaz de percibirlos. Pensando ahora, desde el conocimiento de lo que después vino, me doy cuenta de que tras la entrada del baúl en nuestras vidas nada volvió a ser igual. Diego empezó a entrenarse: montó el panel de corcho en un rincón del cuarto, chinchetó en él una silueta de papel y se puso a lanzar los cuchillos. Al principio, hasta que cogió el pulso de la forma y el peso de las armas, las puntas de acero rasgaron alguna vez el borde del patrón. Pero enseguida, y para mi sorpresa, porque los puñales exigían una técnica muy distinta a la de los dardos, adquirió una precisión y una seguridad admirables. «Dentro de poco empezaremos los ensayos de verdad», dijo una tarde. «¿Cómo de verdad?», le pregunté: aunque sabía. «Contigo. Los ensayos contigo, en el panel.» Me dejé caer sobre una silla. «Ni lo sueñes. No lo voy a hacer. No pienso hacerlo.» Diego se volvió bruscamente hacia mí: tenía un cuchillo en cada mano y por primera vez le tuve miedo. Pero fue un sentimiento tan fugaz como un escalofrío. Sonrió: «No seas tonta: eso es lo que nos va a hacer famosos, eso es lo que dará a nuestro número su categoría. Sin eso no nos contrataría nadie. No tendrás miedo, ¿verdad? Si no estuviera seguro de que no te va a pasar nada no te pediría que lo hicieras, cariño. Ya ves que no fallo nunca.»

Era cierto, no fallaba jamás. Me estremecí. Me acababa de dar cuenta de que hacía mucho que no me llamaba «cariño», que no me trataba tan dulcemente. Hacía varios días que no nos amábamos. Cada vez empleaba más horas en sus entrenamientos: incluso se vestía desde por la mañana con el p'ao, decía que necesitaba acostumbrarse a las amplias mangas para que no le estorbasen en la tirada. El panel había ido saliendo de su rincón del cuarto y ahora estaba en mitad de la habitación. Me ponía nerviosa la visión omnipresente y protagonista de esa estúpida plancha de corcho y madera. O quizá me ponía nerviosa el progresivo ensimismamiento de Diego. En cualquier caso yo salía cada día más. Me levantaba temprano y me iba del hotel, paseaba por el Retiro, tomaba limón granizado en los chiringuitos, me sentaba en los bancos de Recoletos a leer un libro, me metía en un cine. Incluso fui una vez al museo del Prado. Y cuando regresaba al hotel, Diego seguía clavando puñales en el corcho. En la penumbra, porque la habitación estaba cada día más a oscuras. Empezó corriendo las cortinas, luego bajando las persianas más y más. «No soporto este sol, el verano en Madrid es inaguantable.» Ahora estaba casi siempre de mal humor. Le había cambiado el carácter. Lo cual no era extraño, porque bebía. Bebía cada vez más y desde más temprano. Comenzó con cervezas, luego se pasó al whisky. Esos días fueron mi última oportunidad, ahora lo veo: hubiera debido marcharme entonces, pero no me sentía capaz de abandonarle. No ya por no poder vivir sin él, sino por no poder vivir sin mi propia pasión. Sin la ilusión de que la existencia podrá ser un lugar mejor, sin ese centelleo entre las tinieblas.

Una tarde regresé al hotel y me encontré con que Diego me estaba esperando. Me arrojó uno de los vestidos chinos: «Póntelo. Vamos a empezar los ensayos.» «Te dije que no pensaba hacerlo», contesté cruzándome de brazos. Fue un desafío que duró muy poco: de inmediato, sin un solo gesto, sin una palabra, Diego me dio dos bofetadas. Nunca me había pegado. «Póntelo.» No estaba en absoluto furioso: su fría determinación era lo que le hacía más terrible. Aturdida, me quité los vaqueros, la camisa. Tantas veces antes me había desnudado ante sus ojos, tantas veces había disfrutado de la dulce y turbia sensualidad de ofrecerte al amante. Pero ahora su mirada me quemaba la piel, me hacía daño. Me puse el traje; algo se revolvió en mi estómago, era un espasmo de odio. Me dirigí hacia el panel con resolución: en ese momento no me importaba hacer de blanco, no me importaba lo más mínimo. El odio crecía dentro de mi vientre, mezclado con la furia, el deseo de venganza, la necesidad de humillarle y vencerle. Apoyé la espalda contra el corcho, extendí los brazos y me agarré al marco de madera labrada. Diego comenzó a arrojar los cuchillos: los puñales silbaban en el aire estancado, en la penumbra tibia. Los dos primeros se clavaron a ambos lados de las caderas, los segundos junto a los hombros. Después las afiladas hojas se apretaron en el hueco de las axilas, en la cintura, en la línea de las piernas. Las dos últimas se hincaron junto al cuello: cerca, muy cerca, como besos de acero. No quedaban más cuchillos y yo seguía viva.

Diego se acercó y me apartó del corcho. De nuevo sin un gesto, de nuevo sin palabras, empezó a hacerme el amor con rudeza, incluso con violencia. Y a mí me gustaba. Le necesitaba de una manera feroz, absoluta, distinta. Había algo desesperado en la manera en que nos aferrábamos el uno al otro, en el modo de combatirnos por medio de la carne. Entonces es cierto que el odio se parece tanto al amor, pensé. Desde el suelo veía, en el panel, la silueta de mi cuerpo hecha con cuchillos, el perfil vacío de mi otro yo.

Nada más terminar me puse en pie: quería ducharme, hubiera deseado meterme en el mar, librarme de algo interior que me manchaba. Entonces fue cuando lo vi. Estaba todo extendido sobre la cama, ordenadamente dispuesto, como si fuera un bodegón. El gran sobre de papel marrón a un lado, luego los recortes de periódico haciendo un cuadrado, en el centro el folio mecanografiado. «¿Qué es esto?», pregunté. Diego se encogió de hombros: «Un sobre que me han dejado en recepción.» Cogí los papeles. Los recortes estaban muy amarillos y eran todos del año 1921. «Trágico accidente en el circo Price», «La muerte visitó la pista», «Horror en el circo»... Miré el papel: era una hoja nueva, sin arrugar, escrita a no dudar recientemente. Decía así:

«El 17 de febrero de 1921, durante la función de noche del circo Price de Madrid, hoy desaparecido, Lin-Tsé, artista estrella de la velada y lanzador de cuchillos de gran fama, atravesó la garganta de su compañera en mitad de la actuación, causándole la muerte de manera instantánea. Era época de carnavales y el circo estaba lleno, de manera que dos mil personas pudieron contemplar, espantadas, el fallo irremediable, la sangre que inundó de inmediato la pista (la herida, además de fatal, era muy aparatosa) y el dolor de Lin-Tsé, que en su desesperación se arrancaba los cabellos de su larga coleta y hubo de ser sacado de escena medio desvanecido. Y no era para menos, porque la víctima, la pobre Yen-Zhou, no sólo era su ayudante, sino también su esposa.

»Pero si alguno de esos dos mil horrorizados y conmovidos espectadores hubiera podido ver a Lin-Tsé pocos días después, sin duda se habría admirado ante la asombrosa recuperación del artista. Una vez secas las lágrimas de la primera noche, el hombre, inescrutable como suelen serlo los orientales ante la mirada occidental, no volvió a mostrar inclinación alguna a llorar a su muerta. En la compañía se rumoreaba desde hacía tiempo que Lin-Tsé mantenía una relación clandestina con Paquita, una de las muchachas del coro; la relación se hizo oficial apenas el artista quedó viudo, y cuatro o cinco meses más tarde se casaron. Paquita tenía quince años por entonces; Lin-Tsé, unos cuarenta, y Yen-Zhou, según los recortes de la época, había cumplido los 61. La policía interrogó al artista varias veces pero nunca consiguió probarle nada. Todos en el circo estaban convencidos de que Tsé, un gran profesional que jamás fallaba en su rutina, había asesinado a su esposa en medio de la función de gala, bajo la mirada de todo el mundo, en un crimen espectacular ejecutado dentro de un espectáculo, el crimen más evidente y menos disimulado, el crimen perfecto.»

Los folios no tenían firma, el sobre carecía de remite. «¿Qué es esto?», pregunté de nuevo: mi voz sonaba chillona, extraña en mis oídos. «No sé. Supongo que me lo ha mandado el anticuario», respondió Diego. Volvió a encogerse de hombros y se sirvió una copa de una botella tripuda que yo antes no había visto. «¿Quieres? Es sake. Un aguardiente de arroz japonés. Muy rico. Creo que de ahora en adelante no voy a beber más que esto», dijo con un guiño. Y tenía razón. No ha vuelto a beber más que sake. Últimamente, sake envenenado.

A partir de ese momento las cosas no hicieron sino deteriorarse. Aunque a decir verdad lo sucedido, más que un deterioro, era y es un cumplimiento, la llegada inexorable de nuestros destinos, de un final extraño y sin embargo lógico para el que parecería que hemos nacido, de modo que nuestras existencias anteriores, todas las peripecias y avatares vividos, no habrían sido sino el tiempo de espera hasta llegar a esto. Y esto es el furor y la violencia, el odio que hoy nos une con más fuerza de lo que une la pasión amorosa más intensa. Nunca he dependido tanto de un hombre como dependo hoy de Diego. Por eso quiero matarle.

Durante un tiempo seguimos ensayando: todos los días, empleando en ello muchas horas. Ya no salíamos de la habitación del hotel: mi vida era un lugar angosto y el universo se acababa en el pasillo. Vestíamos las ropas chinas, dormíamos de madrugada, comíamos desganadamente las bandejas que nos subían, a deshora, camareras estúpidas a las que yo detestaba inmediatamente, porque creía ver en ellas a mis rivales, chicas jóvenes con las que Diego coqueteaba. Yo me había descuidado mucho: podían pasar varios días sin que me lavara, llevaba las uñas rotas y sucias, el pelo grasiento. Me miraba de refilón en los espejos (no soportaba, ya no soporto más mi visión directa) y me veía vieja. He envejecido tanto en unas pocas semanas que casi parezco otra persona.

Un día Diego se quitó el p'ao, se vistió con sus antiguos vaqueros y una camisa y se fue del hotel sin decir palabra. Yo me quedé temblando. Temblaba tanto que me tuve que sentar en la cama, ya que las rodillas no me sostenían. Tenía miedo porque pensaba que Diego se había ido para siempre. Pero también tenía miedo porque pensaba que iba a regresar. Me asusté tanto de mi propio susto que me eché a la calle y acabé, no se cómo, en un centro de mujeres del barrio. Fue entonces cuando me enviaron a la consulta del psiquiatra. Creo que aquel fue mi último intento de escapar.

Durante algunos días repetimos los dos la misma rutina: Diego se marchaba por las mañanas y yo poco después. Por la noche regresábamos a nuestro estrecho encierro. El día de mi tercera cita con el médico no acudí. En vez de ir a la consulta fui andando a la Biblioteca Nacional y convencí a uno de los empleados para que me buscara el significado de la palabra sipayibao. Tardó bastante pero al cabo regresó con la respuesta: era un arbusto parecido al zumaque, de la familia de las terebintáceas, pero en una variedad que sólo se daba en China. Era, además, mucho más intoxicante que su pariente europeo. De hecho la ralladura de sus raíces constituía un veneno poderoso; administrado en ínfimas cantidades pero de forma continuada, alteraba al poco tiempo el proceso de coagulación de la sangre, de modo que la víctima fallecía a causa de derrames cerebrales o hemorragias internas que parecían naturales. Como se trataba de un veneno limpio que no dejaba huella, había sido abundantemente usado, según decían las crónicas, en las épocas más turbulentas de la China de los mandarines, hasta el punto de que el último emperador de la dinastía Ming mandó arrancar, en 1640, todos los sipayibaos del país, y prohibió su plantación y tenencia bajo pena de muerte. Eso, ralladura del arbusto letal, era lo que yo tenía en una minúscula botellita que estaba en el baúl, revuelta con los demás pomos de los maquillajes.

Cuando Diego regresó aquella noche me comunicó que había firmado un contrato para que actuáramos en Carambola, un local a medias cabaret y a medias discoteca que está en la plaza del Ángel. Allí seguimos todavía; he de decir que tenemos mucho éxito y que hemos contribuido a que el lugar se haya puesto de moda. Todas las noches hay dos pases: a las doce y a las dos. Cerramos el espectáculo, que aparte de nuestro número es bastante vulgar: un travestido que imita a Rocío Jurado, un humorista muy triste, unas chicas ni demasiado jóvenes ni demasiado guapas con plumas en las caderas y los pechos pintados de purpurina. Luego salimos nosotros.

Diego revienta globos y parte manzanas por la mitad con sus cuchillos, lanza sus armas desde el suelo, de espaldas o con los ojos vendados. Pero todo eso no son sino adornos, porque el número fuerte, lo que viene a ver la gente, es lo que me hace a mí. Al final redobla un tambor y yo me arrimo a la plancha de corcho y madera. Lo hago lentamente, mientras van acallándose las voces de la sala. Porque siempre se callan. Guardan un silencio absorto y casi litúrgico mientras Diego dispone sus cuchillos en hilera en la mesita auxiliar, a su derecha. Y cuando coge el primero, cuando sujeta el puñal por la afilada punta y lo alza en el aire, centelleante, entonces el silencio es tan completo que resulta ensordecedor: es como un fragor en los oídos, un viento entre hojarasca, el rugido del agua espumeante. Aunque tal vez ese sonido que oigo no sea más que mi miedo, que me agolpa remolinos de sangre en la cabeza. Siempre estoy esperando que el próximo cuchillo sea el último.

Pero hasta ahora no lo ha sido, así es que la vida continúa. Trabajamos, dormimos, comemos. Como cualquier persona. Y nos maltratamos: mucho más que cualquiera. Diego a veces es violento: cuando está muy borracho. Y yo le digo palabras espantosas, las frases más terribles que he dicho jamás. Siempre fui buena hablando; ahora soy buena hiriendo, haciéndole sentirse despreciable. Sé que le vuelvo loco cuando le hablo con todo mi odio. Es como si ahora Diego y yo sólo supiéramos vivir para hacernos daño.

Hace unos días empecé a echarle los polvos de sipayibao en la copa de sake. No es muy distinto a echar la levadura en un bizcocho: las mujeres somos buenas envenenadoras, es algo que va en nuestro carácter. Diego me quiere matar. Si yo no consigo terminar antes con él, él me asesinará una de estas noches, en mitad de la actuación, frente a todo el mundo. Me clavará un cuchillo en la garganta, como hizo Lin-Tsé con Yen-Zhou en el circo Price. A veces me pregunto qué nos ha sucedido. Me produce vértigo pensar en todos esos detalles inquietantes que rodean nuestra historia. Resulta extraño, por ejemplo, que Lin-Tsé, según explica uno de los recortes, muriera dos días después de su boda de un derrame cerebral. Y que yo intuyera, que supiera de algún modo, aún antes de ir a la Biblioteca, que el diminuto frasco en el que se leía esa única palabra, sipayibao, era una sustancia letal: mi arma secreta. O que la piel de Diego se esté poniendo oscura, un poco amarillenta. Oh, sí, claro, el hígado, el sake, bebe tanto. Ahora sé que Diego había sido un alcohólico, antes de conocerme. Y eso, su recaída, puede ser la causa de este infierno. Eso y mi masoquismo, eso y mis deseos autodestructivos, como decía ese estúpido psiquiatra. La pasión como dolor, la pasión como peligro. Sí, podría ser. Pero, ¿por qué no dudo a la hora de escoger la dosis adecuada del veneno? ¿Por qué mi cuerpo ha envejecido tanto en tan poco tiempo?

De modo que seguimos. Esto es, yo sigo emponzoñando su bebida y él sigue arrojándome los cuchillos cada noche, mientras yo espero, arrimada al panel, que me suba a la boca el sabor final del acero y la sangre. A veces, cuando está a punto de tirar el arma, creo adivinar (tarda un poco más de lo debido, hay un asomo de duda en su movimiento) que la trayectoria va a resultar fatal. Pero entonces algo cruza sus ojos fugazmente: un brillo de reconocimiento, un estremecimiento de la memoria. Y por una milésima de segundo somos capaces de vernos como fuimos, tal y como estábamos en la foto de la estación de Atocha, abrasados de amor y de deseo, ciegos de ganas de querernos: la pasión como vida, la pasión como belleza. Mueve entonces el brazo Diego casi imperceptiblemente, rectifica en el último momento la dirección del tiro, y el cuchillo se clava una vez más junto a mi cuello con un sonido seco, borrando el dulce espejismo que nos unía al pasado y anegándonos nuevamente de odio. Así son nuestras noches, así pasan los días. No sé quién conseguirá esta vez acabar antes.




en Relatos urbanos, 1994

















lunes, diciembre 13, 2010

«1984», de George Orwell

Fragmento / Traducción de Rafael Vázquez Zamora




Y permanecieron a la sombra de los arbustos. La luz del sol, filtrándose por las innumerables hojas, les seguía caldeando el rostro. Winston observó el campo que los rodeaba y experimentó, poco a poco, la curiosa sensación de reconocer aquel lugar. Era tierra de pastos, con un sendero que la cruzaba y alguna pequeña elevación de cuando en cuando. En la valla, medio rota, que se veía al otro lado, se divisaban las ramas de unos olmos que se balanceaban con la brisa, y sus hojas se movían en densas masas como cabelleras femeninas. Seguramente por ahí cerca, pero fuera de su vista, habría un arroyuelo.

—¿No hay por aquí cerca un arroyo? —murmuró.
—Sí, lo hay. Está al borde del terreno colindante con este. Hay peces, muy grandes por cierto. Se puede verlos en las charcas que se forman bajo los sauces.
—Es el País Dorado… casi —murmuró.
—¿El País Dorado?
—No tiene importancia. Es un paisaje que he visto algunas veces en sueños.
—¡Mira! —susurró Julia.

Un pájaro se había movido en una rama a unos cinco metros de ellos y casi al nivel de sus caras. Quizá no los hubiera visto. Estaba en el sol y ellos a la sombra. Extendió las alas, volvió a colocárselas cuidadosamente en su sitio, inclinó la cabecita un momento, como si saludara respetuosamente al sol y empezó a cantar torrencialmente. En el silencio de la tarde, sobrecogía el volumen de aquel sonido. Winston y Julia se abrazaron fascinados. La música del ave continuó, minuto tras minuto, con asombrosas variaciones y sin repetirse nunca, casi como si estuviera demostrando a propósito su virtuosismo. A veces se detenía unos segundos, extendía y recogía sus alas, luego hinchaba su pecho moteado y empezaba de nuevo su concierto. Winston lo contemplaba con un vago respeto. ¿Para quién, para qué cantaba aquel pájaro? No tenía pareja ni rival que lo contemplaran. ¿Qué le impulsaba a estarse ahí, al borde del bosque solitario, regalándole su música al vacío? Se preguntó si no habría algún micrófono escondido ahí cerca. Julia y él habían hablado sólo en murmullo, y ningún aparato podría registrar lo que ellos habían dicho, pero sí el canto del pájaro. Quizás al otro extremo del instrumento algún hombrecillo mecanizado estuviera escuchando con toda atención; sí, escuchando aquello. Gradualmente la música del ave fue despertando en él sus pensamientos. Era como un líquido que saliera de se mezclara con la luz del sol, que se filtraba por entre hojas. Dejó de pensar y se limitó a sentir. La cintura de la muchacha bajo su brazo era suave y cálida. Le dio la vuelta hasta quedar abrazados cara a cara. El cuerpo de Julia parecía fundirse con el suyo. Donde quiera que tocaran sus manos, cedía todo como si fuera agua. Sus bocas se unieron con besos muy distintos de los duros besos que se habían dado antes. Cuando volvieron a apartar sus rostros, suspiraron ambos profundamente.

El pájaro se asustó y salió volando con un aleteo alarmado.

Rápidamente, sin poder evitar el crujido de las ramas bajo sus pies, regresaron al claro. Cuando estuvieron ya en su refugio, se volvió Julia hacia él y lo miró fijamente. Los dos respiraban pesadamente, pero la sonrisa había desaparecido en las comisuras de sus labios. Estaban de pie y ella lo miró por un instante y luego tanteó la cremallera de su mono con las manos. ¡Sí! ¡Fue casi como en un sueño! Casi tan velozmente como él se lo había imaginado, ella se arrancó la ropa y cuando la tiró a un lado fue con el mismo magnífico gesto con el cual toda una civilización parecía anihilarse. Su blanco cuerpo brillaba al sol. Por un momento él no miró su cuerpo. Sus ojos habían buscado ancoraje en el pecoso rostro con su débil y franca sonrisa. Se arrodilló ante ella y tomó sus manos entre las suyas.

—¿Has hecho esto antes?
—Claro. Cientos de veces. Bueno, muchas veces. 
—¿Con miembros del Partido?
—Sí, siempre con miembros del Partido.
—¿Con miembros del Partido del Interior?
—No, con esos cerdos no. Pero muchos lo harían si pudieran. No son tan sagrados como pretenden. Su corazón dio un salto. Lo había hecho muchas veces. Todo lo que oliera a corrupción le llenaba de una esperanza salvaje. Quién sabe, tal vez el Partido estaba podrido bajo la superficie, su culto de fuerza y autocontrol no era más que una trampa tapando la iniquidad. Si hubiera podido contagiarlos a todos con la lepra o la sífilis, ¡con qué alegría lo hubiera hecho! Cualquier cosa con tal de podrir, de debilitar, de minar.

La atrajo hacia sí, de modo que quedaron de rodillas frente a frente.

—Oye, cuantos más hombres hayas tenido más te quiero yo. ¿Lo comprendes?
—Sí, perfectamente.
—Odio la pureza, odio la bondad. No quiero que exista ninguna virtud en ninguna parte. Quiero que todo el mundo esté corrompido hasta los huesos.
—Pues bien, debo irte bien, cariño. Estoy corrompida hasta los huesos.
—¿Te gusta hacer esto? No quiero decir simplemente yo, me refiero a la cosa en sí.
—Lo adoro.

Esto era sobre todas las cosas lo que quería oír. No simplemente el amor por una persona sino el instinto animal, el simple indiferenciado deseo. Esta era la fuerza que destruiría al Partido. La empujó contra la hierba entre las campanillas azules. Esta vez no hubo dificultad. El movimiento de sus pechos fue bajando hasta la velocidad normal y con un movimiento de desamparo se fueron separando. El sol parecía haber intensificado su calor. Los dos estaban adormilados. Él alcanzó su desechado mono y la cubrió parcialmente.

Al poco tiempo se durmieron profundamente. Al cabo de media hora se despertó Winston. Se incorporó y contempló a Julia, que seguía durmiendo tranquilamente con su cara pecosa en la palma de la mano. Aparte de la boca, sus facciones no eran hermosas. Si se miraba con atención, se descubrían unas pequeñas arrugas en torno a los ojos. El cabello negro y corto era extraordinariamente abundante y suave. Pensó entonces que todavía ignoraba el apellido y el domicilio de ella.

Este cuerpo joven y vigoroso, desamparado ahora en el sueño, despertó en él un compasivo y protector sentimiento. Pero la ternura que había sentido mientras escuchaba el canto del pájaro había desaparecido ya. Le apartó el mono a un lado y estudió su cadera. En los viejos tiempos, pensó, un hombre miraba el cuerpo de una muchacha y veía que era deseable y aquí se acababa la historia. Pero ahora no se podía sentir amor puro o deseo puro. Ninguna emoción era pura porque todo estaba mezclado con el miedo y el odio. Su abrazo había sido una batalla, el clímax una victoria. Era un golpe contra el Partido. Era un acto político.





1949













domingo, diciembre 12, 2010

"Ladrar a la luna", de Marcos Zapata







¡No desmayes jamás ante una guerra
de torpe envidia y miserables celos!
¿Qué le importa a la Luna, allá en los cielos,
que le ladren los perros en la Tierra?
Si alguien aspira a derribarle, yerra
y puede ahorrarse inútiles desvelos;
no tan pronto se abate por los suelos
el escorial que tu talento encierra.
¿Que no cede el ataque ni un minuto?
¿Que a todo trance buscan tu fracaso?
¿Que te cansa de luchar...? ¡No lo discuto!
Mas, oye, amigo, este refrán de paso:
¡Se apedrean las plantas que dan fruto!
¿Quién del árbol estéril hace caso?




Zaragoza, 1842 - Madrid, 1914














sábado, diciembre 11, 2010

"El lobo estepario", de Hermann Hesse

Fragmento



El que haya querido los otros días, los malos, los de los ataques de gota o los del maligno dolor de cabeza clavado detrás de los globos de los ojos, y convirtiendo, por arte del diablo, toda actividad de la vista y del oído de una satisfacción en un tormento, o aquellos días de la agonía del espíritu, aquellos días terribles del vacío interior y de la desesperanza, en los cuales, en medio de la tierra destruida y esquilmada por las sociedades anónimas, nos salen al paso, con sus muecas como un vomitivo, la humanidad y la llamada cultura con su fementido brillo de feria, ordinario y de hojalata, concentrado todo y llevado al colmo de lo insoportable dentro del propio yo enfermo; el que haya querido aquellos días infernales, ése ha de estar muy contento con estos días normales y mediocres como el de hoy; lleno de agradecimiento se sentará junto a la amable chimenea y con agradecimiento comprobará, al leer el periódico de la mañana, que no se ha declarado ninguna nueva guerra ni se ha erigido en ninguna parte ninguna nueva dictadura, ni se ha descubierto en política ni en el mundo de los negocios ningún chanchullo de importancia especial; con agradecimiento habrá de templar las cuerdas de su lira enmohecida para entonar un salmo de gratitud mesurado, regularmente alegre y casi placentero, con el que aburrir a su callado y tranquilo dios contentadizo y mediocre, como anestesiado con un poco de bromuro; y en el ambiente de tibia pesadez de este aburrimiento medio satisfecho, de esta carencia de dolor tan de agradecer, se parecen los dos como hermanos gemelos, el monótono y adormilado dios de la mediocridad y el hombre mediocre algo encanecido que entona el salmo amortiguado.














1927













viernes, diciembre 10, 2010

“La novela como hecho cosmológico”, de Umberto Eco







Considero que para contar lo primero que hace falta es construirse un mundo lo más amueblado posible, hasta los últimos detalles. Si construyese un río, dos orillas, si en la orilla izquierda pusiera un pescador, si a ese pescador lo dotase de un carácter irascible y de un certificado de penales poco limpio, entonces podría empezar a escribir, traduciendo en palabras lo que no puede no suceder. ¿Qué hace un pescador? Pesca (y ya tenemos toda una secuencia más o menos inevitable de gestos). ¿Y qué sucede después? Hay peces que pican, o no los hay. Si los hay, el pescador los pesca y luego regresa contento a casa. Fin de la historia. Si no los hay, puesto que es irascible, quizá se ponga rabioso. Quizá rompa la caña de pescar. No es mucho, pero ya es un bosquejo. Sin embargo, hay un proverbio indio que dice: «Siéntate a la orilla del río y espera, el cadáver de tu enemigo no tardará en pasar». ¿Y si la corriente transportase un cadáver, posibilidad contenida en el campo intertextual del río? No olvidemos que mi pescador tiene un certificado de penales sucio. ¿Correrá el riesgo de meterse en líos? ¿Qué hará? ¿Huirá, se hará el que no ve el cadáver? ¿Tendrá la conciencia sucia porque, al fin y al cabo, es el cadáver del hombre que odiaba? Irascible como es, ¿montará en cólera por no haber podido consumar él mismo la anhelada venganza? Ya lo veis, ha bastado amueblar apenas nuestro mundo para que se perfile una historia. Y también un estilo, porque un pescador que pesca debería imponerme un ritmo narrativo lento, fluvial, acompasado a su espera, que debería ser paciente, pero también a lo; arrebatos de su impaciente iracundia. La cuestión es construir el mundo, las palabras vendrán casi por sí solas. Rem tene, verba sequentur. Al contrario de lo que, creo, sucede en poesía: verba tene, res sequentur.

El primer año de trabajo de mi novela estuvo dedicado a la construcción del mundo. Extensos registros de todos los libros que podían encontrarse en una biblioteca medieval. Listas de nombres y fichas censuales de muchos personajes, muchos de ellos excluidos luego de la historia. Porque también tenía que saber quiénes eran los monjes que no aparecen en el libro: no era necesario que el lector los conociese, pero yo debía conocerlos. ¿Quién dijo que la narrativa debe hacerle la competencia al Registro Civil? Pero quizá también deba hacérsela a la Asesoría de Urbanismo. De allí las extensas investigaciones arquitectónicas, con fotos y planos de la enciclopedia de la arquitectura, para determinar la planta de la abadía, las distancias, hasta la cantidad de peldaños que hay en una escalera de caracol. En cierta ocasión, Marco Ferreri me dijo que mis diálogos son cinematográficos porque duran el tiempo justo. No podía ser de otro modo, porque, cuando dos de mis personajes hablaban mientras iban del refectorio al claustro, yo escribía mirando el plano y cuando llegaban dejaban de hablar.

Para poder inventar libremente hay que ponerse límites. En poesía, los límites pueden proceder del pie, del verso, de la rima, de lo que los contemporáneos han llamado respirar con el oído... En narrativa, los límites proceden del mundo subyacente. Y esto no tiene nada que ver con el realismo (aunque explique también el realismo). Puede construirse un mundo totalmente irreal, donde los asnos vuelen y las princesas resuciten con un beso: pero ese mundo puramente posible e irreal debe existir según unas estructuras previamente definidas (hay que saber si es un mundo en el que una princesa puede resucitar sólo con el beso de un príncipe o también con el de una hechicera, o si el beso de una princesa sólo vuelve a transformar en príncipes a los sapos o, por ejemplo, también a los armadillos).

También la Historia formaba parte de mi mundo. Por eso leí y releí tantas crónicas medievales, y al leerlas me di cuenta de que la novela debía contener elementos que al comienzo ni siquiera había rozado con la imaginación, como las luchas en torno a la pobreza o los procesos inquisitoriales contra los fraticelli. Por ejemplo, ¿por qué en mi libro aparecen los fraticelli del siglo XII? Si debía escribir una historia medieval, hubiese tenido que situarla en el siglo XIII, o en el XII, que conocía mejor que el XIV. Pero necesitaba un detective, a ser posible inglés (cita intertextual), dotado de un gran sentido de la observación y una sensibilidad especial para la interpretación de los indicios. Cualidades que sólo se encontraban dentro del ámbito franciscano, y con posterioridad a Roger Bacon; además, sólo en los occamistas encontramos una teoría desarrollada de los signos; mejor dicho, ya existía antes, pero entonces la interpretación de los signos era de tipo simbólico o bien tendía a leer en ellos la presencia de las ideas y los universales. Sólo en Bacon y en Occam los signos se usan para abordar el conocimiento de los individuos. Por tanto, debía situar la historia en el siglo XIV, aunque me incordiase, porque me costaba moverme en esa época. De allí nuevas lecturas, y el descubrimiento de que un franciscano del siglo XIV, aunque fuera inglés, no podía ignorar la querella sobre la pobreza, sobre todo si era amigo o seguidor o conocido de Occam. (Dicho sea de paso, al principio decidí que el detective fuese el propio Occam, pero después renuncié, porque la persona del Venerabilis Inceptor me inspira antipatía).

Pero, ¿por qué todo sucede a finales de noviembre de 1327? Porque en diciembre Michele da Cesena ya se encuentra en Aviñón (en esto consiste amueblar un mundo en una novela histórica: algunos elementos, como la cantidad de peldaños, dependen de una decisión del autor; otros, como los 30 movimientos de Michele, dependen del mundo real, que, por ventura, en este tipo de novelas viene a coincidir con el mundo posible de la narración).

Pero noviembre era demasiado pronto. En efecto, también necesitaba matar un cerdo. ¿Por qué? Muy sencillo: para meter un cadáver cabeza abajo en una tinaja llena de sangre. ¿Por qué necesitaba hacerlo? Porque la segunda trompeta del Apocalipsis anuncia que... El Apocalipsis era intocable porque formaba parte del mundo. Pues bien, sucede que los cerdos (como averigüé) se matan cuando hace frío, y noviembre podía ser demasiado pronto. Salvo que situase la abadía en la montaña, de forma que ya hubiera nieve. Si no, mi historia hubiese podido desarrollarse en la llanura, en Pomposa o en Conques.

El mundo construido es el que nos dirá cómo debe proseguir la historia. Todos me preguntan por qué mi Jorge evoca, por el nombre, a Borges, y por qué Borges es tan malvado. No lo sé. Quería un ciego que custodiase una biblioteca (me parecía una buena idea narrativa), y biblioteca más ciego sólo puede dar Borges, también porque las deudas se pagan. Y, además, la influencia del Apocalipsis sobre todo el Medioevo se ejerce a través de los comentarios y miniaturas españolas. Pero cuando puse a Jorge en la biblioteca aún no sabía que el asesino era él. Por decirlo así, todo lo hizo él solo. Que no se piense que ésta es una posición «idealista», como si dijese que los personajes tienen vida propia y que el autor, como un médium, los hace actuar siguiendo sus propias sugerencias. Tonterías que pueden figurar entre los temas de un examen de ingreso a la universidad. Lo que sucede, en cambio, es que los personajes están obligados a actuar según las leyes del mundo en que viven. O sea que el narrador es prisionero de sus propias decisiones iniciales.

Otra historia curiosa fue la del laberinto. Todos los laberintos que conocía -y tenía a mi disposición el bello estudio de Santarcangeli- eran laberintos al aire libre. Los había bastante complicados y llenos de circunvoluciones. Pero yo necesitaba un laberinto cerrado (¿habéis visto alguna vez una biblioteca al aire libre?) y si el laberinto era demasiado complicado, con muchos pasillos y salas internas, la aireación sería insuficiente. Y para alimentar el incendio (eso sí que lo tenía claro: al final el Edificio debía arder; pero también por razones cosmológicohistóricas: en el Medioevo las catedrales y los conventos ardían como cerillas; imaginar una historia medieval sin incendio es como imaginar una película de guerra en el Pacífico sin un avión de caza que se precipita envuelto en llamas) se necesitaba una buena aireación. Así fue como durante dos o tres meses me dediqué a construir un laberinto idóneo, y al final tuve que añadirle troneras, porque, si no, el aire hubiese seguido siendo insuficiente.






en Apostillas a El nombre de la rosa, 1985














jueves, diciembre 09, 2010

El navegante

Fragmento del poema anónimo de aproximadamente el s. IX



Puedo cantar sobre mí mismo un canto verdadero; puedo narrar mis viajes. En días de opresión padeció mi pecho rigores. Las naves fueron para mí cárceles de ansiedad. Terrible era el tumulto de las olas. Me encorvó muchas veces la estrecha guardia de la noche en la proa del barco, al golpear los acantilados. Atravesados por el frío fueron mis pies, atados con helados vínculos por la escarcha. Hervían las penas y me quemaban el corazón; desde adentro el hambre desgarraba el ánimo del hombre, fatigado de mares. Quien es venturoso en la tierra ignora mis andanzas por los caminos del exilio, sin compañeros... El granizo volaba en ráfagas. Nada oía yo salvo el clamor del mar, la ola fría como el hielo. A ratos el grito del cisne. En lugar de la risa de los hombres me acompañaba el grito de la gaviota. La tormenta, que azotaba los acantilados de piedra, contestaba al águila de plumas heladas y húmedas de rocío. El águila gritaba amenazadora. Ningún hombre de mi linaje podía consolar mi abandonado corazón. A quien suberbio y exaltado de vino goza de la vida en su castillo, poco le importa lo que yo sufro navegando. Anocheció, nevó desde el norte y cayó sobre la tierra el granizo, la más fría de las simientes. Por todo ello urge mi corazón la voluntad de enfrentar yo mismo las corrientes saladas, el alto juego de las olas. Todo mi ser me mueve a buscar una tierra de extraña gente, lejos de aquí. No hay un hombre en el mundo tan altivo, tan generoso de ánimo, y tan confiado en su juventud, tan resuelto en sus actos, que no sienta la ansiedad del próximo viaje y lo que le reserva el Señor. No tiene ánimo para el arpa, ni para la distribución de sortijas, ni para el deleite de la mujer, ni para la grandeza del mundo; sólo le importan las altas corrientes heladas. Siempre está ansioso el que desea navegar. Los bosques se cubren de flores, las ciudades resplandecen, las praderas se adornan, el mundo se renueva. Todas esas cosas incitan al animoso a emprender el viaje, a perderse lejos por los caminos del agua.












Pintura: "Battle Scene from the Comic Fantastic Opera
'The Seafarer' (1923), de Paul Klee








Traducción de Jorge Luis Borges y María Kodama











miércoles, diciembre 08, 2010

“La noche que lo dejaron solo”, de Juan Rulfo







-¿Por qué van tan despacio? -les preguntó Feliciano Ruelas a los de adelante-. Así acabaremos por dormirnos. ¿Acaso no les urge llegar pronto?
-Llegaremos mañana amaneciendo -le contestaron.-

Fue lo último que les oyó decir. Sus últimas palabras. Pero de eso se acordaría después, al día siguiente

Allí iban los tres, con la mirada en el suelo, tratando de aprovechar la poca claridad de la noche

"Es mejor que esté oscuro. Así no nos verán". También habían dicho eso, un poco antes, o quizá la noche anterior. No se acordaba. El sueño le nublaba el pensamiento

Ahora, en la subida, lo vio venir de nuevo. Sintió cuando se le acercaba, rodeándolo como buscándole la parte más cansada. Hasta que lo tuvo encima, sobre su espalda, donde llevaba terciados los rifles.

Mientras el terreno estuvo parejo, caminó de prisa. Al comenzar la subida, se retrasó; su cabeza empezó a moverse despacio, más lentamente conforme se acortaban sus pasos. Los otros pasaron junto a él, ahora iban muy adelante y él seguía balanceando su cabeza dormida.

Se fue rezagando. Tenía el camino enfrente, casi a la altura de sus ojos. Y el peso de los rifles. Y el sueño trepado allí donde su espalda se encorvaba.

Oyó cuando se le perdían los pasos: aquellos huecos talonazos que había venido oyendo quién sabe desde cuándo, durante quién sabe cuántas noches: "De la Magdalena para allá, la primera noche; después de allá para acá, la segunda, y ésta es la tercera. No serían muchas -pensó-, si al menos hubiéramos dormido de día. Pero ellos no quisieron: ‘Nos pueden agarrar dormidos -dijeron-. Y eso sería lo peor’”.

-¿Lo peor para quién?

Ahora el sueño le hacía hablar. "Les dije que esperaran: vamos dejando este día para descansar. Mañana caminaremos de filo y con más ganas y con más fuerzas, por si tenemos que correr. Puede darse el caso".

Se detuvo con los ojos cerrados. "Es mucho -dijo-. ¿Qué ganamos con apurarnos? Una jornada. Después de tantas que hemos perdido, no vale la pena". En seguida gritó: "¿Dónde andan?".

Y casi en secreto: "Váyanse, pues. ¡Váyanse!".

Se recostó en el tronco de un árbol. Allí estaban la tierra fría y el sudor convertido en agua fría. Esta debía de ser la sierra de que le habían hablado. Allá abajo el tiempo tibio, y ahora acá arriba este frío que se le metía por debajo del gabán: “Como si me levantaran la camisa y me manosearan el pellejo con manos heladas".

Se fue sentando sobre el musgo. Abrió los brazos como si quisiera medir el tamaño de la noche y encontró una cerca de árboles. Respiró un aire oloroso a trementina. Luego se dejó resbalar en el sueño, sobre el cochal, sintiendo cómo se le iba entumeciendo el cuerpo.



Lo despertó el frío de la madrugada. La humedad del rocío.

Abrió los ojos. Vio estrellas transparentes en un cielo ralo, por encima de las ramas oscuras.

"Está oscureciendo", pensó. Y se volvió a dormir.

Se levantó al oír gritos y el apretado golpetear de pezuñas sobre el seco tepetate del camino. Una luz amarilla bordeaba el horizonte.

Los arrieros pasaron junto a él, mirándolo. Lo saludaron: "Buenos días", le dijeron. Pero él no contestó.

Se acordó de lo que tenía que hacer. Era ya de día. Y él debía de haber atravesado la sierra por la noche para evitar a los vigías. Este paso era el más resguardado. Se lo habían dicho.

Tomó el tercio de carabinas y se las echó a la espalda. Se hizo a un lado del camino y cortó por el monte, hacia donde estaba saliendo el sol. Subió y bajó, cruzando lomas terregosas.

Le parecía oír a los arrieros que decían: "Lo vimos allá arriba. Es así y asado, y trae muchas armas".

Tiró los rifles. Después se deshizo de las carrilleras. Entonces se sintió livianito y comenzó a correr como si quisiera ganarles a los arrieros la bajada.

Había que "encumbrar, rodear la meseta y luego bajar". Eso estaba haciendo. Obre Dios. Estaba haciendo lo que le dijeron que hiciera, aunque no a las mismas horas.

Llegó al borde de las barrancas. Miró allá lejos la gran llanura gris.

"Ellos deben estar allá. Descansando al sol, ya sin ningún pendiente", pensó.

Y se dejó caer barranca abajo, rodando y corriendo y volviendo a rodar.

"Obre Dios", decía. Y rodaba cada vez más en su carrera.

Le parecía seguir oyendo a los arrieros cuando le dijeron: "¡Buenos días!". Sintió que sus ojos eran engañosos. Llegarán al primer vigía y le dirán: "Lo vimos en tal y tal parte. No tardará en estar por aquí".

De pronto se quedó quieto.

"¡Cristo!", dijo. Y ya iba a gritar: "¡Viva Cristo Rey!", pero se contuvo. Sacó la pistola de la costalilla y se la acomodó por dentro, debajo de la camisa, para sentirla cerquita de su carne. Eso le dio valor. Se fue acercando hasta los ranchos del Agua Zarca a pasos queditos, mirando el bullicio de los soldados que se calentaban junto a grandes fogatas.

Llegó hasta las bardas del corral y pudo verlos mejor; reconocerles la cara: eran ellos, su tío Tanis y su tío Librado. Mientras los soldados daban vuelta alrededor de la lumbre, ellos se mecían, colgados de un mezquite, en mitad del corral. No parecían ya darse cuenta del humo que subía de las fogatas, que les nublaba los ojos vidriosos y les ennegrecía la cara.

No quiso seguir viéndolos. Se arrastró a lo largo de la barda y se arrinconó en una esquina, descansando el cuerpo, aunque sentía que un gusano se le retorcía en el estómago.

Arriba de él, oyó que alguien decía:

-¿Qué esperan para descolgar a ésos?
-Estamos esperando que llegue el otro. Dicen que eran tres, así que tienen que ser tres. Dicen que el que falta es un muchachito; pero muchachito y todo, fue el que le tendió la emboscada a mi teniente Parra y le acabó su gente. Tiene que caer por aquí, como cayeron esos otros que eran más viejos y más colmilludos. Mi mayor dice que si no viene de hoy a mañana, acabalamos con el primero que pase y así se cumplirán las órdenes.
-¿Y por qué no salimos mejor a buscarlo? Así hasta se nos quitaría un poco lo aburrido.
-No hace falta. Tiene que venir. Todos están arrendando para la Sierra de Comanja a juntarse con los cristeros del Catorce. Éstos son ya de los últimos. Lo bueno sería dejarlos pasar para que les dieran guerra a los compañeros de Los Altos.
-Eso sería lo bueno. A ver si no a resultas de eso nos enfilan también a nosotros por aquel rumbo.

Feliciano Ruelas esperó todavía un rato a que se le calmara el bullicio que sentía cosquillearle el estómago. Luego sorbió tantito aire como si se fuera a zambullir en el agua y, agazapado hasta arrastrarse por el suelo, se fue caminando, empujando el cuerpo con las manos.

Cuando llegó al reliz del arroyo, enderezó la cabeza y se echó a correr, abriéndose paso entre los pajonales. No miró para atrás ni paró en su carrera hasta que sintió que el arroyo se disolvía en la llanura.

Entonces se detuvo. Respiró fuerte y temblorosamente.






en El llano en llamas, 1953














martes, diciembre 07, 2010

«Muros», de Konstantinos Kavafis





Sin consideración, sin piedad, sin recato
en torno mío construyeron grandes y altos muros.

Y ahora estoy aquí y me desespero.
No pienso en otra cosa: mi espíritu devora este destino;

porque muchas cosas tenía yo que hacer afuera.
Ah, cómo no estuve atento cuando los muros construían.

Pero nunca escuché ruido ni rumor de albañiles.
Imperceptiblemente fuera del mundo me encerraron.




 
Versión de la traducción de Miguel Castillo Didier



















lunes, diciembre 06, 2010

“Para poder escribir debo estar contenta”. Entrevista a María Luisa Bombal, de Martín Laso







María Luisa Bombal, viñamarina de nacimiento y ascendencia francesa, refinada, culta, con mucho sentido del humor y por sobre todas las cosas escritora, nos recibe en un amplio y acogedor departamento.

A María Luisa Bombal, a pesar de no haber tomado nunca los pinceles, le gusta mucho la pintura y es gran conocedora de ella a través de su primer marido, Jorge Larco, un excelente pintor argentino, de quien enviudó muy joven. Su segundo marido, Fal de SaintPhalle era francés, de familia de banqueros, quien para seguir su carrera se nacionalizó norteamericano. Por ese motivo María Luisa vivió muchos años en Estados Unidos, donde tiene actualmente una hija norteamericana y paradójicamente doctora en matemáticas.

A pesar de haber nacido cerca del mar, confiesa que le gustan más los ríos y los bosques y que le fascina el sur de Chile. La cordillera, en cambio, la atemoriza; le gusta sólo para verla de lejos como un hermoso y gran telón de fondo.

Le gustan los caballos y los perros policiales.

Se ha acostumbrado a vivir en Santiago, donde hay más vida artística y literaria. Tiene muy buenos amigos entre la gente de letras. De ellos se refiere especialmente, con gran cariño y admiración, a Alone, Hernán Díaz Arrieta, a quien suele visitar.

Cuando vivió en Argentina escribió artículos y crítica cinematográfica en la revista Sur y después enviaba sus colaboraciones desde Washington. Recuerda que, estando en Buenos Aires, Libertad Lamarque le pidió que le escribiera un guión cinematográfico, a lo que ella accedió: fue el de la película "La casa del recuerdo".




¿Usted ha escrito poco o ha publicado poco?
Hay muchas cosas que no he publicado, pero ya lo haré. Tengo que retomarlas y pulirlas.

¿Ha publicado sólo tres obras?
Sí. La última niebla, en 1934; La amortajada, en 1938 y La historia de María Griselda. Este libro se editó primero en Quillota y después en Santiago.

Ahora, ¿en qué está trabajando?
Hace dos años que estoy trabajando en una novela, pero diversas circunstancias me han dado poca ocasión de concentrarme lo suficiente como para terminarla. Esto me inquieta, pues hay un personaje de esa novela que se me ha transformado en una obsesión. A veces, en sueños, lo veo sentado a los pies de mi cama, desde donde me dirige reproches porque no termino de escribir el libro. Despierto desesperada. Además estoy escribiendo dos cuentos muy lindos, uno se llama "Noche de luna", es muy difícil explicarlo, pues es muy sutil. El otro se llamará "El Señor de mayo", porque trata de lo que sucede a una familia antes y después del terremoto.

¿Cuánto se demoró en escribir La última niebla?
Un año. En cada libro he demorado un año.

De sus obras, ¿cuál considera la más importante?
Todas. Para mí son importantes todas. Me cuesta tanto escribirlas que me enamoro de ellas.

Sus libros, ¿le han dado dinero?
Sí, bastante, lo que no es lo acostumbrado. Mis libros se han publicado en diversos países. Yo misma los traduje al inglés, ayudada por un diccionario. Lo curioso es que del inglés se han hecho las traducciones a los otros idiomas, no del castellano.

Usted también publicaba en revistas…
Sí. En la revista Sur publiqué muchos artículos y críticas cinematográficas.

¿Conoció a Victoria Ocampo?
¡Por supuesto! Era mi editora. En esa época yo formaba parte de los escritores jóvenes, así es que la trataba con mucho respeto. Conmigo fue muy generosa, no me cobró nunca el porcentaje que su Editorial Sur debía recibir por las traducciones de mi obra a otros idiomas. Yo he sido la única escritora chilena que ella publicó. Victoria Ocampo era una mujer muy interesante, muy inteligente, de figura majestuosa, dueña de una gran fortuna, de su editorial, de la revista, una verdadera reina de las letras. Invitaba a Buenos Aires a grandes escritores, como Ortega y Gasset, y otros.

¿Con qué escritores ha tenido usted amistad o se ha sentido ligada?
Con Pablo Neruda, a quien conocí aquí, y luego traté mucho en Buenos Aires. También conocí bastante a García Lorca. Era un hombre encantador, muy entretenido, lleno de sencillez. Cuando nos reuníamos un grupo de amigos, nos recitaba apenas se lo pedíamos. Recuerdo que tenía mucho talento y gran sentido del humor.

En Viña y Valparaíso hay un movimiento de escritores y poetas jóvenes. ¿A quién conoce de ellos?
A Sara Vial, a quien admiro mucho. Como poeta es tan alegre, tal como es ella misma, atrayente y llena de vitalidad. Patricia Tejeda es otra escritora a quien considero muy importante.

En Santiago, ¿hace alguna vida literaria?
Por supuesto. Me veo con muchos poetas y escritores, incluso vivo con una poeta, Isabel Velasco.

¿Cómo es su horario para escribir?
Antes era muy ordenado. Escribía todos los días después de almuerzo, toda la tarde, ahora ando un poco desconcentrada. Pero a menudo, mientras estoy sentada conversando o escuchando conversar a otros, de repente me encuentro escribiendo mentalmente, tomando notas, que luego me apresuro a escribir, pero sin ponerme hora fija, sólo hasta que puedo.

¿Sabe exactamente lo que va a escribir?
Sé exactamente qué escena voy a escribir y dónde pondré tal o cual pensamiento. Generalmente va coincidiendo en el papel lo que yo tengo en la mente. Pero para poder escribir tengo que estar contenta, tener calma. No puedo hacerlo cuando no me siento bien. No entiendo que haya escritores que se fijan metas de tantas páginas o palabras por día. Yo creo que hay que estar en ánimo de escribir.

De los poetas chilenos, ¿cuál prefiere?
Gabriela Mistral.

¿La conoció?
Mucho. Aún conservo cartas de ella. La conocí en Argentina, después en Estados Unidos la vi mucho; cada vez que ella iba a Washington o a Nueva York preguntaba por mí y pedía que me ubicaran para vernos. Era un ser muy encantador, muy generoso, se interesaba mucho por la gente. Era tan profunda y tan sencilla…

¿Qué otros poetas chilenos le gustan?
Desde luego Pablo Neruda. También Juan Guzmán Cruchaga, a quien conocí mucho en Viña. Es un poeta que no cambió con los años, es el mismo en todos sus libros. El último de ellos me pareció muy lindo. También me gusta mucho la poesía de González Urízar.

¿Le gustan los poetas modernos?
Hay algunos que me parecen muy buenos: Sergio Hernández, Jaime Saavedra, de trágico fin. Su libro, Recalada incierta, me gustó mucho. Isabel Velasco es una excelente poeta.

¿Y entre los prosistas?
González Vera, a quien conocí hace muchos años vendiendo pieles tras un mostrador. Recuerdo que Marta Brunet me lo presentó. Otro escritor que siempre me ha gustado mucho es Pedro Prado.

¿Qué sensación tiene respecto al Premio Nacional de Literatura, o sea, qué siente cuando se lo dan a otra persona y no a usted?
Me da un ataque de rabia, pero después se me pasa… gracias a Dios.

¿Cómo definiría usted su fe religiosa?
Yo creo en Dios, en la Santísima Virgen, en la Historia Sagrada, en lo que dice la Biblia. Siento la fe. He tenido épocas en mi vida en que he estado muy enojada con Dios, pero después me he dado cuenta de que es inútil. Dios gana siempre. Soy bastante religiosa, pero tengo un entendimiento especial con Dios. Voy a misa cuando quiero ir y sé que Dios me comprende.

¿A usted le gustaría vivir hasta una edad muy avanzada?
No. No me gustaría, porque me desagrada estar enferma. Vivir sí, pero teniendo buena salud, con ánimo para disfrutar de los buenos momentos. Estar enferma es como vivir en vano.




en Qué Pasa, nº471, 24 de abril de 1980















domingo, diciembre 05, 2010

"Muchacha de las cimas, Nepal", de Carl Norac

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio




La miro peinarse muy cerca de un tejado del mundo. La espalda de los pájaros le sirve de espejo. Ella mide sus senos en las franjas de una niebla que asciende. Su vestido se confunde con el decorado donde no encuentro lugar para mí. Sin embargo, cuando me acerco, ella se levanta, libera sus manos, parece que me toma a la distancia. Ella resuena un instante mi deseo contra sus caderas. Luego, sin la menor ruptura, ella me ignora tiñendo sus cabellos, incansablemente, en la mantequilla y el viento.












Fille des cimes, Népal

Je la regarde se peigner si près d'un toit du monde. Le dos des ouiseaux lui sert de miroir. Elle mesure ses seins aux franges d'un brouillard qui monte. Son vêtement drapé se confond au décor où j'éprouve tant de peine à me trouver une place. Cepedant, à mon approche, elle se relève, libère ses mains, semble à distance me ramasser. Elle roule un instant mon désir contre ses hanches. Puis, sans la moindre rupture, elle m'ignore en repeignant ses cheveux, inlassablement, dans le vent et le beurre.










sábado, diciembre 04, 2010

“Ya hablaremos de nuestra juventud”, de Pedro Lastra







Ya hablaremos de nuestra juventud,
ya hablaremos después, muertos o vivos
con tanto tiempo encima,
con años fantasmales que no fueron los nuestros
y días que vinieron del mar y regresaron
a su profunda permanencia.

Ya hablaremos de nuestra juventud
casi olvidándola,
confundiendo las noches y sus nombres,
lo que nos fue quitado, la presencia
de una turbia batalla con los sueños.

Hablaremos sentados en los parques
como veinte años antes, como treinta años antes,
indignados del mundo,
sin recordar palabra, quiénes fuimos,
dónde creció el amor,
en qué vagas ciudades habitamos.




en Noticias del extranjero, 1998














viernes, diciembre 03, 2010

Palabras censuradas de Gladys Marín sobre la Teletón





Ha sido bastante impactante –por decirlo menos- la convocatoria que ha hecho la gente de de la Teletón para que te des un beso con Joaquín Lavín y así aportar 40 millones de pesos a la institución, ¿qué opinas tú al respecto?
Mira, primero, que hay gente en este país y hay grupos en este país que pueden aportar de inmediato ahora, en este segundo, más de 40 millones de pesos. Fíjate que si solamente yo hago la propuesta a cambio de que los grandes grupos económicos en este país –me estoy refiriendo al señor Angelini, al señor Said, al señor Carlos Matte, a Luksic, y otros y otros y las transnacionales, la CTC, la Endesa España, etc., etc., aporten el 1% de sus utilidades, 1%. Y sepan ustedes que con el 1% de esas utilidades se completa la Teletón en forma permanente, permanente y además se soluciona el problema de la salud en forma permanente. Los que tienen generosidad del alma y no hacen de la generosidad un acto de negocio, espectáculo, que entreguen la plata ahora, sin necesidad de estar pidiendo, de convertir este hecho, doy plata a cambio de un hecho político, porque todo el mundo sabe: lo que están planteando es un hecho político de gran envergadura, que tiene otro significado, se sabe muy bien, aquí en Chile nos conocemos, las diferencias que hay entre un Lavín y una Gladys Marín, no es verdad, que no se solucionan en la subasta, en el espectáculo ni en el mercado: yo para eso No. No. Y lo digo en beneficio de la nobleza y del contenido más profundo que tiene la Teletón. Los que tienen plata, por favor, sin necesidad de estar haciendo propaganda a sus empresas y sus productos, entreguen la platita ahora, el 1% de las utilidades y los que ganan sobre 10 millones de pesos, un 1% les significa 100 mil pesos; vayan a entregarlo a la Teletón en forma generosa sin poner condicionamientos, y sin hacer de esto, insisto, el mercado y el espectáculo.

Joaquín Lavín dijo que él sí lo haría, ¿qué opina sobre eso?
Ah, yo creo que Joaquín Lavín, fíjate, puede hacer algo mejor: entregar plata, porque la campaña presidencial a él le costó tantos millones de pesos, tiene tanta plata, son accionistas, también el señor Piñera, pongan plata sin querer hacer de esto, que insisto, un espectáculo para aparecer en la televisión o en los medios públicos. Pongan plata en forma silenciosa y solucionen para siempre el tema de la Teletón, porque además el tema de la Teletón, fíjate, significa tanto sacrificio, es una cosa hermosa, es generosa, y entonces por lo tanto, fíjate, que yo creo que aquí falta que el Estado dé una solución definitiva al tema de los discapacitados, no estar recurriendo un poco todos los años a esto, que es bueno, pero que no es lo permanente, que los políticos hagan política, que estudien y que legislen, más que estar también en el espectáculo y que terminemos la corrupción en Chile, tendríamos plata de sobra para muchas Teletones y para cubrir muchos problemas que tenemos aquí en el país. Pero para eso no, porque o si no llegaríamos, no es verdad, a que el fin justifica los medios, No, no, no, no, un fin noble tiene que tener medios claros y honestos, así es que el señor Joaquín Lavín se quede esperando. A la cola, a la cola Lavín, a la cola. A la cola para el que quiere, como dicen...























jueves, diciembre 02, 2010

“Neoconceptualismo, una posibilidad inexplorada”, de Alan Meller







Las vanguardias artísticas del siglo XX, eclosionan ante la perspectiva de una sociedad en ciernes. La necesidad de crear las bases para dicha sociedad parece inminente. Surgen los primeros ensayos artísticos, con programas y manifiestos opuestos al tipo de arte que los precedía. Las vanguardias buscan reinventar el arte, la función, y los mecanismos para generarlo. Los manifiestos vanguardistas responden a una actitud adánica. El nacimiento del Nuevo Hombre debía programarse anticipadamente. La fe depositada sobre este Nuevo Hombre, sobre este Nuevo Arte, era absoluta. El manifiesto era el llamado intelectual para la emancipación del ser y del arte; en definitiva, del ser a través del arte.

La sociedad actual parece no generar movimientos artísticos por medio de los cuales el hombre pretenda encontrar un nuevo camino que conceda una absolución teleológica. En este contexto, dado por la ausencia de programas generadores de un lenguaje universal, surge el Neoconceptualismo.

El Neoconceptualismo no es el estado final de la literatura. Es simplemente una posibilidad inexplorada. Al mismo tiempo, es consecuencia de una tendencia ineludible. El Neoconceptualismo se funda, utilizando una mueca inexpresiva, en un género del pasado: el manifiesto. Si el manifiesto tradicionalmente (en las vanguardias artísticas) era el símbolo de la delimitación, el manifiesto neoconceptual simboliza, en esa delimitación, la expansión de los límites posibles de la literatura.

La literatura pierde su relación originaria. Los textos se recontextualizan -en un nuevo conjunto-. Llamemos al texto resultante texto neoconceptual y al texto del cual éste surge, texto origen. Si partimos de la base de que todo texto literario utiliza un lenguaje preexistente, podríamos sostener que todo texto literario es, en ese sentido, un texto neoconceptual, que utiliza la materialidad de ese texto origen, finalmente el lenguaje. Pero la literariedad, como bien comprendieron los fenomenólogos, no está dada simplemente por el uso del lenguaje. Si así fuese, no podría distinguirse el habla coloquial del texto literario (como a veces sucede). El lenguaje es la base de los textos literarios. Los textos literarios son la base del texto neoconceptual. El distanciamiento con el lenguaje entra en abismo.

Los resultados son, quizás, menos armónicos que las obras construidas por un escritor tradicional, pero no por ello menos originales. Aún cuando el mismo concepto de originalidad se vea afectado con esta práctica. El significado del texto origen se aniquila parcialmente, creando cadenas de significantes, huérfanas del padre original, adoptando un nuevo significado provisto por el falso padre. El Neoconceptualismo es una literatura bastarda, pero literatura al fin.






2001