sábado, marzo 28, 2009

“El cuento de la segunda monja”, de Geoffrey Chaucer






Según consta en su vida, la hermosa virgen Cecilia na­ció de una noble familia romana y fue educada desde la cuna en la fe de Cristo, cuyo Evangelio nunca estu­vo ausente de sus pensamientos. Y he visto escrito que jamás cesó de amar y temer a Dios o rezarle para que le conservase su virginidad. Ahora bien, cuando ella iba a casarse con un joven llamado Valeriano y llegó el día de la boda, era tal la humildad y la piedad de su espíritu, que llevaba sobre la piel una tela de saco, oculta bajo una túnica dorada que le senta­ba muy bien. Y cuando el órgano sonó una pieza musical, ella, en lo recóndito de su corazón, entonó a Dios el siguien­te cántico:

- Oh, Señor, guarda mi alma y mi cuerpo y mantenlos sin mácula, para que no perezca. (Cada dos días ayunaba y se entregaba a rezos continuos y fervientes por el amor de Aquel que murió en el madero).

Llegó la noche, y cuando, según la costumbre, debía irse a la cama con su esposo, le habló en privado a éste y le dijo:

- Dulce, querido y amantísimo esposo. Existe un secreto que puede ser que te guste oír. Te lo contaré si me prometes que no lo vas a revelar.

Valeriano se comprometió bajo juramento a que nunca le traicionaría en circunstancia alguna, pasase lo que pasase. Al fin le dijo ella:

- Tengo un ángel que me ama con un amor tan grande, que tanto si estoy despierta como dormida siempre está aler­ta vigilando mi cuerpo. Si él se da cuenta de que tú me tocas o me das amor carnal, te matará en el acto sin dudarlo ni un momento, por lo que morirías en la flor de la juventud. Pero si me proteges con un amor puro, gracias a tu pureza te ama­rá tanto como a mí y te revelará su resplandor y su gozo.

Valeriano, inspirado de esta forma de acuerdo con la vo­luntad de Dios, repuso:

- Si tengo que confiar en ti, déjame ver a este ángel y dar­le un vistazo. Si resulta ser un verdadero ángel, actuaré como me has pedido; pero si amas a otro hombre, entonces, crée­me os mataré a ambos, aquí mismo con esta espada.

A lo que Cecilia replicó inmediatamente:

- Verás el ángel si así lo quieres, pero ha de ser con la con­dición de que creas en Cristo y recibas el bautismo. Sal y di­rígete a la Vía Apia*, que está solamente a tres millas de esta ciudad, y habla a la gente pobre que vive allí, según te instrui­ré. Diles que yo, Cecilia, te envío a ellos para que te lleven hasta el buen anciano Urbano por motivos secretos y una santa finalidad. Cuando tú veas a San Urbano, dile lo que te he contado; y cuando hayas sido bautizado y estés limpio de pecado, entonces, antes de irte, verás a ese ángel.

De acuerdo con estas instrucciones, Valeriano se fue hacia dicho lugar y allí encontró a este santo varón Urbano, tal como se lo había dicho, oculto entre las catacumbas de los santos.

No perdió tiempo en darle el mensaje. Después de recibir­lo, Urbano alzó las manos de alegría y dejó que las lágrimas resbalasen por sus mejillas.

- Dios Todopoderoso, ¡oh, Señor Jesucristo! -dijo él-. Tú, Sembrador del ideal casto y Pastor de todos nosotros, toma para ti el fruto de esta semilla de castidad que Tú has sembrado en Cecilia. Como una abeja, laboriosa e inocente, tu doncella Cecilia te sirve continuamente. El esposo que ha tomado, que estaba como un león rampante, lo ha enviado aquí hacia ti, suave como un corderito.

Y mientras el anciano estaba hablando, otro anciano ves­tido con ropajes de una blancura radiante, que llevaba en su mano un libro escrito con letras de oro, se apareció súbita­mente y se quedó inmóvil de pie frente a Valeriano. Al verlo, Valeriano cayó al suelo aterrorizado y como muerto, a lo que el otro, asiéndole, empezó a leer el libro:

- Un Señor, una Fe, un Dios solamente; una Cristiandad, un Padre para todos vosotros, omnipresente y supremo. Todas estas palabras estaban escritas en oro.

Cuando ter­minó de leerlas, el anciano exclamó:

- ¿Crees o no crees en estas palabras? Responde sí o no.
-Todo esto creo -replicó Valeriano-. Pues me atrevo a sostener que ningún hombre puede concebir nada más cier­to bajo el cielo.

Después de ello el anciano se desvaneció en el aire, sin que él supiera adónde había ido, y el Papa Urbano hizo un cris­tiano de él allí mismo.

Valeriano regresó a casa y encontró a Cecilia de pie en su habitación con un ángel. El ángel llevaba en sus manos dos guirnaldas, una de rosas y otra de lirios; tengo entendido que dio la primera a Cecilia y luego la segunda se la entregó a su marido Valeriano.

- Conserva siempre estas guirnaldas, con pureza de cuer­po y mente sin mácula -dijo él-. Las he traído a vosotros desde el Paraíso; os aseguro que no se marchitarán nunca, ni perderán su dulce aroma, ni la verá ninguna persona, a me­nos de que sea casta y odie la maldad. En cuanto a ti, Vale­riano, por haber reaccionado tan rápidamente al buen conse­jo, puedes pedirme lo que desees y te será concedido.

A esto Valeriano replicó:

- Tengo un hermano al que amo más que a ningún hom­bre. Te ruego que le dejes tener la gracia de conocer la verdad como yo la he conocido aquí.
- Tu petición -respondió el ángel- es agradable a Dios: ambos asistiréis a su fiesta celestial portando la palma del martirio.

Mientras hablaba llegó Tiburcio, el hermano de Valeriano. Percibiendo el aroma que se desprendía de las rosas y de los lirios, quedó profundamente asombrado en su fuero interno.

- ¿De dónde proviene este dulce olor a rosa y lirio que se nota en este aposento y en esta época del año? -dijo-. El aroma difícilmente sería más penetrante si estuviese cogiéndolas con la mano. La dulce fragancia que percibo en mi co­razón ha cambiado todo mi modo de ser.
- Tenemos -le contó Valeriano- dos brillantes y res­plandecientes guirnaldas: una blanca como la nieve; la otra, roja rosada, que tus ojos no pueden ver. Pero como sea que recé para que tú pudieses olerlas, querido hermano, también las verás, si te apresuras a creer y a conocer la pura verdad.

Tiburcio repuso:

- ¿Me estás diciendo esto a mí o lo estoy oyendo en un sueño?
- Estate seguro, hermano, que los dos hemos estado so­ñando hasta ahora -replicó Valeriano-; pero ahora, por primera vez, estamos en la verdad.
- ¿Cómo lo sabes y de qué modo? -preguntó Tiburcio.
- Te lo explicaré -replicó Valeriano-.

La verdad me la enseñó el ángel de Dios que tú también podrás ver si renun­cias a los ídolos y quedas limpio; pero no podrás si sigues así. San Ambrosio decidió hablar sobre el milagro de las dos guirnaldas en uno de sus prefacios. El excelente y amador Doc­tor, solemnemente, dice así: «Para recibir la palma del martirio, Santa Cecilia, llena de la Gracia de Dios, abandonó el mundo e incluso su lecho de matrimonio; fue testigo de la conversa­ción de Tiburcio y Valeriano, a quien Dios en su bondad le pro­porcionó dos guirnaldas de flores suavemente perfumadas y se las envió por medio de su ángel. La doncella llevó a los dos hombres a la gloria eterna. El mundo ha aprendido verdaderamente la recompensa de la casta devoción al amor espiritual.

Entonces Cecilia demostró claramente a Tiburcio que to­dos los ídolos eran manifiestamente inútiles, pues no sola­mente son mudos, sino sordos; y le conminó a repudiarlos.

- El que no cree esto, verdaderamente no es más que una bestia del campo -dijo Tiburcio.

Al oír esto, ella le besó el pecho, contenta hasta más no poder de que pudiese ver la verdad.

- Desde hoy te tengo por camarada mío -le dijo esta bendita doncella, hermosa y amada-. Pues –prosiguió- del mismo modo que el amor de Cristo me hizo esposa de tu hermano, por este mismo motivo, ya que estás dispuesto a renunciar a tus ídolos, te tomo por camarada mío aquí y ahora. Ve ahora con tu hermano y que te bauticen; purifícate, además, para poder contemplar el rostro del ángel del que ha hablado tu hermano.
- Querido hermano -contestó Tiburcio-, primero dime adónde debo ir y a quién debo presentarme.
- ¿A quién? -exclamó Valeriano--. Esto sería algo mila­groso, me parece. ¿Quieres decir a ese Urbano que ha sido condenado a muerte tantas veces y vive en agujeros y rincones, hoy está aquí, mañana, allí, y no se atreve ni una sola vez a sacar fuera la cabeza? Si se le encontrase o se le denun­ciase, le quemarían en una hoguera y a nosotros también para hacerle compañía. Y mientras buscamos a esta Deidad que se oculta allí en el cielo, en este mundo vamos a acabar ardiendo en la hoguera.

Cecilia le contestó con decisión:

- Mi querido hermano, los hombres podrían muy bien temer, y con razón, el perder sus vidas si no existiese otra vida que ésta. Pero no temas: hay otra vida que nunca po­drá perderse. A través de su gracia, el Hijo de Dios nos lo ha dado a conocer. El Hijo de aquel Padre que hizo todas las cosas; y, ciertamente, el espíritu que procede del Padre ha dotado de alma a todas las criaturas con inteligencia y capacidad de raciocinio. En sus parábolas y milagros, mientras estaba en este mundo, el Hijo de Dios nos ha mostrado que hay otra vida donde los hombres pueden re­sidir.
-Querida hermana -replicó a esto Tiburcio-, ¿no me acabas de decir ahora mismo algo parecido a esto: que no hay más que un Dios, un único verdadero Señor? ¿Cómo es que ahora me hablas de tres?

Te lo explicaré antes de que haya acabado -dijo ella-. De la misma forma que un hombre posee tres facultades, memoria, imaginación y raciocinio, igualmente puede haber tres Personas en un único Ser Divino.

Entonces ella comenzó a predicarle en serio sobre la veni­da de Cristo al mundo y le relató todo lo referente a sus sufrimientos y particularidades de su Pasión: cómo, para redimir a la Humanidad que estaba sumida en pecado mortal, el Hijo de Dios se vio obligado a vivir en este mundo. Todas es­tas cuestiones se las explicó a Tiburcio. Después de esto, lleno de santa aspiración, se fue con Valeriano a ver al Papa Urbano, que dio gracias a Dios y le bautizó con el corazón lleno de gozo y contento. Allí entonces completó su ins­trucción y le convirtió en caballero de Dios. Después de esta ceremonia, Tiburcio alcanzó tal gracia, que cada día veía al ángel de Dios en este mundo temporal, y todas las gracias que le pedía a Dios se le concedían rápidamente.

Sería muy difícil relacionar los muchos milagros que Jesús realizó por su mediación; pero, finalmente, los oficiales de la ciudad de Roma les buscaron y prendieron, llevándoles ante el prefecto Almaquio, quien les examinó e interrogó hasta averiguar sus objetivos e intenciones. Entonces les envió ha­cia la estatua de Júpiter diciendo:

- Esta es mi sentencia: el que no ofrende sacrificios a Jú­piter será decapitado.

A continuación, un tal Máximo, oficial subordinado del prefecto, arrestó a los mártires a que me refiero, pero sintió compasión de ellos y se puso a llorar mientras se llevaban a los santos. Y cuando Máximo escuchó sus enseñanzas, obtu­vo permiso de los verdugos y se los llevó inmediatamente a su casa. Antes de que anocheciera, esas enseñanzas no solamente libraron a Máximo y a toda su familia de sus falsas creencias, sino también a sus ejecutores, e hicieron que todos ellos creyesen en un único Dios.

Al caer la noche, Cecilia vino con sacerdotes y les bautiza­ron a todos juntos. Más adelante, cuando clareó, les habló con suma gravedad:

Ahora, queridos soldados de Cristo, arrojad de vosotros todas las obras de las tinieblas y armaos todos con la armadu­ra de la luz. Habéis luchado una gran batalla en pos de la verdad; vuestra carrera ha sido corrida y habéis mantenido la fe. Id y recibir la corona inmarcesible de luz que el buen juez, a quien habéis servido, os dará según vuestros merecimientos**.

Poco después de haberles dirigido esas palabras fueron conducidos a efectuar el sacrificio. Sin embargo, cuando lle­garon al lugar, se negaron en redondo tanto a ofrendar sacri­ficios como incienso; en su lugar se arrodillaron con el cora­zón humilde y una firmísima devoción.

Fueron decapitados allí mismo; sus almas subieron direc­tamente al Rey de la gracia. Máximo, que lo había visto todo, fue testigo de todo, y llorando amargamente anunció que ha­bía visto a sus almas elevarse hacia el cielo ayudadas por án­geles de claridad y luz. Sus palabras convirtieron a muchos, y, por dicho motivo, Almaquio hizo que le azotasen con tal severidad con un láti­go de plomo, que su vida le abandonó.

Entonces Cecilia recogió su cadáver y, con gran secreto, le en­terró, junto a Tiburcio y a Valeriano, bajo una piedra de su pro­pio cementerio. Al enterarse, Almaquio ordenó inmediatamen­te a sus oficiales que fuesen en busca de Cecilia para que, públi­camente, pudiese realizar sacrificios y ofrecer incienso a Júpiter ante su presencia. Pero aquéllos, que habían sido convertidos por sus sabias enseñanzas, lloraron amargamente y, dando completo crédito a lo que ella afirmaba, gritaron una y otra vez:

- Cristo, el Hilo de Dios y su Co-Igual -que es servido por tan buen criado, es el verdadero Dios-, ésta es nuestra creencia y esto lo sostenemos unánimemente, aunque luego perezcamos.

Al enterarse de estos sucesos, Almaquio ordenó que le tra­jesen a Cecilia para poder verla. Y esto fue lo primero que él le preguntó:

- ¿Qué clase de mujer eres?
- Nací noble -dijo ella.

Te estoy preguntando por tu fe y tu religión, aunque esto puede ocasionarte problemas.

- Has empezado tu interrogatorio de un modo estúpido -replicó ella-. Tú esperas dos respuestas a una sola pregun­ta. Preguntaste como un tonto.

Ante esta insolencia, Almaquio replicó:

- ¿De dónde sacas estas respuestas tan despectivas?
- ¿De dónde? -respondió Cecilia-. De la conciencia y de una fe franca y buena.
- ¿No tienes respeto a mi autoridad? -añadió Almaquio.
- Tu poder no tiene nada para infundir temor; el poder de los hombres mortales no es más que una vejiga llena de aire. La punta de una aguja puede desinflar su hinchado orgullo.
- Tú empezaste mal y persistes en él -dijo-. ¿Ignoras que nuestros nobles y poderosos príncipes han dispuesto y ordenado que todo cristiano sufra castigo a menos que re­nuncie a su fe y quede libre abjurando de ella?
- Tus príncipes están equivocados y también lo están tus nobles -añadió Cecilia-. Nos haces culpables por una ley estúpida, aunque la verdad es que no somos culpables. Eres tú, que te das perfectamente cuenta de nuestra inocencia, que nos imputas el crimen y viertes odio sobre nosotros por­que reverenciamos a Cristo y llevamos el nombre de cristianos. Pero nosotros, que conocemos el poder de este nombre, no podemos abjurar de él.
-Tienes dos opciones a elegir -replicó Almaquio-. O bien realizar sacrificios, o renuncias a tu cristianismo. De este modo puedes librarte.

Al oír eso, la bendita y santa virgen se echó a reír.

- ¡Mira que estar condenada a escuchar semejante san­dez! -dijo ella al juez-. ¿Querrías que renunciase a la ino­cencia y me convirtiese en criminal? Miradle: se está ponien­do en ridículo frente a todo el tribunal; su mente delira, y mira fijo como un loco.
- ¡Desgraciada! -exclamó Almaquio-. ¿No te das cuen­ta del alcance de mi poder? ¿No me han concedido nuestros poderosos príncipes poder y autoridad para la vida o la muer­te? ¿Cómo te atreves a dirigirme la palabra con tanta arro­gancia?
- No hablo con arrogancia, sino con firmeza -profirió ella-. Por mi parte, puedo decir que nosotros, los cristianos, tenemos un odio mortal hacia el pecado de orgullo. Y si no tienes miedo de escuchar la verdad, yo demostraré pública­mente y de manera convincente que has proferido una monstruosa mentira. Tú dices que tus príncipes te han otor­gado poder de vida y muerte sobre la gente: tú solamente puedes destruir vidas. Tú no tienes otra autoridad o poder. Lo que tú sí puedes decir es que tus príncipes te han hecho servidor de la muerte. Si pretender ser más, mientes, pues tu poder es escaso.
- ¡Ya he tolerado bastante insolencia de tu parte! -excla­mó Almaquio-. Antes de que te vayas, haz sacrificios a nuestros dioses. No me importan los insultos que lances con­tra mí, pues los puedo soportar como un filósofo; pero lo que no soportaré serán los improperios que acumulas contra nuestros dioses.
- Tú, estúpida criatura -contestó Cecilia-. Desde el pri­mer momento en que abriste la boca, cada una de tus pala­bras me han proclamado tu estulticia y me has demostrado por todos los medios que eres un oficial ignorante y un juez impotente. Para lo que te sirven tus ojos corporales, podrías estar completamente ciego, pues una cara que vemos todos es una piedra, lo cual es completamente obvio, una piedra a la que tú llamas un dios. Sigue mi consejo, ya que no puedes hacer caso de esos ojos tuyos. Coloca tu mano sobre ella y pálpala: verás que es una piedra. ¿No te da vergüenza de que la gente se ría de ti y se mofe de tu estupidez? Pues todo el mundo sabe que Dios Todopoderoso está arriba en los cie­los, mientras que estos ídolos, como puedes ver fácilmente, no sirven de nada ni a ti ni a sí mismos; de hecho, no valen ni un cuarto.

Estas y otras parecidas palabras profirió Alicia hasta que Al­maquio se puso furioso y ordenó que se la llevasen a su casa.

- Quemadla en un baño de llamas en su propia casa -añadió él.

Y tal como lo mandó, se hizo. La introdujeron en una ba­ñera, que cerraron, y encendieron un gran fuego debajo, que mantuvieron encendido noche y día. Ella se pasó así toda la santa noche y el día siguiente, pero a pesar de todo el fuego y el calor del baño ella seguía fresca y sin sentir dolor alguno, ni siquiera sudaba.

Pero en aquella bañera tenía que perder la vida, pues, en la iniquidad de su corazón, Almaquio envió un mensajero con órdenes de asesinarla allí mismo. El verdugo le asestó tres golpes al cuello, pero no pudo cercenárselo del todo. Y como sea que en aquella época había una ley por la cual nadie po­dría sufrir el castigo de que le asestasen un cuarto golpe, ni ligero ni fuerte, no se atrevió a hacer más, y se marchó deján­dola allí medio muerta con el cuello abierto por los cortes. Los cristianos que estaban a su alrededor recogieron cuidadosamente la sangre en sábanas. Tres días vivió ella en medio de este tormento, sin dejar de enseñar y predicar la fe a los que ella había convertido. Les encargó que entregasen sus bienes y objetos al Papa Urbano diciendo:

- Pedí al Rey del Cielo tres días de respiro, no más, para poder encomendar estas almas a vosotros antes de marchar­me y encargaros que mi casa sea convertida en iglesia para siempre jamás.

San Urbano y sus diáconos se llevaron en secreto su cuer­po y lo enterraron de noche, honorablemente, junto a los de­más santos. Su casa se llama iglesia de Santa Cecilia; San Ur­bano fue quien la consagró como correspondía, hasta hoy, donde Jesucristo y su Santa han sido siempre venerados.




* La que une Roma con las cuatro catacumbas.
** Basado en II Timoteo IV: 7-8.






en Cuentos de Canterbury, s. XIV









viernes, marzo 27, 2009

"El mito de Sísifo", de Albert Camus







Los dioses habían condenado a Sísifo a subir sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.

Si se ha de creer a Homero, Sísifo era el más sabio y prudente de los mortales. No obstante, según otra tradición, se inclinaba al oficio de bandido. No veo en ello contradicción. Difieren las opiniones sobre los motivos que le llevaron a convertirse en el trabajador inútil de los infiernos. Se le reprocha, ante todo, alguna ligereza con los dioses. Reveló los secretos de éstos. Egina, hija de Asopo, fue raptada por Júpiter. Al padre le asombró esa desaparición y se quejó a Sísifo. Este, que conocía el rapto, se ofreció a informar sobre él a Asopo con la condición de que diese agua a la ciudadela de Corinto. Prefirió la bendición del agua a los rayos celestiales. Por ello le castigaron enviándole al infierno. Homero nos cuenta también que Sísifo había encadenado a la Muerte. Plutón no pudo soportar el espectáculo de su; imperio desierto y silencioso. Envió al dios de la guerra, quien liberó a la Muerte de las manos de su vencedor.

Se dice también que Sísifo, cuando estaba a punto de morir, quiso imprudentemente poner a prueba el amor de su esposa. Le ordenó que arrojara su cuerpo insepulto en medio de la plaza pública. Sísifo se encontró en los infiernos y allí, irritado por una obediencia tan contraria al amor humano, obtuvo de Plutón el permiso para volver a la tierra con objeto de castigar a su esposa. Pero cuando volvió a ver el rostro de este mundo, a gustar del agua y del sol, de las piedras cálidas y del mar, ya no quiso volver a la oscuridad infernal. Los llamamientos, las iras y las advertencias no sirvieron de nada. Vivió muchos años más ante la curva del golfo, la mar brillante y las sonrisas de la tierra. Fue necesario un decreto de los dioses. Mercurio bajó a la tierra a coger al audaz por el cuello, le apartó de sus goces y le llevó por la fuerza a los infiernos, donde estaba ya preparada su roca.

Se ha comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo. Lo es tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser se dedica a no acabar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra. No se nos dice nada sobre Sísifo en los infiernos. Los mitos están hechos para que la imaginación los anime. Con respecto a éste, lo único que se ve es todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, hacerla rodar y ayudarla a subir una pendiente cien veces recorrida; se ve el rostro crispado, la mejilla pegada a la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de arcilla, de un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de ese largo esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, se alcanza la meta. Sísifo ve entonces cómo la piedra desciende en algunos instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volver a subirla hasta las cimas, y baja de nuevo a la llanura.

Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. Un rostro que sufre tan cerca de las piedras es ya él mismo piedra. Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá jamás. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia. En cada uno de los instantes en que abandona las cimas y se hunde poco a poco en las guaridas de los dioses, es superior a su destino. Es más fuerte que su roca.

Si este mito es trágico lo es porque su protagonista tiene conciencia. ¿En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito? El obrero actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Pero no es trágico sino en los raros momentos en que se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde, conoce toda la magnitud de su miserable condición: en ella piensa durante su descenso. La clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no se venza con el desprecio.

Por lo tanto, si el descenso se hace algunos días con dolor, puede hacerse también con alegría. Esta palabra no está de más. Sigo imaginándome a Sísifo volviendo hacia su roca, y el dolor estaba al comienzo. Cuando las imágenes de la tierra se aferran demasiado fuertemente al recuerdo, cuando el llamamiento de la felicidad se hace demasiado apremiante, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma. La inmensa angustia es demasiado pesada para poder sobrellevarla. Son nuestras noches de Getsemaní. Pero las verdades aplastantes perecen de ser reconocidas. Así, Edipo obedece primeramente al destino sin saberlo, pero su tragedia comienza en el momento en que sabe. Pero en el mismo instante, ciego y desesperado, reconoce que el único vínculo que le une al mundo es la mano fresca de una muchacha. Entonces resuena una frase desmesurada: "A pesar de tantas pruebas, mi avanzada edad y la grandeza de mi alma me hacen juzgar que todo está bien". El Edipo de Sófocles, como el Kirilov de Dostoievski, da así la fórmula de la victoria absurda. La sabiduría antigua coincide con el heroísmo moderno.

No se descubre lo absurdo sin sentirse tentado a escribir algún manual de la felicidad. "¡Eh, cómo! ¿Por caminos tan estrechos...?" Pero no hay más que un mundo. La felicidad y lo absurdo son dos hijos de la misma tierra. Son inseparables. Sería un error decir que la dicha nace forzosamente del descubrimiento absurdo. Sucede también que la sensación de lo absurdo nace de la dicha. "Juzgo que todo está bien", dice Edipo, y esta palabra es sagrada. Resuena en el universo feroz y limitado del nombre. Enseña que todo no es ni ha sido agotado. Expulsa de este mundo a un dios que había entrado en él con la insatisfacción y la afición a los dolores inútiles. Hace del destino un asunto humano, que debe ser arreglado entre los hombres.

Toda la alegría silenciosa de Sísifo consiste en eso. Su destino le pertenece. Su roca es su cosa. Del mismo modo, el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos los ídolos. En el universo súbitamente devuelto a su silencio se elevan las mil vocecitas maravilladas de la tierra. Llamamientos inconscientes y secretos, invitaciones de todos los rostros constituyen el reverso necesario y el premio de la victoria. No hay sol sin sombra y es necesario conocer la noche. El hombre absurdo dice "sí" y su esfuerzo no terminará nunca. Si hay un destino personal, no hay un destino superior, o, por lo menos, no hay más que uno al que juzga fatal y despreciable. Por lo demás, sabe que es dueño de sus días. En ese instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida, como Sísifo vuelve hacia su roca, en ese ligero giro, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierte en su destino, creado por él, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado por su muerte. Así, persuadido del origen enteramente humano de todo lo que es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando.

Dejo a Sísifo al pie de la montaña. Se vuelve a encontrar siempre su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. Él también juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada fragmento mineral de esta montaña llena de oscuridad, forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso.












1951














jueves, marzo 26, 2009

“El caballo académico”, de Georges Bataille







En apariencia, nada en la historia del reino animal, simple sucesión de metamorfosis confusas, recuerda las determina­ciones características de la historia humana, las transforma­ciones de la filosofía, de las ciencias, de las condiciones eco­nómicas, las revoluciones políticas o religiosas, los períodos de violencia o de aberración... Por otro lado, esos cambios históricos dependen en primer lugar de la libertad convencionalmente atribuida al hombre, único animal al que se le per­miten desvíos en la conducta o en el pensamiento.

No es menos indiscutible que esa libertad, de la que el hombre se cree la única expresión, es también obra de un animal cualquiera, cuya forma particular expresa una opción gratuita entre innumerables posibilidades. En efecto, no im­porta que esa forma sea idénticamente repetida por sus con­géneres: la prodigiosa multiplicidad del caballo o del tigre no invalida en absoluto la libertad de la decisión oscura en la cual podemos hallar el principio de lo que dichos seres propia­mente son. Sólo falta establecer, a fin de eliminar una concepción arbitraria, una medida común entre las divergencias de las formas animales y las determinaciones contradictorias que trastornan periódicamente las condiciones de existencia de los hombres.

Hay alternancias de formas plásticas, ligadas a la evolución humana, análogas a las que presenta en algunos casos la evo­lución de las formas naturales. Así, el estilo académico o clá­sico, y su opuesto, todo lo barroco, demente o bárbaro, cons­tituyen dos categorías radicalmente diferentes que a veces co­rresponden a estados sociales contradictorios. Los estilos po­drían considerarse entonces como la expresión o el síntoma de un estado de cosas esencial y de igual modo las formas animales, que también pueden ser divididas en formas acadé­micas y dementes.

Antes de la conquista, la civilización de los galos era com­parable a la de las actuales tribus del África Central; desde el punto de vista social representaba una verdadera antítesis de la civilización clásica. Resulta fácil oponer a las conquistas sis­temáticas de los griegos o de los romanos las incursiones in­coherentes e inútiles de los galos a través de Italia o Grecia y, en general, a una constante capacidad de organización, la ines­tabilidad y la excitación sin consecuencias. Todo aquello que puede brindar a los hombres disciplinados conciencia de va­lor y de autoridad oficial: arquitectura, derecho teórico, cien­cia laica y literatura hecha por personas cultas, seguía siendo ignorado por los galos que nada calculaban, no concebían progreso alguno y daban rienda suelta a las sugestiones inme­diatas y a cualquier sentimiento violento.

Un hecho de orden plástico puede ofrecerse como correlato exacto de esta oposición. Desde el siglo IV a. C., los galos, que habían utilizado para sus intercambios comerciales algu­nas monedas importadas, comenzaron a acuñar las propias copiando ciertos modelos griegos, en particular unos diseños que tenían en el reverso la representación de un caballo (como las estatuas de oro macedónicas). Pero sus imitaciones no sólo presentan las deformaciones bárbaras habituales que derivan de la torpeza del grabador. Los caballos dementes imaginados por las diversas tribus no dependen tanto de una falla técnica como de una extravagancia positiva, llevando siempre hasta sus consecuencias más absurdas una primera interpretación esquemática.

La relación entre ambas expresiones, griega y gala, resulta tanto más significativa en la medida en que se trata de la forma noble y correctamente calculada de los caballos, ani­males que se cuentan con razón entre los más perfectos, los más académicos. Al respecto, por paradójico que pueda pa­recer, puede afirmarse que sin duda el caballo, situado por una curiosa coincidencia en los orígenes de Atenas, es una de las expresiones más acabadas de la idea, en el mismo gra­do, por ejemplo, que la filosofía platónica o la arquitectura de la Acrópolis. Y puede considerarse que toda representa­ción de ese animal en la época clásica exalta, no sin traslucir una común arrogancia, su profundo parentesco con el genio helénico. En efecto, pareciera que las formas del cuerpo, así como las formas sociales o las formas del pensamiento, tien­den hacia una especie de perfección ideal de la cual procede todo valor; como si la organización progresiva de esas for­mas procurara satisfacer poco a poco la armonía y la jerar­quía inmutables que la filosofía griega solía conferir propia­mente a las ideas, y exteriormente a los hechos concretos. En todo caso, el pueblo que más se sometió a la necesidad de ver qué ideas nobles e irrevocables regían y dirigían el curso de las cosas podía fácilmente traducir su obsesión re­presentando el cuerpo del caballo: los cuerpos repulsivos o cómicos de la araña o del hipopótamo no hubiesen respon­dido a esa elevación espiritual.

Los absurdos de los pueblos bárbaros están en contradic­ción con las arrogancias científicas, las pesadillas con los traza­dos geométricos, las caballos-monstruos imaginados en Galia con el caballo académico.

Los salvajes a quienes se les aparecieron esos fantasmas, inca­paces de reducir una agitación grotesca e incoherente, una suce­sión de imágenes violentas y horribles, a las grandes ideas directri­ces que brindan a los pueblos ordenados la conciencia de la auto­ridad humana, también eran incapaces de discernir claramente el valor mágico de las formas regulares representadas en las mone­das que les habían llegado. Sin embargo, una corrección y una inteligibilidad perfectas, que implicaban la imposibilidad de in­troducir elementos absurdos, se oponían a sus hábitos como un reglamento de policía se opone a los placeres del hampa. De he­cho se trataba de todo aquello que había paralizado necesaria­mente la concepción idealista de los griegos, fealdad agresiva, éx­tasis ligados a la visión de la sangre o al horror, aullidos desmesu­rados, es decir, lo que no tiene ningún sentido, ninguna utilidad, no ocasiona esperanza ni estabilidad, no confiere ninguna autori­dad: gradualmente, la dislocación del caballo clásico, llegando en último término al frenesí de las formas, transgredió la regla y logró realizar la expresión exacta de la mentalidad monstruosa de esos pueblos que vivían a merced de las sugestiones. Los innobles monos y gorilas equinos de los galos, animales de costumbres innombrables y llenos de fealdad, apariciones no obstante gran­diosas, prodigios perturbadores, representaron así una respuesta definitiva de la noche humana, burlesca y espantosa, a las simple­zas y a las arrogancias de los idealistas.

Hay que asimilar a esta oposición, aparentemente limita­da al campo de la actividad humana, las oposiciones equivalentes en el conjunto del reino animal. En efecto, es evidente que algunos monstruos naturales, como arañas, gorilas, hipo­pótamos, presentan una semejanza oscura aunque profunda con los monstruos imaginarios galos, insultando al igual que éstos la corrección de los animales académicos, el caballo en­tre otros. Así, las selvas pútridas y los pantanos cenagosos de los trópicos reiterarían la respuesta innombrable a todo lo que en la tierra es armonioso y reglamentado, a todo lo que procura imponer autoridad mediante un aspecto correcto. Y lo mismo sucedería con los sótanos de nuestras casas donde se esconden y se devoran las arañas, e igualmente con otras gua­ridas de las ignominias naturales. Como si un horror infecto fuese la contrapartida constante e inevitable de las formas ele­vadas de la vida animal.

Y es importante observar al respecto que los paleontólogos admiten que el caballo actual deriva de pesados paquidermos, derivación que puede ser comparada a la del hombre con res­pecto al repulsivo mono antropomorfo. Sin duda, es difícil saber a qué atenerse en cuanto a los ancestros exactos del caba­llo o del hombre, por lo menos en cuanto a su aspecto exte­rior; pero no corresponde poner en duda el hecho de que algunos animales actuales, hipopótamo, gorila, representan formas primitivas en relación con animales bien proporcio­nados. Es posible situar entonces la oposición considerada entre el engendrador y el engendrado, el padre y el hijo, e imaginar como un hecho típico que figuras nobles y delicadas aparez­can al final de una supuración nauseabunda. Si hay que dar un valor objetivo a los dos términos así opuestos, la naturale­za, al proceder en oposición violenta a uno de ellos, debería ser concebida en constante rebelión contra sí misma: tan pron­to el espanto de lo informe y lo indeciso desembocan en las precisiones del animal humano o del caballo, se sucederán, en un profundo tumulto, las formas más barrocas y más repug­nantes. Todos los trastornos que parecen pertenecer propia­mente a la vida humana no serían más que uno de los aspec­tos de esa revuelta alternada, oscilación rigurosa que se levan­ta con movimientos coléricos y que, si se considera arbitraria­mente en un tiempo reducido la sucesión de revoluciones que han persistido sin fin, golpea y hace espuma como una ola en un día de tormenta.

Sin duda, es difícil seguir el sentido de esas oscilaciones a través de los avatares históricos. Sólo a veces, como en las grandes invasiones, es posible ver con claridad una incoheren­cia sin esperanza imponiéndose sobre un método racional de organización progresiva. Pero las alteraciones de las formas plásticas representan a menudo el principal síntoma de los grandes trastornos: de modo que hoy podría parecer que nada se modifica, si la negación de todos los principios de la armo­nía regular no estuviese revelando la necesidad de una muta­ción. No hay que olvidar, por una parte, que esa negación reciente ha provocado las más violentas indignaciones, como si las bases mismas de la existencia hubieran sido cuestiona­das; y por otra parte, que las cosas han pasado con una grave­dad todavía insospechada, expresión de un estado espiritual absolutamente incompatible con las condiciones actuales de la vida humana.






en La conjuración sagrada: ensayos 1929-1939, 2003









miércoles, marzo 25, 2009

"El dominio de la Bestia", de Juan Carlos Villavicencio





Mais les pauvres bêtes qui veulent prouver leur amour
ne savent que se coucher par terre et mourir.
 

Jean Cocteau

El pozo recibe sus caras i la sangre muerta. 
Invisible en el respiro, 
la bestia camina ordenando un dominio perdido 
            mientras guía los metales por el bosque. 
Aparta el fuego de la luna resguardando aquel silencio: 
un dios en las tinieblas refiere otra historia 
                                                          sin asco ni perdón.










Poema basado en la pieza homónima de Philip Glass, compuesta en 1995 para musicalizar la película La Bella y la Bestia (1945), de Jean Cocteau. Este texto pertenecía al poemario Breaking Glass, escrito en colaboración con Carlos Almonte.











martes, marzo 24, 2009

“Neruda y yo”, de Pablo de Rokha

Fragmento del Capítulo II: El falso profeta, o los desintegrados





¡Qué traición tan enorme habrás cometido, viejo Bebel,
cuando tus enemigos te aplauden!

Palabras de Fernando Augusto Bebel (1840-1913),
en el Parlamento alemán.



Lo conozco desde 1922, y lo deduzco, más que lo comprendo, como se percibe el azogue, resbalándose, como el paso del tiempo en las tinieblas, porque la personalidad de Pablo Neruda, actor e histrión, persona de careta con angustia, y de coturno, parece que estuviese forjada con la goma lluviosa de las carroñas, y está, por eso, hinchado.

Neruda ni es un vertebrado, ni es un renacuajo, es un molusco con la técnica del boomerang, y su expresión, el caracol, lo torna redondo y hacia adentro, (elefantiásico albatros de espanto, que invadió y profanó los nidos ajenos), por debajo, subterráneo, mojado, royendo y mordiendo vestiglos, entre los humos de la tierra preñada de gusanos y libertad, como un muerto con poncho llovido, y siempre echado, agazapado, abajo, acumulado, inflado, pujando en todo lo hondo del Mapu, al acecho en lo húmedo y plúmbeo de los cielos cóncavos del Sur, porque él no es marino, vertical, oceánico, sino dramáticamente logrado para el pantano. Neruda no actúa, resbala, no es la voluntad que restalla como palanca y da lo heroico civil, Neruda no pronuncia el verbo, avanza y aguanta. Corazón de hipopótamo, sumergido e inhibido, es temiblemente presente, porque la personalidad no esplende, sanguínea, e ingenua, enarbolada en su figura, como el mástil de oro de los héroes, no, está botada, enrollada, encadenada, como culebra, a la potencia del ser inerte, avizorando, a la espera de la presa del pulpo, a la cual envenena con premeditación, y atraviesa de pus, antes de chuparle las entrañas. Y he ahí, ahora, como lo mágico del ojo con sangre, neutro, y la idea fija, atrae al débil a su órbita. Porque este hombre gangoso y tronchado, sin acometida varonil, con pelo gomoso, pegajoso, estropajoso y mano sudada y fría de ofidio, es tan peligrosísimo, como la frágil y débil víbora, pues, precisamente, lo rodea la indiferencia oscura, premeditada y el “shock” volcado en la caída feroz del introvertido, que engulle con el rencor carnívoro, atroz, de los descalcificados feroces, que actúan por presencia. Pablo Neruda es sujeto de invierno y de retraimiento, al cual la vanidad, cuando lo azotó en la opinión pública, le desgarró el espinazo, pero le triplicó el apetito de fantasma. Y de pitecantropo vegetariano, encanecido en las lagunas o en los charcos usados a los que bajaron sus antepasados, cuando degeneraron buscando los sagrados barros originarios, se convirtió en bebedor y gustador de vinos y guisos capitosísimos y en el administrador ruidoso del enorme fraude de su poesía.










lunes, marzo 23, 2009

«La post-política…», de Slavoj Žižek

Fragmento




Hoy en día (...) asistimos a una nueva forma de negación de lo político: la postmoderna post-política, que no ya sólo «reprime» lo político, intentando contenerlo y pacificar la «reemergencia de lo reprimido», sino que, con mayor eficacia, lo «excluye», de modo que las formas postmodernas de la violencia étnica, con su desmedido carácter «irracional», no son ya simples «retornos de lo reprimido», sino que suponen una exclusión (de lo Simbólico) que, como sabemos desde Lacan, acaba regresando a lo Real. En la post-política el conflicto entre las visiones ideológicas globales, encamadas por los distintos partidos que compiten por el poder, queda sustituido por la colaboración entre los tecnócratas ilustrados (economistas, expertos en opinión pública…) y los liberales multiculturalistas: mediante la negociación de los intereses se alcanza un acuerdo que adquiere la forma del consenso más o menos universal. De esta manera, la post-política subraya la necesidad de abandonar las viejas divisiones ideológicas y de resolver las nuevas problemáticas con ayuda de la necesaria competencia del experto y deliberando libremente tomando en cuenta las peticiones y exigencias puntuales de la gente. Quizás, la fórmula que mejor exprese esta paradoja de la post-política es la que usó Tony Blair para definir el New Labour como el “centro radical” (radical centre): en los viejos tiempos de las divisiones políticas «ideológicas», el término «radical» estaba reservado o a la extrema izquierda o a la extrema derecha. El centro era, por definición, moderado: conforme a los viejos criterios, el concepto de Radical Centre es tan absurdo como el de «radical moderación».

Lo que el New Labour (o, en su día, la política de Clinton) tiene de radical, es su radical abandono de las «viejas divisiones ideológicas»; abandono a menudo expresado con una paráfrasis del conocido lema de Deng Xiaoping de los años sesenta: «Poco importa si el gato es blanco o pardo, con tal de que cace ratones». En este sentido, los promotores del New Lebour suelen subrayar la pertinencia de prescindir de los prejuicios y aplicar las buenas ideas, vengan de donde vengan (ideológicamente). Pero, ¿cuáles son esas «buenas ideas»? La respuesta es obvia: las que funcionan. Estamos ante el foso que separa el verdadero acto político de la «gestión de las cuestiones sociales dentro del marco de las actuales relaciones socio-políticas»: el verdadero acto político (la intervención) no es simplemente cualquier cosa que funcione en el contexto de las relaciones existentes, sino precisamente aquello que modifica el contexto que determine el funcionamiento de las cosas. Sostener que las buenas ideas son «las que funcionan» significa aceptar de antemano la constelación (el capitalismo global) que establece qué puede funcionar (por ejemplo, gastar demasiado en educación o sanidad «no funciona», porque se entorpecen las condiciones de la ganancia capitalista). Todo esto puede expresarse recurriendo a la conocida definición de la política como «arte de lo posible»: la verdadera política es exactamente lo contrario: es el arte de lo imposible, es cambiar los parámetros de lo que se considera «posible» en la constelación existente en el momento. En este sentido, la visita de Nixon a China y el consiguiente establecimiento de relaciones diplomáticas entre los EE.UU. y China fue un tipo de acto político, en cuanto modificó de hecho los parámetros de lo que se consideraba «posible» («factible») en el ámbito de las relaciones internacionales. Sí: se puede hacer lo impensable y hablar normalmente con el enemigo más acérrimo.

Según una de las tesis hoy en día más en boga estaríamos ante el umbral de una nueva sociedad medieval, escondida tras un Nuevo Orden Mundial. El atisbo de verdad de esta comparación está en el hecho de que el nuevo orden mundial es, como el Medioevo, global pero no es universal, en la medida en que este nuevo ORDEN planetario pretende que cada parte ocupe el lugar que se le asigne. El típico defensor del actual liberalismo mete en un mismo saco las protestas de los trabajadores que luchan contra la limitación de sus derechos y el persistente apego de la derecha con la herencia cultural de Occidente: percibe ambos como penosos residuos de la «edad de la ideología», sin vigencia alguna en el actual universo post-ideo-lógico. Esas dos formas de resistencia frente a la globalización siguen, sin embargo, siendo dos lógicas absolutamente incompatibles: la derecha señala la amenaza que, para la PARTICULAR identidad comunitaria (ethnos o hábitat), supone la embestida de la globalización, mientras que para la izquierda la dimensión amenazada es la de la politización, la articulación de exigencias UNIVERSALES «imposibles» («imposibles» desde la lógica del actual orden mundial). Conviene aquí contraponer globalización a universalización. La «globalización» (entendida no sólo como capitalismo global o mercado planetario, sino también como afirmación de la humanidad en cuanto referente global de los derechos humanos en nombre del cual se legitiman violaciones de la soberanía estatal, intervenciones policiales, restricciones comerciales o agresiones militares directas ahí donde no se respetan los derechos humanos globales) es, precisamente, la palabra que define esa emergente lógica post-política que poco a poco elimina la dimensión de universalidad que aparece con la verdadera politización. La paradoja está en que no existe ningún verdadero universal sin conflicto político, sin una «parte sin parte», sin una entidad desconectada, desubicada, que se presente y/o se manifieste como representante del universal.







en En defensa de la intolerancia, 2008









domingo, marzo 22, 2009

“Kálevala”, Anónimo

Parte II: Kálevala






Wainamoinen encaminó sus pasos a través de aque­lla isla situada en medio del mar, a través de aquella tierra desolada y sin árboles. Largos años vivió en la tierra estéril, en la isla sin nombre.

Y pensó en su espíritu, meditó en su cerebro: "¿Quién vendrá ahora a sembrar este campo? ¿quién lo llenará de gérmenes fecundos?".

Sampsa, el dios de los campos, sembró el agro; de­rramó el grano sobre las llanuras y las ciénagas, sobre el talud y la tierra blanda, y en los espacios rocosos. Sembró el pino en las colinas, el abeto en los altoza­nos, el brezo en las arenas, y plantó los jóvenes arbustos en los valles.

El viejo, el impasible Wainamoinen, acudió a ver la obra de Sampsa. Observó que los jóvenes retoños se habían desarrollado, que los árboles habían crecido. Sólo la semilla de la encina no había fecundado; sólo el árbol de Jumala* no había echado raíces.

Entonces cuatro doncellas, divinidades de las aguas, surgieron del seno de la onda y se pusieron a segar las altas yerbas, a cortar el césped húmedo de rocío. Y a medida que avanzaban iban recogiendo las yerbas con un rastrillo y amontonándolas en un gran almiar. Después la yerba cortada fue arrojada al fuego, al poder de las llamas. Y todo ardió hasta la desnudez de la ceniza.

Y he aquí que en la entraña de esa ceniza, del árido tizón, es donde fue a crecer el follaje bienamado y a germinar la bellota de la encina. Ya aparece el verde retoño, la hermosa planta. Y de su tronco arranca una doble rama.

Su ramaje se dilata, su copa sube hasta el cielo, su follaje invade el espacio; detiene el vuelo de las ligeras nubes, interrumpe el curso de las grandes, oscurece la luna y el sol.

Entonces el viejo Wainamoinen reflexionó profunda­mente: "¿No habrá nadie que se atreva a descuajar la encina, a abatir el árbol ilustre? La tristeza se apode­rará de los hombres, los peces nadarán difícilmente, si la luna no brilla y el sol esconde su antorcha".

Pero ningún hombre, ningún héroe se presentó para descuajar la encina, para derribar el árbol de las cien ramas.

El viejo Wainamoinen dijo: "¡Oh tú, mujer! ¡Oh tú, madre Luonnótar: tú que me criaste, envía aquí un genio de las aguas que venga a arrancar la encina, a destruir el árbol fatal, para despejar los caminos del sol y trillar su senda al rayo de la luna".

Un hombre, un héroe surgió entonces del seno de las aguas. No era mayor que el dedo pulgar de un hom­bre; como un palmo de mano de mujer.

El viejo, el impasible Wainamoinen, dijo: "No has sido hecho tú para arrancar la encina, para abatir el árbol maravilloso".

Pero ya el héroe había tomado entonces otra forma. Golpeó poderosamente la tierra con la planta del pie, y su frente llegó hasta las nubes. Flota su barba hasta las rodillas; sus cabellos, hasta los talones. Se pone a afilar su hacha, repasando el filo con seis, con siete pedernales. Después avanza vivamente con sus pies ligeros; da un primer paso rápido sobre la tierra are­nosa; da un segundo paso sobre la tierra color de al­magre; da un tercer paso, y llega al pie de la deslum­brante encina.

Entonces, con su hacha, da un golpe y otro golpe. Al tercer golpe, saltan chispas del acero y la encina se bambolea; el árbol inmenso se viene a tierra.

Y una vez que la encina fue abatida, que el árbol maravilloso fue derribado, el sol y la luna vuelven a encontrar lugar para dardear sus rayos, las nubes para seguir su curso, el arco iris para desplegar su comba esplendorosa desde el cabo de nieblas hasta la isla rica de umbrías.

Y los brezos comenzaron a verdecer, los bosques a crecer gozosos, las hojas a vestir los árboles, el césped a adornar la tierra, los pájaros a gorjear en las um­brías, los zorzales a retozar, y el cuclillo a cantar en las altas copas.

Ya las bayas maduran en sus tallos, las flores de oro esmaltan los campos, la vegetación se despliega bajo mil formas. Pero la cebada no ha germinado aún, la planta tutelar todavía no ha nacido.

Canta el abejaruco** en lo alto de un árbol: "La espiga no crecerá, la avena no germinará, mientras los árboles que cubren el campo no sean todos derribados y entregados al fuego".

El viejo, el impasible Wainamoinen, se hace inme­diatamente fabricar un hacha de afilado corte; después derriba una inmensa cantidad de árboles. Bosques en­teros se desploman a sus golpes. Un abedul, un solo abedul queda en pie para servir de refugio a los pájaros del cielo, para que el cuclillo haga oír desde él su canto.

Y he aquí que un águila tiende su vuelo por el ce­leste espacio. Quiere saber por qué ha sido respetado el abedul, por qué el hermoso árbol no ha sido de­rribado.

El viejo Wainamoinen se lo dice: "Se ha dejado en pie este árbol para que sirva de refugio a los pájaros del cielo, para que en él repose el águila". Y el águila contesta: "Bien hecho está".

Entonces el águila prendió fuego a todos los árboles cortados. La llama surgió violentamente; el viento del norte, el viento del nordeste atizaron el incendio; todo fue devorado y reducido a cenizas.

Un día, dos días, tres noches, casi una semana trans­currió. El viejo, el impasible Wainamoinen fue a visi­tar el campo. Y aprobó el buen orden de todo: la cebada había germinado, la espiga tenía tres hileras, el tallo tenía tres nudos.

Entonces el viejo Wainamoinen lanzó una mirada en torno. El cuclillo del estío se acercó y viendo al abedul desplegar su bella cabellera, dijo: "¿Por qué ha sido perdonado el abedul? ¿Por qué este lindo árbol no ha sido descuajado?".

El dios Wainamoinen dijo: "El abedul ha sido per­donado para que tú tengas una rama para tu reposo y tu canto. Canta, pues, oh hermoso cuclillo, canta a plena voz, garganta de clarín, garganta de oro. Haz retumbar el aire, garganta de bronce. ¡Canta, sí, canta a la mañana y a la noche y al mediodía! ¡Celebra mis bellas praderas, di la dulzura de mis bosques, los teso­ros de mis riberas, la fecundidad de mis campos!





* Jumala, otra denominación del dios supremo, Ukko. La encina le estaba consagrada como entre los romanos a Júpiter.
** Pájaro dotado de voz profética como en las sagas de Los Nibelungos. En cuanto al cuclillo, que tantas veces aparece en el Kálevala, es un pájaro sagrado para los pueblos del norte; su canto anuncia la llegada del estío, y la esperanza de los cam­pesinos.






Ilustración: Väinämöinen, de R. W. Ekman






*

La presente versión, en traducción de Alejandro Casona, procede de la síntesis hecha por Charles Guyot (París, 1926) sobre la base de la traducción francesa de Léouzon Le Duc (1868), de poemas épicos finlandeses reunidos en el Kálevala (que significa
La tierra de los héroes) cuyo origen se ubica entre los siglos VI al XIV.









sábado, marzo 21, 2009

"El gran teatro del mundo", de Pedro Calderón de la Barca

Fragmento




MUNDO: ¿Qué papel es tu papel?
POBRE: Es mi papel la aflicción,
es la angustia, es la miseria,
la desdicha, la pasión,
el dolor, la compasión,
el suspirar, el gemir,
el padecer, el sentir,
importunar y rogar,
el nunca tener que dar,
el siempre haber de pedir.
El desprecio, la esquivez,
el baldón, el sentimiento,
la vergüenza, el sufrimiento,
la hambre, la desnudez,
el llanto, la mendiguez,
la inmundicia, la bajeza,
el desconsuelo y pobreza,
la sed, la penalidad,
y es la vil necesidad,
que todo esto es la pobreza.
MUNDO: A ti nada te he de dar,
que el que haciendo al pobre vive
nada del mundo recibe,
antes te pienso quitar
estas ropas, que has de andar
desnudo, para que acuda (Desnúdale.)
yo a mi cargo, no se duda.
POBRE: En fin, este mundo triste
al que está vestido viste
y al desnudo le desnuda.
MUNDO: Ya que de varios estados
está el teatro cubierto,
pues un rey en él advierto,
con imperios dilatados;
beldad a cuyos cuidados
se adormecen los sentidos,
poderosos aplaudidos,
mendigos, menesterosos,
labradores, religiosos,
que son los introducidos
para hacer los personajes
de la comedia de hoy,
a quien yo el teatro doy,
las vestiduras y trajes,
de limosnas y de ultrajes,
¡sal, divino Autor, a ver
las fiestas que te han de hacer
los hombres! ¡Ábrase el centro
de la tierra, pues que dentro
della la scena ha de ser!










1655







Colaboración a Dscntxt de Alberto Zeiss








viernes, marzo 20, 2009

"Ocultos sortilegios", de Carlos de Rokha







A un soplo del azar que perderá por mí
Yo no seré sino el hombre que azota a su querida
contra la muchedumbre
Y se halla sumergido en un tonel hasta la cintura
Allí donde los ojos lavan sus heridas
más quemantes que el arsénico
Al fondo del túnel una bóveda conduce a la playa
El amante más soberbio que el bailarín de Ballet
Aparece con un pequeño cofre y de él saca
los instrumentos necesarios
Para la tortura de las mujeres encerradas en largos espejos
Por orden de los sueños
Por orden de una palabra
De una imagen del mal la más centelleante
Esa que aparece en los periódicos a primera plana

Pequeña sorpresa de la crueldad
Del amor
A toda furia
A todo frenesí
A todo resplandor




en Poesía chilena de hoy (Erwin Díaz, ant.), 1988









jueves, marzo 19, 2009

«De la Historia Universal», de Víctor Casaus





Me han contado que en Pompeya    entre las ruinas
dejadas por el paso de la lava
una vez se hallaron   mezcladas con vasijas
     que la ceniza
conservó y perros que ahora duermen bajo
     el polvo
dos figuras que hacían y deshacían el amor
en aquel temprano día del año 79
enlazados en ese abrazo que como se ha visto
pudo más que la muerte

Nadie sabrá nunca en qué sístole en qué diástole
estos cuerpos detuvieron su feroz armonía
Ningún arqueólogo ningún historiador
podrá contarnos con qué furor se amaban
cuando el Vesubio los cubrió de materia ardiente
(ellos creían al principio que se trataba
del calor maravilloso que generaban sus cuerpos)

Pero los que ahora hacemos
el amor sobre esta isla –y sobre esta otra isla
enorme que es la tierra— los que violamos
la soledad simulada de los parques
    los que huimos
a escapadas a cuartos silenciosos en los que
    dejamos
toda la alegría y toda la tristeza del amor
conocemos   sin embargo   esa especie de furia
en que estaban envueltos
Esas figuras que ahora descansan en una sala
    de museo
(algunos las confunden con estatuas)
dejaron a medias la hermosa actividad de sus
    piernas
no llegaron a decirse sus nombres al oído
(no gritaron siquiera cuando la lava los cubría)

Pero el fuego del Vesubio no acabó con su fuego
que ahora arde en los parques   quema los
    preceptos
de las más extrañas iglesias   estalla en los finales
de nuestras celebraciones



de Maravilla del mundo, 1989









Colaboración a Dscntxt de Raúl Porto








miércoles, marzo 18, 2009

“Postales de Manhattan”, de Enrique Lihn





1

Las excitantes vitrinas de la Avenida Madison
maniquíes calvos que modelan con los vestidos
y los gestos más sofisticados
te citan sin saberlo
en su increíble ignorancia




2

No olvides que soy tu corruptor
Pesas y mides lo que algún maniquí calvo de Madison Ave.
tus tobillos son lo que las muñecas de otras
y tus muñecas caben en un anillo formado por el
pulgar y el índice
Pero de tu belleza sin peso ni medida
falta aquí toda información
porque ninguna, obviamente, la iguala
El corruptor incorruptible
en este punto, tiene la palabra.




3

Buscando un poco de tu cara entre las bellezas de Manhattan
que te citan con la imprecisión a la que tienen derecho
(la ciudad no es pródiga en estos maniquíes vivientes)
soy algo así como el autor de una fórmula
que se siente insuperable
y víctima incomprendida de los plagiarios
condenado a la oscuridad mientras no te declare
¿y a quién y cómo
si no estás hecha, como este poema, de palabras?




4

Busco una aguja en un pajar
a una belleza, en Nueva York, que se parezca a la tuya
Indiferente, por ahora, al juego de las diferencias
al espejo de tu cara en el laberinto de las otras.




5

Harta irrealidad había ya en todo esto
como para que agregáramos, entre nosotros
tamaña distancia
Bajo la nieve, en Manhattan
repito tu nombre y no te conjuro
lo callo y no te exorcizo.




6

Mi incompatibilidad con la máquina
mi incapacidad para leer, incluso en mi propio idioma,
cualesquiera instrucciones
en suma, mi torpeza
ha malogrado todas las fotografías que te tomé
en el zoológico
Ya nunca estarás allí a mediados de enero del remoto
año en curso
ni siquiera en imagen
posando para la condenada Cannon, de espaldas a
monos y elefantes
o aislada en un banco (de piedra) como en un banco
de arena (artificial) algunas de esas aves
acuáticas
que parecen artistas de cine
Ni interpretamos tú y yo esa película muda en doce
tomas recíprocas
Tú en tu amplio vestido tejido del color de tu piel
tú como gacela de Salomón
y yo como el estúpido que malogró esas maravillas.




7

Tú y yo no somos más que palabras
Nuestros nombres no le dicen nada a nadie
identidad ilusoria de cada cual
Es la especie eterna la que nos ofrece la oportunidad
del amor
valiéndose, casualmente, de nuestros cuerpos
Se lo agradeceríamos si un protocolo así
tuviera el menor sentido
Mejor callar
olvidados de las formas pronominales
como de meros espejismos lingüísticos.




8

A la pinta


No te involucres
en la frivolidad con que te pinto
Es cosa mía, hazme el favor.




9

La mar de tiempo


No hace un mes que estuvimos allí
en un viaje secreto
Cuando cosas así pasan
mar y tiempo se unen por la partícula de
y la perfección del secreto borra lo que éste guarda




10

Los comandos organizados para tomar por asalto
la mentalidad burguesa
revolucionan la historia pero no cambian la vida
que aburguesa a la más cruenta de las revoluciones
Estas entregan a sus líderes y a sus comparsas
el poder del capital
más el aura –versión burguesa del Misterio-
Las alteraciones, en profundidad, de la vida
nunca dejan de ser superficiales.




11

He sido víctima de un sistema político
Los celos que enceguecieron a mi rival lo han
convertido en un agente de Seguridad.




12

Zoología y religión la llave y la cerradura
están en perfecto acuerdo
en lo tocante a la conservación de la sociedad humana
zoológicamente burguesa
Lo demás: libertad de desfacer los sagrados vínculos
los derechos del corazón y la ilegalidad del divorcio
cosas son que el Orden desbarata a patadas.





en Al bello aparecer de este lucero, 1983










martes, marzo 17, 2009

"Reflexiones sobre el pecado, el dolor, la esperanza y el verdadero camino", de Franz Kafka

Cuatro reflexiones






Leopardos irrumpen en el templo y beben hasta la última gota los cálices del sacrificio; esto sucede muchas veces; finalmente, se cuenta con ello y forma parte de la ceremonia.

Los cuervos afirman que un solo cuervo podría destruir los cielos. Indudablemente, así es, pero el hecho no prueba nada contra los cielos, porque los cielos no significan otra cosa que la imposibilidad de los cuervos.

Los perros de caza están jugando en el patio, pero la liebre no escapará, por velozmente que ahora esté huyendo por el bosque.

Les dieron a elegir entre ser reyes o correos de los reyes. Como niños, todos eligieron ser correos. Y así ahora hay muchos correos, se afanan por el mundo y, como no quedan reyes, se gritan sus insensatos y anticuados mensajes. Con alivio darían fin a sus vidas miserables, pero no se atreven, por el juramento profesional.








1917-1919











lunes, marzo 16, 2009

“Oda a Jean Arthur Rimbaud”, de Pablo Neruda







Ahora
en este octubre
cumplirás
cien años,
desgarrador amigo.
¿Me permites
hablarte?
Estoy solo,
en mi ventana
el Pacífico rompe
su eterno trueno oscuro.
Es de noche.

La leña que arde arroja
sobre el óvalo
de tu antiguo retrato
un rayo fugitivo.
Eres un niño
de mechones torcidos,
ojos semicerrados,
boca amarga.
Perdóname
que te hable
como soy, como creo
que serías ahora,
te hable de agua marina
y de leña que arde,
de simples cosas y sencillos seres.

Te torturaron
y quemaron tu alma,
te encerraron
en los muros de Europa
y golpeabas
frenético
las puertas.
Y cuando
ya pudiste
partir
ibas herido,
herido y mudo,
muerto.

Muy bien, otros poetas
dejaron
un cuervo, un cisne,
un sauce,
un pétalo en la lira,
tú dejaste un fantasma
desgarrado
que maldice
y escupe
y andas
aún
sin rumbo,
sin domicilio fijo,
sin número,
por las calles de Europa,
regresando a Marsella,
con arena africana
en los zapatos,
urgente
como un escalofrío,
sediento,
ensangrentado,
con los bolsillos rotos,
desafiante,
perdido,
desdichado.

No es verdad
que te robaste el fuego,
que corrías
con la furia celeste
y con la pedrería
ultravioleta
del infierno,
no es así,
no lo creo,
te negaban
la sencillez, la casa,
la madera,
te rechazaban,
te cerraban puertas,
y volabas entonces,
arcángel iracundo,
a las moradas
de la lejanía,
y moneda a moneda,
sudando y desangrando
tu estatura
querías
acumular el oro
necesario
para la sencillez, para la llave,
para la quieta esposa,
para el hijo,
para la silla tuya,
el pan y la cerveza.

En tu tiempo
sobre las telarañas
ancho
como un paraguas
se cerraba el crepúsculo
y el gas parpadeaba
soñoliento.
Por la Commune pasaste
niño rojo,
y dio tu poesía
llamaradas
que aún suben castigando
las paredes
de los fusilamientos.
Con ojos
de puñal
taladraste
la sombra
carcomida,
la guerra, la errabunda
cruz de Europa.
Por eso hoy, a cien años
de distancia,
te invito
a la sencilla
verdad que no alcanzó
tu frente huracanada,
a América te invito,
a nuestros ríos,
al vapor de la luna
sobre las cordilleras,
a la emancipación
de los obreros,
a la extendida patria
de los pueblos,
al Volga
electrizado,
de los racimos y de las espigas,
a cuanto el hombre
conquistó sin misterio,
con la fuerza
y la sangre,
con una mano y otra,
con millones de manos.

A ti te enloquecieron,
Rimbaud, te condenaron
y te precipitaron
al infierno.
Desertaste la causa
del germen, descubridor
del fuego, sepultaste
la llama
y en la desierta soledad
cumpliste tu condena.
Hoy es más simple, somos
países, somos
pueblos,
los que garantizamos
el crecimiento de la poesía,
el reparto del pan, el patrimonio
del olvidado. Ahora
no estarías
solitario.






Poema escrito en el centenario del nacimiento de Rimbaud, 1954








domingo, marzo 15, 2009

"Estofado a la manera del Puerto", de Álvaro de Campos

Traducción de Juan Carlos Villavicencio





Un día, en un restaurante, fuera del espacio y del tiempo,
Me sirvieron el amor como si fuera estofado frío.
Le dije delicadamente al misionero de la cocina
Que lo prefería caliente,
Que el estofado (y era a la manera del Puerto) nunca se come frío.

Se impacientaron conmigo.
Nunca se puede tener razón, ni en un restaurante.
No comí, no pedí otra cosa, pagué la cuenta,
Y vine a pasear por todas las calles.

¿Quién sabe lo que esto quiere decir?
Yo no lo sé, y pasó conmigo...

(Sé muy bien que en la infancia de toda la gente hubo un jardín,
Particular o público, o del vecino.
Sé muy bien que bromearemos a ser el dueño de él.
Y que la tristeza es de hoy).

Sé eso muchas veces,
Pero, si yo pedí amor, ¿por qué me trajeron
Estofado a la manera del Puerto frío?
No es plato que se pueda comer frío,
Pero me lo trajeron frío.
No me quejé, pero estaba frío,
Nunca se puede comer frío, pero vino frío.












Notas del traductor

1. Estofado en el original es dobrada, que es un plato típico del norte de Portugal y no callos como otros optan traducir.
2. Puerto en el original es Porto, ciudad llamada así en portugués y conocida en castellano como Oporto. He optado por el evidente juego pessoano la traducción literal y obviar el nombre propio.




 



Dobrada À Moda Do Porto

Um dia, num restaurante, fora do espaço e do tempo, / Serviram-me o amor como dobrada fria. / Disse delicadamente ao missionário da cozinha / Que a preferia quente, / Que a dobrada (e era à moda do Porto) nunca se come fria. // Impacientaram-se comigo. / Nunca se pode ter razão, nem num restaurante. / Não comi, não pedi outra coisa, paguei a conta,/  E vim passear para toda a rua. // Quem sabe o que isto quer dizer? / Eu não sei, e foi comigo... // (Sei muito bem que na infância de toda a gente houve um jardim, / Particular ou público, ou do vizinho. / Sei muito bem que brincarmos era o dono dele. / E que a tristeza é de hoje). // Sei isso muitas vezes, / Mas, se eu pedi amor, porque é que me trouxeram / Dobrada à moda do Porto fria? / Não é prato que se possa comer frio, / Mas trouxeram-mo frio. / Não me queixei, mas estava frio, / Nunca se pode comer frio, mas veio frio.









sábado, marzo 14, 2009

“De vez en cuando”, de Claudio Bertoni

Cuatro poemas


Fotografía de Marisa Niño


Despierto y escribo


Despierto y escribo
Me quejo
Le cuento al mundo que no me quieres
Ahora me levanto
Y cuando me levanto también me quejo
Tomo desayuno y me quejo
Cada cucharada de café
Cada cucharada de azúcar
es un quejido
El agua caliente es un solo quejido
Y el resto del día
Mis miradas desde la micro
Mis miradas en las veredas
-Todos quejidos-
Lo mismo pagarle a la cajera en el supermercado
Comprar una lechuga
Comprar un cuarto de queso,
Son quejidos,
Y escoger un tomate
¡entre tantos tomates!
Y es coger una manzana
¡entre tantas manzanas!
Son una ráfaga de inaudibles
De interminables
De inconsolables quejidos.

Es de noche
Y me tengo que dormir
Dormir es otro quejido
Es como una bolsa que se apoya
Llego a mi casa rendido
Y más encima hay que dormir
Hay que poder dormir
Hay que soñar
Y sobrevivir a lo que se sueña
No me he dormido todavía
Este es otro quejido
Tengo los ojos pegados
Pegados como dos quejidos
Como dos conchos
Como dos velas
Como dos cavidades pegajosas
Esponjosas
Duraderas
Quemadas
Hundidas
Secas.

Rememoro todo el día
Rememoro tu número de teléfono
Rememoro lo solo
Lo abandonado
Lo miserable
Lo mal amado
Que me he sentido todo el día

Y todos estos quejidos salen por la ventana
Y despiertan a los vecinos
Y los vecinos encienden sus luces
Y se ponen sus batas de levantarse
Y abren sus refrigeradores
Y estamos en una película norteamericana de los años 50
Y todos tomamos un vaso de leche
Y ahora se ponen a ladrar los perros
Y la luna viene a ver lo que pasa
Y a ponerse los aullidos
Como lianas
Como hilachas
Como a bolas de billar de luz
Y yo me duermo
Y de mi sueño sale fuego
Y del fuego sale humo
Y del humo sale un genio
Y llama a los bomberos
Y mis vecinos vuelven a levantarse
Y a abrir sus refrigeradores
Y a encender sus lámparas de velador
Y a caminar por los pasillos alfombrados de sus casas
Y yo vuelvo a despertar
Y ellos vuelven a ponerse sus batas de levantarse
Y yo vuelvo a pintarlos de blanco
Y a tomarme un vaso de leche
Y a verlos levantar sus brazos como adoradores de Satán
Y el fuego se apaga
Y el sudor vuelve por sus venitas
Vuelve por sus tubitos
Vuelve por sus poros
y ahora están entrando en sus sábanas
Y todos están limpiecitos
Y lo único que sale sucio todavía y rojo
Es un quejido
De la comisura de mi labio
Como un reguero de sangre.






Cocaína


Mientras
ordenaba la
pieza encontré
tu calzón.

Es
increíble
que todavía
huela tanto.

Me
lo llevé
a las narices
como cocaína.






Vade retro


estoy mirando una teleserie brasileña
un pobre imbécil
y una mina
que lo ha hecho
absolutamente pico

lo engañó
lo dejó
lo volvió a tomar
lo volvió a engañar
lo volvió a dejar
y ahora vuelve de repente
con que “tenemos que conversar”.

huye, huevón,
te quieren conversar.






Soñar no cuesta nada


siempre miraba en la puerta
en el suelo a la entrada
por si había algún papelito
por si se te había ocurrido pasar
por si habías sentido la necesidad de pasar
y siempre que volvía de Viña
tenía el sueño de encontrarte ahí
sentada en la puerta
sentada en la escalera
y siempre te saludaba
y así me aliviaba,
en una ínfima medida me aliviaba.

también cuando los perros ladraban mucho
pensaba que eras tú
que podías ser tú
porque así le ladran los perros a las personas que no conocen
y el viento en las ramas del damasco
y en las hojas
y el viento en las plantas
también eras tú
también podías ser tú
y los perritos que vienen a pedir cáscaras de queso
también podías ser tú
pero nunca fuiste tú
nunca en ninguno de estos casos fuiste tú
siempre fue el viento
y los perritos
y los pasos de otras personas
y los ladridos para otras personas
y ya no te confundo con otras personas
o con los ladridos para otras personas
y ya no te confundo con los pies de los perritos
y ya no te confundo con el viento entre las ramas
y ya no te confundo con el viento entre las hojas
y ya no te confundo con el viento entre las plantas
y ya no te confundo conmigo
y ya no me confundo contigo
y ya no nos confundo a los dos.







en De vez en cuando, 1998










viernes, marzo 13, 2009

Carta de Rainer María Rilke a Auguste Rodin

Fragmento




Es menester trabajar, nada más que trabajar. Y hay que tener paciencia. No hay que pensar en realizar esto o aquello; basta buscarse hasta convertirse en medio de expresión propio, personal. Y entonces, de inmediato, decir todo, todo (…). Su vida no se consumió en proyectos. En la tarde daba forma concreta a todas las intenciones de la jornada. Sí, todo para él ha advenido en realidad. Esto es parte de su grandeza: no es necesario habitar en los ensueños, en los deseos, en las intenciones. Es imprescindible transformar todo eso en objetos.
...
Ahora, en efecto, siento que todos mis esfuerzos serían vanos sin ella. Al hacer poesía uno siempre es ayudado y hasta arrastrado por el ritmo de las cosas exteriores; porque la cadencia lírica es la de la naturaleza; las aguas, el viento, la noche. Pero para darle ritmo a la prosa es preciso profundizar en uno mismo y encontrar el ritmo anónimo y múltiple de la sangre. La prosa debe ser construida como una catedral: allí uno realmente está sin nombre, sin ambición, sin socorro: en los andamios, con la sola conciencia.

Y piense que en esta prosa, ahora, yo sé crear hombres y mujeres, niños y ancianos. Sobre todo, he evocado a las mujeres, haciendo cuidadosamente todas las cosas a su alrededor, dejando un blanco que sólo es un vacío, pero que, circundado con ternura y amplitud, se torna vibrante y luminoso, casi como uno de sus mármoles.









sin fecha








jueves, marzo 12, 2009

"Amor", de Voltaire






Se dan tantas clases de amor que no sabemos a cuál de ellas referirnos para definirlo. Se llama falsamente amor al capricho de algunos días, a una relación inconsistente, a un sentimiento al que no acompaña la estima, a una costumbre fría, a una fantasía novelesca, a un gusto seguido de un rápido disgusto... en suma, se otorga ese nombre a un sinfín de quimeras.

Si algunos filósofos tratan de examinar a fondo esta materia poco filosófica que estudien el Banquete, de Platón, en el que Sócrates, amante honesto de Alcuzades y de Agatón, conversa con ellos sobre la metafísica del amor. Lucrecio habla del amor físico, y Virgilio sigue las huellas de Lucrecio.

El amor es una tela que borda la imaginación. ¿Quieres formarte idea de lo que es el amor? Contempla los gorriones y los palomos que hay en tu jardín, observa al toro que se aproxima donde está la vaca, y al soberbio caballo que dos mozos llevan hasta la yegua que apaciblemente le está esperando y al recibirle menea la cola; observa cómo chispean sus ojos, escucha sus relinchos, contempla sus saltos, sus orejas tiesas, su boca que se abre nerviosamente, la hinchazón de sus narices y el aire inflamado que de ellas sale, sus crines que se erizan y flotan y el movimiento impetuoso que los lanza sobre el objeto que la naturaleza les destinó. Pero no los envidies, porque debes comprender las ventajas de la naturaleza humana, que compensan en el amor todas las que natura concedió a los animales: fuerza, belleza, ligereza y rapidez.

Hay animales que no conocen el goce, como los peces que tienen concha; la hembra deja sobre el légamo millones de huevos y el macho que los encuentra pasa sobre ellos y los fecunda con su simiente, sin conocer ni buscar a la hembra que los puso.

La mayor parte de los animales que se aparean no disfrutan más que por un solo sentido, y cuando satisfacen su apetito termina su amor. Ningún animal, excepto el hombre siente inflamarse su corazón al mismo tiempo que se excita la sensibilidad de todo su cuerpo; sobre todo, los labios gozan de una voluptuosidad que no fatiga, y de ese placer sólo goza la especie humana. Es más, ésta, en cualquier época del año puede entregarse al amor; los animales tienen su tiempo prefijado. Si reflexionas y te haces cargo de estas preeminencias, exclamarás con el conde de Rochester: «El amor, en un país de ateos, es capaz de conseguir que adoren a la divinidad».

Como los hombres recibieron el don de perfeccionar todo lo que la naturaleza les concedió, llegaron a hacerlo con el amor. La limpieza y el aseo, haciendo la piel más delicada, aumentan el deleite que causa el tacto, y el cuidado que se tiene para conservar la salud hace más sensibles los órganos de la voluptuosidad. Los demás sentimientos se entremezclan con el del amor como los metales se amalgaman con el oro; la amistad y el aprecio lo favorecen, y la belleza del cuerpo y la del espíritu le añaden nuevos atractivos. Sobre todo, el amor propio estrecha esos lazos, porque el amor propio se encomia a sí mismo por la elección que hizo y las múltiples ilusiones que hace nacer, y embellece la obra cuyos cimientos inició la naturaleza.

Tales ventajas tienen los hombres sobre los animales. Si aquéllos disfrutan placeres que éstos desconocen, sufren en cambio pesares de los que las bestias no tienen la menor idea. Lo más terrible para el hombre es que la naturaleza haya emponzoñado en las tres cuartas partes del mundo los placeres del amor y los manantiales de la vida con esa enfermedad venérea espantosa que a él sólo ataca y a él sólo infecta los órganos de la generación.

De esta enfermedad no puede decirse que, como otras afecciones, es consecuencia de nuestros excesos. No es la relajación la que la introdujo en el mundo. Friné, Lais y Mesalina no sufrieron esa enfermedad, que trajeron de las islas de América, donde los hombres vivían en estado de inocencia, y se extendió por el Viejo Mundo.

Si de algo pudo acusarse a la naturaleza de contradecirse en su plan y de obrar contra sus propias miras es por haber difundido esa tremenda calamidad que sembró en la tierra la vergüenza y el horror. Si César, Antonio y Octavio no conocieron esa enfermedad, causó en cambio la muerte de Francisco I.

Los filósofos eróticos suscitaron la cuestión de si Eloisa pudo seguir amando verdaderamente a Abelardo cuando después de castrado fue fraile. Yo creo que Abelardo siguió siendo amado; la raíz del árbol cortado conserva siempre un resto de savia y la imaginación ayuda al corazón. Nos complacemos en continuar sentados a la mesa cuando no comemos ya. ¿Es esto amor?, ¿es un simple recuerdo?, ¿es amistad? Es un no sé qué compuesto de todo ello, un sentimiento confuso semejante a las pasiones fantásticas que los muertos conservaban en los Campos Elíseos. Los atletas que durante su vida habían triunfado en las carreras de carros después de muertos guiaban carros imaginarios. Allí Orfeo creía cantar aún. Eloisa vivía con Abelardo de ilusiones; ella le acariciaba con la imaginación algunas veces, con el placer superior que debía producirle haber hecho en el Paracleto voto de no amarle, y sus caricias debieron ser más deleitosas porque eran más culpables. La mujer no puede concebir pasión por un eunuco, pero puede conservar el cariño a su amante si por amarle le castran.

No sucede lo mismo al amante que envejeció al pie del cañón. De su exterior apuesto nada queda, sus arrugas repelen, su pelo blanco retrae los dientes que le faltan desagradan, y todo cuanto puede hacer la mujer amada, siendo virtuosa, se reduce a ser su enfermera y a soportar que le ame, dedicándose a enterrar a un muerto.





en Diccionario filosófico de Voltaire, 1764